sábado, 20 de diciembre de 2008

ROBERTO BOLAÑO 1953 - 2003


ROBERTO BOLAÑO

Escritor nacido en Santiago de Chile, Bolaño ha llevado una existencia bastante trashumante. A los 15 años estaba viviendo en México, donde comenzó a trabajar como periodista y se hizo troskista. En el 73 regresó a su país y pudo presenciar el golpe militar. Se alistó en la resistencia y terminó preso. Unos amigos detectives de la adolescencia lo reconocieron y lograron que a los ocho días abandonase la cárcel. Se fue a El Salvador: conoció al poeta Roque Dalton y a sus asesinos. En el 77 se instaló en España, donde ejerció (también en Francia y otros países) una diversidad de oficios: lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendimiador. Hasta que, en los 80, pudo sustentarse ganando concursos literarios. A fines de los años 90 la suerte empezó a estar de su lado: Los detectives salvajes (1999) obtuvo el premio Herralde y el Rómulo Gallegos, considerado el Nobel de Latinoamérica. Es autor de las novelas, La pista de hielo (1993), La literatura nazi en América (1996), Estrella distante (1996), Amuleto (1999), Monsieur Pain (1999), Nocturno de Chile (2000), Una novelita lumpen (2002) y 2666 (2004), ésta última póstuma; los libros de relatos Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001) y El gaucho insufrible (2003) y los poemarios Los perros románticos (2000) y Tres (2000). También escribió Amberes (2002), que recoge varios textos del autor y Entre paréntesis (2004), un recopilatorio de artículos, conferencias y otros textos publicados en varios medios de comunicación. Murió el 14 de julio del 2003 a consecuencia de una insuficiencia hepática.

UNA NOVELITA LUMPEN Fragmento) Por Roberto Bolaño

" Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente. Mi hermano y yo nos habíamos quedado huérfanos. Eso de alguna manera lo justificaba todo. No teníamos a nadie. Y todo había sucedido de la noche a la mañana.
Nuestros padres murieron en un accidente automovilístico durante las primeras vacaciones que hicieron solos, en una carretera cercana a Nápoles, creo, o en otra horrible carretera del sur. Nuestro coche era un Fiat amarillo, de segunda mano, pero que parecía nuevo. De él sólo quedó un amasijo de hierros grises. Cuando lo vi, en el desguazadero de la policía donde había otros coches accidentados, le pregunté a mi hermano por el color.
-¿No era amarillo?
Mi hermano dijo que sí, claro que era amarillo, pero eso fue antes. Antes del accidente. Las colisiones deforman el color o deforman nuestra manera de percibir el color. No sé qué quiso decir con eso. Se lo pregunté. Dijo: luz... color... todo. Pensé que el pobre estaba más afectado que yo.
Esa noche dormimos en un hotel y al día siguiente volvimos a Roma en tren, con lo que quedaba de nuestros padres, y acompañados por una asistente social o una educadora o una psicóloga, no lo sé, mi hermano se lo preguntó y yo no oí la respuesta pues iba mirando el paisaje por la ventana.
En el entierro sólo apareció una tía, hermana de mi madre, y detrás de mi tía aparecieron sus hijas atroces. Yo miré a mi tía todo el rato (que tampoco fue mucho) y en más de una ocasión creí descubrir una media sonrisa en sus labios, o a veces una sonrisa entera, y entonces supe (aunque en realidad ya lo sabía desde siempre) que mi hermano y yo estábamos solos en este mundo. El entierro fue breve. A la salida del cementerio besamos a nuestra tía y a nuestras primas y ya no las volvimos a ver. Mientras caminábamos a la estación de metro más próxima, le dije a mi hermano que mi tía había sonreído, por no decir que abiertamente se había carcajeado, mientras introducían los ataúdes en sus respectivos nichos. Me contestó que él también se había dado cuenta. A partir de ese momento los días cambiaron. Quiero decir, el transcurso de los días. Quiero decir, aquello que une y que al mismo tiempo marca la frontera entre un día y otro. De pronto la noche dejó de existir y todo fue un continuo de sol y luz. Al principio pensé que era debido al cansancio, al shock producido por la repentina desaparición de nuestros padres, pero cuando se lo comenté a mi hermano me dijo que a él le pasaba lo mismo. Sol y luz y explosión de ventanas. Llegué a pensar que nos íbamos a morir. "

AMULETO (Fragmento) Por Roberto Bolaño

" Tal vez fue la locura la que me impulsó a viajar. Puede que fuera la locura. Yo decía que había sido la cultura. Claro que la cultura a veces es la locura, o comprende la locura. Tal vez fue el desamor el que me impulsó a viajar. Tal vez fue un amor excesivo y desbordante. Tal vez fue la locura.Lo único cierto es que llegué a México en 1965 y me planté en casa de León Felipe y en casa de Pedro Garfias y les dije aquí estoy para lo que gusten mandar. Y les debí de caer simpática, porque antipática no soy, aunque a veces soy pesada, pero antipática nunca. Y lo primero que hice fue coger una escoba y ponerme a barrer el suelo de sus casas y luego a limpiar las ventanas y cada vez que podía les pedía dinero y les hacía compra. Y ellos me decían con ese tono español tan peculiar, esa musiquilla ríspida que no los abandonó nunca, como si encircularan las zetas y las ces y como si dejaran a las eses más huérfanas y libidinosas que nunca, Auxilio, me decían, deja ya de trasegar por el piso, Auxilio, deja esos papeles tranquilos, mujer, que el polvo simpre se ha avenido con la literatura. Y yo me los quedaba mirando y pensaba cuánta razón tienen, el polvo siempre, y la literatura siempre, y como yo entonces era una buscadora de matices me imaginaba los libros quietos en las estanterías y me imaginaba el polvo del mundo que iba entrando en lasbibliotecas, lentamente, perseverantemente, imparable, y entonces comprendía que los libros eran presa fácil del polvo (lo comprendía pero me negaba a aceptarlo), veía torbellinos de polvo, nubes de polvo que se materializaban en una pampa que existía en el fondo de mi memoria, y las nubes avanzaban hasta llegar al DF, las nubes de mi pampa particular que era la pampa de todos aunque muchos se negaban a verla, y entonces todo quedaba cubierto por la polvareda, los libros que había leído y los libros que pensaba leer, y ahí ya no había nada que hacer, por más que usara la escoba y el trapo el polvo no se iba a marchar jamás, porque ese polvo era parte consustancial de los libros y allí, a su manera, vivían o remedaban algo parecido a la vida. "

CONVERSACIÓN ENTRE RICARDO PIGLIA Y ROBERTO BOLAÑO

Frente a las propuestas narrativas, tan familiares ya, de los escritores latinoamericanos vinculados al célebre boom, han llegado en los últimos tiempos a España desde aquellas zonas registros literarios radicalmente distintos. Al leer a Ricardo Piglia o a Roberto Bolaño, parece que formaran parte de una galaxia totalmente ajena a aquella que propició las obras de autores como Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez o Donoso. Los hemos reunido (virtualmente) para que conversen entre ellos. Bolaño desde Cataluña, Piglia desde California: el hilo conductor es el correo electrónico, y las cuestiones de las que hablar, todas las posibles.
Roberto Bolaño. Querido Piglia, ¿te parece bien si empezamos hablando de algo que dices en La novela polaca? "¿Cómo hacer callar a los epígonos? (Para escapar a veces es preciso cambiar de lengua)". Tengo la impresión de que en los últimos veinte años, desde mediados de los setenta hasta principios de los noventa y por supuesto durante la nefasta década de los ochenta, este deseo es algo presente en algunos escritores latinoamericanos y que expresa básicamente no una ambición literaria sino un estado espiritual de camino clausurado. Hemos llegado al final del camino (en calidad de lectores, y esto es necesario recalcarlo) y ante nosotros (en calidad de escritores) se abre un abismo.
Ricardo Piglia. Cambiar de lengua es siempre una ilusión secreta y, a veces, no es preciso moverse del propio idioma. Intentamos escribir en una lengua privada y tal vez ése es el abismo al que aludes: el borde, el filo, después del cual está el vacío. Me parece que tenemos presente este desafío como un modo de zafarse de la repetición y del estereotipo. Por otro lado, no sé si la situación que describes pertenece exclusivamente a los escritores llamados latinoamericanos. Tal vez en eso estamos más cerca de otras tentativas y de otros estilos no necesariamente latinoamericanos, moviéndonos por otros territorios. Porque lo que suele llamarse latinoamericano se define por una suerte de anti-intelectualismo, que tiende a simplificarlo todo y a lo que muchos de nosotros nos resistimos. He visto esa resistencia con toda claridad en tus libros, y también en los de otros como DeLillo o Magris, que escriben en otras lenguas. Me parece que se están formando nuevas constelaciones y que son esas constelaciones lo que vemos desde nuestro laboratorio cuando enfocamos el telescopio hacia la noche estrellada. Entonces, ¿seguimos siendo latinoamericanos? ¿Cómo ves ese asunto?
R. B. Sí, para nuestra desgracia, creo que seguimos siendo latinoamericanos. Es probable, y esto lo digo con tristeza, que el asumirse como latinoamericano obedezca a las mismas leyes que en la época de las guerras de independencia. Por un lado es una opción claramente política y por el otro, una opción claramente económica.
R. P. Estoy de acuerdo en que definirse como latinoamericano (y lo hacemos pocas veces, ¿no es verdad?; más bien estamos ahí) supone antes que nada una decisión política, una aspiración de unidad que se ha tramado con la historia y todos vivimos y también luchamos en esa tradición. Pero a la vez nosotros (y este plural es bien singular) tendemos, creo, a borrar las huellas y a no estar fijos en ningún lugar. En estos días, estoy viviendo en California, en Davis, cerca de San Francisco, donde todo se entrevera, como sabes bien: los recuerdos del viaje al Oeste de la beat generation, con las novelas de Hammett, y los barrios paranoicos que describió Philip Dick conviven con la intriga de la cultura latina (en cada rincón de La Misión en San Francisco, en el Barrio invadido hoy por los jóvenes millonarios del Sillicon Valley, hay una figura o una imagen, un mural, una taquería, una bodeguita que tiene más color local que todo el color local que pudo imaginar Lowry, borracho, al pasear por Cuernavaca). De modo que aquí por contraste me siento un escritor digamos italo-argentino (un falso europeo, otro europeo exiliado). No creo que existan esas categorías en las historias de la literatura (están los italo-americanos, claro, pero se dedican al cine). Para mejor, estoy leyendo a W. H. Hudson (Días de ocio en la Patagonia), otro falso argentino, un europeo que nació en Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, y se crió entre gauchos hablando de lo que fue seguramente una versión prehistórica del spanglish. Y que a la vez escribía, ya lo sabemos, una de las mejores prosas inglesas que se puedan encontrar. Mejor que Conrad, a veces, menos barroco, más nítido, una extraña versión de Conrad, no sólo por la calidad de su prosa, y porque eran amigos, sino porque Hudson estuvo siempre desajustado y solo y fuera de lugar, como el polaco. Pero me estoy extendiendo. Me gustaría saber qué estás leyendo en estos días.
R. B. La última novela de Mendoza, La aventura del tocador de señoras, que me parece una novela muy buena. Pero permíteme que añada algo en relación a Hudson, un autor que leí muy joven. Yo creía entonces que Guillermo Hudson escribía en español y después de leer tres libros suyos me di cuenta de que escribía en inglés porque vi el nombre del traductor. No conozco bien la literatura argentina de finales del siglo XIX, pero tengo la impresión de que Hudson es uno de sus grandes prosistas. Algo similar ocurre poco después en Chile, con los primeros libros de Huidobro, que están escritos en francés. O con Rodolfo Wilcock, que acaba escribiendo en italiano. Hay como una especie de reflujo o de huida en algunos escritores, que los lleva a buscar, a instalarse o a indagar en una lengua menos adversa. Claro, éste no es el caso de Hudson. ¿Tú has leído a Mendoza?
R. P. Me gustan mucho los libros de Mendoza, aunque no he leído la novela que estás leyendo. Es intrigante, es cierto, ese juego con las lenguas extranjeras y con las traducciones. Para mí, Hudson y Gombrowicz producen efectos raros en la literatura argentina porque hacen entrar una voz próxima, un fantasma familiar, que se mueve invisible en un terreno conocido. Hay una tensión entre lo que se lee en la lengua propia y lo que se lee fuera de la lengua materna. Y los traductores están en esa frontera. Me interesa mucho la vida de los traductores, son un molde extraño de escritor. Ligado a Hudson, estoy leyendo ahora una biografía de Constance Garnett, una mujer fantástica que se pasó la vida traduciendo a los rusos al inglés. Imagínate que tradujo todo Tolstói y todo Dostoievski y terminó, por supuesto, medio ciega, una viejita feminista, muy simpática. Casi todos los norteamericanos y los ingleses, de Hemingway a Forster, admiraban a Tolstói por medio de ella, aunque Nabokov la destestaba, claro que Nabokov detestaba a todo el mundo.
R. B. Estoy completamente de acuerdo contigo en la importancia de los traductores. Lo que dices de Constance Garnett me recuerda de alguna manera a Consuelo Berges, que tradujo todo Stendhal al español y que se convirtió seguramente en la principal autoridad sobre Stendhal que existe en nuestra lengua. Sus traducciones son extraordinarias. También pienso en Javier Marías, que no es una viejita devota de un autor concreto, pero que tiene una traducción de Tristram Shandy, de Sterne, ejemplar. Pienso que tal vez personas tan disímiles como Garnett, Berges o Marías deshacen en el aire el problema que planteaba Pound, que sólo un gran autor puede traducir a otro. En este caso, sólo Marías es un gran autor; Berges y Garnett, desde la óptica tradicional, no lo son, aunque también puede ser posible, y yo me inclino por esta solución imaginaria, que tanto la viejita inglesa como la viejita española sean, y no en el fondo sino delante de nuestras narices, grandes autoras invisibles.
R. P. Tendríamos que hacer alguna vez una Enciclopedia Biográfica de Traductores Inmortales (e invisibles), ¿no sería sensacional? La inversa de la Enciclopedia de Tlön, algo más bien cercano a Manganelli o a las biografías imaginarias de Marcel Schwob, pero detalladas y reales, una lista de oscuros personajes extraordinarios, escritores asalariados que escriben a tantos centavos por palabra, los únicos verdaderos profesionales de la literatura, los nuevos folletinistas, que viven dedicados a la literatura, pero como escritores clandestinos, mal vistos y mal pagados, los verdaderos malditos, siempre postergados, siempre ausentes, y que por eso mismo serán quizá los grandes creadores del futuro. Serían pequeñas historias extraordinarias. Cortázar, que traduce todo Poe en una pequeña pieza de un pequeño hotel en Roma; el gran Sergio Pitol, al que durante años admirábamos sólo porque había traducido a Gombrowicz; el extraordinario trabajo de Nicanor Parra, con el Lear de Shakespeare; Aurora Bernárdez, traduciendo Pale Fire. Tendríamos que conseguir un mecenas y dedicarnos a preparar esa enciclopedia infinita. Estoy seguro de que nos haría inmortales, y sería no sólo un acto de justicia sino una revelación y una versión cómica de la por sí cómica historia de la literatura. Hay mil ejemplos. Pienso por ejemplo en el general Bartolomé Mitre, que libró batallas múltiples y fue luego presidente de la República a mediados del siglo XIX y que se dedico a traducir La Divina Comedia.
R. B. La Divina Comedia, ni más ni menos. Bueno, no se puede decir que no fuera pertinente. Y sobre lo que dices de Sergio Pitol, estoy totalmente de acuerdo. El primer libro de Pitol que cayó en mis manos fue una traducción suya de un escritor polaco hoy bastante olvidado, Jerzy Andrzejewski. El libro se llamaba Las puertas del paraíso y su argumento era el mismo que ya había tratado Marcel Schwob en La cruzada de los niños . Otro dato curioso: en mi ejemplar de La cruzada de los niños, el traductor dedica su versión de la obra a Julio Torri, que es un escritor mexicano rarísimo (o normalísimo, depende desde dónde se le mire) y que fue un hombre de una modestia yo diría que patológica y un gran escritor de textos breves. De alguna manera, Torri fue como el reverso de Alfonso Reyes, la brevedad ante la multiplicidad. Pero dejemos la literatura mexicana. A mí me interesa muchísimo la visión que tienes de la literatura contemporánea argentina, con esos cuatro puntos de referencia que son Macedonio Fernández, Borges, Arlt y Gombrowicz.
R. P. Macedonio es un escritor excepcional, una especie de Marcel Duchamp de la literatura. Practica un arte puramente conceptual, interesado más en el proyecto que en la obra misma. En realidad, la obra no es otra cosa que el proyecto. Trabajó toda la vida en una novela que sólo era la idea de una novela que nunca se empezaba a contar y que estaba hecha básicamente de prólogos y de anuncios. Borges aprendió todo de él, sobre todo, la inutilidad de desarrollar un argumento que se puede resumir y contar como si ya estuviera escrito. Pensaba en Macedonio el otro día cuando leí que Eric Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Encontraron las cartas cerradas en un altillo y las publicaron junto con las respuestas de Satie. La correspondencia es fantástica porque todos hablan de cosas distintas y ésa, por supuesto, es la esencia del diálogo.
R. B. Yo creo que las cartas de Satie muestran una cierta deferencia para con el interlocutor, es decir, no deja cartas sin contestar, pero el conjunto de la correspondencia más bien es una aceptación, razonable, eso sí, de la imposibilidad del diálogo, aunque también caben otras explicaciones, la más obvia sería la desconfianza de Satie en la palabra escrita, que me parece improbable pues Satie es uno de los músicos que más ha escrito. También existe la posibilidad de que Satie, conociendo a sus amigos, no considerara necesario abrir sus cartas, o lo considerara redundante. Es curioso, pero podemos encontrar más de una semejanza entre Macedonio y Satie, pero ninguna entre Borges y Satie. Y yo creo que esto se debe a que Borges no lo aprende todo de Macedonio , sino también, una parte importante, de Alfonso Reyes, quien lo cura para siempre de cualquier veleidad vanguardista. Macedonio es el riesgo, la audacia, el vanguardismo y el criollismo juntos, pero Alfonso Reyes es el escritor, la biblioteca, y el peso que tiene sobre Borges es importantísimo, tanto en el desarrollo de su poesía como en su prosa. Digamos que Reyes proporciona el elemento clásico a Borges, la mesura apolínea, y eso de alguna manera lo salva, lo hace más Borges.
R. P. Alguno de nosotros pensamos que quizá el siglo próximo será macedoniano, y que Borges estará ahí con el bello texto necrológico que leyó en la Recoleta, en medio de la tristeza general (lloviznaba en Buenos Aires), cuando hizo reír a los deudos con un chiste de Macedocio dicho en el entierro ("los gauchos fueron inventados para entretener a los caballos en las estancias"). Reyes era un caballero, leo siempre que puedo El deslinde . En cuanto al efecto Satie-Duchamp, creo que Borges es vanguardista como lector mientras que como escritor quiere ser clásico. En cuanto a la cortesía de Satie con sus amigos, es verdad que a los amigos se les contesta siempre y nunca importa lo que uno les diga en las cartas.
R. B. Sí, a un amigo se le contesta siempre, algo que a veces puede resultar terrible. Michel Tournier, en El espejo de las ideas, opone a la amistad el concepto del amor, y viene a decir algo como que todo lo que no toleraríamos jamás a un amigo, un acto de vileza, por ejemplo, lo toleramos y lo aceptamos en el amor, pues el amor, en ocasiones, y al contrario que la amistad, también se alimenta de la vileza, de la cobardía, de la bajeza. El amor, y la historia está llena de ejemplos que lo certifican, puede ser coprófago, algo que jamás es la amistad. Bueno, todo esto es relativo, por supuesto. William Burroughs zanja la cuestión a su manera, cuando afirma que el amor es una mezcla de sentimentalismo y sexo. Recuerdo que cuando leí esta declaración de Burroughs, a los veintipocos años, me sentí muy apesadumbrado.
R. P. Los amigos son lo mejor de la poesía,decía siempre un poeta argentino, Francisco Urondo, que murió asesinado por la dictadura militar. Las amistades literarias tienen siempre un aire extraño. La amistad entre Alfonso Reyes y Borges, por ejemplo, o la amistad silenciosa y brevísima entre Beckett y Burroughs, que se encontraron en Suiza y estuvieron una tarde juntos casi sin decir nada, conversando sobre ciertos matices del inglés en Irlanda que intrigaban a Burroughs (Beckett casi no habló, sólo dijo una frase que Burroughs consideró siempre el mayor elogio que había recibido: "Usted es un escritor"). O la amistad de Hannah Arent y Mary McCarthy, fantástica, de la que nos ha quedado la correspondencia. O la amistad de Gombrowicz con el poeta Carlos Mastronardi, que discurría siempre del mismo modo. Mastronardi, que era un hombre muy fino y muy discreto, un gran noctámbulo y un extraordinario poeta que en toda su vida escribió un solo libro , lo esperaba en el Querandi, un café de Buenos Aires, tomando un té, y Gombrowicz llegaba siempre un poco apurado. Mastronardi lo recibía con gentileza y preguntaba "¿cómo está, Gombrowicz?". Y Gombrowicz le decía siempre: "Cálmese, por favor, Mastronardi". Como si Mastronardi se hubiera dejado llevar por una emoción excesiva por el solo hecho de saludarlo gentilmente. "Cálmese, Mastronardi", fue durante años una de las consignas de mi juventud. Por eso, en fin, quiero decirte que esta conversación va a ser el comienzo de una amistad, o la continuación de la amistad que hemos establecido ya con nuestros libros. Pienso ir a Barcelona en las próximas semanas y ojalá podamos vernos y por supuesto siempre puedes venir a visitarme a California.
R. B. Yo también espero que nos podamos ver pronto, aquí o en cualquier parte.

En el extraño mundo del Cono Sur
La tendencia más interesante de la narrativa actual del Cono Sur podría definirse como la sustitución del fantaseo lírico del realismo mágico por un surrealismo mucho más subversivo, atraído por una imaginería de lo grotesco y a menudo encaminado a una representación satírica de la realidad latinoamericana. Éstos son algunos representantes más ilustres:
César Aira (Coronel Pringles, 1949). Su obra descabelladamente prolífica durante las dos últimas décadas ha convertido a Aira en el campeón de la vanguardia argentina posterior a los setenta. Su proyecto puede definirse a grandes trazos como el tránsito entre un surrealismo desbocado que deconstruye con burla patrones genéricos tan dispares como el folletín, la novela histórica o el relato metafísico y el experimentalismo metanarrativo radical de sus últimos libros. La mejor introducción a Aira son las tres novelas cortas de Cómo me hice monja (Mondadori, 1998). Además, hay muestras de su primer estilo en Ema la cautiva (Mondadori, 1997) y del último en La mendiga (Mondadori, 1999).
Fogwill (Buenos Aires, 1941). En sus novelas, pero sobre todo en sus relatos, Fogwill ha trabajado con agresividad surrealista el patrón del relato peripatético. Sus protagonistas son aventureros preocupados por sobrevivir en el paisaje desfundamentado de la historia argentina reciente. Escritos en jerga, sus relatos usan como motivos centrales el sexo, la marginalidad y las alucinaciones y han desarrollado con los años un tono característico entre violento, indiferente y absurdamente patético que puede comprobarse en la recopilación Cantos de marineros en la pampa (Mondadori, 1998).
Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963). Libro tras libro, Fresán va construyendo un complejo mundo narrativo donde confluyen las culturas del rock, el cine y la literatura outsider. El personaje central de ese mundo es el freak, llevado al borde de la neurosis por el pasado personal turbulento, la identidad nacional convulsiva y las relaciones sentimentales disfuncionales. En España se han publicado Historia argentina (Anagrama, 1995) y Esperanto (Tusquets, 1997).
Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962). La enfermedad es la metáfora central de la obra de este satirista rompedor, cuya especialidad son los mundos poblados por neuróticos terminales. El amor enfermo (Alfaguara, 2000) narra en tono perversamente cómico el romance paródico entre dos víctimas de enfermedades extrañas y grotescas.
Jaime Collyer (Santiago de Chile, 1955). Aunque sus planteamientos son más controlados que los de los autores anteriores, Collyer ha introducido elementos de surrealismo y parodia con voluntad subversiva en la tradición cuentística rioplantense en libros de relatos como La bestia en casa (Alfaguara, 2000).
Babelia, 3 de marzo de 2001

UN NARRADOR EN LA INTIMIDAD. Por Roberto Bolaño

Mi cocina literaria es, a menudo, una pieza vacía en donde ni siquiera hay ventanas. A mí me gustaría, por supuesto, que hubiera algo, una lámpara, algunos libros, un ligero aroma de valentía, pero la verdad es que no hay nada.
A veces, sin embargo, cuando soy víctima de irrefrenables ataques de optimismo (que finalizan, por otra parte, en alergias espantosas) mi cocina literaria se transforma en un castillo medieval (con cocina) o en un departamento en Nueva York (con cocina y vistas de privilegio) o en una ruca en los faldeos cordilleranos (sin cocina, pero con una fogata). Metido en estos trances generalmente hago lo que hace toda la gente: pierdo el equilibrio y pienso que soy inmortal. No quiero decir inmortal literariamente hablando, pues esto sólo lo puede pensar un imbécil y a tanto no llego, sino literalmente inmortal, como los perros y los niños y los buenos ciudadanos que aún no se han enfermado. Por suerte, o por desgracia, todo ataque de optimismo tiene un principio y un final. Si no tuviera final, el ataque de optimismo se convertiría en vocación política. O en mensaje religioso. Y de ahí a sepultar libros (prefiero no decir "quemarlos" porque sería exagerar) hay un solo paso. Lo cierto es que, al menos en mi caso, los ataques de optimismo se acaban, y con ellos se acaba la cocina literaria, se desvanece en el aire la cocina literaria, y sólo quedo yo, convaleciente, y un ligerísimo aroma de ollas sucias, platos mal rebañados, salsas podridas.
La cocina literaria, me digo a veces, es una cuestión de gusto, es decir es un campo en donde la memoria y la ética (o la moral, si se me permite usar esta palabra) juegan un juego cuyas reglas desconozco. El talento y la excelencia contemplan, absortas, el juego, pero no participan. La audacia y el valor sí participan, pero sólo en momentos puntuales, lo que equivale a decir que no participan en exceso. El sufrimiento participa, el dolor participa, la muerte participa, pero con la condición de que jueguen riéndose. Digamos, como un detalle inexcusable de cortesía.
Mucho más importante que la cocina literaria es la biblioteca literaria (valga la redundancia). Una biblioteca es mucho más cómoda que una cocina. Una biblioteca se asemeja a una iglesia mientras que una cocina cada día se asemeja más a una morgue. Leer, lo dijo Gil de Biedma, es más natural que escribir. Yo añadiría, pese a la redundancia, que también es mucho más sano, digan lo que digan los oftalmólogos. De hecho, la literatura es una larga lucha de redundancia en redundancia, hasta la redundancia final.
Si tuviera que escoger una cocina literaria para instalarme allí durante una semana, escogería la de una escritora, con la salvedad de que esa escritora no fuera chilena. Viviría muy a gusto en la cocina de Silvina Ocampo, en la de Alejandra Pizarnik, en la de la novelista y poeta mexicana Carmen Boullosa, en la de Simone de Beauvoir. Entre otras razones, porque son cocinas que están más limpias.
Algunas noches sueño con mi cocina literaria. Es enorme, como tres estadios de fútbol, con techos abovedados y mesas interminables en donde se amontonan todos los seres vivos de la tierra, los extinguidos y los que dentro de no mucho se extinguirán, iluminada de forma heterodoxa, en algunas zonas con reflectores antiaéreos y en otras con teas, y por supuesto no faltan zonas oscuras en donde solamente se vislumbran sombras anhelantes o amenazantes, y grandes pantallas en las cuales se observan, con el rabillo del ojo, películas mudas o exposiciones de fotos, y en el sueño, o en la pesadilla, yo me paseo por mi cocina literaria y a veces enciendo un fogón y me preparo un huevo frito, incluso a veces una tostada. Y después me despierto con una enorme sensación de cansancio.
No sé lo que se debe hacer en una cocina literaria, pero sí sé lo que no se debe hacer. No se debe plagiar. El plagiario merece que lo cuelguen en la plaza pública. Esto lo dijo Swift, y Swift, como todos sabemos, tenía más razón que un santo.
Así que este punto queda claro: no se debe plagiar, a menos que desees que te cuelguen de la plaza pública. Aunque a los plagiarios, hoy en día, no los cuelgan. Por el contrario, reciben becas, premios, cargos públicos, y, en el mejor de los casos, se convierten en best-sellers y líderes de opinión. Qué término más extraño y feo: líder de opinión. Supongo que significará lo mismo que pastor de rebaño, o guía espiritual de los esclavos, o poeta nacional, o padre de la patria, o madre de la patria, o tío político de la patria.
En mi cocina literaria ideal vive un guerrero, al que algunas voces (voces sin cuerpo ni sombra) llaman escritor. Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado. Sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel.

MONSIEUR PAIN: O LA PARADOJA DE LA VIDA. Por Abraham Prudencio Sánchez*

*Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú)
Una historia misteriosa:
Marcelle Reynaud, al ver que el esposo de su amiga está muriendo, se pone en contacto con Pierre Pain, que es un virtuoso practicante del mesmerismo, para hablar del caso; sin embargo, desde el primer instante siente que ciertas cosas no encajan, es así como ocurre un hecho que a Pain le llama la atención:
“El primer síntoma de la singularidad de la historia en la que acababa de abarcarme se presentó en seguida, al bajar las escaleras y cruzarme, a la altura del tercer piso, con dos hombres. Hablaban español, un idioma que no entiendo, y llevaban gabardinas oscuras y sombreros de ala ancha que, al estar ellos en un nivel inferior al mío, velaban sus rostros.” pág. 15
Rápidamente, antes de que pueda aclarar de qué se trataba, intuye que esos tipos son pasibles de todo tipo de sospechas, de pronto este ciudadano francés, cuya vida es tranquila, se ve inmerso en aquello que menos esperaba, siente que lo espían y no entiende por qué.
Madame Reynaud, creyendo en sus poderes sanatorios, lo había convocado una vez más; pero en esta ocasión no se trataba de un asunto personal, ahora era un señor llamado Vallejo quien necesitaba ayuda. Seis meses antes su esposo había muerto y él no había podido hacer nada para salvarlo. Ahora este paciente enfermo y pobre se estaba muriendo, un ataque ininterrumpido de hipo lo estaba martirizando, los mejores médicos lo auscultan pero no pueden hallar la causa de su mal.
Él, como especialista en acupuntura, era la última esperanza. Después de la primera entrevista Pain siente que algo ha cambiado y efectivamente la sospecha que tuvo al inicio se confirma, dos hombres seguían sus pasos:
“Me siguen, constaté con la misma mezcla de certeza y asombro con que los soldados se descubren una pierna gangrenada. ¿Era posible?” pág. 24.
Posteriormente por confesión de madame Grenelle, la arrendataria de las habitaciones contiguas, se entera que dos individuos extranjeros habían estado preguntando por él, todo da a entender que eran las mismas personas que lo siguieron.
“… me preguntaron si usted vivía aquí y yo les dije que sí, claro, pero seguramente había pasado la noche en otro sitio…” pág. 27.
Los desconocidos habían dejado una nota donde le decían que era necesario encontrarse en el café Víctor que estaba en el Barrio Latino. Pain no podía entender lo que está sucediendo, desconocía a los tipos que le pedían cita y lo que pretendían.
El médico de cabecera de Vallejo era Lejard, éste se sentía incómodo ante la presencia de un “charlatán”; fue en ese momento cuando informaron que el eminente doctor Lemière había llegado, su presencia fue sorpresiva dado que este doctor era toda una eminencia. Pain se siente casi obligado a salir del lugar, ambas “disciplinas” eran simplemente incompatibles. Por confesión de Madame Reynaud se supo que el doctor Lejard no fue a ver al paciente durante 4 días, una vez más el misterio se vuelve a avivar ¿por qué este doctor tomaba esas medidas sabiendo que el paciente estaba grave? ¿Acaso se debía sólo a que los Vallejo no tenían dinero para pagar la atención?
Guiado por la curiosidad decide asistir a la cita con esos españoles desconocidos, quería de todas maneras saber qué estaba pasando, su deseo era recabar informaciones ¿por qué tanto misterio? ¿Por qué lo seguían? ¿Por qué todos ellos estaban vinculados al caso Vallejo? ¿Qué querían? ¿Qué buscaban?, Está decidido a resolver el caso pero los desconocidos sabían detalles que él ignoraba y desde el inicio fueron claros y contundentes:
“-Ya puede olvidarlo -dijo-, queremos que se olvide de todo, de Vallejo, de su mujer, de nosotros, de todo.” pag.42
Ellos conocen de sus facultades y de lo que él puede ser capaz en su especialidad, esos dos españoles flacos y morenos le proponían muy seriamente dejar el caso y para que sea algo efectivo lo sobornan con más de dos mil francos, pero los españoles no sabían que le estaban pagando por nada.
“…los españoles aún no sabían que yo estaba completamente desligado del asunto, Lemière se hacía cargo de todo; él y su equipo médico y Lejard; era de imbéciles pagar para que me desentendiera de algo con lo que no podía tener ninguna relación.” pág. 43
Madame Reynaud le lleva malas noticias, el doctor Lemière se muestra vencido, según él ya no se podía hacer nada.
Todos los órganos son nuevos” pág. 59, había sentenciado; sin embargo, madame Vallejo se resiste a aceptarlo, agotaría todas las posibilidades.
Por otra parte él aún se resiste a comprender cómo esos hombres le exigían que abandone algo que ni siquiera había empezado, ese misterio era simplemente incomprensible, darle dinero por no hacer nada, ¿por qué hacían todo eso? ¿Por qué lo seguían? ¿Quién era en realidad el tal Vallejo? Sólo había dos posibilidades o eran unos despistados o simplemente sabían mucho más de lo que parecía.
-Déjenos a nosotros cuidar de Vallejo, él es un amigo, un amigo del alma” Pág. 68.
Cada vez está más convencido de que en el caso Vallejo hay un trasfondo mucho más complejo y enigmático, cuando todo debería andar bien de pronto se encuentra con cosas que no puede entender, ello se confirma una vez cuando llega al hospital y allí se encuentra nuevamente con otra sorpresa:
“-Nadie puede ver a Monsieur Vallejo -mintió-, son órdenes” pág. 91
La orden la había dado un médico y Pain es sacado a la fuerza del hospital, era algo que no tenía ni pies ni cabeza.
Pain siempre había llevado una vida solitaria y de bohemia, no tenía un rumbo definido. Siente la ausencia de madame Reynaud, había empezado a quererla en secreto aunque ella nunca dio muestras de sentir lo mismo y al no verla los celos lo consumen. Sin poder encontrar otra persona quien lo pueda escuchar nuevamente se comunica con Rivette, le revela que alguien intentaba matar a su paciente, él está convencido que desde que tomó el caso algo raro está pasando allí.
“…Perdóneme…Creo que van a asesinar a Vallejo… Mi paciente…No me pregunte cómo lo sé… No hay explicación que valga…” pág. 110
Fue en ese momento cuando cae en cuenta de algo importante, Rivette también estaba solo.
“…Comprendí entonces que el viejo y yo éramos semejantes no sólo en nuestra disposición frente al laberinto sino también en nuestra común condición de espectadores.” pag.111
Estos últimos acontecimientos no le ayudan a esclarecer nada, seguía en las tinieblas, aún no puede entender plenamente las circunstancias que suceden en torno a ese hombre que se estaba muriendo de nada. Días después, Madame Reynaud llega junto a Jean Blockman, su novio, ella le informó que ahora debía despreocuparse porque Vallejo ya había muerto, incluso Aragon hizo el discurso pues Vallejo, poeta peruano, ya había muerto. Recién se entera de que madame Reynaud ya estaba comprometida y con ello toda su ilusión se volvía a esfumar además que su paciente había muerto sin que él pudiera hacer el mayor de sus sacrificios.
La historia paralela:
El clima político intenso que se vive se grafica constantemente en cada suceso, ese proceso se plasma muy bien en la pecera donde se representa ese proceso conflictivo de destrucción y muerte.
Mientras Francia está alerta se llega a saber que España está en plena Guerra Civil, en este conflicto se estaban probando armamentos nunca antes utilizados, son los alemanes quienes estaban ensayando su arsenal bélico, los germanos no sólo eran un peligro para España sino también para la misma Francia.
Pain a los 21 años participó en la Gran Guerra, aquí había sido torturado, le habían quemado los pulmones, fue una casualidad que siguiera con vida, por eso se dedicó desde joven a las ciencias ocultas, fue por esas épocas cuando leyó la “Histoire abrégée du magnetisme animal” de Franz Mesmer, desde allí se convirtió en un apasionado mesmerista.
Se nutrió de una amplia bibliografía acerca del tema. Mesmer estaba convencido de que en la raíz de casi todas las enfermedades se hallaba un desarreglo nervioso que podía ser resuelto con ciertas facultades del poder mental pero los médicos desechaban categóricamente este tipo de prácticas.
Pain aún no puede superar ciertas cosas, se siente traicionado, sabe que no debió recibir el dinero, se había vendido a pesar de no comprender nada, finalmente para encontrar paz y alguna respuesta se contacta con su viejo amigo y maestro Rivette, que tiempo atrás había dirigido un grupo selecto, este personaje sirve de conexión con otra historia paralela; nos trasladamos de esa manera a circunstancias distintas, es aquí cuando se menciona a un tal Terzeff y su intento crucial de refutar a Madame Curie; según la versión de Rivette, Terzeff fue muy amigo de Pleumeur-Bodou, dado algunos hechos parece que se habría enamorado de Irene, hija de madame Curie, e impulsado por esa ciega pasión trató de refutarla, estos y otros motivos lo empujaron al suicido; sin embargo, esta es una de las tantas versiones que se maneja acerca del caso.
Pierre Pain tiene un sueño donde se ve en un laberinto que se asemeja mucho a la clínica Arago, no sabe qué hace allí, quizá intenta buscar a Vallejo, todo ese periplo está compuesto de voces, hasta en sus sueños aparecen las figuras de Terzeff, Pleumeur-Bodou, y también del maestro Rivette.
La oportunidad para resolver ese misterio se da cuando reconoce a uno de los españoles que lo había sobornado, lo sigue con la intensión de cerciorarse hacia qué pistas lo conducía. Tras una larga caminata el sospechoso llega a un cine, aquí es cuando se da con una sorpresa: su compañero Pleumeur-Bodou estaba allí vivito y coleando, se encontraba viendo una película en la que Terzeff sale junto con otros en su laboratorio, Pleumeur-Bodou le cuenta que Terzeff fue admitido entre tantos aspirantes incluso él mismo había sido rechazado, los 20 científicos murieron en la explosión del laboratorio menos Michel, luego se supo que estaban trabajando con algo relacionado a la radiactividad, es en esta parte donde se da el juego entre la realidad y la ficción.
Pleumeur-Bodou cuenta que vino desde España exclusivamente para ver esa película porque Terzeff fue su amigo, Pain indaga sobre el soborno pero Pleumeur-Bodou le dice que posiblemente ha sido una simple broma.
Pleumeur-Bodou maneja otra versión de todo lo sucedido, le dice que Terzeff nunca conoció a Irene, éste sólo comenzó a frecuentar el círculo de Madame Curie, sería un misterio eterno la causa de su suicidio.
Pleumeur-Bodou revela que trabaja en retaguardia, en este puesto aplica sus conocimientos mesmeristas en los interrogatorios de prisioneros o espías. Tanto la política como el mal uso de esas habilidades hacen que los antiguos compañeros terminen odiándose. Esta es una historia alterna de gente con buenos conocimientos mesmeristas y una vez más el clima de guerra que se sucede alrededor del mundo es motivo para la separación, Pleumeur-Bodou apoya la causa de los fascistas y los otros están en el bando contrario o simplemente no se meten.

Conjeturas:
En el momento en que Pain va tras las huellas de uno de los españoles que lo había sobornado, está convencido de al menos averiguar algo que le ayude a entender el por qué de tanto empecinamiento con el moribundo Vallejo y, en lugar de encontrar algo claro, ante sus ojos se presenta la persona menos indicada, Pleumeur-Bodou se yergue triunfante, pero ¿qué hacía este hombre allí?, por los escuetos datos podemos sospechar que eran varios los motivos. Se puede afirmar que Pain fue sobornado por órdenes de Pleumeur-Bodou por haber sido amigo y compañero en los años de formación, era como una especie de ayuda a su crítica situación; sin embargo, la situación se complejiza por el asunto político y la ayuda no es del todo gratuita, en el trasfondo también estaba el deseo de desaparecer a Vallejo; enlazando sabemos que aprovechando su mal estado un grupo de personas deseaban asesinarlo, estas personas tienen conexión con Pleumeur-Bodou que dadas las distancias políticas habría ordenado su muerte. Bolaño afirma que este libro tiene referencias históricas y efectivamente Vallejo en la vida real había participado activamente en la Guerra Civil Española, ayudó a la formación de Comités de Defensa de la República e incluso preocupado por los últimos acontecimientos viajó a Barcelona bajo la autorización expresa de la Consejería de Defensa de las Milicias antifascistas de Cataluña, y para confirmar su adhesión el dos de Julio de 1936 junto a otros intelectuales participó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Defensa de la Cultura, fruto de esto Vallejo escribe “España, aparta de mí este cáliz”. Es quizá por esta entrega que hay un deseo de parte de los fascistas de querer verlo muerto.
Pain es un francés solitario y atormentado, su vida es parte de la secuela dejada a causa de la guerra, no entiende nada de lo sucedido, tampoco sabría nunca por qué había sobrevivido a la Gran Guerra a pesar de que lo torturaron, ni quiénes eran esos extraños españoles, tampoco conocería quién era en realidad la persona a quien trataba de salvar, la verdad le estaba vedada, la única manera de no seguir perdido por el mundo era el amor, quiere apostar todo por esa posibilidad, madame Reynaud podía ser esa persona que él buscaba, lo intentó pero luego se convenció que dichos sueños no podían ser posibles, madame Reynaud ya estaba saliendo con otro hombre (hacía sólo unos meses que había perdido a su marido). Pain se reconoce como una persona débil, incapaz de hacerle frente a las peores adversidades, se siente frustrado, no pudo salvar al esposo de Reynaud ni tampoco a Vallejo, se dejó sobornar sin estar en el asunto, nunca entenderá cuál fue su papel dentro del grupo presidido por Rivette ni sabrá la verdad de lo que sucedió a sus compañeros, va más allá del silencio pues el amor le está negado. Las guerras y las muertes se empozan en el alma causando mucho dolor.
Vallejo es ese ser desconocido que encarna el sufrimiento y la imposibilidad de sanar del género humano, este ser sufriente se iba a morir a pesar de todo, no habla ni se queja, sólo espera con impaciencia la muerte, ¿qué había hecho para que mucha gente deseara su muerte? Pain siente la necesidad de ver a su paciente, se dirige a la clínica Arago y allí lo encuentra, éste en ese preciso momento dormía.
“Ante mí se desplegaba tímidamente el rostro afilado del enfermo con esa rara dignidad desconsolada común a todos los que llevan algún tiempo encerrados en un hospital. El resto es borroso; mechones de pelo negro, el cuello mal cubierto por la camisa del pijama, la piel lustrosa, sin rastros de sudor. En la quietud de la habitación sólo se oía su hipo.” pag62.
Era la primera vez que veía a Vallejo, y su paciente se seguía muriendo. La novela gira alrededor de este personaje, aunque en ningún momento emite una palabra o acción, sólo se lo describe como un individuo en plena agonía. Hasta el final se ignora qué intereses se juegan con la vida o la muerte de este poeta.
Vemos que en el transcurso de la novela Pain es impedido de hacer ciertas cosas, hay una fuerza poderosa que se opone a que él pueda tratar a su paciente. Sólo hay una manera para conectarse con el pasado y se da gracias a Rivette; sin embargo, es en el pasado cuando él se pierde, ocurre un juego mimético entre el sueño y la realidad que él tampoco alcanza a comprender del todo porque sencillamente desconoce su historia y la del resto. Se vive un clima politizado y un periodo de entreguerras en el que los personajes son víctimas de su pasado, podemos intuir esa carga negativa en que la mayoría de los personajes sucumben a una realidad opresora, un fiel ejemplo de esto es Pain quien es un hombre derrotado anímicamente, los esfuerzos que haga serán vanos, sabe que ha perdido todas las guerras pero se resiste a aceptar su realidad, los especialistas de la salud simplemente lo menosprecian y lo toman por un charlatán y con respecto al amor no será correspondido, la mujer a quien ama ya está comprometida, divaga suelto por las calles de París sin un rumbo definido. Al darse la muerte de Vallejo, y en contra de su deseo, su presencia ya no tiene razón de ser. Una vez más se sume en la soledad y el desamparo.

BIBLIOGRAFIA
Vallejo, César (1988): Obra poética. Madrid. Edición crítica. Américo Ferrari (coordinador).Tomo 4 de la colección Archivos.
Bolaño, Roberto (1999) Monsieur Pain. Barcelona: Editorial Anagrama.
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero40/mspain.html

UN PASEO POR LA LITERATURA. Por Roberto Bolaño

1. Soñé que Georges Perec tenía tres años y visitaba mi casa. Lo abrazaba, lo besaba, le decía que era un niño precioso.
4. En estas desolaciones, padre, donde de tu risa sólo quedaban restos arqueológicos.
7. Soñé entonces que visitaba la mansión de Alonsode Ercilla. Yo tenía sesenta años y estaba despedazado por la enfermedad (literalmente me caía a pedazos). Ercilla tenía unos noventa y agonizaba en una enorme cama con dosel. El viejo me miraba desdeñoso y después me pedía un vaso de aguardiente. Yo buscaba y rebuscaba el aguardiente pero sólo encontraba aperos de montar.
8. Soñé que iba caminando por el Paseo Marítimode Nueva York y veía a lo lejos la figura de Manuel Puig. Llevaba una camisa celeste y unos pantalones de lona ligera, azul claro o azul oscuro, depende.
9. Soñé que Macedonio Fernández aparecía en elcielo de Nueva York en forma de nube: una nube sin nariz ni orejas, pero con ojos y boca.
11. Soñé que en un cementerio olvidado de África encontraba la tumba de un amigo cuyo rostro ya no podía recordar.
12. Soñé que una tarde golpeaban la puerta de mi casa. Estaba nevando. Yo no tenía estufa ni dinero. Creo que hasta la luz me iban a cortar. ¿Y quién estaba al otro lado de la puerta? Enrique Lihn con una botella de vino, un paquete de comida y un cheque de la Universidad Desconocida.
14. Soñé que estaba soñando, habíamos perdido la revolución antes de hacerla y decidía volver a casa. Alintentar meterme en la cama encontraba a De Quincey durmiendo. Despierte, don Tomás, le decía, ya va a amanecer, tiene que irse. (Como si De Quincey fuera un vampiro.) Pero nadie me escuchaba y volvía a salir a las calles oscuras de México DF.
15. Soñé que veía nacer y morir a Aloysius Bertrandel mismo día, casi sin intervalo de tiempo, como si los dos viviéramos dentro de un calendario de piedra perdido en el espacio.
16. Soñé que era un detective viejo y enfermo. Tan enfermo que literalmente me caía a pedazos. Iba tras las huellas de Gui Rosey. Caminaba por los barriosde un puerto que podía ser Marsella o no. Un viejo chino afable me conducía finalmente a un sótano. Esto es lo que queda de Rosey, decía. Un pequeño montón de cenizas. Tal como está, podría ser Li Po, le contestaba.
17. Soñé que era un detective viejo y enfermo y que buscaba gente perdida hace tiempo. A veces me miraba casualmente en un espejo y reconocía a Roberto Bolaño.
20. Soñé que el cadáver volvía a la Tierra Prometida montado en una Legión de Toros Mecánicos.
38. Soñé que volvía a mi viejo Liceo y que Alphonse Daudet era mi profesor de francés. Algo imperceptible nos indicaba que estábamos soñando. Daudet miraba a cada rato por la ventana y fumaba la pipa deTartarín.
40. Soñé que una tormenta de números fantasmales era lo único que quedaba de los seres humanos tres mil millones de años después de que la Tierra hubiera dejado de existir.

MANIFIESTO INFRARREALISTA. Por Roberto Bolaño

DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE
primer manifiesto infrarrealista
“Hasta los confines del sistema solar hay cuatro horas-luz; hasta la estrella más cercana, cuatro años-luz. Un desmedido océano de vacío. Pero ¿estamos realmente seguros de que sólo haya un vacío? Únicamente sabemos que en este espacio no hay estrellas luminosas; de existir, ¿serían visibles? ¿Y si existiesen cuerpos no luminosos u oscuros? ¿No podría suceder en los mapas celestes, al igual que en los de la tierra, que estén indicadas las estrellas-ciudades y omitidas las estrellas-pueblos?”
-Escritores soviéticos de ciencia ficción arañándose el rostro a medianoche.
-Los infrasoles (Drummond diría los alegres muchachos proletarios).
-Peguero y Boris solitarios en un cuarto lumpen presintiendo a la maravilla detrás de la puerta.
-Free Money
*
¿Quién ha atravesado la ciudad y por única música sólo ha tenido los silbidos de sus semejantes, sus propias palabras de asombro y rabia?
El tipo hermoso que no sabía
que el orgasmo de las chavas es clitoral
(Busquen, no solamente en los museos hay mierda) (Un proceso de museificación individual) (Certeza de que todo está nombrado, develado) (Miedo a descubrir) ( Miedo a los desequilibrios no previstos).
*
Nuestros parientes más cercanos:
los francotiradores, los llaneros solitarios que asolan los cafés de chinos de latinoamérica, los destazados en supermarkets, en sus tremendas disyuntivas individuo-colectividad; la impotencia de la acción y la búsqueda (a niveles individuales o bien enfangados en contradicciones estéticas) de la acción poética.
*
Pequeñitas estrellas luminosas guiñándonos eternamente un ojo desde un lugar del universo llamado Los laberintos.
-Dancing-Club de la miseria.
-Pepito Tequila sollozando su amor por Lisa Underground.
-Chúpaselo, chúpatelo, chupémoselo.
-Y el Horror
*
Cortinas de agua, cemento o lata, separan una maquinaria cultural, a la que lo mismo le da servir de conciencia o culo de la clase dominante, de un acontecer cultural vivo, fregado, en constante muerte y nacimiento, ignorante de gran parte de la historia y las bellas artes (creador cotidiano de su loquísima istoria y de su alucinante vellas hartes), cuerpo que por lo pronto experimenta en sí mismo sensaciones nuevas, producto de una época en que nos acercamos a 200 kph. al cagadero o a la revolución.
“Nuevas formas, raras formas”, como decía entre curioso y risueño el viejo Bertolt.
*
Las sensaciones no surgen de la nada (obviedad de obviedades), sino de la realidad condicionada, de mil maneras, a un constante fluir.
-Realidad múltiple, nos mareas!
Así, es posible que por una parte se nazca y por otra estemos en las primeras butacas de los últimos coletazos. Formas de vida y formas de muerte se pasean cotidianamente por la retina. Su choque constante da vida a las formas infrarrealistas: EL OJO DE LA TRANSICIÓN
*
Metan a toda la ciudad al manicomio. Dulce hermana, aullidos de tanque, canciones hermafroditas, desiertos de diamante, sólo viviremos una vez y las visiones cada día más gruesas y resbalosas. Dulce hermana, aventones para Monte Albán. Apriétense los cinturones porque se riegan los cadáveres. Una movida de menos.
*
¿Y la buena cultura burguesa? ¿Y la academia y los incendiarios? ¿y las vanguardias y sus retaguardias? ¿Y ciertas concepciones del amor, el buen paisaje, la Colt precisa y multinacional?
Como me dijo Saint-Just en un sueño que tuve hace tiempo: Hasta las cabezas de los aristócratas nos pueden servir de armas.
*
-Una buena parte del mundo va naciendo y otra buena parte muriendo, y todos sabemos que todos tenemos que vivir o todos morir: en esto no hay término medio.
Chirico dice: es necesario que el pensamiento se aleje de todo lo que se llama lógica y buen sentido, que se aleje de todas las trabas humanas de modo tal que las cosas le aparezcan bajo un nuevo aspecto, como iluminadas por una constelación aparecida por primera vez. Los infrarrealistas dicen: Vamos a meternos de cabeza en todas las trabas humanas, de modo tal que las cosas empiecen a moverse dentro de uno mismo, una visión alucinante del hombre.
-La Constelación del Bello Pájaro.
-Los infrarrealistas proponen al mundo el indigenismo: un indio loco y tímido.
-Un nuevo lirismo, que en América Latina comienza a crecer, a sustentarse en modos que no dejan de maravillarnos. La entrada en materia es ya la entrada en aventura: el poema como un viaje y el poeta como un héroe develador de héroes. La ternura como un ejercicio de velocidad. Respiración y calor. La experiencia disparada, estructuras que se van devorando a sí mismas, contradicciones locas.
Si el poeta está inmiscuido, el lector tendrá que inmiscuirse.
libros eróticos sin ortografía
*
Nos anteceden las MIL VANGUARDIAS DESCUARTIZADAS EN LOS SESENTAS
Las 99 flores abiertas como una cabeza abierta
Las matanzas, los nuevos campos de concentración
Los Blancos ríos subterráneos, los vientos violetas
Son tiempos duros para la poesía, dicen algunos, tomando té, escuchando música en sus departamentos, hablando (escuchando) a los viejos maestros. Son tiempos duros para el hombre, decimos nosotros, volviendo a las barricadas después de una jornada llena de mierda y gases lacrimógenos, descubriendo / creando música hasta en los departamentos, mirando largamente los cementerios-que-se-expanden, donde toman desesperadamente una taza de té o se emborrachan de pura rabia o inercia los viejos maestros.
Nos antecede HORA ZERO
((Cría zambos y te picarán los callos))
Aún estamos en la era cuaternaria. ¿Aún estamos en la era cuaternaria?
Pepito Tequila besa los pezones fosforescentes de Lisa Underground y la ve alejarse por una playa en donde brotan pirámides negras.
*
Repito:
el poeta como héroe develador de héroes, como el árbol rojo caído que anuncia el principio del bosque.
-Los intentos de una ética-estética consecuente están empedrados de traiciones o sobrevivencias patéticas.
-Y es que el individuo podrá andar mil kilómetros pero a la larga el camino se lo come.
-Nuestra ética es la Revolución, nuestra estética la Vida: una-sola-cosa.
*
Los burgueses y los pequeños burgueses se la pasan en fiesta. Todos los fines de semana tienen una. El proletariado no tiene fiesta. Sólo funerales con ritmo. Eso va a cambiar. Los explotados tendrán una gran fiesta. Memoria y guillotinas. Intuirla, actuarla ciertas noches, inventarle aristas y rincones húmedos, es como acariciar los ojos ácidos del nuevo espíritu.
*
Desplazamiento del poema a través de las estaciones de los motines: la poesía produciendo poetas produciendo poemas produciendo poesía. No un callejón eléctrico / el poeta con los brazos separados del cuerpo / el poema desplazándose lentamente de su Visión a su Revolución. El callejón es un punto múltiple. “Vamos a inventar para descubrir su contradicción, sus formas invisibles de negarse, hasta aclararlo”. Desplazamiento del acto de escribir por zonas nada propicias para el acto de escribir.
¡Rimbaud, vuelve a casa!
Subvertir la realidad cotidiana de la poesía actual. Los encadenamientos que conducen a una realidad circular del poema. Una buena referencia: el loco Kurt Schwitters. Lanke trr gll, o, upa kupa arggg, devienen en línea oficial, investigadores fonéticos codificando el aullido. Los puentes del Noba Express son anti-codificantes: déjenlo que grite, déjenlo que grite (por favor no vayan a sacar un lápiz ni un papelito, ni lo graben, si quieren participar griten también), así que déjenlo que grite, a ver qué cara pone cuando acabe, a qué otra cosa increíble pasamos.
Nuestros puentes hacia las estaciones ignoradas. El poema interrelacionando realidad e irrealidad
*
Convulsivamente
*
¿Qué le puedo pedir a la actual pintura latinoamericana? ¿Qué le puedo pedir al teatro?
Más revelador y plástico es pararse en un parque demolido por el smog y ver a la gente cruzar en grupos (que se comprimen y se expanden) las avenidas, cuando tanto a los automovilistas como a los peatones les urge llegar a sus covachas, y es la hora en que los asesinos salen y las víctimas los siguen.
¿Realmente qué historias me cuentan los pintores?
El vacío interesante, la forma y el color fijos, en el mejor de los casos la parodia del movimiento. Lienzos que sólo servirán de anuncios luminosos en las salas de los ingenieros y médicos que coleccionan.
El pintor se acomoda en una sociedad que cada día es más “pintor” que él mismo, y ahí es donde se encuentra desarmado y se inscribe de payaso.
Si un cuadro de X es encontrado en alguna calle por Mara, ese cuadro adquiere categoría de cosa divertida y comunicante; es un salón es tan decorativo como los sillones de fierro del jardín del burgués / ¿cuestión de retina? / sí y no / pero mejor sería encontrar ( y por un tiempo sistematizar azarosamente) el factor detonante, clasista, cien por ciento propositivo de la obra, en yuxtaposición a los valores de “obra” que la están precediendo y condicionando.
-El pintor deja el estudio y CUALQUIER statu quo y se mete de cabeza en la maravilla / o se pone a jugar ajedrez como Duchamp / Una pintura didáctica para la misma pintura / Y una pintura de la pobreza, gratis o bastante barata, inacabada, de participación, de cuestionamiento en la participación, de extensiones físicas y espirituales ilimitadas.
La mejor pintura de América Latina es la que aún se hace a niveles inconscientes, el juego, la fiesta, el experimento que nos da una real visión de lo que somos y nos abre a lo que podemos será la mejor pintura de América Latina es la que pintamos con verdes y rojos y azules sobre nuestros rostros, para reconocernos en la creación incesante de la tribu.
*
Prueben a dejarlo todo diariamente.
Que los arquitectos dejen de construir escenarios hacia dentro y que abran las manos (o que las empuñen, depende del lugar) hacia ese espacio de afuera. Un muro y un techo adquieren utilidad cuando no sólo sirven para dormir o evitar lluvias sino cuando establecen, a partir, por ejemplo, del acto cotidiano del sueño, puentes conscientes entre el hombre y sus creaciones, o la imposibilidad momentánea de éstas.
Para la arquitectura y la escultura los infrarrealistas partimos de dos puntos: la barricada y el lecho.
*
La verdadera imaginación es aquella que dinamita, elucida, inyecta microbios esmeraldas en otras imaginaciones. En poesía y en lo que sea, la entrada en materia tiene que ser ya la entrada en aventura. Crear las herramientas para la subversión cotidiana. Las estaciones subjetivas del ser humano, con sus bellos árboles gigantescos y obscenos, como laboratorios de experimentación. Fijar, entrever situaciones paralelas y tan desgarradoras como un gran arañazo en el pecho, en el rostro. Analogía sin fin de los gestos. Son tantos que cuando aparecen los nuevos ni nos damos cuenta, aunque los estamos haciendo / mirando frente a un espejo. Noches de tormenta. La percepción se abre mediante una ética-estética llevada hasta lo último.
*
Las galaxias del amor están apareciendo en la palma de nuestras manos.
-Poetas, suéltense las trenzas (si tienen)
-Quemen sus porquerías y empiecen a amar hasta que lleguen a los poemas incalculables
-No queremos pinturas cinéticas, sino enormes atardeceres cinéticos
-Caballos corriendo a 500 kilómetros por hora
-Ardillas de fuego saltando por árboles de fuego
-Una apuesta para ver quién pestañea primero, entre el nervio y la pastilla somnífera
*
El riesgo siempre está en otra parte. El verdadero poeta es el que siempre está abandonándose. Nunca demasiado tiempo en un mismo lugar, como los guerrilleros, como los ovnis, como los ojos blancos de los prisioneros a cadena perpetua.
*
Fusión y explosión de dos orillas: la creación como un graffiti resuelto y abierto por un niño loco.
Nada mecánico. Las escalas del asombro. Alguien, tal vez el Bosco, rompe el acuario del amor. Dinero gratis. Dulce hermana. Visiones livianas como cadáveres. Little boys tasajeando de besos a diciembre.
*
A las dos de la mañana, después de haber estado en casa de Mara, escuchamos (Mario Santiago y algunos de nosotros) risas que salían del penthouse de un edificio de 9 pisos. No paraban, se reían y se reían mientras nosotros abajo nos dormíamos apoyados en varias casetas telefónicas. Llegó un momento en que sólo Mario seguía prestando atención a las risas (el penthouse es un bar gay o algo parecido y Darío Galicia nos había contado que siempre está vigilado por policías). Nosotros hacíamos llamadas telefónicas pero las monedas se hacían de agua. Las risas continuaban. Después de que nos fuimos de esa colonia Mario me contó que realmente nadie se había reído, eran risas grabadas y allá arriba, en el penthouse, un grupo reducido, o quizás un solo homosexual, había escuchado en silencio su disco y nos lo había hecho escuchar.
-La muerte del cisne, el último canto del cisne, el último canto del cisne negro, NO ESTÁN en el Bolshoi sino en el dolor y la belleza insoportables de las calles.
-Un arcoiris que principia en un cine de mala muerte y que termina en una fábrica en huelga.
-Que la amnesia nunca nos bese en la boca. Que nunca nos bese.
-Soñábamos con utopía y nos despertamos gritando.
-Un pobre vaquero solitario que regresa a su casa, que es la maravilla.
*
Hacer aparecer las nuevas sensaciones -Subvertir la cotidianeidad

O.K.
DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE
LÁNCENSE A LOS CAMINOS

PUTAS ASESINAS. Por Roberto Bolaño

para Teresa Ariño


—Te vi en la televisión, Max, y me dije éste es mi tipo.
—(El tipo mueve la cabeza obstinadamente, intenta resoplar, no lo consigue.)
—Te vi con tu grupo. ¿Lo llamas así? Tal vez digas banda, pandilla, pero no, yo creo que lo llamas grupo, es una palabra sencilla y tú eres un hombre sencillo. Os habíais quitado las camisetas y todos exhibíais el torso desnudo, pechos jóvenes, bíceps fuertes aunque no tan musculados como quisierais, lampiños la mayoría, la verdad es que no presté mucha atención a los pechos, a los tórax de los otros sino al tuyo, algo en ti me llamó la atención, tu cara, tus ojos que miraban hacia el lugar en donde estaba la cámara (probablemente sin saber que te estaban grabando y que en nuestras casas te veíamos), unos ojos sin profundidad, distintos de los ojos que tienes ahora, infinitamente distintos de los ojos que tendrás dentro de un rato, que miraban la gloria y la felicidad, los deseos saciados y la victoria, esas cosas que sólo existen en el reino del futuro y que más vale no esperar pues nunca llegan.
—(El tipo mueve la cabeza de izquierda a derecha. Insiste con los resoplidos, suda.)
—En realidad, verte en la televisión fue como una invitación. Imagina por un instante que yo soy una princesa que espera. Una princesa impaciente. Una noche te veo, te veo porque de alguna manera te he buscado (no a ti sino al príncipe que también tú eres, y lo que representa el príncipe). Tu grupo danza con las camisetas atadas alrededor del cuello o de la cintura. Podría decirse también: enrolladas, que según los viejos más inútiles significa voluta o empedrar con rollos o cantos, pero que para mí, que soy joven e inútil, significa una prenda de vestir enrollada alrededor del cuello, del tórax o de la cintura. Los viejos y yo vamos por caminos distintos, ya lo puedes apreciar. Pero no nos distraigamos de lo que de verdad nos interesa. Todos vosotros sois jóvenes, todos ofrecéis a la noche vuestros himnos, algunos, los que encabezan las marchas, enarbolan banderas. El locutor, un pobre diablo, se queda impresionado por el baile tribal en el que tú participas. Lo comenta con el otro locutor. Están bailando, dice su voz de palurdo, como si en nuestras casas, delante del televisor, no nos diéramos cuenta. Sí, se divierten, dice el otro locutor. Otro palurdo. A ellos, en efecto, parece divertirles vuestro baile. En realidad sólo se trata de una conga. En la primera fila son ocho o nueve. En la segunda fila son diez. En la tercera fila son siete u ocho. En la cuarta fila son quince. Todos unidos por unos colores y por ir desnudos de cintura para arriba (con las camisetas atadas o enrolladas alrededor de la cintura o en el cuello o a modo de turbante en la cabeza) y por recorrer bailando (puede que la palabra bailar sea excesiva) la zona en donde previamente os han encerrado. Vuestro baile es como un relámpago en medio de la noche de primavera. El locutor, los locutores, cansados pero aún con una chispa de entusiasmo, celebran vuestra iniciativa. Recorréis las gradas de cemento de derecha a izquierda, llegáis a las vallas metálicas y retrocedéis de izquierda a derecha. Los que encabezan cada fila portan una bandera, que puede ser la de vuestros colores o la española; el resto, incluido el que cierra la fila, agita banderas de dimensiones más reducidas o bufandas o las camisetas de las que previamente os habéis despojado. La noche es primaveral, pero aún hace frío, por lo que vuestro gesto adquiere finalmente la contundencia que deseabais y que en el fondo se merece. Después las filas se deshacen, comenzáis a entonar vuestros cantos, algunos alzáis el brazo y saludáis a la romana. ¿Sabes cuál es ese saludo? Ciertamente lo sabes y si no lo sabes en este momento lo intuyes. Bajo la noche de mi ciudad, tú saludas en dirección a las cámaras de televisión y desde mi casa yo te veo y decido ofrecerte mi saludo, contestar a tu saludo.
—(El tipo niega con la cabeza, los ojos parecen llenársele de lágrimas, los hombros le tiemblan. ¿Su mirada es de amor? ¿Su cuerpo, antes que su mente, intuye lo que inevitablemente vendrá? Ambos fenómenos, el de las lágrimas y el de los temblores, pueden obedecer al esfuerzo que en ese instante realiza, vano esfuerzo, o a un sincero arrepentimiento que como una garra se prende de todos sus nervios.
—Así pues, me quito la ropa, me quito las bragas, me quito el sujetador, me ducho, me pongo perfume, me pongo bragas limpias, me pongo un sujetador limpio, me pongo una blusa negra, de seda, me pongo mis mejores pantalones vaqueros, me pongo calcetines blancos, me pongo mis botas, me pongo una americana, la mejor que tengo, y salgo al jardín, pues para salir a la calle tengo antes que atravesar ese jardín oscuro que tanto te gustó. Todo en menos de diez minutos. Normalmente no soy tan rápida. Digamos que ha sido tu danza la que ha acelerado mis movimientos. Mientras yo me visto, tú danzas. En alguna dimensión distinta a ésta. En otra dimensión y en otro tiempo, como un príncipe y una princesa, como la llamada ígnea de los animales que se aparean en primavera, yo me visto y tú, dentro del televisor, bailas frenéticamente, tus ojos fijos en algo que podría ser la eternidad o la llave de la eternidad si no fuera porque tus ojos, al mismo tiempo, son planos, están vaciados, nada dicen.
—(El tipo asiente repetidas veces. Lo que antes eran gestos de negación o desesperación se convierten en gestos de afirmación, como si de improviso lo hubiera asaltado una idea o tuviera una nueva idea.)
—Finalmente, sin tiempo para mirarme en el espejo, para comprobar el grado de perfección de mi atuendo, aunque probablemente si hubiera tenido tiempo tampoco me habría querido ver reflejada en el espejo (lo que tú y yo hacemos es secreto), dejo mi casa con sólo la luz del porche encendida, me subo a la moto y atravieso las calles en donde gente más extraña que tú y que yo se prepara para pasar un sábado divertido, un sábado a la altura de sus expectativas, es decir un sábado triste y que no llegará jamás a encarnarse en lo que fue soñado, planeado con minuciosidad, un sábado como cualquier otro, es decir un sábado peleón y agradecido, bajito de estatura y amable, vicioso y triste. Horribles adjetivos que no me cuadran, que me cuesta aceptar, pero que en última instancia siempre admito como un gesto de despedida. Y yo y mi moto atravesamos esas luces, esos preparativos cristianos, esas expectativas sin fondo, y desembocamos en la Gran Avenida del estadio, solitaria todavía, y nos detenemos bajo los arcos de los puentes de acceso, pero fíjate qué curioso, presta atención, cuando nos detenemos la sensación que siento bajo las piernas es que el mundo sigue moviéndose, como efectivamente sucede, supongo que lo sabes, la Tierra se mueve bajo mis pies, bajo las ruedas de mi moto, y por un instante, por una fracción de segundo, el encontrarte carece de importancia, te puedes marchar con tus amigos, puedes ir a emborracharte o tomar el autobús que te devolverá a tu ciudad. Pero la sensación de abandono, como si me follara un ángel, sin penetrarme pero en realidad penetrándome hasta las tripas, es breve, y justo mientras dudo o mientras la analizo sorprendida se abren las rejas y la gente comienza a salir del estadio, bandada de buitres, bandada de cuervos.
—(El tipo agacha la cabeza. La alza. Sus ojos intentan componer una sonrisa. Sus músculos faciales se contraen en uno o varios espasmos que pueden significar muchas cosas: somos el uno para el otro, piensa en el futuro, la vida es maravillosa, no cometas una tontería, soy inocente, arriba España.)
—Al principio, buscarte es un problema. ¿Serás igual, visto a cinco metros de distancia, que en la tele? Tu altura es un problema: no sé si eres alto o de estatura mediana (bajo no eres), tu ropa es un problema: a esa hora ya empieza a hacer frío y sobre tu torso y sobre los torsos de tus compañeros nuevamente cuelgan camisetas e incluso chaquetas; alguno sale con la bufanda enrollada (como una voluta) alrededor del cuello e incluso alguno se ha cubierto media cara con la bufanda. La luna cae vertical sobre mis pisadas en el cemento. Te busco con paciencia, aunque siento al mismo tiempo la inquietud de la princesa que contempla el marco vacío donde debiera refulgir la sonrisa del príncipe. Tus amigos son un problema elevado al cubo: son una tentación. Los veo, soy vista por ellos, soy deseada, sé que me bajarían los pantalones sin pensárselo dos veces, algunos merecen sin duda mi compañía al menos tanto como tú, pero en el último instante siempre te soy fiel. Por fin, apareces rodeado de bailarines de conga, entonando himnos cuyas letras son premonitorias de nuestro encuentro, con el rostro grave, imbuido de una importancia que sólo tú sabes sopesar, ver en su exacta dimensión; eres alto, bastante más alto que yo, y tienes los brazos largos exactamente tal como me los imaginé después de verte en la tele, y cuando te sonrío, cuando te digo hola, Max, no sabes qué decir, al principio no sabes qué decir, sólo reírte, un poco menos estentóreamente que tus camaradas, pero sólo te ríes, príncipe de la máquina del tiempo, te ríes pero ya no caminas.
—(El tipo la mira, achica los ojos, trata de serenar su respiración y en la medida en que ésta se regulariza pareciera que piensa: inspirar, espirar, pensar, inspirar, espirar, pensar...)
—Entonces, en lugar de decirme no soy Max, intentas seguir con tu grupo y por un momento me domina el pánico, un pánico que en la memoria se confunde más con la risa que con el miedo. Te sigo sin saber muy bien qué haré a continuación, pero tú y tres más se detienen y se vuelven y me consideran con sus ojos fríos, y yo te digo Max, tenemos que hablar, y entonces tú me dices no soy Max, ése no es mi nombre, qué pasa, te estás quedando conmigo, me confundes con alguien o qué, y entonces yo te digo perdona, te pareces muchísimo a Max, y también te digo que quiero hablar contigo, de qué, pues de Max, y entonces tú te sonríes y te quedas ya definitivamente atrás, tus compañeros se van, te gritan el nombre del bar desde donde saldréis de esta ciudad, no hay pierde, dices tú, allí nos veremos, y tus camaradas se van haciendo cada vez más pequeños, de la misma manera que el estadio se va haciendo cada vez más pequeño, yo conduzco la moto con mano firme y aprieto el acelerador a fondo, la Gran Avenida a esta hora está casi vacía, sólo la gente que vuelve del estadio, y tú detrás de mí enlazas mi cintura, siento en mi espalda tu cuerpo que se pega como un molusco a la roca, y el aire de la avenida, en efecto, es frío y denso como las olas que conmueven al molusco, tú te pegas a mí, Max, con la naturalidad de quien intuye que el mar es no sólo un elemento hostil sino un túnel del tiempo, te enrollas a mi cintura como antes tu camiseta estaba enrollada en tu cuello, pero esta vez la conga la baila el aire que entra como un torrente por el tubo estriado que es la Gran Avenida, y tú te ríes o dices algo, tal vez hayas visto entre la gente que se desliza bajo el manto de los árboles a unos amigos, tal vez sólo estás insultando a unos desconocidos, ay, Max, tú no dices adiós ni hola ni nos vemos, tú dices consignas más viejas que la sangre, pero ciertamente no más viejas que la roca a la que te agarras, feliz de sentir las olas, las corrientes submarinas de la noche, pero seguro de no ser arrastrado por ellas.
—(El tipo murmura algo ininteligible. Una especie de baba le cae por la barbilla, aunque tal vez sólo sea sudor. Su respiración, no obstante, se ha tranquilizado.)
—Y así, indemnes, llegamos a mi casa en las afueras. Te sacas el casco, te tocas los huevos, me pasas una mano por los hombros. Tu gesto esconde una dosis insospechada de ternura y de timidez. Pero tus ojos no son todavía lo suficientemente tiernos ni tímidos. Te gusta mi casa. Te gustan mis cuadros. Me preguntas por las figuras que en ellos aparecen. El príncipe y la princesa, te contesto. Parecen los Reyes Católicos, dices. Sí, en alguna ocasión a mí también se me ha ocurrido pensarlo, unos Reyes Católicos en los límites del reino, unos Reyes Católicos que se espían en un perpetuo sobresalto, en un perpetuo hieratismo, pero para mí, para la que yo soy al menos durante quince horas diarias, son un príncipe y una princesa, los novios que atraviesan los años y que son heridos, asaeteados, los que pierden los caballos durante la cacería e incluso los que nunca han tenido caballos y huyen a pie, sostenidos por sus ojos, por una voluntad imbécil que algunos llaman bondad y otros natural buen talante, como si la naturaleza pudiera ser adjetivada, buena o mala, salvaje o doméstica, la naturaleza es la naturaleza, Max, desengáñate, y estará siempre ahí, como un misterio irremediable, y no me refiero a los bosques que se queman sino a las neuronas que se queman y al lado izquierdo o al lado derecho del cerebro que se quema en un incendio de siglos y siglos. Pero tú, ánima bendita, encuentras hermosa mi casa y encima preguntas si estoy sola y luego te sorprendes de que me ría. ¿Crees que si no estuviera sola te habría invitado a venir? ¿Crees que si no estuviera sola hubiera recorrido la ciudad de una punta a la otra en mi moto, contigo a mi espalda, como un molusco pegado a una roca mientras mi cabeza (o mi mascarón de proa) se hunde en el tiempo en el empeño único de traerte sano y salvo a este refugio, la roca verdadera, la que mágicamente se eleva desde sus raíces y emerge? Y de una manera práctica: ¿crees que habría llevado un casco de repuesto, un casco que vela tu rostro de las miradas indiscretas, si mi intención no hubiera sido traerte aquí, a mi más pura soledad?
—(El tipo agacha la cabeza, asiente, sus ojos recorren las paredes del cuarto hasta el último resquicio. Una vez más, su transpiración vuelve a manar como un río caprichoso, ¿una falla en el tiempo?, y las cejas se ven inundadas de gotas que penden, amenazantes, sobre sus ojos.)
—Tú no sabes nada de pintura, Max, pero intuyo que sabes mucho de soledad. Te gustan mis Reyes Católicos, te gusta la cerveza, te gusta tu patria, te gusta el respeto, te gusta tu equipo de fútbol, te gustan tus amigos o compañeros o camaradas, la banda o grupo o pandilla, el pelotón que te vio quedarte rezagado hablando con una tía buena a la que no conocías, y no te gusta el desorden, no te gustan los negros, no te gustan los maricas, no te gusta que te falten al respeto, no te gusta que te quiten el sitio. En fin, son tantas las cosas que no te gustan que en el fondo te pareces a mí. Nos acercamos, tú y yo, desde los extremos del túnel, y aunque lo único que vemos son nuestras siluetas seguimos caminando resueltamente hacia nuestro encuentro. En la mitad del túnel por fin podrán nuestros brazos entrelazarse, y aunque allí la oscuridad es tan grande que no podremos contemplar nuestros rostros, sé que avanzaremos sin temor y que nos tocaremos la cara (tú lo primero que me tocarás será el culo, pero eso también es parte de tu deseo de conocer mi rostro), palparemos nuestros ojos y pronunciaremos acaso una o dos palabras de reconocimiento. Entonces me daré cuenta (entonces podría darme cuenta) de que no sabes nada de pintura, pero sí de soledad, que es casi lo mismo. Algún día nos encontraremos en el medio de ese túnel, Max, y yo palparé tu cara, tu nariz, tus labios, que suelen expresar mejor que nadie tu estupidez, tus ojos vaciados, los pliegues minúsculos que se forman en tus mejillas cuando sonríes, la falsa dureza de tu rostro cuando te pones serio, cuando cantas tus himnos, esos himnos que no comprendes, tu mentón que a veces parece una piedra pero que más a menudo, supongo, parece una hortaliza, ese mentón tuyo tan típico, Max (tan típico, tan arquetípico que ahora pienso que es él quien te ha traído, quien te ha perdido). Y entonces tú y yo podremos volver a hablar, o hablaremos por primera vez, pero hasta entonces deberemos revolearnos, quitarnos nuestras ropas y enrollarlas en nuestros cuellos o en los cuellos de los muertos. Esos que viven en la voluta inmóvil.
—(El tipo llora, también pareciera que intenta hablar, pero en realidad son hipidos, espasmos provocados por el llanto los que mueven sus mejillas, sus pómulos, el lugar donde se adivinan los labios.)
—Como dicen los gángsters, no es nada personal, Max. Por supuesto, en esa aseveración hay algo de verdad y algo de mentira. Siempre es algo personal. Hemos llegado indemnes a través de un túnel del tiempo porque es algo personal. Te he elegido a ti porque es algo personal. Por descontado, nunca antes te había visto. Personalmente nunca hiciste nada contra mí. Esto te lo digo para tu tranquilidad espiritual. Nunca me violaste. Nunca violaste a nadie que yo conociera. Puede incluso que nunca hayas violado a nadie. No es algo personal. Tal vez yo esté enferma. Tal vez todo es producto de una pesadilla que no soñamos ni tú ni yo, aunque te duela, aunque el dolor sea real y personal. Sospecho, sin embargo, que el fin no será personal. El fin, la extinción, el gesto con el que todo esto se acaba irremediablemente. Y aún más, personal o impersonalmente, tú y yo volveremos a entrar en mi casa, a contemplar mis cuadros (el príncipe y la princesa), a beber cervezas, a desnudarnos, yo volveré a sentir tus manos que recorren con torpeza mi espalda, mi culo, mi entrepierna, buscando tal vez mi clítoris, pero sin saber dónde se encuentra exactamente, volveré a desnudarte, a coger tu polla con mis dos manos y a decirte que la tienes muy grande cuando en realidad no la tienes muy grande, Max, y eso deberías haberlo sabido, y volveré a metérmela en la boca y a chupártela como probablemente nadie te la había chupado, y luego te desnudaré y dejaré que tú me desnudes, una de tus manos ocupada en mis botones, la otra sosteniendo un vaso de whisky, y te miraré a los ojos, esos ojos que vi en la televisión (y que volveré a soñar) y que hicieron que fuera a ti a quien eligiera, y volveré a repetirme que no es nada personal, volveré a decirte, a decirle a tu recuerdo nauseabundo y eléctrico que no es nada personal, y aun entonces tendré mis dudas, tendré frío como ahora tengo frío, intentaré recordar todas tus palabras, hasta las más insignificantes, y no podré hallar en ellas consuelo.
—(El tipo vuelve a sacudir la cabeza con gestos de afirmación. ¿Qué intenta decir? Imposible saberlo. Su cuerpo, mejor dicho sus piernas, experimentan un fenómeno curioso: por momentos un sudor tan abundante y espeso como el de la frente las cubren, sobre todo por la cara interna, por momentos pareciera que tiene frío y la piel, desde las ingles hasta las rodillas, adquiere una textura áspera, si no al tacto sí a la vista.)
—Tus palabras, lo reconozco, han sido amables. Temo, sin embargo, que no has pensado suficientemente bien lo que decías. Y menos aún lo que yo decía. Escucha siempre con atención, Max, las palabras que dicen las mujeres mientras son folladas. Si no hablan, bien, entonces no tienes nada que escuchar y probablemente no tendrás nada que pensar, pero si hablan, aunque sólo sea un murmullo, escucha sus palabras y piensa en ellas, piensa en su significado, piensa en lo que dicen y en lo que no dicen, intenta comprender qué es lo que en realidad quieren decir. Las mujeres son putas asesinas, Max, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida. Para tus amigos, Max, en ese estadio que ahora se comprime en tu memoria como el símbolo de la pesadilla, yo sólo fui una buscona extraña, un estadio dentro del estadio, al que algunos llegan después de bailar una conga con la camiseta enrollada en la cintura o en el cuello. Para ti yo fui una princesa en la Gran Avenida fragmentada ahora por el viento y el miedo (de tal modo que la avenida en tu cabeza ahora es el túnel del tiempo), el trofeo particular después de una noche mágica colectiva. Para la policía seré una página en blanco. Nadie comprenderá jamás mis palabras de amor. Tú, Max, ¿recuerdas algo de lo que dije mientras me la metías?
—(El tipo mueve la cabeza, la señal es claramente afirmativa, sus ojos húmedos dicen que sí, sus hombros tensos, su vientre, sus piernas que no dejan de moverse mientras ella no lo mira, tratando de desatarse, su yugular que palpita.)
—¿Recuerdas que dije el viento? ¿Recuerdas que dije las calles subterráneas? ¿Recuerdas que dije tú eres la fotografía? No, en realidad no lo recuerdas. Tú bebías demasiado y estabas demasiado ocupado con mis tetas y con mi culo. Y no entendiste nada, de lo contrario habrías salido corriendo a la primera oportunidad. Eso ahora te gustaría, ¿verdad, Max? Tu imagen, tu otro yo corriendo por el jardín de mi casa, saltando la verja, alejándote calle arriba a grandes zancadas, como un atleta de mil quinientos metros, a medio vestir aún, tarareando alguno de tus himnos para infundirte valor, y luego, tras veinte minutos de carrera, exhausto, en el bar donde te esperan los miembros de tu grupo o banda o peña o brigada o pandilla o como se llame, llegar y beber una jarra de cerveza, decir chavales no tenéis idea de lo que me ha ocurrido, han intentado matarme, una jodida puta del extrarradio de la ciudad, de las afueras de la ciudad y del tiempo, una puta del más allá que me vio en la tele (¡salimos en la tele!) y que me llevó en su moto y que me la chupó y que me ofreció su culo y que me dijo palabras que al principio me sonaron misteriosas pero que luego entendí, o mejor dicho sentí, una puta que me dijo palabras que sentí con el hígado y con los huevos y que al principio me parecieron inocentes o cachondas o producto de mi lanza que le llegaba hasta las entrañas, pero que luego ya no me parecieron tan inocentes, chavales, os lo voy a explicar, ella no paraba de murmurar o susurrar mientras la cabalgaba, ¿normal, no?, pero no era normal, no tenía nada de normal, una puta que susurra mientras se la follan, y entonces yo escuché lo que decía, chavales, camaradas, escuché sus putas palabras que se abrían paso como una barca en un mar de testosterona, y entonces fue como si ese mar de testosterona, ese mar de semen se estremeciera ante una voz sobrenatural, y el mar se encogió, se replegó en sí mismo, el mar desapareció, chavales, y todo el océano se quedó sin mar, toda la costa sin mar, sólo piedras y montañas, precipicios, cordilleras, fosas oscuras y húmedas de miedo, y sobre esa nada la barca siguió navegando y yo la vi con mis dos ojos, con mis tres ojos, y dije no pasa nada, no pasa nada, cariño, cagado de miedo, fosilizado de miedo, y luego me levanté intentando que no se me notara, que no se me notara el cangueli, y dije que iba al baño a desaguar el canario, a jiñar un ratito, y ella me miró como si hubiera recitado a John Donne, chavales, como si hubiera recitado a Ovidio, y yo retrocedí sin dejar de mirarla, sin dejar de mirar la barca que avanzaba inconmovible por un mar de nada y de electricidad, como si el planeta Tierra estuviera naciendo otra vez y sólo yo estuviera allí para dar fe del nacimiento, ¿pero dar fe a quién, chavales?, a las estrellas, supongo, y cuando me vi en el pasillo fuera del alcance de su mirada, de su deseo, en vez de abrir la puerta del baño me deslicé hasta la puerta de la calle y atravesé el jardín rezando y salté la tapia y me puse a correr calle arriba como el último atleta de Maratón, el que no trae noticias de victoria sino de derrota, el que no es escuchado ni celebrado ni nadie le tiende un cuenco de agua, pero que llega vivo, chavales, y que además comprende la lección: en ese castillo no entraré, esa senda no la recorreré, esas tierras no atravesaré. Aunque me señalen con el dedo. Aunque todo esté en mi contra.
—(El tipo mueve la cabeza afirmativamente. Está claro que quiere dar a entender su conformidad. El rostro, debido al esfuerzo, se le enrojece notablemente, las venas se hinchan, los ojos se le desorbitan.)
—Pero tú no escuchaste mis palabras, no supiste discernir de mis gemidos aquellas palabras, las últimas, que acaso te hubieran salvado. Te escogí bien. La televisión no miente, ésa es su única virtud (ésa y las viejas películas que dan de madrugada), y tu rostro, junto a la valla metálica, después de la conga aplaudida unánimemente, me anticipaba (me apresuraba) el desenlace inevitable. Te he traído en mi moto, te he desnudado, te he dejado inconsciente, te he atado de manos y de pies a una vieja silla, te he puesto un esparadrapo en la boca no porque tema que tus gritos alerten a nadie sino porque no deseo escuchar tus palabras de súplica, tus lamentables balbuceos de perdón, tu débil garantía de que tú no eres así, de que todo era un juego, de que estoy equivocada. Posiblemente estoy equivocada. Posiblemente todo sea un juego. Posiblemente tú no seas así. Pero es que nadie es así, Max. Yo tampoco era así. Por supuesto, no te voy a hablar de mi dolor, un dolor que tú no has provocado, al contrario, tú has provocado un orgasmo. Has sido el príncipe perdido que ha provocado un orgasmo, puedes sentirte satisfecho. Y yo te di la oportunidad de escapar, pero tú fuiste también el príncipe sordo. Ahora ya es tarde, está amaneciendo, debes de tener las piernas entumecidas, acalambradas, tus muñecas están hinchadas, no deberías haberte movido tanto, cuando empezamos te lo advertí, Max, esto es inevitable. Acéptalo de la mejor manera que puedas. Ahora no es hora de llorar ni de recordar congas, amenazas, palizas, es hora de mirar dentro de ti y tratar de comprender que a veces uno se marcha inesperadamente. Estás desnudo en mi cámara de los horrores, Max, y tus ojos siguen el movimiento pendular de mi navaja, como si ésta fuera un reloj o el cuco de un reloj de pared. Cierra los ojos, Max, no hace falta que sigas mirando, cierra los ojos y piensa con todas tus fuerzas en algo bonito...
—(El tipo en vez de cerrar los ojos los abre con desesperación y todos sus músculos se disparan en un último esfuerzo: su impulso es tan violento que la silla a la que está fuertemente atado cae con él al suelo. Se golpea la cabeza y la cadera, pierde el control del esfínter y no retiene la orina, sufre espasmos, el polvo y la suciedad de las baldosas se adhieren a su cuerpo mojado.)—No te voy a levantar, Max, estás bien así. Mantén los ojos abiertos o ciérralos, es igual, piensa en algo bonito o no pienses en nada. Está amaneciendo pero para el caso lo mismo daría que estuviera anocheciendo. Tú eres el príncipe y llegas en la mejor hora. Eres bienvenido no importa cómo vengas ni de dónde vengas, si te ha traído una moto o has llegado por tu propio pie, si sabes lo que te aguarda o lo ignoras, si apareciste mediante engaños o a sabiendas de que te enfrentabas con tu destino. Tu rostro, que hasta hace poco sólo era capaz de expresar estupidez o rabia u odio, ahora se recompone y sabe expresar aquello que sólo es posible adivinar en el interior de un túnel, en donde confluyen y se mezclan el tiempo físico y el tiempo verbal. Avanzas resuelto por los pasillos de mi palacio deteniéndote apenas los segundos necesarios para contemplar las pinturas de los Reyes Católicos, para beber un vaso de agua cristalina, para tocar con la yema de los dedos el azogue de los espejos. El castillo está silencioso sólo en apariencia, Max. Por momentos crees que estás solo, pero en el fondo sabes que no estás solo. Dejas atrás tu mano levantada, tu torso desnudo, tu camiseta enrollada alrededor de la cintura, tus himnos guerreros que evocan la pureza y el futuro. Este castillo es tu montaña, que tendrás que escalar y conocer con todas tus fuerzas pues después ya no habrá nada, la montaña y su ascensión te costarán el precio más alto que tú puedas pagar. Piensa ahora en lo que dejas, en lo que pudiste dejar, en lo que debiste dejar y piensa también en el azar, que es el mayor criminal que jamás pisó la Tierra. Despójate del miedo y del arrepentimiento, Max, pues ya estás dentro del castillo y aquí sólo existe el movimiento que ineluctablemente te llevará a mis brazos. Ahora estás en el castillo y oyes sin volverte las puertas que se cierran. Avanzas en medio del sueño por pasillos y salas de piedra desnuda. ¿Qué armas llevas, Max? Sólo tu soledad. Sabes que en algún lugar te estoy esperando. Sabes que yo también estoy desnuda. Por momentos sientes mis lágrimas, ves el fluir de mis lágrimas por la piedra oscura y crees que ya me has encontrado, pero la habitación está vacía y eso te desconsuela y al mismo tiempo te enardece. Sigue subiendo, Max. La siguiente habitación está sucia y no parece la de un castillo. Hay un viejo televisor que no funciona y un catre con dos colchones. Alguien llora en alguna parte. Ves dibujos infantiles, ropa vieja cubierta de moho, sangre seca y polvo. Abres otra puerta. Llamas a alguien. Le dices que no llore. Sobre el polvo del pasillo van quedando tus pisadas. Por momentos crees que las lágrimas gotean del techo. No tiene importancia. Para el caso lo mismo daría que brotaran de la punta de tu polla. Por momentos todas las habitaciones parecen la misma habitación estragada por el tiempo. Si miras el techo creerás ver una estrella o un cometa o un reloj de cuco surcando el espacio que dista de los labios del príncipe a los labios de la princesa. Por momentos todo vuelve a ser como siempre. El castillo es oscuro, enorme, frío, y tú estás solo. Pero sabes que hay otra persona escondida en alguna parte, sientes sus lágrimas, sientes su desnudez. En sus brazos te aguarda la paz, el calor, y en esa esperanza avanzas, sorteas cajas llenas de recuerdos que nadie volverá a mirar, maletas con ropa vieja que alguien olvidó o no quiso tirar a la basura, y de vez en cuando la llamas, a tu princesa, ¿dónde estás?, dices con el cuerpo aterido de frío, haciendo castañetear los dientes, justo en medio del túnel, sonriendo en la oscuridad, tal vez por primera vez sin miedo, sin ánimo de provocar miedo, animoso, exultante, lleno de vida, tanteando en la oscuridad, abriendo puertas, cruzando pasillos que te acercan a las lágrimas, en la oscuridad, guiándote únicamente por la necesidad que tu cuerpo tiene de otro cuerpo, cayendo y levantándote, y por fin llegas a la cámara central, y por fin me ves y gritas. Yo estoy quieta y no sé de qué naturaleza es tu grito. Sólo sé que por fin nos hemos encontrado, y que tú eres el príncipe vehemente y yo soy la princesa inclemente.

BOLAÑO ¿CIVILIZACIÓN O BARBARIE? Por Luis Alejandro Nitrihual Valdebenito*

*Universidad de la Frontera. Temuco - Chile
Resumen: Este trabajo presenta un análisis del cuento de Roberto Bolaño: El Gaucho Insufrible. El objetivo es mostrar cómo el autor reescribe un tema de larga data en las letras latinoamericanas, el tópico civilización-barbarie, pero produciendo una actualidad vital.
Palabras clave: Bolaño, Civilización, Barbarie, El Gaucho Insufrible
Abstract: Bolaño: civilization-barbarism? El Gaucho Insufrible: rewriting of the concept civililization-barbarism: This article analyze the tale “El Gaucho Insufrible” by Roberto Bolaño. This work show as the author rewriting the latinamerica`s concept of civilitation-barbarism, but with prensent time.
Keywords: Bolaño, Civilization, Barbarism, El Gaucho Insufrible.

0.- Actualidad de la obra de Bolaño
Roberto Bolaño es un nombre que apareció en el mundo de la literatura chilena, y por qué no universal, para quedarse de manera permanente. El escritor chileno se ganó un cupo entre los más grandes autores con una obra sólida, con una escritura propositiva, sugerente y variada, que recorre la poesía, ensayo, cuento y novela.
No hay duda que es un poeta, y el mismo se consideraba de este modo, pero al igual que uno de sus escritores admirados y odiados [1], Jorge Luis Borges, se hizo conocido por su prosa, que le trajo tantas alegrías que ya no pudo dejar de continuar en la senda prosística. Todo su ideolecto de autor está nutrido por la poesía, en una simbiosis transtextual que va desde la aparición de la poesía como motor generador del universo narrado, tal es el caso de Los Detectives Salvajes, realizando citaciones de autores admirados o creando poesía dentro de novelas y cuentos. Lo cierto es que su prosa, es especialmente rica en esa heterogeidad de géneros.
Cuando el 2003 Roberto Bolaño dejó de existir hubo un reconocimiento unánime en torno a su obra, sus detractores y seguidores concordaron en calificar su obra como una de las más importantes de las últimas décadas, de ahí la vigencia de estudiarla.
Tiende a reconocerse que su cumbre como escritor se debió a la publicación de Los Detectives Salvaje (1998) que fue merecedora de la XI versión del Premio Internacional Rómulo Gallegos de Novela. Se trata de una obra fantástica, tan imaginaria como la realidad borgeana, una escritura fascinante y que lo lanzó de golpe al lugar de los escritores latinoamericanos de mayor peso y porvenir.
La literatura nazi en América (1996) se inscribe, igual como Los Detectives Salvajes, en la tradición borgeana de Historia de la eternidad, donde la realidad se funde con la ficción. La obra del mismo Borges es un juego especular y Bolaño, como su hijo pródigo, la revive de manera colosal. La especial relación que Bolaño tenía con Borges [2] se puede intuir desde la obra misma, que revive un estilo cargado de búsquedas filosóficas. De algún modo el "hombre libro" que fue Borges y que lo llevaba a plantearse no sólo escritura sobre temas precisos, sino escritura sobre la literatura misma (autoreflexión) y sobre los escritores (imaginarios y reales), fue también el norte del escritor chileno. Por otro lado, el humor borgeano, tanto dentro del texto como en la vida cotidiana, es patente en Bolaño [3].
Es evidente la relación intertextual de Bolaño con la tradición de Hernández, Sarmiento y Borges. Con una actualidad notable, que le confiere frescura, revive el tema de la civilización barbarie-, tan patente en la literatura latinoamericana.

1.- Roberto Bolaño: la reescritura como actualización discreta
“El Gaucho Insufrible”, es el cuento que da nombre al libro del 2002 de Roberto Bolaño, en este se cuenta la historia de Héctor Pereda, un abogado argentino intachable (situación que el narrador indica como poco habitual en la Argentina de esos años) que tiene dos hijos: el Bebe y la Cuca Pereda, que son criados de la mejor manera posible y por ello son jóvenes “felices” que luego de unos años hacen su vida: el Bebe se transforma en escritor de fama latinoamericana y la Cuca se instala en Río de Janeiro.
Hubo una señora Pereda, que de soltera tuvo el apellido Hirschman y que falleció joven y dejó al joven abogado viudo y siendo el “soltero deseado” en su época de gloria. La soledad de Pereda se incrementa cuando también el Bebe, su hijo menor, decide marcharse a EEUU. En su soledad, y para matar el tiempo, decide dedicarse a ordenar su biblioteca. Cuando Bebe regresa, al verlo tan abandonado, decide llevarlo a sus reuniones y cafés literarios, en donde Pereda se siente un bicho extraño, pues: “Para él, los mejores escritores de Argentina eran Borges y su hijo, y todo lo que se añadiera al respecto sobraba.” (las citas del cuento de Bolaño están en cursiva)
Pero si bien la literatura no era uno de sus temas favoritos, cuando hablaban de política su cuerpo se estremecía. Sus hábitos cambiaron desde el momento en que se sintió atraído por las tertulias, se levantaba temprano y en su biblioteca buscaba algo que no sabía qué era. “Se pasaba las mañanas leyendo”. Incluso sus hábitos higiénicos cambiaron. Es más, destaca el narrador, “Un día se fue a leer el periódico a un parque sin ponerse corbata”.
Hasta que un día Pereda se levantó y tuvo la certidumbre de qué algo ocurría en la Argentina. Almorzó con un par de amigos y no paraba de reírse como loco. Le preguntaron que le hacía tanta gracia. Pereda sentenció que Buenos Aires se hundía.
Tal como dijo sucedió y comenzó el caos en la ciudad. Participó en los cacerolazos y las protestas contra el corralito, hasta que un día aviso que se iría a vivir a la estancia del sur. Subió a un tren y en un viaje monótono fue cruzando la pampa. “Luego el tren empezó a rodar por la pampa y el abogado juntó la frente al cristal frío de la ventana y se quedó dormido”. Cuando despertó, observó por la ventana que la pampa estaba plagada de conejos. En Capitán Jourdan, se bajó para tomar camino hacia su estancia, llamada “Álamo Negro”. Mientras estaba sentado en la estación recordó el cuento El Sur de Borges y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Cuando llegó a su estancia todo estaba en ruinas y tuvo que contratar peones, que luego se convirtieron en sus amigos, para reconstruirla y hacerla habitable. Fue a la ferretería de Capitán Jourdan para comprar lo necesario y le preguntó al indio que atendía dónde podía encontrar caballos, este le contestó que ya no había en la zona, pero que un tal don Dulce, tenía uno para la venta. Efectivamente don Dulce le vendió un caballo que tenía y que no ocupaba pues viajaba en Jeep.
Desde su llegada, Pereda comienza un viaje al pasado, busca caballos, animales para domar, peleas a cuchillo, pero ya todo es distinto. En su lugar hay conejos que plagan la pampa y sirven de alimento a los gauchos, que ya no están dispuestos a pelear por honor.
Una tarde recibe una carta del Bebe donde le indica que debe ir a Buenos Aires para firmar los papeles de la venta de su casa. A los dos días parte. Una vez en Buenos Aires decide ir a buscar a su hijo al café donde se reúnen los escritores. Lo encuentra presidiendo una reunión. En la misma mesa, uno de los tipos se unta las narices con cocaína. Pereda lo mira fijo y este reacciona con furia. Pereda saca su cuchillo y lo pincha en la ingle, ante la sorpresa de todo el mundo. En el acto, Pereda desaparece y decide volver a la pampa.

2.- Marco general para entender lo barbaro y lo civilizado.
La literatura latinoamericana ha revivido constantemente la dualidad civilización-barbarie. Rómulo Gallejos en Venezuela con Doña Bárbara presenta a un personaje como Santos Luzardo que intenta civilizar la sabana. La metáfora de Gallejos es notable pues se trata de colocar cercos en la sabana, y entonces el cerco se traduce en justicia, cultura, civilidad, etc.
En Chile, Lautaro Yankas -entre otros- propone la lucha entre el indio borracho y un patrón que desea sus tierras para cultivarlas y para ello asesina; es el paso implacable de la civilización. Jorge Icaza en Ecuador con su libro Guasipungo coloca a los indios en igual situación de decadencia para finalmente eliminarlos.
En argentina, el Facundo de Sarmiento, propone la lucha entre la barbarie de la pampa, que se encarna en los caudillos, y la civilización de Buenos Aires. Es en esa pugna campo-ciudad que el proyecto sarmientino tiene ribetes político-ideológicos de carácter ensayístico.
Es posible constatar que desde principio de siglo XIX los escritores comienzan a escribir sobre la pugna entre lo barbaro y lo civilizado. Muchas veces, como en el caso de Hernández, se trata de hacer homenaje a ese hombre:
“que vive inserto en esa planicie abisal -el gaucho-, es un ser humano conformado con y frente a la naturaleza” (Diaz-Plaja, 1970: 113)
Diaz-Plaja señala que desde 1806 logra precisarse un regreso a lo popular, con la publicación, por parte del sacerdote Pantaleón Rivarole de sus largos romances: A la gloriosa Reconquista y A la gloriosa defensa de Buenos Aires. La cumbre más alta de esta literatura popular se encuentra en Martín Fierro y su explicación más clara en Facundo.
Se trata, no sólo de revivir lo popular como señala Diaz-Plaja, también de presentar la lucha entre el barbaro, representado por todo lo popular (incluido lo indígena) y el mundo moderno, que avanza sin piedad. La tensión entre estos dos polos de la realidad se eleva como una lucha mayor por la construcción de una “nación civilizada”.
La barbarie será lo natural, lo autóctono, el elemento a vencer. La lucha será en todos los frentes, desde la escuela, la iglesia y la guerra. Por su parte, el elemento civilizado será esa cultura que debe llegar a todo lados y la escritura servirá para reforzar esta situación.
“La escritura en este marco se asume como praxis político-cultural en cuyo proceso de desarrollo, en la medida en que se “cubre” la realidad con el modelo de la “barbarie”, los escritores del siglo XIX la “descubren” como una realidad propia que debe ser transformada” (Moyano, 2003: 2)
El caso de Bolaño, con “El Gaucho Insufrible”, se inscribe en un linea diferente, aunque reviviendo el viejo tópico civilización-barbarie. Para ello, Bolaño hace uso, quizás por su afinidad con Jorge Luis Borges de la historia argentina y no de la lucha de su natal país Chile. Creo que esto no es para nada casual y se advierte un fuerte carácter intertextual
“Recordó, como era invitable, el cuento El Sur, de Borges, y tras imaginarse la pulpería de los parrafos finales los ojos se le humedecieron”.
Ahora bien, el cuento bolañiano presenta una revisión, a modo de homenaje explícito al cuento “El Sur”, pero lo hace desde una visión actual, totalmente contextual. No se trata de revivir la vieja lucha entre pampa y ciudad (aunque lo hace de alguna manera) sino de constatar una realidad latinoamericana actual.
Como reescritura de El Sur borgeano, El Gaucho Insufrible no presenta una resolución final en torno a los opuestos vida/muerte. Se pasa de un primer estado de desencanto con la vida, manifiesto en su trabajo rutinario de abogado o en su vida sentimental truncada con la muerte de la esposa, a un estado final también de desencanto, con la vuelta al sur, que ya no es el sitio borgeano anhelado sino un lugar fantasmagórico.

3.- Algunos elementos del mundo desencantado de Bolaño.
Patéticamente, Bolaño nos describe el mismo mundo que Borges en “El Sur” y también el de Hernández con Martín Fierro, se muestra la dicotomía entre la cultura propia y la ajena, lo europeo y lo argentino (léase también como lo latinoamericano), ¿En esa pugna quién triunfará?. La conclusión es que hemos sido criados por una madre postiza, y por eso no hemos resuelto nuestros conflictos de hijos huérfanos. No triunfa “una solución” como en Borges sino el eterno conflicto, los Cien Años de Soledad a que estamos condenados.
El mismo argumento es expuesto por Bolaño, pero aprovechando la coyuntura social de Argentina en el año 2000. En una parte de El Gaucho Insufrible, el narrador nos recuerda: “Argentina es una novela, les decía, por lo tanto es falsa o por lo menos mentirosa”. Buenos Aires es tierra de ladrones, es similar al infierno, dice más adelante. Recordemos que también Sarmiento nos propone un Buenos Aires convulsionado, donde si bien reina lo europeo surge lo caudillesco, lo terrible.
En este sentido, Bolaño propone incialmente la distinción entre ciudad-pampa, clásica en Hernández, Sarmiento y Borges, pero al poco andar, el cuento muestra una situación de hibridez (Canclini, 1998) característica en una cultura actual. Pereda es un caso perdido, un caso quijotesco, revive un mundo de libros, esto queda claro cuando el narrador señala:
“Empezó a levantarse temprano y a buscar en los viejos libros de su biblioteca algo que ni el mismo sabía qué era. Se pasaba las mañanas leyendo”
Ante un mundo acabado, con una vida hecha, Pereda habita el mundo gauchesco. Se trata de un mundo en el que lo infinito se abre ante sus ojos. Las lecturas de Pereda pueden ser, sin duda, la propia historia argentina y el mismo Facundo de Sarmiento, se trata de una historia cíclica y que le hace prever que el desastre de la república se viene encima y finalmente sucede como él lo pronostica.
Entiende Pereda, que no posible habitar Buenos Aires, pues se trata de un mundo pervertido y que ha caido en el caos:
“Cuando el presidente renunció, Pereda participó de la cacerolada”
“Buenos Aires se pudre, les dijo, yo me voy a la estancia”
Para Pereda, Buenos Aires es el infierno. Pongamos atención en que es lo mismo que piensa Dahlmann cuando está postrado en su habitación: “Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno” (Borges: El Sur) Tenemos como conclusión que ambos autores nos presentan a Buenos Aires como lo pasajero y efímero, lo doloroso para Dahlmann, lo insoportable para Pereda.
La dualidad nos recuerda que si Buenos Aires es lo aparente, entonces la pampa es lo eterno. Así lo explicita el narrador en El Gaucho: “La pampa, en cambio, era lo eterno. Un camposanto sin límites es lo más parecido que uno puede hallar”. Bolaño, al contrario de lo que hace Borges, nos presenta en todo momento un mundo pervertido. Mientras en Borges, el Sur es un modo de liberación y de llegada a un pasado glorioso, Bolaño hace llegar a Pereda a un mundo que ha perdido la magia.
El mundo que propone Bolaño es un mundo actual, un mundo en el que no puede habitarse “El Sur” borgeano o la pampa de Hernández. Bolaño no intenta revivir el sur perdido, como sí lo hace Borges y como lo constata Sarmiento.
El gauchaje no existe más que como mundo de figuras literarias, es sólo la posibilidad de habitar un universo simbólico. El mundo que debía ser agreste y de naturaleza indómita es un híbrido que se las arregla apenas para sobrevivir. Pero Pereda es un verdadero Quijote, realiza un recorrido hacia el mundo del Gaucho, revive las tradiciones.
“Pereda mataba el tiempo contándoles aventuras que sólo habían sucedido en su imaginación”.
“Apúntelo a mi cuenta, dijo cuando hubo elegido las mercancías. El indio lo miró sin entender”.
“Después le pregunto al indio dónde podía comprar un caballo. El indio se encogió de hombros. Aquí ya no quedan caballo, dijo, sólo conejos”
Un elemento que resalta en este sur bolañiano es el de los conejos. Mientras Pereda va viajando nota que el tren es perseguido por conejos que parecen brotar como malezas. No será su único encuentro con este verdadero mundo conejil. El viejo sur ganadero, en donde los gauchos arriaban rebaños a caballo por la pampa, ha sido reemplazado por los conejos, que se reproducen como la mala hierba. Ahora, los gauchos dedican su vida a cazar conejos. El narrador se pregunta en este punto: ¿A qué gaucho de verdad se le puede ocurrir vivir de cazar conejos?
Don Dulce, el gaucho que le vende el caballo, que librescamente llama Jose Bianco, es un ejemplo de este mundo cruzado, donde ya no existen zonas bárbaras en strictu sensu y donde la ciudad no es civilizada para nada. Don dulce, tiene un Jeep y no monta a caballo, es un cazador de conejos que no entiende muchas de las cosas que Pereda le señala, pues ha perdido toda raíz con su cultura tradicional.
“Hemos caído muy bajo, decía Pereda a su auditorio, pero aun podemos levantarnos como hombres y buscar una muerte de hombres”
Otro elemento que nos gustaría resaltar es el del viejo almacén. Encontramos que en Borges el almacén es el sitio donde se fragua la lucha, donde Dahlmann sella su muerte. En El Gaucho en cambio, tenemos que el viejo almacén ha sido pervertido, por ejemplo, por un juego como el Monopoly. Los gauchos que se reúnen en la pulpería que visita Pereda se divierten jugando Monopoly y esto le parece bastardo, ofensivo, pues Pereda tiene en mente que una: “pulpería es un sitio donde la gente conversa o escucha en silencio las conversaciones ajenas”.
En el mundo bolañiano no hay utopías románticas, no existe el “jodido destino americano” de morir a manos de los indios bárbaros, pues estos están más civilizados que los de la ciudad. Esto queda claro cuando Pereda en una alegato sobre política saca su cuchilla, dispuesto a batirse de inmediato; los gauchos lo quedan mirando sin entender que le pasa. Nadie estaría dispuesto a morir por algo semejante, ni por nada.
“Antes de que empezara la fiesta Pereda, en voz alta, advirtió que no queria peleas, algo que estaba fuera de lugar, pues los lugareños eran gente pacífica, a la que le costaba trabajo matar a un conejo”.
En un nivel de reflexión explicativa sobre los gauchos del cuento, el narrador señala:
“pensó que la culpa argentina o la culpa latinoamericana los había transformado en gatos. Por eso en vez de vacas hay conejos”.
Hay otra clave para poder entender este cuento, se trata de una explicación del propio narrador y que coloca como símbolo una situación particular, se trata de una vacunación para prevenir la hepatitis. Ante la pregunta de Pereda por el estado de su gente (sus gauchos), la doctora le conteta: “ANEMICOS” .
3.1.-El Gaucho Insufrible
Pereda es un personaje entrañable, tierno, es un gaucho insufrible pues es el unico más gaucho, al menos en apariencia. Es insufrible porque el mismo es un cobarde, en un mundo de cobardes. De allí la clara alusión textual que realiza el narrador al cuento de Borges:
“Oyó voces, alguien rasgaba una guitarra, que la afinaba sin decidirse jamás a tocar una canción determinada, tal como había leído en Borges. Por un instante pensó que su destino, su jodido destino americano, sería semejante al de Dahlmann y no le pareció justo.”
Pereda es lo aparente. Se conoce lo suficiente, sabe que su mundo no tiene escapatoria, pues ni él está dispuesto a llegar a la muerte. ¿Y si la muerte no se encuentra entonces qué?.
Entonces a Pereda, una vez que comprueba que en Buenos Aires no hay escapatoria y ve que su hijo se reúne con artistas drogadictos y que por tanto su hijo quizás es igual, acepta al menos vivir lo aparente. Acepta implícitamente cazar conejos para subsistir. Al menos no estará en el infierno, se encontrará en una pampa eterna, pero no es un pampa romántica, es una zona de la memoria, es un habitar poético en el que hay sólo restos y escombros de la vieja gloria gaucha. Quizas no es este el destino de todo lo popular, ¿no es acaso el criterio de la globalización asfixiante?. Bolaño, parece proponer un mundo pervertido, en donde ya no hay seres sarmientinos, donde Martin Fierro esta viajando a un encuentro en Africa con la Unesco.
Es la actualidad bolañiana, pero creemos, rindiendo homenaje a los grandes escritores de la civilización-barbarie, de ahí el marcado juego intertextual.

4.- Conclusiones
1.- Es evidente que existe una intertextualidad: ésta se manifiesta en Bolaño, desde las alusiones explícitas que hace el narrador y donde destaca a Borges como escritor admirado, o citando algunas de sus obras como en el caso de El Sur.
2.- Bolaño propone revivir de manera crítica la dualidad barbarie-civilización, pero donde queda claro que la lucha ha sido superada en este universo textual, por un hibridismo extraño y donde los gauchos son verdadero gatos.
3.- El sur presentado por Bolaño es un sur actual, donde los gauchos han olvidado el uso del cuchillo y más triste que eso, no están dispuestos a morir por nada. Juegan Monopoly y viajan en Jeep, el caballo y el ganado han sido reemplazados por conejos, que son el verdadero sustento de los gauchos, o lo que queda de ellos.
4.- Pereda es una especie de Quijote, en el sentido de estar a contrapelo en el universo al que le toca enfrentar. Pereda intenta forzar la realidad hasta convertirse en INSUFRIBLE, pero prefiere habitar un mundo poético de gauchos inexistentes que volver al Buenos Aires infernal. En esto, Bolaño, conserva similitud con Sarmiento, Hernández y Borges.

Notas:
[1] Sobre este punto, ver el trabajo de Julia Elena Rial: Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño. Un Obituario a la narrativa del Siglo XX. En este texto se muestra como esta novela de Bolaño presenta a Borges como un escritor odiado, pero donde este odio se tranforma en amor y admiración. En linea:
http://www.hispanista.com.br/revista/artigo141.htm
[2] Sobre su admiración a Borges, Bolaño indicaba que “he leído toda la obra de Borges, al menos dos veces, y casi todo lo que se escribió sobre él (...). A parte de ser un gran poeta y el más grande cuentista y un gran ensayista. En fin, probablemente el mejor escritor en lengua española desde Quevedo” (Swinburn, Daniel. Roberto Bolaño: Catorce preguntas: El Mercurio 2 de Marzo de 2003)
[3] Sobre el tema del humor literario, el mismo Bolaño destacaba a Borges y Cortazar, quienes jugaban con la realidad. (Bolaño, Roberto. El humor en el rellano. Las Ultimas Noticias. Lunes 20 de Enero de 2003).

Bibliografía citada
Abril, Gonzalo et al. Análisis del discurso. Hacia una semiótica de la interacción textual. Madrid: Cátedra. 1999.
Alazraki, Jaime. La prosa narrativa de Jorge Luis Borges. Madrid: Gredos 1986.
Bolaño, Roberto. El Gaucho Insufrible. España: Anagrama. 2001
Borges, J. L. Ficciones. Buenos Aires: Emecé 1968.
Canclini, Nestor. Estratégias para entrar e sair da Modernidade, 2ª ed. São Paulo: Martins Fontes, 1998.
Diaz-Plaja, Guillermo. España en su literatura. Madrid: Salvat. 1970.
Fernández, José Enrique. Intertextualidad Literaria. Madrid: Cátedra. 2001
Greimas, A. J. Del sentido II. Ensayos de Semiótica. Madrid: Gredos.1989
Greimas, A. J. La semiótica del texto. Ejercicios prácticos. Análisis de un cuento de Maupassant. Barcelona: Paidós. 1983.
Greimas, A. J.; J. Courtés. Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje. Vol. 1 Madrid: Gredos.1982.
Grupo de Entrevernes. Signos y parábolas. Semiótica y texto evangélico. Madrid: Ediciones Cristiandad. [s.f. 1989].
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero38/civibarb.html