sábado, 21 de febrero de 2009

DESCUERPÁNDOME. Por Martha Durán

La piel que repasa – que rebasa – la otra piel, esa capa del mundo que la mirada no puede traspasar. Exponerse, reanudar la desnudez, descuerparse, quizá, más crudamente, descuerarse. Allí es donde me encuentro, donde los demás no pueden verme, donde se les hace imposible discreparme, donde me siento cómoda, no vista, transparente ante sus ojos. He salido a la calle sin piel que me cubra, a la vista de todos y sin embargo oculta en mi desnudez, una brutal manera de desaparecer.
Al despertar esta mañana mi cuerpo había cambiado. La piel que lo cubría me ofendía en extremo. Detallé cada parte, cada fragmento de esa región irregular, entendí su extrañeza frente a aquello que estaba dentro, detrás de él. Un pliegue que baja desde mi cuello hasta el pecho repite la historia de todos los cuerpos, es por esto que no me pertenece. Las manchas sobre mis manos, oscuras, desordenadas, me han tomado desprevenida. Ya no son mías tampoco.
Esta mañana, al despertar, nadie me vio sonreír frente al espejo. Nadie me vio tender la cama y planchar con las manos sus arrugas nocturnas. Sé que poco a poco me disipo entre la gente, que paso desapercibida, que ni siquiera mi voz hace bulla, se escucha, suena. De tanto callarme he dejado de reconocer esa voz, ya no tiene a quien decir. Hay un silencio que molesta por toda la casa, una casa deshabitada, reconstruida mil veces sobre sí misma, remendada, zurcida hasta la vergüenza. Como mi cuerpo, le cuesta mantenerse de pie. Esta mañana – precisamente esta mañana – mi cuerpo no quiso responder a mi llamado. Se quedó ahí, tendido sobre la cama, monstruosamente pesado, plantado sobre la sábana. Anduve como pude arrastrándolo por las calles, haciendo fuerza sobre mí misma para llevarlo a donde yo iba. Las huellas de mis pies se quedaban grabadas sobre el asfalto, y a pesar de ello, nunca antes fui tan débil, tan frágil. La ciudad no notó mi pesadez, ni mi presencia, seguía funcionando con total indiferencia por donde yo andaba, por donde osé andar. Me pesaba la piel como si otro cuerpo, entero, adherido, estuviera acompañándome. No era suficiente llegar a la casa, deshacerme de la tela, del bolso, las llaves, el maquillaje. Había algo más, menos evidente, más pesado. A algún lado debe ir a parar la soledad, a algún lugar del cuerpo quiero decir, debe dejar una huella, una estampa latente, un síntoma quizá. El hábito casi inapreciable de llegar y despojarse del peso, se había convertido para mí en un momento aterrador, pues nada aliviaba mi cansancio final.
Esta noche, al llegar a mi casa, decidí deslastrarme de todo, desarroparme hasta la saciedad, quedarme simplemente con esto que ahora soy. Sin hacer ruido, en silencio, a oscuras, desvestí mi cuerpo. Con calma doblé cada una de las piezas, y en orden, puestas una sobre la otra, las tomé con una de mis manos. Su peso me desconcertó, no podía creer lo livianas que se hacían a mis brazos. Decidí doblarme entera, desplegar mi cuerpo sobre la cama y verlo tendido, casi ofendido. Levanté la piel que me cubría, la separé de mi cuerpo y ella fue cediendo, inofensiva, llevándose al resto consigo. Descubierto hasta la cintura, ya un aire fresco rozaba mis huesos. Poco a poco iba descendiendo como descubriendo un viejo recuerdo que está arropado entre los pliegues de una tela, revelando, revelándome, bajo los fláccidos trozos de piel que aún sostenían mis manos, el arreglo armonioso, casi melódico, de los restos de mi cuerpo. Inmóvil, detenida sobre un mismo punto, pude ver con asombro su invariable movimiento. La corriente que viaja de un extremo a otro emitiendo un leve sonido inapreciable para quien no puede verla; una suerte de llanto finísimo, miles de voces repitiendo al unísono una nota jamás atendida. Me quedé escuchando.
Más ligera, casi aérea, tendí mi piel sobre la cama. No supe qué hacer con ella. Extendida, abierta como un trozo de tela recién pintada, su tamaño me inquietaba. Comencé a doblarla desde sus extremos, intentando alisar los surcos con mis manos desnudas. Lo que antes cubría mis brazos, mi rostro y mis piernas, estaba ahora plegado sobre mi vientre. Todo quedó reducido a eso, a eso que ahora reposa sobre mi cama. No lo miro con asco, ni siquiera con un leve afecto, ni tampoco puede verse una mediana sonrisa en mi rostro. No hay rostro, no hay nada que me delate. Está ahí, doblada sobre sí misma, una piel arqueada – torcida, húmeda – que se siente aún respirar. Yo la miro desde lejos, a distancia, con una lejanía prudente, y la dejo reposar como si estuviera enferma, como si nada pudiera hacer, como quien espera el último adiós con desgano, con la postura de lo inevitable. Yo la miro con indiferencia, presenciando su agonía, esperando el momento oportuno para poder acostarme sin que ella lo note, sin que pueda advertir el brillo de mis ojos, mi descanso, mi limpidez, mi desvergüenza.

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