sábado, 21 de febrero de 2009

ANTOLOGÍA DEL SEGUNDO SEXO


Entre Shandys y Bartlebys dedica este número a la escritora venezolana. Aquí encontrarán una breve muestra de lo que se está escribiendo en Venezuela. ¿Por qué la mujer? Sencillamente porque el aporte que en esta hora está haciendo a la literatura del país es determinante. Sus nombres se multiplican, así como se multiplican en todos los rincones de la vida nacional. Esta antología es un guiño a la amistad y al agradecimiento

RECUERDO DE PARÍS. Por Silda Cordoliani

A (primer personaje)

Tú, por supuesto, no lo sabes. No tienes por qué saberlo, pero la verdad es que casi nunca uso el metro, y menos a esa vacilante hora de la noche, cuando ya casi todo el mundo ha llegado o está muy cerca de llegar a su casa, cuando los ociosos se preguntan qué más irán a inventar para llenar el tiempo que los separa del sueño, que es como decir, del próximo día.
Definitivamente no me gustó encontrarte. Del tren tardarse un poco más yo habría continuado caminando hacia el extremo del andén, embarcado en otro vagón y nada habría ocurrido. Si hubiera ido leyendo atentamente cualquier papel de trabajo, como acostumbro cada vez que tomo el metro con asientos libres, si me hubiera distraído tratando de encontrarle sentido a la discusión que con un mínimo de vocabulario sostenían tres liceístas sobre la novela de las nueve; en fin, que de no voltear repentinamente a la derecha, no te habría distinguido, no te habría encontrado deseando insistente una mirada que correspondiera a tus ojos clavados en mí unos cuantos metros más allá, cuando ya seguramente estabas a punto de claudicar porque tu estación era la próxima. Sí, unos segundos más y desistías, y yo tal vez sólo avizorara entonces otra de las tantas espaldas que abandonaban el vagón sin reconocerla, sin asociarla a ti para nada, librándome de esta especie de angustia, ésa que siempre me atrapa cuando muy a mi pesar obtengo pruebas irrebatibles de la existencia del tiempo, el inmisericorde tiempo sobre tu rostro tenso y ansioso y también sobre el que me dediqué a observar durante cuatro estaciones después de tu salida, reflejado en la ventana frente a mí, es decir, el mío. Pero más allá de la angustia esto parece semejarse a la culpa.
Más vale que no te hubiera encontrado, no tanto porque pueda sentir la necesidad de rememorar épocas pasadas (nunca lo hago y menos en este caso), ni siquiera porque este sentimiento que he calificado de culpa, el que más detesto, vaya a incomodarme demasiado: me repondré dentro de poco sin ninguna duda; mucho menos porque apenas nos saludamos desde lejos y pudiera yo lamentar, desde que cruzaste la puerta automática, la ausencia de algunas frases, de algún breve diálogo que saciara mi curiosidad y me guiará en lo que puede haber sido de tu vida en todos estos años. Es que mi bien cultivada entereza se siente fuertemente amenazada cada vez que obtengo, siempre de manera azarosa, pruebas contundentes de la existencia del tiempo. Sobre todo cuando se me divide en fue, es y será, sobre todo cuando el fue hace intentos por instalarse exigiéndome respuestas, conclusiones que nunca me han interesado, como ahora, cuando después de haberme dirigido a mi casa en tan desacostumbrado medio de transporte, después de la cena, fumo y me esfuerzo en leer las pocas cosas que me interesan del periódico del día para disimular, para olvidarme de esta inquietud, o más exactamente de tu rostro nada terso que me escruta solicitando atención y también tal vez respuestas. ¿Por qué justo hoy me falló la batería del carro?, ¿por qué justo hoy tuve que hacer esa diligencia en el oeste de la ciudad?, ¿por qué tomé el metro y no un taxi?, ¿por qué desvié la vista hacia la derecha para encontrarme con sus ojos?
Jamás volveré a tomar el metro a esas horas: lo juro.

B (segundo personaje)

Como quiero imaginarte pensando en mí, aunque sea muy brevemente, me digo que a lo mejor te preguntaste si vivo por allí, si me muevo en los alrededores de la estación donde descendí después de mi descuidado —muy bien meditado— gesto de saludo (¿notarías mi ansiedad?). Me digo que a lo mejor, si tú tampoco acostumbras a encontrarte atravesando la ciudad a esas horas, que a lo mejor concluyeras que siempre ando por allí, y hasta puede ser que en algún momento te hayas planteado la posibilidad de volverme a encontrar, ahora con toda intención, otro día de semana a la misma hora, en el mismo vagón. Que entonces, me digo que te dirías, no me permitirás deshacerme tan rápido de la situación, te levantarás inmediatamente, saldrás junto conmigo simulando que también es ésa tu parada de destino, me invitarás a un café, a un trago para conversar, para saber, me pedirás el número de teléfono, me darás el tuyo y nos prometeremos un próximo encuentro, sin prisas, sin temor al paso de las horas nocturnas en esta difícil ciudad. Pero eso —comprendo— no es más que una pequeña ilusión, la pequeña ilusión de alguien que (acabo de descubrirlo) mantiene la esperanza.
Por ello, por tanta ansiedad, supongo, alcancé mi casa velozmente a pesar de haberme obligado a bajar una estación antes de la que me correspondía, para buscar entre cajas y gavetas la postal con la pintura griega, lo único que aún conservo, tangible, real, de aquel breve sobresalto que cambió mi vida y leer, de nuevo, después de muchos años, el perturbador mensaje: "Antes que nada, un beso y nuestros recuerdos por tu cumpleaños... hace frío en Atenas y no sé exactamente por qué te extraño... ya ordenaré mis ideas para contarte lo que han sido estos días, y también lo que siento... Aquí nos entendemos con palabras sueltas en inglés (si al menos así pudiera entenderme contigo...) Otra vez, uno, mil besos, y mi cariño, eterno".
Dos o tres semanas antes nos habíamos despedido en París. Fueron unos días díscolos, de mucho vino y conversaciones interminables. Recuerdo que al amanecer, después de haber dormido muy poco, continuábamos alimentando el tema de la madrugada, quizás repitiendo las mismas palabras que había dicho otro cuando dormitábamos entre trago y trago, cuando nos alejábamos en los altos vuelos de la marihuana. Casi no hubo museos, ni librerías, ni terrazas. Nos encerramos en el viejo ático como si ansiáramos recuperar el mucho tiempo sin vernos. Entonces comenzó esto que aún parece no concluir y que quisiera explicarte, si es que acaso no lo sabes.
¿Cómo éramos, cómo nos vestíamos, cómo nos peinábamos, sonreíamos y mirábamos en aquellos días de París?
Entre las pocas salidas, ¿recuerdas? (¿recordarás ahora, en este preciso instante, mientras enciendes un cigarrillo?, ¿fumarás todavía?), hicimos una nueva visita obligada al Louvre. Apenas iniciar el recorrido, yo me detuve largos minutos frente al mascarón alado, descabezado al final de la ancha escalera, preguntándome, como de costumbre, si antes de la mutilación pudo haber sido tan perfecto, tan bello. Ustedes mientras tanto habían continuado cada uno su camino, cada uno hacia la sección, la sala, la obra necesaria. Tres horas después, según lo acordado, nos reencontramos en la entrada. (Para entonces nadie se imaginaba en la extensa explanada la díscola y perturbadora pirámide de Pei). Nos reencontramos y continuamos celebrando en una próxima boîte con cualquier ordinario pero amado vino francés; dijiste —recuerdo— que otra vez no sé cuántas cabezas de liso y negro pelo asiático te habían impedido ver la Mona Lisa, lo que cualquiera de nosotros aprovechó para afirmar arbitrariamente, como afirmábamos todo entonces, que recurrieras a una buena reproducción, que allí podrías gozarla mejor y todo el tiempo que quisieras, y que, además, muchas obras de Leonardo, ignoradas por los turistas japoneses y también por todos los demás, eran superiores a la de la enigmática sonrisa. Que de enigmática... ¡nada!, debe haber dicho otro, porque lo que siguió fue una delirante disquisición sobre las tantas interpretaciones de los delgados labios distendidos.
Ésa fue la noche, la gran noche en que cantando incansables Los mareados (¿quién de todos remedaba mejor a la Rinaldi?) caminamos hasta la casa acompañados por una botella que pasando de mano en mano vaciamos poco a poco antes de llegar a la Rue des Saints Pères. La juerga interminable iba a continuar un poco más, al día siguiente se acababa la visita y ustedes partirían rumbo a Grecia. Para entonces ninguno de nosotros la conocía, lo que no evitó que buena parte de esa velada tan difícil de olvidar la dedicáramos a hablar sobre ella cual expertos helenos.
Dejamos Grecia, sus paisajes, su literatura y sus dioses, "nuestros más cercanos parientes", dijo alguien, para caer de nuevo en una de aquellas elípticas, o más bien crípticas conversaciones, a las que yo me empeñaba en incorporarme consciente de que aún no había completado la iniciación que, sentía, de alguna manera me estaban solicitando, la que me haría digna de ellas, es decir, del acceso definitivo al cuarteto. Yo sabía y todos lo sabíamos. Y ahora me pregunto, como tantas otras veces, hasta qué punto esos pocos días no fueron de alguna manera meticulosamente planeados por ustedes, acuerdo tácito, sin palabras, porque todos eran (y fuimos) uno.
Por eso, esa noche, esa noche después de la tarde en el Louvre, de tanto "cada cual tiene su pena y nosotros la tenemos...", de agotar el motivo del viaje inminente y, más aún, de tanto tiempo resistiendo cuatro entre cuatro paredes aquel inmenso caudal de amor y sordideces que nos invadía y apenas soportábamos (cada uno el suyo), alguien tenía que ser el blanco del inminente y necesario estallido, y ya sabíamos (o al menos ustedes lo sabían) a quién se dirigiría la flecha. De cualquier manera, la cruel ocurrencia y el feroz gesto no habría tenido consecuencias si yo me hubiera dormido, tal como elegantemente pronostiqué al abandonar el pequeño salón, si no me hubiera dedicado a tratar de discernir desde mi cama una conversación de la que apenas me llegaban frases sueltas y risas desproporcionadas. Si no hubiera respondido a tu susurro en la puerta del cuarto no sé cuánto tiempo después.
Vuelvo a tu cara envejecida y alumbrada por las luces del vagón, distante, distraída en cualquier pensamiento rutinario, y al de estas dos rígidas y hermosas vestales de una Grecia muy antigua, ocupadas con lira y flauta en algo seguramente no muy distinto a Los mareados, y me pregunto por qué no fui capaz de levantarme, de aproximarme a ti antes de llegar a la estación, una estación que ni siquiera era la que me tocaba, y dejarme llevar, llevar como aquella noche de eternos minutos entre el susurro en la puerta y el primer, vacilante roce. Nada me importaron, nada me importan todavía las roncas voces ignorantes (¿ignorantes?) desde el salón que poco a poco se me apagaron: nada, como nada te importaron a ti que nunca nada pareció importarte.
¿Cómo controlar esta ansiedad que renace?, ¿cómo recuperar lo único que deseo y que siempre he negado?

C (tercer personaje)

Sí, lo noté desde que cruzó la puerta. Todos estos larguísimos años al menos han servido para conocer hasta nuestros más imperceptibles gestos, para ser inclusive capaces de clasificar los diversos ritmos de nuestros corazones.
Creí que nada me diría y no me iba a extrañar, al fin y al cabo el silencio, de tácito y mutuo acuerdo, es parte de una muy vieja costumbre. Por eso me sorprendió, debo reconocerlo, que mencionara la coincidencia, el encuentro, mientras preparábamos la cena; lo hizo al descuido, con aire premeditadamente despreocupado, como pretendiendo restarle cualquier importancia a algo que, sin embargo, el solo hecho de comentar me da pruebas de la perturbación que le ha causado. Yo oí las pocas frases adoptando la misma actitud de ligereza, pero dado mi carácter habría de estar matizada, como en efecto lo estuvo, de una o dos preguntas con tono de verdadera sorpresa, de curiosidad y —¿por qué no?— de alegría, pues ninguno de los dos ignora que se trata de alguien a quien nunca he podido ni querido borrar de mi memoria, alguien que siempre me ha inspirado un afecto sincero: una gran amistad que ha pasado a ese extraño y cuidado recinto de lo descartado y perdido, ése que sólo ocupan las personas y las cosas que en verdad hemos deseado conservar eternamente.
La falta de pan y el previsible y mutuamente increpado "yo creí que tú lo ibas a comprar", cortó toda posibilidad de alargar el tema. No debí aceptarlo, pero, debo reconocerlo, me da mucho fastidio el sólo intentar aproximarme a esta barrera que juntos y en completo acuerdo tan bien hemos construido: "cada quien su vida" (¿cada cual tiene su pena?, ¿cada quien lo suyo, su camino, su sección, su trozo de vida imprescindible?) —aclaramos y consentimos casi desde el comienzo. Por lo demás, aunque este caso bien merecía otra frase alusiva de mi parte, debo reconocer que temo sus reacciones torpes e hirientes, ésas que nunca dejan de dirigirse a mi privacidad, al mundo al que sabe no puede tener acceso, por eso resolví callar, callar y dejarla.
Dejarla con su periódico y los interminables cigarrillos que detesto, dejarla que siga insistiendo en no darse cuenta de que había alguien capaz de ofrecerle lo único que sé no ha cesado de buscar, con quien pudo ser mucho menos infeliz. Pero mejor así, mejor que fume y no insista, al menos en voz alta, en encontrar una nueva y retorcida excusa para lo que fue su elección (justo después de haber enviado la postal que entusiasmado le ayudé a escoger y a redactar): sólo yo y para siempre, alejándonos sin mayores explicaciones de las otras personas que daban sentido a esta unión; aun aceptando que días antes, en París, habíamos logrado la más perfecta conjunción, la armonía. Al menos eso creí, y creo.

D (cuarto y último personaje)

Bajo el volumen de las noticias para atender el teléfono.
—¿Quién?, ¿cómo? Sí, es Daniel... —la verdad, en un principio no entendí las frases entrecortadas, seguramente porque no reconocía la voz que hablaba con la más absoluta familiaridad —¡ah!, ¿y eso?: ¡qué sorpresa!
La conversación a través del aparato (dividida en dos breves etapas) iba a resultar demasiado larga para mi gusto, con demasiadas frases en francés para mi gusto, pero sin duda la voz en la bocina merecía todas las condescendencias.
Ya no recuerdo hace cuánto tiempo que no me llama. Si hubiéramos tenido el hijo, el que ninguno quiso, sin duda fuera diferente: la separación no habría sido tan drástica, por más malos recuerdos e inclusive rencor que entre nosotros existiera, tendríamos que hablar con frecuencia, acaso con indeseada frecuencia. Pero en fin, no es ésta la situación: la llamada me sorprende por inesperada, carente de sentido después de tantísimo tiempo, después de los últimos y ya remotos intentos de diálogo.
Tratando de encontrárselo (el sentido; es decir, de entender), decido apagar el televisor, me enderezo en la poltrona y adopto mi tan cotidiana postura de sabio analista, pero sé de antemano que la profesión no va a servirme para nada.
—No, no creo que podamos vernos: salgo de viaje mañana, estaré fuera por lo menos una semana. Pero qué pasa; estoy a punto de asustarme... Bueno, estamos hablando ahora ¿no?, pero si prefieres esperar mi regreso... Sí, sí, tengo tiempo: dime... (tiempo justo para llegar hasta mi escritorio y buscar la caja de Marlboro a la que recurro sólo en situaciones de extrema ansiedad; luego, hasta la cocina donde encuentro por fin los fósforos que encienden el cigarrillo)... ¿Y?... típico: siempre haces las cosas y después te arrepientes, el problema es que nadie se entera... nadie se entera del arrepentimiento, quiero decir... Está bien, disculpa: típico mío, sí, no he cambiado nada, sigo igual: no te dejo hablar y saco ligeras conclusiones... ¡No!, no tranques, dime, ¿qué más?...
... Oye, hace tiempo que superé la etapa del masoquismo y aquello de que el sufrimiento afina el espíritu me resulta realmente repulsivo... Bueno, por los momentos, y desde hace tiempo, para tu información, sólo me ejercito en recordar los imprescindibles textos de psicoanálisis, ¿por qué?... ¡Aló!, ¡aló!...
Con la mirada en la bocina, dudo entre el fastidio y lo que siento mi deber hacia el ser eternamente desamparado que tanto amé. Finalmente me decido a colgar, y acto seguido tomo la libreta de teléfonos para marcar su número con la remota esperanza de que no siga siendo el mismo.
— No vuelvas a colgarme, por favor. A ver, qué es lo que quieres; ya te dije: tengo tiempo; además, ahora yo pagaré la llamada: puedes aprovechar... ¡Aló!, ¿estás ahí?, ¿vas a hablar, sí o no?: lo del pago de la llamada era un chiste... Ok: no más chistes. Dime... por favor...
... Sí, te estoy oyendo. He oído atentamente todo lo que has dicho, no he apartado el aparato de mi oreja ni un solo segundo, te lo juro, pero no sé qué responderte. ¿Qué quieres que te diga?... ¿Qué esperábamos de ti?, ¿cómo que qué esperábamos de ti?... Oye, Bety, éramos jóvenes y creíamos que el tiempo nunca avanzaría; éramos amigos y pensábamos que la amistad consistía en compartirlo todo, absolutamente todo... Bueno, está bien, no todo, pero sí todo lo que se pudiera... Tú estabas allí, por qué tengo que explicarte lo que tú bien sabes, mejor que yo si no me equivoco... Sencillamente porque me temo que no has dejado nunca de darle vueltas al asunto y a mí, la verdad, es que no me interesa en absoluto... No, Sonia no está aquí, está de vacaciones, voy a encontrarme con ellos mañana... Ya tiene diez años, y antes de que me lo preguntes, Sebastián, el segundo y último, acaba de cumplir seis, ¿complacida?...
...¡Dios mío!: ¿estás llorando?... Mira, entiendo, no te acercaste, evadiste la situación, cualquiera puede entender eso. Si quieres trato de conseguir su teléfono esta misma noche y te vuelvo a llamar, ¿te parece?... Ya sé que no es ése el problema, pero es que no comprendo cuál es el problema y mucho menos qué es lo que quieres de mí. Me temo que llamaste a la persona equivocada: contigo no puedo hacer de psiquiatra, la ética, ya sabes... Está bien, lo juro: no más chistes.
...Ok: vamos punto por punto... Oye: yo creo que esa pregunta la respondí hace mucho tiempo y no pienso volver a hacerlo... No, no, ¡cómo vas a trancar en ese estado!, ¿estás borracha?... Sí... sí... Bety, te voy a contestar la primera parte con una frase contundente y precisa como, según tú, siempre has querido y yo me he negado, pero nunca más, ¿entiendes?, nunca más, porque esto me harta y no me interesa: sí, estuve con ambos... Vamos a ver, si mal no recuerdo, para nadie, tampoco para ti, eran un secreto las preferencias de Carlos, ¿o no?... Ok, ok, yo era todo eso, todo lo que a ti te dé la gana, ¿y qué?... Mira, Bety, querida —y ese querida va en serio y de verdad—: no, en ese tema no me voy a meter, emborráchate hasta la muerte si te da la gana, pero yo voy a colgar... Está bien: ¿cuál era la segunda pregunta que ya la olvidé?... ¿Quieres que te sea sincero?: lo ignoro, simplemente no me acuerdo, no sé cuántas veces cada uno, no sé cuántas veces los tres, a lo mejor una sola vez. ¡No me acuerdo, carajo!, ¿quieres que lo jure por mis hijos?... ¡Aló!
Me gustaría decir que la conozco, me gustaría saber si volverá a sonar el teléfono o no, me gustaría contar "uno, dos, tres, cuatro, cinco: ringggggg", pero no, con ella nunca supe, menos voy a saber ahora. Por mi parte, ya cumplí, no pienso volver a llamarla, que se tome cinco botellas si le provoca, que se tire por el balcón si es lo que prefiere; yo soy un hombre feliz, un hombre feliz que necesita con urgencia un trago de whisky, el tercero de la noche para irse a terminar de arreglar el equipaje, pero justo cuando salgo del baño con el cepillo de dientes y la afeitadora, vuelve a sonar el teléfono
—Ajá, dime... No, Sonia, mi amor, es que estaba hablando con un colega y se cortó la comunicación: creí que era él... Sí, sí, ya tengo todo listo. Nos vemos mañana en el aeropuerto... Me estoy portando mejor que nunca, te lo juro, ¿y los niños?... No, no, nada de particular, es que ya sabes, dejo todo para última hora y no tengo nada listo... Un beso. Buenas noches. Te quiero... Chao... Te adoro... Chao.
Termino con el trago y la maleta, con el bolso de mano del que he vuelto a sacar el cepillo y la afeitadora porque recordé que antes de partir mañana tendré que utilizarlos. Hace un calor infernal, absolutamente desacostumbrado para esta época del año, no me pongo el pijama, ni siquiera interiores. Abro la ventana de par en par, me tiendo en la cama y de manera instintiva aproximo ambas manos a mi sexo sorprendiéndolo tenso y erguido, como en sus mejores tiempos —cualquiera afirmaría. Me digo que debo aprovecharlo y superar el letárgico efecto de los whiskies, el cansancio de un día de trabajo con tan absurdo remate. Lo froto lentamente pero con vehemencia, dos, tres, cuatro o no sé cuántos intensos ludimientos hacen falta para aceptar que a esta edad el cuerpo no responde sin la imaginación; cierro pues los ojos para poder fantasear mejor, fantasear por ejemplo con mi punta húmeda hundiéndose en el surco oscuro, tan conocido y recurrente, que existe en todo el centro del pecho de mi querida Sonia, el que crean con cierta fiereza sus hermosísimas, hermosísimas, hermosísimas, blanquísimas, blanquísimas, blanquísimas, enormes, inmensas, gigantescas, insolentes tetas. Pero eso no ayuda en nada a mantener el estado que tanto me satisface y que estoy a punto de perder; entonces supongo saber de qué se trata, entonces me aproximo poco a poco, lentamente, y tomo, y poseo (mientras se contonea al ritmo de algún suave son tropical) el cuerpo absolutamente perfecto de una mujer joven y plena que resulta ser, debí suponerlo desde el comienzo, el de Bety amante, el de Bety rendida en su primer acto de amor, el de Bety entregándose cual sufrida esclava durante la despedida que ya sabíamos definitiva, y vuelvo a recuperarme, mi mano insiste y el placer crece junto con mi miembro hasta que retumban como voces de fantasmas burlones (de mis padres ya muertos, de las generosas amantes que no alcanzo a recordar, de los amigos queridos y de los que nunca me hicieron falta) sus desagradables quejas por mi poca pasión, por mi rechazo a todo lo que no soy capaz de prever y controlar, su condena a mi educación en colegios de curas y a la memoria de mi madre, sus reproches por mi miedo, mi absoluto terror a lo que ella dice puede ser en verdad una mujer, el cuerpo y el alma, todo junto, todo en uno, de una mujer. Pero no, me niego, insisto, por eso, a punto ya de perder el inmenso, absoluto placer que, debo reconocer, casi había olvidado, atrapo la única fantasía capaz de salvarlo: sé que mi último recurso está en París, volver a París, a la noche de cada cual con su pena, al instante en que sin ningún intento por controlar mi rabia pretendí vengarme de todas las injurias con un golpe certero sobre su rostro; volver al momento en que Carlos, con un gesto más amoroso, y quizás más satisfecho que nunca, me arrastró tras de Alicia para asomarnos en la puerta entreabierta y ser silenciosos testigos del acto apasionado de aquellos dos cuerpos desbordantes, ofensivamente curvos y gozosos. Ahora son Bety y Alicia besándose, acariciándose, retorciéndose, convulsionándose sobre una cama que jamás pude volver a sentir mía, quienes se encargan de guiarme en la búsqueda del éxtasis; las veo, las observo, las disfruto y no soporto más: caigo sobre ellas como no lo hice veinte años atrás, dejándome entonces arañar, estrujar y morder por sus manos, muslos y bocas crueles y golosas. Sé que nunca disfrutaré otra vez algo semejante, por eso lo detengo y alargo, lo detengo y alargo, lo detengo y alargo hasta que, finalmente, de un solo y decidido gesto aparto a Alicia bruscamente para desbordarme, para desbordarme yo, yo, todo colmado, pletórico, señor, dueño, tirano, sobre el rostro ansioso y sometido de mi Bety.

SLEEPING BEAR DUNES. Por Iria Puyosa

Ella me ha pedido que le escriba un cuento erótico. He dicho que sí. Lo escribiré para ella. No me excita la idea. Es simplemente que no quiero decirle que no. Me gusta hacer cosas para ella. Así que mientras manejo y la miro de reojo, trato de encontrar alguna idea para comenzar a escribir ese cuento erótico. No encuentro nada. Lo que ella busca, lo que ella espera, es algo que no va a surgir en este carro, a 75 millas por hora. Sólo cinco por encima del límite; me estoy volviendo conservador. Y tengo que escribir un cuento erótico. Yo que sólo escribo memos y planes de negocios. Esta noche me fumo un Bob Marley, a ver si con el humo, la languidez y el olor como de cacao húmedo quemándose, descubro qué cosa es eso de escribir un cuento erótico. Un cuento erótico debe ser malva o magenta, uno de esos colores que ella ve en los árboles del otoño. Allí, adonde yo veo amarillo o rojo, ella ve cuentos eróticos. Erectos, húmedos, oliendo acre.

Helena enciende la radio. No le gusta National Public Radio. Demasiada conversación en esa lengua extranjera que ella no quiere hablar. Le gusta ese ruido que ponen en la radio canadiense. Contemporánea, dice ella. Yo soy un romántico, enamorado de poemas sinfónicos. Vlatva. Ella me dijo que hay un puente con mi nombre en Praga. Ella que nunca ha estado en Praga. Le prometí que iríamos en primavera. En alguna primavera. Le gusta esa promesa. Creo que la promesa le gusta más que si fuésemos de verdad. La promesa le gusta más que un viaje a Berlín. Más que "La ópera de tres centavos", más que el vodka. Más que el Thyssen Bornemizsa a donde ella fue en el verano, a ver los Kandinski. Sin mí. Yo sólo fui a ver ese viejo mural de Diego Rivera, que he visto ya tantas veces. Ese mural que me despierta recuerdos: fui joven y puse bombas en nombre de una clase obrera a la cual nunca pertenecí. Yo ponía bombas y ella germinaba. Yo tengo los oídos llenos de Daniel Santos y la piel bronceada en Varadero. Ella sube el volumen para escuchar esa parodia de música, the French composer Eric Satie dice el locutor, Gymnopédias, dice ella. Y algún día se irá a vivir a Nueva York. Será como si pusiera una bomba, en mi vida, en mi soledad que explotará.

Es por eso que tengo que escribir ese cuento que me ha pedido. Porque ella se irá. Y yo me quedaré explotando en mis propias manos, en las que nacerán tantos muertos. Ahora, con ella, esta autopista, el jacuzzi, la ruleta y todas las camas tienen significado. Quizás, erótico, no sé.

Veo sus manos moviéndose entre las sombras mientras hablamos. No puede saber lo que estoy pensado. Si pudiera recortar el placer en un par de palabras. Eso que transpira en el aire acondicionado. Eso que camina por las paredes tibias. Eso que se aferra a las almohadas mojadas de sudor. No sé desde cuando, pero estoy erecto. Lo descubro siguiendo la dirección de su mirada. Más erecto. Siguiendo la dirección de su mano derecha, que maniobra justo debajo del volante y me baja el cierre. Cierro los ojos, viene la delicia. Los abro. Noventa millas por hora. Desacelero. Fijo la mirada en la autopista. Tengo miedo. Y su mano, y la delicia. Me pidió que le escribiera un cuento erótico. Y sólo estoy mojando su mano. Con ganas de derramarme muy adentro.

Veo el aviso de entrada al parque. Le ruego que pare. Una lenta caricia, dibujando la silueta del glande. Sigue. Me acobardo. Estoy llegando a la taquilla y no me queda alternativa. Me detengo. Helena mira a la taquillera, saluda sonriente. Y su mano no se detiene. No sé si la mujer es muy distraída, o esto ya lo ha visto mil veces. Tengo los dos boletos, acelero. Su mano se detiene. Helena voltea a mirar por su ventana. Me deja indefenso, con el cierre abierto. Está mirando magentas y malvas. Yo veo raíces enormes que se entierran en lo cotidiano. Ella ve frondosas ramas que se abrazan como si el invierno no fuera a llegar. Subo el cierre de mi pantalón.

Me meto en el paradero. Estaciono. Estamos solos. Helena camina adelante, olvidándose de mí, queriendo llegar al mirador. Me detengo a leer el cartel turístico. Ella tiene prisa. Tiene que ver los osos, durmiendo. Las dunas. El lago. Yo tengo que leer. Desde las glaciaciones hasta esta tarde en Sleeping Bear Dunes Park. Por fin, me acerco; me detengo tras ella. Paso mis brazos sobre sus hombros. Miramos la curvatura de la tierra. Se da vuelta. Me empuja. Me hace dar la vuelta. Me conduce hasta un banco que da frente al mirador. No sé que se propone. Me siento. Otra vez, indefenso. Ella se sienta en el suelo, entre mis piernas. Lejos, minúsculas, las islas Manitou. La miro, se ha volteado de frente hacía mí, sonriendo. Como si las glaciaciones, el lago, las dunas, fueran un cuento que escribí yo. Dejo que vuelva bajar el cierre de mi pantalón. Dejo que sus manos saquen mi pene. Hace frío. Mi pene vacila. Su lengua es osada. Cada nuevo recorrido de su lengua, surcando mi pene, alcanza una duración mayor. Su lengua no se cansa. Me agarro a sus hombros, para no rendirme. Para no gemir, porque sus labios mordisquean el glande. Y luego mi sangre se condensa, la vena que se hincha, la punta de la lengua que acaricia. Me olvido, me dejo. Queda sólo mi pene en su boca. El espasmo, sacudiéndome. Helena tragándoselo todo. Delicia. Me relajo, mi pene se va empequeñeciendo, mientras Helena me acaricia, frotando sus mejillas contra mis muslos. Comienzo a recuperar el control. Ella lo sabe y sonríe para animarme. Se levanta de entre mis piernas. Se sube al banco, de pie para mirar hacia el lago. Vuelvo a subir el cierre del pantalón. Estoy tan relajado que no puedo decir nada. Me quedo en silencio, mirando sus ojos que se han echado a dormir en donde la curvatura de la tierra se observa perfecta.

PONTIAC 59. Por María Celina Núñez

En aquella época Mario había llegado de NY a la casa de las puertas verdes. Mario descubrió el Pontiac 59. Abandonado como estaba en el garage, yo nunca le había prestado atención. Lo primero que hizo fue una montaña con toda la basura acumulada debajo del carro y la coronó con un cráneo de gato que encontró entre los desperdicios. Le hicimos un homenaje fúnebre al gato muerto. Encendimos velas a su alrededor y escuchamos The Cranberries, que, según él, habría complacido al gato.
Las llaves del carro estaban perdidas y, como pudimos, abrimos las puertas y nos sentamos a beber y a fumar en la noche iluminada por el poste de luz y las velas. Mario trató varias veces de romper con piedras el bombillo del poste para que sólo quedaran las estrellas y las velas pero nos tuvimos que conformar.
Escuchamos el cassette varias veces y, cada vez que sonaba Salvation, Mario brindaba por el alma del gato. Cada vez con más tragos, me había convencido de que debía estar en el cielo de los gatos esa criatura. Pero el cielo es uno solo, le dije. No, hay un cielo para cada especie pero tú y yo vamos a ir a parar al cielo de los gatos. No voy a soportar los maullidos, respondí. Sí los vas a soportar porque serán maullidos celestiales.
Los cauchos del carro estaban espichados y no pudimos pasear por Caracas como nos hubiera gustado.
Yo me pasé para el asiento de atrás a jugar a que él era mi chofer. El aceptó siempre que estuviera dispuesta a jugar un juego de acertijos. Si yo ganaba, él se iba quitando la ropa y si perdía, me la quitaba yo.
Mario tiene una inteligencia extraordinaria. No supe responder ninguno y en menos de media hora estaba totalmente desnuda.
Entonces, para desquitarme, yo hice una apuesta: ¿cuánto duraría él adelante sabiéndome desnuda atrás? Dijo que tres vueltas del cassette. Yo dije tres canciones. Resistió hasta la quinta. Los dos habíamos perdido la apuesta y debíamos cumplir una penitencia. El tendría que desnudarse, decidí yo. Yo debía bailar desnuda ante el montículo del gato. Bailé Salvation con un cigarrillo en la mano hasta que él salio desnudo del carro y me dijo: “Ven, vamos a entrar, baila para mí”. “He estado bailando para ti. Pero esta noche la casa de las puertas verdes no se cierra. Esta noche la pasamos en el Pontiac”. Mario se sentó en el capó y yo bailé para él hasta que me abrazó y me besó. Entonces nos metimos en el asiento trasero e hicimos el amor. Y nos quedamos dormidos hasta que nos despertó la luz del sol. Recogimos la ropa y entramos corriendo a la casa para que nadie nos viera. Antes de cerrar la puerta los dos tuvimos el mismo impulso: recoger el cráneo del gato. Lo pusimos en la mesa del recibo y nos metimos en la cama a fumar antes de volver a dormir..
Despertamos al mediodía y nos quedamos en la cama. Yo me paré un momento a la cocina a buscar una Coca Cola para mí y una cerveza para Mario. Estábamos como nos gustaba: desnudos, fumando y bebiendo. Así pasábamos las horas los cuatro cuando ambos estábamos casados. Marcelo y Filomena bebían tanto como Mario. La única que no lo hacía era yo y ellos se burlaban de mis Coca Colas y mis pastillas. Porque yo en esa época vivía a punta de notas de Lexotanil. En las noches me ayudaban a dormir y en el día vencían la ansiedad que siempre me ha acompañado. Los cuatro compartíamos la cama, la habitación y la marihuana. Marcelo era un artista enrollando los tabacos. Era divertido oírlo en plena nota hablando sobre Rimbaud y yo sin poder seguirlo porque en mi mente se había abierto una ventana que me llevaba derechito a un cuadro de Frida Khalo. Pero lo mejor era cuando cantábamos juntos el Magnificat de Bach. Mario era músico de formación académica y se lo sabía perfectamente y nos lo había enseñado como cuando dirigía corales antes de dejar de trabajar para ser escritor y comenzar a vivir del dinero de su suegra. Porque Mario y Filomena no trabajaban. Marcelo y yo sí. Para ellos la vida era una rumba constante de borracheras y resacas. Mario era capaz de escribir borracho así como yo escribía con mis pastillas. Nos habíamos hecho amigos porque poco después de conocernos alguien propuso que formáramos un club de traductores. Mario traducía a Carver, Marcelo a autores brasileños y yo a Roger Mais. Estaba además Raúl que también traducía del portugués pero que con el tiempo perdió interés para todos nosotros y desapareció. Filomena no pertenecía al club porque Mario, que ya empezaba a cansarse del matrimonio, se lo había prohibido. Nos reuníamos en el bar El Pacífico de San Bernardino donde había como cinco televisores inservibles montados uno sobre otro y donde también dejaban en la mesa las botellas de cerveza que íbamos consumiendo y así sacaban la cuenta al final. Mario, aunque bebía cerveza, siempre se llevaba su carterita, lo cual es un decir porque se llevaba una botella de Cheminaud que yo escondía en mi bolso, pedía un vaso de agua y ahí se servía el cheminaud. Los cuatro éramos inseparables. Yo conocí a Marcelo en un breve encuentro a la entrada de la Cinemateca porque Raúl me lo presentó. De inmediato capté su acento chileno y le dije a Raúl que me hiciera una cita con él para entrevistarlo en una investigación sobre el habla de los países latinoamericanos en la que estaba trabajando. El día de la cita Marcelo no respondió casi nada y me decía avergonzado que no lograba recordar. Era curioso oír a ese chileno diciendo que no podía recordar modismos de su país. Yo interrumpí la entrevista y nos quedamos hablando y bebiendo. Al día siguiente me invitó a ir al cine pero yo dije que no podía. Había tenido esa noche un sueño erótico con él que ya he olvidado y algo en mí, instintivamente, me había dicho que con ese hombre nada. Desaparecí durante un mes. Cuando lo llamé me invitó a salir con unos amigos a un concierto y acepté. Los amigos eran Filomena y Mario. El concierto lo daba un grupo humorístico y Mario, que además de buen músico y buen escritor, era buen fotógrafo, se movía en la oscuridad de la sala tomando fotos del performance. De repente, en pleno concierto se oyó un estruendo: en medio de la oscuridad Mario se había apoyado en una cortina y había caído escenario abajo. La sala estalló en carcajadas y Filomena dijo “Ay, Mario”. Pero más nos reímos cuando emergió de la nada y siguió disparando la cámara como si tal cosa. Esa fue la primera vez que vi a Mario.
Mario dijo que había que comer. Su lema era que no se podía beber sin comer. El cocinaría como siempre. Una buena pasta, dijo. Lo que significaba que yo, como siempre , tendría que rayar la zanahoria. Pero primero otra cerveza y otra Coca Cola. Los cigarrillos estaban por acabarse. Quedaban exactamente uno para cada uno. En la casa de al lado tenían en el garage una venta de refrescos y chucherías. Allí vendían cigarrillos. ¿Quién los iría a comprar? Estábamos muy cómodos echados en la cama. Además, para salir había que vestirse. Mario dijo que él iría sin necesidad de vestirse demasiado. Agarró la bata de baño que Marcelo en la mudanza había dejado olvidada y se la puso. Se ató los zapatos de goma porque tú sabes que no hay nada más peligroso que se le enreden a uno las trenzas de los zapatos y salió así a la calle a las dos de la tarde. Vengo volando, dijo. Pero no llegaba. Al otro lado de la casa había un colegio y los niños habían salido de clases. Mario estuvo en ese tumulto pidiendo cigarrillos pero el vendedor estaba muy ocupado con los niños que no paraban de pedir cosas y que empezaron a reírse cuando vieron a ese señor en vestido y zapatos de goma. Mario, que no se deja vencer fácilmente pero que no soportó lo burla, decidió cruzar la calle hasta la licorería que estaba casi enfrente y consiguió los cigarrillos. Si quieres te afeito las piernas, mi amor, le gritó un borracho desde su esquina.
Cuando Mario abrió la puerta yo accioné la cámara. Después nos reiríamos de aquella foto pegada en la pared del estudio que mostraba a un hombre de 1,80 de alto con una bata azul que le llegaba a las rodillas y unas cajas de cigarros en una mano y en la otra las llaves y una bolsa con cervezas y Coca Colas.
Yo guardé las bebidas en la nevera y nos instalamos nuevamente en la cama. Mario se quitó los zapatos pero se dejó la bata puesta. Qué buen gusto tiene Marcelo, decía. Esta bata es de la mejor calidad. Toca la tela. Te queda casi como una minifalda, Marcelo es más bajo que tú.
Yo encendí dos cigarrillos y le pasé uno a Mario En eso sonó el teléfono. Atendí. Era Ana María y se la pasé a Mario. Yo no conocía a Ana María sino en fotos. Pero Mario había estado locamente enamorado de ella y el aguijón había dejado su huella. La llamada me molestó. Y sobre todo la alegría en la voz de Mario. Me arrellané en la cama, tomé un sorbo de Coca Cola y seguí fumando. Hacían una cita. Pero Ana María nunca había pasado de un par de besos con él. ¿Besos esta noche? ¿Y nuestra monogamia de vacaciones qué?
Decidí defenderme. Me levanté y puse el cassette de The cranberries a todo volumen. Pero Maríuska, no oigo nada. Y yo en el estudio. Mario viene. Maríuska no oigo nada bájale el volumen. Vete a hablar a los teléfonos públicos de la esquina. Total: ya estás vestido. Baja la música por favor. No la bajo. Y agarré el reproductor. El lo desenchufó y fue al teléfono. Yo lo volví a enchufar y la música siguió. Vi a Mario colgar el teléfono e ir al cuarto bravo. Al rato yo fui tras él a buscar cigarros y él me dijo. Estos los compré yo. Si quieres fumar, sal a la calle. Bueno pero dame la bata. La bata es de Marcelo que es amigo mío y se la voy a llevar cuando vaya a verlo. La bata es de Marcelo que todavía es mi esposo. Y sabes que Marcelo no te quiere ver desde que se enteró de lo nuestro. Así que o me das una caja de cigarrillos o me das la bata. Se quitó la bata de mala gana y me la dio. Yo me puse los zapatos chinos y salí a la calle. Cuando abrí la puerta de regreso me aturdió un flash. Entonces nos echamos a reír. Mario agarró una de las flores que estaban en la mesa del cráneo de gato y me la dio. No voy a salir con Ana María. Me invitó y le dije que no podía porque hoy vamos a salir a bailar. Quítate los zapatos. Me los quité. Ven acá dijo halándome el lazo del cinturón y deshaciendo el nudo. Me quitó la bata y me abrazó. Yo me empiné como siempre que nos abrazábamos. Nos besamos y caminamos hasta la cama y nos echamos uno sobre el otro. Gata celosa. Le di puñetazos en el pecho. Y tú, cuando me llama Manuel. Ese Manuel es un bolsas. Bueno llevemos la fiesta en paz. Nos dimos un beso largo y acomodamos las almohadas para quedar sentados en la cama. Esto ya se calentó. Se fue con las dos latas tibias y volvió con dos heladas. Espérame, le dije. Preparé un plato grande de la vajilla de mi abuela y le puse jamón, queso, aceitunas y aceite de oliva por encima. Corté unas ruedas de pan y listo. Para el cuarto. Maravilla, Maríuska, Maravilla. Ya va siendo hora de comer. Son casi las cuatro. Cocinamos después. Hoy no se cocina, dice Mario. Eso sí es una maravilla dice Maríuska. Mario agarra una lonja de jamón, la enrolla y se la da a Maríuska en la boca para que muerda mientras él muerde por el otro lado. Se besan con sabor a aceite de oliva. Maríuska se mete un pedazo de queso en la boca y espera a que Mario venga por él. Las caras se van llenando de aceite de oliva. Mario dice que tiene una idea y se levanta. Voltéate. Maríuska obedece. Mario mete la mano mojada de aceite de oliva entre las piernas de ella y le acaricia en clítoris. Anda goza mi amor. Hazme gozar. Con la mano empapada en aceite le recorre toda la bulba y le mete los dedos en la vagina. Dame un orgasmo. Házmelo. Dame un orgasmo Maríuska. Házmalo. Dame rico y házmelo. Mario se acuesta sobre ella sin retirar la mano y le dice que le gusta. Eres la mujer mas sabrosa del mundo. Hoy nos olvidamos de la cocina de allá afuera. Yo quiero tu cocina. Anda dame tu cangrejito.Y Maríuska gime y mueve las caderas. Dame más. Le mete la lengua en la oreja y le dice : cuando acabes me lo vas a mamar así bien rico con aceite. Este es el mejor aceite de oliva que yo he probado en mi vida. Ya casi, anda mi amor, ya casi, anda vente con papá, casi, casi…. Mario siente a Mariuska temblando debajo de él. La toma por el pelo y le voltea la cabeza para besarla en la boca. Se muerden. Muérdeme duro Mario y Mario muerde hasta que Maríuska grita y se retira con una gota de sangre en el labio. Mario la lame. Te gusta el dolor, ¿no? Me encanta. Contigo todo me encanta. Te lo voy a mamar con sangre. No hoy no, tengo una idea mejor y le acaricia el ano. Quiero tu culo. Chupártelo con el aceite y después metértelo. Maríuska se pone en cuatro patas y Mario le echa aceite en el ano, se lo restriega y le mete dos dedos. Maríuska dice rico, que me duela un poquito, así, así. Sodomízame. Mario respira cada vez más profundo. Se masturba un momento con el aceite y la penetra. Maríuska grita y él le dice te voy a hacer gritar más.
Ahora están abrazados, besándose sudorosos con los corazones aún acelerados y la respiración jadeante. Mario dice eres una maravilla. Maríuska lo besa y le dice ya oscureció. El enciende dos cigarrillos y le pasa uno a ella. Voy por un trago (se refiere al ron que siempre toma de noche, seco) y por una Coca Cola para ti.
¿Recuerdas aquella vez que anotamos en una servilleta en un bar las cosas que unían a las parejas y los dos pusimos en primer lugar el sexo? Sí y después tú perdiste la servilleta. Te empeñaste en llevártela para NY. En aquella época yo me moría por acostarme contigo pero era imposible. Quién iba a decir que esto iba a pasar entre nosotros. Bueno, Mario, nuestros matrimonios se fueron a la basura y eso era lo que nos separaba. Voy a buscar una hoja de la computadora dice Mario. Maldición, no encuentro una maldita pluma. No te enrolles, trae los lápices de dibujo. Genial. Mario llegó con una mirada a lo Leonardo Da Vinci. Este día tiene que dejar una huella, te voy a dibujar. Maríuska se incorporó en la cama. De perfil, dijo él. Así con el cabello tan corto pareces un muchacho. Así, no te muevas. El cigarro, ahora el cigarro. Chúpalo con ganas. ¿Lo chupo como una mujer o como un muchacho? Gran pregunta , bella. ¿En qué estabas pensando cuando te cogía? En que por momentos te hubiera gustado que fuera un varón. Entonces chupa como un varón. Hoy sodomicé a un muchacho. Después tenemos que pensar qué vamos a hacer con el cráneo de gato. Ya sé, dijo Mariuska. El que sea más fuerte a la hora de la separación, se lo queda como un trofeo. Genial, bella. Pero no vamos a pensar en el final. Hoy hacemos el amor, bebemos, comemos, fumamos, bailamos y nos queremos, todo con un poco de felicidad. ¿Y no vamos a bailar? Mañana. Hoy pasamos de nuevo la noche en el Pontiac.

BAR NUAGE. Por Dina Piera Di Donato

Para J.R.
(jota)
Cuando entraron dos, incrustadas de pedrerías particularmente notables, hacía rato que yo me había convertido en bicho de jardín y me columpiaba en la orla dorada que colgaba del espejo que todo lo reflejaba tornasol. No estaba empericada, ni siquiera borracha: es que yo era lamentable, terrosa e insignificante como esos caracoles babosos que viven en la lechuga, sencillamente eso. Para la época además había heredado un guardarropas con grises, marinos, y gamas de negros espeluznantes, porque yo había deseado mucho tiempo el alma lujosa de una mujer que solamente me dejó antes de irse su ropa vieja.
Convencida de que su ausencia había quedado entre faldas y chaquetas me vestía desde entonces como ella, a ver si... A ver si nada. En realidad tenía que terminar un cuento donde se hablara de ratas, cantantes, ertzabeths, brujas de blancanieves, alimañas y otras criaturas. Entonces mi amiga Lou Man de Resc, escritora como yo (la de Josefina y las piedras) vino a verme una tarde con su colección de sombreros antigüos y hasta un ala de murciélago. Me dejó el cuarto de trabajo como una funeraria de las de antes (las de ahora son salones de té) y, a punto de clavarle un alfiler de cabeza de perla a la mujer de espaldas de Man Ray, me dijo que hacía falta mucha ropa negra, té de casis, perfume de aramís y ya... tendría la atmósfera clarita y podría al fin terminar el libro que llevaba siglos parado. Por Lou me acordé del magnífico armario con ropa de otra época y lugares que todavía andaba como un viejo fantasma doméstico por algún rincón de la casa. Lo abrí y las bolitas de naftalina salieron lanzadas y se estrellaron contra el piso espejeante donde yo me había mirado los últimos meses porque no me atrevía a acudir a espejos de verdad, desde el día que ella se fue.
Casi todo lo cupo en una Chevrolet y ya había arrancado cuando asomó la cabeza y chilló: el armario te puede servir. Y qué podía hacer yo delante de la cosa desproporcionada que me caía encima, eso de irse y sólo dejarme chillidos para un último recuerdo, porque lo que era el armario no lo iba a guardar. Jamás. Fuí a buscar fósforos, encendí uno, pero en lugar de quemar la mole maldita me encendí los cabellos que para entonces me iban por la cintura. Corrí por toda la casa aullando con la cabeza en llamas y cuando la saqué de la bañera se me aclaró que lo de su alma legítima había sido puro fraude, pero yo me había quedado entre otras cosas sin mi única belleza. Clausuré los espejos. Hasta que vino Lou con la receta para terminar libros empezados de los que no queremos acordarnos pero que un día regresan, llaman apremiantes y uno no tiene más remedio que volver a escribirlos y esta vez hasta el fin. Entonces uno se hace un cuerpo apropiado para la ocasión y del armario obtuve demodés interesantes y un espejo de cristal borroso, ideal para los animalitos de tierra como yo.
Poco después, peses a las ideas de Lou, seguía encerrada y sin escribir otra cosa que poemas de despedida. Y ya salía algo, al banco, al parque. Y los poemas seguían pero eso sí, me vestía impecablemente, hasta de velo en la cara y todo si el sol no me devolvía. Ya casi me acostumbraba a recitar y a desplazarme a oscuras como los ciegos, por temor a que me vieran; no bien llegada a algún sitio público buscaba un buen escondite, hasta la noche del Nouge.
Noche memorable en la que A. A. Roland me arrastró al bar de mujeres más lindo de Caracas. Yo me dejé hacer porque ella era mi monumental ángel de la guarda. Arcángel Azalea se dedicaba a hacer el bien, como otros pueden tener la manía de las dagas antiguas o la acumulación de datos para tesis interminables. Ocupaciones de paciencia alimentadas por fotos raras y complicadas tácticas de rastreos inútiles; sin recursos, sin poder salir del país, por ejemplo, difícilmente se consiguen más de cinco antiguedades pero tú terminas sabiendo qué es lo que buscas y te vuelves un experto que reune la más bonita colección de información sobre el tema. A Arcángel Azalea se le iba también la vida revisando insólitas teorías antropológicas sobre el amor y por las tardes cantaba en las iglesias. La noche era para sus amigos, era la mamá incestuosa de todos y cada uno. A. Azalea creía en la felicidad porque había sufrido lo indecible hacía años. Se había vuelto refinada y eficaz en sus empresas. No más Lou contarle de mí, se apareció en deidad protectora, Arcángel. Emergió de la ventana y mi derecha, también clausurada, en toda su inmensidad con túnica de vestal marcada con sus iniciales en dorado y el rostro como recién tallado de una sola pieza, seguramente de un colmillo de marfil. Me apartó del espejo manchado del armario, me dio consejos para la piel y entre los presentes me dejó una edición rara del Collar de la Paloma, una torta de queso, y entradas para su recital de Canciones de Cuna. Después siguió viniendo, con el periódico para ayudarme a buscar trabajo o leerme los chismes locales, con partituras o con orquídeas amarillas, color que reservaba a los no—amantes. Hasta que logró sacarme del encierro por las noches. Ahora reinaba en medio de la pista del Nouge.
Desde mi rincón el lugar se me antojaba como una catacumba, con el Arcángel oficiando. Pero la escena no duró mucho porque me introducía en un lugar y a la media hora salía corriendo para una cita al otro lado de la ciudad. Ya yo andaba melancólica cuando el escenario se llenó de nuevo: dos incrustradas de pedrerías legítimas hicieron su aparición. Todo el bar contuvo la respiración. Seguían a una señora que tenía como único adorno un llamativo lunar en la mejilla derecha. Los astros del techo relumbraron en dirección de las recién llegadas, todo el mundo se enamoró de ellas. Eran perfectas; no se reían en voz alta, empezaron a beber de lo más caro, no le sonreían a desconocidas, hacían pasos de bailarinas profesionales, y sus trajes de firma no se parecían a los de nadie. Y se sentaron con la dama, o más bien. Pero se sentaron con la... Por qué estaba ya llamando dama a la mujer del lunar me inquietó. Eso de sentir la Dama en una particular me había traído hasta ahora desagrados. Las Damas no me habían servido sino para los versos donde la nostalgia de eternidad del juglar reventara su cuerda y además yo estaba en el bar más lindo para divertirme. Claro que aquella mujer era misteriosísima aunque no tan digna de ser mirada, además ella no le quitaba los ojos a las pantallas de video, ni siquiera se inmutó cuando llegaron rosas a la mesa y con tarjeta. Yo aparté todas las cortinas de humo que pude y casi me caiga del espejo donde me escondía, porque tenía que adivinar quién había enviado el ramo. Tal vez la diplomática que ya se les está acercando y hace reverencias y se lleva las muchachas—estrellas, pero la señora apenas si volteó a decir adiós con la mano y nunca se interesó en la nota de las flores. Y ahora las escoltas de la diplomática vuelven a la mesa y se agachan debajo de las sillas, es que la mascota se había quedado y ella tampoco miró qué lindo perro que todo el mundo cargaba y besaba.
Arcángel tenía razón, la diferencia con otros lugares era notable: en Nouge se permitía la entrada a las mascotas y nada de zapatos de goma a excepción de los de la diplomática y porque además estaban revestidos de piel de culebra amarilla. Y no había show de gladiadores o bailarinas de vientre colombianas disfrazadas, sino una auténtica rockera ácida con cuerpo de efebo, la cabeza rapada y letras que te ponen la carne de gallina, en uno de los ambientes; en otro daban un espectáculo con funambulistas que danzaban en una cuerda y se desvestían al son de una voz a capella que les hacía el amor. La luz, los ángeles volando sobre nuestras cabezas, las tangas flotando un poco antes de caer, un gran silencio y allí subía la voz que las penetraba fulminándolas, entonces caían contorsionadas a la red templada sobre nosotras. Pero la dama nunca se movió de su sitio, como dormida. Entonces seguramente era mi dama, pensé y me puse a temblar, parecía que tuviera la cabeza llena de enredaderas, por dentro y por fuera. Nunca podré escribir mi libro, me lamentaba, porque una no puede columpiarse en un borde de imágenes, sin riesgos, algún viento con su palabrerío termina por soplar. Alguna palabra como un dardo nos toca y todo se tambalea. No es lo mismo ver y sentir que sentir y caer en la tentación de ponerle nombre a lo visto y sentido. Con palabras la imagen se volvía de tres dimensiones y me atrapaba, me reducía a mí al plano. Me consumía.
Delante del espejo del baño ya no sabía qué hacer: si quitarme el maquillaje, ya estaba demasiado fenmenina con esa blusa negra sin hombros y a lo mejor no le gustan las hembritas. O si me maquillo mejor y... Nada. En el caso de que sí le gusten ¿no anda ella con las más bellas de la fiesta? Qué cultura de mierda, te condena a desnudarte los hombros, tú tragas saliva y cierras los ojos para no ver, igual te pones el smoking y debes cerrar los ojos. Te lo pones llorando, te maquillas llorando. Alguien tendrá que ver. Buscas desesperadamente quien se atreva a mirar para dejarle esa tarea. Pero antes debe tenerse ojos para ti. Si la dama tiene ojos nada más para lo que brille, estaré perdida. Pero qué digo, yo que sólo puedo verla por refulgente, y es eso lo que me vuelve más opaca. Es que no se puede ser caracol de jardín sin consecuencias: o despiertas el sagrado institno materno de las señoras, caracol de la carencia necesitado de envoltura, la señora acude con su capa y en rincón te envuelve o te besa salvajemente. Como por virtud del mismo instinto la señora huye llena de asco, reconocida en la imagen común del desamparo. No hay fórmula que valga, lo que dice la leyenda es pura caricatura de pésimos libros, o pésimas caricaturas de libros regulares o... Dejé de comerme las uñas en el baño y caminé hacia la salida del Nouge, en perfecto silencio.
En la puerta alguien dijo cerca de mi oído es difícil vestirse de oscuro sin parecer vulgar. La voz traspasaba el banco de corales raros y filosos, porque me dolió el estómago y me atreví a mirar y en el espejo tornasol estaba la señora. La ofrecía su tercera copa a una estrella pero repetía esa frase mirándome a mí. Era su tercera copa porque en tres ocasiones envidié a la muchacha morena sofisticada que se le acercaba demasiado cuando le servía. Tres veces me confundí en indignación y en el placer de rozar el pelo gris malva y el corazón se me salía por el escote de la negrota que medía dos metros, tres desmayos y tres intensas rabias contra la frescura de la negrita ésa, porque era ella quien le servía y no yo, y porque era una negra hermosísima y yo... Pero ahorita, en el torbellino del espejo, sé que me está mirando y ahora se acerca a la puerta y dice frases tiesas y disculpe pero estoy admirando cómo lleva usted esas ropas, es que soy fotógrafo. Caí en cuenta entonces, es que mira, como a todo, desde un lente. Tal vez esa era la pura verdad pero yo me puse agradecidísima con el guardarropas olvidado y con la mirada profesional y con la invitación, porque ya me pidió que si no aceptaba un trago pero en otro lugar menos decadente y silencioso, por favor, ella conocía un salón donde el alumbrado haría maravillas con mis colores y además, con lo regio, regio dijo, que me queda el negro, ella obtendría, por favor, una difícil imagen que necesitaba con urgencia para completar su próxima exposición.
Arcángel y Lou me habían prevenido. La una, por una visión que tuvo en las vacaciones de Semana Santa. Se estaba bañando en el litoral con su Dior recién estrenado y de pronto se vio arrastrada por una marea fangosa. Hubo que rescatarla. Estuvo seis horas en la bañera, en estado de shock y de pronto recordó que en medio del barrial había visto un caracol de madera, hermosísimo, y se le vino mi imagen. Cuando salió del cuarto, ya repuesta, encontró en el Hall del hotel a una extranjera de pelo canoso que leía en alemán El diario de un perro de un tal O. Panizza y se quedó petrificada: lucía una pulsera de caracoles iguales al que flotaba en la mierda y estaban vivos. Arcángel Azalea, por su parte, había soñado con un monstruo gris malva que la torturaba para que revelara mi escondite.
Pero esta dama, claro que hablaba raro, pero con acento venezolano y además era mucho más vieja de lo que imaginaba pero mucho más bella y nunca se pondría ninguna clase de brazaletes, no era su estilo y me dio vergüenza. Por mi voracidad. Por mi aspecto, por mi presencia en ese lugar, quise explicarme, no soy como, soy tal, no frecuento esto sino aquello, soy... soy artista como usted, vengo aquí para terminar mi cuento decadente y no se crea que sólo hago literatura de mujeres y esas cosas, ni que soy alcohólica ni tan patética, pero no sé que me sucede, usted debe tener un sabor ligeramente salado y oler a hierbas altas y ¡uff! Claro que no le dije nada de eso. Porque delante de ella estoy muda y quiero irme corriendo. Me arde un pedazo de piel del brazo, empiezo a desencajarme, sé que estoy a punto de descomponerme, que el color negro me devora y ya no me queda bien, todas las formas se alteran, mi naríz ya no es como la de las tumbas etruscas sino una narizota, y el pelo se me opaca engrinchado como medusa, el ojo izquierdo hundido en un mar negro bizquea. Sé que de un momento a otro se romperá mi collar, se deshilvanará el vestido, mi vientre lucirá inflado y los zapatos de imitación me harán callos y nunca pero nunca podré mostrar mi pie desnudo. Pronto me saldrá la dura costa y caminaré como arrastrándome, en una nube de lodo.
No sé cómo ya estábamos en al calle, algo atornasoladas, parecíamos sobrevivientes de una pecera rota aprendiendo a respirar. Todavía teníamos la visión del local donde habíamos nadado en humo azul, y yo feliz porque habíamos dejado atrás el cultivo de criaturas sensuales y brillosas que bullía no era másque pequeños dragones invernando. Por debajo de la puerta todavía se escapaba alguna burbuja y la soplábamos jugando con el aire de la calle, un rato. Ella seguía irradiando una cálida intermitencia. Repetía esta ciudad matará a los débiles, a los que tenemos las raíces bien hundidas hasta las capas nutricias, yo encontraba que sus frases eran eran tiesas pero largamente pensadas y me conmovían. Me conmovía su manera de moverse. Parecía un paisaje avanzado. A ratos era otra cosa, empuajaba las burbujas y las rompía porque se volvía filosa. Paisaje de agujas, del banco de corales, a merced de las corrientes, pero decíamos que algunos eramos así, plantas que viven del aire, generalmente creciendo en los desiertos. La hubiera escuchado toda la noche. Plantas aéreas y destino tercermundista, todo eso se le oía porque no era un discurso ni lloraba porque estuviese drogada ni se reía porque fuese inteligente ni. Ni nada. tampoco voy a justificarme que la oí, que la devoré con mis orejas, y que no pude expresar dos cosas sensatas, ni siquiera una. Esataba empapada, el vestido pegado al cuerpo e intenté sobreponerme a mi naufragio, poruq eso es un desastre cuando te eligen perfecta para una pose y llega la lluvia y te transforma y ya no sirves, ahora qué haría. Me volví desenvuelta y alegre con gestos mediterráneos, malogrados cinco minutos después de apresuradas explicaciones que intentaron dejar en claro dos o tres cosas, primero que no se fuera a creer que yo era vulgar, tampoco estaba casada y tenía sólidas opiniones en materia de arte, que no era una puta, perdón, una, bueno eso mismo, pero sí excesivamente tímida y venezolana del sur y estaba terminando mi libro pero perdí mi trabajo por depresión, problemas con un armario cerrado, pero ella me fascinaba. Y esa última frase fue la que peor sonó pero una vez aclaradas esas cosas, la calle me pareció interminable y sin misterios, y para no echarme a llorar me fui.
Lou y Arcángel Azalea no se pusieron de acuerdo con las fotos, cuando visitamos la exposición. Arcángel prefería el color: la serie donde una criatura negra recién salida del agua lloraba contra la luna de un espejo con luz rojiza. Algo o alguien desde el espejo le tendía un anillo barroco de piedra verde. Lou estuvo silenciosa como encantada, meditando frente a una imagen en blanco y negro donde llovía mucho. Era una vaga calle donde una mujer con el pelo como una llamarada parecía huir, y al fondo de la calle había un objeto que brillaba y era como un huevo de cocodrilo. En todas las imágenes alguien o algo lloraba. Y es que fueron unas extrañas semanas donde nunca le hablé y lo único que me calmaba el llanto eran sus brazos.
La última pose fue la más dura. Me llevó hasta una mesa puesta. Había un desvalido mosntruo horneado sobre una bandeja de plata. Un pollo de cinco patas o algo por el estilo. Sólo tenía que sentarme y mirar en lontananza. Llevaba un hermoso modelo incrustrado de pedrería. Recogí las manos sobre el mantel pero no pude seguir las instrucciones porque me eché a llorar. Esa vez ella me dijo, con sus frases largamente sentidas que me amaba y nos reimos mucho recordando la primera noche del Nouge, cuando por mi vergüenza por la histeria incontrolada y por el amor y por la lluvia me había ido corriendo y ella al seguirme se salvó del incendio criminal que estalló a la madrugada en el Nouge, un atentado a la embajadora, pero esa sería una anécdota para otro libro, de Lou, seguramente.

ALEVOSÍA CORPORAL. Por María Ángeles Octavio

En la víspera de nunca partir,
no hay equipaje que hacer.
Fernando Pessoa
"¿Quién va a viajar?", me pregunté viéndome en el espejo. El baño que acababa de tomar había empañado mi reflejo, que sólo surgía conforme mi mano lo acariciaba, haciendo que yo apareciera por partes frente a mí.
"¿Iremos todos?", me repregunté al tomar la toalla blanca que sedienta me abrazó y, con sus poros de lengua, lamió el agua que todavía descendía por mi cuerpo.
"¿Quién va a viajar?", volví a preguntarme, ahora desenredando mis cabellos. Introduciendo el peine en las frondosidades de mis hebras. Preguntándome cómo se llenaron de esos nudos que impiden la penetración de las cerdas. Mi cabellera larga, lacia, goteaba espesos brotes sobre mi cuello. El esfuerzo de los hilos por soltarse y quedar libres, los hacía venirse en aguas. En bajada, caían estas porciones de líquido, rodaban por mi columna. Cada una de las pequeñas fracciones de humedad despertaba en mí a quienes me habitan. Y así, con las sensaciones de todos, se erizaba mi piel, contrayendo los músculos hasta el dolor. Mi capa tensora a veces cedía por el volumen de seres que luchaban en sus fronteras. Almas que forcejeaban para escapar, para sobrevivir. Dentro de mí vive una humanidad de seres, cada una con deseos disímiles y sin embargo comparten el mismo cuerpo.
"¿Quién va a viajar?", insistí apresurada, mientras con mi mano tomaba la hojilla Gillete de triple filo para asesinar el batallón de cañones de Navarone asomados en mis piernas. Una vez ganada la conflagración, se izaba la bandera blanca y el frescor de Nívea Milk que apagaba la sangre que corría por mis extremidades. Sí, debo parecerles muy femenina, y sin embargo la testosterona hace que mis vellos sean muy rebeldes y problemáticos a la hora de erradicarlos.
Me llamó Alucinada y me han invitado a un viaje a Araya. Nunca llegaré, porque mi brazo no podrá estirarse lo suficiente para llegar. Por eso, ya lo decidí. No iré en persona. Enviaré a ése o ésa que intenta huir de mí. Él o ella hablará por mí, cantará a través de mis ojos, olerá a través de mi tacto y verá todo a través de mis oídos. Él o ella, deberá partir de inmediato. El tiempo se acorta. Nos contiene y dictamina. Boto el reloj, es el carcelero de mi vida.
Postergar, retrasar, no querer enfrentar, es una de las reacciones ante la inminencia de los acontecimientos. Es la víspera del viaje. Parece que fuera el primer viaje. Nunca creí que llegaría el día de emprenderlo.
Debo prepararme, escribir la lista de todo lo que necesito para el camino. Me siento todavía desnuda, esperando que la crema que mi piel saborea termine de desaparecer. En ese instante un viento helado amenaza mi cuerpo y al contacto con mi nutrida dermis, ésta hace explosión, y levantan la guardia todos los guerreros de mi cuerpo.
Olvido la lista, los preparativos. Me recuesto a ver el techo de mi cuarto, blanco, blanco, manco, manco… blanco. Y ante mí se presenta un destino desolado. Levanta el vuelo por entre sueños inconclusos. Escucho el viento, bravo, feroz, y veo mi cuerpo dorado en medio de la sal. El mar lo arrastra con su ritmo, envolviéndolo de espuma. Mi cuerpo parece rodar sobre montañas de sal. Soy yo, sí, me reconozco por el lunar. Ése que no alcanzo a ver sino cuando contorneo mi cuerpo en su búsqueda. Ése que llaman marca de nacimiento y que se encuentra por donde pasa el alumbramiento.
Suena el teléfono. Me asusta. Me caigo de la cama. Llamada perdida. Retomo el cuaderno. Posición de indio. Y al doblar las rodillas se quiebra mi piel. Está sedienta cual camello. Sólo se calma con la humedad. El contacto acuoso acalla sus poros. Froto más Nívea en la superficie.
Yo voy a ir a Araya volando. Tengo derecho a llevar mi equipaje. Al menos eso dicen las líneas aéreas.
Me estiro, me miro de arriba abajo. Me gusta lo que veo. No, no voy a llevar maletas. Tanta ropa para qué. No llevaré ninguna. Nada, me gusta sentirme ligera. Liviana, me gusta flotar. ¿Cómo me vestiré? No lo haré. La naturaleza me vestirá. Un poco de vapor me servirá de cobertor y el sol será mi velo. ¿Y si no me queda bien?, pues andaré démodée.
Ruedo sobre el colchón y estiro mi brazo. Abro la gaveta de la mesa de noche. Saco un pasaje, lo reviso, leo: ida y retorno. Me fijo en el nombre del pasajero: Alucinada Casablanca. Me digo qué exceso, el viaje que voy a hacer no tiene retorno. En realidad ninguna travesía lo tiene, pues nunca regresa quien se va. A pesar de estar segura de esto, cada vez que viajo me doy cuenta de que las aerolíneas insisten en ese punto, se empeñan en llenar el espacio donde dice nombre del pasajero: con el mismo nombre de ida y de vuelta. Para mí eso no es correcto. Yo siempre me pongo muy nerviosa en el vuelo de venida. Temo que descubran que he usurpado una identidad que no es la mía. Y termine presa o muerta.
Coloco el pasaje sobre mi vientre. Lo veo subir y bajar con el oxígeno que entra y sale de mi tórax. Juego con el ritmo y veo subir y bajar el avión. Aborto el vuelo y golpeo mi cabeza contra la almohada. El contacto, la cercanía a lo mullido me produce horror. Terrorista, ese pensamiento atenta contra mí. El imaginar que mi cabeza podría caer desprevenida en los sueños de otros huéspedes cuyas cabezas se hayan posado, antes que la mía, sobre esas plumas ajenas, si es que son plumas, ya que por lo general no son sino retazos de goma espuma. Mi almohada está cargada de mis fantasías, rellena de mis ilusiones. Ella no debe quedarse. Ella debe ir a mi periplo. ¿Una o dos? Dos. Una para la cabeza y otra entre las piernas.
Paños y sábanas suaves. 310 nudos de percal. Las debo llevar yo. En ningún hotel, motel o posada me van a cubrir esa cantidad de nudos por centímetro cuadrado de algodón, ¡ja, algodón! Poliéster. Poliéster inflamable. Mi sutil cuerpo no puede arrimarse a este material pues arde y no precisamente de deseo, muere de piquiña toda la noche. La dermatitis atópica que me produce la bajeza de una sábana es irreversible.
El paño. Asco. Rozar los deseos y apetencias de otros a través del contacto de mi piel con los ácaros ajenos que permanecen enredados en esa superficie textil deslavada o mal lavada. Vomito. Cuando descargo todo mi terror me siento en el piso del baño, sobre el mármol frío y de nuevo me pregunto: ¿Quién va a viajar? Se acaba la noche y no sé en realidad quién se montará en mi cuerpo por la mañana y partirá con rumbo a Araya.
Ya no vivimos en paz. Ahora cada cual quiere hacer su voluntad. Amenazas hasta de muerte he recibido desde que este viaje se me presentó. Y no quiero ir yo para que no se diga nunca que los tenía prisioneros. Mi cuerpo es de todos y sin embargo siento que es un poco más mío, pues yo llegué primero y poseo el pasaporte o documento de identidad.

ME ROBÓ VILA-MATAS. Por Clara Machado

Extrañas las fuerzas que de repente nos invaden y nos atraen, que nos chupan como si fuesen una aspiradora del tiempo y del cielo. Quiero estar caliente pero me hace falta el frío. Quiero ser el hombre de al lado, sentado en su mesa de este café tan antilietario de un centro comercial. El habla con un viejo, el padre, un amigo, un consejero, no sé, en todo caso es alguien que lo escucha. Ni se imagina que mi mano se mueve e indaga en su conversación. Quizás no les importa que yo escuche. ¿Qué importa que una extraña se entere del plan que hizo Jorge? Me gustaría conocer a ese Jorge y saber cuál fue su plan y por qué ellos dos están contentos de que desista. Suena una música muy fuerte en el fondo y no escucho más. Mucha gente está entrando para escapar de la lluvia, se quiere resguardar y mientras tomar un café. Ellos quieren cuidarse y evitar el frío. Mentira que a alguien le guste el frío. El infierno es frío.
Se van el viejo y el muchacho, jamás supe quién era Jorge y busco a quien espiar. Hay varias personas sentadas, algunas conversando animadamente. Una mujer juega con los paqueticos de azúcar y cuenta algo serio a una amiga. Una vieja se queda viendo para ningún lado con sus zapatos de siglo pasado cruzados uno sobre otro. A mi lado se sienta un hombre preocupado. Tiene una deuda que le quedó del banco central desde hace diez y seis años. Se pregunta cómo es posible. Yo también estoy preocupada. No llega la plata, no puedo viajar sin ella y tengo que ir urgentemente a Chile. Carlos me está esperando para el trámite de la casa, pero mejor no pensar en eso. Me vine al café para escapar y no para preocuparme más. Yo estoy esperando la plata como el hombre de al lado.
El ogro va a pegar el grito en el cielo cuando se entere de lo que hice. Peor se va a poner si algún día llegan a publicar esto. No debería escribir estas cosas, pero menos debería pensar y yo para no pensar tengo que escribir. ¿Por qué me preocupo porque alguien publique esto si yo no soy nadie? A lo mejor esto se quema y nunca llega a la luz. Estoy imitando a Vila Matas de cierta forma. Pero, ¿Si Vila Matas soy yo? Debería buscar su dirección, olvidarme de Chile e irme a Barcelona, tocarle la puerta y decirle que me golpeó su libro, que lo leí y me vi. Que se robó a alguien que soy yo.
Frente a mí un hombre que no pasa de treinta años pidió algo que se ve mejor que lo mío, tostadas con mermelada. Es más sano en todo caso. Yo pico mi budín de limón mientras él gira la cabeza y su mirada se encuentra con la de una cuarentona y media. Tiene camisa rosada, pelo corto, pañuelo al rededor del cuello. Le incomoda estar sola, se le nota. A lo mejor quiso decirle algo al joven. Quizás tengan una historia y lleven rato diciéndose cosas con las señales del cuerpo, mandándose mensajes que flotan sobre las moléculas del aire, palomos mensajeros invisibles. Puede ser que la historia de los dos venga de otra vida. Volvieron a esta para verse un segundo en un café, sin la menor idea de que son el amor de una vida pasada. Ya se vieron, ahora se pueden morir y no lo saben, quizás por eso es que ella esta incómoda y siente que no sabe bien qué es lo que le molesta. Ella se toma el vasito de agua y se va. El hombre se toma el jugo y pide otro café y no se termina las tostadas.
¿Qué cara pondrá si yo se las pido? Me las dará con cara extraña y se irá pensando que el mundo está loco, que una vieja lo estaba viendo y que una niña se quiso comer lo que el dejó en el plato, asco.
El hombre que está a mi lado dice... "Señorita. ¿Se tarda mucho el café?". La muchacha dice que no. El tiene razón, la mesonera es una mierda y él está preocupado. No tiene tiempo de pensar en que la muchacha está verde de andar limpiando mesas y repartiendo café a los que les da flojera pasar un poco de frío en un día que ya no es tan frío como los anteriores, si te pones a ver.
Una pareja entra y se sienta cerca de la ventana. Después se mudan a una mesa que está justo enfrente de mí. Ella fuma, hablan bajo, no escucho. Yo me veo concentrada, ellos no saben que es en ellos. El hombre de al lado se para, se va y deja su chaqueta. Le voy a decir algo. Ya no puedo porque se fue.
Pasa de largo una mujer embarazadísima con al barriga afuera y se le quedan viendo. El hombre de en frente me ve, seguro se pregunta qué hago. No tengo aspecto de local y estoy escribiendo. Querrá saber sobre qué, que se lo muestre tal vez. Yo también quisiera saber lo que estoy haciendo, y no sé porque las ideas se mezclan y los personajes entran y salen. Seguro dentro de un rato no se acordará de que había en un café una niña escribiendo con un collar raro y cara de extranjera. ¿Y si me muero y él lo lee en el diario porque me mataron? No se va a dar cuenta que fue justo la que estaba sentada escribiendo justo en frente de ellos. Quizás en el diario salga que escribía cosas que no tienen ni pies ni cabeza, porque pelearse por tres casas no tiene ni pies ni cabeza, porque desde que Carlos se fue con una bailarina que me lleva 25 años la vida se quedó sin cabeza y los pies corren hacia cualquier lado sin ver. A ese hombre no le gusta la silla y le dice a la mujer que él se hace cargo salvo cuando está enojada y yo no entiendo. Me provoca decirle a la mujer que si el hombre le está poniendo excusas para hacerse cargo mejor se olvide, porque si pone una excusa pondrá otra y otra, eso siempre sobra. No le digo nada. No la conozco, después dirá ojalá la maten y yo leerlo en el diario. A lo mejor no dice ojalá, pero si pasa no creo que le importe.
Me dijeron que este lugar me iba a salvar porque aquí tengo de todo. Yo contesté que sí, aunque pienso que es profundamente antiliterario. Es irónico porque ahorita me siento muy literaria, me gusta la idea de escribir las historias a medias de gente que entra y sale, que no quiere mojarse. Yo creo que están aquí para alegrarse de que se cayó el plan de Jorge, para no entender como pueden tener una deuda desde hace diez y seis años y no saberlo y para no pensar en el viaje a Chile, la casa, la otra casa, Carlos, y la hija de Carlos.
Detrás de mí hay un par de viejos, muy viejos. Están como buscando una salida de emergencia de la vida. Hablan de los nietos, todos tienen sobre nombres, Vivi, Bubi, Tuti, todos con I, la vida es amarga cuando uno envejece y los viejos les ponen ies y itos a todo para hacerlo mas tierno. La mujer dice, "mira que café mas grande que tiene la niña", como si yo no escuchara. La niña soy yo. Mi café es grande, es un capuchino sin crema, sin chocolate y con poca canela. No me lo voy a terminar.
Me voy a ver que pasó con la plata y con el pasaje. Seguro que la amante de Carlos está en un café, preocupada porque no sabe si por fin su esposa, yo, va a venir a Santiago. Seguro ella no pidió torta sino algo más sano mientras la hija de mi esposo está en el coche agarrándose el pie y riéndose. Su mamá sorbe un café preocupada por lo del divorcio de su amante, su papá, mi esposo. Una vieja cuenta pesos Chilenos para pagar su café y la mira de reojo y piensa qué mujer más bella y qué guagua tan chiquita, ¿Cómo hizo par adelgazar tan rápido? Me voy. Me preocupo mientras salgo porque no sé si lo último que escribí es una mierda. Si fue lo mejor que he hecho, entonces soy una mierda, y no queda otra que buscar una oficina para siempre y ser algo que no soy ahora, aunque ahora no soy nadie. Me robó Vila Matas.

HOTEL HOLANDA. Por Olga Colmenares

el poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.
Árbol de Diana
Alejandra Pizarnik
Dividida, desde aquella fotografía sólo es posible la división y ella. Él no se imagina lo que produjo en mí su imagen. Prometeo robó el fuego y rompió las cadenas en su cintura. Mi moral me prohibía seguir, mi curiosidad empujaba vehemente. Sólo ella lo sabe, sólo ella pudo sentirlo en mis manos, mis manos que ahora son parte de su cuerpo, mis manos que son los únicos testigos. Palabras de él: arte, fotografía, pornografía, curiosidad, ansia, deseos, angustia, el otro, hotel, francés, ella, hermosa, desnuda, sólo yo. La moral, la moral de la negación que va apretando la tuerca, la moral que ahorca y deja sin aire. No vamos a hacer nada malo, sólo posaremos para él. Clandestino, oculto y sin explicaciones. Nunca tuve esas inclinaciones, nunca mis ojos se fueron de lo normal, nunca existió la curiosidad; nunca lo pensé, nunca lo imaginé, nunca fue ese mi deseo. Si sólo hubiera dicho que no, pero cómo negarme a lo que él me pedía. No logré en tantos años negarme a él, a su mirada que me hipnotizaba y dejaba sin voluntad. Repetía las palabras para mí, frente a un espejo, pero nunca fuera; nadie podía saberlo jamás. No estoy haciendo nada malo, sólo posaré para él, y ella estará allí con tanto miedo como yo, arrepentida como yo de no haberse negado. Olvidé preguntarle si ella tenía esas inclinaciones, quizá era mejor no saberlo. Desnudarse. Posar. Marcharse. Sin marcas ni olvidos pendientes, sólo respirar profundo y seguir la vida como si nada. Me imaginaba entrando al hotel, buscando la habitación entre pasillos húmedos. La cámara y ella. Quitaría mis ropas en el baño, doblaría cada prenda haciendo tiempo y tomando valor de los segundos. Ya estaba decidido, no había que pensarlo más. Si me lo pedía, no la iba a tocar; porque después de todo no tenía esas inclinaciones, y además con desnudarse ya era suficiente. Rondeba la veintena, él unos diez años mayor. Yo taciturna, él genial, ella un misterio aún. Tenía ooca experiencia en aquello del juego de carnes y deseo, algo de curiosidad y mucho miedo a la imaginación. Sólo había estado con él, pensé que ella sería igual a mí, y me dio rabia pensar que yo no era la única. No se trataba de ser ingenua, siempre se trató de creer en sus ojos. Sí, pensé que en medio de la habitación del hotel de horas me pediría que la besara, la tocara, que lamiera sus pechos y quizás hasta que fingiera hacerle el amor (¿cómo harían el amor dos mujeres?… no era posible, sentía repulsión al imaginarlo). Mientras tanto, él vería hundido en algún rincón, tragando su cigarrillo a bocanadas y con las fotografías entre el índice y el pulgar. Mis ideas comenzaban a empañarse con el vapor de la curiosidad, pero no por ella sino por él, porque siempre en mis pensamientos se empecinan en llevarme hasta él. Aunque trate de huir, aunque ya él no exista, mis pensamientos siempre lo tienen presente. Recibí la llamada una semana después. Me dijo el lugar y la fecha, por supuesto habló otra vez del arte, la intención transparente, la intención de los ojos sin las manos. Hotel Holanda, ventiuno de enero hacia las nueve de la noche, preguntar por él en la recepción. Claro, el número de coitos o el número de amantes no es proporcional a la ingenuidad, hay putas muy incautas. Pero yo era otro caso: una mojigata con algunos dedos de frente. Podían violarme, podían secuestrarme, podían matarme. Aún, luego de tantos años, unos cuantos coitos y una buena decena de amantes; estoy segura, hubiera estado puntual a las nueve de la noche en ese hotel que no conocía, porque lo único que realmente importaba era él, complacerlo en su más mínimo capricho. Ventiuno de enero, pasaron las horas del día desgarrando cada trozo de estómago que quedaba intacto. Nervios; imposible comer. Decisión, es mejor que nadie lo sepa. Aunque alguien debería saberlo por si dejaba de existir o algo me sucedía. No, definitivo, nadie lo sabría. No sabía qué vestir esa noche, aunque poco importaba. Todo debía permanecer en su lugar y limpio. Y aún así, preparé cada prenda: pantalón de pana oscuro, camisa ligera como queriendo escapar del cuerpo, sostén blanco, sin medias, pantaletas blancas, sandalias, chaqueta oscura. Papá, vuelvo tarde me quedo en casa de Elizabeth. Taxi. Dirección precisa, mirada solidaria y pícara. Pago, cambio. Lloviznaba, bajé con cuidado, no quería mojar mis pies. Corrí a la entrada para llegar pronto a la recepción y preguntar por él. No pude ver bien la fachada del hotel, logré vislumbrar el anuncio típico de neón rojo (HOTEL). La recepción desgastada y sucia, tanto como el encargado que parecía parte de la decoración. Mis sandalias se pegaban al piso sin barrer y mojado por el agua que arrastraban los zapatos. Olor a humedad y frituras. Paredes ajadas, plantas de plástico adornando las esquinas. Espejo de fondo ocupando una pared entera, para que vieras quien eras cuando entras y pudieras reconocerte a la salida. Escritorio de formica resquebrajado, atrás el estante de llaves casi vacío. Frío que se colaba en el corredor, puerta a la derecha que daba a un pequeño bar. Pensé en tomarme algo, pero detenerme en un trago implicaba dar media vuelta y marcharse.
Buenas noches. Pregunté por su habitación, mi voz temblaba y no podían distinguirse en ella las palabras. El encargado movía la boca tras su pequeño bigote y la gran papada grasosa. ¿Buscas a quién? ¿Quieres una habitación o qué? Casi escupía las palabras en mi cara. No podía, simple, no podía estar en ese hotel de horas. Logré por fin que el encargado escuchara mi voz que se convirtió en casi un grito. Ya era tarde para los arrepentimientos, iba a desnudarme con ella y posar para él. Tenía que complacerlo, no me iba a amar de otra forma. No. No valía la pena condenarme por él. En qué estaba pensando cuando dije que sí. Ya había dicho su nombre al encargado. El encargado levantó el teléfono, anunció mi llegada. Sentí sus pasos bajando las escaleras o al menos eso creí, una puerta se abría al fondo y él salía a buscarme. Beso con sabor a menta, así eran sus besos desde que lo recuerdo. Lo adivinaba con ese sabor de menta luego de un cigarrillo, fumaba por la tarde y cuando se preparaba para revelar sus fotografías. Me tomó de la mano y me guió hasta las escaleras. Siempre tuvo el poder de hipnotizarme sin muchas palabras, aunque para él era un placer inventarlas y creer que con ellas me conquistaba. Cada escalón sonaba bajo mis pies y los suyos a medida que subíamos. Imaginaba que ella estaría ya en la habitación, habían hecho el amor, y yo llegaba tarde a oler las cenizas y el humo. Temblaba toda, pero no sólo por miedo o por el frío de la lluvia, temblaba de rabia, porque él y ella estaban en esa habitación. La escena: él penetrándola, ella gimiendo, él apoyando la planta de las manos mientras las sábanas van corriendo, como corre el semen en su abdomen cuando él acaba en ella, ella exhalando, él agotado. Y sentí que comenzaba a mojarme, me excitaba pensar en la idea. Quería ser yo, gimiendo bajo su cuerpo mojado de sudor. Un suspiro. Él me invitó a pasar. Parpadeo, buscando despertar de lo que sucedía en mi cabeza. Llegamos, entramos en la habitación, y tú ya estabas allí. Piernas cruzadas, codo apoyado en el brazo del sillón sosteniendo un cigarrillo, justo frente a la puerta, tus ojos fijos en la puerta, esperándome. Avancé midiendo mis pasos y tú mediste mi cintura con las pupilas. Me tragabas con los ojos, ya no había ropa que me cubriera. En aquel momento era difícil imaginarlo; delicado y pulcro acostándose contigo, una puta más. Lo miraste como aprobando mi llegada, y aprobándome. Ella es Eva. Nunca le pregunté si ese era tu nombre. Luego de vivir casi muchos años más en sus intermitencias, jamás hablamos de esa noche. Eva, ella es Sofía. Me aferré a su brazo, buscando protección. Me ofreciste un trago, lo acepté a pesar del asco que me producías. No sabía cómo poner las manos, dónde dejar mis cosas, si entraba al baño y me quitaba la ropa, me sentada en la cama, esperaba la fotografía, me vestía y me iba. Pero no iba a ser así, estaba socializando con lo clandestino, socializando con lo que no debe ser, lo que no conviene. La señorita: mejores notas, mejores opciones. La señorita en un hotel barato y a punto convertirse en lesbiana, en rara, en marimacho; y contigo, una puta, bonita sí, pero una puta. Creo que imaginé los dedos acusadores mientras campaneaba mi tinto. Un momento, yo no iba a hacer nada, él ya había visto mi cuerpo y a ti no te iba a volver a ver. Pero fue inevitable, esas caras de decepción me acompañaron el resto de mi vida, cada vez que me miraba al espejo aparecía el mayor juez de todos.
No recuerdo la conversación. Arte, desnudos, nada sexual, todo sexual, dos mujeres, fantasía. Ya había subido el nivel de alcohol. Él preparaba la cámara y la fotografía, yo me descubría desviando los ojos hacia ti, desviando los ojos hacia donde no es. Te recuerdo relajada con mirada cómplice e interés en el mejor ángulo. Ayúdame a escoger cómo vestiremos la cama, porque tú y yo vamos sin ropa. Otro trago. Por el arte… y ¡salud! Vestiste la cama siguiendo sus instrucciones. Comenzaste a quitarte la ropa, él no sentía curiosidad por ti. Definitivo, ya se habían acostado. Yo estaba parada, espalda-pared, observando. No. Observándote. Piel muy blanca, formas definidas que no dejaban espacio a huesos o ángulos. Se alargaban tus extremidades o así las percibía desde mi posición. Pechos redondos afectados por la gravedad, pezones desafiantes que rogaban el contacto. Pero tu miraba decía otra cosa, para mí no eras más que una puta que se acostaba con él. Tomé unas cuantas copas de vino más en aquella habitación del Hotel Holanda. Se avivó mi curiosidad por ti. ¿Qué podía ver él en una mujer como tú? ¿Por qué me había traído aquí y qué esperaba? ¿Sentiría él celos si te tocaba o sólo quería quedarse allí observandolo todo? Embriagada por los olores de la habitación, las copas del vino, los celos y lo prohibido. Rebeldia, reto a mí misma, quería ser capaz de ser otra y con él mirando. Era distinto, hubo otras veces con alcohol y siempre pude controlarme. Sin embargo, todo en esa habitación se combinaba, era un exceso que desbordaba los sentidos y el deseo de escapar al sentido común. Esa fuerza desconocida y desinhibida ya era mi dueña, nada podía hacer para resistirme. Intenté escapar de la habitación y sus aromas ahumados, correr lejos de ti y lejos de él, olvidarme de la fotografía y el arte, y salvar la poca cordura que restaba. Mis intentos no tuvieron éxito, aunque quería moverme era incapaz de pensar en otra cosa lejana a ti. Me desdoblaba en tu cercanía y dejaba atrás mi ego. Mis dedos iban acariciando tu cuerpo, me provocabas, te convertiste en una tentación cuando antes producías mi rechazo total y absoluto. Quería llenarme de tu desnudez, quería darte vuelta y admirar cada una de las figuras que te componían, sentir tu piel a mi tacto, te imaginé frágil en mis manos. Se asomaban los colores de la carne entre tus vellos oscuros, bajo el ombligo y entre las piernas. Mi anatomía era la misma, y aún así me hacías una invitación a explorarte, yo nunca antes había encontrado atractivo el cuerpo de otra mujer. Ya sin ropa te recostaste en la cama, esperándome otra vez. Me mirabas. Esperabas que yo hiciera lo mismo, que me despojara de mi única protección. No pude, me quedé allí, de pie, ambas manos en la copa; mirándote, imaginándote. Te levantaste de la cama, te arrodillaste frente a mí, bajaste las manos desde mis muslos hasta mis pies, quitaste mis sandalias. Te levantaste, tomaste los bordes de mi camisa. Yo estaba paralizada, sólo viéndote y sin creerlo. Mis brazos levantados, tomaste de nuevo los bordes y comenzaste a subir mi camisa. Sentí la tela y quise creer que eran tus manos. Ya el primer escudo estaba vencido. Bajaste las manos, las apoyaste en mis caderas, pero nunca mirabas en mis ojos. Estaba ya aprobada la acción de dejarme desarmada. Quitaste el botón, deslizaste el cierre, te dejaste caer con la tela que cubría mis piernas. Estaba al descubierto. Esta vez sí eran tus manos tocando mis piernas, mis nalgas, mis caderas, mi espalda. Primer broche, y aún no podía moverme. Segundo broche, gravedad. Tus manos bajaron por mis hombros, mis brazos, rozan mis pechos. Sólo quedaba una prenda, que ibas quitando despacio. Descendiste por mis piernas, llegaste a los tobillos, se detuvo el movimiento. Levanté mis pies del suelo. Desnudez. Llegó el momento de la desnudez y la fragilidad del pecado. Tú, de pie frente a mí, más alta que yo. Podía ver cómo tu pecho se inflaba, desinflaba, se agitaba, hundía, quería salir de sí y descansaba. El impulso fue llenando las palmas de mis manos. Quería llegar a ti, sin embargo me movía sólo en la imaginación hasta tus caderas. Sonido de abrir-cerrar diafragma. Primera fotografía. ¡Despierta!
Era una espectadora, ya mi cuerpo no obedecía las órdenes que le daba. Estaba desnuda y él había tomado ya mi fotografía, la imagen de mi cuerpo. La vista estaba borrosa y mi cuerpo se abandonaba. Sucedía y no era capaz de deternerlo, no valía de nada todo el pasado de monjas y familia católica. Se agolpaban en mis pensamientos: pecados, preceptos, deseos, angustia, morbo, labios, ganas, sexo… No podía, no podía dejarme llevar. No era yo, yo no tenía (no tengo) esas inclinaciones, yo no, no debía tener esas inclinaciones. Quería acostarme con él, no contigo; quería sentir al hombre dominando, embistiendo, succionando. Dos mujeres juntas no es lo natural. Mis manos ya no me obedecían. Mi respiración agitada y fuerte. Escuchaba el sonido de mis inhalaciones y exhalaciones. Estaba ebria, sentía cada latido, cada bombeo de la sangre, tapaban mis oídos y ya no eran capaces de escuchar la presencia de él, tú respiración, los gemidos de la habitación contigua. En mi cabeza retumbaba el silencio y las cacofonías desorientadas de mis sentidos. Ebria de culpa y arrepentimiento. Vino dulce de pecado arrastrándose en mi garganta, tragaba lo viscoso de la condena. No deseaba deternerlo. Deseaba deternerlo. La culpa y el placer. Danzaba perdida en círculos, y mis pies no despegaban del suelo. No me mirabas, lo mirabas a él. Te estabas alejando de mí, quizá por miedo a mi parálisis absoluta. Diste un paso atrás, al instante mis brazos se pusieron en movimiento, mis manos directo a tus caderas, te atraían a mí. Volvía la fuerza a mis miembros, pero no el control. Mi cuerpo se estiraba con la punta de los pies tocando el suelo, la cercanía de tus labios me hizo reaccionar, por un momento volvieron las naúseas y el amargo en la boca. Tragué el exceso de saliva que se juntaba. Tomaste mi cara con las manos y me pusiste de nuevo a unos milímetros de tus labios. Podía sentir cada pliegue con mi aliento, luego con mi lengua que se asomaba despacio. Tú la recibiste entreabriendo los labios. Tu nariz, mi nariz, tocándose, un poco hacia la derecha. Mi lengua se intercambió con la tuya en un beso, beso-caricia, manos-espalda. Sabor amargo, aliento pesado de humo y alcohol. Mezcla de sabores, mezcla de saliva. El pecado era un caramelo disolviéndose en mi boca, sabía a prejuicios y a “no deber ser”. Eran tan diferentes tus labios, un durazno de piel dura que iba mordiendo poco a poco en busca de su carne. Ya había perdido todas mis armas de ataque y defensa, había perdido un tanto el miedo, se convirtió en curiosidad. Curiosidad por probar tu piel, descubrir sus texturas diferentes. Quizá era un ardid el sentir que en ese momento querías también abrirme y saber mis colores, olores, movimientos… Los labios chocaban buscando llegar a todos los lugares que quedaban vulnerables. Mordiste un labio. Me tomaste de los hombros y me alejaste de ti un poco. Me mirabas por fin. Lamiste los bordes de tu boca, clavaste los dientes en los labios. Provocándome. Se multiplicaron las manos en mi espalda, mi cuello, mi cabello lo enlazabas con los dedos. Nuestros vientres, nuestros pechos se acariciaban mientras se enlazaban los cuerpos. Imagino que él lo estaba disfrutando, observando, midiendo la próxima fotografía. Sólo puedo imaginarlo, pues para mí en la habitación sólo quedábamos tú y yo. Estaba extasiada, todo el mundo desapareció. Mis pies, mis piernas, mis brazos, mis manos necesitaban el movimiento. Me descubrí queriendo hacer el amor contigo. El movimiento de los cuerpos entrelazados en la danza nos guiaba a la cama. Descubrí que no sabía qué debía hacer contigo. Descubrí también que poco importaba. Algunos tropiezos antes de llegar. En principio, sólo era capaz de imaginarme tocándote como él me había tocado. Besándote y buscando tragarme tu alma. Mordiendo tus labios, lamiendo tu cuello y tus pezones enhiestos, acariciando todas las partes de tu cuerpo que quedaban expuestas al contacto de mis manos. Tomaste tú el control, sabías mejor que yo lo que hacías. Me senté al borde de la cama mientras tú te arrodillabas. Pasaste la lengua por mis piernas, te acercabas y te alejabas, jugando con mi deseo que mojaba cada vez más las sábanas. Tus manos acariciaban mi vientre, bajaban y separaban mis piernas. Te acercaste tanto que creí que ya no iba a poder respirar más, sólo esperando que me desgarraras con tu lengua. Y así lo hiciste, confundiendo tu saliva en mi humedad. Yo me aferraba el borde de la cama, apretaba mis dedos hasta sentirlos sin sangre, trataba de ahogar los sonidos, pero no pude más. Sollocé. Se proyecto desde fuera un gemido. Te percibía recorriéndome, buscándome, partiendo en dos mi existencia, haciéndome otra y recordándome quien era. Fuera de mí vivía el mundo y dentro de mí se estaba consumando un pecado, estaba consumándose el placer de un pecado infinito y único. Y llegó al punto donde se concentra todo, donde se va acumulando la energía antes de estallar, se detuvo e iba midiendo con precisión cada movimiento. Era un vaivén preciso y constante. Parabas para tomar aliento, y tu aire también me palpaba. Te embebías para luego buscar aire como si nadaras. Tus manos me empujaban hacia ti. Yo no oponía resistencia, mis piernas comenzaban a temblar. Las puntas de los dedos de mis pies estaban rozando el suelo, buscando sostenerme, pero las fuerzas me habían abandonado; se concentraron en ese punto todas las energías que habitaban mi cuerpo, sólo era capaz de responder a tus embistes. Tus manos me atravesaban, me escindían. La acumulación y el desborde de todo cuanto me hacía respirar. Gemí más fuerte. Duró un instante el abandono total del cuerpo. No tenía control de mis miembros, que trataban de atrapar y retener la sublimación de los sentidos. Mi cuerpo se retorció, los músculos no me pertenecían, eran propiedad de esa fuerza; de esa corriente que iba transitando mi cuerpo desde la base de la espalda, y se disparaba en todas las direcciones. Toda yo era vibración, pequeñas convulsiones aquí y allá. Estaba ebria: vino, sexo, orgasmo, tú.Me tumbaste sin perder el contacto. Trepaste por mi abdomen con tus manos y llegaste a mis pechos: succionabas, mordías despacio, recorrías los alrededores. Primero uno, luego el otro. Apretaste cada uno con tus manos mientras jugabas con el otro en tu boca. Finalmente, caiste sobre mí, absorbiendo cada una de las palpitaciones que viajaban por los nervios, y cuyo epicentro era mi centro. Tus besos llenos de mi humedad bajo la piel. Tu cuerpo comenzaba a llenarse de mí. Empujabas, te empujabas hacia mí, y yo respondía con fuerza levantándome. Sólo se movían tus caderas, invitando a las mías a seguirte en el baile, y así lo hicieron, acompasaron su movimiento para hacerlo uno. Cada compás iba rasgando las capas de tu piel, y poco a poco se iba despejando tu humedad, y comenzó de nuevo la acumulación, pero esta vez de ambas. Chocábamos transfiriéndonos esa energía, la fuerza de un cuerpo al otro, me abandonaba para visitarte y luego dejarte para volver a mí. Podía distinguir cada uno de los contactos como únicos, paralizados en el tiempo, borrar todo lo demás y dibujar en tu lugar el mundo. Mis manos buscaban traerte más adentro, clavadas en ti, mis uñas enterradas en tu espalda guiándote. Un gemido dando la orden. Acompañado de tu respiración fuerte y cónsona a mi movimiento. Necesitaba más de ti, sentirme plena en esta danza macabra. ¡Ah! Término de la respiración agitada, y la disminución de la intensidad. ¡Aaahhh! El cuerpo mismo saliendo por la boca y atravesando el aire. Poco a poco disminuyó el movimiento, pequeños espasmos que se sucedían en diversas partes de nuestros cuerpos que aún permanecían entrelazados y confundidos. Te dejaste caer por completo sobre mí, y dejó de existir todo cuanto podía abarcar el sentido. Sólo éramos eco de un latido ajeno al corazón, un latido animal, un lazo-latido. Estaba agotada. No podía deshacerme de tu cuerpo. Y caí también, dormida entre las sábanas y quien sabe cuántas fotografías. Caí en el sueño profundo de saciedad. Desperté en medio de las sábanas húmedas, en medio del humo que salía de su cigarrillo. Él apostado en el sofá junto a su cámara. Tú aún dormías. No podía ver más tu rostro, no podía parar las imágenes de cuanto había sucedido hace unos minutos, hace unas horas. Me levanté de la cama, busqué cada prenda y tal como habías hecho tú antes repetí el proceso a la inversa. Lo miré fugaz. Tomé mis cosas. Borraría toda esta escena que seguro él tendría plasmada entera en sus fotografías. Cerré la puerta de aquella habitación para siempre. Bajé corriendo las escaleras del Hotel Holanda, ignorando su voz que me pedía volver.