viernes, 24 de julio de 2009

Junichiro Tanizaki. Autor de El Tatuador


Novelista japonés. Casi toda la ficción de Tanizaki trata del conflicto entre los valores tradicionales y las ideas modernas del amor y la belleza. Sus primeros relatos cortos, entre los que se encuentra El tatuador (1910), muestran la influencia de los simbolistas franceses y del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Hay quien prefiere las ortigas (1929), considerada una de sus mejores novelas, describe una relación marital desgraciada dentro de los valores culturales cambiantes de Japón, un tema en el que insiste magistralmente en el Elogio de la sombra (1933). La novela Las hermanas Makioka (1943-1948) también trata sobre la invasión de la vida moderna en los valores tradicionales. Su obra posterior a la II Guerra Mundial, por ejemplo La nieve tenue (1947), novela de 1.400 páginas, La llave (1956) o Diario de un loco (1961-1962), señala una vuelta al erotismo de sus comienzos. Tanizaki escribió, en 1934, un influyente manual de estilo literario.

El Tatuador. Por Junichiro Tanizaki

Era aquella una época en la que los hombres rendían culto a la noble virtud de la frivolidad, en la que la vida no era la áspera lucha que es hoy. Eran tiempos de ocio, tiempos en que los ingeniosos profesionales podían ganarse la vida sobradamente si conservaban radiante el buen humor de los caballeros ricos o bien nacidos y si cuidaban de que la risa de las damas de la Corte y de las gheisas no se extinguiese nunca. En las novelas románticas, ilustradas, de la época, en el teatro Kabuki, donde los rudos héroes masculinos como Sadakuro y Jiraiya eran transformados en mujeres, en todas partes, la hermosura y la fuerza eran una sola cosa. Las gentes hacían cuanto podían por embellecerse y algunos llegaban a inyectarse pigmentos en su preciosa piel. En el cuerpo de los hombres bailaban alegres dibujos de líneas y colores.

Los visitantes de los barrios de placer de Edo preferían alquilar portadores de palanquín que estuviesen tatuados espléndidamente. Entre los que se adornaban de este modo no sólo se contaban jugadores, bomberos y gente semejante sino miembros de la clase mercantil y hasta samuráis. De vez en cuando se celebraban exposiciones y los participantes se desnudaban para mostrar sus afiligranados cuerpos, se los palmoteaban orgullosamente, presumían de la novedad de sus dibujos y criticaban los méritos de los ajenos.

Hubo un joven tatuador excepcionalmente hábil llamado Seikichi. En todas partes se le elogiaba como a un maestro de la talla de Caribun o Yatsuhei y docenas de hombre le habían ofrecido su piel como seda para sus pinceles. Gran parte de las obras que se admiraban en las exposiciones de tatuajes eran suyas. Había quienes podían destacarse más en el sombreado o en el uso de cinabrio, pero Seikichi era famoso por el vigor sin igual y el encanto sensual de su arte.

Seikichi se había ganado anteriormente el pan como pintor ukiyoke de la escuela de Tokoyuni y Kunisada y a pesar de haber descendido a la condición de tatuador, su pasado era visible en su conciencia artística y su sensibilidad. Nadie cuya piel o cuyo aspecto físico no fuese de su agrado lograba comprar sus servicios. Los clientes que aceptaban tenían que dejar coste y diseño enteramente a su discreción y habían de sufrir durante un mes o incluso dos, el dolor atroz de sus agujas.

En lo profundo de su corazón, el joven tatuador ocultaba un placer y un secreto deseo. Su placer residía en la agonía que sentían los hombres al irles introduciendo las agujas, torturando sus carnes hinchadas, rojas de sangre: y cuanto más alto se quejaban más agudo era el extraño deleite de Seikichi. El sombreado y el abermejado, que se dice que son particularmente dolorosos, eran las técnicas con las que más disfrutaba.

Cuando un hombre había sido punzado quinientas o seiscientas veces, en el transcurso de un tratamiento diario normal, y había sido sumergido en un baño caliente para hacer brotar los colores, se desplomaba medio muerto a los pies de Seikichi. Pero Seikichi bajaba su mirada hacia él, fríamente. "Parece que duele", observaba con aire satisfecho.

Siempre que un individuo flojo aullaba de dolor o apretaba los dientes o torcía la boca como si estuviese muriéndose, Seikichi le decía: "No sea usted niño. Conténgase usted: ¡no ha hecho más que empezar a sentir mis agujas!" Y continuaba tatuándole, tan imperturbable como siempre, mirando de vez en cuando, de reojo, el rostro bañado en lágrimas del cliente.

Pero a veces, una persona de excepcional fortaleza encajaba las mandíbulas y aguantaba estoicamente sin permitirse ni un gesto. Entonces, Seikichi se sonreía y decía: "¡Ah, es usted hombre porfiado! Pero espérese. Pronto le empezará a temblar el cuerpo de dolor. Dudo que sea capaz de soportarlo…"

Durante mucho tiempo, Seikichi acarició el deseo de crear una obra maestra en la piel de una mujer hermosa. Semejante mujer habría de reunir tantas perfecciones de carácter como físicas. Un rostro encantador y un hermoso cuerpo no le habrían satisfecho. Aunque inspeccionaba cuantas bellezas reinaban en los alegres barrios de Edo, no encontró ninguna que satisficiese sus exigentes pretensiones. Transcurrieron varios años sin encontrarla y el rostro y la figura de la mujer perfecta continuaban obsesionándole. Pero no quiso perder la esperanza.

Una tarde de verano, durante el cuarto año de búsqueda, sucedió que Seikichi, al pasar por el restaurante Hirasei, en el distrito Fukagawa de Edo, no lejos de su casa, vio un pie desnudo de mujer, blanco como la leche, asomando por entre las cortinas de un palanquín que estaba partiendo. Para su experta mirada, un pie humano era tan expresivo como un rostro. Aquél era el colmo de la perfección. Dedos exquisitamente cincelados, uñas como las iridiscentes conchas del acantilado de Enoshima, bañada en las límpidas aguas de un manantial de montaña, se trataba, en fin, de un pie digno de ser nutrido por la sangre de los hombres, de un pie hecho para pisotear sus cuerpos. Seguramente, aquél era el pie de la única mujer que durante tanto tiempo se le había ocultado. Ansioso por vislumbrar su cara, Seikichi empezó a seguir al palanquín. Pero, tras perseguirlo por callejuelas y avenidas, lo perdió por completo de vista.

El deseo de Seikichi, durante tanto tiempo contenido, se convirtió en amor apasionado. Una mañana, ya muy entrada la primavera siguiente, se encontraba en el balcón, adornado por los bambúes floridos, de su casa de Fukagawa contemplando una maceta de lirios omoto, cuando oyó a alguien junto a la puerta de su jardín. Por la esquina del seto interior apareció una muchacha. Le llevaba un recado de una amiga suya, geisha del cercano barrio de Tatsumi.

- Mi ama me ha dicho que le entregue esta capa y dice que si tendría la amabilidad de decorar el forro - dijo la muchacha. Desató un paquete de ropa color azafrán y saco una capa de seda, de mujer (envuelta en un pliego de papel grueso en el que estaba impreso un retrato del actor Tojako), y una carta.

La carta repetía su amistosa petición y continuaba diciendo que su portadora empezaría pronto la carrera de geisha bajo su protección. Esperaba que, sin echar en olvido los viejos vínculos, extendiese su protección a esta muchacha.

- Creo que es la primera vez que le veo - dijo Seikichi escrutándola con insistencia. Parecía no tener más de quince o dieciséis años, pero su rostro mostraba una belleza extrañamente madura, un aspecto de experiencia, como si ya hubiese pasado varios años en el alegre barrio y hubiese fascinado a incontables hombres. Su belleza reflejaba los sueños de generaciones de hombres y mujeres seductores que habían vivido y muerto en la vasta capital donde estaban concentrados los pecados y las riquezas de todo el país.

Seikichi le ofreció asiento en el balcón y estudió sus delicados pies, desnudos salvo unas elegantes sandalias de paja.

- Tu saliste del palanquín del Hirasei una noche de julio pasado, ¿no es cierto? - le preguntó.

- Supongo que sí - contestó ella, sonriendo ante la extraña pregunta -. Mi padre vivía todavía y me llevaba con frecuencia allí.

- Te he estado esperando durante cinco años. Es la primera vez que te veo la cara, pero recuerdo tu pie… Acércate un momento, tengo que enseñarte una cosa.

Ella se había puesto en pie para irse, pero la cogió de la mano y la condujo arriba, al estudio que daba a la orilla del río. Entonces sacó dos kakemonos y desenrolló uno ante ella.

Era una pintura de una princesa china, la favorita del cruel Emperador Chu de la dinastía Shang. Estaba apoyada en una balaustrada, en postura lánguida, la larga falda de su vestido de brocado floreado caía hasta la mitad de un tramo de escalones, su esbelto cuerpo soportaba con dificultad el peso de una corona de oro tachonado de coral y lapislázuli. Llevaba en la mano derecha una ancha copa de vino que inclinaba hacia los labios mientras contemplaba a un hombre que era conducido a la tortura en el jardín de abajo. Tenía las manos y los pies encadenados a un pilar hueco de cobre en cuyo interior iban a echar un fuego. La princesa y su víctima, la cabeza inclinada ante ella, los ojos cerrados, dispuestos a aceptar su destino, estaban representados con terrorífica verosimilitud.

Mientras la muchacha contemplaba la extraña pintura, sus labios temblaron y los ojos empezaron a chispearle. Poco a poco su faz fue adquiriendo una curiosa semejanza con la de la princesa. En la pintura, descubrió su yo secreto.

- Tus propios sentimientos están revelados aquí - le dijo Seikichi, complacido, mientras la miraba al rostro.

- ¿Por qué me muestras una cosa tan horrible? - preguntó la muchacha, mirándole. Se había puesto pálida.

- La mujer eres tú. Su sangre corre por tus venas. Después, extendió el otro kakemono.

Era éste una pintura titulada "Las Víctimas". En medio de ella, una joven estaba en pie apoyada al tronco de un cerezo: Gozaba contemplando un montón de cadáveres de hombres que yacían a sus pies. Unos pajarillos trinaban sobre ella, cantando triunfalmente. Sus ojos irradiaban orgullo y gozo. ¿Era un campo de batalla o un jardín de primavera? En este cuadro, la muchacha sintió haber encontrado algo escondido durante mucho tiempo en las tinieblas de su propio corazón.

- Esta pintura muestra tu futuro - dijo Seikichi, apuntando a la mujer que había bajo el cerezo, la propia imagen de la muchacha -. Todos estos hombres arruinarán sus vidas por ti.

- Por favor, ¡te suplico que te lleves esto! - Se volvió de espaldas como para escapar a su tantálico hechizo y temblando, se postró ante él. Finalmente, continuó diciendo: - Sí, admito que no te equivocas conmigo: yo soy como esa mujer… Así que, llévate eso, por favor.

- No hables como una cobarde - le dijo Seikichi, con sonrisa maliciosa -. Míralo más cerca. No durarán mucho tus escrúpulos.

Pero la muchacha se negaba a levantar la cabeza. Todavía postrada, con el rostro entre las mangas, repetía una y otra vez que estaba asustada y quería marcharse.

- No, tienes que quedarte, quiero convertirte en una verdadera belleza - le dijo, acercándose a ella. Llevaba bajo el kimono un frasquito de anestésico que había conseguido algún tiempo antes de un médico holandés.

El sol de la mañana brillaba sobre el río, enjoyando, el estudio de ocho alfombras con su ardiente luz. Los rayos reflejados por el agua dibujaban temblorosas olas doradas sobre las mamparas corredizas de papel y sobre el rostro de la muchacha, que estaba profundamente dormida. Seikichi había cerrado las puertas y sacado sus instrumentos de tatuaje, pero durante un rato se limitó a sentarse, arrobado, saboreando hasta la saciedad su misteriosa belleza. Pensaba que jamás se cansaría de contemplar su sereno rostro semejante a una máscara. Precisamente como los antiguos egipcios habían embellecido sus magníficos campos con pirámides y esfinges, iba él a embellecer la impoluta piel de la muchacha.

En este momento, levantó el pincel que apretaba entre el pulgar y los dos dedos siguientes de la mano izquierda, aplicó su extremo en la espalda de la muchacha y, con la aguja que llevaba en la mano derecha, empezó a grabar un dibujo. Sintió que su propio espíritu se disolvía en la tinta negra de polvo de carbón con que le manchaba la piel. Cada gota de cinabrio Ryukyu con que iba mezclando el alcohol y atravesándola era una gota de su propia sangre. Veía en sus pigmentos los matices de sus propias pasiones.

Pronto llegó la tarde y luego, el tranquilo día primaveral avanzó hacia su fin. Pero Seikichi no se detuvo en su trabajo, ni se interrumpió el sueño de la muchacha. Cuando un criado llegó de casa de la geisha preguntando por ella, Seikichi lo despachó diciéndole que hacía tiempo que se había ido. Y horas más tarde, cuando la luna colgaba sobre la mansión del otro lado del río, bañando las casas de la orilla en una luz de ensueño, el tatuaje no estaba ni a medio hacer. Seikichi trabajaba a la luz de una vela.

Ni siquiera introducir una gota de colorante era un trabajo fácil. A cada pinchazo de la aguja, Seikichi daba un profundo suspiro y sentía como si se hubiese atravesado su propio corazón. Poco a poco, las marcas del tatuaje empezaron a adquirir la forma de una gigantesca araña hembra y cuando el cielo nocturno empalidecía con la luz del alba, esta horripilante y malévola criatura había estirado sus ocho patas para abrazar por completo la espalda de la muchacha.

A plena luz del alba primaveral, las barcas habían empezado a bogar por el río, de arriba abajo, con los remos restallando en la quieta mañana, los tejados brillaban al sol y la neblina comenzaba a adelgazar sobre las blancas velas que se hinchaban con la brisa mañanera. Por fin, Seikichi, dejó el pincel y contempló la araña tatuada. Esta obra de arte había sido el supremo esfuerzo de su vida. Ahora, cuando la hubo acabado, su corazón estaba atravesado de emoción.

Las dos figuras permanecieron quietas durante algún tiempo. Luego, las paredes de la habitación devolvieron el eco tembloroso de la voz baja y bronca de Seikichi:

- Para hacerte verdaderamente hermosa he vertido mi espíritu en este tatuaje. No existe hoy una mujer en el Japón que se pueda compara contigo. Tus viejos temores han desaparecido. Todos los hombres serán tus víctimas.

Como respuesta a estas palabras, un débil gemido escapó de los labios de la muchacha. Lentamente, empezó a recobrar los sentidos. A cada estremecida inspiración, las patas de la araña se agitaban como si estuviera viva.

- Tienes que sufrir. La araña te tiene entre sus garras.

Como respuesta, abrió ella los ojos levemente, con una mirada vacía... La mirada se le fue avivando progresivamente, como la luna va encendiéndose por la tarde, hasta lucir esplendorosamente en su faz.

- Déjame ver el tatuaje - dijo, hablando como en sueños, pero con un dejo de autoridad en la voz -. Al darme tu espíritu, has tenido que hacerme muy bella.

- Antes tienes que bañarte para que aparezcan los colores - susurró Seikichi compasivamente -. Me temo que va a dolerte, pero sé valiente otro poco.

- Puedo soportar cualquier cosa por la belleza.

A pesar del dolor que le recorría el cuerpo, sonrió.

- ¡Cómo pica el agua!… Déjame sola ¡espera en la otra habitación! No me gusta que un hombre me vea sufrir así.

Al salir de la tina, demasiado débil para poder secarse, la muchacha echó a un lado la compasiva mano que Seikichi le ofrecía y se dejo caer al suelo en una agonía, quejándose como presa de una pesadilla. El despeinado cabello le colgaba sobre el rostro en salvaje maraña. Las blancas plantas de sus pies se reflejaban en el espejo que había detrás de ella.

Seikichi estaba asombrado del cambio que había sobrevenido a la tímida y sumisa muchacha del día anterior, pero hizo lo que le había dicho y se fue a esperar en el estudio. Alrededor de una hora después volvió, cuidadosamente vestida, con el empapado y alisado cabello cayéndole por los hombros. Apoyándose en la barandilla del balcón, miró al cielo levemente brumoso. Le brillaban los ojos, no había en ellos ni una huella de dolor.

- Me gustaría ofrecerte también estas pinturas - dijo Seikichi, colocando ante ella los kakemonos -. Cógelas y vete.

- ¡Todos mis antiguos temores se han desvanecido y tú eres mi primera víctima! - Le lanzó una mirada tan brillante como una espada. Una canción de triunfo sonaba en sus oídos.

- Déjame ver de nuevo tu tatuaje - suplicó Seikichi.

Silenciosamente, la muchacha asintió y dejó resbalar el kimono de sus hombros. Precisamente entonces su espalda, esplendorosamente tatuada, recibió un rayo de sol y la araña se coronó en llamas.

miércoles, 22 de julio de 2009

José Carlos Somoza. Autor de Silencio de Blanca


Nací el 13 de noviembre de 1959 en La Habana, Cuba. En 1960 mi familia tuvo que exiliarse por motivos políticos. Unos amigos nos recibieron y hospedaron en España. Fue una suerte, porque mis padres venían sin pertenencias ni dinero: no se les permitió sacar nada del país, salvo a mí. He vivido toda mi vida en España, y soy español. Residí en Madrid y Córdoba, donde comencé mis estudios de medicina y psiquiatría. En 1994, con el título de psiquiatra bajo el brazo, empecé a enviar manuscritos a concursos y editoriales. Mi primera novela se publicó ese mismo año, tras haber ganado un accésit en un premio. Decidí dejar la psiquiatría (que apenas ejercí) y dedicarme a escribir. El éxito internacional de La caverna de las ideas, mi quinta novela larga, me permitió saber que había tomado la decisión correcta.

Silencio de Blanca. Por José Carlos Somoza

Ritual de la rosa (1)
Nocturno en si bemol menor opus 9 número 1
(En la partitura: un grupo de seis corcheas inicia el tema, larghetto espressivo, piano.)

Los dedos deberían acariciar con suavidad, apenas el roce de los extremos, como de puntillas, sin brusquedades, las muñecas flexibles, las palmas ahuecadas: transformar entonces esa caricia, imperceptiblemente, en cuatro breves toques; al repetir, con ligereza, jugar sobre el mismo punto, cosquilleando casi, hasta terminar en el remanso de blanca. La otra mano, la izquierda, apenas se mueve: palpa y traza círculos sobre la superficie en un lentísimo masaje, casi levitando, como si quisiera percibir el calor de una piel sin llegar a tocarla o distinguir las palabras recibiendo en los dedos el aliento que las produce. Esa mano no debe variar, forma el dulce tejido que envuelve el cuerpo, crea la figura. La figura.

Me esperaba sentada en el banco con las piernas cruzadas: esa imagen regresa tantas veces a mis ojos que parece permanecer, pero es sólo un recuerdo. Yo me acerco por la vereda junto a los árboles, ahora salpicada de hojas amarillas. Ella me espera en el banco, naturalmente solitaria. Este sábado vestía un brevísimo gabán acharolado bajo el que despuntaba no mucho más allá el borde último de la minifalda; entonces las botas negras, cortas, hasta los tobillos; sus piernas no estaban desnudas, pero lo parecían: las medias cobraban forma mientras me acercaba, reflejos en sus rodillas, reflejos en la delgada silueta de los muslos; el cabello casi de nieve, suelto, ocultando su rostro. Me acerqué pero me detuve un instante antes de sentarme junto a ella, pensando en lo que iba a hacer: ¿cómo expresar el amor en silencio, sin invasión, un amor de palabras creadas con los gestos? Cuando me hallo frente al piano, como ahora, me parece que resulta sumamente sencillo con la música: no hay lenguaje pero lo hay, no existen palabras pero se escuchan voces, algo habla en nuestro oído como en los sueños de un loco. Sin embargo, en aquel momento no lo recordé: mi ansiedad me llevaba a desear que todo saliera bien, o mejor aún, que todo saliera muy mal, porque eso me condenaría a repetir.
Me acerqué por fin. Una pareja también se aproximaba, aunque en dirección opuesta: nos cruzaríamos en el banco, frente a ella. Eran jóvenes: él llevaba cazadora a rombos y ella un anorak blanco; no se miraban ni nos miraban: cada uno parecía interesado por un lugar diferente del parque; sin embargo, entrelazaban sus manos mientras caminaban. Eso me dio la idea: el tacto, claro; el tacto a ciegas, la conciencia de estar juntos como la conciencia de los latidos: ahí, aunque oculta, perenne. ¡Eso ya era una expresión sin palabras! Pensé que tendría que aplicar aquella lección entre nosotros.
Llegué hasta el banco y me senté junto a ella: un aroma a flores distintas me alcanzó con la brisa fría que removía las hojas; era lo justo, no me sentí incómodo. Ella no se había movido: seguía con las piernas cruzadas, descubiertas, el pelo blanco ligeramente desordenado, la visión fugaz de las esquinas de sus gafas de sol; ahora también observaba el pequeño bolso en su regazo. ¿Dónde estaría la flor? «Quizás la oculta, o quizás no la ha conseguido», pensé. Sin embargo, una flor era necesaria: la imagen que nos inspiró el ritual, el Amor generoso de Lucas Waltzmann, que ahora contemplo frente a mí, en la pared opuesta al piano de cola del salón, consiste en dos figuras azules al estilo de Picas so, con cierto aire circense; una le entrega a la otra una flor, y esta ofrenda es lo importante porque el artista ha cortado los rostros por la mitad; dos seres anónimos y asexuados cuya única importancia estriba en dar y recibir.
Lo primero que hice fue contemplarla detenidamente. Recuerdo que me pregunté cuál tendría que ser mi siguiente paso: ¿cómo expresar el amor en silencio? Pensé en el deseo. El silencio del amor es el deseo. O quizás debería decir que todo silencio lleva implícito un deseo, y por ello una ofensa. El simple hecho de mirar, ¿acaso no es ya una intromisión? Ante una mirada, un cuerpo siempre se muestra desnudo.
Yo miraba su cuerpo desnudo.
La espalda recostada sobre la débil curva del banco, una S invertida; las manos sobre los muslos; las piernas delgadas, juveniles; la delicada silueta de una adolescente ya desarrollada; y su pelo, lacio, intensamente blanco, intensamente extraño. Persistía en su indiferencia, las piernas cruzadas, el rostro resguardado por los cabellos. Pensé en una amante primeriza necesitada de exquisita lentitud, incluso de cierto grado de distancia.
Dios mío, la quise tanto en aquel momento.
No supe por qué, pero fue quererla de esa manera y saber casi de inmediato y con absoluta certeza que la había dañado: hay un algo de agresión en todo sentimiento. Y, por lo mismo, deseé llorar. Era como si la fuerza de mi deseo la alejara de mí, como esos nadadores torpes y nerviosos que se adentran cada vez más en el mar mientras bracean frenéticamente intentando llegar a la orilla. Así pues, mirar no bastaba: mirar en silencio, deseando, es alejar, distanciarse, añorar desde algún punto solitario; y ésa no es la expresión silenciosa del amor, porque no llega, no alcanza, se agota en ese deseo lejano. Era preciso hallar algún gesto de intercambio, pero ¿cuál?
Fue la casualidad de aquella pareja, que caminaba sintiéndose a ciegas, lo que me sugirió el primer movimiento: extendí mi mano izquierda y toqué la derecha suya, tan fría.
Ella se dejó hacer con un abandono que me afectó: abrió la mano y recibió la mía sin apretarla. Aún no me miraba, y yo no esperaba que lo hiciese: realmente nuestros ojos no importaban, el artista había cortado los rostros por la mitad y las figuras eran ciegas. Atraje su mano hacia mi cuerpo sintiendo sus dedos delgados como marfiles y los débiles tendones inquietos. La deposité sobre mi pierna y la entrelacé. Permanecí un instante así, cerrando mi mano sobre la suya, pero no logré compartir mi calor: continuaba helada, como de cristal. Algo en esa obstinada frialdad llegó a excitarme: pensé de repente, con esa rapidez con la que 'todo acude y huye de nosotros, con esa fugacidad que convierte hasta lo más solemne en pura intrascendencia, que ese frío de su mano era el frío de su cuerpo, y que el frío de su cuerpo obedecía a que se ocultaba desnuda. Pensé que sólo llevaba encima el gabán de brillo de charol, la breve minifalda y las medias, pero nada más: la tarde de octubre se había depositado sobre su piel convirtiéndola en mármol tierno, en dulce estatua de parque. Y fue como tocar de repente las aristas de una joya y sentir el deseo de robada: un deseo infinito de posesión. Su mano derecha cerrada en la mía, muy fría, los dedos delgados, las uñas muy recortadas, sin pintar, casi un modelo a escala de su propio cuerpo frío y delgado, parecía pedirme que prosiguiera.
Apoyé entonces mi mano derecha en su muslo; acaricié con torpeza la malla lisa de la media, la suave curva del músculo, el redondeado promontorio de la rodilla. Quise descruzar sus piernas con un gesto, y ella entendió y obedeció: separó los muslos hasta que mi mano dejó de presionar y permaneció así. Un ligero ángulo en uve de sus muslos convergía hacia el centro de la pequeña falda, que se había tensado.
Obediencia: ahí estaba el peligro. En esa dejadez se hallaba el riesgo.
Dar no es tomar: ella da en espera de que yo respete, ése es el sentido del ritual. Mi forma de aceptar lo que ella ofrece consiste en respetar su ofrenda.
Descubrí la flor junto a su muslo izquierdo, sobre el banco: el gesto de des cruzar las piernas la había revelado. Era una rosa, y parecía recién cortada. Destacaban dos o tres espinas en el tallo, los pétalos se hallaban muy juntos y eran demasiado pequeños. No era una flor bonita, pero no importaba: se trataba de mi premio.
Ella no me miraba: permanecía con el rostro vuelto, los cabellos blancos rozándome. Ofrecida. Durante un instante ese ofrecimiento infinito me trastornó y no supe proseguir: cerré los ojos sin apartar la mano de su muslo derecho, tenso. Gritos de niños y ruidos de barcas me llegaron desde el gran lago cercano. «Te amo», pensé, pero de nada sirvió. Me sentí torpe.
Deslicé entonces mi mano derecha por su pecho: el gabán parecía su propio cuerpo, y me reveló lo que ya sospechaba. Comprendí que, en efecto, se hallaba desnuda. Al tacto comprobé varias veces lo ceñida que se encontraba la falda en la cintura: estaba seguro de que no había ropa interior. Por un instante me sorprendí de que la gente que paseaba ociosa frente a nosotros no lo descubriera también.
Qué obsceno me pareció entonces tocarla: las caricias eran casi imaginarias, porque en ningún momento sentí su piel real, salvo en la mano, pero toda caricia imaginaria -lo supe de inmediato- es terriblemente obscena, toda barrera es justo lo más vulnerable. Porque contemplar su desnudez no es comparable a suponerla, y porque su abandono entre mis manos invitaba al error: semejante a ciertas músicas, su propia facilidad escondía un poderoso desafío.
Por fin, descendiendo por su falda, busqué la piel bajo ella, introduje los dedos con improvisada brusquedad y apreté su muslo con algo más que la simple presión, con algo más que el deseo de que la carne muscular, tensa, se venciera bajo mis dedos, con algo más que el tacto. Fue un error.
Ella se apartó de mí con la violencia del que despierta de un mal sueño: se puso en pie, recogió el bolso y la flor y se alejó por el camino de tierra y hojas.
Me sucedió algo increíble: su huida me excitó aún más que su presencia. De repente toda su figura, su forma de andar, cualquier ínfimo detalle, la levedad con que la brisa agitaba sus cabellos lacios, por ejemplo, o la sombra de sus piernas al moverse, me pareció insoslayable: todo estaba allí, en ella, y yo debía poseerlo.

(En la partitura: sotto Voce, comienzo del segundo tema; el acompañamiento persiste con la misma figura.)


Muy suave siempre: lo importante aquí es que la mano izquierda cambie de tonalidad sin transición ni interrupciones. Es necesario practicar con ella todo el acompañamiento, seguir de cerca al segundo tema, sin variar, para que el conjunto se deslice con fluidez.

La mente se me va al sábado y a nuestro ritual de la flor y no veo mejor lugar para narrar estas impresiones que aquí, junto a las acotaciones que hago a las partituras que estoy estudiando, quizás porque a su modo también son una forma de música. Es curioso, ya que jamás me he puesto en serio a escribir sobre nuestros rituales, pero ahora que lo hago descubro sus misterios.
Realmente, no existen reglas preestablecidas sobre lo que debemos hacer o lo que no: en un ritual todo depende de nuestros sentimientos y reacciones. La única leyes la libertad de hacer y de querer. No hay límites, pero en esto somos como los artistas que realizan acrobacias a gran altura y prefieren no pensar en la distancia que les separa del suelo. N o encuentro sino una sola costumbre, pero ésta tan recia que se ha hecho ley, y, por sus mismas características, simplemente tácita, aunque muy respetada: el silencio.
Blanca nunca me habla y yo procuro imitada, aunque soy en esto -como en todo- mucho menos constante. Algún día escribiré sobre ese silencio, profundizaré en él, y quizás llegue a concluir que es la clave del ritual, no sólo de su desarrollo sino de su interrupción. Algún día escribiré sobre eso, aquí también, al margen de las partituras, o en hojas sueltas junto al pentagrama, y quizás complete por fin la teoría que estoy forjando: quizás hable del silencio del éxtasis y de la adoración; quizás indague en el silencio absoluto de Dios. Pero baste con la intención por ahora.
Volviendo al sábado pasado en el Retiro: la seguí, en efecto, no desde muy cerca, sin saber lo que se proponía, acaso nada. En su conducta a veces no hay intenciones concretas, bien lo sé, aunque carezco de pruebas: Blanca y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, pero aunque eso nos permite en cierta medida inferir los secretos del otro, nuestro saber bordea en ambos una amplia zona de ignorancia: es un conocimiento de sábados nocturnos -y no de todos-, sin más implicaciones que nuestro propio placer. Hacemos y reaccionamos, tan sólo, pero no me parece raro: llega un momento en el que cualquier relación alcanza ese punto. Entonces se dice con frecuencia que «sobran las palabras», pero realmente no sucede así: simplemente carecen de importancia. Pueden existir, quiero decir, sin que el silencio se quiebre.
Me gustaría, por lo tanto, narrar nuestro encuentro del sábado sin reflexionar sobre él: sucedió, simplemente, y nosotros hicimos lo que quisimos hacer. Ninguno de los dos llegó a meditado, y el final-si de eso se trató- fue recién creado. Desearía decir, por ejemplo, que la seguí hasta alcanzada por fin entre los árboles, hacia donde se había dirigido, pero me equivocaría, y lo mismo si hablara de «perseguir», «huida» o «lejanía»: sólo si se entiende que «ir tras ella» era «ir con ella» puedo continuar, no tengo otra forma de expresado.
Es posible que todo resulte menos complicado si hablo de imágenes: tengo en la cabeza la visión de dos botones blancos y simétricos, los que adornaban su gabán negro por detrás, sobre una especie de ancho cinturón de la misma tela de charol. Tengo esa imagen aquí, conmigo, y quisiera compartida: el lento, rítmico balanceo de sus caderas, el vaivén de sus pasos, pero sobre todo aquellos botones casi a la altura del inicio de sus nalgas, ondulando ante mis ojos, y su talle delgado, su silueta femenina, el pelo blanco en cascada sobre la espalda.
Y la forma en que me aguardó: se desvió del camino sin apresurarse y empezó a avanzar por entre la hierba. Nada tenía de invitación aquel gesto, y ella no miró hacia atrás en ningún momento, pero la seguí. Entonces, en algún punto, quedó inmóvil. Y fue así: con las piernas muy juntas, los tobillos unidos, las manos en ambos brazos revelando la flor que sostenía sobre el derecho, la perfecta simetría de su pelo en vertical. Tras un instante de vacilación, supe lo que tenía' que hacer: me acerqué a ella hasta rozar su espalda y me arrodillé.
No era aquélla una zona especialmente frecuentada del Retiro, menos en esta época del año y con la tarde declinando, pero aun así había curiosos. No me importó. Han dejado de importarme las cosas junto a Blanca. Simplemente me arrodillé, deslizando mi rostro por su espalda, percibiendo su piel debajo, la suave elevación de la falda, a la vez que envolvía sus piernas con ambas manos, apretándolas como si quisiera despojada de las medias.
Acariciar sus piernas esbeltas me produjo dolor: no puedo explicar ese dolor. Quizás es inevitable cuando se percibe algo tan hermoso, o quizás se trata de la enorme mentira de la posesión, porque cuando creemos poseer, perdemos. Recuerdo que apoyé la mejilla sobre sus muslos juntos y noté que mis ojos se humedecían. De repente sentí la necesidad imperiosa de protegerla para siempre: ese sueño que tenemos alguna vez y del que nunca despertamos del todo, y que nos asegura que realmente somos necesarios para la vida de alguien. Blanca se' liberó de mi abrazo y volvió a apartarse de mí, aunque con menos violencia, como si algo dentro de ella no lo deseara. Me incorporé y sacudí mi ropa. Fui apenas consciente de que algunas personas nos observaban, y eso me divirtió.
Ella me daba la espalda, inmóvil frente al tronco castaño de un árbol, como castigada. Observé sus hombros trémulos y supe que lloraba. Pensé que ya existía, por fin, un intercambio: ella recogía mi sufrimiento y me entregaba el suyo en silencio.
Raro, muy raro es crear el amor a partir de sus consecuencias: eludir el instante del conocimiento mutuo, o aquel otro de la charla intrascendente; obviar la inevitable primera cita o la lentitud en el descubrimiento de los gustos ajenos. Qué extraño pasar casi directamente al momento que nunca se olvida precisamente porque es único: aislar lo que de verdad merece la pena del amor y experimentarlo así, en su propia soledad, sin un antes ni un después.
Blanca y yo no estamos enamorados: ésa es la clave.
Y reconozco que el sábado pasado mi romanticismo sufrió un golpe mortal: porque he descubierto que incluso el amor se puede inventar -de hecho, ¿no es lo que hacemos siempre?

Lloraba. Llorábamos. Ambos. Pero nuestro llanto, como la flor, sólo era improvisación. Y supe que el final adecuado, el gesto por mi parte, la expresión silenciosa de ese amor que era el propósito último del ritual, consistía en abandonarla en ese instante. Porque después de haber demostrado que la deseaba tanto, ¿qué otro gesto de amor puede ser más expresivo que el sacrificio de respetarla? Di media vuelta y comencé a caminar alejándome de ella, en dirección a la vereda. Para los curiosos que nos habían contemplado -parejas de diversas edades, incluso niños-, éramos los protagonistas de una breve escena romántica. Me pregunté con interés qué historia imaginaría cada uno de ellos sobre nosotros: por pura similitud, cualquier historia inventada sería cierta.
Lo percibí antes de llegar al sendero: ella me seguía. No quise detenerme, pero tampoco deseaba evitarla. Llegó hasta mí -es rápida, ágil, silenciosa- y me ofreció la flor.
Fue así: avanzó hasta alcanzarme y me tendió la flor sujetándola entre los dedos. Tuve una fugaz visión del destello de sus gafas de sol, de su hermoso rostro maquillado y húmedo de lágrimas, de sus labios rojos. Me demoré un instante contemplándola antes de aceptar la ofrenda: sus labios temblaban, pero había algo en ellos que era como el anticipo de una ingenua sonrisa. Cogí la flor de entre sus dedos con la fingida torpeza de quien desea mucho más de lo que recibe. Entonces ella continuó caminando y se alejó con rapidez. En poco tiempo la perdí de vista.
Me detuve un instante y contemplé la flor. Después salí del parque casi justo a la hora de cierre, y sintiendo ya todo el frío del anochecer. Mientras regresaba a casa en coche pensé algo sorprendente: el ritual, distinto a cualquier otro dentro de la gran variedad de los que realizo con Blanca-, había logrado imitar una pasión. Era casi una muestra aislada de adoración, y eso es lo terrible.
He llegado a creer, de acuerdo con esto, que el amor entre dos almas también es un teatro, y, por lo tanto, una prostitución, como el amor de los cuerpos.

El regreso al tema debe ser muy suave: la mano izquierda continúa su acompañamiento mientras la derecha realiza la transición en legatissimo. Entonces vendrá ese momento dulce, el encuentro con la melodía inicial en modo menor, apagada, lánguida. Siempre demasiado brusco: es necesario repetir este pasaje.
Hoy, cinco veces: no practicaré de nuevo el mismo Nocturno, al menos en esta semana. El concierto -mi único concierto del año- ha sido retrasado hasta diciembre, me lo ha dicho Mendizábal en el conservatorio esta mañana, Escuché la noticia con cierta ofendida impaciencia, aunque debo reconocer que sólo se vulnera mi vanidad: diciembre es un buen mes para lograr que asista el público suficiente -amigos, estudiantes de piano, y, además, la preparación de una selección de los Nocturnos de Chopin es un trabajo ímprobo y este nuevo retraso, en el fondo, me beneficia a mí más que a nadie. Sin embargo, mi dignidad sigue estúpidamente: herida:
-Puedo estar listo para noviembre -repliqué con: mansedumbre.
-Nadie dice lo contrario, Héctor -me mostró los i dientes lapidarios, equinos, enormes-, pero ya no habrá más retrasos, y al final vas a terminar agradeciéndomelo.
No, no se lo agradeceré, pero da lo mismo. Quizás lograra el equilibrio justo si prescindiera de mis clases privadas por las tardes: ya son diez los alumnos que se disputan mis lecciones todas las semanas. Falta de tiempo y cierta fatigosa tendencia al perfeccionismo, particularmente en lo que respecta a Chopin, y que en nada me ayuda, contribuyen a este desajuste. Así que no puedo quejarme: un recital solista siempre es un grave riesgo, incluso cuando no se tiene un gran nombre que exponer, y creo que resultaría tópico aclarar que quiero hacerlo lo mejor posible.


Ha ocurrido algo: terminaba de practicar el opus 9, número 1, por octava vez en lo que va de tarde, y con la nota final he sentido abrirse y cerrarse la puerta de la calle casi en mágica coincidencia. He alzado la voz para decir:
-Lázaro.
Pero no he obtenido respuesta.
Todo se ha desarrollado así: el sonido doble de la puerta, llamar a mi hermano inútilmente y comprobar que había venido y se había vuelto a ir con suma rapidez. Intrigado, he dejado los ensayos y me he dirigido a su habitación sin un propósito concreto.
Vivimos solos él y yo, de modo que mi hermano puede disponer de una buena parte del piso para estar a sus anchas. De hecho así es, porque posee un amplio y cómodo dormitorio y un cuarto-estudio adyacente. Sin embargo, apenas los frecuenta: la cama plegable siempre está hecha, los libros colocados en un orden casi monótono, su pequeño trofeo de natación invadido de polvo, la foto de papá y mamá bocabajo, quizás por error, pero para toda la eternidad. Lo que más utiliza es su equipo de música, aunque con auriculares -para no molestarme-, así que su presencia en casa constituye casi siempre un débil susto para mí, casi un allanamiento de morada por parte de un extraño que crece día a día -ya con dieciocho años recién cumplidos-. No importa, me digo a veces: su vida privada me interesa en la medida en que ese interés no le molesta -y en la medida en que es mucho más joven que yo y vive a mis expensas-, pero cada vez resulta más difícil no molestarle -para ser justos, a mí me ocurre lo mismo-. Sin embargo, hay ciertos temas que no puedo pasar por alto.
Reconozco que ya he desarrollado una especie de sexto sentido para su pequeña traición, y en aquel momento me avisó aun antes de entrar en su cuarto de baño y rebuscar en el botiquín.
Me pregunto por qué juega al doble juego de ocultar y desvelar lo que hace: por qué deja pruebas de aquello que después pretende negarme, con esa interminable afición tan suya a la mentira pueril. Allí estaban, envueltos en papel de plata pero tan visibles que parecían casi colocados adrede para destacar: cinco o seis cigarrillos fabricados con torpeza, irregulares, malolientes. Algunos habían sido encendidos y vueltos a apagar antes de consumirse, en espera de mejores ocasiones.
Aguardé hasta un poco después de la madrugada y le oí regresar por fin. Su pelo rubio estaba revuelto y los ojos se hallaban enrojecidos, pero nada más: al verme de pie en el vestíbulo con talante de cancerbero, se quedó plantado junto a la puerta, llave en mano, y aguardó mis palabras.
-Lázaro, tenemos que hablar -le dije.
-¿Por qué? -replicó.
Sin embargo, me acompañó dócilmente al salón: yo me senté junto al piano y él permaneció de pie. Le invité a sentarse pero lo rechazó con un gesto.
Ahora me percataba de su rostro enrojecido y su voz nasal, como si se hubiera hartado de llorar. Le expliqué lo que había encontrado en su baño y me escuchó en silencio, sin demostrar sorpresa ni impaciencia sino cierta tranquilidad que logró inquietarme.
-Tengo mi propia vida -se encogió de hombros cuando acabé.
-y quiero que la sigas teniendo -repliqué.
Me dijo entonces que sólo eran canutos, marihuana, pero yo le dije que me daba igual: era droga, y la droga mata. En realidad no fue una discusión: Lázaro y yo jamás discutimos, tan sólo intercambiamos opiniones. Yo le expliqué lo que iba a hacer, también con suprema tranquilidad: pediría hora para él con un psicólogo o un médico, un profesional que le ayudara a sobrevivir sin muletas de ese tipo. Le dije igualmente que había tirado a basura todos los canutos, o lo que fueran. Él no me miró al preguntarme, por fin:
-¿Puedo irme ya?
-¿Adónde?
-A mi habitación.
Respiré hondo y le dije que sí. Entonces se alejó por el pasillo. Le llamé:
-Sólo intento ayudarte.
Ni siquiera se detuvo. No hemos vuelto a hablar del tema.


Ritual de la danza
Nocturno en mi bemol mayor opus 9 número 2
(En la partitura: se inicia el tema, andante, con cierto ritmo de vals, espressivo y do Ice; acompañamiento marcado con pedal.)


Mantener el ritmo constante aunque con sutiles variaciones que no deben estorbar al conjunto es uno de los mayores desafíos de interpretar a Chopin. Resulta difícil dominar esa técnica especialmente aquí, en que la mano derecha lleva toda la melodía y la izquierda apenas se aparta del ritmo de tres corcheas a 12/8. Sin embargo, es necesario adiestrar los dedos en este lento bailable para ejecutar todo el Nocturno con la adecuada fluidez.

El gabinete, que elegí al azar, está situado en una bocacalle de Princesa, y posee espejos y cristales rectangulares, como una casa formada sólo por ventanas o un frágil laberinto. Hay música ambiental en la recepción y enormes cuadros abstractos que relajan la mirada: círculos, espirales, vacíos realizados en un solo color. La doctora que me atendió, Verónica Arcos, también elegida al azar (y creo que con mucha fortuna), es bastante joven, le calculo unos treinta años, y lleva el cabello rizado y espeso como melena de león; posee además un rostro particularmente agradable y una atractiva figura que no desdeña mostrar: vestía un modelo de firma en una sola pieza de color amarillo fuerte y muy breve, con medias negras; los muslos, largos y modelados, captaron inevitablemente mi atención. Un broche dorado, que después, en una conversación más relajada, supe que imitaba a Quetzalcóatl, se asentaba sobre la convexidad de su pecho izquierdo, y de vez en cuando ella lo repasaba con sus largos dedos, provocando reflejos. Cuando la vi por primera vez pensé en una sirena: al levantarse y saludarme, sus piernas, ceñidas por las medias negras, me parecieron casi obscenas, pero al volver a sentarse y entrelazar sus manos con dedos de uñas sin pintar adoptó un aire completamente opuesto al erótico; excitante de cintura para abajo, profesional por encima, híbrida, con un tono de voz también confuso, grave, en desacuerdo con la feminidad de su figura. Creo que la noté al principio un poco tensa, pero puede que fuera mi propia tensión. Un espejo (después pensé que escondería un cristal unidireccional) nos reflejaba con limpia exactitud desde la pared opuesta a la puerta.
-¿Puedo fumar? -le pedí.
No puso objeciones, y sin embargo creí necesario aclarar algo:
-No suelo fumar. En realidad, casi nunca lo hago. Pero es que ahora estoy nervioso.
-¿Por lo de su hermano?-dijo.
Encendí un cigarrillo mientras asentía:
-Sí. No sé cómo voy a solucionar este problema. Es muy joven.
-Creo que me dijo que tenía dieciocho años -replicó sin ninguna entonación.
-Para mí, eso es ser muy joven -dije.
-Ya.
Sucedió algo que debo calificar cuando menos de curioso: yo era el que traía todas las preguntas, pero ella me hizo muchas más. De repente fui consciente de que estaba suministrando explicaciones a la defensiva, como si hubiera sido ella la que hubiese concertado aquella cita. La sutil metamorfosis (de interrogador a interrogado) fue tan leve que apenas la percibí hasta un instante después: para entonces ya había respondido algunas cosas.
-Tengo entendido que vive con usted -su sonrisa perenne seguía revelando tensión, pero eso, sin saber por qué, me agradaba.
-Así es.
-No recuerdo si son más hermanos en la familia.
-No. Sólo Lázaro y yo.
-Y usted está soltero.
Abrí la boca para responder, pero ambos parecimos damos cuenta al mismo tiempo de la extraña improcedencia de la frase.
-Quiero decir, que viven solos -dijo entonces.
-Sí.
-¿Sus padres fallecieron?
-Sí. Mi padre hace diez años. La madre de Lázaro hace cuatro años.
-Lázaro es hijo de un segundo matrimonio de su padre...
Su forma de preguntar afirmando al mismo tiempo, como si ya conociera todas las respuestas, me asombraba:
-Eso es.
-Y no tiene a nadie más en el mundo.
Asentí. Ella agregó:
-Está en la edad de desarrollar una dependencia afectiva muy fuerte: la entrada en los dieciocho años es siempre problemática.
-Puedo comprenderlo.
-Y a veces esa dependencia de afectos es sustituida por otra clase de dependencias, ¿comprende?
-Se refiere a las drogas.
Dijo «ajá» mientras asentía. Sus dedos palpaban el broche de Quetzalcóatl sobre el firme pecho izquierdo.
-¿Hay algo que podamos hacer? -pregunté.
-Si Lázaro no quiere que le ayuden, me temo que no -respondió-: es muy joven, pero ya es mayor de edad. ¿Cree que accedería a venir a nuestra consulta?
-No lo creo -dije con sinceridad y fumé un instante en silencio. Entonces agregué-: Va a pensar usted que soy un idiota...
-¿Por qué?
-Por haber venido solo... como si la ayuda la necesitara yo -sonreí.
Ella quiso tranquilizarme, pero me sentí ridículo después de haber dicho eso. Dejé de mirarla y concentré mi atención en la pulcritud de la mesa que nos separaba.
-¿Qué relación mantiene con Lázaro? -preguntó amablemente.
-Muy escasa: él vive su vida. Pero me admira.
-¿Le admira?
-Piensa que soy un genio de la música -casi me avergonzó la carcajada que solté. Le expliqué entonces que yo era profesor de piano en un conservatorio y que de vez en cuando ofrecía recitales de compositores clásicos. Amplió su sonrisa, pero esta vez no advertí en ella ninguna clase de tensión.
-Me fascina el piano -dijo en un tono que parecía (y quería parecer) sincero.
Y pasamos sin transición, con esa facilidad que sólo otorga el diálogo entre desconocidos, a hablar de compositores: mencioné a Schubert y a Beethoven, pero le dije que sobre todo me gustaba Chopin, y ella replicó que eso revelaba a una persona «muy romántica», y que Chopin también era su favorito y poseía toda su obra. Hablamos entonces de pianistas célebres, y yo me dediqué a ejercer de crítico musical con cierta mordacidad que pareció divertirle. Me escuchó con interés y contribuyó con breves opiniones que admití como sinceras: tengo olfato para identificar al melómano devoto, y supe que ella lo es.
Cuando finalizamos aquel improvisado intercambio de intimidades ninguno de los dos pareció dispuesto a reanudar el tema de Lázaro. La doctora Arcos se puso en pie, lo que consideré como una despedida formal, y me pidió que regresara la semana próxima, a ser posible con mi hermano. Sin embargo, insistió especialmente en que viniera yo, aunque fuera solo. «Es necesario», me dijo, «ayudar a Lázaro.» Me acompañó hasta la puerta, y por el pasillo vi entrar y salir de sus despachos a otros probables psicólogos. Nadie me miró pero todos sonreían, como preparados para soportar cualquier mirada como la mía: pensé sin querer en un almacén de ropa lujosa y en dependientes que iban y venían desde los probadores. Ropa adecuada, talla adecuada. O quizás un extraño y armónico baile entre desconocidos en un salón aséptico de madera noble: movimientos, gestos, cuadros geométricos y espejos que reflejan a los bailarines.


(En la partitura: un grupo de triples corcheas pierde la tonalidad original, pero rallentando, hasta que en el a tempo se recupera otra vez la melodía.)

Curioso el esfuerzo de Elisa por destacar, por provocar mis miradas, por hacerme hablar sobre ella. Sería buena si toda esa emoción equívoca no estorbara la destreza de sus dedos. Hoy vino vestida con una pieza azul marino bastante escasa (demasiado para esta época y para sus catorce años) y una gran rebeca trenzada encima. Se había maquillado un poco los párpados y todo su delgado cuerpo emanaba un aroma fuerte y lujoso, como un instrumento nuevo. Sin embargo, en sus gestos seductores existía la misma exageración adolescente con la que interpreta los ejercicios. Reconozco que quiero pensar esto porque me halaga, aunque no creo estar equivocado: es una de mis alumnas veteranas, y desde hace tiempo sospecho que viene a casa, por un interés que desborda el puro aprendizaje. No, no es cierto quizás, y la daño pensándolo, pero ¿y los detalles? Hoy se disculpó por su tardanza con una sonrisa indestructible: sus ojos, tras los cristales redondos de sus gafas, buscaban los míos constantemente y no parecían aguardar sólo mi .aprobación; se concentraba en mis palabras con un interés que perduraba aunque yo dejara de hablar, como si le importara algo más que mis opiniones: como si deseara sólo mi voz. No obstante, es en el piano donde me lo d ice todo más claro: se muestra apresurada, nerviosa, obsesionante. Toca con las piernas muy juntas (casi siempre desveladas hasta las rodillas, sin medias) y sus delgados dedos torturan las teclas con el estudio de Czerny casi de forma matemática; cuando le pido que se relaje consigo justo lo opuesto, pero mi silencio le afecta más. La observo tocar mientras me dedico a dar breves paseos alrededor del piano: por fin me sitúo a su espalda, contemplo sus hombros, donde resalta el polígono de los huesos, su talle ajustado por el vestido, los rizos carbón de su pelo, a la moda afro, la rebeldía de las pulseras de cuero que luce en ambas muñecas. Pobre, pienso, qué lejos de todo; qué lejos de las cosas, qué inmensamente lejos de mí: es como si la observara con prismáticos invertidos, pequeña y distante. Pretende agradarme con su dedicación, atraerme con su aspecto, quizás todo de manera inconsciente. Pero qué terrible lejanía. Y no es culpa suya: nadie es culpable de la distancia.


Voy a las clases por la mañana, a mi pequeño despacho encortinado misteriosamente con un telón turquesa cuya utilidad siempre me ha superado, pues nada oculta detrás salvo la pared, y debido al cual toda la estancia adopta aires de teatro. Vengo de las clases a mediodía, pero sigo percibiendo ese invasivo olor a piano nuevo, y a lápiz puro, y a adolescentes. Almuerzo en casa mis propias preparaciones, estudio el Nocturno semanal y aguardo a mis alumnos privados. Ésta es mi rutina: un vaivén interminable cuya única y extraña sorpresa consiste en saber que algún día terminará. Por fin, ya de noche, con el oído atento al vestíbulo por si viene Lázaro, leo un poco de las amplias biografías que se han escrito sobre Chopin y me dedico a pensar garabatos que algún día trasladaré al papel; a veces improviso alguna melodía, pero les concedo la misma importancia que a los recuerdos, que son trascendentales cuando se invocan pero inútiles al desaparecer. Entonces me entrego de nuevo al Nocturno, al estudio de sus compases, a su danza oculta.

El sábado volví a quedar con Blanca. Utilizamos varios métodos para comunicamos, pero el más habitual son las tarjetas: yo encuentro una pequeña tarjeta en mi buzón, generalmente los sábados por la mañana, y la repetición zodiacal de nuestros rituales logra una mayor economía en las palabras, incluso su ausencia. Las instrucciones se hacen concisas, se usan iniciales, siglas, frases mutiladas. Toda nuestra aspiración -lo sé- es conquistar el silencio, no tener que depender siquiera de los mensajes escritos, intuirnos mediante rastros, usar otros lenguajes, quizás la misma música: ayer sábado, por ejemplo, la tarjeta mostraba unas torpes notas negras. Acepté su proposición y la guardé en un bolsillo del impermeable. Recordé la hora escrita con rotulador bajo aquellas notas: 23.30.
Ella llegó a la hora correcta, con la noche ya establecida fuera. La hice pasar al salón de nuestro piso solitario y cerré todas las puertas. Permití una luz íntima de lámparas indirectas bajo la que pude observarla cuidadosamente.
Parecía una preciosa muñeca antigua. No miento: fue la impresión del instante, el fugaz segundo en que mis ojos y su figura armonizan juntos, una impresión tenue pero tan cierta que se hace algo más que mirar o ser mirada. Vestía una ceñidísima pieza con lentejuelas que estallaba de luz a cada gesto de su cuerpo y traía largas medias negras que revelaban sus piernas hasta cerca del inicio de sus muslos, presionados por el borde diamantino de la falda. Su fino talle se equilibraba sobre altísimos zapatos de tacón con aspecto de cristales. Los largos cabellos de nieve se hallaban ondulados, y su rostro, dentro, evocaba un antiguo cuadro, una de esas caras que se guardan en estuches, se recrean en miniaturas y provocan nostalgia y dolor cuando son contempladas por desconocidos. Fue tanta mi felicidad al veda que tuve que hablar, pero mi confusión sólo logró decir:
-Estás más hermosa que nunca.
Ella no respondió, y su silencio y la dulzura de sus gestos de mimo la embellecieron otra octava. Había comenzado a oírse la música, como un murmullo, y casi sin transición empezamos a bailar. Naturalmente, yo había elegido el Nocturno en mi bemol mayor, opus 9, con su lánguido aire de vals. Había soñado con oírlo mientras la abrazaba, pero cuando mi sueño se cumplió, como una justísima profecía, su propia realidad simuló otro sueño. Blanca se acercó, recogió los brazos sobre su pecho y se dejó envolver por los míos. Bailamos en el salón sin trasladamos apenas, sólo con la rotación suave de los cuerpos.
Pero no era un baile: era casi un consuelo. Ella se refugiaba en mí y yo extinguía su miedo, la protegía. Pensé en una talla de cristal, una lámina curva que, golpeada, sonara a música como un diapasón. Tocarla era tener pánico, como si todo aquel conjunto de músculos suaves y piel tersa pudiera agrietarse incluso con los gritos.
Bailamos sin bailar hasta que la música se convirtió en excusa. Percibí bajo mis manos, más allá de la aspereza de granito de las lentejuelas, una carne desnuda prisionera. Modelé la superficie de sus nalgas sobre las que se tensaba el obstáculo de la falda. Besé su hombro desnudo y cruzado casi hasta el daño por el ceñido tirante del vestido. Presioné la rebosante firmeza de sus nalgas, proyectándome involuntariamente contra su vientre y notando en él mi propia firmeza. Pero las ropas que nos cubrían eran como una exquisita sensación de espera, de represión consciente. Ella movió sus caderas, percibió mi tensión y la hizo crecer con todo su cuerpo. Cerré los ojos por primera vez desde que había venido y supe entonces, paradójicamente, que no soñaba.
No sé por qué quise besarla: el beso siempre extingue algo, provoca una interrupción, es más que el tacto de las bocas: delata un sentimiento. Pero hicimos esto: Blanca supo que yo acercaba mis labios a los suyos e interpuso una mano, casi en armonía con lo que ocurría con nuestros sexos. Besé el espacio puro entre sus dedos, el aire perfumado como unos labios sin boca. Al mismo tiempo, sus propios dedos se hundieron en sus labios reales: presioné en aquella barrera y casi noté la humedad que yacía detrás, emborroné sus huellas con mi saliva, deslicé mi lengua contra esos diminutos montes planetarios, esas líneas de vida y de muerte de su palma, humedecí todo su destino escrito en la mano desnuda, que me devolvía el beso con su tacto, como los labios de un espejo. Y fue así, porque entonces apartó su mano, húmeda de mi boca, y acarició con ella mi rostro y mi cuello; ambos cerramos los ojos, y, en la oscuridad voluntaria que surgió, sus dedos mojados, que me palpaban como memorizando mis facciones, se comportaron como un eco lejano de mis besos.
Bailábamos con la sinceridad del deseo.

Afirmé aún más las manos en su delgadísima cintura y caminamos hacia la pared cercana. Ella se dejó pero no quiso ayudarme. Cuando no tuvo ya más espacio para retroceder, separó las piernas y el vestido se alzó con el gesto. Presioné mi sexo oculto contra el suyo, retrocedí y volví a presionar. Oí sus jadeos, abrí los ojos y apenas vi su rostro entre la confusión de cabello blanco. Sus manos, agazapadas sobre mi pecho, me sujetaron, como si se hallara próxima a un terrible abismo. Moví mis caderas y sentí de nuevo el torpe restregar de labios ocultos de nuestros sexos. Ambos nos movíamos con la exacta repetición del placer solitario, y fue comprobar sus caderas, sus piernas separadas, el balanceo contra mi vientre, la transformación sin pausa del baile en aquella masturbación mutua, lo que apresuró mi final. Ahora imagino que habíamos cumplido con el sentido justo del ritual: ¿acaso no estábamos haciendo danza? Esta barrera de manos y vestidos, estas sensaciones bloqueadas de besos que no lo son, de caricias que deben conquistarse, este ardor que se vacía en secreto, bajo pantalones y faldas, ¿no son el objeto del baile? Desnudos en una cama no lo hubiéramos sabido; jamás habríamos imaginado la pasión que puede surgir de la negación perenne del deseo que se afirma: este terrible contraste entre pureza y cuerpos que constituye el baile.
Pero eso es lo que era, una danza, no un sueño, y casi en la frontera en la que ya es imposible detenerse, elevé las manos, la cogí de los brazos desnudos y la aparté de la pared. Giramos entonces, muy juntos, una, dos, tres veces, hasta que el vértigo nos detuvo; comprobar su torpeza, el trastabilleo momentáneo de sus pies y ese impulso de querer apoyarse en mis brazos me hizo dar el último paso: me apreté contra ella, ya en el vacío, y acerqué sus nalgas con fuerza, hasta que el golpe contra mi cuerpo las hizo temblar, y palpé ese temblor de carne con la mano abierta. Ambos nos movimos como si quisiéramos avanzar por entre el cuerpo del otro, como si no nos viéramos y el encuentro fuera inevitable y casi doloroso. Tuve el repentino deseo de sentida desnuda en ese instante, y mis uñas se cerraron sobre el borde final de su falda, pero se hallaba tan tensa que sólo conseguí daño y gemidos.
Aquel deseo insatisfecho precipitó mi placer: me apreté contra ella como un luchador cansado, y me sentí un niño feliz mojando mi ropa interior, percibiendo el tibio flujo deslizarse por mi muslo bajo el traje. Volví a presionar mi sexo contra el suyo y moví todo su cuerpo sobre ellos, como una mano delgada y alta que me acariciara. Gemiste y me oíste gemir, Blanca, y abrimos los ojos a la vez y vimos nuestro placer en el rostro del otro.
Cuánto la quise en aquel instante y qué felicidad descubrir con violencia que la soledad, después de compartir un momento así, ya siempre será imaginaria (descubrirlo y olvidarlo, como un relámpago).


(En la partitura: de repente, senza tempo, grupos de semicorcheas en la octava superior girando alrededor de una misma nota.)

Mientras la música recapitulaba en paz ella se separó de mí, pero fue más un desprendimiento: primero apartó su cuerpo, después se deshizo de mis brazos, por último abandonó mis manos, mi mano, mis dedos, y retrocedió por fin hacia la oscuridad, ya en el vacío. Me dio la espalda y el Nocturno finalizó sobre la imagen de su silueta delgada. Ella misma apagó el equipo de música, cogió su abrigo y se marchó. Descubrí antes la soledad del sonido de sus zapatos altos, del perenne bajo continuo de la lluvia detrás, en la ventana.



Escribo sobre la época en que Chopin conoció a George Sand, uno de sus períodos vitales más intensos: preparé dos borradores con sucesos biográficos, pero los he desechado. Al final le otorgué supremacía a la pura invención, porque todo lo que se narra sobre él es muy inferior a la ambigua y hermosa respuesta de su música.
Es preferible mentir, por lo tanto. He aquí el resultado:

« ¿Qué opinaría el maestro al verla por primera vez?
(Se discute cuándo fue.) Ella solía vestir ropas de hombre y fumaba cigarrillos, lo que constituía todo un capricho exótico para las damas de la época. Además, era culta y refinada, escribía libros, y su carácter, desenvuelto y enérgico, contrastaba con el del joven maestro, siempre reservado y melancólico.
Aquel día de finales de 1836 (una furiosa lluvia golpeaba París) Chopin recibía en su casa: entre los invitados, la fastuosa celebridad de Liszt y su amigo y confidente Grzymala, pero particularmente la mujer que protagonizaría sus sueños de enfermo.
Ella vestía chaqueta y pantalones de amazona. Llegó tarde, se hizo esperar por todos. Pero logró entrar en el momento perfecto: con Pryderyk al piano interpretando una de sus composiciones (he soñado con que fuera el Nocturno en mi bemol, opus 9), de tal manera que la música pareció creada para recibir/a. ¿Elevó él los ojos de las franjas del teclado y fue consciente de la presencia de aquella figura ambigua? Ella era como un muchacho muy hermoso, de pelo más bien largo, chaqueta añil, botas negras y fusta de montar. Su mirada, entre dura y divertida.
-¿Madame? -interrogaría cualquiera.
-Lamento la demora.
Alguien ordenaría silencio. El piano trazaría los últimos y dulces arabescos.
La imagino contemplando a Pryderyk en ese silencio transformado, la fusta entre sus manos enguantadas, la sonrisa, como la fusta, curva y heridora.»


domingo, 19 de julio de 2009

Federico Andahazi. Autor de Las Piadosas


Federico Andahazi nació el 6 de junio de 1963 en Buenos Aires, Argentina, en el céntrico barrio de Congreso. Es uno de los autores argentinos cuyas obras fueron traducidas a mayor número de idiomas en todo el mundo. Sus libros fueron publicados por las editoriales más prestigiosas. En Estados Unidos fue editado por Doubleday, en Inglaterra por Transworld, en Francia por Laffont, en Italia por Frassinelli, en China por China Times, en Japón por Kadokawa, en Alemania por Krüger y por varias decenas de editoriales de diversos países. Dictó conferencias en lugares tan distantes y prestigiosos como la Facultad de Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Moscú, en Rusia, y la Universidad Santos Ossa de Antofagasta, Chile. Ofreció charlas en Estocolmo, Londres, París, Estambul y otras ciudades de Europa, América Latina y Estados Unidos. Participó de Congresos literarios en Francia, Finlandia y varias ciudades de España, entre otros. Fue invitado a numerosas Ferias del Libro como la de Guadalajara, Moscú, Pula, Estambul, Madrid, Barcelona y, desde luego, asistió a la de Buenos Aires y a casi todas las de Argentina. Colaboró con la mayor parte de los periódicos y las más importantes revistas de su país: Clarín, La Nación, Perfil, Noticias, Veintitrés, Lamujerdemivida, Brando, V de Vian, etc. y en diversas publicaciones de América Latina, Estados Unidos y Europa, tales como: Loft, de EE.UU.; O independente, de Portugal; El gatopardo y Soho, de Colombia, etc. Su obra obtuvo el reconocimiento de la crítica mundial y fue objeto de diversas reseñas y estudios.


LOS COMIENZOS Federico Andahazi es hijo de Béla Andahazi, poeta y psicoanalista húngaro radicado en la Argentina, y de Juana Merlín. Durante su adolescencia comenzó a leer a los clásicos argentinos y universales cuando, escapando del colegio, reflejo de la opresiva dictadura militar gobernante, se reunía con amigos de su edad en librerías y bares de la avenida Corrientes, calle emblemática de la cultura porteña. Fue en esta época cuando incursionó en la escritura de los primeros relatos propios. Obtuvo la licenciatura en Psicología en la Universidad de Buenos Aires, ejerciendo como psicoanalista algunos años, mientras trabajaba en sus cuentos. En 1989 terminó la novela El oficio de los santos, obra que permanece inédita por voluntad del autor.


PREMIOS LITERARIOS En el año 1996 ganó el Primer Premio de Cuentos de la Segunda Bienal de Arte Joven de Buenos Aires con su relato Almas misericordiosas. El jurado estaba compuesto por Liliana Heer, Susana Szwarc y Carlos Chernov. Ese mismo año recibió el Primer Premio del Concurso Anual Literario Desde la Gente por su cuento El sueño de los justos, otorgado por un jurado conformado por Héctor Tizón, Liliana Heker, Luisa Valenzuela, Vlady Kociancich y Juan José Manauta. Hacia fines del ’96 fue distinguido con el Premio CAMED por su cuento Por encargo; el jurado lo integraban Victoria Pueyrredón, María Granata y Marco Denevi.


EL ESCÁNDALO DEL PREMIO FORTABAT En 1996, a la vez que era finalista del Premio Planeta, su novela El anatomista ganó el Primer Premio de la Fundación Fortabat. Sin embargo, la mentora del concurso, Amalia Lacroze de Fortabat, dio a conocer su disconformidad con dicho premio, a través de una solicitada publicada en todos los diarios de Buenos Aires, en la cual expresaba que la obra “no contribuye a exaltar los más altos valores del espíritu humano”. El jurado, compuesto por prestigiosos escritores como María Angélica Bosco, Raúl Castagnino, José María Castiñeira de Dios, María Granata y Eduardo Gudiño Kieffer, se vio descalificado por la actitud autoritaria de la Sra. Amalia Lacroze de Fortabat. Luego del escándalo suscitado por tal actitud, los concursos literarios organizados por la Fundación Fortabat no volvieron implementarse. Este lamentable episodio puso al descubierto que la difusión del arte y la cultura acaso no fuera el verdadero objetivo de la Fundación. Finalmente, El anatomista fue publicada por la editorial Planeta en 1997, traducido a más de treinta idiomas y ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo.


OBRAS Y PREMIOS POSTERIORES Su segunda novela, Las piadosas, fue publicada en 1998. Situada en el verano de 1816 en Villa Diodati, esta obra despliega una moderna e irónica visión sobre el género gótico, descubre regiones insospechadas de la sexualidad y sumerge al lector en un enigma inquietante. En 1998 la editorial Temas publicó un pequeño volumen con algunos de los cuentos premiados de Federico Andahazi, bajo el título El árbol de las tentaciones. Son tres relatos que, desde sus idénticos comienzos hasta sus escenarios históricos (la Argentina de un siglo atrás), fluyen con una prosa fuerte y elegante. Luego, en el año 2000, publicó El príncipe. Con una historia que se ha enmarcado en la tradición del realismo mágico, Andahazi supo crear un clima apocalíptico para hablar de los excesos de poder y de la manipulación de las voluntades populares. En el año 2002 publicó El secreto de los flamencos. Magistral novela que transcurre a principios del Renacimiento en el marco de la guerra por la perfección técnica de la pintura. La obra gira en torno del secreto matemático de la perspectiva y el misterio alquímico de los colores. El enfrentamiento de las escuelas florentina y flamenca, da lugar a este thriller ágil, lleno de enigmas apasionantes. Errante en la sombra se publicó en el 2004. Es una original “novela musical” que se despliega como un espectáculo frente al lector quien podrá “ver” y “escuchar” esta historia que transcurre en la Buenos Aires que una vez fue realidad y ahora es leyenda. Andahazi compuso más de cuarenta tangos para dar vida a esta singular trama de la que participa Carlos Gardel. Durante el verano del año 2005 Andahazi y sus lectores trabajaron en una interesante y novedosa experiencia; de hecho, la primera de este tipo en el mundo: la escritura colectiva del folletín Mapas del fin del mundo, publicado por el diario Clarín. El autor escribió el comienzo de un texto, dando lugar a que los lectores continuaran la historia, crearan personajes, propusieran tramas y resolvieran enigmas, que debían enviar por e-mail. Así, en un trabajo sin precedentes, leyendo y respondiendo miles de correos por semana, Andahazi fue construyendo el relato con los diversos aportes y opiniones. Cada sábado se agregaba un nuevo capítulo a la novela, aumentando la participación y la expectativa de los lectores convertidos en co-autores. Ese mismo año, en 2005, fue publicada La ciudad de los herejes. Novela ambientada en la Francia medieval, que gira en torno del origen del Sudario de Turín. En este escenario el autor describe los oscuros mecanismos que urdieron la Iglesia y el poder feudal para establecer sórdidos métodos de control y opresión, construyendo una nueva idolatría que la Iglesia decía combatir. En 2006 Federico Andahazi obtuvo el Premio Planeta con su novela El conquistador. El jurado compuesto por Osvaldo Bayer, Marcela Serrano, Marcos Aguinis y Carlos Revés, decidió el fallo por unanimidad. El conquistador relata la historia de Quetza, el más brillante hijo de Tenochtitlán que, adelantándose a Cristóbal Colón, descubre un nuevo continente: Europa. Participó de numerosas antologías, entre las cuales se cuentan: Las palabras pueden: Los escritores y la infancia (2007, para UNICEF y Programa Mundial de Alimentos) con autores de la talla de José Saramago, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato, Juan Gelman, Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa. Líneas aéreas (1999, ediciones Lengua de trapo, España) con escritores como Jorge Volpi, Santiago Gamboa y Edmundo Paz Soldán. A whistler in the nightworld, short fiction from the latin americas (2002, published by Plume, USA) con Laura Restrepo y Ángeles Mastretta, entre otros. La selección argentina (2000, editorial Tusquets) junto a Pablo de Santis, Rodrigo Fresán y Esther Cross. El libro de los nuevos pecados capitales (2001, grupo editorial Norma) con Héctor Tizón, Alberto Laiseca, Vlady Kociancich, Fogwill, etc. Participó también del libro Homenaje a Diego A. Maradona (2001, S.A.F.E.) en la prestigiosa compañía de Roberto Fontanarrosa y Pacho O´Donnell.


Las Piadosas. Por Federico Andahazi

1

Las nubes eran catedrales negras, altas y gó­ticas que de un momento a otro habrían de de­rrumbarse sobre Ginebra. Más allá, al otro lado de los Alpes de Saboya, la tormenta anunciaba su ferocidad dando azotes de viento que enfu­recían al apacible lago Leman. Acosado entre el cielo y las montañas, como un animal acorra­lado, el lago se rebelaba echando coces de caba­llo, zarpazos de tigre y coletazos de dragón, to­do lo cual resultaba en un oleaje tumultuoso. En una recóndita concavidad abierta entre los peñascos que se precipitaban perpendiculares hasta hundirse en las aguas, se extendía una pequeña playa: apenas una franja de arena se­mejante a un cuarto de luna, menguante cuando las aguas subían y creciente en la bajamar. Aquella tempestuosa tarde de julio de 1816, junto a la cabecera del muelle que limitaba el extremo oeste de la playa, amarró una pequeña embarcación. El primero en descender fue un hombre rengo que se vio obligado a hacer equilibrio para no caer en las fauces de las aguas, cuya iracundia se descargaba contra la estructura de la endeble escollera que, sobrevo­lada por las gaviotas, presentaba el aspecto de una fantasmagórica osamenta varada. Una vez en tierra, el recién llegado se aferró con un bra­zo a uno de los palos y, extendiendo el otro, ayudó a bajar al resto de sus acompañantes: pri­mero a dos mujeres y luego a otro hombre. El grupo emprendió la caminata a lo largo del muelle hacia la tierra firme, como lo haría una troupe de torpes y alegres equilibristas, sin demorarse a esperar a que descendiera un tercero quien, no sin dificultades, tuvo que arreglárse­las completamente solo. Iban en fila contra el viento y la pendiente, hasta llegar –empapados, divertidos y jadeantes– a la casa situada en la cima del pequeño promontorio de la Vi­lla Diodati. El tercer hombre caminaba con pa­sos cortos y ligeros, taciturno y sin levantar la vista del suelo, como un perro que siguiera la huella de su amo. Las mujeres eran lady Mary Godwin Wollstonecraft y su hermanastra, Ja­ne Clairmont. La primera, pese a que aún era soltera, reclamaba para sí el derecho de llevar el apellido del hombre con el que habría de casarse: Shelley; la segunda, por razones menos co­nocidas, había renunciado a su nombre y se hacía llamar Claire. Los hombres eran Lord George Gordon Byron y
Percy Bysshe Shelley. Pero ninguno de estos personajes interesa demasiado en esta historia, salvo aquel que des­cendió último del barco, el que caminaba soli­tario y rezagado: John William Polidori, el oscuro y despreciado secretario de Lord Byron.
Los sucesos de aquel verano en la Villa Dio­dati son suficientemente conocidos. O al menos algunos de ellos. Sin embargo, el hallazgo de cierta correspondencia que habría sobrevi­vido al Dr. Polidori, el sombrío autor de The Vampyre, revelaría otros episodios, hasta aho­ra desconocidos, en torno a su vida y, más aún, echaría luz sobre las razones de su trágica y pre­coz muerte.
Según se consigna, The Vampyre constitui­ría el primer relato de vampiros, la piedra basal sobre la que habrían de sucederse incontables historias, hasta el punto de convertir el vampi­rismo en un verdadero género, cuya cúspide –al menos en orden de trascendencia– alcan­zara Bram Stoker con su conde Drácula. No existe historia de vampiros que no guarde una deuda de gratitud con el satánico Lord Ruth­wen que pergeñara John Polidori. Sin embar­go, los sucesos que envuelven el nacimiento de The Vampyre parecen ser tan sombríos como el propio relato. Se sabe que no existe cosa más dudosa que la paternidad. Afirmación que, na­turalmente, podría hacerse extensiva a los vás­tagos literarios. Aunque los repetidos incidentes relativos al plagio –acusaciones remotas y recientes, comprobadas o descabelladas– parecieran ser intrínsecos a la literatura y tan an­tiguos como ella, en el caso de The Vampyre las disputas no se suscitaron justamente por recla­mos de propiedad. Al contrario, por alguna ex­traña razón, nadie quiso reconocer como pro­pia a la maléfica criatura que estaba llamada a abrir caminos. El cuento se publicó en 1819 y llevaba la firma de Lord Byron; pero nótese la paradoja: mientras aceptaba su responsabilidad en el –digámoslo así– confuso embarazo de Claire Clairmont, Byron rechazaba furiosa y vehementemente todo parentesco con The Vampyre, atribuyendo la "culpabilidad" a su secretario, John William Polidori. Y así quedó escrita la historia.
Ahora bien, un relato tan tétrico como The Vampyre no podía, desde luego, tener un ori­gen menos tenebroso que su contenido. Es sa­bido que, luego de la muerte de Polidori, se ha­lló en su poder una considerable cantidad de cartas, documentos y escritos que habrían de agregar datos indeseables a las biografías de va­rios ilustres personajes, quienes, con entera justicia, hubieran pretendido para sí una pací­fica posteridad.
La correspondencia en cuestión no es nove­dosa. O, más bien, las absurdas y escandalosas instancias jurídicas, académicas y hasta políti­cas por las que dichos documentos debieron atravesar son bastante conocidas. Las polémi­cas acerca de su autenticidad fueron una verdadera guerra. Se dieron a conocer los informes de los expertos, los resultados de las pruebas caligráficas, las ambiguas declaraciones de los testigos, las airadas desmentidas de los actores más o menos involucrados. Pero lo que nunca, lo que jamás se conoció públicamente es el contenido de una sola de las cartas ya que, según se dijo, se habrían quemado en el incendio que destruyó los archivos del juzgado en 1824. Y era previsible. Pero los escándalos, pese a la mag­nitud y a la ilusión de eternidad que puedan provocar, suelen ser tan efímeros como el tiem­po que los separa del siguiente y acaban inva­riablemente sepultados por toneladas de papel y ahogados en ríos de tinta. El férreo silencio de los involucrados, el progresivo desinterés del público y, finalmente, la muerte de todos los actores sumió en el olvido la controvertida do­cumentación de la cual, por otra parte y según se afirmaba, no habían quedado más que ceni­zas. Lo único que sobrevivió fue el no menos dudoso diario de John William Polidori.
Como el lector ya habrá de sospechar, se im­pone un inevitable "sin embargo..." Efectivamente, por razones completamente azarosas, poco tiempo atrás, estando yo en Copenhague, entró en contacto conmigo un amabilísimo per­sonaje que se presentó como el último de los te­ratólogos, un exegeta de los antiguos textos re­feridos a monstruos, una suerte de arqueólogo del horror, buscador de cuanto testimonio hubiesen dejado en su espantoso paso por el mun­do los míticos teratos; en fin, un taxonomista de nuevos y temibles leviatanes humanos. Era un hombre pálido y longilíneo, de una anacrónica elegancia; fue una breve conversación durante la noche prematura del invierno danés en el Norden Café, frente a la fuente de las cigüeñas, allí donde muere la calle Klareboderne. Según me dijo, estaba enterado de un reciente artícu­lo mío sobre el tema que lo ocupaba y se vio ten­tado de intercambiar conmigo alguna informa­ción. No era mucho lo que yo podía ofrecerle, de modo que no tuve otro remedio que confe­sarle mi condición de neófito en materia terato­lógica; se mostró sorprendido de que, siendo yo oriundo del Río de la Plata, ignorara la versión que señalaba que el destino último de buena parte de la correspondencia de
John William Polidori habría sido, presumiblemente, un an­tiguo caserón otrora perteneciente a cierta tra­dicional familia porteña de remota ascendencia británica. Mi pintoresco interlocutor nunca ha­bía estado en Buenos Aires y las referencias con las que contaba eran pocas e imprecisas. Sin em­bargo, de acuerdo con la vaga semblanza que hi­ciera de la casa y según su emplazamiento "cer­cano al Congreso", no tuve dudas de cuál se trataba. Era un ruinoso palacete que, por curio­sa coincidencia, me era absolutamente familiar. Infinidad de veces había pasado yo por la puer­ta de aquella extemporánea casa de la calle Río bamba, cuya arquitectura inciertamente victo­riana jamás se adecuó a la fisonomía porteña. Nunca habían dejado de sorprenderme ni la desproporcionada palmera que –en el centro mismo de la ciudad de Buenos Aires– se eleva­ba por encima de los siniestros altos ni la reja que precedía al atrio, hostil y amenazante, efi­caz a la hora de disuadir a cualquier inopinado vendedor ambulante de aventurarse más allá del portón.
Apenas hube llegado a Buenos Aires, no va­cilé en relatar mi conversación de ultramar a mi amigo y colega Juan Jacobo Bajarlía –sin dudas nuestro más informado estudioso del género gótico–, quien se ofreció de inmediato a ofi­ciar de Caronte en el infernal periplo porteño que se iniciaba a las puertas del caserón de la ca­lle Riobamba. Me adelanto a decir que, gracias a sus artimañas de abogado y a sus argucias de escritor, llegamos, luego de infinitas indagacio­nes, hasta los presuntos documentos.
En honor a un compromiso de discreción, me es imposible revelar más detalles acerca del modo en que, finalmente, dimos con los supuestos "documentos". Y si me amparo en la cautelosa anteposición del adjetivo supuestos y en las precavidas comillas, lo hago en virtud de la sincera incertidumbre: no podría afirmar que tales papeles no fueran apócrifos ni tampo­co lo contrario, porque en rigor no tuve la opor­tunidad siquiera de tenerlos en mis manos.
En realidad, durante la entrevista en el vie­jo caserón, no vi ningún original: nuestro anfi­trión –cuya identidad me excuso de revelar– en parte nos leyó y en parte nos relató el contenido de los numerosos folios encarpetados, unos papeles fotostáticos ilegibles casi por completo. Las dimensiones del sótano, entre cuyas cuatro oscuras paredes nos encontrába­mos, no pudieron abarcar el volumen de nues­tro asombro. Como no nos estuviera permiti­do conservar ningún testimonio material ni una copia ni tan siquiera una anotación, lo que sigue es, a falta de memoria literal, una la­boriosa reconstrucción literaria. La historia que resultó de la concatenación de las cartas
-fragmentos apenas- es tan fantástica como inesperada. A punto tal que la genealogía de The Vampyre sería, apenas, la llave que develaría otros increíbles hallazgos atinentes al concep­to mismo de paternidad literaria.
En lo que a mí concierne, no le otorgo nin­guna importancia al eventual carácter apócrifo de la correspondencia. De hecho, la literatura –a veces es necesario recurrir a Perogrullo– no reviste otro valor más esencial que el literario. Sea quien fuere el autor de las notas aquí reconstruidas, haya sido protagonista, testigo directo o tangencial, o un simple fabulador, no dudamos de que se trata de la invención de una infamia urdida por una monstruosa inventiva, cuya clasificación en el reino de los espantajos dejo por cuenta de los teratólogos. A propósi­to, entonces, de la veracidad –y, más aún, de la verosimilitud de los acontecimientos narrados a continuación, me veo en la obligación de suscribirme a las palabras de Mary Shelley en la advertencia que precede a su Frankenstein: "...ni remotamente deseo que se pueda llegar a creer que me adhiero de algún modo a tal hi­pótesis y, por otra parte, tampoco pienso que al fundar una narración novelesca en este hecho me haya limitado, en tanto escritor, a crear una sucesión de horrores pertenecientes a la vida sobrenatural".
Como quiera que sea, la historia se inicia, precisamente, a orillas del lago Leman en el verano europeo de 1816.



2


La residencia de la Villa Diodati era un es­plendoroso palacio de tres plantas. El frente estaba presidido por una recova delimitada por una sucesión de columnas dóricas sobre cuyos capiteles descansaba una amplia veranda cu­bierta por un toldo. Un tejado piramidal, por donde asomaban tres claraboyas correspon­dientes a los altos, remataba la arquitectura de la mansión. El criado, un hombre adusto que hablaba lo mínimo indispensable, esperaba a los recién llegados bajo la recova. Con los pies completamente embarrados, trayendo los za­patos en las manos, los cuatro entraron al reci­bidor y, antes de que el criado intentara alcan­zarles unas toallas, ya se habían quitado las ropas quedándose totalmente desnudos. Mary Shelley, alegremente exhausta, se recostó sobre el sillón y tomando de la mano a Percy Shelley lo atrajo hacia ella hasta hacerlo caer sobre su desnuda y agitada humanidad, rodeándolo con las piernas por detrás de la espalda.
Claire se había quitado la ropa lentamente y en silencio. No había sido un acto de deliberada concupiscencia, tal como supuso Byron; al contrario, se la veía ausente, procedía como si nadie más que ella estuviese en la pequeña sa­la de recepción. Se sentó sobre el brazo del si­llón mientras Lord Byron la miraba extasiado. La piel de Claire estaba hecha de la misma páli­da materia de la porcelana y su perfil parecía el de un camafeo que de pronto se hubiese animado. Sus pezones tenían un diámetro sorpren­dente y estaban coronados por una aréola rosada que, aun contraída por las finas gotas de agua y por el frío, superaba la circunferencia de la boca abierta de Byron, quien súbitamente se había arrodillado a sus pies y ahora, desnudo y jadeante, recorría con la lengua su piel mojada. Claire no lo apartó con brusquedad, ni siquie­ra se hubiese dicho que lo rechazó. Pero ante la helada indiferencia y el cerrado mutismo con que su amiga ignoraba las caricias que le prodi­gaba, Byron se puso de pie, giró sobre sus talo­nes y, quizá para disimular el desprecio del que era objeto, desnudo como estaba, extendió su brazo sobre el hombro del criado y le susurró al oído:
–Mi fiel Ham, no me dejan alternativa. El criado se mostraba más preocupado por el lodazal en que se había convertido el recibi­dor –las ropas tiradas en el suelo, el tapizado de los sillones empapado– que por las procaces bromas de su Lord, aunque, en rigor, Ham nunca podía distinguir cuándo Byron hablaba en serio. En ese momento entró John Polidori quitándose la capa, debajo de la cual las ropas estaban apenas húmedas. Como además había tomado la precaución de caminar por el sende­ro de piedra, sus zapatos no presentaban el me­nor indicio de barro. Cuando vio el cuadro, no pudo evitar un gesto de puritano fastidio.
–Oh, mi querido Polly Dolly, todos me rechazan, has llegado justo para llenar mi so­ledad.
John Polidori era capaz de soportar con es­toica resignación las más crueles humillacio­nes, había aprendido a hacer oídos sordos a las ofensas más despiadadas, pero nada le provo­caba tanto odio como que su Lord lo llamara Polly Dolly.
John William Polidori, muy joven por en­tonces, representaba aún menos edad de la que tenía. Quizá cierto infantilismo espiritual le confería una apariencia aniñada que contrasta­ba con su fisonomía adulta. Así, las cejas negras y tupidas se veían desproporcionadamente severas en comparación con su cándida mirada. Al igual que un niño, no podía disimular los sentimientos más primarios como el fastidio o la excitación, la congoja o el júbilo, la fascina­ción o la envidia. Tal vez esta última constitu­yera el rasgo que menos podía ocultar. Y, sin duda, el rapto de pudibundez frente al cuadro que se presentaba ante sus ojos no tenía otro motivo que el de los celos que le provocaban los nuevos amigos de su Lord. Miraba con recelo a todo aquel que se acercara a Byron. No se diría, sin embargo, que el origen de su desconfianza estuviese orientado a proteger a su Lord sino, más bien, a conservar un lugar en su siempre huidiza estima. Después de todo, él era su ma­no derecha y merecía un justo reconocimien­to. John Polidori examinaba ahora a aquel trío de extraños con unos celos infantiles; pero de­trás de aquellos ojos renegridos y pueriles pa­recía anidar un magma de odio contenido siempre a punto de hacer erupción, una mali­cia tan imprevisible como ilimitada.
Sin otro propósito que el de poner un poco de orden, Ham, con paternal autoridad y deli­cada firmeza, batió las palmas conminando a los huéspedes a ponerse de pie. Como si se tra­tase de un grupo de niños, los condujo a las ha­bitaciones que les habían sido asignadas previamente por el anfitrión, Lord Byron. Desnudos y todavía mojados, atravesaron el gran salón de la planta inferior, subieron las escaleras e ingre­saron a un largo y oscuro pasillo a cuyos lados se sucedían las puertas de las habitaciones. Las hermanastras ocuparían la alcoba central de la primera planta, que era la más suntuosa y a la que se accedía por una puerta de doble hoja. A Shelley se le había asignado la habitación con­tigua de la derecha, mientras que Byron ocuparía la de la izquierda, ambas igualmente comu­nicadas por una puerta con la alcoba principal.
Cuando Ham hubo terminado de alojar a cada huésped en su habitación, notó que unos pasos más atrás, de pie en el lugar más oscuro del pasillo, permanecía John Polidori. El criado se acercó al secretario de Lord Byron y, exami­nándolo de arriba abajo, le preguntó:
–¿El doctor espera algo?
–Mi habitación –titubeó Polidori, al tiem­po que le extendía su pequeña maleta con una sonrisa indecisa, estúpida.
El criado se limitó a señalarle la escalera con un desdeñoso cabeceo.
–Segunda puerta –dijo lacónico, giró sobre sus talones y dejó a Polidori con el brazo exten­dido y la maleta suspendida delante de sus pro­pias narices.
Si bien entre uno y otro existía la natural competencia de jerarquía y atribuciones inevi­table entre un criado y un secretario, Polidori inspiraba un indisimulable desprecio, aun en aquellos que lo trataban por primera vez; aver­sión que, por otra parte, el mismo Polidori pa­recía cultivar. Se diría que encontraba un deli­cioso placer en la propia conmiseración.
El pequeño cuarto situado en los altos era un cubil oscuro apenas ventilado por una diminuta ventana que, como un ojo acechante, asomaba entre las tejas. La habitación estaba exactamente sobre la de Byron, de modo que si Lord necesitaba los servicios de su secretario no tenía más que golpear el techo con un largo palo que se había procurado para ese fin con el solo propósito de obligarlo a subir y bajar las escaleras.
John Polidori terminaba de cambiarse las ro­pas húmedas cuando reparó en que sobre su es­critorio había una carta. En rigor, demoró en darse cuenta de que aquello que descansaba junto al candil era, efectivamente, una carta. Se trataba de un sobre negro en cuyo reverso se destacaba, como un crespón, un enorme lacrado púrpura: en su centro había grabada una ba­rroca letra L. Pensó que era correspondencia pa­ra Lord Byron y que el criado la había dejado allí por error; sin embargo, cuando leyó el frente, advirtió que, en realidad, en el lugar del desti­natario decía, en letras blancas, "Dr. John W. Polidori". No había razones para recibir corres­pondencia en aquel sitio, ya que, en rigor, na­die sabía de su reciente llegada a Villa Diodati. Antes de abrirla, Polidori corrió escaleras aba­jo y se dirigió al office donde el casero instruía a la cocinera sobre los gustos de Lord y sus in­vitados.

–¿Cuándo llegó esta carta? –irrumpió, im­perativo, Polidori.
El criado no se inmutó. Apenas emitió un mínimo suspiro de contrariedad.
–Parece que en Italia no se estila anunciarse –le dijo a la cocinera, sin mirar siquiera al recién llegado. Ignoro de qué carta me habla el doctor. Por otra parte, la correspondencia no me compete a mí sino casualmente al secreta­rio. De cualquier modo, le informo al doctor que no ha llegado carta alguna. Por cierto, si hu­biese correspondencia para mí, le rogaría al señor secretario me lo hiciera saber –concluyó y, sin levantar la vista del generoso escote que se erigía a su lado, continuó instruyendo a la co­cinera.
John Polidori volvió sobre sus pasos. Miraba la carta con unos ojos hechos de intriga. Por cierto, aquel infrecuente sobre negro resultaba de tan mal agüero como un cuervo. Por otra parte, ante la evidencia cierta de que no había sido el criado, se preguntaba quién habría dejado el sobre en su escritorio. Daba por descontado, además, que si de los nuevos amigos de su Lord no podía esperar más que una sorda indiferen­cia, mucho menos iban a tener la amabilidad de alcanzarle una carta. Que Byron procediera co­mo el secretario de su secretario llevándole la correspondencia hasta la habitación tampoco parecía una hipótesis plausible. Lo más razona­ble sería abrir el sobre, leer la carta y así despe­jar el pequeño enigma. Pero a John Polidori no lo adornaba el don del pragmatismo. No podía evitar, a propósito de cualquier nimiedad, desplegar las más complicadas conjeturas y esperar el desenlace de los más sombríos augurios. No lo atormentaba el sinsentido de la existencia, sino que, por el contrario, su padecimiento con­sistía en otorgarle a todo un oculto sentido: el universo era un designio urdido contra su pro­pia persona. Tuvo, inclusive, la supersticiosa idea de no abrir el sobre y echarlo inmediatamente al fuego. Aquella carta no podía signifi­car sino la más negra de las señales. Y quizá, por primera y única vez, no se equivocaba. Tal vez el destino de John William Polidori hubiese sido otro de no haber abierto jamás aquel amena­zante sobre negro.



3




Ginebra, 15 de julio de 1816

Dr. John Polidori:

Quizás os sorprenderéis al recibir esta carta o, mejor dicho, de que ésta os reciba a vuestra llegada. He querido serla primera en daros la bienvenida. No os molestéis en ir al final de es­tas notas para descubrirla identidad del rubri­cante, pues en verdad no me conocéis. Pero ni sospecháis cuánto os conozco. Antes de que avancéis en la lectura, debo suplicaros que no enteréis a nadie de esta carta; de vuestro silen­cio depende, ahora, mi vida. Confío en que guardaréis el secreto pues, desde el momento en que habéis leído aunque más no fuera sólo estas primeras líneas, también vuestra vida depende irremediablemente de la mía. No lo to­méis como una amenaza, al contrario, me ofrezco como vuestro ángel guardián en este lugar horripilante. Bajo otras circunstancias os recomendaría que partierais ahora mismo. Pero ya es demasiado tarde. Hace apenas unos meses que –contra mi voluntad– me encuentro aquí y por cierto, nada bueno me ha deparado este si­tio, salvo vuestra esperada visita. Este verano se ha presentado inusualmente espantoso; ni un solo día ha brillado el sol. Nunca he visto este lugar tan deshabitado. Pronto comprobaréis que hasta los pájaros han emigrado. He comenzado a temer a todo. Hasta mi propia persona, por momentos, me resulta extraña y temible. Yo que, lo digo sin petulancia, jamás he temido a nada. Sin embargo, acontecimientos muy ex­traños han comenzado a sucederse. La muerte se ha enseñoreado de este lugar: el lago se ha convertido en un animal traicionero. Desde el comienzo del verano se ha devorado sin piedad tres barcazas, de las cuales no se ha en­contrado ni una madera. Literalmente desa­parecieron dentro de su negra entraña y nada se ha vuelto a saber de sus ocupantes. Hace tres días, dos cuerpos aparecieron salvajemente mutilados al pie de los montes, cerca del Castillo de Chillon. Yo misma los he vis­to. Se trataba de dos hombres jóvenes –apro­ximadamente de vuestra edad– que vivían muy cerca de la residencia que vosotros ocu­páis. Ignoro el modo en que llegaron –vivos o ya muertos– a la orilla opuesta del Leman. Y, lo que más me atormenta, no podría ase­gurar que yo misma no tenga alguna responsabilidad en este siniestro acontecimiento. Pero no os inquietéis, me estoy adelantando.
Vuestra anhelada presencia me tranquiliza, no porque espere nada de vos –al menos por ahora–, sino porque la sola idea de protegeros –sin dudas que lo necesitaréis– me devuelve algo del valor que había perdido.
Si eleváis ahora mismo la mirada por sobre estas notas, veréis, del otro lado de vuestra ven­tana, la orilla contraria del lago. Mirad ahora las lejanas y tenues luces que se distinguen sobre la cima del monte más encumbrado. Es allí donde estoy ahora. Cuando leáis estas líneas, yo estaré vigilando vuestra ventana.


John Polidori interrumpió la lectura. Aque­lla última frase lo había estremecido. Se incor­poró, desempañó el vidrio con la palma de la mano y miró a través de la ventana. Detrás de la cortina de agua que caía oblicua sobre el la­go, apenas podían distinguirse las montañas cuyos picos se fundían con el cielo tempestuo­so. Sobre la otra orilla brillaban dos lejanas lu­ces mortecinas. Sopló la llama del candelero que iluminaba su escritorio. La tormenta era tal, que la habitación quedó casi por completo a oscuras. Cuando volvió a mirar por la venta­na, descubrió que una de las luces de la otra orilla ya no brillaba. Así, en la penumbra, se quedó contemplando. Al cabo de un rato, volvió a encender las velas del candelabro. Enton­ces, como si fuese obra de su propia acción, al mismo tiempo, la lejana luz tras el lago volvió a brillar. Aquel primer e inusual diálogo lo es­tremeció de terror. Efectivamente, John Poli­dori tuvo la inquietante certeza de que estaba siendo observado.