viernes, 19 de agosto de 2011

Héroe de autobús. Por Enrique Vila-Matas

Un 26 de octubre de 1987 compré en Barcelona Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau. No sabía nada de su contenido y me pareció que había llegado el momento de conocerlo, las mejores mentes de mi generación hablaban muy bien del libro.

Subí con mi ejemplar recién comprado de Ejercicios de estilo al autobús de la línea 24, que debía dejarme en casa. Compré un billete y, por temor a que después me lo pidiera el revisor y no lo encontrara, me lo puse en la boca; pensé que así lo tendría más a la vista del inspector si éste se presentaba. En aquellos días, tenía miedo de los revisores, de los inspectores, de los interventores, de toda una serie de profesiones que me intimidaban.

A mitad de trayecto, empecé a hojear distraídamente Ejercicios de estilo y vi que el libro narraba, con cien estilos diferentes, siempre la misma anécdota trivial. Sería trivial, pero la historia, contada de cien modos distintos, me divirtió cien veces y muchísimo, seguramente porque además la anécdota sucedía en gran parte en un autobús y yo iba en aquel momento en un autobús, y quizás por eso me entró tan rápida la anécdota en la cabeza, como si yo circulara por ahí con un calzador, no un calzador para los zapatos, sino un calzador para leer en los autobuses las historias que pasaban en ellos.

La historia era tontísima, pero me fascinó una barbaridad. En un autobús de París, un joven con sombrero de fieltro y cuello estirado se enfadaba cada vez que la gente bajaba del vehículo porque había un pasajero -siempre el mismo- que aprovechaba la circunstancia para pisarle. Se producía una estúpida bronca, hasta que el pasajero protestador y llorón encontraba un sitio libre y se sentaba. Dos horas después, el narrador encontraba casualmente al mismo joven imbécil, ahora en la plaza de Roma; estaba sentado en un banco con un compañero, no menos idiota, que le decía: "Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo".

La anécdota era sumamente trivial pero era contada de cien formas distintas y se aprendía mucho a escribir y, sobre todo, a descubrir cuál era nuestro propio estilo. La historia era estúpida, pero el hecho de que arrancara en un transporte público me dejó atrapado en ella desde el primer momento y hasta miraba a mi alrededor para ver si en mi autobús había algún joven mentecato al que, a la menor oportunidad, la gente pisara con saña.

Tan fascinado quedé con mis Ejercicios de estilo que, sin darme cuenta y por la satisfacción misma que me iba produciendo leer aquello que podía estar pasando en el mismo autobús en el que viajaba, fui chupando como un loco el billete y al final me lo tragué. Cuando llegó el revisor, de nada me sirvió decirle que me lo había tragado por culpa de una historia idiota que había estado leyendo y que me había hecho reír mucho. La multa fue de órdago.

En aquellos días, no sólo tenía miedo de revisores y fiscalizadores, sino que, además, tenía la impresión -y así lo escribía continuamente- de que a mí me pasaban cosas raras. Hoy en día, ya no puedo decir lo mismo porque el mundo en los últimos tiempos se ha vuelto tan absolutamente extraño que es difícil que algo no nos parezca raro. Ya nada de lo que se nos presenta hoy como normal nos lo parece. Pero es cierto que en aquellos tiempos, hacia 1987, tenía la sensación de que muchas veces me sucedían cosas fenomenalmente raras. Por ejemplo, no muchas semanas después de haber subido al autobús de la línea 24 con aquel libro de Raymond Queneau, subí un día a otro 24 con un libro de cuentos de Sergi Pàmies recién comprado y al ponerme a leerlo -cómodamente sentado en ese lugar que yo consideraba que era el ideal, situado en lado pasillo del conjunto de dos asientos con balcón que se asoma a la plataforma de salida y permite tener un buen punto de observación al tiempo que estar cerca de la salida- me encontré con un relato en el que, si ahora no recuerdo mal, un joven iba en autobús y chupaba su billete hasta acabar comiéndoselo y uno imaginaba que terminaban poniéndole una multa de órdago.

El cuento era extraordinario, pero lo que más me impresionó fue que la anécdota que contaba ya la hubiera vivido yo antes. Si a eso añadimos que la leí en un autobús, resulta fácil imaginar lo atrapado que quedé en ese cuento, hasta el punto de que volví a tragarme mi billete, aunque en esta ocasión no hubo revisor, pues me bajé en la primera parada que hizo el autobús. Al bajarme, me acordé de Pere Calders, magnífico cuentista y hombre extraordinariamente tímido, que, según había contado él mismo, no apretaba nunca el botón rojo con el que los pasajeros anuncian al conductor que se bajan en la siguiente parada, pues prefería esperar siempre que lo hiciera antes alguien por él. Si nadie tocaba el botón y veía que sólo él iba a descender, prefería no bajar y esperar a la siguiente: como tímido que era no se atrevía a hacer que todo un autobús parara sólo porque él tenía que bajarse.

No soy tan tímido como él, pero, desde que conozco esa historia de Calders, jamás he obligado a un autobús a parar sabiendo que seré yo el único que baje. Actúo así no por timidez, si no por transformarme en algunos viajes en personaje de Calders cuando no en Calders mismo. Me gusta ser héroe modesto de autobús, y de eso, sin duda, los señores Queneau y Pàmies tienen toda la culpa. Casi creo verlo anunciado: Queneau y Pàmies, compañía moderna de autobuses. Un día me cambiaré a esa compañía y pararé un autobús entero para bajarme yo solo en una de sus paradas.

lunes, 15 de agosto de 2011

El horripilante Circo Chino. Por Norberto José Olivar

Un relato escrito con el apremio de los remordimientos, buscando exorcizar, con escasas palabras, el pánico que produjo al autor una incursión como espía en el terrorífico Circo Chino, en los días santos de 1975.


A Noleida del Carmen, culpable…

Agosto nunca significó nada en mi insípida biografía, por el contrario, solía ser fatídico, pues, perdía de vista a mis novias, amores jamás correspondidos de la prehistórica primaria, amor del cual ellas nunca se enteraron, tampoco; además, me desconectaba de mi único amigo, quedando así en la más absoluta «aburrición». Pero escarbando en la memoria en busca de un suceso vacacional —espinosa regresión, por cierto—, llegué a una semana antes de la Semana Mayor de 1975, cuando por alguna razón que no logro precisar, mi escuela suspendió clases, juntando así siete días más de imprevisto asueto a la ya tradicional celebración cristiana.

¿Al circo o al cine?

Vivíamos en un pequeño apartamento de la legendaria avenida Bella Vista con la anodina calle 65. Desde allí vimos llegar el Circo Chino a un inmenso terrenal en la esquina siguiente a la nuestra, donde estuvo el colegio Zaragoza, regentado por las hermanas de Santa Ana. Grandes camiones con imágenes de dragones gigantes y hombres voladores fueron haciéndose espacio entre la mala hierba, y con los días, una carpa de cuatro mástiles se levantó imponente y majestuosa. En la víspera del esperado y publicitado debut, el circo organizó un colorido y bulloso desfile que pasó lento y alegre frente a nuestro balcón: Exhibían, enjaulados, dos hermosos tigres de bengala, que rugían con una espectacularidad imborrable, un oso no muy grande, pero feroz, con movimientos amenazantes y un elefante manso, con «ojos de buena gente», que dejaba tras de sí su inefable marca. Marchaban payasos, hermosas mujeres embutidas en coloridos Qipaos y malabaristas sacados de un cuento de magos y cortes imperiales, todos ellos guiaban aquella carroza asombrosa y misteriosa, con una inmensa cabeza de dragón rojo que asentía sin parar, lanzando una enorme llamarada hacia lo alto cada tantos metros. Estos milenarios personajes paralizaron el mundo, incluyendo a los «Carritos por Puesto» que se orillaron a disfrutar la rara y alucinante novedad.

Por aquellos días contaba yo con diez años, era el más flaco y bajito de todos, y padecía el Cuarto grado. Mi hermana, Nole, especie de Pippi Calzaslargas —que debo incorporar de momento a esta crónica—, tenía siete años, andaba por Primero, y era, según notificación paterna, la reina «bien amada» de la casa. Pues bien, fue ella, mi hermana, la que resolvió a su antojo el dilema que se presentó cuando mi padre, compadecido de nuestro prolongado e inesperado encierro, dijo que escogiéramos entre ir a ver El paraíso viviente de Jamie Uys, en el cine Ávila, o al mentado Circo Chino. Mi hermana saltó, manipuladora, a las piernas de mi padre y pidió que nos llevara al circo. Yo alegué, molesto, que todos los circos eran iguales, que prefería la película que, según había contado nuestro primo Ismael, empezaba con toda una jungla repleta de animales borrachos por culpa de una fruta fermentada. Mi padre ni siquiera escuchó, dijo que íbamos al circo y ya, mientras mi hermana le abrazaba y le besaba como loca de gratitud.

El primo Ismael

Mi primo Ismael era un adolescente, en pleno trance, con aires a Víctor Mature, y apareció justo cuando mi padre se fue al trabajo pasado el almuerzo. Veo su llegada como el poster de El exorcista, la silueta oscura del sacerdote con su maletín en el portal donde levitaba la diabla Blair, sólo que mi primo traía, en vez de maleta, una bolsita con un frasco de éter, una hojilla Gillette, una aguja de coser y un rollito de hilo Elefante. Venía, según explicó, a practicar una cesárea a mi gata Kika, «porque las gatas siempre tienen problemas de parto» y él iba a ahorrarle aquel trabajo tortuoso a la pobre. Yo se la sostuve sobre la batea, admito, y él la durmió derramando aquella sustancia en un pañuelo. Luego hizo la incisión por toda la panza (con la Gillette) y sacó cinco gaticos que fueron muriendo en seguidilla esa misma tarde. La gata despertó azotada por el dolor y empezó a retorcerse y a darse contra el piso hasta morir también. Mi primo se lavó las manos, se río socarronamente y dijo que a veces pasaba eso con los pacientes. La metió en una bolsa plástica, junto con sus crías y la botó por el bajante del edificio. «Si preguntan por ella, dices que esos animales desaparecen sin dar explicaciones», se refería sobre todo a mi madre, que nomás llegaba del trabajo (enfermera de un siquiátrico) buscaba a Kika para hablarle y acariciarla.

En el circo

Que mi primo estuviera en casa esa noche, significaba uno más en las cuentas de mi padre. Sin embargo, no se quejó para nada, nos fuimos caminando al circo, compró cinco boletos (incluida mí Madre, que en esta relatoría va de fondo y en mute) y comenzamos a trasegar cotufas y refrescos mientras arrancaba la función.

Mi primo dijo que diéramos una vuelta por los alrededores del circo. Le explicó a mi padre que íbamos a mirar los animales, lo cual era cierto, en parte, y salimos tranquilos a curiosear.

Mientras la mayoría se hacía fotos con Big Boy, el elefante con «ojos de buena gente», mi primo Ismael y yo saltamos los separadores de aluminio y, de repente, el circo se nos volvió un oscuro pueblo de pequeños carromatos, algunos con lánguidas lámparas en su interior, y gente extraña entrando y saliendo, presurosos, agitados, frenéticos, como si aquella ocasión fuera un asunto especial. Vimos una cosa increíble: un viejo de largo cabello y barba blanca, trajeado con una especie de hanbok azul con blusa y mangas negras, practicaba un número de magia que nunca había visto a ningún mago ni siquiera por televisión: levantaba las manos, con cierto amaneramiento, y de entre las anchas magas salían miles de luciérnagas que giraban en torno suyo, hasta simular un remolino lumínico, luego se transformaban en enormes mariposas amarillas que se esfumaban en derredor. El viejo se dobló, como exhausto, y un asistente retiró dos grades espejos y un pequeño reflector, o algo semejante, que no habíamos detectado por el deslumbramiento del acto. Mi primo Ismael y yo nos miramos atónitos y proseguimos nerviosos, pero decididos, la exploración de esa inesperada aldea circense que se abrió ante nosotros.

De la enceguecedora magia del anciano, pasamos a un asunto escabroso:

Los tigres de bengala rugían trazando un impaciente círculo en su jaula. Frente a ellos, un chino muy flaco, metido en un flux oscuro, de horribles rayas verticales, hablaba con dos niños de mi edificio: Pepe y Enrique, este último sostenía cuatro perros amarrados con mecates de colgar hamacas. El chino flaco sacó unos billetes y se los dio a Pepe, entonces Enrique le pasó los mecates con los perros y se fueron contando los cobres. El chino flaco metió los perros, uno a uno, en la jaula y los tigres los devoraron en tres o cuatro mordiscos cuando mucho. Mi primo Ismael miraba la escena fascinado, pero yo estaba temblando como nunca, no recuerdo haber tenido tanto miedo como esa noche. En eso apareció otro chino, vestido de carnicero, chispeado de sangre, y metió en la jaula dos perros más que ya estaban muertos.

Mi primo me dijo, al oído, con su acostumbrada pedantería de experto en animales, que a las fieras debían quitarles el hambre antes de sacarlas a la arena, así el domador estaba más seguro en su rutina. No preciso si creí o no, pero que anduvieran exterminando a los perros de mi cuadra me parecía una cosa atroz e insoportable, así que salí a la calle y busqué un teléfono público para llamar al 111, que era el número de la policía en esos días y que mi padre me había obligado a memorizar junto al de los bomberos. No olvido las carcajadas del recepcionista cuando dije que los chinos andaban secuestrando perros para tirárselos a los tigres. Advertí que era estudiante de Quinto, me sumé un grado más para que lo tomara en serio, pero igual seguía riéndose, supongo que la voz de niño que escuchaba terminó por conmoverlo un poco, pienso ahora, y juró que en cuanto pudiera enviaría una patrulla a investigar. No recuerdo si le di mi nombre, pero mi primo me miraba divertido y ordenó que volviéramos al patio del circo, quizás descubriríamos algo más asombroso, recalcó con ansiedad.

Fue fácil llegar hasta la jaula de los tigres, de nuevo. El show aun no comenzaba, pero había menos gente en los carromatos. A gatas nos acercamos a donde estaba el oso que vi en el desfile. Un chino, ataviado con un colorido traje, golpeaba al infortunado animal para obligarlo a que marchara en sus dos patas traseras, pero este tiraba «manotazos» enfurecidos y rugía fuerte. El chino flaco, «enfluxado», que negoció con el Pepe y el Enrique, apareció con cara de preocupado tirando a amargado. Gritaba como gritan los chinos y no sabíamos qué carajo decía; era claro, sí, que el oso estaba dando problemas de última hora, de modo que siguieron dándole, ahora entre ambos, con una vara no sé de qué, al rato, el oso estaba doblegado ante los mandatos de aquellos chinos malditos. Justo en ese momento escuchamos el estruendo de un gong, que hizo temblar hasta los mástiles del circo, y nos alertó del inicio de la función.

«Vámonos» dije a mi primo Ismael, no sea que nos empezaran a buscar.

El espectáculo mostró un mundo muy distinto a los que vimos detrás de las cortinas, aunque sea un lugar común decirlo. Lo cierto fue que al término de aquella esperada apertura, mi padre, mi madre, mi hermana y hasta mi primo parecían muy satisfechos, yo, la verdad, no pude mirar casi nada, una sensación de rabia e impotencia me mantuvo en jaque todo el tiempo.

Las puertas de salida estaban por los laterales, y desde allí pude ver una patrulla estacionada, con la sirena encendida, pero en silencio. Divisé, con claridad infrarroja, a dos policías uniformados, con sus quepis y sus rolos, conversando amenamente con el chino flaco, vestido con ese feo flux de rayas que describí. Al día siguiente, la prensa sacó una pequeña nota, ahogada entre un montón de trivialidades locales, que decía: «No alimentan con caballos ni perros ni burros a las fieras del circo chino».

Desde ese día supe que la justicia, las noticias, la realidad y los circos van por sendas separadas…

Irama, julio de 2011

(njolivar@gmail.com / @EldoctorNo)

domingo, 14 de agosto de 2011

Del hedonismo o el utilitarismo gozoso. Por Michel Onfray


Toda relación con los demás está mediatizada por una pasión, y no podemos escapar, en la hipótesis de una moral nueva, a una patética singular. Llegó el momento de terminar con la barbarie que consiste en erradicar simple y llanamente las pasiones donde se las encuentre, para vaciar al hombre de su sustancia y transformarlo en un cadáver antes de tiempo. Perinde ac cadaver, dicen todos, después del triunfo del ideal ascético en todas sus formas. "Destruyamos las pasiones", "odiemos el entusiasmo" -cuya etimología recuerda que es transporte hacia las cimas- y "muerte a la vida", enseñan todas las éticas del renunciamiento y la negación. Prefieren la paz dentro de un cuerpo abandonado por la vida, antes que la guerra en un organismo pleno de energía. Más valdría morir ya mismo y desear la rigidez de los muertos.

Una ética afirmativa quiere las partes animales en el hombre hasta lo aceptable. Pretende convocar esas fuerzas en la medida de lo posible, dentro de límites que habrá que encontrar. Como aspira al derroche, apunta a la eflorescencia, y luego al desarrollo de esas fuerzas confinadas en la sombra, maltratadas porque se las desacredita a priori. La parte maldita* sólo es detestable cuando traspone un límite, cuando genera peligros imposibles de contener, cuando arrasa con todo y se pone al servicio de lo negativo, de la destrucción y sus obras de muerte. En cambio, en lo referente a la construcción, la vida y lo positivo, los instintos, las pasiones, las pulsiones, las fuerzas, son virtudes por medio de las cuales se hacen y deshacen las relaciones humanas en la perspectiva de una dinámica que coincide con el movimiento de la vida. Toda la cuestión ética reside en la determinación de límites: ¿a partir de qué momento esas magníficas potencias corren el riesgo de caer hacia el lado sombrío? ¿Más allá de qué límites se vuelven intolerables? El hedonismo permite una respuesta. Digámoslo como una primera aproximación, indicativa, antes de entrar en más precisiones: todo lo que procura placer es aceptable, y todo lo que genera sufrimiento es condenable. En virtud del movimiento natural, y universal, que impulsa a los hombres a buscar el placer, a ir hacia él, a desearlo al mismo tiempo que a rehuir el displacer, alejarse del dolor, el sufrimiento y las penas, se trata de realizar una intersubjetividad contractual en la cual ambos sujetos consienten a un álgebra de placeres que toma en cuenta las partes malditas. El lenguaje, los signos, los gestos, permiten decir, y decirse, a qué goces se aspira, para sí mismo y para los demás, qué proyectos se tiene para el otro dentro de esta lógica, mientras se esperan señales de relaciones éticas: no existe ningún bien absoluto, ni ningún mal absoluto, sino juicios relativos, apreciaciones que competen a cada sujeto, según su historia personal y su temperamento. Sin embargo, existe bastante consenso en cuanto a los conceptos de placer y displacer: sin vacilar demasiado, saber que tal o cual ama o detesta, quiere o rechaza, aunque sólo sea interrogando su propio deseo, y dentro de los límites de lo posible. Las satisfacciones son múltiples, pero toman siempre el mismo camino.

Dentro de esta lógica, el goce que desea uno debe combinarse imperativamente con el del otro. Un placer personal, sin el otro, puede convertirse muy pronto en un placer a pesar del otro, contra él. El hedonismo es ocuparse del placer para uno mismo al mismo tiempo que para el otro. El contrato ético reside en ese movimiento que oscila de uno mismo al otro. El egocentrismo o el egoísmo sólo oyen la voz del goce personal: mi placer y nada más. El hedonismo es dinámico, y considera que no hay voluptuosidad posible sin considerar al otro. No por amor al prójimo, sino por interés bien entendido, porque el otro es el conjunto de la humanidad a la que le resto mi propia persona, es lo que cada uno experimenta. Todos son el otro para mí, pero yo soy el otro para todos los demás. Y lo que yo practico en dirección al otro, actúa, en una perspectiva eudemonista, en dirección a mí. El placer que yo doy encuentra en su trayecto al placer que me dan. Teóricamente. Cuando falta simetría, falta ética, hay una infracción a la regla hedonista y se cae en el egocentrismo.

Una patética es, pues, una estética de las pasiones, una poética de las partes malditas. Más allá de los cuerpos que nunca se penetran sino que están condenados a las superficies, a las ductilidades superficiales, se dirige al alma para tocar al otro detrás de su apariencia, en lo más recóndito. Cada señal emitida en dirección al otro es tentativa de practicar un poco más el solipsismo, creando condiciones de una ilusión de intersubjetividad. Porque nunca podemos desprendernos de nuestra sombra. Pero esa quimera basta para sentimos menos implicados por los efectos de los que Sade llamaba aislismo.

Entre los seres humanos circulan señales, una expresión casi imperceptible en el rostro, un esbozo de sonrisa, una mirada penetrante que se sostiene, un silencio significativo, una rigidez en el cuerpo, una levedad en el alma, un hilo metálico en la voz, alejado de lo que se dice, pero evidente en la manera, una voluptuosidad en el gesto, una intención solícita y mil otras pasiones que se transforman en informaciones. Todas ellas exigen sagacidad, celeridad y espíritu de fineza. No hay ética posible sin esas virtudes necesarias para una decodificación brillante. El hedonismo sólo es posible para las almas ya leves, sutiles y atentas. En eso, es aristocrático y selectivo. También es impuro, si se entiende por esto que es una moral sometida a intereses.

En efecto, el hedonismo es un utilitarismo, en el sentido anglosajón del término, un cálculo de interés que acarrea beneficios para ambas partes: suplemento de alma, aumento de voluptuosidades, atesoramiento de placeres, un capital de goce y dividendos en materia de ser. Es una moral que exige un cálculo permanente para determinar, sin cesar, las condiciones de posibilidad del máximo de placer para uno mismo y para el otro. Gozar y hacer gozar, sabiendo que hay una variedad importante de modulaciones sobre este tema, y que existen placeres indirectos obtenidos por el hecho de proporcionar goce, y placeres directos que resultan de las satisfacciones recibidas. Hasta los apóstoles de la moral pura que invitan a la acción exclusivamente motivada por el respeto a la ley en cuanto ley, conocen la inutilidad de esa propuesta y su carácter exclusivamente teórico, utópico. No es tan fácil evitar el placer, y, por lo tanto, la impureza -si la definimos como producto que resulta de una mezcla-, porque incluso cuando se opta por la moralidad sólo para coincidir con la ley, también se obtiene una satisfacción, la de haber sido heroico al ser moral. El utilitarismo es la regla, es inamovible. Es mejor buscarlo conscientemente, pues se manifiesta de todos modos, sobre todo cuando se lo quiere negar.

El interés es el motor esencial, guía todos nuestros gestos. De modo que la acción es una especie de círculo, que parte de sí misma y está condenada a volver hacia sí misma. Desea la satisfacción y no deja de estar vinculada al sujeto que la pone en práctica. El egoísmo también es un movimiento circular, pero integra al otro en una perspectiva de instrumentalización pura, en la cual el goce propio excluye el del otro: el hedonismo tiene la misma figura, pero incluye la alteridad en su propósito de satisfacerla igualmente. Por un lado, el utilitarismo vulgar; por el otro, el utilitarismo hedonista. En este último, la utilidad consiste en la satisfacción de los deseos, en la realización de los placeres de un sujeto implicado en una relación ética. Pero ¿se sabe acaso en qué consisten, para el otro, como para uno mismo, los deseos y los placeres? ¿Cuál es su apetencia? Este oscuro objeto resiste, vive como la anguila y se mueve como una corriente de aire. Imaginar que alguien sea lúcido respecto de sus partes malditas es una ilusión, por supuesto. Porque está la pantalla de la subjetividad, las angustias del inconsciente, los juegos de negación, las trampas de la transferencia. Y además, la paradoja de un punto ciego, imposible de iluminar porque absorbe la luz. Y se nutre de esas claridades con las que fabrica zonas de sombra, cada vez más densas, y según lógicas cada vez más oscuras. La apetencia es, pues, tensión, movimiento hacia, o en dirección a. Pero ¿a qué regiones apunta? Países cambiantes, geografías engañosas, nimbadas de brumas que tornan peligrosos los accesos. Escarpaduras, rocas abruptas, imágenes provocadas por ilusiones ópticas, refacciones engañosas: todo designa al peligro y la imposibilidad de llegar a puerto. El deseo se oculta, se enmascara, y recurre a las astucias de la razón. Cuanto más quiere esconderse, más se muestra. Se exhibe con vigor para proteger mejor lo que lo roe detrás de la pantalla.

Sólo es posible hacer conjeturas, hipótesis, tanto del deseo del otro, como del propio. Hay que suponer, calcular, imaginar, porque el deseo es hábil y experto en metamorfosis, y convierte al ser que lo contiene, en un campo de juego, una superficie o un volumen para sus experimentos. Así, brutalizado por la cultura, triturado por la civilización, a veces actúa contra sí mismo, practica la más absoluta autofagia y concentra todos sus esfuerzos en el sentido de una destrucción de sus fuerzas. Lo mismo puede decirse del placer que algunos terminan por encontrar en la negación, la retención, la contención. La obra del ideal ascético se consuma cuando el deseo y el placer son puestos al servicio de la pulsión de muerte dirigida contra uno mismo. Se termina por desear no tener ya ningún deseo, y por sentir placer al no tenerlo. Elogio de la extinción, triunfo de la muerte. Paradójicamente, al poner la apetencia al servicio de esas causas corrompidas, se obtendrá una satisfacción circunstancial, que se pagará con una frustración por el resto de la vida. Querer el no-querer, apagar y aceptar las empresas de muerte dentro de uno, conduce a una especie de definición del eudemonismo a partir del placer negativo: se llega a considerar la felicidad como la ausencia de desdicha, la salud como ausencia de enfermedad o el placer como ausencia de deseo. La vida aparece como un hueco, vaciada y como un desierto triunfante que no deja de avanzar. Victoria de los designios pequeños y la ideología fúnebre, de los falsos placeres y los logros mezquinos.

Al hedonismo no le interesa el placer negativo: es voluntarismo estético dirigido hacia placeres positivos en virtud de los cuales la felicidad, la salud, aparecen como una afirmación, como vitalidad desbordante y práctica dispendiosa. Contra el proceso centrípeto que apunta al aniquilamiento en un punto animado por la muerte, es preciso impulsar un derroche centrífugo que tienda a una expansión hacia un mundo nutrido de energía, de vida y de fuerzas. Sólo se puede concebir el placer negativo en la hipótesis en que genere mayor placer que una satisfacción positiva cuyas consecuencias, paradójicamente, arruinarían el beneficio del goce por un costo excesivo. No gozar es un goce si el placer fuera seguido por un sufrimiento inevitable. Esta es también una lógica utilitarista. Y únicamente en esta perspectiva se puede preferir el placer negativo. Vuelve a aparecer el principio sutil según el cual la economía puede transformarse a veces en un derroche superior, sublimado. Evitar los sufrimientos, las penas, los dolores, es una obligación hedonista, y lo negativo no es consustancial al deseo, el placer no coincide intrínsecamente con la aflicción, como quieren hacer creer los partidarios de la moral ascética. En cambio, en la hipótesis en que se confirme la unión del género gozoso con las promesas de dolor, y solamente en ese caso, hay que preferir el renunciamiento, que procurará más satisfacciones que la persistencia en la empresa negativa. Habrá que preferir, pues, a Eros sobre Táñalos, las pulsiones de vida sobre las pulsiones de muerte. Elegir lo positivo, el encantamiento y la alegría contra lo negativo, la desesperación y la melancolía. El hedonismo es una oportunidad para la vida, una vía de acceso hacia la afirmación. Pero ¿qué hacer con el masoquista cuyo placer consiste en disfrutar de su incapacidad de gozar fuera de las lógicas del ideal ascético? Emblema de la perversión de esa barbarie, prototipo del depravado en el orden estético, puede procurar alegría a su semejante encontrando razones para sufrir más y así gozar mejor, y esto, en la mejor de las hipótesis. Sólo debería hacer contratos con sujetos que consintieran a sus empresas negativas. En ese caso, no habría nada inquietante ni anormal. Pero cuando se inscribe en la perspectiva del hedonismo vulgar, para su sola satisfacción, al precio de la negación del otro, entonces hay que circunscribirlo, sea evitándolo, sea arrojándolo a los bordes extremos de los círculos éticos que se habrán generado alrededor como ondas acústicas concéntricas. Se lo mantendrá a distancia, lo más lejos posible, por medio de una fuerza que servirá de contención a sus veleidades de incluir en sus empresas negativas a un sujeto contra su voluntad. Lo mismo puede decirse del sádico que tiende a los mismos fines desplazando el objetivo de sí mismo hacia los demás, y cuyo placer consiste en negar el del otro, y luego infligirle un dolor. Es autoritario el que se limita a gozar olvidando que el otro es también un sujeto cuyo goce debe desearse. En ese caso, y en ese orden de ideas, hay infracción al hedonismo. Limitado al registro ético, hay necesidad de excluir del propio mundo a esas figuras encarnadas de la muerte mediante una práctica aristocrática que apunta al aniquilamiento formal de tal sujeto; en cambio, en el terreno político, y por lo tanto, jurídico y social, pareciera que se impone un suplemento de acción, que proviene de otro orden, el político.

Se llama sádica o masoquista a una persona cuando en ella priman esas tendencias. No obstante, es necesario saber que, en cuanto componentes y partes que estructuran un conjunto, esas palabras designan algo que actúa en cada uno de nosotros, en mayor o menor medida. Nadie escapa a esas pulsiones de muerte, alternativamente y según las circunstancias, contra él mismo o contra los otros. La ética hedonista es una tentativa de circunscribir esas partes malditas inaceptables. Efectivamente, merecen ser destruidas, despojadas de su capacidad de hacer daño, en la medida de lo posible. Fuera de esos casos, se trata de fuerzas para domar, y no pulsiones para destruir.