sábado, 17 de abril de 2010

Algunas historias de Otrova Gomas.


EL FANTASMA

Haciéndole una concesión a los hados masoquistas que a veces se posan en mi espíritu, cada diez años suelo destinar unos días a visitar las viejas casas que habitaba en el pasado.

Como guerrero entrenado en los campos de la aberración y del absurdo, me enfrento a esta locura dispuesto a todo, aún consciente como estoy de las peligrosas cargas emocionales que conlleva, y el riesgo de que estas visitas me hagan perder la perspectiva de los inestables momentos del presente.

No es normal regresar a los sitios en donde uno vivió. Aunque por lo general la gente entristecida con los dolores del adiós se hace la promesa de no olvidar a los amigos y regresar semanalmente al sitio donde se estuvo por tanto tiempo, misteriosamente, y por una de esas fuerzas cuyo conocimiento sólo es asequible a los que manipulan los resortes de nuestras motivaciones ocultas, a los pocos días de la mudanza nos olvidamos para siempre del juramento hecho y de aquel lugar al cual jamás volvemos por ninguna circunstancia.

En este viaje a mis tiempos y lugares idos suelo trasladarme caminando para observarlo todo con mayor detenimiento. Mi primera impresión al llegar a las calles donde se levantan los viejos edificios y las casas de otros tiempos es violenta. Todo lo veo más pequeño. Es como si las lluvias de tantos inviernos las hubieran encogido de una manera irremisible; hasta me cuesta imaginarme que puedan vivir adentro sus actuales habitantes.

Me detengo en las esquinas en que solía hacerlo y por más que busco no me tropiezo con un solo rostro conocido; encuentro siempre edificaciones nuevas, y los cambios de color en los demás inmuebles -demasiado opacos o demasiado chillones- hacen el lugar tan insoportable que rápidamente decido guarecerme en el interior del que fue mi antiguo hogar.

Una vez enfrente, abro la puerta con la llave que siempre he conservado, y sin llamar paso adelante como si nada hubiera ocurrido desde entonces. Adentro todo es más pequeño aún, casi asfixiante. Me encuentro unos muebles muy distintos a los que tuve, pero reaccionando al impacto insoportable de la estrechez y aquella decoración extraña me siento en la sala del recibo.

Los actuales ocupantes al verme entrar se alarman de inmediato, pero al notar en mi rostro la expresión de curiosidad y ese semblante vacío y atemporal de los que vuelven a sus viejas moradas, se tranquilizan. Generalmente alguien se me acerca y tímidamente me pregunta cómo he entrado, qué hago allí y qué es lo que deseo. Yo casi sin tomarles en cuenta aún ensimismado observo el lugar y les respondo:

- Nada, no se preocupen por mí, he vivido aquí durante muchos años. Y los sorprendo aún más al preguntarles por los rincones, por los más mínimos detalles, si taparon las goteras y arreglaron los grifos oxidados. Muchas de las personas al oírme hablar de esa manera se asustan creyendo que están enfrente de un fantasma y se quedan helados cuando todavía con la mirada transportada yo paso al interior de la vivienda.

Siempre me dirijo al que era mi cuarto; me recuesto en la cama como antes, y me quedo observando el techo en busca de algún lejano pensamiento que se haya quedado prisionero entre las viejas telarañas, o tal vez una palabra de esas que yacen arrinconadas entre los pequeños huecos del cemento en las paredes. Ellos afuera no hayan qué hacer conmigo. La idea de llamar a la policía se les pasa de la mente al ver la calma y la tranquilidad con que yo lo observo todo abstrayéndome de su presencia completamente secundaria. Luego piensan que estoy loco, pero reflexionan impresionados por mis gestos suaves y elegantes y al notar que conozco hasta los más ocultos vericuetos de la casa.

Es bastante interesante, pero al final casi todos me confunden con un alma en pena. Mientras camino hipnotizado reproduciendo los instantes que viví en aquellos cuartos y pasillos, varias veces detrás de mí he escuchado la voz de algún anciano cuando dice que soy un espíritu que habita allí desde hace muchos años y que recuerda haber oído durante bastantes noches el ruido de cadenas y luces que titilan en plena madrugada; me siguen, pero luego se detienen cuando alguien entre ellos les advierte:

- No lo molesten, si a los fantasmas se les deja solos y uno se acostumbra a ellos se fastidian y se van.

Así permanezco algunas horas, recordando, revisando, deslumbrándome en cada sitio, reconstruyendo mis pisadas, revisando las viejas romanillas, tocando las aldabas, curioseando en las canales y los baños que encuentro ínfimos y en muy mal estado. Ellos me ven de reojo, temerosos, algunas veces fuertemente abrazados y poseídos por el pánico, otros armados, listos para rematarme al menor gesto sospechoso y enviarme aún más allá del otro mundo.

Pero una vez cumplida mi tarea, con la misma calma que he llegado, sin ni siguiera despedirme me voy hacia la puerta y trancándola me retiro para siempre de aquel lugar en el que parece que se detuvo el tiempo. Me alejo silencioso. Ellos aglomerados en la puerta se persignan y me miran partir sin comprender qué es lo que ha ocurrido.

Así suelo pasearme por mis viejas casa, como un fantasma; como lo que soy, uno de esos capítulos de la historia que no sé por qué injusticia de la vida siempre se disuelven en la nada.

De La Miel del Alacrán


LA FUGA

Hace un año, en una obscura noche en que era vilmente maltratado por el insomnio, tomé la decisión de liberar mi cuerpo de la presencia intranquila de mi espíritu. Para ello debería poner en práctica una vieja teoría zoroastriana aprendida en Madras durante los años de mi juventud, mediante la cual, previa una concentración, se va sacando lentamente el espíritu del cuerpo hasta dejarlo completamente vacío, y luego, colocándole a un lado, se le pone a disfrutar de la absoluta quietud de su concha inerme antes de regresar a ella.

Considerando que nunca había logrado poner en práctica plenamente el doloroso método aprendido del viejo Pilai, mi profesor de ociosidades orientales, dudé un poco al principio. Debo reconocer que por cobardía; remotamente recordaba lo que me había dolido sacarme apenas un octavo del alma en mis primeras prácticas de aquellos tiempos. Ya que a diferencia de una arraigada creencia popular, en estos ejercicios mágicos el alma no sale de un solo golpe. Según la técnica hindú debe irse sacando poco a poco, apenas sin moverse y respirando muy suavemente para que no se raye con las paredes del organismo de donde va saliendo.

Pero a pesar de mis temores, viendo que no había forma de conciliar el sueño, tomé la decisión y me concentré para salir un rato. No obstante que los primeros momentos fueron de una gran tensión, apenas iniciaba la labor y al ir sintiendo cómo me iba escapando paulatinamente de mí mismo, me entusiasmé bastante y superé el impacto del tremendo dolor inicial y el desagradable crujido del alma al despegarse del conjunto de la materia orgánica.

Aproximadamente a la hora ya estaba completamente afuera, sorprendido y feliz de mi gran habilidad para volverme un desalmado. Ya repuesto, me senté (yo diría más bien que floté) en un viejo sillón que se encuentra al lado de mi cama y desde allí, maravillado vi el milagro de mi cuerpo descansando sonriente y sudoroso en el lecho. Parecía un cadáver y apenas si respiraba. Sin hacer mucho ruido para no despertar a nadie bajé hasta la cocina. Como sentía hambre traté de prepararme un emparedado, pero riendo me di cuenta de que no era posible. El recuerdo de mi apetito me había hecho olvidar la peculiar condición en que me encontraba. Salí al jardín y caminé por todos los rincones en una larga hora plena de maravillosa ausencia de olores y sentidos. Me puse a meditar sobre varios problemas que tendría que resolver al día siguiente, y al rato, sintiendo un poco de sueño decidí regresar al cuarto para reincorporarme a mi persona.

Lamentablemente allí empezó el problema. Al tratar de entrar por el mismo costado por el cual había salido, fracasé. Aún cuando cuidadosamente puse en práctica toda la técnica que me habían enseñado no obtuve ningún resultado positivo. Me coloqué del otro lado empujando con suavidad y nada. Empujé de nuevo, esta vez con fuerza, pero tampoco. Definitivamente no podía volver a entrar dentro de mí. Ya próximo a la desesperación traté de despertar el cuerpo, colérico y con una ridícula voz que no se oía sino en mí mismo. Quise gritar, pero todo fué inútil, nadie me oyó. La fuerza de mis existentes pulmones se perdió en el vacío retumbándome sin salida en lo más recóndito de la conciencia.

Recuerdo claramente que mi cuerpo apenas si respiraba y vi angustiado cómo su pulso se iba apagando a cada momento mientras se acentuaba su fría rigidez. Traté de producir ruido para pedir auxilio, pero todos fueron gestos cómicos e inútiles que se dieron en el infinito mundo de mi imaginación; ya al final, llorando como un niño me dejé abandonar y caí a un lado de mí mismo quedándome adormitado fuertemente agarrado a mi querido cuerpo.

Por la mañana me despertó el grito de mi mujer angustiada confirmándome lo que temía: la presencia de mi cadáver en la cama.

Lo demás ha sido puro recuerdo. Tal vez el hábito de imaginar y de recordar. Una pesadilla única que no puedo expresar. El velorio. El entierro. Toda aquella gente llorando. Otras riendo y yo en el medio sin poderles decir que estaba vivo.

Así vi cómo se acumularon todos los signos precursores de una horrorosa conmoción en mi existencia. Sabía que desde entonces viviría para siempre sólo, completamente solo. No volvería a hablar con nadie. No recibiría ni daría nada.

Hoy maldigo el insomnio de aquella noche abominable en la que mi ociosidad sin límites y las malditas artes orientales me llevaron a ser lo que nunca quise: un anónimo sin voz, un ser inexistente, una opinión invisible que se pierde en silencio confundida con la inmensa muchedumbre que se arrastra por todos los rincones del planeta.

De La Miel del Alacrán


LA BATALLA POR EL FLUORISTÁN

Nada me apasiona tanto entre los ritos cotidianos, como el desafío de un tubo de pasta de dientes cuando se está acabando. Desde hace mucho tiempo, ya en los días de la infancia, pasando por la próspera época del cuatrotreinta y de la abundancia recadiana, siempre me sentí tentado a demostrar, tanto a las grandes transnacionales que nos limpian la boca, como a mis familiares incrédulos, como a mí mismo y a los abanderados de la paranoia consumista, que no obstante una apariencia de vacío, a todo tubo de pasta de dientes que se ha acabado siempre se le puede exprimir más, bajo el amparo de no me acuerdo cuál de las leyes de la termodinámica.

El inicio de esta batalla silenciosa y casi siempre sin audiencia suele comenzar con una presión complementaria de los dedos sobre el tubo cuando éste da la sensación de estar fofo y sin aliento. Unas semanas más tarde, en el instante en que las malvadas maquinaciones del fabricante nos llevan a pensar que se llegó al vacío absoluto, a mí se me agudiza el espíritu de combate. Es el momento de comenzar a ejercer las primeras presiones serias sobre el endeble cucurucho plástico, y tomándolo con firmeza empiezo a apretarlo entre la mano y el borde del lavamanos; en esa etapa, aún sencilla y que no requiere de esfuerzos especiales, debo contenerme para no vaciarlo completamente, ya que ante las primeras presiones la crema suele desbordarse generosa y sin control. Este período debe considerarse como el más importante en el aprovechamiento de un recurso artificial no renovable, el cual con inteligencia y el espíritu de ahorro de un monje budista catalán de origen judío se puede prolongar hasta por dos semanas.

Cuando ya el recipiente ha sido bien apretado por todos lados, constato que en la parte superior del tubo y por las rosas de la tapita se ha concentrado suficiente pasta como para limpiarme por un mes, administrando así le peligrosa tentación de derroche que suelen producir los grandes triunfos económicos. Para la época en que los más comedidos de los miembros de mi familia ya van por dos tubos de pasta nuevos, el mío empieza a dar las primeras apariencias de un real agotamiento, pero es allí cuando se inicia la auténtica contienda: vuelvo a empezar a apretar desde atrás, pero esta vez doblando el tubo sobre sí mismo, milímetro a milímetro auxiliado con un alicate de presión; de tal forma se da inicio al lento pero productivo proceso de extracción de los residuales pesados del dentífrico que aún producen pasta para tres días.

Concluido este tramo de la lucha, cuando el tubo de tanto apretarlo ha quedado como billetico de vieja, lo desenrollo cuidadosamente, lo abro por detrás, y con una espátula muy finita o un pequeño destornillador de lentes, empiezo a sacarle pequeños residuos de crema que aún me mantienen el cepillo lleno por diez días extras. Entonces he llegado al momento de mayor trascendencia para el afianzamiento de mi fe en las posibilidades de la voluntad humana cuando se propone metas imposibles, es la hora de iniciar el proceso de arrase total de la materia dentrífica por la cual he pagado mi dinero: tomando el ya tantas veces martirizado recipiente, lo coloco sobre una mesa y con un movimiento firme de las manos le introduzco un bisturí por el trasero abriéndolo en dos como si fuera una flor. Allí, indefensa y sometida a los martirios de la luz para la que no fueron preparadas, aparecen regadas en las dos láminas de plástico las últimas adherencias fluorisadas, las que por varios días voy raspando directamente con el cepillo hasta ver que ya no queda absolutamente nada. Es entonces cuando empiezo a pensar en la casi inevitable necesidad de comprarme otro tubo, el cual sin duda, durante casi un año habrá de producirme nuevos retos e inconmensurables sensaciones de alegría.

De Confesiones, Invenciones y Malas Intenciones


LA RUPTURA

Soy uno de los que hablan solo. Pero además soy de los que se contestan. Esto no tendría nada de particular si no fuera porque a consecuencia de ese hábito de hablar y contestarme solo, generalmente entro en violentas discusiones y termino insultándome, y enfurecido conmigo mismo me quito la palabra dejando nuevamente de ha hablar solo por largo tiempo.

Así llevo ya seis meses sin dirigirme la palabra. La situación es por lo demás insoportable porque como después de todo soy yo mismo, y en el fondo me guardo respeto y consideración, me molesta no poder cambiar impresiones ni comentar sobre tantas cosas importantes que son de mi incumbencia.

Las otras personas no se dan cuenta de mi pelea. Como vivimos en un mundo de apariencias y de engaños, todos me ven sonriente y de más unido sin saber que dentro de mí existe una terrible discrepancia, una absoluta falta de comunicación, la cual, estoy convencido, a la larga me llevará a un rompimiento total.

Algunas veces trato de reconciliarme. De decirme que uno no debe tomar las cosas de esa manera; pero corto rápidamente. El rencor que me han dejado los insultos que me ha dado y las ofensas tan graves que me hice en la última discusión no me permiten perdonar. Con otros tal vez, pero conmigo, conociéndome, no es posible olvidar lo que me he hecho.

Tengo varios amigos íntimos a los cuales les he planteado la desagradable situación por la que estoy atravesando, que como es lógico me tiene tenso y malhumorado. Ellos han tratado de interceder, de conciliar. Me explican que la vida es corta y el amor por uno es lo más grande en este mundo; que la armonía interior es la base de la felicidad y el bienestar de la familia y la sociedad. Pero soy muy terco, conozco el problema a fondo y a pesar de que los oigo prefiero no tomar en cuenta su opinión. No puedo permitir que yo mismo me haya hecho esto, porque crearía un precedente muy grave que a la larga redundaría contra mi dignidad.

Desde la última vez que discutí solo apenas me he cruzado un sí o un no en momentos de mucha trascendencia. Pero la mayor parte del tiempo prefiero dejarme llevar por los instintos y no me pongo a analizar los pro y los contra de centenares de problemas. Sé que esta situación no se puede prolongar demasiado porque la diferencia de criterios que hay es tan grave que prácticamente ya no es posible hacer nada por unirme. A pesar de que por muchos años traté de soportarme, de ceder y disimular para no agudizar más estas diferencias, hoy por hoy, muerta la ilusión de los años juveniles y el amor de los primeros tiempos, y pasada la época en que admiraba ciegamente mis virtudes y mis méritos, he llegado a la conclusión de que lo mío no es posible. Es necesaria una separación definitiva.

No quiero alarmarme, pero secretamente he consultado un abogado para que me explique los detalles de este complejo caso. ¿Para qué seguir moritificándome? ¿Cuál es el objeto de alargar este martirio, de ver esa carota arrugada cada día ante el espejo? De verdad que estoy cansado de todas mis impertinencias y no aguanto más ese carácter. Estoy convencido de que esto no tiene razón de ser. Por eso, la próxima vez que me dirija la palabra será para pedirme la ruptura.

Soy una persona joven y sé que aún puedo rehacer mi vida.

De Divertimentos

EL OFENDIDO

Reconozco que hice mal, pero no pude contener las ganas. Era algo que me había propuesto desde hace mucho tiempo, hasta que me despojé de ciertos resquemores y decidí llevar a cabo el sanguinario plan.

Debo aclarar antes que soy una persona de impecable cuidado por su presencia, elegantes modales y una dicción perfecta; igualmente poseo una enorme experiencia sobre los mas variados aspectos de la vida, producto de innumerables viajes por todo el mundo, cuidadosas lecturas y dos carreras universitarias que me han permitido el ejercicio con éxito en distintas profesiones por más de veinte años. Con ello he tenido oportunidad de conocer muy bien el carácter de las personas y resolver problemas de la más variada índole. Como agravante imperdonable de mi acción, soy sumamente cuidadoso y detallista, amante de las artes y la filosofía y curioso de las ciencias, que conozco bastante bien, al igual que varias lenguas en las que puedo mantener amenas conversaciones sazonadas de un ingenio y un humor difícilmente superable.

Con este handicap, propio de un alto dignatario destinado a desempeñar tareas de suma importancia y responsabilidad, aquella mañana tomé la decisión de jugarle una broma a un ricachón y su familia. Después de buscar en los avisos clasificados del periódico y haber encontrado lo que quería, me vestí con una modesta y raída ropa que guardaba especialmente para la ocasión; y con el diario bajo el brazo me trasladé al lugar seleccionado.

Era una enorme mansión disfrazada de chalet suizo en el Country Club. Me abrió la puerta la elegante señora de la casa a la que le comuniqué la razón de mi presencia: estaba interesado en el trabajo que ofrecían como chofer y mayordomo, para lo cual llevaba amplias recomendaciones de lo mejor que se podía presentar en estos círculos.

La señora me observó cuidadosamente y en el acto me hizo pasar. Después de haber revisado los documentos, pero más impresionada por mis modales y la amabilidad con que le hablaba, me contó su tragedia por la falta de gente competente para los trabajos de servicio. Yo le garanticé que conmigo no tendría ese problema y de inmediato me contrató para desempeñar el cargo. El sueldo era de doscientos mil bolívares mensuales, y mis obligaciones: atender los asuntos de la casa, hacerle las diligencias y manejar los carros.

En la continuación de mi vergonzosa conducta, acepté y empecé con el programa. Una vez instalado y familiarizado con los detalles de la casa, de inmediato propuse varios cambios, que en base a mi experiencia y a la ventaja de ver las cosas desde afuera, resultaron más provechosos para el mantenimiento general y el confort de los patronos. Inicialmente el señor los aceptó a regañadientes, pero pronto los encontró perfectos. A medida que me fue conociendo mientras lo llevaba a la oficina o de un lugar a otro, obtuvo de mi parte informaciones y consejos de los cuales unos les salvaron miles de bolívares y otros le proporcionaron pingües ganancias; ya que entre otras cosas le di datos de caballos, subidas de precios de acciones y remates de terreno por los que había pagado secretamente a gente muy bien relacionada. Al poco tiempo el hombre no cabía de gozo cuando después de una amena conversación conmigo sobre las últimas tendencias de plástica o la música, al dejarlo en el club le abría la puerta como a uno de esos magnates de película, y deseándole que se divirtiera le pasaba el cepillo por el saco para quitarle unas motitas; no sin antes recordarle de tres compromisos que tenía asentados en su agenda.

El jefe impresionado de vez en cuando se asomaba por la ventana del salón para cerciorarse de que aún yo lo esperaba, y me veía ligeramente recostado del carro con mi uniforme y mi gorro muy bien puesto, los cuales yo mismo había pedido para mejorar mi apariencia en el trabajo. Al salir con alguno de sus amigos extranjeros yo le atendía en su propia lengua, contestando a sus preguntas con una profundidad, para lo cual debo admitir que no estaban preparados. En la casa era lo mismo. Apenas llegaba de la calle me ponía mi uniforme de mayordomo que había hecho confeccionar a la medida y cuidaba de todo con una diligencia complaciente y efectiva, al igual que reparaba artefactos rotos y los detalles del jardín. En el atardecer me ponía espontáneamente un smoking de servicio, y cada noche personalmente les servía la mesa de una forma en que pocas veces habían disfrutado en esa casa; como soy aficionado a la cocina, seleccionaba con esmero el vino y las comidas y cuidaba de que siempre hubiera flores. Una vez terminada la cena subía al cuarto de mis amos y les ponía en la cama las pijamas limpias, las pantuflas y algún libro que había escogido meticulosamente para cada uno de sus gustos. A él le daba un ligero masaje para revitalizarlo del trajín del día, y la señora viendo como le quedaba el marido también empezaba a desearlo para ella; lo mismo que las dos hijas, a las cuales siempre -guardando las distancias y con respeto a toda prueba- les ayudaba en sus estudios aclarándoles problemas que para mí eran juegos infantiles.

Acostumbraba a levantarme a las cinco de la mañana y acostarme a las doce de la noche. Trabajaba sin parar los sábados y domingos, y mi única diversión era ver un poco de televisión cuando ellos no necesitaban nada. El patrono encantado de mi competencia, a los veinte días espontáneamente decidió aumentarme cien mil bolívares de sueldo; yo, en prueba de agradecimiento aumenté el ritmo del trabajo. Qué feliz se puso.

Pero a los dos meses de aquella increíble gesta de servicio, una noche, mientras le daba el masaje, le manifesté que tenía que dejar el cargo porque alguien en la casa me había ofendido injustamente y yo no quería causar problemas. El hombre pegó un brinco. Me agarró el brazo y me pidió que no dijera eso, que fuera lo que fuera él lo resolvía. Me negué. Le dije que él no tenía la culpa y yo no me iba a aprovechar de su confianza. Insistió, ofreció aumentarme doscientosmil bolívares. Le dije que no era cosa de dinero sino de dignidad. Entonces ofreció subirme a quinentos mil. Al verlo así me dio lástima y le dije que lo pensaría. Así terminó aquella noche en la que no durmieron.

A la mañana siguiente cogí mis maletas, y aprovechando que les llevaba el desayuno a la cama -otra de las innovaciones mías- me despedí de ellos. Aquello fue una verdadera conmoción. Él me agarró del saco. Ella se puso a llorar echándole la culpa al marido por hacerme algo. Él se la echó a ella. Los dos llamaron a las hijas y a la cocinera; todos decían que no habían hecho nada, pero yo ahí parado con mis dos maletas insistí; les dije que estaba muy dolido por la ofensa y que no podía decir quién era porque no estaba acostumbrado a chismes e intrigas de ese tipo. Y diciéndoles adiós me fui con la misma elegancia y el viejo traje roto con que había llegado. Pobre gente, desde la puerta me rogaban que no me fuera que los perdonara; el sueldo me lo llevaron casi a ocho cientos mil bolívares. Después supe que se pelearon varias semanas entre todos acusándose mutuamente de ofenderme, y hasta ahora han botado como a veinte candidatos para sustituirme. La señora está desesperada y a todo el mundo le dice que no sirve, él por su parte cayó en una profunda depresión y no quiere hablar con nadie.

He sentido compasión de ellos; por eso el otro día, mientras comía en un lujoso restauran de Roma que siempre visito en los meses del otoño, los llamé desde el lugar diciéndoles que estaba trabajando de mesonero y alguien me había ofendido, y si todavía estaban interesados en mis servicios estaba dispuesto a regresar.

Ya han pasado tres meses, pero creo que con la esperanza que les di al menos ya están bastante reconfortados.

De El Jardín de los Inventos


Página de Otrova Gomas: http://www.otrovagomas.com/index.htm


miércoles, 14 de abril de 2010

Cinco cuentos de Monterroso


La Rana que quería ser una rana auténtica

Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.

Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.

EL CONCIERTO

Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto con lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán—no lo sabré nunca—sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo.

Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso.

Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.

La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan.

Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libretas. Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente. También los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien.

La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio Pero nadie iba ni siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado. Jamás podremos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación.

Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía derecho a hacerme eso.

Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se multiplicarán en letras de molde. Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, con todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje.

Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.

EL ECLIPSE

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles

SINFONÍA CONCLUIDA

—Yo podría contar—terció el gordo atropelladamente—que hace tres años en Guatemala un viejito organista de una iglesia de barrio me refirió que por 1929 cuando le encargaron clasificar los papeles de música de La Merced se encontró de pronto unas hojas raras que intrigado se puso a estudiar con el cariño de siempre y que como las acotaciones estuvieran escritas en alemán le costó bastante darse cuenta de que se trataba de los dos movimientos finales de la Sinfonía inconclusa así que ya podía yo imaginar su emoción al ver bien clara la firma de Schubert y que cuando muy agitado salió corriendo a la calle a comunicar a los demás su descubrimiento todos dijeron riéndose que se había vuelto loco y que si quería tomarles el pelo pero que como él dominaba su arte y sabía con certeza que los dos movimientos eran tan excelentes como los primeros no se arredró y antes bien juró consagrar el resto de su vida a obligarlos a confesar la validez del hallazgo por lo que de ahí en adelante se dedicó a ver metódicamente a cuanto músico existía en Guatemala con tan mal resultado que después de pelearse con la mayoría de ellos sin decir nada a nadie y mucho menos a su mujer vendió su casa para trasladarse a Europa y que una vez en Viena pues peor porque no iba a ir decían un Leiermann guatemalteco a enseñarles a localizar obras perdidas y mucho menos de Schubert cuyos especialistas llenaban la ciudad y que qué tenían que haber ido a hacer esos papeles tan lejos hasta que estando ya casi desesperado y sólo con el dinero del pasaje de regreso conoció a una familia de viejitos judíos que habían vivido en Buenos Aires y hablaban español los que lo atendieron muy bien y se pusieron nerviosísimos cuando tocaron como Dios les dio a entender en su piano en su viola y en su violín los dos movimientos y quienes finalmente cansados de examinar los papeles por todos lados y de olerlos y de mirarlos al trasluz por una ventana se vieron obligados a admitir primero en voz baja y después a gritos ¡son de Schubert son de Schubert! y se echaron a llorar con desconsuelo cada uno sobre el hombro del otro como si en lugar de haberlos recuperado los papeles se hubieran perdido en ese momento y que yo me asombrara de que todavía llorando si bien ya más calmados y luego de hablar aparte entre sí y en su idioma trataron de convencerlo frotándose las manos de que los movimientos a pesar de ser tan buenos no añadían nada al mérito de la sinfonía tal como ésta se hallaba y por el contrario podía decirse que se lo quitaban pues la gente se había acostumbrado a la leyenda de que Schubert los rompió o no los intentó siquiera seguro de que jamás lograría superar o igualar la calidad de los dos primeros y que la gracia consistía en pensar si así son el allegro y el andante cómo serán el scherzo y el allegro ma non troppo y que si él respetaba y amaba de veras la memoria de Schubert lo más inteligente era que les permitiera guardar aquella música porque además de que se iba a entablar una polémica interminable el único que saldría perdiendo sería Schubert y que entonces convencido de que nunca conseguiría nada entre los filisteos ni menos aún con los admiradores de Schubert que eran peores se embarcó de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y con los buenos tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo—finalizó el gordo con cierto tono de afectada tristeza— que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba.

UNO DE CADA TRES

Más querría encontrar quién oyera las mías que a quién me narre las suyas.

PLAUTO

Está dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta. Es probable, también, que al principio la tome como una broma sangrienta, y casi seguro que su primer impulso sea el de destruirla y arrojarla lejos de sí. Y, no obstante, difícilmente caería en un error más grave. Vaya en su descargo que no sería el primero en cometerlo, ni el último, desde luego, en arrepentirse.

Se lo diré con toda franqueza: me da usted lástima. Pero este sentimiento no sólo resulta natural, sino que está de acuerdo con sus deseos. Pertenece usted a esa taciturna porción de seres humanos que encuentran en la conmiseración ajena un lenitivo a su dolor. Le ruego que se consuele: su caso nada tiene de extraño. Uno, de cada tres, no busca otra cosa, en las más disimuladas formas. Quien se queja de una enfermedad tan cruel como imaginaria, la que se anuncia abrumada por el pesado fardo de los deberes domésticos, aquel que publica versos quejumbrosos (no importa si buenos o malos) todos están implorando, en el interés de los demás, un poco de la compasión que no se atreven a prodigarse a sí mismos. Usted es más honrado: desdeña versificar su amargura, encubre con elegante decoro el derroche de energía que le exige el pan cotidiano, no se finge enfermo. Simplemente cuenta su historia, y, como haciendo un gracioso favor a sus amigos, les pide consejos con el oscuro ánimo de no seguirlos.

A usted le intrigará cómo me he enterado de su problema. Nada más sencillo: es mi oficio. Pronto le revelaré qué oficio sea ése.

Continúo. Hace tres días, bajo un sol matinal poco común, abordó usted un autobús en la esquina de Reforma y Sevilla. Con frecuencia las personas que afrontan esos vehículos lo hacen con expresión desconcertada y se sorprenden cuando encuentran en ellos un rostro familiar. ¡Qué diferencia en usted! Me bastó ver el fulgor con que brillaron sus ojos al descubrir una cara conocida entre los sudorosos pasajeros, para tener la seguridad de haberme topado con uno de mis favorecedores.

Obedeciendo a un hábito profesional agucé furtivamente el oído. Y en efecto, no bien había usted cumplido, de prisa, con los saludos de rigor, se produjo el inevitable relato de sus desgracias. Ya no me cupo duda. Expuso los hechos en tal forma que era fácil ver que su amigo había recibido las mismas confidencias no más allá de veinticuatro horas antes. Seguirlo durante todo el día hasta descubrir su domicilio fue como de costumbre la parte de mis disciplinas que, me gustaría saber la razón, cumplo con más placer.

Ignoro si esto le servirá de enojo o de alegría; pero me veo en la urgencia de repetirle que su caso no es singular. Voy a exponerle en dos palabras el proceso de su situación presente. Y si, aunque lo dudo, me equivoco, tal error no será otra cosa que la confirmación de la infalible regla.

Padece usted una de las dolencias más normales en el género humano: la necesidad de comunicarse con sus semejantes. Desde que comenzó a hablar, el hombre no ha encontrado nada más grato que una amistad capaz de escucharlo con interés, ya sea para el dolor como para la dicha. Ni aun el amor se iguala a este sentimiento. Hay quienes se conforman con un amigo. Existen aquellos a quienes no les bastan mil. Usted corresponde a los últimos, y en esa simple correspondencia se originan su desgracia y mi oficio.

Me atrevería a jurar que se inició usted refiriendo su conflicto amoroso a un amigo íntimo, y que éste lo escuchó atento hasta el fin y le ofreció las soluciones que creyó oportunas. Pero usted, y de aquí arranca el interminable encadenamiento, no consideró acertadas esas fórmulas. Si le propuso con firmeza cortar, como se dice, por lo sano, usted encontró más de un motivo para no dar por perdida la batalla; si, por el contrario, su consejo fue seguir el asedio hasta la conquista de la plaza, usted se inundó de pesimismo y lo vio todo negro y perdido. De ahí a buscar el remedio en otra persona apenas si hay algo más que un paso. ¿Cuántos dio usted?

Emprendió un esperanzado peregrinaje, hasta agotar su concurrida libreta de direcciones. Incluso trató (con éxito creciente) de entablar nuevas relaciones para apurar el tema. No es extraño que de pronto reparara en que el día tiene tan sólo veinticuatro horas, y en que esa desconsideración astronómica constituía un monstruoso factor en su contra. Fue preciso multiplicar los medios de locomoción y planear un horario de sutil exactitud. El uso metódico del teléfono vino en su auxilio y ensanchó, es cierto, sus posibilidades; pero este anticuado sistema todavía es un lujo, y el setenta por ciento de aquellos a quienes usted quiere mantener enterados carecen de esa dudosa ventaja.

No contento con los desvelos y el insomnio, principió usted a madrugar para ganar un tiempo cada vez más fugitivo e irreparable. El descuido de su aseo personal se hizo notorio: la barba le creció montaraz; sus pantalones, antes impecables, se vieron invadidos por las rodilleras, y un terco polvo gris cubrió de pesadumbre sus zapatos. Le pareció injusto, pero tuvo que aceptar el hecho de que, si bien usted madrugaba lleno de entusiasmo, escaseaban los amigos dispuestos a compartir esa vehemencia matinal. Así, ¿hay que decirlo?, ha llegado el momento ineludible en que usted es físicamente incapaz de conservar bien informado al amplio círculo de sus relaciones sociales.

Ese momento es también mi momento. Por una modesta suma mensual yo le ofrezco la solución más apropiada. Si usted la acepta—y puedo asegurar que lo hará porque no le queda otro remedio—relegará al olvido el incesante deambular, las rodilleras, el polvo, la barba, los fatigosos telefonemas.

En pocas palabras: estoy en condiciones de poner a su disposición una excelente radiodifusora especializada. Dispongo en la actualidad (por el sensible fallecimiento de un antiguo cliente afectado por la Reforma Agraria) de un cuarto de hora que si tomamos en cuenta lo avanzado de sus confidencias, sería más que suficiente para sostener a sus amistades ya no digamos al día, pero al minuto, de su apasionante caso.

Creo de más enumerar a usted las ventajas de mi método. Sin embargo, le insinuaré algunas.

l.a El efecto sedante sobre el sistema nervioso está garantizado desde el primer día.

2.a Discreción asegurada. Aun cuando su voz podrá ser recibida por cualquier sujeto poseedor de un aparato de radio, juzgo improbable que personas ajenas a su amistad quieran seguir una confidencia cuyos antecedentes desconocen. Así, se descarta toda posibilidad de curiosidad malsana.

3.a Muchos de sus amigos (que hoy escuchan con desgano la versión directa) se interesarán vivamente por la audición radiofónica con sólo que usted mencione en ella sus nombres en forma abierta o alusiva.

4.a Todos sus conocidos estarán informados al mismo tiempo de los mismos hechos. Circunstancia que evita celos y reclamaciones posteriores, pues solamente un descuido, o un azaroso desperfecto en el aparato propio, colocaría a alguno en desventaja respecto de los demás. Para eliminar esa contingencia deprimente cada programa se inicia con una breve sinopsis de lo narrado con anterioridad.

5.a E1 relato cobra mayor interés y variedad, y puede amenizarse, cuando así se considere oportuno, con ilustrativas selecciones de arias de ópera (no insistiré sobre la riqueza sentimental de las italianas) y trozos de los grandes maestros. Un fondo musical adecuado es obligatorio por reglamento. Además, una amplia discoteca, en la que se recogen hasta los más increíbles ruidos que el hombre y la naturaleza producen, está al servicio del suscriptor.

6.a E1 relator no ve la cara de los oyentes, lo que evita toda suerte de inhibiciones, tanto para él como para los que lo escuchan.

7.a Siendo la audición una vez al día y por un cuarto de hora, el confidente dispone de veintitrés horas y tres cuartos de hora adicionales para preparar sus textos, impidiendo así, en absoluto, contradicciones molestas y olvidos involuntarios:

8.a Si el relato alcanza éxito y al número de amigos y conocidos se suma una considerable cantidad de oyentes espontáneos, no es difícil encontrar casa patrocinadora, lo que une a las ventajas ya registradas cierta factible ganancia monetaria que, de ir creciendo, abriría las posibilidades de absorber las veinticuatro horas del día y convertir, así, una simple audición de quince minutos en un programa ininterrumpido de duración perpetua. Mi honestidad me obliga a confesar que hasta ahora no se ha producido este caso, pero ¿por qué no esperarlo de su talento?

Este es un mensaje de esperanza. Tenga fe. Por lo pronto, piense con fuerza en esto: el mundo está poblado de seres como usted. Sintonice su aparato receptor exactamente en los 1373 kilociclos, en la banda de 720 metros. A cualquier hora del día o de la noche, en invierno o en verano, con lluvia o con sol, podrá escuchar las voces más diversas e inesperadas, pero también más llenas de melancólica serenidad: la de un capitán que refiere, desde hace más de catorce años, cómo se hundió su barco bajo la aciaga tormenta sin que él se decidiera a compartir su suerte; la de una mujer minuciosa que extravió a su único hijo en la poblada noche de un 15 de septiembre; la de un delator atormentado por el remordimiento; la de un ex dictador centroamericano, la de un ventrílocuo. Todos contando interminablemente su historia, todos pidiendo compasión.