viernes, 23 de enero de 2009

EL MAESTRO ISRAEL CENTENO


Entre Shandys y Bartlebys dedica este número al maestro Israel Centeno, autor de Calletania, Exilio en Bowery, El Complot, La Casa del Dragón, Bengala, entre otras piezas narrativas. Israel Centeno se ha transformado en un autor de culto para muchos escritores de la nueva generación de narradores venezolanos.

LA LUZ NEGRA DE ISRAEL CENTENO. Por Roberto Echeto

Para quienes no lo conozcan, Israel Centeno es uno de nuestros artistas más inquietos. Si no lo creen, busquen su prontuario y vean que sus contemporáneos le debemos (con D mayúscula) el que sea fundador y editor del sello Memorias de Altagracia, una pequeña editorial que se ha dedicado a publicar las nuevas voces (malagradecidas o no) de nuestra literatura. Observen además que Israel ha sido, y es, guía de otros escritores más jóvenes a través de los talleres que da aquí y allá, donde lo dejan y él quiere. Fíjense también que Israel es un autor bien prolífico que ha escrito obras poderosas que no tienen nada que ver con esa literatura al uso en este país de locos en el que para ser un escritor exitoso, hay que ser cubano, colombiano, español, argentino, chileno... Todo menos venezolano.
Cada artista tiene su propio proyecto, y, en el caso de Israel, su proyecto es de una riqueza asombrosa. Su obra reúne cuentos eróticos, novelas que hablan de la vida en el barrio, cuentos de terror, novelas pornos, relatos inspirados en la quemada belleza del cómic, historias aderezadas con trazos políticos, poemas, artículos... Todo eso sin contar con que es el amo y señor de http://www.elmeollo.net/, un lugar en el que volarían sillas y habría muertos, si no se tratara de un espacio en internet.
Curiosamente, la obra de nuestro amigo no ha sido lo suficientemente estudiada por nuestros cómodos y miopes críticos. No la entienden; tiene elementos y plantea situaciones que los sobrepasan, que los desbordan. Para comprender y disfrutar los relatos de Israel hay que ser joven, hay que estar lleno de odio por el entorno que tenemos, hay que abrirse al hecho de que la literatura contemporánea se alimenta de artes que no existían hace 100 años, hay que tener puesto el oído en la calle, hay que saber que la vida es diversa y que en este mundo hay más malandros que gente. Para disfrutar los libros de Israel Centeno hay que prenderles candela a los manuales de literatura donde sólo se habla de realismo, de costumbrismo, de positivismo y de más «ismos» que la madre que los parió. Para ponerse a tono con esas historias hay que entender que quien las escribe es un autor que, antes que nada, es un filoso lector desprejuiciado, que lee libros, que lee comics, que lee revistas, que lee la realidad y luego transforma todo ese material en unos relatos violentos y alucinados en los que aparecen enfrentamientos a tiros entre vendedores de piedra y ex comunistas, lobas amarillas que son la perdición de quienes suben al Ávila, mujeres dobles que aparecen sobre el túnel de La Planicie, sujetos que deciden darle la espalda a la más terrible realidad nacional encerrándose en un restaurant chino a hacer las delicias de Bocaccio, del Marqués de Sade, de Pier Paolo Pasolini y de Rocco Sifredi, todos juntos, a coro, cogiendo culo.
Las historias de Israel nos dicen que todo intento de clasificación de la literatura es un ejercicio necio. Sus relatos huelen a semáforo, a calle, a plomo, a Caracas, nuestra hedionda Caracas, pero también están llenos de sexo duro, de pepas, de perico, de marihuana, de indigentes espirituales, de personajes que, a duras penas, sacan fuerzas para realizar alguna acción heroica, de bares fríos y oscuros que son como úteros protectores contra la realidad, de transformistas que se parecen a Cher, de piedreros karatekas que escriben comics, de gente que no puede vivir en la luz porque desaparecería como los vampiros, de sujetos que se parecen al vecino peluquero, a la masajista, al conserje guajiro o al mafioso colombiano dueño de una línea de taxis que también vive en nuestro edificio.
Tal vez, después de leer este rosario de maravillas, no se hayan dado cuenta, pero cuando vemos todo este conjunto, podríamos acordar que Israel es un autor que se mueve como un Muhammad Ali en el reino de la novela negra, pero, atención: no en el paraíso de la literatura policial con sus detectives Sherlock Holmes, Phillipe Marlowe, Mandrake o Sam Spade. No. Hace tiempo que la negra y la policial son dos literaturas distintas que pueden o no mezclarse. En ambas hay mortadela, pero lo que las diferencia es el afán de un personaje por descubrir quién mató al difunto. En estas cotas raras se enmarca Bengala, la novela más reciente y quizás más poderosa de nuestro querido y admirado Israel.
Entre los mil y un personajes y las mil y un historias que conforman el panal de abejas que es Bengala, hay un cadáver que cruza toda la novela: el de Laura, una chica a quien la piedra se la fumaba a ella y no al revés, y que termina sus días de la manera más horrible que podamos imaginarnos. Ese cuerpo abierto y vaciado, esa memoria de lo que fue Laurita, flota en la memoria de los personajes entre trago y trago, entre raya y raya, entre idas y venidas a la noche artificial de un bar que tiene nombre de tigre y de luz. Sin embargo, el que haya un cadáver en esta novela, el que Daniel, Cato, Jiménez, Requena, Fufa, La Caribe, Gregory, Nigeria, Eddie y los demás miembros de esta peña periquera, busquen al Jack el Destripador caraqueño que asesinó a Laura, la «felatriz estrella», no convierten a Bengala en una novela policial, y esto porque no hay investigación, porque el arroyo inmundo de la vida galante siempre arrastra a estos personajes hacia la trivialidad, hacia la conversación fugaz que diluye toda acción, hacia la nada, hacia la satisfacción reiterativa de las adicciones básicas, entre las que se cuenta, por supuesto, la propia vida.
Bengala es una novela negra que representa un paso muy importante en la brillante carrera de nuestro querido amigo el Sr. Centeno. Allá los críticos, los estudiosos y los necios de oficio que no entienden nada de nada porque mientras ellos creen que la literatura debe ser así o asao, Israel sigue escribiendo las maravillas que lo han llevado a desarrollar cada vez con mayor precisión sus ideas, sus obsesiones, sus manías y sus historias.
Desde aquí no podemos hacer otra cosa que celebrar felices que un libro como Bengala esparza su luz negra, su luz de veneno por todas partes.

ISRAEL CENTENO, LA ANTIÉPICA DE LA NOVELA (Acerca de Bengala). Por Rafael Rattia

BENGALA, es una novela escrita desde el fondo turbio y desgarrado de la vida. Más aún, es la novela por excelencia de los tiempos que corren. Si es verdad el antiguo precepto árabe que tanto gusta citar cierto amigo; “los hombres se parecen cada vez más a su tiempo que a sus padres” entonces he aquí la comprobación empírica y subjetiva de la semejanza del narrador con su época, su tiempo histórico, su irrenunciable presente que lo funda y constituye.
Como toda novela que aspira trascender los endebles parámetros imaginarios de lo real, BENGALA se zambulle con vehemencia y denuedo hasta el fondo de los abismos de unas caracterologías derrotadas y expulsadas del paradisíaco infierno de la urbe que los contiene. Centeno se erige en esta novela en dignísimo artífice de un arte narrativo que escarba el grado cero de la abyección de seres (personajes) extraviados para siempre en los caminos que no tienen retorno: la droga, el paro crónico, la prostitución, el indomable vicio del alcohol, la noche infinita con sus estropicios y degradaciones humanas innombrables. El reino desapacible del vértigo que no cesa, la subsunción de terribles personajes a las más inimaginables dependencias que el escorial del vicio puede llegar a producir en la fragilidad de una mujer como Laura, o en un personaje como Eddie, incapaz de volver a la vida por sí mismo luego que el vicio lo hizo traspasar el umbral de lo tolerable. Una cincuentona, dueña de unas aun conservadas formas y una esbelta y apetecible figura cuidada a fuer de caminatas y aerobics, cansada de tanta rutina toma la nada inocente decisión de vender sus encantos de mujer madura en el Hall de las Fumarolas.
Esta última novela de Israel Centeno es una summa de insolencias; una envidiable reunión de extravíos psíquicos. Por las páginas magistralmente escritas de esta novela transita una muestra nada despreciable de un país negado al futuro, un pedazo de país que nunca sabrá dónde exactamente está. Entre putas irredimibles y cabrones cocainómanos perdidos para siempre en el dédalo del vicio; entre enfermos insomnes y revolucionarios demagogos de todas las pelambres, entre malhechores bebedores de cerveza y pedreros del séptimo cielo, transcurre una historia jalonada por incontables anécdotas signadas por un fino lirismo y una prosa narrativa de impecable factura literaria sólo comparable con las historias invencionadas por Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato o nuestro gran Eduardo Liendo. Entre “la calle Ciénaga” y “La Cripta” sucede todo lo que puede imaginar la naturaleza humana. La novela de Centeno es, a no dudarlo, un irreversible desgarramiento ontológico que todo lector serio debe leer para entender la otra Venezuela no prevista en las Misiones de redención social de uso corriente en este tiempo de “ética emancipatoria”. Lacras sociales irredimibles subsumidas entres gases fétidos las veinticuatro horas, de los trescientos sesentaycinco días del año; estropajos existenciales corroídos por la inclemencia destructiva del crack y la basura de la piedra aventados por la sociedad más allá de los socavones de la indiferencia. Bengala es el nombre de un bar, de una avenida, de una región. Es en sí mismo más que un simple nombre, es un mundo paralelo y paranormal lacerante que lastima la moral de una nación empantanada en sus propias e irresolubles encrucijadas históricas. Estimo que es el proyecto narrativo del autor más ambicioso y exhaustivo que hasta ahora los lectores cautivos de este escritor caraqueño hemos tenido la fortuna de leer.
Mucha nostalgia exhalan las perturbadoras páginas de esta novela. Mucho dolor transpiran no pocos fragmentos de los cuarenta y cuatro capítulos de inquietante tensión narrativa de esta ejemplar experiencia literaria. Ningún lector que se interne por entre las páginas de esta novela podrá dejar de ser tocado por una especie de dialéctica de la misericordia que ineludiblemente le marcará su sensibilidad estética como lector. Esa apuesta hago con usted, respetado lector. Lo agradecerás para toda la vida.

LA CASA DEL DRAGÓN. (Fragmento) Por Israel Centeno

….Umbertino tiene que atravesar la ciudad universitaria para llegar al consultorio de Eleonora. A veces se pregunta si no sería más fácil tomar un taxi o irse en metro. Pero le gusta caminar. Integrarse al paisaje, sin importar cuán caótico sea. Las cosas estuvieron peor. Nunca se percató de las quemas de cauchos, los disparos de armas largas, de los levantamientos de barricadas. La ciudad fue siempre algo vivo que hacía bulla. En oportunidades se veía obligado a sacar su pañuelo para llevarlo a la nariz y a la boca. Los gases lacrimógenos pueden ser un problema. En aquellos momentos estaba inmerso en sus dificultades para relacionarse. Llevaba el peso del ridículo. El fardo bufonesco del que aún no se ha librado. Hay pausa. El país se tomó su tiempo. A pesar de algunos enfrentamientos eventuales, nada ocurre en realidad.
Ha seguido consultas diarias con su terapeuta. No es muy optimista. Sólo mantiene la íntima esperanza de que va a violentar la transferencia e ir más allá de las horas de tedio sobre el diván. No es recomendable tomar sesiones de análisis con una mujer hermosa e inmarcesible. El deseo de Umbertino no ha mermado a pesar de los hechos. Es un cazador y se debe a una presa.
La universidad también supo sobrevivir. Por sus pasillos y áreas verdes transita una fauna diversa y desentendida. Quizá por ello a Umbertino le gusta cruzarla día a día. Porque es incólume. Porque es eterna. Como Roma o como Grecia. Así lo dicen los ojos y los labios que le sonríen desde los cafetines. La vida en sus pasillos. Las caderas desnudas de las mujeres que pasan como si estuvieran frente a la Fontana de Trevi o rodaran la gran película de sus vidas.No hace antesala en el consultorio de Eleonora. Hay un pacto de exactitud inviolable entre ambos.
Un consultorio debe ser limpio: Una biblioteca con libros anodinos escritos en otro idioma. Un escritorio pequeño, de madera. La mesa de centro y una esquinera. Ambas exhiben esculturas de marmolina. Formas indefinibles que rompen la armonía con sentido estético. Todo a cobijo de un cortinaje ligero por donde se filtra una luz naranja. El diván y luego, atrás, la butaca donde se sienta y cruza sus piernas Eleonora.
Ella es atractiva. Viste ropa ajustada y no oculta sus piernas. En rara oportunidad usa pantalón. Ella defiende el uso de las faldas. Hay quienes dicen que es una feminista con propuestas novedosas.
¿Cómo seguir adelante si ha quedado agotado con lo que ha escrito sobre Julia? Apenas comienza los primeros escalones por donde rodará a peso muerto hasta un desenlace que no termina de acusar.
Marita toma el espejo de la peinadora y ve su rostro. Son dos Maritas y una Laura. Sobre el hombro de Marita descansa la cara de la hermana, ambas sonríen, son tres en el espejo.Siempre fue así. Ser gemelas tiene una connotación demoníaca.
Para las hermanas el mundo da vueltas como un tazón de ensalada. Ser idénticas es normal. La diferencia es una aberración intolerable. El otro. Los demás. Son parte de un azogue que distorsiona, por lo tanto no merecen demasiadas consideraciones.
En las fotos de familia se ven Las Gemelas en poses clásicas; incluso desnudas. Sus cuerpos rosa, desenfadados, moteados por el polvo. En las fiestas y cumpleaños llevaron siempre los mismos vestidos de seda y encajes entrelazados por cintas de colores distintos. Un punto para hacer una diferencia que desde entonces les resultaba intolerable.
Hay quienes dicen que son repulsivas por hermosas. Sus caras son redondas, tienen un ligero mentón que se escinde. Parecen gatas persas. Siempre han sabido mostrar una sonrisa amplia y espontánea. Una risa íntima y macabra.
Ellas vieron crecer de sus pechos las generosas glándulas que las caracterizarían. Continuaron idénticas. Primero un botón púrpura, un estallido en la piel, fruto que se expande. Los duraznos transitaron hacia los esféricos melocotones para terminar respingados como culos de peras.
Caminaron al mismo tiempo. Aprendieron a leer y a escribir de manera simultánea y compartieron los mismos gustos literarios y musicales. Llegado el momento, descubrieron el sexo a cuatro manos. Bajo el ombligo, en el lugar donde les había sonreído el ángel de las fuentes, las sensaciones les fueron revelando que justo sobre el “grifo” del orine, entre los tiernos labios, existía una gruta de terrenos accidentados. Unas hondonadas y unos caminos, la meseta de un pálido púrpura por donde asomaba una diminuta almendra que se endurecía al contacto de los dedos. Ambas unían sus pies y plegaban sus piernas para tocarse. Entre risas y fatigas persistieron en las tardes calurosas o en las noches de desvelo. Aprendieron que si movían sus yemas a un ritmo fluctuante, sostenido y perezoso, la circunferencia se ampliaba en justa proporción con el sentimiento de placer hasta alcanzar el arrebato de una intensidad exponencial que las abismaba a un infinito incierto. Les cambiaba la voz, ocultaban sus graves aullidos en la carne de sus hombros: “préstame un hombro hermana que deseo llorar toda la vida”. Hundían sus dedos, justo debajo: falange, falangina y falangeta, una y otra vez hasta que las vencía la irritación y el cansancio.
A Marita y a Laura no les quitó el virgo un extraño. Las bailarinas y las gimnastas pierden el himen al ejecutar sus ejercicios. Al menos es la excusa. Las Gemelas lo perdieron al hurgar el sésamo donde se escondía el tesoro voluptuoso.
Hembras, un poco más allá de la adolescencia nunca dejaron de hacer lo que debían hacer.Las Gemelas eran flexibles en asuntos de moral. Sus principios variaban según la complicidad pautada. De tal forma, hombres y mujeres perdían la cabeza y competían por ser merecedores de sus dádivas sexuales. Fantasía y delirio de todos, Marita y Laura se convirtieron en un símbolo bifronte, en las dos gracias. Más tarde Umbertino le acotaría a la analísta que no dudaría en llamarlas las dos desgracias.
Umbertino hizo una pausa. Buscó sosiego en los ojos de Eleonora. Sus ojos transparentaban al cuarto, la cara oval del paciente, sus lágrimas o los sudores. El paciente inquiría una palabra, un gesto. Ella permanecía inmóvil. Un ligero movimiento de piernas. Una contracción imperceptible. Nada más.
Una tarde, Las Gemelas asistieron a la cátedra electiva sobre Crimen y Castigo. Fue allí dónde las conocí. Marita y Laura habían intercambiado miradas que iban más allá, en significado, que un crimen y un castigo. Yo las abordé. Les dije que me encantaría discutir sobre la culpa y la herejía en Fedor Dostoyevski. Las hermanas sonrieron. Yo no sabía cuál de las dos me atraía con más fuerza, me mordí el labio inferior y sentí cómo las pulsaciones se me desbocaban. Bajo el toldo de un café, lejos de las manifestaciones callejeras, con algunas detonaciones de fondo; siempre al aire libre, el grupo pidió tres capuccinos. Luego, bebidas dulces. Resultaba excitante ver correr la menta y la crema de leche por la comisura de los labios de Laura. Tuve la sensación de que toda mi porcelana interna percutaba cuando Marita me sorprendió con una sonrisa cubierta por los espumarajos de un Curazao.
¿Cuál era el crimen y por qué el castigo? Enunciaron a dúo Las Gemelas. Si alguien decidía transgredir las convenciones para procurarse el efímero momento que le da sentido a la vida ¿Quién pondría la espalda para llevar el fardo de su culpa?
Umbertino se detuvo. Sintió que el consultorio le daba vueltas. Necesitaba una palabra en ese momento, un gesto, un pase mágico de afecto. Pero la analista mantuvo su silencio terapéutico mientras comprimía aún más las piernas.
Decidimos probar nuestra teoría. Nos abrimos paso en una ciudad congestionada por su historia y alquilamos la habitación de un hotel. Me dejé vendar los ojos por ambas. Pusieron sobre mi rostro un pañuelo azul; luego, me desnudaron. Cuando cayó la venda los significados perdieron el sentido justo frente a aquel hombre quien, como Alicia, se encontraba en un mundo especular.
¿A quién le chupo el coño primero? Pregunté ¿Cuál de ellas me hizo girar de espaldas y montó con rudeza sobre mis caderas? ¿Cuál me recibió con los brazos abiertos y las piernas cerradas?
¿Dónde comenzó el camino que me condujo a La Casa del Dragón y a la locura? ¿Cuál a ti, impávida y lacaniana Eleonora?
Laura sonríe al someter de un mordisco el badajo de Umbertino. Marita mira por la ventana, una ciudad se enfrenta a otra y otra se mantiene indiferente. Su culo es grande, duro y generoso, sus tetas se asoman a la noche despejada, ligera, azul.
Mi error fue haberme sentido seguro. Creí que podría impresionar a las hermanas con las manipulaciones de siempre sobre el bien y el mal. Era un hombre que merecía a aquellas dos mujeres.
El pecado de soberbia es el pecado que con más dolor se expía. Era joven, fuerte. Había esculpido al detalle mi cuerpo. Los amigos le auguraban el poder incursionar sin tropiezo en el mundo de la putería. Sería un puto cultivado. Sabría elegir las partitas de Bach para violines al maricón de turno o a la pareja liberal y como preámbulo a las caricias entre copas de vino blanco, hablaría sobre los últimos e infames años de Stefan Zweig. Yo, en todo caso, había decidido tirarme a todas las mujeres que las circunstancias me brindaran. Mordería toda carne que mereciera ser mordida.
Los amigos no se burlaron de Umbertino. El era como Paris en el jardín con la manzana de oro en las manos. Había nacido para ser cuando menos un buen amante inspirado en las aventuras de un Don Juan. Todo iba sobre rieles en mi vida hasta el día infausto en el que colisioné con Marita y Laura.
supo de Las Gemelas mientras hacía barras en una de las colinas del cerro. Estaba solo, la gente había dejado de subir por temor a los disturbios. Supe de Las Gemelas mientras marcaba mis músculos con esfuerzo y me reté entonces: las haría diferentes: Les reventaría el coño de múltiples formas. Pedirían piedad. No existiría orificio vetado. “Dejaré a mi paso devastación y sordera”.
Aquella tarde, cuando fue a la clase electiva sobre Crimen y Castigo, estaba seguro de que se cogería a ambas sin necesidad de convertir su conquista en una hazaña. Se desquitaría por Lila. Se desquitaría por Julia.
- Hasta aquí llegó el imperio de Las Gemelas – se dijo y embistió.En el café, bajo los toldos, aquella tarde cálida de Caracas, lejos del bochinche, cometió el primer error. Acepté bebidas dulces. Luego del capuchino, Umbertino ha debido pedir whisky, como siempre. Marita, moviendo su nariz pecosa, le pidió que las acompañara con un licor.
- Yo no bebo dulce.
- Es un capricho de mi hermana – espetó Marita- que debe convertirse en orden para un hombre como tú.
Y qué con eso. Venga el licor. Que sea un Grand Marnier o dos o tres. Es poco el precio por darles por el culo a ambas, pensó mientras plegaba el labio y les mostraba una media sonrisa. Bebimos con despreocupación y llegamos a algunas conclusiones sobre el transgredir y el pagar, la culpa y la expiación.
Era estúpido que Umbertino pensara que irse a la cama con dos mujeres, hermanas y gemelas, significara transgredir algo. Segundo error.
Comprar una botella de Grand Marnier para empinármela sin medida y dejarme poner el pañolón azul como venda, se puede agregar como un tercer error.
Marita y Laura se desnudaron, estaban firmes y plantadas sobre sus carnes. Dos mujeres de cuerpo broncíneo que reflejaban uno al otro. Comenzaron a darme almohadazos hasta aturdirme. Se hicieron perseguir por el cuarto. Yo, desnudo, vendado y aturdido, lanzaba mis manos a ciegas para atraparlas. Las hermanas le impusieron que se detuviera, que se quedara firme.
- Pocas personas logran distinguirnos. ¿Serías tú capaz de decir quién es quién? Usa primero el tacto. Ven.
Me apresaron. Una de Las Gemelas se acercó a mis espaldas. Rozó sus pezones en mi carne mientras me obligaba a arrodillar. La otra se inclinó hacia adelante y le puso las nalgas en la cara. Me pidió que la acariciara, que le metiera mano de atrás hacia adelante, que mojara mis dedos en su coño y que luego me trajera los labios de su vagina hacía mi, que intentara olerlos, que intentara besarlos. Me ordenó que le lamiera el culo. Y luego, dijera a cuál de las dos besaba.
Recibió un nuevo golpe con la almohada. Fui despojado de la venda. La habitación daba vueltas. El mundo no era el mismo. Estaba en una burbuja de azogue. Un espejo. Sentí que mi figura se hacía doble. Marita lo empujó con ambas manos sobre el cuerpo de la hermana. Esta me recibió con un mordisco en el cuello. Se apretó en un abrazo a mis espaldas y me susurró.
- ¿Quién soy, hijo de puta? ¡Ven a cogerme ahora, cabrón!
Umbertino trató de darle un sentido correcto a sus caderas pero fue detenido por las manos de Marita. Me abrieron las nalgas. Recibí un lengüetazo, otro y otro. Luego tres dedos untados de lubricante lo penetraron. Cuando pensó en liberarse del juego y sacudir con fuerzas aquel cuerpo tallado, Laura comenzó a lamerle la punta del glande. Mis sentimientos eran confusos, se lo metió en la boca, se tragó mi verga, la mamaba a ritmo lento. Los dedos de Marita buscaron acomodo, Laura continuaba succionando como si quisiera extraer veneno de una herida. Y me llegó el vértigo, iba y venía, todo se agitaba dentro. Pensé en Raskolnikoff, pensé en los momentos efímeros de Severo Sarduy y grité, justo antes de vaciarme recibí un mordisco, pequeño e incisivo en el glande. Marita hundió todo el puño dentro, exploté y bañé de esperma grumosa y adolorida el rostro de Laura. Ella continuaba preguntando.
-¿Quiénes somos?
Tumbado, desde el piso de la habitación vio el culo de Marita. Ella miraba por la ventana del cuarto de hotel, buscaba una constelación o una respuesta, la ciudad crepitaba, se podía escuchar lejos el murmullo de una multitud. Antes de perder el conocimiento o la cordura respondió.
- El demonio.

EL DIOS DE LIVIA. Por Israel Centeno

"Cantan en el retiro de la nochey el sapo verdinegro danza en dos piesdelante de una luna mortal".El páramo, José Antonio Ramos Sucre
Me he refugiado en el saber y así he perdido mi alma. Fui construyendo poco a poco una estructura flexible y vasta apuntalada por las ciencias y las artes. Hoy, deslindado en el mal, único lugar posible para la sublime práctica de la sensibilidad, cuestiono el saldo; la expulsión del mundo de mis semejantes, la certeza de no haber vivido y el desprecio hacia el otro, incapaz de reflejarme.
En Italia era un hombre ciertamente afortunado. Miembro de la casa de Saboya y primo del rey, copero de su majestad y caballero con derecho a estar cubierto delante de su alteza real; considerado emblema de hombría, portento de elegancia y buenos modales. Bien transcurría yo mis días en Florencia, exaltado por el portento de sus iglesias y disertando sobre las bellas artes o bien asistía en la escuela de medicina de Nápoles a la disección clandestina de cadáveres; así como también me perdía del mundo en las logias secretas y los tugurios de Roma tras la pista de los Césares abyectos, repitiendo sus desmanes.
Supe encontrar deleite en la lujuria, me asomé a los abismos de la perversión. Nada podía detenerme por entonces, pues era poseedor de una heredad que remontaba la historia. Sabio, culto, iniciado en las letras y la filosofía, no rendía cuenta a ningún mortal pues había traspasado las adyacencias de la medianía humana. Por aquellos tiempos, se sucedió en Roma una serie de asesinatos rituales en donde la víctima, luego de ser sometida a delicadas torturas, era desangrada y despellejada; su piel era expuesta al sol del día siguiente del sacrificio en las altas torres de las siete colinas. De inmediato, un edicto real dio inicio a las investigaciones.
Yo estaba en los arreglos palaciegos del protocolo para consumar mi casamiento con la Condesa X, la corte vivía un continuo sobresalto ante la inminencia de mi boda, las labores exigían llevarse a cabo con extrema pulcritud, ningún detalle debería manchar el acontecimiento. Mi primo, el rey en persona se encargó de la lista de invitados, de la regia iluminación del palacio y de la apertura de las fronteras.
Todo marchaba tal cual lo indicaba el ceremonial. Llegado el día de la boda, me enteré por mi mayordomo sobre los indicios incriminatorios manejados por la guardia de palacio sobre mis implicaciones en los últimos asesinatos. En ningún momento me dejé ganar por la confusión y el miedo; no me habían detenido en procura de evitar el escándalo, obviamente me brindaban una oportunidad para encontrar la adecuada salida. Llamé a un compañero de juerga y éste alquiló el carruaje y sin pérdida de tiempo nos dirigimos a un club secreto en las cercanías del Quirinal. Allí me abandoné a una apuesta desenfrenada en el juego de dados, bebía absenta y fumaba opio, millones de liras salieron de mis arcas y así el tiempo transcurrió dejando a la Condesa X suntuosamente trajeada a la espera del novio que nunca llegaría.
El escándalo había estallado, era una elaboración exclusiva: el primo del rey incumpliendo su palabra ponía en evidencia la desvergüenza y el deshonor de la familia con su desenfreno, nada me libraría de la ira, nadie podría salvarme de mi destino. Fui capturado al amanecer y puesto en el primer barco que zarpaba rumbo a las Américas. Supe, al llegar al puerto de La Guayra, la suerte de la secta a la cual pertenecía, junto a nobles varones. Descubrieron a tres condes en el ritual del desollamiento de una bella dama de sociedad en el Coliseo, lugar elegido para extender su piel a las luminarias solares.
Todos fueron procesados tras confesar sus crímenes, realizados en nombre de una deidad pagana, a la cual desde la antigüedad de Roma, le rindiese culto Livia, la mujer de Augusto, el césar. El juez los condenó a morir descuartizados. Mi nombre no fue revelado en ningún momento del proceso, yo había sido condenado al olvido por la corte y salvado de una muerte segura. El rey aún llora a escondidas al recordar los nexos rotos y maldice ante mi falta.
Llegué al valle de Caracas en arreo de mulas. Luego de un largo camino a través del Avila. La ciudad era angosta y larga. La vadeaba un serpentino río nutrido por las acequias del cerro majestuoso en cuyo seno pasaría el resto de la vida. Atravesé las haciendas de café dirigiendo mis pasos hacia el este, buscaba asentarme en las hermosas campiñas de Petare, buscaba un lugar apartado, lejano de los hombres; me había iniciado en la ruptura para con el mundo y no pretendía volver a él. Compré una hacienda en el abra de Caurimare, tuve que abocarme a la reconstrucción de la casona colonial, pues los repartimientos y los patios estaban destruidos.
Con grupos de peones anónimos limpié los cafetos y me dediqué a amoblar la casa al mejor estilo europeo. Me sentía premiado en mi soledad por los desmanes pretéritos, estaba en la cumbre de una exuberante montaña, era señor y dueño de tierras abalconadas en el vacío de un paisaje donde perdía la mirada en siniestras divagaciones. Era un hombre malo, mi condición me revelaba constantemente en contra de mis semejantes, los pactos diabólicos me devolvían el sosiego perdido por la rutina de construir un mundo de helechos y café.
Debía derramar sobre las orquídeas la sangre de mis víctimas o no accedería jamás al reino del encono. Devasté los cafetos y quemé la tierra, la sembré de tubérculos y cebollas, corrompí a las autoridades para obtener el permiso para la quema sistemática, nada debía remitirme a una condición paradisíaca. Contraté a un rústico mayordomo, quien no tardó en incorporarse a los rituales ofrecidos al dios pagano de Livia; cazaba animales vivos y los sacrificaba sobre una laja caliza a las orillas de la quebrada Caurimare, pero no bastaba; mi dios pedía ofrendas mayores y yo desesperaba, pues día a día me alejaba más de la gracia de su maldición.
Fue así como Silvana llegó a mi vida. Hermosa mujer de trenzas rubias y mirada lacustre, hija de un inmigrante piamontés, prolija en sus labores de bordado y sublime en sus lecturas abominables, solía leer a Darío mientras yo le hacía la corte por los lados de Catuche.
Me casé con la delicada vestal, era hermosa de cuerpo y de alma; propicia ofrenda al dios de Livia; argüí enfermedad para no consumar el matrimonio, debía mantenerla en estado virginal hasta el momento indicado en el cual arrancaría su piel con mi impaciente escarpelo; estaba obligado a preservarla de la pasión. Llegó la noche. La luna se deslizaba limpia en un cielo azul y sin estrellas. Hécuba sonreía. Recordé a las vestales sacrificadas por Livia, y me dispuse a cumplir mi cometido. Le propuse a Silvana un paseo nocturno a la quebrada donde mi mayordomo tenía aderezado el altar, y así atravesamos el angosto camino bajo la sonrisa plomiza de Selene.
La noche estaba fría, seca. Una brisa constante arrancaba silbidos a los juncos y el sublime aullido de una perra amarilla (sé que era amarilla, pues era la misma perra de la niña Azcoitía, yo la había visto y logré reconocerla) guiaba nuestros pasos a la piedra caliza donde debería ser desollada mi esposa.
Sin preámbulos la empujé sobre el altar y desgarré sus ropas, un modesto camisón de olán. Sus azules ojos brillaron contrastando la claridad lunar, brillaba en la oscuridad y buscaba una respuesta a tanta violencia. El mayordomo apareció con el escarpelo una vez la hube desnudado, ella, atónita, buscaba una razón, la cual encontró con premura, pues a gritos me inquirió piedad arguyendo la única excusa ante la cual detendría mi mano. — ¡Mi señor, no puedes matarme, no así. Escucha, no soy virgen!
Desconcertado por la revelación y arrebatado de ira, abrí sus piernas atenazadas e introduje mis dedos en su vagina en un brusco intento por hallar el himen intacto. ¡Dios, me había engañado! Era una puta, una ramera, una mujer manchada por la lujuria, superaba mis perdiciones. Eramos entonces dos demonios enfrentados. Aun así debía morir; la tomé por sus doradas trenzas y la arrastré quebrada abajo golpeando una y otra vez su cabeza.
En un recodo accidentado le procuré un golpe con una pala en la base del cráneo y la dejé muerta al borde de una caída de agua, iluminada por la luna; seguramente la perra amarilla daría cuenta de sus carnes y de sus huesos, de su alma ignoro quién reclamaría potestad. Arrebatado por la furia, regresé a mi casa en donde me sumí por días en el más absoluto de los silencios.
No me incorporaré jamás del sillón frente al corredor de los antiguos cafetales, desde donde veré a mi mayordomo perderse cada noche a rendirles culto a los dioses propios de estas tierras. Ya no me levantaré jamás. El bosque crece en torno mío y la maleza terminará por devorar mis posesiones. Sólo me acompaña en estos momentos finales el fantasma de Silvana, quien ríe desde su contundente triunfo en el trono inmortal del dios pagano de Livia. Esta certeza me abruma y gratifica.

CALLETANIA. (Fragmento) Por Israel centeno

El faro, donde vive Daniel, es un dedal frente a la casa de universos ocultos. Descuadra la calle, es un punto luminoso en las noches, sus luces permanecen casi siempre encendidas hasta el amanecer. José espera su turno para un partido de ajedrez, recostado en una biblioteca improvisada. Suda. Su cara brillante parece una calva con rasgos y facciones. Se acoda en los libros, entre los que se pueden leer títulos como ¿Qué hacer? de Lenin. Bosteza y mira a su alrededor. El cuarto no tiene gran cosa: una calavera de burro sobre montones de periódicos en desorden, una poltrona descosida cubierta de ropa usada, un retrato de Karl Marx colgado de la pared, un afiche del Che y una ruana. Lo demás, vasos a medio llenar, pantalones y camisas anudados sobre un guacal que funge de mesa de noche y cómoda, porque encima de él hay un espejo donde se distorsiona el reflejo de los que juegan ajedrez sobre la cama.
-¿Qué estuviste hablando con el Coronel en la platabanda de la casa de Ricardo? -por fin Daniel suelta la pregunta, distraído en una jugada del alfil.
-Co-cosas. ¿Qué pude haber hablado? -José carraspea y saca un pañuelo para limpiar su cara grasienta y lisa, donde sólo resalta un mostacho enorme al estilo de Nietzsche.
Daniel se levanta, sale a la calle, todo está tranquilo. Las puertas están cerradas, pero subsisten pequeños grupos dispersos. Se ve la botella traslúcida pasar de boca en boca, las motos subiendo y bajando la pendiente; alguien grita al pasar. Daniel baja la cabeza en un reflejo, busca protegerse. Se escuchan risas junto a la aceleración de la moto. Daniel recuerda. Estaba seguro. Los tres tiros que perforaron su puerta unos días atrás lo habrían matado si en vez de quedarse dormido en la poltrona se hubiese tendido en la cama, como siempre. Esa vez el Biuti había intentado llegar más allá del amedrentamiento, más cerca de tomar su vida y ofrecerla en sacrificio a un dios desbocado, luminoso, terrible. De alguna manera, Daniel debía encontrar el cuello del Biuti, el gaznate del Zucaritas para apretarlos definitivamente, impedirlos del aire.
Daniel sigue allí, parado frente al faro, mira intensamente a José, convenciéndose de que no cuenta sino con gente como él, que se adhiere no como un gesto de comprensión ni solidaridad íntegra, sino como la única forma de proyectarse. Eran los mismos de las luchas arrastradas durante años, que vienen bogando sin timonel hasta el presente, con su particularidad: el nuevo giro de la historia. A través de él encontraban una manera de darle forma a sus vidas, carentes de molde definitivo, se edulcoraban con posturas para seducir. Ahora todo estaba desarticulado, el rompecabezas con las piezas equivocadas, y sólo quedaba delirar.
Los delirios cobran cuerpo, se alimentan con una figura paterna que les indica cómo abrir el Mar Rojo. Y allí están Papito, José, Germán, frente a una tabla de ajedrez moviendo piezas, tensando una sonrisa luego de las jugadas, pasando las noches despiertos, durmiendo medios días. Seguros. Saben la importancia que cobran ante los demás al estar en el faro. Por lo menos antes las personas los miraban de distinta manera. Así han llenado sus vidas robando afecto a cualquiera que se lo ofrezca en forma de cervezas o palmaditas en la espalda, como diciéndoles: Está bien lo que hacen, no importa qué.

SEGÚN PASAN LOS AÑOS. Por Israel Centeno

No se habla de amor sin arriesgar una tontería, decía Jorge. A comienzos de los setenta me la pasaba enamorado: Aída, Josefina y Luisa, las tres desgracias. No tenía sentido continuar en el barrio. Se dividió el partido, la insurrección se posponía o todo se iba para el carajo. Abel montó su negocio y movía la cocaína en la plaza de Los Elefantes. ¿Quién iba a pensarlo? me dijo Alberto. Abel, el íntegro, ejemplo de toda la militancia de Catia. Un hombre de mística, repetía, movía la cabeza de un lado a otro y se miraba las uñas. El Indio Becerra se inscribió en la escuela de aviación. Seguía la línea del partido o buscaba tener futuro. Le hicimos una fiesta de despedida. Nos reunimos todos los de la calle e invitamos a las diablas del Liceo Andrés Eloy.

Compramos anís y ron y cerveza.

El hermano del Indio granuló más de una botella con mandrax.

Las paredes sudaron esa tarde.

Enrique prestó su casa y se la sudamos.

Cuando sonaba un bolero de Roberto Roena, me le acerqué a Jorge y le dije que estaba enamorado de Josefina. Entonces me soltó aquello del riesgo y de la tontería.

Josefina bailaba con uno de los hermanos Macario, el tipo la apretaba contra su cadera, le mordía el pabellón de la oreja, le lamía el cuello, se frotaba como un perro. Podía escuchar los gemidos del mono Macario a pesar de los timbales y la risa de la gente de Lomas de Urdaneta. Yo bebía anís y me abría camino en la sala, daba manotazos y miraba con cara de pocos amigos. Josefina se iba para el rincón y él apriétala y Josefina se reía. Yo quería decirle reputa y no le decía nada. Alberto presintió que se iba a prender una coñaza.

Siempre he sido hombre de poca paciencia. Pasé a un lado del mono Macario y le toqué el culo.

Él revira, me lanza un golpe con el puño cerrado. Lo esquivo. Me lanza otro golpe, esta vez me soba la oreja. Escucho grillos y estanques repletos de agua, batidos por bogarremeros. Me le encimo, lo abrazo, le suelto dos golpes sobre los riñones y lo levanto con una patada en medio de las piernas. El cae. Viene el otro Macario, su hermano, me hace sonar la espalda como un tambor, pierdo aire, Jorge se le acerca, el mismo Indio Becerra deja a la novia en mitad de la sala, todos saben que la fiesta llega a su final, que yo, Rubén Cabilla, me lanzo de cabeza sobre los Macario, los embisto y me los llevo medio salón hasta la puerta.

La casa de Enrique está construida sobre una terraza de cemento y desde allí los arrojo y por encima de mí comienzan a pasar uno y otro. Jorge, Enrique y el Indio Becerra dan puños, patadas y bofetadas, como dice la canción.

Así terminó la fiesta. Josefina se fue a su casa. Traté de decirle algo decente, pero lo que me salió fue puta, reputa, recontramilputas.

Esas son mis tonterías, Jorge. Mis amigos me tomaron de los brazos y me arrastraron a la escalera que da a San Benito. Me sentía mal.

Había arruinado la fiesta del Indio Becerra. Él se iba a hacer carrera entre militares. ¿Y qué? No es el fin del mundo: una buena fiesta se termina a coñazos, me dijo Jorge a manera de consuelo y nos quedamos tomando sol y sombra toda la noche. Al día siguiente bañamos al Indio, lo vestimos con su uniforme azul de cadete de la aviación y nos montamos en un autobús hacia Maracay. Lo dejamos en la base de Palo Negro, tenía la lengua blanca y el aliento pesado. Lloramos juntos. No quedaba nada de nada: Abel movía la bolsa en la plaza de Los Elefantes y ahora dejamos al Indio en una base aérea para que lo formara el enemigo. ¿Podría el Indio, borracho y enratonado, infiltrar al enemigo?

Años después se alzó en un golpe militar, voló su F16 sobre Caracas y luego se fue al Perú.

Toda esa tarde la pasé en la casa de Josefina, en las escaleras.

Ella asomaba medio cuerpo desde la platabanda, miraba hacia las otras calles, perdía su mirada en el barrio. ¿Qué buscaba? La figura deforme del mono Macario.

De nada sirvió que le pidiera perdón.

Me sentía tonto. Rubén Cabilla, un hombre duro. Un tipo de confianza en el partido. ¿Qué era ahora, si no un cabrón? Me lancé de cabeza escaleras abajo. Tú estás loco, me grita Jorge. Lo veo entre nieblas como a un santo, es la voz, me toma por los brazos y me lleva a rastras, atravesamos la calle San Pastor, mis suspiros rompían la tarde, rompían la noche, también suspiraba por Aída y por Luisa, carajo —las tres desgracias—. Vamos a tomar cerveza en la calle Bolívar para que te saques los despechos, me dijo, a escuchar rocola. De amor no se habla sino para hacer tonterías, repite. Pedimos dos y dos más.

Sube y echa un polvo, invita. Me levanto de la mesa, camino por el pasillo angosto que conduce a la escalera del burdel, me paro en el umbral, soy el vaquero Rubén Cabilla, apoyo una de mis manos en el descuadrado marco de la puerta, me imagino sombra cubierta de carne, porque tres mujeres me ven, me quiebro en los brazos de sus exhalaciones, soy humo, qué coño. Pasean sus miradas por la sombra, siguen las estelas de humo de sus cigarrillos, invitan con pequeños movimientos a la sombra, se incorporan, parecen los perritos de Pavlov, pasean sobre tacones altos, sus carnes tiemblan, se derraman.
Tomo a una pequeña, ella me toma a mí, abre la puerta de su cuarto, me desnuda, me lava, aprieta desde el tallo hasta el glande, se percata, no sale pus ni otra excrescencia y puede entonces llevárselo a la boca y ponérselo en el culo o entre las piernas, es un estudiante sano, debe pensar, y yo, Rubén Cabilla, pujo para irme, se me apagan las luces, no acabo.

Despierto en un hospital con las venas pinchadas.

No se habla de amor sin arriesgar una tontería. Eso dije al coronel Becerra mientras tomaba mi segunda cerveza. Me lo repetía Jorge, le dije, cuando andaba emperrado con Josefina y aún me sacaban llagas los recuerdos de Aída y Luisa. Becerra apenas sonrió. Había engordado, le había clareado el pelo y mantenía el ceño fruncido de los hombres ocupados.

Jorge sigue diciendo esas palabras que parecen verdades, en estos días me soltó que nadie pasa impune por la vida. ¿Y qué me quiso decir con ello? Desde que regresé de España me he convertido en un hombre apocado, me inquieren. Nada queda de aquel Rubén Cabilla, Alberto se ríe de mí. Sostiene que es una enfermedad de clase media. La clase media es marginal, otra sentencia de Jorge, alocada, no lo sé, yo me mantenía al margen de las cosas que pasaban. Nunca me reintegré.

Me mantuve ajeno de las conspiraciones. Fui contundente, o no, pero le dije a Alberto: No voy a participar en el traslado de esas armas. Él me lanzaba insultos, se condolía por mi estado de ánimo, me dijo que daba asco, vas por la vida autocondolido y doloroso como una virgen, qué carajo, no voy a participar en la toma de la emisora, lacrimoso como una vela, un día de éstos te pego un tiro, es un acto de piedad. Alberto no me mató porque a un revolucionario no lo mueve la piedad.

Luego de haber abandonado a Victoria en Algeciras y de haber arriesgado mi última tontería, decidí no insistir con la vida y sus esperanzas, siempre vanas. Me faltó coraje para darme un tiro entonces. Un guardia civil me desarmó sin trabajo, a mí, Rubén Cabilla. Me embalaron hacia Venezuela y desde entonces he pululado por los bares chinos, allí me solazo frente a los incensarios, entre el olor a orine y a soya.

Mi vida tuvo otro capítulo. Un capítulo que se ha extendido de manera engorrosa y que busca diluir el final.

Los amigos me han ido dejando, soy tratado por asco o por lástima.

No hay diferencia. Eres deplorable, me repite Alberto, casi tanto como Abel.

Abel ha prosperado en el negocio.

Ya controla todo el oeste de la ciudad y su gente ha comenzado a ser vista en bares del sur y del este. El hermano de Abel, Franpipí, se mantuvo cerca de Alberto y de Jorge y cuando los militares se alzaron, él se alzó con ellos. Luego de la derrota tuvieron que mover las armas, mantener contacto con la guerrilla en la frontera y procurar la fuga de los prisioneros. En todo andaba Franpipí. Era lo que en su momento fue Abel. Un militante valioso. Mientras, el hermano se fue convirtiendo en un colaborador de la policía, filtraba información y se peleaba la zona con los compañeros del partido.

Alberto decidió sacar a Abel del juego. Lo denunció en las juntas comunales, en la fiscalía y movilizó a la gente del barrio contra sus vendedores. Incluso trató de emboscarlos. Al principio no hubo consecuencias. Sólo escaramuzas.

Los jíbaros que movían la bolsa en la plaza de Los Elefantes comenzaron a ser desplazados. El negocio iba mal. Abel decidió delatar. Sabía dónde Franpipí guardaba las armas y dónde escondía a un oficial que se mantenía prófugo. Una madrugada allanaron la casa de Jorge y se llevaron a Alberto. Ambos estuvieron incomunicados cinco días, les metieron la cabeza en pocetas repletas de excrementos, les quemaron los pendejos con electricidad, les dieron golpes hasta en las axilas, los sofocaron con bolsas de plástico. Ambos creyeron que los iban a matar. Niegan haber soltado la lengua. Haberse ido de boca.

Días después medio barrio cayó.

No fue la policía quien se hizo cargo de las armas escondidas, ni del oficial del Ejército. Franpipí había decidido moverse pero el hermano tenía un mapa claro de sus movimientos. Colaba café en la pequeña cocina de la casa que le servía de concha. Entonces un jíbaro de la banda de Abel brinca de su moto por un terraplén, rueda y cae parado con una escopeta de dos cañones entre sus manos. Con el hombro derriba la puerta de zinc y deja que su arma escupa. Riega de plomo la pequeña sala, la única habitación, tira el carro y carga el arma una y otra vez, va a la cocina y la hace tronar, a Franpipí le queda el pecho abierto, mana sangre negra, trata de hablar y de su boca salen gorgoteos:

Yo soy Caín y la historia se cuenta al revés, de ese pensamiento no está seguro nadie, pienso.

Llegaron otros sicarios y buscaron entre los muertos, buscaron bajo las camas, derribaron las paredes de adobe, encontraron las armas, encontraron dos pasaportes, encontraron unas revistas de mujeres desnudas y un tomo de El Capital. Metieron todo en bolsas negras y se lo llevaron. Más tarde llegó la policía. Reseñaron las muertes como un ajuste de cuentas entre bandas.

Hay vainas que no se perdonan, me decía Becerra. Abel ha podido eludir su destino. Antes era más fácil, Rubén Cabilla, cuando no éramos Gobierno, se armaba una operación militar y se le pegaba un tiro. Abel está condenado a muerte. Lo sabía. Era lo justo. Lo que no cuadraba era por qué yo debía ser el ángel de la muerte.

Ellos tenían hombres y aparato.

¿Por qué un solitario? Matar a un malandro es cosa fácil y sobre todo si eres el jefe de la policía.

Todos mis amigos pasaron de ser combatientes revolucionarios a ser policías de la revolución.

Actuaban organizando brigadas populares, aprendieron los oficios del espionaje y asumieron sin contradicciones esa nueva faceta de sus vidas comprometidas. El Indio Becerra, hirsuto y ceñudo, era quien coordinaba todas sus actividades. Las vueltas que da la vida. La mía no daba vueltas sino ridículas volteretas. Me hizo vulnerable hablar de amor. Hablar de las tetas de Josefina, de las piernas de Aída, de los ojos de Luisa.

Siempre te la pasaste en esa paja, perdiste el temple, Rubén Cabilla, me dijo Becerra, ahora qué te queda. Deberíamos pegarte un tiro por piedad, repitió la frase de Alberto. ¿Por qué carajo no me lo pegan? Porque tú debes dar un tiro de justicia. ¿Por qué yo? La vida se te fue cerrando, chiquito, me dijo el Indio, igual andas muerto desde hace tiempo y antes de morirte como se debe, tus amigos te pedimos un acto de justicia. Me exigió: reivindícate, carajo, se te fueron 20 años frente a los incensarios en los bares chinos y entre los brazos de cualquier puta mientras nosotros hacíamos una revolución: coño, se me fueron los años. ¿Y para dónde se van los años?

Abel estaba en el hipódromo, se iba a correr la sexta carrera del viernes. Gordo y rosado, vestía un saco azul con un ancla bordada en el bolsillo y una gorra de capitán de barcos cubría sus canas. Andaba confiado, fumaba un grueso cigarro, sus hombres lo cuidaban de cerca, eran cuatro, nadie arriesgaría una matanza en la sexta carrera del viernes. Yo, Rubén Cabilla, luego de tomarme dos tragos largos de ron, me abrí camino entre la multitud en el momento en que los caballos pasaban la marca de la última curva, Abel se acercó a la baranda, hacía sonar sus dedos, sus hombres aplaudían o intercambiaban palmadas. Dejé que mi brazo se extendiera y apunté, era Apolo. A medida que señalaba, hería de lejos entre el griterío. Primero Abel, dos agujeros, uno en el pecho y otro en la garganta. Luego dos de sus guardaespaldas y un vendedor de tostones. Dejé de señalar y me perdí, me tragó la confusión. Creo haber leído que es difícil matar a un hombre. Depende, me repetía, a Rubén Cabilla siempre le ha sido fácil la faena.

Salí del hipódromo, boté los casquillos del arma y detuve un taxi.

Comenzaba a llover, pedí al conductor que me dejara frente al restaurante de los chinos en Boleíta.

Necesitaba calmar mi sed, me había ganado el tiro de justicia, estaba seguro. Quién sabe.

No se habla de amor sin arriesgar una tontería. Cuando se acaba todo, se acaba y punto, me dijo Jorge. Decidí entonces que no acabara porque nunca había empezado.

Huí hacia delante desde la nada. El Indio Becerra estaba infiltrando a la Aviación. Josefina entregada a la parrilla de la moto de uno de los Macario, Abel prosperaba en su negocio, los demás revisaban sus vidas y pensaban qué hacer con un partido dividido.

Me fui.

Llegué a Londres una mañana de primavera. Victoria Station me recibió entre vapores, iluminada y roja. Llevaba poco equipaje, estaba flaco, asombrado y dispuesto a no volver a Venezuela.

Me haría director de cine o poeta.

Llegué a la casa de un amigo de Alberto. No era una casa, o sí, era una casa invadida, un squoter.

Era común ir a Londres y llegar a un squoter por aquella época.

Toqué las puertas de una vieja mansión cerca de Camdem Town, me abrió Gabrielle la monja, su cara roja, su nariz larga y fina, de aguja, aguja de iglesia que me olfateaba, aguja de pino rojo y hermoso. Pasé a la cocina y me presenté al resto de una comuna que pretendía adaptarse.

Venían de los sesenta: marroquíes, argelinos, irlandeses, españoles, escoceses, suizos, italianos:

el mundo, todo en seis casas. La aldea global del maldito McLuhan.

Bebían café, tomaban vino, organizaban fiestas en el lote de tierra al fondo, fumaban hachís, aquella primavera del 79, de vuelta, se quejaba Tom, ¿hacia dónde?

El retorno tiene un reacomodo indeseable. Viví entre ellos por un tiempo. Gabrielle, la monja, fue mi amante. Así de fácil, le gustaba meterse a la cama conmigo hasta altas horas del día, nos frotábamos como leños y salíamos a comer lo que hubiese, tomábamos café y fumábamos marihuana jamaiquina. Íbamos a los pubs del sur, nos gustaba estar entre mucha gente, bailábamos o salíamos a comer castañas. Vino el cielo de verano y los carnavales de Portobelo, las mascaradas en casa de los amigos de Trinidad. A Gabrielle, la monja, le bajó la gracia, su vida cambió sin melodramas, conoció a Laura y se hizo miembro activo del movimiento gay, no hubo ruptura ni despedida, no me sentí triste ni me lancé por las escaleras de Embarquement.

Seguí adelante y me hice más amigo de Muhamed y de Tom, ellos no creían en lo que estaba pasando, decían que la gente se volvía cínica cuando retornaba, que todos se habían vuelto cínicos y había que hacer algo antes de que nos alcanzara la gangrena. No quería hacer nada.

Quería ser poeta, leer y descubrir a mis autores en las bibliotecas de los barrios negros. Quería hacer cine o no hacer, pensar la poesía, leerla, imaginar secuencias o dejarme poner viejo. Ellos insistían en que debíamos ir a Belfast a matar ingleses o al Líbano a entrenarnos. Hablaron de la lucha armada y me invitaron a conocer los secretos de los explosivos plásticos. En un principio me entusiasmé con sus ideas.

Pero estaba cansado. Ya no era más un hombre duro. No era más Rubén Cabilla. La revolución no era asunto mío. Por suerte, conocí a unos españoles que escapaban de la mili y vivían en Brixton Hill, en un squoter, por supuesto.

En otoño me alejé del círculo de Candem. En otoño conocí la abundante cabellera y el rojo amor de Victoria.

Roja era y pecosa su piel. Como el centeno y la avena era. Sus ojos grandes de almendras, dulces y brillantes, higos del otoño, verdes y grises, ojos que buscan mi cara.

No soy más ni lo seré de nuevo.

Presumo en Victoria mi derrota.

Ella había ido a Londres a practicarse un aborto, estaba frágil, debí suponerlo, siempre estuvo frágil como las hojas de otoño. Incluso, cuando me amó con exceso y su pasión era una pasión real, corrosiva, debí entenderlo. Desde la primera noche nos agarramos de manos. Conversamos un poco sobre la transición en España.

Ella estaba agobiada, nunca supe por qué. No lamentaba haberse hecho un aborto, ni extrañaba a nadie, pero estaba agobiada. Paseábamos por Marbel Arch, siempre nos tomamos de la mano. Nunca he sentido la ternura como entonces.

Nos comimos la boca por primera vez cerca de Hyde Park, caían como paladas las hojas sobre nosotros, moría y era enterrado, rojo en ella. No puedo decir que fue placentera mi relación con Victoria. Una pasión intensa no se dice ni se explica. No me enteraba de nada. Entraba y punto. Me dejaba ir hacia atrás con los brazos en cruz, iba hacia el fondo, había doblado la esquina o un pliegue de la vida. Un doblez, dos, tres y cuatro. Un pañuelo o una mortaja. Me reduje a ella y no cuestioné nada.

Nos hicimos frecuentes en los bares punk de Richmond. Victoria me compró en un jumbel sale una gruesa gabardina de soldado alemán.

Yo no le daba importancia a que Victoria se pinchara. Yo bebía y ella se pinchaba, atenuaba su agobio y avivaba el mío. No se es feliz nunca, pensé, ya no tenía a nadie a quien decir, ni alguien que me dijera. Supe de Mohamed y de Tom. Apoyaban una huelga de hambre de los presos del Ejército Republicano Irlandés. Me trataban con cautela. A Gabrielle, la monja, la vi en Oxford Street la noche de navidad, nos dimos besos y abrazos, intercambiamos buenos deseos. Ella insistió en preguntarme si estaba bien, si me faltaba algo. Mierda, que no me faltaba nada, lo tenía todo, absolutamente.

Miraba la nieve caer y los coros cantar y me sentía en el cielo. Era navidad. Estaba en Londres y amaba a Victoria. Y Victoria ¿era capaz de amar a alguien? No me hice la pregunta, sentía la pregunta, la comencé a sentir cuando sus ojos se hicieron más grises que verdes y sus manos quedaban muertas en mis espaldas, su boca languidecía y sin embargo, estaba consumido por ella. No se es feliz nunca, me repetía al verle las venas tatuadas por las ampollas negras de los pinchazos. No se es feliz nunca, me dije, cuando dejó de obsequiarme sus orgasmos. No me dejes, me dijo la primera vez que se quedó muerta en mis brazos.

No me dejes, me dijo cuando lloré con la cabeza apretada sobre su vientre. No me dejes, me dijo y yo le dije que no la dejaría nunca, que dejarla era traición y que la traición se paga con muerte dolorosa.

No me dejes, me dijo. El invierno fue duro, me rapé la cabeza, me atrincheré en el ático donde vivíamos, compré carboncillos y comencé a dibujar con trazos horribles un mural de mi ciudad, allá lejos, flanqueada por un cerro, en el cuenco de un valle.

Nunca pasaron los días y fuimos quedando sin fuerzas, estaba impávido y se me ocurrió que un viaje al finalizar el invierno nos devolvería el rojo de los primeros tiempos, buena comida y vino grueso, le dije. Vamos a España.

¿Qué me hizo ir hasta el final?

La luz. Pensé en Marruecos. En los días perennes. En el sol calcáreo.

Lindo lugar para morir. Victoria estuvo de acuerdo, se entusiasmó con la idea. Puedo decir que me la eché al hombro como un talego. Nos despidieron en Victoria Station Gabrielle, la monja, y Laura. Londres quedó atrás y no sentí dolor ni pena. Sólo sentía a Victoria. Cruzamos el Canal de la Mancha por Dover y así de nuevo al continente. Entramos a España por Port Bou. Victoria tuvo la primera crisis de abstinencia antes de llegar a París. La dejé envuelta en un sleepingbag en la Gare Oest y fui a un barrio argelino a controlar heroína. Vagué casi todo el día, entre señas y desconfianza conseguí algo y en una farmacia pedí dos frascos de jarabe para la tos. Regresé y besé los brazos, el pecho, la nuca de Victoria. Busqué beso a beso una vena y la inyecté.

La mantuve con codeína hasta Barcelona y allí todo comenzó a fluir, como es natural, hacia Marruecos. Ella se perdió en la Barceloneta, se perdió entre marineros.

Cerré los ojos y no quise pensar sino en el sol, en el maldito sol óseo del norte de África, ella estaba allá y no entre putas en Las Ramblas, ella estaba allá y no entre las escorias del puerto, ella estaba allá y me la mamaba a mí y no a un marinero hijo de puta de Costa de Marfil. Se me perdió y la encontré, era un reino, una heredad, en el quicio de una escalera cerca de la catedral. Suciarojaestropajo.

Me hice de dinero con un golpe de fuerza. Compré ropa, alquilé un hostal, la bañé. La froté con agua de azahares y ungí su cabello con aceites, continuaba hermosa, apenas dibujaba esa sonrisa de los muertos. La había pinchado con heroína buena, me arriesgué y lancé los dados. Al día siguiente nos largamos a Valencia, a Málaga, a Algeciras. Ya no tenía dinero, ni chocolate, ni maricas perras para calmar mi sed con unas cervezas. Victoria convulsionó.

Rubén Cabilla, el duro, fue de nuevo a las calles, navaja en mano y a carajazos le quitó el dinero a un tipo que salía de un banco y corrió por los callejones de Algeciras e hizo a un lado a la gente, ya tenía el dinero para comprar una dosis y cruzar el Mediterráneo.

Estaba feliz en el momento en que sentí que un puño me cegaba. No me dejes, me dijo. Fui deportado a mi país y no supe de Victoria, no pude darle el sol de los huesos ni el aroma del Sahara, la dejé y me dejé, no tuve fuerzas para hacerme matar por la guardia civil.

Marruecos quedó intangible mientras me venía en vómitos.

No se habla de amor sin arriesgar una tontería. Matar a un hombre no es nada agradable, mucho menos matar a sus guardaespaldas y a un vendedor ambulante.

La vida me nació estopa. Y tengo que continuar. Abel está muerto, el Indio Becerra ya no me citará a tomar unos whiskyes en el Tamanaco.

Jorge y Alberto, uno en la alcaldía, el otro en Fuerte Tiuna, como un mar de maricas, justo en el carrusel de la historia, me dicen adiós. La noche está cálida. Tiemblo, me quema la fiebre. Mis armas no tienen proyectiles.

Tengo dinero y pasaporte. Alquilo un cuarto en un hotel. Me desvisto, bebo un vodka puro y frío, me quedo desnudo, sentado frente al televisor. El país está revuelto, no me interesa el país. Confirmo mi reservación, me iré a Marruecos.

Tiemblo. Voy a la ducha. Me doy un baño largo, gasto una pastilla de jabón. Recuerdo las piernas de Aída, las generosas tetas de Josefina, los ojos de Luisa. Victoria no se recuerda. Victoria es derrota y traición. Me seco y me envuelvo en toallas. En dos días estaré en Casablanca. Nadie sabe. Será un remake. Aparecerá Victoria bajo las aspas de un ventilador en un bar. Viva, roja y voluptuosa como aquella primera vez en el squoter de Brixton Hill. Alguien tocará Según pasan los años. Suena el timbre. Me dirijo a la puerta, es mi vodka. No sé por qué sonrío al verle la cara al botones, escucho dos consejos, dos disparos, play it again, Sam. El sol es calcáreo en Marruecos. Lo juro.

ISRAEL CENTENO


HILO DE COMETA DE ISRAEL CENTENO

Hilo de cometa narra los "ritos de paso" de un adolescente venezolano que vive aún de sus mitos (la película Rebelde sin causa, el sexo iniciático, las primeras borracheras, las motos, el mar en verano...) con el contrapunto terrible de la tortura a la que es sometido su padre, un militar progresista, en medio de una de las muchas dictaduras de América Latina.Completa el volumen otra novela corta (nunca antes publicada, ni en Venezuela ni aquí: es rigurosamente inédita) de Israel Centeno: Retrato de George Dyer, que insiste en algunos temas ya presentes en Hilo de cometa y en Iniciaciones (Periférica, 2006). En el Londres y en la Barcelona de los años 80, donde vivió Centeno algún tiempo, el título de un cuadro del pintor Francis Bacon se nos ofrece como clave para adentrarnos en un territorio, como la propia obra de ese pintor, informalista y figurativo a la vez, expresionista y lírico, muchas veces doloroso; siempre sugerente. Una historia de amor entre hermanos y también una historia de exilio y extrañeza. Dos novelas cortas escritas con un lenguaje que algunos han llamado «volcánico». Vale para ambas lo que J. A. Masoliver Ródenas dijera ya sobre nuestra edición de Iniciaciones en La Vanguardia: «Nos sumergimos en un mundo de una intensísima carga erótica marcado por la violencia, por el incesto, por las transgresiones sexuales y por las contradicciones en el terreno político y social».
Hay que decirlo con claridad: un autor no apto para todos los públicos pero, sin duda, muy personal: alta literatura. Un novelista que, poco a poco, tras la excelente acogida de Iniciaciones, se está convirtiendo en escritor de culto aquí, como ya lo era en Venezuela.
Israel Centeno nació en Caracas en 1958. Su narrativa puede dividirse en dos etapas:La primera la constituirían Calletania (1992; próximamente en Periférica), El rabo del diablo (1994; próximamente en Periférica), Iniciaciones (publicada por Planeta Venezuela en 1996 y reeditada por Periférica en 2006) e Hilo de cometa (Planeta Venezuela, 1996), que ahora «rescatamos» junto a otra novela corta inédita de ese momento: Retrato de George Dyer.La segunda etapa en la obra de Centeno revisa algunos de los tópicos de la llamada «novela postmoderna» –y, a través de ésta, también de la novela de género–. Se agrupa en un conjunto que algunos han bautizado ya como «ciclo del exilio», que arranca precisamente con Exilio en Bowery (1997), para seguir con, hasta ahora, Criaturas de la noche (2000), El complot (2002), La casa del dragón (2004) y Bengala (2005), todas ellas aparecidas ya en Venezuela.
Nuestra edición de Iniciaciones obtuvo una importantísima recepción por parte de la crítica:«En una novela como la que comentamos, en la que la brevedad es un asunto que va parejo al tema que desarrolla, la tensión psicológica y la precisión en la escritura exigen sincronización, la ilusión de que una de sus instancias nunca queda subordinada a la otra. Difícil equilibrio que Centeno consigue plenamente.» (J. Ernesto Ayala-Dip, El País)«Israel Centeno ha convertido la narración de la biografía de los miembros de una familia de los llanos de Venezuela en un experimento. En el mejor sentido, podríamos hablar de que la lectura de esta historia constituye una aventura de-constructiva.» (Arturo García Ramos, ABC)«Iniciaciones es una novela de factura sobresaliente. La carga sexual es más latente que evidente. Así, la obra gana en emoción, profundidad. Centeno se convierte en un fotógrafo del deseo y la insatisfacción.» (Tamara García, Diario de Cádiz)«Su prosa tiene vocación poética, e invita al deleite de una segunda lectura.» (José Giménez Corbatón, Heraldo de Aragón)

SIN RIESGO NO HAY LITERATURA. Entrevista a Israel Centeno

“El complot” novela de Israel Centeno esta marcada por el sino de la realidad de Venezuela, su apuesta literaria no deja de ser arriesgada, porque entre traiciones y persecuciones, crímenes y mentiras, Centeno destaja la historia reciente de su país.
En el mejor de los casos, “El complot” se traduce en el grito que Centeno lanza desde el desbarrancadero de la historia reciente de Venezuela. No se trata de una novela de actualidad, pero sí de los espejos que se esconden detrás de la misma. A Caracas se le toca de cerca. Se le ve de día y sorprende de noche. La violencia parece arrojarse con la misma fuerza que las aguas del Orinoco, mientras existe un país que naufraga y ahoga en las trampas de su historia— y sus espejismos.
En “El complot”, describe los acontecimientos más recientes en la historia política y social de Venezuela. ¿Pero no es una apuesta literaria arriesgada, la de escribir una novela sobre acontecimientos que se encuentran aún en pleno desarrollo? En el momento en que empecé a escribir la novela me hice la misma pregunta que usted me plantea. Existe siempre una apuesta y siempre hay un margen de riesgo. Pero esa apuesta la hicieron también escritores venezolanos como Miguel Otero Silva y Juan Antonio Abreu. Si usted ha tenido y mantenido un contacto íntimo, cercano y directo con la historia de su país, lo normal es que se encuentre sumergido en los sucesos y acontecimientos que le ha tocado vivir. En “El complot” la apuesta temática es arriesgada, pero no así la apuesta estética.
¿Existe una relación directa entre “El complot” y los sucesos acontecidos el 11 de abril en Venezuela? Encuentra en la novela una especulación bastante lícita, porque siempre, en un proceso que se llama revolucionario, existen factores extremistas. Y obviamente me los tuve que plantear cuando escribí esta obra. “El complot” es una novela donde se encuentra gente atrapada en una espiral de violencia, y en donde ésta se mezcla con otras propuestas más radicales. Sin embargo, la novela no guarda relación directa con los sucesos del 11 de abril en Venezuela.
“El complot” se publica en Venezuela en un contexto marcado por los acontecimientos del 11 de abril y por una profunda polarización social. ¿No han influído estos factores en la forma en que los lectores, no sólo de Venezuela, sino latinoamericanos, ven y leen esta novela? Los acontecimientos del 11 de abril han servido para marcar un desconocido momento de reflexión en América Latina, pero especialmente en Venezuela. “El complot” es novela, ficción, y pretendo que así sea leída. Pero no puedo negar que es una novela que encaja en un momento crucial de la historia de Venezuela. Un momento marcado, como lo anotó, por una grave polarización social. Encontrará muy distintas lecturas sobre lo que acontece en estos momentos en mi país. No se puede hablar de que en Venezuela exista una tendencia “pinochetista”, como algunos lo quieren hacer ver. Se puede producir, indidudablemente, debido a las características del momento. Pero lo que se quiere, por todos los medios, es que no se imponga ninguno de los extremos y que sea la sensatez la que prive.
¿No percibe que “El complot” se encuentra librando una batalla contra las arenas movedizas de la historia reciente de su país? Es que el escritor, en algún momento de su vida, está en la capacidad de hacer ese contacto con la realidad para recrearla. Es algo que en ningún momento le quita mérito a la obra, ni siquiera la circunscribe. Lo importante no es la lectura que se hace sobre los acontecimientos, sino que la apuesta estética y narrativa esté bien determinada. Asegurado lo anterior, la obra puede obtener carácter universal. Las tiranías, persecuciones, asesinatos e intrigas de “El complot” se encuentran en cualquier parte del mundo, lo mismo sucede con las tentaciones autoritarias. Guarde las distancias y sólo vea la forma en que el presidente Bush piensa y actúa. En “El complot” existe una actitud y una visión antitotalitaria. En este marco, la novela es cierto que se alimenta de coyunturas muy actuales, pero estoy convencido de que encontrará su espacio como obra literaria.
“El complot” se traduce también como su respuesta a lo acontecido en los últimos años y meses en su país. ¿Pero cúan divididos se encuentran los intelectuales venezolanos ante la crisis por la que están atravesando? Fue meses atrás que unos 20 escritores y artistas venezolanos decidimos redactar y firmar una carta, en la cual rechazamos el régimen del presidente Chávez. En la carta mencionamos la tendencia militarista y autoritaria de Chávez. Hay autores que se encuentran, por distintos motivos, paralizados. Hay otros autores que creen estar siendo manipulados por la derecha y por lo tanto no se pronuncian. El punto es que pronunciarse contra Chávez no es alavar un golpe de estado. Y si lo hay, nuestro deber será denunciarlo.
¿Cuando deben intervenir los escritores, fiolósofos, artistas y pensadores? Desde fuera parece que hay un grave letargo de ideas y planteamientos por parte de los intelectuales venezolanos. Los intelectuales de este país se han mantenido activos desde las columnas de opinión de revistas y periodicos. Ejemplos son el poeta Rafael A.Lucas y Alberto Barrera. Pero quizá es cierto que el peso de una sóla voz, como la Arturo Uslar Pietri, ya no existe. Sin embargo, hay personas que desde una inicio señalaron el régimen de Chávez. Existe una pluralidad de voces críticas, que se multiplican y se encuentran, pero que aún no tienen cuerpo ni carne.
¿Qué futuro vislumbra para su país? Espero que se imponga la cordura, que se deje atrás el bochinche y que se asuma una responsabilidad más seria: la modernización de un estado y su construcción. Que existan respuestas claras a los problemas que arrastramos. Espero que Venezuela pueda salir de este trance y que no sea a través de un atajo. No se puede imponer uno de los extremos: la apuesta debe ser democrática, por la calle del medio.

INICIACIONES. Por J. Ernesto Ayala

La novela de iniciación tiene una larga tradición en la literatura universal. El escritor venezolano Israel Centeno (Caracas, 1958) transita por este género en Iniciaciones. Y lo hace desafiando, a la vez, la pulcritud y la instantánea eficacia que exige la novela corta. El tránsito de la adolescencia a la adultez tiene como premisa en la novela la descripción del dolor y el éxtasis que provoca todo aprendizaje sentimental. En ese aprendizaje está comprometido el propio cuerpo, que tiene que buscar su acomodo en un paisaje de decepciones y tristezas, los alimentos terrenales que diría el joven Gide. No se trata de salir indemne. En la novela de iniciación de lo que se trata es de rendir honores a las heridas de juventud. En su novela, Israel Centeno trabaja su historia con el arrebato corporal y las preguntas que no siempre tienen respuesta.
A todo ello, Centeno suma la arquitectura. Iniciaciones es una historia de vehemencias varias. El salto del campo a la ciudad (Caracas). Del país al exilio voluntario (París, la ciudad que mejor metaforizó todos los exilios impostergables). La fricción sensual entre miembros de una misma familia, un cierto aire de promiscuidad iniciática.
Israel Centeno crea cuatro voces. Cada una es un relato independiente del otro. Pero los cuatro lo son de la frondosa historia familiar que pasa ante nuestros ojos. Y como toda historia familiar, no es ajena a la historia de una comunidad social. Iniciaciones tiene bastante de radiografía sociológica en sordina. Pero volvamos a la arquitectura. En una novela como la que comentamos, en la que la brevedad es un asunto que va parejo al tema que desarrolla, la tensión psicológica y la precisión en la escritura exigen sincronización, la ilusión de que una de sus instancias nunca queda subordinada a la otra. Difícil equilibrio que Centeno consigue plenamente.
Es probable que los lectores de esta novela recuerden una pieza maestra de la narrativa de iniciación sentimental como es Fermina Márquez, del escritor francés Valéry Larbaud. El hijo de una adinerada familia suramericana que estudia en París, y su enamoramiento.
Israel Centeno trata igualmente la esperanza y la desilusión repartidas en distintas voces. Pero a la delicadeza de trazo psicológico que desbordaba Larbaud, Centeno la sustituye por elipsis que no esconden, así y todo, la derrota final del refinamiento moral ni esa violencia latente y no tan latente que pende sobre estos personajes en busca de algún tipo de salvación individual, de clase o generacional. La densidad que disimula esta novela es la propia de los relatos de esta especie.
Centeno habla de una experiencia iniciática casi diríamos generacional. Inserta en la opacidad y la desorientación. La construcción de estas cuatro voces diluye la tentación prototípica del héroe tradicional en la novela de aprendizaje.
No se trata de un cuerpo y una conciencia determinada, sino de un cuerpo social que parece naufragar sin conciencia.

ISRAEL CENTENO, LA ALEGRÍA DE LOS SÁBADOS.

Vuelve la obra de Israel Centeno a darme otra alegría sabatina. Si el sábado pasado me topaba con emoción con la edición española de Iniciaciones en la Casa del Libro, hoy (que no he salido a ver libros porque la lluvia recomienda quedarse en la casa, como los gatos) abro el suplemento cultural del diario ABC -quizá el mejor en España hoy por hoy- y me encuentro con la certera reseña (pinchen en la imagen para agrandar) que Arturo García Ramos hace, y que coloco a continuación para el que quiera compartir esta alegría conmigo (y con su autor).¡Éxito para Isra y la literatura venezolana! -Juan Carlos Chirinos-
Fábula «de-constructiva»
Arturo García Ramos
Iniciaciones es el relato de cuatro historias —tituladas con el nombre de sus protagonistas— que simulan cierta independencia. Y así se obliga al lector a conocerlas, en el orden al que nos somete la lectura sucesiva. La vida de cada personaje da cuenta de un rito de iniciación, una experiencia sufrida y traumática que lleva a cada uno a penetrar en un nuevo espacio, en una redefinición de sí mismo. Los lazos familiares unen esas vidas; de modo que cada historia se va tejiendo en relación evidente con las otras, pero el último rito de iniciación es elmás sospechoso de todos; es el rito de la escritura, y nos hará dudar de todo lo precedente. Vistas en conjunto las cuatro psi­cologías que componen la obra —dos masculinas y dos femeninas— repre­sentan un catálogo de frustraciones en el que los varones se sitúan en el polo más violento y tribal, en tanto que las mujeres procuran dar el salto a la civilización (Europa, la cultura, el progreso...), pero se enredan en un destino no menos destructivo. Israel Centeno ha buscado revisar con su fábula la lectura de la realidad vene­zolana que propuso su compatriota Rómulo Gallegos en Doña Bárbara; pero revirtiendo los valores de atraso y progreso, para proponer un análisis en el que la modernidad sale tan mal parada como la brutalidad que predomina en el aislamiento rural. Periférica recupera a este escritor venezolano prácticamente desconocido en Es­paña. Puede decirse de Iniciaciones que tiene los rasgos característicos de una novella, una narración que por sus dimensiones ya no podemos conside­rarla un cuento, y que solemos confor­marnos con decir que es una «novela corta». Pero a lo que apunta ese límite en el espacio es a otra serie de rasgos que afectan al modo mismo de narrar; porque como en el cuento, hay en la novela corta una concentración de los hechos, desnudos, una depuración de todo lo que es digresivo o accesorio y una ficción que se compensa por el cuidado de la técnica. Israel Cen­teno ha convertido la narración de la biografía de los miembros de una familia de los llanos de Venezuela en un experimento. En el mejor sentido, podríamos hablar de que la lectura de esta historia constituye una aventura de-constructiva. (ABC, 4 de noviembre de 2006)

ENTREVISTA CON ISRAEL CENTENO.

El domingo 5, Liborio Barrera entrevistaba a Israel Centeno para el suplemento Cuadernos de El Periódico de Extremadura. Creemos que la entrevista, muy interesante, merece ser reproducida.
"SOY UN HIJO DEL BOOM"El escritor venezolano Israel Centeno irrumpe en el panorama narrativo de España con Iniciaciones, una novela corta sobre la adolescencia, que publica la editorial extremeña Periférica.
Nacido en Caracas en 1958, Israel Centeno es, además de narrador, editor y poeta. Entre sus novelas destacan Cayetana (1992, Premio CONAC), Criaturas de la noche (2000) o Bengala (2005).
Escribió Iniciaciones hace 10 años. ¿En qué circunstancias lo hizo? Es una novela que se inscribe dentro de una tradición y recoge las resonancias de voces que fueron importantes para mí (Antonio Márquez Salas, Gustavo Díaz Solís, Rómulo Gallegos y el Guillermo Meneses de Campeones). Para mí era importante conciliar las formas de expresión con las historias. En Iniciaciones, un texto de reconocimiento vital, hay una búsqueda manifiesta en los fragmentos de un absoluto existencial: la adolescencia y el tema de la adolescencia. En ella todavía podemos encontrar un paisaje que nos es común, un territorio interior compartido. Fue mi tercer libro editado y daba continuidad al tránsito y a la consolidación de una voz que se reconocía (la mía), y necesitaba contar de cierta manera.
Sexo, violencia, turbiedad pueden asociarse a Iniciaciones. Si vamos al detalle, cada uno de estos elementos puede asociarse a la historia de cualquier persona, en mayor o menor medida. Incluso a la vida de algunos santos. Ahora bien, esta novela, como lo dice su título, toma el registro de una etapa de la vida signada por estos tres elementos. La visión del adolescente es confusa y turbulenta en estos temas. Es un momento en que se cree que todo está claro, pero en realidad, todo está oscuro.
Ha declarado que el riesgo como una condición de su literatura. ¿Cuál fue el riesgo en Iniciaciones? Iniciaciones le daba continuidad a mis primeros dos libros. Sin embargo, forzaba un poco más la barra en el aspecto formal. Allí estuvo el riesgo y sobre todo en tratar de concertar las tentaciones de ruptura estilística con las necesidades de reconciliación, buscar el equilibrio, la sensatez, comprendernos insertos en la modernidad sin perder las perspectivas del país que fuimos, que somos, o que vamos siendo. Esto incluye a la Hispanidad como una patria de lengua común y de tradiciones compartidas. De mi generación se dijo que hacíamos nuestra la voz de la urbe. En esta novela hay una vuelta de la urbe hacia la provincia y de la provincia hacia las grandes metrópolis: una ciudad está en un país de una o dos ciudades, un país de pueblos, deshabitado, de grandes migraciones y ese país y esa ciudad a su vez están en el mundo. Los personajes de la novela se mueven en estos escenarios.
¿Cuál es su relación con la tradición literaria de su país? Yo me reconozco en la tradición literaria venezolana que en algún momento fue leída en España. Cuando hablo de ella, estoy hablando de Rufino Blanco Fombona, Teresa de La Parra, Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Julio Garmendia, Guillermo Meneses, Salvador Garmendia, Oswaldo Trejo, Antonia Palacios, Adriano González León, José Napoleón Oropeza, Ednodio Quintero, Eduardo Liendo y Denzil Romero, entre otros muchos. Ahora trabajo muy cómodamente junto a otra gente de mi generación y leo con detenimiento a los que están comenzando a publicar.
¿Qué deudas lectoras tiene presentes en relación a otros países? Soy un hijo de lo que se llamó el boom literario latinoamericano. Lo digo sin rubor. A partir de ellos llegué a la literatura universal y a partir de ellos aprendí a comprenderla.
¿Qué significado tiene para usted publicar en España? Mucho. España sigue siendo el centro integrador de la Hispanidad. Es un mercado más grande, hay lectores generosos y el trabajo editorial es profesional. Para hablar en términos beisboleros: es como pasar a las grandes ligas. Porque en España hoy día nos reencontramos todos.Su vida en Venezuela no parece fácil. Ha manifestado opiniones contra Hugo Chávez. ¿Qué dificultades tiene? -Esta pregunta es difícil de responder, creo que han caído muchos referentes en estos últimos años. Mi vida se ha vuelto difícil en la proporción en la que el Estado y el Gobierno o un proyecto político se han confundido, en la medida en la que la modernidad ha perdido espacios y todo pareciese reacomodarse como en el siglo XIX o principios del siglo XX, a los caprichos de una figura fuerte o a la del famoso tirano necesario. En Venezuela el Estado, desde hacía tiempo, no sólo regulaba y controlaba el quehacer de sus ciudadanos, estamos hablando incluso antes de la era Chávez, de un Estado omnipresente y con recursos, la famosa chequera venezolana. Mis dificultades son aquellas que produce una actitud crítica y de disenso en una situación como la que estoy describiendo. Disentir en este país lo convierte a uno en realista, vendepatria o traidor.
¿De qué manera la inestabilidad en el caso de Venezuela repercute en su literatura? Este es un Estado muy rico. Las editoriales y las instituciones culturales están supeditadas a él. Un Estado que es a la vez el proceso o el caudillo. Esto es una gran limitante. Sin embargo, a muchos esta situación nos ha estimulado a aprender a continuar siendo; nos ha llevado a hacer apuestas en editoriales privadas, a buscar con más ahínco y determinación ediciones fuera del país, y a abandonar el regodeo endógeno que a veces permite un país donde una chequera petrolera sabe sobar, halagar y doblegar los egos.

domingo, 18 de enero de 2009

EL SÉPTIMO SELLO


PARA ACABAR CON INGMAR BERGMAN - EL SÉPTIMO SELLO. Por Woody Allen

(El drama se desarrolla en el dormitorio de la casa de dos pisos de Nat Ackerman, en algún lugar de Kew Gardens, Nueva York. La habitación está enmoquetada. Hay una gran cama doble y un inmenso velador. La habitación está enmoquetada y acortinada de forma meticulosa y en las paredes hay varias pinturas y un barómetro no muy atractivo. Se oye una música suave cuando se levanta el telón. Nat Ackerman, un confeccionista de pret a porter de cincuenta y siete años, calvo, está sentado en la cama terminando de leer el Daily News. Lleva puestas una bata y zapatillas y lee a la luz de una lamparilla cogida con grampas al cabezal blanco de la cama. Es cerca de medianoche. De pronto, se oye un ruido, Nat se sienta y mira la ventana.)
NAT: ¿Qué diablos es eso?
(Trepando torpemente por la ventana, aparece una figura sombría y con capa. El intruso viste una capucha negra y ropa ajustada al cuerpo también de color negro. La capucha le cubre la cabeza, pero no la cara, que es de mediana edad y absolutamente blanca. De algún modo, tiene cierto parecido con Nat. Resopla sonoramente y luego, saltando por encima del marco de la ventana, se deja caer en la habitación.)
LA MUERTE: (porque de eso se trata): ¡Dios santo! Casi me rompo el cuello.
NAT: (observando perplejo): ¿Quién es usted?
LA MUERTE. La Muerte.
NAT: ¿Quién?
LA MUERTE: La Muerte. Escuche. ¿Puedo sentarme? Casi me rompo el cuello. Estoy temblando como una hoja.
NAT: ¿Quién es usted?
LA MUERTE: La Muerte. ¿No tendría un vaso de agua?
NAT: ¿La muerte? ¿Qué quiere decir... La Muerte?
LA MUERTE: ¿Qué diablos le pasa? ¿No ve mi traje negro y mi rostro blanco?
NAT: Sí.
LA MUERTE: ¿Y le parece que puedo ser Pinocho?
NAT: No.
LA MUERTE: Entonces soy La Muerte. Ahora bien, ¿Podría darme un vaso de agua… o un agua tónica?
NAT: Si se trata de una broma…
LA MUERTE: ¿Qué clase de broma? ¿Tiene cincuenta y siete años? ¿Nat Ackerman? ¿Calle Pacific 118? A menos que me haya equivocado…¿dónde habré dejado el papel?
(Se revisa los bolsillos hasta que saca una tarjeta con una dirección. La verifica.)
NAT: ¿Qué quiere de mí?
LA MUERTE: ¿Qué qué quiero? ¿Qué le parece que quiero?
NAT: Debe estar bromeando. Estoy en perfecto estado de salud.
LA MUERTE: (sin dejarse impresionar): Uh, uh. (Mira en derredor) Es un hermoso lugar. ¿Lo hizo usted mismo?
NAT: Tuvimos una decoradora, pero yo la ayudé.
LA MUERTE: (mirando una foto en la pared): Me encantan esos chicos de ojos grandes.
NAT: No quiero irme todavía.
LA MUERTE:¿Usted no quiere irse? Por favor no empecemos. No empeore las cosas, la ascensión me ha mareado.
NAT: ¿Qué ascensión?
LA MUERTE: Subí por la tubería del desagüe. Quería hacer una entrada dramática. Vi. las ventanas abiertas y pensé que usted estaría despierto leyendo. Imaginé que sería divertido subir y entrar así, por las buenas, ya sabe… (chasquea los dedos). Pero me enganché el tacón en una enredadera, se rompió la tubería y me quedé colgado por un pelo. Después se me rasgó la capa. Mire, mejor vámonos de una vez. Ha sido una noche terrible.
NAT: ¿Así que, además, me ha roto la tubería del desagüe?
LA MUERTE: Bueno roto, no, sólo un poco torcido. ¿No oyó nada? Me pegué un porrazo en el suelo.
NAT: Estaba leyendo.
LA MUERTE: Entonces debería estar muy concentrado. (Hojea el periódico que leía Nat.) “Colegialas sorprendidas en una orgía de marihuana”. ¿Me lo presta?
NAT: Aún no he terminado.
LA MUERTE: Bueno…no sé cómo decírselo amigo, pero…
NAT: ¿Por qué no tocó el timbre abajo?
LA MUERTE: ¿Y qué, si no, estoy tratando de explicarle?
Podría haberlo hecho, pero ¿qué impresión le habría causado? Así queda más dramático. Pasa algo. ¿Ha leído Fausto?
NAT: ¿Qué?
LA MUERTE: ¿Y qué habría ocurrido si hubiera estado acompañado?
Estaría sentado, ahí con gente importante. Llego yo, La Muerte. ¿Qué le parece mejor? ¿Qué toque el timbre o aparezca de pronto? ¿En qué está pensando, hombre?
NAT: Escuche, señor, es muy tarde.
LA MUERTE: Tiene razón. Bueno, ¿vamos?
NAT: ¿Adónde?
LA MUERTE: La Muerte. Eso. La cosa. Los Felices Campos de Caza. (Se mira la rodilla) ¿Sabe?, es una herida bastante profunda. Mi primer trabajo y puede que coja una gangrena.
NAT: Espere un minuto. Necesito tiempo. No estoy listo para ir.
LA MUERTE: Lo lamento mucho. No puedo hacer nada por usted. Me gustaría, pero ha llegado la hora.
NAT: ¿Cómo puede haber llegado la hora? ¡Si acabo de asociarme con Original Pret a porter!
LA MUERTE: ¿Qué diferencia hay entre un par de billetes más o un par de billetes menos?
NAT: ¡Claro! A usted ¿qué le importa? Debe tener todos los gastos pagados.
LA MUERTE: ¿Quiere venir conmigo ahora?
NAT: (estudiándolo): Perdone, pero no puedo creer que sea usted La Muerte.
LA MUERTE: ¿Por qué? ¿Qué esperaba?… ¿Rock Hudson?
NAT: No, no se trata de eso.
LA MUERTE: Siento mucho haberlo desilusionado, pero, oiga usted…
NAT: No se enfade. No sé; siempre pensé que usted sería…eh un poco más alto.
LA MUERTE: Mido un metro setenta. Es normal para mi peso.
NAT: Se parece algo a mí.
LA MUERTE: ¿Y a quién tendría que parecerme? Al fin y al cabo soy su Muerte.
NAT: Deme un poco de tiempo. Un día más. Veinticuatro horas.
LA MUERTE: ¿Para qué las necesita? La radio dijo que mañana lloverá.
NAT: ¿No podríamos llegar a un acuerdo?
LA MUERTE: ¿Como cuál?
NAT: ¿Juega al ajedrez?
LA MUERTE: No.
NAT: Una vez vi una foto suya jugando al ajedrez.
LA MUERTE: No podría ser yo porque no juego al ajedrez. Gin rummy, quizás.
NAT: ¿Juega al gin rummy?
LA MUERTE: ¿Si juego al gin rummy? ¿Juega McEnroe al tenis?
NAT: Es muy bueno, ¿no?
LA MUERTE: Muy bueno.
NAT: Le diré lo que haré…
LA MUERTE: No quiera llegar a ningún acuerdo conmigo.
NAT: Le reto al gin rummy. Si gana usted, me voy enseguida. Si gano yo, me da un poco más de tiempo. Un poquitín...un día más.
LA MUERTE: ¿Y quién tiene tiempo para jugar al rummy?
NAT: Vamos, vamos. Dice que es tan bueno..
LA MUERTE: Aunque me gustaría hacer una partidita…
NAT: Vamos, pórtese como un caballero. Juguemos media hora.
LA MUERTE: En realidad, no debería…
NAT: Aquí mismo tengo las cartas. No se ahogue en un vaso de agua. Vamos.
LA MUERTE: De acuerdo, empecemos. Juguemos un poco, Me relajará.
NAT: (tomando las cartas, una hoja para anotar, un lápiz): No se arrepentirá.
LA MUERTE: No me dore la píldora. Vamos a las cartas, deme un agua tónica y algo de picar. ¡Vaya! Aparece un desconocido en su casa y usted no tiene ni patatas fritas para ofrecerle.
NAT: Abajo hay galletas en un plato.
LA MUERTE. ¿Galletas? Y si viene el presidente, ¿qué?¿También le daría galletas?
NAT: Usted no es el presidente.
LA MUERTE: Dé las cartas.
(Nat da y sirve un cinco)
NAT: ¿Quiere jugar a una décima de centavo para hacerlo más interesante?
LA MUERTE: ¿No le parece aún lo suficientemente interesante para usted?
NAT: Juego mejor si hay dinero de por medio.
LA MUERTE: Lo que usted diga, Newt.
NAT: Nat. Nat Ackerman. ¿No sabe mi nombre?
LA MUERTE: Newt, Nat... ¡tengo tanta jaqueca!
NAT: ¿Quiere ese cinco?
LA MUERTE: No.
NAT: Entonces, recoja.
LA MUERTE: (mirando sus cartas mientras recoge): Dios santo, no conseguí nada.
NAT: ¿A qué se parece?
LA MUERTE: ¿A qué se parece qué?
( A lo largo de la siguiente conversación, cogen y abren cartas)
NAT: La Muerte.
LA MUERTE: ¿Cómo tendría que ser? Usted abrió allí.
NAT: ¿Hay algo después?
LA MUERTE: Aaaahhh, se está guardando los dos.
NAT: Le estoy preguntando. ¿Hay algo después?
LA MUERTE: (con aire ausente): Ya verá.
NAT: Ah, entonces ¿voy a ver algo?
LA MUERTE: Pues, quizá no tendría que habérselo dicho de ese modo. Descarte.
NAT: No suelta usted prenda. ¿eh?
LA MUERTE: Estoy jugando a las cartas.
NAT: Pues bien, juegue.
LA MUERTE: Mientras tanto, le estoy regalando una carta tras otra.
NAT: No mire el mazo.
LA MUERTE: No estoy mirando. Lo estoy poniendo recto. ¿Cuál es la carta para cerrar?
NAT: ¿Ya está listo para cerrar?
LA MUERTE: ¿Quién dijo que estaba listo para cerrar? Lo único que pregunté es con qué carta se cierra.
NAT: Y lo único que yo pregunto es si debo esperar algo después.
LA MUERTE: Juegue.
NAT: ¿No puede decirme nada? ¿A dónde vamos?
LA MUERTE: ¿Nosotros? Para decirle la verdad, usted tropezará en un montón de pliegues en el suelo y se caerá.
NAT: ¡Oh, no quiero verlo!¿Me va a doler?
LA MUERTE: Un par de segundos.
NAT: Extraordinario. (Suspira) Lo que me faltaba. Un hombre acaba de asociarse con Original Pret a porter y...
LA MUERTE: ¿Qué tal con cuatro puntos?
NAT: ¿Cierra y se va?
LA MUERTE: ¿Son buenos cuatro puntos?
NAT: No, yo tengo dos.
LA MUERTE: Está bromeando.
NAT: No, usted pierde.
LA MUERTE: ¡Dios santo! Y pensar que creía estar guardando los seis.
NAT: No, su turno. Veinte puntos y dos cajas. Dé. (La muerte da las cartas) Debo caerme al suelo ¿eh?¿No puedo estar de pie encima del sofá cuando suceda?
LA MUERTE: No; juegue.
NAT: ¿Por qué no?
LA MUERTE: ¡Porque todo el mundo se cae al suelo! Déjeme en paz. Estoy tratando de concentrarme.
NAT: ¡Porque tiene que ser al suelo! ¡Es lo único que digo! ¿Por qué demonios no puedo estar al lado de un sofá cuando suceda?
LA MUERTE: Haré lo que pueda. ¿Quiere jugar, sí o no?
NAT: De eso estoy hablando. Usted me recuerda a Moe Lefkowitz. Tozudo como una mula.
LA MUERTE: ¿Que le recuerdo a Moe Lefkowitz? ¡Soy una de las figuras terroríficas que pueda imaginarse y al señor le recuerdo a Moe Lefkowitz! ¿Quién es? ¿Un peletero?
NAT: Ya le gustaría ser ese peletero. Gana ochenta mil dólares al año. Fabricante de pasamanos. Tiene su propia fábrica. Dos puntos.
LA MUERTE: ¿Qué?
NAT: Dos puntos. Voy ¿Qué tiene?
LA MUERTE: Tengo una mano como el resultado de un partido de baloncesto.
NAT: Y son espadas.
LA MUERTE: ¡Si no hablara tanto!
(Vuelven a dar y siguen el juego)
NAT: ¿Qué quiso decir cuando dijo que era su primer trabajo?
LA MUERTE: ¿Qué le parece?
NAT: ¿Quería decirme acaso… que antes de mí no ha muerto nadie?
LA MUERTE: Por supuesto que sí. Pero no lo llevé yo.
NAT: Entonces ¿quién lo hizo?
LA MUERTE: Los otros.
NAT: ¿Hay otros?
LA MUERTE: Claro. Cada uno tiene su forma personal de irse.
NAT: No lo sabía.
LA MUERTE: ¿Por qué habría de saberlo?¿Quién se cree que es al fin y al cabo?
NAT: ¿Qué pretende decir con eso de quién me creo que soy?¿Acaso soy un Don Nadie?
LA MUERTE: Nadie, no. Es un confeccionista de pret-a porter. ¿De dónde va a sacar un conocimiento de los misterios eternos?
NAT: ¿De qué está hablando? Yo gano mucha pasta. Envié a mis dos chicos a la universidad. Uno está en publicidad, el otro se casó. Tengo casa propia. Llevo un Chrysler. Mi mujer tiene lo que se le antoja. Criadas, abrigo de visón, vacaciones. En este momento está en Eden Roc. Cincuenta dólares al día sólo porque quiere estar cerca de su hermana. Tengo que reunirme con ella la semana que viene, entonces, ¿qué piensa que soy?¿Un tipo corriente?
LA MUERTE: Está bien. No sea tan quisquilloso.
NAT: ¿Quién es quisquilloso?
LA MUERTE: Yo también podría enfadarme porque me ha insultado.
NAT: ¿Quién lo ha insultado?
LA MUERTE: ¿No dijo que lo había desilusionado?
NAT: ¿Qué espera? ¿Pretende que tire la casa por la ventana?
LA MUERTE: No estoy hablando de eso. Quiero decir, yo personalmente, que soy demasiado bajo, que soy eso, que soy lo otro.
NAT: Dije que se parecía a mí. Es como un reflejo.
LA MUERTE: Ok, está bien, corte, corte.
(Continúan jugando, mientras sube el volumen de la música y se van apagando las luces hasta la oscuridad total. Las luces vuelven a encenderse lentamente; ha pasado el tiempo y se ha terminado la partida. Nat cuenta los puntos.
NAT: Sesenta y ocho... ciento cincuenta... Bueno ha perdido.
LA MUERTE: (mirando, abatido, los naipes): Sabía que no debía haber tirado ese nueve. ¡Mierda!
NAT: Entonces lo veo mañana.
LA MUERTE: ¿Qué significa eso de que me ve mañana?
NAT: Me gané un día extra. Ahora déjeme.
LA MUERTE: ¿Habla en serio?
NAT: Un trato es un trato.
LA MUERTE: Sí, pero…
NAT: No me venga con “peros”. Le gané las veinticuatro horas. Vuelva mañana.
LA MUERTE: No sabía que jugábamos por tiempo.
NAT: Lo siento mucho. Tendría que prestar más atención.
LA MUERTE: ¿Y ahora qué voy a hacer durante veinticuatro horas?
NAT: A mí ¿qué me importa? El asunto es que le gané un día extra.
LA MUERTE: ¿Qué quiere que haga? ¿Qué camine por las calles?
NAT: Métase en un hotel, váyase al cine. Tome un schvitz !No haga de eso un asunto de Estado!
LA MUERTE: A lo mejor se ha equivocado al contar.
NAT: No sólo no me he equivocado, sino que me debe, además, veintiocho dólares.
LA MUERTE: ¿Qué?
NAT: Así es amigo. Aquí está, léalo.
LA MUERTE (revisándose los bolsillos): Tengo unas cuantas monedas, pero no veintiocho dólares.
NAT: Le acepto un cheque.
LA MUERTE: ¿Un cheque? ¿En qué cuenta?
NAT: ¡Si todos fueran como usted!
LA MUERTE: Ponga un pleito, demándeme, haga lo que quiera. ¿Cómo voy a tener yo cuenta corriente?
NAT: Muy bien, muy bien. Deme lo que tenga y quedamos en paz.
LA MUERTE: Escuche, necesito ese dinero.
NAT: ¿Por qué va a necesitar dinero La Muerte? Cuénteselo a su tía.
LA MUERTE: No haga bromitas. Está a punto de ir al Más Allá.
NAT: ¿Y qué?
LA MUERTE: ¿Cómo y qué? ¿Sabe lo lejos que está?
NAT: ¿Y qué?
LA MUERTE: Y la gasolina ¿qué? ¿Y el peaje?
NAT: ¿Con que vamos en coche?
LA MUERTE: Ya verá. (Agitado) Mire, vuelvo mañana y me da otra oportunidad para recuperar mi pasta, ¿eh? De lo contrario, tendrá problemas.
NAT: Como quiera. Es muy posible que gane una semana extra o un mes. Quizá un año..De modo que juega…
LA MUERTE: Mientras tanto, me he quedado sin un centavo.
NAT: ¡Hasta mañana!
LA MUERTE (empujado hacia la puerta): ¿Dónde hay un buen hotel? ¿Qué hablo de hoteles si no tengo un céntimo? Iré a sentarme en una confitería. (Recoge el News .)
NAT: Eh, deje eso. Es mi diario.(Se lo quita)
LA MUERTE (yéndose): ¡Y pensar que pude agarrarlo y llevármelo sin problemas! ¿Por qué me dejé enrollar con el rummy?
NAT (llamándole): Y tenga cuidado al bajar.¡En uno de los escalones, la alfombra está suelta!
(Y, al instante, se oye una gran estruendo y el sonido de alguien que cae. Nat suspira, luego se dirige a la mesita de noche y hace una llamada telefónica.)
NAT: ¿Hola, Moe? Yo. Escucha, no sé si alguien me ha hecho una broma o qué, pero La Muerte acaba de salir de aquí. Jugamos un poco al rummy. No, La Muerte. En persona. O alguien que afirma ser La Muerte. Peor, Moe, ¡es un schlep! ¡El rey de los huevones!
Telón