miércoles, 23 de diciembre de 2009

Lectores entrevistan a Enrique Vila-Matas


1.- Escribe en su libro "Exploradores del abismo": “Mis exploradores son optimistas y sus historias, por lo general, son las de personas corrientes que, al verse bordeando el precipicio fatal, adoptan la posición del expedicionario y sondean en el plausible horizonte, indagando qué puede haber fuera de aquí, o en el más allá de nuestros límites”. Pregunta: ¿De qué manera se protegen sus exploradores de las Sirenas o es que no alcanzan a escuchar su Canto?.

R. He perdido el control sobre esos expedicionarios. Ya hace demasiado tiempo de todo, y para mí es también ya demasiado el tiempo que ha transcurrido desde que perdí la pista de mis exploradores. Las últimas noticias que tuve de ellos hablaban de que Orfeo les protegía noche y día.


2.- Gracias a usted mucha gente conoce la figura de Robert Walser. ¿Cuál o cuáles serían a su juicio otros autores que merecerían ser rescatados de la invisibilidad a la que se han podido ver abocados por diversas circunstancias?

R. Teniendo en cuenta que la gente lee a Dan Brown, bastará que le dé la lista de libros que rondan mi mesita (mesita de día, porque de noche, en la cama, no leo) para que tenga la impresión de hallarse ante algunos autores no muy visibles y en cambio apasionantes: El Padre Muerto (Donald Barthelme), La cuestión de Bruno, El proyecto Lázaro (dos libros de Aleksandar Hemon), La voz a las tres de la madrugada (Charles Simic) El amigo del desierto (Pablo d´Ors), Noches insomnes (Elizabeth Hardwick) Contes rusos (Francesc Serés) .


3.- ¿Tiene la clave para resolver el mensaje cifrado del relato de Bolaño? 3860 + 429777–469993? + 51179–588904 + 966 – 39146 + 498207856

R.Hay un cuento de Nabokov que terminaba con un acróstico que supuestamente resolvía el misterio del mundo. En el mensaje cifrado de Bolaño hay un juego parecido. Es como la cajita china de Belle de jour, de Buñuel, que contiene lo que cada espectador quiera imaginar que contiene.


4.- ¿Podría usted desarrollar/profundizar sobre el concepto, a mi parecer, vanguardista, de "blog en web"?

R.Es otro juego, en este caso de palabras. En la intimidad lo llamo “blwebg”. Se trata de probar y ver si alguien en un futuro inmediato sigue la estela de la expresión blog en web. En ese caso, Elena (la realizadora del web) y yo nos habríamos inventado un término. En la vida real, la fundación del término blog en web es más prosaica. Surge de la idea de que mi web no sea un lugar muerto, es decir, un sitio de pura propaganda del autor: esos lugares que se visitan una vez y ya no se vuelve. El blog dentro de la web le da vida. En el último blog en web, “¿Ha llegado ya Emilie Dickinson?”, el espectador asistía –con una frecuencia más o más semanal- a la creación en vivo de un texto de ribetes vanguardistas. Ahora bien, el blog acabó en un callejón sin salida y se ha convertido en un “blog truncado”. No pasa nada. Seguirán otras experiencias. Recomiendo HALP, el anterior blog, está ya entero en la red: http://www.enriquevilamatas.com/


5.- "Dietario voluble" lleva al límite el juego entre realidad e invención presente en toda su obra. Planteada como una recopilación de artículos de su diario personal, acaba convirtiéndose en un relato de ficción sobre su propia vida. ¿Es este planteamiento formal un pretexto para novelarse a sí mismo, o un nuevo recurso expresivo para seguir desarrollando la intertextualidad entre vida y literatura? ¿O tal vez ambas cosas?

R.Observará que en la página 36 de Dietario voluble hay una nota a pie de página que explica que lo que cuento en el dietario acerca de lo que me pasó en ese mes de mayo de 2006 –la descripción del colapso físico que me dejó a las puertas de la muerte: un hecho para mí, como usted comprenderá, muy serio, gravísimo- ya lo había contado, casi de forma idéntica, en una ficción, en el relato “Porque ella no lo pidió”, incluido en mi libro Exploradores del abismo. ¿Qué quiere decir esto? Que algo que me ocurre en mi vida real (aunque sea de una gravedad tal que me obligue a pensar que aquello es desgraciadamente un hecho real) puedo transformarlo en material para la ficción y viceversa. No veo tantas separaciones entre ficción y realidad. A fin de cuentas, la vida es un sueño. ¿O no? En mi artículo “La lluvia en Brighton” (El País-Cataluña, 29 noviembre 2009) ya hablo de la pregunta que parece desprenderse de la biografía de Kafka: ¿Puedo vivir mi vida de tal forma que cada una de las experiencias vividas se transformará en escritura, y puedo escribir de tal forma que toda mi escritura tendrá un impacto experiencial transformativo en cómo vivo? Si no fuera porque me moriré sería capaz de ficcionalizar hasta mi propia muerte.


6.- En “Paris no se acaba nunca” escribe usted: “No creo que tarde en ausentarme de aquí. Me iré con mi conciencia, que siempre fue para mí una ironía en crecimiento que, a medida que se hacía fuerte y grande, tendía al mismo tiempo, paradójicamente, a desaparecer (…) Me iré de aquí para disolverme, disociarme, desintegrarme, dejar hecho trizas todo conato de personalidad o de conciencia, cualquier nostalgia de Paris. Después de todo, ironizar es ausentarse.” Pregunta: ¿Podría usted explicar la expresión: “ironizar es ausentarse”?

R.La ironía (al menos en literatura) es un complot contra la realidad. Al ironizar, nos liberamos de la realidad que nos acongoja y que quiere hacernos creer que es ella lo único que existe. Ironizamos y nos ausentamos de su reino malévolo.


7.- Estimado Sr. Vila-Matas, es un placer siempre recorrer o descubrir a su lado paisajes olvidados o perdidos de la gran Literatura, muchos vamos siguiéndole poco a poco, tras sus pasos de gigante, pero ¿Hacia dónde vamos, cuál es el futuro de la Literatura, de la escritura? ¿Dónde están los nuevos horizontes, las nuevas voces y plumas, que abren grietas en la novela y cuento actual?

R.No tenemos nada que envidiar a épocas anteriores. A finales del siglo pasado, surgieron autores de gran calado, como Roberto Bolaño, Aleksandar Hemon, Sergio Chejfec, W.G. Sebald. Que vinieron a unirse a otros grandes, que ya estaban entre nosotros: Claudio Magris, Sergio Pitol, Tomas Pynchon, César Aira, Don DeLillo, Giorgio Agamben, J.M: Coetzee, Alice Munro, Peter Handke… Hay actualmente diversas propuestas narrativas que no cuentan con mucho público, pero sí con un buen número de lectores. Como dice Aira: “Nosotros preferimos tener lectores que público”


8.-He leído lo siguiente: cuando uno lee, quiere escribir, pero el que escribe no es alguien que lee. El que quiere escribir porque lee es siempre un mal escritor. Usted, sin embargo, ha conseguido ser un gran escritor porque ha entendido que escribir podía ser su modo de seguir leyendo y para eso crea novelas que son la escritura de una lectura. ¿Qué cree usted?

R. Soy un lector que escribe. Parte del interés que he despertado en los lectores lo atribuyo –después de darle muchas vueltas a la recepción que ha tenido mi obra en los últimos años- a que le hago participar al lector de la misma búsqueda que yo hice en el momento de escribir el libro: búsqueda de información, textos y libros sobre un determinado tema y unos determinados autores. Dicho de otro modo, en lugar de dedicarme a leer a Robert Walser, por ejemplo, me puse a escribir sobre él para tener que leerlo. Lo mismo me ha sucedido en mi último libro, Dublinesca. Me he volcado sobre esa ciudad irlandesa y su literatura sin saber casi nada al principio sobre ella. He tenido que aprender mucho sobre Dublín para poder hablar con cierta solvencia sobre su cultura. Y ahora tengo la impresión de que el lector de Dublinesca vivirá conmigo esa reciente aventura mía como lector, y la vivirá tal como la he vivido yo: fascinado.


9.- Usted ha escrito que cuando le preguntaron a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir, éste esgrimió como excusa la muerte de su tío Celerino que había sido el que le contaba todas sus historias. ¿Ha tenido Usted en algún momento algún tío Celerino? En tal caso, ¿cuáles han sido sus tíos Celerinos, cara a la galería o para colmarse a si mismo?

R.Si algún día dejo de escribir, no buscaré excusas. He estado siempre sin tío Celerino y no voy a inventarme ahora uno para tratar de justificar mi deserción de la literatura.


10.- ¿Por qué cree que determinados "escritores realistas" dicen falsamente que usted no es un narrador, sino un "metaliterato"?

R.Si todos esos mediocres supieran lo que pienso realmente de ellos, hablarían cien mil veces peor de mí.


11.- ¿Qué papel juega Catherine Deneuve en la vida y en la obra, o en el duermevela en el que se entrecruzan ambas, de Enrique Vila-Matas?

R.En Dublinesca, mi próximo libro, se aclaran algunos de los puntos oscuros de mi relación con Deneuve. O, mejor dicho, se embrollan más las cosas. El hecho es que confundo (en Dublinesca al menos) a Deneuve con la propia literatura. Todo debió empezar en mi adolescencia, cuando vi “Los paraguas de Cherburgo”.


12.- Entiendo que ha leído y conoce personalmente a escritores venezolanos como Ednodio Quintero y Victoria di Stefano. En alguna oportunidad ha reconocido el valor literario de sus obras. Me gustaría saber si ha tenido oportunidad de leer a otros escritores venezolanos actuales y qué opinión tiene -de tenerla- de sus trabajos?

R. Rafael Cadenas, Luis Moreno Villamediana, Antonio López Ortega, Ana Teresa Torres, Alberto Barrera Tyszka, José Balza, Norberto José Olivar, Lidia Salas, Daniel Centeno, Jacqueline Goldberg, Juan Carlos Méndez, Edgar Borges son algunos de los autores venezolanos que he leído con sumo interés. Era, por otra parte, un admirador del magnífico Eugenio Montejo. Gran poeta, sin duda. Tan grande como Cadenas, por supuesto. Y como Luis Enrique Belmonte, un joven genio. Ya desaparecidos, Oswaldo Trejo, Pedro Berroeta, Adriano González León, fueron escritores que traté y que en su momento me impresionaron literariamente, por diversos motivos.


13.- Señor Vila-Matas, me gustaría conocer su relación con el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti y qué le impactó cuando le oyó hablar en el Instituto Francés de Barcelona allá por el año 1981. ¿Sigue depositando su fe sólo en lo más rabiosamente subjetivo? ¿Sigue creyendo que en la burla está la cura de la literatosis, haciendo que esta enfermedad aparezca como lo que es en realidad: una batalla por los derechos de la ficción?

R. Es un grandísimo narrador que, de ser norteamericano, sería conocido hoy en todo el mundo. En 1981 oí hablar, por primera vez, de él. No le escuché en el Instituto Francés porque ese día andaba yo en asunto personal, rabiosamente subjetivo, que me interesaba más. En cuanto a los derechos de la ficción, no sé qué decirle. Tiene sus derechos, los mismos que la realidad. Pero la realidad y la ficción están separadas por una lábil frontera que también tiene sus derechos. Mi abogado vive en esa frontera.


14.-Estimado, Sr. Vila-Matas. Nobleza obliga, y como librero no puede dejar de preguntarle ¿Qué sensaciones tiene respecto al e-book y los nuevos tiempos y campos que se abren en la venta, distribución, edición y creación de libros? ¿"Esto matará aquello", jugando con la mítica frase? ¿Hacia dónde cree que vamos, hacia el residuo del libro como pura antigualla, o los verdaderos viciosos seguiremos atados a la erótica del libro y sus formas?

R. El e-book se venderá mucho esta navidad. Pero como regalo. Los regalos de la Navidad de 2009 no pueden competir con la historia de los libros. Mi amigo Juan Villoro sostiene la tesis de que si lleváramos quinientos años de e-books y hubieran este año descubierto los libros, las ediciones impresas (tan cómodas y tan buen invento, por cierto), todo el mundo se precipitaría a regalar libros estas navidades. El libro aparecería como un descubrimiento impresionante… En cuanto al futuro, no sabemos, nadie sabe. Miro todo con optimismo. Creo que el mundo anda muy mal, pero que aún andará peor. Estamos viviendo en el fondo en una buena época, teniendo en cuenta lo que se avecina.


15.- Podemos estar enfermos de literatura, querer inventar otra vida, tener nuestro propio tío Celerino... Hoy en día nos encontramos ante un fenómeno en auge: los escritores de las redes sociales y sus lectores. Se trata de escritores que no han publicado sus escritos y entonces los difunden a través de la red social -especialmente Facebook- para que las personas que conforman su lista de amigos los lean, interactúen, comenten. Por otra parte, quienes no escriben y se reconocen como lectores -me incluyo- publican textos de otros escritores con la finalidad de compartirlos. Sin embargo, a través de la selección que realizan de autores y textos, se dan a conocer, se cuentan a sí mismos, se muestran ante el público o el lector virtual. Cantidades de citas de autores como también de fragmentos de poemas, novelas, etc. reflejan los distintos estados de ánimo de las personas de la red. Tanto quienes se denominan escritores como los que se consideran lectores, desean ser leídos, y la mayoría de ellos podría declararse como enfermo de literatura al punto que más de uno utiliza como nombre de usuario el de un escritor famoso, y escondido bajo su nombre y su imagen opina sobre lo que lee y sobre diversos temas profundos o triviales. ¿Qué opinión le merece este nuevo fenómeno que toca de cerca a la literatura, a sus escritores y sus lectores?

R. Me parece sensacional internet, la biblioteca de Babel. Me paso horas ahí. Mi propia web (y esta misma entrevista) demuestra que me he volcado sobre estas nuevas redes sociales.


16.- ¿Podría adelantarnos algo más de lo escuchado en los medios sobre su próxima novela Dublinesca?

R. Hay en el personaje central del libro, Samuel Riba, una pasión por lo extranjero. Está fatigado de la cultura española y de la francesa, de las que ha vivido siempre impregnado. Necesita respirar, buscar lo extranjero, huir de lo familiar. Para él, lo inglés es el inicio de la diferencia, de lo exótico. Y sabe que sólo lo ajeno a su mundo familiar, sólo lo extranjero, será capaz de atraerle en alguna dirección apasionante. Se da cuenta de que necesita aventurarse en geografías donde reine la extrañeza y también el misterio y la alegría que rodea lo nuevo: volver a ver con entusiasmo el mundo, como si lo estuviera contemplando por primera vez. En definitiva, se da cuenta de que le convendría lo que él acaba llamando “el salto inglés”: centrar sus intereses en la ciudad de Dublín sobre la que no sabe nada, pero sobre la que ha tenido un sueño muy emotivo, probablemente premonitorio. Quiere celebrar en Dublín un funeral por el fin de la literatura o, mejor dicho, por el fin de la era Gutenberg. No sabe qué hacer con su vida y de pronto comprende que lo apocalíptico le ofrece paradójicamente una idea de futuro. Conecta con unos amigos para celebrar un festivo funeral en Dublín. Es el libro más alegre (no optimista, pero muy alegre) que he escrito.


17.- ¿Qué significa para usted, que con frecuencia habla en su obra de esta necesidad, “convertirse en literatura”?

R.“No es que me interese la literatura, sino que soy literatura”, le dijo Kafka a su novia Felice Bauer. Es una sorprendente frase, ¿no? Inicialmente la idea de ser o de convertirse en literatura probablemente vino de ahí. En “El mal de Montano” la desarrollé a mi manera al crear un personaje quijotesco que cree que él es la literatura misma. Ya cuando escribía ese libro me pareció que creer algo así era una locura, y por eso le inventé rápidamente un acompañante al personaje, una especie de Sancho Panza, que tratara de hacerle entrar en razón. Hoy me siento alejado de todo esto, mis intereses son otros. Hoy hasta a Sancho Panza lo encuentro loco.


18.- ¿Si tuviera que llevarse sólo libros de tres autores a una isla desierta, ¿cuáles elegiría en un abrir y cerrar de ojos?

R.Durante unos días, en circunstancias que algún día narraré, fui a parar a una isla desierta. Y no necesitaba libros, se lo juro. Otras cosas me eran mucho más esenciales. La falta de libros la suplía fácilmente imaginando/recordando historias. Con esas historias trataba de ahuyentar mi angustia. Hubo por suerte un final feliz. Y estoy refiriéndome con esto, por supuesto, a un final feliz a mi pequeña tragedia de la vida real. Aprendí mucho en esos días, y no lo aprendí de los libros. No conocía las verdaderas dimensiones y la potencia de la mente humana. Algunos que han estado en cautividad, sin nada, hablan también de esto.


19.- Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas y supongo que habrá tenido la oportunidad de hablar con lectores de diversos países. ¿Ha notado diferencias a la hora de entender su obra con respecto a los diferentes lectores de los distintos países en los que se han publicado sus libros? ¿Cuál cree que han sido los lectores que mejor han sabido captar lo que usted quería transmitir?

R. No va por nacionalidades. Lo he contado muchas veces. Cuando publiqué Bartleby y compañía, las cartas (muchas) que me fueron llegando de unos lugares y de otros (20 países) tenían estructuras idénticas. En la primera parte de las cartas se dedicaban a decirme que quien me escribía era un bartleby (me contaban sus circunstancias personales). En la segunda parte de sus cartas, tal vez para disimular que hubieran hablado tanto de sí mismos y de su problema bartleby, me daban nombres de autores que podrían haber aparecido –como bartlebys- en mi libro. Llegué incluso a recibir una lista de escritores bartlebys coreanos (del Sur).


20.- Cuando leo la obra 2666 de Roberto Bolaño tengo la impresión de estar leyendo a un escritor centroeuropeo tipo Sebald o Magris. ¿Qué opina usted sobre ello?

R. Aquí Bolaño se reiría, pero no sé lo que diría. Yo creo que era una mezcla de muchas culturas, había leído mucho. En Norteamérica gusta ahora Bolaño una barbaridad, porque en realidad escribe historias muy narrativas, que es lo que no hacen ya los grandes genios actuales de los Estados Unidos. Lo han adoptado como si fuera suyo. También aquí, al oír que lo han adoptado, Bolaño se reiría. Era un escritor de muchos lugares. Pero para mí, será siempre el escritor que conocí en Blanes. Un escritor de carne y hueso. Aunque hoy en día, me parece ya de orden casi fantástico, casi inverosímil, haberme peleado y reído tantas veces con él. En la calle del Loro. Hablábamos a fondo. Fue una época importante para mí. Bolaño me hizo reencontrarme con el espíritu con el que había yo debutado en la literatura.


Participaron en esta entrevista: Juan Salas Villanueva, Javier Avilés, Karlatone Olvera, Montxo Armendáriz, Rosa María Pérez Betancort, Adolfo López Chocarro, Luciano Poblete, Silvia Rodríguez Court, Santiago Gil, Valmore Muñoz Arteaga, Susana Borobio, Librería Zubieta-Troa Librerías, Alejandra Moglia, Gerardo C, Carmen Galván, Manolo de la Fe y Elisa Rodríguez Court.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Albert Camus. Autor de El Extranjero

Novelista, ensayista y dramaturgo francés, considerado uno de los escritores más importantes posteriores a 1945. Su obra, caracterizada por un estilo vigoroso y conciso, refleja la philosophie de l'absurde, la sensación de alienación y desencanto junto a la afirmación de las cualidades positivas de la dignidad y la fraternidad humana. Camus nació en Mondovi (actualmente Drean, Argelia), el 7 de noviembre de 1913, y estudió en la universidad de Argel. Sus estudios se interrumpieron pronto debido a una tuberculosis. Formó una compañía de teatro de aficionados que representaba obras a las clases trabajadoras; también trabajó como periodista y viajó mucho por Europa. En 1939, publicó Bodas, un conjunto de artículos que incluían reflexiones inspiradas por sus lecturas y viajes. En 1940, se trasladó a París y formó parte de la redacción del periódico Paris-Soir. Durante la II Guerra Mundial fue miembro activo de la Resistencia francesa y de 1945 a 1947, director de Combat, una publicación clandestina. Argelia sirve de fondo a la primera novela que publicó Camus, El extranjero (1942), y a la mayoría de sus narraciones siguientes. Esta obra y el ensayo en el que se basa, El mito de Sísifo (1942), revelan la influencia del existencialismo en su pensamiento. De las obras de teatro que desarrollan temas existencialistas, Calígula (1945) es una de las más conocidas. Aunque en su novela La Peste (1947) Camus todavía se interesa por el absurdo fundamental de la existencia, reconoce el valor de los seres humanos ante los desastres. Sus obras posteriores incluyen la novela La caída (1956), inspirada en un ensayo precedente; El hombre rebelde (1951); la obra de teatro Estado de sitio (1948); y un conjunto de relatos, El exilio y el reino (1957). Colecciones de sus trabajos periodísticos aparecieron con el título de Actuelles (3 vols., 1950, 1953 y 1958) y El verano (1954). Una muerte feliz (1971), aunque publicada póstumamente, de hecho es su primera novela. En 1994, se publicó la novela incompleta en la que trabajaba cuando murió, El primer hombre. Sus Cuadernos, que cubren los años 1935 a 1951, también se publicaron póstumamente en dos volúmenes (1962 y 1964). Camus, que obtuvo en 1957 el Premio Nobel de Literatura, murió en un accidente de coche en Villeblerin (Francia) el 4 de enero de 1960.

El Extranjero. Por Albert Camus

I

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: «No es culpa mía.» No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él presentarme las condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto más oficial.
Tomé el autobús a las dos. Hacía mucho calor. Comí en el restaurante de Celeste como de costumbre. Todos se condolieron mucho de mí, y Celeste me dijo: «Madre hay una sola.» Cuando partí, me acompañaron hasta la puerta. Me sentía un poco aturdido pues fue necesario que subiera hasta la habitación de Manuel para pedirle prestados una corbata negra y un brazal. El perdió a su tío hace unos meses.
Corrí para alcanzar el autobús. Me sentí adormecido sin duda por la prisa y la carrera, añadidas a los barquinazos, al olor a gasolina y a la reverberación del camino y del cielo. Dormí casi todo el trayecto. Y cuando desperté, estaba apoyado contra un militar que me sonrió y me preguntó si venía de lejos. Dije «sí» para no tener que hablar más.
El asilo está a dos kilómetros del pueblo. Hice el camino a pie. Quise ver a mamá en seguida. Pero el portero me dijo que era necesario ver antes al director. Como estaba ocupado, esperé un poco. Mientras tanto, el portero me estuvo hablando, y en seguida vi al director. Me recibió en su despacho. Era un viejecito condecorado con la Legión de Honor. Me miró con sus ojos claros. Después me estrechó la mano y la retuvo tanto tiempo que yo no sabía cómo retirarla. Consultó un legajo y me dijo: «La señora de Meursault entró aquí hace tres años. Usted era su único sostén.» Creí que me reprochaba alguna cosa y empecé a darle explicaciones. Pero me interrumpió: «No tiene usted por qué justificarse, hijo mío. He leído el legajo de su madre. Usted no podía subvenir a sus necesidades. Ella necesitaba una enfermera. Su salario es modesto. Y, al fin de cuentas, era más feliz aquí.» Dije: «Sí, señor director.» El agregó: «Sabe usted, aquí tenía amigos, personas de su edad. Podía compartir recuerdos de otros tiempos. Usted es joven y ella debía de aburrirse con usted.»
Era verdad. Cuando mamá estaba en casa pasaba el tiempo en silencio, siguiéndome con la mirada. Durante los primeros días que estuvo en el asilo lloraba a menudo. Pero era por la fuerza de la costumbre. Al cabo de unos meses habría llorado si se la hubiera retirado del asilo. Siempre por la fuerza de la costumbre. Un poco por eso en el último año casi no fui a verla. Y también porque me quitaba el domingo, sin contar el esfuerzo de ir hasta el autobús, tomar los billetes y hacer dos horas de camino.
El director me habló aún. Pero casi no le escuchaba. Luego me dijo: «Supongo que usted quiere ver a su madre.» Me levanté sin decir nada, y salió delante de mí. En la escalera me explicó: «La hemos llevado a nuestro pequeño depósito. Para no impresionar a los otros. Cada vez que un pensionista muere, los otros se sienten nerviosos durante dos o tres días. Y dificulta el servicio.» Atravesamos un patio en donde había muchos ancianos, charlando en pequeños grupos. Callaban cuando pasábamos. Y reanudaban las conversaciones detrás de nosotros. Hubiérase dicho un sordo parloteo de cotorras. En la puerta de un pequeño edificio el director me abandonó: «Le dejo a usted, señor Meursault. Estoy a su disposición en mi despacho. En principio, el entierro está fijado para las diez de la mañana. Hemos pensado que así podría usted velar a la difunta. Una última palabra: según parece, su madre expresó a menudo a sus compañeros el deseo de ser enterrada religiosamente. He tomado a mi cargo hacer lo necesario. Pero quería informar a usted.» Le di las gracias. Mamá, sin ser atea, jamás había pensado en la religión mientras vivió.
Entré. Era una sala muy clara, blanqueada a la cal, con techo de vidrio. Estaba amueblada con sillas y caballetes en forma de X. En el centro de la sala, dos caballetes sostenían un féretro cerrado con la tapa. Sólo se veían los tornillos relucientes, hundidos apenas, destacándose sobre las tapas pintadas de nogalina. Junto al féretro estaba una enfermera árabe, con blusa blanca y un pañuelo de color vivo en la cabeza.
En ese momento el portero entró por detrás de mí. Debió de haber corrido. Tartamudeó un poco: «La hemos tapado, pero voy a destornillar el cajón para que usted pueda verla.» Se aproximaba al féretro cuando lo paré. Me dijo: «¿No quiere usted?» Respondí: «No.» Se detuvo, y yo estaba molesto porque sentía que no debí haber dicho esto. Al cabo de un instante me miró y me preguntó: «¿Por qué?», pero sin reproche, como si estuviera informándose. Dije: «No sé.» Entonces, retorciendo el bigote blanco, declaró, sin mirarme: «Comprendo.» Tenía ojos hermosos, azul claro, y la tez un poco roja. Me dio una silla y se sentó también, un poco a mis espaldas. La enfermera se levantó y se dirigió hacia la salida. El portero me dijo: «Tiene un chancro.» Como no comprendía, miré a la enfermera y vi que llevaba, por debajo de los ojos, una venda que le rodeaba la cabeza. A la altura de la nariz la venda estaba chata. En su rostro sólo se veía la blancura del vendaje.
Cuando hubo salido, el portero habló: «Lo voy a dejar solo.» No sé qué ademán hice, pero se quedó, de pie detrás de mí. Su presencia a mis espaldas me molestaba. Llenaba la habitación una hermosa luz de media tarde. Dos abejorros zumbaban contra el techo de vidrio. Y sentía que el sueño se apoderaba de mí. Sin volverme hacia él, dije al portero: «¿Hace mucho tiempo que está usted aquí?» Inmediatamente respondió: «Cinco años», como si hubiese estado esperando mi pregunta.
Charló mucho en seguida. Se habría que dado muy asombrado si alguien le hubiera dicho que acabaría de portero en el asilo de Marengo. Tenía sesenta y cuatro años y era parisiense. Le interrumpí en ese momento: «¡Ah! ¿Usted no es de aquí?» Luego recordé que antes de llevarme a ver al director me había hablado de mamá. Me había dicho que era necesario enterrarla cuanto antes porque en la llanura hacía calor, sobre todo en esta región. Entonces me había informado que había vivido en París y que le costaba mucho olvidarlo. En París se retiene al muerto tres, a veces cuatro días. Aquí no hay tiempo; todavía no se ha hecho uno a la idea cuando hay que salir corriendo detrás del coche fúnebre. Su mujer le había dicho: «Cállate, no son cosas para contarle al señor.» El viejo había enrojecido y había pedido disculpas. Yo intervine para decir: «Pero no, pero no...» Me pareció que lo que contaba era apropiado e interesante.
En el pequeño depósito me informó que había ingresado en el asilo como indigente. Como se sentía válido, se había ofrecido para el puesto de portero. Le hice notar que en resumidas cuentas era pensionista. Me dijo que no. Ya me había llamado la atención la manera que tenía de decir: «ellos», «los otros» y, más raramente, «los viejos», al hablar de los pensionistas, algunos de los cuales no tenían más edad que él. Pero, naturalmente, no era la misma cosa. El era portero y, en cierta medida, tenía derechos sobre ellos.
La enfermera entró en ese momento. La tarde había caído bruscamente. La noche habíase espesado muy rápidamente sobre el vidrio del techo. El portero oprimió el conmutador y quedé cegado por el repentino resplandor de la luz. Me invitó a dirigirme al refectorio para cenar. Pero no tenía hambre. Me ofreció entonces traerme una taza de café con leche. Como me gusta mucho el café con leche, acepté, y un momento después regresó con una bandeja. Bebí. Tuve deseos de fumar. Pero dudé, porque no sabía si podía hacerlo delante de mamá. Reflexioné. No tenía importancia alguna. Ofrecí un cigarrillo al portero y fumamos.
En un momento dado, me dijo: «Sabe usted, los amigos de su señora madre van a venir a velarla también. Es la costumbre. Tengo que ir a buscar sillas y café negro.» Le pregunté si se podía apagar una de las lámparas. El resplandor de la luz contra las paredes blancas me fatigaba. Me dijo que no era posible. La instalación estaba hecha así: o todo o nada. Después no le presté mucha atención. Salió, volvió, dispuso las sillas. Sobre una de ellas apiló tazas en torno de una cafetera. Luego se sentó enfrente de mí, del otro lado de mamá. También estaba la enfermera, en el fondo, vuelta de espaldas. Yo no veía lo que hacía. Pero por el movimiento de los brazos me pareció que tejía. La temperatura era agradable, el café me había recalentado y por la puerta abierta entraba el aroma de la noche y de las flores. Creo que dormité un poco.
Me despertó un roce. Como había tenido los ojos cerrados, la habitación me pareció aún más deslumbrante de blancura. Delante de mí no había ni la más mínima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las curvas, se dibujaban con una pureza que hería los ojos. En ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella luz enceguecedora. Se sentaron sin que crujiera una silla. Los veía como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin embargo, no los oía y me costaba creer en su realidad. Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que les ceñía la cintura hacía resaltar aún más sus abultados vientres. Nunca había notado hasta qué punto podían tener vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran flaquísimos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados enfrente de mí, en torno del portero. Por un momento tuve la ridícula impresión de que estaban allí para juzgarme.
Poco después una de las mujeres se echó a llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus compañeras, y no la veía bien. Lloraba con pequeños gritos, regularmente; me parecía que no se detendría jamás. Los demás parecían no oírla. Se mostraban abatidos, tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más. La mujer seguía llorando. Yo estaba muy asombrado porque no la conocía. Hubiera querido no oírla más. Sin embargo, no me atrevía a decírselo. El portero se inclinó hacia ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y continuó llorando con la misma regularidad. El portero vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí. Después de un rato bastante largo me informó sin mirarme: «Estaba muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga aquí y que ahora ya no le queda nadie »
Quedamos un largo rato así. Los suspiros y los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbía mucho, luego calló por fin. Yo no tenía más sueño, pero me sentía fatigado y me dolía la cintura. Ahora me resultaba penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en cuando oía un ruido singular y no podía comprender qué era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus pensamientos que ni se daban cuenta. Tenía la impresión de que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no significaba nada ante sus ojos Pero creo ahora que era una impresión falsa.
Todos tomamos café, servido por el portero. Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto momento abrí los ojos y vi que los ancianos dormían amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolía mas la cintura. El día resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho. Escupía en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los demás, y el portero dijo que debían marcharse. Se levantaron. La incómoda velada les había dejado los rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mío, todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra intimidad.
Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá.
Pero esperé en el patio, debajo de un plátano. Aspiraba el olor de la tierra fresca y no tenía más sueño. Pensé en los compañeros de oficina. A esta hora se levantaban para ir al trabajo; para mí era siempre la hora más difícil. Reflexioné un momento sobre esas cosas, pero me distrajo una campana que sonaba en el interior de los edificios. Hubo movimientos detrás de las ventanas: luego, todo quedó en calma. El sol estaba algo más alto en el cielo; comenzaba a calentarme los pies. El portero cruzó el patio y me dijo que el director me llamaba. Fui a su despacho. Me hizo firmar cierta cantidad de documentos. Vi que estaba vestido de negro con pantalón a rayas. Tomó el teléfono y me interpeló: «Los empleados de pompas fúnebres han llegado hace un momento. Voy a pedirles que vengan a cerrar el féretro. ¿Quiere usted ver antes a su madre por última vez?» Dije que no. Ordenó por teléfono, bajando la voz: «Figeac, diga usted a los hombres que pueden ir.»
En seguida me dijo que asistiría al entierro y le di las gracias. Se sentó ante el escritorio y cruzó las pequeñas piernas. Me advirtió que yo y él estaríamos solos, con la enfermera de servicio. En principio los pensionistas no debían de asistir a los entierros.
El sólo les permitía velar. «Es cuestión de humanidad», señaló. Pero en este caso había autorizado a seguir el cortejo a un viejo amigo de mamá: «Tomás Pérez». Aquí e director sonrió. Me dijo: «Comprende usted, es un sentimiento un poco pueril. Pero él y su madre casi no se separaban. En el asilo les hacían bromas; le decían a Pérez: 'Es su novia.' Pérez reía. Aquello les complacía. La muerte de la señora de Meursault le ha afectado mucho. Creí que no debía de negarle la autorización. Pero le prohibí velarla ayer, por consejo del médico visitador.»
Quedamos silenciosos bastante tiempo. El director se levantó y miró por la ventana del despacho. Después de un momento observó:
«Ahí está el cura de Marengo. Viene antes de la hora.» Me advirtió que llevaría tres cuartos de hora de marcha, por lo menos, llegar a la iglesia, que se halla en el pueblo mismo. Bajamos, Delante del edificio estaban el cura y dos monaguillos. Uno de éstos tenía el incensario, y el sacerdote se inclinaba hacia él para regular el largo de la cadena de plata. Cuando llegamos, el sacerdote se incorporó. Me llamó "hijo mío" y me dijo algunas palabras. Entró; yo le seguí.
Vi de una ojeada que los tornillos del féretro estaban hundidos y que había cuatro hombres negros en la habitación. Oí al mismo tiempo al director decirme que el coche esperaba en la calle y al sacerdote comenzar las oraciones. A partir de ese momento todo se desarrolló muy rápidamente. Los hombres avanzaron hacia el féretro con un lienzo. El sacerdote, sus acompañantes, el director y yo salimos. Delante de la puerta estaba una señora que no conocía. «El señor Meursault», dijo el director. No oí el nombre de la señora y comprendí solamente que era la enfermera delegada. Inclinó sin una sonrisa el rostro huesudo y largo. Luego nos apartamos para dejar pasar el cuerpo. Seguimos a los hombres que lo llevaban y salimos del asilo. Delante de la puerta estaba el coche. Lustroso, oblongo y brillante, hacía pensar en una caja de lápices. A su lado estaban el empleado de la funeraria, hombrecillo de traje ridículo y un anciano de aspecto tímido. Comprendí que era Pérez. Llevaba un fieltro blando de copa redonda y alas anchas (se lo quitó cuando el féretro pasó por la puerta) un traje cuyo pantalón se arrollaba sobre los zapatos, y un lazo de género negro demasiado pequeño para la camisa de cuello blanco grande. Los labios le temblaban bajo la nariz mechada de puntos negros. Los cabellos blancos, bastante finos, dejaban pasar unas curiosas orejas, colgantes y mal orladas, cuyo color rojo sangre me sorprendió en aquella pálida fisonomía. El hombre de la funeraria nos indicó nuestros lugares. El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.
El cielo estaba lleno de sol. Comenzaba a pesar sobre la tierra y el calor aumentaba rápidamente. No sé por qué habíamos esperado tanto tiempo antes de ponernos en marcha. Tenía calor con mi traje oscuro El viejecito, que se había cubierto, se quitó nuevamente el sombrero. Me había vuelto un poco hacia su lado y le miraba cuando el director me habló de él. Me dijo que a menudo mi madre y Pérez iban a pasear por la tarde hasta el pueblo, acompañados por una enfermera. Miré el campo a mi alrededor. A través de las líneas de cipreses que aproximaban las colinas al cielo, de aquella tierra rojiza y verde, de aquellas casas, pocas y bien dibujadas, comprendía a mi madre. La tarde, en esta región, debía de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente.
Nos pusimos en marcha. En ese momento noté que Pérez renqueaba ligeramente. Poco a poco el coche tomaba velocidad y el anciano perdía terreno. Uno de los hombres que rodeaban el coche también se había dejado pasar y caminaba ahora a mi altura. Me sorprendía la rapidez con qué el sol se elevaba en el cielo. Advertí que hacía ya tiempo que el campo resonaba con el canto de los insectos y el crujir de la hierba. El sudor me corría por las mejillas. Como no tenía sombrero, me abanicaba con el pañuelo. El empleado de pompas fúnebres me dijo entonces algo que no oí. Al mismo tiempo se enjugaba el cráneo con un pañuelo que tenía en la mano izquierda, mientras que con la derecha levantaba el borde de la gorra. Le dije: «¿Cómo?» Repitió señalando al cielo: «Está sofocante.» Dije: «Sí.» Poco después me preguntó: «¿Es su madre la que va ahí?» Otra vez dije: «Sí.» «¿Era vieja?» Respondí: «Más o menos», pues no sabía la edad exacta. En seguida se calló. Me di vuelta y vi al viejo Pérez a unos cincuenta metros detrás de nosotros. Se apresuraba columpiando el sombrero al vaivén del brazo Mire también al director. Caminaba con mucha dignidad, sin un gesto inútil. Algunas gotas de sudor le perlaban la frente pero no las enjugaba.
Me pareció que el cortejo marchaba un poco mas de prisa. A mi alrededor continuaba siempre el mismo campo luminoso colmado de sol. El resplandor del cielo era insostenible. En un momento dado pasamos por una parte del camino que había sido arreglada recientemente: El sol había hecho estallar el alquitrán. Los pies se hundían en el y dejaban abierta su carne brillante. Por encima del coche, la galera luciente del cochero parecía haber sido amasada con ese fango negro. Yo estaba un poco perdido entre el cielo azul y blanco y la monotonía de aquellos colores, negro viscoso del alquitrán abierto, negro opaco de las ropas, negro lustroso del coche. Todo esto, el sol, el olor del cuero y del estiércol del coche, el del barniz y el del incienso y la fatiga de una noche de insomnio, me turbaba la mirada y las ideas. Me volví una vez más: Pérez me pareció muy lejos, perdido en una nube de calor; luego, no lo divisé más. Lo busqué con la mirada y vi que había dejado el camino y tomado a campo traviesa. Comprobé también que el camino doblaba delante de mí. Comprendí que Pérez, que conocía la región, cortaba campo para alcanzarnos. Al dar la vuelta se nos había reunido. Luego lo perdimos. Volvió a tomar a campo traviesa, y así varias veces. Yo sentía la sangre que me golpeaba en las sienes.
Todo ocurrió en seguida con tanta precipitación, certidumbre y naturalidad, que no recuerdo nada más. Sólo una cosa: a la entrada del pueblo la enfermera delegada me habló. Tenía una voz singular, que no correspondía a su rostro; una voz melodiosa y trémula. Me dijo: «Si uno anda despacio, corre el riesgo de una insolación. Pero si anda demasiado aprisa, transpira y, en la iglesia, pesca un resfriado.» Tenía razón. No había escapatoria. Todavía retengo algunas imágenes de aquel día: por ejemplo, el rostro de Pérez cuando se nos reunió cerca del pueblo por última vez. Gruesas lágrimas de nerviosidad y de pena le chorreaban por las mejillas. Pero las arrugas no las dejaban caer. Se extendían, se juntaban y formaban un barniz de agua sobre el rostro marchito. Hubo también la iglesia y los aldeanos en las aceras, los geranios rojos en las tumbas del cementerio, el desvanecimiento de Pérez (habríase dicho un títere dislocado), la tierra color de sangre que rodaba sobre el féretro de mamá, la carne blanca de las raíces que se mezclaban, gente aún, voces, el pueblo, la espera delante de un café el incesante ronquido del motor, y mi alegría cuando el autobús entró en el nido de luces de Argel y pensé que iba a acostarme y a dormir durante doce horas.



II

Cuando me desperté comprendí por qué el patrón tenía aspecto descontento cuando le pedí los dos días de licencia: hoy es sábado. Por decirlo así, lo había olvidado, pero se me ocurrió la idea al levantarme. Naturalmente, el patrón pensó que con el domingo tendría cuatro días de licencia, y eso no podía gustarle. Pero, por una parte, no es culpa mía que hayan enterrado a mamá ayer en vez de hoy, y, por otra parte, hubiera tenido el sábado y el domingo de todos modos. Por supuesto, esto no me impide comprender a mi patrón.
Me costó levantarme porque la jornada de ayer me había cansado. Mientras me afeitaba me pregunté qué podía hacer y resolví ir a bañarme. Tomé el tranvía para ir al establecimiento de baños del puerto. Allí me zambullí en la entrada. Había muchos jóvenes. En el agua encontré a María Cardona, antigua dactilógrafa de mi oficina, a la que había deseado en otro tiempo. Creo que ella también. Pero se había marchado poco después y no tuvimos ocasión. La ayudé a subir a una balsa y rocé sus senos en ese movimiento. Yo estaba todavía en el agua cuando ella ya se había colocado boca abajo sobre la balsa. Se volvió hacia mí. Tenía los cabellos sobre los ojos y reía. Me icé a su lado sobre la balsa. El tiempo estaba espléndido y, como bromeando, dejé ir la cabeza hacia atrás y la posé sobre su vientre. No dijo nada y quedé así. Me daba en los ojos todo el cielo, azul y dorado. Bajo la nuca sentía latir suavemente el vientre de María. Nos quedamos largo rato sobre la balsa, medio dormidos. Cuando el sol estuvo demasiado fuerte se zambulló y la seguí. La alcancé, pasé la mano alrededor de su cintura y nadamos juntos. Ella reía siempre. En el muelle mientras nos secábamos me dijo: «Soy más morena que tú.» Le pregunté si quería ir al cine esa noche. Volvió a reír y me dijo que quería ver una película de Fernandel. Cuando nos hubimos vestido pareció muy asombrada al verme con corbata negra y me preguntó si estaba de luto. Le dije que mamá había muerto. Como quisiera saber cuándo, respondí: «Ayer.» Se estremeció un poco, pero no dijo nada. Estuve a punto de decirle que no era mi culpa, pero me detuve porque pensé que ya lo había dicho a mi patrón. Todo esto no significaba nada. De todos modos uno siempre es un poco culpable.

Por la noche María había olvidado todo. La película era graciosa a ratos y, luego, demasiado tonta, en verdad. Ella apretaba su pierna contra la mía. Yo le acariciaba los senos. Hacia el fin de la función, la besé, pero mal. Al salir vino a mi casa.
Cuando me desperté, María se había marchado. Me había explicado que tenía que ir a casa de su tía. Pensé que era domingo y me fastidió: no me gusta el domingo. Me di vuelta en la cama, busqué en la almohada el olor a sal que habían dejado allí los cabellos de María, y dormí hasta las diez. Luego estuve fumando cigarrillos hasta mediodía, siempre acostado. No quería almorzar en el restaurante de Celeste como de costumbre, porque indudablemente me hubieran formulado preguntas, cosa que no me gusta. Cocí unos huevos y los comí solos, sin pan, porque no tenía más y no quería bajar a comprarlo.
Después del almuerzo me aburrí un poco y erré por el departamento. Resultaba cómodo cuando mamá estaba allí. Ahora es demasiado grande para mí, y he debido trasladar a mi cuarto la mesa del comedor. No vivo más que en esta habitación, entre sillas de paja un poco hundidas, el ropero cuyo espejo está amarillento, el tocador y la cama de bronce. El resto está abandonado. Un poco más tarde, por hacer algo, cogí un periódico viejo y lo leí. Recorté un aviso de las sales Kruschen y lo pegué en un cuaderno viejo donde pongo las cosas que me divierten en los periódicos. También me lavé las manos y, para concluir, me asomé al balcón.
Mi cuarto da sobre la calle principal del barrio. Era una hermosa tarde. Sin embargo, el pavimento estaba grasiento; había poca gente y apurada. Pasó primero una familia que iba de paseo: dos niños de traje marinero, los pantalones sobre las rodillas, un tanto trabados dentro de las ropas rígidas, y una niña con un gran lazo color de rosa y zapatos de charol. Detrás de ellos, una madre enorme vestida de seda castaña, y el padre, un hombrecillo bastante endeble que conocía de vista. Llevaba sombrero de paja, corbata de lazo, y un bastón en la mano. Al verle con su mujer comprendí por qué en el barrio se decía de él que era distinguido. Un poco más tarde pasaron los jóvenes del arrabal, de pelo lustroso y corbata roja, chaqueta muy ajustada, bolsillo bordado y zapatos de punta cuadrada. Pensé que iban a los cines del centro porque partían muy temprano y se apresuraban a tomar el tranvía, riendo estrepitosamente.
Después que ellos pasaron, la calle quedó poco a poco desierta. Creo que en todas partes habían comenzado los espectáculos. En la calle sólo quedaban los tenderos y los gatos. Sobre las higueras que bordeaban la calle el cielo estaba límpido, pero sin brillo. En la acera de enfrente el cigarrero sacó la silla, la instaló delante de la puerta, y montó sobre ella, apoyando los dos brazos en el respaldo. Los tranvías, un momento antes cargados de gente, estaban casi vacíos. En el cafetín Chez Pierrot, contiguo a la cigarrería, el mozo barría aserrín en el salón desierto. Era realmente domingo.
Volví a la silla y la coloqué como la del cigarrero porque me pareció que era más cómodo. Fumé dos cigarrillos, entré a buscar un trozo de chocolate, y volví a la ventana a comerlo. Poco después el cielo se oscureció y creí que íbamos a tener una tormenta de verano. Se despejó poco a poco, sin embargo. Pero el paso de las nubes había dejado en la calle una promesa de lluvia que la volvía más sombría. Quedó largo rato mirando el cielo.
A las cinco los tranvías llegaron ruidosamente. Traían del estadio circunvecino racimos de espectadores colgados de los estribos y de los pasamanos. Los tranvías siguientes trajeron a los jugadores, que reconocí por las pequeñas valijas. Gritaban y cantaban a voz en cuello que su club no perecería jamás. Varios me hicieron señas. Uno hasta llegó a gritarme: «¡Les ganamos!» Dije: «Sí», sacudiendo la cabeza. A partir de ese instante los automóviles comenzaron a afluir.
El día avanzó un poco más. El cielo enrojeció sobre los techos y, con la tarde que caía, las calles se animaron. Pero a poco regresaban los paseantes. Reconocí al señor distinguido en medio de otros. Los niños lloraban o se dejaban arrastrar. Casi en seguida los cines del barrio volcaron sobre la calle una marea de espectadores. Los jóvenes tenían gestos más resueltos que de costumbre y pensé que habían visto una película de aventuras. Los que regresaban de los cines del centro llegaron un poco más tarde. Parecían más graves. Todavía reían, pero sólo de cuando en cuando; parecían fatigados y soñadores. Se quedaron en la calle, yendo y viniendo por la acera de enfrente. Las jóvenes del barrio andaban tomadas del brazo, en cabeza. Los muchachos se habían arreglado para cruzarse con ellas y les lanzaban piropos de los que ellas reían volviendo la cabeza. Varias que yo conocía me hicieron señas.
Las lámparas de la calle se encendieron bruscamente e hicieron palidecer las primeras estrellas que surgían en la noche. Sentía fatigárseme los ojos mirando las aceras con su cargamento de hombres y de luces. Las lámparas hacían relucir el piso grasiento y, con intervalos regulares, los tranvías volcaban sus reflejos sobre los cabellos brillantes, una sonrisa, o una pulsera de plata. Poco después, con los tranvías más escasos y la noche ya oscura sobre los árboles y las lámparas, el barrio se vació insensiblemente, hasta que el primer gato atravesó lentamente la calle de nuevo desierta. Pensé entonces que era necesario comer. Me dolía un poco el cuello por haber estado tanto tiempo apoyado en el respaldo de la silla. Bajé a comprar pan y pastas, cociné y comí de pie. Quise fumar aún un cigarrillo en la ventana, pero sentí un poco de frío. Eché los cristales y, al volverme, vi por el espejo un extremo de la mesa en el que estaban juntos la lámpara de alcohol y unos pedazos de pan. Pensé que, después de todo, era un domingo de menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a reanudar el trabajo y que, en resumen, nada había cambiado.



III

Hoy trabajé mucho en la oficina. El patrón estuvo amable. Me preguntó si no estaba demasiado cansado y quiso saber también la edad de mamá. Dije «alrededor de los sesenta» para no equivocarme y no sé por qué pareció quedar aliviado y considerar que era un asunto concluido.
Sobre mi mesa se apilaba un montón de conocimientos y tuve que examinarlos todos. Antes de abandonar la oficina para ir a almorzar me lavé las manos. Me gusta mucho ese momento a mediodía. Por la tarde encuentro menos placer porque la toalla sin fin que utilizamos está completamente húmeda; ha servido durante toda la jornada. Un día se lo hice notar al patrón. Me respondió que era de lamentar, pero que asimismo era un detalle sin importancia. Salí un poco tarde, a las doce y media, con Manuel, que trabaja en la expedición. La oficina da al mar y perdimos un momento mirando los barcos de carga en el puerto ardiente de sol. En ese instante llegó un camión en medio de un estrépito de cadenas y explosiones. Manuel me preguntó: «¿Vamos?», y eché a correr. El camión nos dejó atrás y nos lanzamos en su persecución. El ruido y el polvo me ahogaban. No veía nada más y no sentía otra cosa que el desordenado impulso de la carrera, en medio de los tornos y de las máquinas, de los mástiles que danzaban en el horizonte y de los cabos que esquivábamos. Fui el primero en tomar apoyo y salté al vuelo. Luego ayudé a Manuel a sentarse. Estábamos sin resuello. El camión saltaba sobre el pavimento desparejo del muelle, en medio del polvo y del sol. Manuel reía hasta perder el aliento.
Llegamos empapados a casa de Celeste. Allí estaba como siempre, con el vientre abultado, el delantal y los bigotes blancos. Me preguntó si «andaba bien a pesar de todo.» Le dije que sí y que tenía hambre. Comí rápidamente y tomé café. Luego volví a mi casa; dormí un poco porque había bebido demasiado vino, y al despertar tuve ganas de fumar. Era tarde, y corrí para alcanzar un tranvía. Trabajé toda la tarde. Hacía mucho calor en la oficina y cuando salí al atardecer me sentí feliz caminando de vuelta lentamente a lo largo de los muelles. El cielo estaba verde. Me sentía contento. Sin embargo, volví directamente a mi casa porque quería prepararme unas papas hervidas.
Al subir topé en la escalera oscura con el viejo Salamano, mi vecino de piso. Estaba con su perro. Hace ocho años que se los ve juntos. El podenco tiene una enfermedad en la piel, creo que sarna, que le hace perder casi todo el pelo y lo cubre de placas y costras oscuras. A fuerza de vivir con él, solos los dos en una pequeña habitación, el viejo Salamano ha concluido por parecérsele. Tiene costras rojizas en el rostro y pelo amarillo y escaso. A su vez el perro ha tomado del amo una especie de andar encorvado, con el hocico hacia adelante y el cuello tendido. Parecen de la misma raza y, sin embargo, se detestan. Dos veces por día, a once y a las seis, el viejo lleva el perro a pasear. Desde hace ocho años no han cambiado el itinerario. Puede vérseles a lo largo de la calle de Lyon, el perro tirando hombre hasta que el viejo Salamano tropieza. Entonces pega al perro y lo insulta. El perro se arrastra de terror y se deja arrastrar. Y el viejo debe tirar de él. Cuando el perro ha olvidado, aplasta de nuevo al amo y de nuevo el amo le pega y lo insulta. Entonces quedan los dos en la acera y se miran, el perro con terror, el hombre con odio. Así todos los días. Cuando el perro quiere orinar, el viejo no le da tiempo y tira; el podenco siembra tras sí un reguero de gotitas. Si por casualidad el perro lo hace en la habitación, entonces también le pega. Hace ocho años que ocurre lo mismo. Celeste dice siempre que «es una desgracia», pero, en el fondo, no se puede saber. Cuando lo encontré en la escalera, Salamano estaba insultando al perro. Le decía: «¡Cochino! ¡Carroña!», y el perro gemía. Dije: «Buenas tardes», pero el viejo continuó con los insultos. Entonces le pregunté qué le había hecho el perro. No me respondió. Decía solamente: «¡Cochino! ¡Carroña!» Me lo imaginaba, inclinado sobre el perro, arreglando alguna cosa en el collar. Hablé más alto. Entonces me respondió sin volverse, con una especie de rabia contenida: «Se queda siempre ahí.» Y se marchó tirando del animal, que se dejaba arrastrar sobre las cuatro patas y gemía.
En ese mismo momento entró el segundo vecino de piso. En el barrio se dice que vive de las mujeres. Sin embargo, cuando se le pregunta acerca de su oficio, es «guardalmacén». En general, es poco querido. Pero me habla a menudo y a veces entra un momento en mi habitación porque yo le escucho. Encuentro interesante lo que dice. Por otra parte, no tengo razón alguna para no hablarle. Se llama Raimundo Sintés. Es bastante pequeño, con hombros anchos y nariz de boxeador. Va siempre muy correctamente vestido. También él me ha dicho, hablando de Salamano: «¡Dígame si no es una desgracia!» Me preguntó si no me repugnaba y respondí que no.
Subimos y le iba a dejar, cuando me dijo: «Tengo en mi habitación morcilla y vino. ¿Quiere usted comer algo conmigo?...» Pensé que me evitaría cocinar y acepté. El también tiene una sola pieza, con una cocina sin ventana. Sobre la cama hay un ángel de estuco blanco y rosa, fotos de campeones y dos o tres clisés de mujeres desnudas. La habitación estaba sucia y la cama deshecha. Encendió primero la lámpara de petróleo; luego extrajo del bolsillo una venda bastante sucia y se envolvió la mano derecha. Le pregunté qué tenía. Me dijo que había tenido una trifulca con un sujeto que le buscaba camorra.
«Comprende usted, señor Meursault», me dijo, «no se trata de que yo sea malo; pero soy rápido. El otro me dijo: 'Baja del tranvía si eres hombre.' Yo le dije: '¡Vamos, quédate tranquilo!' Me dijo que yo no era hombre. Entonces bajé y le dije: 'Basta, es mejor; o te rompo la jeta.' Me contestó: '¿Con qué?' Entonces le pegué. Se cayó. Yo iba a levantarlo. Pero me tiró unos puntapiés desde el suelo. Entonces le di un rodillazo y dos taconazos. Tenía la cara llena de sangre. Le pregunté si tenía bastante. Me dijo: 'Sí.'» Durante todo este tiempo Sintés arreglaba el vendaje. Yo estaba sentado en la cama. Me dijo: «Usted ve que no lo busqué. El se metió conmigo.» Era verdad y lo reconocí. Entonces me declaró que precisamente quería pedirme un consejo con motivo de este asunto; que yo era un hombre que conocía la vida; que podía ayudarlo y que inmediatamente sería mi camarada. No dije nada y me preguntó otra vez si quería ser su camarada.
Dije que me era indiferente, y pareció quedar contento. Sacó una morcilla, la cocinó en la sartén, y colocó vasos, platos, cubiertos y dos botellas de vino. Todo en silencio. Luego nos instalamos. Mientras comíamos comenzó a contarme la historia. Al principio vacilaba un poco. «Conocí a una señora..., para decir verdad era mi amante...» El hombre con quien se había peleado era el hermano de esa mujer. Me dijo que la había mantenido. No contesté nada y sin embargo se apresuró a añadir que sabía lo que se decía en el barrio, pero que tenía su conciencia limpia y que era guardalmacén.
«Pero volviendo a mi historia», me dijo, «me di cuenta de que me engañaba». Le daba lo necesario para vivir. Pagaba el alquiler de la habitación y le daba veinte francos por día para el alimento. "Trescientos francos por la pieza, seiscientos francos por el alimento, un par de medias de vez en cuando, esto sumaba mil francos. Y la señora no trabajaba. Pero me decía que era poco, que no le alcanzaba con lo que le daba. Sin embargo, yo le decía: '¿Por qué no trabajas medio día? Me ayudarías para todas las cosas chicas. Este mes te he comprado un conjunto, te pago veinte francos por día, te pago el alquiler, y tú lo que haces es tomar café por las tardes con tus amigas. Tú les das el café y el azúcar. Yo te doy el dinero. Me he portado bien contigo y tú me correspondes mal.' Pero no trabajaba, decía que no le alcanzaba, y así me di cuenta de que había engaño.»
Me contó entonces que le había encontrado un billete de lotería en el bolso sin que ella pudiera explicarle cómo lo había comprado. Poco después encontró en casa de ella una papeleta del Monte de Piedad, prueba de que había empeñado dos pulseras. Hasta ahí él ignoraba la existencia de las pulseras. «Vi bien claro que me engañaba. Entonces la dejé. Pero antes le di una paliza. Y le canté las verdades. Le dije que todo lo que quería era divertirse. Usted comprende, señor Meursault, yo le dije: 'No ves que la gente está celosa de la felicidad que te doy. Más tarde te darás cuenta de la felicidad que tenías.'»
Le había pegado hasta hacerla sangrar. Antes no le pegaba. «La golpeaba pero con ternura, por así decir. Ella gritaba un poco. Yo cerraba las persianas y todo concluía como siempre. Pero ahora es serio. Y para mí no la he castigado bastante.»
Me explicó entonces que por eso necesitaba consejo. Se interrumpió para arreglar la mecha de la lámpara que carbonizaba. Yo continuaba escuchándole. Había bebido casi un litro de vino y me ardían las sienes. Como no me quedaban más cigarrillos fumaba los de Raimundo. Los últimos tranvías pasaban y llevaban consigo los ruidos ahora lejanos del barrio. Raimundo continuó. Le fastidiaba «sentir todavía deseos de hacer el coito con ella.» Pero quería castigarla. Primero había pensado llevarla a un hotel y llamar a los «costumbres» para provocar un escándalo y hacerla fichar como prostituta. Luego se había dirigido a los amigos que tenía en el ambiente. Pero no se les había ocurrido nada. Y para eso no valía la pena ser del ambiente, como me lo hacía notar Raimundo. Se lo había dicho, y ellos entonces le propusieron «marcarla.» Pero no era eso lo que él quería. Iba a reflexionar. Pero antes deseaba preguntarme algo. Por otra parte, antes de preguntármelo, quería saber qué opinaba de la historia, Respondí que no opinaba nada, pero que era interesante. Me preguntó si creía que le había engañado, y a mí me parecía, por cierto, que le había engañado. Me preguntó si encontraba que se la debía castigar y qué haría yo en su lugar. Le dije que era difícil saber, pero comprendí que quisiera castigarla. Bebí todavía un poco de vino. Encendió un cigarrillo y me descubrió su idea. Quería escribirle una carta «con patadas y al mismo tiempo cosas para hacerla arrepentir.» Después, cuando regresara, se acostaría con ella, y «justo en el momento de acabar» le escupiría en la cara y la echaría a la calle. Me pareció que, en efecto, de ese modo quedaría castigada. Pero Raimundo me dijo que no se sentía capaz de escribir la carta adecuada y que había pensado en mí para redactarla. Como no dijera nada, me preguntó si me molestaría hacerlo en seguida y respondí que no.
Bebió un vaso de vino y se levantó. Apartó los platos y la poca morcilla fría que habíamos dejado. Limpió cuidadosamente el hule de la mesa. Sacó de un cajón de la mesa de noche una hoja de papel cuadriculado, un sobre amarillo, un pequeño cortaplumas de madera roja y un tintero cuadrado, con tinta violeta. Cuando me dijo el nombre de la mujer vi que era mora. Hice la carta. La escribí un poco al azar, pero traté de contentar a Raimundo porque no tenía razón para no dejarlo contento. Luego leí la carta en alta voz. Me escuchó fumando y asintiendo con la cabeza, y me pidió que la releyera. Quedó enteramente contento. Me dijo: «Sabía que tú conocías la vida.» Al principio no advertí que me tuteaba. Sólo cuando me declaró: «Ahora eres un verdadero camarada, me llamó la atención. Repitió la frase, y dije: «Sí.» Me era indiferente ser su camarada y él realmente parecía desearlo. Cerró el sobre y terminamos el vino. Luego quedamos un momento fumando sin decir nada. Afuera todo estaba en calma y oímos deslizarse un auto que pasaba. Dije: «Es tarde.» Raimundo pensaba lo mismo. Hizo notar que el tiempo pasaba rápidamente, y, en cierto sentido, era verdad. Tenía sueño, pero me costaba levantarme. Debía de tener aspecto fatigado porque Raimundo me dijo que no había que dejarse abatir. En el primer momento no comprendí. Me explicó entonces que se había enterado de la muerte de mamá pero que era una cosa que debía de llegar un día u otro. Era lo que yo pensaba.
Me levanté. Raimundo me estrechó la mano con fuerza y me dijo que entre hombres siempre acaba uno por entenderse. Al salir de la pieza cerré la puerta y quedé un momento en el rellano, en la oscuridad. La casa estaba tranquila y de las profundidades de la caja de la escalera subía un soplo oscuro y húmedo. No oía más que los golpes de la sangre zumbándome en los oídos y quedé inmóvil. Pero en la habitación del viejo Salamano el perro gimió sordamente.



IV

Trabajé mucho toda la semana. Raimundo vino y me dijo que había enviado la carta. Fui dos veces al cine con Manuel, que nunca comprende lo que sucede en la pantalla. Siempre hay que darle explicaciones. Ayer era sábado, y María vino, como habíamos convenido. La deseé mucho porque tenía un lindo vestido a rayas rojas y blancas, y sandalias de cuero. Se adivinaban sus senos firmes, y el tostado del sol le daba un rostro de flor. Tomamos un autobús y fuimos a algunos kilómetros de Argel a una playa encerrada entre rocas y rodeada de cañaverales del lado de la ribera. El sol de las cuatro no calentaba demasiado, pero el agua estaba tibia, con pequeñas olas alargadas y perezosas. María me enseñó un juego. Al nadar había que beber en la cresta de las olas, conservar en la boca toda la espuma, y ponerse en seguida de espaldas para proyectarla hacia el cielo. Se formaba entonces un encaje espumoso que se desvanecía en el aire o caía como lluvia tibia sobre la cara. Pero al cabo sentí la boca quemada por la amargura de la sal. María se me acercó entonces y se estrechó contra mí en el agua. Puso su boca contra la mía. Su lengua refrescaba mis labios y rodamos entre las olas durante un momento.
Cuando nos vestimos nuevamente en la playa, María me miraba con ojos brillantes. La besé. A partir de ese momento no hablamos más. La estreché contra mí y nos apresuramos a buscar un autobús, regresar, ir a casa y arrojarnos sobre la cama. Había dejado la ventana abierta y era agradable sentir derramarse la noche de verano sobre nuestros cuerpos morenos.
Esa mañana María se quedó y le dije que almorzaríamos juntos. Bajé a comprar carne. Al subir oía una voz de mujer en la habitación de Raimundo. Poco después, el viejo Salamano regañó al perro, oímos ruido de suelas y uñas en los peldaños de madera de la escalera y luego: «¡Cochino! ¡Carroña!» Salieron a la calle. Conté a María la historia del viejo y se rió. Tenía puesto uno de mis pijamas cuyas mangas había recogido. Cuando rió, tuve nuevamente deseos de ella. Un momento después me preguntó si la amaba. Le contesté que no tenía importancia, pero que me parecía que no. Pareció triste. Mas al preparar el almuerzo, y sin motivo alguno, se echó otra vez a reír de tal manera que la besé. En ese momento el ruido de una disputa estalló en la habitación de Raimundo.
Se oyó al principio una voz aguda de mujer y luego a Raimundo que decía: «¡Me has engañado, me has engañado! Yo te voy a enseñar a engañarme.» Algunos ruidos sordos y la mujer aulló, pero de tan terrible manera que inmediatamente el pasillo se llenó de gente. También María y yo salimos. La mujer gritaba sin cesar y Raimundo pegaba sin cesar. María me dijo que era terrible y no respondí. Me pidió que fuese a buscar a un agente, pero le dije que no me gustaban los agentes. Sin embargo, llegó con el inquilino del segundo, que es plomero. Golpeó en la puerta y no se oyó nada más. Golpeó con más fuerza y, al cabo de un momento, la mujer lloró otra vez y Raimundo abrió. Tenía un cigarrillo en la boca y el aire dulzón. La muchacha se precipitó hacia la puerta y declaró al agente que Raimundo le había pegado. «Tu nombre», dijo el agente. Raimundo respondió. «Quítate el cigarrillo de la boca cuando me hablas», dijo el agente. Raimundo titubeó, me miró y se quedó con el cigarrillo. Entonces el agente le cruzó la cara al vuelo con una bofetada espesa y pesada, en plena mejilla. El cigarrillo cayó algunos metros más lejos. Raimundo se demudó, pero no dijo nada en seguida. Luego preguntó con voz humilde si podía recoger la colilla. El agente respondió que sí y agregó: «Pero la próxima vez sabrás que un agente no es un monigote.» Mientras tanto, la muchacha lloraba y repetía: «¡Me golpeó! ¡Es un rufián!» «Señor agente", preguntó entonces Raimundo, «¿permite la ley que se llame rufián a un hombre?» Pero el agente le ordenó «cerrar el pico.» Raimundo se volvió entonces hacia la muchacha y le dijo: «Espera, chiquita, ya nos volveremos a encontrar.» El agente le dijo que se callara, que la muchacha debía marcharse y él permanecer en la habitación aguardando que la comisaría lo citara. Agregó que Raimundo debería de sentirse avergonzado de estar borracho al punto de temblar como lo hacía. Entonces Raimundo le explicó: «No estoy borracho, señor agente. Estoy aquí, delante de usted, y tiemblo contra mi voluntad.» Cerró la puerta y todos se fueron. María y yo concluimos de preparar el almuerzo. Pero ella no tenía hambre; yo comí casi todo. A la una se fue y dormí un poco.
A eso de las tres llamaron a mi puerta y entró Raimundo. Me quedé acostado. Se sentó en el borde de la cama. Quedó un momento sin hablar y le pregunté cómo había ocurrido el asunto. Me contó que había hecho lo que quería, pero que ella le había dado un bofetón y entonces él le había pegado. En cuanto al resto, yo lo había visto. Le dije que me parecía que ahora estaba castigada y que debía de sentirse contento. Era también su Opinión, y observó que el agente había actuado bien, pero que no cambiaría en nada los golpes que ella había recibido. Agregó que conocía bien a los agentes y que sabía cómo había que manejarse con ellos. Me preguntó entonces si había esperado que respondiera al bofetón del agente. Contesté que no había esperado nada y que por otra parte no me gustaban los agentes. Raimundo pareció muy contento. Me preguntó si quería salir con él. Me levanté y comencé a peinarme. Me dijo entonces que era necesario que le sirviera como testigo. A mí me era indiferente, pero no sabía qué debía decir. Según Raimundo, bastaba declarar que la muchacha lo había engañado. Acepté servirle como testigo.
Salimos, y Raimundo me ofreció un aguardiente. Luego quiso jugar una partida de billar y perdí por un pelo. Después quería ir al burdel, pero le dije que no porque no tenía ganas. Regresamos lentamente mientras me decía cuánto celebraba haber logrado castigar a su amante. Estuvo muy amable conmigo y pensé que era un momento agradable.
Desde lejos divisé en el umbral de la puerta al viejo Salamano, que tenía aspecto agitado. Cuando nos acercamos vi que no tenía consigo al perro. Miraba para todos lados, se volvía sobre sí mismo, trataba de perforar la oscuridad del pasillo, mascullaba palabras sueltas y volvía a escudriñar la calle con los ojillos enrojecidos. Cuando Raimundo le preguntó qué le sucedía, no respondió inmediatamente. Oí vagamente que murmuraba: «¡Cochino! ¡Carroña!», y continuaba agitándose. Le pregunté dónde estaba el perro. Bruscamente me respondió que se había marchado. Luego, de golpe, habló con volubilidad: «Lo llevé al Campo de Maniobras como de costumbre. Había mucha gente en torno de los kioscos de saltimbanquis. Me detuve a mirar 'El rey de la evasión'. Y cuando quise seguir no estaba más allí. Hace tiempo que estaba por comprarle un collar menos grande. Pero jamás hubiera creído que esa carroña pudiera marcharse así.»
Raimundo le explicó entonces que el perro podía haberse perdido y que iba a volver. Le citó ejemplos de perros que habían hecho decenas de kilómetros para encontrar a su amo. A pesar de todo, el viejo pareció más agitado. «Pero ellos lo agarrarán, ¿comprende usted? Si por lo menos alguien lo recogiera. Pero no es posible, da asco a todo el mundo con las costras. Los agentes lo agarrarán es seguro.» Le dije entonces que debía ir a la perrera y que se lo devolverían mediante el pago de algunos derechos. Me preguntó si los derechos serían elevados. Yo no lo sabía. Entonces montó en cólera: «¡Dar dinero por esa carroña! ¡Ah, que reviente!» Y se puso a insultarlo. Raimundo rió y entró en la casa. Le seguí y nos separamos en el rellano del piso. Un momento después oí los pasos del viejo que golpeó en mi puerta. Cuando abrí quedó un momento en el umbral y me dijo: «¡Discúlpeme, discúlpeme! ...» Le invité a entrar, pero no quiso. Miraba la punta de los zapatos y le temblaban las manos costrosas. Sin mirarme de frente, me preguntó: «¿No me lo han de agarrar, diga, señor Meursault? ¡Tienen que devolvérmelo! Si no, ¿qué va a ser de mí?» Le dije que la perrera guardaba los perros tres días a disposición de los propietarios y que después hacía con ellos lo que le parecía. Me miró en silencio. Luego dijo: «Buenas noches.» Cerró la puerta. Le oí ir y venir. La cama crujió. Y por el extraño y leve ruido que atravesó el tabique comprendí que lloraba. No sé por qué pensé en mamá. Pero tenía que levantarme temprano al día siguiente. No tenía hambre y me acosté sin cenar.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Orhan Pamuk. Autor de El Libro Negro


Escritor turco nacido en Estambul. Estudió Arquitectura, licenciatura que nunca terminó, y Periodismo en el Instituto de la Universidad de Estambul, y ha pasado largas temporadas en las Universidades norteamericanas de Iowa y Columbia. Su carrera como escritor se inició a finales de los años 70, aunque no publicó su primera novela hasta el año 1982, Cevdet Bey y sus hijos. A ésta siguieron, La casa del silencio (1983), El astrólogo y el sultán (1985), que desencadenó grandes elogios; El libro negro (1990), La vida nueva (1994) y su consagración definitiva, Me llamo Rojo (1998), una novela que combina la narración de misterio, la historia de amor y la reflexión filosófica, ambientada en el Estambul del siglo XVI, bajo el reinado del sultán Murad III. En el año 2005 y a raíz de unas declaraciones sobre la muerte de 30.000 kurdos y un millón de armenios, tuvo que exiliarse al extranjero. El 13 de diciembre del 2005, varios escritores de renombre mundial, José Saramago, Gabriel García Márquez, Günter Grass, Umberto Eco, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, John Updike, Salman Rushdie y Mario Vargas Llosa, firmaron una declaración conjunta de apoyo a Pamuk, acusando al Gobierno turco de no respetar los derechos humanos. Sus últimas obras son Nieve (2001) y Estambul (2005). Orhan Pamuk ha obtenido numerosos reconocimientos internacionales, como el Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia, el Premio Grinzane Cavour en Italia, el Premio Internacional IMPAC de Dublín, el Premio de la Paz de los libreros alemanes y el Premio Nobel. Su obra ha sido traducida a 34 idiomas y publicada en un centenar de países.

El Libro Negro. Por Orhan Pamuk

1. La primera vez que Galip vio a Rüya


Adli: «¡No uses epígrafes porque matarían el misterio de la escritura!».
Bahti: «Si tiene que morir así, mata entonces tú también el misterio, ¡mata al falso profeta vendedor de misterios!».
Cartas a un joven periodista, M. BALAMIR


Rüya dormía boca abajo en la dulce y templada oscuridad cubierta por los altozanos, los valles sombríos y las suaves colinas azules del edredón de cuadros azules que se extendía desde la cabecera hasta los pies de la cama. Desde el exterior llegaban los primeros sonidos de la mañana invernal: coches y viejos autobuses que pasaban de vez en cuando, el ruido de las vasijas de cobre del vendedor de salep, que colaboraba con el vendedor de bollos, cuando las dejaba en la acera, y el silbato del jefe de la parada de taxis colectivos. En la habitación había una plomiza luz invernal filtrada por las cortinas azul marino. Galip, entontecido por el sueño, miró la cabeza de su mujer, que se extendía fuera del edredón azul: la barbilla de Rüya estaba hundida en la almohada de plumas. En la curva de su frente había algo sobrenatural que provocaba que uno se preguntara con temor por las cosas maravillosas que en ese momento pudieran estar ocurriendo en su mente. «La memoria —había escrito Celâl en una de sus columnas del periódico— es un jardín». «Los jardines de Rüya, los jardines de Rüya... —pensó Galip—, no pienses, no pienses, o sentirás celos». Pero Galip pensó mirando la frente de su esposa.
En ese momento le habría gustado pasear entre los sauces, las acacias, los rosales trepadores y bajo el sol de aquel jardín de puertas cerradas de Rüya, sumergida en la tranquilidad del sueño. Temía avergonzado los rostros que pudiera encontrarse allí: ¡Hola! ¿Tú también estás aquí? Viendo con curiosidad y dolor inesperadas sombras de hombres tal y como vería los desagradables recuerdos, conocidos y esperados: Disculpe, hermano, ¿usted dónde ha coincidido con mi mujer, dónde la ha conocido? Hace tres años en su casa, en una revista extranjera de modas que se había llevado de la tienda de Aladino, en el edificio, de la escuela secundaria a la que ustedes iban juntos, a la entrada de un cine en el que ustedes entraban cogidos de la mano... No, quizá la memoria de Rüya no estuviera tan poblada ni fuera tan despiadada; quizá ahora, en el único rincón soleado del oscuro jardín de su memoria, Rüya y Galip salían de paseo en barca. Seis meses después de que la familia de Rüya se mudara a Estambul, Rüya y Galip habían contraído las paperas. Por aquel entonces, a veces la madre de Galip, a veces la bonita madre de Rüya, la Tía Suzan, o a veces ambas a un tiempo, cogían a Galip y a Rüya de la mano, tomaban un autobús que temblaba a lo largo del camino adoquinado e iban de paseo en barca en Bebek o en Tarabya. En aquellos años los microbios eran famosos pero las medicinas no: se creía que el aire puro del Bósforo le iba bien a las paperas de los niños. Por las mañanas el mar estaba tranquilo, la barca blanca, el mismo barquero siempre amistoso. Ellas, madres y cuñadas a un tiempo, se sentaban a popa y Rüya y Galip en la proa, uno al lado del otro, ocultos detrás de la espalda del barquero, que subía y bajaba. El mar se deslizaba lentamente bajo sus pies y sus flacos tobillos, tan parecidos, que ellos alargaban hacia el agua; algas, manchas de fuel de siete colores, guijarros pequeños y semitransparentes y trozos de periódico aún legibles que miraban por si en ellos había algún artículo de Celâl.
La primera vez que Galip vio a Rüya, seis meses antes de enfermar de paperas, estaba sentado en un taburete que habían colocado sobre la mesa del comedor y el barbero le cortaba el pelo. En aquella época, Douglas, el alto y bigotudo barbero, venía cinco días por semana a casa y afeitaba al Abuelo. Eran los tiempos en que las colas del café se alargaban ante las tiendas de Arap y Aladino, en que los contrabandistas vendían medias de nailon, en que en Estambul se iban multiplicando los Chevrolet modelo del 56, en que Galip empezó la escuela primaria y en que leía con atención los artículos que Celâl escribía en la segunda página del diario Milliyet cinco veces por semana bajo el nombre de Selim Kacmaz, pero no cuando aprendió a leer y escribir porque la Abuela le había enseñado dos años antes. Se sentaba en una esquina de la mesa del comedor; después de que la Abuela le anunciara con voz ronca que la mayor magia consistía en cómo encajaban las letras unas en otras, soplaba el humo del cigarrillo Bafra que nunca le faltaba en la comisura de los labios, el humo provocaba que se humedecieran los ojos de su nieto y entonces el caballo de extraordinario tamaño que había en la cartilla azuleaba y cobraba vida. Aquel enorme caballo, bajo el que estaba escrito que era un caballo, era mayor que los huesudos animales de los carros del aguador cojo y el trapero ladrón. En aquellos tiempos Galip pensaba en que le habría gustado verter una poción mágica que le diera vida a aquel saludable caballo de la cartilla cuando la echara sobre el dibujo, pero luego, como no le permitieron empezar la escuela primaria en segundo, encontraría estúpido aquel deseo mientras volvía a aprender a leer y escribir en la escuela con la misma cartilla del caballo.
Si por aquel entonces el Abuelo, como le había prometido, hubiera podido traerle de la calle aquel elixir mágico en una botella color granada, a Galip le habría gustado verterlo sobre los viejos y polvorientos números de la revista L'Illustration llenos de zepelines, cañones y muertos de la Primera Guerra Mundial, sobre las postales que el Tío Melih enviaba de París y Marruecos y sobre la fotografía de la orangutana amamantando a su cría que Vasif había recortado del periódico Dünya y sobre los rostros de gente extraña que Celâl recortaba de los diarios. Pero el Abuelo ya no salía a la calle, ni siquiera para ir al barbero, se pasaba el día en casa. No obstante, se vestía como cuando salía a la calle e iba a la tienda: una vieja chaqueta inglesa de anchas solapas y color plomizo como la barba que le crecía los domingos, un pantalón caído, gemelos y, como decía Papá, una «gorbata» de funcionario de algodón. Mamá no decía «gorbata», sino «corbata» porque antiguamente la familia de Mamá había sido más rica. Luego Mamá y Papá hablaban del Abuelo como si hablaran de una de esas casas de madera de pintura desconchada de las que se derriba alguna cada día que pasa; poco después, si olvidaban al Abuelo y comenzaban a levantarse la voz el uno al otro, se volvían hacia Galip: «Vete arriba a jugar. ¡Vamos!». «¿Puedo subir en ascensor?» «¡Que no suba solo en el ascensor!» «¡No subas solo en el ascensor!» «¿Puedo jugar con Vasif?» «¡No, que se enfada!»
La verdad es que no se enfadaba. Vasif era sordomudo pero cuando yo me arrastraba por el suelo él entendía que estaba jugando al «pasaje secreto» y que mientras cruzaba por debajo de las camas me aproximaba al final de una cueva como si llegara al fondo de la oscuridad del edificio, como un soldado que avanza con el sigilo de un gato por un túnel que ha cavado a cubierto del enemigo, y que no me burlaba de él, pero, exceptuando a Rüya, que apareció después, ninguno de los demás lo comprendía. A veces Vasif y yo mirábamos largo rato por las ventanas los raíles del tranvía en la calle. Una de las ventanas del balcón de cemento de aquel edificio de cemento daba a la mezquita, que era uno de los extremos del mundo, y la otra daba al otro extremo, el instituto femenino; entre ellos estaban la comisaría, dos enormes castaños, la esquina y la tienda de Aladino, que funcionaba como un reloj. Cuando Vasif, mientras contemplábamos a los que entraban y salían de la tienda y nos señalábamos los coches que pasaban, se excitaba de repente y emitía un terrible sonido ronco como si peleara a muerte con el diablo en sueños, me pillaba desprevenido y me asustaba. Entonces el Abuelo, que estaba sentado en un sillón bajo y cojo frente a la Abuela, ambos fumando como chimeneas mientras escuchaban la radio, le decía a la Abuela, que no le escuchaba: «Vasif ha vuelto a asustar a Galip», y entonces nos preguntaba, más por costumbre que por curiosidad: «¿Cuántos coches habéis contado?», pero ni siquiera atendían a la información que les daba sobre el número de Dodge, Packard, DeSoto y los nuevos Chevrolet.
El Abuelo y la Abuela hablaban sin cesar mientras oían música turca y occidental, noticias y anuncios de bancos, colonias y lotería en aquella radio que permanecía encendida de la mañana a la noche y sobre la que dormitaba una figura en forma de perro tranquilo y peludo que no se parecía a los perros turcos. La mayor parte de las veces se quejaban del tabaco sosteniendo en la mano un cigarrillo, pero, como quien habla de un dolor de muelas al que ya se ha acostumbrado porque nunca remite, se echaban la culpa el uno al otro por no haberlo dejado aún y si uno comenzaba a toser como si fuera a ahogarse el otro anunciaba que tenía razón, primero victorioso y alegre y luego preocupado e irritado. Poco después uno de ellos por fin se enfadaba: «¡Lo único que me queda es el tabaco! ¡No te metas conmigo, por el amor de Dios!», y entonces añadía lo que había leído en el periódico: «¡Va bien para los nervios!». Quizá entonces se callaban un poco pero aquel silencio en el que se podía oír el tic-tac del reloj del pasillo no duraba demasiado. Hablaban mientras hacían crujir los periódicos, que habían vuelto a coger, o mientras jugaban a la brisca a primera hora de la tarde o las veces en que los vecinos del edificio venían a cenar y a oír la radio todos juntos y después de leer la columna de Celâl en el periódico. «Si le permitieran firmar sus propios artículos —decía el Abuelo— quizá se dejaría de tonterías». «Ya es grandecito», suspiraba la Abuela y repetía aquella pregunta que siempre hacía con una sincera expresión de curiosidad, como si la preguntara por primera vez: «¿Escribe tantas cosas malas porque no le permiten firmar con su propio nombre o no le permiten firmar con su propio nombre porque escribe tantas cosas malas?». «Por lo menos —respondía el Abuelo abrazándose al consuelo al que de vez en cuando se asía alguno de ambos— como no le permiten firmar poca gente se entera de que nos avergüenza». «No se entera nadie —replicaba entonces la Abuela con una voz tan afectada que hasta Galip podía entender que no era demasiado sincera—. ¿Quién ha dicho que en esos artículos hable de nosotros?». Entonces el Abuelo, apoyándose en uno de los artículos de Celâl que en tiempos había provocado que Celâl recibiera cientos de cartas de sus lectores cada semana y que se decía que iba a volver a publicar con su pomposo nombre cambiándolos un poco, según ciertas opiniones porque se le había secado la imaginación, según otras porque no encontraba tiempo para otra cosa que no fueran las mujeres y la política y según otras por pura vagancia, decía con el aburrimiento y el indefinido aire de falsedad de un actor de teatro de segunda fila que repite una frase que ya ha dicho cientos de veces antes: «¡Y quién no sabe que en su artículo "El inmueble" se refiere a nuestro edificio, por el amor de Dios!», y la Abuela se callaba.
Por aquel entonces el Abuelo comenzó a hablar de aquel sueño con el que posteriormente soñaría más a menudo. Como las historias que se repetían el uno al otro durante todo el día, el sueño que de vez en cuando contaba el Abuelo con los ojos brillantes era azul: el pelo y la barba del Abuelo crecían sin cesar porque en el sueño caía una continua lluvia azul marino. La Abuela, después de escuchar pacientemente la historia del sueño, le decía: «El barbero vendrá dentro de poco», pero el Abuelo no se alegraba precisamente cuando le mencionaban al barbero: «Habla mucho y pregunta mucho más». Después de que hablara del sueño y el barbero, Galip oía que el Abuelo decía un par de veces con un aliento cada vez más débil: «Ojalá hubiéramos construido otro en un lugar distinto. Este edificio nos ha traído mala suerte».
Mucho tiempo más tarde, después de que vendieran piso a piso el edificio Sehrikalp, se mudaran a otro y se instalaran en él pequeños talleres de confección, ginecólogos que provocaban abortos de manera discreta y despachos de aseguradores, tal y como había ocurrido en otros inmuebles de los alrededores, siempre que Galip pasaba por la tienda de Aladino y miraba la fea y oscura fachada del inmueble se preguntaba cuál sería la razón por la que el Abuelo había dicho eso. Como Galip sabía que el barbero le preguntaba al Abuelo cada vez que le afeitaba, más por costumbre que por curiosidad, por el Tío Melih, al que tantos años le llevaba regresar primero de Europa y África y luego a Estambul y a casa desde Esmirna («Dígame, señor, ¿cuándo vuelve su hijo mayor de África?»), y que al Abuelo no le gustaban ni aquella pregunta ni aquel tema, ya incluso entonces notaba que en la mente del Abuelo aquella maldición tenía algo que ver con el hecho de que su extraño hijo mayor se hubiera marchado un buen día al extranjero abandonando a su antigua mujer y a su hijo y de que volviera con una nueva esposa y una nueva hija (Rüya).
Cuando empezaron a construir el edificio el Tío Melih todavía estaba aquí. Según Celâl le contó a Galip años después, el Tío Melih por entonces no había cumplido aún los treinta años, salía por las tardes de la oficina en la que se dedicaba más que a la abogacía a discutir y a dibujar a lápiz barcos e islas desiertas en las hojas de expedientes de casos antiguos, iba al solar de la construcción en Nisantasi para encontrarse con su padre y sus hermanos que habían salido de la de Karaköy y de la confitería de Sirkeci, la cual, como eran conscientes de que no podía competir con la de Haci Bekir y sus delicias turcas pero sí sabían que podían vender los tarros que se alineaban en los anaqueles de mermeladas de membrillo, higos y guindas que preparaba la Abuela, convirtieron primero en pastelería y luego en restaurante, se quitaba la chaqueta y la corbata, se arremangaba y ponía manos a la obra para provocar a los albañiles que se iban relajando al acercarse la hora del descanso. Fue entonces cuando el Tío Melih comenzó a hablar de que era necesario que alguno de ellos fuera a Francia y Alemania para aprender confitería al estilo europeo, encargar papel plateado para envolver los marrón glacé, para abrir con los franceses un taller de jabones de baño espumosos y de colores, para conseguir baratas las máquinas de las fábricas, que por aquel entonces quebraban en Europa y América una tras otra como atacadas por una epidemia, y un piano de cola para la Tía Hâle y para que un buen otorrino y neurólogo viera al sordo Vasif. Dos años más tarde, cuando Vasif y el Tío Melih se fueron a Marsella en un vapor rumano (el Tristana), cuya fotografía, que olía a agua de rosas, vio Galip en una de las cajas de la Abuela mucho después y que ocho años más tarde se hundió en el mar Negro tras chocar con una mina perdida según leyó Celâl en uno de los recortes de periódico de Vasif, el edificio ya estaba terminado pero todavía no se habían instalado en él. Cuando un año después Vasif regresó solo en tren a Sirkeci continuaba sordo y mudo «por supuesto» (esta última expresión la usaba la Tía Hâle cada vez que el tema salía a relucir con un tono misterioso y la razón no pudo descubrirla Galip durante años), pero en sus brazos sostenía muy apretado un acuario repleto de peces japoneses, de cuyos tatara-tatara-tataranietos seguiría siendo amigo cincuenta años más tarde, del que no se separaría desde el primer momento y que a veces contemplaría como ahogándose por la excitación y a veces cayéndole lágrimas de tristeza. Entonces Celâl y su madre vivían en el tercer piso, que luego venderían a un armenio, pero como era necesario enviarle dinero al Tío Melih para que pudiera continuar sus investigaciones comerciales en las calles de París, se mudaron a la pequeña buhardilla interior convertida en medio apartamento que antes habían utilizado como desván para así poder alquilar su propio piso. Cuando comenzaron a escasear las cartas repletas de recetas de caramelos y dulces, fórmulas de jabones y colonias así como de fotografías de los artistas y bailarinas que los usaban y los paquetes de los que salían muestras de pasta de dientes con sabor a menta, marrón glacés y bombones de licor y cascos y gorras de bombero y marinero de juguete que el Tío Melih enviaba desde París, la madre de Celâl estaba planeando llevárselo consigo a casa de sus padres. Para que llegara a decidirse, se fuera del edificio con Celâl y regresara a la casa de madera de sus padres en Aksaray (su padre era un pequeño funcionario que trabajaba en las fundaciones de caridad) hizo falta que estallara la guerra mundial y que el Tío Melih enviara desde Bengasi una extraña postal en la que se veían el alminar de una mezquita y un avión. Después de aquella postal en blanco y marrón en la que escribía que los caminos de vuelta al país habían sido minados, envió otras en blanco y negro desde Marruecos, adonde fue mucho después de terminada la guerra. Así supieron el Abuelo y la Abuela que el Tío Melih se había casado con una muchacha turca que había conocido en Marrakech, que la novia pertenecía a la estirpe de Mahoma, o sea, que era una seyyide, y que era muy bonita, por una postal coloreada a mano en la que se veía la fotografía de un hotel colonial que luego sirvió de decorado para una película norteamericana en la que traficantes de armas y espías se enamoraban de la misma mujer en un bar. (Mucho después, mucho después de los años en que se retiraran los países cuyas banderas ondeaban en los balcones del segundo piso del hotel, Galip, mirando de nuevo aquella postal y mientras pensaba en la forma de escribir que Celâl había utilizado en sus relatos Bandidos de Beyoglu, decidió que el escenario donde «había sido arrojada la primera semilla» de Rüya había sido una de las habitaciones de aquel hotel color pastel de crema.) En cuanto a la postal que llegó desde Esmirna seis meses después de aquélla, no podían creer que la hubiera enviado el Tío Melih porque pensaban que ya no volvería a Turquía; corrían ciertos comentarios de que él y su nueva mujer se habían convertido al cristianismo, que se habían unido a un grupo de misioneros que iban a Kenya y que allí, en un valle en el que los leones cazaban antílopes de tres cuernos, habían levantado la iglesia de una secta que unía la Media Luna y la Cruz. Sin embargo, las noticias que les había traído un tipo bastante metomentodo, que conocía a los parientes de ella en Esmirna, se referían más bien a que el Tío Melih se había convertido por fin en millonario como resultado de los oscuros asuntos en que se había envuelto durante la guerra en el norte de África (tráfico de armas, soborno a un rey, etcétera) y que como no podía resistirse al atractivo de su mujer, de cuya belleza todos se hacían lenguas, pensaba ir con ella a Hollywood con la intención de que fuera famosa, aunque ya sus fotografías se habían publicado en revistas arábigo-francesas, etcétera. No obstante, el Tío Melih escribía en su postal, la cual durante semanas recorrió el edificio piso por piso y a la que maltrataban rascando con las uñas aquí y allá como si fuera un billete falso de cuya validez se duda, que no había podido soportar la nostalgia por la patria, que había caído enfermo en cama y que era así como había decidido regresar a Turquía. «Ahora» estaban bien y él se encargaba de los asuntos de su suegro, que se dedicaba al comercio de higos y tabaco en Esmirna, con una visión financiera nueva y moderna. En lo que respecta a la postal que envió muy poco después, escrita de una manera más enrevesada que el pelo de un árabe, fue interpretada de una manera distinta en cada piso, quizá a causa de los problemas de herencia que más adelante arrastrarían a toda la familia a una guerra silenciosa. Pero en realidad el Tío Melih, con una forma de expresión no demasiado retorcida, según leyó Galip mucho más tarde, simplemente anunciaba su intención de regresar a Estambul y que tenía una hija, aunque aún no había decidido el nombre.
La primera vez que Galip leyó el nombre de Rüya fue en una de aquellas postales que la Abuela colocaba en un lado del espejo del aparador que ocultaba las licoreras. Entre aquellas vistas de iglesias, puentes, mares, torres, barcos, mezquitas, desiertos, pirámides, hoteles, parques y animales que envolvían el enorme espejo como un segundo marco y que de vez en cuando tanto irritaban al Abuelo, se encontraban las fotos que le habían hecho a Rüya de niña en Esmirna. Por aquel entonces a Galip, más que aquella Rüya de su misma edad e hija de su Tío (según la nueva palabra, «prima»), le interesaba la terrible y adormecida caverna del mosquitero en el interior del cual dormía Rüya, tan sugerente, y su Tía la Seyyide Suzan que, al tiempo que entreabría aquella caverna en blanco y negro mostrando a su hija, miraba con tristeza a la cámara. Sólo mucho después comprendería que lo que sumergía por un instante en un silencio distraído a los hombres y mujeres del edificio mientras las fotografías de Rüya pasaban de mano en mano era aquella belleza. En aquellos tiempos se hablaba sobre todo de cuándo volvería el Tío Melih a Estambul y de en qué piso se quedaría. Porque Celâl había vuelto al edificio y se había instalado en la buhardilla gracias a la insistencia de la Abuela después de que su madre, que se había casado de nuevo con un abogado, muriera muy joven de una enfermedad que cada médico llamaba de una manera y él no pudiera soportar más la casa llena de telarañas de Aksaray. Intentaba olfatear chanchullos siguiendo los partidos de fútbol para el periódico en el que después publicaría sus primeras columnas con seudónimo, relataba exagerando en extremo los misteriosos y artísticos asesinatos de los chulos de los bares, cabarets y burdeles de los callejones traseros de Beyoglu, preparaba crucigramas en los que el número de cuadros negros siempre superaba al de blancos, si era necesario se hacía cargo de los folletines que el autor era incapaz de continuar porque aún no se había recobrado de la borrachera de láudano, de vez en cuando escribía las secciones de «Leemos su personalidad en su caligrafía», «Interpretamos sus sueños», «Su rostro y su personalidad», «Su horóscopo para hoy» (fue en esa sección del horóscopo donde comenzó a mandar saludos a familia y conocidos y, según se comentaba, a sus amantes) e «Increíble pero cierto» y criticaba la última película norteamericana que se proyectaba en los cines, a los que entraba gratis, hasta el punto de que se hablaba de que si seguía viviendo solo en la buhardilla y continuaba siendo tan laborioso incluso podría casarse con lo que ganara del periodismo. Mucho después, una mañana en que vio que habían cubierto con asfalto los desgastados adoquines del camino por el que pasaba el tranvía, Galip pensó que aquello a lo que el Abuelo llamaba maldición quizá tuviera que ver con aquellas extrañas estrecheces en el edificio, con la falta de espacio, o con algo indefinido y terrible pero no muy alejado de aquello. Cuando el Tío Melih regresó una tarde a Estambul y apareció de repente en el edificio acompañado por su preciosa mujer, su preciosa hija y maletas y baúles, como si quisiera demostrar su enfado porque no se hubieran tomado en serio sus postales, por supuesto se instaló en la buhardilla en la que vivía Celâl.
Aquella mañana en que Galip llegó tarde a la escuela, había soñado que llegaba tarde a la escuela. Estaba con una preciosa niña de pelo azul, aunque no pudo distinguir quién era, en un autobús del ayuntamiento que se alejaba de la escuela, donde iban a estudiar las últimas páginas de la cartilla. Al despertarse se dio cuenta de que no sólo él llegaría tarde a clase, sino también su padre al trabajo. En la mesa del desayuno, en la que caía una hora de sol matinal y cuyo mantel recordaba a un tablero de ajedrez azul y blanco, Mamá y Papá hablaban de los que la noche anterior se habían instalado en la buhardilla como si hablaran de los ratones que se habían adueñado del patio del edificio o de los fantasmas y duendes de la señora Esma, la criada. Galip, de la misma forma que no quería pensar en por qué llegaba tarde a clase ni en la vergüenza que le daba precisamente porque iba a llegar tarde, tampoco quería pensar en quiénes eran los nuevos habitantes de la buhardilla. Subió al piso del Abuelo y la Abuela, donde todo se repetía siempre, pero el barbero mientras lo afeitaba, ya le estaba preguntando por los de la buhardilla al Abuelo, que no parecía excesivamente feliz. Las postales pegadas en el espejo del aparador habían desaparecido y en su lugar había extraños y curiosos objetos aquí y allá y un olor nuevo al que luego se haría adicto. De repente se despertó en él un sentimiento de opresión, miedo y nostalgia: ¿cómo serían aquellos países a medio colorear que había visto en las postales? ¿Cómo sería aquella hermosa tía cuya fotografía había visto? ¡Le habría gustado crecer y convertirse en un hombre! Cuando anunció que iba a cortarse el pelo su Abuela se alegró pero el barbero era tan poco comprensivo como la mayoría de los charlatanes: en lugar de sentar a Galip en el sillón del Abuelo, lo hizo en el taburete que colocó sobre la mesa del comedor. Además, el mandil que le anudó al cuello después de quitárselo al Abuelo era demasiado grande y, como si no bastara que le apretara hasta el punto de casi ahogarle, le llegaba hasta por debajo de la rodilla como las faldas de una niña.
Mucho después de aquellos primeros encuentros, según las cuentas de Galip diecinueve años, diecinueve meses y diecinueve días después, y mucho después de haberse casado, cuando algunas mañanas veía la cabeza hundida en la almohada de su mujer, dormida a su lado, Galip pensaba que el azul del edredón que cubría a Rüya le producía la misma intranquilidad que el azul del mandil que el barbero le quitó al Abuelo y le colocó a él, pero nunca le comentó nada de aquello a su esposa; quizá porque sabía que Rüya no cambiaría la funda del edredón por un motivo tan abstracto.
Galip se levantó de la cama con los cuidadosos movimientos a que se había acostumbrado para ser ligero como una pluma pensando en el periódico que ya le habrían echado por debajo de la puerta, pero sus pies no le condujeron a la puerta sino al baño y luego a la cocina. El hervidor de agua no estaba en la cocina, pero pudo encontrar la tetera en la sala de estar. Teniendo en cuenta que el cenicero de cobre estaba lleno hasta arriba de colillas, Rüya debía de haber estado sentada hasta el amanecer leyendo, o no, una nueva novela policíaca. Encontró el hervidor en el cuarto de baño: como no había suficiente presión de agua, la calentaban en la tetera, aunque aún no habían comprado una segunda para aquella función específica, en lugar de con aquel terrible instrumento llamado «calentador». Antes de hacer el amor, como el Abuelo y la Abuela, como Papá y Mamá, calentaban agua impacientes pero muy despacio.
Pero la Abuela, que había sido acusada de desagradecida en una de aquellas discusiones que comenzaban por «Deja ya ese tabaco», le contestó al Abuelo que ni una mañana siquiera se había levantado de la cama después que él. Vasif les miraba. Galip les escuchaba y pensaba en lo que podría haber querido decir la Abuela. Más tarde Celâl escribió algo sobre aquello pero no en el sentido que habría querido darle la Abuela: «No sólo son costumbres campesinas el despertarse antes de que amanezca y levantarse en una ciega oscuridad (una oscuridad impenetrable, escribió), sino que también lo es el hecho de que las mujeres se levanten antes que los hombres». Al terminar de leer la conclusión de ese artículo en el que además exponía a sus lectores, sin alterarlas demasiado, las costumbres matutinas del Abuelo y la Abuela cuando se despertaban (la ceniza de los cigarrillos sobre el edredón, las dentaduras postizas en el mismo vaso que los cepillos de dientes, las miradas acostumbradas a pasar rápidamente sobre las esquelas), la Abuela dijo: «¡Así que resulta que éramos campesinos!», y el Abuelo añadió: «¡Deberíamos haberle obligado a tomar sopa de lentejas por las mañanas para que se enterara de lo que es ser campesino!».
Mientras Galip fregaba las tazas, buscaba tenedores, cuchillos y platos limpios, sacaba del frigorífico, que olía a embutido, queso fresco y aceitunas que parecían de plástico y se afeitaba con el agua que había calentado en la tetera, pensaba en hacer algún ruido que despertara a Rüya pero no lo consiguió. Pensó en otras cosas mientras se tomaba el té sin dejarlo reposar, se comía las rebanadas de pan duro y las aceitunas con tomillo y leía las palabras somnolientas del periódico que había recogido de debajo de la puerta, que había extendido abierto junto al plato y que aún olía a tinta: por la tarde podían ir a ver a Celâl o al cine Konak. Le echó un vistazo a la columna de Celâl, decidió leerla por la noche al regresar del cine y se levantó dejando el periódico abierto en la mesa y, después de haber leído una frase de la columna porque su mirada insistía en leerla, se puso el abrigo para salir, pero entró en el dormitorio. Contempló cuidadosamente un rato a su mujer, con respeto y en silencio, con las manos en los bolsillos del abrigo, repletos de hebras de tabaco, monedas y billetes usados. Dio media vuelta, tiró suavemente de la puerta y salió de la casa.
Las escaleras, recién fregadas, olían a polvo húmedo y suciedad. Fuera había un ambiente frío y fangoso oscurecido por el humo de carbón y fuel de las chimeneas de Nisantasi. Soplando al aire frío las nubes de vapor que le salían de la boca y caminando entre los montones de basura arrojada al suelo, se puso en la larga cola del taxi colectivo.
En la acera de enfrente un anciano, que se alzaba las solapas de la chaqueta con la intención de que le sirviera de abrigo, escogía un bollo del carrito del vendedor ambulante separando los de queso de los de carne picada. Galip se apartó de repente de la cola de una carrera, dobló la esquina, compró el Milliyet a un vendedor de periódicos que había montado su puesto en un portal, lo dobló y se lo colocó bajo el brazo bien apretado. En cierta ocasión había oído a Celâl imitar con voz burlona a una de sus lectoras, ya madurita: «Ah, Celâl Bey, nos gustan tanto sus columnas que hay días en que Muharrem y yo compramos dos Milliyet de pura impaciencia». Tras la imitación se rieron todos juntos, Galip, Rüya y Celâl. Mucho más tarde, después de que montara a empellones en el taxi colectivo y de que comprendiera que no podría iniciar una conversación en aquel vehículo que apestaba a tela húmeda y a tabaco, Galip, como un auténtico admirador, dobló el periódico cuidadosamente y con toda tranquilidad hasta dejarlo del tamaño exacto que le permitiera leer la columna de la segunda página, miró absorto un momento por la ventanilla y comenzó a leer la columna de aquel día de Celâl.