sábado, 21 de febrero de 2009

SLEEPING BEAR DUNES. Por Iria Puyosa

Ella me ha pedido que le escriba un cuento erótico. He dicho que sí. Lo escribiré para ella. No me excita la idea. Es simplemente que no quiero decirle que no. Me gusta hacer cosas para ella. Así que mientras manejo y la miro de reojo, trato de encontrar alguna idea para comenzar a escribir ese cuento erótico. No encuentro nada. Lo que ella busca, lo que ella espera, es algo que no va a surgir en este carro, a 75 millas por hora. Sólo cinco por encima del límite; me estoy volviendo conservador. Y tengo que escribir un cuento erótico. Yo que sólo escribo memos y planes de negocios. Esta noche me fumo un Bob Marley, a ver si con el humo, la languidez y el olor como de cacao húmedo quemándose, descubro qué cosa es eso de escribir un cuento erótico. Un cuento erótico debe ser malva o magenta, uno de esos colores que ella ve en los árboles del otoño. Allí, adonde yo veo amarillo o rojo, ella ve cuentos eróticos. Erectos, húmedos, oliendo acre.

Helena enciende la radio. No le gusta National Public Radio. Demasiada conversación en esa lengua extranjera que ella no quiere hablar. Le gusta ese ruido que ponen en la radio canadiense. Contemporánea, dice ella. Yo soy un romántico, enamorado de poemas sinfónicos. Vlatva. Ella me dijo que hay un puente con mi nombre en Praga. Ella que nunca ha estado en Praga. Le prometí que iríamos en primavera. En alguna primavera. Le gusta esa promesa. Creo que la promesa le gusta más que si fuésemos de verdad. La promesa le gusta más que un viaje a Berlín. Más que "La ópera de tres centavos", más que el vodka. Más que el Thyssen Bornemizsa a donde ella fue en el verano, a ver los Kandinski. Sin mí. Yo sólo fui a ver ese viejo mural de Diego Rivera, que he visto ya tantas veces. Ese mural que me despierta recuerdos: fui joven y puse bombas en nombre de una clase obrera a la cual nunca pertenecí. Yo ponía bombas y ella germinaba. Yo tengo los oídos llenos de Daniel Santos y la piel bronceada en Varadero. Ella sube el volumen para escuchar esa parodia de música, the French composer Eric Satie dice el locutor, Gymnopédias, dice ella. Y algún día se irá a vivir a Nueva York. Será como si pusiera una bomba, en mi vida, en mi soledad que explotará.

Es por eso que tengo que escribir ese cuento que me ha pedido. Porque ella se irá. Y yo me quedaré explotando en mis propias manos, en las que nacerán tantos muertos. Ahora, con ella, esta autopista, el jacuzzi, la ruleta y todas las camas tienen significado. Quizás, erótico, no sé.

Veo sus manos moviéndose entre las sombras mientras hablamos. No puede saber lo que estoy pensado. Si pudiera recortar el placer en un par de palabras. Eso que transpira en el aire acondicionado. Eso que camina por las paredes tibias. Eso que se aferra a las almohadas mojadas de sudor. No sé desde cuando, pero estoy erecto. Lo descubro siguiendo la dirección de su mirada. Más erecto. Siguiendo la dirección de su mano derecha, que maniobra justo debajo del volante y me baja el cierre. Cierro los ojos, viene la delicia. Los abro. Noventa millas por hora. Desacelero. Fijo la mirada en la autopista. Tengo miedo. Y su mano, y la delicia. Me pidió que le escribiera un cuento erótico. Y sólo estoy mojando su mano. Con ganas de derramarme muy adentro.

Veo el aviso de entrada al parque. Le ruego que pare. Una lenta caricia, dibujando la silueta del glande. Sigue. Me acobardo. Estoy llegando a la taquilla y no me queda alternativa. Me detengo. Helena mira a la taquillera, saluda sonriente. Y su mano no se detiene. No sé si la mujer es muy distraída, o esto ya lo ha visto mil veces. Tengo los dos boletos, acelero. Su mano se detiene. Helena voltea a mirar por su ventana. Me deja indefenso, con el cierre abierto. Está mirando magentas y malvas. Yo veo raíces enormes que se entierran en lo cotidiano. Ella ve frondosas ramas que se abrazan como si el invierno no fuera a llegar. Subo el cierre de mi pantalón.

Me meto en el paradero. Estaciono. Estamos solos. Helena camina adelante, olvidándose de mí, queriendo llegar al mirador. Me detengo a leer el cartel turístico. Ella tiene prisa. Tiene que ver los osos, durmiendo. Las dunas. El lago. Yo tengo que leer. Desde las glaciaciones hasta esta tarde en Sleeping Bear Dunes Park. Por fin, me acerco; me detengo tras ella. Paso mis brazos sobre sus hombros. Miramos la curvatura de la tierra. Se da vuelta. Me empuja. Me hace dar la vuelta. Me conduce hasta un banco que da frente al mirador. No sé que se propone. Me siento. Otra vez, indefenso. Ella se sienta en el suelo, entre mis piernas. Lejos, minúsculas, las islas Manitou. La miro, se ha volteado de frente hacía mí, sonriendo. Como si las glaciaciones, el lago, las dunas, fueran un cuento que escribí yo. Dejo que vuelva bajar el cierre de mi pantalón. Dejo que sus manos saquen mi pene. Hace frío. Mi pene vacila. Su lengua es osada. Cada nuevo recorrido de su lengua, surcando mi pene, alcanza una duración mayor. Su lengua no se cansa. Me agarro a sus hombros, para no rendirme. Para no gemir, porque sus labios mordisquean el glande. Y luego mi sangre se condensa, la vena que se hincha, la punta de la lengua que acaricia. Me olvido, me dejo. Queda sólo mi pene en su boca. El espasmo, sacudiéndome. Helena tragándoselo todo. Delicia. Me relajo, mi pene se va empequeñeciendo, mientras Helena me acaricia, frotando sus mejillas contra mis muslos. Comienzo a recuperar el control. Ella lo sabe y sonríe para animarme. Se levanta de entre mis piernas. Se sube al banco, de pie para mirar hacia el lago. Vuelvo a subir el cierre del pantalón. Estoy tan relajado que no puedo decir nada. Me quedo en silencio, mirando sus ojos que se han echado a dormir en donde la curvatura de la tierra se observa perfecta.

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