sábado, 15 de noviembre de 2008

PAUL KLEE - DEATH AND FIRE (1940)


BEETHOVEN - MOONLIGHT SONATA OP. 27

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EL DERRUMBE. Por Francis Scott Fitzgerald

Sin duda que la vida entera es un proceso de quebrantamiento, pero los golpes que desempeñan la parte dramática del trabajo —los grandes y repentinos golpes que vienen, o parecieran venir, del ex­terior—, los que uno recuerda y lo hacen culpar a las cosas, y de los cuales, en los momentos de debilidad, se habla a los amigos, no mues­tran sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpe que viene de adentro y que uno no siente hasta que es ya demasiado tarde para impedirlo, hasta que comprende positivamente que de algún modo no volverá a ser el mismo. El primer tipo de quebrantamiento parece ocurrir rápido; el segundo ocurre casi sin que uno lo sepa, pero se le percibe en realidad muy de repente.
Antes de continuar con esta breve historia, permítaseme hacer una observación general: la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener en la mente dos ideas opuestas a la vez sin perder la capacidad de funcionar. Uno debiera, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas no tienen remedio y, sin embargo, estar determina­do a cambiarlas. Esta filosofía concordaba perfectamente con los primeros años de mi edad adulta, cuando vi cómo lo improbable, lo no plausible, a menudo lo “imposible”, se hacía realidad. La vida era algo que se podía dominar si es que había algo de bueno en uno. La vida se rendía con facilidad a la inteligencia y el esfuerzo, o a la pro­porción que de ambos pudiera reunirse.
Ser escritor de éxito parecía un asunto romántico: uno no sería jamás tan famoso como un artista de cine, pero la notoriedad que se lograra sería probablemente más duradera; no tendría tampoco el poder de un hombre de fuertes convicciones políticas o religiosas, pero era por cierto más independiente. Desde luego que en la práctica de nuestro propio oficio estábamos siempre insatisfechos, pero yo, por ejemplo, no hubiera elegido otro por ningún motivo.
Mientras transcurrían los veinte, con mis propios veinte llevándo­les un poquito de delantera, mis dos pesares juveniles —no ser lo suficientemente grande (o bueno) para jugar fútbol en el collegey no haber sido enviado a ultramar durante la guerra— se resolvieron en infantiles ensueños de heroísmo imaginario que resultaban buenos para dormirse durante las noches inquietas. Los grandes problemas de la vida parecían solucionarse, y si el asunto de arreglarlos resultaba difícil, lo agotaban a uno demasiado como para pensar en problemas más generales.
Hace diez años, la vida era en gran medida un asunto personal. Había que mantener en equilibrio el sentido de la futilidad del esfuerzo y el sentido de la necesidad de luchar; la convicción de la inevita– bilidad del fracaso y aun la determinación de “triunfar”... Y más que éstas, la contradicción entre la mano muerta del pasado y las grandes intenciones del futuro. Si lograba hacerlo en medio de los males corrientes —domésticos, profesionales y personales—, entonces el ego podría continuar como una flecha disparada desde la nada y hacia la nada, pero con tanta fuerza que sólo la gravedad terminaría por traerla de nuevo a la tierra.
Durante diecisiete años, con un año en que lo central fue un deli­berado haraganeo y descanso, las cosas se sucedieron así, siendo las nuevas tareas sólo una agradable perspectiva para mañana. Estaba viviendo con ahínco, también, pero: “Hasta los cuarenta y nueve estará bien —decía—. Puedo estar seguro de eso. Para un hombre que ha vivido como yo, es todo cuanto se puede pedir”.
...Y entonces, a diez años aún de los cuarenta y “nueve, descubrí de pronto que me había derrumbado prematuramente.
Pero un hombre puede derrumbarse de muchas maneras: es posi­ble que el golpe sea en la cabeza; ¡caso en el cual otros lo despojan a uno del poder de decisión!; o en el cuerpo, lo que hace inevitable someterse al blanco mundo de los hospitales, o en los nervios. William Seabrook, en un libro despiadado, cuenta con cierto orgullo y con un final de película cómo se convirtió en una carga pública. Lo que lo condujo al alcoholismo, o que estuvo al menos presente, fue un de­rrumbamiento de su sistema nervioso. Aunque el autor de estas líneas no se hallaba tan implicado —haría seis meses por esos días que no se tomaba ni un vaso de cerveza—, eran sus reflejos nerviosos los que estaban cediendo: demasiada rabia y demasiadas lágrimas.
Lo que es más —para volver a mi tesis de que la vida tiene una ofensiva variable—, la noción de haberse derrumbado no coincidió con un golpe, sino con un período de tranquilidad.
No mucho antes había estado en la oficina de un gran médico, escuchando una grave sentencia. Con lo que, mirando atrás, pareciera cierta ecuanimidad, yo había seguido con mis asuntos en la ciudad donde entonces vivía, sin que me importara mucho, sin pensar en todo lo que quedaba sin hacer, o en lo que ocurría con esta y aquella obliga­ción como lo hace la gente en los libros; estaba bien asegurado, y de todas maneras había sido un guardián mediocre de la mayoría de las cosas que se dejaran en mis manos, inclusive de mi talento.
Pero el instinto me dijo fuerte y repentinamente que debía estar solo. No quería ver a nadie. Había visto a demasiada gente durante toda mi vida; era bastante sociable, pero tenía una tendencia muy marcada a identificarme, en mis ideas, en mi destino, con todos aquellos con quienes me relacionaba, de cualquier clase que fueran. Siempre estaba salvando o siendo salvado: en una sola mañana era capaz de pasar por todas las emociones que pudieran atribuírsele a Wellington en Waterloo. Vivía en un mundo de inescrutables discor­dias y de amigos y partidarios inalienables.
Sin embargo, ahora quería estar totalmente solo, y así me las arreglé para mantenerme más o menos al margen de las responsabili­dades ordinarias.
No fue un período de infelicidad. Partí y disminuyeron las perso­nas. Descubrí que estaba más que cansado. A veces podía permanecer tendido durmiendo o dormitando hasta veinte horas al día, de lo que me alegraba, y en los intervalos trataba resueltamente de no pensar, y para lograrlo hacía listas, hacía listas y las rompía, listas por cientos: de dirigentes de caballería y jugadores de fútbol, y de ciudades y melodías populares, y de pitchers, y de tiempos felices y de aficiones, y de casas en que había vivido, y de cuántos trajes había comprado desde que salí del ejército, y cuántos pares de zapatos (no conté el traje que me compré en Sorrento y que encogió, ni los zapatos y la camisa de vestir con cuello que anduve trayendo durante años sin jamás ponérmelos, porque los zapatos se volvieron ásperos y húmedos, y la camisa y el cuello, amarillos y hediondos a almidón). Y listas de mujeres que me habían gustado, y de los tiempos en que me había dejado desairar por gente que no era mejor que yo ni en carácter ni en capacidad.
...Y entonces, repentina y sorpresivamente, me sentí mejor.
...Y me quebré como un plato viejo apenas oí las noticias.
Ese es el verdadero final de esta historia. ¿Qué hacerle? Eso es algo que tendría que descansar en lo que solía llamarse “las entrañas del tiempo”. Baste decir que después de más o menos una hora de solitario abrazo con la almohada comencé a darme cuenta de que durante dos años mi vida había consistido en girar recursos que yo no poseía, pero al precio de hipotecarme física y espiritualmente hasta el tope. ¿Qué era el pequeño regalo de vida que recibía en comparación con eso?..., cuando había tenido orgullo de mi orden y confianza en una indepen­dencia permanente.
Me di cuenta de que en esos dos años, con el objeto de preservar algo —un secreto interior tal vez, tal vez no—, me había apartado de todas las cosas que antes amaba, de que cada acto de la vida, desde el aseo matinal de dientes hasta la comida con un amigo, se había conver­tido en un esfuerzo. Comprendí que durante mucho tiempo no me gustaron ni las gentes ni las cosas, sino que tan sólo había adoptado la vieja y endeble máscara del cariño. Comprendí que aun mi cariño por aquellos que me eran más cercanos se convertía sólo en un intento de amar, que mis relaciones ocasionales —con un editor, un vendedor de tabaco, el hijo de un amigo— eran solamente lo que yo recordaba que debíahacer, en comparación con otros días. Y en el mismo mes llega­ron a exasperarme cosas tales como el sonido de la radio, los avisos en las revistas, los chillidos de la vía férrea, el silencio muerto del campo; me volví despectivo ante la blandura humana, de inmediato (si bien furtivamente) hostil hacia la dureza; odiando a la noche cuando no podía dormir y odiando el día porque marchaba hacia la noche. Dormía ahora sobre el lado del corazón porque sabía que mientras más pronto lo cansara, aunque fuese un poquito, más pronto llegaría esa bendita hora de la pesadilla que, como una catarsis, me capacitaría para enfrentar mejor el nuevo día.
Había ciertos puntos, ciertas caras a las que Podía mirar. Como la mayoría de los nacidos en el Medio Oeste, nunca he tenido dema­siados prejuicios raciales: siempre tuve un secreto deseo de esas hermosas rubias escandinavas que se sentaban en los porches de Saint Paul, pero que económicamente no había surgido lo necesario para formar parte de lo que entonces constituía sociedad. Eran demasiado bonitas para ser “polluelas” y habían salido muy recientemente de las granjas como para ocupar un lugar bajo el sol, pero yo recordaba haber caminado cuadras nada más que para vislumbrar ese cabello relucien­te: el brillante mechón de una muchacha que jamás conocería. Estoy haciendo cháchara urbana e impopular. Eludo el hecho de que en esos últimos días no podía tolerar ni la presencia de los celtas, los ingleses, los políticos, los extraños, los virginianos, los negros (claros u oscu­ros), la Gente que Caza, los vendedores, de los tipos de clase media, en general, de los escritores (evitaba muy cuidadosamente a los escritores porque ellos pueden perpetuar los líos como nadie más puede hacer­lo)... y de todas las clases en cuanto clases y de la mayoría de la gente en cuanto a miembros de su clase... En un intento de aferrarme a algo, me gustaban los médicos y las niñitas hasta más o menos la edad de trece, y los muchachos bien educados desde algo así como los ocho años adelante. Lograba encontrar paz y felicidad en estos pocos grupos de gente. Olvidé agregar que me gustaban los viejos mayores de setenta y hasta mayores de sesenta si es que sus caras se veían secas. Me gustaba el rostro de Katharine Hepburn en la pantalla, sin importarme lo que se dijera sobre sus afectaciones, y la cara de Miriam Hopkins, y los viejos amigos, siempre que sólo los viera una vez al año y pudiera recordar sus fantasmas.
Todo esto resulta bastante inhumano y mezquino, ¿verdad? Bue­no, ése, muchachos, es el verdadero síntoma del desmoronamiento.
No es un cuadro de lo más hermoso. Fue inevitablemente aca­rreado de un lugar a otro dentro de su marco y expuesto ante diversos críticos y críticas. A una de ellas sólo se le puede describir como una persona cuya vida hace que las vidas de otras personas se parezcan a la muerte..., aun esta vez, aunque la pusieron en el a menudo poco simpático papel de consoladora de Job. A pesar de que esta historia ya terminó, permítanme agregar nuestra conversación a manera de postdata:
—En vez de compadecerte tanto, escucha —expresó ella (siempre dice “escucha” debido a que piensa mientras habla; de veras piensa). De modo que dijo—: Escucha. Imagínate que no se tratara de un derrumbe en ti... Imagínate que fuera un derrumbe en el Gran Cañón.
—El derrumbe es en mí —repuse heroicamente.
—¡Escucha! El mundo sólo existe en tus ojos, en tu concepción de él. Puedes agrandarlo o achicarlo a tu antojo. Y estás tratando de ser un individuo pequeño y enfermizo. Santo cielo, si alguna vez yo me derrumbara, trataría de hacer que el mundo se derrumbara conmigo. ¡Escucha! El mundo sólo existe en la medida en que lo percibas, y por lo tanto es mucho mejor decir que no eres tú quien se ha derrumbado, sino el Gran Cañón.
—¿Ya se tragó a todo su Spinoza la niña?
—No sé nada de Spinoza. Lo que sé... —Habló entonces de viejas heridas suyas que parecían, en las palabras, haber sido más dolorosas que las mías, y de cómo las había atacado, aventajado, derrotado.
Sentí cierta reacción ante lo que dijo, pero soy hombre que piensa lento, y se me ocurrió, simultáneamente, que de todas las fuerzas naturales, la única imposible de comunicar es la vitalidad. En los días en que a uno le llegaba el jugo como un artículo sin impuesto, uno trataba de distribuirlo, pero siempre sin éxito; para seguir mezclando metáforas, la vitalidad nunca se “pega”. Se la tiene o no se la tiene, igual que la salud o los ojos cafés o una voz de barítono. Podría haberle pedido que me convidara un poco, envuelta con cuidado y lista para cocinarla y digerirla, pero no la habría obtenido jamás, ni aunque me hubiera quedado esperando mil horas con la taza de lata de la autocompasión. Pude alejarme de su puerta, sosteniéndome muy delicadamente, como loza trizada, y penetrar en el mundo de la amar­gura, donde me estaba construyendo mi casa con los materiales que allí se encuentran — y recordar después de salir de su puerta:
“Eres la sal de la tierra.
Pero si la sal ha perdido su sabor,
¿con qué se la ha de salar?” MATEO 5–13.

LAS VULGARIDADES DE LA NOVELA. Por Ernesto Sábato

Cuenta Gide en su Journal que Valéry no se decidía a escribir una frase como "La marquise sortit a cinq heures". ¿Y qué prueba eso? Una novela, y hasta una gran novela, está llena de frases tan triviales como ésa, como la vida misma: Hegel también se desayunaba. Además, una ficción es como un continente, en que para llegar a lugares que han de fascinarnos deben atravesarse estúpidas llanuras sin otros atributos que el polvo, el cansancio y la monotonía.
Muchas veces me he preguntado si Valéry no consideró sus impotencias como virtudes. Apuesto a que habría querido escribir el Quijote, que está plagado de marquesas que salen a las cinco. Se pasó la vida hablando de las matemáticas y usando giros de su idioma, que los profanos admiran tanto más cuanto más los ignoran; y sin embargo no pudo aprobar el ingreso a no sé qué escuela por culpa de esas matemáticas. Pascal abandonó a los trece años a esa mujer por la que Valéry suspiró sin poder poseerla. Como para que no escribiera aquella frase rencorosa: "Pascal perdió la oportunidad de darle a Francia la gloria del cálculo infinitesimal".

REGLAS SOBRE LA ESCRITURA. Por Elmore Leonard

Lo que sigue son las reglas que Elmore Leonard postuló -con cierta sorna- en una entrevista concedida a una revista americana. No tienen porque ser necesariamente las mejores, ni tenemos por qué estar de acuerdo con todas y cada una de ellas. Pero nos servirán como guía para conocer a los maestros. También para que conozcas las diferencias entre los escritores norteamericanos y los hispanos o europeos.

Elmore Leonard aboga por que el escritor sea invisible, que muestre, en vez de contar la historia. Pero si tienes facilidad para el lenguaje, imágenes propias y el sonido de tu voz te encanta... puede que estas reglas no sean para ti. Léelas y luego sáltatelas.

1. Nunca empieces un libro hablando del clima
Si sólo te sirve para crear atmósfera y no es una reacción del personaje al clima, no debes usarlo demasiado. El lector buscará las reacciones del personaje. Hay algunas excepciones, claro. Si te llamas Barry López y conoces más maneras de describir el hielo y la nieve que un esquimal, puedes hablar del clima tanto como te de la gana.
2. Evita los prólogos
Pueden resultar molestos, especialmente un prólogo después de una introducción que viene antes de la dedicatoria. Pero en no ficción son muy habituales. En una novela, el prólogo cuenta los antecedentes de la historia, pero no hace falta contarlos al principio, puedes ponerlos donde quieras.
Siempre hay excepciones, claro. “Dulce jueves” de John Steinbeck tiene prólogo, pero me parece bien porque es un personaje del libro que deja claras las reglas, que nos explica como le gusta que le cuenten las cosas.
Lo que hace Steinbeck en “Dulce jueves” fue titular los capítulos a modo de indicación, aunque algo oscura, de lo que tratan. Hay dos capítulos que llega a titularlos “hooptedoodle” (palabrería) en los que avisa al lector: “Aquí haré vuelos espectaculares con mi escritura, y no se entremezclará con la historia. Sáltatelos si quieres”.
“Dulce jueves” se publicó en 1954, cuando yo empezaba a publicar, y nunca olvidaré el prólogo. ¿Me leí los capítulos hooptedoodle? Cada palabra.
3. No uses más que “dijo” en el diálogo
La frase, en el diálogo, pertenece al personaje. El verbo viene a ser el escritor husmeando donde no debería. El verbo “decir” es bastante menos intruso que “gruñir”, “exclamar”, “preguntar”, “interrogar”... Cierta vez leí un “ella aseveró” al final de una frase de un personaje de Mary McCarthy y tuve que parar de leer para buscarlo el diccionario.
4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “decir”...
... amonestó severamente. Usar un adverbio de esta manera (o de casi cualquier manera) es un pecado mortal. El escritor se expone a interrumpir el ritmo de intercambio cuando usa este tipo de palabras. Un personaje cuenta en uno de mis libros cómo solía escribir sus romances históricos “llenos de violaciones y adverbios”.
5. Controla los signos de exclamación
Se permiten alrededor de dos o tres exclamaciones por cada 100.000 palabras en prosa. Si tienes el don de Tom Wolfe con ellos, puedes usarlos profusamente.
6. Nunca uses palabras como “de repente” o “de pronto”
Esta regla no requiere ninguna explicación. Me he dado cuenta de que los escritores que usan exclamaciones como “de repente” suelen tener menos control sobre sus signos de exclamación.
7. Usa términos dialectales muy de vez en cuando
Si empiezas a llenar la página de diálogo ininteligible, no podrás parar. Un buen ejemplo sería Annie Proulx, que es capaz de captar muy bien el sabor del habla de Wyoming.
8. Evita las descripciones demasiado detalladas de los personajes
Steinbeck lo hacía. Pero en “Colinas como elefantes blancos” Hemingway por ejemplo, usa una única descripción para el personaje de la mujer que acompaña al americano: “Se quitó el sombrero y lo dejó en la mesa”. Es la única referencia física en la historia, pero aún y así vemos a la pareja y sabemos de ellos por su tono de voz... sin adverbios que los acompañen.
9. No entres en demasiados detalles al describir lugares y cosas
Si no eres Margaret Atwood, que pinta escenas con el lenguaje o no puedes describir el paisaje como lo hace Jim Harrison, no lo hagas. Incluso si estás dotado para las descripciones, ten en cuenta que el meollo de la historia debe ser la acción, no la descripción.Y finalmente:
10. Trata de eliminar todo aquello que el lector tiende a saltarse
Esta regla se me ocurrió en 1983. Piensa en lo que te saltas cuando lees una novela: largos párrafos de prosa con demasiadas palabras. ¿Qué está haciendo el escritor? Hablar del tiempo, o ha entrado en la mente del personaje y el lector o bien sabe qué es lo que piensa el personaje, o bien no le importa. Me apuesto lo que sea a que no te saltas el diálogo.
Mi regla más importante es una que las engloba a las diez. Si suena como lenguaje escrito, lo vuelvo a escribir. Si la gramática se inmiscuye en la historia, la abandono. No puedo permitir que lo que aprendí en clase de redacción altere el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, no distraer al lector de lo que es escritura obvia (Joseph Conrad habló una vez de las palabras que se inmiscuyen en lo que quieres contar). Si escribo una escena, siempre desde el punto de vista de un personaje (el que me da la mejor visión de la vida en esa escena en particular) puedo concentrarme en las voces de los personajes contando quienes son y cómo se sienten, qué ven y qué sucede. Así es como desaparezco de la escena.

POEMAS DE JORGE LUIS BORGES

AMOROSA ANTICIPACIÓN
Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta ni la costumbre de tu cuerpo,
aún misterioso y tácito de niña,
ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
serán favor tan misterioso como mirar tu sueño implicado en la vigilia de mis brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria
del sueño, quieta y resplandeciente como una dicha que
la memoria elige, me darás esa orilla de tu vida que tu misma no tienes.
Arrojado a quietud, divisaré esa playa última de tu ser y te veré, por vez primera, quizá,
como Dios ha de verte, desbaratada la ficción del Tiempo, sin el amor, sin mí.


ARTE POÉTICA
Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche , que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor, y un símbolo,
ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.
También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

AUSENCIA
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nichos de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas;
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE. Por Jorge Luis Borges

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.
Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.
He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:
a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).
b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).
c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).
d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).
e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.
f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).
g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).
h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.
i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint­Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).
j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).
k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.
l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).
m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point, monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.
n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ­recuerdo­ declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.
o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).
p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)
q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” ­la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio­ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.
r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).
s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]
Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]
Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis -­el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden­- que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos ­decía­ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.
No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes.
“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.
El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo ­por -consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo xxvi -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:
Where a malignant and a turbaned Turk...
¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:
Ah, bear in mind this garden was enchanted!
o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”
A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.
No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el xxxviii de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard -hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell- reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)
Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente pragmáticas.
También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.
No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.
Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.
He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -Tenues pero no indescifrables- de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...
“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”
Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?
Nîmes, 1939

[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.
[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?
[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.

NOTAS SOBRE D. H. LAWRENCE. Por Valmore Muñoz Arteaga

Al inicio de una de las novelas más importantes del siglo XX, su autor plantea la siguiente idea: “Nuestra época es esencialmente trágica, y precisamente por eso nos negamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ya ha ocurrido, nos encontramos entre ruinas, empezamos a construir nuevos y pequeños lugares en que vivir, comenzamos a tener nuevas y pequeñas esperanzas. No es un trabajo fácil. No tenemos ante nosotros un camino llano que conduzca al futuro. Pero rodeamos o superamos los obstáculos. Tenemos que vivir, por muchos que sean los cielos que hayan caído sobre nosotros” Esta muestra incuestionable de vitalismo pertenece a la novela El amante de lady Chatterley del célebre David Herbert Lawrence.
La obra de Lawrence se encuentra entre las más originales y reveladoras en lengua inglesa. Una obra que se erige sobre la base de una vida realmente dramática y compleja. Proveniente de una sociedad dedicada a la minería, Lawrence influido por ese ambiente oscuro, no sólo logró conocer a los mineros de una forma bastante intensa, sino que su conocimiento se extendió hacia las mujeres de éstos, las habitaciones estrechas, la vida promiscua, la crueldad y la degradación, y el olor de los montones de escoria. La civilización moderna estorbó su espíritu, y no logró, como si lograrían otros contemporáneos, consuelo haciendo planes para nuevos mundos. Era una dolencia que no consentía un cuidado intelectual, pues el mundo moderno le parecía a Lawrence que había descompuesto la vida emocional del hombre. Incluso la pasión se había transformado en un subproducto escrupuloso de la inteligencia. Revelar de nuevo una corriente libre de vida inflamada se convertiría para él casi en una idea mística, pues en ella había algo a ejecutar al mismo tiempo que ostentaba arrojo y ardor.
Varias son sus obras con una importancia particular; sin embargo, entre ellas, tres resaltan como testimonio de un hombre abarrotado por las crisis del pensamiento que se manifestaba en una Europa trastornada y a punto de lanzarse a una de las aventuras más desquiciadas de su historia. Estas tres novelas son Hijos y amantes (1913), Mujeres enamoradas (1921) y El amante de Lady Chatterley (1928).

Hijos y amantes aparece en 1913, contaba Lawrence con 28 años. Vivía por entonces junto al lago Garda. La novela trata sobre la familia Morel que vive en la cuenca minera de Nottingham: la señora Morel está desilusionada con la vida que lleva con su marido y centra toda su atención en sus hijos, especialmente en Paul. Los vínculos entre madre e hijo se vuelven absorbentes hasta el punto de influir negativamente en las relaciones sentimentales de Paul con las mujeres. Es la historia de la relación del joven Lawrence con su madre, que lo dejó profundamente marcado, y de su malogrado amorío con Jessie Chambers, llamada Miriam en la obra. En 1921 Mujeres enamoradas, una especie de continuación de El arco iris. En esta obra se intenta expresar el ideal del autor del amor supersexual, una situación de ser puro, según el propio Lawrence: “el alma individual sobreponiéndose al amor y al deseo de unión, más fuerte que las angustias de la emoción”, y la recepción de la “necesidad de un constante intercambio con los demás, sin perder nunca su altivo aislamiento individual, aun cuando ame y se someta”. Cinco años después aparece entonces el libro más famoso de Lawrence El amante de Lady Chatterley. Cuando Lawrence la publicó en Florencia en 1928, faltaban 20 años para que Kinsey situara el puritanismo anglosajón ante el espejo de sus contradicciones y Masters y Johnson asintieran sus tesis. Pero lo que escandalizó a los guardianes de la moral no fueron sólo las sinuosas y minuciosas descripciones eróticas, sino sobre todo la trasgresión de los tabúes sociales. Lo peor no era que Lady Chatterley le fuera infiel a su marido entre los matorrales, sino que el objeto de sus pulsiones sexuales fuera un obrero de su finca. Otro aspecto de notable importancia en esta novela es que el acto sexual es visto, no sólo como una vulgar consumación, sino como una catarsis, una purificación del sexo y la vergüenza. Sin embargo, y como era lógico de pensar en el ambiente victoriano, la novela fue tachada como una especie de pasquín pornográfico y condenada deliberadamente por una sociedad ridícula e hipócrita. En esta novela se sintetiza, en una sola historia, todo aquello que escribió en sus libros anteriores. La diferencia de clases sociales entre la parejas (siendo siempre superior la de la mujer), la destrucción del hermoso mundo anterior para dar paso a la tierra de las minas de carbón, la exaltación del ser humano completo y natural en oposición al ser artificial y pragmático de los tiempos modernos, el protagonismo de la mujer y, principalmente, la insatisfacción sexual y la búsqueda constante del placer carnal como lo más importante en una relación hombre mujer. Ideas terriblemente revolucionarias que abriría el espacio que por años buscaba la mujer en el mundo, a pesar de que dudamos seriamente que ese fuera el deseo de Lawrence.
Lawrence fue, como lo plantea Alexandrian, un místico de la vida que tenía una religión de la salud física y moral; su fragilidad física cristalizada es una fuerte tisis que padeció lo llevó a comprender mucho mejor la importancia de un hombre sano. Implantó un tipo de culto al falo que no significó nunca alguna preeminencia del hombre sobre la mujer como se deja ver en algunas páginas de El Amante de Lady Chatterley: “Una mujer podía tomar a un hombre sin caer realmente en su poder. Más bien podía utilizar aquella cosa del sexo para adquirir poder sobre él. Porque sólo tenía que mantenerse al margen durante la relación sexual y dejarle acabar y gastarse, sin llegar ella misma a la crisis; y luego podía ella prolongar la conexión y llegar a su orgasmo y crisis mientras él no era más que su instrumento”[1]. Lawrence estableció una diferencia entre el pene y el falo. El primero era tan sólo el órgano personal de un hombre, mientras que el falo, se transformaba en símbolo universal de opulencia creadora. Asegura Alexandrian que, “El macho humano tiene un pene al nacer; pero sólo adquiere un falo por intermediación de una mujer. Y la mujer sólo realiza su personalidad despertando y explotando el poder fálico del hombre”[2]. Y este poder está muy por encima de cualquier pretensión humana, ya que es divino. El hombre es titular a pesar suyo y la mujer seductora a su pesar. En su teoría de la pareja, el hombre y la mujer son constitucionalmente diversos y deben mantener las diferencias. La pureza del sexo no es precisamente la virginidad como afirma la sociedad, sino un puro carácter macho del hombre, una feminidad pura en la mujer. El ideal de la humanidad no es la fusión de lo masculino y lo femenino, sino su perfecto equilibrio[3].

La obra de Lawrence fue una exacerbación del instinto frente a la razón, de la pasión vital frente al intelectualismo, de la espontaneidad frente al convencionalismo y la sumisión. Lawrence sería también un expatriado y de forma explícita, responsabilizaría de la infelicidad del hombre moderno a la hipocresía y falsedad de la civilización europea. Su desafiante vitalismo, no exento de resonancias criptofascistas -puesto que Lawrence veía en la democracia la forma política natural del gregarismo de los europeos- le llevaría a abogar por una liberación de los instintos primarios del hombre, y en concreto, del sexo, como vía hacia su plena realización y hacia su verdadera libertad. Por otro lado, y creo que con justa razón, Lawrence se conceptuó como un agente de un erotismo cristalino, saludable, muy lejano de esa figura que sus detractores asumen como un perverso o un pervertido.


[1] D. H Lawrence (1979) El amante de Lady Chatterley. Traducción de Bernardo Fernández. Círculo de Lectores. Bogotá : Colombia.
[2] Alexandrian (1989) Historia de la literatura erótica. Editorial Plantea. Bogotá : Colombia.
[3] Ídem.