sábado, 3 de octubre de 2009

Camilo José Cela. Autor de La Familia de Pascual Duarte


Escritor español, premio Nobel, autor de obras narrativas, poesía, memorias y libros de viajes. Nació en Iria Flavia (Galicia), estudió en la universidad de Madrid y luchó en el bando franquista durante la Guerra Civil española. Posteriormente rechazó la dictadura de Franco y mantuvo una actitud independiente y provocativa. Su estilo inicial, conocido con el término taurino de tremendismo, queda patente en su primera novela, La familia de Pascual Duarte (1942). Debido a problemas con la censura, La colmena (1951), una de sus novelas más celebradas, en la que presenta la vida miserable de unos seres en el Madrid de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil española, tuvo que publicarse en Buenos Aires. La crítica ha señalado que supuso la incorporación española a la novelística moderna. Su obra, en general, se caracteriza por la experimentación de forma y contenido, como en su novela San Camilo, 1936 (1969), que está escrita en un monólogo interior continuo. Otras novelas de Cela son Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953), Oficio de tinieblas-5 (1973), su obra más arriesgada y vanguardista, y Cristo versus Arizona (1988), donde abandona una vez más los moldes narrativos convencionales con un discurso de raíz muy española en una ambientación norteamericana. En 1956, Cela fundó la influyente revista literaria Papeles de Son Armadans de la que fue director y donde publicó a muchos escritores españoles en el exilio durante la dictadura franquista. Sus libros de viajes incluyen Viaje a la Alcarria (1948), el más celebrado suyo de los de este género, y Del Miño al Bidasoa (1952). Ha publicado también poesía, Pisando la dudosa luz del día (1945), y estrenado teatro, María Sabina (1970). Es autor asimismo de varios volúmenes de memorias y numerosos relatos, artículos periodísticos y trabajos de erudición, entre los que destaca su Diccionario secreto (1968 y 1971). Entre otros premios ha recibido el Premio Nobel de Literatura en 1989, y el Premio Cervantes en 1995. En 1996 fue nombrado marqués de Iria-Flavia.

La Familia de Pacual Duarte. Por Camilo José Cela

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquellos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol
violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya.
Nací hace ya muchos años -lo menos cincuenta y cinco- en un pueblo perdido por la provincia de Badajoz; el pueblo estaba a unas dos leguas de Almendralejo, agachado sobre una carretera lisa y larga como un día sin pan, lisa y larga como los días -de una lisura y una largura como usted para su bien, no puede ni figurarse- de un condenado a muerte.
Era un pueblo caliente y soleado, bastante rico en olivos y guarros (con perdón), con las casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas, con una plaza toda de losas, con una hermosa fuente de tres caños en medio de la plaza. Hacía ya varios años, cuando del pueblo salí, que no manaba el agua de las bocas y sin embargo, ¡qué airosa!, ¡qué elegante!, nos parecía a todos la fuente con su remate figurado un niño desnudo, con su bañera toda rizada al borde como las conchas de los romeros. En la plaza estaba el ayuntamiento que era grande y cuadrado como un cajón de tabaco, con una torre en medio, y en la torre un reloj, blanco como una hostia, parado siempre en las nueve como si el pueblo no necesitase de su servicio, sino sólo de su adorno. En el pueblo, como es natural, había casas buenas y casas malas, que son, como pasa con todo, las que más abundan; había una de dos pisos, la de don Jesús, que daba gozo de verla con su recibidor todo lleno de azulejos y macetas. Don Jesús había sido siempre muy partidario de las plantas, y para mí que tenía ordenado al ama vigilase los geranios, y los heliotropos, y las palmas, y la yerbabuena, con el mismo cariño que si fuesen hijos, porque la vieja andaba siempre correteando con un cazo en la mano, regando los tiestos con un mimo que a no dudar agradecían los tallos, tales eran su lozanía y su verdor. La casa de don Jesús estaba también en la plaza y, cosa rara para el capital del dueño que no reparaba en gastar, se diferenciaba de las demás, además de en todo lo bueno que llevo dicho, en una cosa en la que todos le ganaban: en la fachada, que aparecía del color natural de la piedra, que tan ordinario hace, y no enjalbegada como hasta la del más pobre estaba; sus motivos tendría. Sobre el portal había unas piedras de escudo, de mucho valer,
según dicen, terminadas en unas cabezas de guerreros de la antigüedad, con su cabezal y sus plumas, que miraban, una para el levante y otra para el poniente, como si quisieran representar que estaban vigilando lo que de un lado o de otro podríales venir. Detrás de la plaza, y por la parte de la casa de don Jesús, estaba la parroquial con su campanario de piedra y su esquilón que sonaba de una manera que no podría contar, pero que se me viene a la memoria como si estuviese sonando por estas esquinas. La torre del campanario era del mismo alto que la del reló y en verano, cuando venían las cigüeñas, ya sabían en qué torre habían estado el verano anterior;
la cigüeña cojita, que aún aguantó dos inviernos, era del nido de la parroquial, de donde hubo de caerse, aún muy tierna, asustada por el gavilán.
Mi casa estaba fuera del pueblo, a unos doscientos pasos largos de las últimas de la piña. Era estrecha y de un solo piso, como correspondía a mi posición, pero como llegué a tomarle cariño, temporadas hubo en que hasta me sentía orgulloso de ella. En realidad lo único de la casa que se podía ver era la cocina, lo primero que se encontraba al entrar, siempre limpia y blanqueada con primor; cierto es que el suelo era de tierra, pero tan bien pisada la tenía, con sus guijarrillos haciendo dibujos, que en nada desmerecía de otras muchas en las que el dueño había echado porlan por sentirse más moderno. El hogar era amplio y despejado y alrededor de la campana teníamos un vasar con lozas de adorno, con jarras con recuerdos, pintados en azul, con platos con dibujos azules o naranja; algunos platos tenían una cara pintada, otros una flor, otros un nombre, otros un pescado. En las paredes teníamos varias cosas; un calendario muy bonito que representaba una joven abanicándose sobre una barca y debajo de la cual se leía en letras que parecían de polvillo de plata, «Modesto Rodríguez. Ultramarinos finos. Mérida (Badajoz)», un retrato del Espartero con el traje de luces dado de color y tres o cuatro fotografías -unas pequeñas y otras regular- de no sé quién, porque siempre las vi en el mismo sitio y no se me ocurrió nunca preguntar. Teníamos también un reló despertador colgado de la pared, que no es por nada, pero siempre funcionó como Dios manda, y un acerico de peluche colorado, del que estaban clavados unos bonitos alfileres con sus cabecitas de vidrio de color. El mobiliario de la cocina era tan escaso como sencillo: tres sillas -una de ellas muy fina, con su respaldo y sus patas de madera curvada, y su culera de rejilla -y una mesa de pino, con su cajón correspondiente, que resultaba algo baja para las sillas, pero hacía su avío. En la cocina se estaba bien: era cómoda y en el verano, como no la encendíamos, se estaba fresco sentado sobre la piedra del hogar cuando, a la caída de la tarde, abríamos las puertas de par en par; en el invierno se estaba caliente con las brasas que, a veces, cuidándolas un poco, guardaban el rescoldo toda la noche. ¡Era gracioso mirar las sombras de nosotros por la pared, cuando había unas llamitas! Iban y venían, unas veces lentamente, otras a saltitos como jugando. Me acuerdo que de pequeño, me daba miedo, y aún ahora, de mayor, me corre un estremecimiento cuando traigo memoria de aquellos miedos.
El resto de la casa no merece la pena ni describirlo, tal era su vulgaridad. Teníamos otras dos habitaciones, si habitaciones hemos de llamarlas por eso de que estaban habitadas, ya que no por otra cosa alguna, y la cuadra, que en muchas ocasiones pienso ahora que no sé por qué la llamábamos así, de vacía y desamparada como la teníamos. En una de las habitaciones dormíamos yo y mi mujer, y en la otra mis padres hasta que Dios, o quién sabe si el diablo, quiso llevárselos; después quedó vacía casi siempre, al principio porque no había quien la ocupase, y más tarde, cuando podía haber habido alguien; porque este alguien prefirió siempre la cocina, que además de ser más clara no tenía soplos. Mi hermana, cuando venía, dormía siempre en ella, y los chiquillos, cuando los tuve, también tiraban para allí en cuanto se despegaban de la madre. La verdad es que las habitaciones no estaban muy limpias ni muy construidas, pero en realidad tampoco había para quejarse; se podía vivir, que es lo principal, a resguardo de las nubes de la navidad, y a buen recaudo -para lo que uno se merecía- de las asfixias de la Virgen de agosto. La cuadra era lo peor; era lóbrega y oscura, y en sus paredes estaba empapado el mismo olor a bestia muerta que desprendía el despeñadero cuando allá por el mes de mayo comenzaban los animales a criar la carroña que los cuervos habíanse de comer.
Es extraño pero, de mozo, si me privaban de aquel olor me entraban unas angustias como de muerte; me acuerdo de aquel viaje que hice a la capital por mor de las quintas; anduve todo el día de Dios desazonado, venteando los aires como un perro de caza. Cuando me fui a acostar, en la posada, olí mi pantalón de pana. La sangre me calentaba todo el cuerpo. Quité a un lado la almohada y apoyé la cabeza para dormir sobre mi pantalón, doblado. Dormí como una piedra aquella noche. En la cuadra teníamos un burrillo matalón y escurrido de carnes que nos ayudaba en la faena y, cuando las cosas venían bien dadas, que dicho sea pensando en la verdad no siempre ocurría, teníamos también un par de guarros (con perdón) o tres. En la parte de atrás de la casa teníamos un corral o saledizo, no muy grande, pero que nos hacía su servicio, y en él un pozo que andando el tiempo hube de cegar porque dejaba manar un agua muy enfermiza.
Por detrás del corral pasaba un regato, a veces medio seco y nunca demasiado lleno, cochino y maloliente como tropa de gitanos, y en el que podían cogerse unas anguilas hermosas, como yo algunas tardes y por matar el tiempo me entretenía en hacer. Mi mujer, que en medio de todo tenía gracia, decía que las anguilas estaban rollizas porque comían lo mismo que don Jesús, sólo que un día más tarde. Cuando me daba por pescar se me pasaban las horas tan sin sentirlas, que cuando tocaba a recoger los bártulos casi siempre era de noche; allá, a lo lejos, como una tortuga baja y gorda, como una culebra enroscada que temiese despegarse del suelo, Almendralejo comenzaba a encender sus luces eléctricas. Sus habitantes a buen seguro que ignoraban que yo había estado pescando, que estaba en aquel momento mismo mirando cómo se encendían las luces de sus casas, imaginando incluso cómo muchos de ellos decían cosas que a mí se me figuraban o hablaban de cosas que a mí me ocurrían. ¡Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro!
Sin embargo, la pesca siempre me pareció pasatiempo poco de hombres, y las más de las veces dedicaba mis ocios a la caza; en el pueblo me dieron fama de no hacerlo mal del todo y, modestia aparte, he de decir con sinceridad que no iba descaminado quien me la dio. Tenía una perrilla perdiguera -la Chispa-, medio ruin, medio bravía, pero que se entendía muy bien conmigo; con ella me iba muchas mañanas hasta la Charca, a legua y media del pueblo hacia la raya de Portugal, y nunca nos volvíamos de vacío para casa. Al volver, la perra se me adelantaba y me esperaba siempre junto al cruce; había allí una piedra redonda y achatada como una silla baja, de la que guardo tan grato recuerdo como de cualquier persona; mejor, seguramente, que el que guardo de muchas de ellas. Era ancha y algo hundida y cuando me sentaba se me escurría un poco el trasero (con perdón) y quedaba tan acomodado que sentía tener que dejarla; me pasaba largos ratos sentado sobre la piedra del cruce, silbando, con la escopeta entre las piernas, mirando lo que había de verse, fumando pitillos. La perrilla, se sentaba enfrente de mí, sobre sus dos patas de atrás, y me miraba, con la cabeza ladeada, con sus dos ojillos castaños muy despiertos; yo le hablaba y ella, como si quisiese entenderme mejor, levantaba un poco las orejas; cuando me callaba aprovechaba para dar unas carreras detrás de los saltamontes, o simplemente para cambiar de postura: Cuando me marchaba, siempre, sin saber por qué, había de volver la cabeza hacia la piedra, como para despedirme, y hubo un día que debió parecerme tan triste por mi marcha, que no tuve más suerte que volver sobre mis pasos a sentarme de nuevo. La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme; ahora me doy cuenta de que tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría, como dicen que es la de los linces... un temblor recorrió todo mi cuerpo; parecía como una corriente que forzaba por salirme por los brazos, el pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del animal.
Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.

martes, 29 de septiembre de 2009

Jerzy Kosinski. Autor de Desde el Jardín


(Lodz, 1933-Nueva York, 1991) Escritor estadounidense de origen polaco. En 1957 emigró a EE UU, donde inició una notable carrera literaria en lengua inglesa. Es autor, entre otras, de las siguientes narraciones: El pájaro pintado (1965), Pasos (1968), Desde el jardín (1971) y El compañero desconocido (1977).

Desde el Jardin. Por Jerzy Kosinsky

UNO

Era domingo. Chance estaba en el jardín. Se movía con lentitud, arrastrando la manguera verde de uno a otro sendero mientras observaba atentamente el fluir del agua. Delicadamente fue regando cada planta, cada flor, cada rama del jardín. Las plantas eran como las personas: tenían necesidad de cuidados para vivir, para sobreponerse a las enfermedades, y para morir en paz.
Sin embargo, las plantas diferían de la gente. Ninguna puede reflexionar sobre si misma ni conocerse; no existe ningún espejo en que pueda reconocer su rostro; ninguna puede obrar intencionadamente; no le queda sino crecer y su crecimiento carece de sentido, puesto que no puede razonar ni soñar.
Las plantas gozaban del resguardo y protección del jardín, separado de la calle por un alto muro de ladrillos rojos cubiertos de hiedra, cuya paz no perturbaba siquiera el ruido de los coches que pasaban. Para Chance las calles no existían. Si bien nunca había abandonado la casa y su jardín, la vida que transcurría del otro lado del muro no despertaba su curiosidad.
El frente de la casa donde habitaba el Anciano, podría haber sido parte del muro o de la calle. Nada indicaba que hubiera allí algún ser viviente. En los fondos de la planta baja, que daban sobre el jardín, vivía la criada. Pasillo por medio estaba la habitación de Chance, su cuarto de baño y un corredor que conducía al jardín.
Lo que el jardín tenía de particularmente atractivo era que, en cualquier momento en que se detuviera en los angostos senderos, entre los macizos de arbustos o entre los árboles, Chance podía comenzar a dar vueltas sin saber a ciencia cierta si avanzaba o retrocedía, si sus pasos lo acercaban o lo alejaban del lugar de donde había partido. Lo único importante era seguir su propio ritmo, como las plantas en su crecimiento.
De vez en cuando, Chance cerraba el paso de agua y se sentaba sobre el césped a reflexionar. El viento, ajeno a la dirección en que soplaba, mecía los arbustos y los árboles. El polvo de la ciudad se asentaba uniformemente, oscureciendo las flores que pacientemente aguardaban el lavado de la lluvia y luego los rayos del sol que las secaran. Sin embargo, a pesar de la vida que bullía en él, aun en el momento de su máximo esplendor, el jardín era la tumba de sí mismo. Bajo cada árbol Y cada arbusto había troncos que se pudrían y raíces que se desintegraban. Resultaba difícil saber qué era más importante: la superficie del jardín o la tumba en la que se originaba y en la que recaía constantemente. Había, por ejemplo, cerca del muro unos setos vivos que prosperaban con total indiferencia por las plantas vecinas; crecían con mayor celeridad sofocando a las flores más pequeñas y adueñándose del terreno de los arbustos más débiles.
Chance entró en la casa y puso en funcionamiento el aparato de televisión. El aparato creaba su propia luz, su propio color, su propio tiempo. No estaba sometido a lae leyes físicas que acababan siempre por doblegar a las plantas. Todo en la pantalla aparecía en forma confusa y entremezclada, pero al mismo tiempo suavizada: el día y la noche, lo grande y lo pequeño, lo flexible y lo quebradizo, lo suave y lo áspero, el calor y el frío, lo cercano y lo distante. En ese mundo en colores de la televisión, la jardinería era como el bastón blanco de un ciego.
Cambiando de canal, Chance podía modificarse a sí mismo. Al igual que las plantas del jardín, pasaba por distintas fases, sólo que, a diferencia de ellas, podía cambiar tantas veces como lo deseara con sólo dar vueltas al dial. En algunos casos podía desplegar su imagen en la pantalla del televisor tal como lo hacían los actores. Dando vueltas al dial, Chance hacía penetrar a los otros en sus ojos. De ese modo llegó a creer que el solo se confería su propia existencia.
La imagen en el televisor se parecía a su propia imagen reflejada en un espejo. Aunque Chance no podía ni leer ni escribir, se asemejaba más al hombre de la pantalla que lo que difería de él. Por ejemplo, sus voces eran idénticas.
Se sumergió en la pantalla. Como la luz del sol, el aire puro y la llovizna, el mundo más allá del jardín penetró en Chance Y Chance, como una imagen de la televisión, hizo irrupción en el mundo, sostenido por una fuerza que no podía ver ni sabía nombrar. De repente oyó el chirriar de una ventana que se abría encima de su cabeza y la voz de la corpulenta criada que lo llamaba. Se levantó con desgano, apagó cuidadosamente el televisor y se dirigió al exterior. La criada se había asomado a una de las ventanas de los pisos superiores y sacudía los brazos. A Chance no le gustaba. Había venido a la casa poco tiempo después que la negra Louise se enfermara y regresara a Jamaica. Era gruesa. Procedía del extranjero y hablaba con un acento extraño. No entendía nada de lo que se hablaba en la televisión, que, sin embargo, miraba siempre en su cuarto. Por lo general, Chance sólo la escuchaba cuando le traía de eomer y le contaba lo que creía que el Anciano había dicho. Ahora le pedía que subiera sin demora.
Chance comenzó a subir la escalera. No confiaba en el ascensor desde la vez que la negra Louise se había quedado encerrada en el durante horas. Atravesó el largo corredor hasta llegar al frente de la vivienda.
La última vez que había estado en esa parte de la casa, algunos de los árboles del jardín, ahora altos y frondosos, eran pequeños e insignificantes. En ese entonces no había televisión. Al verse reflejado en el gran espejo del vestíbulo, Chance recordó la imagen del niño que había sido y la del Anciano sentado en un inmenso sillón. El Anciano tenía los cabellos grises, las manos arrugadas y encogidas; respiraba con dificultad y hacía frecuentes pausas cuando hablaba.
Chance recorrió las habitaciones, donde parecía no haber nadie; pesados cortinajes apenas dejaban filtrar la luz del día. Lentamente contempló los grandes muebles cubiertos de viejas fundas de hilo y los espejos velados. Las palabras que el Anciano había pronunciado la primera vez que lo viera se le habían fijado en la memoria como sólidas raíces. Chance era huérfano y el Anciano lo había recogido en su casa desde muy niño. La madre de Chance había muerto al nacer él. Nadie, ni siquiera el Anciano, le quiso decir quién era su padre. Si bien aprender a leer y escribir estaba al alcance de muchos, Chance nunca lo lograría. Tampoco iba a poder entender todo lo que le dijeran, ni lo que se conversara a su alrededor. Chance debía trabajar en el jardín, donde cuidaría de las plantas y el césped y los árboles, que allí crecían en paz. Sería como una de las plantas: callado, abierto y feliz cuando brillara el sol, y melancólic y abatido cuando lloviera. Su nombre era Chance porque había nacido por casualidad. No tenía familia. Aunque su madre había sido muy bonita, había padecido de la misma falta de entendimiento que él; la delicada materia del cerebro, de la que brotaban todos los pensamientos, había quedado dañada para siempre. Por consiguiente, Chance no podía aspirar a ocupar un lugar en la vida que llevaba la gente fuera de la casa o de la verja del jardín. Su existencia debía limitarse a sus habitaciones y al jardín; no debía entrar en otras partes de la casa ni salir a la calle. Louise, la única persona con quien tendría trato, le llevaría la comida a su cuarto, donde nadie más podría entrar. El Anciano era el único que podía caminar por el jardin y sentarse allí a descansar. Chance debía hacer exactamente lo que se le indicaba, pues en caso contrario sería enviado a un hogar para enfermos mentales, donde ‑le dijo el Anciano‑ lo encerrarían en una celda y se olvidarían de él.
Chance había obedecido siempre las órdenes recibidas; la negra Louise también.
Chance empujó la pesada puerta y la voz estridente de la criada fue como una sacudida. Entró y se encontró en una habitación dos veces más alta que las demás. Las paredes estaban revestidas de estanterías llenas de libros. En una de las mesas había varios cartapacios de cuero.
La criada hablaba a gritos por el teléfono. Se dio vuelta y, al verlo, señaló el lecho. Chance se acercó. El Anciano estaba sostenido por firmes almohadones y parecía estar en suspenso, como si estuviese escuchando atentamente el murmullo engañoso de una gotera. Sus hombros descendían en ángulos agudos y la cabeza pendía hacia un costado, como un fruto pesado de una rama. Chance clavó la vista en el pálido rostro del Anciano. Tenía un solo ojo abierto, como los pájaros que a veces aparecían muertos en el jardín; el maxilar superior le caía sobre el labio inferior. La criada colgó el receptor y le informó que acababa de llamar al médico que no demoraría en llegar.
Chance contempló una vez más al Anciano, murmuró unas palabras de despedida y se retiró. Una vez en su habitación, encendió el televisor.






DOS

Ese día, más tarde, cuando Chance se encontraba mirando la televisión, oyó un ruido como de lucha en los pisos superiores de la casa. Salió de su habitación y, ocultándose detrás de una enorme estatua en el vestíbulo de entrada, vio cómo unos hombres se llevaban el cuerpo del Anciano. Desaparecido éste, alguien tendría que ocuparse de decidir qué sucedería con la casa y que harían él y la nueva criada. En la televisión, cuando alguien moría, se producían todo tipo de cambios de los que eran autores los parientes, los funcionarios de los bancos, los abogados, los hombres de negocio.
Pero pasó el día sin que nadie se acercara a la casa. Chance comió ligeramente, miró un rato la televisión y se acostó a dormir.

A la mañana siguieute se levantó temprano; como de costumbre; tomó el desayuno que la criada le había dejado a la puerta de su habitación y salió al jardín.
Removió la tierra alrededor de cada planta, inspeccionó las flores, cortó las hojas secas y podó los arbustos. Todo estaba en orden. Había llovido durante la noche y abundaban los pimpollos recién abiertos. Se sentó a descansar al sol.
Mientras uno no mirase a las demás personas, éstas no existían. Comenzaban a cobrar existencia, lo mismo que en la televisión, cuando uno fijaba la vista cn ellas. Sólo entonces quedaban grabadas en la mente, antes de ser reemplazadas por nuevas imágenes. Lo mismo ocurría con él. Al mirarlo, los demás enfocaban su imagen, la ampliaban; no ser visto equivalía a tornarse impreciso hasta desaparecer gradualmente. Tal vez él, Chance, perdía mucho al limitarse a observar a los demás en la televisión sin ser visto por ellos. Lo alegró el pensamiento de que ahora, muerto el Anciano, sería visto por gente que jamás había posado la mirada en él.

Cuando oyó el teléfono que sonaba en su cuarto se precipitó a atender el llamado. Una voz de hombre le pidió que fuera a la biblioteca.
Chance se cambió rápidamente la ropa de trabajo por uno de sus mejores trajes; se peinó con esmero, se puso un par de gafas para el sol que usaba para trabajar en el jardín y subió las escaleras. En la pequeña habitación recubierta de libros un hombre y una mujer lo esperaban. Los dos habían tomado asiento detrás del escritorio sobre el cual había varias carpetas con documentos. Chance se quedó en el centro de la habitación, sin saber qué hacer. El hombre se puso de pie y se dirigió hacia él con la mano tendida.
‑Soy Thomas Franklin, de la firma Hancock, Adams y Colby. Somos los abogados encargados de esta sucesión. Y la señorita Hayes ‑añadió, volviéndose hacia la mujer, es mi asistente.
Chance estrechó la mano del hombre y miró a la mujer. Esta le sonrió.
‑La criada me dijo que en esta casa vive un hombre que trabaja como jardinero.
Franklin inclinó la cabeza hacia donde estaba Chance.
‑Sin embargo, no hay mnguna anotación en los registros que indique que algún hombre ‑cualquier hombre‑ haya sido empleado por el difunto ni residido en esta casa durante los últimos cuarenta años. ¿Cuántos días hace que está usted aquí?
Chancc se sorprendió de que en tantos documentos como había sobre el escritorio no se mencionara su nombre para nada; se le ocurrió que acaso tampoco se mencionaba en ellos el jardín. Titubeó antes de responder.
‑He vivido en esta casa hasta donde alcanzan mis recuerdos, desde muy niño, mucho antes de que el Anciano se quebrara la cadera y empezara a quedarse en cama la mayor parte del tiempo. Estoy aquí desde antes de que crecieran los arbustos, de que instalaran el riego automático en el jardín. Desde antes de que existiera la televisión.
‑¿Qué dice usted? ‑preguntó Franklin‑. ¿Usted ha estado viviendo aquí, en esta casa, desde que era niño? ¿Y cómo se llama usted, puedo preguntarle?
Chance se sintió incómodo. Sabía que el nombre de una persona tenía mucha importaneia en su vida. Por eso la gente de la televisión tenía siempre dos nombres: el propio, fuera de la televisión, y el que adoptaban cada vez que actuaban.
‑Mi nombre es Chance ‑dijo.
‑¿El señor Chance? ‑preguntá el abogado.
Chance asintió.
‑Examinemos nuestros registros ‑dijo el señor Franklin.
Levantó algunos de los papeles que tenía delante de sí.
‑Tengo aquí un registro completo de toda la gente empleada por el difunto o por su hacienda. Aunque al parecer había hecho testamento, no hemos podido hallarlo. A la verdad el difunto dejó muy pocos documentos personales. No obstante, sí tenemos una lista de todos sus empleados‑ recalcó, al tiempo que fijaba la vista en el documento que sostenía en la mano.
Chance se quedó en actitud de espera.
‑Haga el favor de sentarse, señor Chance ‑dijo la mujer.
Chance acercó una silla hacia el escritorio y se sentó.
El señor Franklin apoyó la cabeza en una mano.
‑Estoy muy sorprendido, señor Chance ‑dijo, sin levantar la vista del documento que estaba estudiando‑, pero su nombre no aparece en ninguno de nuestros archivos. Nadie llamado Chance ha estado relacionado con el difunto. ¿Está usted seguro... realmente seguro... de haber estado empleado en esta casa?
Chance respondió con prudencia.
‑Siempre he sido el jardinero. He trabajado en el jardín del fondo de esta casa toda mi vida. Desde que tengo memoria. Era un niño pequeño cuando comencé. Los árboles no habían crecido todavía y casi no había setos vivos. Mire cómo está el jardín ahora.
El señor Franklin se apresuró a interrumpirlo.
‑Pero no existe el menor indicio de que un jardinero haya estado viviendo y trabajando en esta casa. Nosotros... es decir, la señorita Hayes y yo... nos hemos hecho cargo de la sucesión del difunto por disposición de nuestra firma. Todos los inventarios obran en nuestro poder. Puedo asegurarle que no hay ninguna indicación de que usted haya estado empleado aquí. No hay ninguna duda de que en los últimos cuarenta años no se dio empleo a ningún hombre en esta casa. ¿Es usted jardinero de profesión?
‑Soy jardinero ‑contestó Chance‑. Nadie conoce el jardín mejor que yo. Desde que era un niño, he sido el único que ha trabajado aquí. Hubo alguien antes de mí... un negro alto; se quedó sólo el tiempo suficiente para indicarme lo que debía hacer y para enseñarme el trabajo. Desde entonces, he trabajado solo. Yo planté algunos de los árboles ‑dijo, al tiempo que inclinaba el cuerpo en dirección al jardín‑ y las flores, limpié los senderos y regué las plantas. El Anciano acostumbraba sentarse en el jardín a descansar y leer. Pero luego dejó de hacerlo.
El señor Franklin caminó desde la ventana hasta el escritorio.
‑Me gustaría creerle, señor Chance ‑dijo‑ pero, si lo que usted dice es cierto, como usted sostiene, entonces... por alguna razón difícil de desentrañar... su presencia en esta casa, su condición de empleado, no han sido asentados en ninguno de los documentos existentes. Es verdad ‑añadió, dirigiéndose a su asistente‑ que muy pocas personas trabajaban aquí; él se retiró de nuestre firma a los setenta y dos años, hace ya más de veinticinco años, cuando la fractura de cadera le impidió moverse, sin embargo ‑continuó‑ a pesar de su edad avanzada, el difunto se mantuvo siempre al tanto de sus propios asuntos y todas las personas que empleó fueron inscritas como correspondía en nuestra firma para los pagos, seguros y demás. Después de la partida de la señorita Louise, la única anotación que figura en nuestros archivos se refiere al empleo de una criada "importada"; nada más.
Yo la conozco a la vieja Louise. No recuerdo haber estado en esta casa sin ella. Todos los días me traía la comida a mi habitación y de tanto en tanto se sentaba conmigo en el jardín.
‑Louise murió, señor Chance ‑lo interrumpió Franklin.
‑Se fue a Jamaica ‑dijo Chance.
‑Sí, pero hace poco cayó enferma y murió ‑acotó la señorita Hayes.
‑No sabía que hubiera muerto ‑dijo Chance con voz queda.
‑Sin embargo ‑insistió el señor Franklin-, todas las personas empleadas por el difunto han recibido siempre los sueldos que les correspondían. Nuestra firma estaba a cargo de esos asuntos; de ahí que estén asentados en nuestros libros todos los detalles relativos a esta propiedad.
‑No conocí a nadie más que trabajara en la casa. Siempre estuve en mi habitación y trabajé en el jardín.
‑Quisiera creer lo que usted me dice. Sin embargo, por lo que hace a su presencia anterior en esta casa, no tenemos el más mínimo indicio. La nueva criada no tiene idea del tiempo que ha estado usted aquí. Nuestra firma ha tenido en su poder todas las escrituras, cheques, reclamaciones por seguros, durante los últimos cincuenta años. ‑El señor Franklin se sonrió‑. En la época en que el difunto era socio de nuestra firma, algunos de nosotros no habíamos nacido todavía o éramos muy, muy jóvenes.
La señorita Hayes se rió. Chance no comprendió el motivo de su risa.
El señor Franklin volvió a concentrarse en los documentos.
‑Señor Chance, durante su empleo y residencia aquí ¿recuerda haber firmado algún papel?
‑No, señor.
‑Entonces, ¿en qué forma le pagaban?
‑Nunca recibí dinero. Me daban la comida; muy buena, por cierto y toda la que yo quisiera. Tengo mi habitación, con una ventana que da sobre el jardín y mi baño propio. Además, hicieron colocar una puerta que da directamente sSobre el jardín. Me dieron una radio primero y luego un televisor, un aparato en colores y con control remoto. Tiene, además, un mecanismo de alarma para despertarme por las mañanas.
‑Conozco los aparatos a que usted se refiere ‑dijo el señor Franklin.
‑Puedo subir al altillo y elegir cualquiera de los trajes del Anciano. Todos me quedan muy bien. Fíjense ‑Chance señaló su traje‑. También puedo usar sus chaquetas, y sus zapatos, aunque son un poco estrechos, y sus camisas..., a pesar de los cuellos un tanto pequeños, y sus corbatas, y...
‑Comprendo ‑lo interrumpió el señor Franklin.
‑Es realmente increíble el aspecto moderno que tiene su ropa ‑comentó la señorita Hayes.
Chance le sonrió.
‑Es sorprendente cómo la moda masculina actual se parece a la de los años veinte ‑añadió la mujer.
‑Bueno, bueno ‑dijo el señor Franklin, procurando dar un tono ligero a la conversación-, ¿quiere usted dar a entender que yo no me visto a la moda?
Se volvió hacia Chance.
‑¿Así, pues, sus servicios no fueron contratados de ningún modo?
‑No; creo que no.
‑ El difunto no le prometió nunca un sueldo o alguna otra forma de compensación? ‑insistió el señor Franklin.
‑No. Nadie me prometió nada. Casi nunca veía al Anciano. No bajó al jardín desde que se plantaron los arbustos en el lado izquierdo, y ya me llegan al hombro. A decir verdad, se plantaron cuando todavía no existía la televisión, sino sólo la radio. Recuerdo que mientras trabajaba en el jardín escuchaba la radio y que Louise bajó para pedirme que la pusiera más baja porque el Anciano dormía. Ya era muy anciano y estaba muy enfermo.
El señor Franklin estuvo a punto de saltar de la silla.
‑Señor Chance, creo que las cosas se simplificarían si usted pudiese mostrarme algún documento de identificación de su persona en el que estuviese indicada su dirección. Podría ser un punto de partida. Una libreta de cheques, su registro de conductor, la tarjeta de socio de algún plan de seguro médico..., cualquiera de esas cosas.
‑No poseo ninguna de esas cosas ‑dijo Chance.
‑Cualquier documento en que conste su nombre y dirección y su edad.
Chance permaneció en silencio.
‑Tal vez su certificado de nacimiento? ‑preguntó bondadosamente la señorita Hayes.
‑No tengo ninguna documentación.
‑Necesitamos alguna prueba de que usted ha vivido aquí ‑dijo con firmeza el señor Franklin.
‑Pero ‑dijo Chance‑, me tienen a mí. Aquí estoy yo. ¿Qué mejor prueba pueden querer?
‑¿Ha estado enfermo alguna vez? Es decir, ¿ha tenido que concurrir a algún hospital o consultorio médico? Le pido que entienda, por favor ‑añadió el señor Franklin con voz monótona‑, que todo lo que necesitamos es una prueba de que usted realmente ha trabajado y vivido aquí.
‑Nunca he estado enfermo ‑contestó Chance‑. Nunca.
Al señor Franklin no se le escapó la mirada de admiración que la señorita Hayes le dirigió al jardinero .
‑Ya sé ‑dijo‑. Digame el nombre de su dentista.
‑Jamás he visto a un médico o a un dentista. Nunca he salido de esta casa, y nunca se le permitió a nadie que me visitara. Louise salía a veees, pero yo no.
Debo hablarle con franqueza ‑dijo el señor Franklin con tono fatigado‑. No hay ningún registro que indique que usted haya vivido aquí, o que se le hayan abonado sueldos, o que haya tenido algún seguro médico. ¿Ha pagado usted algún impuesto?
‑No ‑contestó Chance.
‑¿Ha prestado servicios en el ejército?
‑No. He visto el ejercito en la televisión.
‑Por casualidad, ¿tiene usted algún vínculo familiar con el difunto?
‑No, por cierto.
‑Suponiendo que lo que usted dice sea verdad ‑dijo Franklin en tono decidido‑, ¿se propone usted iniciar un juicio contra la sucesión del difunto?
Chance no entendió.
‑Yo estoy muy bien, señor ‑dijo con cautela‑. Estoy bien. El jardín es un hermoso jardín. El sistema de riego por aspersión tiene unos pocos años.
‑Dígame ‑lo interrumpió la señorita Hayes, al tiempo que se enderezaba en el asiento y echaba la cabeza hacia atrás‑, ¿qué planes tiene? ¿Piensa trabajar para otra gente?
Chance se acomodó las gafas. No sabía que decir. ¿Por qué debía abandonar el jardín?
‑Me gustaría quedarme aquí y trabajar en este jardin ‑repuso quedamente.
El señor Franklin revolvió los papeles que estaban sobre el escritorio y retiró una hoja impresa en caracteres muy pequeños.
‑Es una simple formalidad ‑dijo, mientras le entregaba la hoja a Chance.
‑¿Tendría usted inconveniente en leerla ahora y, si está de acuerdo, firmarla en el lugar adecuado?
Chance tomó el papel. Lo sostuvo con ambas manos mientras mantenía la mirada fija en él. Intentó hacer un cálculo del tiempo requerido para leer una página. En la televisión, el tiempo que se demoraba la gente para leer los documentos legales variaba. Chance sabía que debía ocultar que no sabía leer ni escribir. En la televisión, los que no sabían leer ni escribir eran objeto del ridículo o la burla. Adoptó una expresión dc concentración, frunció el ceño, se tomó la barbilla con el pulgar y el índice.
‑No puedo firmarlo ‑dijo, devolviendo la hoja al abogado‑. Sencillamente no puedo hacerlo.
‑Ya veo ‑contestó el señor Franklin‑. ¿Quiere decir, pues, que usted se niega a retirar su demanda?
‑No puedo firmar; eso es todo ‑contestó Chance.
‑Como quiera ‑dijo el señor Franklin.
Recogió los documentos.
‑Debo informarle, señor Chance ‑prosiguió‑, que mañana al mediodía esta casa quedará cerrada. A esa hora se cerrarán con llave ambas puertas de entrada y el portón del jardín. Si realmente vive usted aquí, tendrá que abandonar la casa llevándose todos sus efectos personales.
Buscó algo en uno de sus bolsillos y retiró una pequeña tarjeta de visita.
‑Mi nombre y dirección y el número de teléfono de nuestra firma figuran en esta tarjeta.
Chance tomó la tarjeta y la deslizó en el bolsillo de su chaleco. Sabía que en ese momento debía abandonar la biblioteca y retirarse a su habitación. Había en la televisión un programa vespertino que no quería perder. Se puso de pie, saludó y se fue. En la escalera tiró la tarjeta que le había entregado el señor Franklin.