viernes, 24 de junio de 2011

La Máquina de Narrar. Entrevista a Enrique Vila-Matas, por Julian Gorodischer.



PARA VILA MATAS, estupidez define al ser contemporáneo




Hay que sustituir la palabra realidad por la palabra verdad”, pide Enrique Vila-Matas, autor de Dublinesca, su última novela publicada. En lo que respecta a la verdad, no hay una sola ni es absoluta: hay finitas pero múltiples posibilidades de verdad que se manifiestan en la creación literaria. Lo dice quien pasó de ser catalogado como el escritor de los escritores a ser una rara avis de best-séller, ganador de prestigiosos premios como el Rómulo Gallegos y el Medicis Etranger, afín a esa zona de memoria ficticia en la que lo real permanentemente se entremezcla con la fantasía para constituirse en biografías de seres tan parecidos y a la vez tan distantes al autor como los protagonistas de París no se acaba nunca o la reciente Dublinesca .
“Se acerca más a la verdad Franz Kafka –asegura, en una pausa del Tercer Congreso Internacional de Periodismo Cultural, organizado por la revista Cult, con sede en San Pablo– hablando de las relaciones con su padre (de las relaciones con el poder) que un periodista que informa sobre algo teóricamente real pero que no necesariamente es la verdad. Eso es la realidad mediática”, distingue Vila-Matas.
Vila Matas es una máquina de narrar que se activa con cualquier cosa que pueda sucederle en la calle. Para que la vivencia se haga literatura debe despertar asociaciones, remitir a otras vivencias, lecturas, películas, hechos que ocurrieron anteriormente que se parecen al que está viviendo en un momento dado, y entonces la asociación es el puente entre la vivencia y la novela.
La máquina se obtura en el momento en que se trata de querer abordar todo el caos de la época en la que nos encontramos y viajar en unos segundos de México a Tokio y de Tokio a...
-Quiero intentar contar todas las historias que tienen lugar en este mundo. Surge la imposibilidad de abarcarlo todo, unido a que me muevo en un mundo personal, muy singular, único y privado. Esa ambición extraordinaria sólo podría atribuírsela con éxito a un escritor como Roberto Bolaño que intentó abarcar todo, hasta el futuro, y fue la mente literaria más ambiciosa que ha aparecido por lo que significa la posibilidad de abarcar todas las narraciones, y en esa continuidad mantener una historia de personajes en lugares diferentes.
O en el mismo lugar, intentando llevar a los personajes por mundos paralelos.
Vivir vidas simultáneas: un eje que podría articular la pasión del escritor y del lector...
El otro día estuve hablando de un cuento de Henry James que me parece premonitorio, se llama “La vida privada”, y es muy sencillo. En una reunión en Suiza, en un hotel, un escritor inglés está departiendo con los otros congresistas en el salón del hotel y alguien descubre que mientras él está departiendo con la gente del congreso, está también escribiendo en su habitación. Tiene un doble.
¿Usted mantiene el hábito de la escritura durante los viajes de compromiso literario?
Sí, son para mí buenos, aprovecho para pensar fuera del ordenador... Sirve para descongestionar, para tomar notas para la continuación de la novela en la que estoy trabajando. Sirve para el contacto con otras personas; la vida cotidiana es muy gris y siempre se ve a las mismas personas en una cotidianeidad sin alicientes. Los humanos tenemos horas y horas al día en que no nos damos cuenta de que podemos cambiar continuamente y tenemos a nuestra disposición cosas diferentes de las que hemos tenido hasta entonces, y sin embargo siempre hacemos lo mismo, y tenemos capacidad para todo lo demás. Somos como los fantasmas de Dickens, muy tontos, porque vuelven al armario de la habitación, a la familia que tenían; todo el mundo a su disposición y vuelven al lugar donde fueron desdichados; tenemos tendencia a una vida cotidiana en la que se repite mucho todo. Es un rasgo cómico, idiota, porque la posibilidad de cada día de encontrar algo nuevo es más interesante. El viaje, es cierto, te obliga a estar despierto, a estar atento a no perder el avión, por poner un ejemplo, a estar menos relajado y es bueno también para los movimientos.
Fin de época
Samuel Riba, el protagonista de Dublinesca , que se considera el último editor literario, convence a unos amigos para acudir al Bloomsday y recorrer el corazón del Ulises de James Joyce. Viaja para celebrar un funeral por la era de la imprenta, en un mundo seducido por la era digital.
Pertenece a la cada vez ya más rara estirpe de los editores cultos, literarios. Y asiste todos los días conmovido al espectáculo de ver cómo la rama noble de su oficio –editores que todavía leen y a los que les ha atraído siempre la literatura– se van extinguiendo sigilosamente a comienzos de este siglo.
( Dublinesca )

Esos “funerales de la era Gutenberg” a los que se refiere la novela, ¿qué consecuencias tiene para la literatura?
Se gana en vitalidad; la negatividad conduce a lo contrario. Es decir la literatura que está a punto de ser enterrada en Dublinesca termina renaciendo al final; es un vivo que parecía muerto y está más vivo que nunca. No voy a hacerme el puritano diciendo que Internet no me interesa; yo estoy todo el día ahí.
Pero se pierde mucho en Facebook y en Twitter en el lenguaje abreviado, la gente más joven está perdiendo la construcción de la frase, la complejidad de una frase, de la literatura. Se está hablando cada vez peor y eso está conduciendo a que la gente hable también muy mal, con frases simples. Vamos a llegar a una pérdida total de la complejidad del lenguaje que me recuerda a un poema de Wallace Stevens que habla de dos hojas a las que mueve el viento y describe el sonido. Y ese sonido es terrible porque es solo ruido y carece de significado; acabaremos siendo sólo hojas.
Cada día parece terminarse algo, en la era del relato apocalíptico...
Hombre, se está hablando que se va a terminar la prensa escrita, pero eso ya se dijo en los años 60, justo cuando la televisión a través de la muerte de Kennedy, dio el salto y ocupó y perjudicó a los periódicos y la prensa escrita. Ya entonces pasó eso, pero hace cincuenta años de esto y seguimos bastante bien creo, hace cincuenta años se habló de que la prensa escrita estaba tocada de muerte, pero en este caso por la influencia de la televisión. La gente no se acuerda, hay poca memoria del caso.
¿Su posición es: avanzar desde la incertidumbre, lanzarse al vacío?
Sin duda escribo para averiguar de qué quiero hablar. Una vez, he escuchado al escritor Juan Benet decir que iba cuatrocientas páginas de la novela y todavía no sabía de qué se trataba. Me pareció una lección fenomenal de lo que es escribir.
Avanza, Vila-Matas, se deja llevar por lo que se le ocurre en aquel momento y luego se da cuenta de que han aparecido cosas que no conocía “de mí, que estaban adentro”. “Construyo la historia sin censura para mí, en función de lo que ha surgido inesperadamente tanto si me gusta como si no. Y voy dejando que avance y que me sorprenda a mí mismo”.
O sea que el devenir de la trama nunca se diseña de antemano.
No, actualmente no.
Después, llega el trabajo de edición y de montaje.
Cuando ya tengo un borrador, sé qué era lo que quería contar que no sabía, aquello que me gusta como lo que no, ya lo monto más pero averiguo de qué quiero escribir a través de la práctica misma. De hecho, aquí en el hotel no avanzo en la novela porque estoy trabajando y viendo, las palabras mismas me conducen al argumento.
¿Cuál es su horario?
Bueno, de siete y media hasta las dos o tres de la tarde. Después es la conexión con lo que podríamos llamar realidad, es un poco la hora de comer, como con mi mujer, veo las noticias, compro los periódicos, paso a un estado de información más alejado del mundo de la ficción en el que me he movido por la mañana cuando estaba más despierto mentalmente. Después por la tarde puedo estar pensando en lo que escribo y tomando nota de alguna idea para el día siguiente, pero ya por la tarde es una situación distinta, más social también, me encuentro con personas, estoy comunicado con el mundo.
Vivir la época
-Me encanta esta época pero si eligiera vivir en un pasado cercano o remoto, me aburriría la tranquilidad. Naturalmente estoy todo el rato deseando estar tranquilo pero he conocido ya otro tipo de ansiedad y me aburriría profundamente, igual que me aburro profundamente en el campo, con la felicidad de los años 20. Me interesa más la maldad y la estupidez actual. Es apasionante, también para un novelista.
¿Cómo se define el ser contemporáneo?
La estupidez es la clave, la palabra exacta. Vas a leer Nota sobre la estupidez de Robert Musil o bien a Flaubert cuando hablaba de sus sobrinos que decía que su sobrino iba a ser financiero: “...dentro de poco todos los hombres, toda la gente joven, la generación de mi sobrino, serán hombres de negocios”, anunció que había una sociedad de hombres de negocios por venir. El hablaba ya de hombres de negocios que están donde estamos acá nosotros, los biznietos del sobrino de Flaubert.
Usted escribió en su ponencia “La teoría de Lyon” que “escribir es escribir lo que escribiríamos si escribiéramos”, citando a la escritora Marguerite Duras. ¿Usted que escribiría si escribiera eso que todavía no escribió?
Todos aún estamos por escribir la primera página, como los libros sagrados a los que les falta la primera página: todos los libros son incompletos. Para poder escribir lo que quisiéramos escribir necesitaríamos confianza en el lenguaje.






Fuente:
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/titulo_0_493150702.html

jueves, 23 de junio de 2011

El violín de Tacho. Por Renato Rodríguez (Narrador venezolano)




Yo nunca supe el verdadero nombre de Tacho. Una vez le pregunté, me contestó con un raro gruñido; no volví a preguntarle más, podría haberse ofendido por mi curiosidad. Tacho era un hombre muy delicado. Una vez su hermano Nicomedes le increpó por el estado de semiebriedad en que se mantenía constantemente y él se sintió tan humillado que juró no volver a pedirle dinero a Nicomedes, ni siquiera en calidad de préstamo. Además, era más fascinante que fuera sólo Tacho y más de acuerdo con las costumbres de allá. Mi nombre nadie lo sabía, yo era sólo el hijo de Rafael y Chabolito era el hijo de Chabolo, a pesar de llamarse Ramón y de que Chabolo se llamaba Salvador y Tacho era Tacho y antes de ser Tacho tal vez fuera el hijo de... yo ni siquiera sé cómo se llamaba su papá.
Tacho era músico, tocaba el violín con extraordinaria habilidad y Nino decía que incluso sabía leer música. Yo no sé si era un virtuoso, un gran músico, pero habilidad, eso sí que no se le podía negar, hasta un sordo se la habría atribuido; había que verlo ¡Cómo se movía! ¡Qué de raras contorsiones realizaba! Y todo, sentado en su silla de cuero de chivo sobre el tablado de los músicos que alegraban las fiestas. Cuando Tacho tocaba todo mi ser se concentraba en los ojos, ni le oía. Me parece estarlo viendo, en su silla, con sus ojos vidriosos medio muertos, sus dientes negros tal vez a causa de los pestilentes tabacos baratos que fumaba y su enorme nariz. Siempre con la misma actitud y su mismo aspecto; año tras año.
Tacho tenía un violín que sobre mí ejercía una extraordinaria fascinación. Algo tenía aquel violín, sin embargo era, al parecer, igual a todos los violines que yo había visto ¡Cómo me habría gustado tocarlo! Pero yo, decididamente, no tenía habilidades para tocar el violín. ¡Cuántas veces ensayé con el violín de mi padre sin ningún resultado! Me convencí haciéndolo de que tocar el violín era muy difícil. Mi padre, según decían, tocaba muy bien y yo reconocía esa cualidad, pero algo le faltaba, porque a pesar de todo ni él ni su violín ejercieron nunca sobre mí, la fascinación del violín de Tacho.
¡Cómo me gustaría ser como Tacho —me decía— poder tocar el violín así y poseer desde luego su violín! pero no su tristeza. Héctor y José me lo envidiarían y también Miguelito, el hijo de doña Josefa.
Mi padre era muy aficionado a la música; frecuentemente Tacho y otros músicos de allá, venían a mi casa a tocar con él. Tacho no hablaba, se limitaba a comentarios musicales y bebía su copa silenciosamente. Una vez oí que mi padre le reconvenía en tono muy amistoso. "Has perdido mucho por tu afición a la bebida —le decía— Nicomedes y Juancho se sienten muy apenados por ti." Tacho guardaba silencio, parecía sentirse también apenado, como si le pesara haber desmerecido a los ojos de sus hermanos. En los días siguientes no dejó de embriagarse con la misma frecuencia de siempre.
Me molestó descubrir que Francisco, el sobrino de Tacho, guardaba por él una profunda admiración. Yo empezaba a considerar a Tacho así como una cosa mía y muy a menudo me veía con su violín entre las manos. Cuando Francisco me reveló el secreto de su violín, encontré justificada su admiración.
—Si mi tío Tacho —me dijo orgullosamente— hubiera seguido fabricando muebles, a lo mejor tendría hasta dinero.
—¿Cómo? —pregunté— Tacho ¿Es carpintero?
—Sí —me dijo Francisco sorprendido de que yo no supiera eso— y muy bueno; los muebles que tiene mi abuela son muy bonitos y fue él quien se los hizo.
—Pero yo siempre le he visto con su violín —repliqué.
—¡Ah —exclamó Francisco— y el violín también lo hizo él!
No pude hacer ningún comentario. Mi asombro llegó a sus límites y mi admiración por Tacho creció infinitamente. ¡Oh! —pensaba—. Nunca podré tener un violín como el de Tacho, yo creía que todos los violines son hechos en Europa y resulta que aquí también se pueden hacer. El de mi papá tiene un letrero por dentro, un poco borroso, que dice Cremonensis faciebat anno 1... en letras como las del libro que siempre carga el padre Jacinto; él es alemán, a lo mejor el violín de mi papá también lo es, pero a mí, así y todo, me gusta más el de Tacho. Quizá cuando Tacho se muera me lo deje, pero ¿Y si se lo deja a Francisco?
Me mandaron al colegio, creo que allí aprendí muchas cosas, no estoy muy seguro. Nunca pude olvidarme de Tacho. Algunos de mis compañeros aprendían a tocar el violín, yo no aprendí. Yo les oía desde el salón de estudio en sus fastidiosos ejercicios. Nunca —me decía— podrán hacerlo como Tacho y, mucho menos, tener un violín como el suyo.
¿Qué será de Tacho? —pensaba alguna vez— ¿Beberá siempre tanto y andará por las calles tambaleante como los marineros en la cubierta de los barcos cuando la mar está picada? Seguro que siempre tiene la misma habilidad para tocar el violín, y lleva sus ropas arrugadas. ¿Cómo será la mujer de Tacho? Me sorprendía pensar en la mujer de Tacho, nunca le había conocido mujer. Era seguro que no la tenía, si no ¿Por qué andaba siempre tan desarrapado? ¿Qué clase de mujer sería esa que no le planchaba los pantalones ni le cepillaba la chaqueta ni el sombrero?
Pasé varios años en el colegio y cuando terminé la secundaria volví allá. Mi padre siempre me había estado regañando por mi poco empeño en estudiar, pero no manifestó ninguna especial alegría cuando regresé con mi diploma en la mano. Mi madre estaba muy orgullosa de mí y algunas señoras me ponían como ejemplo para sus hijos. A mi padre como que le fastidiaba un poco la cosa. Él era músico, estaba acostumbrado a que se le acogiera. La vida, frecuentemente, es tan aburrida en esos lugarejos que los que tienen el don de alegrarla con música, chistes, coplas, son muy estimados; siempre alguien les está diciendo: Te invito a...
Yo pensaba que con mi diploma en la mano, a pesar de no saber sonar nada, ni componer coplas, podría también incorporarme a la cofradía de notabilidades locales. No fue así; tal vez por el poco tiempo que permanecí allá. Tuve que marcharme después de las festividades locales a seguir estudiando en la universidad.
Ese año fui por primera vez en mi vida a las fiestas, antes no me dejaban ir, coincidían con la época de luto anual por la muerte de mi tío, veinte años atrás, justo el día de la feria. La gente no lo habría visto con buenos ojos. ¡Qué descaro —habrían dicho— el hijo de Rafael en la fiesta! ¡En el aniversario de su tío! Para mí aquello era un poco oscuro, privarme de la fiesta por alguien a quien ni siquiera había conocido.
La fiesta se celebraba en un pequeño villorrio vecino, pero como el santo patrono de la misma gozaba de la devoción de los habitantes de una extensa zona, la considerábamos como cosa propia. Era de ver aquel gentío llegando por los medios más dispares de transporte, en auto, en barco, en caballos, a pie. Y eran de verse todos los preparativos que desde muchos días antes empezaban a hacerse y la increíble actividad que empezaban a desplegar esas gentes, de ordinario tan reposadas y calmosas. Era la ocasión que esperaban todos para estrenar trajes, zapatos, sombreros; para remozar la apariencia de sus casas con una buena mano de pintura. Eran los tiempos de la abundancia, los sastres, los zapateros, los pintores, no daban abasto; un ejército de músicos hacía su aparición. A veces los talleres habituales no eran suficientes y surgían algunos improvisados que desaparecían una vez pasada la gran fecha. Se hacían suficientes utilidades como para equilibrar en los presupuestos los escuálidos ingresos del resto del año. Entre todo ese gentío iba también Tacho, violín en mano. El día anterior era horrible. Todo el mundo iba a cortarse el pelo y los barberos quedaban extenuados, no sólo los habituales del pueblo, sino también los que llegaban para la ocasión, muchos de los cuales no habían encontrado local para instalarse y ejercían su oficio a la sombra de los frondosos árboles de la plaza.
En el villorrio surgían como por ensalmo lugares de diversión, bailes populares, juegos de azar, bazares provistos de toda clase de chucherías, puestos de refrescos, restaurantes. En un sitio despejado se instalaba el carrousel, con tigres, perros, leones, jirafas, caballos, lujosamente enjaezados, que daba vueltas y vueltas gracias a un complicado mecanismo que multiplicaba la fuerza de dos peones. También, en un lugar discreto, surgía el llamado "Baile de las putas".
Y allí, en el mejor de los bailes por supuesto, estaba Tacho, en una silla de cuero, sobre el tablado de los músicos, quien con su gran nariz, sus dientes negros, sus ojos tristes medio muertos ya y su aspecto general como de quien ha dormido vestido, hacía sonar con la misma habilidad de siempre su raro violín.
Días después, antes de irme a la universidad, marchaba por la calle con ganas de ir a ver a Tacho y vi a Francisco, que muy agitado venía hacia mí a toda carrera.
—Francisco —le grito— ¿Qué te pasa?
—Tacho, mi tío Tacho —me dijo Francisco sin detenerse— voy a avisarle a mi abuela.
Yo corrí rápidamente hacia el cuarto de tacho, situado en la planta baja de la casa de Evaristo Pérez. A lo mejor ha bebido más de la cuenta y se ha golpeado —pensaba— ¿Quién le manda a beber tanto? Y me acordaba del día de la fiesta, en que yo me había emborrachado y de lo mal que me había sentido y de cómo me habían reñido en casa. Pero él —me decía— ni mujer tiene ¿Quién le va a reñir?
Llegué a la casa, había varias personas allí congregadas, me abrí paso bruscamente y entré. De un golpe de vista lo contemplé todo. Por lo menos veinte botellas vacías en el suelo, algunas rotas, el ropero y un pequeño estante con libros en total desorden. De una de las vigas del techo pendía una cuerda y en el extremo se balanceaba Tacho con los ojos abiertos, sin expresión ninguna, y una mueca que a mí me pareció una burla a ciertas ambiciones de mi infancia cuando posé los ojos, primero en la caja del violín, en el suelo vacía, y luego en la cama, donde estaba el violín de Tacho completamente destrozado.






La fotografía de Renato Rodríguez fue tomada del blog:

http://mauricioodreman.blogspot.com/2010/09/visita-renato-rodriguez-seis-meses.html

lunes, 20 de junio de 2011

Ser nosotros mismos. Por Enrique Vila-Matas



Si sugiero que habría que desterrar el temor a las aventuras individuales y pensar más por cuenta propia, espero no estar pisando la cola triunfal de ningún tuitero. Que nadie se sienta aludido, no estoy hablando de ellos; pueden pues ausentarse ya de estas líneas los tuiteros susceptibles. Sólo decir que las reacciones en la red a mi anterior café Perec me han reconfirmado que Internet es un completo zafarrancho, un brutal embrollo, un pasticciaccio que me recuerda a aquel título de Gadda, Quer pasticciaccio brutto de via Merulana.

El hecho es que pensé que desde esta misma sección podía proyectar en la red de Merulana la sombra de un cierto sentido crítico y la tarea ha terminado por revelárseme no como imposible -hay personas que valoro mucho intentándolo-, pero sí decepcionante. Paralelo al de la prensa literaria, he podido entrever el futuro cada vez más acrítico que se va configurando en el gran pasticciaccio. Digo futuro, pero en realidad es presente. Me sorprende y hasta divierte que en ese presente se me haya acusado de apocalíptico, siendo como es una redundancia, pues -aunque no desprovisto, por supuesto, de las necesarias dosis de humor y con la ironía intacta- vivo en la catástrofe misma.

Me divierte menos que algunos escritores me hayan hecho saber que todo va bien en Internet. He pensando en Flaubert cuando, a mediados del XIX, se quedó corto al anunciar que estaba por llegar un tiempo en el que prevalecerían los "hombres de negocios" y en el que las generaciones futuras iban a ser "de una tremenda grosería". Algunos escritores felices, como los inefables hermanos Goncourt, creyeron entonces que Flaubert exageraba.

Siempre han existido este tipo de cantamañanas, de hermanos Goncourt que dicen que no pasa nada y que la poesía y la belleza se mantienen en forma. Son los mismos a los que no alarman los horrores que ensombrecen al mundo y con respecto al lenguaje no ven peligros, probablemente porque nunca han creído en el poder de las palabras; son los mismos a los que no sobresalta la creciente difusión de la idea de que, por encima de todo, el escritor contemporáneo ha de tener en cuenta los derechos del lector como consumidor, pensar en ese lector y no complicarle la vida. La consigna que en el fondo hacen circular estos "seres tranquilos" es la de que los narradores que piensan por cuenta propia y tienen mundos que se desmarcan de la bobada general, cada vez tendrán menos lectores y editoriales.

Hasta donde alcanzo a saber, los narradores que tratan de ser "ellos mismos" nada tienen contra el entretenimiento ni las historias sencillotas que se muestran dispuestas a ser engullidas de un tirón, pero no pierden de vista que esas historias tienen muchas cualidades, menos las esenciales para la experiencia central de la ficción, una experiencia paradójicamente próxima a la verdad y nunca muy hogareña. Porque tal vez lo que un narrador tenga que intentar expresar de un modo exacto sea su visión del mundo, lo que entiendo que comporta la tarea gigante de haber fumigado antes todas las verdades que no son propias sino de otros y no perder de vista que el lenguaje puede conmover cuando es testimonio de una conciencia única.

Me acuerdo de la náusea que le producían a Chejov ciertos colectivos, muy especialmente el entorno literario de su época, un ecosistema que no apreciaba problemas en el horizonte. Esas actitudes tan irresponsables llevaron a Chejov a darse cuenta de que la famosa intelligentsia de sus compatriotas era simple y pura necedad, un mundo -ya entonces como hoy mismo- podrido de camisones domésticos y frases supuestamente completas. Y también a creer ya sólo en los individuos y en sus verdades propias, "en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones, sean intelectuales o campesinos; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos".