viernes, 29 de abril de 2011

Dos cuentos de Alberto Ruy Sánchez



ALCES EN BRAMA O MILIBRO ERÓTICO FAVORITO



Cuando finalmente llegamos al Centro de las Artes, en lo más elevado de las Montañas Rocallosas canadienses, un arcoiris doble se apoderó del cielo por encima de las crestas nevadas de las montañas. Era un majestuoso gesto de bienvenida que nos daba esa naturaleza desmesurada.
Habíamos viajado durante dos horas en automovil desde las planicies, subiendo sin cesar hasta quedar completamente rodeados por esa inmensidad de piedra que parecía arañar el cielo. El Centro estaba en medio de un bosque protegido por la ley como una reserva biológica donde los animales de todo tipo circulaban entre nosotros. Especialmente venados y alces. En el camino vimos un inmenso oso negro escondiéndose entre los árboles. De otro tipo de oso, del Grizly, había oído las historias más temibles. Corren más rápido que un caballo y atacan con su garra enorme directo al corazón. “Justo como algunas personas que conozco”, dijo una de mis amigas.
Al entrar al cuarto que me asignaron lo primero que llamó mi atención fue una circular preventiva:
“Tenga cuidado de los alces porque ahora están en celo. Su periodo reproductivo los hace hipersensibles y agresivos. Nunca los mire a los ojos.” Pronto me daría cuenta de que la misma regla se aplica también a ciertas personas.
Para asistir a la primera sesión de nuestro Congreso tuve que cruzar un prado donde los alces comían despreocupadamente. Me costaba trabajo pensar que una mirada mía pudiera perturbarlos. Así que, escéptico, no tuve mucho cuidado de evitar sus ojos y casi los buscaba seguro de que nada podría producir yo en ellos.
Pero luego me contaron que los alces son tan obsesivos con sus deseos que la noche anterior violaron a unas vacas de plástico hechas con gran destreza por una artista, Maris Bustamante. Las había puesto a la intemperie, en un prado que tiene forma de escenario, justo al pie del ventanal enorme de los comedores.
¿Como podían dejarse engañar por el plástico? No fueron precisamente engañados. Su olfato es excelente. No cabe duda que los tentaba lo desconocido y estaban dispuestos a aparearse con cualquier cosa. Dispuestos a creer en cualquier cosa. Pensé que los humanos no somos muy diferentes. Y tal vez los alces tienen más imaginación de la que suponemos. Esos objetos de arte contaban una historia que los alces creyeron completamente.
Pensé que, si tenemos suerte, los libros producen en nosotros ilusiones similares, instintivas como esas que las vacas de Maris tal vez produjeron sobre los alces desbocados.
En todo caso, en esa ocasión recibí varias lecciones y conocí el más interesante de los libros eróticos que han caído en mis manos. Me lo dio una mujer. Tuvo en mí ese efecto extraño de borrar de golpe la impresión latente de todos los demás. Exactamente como sucede siempre que uno tiene la suerte de hacer el amor con tanto asombro y felicidad que se tiene la sensación de no haberlo hecho nunca antes.
Es tan fuerte el vértigo de sentirse iniciado por primera vez a una nueva dimensión de la vida que, cuando se repite incesantemente se convierte en un vicio, en un valor absoluto. Y uno comienza ya a no hacer nunca el amor buscando el orgasmo o cualquier otro placer imaginable sino insistiendo en el afán perverso de descubrir ese instante irrepetible e impredecible que de pronto nos hace ser los primeros amantes, incluso con la misma persona que se ha vivido esa sensación muchas veces antes.
Y uno va aprendiendo a buscar ritualmente detrás de los gestos conocidos, la entrada a lo radicalmente revelado, a lo inesperado cuya plenitud nos conmociona. La misma mano, los mismos labios, las mismas piernas se cubren y se llenan de una cosa extraña que está hecha del delirio amante (que siempre es distinto y caprichoso) y empiezan a moverse con músculos ocultos. Con los músculos del deseo que en el acto del amor imagina y actúa simultáneamente confundiendo esos dos pasos.
Estábamos en esas montañas tan altas que parecían colgar del cielo más que subir desde la tierra. Y arriba y abajo la nieve cubría todo. A todos nos fue invadiendo una sensación de vivir fuera del tiempo, en un espacio inusitado. El mundo se había pintado de blanco .
Era un Congreso sobre las distintas maneras que tiene el arte de contar historias. Y uno de los temas era “El libro erótico”. En una de las sesiones cada quien tenía que llevar un ejemplar para discutir entre varios sus formas y contenidos.
Nos separamos en pequeños grupos para mostrar nuestros ejemplos. En el nuestro, formado por seis personas, llegamos a un momento en el que nos parecía que todo lo discutible y lo admirable estaba ya sobre la mesa. Sólo faltaba la presentación de una artista joven, excepcionalmente bella, que nos miró sonriendo mientras dijo: “El único libro erótico que tengo es el de mi vida, el de mi cuerpo”. Y comenzó a desvestirse y a mostrarnos y pedirnos que tocáramos en su garganta la cicatriz de la traqueotomía que le hicieron al nacer. Poco a poco fue orientando nuestras manos por cerca de treinta cicatrices que aquí y allá se ocultaban en su cuerpo mientras nos contaba emocionada y con palabras casi contadas, como en un poema, cada historia que la había marcado, literalmente. “Y no soy la única que ha hecho de su piel un libro”. Nos mencionó una película famosa donde la artista Linda Steel contaba así su vida: desnuda frente a una cámara y enumerando cada accidente que la vida le había dejado en la piel.
“Ahora el capítulo final”, dijo con perturbador entusiasmo mientras hundía los dedos en su pubis muy tupido, extraño, inquietante.
Y como si abriera una cortinita de vellos, desplegando también sus labios anchos y suaves, nos mostró las casi imperceptibles huellas de la operación gracias a la cual cumplió desde muy joven su deseo de dejar de ser hombre y se convirtió en una mujer bellísima.
Sus labios vaginales eran esplendorosos, como una orquídea carnosa, su clítoris discreto se volvía abultado e hipersensible incluso a nuestros soplidos y al calor de la cercanía de nuestras manos. Su vagina, delicada y cambiante, profunda y fuerte, era capaz de estrangular nuestros dedos pero también de arroparlos suavemente como si los envolviera una lengua redonda.
Las tres cicatrices largas y muy delgadas que corrían de la boca de la vagina hacia adentro apenas y eran perceptibles por mis dedos. Orientado por ella las toqué y creció en mí la sensación de verlas claramente, de mirar la perspectiva que formaban perdiéndose en el fondo. Era como el llamado de un abismo para los suicidas extremos. Estaba mirando con las manos. Mirándola por dentro.
Y cuando mis ojos se cruzaron con los suyos comprendí de lleno a los alces. Me convertí por unos instantes en un cuadrúpedo enorme trotando sobre sus colinas y entre sus bosques, rascándome en sus árboles, perdido en la noche de su cuerpo. En el segundo de un parpadeo tuve otra vida. Una que se agotaba en su cuerpo.
Al vestirse de nuevo nos dijo como conclusión de sus ideas, que por cierto he ido confirmando todos estos años: “un buen libro erótico nunca se cierra, sigue vivo en las manos y en los ojos de quien bien gozó sus formas”.
Al regresar al auditorio con los otros grupos cada uno hizo un resumen de lo más notable que habíamos discutido. No hubo duda que ella debería relatar nuestra experiencia. Y para continuar asombrándonos tanto como antes, ella contó detalladamente en público cómo nos había hecho leer su cuerpo con las manos y creer una historia de transexualidad que no era cierta. Pero que su arte nos la hizo verosímil e inolvidable. Como un buen libro erótico. Ese es desde entonces mi libro favorito.
Al salir, ahora sí, tuve mucho cuidado de no mirar a los ojos de los alces.





LA CENIZA DEL VOLCÁN URBANO



Antes de ser ceniza fue mi padre. Y antes fue el niño asombrado que, una noche sin luna, al cruzar en bicicleta el cementerio en ruinas de su pueblo, vio flotar puntos brillantes entre las piedras rotas. No eran luciérnagas ni estrellas sino el fósforo carcomido que el viento arrancaba de las tumbas más viejas. Muertos antiguos que abandonaban hechos polvo sus sepulturas. Y el niño sintió que entraba por error al tunel obscuro, picado de luz, que une al cielo con la tierra. Donde los muertos van y vienen con el viento.
Cuando éramos niños mi padre nos contaba ese recuerdo y todavía temblaba al describir los detalles. Pero siempre terminaba diciéndonos que la misma sensación excesiva, bella y terrible tuvo la noche que llegó a vivir a la ciudad de México y vió extendido en el horizonte un mar de luces y se fue hundiendo en el ruido de las calles, en la cantidad de gente indiferente y de prisa, como nunca había visto. Tenía dieciocho años. Venía de un pueblo del norte de México, de Sonora, donde el desierto y el mar unen sus vacíos. Y llegó cuando la ciudad era diez veces menos grande. El caminaba de orilla a orilla para ver a su novia por las tardes. Si ahora hiciera lo mismo la vería solamente una vez a la semana.
Pero le gustaba la ciudad y presumía de conocerla palmo a palmo. La disfrutaba hasta en sus mapas, que siempre tenía con él y no dejaba de abrir al azar para callejear con los ojos. Durante sus veinte años de taxista nadie le había pedido que lo llevara a una calle que él no conociera. Y decía que ningún otro taxista era capaz de lo mismo. Cuando le decíamos que regresara a su pueblo de Sonora se enojaba y gritaba que nunca la abandonaría. Que era su ciudad.
Casi todos los que comenzaron a trabajar con él abandonaron ese oficio. Sobre todo en la época que hubo una limpia en la policía de la ciudad y a uno de los policías despedidos por corrupción se le ocurrió pedir a sus amigos y socios que permanecieron dentro un permiso para ser propietario de taxis. Hacía muchos años que la policía no daba esos permisos y en un mes los setecientos despedidos de la corporación por vínculos evidentes con el crimen se convirtieron en taxistas. Y comenzó esa oleada de asaltos en los taxis que no ha hecho sino crecer desde entonces sin que ningún gobernante se atreva a tocarla. Los beneficios de ese negocio en movimiento se derraman hacia adentro de la policia.
Los taxistas como mi padre huyen de los que llaman entre ellos submarinos: falsos taxistas que emergen atacando a su pasaje. Y cuando alguno se atrevió a denunciarlos, amaneció misteriosamente ahogado en los viejos canales de desague de la ciudad. En una colonia muy popular los vecinos atraparon y lincharon a unos taxistas asaltantes. Cada día es más frecuente que cuando la policía no actúa los vecinos ejecutan su justicia. Dicen que hay un promedio de cinco linchamientos diarios en la ciudad y sus alrededores.
En todo eso iba pensando mientras mi avión volaba ya sobre la ciudad de México el otro día, cuando regresé de urgencia al velorio de mi padre. Me llamaron al restaurante donde trabajo en Palo Alto, y mis hermanos me contaron que mi padre había muerto, que me viniera de volada, que ellos me prestaban para el avión si no tenía.
Así me vi de pronto, en ese avión que rodeaba los volcanes, viendo desde arriba las fumarolas del Popocatepetl, y la nube de ceniza que iba extendiendo sobre la ciudad como un manto fino que cada segundo se hacía más delgado ante mis ojos. Recordé la primera mañana que el taxi de mi padre amaneció cubierto de ceniza, hace unos años, cuando resucitó la montaña y mi padre dijo, mientras limpiaba su auto verde claro: “ya nos vamos acercando, cuando ves ceniza la muerte anda cerca”.
Como el aeropuerto está en el corazón de la ciudad alcancé a ver la calle donde vivimos, los pocos parques, y el caos de casas como si fuera lava, como si fueran cubos desordenados que bajaron del volcán y llenaron todo el valle, hasta la orilla de las otras montañas. En su movimiento levantaron un polvo amarillo que se detenía plano en el cielo conviertiéndose en la tapa opaca que cerraba por arriba al valle, a la ciudad, como un frasco con luciérnagas amontonadas o más bien como un cofre de cristal sucio por dentro.
En el avión, busqué el periódico donde mis hermanos me habían dicho que se contaba el asesinato de mi padre. Era una nota breve en la tercera plana de una sección llamada Ciudad. El reportero había reconstruido la escena con los testimonios de toda la gente que presenció aquello. Mi padre había levantado a un cliente unos veinte minutos antes. Al pasar frente a uno de esos mercados ambulantes que se ponen en la calle un día a la semana le dijo al pasajero que tenía urgencia de ir al baño, que por favor lo esperara. Mi padre preguntó en varios puestos donde había un baño y le dijeron que desde hace meses el nuevo gobierno de la ciudad ya no les ponía las letrinas portátiles que antes siempre acompañaban a los mercados ambulantes, a los tianguis. El buscó ocultarse detrás de un puesto de lonas altas y, sobre el muro de una casa, comenzó a orinar abundantemente. No había terminado cuando un habitante de la casa salió furioso gritándole: “¿Quién te envía? ¿Quién te está pagando para que vengas a mear mi casa?”
Entró corriendo y salió de nuevo con un cuchillo de cocina en la mano. Mi padre no terminaba todavía cuando se lo hundió en el estómago y lo volvió a hacer tres veces.
La policía llegó después y tocó en la puerta del asesino, estaba lavando su cuchillo en la cocina. Pero abrió gritanto: “yo no fui, fue culpa de quienes lo mandaron a perjudicarme. Sólo él sabe quien fue.” Después se supo que el asesino era miembro de una de las doscientas treinta bandas de secuestradores que operan en la ciudad de México. Estaba escondiéndose de sus antiguos socios que siempre lo hostigaban y ahora lo buscaban para matarlo. Era la quinta vez que se mudaba de casa dentro de la ciudad. Según el reportero, el asesino había desarrollado una paranoia, en gran parte justificada, y mi padre se había metido en su delirio justo en el momento menos oportuno. Y yo no entendía como mi padre adoraba esta ciudad que conocía hasta la médula. La conoció y amó tanto que, como un insecto atraído por su luz tocó el fuego de su violencia hasta consumirse en ella.
Unas horas después estaba en la agencia funeraria con toda mi familia y los amigos y los vecinos. Todos estuvieron ahí un día y medio antes de que yo llegara. Apenas alcancé a verlo unos minutos. Y mirándolo tan ausente, sólo pude pensar en el sentido del humor que siempre tenía y en cómo no hubiera desprovechado esa oportunidad para hacer alguna broma sobre sí mismo. Lo comenté con mis hermanos y nos dio un ataque de risa recordando sus historias, sus carcajadas. Casi lo oímos reir mientras lo mirábamos muerto. Se lo llevaron muy pronto. El viento cerró de golpe las ventanas del salón donde aguardábamos mientras lo incineraban, y tanto yo como mis hermanos tuvimos la sensación de que él venía en esa corriente de aire a decirnos adiós.
Me entregaron una caja de madera clara con sus cenizas. Una parte de ellas, como polvo indiscreto, se había quedado encima y tuve la tentación de soplarla. Pero la conciencia de que eso era mi padre me detuvo. Cuando me pusieron esa caja en las manos sentí un golpe en el cuello y un jalón en el estómago. Cerré un instante los ojos y miré resplandores en medio de mi mareo. Conservé los ojos cerrados y recordé al niño del cementerio que creía haberse metido por error al tunel obscuro, picado de luz, que une a los vivos con los muertos, el niño asombrado que era mi padre antes de ser ceniza de la ciudad en mis manos.

miércoles, 27 de abril de 2011

Sobre la vida y la obra. Conversación con Roberto Bolaño. Por Pedro Donoso



A Bolaño lo conocimos plantado ante la muerte, con un cigarrillo humeante y su dicción latina, pseudo mexicana, chilena, española. Nos dijo de entrada que no tenía nada que enseñarnos, que no había otra que dar la pelea e intentar ser una buena persona. Algunos dudaron de ese consejo, olvidando que la bondad y la belleza fueron una misma cosa cuando los griegos inventaron Occidente. Después, simplemente recorrió con nosotros algunos pasajes de su vasta geografía literaria (Vila-Matas después confesaría que Bolaño era su barómetro lector).



Era el otoño del 2002 cuando lo conocimos y con toda valentía y apurando el tranco, Bolaño llegó a vivir hasta el verano siguiente. Le importaba acabar su novela 2666 porque sabía que tenía las horas contadas. Pero también sabía que nada perdura. Dudaba de los beneficios de la perpetuidad literaria. Ahora rondan sus comentaristas y su foto aparece con su cara de tristeza irónica. Y de Bolaño sólo queda el humo de un cigarrillo y sus libros de perros románticos y detectives metafísicos.


Cuando conversamos de la entrevista quise saber un poco más de su poesía.


Transcribo ahora lo que comenzó con la cita de un cuento escrito por un amigo que dice: “La idea central es que hay güeyes que escriben sobre la vida y güeyes que la viven. La idea central es que no se puede hacer las dos cosas al mismo tiempo sin terminar convertido en un pobre pendejo a medio camino entre ser y no ser, entre estar y no estar. La idea central es que o eres o te haces, no hay un punto intermedio.”

¿Tú cómo lo ves, Roberto? Tengo la impresión que la ficción literaria nunca sabe de sus límites respecto a lo real. ¿Cómo ves en tú caso esta posición entre ficción y realidad, en general, y entre tu vida y tu obra literaria, más específicamente?
Es difícil para mí separar la ficción de la autobiografía, salvo en casos muy concretos, casos en los que, además, percibo un cierto aire de pastiche. Durante mucho tiempo se dijo -yo lo dije- que la única patria de un escritor era su lengua. Ya no lo creo. Tampoco creo que mi patria sea mi literatura ni la literatura. Más bien diría que mi patria es mi vida, es decir que mi patria es algo frágil y débil e insignificante. También podría decir, siguiendo esta línea, que estoy exiliado de mi patria y que vivo en la patria de los otros, como emigrante sin papeles, y que procuro no molestar ni estar demasiado tiempo en un lugar.

Le doy otra vuelta de tuerca al tema. ¿La literatura vive a través de uno? ¿Hasta qué punto estamos siempre dándole vida, encarnando, la letra (de otros)?
La literatura siempre vive a través de uno. Del escritor o del lector: llegado a un cierto punto de ebullición, ambas figuras se confunden. De aquí pueden salir unos equívocos espantosos, por cierto, unos egos hipertrofiados, una literatura aquejada de raquitismo, pero así es la cosa.

Pero, por otra parte ¿no se transforma uno mismo, la propia vida, en proyecto literario? Tal vez, al mismo tiempo que creador de personajes, uno se inventa a sí mismo como autor.
No, eso no lo creo. Puede que alguna vez lo creyera, pero ya no. Uno puede aprender miles de cosas, puede -y esto es tal vez lo más importante- aprender a ser mejor, más bueno, puede adquirir buenos modales, puede convertirse en un ser más civilizado, puede aprender a sumar y a dividir, pero no se inventa a sí mismo. Te inventan, es posible, a hachazos, en una o dos ocasiones a lo largo de toda tu vida. Te iluminan de forma misteriosa, y casi nunca te das cuenta, en ocasiones eres tú el que da la lección aunque más generalmente eres tú el que recibe la lección, pero inventarse a sí mismo no. Además, ¿para qué? ¿En base a qué lecturas? En realidad, si nos inventáramos a nosotros mismos tendríamos los pies de barro. Y probablemente el planeta se parecería mucho más a un manicomio de lo que parece ahora.

Hablando de poesía, Rimbaud, el ejemplar, después de haber sido un ángel ¿qué crees que fue a hacer a Abisinia?
Africa, para Rimbaud, fue el orfidal, el tranxilium que necesitaba. La puesta en práctica de ser otro. La vuelta al orden. Un rayo misterioso. La inauguración del Museo de la Amnesia. Algo que no comprenderemos jamás.

En este tema, -la relación entre vida y obra- ¿cómo acomodas tu poesía? ¿Sientas a la belleza en tus rodillas?
Más bien ha sido la belleza la que me ha sentado en sus rodillas. Aunque en esto de la belleza, como se solía decir a principios del siglo XX, siempre he sido un hombre liberal. Es decir, he visto belleza en todas partes, incluso en los sitios en donde era evidente que no estaba, pero incluso allí, en la ausencia de belleza, había algo, un hueco o un vacío infinitamente triste que testimoniaba una presencia perdida, y que con su testimonio, digamos, con su psicofonía, volvía a hacer visible el fantasma de la belleza.

¿Cuál es la relación entre tu poesía y tu prosa? ¿Complementaria, comunicante, tangente, impronunciable?
Son dos primas hermanas que se llevan bien. Mi poesía es platónica, mi prosa es aristotélica, ambas abominan de lo dionisiaco, ambas saben que lo dionisiaco ha triunfado.

Me sorprendió tu libro Amberes (Anagrama, 2002). Es prosa, pero conociendo algunos tópicos de tu poesía da la impresión que comparten obsesiones y formas ¿me equivoco?
No, cuando escribí Amberes la distancia formal, o mejor dicho estructural, entre poesía y prosa, para mí no existía. Amberes, por otra parte, es uno de los pocos libros que, tras publicarlo, no me resulta bochornoso, o bochornoso del todo, releer. Tal vez, aunque esta explicación es posible que desvirtúe los méritos que el libro pueda tener, porque veo en sus páginas que el joven que fui permanece y dura. Y eso siempre es un consuelo, un consuelo de apenas treinta segundos, pero consuelo al fin y al cabo.

¿No habría que hacerlo al revés: en lugar de partir escribiendo poesía, como muchos, culminar en ella?
La culpa la tiene el verso libre. Y el número de páginas por llenar. La poesía, incluso la mejor, no sé si estarás de acuerdo conmigo, siempre tiene cara de joven. La mejor prosa siempre tiene cara de viejo o de tipo madurito. En cualquier caso, de tipo preocupado, de tipo que tiene que llenar muchas páginas y sobre el que pesa una responsabilidad. Incluso, y esto es lo peor, una responsabilidad mercantil. Hoy, por ejemplo, es difícil imaginar a Victor Hugo, con menos de treinta años, afiebrado escribiendo versos. En cambio es fácil verlo de barba blanca consultando mapas y enciclopedias, o mirando Francia desde una roca de la isla de su exilio, con una preocupación "política" y no "poética". A Byron, sin embargo, siempre lo vemos joven. Es decir, lo vemos irresponsable, nadando por el gran canal de Venecia o buscando con una irresponsabilidad soberana la muerte en Venecia. A Whitman también, un viejo con un cuerpo juvenil, dando grandes zancadas. Y Baudelaire: un yonki veinteañero, lúcido como una enana roja. En realidad, todos los grandes poetas aparecen en el imaginario de los lectores como adolescentes eternos, salvo dos, que son dos de mis poetas favoritos. Homero, al que nos cuesta imaginar joven, y Borges, que escribió sus mejores poemas en la edad adulta o ya en la ancianidad. En la poesía de ambos, sin embargo, es dable percibir una nostalgia feroz por la juventud, por el vigor de la juventud. Ambos son enormes, inabarcables. Curiosamente, los dos son ciegos.

En el prólogo a Los perros románticos, Pere Gimferrer menciona en las primeras líneas a Parra y la antipoesía. También están tus ‘Pasos de Parra’ ¿te consideras, en algún punto, antipoeta o heredero de sus artes? ¿Qué importancia tiene la antipoesía para tu trabajo?
La antipoesía, no lo sé. Probablemente mucha. Nicanor Parra, la persona y el poeta y la presencia, toda. Qué más quisiera yo que parecerme a Parra. Lamentablemente sólo me parezco a Bolaño.

Muchas de tus poesías, y quizás vuelvo a repetir la pregunta, descartan la abstracción, no parecen despegarse del suelo. En este sentido, parecen relatos evocatorios, listados de posibilidades. ¿Debe la poesía proponerse lo sublime suprimiendo toda metáfora? ¿Debe proponerse lo sublime, si tan siquiera?
Creo que la poesía debería intentar ser clara, eso para empezar. Los desmanes líricos o metafóricos suelen ser aburridos y no soportan las relecturas.

A veces, leyendo algunos de tus poemas tengo la impresión que eres el primer autor de ‘poesía policiaca’. ¿Tú qué piensas?
Yo creo que el primer autor de poesía policiaca fue Poe, no en sus poemas sino en sus cuentos, que poseen más densidad poética que sus poemas. La verdad es que lo que solemos llamar "policiaco" recorre toda la literatura, desde sus orígenes, y no es otra cosa que la búsqueda de la imagen del enigma y la posibilidad subsiguiente de descifrar ese enigma. La poesía religiosa es poesía policiaca, La poesía metafísica. La poesía simbolista. En realidad, lo policiaco, como especificidad, no existe. Llamamos literatura policiaca a aquellos textos que nacen con Poe y siguen con Conan Doyle y que llegan hasta Hammett y Chandler y ahora el magnífico Ellroy, pasando por autores tan dispares como Borges o Dürrenmatt o Robbe-Grillet, pero en realidad lo hacemos por comodidad, la comodidad de lo etiquetado. Que tampoco está mal.

Otra instancia que aparece con frecuencia es el coito, el amor carnal como un intento desesperado. ¿Es necesariamente el sexo un ‘territorio invadido por el amor’, como decía Kundera, o hay que pensar que es el primer intento por iniciar la salvación? De la lectura de tus poemas se puede ver que amor-sexo-mujer aparecen reflejados como un elemento de rescate, un salvavidas ¿o no?
Ah, sobre el sexo no tengo nada que decir. Me callo la boca. Sobre los salvavidas puedo decir algo: suelen hundirse en el fondo del mar. En mi defensa puedo añadir que nunca quise poseer a nadie ni ser poseído. No tengo esclavos. Mucho menos, esclavas.

Finalmente, algo que se repite es el cansancio, la fatiga melancólica de la derrota, una sensación crepuscular. Hay que salir a luchar aunque sea inútil, aunque la derrota no sea placentera, ni evitable, ni postergable, aunque todo vaya a transformarse en memoria, a lo más. ¿No es eso dulce, poeta troyano?
Yo soy de los que creen que el ser humano está condenado de antemano a la derrota, a la derrota sin apelaciones, pero que hay que salir y dar la pelea y darla, además, de la mejor forma posible, de cara y limpiamente, sin pedir cuartel (porque además no te lo darán), e intentar caer como un valiente, y que eso es nuestra victoria. En términos menos abstractos y menos pugilísticos: es como salir de noche, digamos, como salir en Asia, como ser pastor errante en Asia y contemplar la noche, y no ceder al deseo de la muerte. Aunque ser pastor y estar en Asia y contemplar las múltiples estrellas son casi sinónimos de la muerte, ¿no?

domingo, 24 de abril de 2011

Higiene del asesino. Por Amelie Nothomb



-Entonces, qué, ¿ya empezó la guerra?
-Bueno ... sí, ya está, los primeros misiles han sido...
-Eso está bien.
-¿Le parece que sí?
-No me gusta que la juventud esté ociosa. Así que, en este 17 de enero, los muchachos han podido por fin empezar a divertirse.
-Si usted lo dice.
-¿Qué, a usted no le divertiría?
-Francamente: no.
-¿Le parece más divertido perseguir a ancianos adiposos con un magnetófono?
-¿Perseguir? Pero nosotros no le perseguimos, es usted quién nos ha autorizado a venir.
-¡Jamás! ¡Es otro golpe bajo de Gravelin, ese perro!
-Veamos, señor Tach, es usted perfectamente libre de decir no a su secretario, es un hombre sacrificado que respeta todos sus deseos.
-No sabe lo que está diciendo. Me tortura y no me consulta jamás. Esa enfermera, por ejemplo, ¡es idea suya!
-Vamos, señor Tach, cálmese. Retomemos la entrevista. ¿Cómo se explica usted el éxito extraordinario...?
-¿Quiere un alexander?
-No, gracias. Decía: el éxito extraordinario de...
-Espere, yo sí quiero uno.
Paréntesis alquímico.
-Esta guerra tan fresca me ha dado unas ganas furiosas de tomarme un alexander. ¡Es un brebaje tan solemne!
-Bien. Señor Tach, ¿cómo se explica usted el éxito extraordinario de sus obras en todo el mundo?
-No me lo explico.
-Vamos, seguro que habrá tenido que pensar en ello e imaginar las respuestas.
-No.
-¿No? ¿Ha vendido millones de ejemplares en China, y eso no le ha hecho reflexionar?
-Cada día, las fábricas de armamento venden miles de misiles en todo el mundo, y eso tampoco les hace reflexionar.
-Eso no tiene nada que ver.
-¿Usted cree? El paralelismo, sin embargo, salta a la vista. Esa acumulación, por ejemplo: se habla de carrera armamentística, también debería hablarse de «carrera literaria». Es un argumento de peso como cualquier otro: cada pueblo enarbola su escritor o sus escritores como si fueran cañones. Tarde o temprano me enarbolarán, a mí también, y le sacarán brillo a mi premio Nobel.
-Si lo cree así, estoy de acuerdo. Pero, gracias a Dios, la literatura resulta menos nociva.
-No la mía. La mía es más nociva que la guerra.
-¿No se estará adulando a sí mismo?
-Alguien tiene que hacerlo, ya que soy el único lector capaz de comprenderme. Sí, mis libros son más nocivos que una guerra, ya que dan ganas de morir, mientras que la guerra, ella, da ganas de vivir. Después de leerme, la gente debería suicidarse.
-¿Y cómo se explica que no lo haga?
-Esto, en cambio, lo explico muy fácilmente: se debe a que nadie me lee. En el fondo, puede que ésta sea la razón de mi extraordinario éxito: si soy famoso, querido, es porque nadie me lee.
-¡Menuda paradoja!
-Al contrario: si esos infelices hubieran intentado leerme, me habrían tomado ojeriza y, para vengarse del esfuerzo que les habría infligido, me habrían condenado a las mazmorras. Mientras que, al no leerme, les parezco relajante y, en consecuencia, simpático y digno de éxito.
-He aquí un razonamiento extraordinario.
-Pero irrefutable. Mire, tomemos a Homero: nunca ha sido tan famoso como ahora. Sin embargo, ¿conoce a muchos lectores que de verdad hayan leído La Ilíada y la auténtica Odisea? Un puñado de filólogos calvos, nada más, porque no irá usted a considerar lectores a los raros estudiantes dormidos que aún balbucean a Homero sobre los bancos del instituto pensando exclusivamente en Dépêche Mode o en el sida. Y, precisamente por eso, Homero es la referencia.
-Suponiendo que eso sea cierto, ¿le parece una buena razón? ¿No le parece más bien penoso?
-Excelente, insisto. ¿Acaso no resulta reconfortante, para un auténtico, un puro, un gran, un genial escritor como yo, saber que nadie le lee? ¿Que nadie ensucia, con su grosera mirada, las maravillas que he dado a luz desde lo más recóndito de mi ser y de mi soledad?
-Para evitar esa mirada grosera, ¿no habría sido más sencillo no editar nada en absoluto?
-Demasiado fácil. No, mire usted, la cima del refinamiento es vender millones de ejemplares y no ser leído.
-Sin contar el dinero que habrá ganado.
-Es cierto. Me gusta mucho el dinero.
-¿A usted le gusta el dinero?
-Sí. Resulta fascinante. Nunca le he encontrado utilidad alguna, pero me encanta mirarlo. Una moneda de cinco francos es hermosa como una margarita.
-Nunca se me habría ocurrido semejante comparación.
-Normal, usted no es premio Nobel de Literatura.
-En el fondo, ese premio Nobel, ¿no le parece que desmonta su teoría? ¿Tendrá que admitir que, por lo menos, el jurado del Nobel sí le ha leído?
-Nada es menos seguro. Pero, en el supuesto de que los miembros del jurado me hubieran leído, crea usted que eso no cambia en nada mi teoría. Hay muchas personas que llevan la sofisticación hasta el extremo de leer sin leer. Como hombres-rana, atraviesan los libros sin mojarse lo más mínimo.
-Sí, ya habló de eso en una entrevista anterior.
-Son los lectores-rana. Constituyen la inmensa mayoría de los lectores humanos y, sin embargo, no descubrí su existencia hasta muy tarde. Soy tan ingenuo. Creía que todo el mundo leía como yo; yo leo igual que como: no significa únicamente que lo necesito, significa sobre todo que entra dentro de mis cálculos y que los modifica. Uno no es el mismo si ha comido morcilla que si ha comido caviar; uno tampoco es el mismo si acaba de leer a Kant (Dios me preserve de hacerlo) o a Queneau. Por supuesto, cuando digo «uno» debería decir «yo y algunos más», ya que la mayoría de la gente emerge de Proust o de Simenon sin inmutarse, sin haber perdido ni un ápice de lo que eran antes y sin haber adquirido un ápice de más. Han leído, eso es todo: en el mejor de los casos, saben «de qué se trata». No crea que exagero. Cuántas veces he preguntado a personas inteligentes: «¿Este libro le ha cambiado?» Y me miraban con los ojos muy abiertos y aspecto de decir: «¿Por qué quiere usted que cambie?»
-Permítame que me sorprenda, señor Tach: acaba de hablar como un defensor de los libros con mensaje, lo que no parece propio de usted.
-No es usted muy listo, ¿no es cierto? ¿De verdad cree que son los libros con «mensaje» los que pueden cambiar a un individuo? Pero si son precisamente los que menos lo cambian. No, los libros que marcan y que metamorfosean son los otros, los libros de placer, los libros de genio y, sobre todo, los libros de belleza. Tomemos, por ejemplo, un gran libro de belleza: Viaje al final de la noche. ¿Cómo continuar siendo el mismo después de haberlo leído? Pues bien, la mayoría de los lectores logran superar esa proeza sin dificultad. Después, le dicen a uno: «Ah, sí, Céline, es estupendo», y regresan a sus asuntos. Evidentemente, Céline es un caso extremo, pero podría hablar de otros. Uno nunca es el mismo después de leer un libro, aunque sea del modesto Leo Malet: un Leo Malet le cambia a uno. Después de leer a Leo Malet, uno ya no mira a las chicas con impermeable como las miraba antes. ¡Ah, pero no crea, es muy importante! Modificar la mirada: ésta es nuestra gran obra.
-¿No le parece que, consciente o inconscientemente, cada persona ha modificado su mirada tras terminar un libro?
-¡Oh, no! Sólo la flor y nata de los lectores es capaz de algo semejante. Los otros siguen viendo las cosas con su simplicidad inicial. Y, aún así, aquí estamos hablando de lectores, que son, en sí, una especie muy rara. La mayoría de la gente no lee. Respecto a esto, existe una cita estupenda, de un intelectual cuyo nombre he olvidado: «En el fondo, la gente no lee; o, si lee, no comprende lo que lee; o, si lo comprende, lo olvida». Eso resume admirablemente la situación, ¿no le parece?
-En ese caso, ¿no resulta trágico ser escritor?
-Si hay algo trágico en ello, no viene de aquí. Es una ventaja no ser leído. Todo está permitido.
-Pero, de todos modos, al principio alguien tuvo que leerle, si no, no se habría hecho famoso.
-Al principio, quizá un poco.
-Vuelvo, pues, a mi pregunta inicial: ¿a qué atribuye usted este éxito extraordinario? ¿En qué medida respondía a una espera del lector?
-No lo sé. Eran los años treinta. No había televisión, algo tenía que hacer la gente.
-Sí, pero ¿por qué usted en lugar de otro escritor?
-De hecho, mi gran éxito se inició después de la guerra. Resulta divertido, por otra parte, pues no participé para nada en aquella fantochada: ya estaba casi inválido, y diez años antes me habían declarado inútil por obesidad. 1945 significó el comienzo de mi gran expiación: confusamente o no, la gente empezó a sentir que tenía cosas que reprocharse. Entonces cayeron sobre mis novelas, que vociferaban como una maldición, que rebosaban basura, y decidieron que aquello era un castigo a la desmesura de su vileza.
-¿Lo era?
-Podía serlo. También podía ser otra cosa. Pero ya sabe, vox populi, vox dei. Luego, enseguida dejaron de leerme. Igual que a Céline, por otra parte: Céline es, probablemente, uno de los escritores que ha sido menos leído. La diferencia es que a mí no se me leía por motivos nobles, mientras que a él no se le leía por motivos innobles.
-Habla mucho de Céline.
-Me gusta la literatura, caballero. ¿Le sorprende?
-Supongo que a él no lo expurgará.
-No. Es él quien no deja de expurgarme a mí.
-¿Lo conoció?
-No, hice algo mejor: lo leí.
-Y él, ¿le leyó a usted?
-Seguro. Lo noté con frecuencia mientras lo leía.
-¿Influyó usted en Céline?
-Menos de lo que él me influyó a mí, en todo caso.
-¿Y a quién más influyó usted?
-A nadie, por supuesto, ya que nadie más me ha leído. En fin, gracias a Céline, habré sido leído -leído de verdad- por lo menos una vez.
-¿Ve como desea ser leído?
-Por él, sólo por él. Los demás me importan un bledo.
-¿Ha conocido a otros escritores?
-No, no he conocido a nadie y nadie ha venido a conocerme. Conozco a muy poca gente: a Gravelin, por supuesto, y al carnicero, al lechero, al tendero y al vendedor de tabaco. Creo que a nadie más. Ah, sí, y a esa puta de enfermera, y a los periodistas. No me gusta ver a la gente. Si vivo solo, no es tanto por amor a la soledad como por odio al género humano. Podrá escribir en su periodicucho que soy un asqueroso misántropo.
-¿Por qué es usted misántropo?
-Supongo que no habrá leído La mala gente, ¿verdad?
-No.
-Claro. Si lo hubiera leído, sabría por qué. Existen miles de motivos para odiar a la gente. Para mí, el más importante es su mala fe, que resulta absolutamente incorregible. Esta mala fe nunca estuvo tan de moda como en la actualidad. Como supondrá, he conocido muchas épocas: sin embargo, puedo afirmar que nunca había odiado tanto una época como odio ésta. La era de la mala fe en pleno. La mala fe es mucho peor que la deslealtad, la hipocresía, la perfidia. En primer lugar, tener mala fe significa mentirse a sí mismo, no debido a eventuales problemas de conciencia, sino por una almibarada autosatisfacción, con hermosas palabras como «pudor» o «dignidad». Luego, significa mentir a los demás, pero no con mentiras honestas y malvadas, no para sembrar el caos, no: con mentiras hipócritas, mentiras light que te sueltan con una sonrisa falsa, como si tuvieran que hacerte ilusión.
-¿Por ejemplo?
-Pues la actual condición femenina.
-¿Cómo, no será usted feminista?
-¿Feminista, yo? Odio a las mujeres todavía más que a los hombres.
-¿Por qué?
-Por miles de razones. En primer lugar porque son feas: ¿ha visto usted algo más feo que una mujer? ¿A quién se le ocurre tener pechos, caderas, por no hablar del resto? Y, además, odio a las mujeres como odio a todas las víctimas. Menuda gentuza, las víctimas. Si extermináramos a fondo esta raza, puede que finalmente alcanzáramos la paz, y puede que las víctimas lograran al fin lo que desean, o sea: el martirio. Las mujeres son unas víctimas especialmente peligrosas porque son, antes que nada, víctimas de sí mismas. Si desea conocer lo más vil y despreciable de los sentimientos humanos, examine los que alimentan las mujeres hacia las demás mujeres: se estremecerá de horror ante tanta hipocresía, envidia, maldad, bajeza. No verá nunca a dos mujeres luchar noblemente a puñetazos, ni siquiera intercambiando una sólida sarta de insultos: en su mundo, triunfan los golpes bajos, las pequeñas frases inmundas que duelen mucho más que un directo a la mandíbula. Me dirá usted que eso no es nuevo, que el universo femenino es así desde Adán y Eva. Yo digo que el destino de la mujer nunca ha sido peor que ahora; por culpa de ellas, estamos de acuerdo, pero ¿qué cambia eso? La condición femenina se ha convertido en el escenario de la mala fe más repugnante.
-Sigue sin explicar nada.
-Analicemos la situación como era antes: la mujer es inferior al hombre, eso es de cajón -basta observar lo fea que es-. En el pasado, ninguna mala fe: nadie le escondía su inferioridad y se la trataba como tal. Hoy, la situación da asco: la mujer continúa siendo inferior al hombre -sigue siendo igual de fea-, pero le dicen que es igual a éste. Al ser estúpida, ella se lo cree, claro. Sin embargo, se la sigue tratando como a una inferior: los salarios son tan sólo una prueba insignificante de lo que estoy diciendo. Las otras pruebas son, mucho más graves: las mujeres siguen yendo a la zaga en todos los campos, empezando por el de la seducción -lo que no resulta nada sorprendente dada su fealdad, su poca inteligencia y, sobretodo, la asquerosa hosquedad de la que hace gala a la más mínima ocasión-. Admire, pues, la mala fe del sistema: hacerle creer a una esclava fea, estúpida, malvada y sin encanto, que parte con las mismas posibilidades que su amo, cuando en realidad no cuenta ni con una cuarta parte de las oportunidades de éste. A mí, eso me parece repugnante. Si fuera mujer, me sentiría asqueada.
-¿Supongo que concebirá la posibilidad de que uno no esté de acuerdo con usted?
-«Concebir» no es el verbo adecuado. No lo concibo, me disgusta. ¿En nombre de qué mala fe lograría contradecirme?
-En nombre de mis gustos, en primer lugar. A mí, las mujeres no me parecen feas.
-Mi pobre amigo, tiene usted unos gustos de cagadero.
-Un pecho es hermoso.
-No sabe lo que está diciendo. Sobre el papel satinado de las revistas, esas protuberancias de hembra ya rozan lo inadmisible. ¡Qué le voy a decir de las que pertenecen a las auténticas hembras, las que no se atreven a mostrar y que son la inmensa mayoría de las protuberancias mamarias? ¡Qué asco!
-Éstos son sus gustos. Uno puede no compartirlos.
-Claro, incluso los callos que se venden en algunas carnicerías pueden parecerle hermosos: nada está prohibido.
-Eso no tiene nada que ver.
-Las mujeres son un montón de carne asquerosa. A veces, se dice de una mujer especialmente fea que es un callo: la verdad es que todas las mujeres son callos.
-Entonces, permítame preguntarle ¿qué se considera usted?
-Un montón de manteca de cerdo. ¿No se nota?
-Los hombres, en cambio, le parecen hermosos.
-Yo no he dicho eso. Los hombres tienen un físico menos espantoso que las mujeres. Pero no por ello son hermosos.
-¿Nadie es hermoso, entonces?
-Sí. Algunos niños son hermosos. Por desgracia, no suele durar.
-¿Considera que la infancia es una edad bendita?
-¿Ha oído lo que acaba de decir? «La infancia es una edad bendita.»
-Es un tópico, pero es verdad, ¿no?
-¡Claro que es verdad, animal! ¿Pero era necesario decirlo? Todo el mundo lo sabe.
-De hecho, señor Tach, es usted una persona desesperada.
-¿Y ahora se entera? Descanse, jovencito, tanto genio podría agotarle.
-¿Cuáles son los fundamentos de su desesperación?
-Todo. No es tanto el mundo, cómo está organizado, sino la vida. La mala fe actual consiste en afirmar lo contrario. ¿No oye cómo balan todos a coro? «¡La vida es beeeeellllla! ¡Amamos la vida!» Oír semejantes idioteces me saca de mis casillas.
-Quizá esas idioteces sean sinceras.
-Yo también lo creo, y eso todavía es peor: demuestra que la mala fe resulta eficaz, que la gente se traga esas chorradas. De este modo, tienen una vida de mierda con un trabajo de mierda, viven en sitios espantosos con personas horribles, y llevan la abyección hasta el extremo de llamarle a todo eso felicidad.
-¡Pero, mejor para ellos, si son felices, así!
-Mejor para ellos, usted lo ha dicho.
-¿Y a usted, señor Tach, qué le hace sentirse feliz?
-Nada. Me dejan en paz, y eso ya es algo; en fin, me dejaban en paz.
-¿Nunca ha sido feliz?
Silencio.
-¿Debo entender que ha sido feliz?... ¿Debo entender que nunca ha sido feliz?
-Cállese, estoy pensando. No, nunca he sido feliz.
-Eso es terrible.
-¿Quiere un pañuelo?
-¿Ni siquiera de niño?
-Nunca fui niño.
-¿Qué quiere decir?
-Eso, exactamente.
-¡Pero habrá sido pequeño!
-Pequeño sí, pero no niño. Ya era Prétextat Tach.
-Es verdad que no se sabe nada de su infancia. Sus biografías siempre se inician cuando usted ya es adulto.
-Lógico, ya que no he tenido infancia.
-Pero habrá tenido padres, supongo.
-Acumula usted intuiciones geniales, jovencito.
-¿A qué se dedicaban sus padres?
-A nada.
-¿Cómo?
-Vivían de renta. Una antigua fortuna familiar.
-Además de usted, ¿existen otros descendientes?
-¿Quién le envía, Hacienda?
-No, sólo quería saber si...
-Ocúpese de sus asuntos.
-Ser periodista, señor Tach, es ocuparse de los asuntos de los demás.
-Cambie de oficio.
-Ni hablar. Me gusta este trabajo.
-Pobrecito.
-Le haré la pregunta de otro modo: cuénteme el período de su vida durante el cual fue el más feliz.
Silencio.
-¿Quiere que le plantee la pregunta de otro modo?
-¿Me toma por un imbécil o qué? ¿A qué se cree que está jugando? «Oh, hermosa marquesa, vuestros bellos ojos me hacen morir de amor, etc.», ¿es eso?
-Cálmese, sólo intento hacer mi trabajo.
-Y yo intento hacer el mío.
-¿Así que, para usted, un escritor es alguien cuyo trabajo consiste en no contestar a las preguntas?
-Exacto.
-¿Y Sartre?
-¿Qué pasa con Sartre?
-Él respondía a las preguntas, ¿no?
-¿Y qué?
-Eso contradice su definición.
-En lo más mínimo: al contrario, la confirma.
-¿Quiere decir que Sartre no era un escritor?
-¿No lo sabía?
-Pero, de todos modos, escribía muy bien.
-Algunos periodistas también escriben muy bien. No basta con tener una buena pluma para ser escritor.
-¿Ah, no? ¿Qué más hace falta?
-Muchas cosas. En primer lugar, cojones. Y los cojones a los que me refiero se sitúan más allá del sexo; la prueba es que algunas mujeres los tienen. Oh, muy pocas, pero existen: estoy pensando en Patricia Highsmith.
-Es sorprendente que a un escritor como usted le gusten las obras de Patricia Highsmith.
-¿Por qué? No tiene nada de sorprendente. Aquí tiene usted a una que, como quien no quiere la cosa, debe odiar a la gente tanto como yo, y especialmente a las mujeres. Uno nota que no escribe con el objetivo de ser admitida por el mundillo literario.
-¿Y Sartre, escribía con el objetivo de ser admitido por el mundillo literario?
-¡Y de qué manera! No conocí nunca a ese señor, pero con sólo leerle me bastó para comprender hasta qué punto le gustaba el mundillo literario.
-Difícil de tragar, por parte de un izquierdista.
-¿Y qué? ¿Cree usted que a los izquierdistas no les gustan las tertulias del mundillo literario? Creo que, por el contrario, las adoran más que nadie. Es lógico, por otra parte: si yo hubiera sido obrero durante toda mi vida, creo que soñaría con frecuentar esos ambientes.
-Simplifica usted extraordinariamente la situación: no todos los izquierdistas son obreros. Algunos provienen de excelentes familias.
-¿Ah sí? Entonces ésos no tienen excusa.
-¿No será usted un anticomunista primario, señor Tach?
-¿No será usted un eyaculador precoz, señor periodista?
-Vamos, eso no tiene nada que ver.
-Estoy de acuerdo. Así que volvamos a nuestros cojones. Se trata del órgano más importante del escritor. Sin cojones, un escritor pone su pluma al servicio de la mala fe. Para ponerle un ejemplo, tomemos a un escritor que tenga una excelente pluma, démosle un tema sobre el que escribir. Con unos cojones sólidos, el resultado será Muerte a crédito. Sin cojones, el resultado será La náusea.
-¿No le parece que simplifica un poco?
-¿Y me lo dice usted, un periodista? ¡Y yo que intentaba, con mi exquisita bondad, ponerme a su nivel!
-Yo no le pido tanto. Lo que quiero es una definición metódica y precisa de lo que usted denomina «cojones».
-¿Por qué? ¡No me diga que intenta redactar un vulgar folleto divulgativo sobre mí!
-¡En absoluto! Sólo deseaba tener una comunicación algo más clara con usted.
-Sí, es lo que me temía.
-Venga, señor Tach, simplifíqueme mi labor, por una vez.
-Sepa que me horrorizan las simplificaciones, jovencito; así que, si me pide que me simplifique a mí mismo, razón de más para que no espere que contribuya a ello con entusiasmo.
-¡Pero yo no le pido que se simplifique a sí mismo, vamos! Sólo le pido una breve definición de lo que denomina «cojones».
-De acuerdo, está bien, no me llore. ¿Pero qué les ocurre a ustedes, los periodistas? Son todos hipersensibles.
-Le escucho.
-Pues bien, los cojones son la capacidad de resistencia de un individuo a la mala fe ambiental. Científica, ¿no le parece?
-Prosiga.
-No hace falta decirle que casi nadie tiene ese tipo de «cojones». En cuanto a la proporción de personas que tienen a la vez una buena pluma y esa clase de cojones, es infinitesimal. Por eso hay tan pocos escritores sobre la tierra. Y más teniendo en cuenta que también se necesitan otras cualidades.
-¿Cuáles?
-Hace falta una polla.
-Después de los cojones, la polla: lógico. ¿Definición de polla?
-La polla es la capacidad de creación. Pocas personas son capaces de crear realmente. La mayoría se conforma con copiar a sus predecesores con más o menos talento, predecesores que, a su vez, son casi siempre imitadores. Puede ocurrir que una buena pluma esté provista de una polla, pero que le falten cojones: Víctor Hugo, por ejemplo.
-¿Y usted?
-Quizá tenga cara de eunuco, pero tengo una gran polla.
-¿Y Céline?
-Ah, Céline tiene de todo: pluma de genio, grandes cojones, polla enorme y el resto.
-¿El resto? ¿Qué más hace falta? ¿Un ano?
-¡Eso no! Es el lector quien debe tener un ano para dejarse joder por el escritor. No, lo que hacen falta son labios.
-No me atrevo a preguntarle qué clase de labios.
-¡Hay que ver que asqueroso es usted, Dios mío! Le estoy hablando de los labios que sirven para cerrar la boca, ¿está claro? ¡Miserable individuo!
-De acuerdo. ¿Definición de labios?
-Los labios desempeñan dos papeles. En primer lugar, convierten la palabra en un acto sensual. ¿Se imagina lo que sería la palabra sin los labios? Sería algo estúpidamente frío, de una aridez sin matices, como las palabras de un funcionario de juzgados. Pero el segundo papel todavía es más importante: los labios sirven para cerrar la boca sobre lo que no debe ser dicho. La mano también tiene labios, los que le impiden escribir lo que no debe ser escrito. Es absolutamente indispensable. Escritores que rebosan talento, cojones, polla, han fracasado en su obras por decir cosas que no tenían que haber dicho.
-Viniendo de usted, estas palabras me sorprenden: no es de los que se autocensuren.
-¿Y quién ha hablado de autocensura? Las cosas que no deben decirse no tienen por qué ser forzosamente sucias, al contrario. Siempre hay que explicar las porquerías que uno lleva dentro: es sano, es divertido, es tonificante. No, las cosas que no deben decirse son de otra índole, y no espere usted que se las explique, porque precisamente son cosas que uno no debe decir.
-Pues sí que hemos avanzado.
-¿No le avisé, hace un rato, que mi trabajo consiste en no responder a las preguntas? Cambie de trabajo, amigo.
-No responder a las preguntas, eso forma parte del papel que desempeñan los labios, ¿verdad?
-No sólo los labios, también los cojones. Hacen falta cojones para no responder a ciertas preguntas.
-Pluma, cojones, polla, labios, ¿algo más?
-Sí, aún falta la oreja y la mano.
-La oreja ¿es para escuchar?
-Por supuesto. Es usted un genio, jovencito. De hecho, la oreja es la caja de resonancia de los labios. Es como la declamación flaubertiana pero interior. Flaubert presumía mucho de su declamación, pero ¿de verdad creía que alguien iba a creerle? Sabía perfectamente que resultaba inútil gritar las palabras: las palabras gritan por sí mismas. Basta con que uno las escuche en su interior.
-¿Y la mano?
-La mano es para gozar. Tiene una importancia desmedida. Si un escritor no goza, entonces debe detenerse al instante. Escribir sin gozar es inmoral. La escritura lleva en sí todos los gérmenes de la inmoralidad. La única excusa del escritor es su gozo. Un escritor que no goce, sería algo tan repugnante como si un hijo de puta violara a una niña sin ni siquiera gozar, que la violara por el simple hecho de violarla, para inflingirle un daño gratuito.
-Eso no se puede comparar. La escritura no es tan nociva.
-No sabe lo que está diciendo. Evidentemente, como no me ha leído, no puede saberlo. La escritura lo jode todo: piense en la cantidad de árboles que ha sido necesario cortar para el papel, en los sitios que ha habido que buscar para almacenar los libros, en el dinero que ha costado su impresión, en el dinero que les costará a los eventuales lectores, en el aburrimiento que esos infelices experimentarán al leerlos, en la mala conciencia de los miserables que los comprarán, pero no tendrán suficiente valor para leerlos, en la tristeza de los amables imbéciles que los leerán sin comprenderlos, pero, sobre todo, en la fatuidad de las conversaciones que sucederán a su lectura o a su no lectura. ¡Y me quedo corto! Así que no me venga con que la escritura no es nociva.
-Pero, de todos modos, no puede usted excluir en un ciento por ciento la posibilidad de tropezar con uno o dos lectores que le comprenderán realmente, aun que sea de una manera intermitente. Esos destellos de profunda complicidad con esos raros individuos, ¿no bastan para convertir la escritura en un acto benéfico?
-¡Está usted desbarrando! No sé si esos individuos existen pero, si existen, es a ellos a quienes más pueden perjudicar mis escritos. ¿De quién cree que hablo en mis libros? ¿Acaso cree que hablo de la bondad de los humanos y de la felicidad de vivir? ¿De dónde demonios saca que comprenderme hace feliz a la gente? ¡Al contrario!
-La complicidad, incluso en la desesperación, ¿no resulta agradable?
-¿Le parece agradable saber que está tan desesperado como su vecino? A mí, todavía me parece más triste.
-En ese caso, ¿por qué escribir? ¿Por qué buscar la comunicación?
-Cuidado, no se confunda: escribir no es comunicarse. Me pregunta por qué escribir, y le responderé muy estricta y exclusivamente lo siguiente: para disfrutar. Dicho en otras palabras, si no hay placer, es urgente detenerse. Resulta que escribir me hace disfrutar: en fin, me hacía disfrutar hasta reventar. No me pregunte por qué, no tengo ni idea. Por otra parte, todas las teorías que han intentado explicar el placer me parecen a cuál más floja. Un día, un hombre muy serio me dijo que si uno sentía placer haciendo el amor era porque creaba vida. ¿Se da usted cuenta? ¡Como si pudiera existir nada placentero en el hecho de crear algo tan feo como la vida! Además, eso supondría que, al tomar la píldora, la mujer no goza ya que no está creando vida. ¡Pero el tipo creía en su teoría! En pocas palabras, no me pida que le explique el placer del escritor: es un hecho, eso es todo.
-¿Y qué pinta la mano en todo esto?
-La mano es la sede del placer de escribir. No es la única: la escritura también le proporciona placer en su vientre, en su sexo, en su frente y en sus mandíbulas. Pero el placer más específico se localiza en la mano que escribe. Es algo difícil de explicar: cuando crea lo que necesita crear, la mano se estremece de placer, se convierte en un órgano genial. ¿Cuántas veces he tenido, al escribir, la extraña impresión de que era mi mano la que dirigía, que se deslizaba sola sin pedirle permiso a mi cerebro? Oh, ya sé que ningún anatomista podría admitir algo semejante y, sin embargo, es lo que a menudo siente uno. Cuando esto ocurre, la mano experimenta una voluptuosidad inmensa, parecida, sin duda, a la del caballo que se desboca, a la del prisionero que se evade. Por otra parte, una constatación se impone: ¿acaso no resulta inquietante que, para la escritura y la masturbación, utilicemos el mismo instrumento, la mano?
-Para coser un botón o rascarnos la nariz, también utilizamos la mano.
-¡Qué vulgar es usted! Además, ¿eso qué demuestra? Los usos vulgares no contradicen los usos nobles.
-¿Considera la masturbación un uso noble de la mano?
-¡Y de qué manera! Que una simple y modesta mano pueda, ella solita, reconstituir una cosa tan compleja, costosa, difícil de llevar a cabo y plagada de estados de ánimo como es el sexo, ¿no le parece asombroso? Que esa generosa mano, sin armar problemas, procure tanto (si no más) placer que una mujer fastidiosa y cara de mantener, ¿no le parece digno de admiración?
-Evidentemente, si ve las cosas de ese modo...
-¡Pero las cosas son así, jovencito! ¿No está de acuerdo?
-Escuche, señor Tach, el entrevistado es usted, no yo.
-En otras palabras: usted se queda con el mejor papel, ¿verdad?
-Si le hace ilusión, le diré que, hasta ahora, mi papel no me ha parecido demasiado agradable. Me las ha hecho pasar canutas en más de una ocasión.
-Disfruto con ello, es verdad.
-De acuerdo. Volvamos a los órganos. Recapitulo: pluma, cojones, polla, labios, oreja y mano. ¿Eso es todo?
-¿No le basta?
-No lo sé. Imaginaba otra cosa.
-¿Ah, sí? ¿Qué más necesita? ¿Una vulva? ¿Una próstata?
-Ahora es usted quien resulta vulgar. No. Seguramente se burlará de mí, pero creía que también era necesario un corazón.
-¿Un corazón? ¡Dios mío! ¿Y para qué?
-Para los sentimientos, el amor.
-Esas cosas no tienen nada que ver con el amor. Tienen que ver con los cojones, la polla, los labios y la mano. Es más que suficiente.
-Es usted demasiado cínico. Nunca estaré de acuerdo con eso.
-Pero su opinión no le interesa a nadie, como decía usted mismo hace un minuto. Aunque no veo dónde está el cinismo en lo que le acabo de decir. Los sentimientos y el amor son una cuestión de órganos, estamos de acuerdo: nuestro desacuerdo tan sólo se refiere a la naturaleza de dicho órgano. Usted lo considera un fenómeno cardíaco. Yo no me indigno, ni le lanzo calificativos a la cara. Me limito a pensar que tiene usted unas teorías anatómicas extrañas y, en ese sentido, interesantes.
-Señor Tach, ¿por qué finge usted no entenderme?
-¿Con qué me sale usted ahora? ¡No finjo nada, pedazo de maleducado!
-Pero, vamos, cuando hablaba de corazón, ¡sabe de sobras que no me refería al órgano!
-¿Ah, no? ¿Y a qué se refería, si puede saberse?
-¡A sensibilidad, afectividad, emotividad, por supuesto!
-¡Todo eso dentro de un estúpido corazón lleno de colesterol!
-Venga, señor Tach, esto no es gracioso.
-No, en efecto, usted es el que resulta gracioso. ¿Por qué me sale con esas cosas que nada tienen que ver con el tema que estamos tratando?
-¿Se atrevería a decir que la literatura no tiene nada que ver con los sentimientos?
-Mire, jovencito, creo que no tenemos la misma concepción de la palabra «sentimiento». Para mí, desear romperle la cara a alguien es un sentimiento. Para usted, llorar con la sección «Consultorio sentimental» de una revista femenina es un sentimiento.
-¿Y para usted qué es?
-Para mí es un estado de ánimo, es decir, una hermosa historia plagada de mala fe que uno se cuenta a sí mismo para tener la sensación de que accede a la dignidad de ser humano, para convencerse de que, en el mismo instante en el que va de vientre, rebosa espiritualidad. Son sobre todo las mujeres las que inventan los estados de ánimo debido a que la clase de trabajo que realizan les deja la cabeza libre. Sin embargo, una de las características de nuestra especie consiste en que nuestro cerebro se considera en la obligación de funcionar constantemente, incluso cuando no sirve para nada: ese deplorable inconveniente técnico es el origen de todas nuestras miserias humanas. En lugar de dejarse llevar por una acción despreciable, por un elegante descanso -al igual que la serpiente dormida al sol-, el cerebro del ama de casa, furioso de no serle útil, se pone a segregar lamentables y pretenciosas historias; y cuanto más pretenciosas sean estas historias, más denigrante le parecerán sus tareas de ama de casa. El resultado es de lo más estúpido, puesto que no hay nada denigrante en pasar el aspirador o sacarle brillo a los lavabos: son cosas que hay que hacer, eso es todo. Pero las mujeres siempre imaginan que han venido a este mundo para llevar a cabo una misión aristocrática. La mayoría de los hombres también, por otra parte, aunque con menos obstinación, porque su cerebro se mantiene ocupado con la ayuda de la contabilidad, los ascensos, la delación y la declaración de la renta, lo que deja menos lugar a las elucubraciones.
-Creo que está usted un poco anticuado. Las mujeres también trabajan, ahora tienen preocupaciones idénticas a las de los hombres.
-¡Qué ingenuo es usted! Ellas hacen ver que trabajan. Los cajones de sus despachos rebosan de barniz para las uñas y de revistas femeninas. Las mujeres de hoy en día son todavía peores que las amas de casa de antaño que, por lo menos, servían para algo. Actualmente, se pasan el día hablando con sus colegas de cuestiones substanciales como problemas sentimentales o de calorías, da exactamente igual. Cuando se aburren demasiado, se hacen follar por sus superiores, lo que les procura la deliciosa embriaguez de sembrar de mierda la vida de otros. Para una mujer, ésta es la mejor promoción. Cuando una mujer destruye la vida de alguien, considera esta proeza como la prueba suprema de su espiritualidad. «Destruyo, luego tengo alma», así razonan.
-Al escucharle, cualquiera diría que tiene una cuenta pendiente con las mujeres.
-¡Y de qué manera! Una de ellas me dio la vida, cuando yo no le había pedido nada.
-Acaba de hablar como si estuviera en plena edad del pavo.
-Falso: lo que estoy, más que nunca, es en una edad pavorosa.
-Muy gracioso. Pero un hombre también tuvo algo que ver en su nacimiento.
-Sepa que tampoco me gustan los hombres.
-Pero odia a las mujeres todavía más, ¿por qué?
-Por todas las razones que ya he enumerado.
-Sí. Pero me cuesta creer que no exista otra razón. Su misoginia apesta a deseo de venganza.
-¿Venganza? ¿Pero de qué? Siempre he sido soltero.
-No sólo está el matrimonio. Además, a lo mejor ni siquiera conoce el origen de ese deseo de venganza.
-Le veo venir. No, me niego a ser psicoanalizado.
-Sin llegar a esos extremos, podría reflexionar un poco sobre ello.
-¡Pero reflexionar sobre qué, maldita sea!
-Sobre las relaciones que ha mantenido con las mujeres.
-¿Qué relaciones? ¿Qué mujeres?
-No me irá a usted a decir que... ¡No!
-¿Cómo que no?
-¿Es usted...?
-¿Qué, dígalo?
-¿...virgen?
-Pues claro.
-Imposible.
-Es absolutamente posible.
-¿Ni con una mujer ni con un hombre?
-¿Le parece que tengo aspecto de maricón?
-No se lo tome a mal, ha habido homosexuales muy brillantes.
-No me haga reír. Lo dice como si dijera: «Incluso ha habido macarras honestos»; como si existiera una contradicción entre los términos «homosexual» y «brillante». No, me rebelo contra su negativa a admitir que pueda ser virgen.
-¡Póngase en mi lugar!
-¿Cómo quiere que alguien como yo se ponga en su lugar?
-¡Es... es impensable! En sus novelas, habla del sexo como un especialista, ¡como un entomólogo!
-Soy doctor en masturbación.
-¿La masturbación puede ser suficiente para conocer tan bien la carne?
-¿Por qué finge haberme leído?
-Escuche, no me hace falta haberle leído para saber que su nombre se asocia al discurso sexual más preciso, al más experto.
-Resulta divertido. No lo sabía.
-Hace poco, incluso llegó a mis manos una tesis con el siguiente título: «El priapismo tachtiano a través de la sintaxis.»
-Cómico. Los temas de tesis siempre me han divertido y enternecido: son monos, esos estudiantes que, para imitar a los mayores, escriben estupideces cuyos títulos son hipersofisticados y cuyos contenidos son la banalidad misma, como esos restaurantes pretenciosos que disfrazan con denominaciones grandilocuentes unos simples huevos duros con mayonesa.
-Ni qué decir tiene, señor Tach, que si usted lo desea, no hablaré de eso.
-¿Por qué? ¿No resulta interesante?
-Al contrario, demasiado. Pero no quisiera traicionar semejante secreto.
-No es un secreto.
-Entonces, ¿por qué no lo ha contado nunca?
-No veo a quién se lo hubiera podido contar. ¿No pretenderá usted que hable de mi virginidad con el carnicero?
-Claro, pero tampoco tiene por qué contárselo a los periódicos.
-¿Por qué? ¿La virginidad está prohibida por la ley?
-Vamos a ver, eso forma parte de su vida privada, de su intimidad.
-¿Y todo lo que me ha preguntado hasta ahora, pedazo de hipócrita, acaso no pertenecía a mi vida privada? Entonces no tenía tantos escrúpulos. Es inútil que juguemos ahora a las vírgenes asustadas (y nunca mejor dicho), no cuela.
-No estoy de acuerdo. Existen en la indiscreción unos límites que uno no debe rebasar. Un periodista es indiscreto a la fuerza -es su trabajo-, pero sabe hasta dónde puede llegar.
-¿Desde cuándo habla usted en tercera persona?
-Hablo en nombre de todos los periodistas.
-He aquí el reflejo de gremio, típico de los cobardes. Yo sólo contesto en mi nombre, sin otra garantía que yo mismo. Y le digo que no me doblegaré a sus criterios, que seré yo quien decida lo que, en mi vida privada, es secreto o no. Mi virginidad me importa un bledo: haga usted lo que quiera.
-Señor Tach, creo que no calcula los riesgos de semejante revelación: se sentirá ensuciado, violado...
-Óigame, jovencito, ahora me toca a mí hacerle una pregunta: ¿es usted estúpido o masoquista?
-¿A qué viene esa pregunta?
-A que si no es ni estúpido ni masoquista, no me explico su comportamiento. Le ofrezco una exclusiva sensacional, se la regalo, en un hermoso gesto de generosidad desinteresada, y usted, en lugar de abalanzarse sobre la ocasión como un rapaz inteligente, se inventa escrúpulos y se anda con remilgos. ¿Sabe a lo que se arriesga, de seguir así? Se arriesga a que, por exasperación, le deje sin exclusiva, no para preservar mi sacrosanta vida privada, sino simplemente para joderle. Sepa que mis impulsos de generosidad no suelen durar demasiado, sobre todo cuando me ponen nervioso, así que sea listo y tome lo que le ofrezco antes de que se lo quite. Pero, de todos modos, podría darme las gracias, no todos los días un premio Nobel le entrega su virginidad, ¿no le parece?
-Se lo agradezco infinitamente, señor Tach.
-Eso es. Me encantan los lameculos de su calaña, querido.
-Pero si usted mismo me pedía que...
-¿Y qué? No está obligado a hacer todo lo que le pida.
-De acuerdo. Volvamos a nuestro tema anterior. A la luz de su última revelación, creo comprender el origen de su misoginia.
-¿Ah?
-Sí, su deseo de venganza contra las mujeres ¿no vendrá provocado por su virginidad?
-No veo la relación.
-Pues claro: usted detesta a las mujeres porque ninguna le ha hecho caso.
El novelista se echó a reír, agitando los hombros.
-¡Fantástico! Es usted muy cómico, amigo.
-¿Debo interpretar que rechaza esta explicación?
-Creo que su explicación se rechaza por sí misma, caballero. Acaba de inventar un ejemplo edificante de causalidad inversa, ejercicio en el que, por cierto, los periodistas brillan con luz propia. Pero usted ha invertido tanto las coordenadas del problema que el resultado es de vértigo. Así, afirma que odio a las mujeres porque todas me han rechazado, cuando he sido yo quién las ha rechazado a ellas, y por la simple razón de que las odiaba. Doble inversión: bravo, tiene usted talento.
-¿Pretende hacerme creer que las odiaba a priori, sin motivo? Eso es imposible.
-Dígame un alimento que deteste.
-La raya, pero...
-¿Por qué ese deseo de venganza contra la pobre raya?
-No siento ningún deseo de venganza contra la raya, siempre me ha parecido mala, eso es todo.
-¿Ve como nos entendemos? No tengo ningún deseo de venganza contra las mujeres, pero siempre las he odiado, eso es todo.
-Pero, señor Tach, no puede comparar. ¿Qué diría usted si le comparara a una lengua de ternera?
-Me sentiría muy halagado, son deliciosas.
-Vamos, seamos serios.
-Siempre soy serio. Desgraciadamente para usted, jovencito, porque si no fuera tan serio no me daría cuenta de que esta entrevista ha tenido una duración sin precedentes, y de que no merece tanta generosidad por mi parte.
-¿Qué he hecho yo para no merecerla?
-Es usted un desagradecido y tiene mala fe.
-¿Mala fe, yo? ¿Y usted?
-¡Insolente! Siempre he sabido que mi buena fe no me serviría de nada. No sólo nadie la nota, sino, a la inversa -es verdad que es usted un especialista en inversiones-, se la califica de mala fe. Mi sacrificio no habrá servido de nada. A veces pienso que, si volviera a nacer, jugaría a fondo la carta de la mala fe para conocer por fin la comodidad y la estima que siente usted. Pero, por otra parte, le miro y me repugna tanto que me felicito por no haberle imitado, aunque ello me haya condenado a la soledad. La soledad es una recompensa si me mantiene alejado de un fango como el suyo. Márchese, caballero: acabo de terminar mi perorata, así que tenga usted sentido de la puesta en escena, tenga el buen gusto de marcharse.


En el bar de enfrente, el relato del periodista reavivó la discusión:
-En unas condiciones así, ¿la deontología nos permite interrumpir las entrevistas?
-Tach nos respondería sin duda que hay que ser un maldito hipócrita para hablar de deontología en nuestro oficio.
-Seguro que nos diría eso, pero, de todos modos, él no es el Papa. No tenemos por qué tragarnos sus atrocidades.
-El problema es que esas atrocidades apestan a verdad.
-Ya empezamos, bailáis al son que él os marca. Lo siento, pero no consigo respetar a este tipo. Es demasiado impúdico.
-Lo que él decía: eres un desagradecido. Te regala una exclusiva de ensueño, y como única muestra de agradecimiento, tú la desprecias.
-Pero, vamos a ver, ¿no has oído los insultos que me ha dedicado?
-Precisamente. Me permiten explicar tu rabia.
-Estoy impaciente por que llegue tu turno. Nos vamos a reír.
-Yo también estoy impaciente por que llegue mi turno.
-¿Y lo que ha dicho sobre las mujeres, lo habéis oído?
-Oh, tampoco puedes negarle del todo la razón.
-¿No os da vergüenza? Menos mal que no hay una mujer entre nosotros para escucharos. Por cierto, ¿a quién le toca mañana?
-A un desconocido. No ha venido para presentarse.
-¿Para quién trabaja?
-No se sabe.
-No olvides que Gravelin nos pide a cada uno una copia de las grabaciones. Se lo debemos.
-Ese tipo es un santo. ¿Cuántos años hace que trabaja para Tach? No siempre debe haber resultado divertido.
-Sí, pero trabajar para un genio debe de ser fascinante.
-En este asunto, el genio es el que carga con la peor parte.
-Por cierto, ¿para qué querrá Gravelin escuchar las cintas?
-Para conocer mejor a su verdugo. Lo comprendo.
-Me pregunto cómo se las apaña para soportar al gordo.
-Deja de llamar a Tach así. No olvides de quién estás hablando.
-Para mí, desde esta mañana, Tach ya no existe. Siempre será el gordo. Nunca deberíamos entrevistar a los escritores.
-¿Quién es usted? ¿Qué demonios hace aquí?