domingo, 1 de abril de 2012

Milan Kundera. Por Cinzia Ricciuti.


Kundera, siempre Kundera, cada cuatro o cinco años, cuando alguien
me lo recuerda, cuando necesito desnudar las cosas, cuando quiero
que me sean dichas sin adornos.
Leo La Insoportable Levedad del Ser.
Me pregunto si de verdad me gusta ese libro o si simplemente me
acostumbré a decir que me gusta o si me gustó alguna vez y ya no.
Igual lo leo, lo devoro.
Kundera y su sinceridad.
Kundera y sus personajes miserables que no tienen ni siquiera el
derecho a un poco de realidad. Sacados de su mente, expuestos, solos,
sin sangre.
Kundera el cirujano de los sentimientos.
El que habla siempre de pesadillas.
El poco poeta.
No hay amor en Kundera.
La amargura por su Praga invadida, por los rusos, por la incertidumbre,
por la indignidad.
Es tiempo de horrores, me digo.
Y sigo.
Leo a sus mujeres.
Sus hombres no me gustan. Aman y no lo saben, odian y no lo saben.
Odian amando, aman odiando.
Tienen miedo. Son hombres. Me alejo.
En sus mujeres...me reconozco.
Kundera hubiese podido ser mujer.
Hay muchas escenas con espejos.
Mujeres desnudas viéndose al espejo.
¿Nos vemos realmente?
¿O el espejo es un tránsito, un puente hacia ese mundo que
no entendemos y que es nuestro?
¿Nuestro?
Kundera me pone difícil.

Cinzia Ricciuti, nació en Caracas, Venezuela, pero no tiene patria.
Es Intérprete Público, traductora y profesora. Ha participado en el Taller de Escritura Creativa dictado por el escritor Fedosy Santaella, en el Taller Escribas con el escritor Israel Centeno y en el Taller de poesía del poeta y ensayista Armando Rojas Guardia.
Ha leído sus poemas en variadas lecturas públicas desde el 2007 hasta la actualidad. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas electrónicas Letralia, La Casa Azulada y Los Hermanos Chang.
Desde 2006 lleva el blog http://verdadesqueasoman.blogspot.com/.

viernes, 16 de marzo de 2012

El Entierro. Por Lord Byron


En Villa Diodati se dieron cita para celebrarse entre los placeres de la imaginación y del cuerpo los escritores Lord Byron, Percy y Mary Shelley, así como el médico y la amante de Byron, John Polidori y Claire Clairmont, respectivamente. En medio de la locura del vino, el opio y la literatura de terror, se embarcaron en una competencia: ¿Quién podía escribir la historia más truculenta?. Mary Shelley y John Polidori salieron airosos. Byron entregó un cuento llamado El Entierro. Nunca sintió afecto por él. No sabemos si la razón de su odio fue por considerarlo de baja calidad literaria o por ser responsable de una derrota ante los que él pudo considerar aficionados literarios.




En el año de 17..., después de haber meditado algún tiempo sobre la posibilidad de viajar por tierras ignoradas por los viajeros, partí en compañía de un amigo, a quien me referiré como August Darvell.
Era unos años mayor que yo, un hombre de fortuna considerable y de familia aristocrática. Ventajas que él ni devaluaba ni estimaba gracias a su gran capacidad. Algunas circunstancias singulares en su historia personal lo habían convertido para mí en objeto de atención, interés y hasta de estimación, que no disminuían ni sus modales reservados ni los ocasionales atisbos de angustia que a veces le acercaban a la enajenación.
Yo era todavía un joven y había empezado a vivir temprano; pero mi intimidad con él era reciente: asistimos a las mismas escuelas y universidad; más su paso por ellas me había precedido, y él ya se había iniciado a fondo en lo que se ha llamado el mundo, mientras yo todavía permanecía en el noviciado. Durante ese tiempo, escuché abundantes detalles, tanto de su vida pasada como de la presente y, aunque en estas narraciones había muchas e irreconciliables contradicciones, podía yo inferir que él no era un ser común, sino alguien que, aun cuando se esforzara por no ser prosaico, seguía siendo notable.
Había trabado conocimiento con él e intenté conquistar posteriormente su amistad, pero parecía que ésta era inalcanzable; los afectos que pudiera haber sentido aparentaban para entonces o haberse extinto o concentrarse en él. Tuve suficientes oportunidades para observar que sus sentimientos eran intensos; pues aún cuando los podía controlar, le era imposible esconderlos por completo; sin embargo, tenía la facultad de dar a una pasión la apariencia de otra, de modo que resultaba difícil definir la naturaleza de lo que sucedía en su interior; y las expresiones de su rostro podían variar con tal rapidez, aunque ligeramente, que resultaba inútil tratar de escrutar su origen.

Era manifiesto cómo lo dominaba una angustia incurable; pero nunca pude descubrir si era a causa de la ambición, el amor, el remordimiento o la pena, de uno sólo o de todos estos, o sencillamente por un temperamento mórbido, semejante a una enfermedad. Existían circunstancias supuestas que habrían podido justificar su atribución a cualquiera de estas causas; pero como antes dije, éstas eran tan contrarias y contradictorias que ninguna podía considerarse definitiva.
Se supone, generalmente, que donde hay misterio existe también la perversidad: no sé cómo pueda ser esto, pero es un hecho que en él existía el primero aunque no podría atestiguar los alcances de la segunda (y estaba poco dispuesto, en lo que a él se refería, a creer en su existencia). Recibía mi proximidad con bastante reserva; más yo era joven y difícil para el desaliento; y, con el tiempo, tuve éxito al entablar, hasta cierto punto, ese vínculo común y esa confianza moderada de los intereses mutuos y cotidianos que crean la comunión de empeños, y la frecuencia de encuentros que se llama intimidad o amistad según las ideas de quienes utilizan esas palabras para su expresión.

Darvell había viajado ampliamente; me dirigí a él para que me aconsejara respecto al viaje que pretendía realizar. Era mi deseo secreto que se dejara persuadir para acompañarme; además, era una perspectiva improbable; basada en la vaga inquietud que había observado en él y a la cual daban renovada fuerza el entusiasmo que parecía sentir hacia tales temas y su aparente indiferencia por todo lo que lo rodeaba muy de cerca.
Al principio insinué mi deseo y después lo expresé abiertamente: su respuesta, aun cuando yo la esperaba en alguna medida, me dio todo el placer de una sorpresa: aceptó; y, al término de los preparativos necesarios, comenzamos nuestra jornada.
Después de viajar por varios países del sur de Europa, volvimos la atención hacia el Este, de acuerdo con nuestro destino original; y fue en nuestro recorrido a través de estas regiones que ocurrió el incidente que da ocasión a mi relato.
La complexión de Darvell, que, dada su apariencia, debía haber sido en su juventud más robusta de lo normal, estaba decayendo gradualmente desde algún tiempo atrás, sin que mediara ninguna enfermedad manifiesta: no tenía tos ni tísis; sin embargo, cada día se debilitaba más; sus hábitos eran moderados, no admitía ni se quejaba de fatiga; no obstante, era evidente que se estaba consumiendo: se volvía cada vez más y más taciturno e insomne y, por fin, se alteró de tan notable manera que mi preocupación aumentó de manera proporcional al peligro que yo consideré le amenazaba.
A nuestra llegada a Esmirna, nos habíamos propuesto ir a una excursión a las ruinas de Éfeso y Sardis, de la cual intenté disuadirlo debido a su indisposición; pero en vano: parecía existir una opresión en su mente, y una solemnidad en sus modales que no correspondían con su ansiedad para seguir con lo que yo consideraba un simple viaje de placer, totalmente inadecuado para una persona delicada; pero no me opuse más, y unos días después partimos en compañía únicamente de un guía y un cargador.

Habíamos recorrido la mitad del camino hacia los vestigios de Éfeso, dejando atrás los contornos más fértiles de Esmirna y nos adentrábamos en esa región inhóspita y deshabitada a través de los pantanos y desfiladeros que llevan a las pocas chozas que aún subsisten sobre las destrozadas columnas de Diana (las paredes sin techo de la cristiandad expulsada y la aún más reciente pero total desolación de las mezquitas abandonadas) cuando la súbita y vertiginosa enfermedad de mi camarada nos obligó a detenernos en un cementerio turco, cuyas lápidas coronadas de turbantes eran el sólo indicio de que la vida humana había morado alguna vez en ese yermo. La única caravana que vimos había quedado unas horas atrás; no se podía ver ni esperar vestigio alguno de pueblo o cabaña siquiera, y esta "ciudad de los muertos" parecía ser el único refugio para mi desafortunado amigo, quien se veía próximo a convertirse en su siguiente morador.
En esta situación, busqué por los alrededores un lugar en el que pudiera reposar con más comodidad: al contrario del aspecto usual de los cementerios orientales, los cipreses de éste eran escasos, esparcidos sobre toda la superficie; la mayoría de las tumbas estaban derruidas y desgastadas por los años: sobre una de las más grandes y bajo de uno de los árboles más frondosos, Darvell se apoyó, inclinándose con gran dificultad. Pidió agua. Yo dudaba que pudiéramos encontrarla, aunque me dispuse ir a buscarla a pesar de mi desaliento: pero él deseaba que yo permaneciera con él; y volviéndose hacia Suleiman, nuestro cargador, que fumaba con gran tranquilidad, le dijo:
-Suleimán, verbena su. (es decir, trae un poco de agua) y continuó describiéndole con gran detalle el punto donde podría encontrarla. Era un pequeño pozo para camellos, algunos cientos de yardas a la derecha. El jenízaro obedeció. Dije a Darvell:
-¿Cómo supo esto?

-Por nuestra posición- repuso. -usted debe notar que el lugar estuvo habitado alguna vez y no podría haberlo estado sin manantiales. Además, ya he estado aquí antes.
-¡Usted ya ha estado aquí! ¿Cómo nunca me lo mencionó? Y ¿qué hacía usted en lugar semejante donde nadie puede permanecer un momento más sin pedir ayuda?
A esta pregunta no recibí respuesta alguna. Mientras tanto, Suleimán regresó con el agua y dejó al guía y a los caballos en la fuente. Parecía que al mitigar su sed Darvell revivió por un momento; y albergué la esperanza de que pudiese continuar, o por lo menos regresar, y lo exhorté a intentarlo.
Él guardó silencio. Parecía poner orden en sus pensamientos antes de esforzarse al hablar.
-Éste es el fin de mi jornada -comenzó- y de mi vida; vine hasta aquí para morir; pero tengo una súplica que hacer: una orden que dar, pues tales deben ser mis últimas palabras. ¿La cumplirá?
-Desde luego; pero tengo mejores intenciones.
-Yo no tengo esperanzas, ni deseos, sino éste: oculte mi muerte a todo ser humano.
-Espero que no se presente la ocasión; usted se recuperará y...
-¡Silencio!, así debe ser: prométalo.
-Sí.
-Júrelo por lo más. -aquí pronunció un juramento de gran solemnidad.
-No hay razón para ello, yo cumpliré con su petición; y dudar de mí es...
-No puedo evitarlo, debe usted jurar.
Pronuncié el juramento y eso pareció aliviarlo. Se quitó del dedo un anillo de sello, que tenía grabados algunos caracteres arábigos, y me lo dio.
-En el noveno día del mes, -continuó- precisamente al mediodía (el mes que usted guste, pero el día debe ser ése) usted deberá arrojar este anillo a la fuentes de agua salada que alimentan la bahía de Eleusis. Al día siguiente, a la misma hora, deberá dirigirse a las ruinas del templo de Ceres y esperar una hora...
-¿Para qué?
-Ya lo verá
-¿Dice usted que el noveno día del mes?
-El noveno.
Cuando hice la observación de que el presente era el noveno día del mes, su semblante cambió e hizo pausa. Mientras estaba sentado, debilitándose visiblemente, una cigüeña con una serpiente en el pico se posó sobre una tumba cercana a nosotros; y, sin devorar su presa, daba la impresión de observarnos fijamente. No sé lo que me impulsó a espantarla, pero el intento fue inútil; hizo algunos círculos en el aire y regresó exactamente al mismo lugar. Darvell la señaló y sonrió. Habló (no sé si para sí mismo o para mí) pero las palabras sólo fueron:
-Está bien.
-¿Qué es lo que está bien? ¿Qué quiere decir?
-No importa; usted deberá enterrarme aquí esta noche, y en el punto exacto en que está parada esa ave. Ya conoce usted el resto de mis mandatos.
Entonces procedió a darme algunas instrucciones sobre cómo podría ocultar mejor su muerte. Cuando terminó, dijo:
-¿Ve usted esa ave?
-Desde luego.
-¿Y la serpiente que se estremece en su pico?
-Sin duda: no hay nada raro en ello; es su presa natural. Pero resulta extraño que no la devore.
Se rió de una manera espectral y dijo lánguidamente:
-Todavía no es el momento.
Mientras hablaba, la cigüeña emprendió el vuelo. La seguí con los ojos un instante: no pude haber tardado más que en contar diez. Sentí aumentar el peso de Darvell, por poco que fuese, sobre mi hombro y, al volver a verlo a la cara, vi que había muerto.

Me impresionó la repentina certeza inconfundible: en pocos minutos su semblante se tornó casi negro. Hubiera podido atribuir ese cambio tan rápido a la acción de algún veneno, si no hubiera estado consciente de que no tuvo oportunidad alguna de tomarlo sin que yo me diera cuenta. El día se acercaba a su final, el cuerpo se descomponía con rapidez. No quedaba nada más que cumplir su petición. Con ayuda del yatagán de Suleimán y de mi propio sable, excavamos una tumba poco profunda en el sitio que Darvell había indicado: la tierra cedió con facilidad: tiempo atrás había recibido un ocupante ignoto.
Cavamos lo más profundo que el tiempo permitió y, arrojando la tierra seca sobre todo lo que quedaba del ser tan singular que acababa de partir, cortamos algunos bloques del césped más verde que crecía en la tierra menos desgastada que nos rodeaba y lo pusimos sobre su sepulcro.
Entre el asombro y la pena, no podía derramar una lágrima.

martes, 6 de marzo de 2012

Poemas de Petrarca




A una joven en un verde laurel

Vi más blanca y más fría que la nieve
que no golpea el sol por años y años;
y su voz, faz hermosa y los cabellos
tanto amo que ahora van ante mis ojos,
y siempre irán, por montes o en la riba.

Irán mis pensamientos a la riba
cuando no dé hojas verde el laurel;
quieto mi corazón, secos los ojos,
verán helarse al fuego, arder la nieve:
porque no tengo yo tantos cabellos
cuantos por ese día aguardara años.

Mas porque el tiempo vuela, huyen los años
y en un punto a la muerte el hombre arriba,
ya oscuros o ya blancos los cabellos,
la sombra ha de seguir de aquel laurel
por el ardiente sol y por la nieve,
hasta el día en que al fin cierre estos ojos.

No se vieron jamás tan bellos ojos,
en nuestra edad o en los primeros años,
que me derritan como el sol la nieve:
y así un río de llanto va a la riba
que Amor conduce hasta el cruel laurel
de ramas de diamante, áureos cabellos.

Temo cambiar de faz y de cabellos
sin que me muestre con piedad los ojos
el ídolo esculpido en tal laurel:
Que, si al contar no yerro, hace siete años
que suspirando voy de riba en riba,
noche y día, al calor y con la nieve.

Mas fuego dentro, y fuera blanca nieve,
pensando igual, mudados los cabellos,
llorando iré yo siempre a cada riba
por que tal vez piedad muestren los ojos
de alguien que nazca dentro de mil años;
si aún vive, cultivado, este laurel.

A oro y topacio al sul sobre la nieve
vencen blondos cabellos, y los ojos
que apresuran mis años a la riba.


Soneto a Laura

Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.

Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.

Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.



Sextina

El aire denso y la importuna niebla,
toda asediada por rabiosos vientos,
pronto tendrán que convertirse en lluvia;
si ya son casi de cristal los ríos,
y en vez de verde césped por los valles
no se ve otra cosa que escarcha y hielo.

Y yo en mi corazón, más frío que hielo,
llevo de grandes pensamientos niebla
como la que nace en estos valles,
unidos contra los amorosos vientos
y circundados de estancados ríos,
cuando del cielo cae lenta lluvia.

Poco tarda en irse el agua de lluvia
y el calor en derretir nieves y hielo,
que hacen más soberbios a los ríos;
nunca ocultó el cielo tan densa niebla
que, cabalgada por furiosos vientos,
no huyese de los cerros y los valles.
 
Pero qué importa que florezcan valles
Si voy llorando bajo el sol y lluvia,
Bajo cálidos o gélidos vientos;
si algún día alcanzo a vivir sin hielo
por dentro, y por fuera sin usual niebla,
veré secarse mar, lagos y ríos.

Mientras al mar desciendan los ríos
y las fieras busquen los frescos valles,
tendrán sus bellos ojos esa niebla
de la que nace en mis ojos su lluvia,
y en el pecho hermoso aquel duro hielo
que rompe el mío en dolorosos vientos.

Sabré perdonar a todos los vientos
por amor de quien entre estos dos ríos
me encerró entre césped y el dulce hielo,
y dibujó luego por mil y un valles
mi sombra, que ni el calor ni la lluvia
ni el trueno atendía su rota niebla.

Nunca más huyó niebla de vientos
como aquel día, ni ríos de lluvia,
ni hielo cuando el sol abre los valles.

sábado, 3 de marzo de 2012

Poemas de Guillermo Sucre

Guillermo Sucre es todavía un poeta venezolano. Digo todavía debido a que, posiblemente, exista la posibilidad ¿lejana? ¿cercana? de dejar de serlo, es decir, de dejar de ser poeta y venezolano. Nació el día en que nació en 1933 en Tumeremo, estado Bolívar. Ha publicado varios libros de los cuales sólo voy a apuntar En el verano cada palabra respira en el verano. No lo he leído, pero alguien muy querido, cada vez que habla de la obra de Sucre, menciona este título de manera casi obsesiva








El interior del Vértigo
Las palabras que no logro inventar
son las que me explican.
Sonido ahogado bajo las grandes lluvias
de mi infancia
y ese horror ese estupor
entre los follajes de la noche.


Los que piensan que les ha llegado la hora

Los que piensan que les ha llegado la hora
y se aprestan para asumir su destino
los que saben que siempre llegan a deshora
contra todo destino
los que escriben para sobresalir
no para encontrar la salida  ¿Hay salida?

los que sólo viven para poner la vida en palabras
los que escriben para poner la palabra en la vida
los que lo coleccionan todo para sentirse perdurables
los que han contemplado una sola vez la belleza
y ya ello les depara una riqueza un desamparo
para siempre

la vida no es avara ni para preservarla
hay que saber también arriesgarla
como en el amor: más fuerte cuando más lo alimenta
el desamor
más vívido cuando nace y se extingue cada día


Escribo con las palabras que tienen sombra
Escribo con las palabras que tienen sombra pero no dan sombra
apenas empiezo esta página la va quemando el insomnio
no las palabras sino lo que consuman
es lo que va ocupando la realidad el lugar sin lugar
la agonía el juego la ilusión de estar en el mundo
la ilusión no es lo que hace la realidad sino la ráfaga escindida
simulacros donde ocurren las ceremonias intercambios de fulgores
del vacío del deseo
ya no hay sitio para la escritura
porque ella es el sitio mismo de lo que se borra
no descubrimos el mundo lo describimos en su terca elusión
ya no volveré al mar pero el mar vive en esa ausencia
que es el mar cuando la palabra lo dice
y se derrama sobre la página como una mano
ya no estaré en el bosque sino en la hoja que escribo y entreveo
su ramaje pasa el viento
ya no habrá más verano sino ese sol que devora a la memoria
y viene la gran noche de la arena que cubre los ojos y sólo
podemos leer lo que no estaba escrito

Y vuelvo a verme ciñéndome de nuevo a su cuerpo

Y vuelvo a verme ciñéndome de nuevo a su cuerpo
vuelvo a verme respirando su piel su pelo que apenas toco
otra vez las lluvias la noche como un árbol centelleante
ha cubierto la casa
el ojo torrencial del cielo me juzga me condena
oigo los rápidos chorreones caer en el patio siento la sumisión de las piedras
el ángel que se debate en las sombras afila su perfil de fuego
y lo vivo todo como si fuera memoria del exilio
pero pasarán los años
el adolescente se baña
en el río que ya no refleja
expone su desnudez bajo la luz brava del mediodía que hiere sus ojos
con la mano con que endiosa el sexo escribe sobre la arena
el latido de ese espacio salvaje
pasarán los años
pero sólo allí estará reposando
la cabeza
cerca de ese cuerpo
respirando la última tersura de su piel la trama cenicienta de su pelo
en la claridad que ha ido escindiendo el tiempo




and to die is different from what anyone supposed
W.W
Sólo la muerte tiene sentido
a Efraín, a Gonzalo
todo recobra su justa rotación como el pensamiento
cuando morimos
el cuerpo merece entonces ese esplendor y también
esa lenta respiración del mundo
en el verano
por primera vez vemos la vastedad
por primera vez el alba nos despierta con la arenisca
de la infancia
el vacío hace ahora el espacio de la casa y le devuelve
la profundidad de lo frágil
un muchacho recorre con sus manos las pulidas espirales
de la mecedora al mediodía
se mece en el sopor que nos hace más lúcidos
los helechos la humedad humeante del patio
y allá lejos el cotoperís espaciosamente mudo
la parra tramando la soleada caligrafía
de la soledad
qué no nos pertenece ya que pueda desposeernos de lo
que nos posee
somos la fijeza el último brillo donde empieza
la larga intemperie
ese lenguaje que todos hablamos
sin reconocerlo
morir no es un vértigo un abismo una incandescencia
sino el reconciliado orgullo
caen las máscaras y ya no hay rostro o el rostro
es la máscara que no cae
el mil veces expuesto signo que nadie
descifra
ni este mundo ni el otro ni éste ni el otro
espejo
ni memoria ni olvido
morir es la sola solitaria fresca posesión de la piel
que fuimos desollando
la memoria que el olvido recuerda

domingo, 26 de febrero de 2012

La lengua de Virgilio. Por Antonio José Ponte


 

En este mismo patio

En este mismo edificio (mismísimo edificio, habría escrito un espíritu tan extrovertido como el de Virgilio Piñera), antigua sede  de la sociedad  Lyceum,  ocurrieron  dos importantes hechos. Del primero queda un libro, pero antes fue una serie de conferencias que dictó aquí Cintio Vitier: me refiero a Lo cubano en la poesía. Del segundo, suceso de menos monta, queda  el  recuerdo   inseguro  de  algún  contemporáneo.   Según Mariano Rodríguez en el patio del Lyceum pelearon José Lezama Lima y Virgilio Piñera, pelearon a golpes.
Gracias a la memoria de un lugar hago entrar a tres nombres que van a ocuparme: Virgilio Piñera, Cintio Vitier y José Lezama Lima.

 

 

La pelea del patio

A Nietzsche le molestaba que se dijera siempre Goethe y Schiller llamándolos por par. Me parece que nosotros decimos demasiado Lezama y Virgilio. Pero cuando decimos Lezama y Virgilio que­remos dar a entender la mayoría de las veces Virgilio versus Lezama, la pelea del patio.
Déjenme afirmar que Piñera paladeaba ese reto entre real y acrecentado por él mismo, y voy a dejarles tres citas a cambio. La primera viene de una prosa de Virgilio, suerte de crónica social en la que narra una fiesta de santo de Lezama Lima. Son de las pági­nas más divertidas escritas por él. En ellas, a la hora de los retra­tos, surge el asunto de las precedencias y los invitados empiezan a preguntarse quién se inmortalizará junto al Maestro Lezama: «por supuesto todos afirman a una que el otro Maestro, el Piñera, si no tan glorioso al menos tan viejo como el Maestro número uno. Así pues el lente mágico del arquitecto Bilbao toma al Maestro núme­ro uno y al Maestro número dos, ambos sentados, como dos caguamas filosóficas calentándose con el sol de los muertos y el no menos muerto sol de la gloria literaria».
La segunda cita no vale la pena citarla: a la muerte del autor de Paradiso, Virgilio escribe su soneto en homenaje. Reconoce en la muerte la principalía del otro y se otorga a sí mismo un segundo lugar como en la crónica del santo. La última cita que les dejo es de una carta de 1942 al mismo Lezama. Piñera, que acaba de publicar El conflicto, le escribe: «Qué sereno tiempo cuando este libro y tu libro; tus libros y mis libros se encuentren en una libre­ría cualquiera en ese precioso tiempo que forman cien años sobre tu muerte y la mía». Hechos polvos los cuerpos, cien años más allá de la muerte, los libros continuarán un ajedrez póstumo. Con cartas y poemas, con diálogos perdidos ya, Virgilio Piñera cebaba aquella antagonía. Si después de publicarse Paradiso ofreció a su contrincante la precedencia lo hacía para atestiguar que era él y no otro el llamado a secundarlo, el único posible en emparejársele.
Se ha dicho que es fácil detectar lo lezamiano en los poemas iniciales de Virgilio. Puede afirmarse también que un poema como La escalera y la hormiga del último poemario de Lezama Lima, está escrito en lo mejor del aire piñeriano. Y más, algunos poemas de las últimas épocas de ambos resultan bastante canjea­bles entre sí. Es la historia teatral del flaco que se come al gordo y luego va a ser comido por el flaco.



 

El gran antagonista

Gombrowicz, José Triana, Ionesco, Aimée Césaire, José Lezama Lima: ningún escritor cubano ha sido tan explicado por antagonías. La obra de Virgilio Piñera parece surgir de esas rivalidades. Capaz de reconocer en otros la afirmación que había que acallar con respuestas contrarias, capaz de reconocer las voces imprescin­dibles de discutir, Piñera pujaba desde las antagonías.
Puja, es el pujón. No habrá más que leer sus piezas fallidas, sus malos chistes, sus cuentos pesados a deshora. Y es que ha sido mal administrado en lo póstumo: las revistas celebran borradores, comienzos penosos de escritura.
Escribía negando. La suya fue escritura reactiva como ciertos preparados químicos. Tuvo tan clara conciencia de otras voces que vino a completar. Escribió para dotar a la literatura de algo que le estaba faltando y él echaba de menos.
Ahora bien, definir por negaciones obra como la suya signifi­ca dejar bastante intocado su cuerpo. Las definiciones negativas van bien con el cuerpo incorpóreo de Dios porque lo numinoso queda a resguardo de palabras. Pero un Virgilio por negaciones constituye un paseo alrededor de las murallas, un Piñera perimetral. Las definiciones negativas, hurtando el cuerpo a definir, subrayan también la pasividad de ese cuerpo: no es tal o más cual cosa, tampoco es lo de allá, y acaba siendo algo disminuido muer­to alrededor de lo cual giran y bailan las cosas que sí son. Pero, ¿giran y bailan?
Al definir a Virgilio Piñera, ¿dónde poner el pie que toque fondo? ¿En un Lezama inentendido aún que le entregamos como antagonista? Comenzamos a movernos entre un par de vértigos: la petición de principio, vicio de la lógica, y la historia ab ovo, vicio de la retórica. Petición de principio porque presuponemos que Lezama es tal cosa para que un contrapuesto Virgilio sea esta otra. Historia ab ovo, desde el huevo, porque nos recorre un remilgo que dice: es imposible definir a Virgilio sin haber defini­do a Lezama que significa definir Orígenes, definir la República, Martí y puntos suspensivos hasta el principio de los tiempos.
Cintio Vitier preguntó en una conferencia dicha aquí por los muros de nuestra fundación, el huevo de donde venimos. Vamos a Lo cubano en la poesía.

Dentro de Lo Cubano

En la pregunta vitieriana por esos muros empieza a estar el muro, en ese libro ineludible hay páginas sobre la poesía de Virgilio Piñera, páginas lamentables en que nos detendremos.
Antes de pronunciar esas conferencias que forman Lo cubano en la poesía, su autor Cintio Vitier pasó por otros libros: recuér­dense su antología de diez poetas origenistas, y la de cincuenta años de poesía cubana, y la tesis de grado de Roberto Fernández Retamar publicada bajo el sello Orígenes, y un artículo -éste menos conocido- que Vitier publicara en la Revista Cubana. Allí, en Recuento de la poesía lírica en Cuba, Cintio Vitier aprecia la obra poética de Piñera si no ganado por la simpatía tampoco ahondando en el rencor. ¿Qué ha sucedido entonces entre ese artí­culo de 1956 y la conferencia de 1957 para que Cintio Vitier varia­ra tanto su trato con los mismos poemas? La respuesta debe estar en las hemerotecas que atesoran los números de Ciclón.
Las páginas dedicadas a Virgilio Piñera en Lo cubano en la poe­sía comienzan lamentándose de que las piñerianas no sean solu­ciones tan armoniosas como las de Ángel Gaztelu. Después, un amarillo de Lezama, el amarillo del poema Noche insular: jardines invisibles, es comparado con una rabia amarilla de Virgilio, el ene­migo rumor lezamiano demerita al sórdido rumor de un poema del otro. Para Cintio Vitier, Virgilio Piñera da la nota disonante con La isla en peso. Ahí no valen ya comparaciones porque tal poema, en la óptica de Vitier, no puede parecerse a nada nuestro ni siquiera por contraposición. Contraponerlo a otro poema de cubano sería tenderle puentes. Cito una frase: «Es obvio en el tono y la tesis de este poema el influjo de visiones que (...) de nin­gún modo y en ningún sentido pueden correspondemos. Nuestra sangre, nuestra sensibilidad, nuestra historia (...) nos impulsan por caminos muy distintos». Nuestra, nuestra, nuestra: pronom­bre repetido como en una consigna.
A La isla en peso se le emparejan, eso sí, los siguientes uni­versos presuntamente extraños: existencialismo, surrealismo y negritud. En veredicto de Vitier «este testimonio de la isla está falseado». Cuba se ha convertido, Piñera mediante, en una Antilla cualquiera, nos antillanizamos. De isla pasa a ser archi­piélago, muchedumbre. Cuba ha sido ninguneada. Virgilio Piñera es la pupila desustanciadora cuando la meta está en hallar sustancia.
(Barbarito Diez canta de fondo el estribillo: «Esas no son cuba­nas... ésas no son cubanas».)
Terminan esas páginas con una celebración, la de Vida de Flora, y un diagnóstico que Cintio Vitier aventura: «no nos extra­ñaría», escribe de Piñera, «que todas sus actitudes estuvieran dic­tadas por el reverso retórico de un romanticismo inconfesado». Conjetura de teólogo para explicarse la voluntad del mal, procu­ra destorcer lo retorcido: la escritura piñeriana como retorcimien­to del espíritu.
María Zambrano lo habrá pensado a su manera al escribir que la poesía de Virgilio tiene mucho de confesión al revés. Con ello regresamos a la génesis de la escritura por antagonías. Sólo que ahora el antagonista vive dentro del propio Virgilio Piñera y ese romanticismo inconfesado al que se refería Vitier es la almendra cíe su escritura. Piñera es su propio antagonista, figura poética que repitió en su poesía última: el eterno tironeado de sí.
Hablé de teología y no nos perderemos en discusiones de con­cilio si traigo un par más de aseveraciones teologales. Una de José Lezama Lima en el poema donde celebra el sesenta cumpleaños de Piñera:
Como sólo existen el bien y la ausencia,
los demonios y los ángeles se esconden sonriendo.
La otra, del propio Piñera, de su poema Testamento:
Como yo soy de un lugar
de demonios y de ángeles,
en ángel y demonio muerto
seguiré por esas calles...
Tratando de entender a Virgilio Piñera atravesamos las expli­caciones debidas al problema del mal. «Cambió la ingenua poe­sía», nos confirma Vitíer, «por los infiernillos literarios.»



 

La pesadilla y el sueño

Qué pueda ser la ingenua poesía podemos encontrarlo, dentro del grupo Orígenes, en poemarios de Eliseo Diego, Fina García Marruz, Octavio Smith, del propio Cintio Vitíer o en los capítu­los primeros de la novela Paradiso. Es el sueño origenista: los sublimados primeros años de la República.
Diego, García Marruz y Smith tienen líneas de poemas para el mimbre del que tejieron los muebles familiares de sus quintas y casas. Octavio Smith llama mimbre infinito al aire de la isla. Piñera, en cambio, hace con ese mimbre la cuerda del pecado con la que morimos en el poema Las Furias. Se ahoga en esa atmósfe­ra patriarcal de inicios de siglo, difama del mimbre «por una cues­tión sanitaria, una mera cuestión sanitaria». Abjura del mimbre como emblema del retrato de familia, de los mejores años que no fueron nunca y del aire de isla que respiramos. Con él el sueño origenista se convierte en pesadilla.
Los cuentos donde Virgilio persigue lo frío han sido cataloga­dos de programáticos por Cintio Vitier. Igual acusación planea sobre La isla en peso. La insistencia de algunos escritores del grupo Orígenes en los primeros años republicanos cuaja igual en progra­ma. Personalmente, me aburren tanto los programas del mal como los del bien. La isla en peso puede repletarme tanto como me cansa En la Calzada de Jesús del Monte.
Un programa de añoranzas fastidia igual que —pongamos ejemplos— el programa de crueldades que ensaya el Filántropo en la obra teatral homónima de Piñera, o la escalada didáctica que cuenta La carne de Rene. Resulta tan pueril la exhuberancia de la malignidad como la morosidad nostálgica con que vivían en las quintas las figuras paternales.
Cintio Vitier fue incapaz de entender a Virgilio Piñera o lo cegó el rencor. Traduce a Rimbaud pero no puede percibir la estancia de Virgilio en los infiernos, comprende a Julián del Casal y atiza contra un contemporáneo suyo las mismas acusaciones de exotismo que Casal padeció.



 

La lengua de Virgilio

No sé si ustedes son capaces de enunciar sus sueños, tal vez no tengan nombres para ellos o andemos escasos de sueño. Dudo que un sueño nuestro pueda coincidir con el que los origenistas alen­taron, sueño o espejismo. Las pesadillas, sin embargo, son en mucho las mismas, y Virgilio Piñera supo dar con ellas. Absurdo, nada, vacío, sinsentido: acostumbran a llamarla con algunos de estos nombres. Situaciones que continúan repitiéndose, pesadillas que no asustan tanto desde que podemos saltar en la anagnórisis: «Si esto es puro Virgilio, caballeros». Así mismo, Piñera nos legó un repertorio de frases que decir en los ómnibus o en las paradas por donde éstos no pasan, en las casas de huéspedes y en el bar, en la esquina y en el patio de butacas, en la antesala del dentista y en la funeraria, en el parque y en la carnicería, en la barbería y en la cola del pan, en la crónica social y en la policíaca, en el secre­teo y en el grito de solar. Como personajes suyos hablamos en Piñera clásico, hemos caído en la lengua de Virgilio.