sábado, 20 de noviembre de 2010

Tiranías y Servidumbres de los Mundos Subyacentes. Por Michel Onfray

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El ojo perverso del monoteísmo. Sabemos que los animales no tienen dios. Libres de religión, ignoran el incienso y la hostia, las genuflexiones y los rezos, no los vemos extasiados ante los astros o los sacerdotes, no construyen catedrales, ni templos, nunca los sorprendemos dirigiendo invocaciones a obras de ficción. Con Spinoza, imaginamos que si se crearan un Dios, lo inventarían a su imagen y semejanza: con grandes orejas para los asnos, una trompa para los elefantes y un aguijón para las abejas. Del mismo modo, pues, cuando a los hombres se les mete en la cabeza dar a luz a un Dios único, lo hacen a su imagen y semejanza: violento, celoso, vengativo, misógino, agresivo, tiránico, intolerante... En resumidas cuentas, esculpen su pulsión de muerte, el aspecto sombrío, y hacen de ello una máquina lanzada a toda velocidad contra sí mismos...

Pues únicamente los hombres inventan mundos subyacentes, dioses o un solo Dios: sólo ellos se prosternan, humillan y rebajan; sólo ellos fantasean y creen firmemente en historias inventadas con esmero para evitar mirar cara a cara su destino; sólo ellos, a partir de esas ficciones, construyen un delirio que arrastra consigo una retahila de disparates peligrosos y nuevas evasivas; solos, según el principio de la máxima estupidez, trabajan con ardor por la realización de lo que, sin embargo, esperan evitar más que nada: la muerte.

¿La vida les parece insoportable con la muerte como fin ineludible? Rápidamente se avienen a llamar al enemigo para que gobierne su vida; desean morir un poco, con regularidad, todos los días, a fin de creer, cuando llegue la hora, que les será más fácil morir. Las tres religiones monoteístas incitan a renunciar a la vida del aquí y ahora, con el pretexto de que algún día será necesario resignarse a ello: preconizan un más allá (ficticio) para impedir el goce pleno en la tierra (real). ¿Su combustible? La pulsión de muerte y las incesantes variaciones sobre el tema.

¡Extraña paradoja! La religión responde al vacío ontológico que descubre todo el que se entera de que va a morir un día, que su estadía en la tierra está limitada en el tiempo y que la vida se inscribe brevemente entre dos nadas. Las fábulas aceleran el proceso. Instalan la muerte en la tierra en nombre de la eternidad en el cielo. Por ello, arruinan el único bien del que disponemos: la materia viva de una existencia cortada de raíz con el pretexto de su finitud. Ahora bien, dejar de ser para evitar la muerte es un mal cálculo. Pues dos veces pagamos a la muerte un tributo que hubiese bastado con pagar una vez.

La religión surge de la pulsión de muerte. Esa extraña fuerza perversa en el vacío del ser trabaja para destruir lo que es. Donde algo vive, se expande, vibra, se mueve una fuerza contraria indispensable para el equilibrio que desea detener el movimiento e inmovilizar el flujo. Cuando la vitalidad abre caminos, cava galerías, la muerte se activa, es su modo de vida, su manera de ser. Echa a perder los proyectos de ser para destruir el conjunto. Venir al mundo es descubrir el ser para la muerte; ser para la muerte es vivir día a día el descuento de la vida. Sólo la religión parece detener el movimiento. En realidad, lo precipita...

Cuando se vuelve contra uno mismo, la pulsión de muerte genera todas las conductas de riesgo, los tropismos suicidas y las exposiciones al peligro; dirigida contra el otro, genera agresión, violencia, crímenes y asesinatos. La religión del Dios único se adhiere a esos movimientos: trabaja a favor del odio hacia sí mismo, el desprecio al cuerpo, el desprestigio de la inteligencia, la denigración de la carne y la valorización de todo lo que niega la subjetividad gozosa; proyectada contra el otro, fomenta el desprecio, la maldad y la intolerancia que dan lugar a los racismos, la xenofobia, el colonialismo, las guerra y la injusticia social. Una mirada a la historia basta para comprobar la miseria y los ríos de sangre vertidos en nombre del Dios único...

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones. En su lugar, el judaísmo, el cristianismo y el islam defienden la fe y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el más allá, el ángel asexuado y la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica, la esposa y la madre, el alma y el espíritu. Eso es tanto como decir "crucifiquemos la vida y celebremos la nada".

2

Aplastar la inteligencia. El monoteísmo detesta la inteligencia, esa virtud sublime definida como el arte de unir lo que, a priori y casi siempre, parece desunido. Posibilita las causalidades inesperadas, pero verdaderas: enuncia explicaciones racionales, convincentes, basadas en razonamientos, y rechaza todas las ficciones fabricadas. Con la inteligencia, evitamos los mitos y los cuentos para niños. No hay paraíso después de la muerte, ni alma salvada o condenada, no hay Dios que todo lo sabe y todo lo ve: bien dirigida, y según el orden lógico, la inteligencia, atea a priori, impide el pensamiento mágico.

Los defensores de la ley mosaica, de las tonterías crísticas y de sus clones coránicos comparten la misma fábula sobre el origen de la negatividad en el mundo: en el Génesis (3:6) —tanto en la Tora como en el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana— y en el Corán (2:29), encontramos la misma historia de Adán y Eva en un Paraíso en el que un Dios prohíbe acercarse a un árbol mientras que un demonio incita a la desobediencia. Versión monoteísta del mito griego de Pandora, la primera mujer comete lo irreparable, sin duda alguna, y su acto propaga el mal por todo el planeta.

Ese relato, que en tiempos normales sólo sirve para engrosar la colección de cuentos o historias sin pies ni cabeza, ha tenido consecuencias considerables en las civilizaciones. Odio a las mujeres y a la carne, culpa y deseo de arrepentimiento, búsqueda de una reparación imposible y sometimiento a la necesidad, fascinación por la muerte y pasión por el dolor: otras tantas ocasiones para activar la pulsión de muerte.

¿Qué deja entrever esta historia? Un Dios que prohíbe a la pareja primordial comer del fruto del árbol del conocimiento. Sin duda, se trata de una metáfora. Fue necesario que los Padres de la Iglesia sexualizaran la historia, porque el texto es claro: comer ese fruto desengaña y permite distinguir entre el bien y el mal, por lo tanto, ser semejante a Dios. Un versículo habla de un árbol deseable para adquirir la inteligencia (3:6). No hacer caso de la imposición es preferir el saber a la obediencia, querer saber antes que someterse. Digámoslo de otro modo: optar por la filosofía contra la religión.

¿Qué significa la prohibición de la inteligencia? Todo se puede en ese magnífico jardín, menos volverse inteligente —el árbol del conocimiento— o inmortal —¿el árbol de la vida?—. ¿Qué destino les reserva Dios a los hombres? ¿La imbecilidad y la mortalidad? Sólo un Dios muy perverso sería capaz de ofrecer esos dones a sus criaturas... Alabemos, pues, a Eva, que opta por la inteligencia al precio de la muerte, cuando Adán no percibe de inmediato lo que está en juego en el Paraíso: la eterna felicidad del imbécil contento.

Después que la dama comió del fruto sublime, ¿qué descubrieron los desgraciados? Lo real. Lo real y nada más: la desnudez, sus partes pudendas, pero también, luego de la reciente adquisición del saber, su lado cultural, al menos sus potencialidades por medio de la creación de un taparrabos con hojas de higuera —y no de parra—... Y también el rigor de lo cotidiano, lo trágico de todo destino, la brutalidad de la diferencia sexual, el abismo que separa para siempre a hombre y mujer, la imposibilidad de evitar el trabajo pesado, la maternidad dolorosa y la muerte soberana. Una vez liberados, y para evitar la transgresión que permite acceder a la vida eterna —pues el árbol de la vida roza el árbol del conocimiento—, el Dios único, desde luego bueno, dulce, amable y generoso, expulsó a Adán y a Eva del Paraíso. Aquí estamos desde entonces...

Primera lección: si rechazamos la ilusión de la fe, el consuelo de Dios y las fábulas de la religión, si preferimos querer saber y optamos por el conocimiento y la inteligencia, entonces lo real se nos aparecerá tal como es: trágico. Pero más vale una verdad que mata de inmediato la ilusión y permite no perder del todo la vida sometiéndola a la muerte en vida, que una historia que consuela en el momento, sin duda, pero no toma en cuenta nuestro verdadero bien: la vida del aquí y ahora.

3

La letanía de las prohibiciones. No satisfecho con la prohibición de comer el fruto prohibido, Dios no cesó de manifestarse mediante interdicciones. Las religiones monoteístas no viven sino de prescripciones y de exhortaciones: hacer y no hacer, decir y no decir, pensar y no pensar, actuar y no actuar... Prohibido y autorizado, lícito e ilícito, aprobado y desaprobado, los textos religiosos abundan en codificaciones existenciales, alimentarias, de comportamiento, rituales, y otras...

Pues la obediencia sólo se puede evaluar de modo adecuado través de las prohibiciones. Cuanto más se multiplican, más numerosas son las posibilidades de fallar; cuanto más se reducen las probabilidades de perfección, más aumenta la culpabilidad. Y a Dios le viene bien —al menos al clero que se vale de él— poder manejar ese poderoso recurso psicológico. Todos deben saber, todo el tiempo, que tienen que obedecer siempre, conformarse a las reglas y actuar como es debido, tal como la religión manda. No hay que comportarse como Eva sino, igual que Adán, someterse a la voluntad del Dios único.

Por la etimología nos enteramos de que islam significa sumisión... Y no hay mejor manera de renunciar a la inteligencia que sometiéndose a las prohibiciones de los hombres. Pues oímos mal, poco o nada la voz de Dios. ¿Cómo puede manifestar sus preferencias alimentarias, rituales, de indumentaria, si no por mediación de un clero que impone prohibiciones y decide en su nombre qué es lo lícito y lo ilícito? Obedecer esas leyes y reglas es someterse a Dios, tal vez, pero, con mayor seguridad, a quien se apoya en su autoridad: el sacerdote.

En el Jardín del Edén, Dios hablaba con Adán y Eva, época bendita de relación directa entre la Divinidad y sus criaturas. .. Pero después de la expulsión del Paraíso, se rompió el contacto. De ahí proviene el interés de manifestar Su presencia en el mínimo detalle, en todo momento de la vida cotidiana, en el gesto más ínfimo... No sólo en el cielo: Dios vigila y amenaza en todas partes; también el diablo, pues, acecha en la sombra...

Lo esencial está en la anécdota: por ejemplo, los judíos tienen prohibido comer crustáceos, porque Dios siente repugnancia por los animales sin aletas ni escamas que, por añadidura, muestran el esqueleto en el exterior; del mismo modo, los cristianos evitan la carne el Viernes Santo —día célebre por su exceso de hemoglobina—; e incluso los musulmanes se cuidan de no saborear la morcilla. Vemos aquí tres ocasiones, entre otras, de demostrar la fe, la creencia, la piedad y la devoción a Dios...

Lo lícito y lo ilícito ocupan un lugar destacado en la Tora y el Talmud, no tanto en el Corán, pero sí en los hadit. El cristianismo —rindámosle honores a San Pablo, una vez al año no hace daño— no se hace cargo en absoluto de lo que, en el Levítico o en el Deuteronomio —entre otros textos que imponen prohibiciones mayores—, obliga, impide y coarta en todas las esferas de la vida: modales de mesa, los comportamientos en la cama, la cosecha, la textura y los colores del guardarropa, el empleo del tiempo cada hora...

Los Evangelios no prohíben ni el vino ni el cerdo, ni ningún alimento, como tampoco obligan a llevar una ropa determinada. La pertenencia a la comunidad cristiana presupone la adhesión al mensaje evangélico, y no a detalles de prescripción delirante. A ningún cristiano se le ocurriría prohibirle el sacerdocio a un individuo contrahecho, ciego, cojo, desfigurado, deforme, jorobado y enclenque, como Yahvé le pide a Moisés que tome en cuenta con respecto a los que consideren el culto como profesión (Levítico 21:16)... En cambio, Pablo conserva la manía de lo lícito e ilícito sólo en el campo sexual. En este punto, los Hechos de los Apóstoles muestran una íntima relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Los judíos y los musulmanes están obligados a pensar en Dios cada segundo de su vida. Desde que se levantan hasta que se acuestan, pasando por las horas de rezos, nada queda librado a la interpretación: lo que se debe o no se debe comer, la manera de vestirse, cualquier comportamiento, incluso el más insignificante a priori. No se permite el juicio personal o la evaluación individual: obediencia y sumisión. Negación de toda libertad de acción y declaración del reinado de la necesidad. La lógica de lo lícito y lo ilícito encierra al individuo en una cárcel donde la abdicación de la voluntad equivale a un juramento de fidelidad y a la demostración de comportamiento devoto: una inversión que se recupera hasta el último centavo, pero más tarde, en el Paraíso...

4

La obsesión de la pureza. La pareja lícito/ilícito funciona con el dúo puro/impuro. ¿Qué es puro? ¿O impuro? ¿Quién lo es? ¿Quién no lo es? ¿Qué individuo decide sobre eso? ¿Autorizado y legitimado por quién? Lo puro designa lo que carece de mezcla. Lo contrario de la aleación. Del lado de lo puro: el Uno, Dios, el Paraíso, la Idea, el Espíritu; en el lado opuesto, lo impuro: lo Diverso, lo Múltiple, el Mundo, lo Real, la Materia, el Cuerpo, la Carne. Los tres monoteísmos comparten esa visión del mundo y desacreditan la materialidad del mundo.

Sin duda alguna, es posible justificar una serie de impurezas que señala el Talmud, y que provienen de la sabiduría popular: declarar impuro el cadáver, la carroña, las secreciones de sustancias corporales, la lepra, es comprensible. El sentido común asocia la descomposición, la podredumbre y la enfermedad a riesgos y daños que pueden poner en peligro la salud de la comunidad. Contagiarse fiebres, contraer una enfermedad, generar una epidemia, una pandemia, propagar enfermedades de transmisión sexual, todo ello justifica el discurso preventivo y la medicina popular eficaz. Más vale prevenir que curar.

La impureza contamina: el lugar, el sitio, bajo la tienda, los objetos, a la gente, desde luego, pero también en la cercanía, las letrinas en las viviendas. La persona afectada corrompe, a su vez, todo lo que toca o con lo que entra en contacto, puesto que la purificación y las abluciones no ponen fin al estado de peligro colectivo. El médico encuentra medidas adecuadas para evitar la propagación del mal. Pero para otras impurezas el argumento profiláctico no se sostiene. ¿Qué arriesgamos al tocar a una mujer que tiene el período? ¿O a otra que acaba de dar a luz? Las dos son impuras. Cuanto más comprendemos el miedo a las secreciones anormales que pueden causar, en forma peligrosa, blenorragia, gonorrea o sífilis, tanto más nos preguntamos sobre el estigma de la sangre menstrual o el de la parturienta. A no ser que planteemos la hipótesis de que en ambos casos la mujer no es fértil y, por lo tanto, puede disponer libremente de su cuerpo y de su sexualidad sin exponerse al embarazo, un estado ontológicamente inaceptable para los rabinos, defensores del ideal ascético y de la expansión demográfica....

Los musulmanes comparten muchos de los conceptos judíos. Sobre todo, la fijación con respecto a la pureza. En el mundo entero, el cuerpo es impuro por el simple hecho de ser. De ahí surge la obsesión por purificarlo de modo permanente por medio de cuidados especiales: circuncisión, limpieza, rasurado de la barba y del bigote, corte del cabello y de las uñas, prohibición de ingerir alimentos no preparados en forma ritual, proscripción de todo contacto con los perros, prohibición absoluta de cerdo y de alcohol, por cierto, luego el rechazo enérgico de la materia corporal: orina, sangre, sudor, saliva, esperma y heces.

Una vez más podemos justificar, sin duda, todo eso de manera razonable —profilaxis, higiene, limpieza—, sin que sepamos por qué se prohíbe el cerdo y no la carne de camello: algunos plantean la hipótesis de que el cerdo fue el animal emblemático de algunas legiones romanas, un mal recuerdo in situ; otros se apoyan en el carácter omnívoro del animal que ingiere basura en lugares públicos. El odio al perro puede remitir a los riesgos de las mordeduras y la rabia; la condena del alcohol, al hecho de que las regiones calurosas parecen propicias a la pereza, al reposo y a la absorción inmoderada de líquidos, y por eso, más vale el agua o el té en grandes cantidades que las bebidas espirituosas, a causa de sus efectos. Para todo ello hay justificaciones racionales.

¿Pero por qué no contentarse con la práctica laica? ¿Cuál es la necesidad de transformar esas prevenciones de sentido común legítimo en reglas estrictas o leyes inflexibles, después de someter la salvación o la condena eterna al acatamiento de esas imposiciones? Que faltaba higiene en la limpieza personal, nadie lo discute, sobre todo en las épocas y regiones donde las cañerías, el agua corriente, los servicios sanitarios, las cámaras sépticas y los productos de desinfección no existían.

Pero varios hadit prescriben en detalle las modalidades de limpieza anal; no menos de tres piedras, ningún contacto con los desechos (!) ni con los huesos (!); no dirigir el chorro de orina en dirección a La Meca. Asimismo, prescriben los estados de pureza antes de la oración: no haber expulsado líquido prostático, gases, orina, heces, menstruación, por supuesto, y también, como causa de ruptura del vínculo con el islam, no haber tenido relaciones sexuales durante la regla de la compañera, ni relación anal, una vez más, debido al sexo separado de la procreación. .. Está mal visto el vínculo racional y razonable.

5

Mantener alejado el cuerpo. Las series de prohibiciones judías y musulmanas —tan similares— son sólo comprensibles a través de la asociación sistemática del cuerpo con la impureza. Cuerpo sucio, desaseado, cuerpo infecto, cuerpo de materias abyectas, cuerpo libidinal, cuerpo maloliente, cuerpo de fluidos y líquidos, cuerpo infectado, cuerpo enfermo, cadáveres, cuerpos de perros y de mujeres, cuerpo de desechos, cuerpo de inmundicias, cuerpo sanguinolento, cuerpo hediondo, cuerpo sodomita, cuerpo estéril, cuerpo infecundo, cuerpo detestable...

Un hadit enseña la necesidad de purificarse practicando abluciones. Afirma que cuanto más numerosas sean esas prácticas, mayor será la posibilidad de contar en el cielo con un cuerpo glorioso, en el sentido cristiano del término. El día de la resurrección, el cuerpo renacerá con marcas luminosas en los puntos de contacto con el tapiz de la oración. Cuerpos de carne negra y sombría contra cuerpos de espíritu blanco e incandescente. ¿Quién, entre las almas simples, puede querer amar la carne terrestre pecaminosa, cuando la esperanza de un anticuerpo paradisíaco se presenta como una maravillosa certidumbre ante el creyente que se somete a las lógicas de lo lícito/ilícito, según el principio de lo puro/impuro? ¿Quién, pues?

El ritual de purificación proporciona, igualmente, oportunidades de mantener alejado el cuerpo, como en el límite de sí mismo. Cada órgano ocupa su lugar en el proceso de oraciones organizadas y ordenadas con meticulosidad. Nada escapa al ojo de Alá. Habilitación de los materiales y del material utilizado —agua, piedras, arena, tierra—, numeración de los elementos, codificación ritual, inscripción de la anatomía en orden de disposición, escenografía de la reiteración de gestos: dedos, muñecas derechas, antebrazos, codos, tres veces, etc. No olvidar el talón, porque ese descuido conduce al Infierno...

Evitemos la simple lectura racional referida al mero deseo de limpieza. Si se trata de resguardarse contra las manchas de orina en la vestimenta y de utilizar para el aseo personal la mano con la que no se come, el argumento se sostiene. Pero éste se derrumba en cuanto examinamos el hadit que autoriza la purificación de los pies por encima de las pantuflas, según la expresión consagrada —y la traducción que utilizo...—, y vemos que también es posible la operación con las medias puestas. ¡Dios tiene, con seguridad, otras razones que las puramente higiénicas!

El entrenamiento del cuerpo en la purificación se repite en la práctica de la oración: cinco oraciones diarias, anunciadas por el muecín desde lo alto de su minarete. Ni pensar en disponer del tiempo para sí, tampoco del propio cuerpo; la hora de levantarse y la hora de acostarse dependen del llamado, también la manera en que transcurre el día, pues todo se suspende para la oración. Alineación para imponer el orden, la organización y la armonía en la comunidad. No hay mujeres. Los más viejos adelante. Prosternación del cuerpo según un código muy preciso: siete huesos deben quedar en contacto con el suelo: la frente, las dos manos, las dos rodillas, el extremo de los dos pies. No vamos a crearle dificultades al imán por naderías, pero un solo pie son cinco dedos; dos pies, diez y, podología mediante, sobrepasamos la teoría de los siete...

Algunas posturas están prohibidas, pues no son las adecuadas. Lo mismo vale para las inclinaciones y las prosternaciones: deben llevarse a cabo según las reglas. Ni pensar en que el cuerpo se entregue de lleno, pues debe dar fe de su sumisión y obediencia. No se es musulmán sin mostrar con celo el júbilo por someterse a los detalles. Porque Alá está en los detalles. Una palabra más: a los ángeles no les gustan el ajo ni las cebollas. Así pues, el musulmán evitará pasar cerca de las mezquitas con dichos bulbos en la chilaba. ¡Y más aún entrar con el albornoz lleno!

lunes, 15 de noviembre de 2010

¿Por qué soy tan sabio? -Ecce Homo-. Por Friedrich Nietzsche


1

La felicidad de mi existencia, tal vez su carácter único, se debe a su fatalidad: yo, para expresarme en forma enigmática, como mi padre ya he muerto, y como mí madre vivo to­davía y voy haciéndome viejo. Esta doble procedencia, por así decirlo, del vástago más alto y del más bajo en la escala de la vida, este ser décadent y a la vez comienzo. Esto, si algo, es lo que explica aquella neutralidad, aquella ausencia de partidismo en relación con el problema global de la vida, que acaso sea lo que a mí me distingue. Para captar los signos de elevación y de decadencia poseo yo un olfato más fino que el que hombre alguno haya tenido jamás, en este asunto yo soy el maestro par excellence [por excelencia], conozco ambas cosas, soy ambas cosas. Mi padre murió a los treinta y seis años: era delicado, amable y enfermizo, como un ser destinado tan sólo a pasar de largo, más una bondadosa evoca­ción de la vida que la vida misma. En el mismo año en que su vida se hundió, se hundió también la mía: en el año trigésimo sexto de mi existencia llegué al punto más bajo de mi vitalidad: aún vivía, pero no veía tres pasos delante de mí. Entonces –era el año 1879– renuncié a mi cátedra de Basilea, sobreviví durante el verano, parecido a una sombra, en St. Moritz, y el invierno siguiente, el invierno más pobre de sol de toda mi vida, lo pasé, siendo una sombra, en Naumburgo. Aquello fue mi mínimum: El caminante y su sombra nació entonces. Indudablemente, yo entendía entonces de sombras. Al invierno siguiente, mi primer invierno genovés, aquella dulcificación y aquella espiritualización que están casi condicionadas por una extrema pobreza de sangre y de músculos produjeron Aurora. La perfecta luminosidad y la jovialidad, incluso exuberancia de espíritu, que la citada obra refleja se compaginan en mí no sólo con la más honda debilidad fisiológica, sino incluso con un exceso de sentimiento de dolor. En medio de los suplicios que trae consigo un dolor cerebral ininterrumpido durante tres días, acompañado de un penoso vómito mucoso, poseía yo una claridad dialéctica par excellence y meditaba con gran sangre fría sobre cosas a propósito de las cuales no soy, en mejores con­diciones de salud, bastante escalador, bastante refinado, bastante frío. Mis lectores tal vez sepan hasta qué punto considero yo la dialéctica como síntoma de décadence, por ejemplo en el caso más famoso de todos: en el caso de Sócrates. Todas las molestias producidas al intelecto por la enfermedad, incluso aquel semiaturdimiento que la fiebre trae consigo, han sido hasta hoy cosas completamente extrañas a mí, por los libros he tenido yo que informarme acerca de su naturaleza y su frecuencia. Mi sangre circula lentamente. Nadie ha podido comprobar nunca fiebre en mí. Un médico que me trató largo tiempo como enfermo de los nervios acabó por decirme: «¡No! A los nervios de usted no les pasa nada, yo soy el único que está enfermo.» Imposible demostrar ninguna degeneración local en mí; ninguna dolencia estomacal de origen orgánico, aun cuando siempre padezco, como consecuencia del agotamiento general, la más profunda debilidad del sistema gástrico. También la dolencia de la vista, que a veces se aproxima peligrosamente a la ceguera, es tan sólo una consecuencia, no una causa: de tal manera que con todo incremento de fuerza vital se ha incrementado también mi fuerza visual. Recobrar la salud significa en mí una serie larga, demasiado larga, de años, también significa a la vez, por desgracia, recaída, hundimiento, periodicidad de una especie de décadence. Después de todo esto, ¿necesito decir que yo soy experto en cuestiones de décadence? La he deletreado hacia delante y hacia atrás. Incluso aquel afiligranado arte del captar y comprender en general, aquel tacto para percibir nuances [matices], aquella sicología del «mirar por detrás de la esquina» y todas las demás cosas que me son propias no las aprendí hasta entonces, son el auténtico regalo de aquella época, en la cual se refinó todo dentro de mí, la observación misma y todos los órganos de ella. Desde la óptica del enfermo elevar la vista hacia conceptos y valores más sanos, y luego, a la inversa, desde la plenitud y autoseguridad de la vida rica bajar los ojos hasta el secreto trabajo del instinto de décadence. Este fue mi más largo ejercicio, mi auténtica experiencia, si en algo, en esto fue en lo que yo llegué a ser maestro. Ahora lo tengo en la mano, poseo mano para dar la vuelta a las perspectivas: primera razón por la cual acaso únicamente a mí me sea posible en absoluto una «transvalora­ción de los valores.»

2

Descontado, pues, que soy un décadent, soy también su antítesis. Mi prueba de ello es, entre otras, que siempre he elegido instintivamente los remedios justos contra los estados malos; en cambio, el décadent en sí elige siempre los medios que lo perjudican. Como summa summarum [conjunto] yo estaba sano; como ángulo, como especialidad, yo era décadent. Aquella energía para aislarme y evadirme absolutamente de las condiciones habituales, el haberme forzado a mí mismo a no dejarme cuidar, servir, medicar. Esto revela la incondicional certeza instintiva sobre lo que yo necesitaba entonces ante todo. Me puse a mí mismo en mis manos, me sané yo a mí mismo: la condición de ello –cual­quier fisiólogo lo concederá– es estar sano en el fondo. Un ser típicamente enfermizo no puede sanar, aun menos sanarse él a sí mismo; para un ser típicamente sano, en cambio, el estar enfermo puede constituir incluso un enérgico estimulante para vivir, para más-vivir. Así es como de hecho se me presenta ahora aquel largo período de enfermedad: por así decirlo, descubrí de nuevo la vida, y a mí mismo incluido, saboreé todas las cosas buenas e incluso las cosas pequeñas como no es fácil que otros puedan saborearlas; convertí mi voluntad de salud, de vida, en mi filosofía. Pues préstese atención a esto: los años de mi vitalidad más baja fueron los años en que dejé de ser pesimista: el instinto de autorrestablecimiento me prohibió una filosofía de la pobreza y del desaliento. ¿Y en qué se reconoce en el fondo la buena constitución? En que un hombre bien constituido hace bien a nuestros sentidos, en que está tallado de una madera que es, a la vez, dura, suave y olorosa. A él le gusta sólo lo que le resulta saludable; su agrado, su placer, cesan cuando se ha rebasado la medida de lo saludable. Adivina remedios curativos contra los daños, saca ventaja de sus contrariedades; lo que no lo mata lo hace más fuerte. Instintivamente forma su síntesis con todo lo que ve, oye, vive: es un principio de selección, deja caer al suelo muchas cosas. Se encuentra siempre en su compañía, se relacione con libros, con hombres o con paisajes, él honra al elegir, al admitir, al confiar. Reacciona con lentitud a toda es­pecie de estímulos, con aquella lentitud que una larga cautela y un orgullo querido le han inculcado, examina el estímulo que se acerca, está lejos de salir a su encuentro. No cree ni en la «desgracia» ni en la «culpa», liquida los asuntos pendientes consigo mismo, con los demás, sabe olvidar, es bastante fuerte para que todo tenga que ocurrir de la mejor manera para él. Y bien, yo soy todo lo contrario de un décadent, pues acabo de describirme.

3

Considero un gran privilegio el haber tenido el padre que tuve: los campesinos a quienes él predicaba –pues los últimos años fue predicador, tras haber vivido algunos años en la corte de Altenburgo– decían que un ángel habría de tener sin duda un aspecto similar. Y con esto toco el problema de la raza. Yo soy un aristócrata polaco pur sang [pura sangre], al que ni una sola gota de sangre mala se le ha mezclado, y menos que ninguna, sangre alemana. Cuando busco la antítesis más profunda de mí mismo, la incalculable vulgaridad de los instintos, encuentro siempre a mi madre y a mi hermana. Creer que yo estoy emparentado con tal canaille [gentuza] sería una blasfemia contra mi divinidad. El trato que me dan mi madre y mi hermana, hasta este momento, me inspira un horror indecible: aquí trabaja una perfecta máquina infernal, que conoce con seguridad infalible el instante en que es posible herirme cruentamente, en mis instantes supremos, pues entonces falta toda fuerza para defenderse contra gusanos venenosos. La contigüidad fisiológica hace posible tal disharmonia praestabilita [desarmonía preestablecida] Confieso que la objeción más honda contra el «eterno retorno», que es mi pensamiento auténticamente abismal, son siempre mi madre y mi hermana. Mas también en cuanto polaco soy yo un atavismo inmenso. Siglos habría que retroceder para encontrar a esta raza, la más noble que ha existido en la tierra, con la misma pureza de instintos con que yo la represento. Frente a todo lo que hoy se llama noblesse [aristocracia] abrigo yo un soberano sentimiento de distinción; al joven kaiser alemán no le concedería yo el honor de ser mi cochero. Existe un solo caso en que yo reconozco a mi igual, lo confieso con profunda gratitud. La señora Cósima Wagner es, con mucho, la naturaleza más aristocrática; y, para no decir una palabra de menos, afirmo que Richard Wagner ha sido, con mucho, el hombre más afín a mí. Lo demás es silencio. Todos los conceptos dominantes acerca de grados de parentesco son un insuperable contrasentido fisiológico. El Papa hace negocio todavía hoy con ese contrasentido. Con quien menos se está emparentado es con los propios padres: estar emparentado con ellos constituiría el signo extremo de vulgaridad. Las naturalezas superiores tienen su origen en algo infinitamente anterior y para llegar a ellas ha sido necesario estar reuniendo, ahorrando, acumulando durante larguísimo tiempo. Los grandes individuos son los más antiguos: yo no lo entiendo, pero Julio César podría ser mi padre, o Alejandro, ese Dioniso de carne y hueso. En el instante en que escribo esto me trae el correo una cabeza de Dioniso.

4

No he entendido jamás el arte de predisponer a los demás contra mí –también esto lo debo a mi incomparable padre– ni aun en los casos en que ello me parecía de gran valor. Ni siquiera yo he estado nunca predispuesto contra mí, aunque ello pueda parecer muy poco cristiano. Puede darse la vuelta a mi vida por un lado y por otro, en ella no se encontrarán, descontado aquel único caso, huellas de que alguien haya abrigado una voluntad malvada contra mí, pero sí, tal vez, demasiadas huellas de buena voluntad. Mis experiencias, incluso con personas con quienes todo el mundo tiene malas experiencias, hablan siempre sin excepción en favor de ellas; yo domestico a todos los osos, yo vuelvo educados incluso a los bufones. Durante los siete años en que yo enseñé griego en la clase superior del Pádagogium de Basilea no tuve ningún pretexto para imponer castigo alguno; los alumnos más holgazanes se volvían laboriosos conmigo. Siempre estoy a la altura del azar; para ser dueño de mí he de estar desprevenido. Sea cual sea el instrumento, y aunque esté tan desafinado como sólo el instrumento «hombre» puede llegar a estarlo, enfermo tendría yo que encontrarme para no conseguir arrancar de él algo digno de ser escuchado. Y cuántas veces he oído decir a los propios «instrumentos» que nunca antes se habían escuchado ellos así de ese modo. Quizás a quien más bellamente se lo oí decir fue a Heinrich von Stein, muerto imperdonablemente joven, quien en una ocasión, tras haber solicitado y obtenido cuidadosamente permiso, apareció por tres días en Sils-María declarando a todo el mundo que él no venía a causa de la Engadina. Esta excelente persona, que se había zambullido en la ciénaga de Wagner –¡y además también en la de Dühring!– con toda la impetuosa simpleza de un Junker [hidalgo] prusiano, quedó como transformado durante aquellos tres días por un vendaval de libertad, semejante a alguien que de repente es elevado hasta su altura y a quien le crecen alas. Yo no dejaba de decirle que esto se debía al buen aire de aquí arriba y que le pasaba a todo el mundo, pues no en vano se está a seis mil pies por encima de Bayreuth, pero no quería creérmelo. Si, a pesar de todo, se han cometido conmigo algunas infamias pequeñas y grandes, el motivo de cometerlas no fue «la voluntad» y mucho menos la voluntad malvada: tendría que quejarme más bien –acabo de insi­nuarlo-- de la buena voluntad, la cual ha producido en mi vida trastornos nada pequeños. Mis experiencias me dan derecho a desconfiar en general de los llamados impulsos «desinteresados», de todo el «amor al prójimo», siempre dispuesto a dar consejos y a intervenir. Lo considero en sí como debilidad, como caso particular de la incapacidad para re­sistir a los estímulos, sólo entre los decadentes se califica de virtud a la compasión. A los compasivos yo les reprocho el que con facilidad pierden el pudor, el respeto, el sentimiento de delicadeza ante las distancias, el que la compasión apesta enseguida a plebe y se asemeja a los malos modales, hasta el punto de confundirse con ellos; el que, en ocasiones, ma­nos compasivas pueden ejercer una influencia verdadera­mente destructora en un gran destino, en un aislamiento en­tre heridas, en un privilegio a la culpa grave. Cuento entre las virtudes aristocráticas la superación de la compasión: con el título «La tentación de Zaratustra» he descrito poética­mente un caso en el cual un gran grito de socorro llega has­ta él cuando la compasión, como un pecado último, quiere asaltarlo y hacerlo infiel a sí mismo. Permanecer aquí dueño de la situación, lograr aquí que la altura de la tarea propia permanezca limpia de los impulsos mucho más bajos y mu­cho más miopes que actúan en las llamadas acciones desin­teresadas, ésta es la prueba, acaso la última prueba, que un Zaratustra tiene que rendir su auténtica demostración de fuerza.

5

Todavía hay otro punto en el que, una vez más, yo soy mera­mente mi padre y, por así decirlo, su supervivencia tras una muerte demasiado prematura. Semejante a todo aquel que nunca ha vivido entre sus iguales y a quien el concepto de «ajuste de cuentas» le resulta tan inaccesible como, por ejemplo, el concepto de «igualdad de derechos» en los casos en que se comete conmigo una estupidez pequeña o muy grande yo me prohíbo toda contramedida, toda medida de protección; como es obvio, también toda defensa, toda «justificación» Mi forma de saldar cuentas consiste en en­viar como respuesta a la tontería, lo más pronto posible, algo inteligente: acaso así sea posible repararla todavía. Dicho en imágenes: envío una caja de confites para desembarazarme de una historia agria. Basta con que a mí se me haga algo malo para que yo «ajuste cuentas», de eso estese seguro: pron­to encuentro una ocasión para expresar mi gratitud al «malhechor» (a veces incluso por su infamia) o para pedirle algo, lo que puede resultar más cortés que el dar algo. Me parece asimismo que la palabra más grosera, la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio. A quienes ca­llan les faltan casi siempre finura y gentileza de corazón; callar es una objeción, tragarse las cosas produce necesariamente un mal carácter, estropea incluso el estómago. Todos los que se callan son dispépticos. Como se ve, yo no quisiera que se infravalorase la grosería, ella es con mucho la forma más hu­mana de la contradicción y, en medio de la molicie moderna, una de nuestras primeras virtudes. Cuando se es lo bastante rico para permitírselo, constituye incluso una felicidad el no estar en lo justo. A un dios que bajase a la tierra no le sería líci­to hacer otra cosa que injusticias, tomar sobre sí no la pena, sino la culpa, es lo que sería divino.

6

El estar libre de resentimiento, el conocer con claridad el re­sentimiento ¡quién sabe hasta qué punto también en esto debo yo estar agradecido, en definitiva, a mi larga enferme­dad! El problema no es precisamente sencillo: es necesario haberlo vivido desde la fuerza y desde la debilidad. Si algo hay que objetar en absoluto al estar enfermo, al estar débil, es que en ese estado se reblandece en el hombre el auténtico instinto de salud, es decir, el instinto de defensa y de ataque. No sabe uno desembarazarse de nada, no sabe uno liquidar ningún asunto pendiente, no sabe uno rechazar nada, todo hiere. Personas y cosas nos importunan molestamente, las vivencias llegan muy hondo, el recuerdo es una herida purulenta. El propio estar enfermo es una especie de resentimien­to. Contra esto el enfermo no tiene más que un gran reme­dio: yo lo llamo el fatalismo ruso, aquel fatalismo sin rebe­lión que hace que un soldado ruso a quien la campaña le resulta demasiado dura acabe por tenderse en la nieve. No aceptar ya absolutamente nada, no tomar nada, no acoger nada dentro de sí, no reaccionar ya en absoluto. La gran razón de este fatalismo, que no siempre es tan sólo el coraje para la muerte, en cuanto conservador de la vida en las cir­cunstancias más peligrosas para ésta, consiste en reducir el metabolismo, en tornarlo lento, en una especie de voluntad de letargo invernal. Unos cuantos pasos más en esta lógica y tenemos el faquir, que durante semanas duerme en una tumba. Puesto que nos consumiríamos demasiado pronto si llegásemos a reaccionar, ya no reaccionamos: ésta es la ló­gica. Y con ningún fuego se consume uno más velozmente que con los afectos de resentimiento. El enojo, la susceptibi­lidad enfermiza, la impotencia para vengarse, el placer y la sed de venganza, el mezclar venenos en cualquier sentido para personas extenuadas es ésta, sin ninguna duda, la for­ma más perjudicial de reaccionar: ella produce un rápido desgaste de energía nerviosa, un aumento enfermizo de se­creciones nocivas, de bilis en el estómago, por ejemplo. El resentimiento constituye lo prohibido en sí para el enfermo: su mal, por desgracia también su tendencia más natural. Esto lo comprendió aquel gran fisiólogo que fue Buda. Su «religión», a la que sería mejor calificar de higiene, para no mezclarla con casos tan deplorables como es el cristianismo, hacía depender su eficacia de la victoria sobre el resenti­miento: liberar el alma de él, primer paso para curarse. «No se pone fin a la enemistad con la enemistad, sino con la amistad»; esto se encuentra al comienzo de la enseñanza de Buda; así no habla la moral, así habla la fisiología. El re­sentimiento, nacido de la debilidad, a nadie resulta más per­judicial que al débil mismo. En otro caso, cuando se trata de una naturaleza rica, constituye un sentimiento superfluo, un sentimiento tal que dominarlo es casi la demostración de la riqueza. Quien conoce la seriedad con que mi filosofía ha emprendido la lucha contra los sentimientos de venganza y de rencor, incluida también la doctrina de la «libertad de la voluntad» –la lucha contra el cristianismo es sólo un caso particular de ello–, entenderá por qué yo saco a luz, precisa­mente aquí, mi comportamiento personal, mi seguridad ins­tintiva en la práctica. En los períodos de décadence yo me prohibía aquellos sentimientos por perjudiciales; tan pronto como la vida volvió a ser suficientemente rica y orgullosa para ello, me los prohibí por situados debajo de mí. Aquel fatalismo ruso de que antes he hablado se ha puesto en mí de manifiesto en el hecho de que durante años me he aferrado tenazmente a situaciones, a lugares, a viviendas y compañías casi insoportables, una vez que, por azar, estaban dados; esto era mejor que cambiarlos, que sentir que eran cambiables, que rebelarse contra ellos. El perturbarme en ese fatalismo, el despertarme con violencia eran cosas que yo entonces tomaba mortalmente a mal: en verdad ello era también siempre mortalmente peligroso. Tomarse a sí mis­mo como un fatum [destino], no quererse «distinto», en ta­les circunstancias esto constituye la gran razón misma.

7

Otra cosa es la guerra. Por naturaleza soy belicoso. Atacar forma parte de mis instintos. Poder ser enemigo presupone tal vez una naturaleza fuerte; en cual­quier caso es lo que ocurre en toda naturaleza fuerte. Ésta necesita resistencias y, por lo tanto, busca la resistencia: el pathos agresivo forma parte de la fuerza con igual necesidad con que el sentimiento de venganza y de rencor forma parte de la debilidad. La mujer, por ejemplo, es vengativa: esto vie­ne condicionado por su debilidad, lo mismo que viene condicionado por ella su excitable sensibilidad para la indigen­cia ajena. La fortaleza del agresor encuentra una especie de medida en los adversarios que él necesita; todo crecimiento se delata en la búsqueda de un adversario –o de un proble­ma más potente– pues un filósofo que sea belicoso reta a duelo también a los problemas. La tarea no consiste en do­minar resistencias en general, sino en dominar aquellas frente a las cuales hay que recurrir a toda la fuerza propia, a toda la agilidad y maestría propias en el manejo de las ar­mas, en dominar a adversarios iguales a nosotros. Igual­dad con el enemigo, primer supuesto de un duelo honesto. Cuando lo que se siente es desprecio, no se puede hacer la guerra; cuando lo que se hace es mandar, contemplar algo por debajo de sí, no hay que hacerla. Mi práctica bélica puede resumirse en cuatro principios. Primero: yo sólo ata­co causas que triunfan; en ocasiones espero hasta que lo consiguen. Segundo: yo sólo ataco causas cuando no voy a encontrar aliados, cuando estoy solo, cuando me compro­meto exclusivamente a mí mismo. No he dado nunca un paso en público que no me comprometiese; éste es mi crite­rio del obrar justo. Tercero: yo no ataco jamás a personas, me sirvo de la persona tan sólo como de una poderosa lente de aumento con la cual puede hacerse visible una situación de peligro general, pero que se escapa, que resulta poco apre­hensible. Así es como ataqué a David Strauss, o, más exac­tamente, el éxito, en la «cultura» alemana, de un libro de debilidad senil. A esta cultura la sorprendí en flagrante delito. Así es como ataqué a Wagner, o, más exactamente, la falsedad, la bastardía de instintos de nuestra «cultura», que confunde a los refinados con los ricos, a los epígonos con los grandes. Cuarto: yo sólo ataco causas cuando está excluida cualquier disputa personal, cuando está ausente todo tras­fondo de experiencias penosas. Al contrario, en mí atacar re­presenta una prueba de benevolencia y, en ocasiones, de gra­titud. Yo honro, yo distingo al vincular mi nombre al de una causa, al de una persona: a favor o en contra; para mí esto es aquí igual. Si yo hago la guerra al cristianismo, ello me está permitido porque por esta parte no he experimentado ni contrariedades ni obstáculos; los cristianos más serios han sido siempre benévolos conmigo. Yo mismo, adversario de rigueur [de rigor] del cristianismo, estoy lejos de guardar rencor al individuo por algo que es la fatalidad de milenios.

8

¿Me es lícito atreverme a señalar todavía un último rasgo de mi naturaleza, el cual me ocasiona una dificultad nada pe­queña en el trato con los hombres? Mi instinto de limpieza posee una susceptibilidad realmente inquietante, de modo que percibo fisiológicamente –huelo– la proximidad o –¿qué digo?– lo más íntimo, las «vísceras» de toda alma. Esta sen­sibilidad me proporciona antenas psicológicas con las cuales palpo todos los secretos y los aprisiono con la mano: ya casi al primer contacto cobro consciencia de la mucha suciedad escondida en el fondo de ciertas naturalezas, debida acaso a la mala sangre, pero recubierta de barniz por la educación. Si mis observaciones son correctas, también esas naturale­zas insoportables para mi limpieza perciben, por su lado, mi previsora náusea frente a ellas; pero su olor no por esto me­jora. Como me he habituado a ello desde siempre –una ex­tremada pureza conmigo mismo constituye el presupuesto de mi existir, yo me muero en situaciones sucias–, nado y me baño y chapoteo de continuo, si cabe la expresión, en el agua, en cualquier elemento totalmente transparente y lumi­noso. Esto hace que el trato con seres humanos sea para mí una prueba nada pequeña de paciencia; mi humanitarismo no consiste en participar del sentimiento de cómo es el hom­bre, sino en soportar el que yo participe de ese sentimiento. Mi humanitarismo es una permanente victoria sobre mí mismo. Pero yo necesito soledad, quiero decir, curación, retorno a mí mismo, respirar un aire libre, ligero y jugue­tón. Todo mi Zaratustra es un ditirambo a la soledad o, si se me ha entendido, a la pureza... Por suerte, no a la estupidez pura. Quien tenga ojos para percibir colores, calificará de diamantino al Zaratustra. La náusea que el hombre, que el «populacho» me producen ha sido siempre mi máximo peli­gro. ¿Queréis escuchar las palabras con que Zaratustra ha­bla de la redención de la náusea?

¿Qué me ocurrió, sin embargo? ¿Cómo me redimí de la náusea? ¿Quién rejuveneció mis ojos? ¿Cómo volé hasta la altura en la que ninguna chusma se sienta ya junto al pozo? ¿Mi propia náusea me proporcionó alas y me dio fuerzas que pre­sienten las fuentes? ¡En verdad, hasta lo más alto tuve yo que volar para reencontrar el manantial del placer!

¡Oh, lo encontré, hermanos míos! ¡Aquí en lo más alto brota para mí el manantial del placer! ¡Y hay una vida de la cual no bebe la chusma con los demás!

¡Casi demasiado violenta resulta tu corriente para mí, fuente del placer! ¡Y a menudo has vaciado de nuevo la copa queriendo lle­narla!

Y todavía tengo que aprender a acercarme a ti con mayor modes­tia: con demasiada violencia corre aún mi corazón a tu encuentro.

Mi corazón, sobre el que arde mi verano, el breve, ardiente, me­lancólico, sobre bienaventurado: ¡cómo apetece mi corazón estival tu frescura!

¡Disipada se halla la titubeante tribulación de mi primavera! ¡Pa­sada está la maldad de mis copos de nieve de junio! ¡En verano me he transformado enteramente y en mediodía de verano!

Un verano en lo más alto, con fuentes frías y silencio bienaventu­rado: ¡oh, venid, amigos míos, para que el silencio resulte todavía más bienaventurado!

Pues ésta es nuestra altura y nuestra patria: en un lugar demasia­do alto y abrupto habitamos nosotros aquí para todos los impuros y para su sed.

¡Lanzad vuestros ojos puros en el manantial de mi placer, amigos míos! ¡Cómo habría él de enturbiarse por ello! ¡En respuesta os rei­rá con su pureza!

En el Árbol Futuro construimos nosotros nuestro nido; ¡águilas deben traernos en sus picos alimento a nosotros los solitarios!

¡En verdad, no un alimento del que también a los impuros les esté permitido comer! ¡Fuego creerían devorar, y se abrasarían los hoci­cos!

¡En verdad, aquí no tenemos preparadas moradas para impuros! ¡Una caverna de hielo significaría para sus cuerpos nuestra felici­dad, y para sus espíritus!

Y cual vientos fuertes queremos vivir por encima de ellos, veci­nos de las águilas, vecinos de la nieve, vecinos del sol: así es como viven los vientos fuertes.

E igual que un viento quiero yo soplar todavía alguna vez entre ellos, y con mi espíritu cortar la respiración a su espíritu: así lo quie­re mi futuro.

En verdad, un viento fuerte es Zaratustra para todas las hondo­nadas; y este consejo da a sus enemigos y a todo lo que esputa y escupe: «¡Guardaos de escupir contra el viento!»