jueves, 15 de enero de 2009

HERMANN HESSE 1877 - 1962


Entre Shandys y Bartlebys dedica este número sobre Hermann Hesse a los amigos Eduardo Halfon, quien rescata al escritor alemán en su novela El Ángel Literario, y Roger Michelena. Hesse es uno de los escritores más importantes del siglo XX pero que, paradójicamente, también es uno de los más maltratados por los críticos e intelectuales "serios y espesos", señalando al Nobel alemán de escritor para jóvenes o escritor de autoayuda. No sé si es justo señalar a Hesse de ambas cosas, honestamente no estoy seguro de que su obra sea juvenil o que se enmarque en las corrientes que muchos dividendos le ofrecieron y ofrecen a Mandino o Coehlo. Tampoco entiendo por qué los sabios de las letras emplean estos señalamientos con ánimos truculentos. En todo caso, ojalá y los jóvenes lo leyeran, probablemente el futuro nos garantice un mundo con menos gente idiota, o por lo menos, nos liberaría de tantos intelectuales "serios y espesos"

AUTOBIOGRAFÍA.

Nací hacia finales de la Edad Moderna, poco antes del incipiente retorno del Medioevo, bajo el signo de Sagitario y amablemente influido por Júpiter. Mi nacimiento se produjo a primera hora de la tarde un cálido día de julio, y la temperatura de aquella hora es la que, inconscientemente, he amado y buscado durante toda mi vida, y la he añorado dolorosamente cuando me faltó. Nunca pude vivir en países fríos, y todos los viajes voluntarios de mi vida se dirigieron al sur. Fui hijo de padres religiosos, a quienes amé con ternura y a los que habría amado más tiernamente si no se me hubiera enseñado el cuarto mandamiento a edad temprana. Pero, lamentablemente, los mandamientos siempre han ejercido en mí un efecto fatal, por muy justos y bien intencionados que fueran - yo, que por naturaleza soy un cordero y tan dócil como una burbuja de jabón, siempre he sido reacio a los mandamientos de todo tipo, sobre todo durante mi juventud. Bastaba con que oyese el "debes hacer" para que en mí todo se revolviese y me volviera porfiado. Es fácil imaginar que esta peculiaridad tuvo una gran influencia negativa en mis años escolares. Cierto que nuestros maestros, en aquella divertida asignatura que llamaban Historia Universal, nos enseñaban que el mundo siempre había sido gobernado, dirigido y cambiado por ese tipo de personas que imponían su propia ley y que rompían con las leyes tradicionales, y nos decían que esas personas eran honorables. Pero eso era tan mentira como todo el resto de la enseñanza, pues cuando uno de nosotros, con buena o con mala intención, mostraba alguna vez valentía y protestaba contra cualquier mandamiento, o siquiera contra una costumbre estúpida o una moda, ni era honrado ni se nos recomendaba como modelo, sino que era castigado, escarnecido y oprimido por la cobarde prepotencia de los maestros.
Por suerte, lo importante y más valioso para la vida ya lo había aprendido antes de empezar los años de escuela: mis sentidos eran despiertos, finos y aguzados, me podía fiar de ellos y obtener mucho disfrute, y cuando más tarde caí irremisiblemente ante la seducción de la metafísica, e incluso llegué a lacerar y despreciar mis sentidos, la atmósfera de una sensibilidad delicadamente desarrollada, concretamente por lo que se refiere a la vista y al oído, siempre me fue fiel, y en el mundo de mi pensamiento, incluso donde parece ser abstracta, interviene de forma viva. Por lo tanto disponía yo de unas ciertas defensas para la vida que, como ya he dicho, adquirí mucho antes de que empezasen los años de colegio. Conocía bien nuestra ciudad paterna, las granjas de gallinas y los bosques, las huertas y los talleres de los artesanos, conocía los árboles, los pájaros y las mariposas, sabía cantar canciones y silbarlas entre dientes, y muchas otras cosas que tienen valor para la vida. A esto se añadieron entonces las ciencias escolares, que me resultaban fáciles y me divertían, encontrando un auténtico placer en el latín, y empecé casi igual de pronto a hacer versos tanto en latín como en alemán. El arte de la mentira y de la diplomacia se lo debo al segundo año de colegio, donde un preceptor y un colaborador me dotaron de estas facultades después de que previamente, con mi candor y confianza infantiles, hiciera caer sobre mí una desgracia detrás de otra. Estos dos educadores me ilustraron con éxito sobre el hecho de que la honestidad y el amor a la verdad eran cualidades que ellos no buscaban en los alumnos. Me acusaron de una fechoría, por cierto bastante intrascendente, que se había cometido en clase y de la que yo era completamente inocente, pero como no pudieron obligarme a confesar su autoría, convirtieron esa pequeñez en un proceso de Estado y ambos, con torturas y palos, fueron incapaces de sacarme la confesión que deseaban, pero sí extrajeron de mí toda fe en la honestidad de la casta de maestros.
Gracias a Dios, con el tiempo, también llegué a conocer maestros rectos y dignos de respeto, pero el daño ya estaba hecho y quedó falseada y amargada no sólo mi relación con los maestros de escuela, sino también con todo tipo de autoridad. En general, durante los siete u ocho primeros años de colegio fui un buen alumno, al menos siempre estaba sentado entre los primeros de mi clase. Pero al comenzar aquellas luchas de las que no escapa nadie que quiera ser una personalidad, entré cada vez más en conflicto con la escuela. Esas luchas sólo las comprendí dos décadas después, pero entonces estaban allí y me rodeaban, en contra de mi voluntad, como una terrible desgracia.
La cuestión era la siguiente: desde que cumplí los trece años estaba claro para mí que quería ser poeta o nada. Pero con la claridad de esta idea llegó paulatinamente otra certeza, penosa. Uno podía llegar a ser maestro, cura, médico, artesano, comerciante o empleado de correos, también músico, incluso pintor o arquitecto, y para todas las profesiones del mundo había un camino, había condiciones previas, había una escuela, una enseñanza para el principiante. ¡Pero no existía para el poeta! Estaba permitido serlo e incluso se consideraba un honor ser poeta: es decir, tener éxito y fama como poeta, pero lamentablemente esto solía suceder cuando uno ya estaba muerto. Sin embargo, convertirse en poeta era imposible, querer serlo era una ridiculez y una vergüenza, como pude averiguar muy pronto.
Rápidamente había aprendido lo que se podía aprender de la situación: poeta sólo se podía ser, pero no estaba permitido llegar a serlo. Además, interesarse por la poesía y por un talento poético propio le hacía a uno sospechoso ante los maestros, y por ello desconfiaban de uno o le despreciaban, con frecuencia incluso le ofendían a uno mortalmente. Con los poetas pasaba exactamente lo mismo que con los héroes y con todas las figuras y los afanes intensos o hermosos, orgullosos y no cotidianos: en el pasado fueron maravillosos, todos los libros de texto estaban llenos de alabanzas hacia ellos, pero en el presente y en la realidad se los odiaba y, probablemente, los maestros habían sido contratados y formados para impedir en lo posible el surgimiento de personas famosas y libres y la realización de gestas grandes y magníficas.
Por lo tanto, entre mi persona y mi lejana meta no veía más que abismos, todo se me volvía incierto, devaluado, y sólo una cosa permanecía: la voluntad de querer ser poeta, fuese fácil o difícil, ridículo u honorable. Los éxitos externos de esta decisión - más bien de esta fatalidad - fueron los siguientes.
Cuando yo tenía trece años y acaba de comenzar ese conflicto, mi comportamiento dejó mucho que desear tanto en la casa paterna como en la escuela, hasta el punto de que se me exilió a la escuela de latín de otra ciudad. Un año después me convertí en pupilo de un seminario teológico, aprendí a escribir el alfabeto hebreo y estaba a punto de comprender lo que es una dagesh forte implicitum cuando, de pronto, me inundaron tormentas interiores que desembocaron en mi huida de la escuela monacal, en un castigo con arresto grave y en mi expulsión del seminario. Durante un tiempo me esforcé en una escuela media por avanzar en mis estudios, pero allí el final también fue la sanción y la expulsión. Después fui aprendiz de comerciante durante tres días, volví a marcharme y durante algunos días y noches desaparecí para gran preocupación de mis padres. Durante medio año fui ayudante de mi padre, durante año y medio estuve de aprendiz en un taller mecánico que además fabricaba relojes de torre.
En resumen, durante más de cuatro años todo lo que se quería hacer conmigo fue irremisiblemente mal, ninguna escuela quería quedarse conmigo, como aprendiz no duraba mucho en ningún sitio. Todo intento de hacer de mí una persona útil terminaba en fracaso, muchas veces con escarnio y escándalo, con la huida o con la expulsión, y sin embargo en todas partes me reconocían buenas dotes e incluso una cierta dosis de buena voluntad. Siempre era pasablemente aplicado, pues la elevada virtud de la holgazanería siempre la he admirado con veneración, pero nunca llegué a ser un maestro de ella. De forma consciente y enérgica comencé mi propia formación a los quince años, cuando había fracasado en la escuela, y tuve la suerte y el placer de que en casa de mi padre estaba la impresionante biblioteca del abuelo, una sala entera llena de viejos libros que, entre otras cosas, contenía toda la poesía y la filosofía alemanas del siglo XVIII. Entre los 16 y los 20 años no sólo llené una gran cantidad de papel con mis primeros intentos poéticos, sino que en aquellos años también leí la mitad de la literatura universal y me ocupé de la historia el arte, los idiomas y la filosofía con un ahínco que habría bastado de sobra para un estudio normal.
Después me hice librero para poder finalmente ganarme yo mismo el pan. Al fin y al cabo, con los libros tenía más y mejores relaciones que con el tornillo de banco y las ruedas dentadas de fundición de acero con las que había sufrido como mecánico. Durante los primeros tiempos, nadar entre lo nuevo y lo más reciente de la literatura, ser incluso anegado por ello, fue un placer casi embriagador. Pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que, en lo intelectual, una vida en el mero presente, en lo nuevo y en lo más reciente era insoportable y carecía de sentido, que la relación existente con lo que había sucedido, con la historia, con lo antiguo y con lo ancestral era lo único que permitía una vida intelectual. Por eso, una vez agotado el primer placer, fue una necesidad volver a lo antiguo después de la inundación de novedades, y lo hice pasándome de la librería a la tienda de antigüedades. Pero sólo permanecí fiel a la profesión mientras la necesité para ganarme la vida. A la edad de veintiséis años, con motivo de un primer éxito literario, también abandoné esta profesión.Por lo tanto ahora, después de tantas tormentas y sacrificios, había alcanzado mi meta: por imposible que hubiera parecido, ahora me había convertido en un poeta y, al parecer, había ganado la larga y dura batalla contra el mundo.
La amargura de los años de colegio y de formación, donde tantas veces estuve al borde del hundimiento, quedó entonces olvidada y ridiculizada, e incluso los familiares y los amigos, que hasta entonces estaban desesperados conmigo, me sonreían ahora con amabilidad. Yo había vencido, y aunque hiciese lo más tonto y lo más baladí, todos lo consideraban encantador, igual que yo mismo también estaba encantado conmigo. Ahora me daba cuenta de la escalofriante soledad, el ascetismo y el peligro en los que había vivido año tras año; el tibio aire del reconocimiento me sentaba bien y empecé a convertirme en un hombre satisfecho. Durante un largo tiempo mi vida exterior transcurrió de forma tranquila y agradable. Tenía mujer, niños, casa y jardín. Escribía mis libros, estaba considerado un poeta amable y vivía en paz con el mundo. En el año 1905 ayudé a crear una revista dirigida sobre todo contra el régimen personal de Guillermo II, pero, en el fondo, sin tomar en serio estos objetivos políticos. Hice hermosos viajes a Suiza, a Alemania, a Austria, a Italia y a India. Parecía que todo estaba en su sitio. Entonces llegó aquel verano de 1914 y, de pronto, todo cambió en el interior y en el exterior. Se demostró que el bienestar del que gozábamos hasta entonces se había construido sobre un terreno inseguro, y entonces empezó a ir todo mal, empezó la gran educación.
Había comenzado la llamada gran época y no puedo decir que me sorprendiera mejor equipado, más digno y mejor que cualquier otra. Lo que entonces me diferenciaba de los demás era tan sólo que yo echaba de menos aquel gran consuelo que muchos otros tenían: el entusiasmo. Por eso volví de nuevo a mí mismo y al conflicto con el entorno, volví otra vez a la escuela, otra vez tuve que esforzarme por olvidar la insatisfacción conmigo mismo y con el mundo y sólo con esta vivencia pude superar el umbral de la iniciación a la vida. Nunca olvidé una pequeña vivencia de los primeros años de la guerra. Estaba de visita en un gran hospital de campaña y buscaba una posibilidad razonable de adaptarme, como voluntario, de algún modo al mundo cambiado, cosa que entonces aún me parecía posible. En aquel hospital lleno de heridos conocí a una anciana señorita que antes vivía de sus buenas rentas y ahora servía de ayudante en ese hospital de campaña. Con un conmovedor entusiasmo me contó lo contenta y orgullosa que estaba de poder vivir esa gran época. Me pareció comprensible, pues esa señora había necesitado la guerra para convertir su pesada vida de solterona, puramente egoísta, en una vida activa y valiosa. Pero cuando me comunicó su felicidad en un pasillo lleno de soldados heridos y asaeteados por las balas, entre salas llenas de amputados y moribundos, el corazón me dio un vuelco.
Por mucho que comprendiera el entusiasmo de esta señora, yo no lo podía compartir, no podía aprobarlo. Si por cada diez heridos llegaba una asistente entusiasmada como ésta, la felicidad de estas señoras se pagaba un poco demasiado caro. No, yo no podía compartir la alegría por la gran época, y por eso sufrí lamentablemente bajo la guerra desde el principio, y durante años me revolví contra una desgracia que al parecer se había abatido desde fuera y porque sí, mientras que a mi alrededor todo el mundo hacía como si estuviese entusiasmado precisamente por esta desgracia. Y cuando leía los artículos de periódico de los poetas, donde descubrían la bendición de la guerra, y las exhortaciones de los profesores y toda las poesías de guerra de los despachos de poetas famosos, yo me sentía todavía peor. Un buen día, en el año 1915, se me escapó públicamente el reconocimiento de esta miseria y una palabra de lamento por el hecho de que las llamadas personas intelectuales no sabían hacer otra cosa más que predicar el odio, difundir mentiras y ensalzar la gran desgracia. La consecuencia de esta queja, expresada con bastante timidez, fue que en la prensa de mi patria fui declarado traidor, lo cual fue para mí una vivencia nueva, pues pese a los muchos contactos con la prensa no había conocido nunca la situación de ser escarnecido por la mayoría.
Habría que pensar que yo debería haberme reído mucho de ese malentendido. Pero no lo conseguí. Esa vivencia, en sí misma tan poco importante, fue el germen del segundo gran cambio en mi vida. Recordemos: el primer cambio se produjo en el instante en el que fui consciente de la decisión de convertirme en poeta. El modélico escolar Hesse que había habido antes se convirtió a partir de ese momento en un mal alumno, fue castigado, fue expulsado, no hacía nada bien, se producía quebraderos de cabeza a sí mismo y a sus padres - todo porque no veía ninguna posibilidad de reconciliación entre el mundo tal y como es, o como parece ser, y la voz de su propio corazón. Esto se repetía ahora, durante los años de la guerra. De nuevo me vi en un conflicto con un mundo en el que hasta entonces había vivido en paz. Otra vez fracasé en todo, de nuevo estaba solo y sufría, de nuevo todo lo que yo decía y pensaba era malentendido por los demás con hostilidad. Otra vez veía un abismo desesperanzador entre la realidad y lo que me parecía deseable, razonable y bueno. Pero esta vez no pude eludir el examen de conciencia. Al cabo de poco tiempo me vi en la necesidad de buscar la culpa de mi sufrimiento no sólo fuera de mí, sino en mí mismo. Porque de una cosa me di cuenta: echarle en cara al mundo entero la locura y la rudeza era algo a lo que ningún hombre y ningún dios tenía derecho, y yo menos que nadie.
Por lo tanto en mí mismo debía haber todo tipo de desórdenes si entraba así en conflicto con toda la marcha del mundo. De hecho, sí había un gran desorden. No era nada divertido abordar ese desorden en mí mismo y tratar de ordenarlo. Sobre todo se demostraba una cosa: la plácida paz en la que yo había vivido con el mundo no sólo la había pagado demasiado cara yo mismo, sino que también había estado tan podrida como la paz exterior en el mundo. Creía que con la largas y difíciles luchas de mi juventud me había merecido mi puesto en el mundo y ser un poeta, pero a todo esto el éxito y el bienestar habían ejercido en mí la influencia habitual, me había vuelto satisfecho y cómodo y, si lo consideraba a fondo, el poeta apenas se podía diferenciar de un escritor de encargo. Me había ido demasiado bien. Sin embargo ahora me iba abundantemente mal, lo que siempre es una escuela buena y enérgica, y aprendí cada vez más a dejar que los asuntos del mundo llevasen su curso y pude ocuparme de mi propia participación en la confusión y la culpa del conjunto. Debo dejar al lector la tarea de descubrir esta ocupación a través de la lectura de mis escritos. Pero sigo teniendo la secreta esperanza de que, con el paso del tiempo, también mi pueblo realizará una comprobación similar, no como un todo, pero sí a través de muchos individuos despiertos y responsables, y en lugar de quejarse y maldecir por lo mala que es la guerra y lo malos que son los enemigos y lo mala que es la revolución, se plantará en muchos miles de corazones la pregunta:
¿fui yo también culpable? y ¿cómo puedo recuperar la inocencia? En cualquier momento se puede volver a ser inocente si se reconoce el propio sufrimiento y la propia culpa y se termina de sufrir en lugar de buscar en otro la culpa del sufrimiento.
Cuando empezó a manifestarse el nuevo cambio en mis escritos y en mi vida, muchos de mis amigos sacudieron la cabeza. Muchos también me dejaron. Esto formaba parte de la imagen cambiada de mi vida, igual que la pérdida de mi casa, de mi familia y de otros bienes y comodidades. Fue una época en la que cada día me despedía, y cada día me asombraba de poder soportar también lo que me seguía pasando y seguir viviendo, y de seguir amando siempre algo de esta extraña vida que sólo parecía traerme dolor, decepciones y pérdidas. Por cierto, para que no se olvide: también durante los años de la guerra tuve algo así como una buena estrella o un ángel protector. Mientras me sentía muy solo con mi sufrimiento, y hasta que empezó el cambio, sentía que mi destino era desgraciado y renegaba de él; precisamente mi sufrimiento y mi obsesión por el sufrimiento me sirvieron de protección y escudo contra el mundo exterior.
De hecho, pasé los años de la guerra en un entorno tan deleznable de política, espionaje, técnica de soborno y artes de aprovechamiento de la coyuntura, como por aquel entonces sólo se podían encontrar juntos y tan concentrados en pocos lugares de la Tierra, concretamente en Berna, en medio de la diplomacia alemana, la neutral y la enemiga, en una ciudad que se superpobló de la noche a la mañana y se llenó de diplomáticos, agentes políticos, espías, periodistas, compradores y traficantes. Yo vivía entre diplomáticos y militares, pero además trataba con personas de muchas naciones, incluso enemigas, y el aire a mi alrededor era toda una red de espionaje y contraespionaje, de traiciones, intrigas, negocios políticos y personales, ¡y de todo ello no me di cuenta en absoluto durante aquellos años! Se me escuchaba a hurtadillas, se me espiaba y vigilaba, de pronto era sospechoso ante los enemigos, o ante los neutrales, o ante mis propios compatriotas, y no me daba cuenta de nada; sólo mucho después me enteré de esto y de aquello, y no comprendí cómo pude vivir sano y salvo en medio de esta atmósfera. Pero así fue.Con el final de la guerra también se produjo la terminación de mi cambio y acabaron los sufrimientos de la prueba. Esos sufrimientos ya no tenían nada que ver con la guerra ni con el destino del mundo, ni la derrota de Alemania, que nosotros en el extranjero esperábamos con seguridad desde hacía dos años, tuvo en ese momento nada de terrible.
Yo estaba completamente sumergido en mí mismo y en mi propio destino, pero a veces con la sensación de que se trataba de todo lo inhumano. Reencontraba en mí mismo todas las guerras y toda el ansia de asesinar del mundo, toda su inconsciencia, todo su crudo afán por los placeres, toda su cobardía; tuve que perder primero la estima de mí mismo y después el desprecio de mí mismo; no tenía otra cosa que hacer más que lanzar un vistazo al caos de la Tierra con la esperanza a veces brillante, a veces redentora, de encontrar más allá del caos de nuevo la naturaleza, de nuevo la inocencia. Toda persona que se ha despertado y que realmente ha alcanzado la consciencia pasa alguna vez, o varias veces, por este estrecho camino a través del desierto; querer hablar a otros de ello sería un esfuerzo vano.
Cuando los amigos me traicionaban, a veces sentía desconsuelo, pero no desasosiego, pues lo consideraba más bien una confirmación en mi camino. Esos que fueron amigos tenían mucha razón cuando decían que yo había sido antes un hombre y un poeta simpático, mientras que mi problemática actual era simplemente insufrible. Por aquel entonces hacía mucho que yo había superado las cuestiones de gusto o de carácter, y no había nadie que hubiese podido comprender mi lenguaje. Quizá esos amigos tenían razón cuando me reprochaban que mis escritos habían perdido belleza y armonía. Esas palabras sólo me provocaban risa, pues ¿qué es la belleza o la armonía para quien están condenado a muerte, para quien corre por salvar su vida entre muros que se desploman? Quizá, en contra de la creencia que había tenido toda la vida, yo no era un poeta, y quizá todo el esfuerzo estético había sido un mero horror. Podía ser, pero tampoco eso era ya importante. La mayor parte de lo que había visto durante mi viaje por los infiernos había sido un engaño y careció de valor, por eso quizá también pasara lo mismo con la ilusión de mi vocación o mis dotes. ¡Qué poca importancia tenía! Tampoco existía ya lo que, lleno de orgullo y alegría infantil, había considerado en tiempos mi misión. Hacía mucho que ya no veía mi misión, más bien mi camino hacia la salvación, en el campo de la lírica, de la filosofía o de cualquier historia así de especialistas, sino sólo en que unos pocos vivos y fuertes pudiesen vivir en mí su vida, ya sólo en la fidelidad incondicional a lo que en mí todavía sentía con vida.
Cuando por fin acabó la guerra también para mí, en la primavera de 1919, me retiré a un apartado rincón de Suiza y me convertí en un ermitaño. Dado que toda mi vida (y ésta fue una herencia de padres y abuelos) me ocupé mucho de la sabiduría india y china, y mis nuevas vivencias también las expresé en parte en el lenguaje gráfico oriental, con frecuencia se me llamaba "budista", sobre lo cual no podía por menos que reírme, pues en el fondo sabía que era la creencia de la que más alejado estaba. Sin embargo ahí había algo correcto, un grano de verdad, como descubrí poco después. Si de algún modo fuera pensable que un hombre pudiera escoger personalmente una religión, desde luego por mi anhelo más íntimo me habría adherido a una religión conservadora: a la de Confucio, al brahmanismo o a la iglesia romana. Pero lo habría hecho por añoranza del polo opuesto, no por afinidad innata, pues yo no nací por casualidad como hijo de devotos protestantes, sino que soy protestante también por mi ánimo y mi esencia (lo cual no supone ninguna contradicción con mi antipatía hacia las confesiones protestantes que existen en la actualidad). El auténtico protestante se rebela contra la propia iglesia igual que contra cualquier otra, porque su esencia afirma que llegar a ser es más importante que el ser. En este sentido Buda también fue un protestante.
La fe en mi capacidad poética y en el valor de mi trabajo literario estaba por tanto enraizada en mí desde el cambio. Escribir ya no me satisfacía del todo. Pero el ser humano debe tener alguna alegría, y yo también la pretendía en medio de mi situación de necesidad. Podía renunciar a la justicia, a la razón y al sentido en la vida y en el mundo, había visto que el mundo funciona perfectamente sin ninguna de estas abstracciones, pero no podía renunciar a un poco de alegría, y la exigencia de esa pizca de alegría era una de aquellas pequeñas llamas en mí en las que todavía creía y a partir de las cuales pensaba crear de nuevo el mundo. Con frecuencia buscaba mi alegría, mi sueño y mi olvido en una botella de vino, y muchas veces me ayudó, ¡loada sea! Pero no bastaba. Mira por dónde, un día descubrí una alegría completamente nueva. Ya con cuarenta años, de pronto empecé a pintar. No es que yo me considerase un pintor o quisiera llega a serlo. Pero pintar es algo maravilloso, le vuelve a uno más alegre y tolerante. Después no se tienen los dedos negros, como sucede al escribir, sino rojos y azules. Por esta actividad pictórica también se enfadaron muchos de mis amigos. Ahí tengo poca suerte, pues siempre que abordo algo realmente necesario, satisfactorio y hermoso, la gente se vuelve desagradable. Quieren que uno siga siendo lo que era, que no cambie la cara. Pero mi cara se rebela, quiere cambiar con frecuencia, para ella es una necesidad.
Otro reproche que se me hacía me pareció muy justificado. Se me negaba que tuviera sentido de la realidad. Tanto los poemas que escribo como los cuadritos que pinto no se corresponden con la realidad. Cuando hago poesía, con frecuencia olvido todos los requisitos que los lectores ilustrados plantean a un auténtico libro, y sobre todo me falta de hecho el respeto a la realidad. Creo que la realidad es aquello por lo que menos falta hace preocuparse, pues es suficientemente molesta, incluso existe siempre, mientras que las cosas más hermosas y necesarias requieren nuestra atención y nuestro cuidado. La realidad es aquello con lo que no se puede estar satisfecho bajo ninguna circunstancia, lo que no se puede adorar ni honrar bajo ninguna circunstancia, pues es la casualidad, el desecho de la vida. Además esa realidad sórdida, con frecuencia decepcionante e insípida, no se puede modificar de ningún otro modo más que negándola, demostrando que somos más fuertes que ella. En mis poemas muchas veces se echa de menos el habitual respeto a la realidad, y cuando pinto los árboles tienen caras y las casas ríen o bailan, o lloran, pero en general no se puede reconocer si el árbol es un peral o un castaño. Debo aceptar este reproche. Confieso que mi propia vida también me parece muchas veces un cuento; con frecuencia veo y siento el mundo exterior en mi interior en un contexto y un acoplamiento que debo llamar mágicos.
Algunas veces también me pasaron tonterías; por ejemplo, una vez hice una declaración inocente sobre el famoso poeta Schiller, por la cual pronto todos las boleras del sur de Alemania me declararon un difamador de los santuarios patrios. Pero ahora ya he conseguido desde hace años no hacer ninguna declaración que pueda difamar los santuarios ni hacer que las personas se pongan rojas de cólera. Creo que eso ha sido un progreso. Dado que para mí la llamada realidad no desempeña un papel muy importante, porque lo pasado me llena con frecuencia igual que el presente y lo actual me parece infinitamente lejano, por eso tampoco puedo separar el futuro del pasado tan nítidamente como normalmente se hace. Yo vivo mucho en el futuro, y por eso no necesito terminar mi biografía en el día de hoy, sino que puedo dejar tranquilamente que continúe. Brevemente voy a relatar cómo mi vida describe su arco completo. En los años hasta 1930 escribí algunos libros más, pero después le volví la espalda a ese oficio para siempre. La pregunta de si en realidad se me debe incluir entre los poetas o no fue investigada en dos conferencias por unos jóvenes muy aplicados, pero no se contestó.
En resultado de una consideración cuidadosa de la nueva literatura condujo a decir que el fluido que convierte a una persona en poeta sólo aparece en los últimos tiempos tan extraordinariamente rebajado que ya no se puede establecer la diferencia entre el poeta y el literato. Sin embargo, a partir de este hallazgo objetivo los dos doctorandos sacaron conclusiones opuestas. Uno de ellos, el más simpático, opinaba que una poesía tan ridículamente diluida ya no era tal en absoluto, y dado que la mera literatura no es digna de vivir, lo que hoy todavía se llama poesía se debía dejar morir tranquilamente. Pero el otro era un adorador incondicional de la poesía, incluso en su forma más diluida, y por eso creía que sería mejor, por precaución, valorar a cien no poetas que ser injusto con uno solo que quizá tuviera una gota de auténtica sangre parnasiana. Yo me ocupaba fundamentalmente de la pintura y de los métodos de la magia china, pero en los años siguientes también fui profundizando cada vez más en la música. La ambición de mi vida posterior consistió en escribir una especie de ópera en la que la vida humana se tomase poco en serio en su llamada realidad, incluso se ridiculizase, pero que destacara el brillo de su imagen como valor eterno, como etéreo ropaje de la divinidad.
La concepción mágica de la vida siempre me fue muy querida; yo nunca fui un "hombre moderno" y siempre consideré que el "Goldener Topf" ("El puchero de oro") de Hoffmann, o incluso el de Heinrich von Ofterdingen, eran libros didácticos más valiosos que todas las historias universales y naturales (más aún, en éstas, cuando las leía, siempre había visto fábulas deliciosas). Pero entonces había comenzado para mí aquel periodo de la vida donde ya no tiene ningún sentido seguir desarrollando una personalidad acabada y más que suficientemente diferenciada, y seguir diferenciándola, cuando en lugar de ello pugna la tarea de volver a embutir el yo en el mundo y, en vista de lo efímero que es todo, recubrirse de los órdenes eternos e intemporales. Me parecía que expresar estas ideas o posturas ante la vida sólo se podía hacer a través del cuento, y como forma más elevada del cuento veía la ópera, probablemente porque no podía creer ya del todo en la magia de la palabra en nuestro profanado y moribundo lenguaje, mientras que la música me seguía pareciendo un árbol vivo en cuyas ramas todavía pueden crecer hoy las manzanas del paraíso. En mi ópera quise hacer lo que en mis poesías nunca había logrado del todo: darle un sentido alto y maravilloso a la vida humana.
Yo quería ensalzar la inocencia y la inagotabilidad de la naturaleza, y representar su evolución hasta el momento en el que, por el inevitable sufrimiento, se ve obligada a acudir al espíritu, al lejano polo opuesto, y la oscilación de la vida entre los dos polos que son la naturaleza y el espíritu se debía representar de forma alegre, lúdica y completa como la tensión de un arco iris. Pero lamentablemente nunca conseguí acabar esa ópera. Me pasó con ella lo que me había sucedido con la poesía. Había tenido que abandonar la poesía cuando vi que todo lo que me parecía importante decir ya se había dicho mil veces en el "Goldener Topf" y en Heinrich von Ofterdingen de modo más puro que el que yo habría sido capaz de conseguir. Por eso me fue así también con mi ópera. Precisamente cuando había terminado los largos años de estudios previos musicales y varios borradores de textos, y trataba de imaginarme otra vez con el mayor ahínco posible el verdadero sentido y el contenido de mi obra, de pronto percibí que con mi ópera no pretendía otra cosa que lo que ya estaba resuelto desde hacía mucho, de modo maravilloso, en la "Zauberflöte" ("La flauta mágica").Por eso abandoné este trabajo y me dediqué en cuerpo y alma a la magia práctica. Mi sueño de artista había sido una ilusión, pero si yo no era capaz de escribir un "Goldener Topf" ni una "Zauberflöte", entonces es que había nacido para ser mago.
Hacía mucho que había avanzado lo suficiente por el camino oriental de Lao Tse y del I Ching como para conocer con precisión la casualidad y la mutabilidad de la llamada realidad. Ahora forzaba mediante la magia esta realidad en el sentido que yo quería, y debo decir que me causaba gran placer. Sin embargo también debo reconocer que no siempre me limité a aquel amable jardín que se llama magia blanca, sino que de vez en cuando la pequeña llama viva también me hacía pasar al lado oscuro.A la edad de más de setenta años, justo cuando dos universidades me habían distinguido con la concesión del título de doctor honorífico, fui llevado ante los tribunales por seducir a una joven muchacha por medio de la magia. En la cárcel pedí permiso para dedicarme a la pintura. Se me concedió. Los amigos me trajeron pinturas y útiles, y pinté un pequeño paisaje en la pared de mi celda. Es decir, una vez más había vuelto al arte y todos los naufragios que ya había vivido como artista no me pudieron impedir en lo más mínimo vaciar de nuevo esa dulce copa, construir otra vez, como un niño en un juego, un pequeño y querido mundo de juguete ante mí y saciar mi corazón en él, desprendiéndome otra vez de toda sabiduría y abstracción y sintiendo de nuevo la primitiva alegría de engendrar.
Por lo tanto volví a pintar, mezclaba colores y mojaba el pincel, bebiendo otra vez con embeleso todos esos embrujos infinitos: el claro y alegre sonido del bermejo, el sonido puro y lleno del amarillo, el conmovedor y profundo del azul, y la música de sus mezclas hasta el gris más pálido y lejano. Feliz, como un niño, iba realizando mi juego de creación y pintaba un paisaje en la pared de mi celda. Ese paisaje contenía casi todo lo que me había producido alegría en la vida, ríos y montañas, mar y nubes, campesinos en la cosecha y un montón de cosas bonitas que me causaban placer. Pero por el centro del cuadro avanzaba un tren muy pequeño. Se dirigía hacia una montaña y ya penetraba con su cabeza en ella como un gusano en la manzana; la locomotora ya estaba en parte dentro de un pequeño túnel de cuya redonda boca salía un penacho de humo.Jamás me había encantado mi juego tanto como esa vez. A través de este retorno al arte no sólo olvidé que era un prisionero y un acusado, y que tenía pocas perspectivas de terminar mi vida en un lugar que no fuese una prisión, sino que con frecuencia olvidaba incluso mis ejercicios de magia y me parecía ser magia suficiente el que yo, con un fino pincel, crease un árbol diminuto o una pequeña nube clara. A todo esto la llamada realidad, ante la que yo de hecho había sucumbido por completo, hacía todos los esfuerzos por burlarse de mi sueño y por destruirlo una y otra vez.
Casi cada día venían a por mí, bajo vigilancia me llevaban a recintos extremadamente antipáticos, donde en medio de muchos papeles estaban sentadas personas antipáticas que me interrogaban, que no me querían creer, que me gritaban en la cara, que me trataban a veces como a un niño de tres años y a veces como a un taimado delincuente. No hace falta ser el acusado para conocer este extraño y en verdad diabólico mundo de los despachos, del papel y de los expedientes. De todos los infiernos que asombrosamente el hombre ha tenido que crear, éste siempre me ha parecido el más infernal. Basta con que quieras trasladarte de casa o casarte, obtener un pasaporte o un certificado de nacimiento, para estar ya en medio de este infierno, para que tengas que pasar ácidas horas en la habitación sin aire de este mundo de papeles, para que seas interrogado por personas aburridas y, pese a ello, precipitadas y amargadas, que te gritan en la cara, y las declaraciones más sencillas y ciertas no encuentran más que incredulidad, y de pronto eres tratado como un niño de escuela y de pronto como un criminal. En fin, todos lo conocen. Me habría ahogado y podrido mucho antes en el infierno de papeles si mis pinturas no me hubieran consolado y alegrado una y otra vez, si mi cuadro, mi hermoso y pequeño paisaje, no me hubiese dado otra vez aire y vida. Estaba yo ante ese cuadro en mi cárcel, cuando los guardias vinieron corriendo con sus aburridas citaciones y quisieron arrancarme de mi feliz trabajo.
Entonces sentí un cansancio y algo así como asco hacia todo aquel jaleo y toda esa realidad brutal e insensible. Me pareció que había llegado el momento de poner fin al martirio. Si no me estaba permitido jugar sin interrupciones a mis inocentes juegos de artista, tenía que utilizar una de esas artes más serias a las que me había dedicado durante algunos años de mi vida. Ese mundo no se podía soportar sin magia.
Recordé la norma china, estuve durante un minuto reteniendo la respiración y me desprendí de la ilusión de la realidad. Entonces pedí amablemente a los guardias que tuviesen un instante de paciencia, porque iba a subirme al tren de mi cuadro y allí tenía que revisar algo. Se rieron como hacían siempre, pues creían que yo estaba mentalmente perturbado. Entonces me hice pequeño y entré en mi cuadro, subí al pequeño tren y avancé con el pequeño tren por el pequeño túnel negro. Durante un rato se siguió viendo el penacho de humo salir del agujero redondo, después se disipó el humo y con él se disipó todo el cuadro y yo con él. Los guardias quedaron atrás, llenos de perplejidad.

EL MAPA POLÍTICO DE HERMANN HESSE. Por Paul Noack

La historia de recepción de Hermann Hesse es un ejemplo excelente de la comprensión alternante que muestran sus lectores; por cierto, es una comprensión que no sólo afecta al individuo lector, sino a colectivos enteros, a corrientes de la época y a posturas sentimentales. A lo largo de su vida - en primer lugar - fue prototipo de una juventud que sufrió bajo el yugo escolar del imperio. Además - en segundo lugar -, en la época de su Steppenwolf ("El lobo estepario"), en 1927, fue un representante temprano de la actual crítica de la civilización. En 1922, con su Siddhartha, pero también con su Morgenlandfahrt (""Viaje a Oriente"), publicada diez años más tarde, estaba considerado como un trabajador fronterizo que iba al país de la sabiduría oriental. Con su Glaseperlenspiel ("Juego de abalorios"), publicado en 1943 - en cuarto lugar -, pareció que recomendaba la salida de la autodestructiva vida activa europea que había llevado a dos guerras mundiales. De este modo - en quinto lugar - se convirtió después en una máxima figura de los hijos de las flores y los hippies de los años sesenta. En cualquier caso, así parece hoy, su imagen de la existencia individual humana que busca el camino de la plenitud por la vía del interior siempre estuvo en el centro de su interés, siendo por tanto una vía que apenas tenía en cuenta las realidades del entorno social y político.
Hesse debe su resonancia a esta imagen. Pero hay un malentendido de fondo si se le interpreta sólo en función de ella. Naturalmente que existe ese Hesse. Pero a lo largo de las décadas también existe el Hesse político. También existe el Hesse que se ocupó intensamente de las corrientes políticas de su época y de los estados en los que se representaba y se articulaba la política. Es necesario volver a situarle en primer plano porque, a pesar de los incansables y valiosos esfuerzos de su editor Volker Michels, hasta hace pocos años se difundía una moda de recepción que consideraba a Hesse como un poeta regional despreciable, intimista, pero limitado, incluso con aquel intimismo alemán que con el fortalecimiento de la sociología literaria se concebía como precursor del nacionalsocialismo. De hecho, en cierto modo Hesse es muy alemán, pero en el sentido que le dio Volker Michels cuando formuló lo siguiente: "Desde luego no era la sensibilidad política y la incorruptibilidad a lo que Thomas Mann se refería cuando escribió sobre Hesse: 'No hay nada más alemán que este poeta y la obra de su vida; nada más alemán en el sentido antiguo, alegre, libre y espiritual, a lo que el calificativo de alemán debe su mejor fama y la simpatía de la humanidad.' En este sentido no sólo es injusto - esto está a la orden del día en la competencia literaria y entonces habría que aceptar la sentencia -, sino simplemente incorrecto lo que escribió Gottfried Benn en el año 1946: "Hesse. Hombre de poca monta. Intimismo alemán que se presenta de forma colosal cuando en algún sitio se sufre o se inicia una ruptura matrimonial. En su juventud hizo algunos versos bonitos y claros. Al estilo de Thomas Mann. Por eso el premio Nobel encaja muy bien dentro de esta Europa empantanada."
Por eso intenté ya en otro lugar destacar las constantes políticas de Hermann Hesse. Este trabajo es en cierto modo una continuación y una ampliación del tema: son las constantes políticas de Hesse ejemplificadas en el entorno político en el que vive y que le agobia. Por sus reacciones se puede demostrar cómo en él la historia política, la historia de las ideas y también la crítica cultural constituyen una amalgama que no se puede disolver en cada caso concreto dentro de un ámbito limitado, pero que nunca se debería dejar de lado.
Las pruebas de ello son infinitas. Por mor de la claridad me limitaré en lo que sigue a sus cartas como fuente documental. En general, las cartas son la expresión no filtrada de lo que piensa una persona. ¿Qué diferencia un mapa político de otro físico? Es la nitidez de los contornos, son los colores claramente impresos, en los que las formaciones políticas que se llaman Estados no se diferencian por altos y bajos, por fecundos o estériles, por buenos y malos, capitalistas o comunistas, sino escuetamente por su tamaño geográfico. Las fronteras forman los dibujos, y no los fondos, no los sombreados, es decir, no el matiz, sino el contraste.¿Es eso también lo que diferencia el mapa político de Hermann Hesse de su mapa poético, es decir, no el matiz, sino el contraste? Sí y no. Como es natural, una valoración política, es decir, la valoración sobre un colectivo, un pueblo, una nación - los japoneses son... Gran Bretaña es... - siempre incluye también una generalización. El individuo (que por lo demás es la unidad básica del pensamiento de Hesse) se escapa fácilmente por las mallas, pierde su particularidad.
¿Es quizá por eso inadecuada al objeto la aproximación política generalizadora al objeto de la curiosidad científica que se llama Hermann Hesse? Naturalmente que no, pues es un hombre eminentemente político que desde esta perspectiva no fue honrado con frecuencia (aunque, por ejemplo Joseph Mileck, en su biografía publicada en idioma alemán, destaca cada etapa de la vida de Hesse también en el contexto político), y tiene su causa sobre todo en la afirmación muchas veces repetida por el poeta de que era un hombre profundamente apolítico, y fue creído sin discrepancia ni comprobación. Hesse es un excelente ejemplo de que la interpretación que hacen los poetas de sí mismos sólo se puede aceptar con precaución. Ahora bien, la estimación de sí mismo se basa en un malentendido especial, que se podría describir así: para ser un hombre apolítico es suficiente con no amar la política. Pero precisamente esto es insuficiente como definición. Para ser un hombre político - con simpatías y antipatías - es necesario sobre todo ocuparse de forma sistemática de las cuestiones políticas y sociales que apremian. Entonces no se pueden evitar las posturas ante ellas. No puede ser de otro modo. En este sentido, como hemos dicho, Hesse fue un hombre eminentemente político.
Pero los modelos del pensamiento político de Hesse no sólo se detectan en su contexto ideológico político. También se imponen en el contexto geopolítico. Por eso voy a documentar a continuación de qué modo los pueblos y los estados se reflejan en las afirmaciones de Hesse, tratando de comprobar hasta qué punto él se hace eco de los prejuicios en boga y hasta qué punto es originario u original, hasta qué punto - y esto es importante en este contexto - sabe separar las circunstancias espirituales intelectuales (es decir, las que no tienen lugar) de las observaciones (llamémoslas empíricas) en tiempo y espacio. Por lo tanto voy a tratar de seguir el rastro del mapa intelectual de Hesse en sus puntos de intersección con el mapa político. Por eso, en mi contexto no se hablará tanto del conocido hecho de que la obra de Hesse está impregnada de múltiples modos por influencias chinas e indias. Pero - como primer ejemplo de lo que pretendo decir - hay una frase del año 1911 que es interesante porque cultiva un criterio político genuino, cuando escribe: "Los [ ] indios son [ ] débiles y no tienen futuro. La impresión de absoluta fortaleza y futuro sólo la dan los chinos y los ingleses." De paso voy a resaltar dos zonas vacías en mi mapa político. No se rellenaron porque quedarían fuera del marco de la conferencia, por un lado, y, por otro, porque ya están suficientemente documentadas. En primer lugar es la relación de Hesse con Alemania y los alemanes, y en segundo lugar la relación de Hesse con Francia.
Con la cita de India y China se hace por primera vez referencia a lo claramente que Hesse sabe distinguir entre los logros culturales y de civilización de un pueblo o un Estado y sus manifestaciones políticas. Esta es una observación que se puede hacer a lo largo de las décadas. Si nos quedamos de momento en el gran trío de Asia, los chinos, los indios y los japoneses, es asombrosa la consecuencia que es capaz de sacar el poeta para separar la tendencia intelectual y la observación, la proximidad espiritual y la valoración política. Todavía en 1911, el mundo malayo y el indio (Ein Maskenball ["Un baile de máscaras"]) son el papel en el que se desarrolla su admiración por China: "El mundo chino me dio la maravillosa impresión de raza y cultura", dijo, pero ateniéndose completamente a la realidad cuatro años más tarde, en 1915, escribe con más conocimiento: "Los únicos en el mundo que tienen clara su meta y que la persiguen sin sentimentalismo son los japoneses." Sin embargo, por aquel entonces él confiaba en que los chinos, al igual que hicieran los griegos con los romanos, en principio vencerían intelectualmente a los japoneses. Esta valoración de Japón como la cultura menos original, pero más capaz de imponerse, la mantiene Hesse, apoyado por los hechos, durante muchas décadas, aunque muchas veces también con un acento negativo. Finalmente escribe en 1962: "Japón es el que más vorazmente consume mis cosas; aquella cultura está en plena disolución." Casi las mismas expresiones había utilizado ya 15 años antes, en 1947, para describir la situación de China. De China también escribió que estaba "en total disolución" y: "Pronto todos serán capaces de expresar sus aplanados impulsos e ideas en relaciones internacionales igual de aplanadas." Poco más tarde dice: "Desde que el comunismo, el nacionalismo y el militarismo se han hecho hermanos, Oriente ha perdido de momento su magia." Esa es también su última palabra por lo que respecta al contacto entre Oriente y Occidente. Los efectos de la influencia occidental se interpretan en conjunto como un aplanamiento de Oriente, como una occidentalización no motivada por nada, que tiene su causa en los desplazamiento del poder político, preparada por la época de entreguerras desde 1919 hasta 1939 y sellada con el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki en el año 1945.
Si nos quedamos un momento en China, en primer lugar se demuestra aquí, aunque no sea la única vez, con qué intensidad Hesse se hace eco de la escena internacional y también revisa sus juicios a lo largo de esta observación. Por ejemplo, en 1911 dice: "Sobre los chinos sólo se pueden decir grandes cosas [...] es un pueblo que impone", pero ya en 1925 relativiza este elogio porque, como él dice, "por mucho que se les admire, el espléndido orden moral es ajeno a los asociales." Finalmente, una frase del año 1955 suena como la despedida de una fascinación pasada: "Los chinos, en tiempos el pueblo más pacífico de la Tierra y más rico en proclamas antimilitaristas, se han convertido hoy en la nación más temida y despiadada. Han atacado de forma bárbara el sagrado Tíbet [...] y lo han conquistado, y continuamente amenazan al Tíbet y a todos los demás países vecinos."
Ya que omito Francia y Alemania, diré aquí algunas frases sobre la valoración de los británicos, de Gran Bretaña. Aunque en sentido contrario, también se someten a una valoración diferente. En conjunto les admira, sobre todo antes de la Primera Guerra Mundial. Pero al ascender al poder el régimen de Hitler, llega un cambio de tornas. En 1938 conmina a Inglaterra a que, en vista del "Tercer Reich", reconozca de una vez la verdadera situación política del mundo. Debido al tratado de Munich y a la política británica del "appeasement", destina a Chamberlain, que entonces era primer ministro británico, el epíteto de "burro viejo y dañino", que sin embargo se correspondía bastante con la situación de entonces. Más tarde, en 1946, saca únicamente a los ingleses del reproche de que los vencedores trataban a los demás en Europa "torpemente y de forma despiadada". Ese mismo año constata: "lo humanamente noble y digno de agradecimiento hace mucho tiempo que sólo se escucha ya de los ingleses." Aquí se ve lo siguiente: su rechazo a la moralización británica y su admiración por un pragmatismo europeo con tintes humanos mantienen su equilibrio a lo largo del tiempo.
Otra cosa sucede con los estadounidenses y los USA: el rechazo y la defensa se pueden seguir a través de casi todas las afirmaciones que hizo Hesse en relación con Estados Unidos como nación, los estadounidenses como pueblo, el 'american way of life' o la psicología política estadounidense. Sin ser injustos con él, se puede constatar que este rechazo de Estados Unidos y de los estadounidenses es una clave de crítica cultural, que se trataba de una abreviatura de los afectos generales contra la civilización. En pocas palabras, Hesse no ve en Estados Unidos otra cosa más que, en primer lugar, un comportamiento "europeo" excesivamente equivocado, y en segundo lugar ve que, para Europa, pueden convertirse en un peligro si ésta no quiere perder su identidad. "El" estadounidense sólo aparece titubeante en el horizonte del "europeo" Hesse, de modo que también la mención de los USA se produce de forma titubeante. Pero desde que se produce, el concepto tiene connotaciones negativas. Por otro lado, ya tras la Primera Guerra Mundial hace afirmaciones en las que distingue con nitidez entre lo que rechaza y lo que para él significa el aspecto subversivo estadounidense cara a Europa: "Los estadounidenses son un pueblo que más tarde nos habrá de devorar." El simplismo y la falta de espiritualidad son los atributos que aparecen una y otra vez desde los años veinte (y, dicho sea de paso, Hesse introduce precisamente en Steppenwolf ["El lobo estepario"] ingredientes de la civilización estadounidense - jazz, cine -, con asignaciones al menos ambivalentes).
En cualquier caso, en 1929 Hesse considera que el alemán moderno es "todavía más incómodo que el estadounidense" en su falta de espiritualidad, porque encima trata de jactarse de sus tradiciones. En 1930 añade sorprendentemente una reflexión al fenómeno en expansión de las "cartas en cadena", supuestamente con inspiración estadounidense, concretamente "sobre la impensablemente simplona e infantilmente ruda forma de pensar y de sentir del estadounidense, que en cuestiones de finanzas y de técnica es altamente refinado, pero en cuestiones de religión, de moral y del espíritu es un niño de tres años". Este exabrupto indiferenciado, porque se basa en prejuicios, tiene también sus efectos políticos. Así se explica por qué Hesse confía tan poco en Estados Unidos como potencia mundial después de 1945, cuando se trata de reordenar Europa. Su prejuicio adopta una figura en la afirmación de que probablemente los estadounidenses no saben 'lo que hacen o lo que deberían hacer'. Antes de terminar la guerra, durante la conferencia de Yalta de 1945, dijo: "Cuando leo cómo los estadounidenses quieren gestionar la futura Europa, recuerdo lo que dijo Confucio cuando estaba junto a un viejo chino: ¿no es ése el que sabe que no se puede hacer, pero lo hace? Sólo que el estadounidense no tiene ni idea de que está abordando algo que 'no se puede hacer'. Estas dos citas no son las únicas pruebas de una predisposición hacia un comunismo con tintes anarquistas. De ella se deriva el rechazo de un sistema político capitalista dominado por los grandes bancos, en el que - como ya dije - los USA son sólo una clave. Sobre todo, así se comprende que los USA en ningún momento fueron para él merecedores de una mención de alabanza. Estados Unidos es y sigue siendo para él un país con un estilo de vida excesivamente optimista, carente de reflexión, que - como ya mostró el ejemplo de las "cartas en cadena" - se ha difundido por todos los ámbitos de la vida, y con ello también domina en la política. Esto se aplica por ejemplo (1948) para la "estúpida idolatración de la juventud y lo juvenil, tal y como florece en Estados Unidos". En el año 1946 esto se valora como el "ataque ordenado de la barbarie contra nuestro Occidente moribundo", y en una crítica a Thomas Wolfe añade que "es demasiado americano, demasiado juvenilmente borracho de su propio mundo y dinámica". Al avanzar la edad, la valoración debida a la crítica de la época y la cultura se convierte en posturas políticas directas. Están alimentadas sobre todo por el temor a una futura guerra atómica y al maccartismo antisoviético que entonces se extendía. "En Estados Unidos", dice en una carta de 1955, "la gente que aboga por la paz y por la razón está tan proscrita como en el caso de usted." Lamentablemente su rechazo se fortalece por el hecho de que a mediados de los años cuarenta inicia una amarga disputa con el escritor Hans Habe, por aquel entonces oficial de prensa estadounidense, que le da otra vez alimento actualizado a su postura fundamentalmente antiamericana. Lo más extremo a lo que se atrevió desde entonces fue en 1961, es decir, poco antes de su muerte, cuando hizo una observación de este tipo: "Por suerte la América de hoy también tiene, además de la otra, rasgos interesantes."
Cuando el concepto anticapitalista del mundo que tiene Hesse se decolora sin ambages al aplicarlo a los USA como potencia política, en una época que pensaba de forma antagónica surge de modo automático la otra pregunta: ¿cuál era la postura de Hesse ante la otra potencia mundial, la Unión Soviética? Si bien su postura crítica está alimentada, por un lado, por un afecto anticapitalista, pero por otro lado también se dirigía hacia cualquier forma de poder estatal - ("Una indecente cantidad de poder malogra al ser humano indefectiblemente") -, entonces, al menos en cuanto al primer aspecto, en su caso la URSS lo tenía más fácil que los USA. Pero esto no indica que su postura frente a la URSS como Estado hubiese sido menos crítica que ante los USA. En 1956 fue una de las poquísimas veces que firmó una resolución política, una decisión contra la invasión soviética de Hungría, aunque no lo hizo sin expresar su valoración crítica de la relación entre el espíritu y el poder: "En general trato de evitar cuidadosamente la participación en estas acciones, ya que los exhortos y las protestas eternamente repetidos de los escribanos irresponsables en asuntos políticos tan sólo ponen aún más de manifiesto la impotencia de la razón, y debido a su frecuencia hacen que el dudoso valor de estas proclamas sea todavía más dudoso." El segundo reproche, el que hace al indecente exceso de poder, se lo hacía tanto a la URSS como a los USA. Si se siente la antipatía de Hesse hacia América como algo indiferenciado (los USA como clave del capitalismo), hay que señalar que él, que siempre estuvo próximo al ideal de un socialismo con rostro humano, nunca rindió homenaje a una adoración sin límites del socialismo de Estado de la URSS, como sí fue el caso durante los años treinta y cuarenta entre muchos otros intelectuales. Desde luego se sintió extraño en su mundo, y también lo achacaba a las circunstancias de su vida. Un ejemplo de esta enajenación es una carta del año 1922 que escribe a un amigo en Suiza: "Para mí, por ejemplo, la realidad del ambiente y la burguesía de Zug en la que viven es al menos tan fantástica, ajena e inconcebible como la Rusia soviética." Pero, con ello, al menos la Rusia soviética también se personifica como un extremo de lo que para él es extraño.
El rechazo incondicional de los USA se fundamenta en el hecho de que lo que venía de allí afectaba por vías indirectas a los círculos de su propia vida; por el contrario, la realidad soviética estaba lejana, era al mismo tiempo exótica. Y él siguió siendo extremadamente escéptico ante la voluntad soviética de paz. Por eso, después de la Segunda Guerra Mundial se negó sistemáticamente a intervenir en favor de las ofensivas comunistas de paz. Su argumentación también se mantuvo la misma: "Yo no soy amigo de América ni amigo de la guerra, pero tampoco soy amigo de la mentira ni de los innobles medios en la lucha política" (1951). Tampoco - escribió en 1950 - "lucharía por Truman ni por Stalin", sino que perecería con los millones de personas a los que ya no se les otorgaba ningún derecho a la vida ni al aire respirable. Incluso se vuelve contra interpretaciones de la historia contemporánea que ensalzan a Estados Unidos "porque mató a Hitler, pero callan el hecho de que al mismo tiempo armó a Rusia e inauguró la gran era del comunismo mundial" (1951). Con esta afirmación también piensa en el destino de Rumania, de la que procedía su esposa Ninon; sin embargo en él se encuentran con frecuencia similares valoraciones ambivalentes de la realidad soviética. Por decirlo una vez más: la animosidad visible y legible de Hesse contra los USA tiene su origen en que en ellos siente que hay un nuevo poder vital dominado exclusivamente por la técnica que, ya que son un espíritu del espíritu de Europa, es mucho más capaz que la URSS de poner en peligro las viejas tradiciones europeas. Para el poeta, a pesar de todas las limitaciones, constituyen el espacio vital y las ganas de vivir. Esto significa que el rechazo más bien instintivo de América y el temor a la amenaza y la destrucción de Europa son en él dos caras, las dos caras de la misma medalla.
Con esto llego al último capítulo: la postura de Hesse frente a Europa, ante la - si me permiten llamarla así - oportunidad europea (y sólo puedo hacer una referencia a la forma detallada con la que, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial y después de ella, fundamentó el declive europeo en los errores del Viejo Continente). La posición de Hesse como mediador entre la ilustración occidental y su afirmación de un individualismo extremo, y una relativización oriental de lo individual basada en la meditación - "China es superior en todas las virtudes hermosas, calladas, pasivas" (1915) -, se muestra muy claramente en la valoración de su continente y de su gente. Por un lado realiza ataques contra la incapacidad de Europa para orientarse a sí misma. En 1917, en medio de la guerra mundial, opina ante el "europeo" Romain Rolland: "Tampoco 'Europa' es para mí un ideal; mientras las personas se maten entre sí bajo la dirección de Europa, cualquier clasificación de las personas me resulta sospechosa." Por otro lado ya experimentó pronto estados de ánimo que correspondían al fin de los tiempos. En su vejez todavía escribió: "Desde muy pronto pude oler el ambiente de declive occidental." Pero esto no lo dice con la satisfacción del profeta, sino con la nostalgia del descendiente. Por eso, cuando en 1956 escribe: "estamos sentados sobre las bellas ruinas de nuestra cultura occidental, probablemente como una de las últimas generaciones", no es su última palabra. Él tenía con este declive una relación extremadamente ambivalente, desde luego influida también por Oswald Spengler, una relación que oscila entre la aceptación de lo que históricamente es supuestamente necesario y la protesta contra este destino. El ocaso de Europa era para él, por un lado, una parte de aquel "muere y sé" de los pueblos, sobre lo que en una carta del año 1920 dice de modo ejemplar: el ocaso de Europa "no es, naturalmente, ninguna cuestión de terremotos o cañones o revoluciones, sino que para cada uno es el momento de decir sí a la muerte de los viejos ideales y al surgimiento de nuevos matices e ideales." Dentro de la estructura así determinada, desde la Primera Guerra Mundial había perdido la "fe en un futuro mejor", y la historia universal le parece una "decadencia paulatina de un orden que fue divino", y escribió: "la historia universal es una mujer salvaje." Nada de esto le impide descubrir esta Europa, que para él no podía ser ningún ideal "mientras los hombres se maten entre sí bajo la dirección de Europa" (1917), sobre todo hacia el final de su vida, para sí y para los ideales que representaba. No se puede precisar claramente de dónde procede esta re-conversión europea, si se puede llamar así. Probablemente fue la amenaza militar real de Europa, fue la amenaza que eso implicaba a una forma de vida a la que el poeta estaba estrechamente unido y que había ejercido durante décadas. Eso hizo que su posible pérdida, que parecía aproximarse, la sintiera como una pérdida mayor que la que había sentido antes. La posibilidad de pensar se había convertido en una posibilidad política, y con ello aumentó de nuevo la identidad entre él y Europa. Posiblemente Hesse, en las últimas décadas de su vida, reconoció que las formas de vida espirituales también necesitan un entorno político real en el que se les permita florecer. La esperanza de 1917 ("ex oriente lux") de una renovación procedente del espíritu de Oriente - "en el montón de escombros culturales sobre el que hoy estamos quiere crecer la religión, quiere crecer el arte. Estas voces admonitorias indican el retorno a Oriente, a Lao Tse y a Cristo", tras dos guerras mundiales perdió para él contenido de realidad en vista del cambio en las circunstancias de la política mundial.
Después está la decepción sobre lo otro, lo no europeo, sobre los soviéticos y los estadounidenses, lo cual le hace decir en 1946: "Mientras tanto, lo que quedó de Europa está siendo apisonado por USA y por los rusos. Espero morir sin haberles hecho a estas potencias la más mínima concesión" (1946). No lo hizo. El poeta cansado de Europa y fugitivo de Europa se vuelve a convertir al final en alguien que retoma una posible misión de Europa, que la articula y, así, ve una tarea de futuro para el Viejo Continente. En este sentido, el testimonio más hermoso se encuentra en una carta a Thomas Mann de 1945: "La Europa a la que me refiero no será un baúl de recuerdos, sino una idea, un símbolo, un centro de fuerza espiritual, igual que para mí las ideas de China, India, Buda y Kung Fu no son hermosos recuerdos, sino lo más real, lo más concentrado y lo más sustancial que pueda existir." Así, Europa obtiene de nuevo una tarea. Lo que aquí parece una sucesión equivalente se expresa de modo más acentuado un mes después de finalizar la guerra. Ahí se expresa en voz alta el temor a que la pérdida de Europa como fuerza independiente signifique más que la mera sustitución de un centro de poder por otro. "Si Europa realmente se perdiera y sólo se convirtiese en un recuerdo", escribió entonces, "se habría acabado también el humanismo. En el fondo no puedo creer en ello." Esto también hace que en 1945 pueda escribir lo siguiente: "Descubro, por primera vez de nuevo al cabo de décadas, impulsos de nacionalismo en mi pecho, aunque no es uno alemán, sino uno europeo." Eso es lo que quería decir antes cuando hablaba de la ambivalencia de la voluntad europea de sometimiento y alzamiento, sólo cinco o seis años después de un veredicto que no podía ser más fatalista: "Considero que el proceso de descomposición de la moral del Estado y la política de violación es imparable; no creo que ninguna nación y ninguna constitución del mundo estén seguros contra la caída o la violencia" (1940). La historia - que aquí estaba alumbrando la época nazi - le había enseñado algo distinto.
La fe en la opción europea, en la oportunidad europea, en la misión europea, siguió siendo para él la última palabra, él, que en sus años de juventud y de madurez tuvo que recoger experiencias fuera de Europa porque corría el peligro de ahogarse con lo que le rodeaba. Como ya cité, en los últimos años el anciano se enriqueció con las dolorosas experiencias que vivió por China - el ejemplo indio apenas debió consolarle -, es decir, se empobreció. Sigue siendo asombroso que hasta sus últimos días no se cierra a la experiencia política, ni tampoco a la experiencia de cómo el espíritu y la política de un pueblo y un Estado pueden ir por caminos tan dispares, que el mundo real es capaz de asesinar al mundo ideal, y cómo entonces el origen europeo insiste en su derecho al primer nacimiento. Desde luego está convencido de la necesaria reconciliación entre Oriente y Occidente. Y para él, uno de los primeros de su especie, que hoy llamamos ecologistas, el riesgo de asolación de nuestro planeta siempre se convierte en una pesadilla. Pero esto sería otro capítulo.
Resumiendo, para mí hay sobre todo dos conclusiones clave. La primera reza: al igual que en la observación y la valoración de las corrientes e ideologías políticas, se demuestra de nuevo que durante décadas Hesse (quizá aparte de su más temprana fase de formación) no sólo fue un observador de la escena nacional, sino también de la internacional, de las relaciones internacionales; desde luego no fue un observador profesional, pero sí uno muy vivo. Rara vez, aparte del caso de los USA, un prejuicio nubla su sentido de la realidad obtenido por la experiencia directa o la indirecta. En segundo lugar: la valoración de los Estados y las naciones se adapta bastante a los tiempos que corren, porque se obtiene de los tiempos que corren. Ya he hablado de la excepción de los USA. Aquí él percibía la amenaza por un parentesco - digamos - pervertido, mientras que comprendía y estimaba a muchos otros Estados y pueblos precisamente por sus estructuras espirituales polarizadas. Precisamente la observación del mapa político de Hermann Hesse permite por tanto sacar la conclusión de que la comprensión de este poeta como un ser apolítico se basa en un malentendido, que su mapa tiene un componente político genuino.

TRES NOVELAS. Por Valmore Muñoz Arteaga

Es probable que uno de los escritores más leídos por la juventud mundial en los últimos 40 ó 35 años sea el alemán Hermann Hesse, quizás a ello se deba su reducción a escritor juvenil, malogrando con el mote toda una filosofía de vida expuesta en miles de páginas, miles de reflexiones, miles de acordes de una sinfonía universal. Sus trabajos son todos fundamentales, uno es un complemento del otro; sin embargo, son los tres los que pueden situarse entre los libros publicados más famosos y más leídos de mundo: Demian, Siddhartha y El lobo estepario. La primera es publicada en 1919 trata de un niño llamado Emil Sinclair y su proceso de aprendizaje espiritual. Un niño que abandona la candidez y los temores propios de la infancia al conocer a un enigmático compañero de aula llamado Max Demian. Demian le transmite a Sinclair una visión diferente al mundo abonado por la religiosidad y las tradiciones familiares. Sinclair abre los ojos a las contradicciones de la vida aburguesada llevada hasta ahora. La segunda fue publicada en 1922, trata del joven hijo de un brahmán que abandona la casa en busca de la verdad y la liberación. Parte a la aventura con su amigo Govinda, quien lo acompañará hasta un trecho del camino donde se separan. Siddhartha no halla lo que está buscando en ninguna secta o mesías religioso, cuya sed de saber conduce al mundo de los sentidos y, finalmente, al río por el que discurre la vida. El tercero de los libros, quizás su obra más celebrada, aparece en 1927. Aquí el protagonista es un quincuagenario enigmático y solitario al que no se le conoce ocupación alguna, se refugia en una pensión de la que sólo sale ocasionalmente. Un día desaparece dejando en la pensión un cuaderno de notas en donde narra su existencia de lobo estepario, que comprende una extraña velada en el Teatro Mágico.
Tres novelas, realmente, contundentes. En las cuales pueden encontrarse la ideas que desvelaron a Hermann Hesse durante toda su vida y que coronaría en la que sería su última obra maestra El juego de los abalorios. Tres novelas que comprenden los años de entreguerras y la visión que sobre ellas se forjaría un espíritu dominado por la paz, la armonía y la vehemente búsqueda de una conciencia que pudiese respirar por encima de la realidad, su realidad de lobo estepario.
Demian es la primera grande obra de Hesse, a pesar de que ya había publicado Peter Camenzind y Bajo la Rueda. Podríamos decir que la novela nace un 12 de septiembre de 1917, ya que, afirma Hesse que esa noche tuvo un sueño en donde se le había aparecido el protagonista de la novela. Al inicio de la novela, el lector, encontrará una especie de declaración de principio: "Quería tan sólo intentar vivir aquello que brotaba espontáneamente de mí ¿Por qué había de serme tan difícil?" Esta breve introducción presenta los grandes temas que se desarrollarán a lo largo del libro. Frase que hace más curiosa cuando notamos que Demian es el libro del despertar de Hesse como artista y como hombre: "es el primer libro que publica Hesse después de su noche oscura" (Alicia Thiele) Hesse entiende que la obra intenta, básicamente, desarrollar la fantasía de los lectores y su capacidad de pensar e imaginar el mundo, advirtiendo que cada quien debe hacerse de sus propios medios parta encontrarse: "La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede".
Emil Sinclair, que es Hesse mismo, vive entre dos aguas, dos mundos definidos perfectamente y que, por si fuera poco, eran radicalmente antagónicos. Un mundo lleno de luz, conformado por su familia, la religión, el orden, la escuela, las tradiciones burguesas; y, un mundo oscuro poblado por la servidumbre, historias de sombras y chismes de escándalos. Los dos mundos muchas veces se confunden y entrelazan, incluso en la seguridad de la vida hogareña del pequeño Emil. Demian es un entramado en donde Hesse se luce como traductor de los estados emocionales de los adolescentes, con sus miedo y preocupaciones, quizás se deba estos a que no creemos que Hesse abandonara del todo su propia juventud, permaneció aferrado a ella por muchos años. Es probable que a esto se deba lo que anotábamos arriba, que su obra es más apreciada por los jóvenes, que se identifican con cada personaje rebelde que abundan en sus páginas. En otra novela corta titulada Klein y Wagner, Hesse vuelve a manejar la temática de la niñez-juventud así como lo hizo en Demian. Los hombres, con excepción de algunos seres privilegiados, sólo en la niñez y primera adolescencia, son capaces de profundas transformaciones. Esto lo exploto muchas veces Hesse. Escribe Alicia Thiele: "El adulto ya no hace más que clavarse hacia adentro las espadas con que iba a conquistar el mundo; trata de adaptarse, de asegurarse". A lo que apunta Erich Kästner, escritor alemán de novelas infantiles: "La mayoría de las personas abandonan su infancia como a un viejo sombrero. La olvidan como a un número de teléfono que ya no sirve. Antes eran niños, luego se hicieron adultos, pero ¿qué son ahora? Sólo aquel que se convierte en adulto pero sigue permaneciendo niño, es un ser humano" Más o menos en esa onda se encontraban J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis, más adelante Michael Ende.
Entre los otros temas planteado por Hesse en Demian se encuentra el de la existencia de un linaje, el linaje de los elegidos. Un linaje que nace de sus innumerables lecturas de Nietzsche. En la novela se habla de una raza de seres superiores que se alzan entre la muchedumbre con autoridad. Estas ideas hicieron que algunos asumieran a Hesse como un auspiciador del fascismo alemán, aunque sus planteamientos artístico poco tuviera que ver con Hitler y sus ideólogos.
En otro capítulo vuelve a asomarse la bigotuda fisonomía nietzscheana. En el episodio de Caín y los dos ladrones puede verse al filósofo golpeando a martillazos el ideal cristiano y que había asesinado con sus propias manos a Dios. En el capítulo se deja leer el espíritu transgresor de Hesse. Sinclair se encuentra en plena pubertad después de haber perdido el contacto con Demian, nuevamente se encuentran en las clases que los prepararán para la Confirmación. Durante estas clases, Demian desnuda toda su teoría acerca del poder mental con la siguiente idea: "Cuando un animal o un hombre orienta toda su atención y toda su voluntad hacia una cosa determinada, acaba por conseguirla [...] Si observamos a un hombre con atención suficiente, acabaremos por saber de él mucho más que él mismo". Más adelante agrega, entrando en detalles bíblicos: "El espectáculo de las tres cruces alzándose juntas sobre la colina es imborrablemente sublime. Pero luego viene esa anécdota sentimental del buen ladrón. Ha sido toda su vida un criminal, ha cometido Dios sabe cuántas infamias y ahora se derrite y llora arrepentido y contrito. ¿Quieres decirme qué sentido tiene este arrepentimiento a dos pasos del sepulcro? No es más que una anécdota devota, dulzona y falsa, suntuosamente aderezada y con un fondo muy edificante. Si hoy tuvieras que elegir por amigo a uno de los dos ladrones o meditar en cuál de ellos podrías depositar mejor tu confianza, no elegirías a ese converso plañidero. Escogerías, desde luego, al otro que es un tipo con carácter".
Un dato interesante en Demian es la inclusión por parte de Hesse de la doctrina jungiana. La novela está repleta de las teorías de Carl Gustav Jung. "Cada uno de nosotros contiene el ser total del mundo, y del mismo modo que nuestro cuerpo integra toda la trayectoria de la evolución, hasta el pez e incluso más atrás aún, llevamos también en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas de los hombres. Todos los dioses y todos los demonios habidos, sean entre los griegos, los chinos o los cafres, todos están con nosotros, están presentes, como posibilidades, deseos o caminos. Si toda la humanidad muriese con la sola excepción de un niño medianamente dotado, este niño superviviente volvería a hallar el curso de las cosas y podría crearlo otra vez todo, dioses, demonios y paraísos, mandamientos, antiguos y nuevos Testamentos".
Tres años después publica Siddhartha. Esta novela parte de lo narrado en un cuento publicado por Hesse en 1910, llamado La leyenda del rey indio. En esta novela, Hesse, volverá otra vez al mundo de su juventud, a los cuentos que su madre le narraba, "sus luchas y sus amores, un pedazo de vida ascética y contemplativa, visiones de viajes, anhelos de calma y perfección, todo se funde en la vida de Siddhartha" (Thiele). En 1920 inició la redacción de lo que sería la primera parte de la novela. La segunda parte no fue iniciada hasta que se logró sumergir en el estudio y la meditación. Durante este período Hesse inició su amistad con Jung, quien le asesoró y lo guió en los vericuetos del mundo del psicoanálisis. El contacto de Hesse con la India no sólo viene por las estancia de sus padres y de su abuelo en el misterioso mundo, sino que él mismo emprendió dos viajes hacia ella. El primero en 1911, viaje que significó una gran decepción para él, ya que estando en el corazón espiritual del mundo se dio cuenta de cuán occidental era.
La novela nació con el visto bueno de la crítica y los lectores, fue la obra que acercó a Hesse a un público aún más amplio. Nace la moda Hesse entre los jóvenes ya hastiados de la Europa de entreguerras pusieron los ojos, a través de los de Hesse, en Oriente. "El impacto social de la novela fue asimismo muy importante en Estados Unidos, aunque su publicación llegaría a los lectores anglosajones con tres décadas de atraso" (Katinka Rosés Becker). Uno de los escritores estadounidenses que más insistió en la importancia de esta novela fue Henry Miller, quien en 1948 se empeñó apasionadamente en que se tradujera al inglés la novela, además de ofrecerse a hacerle una introducción.
Hesse parece inspirarse en la vida del legendario Buda, marcando cierta distancia, ya que en uno de los capítulos estos se encuentran y tienen una conversación fundamental en la historia. El Siddhartha de Hesse no es más que la reformulación de la vida del Siddhartha real. Sobre esto apunta Ziolokowski: "A ambos se les atribuye el haber sido los primeros entre sus prójimos, cuando niños, en todas las competiciones. Buda dejó a su mujer y a su hijo recién nacido para convertirse en un asceta: Siddhartha abandona a su amada Kamala y a su hijo no nacido aún con igual finalidad. Ambos pasan un período entre los ascetas, aprendiendo la práctica del yoga. Buda pasó seis años meditando en la ribera de un río; Siddhartha pasa sus últimos años junto al río, en donde le llega su revelación final... una visión del mundo como simultaneidad y totalidad".
Si intentamos un adjetivo para la novela este no sería otro sino búsqueda, búsqueda del sentido del mundo y de sí mismo. Una búsqueda que algunos críticos han dividido en dos partes denominándolas de esta forma: a) una primera parte en donde se narran las cuatro nobles verdades: La verdad del sufrimiento, de la causa del sufrimiento, de la cesación del sufrimiento y hacia la cesación del sufrimiento; b) una segunda parte que surge de la cuarta noble verdad: Noble sendero óctuple: visión, emoción, discurso, acción, vida, esfuerzo, conciencia y meditación perfectos.
Qué tantos lectores atrajo Hesse hacia sí, no podemos determinarlo, lo que sí podemos afirmar es que tradujo con bastante éxito al gusto occidental la sabiduría oriental, en la que el budismo es preponderante. Durante la década de los sesenta nació una moda hacia lo oriental, por un lado, la poderosa influencia ejercida en la juventud la música de los Beatles, quienes agregaron a su repertorio parte de esa sabiduría, fundamentalmente a través de las canciones de George Harrison, y por otro lado, la literatura de Hesse. Sin embargo, Hesse no será el primer intelectual en ver al budismo una posibilidad al materialismo abundante, ya Schopenhauer y Nietzsche lo habían descubierto.
Sin embargo, la obra que catapultaría a Hesse a la inmortalidad es su malinterpretado Lobo estepario. Y afirmo malinterpretado debido a un epílogo escrito por el mismo Hesse en 1941: "Siempre me ha parecido que El Lobo estepario es el libro mío peor comprendido de todos y con más frecuencia, y son numerosos precisamente los lectores aprobadores y hasta los entusiastas, y no los recusadores, los que se han manifestado sobre el libro de una manera sorprendente para mí". Con esta introducción se hace cuesta arriba intentar algunas palabras acerca del libro, pero siempre he creído que la interpretación de un libro o una pieza artística es una actividad en donde no se involucra el creador, es algo sumamente íntimo entre la obra y el espectador, bajo este salvoconducto me destino a tejer algunas líneas sobre El lobo estepario.
La novela nace en un momento de esparcimiento espiritual y emocional de Hesse, quien estaba próximo a cumplir los cincuenta años. En ese momento viví una segunda adolescencia en los bares de Zurich, así como muy bien lo aprendieron a hacer Emil Sinclair y Peter Camenzind. En enero de 1927 concluyó el original para aparecer en junio en las principales librerías de Suiza. En ella Hesse se aventura por los caminos de la psicodelia que se pondrá de moda a finales de los años 60, en vista de ello, la novela sería tremendamente difundida dentro del movimiento hippie europeo y norteamericano.
Esta novela conjeturó la ruptura de Hesse con todo cuanto había trabajado hasta ahora, algunos la asumen como su obra más occidental. "Tanto en lo personal como en lo creativo, el autor se había propuesto dejar atrás toda su etapa anterior y partir de cero" (Katinka Rosés Becker) La novela es una aproximación al expresionismo que empezó a influir en la literatura alemana alrededor de 1910 como reacción frente al naturalismo y el impresionismo, que se preocupaban principalmente de la representación realista de la existencia, el nuevo movimiento tenía por objeto la expresión o representación de los sentimientos, experiencias y reacciones interiores del artista o escritor. Defendía el retorno del hombre originario y el nacimiento de una humanidad libre y más reflexiva de sus propias posibilidades. Hesse enjuicia al mundo contemporáneo desde ojos contemporáneos con medios contemporáneos. El paisaje propio de las primeras obras de Hesse que rayaba con sus experiencias románticas fue sustituido por la ciudad, por míseros bares y cabarets donde los últimos bailes eran la prerrogativa. La ciudad se hacía protagonista del relato, bajo su égida, el autor construía y destruía las bases de la modernidad.
La obra se sostiene sobre la base ya expuesta por Goethe en el Fausto acerca de la doble identidad que se debate en el alma del hombre. En el caso Hesse, una doble fase licantrópica que lucha por imponerse. Por momentos domina el hombre, pero en otros asume la dirección el lobo. Es la guerra de los mundos de Hesse. Un mundo interior en donde Goethe y Mozart asumen el rol modélico de conductas y un mundo exterior sensual en donde reina jazz y las emociones fuertes, algo similar al doble mundo en la vida de Sinclair.
Un tema que aparece en El lobo estepario y en otros obras de Hesse como, por ejemplo, Bajo la ruda, es el del suicidio. Durante casi toda la obra Harry Haller coquetea con la idea de quitarse la vida no bien arribado a los cincuenta años. Inmediatamente nos viene a la mente el largo historial de escritores que hicieron del suicidio una delicada herramienta literaria, una vena que tiene en Goethe y su Werther el más importante icono, pero que también incluye a poetas de la altura de Hölderlin, Novalis, Heine, entre otros. Alguna vez se le acusó a Hesse de promover el suicidio con sus obras, específicamente El lobo estepario, a lo cual respondió: "Usted ha tenido la comprensible necesidad de endosar a otro parte de la culpa paterna que le corresponde por la muerte de su hijo, y lo hizo en mí mediante una carta que no es cortés, ni prudente [...] Si se hubiera esmerado en leer y entender 'El lobo estepario' hubiese advertido que no es la historia de una decadencia, sino la una crisis y salvación y que Harry no es un decadente, sino un individuo capaz de vivir" Cosa que no hace el protagonista de Bajo la rueda, Harry se mantiene vivo y salvado de su propia miseria burguesa.
El lobo estepario es un libro visionario, tanto como visionarios son La metamorfosis y El proceso de Kafka, ya que describe a la perfección la locura que representaron los años veinte, la alegría y jolgorio que se escondía detrás de una libertad mal disfrutada. Años veinte que escondían en sus intestinos la podredumbre y la más oscura miseria humana, en el corazón de la libertad de los años veinte se incubaban los huevos del basilisco: el fascismo y la guerra.
Hesse es un tipo de escritor capaz de experimentar renacimientos. No se me hace raro ver a alguien con un libro suyo en las manos, ávido de nuevas emociones y excelsos sentimientos. Un mundo acéfalo de sentimiento, Hesse se transforma en un puente eminentemente necesario por su poco convencional tratamiento de la sensibilidad, por su rebeldía juvenil aún vigente. La obra de Hermann Hesse es una camino hacia un mundo que sobrepasa las expectativas de la cotidianidad de nuestro mundo real. Demian, Siddhartha y El lobo estepario pueden ser consideradas perfectamente novela iniciáticas hacia un pensamiento universal en donde el espíritu es siempre protagonista.

LA FALSIFICACIÓN DE HERMANN HESSE. Por Miguel Serrano

Tuve la suerte de ser amigo del gran escritor alemán. Aun después de su muerte, y habiendo abandonado ya la diplomacia, habité por diez años la antigua casa Camuzzi, en Montagnola, en la Suiza italiana. Fue ésta la primera casa de Hesse en ese pueblito de montañas, vecino de Lugano......
Es absolutamente absurdo creer que Hermann Hesse "pasó de moda", como un escritor para la juventud de hace cuarenta años. En verdad, a Hesse lo pusieron artificialmente "de moda" y lo usaron con fines precisos para desorientar a las nuevas generaciones de los años cincuenta y sesenta. Recuerdo muy bien que "SurkhamVerlag", el editor alemán de Hermann Hesse, tenía por obligación vender cuarenta mil ejemplares al mes de la obra de Hesse y, para ello, se valía de toda clase de publicidad y presión sobre las jóvenes generaciones de la época. Fue así como en EE.UU. se falsificó y transformó a Hermann Hesse, haciéndole aparecer como un "hippie", propiciador de la droga, etcétera......
Un día los hijos de Hermann Hesse me buscaron en Montagnola para consultarme sobre la inminente adaptación al cine de "El Lobo Estepario". Querían conocer mi opinión al respecto. Acompañaba a Heiner Hesse el productor norteamericano y guionista del pretendido filme. Les respondí diciéndoles que yo recordaba muy bien una conversación con Ninón Auslander, la última esposa de Hermann Hesse, quien me había revelado la opinión de su marido (que también era la suya) en contra de cualquier filmación o televisación de sus obras. Además, esto aparecía en el testamento de Hermann Hesse, agregándose una salvedad: sólo si sus hijos estuvieran en mala situación económica, él aceptaría que llevaran al cine alguno de sus libros. Pregunté a los hijos de Hermann Hesse si éste era el caso. Me respondieron que no, pero que ellos aceptaban la filmación a objeto de "ayudar a las juventudes del mundo". Se despidieron y me dejaron el manuscrito de un proyecto cinematográfico para la novela "El Lobo Estepario". Me encarecieron que les diera mi opinión. Debo decir que el autor del libreto era el mismo director de la obra de James Joyce, "Ulises", que también fue llevada al cine......
Leí el texto y, con verdadera sorpresa, descubrí la invención de largos párrafos, que jamás fueron escritos por Hermann Hesse......
Llamé por teléfono a Heiner Hesse y nos volvimos a encontrar con el guionista en Montagnola. Les hice presente mi opinión. Aceptaron que era un agregado, hecho a conciencia. Después de esa explicación no me quedó más que devolverles el borrador del libreto, diciendo que yo me oponía a la filmación......
"El Lobo Estepario" fue llevado al cine sin mayor éxito.
Releer a Hesse

..... Desgraciadamente, el profundo escritor y poeta Hermann Hesse fue falsificado y vulgarizado por un mundo de decadencia. Necesita ser releído hoy por los mismos que antaño se estremecieran con su misterio. "Demian", por ejemplo, fue siempre entendido por los serios lectores de esa época como una obra simbólica, donde, además, se refleja la leyenda masónica de Eva y los "'Hijos de la Viuda"' (Demian, uno de ellos), y Sinclair (nombre representativo de los grandes maestros hereditarios de la Masonería escocesa), quien también interpreta la concepción junguiana del "Self"', o del Sí-Mismo, con el"ánima" ya unida al Sí-Mismo; el Hombre-Absoluto. Eso es el personaje de Demian (el "Self", de Sinclair). Demian también es un seguidor del Dios gnóstico, Abraxas, que reúne en sí los opuestos......
Ahora bien, "El Lobo Estepario" es un maravilloso juego en la línea de "La Flauta Mágica", de Mozart (músico que Hermann Hesse admiraba). Pamino y Pamina, Papageno y Papagena, en la obra de Hesse son Hermann (Harrier) y Hermine, el femenino de Hermann (desgraciadamente, en la traducción al español se ha cambiado el nombre de Hermine). Es decir, en esta obra de nuevo se presenta el misterioso y profundo juego metafísico de Mozart y de Jung, de Orfeo y de Platón: del "ánima" y del "ánimus"......
Sobre la más trascendental obra de Hesse, "El Juego de Abalorios", declaraba el Secretario General de las Naciones Unidas de los años sesenta, Hammarskjöld, que si él fuera confinado en una isla solitaria, lo único que desearía tener consigo sería esta obra maravillosa. Y Henry Miller, autor de "Trópico de Cáncer", me escribía diciéndome que para él "Siddharta" era el libro más importante que había leído, porque, en unas pocas páginas resumía todo el Budismo Zen. Y me contaba, también, que en su cabecera siempre tenía el libro "El Círculo Hermético", sobre mis conversaciones con el escritor. Desgraciadamente, no había podido conocer personalmente a Hermann Hesse, porque, habiendo ido a visitarlo a su casa en Montagnola, se encontró en el portón de entrada con un letrero escrito en alemán que decía: "Bitte keine Besüche". Miller conocía el alemán y pudo traducirlo: "Por favor, no se admiten visitas". Por suerte yo no sabía alemán, pude entrar, ser recibido por Hermann Hesse y hasta el día de hoy sentir que fui un agraciado, un bendecido por los dioses, por haber llegado a conocerlo y a honrarme con su amistad......
En recuerdo de esos grandes tiempos y de ese misterio he deseado escribir estas líneas, haciendo ver que Hermann Hesse es un escritor eterno, no de una época determinada, sino para la inmortalidad...... ¡Sí! Hay que volver a leer sus libros. Y resucitarlo...

EL ETERNO RETORNO DE HERMANN HESSE. Por Rubén Loza Aguerrebere

Alto y delgado, de rostro anguloso, con los lentes de aro redondo sobre los azules ojos enfermos, el tiempo fija, de Hermann Hesse, una imagen fresca y esencialmente joven.

La suya es una de esa figuras que no acusan los efectos del paso del tiempo, pues, aún ajándolas, la embellecen, ya que le añaden sabiduría, gravedad y hondura. Y la verdad es que desde 1962, cuando su existencia se apagó en la pequeña aldea de Montagnola, donde tomaron forma algunos de sus grandes sueños, el viejo maestro no ha dejado de interesar a los nuevos lectores. Especialmente a los jóvenes. Y por ello, y aún hoy, sigue ejerciendo un encanto especial, razón por la cual periódicamente sus libros retornan. Y los jóvenes a él. Es, por así decirlo, su acaso su contemporáneo.

Y bien, la noticia es grata para sus buenos lectores: acaba de publicarse un nuevo libro del escritor, titulado Relatos esenciales (Sudamericana); y, en este sentido, debemos consignar que las piezas que lo componen tienen una frescura casi matinal. Una vez más su clara visión del mundo se hace presente en atractivas historias que son un espejo de su río vital. Hermann Hesse ha cumplido, una vez más, con su eterno retorno. Desde su juventud tuvo una fe avasalladora en la literatura; no era un pasatiempo, para él, sino un oficio; un sentimiento pasional, que practicaba con su ser entero.

En estos relatos esenciales hallamos un sensible escritor que pinta con palabras paisajes, hombres y mujeres. Habla de recuerdos infantiles, de los jóvenes a quienes sorprenden las primeras agitaciones del amor, describe a figuras de la literatura e, incluso, se divierte contando sus propias andanzas como escritor/conferenciante. El libro tiene, en fin, la casta espiritualidad que, andando el tiempo, mostraría con más énfasis en sus obras más poderosas.

En su extensa vida, Hermann Hesse fue mostrando una comprensión cada vez más severa del hombre y del mundo. Así lo hacen notorio algunos de sus clásicos libros, como El lobo estepario, donde mostró que en el interior del hombre habitan muchos hombres, y sobre todo en El juego de abalorios, texto donde afinó su lengua al máximo y que, publicada en 1939, fue un paso decisivo hacia el Premio Nobel literario, que le fue concedido al terminar la guerra, en 1946.

Mientras los escritores de su generación se enredaban en las palabras, él se refugiaba (al igual que André Gide) en la sobriedad artística, que fue su sello enteramente personal, donde la precisión del lenguaje coincidía con las vivencias de las personas sobre las cuales escribía. Ello es por demás evidente así como delicioso en estos bienvenidos Relatos esenciales.

A través de estos relatos, que van desde 1904 hasta el año 1925, podemos seguir su crecimiento mental y espiritual, de la misma manera que advertimos el desarrollo estilístico. ¿Qué son? Pequeñas fotografías del alma, de un autor fiel a los horizontes que se abren hacia dentro, y cuyas sus historias, grandes o pequeñas, son claras y afirmativas visiones de los valores del arte, del pensamiento y de la vida.

Hermann Hesse recordó la bueno y olvidó lo malo; y escribió, siempre, a la sola luz de la candelita de su espíritu.

Hermann Hesse, Relatos esenciales, Sudamericana, Buenos Aires, 2003.

DENTRO Y FUERA. Por Hermann Hesse

Había una vez un hombre llamado Frederick; se dedicaba a tareas intelectuales y poseía una amplia extensión de conocimientos. Sin embargo, no todos los conocimientos significaban lo mismo para él, ni apreciaba cualquier actividad intelectual. Tenía preferencia por un cierto tipo de pensamiento, desdeñando y detestando los otros. Sentía un profundo amor y respeto por la lógica -ese método admirable- y, en general, por lo que él llamaba "ciencia".
"Dos y dos son cuatro -acostumbraba a decir-. Esto es lo que creo; y el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de esta verdad."
No ignoraba, sin duda, que existían otras clases de pensamiento y cultura; pero no los consideraba como "ciencia", y tenía una pobre opinión de ellos. Aunque librepensador, no era intolerante con la religión. La religión estaba fundada en un tácito acuerdo entre científicos. Durante varios siglos su ciencia había abarcado casi todo lo que existía sobre la tierra y era digno de conocerse, con una sola excepción: el alma humana. Con el transcurso del tiempo, se convirtió en costumbre abandonar esta materia a la religión, y permitir sus especulaciones sobre el alma, aunque sin considerarlas seriamente. Según esto, Frederick era también tolerante en lo referente a la religión; no obstante, todo lo que significaba superstición le era profundamente odioso y repugnante. Pueblos lejanos, incultos y retrasados podían recurrir, a ella; en la remota antigüedad podía admitirse el pensamiento místico o mágico; pero con el nacimiento de la ciencia y de la lógica esas anticuadas' y dudosas herramientas carecían de sentido.
Eso es lo que decía y lo que pensaba. Cuando aIgún vestigio de superstición aparecía ante él, se encolerizaba Y sentía como sí hubiese sido atacado por algo hostil.
No obstante, lo que más le irritaba era hallar tales vestigios entre hombres de su propia clase, educados y versados en los principios del pensamiento científico. Y nada le era tan doloroso e intolerable como el concepto escandaloso -que había oído recientemente formulado mulado y discutido incluso por hombres de gran cultura-, la idea absurda de que el "pensamiento científico" no era posiblemente, un hecho supremo, independiente del tiempo, eterno, preordinado e inexpugnable, sino sólo uno de tantos, una transitoria manera de pensar, no impenetrable al cambio y a la decadencia. Esa creencia irreverente, destructiva y venenosa se extendía; ni el propio Frederick era capaz de negarlo; había surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la guerra, la revolución, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual escritura de una blanca mano sobre un blanco muro.
Mientras más sufría Frederick por la existencia de esa idea y por lo profundamente que lograba afligirle, más apasionadamente la atacaba, tanto a ella como a aquéllos a quienes sospechaba sus secretos defensores, Hasta entonces sólo muy pocas personas verdaderamente cultivadas habían proclamado abierta y francamente su fe en la nueva doctrina, que parecía destinada, de lograr difusión y fuerza, a destruir todos los valores espirituales sobre la tierra y a provocar el caos. Pero la situación no había llegado aún a tal extremo, y los dispersos mantenedores, eran tan pocos en número, que cabía considerarlos como casos singulares y excéntricos, elementos peculiares. Pero una gota del veneno, una emanación de esa idea, podía ser percibida en cualquier momento. De un modo u otro podían surgir entre el pueblo y los medios cultivados una serie de nuevas doctrinas esotéricas, con sus sectas y discípulos; el mundo estaba lleno de ellas, por doquier se veía amenazado por la superstición, el misticismo, los cultos espirituales, y otras fuerzas misteriosas, a las cuales era necesario combatir, pero la ciencia, por un particular sentimiento de debilidad, les había concedido hasta el presente vía libre.
Un día, Frederick visitó a uno de sus amigos, con quien frecuentemente había investigado. Hacía algún tiempo desde la última vez que le vio. Mientras iba, subiendo por la escalera de la casa, intentó recordar cuándo y dónde había estado por última vez en compañía de su amigo, pero, aunque se enorgullecía de su excelente memoria, no lo conseguía. Imperceptiblemente molesto y malhumorado, mientras aguardaba ante la puerta de su amigo, intentó liberarse de esta sensación.
Apenas había saludado a Erwin, su amigo, cuando advirtió en su cordial semblante una cierta, aunque reprimida sonrisa, que le pareció advertir por primera vez. Apenas vio aquella sonrisa, en cierto modo burlona u hostil pese a su apariencia amistosa, recordó inmediatamente lo que estuvo buscando infructuosamente en su memoria, su último y anterior encuentro con Erwin. Recordó que se habían separado sin haber discutido, desde luego, pero con una sensación de discordia interna y disgusto, porque Erwin, había prestado entonces muy escaso apoyo a sus ataques contra los dominios de la superstición.
Era extraño. ¿Cómo podía haber olvidado aquello por completo? Comprendió también que ésa era la única razón de haber evitado a su amigo durante tanto tiempo, simplemente ese descontento, y que desde el principio había sido consciente de ello, aunque se inventó una multitud de excusas para el repetido aplazamiento de esta visita. Ahora se enfrentaban el uno al otro; Frederick sintió que la pequeña grieta de aquel día había experimentado un tremendo ensanchamiento. Intuyó que algo fallaba entre él y Erwin, que hasta entonces siempre estuvo presente, un aura de solidaridad, de espontánea comprensión de afecto incluso. Ahora existía un vacío. Se saludaron; hablaron del tiempo, de sus conocidos, de su salud y -Dios sabe por qué- a cada palabra Frederick tuvo la molesta sensación de que no comprendía bien a su amigo, de que Erwin no le conocía realmente, de que sus palabras estaban errando el blanco, de que no era posible hallar ninguna base común para una verdadera conversación. Con mayor motivo por cuanto Erwin exhibía aún en su rostro aquella amistosa sonrisa, que Frederick estaba empezando casi a odiar.
Durante una pausa en la laboriosa conversación, Fredcrick miró en torno suyo al estudio que conocía tan bien y vio una hoja de papel clavada con un alfiler en la pared. Esta imagen le conmovió extrañamente despertando antiguos recuerdos: hacía mucho tiempo, en su s años de estudiante, Erwin tenía ese hábito, a veces, para conservar el dicho de un pensador o el verso de un poeta frescos en su mente. Se levantó y se dirigió hacia la pared para leer el papel.
Allí, en la bella escritura de Erwin, leyó las siguientes palabras: "Nada está fuera, nada está dentro; pues lo que está fuera está dentro".
Pálido, permaneció inmóvil durante un momento. ¡Allí estaba! ¡Eso era lo que temía! En otra ocasión habría ignorado aquella hoja de papel, la habría tolerado caritativamente como una genialidad, como una debilidad inocente a la que cualquiera estaba expuesto, quizá como un frívolo sentimentalismo que pedía indulgencia. Pero ahora era diferente. Sintió que esas palabras no habían sido escritas por un fugaz impulso poético; no era por capricho que Erwin hubiera vuelto después de tantos años a la práctica de su juventud. ¡Aquella frase era una confesión de misticismo!
Lentamente se volvió para mirarle al rostro, cuya sonrisa era de nuevo radiante.
-¡Explícame esto! -exigió.
Erwin hizo un gesto afirmativo con la cabeza, lleno de amistad.
-¿Nunca has leído este dicho?
-¡Naturalmente! -gritó Frederick-. Claro que lo conozco. Es misticismo, es gnosticismo. Quizá sea poético, pero... ¡De todas formas, explícamelo, y dime por qué lo has puesto en la pared!
-Con mucho gusto -dijo Erwin-. El dicho es una primera introducción a una epistemología que he estado investigando últimamente, y que me ha proporcionado ya muchas satisfacciones.
Frederick reprimió su arrebato.
Preguntó: -¿Una nueva epistemología? ¿Qué es? ¿Cómo se llama?
-¡Oh -contestó Erwin-, únicamente es nueva para mí. Es ya muy antigua y venerable. Se llama magia.
La palabra había sido pronunciada. Asombrado y sobrecogido por tan cándida confesión, Frederick, comprendió con un estremecimiento, que se hallaba enfrentado cara a cara con el archienemigo, en la persona de Erwin. No sabía si estaba más cerca de la rabia o de las lágrimas; le poseía un amargo sentimiento de irreparable pérdida. Durante una larga pausa permanecio callado.
Luego, con tina pretendida decisión en su voz, atacó:
-¿Así que deseas ahora convertirte en un mago?
-Sí -contestó Erwin sin vacilar.
-Una especie de aprendiz de brujo, ¿eh?
-Ciertamente.
Hubo tanta quietud que podía oírse el tic?tac de un reloj en la habitación contigua.
Frederick agregó después:
-Esto significa que abandonas toda relación con la ciencia seria, y por lo tanto toda relación conmigo.
-Espero que no sea así -Contestó Erwin-. Pero si no hay otro remedio, ¿qué puedo hacer?
-¿Qué puedes hacer? -estalló Frederick-. ¡Toma, rompe, rompe de una vez por todas con esa puerilidad, con esa vil y despreciable creencia en la magia¡ Eso puedes hacer, si deseas conservar mi respeto.
Erwin sonrió un poco, aunque también su alegría se había desvanecido.
-Hablas como si... -Murmuró, tan suavemente que a través de sus quedas palabras la irritada voz de Frederick aún parecía resonar por toda la habitación-, hablas como si eso estuviese dentro de mi voluntad, como si me quedara elección, Frederick. No es ése el caso. No tengo, ninguna elección. No fui yo quien escogió la magia: ella me escogió a mí.
Frederick suspiró, profundamente.
-Entonces, adiós -dijo hastiadamente, y se levantó, sin ofrecerle su mano.
-¡Así,no¡ -exclamó Erwin-. No debes separarte de mí de ese modo. Imagina que uno de nosotros yace en su lecho de muerte -¡y en verdad que así es!-, y que debemos decirnos adiós.
-¿Pero quién de nosotros va a morir, Erwin?
-Hoy probablemente yo, amigo mío. Cualquiera que desee nacer de nuevo, debe estar preparado para morir.
Una vez más Frederick se dirigió a la hoja de papel y leyó el dicho.
-Muy bien -admitió al fin-. Tienes razón, no sirve para nada separarnos con ira. Haré lo que deseas; imaginaré que uno de nosotros se está muriendo. Antes de irme, quiero pedirte una última cosa.
-Me alegro -repuso Erwin-. Dime, ¿qué atención puedo demostrarte en nuestra despedida?
-Repito mi primera pregunta, y ésta es también mi petición: explícame ese dicho lo mejor que puedas.
Erwin reflexionó un momento y luego dijo:
-Nada está fuera, nada está dentro. Conoces el significado religioso de esto: Dios está en todas partes.
Está en el espíritu, y también en la naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recibía el nombre de panteismo. En lo que concierne al signi. ficado filosófico, estamos acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo, esto no es necesario. Nuestro espíritu es capaz de superar los límites que hemos fijado para él, en el Más Allá. Más allá del par de antítesis que constituye nuestro inundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento... Pero, mi querido amigo, debo confesarte que, desde que mi pensamiento ha cambiado, ya no existen para mí palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de significados. Y ahí empieza lo que temes... la magia.Frederick. frunció las cejas y estuvo a punto de interrumpirle. Pero Erwin le miró de forma desarmante y continuó, hablando más distintamente:
-Déjame darte un ejemplo. Llévate algo mío, cualquier objeto, y examínalo un poco de cuando en cuando. Pronto el principio del dentro y el fuera te revelará uno de sus muchos significados.
Dio una ojeada en tomo a la habitación, tomó una pequeña estatuilla de arcilla de un anaquel, y se la dio a Frederick, diciendo:
-Toma esto como regalo de despedida. ¡Cuando este objeto que coloco en tus manos cese de estar fuera de ti y está dentro de ti, ven a mí de nuevo! ¡Pero si permanece fuera de ti, tal como está ahora, para siempre, entonces esta separación tuya de mí será también para siempre! Frederick quiso hablar todavía, pero Erwin tomó su mano, la estrechó, y se despidió de él con una expresión que no admitía réplica.
Frederick se retiró; descendió la escalera (¡qué largo le pareció el tiempo desde que la había subido!); se dirigió a través de las calles a su casa, perplejo y angustiado, con la pequeña figura de barro en la mano.
Se detuvo frente a su morada, apretó fieramente el puño sobre la estatuilla durante un momento, y sintió un irresistible impulso de romper el ridículo objeto contra el suelo. Nunca se había sentido tan agitado, tan movido por emociones antagónicas.
Buscó un lugar para el obsequio de su amigo, y puso la figura en la parte superior de un estante de su librería. Por el momento la dejó allí.
Ocasionalmente, según fueron pasando los días, la miró, meditando sobre ella y sus orígenes, considerando el significado que tan disparatado objeto iba a tener, para él. Se trataba de una pequeña figura que representaba un hombre, o un dios, o un ídolo , con dos rostros, como el dios, romano Jano, modelada más bien toscamente en arcilla y cubierta con un tostado y algo. cuarteado barniz. La pequeña imagen tenía un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza inferior y primitiva de Africa o de los Mares del Sur. Los dos rostros, que eran exactamente iguales, mostraban una sonrisa apática, indolente y débilmente burlona; el pequeño gnomo prodigaba su estúpida sonrisa de modo en especial desagradable?.
Frederick no pudo acostumbrarse a la figura. Le resultaba totalmente inestética y ofensiva, se interponía en su camino, le turbaba. Ya al día siguiente la tomó para dejarla sobre la estufa, y pocos días después la trasladó a un aparador. Pero una y otra vez aparecía en el campo, de su visión, como si le estuviese imponiendo su presencia; se reía de él fría y estúpidamente, se daba tono, exigía atención. Tras unas cuantas semanas la puso en la antecámara, entre las fotografías de Italia y los recuerdos triviales que jamás miraba nadie. Ahora, al menos, sólo veía al !dolo al entrar o al salir pasaba junto a él rápidamente, sin prestarle atención. Pero, también allí el objeto le fastidiaba, aunque no quiso admitirlo.
Con aquel juguete, con aquella monstruosidad de dos caras, la vejación y el tormento habían entrado en su vida.
Un día, meses más tarde, regresó de un corto viaje. Emprendía ahora tales excursiones de cuando en cuando, como si algo le empujase secretamente. Entró en su casa, atravesó la antecámara, fue saludado por la criada, y leyó las cartas que le aguardaban. Pero seguía intranquilo, como si hubiera olvidado algo importante; ningún libro te tentaba, ningún sillón era cómodo. Empezó a torturar su mente, ¿cuál era la causa? ¿Había descuidado algo importante? ¿Comido algo que pudiese trastornarle? Al reflexionar, descubrió que esta sensación de inquietud había aparecido al entrar en el apartamento. Volvió a la antecámara e involuntariamente su primera mirada buscó la figura de arcilla.
Un extraño terror se, apoderó de él al no ver al ídolo. Había desaparecido. No estaba. ¿Se habla marchado caminando con sus pequeñas piernas de barro? ¿Había volado? ¿Desapareció por artes mágicas? Frederick recobró la calma, y sonrió ante su nerviosismo. Luego empezó a buscar tranquilamente por toda la habitación. Al no encontrar nada, llamó a la criada. Parecía turbada, y admitió en seguida que se le había caído el objeto mientras limpiaba.
-¿Dónde está?
Ya no estaba en ninguna parte. Tan sólido, como aparentaba ser el pequeño objeto; ella lo tuvo a menudo en sus manos. Sin embargo, se había roto en mil pedazos. Llevó los fragmentos a un taller, donde simplemente se rieron de ella. Luego los había tirado.
Frederick despidió a la criada. Sonrió. Se sentía contento. ¡Qué poco le importaba el ídolo! La abominación había desaparecido; ahora tendría paz. ¿Por qué no habría deshecho el objeto a golpes desde el primer día? ¡Cómo había sufrido todo aquel tiempo! ¡De qué forma indolente, extraña, astuta, perversa, diabólica le había sonreído el ídolo! Ahora que había desaparecido, podía admitir la verdad: había temido verdadera y sinceramente a aquel dios de barro. ¿No era el emblema él símbolo de todo cuanto le era repugnante e intolerable de todo cuanto reconoció siempre como pernicioso, hostil, y digno de supresión, un estandarte de todas las supersticiones, de todas Ias tinieblas, de toda coerción de la conciencia y el espíritu? ¿No representaba horrible fuerza que se siente a veces bramando en las entrañas de la tierra, ese lejano terremoto, esa próxima extinción de la cultura, ese naciente caos? ¿No le había robado aquella despreciable figura a su mejor amigo, es más, no robado, sino convertido en enemigo? Ahora el objeto había desaparecido. Desvanecido. Roto en mil pedazos. Acabado. Era mucho mejor que si lo hubiera destruido por sí mismo.Eso pensó, o dijo. Y volvió a sus asuntos como antes.
Pero la maldición persistió. Justamente cuando habla conseguido acostumbrarse más o menos a aquella ridícula figura, precisamente cuando verla en su lugar habitual en la mesa de la antecámara se le había hecho gradualmente familiar y nada importante, era cuando su ausencia empezó a atormentarle. Sí, la echaba a faltar cada vez que cruzaba aquella estancia; veía constantemente el espacio vacío donde había estado, y el vacío emanaba de aquel lugar y llenaba la habitación entera.
Malos días y peores noches empezaron para Frederick. Ya no podía atravesar la antecámara sin pensar, en el ídolo de las dos caras, sin echarlo a faltar; sintiendo que sus pensamientos estaban unidos a él. Una, agónica obsesión creció en su interior. Y no era simple. mente al cruzar aquel cuarto cuando se sentía prisionero de su obsesión. De la misma forma en que el vacío y la desolación irradiaban del ahora vacío lugar en la mesa de la antecámara, aquella idea obsesiva irradiaba dentro de él, empujaba todo lo demás a un lado, enconándole y llenándole de extrañeza y desolación. Una y otra vez imaginó la figura con suma claridad, para demostrarse a sí mismo lo absurdo de afligirse por su pérdida. Pudo verla en toda su estúpida fealdad y barbarie, con su vacua pero astuta sonrisa, con sus dos caras; impulsado como por una coacción, lleno de odio y con la boca torcida, se descubrió a sí mismo intentando reproducir aquella sonrisa. Le incomodaba la duda de si las dos caras eran en realidad exactamente iguales. ¿No tenía una de ellas, quizá simplemente por una pequeña aspereza o cuarteo en el barniz, una expresión algo distinta? ¿Algo raro? ¿Algo enigmático? ¡Qué peculiar era el color de aquel barniz ! El verde, y el azul, y el gris, pero también el rojo, se mezclaban en él, un barniz que ahora hallaba a menudo en otros objetos, en una reflexión del sol de la ventana o en los reflejos ,de un húmedo pavimento. Cavilaba mucho sobre aquel barniz, incluso por la noche. Le extrañó igualmente lo extraña. rara, malsonante, poco Familiar, casi maligna que era la palabra "barniz". La analizó; Regó hasta invertir el orden de sus, Jetras. Entonces lela "zinrab". Pero, ¿de dónde demonios tomaba su sonido aquella palabra? Conocía la palabra "zinrab", por supuesto que sí; además, era una palabra hostil y mala, una palabra con perversas e inquietantes implicaciones. Durante mucho tiempo le atormentó esa pregunta. Finalmente dio con la respuesta: "zinrab" le recordaba un libro que había comprado y leído hacía muchos años durante un viaje, y que le había aterrado, atormentado, pero fascinado secretamente; se titulaba Princesa Zinraka. Era como una maldlción: todo lo relacionado con la estatuilla -el barniz, el azul, el verde, la sonrisa- significaba hostilidad, eran sinónimos de torturas y venenos. ¡De qué forma tan peculiar en otro tiempo Erwin, su amigo, había sonreído mientras ponía el ídolo en su mano ! Una forma muy peculiar, muy significativa, muy hostil.
Frederick resistió valientemente -y muchos, días no sin éxito- la tendencia obsesiva de sus pensamientos. Presentía el peligro claramente: ¡volverse loco! No, era mejor morir. La razón es necesaria, la vida no. Y se le ocurrió que quizá eso era la magia, que Erwin, con la ayuda de aquella figura, le había encantado en cierto modo, y que debería sucumbir en un sacrificio como el defensor de la razón y la ciencia contra aquellos funestos poderes, Sin embargo, de ser as!, si eso era posible, la magia existía, la hechicería existía. ¡No, mejor era morir!Un doctor le recomendó paseos y baños. A veces, en busca de distracción, pasaba la noche en una posada. Pero no le sirvió de nada. Maldecía a Erwin y se maldecía a sí mismo.Una noche, como solía hacer ahora con frecuencia, se retiró temprano y estuvo inquieto en la cama, imposibilitado de dormir. Se sentía indispuesto e intranquilo. Deseaba meditar, deseaba hallar tranquilidad, decirse cosas reconfortantes, tranquilizadoras, frases de recta serenidad y claridad. "Dos y dos son cuatro". Nada vino a su mente; en un estado casi de delirio musitó sonidos y sílabas para sí. Gradualmente las palabras se formaron en sus labios, y varias veces, sin comprender su significado, repitió la misma frase para sí, como si hubiese tomado forma en él de algún modo. La murmuró una y otra vez, como si absorbiese una droga, como si en ella buscase a tientas su camino hacia el sueño que le eludía en el estrecho sendero que bordeaba el abismo.
Pero súbitamente, al levantar un poco la voz, las palabras que estaba musitando penetraron en su conciencia. Las conocía: "¡Sí, ahora estás dentro de mí!" E instantáneamente comprendió. ¡Supo lo que significaban, que se referían al ídolo de arcilla, que entonces, en aquella hora gris de la noche, se había cumplido puntual y exactamente la profecía que Erwin le había hecho un espantoso día, que la figura que sostuvo desdeñosamente en sus dedos ya no estaba fuera de él sino dentro de él! "Pues lo que está fuera está dentro".
Incorporándose de un salto, experimentó como si le estuvieran haciendo una transfusión de hielo y fuego. El mundo vacilaba a su alrededor, los planetas le miraban fija y alocadamente. Encendió la luz, se puso algunas ropas, abandonó su casa y corrió en plena noche hacia,la de Erwin. Vio una luz encendida en la ventana del estudio que conocía tan bien; la puerta de la casa ,estaba abierta: todo parecía estar esperándole. Subió precipitadamente la escalera. Penetró con paso inseguro ,en el estudio de Erwin, y se apoyó con temblorosas manos sobre la mesa. Erwin se hallaba sentado junto a la lámpara, bajo su suave luz, pensativo y sonriente.
Cortésmente Erwin se puso en pie.-Has venido. Eso está bien.-¿Has estado esperándome? preguntó Frederick.
-He estado esperándote, como sabes, desde el momento en que te fuiste de aquí con mi pequeño obsequio. ¿Ha sucedido lo que dije entonces?
-Ha sucedido -admitió-. El ídolo está dentro de mí. Ya no puedo soportarlo más.
-¿Puedo ayudarte? -preguntó Erwin.
-No lo sé. Haz lo que quieras.
¡Explícame más acerca de tu magia. Dime si el ídolo puede salir de mí otra vez.
Erwin puso su mano sobre el hombro de su amigo. Le condujo hacia un sillón y le obligó a sentarse en él. Luego dijo cordialmente, en un casi fraternal tono de voz:
-El ídolo saldrá de ti otra vez. Ten confianza en mí. Ten confianza en ti mismo. Has aprendido a creer en él. ¡Ahora aprende a amarlo! Está dentro de ti, pero continúa muerto, es aun un fantasma para ti. ¡Despiértalo, háblale, pregúntale! ¡Pues es tú mismo! ¡No le odies, no le temas, no le atormentes! ¡Cómo has atormentado a ese pobre ídolo, que sin embargo eras tú mismo! ¡Cómo te has atormentado a ti mismo!
-¿Es ése el camino de la magia? -preguntó Frederick. Se hallaba profundamente hundido en el sillón, como si hubiera envejecido, y su voz era débil.
-Ese es el camino -contestó Erwin-, y quizá has dado ya el paso más difícil. Has hallado por experiencia que el fuera puede convertirse en el dentro. Has estado más allá del par de antítesis. ¡Te pereció el infierno; aprende ahora amigo mío, qué es el cielo!. Porque es el cielo el que te espera. Mira, esto es la magia: intercambiar el fuera y el dentro o, no por el impulso, ni con la angustia, como tú lo has hecho, sino libremente, voluntariamente. Llama al pasado, llama al futuro: ¡ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el esclavo del dentro. Aprende a ser su dueño. Eso es la magia.