jueves, 17 de septiembre de 2009

Carson McCullers. Autora de El Corazón es un Cazador Solitario

Escritora estadounidense nacida en Columbus (Georgia). Asistió a la Juilliard School y a las universidades de Columbia y Nueva York. En 1937 contrajo matrimonio con Reeves McCullers. Su primera novela, aclamada por la crítica, fue El corazón es un cazador solitario (1940). A ésta le siguieron otras dos novelas: Reflejo en un ojo dorado (1941) y Frankie y la boda (1946); las tres fueron llevadas al cine en (1968, 1967, y 1952, respectivamente). Frankie y la boda fue también objeto de una famosa adaptación teatral de Edward Albee, en 1950. La propia autora realizó una adaptación teatral de esta misma novela en 1950. El resto de su obra está constituida por una colección de relatos, La balada del café Triste (1951); una obra de teatro titulada La raíz de las maravillas (1958); la novela El reloj sin manecillas (1961) y los relatos, artículos y poemas incluidos en El corazón hipotecado (1971). Sus principales fuentes de inspiración fueron su infancia en el sur de Estados Unidos y su atracción hacia los seres solitarios, inadaptados y proscritos. La maestría con que McCullers aborda estos temas hizo crecer su fama de persona sensible y compasiva.

El Corazón es un Cazador Solitario. Por Carson McCullers

1

En la ciudad había dos mudos. Estaban siempre juntos. Cada mañana a primera hora salían de la casa en la que vivían y bajaban por la calle en dirección al trabajo, cogidos del brazo. Los dos amigos eran muy diferentes. El que siempre encabezaba la marcha era un griego obeso y soñador. En verano llevaba un polo amarillo o verde chapuceramente embutido en los pantalones por delante y suelto por detrás. Cuando hacía frío, se echaba encima un informe jersey gris. Tenía la cara redonda y grasienta, de párpados semicerrados y labios que se curvaban en una blanda y estúpida sonrisa. El otro mudo era alto, y en sus ojos brillaba una expresión vivaz, inteligente. Vestía siempre de forma inmaculada y sobria.
Cada mañana los dos amigos caminaban silenciosamente juntos hasta alcanzar la calle principal de la ciudad. Cuando llegaban ante una determinada tienda de frutas y bombones se detenían un momento en la acera. El griego, Spiros Antonapoulos, trabajaba para su primo, el propietario de la frutería. Su trabajo consistía en hacer bombones y dulces, desembalar las frutas y mantener limpia la tienda. El mudo delgado, John Singer, casi siempre ponía su mano en el brazo de su amigo y le miraba durante un segundo antes de separarse de él. Después de esta despedida, Singer cruzaba la calle y se dirigía, solo, a la joyería donde trabajaba como grabador de vajilla de plata.
A última hora de la tarde los amigos se volvían a encontrar. Singer regresaba a la frutería y esperaba hasta que Antonapoulos estaba listo para volver a casa. El griego estaba quizá desembalando perezosamente una caja de melocotones o melones, o leyendo la tira cómica del periódico en la cocina situada en la trastienda, donde preparaba sus golosinas. Antes de marchar, Antonapoulos abría siempre una bolsa de papel que durante el día tenía escondida en uno de los estantes de la cocina. La bolsa contenía diversos bocados que el griego había recogido: una fruta, muestras de chocolate, o la parte final de un embutido de hígado. Generalmente, antes de salir, Antonapoulos se acercaba contoneándose suavemente al escaparate de la tienda donde se guardaban las carnes y los quesos. Abría el cristal de la parte trasera del escaparate y su regordeta mano palpaba amorosamente en busca de algún bocado exquisito que había llamado su atención. A veces, su primo, el propietario del negocio, no lo veía. Pero si se daba cuenta, miraba a su primo con expresión de advertencia en su tenso y pálido rostro. Entonces, con tristeza, Antonapoulos, se limitaba a cambiar de lugar el bocado en cuestión. En tales ocasiones, Singer adoptaba una postura muy envarada, con las manos en los bolsillos, y miraba en otra dirección. No le gustaba ser testigo de estas escenitas entre los dos griegos. Porque, exceptuando la bebida y cierto placer secreto y solitario, a Antonapoulos lo que mes le gustaba en el mundo era comer.
Al atardecer, los dos mudos regresaban juntos lentamente al hogar. En casa, Singer no dejaba de hablarle a Antonapoulos. Sus manos formaban rápidas secuencias de palabras. En su cara había ansiedad, y sus ojos, de un tono gris verdoso, centelleaban. Con aquellas delgadas pero fuertes manos le contaba a Antonapoulos todo lo ocurrido durante el día.
Antonapoulos se recostaba perezosamente en su silla y miraba a Singer. Era muy raro que se decidiera a mover las manos para hablar… y, cuando lo hacía, era para decir que deseaba comer o beber o dormir. Estas tres cosas las decía siempre con los mismos gestos vagos, torpes. Por la noche, si no se encontraba demasiado bebido, se arrodillaba antes de acostarse y rezaba durante un rato. Sus regordetas manos formaban las palabras “Bendito Jesús”, o “Dios”, o “Amada María”. Éstas eran las únicas palabras que Antonapoulos decía. Singer nunca sabía hasta qué punto su amigo comprendía todas las cosas que él le contaba. Pero esto carecía de importancia.
Los dos hombres compartían la primera planta de una casita situada cerca del barrio comercial de la ciudad. Había en ella dos habitaciones. En el hornillo de petróleo de la cocina, Antonapoulos preparaba todas sus comidas. Había sillas rectas, sencillas, de cocina, para Singer y un sofá demasiado relleno para Antonapoulos. El dormitorio estaba amueblado principalmente con una gran cama doble, cubierta con un edredón confortable para el voluminoso griego, y un estrecho catre de hierro, para Singer.
Tardaban mucho en cenar, porque a Antonapoulos le encantaba comer, y era muy lento. Después de la cena, el voluminoso griego se recostaba en su sofá y lentamente se relamía cada uno de los dientes con la lengua, bien fuera por cierta delicadeza o porque no deseaba perder el sabor de la comida…, mientras, Singer lavaba los platos.
En ocasiones, los mudos jugaban al ajedrez por la noche. Singer siempre había disfrutado mucho con este juego, y años atrás había intentado enseñárselo a Antonapoulos. Al principio su amigo no logró interesarse en las razones por las que se mueven las piezas en el tablero. Más tarde Singer empezó a guardar una botella de algo bueno debajo de la mesa para tomar después de cada lección. El griego nunca consiguió comprender los movimientos extravagantes de los alfiles y la movilidad arrolladora de las damas, pero aprendió a efectuar algunas jugadas de apertura corrientes. Prefería las piezas blancas y no jugaba si le tocaban las negras. Después de los primeros movimientos, Singer proseguía el juego solo mientras su amigo observaba soñolientamente. Si Singer realizaba brillantes ataques contra sus propias piezas de modo que al final el rey negro recibía jaque mate, Antonapoulos se sentía siempre orgulloso y encantado.
Los dos mudos no tenían más amigos y, excepto cuando se hallaban en su trabajo, siempre estaban juntos, y solos. Todos los días eran iguales para ellos, porque estaban tan solos que nada les estorbaba. Una vez por semana acudían a la biblioteca para que Singer retirara una novela de misterio, y el viernes por la noche iban al cine. El día de paga iban siempre a un fotógrafo de diez centavos situado encima del Almacén del Ejército y la Marina para que Antonapoulos pudiera fotografiarse. Éstos eran los únicos lugares a los que acudían con regularidad. Había muchos sectores de la ciudad que jamás habían visto.
La ciudad estaba enclavada en pleno Sur. Los veranos eran largos y los meses de frío invernal, escasos. Casi siempre el cielo ofrecía un aspecto azul, cristalino, y el sol ardía con un resplandor desenfrenado. Más tarde venían las lluvias suaves, frías de noviembre, y quizá después las heladas, y unos cortos meses de frío. Los inviernos eran variables, pero los veranos eran siempre abrasadores. La ciudad era bastante grande. En la calle principal había varias manzanas de tiendas de dos o tres pisos y oficinas comerciales. Pero los mayores edificios de la ciudad eran las fábricas, que daban empleo a un alto porcentaje de la población. Eran hilanderías muy grandes y florecientes, aunque la mayor parte de los obreros de la ciudad eran muy pobres. Con frecuencia podía observarse en las caras de la gente que caminaba por la calle una desesperada expresión de hambre y de soledad.
Pero los dos mudos no sufrían la soledad. En casa se sentían contentos de comer y beber, y Singer no dejaba de hablar ansiosamente con las manos a su amigo sobre todo lo que le pasaba por la mente. De modo que los años pasaron de esta tranquila manera hasta que Singer llegó a la edad de treinta y dos años, después de diez de vivir con Antonapoulos en la ciudad.
Entonces, un día el griego cayó enfermo. Se incorporó en la cama con las manos sobre su voluminosa barriga, y gruesas y aceitosas lágrimas rodaron por sus mejillas. Singer fue a ver al primo de su amigo, el dueño de la frutería, y arregló también las cosas para poder faltar a su propio trabajo. El médico prescribió una dieta para Antonapoulos, y le dijo que no podría beber vino nunca más. Singer hizo cumplir rígidamente las órdenes del doctor. Durante todo el día se mantenía sentado junto a la cama de su amigo y hacía todo lo que podía para que el tiempo pasara rápidamente, pero Antonapoulos no hacía más que mirarle con irritación por el rabillo del ojo, y no parecía nada satisfecho.
El griego se mostraba muy quejumbroso y no dejaba de encontrar defectos a los zumos de frutas y comida que le preparaba Singer. Constantemente le pedía a su amigo que le ayudara a bajar de la cama para poder rezar. Sus enormes nalgas se desplomaban sobre sus regordetes piececillos al arrodillarse. Describía con las manos las palabras “Amada María”, y luego cogía la crucecita de latón que llevaba al cuello pendiente de un sucio trozo de cordel. Sus grandes ojos subían hacia el techo con una expresión de temor en ellos, y después se mostraba muy malhumorado y no dejaba a su amigo que hablara con él.
Singer era paciente y hacía todo lo que estaba en su mano. Hacía dibujitos y en una ocasión dibujó el retrato de su amigo para divertirle. El retrato hirió los sentimientos del griego, que se mostró ofendido hasta que su amigo retocó el dibujo haciéndole parecer más joven y guapo, coloreándole el pecho de amarillo brillante y los ojos de azul porcelana. Entonces trató de no delatar su agrado.
Singer cuidó a su amigo tan cariñosamente que al cabo de una semana Antonapoulos pudo volver a su trabajo. Pero a partir de aquel momento algo cambió en su manera de vivir. Y empezaron los problemas para los dos amigos.
Antonapoulos ya no volvió a ponerse enfermo, pero en él se había producido un cambio. Se mostraba irritable y no se contentaba con pasar las noches tranquilamente en casa. Cuando quería salir, Singer lo seguía muy de cerca. Antonapoulos se dirigía a un restaurante, y mientras se sentaban a la mesa cogía furtivamente terrones de azúcar, o un pimentero o algún cubierto. Singer siempre pagaba sus robos, y no había problemas. En casa reñía a Antonapoulos, pero el corpulento griego se limitaba a mirarle con una blanda sonrisa.
Pasaron los meses. Los hábitos de Antonapoulos no hicieron más que empeorar. Un día salió tranquilamente de la frutería de su primo a las doce del mediodía y orinó en público en la pared del First National Bank, al otro lado de la calle. A veces, al encontrarse en la acera con personas cuya cara no le gustaba tropezaba con ellas deliberadamente y las empujaba con los codos y el vientre. Un día penetró en una tienda y cargó con una lámpara de pie sin pagarla, y en otra ocasión trató de robar un tren eléctrico que había visto en una vitrina.
Para Singer, aquella fue una época de gran aflicción Continuamente tenía que llevar a Antonapoulos al tribunal durante la hora del almuerzo para resolver estas infracciones de la ley. Singer se familiarizó con los procedimientos del tribunal de justicia, y se hallaba en un estado constante de agitación. El dinero que tenía ahorrado en el banco se disipó en fianzas y multas. Todos sus esfuerzos y dinero apenas bastaban para evitar que su amigo fuera a la cárcel, tantas eran las acusaciones de robo, indecencia pública y lesiones.
El primo griego para el que trabajaba Antonapoulos no se había mezclado en todos estos problemas. Charles Parker (éste era el nombre que su primo había adoptado) permitía que Antonapoulos siguiera trabajando en la tienda, pero no dejaba de observarlo con su cara pálida, tensa, sin hacer el menor esfuerzo por ayudarlo. Singer experimentaba un extraño sentimiento hacia Charles Parker. Empezó a sentir antipatía por él.
Singer vivía en continua agitación e inquietud. Pero Antonapoulos se mostraba siempre afable, y, pasara lo que pasara, su fláccida sonrisa no se le borraba de la cara. En todos aquellos años, Singer siempre había tenido la impresión de que había algo muy sutil y sabio en la sonrisa de su amigo, aunque jamás había llegado a saber hasta dónde llegaba la compresión de Antonapoulos, ni lo que el griego estaba pensando. Ahora, en la expresión de su amigo, a Singer le pareció detectar un deje de astucia y de burla. Sacudía a su amigo por los hombros hasta cansarse, y una y otra vez le explicaba cosas con las manos. Pero de nada servía.
Singer había perdido todo el dinero, y tuvo que pedir un préstamo al joyero para quien trabajaba. En una ocasión no logró pagar la fianza de su amigo, y Antonapoulos tuvo que pasar la noche en la cárcel. Cuando Singer llegó para sacarlo al día siguiente, el griego estaba muy malhumorado. No quería irse. Le había gustado la cena a base de carne de cerdo y pan de maíz rociado con jarabe. Y también sus compañeros de celda y el nuevo sistema de dormir.
Habían vivido tanto tiempo solos que Singer no tenía a nadie que le ayudara en su aflicción. Antonapoulos no permitía que nada le preocupara o le cambiara sus hábitos. En casa, a veces preparaba el nuevo plato que había comido en la cárcel, y en la calle nunca había forma de saber cómo se comportaría.
Y entonces a Singer se le presentó el problema final.
Una tarde en que había ido a la frutería a encontrarse con Antonapoulos, Charles Parker le tendió una carta. Ésta explicaba que Parker había hecho preparativos para que su primo fuera internado en un manicomio estatal situado a trescientos veinte kilómetros de allí. Charles Parker había empleado su influencia en la ciudad, y los detalles estaban ya fijados. Antonapoulos iba a marcharse, y sería admitido en el manicomio a la semana siguiente.
Singer tuvo que leer la carta varias veces. Durante un rato fue incapaz de pensar. Charles Parker le decía cosas desde el otro lado del mostrador, pero Singer ni siquiera trataba de leerle los labios y comprender. Al final, Singer escribió en el pequeño bloc que siempre llevaba en el bolsillo:

No puede usted hacer esto. Antonapoulos tiene que quedarse conmigo.

Charles Parker sacudió la cabeza con excitación. No sabía mucho americano. “No es asunto suyo”, repetía sin cesar.
Singer sabía que todo había terminado. El griego tenía miedo de que algún día pudieran responsabilizarle de su primo. Charles Parker no sabía mucho sobre la lengua americana… pero comprendía muy bien el dólar americano, y había utilizado su dinero e influencia para que admitieran a su primo en el manicomio sin demora.
Singer no podía hacer nada.
La semana siguiente estuvo llena de febril actividad. Hablaba y hablaba. Y aunque sus manos jamás se tomaban un descanso, no era capaz de decir todo lo que tenía que decir. Quería contarle a Antonapoulos todos los pensamientos que había albergado su mente y su corazón, pero no había tiempo. Sus grises ojos brillaban y su vivaz e inteligente cara expresaba gran tensión. Antonapoulos le miraba con actitud soñolienta, y su amigo no conseguía saber lo que el griego había comprendido en realidad.
Llegó el día en que Antonapoulos tenía que irse. Singer tomó su propia maleta y con sumo cuidado empaquetó lo mejor de sus posesiones conjuntas. Antonapoulos, por su parte, se preparó un almuerzo para comer durante el viaje. A última hora de la tarde anduvieron juntos del brazo calle abajo por última vez. Era una fría tarde de finales de noviembre, y el aliento se condensaba ante su boca.
Charles Parker iba a viajar con su primo, pero ahora se mantuvo alejado de ellos en la estación. Antonapoulos subió atropelladamente al autobús y se instaló con cuidadosos preparativos en uno de los asientos delanteros. Singer lo observaba por la ventanilla, y sus manos empezaron a hablar desesperadamente por última vez a su amigo. Pero Antonapoulos estaba tan ocupado comprobando el contenido de su almuerzo que durante un rato no le prestó mucha atención. Justo en el momento en que el autobús se apartaba del bordillo, se volvió hacia Singer y mostró su sonrisa blanda y distante…, como si se encontrara a muchos kilómetros de distancia.
Las siguientes semanas no parecieron reales. Durante todo el día, Singer trabajaba en su banco de la trastienda de la joyería, y por la noche regresaba a casa solo. No deseaba otra cosa que dormir En cuanto llegaba a casa se echaba en su catre y trataba de dormir un rato. Le asaltaban entonces los sueños. Y en todos ellos aparecía Antonapoulos. Sus manos se agitaban nerviosamente, porque en sus sueños le hablaba a su amigo, y Antonapoulos le estaba observando.
Singer trató de pensar en la época en que no conocía aún a Antonapoulos. Intentó relatarse a sí mismo algunas cosas que le habían sucedido cuando era joven. Pero nada de lo que trató de recordar le pareció real.
Había en particular un hecho que recordaba muy bien, aunque en realidad carecía de importancia para él. Singer recordaba que, aunque era sordo de nacimiento, no siempre había sido mudo. Siendo aún muy niño, quedó huérfano y fue internado en una institución para sordos. Aprendió a hablar con las manos y a leer. Antes de cumplir nueve años era capaz de hablar con una sola mano, al modo americano…, y también emplear las dos, según el método europeo. Había aprendido a seguir el movimiento de los labios de la gente y a comprender lo que decían. Finalmente, le enseñaron a hablar.
En la escuela se le consideraba muy inteligente. Aprendió las lecciones antes que el resto de los alumnos. Pero nunca consiguió acostumbrarse a hablar con los labios. No era algo natural en él, y tenía la impresión de que su lengua era de un tamaño descomunal. Por la expresión de la cara de sus interlocutores cuando les hablaba así comprendía que su voz debía de sonar como la de un animal, o que había algo desagradable en su habla. Le resultaba doloroso tratar de hablar con la boca. En cambio sus manos estaban siempre dispuestas para formar las palabras que deseaba decir. A los veintidós años se trasladó desde Chicago a esta ciudad del Sur e inmediatamente conoció a Antonapoulos. No había vuelto a hablar con la boca, porque con su amigo no necesitaba hacerlo.
Nada parecía real excepto los diez años transcurridos con Antonapoulos. En sus entresueños veía al amigo muy vívidamente, y al despertar experimentaba una dolorosa soledad. De vez en cuando le enviaba un paquete a Antonapoulos, pero jamás recibía ninguna respuesta. Y así pasaban los meses de esta manera vacía, soñadora.
En primavera se operó un cambio en Singer. No podía dormir, y su cuerpo sufría continua inquietud. Por la noche daba monótonos paseos por la habitación, incapaz de desprenderse de una nueva sensación de energía. Si conseguía dormirse, era sólo unas pocas horas antes del alba…, cuando caía francamente en un sueño que duraba hasta que la luz de la mañana le hería de repente bajo sus entreabiertos párpados como una cimitarra.
Empezó a pasar las noches caminando por la ciudad. No podía ya permanecer en las habitaciones en que Antonapoulos había vivido, y se hospedó en una vieja pensión no lejos del centro de la población.
Hacía sus comidas en un restaurante situado a sólo dos manzanas de distancia, al extremo de la larga calle principal, que se llamaba el café Nueva York. El primer día echó una rápida mirada al menú y escribió una breve nota, tendiéndosela al propietario.

Cada mañana, como desayuno, deseo un huevo, tostadas, y café… 0,15
Para comer, sopa (de la que sea), un bocadillo de carne y leche… 0,25
Por favor, sírvame para cenar tres verduras (excepto col), pescado o carne, y una jarra de cerveza…0,35
Gracias

El propietario leyó la nota y lanzó a Singer una mirada vigilante, discreta. Era un hombre duro, de mediana estatura, con una barba tan oscura y espesa que la parte inferior de su cara parecía vaciada en hierro. Por lo general permanecía en el rincón junto a la caja registradora, los brazos cruzados sobre el pecho, observando silenciosamente todo lo que pasaba a su alrededor. Singer llegó a conocer muy bien el rostro de aquel hombre, porque desde entonces hizo sus tres comidas diarias en una de sus mesas.
Todas las noches, el mudo caminaba solo durante horas por la calle. A veces las noches eran frías, soplaban los fuertes y húmedos vientos de marzo, y llovía copiosamente. Pero esto no le importaba. Su paso era agitado, y mantenía siempre las manos bien metidas en los bolsillos del pantalón. Luego, a medida que transcurrieron las semanas, los días se fueron haciendo más cálidos y lánguidos. Su agitación dio paso gradualmente al agotamiento, y mostraba una expresión de profunda calma. Parecía estar tranquilo pero meditativo, algo que a menudo se descubre en las caras de las personas muy tristes o muy juiciosas. Pero seguía vagando por las calles de la ciudad, siempre silencioso y solo.

martes, 15 de septiembre de 2009

Sonia Chocrón. Autora de Falsas Apariencias

Nació en Caracas en 1961. Poeta, guionista de cine y televisión, narradora. Es Licenciada en Comunicación Social, Mención Audiovisual, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 1982. Ese mismo año ingresa por concurso al Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. En 1991, su poemario Toledana resulta primer finalista del Premio Fundarte de Poesía de ese año. Monteavila Editores l0 publica en la Colección Las frmas del Fuego en 1992. E 1998 publica Púrpura, de Editorial La Liebre Libre, con gran éxito de la crítica y del público. La Buena Hora, su tercer poemario, recibe Mención de Honor en la Bienal Literaria José Rafael Pocaterra de 1996. Monteavila Editores lo publica en el año 2002, en la colección Los Espacios Cálidos. 2004 ve publicado por Alfaguara su último trabajo: Falsas Apariencias. Su trabajo poético aparece incluido en diversas antologías y ensayos: Translation, (Lida A. Zacklin. Revista aniversario dedicada a la literatura venezolana. Columbia University, 1994); La Otra Voz: Persona y Personaje en Cuatro Poetas Venezolanos de la Última Generación ( Rafael Castillo Zapata, Revista Iberoamericana, tomo LX, Universidad de Pittsburg, 1994); Voces Sexuadas ( Susana Reisz, Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, Universidad de Lleida, 1996); El Gran libro de América judía: Voces y visiones para el milenio ( Isaac Goldemberg, Universidad de Puerto Rico, 1998); Passion, Memory and Identity (Marjorie Agosín, The University of New Mexico Press, 1999); Mujer y Poesía (José María Molina Caballero, Anfora Nova, Conserjería de Cultura. Junta de Andalucía, 2001); El coro de las voces solitarias (Rafael Arraiz Lucca, Editorial Sentido Colección ICARO. Caracas, 2002) entre otros. En el año 2000 gana la única mención del Concurso Anual de Cuentos del Diario El Nacional con su relato La Señora Hyde. Ese y otros relatos conforman el libro Falsas Apariencias, publicado en 2004 por editorial Alfaguara. Recientemente, Ediciones B publicó su libro de cuentos La Virgen del Baño Turco.

La Señora Hyde -De Falsas Apariencias-. Por Sonia Chocrón

Una se mira en el espejo y sabe que algo está cambiando. Genéticamente. Por ejemplo un rasgo en el rostro, el color del cabello. Los pechos. Todos los detalles revelan el fin de mi vida anterior. Excepto por un único recuerdo que me queda de mi primer escarceo amoroso: aquel libro de cuentos de un escritor español, Alvaro de La Iglesia, donde leí, por primera vez, la sátira al Doctor Jeckyll y los efectos de la transmutación. Quién me iba a decir que lo viviría en carne propia, o en cuerpo propio, para ser más exacta. El Doctor Jeckyll y Mister Hyde. Yo soy la Señora Hyde. Lentamente me estoy convirtiendo en animal. Trato de identificarme, no soy de la casta de los lobos. Soy de otra raza, pero soy un animal. Lo primero que percibo es que mis ojos tienen un brillo que no reconozco, casi atroz. Es como si la transparencia del espejo se hubiera apoderado de mi mirada que ya no refleja, absorbe. Y quién duda de los efectos de la luna llena en mi cuerpo. Esa redondez absoluta y grosera que me tienta, que me muestra quizás, esa parte sensual de mí que hasta ahora no había descubierto. Me miro en el espejo y lo corroboro: Mi silueta se hace más vasta, centímetro a centímetro, va creciendo en volúmen, en masa de carne robusta y fresca. Pero hay detalles aún más alucinantes que ver crecer un par de nalgas o dos senos descomunales rompiendo las fronteras de mi pecho, de mi cota, de mis miedos. Los detalles… ah, los detalles. El dato pequeño, mínimo a cualquier mirada dispersa. Las uñas de mis manos se estiran como si se tratara de esas flores que se abren ávidas una vez al año y cuyo tiempo los científicos estudian segundo a segundo. Este alargamiento, desde el espejo, luce como un acto de prestidigitación y no como el movimiento espontáneo de la naturaleza impaciente y sabia. Mis uñas, ahora largas, se tiñen de un rojo que me recuerda el espectro de un “cherrys in the snow”, el labial que alguna vez tuve; se hacen amenazantes y provocadoras. Cualquier mujer, con una manicure así, podría convertirse en la asesina de las manos sangrantes. Pero mis manos no están hechas para quitar la vida. No. Mis manos están haciendo metamorfosis para dar placer. Eso creo. Lo mismo que mis labios, ahora carnosos como una planta del vasto desierto. Esta boca jugosa, conserva en su interior, en su cielo, la savia y el sabor del deseo. Así se ha colmado. Mis ojos destellan y succionan, eso ya lo mencioné. Qué más puedo decir. La transformación se opera ante mis ojos y ante la faz irrestricta del azogue. La luz y el tiempo del espejo saben de mí, de esta que soy ahora. Nadie más asiste a este espectáculo extraño. Sólo yo.
Pero el animal no sólo hospeda su sombra en el espejo de la verdad, también crece hacia adentro como un tubérculo porque mi pensamiento también se trasmuta. Comienzo a soñar con un pene enorme y afilado. En mi cabeza se mezclan aromas, fragmentos de piel, nalgas de hombre velludas y rebosantes. Pantorrillas fuertes, lenguas húmedas y brazos titánicos. En mi alma –si es que los animales podemos tenerla- se va desvaneciendo el sentimiento, se hacen ridículas algunas palabras como amor, cariño, lástima, remordimiento. Frases como “Qué pensará mi madre” pierden su sentido, adquieren una languidez que titila hasta desvanecerse y en definitiva, en mi interior, sólo queda espacio para el instinto, para el acecho, para el cálculo. Un pene enorme e infinito. Un capullo joven debe pertenecerme. Quiero probar todo lo que ha sido creado para mí. Me perfumo, es el único subterfugio que tengo para despistar. Soy un animal, pero no quiero tener el aroma de un animal. ¿A qué huelen las zorras?
Estoy lista, soy la Señora Hyde. Si el Doctor Jeckyll pudo crear al hombre lobo, mis células han transformado mi propia composición en la de una mujer zorra. Una zorra. El espejo me lo dice, la revelación se ha consumado vastamente, el milagro está hecho. No me pregunto quién soy ahora. Lo sé de sobra. No me pregunto tampoco cómo soy. También conozco la respuesta. Sólo hago caso a lo inmediato que es el ansia que siento.
Salgo a la calle, estoy hambrienta. Son las diez de la noche. Y las sombras me recubren solo un poco, porque de este cuerpo que ahora ostento, debo asomar aunque sea el borde, la silueta. Cintura pequeña, sesenta y siete centímetros de diámetro. Senos inflados, par de esponjas de hormonas soñadoras, noventa y ocho centímetros compungidos, comprimidos, canonizados. Mis caderas y mis nalgas. Ah, mis nalgas. Masa sólida y blanda, dúctil, rosada, fértil. Así salgo a la calle. Llevo puesto un vestido rojo frambuesa de seda que se adhiere a estas curvas nuevas como si desde siempre huebiera estado allí, rozando mis cueros. Una sandalias desnudas, desprovistas de todo adorno innecesario que pueda opacar las garras de mis dedos, tersos y encendidos con el mismo esmalte de las manos. Todo lo demás me sobra. No quiero excesos, no quiero ni joyas ni accesorios ajenos a esta transpiración casi salvaje . Lo que distrae, aquello que brilla a la atención, estorba a los sentidos y los neutraliza, los aleja de la verdadera avidez.
Para iniciarme deambulo por una calle céntrica de esas que a las diez de la noche han mudado también su estirpe, se han enrarecido, y sus pobladores incógnitos se debaten en la caza de la presa. Yo también estoy al acecho. Yo también soy una vengadora furtiva, un predador sediento que busca la purificación. El Boulevard de Sabana Grande está repleto de gente joven. Las calles empedradas apenas se iluminan con las miradas perdidas de los mancebos y la luna redonda como mi desvelo. Aquí estoy y la noche es joven y mis ojos vidriosos opacan cualquier claro de luna.
El se llama Huber, no estudia, es vendedor ambulante de muestras de medicamentos allá en su país, su rostro es casi tan hermoso como el de un angel. Todo él es traslúcido, blanco, glaciado. Me gusta. Detrás de esa apariencia inocua y desteñida tengo la certeza de que habita un animal de otra especie que no es la mía. Nos tomamos una cerveza en un café donde todos fuman. Es el contrasentido absoluto: tomar cerveza, en un café, donde lo que se hace es fumar. Tomamos otra. Después, nos camuflamos juntos en un baño público. Entramos juntos y nadie nos mira. Antes de levantarme la falda de mi vestido frambuesa, él me pregunta mi nombre. Sólo le respondo: Soy la Señora Hyde. Él repite mi nombre en francés, con su voz casi callada, y en sus labios, la hache de mi apellido de estreno no suena, es totalmente muda, como debe ser la identidad. Silenciosa para pasar inadvertida. Yo me apresuro y desabotono sus pantalones de moda: unos levis de botones. La angustia se enciende con cada botón. Se exasperan mis dedos, mis uñas rojas tropiezan con todo lo que se le acerca, el metal de cada botón, el ojal deshilachado, el promontorio crecido que guarda dentro. La cuenta apenas comienza.
Un pene craso y filoso. Pero no es el suyo. Es el de un hombre que entra borracho a orinar y nos sorprende enredados sobre la pared. Pero ha bebido demasiado. Huber no apaga mi furia, y el borracho tampoco.
Qué es lo que busco, no tengo dudas. Dónde, he ahí la incógnita. Mientras tanto engullo algo de comer para saciar al menos mi apetito secundario. Escojo un tarantín ambulante de comida mejicana. Delante de mí, una fiesta de perros, una orgía de perros, me recuerda mi naturaleza animal. El macho se me acerca con las mandíbulas abiertas. No tengo miedo pues sé que no padece de rabia, sufre de instinto, que es un padecer que subyuga, debilita, nos convierte en esclavos. Dejo de mirarlo pero él a mí no. El vendedor de tacos mejicanos lo espanta con la intención de hacerme fiesta. No lo pienso, lo huelo. Es su sudor. En el fondo, el no dista tanto del perro callejero. Un duelo de miradas se cruza entre los dos machos -hombre y perro- y el hombre resulta vencedor. Allí, en esa cama de hojalata improvisada que es el carromato de comida, me toma por lo que soy, la mujer zorra, o sea, La señora Hyde. Su falo no es una arista colosal, mucho menos un capullo de alhelí, más bien parece un tamal, pas mal…Mi perfume, afortunadamente lo opaca todo, llega a sedar la orgía de perros que nos observa como quien asiste a una clase práctica de anatomía conyugal, suaviza el espesor del picante y del maíz en fritanga. Y todos los probables clientes de tacos llegan al kiosco como si cada taco o cada tostada pudiera salir premiado con mi persona –o con el animal que soy- . No exagero. Podría haber inventado una cabellera tersa y plateada como la que recubre a cualquier zorra, podría haber inventado una dentadura nueva e incisiva para mí. Pero no es cierto. Toda mi sensualidad se reduce a un aroma, a un deseo y, por supuesto, a la masa crecida de mi cuerpo. Después de todo, menos mal. No me habría gustado que la avaricia, la banalidad, y la opulencia del lujo humanos me transformaran en abrigo de piel.
No he terminado de exprimir aún el zumo de este hombre, del rey del taco, cuando diviso por la ventanilla del carro de latón un rostro único: él es. No está, no se asoma, no espera por mí sino por su cena mejicana. Pero es él. Lo reconozco de inmediato con mi olfato que desde hoy es mi sexto sentido, mi tercer ojo y mi intuición femenina al mismo tiempo. El es un pene magno e ilimitado. El es mi lobo. El desenlace está cerca.
Me compongo el cabello, desordenadamente defraudado del encuentro azteca que acabo de concluir. Salgo apacible, manejando diestramente y en la oscuridad, los tacones de mis sandalias que son como dos edificios altos, delgados y desnudos. Como las Torres del Silencio. Tres escalones, y estoy en tierra, junto a él.
-Podemos tener algo, si quieres- Le digo –porque yo tengo algo… mucho que darte, que te gustaría probar-Ah, ¿si? .Y cómo lo sabes-Se huele- afirmo con toda seguridad.
El se ríe con una dentadura propia. Puedo ver que casi no tiene caries y que su lengua es enorme. No sabe cuán intensamente penetran los aromas y las imagenes en mi; seguramente a él, con esa lengua, le caben en la boca todos los sabores del mundo. El sabor a párpados, el sabor a ombligo, el sabor de los árboles de la mañana, el sabor del agua espesa, del trueno, el de un pájaro inquieto y atroz. –Ven para contarte, ven para decirte- le digo yo. El comienza a caminar y yo le sigo. La luna está llena y por tanto, la calle es menos inmunda con su luz higiénica y blanca. Caminamos juntos, lo cual es un avance si se toma en cuenta que caminamos juntos, solos, en la noche, y apenas quedan los perros, la manada de machos que me acecha, pero que se da por vencida y parte hacia la otra acera.
-Si quieres podemos hablar.-de qué- dice tan parco.-de cualquier cosa, mi vida.
Y así caminamos sin nada o poco que decirnos. Qué más dá. Quién dijo que un pene tiene el deber de ser buen conversador. Quién.
Llegamos a una esquina donde un hombre arremete contra una mujer. La azota con las manos, con los pies. Ella cae sobre la acera y grita herida, pero nosotros no podemos hacer nada. Y mientras la mujer gime yo miro al hombre que me acompaña y descubro que él podría ser el hombre de mis sueños, es decir, un hombre alto y robusto, de rostro anguloso y firme y seguramente de sentimientos convencionales; solitario de profesión –si no, qué hace conmigo a esta hora-; aventurero de oficio –si no, qué hace conmigo a esta hora; amante apasionado y dueño, en fin, de un pene afilado –si no, qué hago yo con él a esta hora-. No me importa que piense que soy una zorra, qué otra cosa podría ser yo. Todo lo contrario, la sola idea de que lo piense me da placer. El no imagina quién era yo hace dos horas, la perfección, la corrección y compostura, el ser más digno de todos, la estrella de un manual de urbanidad; siempre camuflando. Pero ahora soy la Señora Hyde, gracias a Dios. Y yo me pregunto a estas horas por qué no se ha hecho ninguna película sobre mí. Por qué tanto hablar del hombre lobo y tal, y de mí, nada. Eso es discriminación. Pero bueno, qué hago yo pensando en la discriminación a estas horas y con este hombre idílico junto a mí?.
Llegamos a las puertas de un hotel, quiero decir un hotel de paso, o sea un hotelito, un lugar más feo que bonito, sucio, oscuro como la boca del lobo –otra vez con lo del lobo, hasta yo me contamino de Hollywood- un lugar que me recuerda que esto no es Londres y me corrobora también a lo que he venido. A purificar mis apetitos, Señores. El no me pregunta mi nombre pero sin embargo le digo que me llamo Eduarda Hyde a lo cual él permanece impertérrito porque claro, con estas tetas y este cuerpo qué más da el nombre que tenga. No agrega el suyo –a mí sí me habría gustado conocerlo- pero de todos modos entramos los dos al vestíbulo, el toma la batuta como lo hacen casi siempre los hombres y solicita la habitación. Paga y toma la llave, luego subimos escaleras arriba, laberinto arriba, supurando los dos, desde ya, ungüentos de amor; contrayendo los dos, desde ya, el olfato, para no aspirar el hedor a orín. Se escuchan algunos gritos, algunos jadeos que nos transportan al placer con antelación y alevosía y llegamos al cuarto. No hace falta describirlo, todo lo que es necesario saber es que tiene una cama o algo que se le parece. Todo lo demás, lo mismo que una joya, distrae, sobra.
Y allí estamos los dos, el y yo, solos, con una cama. Tengo miedo. El espejo nunca me dijo que tendría miedo. Trato de sobreponerme, pero el temor se resiste a mí misma. El es, me repito. Es él. Yo lo desvisto primero. Su pecho es muy velludo, es como un hombre de peluche. Y sus brazos. Ay, sus brazos están hechos de metales dúctiles y sellados con un tatuaje de serpientes casi idescifrable. Los pantalones caen a tierra como un telón repentino y allí, escondido, puedo distinguir lo que busco. No quiero que el sienta que lo tomo como hombre-objeto, como objeto sexual; en realidad, lo que quiero es su objeto sexual. Ahora el va conmigo. Mi vestido frambuesa no rueda tan facilmente como un pantalón cien por cien de algodón. La seda, por la electricidad del cuerpo, se adhiere a mi piel, así que el descubre lentamente mis hombros y los va besando con todo, sobre todo con aquella lengua enorme tan presta a cualquier sabor del mundo. Luego mis senos provocadores le causan un estupor de felicidad. Puedo verlo y olfatearlo porque los animales tenemos un olfato demasiado sensible y me doy cuenta que él ha comenzado a exhudar un aroma un poco rancio y aterciopelado que lo desnuda ante mi nariz. Me río adentro de mi cuerpo con una sonrisa amplia y triunfante sin que él pueda notarlo, y sé a través de mi mirada ancha y penetrante que él ya está contento.
De pronto mi vestido cae inesperadamente y él se conmueve. Se estremece todo al verme desnuda. Presiento que en segundos saltará sobre mí, ávido.
Incomprensiblemente el hombre parco se convierte en un hombre iracundo, balbuceante. Luego vocifera, se hace hostil en sus gestos y en su voz. Qué es lo que dice, no entiendo. Estoy muy nerviosa. Parece otro, como si una metamorfosis extraña también acabara de eclosionar dentro de él. Las cejas se le juntan, los colmillos se le afilan como unas estacas. Dios mío, qué le ha pasado a este hombre, al parco, al solitario. Parece un caballo salvaje. O un lobo. Parece un lobo con mal de rabia. Se me avalanza a golpearme porque mi pene es más grande y afilado que el suyo. Y yo qué culpa tengo.
Intenta golpearme con sus puños peludos pero yo, que tengo la fuerza de una zorra y de una gata bocarriba también, me defiendo. El hombre huye de mí y de él y me deja entonces con este sabor amargo en la boca, con este olor a fracaso pegado como una estampilla sobre mis sentidos.
Regreso a mi casa con la certeza de que el mundo es injusto. Voy caminando por las calles vacías y entiendo que sólo mis sinsabores lo ocupan todo. No tengo ningún subterfugio para desvanecer mi desconsuelo. Estoy desamparada, en la vastedad de esta noche, y estoy presa también de la vastedad de mis instintos, de esta naturaleza extraña, de mi imagen frente al espejo, de lo auténtico de mí. Voy pensando. Y los perros ¿También ellos huirán de mi esta noche? Pienso y sigo pensando. Yo sufro mucho más que el Doctor Jeckyll y, sin embargo, de él, hacen películas. Yo padezco mucho más. Perdí tres de mis uñas carmesí y mi vestido frambuesa y mi esperanza larga y mi estreno ilusionado se han malogrado juntos. Porque yo soy la Señora Hyde y no hay poción que me devuelva otra imagen, ni siquiera otra sombra, frente al espejo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Witold Gombrowicz. Autor de Curso de Filosofía en Seis Horas y un Cuarto

Escritor polaco nacido en Maloszyci. Hijo de un rico abogado y terrateniente, estudió en una escuela católica y se licenció en Derecho por la Universidad de Varsovia. Residió en París durante tres años y en 1929 volvió a Polonia, donde frecuentó las tertulias literarias. En esta época se publican sus primeras obras: una colección de cuentos Memorias de la inmadurez o Bakakai (1933), la obra de teatro La princesa Yvona de Borgoña (1938), y las novelas Ferdydurke (1937) y Los Hechizados (1939). La guerra le sorprende en Argentina y decide quedarse en este país. Allí colabora con Radio Free Europe, sus textos se recogen en los libros Recuerdos de Polonia y Peregrinaciones argentinas, y con la revista polaca Kultura, publicada en París. En esa época escribe buena parte de sus mejores obras, como la pieza teatral El matrimonio (1953), su Diario argentino (1957) y las novelas Trasatlántico (1953), Pornografía (1960) y Cosmos (1965). En Polonia es víctima de la censura con que le distinguió el régimen comunista y que sólo es levantada durante un breve período entre 1957 y 1958. Por esta razón tarda en ser un autor conocido en Occidente. En 1963 se traslada a Berlín invitado por la fundación Ford, pero un año después el asma le lleva a instalarse en Vence (Francia), donde fallece en 1969.

Curso de Filosofía en seis horas y un cuarto. Por Witold Gombrowicz

Domingo, 4 de mayo de 1969


EXISTENCIALISMO

El existencialismo nació directamente e ataque de Kierkegaard contra Hegel.
A decir verdad, no hay sólo una escuela existencialista sino varias; entre otras, las de Jaspers, Gabriel Marcel (un pobre idiota), Sartre... Pero a decir verdad, el existencialismo es una actitud que va desde Parménides, Platón, Jesucristo y San Agustín hasta nuestros días.
Intentaré deciros lo que separa a la filosofía existencias de la filosofía clásica.
En primer lugar, como ya hemos dicho a propósito de Kierkegaard, la oposición entre lo concreto y lo abstracto.
El asunto resulta extremadamente serio y hasta trágico para la mente, pues razonamos con conceptos, por tanto, con abstracciones.
Trágico porque el razonamiento puede hacerse tan sólo a través de los conceptos y de la lógica, y porque las leyes generales no pueden ser formuladas sin conceptos ni lógica. Por otra parte, los conceptos no existen en la realidad (muy importante).Pero aún queda una objeción elevada por Kierkegaard contra Hegel: «La verdad hegeliana está concebida de antemano», la elección entre nuestras concepciones no se realiza como consecuencia de un razonamiento, sino que son elegidas previamente. El razonamiento sirve sólo para justificar una elección anterior. (Es imposible luchar contra lo que el alma ha escogido; Zeromski.)


Hegel concibió su mundo de antemano, dentro de su razón, etcétera. Por tanto, es premeditado. Un defecto más del razonamiento abstracto, y es el drama de la mente. A causa de esto, el razonamiento no es posible.
¿Cómo son posibles, en estas condiciones, un razonamiento existencialista o un sistema filosófico como el de Heidegger o el de Sartre?
Hay un método que vino en ayuda de los existencialistas: es el método fenomenológico de Husserl.
Heidegger fue el alumno preferido de Husserl. Husserl no le perdonó nunca que se aprovechara de la fenomenología para fines completamente diferentes, creando así el primer sistema existencialista. ¿Por qué el método fenomenológico?
Es una nueva reducción del pensamiento, que ya había sido reducido por Descartes, Feuerbach y otros.
Esta reducción consiste en lo siguiente. Husserl dice: puesto que no podemos decir nada del noúmeno (cosa en sí), ponemos entre paréntesis el noúmeno; es decir, que de lo único que puede hablarse es de los fenómenos.
El noúmeno es, por ejemplo, esta silla tal y como es verdaderamente, y el fenómeno es la silla tal y como la vemos -o vista por una hormiga-, condicionada por nuestra posibilidad de ver. Esto no concierne sólo a nuestras facultades físicas de recepción, sino también a las facultades de la mente, como Kant demostró (a saber, que el tiempo y el espacio provienen de nosotros y no del objeto en sí).
Husserl dice: puesto que no podemos saber nada del noúmeno, lo pongo entre paréntesis. De la existencia de Dios, por ejemplo, no sabemos nada.
Y, regresando con ello al famoso cogito ergo sum cartesiano, Husserl pone entre paréntesis el mundo y todas las ciencias que conciernen al mundo (biología, física, historia). No quedan más que las ciencias que se refieren a nuestras facultades, como las matemáticas, la lógica, la geometría, etcétera.
Puso entre paréntesis a Dios y a las ciencias.
Podéis imaginar las extraordinarias consecuencias de ver a través del método fenomenológico.
Ay, que no sé si Isa existe,* ¡tengo una idea de Isa en mi cabeza!
De igual forma, yo no he nacido nunca. De ningún modo nací en 1904.
Sólo sé que tengo en mi conciencia la idea de mi nacimiento en 1904 y que tengo la idea de 1904 es decir, de todos los años pasados.
Todo ha cambiado de una manera demoníaca. Esto cambia el universo. No hay otra cosa mas que un centro definitivo, que es la conciencia y lo que pasa en la conciencia. La conciencia está evidentemente sola. La posibilidad de otras conciencias no existe.
La vida no es más que un dato de la conciencia. De igual forma, la lógica, la historia, mi porvenir, no son nada más que datos de mi conciencia, a la que ni siquiera puedo llamar «mi» conciencia, puesto que «Mi» conciencia no es sino un dato de «la» conciencia definitiva.
Todo queda reducido a fenómenos en mi conciencia. ¿Cómo puede hacerse filosofía en esta situación?
A esta conciencia definitiva no le queda otro remedio que «juzgarse» a sí misma. Como la conciencia es consciente de algo, pues bien, es consciente de sí misma. La conciencia se separa, por así decirlo, en varias partes que pueden describirse así: primera, segunda y tercera conciencia. Pero esta segunda conciencia puede ser descrita por una tercera conciencia y esto es justamente lo que hago al hablar de la tercera conciencia.
Os ruego que no olvidéis que ésta es una manera en extremo rudimentaria de presentaras la fenomenología.
Queda todavía una ley de la conciencia formulada por Husserl, y que recibe el nombre de «intencionalidad» de la conciencia, es decir, que la conciencia consiste en ser consciente. Pero, para ser consciente, hay que ser siempre consciente de alguna cosa. Y esto significa que la conciencia nunca puede estar vacía, separada del objeto. Esto lleva directamente a la concepción del hombre de Sartre, quien dice que el hombre no es un ser en sí, como lo son los objetos, sino que es un ser «para si», que es consciente de sí mismo. Esto conduce a una concepción del hombre separado en dos, con un vacío. Por esta razón el libro de Sartre incluye el nombre de la nada. Esta nada es una especie de surtidor, de Niágara que va siempre de lo interior a lo exterior.
Por ejemplo, soy consciente de este cuadro, mi conciencia no está sólo en mí, está en el cuadro (objeto de la conciencia). La conciencia está, por así decirlo, fuera de mí.
Cuando leí esto en El ser la nada, lancé un grito de entusiasmo, puesto que es justamente la concepción del hombre que crea la forma y que no puede ser auténtica de verdad.
Por suerte Ferdydurke apareció en 1937 y El ser y la nada en 1943. He aquí por qué alguno me atribuye en su bondad el haber anticipado el existencialismo. Volvamos a lo nuestro.
He hablado del método de la fenomenología de Husserl porque éste hizo posible la filosofía existencias. A decir verdad, el existencialismo no puede dar lugar a ninguna filosofía.
Yo soy único, concreto, independiente de toda lógica, de todo concepto.
¿Qué hacer en esta situación?
¿Ser crucificado como Jesucristo?
¿Perdido en su dolor?
Vivimos solos, morimos solos.
Impenetrable.
Pero con el método fenomenológico podemos organizar los datos de nuestra conciencia referidos a nuestra existencia. Y es lo único que nos queda.
Se ha comparado el método de Husserl con la forma de comerse una alcachofa, es decir: observo en mi conciencia una noción.
Ejemplo: el color amarillo. Intento reducirlo a su estado más puro, como la alcachofa, hoja tras hoja, y cuando por fin llegamos al corazón, nos lanzamos a él y lo devoramos.
La fenomenología es un descenso hasta la noción más profunda, la última, del fenómeno, y entonces, cuando está depurado, uno se lanza sobre él y lo engulle mediante una intuición directa.
Recordad que la intuición es un saber directo, sin razonamiento.
Así el existencialismo es la descripción más profunda y definitiva de nuestros datos referidos a la existencia.
Sartre tomó prestado mucho de Heidegger. Heidegger es más creador que Sartre, pero Sartre es más claro.
Sartre se propone esta descripción de la existencia. Todavía tengo que hablar un poco de una diferencia muy profunda entre el existencialismo y la filosofía precedente.
La filosofía clásica era más bien una filosofía de las cosas, en la que incluso el hombre era tratado un poco como una cosa, mientras que el existencialismo aspira a una filosofía del SER.
Cada objeto es a la vez objeto más ser.
Es cierto que esta diferencia ha existido casi siempre en la filosofía, incluso en la de Hegel, filosofía del devenir.
Pero el existencialismo se ha concentrado en esto y en un solo tipo del SER, que es precisamente la existencia.

Tres tipos diferentes del SER.
1.1 El Ser en sí (ser de las cosas).
2.1 El Ser para sí (ser de la conciencia muerta.
Ser independiente de esto).
3.1 Seres vivos y Seres existentes.
La palabra «existencia» significa sólo existencia humana consciente y solamente en la medida en que se es consciente de la existencia. Los hombres que viven de forma inconsciente no tienen existencia.
Los animales no tienen conciencia.
Esta es Prácticamente la clasificación de Sartre. Es justo el tema de El ser y la nada.
¿Cómo podemos definir las características del «Ser en sí», es decir, del ser de los objetos?
1.° Hay que decir que sólo existen fenómenos (Husserl). Cualquier cosa se manifiesta como un fenómeno. No podemos decir, según Sartre, que una persona es inteligente si ésta se manifiesta solamente a través de actos estúpidos. El hombre no es otra cosa que aquello que se ve de él.
Fijaos en que cada cosa carece de límite.
Lámpara, etcétera, son definiciones arbitrarias santificadas por nuestro lenguaje.
Podemos ver que el existencialismo pasa al estructuralismo.
El Ser en sí no puede ser ni creado por alguien, ni activo o pasivo (dado que éstas son ideas humanas).
El Ser en sí es opaco.
Es como es, es todo cuanto puede decirse, es inmóvil; no está sujeto a la creación y a la temporalidad y no puede ser deducido de ninguna cosa (como creado por Dios).
Ser en sí: un ser del que no puede afirmarse nada, sino que es en si tal como es (un poco como Dios).
Es curioso, el Ser para sí, la existencia humana, es de alguna manera inferior al Ser en sí. Tiene en sí el vacío, la nada, está formado, por decirlo de algún modo, de dos partes. Como si estuviera cortado en dos, y esto es lo que le permite ser consciente de sí mismo.
Así pues, es un ser secundario en comparación con el Ser en sí.
Resulta curioso: esta comparación rudimentaria que alcanzo a hacer puede parecer ingenua. Pues bien, conduce al menos a nociones reales, por ejemplo, que el ser humano está vacío a causa de la famosa intencionalidad de la con ciencia. Mientras que una silla es una silla, la conciencia nunca es idéntica a sí misma, puesto que hace falta ser siempre consciente de algo. No podemos imaginar la conciencia vacía. El famoso principio de identidad, A igual a A (silla es silla), no se realiza aquí. El Ser de la conciencia es en este sentido un ser imperfecto. Pero vayamos más lejos.
El ser en sí no puede desaparecer. Es independiente del tiempo y del espacio. Es como es, nada más. Mientras que la existencia, el Ser para sí, es un ser limitado que tiene un final, que muere. (Así al menos se presenta nuestra existencia ante nuestra conciencia. La existencia ha de ser sostenida como una llama.)
Para Einstein el objeto no es otra cosa que una «curvatura del espacio». La silla representa una cantidad de energía y esta energía puede transformarse en otro objeto o seguir siendo energía sin diferencia, mientras que la existencia humana comienza y termina (nacimiento y muerte).

Pero entonces, ¿qué es el hombre como Ser para sí o existencia?

1.° El hombre es una cosa, puesto que tiene un cuerpo, y solamente así, como cuerpo, puede estar en el mundo. Sartre se lanza aquí a reacciones muy subjetivas: dice que el hombre como
cuerpo está de más. Provoca náuseas; de ahí el
título: La náusea.
2.° El hombre es una cosa porque es un hecho (facticidad). Por ejemplo: tengo mi pasado, ya he sido hecho, definido, realizado. Pero cuando me dirijo hacia el porvenir, salgo del mundo de las cosas para entrar en la realización de mí mismo.
3.° El hombre es una cosa por su situación; esto es lo que le priva de su libertad.
He aquí la famosa cuestión de la libertad, que hace que seamos responsables de nosotros mismos. Por supuesto, tenemos dos sentimientos completamente contrarios. Por una parte, somos tan sólo el efecto de una causa. Ejemplo: si bebo es porque tengo sed. Si, según el freudismo, tengo un complejo, es el resultado de un trauma. Por otra parte, estamos absolutamente seguros de ser libres. Nadie puede quitarme el sentimiento de que soy yo mismo quien decide si debo mover la mano o no. Pues bien cuando contemplamos a otras personas, éstas se nos presentan como la consecuencia de una causa.
Para un médico no hay duda de que las enfermedades de su paciente obedecen a causas. Este sentimiento de libertad, que es tan fuerte en nosotros, no nos concierne más que a nosotros mismos, mientras que vemos a los demás como mecanismos. De este modo, el Ser en sí tiene siempre su causa cuando se presenta; no tiene ni comienzo ni fin. La libertad es únicamente la particularidad del Ser para sí. Es evidente que aquí se produce una ruptura entre los sentimientos de la causalidad universal y nuestro sentimiento de libertad, que proviene de la diferencia esencial entre el saber científico y el saber existencial. Esto es muy importante porque define los límites de la ciencia, que nunca puede ser el fundamento de la filosofía, porque solamente la conciencia puede ser consciente de la ciencia, mientras que la ciencia nunca puede fundar la conciencia. Además, la ciencia ve al hombre desde el exterior, como un objeto entre otros.
Diferencia entre la operación de apéndice desde el punto de vista del médico que trata al enfermo como un mecanismo, y desde el punto de vista del enfermo. Para el enfermo9 esta operación es vivida. Es subjetiva y tiene que ser sufrida por él y nadie más. Hay otra cosa: en cuanto al pasado, nos sentimos sometidos a la causalidad, mientras que el porvenir parece depender de nosotros mismos. Por esto decía Heidegger que el tiempo existencias es el futuro. Cada cosa que el hombre hace puede ser considerada desde el punto de vista del pasado. Muevo la mano porque tengo ganas de fumar. 0 del futuro: muevo la mano para encender la pipa.
Por tanto, puede afirmarse que la libertad es propia solamente de la existencia, mientras que la causalidad es lo propio del Ser en sí.
El existencialismo no es una ciencia.
En el existencialismo el todo no es un mecanismo, la suma de los elementos significa siempre alguna cosa más que la suma total. Supongamos que las palabras que forman una frase no sean solamente una cantidad de palabras, sino también un sentido. Entre la manera de ver al hombre como objeto, desde el exterior, propia de la medicina, la psicología, la historia, etcétera, y la del existencialismo, que consiste en sentir, por así decirlo, desde dentro, en su ser, hay un ABISMO.




Lunes, 5 de mayo de 1969


EXISTENCIALISMO

El existencialismo es la subjetividad.
Personalmente, soy muy subjetivo y me parece que esta actitud corresponde a lo real.
El hombre subjetivo el hombre concreto.
No un concepto del hombre, sino Pedro o Pablo, pues el concepto del hombre no existe, dice Kierkegaard.
A causa de ello, al existencialismo le resulta monstruosamente difícil hacer razonamientos, pues los razonamientos se basan en conceptos y sólo gracias a la traición de Heidegger, que se adueñó del método fenomenológico, puede hablarse [frase incompleta].
El existencialista es un hombre subjetivo, libre. Tiene lo que se llama la libre voluntad, al contrario de un hombre visto desde el exterior científico, siempre sometido a la causalidad, como un mecanismo.
Esta atrevida tesis de que el hombre es libre carece absolutamente insensata en un mundo en que todo es causa y efecto. Se apoya en una sensación elemental: somos libres y no hay medio de convencerme de que si muevo la mano izquierda no es porque yo quiero. No es fácil precisar en qué se funda esta posibilidad de libertad.
Supongo que está fundada en una diferencia de tiempo. El tiempo del hombre no es el pasado sino el futuro. Si se hace algo, no es a causa sino para. «Leo para acordarme de», etcétera.
Si se trata del pasado, estamos ante la causalidad; en el porvenir, en la existencia del hombre, nos las tenemos que ver con el futuro.
Podemos decir, más profundamente, que en nuestra conciencia se encuentra la misma ruptura interior que se revela, por ejemplo, en la física.
El hombre, este ser para sí, está dividido en dos (con una abertura). Es en esta nada, en este vacío (esta abertura), donde se introduce la noción de libertad. La libertad tiene un papel enorme en Sartre porque es el fundamento de su sistema moral.
Sartre es un moralista y es curioso que en la filosofía francesa se produzca de nuevo la misma desviación observada por Husserl en Descartes.
Descartes, de una forma categórica en extremo, reduce el pensamiento a la sola descripción de la conciencia, pero de repente, aterrado ante la aniquilación de Dios y del mundo, se traiciona a sí mismo. Reconoce la existencia de Dios. Y de inmediato deduce de la existencia de Dios la existencia del mundo.
Pues bien, en el caso de Sartre nos las tenemos que ver, a mi juicio, con la misma cobardía. En El ser y la nada hay hasta unas quince páginas en las que Sartre hace esfuerzos dramáticos para fundar lógicamente un fenómeno que parece por completo evidente: la existencia de otro hombre distinto de «mí». Por ejemplo, el fenómeno de la existencia de Witold es el mismo que el de una silla.
Sartre analiza todos los sistemas: Kant, Hegel, Husserl; y demuestra que ninguno de éstos tiene posibilidad alguna de reconocer al otro. ¿Por qué? Porque ser hombre es ser sujeto. Es tener una conciencia que reconoce todo lo demás como objeto. Si yo admitiera que Witold tiene también una conciencia, entonces, yo soy por fuerza un objeto para Witold, que es el sujeto. Es imposible ser a la vez sujeto y objeto.
Ahora bien, aquí es donde Sartre se asustó. Su moral tan extremadamente desarrollada se niega a admitir que no haya otros hombres porque, si el otro es objeto, ya no hay deberes morales.
Sartre, siempre desgarrado entre el marxismo (científico) y el existencialismo (lo contrario) se asustó igual que Descartes. Declaró simple y honestamente que, aunque sea imposible reconocer la existencia del prójimo, no hay más remedio que reconocerla como una evidencia que salta a la vista. Aquí naufraga de forma dramática toda la filosofía de Sartre, todas sus posibilidades creadoras, y este hombre, dotado de un genio extraordinario, se convierte en un simple bonachón (marxismo-existencialismo) que, en el fondo está obligado a hacer una filosofía de concesiones. Su pensamiento se convierte en un compromiso entre el marxismo y el existencialismo. Y a partir de ese momento, cada uno de sus libros se convierte en la base de un sistema moral en que todo sirve para sostener una tesis ya concebida de antemano. Ahora bien, la base de este sistema moral es la famosa libertad sartriana.
Dice: «Soy libre, me siento libre. Por tanto, tengo siempre la posibilidad de elegir. Esta elección es limitada porque el hombre está siempre en una situación y puede elegir solamente dentro de esa situación. Ejemplo: puedo quedarme en la cama o ponerme a caminar, pero no puedo elegir volar, porque no tengo alas. Existe la libre elección de aquello acerca de lo cual el hombre es responsable. Si me niego a escoger entre dos posibilidades, ésta es también una manera de elegir la tercera actitud. Si no se quiere escoger entre el comunismo y el anticomunismo, existe la neutralidad». Sartre dice también que el hombre es creador de valores. Se trata de la consecuencia directa de un ateísmo obstinado, el más consecuente de toda la filosofía.
Esta es la situación: dado que hemos perdido la noción de Dios, convirtámonos entonces, nosotros mismos, a causa de nuestra libertad absoluta, en creadores de valores. Y, en este sentido, podemos hacer lo que queramos. Ejemplo: si ésta es mi elección, puede parecerme bien el hecho de asesinar a X o de no asesinarle. Las dos Posibilidades existen, pero, al elegirlas, me elijo a mí mismo como asesino o no.
Aquí creo reconocer en la filosofía un exceso de intelectualismo y la decadencia (el debilitamiento) de la sensibilidad. Los filósofos, salvo Schopenhauer, parecen personas cómodamente sentadas en sus poltronas y que tratan del dolor con un desprecio absolutamente olímpico, desprecio que desaparecerá cuando vayan al dentista y comiencen a gritar: «¡Ay!, ¡ay, doctor!». Con su desdén teórico hacia el dolor, Sartre declara que para un hombre que elija el dolor como un bien la tortura puede convertirse en un placer celestial. Esta afirmación me parece muy dudosa y muy propia de la burguesía francesa que, por fortuna, ha estado preservada desde hace mucho tiempo de grandes dolores. A pesar de la afirmación sartriana de que la libertad está limitada por la situación y por la llamada «facticidad» (el hecho, por ejemplo, de que tengamos un cuerpo, que seamos un hecho, un fenómeno en el mundo), a pesar de todas estas limitaciones, Sartre va demasiado lejos.
El hombre existencias es concreto, único, hecho de nada, por tanto, libre.
Está condenado a la libertad y puede elegirse. ¿Qué sucede si elegimos por ejemplo la frivolidad y no la autenticidad; la falsedad y no la verdad? Como no hay infierno, no hay castigo. Desde el punto de vista existencias, el único castigo es que este hombre no tiene una existencia verdadera. Por tanto, no es un existente. He aquí un juego de palabras, tanto de Heidegger como de Sartre, del que sin duda se burlará quien haya elegido la supuesta no existencia.
¿Qué porvenir tiene el existencialismo?
Muy grande.
No creo en los juicios superficiales, según los cuales el existencialismo es una moda. El existencialismo es la consecuencia de un hecho fundamental: la ruptura interior de la conciencia, que se manifiesta no sólo en las cualidades fundamentales del hombre sino que -algo extremadamente curioso- es evidente, por ejemplo, en la física, en la que hay dos medios de concebir la realidad:
-corpuscular
-ondulatorio
Ejemplo: teorías de la luz.
Ahora bien, ambas teorías son justas, como demuestra la experiencia, pero son contradictorias. Hallamos el mismo fenómeno en la noción de la física referida a los electrones, en la que hay dos maneras de concebirlos, que son, ambas, justas y contradictorias. Asimismo, en mi opinión, el hombre está dividido entre lo subjetivo y lo objetivo de una manera irremediable y para toda la eternidad. Es una especie de llaga que tenemos, de la que es imposible curar y de la que somos cada vez más conscientes. Dentro de unos años, será aún más «sangrante», pues
no hará sino aumentar con la evolución de la conciencia.
La profunda verdad de la dialéctica de Hegel (tesis-síntesis) aparece aquí. En estas condiciones es imposible exigir al hombre que sea-armonioso, que pueda resolver nada de nada. Impotencia fundamental.
Ninguna solución.
A la luz de estas reflexiones, la literatura que considera que puede arreglarse el mundo es la cosa más idiota que imaginarse pueda.
Un pobre escritor que se crea dueño de la realidad es una ridiculez. ¡Ay, ay, ay! ¡Huf!