viernes, 11 de septiembre de 2009

Ricardo Piglia. Autor de La Invasión

Ricardo Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires en 1941. Profesor, narrador, crítico literario, guionista. Ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad de Princeton, en la Universidad de California en Davis. También dirigió la revista Literatura y Sociedad. En 1967, su colección de cuentos La invasión mereció una Mención Especial en el VII Concurso de Casa de las Américas (el jurado estaba intregrado por Mario Benedetti, Enrique Lihn, Jesús Díaz y Dalmiro Sáenz). En 1995 elaboró el texto de una ópera, con música de Gerardo Gandini, basada en su novela La ciudad ausente (1992). En 1997, recibió el Premio Planeta por su novela Plata quemada (el jurado estaba integrado por Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel).

Novela: Respiración artificial (1980). Prisión perpetua (nouvelles, 1988). La ciudad ausente (1992). Plata quemada (1997). Relatos:La invasión (1967). Nombre falso (1975). Ensayos Crítica y ficción (1986). La Argentina en pedazos (1993). Formas breves (1999). Diccionario de la novela de Macedonio Fernández (2000).

La Invasión. Por Ricardo Piglia

Con el golpe del cerrojo los adivinó atrás, al fondo de la celda.
Siguió inmóvil, cara a la puerta, hasta que se apa­garon los ruidos en la sala de guardia. Entonces se dio vuelta y los encontró donde lo preveía: uno de pie, sin tocar la pared, como haciendo equilibrio y a medio ves­tir; el otro, un morocho de anteojos, tirado en el piso.
Afuera le habían quitado el cinturón y el cordón de los borceguíes. Sentía la ropa floja y estaba molesto, co­mo desnudo.
Caminó hacia el medio, torpemente, arrastrando los borceguíes abiertos y se detuvo, indeciso. Los pantalo­nes se le deslizaban por las caderas y los sostuvo con la mano derecha.
En el fondo de la pieza los otros dos lo miraban. El más alto se balanceaba suavemente. Tocaba la pared con el hombro y volvía a despegarse. Fumaba sin sacarse el cigarrillo de la boca.
El que había entrado sonrió.
—Me llamo Renzi —dijo.
Sosteniendo el pantalón con la izquierda caminó hacia ellos, la mano derecha extendida.
—Renzi...
El que estaba parado se apoyó en la pared y sacu­dió la cabeza. Más que un saludo pareció que hubiera querido afirmar algo. “Celaya”, le pareció escuchar a Renzi.
El morocho, sentado en el piso, casi echado, con las piernas abiertas y la cara borrada por la sombra de la pa­red, no se movió.
Renzi se pasó la mano derecha por el pantalón, co­mo limpiándose. Retrocedió hasta la otra pared y se sentó. El cuarto estaba casi a oscuras; empezaba a ano­checer. La única ventana, angosta y alargada, era una rendija, un lamparón de luz colgando cerca del techo. Se inclinó sobre un costado y apoyado en el hombro buscó algo en el bolsillo del pantalón. Sacó un cigarri­llo, hizo un bolló con el paquete vacío y lo tiró. La pe­lota de papel rodó por el pisó y se detuvo entre las piernas del morochito. Con el cigarrillo en los labios, Renzi hurgueteó en los bolsillos de la camisa buscando un fósforo.
—¿Tenés fuego? —dijo, mirando a Celaya.
Celaya siguió inmóvil. Renzi lo miraba desde abajo. Celaya parecía distraído, se estudiaba las uñas. Después apartó los ojos y prendió un fósforo raspándolo contra la suela del borceguí. Se quedó así, parado, la llama alumbrándole la mano, los dedos, la piel amari­llenta y manchada de nicotina.
Vista desde el suelo la cara de Celaya se deformaba en la oscuridad. Renzi se levantó, despacio, apoyando una ruano en el pisó. Sintió el calor limpio de la llama mientras chupaba y el humo le raspó la garganta. Abajo el fósforo se apagaba lentamente. Renzi lo miró hasta que Une apenas una chispa rosada.
—¿Y vos? —dijo, mientras Celaya comenzaba a sen­tarse y el cuerpo del morocho aparecía de golpe, cómo brotando del piso.
—Y ustedes —se rectificó— ¿por qué están?
—Estamos ¿dónde? —Celaya habló lento, eligiendo las palabras.
—Aquí —Renzi lo miraba— Aquí, en cana...
Celaya parecía atraído por algo que estaba en la pa­red, encima de la cabeza de Renzi.
—¿En cana? —Se detuvo, como si le costara trabajo entender.
—Por desertar...
—Ah... —Empezó a decir Renzi, incómodo sin saber por qué —¿Y hace mucho que están? —quizás por la sonrisa del morochito, por su manó que iba y venía acariciándose el pechó entre los pliegues de la camisa. Celaya se quedó un momento sin contestar, como pensando.
—Tres meses —Se había arrimado al morocho y los dos estaban muy juntos, formando un bulto en la pe­numbra, un solo cuerpo deforme. Si se inclinaba, Renzi podía distinguir claramente la mitad de la cara del mo­rocho, alumbrada por la luz que se filtraba desde la ven­tana; la otra mitad era una mancha oculta en el hom­bro de Celaya. Parecía tener la piel muy lisa. “Por el sudor”, pensó Renzi que sentía la transpiración en los ojos.
—¿Tres meses...? —El humo le defórmó la voz— Y cómo los agarraron?
Esperó la respuesta y el morocho también miró a Celaya que se frotaba el tobillo, sin hablar.
—¿Y a vos por qué le encanaron? —dijo Celaya co­rno si le contestara.
Renzi lo miró, sorprendido; después aplastó el ci­garrillo en el pisó.
—Un lío con el “chivó” Pelliza. Me tiene bronca porque soy estudiante y además...
—¿Por cuánto tiempo? —Lo cortó Celaya, bajando la cabeza. Parecía buscar algo en el pisó.
—No sé. —Le molestaba el tono prepotente de Ce­laya.— No sé por cuánto tiempo.
El morocho se inclinó y habló con Celaya en voz baja.
A Renzi le pareció escuchar la risa de Celaya.
Después se quedaron inmóviles, callados.
—Ché ¿y hay que dormir en el suelo? —preguntó Renzi, al rato.
—No. Ya van a traer los colchones.
—¿A qué hora?
—A que hora ¿qué?
—Van a traer los colchones.
—Pronto —Celaya parecía cansado, aburrido.
—¿Y los tres dormimos aquí? —dijo Renzi recorrien­do la pieza con un gesto.
—Sí. Los tres.
—¿Y la comida. También hay que...
—Sí, también hay que comer aquí —lo interrumpió Celaya.— Hay que hacer todo aquí. —Hablaba lentamen­te, contenido—. Si querés cagar tenés que ir hasta esa puerta —la señaló con un cabezazo— pedir por el oficial de guardia. Decirle: “Tengo ganas de cagar, mi tenien­te”.
En el piso el morochito se reía en silencio mostran­do las encías.
—¿Entendés? —insistió Celaya— ¿Entendés? ¿O ­ necesitás que te explique algo más?
—No —Renzi hizo un esfuerzo para mirarlo de frente. Pero si llego a necesitar algo te aviso y vos me enseñás. —Trató de repetir el tono de Celaya.— Yo te aviso y enseñás —repitió.
Celaya le buscó la cara.
—Escuchá querido —dijo— acá adentro no te con­viene jugar al machito ¿te das cuenta? Aquí no estás en la Universidad; así que mejor sentate ahí, quedate piola y no jodás.
—Che, ¿pero vos que te pensás? —empezó a decir Renzi que encogió una pierna tratando de pararse. Cuan­do estaba medio arrodillado, Celaya lo empujó con la punta ele las dedos y Renzi perdió el equilibrio.
Las piernas de Celaya, ahora, eran dos tubos grises, creciendo en el piso. Renzi echó la nuca hacia atrás, buscándole la cara, allá arriba, pero se detuvo en la franja lechosa ele la piel ele la cintura donde la camisa escapaba del pantalón.
—Yo te hablo en serio. No jodás. Dormí, contá vaquitas, hacete la paja. Pero no jodás.
Renzi se apretó contra la pared y estiró las piernas.
Tenía la boca seca, el cuerpo flojo como lleno de espuma. Volvió a repasar los bolsillos buscando un cigarri­llo inútilmente.
Celaya se había sentado. El morocho inclinado sobre él, le hablaba en voz baja. Se escuchó el chasquido tic un fósforo y la llamarada alumbró la cara de los dos. Cada: tanto parecía encenderse un círculo rojo que sal­taba ele un lacio a otro. “Fuman del mismo cigarrillo”, pensó Renzi con asco y a la vez con ganas de pedirles una pitada, sentir el calor áspero del humo entrando en los pulmones. Se contuvo, la garganta seca. Sin saber por qué trató de no toser, como si toser fuera una debilidad frente Celaya.
La garganta se astillaba, le ardía.
No romper el silencio pesado, lleno de ruidos sordos: voces de mando o un ladrido, lejos.
Carraspeó varias veces.
Después amontonó saliva en la boca y la hizo correr por la garganta para disminuir el ardor. Por un momento creyó que Celaya le había hablado. Era un murmullo débil, como si alguien silbara despacio.
La oscuridad ocupaba todo el calabozo. Desorienta­rlo, tanteó la pared tratando de reconstruir el cuarto, mientras, afuera, alguien encendía una luz y la claridad bajaba diluida por la ventana alumbrando apenas la cara de Celaya, el pecho desnudo del morocho, un cuadrado irregular del piso grasiento.
Todo flotaba en una penumbra verdosa. Las siluetas se fueron recortando, otra vez. Renzi imaginó la luz del otro lado. La bombita sucia, los bichos revoloteando en la pared, cerca de la ventana, iluminando la entrada del baño.
Ubicó los cuerpos de Celaya y el morocho. Le pareció que se movían y los oyó murmurar. Estaban juntos, casi uno sobre otro. Era una risa, apenas. Una respiración suave, un jadeo. Se movió hacia un costado buscando distinguirlos mejor y en ese momento lo cegó la luz. Parpadeó, encandilado. Por fin adivinó, en medio de la luz que entraba por la puerta abierta, al sargento de guardia y a un soldado que arrastraba un tacho cilíndrico.
Recibió el plato de metal, la cuchara. Comió des­pacio, sin sentarse. El montón de papas y porotos y el agua tibia se apelotonaban, se disolvían en la boca. Tragó sin respirar y se recostó contra la pared, de cara al aire fresco.
Afuera, los soldados de guardia conversaban en voz Recorrió el salón circular de la sala de guardia, el escritorio contra la pared, y —por el vidrio de la ven­tana— un pedazo del camino de pedregullo cortado, de golpe, por la oscuridad. Al fondo, lejos, la luz de entra­da, como suspendida en el aire, alumbraba en un círculo el asfalto de la ruta.
En el calabozo Celaya y el morochito comían jun­tos, sentados en un rincón.
Renzi entregó el plato casi lleno.
Recibió el colchón y las mantas. Mientras se cerra­ba la puerta, alcanzó a ver el respaldo de una silla y un ángulo del escritorio.
Después escuchó el golpe metálico del cerrojo.
En la oscuridad le duró un rato el reflejo de la luz. Apretó los párpados y se fue acostumbrando de a poco a la penumbra.
El sudor le mojaba el cuerpo. Sentía la ropa ás­pera, pegada a la piel.
Al fondo, el morocho tendía los colchones.
Renzi se sacó un borceguí, el otro, y empezó a desnudarse. Se quitó el pantalón, levantó la cabeza y se encontró con el morochito que lo miraba, sin moverse. Renzi fue el primero en desviar los ojos.
Después acomodó el colchón en un costado, pre­paró una almohada enrollando el pantalón en la gari­baldina y, al buscar la manta, tropezó con el cuerpo de Celaya.
Estaba parado, lo miraba.
—No querido. Andate más hacia la punta —Agitó la mano como espantando algo—. Bien, bien contra la punta. Vas a estar más tranquilo —le dijo, y a Renzi le pareció escuchar como la risa del morochito, otra vez.
Se arrimó a la pared, sin hablar.
Se acostó y se tapó con la manta, a pesar del calor.
Encorvados, muy juntos, alumbrados débilmente por la luz que bajaba de la ventana, Celaya y el mo­rocho eran un bulto deforme. Parecían reírse o hablar, en voz baja.
El morocho se había quitado la ropa. Renzi lo veía por primera vez ele cuerpo entero. Era mucho más bajo de lo que había pensado. Al lado de Celaya, alto, maci­zo, el cuerpo del morocho se diluia, pálido. Tenía los brazos sin vello y las manos blandas, como sin fuerza y los dedos amarillentos en las puntas, cerca de las uñas que se enredaban en el pelo de Celaya.
Cuando Renzi lo comprendió hacía un ralo que el morocho acariciaba la nuca de Celaya. Las manos se deslizaban por el cuello, subían hasta el nacimiento de las orejas, bajaban por el pecho y empezaban a des­prenderle el pantalón.
Desde el piso, Renzi ve el mentón del morocho, los labios jugueteando con las tetillas, en el cuello, en la boca ele Celaya; los dos cuerpos se abrazan, tirados en el colchón como si lucharan; el cuerpo del morocho es un arco, Celaya está encorvado sobre él, los gemidos y las voces se mezclan, los dos cuerpos se hamacan y los gemidos y la voz quebrada de Celaya se mezclan, son un solo jadeo violento mientras Renzi se aplasta contra el cemento, cara a la pared, hecho un ovillo entre las mantas.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Santiago Gamboa. Autor de Perder es Cuestión de Método


(Bogotá, 1965) estudió Literatura en la Universidad Javerianade Bogotá. Se trasladó a España, donde vivió hasta 1990 y se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, y después a París, donde cursó estudios de Literatura Cubana por la Universidad de la Sorbona. Debutó como novelista con Páginas de vuelta (1995), obra con la que despuntó como una de las voces más innovadoras de la nueva narrativa colombiana; después vendrían Perder es cuestión de método (1997), que supuso el reconocimiento de la crítica internacional, en sus traducciones al italiano, francés, griego, portugués, checo y alemán, y que Sergio Cabrera ha llevado al cine, Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000), y Los impostores (Seix Barral, 2002). Es autor del libro de viajes Octubre en Pekín (2001). Como periodista, ha sido colaborador del Servicio América Latina de Radio Francia Internacional en París; corresponsal del periódico El Tiempo de Bogotá, y columnista de la revista Cromos. Actualmente reside en Roma.

Perder es Cuestión de Método. Por Santiago Gamboa

I


«Todo lo que ocurre tiene un sentido», pensó Víctor Silanpa al notar que era una mañana distinta. Había terminado los dos tomos de Shanghai Hotel, de Vicki Baum, leyendo con ojos irritados hasta el amanecer, y aún no sabía si el libro le gustaba. Ni siquiera sabía por qué lo había leído. Durante la noche había vuelto a romper la promesa de no fumar y, encima, debía empezar con la crema antihemorroidal, que lo observaba desafiante desde la repisa del baño. Miró con odio el tubito rojo, le atornilló la capucha plástica y, sintiendo un derrumbe de galerías en la psique, lo acercó a su cuerpo haciendo salir un líquido frío.
El ruido del teléfono retumbó en la mesa de entrada.
—¿Aló? —Silanpa sostuvo la bocina con los dedos pulgar y meñique.
—Sé que es domingo pero la cosa es grave —reconoció la voz del capitán Moya—: cincuenta y cinco años más o menos, empalado en la orilla del Sisga y desnudo como un Mercurio galante. Ni un papel, ni rastros de ropa. Nada.
—¿Cuándo lo encontraron?
—Esta mañana, pero parece que lleva varios días. Está en una parte de la represa alejada de la carretera. Lo encontraron unos jóvenes que hacían canoa. Apúrese, yo di orden de que no lo desclaven hasta que usted llegue. ¿Buena la chiva o no?
—Sí, capitán. Ya mismo salgo para allá.
Saltó dentro de un viejo pantalón de dril, se despidió con un gesto de la muñeca, que recibía el sol en la frente y estaba hermosa en su pedestal, al lado de la biblioteca, y en dos patadas ya estaba bajando por la Avenida Chile en dirección a la autopista.
—Silanpa. Prensa —mostró su tarjeta.
—Siga, es por allá.
De lejos le pareció un Cristo obeso. Un elefante pálido dibujado por un niño.
—Póngase esto en la nariz —el agente le alcanzó un algodón con amoniaco—. Allá abajo huele peor que pedo de borracho.
Sujetó la compresa sobre el labio; con los ojos lagrimeando comenzó a saltar matorrales y juncos hasta llegar al lugar. El cuerpo estaba amoratado, hinchado y lleno de tierra seca. Las estacas lo atravesaban en cruz. Los músculos de Silanpa se contrajeron instintivamente y sintió una fuerte picada.
Hizo un croquis en su libreta, dibujó la colocación del cadáver a unos metros de la orilla, en medio del juncal, y luego comenzó el detestable trabajo de reconocer el cuerpo. Tenía marcas en las muñecas y el cuello. Lo habían amarrado y, seguro, tironeado. El agente le alcanzó una escalera de pintor y, muerto de asco, se acercó a la cara. Las cuencas de los ojos estaban vacías y la boca a medio abrir, repleta de tierra y arena. Luego sacó su pequeña Nikkormat y le hizo varias fotos.
—Parece más un ahogado que un empalado, ¿no, agente?
—Sí señor. Y mírelo por detrás: ¿eso que le sale del rabo no son algas?
—Sí, pareciera... —Silanpa bajó de la escalera—. Bueno, ahora les toca a ustedes. Díganle a Piedrahíta que yo voy mañana temprano.
Subió de regresó hasta la carretera y miró el lago desde el puente. De ese lugar habían saltado muchos desesperados, personas que soñaron con una llamada, un gesto de alguien o de algo que nunca llegó. Sintió frío. Una brisa húmeda creaba en el agua un relieve de líneas paralelas. Desde la radiopatrulla llamó al capitán.
—Aquí Aristófanes Moya —escuchó al otro lado de la línea—, capitán de la Brigada 40, ¿a la orden?
Silanpa se identificó. El cigarrillo le temblaba en los dedos.
—Es un ahogado —le dijo—. A ese lo sacaron del lago para clavarlo. La cosa está bien rara, ¿no?
—¿Encontró algún indicio?
—Los agentes peinaron 2.00 metros a la redonda y no encontraron nada. Ni una ramita partida. El capitán se aclaró la voz carraspeando.
—Bueno, yo veré ese articulito. ¿Tiene fotos mías recientes?
—Claro que sí, capitán.
Llamó luego a la redacción de El Observador.
—¿Esquivel? Aquí Silanpa, urgente. Necesito que me guarde un recuadro en portada para foto en color y una página completa en policiales.
—¿Y no quiere también que le cante Hay humo en tus ojos?
—Es una vaina bien gorda, Esquivel, créame, un empalado en la orilla del Sisga. Luego voy y le muestro.
Regresó a Bogotá fumando un cigarrillo tras otro, hipnotizado por la imagen del cadáver, las órbitas reventadas de sus ojos, la mueca de la cara. Sintió horror al decirse que eso fue alguna vez un hombre como él, una persona a la que otros escuchaban, daban la mano y tal vez amaban. La última calada del cigarrillo le llenó la boca de un sabor agrio y bajó la ventana para escupir. Era malo estar tan cerca de los muertos.
Al llegar al tercer puente miró el reloj y vio que eran casi las cinco: «Mónica debe estar furiosa», se dijo. Aceleró hasta la avenida 127 y luego bajó hacia Niza reprochándose ser como era: alguien perdido en el tiempo, incapaz de cumplir con una cita, como si las coordenadas del reloj fueran un lenguaje ajeno a su vida. Le había prometido acompañarla a trotar a la ciclovía, pero ya era muy tarde.
Mónica le abrió la puerta con la cara larga y fue a la cocina a servirse un café. Tenía puesta la ropa deportiva.
—¿Dónde carajo te metiste? Te llamé a tu casa. En el periódico me dijeron que no te habían visto.
—Tuve que ir al Sisga. Encontraron un cadáver empalado en la orilla. Una vaina horrible.
—¿Empalado? —lo miró sorprendida mientras soplaba el humo de la taza—. ¿Y qué es: paramilitares, narcotráfico, guerrilla?
—Ya sabes que yo no me meto en esas cosas —se sirvió un vaso de leche—. De momento se va a tratar como un simple homicidio. ¿Saliste a trotar?
—Sí, con Óscar. Espérame aquí que voy a ducharme.
La acompañó con la mirada hasta la habitación pensando en Óscar. Había sido novio de Mónica antes que él y nunca se había resignado a perderla. La seguía, le hacía favores... siempre atento al menor capricho con la secreta esperanza de recuperarla.
Por la puerta entreabierta la vio bajarse el pantalón y quedar con ese calzoncito azul que le producía un efecto instantáneo. De un salto la alcanzó y la miró a los ojos, pero estos brillaban sin afecto. Más bien con algo de rabia.
—Perdóname, ¿el próximo domingo?
—Jura.
—Juro.
La abrazó con fuerza, le recorrió el cuerpo con las manos hasta que ella se separó.
—¡Para, paz, paz! —le dijo con risa—. Espera, yo me los quito.
El día que la conoció, hacía ya tres años, Silanpa volvía de hacer un reportaje sobre un extraño accidente en la Guajira. Un avión de carga lleno de flores había caído en medio de las dunas sin que hubiera rastro de muertos ni sobrevivientes. ¿Saltaron los pilotos en paracaídas? ¿Escaparon antes de que llegaran los equipos de rescate? Misterio... No había registro de salida desde ningún aeropuerto del país y sólo se encontró el esqueleto calcinado del avión en medio de una montaña de claveles y rosas chamuscados y cubiertos de ceniza y hollín. Al volver de allá, en una avioneta Cessna alquilada por el periódico, Silanpa tuvo la ocurrencia de quedarse en el aeropuerto a escribir la nota con el pretexto de que el ruido de los aviones le serviría de inspiración. Así lo hizo, y estuvo sentado en una de las mesas del Presto durante más de dos horas hasta que una mujer le preguntó qué hacía y por qué, y le armó charla diciéndole que estaba esperando a un amigo que venía de Panamá y que estaba retrasado, y siguieron charlando después de que Silanpa dictara la nota por teléfono y el vuelo de Panamá tuviera que aterrizar en Medellín por problemas técnicos. Él, que era más bien tímido, sentía que las palabras le salían de la boca con una extraña elocuencia, mientras que ella, que a esas alturas ya era Mónica, lo escuchaba describir los restos del avión, las caras silenciosas de los habitantes de la zona que oyeron la explosión y dieron la alarma, la probable reconstrucción del trayecto, etc. Lo miraba con un brillo en los ojos cuando, muy tarde y después de algunas cervezas, pasaron a hablar de sí mismos, de sus deseos y carencias, de sus obsesiones y pequeñas manías, y empezaron a estar tan de acuerdo en todo y a querer hacer algo tan parecido con sus vidas que de pronto Mónica se puso un dedo en los labios y lo invitó a su casa con una frase que Silanpa nunca había escuchado, y que fue la primera que escribió en un papel y guardó en uno de los bolsillos de su muñeca: «Quiero que me veas desnuda.» El avión de Panamá, con Óscar dentro, nunca llegó a Bogotá, y cuando él apareció con la maleta llena de chocolates Milky Way y frasquitos de perfume Dior Mónica lo sentó delante de un café y le dijo con tono fatídico: «Tenemos que hablar, pasaron cosas.»
Un rato después Mónica se levantó de la cama para ir a la ducha y él, en frío, volvió a sentir el ardor. ¿Quién podrá ser ese cadáver anónimo? ¿Cómo habrá llegado hasta ese lugar? Imaginó las manos que lo clavaron y dejaron allí, expuesto al viento y a la lluvia. Manos duras, acostumbradas a la muerte.
Se vistió mientras Mónica se duchaba.
—Voy a la redacción a escribir la nota. ¿Vamos luego a nocturna?
—Rico, sí. ¿Qué quieres ver?
—No sé, me da lo mismo. ¿Tú?
—Dicen que El guardaespaldas es buena. La dan en el Astor Plaza.
—Okey, te llamo luego.
Llegó al periódico cuando estaba oscureciendo y fue con el rollo al laboratorio.
—Mire —Silanpa alargó el índice hasta tocar el negativo; Esquivel se puso las gafas en la punta de la nariz—. Esto es pura candela.
Llevaron las fotos a edición y Silanpa se sentó frente al viejo PC de su despacho. Encendió un cigarrillo y empezó a picotear con dos dedos sobre el teclado.




El empalado del Sisga



Represa del Sisga, Cund. (16 de octubre). —El cadáver de un hombre aún no identificado fue encontrado ayer en la orilla sur de la represa del Sisga luego de ser objeto de uno de los más crueles y ancestrales castigos jamás ideados por la barbarie humana: el empalamiento. La Brigada 40 de la Policía, Sección Bogotá, comandada por el juliocésar del orden público, capitán Aristófanes Moya (ver foto 1, ángulo superior), comenzó la investigación inmediatamente después del hallazgo. «La ciudadanía puede estar tranquila», declaró el capitán Moya al reportero que esto escribe, «pues la persona jurídica o el ente delictivo que ostenta la autoría intelectual de esta cochinada recibirá justo castigo.»
Así pues, las investigaciones apenas comienzan y, a pesar de haber serios indicios y muchas pistas, este diario se abstiene de comentarlos para proteger el secreto de la investigación policial. ¿Cuál es la identidad del misterioso cadáver? ¿Cuál el móvil de este horrendo crimen? Habrá que esperar a que el capitán Aristófanes Moya y su equipo de detectives nos den la respuesta.
Pero detengámonos en un factor explicativo: ¿En qué consiste el empalamiento, oscura técnica heredada de los Balcanes, dominio que otrora lo fuera del conde Drácula, también llamado Señor de la Transilvania? Las sensibilidades a flor de piel deberán abstenerse de leer esta explicación: La práctica macabra, en efecto, introduce una estaca en sentido transversal desde la región anal que atraviesa el torso rompiendo la clavícula a un lado del cuerpo. La segunda estaca hace un camino equivalente, ya no introduciéndose por la región anal sino un poco más arriba, a la altura del riñon, formando una terrorífica X cuyo fin es sostener en peso al perjurado (ver fotos 1 y 2).






2



En el anfiteatro del Instituto de Medicina Legal la humedad había terminado por soplar la pintura del techo dejando a la vista grietas y perforaciones. Por una de ellas asomaban las diminutas antenas de una cucaracha.
—La mierda que recibí anoche es una de las cosas más feas que he visto en mi vida —Piedrahíta tomaba café y mordía un roscón sin quitarse los guantes plásticos de las manos.
—¿Y de qué murió?
—Está roto por todas partes. Tiene fractura de columna, el estómago reventado, agua en los pulmones y la garganta pegada. Por la mitad de cualquiera de esas, chao mi negro.
Silanpa observó horrorizado las botellas de formol en las que Piedrahíta guardaba sus trofeos: un corazón con tres huecos de bala, un hígado carcomido por la cirrosis, una mano apretando un cuchillo...
—Caray. ¿Y del tiempo hay algún indicio?
—Dos semanas, de pronto más. Es difícil saber cuando hay tanto daño. Lo máximo que le calculo son dos meses teniendo en cuenta que estuvo bajo el agua. Más y se deslíe.
—¿Entre dos semanas y dos meses? —Sí.
—Bueno. Al menos le ponemos un marco. ¿Qué edad le calcula?
—Entre cincuenta y sesenta. No se puede acumular tanta grasa en menos.
—¿Y de los rasgos?
—Blanco de piel. Pelo cano, calvo en la punta y escobillas a los lados. Uno sesenta y ocho de estatura. Ya le mandé todo al capitán Moya, allá deben estar preparando el dibujito.
—¿Y lo que tenía por dentro: la tierra, las algas?
—Todo eso lo mandé temprano al laboratorio. A lo mejor mañana por la tarde.
—Gracias. Cualquier cosa nueva me avisa.
—Sí, hasta luego.
El capitán Moya era un hombre de aspecto poco saludable que parecía haber cumplido los cincuenta. Sus facciones estaban marcadas por el exceso de comida y la falta de sueño: ojos inyectados, oscuras bolsas debajo de los párpados, sudoración intensa. Su nariz era un tubérculo atravesado por infinidad de venas a punto de estallar sobre unos labios muy f inos, como dibujados a lápiz. Aquel rostro parecía decir: aquí hay un hombre que ha sufrido, que ha sido abofeteado por la adversidad pero que, a pesar de todo, sigue creyendo en la bondad esencial del hombre; aquí hay un mártir que ha sonreído en medio de las llamas y que ha comprendido el profundo sentido del sacrificio y la entrega.
Moya tenía el retrato del empalado sobre la mesa. Era un hombre de rasgos amables.
—Ahí tiene todo lo que le puedo dar en esa carpeta. La lista de desaparecidos, sobre todo. ¿Me dijo dos meses? —Sí, para empezar.
—Seleccionamos los mayores de 25 años, varones. Claro, sólo está lo del Distrito. Ya pedí esta mañana datos del país, pero los computadores están saturados. Creo que hay algunos nombres de Chocontá.
—Por algo hay que empezar.
El capitán se recostó en el espaldar del asiento y respiró con fuerza intentando en vano cruzar la pierna. La guerrera le apretaba la inmensa barriga y un carraspeo arenoso le ahogaba la voz.
—Permítame una preguntica privada, periodista —dijo. Moya le clavó los ojos mientras se acariciaba el mentón—. Le voy a hablar como amigo, Silanpita, de hombre a hombre, porque con toda modestia me estoy preparando para una experiencia profunda... ¿Conoce una vaina que se llama La Última Cena?
—Sí, capitán, es una asociación evangélica para adelgazar leyendo pasajes de la Biblia —respondió Silanpa—. ¿Por qué me lo pregunta?
—Es que a mi mujer se le metió en la cabeza que yo vaya allá. Pero no sé, esas vainas me suenan raro.
—Puede que sea útil. Por estos días hay un montón de gente metida en eso. ¿Cuándo comienza?
Moya se miró el estómago y trató de chuparlo. El espaldar de la silla chilló y él volvió a incorporarse.
—Todavía no sé. El problema es que me dijeron que uno tiene que hablarle a los compañeros en la primera sesión, explicarles por qué uno está ahí... Y usté me conoce, yo soy una persona muy tímida. No sé hablar en público.
—Lo importante son los resultados —dijo Silanpa—. ¿Quiere que le averigüe algo en el periódico?
—No, sólo si hay algún dato especial. Lo estoy pensando apenas.
Silanpa salió a la carrera 13 y abrió la carpeta que le había dado Moya. Cada expediente tenía una foto, un historial y declaraciones de familiares sobre las circunstancias, estado mental y posibles motivos de desaparición. Se entró a almorzar al Burger, pidió una superqueso y fue a sentarse junto a la ventana con los 38 expedientes, pero de pronto sintió una profunda pereza. ¿Por dónde comenzar? Trató de concentrarse pero el ruido de la calle le llevó los ojos hacia afuera. Leyó varias veces un aviso que colgaba de lo alto del semáforo: «Bogotá es de todos. Cuídela.» El reloj de Granahorrar daba las dos de la tarde y del otro lado de la avenida, sobre un muro desconchado lleno de viejas pancartas electorales, alguien había escrito: «No seré un Don Johnson... ¡Pero tampoco soy un Don Nadie!»
Cuando regresó a la comisaría con los expedientes, el capitán Moya le dijo que a partir de las dos de la tarde esperaban gente en la morgue para intentar identificar el cadáver.
—¿Los parientes de estos? —agitó la carpeta.
—Sí. Vaya a ver, periodista. Seguro que allá consigue algo.
Piedrahita le dio una bata y lo invitó a sentarse. El primero en llegar fue un joven de unos 27 años.
—¿Nombre de la persona que busca y vínculo familiar?
—Tulio Poveda Bejarano. Hijo mayor.
—Siga.
Lo llevaron hasta la camilla y retiraron la sábana. El joven hizo un gesto de asco pero le bastaron tres segundos para decir no, no es.
—Mírelo bien —insistió Piedrahita.
—No es, ya le dije.
—El cuerpo está muy maltratado, ¿le puedo preguntar por qué está tan seguro?
—Por la boca, doctor. A mi taita sólo le quedaba el colmillo izquierdo.
Silanpa, que escuchaba desde atrás, marcó el expediente. Luego le tocó el turno a una señora acompañada de un joven.
—Marcos Nemqueteba Carrero. Esposa y sobrino.
Se acercaron. El joven se quedó atrás al ver que retiraban la sábana.
—No es.
—¿Está segura, señora?
—Sí.
—¿Podemos saber la razón?
—Perdone que le diga doctor —bajó la voz, se le acercó al oído—. Y que conste que no lo diría si usted no me lo pregunta... Una mujer conoce bien a su marido, ¿no le parece?
—Aquí se trata de una investigación policial, señora, ¿puede decirme la razón?
La mujer se acercó a la oreja de Piedrahíta.
—A Marquitos le faltaba un testículo, doctor... Fue una cosa horrible. Él nació como todos, normal y completico, pero ya casados tuvo el accidente. Imagínese, montando a caballo en el Llano se golpeó contra una cerca y al caer se enredó en el alambre de púas. Ahí se lisió Marquitos. Pero sepa, no por eso dejó de ser un hombre...
—Gracias por su colaboración, señora.
Hacia la media tarde ya habían pasado más de la mitad y la respuesta siempre era la misma: No es.
—Arturo Carrizo Sinoco. Cuñado.
Se lo mostraron y el hombre negó con la cabeza.
—¿Por qué razón?
—Debe haber un error, doctor. Mi cuñado no era tan gordo ni tan viejo, y la última vez que lo vimos era negro.
—Pues sí, entonces debió haber un error. Siguiente.
—Ósler Estupiñán Juárez. Hermano menor.
—Concéntrese y observe —dijo Piedrahíta.
—¿A ver? —comenzó a mirarlo con atención. Lo estudió de arriba a abajo. Dudó.
—De primerazo no parece, pero hay algo familiar.
—Mírelo bien. Tenemos todo el tiempo.
—Podría ser, sí.
—Pase allá, el enfermero le hará unas preguntas de rutina.
Silanpa lo invitó a sentarse en una mesa de fórmica. El hombre era bajito, llevaba un vestido mil rayas y una corbata azul de lana. Tenía los zapatos sucios de barro.
—Usted dice en este expediente que su hermano desapareció hace mes y medio. ¿Lo confirma?
—Sí.
—Su hermano era soltero, tenía 50 años, vivía en Fontibón, no sufría trastornos mentales y era chofer de un taxi urbano, Chevrolet 66 con placas FT 3643. ¿Correcto?
—Sí. Chevrolet 66 modernizado al 73.
—Aquí dice que usted no lo veía desde febrero del año pasado. ¿Es verdad?
—Positivo.
—Considerando que estamos en octubre, quiere decir que hace 21 meses que usted lo vio la última vez. ¿En qué circunstancias fue ese encuentro?
—Una cosa increíble. Fíjese, yo trabajo en el CAN, en Catastro. Un día salgo de afán a coger el bus Samper Mendoza-Bosque Izquierdo y cuando esperaba en el paradero de la avenida El Dorado, veo un taxi que pita y se acerca. Al principio creí que una de las personas que esperaba bus había decidido darse el lapo parando un carro, pero al estar más cerca vi una mano que hacía señas. Me acerqué y, sorprendido, vi a Ósler. Bueno, le confieso que si él no se presenta yo no lo reconozco, porque en esa época sí que no lo veía desde que me fui a Cartagena, imagínese, hace ya 9 años.
—¿A Cartagena?
—Sí. Divina ciudad —continuó diciendo Estupiñán—. La cosa estaba tan jodida en Bogotá que apenas me ofrecieron un empleo modesto en una empresa costeña, la Royal Crown de gaseosas, me decidí. Un puesto decente, de jefe de bodegas en una de las repartidoras, no muy bien pago pero tampoco miserable. Daba para pagar un alquiler, comprar ropa una vez al año y, aquí entre nos, mojar el nabo de vez en cuando en la zona de la muralla, que como es oscuro no impresiona y comparado con Bogotá es baratico. Se pasean por ahí unas morochas que, si me permite la expresión, son de entrepierna fácil. Se les paga una Bavaria, se les compra una chuspita de maíz y un cigarrillo suelto, se les mete un billete de mil entre el escote y, ¡contacto!, se abren como patos, ja ja. ¿De qué estábamos hablando?
—Su hermano. Usted estaba esperando bus y él llegó.
—Ah, sí. Como le decía, casi no lo reconozco. Pero él me vio y me hizo subir. Ese día, como yo estaba de afán porque tenía que hacer un trabajito por fuera de horas en el Bosque Izquierdo, no nos vimos mucho. Pero el fin de semana siguiente nos encontramos en la calle 23, esquina con la Séptima, y fuimos a comer a lo que diera la panza al Punto Rojo, donde me dijo iban mucho los profesionales del transporte público.
—¿Y el cuerpito que le mostramos es o no es?
—No, creo que no. No sé. De pronto sí.
—Dígame una cosa, ¿qué cree que le pudo haber pasado a su hermano?
—Misterio. Él chupaba poco, no le gustaba la timba y con las hembritas apenas lo estricto necesario para cumplirle a la cédula en donde dice «masculino», ¿me capta? —soltó una risa picara—. Ni idea. Era un tipo bueno, un hombre sin enemigos.
—¿Piensa en un secuestro?
—Nooo... Quién iba a secuestrar a un taxista que ni siquiera era propietario de su taxi —tomó aire, se acercó a la oreja de Silanpa—. Fue algo distinto: el carro lo encontraron parqueado sin señas de violencia. Su casa estaba ordenadita. De verdad le digo, ni idea. Pero cuénteme, ¿todos los enfermeros hacen estos interrogatorios?
Silanpa sacó una insignia falsa de la billetera y se la mostró.
—Ah, ya entiendo... ¿De la secreta?
—Colaboro con la policía. ¿Le puedo pedir que me llame si sabe algo de su hermano? A lo mejor colaborando entre los dos damos con él.
—Listo, Jefe. Yo lo llamo. Keep in touch.
—¿Habla inglés?
—Me estoy preparando para emigrar. ¿Usted conoce allá?
—No, me gustaría, pero no.
Silanpa salió desanimado. Ninguna de las personas había reconocido el cadáver y ya veía venir la avalancha de expedientes de todo el país. Llamó a Moya y le contó los resultados, luego fue a su casa y encontró un mensaje en el contestador: «Señor Silanpa, es la señora Gallarín. Ya consulté con mi abogado y él está de acuerdo. Dice que con las fotos es suficiente, así que tómelas y tráigamelas lo más rápido posible. Gracias.»
Se acercó a la muñeca y le dijo en tono bajo: «Esta noche salimos juntos», y le tiró un beso. Miró el reloj y vio que había mucho tiempo por delante. Se sirvió una cerveza y se la tomó con calma mientras revisaba las copias de las fotos del empalado y algunos expedientes. Luego pensó que hacía días que no veía a Guzmán.
Y fue a visitarlo.
Fernando Guzmán había terminado el colegio con él. Habían hecho juntos la carrera de periodismo en la Javeriana y, luego, entrado al tiempo a El Observador. Guzmán directamente a judiciales, pues tuvo la mejor prueba de ingreso y le pidieron elegir, mientras que Silanpa debió hacer un periodo de aprendizaje en la sección domingo.
Guzmán era el periodista más lúcido de su generación: un hombre culto, obsesivo, con intuición. Silanpa lo veía discutir con sus compañeros de sección sobre los diferentes casos y sentía orgullo. «Ese es mi amigo», se decía, y se daba cuenta de cómo los ponía en jaque, de cómo siempre era Guzmán, inexperto y neófito, el que lograba resolverlo todo llegando al fondo de la cuestión, encontrando la pista, sabiendo dónde y cómo buscar lo que parecía inencontrable.
Cuando Silanpa pudo entrar por fin a judiciales Guzmán fue ascendido al cargo de editor, que para él era lo más natural del mundo y que, en realidad, ya asumía desde hacía varios meses por su dinamismo y perspicacia. A partir de ese día los más tempraneros, los que llegaban en los primeros buses al periódico, lo encontraban sentado, fumando, tomándose frente a la pantalla un café negro con los ojos inyectados. Guzmán gesticulaba, se emocionaba con la realidad y la perseguía como a una presa. Quería anticiparla, comprenderla, casi seducirla...
Trabajaba hasta muy tarde. Cuando los últimos redactores diurnos se habían ido Guzmán seguía ahí, con su corbata descentrada, en mangas de camisa y fumando Pielroja tras Pielroja, dando instrucciones a los redactores de la noche y encargando investigaciones, haciendo llamadas, pasándole revista a sus chivatos y, en ocasiones, saliendo a la carrera a buscar algún dato urgente.
Al filo de la medianoche se iba, a veces con Silanpa, que lo esperaba tomando ron con los de provincias, o a veces solo, y todo el mundo sentía que faltaba algo importante cuando Guzmán no estaba, que una de las columnas del periódico se había esfumado.
El rápido ascenso convirtió a Guzmán en un hombre ensimismado. El trabajo ocupaba la totalidad de su cerebro y cuando le hablaban miraba hacia una de las esquinas del techo, como vigilando sus ideas. Las salidas nocturnas lo llevaron primero al alcohol y, de ahí (eso Silanpa nunca lo supo a ciencia cierta), a las drogas... Decían que se drogaba para soportar el trabajo, para estar lúcido y despierto todo el día y toda la noche. Desde su cargo de redactor en judiciales Silanpa podía observarlo de lejos y alimentar su admiración. Pero al acercarse vio que Guzmán comenzaba a extraviar la brújula. Cada día se emborrachaba más temprano, cada vez los tragos de ron eran más largos.
Al filo de las diez de la noche, Guzmán era una especie de papel tornasol: sus mejillas se hinchaban y su nariz parecía un pimiento rojo. Silanpa decía que tal vez ese era el precio que pagaba por la inteligencia, y todos lo aceptaban así. Y hacia las once, cuando Guzmán tenía los ojos inyectados y la voz era apenas un remedo, una especie de grabación alucinada, se iba al baño dando tumbos. Al volver era otro: no hay mal en el mundo que no cure un chorro de agua fría en la nuca, decía.
Silanpa llegaba a la redacción a las nueve de la mañana y, mientras tomaban café, Guzmán le explicaba lo que había para el día, con gráficos y líneas que representaban sus ideas porque era de esos grafómanos que no pueden hablar sin dibujar lo que dicen, que complementan sus palabras con trazos sobre el papel.
Una mañana le sintió el aliento y quedó perplejo.
—¿Ha estado tomando a estas horas? —preguntó Silanpa—. Son las nueve de la mañana... ¿Pasa algo?
—Nada, apenas un traguito para afinar la voz.
—Está borracho. Mírese...
Vio junto a la papelera una botella de ron.
—Tranquilo —Guzmán encendió otro cigarrillo con gesto nervioso—. Soy como esa botella: estoy lleno de alcohol pero no ebrio. ¿Nos concentramos?
Las cosas se precipitaron un día en que, alegando que veía cucarachas gigantes, pateó todas las lámparas y máquinas de la redacción. Los psiquiatras dijeron que tenía el cerebro destrozado por el estrés, las drogas, el alcohol y el trabajo... Que debían internarlo, alejarlo de la redacción.
Desde entonces Guzmán estaba recluido en una casa de reposo en Chía, alejado de todo. Silanpa iba a visitarlo de vez en cuando.
Dejó el R6 en el parqueadero de la entrada, fue a pie hasta la verja y llamó a una de las monjas.
—Vengo a ver a Fernando Guzmán. Soy un amigo de la familia.
La monja lo acompañó al cuarto.
Al verlo, como cada vez, se le formó un nudo en la garganta.
—¿Cómo lo tratan, bien? —le entregó el paquete de almojábanas y unas uvas.
—Sí... —lo miró con ojos afilados y esperó a que la monja saliera—. Quería verlo, ayer logré un avance importante hacia la libertad.
—¿Cuál?
—Los convencí de que me dejaran leer la prensa...
—¡Pero eso le va a hacer daño! —se exasperó Silanpa—. El médico dijo que nada de información.
—Espere, espere, la cosa es así. Les propuse que me dejaran leer un periódico por día, pero no como noticia ni actualidad sino como historia, ¿me entiende?
—No.
—Ellos me van dando cada día un periódico viejo, del año en que entré al sanatorio... Y así yo me entero de las cosas con varios años de retraso y en pequeñas dosis, pero me entero.
Silanpa lo miró con admiración. Se había salido con la suya.
—Voy en la toma del Palacio de Justicia, ¿qué vaina tan jodida, no? Este país se enfermó. Betancur va a tener que hacer un plebiscito, o dimitir.
—Ni se imagina lo que va a venir después...
—Ni una palabra, poeta —le dijo Guzmán—. Si hubiera habido un segundo bogotazo me habría dado cuenta.
Una cortina de lágrimas lo hizo retroceder. Fue hacia la ventana y miró los cerros con tristeza. Entonces decidió contarle del empalado.
—No sé ni quién es ni de dónde salió. Una bola de sebo repleta de arena y algas...
—Hay que ver si ya se ha hecho algo parecido —analizó Guzmán—. Mirar en los archivos de la policía si alguien ha sido ya empalado, o crucificado, o ahorcado y dejado al aire libre. Hay que buscar apoyo en algo, la única pista no puede ser la identificación del cadáver.
—La cosa está bien complicada —Silanpa encendió un cigarrillo y abrió la ventana—. Estoy buscando en los expedientes de personas desaparecidas, Moya me está ayudando a cambio de colaboración.
—Una vaina de esas no se hace sin odio, Víctor, y un odio muy profundo. Eso no es sólo un crimen. Ahí hay humillación, desprecio, bajeza.
La enfermera entró con una pastilla y lo miró de arriba a abajo, con desconfianza. Silanpa pensó que debía irse. Se despidieron con un apretón de manos que a él le calentó la sangre y, una vez más, evitó mirarlo a los ojos. Regresó despacio a Bogotá pensando en las tardes de estudio en su casa con Guzmán, el Negro Ferreira y Juan Carlos Elorza. Analizaban los recortes de prensa, discutían sobre los enfoques de la información y se veían ya sentados frente a una IBM, en la redacción de algún periódico importante, con la bocina del teléfono pegada a la oreja y copiando una declaración vital que al día siguiente cambiaría el curso de la realidad. Todos sentían que la tinta corría por sus venas y que la página impresa era una extensión de tiempo en la que anhelaban pasar tardes de trabajo, noches de amistad y fatiga.
Miró el reloj: eras las 6 de la tarde. El señor Gallarín no salía antes de las 7:30 pero era mejor ir prevenido. Comprobó que tenía en la guantera el libro de Ciorán que su amigo filósofo Tabo Chirolla le había prestado y se voló para la clínica.
A las 19:30 exactas el BMW sedán de Gallarín salió del parqueadero. Avanzó hasta la esquina de la calle 100 con carrera 19 y en el semáforo, como de costumbre, recogió a su amante. Luego bajó por la 100 hasta la autopista y condujo hacia el Estadero del Norte. Silanpa revisó su Nikkormat y el plano de la planta del motel. Gallarín siempre iba a los cuartos que daban al patio de adentro, los que tienen miniteca y sauna. Palpó en el bolsillo la ganzúa y encendió un cigarrillo mientras miraba las luces del BMW, unos metros delante de las suyas.
Al llegar al motel Silanpa sentó la muñeca en la silla del copiloto, le puso una ruana y la recostó contra su hombro. Avanzó hacia la puerta y pitó dos veces. «Bienvenida al templo de Malpighi», le dijo al oído, y le pareció que sonreía. Un joven les abrió a toda velocidad indicándole que siguiera las señales. Fue a la izquierda a buscar los cuartos interiores y al pasar vio que el BMW sedán estaba en el número 7.
Bajó con la muñeca en brazos y subió a la habitación con los ojos clavados en el corredor interno. Por ahí entraría. En la habitación se miró en el espejo, revisó el equipo y sacó de nuevo su libro. Quería agarrarlos con las manos en la masa y para eso debía esperar unos minutos.
Antes de salir entró a orinar al baño y apagó la colilla del cigarrillo. «Espérame aquí», le dijo a la muñeca sentándola delante del televisor. Los tobillos le temblaron al llegar a la puerta. Escuchó gemidos y se dijo: «Ya están en lo bueno.» Alistó la cámara y abrió disparando golpes de flash y gritando «¡Nadie se mueva, policíaaa!».
Gallarín estaba boca abajo. Tenía puesto un brassier de encaje rosado, los brazos amarrados con medias de nylon al marco de la cama y zapatos de tacón color plata. Detrás de él estaba el negro Zoltán, el encargado de la limpieza en la clínica, con una camiseta de esqueleto recortada al ombligo.
—Sonrían y no se me muevan —gritó Silanpa sin dejar de disparar la cámara.
Como un rayo el negro sodomita se desprendió de Gallarín y enfrentó a Silanpa blandiendo su oscuro príapo.
—Quieto... Policía.
No terminó de decir la frase y ya rodaba por el suelo de un tremendo puñetazo. El etíope tenía el puño veloz.
—Zoltán, bruto, ¿qué carajo estás haciendo? Déjalo, no compliques más las vainas —Gallarín intentó reponerse.
Silanpa se levantó magullado y el negro se retiró mirándolo con un odio impregnado de humillación.
—La policía tiene rodeado el motel —mintió con voz que pretendía ser agresiva—. Es una operación de rutina, así que quédense acá sin moverse hasta que venga el capitán.
—Zoltán, al baño. Déjame hablar con el caballero. El negro entró y cerró la puerta. —No sé quién es usted, joven, pero me lo imagino. No creo esa historia de la policía y me inclino más bien por uno de esos detectives que andan vigilando a maridos adúlteros. ¿Me equivoco?
Silanpa no dijo ni sí ni no. Más bien se acarició el pómulo golpeado y evitó mirar al hombre desnudo, sudoroso.
—Sé que es mi mujer la que lo manda y por lo tanto podemos hablar con franqueza: ¿Cuánto?
—¿Cuánto qué?
—No nos hagamos los pendejos. ¿Cuánto, cuánto le pagó mi esposa?
—Eso es secreto profesional.
—A la mierda su secreto profesional. ¿Cuánto por el rollo fotográfico? Pídame lo que sea. ¿Quiere doscientos mil pesos?
Silanpa pensó que había cobrado exactamente esa suma y que ya la había gastado reparándole el sistema eléctrico al Renault 6.
—Por esa plata ni me rasco la oreja, doctor. Además no es legal lo que me propone.
—¿Y es legal meterse en la vida ajena?
Sintió vergüenza, pero se repuso.
—Usted está engañando a su esposa, doctor, no me venga con sermones. Lo que viene a hacer aquí con el zambo está penalizado hasta en la Biblia.
Se acarició el pómulo. Se dio media vuelta y enfiló hacia la puerta.
—Espere... ¿Medio millón le sirve? —reviró Gallarín.
Silanpa miró la cámara y un gesto de sorpresa lo traicionó.
—Venga, ya mismo le hago un cheque. El hombre se cubrió con la sábana. Fue hasta su chaqueta y sacó un estilógrafo.
—Aquí tiene. Déme el rollo.
Silanpa cogió el cheque y le entregó la película. Dio media vuelta y avanzó hasta la puerta pensando que era la última vez que lo hacía. La vida privada de los demás ejercía sobre él una gran fascinación, pero se dijo: «Yo soy periodista, carajo. ¿Qué hago metido en estos líos?»



3



Me llamo Aristófanes Moya. Mido 1.80 metros y peso 124 kilos. A lo mejor algunos ya me conocen dada mi modesta y sacrificada condición de hombre semipúblico, ejem... que dedica su vida al servicio de los otros. Pero no estamos aquí para hablar de lo que hacemos en la calle sino de lo que nos trae a este recinto, a esta respetable asociación.
Comer o no comer, ¿quién decide? La cosa se puso grave un día en que, además de las tres comidas reglamentarias, me manduqué la medio pendejadita, con perdón de las señoras, de 17 chocolatinas Jet, 14 talegos de Chitos y 11 Chocorramos. Y eso sólo en lo dulce, porque en lo salado también hice plusmarca: 9 empanadas, 6 arepas con ají y 4 hamburguesas con queso con respectivas porciones de papas fritas, salsa de tomate y mostaza. Todo esto más lo que me aplico en los tres golpes de mantel diarios que exige la Iglesia católica suma más de nueve mil calorías, el triple de lo que un ser humano normalmente constituido necesita para alimentarse. Soy una persona con poca instrucción, pero no por eso me considero un inculto. Veo televisión y oigo radio. Leo un periódico todos los días, me demoro en la sección deportiva pero tampoco le pierdo letra a lo que tiene que ver con política, delincuencia o actos sociales. Una vez al mes, y por consejo de mi señora esposa, compro las Selecciones del Reader's Digest y, a pesar de lo que ella dice cuando quiere burlarse del sotoscripto, leo varios artículos y no sólo la página de chistes. Fue ahí en donde comencé a tener conciencia de mi problema, concretamente en un capítulo titulado «Soy el estómago de Juan». Aprendí, en resumen, que el estómago es una cosa y la bolsa de la basura otra. Y aquí hago otra hipérbole con disculpa de ustedes: mi señora, que es una santa y que en la cocina y con el cucharón en la mano es capaz de mover montañas, siempre me dice: «Termínese el poquito de sopa que queda, ¿sí? Mire que si no hay que botarla», «Échese esta salsita con más arroz así la acabamos, ¿se la caliento?», y cosas de esas todo el día. Y yo, que delante de un plato de comida tengo la voluntad de un nene de teta, pues le hago caso. Una vez leí, también en Selecciones, que los animales depredadores se comen toda la carne que cazan. Que un tigre o una pantera terminan siempre la presa para no dejarla en manos de otros. Un animal de esos puede comerse 35 kilos de carne, y sólo termina cuando los huesos quedan limpiecitos y ya no hay de dónde chupar. Pero eso es una cosa natural y ahí está la diferencia. Yo me dije: «Aristófanes, usté no es ni tigre ni pantera», aunque debo decir aquí que mis compañeros de trabajo me llaman a veces El Tigre, pero por otras razones que no vienen al caso. En fin, que yo no soy un animal y que puedo pensar, y por eso, por haber pensado, es que estoy pidiendo la ayuda de ustedes, de la asociación La Ultima Cena. No creo que sea una debilidad pedir ayuda, ¿no? Si es humano equivocarse, también es humano saber que un problema existe y que hay que meterle el diente, aunque la expresión ya me delate.

domingo, 6 de septiembre de 2009

John Fante. Autor de Espera a la Primavera, Bandidni

Escritor norteamericano nacido en Denver, Colorado. Hijo de una familia de inmigrantes italianos, estudió en la Universidad de Colorado. Representante del realismo sucio, sus novelas, ambientadas la mayoría de ellas en California, son un reflejo de la pobreza, el catolicismo en relación a la comunidad ítalo-americana y la incomunicación de la familia o la pareja. Trabajó como guionista en Hollywood y dedicó su vida a la literatura, aunque sólo alcanzó el pleno reconocimiento de crítica y público después de su muerte. Este redescubrimiento tardío se debió en gran parte a Charles Bukowski, que en 1980, exigió a su editor la publicación de una sus novelas, Pregúntale al polvo (1939). Ha escrito entre otros los libros, Espera a la primavera, Bandini (1938), Dago Red (1940), la colección de pequeñas historias tituladas, Full of Life (1952), La hermandad de la uva (1977), Dreams From Bunker Hill (1982), 1933 Un año pésimo (1985) y El camino hacia Los Angeles (1985). En 1955 sufrió la amputación de ambas piernas y en el año 1977 perdió la vista a causa de la diabetes. Murió en Woodland Hills, California en 1983.

Espera a la Primavera, Bandini. Por John Fante

1

AVANZABA dando puntapiés a la espesa capa de nieve. Hombre asqueado a la vista. Se llamaba Svevo Bandini y vivía en aquella misma calle, tres manzanas más abajo. Tenía frío y agujeros en los zapatos. Por la mañana había tapado los agujeros por dentro con el cartón de una caja de macarrones. Los macarrones no los había pagado. Se había acordado mientras metía en los zapatos los trozos de cartón.
Detestaba la nieve. Era albañil y la nieve congelaba la argamasa que ponía entre los ladrillos. Se dirigía a su casa, pero no sabía por qué. Cuando era pequeño y vivía en Ita­lia, en los Abruzos, tampoco le gustaba la nieve. No había sol, no había trabajo. Ahora vivía en los Estados Unidos, en Colorado, en un lugar llamado Rocklin. Acababa de salir de los Billares Imperial. En Italia también había montañas, por supuesto, iguales que los montes blancos que se alzaban a unos kilómetros hacia occidente. Los montes eran gigantescas túnicas blancas que caían a plomo hacia la tierra. Veinte años antes, cuando tenía veinte años de edad, había pasado hambre durante toda una semana entre los pliegues de aquella túnica despiadada y blanca. Había estado construyendo una chimenea en un refugio de montaña. Era peligroso subir allí en invierno. Había dicho a la porra el peligro, porque sólo tenía veinte años entonces, y una novia en Rocklin, y necesitaba dinero. Pero el techo del refugio había cedido bajo la nieve aplastante.
No había momento en que aquella nieve hermosa no le torturase. No comprendía aún por qué no había emigrado a California. Pero permanecía en Colorado, entre las nieves profundas, porque ya era demasiado tarde. La nieve blanca y hermosa era como la mujer blanca y hermosa de Svevo Bandini, muy blanca, muy fértil, que yacía en la cama blanca de una casa situada calle arriba. Walnut Street número 456, Rocklin, Colorado.
El aire frío le humedeció los ojos. Eran castaños, eran dulces, eran ojos de mujer. Le había quitado los ojos a su madre al nacer, ya que después del nacimiento de Svevo Bandini, la madre no había sido ya la misma, achacosa siempre, siempre con expresión de enferma después del parto, hasta que murió, y a Svevo le tocó tener ojos castaños y dulces.
Setenta kilos pesaba Svevo Bandini y tenía un hijo llamado Arturo que disfrutaba acariciándole los hombros musculosos y palpándole las culebras que le corrían por dentro. Era hombre apuesto Svevo Bandini, todo músculo, y su mujer, que se llamaba María, en cuanto pensaba en los músculos de los riñones del marido, el cuerpo y el espíritu se le derretían cual nieve de primavera. Era muy blanca esta María y mirarla era verla a través de una finísima capa de aceite de diva.
Dio cane. Dio cane. Quiere decir que Dios es un perro y Svevo se lo decía a la nieve. ¿Por qué habría perdido diez dólares aquella noche en una partida de póquer en los Billares Imperial? Era muy pobre y tenía tres hijos, y no había pagado los macarrones, ni la casa en que estaban los tres hijos y los macarrones. Dios es un perro.
Svevo Bandini tenía una esposa que no decía nunca:
dame dinero para dar de comer a los niños, pero tenía una esposa de ojos grandes y negros que el amor encendía hasta el empalago, unos ojos muy suyos que le escrutaban furtivamente la boca, las orejas, el estómago y los bolsillos. La astucia de aquellos ojos era triste, pues siempre sabían cuándo le había ido bien en los Billares Imperial. ¡Vaya ojos para una esposa! Veían todo lo que él era y esperaba ser, pero su alma jamás.
Lo cual era extraño, porque María Bandini era una mujer para quien todos eran almas, tanto los vivos como los muertos. María sabía lo que era un alma. Un alma era algo inmortal que ella conocía. Un alma era algo inmortal sobre lo que no discutía. Un alma era algo inmortal. Bueno, fuera lo que fuese, el alma era inmortal.
Poseía un rosario blanco, tan blanco que si se cayera en la nieve no se encontraría nunca, y María rezaba por el alma de Svevo Bandini y de sus hijos. Y como le faltaba tiempo, esperaba que en algún lugar del mundo, alguien, una monja de algún silencioso convento, alguien, cualquiera, tuviese tiempo para rezar por el alma de María Bandini.
A Svevo le aguardaba un lecho blanco en que su mujer yacía acostada, cálida e impaciente, y él daba puntapiés a la nieve y pensaba en algo que alguna vez fabricaría. Sólo una idea tenía en la cabeza: un aparato quitanieves. Había construido una maqueta con cajas de puros. Se le había metido en la cabeza. De pronto se estremeció como hombre al que un pedazo de metal frío toca el costado y recordó las veces incontables que había yacido en el lecho cálido con María, y que la crucecita fría del rosario femenino le rozaba la carne en las noches invernales como una víbora riente y fría, y que él se retiraba con premura a un rincón del lecho más frío aún, y pensó entonces en el dormitorio, en la casa que no había pagado, en la esposa blanca e incansablemente deseosa de pasión, y ya no pudo resistirlo, y llevado de la furia se hundió en la nieve más abundante de la calzada para desfogarse en ella. Dio cane. Dio cane.
Tenía un hijo que se llamaba Arturo y Arturo tenía catorce años y un trineo. Al entrar en el patio de la casa que no había pagado, sus pies corrieron de pronto hacia la copa de los árboles, había caído de espaldas y el trineo de Arturo seguía en movimiento, deslizándose hacia un lilo de flores vencidas por el peso de la nieve. Dio cane! Ya le había dicho al chico, a aquel renacuajo cabrón, que no dejase el trineo en la entrada. Svevo Bandini sentía que el frío de la nieve le perforaba las manos como un enjambre de hormigas rabiosas. Se puso en pie, alzó los ojos al cielo, agitó el puño hacia Dios y a punto estuvo de morirse de un ataque de cólera. Arturo, Arturo. ¡Renacuajo cabrón! Sacó el trineo de debajo de las lilas y con maldad deliberada le arrancó las guías. Sólo cuando estuvo hecho el destrozo recordó que el trineo le había costado siete dólares con cincuenta. Se limpió la nieve de la ropa, notando un calor extraño en los tobillos, por donde la nieve se le había colado en los zapatos. Siete dólares con cincuenta centavos hechos trizas. Diavolo! Que el chico se comprara otro trineo. De todos modos prefería uno nuevo.
La casa no se había pagado. Era su enemiga aquella casa. Tenía voz y le hablaba siempre, igual que un loro, cotorreándole lo mismo sin parar. Cada vez que sus pies despertaban crujidos en el suelo del soportal, la casa le decía con insolencia: no eres mi dueño, Svevo Bandini, y nunca seré tuya. Cada vez que rozaba el pomo de la puerta principal era lo mismo. Durante quince años la casa le había importunado y exasperado con su cretina independencia. Había ocasiones en que la quería dinamitar y reducir a escombros. Cierta vez había sido muy fuerte la provocación, la provocación de aquella casa que, semejante a una mujer, le incitaba a poseerla. Pero al cabo de trece años había acabado por cansarse y renunciar y la arrogancia de la casa había aumentado. A Svevo Bandini ya no le importaba.
El banquero propietario de la casa era uno de sus peores enemigos. El recuerdo de la cara del banquero le aceleró el corazón con ansia abrasadora de violencia. Helmer, el banquero. La hez de la tierra. De vez en cuando había tenido que ir a verle para decirle que no tenía dinero suficiente para alimentar a la familia. Helmer, pelo gris pulcramente peinado con raya, manos blandas, ojos de banquero que parecían ostras cuando Svevo Bandini le decía que no tenía dinero para pagarle el plazo de la casa. Había tenido que hacerlo muchas veces y las manos blandas de Helmer le enervaban. No podía hablar con un hombre así. Detestaba a Helmer. Le habría gustado romperle el cuello a Helmer, arrancarle el corazón y pisoteárselo con los dos pies. Pensaba en Helmer y murmuraba: ya te cogeré, ¡ya te cogeré! No era su casa y no tenía más que rozar el pomo de la puerta para acordarse de que no era suya.
Se llamaba María y la tiniebla era luz ante sus ojos negros. Anduvo él de puntillas hasta el rincón y la silla que allí había, al lado de la ventana con la persiana verde echada. Al tomar asiento le crujieron ambas rodillas. Para María era como el tintineo de dos campanillas y se le ocurrió que era una locura que una esposa amara tanto a un marido. Hacia mucho frío en la habitación. Por entre los labios jadeantes le brotaban chorros cónicos de vaho. Gruñó mientras forcejeaba como un pugilista con los cordones de los zapatos. Siempre los dichosos cordones. Diavolo! ¿Se moriría de viejo sin haber aprendido a atarse los cordones de los zapatos como los demás hombres?
—¿Svevo?
—Sí.
—No los rompas, Svevo. Enciende la luz y yo te los desataré. No te enfades, no vayas a romperlos.
¡Dios del cielo! ¡ Santísima Virgen María! ¿Era aquello una mujer? ¿Enfadarse? ¿Por qué había de enfadarse? ¡La madre que...! ¡ Con qué ganas habría roto la ventana de un puñetazo! Arañó con las uñas el nudo de los cordones. ¡Cordones, cordones! ¿Por qué existirían los cordones de zapatos? Ay, ay, ay.
—Svevo.
—¿Qué?
—Ya lo hago yo. Enciende la luz.
Cuando el frío ha agarrotado los dedos, el nudo de un cordón es tan terco como el alambre espinoso. Arrimó brazo y hombro para desahogar la impaciencia. El cordón se rompió con chasquido seco y a punto estuvo Svevo Bandini de caerse de la silla. Suspiró, suspiró la esposa.
—Ay, Svevo, otra vez los has roto.
—Es igual —dijo él—. ¿O querías que me metiera en la cama con los zapatos puestos?
Dormía desnudo, despreciaba la ropa interior, aunque una vez al año, con las primeras nieves, en la silla del rincón le esperaban siempre los calzoncillos largos que le habían preparado. Cierta vez se había reído de aquella salvaguardia: fue el año en que casi había muerto de gripe y pulmonía; fue el invierno en que se había levantado de un lecho de moribundo, delirando a causa de la fiebre, asqueado de las pastillas y los jarabes, se había tambaleado hasta la despensa, se había metido hasta el galillo media docena de cabezas de ajos y había vuelto a la cama para sudar hasta la bilis. María creyó que lo habían curado sus oraciones y a partir de entonces el ajo fue la religión curativa de Bandini, pero María sostenía que el ajo procedía de Dios, argumento demasiado absurdo para que Svevo Bandini discutiera.
Era un hombre y no soportaba verse con calzoncillos largos. Ella era María y cada mancha de la ropa interior del marido, cada botón y cada hebra, cada olor y cada roce hacía que los pezones le doliesen con un júbilo que brotaba del centro de la tierra. Llevaban casados quince años, y él tenía lengua, sabía moverla, y con frecuencia hablaba de cuanto se le ocurría, pero muy pocas veces le había dicho te quiero. Ella era su mujer, y hablaba en contadísimas ocasiones, pero a él le aburría que sólo supiera decir te quiero.
Se acercó al lecho, metió las manos bajo las mantas y buscó a tientas el rosario errabundo. Acto seguido se introdujo entre las sábanas y se abrazó a ella con desesperación, enroscando los brazos alrededor de los de ella, atenazando las piernas de la mujer con las suyas. No era pasión, sólo el frío de una noche de invierno y ella era una mujercilla­-estufa que desde el principio le había atraído por su calidez y su melancolía. Quince inviernos, noche tras noche, y un cuerpo cálido de mujer que acogía unos pies como témpanos, unas manos y unos brazos como témpanos; pensó él en aquella clase de amor y lanzó un suspiro.
Y hacía nada, los Billares Imperial se habían quedado con los diez dólares que le quedaban. Si aquella mujer tuviese por lo menos algún defecto que compensara un tanto sus debilidades... Fíjate en Teresa de Renzo. Se habría casado con Teresa de Renzo, pero era una mujer extravagante, hablaba demasiado, la boca le olía a perro muerto y, hembra fuerte y musculosa, fingía derretirse además entre sus brazos. ¡Casi nada! ¡Y era más alta que él! El caso es que con una esposa como Teresa habría perdido a gusto diez dólares en los Billares Imperial en una partida de póquer. Habría pensado en su aliento, en aquel pico que no paraba, y habría dado gracias a Dios por presentársele la ocasión de tirar un dinero que había ganado con el sudor de su frente. Pero con María no.
—Arturo ha roto la ventana de la cocina —dijo ésta.
—¿Que la ha roto? ¿Cómo?
—Tiró a Federico de cabeza contra ella.
—El muy hijo de puta.
—Fue sin intención. Sólo estaba jugando.
—¿Y qué hiciste tú? Nada, imagino.
—Le puse yodo a Federico. Se hizo un corte pequeño en la cabeza. Pero nada serio.
—¡Nada serio! ¿Leches es eso, nada serio? ¿Qué le hiciste a Arturo?
—Estaba furioso. Quería ir al cine.
—Y fue, como si lo viera.
—A los chicos les gusta.
—El muy requetecabronazo.
—¿Por qué hablas así de él, Svevo? Es tu hijo.
—Tú lo has echado a perder. Has echado a perder a todos.
—Es igual que tú. Tú también eras malo de pequeño.
—¿Que yo...? Yo no estampe nunca a mi hermano contra una ventana.
—Porque no tuviste hermanos. Pero a tu padre lo tiraste escaleras abajo y le rompiste un brazo.
—¿Qué culpa tenía yo de que mi padre...? Bah, dejémoslo.
Se le acercó serpeando y hundió la cara entre las trenzas de la mujer. Desde el nacimiento de August, el hijo mediano, el oído derecho de su mujer despedía cierto olor a cloroformo. Se le había pegado en el hospital y hacía ya diez años que lo tenía encima: ¿o eran imaginaciones suyas? Durante años se había peleado por ello con su mujer, pero ella negaba que el oído derecho le oliera a cloroformo. Hasta los chicos habían acercado la nariz para ver si era cierto, pero no habían olido nada. Sin embargo, el olor estaba allí, siempre allí, igual que aquella noche en la sala del hospital, cuando se había inclinado para besarla después de superar aquel mal trago, tan a las puertas de la muerte y sin embargo viva.
—¿Y qué pasa si tiré a mi padre escaleras abajo? ¿Qué tiene que ver con lo otro?
—¿Te echaste a perder por eso? ¿Eh? ¿Te echaste a perder?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Pues no señor, no te echaste a perder —respondió María con firmeza.
Pero ¿qué sarta de bobadas estaba diciendo? ¡Pues claro que era un perdido! Teresa de Renzo le había dicho siempre que era un malvado, un egoísta y un perdido. A él le divertía. Y la chica aquella... como se llamaba... Carmela, Carmela Ricci, la amiga de Rocco Saccone, ella pensaba que era un demonio, y era una chica lista, había estudiado, en la Universidad de Colorado, y tenía título, y le había dicho que era un barrabás irresistible, cruel, peligroso, una amenaza para las jóvenes. Pero María.., bueno, María pensaba que él era un ángel, más bueno que el pan. Bah. ¿Qué sabía ella? No tenía educación ni estudios, ni siquiera había terminado el bachillerato.
Ni siquiera el bachillerato. Se llamaba María Bandini, pero antes de casarse con él se llamaba María Toscana y no terminó el bachillerato. En su familia eran dos hermanas y un hermano y ella era la menor. Tony y Teresa, los dos habían terminado el bachillerato. ¿Pero María? La maldición de la familia había caído sobre ella, la más tonta de los Toscana, la chica que quería vivir como le gustase y que no había terminado el bachillerato. Toscana ignorante. Sólo ella carecía de certificado de estudios secundarios; casi lo había conseguido después de tres años y medio; pero no le habían dado ningún título. Tony y Teresa lo tenían, y Carmela Ricci, la amiga de Rocco, que hasta había estudiado en la Universidad de Colorado. Dios estaba en contra de él. ¿Por qué de todas había ido a enamorarse de la mujer que tenía al lado, de aquella mujer que ni siquiera tenía un título de bachiller?
—Pronto será Navidad, Svevo —dijo ella—. Reza una oración. Pide a Dios que sean unas buenas Navidades.
Se llamaba María y siempre le contaba cosas que él sabía ya. ¿Es que hacía falta que le dijeran que la Navidad estaba al caer? Y nada menos que el cinco de diciembre por la noche. ¿Es que hay necesidad de que cuando un hombre se va a dormir con su mujer el jueves por la noche le diga ella que el día siguiente será viernes? Y aquel Arturo... ¿por qué le habría tocado en suerte un hijo que jugaba con trineos? Ah, povera America! Y tenía que rezar porque fuesen unas buenas Navidades. Bah.
—¿No tienes frío, Svevo?
Ya empezaba, siempre queriendo saber si tenía frío o no tenía frío. Levantaba poco más de metro y medio del suelo y él no sabía nunca si estaba dormida o despierta, así era de callada. Un fantasma, eso es lo que era, siempre contenta en su breve mitad de la cama, rezando el rosario y rogando por una feliz Navidad. ¿No era lógico que no hubiese pagado el plazo de la casa, de aquel manicomio habitado por una esposa que tenía metida la religión hasta el tuétano? Lo que un hombre necesitaba era una mujer que le pinchase, que le estimulara, que le hiciera trabajar de firme. ¿Pero María? Ah, povera America!
La mujer se levantó por su lado del lecho, sus pies, sin equivocarse en medio de la oscuridad, encontraron las zapatillas que estaban en la alfombra, y él supo que iba a ir al lavabo primero, y a ver cómo estaban los chicos después, inspección última antes de volver a la cama para no volver a levantarse durante el resto de la noche. Una esposa que siempre salía de la cama para echar un vistazo a sus tres hijos. ¡Qué asco de vida! Io sono fregato!
¿Cómo iba a dormir un hombre en aquella casa, siempre hecha un infierno y con su mujer levantándose siempre de la cama sin decir ni pío? ¡A tomar por saco los Billares Imperial! Un full de reinas-doses y había perdido. Madonna! ¡Y encima tenía que rezar por una Navidad alegre! ¡Una suerte de perros y encima ponte a hablar con Dios! Jesu Christi, si era verdad que Dios existía, que hablase de una maldita vez.
Volvió a su lado tan silenciosa como se había ido.
—Federico se ha resfriado.
También él estaba resfriado; en el alma. Su hijo Federico soltaba unas lagrimitas y María le frotaba el pecho con mentol y se pasaba media noche hablándole de ello, pero Svevo Bandini tenía que padecer solo, y no con dolores corporales, sino peor, con dolor en el alma. ¿Había un dolor más grande que el que se sentía en el alma? ¿Le ayudaba María? ¿Le preguntaba alguna vez si se resentía de los momentos difíciles? ¿Le había dicho alguna vez Svevo, cariño, cómo tienes el alma estos días? ¿Estás satisfecho, Svevo? ¿Encontrarás trabajo este invierno, Svevo? Dio Maledetto! ¡Y quería una Navidad feliz! ¿Cómo se va a pasar una Navidad feliz cuando teniendo mujer y tres hijos se sigue estando solo? Agujeros en los zapatos, mala suerte con las cartas, sin empleo, el cuello roto por culpa de un trineo de mierda... y encima una Navidad feliz. ¿Es que era millonario? Lo habría sido si se hubiera casado con la mujer que le convenía. Bueno, para el carro: basta ya de decir estupideces.
Se llamaba María y él advirtió que el calor del lecho disminuía a sus espaldas, y tuvo que sonreírse porque sabía que ella se le aproximaba, y los labios se le entreabrieron para acogerlos: tres dedos de una mano pequeña que le acariciaban los labios, que lo transportaban a un país cálido en el interior del sol, y sintió en la nariz el aliento ligero de unos labios fruncidos por la zalamería.
—Cara sposa —dijo—. Mi mujercita.
Se le habían humedecido los labios a María, que los frotó contra los ojos del marido. Éste rió con suavidad.
—Voy a matarte —le murmuró.
Ella se echó a reír, pero se envaró de pronto en actitud de quien escucha, de quien escucha a ver si se han despertado los niños en la habitación contigua.
—Che sara, sara —dijo—. Sea lo que Dios quiera.
Se llamaba María y era muy sufrida, le esperaba, le acariciaba la musculatura de los riñones, muy sufrida, le besaba en todas partes, y a él le devoraba entonces la llamarada que le gustaba tanto y ella se echaba de espaldas.
—Ay, Svevo. ¡Es maravilloso!
La amó con violencia delicada, muy orgulloso de sí, sin dejar de repetirse: no es tan idiota la María, sabe lo que es bueno. La burbuja gigantesca que perseguían camino del sol reventó entre ambos y el hombre gruñó con alivio jubiloso, gruñó como hombre contento de haber podido olvidar muchísimas cosas durante unos instantes, y María, silenciosa en su breve mitad de la cama, se quedó escuchando los latidos de su propio corazón y se preguntó cuánto habría perdido Svevo en los Billares Imperial. Mucho, sin duda; acaso diez dólares, porque María no tendría título de bachiller, pero adivinaba la desdicha de un hombre por el alcance de su pasión.
—Svevo —le murmuró.
Pero él dormía ya como un tronco.
Bandini, enemigo de la nieve. Se levantó a las cinco de aquella misma madrugada, saltó de la cama igual que un cohete, haciéndole muecas al frío, burlándose de él: bah, Colorado, en el quinto pino de la creación, siempre con un frío que pela, mal sitio para un albañil italiano; vaya vida que le había tocado vivir. Anduvo con los pies de canto hacia la silla, cogió los pantalones e introdujo las extremidades en las perneras, pensando que perdía doce dólares al día, el jornal base acordado por el sindicato, ocho horas de trabajo duro, ¡y todo por culpa de aquello! Tiró del cordón de la persiana; ésta subió de golpe crepitando como una ametralladora, y la mañana blanca y pura entró a raudales en el dormitorio, envolviéndole de luz. Gruñó a la mañana. Sporca chone, le dijo: so guarra. Sporcaccione ubriaca: guarra borracha.
María dormía con el acecho amodorrado de una gata y la persiana la despertó con viveza, los ojos desentumecidos por el pánico.
—Svevo. Es demasiado temprano.
—Sigue durmiendo. Nadie te dice nada. Sigue durmiendo.
—¿Qué hora es?
—Hora de que los hombres se levanten. Hora de que las mujeres sigan durmiendo. Así que a callar.
No se había acostumbrado nunca a levantarse a hora tan temprana. Las siete era su hora de levantarse, salvo cuando estaba en el hospital, y una vez se había quedado en cama hasta las nueve y le había entrado dolor de cabeza, pero aquel hombre con quien se había casado salía de la cama a las cinco en invierno y a las seis en verano. Conocía sus angustias en el presidio blanco del invierno; sabía que cuando se levantase dos horas después él habría limpiado ya la nieve de todos los senderos del patio y de sus alrededores en un radio de media manzana, bajo las cuerdas de tender la ropa, hasta el extremo del callejón, amontonándola, removiéndola, perforándola con inquina con la pala.
Así fue. Cuando se levantó e introdujo los pies en las zapatillas, los dedos reventados como flores secas, miró por la ventana de la cocina y vio que estaba allí, metido en el callejón, del otro lado de la valla. Un gigante, un gigante encogido y oculto tras la valla de un metro con ochenta, la pala vista y no vista, subiendo y bajando, devolviendo al cielo sus borlas de nieve.
Pero no había encendido la estufa de la cocina. Desde luego que no, jamás encendía la estufa de la cocina. ¿Qué era él para tener que encender el fuego, una mujer? Aunque a veces sí. En cierta ocasión se los había llevado a las mon­tañas para regalarse con una fritada de carne y solamente él había contado con la autoridad suficiente para encender el fuego. ¡Pero en una cocina! ¿Qué era él, una mujer?
Hacía mucho frío aquella mañana, mucho frío. A María le castañeteaban los dientes, las mandíbulas se le desbocaban. El linóleo gris oscuro habría podido pasar por una capa de hielo, la misma estufa era una barra de hielo. ¡Valiente estufa!, déspota, incivilizada y con malas pulgas. Siempre la piropeaba, la mimaba, la tranquilizaba, estufa semejante a un oso negro que sufriese brotes de rebeldía, que la desafiara para ver si era capaz de encenderla; estufa quisquillosa que, cuando se calentaba y emitía un calorcillo suave, perdía los estribos de repente, se ponía al rojo blanco y amenazaba con destruir la casa entera. Sólo María sabía tratar aquel cacho negro de hierro mohíno y lo hacía alimentándola con una astilla tras otra, acariciando las llamas tímidas, poniendo un tronco a continuación, luego otro, y otro, hasta que ronroneaba gracias a sus atenciones, el hierro se caldeaba, el vien­tre se le hinchaba, el calor la hacía vibrar, hasta que gruñía y gemía de placer, igual que un idiota. Ella era María y la estufa sólo la quería a ella. Si Arturo o August le introducían un pedazo de carbón por la boca ávida, se ponía furiosa ella sola, ennegrecía y agrietaba la pintura de las paredes, adquiría un color amarillo que daba miedo, un fragmento de infierno que protestaba y exigía la presencia de María, que llegaba con el ceño fruncido, resuelta, con un trapo en la mano con el que la toqueteaba aquí y allá, le ajustaba las válvulas con experiencia y le revolvía las entrañas hasta que recuperaba la estúpida normalidad. María, de manos no mayores que rosas marchitas, pero aquel demonio negro era su esclavo y ella le profesaba un cariño sincero. La mantenía viva, chisporroteando con perversidad, con la niquelada chapa de la marca sonriéndole con malicia, igual que una boca demasiado orgullosa de su hermosa dentadura.
Cuando al cabo brotaron las llamas y la estufa le dio los buenos días con un gruñido, María le puso encima el agua para el café y volvió a la ventana. Svevo estaba aún en el patio trasero, inclinado sobre la pala, jadeando. Las gallinas habían salido del cobertizo y puéstose a cloquear nada más verle, nada más ver a aquel hombre capaz de levantar del suelo el blanco cielo desplomado y arrojarlo por encima de la valla. Pero desde la ventana advirtió que las gallinas no se atrevían a acercársele. Ella sabía por qué. Eran sus gallinas; comían de su mano, pero a él lo detestaban; lo recordaban porque algún que otro sábado por la noche se presentaba entre ellas con ánimo de matar. Las cosas como eran; le estaban agradecidas porque había quitado la nieve y ellas podrían escarbar la tierra, apreciaban el detalle, pero jamás confiarían en él como en la mujer que se les acercaba con las manos pequeñas llenas de maíz. Y también con espaguetis, en una fuente; la besaban con el pico cada vez que les llevaba espaguetis; pero ojo con el hombre.
Se llamaban Arturo, August y Federico. Se habían despertado ya, castaños los ojos de los tres y bien remojados en el río negro del sueño. Yacían en una misma cama, Arturo con doce años, August con diez y Federico con ocho. Críos italianos, entreteniéndose con picardías, los tres en la misma cama, emitiendo una risa obscena, precipitada, característica. Arturo sabía muchísimo. En aquellos instantes les contaba lo que sabía, y las palabras le salían de la boca envueltas en un vaho caliente y blanco en el frío de la estancia. Sabía muchísimo. Había visto muchísimo. Sabía muchísimo. No sabéis lo que he visto. Estaba sentada en los escalones del soportal. Estaba casi encima de ella. Se lo vi todo.
Federico, de ocho años.
—¿Qué le viste, Arturo?
—Cierra el pico, enano. No hablamos contigo.
—No contaré nada.
—Venga, cierra el pico. Eres demasiado pequeño.
—Entonces lo contaré.
Unieron sus fuerzas y lo echaron de la cama. Cayó al suelo entre gimoteos. El aire frío le despertó una rabia repentina y le perforó con diez mil agujas. Chilló, quiso meterse otra vez bajo las mantas, pero eran más fuertes que él, rodeó la cama corriendo y entró en el cuarto de la madre. Ésta se ponía las medias de algodón. El pequeño chillaba con aflicción.
—¡Me han echado a patadas! ¡Arturo! ¡Y August!
—¡Chivato! —gritaron en la habitación contigua.
A ella el Federico le parecía hermosísimo; su piel le parecía hermosísima. Lo cogió en brazos y le frotó la espalda, le pellizcó aquella preciosidad de culito, muy fuerte, para hacerle entrar en calor y él pensó en el olor de su madre, se preguntó qué sería, se dijo que sentaba muy bien por la mañana.
—Acuéstate en la cama de mamá —le dijo ella.
El pequeño se metió en el lecho con presteza y la madre lo envolvió en las mantas, lo zarandeó con alegría, y él contentísimo de estar en el lado materno de la cama, con la cabeza en el hueco que había dejado el pelo de mamá, porque la almohada de papá no le gustaba; olía agrio y fuerte, pero la de mamá estaba perfumada y lo envolvía en una ola de calidez.
—Sé otra cosa —dijo Arturo—. Pero no pienso contártela.
August tenía diez años; no sabía mucho. Por supuesto que sabía más que el mierda de Federico, pero ni la mitad que el hermano que tenía junto a sí, Arturo, que sabía muchísimo de mujeres y esas cosas.
—¿Qué me das si te lo cuento? —le preguntó Arturo.
—Te daré una chapa.
—¡Una chapa! ¡Vaya mierda! ¿Y para qué quiero yo una chapa en invierno?
—Te la daré en verano.
—Ni hablar. ¿ Qué me das ahora?
—Todo lo que tengo.
—Eso está mejor. ¿Qué tienes?
—Nada.
—Muy bien. Entonces no te contaré nada.
—No tienes nada que contar.
—¡Un huevo que no!
—Cuéntamelo gratis.
—De eso nada, monada.
—Mientes, por eso no me lo cuentas. Eres un mentiroso.
—¿Mentiroso yo?
—Serás un mentiroso si no me lo cuentas. ¡Mentiroso!
Se llamaba Arturo y tenía catorce años. Era su padre en miniatura, pero sin bigote. El labio superior se le fruncía con idéntica crueldad bondadosa. Las pecas le inundaban la cara como hormigas en un pastel. Era el mayor, se creía un machote y no iba a consentir que el baboso de su hermano le llamara embustero sin recibir su merecido. Cinco segundos más tarde, August se retorcía de dolor. Arturo estaba bajo las mantas a los pies de su hermano.
—¿Te hago una llave en el dedo gordo?
—¡Ay, ay! ¡Suéltame!
—¿Quién es el mentiroso?
—¡Nadie!
La madre se llamaba María, pero ellos la llamaban mamá; hela ahora junto a ellos, asustada aún de las responsabilidades maternas, aún insegura al respecto. Fíjate en August; era sencillo ser su madre. Tenía el pelo rubio y cien veces al día, sin saber cómo ni por qué, pensaba en ello, en que su hijo mediano era rubio. Lo besaba en los momentos más inesperados, se inclinaba y le olía el pelo rubio, le pegaba los labios a las mejillas y los ojos. Era un buen chico, de verdad que lo era. Claro que había sufrido mucho por su culpa. Riñones flojos, había dicho el doctor Hewson, pero ya había pasado aquello y el colchón ya no amanecía húmedo. August podía crecer ya y ser un hombre de bien que nunca se mojaba en la cama. Cien noches había pasado de rodillas junto a él mientras el pequeño dormía, las cuentas del rosario tintineando en la oscuridad mientras suplicaba al Señor: ten piedad, Dios bendito, y no permitas que mi hijo vuelva a mojar la cama. Cien, doscientas noches. El médico había dicho que riñones flojos; ella había dicho que la voluntad de Dios; y Svevo Bandini había dicho qué jodida falta de disciplina y fue partidario de que August durmiese en el patio trasero, con pelo rubio o sin pelo rubio. Se había sugerido toda suerte de remedios. El médico no paraba de recetarle medicamentos. Svevo era partidario del jarabe de palo, pero ella se las había apañado siempre para burlar sus intenciones; y la madre de la madre, Donna Toscana, había insinuado que el pequeño se bebiera la propia orina. Pero ella se llamaba María, lo mismo que la madre del Salvador, y había hablado con esta otra María tras recorrer kilómetros y kilómetros de rosario. Bueno, se había acabado, ¿no? Cuando le deslizó la mano debajo a primera hora de la mañana, ¿no estaba seco y caliente? ¿Y por qué? María sabía el porqué. Nadie más podía explicarlo. Bandini había dicho ya era hora, joder; el médico había dicho que lo habían curado las pastillas y Donna Toscana dijo que se habría acabado hacía mucho de haber seguido sus instrucciones. El mismo August estaba sorprendido y complacido cuando al despertar por la mañana se notaba seco y limpio. Recordaba las noches en que despertaba y veía a su madre de rodillas junto a él, la cara pegada a la suya, las cuentas tintineando, el aliento materno en su nariz y el murmullo de frases cortas, Dios te salve María, Dios te salve María, que le resbalaban por la nariz y los ojos, hasta que, preso entre las dos mujeres, experimentó una melancolía irreal, un desamparo que le conmovió y le hizo tomar la resolución de contentar a ambas. Y ya no volvió a mearse en la cama.
Era fácil ser la madre de August. Le acariciaba el pelo rubio siempre que quería porque el muchacho había heredado el elemento milagroso y misterioso de ella. Había hecho mucho por él la María. Lo había hecho crecer y desarrollarse. Había hecho que se sintiera todo un mozo y que Arturo dejara de burlarse y de ofenderle a causa de sus riñones flojos. Cuando se le acercaba ella al lecho todas las noches con paso susurrante, nada más sentir él que los dedos cariñosos le acariciaban el pelo, volvía a recordar que gracias a ella y a otra María había dejado de ser un mariquita y se había convertido en un hombre. Era comprensible que ella oliese tan bien. Y María no olvidaba jamás aquel pelo rubio prodigioso. De dónde le venía sólo lo sabía Dios, y estaba muy orgullosa de él.
Desayuno para tres muchachos y un hombre. Se llamaba Arturo, pero no le gustaba y quería llamarse John. Se apellidaba Bandini, pero quería que fuese Jones. Su padre y su madre eran italianos, pero él quería ser norteamericano. Su padre era albañil, pero él quería ser pitcher de los Cubs de Chicago. Vivían en Rocklin, un pueblo de Colorado de diez mil habitantes, pero él quería vivir en Denver, que se encontraba a cincuenta kilómetros. Las pecas le cubrían el rostro, pero él lo quería limpio y despejado. Iba a una escuela católica, pero él quería ir a una escuela nacional. Tenía una novia que se llamaba Rosa, pero ella le tenía inquina. Era monaguillo, pero también un demonio que detestaba a los monaguillos. Quería ser un buen chico, pero temía ser un buen chico porque temía que los amigos le llamasen buen chico. Se llamaba Arturo y quería a su padre, pero vivía con el temor de que llegase el día en que pudiese darle una paliza a su padre. Veneraba a su padre, pero su madre le parecía una cobardica y una imbécil.
¿Por qué no era su madre como otras madres? Pero así era y todos los días lo comprobaba. La madre de Jack Hawley le excitaba: le daba rosquillas con tal gracia que el corazón se le ponía tierno. La madre de Jim Toland tenía unas piernas dignas de admirarse. La madre de Carl Molla nunca llevaba nada debajo del vestido de guinga; cuando barría el suelo de la cocina de su casa, él se quedaba en el soportal trasero para contemplar extasiado los movimientos de la señora Molla, devorando con los ojos las oscilaciones de sus caderas. Tenía doce años entonces y el descubrimiento de que su madre no le excitaba hizo que la despreciase en secreto. Siempre vigilaba a su madre por el rabillo del ojo. Amaba a su madre, pero la odiaba.
¿Por qué su madre se dejaba tiranizar por Bandini? ¿Por qué le tenía miedo? Cuando estaban en la cama y él permanecía despierto, sudando de furia, ¿por qué dejaba su madre que Bandini le hiciera aquello? Cuando salía ella del lavabo y entraba en el cuarto de los chicos, ¿por qué sonreía en la oscuridad? No le podía ver la sonrisa, pero se la adivinaba en la cara, alegría de la noche cuya ternura realzaban la oscuridad y las luminarias ocultas que le aureolaban el rostro. En aquellos momentos odiaba a los dos, pero el odio que sentía por ella era mayor. Le habría gustado escupirle y mucho después de que la madre hubiese vuelto a la cama, el odio seguía escrito en sus facciones y los músculos de las mejillas le dolían por su causa.
El desayuno estaba listo. Oyó a su padre que pedía el café, ¿Por qué su padre vociferaba continuamente? ¿No sabía hablar en voz baja? Por culpa de aquellos gritos, todos los vecinos sabían lo que ocurría en la casa. Los Morey vivían al lado mismo: pues no se les oía ni estornudar, nunca nunca; gente silenciosa y tranquila los norteamericanos. Pero a su padre no le bastaba con ser italiano, tenía que ser un italiano escandaloso.
—Arturo —exclamó la madre—. A desayunar.
¡Como si no supiera que el desayuno estaba listo! ¡Como si todo Colorado no se hubiese enterado ya de que los Bandini estaban desayunando!
Detestaba el agua y el jabón y no alcanzaba a comprender por qué había que lavarse la cara todas las mañanas. Odiaba el cuarto de baño porque no había bañera. Odiaba los cepillos de dientes. Odiaba el dentífrico que compraba su madre. Odiaba el peine de la familia, engorrinado siempre con la argamasa del pelo de su padre, y aborrecía su propio pelo porque siempre se le despeinaba. Pero sobre todo detestaba su cara manchada de pecas y que parecía una alfombra sobre la que hubiesen desparramado diez mil peniques cobrizos. Lo único que le gustaba del cuarto de baño era el madero suelto del rincón. Debajo escondía ejemplares de Scarlet Crime y Terror Tales.
—¡Arturo! ¡Que se te enfrían los huevos!
Huevos. Dios del universo, cuánto aborrecía los huevos.
Se habían enfriado, bueno, ¿y qué? No eran más fríos que los ojos de su padre, que le observó con atención cuando se sentó a la mesa. Se acordó entonces, una mirada le bastó para saber que su madre se había chivado. ¡Cielos, oh, cielos! ¡Que su propia madre le hubiera delatado! Bandini señaló con la cabeza la ventana de ocho vidrios que había en la otra punta de la estancia, faltaba un cristal y el hueco se había tapado con un trapo de cocina.
—Así que rompiste el cristal con la cabeza de tu hermano, ¿eh?
Fue excesivo para Federico. Volvió a verlo todo otra vez: Arturo cabreado, Arturo que lo empujaba contra la ventana, el ruido del vidrio al romperse. De pronto se echó a llorar. No había llorado por la noche, pero se había acordado ahora: la sangre que le manaba del pelo, su madre que le lavaba la herida y le decía que fuera valiente. Había sido espantoso. ¿Por qué no había llorado por la noche? No se acordaba, pero lloraba ahora y se frotaba los ojos con los nudillos para secarse las lágrimas.
—¡A ver si te callas! —le dijo Bandini.
—Si te tirasen de cabeza contra una ventana —dijo Federico entre sollozos—, verías como también llorabas tú.
Arturo no lo podía ni ver. ¿Por qué tenía que tener un hermano pequeño? ¿ Por qué había tenido que ponerse ante la ventana? ¡ Vaya gentuza aquellos Macarroni! Fíjate en el padre, anda. Mira cómo espachurra los huevos con el tenedor para que los demás sepan que está cabreado. ¡Mira cómo le chorrea la yema por la barbilla! Y por el bigote. Claro, como era un Espaguetini Macarroni se tenía que dejar bigote, pero ¿hacía falta que se metiese los huevos por las orejas? ¿Es que no sabía dónde tenía la boca? ¡Dios bendito, los italianos!
Pero Federico se había callado ya. El martirio de la noche anterior ya no le interesaba; había descubierto una miga de pan en su vaso de leche que le recordaba a un barco que surcase el océano; ruuuuuum, hacía el motor del barco, ruuuuuuum. Si el mar fuese de leche de verdad... ¿se podría coger helado en el Polo Norte? Ruuuuuum, ruuuuuuum. De pronto se puso a pensar otra vez en la noche anterior. Los ojos se le inundaron de lágrimas y comenzó a sollozar. ¡Pero la miga de pan se hundía! Ruuuuuum, ruuuuuum. ¡No te hundas, barquito, no te hundas! Bandini le miraba con fijeza.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó——. ¿Quieres be­berte la leche y dejar de hacer el indio?
Mencionar el nombre de Cristo tan a la ligera fue para María como un bofetón en la boca. Al casarse con Bandini no se le había ocurrido que fuese dado a las blasfemias. Nunca se había acostumbrado del todo. Aunque Bandini blasfemaba por cualquier cosa. Lo primero que había aprendido a decir en inglés había sido me cago en la hostia. Y estaba muy orgulloso de sus blasfemias. Cuando se enfadaba, se desahogaba siempre en dos idiomas.
—Bueno —dijo—, ¿por qué tiraste a tu hermano de cabeza contra la ventana?
—¿Y yo qué sé? —dijo Arturo—. Lo hice y ya está.
Los ojos de Bandini adquirieron un fulgor mortífero.
—Ah, ¿sí? ¿Y si yo te arranco la calamorra de un guan­tazo?
—Svevo —dijo María—. Svevo. Por favor.
—¿Qué te pasa a ti?
—Fue sin querer, Svevo —dijo la madre con una sonrisa—. Fue un accidente. Cosa de muchachos.
Soltó la servilleta de un golpe. Los dientes le rechinaron y se cogió el pelo con las dos manos. Y se puso a oscilar en la silla, adelante y atrás, adelante y atrás.
—¡Cosa de muchachos! —exclamó en son de burla—. El jodío cabrón estampa a su hermano contra la ventana ¡y es cosa de muchachos! ¿Y quién va a pagar el cristal? ¿Quién pagará la factura del médico cuando lo tire por un precipicio? ¿ Quién pagará al abogado cuando lo metan en la cárcel por matar a su hermano? ¡Tenemos un asesino en la familia! Oh Deo uta me! ¡Ayúdame, Señor!
María cabeceó sonriendo. Arturo curvó los labios y esbozó una sonrisa criminal: así que su padre estaba también en contra suya, incluso le acusaba ya de un asesinato. La cabeza de August se bamboleaba con tristeza, aunque estaba contento porque de mayor no sería un asesino como su hermano Arturo; si por él fuera, sería cura; a lo mejor tenía que administrar los últimos sacramentos a Arturo antes de que lo sentaran en la silla eléctrica. En cuanto a Federico, ya se veía muerto a manos de su colérico hermano, ya se veía en el entierro, echado en la caja; todos sus amigos de Santa Catalina estaban presentes, de rodillas y llorando; ¡era un espectáculo espantoso! Los ojos se le volvieron a humedecer y sollozó con amargura, preguntándose si se tomaría otro vaso de leche.
—Para Navidad, yo quiero una lancha motora —dijo. Bandini se le quedó mirando, estupefacto.
—Ni más ni menos que lo que esta familia necesita
—dijo. Hizo revolotear la lengua con sarcasmo—. ¿Tú quieres una motora de verdad, Federico? ¿Una que haga pat pat pat pat pat?
—~¡ Sí, sí, quiero una así! —exclamó Federico riéndose—. ¡Una que haga pátiti pátiti pat pat! —Ya estaba en ella, ya la conducía por la mesa de la cocina y por el Lago Azul, allá en lo alto de las montañas. La sonrisa despectiva de Bandini le obligó a parar el motor y echar el ancla. Se quedó callado e inmóvil. La sonrisa despectiva de Bandini le atravesaba de parte a parte. Federico quiso echarse a llorar otra vez, pero no se atrevió. Bajó los ojos hasta el vaso de leche vacío, vio un par de gotas en el fondo y las apuró con gran derroche de paciencia mientras dirigía a su padre una mirada furtiva por encima del vaso. He allí a Svevo Bandini: sonriéndole con desprecio. Federico notó que se le ponía la carne de gallina.
—Va, venga —murmuró acongojado—. Si no he hecho nada.
El silencio quedó roto. Todos se calmaron, hasta Bandini, que había prolongado la escena demasiado. Habló con serenidad.
—Nada de lanchas motoras, ¿ entendido? Nada de lanchas motoras.
¿Aquello era todo? Federico suspiró de alegría. Todo el rato había estado convencido de que su padre había descubierto que había sido él quien le había robado la calderilla de los pantalones de faena, quien había roto la farola de la esquina, quien había hecho en la pizarra aquel dibujo de la hermana Mary Constance, quien le había dado en un ojo a Stella Colombo con una bola de nieve y quien había escupido en la pila de agua bendita de la iglesia de Santa Cata­lina.
Y dijo con gran dulzura:
—No quiero una lancha, papá. Si no quieres que tenga una lancha, yo tampoco la quiero, papá.
Bandini asintió a su mujer con talante de quien se da a sí mismo la razón: así se educaba a los hijos, decía el cabeceo. Cuando quieras que un crío haga algo, mírale con fijeza; así es como se educa a un muchacho. Arturo arrebañó los restos del huevo y esbozó una sonrisita: vaya tarao que tenía por padre. Él sí sabía quién era Federico; él sí sabía lo cerdo y marrullero que era Federico; aquella carita de inocente no le engañaba a él ni por el forro, y de súbito deseó no haberle empotrado en la ventana la cabeza solamente, sino el cuerpo entero, cabeza, pies y todo.
—Cuando yo era pequeño —comenzó Bandini—. Cuando yo era pequeño, allá en el pueblo...
Federico y Arturo abandonaron la cocina en el acto. Estaban hartos de oír la misma historia. Sabían que por enésima vez iba a contar que ganaba cuatro chavos al día por cargarse pedruscos a la espalda, cuando era pequeño, allá en el pueblo, por cargarse pedruscos a la espalda, cuando era pequeño. Svevo Bandini caía en trance cuando contaba la anécdota. Era una especie de fantasía que borraba y confundía a Helmer el banquero, los agujeros de los zapatos, la casa que no había pagado y los hijos que había que alimentar. Cuando yo era pequeño: delirio, fantasía. El paso de los, años, la travesía de un océano, la acumulación de bocas que alimentar, el ir de problema en problema, año tras año, era algo de lo que por otra parte se podía alardear, como el acopio de una gran fortuna. Con ello no podía comprarse un par de zapatos, pero eran cosas que le habían sucedido a él. Cuando yo era pequeño... María, atenta una vez más, se preguntó por qué lo decía siempre de aquel modo, aludiendo a los años transcurridos, envejeciéndose él solo.
Llegó una carta de Donna Toscana, la madre de María. Donna Toscana, la de la lengua roja y grande, aunque no lo bastante grande para contener el flujo de saliva rabiosa que se le originaba al pensar en el matrimonio de su hija con Svevo Bandini. María miró y remiró la carta por todas partes. El cierre chorreaba pegamento por donde la lengua gorda de Donna Toscana lo había empapado. María Toscana, Walnut Street 456, Rocklin, Colorado, porque Donna se negaba a utilizar el nombre de casada de la hija. La letra grande y bárbara habría podido confundirse con el rastro del pico ensangrentado de un halcón, con la caligrafía de una campesina que acabase de rebanarle el pescuezo a una cabra. María no abrió la carta; conocía el contenido.
Llegó Bandini del patio trasero. Llevaba en las manos un buen pedazo de carbón lustroso. Lo dejó en el cubo del carbón que estaba detrás de la estufa. Tenía las manos cubiertas de polvillo negro. Arrugó la frente; le daba asco transportar carbón; era faena de mujeres. Miró irritado a María. Ésta le indicó con la cabeza la carta apoyada en el salero astillado que había sobre el mantel de hule amarillo. La caligrafía gruesa de la suegra se retorció ante sus ojos igual que un reguero de lombrices. Odiaba a Donna Toscana con una violencia que rayaba en el miedo. Cada vez que se veían se peleaban como dos fieras de sexo opuesto. Le gustó asir aquella carta con sus manos ennegrecidas y mugrientas. Disfrutó rasgando el sobre con rabia, sin ningún miramiento para con el contenido. Antes de leer la carta observó a su mujer con ojos penetrantes para que supiera una vez más lo mucho que despreciaba a la mujer que la había traído al mundo. María se sintió impotente; aquella enemistad no era asunto suyo, durante toda su vida de casada se había esforzado por no pensar en ella, y habría roto la carta si Bandini no le hubiera prohibido incluso que abriese las misivas de su madre. Svevo Bandini obtenía un placer morboso con las cartas de su suegra que aterraba a María totalmente; había algo perverso y nauseabundo en ello, como mirar debajo de una piedra húmeda. Era el placer malsano del mártir, de un hombre que disfrutaba de un modo pere­grino crucificando a una suegra que se alegraba de la desdicha de aquél ahora que pasaba una mala época. A Bandini le encantaba aquel acoso porque le suscitaba un deseo violento de estar borracho. Pocas veces bebía demasiado porque le sentaba mal, pero una carta de Donna Toscana le producía un efecto obnubilador. Era una excusa que recomendaba buscar el olvido, porque cuando estaba borracho odiaba a su madre política hasta babear de histeria, y era capaz de olvidar, era capaz de olvidar la casa que aún no había pagado, las facturas, la aplastante monotonía del matrimonio. Significaba huir: un día, dos días, una semana de trance: y María alcanzaba a recordar momentos en que la borrachera había durado dos semanas. No había forma de ocultarle las cartas. Las recibían de uvas a peras, pero sólo significaban una cosa: que Donna Toscana quería pasar con ellos una tarde. Si se presentaba sin haber visto la carta, Bandini sabía que se la había ocultado su mujer. La última vez que había sucedido, Svevo había perdido la paciencia y había dado a Arturo una somanta monstruosa por poner dema­siada sal a los macarrones, falta ridícula y que, por supuesto, habría pasado inadvertida en circunstancias normales. Pero se le había ocultado la carta y alguien tenía que pagarlo.
Aquella última misiva llevaba fecha de la víspera, 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción. Mientras Bandini leía el escrito, la carne de la cara se le puso pálida y la sangre le desapareció como el agua del reflujo que chupa la arena. La carta decía:


Querida María:
Hoy es la gloriosa festividad de la Bendita Virgen María y he ido a la iglesia para rezar por tus desgracias. No sabes cuánto sufro por ti y por tus pobres hijos, que tienen que padecer la situación trágica en que vives. He pedido a Nuestra Señora que tenga compasión de ti y que lleve un poco de alegría a esos pequeñuelos que no merecen lo que les ha caído encima. Estaré en Rocklin el domingo por la tarde, llegaré en el autobús de las ocho. Todo mi amor y muchos besos cariñosos para ti y los niños.

DONNA TOSCANA


Sin mirar a su mujer, Bandini dejó la carta y comenzó a comerse la uña de un pulgar, ya encolerizado. Se tiró del labio inferior con los dedos. La rabia empezó a concentrarse a cierta de distancia de él. María la sentía brotar de los rincones de la estancia, de las paredes y el suelo, un husmo que se arremolinaba con independencia absoluta y que nada tenía que ver con ella. Se arregló la blusa para no pensar en aquello. Dijo con voz desmayada:
—Svevo...
Éste se incorporó, le hizo una mamola, esbozó una sonrisa de malignidad para decirle que aquella exhibición de afecto no era sincera y salió de la estancia.
—¡Ay, María! -canturreó con voz exenta de melodía, pues sólo el odio le podía arrancar de la garganta una canción de amor—. ¡Ay, María! ¡Ay, María! Quanto sonna perdato per te! Fa me doime! Fa me dor me! ¡María, oh, María! ¡Cuánto sueño perdido por tu causa! ¡Déjame dormir, oh María!
No había forma de que callara. Escuchó las delgadas suelas del calzado del marido que chacoloteaban contra el suelo como gotas de agua que cayesen sobre una estufa. Oyó el rumor de su abrigo remendado y zurcido mientras se lo ponía. Después unos segundos de silencio, hasta que oyó la rascadura de una cerilla, y supo que Svevo había encendido un puro. La violencia de Svevo era superior a sus fuerzas. Si se entrometía, Svevo podía sentir la tentación de derribarla de un golpe. Contuvo el aliento cuando los pasos del marido se acercaron a la puerta principal: había un paño de vidrio en aquella puerta principal. Pero no: la cerró con normalidad y se alejó. Momentos después se reuniría con su buen amigo Rocco Saccone, el cantero, el único ser humano al que ella despreciaba de verdad. Rocco Saccone, el amigo de infancia de Svevo Bandini, el soltero chupawhisky que había tratado de impedir el matrimonio de Bandini; Rocco Saccone, que llevaba siempre pantalones blancos de franela y se jactaba de un modo que daba asco de las casadas nor­teamericanas que seducía los sábados por la noche en los bailes antiguos que se celebraban en el Odd Fellows Hall. En Svevo confiaba. Empinaría el codo hasta que el encéfalo le flotase en un océano de whisky, pero no le sería infiel. Lo sabía. ¿Lo sería ella, no obstante? Con sobresalto reprimido se dejó caer en la silla que había junto a la mesa y se echó a llorar con la cara oculta entre las manos.