sábado, 4 de abril de 2009

VAMPIRESAS

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CARMILLA.(Fragmento) Por Sheridan Le Fanu


Prólogo
El texto que aquí publicamos, escrito por el novelista irlandés Joseph Thomas Sheridan Le Fanu en el año de 1871, fue publicado por entregas, en la revista The Dark Blue en sus ediciones de diciembre de 1871 y enero, febrero y marzo de 1872.
Tema que ha servido de guión en varias películas, Carmilla conjuga todas las características propias del género de las novelas de vampiros.
En primerísimo lugar, el enorme contenido erótico que por lo general siempre se encuentra presente en el tema del vampirismo, es por completo resaltado en el escrito.
En este caso, el autor aborda el erotismo lésbico a través de su personaje central y de su anfitriona, la muchacha que es fascinada por el atractivo de Carmilla.
Esta novela constituye, sin lugar a dudas, un auténtico clásico de la literatura sobre vampiros, que se lee con soltura por su ligereza.
Esperamos que quienes lean esta novela, la disfruten tanto como disfrutamos nosotros en su captura y diseño.



Un Temprano Espanto
Vivíamos en Estiria, en un castillo. No es que nuestra fortuna fuera principesca, pero en aquel rincón del mundo era suficiente una pequeña renta anual para poder llevar una vida de gran señor. En cambio, en nuestro país y con nuestros recursos sólo habríamos podido llevar una existencia acomodada. Mi padre es inglés y yo, naturalmente, tengo un apellido inglés, pero no he visto nunca Inglaterra.
Mi padre servía en el ejército austríaco. Cuando alcanzó la edad del retiro, con su reducido patrimonio pudo adquirir aquella pequeña residencia feudal, rodeada de varias hectáreas de tierra.
No creo que exista nada más pintoresco y solitario. El castillo está situado sobre una suave colina y domina un extenso bosque. Una carretera angosta y abandonada pasa por delante de nuestro puente levadizo, que nunca he visto levantar: en su foso nadan los cisnes entre las blancas corolas de los nenúfares.
Dominando este conjunto se levanta la amplia fachada del castillo con sus numerosas ventanas, sus torres y su capilla gótica. Delante del castillo se extiende el pintoresco bosque; a la derecha, la carretera discurre a lo largo de un puente gótico tendido sobre un torrente que serpentea a través del bosque.
He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgad vosotros mismos si digo la verdad. Mirando desde la puerta de entrada hacia la carretera, el bosque que rodea nuestro castillo se extiende quince millas a la derecha y doce a la izquierda. El pueblo habitado mas próximo está en esa última dirección, a una distancia aproximada de siete millas.
El castillo más cercano y de cierta notoriedad histórica es el del general Spieldorf, a unas veinte millas a la derecha.
He dicho el pueblo habitado más próximo, porque al oeste, sólo a tres millas, en dirección al castillo del general Spieldorf, hay un pueblecito en ruinas con su iglesia gótica también en ruinas; allí están las tumbas, casi ocultas entre piedras y follaje, de la orgullosa familia Karnstein, extinguida hace tiempo. La familia Karnstein poseía antaño el desolado castillo que, desde la espesura del bosque, domina las silenciosas ruinas del pueblo.
Hay una leyenda que explica por qué fue abandonado por sus habitantes este extraño y melancólico paraje. Pero ya hablaré de ella más adelante.
El número de habitantes de nuestro castillo era muy exiguo. Excluyendo a los criados y a los habitantes de los edificios anexos, estábamos solamente mi padre, el hombre más simpático del mundo pero de edad bastante avanzada, y yo, que en la época en que ocurrieron los hechos que voy a narrar tenía solamente diecinueve años.
Mi padre y yo constituíamos toda la familia. Mi madre, de una familia noble de Estiria, murió cuando yo era aún una niña. Sin embargo, tuve una inmejorable nana, la señora Perrodon, de Berna. Era la tercera persona en nuestra modesta mesa. La cuarta era la señorita Lafontaine, una dama en toda la extensión de la palabra, que ejercía las funciones de institutriz, para completar mi educación.
Algunas muchachas amigas mías venían de vez en cuando al castillo y, algunas veces, yo les devolvía la visita. Éstas eran nuestras habituales relaciones sociales. Naturalmente, también recibíamos visitas imprevistas de vecinos. Por vecinos se entienden a las personas que habitaban dentro de un radio de cuatro o cinco leguas.
Puedo aseguraros que, en general, era una vida muy aislada.
El primer acontecimiento que me produjo una terrible impresión y que aún ahora sigue grabado en mi mente, es al propio tiempo uno de los primeros sucesos de mi vida que puedo recordar.
Aquí terminaba la carta. Si bien yo no había conocido a Berta Reinfelt, mis ojos se llenaron de lágrimas. La noticia de su muerte me impresionó muchísimo.
Devolví a mi padre la carta del general. El sol se hundía cada vez más en el ocaso y la tarde era dulce y clara. Paseando bajo la tibia luz del atardecer, nos entretuvimos haciendo cábalas sobre el posible sentido de las incoherentes y violentas afirmaciones de aquella carta. En el puente levadizo encontramos a la señorita Lafontaine y a la señora Perrodon, que habían salido a admirar el magnífico claro de luna.
Frente a nosotros se extendía el prado por el cual nos habíamos paseado. A la izquierda, el camino discurría bajo unos venerables árboles y desaparecía en la espesura del bosque. A la derecha, la carretera pasaba sobre un puente severo y pintoresco a la vez, junto al cual se erguía una torre en ruinas. En el fondo del prado, una ligera neblina delimitaba el horizonte con un velo transe, y de cuando en cuando se veían brillar las aguas del torrente a la luz de la luna.
He perdido a mi querida sobrina: la quería como a una hija. La he perdido, y solamente ahora lo sé todo. Ha muerto en la paz de la inocencia y en la fe de un futuro bendito. El monstruo que ha traicionado nuestra ciega hospitalidad ha sido el culpable de todo. Creí recibir en mi casa a la inocencia, a la alegría, a una compañía querida para mi Berta. ¡Dios mío! iQué loco he sido! Consagraré los días que me quedan de vida a la caza y destrucción del monstruo. Sólo me guía una débil luz. Maldigo mi ceguera y La nursery, como la llamábamos, aunque era sólo para mí, estaba en una habitación grandiosa del último piso del castillo, y tenía el techo inclinado, con molduras de madera de castaño. Tendría yo unos seis años cuando una noche, despertándome de improviso, miré a mi alrededor y no vi a la camarera de servicio. Creí que estaba sola. No es que tuvieda miedo... pues era una de aquellas afortunadas niñas a quienes han evitado expresamente las historias de fantasmas y los cuentos de hadas, que vuelven a los niños temerosos ante una puerta que chirría o ante la sombra danzante que produce sobre la pared cercana la luz incierta de una vela que se extingue. Si me eché a llorar fue seguramente porque me sentí abandonada; pero, con gran sorpresa, vi al lado de mi cama un rostro bellísimo que me contemplaba con aire grave. Era una joven que estaba arrodillada y tenía sus manos bajo mi manta. La observé con una especie de placentero estupor, y cesé en mi lloriqueo. La joven me acarició, se echó en la cama a mi lado y me abrazó, sonriendo. De repente, me sentí calmada y contenta, y me dormí de nuevo.
De súbito, me desperté con la escalofriante sensación de que dos agujas me atravesaban el pecho profunda y simultáneamente. Proferí un grito. La joven dio un salto hacia atrás, cayendo al suelo, y me pareció que se escondía debajo de la cama.
Por primera vez sentí miedo y me puse a gritar con todas mis fuerzas. La niñera, la camarera y el ama acudieron precipitadamente, pero cuando les conté lo que me había ocurrido estallaron en risas, a la vez que trataban de tranquilizarme. Aunque yo era solamente una niña, recuerdo sus rostros pálidos y su angustia mal disimulada. Las vi buscar debajo de la cama, por todos los rincones de la habitación, en el armario, y oí a mi ama susurrar a la niñera:
-- ¡Mira! Alguien se ha echado en la cama, junto a la niña. Aún está caliente.
Recuerdo que la camarera me acarició y que las tres mujeres examinaron mi pecho, en el punto donde yo les dije que había sentido la punzada. Me aseguraron que no se veía ninguna señal.
El día siguiente lo pasé en un continuo estado de terror: no podía quedarme sola un instante, ni siquiera a plena luz del día.
Recuerdo a mi padre junto a mi cama, hablándome en tono festivo, asi como preguntando a la niñera y riéndose de sus respuestas. Luego hacía muecas, me abrazaba y me aseguraba que todo había sido un sueño sin importancia.
Pero yo no estaba tranquila, porque sabía que la visita de aquella extraña criatura no había sido un sueño.
He olvidado todos mis recuerdos anteriores a este acontecimiento, y muchos de los posteriores, pero la escena que acabo de describir aparece vivida en mi mente como los cuadros de una fantasmagoría surgiendo de la oscuridad.

Un Invitado
Una tarde de verano, particularmente apacible, mi padre me pidió que le acompañara a dar un paseo por el maravilloso bosque que se extiende ante el castillo.
- El general Spieldorf no vendrá a visitarnos, como esperábamos -me dijo, durante el paseo.
Nuestro vecino debía pasar varias semanas en el castillo. Con él debía venir también su joven sobrina y pupila, la señorita Reinfelt. Yo no conocía a la señorita Reinfelt, pero me la habían descrito como una joven encantadora. Quedé muy desilusionada ante la noticia que acababa de darme mi padre; mucho más de lo que pueda imaginar alguien que viva habitualmente en la ciudad. Aquella visita, y la nueva amistad que seguramente había de surgir de ella, había sido objeto diario de mis pensamientos durante muchas semanas.
- ¿Cuándo vendrán? - pregunté.
- El próximo otoño. Dentro de un par de meses - respondió mi padre, y añadió: - Me alegro, querida, de que no hayas conocido a la señorita Reinfelt.
- ¿Por qué? -inquirí, molesta y curiosa al mismo tiempo.
- Porque la pobre muchacha ha muerto.
Quedé sumamente impresionada. El general Spieldorf decía en su última carta, seis o siete semanas antes, que su sobrina no se encontraba muy bien, pero nada hacía pensar en la posibilidad, ni siquiera remota, de un grave peligro.
- Aquí tienes la carta del general -continuó mi padre, entregándomela-. Me parece que está muy trastornado. Indudablemente, cuando escribió la carta se hallaba muy excitado.
Nos sentamos en un banco de piedra, junto al sendero de los tilos. El sol desaparecía con todo su melancólico esplendor detrás del horizonte selvático, y el torrente que discurría junto a nuestra mansión reflejaba el colorido escarlata del cielo, cada vez más pálido.
La carta del general Spieldorf era tan insólita y apasionada, que la releí detenidamente para comprender su sentido. Quizás el dolor había trastornado su mente. Decía:
"He perdido a mi amada hija, que mucho la amé. Durante los últimos días de la enfermedad de Bertha, no me fue posible escribiros. Antes, no tenía idea del peligro en que estaba. Ahora la perdí, y lo he comprendido, demasiado tarde. Ella murió en la paz de la inocencia, y en la gloriosa esperanza del bendito descanso. La rata que traicionó nuestra fatídica hospitalidad lo ha hecho todo. La recibimos en mi casa, era una adorable amiga de mi querida Bertha. ¡Cielo! ¡Qué tonto he sido! Gracias a Dios mi niña murió sin sospechar la causa de sus sufrimientos. Ella se fue sin deducir la naturaleza de su dolencia, y la maldita pasión del causante de la misma. Voy a destinar el resto de mis días a rastrear y extinguir ese monstruo. Espero poder cumplir mi recto y piadoso propósito. Al presente día hay una luz que me guía. Maldigo mi engreída incredulidad, mi vil sentido de superioridad, mi ceguera, mi obstinación... todo... Es demasiado tarde. En estos momentos no puedo escribir ni hablar con serenidad; estoy demasiado trastornado. En cuanto esté mejor me dedicaré a la búsqueda e iré posiblemente hasta Viena. Dentro de un par de meses, hacia el otoño, iré a visitaros, si es que aún estoy vivo. Al propio tiempo os contaré lo que ahora no tengo fuerzas para escribir. Adiós. Rogad por mí, queridos amigos."
Lo mismo a mi padre que a mí, nos seducía lo pintoresco y nos quedamos contemplando en silencio la espléndida llanura que se extendía ante nosotros. Las dos buenas señoras, a pocos pasos, discutían acerca del paisaje y hablaban de la luna.
La señora Perrodon era más bien gruesa y veía todas las cosas desde un punto de vista romántico. La señorita Lafontaine pretendía ser psicóloga y algo mística. Aquella tarde afirmó que la intensa luminosidad de la luna estaba en relación directa con una especial actividad espiritual. Los efectos de una luna llena como aquélla podían ser múltiples. Influía en los sueños, en la locura, en la gente nerviosa y hasta en los hechos materiales.
- Esta noche -dijo-, la luna está llena de influjos magnéticos. Mirad cómo brillan las ventanas con un resplandor plateado, como si unas manos invisibles hubieran iluminado las estancias para recibir huéspedes espectrales.
En aquel momento, el insólito rumor de las ruedas de un carruaje y del galope de muchos caballos sobre la carretera atrajo nuestra atención. Parecía aproximarse descendiendo de la colina que dominaba el viejo puente; muy pronto, un pequeño tropel desembocó por aquel punto. Primero cruzaron el puente dos caballeros, luego apareció un carruaje tirado por cuatro corceles, y finalmente otros dos caballeros que cerraban el cortejo.
Parecía el coche de una persona de rango. Nuestra atención quedó prendida en aquel espectáculo inusitado, que no tardó en hacerse aún más interesante, porque, cuando apenas habían pasado la curva del puente, uno de los caballos del tiro se desbocó y, contagiando su pánico a los otros, arrancó a todo el tiro con un galope desenfrenado, irrumpiendo entre los caballeros que precedían al carruaje y avanzando hacia nosotros con la violencia y la furia de un huracán.
En aquel momento culminante, la escena adquirió caracteres de tragedia, debido a unos gritos femeninos procedentes del interior del vehículo.
Mi padre permaneció en silencio, mientras nosotras lanzábamos exclamaciones de terror. El final no se hizo esperar. El punto de enlace de la carretera con el puente levadizo estaba delimitado a un lado por un soberbio tilo, y al otro por una cruz de piedra. Los caballos, que marchaban a una velocidad vertiginosa, se desviaron asustados al ver la cruz, arrastrando las ruedas contra las raíces salientes del árbol. Asustada por lo que podía ocurrir, me tapé el rostro con las manos, no resistiendo la idea de ver cómo la carroza se salía del camino. En aquel mismo instante oí el grito de mis compañeras, que estaban un poco más adelantadas que yo. Abrí los ojos, impulsada por la curiosidad, y contemplé una escena sumamente confusa. Dos caballos yacían en el suelo. El carruaje estaba volcado, apoyado sobre uno de sus lados, con dos ruedas al aire. Los hombres se afanaban arreglando el vehículo, de cuyo interior había salido una señora de aspecto autoritario, que retorcía nerviosamente entre sus manos un pañuelo. Ayudamos a salir del carruaje a una joven, al parecer desmayada. Mi padre se había acercado a la señora de más edad, sombrero en mano, ofreciéndole ayuda y cobijo en el castillo. La señora no parecía oír nada, y sólo tenía ojos para la frágil muchachita que había sido reclinada en el respaldo de un banco.
Me acerqué. La joven había perdido el conocimiento, pero sin duda estaba con vida. Mi padre, que se preciaba de tener algunos conocimientos médicos, le tomó el pulso y aseguró a la señora, que se había presentado a sí misma como madre de la joven, que la pulsación, si bien débil e irregular, era perceptible. La señora juntó sus manos y alzó los ojos al cielo, al parecer en un momentáneo transporte de gratitud; luego, repentinamente, se desahogó haciendo gestos teatrales, que, sin embargo, son espontáneos en cierto tipo de personas. Era una mujer de buen ver, que en su juventud debió haber sido seductora. Delgada, aunque no flaca, iba vestida de terciopelo negro. Su pálida fisonomía conservaba una expresión orgullosa y autoritaria, a pesar de la agitación del momento.
-¡Qué desgracia la mía! -exclamó, retorciéndose las manos-. Estoy efectuando un viaje que es cuestión de vida o muerte. Una hora de retraso puede tener consecuencias irreparables. No es posible que mi hija pueda restablecerse del golpe recibido y continuar un viaje cuya duración no es posible prever. Deberé dejarla forzosamente en el trayecto. No quiero correr el riesgo de llegar con retraso. ¿A qué distancia se encuentra el pueblo más próximo? Es necesario que la lleve hasta allí, para recogerla a mi regreso. ¡Y pensar que tendré que pasar por lo menos tres meses sin ver a mi querida hija, sin tener noticias suyas!
Tiré a mi padre de la chaqueta y le susurré al oído:
- Padre, dile que la deje con nosotros ... me gustaría mucho. Hazlo por mí.
- Si la señora quiere confiar su hija a los cuidados de la mía y de nuestra ama, la señora Perrodon, si permite que su hija se quede con nosotros, bajo mi responsabilidad, hasta su regreso, lo consideraremos como un gran honor y tendremos para ella los cuidados y la devoción que el deber de la hospitalidad imponen -dijo mi padre solemnemente.
- No puedo aceptarlo - respondió la desconocida, con mucha circunspección - ; sería abusar demasiado de su amabilidad.
- Al contrario, nos haría un gran favor. Precisamente vendría a llenar un inesperado vacío. Hoy mismo, mi hija ha sufrido una gran desilusión, debido a la noticia de que se ha frustrado una visita que esperábamos. Si confía su hija a nuestros cuidados, será su mejor consuelo.
En el aspecto y actitudes de aquella señora había algo tan especial e imponente, y en cierto sentido fascinante, que, aun prescindiendo del séquito que la acompañaba, daba la impresión de ser una persona de rango.
Entretanto, el carruaje había sido levantado y los caballos, ya calmados, estaban de nuevo enganchados.
La señora dirigió a su hija una mirada que a mí no me pareció afectuosa, como era de esperar después de la terrible escena, y seguidamente llamó a mi padre con un gesto y se apartaron unos pasos de nosotros. Mientras hablaba, la señora mantuvo una expresión fría y grave, muy poco acorde con su anterior conducta.
Conversaron unos minutos; luego, la señora regresó y dio unos pasos hacia su hija, que yacía entre los brazos de la señora Perrodon. Se arrodilló a su lado y le susurró algo al oído. La besó apresuradamente y luego entró precipitadamente en el carruaje, cerrando la portezuela, mientras los portillones trepaban al pescante y los batidores espoleaban sus caballos. Los postillones hicieron restallar sus látigos y los caballos se lanzaron al galope; el carruaje desapareció entre una nube de polvo, seguido de los dos caballeros que cerraban el cortejo.

Comparamos Notas
Seguimos con la mirada su carrera hasta que desapareció definitivamente entre la niebla y dejó de oírse el chirrido de sus ruedas y fragor de los cascos de los caballos lanzados al galope.
Para demostrar que no habíamos sido víctimas de una alucinación quedaba entre nosotros la muchacha, que precisamente en aquel momento estaba recobrando el sentido. No pude verla, porque tenía el rostro vuelto hacia la parte opuesta al lugar donde yo me encontraba, pero oí su voz, muy dulce, que preguntaba en tono suplicante:
- ¿Dónde está mi madre? ¿Dónde estoy? No veo el carruaje ...
La señora Perrodon contestó a sus preguntas lo mejor que pudo, y, paulatinamente, la joven fue recordando lo que había sucedido. Al enterarse de que nadie había sufrido el menor daño, quedó muy aliviada. Pero cuando le dijimos que su madre la había dejado a nuestro cuidado y que tardaría unos tres meses en regresar a buscarla, se echó a llorar. Iba a acercarme a ella para ayudar a la señora Perrodon en sus esfuerzos por consolarla, pero la señorita Lafontaine me detuvo, diciendo:
- No se acerque a ella, señorita. En el estado en que se encuentra, no podría soportar más de una persona a la vez.
Pensé que podría visitarla en cuanto la hubieran acomodado en su habitación. Entretanto, mi padre había enviado en busca del médico que vivía a unas dos leguas de distancia, y ordenó preparar una habitación para alojar a la muchacha.
La desconocida se puso en pie y, apoyándose en el brazo de la señora Perrodon, cruzó lentamente el puente levadizo y entró en nuestro jardín. La camarera la acompañó inmediatamente a la habitación que le había sido destinada.
- ¿Le agrada nuestra invitada? - pregunté a la señora Perrodon -. Dígame qué impresión le ha causado.
- Me agrada mucho - contesto -. Creo que es la muchacha más bonita que he visto en toda mi vida. Tiene aproximadamente la edad de usted y es verdaderamente encantadora.
- ¿No se han dado cuenta de que en el carruaje había otra persona? - intervino la señorita Lafontaine-. Una mujer que ni siquiera ha asomado la cabeza.
No, no la habíamos visto. La señorita Lafontaine nos describió a un extraño personaje, vestido de negro, con un turbante rojo en la cabeza, que miraba continuamente por la ventanilla, haciendo gestos y muecas de desprecio en dirección a las dos mujeres. Tenía unos ojos saltones y sus dientes salientes parecían los de una arpía.
- ¿Han notado ustedes el desagradable aspecto que tenían los sirvientes? -preguntó a su vez la señora Perrodon.
- Sí - convino mi padre -, parecían mastines. Nunca había visto tipos como ésos. Espero que cuando crucen el bosque no desvalijen a la señora. Pero, deben ser unos bribones muy hábiles. Lo han arreglado todo en un momento.
-- Quizás estaban cansados del largo viaje - dijo la señora Perrodon -. Además de su aspecto poco recomendable, tenían la cara demacrada y parecían estar furiosos. Debo confesar que han despertado mi curiosidad, pero confío en que la muchacha nos lo explicará todo mañana, cuando se encuentre mejor.
- No creo que lo haga - dijo mi padre con una sonrisa ambigua, como si supiera más de lo que decía.
Esto excitó mi curiosidad por saber lo que la señora vestida de negro le había dicho a mi padre en el curso de la breve conversación que sostuvieron. Apenas me quedé a solas con él intenté sonsacarle. Mi padre no se hizo rogar.
- No hay ningún motivo para que te lo oculte. La señora me dijo que temía dejarnos a su hija, porque se trata de una muchacha de salud delicada y tiene los nervios alterados, aunque no padece ataques ni alucinaciones.
- ¿No te parece algo raro que te dijera esto? No tenía ninguna necesidad de aclarar ese extremo...
- De todos modos, eso es lo que me dijo - me interrumpió mi padre -. Me explicó que está efectuando un largo viaje, de vital importancia para ella. Está obligada a viajar con la mayor rapidez y discreción posibles. Dentro de tres meses vendrá a recoger a su hija. Entretanto, no debe decir nada acerca de su personalidad y del lugar a donde se dirige. Al pronunciar la palabra discreción, la ha subrayado con una pausa, mirándome a los ojos con cierta dureza. Creo que es importante. ¿Has visto la rapidez con que se ha marchado? Espero no haber cometido una tontería al hacerme cargo de esa muchacha.
Aunque el médico no llegó hasta la una de la madrugada, no pude irme a la cama. Cuando el doctor regresó al salón, su informe fue muy optimista. La paciente se había levantado y su pulsación era regular. No tenía ninguna herida y el trauma nervioso no había dejado huella. Nada se oponía a que yo la visitara, si ella lo consentía. En consecuencia, le envié recado por medio de la camarera, preguntándole si podía hacerle una breve visita.
La camarera regresó inmediatamente, diciendo que la joven se alegraría mucho con mi visita. No perdí un solo instante.
Habíamos alojado a nuestra invitada en una de las habitaciones más hermosas del castillo. La joven estaba recostada, a la luz de los candelabros, en la cabecera de la cama. Su graciosa figura aparecía envuelta en una bata de seda recanada de flores y orlada con una cinta de raso que su madre le había echado a los pies, cuando aún estaba en el suelo.
Pero, apenas me acerqué a la cama para saludarla, algo me hizo enmudecer y retroceder unos pasos.
Trataré de explicarme. El rostro que tenía ante mí era el mismo que se me había aparecido durante aquella terrible noche de mi infancia, el rostro que tanto me había impresionado y sobre cuya aparición había reflexionado durante años, horrorizándome en secreto.
Era un rostro encantador, y su expresión conservaba la melancólica dulzura que tenía cuando lo vi por primera vez. De repente, se iluminó con una sonrisa, como si también la joven acabara de reconocer a una vieja amiga.
Se produjo un silencio que duró unos instantes. Finalmente, la joven habló: yo no podía hacerlo.
- ¡Qué raro! -exclamó-. Hace unos años vi tu rostro en sueños, y desde entonces me ha obsesionado de tal modo, que no he podido olvidarlo.
- Sí que es curioso -dije, tratando de sobreponerme al horror que me había impedido pronunciar una palabra hasta aquel momento-. También yo te vi hace unos años - doce, exactamente -, no sé si en un sueño o en la realidad. Y tampoco he podido olvidar tu rostro desde entonces.
Su sonrisa se hizo más dulce y desapareció el aire de curiosidad que había notado en los primeros momentos en la joven. Me sentí más confiada, y cumplí con mis deberes de anfitriona, dándole la bienvenida a nuestro hogar y expresándole la satisfacción que a todos los de la casa, y especialmente a mí, nos había producido su imprevista llegada. Mientras hablaba, le cogí la mano. Yo era algo tímida, hecho muy comprensible si se tiene en cuenta la soledad en que vivía, pero aquella situación especial me hizo elocuente, casi audaz. La joven apretó súbitamente mi mano y la estrechó entre las suyas, mirándome con sus ojos brillantes. Sonrojándose, sonrió de nuevo y contestó a mi saludo. Aunque yo no me había recobrado del todo de mi primera impresión, me senté a su lado y la joven me dijo:
- Ante todo, es necesario que te cuente cómo y dónde te vi por primera vez. Es realmente extraordinario que nos hayamos soñado mutuamente tal como somos ahora, a pesar de que el sueño tuvo lugar cuando éramos unas niñas. Yo no tenía más de seis años. Desperté de repente de un sueño agitado y me pareció encontrarme en una habitación muy distinta a mi nursery, una estancia cuyas paredes estaban revestidas de madera de color oscuro y que aparecía llena de camas, sillas y otros muebles. Recuerdo que las camas estaban vacías y que en la habitación no había nadie más que yo. Contemplé la habitación con gran curiosidad, admirando, entre otras cosas, un gran candelabro de hierro de dos brazos que reconocería entre mil si volviera a verlo. Luego me subía a una de las camas para llegar hasta la ventana, pero en aquel mismo instante oí un llanto procedente de una de las camas. Entonces fue cuando te vi. Eras tal como ahora te veo, una muchacha bellísima, de cabellos dorados y enormes ojos azules. También tus labios eran los mismos. Tu modo de mirar me conquistó inmediatamente. Salté a la cama y te abracé; creo que nos quedamos dormidas durante un rato. Me despertó un grito: te habías despertado y estabas chillando. Me asusté y caí al suelo, donde perdí el conocimiento. Cuando recobré el sentido me hallaba de nuevo en mi casa, en mi habitación. Nunca he podido olvidar tu rostro. No es posible que todo aquello fuese un simple sueño. Realmente, la muchacha que vi eres tú.
Le conté entonces mi visión, que suscitó en mi nueva amiga una admiración que no me pareció simulada.
- No sé cuál de las dos se asustó más - dijo, sonriendo -. Si no hubieras sido tan encantadora, creo que me habría asustado más... ¿No te parece que lo mejor será pensar que nos conocimos hace doce años y que, por tanto somos viejas amigas? Yo, por lo menos, creo que desde nuestra infancia estábamos predestinadas a serIo. Y por mi parte nunca he tenido una verdadera amiga. ¿La encontraré ahora?
Suspiró, y me miró apasionadamente con sus hermosos ojos negros. En realidad, aquella joven me atraía de un modo inexplicable, pero al propio tiempo me inspiraba una indefinible repulsión. Sin embargo, pese a lo contradictorio de mis sentimientos, lo que predominaba era la atracción. Aquella joven desconocida - hasta cierto punto - me interesaba y me conquistaba. ¡Era tan hermosa y fascinante! Recuerdo que noté en ella cierto cansancio y me apresuré a desearle las buenas noches. Añadí:
- Será mejor que esta noche duerma una camarera contigo. Fuera, en el pasillo, me aguarda una sirvienta. Es muy seria y no te molestará.
- Eres muy amable - respondió la joven -, pero si hay otra persona en mi habitación no puedo dormir. No necesito ayuda, y quiero confesarte una pequeña debilidad mía: tengo horror a los ladrones. En cierta ocasión, mi casa fue desvalijada y asesinaron a dos camareras. Desde entonces tengo la costumbre de cerrar la puerta con llave. Tendrás que disculparme, pero no puedo evitarlo.
Durante un rato me retuvo entre sus brazos; luego me susurró al oído:
- Buenas noches, querida. Me desagrada separarme de ti, pero es hora de descansar. Hasta mañana. No pasaremos mucho rato separadas.
Se dejó caer sobre la almohada, suspirando, mientras sus hermosos ojos me contemplaban con expresión amorosa y melancólica. Suspiró de nuevo.
- Buenas noches, amiga mía.
Los jóvenes se enamoran y encariñan al primer impulso. Me lisonjeaba el evidente afecto que me demostraba aquella joven, aunque me parecia que yo no habia hecho nada para merecerlo. Me encantó la confianza que me habia demostrado desde el primer momento. Parecia indudable que estábamos predestinadas a ser amigas intimas.
Llegó el día siguiente, y volvimos a vernos. Su compañia me hacía feliz por muchas razones. A la luz del dia no había perdido su encanto. Era, sin duda, la más hermosa criatura que jamás había visto, y el desagradable recuerdo que conservaba de su aparición en el curso de mi sueño infantil se había trocado en una placentera sensación.
La joven me confesó que también ella había experimentado un sobresalto al reconocerme, y el mismo sentimiento de repulsión que se mezclaba a mi simpatía. Las dos nos reimos de nuestro asombro.

Sus Hábitos - Un Paseo
He dicho que había en ella muchas cosas que me fascinaban, pero también otras que me desagradaban.
Empezaré por describirla físicamente: era de estatura mediana, delgada y de formas muy armoniosas. Aparte de que sus movimientos eran lánguidos - verdaderamente muy lánguidos -, nada en su aspecto denotaba que estuviera enferma. Tenía una tez sonrosada y luminosa, y sus facciones eran pequeñas y correctas. Sus ojos eran negros y brillantes, sus cabellos realmente espléndidos: no he visto nunca una cabellera tan larga y sedosa como la suya cuando la soltaba sobre sus hombros. A menudo sumergía mi mano entre sus cabellos y reía tontamente ante lo insólito de su peso. Eran unos cabellos mórbidos y vivos, de color castaño oscuro con reflejos dorados. Me gustaba sentirlos en mi mano y luego soltarlos mientras mi amiga, sentada en un sillón, hablaba sin cesar. Me gustaba retorcerlos, entrelazarlos, jugar con ellos. ¡Cielo santo! Si lo hubiese sabido todo!
He señalado que algunas de sus particularidades no me convencían. He dicho que la confianza que me había otorgado desde el primer momento me había conquistado. No obstante, todo cuanto hacía referencia a ella misma, a su madre o a cualquier aspecto de su vida particular o familiar, despertaba en la joven una extraña reticencia. Desde luego, no era razonable por mi parte insistir en esos aspectos, y tal vez no me portaba bien. Mi obligación era la de respetar la solemne orden dada a mi padre por la señora vestida de negro. Pero la curiosidad es un sentimiento que carece de escrúpulos, y ninguna muchacha soporta de buen grado verse desilusionada por lo que le interesa: ¿Qué podía haber de malo en el hecho de que mi amiga me contara lo que tan ardientemente deseaba saber? ¿Acaso no tenía confianza en mi sentido del honor? ¿Por qué no me creía cuando le aseguraba que jamás divulgaría una sola palabra de lo que me dijera?
Su persistente negativa, acompañada siempre de una sonrisa, me parecía una actitud totalmente en desacuerdo con su edad. No puedo decir que el hecho fuera motivo de discusiones entre nosotras, porque resultaba imposible enfadarse con la joven. Tal vez lo inconveniente, e incluso descortés, fuera mi insistencia, pero me sentía realmente acuciada por Ia curiosidad.
Sus explicaciones no me aclaraban nada, o por lo menos eso creía yo. Pueden resumirse en tres vagas revelaciones.
La primera era su nombre: Carmilla.
La segunda, que los miembros de su familia eran nobles o intelectuales.
Y la tercera, que su casa estaba situada al occidente de la nuestra.
No me dijo su apellido, ni sus títulos nobiliarios, ni el nombre de sus propiedades, ni siquiera la región donde vivía. Y no es que yo la atosigara continuamente con mis preguntas: me limitaba, simplemente, a intercalarlas siempre que la ocasión era propicia. Prefería las fórmulas indirectas. Una o dos veces, en realidad, la ataqué frontalmente. Pero, cualquiera que fuese la táctica que empleaba, el resultado era siempre el mismo: un rotundo fracaso. Los reproches y las caricias no servían de nada, aunque debo confesar que sabía eludir las preguntas con una evidente destreza, y que parecía francamente disgustada por no poder satisfacer mi curiosidad. Siempre que se planteaba una de estas situaciones, me echaba los brazos al cuello, me estrechaba contra su pecho y apoyaba su mejilla en la mia, murmurándome al oído:
- Querida, sé que tu corazón se siente herido. No me juzgues cruel: me limito a obedecer una ley ineludible que constituye mi fuerza y mi debilidad. Si tu corazón está herido, el mío sangra con el tuyo. En medio de mi gran tristeza, vivo de tu exuberante vida, y tú morirás, morirás dulcemente por la mía. Es algo inevitable. Y así como yo me acerco a ti, tú, a tu vez, te acercarás a otros y aprenderás el éxtasis de la crueldad, que es una forma del amor. No intentes saber nada más de mí ni de mi vida, pero ten confianza con todo tu amor.
Y después de haber hablado con una voz suave, queda, me estrechaba entre sus brazos, y sus labios, besándome tiernamente, me inflamaban las mejillas.
Aquella excitación y aquel lenguaje me resultaban incomprensibles. Intentaba eludir sus abrazos, no demasiado frecuentes, pero me faltaban energias. Sus palabras resonaban en mis oídos como una canción de cuna y domeñaban mi resistencia sumergiéndome en una especie de sopor, del cual sólo despertaba cuando me libraba de sus brazos. Aquellas incomprensibles expansiones no me gustaban. Experimentaba una extraña y tumultuosa sensación que, si bien en cierto sentido me resultaba agradable, me inundaba al mismo tiempo de temor y de repulsión. Siempre que tenía lugar una de esas escenas me sentía sumamente turbada, y, al tiempo que aumentaba el placer que me producía, aumentaba también mi repugnancia.
Sé que lo que acabo de explicar podrá parecer paradójico, pero no puedo expresar de otra forma Io que sentía.
Han transcurrido diez años desde que tuvieron lugar aquellos hechos, y la mano me tiembla aún al escribir acerca de la situación en que inconscientemente me vi envuelta.
A veces, después de un largo período de indiferencia, mi extraña y bellísima amiga me cogía súbitamente Ia mano, estrechándomela con pasión. Se sonrojaba y me miraba con ojos ora lánguidos, ora de fuego. Su conducta era tan semejante a la de un enamorado, que me producía un intenso desasosiego. Deseaba evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cogía entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorrían mis mejillas con mil besos y, con un susurro apenas audible, me decía:
- Serás mía.., debes ser mía... Tú y yo debemos ser una sola cosa, y para siempre.
Después se echaba hacia atrás, apoyándose en el respaldo del sillón, cubriéndose los ojos con las manos; y yo me sentía trastornada en lo más profundo de mi ser.
- ¿Qué quieres decir con tus palabras? - intentaba saber-. ¿Te recuerdo acaso a alguna persona a la que amaste mucho? No me gusta que me hables así. Cuando lo haces no pareces la misma. Y tampoco yo me reconozco a mí misma cuando me miras y me hablas de este modo.
No hallaba una explicación satisfactoria a aquellas efusiones. Sin embargo, no parecían afectadas, ni falsas. Indudablemente, se trataba de una explosión espontánea de un instinto o sentimiento reprimido.
¿Acaso Carmilla sufría alucinaciones? ¿Estaría loca, a pesar de lo que afirmó su madre antes de marcharse? ¿O se trataba, simplemente, de una argucia romántica? En más de una ocasión había leído la historia de un joven que se introducía en casa de su amada vestido de mujer y con la ayuda de una aventurera... ¿Sería éste el caso? La hipótesis lisonjeaba mi vanidad, pero no tenía la menor consistencia. Durante largos períodos de tiempo, yo no representaba absolutamente nada para Carmilla, la cual se limitaba a dirigirme alguna mirada ardiente, eso sí. Y aparte de aquellos fugaces momentos de excitación, sus modales eran absolutamente femeninos. Sus costumbres, por otra parte, eran bastante raras. Generalmente, se levantaba muy tarde, nunca antes del mediodía. Entonces tomaba únicamente una taza de chocolate, muy caliente. A continuación paseábamos juntas un rato, muy corto, ya que no tardaba en sentirse fatigada; regresábamos al castillo o nos sentábamos en un banco, debajo de los árboles. Lo más curioso era que su languidez física no iba nunca acompañada de postración mental. Su conversación era siempre chispeante y vivaz.
De cuando en cuando hacía alguna vaga alusión a su hogar, a su infancia o a algún recuerdo de su existencia, y a través de sus palabras se adivinaba que sus hábitos y costumbres eran muy dispares a los nuestros. De esas ocasionales alusiones llegué a colegir que su país natal estaba mucho más lejos de lo que había creído al principio.
Una tarde en que nos hallábamos sentadas bajo los árboles, desfiló ante nosotros un cortejo fúnebre. Se trataba del entierro de una muchacha muy bonita y a la cual yo conocía porque era hija del guarda forestal. El pobre hombre marchaba detrás del féretro que contenía los restos de su querida y única hija y parecía tener el corazón destrozado. Le seguían algunos aldeanos, cantando un himno funerario.
Cuando el cortejo pasó delante nuestro me puse en pie en señal de respeto, y uní mi voz a las suyas. Mi amiga me tiró rudamente del vestido y yo me volví, sorprendida. En tono irritado, me dijo:
-¿Es que no te das cuenta de lo desafinado de sus voces?
- Pues a mí me parece un canto muy dulce- respondí, molesta por aquella intempestiva intromisión, y porque temía que los acompañantes del entierro observaran nuestra discusión.
El canto continuó.
-¡Me destrozan los tímpanos!- exclamó Carmilla en tono rabioso, tapándose los oídos con las manos -. Detesto los entierros y los funerales. iCuántas cosas inútiles! Porque tú has de morir, todos han de morir, y todos, después de la muerte, son mucho más felices. ¡Regresemos a casa!
- Mi padre ha ido también al cementerio. ¿Lo sabías?
-No, no me importa. Ni siquiera sé quién es el muerto - replicó mientras sus ojos centelleaban.
- Se trata de aquella muchacha que hace unos quince días creyó haber visto un fantasma. Desde entonces ha ido empeorando, y ayer por la mañana falleció.
- No me hables de fantasmas: esta noche no podría dormir.
- Espero que no haya una epidemia por estos alrededores. Existen algunos síntomas - continué -. La mujer del pastor murió hace una semana, y también dijo que había notado una extraña opresión en el cuello, como si alguien tratara de ahogarla. Mi padre dice que esas alucinaciones son frecuentes en los casos de fiebres epidémicas. La mujer se hallaba perfectamente el día anterior, pero después de aquella noche se debilitó inesperadamente y al cabo de una semana falleció.
- Bien, supongo que ya habrán terminado con los cantos fúnebres. Nuestros oídos ya no se verán torturados de nuevo. Todas estas cosas me ponen nerviosa. Siéntate a mi lado, más cerca. Cógeme la mano. Apriétala fuerte, más fuerte...
Nos habíamos retirado unos pasos y Carmilla se sentó en un banco. Su semblante se había transformado de tal modo, que me asusté. Se había puesto pálida. Sus dientes rechinaban y apretaba los labios, sacudida por un continuo escalofrío. Todas sus energías parecían empeñadas en luchar contra aquel ataque. Finalmente, profirió un ahogado grito y se tranquilizó paulatinamente, superada la crisis de histerismo.
- Esto sucede cuando se agobia a la gente con himnos funerarios - dijo -. No me sueltes, me siento ya mucho mejor.
Tal vez para desvanecer la profunda impresión que me había producido el verla sumida en aquella crisis, mientras regresábamos a casa se mostró muy animada y parlanchina.
Aquello pasó como una nube de verano. Pero aún tuve ocasión de asistir a una nueva explosión de cólera de Carmilla.
Cierto día estábamos contemplando el paisaje desde uno de los grandes ventanales del salón, cuando vimos a un vagabundo que cruzaba el puente levadizo, encaminándose hacia el patio del castillo. Le conocía perfectamente. Cada seis meses venía al castillo.
Era un jorobado, y su rostro tenía la expresión mordaz que suele verse en los hombres que son víctimas de una deformidad física. Llevaba una barbita oscura y puntiaguda y al sonreír abría la boca de oreja a oreja, mostrando unos dientes blanquísimos. Vestía con una zamarra de piel de búfalo, adornada con numerosas cintas y campanillas. De su espalda colgaban una linterna y dos cajas cuyo contenido me era ya conocido: en una de ellas guardaba una salamandra, y en la otra una mandrágora. Llevaba también un violín, una caja de amuletos contra el mal de ojo y varios estuches de contenido diverso. Se apoyaba en un bastón de madera negra, con una contera de cobre. Iba acompañado de un perro esquelético que le seguía fielmente a todas partes. Pero el animal se detuvo en medio del puente levadizo, erizó el pelo y prorrumpió en lúgubres aullidos, negándose a avanzar.
Entretanto, el vagabundo había llegado al centro del patio y, quitándose el grotesco sombrero, se inclinó en una cómica reverencia. Luego empuñó el violín y empezó a tocar una alegre melodía, acompañándola con un canto tan desafinado y unos pasos de danza tan cómicos, que me eché a reír a pesar de lo mucho que me habían impresionado los siniestros aullidos del perro.
- ¿Desean las señoritas comprar un amuleto contra el vampiro, que según he oído decir merodea por estos alrededores como un lobo? -dijo el vagabundo, dejando caer el sombrero al suelo-. La gente muere por doquier, pero yo tengo un talismán que no falla; sólo hay que coserlo a la almohada, y cuando el vampiro se presenta puede uno reírse de él en sus propias barbas.
Los amuletos consistían en unas cintas de papel transe, con cifras y dibujos cabalísticos.
Inopinadamente, Carmilla compró un talismán y yo la imité. El vagabundo nos observaba y nosotras sonreíamos divertidas; al menos yo. Pero, de repente, mientras nos miraba, los ojos del vagabundo - unos avispados ojos azules - parecieron descubrir algo que por un instante atrajo su atención. Inmediatamente sacó un estuche de cuero repleto de toda clase de pequeños instrumentos de acero.
- Mire, señorita - me dijo, mostrándome el estuche -, además de algunas actividades menos útiles, practico la de dentista. ¿Quieres callarte de una vez, animalucho? Si no paras de aullar, la señorita no oirá lo que le digo. Como le iba diciendo, soy dentista, y su amiga tiene los dientes más afilados que he visto en mi vida; largos, afilados, puntiagudos como una lanza, como un alfiler. Sí, los he visto perfectamente; son unos dientes peligrosos. Yo entiendo de estas cosas, y aquí estoy con mi lima, mi punzón y mis pinzas. Se los dejaré redondeados y bonitos. Si la señorita consiente, en vez de dientes de pez tendrá una dentadura digna de su belleza. ¿Se ha enfadado la señorita? ¿He sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?
Carmilla, en efecto, le miraba con una expresión de odio. Se apartó de la ventana, acusándome:
- ¿Y permites que ese charlatán me insulte de ese modo? ¿Dónde está tu padre? Quiero pedirle que lo eche del castillo. Mi padre hubiera ordenado que le apalearan, para quemarlo luego vivo.
Sin embargo, en cuanto no tuvo ante sus ojos al hombre que la había insultado, su cólera desapareció tan rápidamente como había surgido; al cabo de unos instantes había olvidado ya al jorobado y sus extravagantes palabras.
Aquella misma tarde, mi padre llegó muy excitado. Nos contó que se había presentado otro caso parecido a los anteriores y de los cuales ya he hablado. La hermana de un colono de nuestra finca, que vivía a una milla de distancia de nuestro castillo, había enfermado repentinamente. Decía que había sido atacada por un ser monstruoso, y su estado se agravaba, lenta pero inexorablemente.
- En rigor - dijo mi padre -, todo esto puede ser atribuido a causas naturales. Esos infelices se sugestionan con narraciones inverosímiles, y de este modo provocan sus alucinaciones.
- No deja de ser una cosa terrible -observó Carmilla.
- Desde luego - asintió mi padre. - Me asusta pensar que puedo ser víctima de una alucinación semejante. Aunque sólo fuera una alucinación, ha de ser tan horrible como si se tratara de un hecho real.
- Estamos en las manos de Dios - afirmó mi padre -. Nada puede ocurrir sin su consentimiento, y todo terminará bien para aquellos que le aman. Es nuestro Creador. El nos ha hecho y cuidará de nosotros.
- Yo creo - replicó Carmilla - que todas las cosas suceden por imperativo de la naturaleza. Y que la enfermedad que se propaga por la comarca es también cosa de la naturaleza. ¿No le parece?
- Hoy vendrá el médico - dijo mi padre, eludiendo contestar a la pregunta de la muchacha -. Me gustará saber qué opina el doctor de este fenómeno, y qué nos aconseja.
- Los médicos nunca me han servido para nada - replicó Carmilla.
- ¿Has estado enferma? - le pregunté.
- Más enferma de lo que tú hayas estado jamás.
- ¿Hace mucho tiempo?
- Sí, mucho: lo he olvidado todo, excepto el dolor y la debilidad.
- Entonces, serías muy joven...
- Creo que sí. Pero, no hablemos más de esto. No quieras hacer sufrir a tu amiga.
Me miró lánguidamente a los ojos y, cogiéndome del talle, me sacó de la habitación.
- ¿Por qué se divierte tanto tu padre asustándome?- me preguntó, una vez estuvimos fuera, temblando ligeramente.
- No lo creas, querida, no es ésa su intención.
- Y tú, ¿estás asustada?
- Lo estaría si pensara que también nosotras corremos el mismo peligro que esa pobre gente.
- ¿Te asusta la idea de la muerte?
- Desde luego, a todo el mundo le asusta esa idea.
- ¿Crees, por ejemplo, que es espantoso morir mientras se ama? Dos amantes que mueren juntos.., y de este modo pueden vivir juntos para siempre... Las muchachas no son más que orugas y sólo se transforman en mariposas cuando llega el verano. Entretanto, son crisálidas y larvas, cada una con sus formas e inclinaciones particulares. Hay un cierto señor Buffon que así lo cuenta.
Por la noche vino el médico y se encerró con mi padre en su despacho, donde permanecieron durante largo rato. Era un médico con mucha experiencia, de unos sesenta años. Su rasurado rostro aparecía tan liso como la superficie de una calabaza. Cuando salían del despacho, oí que mi padre decía, riendo:
- Me admira oír esas palabras en boca de un hombre tan sensato como usted. ¿Qué opina, entonces, de los hipógrifos y de los dragones?
También el médico se reía, sacudiendo la cabeza.
- En todo caso, la vida y la muerte han sido siempre un misterio y sabemos muy poco acerca de lo que puede suceder.
Se alejaron charlando y yo no pude oír nada más. En aquel momento ignoraba cuáles habían sido las hipótesis aventuradas por el doctor, pero ahora creo adivinarlas.

Un Maravilloso Parecido
Una tarde llegó de Gratz el hijo del restaurador de cuadros, transportando en su carro dos grandes cajas llenas de cuadros. Su llegada constituyó un verdadero acontecimiento. Las cajas quedaron en el atrio; los criados se encargaron del joven y lo acompañaron a la cocina para que le dieran de cenar. Luego se unió a nosotros en el atrio grande, donde nos habíamos reunido previamente para abrir las cajas.
Carmilla estaba sentada y miraba distraídamente los viejos cuadros, casi todos retratos, que habían sido enviados a restaurar. Mi madre pertenecía a una antigua familia húngara, y la mayor parte de los cuadros procedían de mi familia materna. Mi padre iba leyendo en una lista los títulos de los cuadros, y el artesano los iba sacando de las cajas. Ignoro el valor que podían tener, aunque eran antiguos y algunos muy curiosos. Yo los veía por primera vez en mi vida, ya que la humedad y el polvo habían ocultado las telas durante mucho tiempo.
- No había visto nunca este cuadro - comentó mi padre, señalando la tela que el restaurador tenía en la mano-. Aquí, en un ángulo, figura el nombre, que pude descifrar antes de enviarlo al restaurador: Marcia Karstein. Lleva la fecha de 1768. Será interesante ver lo que ha surgido ahora...
Me acordé de aquel cuadro. Se trataba de una pequeña tela, sin marco, de forma cuadrangular y tan ennegrecida por el paso del tiempo que jamás pudimos contemplar a aquella Marcia Karstein, si es que en realidad se trataba de su retrato.
El restaurador exhibió la tela con evidente orgullo. Era una joven de rostro hermosísimo, y quedé asombrada por la viveza de su expresión. Pero lo que más me asombró fue su extraordinario parecido con Carmilla.
- ¿Te das cuenta, querida? - le pregunté -. Esto es un verdadero milagro. Eres tú misma, viva y sonriendo. Sólo le falta hablar. ¿No te parece extraordinario? ¡Mira, papá! Tiene también un pequeño lunar en la garganta...
Mi padre esbozó una sonrisa y dijo:
- Realmente, es de un parecido extraordinario.
Pero, ante mi sorpresa, no prestó mayor atención al hecho y continuó su tarea con el restaurador. Por mi parte, sentía aumentar mi admiración a medida que contemplaba el retrato.
- ¿Me permites que lo cuelgue en mi habitación, papá? - le pedí a mi padre.
- Desde luego, querida - dijo -. Me alegra que te guste. Debe ser más hermoso de lo que yo creía, si es que se parece tanto a tu amiga.
Carmilla no pareció haber oído el cumplido. Estaba retrepada en un sillón y me contemplaba fijamente con sus hermosos ojos, con la boca ligeramente entreabierta y sonriendo como en éxtasis.
- Ahora sí que puede leerse bien el nombre - dije -. No es Marcia. Parece escrito con letras de oro. El nombre es Mircalla, condesa de Karstein. Encima del nombre hay una pequeña corona, y debajo una inscripción: Anno Domini 1698. Yo desciendo de los Karstein.
- iAh! - exclamó lánguidamente Carmilla -. También yo creo que soy una descendiente lejana de esa familia. ¿Viven aún algunos de sus miembros?
- No creo que exista nadie que lleve el apellido. La familla quedó extinguida a raíz de la guerra civil, hace muchísimo tiempo. Las ruinas del castillo se encuentran a sólo unas leguas de aquí.
- Muy interesante - murmuró distraídamente Carmilla -. Pero, mira qué hermoso claro de luna tenemos hoy. Miró a través de la entornada puerta. ¿Y si fuésemos a dar un paseo?
- Esta noche me recuerda la de tu llegada - dije.
Carmilla suspiró, esbozando una sonrisa.
Se puso en pie y salimos al patio cogidas por la cintura. Anduvimos lentamente y en silencio hasta el puente levadizo. Ante nuestros ojos se extendía una hermosa llanura, bañada por la luz de la luna.
- ¿De modo que recuerdas aún el día de mi llegada? - me susurró Carmilla al oído-. ¿Te alegra tenerme aquí?
- Soy muy feliz, querida Carmilla - respondí.
- Y has pedido que te dejaran colgar aquel cuadro en tu habitación - murmuró mi amiga, con un suspiro. Luego me apretó más estrechamente con el brazo que ceñía mi talle y apoyó su cabeza en mi hombro.
- ¡Qué romántica eres, Carmilla! - exclamé. Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy segura de que será como si me leyerás una novela de amor.
Me besó silenciosamente.
- Estoy convencida, Carmilla, de que has estado enamorada - proseguí -. Y me atrevería a afirmar que sigues preocupada por algún asunto amoroso.
- Nunca me he enamorado, y nunca me enamoraré - afirmó Carmilla -. A no ser que me enamore de ti...
A la luz de la luna, aparecía más hermosa que nunca. Tras dirigirme una extraña y tímida mirada, ocultó la cara en mi cuello, entre mis cabellos, respirando agitadamente; parecía a punto de estallar en sollozos y me apretaba la mano, temblando. Su mórbida mejilla quemaba contra la mía. Murmuró:
- ¡Querida! Yo vivo en ti, y tú morirás en mí. ¡Te quiero tanto!
Me separé de ella. Carmilla me miraba ahora con unos ojos de los que habían desaparecido el fuego y la vida. Y como si saliera de un sueño, añadió:
- Regresemos. Vámonos a casa.
- Me parece que estás enferma, Carmilla; deberías tomar un vasito de vino - le dije.
- Sí, creo que sí. Ahora me encuentro mucho mejor. Dentro de unos minutos estaré completamente bien. Sí, tomaré un vaso de vino. Y, acercándose a la puerta, añadió: Déjame mirar un instante; quizá sea la última vez que veo la luna contigo.
- ¿De veras te sientes mejor, Carmilla? - pregunté.
Por un instante, temí que se hubiera contagiado de aquella extraña epidemia que azotaba la comarca.
- Papá se apenaría mucho si supiera que te encuentras mal y no lo dices. Nuestro médico es un hombre muy inteligente.
- Todos sois excesivamente buenos conmigo. Pero lo que yo tengo no es cosa de médicos. No estoy enferma, sino solamente un poco débil. El menor esfuerzo me deja agotada. Pero me recobro muy fácilmente. ¿Ves? Ya estoy bien.
Así lo parecía. Seguimos charlando durante un rato, y Carmilla se mostró muy animada. El resto de aquella tarde transcurrió sin que se produjera ninguna recaída en lo que yo llamaba su exaltación.
Las ardientes miradas de Carmilla, su modo absurdo de expresarse, me asustaban a veces, lo confieso.
Pero aquella noche ocurrió algo que debía provocar un cambio radical en el curso de mis pensamientos.
Una Extraña Agonía
Acompañé a Carmilla a su habitación, como de costumbre, y me quedé charlando con ella mientras se preparaba para acostarse.
- Creo que llegará un día - dije - en que tendrás una absoluta confianza en mí.
Se volvió, sonriente, pero no contestó.
- No contestas - le dije -, porque no puedes darme una respuesta satisfactoria, ¿verdad? No debería habértelo sugerido...
- Tienes perfecto derecho a hacerlo - replicó Carmilla-. Te quiero mucho, y te considero merecedora de recibir todas mis confidencias, puedes creerlo. Pero estoy atada a una promesa, más atada que una religiosa a sus votos, y no puedo hablar de mí, ni siquiera contigo. Pero se acerca el momento en que lo sabrás todo. Me juzgarás cruel y egoísta, muy egoísta, pero recuerda que el amor es siempre así. Cuanto más intensa es la pasión, más egoísta resulta. No puedes imaginarte lo celosa que estoy de ti. Tú has de venir conmigo; has de quererme hasta la muerte. O puede que me odies, da lo mismo. Pero ven conmigo y ódiame a través de la muerte y del más allá. En mi vocabulario no existe la palabra indiferencia.
- Ya estás otra vez diciendo cosas que no tienen sentido - objeté.
- Soy extravagante, tonta y caprichosa. Pero tranquilízate: en adelante hablaré cuerdamente. ¿Has bailado alguna vez?.
- No. Debe ser encantador, ¿verdad?
- Casi lo he olvidado. Hace tantos años...
Me eché a reír.
- No eres tan vieja como todo eso... No puedes haber olvidado aún tu primer baile.
- Sólo haciendo un gran esfuerzo puedo recordarlo. Lo veo todo a través de algo que se interpone entre el recuerdo y yo, como una cortina tupida y, al mismo tiempo, transe. Aquella noche estaba como muerta en mi cama. Me hirieron aquí - se tocó el pecho - y nunca he vuelto a ser la misma.
- ¿Has estado a punto de morir?
- Sí. Un amor cruel, un amor caprichoso había invadido mi vida. El amor exige sacrificios, y en los sacrificios corre la sangre. Ahora deja que me abandone al sueño. Estoy muy cansada. ¿Cómo podré levantarme a cerrar la puerta con llave?
Le di las buenas noches y salí de la estancia con una sensación de inquietud.
Los delirios de las personas nerviosas son contagiosos, y casi siempre acaban por ser imitadas por los que tienen un temperamento afin. También yo había adoptado las costumbres de Carmilla; cerraba con llave la puerta de mi habitación, sugestionada por su fantástico miedo a unos hipotéticos agresores nocturnos, asesinos o ladrones. También, como Carmilla, inspeccionaba minuciosamente mi habitación cada noche, antes de acostarme, para asegurarme de que no había nadie escondido en ella.
Después de tomar todas aquellas prudentes medidas, me acosté y me quedé dormida casi inmediatamente. Tenía una luz encendida en mi habitación. Era una antigua costumbre, de cuya inutilidad nadie había podido convencerme. Sólo así podía descansar tranquila. Pero los sueños atraviesan los muros de piedra, iluminan las habitaciones vacías y oscurecen las iluminadas, y los personajes que intervienen en el sueño entran y salen a placer, burlándose de los cerrojos.
Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo de una extraña angustia. No podría llamarlo una obsesión, porque tenía la certeza de que estaba dormida, de que me hallaba en mi habitación y yacía en mi cama. Vi, o creí ver, la habitación con sus muebles de siempre, pero más a oscuras; a los pies de mi cama se movía algo escurridizo, que no pude distinguir claramente. De repente, me di cuenta de que se trataba de un animal grande y negro, como cubierto de hollín. Parecía un monstruoso gato. Tendría aproximadamente un metro y medio de longitud, y lo deduje porque cuando se paseaba al pie de la cama ocupaba toda su anchura. Se paseaba como una fiera enjaulada. Me sentí tan aterrorizada, que no tenía fuerzas ni para gritar. Los pasos del animal eran cada vez más rápidos, y la habitación se oscurecía por momentos. Noté que algo se encaramaba a mi cama. Unos ojos enormes se acercaron a Ios míos y de pronto sentí un penetrante dolor en el pecho, como si me hubiesen clavado dos alfileres. Me desperté con un grito. La habitación estaba iluminada por la luz que dejaba encendida cada noche, y a Ios pies de mi cama había una figura femenina vestida de negro y con la cabellera caída en cascada sobre los hombros. Estaba inmóvil como una estatua. No se oía ningún rumor, ni siquiera el de su respiración. La miré, y la figura pareció moverse; se deslizó hasta la puerta, que estaba abierta, y desapareció. Inmediatamente, me sentí como liberada de un gran peso y pude moverme y respirar. Mi primer pensamiento fue que Carmilla había querido gastarme una broma y que yo me había olvidado de cerrar la puerta. Pero me levanté y la encontré cerrada por dentro, como siempre. La idea de abrirla me aterrorizaba. Volví a acostarme y escondí la cabeza debajo de las sábanas, más muerta que viva.


Descendiendo
Al día siguiente no quise quedarme sola ni un momento. Debí de habérselo contado todo a mi padre, pero no lo hice por dos motivos opuestos. Primero, porque temí que se burlase de mi historia y me dolían sus burlas; y, segundo, porque temí que creyese que también yo era víctima de aquella misteriosa enfermedad que se propagaba por la comarca. Mi padre tenía el corazón débil y no quería asustarlo.
Pero se lo conté todo a la señora Perrodon y a la señorita Lafontaine. Las dos se dieron cuenta de que me hallaba en un estado de anormal excitación. La señorita Lafontaine se echó a reír, pero vi que la señora Perrodon me miraba preocupada.
- A propósito - dijo la señorita Lafontaine, riendo -, en el camino de los tilos, detrás de la habitación de la señorita Carmilla, hay fantasmas.
- ¡Tonterías! -exclamó la señora Perrodon, la cual debió encontrar inoportuna aquella asociación de ideas -. ¿Quién le ha contado esa historia, querida?
- Martin dice que ha ido dos veces a reparar la vieja balaustrada antes del amanecer, y siempre ha visto la misma figura de mujer andando por el camino de los tilos.
- No le diga nada a Carmilla - supliqué -. Su ventana da al camino, y es una muchacha más impresionable aún que yo.
Aquel día, Carmilla se levantó más tarde que de costumbre.
- Esta noche me he asustado mucho - dijo -. Estoy segura de haber visto algo horrible. Menos mal que tenía el amuleto que le compré al pobre jorobado. ¡Y pensar que lo traté tan mal! He soñado que una cosa negra se acercaba a mi cama, y me he despertado aterrorizada. Durante unos segundos, he visto realmente una figura negra al lado de la chimenea, pero he tocado el amuleto que guardo debajo de la almohada y la figura ha desaparecido. Estoy convencida de que, si se hubiese acercado más, habría terminado degollada como aquellas pobres mujeres...
- Bien, escucha lo que voy a contarte...
Le conté mi aventura nocturna. Pareció asustarse.
- ¿Y tenías el amuleto contigo? - me preguntó.
- No. Lo metí en un jarrón de porcelana del salón, pero esta noche me lo llevaré a la cama, ya que tú crees tanto en su eficacia.
Después de tanto tiempo, no acierto a comprender cómo pude dominar mi terror y dormir sola en mi habitación aquella noche. Recuerdo perfectamente que puse el amuleto debajo de mi almohada y que me quedé casi inmediatamente dormida, con un sueño mucho más profundo que la noche anterior.
También la noche siguiente fue tranquila. Dormí profundamente y sin sueños, pero me desperté cansada y melancólica; aunque no puedo decir que fuese una sensación desagradable.
- También yo he pasado una noche magnífica - me dijo Carmilla por la mañana-. He cosido el amuleto a mi camisón. La noche anterior lo tenía demasiado lejos. Estoy segura de que todo es pura imaginación. Creía que los sueños eran engendrados en nosotros por el espíritu del mal, pero el médico me dijo que no es cierto. Se trata de una fiebre o una enfermedad que llama a la puerta, y al no poder pasar deja aquella señal de alarma.
- ¿Y por qué crees en la eficacia del amuleto?
- Supongo que está empapado en alguna droga que sirve de antídoto contra la malaria.
- Pero, ¿actúa solamente sobre el cuerpo?
- Desde luego. ¿Crees que los espíritus maléficos se asustarían de unas cintas de colores o de un poco de perfume barato? No, seguro que no. Esos males flotan en el aire, atacan primero a los nervios y luego infectan el cerebro, pero antes de que puedan instalarse definitivamente, el antídoto entra en acción y los destruye. Estoy convencida de que ése ha sido el efecto del amuleto. No se trata de magia, sino de un remedio natural.
Durante algunas noches más dormí perfectamente. Pero cada mañana sentía el mismo cansancio, y todo el día estaba dominada por la misma sensación de languidez. Me parecía haber cambiado. Una extraña melancolía se apoderaba de mí. La idea de la muerte se abría camino en mi mente. El estado en que me hallaba sumida era triste, pero también dulce. Y de todos modos, fuera lo que fuese, mi alma lo aceptaba. No quería admitir que estaba enferma, ni decírselo a mi padre; ni llamar al médico.
Durante aquellos días, Carmilla me prodigó sus atenciones mucho más que antes y sus momentos de exaltación fueron también más frecuentes.
Sin darme cuenta la enfermedad se había apoderado de mí, la enfermedad más extraña que jamás haya afectado a un ser mortal. Me acostumbraba cada vez más a la sensación de impotencia que invadía todo mi ser. La primera transformación que descubrí en mí era casi placentera; algo parecido a la curva que inicia el descenso al infierno. Mientras dormía experimentaba una vaga y curiosa sensación. Generalmente era un súbito temblor, agradable, helado, como el que se experimenta cuando uno se baña en un río y nada contra la corriente. Una serie de sueños que parecían interminables seguían al temblor, pero eran sueños tan confusos que nunca conseguía recordar, después, ni el escenario, ni los personajes, ni sus actos. Me dejaban una sensación de terror y de cansancio, como si acabara de realizar un gran esfuerzo mental o de correr un grave peligro. Los únicos recuerdos que me quedaban de todos esos sueños eran la sensación de haber permanecido en un lugar tenebroso, la de haber conversado con gente a la que no podía ver y el eco de una voz femenina tan profunda que parecía hablarme desde muy lejos: una voz que me intimidaba y me sojuzgaba siempre. A veces sentía el roce de una mano que me acariciaba las mejillas; otras, la presión de unos labios ardientes que me besaban, más apasionadamente a medida que los besos descendían hacia mi garganta. Allí sentía el último beso. Mi corazón latía más de prisa, mi respiración se hacía más entrecortada. Luego experimentaba una sensación de ahogo y, en medio de una terrible convulsión, perdía la consciencia.
Estos terribles hechos me sucedían ahora tres veces a la semana y dejaban en mí una profunda huella. Estaba pálida, el círculo morado que rodeaba mis ojos era cada vez más visible y mi languidez aumentaba día a día.
Mi padre me preguntaba frecuentemente si me encontraba mal, pero con una obstinación que ahora me parece inexplicable, le aseguraba una y otra vez que estaba perfectamente bien. En cierto sentido, era verdad. No sentía dolor alguno ni podía quejarme de ningún malestar físico. Mi dolencia me parecía imaginaria y, por penosos que fueran mis sufrimientos, los cultivaba amorosamente y en secreto.
Carmilla se quejaba de sueños y de sensaciones febriles parecidas a las mías, aunque menos alarmantes. Si hubiera sido capaz de comprender mi situación, habría pedido ayuda y consejo de rodillas. Pero el narcótico de una influencia insospechada obraba en mí y mis sentidos estaban embotados.
Hablaré ahora de un sueño que me condujo a un extraño descubrimiento.
Una noche, en vez de la solitaria voz que oía en el vacío, oí otra voz más dulce y más tierna, y al mismo tiempo más terrible, que decía: Tu madre te advierte que tengas cuidado con el asesino. En el mismo instante apareció inesperadamente una luz y vi a Carmilla de pie cerca de mi cama, embutida en su blanco camisón completamente manchado de sangre.
Me desperté sobresaltada, convencida de que Carmilla había sido asesinada. Salté de la cama pidiendo socorro. La señora Perrodon y la señorita Lafontaine salieron de sus habitaciones, alarmadísimas, y encendieron una lámpara del rellano de !a escalera. Les conté lo que me había sucedido e insistí en ver a Carmilla. Acudimos a su dormitorio y la llamamos a través de la puerta. No respondió, a pesar de nuestros gritos, y el hecho nos alarmó a todas, ya que la puerta estaba cerrada por dentro. Regresamos a mi habitación y agitamos furiosamente la campanilla que había a la cabecera de mi cama. Si mi padre hubiese dormido en nuestro mismo piso le hubiesemos llamado inmediatamente, pero dormía en el piso bajo, fuera del alcance de nuestras voces, y para llegar hasta su habitación era necesario organizar una expedición para la cual ninguna de nosotras se sentía con fuerzas. Los criados llegaron corriendo. Entretanto, nos habíamos puesto una bata y calzado unas zapatillas.
Volvimos a la habitación de Carmilla, y, después de llamarla de nuevo repetidas veces, ordené a los criados que forzaran la puerta. Una vez abierta, penetramos en el dormitorio: todo estaba en orden, tal como lo había visto al dar las buenas noches a Carmilla. Pero mi amiga había desaparecido.


Búsqueda
Al ver que la única señal de desorden en la habitación era la producida por nuestra irrupción, nos tranquilizamos un poco y no tardamos en recobrar el buen sentido y en despedir a los criados. La señorita Lafontaine aventuró la opinión de que Carmilla, despertada repentinamente al sentir que forzaban la puerta, se había asustado y se había escondido debajo de la cama o dentro del armario: era natural que no saliera mientras el mayordomo y los criados se hallaran en la habitación. La llamamos de nuevo, pero no respondió. Eso aumentó nuestra perplejidad y nuestra zozobra. Examinamos las ventanas, pero estaban cerradas. Supliqué a Carmilla, si estaba escondida, que no prolongara por más tiempo aquella burla y acabara con nuestra ansiedad, saliendo de su escondite. Pero todo fue en vano. Era evidente que no estaba en el dormitorio, ni en el tocador. Yo estaba intrigadísima. Tal vez Carmilla había descubierto un pasadizo secreto... El viejo guarda decía que existía uno en el castillo, pero nadie recordaba dónde, exactamente. El misterio se aclararía, indudablemente, pero de momento estábamos perplejas.
Eran las cuatro de la madrugada y preferí pasar el resto de la noche en la habitación de la señora Perrodon. Pero la luz del día no trajo la solución al enigma: Carmilla había desaparecido. Mi padre estaba desesperado, pensando en lo que iba a ocurrir cuando regresara la madre de la muchacha... Yo también estaba desesperada, pero mi desesperación tenía otras causas.
Transcurrió la mañana en medio de la mayor alarma y agitación. Se habló incluso de rastrear el río. Llegó el mediodía y la situación no había cambiado. A eso de la una se me ocurrió echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí y mi asombro no tuvo limites: ¡Carmilla estaba en su habitación, mirándose al espejo! No podía creer en lo que estaban viendo mis ojos. Mi amiga me llamó con un gesto. En su rostro se leía el miedo. Corrí hacia ella, la abracé y besé repetidas veces, y luego me precipité hacia la campanilla y la agité desesperadamente para que acudieran todos y se tranquilizaran.
- ¡Querida Carmilla! - exclamé -. ¿Qué te ha sucedido? ¿Dónde has estado?
- Ha sido una noche prodigiosa - me respondió -. Después de cerrar la puerta del dormitorio, como de costumbre, me acosté. He dormido sin interrupción y sin sueños, pero al despertar me he encontrado sobre el diván del tocador, con su puerta abierta y la de la habitación forzada. ¿Cómo es que no me he despertado? Tiene que haberse producido un gran alboroto, y yo tengo el sueño muy ligero... ¿Cómo puede ser que me haya encontrado fuera de mi cama sin haberme enterado de nada?
Entretanto, habían llegado mi padre, la señora Perrodon, la señorita Lafontaine y varios criados. Naturalmente, Carmilla fue asediada a preguntas, pero su respuesta fue siempre la misma. Mi padre daba vueltas por la habitación, sumido, al parecer, en hondas reflexiones. Vi que Carmilla le seguía con la mirada, y en sus ojos había una expresión preocupada. Finalmente, mi padre despidió a los criados, se acercó a mi amiga y, cogiéndola delicadamente por la mano, la condujo hasta el diván, donde se sentaron.
- ¿Me permites que te haga una pregunta, querida? - inquirió mi padre.
- Desde luego. Tiene usted perfecto derecho a preguntar lo que quiera, siempre que no traspase los límites impuestos por mi madre.
- Bien, querida, no hablaremos de lo que tu madre me prohibió, sino de lo ocurrido esta noche. Te has levantado de la cama y has salido de la habitación, sin despertarte. Y todo esto estando puertas y ventanas cerradas por dentro. Tengo una teoría, pero antes quiero hacerte una pregunta.
Todos conteníamos la respiración.
- La pregunta es ésta: ¿eres sonámbula?
- No, ahora no. Pero lo fui en mi infancia.
- Ya. Y, en aquella época, ¿te levantabas con frecuencia de la cama en sueños?
- Sí. Por lo menos, así me lo decía mi niñera.
Mi padre sonrió, asintiendo.
- Lo ocurrido tiene una fácil explicación. Carmilla es sonámbula; abre la puerta y no deja, como de costumbre, la llave en la cerradura, sino que, siempre en sueños, cierra por la parte de afuera y se lleva la llave. Luego recorre las veinticinco habitaciones de este piso, y quizá también las de las otras plantas. Esta casa está llena de escondrijos, de desvanes y de trastos viejos. Se tardaría una semana en explorarla a fondo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
- Sí, pero no del todo - respondió Carmilla.
- ¿Y cómo explicas, papá, que se haya despertado en el tocador, que yo había registrado minuciosamente?
- Carmilla regresó cuando vosotras os habíais ya marchado. Regresó dormida, naturalmente, y al despertarse se asombró de encontrarse allí. Ojalá todos los misterios tuvieran una explicación tan sencilla como éste, Carmilla -añadió mi padre, satisfecho.
En aquel momento, Carmilla estaba más hermosa que nunca. Creo que fue entonces cuando mi padre comparó su aspecto con el mío, porque súbitamente dijo:
- Tienes muy mal aspecto, Laura.
Como sea que Carmilla no quería que ninguna sirvienta pasara la noche en su habitación, mi padre ordenó que uno de los criados durmiera delante de la puerta de su dormitorio, a fin de que la muchacha no pudiera salir sin ser vista por nadie.

El Doctor
Aquella noche transcurrió tranquila, y a la mañana siguiente, el médico, que mi padre había enviado a buscar sin yo saberlo, vino a visitarme. La señora Perrodon me acompañó a la biblioteca, donde me aguardaba el doctor. Le expliqué lo que me sucedía de un tiempo a esta parte, y mientras avanzaba en mi relato noté que su aspecto se hacía más pensativo. Nos hallábamos ante una ventana, uno al lado del otro. Cuando terminé de hablar se apoyó en la pared y me miró con un interés que dejaba traslucir cierto horror. Tras meditar unos instantes, mandó llamar a mi padre. Éste llegó sonriendo, pero su sonrisa desapareció al ver la expresión preocupada del médico. Inmediatamente se enfrascaron en una conversación que sostuvieron en voz baja, como si temiendo que la señora Perrodon o yo, que nos manteníamos apartadas, pudiéramos oír lo que hablaban. De pronto, mi padre volvió los ojos hacia mí. Estaba pálido y parecía intensamente preocupado.
- Laura, querida, acércate.
Obedecí, sintiéndome alarmada por primera vez, ya que a pesar de mi creciente debilidad no creía estar enferma.
- Me ha dicho usted antes que tuvo la sensación de que le clavaban dos alfileres en el cuello, la noche en que sufrió aquella pesadilla - me dijo el médico -. ¿Le duele aún en el lugar donde sintió los pinchazos?
- No, en absoluto - respondí.
- ¿Puede señalarme con el dedo el punto exacto?
- Debajo mismo de la garganta, aquí - respondí.
Llevaba un vestido de cuello alto, que cubría la parte señalada.
- ¿Quiere pedirle a su padre, por favor, que le desabroche el cuello? Es necesario que conozca todos los síntomas.
Obedecí: el punto señalado estaba unas dos pulgadas más abajo del cuello.
-¡Dios mío! - exclamó mi padre, palideciendo.
- ¿Se da usted cuenta? - inquirió el médico, con expresión de triunfo.
- ¿Qué pasa? - pregunté, alarmada.
- Nada, señorita, no hay más que una pequeña marca azulada, tan diminuta como una cabeza de alfiler - dijo el médico. Y, volviéndose hacia mi padre, añadió: Veremos lo que se puede hacer.
- ¿Es peligroso? - insistí, angustiada.
- No lo creo - respondió el médico -. Estoy convencido de que mejorará rápidamente. Quisiera hablar con la señora Perrodon -añadió, dirigiéndose a mi padre.
Mi padre llamó a la señora Perrodon.
- La señorita Laura no se encuentra tan bien como sería de desear - le dijo el médico -. No creo que sea nada de cuidado. Sin embargo, hay que adoptar ciertas precauciones, en beneficio suyo. Es indispensable que no deje sola a la señorita Laura ni un solo instante. Por ahora, es el único remedio que puedo prescribir, pero deseo que cumpla mis instrucciones al pie de la letra. ¿Entendido?
Mi padre salió para acompañar al médico. Les ví cruzar el puente levadizo, absortos en una animada discusión. Luego vi cómo el médico montaba a caballo, saludaba a mi padre y se alejaba hacia oriente.
Casi al mismo tiempo llegó el correo de Dranfeld, con un paquete de correspondencia para mi padre.
Media hora después, mi padre se reunió conmigo: tenía una carta en la mano.
- Es del general Spieldorf - dijo. Llegará mañana, o quizás hoy mismo.
Me entregó la carta abierta, pero no parecía satisfecho como de costumbre cuando un huésped, especialmente un buen amigo como el general, venía a visitarnos. Parecía estar ocultándome algo.
- Querido papá, ¿quieres explicármelo todo? - le dije, cogiéndole del brazo y mirándole con expresión suplicante -. ¿Qué te ha dicho el médico? ¿Me ha encontrado muy enferma?
- No, querida. Dice que te repondrás pronto. - Pero su tono era seco -. De todos modos, preferiría que nuestro amigo el general hubiese escogido otro momento para su visita.
- Pero... dime, papá, ¿qué enfermedad tengo?
- Ninguna. No me atormentes con tus preguntas - respondió.
Nunca había dado muestras de tanta irritación al hablar conmigo. Después se dio cuenta de que me había lastimado, y añadió:
- Lo sabrás todo dentro de un par de días, es decir, sabrás lo que sé yo. Entretanto, no me hagas preguntas.
Dio media vuelta, dispuesto a marcharse, pero luego, antes de que yo tuviera tiempo de detenerme a pensar en lo raro que resultaba todo lo que estaba sucediendo, volvió sobre sus pasos para decirme que quería ir a Karstein y que había hecho preparar el carruaje para las doce. La señora Perrodon y yo le acompañaríamos. Quería visitar al sacerdote que vivía en aquel lugar, y, dado que Carmilla no le conocía, podía reunirse con nosotros más tarde, cuando se levantara. Podía venir en compañía de la señorita Lafontaine, la cual llevaría también lo necesario para un almuerzo en las ruinas del castillo.
A las doce en punto nos pusimos en marcha. Pasado el puente levadizo giramos a la derecha y tomamos el camino que conducía al pueblo deshabitado y a las ruinas del castillo de Karstein. Debido a lo accidentado del terreno, la carretera da muchas vueltas y serpentea ora junto a un precipicio, ora por la ladera de una colina, en una inagotable variedad de paisajes. En una de las innumerables revueltas del camino nos encontramos inesperadamente en presencia de nuestro amigo el general, que avanzaba a caballo hacia nosotros, seguido de su criado, también a caballo. Tras las cordiales efusiones de bienvenida, pasó a ocupar el sitio que quedaba libre en nuestro carruaje y envió el caballo al castillo con su criado.

Privado
Habían transcurrido solamente diez meses desde la última vez que le habíamos visto, pero su aspecto había cambiado como si hubiesen pasado diez años. Una expresión angustiada había sustituido a su habitual aire de tranquila serenidad. No era sólo la transformación que cabe esperar en una persona que ha sufrido un gran dolor: una especie de furor apasionado parecía haber contribuido a llevarle a la actual situación.
Apenas reemprendimos la marcha, el general comenzó a contarnos el engaño - según su propia expresión - que había conducido a la muerte a su joven sobrina. De repente se dejó arrastrar por una ola de furor y de amargura, profiriendo invectivas contra las artes diabólicas de que había sido víctima. Mi padre, comprendiendo que debían existir motivos extraordinarios para que el ecuánime general se expresara en aquellos términos, le pidió que nos contara, si no le resultaba demasiado penoso, los hechos que justificaban tan violentas expresiones.
- Con mucho gusto - replicó el general -. Pero no van a creerlo.
- ¿Y por qué no? - inquirió mi padre.
- Porque usted, amigo mío, sólo cree en lo que responde a sus prejuicios y a sus ilusiones. También yo era como usted. Pero ahora he aprendido algo más.
- Póngame a prueba - insistió mi padre-. Soy menos dogmático de lo que usted cree. Además, me consta que usted basa siempre sus opiniones en pruebas fehacientes, y por lo tanto estoy dispuesto a respetar sus conclusiones.
- Tiene usted razón: si he llegado a creer en la existencia de hechos prodigiosos, no ha sido a la ligera. Y puedo asegurarle que he sido víctima de una verdadera conspiración sobrenatural.
Vi que mi padre, a pesar de su promesa, miraba al general con ojos que reflejaban evidentes dudas acerca de la capacidad intelectual de su viejo amigo. Afortunadamente, el general no se dio cuenta. Miró con ojos impregnados de tristeza el paisaje selvático que se extendía ante nosotros.
- ¿Van ustedes a las ruinas de Karstein? - preguntó -. Curiosa coincidencia... Precisamente quería pedirles que me acompañaran allí. Quiero examinarlas detenidamente. ¿Es cierto que hay una capilla en ruinas con numerosas tumbas de aquella extinguida familia?
- Sí, y son muy interesantes - respondió mi padre -. ¿Se propone usted, quizá, reivindicar su propiedad?
Mi padre hizo aquella pregunta en tono de broma, pero el general respondió completamente en serio.
- De ningún modo - exclamó secamente -. Tengo la intención de exhumar algunos ejemplares de aquella hermosa raza. Espero, con la ayuda de Dios, llevar a cabo un piadoso sacrilegio que librará a la tierra de algunos monstruos y permitirá dormir tranquilamente a personas de bien que tienen derecho a acostarse en paz, sin que sobre sus cabezas penda la amenaza de unos malvados asesinos.
Mi padre le miró de nuevo. Pero esta vez no había desconfianza en su mirada, sino que trataba de ser penetrante y perspicaz.
- La casta de los Karstein - dijo - se extinguió hace mucho tiempo. Cien años, por lo menos. Mi mujer descendía de los Karstein por línea materna. Pero el apellido y el título desaparecieron hace casi un siglo. El castillo está en ruinas y el pueblo deshabitado; hace más de cincuenta años que no sale humo por sus chimeneas.
- Eso es lo que me han contado, exactamente. Y otras cosas que le asombrarán. Pero será mejor que lo cuente siguiendo un orden lógico. ¿Recuerda usted a mi sobrina? Era la muchacha más hermosa del mundo, y hace sólo tres meses estaba aún viva.
Mi padre apretó afectuosamente la mano del general. Las lágrimas llenaron los ojos del anciano, que no trató de ocultarlas.
- Mi sobrina era el consuelo de mi vejez. Y ahora, todo ha terminado. No me queda mucho tiempo de vida, pero, con la ayuda de Dios, confío en que antes de morir podré prestar un gran servicio al género humano.
La Historia
La cosa empezó así: mi sobrina se preparaba con impaciencia para visitarles a ustedes. En el curso de aquellos preparativos, fuimos invitados a una fiesta ofrecida por mi viejo amigo el conde de Carlofed, cuyo castillo dista unas seis leguas del de Karstein. La noche en que empezó mi desgracia se celebró un fastuoso baile de máscaras. EI parque del castillo estaba, iluminado con farolillos de colores, y los fuegos artificiales fueron de una magnificencia nunca vista. ¡Y qué música! Usted ya sabe que la música es mi debilidad. Las mejores orquestas del mundo, y los mejores cantantes de ópera europeos. Nunca, había asistido a una fiesta tan brillante, ni siquiera en París. Mi querida sobrina estaba hermosísima. No iba disfrazada. La emoción y la alegría ponían en su rostro un encanto indefinible. Me di cuenta de que otra joven, que vestía lujosamente y llevaba un antifaz, miraba a mi sobrina con especial interés. La había visto ya al comienzo de la velada, en la terraza del castillo: estaba cerca de nosotros y su actitud demostraba un vivísimo interés. La acompañaba una dama, vestida con el mismo lujo y también cubierta con un antifaz, que tenía el aire autoritario de una persona de rango.
En aquel momento estábamos en un salón. Mi pobre sobrina había bailado mucho y descansaba sentada en una silla, cerca de la puerta. Yo estaba sentado junto a ella. Las dos damas se acercaron a nosotros y la más joven ocupó una silla vacía al lado de mi sobrina en tanto que la de más edad venía a sentarse junto a mí. Empezó hablando consigo misma, como si estuviera refunfuñando. Luego, aprovechándose de la impunidad que le confería el antifaz, se dirigió a mí en el tono de una antigua amiga, llamándome por mi nombre. Sus palabras excitaron mi curiosidad. Se refirió a las numerosas ocasiones en que nos habíamos encontrado, en la Corte o en alguna casa elegante. Hizo alusión a incidentes que yo no recordaba, pero que al serme citados por ella acudieron de nuevo a mi memoria.
Sentí que mi curiosidad iba en aumento. Deseaba ardientemente saber quién se escondía detrás de aquel antifaz, mientras la dama parecía divertirse con el juego. Entretanto, la joven, a la cual la dama de más edad llamaba con el extraño nombre de Millarca, había entablado conversación con mi sobrina. Se presentó a sí misma diciendo que su madre era una antigua amiga mía, elogió el vestido que llevaba mi niña y alabó discretamente su belleza. La divirtió con sus agudas observaciones acerca de la gente que se apiñaba en el salón, y, al poco rato charlaban como si se conocieran de toda la vida. Luego, la joven desconocida se quitó al antifaz; tenía un rostro bellísimo, de facciones tan agradables y seductoras que resultaba imposible escapar a su atractivo. Mi pobre sobrina quedó seducida al instante. También la desconocida parecía haber sido fascinada por mi sobrina. Por mi parte, valiéndome de la familiaridad que permite un baile de disfraces, dirigí algunas preguntas personales a mi interlocutora.
Me ha puesto usted en un aprieto - confesé, riendo -.¿Quiere ser clemente conmigo ahora? ¿Por qué no me hace el honor de quitarse el antifaz, como ha hecho su hija?
- Es una petición descabellada - respondió-. ¡Pedir a una dama que renuncie a un privilegio! Por otra parte, no podría usted reconocerme: han pasado demasiados años desde que me vio por primera vez. Mire a mi hija Millarca y comprenderá que ya no puedo ser joven. Prefiero que no tenga usted ocasión de compararme con la imagen que conserva de mí. Además, usted no lleva antifaz y no puede ofrecerme nada a cambio.
- Recurro a su clemencia - dije.
- Y yo a la suya -replicó.
- Por lo menos, ya que me ha honrado con su conversación, le ruego que me diga su nombre. ¿Debo llamarla señora condesa?
Se echó a reír de buena gana y sin duda hubiera encontrado el medio de eludir mi pretensión, de no haberse producido un hecho fortuito ... aunque ahora estoy convencido de que todo había sido planeado minuciosamente.
- Mire ... - empezó a decir, pero se vio interrumpida por la presencia de un caballero vestido de negro, de extraña apariencia y rostro exangüe como el de un cadáver. Tampoco iba disfrazado. Se inclinó cortésmente ante mi compañera y dijo:
- ¿Me permite la señora condesa unas palabras en privado?
Mi interlocutora se volvió al instante hacia el recién llegado, llevándose un dedo a los labios para indicarle silencio. Luego, dirigiéndose a mí, se disculpó:
- Le ruego que me guarde el asiento, general: regresaré en seguida.
Se alejó en compañía del caballero vestido de negro. Vi cómo hablaban animadamente, antes de desaparecer entre la multitud.
Mientras me torturaba tratando de identificar a la dama que tan amablemente parecía recordarme, regresó acompañada del mismo caballero de rostro cadavérico. Oí que este último le decía: Le advierto, condesa, que el carruaje espera en la puerta. Y, tras inclinarse profundamente, desapareció.



NO DESPERTEIS A LOS MUERTOS


NO DESPERTEIS A LOS MUERTOS. Por Johann Ludwig Tieck

–¿Acaso quieres dormir para siempre? ¿No vas a despertar más, amada mía, sino a descansar eternamente de tu breve peregrinación por la tierra? ¿O volverás otra vez, y traerás contigo el alba vivificadora de la esperanza a este desventurado cuya existencia, desde que te fuiste, han oscurecido las sombras más tenebrosas? ¡Cómo! ¿Sigues callada? ¿Callada para siempre? ¿Llora tu amigo y no le escuchas? ¿Derrama amargas, abrasadoras lágrimas, y no haces caso de su aflicción? ¿Está desesperado, y no abres los brazos y das refugio a su dolor? Entonces di, ¿prefieres el pálido sudario al velo de novia? ¿Es la sepultura un lecho más cálido que el tálamo del amor? ¿Acogen tus brazos mejor al espectro de la muerte que a tu esposo enamorado? ¡Ah!, vuelve, amada; vuelve otra vez a este pecho ansioso y desconsolado.
Tales eran los lamentos que Walter exhalaba por Brunhilda, compañera de su amor apasionado y juvenil; así lloraba sobre su tumba en la hora de la medianoche, cuando el espíritu que preside la atmósfera turbulenta envía sus legiones de monstruos a los aires para que sus sombras, al fluctuar con la luna sobre la tierra, envíen locos, agitados pensamientos a desfilar frenéticos en el pecho del pecador: así se lamentaba bajo los altos tilos, junto a la sepultura de ella, con la cabeza apoyada en la fría lápida. Era Walter un señor poderoso de Borgoña que en su temprana juventud se había prendado de la belleza de Brunhilda; belleza que sobrepasaba en encantos a la de todas sus rivales: porque su cabellera oscura como el rostro negro de la noche, derramada sobre sus hombros, realzaba sobremanera el esplendor de su esbelta figura, y el rico color de sus mejillas, cuyos matices eran como el cielo encendido y brillante de poniente. No semejaban sus ojos a esos orbes cuyo pálido brillo adorna la bóveda de la noche, y cuya distancia inmensurable nos llena el alma de profundos pensamientos de eternidad, sino más bien a los sobrios rayos que alegran este mundo sublunar y que, a la vez que iluminan, inflaman de alegría y de amor a los hijos de la tierra. Brunhilda se convirtió en la esposa de Walter; y estando ambos igual de enamorados y prendados, se entregaron al goce de una pasión que les volvió indiferentes a cuanto los rodeaba, al tiempo que los sumía en un sueño fascinante. Su único temor era que algo los despertase de un delirio que rezaban por que durase eternamente. Pero ¡qué vano es el deseo de detener los decretos del destino! Igual podríamos pretender desviar de su órbita los planetas circundantes. Poco duró esta pasión frenética; no porque se fuera apagando poco a poco hasta sumirse en la apatía, sino porque la muerte arrebató a su lozana víctima, dejando viudo el lecho de Walter. Sin embargo, aunque tuvo al principio una impetuosa explosión de dolor, no se reveló inconsolable; y antes de que pasara mucho tiempo, otra esposa se convirtió en compañera del joven noble.
Swanhilda era hermosa también, si bien la naturaleza había formado sus encantos con molde muy distinto del de Brunhilda. Sus dorados rizos centelleaban como la luz de la mañana; sólo cuando la excitaba alguna emoción de su alma, un matiz sonrosado encendía la palidez de sus mejillas; sus miembros eran proporcionados y de la más exquisita simetría, aunque no poseían esa plenitud exuberante de la vida animal. Sus ojos brillaban elocuentes, aunque era con la luz suave de la estrella; y, más que despertar ardor, transmitían una dulzura sosegada. Así constituida, no podía devolver a Walter su antiguo delirio, aunque hacía felices sus horas vigiles: tranquila y seria, aunque alegre, procurando en todas las cosas el placer de su marido, restableció el orden y el bienestar en su casa, donde su presencia irradiaba una influencia general. Su dulce benevolencia tendía a moderar la disposición impetuosa y ardiente de Walter, mientras que, a la vez, su discreción le arrancaba en cierto modo de sus vanos y turbulentos deseos, de su ansia de goces inalcanzables, reconduciéndolo a los deberes y placeres de la vida cotidiana. Swanhilda dio a su marido dos hijos, un niño y una niña; ésta dulce y paciente como su madre, y contenta con sus juegos solitarios; incluso en estas distracciones mostraba la propensión seria de su carácter. El chico poseía el natural inquieto y apasionado de su padre, aunque atemperado por la firmeza de su madre. Y ligado más tiernamente a su esposa a causa de los hijos, Walter vivió ahora varios años muy dichoso. Es verdad que sus pensamientos volvían con frecuencia a Brunhilda, pero sin la antigua violencia, y sólo como nos demoramos en el recuerdo de un amigo de la infancia que la rápida corriente del tiempo se ha llevado a una región donde sabemos que es feliz.
Pero las nubes se disuelven en el aire, las flores se marchitan, la arena de nuestros relojes se escurre de manera imperceptible... y así mismo se disuelven, se marchitan y se desvanecen los humanos sentimientos; y con ellos, también la felicidad. El pecho inconstante de Walter suspiró otra vez por los sueños extáticos de aquellos días pasados con su romántica, enamorada Brunhilda; otra vez volvió a presentarse ella a su ardiente imaginación con todo el esplendor de sus encantos de desposada, y Walter empezó a trazar un paralelo entre el pasado y el presente. Y como suele suceder, no dejó su imaginación de adornar a la primera con los colores más brillantes, al tiempo que oscurecía los de la segunda, de manera que se representaba a la una mucho más rica en placeres, y a la otra mucho menos de lo que se ajustaba a la realidad. No le pasó por alto a Swanhilda este cambio de su marido; así que, doblando sus atenciones a él, y los cuidados a sus hijos, esperó por este medio volver a asegurar el nudo que se había aflojado; sin embargo, cuanto más se esforzaba en recuperar sus afectos, más frío se volvía él... y más insoportables le parecían a éste sus caricias, y con más insistencia le venía Brunhilda al pensamiento. Sólo los niños, cuyas expresiones de afecto se le hacían ahora indispensables, se encontraban entre uno y otra como genios preocupados por hacer posible la conciliación; y, amados por ambos, constituían el nexo entre sus padres. Pero del mismo modo que el mal no puede ser arrancado del corazón humano sino antes de que eche demasiada raíz, ya que después tiene sus uñas demasiado firmemente afianzadas, así la imaginación de Walter estaba demasiado enferma para poder echar fuera su enfermedad. Y en breve tiempo alcanzó un tiránico ascendente sobre él. A menudo, por las noches, en vez de retirarse a la cámara de su esposa, visitaba la tumba de Brunhilda, donde murmuraba su descontento, diciendo: «¿Es que quieres dormir para siempre?».

Una noche, estando tendido en la yerba, entregado a su habitual tristeza, entró en este campo de la muerte un brujo de las montañas vecinas a recoger, para sus hechizos misteriosos, ciertas yerbas que sólo se crían en la tierra donde descansan los muertos, y que, como última producción de la mortalidad, están dotadas de poderoso y sobrenatural influjo. Vio el brujo al doliente, y se acercó a donde yacía.
–¿Por qué lloras así, infeliz devoto, lo que ya no es sino horrendo despojo de mortalidad: meros huesos, y nervios, y venas? Naciones enteras han caído sin que se alzara un lamento por ellas; incluso mundos, mucho antes de ser creado este globo nuestro, se han desmoronado sin que nadie los llorase; ¿a qué abandonarte, entonces, a esa vana aflicción por una criatura nacida del polvo, por un ser tan frágil como tú mismo y, como tú, criatura de un momento?
Walter se incorporó:
–Que se lloren los unos a los otros, a medida que perecen, esos mundos que brillan en el firmamento –replicó–. Es cierto que, siendo de barro, lloro a mi compañera de barro; sin embargo, éste es un barro impregnado de un fuego, de una esencia, que ninguno de los elementos de la creación posee: el amor. Y esa pasión divina es la que sentía yo por la que ahora duerme bajo esta yerba.
–¿La van a despertar tus lamentos? Y si pudieran despertarla, ¿no te reprocharía ella haber turbado ese reposo en el que ahora duerme serena?
–¡Atrás, ser insensible y frío; tú no sabes lo que es el amor! ¡Ah! ¡Ojalá mis lágrimas pudieran barrer la colcha de tierra que la oculta de estos ojos, ojalá mi gemido de aflicción pudiera despertarla de su sueño mortal! No, no volvería ella a buscar su lecho de tierra.
–Insensato, ¿acaso crees que podrías mirar sin estremecerte a un ser vomitado por las fauces de la tumba? ¿Y acaso eres tú, también, el mismo que ella dejó, y que ha pasado el tiempo sobre tu frente sin dejar huella ninguna? ¿No se convertiría tu amor en odio y repugnancia?
–Di que antes dejarían las estrellas ese firmamento, o se negaría el sol a derramar sus rayos desde el cielo. ¡Ah, ojalá estuviese ella otra vez junto a mí! ¡Ojalá volviera a descansar sobre este pecho! ¡Qué pronto olvidaríamos entonces que la muerte o el tiempo se interpusieron una vez entre nosotros!
–¡Delirios! ¡Meros delirios del cerebro, de la sangre fogosa, como los que emanan de los vapores del vino! No es mi deseo tentarte, devolverte a tu muerta; de lo contrario, no tardarías en comprobar la verdad de lo que te digo.
–¡Cómo! ¿Has dicho devolvérmela? –exclamó Walter, arrojándose a los pies del brujo–. ¡Ah! Si verdaderamente eres capaz de hacer eso, sé sensible a mi más ferviente súplica; si vibra en tu pecho un solo latido de humano sentimiento, deja que mis lágrimas te ablanden: devuélveme a mi amada. Más tarde bendecirás esa acción, y comprobarás que fue una buena obra.
–¡Una buena obra! ¡Bendecir esa acción! –replicó el brujo con una sonrisa de desprecio–; para mí no existen el bien ni el mal, puesto que siempre quiero lo mismo. Sólo tú conoces el mal, cuando quieres lo que no querrías. En mi poder está efectivamente devolvértela: pero piensa bien si te conviene. Considera, además, qué profundo abismo se abre entre la vida y la muerte; mi poder puede tender un puente entre la una y la otra, pero no cegar ese vacío espantoso.
Walter quiso hablar, tratar de convencer a este ser poderoso con nuevas súplicas; pero el brujo se lo impidió, diciendo:
–¡Calla! Piénsalo bien, y ven aquí mañana a la medianoche. Aunque te repito la advertencia: «No despiertes a los muertos».
Tras estas palabras, el misterioso ser desapareció. Embriagado con esa reciente esperanza, Walter no logró conciliar el sueño en la cama; porque la imaginación, con todas sus más ricas reservas, desplegó ante él una centelleante telaraña de posibilidades futuras; y sus ojos, húmedos con el rocío del arrobamiento, revolotearon de una visión de felicidad a otra. Durante el día siguiente vagó por el bosque, para que los objetos cotidianos no turbasen, trayéndole a la memoria tiempos más recientes y menos dichosos, la idea feliz de que podía verla otra vez, estrecharla de nuevo entre sus brazos, contemplar de día su frente radiante y descansar de noche sobre su pecho. Y, puesto que esta sola idea ocupaba su imaginación, ¿cómo iba a inquietarle ninguna duda, o a pensar en la advertencia del hombre misterioso?
En cuanto vio que se acercaba la hora de la medianoche, se apresuró a acudir al cementerio, donde el brujo se hallaba ya de pie junto a la sepultura de Brunhilda.
–¿Lo has meditado bien? –preguntó.
–¡Ah! Devuélveme el objeto de mi pasión –exclamó Walter con impetuosa impaciencia–. ¡No demores tu acción generosa, no vaya a ser que muera yo esta misma noche consumido por el frustrado deseo, y no vea más su rostro!
–Bien; entonces –contestó el anciano– vuelve aquí mañana a la misma hora. Pero una vez más te doy este consejo de amigo: «No despiertes a los muertos».
Movido por la desesperación de la impaciencia, Walter se habría postrado a sus pies y le habría suplicado que colmase al punto sus deseos, que ahora habían aumentado hasta la agonía; pero el brujo ya había desaparecido. Deshaciéndose en lamentaciones con más desconsuelo que nunca, se echó sobre la sepultura de su adorada, y así permaneció hasta que el alba trazó una raya gris a oriente. Durante ese día –que le pareció el más largo de cuantos había pasado–, deambuló de un lado para otro, impaciente, sin objeto al parecer, profundamente abismado en sus reflexiones, e inquieto como el asesino que maquina su primera acción sangrienta: y las estrellas vespertinas volvieron a sorprenderle en el sitio concertado. A la medianoche, el brujo se presentó allí también.
-¿Lo has meditado bien? –preguntó, como la noche anterior.
–¡Bah!, ¿a qué meditar? –replicó Walter con impaciencia–. Yo no necesito meditar; lo único que te pido es lo que me has prometido... que será mi felicidad. ¿O acaso te estás burlando de mí? Si es así, vete de mi vista, no me venga la tentación de ponerte la mano encima.
–Una vez más te prevengo –contestó el anciano con imperturbable serenidad–. «No despiertes a los muertos»... y déjala descansar.
–Descansará, pero no en la tumba fría: lo hará sobre mi pecho, que arde en deseos de estrecharla.
–Reflexiona: no podrás dejarla hasta la muerte, aun cuando la aversión y el horror aneguen tu alma. Entonces, sólo te quedará un remedio espantoso.
–¡Viejo chocho! –exclamó Walter interrumpiéndole–, ¿cómo voy a odiar a la que amo con tan intensa pasión? ¿Cómo voy a aborrecer a aquélla por la que arde cada gota de mi sangre?
–Entonces, sea como quieres –contestó el brujo–; hazte atrás.
El anciano trazó ahora un círculo alrededor de la sepultura, a la vez que murmuraba palabras de encantamiento. Acto seguido, la tormenta comenzó a sacudir las copas de los árboles; los búhos agitaron las alas, y emitieron su canto bajo y ominoso; las estrellas ocultaron su aspecto dulce y rutilante para no presenciar espectáculo tan impío y sacrílego; rodó entonces la lápida con cavernoso ruido, y dejó libre acceso a la habitante de esta espantosa morada. El brujo esparció en las fauces de la tierra raíces y yerbas de mágico poder y muy penetrante olor, de manera que los gusanos salieron reptando de la tierra, se agruparon, y se alzaron en forma de llameante columna sobre la sepultura; entretanto, brotó de dentro un viento violento que fue apartando la tierra, hasta que finalmente quedó al descubierto el ataúd. Cayó la luz de la luna sobre él, y saltó la tapa con tremendo ruido. Después de lo cual, el brujo vertió sangre de un cráneo humano en su interior, exclamando al mismo tiempo:
–Bebe, durmiente, de este cálido licor, para que tu corazón pueda latir de nuevo en tu pecho –y tras una breve pausa, derramando sobre ella otro líquido misterioso, gritó con la voz de un inspirado–: Sí, otra vez late tu corazón con el fluido de la vida; tus ojos se han abierto nuevamente a la visión. Así pues, levanta, y sal de la tumba.
Igual que la isla emerge súbitamente de entre las olas oscuras del océano, levantada del abismo por la fuerza de los fuegos subterráneos, así se levantó Brunhilda de su lecho terrenal, impulsada por un poder invisible. Y cogiéndola de la mano, el brujo la llevó a Walter, que permanecía a cierta distancia, estupefacto, como si hubiese echado raíces en el suelo.
–Recibe otra vez –dijo– a la que es objeto de tus apasionados suspiros: ojalá no vuelvas a necesitar mi ayuda; pero si así fuese, me encontrarás, en el periodo de la luna llena, en las montañas en ese lugar donde se juntan los tres caminos.
Al punto reconoció Walter en la figura que tenía ante sí a la que tan ardientemente había amado, y un súbito calor inundó su cuerpo al verla restituida: pero sentía frío en los miembros, a causa de la noche, y paralizada la lengua. La estuvo contemplando un rato sin moverse ni decir palabra; y durante ese tiempo, volvieron a callar y a serenarse los ruidos, y a centellear esplendorosas las estrellas en el cielo.
–¡Walter! –exclamó la figura; y esta voz familiar, estremeciéndole el corazón, rompió el sortilegio que lo tenía inmovilizado.
–¿Es realidad? ¿Es verdad esto –exclamó él–, o se trata de una mera ilusión engañosa?
–No; no es impostura: estoy verdaderamente viva. Llévame en seguida a tu castillo de las montañas.
Walter miró a su alrededor. Había desaparecido el anciano; pero descubrió a su lado un corcel negro de ojos llameantes, aparejado para transportarle allá; y sobre su lomo encontró lo necesario para vestirse Brunhilda, quien no perdió tiempo en hacerlo. Hecho esto, exclamó:
–Deprisa, vayámonos antes de que amanezca, ya que mis ojos están demasiado débiles para soportar la luz del día.
Recobrado de su estupor, Walter saltó sobre su silla; y cogiendo con una mezcla de placer y temor a su amada, tan misteriosamente rescatada del poder de la tumba, emprendió el galope por la desierta región, hacia las montañas, con tanta furia como si le persiguieran las sombras de los muertos ansiosas por arrebatarle a su hermana.

El castillo al que Walter llevaba a su Brunhilda se hallaba en lo alto de una roca, entre otros picos que se alzaban por encima de él. Aquí llegaron sin que nadie los viese, salvo un viejo criado, al que Walter ordenó que guardase secreto bajo las más severas amenazas.
–Aquí nos quedaremos –dijo Brunhilda–, hasta que pueda yo soportar la luz, y tú mirarme sin temblar como si tuvieses frío.
Así que procedieron a hacer de ese lugar su residencia; aunque nadie sabía que Brunhilda vivía, salvo el viejo criado que les traía la comida. Durante siete días enteros, no tuvieron otra luz que la de las velas. En los siete días siguientes, dejaron entrar la luz a través de las altas ventanas sólo cuando el amanecer o el crepúsculo bañaba las cimas de los montes, y el valle aún permanecía envuelto en sombras.
Rara vez se apartaba Walter de Brunhilda: un hechizo desconocido parecía retenerle junto a ella; incluso el temor que sentía en su presencia, y que le impedía tocarla, tenía su mezcla de placer; era como la emoción estremecida que experimentaba cuando le envolvían los acordes de una música sacra bajo la bóveda de algún templo. Así que, más que tratar de evitar esa sensación, la buscaba. A menudo, al intentar evocar los encantos de Brunhilda, le parecía que su imaginación jamás se la había presentado tan hermosa, tan fascinadora, tan admirable, como la veía ahora realmente. Jamás hasta ahora había sonado su voz con acento tan dulce, jamás había poseído su discurso tanta elocuencia como ahora, cuando conversaba con él sobre el pasado; y ésa era la mágica región a la que sus palabras le conducían de continuo. Hablaba sin parar de los días de su primer amor, de aquellas horas de deleite que habían compartido, en las que el uno sacaba todo su goce del otro; y tan gozoso, tan encantador, tan lleno de vida evocaba Brunhilda ese periodo en la imaginación de Walter, que éste dudaba haber experimentado nunca con ella tanta felicidad, o haber sido tan absolutamente dichoso. Y a la vez que le pintaba aquellas horas de pasadas delicias, describía con colores aún más vivos y encantadores los momentos de inminente dicha que ahora les esperaban, más ricos en placer que ninguno de los anteriores. De este modo cautivaba a su rendido oyente con arrobadoras esperanzas futuras, y lo sumía en sueños de éxtasis por encima de lo mortal, de manera que, mientras escuchaba este canto de sirena, olvidaba por completo lo poco feliz que fue el último periodo de su unión, en que a menudo le hicieron suspirar los modales autoritarios de ella, y su aspereza con él y con toda la servidumbre. Pero, de haber recordado todo esto, ¿le habría inquietado en su actual estado de arrobamiento? ¿Acaso no había dejado en la tumba todas las fragilidades de la condición mortal? ¿No se había refinado y purificado su ser con este largo sueño en el que ni la pasión ni el pecado la asaltaron siquiera en sueños? ¡Qué diferente era ahora el tema de su discurso! Sólo cuando hablaba de su afecto hacia él delataba algo de los sentimientos terrenos: otras veces, se extendía de manera monocorde en cuestiones sobre el mundo invisible y futuro; cuando peroraba describiendo los misterios de la eternidad, un torrente de profética elocuencia brotaba de sus labios.
De este modo habían transcurrido dos veces siete días, y ahora vio Walter por primera vez al ser más caro para él a plena luz del día. Había desaparecido de su rostro toda huella de la tumba; un matiz sonrosado como los rubores del alba encendía ahora sus pálidas mejillas; el débil husmo de la corrupción se había convertido en deliciosa fragancia de violetas, único signo terreno que no le desapareció nunca. Ya no sentía Walter recelo ni temor: la contemplaba a plena luz del día. Hasta ahora, no le pareció haberla recuperado del todo; e inflamado de su antigua pasión por ella, quiso estrecharla contra su pecho. Pero Brunhilda lo rechazó suavemente, diciendo:
–Aún no; guarda tus caricias hasta que la luna vuelva a llenar el espacio entre sus cuernos.
A pesar de su impaciencia, Walter se vio obligado a esperar otros siete días. Pero la noche en que la luna alcanzó su plenitud, fue a Brunhilda, y la encontró más adorable que nunca. No temiendo topar ahora con impedimento alguno a sus transportes, la abrazó con el fervor de un rendido y venturoso enamorado. Brunhilda, no obstante, se negó otra vez a rendirse a su pasión.
–¡Cómo! –exclamó–, ¿es justo que yo, que he sido purificada por la muerte de toda fragilidad mortal, me convierta en tu concubina, mientras una hija de la tierra ostenta el título de esposa tuya? No; no lo consentiré: ha de ser entre los muros de tu palacio, en la cámara donde en otro tiempo goberné como reina, donde obtendrás el último de tus deseos y mío también –añadió, posando un beso encendido en sus labios; y desapareció a continuación.
Ardiendo de pasión, y dispuesto a sacrificarlo todo para satisfacer su deseo, Walter abandonó inmediatamente el aposento, y el castillo unos momentos después. Cruzó montañas y páramos con la rapidez de una tormenta, de manera que las pezuñas de su caballo hacían saltar la yerba. Ni una vez se detuvo hasta que llegó a casa.

Aquí, no obstante, ni las caricias afectuosas de Swanhilda, ni las de sus hijos, consiguieron ablandar su corazón o inducirle a reprimir sus ansias furiosas. ¡Ay! ¿Pueden detener el curso impetuoso del torrente las flores hermosas sobre las que éste se precipita, cuando exclaman: «Destructor, ten piedad de nuestra desvalida inocencia y belleza, y no nos aniquiles»? El agua las barre sin miramiento, y en sólo un instante arrasa el orgullo de todo un verano.
Poco después, empezó Walter a insinuar a Swanhilda que no congeniaban; que él ansiaba probar esa vida frenética y tumultuosa que tan acorde estaba con el espíritu de su sexo, mientras que ella se sentía satisfecha con la esfera reducida de los placeres domésticos; que él miraba con avidez cualquier novedad prometedora, mientras que ella se mostraba apegada a lo que el hábito le había hecho familiar; y por último, que la fría disposición de ella, rayana en la indiferencia, se conjugaba mal con el ardiente temperamento de él. Por todo lo cual, era lo más prudente que viviesen separados, dado que juntos no podían encontrar la felicidad. Un suspiro, y una breve aquiescencia a los deseos de él, fue toda la respuesta de Swanhilda. Y a la mañana siguiente, al presentarle Walter el documento de la separación, informándole que estaba en libertad para regresar a la casa de su padre, lo cogió con toda sumisión. No obstante, antes de partir, le hizo la siguiente advertencia:
–Demasiado bien adivino a quién debo nuestra separación. Muchas veces te he visto en la tumba de Brunhilda, y allí te descubrí la noche en que el cielo ocultó de pronto su rostro con un manto de nubes. ¿Acaso has osado rasgar temerariamente el velo espantoso que separa a la mortalidad que sueña de la que no puede soñar? Porque entonces, hombre desdichado, habrás ligado a tu persona lo que puede traerte destrucción.
Calló, y Walter no hizo intento alguno de replicar; porque le vino a la memoria la advertencia similar del brujo –hasta ahora oscurecida por su pasión– como un relámpago fugaz en la negrura de la noche, que no logra disipar su oscuridad.
Así pues, salió Swanhilda a despedirse de sus hijos, dado que, según la costumbre nacional, éstos pertenecían al padre. Y tras bañarlos con sus lágrimas y consagrarlos con el agua bendita del amor maternal, abandonó la residencia de su marido, y emprendió el regreso a casa de su padre.
De este modo fue obligada la dulce y bondadosa Swanhilda a exiliarse de las salas donde había gobernado con gran tacto..., salas que ahora fueron nuevamente decoradas para acoger a otra señora. Por fin llegó el día en que Walter condujo por segunda vez a Brunhilda a casa como nueva esposa; e hizo saber a la servidumbre que su nueva consorte había ganado su afecto por el extraordinario parecido con Brunhilda, su primera ama. ¡Cuán indeciblemente feliz se consideró, al llevar una vez más a su amada a la cámara que tantas veces había sido testigo de sus antiguos goces, dorada y adornada ahora en el más costoso estilo! Y entre otros ornamentos había figuras de ángeles esparciendo rosas, los cuales sostenían las colgaduras púrpura cuyos amplios pliegues ocultaban el lecho nupcial. ¡Con qué impaciencia esperó Walter la hora en que debía tomar posesión de aquellos encantos por los que había pagado ya tan alto precio, y cuyo goce iba a costarle más aún! ¡Pobre Walter! Inmerso en el placer, no ves el abismo que se abre a tus pies; embriagado con el perfume voluptuoso de la flor que has arrancado, no imaginas cuán mortal es el veneno de que está llena, pues en breve tiempo, su poderosa fragancia confiere nueva energía a todos tus sentimientos.
Sin embargo, aunque ahora Walter era dichoso, sus criados estaban muy lejos de serlo igualmente. El singular parecido entre la nueva señora y la difunta Brunhilda los llenaba de secreto recelo e indefinible horror; porque no apreciaban ni una sola diferencia en sus facciones, ni en su gesto, ni en el tono de la voz. Además de estas misteriosas circunstancias, sus doncellas descubrieron una marca peculiar en su espalda, exactamente igual a la que había tenido Brunhilda. No tardó en circular el rumor de que su ama no era otra que la propia Brunhilda, devuelta a la vida por medio de poderes nigrománticos. ¡Qué horrible se les hacía la idea de vivir bajo el mismo techo que la que había sido moradora de la tumba, y verse obligadas a asistirla y reconocerla como su señora! Notaron asimismo en Brunhilda, –cosa que aumentó la aversión de todas y favoreció su superstición– que no usaba adornos de oro, como antes engalanaron siempre su persona. Todo lo que antes había solido llevar de este metal lo mandó hacer ahora de plata: ninguna joya de ricos y centelleantes colores brillaba sobre ella; sólo las perlas prestaban su pálido brillo al adorno de su pecho. Y también evitaba siempre con gran cuidado la luz radiante del sol, y acostumbraba pasar los días más luminosos en los aposentos más retirados y oscuros: sólo salía a pasear en el crepúsculo del comienzo y el final del día, aunque su hora preferida era cuando la luz fantasmal de la luna daba a todos los objetos una apariencia vaga y un color sombrío. Además, se observaba siempre que con el canto del gallo, sus miembros sufrían un estremecimiento involuntario. Autoritaria como antes de su muerte, no tardó en imponer su yugo de hierro a cuantos la rodeaban, si bien parecía más terrible que nunca, dado que la acompañaba el temor de algún poder sobrenatural, y aterraba a cuantos se acercaban a ella. Sus ojos parecían dirigir una mirada maligna y feroz al objeto de su ira; como si quisiera fulminar a su víctima. En suma, aquellas salas que en tiempos de Swanhilda fueron morada de risas y alegría parecían ahora la prolongación de una tumba desierta. Los criados se deslizaban sigilosos por las salas del castillo con el temor impreso en sus pálidos semblantes. Y en esta mansión de terror, el canto del gallo hacía temblar a los vivos como si fuesen espíritus de fallecidos; porque ese canto les recordaba siempre a su ama misteriosa. No había nadie que no se estremeciera al cruzarse con ella en algún lugar solitario, en la penumbra del atardecer o a la luz de la luna, circunstancia que consideraban presagiosa de algún mal; y tan grande era la aprensión de sus doncellas, que empezaron a languidecer a causa del continuo desasosiego; de manera que, poco a poco, la fueron abandonando todas. En el transcurso del tiempo, se marcharon otros criados también, dominados por un horror insoportable.

Las artes del brujo habían concedido a Brunhilda, efectivamente, una vida artificial, y el alimento que tomaba mantenía su cuerpo restituido. Sin embargo, este cuerpo no era capaz de conservar el calor vivificante de la vitalidad y la llama de la que emanan los afectos y las pasiones, sean de amor o de odio, porque la muerte la había apagado y extinguido para siempre. Todo lo que Brunhilda poseía ahora era una existencia insensible, más fría que la de una serpiente. No obstante, se veía obligada a amar, y a devolver con igual ardor las caricias encendidas de su cautivado esposo, a cuya pasión debía únicamente su existencia renovada. Necesitaba un licor mágico que animase el apagado caudal de sus venas y la despertase al calor de la vida y a la llama del amor, una poción abominable que no puede nombrarse sin una maldición: sangre humana, que bebía, mientras aún estaba caliente, de unas venas jóvenes. Éste era el líquido infernal del que Brunhilda tenía sed; pues, al no participar de los sentimientos más puros de la humanidad, ni hallar gozo alguno en nada de cuanto interesa a la vida y ocupa sus diversas horas, su existencia era un mero vacío, salvo cuando estaba en brazos de su esposo y amante; y ésa era la razón por la que ansiaba sin cesar la horrible bebida. Con supremo esfuerzo, lograba reprimirse de chuparle la sangre al propio Walter cuando descansaba junto a ella. Pero cada vez que veía a un niño inocente, cuya preciosa carita denotaba la exuberancia infantil de su salud y su vigor, lo atraía a su aposento más secreto con palabras dulces y caricias afectuosas; allí lo dormía en sus brazos, y chupaba de su pecho el flujo cálido y púrpura de la vida. Tampoco los jóvenes de ambos sexos se veían libres de sus horribles ataques: tras exhalar su aliento sobre la desventurada víctima, que inevitablemente se sumía en profundo letargo, extraía de sus venas, de manera parecida, el jugo vital. Así, los niños, los jóvenes y las doncellas se consumían rápidamente como flores roídas por el gusano: la plenitud desaparecía de sus miembros; un tinte cetrino sucedía a la sonrosada frescura de sus mejillas, se les empañaba el brillo líquido de los ojos igual que el río centelleante bajo el roce de la helada, y sus rizos se volvían lacios y grises, como azotados por la tormenta de la vida. Los padres observaban con horror esta pestilencia desoladora que devoraba a su progenie, contra la cual nada podía un simple hechizo, poción o amuleto. La tumba se iba tragando a uno tras otro; o, si la desventurada víctima lograba sobrevivir, se volvía cadavérica y arrugada en los mismos albores de la vida. Los padres presenciaban horrorizados cómo esta devastadora pestilencia se llevaba a sus hijos... pestilencia que no había yerba por poderosa que fuera, ni hechizo, ni vela sagrada, ni exorcismo, capaces de conjurar. Veían cómo se les iban a la tumba un hijo tras otro, o cómo sus cuerpos jóvenes, consumidos por el infernal y vampiresco abrazo de Brunhilda, adquirían la decrepitud de una súbita vejez.
Finalmente, empezaron a circular extraños rumores y noticias; se decía que la causa de todos estos horrores era la propia Brunhilda; aunque nadie sabía de qué manera destruía a sus víctimas, dado que no encontraban en ellas señales de violencia. No obstante, cuando los niños confesaron que los acunaba y los dormía en sus brazos, y los más mayores contaron que les vencía un sueño súbito cada vez que se ponían a hablar con ella, la sospecha se convirtió en certidumbre. Y aquellos cuyos hijos habían escapado hasta ahora a ese daño, abandonaron sus hogares y sus casas –morada de sus padres y herencia de sus hijos–, con unos pocos enseres, a fin de salvar de tan horrible destino a lo más caro a sus afectos sencillos de cuanto el mundo les podía dar.
Y así, día tras día, el castillo fue adquiriendo un aspecto más desolado y, día tras día, sus alrededores se fueron quedando desiertos: sólo permanecieron unas cuantas viejas decrépitas y algún criado de cabellos grises, de la en otro tiempo numerosa servidumbre. Igual que ocurrirá, en los últimos días de la tierra, a la última generación de mortales cuando dejen de procrear, cuando no se vean ya más jóvenes, ni venga nadie a reemplazar a los que esperen en silencio su última hora.

Walter era el único que no se daba cuenta –o no hacía caso– de la desolación que le rodeaba; no percibía la muerte, sumergido como estaba en un encendido elíseo de amor. Mucho más feliz que antes parecía ahora con la posesión de Brunhilda. Todos los caprichos y contrariedades que a menudo ensombrecieron sus antiguas relaciones habían desaparecido ahora por completo. Incluso parecía que Brunhilda sentía por él una pasión como jamás llegó a mostrar en la época feliz de recién casada; porque en sus venas ardía esa llama de sangre joven que extraía de las venas de otros. Por la noche, en cuanto Walter cerraba los ojos, exhalaba su aliento sobre él, infundiéndole un sueño delicioso del que despertaba sólo para experimentar goces más embriagadores. Durante el día, le hablaba continuamente de la dicha que los espíritus felices experimentaban al otro lado de la sepultura, asegurándole que, como su afecto la había sacado de la tumba, ahora estaban irrevocablemente unidos. Así fascinado por este hechizo perpetuo, le era imposible notar lo que ocurría a su alrededor. Brunhilda, no obstante, veía con rabioso pesar que la fuente de su ardor juvenil disminuía de día en día, ya que en breve tiempo no quedó nadie dotado de juventud, excepto Walter y sus hijos. Y decidió que fueran éstos sus siguientes víctimas.
Al principio, al regresar al castillo, había sentido aversión hacia los hijos de otra; así que los dejó enteramente en manos de las criadas designadas por Swanhilda. Pero ahora empezó a fijarse en ellos, haciendo que los llevasen a menudo a su presencia. Las cuidadoras, mujeres de edad, se asustaron al notar estas muestras de interés por los niños a su cargo, aunque no se atrevieron a oponerse a la voluntad de su terrible y autoritaria ama. No tardó Brunhilda en ganarse el afecto de los niños, demasiado ignorantes de lo que era la astucia para percibir peligro alguno en ella; al contrario, sus caricias los ganaron por completo. En vez de reprimir constantemente sus alegres retozos, Brunhilda les enseñaba ahora nuevos juegos; a menudo les recitaba historias de extraños e insensatos intereses que excedían en todo a los cuentos de sus niñeras. Cuando se cansaban de jugar o de escuchar sus narraciones, los sentaba sobre sus rodillas y los arrullaba hasta que se dormían. Entonces, los sueños de los niños se poblaban de visiones de la más espléndida magnificencia: imaginaban estar en un jardín donde había flores de todos los colores, en hileras, una sobre otra, desde las humildes violetas a los altos girasoles, trazando un bordado multicolor que ascendía hacia las nubes doradas, de las que bajaban unos angelitos, con alas de reflejos azul y oro, a llevarles alimentos deliciosos o joyas espléndidas, o a cantarles canciones melodiosas. Tan paradisíacos se hicieron estos sueños para los niños en poco tiempo, que no anhelaban otra cosa que dormir en el regazo de Brunhilda, ya que de otro modo no tenían visiones de seres celestiales. Y así, no hacían sino ansiar lo que iba a ser su destrucción. Pero ¿no suspiramos todos por lo que nos conduce a la tumba: el goce de la vida? Los inocentes tendían sus brazos a la muerte que les iba al encuentro, la cual había adoptado la máscara del placer. Porque, mientras ellos se sumían en esos sueños extáticos, Brunhilda chupaba de sus pechos el fluido vital. Es verdad que al despertar se sentían débiles y agotados; sin embargo, ningún dolor, ninguna señal delataba la causa. Al poco tiempo, empero, las fuerzas les abandonaron por completo, lo mismo que el arroyo se seca poco a poco en verano; sus juegos se fueron volviendo menos bulliciosos, sus risas ruidosas y alegres se convirtieron en sonrisas, el acento vigoroso de sus voces se apagó hasta volverse mero susurro. Sus cuidadoras estaban aterradas y llenas de desesperación; demasiado bien sabían la espantosa verdad, aunque no se atrevían a denunciar sus sospechas a Walter, tan devotamente unido a su horrible compañera. La muerte había herido ya a su presa: los niños no eran sino mera sombra de sí mismos. Y en poco tiempo, incluso esta sombra desapareció.
El acongojado padre lloró amargamente su pérdida. Porque, a pesar de su evidente abandono, estaba muy unido a ellos; y hasta que no los perdió, no se dio cuenta de lo mucho que los quería. Su aflicción no pudo por menos de causar disgusto a Brunhilda:
–¿Por qué esas tiernas lamentaciones –dijo– por dos pequeños? ¿Qué satisfacción podían darte esos seres sin formar? ¿Acaso guardas aún algún afecto por su madre, y es todavía dueña de tu corazón? ¿O es que echas de menos a los tres porque estás hastiado de mi amor y cansado de mis caricias? De haber crecido esos niños, ¿no habrían atado más estrechamente tu espíritu y tus afectos a este mundo de barro, a este polvo, y te habrían apartado de la esfera a la que yo, que he cruzado la sepultura, me estoy esforzando en elevarte? Di, ¿es tu espíritu tan pesado, o tu amor tan flojo, o tu fe tan tibia, que no consigue conmoverte la esperanza de ser mío para siempre?
Así expresó Brunhilda su indignación ante el dolor de su consorte; y le privó de su presencia. El miedo a ofenderla de manera irreparable, y su deseo de aplacarla, secaron muy pronto sus lágrimas. Y otra vez se abandonó a su pasión fatal, hasta que, finalmente, la inminencia de su propia destrucción le despertó de la quimera en que vivía.

No volvieron a verse doncellas ni niños dentro de los lúgubres muros del castillo ni en las tierras contiguas: todos habían desaparecido; porque aquellos a los que la sepultura no se había tragado habían huido de esta región de muerte. Así que, ¿quién quedaba ahora para apagar la sed espantosa de la mujer vampiro, sino el propio Walter? Impasible, se atrevió a pensar en su muerte; porque su pecho desconocía ese divino sentimiento que une a dos seres en un único gozo y un único dolor. Cuando Walter estuviera en la tumba, sería ella libre de buscar otras víctimas y saciarse interminablemente con la destrucción, hasta que, el último día, se consumiera con la misma tierra, como dicta la ley fatal a la que están sujetos los muertos a los que las artes de la necromancia han despertado del sueño de la sepultura.
Ahora empezó a posar sus labios sedientos en el pecho de Walter cuando, sumido en profundo sueño por el olor a violetas de su aliento, descansaba junto a ella ajeno a la inminencia de su muerte. Y así, no tardaron sus fuerzas vitales en empezar a languidecer, y en asomar numerosas canas entre sus negros cabellos. Y con sus fuerzas, languideció también su pasión: ahora Walter dejaba a menudo a su compañera para pasar el día entregado al deporte de la caza, esperando recuperar de este modo su acostumbrado vigor. Y estaba un día descansando en el bosque, a la sombra de un roble, cuando vio en la copa de un árbol un pájaro extraño, totalmente desconocido para él; pero antes de que pudiese apuntarle con su arco, echó a volar y se perdió en las nubes, al tiempo que dejaba caer una raíz rosácea, la cual fue a parar a sus pies. La recogió inmediatamente. Y aunque conocía las plantas bastante bien, no recordaba haber visto nunca una como ésta. Su deliciosa fragancia le indujo a probar su sabor; pero era diez veces más amargo que el ajenjo: parecía como si se hubiese llevado hiel a la boca; así que, disgustado con el experimento, la arrojó con impaciencia. Sin embargo, de haber conocido su milagrosa cualidad, y que actuaba como antídoto contra el hipnótico perfume de Brunhilda, la habría bendecido pese a su sabor tan amargo: así arrojan a menudo los mortales con impaciencia el remedio desagradable que podría devolverles el bienestar.
Cuando Walter regresó por la noche, y se acostó como siempre junto a Brunhilda, el poder mágico del pecho de ésta no hizo efecto en él; y por primera vez en muchos meses, Walter cerró los ojos vencido por un sueño natural. Sin embargo, apenas se durmió, un dolor agudo, punzante, le sacó de su descanso; y al abrir los ojos, descubrió, a la luz melancólica de una lámpara que brillaba en el aposento, algo que por unos instantes le dejó petrificado. Porque era Brunhilda, que le estaba extrayendo sangre del pecho con sus labios. El grito de horror que finalmente se le escapó aterró a Brunhilda, que tenía la boca manchada de sangre caliente.
–¡Monstruo! –exclamó Walter, saltando de su lecho–. ¿Es así como me amas?
–Sí; así es el amor de los muertos –replicó ella con malvada frialdad.
–¡Criatura bebedora de sangre! –prosiguió Walter–: ha terminado el delirio que hasta aquí me ha tenido ciego. Tú eres el demonio que ha destruido a mis hijos... que ha dado muerte a los hijos de mis vasallos.
Se levantó Brunhilda, y lanzándole una mirada que le dejó paralizado, contestó:
–No soy yo quien los ha matado; yo me veo obligada a saciarme con sangre caliente de jóvenes para poder satisfacer tu deseo frenético; ¡eres tú el asesino!
Estas palabras terribles evocaron ante la aterrada conciencia de Walter las sombras amenazadoras de todos los que habían perecido de ese modo, mientras la desesperación le ahogaba la voz.
–¿Por qué –prosiguió ella, en un tono que aumentaba el horror de él–, por qué me atribuyes palabras como si fuese yo un títere? ¿Tú, que tienes el valor de amar a los muertos, de llevar a tu lecho a la que dormía en la sepultura, a la que fue compañera de cama de los gusanos, tú que has estrechado en tus brazos la corrupción de la tumba, tú, profanador, te atreves a elevar ese llanto espantoso por el sacrificio de unas pocas vidas? Esas vidas no son más que hojas arrancadas por la tormenta. Vamos, desecha esas figuraciones idiotas, y saborea la dicha que tan cara has comprado.
Y diciendo esto, tendió los brazos hacia él. Pero este gesto sólo hizo que aumentase el terror de Walter, el cual, exclamando: «¡Criatura maldita!», salió precipitadamente del aposento.

Ahora que había despertado del delirio de sus placeres impíos, todos los horrores de una conciencia culpable y recriminadora se volvieron sus compañeros. A menudo maldecía su ceguera obstinada, por no haber hecho caso de las advertencias y amonestaciones de las mujeres que habían estado al cargo de sus hijos, y haber tomado sus palabras por viles calumnias. Pero su pesar llegaba demasiado tarde; porque, si bien el arrepentimiento puede conseguir el perdón del pecador, sin embargo, no puede alterar las sentencias inmutables del destino: no puede hacer volver de la tumba a los asesinados. Tan pronto como apuntó la primera claridad del alba, salió hacia su castillo solitario de las montañas, decidido a no permanecer más tiempo bajo el mismo techo de tan terrible ser. Pero fue inútil esta huida; porque, al despertar a la mañana siguiente, descubrió que se hallaba en brazos de Brunhilda, y enredado en sus largos cabellos, que parecían envolverle, y aprisionarle con los hierros de su destino; la poderosa fascinación de su aliento le había cautivado una vez más, de manera que, olvidando cuanto había sucedido, volvió a sus caricias; hasta que, despertando como de un sueño, huyó horrorizado de su abrazo. Durante el día vagó por las soledades de las montañas como el criminal que trata de ocultarse de sus perseguidores; y por la noche buscó refugio en una cueva, ya que temía menos acostarse en tan sombrío lugar que exponerse al horror de un nuevo encuentro con Brunhilda. Pero, ¡ay!, en vano se esforzaba por huir de ella. Al despertar, la descubrió otra vez compartiendo su mísera yacija. Pero, de haberse ocultado en el mismo centro de la tierra, de haberse empotrado bajo una roca, de haber hecho su alcoba en lo más profundo del océano, la habría encontrado puntualmente junto a él: porque al llamarla de nuevo a la existencia, la había convertido en su compañera inseparable; tan inexorable era el vínculo que ahora los unía.
Luchando con la locura que empezaba a dominarle, y dándole vueltas sin cesar a las espantosas visiones que se presentaban a su mente horrorizada, permanecía inmóvil, tumbado en los rincones más oscuros del bosque, desde que salía el sol hasta que llegaban las sombras del crepúsculo. Pero tan pronto como la luz del día se apagaba a poniente y el bosque se inundaba de negrura impenetrable, el temor a que el sueño le venciera le empujaba a vagar por las montañas. La tormenta jugaba furiosa con las nubes fantásticas, y con las hojas de los árboles que el viento hacía golpetear como si algún espíritu del terror se divirtiese con estas imágenes de la transitoriedad y la desintegración: rugía entre las copas de los robles como profiriendo gritos de furia, mientras su eco cavernoso, rebotando en las laderas distantes, parecía el gemido de un pecador en la agonía o el alarido débil de algún desdichado al caer bajo la mano de su asesino. El búho, también, profería gritos guturales como augurando la devastación de la naturaleza. El viento sacudía los cabellos de Walter, cuyos mechones se agitaban en sus sienes y sus hombros como negras serpientes, mientras cada uno de sus sentidos estaba atento a captar un nuevo horror. En las nubes creía ver las figuras de los asesinados; en el ulular del viento oía sus lamentos y gemidos; en las frías ráfagas sentía el beso de Brunhilda; en el grito de las aves escuchaba la voz de ella; en las hojas descompuestas olía el lecho sepulcral del que la había despertado. «¡Asesino de tu propia descendencia –se recriminaba Walter a sí mismo con una voz que hacía aún más espantosa la noche y el fragor de los elementos–, amante de un vampiro sediento de sangre, libertino que se refocila con la corrupción de la tumba!», mientras, desesperado, se mesaba los cabellos. Justo en ese momento surgió la luna de detrás de las nubes tempestuosas; y esta visión trajo a su memoria el consejo del brujo, cuando lo vio estremecerse ante la primera aparición de Brunhilda tras despertar de su sueño mortal; a saber: que le buscase cuando fuese la luna llena, en las montañas, en el punto donde se encontraban los tres caminos. No bien irrumpió este destello de esperanza en su mente aturdida, echó a correr hacia el lugar designado.
Al llegar, encontró al anciano sentado sobre una piedra, con la placidez del que disfruta de un día soleado, indiferente a los truenos que rugían a su alrededor.
–Así que has venido –exclamó al ver al jadeante desdichado que, arrojándose a sus pies, gritó en tono angustiado:
–¡Ah, sálvame... socórreme... rescátame del monstruo que siembra la muerte y la desolación a mi alrededor!
–¡Cómo!, ¿no te diste cuenta de cuán saludable era el consejo: «No despiertes a los muertos»?
–¿Por qué hiciste tu advertencia tan misteriosa? ¿Por qué, en vez de eso, no me revelaste al punto todo el horror que aguardaba a mi sacrílega profanación de la sepultura?
–¿Acaso podías tú escuchar otra voz que la de tu pasión desenfrenada? ¿No me tapaba la boca tu ansiosa impaciencia cada vez que quería advertirte?
–Sí, es verdad: tu reproche es justo. Pero de nada sirve ahora. Lo que yo necesito es ayuda inmediata.
–Bien –replicó el anciano–; aún hay un medio de salvarte. Pero está lleno de horror, y requiere toda tu resolución.
–Entonces explica cuál es –dijo–. Porque ¿qué puede haber más espantoso, más horrible, que la desdicha que ahora soporto?
–Sabe, pues –prosiguió el brujo–, que sólo en la noche de luna nueva duerme ella el sueño de los mortales. Entonces la abandona del todo el poder sobrenatural que recibe de la tumba. En ese momento es cuando deberás matarla.
–¡Cómo! ¿Matarla? –repitió Walter.
–Sí –replicó el anciano con serenidad–; le atravesarás el pecho con una daga afilada que yo te daré. Al mismo tiempo, habrás de renunciar a su memoria para siempre, jurando no volver a pensar en ella de manera intencionada. Y si lo hicieras involuntariamente, deberás repetir la maldición.
–¡Horrible! Sin embargo, ¿qué puede haber más horrible que ella misma?
–Entonces, conserva esa resolución hasta el próximo novilunio.
–¡Cómo!, ¿tengo que esperar tanto? –exclamó Walter–. ¡Ah, antes de ese plazo, su rabiosa sed de sangre me habrá conducido a la noche de la tumba, o el horror a la noche de la locura!
–No –replicó el brujo–; eso lo puedo evitar –y a continuación le llevó a una caverna de la montaña–. Permanece aquí dos veces siete días –dijo–. Durante ese tiempo, podré protegerte de sus caricias mortales. Aquí encontrarás las provisiones que vas a necesitar; pero cuida que nada te tiente a abandonar este lugar. Adiós; cuando la luna se renueve, entonces volveré –dicho esto, el brujo trazó un círculo mágico alrededor de la cueva, e inmediatamente desapareció.

Dos veces siete días permaneció Walter en esa soledad, sin otra compañía que su amargo arrepentimiento y sus aterradas obsesiones. El presente era todo miedo y desolación; el futuro mostraba la imagen de una acción horrible que debía llevar a cabo sin remedio, mientras que el pasado se lo envenenaba el recuerdo de su culpa. Si pensaba en su antigua y feliz unión con Brunhilda, surgía ante su imaginación la figura horrenda de ella con los labios goteantes de sangre; si evocaba los días apacibles pasados con Swanhilda, veía su espíritu afligido, con las sombras de sus hijos asesinados. Tales eran los horrores que le acompañaban de día. En cuanto a los de la noche, eran aún más espantosos; porque entonces veía a la propia Brunhilda que, vagando alrededor del círculo mágico que no podía traspasar, le llamaba por su nombre hasta que la caverna resonaba entera con el eco de sus voces estremecedoras. «Walter, amado mío –gritaba–; ¿por qué me huyes? ¿Acaso no eres mío? ¿Mío para siempre... aquí, y en el más allá? ¿Acaso estás pensando matarme? ¡Ah, no cometas ese acto que nos arrojaría a la perdición... a ti lo mismo que a mí!» De este modo le atormentaba su horrible visitante cada noche; y cuando se iba, aún le arrebataba todo descanso.

Al fin llegó la luna nueva, negra como la acción que estaba condenado a cometer. El brujo entró en la caverna.
–Venga –dijo a Walter–, vámonos de aquí; ha llegado la hora.
Y se lo llevó de la cueva a lomos de un corcel negro, cuya visión trajo a Walter el recuerdo de la noche fatal. Entonces refirió al anciano las visitas nocturnas de Brunhilda, y le preguntó ansioso si se cumplirían los temores de perdición eterna que ella le había augurado.
–No pueden los ojos mortales –exclamó el brujo– penetrar los secretos oscuros de otro mundo, ni el abismo profundo que separa la tierra del cielo.
Walter vaciló en montar sobre el corcel.
–Sé decidido –exclamó su compañero–; por esta vez se te concede afrontar la prueba. Si ahora fallas, nada podrá rescatarte de su poder.
–¿Qué puede haber más horrible que ella misma? Estoy decidido –y saltó sobre el caballo, y el brujo montó detrás.
Transportados con la rapidez de la tormenta que barre la llanura, llegaron en breve espacio al castillo de Walter. Todas las puertas se abrieron de golpe a una voz de su compañero; un instante después estaban en la cámara de Brunhilda. Se detuvieron junto a su lecho. Sumida en un sueño sosegado, descansaba con toda la belleza que le era innata, limpio su semblante de toda huella de horror. Parecía tan pura, tan dócil e inocente, que en la memoria de Walter se agolparon las dulces horas de sus caricias como ángeles intercesores suplicando clemencia para ella. La turbada mano de Walter era incapaz de coger la daga que el brujo le presentaba.
–Has de dar el golpe ahora mismo –dijo éste–; si te retrasas una hora tan sólo, al amanecer la tendrás sobre tu pecho, sorbiéndote las gotas vitales del corazón.
–¡Horrible! ¡Horrible! –balbuceó Walter temblando; y apartando la cara, hundió la daga en el pecho de ella a la vez que exclamaba–: ¡Yo te maldigo para siempre! –y brotó fría la sangre, manchándole la mano. Brunhilda abrió los ojos una vez más; lanzó una mirada de indecible horror a su esposo y, con voz cavernosa y agónica, dijo:
–Tú también estás condenado a la perdición.
–Pon ahora la mano sobre su cadáver –dijo el brujo–, y pronuncia el juramento.
Walter hizo lo que se le ordenaba, diciendo:
–Jamás pensaré en ella con amor, jamás la evocaré deliberadamente; y si su imagen acude a mi cerebro, la expulsaré gritándole: maldita seas.
–Ya has cumplido todos los requisitos –declaró el brujo–. Ahora devuélvela a la tierra, de la que no debiste llamarla insensatamente. Y procura recordar tu juramento; porque si lo olvidas una sola vez, regresará, y estarás perdido sin remedio. Adiós... no nos volveremos a ver nunca más –y dichas estas palabras, abandonó el aposento; y Walter huyó también de esta morada de horror, tras dar primero instrucciones para que el cadáver fuese enterrado sin tardanza.

De nuevo descansó la terrible Brunhilda en su sepultura. Pero su imagen acosaba sin tregua el cerebro de Walter, de manera que su existencia era un continuo suplicio, en el que luchaba por expulsar de su memoria los fantasmas horrendos del pasado. Sin embargo, cuanto más grandes eran sus esfuerzos por desterrarlos, más intensos y vívidos se volvían; como el noctámbulo que, atraído por un fuego fatuo a una ciénaga o un pantano, se hunde cada vez más en su húmeda sepultura cuanto más se esfuerza en escapar. Su imaginación parecía incapaz de admitir otra imagen que la de Brunhilda: una vez imaginaba que la veía expirar, con la sangre manándole de su hermoso pecho; otra, la hermosa desposada de su juventud le reprochaba haber turbado el sueño de la tumba; y en ambas, se veía obligado a proferir las palabras espantosas: «Yo te maldigo para siempre». Continuamente brotaba de sus labios la terrible imprecación; sin embargo, vivía en el terror incesante de que se le olvidara, o de pensar en ella y no ser capaz de repetirla; y luego, al despertar, de descubrir que estaba en sus brazos. O bien recordaba las palabras de ella al expirar; y espantado ante su terrible significado, imaginaba que se había pronunciado irrevocablemente la sentencia de su perdición. ¿Adónde huir de sí mismo? ¿O cómo borrar de su cerebro estas imágenes y formas espantosas? En el clamor del combate, en el tumulto de la guerra, en su incesante oscilar de la victoria al desastre y del grito de angustia al júbilo de la victoria... en estas cosas esperó hallar al menos el alivio del aturdimiento. Pero también aquí vio frustrada su esperanza. Los dientes gigantescos del recelo atenazaban ahora al que nunca había conocido el miedo: cada gota de sangre que le salpicaba parecía ser de la fría sangre que brotó de la herida de Brunhilda; cada desdichado moribundo que caía junto a él, le parecía que era ella, cuando exclamó en la agonía: «¡Tú también estás condenado a la perdición!»; de manera que el aspecto de la muerte le parecía más aterrador que nada de cuanto le rodeaba, y este terror insuperable le empujaba a abandonar el campo de batalla. Por último, tras vagar sin rumbo durante mucho tiempo, regresó a su castillo. Aquí, todo estaba desierto y silencioso, como si la espada, o una pestilencia aún más mortal, hubiera arrasado la región. Porque los pocos habitantes que aún quedaban, y hasta los criados que en otro tiempo se mostraron más fieles, habían huido ahora de él, como si llevase en la frente el estigma de Caín. Se daba cuenta con horror de que, al haberse unido a los muertos, se había separado de los vivos, quienes no querían tener relación alguna con él. A menudo, cuando se detenía junto a las almenas de su castillo y miraba los campos desiertos, comparaba su actual desolación con el animado movimiento que solían mostrar bajo la estricta pero benévola disciplina de Swanhilda. Ahora se daba cuenta de que sólo ella podía reconciliarle con la vida. Pero ¿podía esperar que le perdonase, y volviese a recibirle aquella a la que tan profundamente había agraviado? Por último, su impaciencia se impuso a su temor: fue en busca de Swanhilda y, con la más intensa contrición, reconoció su complicada culpa. Y abrazado a sus rodillas, le imploró perdón, suplicándole que regresase a su castillo desolado, a fin de hacerlo otra vez morada de la alegría y de la paz. Swanhilda se conmovió al ver a sus pies la pálida figura, apenas una sombra del otrora gallardo esposo.
–La locura –dijo con mansedumbre–, aunque me ha causado mucho dolor, jamás ha hecho nacer en mí el resentimiento ni la cólera. Pero, dime, ¿dónde están mis hijos? –durante un rato, el desesperado padre no tuvo fuerzas para contestar a esta pregunta espantosa; por último, tuvo que confesar la horrible verdad–. Entonces nos hemos dividido para siempre –replicó Swanhilda; y todas las lágrimas y súplicas de Walter no le hicieron revocar su sentencia.

Despojado de su última esperanza terrena, privado de su último consuelo, hundido en la más grande desgracia en que un mortal puede caer a este lado de la tumba, Walter emprendió el regreso. Y cabalgaba absorto en lúgubres meditaciones por el bosque vecino a su castillo, cuando el súbito sonido de un cuerno le sacó de su ensimismamiento. Poco después vio aparecer a una dama vestida de negro, montada sobre un corcel del mismo color; su traje era como el de una cazadora; pero en vez de halcón, llevaba en la mano un cuervo, e iba asistida por un alegre tropel de caballeros y damas. Cumplidos los primeros saludos, Walter averiguó que llevaban el mismo camino que él; y cuando supo ella que estaba cerca el castillo de Walter, solicitó alojamiento por una noche, dado que la tarde estaba muy avanzada. De muy buen grado accedió Walter a esta petición, ya que la aparición de la hermosa desconocida le había sorprendido gratamente: tenía un parecido prodigioso con Swanhilda, salvo que su cabello era castaño, y sus ojos oscuros y centelleantes. Agasajó con un suntuoso banquete a sus invitados, cuyas risas y canciones llenaron de animación las salas hasta ahora silenciosas. El banquete se prolongó tres días; y tan estimulante resultó para Walter que parecía haber olvidado todos sus miedos y tristezas. Y no se decidía a despedir a sus visitantes por temor a que, al irse, el castillo pareciera cien veces más desolado que antes, aumentando su pesar en la misma proporción. A ruegos fervientes de él, la desconocida accedió a alargar su estancia siete días, que luego prolongó con otros siete. Sin serle solicitado, asumió la dirección de la casa; y empezó a gobernarla con tanta discreción y alegría como había hecho Swanhilda, de manera que el castillo, que hasta ahora había sido morada de la melancolía y el horror, se convirtió en residencia de la fiesta y el placer; y la aflicción de Walter se disipó por completo en medio de tanto alborozo. Su afecto hacia la hermosa desconocida aumentaba de día en día; incluso la hizo su confidente; y una noche en que paseaban juntos lejos del séquito de ella, le contó su espantosa historia.
–Mi querido amigo –replicó la desconocida cuando él hubo acabado de hablar–, mal se acomoda a un hombre de tu discreción afligirse por todo eso. Has despertado a un cadáver del sueño de la sepultura, y has descubierto... lo que era de prever: que los muertos no simpatizan con la vida. Y ahora ¿qué? No quieres cometer ese error por segunda vez. Sin embargo, has matado al ser al que habías llamado de nuevo a la vida; aunque lo has hecho sólo en apariencia: no podías quitarle la vida propiamente, puesto que ninguna tenía. Además, has perdido una esposa y dos hijos; aunque, a tus años, tal pérdida puede repararse fácilmente. Hay bellezas que de grado compartirían tu lecho y te harían padre otra vez. Pero temes la cuenta después: ir, abrir las sepulturas y preguntar a los durmientes si eso los turbará.
Y así, la desconocida lo exhortaba a menudo a que se alegrase, de manera que, en breve tiempo, su tristeza había desaparecido por completo. Entonces se arriesgó Walter a declararle la pasión que le había inspirado, y ella no le negó su mano. Siete días más tarde, se celebraron las nupcias, y los mismos cimientos del castillo parecieron estremecerse con el tumulto del festín. El vino corría en abundancia; las copas circulaban sin cesar; el desenfreno alcanzaba los últimos extremos, en tanto estallaban sonoras risotadas, rayanas en la locura, entre el séquito numeroso de la desconocida. Por último Walter, enardecido por el vino y el amor, llevó a su desposada a la cámara nupcial. Pero, ¡horror!, apenas la tuvo en sus brazos, la vio transformarse en una serpiente monstruosa que le abrazó con sus anillos horribles, y le estrujó hasta hacerle morir. El fuego comenzó a crepitar en todos los rincones de la alcoba. Pocos minutos después, las llamas envolvieron el castillo, y lo consumieron enteramente. Y mientras los muros se derrumbaban con estrépito tremendo, una voz exclamó muy alto: «¡No despertéis a los muertos!».