sábado 14 de noviembre de 2009

Gozar y Hacer Gozar ¿Dónde está la Felicidad? Por Michel Onfray

Dos mujeres son la causa de la desgracia de todos nosotros, los hombres. Y esto basta para que, curiosos y diligentes, nos preguntemos en qué habrá consistido la felicidad antes del tiempo, antes de que comenzara el mundo tal cual es, en su insufrible apariencia actual. En aquella época de todas las bie­naventuranzas, son Eva y Pandora quienes preparan y fomen­tan todos los apocalipsis. Ellas son las dos catástrofes por las cuales, un día, la felicidad se convirtió definitivamente en cosa del pasado. Todo comienza en el paraíso celestial, en el Edén, como está escrito, donde Dios plantó un jardín para colocar en él al hombre que había fabricado. Y luego la mujer, de manera participativa, puesto que todo el mundo sabe que no es nuestra mitad, sino en primer lugar un fragmento de costi­lla, un hueso que gozó de promoción.
Según la etimología hebrea, Edén significa placeres o deli­cias. Las traducciones griegas de las Escrituras dicen paradeisos: parque rico en vegetación, generalmente adornado con árboles y poblado de animales. Y si nos preocupa la cuestión del lu­gar, si nos preguntamos dónde estaba la felicidad en esa época, la respuesta puede ser geográfica, porque el paraíso estaba lo­calizado en la tierra, aunque fuera celestial. Los geógrafos lo situaron entre el Tigris y el Eufrates, entre el Ganges y el Nilo. Algunos piensan que esos sitios corresponden al actual Irak, y que el paraíso es una antigua posesión de Saddam Hussein.
¿Cómo se vive en ese lugar, ya que de la felicidad se trata? Pues bien: se pasea por un jardín por el que corre el agua de la vida y crece el árbol cuyo fruto alimenta a los inmortales. Es, pues, en principio, un lugar en el que se ignora la muerte. Asimismo, se vive en una total familiaridad con Dios, que no se anda con vueltas y todavía no acostumbra a montar en có­leras, digamos, homéricas. Para expresarlo a la manera de Feuerbach, los hombres todavía no hipostasiaron su esencia; disponen de una identidad definida por la coincidencia de su naturaleza y su proyecto. Por lo tanto, pueden servirse libre­mente de los frutos del jardín, dominar a los animales, vivir en completa inocencia, porque aún ignoran el sentimiento de la vergüenza. No sufren ni mueren. Y si hace falta un detalle más determinante para saber que se trata del paraíso, sepan que la pareja primitiva vive en la más armoniosa unidad. ¿Ne­cesitamos una prueba más fehaciente para saber que ese es el jardín de las delicias? Para completar esto, debemos decir, sin embargo -porque esto explica aquello-, que en esos tiempos ideales, los hombres lo ignoran todo acerca del deseo. ¿Qué mérito hay -dirán algunos fastidiosos- en mantener el perfecto amor conyugal en esas condiciones?
Recapitulemos: no hay sufrimiento, no hay muerte, no hay deseo, no hay carencia, no hay guerra. El cuerpo ignora la turbación, está en perfecta inocencia, y no tiene que sufrir los efectos de la entropía. El paraíso es el lugar de la armonía, la paz, el equilibrio y la dicha, que uno querría interminables. ¿Y si la felicidad definiera el estado en el que se encuentra cual­quiera que desee la eternidad en esa forma, su duración inde­finida? Los casuistas dirían que el solo hecho de desear la du­ración del placer marca el descontento, la incompletud y la insatisfacción. Y tendrían razón, porque la felicidad no hace buenas migas con el tiempo. Está en un lugar sin espacio, en un tiempo antes del tiempo. ¿Qué mejor definición de la uto­pía y la ucronía?
Eva, esa terrible arpía, tiene su paralelo helenístico. Así co­mo el paraíso donde hizo sus primeras armas y cometió sus primeras tonterías, tiene también su equivalente entre los grie­gos. En Los trabajos y los días, Hesíodo cuenta en detalle có­mo, en el origen, los hombres ignoraban el sufrimiento, el es­fuerzo, la fatiga, las enfermedades dolorosas y la muerte. Alude a los tiempos de la raza de oro, cuando vivían como dioses, ignorando la resistencia y la hostilidad de la naturaleza, la vejez y el trabajo.
Después de la geografía del paraíso, ¿qué podemos decir de la del conocimiento? ¿Qué lugar ocupa la ciencia en la genea­logía mítica del mal? ¿Por qué el saber resulta mortífero con relación al paraíso? Eva para los cristianos, y Pandora para los griegos, constituyen la causa de la desaparición de la felicidad, el estado de inocencia y de la emergencia de la desgracia. ¿Cómo lo hicieron? Después de volverse independiente, la costilla de Adán sucumbió a la tentación precisamente ante una serpiente que invitaba a consumir el fruto prohibido, a practicar la transgresión, a no obedecer la ley divina. La ser­piente sopló, silbó, mejor dicho, en el oído de la primera mujer que era posible determinarse libremente, de manera inde­pendiente, dejar de lado las exigencias divinas y elegir, en cambio, las del deseo. En este caso, las de la razón.
Porque el fruto prohibido está lejos de ser una vulgar man­zana: se trata del fruto del conocimiento, que se encuentra en el árbol del mismo nombre. Para sobornar a la mujer, la ser­piente le explica que nadie muere por probar el fruto prohibi­do, y que, en cambio, ingerir la primera de las primicias con­fiere la sabiduría que abre los ojos. Comer el fruto prohibido, es rechazar la ley de Dios para optar por la voluntad de los hombres; es, con insolencia y orgullo, practicar la autonomía, en el sentido etimológico: la capacidad de determinarse por sí mismo, sin ayuda ni asistencia de nadie que esté por encima de uno. El Génesis dice que el árbol es "deseable para adquirir la inteligencia".
Ahí empiezan todas nuestras miserias: saber, es enfrentar el dolor. Querer conocer es alejarse de la felicidad. La nuestra es historia conocida: el precio de la inteligencia es la inocencia perdida. Saber distinguir el bien y el mal, es cometer un peca­do y hacer trizas la felicidad. Entonces se suceden las calami­dades cuyas consecuencias seguimos padeciendo: sufrir y tener que morir, parir con dolor y estar obligados a trabajar. Los versículos de la Biblia dicen incluso que a partir de ese mo­mento, como castigo específico, la mujer debió soportar la do­minación del hombre. Por eso digo, hoy, que debemos a las mujeres el haber perdido las ventajas del paraíso terrenal...
Si faltaba otra demostración de la legitimidad de la misogi­nia teórica, la proporciona Pandora. Tan tonta como Eva la temeraria, la primera mujer griega es también culpable de ha­ber sucumbido a la tentación. Recordemos los hechos: Pro­meteo había ofendido a los dioses robándoles el fuego, y, para vengarse, Zeus creó a Pandora. Etimológicamente, su nombre significa "provista de todos los dones". Representa también la rebelión del espíritu que quiere igualar la inteligencia divina, o al menos robarle algunas chispas de luz. En esto se parece a la concubina de Adán, que no se deja engañar y prefiere el saber a la obediencia.
¿Cómo procedió Pandora? Los dioses habían dejado a su cuidado una caja que, sin que ella lo supiera, contenía todas las pasiones y miserias del mundo. En vez de limitarse a obe­decer y cumplir su tarea, sin más, ella levantó la tapa para mi­rar el contenido: apenas tuvo tiempo de volver a cerrar el re­cipiente. Todo se dispersó por la tierra, menos la esperanza. Ese día los hombres fueron castigados y, como tras la actitud de Eva, conocieron el dolor, el sufrimiento, la vejez, la muerte, las enfermedades. Fin de la felicidad, comienzo de la his­toria...
¿Hay que odiar por esto a las mujeres? Porque, bien mirado, Eva y Pandora nos infligieron, tal vez, la pérdida de la felici­dad, pero, al mismo tiempo, prefirieron la inteligencia y el sa­ber antes que la obediencia, la curiosidad y el deseo antes que la sumisión. Son rebeldes e indóciles, arcángeles caídos, en cierto modo. Su única culpa fue negarse a ser sumisas y mos­trar una formidable voluntad de saber. Con ellas aprendemos que el fin de la felicidad, es decir, la consumación del paraíso y la edad de oro, se origina en la voluntad de inteligencia.
Según esta hipótesis, lejos de ser detestables, estas mujeres son excepcionales: les debemos el nacimiento del saber, el im­pulso del conocimiento, la creación del genio. El precio fue caro, pero ¿quién preferiría la inocencia? En este sentido, los retóricos dirán que la verdadera inocencia no es dolorosa, puesto que el inocente carece de la conciencia que le permiti­ría conocer su estado, en primer lugar, y luego sufrir por ello. De acuerdo con esos principios, el verdadero inocente está in­capacitado para la felicidad porque es víctima de su deficiencia mental. Si hay que elegir, vale más optar por la inteligencia, aunque sea al precio de una felicidad perdida, pues esta sólo podría volver a encontrarse gracias a aquella. Si no, no sería inteligencia...
El saber significa, pues, sufrimiento, en una primera instan­cia. Como ejemplo, recuerdo una carta que Descartes le envió el 6 de octubre de 1645 a Cristina de Suecia. El filósofo le en­seña a la cabeza coronada que el aumento del saber implica también aumento de la tristeza, del dolor y de la melancolía. Escribe: "Confieso que es mejor ser menos alegre y tener más conocimiento". Aclaremos: el saber es la conciencia, y la con­ciencia siempre está dirigida a un objeto. Pero al parecer, todo converge hacia lo trágico, que se suele definir como lo que caracteriza la necesidad, lo que es imposible que no ocurra y obliga a cada uno a obedecer fuerzas que lo superan. En efec­to, saber es, en primer lugar, tomar conciencia de que uno es­tá inscripto en el tiempo, y debe soportar sus efectos: dolores y sufrimientos, duelos y melancolías, tristezas y desdichas. Por­que pasa el tiempo, muere el cuerpo; porque los días transcu­rren, triunfa la muerte; porque la entropía funciona de manera ineludible, todo se gasta, incluso el desgaste. Un saber que ig­norara estas evidencias no sería saber. Y hay que partir de esta: tenemos que morir. Dominados por esa sombra siniestra, ¿en qué consiste la felicidad? ¿Cómo se puede ser feliz si es inevi­table marchar hacia la muerte y la nada?
La primera tentación es creer que hay que restaurar la ino­cencia: saber lo menos posible para sufrir lo menos posible. Pe­ro para este proyecto funesto, habría que cultivar la ignorancia, y esto ya supone saber demasiado, porque saber que se debe proceder de ese modo, es entrar ya en el pensamiento trágico. La felicidad residiría en el no-saber. Ni siquiera en el saber so­crático, porque saber que no se sabe nada, es ya saber mucho. Quizá demasiado, para acercarnos a esa felicidad que nos preo­cupa. La felicidad estribaría entonces en la inocencia animal, consustancial a la falta de conciencia evolucionada; incluso, más eficaz, en la inocencia de los vegetales o minerales...
Es por insistir en esas posiciones que la tradición occidental dominante se construyó sobre la promoción del ideal ascético cuya consigna podría ser: perinde ac cadáver. Volverse cadáver, carne muerta, despojada de lo que hace la vida: el deseo, los placeres, las pasiones, el cuerpo. En virtud de esta extraña éti­ca, la felicidad consistiría en mimetizarse con la muerte. El cristianismo perseveró en esa retórica, y con él, el estoicismo, el epicurismo y muchas filosofías vinculadas, la mayoría de las que enseña y transmite el Occidente. El principio sería este: puesto que hay que morir un día, más vale morir enseguida, es la única manera de prepararse bien para la muerte.
Yo no acepto esta hipótesis que acelera lo negativo y alienta el apocalipsis antes de tiempo, por el hecho de que llegará de todos modos. No me gustan los que la sostienen, que son, de alguna manera, curas disfrazados. En el extremo opuesto a los que quieren la muerte en vida, yo lucho para que la vida sea digna de ese nombre, que se la acepte y se la ame, que se la convierta en una hermosa obra. No creo en la inocencia reencontrada o restaurada, ni en forma individual y soteriológica, ni en forma colectiva y escatológica. En ambos casos, se tra­ta de respuestas religiosas a la búsqueda de la felicidad. Y en las religiones incluyo los monoteísmos trascendentes y las diferentes formas inmanentes de comunitarismo social (socialismos, fourierismo, marxismo, saintsimonismo, comtismo, etcétera). Todos estos tienen en común el ver la felicidad no ya en el tiempo antes del tiempo, sino en un tiempo futuro, casi después del tiempo. En nombre de esa falsa ilusión se sacrifica el momento, el presente, lo inmediato, que es lo único que importa en ma­teria de felicidad. Una dicha hipotética, que vendrá en el futu­ro, redunda casi siempre en una desdicha cierta durante el tiem­po de espera, o en desdichas consideradas como el precio que se debe pagar, y deudas necesarias para alcanzar los fines desea­dos. En ese caso, se suele decir que el fin feliz justifica los me­dios, aunque sean contradictorios y provoquen infelicidad.
Ucronías y utopías se reparten el terreno de las ficciones éti­cas y políticas: Atlántida, Tierra Prometida, Ciudades de Dios milenaristas, ciudades del sol al estilo de Campanella, viajes a la luna al estilo de Cyrano, falansterios según Fourier, Icarias según Cabet y sovietismos a la manera de Lenin. Todas esos puntos de vista aspiran a la restauración de un paraíso perdido, a la instauración de un Edén sociológico. Ahora bien: los ma­ñanas que cantan hipotecan los hoy que transcurren, y siempre desilusionan. El tiempo después del tiempo zozobra en el im­perio del tiempo de hoy, siempre. De modo que la felicidad no está ni en la inocencia anterior al saber, ni en la posterior a la revolución. Está en el uso del tiempo aquí y ahora.
¿Cómo sería una felicidad que permitiera encontrar una de­finición común para el mayor número de personas? Probablemente el estado fugaz, furtivo, fugitivo, en el que uno se en­cuentra a veces, siempre a posteriori, como consecuencia de aquello que lo produjo. Porque el saber de un estado, de un hecho, de una historia, supone su cumplimiento, su desarrollo completo. Para llegar a ese estado, hay que haber conjurado lo negativo, en una primera etapa, y luego realizar lo positivo, en una segunda etapa. Lo negativo es el dolor en todas sus for­mas: el malestar, el sufrimiento, la confusión, la angustia, la in­quietud, la enfermedad, la muerte. A nadie le gusta el dolor, salvo a los masoquistas y a los sádicos que establecen otro tipo de contrato ético. Consideremos aquí solamente lo que es po­sible elaborar en el marco de una intersubjetividad que exclu­ya esas distorsiones, y que se podría definir como la que apun­ta prioritariamente a huir del displacer y buscar el placer. El odio por lo negativo es síntoma de salud; el gusto por lo posi­tivo, también. Lo positivo es, por supuesto, lo inverso de lo negativo, su contrario: la quietud, la paz, el equilibrio, la ar­monía, la alegría, el placer, la salud, la fuerza, la abundancia y la sobreabundancia de vida. Está en el hedonismo, cuyo prin­cipio estableció Chamfort en una de sus máximas, que repito permanentemente: "Gozar y hacer gozar, sin hacer mal, ni a ti ni a nadie: ese es, creo, el fundamento de toda moral". En el marco de esta aritmética de los placeres, la felicidad es la resul­tante de una voluntad de goce y una aspiración absolutamente hedonista.
Digamos, pues, dos palabras sobre este hedonismo cuyo sen­tido se tergiversa tan a menudo para asimilarlo con la más vul­gar de las satisfacciones: la de los animales y los que entienden el placer como lo que alivia al animal, fuera de la conciencia, lo más lejos posible de la inteligencia, la cultura y la reflexión. Qué no se habrá dicho, en el siglo XVII, de los cerdos de Epicuro, antes de convertir al cochino en emblema del hedonis­mo de baja estofa... Yo definiría al hedonismo, a la manera clásica, como la filosofía que hace del placer el soberano bien, y propone evitar el displacer. Contra el kantismo que propicia una moral del deber puro, el hedonismo propone un utilitaris­mo jubilatorio.
La primera tarea, en esta búsqueda de los lugares de la feli­cidad, consiste, obviamente, en definir el placer. ¿Consiste en la grosera satisfacción de los sentidos? ¿En obedecer los impul­sos naturales y salvajes? ¿En consentir a lo que nos asemeja a la bestia? Por supuesto que no. No sólo por razones de moral moralizante, según las cuales hay que amar al prójimo, no ser egoísta, compartir, preocuparse por el otro, sino en el marco de una lógica hedonista: porque la ley de la selva causa conti­nuos sufrimientos. La violencia, la astucia, la hipocresía, la fuerza, que habitan la realidad, provocan stress, frustración, an­gustia. En el estado de guerra de todos contra todos, la inter­subjetividad se desarrolla bajo el reinado del temor siempre re­comenzado. Y nada genera más displacer.
¿Qué dice la etimología? Enseña el origen común de placer y plácido -que place- y también placebo, en el sentido de ha­lago, antes de que esta palabra significara la trampa médica y farmacéutica que conocemos. Siguiendo con el esclarecimien­to de la genealogía, el placer reside en el engaño y el halago, digamos, en la seducción. Más tarde, el placer se estructura contra el rigor, la rectitud, porque seducir es apartarse del ca­mino. Y aquí, el camino es la vía del ideal ascético en la car­ne, en los deseos. De modo que yo diría, entonces, que el hedonismo es la filosofía del placer entendido como el con­sentimiento de un cuerpo al eudemonismo que lo requiere. El eudemonismo es el estado que le debemos al demonio bienhechor, y que supone serenidad, coincidencia con la rea­lidad del momento. La palabra eudemonismo viene del griego eudaimon, feliz.
Ya Demócrito, como genealogista materialista, había aclara­do que el demonio en cuestión estaba en el alma. Sabemos que, según sus principios, el alma es una de las modalidades de la materia: es un lugar preciso del cuerpo, una zona en espe­cial, cuyo límite es la piel. La felicidad está en el cuerpo, más específicamente, en una clase de acuerdo del cuerpo con la realidad, que permite la armonía, la alegría, el júbilo, el placer, todas fantasías en forma de variaciones posibles sobre el tema de la materia. A la pregunta: ¿dónde está la felicidad?, yo res­pondería: está en potencia en un cuerpo que goza.
¿Sabemos cómo ejecutar esa felicidad, cómo hacer de manera que el placer pueda pasar de la potencia al acto? Sí, si re­cordamos el principio selectivo nietzscheano según el cual de­bemos querer esencialmente aquello que nos gustaría ver re­producirse sin cesar, indefinidamente, eternamente. Es bueno aquello cuyo eterno retorno anhelamos. Toda voluntad de go­ce ansia la repetición de lo que posibilita un placer, lo que lo hace poderoso, fuerte, real, concreto. Se trata de querer lo que proporciona la máxima satisfacción, a uno mismo y al otro, para poner en práctica una ética digna de ese nombre.
"Gozar y hacer gozar", escribe Chamfort. Por cierto. Pero ¿qué significa gozar solo? Sade formula una respuesta que me parece emblemática a esta pregunta: escucharse sólo a sí mis­mo, aunque sea en detrimento del otro. Peor aún: preferente­mente en detrimento del otro. Una antropología sumaria permite conocer la naturaleza de los hombres, que justifica esta ética: todos aspiramos a dominar, y estamos naturalmente in­clinados a la negación del otro, que es el precio a pagar por el placer solipsista. Ahora bien: como cada uno de nosotros es otro para el otro, y no estamos dispuestos, en virtud del prin­cipio hedonista, a sacrificar nuestro placer hipotético por un displacer perpetuo y real que viene de otro lado, es difícil imaginar que se pueda gozar sin la correlación enunciada por Chamfort: hacer gozar, al mismo tiempo que uno goza. Y allí es donde tal vez se articule toda intersubjetividad ética, toda posibilidad de una moral entre los hombres, y no ya, a la ma­nera que he definido como feudal, sólo para uno mismo.
La voluntad de goce para el otro no se legitima por el al­truismo o el amor al prójimo, sino simplemente por utilitaris­mo ético: hacer gozar, es dar goce, pero es también recibirlo, es estar por lo menos implicado en el proyecto del otro para una obtención de placer. Hay que optar por el hedonismo no por moralidad, sino por interés. ¿Quién puede negarse a reci­bir placer, si no es por un ideal ascético, flagelación o alguna otra voluntad retorcida originada en el ideal cristiano? En esta lógica de placeres que se dan y se reciben, el placer que yo doy sólo tiene sentido en, por y para el que recibo. No podría haber moral sin este movimiento de ida y vuelta. Y en ese ca­so, habría que rechazar la relación. En cuanto aparece el dolor, o la carencia, o el sufrimiento, o la pena, hay que suspender el contacto. El hedonismo es autoprotección, garantía de no ex­ponerse peligrosamente y no poner en peligro el propio equi­librio.
Pero hacer gozar no es sencillo. Porque el deseo del otro no siempre es claro, al contrario. ¿Cómo podría ser fácil conocer­lo, si uno mismo desconoce a veces sus propios deseos? El
lenguaje permite informarse sobre el deseo del otro, hasta cierto punto. Y luego existen muchas otras señales: gestos, si­lencios, inflexiones de voz, entonaciones, precisiones infinite­simales. Acentuando esta retórica de comunicación es como se puede encarar el hedonismo a partir de perspectivas que algu­nos llaman "el comportamiento comunicacional"...
En este registro del comportamiento hedonista, la intersub­jetividad constituye lo que yo llamo una pequeña teoría de círculos éticos. La felicidad está en el movimiento que permite el paso de un círculo al otro, de los bordes al centro, de los mundos exteriores, externos, a los núcleos. ¿En qué consisten esos círculos éticos? ¿Cómo funcionan? En el centro de ese mecanismo, como una suerte de panóptico, está uno mismo, cada uno de nosotros. A partir de ese punto arquitectónico, en forma concéntrica, y casi a la manera acústica, encontramos círculos que encierran otros círculos. Los más cercanos al cen­tro son los de mayor intensidad y autenticidad; los más aleja­dos son los de menor comunicación y menor calidad, pero también los de la mayor cantidad de individuos. El hedonismo propone que en lugar de la vieja teoría cristiana del amor al prójimo, se instale una práctica de afinidades electivas, a partir de la cual se puede manifestar la elección o el rechazo, modos centrípetos o centrífugos de intersubjetividad. ¿Y dónde entra la felicidad, el placer? Los que elijo serán los que producirán placer, dándomelo y recibiéndolo de mí. Los que rechazo se­rán aquellos a los que no les daré nada, ni motivos para sufrir, ni motivos para alegrarse. El placer es el principio selectivo que decide el lugar de cada uno dentro de ese mecanismo. Y cada situación está sujeta a modificaciones. En virtud de la ca­lidad de la relación, y por lo tanto, de la cantidad de placer, se puede estar más o menos cerca del centro. En la mayor proxi­midad, está el amigo; en la lejanía, los que nos son indiferen­tes. Entre ambos extremos se conjugan las modalidades de la relación hedonista con los demás: simpatía, camaradería, com­pasión, deferencia, amabilidad, delicadeza, gentileza, ternura, etcétera.
La felicidad consiste en obtener placer y evitar el dolor. Es la resultante de la operación utilitarista ética hedonista. Place­res para uno mismo y para el otro; placeres obtenidos del otro, con el otro y para el otro. Esta aritmética es la respuesta cultu­ral a lo que nos enseña la antropología: los hombres son natu­ralmente violentos, ávidos, imperiosos, dominadores, egoístas. El triunfo de la propia apetencia se paga con el precio más al­to: la negación del otro. El hombre natural es soplipsista por vocación, no en el aspecto metafísico, sino en el plano social. Partiendo de esta imagen del hombre, contra la que no se puede hacer gran cosa, pero con la que hay que contar, el he­donismo se basa en el poder del amor a sí mismo, o el amor propio, que para mí, al contrario de Rousseau, es lo mismo. Es por buscar su propio interés que el hombre es inmoral; es preciso volverlo moral siempre en nombre de su propio inte­rés. Se trata de producir felicidad con el hombre tal cual es, y no con el hombre como utópicamente podría ser mañana, transformado por alguna revolución. Las afinidades electivas, el hedonismo, la voluntad de goce, la práctica del principio for­mulado por Chamfort conducen a la felicidad. Con un poco de paciencia...
¿La felicidad coincide absolutamente con el placer? ¿Es identificable al goce, al deleite? El proceso del goce incluye una paradoja: se comprueba, a posteriori, que el placer requie­re el conjunto del cuerpo en el cual se manifiesta. Absorbe el conjunto de la carne y moviliza todas las facultades en una emoción que prueba la existencia fisiológica del cuerpo: la prueba de la existencia del placer, es el cuerpo que goza: piel, sangre, corazón, ritmo cardíaco, transpiración... Y en ese apo­calipsis, la conciencia perece. Cuando gozo, no sé que gozo, estoy totalmente inmerso en mi placer. En cambio, para que este sea total y absoluto, necesita ayuda, el recurso y la media­ción de la conciencia, de ese instrumento que requiere una parte del cuerpo, la que conoce, o al menos tiene la ilusión de conocer, que ya sería suficiente.
El sensualismo es la filosofía que se impone en materia hedonista: el cuerpo conoce en primer lugar por medio de los sentidos que lo informan. No tanto por la vulgar simplicidad de los cinco sentidos separados, como mediante extrañas ope­raciones semejantes a las sinestesias. La combinación de los sentidos y las informaciones que transmiten provocan una emoción, una sensación, una pasión, una conmoción del siste­ma nervioso. Digamos, la anticipación de un conocimiento que se producirá por medio de la razón.
Existe, pues, un desfase entre la sensación y el conocimiento que se tiene de ella, y lo mismo ocurre con el placer: donde hay conciencia, no hay placer, y donde hay placer no hay conciencia. La sensación eclipsa a la razón, que necesita una tregua, un lapso breve pero efectivo, después del cual la aprehensión mental es pensable, y luego posible. La felicidad está siempre ubicada más acá o más allá del placer, pero indu­dablemente en relación con él: en el presentimiento de la es­pera de un placer cercano, como también en el recuerdo del placer experimentado.
La felicidad está, pues, relacionada con el hedonismo: es su eco, su consecuencia vinculada con el pasado o el futuro. Está en la conciencia que se le agrega a la emoción; en la razón que se utiliza para amplificar una pasión que produce placer. Lo mismo sucede con la desdicha, que funciona según el mismo principio, en relación con una pasión que provoca displacer. En este punto, podemos aventurar una respuesta a la pregunta: ¿dónde está la felicidad? Por mi parte, diría que la felicidad es lo que la conciencia hace de un placer pasado o que está por venir. En consecuencia, está en cualquier lugar en que se opere esta conciencia, en lugares geográficos, imaginarios, soñados, vividos a la manera onírica o jubilatoria, y todo ello relaciona­do con una historia singular, sus fuerzas, sus riquezas, sus gran­dezas, sus fracturas, sus densidades, sus momentos íntimos e ín­fimos que producen ecos durante toda una vida.
La felicidad es, pues, un asunto propio, singular, que proce­de de una decisión, de un juego, de una voluntad. No hay fe­licidad sin voluntad de goce y trabajo de la conciencia. De modo que al producirla, al contribuir a ella, se obtienen frag­mentos, porciones de felicidad. Pues sólo aparece en forma fraccionada. Al igual que el placer, la felicidad es fugaz, siem­pre frágil y por reconstruirse. Aparece en una forma que una metáfora pictórica podría llamar divisionista, tachista o impre­sionista: por pequeñas pinceladas juxtapuestas.De esos múltiples fragmentos, sé podría hacer un inventario al estilo de Prévert. Cada historia singular está hecha de esos instantes que convocan la infancia, los períodos de amor o despreocupación, que es la misma cosa, y el cuerpo, lugar de todas las marcas, forma de todas esas memorias. Terminemos aquí esta investigación teórica sobre la felicidad, este intento de circunscribir una luz siempre rebelde. Porque debería evo­car las fresas del jardín de mi padre, que comí muchas veces bajo un sol ardiente, después de refrescarlas bajo el chorro de agua de una fuente glacial; el primer beso de una joven, muy joven, en un campo de trigo inundado de luz y el temor de estar haciendo algo irreparable; la primera emoción frente a mi primer Vermeer, mi primer Chardin o el primer cuerpo de una mujer desnuda; el estremecimiento que recorrió mi cuer­po, mi espina dorsal, mi piel, cuando oí los movimientos len­tos del Trío opus 100 y del Quinteto para dos violoncelos D.956 de Schubert; el aroma de un reuilly blanco, fresco, que bebí al aire libre un anochecer de verano en que nada más existía, fuera de la mesa, mi compañero y la noche; el aroma de un alioli acompañado por un vino blanco de Borgoña; la mirada de un amigo cómplice y sus confidencias en el corazón de la noche, con los vapores del alcohol sumados a las lágrimas que se asomaban a los párpados; la piel de un niño amado; la infle­xión de una voz amada. Y tantas otras cosas cuyo recuerdo o cuyo cumplimiento futuro me darán primero placer, y luego, con el agregado de la conciencia y su trabajo, felicidad.

sábado 7 de noviembre de 2009

J.D. Salinger. Autor de "El Guardián entre el Centeno"

Escritor estadounidense nacido en Nueva York. Se graduó en una academia militar y después asistió brevemente a dos universidades. Su obra más importante, El guardián entre el centeno (1951), le estableció como escritor de culto y Holden Caulfield, el héroe de la novela, se convirtió en prototipo del adolescente rebelde y confuso que busca la verdad y la inocencia lejos del mundo falso de los adultos. Otras obras de Salinger, que tras su temprano éxito literario se convirtió en un ermitaño, son su libro de relatos Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961), Levantad, carpinteros, la viga maestra y Seymour: Una introducción (ambas en 1963). Todas ellas tratan de los problemas de los niños de la familia Glass, brillantes y extremadamente sensibles.

El Guardián entre el Centeno de J.D. Salinger

Capítulo 1
Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.
Empezaré por el día en que salí de Pencey, que es un colegio que hay en Agerstown, Pennsylvania. Habrán oído hablar de él. En todo caso, seguro que han visto la propaganda. Se anuncia en miles de revistas siempre con un tío de muy buena facha montado en un caballo y saltando una valla. Como si en Pencey no se hiciera otra cosa que jugar todo el santo día al polo. Por mi parte, en todo el tiempo que estuve allí no vi un caballo ni por casualidad. Debajo de la foto del tío montando siempre dice lo mismo: «Desde 1888 moldeamos muchachos transformándolos en hombres espléndidos y de mente clara.» Tontadas. En Pencey se moldea tan poco como en cualquier otro colegio. Y allí no había un solo tío ni espléndido, ni de mente clara. Bueno, sí. Quizá dos. Eso como mucho. Y probablemente ya eran así de nacimiento.
Pero como les iba diciendo, era el sábado del partido de fútbol contra Saxon Hall. A ese partido se le tenía en Pencey por una cosa muy seria. Era el último del año y había que suicidarse o -poco menos si no ganaba el equipo del colegio. Me acuerdo que hacia las tres, de aquella tarde estaba yo en lo más alto de Thomsen Hill junto a un cañón absurdo de esos de la Guerra de la Independencia y todo ese follón. No se veían muy bien los graderíos, pero sí se oían los gritos, fuertes y sonoros los del lado de Pencey, porque estaban allí prácticamente todos los alumnos menos yo, y débiles y como apagados los del lado de Saxon Hall, porque el equipo visitante por lo general nunca se traía muchos partidarios.
A los encuentros no solían ir muchas chicas. Sólo los más mayores podían traer invitadas. Por donde se le mirase era un asco de colegio. A mí los que me gustan son esos sitios donde, al menos de vez en cuando, se ven unas cuantas chavalas aunque sólo estén rascándose un brazo, o sonándose la nariz, o riéndose, o haciendo lo que les dé la gana. Selma Thurner, la hija del director, sí iba con bastante frecuencia, pero, vamos, no era exactamente el tipo de chica como para volverle a uno loco de deseo. Aunque simpática sí era. Una vez fui sentado a su lado en el autobús desde Agerstown al colegio y nos pusimos a hablar un rato. Me cayó muy bien. Tenía una nariz muy larga, las uñas todas comidas y como sanguinolentas, y llevaba en el pecho unos postizos de esos que parece que van a pincharle a uno, pero en el fondo daba un poco de pena. Lo que más me gustaba de ella es que nunca te venía con el rollo de lo fenomenal que era su padre. Probablemente sabía que era un gilipollas.
Si yo estaba en lo alto de Thomsen Hill en vez de en el campo de fútbol, era porque acababa de volver de Nueva York con el equipo de esgrima. Yo era el jefe. Menuda cretinada. Habíamos ido a Nueva York aquella mañana para enfrentarnos con los del colegio McBurney. Sólo que el encuentro no se celebró. Me dejé los floretes, el equipo y todos los demás trastos en el metro. No fue del todo culpa mía. Lo que pasó es que tuve que ir mirando el plano todo el tiempo para saber dónde teníamos que bajarnos. Así que volvimos a Pencey a las dos y media en vez de a la hora de la cena. Los tíos del equipo me hicieron el vacío durante todo el viaje de vuelta. La verdad es que dentro de todo tuvo gracia.
La otra razón por la que no había ido al partido era porque quería despedirme de Spencer, mi profesor de historia. Estaba con gripe y pensé que probablemente no se pondría bien hasta ya entradas las vacaciones de Navidad. Me había escrito una nota para que fuera a verlo antes de irme a casa. Sabía que no volvería a Pencey.
Es que no les he dicho que me habían echado. No me dejaban volver después de las vacaciones porque me habían suspendido en cuatro asignaturas y no estudiaba nada. Me advirtieron varias veces para que me aplicara, sobre todo antes de los exámenes parciales cuando mis padres fueron a hablar con el director, pero yo no hice caso. Así que me expulsaron. En Pencey expulsan a los chicos por menos de nada. Tienen un nivel académico muy alto. De verdad.
Pues, como iba diciendo, era diciembre y hacía un frío que pelaba en lo alto de aquella dichosa montañita. Yo sólo llevaba la gabardina y ni guantes ni nada. La semana anterior alguien se había llevado directamente de mi cuarto mi abrigo de pelo de camello con los guantes forrados de piel metidos en los bolsillos y todo. Pencey era una cueva de ladrones. La mayoría de los chicos eran de familias de mucho dinero, pero aun así era una auténtica cueva de ladrones. Cuanto más caro el colegio más te roban, palabra. Total, que ahí estaba yo junto a ese cañón absurdo mirando el campo de fútbol y pasando un frío de mil demonios. Sólo que no me fijaba mucho en el partido. Si seguía clavado al suelo, era por ver si me entraba una sensación de despedida. Lo que quiero decir es que me he ido de un montón de colegios y de sitios sin darme cuenta siquiera de que me marchaba. Y eso me revienta. No importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego da más pena todavía.
Tuve suerte. De pronto pensé en una cosa que me ayudó a sentir que me marchaba. Me acordé de un día en octubre o por ahí en que yo, Robert Tichener y Paul Campbell estábamos jugando al fútbol delante del edificio de la administración. Eran unos tíos estupendos, sobre todo Tichener. Faltaban pocos minutos para la cena y había anochecido bastante, pero nosotros seguíamos dale que te pego metiéndole puntapiés a la pelota. Estaba ya tan oscuro que casi no se veía ni el balón, pero ninguno queríamos dejar de hacer lo que estábamos haciendo. Al final no tuvimos más remedio. El profesor de biología, el señor Zambesi, se asomó a la ventana del edificio y nos dijo que volviéramos al dormitorio y nos arregláramos para la cena. Pero, a lo que iba, si consigo recordar una cosa de ese estilo, enseguida me entra la sensación de despedida. Por lo menos la mayoría de las veces. En cuanto la noté me di la vuelta y eché a correr cuesta abajo por la ladera opuesta de la colina en dirección a la casa de Spencer. No vivía dentro del recinto del colegio. Vivía en la Avenida Anthony Wayne.
Corrí hasta la puerta de la verja y allí me detuve a cobrar aliento. La verdad es que en cuanto corro un poco se me corta la respiración. Por una parte, porque fumo como una chimenea, o, mejor dicho, fumaba, porque me obligaron a dejarlo. Y por otra, porque el año pasado crecí seis pulgadas y media. Por eso también estuve a punto de pescar una tuberculosis y tuvieron que mandarme aquí a que me hicieran un montón de análisis y cosas de ésas. A pesar de todo, soy un tío bastante sano, no crean.
Pero, como decía, en cuanto recobré el aliento crucé a todo correr la carretera 204. Estaba completamente helada y no me rompí la crisma de milagro. Ni siquiera sé por qué corría. Supongo que porque me apetecía. De pronto me sentí como si estuviera desapareciendo. Era una de esas tardes extrañas, horriblemente frías y sin sol ni nada, y uno se sentía como si fuera a esfumarse cada vez que cruzaba la carretera.
¡Jo! ¡No me di prisa ni nada a tocar el timbre de la puerta en cuanto llegué a casa de Spencer! Estaba completamente helado. Me dolían las orejas y apenas podía mover los dedos de las manos.
—¡Vamos, vamos! —dije casi en voz alta—. ¡A ver si abren de una vez!
Al fin apareció la señora Spencer. No tenían criada ni nada y siempre salían ellos mismos a abrir la puerta. No debían andar muy bien de pasta.
—¡Holden! —dijo la señora Spencer—. ¡Qué alegría verte! Entra, hijo, entra. Te habrás quedado heladito.
Me parece que se alegró de verme. Le caía simpático. Al menos eso creo.
Se imaginarán la velocidad a que entré en aquella casa.
—¿Cómo está usted, señora Spencer? —le pregunté—. ¿Cómo está el señor Spencer?
—Dame el abrigo —me dijo. No me había oído preguntar por su marido. Estaba un poco sorda.
Colgó mi abrigo en el armario del recibidor y, mientras, me eché el pelo hacia atrás con la mano. Por lo general, lo llevo cortado al cepillo y no tengo que preocuparme mucho de peinármelo.
—¿Cómo está usted, señora Spencer? —volví a decirle, sólo que esta vez más alto para que me oyera.
—Muy bien, Holden —Cerró la puerta del armario-. Y tú, ¿cómo estás?
Por el tono de la pregunta supe inmediatamente que Spencer le había contado lo de mi expulsión.
—Muy bien —le dije—. Y, ¿cómo está el señor Spencer? ¿Se le ha pasado ya la gripe?
—¡Qué va! Holden, se está portando como un perfecto... yo que sé qué... Está en su habitación, hijo. Pasa.




Capítulo 2
Dormían en habitaciones separadas y todo. Debían tener como setenta años cada uno y hasta puede que más, y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. Un poco a lo tonto, claro. Pensarán que tengo mala idea, pero de verdad no lo digo con esa intención. Lo que quiero decir es que solía pensar en Spencer a menudo, y que cuando uno pensaba mucho en él, empezaba a preguntarse para qué demonios querría seguir viviendo. Estaba todo encorvado en una postura terrible, y en clase, cuando se le caía una tiza al suelo, siempre tenía que levantarse un tío de la primera fila a recogérsela. A mí eso me parece horrible. Pero si se pensaba en él sólo un poco, no mucho, resultaba que dentro de todo no lo pasaba tan mal. Por ejemplo, un domingo que nos había invitado a mí y a otros cuantos chicos a tomar chocolate, nos enseñó una manta toda raída que él y su mujer le habían comprado a un navajo en el parque de Yellowstone. Se notaba que Spencer lo había pasado de miedo comprándola. A eso me refería. Ahí tienen a un tío como Spencer, más viejo que Matusalén, y resulta que se lo pasa bárbaro comprándose una manta.
Tenía la puerta abierta, pero aun así llamé un poco con los nudillos para no parecer mal educado. Se le veía desde fuera. Estaba sentado en un gran sillón de cuero envuelto en la manta de que acabo de hablarles. Cuando llamé, me miró.
—¿Quién es? —gritó—. ¡Caulfield! ¡Entra, muchacho!
Fuera de clase estaba siempre gritando. A veces le ponía a uno nervioso.
En cuanto entré, me arrepentí de haber ido. Estaba leyendo el Atlantic Monthly, tenía la habitación llena de pastillas y medicinas, y olía a Vicks Vaporub. Todo bastante deprimente. Confieso que no me vuelven loco los enfermos, pero lo que hacía la cosa aún peor era que llevaba puesto un batín tristísimo todo zarrapastroso, que debía tener desde que nació. Nunca me ha gustado ver a viejos ni en pijama, ni en batín ni en nada de eso. Van enseñando el pecho todo lleno de bultos, y las piernas, esas piernas de viejo que se ven en las playas, muy blancas y sin nada de pelo.
—Buenas tardes, señor —le dije—. Me han dado su recado. Muchas gracias.
Me había escrito una nota para decirme que fuera a despedirme de él antes del comienzo de las vacaciones.
—No tenía que haberse molestado. Habría venido a verle de todos modos.
—Siéntate ahí, muchacho dijo Spencer.
Se refería a la cama. Me senté.
-—¿Cómo está de la gripe?
—Si me sintiera un poco mejor, tendría que llamar al médico —dijo Spencer.
Se hizo una gracia horrorosa y empezó a reírse como un loco, medio ahogándose. Al final se enderezó en el asiento y me dijo:
—¿Cómo no estás en el campo de fútbol? Creí que hoy era el día del partido.
—Lo es. Y pensaba ir. Pero es que acabo de volver de Nueva York con el equipo de esgrima —le dije.
¡Vaya cama que tenía el tío! Dura como una piedra. De pronto le dio por ponerse serio. Me lo estaba temiendo.
—Así que nos dejas, ¿eh?
—Sí, señor, eso parece.
Empezó a mover la cabeza como tenía por costumbre. Nunca he visto a nadie mover tanto la cabeza como a Spencer. Y nunca llegué a saber si lo hacía porque estaba pensando mucho, o porque no era más que un vejete que ya no distinguía el culo de las témporas.
—¿Qué te dijo el señor Thurmer, muchacho? He sabido que tuvisteis una conversación.
—Sí. Es verdad. Me pasé en su oficina como dos horas, creo.
—Y, ¿qué te dijo?
—Pues eso de que la vida es como una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego. Estuvo muy bien. Vamos, que no se puso como una fiera ni nada. Sólo me dijo que la vida era una partida y todo eso... Ya sabe.
—La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.
—Sí, señor. Ya lo sé. Ya lo sé.
De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada.
—¿Ha escrito ya el señor Thurner a tus padres? —me preguntó Spencer.
—Me dijo que iba a escribirles el lunes.
—¿Te has comunicado ya con ellos?
—No señor, aún no me he comunicado con ellos porque, seguramente, les veré el miércoles por la noche cuando vuelva a casa.
—Y, ¿cómo crees que tomarán la noticia?
—Pues... se enfadarán bastante —le dije—. Se enfadarán. He ido ya como a cuatro colegios.
Meneé la cabeza. Meneo mucho la cabeza.
—¡Jo! —dije luego. También digo «¡jo!» muchas veces. En parte porque tengo un vocabulario pobrísimo, y en parte porque a veces hablo y actúo como si fuera más joven de lo que soy. Entonces tenía dieciséis años. Ahora tengo diecisiete y, a veces, parece que tuviera trece, lo cual es bastante irónico porque mido seis pies y dos pulgadas y tengo un montón de canas. De verdad. Todo un lado de la cabeza, el derecho, lo tengo lleno de millones de pelos grises. Desde pequeño. Y aun así hago cosas de crío de doce años. Lo dice todo el mundo, especialmente mi padre, y en parte es verdad, aunque sólo en parte. Pero la gente se cree que las cosas tienen que ser verdad del todo. No es que me importe mucho, pero también es un rollo que le estén diciendo a uno todo el tiempo que a ver si se porta como corresponde a su edad. A veces hago cosas de persona mayor, en serio, pero de eso nadie se da cuenta. La gente nunca se da cuenta de nada.
Spencer empezó a mover otra vez la cabeza. Empezó también a meterse el dedo en la nariz. Hacía como si sólo se la estuviera rascando, pero la verdad es que se metía el dedazo hasta los sesos. Supongo que pensaba que no importaba porque al fin y al cabo estaba solo conmigo en la habitación. Y no es que me molestara mucho, pero tienen que reconocer que da bastante asco ver a un tío hurgándose las napias.
Luego dijo:
—Tuve el placer de conocer a tus padres hace unas semanas, cuando vinieron a ver al señor Thurner. Son encantadores.
—Sí. Son buena gente.
«Encantadores». Esa sí que es una palabra que no aguanto. Suena tan falsa que me dan ganas de vomitar cada vez que la oigo.
De pronto pareció como si Spencer fuera a decir algo muy importante, una frase lapidaria aguda como un estilete. Se arrellanó en el asiento y se removió un poco. Pero fue una falsa alarma. Todo lo que hizo fue coger el Atlantic Monthly que tenía sobre las rodillas y tirarlo encima de la cama. Erró el tiro. Estaba sólo a dos pulgadas de distancia, pero falló. Me levanté, lo recogí del suelo y lo puse sobre la cama. De pronto me entraron unas ganas horrorosas de salir de allí pitando. Sentía que se me venía encima un sermón y no es que la idea en sí me molestara, pero me sentía incapaz de aguantar una filípica, oler a Vicks Vaporub, y ver a Spencer con su pijama y su batín todo al mismo tiempo. De verdad que era superior a mis fuerzas.
Pero, tal como me lo estaba temiendo, empezó.
—¿Qué te pasa, muchacho? —me preguntó. Y para su modo de ser lo dijo con bastante mala leche—. ¿Cuántas asignaturas llevas este semestre?
—Cinco, señor.
—Cinco. Y, ¿en cuántas te han suspendido?
—En cuatro.
Removí un poco el trasero en el asiento. En mi vida había visto cama más dura.
—En Lengua y Literatura me han aprobado —le dije—, porque todo eso de Beowulf y Lord Randal, mi hijo, lo había dado ya en el otro colegio. La verdad es que para esa clase no he tenido que estudiar casi nada. Sólo escribir una composición de vez en cuando.
Ni me escuchaba. Nunca escuchaba cuando uno le hablaba.
—Te he suspendido en historia sencillamente porque no sabes una palabra.
—Lo sé, señor. ¡Jo! ¡Que si lo sé! No ha sido culpa suya.
—Ni una sola palabra —repitió.
Eso sí que me pone negro. Que alguien te diga una cosa dos veces cuando tú ya la has admitido a la primera. Pues aún lo dijo otra vez:
—Ni una sola palabra. Dudo que hayas abierto el libro en todo el semestre. ¿Lo has abierto? Dime la verdad, muchacho.
—Verá, le eché una ojeada un par de veces —le dije.
No quería herirle. Le volvía loco la historia.
—Conque lo ojeaste, ¿eh? —dijo, y con un tono de lo más sarcástico—. Tu examen está ahí, sobre la cómoda. Encima de ese montón. Tráemelo, por favor.
Aquello sí que era una puñalada trapera, pero me levanté a cogerlo y se lo llevé. No tenía otro remedio. Luego volví a sentarme en aquella cama de cemento. ¡Jo! ¡No saben lo arrepentido que estaba de haber ido a despedirme de él!
Manoseaba el examen con verdadero asco, como si fuera una plasta de vaca o algo así.
—Estudiamos los egipcios desde el cuatro de noviembre hasta el dos de diciembre —dijo—. Fue el tema que tú elegiste. ¿Quieres oír lo que dice aquí?
—No, señor. La verdad es que no —le dije.
Pero lo leyó de todos modos. No hay quien pare a un profesor cuando se empeña en una cosa. Lo hacen por encima de todo.
—«Los egipcios fueron una antigua raza caucásica que habitó una de las regiones del norte de África. África, como todos sabemos, es el continente mayor del hemisferio oriental».
Tuve que quedarme allí sentado escuchando todas aquellas idioteces. Me la jugó buena el tío.
—«Los egipcios revisten hoy especial interés para nosotros por diversas razones. La ciencia moderna no ha podido aún descubrir cuál era el ingrediente secreto con que envolvían a sus muertos para que la cara no se les pudriera durante innumerables siglos. Ese interesante misterio continúa acaparando el interés de la ciencia moderna del siglo XX».
Dejó de leer. Yo sentía que empezaba a odiarle vagamente.
—Tu ensayo, por llamarlo de alguna manera, acaba ahí —dijo en un tono de lo más desagradable. Parecía mentira que un vejete así pudiera ponerse tan sarcástico—. Por lo menos, te molestaste en escribir una nota a pie de página.
—Ya lo sé —le dije. Y lo dije muy deprisa para ver si le paraba antes de que se pusiera a leer aquello en voz alta. Pero a ése ya no había quien le frenara. Se había disparado.
—«Estimado señor Spencer» —leyó en voz alta— «Esto es todo lo que sé sobre los egipcios. La verdad es que no he logrado interesarme mucho por ellos aunque sus clases han sido muy interesantes. No le importe suspenderme porque de todos modos van a catearme en todo menos en lengua. Respetuosamente, Holden Caulfield».
Dejó de leer y me miró como si acabara de ganarme en una partida de ping-pong o algo así. Creo que no le perdonaré nunca que me leyera aquellas gilipolleces en voz alta. Yo no se las habría leído si las hubiera escrito él, palabra. Para empezar, sólo le había escrito aquella nota para que no le diera pena suspenderme.
—¿Crees que he sido injusto contigo, muchacho? —dijo.
—No, señor, claro que no —le contesté. ¡A ver si dejaba ya de llamarme «muchacho» todo el tiempo!
Cuando acabó con mi examen quiso tirarlo también sobre la cama. Sólo que, naturalmente, tampoco acertó. Otra vez tuve que levantarme para recogerlo del suelo y ponerlo encima del Atlantic Monthly. Es un aburrimiento tener que hacer lo mismo cada dos minutos.
—¿Qué habrías hecho tú en mi lugar? —me dijo—. Dímelo sinceramente, muchacho.
La verdad es que se le notaba que le daba lástima suspenderme, así que me puse a hablar como un descosido. Le dije que yo era un imbécil, que en su lugar habría hecho lo mismo, y que muy poca gente se daba cuenta de lo difícil que es ser profesor. En fin, el rollo habitual. Las tonterías de siempre.
Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.
Tuve suerte. Pude estar diciéndole a Spencer un montón de estupideces y al mismo tiempo pensar en los patos del Central Park. Es curioso, pero cuando se habla con un profesor no hace falta concentrarse mucho. Pero de pronto me interrumpió. Siempre le estaba interrumpiendo a uno.
—¿Qué piensas de todo esto, muchacho? Me interesa mucho saberlo. Mucho.
—¿Se refiere a que me hayan expulsado de Pencey? —le dije. Hubiera dado cualquier cosa porque se tapara el pecho. No era un panorama nada agradable.
—Si no me equivoco creo que también tuviste problemas en el Colegio Whooton y en Elkton Hills.
Esto no lo dijo sólo con sarcasmo. Creo que lo dijo también con bastante mala intención.
—En Elkton Hills no tuve ningún problema —le dije—. No me suspendieron ni nada de eso. Me fui porque quise... más o menos.
—Y, ¿puedo saber por qué quisiste?
—¿Por qué? Verá. Es una historia muy larga de contar. Y muy complicada.
No tenía ganas de explicarle lo que me había pasado. De todos modos no lo habría entendido. No encajaba con su mentalidad. Uno de los motivos principales por los que me fui de Elkton Hills fue porque aquel colegio estaba lleno de hipócritas. Eso es todo. Los había a patadas. El director, el señor Haas, era el tío más falso que he conocido en toda mi vida, diez veces peor que Thurmer. Los domingos, por ejemplo, se dedicaba a saludar a todos los padres que venían a visitar a. los chicos. Se derretía con todos menos con los que tenían una pinta un poco rara. Había que ver cómo trataba a los padres de mi compañero de cuarto. Vamos, que si una madre era gorda o cursi, o si un padre llevaba zapatos blancos y negros, o un traje de esos con muchas hombreras, Haas les daba la mano a toda prisa, les echaba una sonrisita de conejo, y se largaba a hablar por lo menos media hora con los padres de otro chico. No aguanto ese tipo de cosas. Me sacan de quicio. Me deprimen tanto que me pongo enfermo. Odiaba Elkton Hills.
Spencer me preguntó algo, pero no le oí porque estaba pensando en Haas.
—¿Qué? —le dije.
—¿No sientes remordimientos por tener que dejar Pencey?
—Claro que sí, claro que siento remordimientos. Pero muchos no. Por lo menos todavía. Creo que aún no lo he asimilado. Tardo mucho en asimilar las cosas. Por ahora sólo pienso en que me voy a casa el miércoles. Soy un tarado.
—¿No te preocupa en absoluto el futuro, muchacho?
—Claro que me preocupa. Naturalmente que me preocupa —medité unos momentos—. Pero no mucho supongo. Creo que mucho, no.
—Te preocupará —dijo Spencer—. Ya lo verás, muchacho. Te preocupará cuando sea demasiado tarde.
No me gustó oírle decir eso. Sonaba como si ya me hubiera muerto. De lo más deprimente.
—Supongo que sí —le dije.
—Me gustaría imbuir un poco de juicio en esa cabeza, muchacho. Estoy tratando de ayudarte. Quiero ayudarte si puedo.
Y era verdad. Se le notaba. Lo que pasaba es que estábamos en campos opuestos. Eso es todo.
—Ya lo sé, señor —le dije—. Muchas gracias. Se lo agradezco mucho. De verdad.
Me levanté de la cama. ¡Jo! ¡No hubiera aguantado allí ni diez minutos más aunque me hubiera ido la vida en ello!
—Lo malo es que tengo que irme. He de ir al gimnasio a recoger mis cosas. De verdad.
Me miró y empezó a mover de nuevo la cabeza con una expresión muy seria. De pronto me dio una pena terrible, pero no podía quedarme más rato por eso de que estábamos en campos opuestos, y porque fallaba cada vez que echaba una cosa sobre la cama, y porque llevaba esa bata tan triste que le dejaba al descubierto todo el pecho, y porque apestaba a Vicks Vaporub en toda la habitación.
—Verá, señor, no se preocupe por mí —le dije—. De verdad. Ya verá como todo se me arregla. Estoy pasando una mala racha. Todos tenemos nuestras malas rachas, ¿no?
—No sé, muchacho. No sé.
Me revienta que me contesten cosas así.
—Ya lo verá —le dije—. De verdad, señor. Por favor, no se preocupe por mí.
Le puse la mano en el hombro. —¿De acuerdo?— le dije.
—¿No quieres tomar una taza de chocolate? La señora Spencer...
—Me gustaría. Me gustaría mucho, pero tengo que irme. Tengo que pasar por el gimnasio. Gracias de todos modos. Muchas gracias.
Nos dimos la mano y todo eso. Sentí que me daba una pena terrible.
—Le escribiré, señor. Y que se mejore de la gripe.
—Adiós, muchacho.Cuando ya había cerrado la puerta y volvía hacia el salón me gritó algo, pero no le oí muy bien. Creo que dijo «buena suerte». Ojalá me equivoque. Ojalá. Yo nunca le diré a nadie «buena suerte». Si lo piensa uno bien, suena horrible.




Capítulo 3
Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco a comprar una revista y alguien me pregunta que adonde voy, soy capaz de decirle que voy a la ópera. Es una cosa seria. Así que eso que le dije a Spencer de que tenía que ir a recoger mi equipo era pura mentira. Ni siquiera lo dejo en el gimnasio.
En Pencey vivía en el ala Ossenburger de la residencia nueva. Era para los chicos de los dos últimos cursos. Yo era del penúltimo y mi compañero de cuarto del último. Se llamaba así por un tal Ossenburger que había sido alumno de Pencey. Cuando salió del colegio ganó un montón de dinero con el negocio de pompas fúnebres. Abrió por todo el país miles de funerarias donde le entierran a uno a cualquier pariente por sólo cinco dólares. ¡Bueno es el tal Ossenburger! Probablemente los mete en un saco y los tira al río. Pero donó a Pencey un montón de pasta y le pusieron su nombre a esa ala de la residencia. Cuando se celebró el primer partido del año, vino al colegio en un enorme Cadillac y todos tuvimos que ponernos en pie en los graderíos y recibirle con una gran ovación. A la mañana siguiente nos echó un discurso en la capilla que duró unas diez horas. Empezó contando como cincuenta chistes, todos malísimos, sólo para demostrarnos lo campechanote que era. Menudo rollazo. Luego nos dijo que cuando tenía alguna dificultad, nunca se avergonzaba de ponerse de rodillas y rezar. Nos dijo que debíamos rezar siempre, vamos, hablar con Dios y todo eso, estuviéramos donde estuviésemos. Nos dijo que debíamos considerar a Dios como un amigo y que él le hablaba todo el tiempo, hasta cuando iba conduciendo. ¡Qué valor! Me lo imaginaba al muy hipócrita metiendo la primera y pidiendo a Dios que le mandara unos cuantos fiambres más. Pero hacia la mitad del discurso pasó algo muy divertido. Nos estaba contando lo fenomenal y lo importante que era, cuando de pronto un chico que estaba sentado delante de mí, Edgard Marsala, se tiró un pedo tremendo. Fue una grosería horrible, sobre todo porque estábamos en la capilla, pero la verdad es que tuvo muchísima gracia. ¡Qué tío el tal Marsala! No voló el techo de milagro. Casi nadie se atrevió a reírse en voz alta y Ossenburger hizo como si no se hubiera enterado de nada, pero el director, que estaba sentado a su lado, se quedó pálido al oírlo. ¡Jo! ¡No se puso furioso ni nada! En aquel momento se calló, pero en cuanto pudo nos reunió a todos en el paraninfo para una sesión de estudio obligatoria y vino a echarnos un discurso. Nos dijo que el responsable de lo que había ocurrido en la capilla no era digno de asistir a Pencey Tratamos de convencer a Marsala de que se tirara otro mientras Thurmer hablaba, pero se ve que no estaba en vena. Pero, como les decía, vivía en el ala Ossenburger de la residencia nueva.
Encontré mi habitación de lo más acogedora al volver de casa de Spencer porque todo el mundo estaba viendo el partido y porque, por una vez, habían encendido la calefacción. Daba gusto entrar. Me quité la chaqueta y la corbata, me desabroché el cuello de la camisa y me puse una gorra que me había comprado en Nueva York aquella misma mañana. Era una gorra de caza roja, de esas que tienen una visera muy grande. La vi en el escaparate de una tienda de deportes al salir del metro, justo después de perder los floretes, y me la compré. Me costó sólo un dólar. Así que me la puse y le di la vuelta para que la visera quedara por la parte de atrás. Una horterada, lo reconozco, pero me gustaba así. La verdad es que me sentaba la mar de bien. Luego cogí el libro que estaba leyendo y me senté en mi sillón. Había dos en cada habitación. Yo tenía el mío, y mi compañero de cuarto, Ward Stradlater, el suyo. Tenían los brazos hechos una pena porque todo el mundo se sentaba en ellos, pero eran bastante cómodos.
Estaba leyendo un libro que había sacado de la biblioteca por error. Se habían equivocado al dármelo y yo no me di cuenta hasta que estuve de vuelta en mi habitación. Era Fuera de África, de Isak Dinesen. Creí que sería un plomo, pero no. Estaba muy bien. Soy un completo analfabeto, pero leo muchísimo. Mi autor preferido es D.B. y luego Ring Lardner. Mi hermano me regaló un libro de Lardner el día de mi cumpleaños, poco antes de que saliera para Pencey. Tenía unas cuantas obras de teatro muy divertidas, completamente absurdas, y una historia de un guardia de la porra que se enamora de una chica muy mona a la que siempre está poniendo multas por pasarse del límite de velocidad. Sólo que el guardia no puede casarse con ella porque ya está casado. Luego la chica tiene un accidente y se mata. Es una historia estupenda. Lo que más me gusta de un libro es que te haga reír un poco de vez en cuando. Leo un montón de clásicos como La vuelta del indígena y no están mal, y leo también muchos libros de guerra y de misterio, pero no me vuelven loco. Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. No hay muchos libros de esos. Por ejemplo, no me importaría nada llamar a Isak Dinesen, ni tampoco a Ring Lardner, sólo que D.B. me ha dicho que ya ha muerto. Luego hay otro tipo de libros como La condición humana, de Somerset Maugham, por ejemplo. Lo leí el verano pasado. Es muy bueno, pero nunca se me ocurriría llamar a Somerset Maugham por teléfono. No sé, no me apetecería hablar con él. Preferiría llamar a Thomas Hardy. Esa protagonista suya, Eustacia Vye, me encanta.
Pero, volviendo a lo que les iba diciendo, me puse mi gorra nueva y me senté a leer Fuera de África. Ya lo había terminado, pero quería releer algunas partes. No habría leído más de tres páginas cuando oí salir a alguien de la ducha. No tuve necesidad de mirar para saber de quién se trataba. Era Robert Ackley, el tío de la habitación de al lado. En esa residencia había entre cada dos habitaciones una ducha que comunicaba directamente con ellas, y Ackley se colaba en mi cuarto unas ochenta y cinco veces al día. Era probablemente el único de todo el dormitorio, excluido yo, que no había ido al partido. Apenas iba a ningún sitio. Era un tipo muy raro. Estaba en el último curso y había estudiado ya cuatro años enteros en Pencey, pero todo el mundo seguía llamándole Ackley. Ni Herb Gale, su compañero de cuarto, le llamaba nunca Bob o Ack. Si alguna vez llega a casarse, estoy seguro de que su mujer le llamará también Ackley. Era un tío de esos muy altos (medía como seis pies y cuatro pulgadas), con los hombros un poco caídos y una dentadura horrenda. En todo el tiempo que fuimos vecinos de Habitación, no le vi lavarse los dientes ni una sola vez. Los tenía feísimos, como mohosos, y cuando se le veía en el comedor con la boca llena de puré de patata o de guisantes o algo así, daba gana de devolver. Además tenía un montón de granos, no sólo en la frente o en la barbilla como la mayoría de los chicos, sino por toda la cara. Para colmo tenía un carácter horrible. Era un tipo bastante atravesado. Vamos, que no me caía muy bien.
Le sentí en el borde de la ducha, justo detrás de mi sillón. Miraba a ver si estaba Stradlater. Le odiaba a muerte y nunca entraba en el cuarto si él andaba por allí. La verdad es que odiaba a muerte a casi todo el mundo.
Bajó del borde de la ducha y entró en mi habitación.
—Hola —dijo. Siempre lo decía como si estuviera muy aburrido o muy cansado. No quería que uno pensara que venía a hacerle una visita o algo así. Quería que uno creyera que venía por equivocación. Tenía gracia.
—Hola —le dije sin levantar la vista del libro. Con un tío como Ackley uno estaba perdido si levantaba la vista de lo que leía. La verdad es que estaba perdido de todos modos, pero si no se le miraba en seguida, al menos se retrasaba un poco la cosa.
Empezó a pasearse por el cuarto muy despacio como hacía siempre, tocando todo lo que había encima del escritorio y de la cómoda. Siempre te cogía las cosas más personales que tuvieras para fisgonearlas. ¡Jo! A veces le ponía a uno nervioso.
—¿Cómo fue el encuentro de esgrima? —me dijo. Quería obligarme a que dejara de leer y de estar a gusto. Lo de la esgrima le importaba un rábano—. ¿Ganamos o qué?
—No ganó nadie —le dije sin levantar la vista del libro.
—¿Qué? —dijo. Siempre le hacía a uno repetir las cosas.
—Que no ganó nadie.
Le miré de reojo para ver qué había cogido de mi cómoda. Estaba mirando la foto de una chica con la que solía salir yo en Nueva York, Sally Hayes. Debía haber visto ya esa fotografía como cinco mil veces. Y, para colmo, cuando la dejaba, nunca volvía a ponerla en su sitio. Lo hacía a propósito. Se le notaba.
—¿Que no ganó nadie? —dijo—. ¿Y cómo es eso?
—Me olvidé los floretes en el metro —contesté sin mirarle.
—¿En el metro? ¡No me digas! ¿Quieres decir que los perdiste?
—Nos metimos en la línea que no era. Tuve que ir mirando todo el tiempo un plano que había en la pared.
Se acercó y fue a instalarse donde me tapaba toda la luz.
—Oye —le dije—, desde que has entrado he leído la misma frase veinte veces.
Otro cualquiera hubiera pescado al vuelo la indirecta. Pero él no.
—¿Crees que te obligarán a pagarlos? —dijo.
—No lo sé y además no me importa. ¿Por qué no te sientas un poquito, Ackley, tesoro? Me estás tapando la luz.
No le gustaba que le llamara «tesoro». Siempre me estaba diciendo que yo era un crío porque tenía dieciséis y él dieciocho.
Siguió de pie. Era de esos tíos que le oyen a uno como quien oye llover. Al final hacía lo que le decías, pero bastaba que se lo dijeras para que tardara mucho más en hacerlo.
—¿Qué demonios estás leyendo? —dijo.
—Un libro.
Lo echó hacia atrás con la mano para ver el título.
—¿Es bueno? —dijo.
—Esta frase que estoy leyendo es formidable.
Cuando me pongo puedo ser bastante sarcástico, pero él ni se enteró. Empezó a pasearse otra vez por toda la habitación manoseando todas mis cosas y las de Stradlater. Al fin dejé el libro en el suelo. Con un tío como Ackley no había forma de leer. Era imposible.
Me repantigué todo lo que pude en el sillón y le miré pasearse por la habitación como Pedro por su casa. Estaba cansado del viaje a Nueva York y empecé a bostezar. Luego me puse a hacer el ganso. A veces me da por ahí para no aburrirme. Me corrí la visera hacia delante y me la eché sobre los ojos. No veía nada.
—Creo que me estoy quedando ciego —dije con una voz muy ronca—. Mamita, ¿por qué está tan oscuro aquí?
—Estás como una cabra, te lo aseguro —dijo Ackley.
—Mami, dame la mano. ¿Por qué no me das la mano?
—¡Mira que eres pesado! ¿Cuándo vas a crecer de una vez?
Empecé a tantear el aire con las manos como un ciego, pero sin levantarme del sillón y sin dejar de decir:
—Mamita, ¿por qué no me das la mano?
Estaba haciendo el indio, claro. A veces lo paso bárbaro con eso. Además sabía que a Ackley le sacaba de quicio. Tiene la particularidad de despertar en mí todo el sadismo que llevo dentro y con él me ponía sádico muchas veces. Al final me cansé. Me eché otra vez hacia atrás la visera y dejé de hacer el payaso.
—¿De quién es esto? —dijo Ackley. Había cogido la venda de la rodilla de Stradlater para enseñármela. Ese Ackley tenía que sobarlo todo. Por tocar era capaz hasta de coger un slip o cualquier cosa así. Cuando le dije que era de Stradlater la tiró sobre la cama. Como la había cogido del suelo, tuvo que dejarla sobre la cama.
Se acercó y se sentó en el brazo del sillón de Stradlater. Nunca se sentaba en el asiento, siempre en los brazos.
—¿Dónde te has comprado esa gorra?
—En Nueva York.
—¿Cuánto?
—Un dólar.
—Te han timado.
Empezó a limpiarse las uñas con una cerilla. Siempre estaba haciendo lo mismo. En cierto modo tenía gracia. Llevaba los dientes todos mohosos y las orejas más negras que un demonio, pero en cambio se pasaba el día entero limpiándose las uñas. Supongo que con eso se consideraba un tío aseadísimo. Mientras se las limpiaba echó un vistazo a mi gorra.
—Allá en el Norte llevamos gorras de esas para cazar ciervos —dijo—. Esa es una gorra para la caza del ciervo.
—Que te lo has creído —me la quité y la miré con un ojo medio guiñado, como si estuviera afinando la puntería—. Es una gorra para cazar gente —le dije—. Yo me la pongo para matar gente.
—¿Saben ya tus padres que te han echado?
—No.
—Bueno, ¿y dónde demonios está Stradlater?
—En el partido. Ha ido con una chica.
Bostecé. No podía parar de bostezar, creo que porque en aquella habitación hacía un calor horroroso y eso da mucho sueño. En Pencey una de dos, o te helabas o te achicharrabas.
—¡El gran Stradlater! —dijo Ackley—. Oye, déjame tus tijeras un segundo, ¿quieres? ¿Las tienes a mano?
—No. Las he metido ya en la maleta. Están en lo más alto del armario.
—Déjamelas un segundo, ¿quieres? —dijo Ackley—. Quiero cortarme un padrastro.
Le tenía sin cuidado que uno las tuviera en la maleta y en lo más alto del armario. Fui a dárselas y al hacerlo por poco me mato. En el momento en que abrí la puerta del armario se me cayó en plena cabeza la raqueta de tenis de Stradlater con su prensa y todo. Sonó un golpe seco y además me hizo un daño horroroso. Pero a Ackley le hizo una gracia horrorosa y empezó a reírse como un loco, con esa risa de falsete que sacaba a veces. No paró de reírse todo el tiempo que tardé en bajar la maleta y sacar las tijeras. Ese tipo de cosas como que a un tío le pegaran una pedrada en la cabeza, le hacían desternillarse de risa.
—Tienes un sentido del humor finísimo, Ackley, tesoro —le dije—. ¿Lo sabías? —le di las tijeras—. Si me dejaras ser tu agente, te metería de locutor en la radio.
Volví a sentarme en el sillón y él empezó a cortarse esas uñas enormes que tenía, duras como garras.
—¿Y si lo hicieras encima de la mesa? —le dije—. Córtatelas sobre la mesa, ¿quieres? No tengo ganas de clavármelas esta noche cuando ande por ahí descalzo.
Pero él siguió dejándolas caer al suelo. ¡Vaya modales que tenía el tío! Era un caso.
—¿Con quién ha salido Stradlater? —dijo. Aunque le odiaba a muerte siempre estaba llevándole la cuenta de con quién salía y con quién no.
—No lo sé. ¿Por qué?
—Por nada. ¡Jo! No aguanto a ese cabrón. Es que no le trago.
—Pues él en cambio te adora. Me ha dicho que eres un encanto.
Cuando me da por hacer el indio, llamo «encanto» a todo el mundo. Lo hago por no aburrirme.
—Siempre con esos aires de superioridad... —dijo Ackley—. No le soporto. Cualquiera diría...
—¿Te importaría cortarte las uñas encima de la mesa, oye? Te lo he dicho ya como cincuenta...
—Y siempre dándoselas de listo —siguió Ackley—. Yo creo que ni siquiera es inteligente. Pero él se lo tiene creído. Se cree el tío más listo de...
—¡Ackley! ¡Por Dios vivo! ¿Quieres cortarte las uñas encima de la mesa? Te lo he dicho ya como cincuenta veces.
Por fin me hizo caso. La única forma de que hiciera lo que uno le decía era gritarle.
Me quedé mirándole un rato. Luego le dije:
—Estás furioso con Stradlater porque te dijo que deberías lavarte los dientes de vez en cuando. Pero si quieres saber la verdad, no lo hizo por afán de molestarte. Puede que no lo dijera de muy buenos modos, pero no quiso ofenderte. Lo que quiso decir es que estarías mejor y te sentirías mejor si te lavaras los dientes alguna vez.
—Ya me los lavo. No me vengas con esas.
—No es verdad. Te he visto y sé que no es cierto —le dije, pero sin mala intención. En cierto modo me daba lástima. No debe ser nada agradable que le digan a uno que no se lava los dientes—. Stradlater es un tío muy decente. No es mala persona. Lo que pasa es que no le conoces.
—Te digo que es un cabrón. Un cabrón y un creído.
—Creído sí, pero en muchas cosas es muy generoso. De verdad —le dije—. Mira, supongamos que Stradlater lleva una corbata que a ti te gusta. Supón que lleva una corbata que te gusta muchísimo, es sólo un ejemplo. ¿Sabes lo que haría? Pues probablemente se la quitaría y te la regalaría. De verdad. O si no, ¿sabes qué? Te la dejaría encima de tu cama, pero el caso es que te la daría. No hay muchos tíos que...
—¡Qué gracia! —dijo Ackley—. Yo también lo haría si tuviera la pasta que tiene él.
—No, tú no lo harías. Tú no lo harías, Ackley, tesoro. Si tuvieras tanto dinero como él, serías el tío más...
—¡Deja ya de llamarme «tesoro»! ¡Maldita sea! Con la edad que tengo podría ser tu padre.
—No, no es verdad —le dije. ¡Jo! ¡Qué pesado se ponía a veces! No perdía oportunidad de recordarme que él tenía dieciocho años y yo dieciséis—. Para empezar, no te admitiría en mi familia.
—Lo que quiero es que dejes de llamarme...
De pronto se abrió la puerta y entró Stradlater con muchas prisas. Siempre iba corriendo y a todo le daba una importancia tremenda. Se acercó en plan gracioso y me dio un par de cachetes en las mejillas, que es una cosa que puede resultar molestísima.
—Oye —me dijo—, ¿vas a algún sitio especial esta noche?
—No lo sé. Quizá. ¿Qué pasa fuera? ¿Está nevando? —Llevaba el abrigo cubierto de nieve.
—Sí. Oye, si no vas a hacer nada especial, ¿me prestas tu chaqueta de pata de gallo?
—¿Quién ha ganado el partido?
—Aún no ha terminado. Nosotros nos vamos —dijo Stradlater—. Venga, en serio, ¿vas a llevar la chaqueta de pata de gallo, o no? Me he puesto el traje de franela gris perdido de manchas.
—No, pero no quiero que me la des toda de sí con esos hombros que tienes —le dije. Éramos casi de la misma altura, pero él pesaba el doble que yo. Tenía unos hombros anchísimos.
—Te prometo que no te la daré de sí.
Se acercó al armario a todo correr.
—¿Cómo va esa vida? —le dijo a Ackley. Stradlater era un tío bastante simpático. Tenía una simpatía un poco falsa, pero al menos era capaz de saludar a Ackley.
Cuando éste oyó lo de «¿Cómo va esa vida?» soltó un gruñido. No quería contestarle, pero tampoco tenía suficientes agallas como para no darse por enterado. Luego me dijo: —Me voy. Te veré luego.
—Bueno —le contesté. La verdad es que no se le partía a uno el corazón al verle salir por la puerta.
Stradlater empezó a quitarse la chaqueta y la corbata.
—Creo que voy a darme un afeitado rápido —dijo. Tenía una barba muy cerrada, de verdad.
—¿Dónde has dejado a la chica con que salías hoy? —le pregunté.
—Me está esperando en el anejo.Salió de la habitación con el neceser y la toalla debajo del brazo. No llevaba camisa ni nada. Siempre iba con el pecho al aire porque se creía que tenía un físico estupendo. Y lo tenía. Eso hay que reconocerlo.

domingo 25 de octubre de 2009

Mario Vargas Llosa. Autor de Travesuras de la Niña Mala

Escritor peruano, considerado uno de los más grandes novelistas hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, al lado de Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Es básicamente un realista, y a veces un regionalista, cuyas obras reflejan la convulsa realidad social peruana (y en algún caso, latinoamericana), sacudida por conflictos de tipo racial, sexual, moral y político. Su representación artística de esa problemática no es, sin embargo, mimética o naturalista, sino que incorpora las técnicas narrativas más innovadoras de la novela contemporánea (multiplicidad de focos narrativos, montaje de planos espacio-temporales, efectos expresionistas, monólogo interior). Es, por la fecundidad, riqueza y hondura de su obra creadora y por su continua presencia en el debate sobre asuntos relativos a libertad, violencia, censura y justicia, una de las personalidades intelectuales más activas e influyentes de la actualidad. Ha sido traducido a numerosísimas lenguas y ha ganado los mayores premios literarios internacionales, entre ellos el Premio Cervantes. En 1995, fue elegido académico de número de la Real Academia Española, y en 1996 leyó su discurso de ingreso sobre Azorín . Nació en Arequipa y estudió en ese lugar, Bolivia, Piura y Lima. En 1959 viajó a París y luego a Madrid, donde estudió y publicó su primer libro, Los jefes, una colección de cuentos. Pasó un largo tiempo en exilio voluntario, primero en París, después en Barcelona y finalmente en Londres, donde reside actualmente; entre 1974 y 1990 vivió en su país. Recientemente, adoptó la ciudadanía española. Alcanzó la fama por primera vez al ganar el importante Premio Biblioteca Breve, de Barcelona, con su novela La ciudad y los perros (1963), que es una de las expresiones más características de ese momento de renovación en la novelística hispanoamericana que se conoce como "el boom", del cual era el representante más joven. La novela reelabora sus experiencias en el colegio militar Leoncio Prado, con imágenes de gran violencia, tensión dramática y cuestionamiento moral sobre autenticidad, responsabilidad y heroísmo. La destreza técnica y el virtuosismo de su lenguaje narrativo son todavía mayores en las dos siguientes novelas: La casa verde (1966), que aprovecha memorias de sus años en Piura para componer un gran mural de acción y degradación sexual; y Conversación en la Catedral (1969), que transcurre durante los oscuros años de la dictadura de Manuel A. Odría (1948-1956) intentando un vasto análisis de los círculos del poder, el mundillo del periodismo amarillo y los cabarés de mala muerte. En 1967 publicó su notable relato Los cachorros. La rigurosa objetividad y la indeclinable tensión con las que plantea sus conflictos, cede un poco en la segunda etapa de su producción novelística, que se distingue por toques de humor grotesco, como en Pantaleón y las visitadoras (1973), o por retratarse a sí mismo en su relato, como en La tía Julia y el escribidor (1977), en la que narra episodios de su primer matrimonio y sus comienzos literarios. La guerra del fin del mundo (1981) es una vuelta al estilo de composición épica de su primera etapa y una rara incursión en el mundo sociopolítico del Brasil de fines del siglo XIX, siguiendo el modelo de gran reportaje establecido por Euclides da Cunha. En la última porción de su obra narrativa, se entremezclan las novelas cuyo tema es esencialmente político Historia de Mayta (1984), Lituma en los Andes (1993), con las más ligeras de corte detectivesco ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) o erótico Elogio de la madrastra (1988). El hablador (1987) señala un retorno al mundo de la selva, uno de sus ambientes favoritos, para contar una historia sobre identidades culturales y diferencias antropológicas. Una importante porción de su obra ensayística puede leerse en Contra viento y marea (1983-1990). Sus memorias tituladas El pez en el agua (1993) ofrecen un apasionante y minucioso recuento de su experiencia como frustrado candidato presidencial en las elecciones peruanas de 1990. Ha escrito además libros de crítica literaria, obras teatrales e incontables páginas periodísticas en diversos lugares del mundo.

Travesuras de la Niña Mala. Por Mario Vargas Llosa


I. Las chilenitas
Aquél fue un verano fabuloso. Vino Pérez Prado con su orquesta de doce profesores a animar los bailes de Carnavales del Club Terrazas de Miraflores y del Lawn Te­nis de Lima, se organizó un campeonato nacional de mambo en la Plaza de Acho que fue un gran éxito pese a la amenaza del Cardenal Juan Gualberto Guevara, arzobispo de Lima, de excomulgar a todas las parejas participantes, y mi barrio, el Barrio Alegre de las calles miraflorinas de Diego Ferré, Juan Fanning y Colón, disputó unas olimpiadas de fulbito, ciclismo, atletismo y natación con el barrio de la calle San Martín, que, por supuesto, ganamos.
Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950. Cojinoba Lañas le cayó por primera vez a una chica —la pelirroja Seminauel— y ésta, ante la sorpresa de todo Miraflores, le dijo que sí. Cojinoba se olvidó de su cojera y andaba desde entonces por las calles sacando pecho como un Charles Atlas. Tico Tiravante rompió con Use y le cayó a Laurita, Víctor Ojeda le cayó a Use y rompió con Inge, Juan Barreto le cayó a Inge y rompió con Ilse. Hu­bo tal recomposición sentimental en el barrio que andába­mos aturdidos, los enamoramientos se deshacían y rehacían y al salir de las fiestas de los sábados las parejas no siempre eran las mismas que entraron. «¡Qué relajo!», se escandali­zaba mi tía Alberta, con quien yo vivía desde la muerte de mis padres.
Las olas de los baños de Miraflores rompían dos veces, allá a lo lejos, la primera a doscientos metros de la playa, y hasta allí íbamos a bajarlas a pecho los valientes, y nos hacíamos arrastrar unos cien metros, hasta donde las olas morían sólo para reconstituirse en airosos tumbos y romper de nuevo, en una segunda reventazón que nos deslizaba a los corredores de olas hasta las piedrecitas de la playa.
Aquel verano extraordinario, en las fiestas de Miraflores todo el mundo dejó de bailar valses, corridos, blues, boleros y huarachas, porque el mambo arrasó. El mambo, un terremoto que tuvo moviéndose, saltando, brincando, haciendo figuras, a todas las parejas infantiles, adolescentes y maduras en las fiestas del barrio. Y seguramente lo mis­mo ocurría fuera de Miraflores, más allá del mundo y de la vida, en Lince, Breña, Chorrillos, o los todavía más exóti­cos barrios de La Victoria, el centro de Lima, el Rímac y el Porvenir, que nosotros, los miraflorinos, no habíamos pi­sado ni pensábamos tener que pisar jamás.
Y así como de los valsecitos y las huarachas, las sambas y las polcas habíamos pasado al mambo, pasamos también de los patines y los patinetes a la bicicleta, y algunos, Tato Monje y Tony Espejo por ejemplo, a la moto, e incluso uno o dos al automóvil, como el grandulón del barrio, Luchín, que le robaba a veces el Chevrolet convertible a su papá y nos llevaba a dar una vuelta por los male­cones, desde el Terrazas hasta la quebrada de Armendáriz, a cien por hora.
Pero el hecho más notable de aquel verano fue la llegada a Miraflores, desde Chile, su lejanísimo país, de dos hermanas cuya presencia llamativa y su inconfundible manerita de hablar, rapidito, comiéndose las últimas sílabas de las palabras y rematando las frases con una aspirada exclamación que sonaba como un «pué», nos pusieron de vuelta y media a todos los miraflorinos que acabábamos de mudar el pantalón corto por el largo. Y, a mí, más que a los otros.
La menor parecía la mayor y viceversa. La mayor se llamaba Lily y era algo más bajita que Lucy, a la que le llevaba un año. Lily tendría catorce o quince años a lo más y Lucy trece o catorce. El adjetivo llamativa parecía inventa­do para ellas, pero, sin dejar de serlo, Lucy no lo era tanto como su hermana, no sólo porque sus cabellos eran me­nos rubios y más cortos y porque se vestía con más sobrie­dad que Lily, sino porque era más callada y, a la hora de bailar, aunque también hacía figuras y quebraba la cintura con una audacia a la que ninguna miraflorina se atrevería, parecía una chica recatada, inhibida y casi sosa en comparación con ese trompo, esa llama al viento, ese fuego fatuo que era Lily cuando, instalados los discos en el pickup, re­ventaba el mambo y nos poníamos a bailar.
Lily bailaba con un ritmo sabroso y mucha gracia, sonriendo y canturreando la letra de la canción, alzando los brazos, mostrando las rodillas y moviendo cintura y hombros de manera que todo su cuerpecito, al que modelaban con tanta malicia y tantas curvas las faldas y blusas que lle­vaba, parecía encresparse, vibrar y participar del baile de la punta de los cabellos a los pies. Quien bailaba el mambo con ella la pasaba siempre mal, porque ¿cómo seguir sin enredarse el torbellino endiablado de esas piernas y patitas saltarinas? ¡Imposible! Uno quedaba rezagado desde el prin­cipio y muy consciente de que los ojos de todas las pare­jas estaban concentrados en las hazañas mamberas de Lily. «¡Qué niñita!», se indignaba mi tía Alberta, «baila como una Tongolele, como una rumbera de película mexicana». «Bue­no, no olvidemos que es chilena», se hacía eco ella misma, «el fuerte de las mujeres de ese país no es la virtud».
Yo de Lily me enamoré como un becerro, la forma más romántica de enamorarse —se decía también templar­se al cien—, y, en ese verano inolvidable, le caí tres veces. La primera, en la platea alta del Ricardo Palma, ese cine que estaba en el Parque Central de Miraflores, en la matinée del domingo, y me dijo que no, era todavía muy joven para tener enamorado. La segunda, en la pista de patinaje que se inauguró justamente ese verano al pie del Parque Salazar, y me dijo no, necesitaba pensarlo porque, aunque yo le gus­taba un poquito, sus padres le habían pedido que no tuvie­ra enamorado hasta que terminara el cuarto de media y ella estaba todavía en tercero. Y, la última, pocos días antes del gran lío, en el Cream Rica de la avenida Larco, mientras tomábamos un milk-shake de vainilla, y, por supuesto, otra vez que no, para qué me iba a decir que sí ya que estando como estábamos parecíamos enamorados. ¿No nos ponían siempre de pareja donde Marta cuando jugábamos a las verdades? ¿No nos sentábamos juntos en la playa de Miraflores? ¿No bailaba ella conmigo más que con cualquiera en las fiestas? ¿Para qué, pues, me iba a dar formalmente el sí si todo Miraflores ya nos creía enamorados? Con su fachita de modelo, unos ojos oscuros y picaros y una boquita de labios carnosos, Lily era la coquetería hecha mujer.
«De ti, me gusta todo», le decía yo. «Pero, lo que más, tu manerita de hablar.» Era chistosa y original, por su entonación y su música, tan distintas de las peruanas, y también por ciertas expresiones, palabritas y dichos que a los del barrio nos dejaban en la luna, tratando de adivinar lo que querían decir y si en ellos se escondía alguna burla. Lily se pasaba la vida diciendo cosas en doble sentido, haciendo adivinanzas o contando unos chistes tan colorados que a las chicas del barrio las hacían comerse un pavo. «Esas chilenitas son terribles», sentenciaba mi tía Alberta, quitándose y poniéndose los anteojos con el aire de profesora de colegio que tenía, preocupada de que ese par de forasteras desintegrara la moral miraflorina.
Todavía no había edificios en el Miraflores de comienzos de los años cincuenta, barrio de casitas de una sola planta o a lo más dos, de jardines con los infaltables geranios, las poncianas, los laureles, las buganvillas, el césped y las terrazas por las que trepaban las madreselvas o la hiedra, con mecedoras donde los vecinos esperaban la noche comadreando y oliendo el perfume del jazmín. En algunos parques había ceibos espinosos de flores rojas y rosadas, y las rectas, limpias veredas tenían arbolitos de suche, Jacarandas, moras y la nota de color la ponían, tanto como las flores de los jardines, los amarillos carritos de los heladeros de D'Onofrio, uniformados con guardapolvos, blan­cos y gorrita negra, que recorrían las calles día y noche anunciando su presencia con una bocina cuyo lento ulu­lar a mí me hacía el efecto de un cuerno bárbaro, de una reminiscencia prehistórica. Todavía se oía cantar a los pá­jaros en ese Miraflores donde las familias cortaban los pinos cuando las muchachas llegaban a la edad casadera, pues, si no lo hacían, las pobres se quedarían solteronas como mi tía Alberta.
Lily nunca me daba el sí, pero cierto que, salvo esa formalidad, en todo lo demás parecíamos enamorados. Nos cogíamos de la mano en las matinées del Ricardo Palma, el Leuro, el Montecarlo y el Colina, y, aunque no se pudie­ra decir que en la oscuridad de las plateas tiráramos plan como otras parejas más antiguas —tirar plan era una fórmula en la que cabían desde los besos anodinos hasta los chupetazos lingüísticos y los malos tocamientos que había que confesarle al cura los primeros viernes como pecados mortales—, Lily me dejaba besarla, en las mejillas, en el borde de las orejitas, en la esquina de la boca, y, a veces, por un segundo, juntaba sus labios con los míos y los apartaba con un mohín melodramático: «No, no, eso sí que no, flaquito». «Estás hecho un becerro, flaco, estás azul, flaco, te derrites de tanto camote, flaco», se burlaban mis amigos del barrio. Jamás me llamaban por mi nombre —Ricardo Somocurcio—, siempre por mi apodo. No exageraban lo más mínimo: estaba templado de Lily hasta el cien.
Por ella, aquel verano, me trompeé con Luquen, uno de mis mejores amigos. En una de esas reuniones que teníamos las chicas y los chicos del barrio en la esquina de Colón y Diego Ferré, en el jardín de los Chacaltana, Luquen, haciéndose el gracioso, dijo de pronto que las chilenitas eran unas huachafas, porque no eran rubias de ver­dad sino oxigenadas, y que, a mis espaldas, en Miraílores habían comenzado a decirles las Cucarachas. Le lancé un directo al mentón, que él esquivó, y fuimos a dirimir la di­ferencia a trompadas en la esquina del malecón de la Re­serva, junto al acantilado. Estuvimos sin hablarnos toda una semana, hasta que, en la siguiente fiesta, las chicas y los chicos del barrio nos hicieron amistar.
A Lily le gustaba ir todas las tardes a esa esquina del Parque Salazar alborotada de palmeras, floripondios y campanillas desde cuyo murito de ladrillos rojos contemplábamos toda la bahía de Lima como contempla el mar el capitán de un barco desde la torre de mando. Si el cielo estaba despejado, y juraría que aquel verano el cielo es­tuvo siempre sin nubes y el sol brilló sobre Mirarlores sin fallarnos un solo día, se divisaba allá al fondo, en los confines del océano, el disco rojo, llameando, despidiéndose con rayos y luces de fogueo mientras se ahogaba en las aguas del Pacífico. La carita de Lily se concentraba con el mismo fervor con que iba a comulgar en la misa de doce de la parroquia del Parque Central, la vista fija en aquella bola ígnea, esperando el instante en que el mar se traga­ra el último rayito para formular el deseo que el astro, o Dios, materializaría. Yo pedía un deseo también, creyen­do sólo a medias que se haría realidad. Siempre el mismo, por supuesto: que me dijera por fin que sí, que fuéramos enamorados, tiráramos plan, nos quisiéramos, pasáramos a novios y nos casáramos y termináramos en París, ricos y felices.
Desde que tenía uso de razón soñaba con vivir en París. Probablemente fue culpa de mi papá, de esos libros de Paul Féval, Julio Verne, Alejandro Dumas y tantos otros que me hizo leer antes de matarse en el accidente que me dejó huérfano. Esas novelas me llenaron la cabeza de aventuras y me convencieron de que en Francia la vida era más rica, más alegre, más hermosa y más todo que en cual­quier otra parte. Por eso, además de mis clases de inglés en el Instituto Peruano-Norteamericano, logré que mi tía Alberta me matriculara en la Alliance Francaise de la ave­nida Wilson, donde iba tres veces por semana a aprender la lengua de los franchutes. Aunque me gustaba divertir­me con mis cumpas del barrio, era bastante chancón, sa­caba buenas notas y los idiomas me encantaban.
Cuando las propinas me lo permitían, invitaba a Lily a tomar el té —todavía no se había puesto de moda decir tomar lonche— en la Tiendecita Blanca, con su nívea fachada, sus mesitas y sus toldos sobre las veredas, y sus miliunanochescos pasteles —¡las bizcotelas, los alfajores rellenos de manjar blanco, los piononos!— en el límite mismo de la avenida Larco, la avenida Arequipa y la alameda Ricardo Palma sombreada por las copas, de los altísimos ficus.
Ir a la Tiendecita Blanca con Lily a tomar un hela­do y un pedazo de torta era una felicidad casi siempre empañada, ay, por la presencia de su hermana Lucy, con la que tenía yo que cargar también en todas las salidas. Ella tocaba violín sin la menor incomodidad, estropeándome el plan e impidiéndome conversar a solas con Lily y decir­le todas las cosas bonitas que yo soñaba con murmurarle al oído. Pero, aun cuando, debido a la vecindad de Lucy, nuestra conversación debiera evitar ciertos temas, era impagable estar junto a ella, viendo cómo danzaba su melenita cada vez que movía la cabeza, la picardía de sus ojos color miel oscura, escuchar su manerita de hablar tan di­ferente y divisar a veces, a la descuidada, en el escote de su blusa pegadita, el comienzo de esos pechitos que apuntaban ya, redondos, de tiernos botones y, sin duda, firmes y sua­ves como unas frutas jóvenes.
«Yo no sé qué hago aquí con ustedes, tocando violín», se excusaba Lucy, a veces. Yo le mentía: «Qué ocurrencia, estamos felices con tu compañía, ¿no, Lily?». Lily se reía, con un diablito burlón en sus pupilas, y esa excla­mación: «Sí, puuuuu...».
Dar un paseo por la avenida Pardo, bajo la alame­da de los ficus invadidos por los pájaros cantores, entre las casitas de ambas orillas en cuyos jardines y terrazas correteaban niños y niñas vigilados por niñeras uniformadas de blanco almidonado, fue un rito de aquel verano. Como, debido a la presencia de Lucy, resultaba difícil hablar con Lily de lo que me hubiera gustado, yo llevaba la conversa­ción hacia temas anodinos: los planes para el futuro, por ejemplo, cuando, graduado de abogado, me fuera a París con un cargo diplomático —porque allá, en París, vivir era vivir, Francia era el país de la cultura— o me dedicara tal vez a la política, para ayudar un poco a este pobre Perú a ser grande y próspero otra vez, con lo que tendría que aplazar un poco el viaje a Europa. ¿Y a ellas, qué les gusta­ría ser, hacer, de grandes? Lucy, juiciosa, tenía objetivos muy precisos: «Ante todo, terminar el colegio. Después, conseguir un buen puesto, tal vez en una tienda de discos, debe ser la mar de entretenido». Lily pensaba en una agen­cia de turismo o una compañía de aviación, como azafata, si convencía a sus papas, así viajaría gratis por el mundo entero. O artista de cine, tal vez, pero nunca permitiría que la sacaran en bikini. Viajar, viajar, conocer todos los países era lo que más le gustaría. «Bueno, al menos ya conoces dos, Chile y Perú, qué más quieres», le decía yo. «Compárate conmigo, que nunca salí de Miraflores.»
Las cosas que Lily contaba de Santiago eran para mí un anticipo del cielo parisino. ¡Con qué envidia la escuchaba! Allá, a diferencia de acá, no había pobres ni mendigos por las calles, a los chicos y a las chicas los papas los dejaban quedarse en las fiestas hasta el amanecer, bai­lar cheek to cheek, y jamás se veía, como aquí, a los viejos, a las mamas, a las tías, espiando a los jóvenes cuando bai­laban para reñirlos si se propasaban. En Chile a los chicos y a las chicas los dejaban entrar a películas de mayores y, desde que cumplían quince años, fumar sin esconderse. Allá la vida era más entretenida que en Lima porque había más cines, circos, teatros y espectáculos, y fiestas con or­questas, y de Estados Unidos iban todo el tiempo a San­tiago compañías de patinaje, de ballet, musicales, y, en cualquier trabajo que tuvieran, los chilenos ganaban el do­ble o el triple que aquí los peruanos.
Pero, si era así, ¿por qué los padres de las chilenitas habían dejado ese maravilloso país para venirse al Perú? Porque ellos no eran ricos sino, a simple vista, pobretones. Por lo pronto, no vivían como nosotros, las chicas y los chicos del Barrio Alegre, en casas con mayordomos, co­cineras, sirvientas y jardineros, sino en un departamentito, en un angosto edificio de tres pisos, en la calle Esperanza, a la altura del restaurante Gamt inus. Y en el Miraflores de esos años, a diferencia de lo que ocurriría tiempo des­pués, cuando empezaron a brotar los edificios y a desapa­recer las casas, en los departamentos vivían sólo los pobretones, esa disminuida especie humana a la que —ay, qué pena— parecían pertenecer las chilenitas.
Nunca les vi la cara a sus papas. Ellas nunca nos llevaron ni a mí ni a ninguna chica o chico del barrio a su casa. Nunca celebraron un cumpleaños, ni dieron una fiesta, ni nos invitaron a tomar el té y a jugar, como si se avergonzaran de que viéramos lo modesto que era el lugar donde vivían. A mí, que fueran pobretones y que se avergonzaran de todo lo que no tenían me llenaba de compa­sión, aumentaba mi amor por la chilenita y me infundía designios altruistas: «Cuando Lily y yo nos casemos, nos llevaremos a vivir con nosotros a toda su familia».
Pero, a mis amigos, y sobre todo a mis amigas miraflorinas, les daba mala espina que Lucy y Lily no nos abrieran las puertas de su casa. «¿Serán tan muertas de hambre que no pueden organizar ni siquiera una fiesta?», se preguntaban. «Acaso no es por pobres, sino por amarretes», trataba de componerla Tico Tiravante, empeo­rándola.
Los chicos del barrio empezaron de pronto a hablar mal de las chilenitas por la manera corno se maquillaban y vestían, a burlarse del escaso vestuario que lucían —todos conocíamos ya de memoria esas falditas, blusitas y sandalias que, para disimular, combinaban de todas las maneras posibles—, y yo las defendía, lleno de santa in­dignación, esos rajes eran envidia, envidia verde, envidia ponzoñosa, porque en las fiestas las chilenitas nunca plan­chaban, todos los chicos hacían cola para sacarlas a bailar
—«Porque se dejan pegar el cuerpo, así quién va a planchar», replicaba Laura— o porque, en las reuniones en el barrio, en los juegos, en la playa o en el Parque Salazar, eran siempre el centro de la atracción, y todos los chicos las rodeaban, en tanto que a las otras... —«¡Porque son unas agrandadas y unas descaradas y porque con ellas ustedes se atreven a contar unos chistes colorados que nosotras no les permitiríamos!», contraatacaba Teresita—, y, por últi­mo, porque las chilenitas eran regias, modernas, desper­cudidas, y ellas, en cambio, unas remilgadas, unas atrasadas, unas anticuadas, unas cucufatas y unas prejuiciadas. «¡A mucha honra!», respondía Ilse, sacándonos cachita. Pero, aunque rajaban de ellas, las chicas del Barrio Alegre las seguían invitando a las fiestas y saliendo con ellas en patota a los baños de Miraflores, a la misa de doce los domingos, a las matinées y a dar las vueltas obligadas por el Parque Salazar desde el atardecer hasta la aparición de las primeras estrellas que, en ese verano, chisporrotea­ron en el cielo de Lima de enero a marzo sin que, estoy se­guro, ni un solo día las ocultaran las nubes, como ocurre siempre en esta ciudad las cuatro quintas partes del año. Lo hacían porque los chicos se lo pedíamos, y porque, en el fondo, las chicas de Miraflores sentían por las chilenitas la fascinación que ejerce sobre el pajarito la cobra que lo hipnotiza antes de tragárselo, la pecadora sobre la santa, el diablo sobre el ángel. Envidiaban en las forasteras venidas de ese remoto país que era Chile la libertad, que ellas no tenían, de salir a todas partes y quedarse paseando o bai­lando hasta tardísimo sin pedir permiso para un ratito más, sin que su papá, su mamá o alguna hermana mayor o una tía viniera a espiar por las ventanas de la fiesta con quién y cómo bailaban, o a llevárselas a casa porque ya eran las doce de la noche, hora en que las chicas decentes no es­taban bailando ni conversando en las calles con hombres —eso hacían las agrandadas, las huachafas y las cholas— sino en sus casitas y en su cama, soñando con los angeli­tos. Envidiaban que las chilenitas fueran tan sueltas, bai­laran con tantos disfuerzos sin importarles si se les descu­brían las rodillas, y moviendo los hombros, los pechitos y el potito como no lo hacía ninguna chica en Miraflores, y que, a lo mejor, se permitieran con los chicos libertades que ellas ni se atrevían a imaginar. Pero, si eran tan libres, ¿por qué ni Lily ni Lucy querían tener enamorado? ¿Por qué nos decían que no a todos los que les caíamos? No sólo a mí me había dicho Lily que no; también a Lalo Molfino y a Lucho Claux, y Lucy les había dicho no a Loyer, a Pe­pe Cánepa y al pintoncito de Julio Bienvenida, el primer miraflorino al que, sin siquiera haber terminado el colegio, sus padres le regalaron un Volkswagen al cumplir quince años. ¿Por qué las chilenitas, que eran tan libres, no que­rían tener enamorado?
Ese y otros misterios relacionados con Lily y Lucy se aclararon inesperadamente el 30 de marzo de 1950, el último día de aquel verano memorable, en la fiesta de Marirosa Álvarez-Calderón, la gordita pufi. Una fiesta que marcaría época y quedaría en la memoria de todos los asistentes para siempre. La casa de los Álvarez-Calderón, en la esquina de 28 de Julio y La Paz, era la más linda de Miraflores y acaso del Perú con sus jardines de altos árboles, sus tipas de flores amarillas, sus campanillas, sus rosales y su piscina de azulejos. Las fiestas de Marirosa eran siempre con orquesta y un enjambre de mozos que servían paste­les, bocaditos, sandwiches, jugos y toda clase de bebidas no alcohólicas a lo largo de la noche, unas fiestas para las que los invitados nos preparábamos como para subir al cielo. Todo iba de maravillas hasta que, con las luces apa­gadas, el centenar de chicas y chicos rodeamos a Marirosa y le cantamos el Happy Birthday y ella sopló y apagó la tor­ta con las quince velitas e hicimos cola para darle el abra­zo consabido.
Cuando a Lily y Lucy les tocó el turno de abrazarla, Marirosa, una chanchita feliz cuyos rollos rebalsa­ban el rosado vestido con un gran moño a la espalda que llevaba, después de besarlas en la mejilla,, abrió mucho los ojos:
—¿Ustedes son chilenas, no? Les voy a presentar a mi tía Adriana. Es chilena también, acaba de llegar de Santiago. Vengan, vengan.
Las cogió de la mano y se las llevó al interior de la casa, gritando: «Tía Adriana, tía Adriana, aquí te tengo una sorpresa».
Por los cristales del largo ventanal, rectángulo iluminado que enmarcaba un gran salón con una chimenea apagada, paredes con paisajes y retratos al óleo, sillones, sofás, alfombras, y una docena de señoras y señores con copas en las manos, ví irrumpir instantes después a Marirosa con las chilenitas, y alcancé a ver, desvaída y fugaz, la silueta de una señora muy alta, muy arreglada, muy hermosa, con un cigarrillo humeando en la punta de una larga boquilla, adelantándose a saludar a sus jóvenes compatriotas con una sonrisa condescendiente.
Me fui a tomar un jugo de mango y a fumar un Viceroy a escondidas, entre las casetas de vestir de la piscina. Allí me encontré con Juan Barreto, mi amigo y compañero del Colegio Champagnat, que había venido a refugiarse también en esas soledades para fumarse un pitillo. A boca de jarro me preguntó:
—¿Te importaría que le cayera a Lily, flaco?
Sabía que, aunque lo parecíamos, no éramos enamorados, y sabía también —como todo el mundo, me pre­cisó— que yo le había caído tres veces y que las tres me había dicho nones. Le respondí que me importaba muchísimo, porque, aunque Lily me había dicho no, ése era un jueguecito que ella se traía —en Chile las chicas eran así—, pero, en realidad, yo le gustaba, era como si fuéra­mos enamorados, y además, esta noche yo ya había empe­zado a caerle por cuarta y definitiva vez, y ella estaba por decirme que sí cuando la aparición de la torta con las quin­ce velitas de la gordita pufi nos interrumpió. Pero, ahora que saliera de hablar con la tía de Marirosa, le seguiría ca­yendo y ella me aceptaría y desde esta noche sería mi enamorada con todas las de la ley.
—Si es así, tendré que caerle a Lucy —se resignó Juan Barrete»—. La vaina es que a mí la que me gusta es Lily, compadre.
Lo animé a que le cayera a Lucy y le prometí hacerle el bajo para que ella lo aceptara. Él con Lucy y yo con Lily formaríamos un cuarteto bestial.
Conversando con Juan Barreto junto a la piscina y viendo bailar a las parejas en la pista de baile al compás de la orquesta de los Hermanos Ormeño —no sería la de Pérez Prado, pero era buenísima, qué trompetas, qué tambores—, nos fumamos un par de Viceroys. ¿Por qué se le había ocurrido a Marirosa, justo en ese momento, presentar a su tía a Lucy y Lily? ¿Qué comadreaban tanto? Se me estaba fregando el plan, caracho. Porque, era verdad, cuando anunciaron la torta con las quince velitas yo había comenzado mi cuarta —y, estaba seguro, esta vez exito­sa— declaración de amor a Lily, después de haber con­vencido a la orquesta que tocara Me gustas, el bolero más propicio para caerles a las chicas.
Se demoraron una eternidad en volver. Y volvie­ron transformadas: Lucy, muy pálida y ojerosa, como si hubiera visto un fantasma y estuviera recobrándose de la impresión del otro mundo, y Lily, enfurruñada, un mohín avinagrado, los ojos echando chispas, como si allá adentro esas señoras y señores tan pitucos la hubieran he­cho pasar muy mal rato. Ahí mismo la saqué a bailar, uno de esos mambos que eran su especialidad —el Mambo nú­mero 5—, y, yo no podía creerlo, Lily no daba pie con bola, perdía el ritmo, se distraía, se equivocaba, trope-aba, y el gorrito marinero se le corrió, dándole un aspecto algo ridículo. Ella ni se preocupó de enderezarlo. ¿Qué había pasado?
Estoy seguro que al terminar el Mambo número 5 toda la fiesta lo sabía porque la gordita pufi se había encargado de divulgarlo. ¡Qué gustazo se daría esa chismosa contándolo, con lujo de detalles, coloreando y exagerando la historia, a la vez que ponía los ojos grandes, grandes, de curiosidad y espanto y felicidad! ¡Qué malsana alegría habrían sentido —qué desagravio, qué venganza— todas las chicas del barrio que tanto envidiaban a esas chilenitas venidas a Miraflores a revolucionar las costumbres de los niños que ese verano nos graduamos de adolescentes!
Yo fui el último en enterarme, cuando ya Lily y Lucy habían misteriosamente desaparecido, sin despedirse de Marirosa ni de nadie —«tascando el freno de la vergüenza», sentenciaría mi tía Alberta—, y cuando el sibilino rumor se había extendido por toda la pista de baile y levantado en vilo al centenar de chicos y chicas que, olvidados de la orquesta, de sus enamorados y enamoradas, de tirar plan, se secreteaban, se repetían, se alarmaban, se exaltaban, abriendo unos ojazos que bullían de maledicencia: «¿Sabes? ¿Te enteraste? ¿Has oído? ¡Qué te parece! ¿Te das cuenta? ¿Te imaginas, te imaginas?». «¡No son chilenas! ¡No, no lo eran! ¡Puro cuento! ¡Ni chilenas ni sabían nada de Chile! ¡Mintieron! ¡Engañaron! ¡Se inventaron todo! ¡La tía de Marirosa les fregó el pastel! ¡Qué bandidas, qué ban­didas!»
Eran peruanitas, nomás. ¡Pobres! ¡Pobrecitas! La tía Adriana, recién llegadita de Santiago, debió llevarse la sorpresa de su vida al oírlas hablar con aquel acento que a no­sotros nos engañaba tan bien pero que ella identificó de inmediato como una impostura. Qué mal debieron sentirse las chilenitas cuando la tía de la gordita pufi, adivinando la farsa, comenzó a preguntarles sobre su familia santiaguina, el barrio donde vivían en Santiago, el colegio en el que habían estudiado en Santiago, sobre su parentela y las amistades de su familia en Santiago, haciendo pasar a Lucy y Lily el trago más amargo de su corta vida, ensañándose con ellas hasta que, despedidas de la sala, hechas unas ruinas, espiritual y físicamente demolidas, pudo proclamar ante sus parientes y amistades y la estupefacta Marirosa: «¡Qué chilenitas ni ocho cuartos! ¡Esas niñas no han pisado jamás Santiago y son tan chilenas como yo tibetana!».
Aquel último día del verano de 1950 —yo acaba­ba de cumplir quince años también— comenzó para mí la vida de verdad, la que divorcia los castillos en el aire, los espejismos y las fábulas, de la cruda realidad.
La historia completa de las falsas chilenitas no la supe con exactitud, ni la supo nadie salvo ellas, pero sí escuché las conjeturas, chismes, fantasías y supuestas revelaciones que, como una estela rumorosa, persiguieron largo tiempo a las chilenitas de a mentiras, cuando éstas dejaron de existir —una manera de decirlo—, porque nunca más fueron invitadas a las fiestas, ni a los juegos, ni a los tes, ni a las reuniones del barrio. Las malas lenguas decían que, aunque las chicas decentes del Barrio Alegre y de Miraflores ya no las frecuentaban, y les volteaban la cara si se las cruzaban por la calle, los chicos, los muchachos, los hombres, sí las buscaban, a escondidas, como se busca a las huachafitas —¿y qué otra cosa eran Lily y Lucy sino dos huachafitas de algún barrio como Breña o El Porvenir que, para ocultar su procedencia, se habían hecho pasar por extranjeras a fin de colarse entre la gente decente de Miraflores?—, para ti­rar plan con ellas, para hacerles esas cosas que sólo las cholitas y las huachafitas se dejan hacer.
Después, me imagino, unos y otros se fueron olvidando de Lily y de Lucy, porque otras personas, otros asuntos vinieron a reemplazar esa aventura del último ve­rano de nuestra infancia. Pero, yo no. Yo no las olvidé, sobre todo a Lily. Y aunque hayan corrido tantos años, y Miraflores haya cambiado tanto, y lo mismo las cos­tumbres, y se eclipsaran barreras y prejuicios que antes se exhibían con insolencia y ahora se disimulan, yo la guardé en la memoria, y vuelvo a veces a evocarla, a oír la risa traviesa y la mirada burlona de sus ojos color miel oscura, a verla cimbreándose como una caña a los compases de los mambos. Y sigo pensando que, a pesar de haber vivido ya tantos veranos, aquél fue el más fabuloso de todos.

miércoles 14 de octubre de 2009

Exégesis Maracucha en Caracas. Por Norberto José Olivar

Discurso leído por Norberto José Olivar al momento de recibir el Premio de la Crítica a la Novela de 2008.
Que un vampiro diga que dios existe puede que suene mal, acaso muy mal, pero que además se dé aires de teólogo y exponga que dios es un individuo de fina ironía, de agudo sentido del humor y de una puntería inaudita, pues se sobreentiende que sus motivos tendrá, piensa uno, pero es lo menos que se espera cuando se ostenta un abolengo en esencia maligno y defectuoso. Sin embargo, estas motivaciones o improvisaciones teológicas tan súbitas, vienen de la estupefacción que sobrecogió a Maracaibo, hace unas pocas semanas, cuando una despiadada centella decapitó a la muy venerada y excelsa patrona de nuestra querida y sanguinolenta playa.
Que un rayo impacte sobre una de las imágenes de la Chinita no es cosa de otro mundo, si se considera que hay más de cien distribuidas, estratégicamente, en toda Maracaibo, pero que fulmine a la principal, a la número uno, de entre tantas, a la que vigila, amorosa, su Basílica en mitad del frontispicio y da la bienvenida a los fieles, sí es un asunto de cuidado.
Entendiendo la gravedad del caso, su excelencia, monseñor Eleuterio Cuevas, diligente y presuroso, apareció haciendo exégesis de lo que sin duda era, que lo es, un mensaje divino.
Dijo, con mucha sobriedad, que se trataba de un llamado a las mujeres del Zulia para que no decaigan en su lucha contra el mal, contra la delincuencia y otras cosas muy feas que las acechan a diario.
Escuchado esto, decido poner al final de las palabras de su excelencia un adecuado así, (sic), para que se entienda que eso fue justo lo que dijo, y lo que yo escuché de tan incisivo y esclarecido intelecto.
Y si casi nada sé de historia, que se supone vivo de ella, pues objetar a este santo varón, que sí sabe de teología, se hacía un acto de necedad flagrante cuando mínimo.
Parecía que las extrañezas se cancelaban con las templadas palabras del prudente vicario, pero yo, confieso, tenía dudas y callé.
Siete días después ―nótese el cabalístico número―, llegaba otro curioso mensaje: unos supuestos forajidos secuestraron la musa del insigne poeta zuliano, Udón Pérez, dejándolo en la más completa soledad. Según las investigaciones que adelantó la policía científica, la musa fue fundida y sacada de la ciudad en una sigilosa operación.
Nadie dijo nada, la indignación dejó mudo a los opinadores de oficio, pero yo, modestamente, he descifrado el mensaje que une a estos dos hechos insólitos acaecidos en tan breve lapso. Y voy a develar el misterio en este momento.
Veamos: La Chinita y Udón Pérez constituyen dos figuras fundamentales de nuestro delirante regionalismo, acaso faltaría el generalísimo Rafael Urdaneta, pero tumbar El Puente habría sido exagerar la urgencia del mensaje y confundirlo con pulsiones políticas extremistas. Y no es el caso ni la intención.
De seguidas, violando el estricto protocolo científico, me pregunto por aquello que no pasó, por ejemplo, ¿por qué la centella no cayó sobre el gran Luis Aparicio?, pero no digamos nada sobre esto, y que el silencio lo diga todo. Sé que son buenos entendedores.
Pues bien, en mi criterio, la mensajería divina ha sido bastante clara pese a su eventual extravagancia, pero cada quien tiene sus maneras, y si no juzgué a monseñor por su luminosa exégesis, tampoco haré de censor de estilo del otro.
El asunto es simple, obvio, pero incómodo. Empecemos por el poeta, el venerado Udón Pérez, que siempre escribió para los protocolos gubernamentales, para el gamonal de palacio, poemas ditirámbicos de la geografía local, pero con una ausencia absoluta de carácter, de humanidad, como diría Musil, o acaso un delincuente de la poesía si se lo deja en manos de Hermann Broch. Y don Pérez estuvo muy consciente de eso, anoto en su favor, tanto, que se burlaba de quienes se desvivían imitándole. Pero los constructores del santoral local lo han canonizado sin miramientos, sentenciando, además, que ni antes ni después se ha visto un vate más formidable por estos lares vaporosos.
De la Chinita mis sospechas son mayores. El cuento de la tablita, acepto, es uno de los mitos más elaborados, que se conozca, en mi querida playa. Y esta idolatrada santa, ha sido cómplice, por omisión, tan quieta y muda, de las marramuncias de tantos politiqueros y gaiteros que se esconden detrás de ella, haciendo negocios y engañando gentes en su nombre y a su gloria. Si al poeta le secuestraron su musa para que callara, el centellazo que decapitó a la Chiquinquirá fue, sin duda, para que hablara. Puede que esta sea la médula del mensaje encriptado en estos dos acontecimientos nada casuales.
Sigamos ahora en una tónica más amplia, profundizando su significación, diciendo lo que todos saben y que en mis adentros es lo más desastroso: que sobre estas figuras tan defectuosas ―y otras que no he citado―, pero incuestionables, se ha montado un discurso localista que mucho daño le ha hecho a Maracaibo. Es más una fachada que bien se ha usado como tapadera de nuestras deficiencias: el político se chancea en su conuco, sabiéndose incapaz de no ser otra cosa que cola de león, quizás algo de pereza, comodidad, y mucho de vanidad liliputiense.
El poeta cuestiona todo lo que no entiende, sospecha del forastero capitalino. Su fidelidad y sus deseos son emular a Udón, a Yepes y a Lossada, como si en ellos se agotara la literatura y el mundo, y ya sabemos que uno siempre cae más abajo de lo que aspira.
O el historiador, especie aún más pintoresca (soy uno de ellos) que confecciona sesudos y prodigiosos programas de investigación para hacer de maestros caletreros y comerciantes de baratijas próceres fundacionales, y algunos, buscan sustanciar la perorata secesionista con la que se patalea en los momentos de intensa bravura.
La cosa no sería tan mala, créanme, sino fuera por una odiosa sentencia: nadie en Maracaibo puede superar a estos anacrónicos figurones: poetas, políticos, académicos, pintores, músicos, científicos, estamos condenados a la sombra de tan malos modelos. ¿Qué sentido tienen nuestras vidas si no podemos ser mejores que Bolívar y Urdaneta? ¿Qué esperanza tiene una sociedad que no puede superar su pasado, a sus héroes? Esto me lo he pensado desde hace unos quince años, y sólo consigo problemas, y hablo, insisto, de Maracaibo.
Es una necedad, un suicidio, que los marabinos sigamos ensalzando un pasado que no existió, nunca hemos sido la Atenas de América, ni del Caribe siquiera. En el pasado no está la felicidad que anhelamos en el presente, el pasado no debe acomplejarnos.
Hace poco la ciudad de Maracaibo cumplió 480 años. Ese día, con mucha paciencia, me senté a mirar los canales locales de televisión, y todos, absolutamente todos, apostaban a que la gloria de nuestra playa, de nuestra amada playa, estaba en su inigualable pretérito, pintaban un maracucho que ya no existe, que ni ellos son, una caricatura que insisten, ridículamente, en sostener.
Una periodista me escuchó, con paciencia, todo estos “agravios”, y me preguntó, algo molesta y a mansalva, ¿cuándo te vas de Maracaibo? Jamás lo he pensado, acaso cuando me jubile, y si es que tengo cobres, me compraré una casita en alguna montaña andina, pero pagaré fielmente mi suscripción a Panorama y mi abono para las Águilas del Zulia, cuarentonas ya, y aunque no ganen ni uno. Si no tenemos conciencia de lo que somos, de nuestras limitaciones, y de nuestras fortalezas, por supuesto, le dije a la iracunda periodista, difícilmente construiremos la ciudad que deseamos.
En fin, me parece que si los marabinos o maracuchos, como sea, seguimos con el lloriqueo que bien funciona de excusa, con el asunto del centralismo, no vamos a llegar a nada. Y si la Capital se engolosina en el deslumbramiento de la provincia, pues estamos, entonces, en juego trancado. Y lo que no se mueve, señores, perece.
A qué viene todo esto, se estarán preguntando igual que yo, que mientras escribía estas líneas, me decía, pero bueno, no es de literatura la excusa con la que vas, sí, claro, es literatura, pero es que los camaradas de Ficción Breve cuando me llamaron con la noticia de que el Vampiro les había caído muy bien, lo primero que me dicen es que estaban muy contentos de un veredicto que premiaba una novela maracucha, «pa que no digan, después, que las mafias centralista nos lo cogemos todo», y bueno, eso disparó todo este vagabundeo playero que ustedes, con buenos modales y paciencia, han aguantado. Pero la culpa no es sólo de ellos, que la es, que me dijeron lo que ya les dije, es que también todo lo que escribo, todo lo que he escrito, es sobre Maracaibo, sobre esa Maracaibo desconocida, oscura, defectuosa, a la que casi nadie quiere, pero que a mí me atrae fatalmente. Al principio quise escribir ensayos historiográficos, pero mis maestros me desautorizaron inmediatamente, entonces me fui a la novela, al cuento, para que me dejaran en paz, y para poder decir las cosas “tal cual como sucedieron”. Todos mis proyectos están ejecutados tras una investigación histórica de lo más tradicional, y si uso la imaginación, no lo niego, lo hago tanto como mis maestros historiadores, lo cual demuestra, para angustia de ellos, no mía, que la historia no es más que un género literario.
Hablando de esto, en los primeros meses de este año, 2009, se publicó un trabajo sobre la novela histórica actual. Se hablaba de Falke, El pasajero de Truman y El último fantasma, mi Vampiro quedó a un lado, no es que la autora de este texto lo desconociera, más bien fue que no lo consideró inscrito en ese género. Esto se lo comenté a mi amigo Antonio Isea –ilustre profesor de la Universidad de Michigan–, y me explicó, con detalles, que mi Vampiro no aplicaba según los cánones de la novela histórica. Así que la más «historiográfica» de mis novelas no se ajusta a estas exigencias, y eso que fue trabajada con la obsesión investigativa de los «severos» historiadores aquí mentados. Pero mi despecho ilustra lo que pasa cuando tenemos una idea ya desfasada de lo «histórico».
Renahit Guja, en Las voces de la historia, critica el haber convertido la vida del estado en el centro de la historia, reivindica como historia las voces anónimas, las voces de queja, que no se articulan a la biografía estatal, a la de los superhéroes, pero que sin duda, están en el proceso. Y esas son, precisamente, las voces que estoy intentando que se escuchen en mis trabajos, y que son, en definitiva, quienes nos hacen mucho más universales, quienes nos permiten dialogar con textos y angustias de otras latitudes.
También me llama la atención que, tanto Vegas, Suniaga y Liendo, autores de las novelas citadas, dijeran que no tuvieron la intención de hacer una novela histórica. Confieso que esa declaración me cogió fuera de base, pero se explica y se entiende por el fastidio que provocan los malos humores de este gremio “científico”, lo que lamentablemente contribuye a la demarcación de las zonas limítrofes que los virulentos historiadores demandan con la literatura.
Total!, y como ven, mi gran pesadilla es Maracaibo, de modo que siempre seré un escritor de provincia. No obstante, agradezco a ustedes, gentiles amigos, amables lectores, cruzados de Ficción Breve Venezolana, Econoinvest, Cultura Chacao, y, claro, al honorable jurado de este Premio, que hayan legitimado mis desvelos con esta certificación de buena conducta que han extendido a un extravagante vampiro de aguas dulces y contaminadas. Un abrazo para todos y montones de gracias, otra vez.

domingo 11 de octubre de 2009

Xavier Velasco. Autor de El Diablo Guardián

Enamorado impenitente de la música, las motocicletas, la adrenalina y las palabras en esteroides, Velasco comenzó a escribir a los nueve años, como una forma de escapar a las aulas. Ejerce desde entonces la literatura como un vicio secreto, al que años después da curso a través de experimentar con la crónica y la forma de vida del rock. Tránsfuga de las carreras de Ciencias Políticas y Literatura, ejerce luego oficios variopintos, como el de director creativo (de lo cual dice haber extraído "algún dinero y ningún orgullo") y editor de una revista de aristócratas. Acostumbrado a dobles y triples vidas, Velasco desempeña al mismo tiempo los papeles de copywriter, periodista, rockero, socialité, noctámbulo barriobajero y escritor subrepticio.
Escribió durante 16 años en el suplemento Sábado, del periódico unomásuno, fundado y dirigido por Fernando Benítez. Publicados sus escritos en los periódicos Novedades, El Universal, El Nacional, La Crónica, Milenio, Reforma y El País, fue en Sábado donde sus experimentos verbales alcanzaron mayores niveles de osadía. Entre sus columnas más leídas se halla Deshoras y penumbras (1995 - 2000), Epistolario (2000 - 2004), El funámbulo errante (2000 - 2003) y Pronóstico del clímax (2004 - ). En unas y otras el mexicano se ha mostrado consistentemente irreverente, así como fiel a la vocación de intensidad que hace de sus presentaciones públicas happenings memorables, masivamente concurridos, donde se dice colega y cómplice natural de las mujeres públicas. Asimismo escribió, bajo el seudónimo de Virginia Wet, la columna satírica Música para hacer el amor.
Velasco permanece como escritor subterráneo hasta el año 2003, cuando es "descubierto" a la fama internacional a través del prestigioso Premio Internacional Alfaguara de Novela, obtenido antes por escritores como Manuel Vicent y Tomás Eloy Martínez y que le es entregado en Madrid, España, en marzo de 2003, con una dotación de 175,000.00 dólares. Tras varios meses en las listas de ventas de España, México (tres años) y varios países de América Latina, la novela Diablo Guardián (picaresca punk, según el chileno Alberto Fuguet) se convierte en best-seller hispanoamericano, con más de diez ediciones y 200,000 ejemplares vendidos.
Obseso de la forma y esteta del vértigo, renuente a formar parte de movimiento literario alguno, Velasco ha visto su trabajo elogiado por escritores de la talla de Carlos Fuentes y Arturo Pérez-Reverte, quienes ya lo han citado como el futuro de la narrativa mexicana. Actualmente reside en San Angel, el barrio donde creció, en la zona sur de la ciudad de México. Actualmente colabora en el blog literarioEl Boomrang (g) donde ha anunciado el título de su próxima novela: Puedo explicarlo todo.Ha publicado: Una Banda de Caifanes (1990), Cecilia (1993), Diablo Guardián (2003), El materialismo Histérico (2004), La Luna Llena en las Rocas (2005), Este que Ves (2006)