sábado, 21 de febrero de 2009

RETRATO DE MUJER DESNUDA. Por Marianne Díaz Hernández

Ella yace, tendida bocabajo, sobre las sábanas de la habitación de hotel. En toda la extensión de su cuerpo blanquísimo, sólo se esconden a la vista los diminutos dedos de su pie izquierdo, que parecen haberse ocultado bajo un pliegue de tela, por accidente.
Una pausada respiración hace oscilar su espalda, levemente. El hombre, de pie al extremo de la cama, se dedica a hacerse, frente al espejo, el nudo de la corbata, y su mirada, deslizándose hacia la esquina del marco de madera, se pierde en el reflejo de los bordes sinuosos del cuerpo de la muchacha dormida. El hombre intenta distraerse de la imagen, se obliga a concentrarse en el estampado de su corbata, pero el dibujo, repetido tantas veces sobre el fondo azul –repetido tantas mañanas a través del tiempo-, lo aburre sin remedio. Así que se abrocha los puños de la camisa y se encamina hacia la puerta. Justo antes de salir, dedica una última mirada a su maletín de cuero, que ha dejado en el clóset, entreabierto. Pero las precauciones también lo han aburrido, y sale.
Con un índice largo y huesudo, llama al ascensor, que llega casi inmediatamente, y está vacío. Dentro de sí, descubre confuso que no sabe si se alegra de no tener que dar los buenos días a nadie, de haber evitado ese ambiente tenso de los elevadores, o si, por el contrario, hubiera preferido encontrarse con alguien –cualquiera- para ratificar su existencia en la mirada del otro.
El ascensor se abre de nuevo y la mirada del hombre recibe la impresión de un lobby desolado. En el sofá de cuero, una mujer lee el periódico –las fluctuaciones de la Bolsa- con atención. El hombre se dirige, con los hombros caídos, hacia el buffet del desayuno, que también está desierto. Cuando se queda en hoteles –piensa, y luego añade en su mente: la frase da una impresión errónea, puesto que pasa más tiempo en hoteles que en casa-, cuando se queda en hoteles, repito, prefiere desayunar lo más temprano posible, pues si deja pasar las horas es posible que algún imprevisto lo deje en ayunas. Toma un plato y comienza a servirse huevos y tocino, y de pronto se siente ridículo por estarse sirviendo comida él mismo, en traje y corbata. No alcanza a comprender los motivos de esa sensación, pero ciertamente lo incomoda. Pan tostado, café, un trozo de fruta.
Come con desgano y a pequeños bocados, como si le costara trabajo mover la mandíbula. Se ajusta los gemelos, la corbata, el anillo de bodas. Piensa, en las reuniones de negocios es bueno tener esa apariencia de hombre casado, de padre de familia, aunque a la esposa nunca se le vea la cara, aunque uno, a final de cuentas, no pase más de cinco días al mes en casa. Piensa, o intenta pensar, en su esposa, pero no logra formar una imagen clara de su rostro, y se da cuenta de que han dejado, hace años, de verse a los ojos.
En las reuniones de negocios nadie se mira a los ojos, se dice el hombre, quizás porque nos mentimos unos a otros constantemente. Quizás, también, por eso, ella y yo dejamos de mirarnos, añade para sí. Mientras termina de comer, se dedica a mirar las noticias que da el televisor en la sala semivacía, llena de pulcras mesas esperando a su primer comensal del día.
Se limpia las manos lentamente con la servilleta de tela, y la dobla con cuidado, como si no quisiera tener que pensar en su siguiente movimiento. Luego sale. Considera, por un momento, el subir por las escaleras, pues son sólo cinco pisos, pero no se siente con energía para ello, así que presiona el botón del elevador. Está solo de nuevo. Mientras sube, revisa en su mente la agenda del día: reunión a las nueve, reunión a las once, reunión a las dos, reunión a las cinco. Será un día largo, igual que el anterior, y otros tantos. Entra a la habitación. La muchacha aún reposa, sobre la cama, en idéntica posición, como una fotografía. En un instante de paranoia, fija su mirada en la elegante, femenina espalda de la joven, hasta estar seguro de que respira. Sólo entonces recoge su maletín, lo revisa rutinariamente, y piensa en el hecho de que aún restan diez horas, pagas, del tiempo de esa bella dormida, que no utilizará. Sin embargo, al mirarla, suspira, y al salir deja sobre la mesa cien dólares, como pago por haberlo mirado.

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