viernes, 26 de diciembre de 2008

EL ÁNGEL LITERARIO DE EDUARDO HALFON




“Soy guatemaleco, pero no lo Soy”

El lunes 17 de mayo figura ya entre las fechas más significativas de la literatura viva de Guatemala: ese día, en Barcelona, Mihály Dés, Rodrigo Fresán y Jorge Herralde presentaron El ángel literario, la nueva metaobra de Eduardo Halfon, que resultó finalista del multitudinario Premio Herralde de Novela 2003.
Por: J.L. Perdomo Orellana
Unas cuantas horas antes de sobrevolar de nuevo la zona 1 rumbo a España, este ingeniero industrial que hizo a un lado el título obtenido en Estados Unidos, retomó el hilo que no se detuvo en Esto no es una pipa, Saturno (Alfaguara) y De cabo roto (Littera Books).—¿Qué lo llevó a la ruta transitada por José Batres Montúfar, Musil y Jorge Ibargüengoitia?
Aunque tendemos a distanciarlas, literatura e ingeniería vienen a ser la misma cosa: son sistemas para comprender el mundo. El fenómeno del ingeniero convertido en escritor es muy común. Ahí también está Dostoievski. Hay un pequeño paso entre ambas profesiones. Tanto el ingeniero como el escritor tratan de ordenar lo desordenado en un mundo caótico, ya sea a través de un sistema de palabras o de números. Hay mucha afinidad. Pero no sé qué o quién me llevó a dar ese pequeño brinco. Inconformidad, supongo.
Eduardo Halfon, finalista del multitudinario Premio Herralde de Novela 2003.
—¿Ya logró "insertarse" en el desorden de esta orilla del quinto infierno?
No, todavía me siento como un extranjero. No logro encajar con ciertas nociones guatemaltecas, como la impuntualidad y el cangrejismo, por ejemplo. Sigo viendo las cosas desde afuera, como un exiliado. Soy judío pero no soy judío, soy árabe pero no soy árabe, soy guatemalteco pero no lo soy. Un escritor nunca llega a ser parte de donde vive; habita en otra parte. Yo me he mantenido al margen de todas las tradiciones nacionales. Hasta el momento no sé lo que es un fiambre: ¿cómo puede alguien así considerarse guatemalteco?
—¿Es cierto que por la zona 1 sólo pasa cuando va en avión?
Y a veces, dependiendo del viento, ni así. Pero es cierto, yo no conozco muy bien la zona 1 ni el resto del territorio del país. Vengo de un submundo guatemalteco que no pasa por esas regiones. Ni siquiera en eso encajo. Tampoco logro encajar en el mundo estadounidense o en el europeo. Nací exiliado y vivo exiliado. Es lo mismo que menciona Camus: la condición de ver desde afuera, para ser literato. Somos extranjeros y escribimos como tales.
—De la ingeniería a la literatura, ¿cuál salió ganando y cuál perdió?
En ambas también soy un extranjero. Aunque tengo el título, no me considero un ingeniero. Pero tampoco me considero un literato. Me siento como un invitado a una fiesta en la que en cualquier momento apagan la luz y quitan la música. Siento que estoy a un paso de ya no ser escritor y todo por esa condición extranjera. Soy un huésped que sabe que los expulsados del mundo de la literatura abundan. Por eso, cuando consigo obsesionarme con una idea, escribo muy de prisa, sin salir de casa y sin dormir mucho; sin hablar con nadie, porque siento que la idea se me va. También en la literatura soy un exiliado. No soy un escritor permanente, en cualquier momento me voy.
—Ibargüengoitia abandonó la Ingeniería el día que diseñó unos mingitorios que quedaron a la altura del cuello de los usuarios: ¿cuándo la abandonó usted?
Salí de la Ingeniería desde que entré. Nunca estuve contento estudiándola; continué por falta de valor, de coraje, de decisión. Se trata de un período nebuloso en el que, por falta de mejores opciones, continué en ella, pero nunca estuve realmente en esa profesión. Eso sí, mi atracción por las matemáticas continúa invicta.
—Usted, que no acostumbra dedicar sus libros, dedicó “El ángel literario” a Joe y Masha. ¿Por qué?
Ellos son mis padres. El libro trata de influencias literarias y qué mayor influencia que los padres. Ésa es una de las razones. Hay otras, pero secretas.
—Su nuevo libro tiene un epígrafe general de Oscar Wilde, que dice: “Todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo”. ¿Por qué escogió esas líneas?
Porque es la idea que atraviesa todo el libro. Con los retratos que incluí en sus páginas, al mismo tiempo esbocé un autorretrato. Llegué a ese epígrafe de último. La novela ya estaba concluida. Esas líneas cayeron en el libro como un rayo y se incluyeron a sí mismas.
—En el capítulo II las líneas invitadas fueron de Carver: “Influencias son fuerzas, circunstancias, personalidades, irresistibles como la marea”. ¿Por qué alguien tan abstemio como usted cita a un ex borracho total?
Soy un gran admirador de Carver. Su retrato fue el primero que escribí para el libro. De él me sigue llamando la atención que su mayor influencia aceptada hayan sido sus hijos, no otros autores, no otros libros. Sus hijos. Si uno lee su obra se da cuenta que es cierto, los hijos están presentes en todo Carver. Cuenta él una escena que le sucedió en una lavandería de Iowa City, mientras secaba la ropa de sus hijos, deseando con fervor un poco de tiempo para ponerse a escribir. Es chejoviano el asunto. Partí de esas líneas para escribir todo su retrato.
—Es extraño oírle a un hijo sin hijos repetir tanto la palabra hijos...
Por el momento, no tengo la menor intención de tenerlos. Cuando los tenga, seguramente cambiará mi perspectiva de los padres. En efecto, escribo como un hijo que no tiene hijos. Sin duda, la escritura de alguien que ya los tiene es distinta. Es algo difícil a mi edad, en un país empecinado en saturar el mundo. Nada en mi vida ha sido convencional. Como tampoco fue convencional mi llegada tardía y en picado a la literatura.
—De Hemingway seleccionó: “Lo único que debes hacer es escribir una oración verdadera.”. ¿A cuento de qué?
Es un homenaje a Hemingway y a las oraciones verdaderas. A la frase corta, concisa, seca, que golpea de frente. Creo que algo tiene mi narrativa de esto. Lo único que Hemingway deseaba era escribir una oración verdadera. Por eso aparece en dos de mis libros. La génesis literaria de Hemingway se remonta a París y hasta allá lo seguí.
—¿Y la turbamulta de palabras de Asturias y García Márquez no le dice nada?
Podríamos decir que ambos vienen de Faulkner. De hecho, García Márquez lo recalcó al recibir el Nobel. La escritura de ellos es preciosa, florida, me gusta, pero me seduce más lo opuesto a ellos. La brevedad. Me gusta la obra de Asturias, pero tengo que aceptar que huyo a Asturias tanto como huyo a Guatemala. Es un misterio que prefiero dejar insondable.
—En el último capítulo no aparece ningún epígrafe. ¿Tan pronto los agotó?
En ese capítulo ya no cayó ningún rayo y el retratista se volvió su propio modelo. Ahí aparecen plasmadas mis dudas y frustraciones. Ahí no cupo ningún epígrafe porque el capítulo en sí es el epígrafe.
—No cualquiera publica en Anagrama. Con anterioridad, en su catálogo de 361 títulos sólo había sido incluido un guatemalteco. Las buenas lenguas, escasas en Guatemala, ven en “El ángel literario” un buen augurio, y autores sabios como Méndez Vides incluso lo celebran. En las pasarelas del mercado editorial, las sobrepobladas malas lenguas, por su parte, viborean acerca de una confabulación judío-masónica, un eficaz agente literario a sueldo y una amistad oportuna con Enrique Vila-Matas. ¿Qué ve en todo esto?
Por supuesto que Vila-Matas me ayudó, le pagué lo suficiente para que lo hiciera. Así funcionamos los judíos. Con pisto, no talento. Además, no sé si usted lo sabía, pero las editoriales españolas siempre prefieren que sus escritores tengan penes circuncidados. Por higiene. Ahora bien, ese rumor del agente literario sí me ofende, me duele, porque ésa no es su labor, es decir, al agente literario no le corresponde conseguir publicaciones ni ayudar al escritor, sino únicamente entorpecerlo. No entiendo esos rumores, ni voy a perder el tiempo tratando de entender el sesgado zancadillerismo aldeano, para el cual de seguro Anagrama me publicó por ser un producto exótico hecho en Guatemala. Pero sí siento respeto por la opinión literaria nacional o, al menos, parte de ella.
—En esta carrera de galgos que la majada sedicentemente literaria ha hecho de los sagrados templos de la literatura, ¿no ha empezado a sentir algo así como la soledad del corredor de fondo?
Sí, pero no importa. Mientras más pública es una obra, más a contracorriente se debe ir. Esa soledad es cierta, y cada día tengo menos ganas de pertenecer a cualquier tipo de gremio. Con todo, a esa soledad siempre tienen acceso los escasos buenos amigos. Es en esta soledad donde se les conoce mejor, como también se reconocen los mejores enemigos, esos que tiene el desplazamiento pausado de los cangrejos que siguen pernoctando en esta olla de país.
—Puesto a escoger entre los elogios, las mentadas, el silencio y la soledad del corredor de fondo, ¿con qué prefiere quedarse?
Por supuesto que me quedo con la soledad. Vivo solo, vivo lejos. Y así voy a seguir. No tengo pensado cambiar. No quiero que me inviten a cocteles ni a fiestas. Cultivo la soledad, pues la considero esencial para quien escribe. Rilke lo menciona muy claramente en sus Cartas a un joven poeta. De modo que voy a persistir en el alejamiento que me da el saberme extranjero en cualquier país del mundo.
—¿Sigue escuchando las alas del ángel? ¿Es éste más rápido que su sombra?
Sí. Es un ángel desgastante que, a veces, se vuelve demonio. Sus alas duelen. Cuando termino un libro, yo también estoy terminado, enfermo, vacío. El proceso creativo es, hasta cierto punto, una maldición. El ángel pasa, te señala y luego se va. Pero la sombra siempre queda, uno se mantiene en esa sombra, uno se queda viviendo en esa sombra porque la obra queda. Es una sombra fría, sorda, en la cual uno está condenado a vivir. Muchos no la soportan y entonces abandonan el mundo o, con suerte, sólo abandonan el mundo literario. Luego de tres libros publicados, si de algo estoy seguro es de que todos están a punto de volverse escritores. Todos tienen la palabra en la punta de la lengua. Pero todo escritor también está a punto de dejar de serlo.
—Entre las oraciones y las páginas verdaderas y los años que vendrán o no, ¿hay una línea donde lo esté esperando el autoservicio del suicidio?
El suicidio me sigue interesando mucho como tema. Siento que ese libro aún no lo he concluido, que aún hay un capítulo por narrar. De momento me reservo, sin embargo, su contenido. Creo que no hay mejor cierre que ése.

EL ÁNGEL LITERARIO. Fragmento. Por Eduardo Halfon

Empecé a escribir este libro, como siempre, sin saber hacia dónde me dirigía. Nada más deseaba, sin tampoco saber por qué, escribir cuentos biográficos sobre algunos autores que me gustan, que me han marcado en cierta forma como lector y como escritor y, especialmente, como persona. Tal vez quería brindarles un tipo de homenaje o peculiar tributo –no conozco sentimiento más embarazoso que la admiración, recuerdo que dijo o pudo haber dicho Baudelaire. Pronto me di cuenta, sin embargo, de que había un dato biográfico concreto en sus vidas que me interesaba especialmente señalar: el momento exacto en que se habían convertido en escritores. A través de un velo romanticista, yo miraba ese instante como casi un hechizo, como el despertar literario de un pobre príncipe en un cuento de hadas. Ingenuo, ni modo, pero así comencé. Algunas veces encontraba que ese momento era el de primera escritura; otras era el momento o las circunstancias de inspiración; y aun otras era el momento decisivo en el pulir de su artesanía como escritor. O sea que el núcleo inicial de un escritor, claro está, se me tornó ambiguo de inmediato. Muy escurridizo. A mí mismo se me hacía difícil tenerle que explicar a alguien qué estaba escribiendo (todavía hoy me encuentro dando explicaciones, no sé, quizás dándome explicaciones). El cuento de hadas se derrumbó con todo y el velo, y me enteré de que, en la vida real, el pobre príncipe siempre continúa durmiendo.
El diario, entonces. Llevar un diario que registrara este proceso fue una idea espontánea, inesperada, surgida en un diálogo casual entre dos amigos para ir dejando constancia de todas las dudas que me fuesen surgiendo en el camino, un camino que resultó ser más escabroso, más personal, más íntimo de lo que me pude haber imaginado. Ir anotando mis inquietudes quizás me ayudaría a sujetar con firmeza ese tema que, como algún líquido viscoso, se me estaba filtrando entre los dedos. Cabe mencionar que yo no soy una persona de diarios. Prefiero leerlos, el de Pessoa, el de Kafka, el de Cheever. Pese a que obligo a mis alumnos a tener uno durante mis cursos, yo jamás he llevado un diario: esta fue la primera vez.
Escritores me cayeron en aguaceros. Se aparecían por todos lados. Y entré, como siempre me ocurre cuando escribo, en una profunda obsesión. Soñaba con este libro. Casi no salía de mi casa por temor a que se me fuera a ocurrir algún detalle importante y no estuviese cerca de mi computadora para teclearlo. Las pocas veces que me aventuraba hacia las calles era para entrevistar a alguien o buscar cierta biografía que me hacía falta; sólo mandados breves para servirle, como un mayordomo, a este manuscrito. No sé si a todo escritor le sucede lo mismo, pero me gustaría pensar que sí. En fin. Leía una o dos biografías diarias, sin ningún orden, sin ninguna secuencia, detectando el vuelo del ángel literario con cada vez más facilidad. Contacté a aquellos escritores que pude localizar, y empecé a entrevistarlos virtual, personal o telefónicamente, como fuese. Unos me ayudaron, otros se enfadaron, otros me ignoraron. Entonces, ya con cierta información pero carente de ideas preconcebidas, me sentaba a narrar. Todos los días. A cualquier hora. Algunas veces logré un cuento completo y para mí bastante sólido, otras uno muy breve, otras uno muy malo, otras sólo el germen de alguna idea, y otras absolutamente nada.
Ahora, meses después, he terminado de ensamblar un extraño mosaico de ideas y relatos y anécdotas y entrevistas, el cual, visto desde muy cerca, creo que no tiene ningún sentido. Un mosaico sólo se logra apreciar desde lejos –y a veces ni así.
Se me ocurre que quizás todas aquellas decisiones aparentemente accidentales y espontáneas que se fueron tomando en el camino –y recuerdo ahora con lucidez las palabras de aquel escritor neófito mientras batallaba con sus espaguetis–, sólo me estaban conduciendo a una pregunta crucial, digamos que a la pregunta: por qué me había convertido en escritor. Yo, no ellos. Yo, no todos los demás escritores que obsesivamente andaba persiguiendo hasta en mis sueños. Por qué empecé yo a escribir. Por qué escribo. Quizás investigaba las vidas de otros buscándome a mí mismo, buscando el momento en que me voló por encima ese ángel literario y, maldiciéndome, injuriándome, derramó sobre mi cabeza tantas palabras. Qué sé yo. Responder a esa pregunta es quizás la respuesta a esta magnánima pregunta que de a poco se ha ido tornando en una novela y un diario y una autobiografía y un ensayo y una especie de enciclopedia de influencias literarias, todo al mismo tiempo y al mismo tiempo, en nada. Porque a fin y al cabo este mosaico de mi proceso literario no tiene una respuesta última. Siempre, al leerlo de nuevo, sentiré un faltante. Tantas páginas más tarde, y aún no sé por qué empecé a escribir este libro, y aún no sé por qué empecé a escribir del todo, y aún no sé por qué sigo escribiendo. Admito frustrado que no sé y que nunca sabré. Admito aterrado que igual de fácil que encontré a la literatura, podría perderla por completo. Admito vencido –con el riesgo de caer en un solipsismo– que tal vez estoy terminando de escribir un libro que no se puede escribir.
Así pasa la gloria del mundo, escribió Nicanor Parra o Roberto Bolaño citando a Nicanor Parra, no sé, así pasa la gloria del mundo, sin gloria, sin mundo, sin un miserable sándwich de mortadela.
Entre tantas dudas que me acechan en medio de esta afiebrada melancolía que aún aquí en Barcelona no logro sacudirme, una cosa tengo clara. Las personas entran y salen de la literatura sin saber por qué. Y quizás el solo hecho de preguntárselo es acercarse demasiado al sol, pues la razón jamás podrá comprender manifestaciones de un espíritu estético. Jamás. Sin pedir permiso ni perdón, el ángel literario se asoma, nos eleva efímeramente hacia algunos paraísos y nos arrastra hacia nuestros propios infiernos, y eso es todo, y a la mierda.

(El ángel literario, Anagrama, 2004)

EDUARDO HALFON


ESTO NO ES UNA PIPA. Capítulo 1. Por Eduardo Halfon

Yo no lo maté. Así les dije, esposado, en grilletes, hambriento, a los gendarmes. Pasé tres noches en la cárcel mientras ellos hacían sus averiguaciones. Me llamo Carlos Mérida, les dije en un mal francés. Tengo veintiún años. Soy guatemalteco, una mezcla de español e indígena. Soy músico pero más pintor. ¿Qué hace usted en Francia?, me gritaron. Venimos juntos, él y yo, hace cinco meses, el 15 de junio, 1912, en un barco carguero llamado Odembalt. Pagamos cien dólares cada uno. Está bien, me interrumpió uno de los dos, el más corpulento, ¿pero qué hace aquí, aquí, en París?, dijo, señalando el suelo con su dedo. Ah, estoy estudiando pintura, le respondí, en la escuela expresionista de Kees Van Dongen. ¿Quién? Van Dongen. Disculpen, ¿no me podrían traer un poco de agua?, supliqué, la garganta ya seca, pero las bestias esas no me contestaron. Porque los que interrogan, aunque sean franceses, siempre son bestias. ¿Eran amigos, entonces? Sí. ¿Desde Guatemala? Sí, muy amigos, pintábamos juntos, y además, fue él quien me convenció que viajara hasta acá. ¿Cuándo descubrió usted el cadáver?, gritó uno. Hace tres días, contesté, aunque ellos ya lo sabían. ¿Cómo sucedió? Yo estaba pintando en la escuela y me extrañé al no verlo frente a su caballete. Van Dongen, también extrañado, supongo, me preguntó, ¿y tu amigo, Mérida? No sé, aquí estaba hace una hora, terminando el carboncillo de su tétrico San Jerónimo, pero seguro se ha ido, le contesté al maestro, les digo a los gendarmes. ¿Cómo que se ha ido?, indagó, curioso, Van Dongen. No sé, simplemente se ha ido. Pero yo presentí algo raro. Así es, les confesé, yo tengo la capacidad desde niño de poder sentir en el plexo solar cuando algo trascendental está a punto de suceder. Mm, dijo uno de ellos, burlón. Entonces, reanudé, salí corriendo de la escuela, acompañado por el asistente de Van Dongen, directo hacia el estudio que compartíamos en, como ustedes muy bien saben, dije sarcástico, la rue des Fossés, Saint Bernard, número 32. ¿Vivían juntos, entonces? Sí, señor. Se voltearon a ver. No, no, nada de eso, me apresuré a explicar, sólo compartíamos la vivienda. Y, ¿qué encontró usted cuando llegó?, dijo uno, apuntando todo lo que yo respondía en una libreta. Ya les dije. Dígalo de nuevo, replicó el más corpulento, escupiéndome sin querer en el rostro. Llegué y abrí la puerta, el asistente de Van Dongen atrás de mí. Yo dormía en la parte superior, en el entrepiso, y él en la parte inferior, en algo parecido a un cubículo, pero un poco más pequeño. Siga. Seguí. Su sombrero de fieltro estaba sobre el caballete, así, colgado en una esquina, como solía dejarlo siempre que regresábamos de la calle. Olía raro, recuerdo, les expliqué. ¿A qué? No sé, raro. Creo que a pólvora, pero no estoy seguro. Siga. Suspiré, luego seguí. Se acentuó esa sensación que les había mencionado, la del plexo solar, y me puse nervioso. La cortina de su cubículo estaba cerrada, y la corrí de un solo jalón, y ya, ahí estaba tirado. ¿Cómo? Pues de la misma manera que ustedes lo vieron, respondí, enojado. ¿Cómo?, me volvieron a preguntar. De nuevo, suspiré. Mi mejor amigo estaba muerto y yo, con un mal francés, sucio y hambriento, tenía que defenderme de la acusación de haberlo asesinado. ¿Cómo?, dígalo, gritaron casi al unísono. Acostado sobre su litera, de espaldas, las mangas de su camisa blanca arremangadas, la pierna izquierda contorsionada torpemente hacia la ventana, la boca abierta, la mirada serena y dos redondas manchas rojas sobre el corazón. ¿Y qué más? Su mano derecha, balbuceé, todavía prensaba el revólver. ¿Entonces tenían ustedes un revólver? No señor, dije, brincando, era la primera vez que yo lo veía, de seguro que él recién lo había comprado. ¿Desea agregar algo más, Mérida? No, nada más, respondí. Estaba a punto de levantarme cuando, de pronto, uno de ellos me agarró, brusco, del brazo. Una última pregunta, dijo. Usted, Mérida, ¿por qué cree que se suicidó su amigo? Me quedé callado. Y hoy, tantos años después, también me quedo callado. Aún no lo sé. No hubo ninguna señal, ningún aviso previo. Estábamos, en gran parte, contentos de estar en París. Claro, él con su temperamento introvertido de siempre, pero nada más. ¿Qué?, dijo el gendarme, su rostro dramáticamente sorprendido, el plexo solar no le anticipa nada. Y ambos, con ahínco, se rieron. Triste, confundido, empecé a caminar hacia la puerta, alelado por los grilletes. Dígame una cosa, Mérida, su amigo, ¿por lo menos era un buen pintor? Y hoy, tantos años más tarde, mi respuesta mantiene aún toda su validez. Carlos Valenti, contesté, es el más grande pintor de Guatemala.

El guatemalteco Eduardo Halfon gana el XV Premio Bodegas Olarra & Café Bretón

El autor, que residió en la localidad riojana de Matute, se ha alzado con el galardón por su obra 'Clases de dibujo'
LA RIOJA LOGROÑO


El escritor guatemalteco Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) ha sido el ganador de la XV edición del premio Bodegas Olarra& Café Bretón, dotado con 6.000, euros con su obra Clases de dibujo. El jurado, formado por Elvira Valgañón, Francis Quintana, Roberto Hoya, Jesús J. Alonso y Francisco Pérez de la Cadena, premió esta obra de Halfon, escritor que residió durante el pasado año en la localidad riojana de Matute de donde era originaria su esposa, aunque hace algunos meses regresó de nuevo a Guatemala. Durante su estancia en La Rioja, el guatemalteco impartió varios talleres literarios en lugares como el Ateneo Riojano, Universidad Popular y también en el Instituto Sagasta.
Eduardo Halfon ha publicado las novelas Esto no es una pipa, Saturno (Alfaguara 2003) De cabo roto (Litera Books 2003) El ángel literario (Finalista del Premio Herralde 2003, traducida al portugués y al serbio).
Completan su bibliografía las colecciones de cuentos Siete minutos de desasosiego (Panamericana 2007) y Clases de hebreo (AMG Editores). En 2008 ha publicado El boxeador polaco.
La entrega del premio se celebrará el 24 de enero y posteriormente, AMG Editores se encargará de la publicación del libro premiado.
Este año el concurso incorporó la colaboración de Bodegas Olarra y amplió la cuantía del premio hasta los 6.000 euros.
En esta edición, las bases del concurso permitían presentar a concurso cualquier género literario escrito en prosa, desde cuentos, novelas cortas, artículos o crónicas periodísticas. El concurso tiene además el objetivo de promover las actividades culturales y artísticas, goza ya de una amplia tradición donde, gracias a esta iniciativa, se han ido forjando la figura de varios escritores españoles. Así destacó la labor de Javier Alonso, el único autor riojano que en el año 2003 logró ganar el concurso.

LOS LIBROS DE RODRIGO BLANCO CALDERÓN



LOS PERSONAJES INVENCIBLES DE RODRIGO. Por Héctor Torres

A veces la literatura le regala a uno ocasiones de disfrutar de citas memorables "no documentadas", que además de no estar registradas en ninguna parte, no necesitamos escribir porque nos quedaron grabadas de forma indeleble. Una de esas afortunadas ocasiones me sucedió en una presentación de un libro, cuyo título ahora no recuerdo. En un momento del evento tropecé con Elisa Lerner, un nombre mítico (seguramente a su pesar) dentro de la literatura venezolana. Durante el breve y amable intercambio de palabras le comenté acerca de lo poco frecuente que resultaba verla en eventos de esa naturaleza. Ella me explicó que, efectivamente, asistía a pocos eventos públicos porque ellos consumían un tiempo que se debía dedicar a la literatura. Me mostré de acuerdo con su afirmación, señalando que, de hecho, la literatura exige mucho tiempo para escribir y, más importante aún, para leer. Y para pensar, acotó ella con solemnidad, necesitamos dedicar mucho tiempo a pensar. Hay que pensar mucho antes de sentarse a escribir, concluyó.
Traigo a colación esta aguda sentencia, porque es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en los textos del título Los invencibles (Random House Mondadori), segundo libro de relatos de Rodrigo Blanco Calderón el cual, aunque fue publicado en el año 2007, se presentó hace poco más de dos meses en los Espacios Abiertos Econoinvest. Ya Rodrigo había estado dando firmes pasos en su carrera literaria al haber obtenido dos menciones consecutivas del Concurso Nacional de Cuentos de SACVEN (en las que coincidimos) y al haber sido uno de los ganadores de la primera edición del Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores con el libro Una larga fila de hombres, el cual está conformado por cinco cuentos muy limpiamente escritos entre los cuales destaca Uñas asesinas, un relato largo que narra una historia basada en los asesinatos de indigentes ocurridos hace unos cuantos años en Caracas. Este relato destaca del conjunto por su extensión y por sus guiños nada ortodoxos al género policial, y quizá por ser el que con más contundencia anunciaba al narrador de raza que se venía asomando desde aquellos textos de SACVEN.
Y no cabe duda de que Rodrigo (de seguro sin haberla escuchado y quizá hasta sin reparar en ello) concuerda con aquella aseveración de Lerner. Al menos así lo demuestran los seis relatos de Los invencibles. Además de poseer un estilo elegante y reposado, estas historias parecen el resultado de un profundo proceso de reflexión y maduración sobre los temas que abordan esas historias. Historias urbanas, intimistas, que va llevando con firmeza y paciencia sin dejar que pierdan la tensión, ni que el lector se extravíe en alguna de las características disgresiones por las que se pasean los personajes antes de desembocar en sus desenlaces. Disgresiones que, tal como operan los pensamientos, son parte integral del desarrollo de las tramas.
Otra característica de las historias que componen el volumen Los invencibles, la constituye aquella clásica máxima del cuento, que indica que en ellos no importa tanto lo que se cuenta sino cómo se cuenta, ya que son historias rodeadas de atmósferas, diálogos, reflexiones, paréntesis y minuciosos apartados, pero en los que, a diferencia de otros autores, es muy poco lo que en realidad sucede; y al referirnos a esto, nos referirnos a acontecimientos extraordinarios en sí que requieran ser registrados. En los cuentos de Los invencibles los personajes nadan en ese mar inmenso, heterogéneo y más bien patético que es la realidad, para, como bien lo señala su autor en la nota preliminar, demostrar que "la verdadera heroicidad no consiste en vencer y salvar todos los obstáculos sino [...] en ser vencido y superado por todos los obstáculos y, a pesar de todo, continuar". Es decir, en los cuentos de Los invencibles, los personajes cargan con sus derrotas cotidianas, sin sentir por ello mayor angustia que la de saber que la vida debe continuar, y que ello supone la única grandeza posible. E, incluso, cuando se tropiezan con acontecimientos inexplicables, no suelen darle mayor cabida al asombro. Es decir, en una ciudad enloquecida como Caracas, esos personajes no pueden sino resignarse a que cada acto cotidiano tiene su componente de magia, pero que esto, por inexplicable, se enumera, se comenta y se vive sin mayores aspavientos. En la ciudad donde transcurren esas historias, el misterio, lo inexplicable, las "coincidencias" se asoman, nos rozan, se anuncian, pero no están dispuestas a ser sometidas a un largo examen. Quizá porque no es necesario. O quizá porque el ojo entrenado del caraqueño ve en el movimiento más nimio un número infinito de relaciones, de circunstancias, de posibilidades, pero sabe de lo inútil del gesto de intentar explicarlo.
En los cuentos de Los invencibles la realidad se funde con esa masa compuesta por nuestros sueños, nuestros pensamientos y nuestras impresiones de la vida, dejando esa estela mágica e imprecisa que no se puede nombrar sin complicar las cosas. Cuentos con mucha fuerza, dispuestos a confundir al lector a través de caminos imprecisos y sinuosos, que tienen su final en el punto más inesperado de esa geografía que va construyendo, con paciencia y tino, Rodrigo Blanco, un autor que, aunque grave, elude atinadamente lo ampuloso, lo retórico y lo ceremonioso. Como el que sabe más de lo que dice, y se contenta con contar las cosas tal como sucedieron. Sin búsqueda de gloria ni de asombro.
Los invencibles de Blanco Calderón lo son, entonces, quizá no tanto porque sobreviven a sus derrotas, sino porque en sus vidas ya no es posible perder.

A PROPÓSITO DE "UNA LARGA FILA DE HOMBRES" Y "LOS INVENCIBLES. Por Rodrigo Blanco Calderón

Borges dijo que la literatura era un sueño dirigido. Es una definición enigmática y exacta que logra describir un misterio con otro misterio. Digo esto porque sería bueno poder preguntarle al Viejo quién lo dirige y hacia dónde se prolonga ese sueño. Ante esta imposibilidad, no queda otra opción que emprender ese diálogo con los antepasados, la lectura y los anhelos, que es el que me imagino toda persona emprende cuando decide desentrañar la historia que subyace a sus propios textos.
La historia es corta pues sólo he escrito dos libros de cuentos. El primero, titulado Una larga fila de hombres, lo veo ahora como un delgado saco de papas que, al engordar, se fue transformando progresivamente en un bolso de viaje. Está conformado por cinco cuentos. Cuatro oscilan entre las diez y las veinte páginas y el último se lleva la mitad del libro. El segundo, titulado Los invencibles, lo veo más bien (quizás porque para el momento en que escribo esto está en proceso de edición) como una bomba de tiempo. Lo conforman seis cuentos con la misma variable, relativa, extensión. Hago mención al número de páginas y al género del cuento porque es lo más concreto que puedo decir sobre lo que escribo. Soy un escritor de cuentos largos. Hablar de los temas que me interesan y de la forma de tratarlos me deja el sabor extraño de las mentiras involuntarias y los recuerdos falsos.
Lo del saco de papas viene porque la acumulación y la previsión hicieron posible a Una larga fila de hombres. La comida, por más que no nos guste, es un pecado botarla y a veces el hambre sobrepasa al gusto y uno no sabe cuándo va a querer aquello que antes ha rechazado. Y la escritura, en el fondo, propicia eso: un hambre extraña, muchas veces plagada de sinsabores, que continuamente nos llama. Los textos se fueron acumulando entre los años 2001 y 2005. Algunos ratificaron su condición de insumos para otros cuentos que sólo después podría contar. Mientras que otros, maceración del tiempo y de la corrección mediante, se transformaron en objetos y rastros de otras vidas, muy parecidas a la mía, que me brindaban, sin embargo, la emoción del viaje.
Con más miedo y más voluntad (las contradicciones no hacen sino proliferar) me dispuse a la escritura de Los invencibles. Este segundo libro sólo adquirió una orientación definitiva después de escribir el primero de sus relatos, que le da el título al conjunto. A partir de allí, la idea de narrar una serie de victorias pírricas y de héroes derrotados me fue ganando. El azar estuvo de acuerdo y así, entre la intuición y la sorpresa, entre lo que se busca y lo que se encuentra, se acumularon nuevas historias. Esta vez en un período de dos años. Al leer las pruebas de este libro he vuelto a escuchar, una y otra vez, la frase de Borges. Y al escuchar la frase de Borges me he vuelto a preguntar, una y otra vez, quién dirige el sueño de la literatura y hacia dónde.
No se trata (¿hará falta decirlo?) de una absurda comparación con Borges. Tampoco de repetir el síntoma manido de “la independencia absoluta que cobran los personajes”, con el que muchos escritores, haciendo gala de una inconsciente hipocondría narrativa, exaltan sus obras, cuando en realidad buscan excusas para tapar ciertas carencias. Se trata de lo imprevisible que anida en la lectura de todo texto y, más aun, en la que hace un escritor (sea poeta, novelista, cuentista) de su propio trabajo. Esa que nos revela, como le sucede al soñador de “Las ruinas circulares”, que nosotros también estamos siendo soñados.
Y así, sin habérmelo propuesto, me doy cuenta de que varios de los relatos los he situado en el contexto de dramáticas situaciones de la reciente historia política de Venezuela. Como si en el proceso mismo de soñar esas historias, alguien más, nacido en la fisura que va del pensamiento al lenguaje, hubiera aprovechado de soñar y restituir episodios de la vida de un país que ha sido condenado, con disciplina militar, al insomnio de la violencia, la alarma y el miedo.

(Una larga fila de hombres, Monteávila Editores, 2005)
(Los invencibles, Random House Mondadori, 2007)

EL ÚLTIMO VIAJE DE TIBURÓN ARCAYA. Por Rodrigo Blanco Calderón

Del libro Los Invencibles

Para Juan Pablo Gómez
Las tragedias nacionales ponen a prueba las grandes verdades de un país. Y lo sucedido en el estado Vargas confirmaba, entre otras cosas, que no hay tipo de persona más detestable, al menos en Venezuela, que el que se manifiesta cuando alguien asume la modalidad de impertinente fanático de béisbol.
Esto yo lo sabía, pero la tragedia de aquel lluvioso diciembre, época decisiva del campeonato, había nublado momentáneamente esta verdad. Sin embargo, la misma tragedia, su contexto de muerte e indefensión, fue la encargada de traerla de nuevo a la memoria.
Una semana atrás, en el umbral de la desgracia, se había realizado un referéndum consultivo para ver si se aprobaba o no la nueva constitución. El mismo día de la victoria, el Presidente invocó, antes que el júbilo, el sentimiento de solidaridad con la gente de Vargas. La celebración de la nueva Carta Magna debía ser introspectiva y discreta, pues las lluvias comenzaban a arrojar, como una garúa funesta, los primeros decesos. Y quizás fue la intuición de que la historia, a fin de cuentas, es cíclica, o que, al menos, por pura fuerza de voluntad y una predisposición a la pantomima, uno puede hacer que se repita, pero lo cierto es que justo después de aquella mesura en el triunfo vino el siempre terrible orgullo del último minuto. El mismo que, hace mucho tiempo, hizo naufragar a Odiseo y que ahora empujaría al naufragio a miles de personas. Justo cuando su discurso lo impulsaba con buen viento a puerto seguro, el Presidente decidió recordar las impías y extravagantes palabras de Simón Bolívar, pronunciadas el 26 de marzo de 1812, después del histórico terremoto que sacudió a Caracas:
-“¡Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”.
En la noche de ese día, el 15 de diciembre de 1999, se desató la tragedia.
Una semana después, cuando la cifra aproximada de muertos y desaparecidos pasaba de diez mil, abandoné mi escritorio y salí al pasillo de la redacción a fumarme un cigarro. Tenía la intención de que el cigarro y el paseo fueran indefinidos y al sentir eso me di cuenta de que no tenía madera de periodista. Estaba extenuado. Mimetizado con el clima. Mi corazón era un sol negro: depresión y melancolía. No tenía ese extraño sentimiento de fuerza que los periodistas sienten al contemplar las desgracias ajenas en ajetreada compañía. No sentía que desde mi breve escritorio, a pesar de las horas seguidas e interminables de trabajo, estuviera ayudando en algo.
Di un par de bocanadas y fue entonces cuando vi salir a Carlos de la redacción. Su rostro, como el de todos, se mostraba febril y agitado. Intercambiamos una mirada silenciosa. No sé qué habrá visto en mis ojos, pero lo cierto es que decidió aliviar la tensión del momento con una broma. Y en ese instante, Carlos dejó de ser Carlos para transformarse, simplemente, en un imbécil:
-Ahora sí es verdad que los Tiburones de La Guaira se quedaron sin fanáticos –dijo, haciendo una mueca de burla. –Sólo quedan Juan Pedro, tú y los cinco desgraciados que se salven del aguacero.
Luego me dio una palmada odiosa en el hombro, que me ayudó a digerir su comentario, y se marchó. Yo quedé en el pasillo, solo, mirando con extrañeza la cabeza apagada de mi cigarro. Volví a encenderlo y al soltar el humo vinieron a mí esos versos aprendidos hacía varios años y que solo ahora, en esa mañana gris, hallaban su justificación:

“Todos los reyes del mundo
son igualmente tiranos
y uno de los mayores
es ese infame Carlos”.

Se trata de una estrofa del himno del estado Vargas que encontré por casualidad, durante mi adolescencia, en las páginas dormidas de un libro de geografía. Los versos y las imágenes me parecieron fascinantes. Cargados de rencor y de violencia. La semilla de un gesto iracundo contra el poder. El canto de una guerrilla. Lo memoricé como para reafirmar, a mi familia y a mí mismo, que mi nacimiento en La Guaira no había sido producto de la casualidad sino del destino.
Todo surgió a partir de los diez u once años, cuando comencé a cultivar un “guairismo” algo ostentoso y voluntario. Declararme a temprana edad fanático del glorioso equipo de los Tiburones de La Guaira en una casa plagada de caraquistas y magallaneros, es el primer acto de lucidez e independencia que recuerdo haber hecho en mi vida. Ir a los juegos en el Universitario, exclusivamente para ver a La Guaira y no a otro equipo, fue una declaración y fortalecimiento de principios. Aprender el himno del estado Vargas, que en aquel entonces era apenas un municipio, fue un exceso que, según lo demostraban los rostros perplejos de mis padres, hermanos y tíos, rayaba en la excentricidad y el delirio. Debían transcurrir muchos años para que la vida me demostrara que la pasión por esas estrofas no era un capricho. Y no me refiero únicamente a la cruel broma de Carlos, sino a mi larga conversación con Juan Pedro, que ya estaba anunciada en aquel amargo encuentro de pasillo.
Al mes siguiente, en enero del año 2000, la suerte estaba echada: el país empapado y aterido de desolación, el territorio de Vargas convertido en una Atlántida y Los Tiburones aceptando con una pesadumbre distraída la nueva derrota. Luis Salazar, uno de los jugadores emblemáticos de los años ochenta, en su papel de manager no había logrado lo que para los fanáticos y jugadores de La Guaira se había ido transformando en una irritante utopía: clasificar a la segunda ronda. Cuando alcanzamos el pírrico sueño, al año siguiente, era demasiado tarde. La temporada anterior, arrastrado por el manso río del tiempo, había muerto el padre y dueño y fundador del equipo, Pedro Padrón Panza. Por si esto no bastara, y como para demostrar que cuando se trata de la muerte el cartero puede tocar una y dos y hasta tres veces, entre los que desaparecieron en el deslave estaba Peruchito, el hijo de Padrón Panza que había asumido las riendas del equipo, y su crío, el pequeño nieto del viejo fundador. Los Tiburones de La Guaira habían sido despojados de su pasado, su presente y su futuro. Esas tres muertes eran una garantía definitiva de orfandad. Un certificado de equipo fantasma, que nadaría de ahora en adelante, por las aguas de la nostalgia y la tristeza, buscando por siempre sus orígenes perdidos.
Empujado por estos pensamientos, o como si los pensamientos fueran halados junto a mi cuerpo por el humo del cigarro, esa mañana de enero atravesé el pasillo y bajé por las escaleras hasta llegar a la calle.
Afuera del edificio del periódico uno tenía pocas opciones. Salir a cumplir con una pauta en algún lugar de la ciudad, regresar a casa, o bien, si todavía no era la hora de volver y además no se tenía nada que hacer, ir a tomar un café en “La sociedad”. “La sociedad” es un lugar inmundo y amigable que queda a pocos pasos, en la misma acera donde están ubicadas las oficinas del periódico. Dos cornetas potentes y gastadas dejan escuchar vallenatos desde que se abre el local en la mañana hasta el final de la noche. Hacia ese lugar enfilé mis pasos y, como siempre que pierdo el tiempo pensando en la mala suerte de mi equipo, me puse a repasar la lista de mis amores frustrados. Esto no es nada extraño. Los fanáticos de La Guaira se caracterizan por ver en esa afición una forma cifrada (una cifra común) de sus destinos. Cada quien encuentra su manera personal de interpretar esa marca. Distintas formas de padecerla, de vivirla y de disfrutarla.
La lista de frustraciones es larga y, si no fuera por el detalle de la muerte, podría ser infinita. A veces sucede al revés y la gente muere porque no puede recordar a quien ama. Las personas en estado vegetal, muertos en vida, desconocen al mundo y han olvidado todo de sus seres queridos. Están exiliados de la vida porque no pueden participar del amor.
Yo sufro de un padecimiento similar y antagónico. Tengo la humillante certeza de que me enamoro, por lo menos, una vez al día. Para mí es inconcebible ver una mujer hermosa o enigmática en la calle y aceptar con docilidad el hecho de que no llegaré a conocerla. Cada día me consuelo pensando, recordando, que la correspondencia y la lealtad en poco modifican esta circunstancia. He pasado noches en vela contemplando un cuerpo amado, que duerme confiado junto a mí, sin entender del todo su presencia, sin comprender el porqué de su entrega. La lista es larga y luenga porque todos los amores, al final, se frustran.
El desgano de esa mañana era preciso y por lo menos tenía una razón más concreta que el azar. Por las lluvias y por cuestiones de trabajo, Daniel y yo no habíamos podido repetir, como lo teníamos planificado, el viaje a Punto Fijo que hicimos en la primera semana de enero del año anterior. Daniel estaba triste porque ahora debía esperar los carnavales, o incluso Semana Santa, para visitar a su familia. Yo, por mi parte, debía esperar, indefinidamente, para volver al escenario de un hermoso recuerdo. Las playas de Falcón quedarían vacías de nosotros, como si nuestros pies nunca hubieran pisado su arena. Adícora y Buchuaco se transformarían en un álbum desierto, del que se han desdibujado sus más fieles fotografías.
Al principio, cuando la vi acercarse a la orilla de la playa, traté de desengañarme y me dije que todo era un síntoma de mi incurable mal: creer que nada en la vida es fortuito y que los primeros encuentros nunca son en realidad los primeros, sino la reiteración de un contacto anterior que ha pasado desapercibido.
Recuerdo que apenas se mojó los pies, sin estremecerse, y luego se soltó el cabello. La imagen se me clavó en el pecho y decidí mandar de regreso a Caracas mis razonables argumentos. Sentí que la conocía y que nuestro encuentro en la playa no era casual; o que los encuentros casuales eran en realidad citas que se pautan en los sueños y que olvidamos al despertar.
Al final de la tarde, cuando el grupo con el que ella estaba comenzó a recoger sus cosas, me atreví a hablarle. Aproveché su última zambullida en las cálidas aguas de Buchuaco y la abordé justo cuando salía del mar, mientras simulaba quitarme la arena con las delgadas olas que se replegaban en la orilla.
-Yo te conozco –le dije.
Ella detuvo su marcha un tanto sorprendida. Luego se recogió un mechón de cabello y lo guardó detrás de una de sus orejas.
-¿De dónde? –me respondió con tranquilidad.
-No sé.
-¿No sabes?
-No. Pero estoy seguro de que te conozco. ¿Eres de aquí?
-¿De Buchuaco? No, no soy de Buchuaco. Soy de Judibana.
Aquella respuesta tan exacta me causó gracia y admiración. Como si afirmar que pertenecía al estado Falcón, fuera, ciertamente, una abstracción sin sentido, una generalización irresponsable con respecto al lugar en el que había nacido.
-¿Y cómo te llamas? –le pregunté.
Dudó unos segundos antes de responder. Me imagino que comenzaba a parecerle extraño el interrogatorio. Yo la miraba directo a los ojos. Sin pestañear. Sin hundir el dedo en la pestaña de ese teléfono que nos aseguraba la comunicación.
-Irene –dijo finalmente.
-Irene de Judibana –recité yo, con apenas un susurro –Qué bonito.
A Irene pareció gustarle mi comentario y me preguntó si todavía seguía sin recordar.
-Sigo en blanco. Probablemente me acuerde muy tarde, cuando ya esté de regreso.
-Ah. ¿Eres de Caracas, entonces?
Yo le di una respuesta que me salió del alma:
-No –dije.- Soy de La Guaira.
Y luego, sin saber por qué, agregué:
-Es una lástima saber que no te voy a volver a ver.
-No entiendo. Me recuerdas, pero no sabes de dónde. Me encuentras y estás seguro de que no nos vamos a ver otra vez. ¿No estarás soñando? –dijo sonriendo y dio unos pasos hasta salir del agua.
-Puede ser que los dos estemos soñando.
Irene alzó los hombros y los dejó caer. Parecía divertirle la posibilidad de que la vida, a fin de cuentas, fuera una ilusión.
-Hagamos algo –le dije. –En unos años yo escribiré un libro sobre ti. Una novela. Si la lees y nos volvemos a encontrar, sabremos que no fue un sueño.
-¿Y cómo voy a reconocer el libro? –me preguntó. Usaba una de sus manos como una visera para tapar la luz del sol que se hundía a mis espaldas.
-Por el título –le dije.- Se va a llamar “El hombre que hablaba de Irene de Judibana”. ¿Qué te parece?
-Suena raro –dijo.-Me gusta.
Y se marchó.

Me sentía tan mal cuando entré en “La sociedad” que se me ocurrió una idea patética. Ponerme a beber desde esa hora hasta el final de la tarde. Con algo de suerte, el jefe de mi sección me encontraría complemente borracho en medio de la jornada laboral y no dudaría un instante en despedirme. La idea se disipó cuando vi que en una de las mesas del fondo estaba Juan Pedro.
Lo conocía muy poco. Habíamos hablado una sola vez, de manera superficial, sobre temas profundos. Fue en la embajada alemana, a la salida de una charla sobre Thomas Mann a la que, más por esnobismo que por verdadero interés, yo había asistido. Yo sabía que él trabajaba en el Papel literario y él sabía que yo estaba de pasante y que acababa de entrar en la sección deportiva. Eso era todo. Sin embargo, todavía tenía muy fresca nuestra única conversación.
Recuerdo que la lectura de la obra de Mann había representado el segundo momento espiritual más importante de su vida. Aunque no llevara una barba bíblica y no vistiera de negro y tampoco portara kipá, Juan Pedro se consideraba hondamente judío. Según pude entender, existía realmente en su familia, por el lado materno, una lejana raíz judía que fue abandonada por varias generaciones hasta que él, por propia voluntad y para sí mismo, la había rescatado. Una tarde de ocio, en su adolescencia, se puso a pasar las páginas del Antiguo Testamento y quedó subyugado por la historia de Job. Le maravilló ese relato porque llevaba a sus límites la experiencia humana más exigente de todas: la de la fe.
-La fe sólo tiene un verdadero sentido –dijo- cuando a una persona no le queda absolutamente nada en qué creer.
Su convicción, que surgió al igual que el Universo por la fuerza creadora de un verbo, adquirió una nueva dimensión gracias al poder hipnotizante de otro verbo, de otras palabras, de otra lectura. Cuando Juan Pedro leyó José y sus hermanos comenzó a sentir un profundo rechazo por su propio nombre. Los cuatro tomos de esa obra monumental de Mann le hicieron pensar que en su primer y segundo nombre había un error apostólico cometido en exceso. Al escuchar el reclamo, su padre, con un resoplido de obstinación, le dijo que dejara de leer tanto, que buscara alguna distracción que lo alejara de los libros.
-Los libros son para leerlos, hijo, no para perpetrarlos.
Juan Pedro le respondió, con precisión enciclopédica, que en una historieta de Mafalda estaba seguro de haber leído una afirmación parecida. El padre le dijo entonces que se fuera a la mierda.
En mi opinión, creo que el padre de Juan Pedro tenía razón. Su judaísmo era un azar de la lectura. Una lectura transformada en destino. Apenas me senté a su mesa pude comprobar que no estaba equivocado. Cuando me preguntó, por cortesía, cómo estaba, le respondí que lo suficientemente despechado y nostálgico como para emborracharme a las once de la mañana, en el botiquín que queda justo al lado de mi lugar de trabajo. Juan Pedro se lo tomó en serio y haciendo un gesto de disgusto dijo que él, en cambio, no volvería a probar una gota de alcohol en años.
-Estuve toda la noche leyendo un libro de relatos. Se titula “Los invencibles” y me has de creer si te digo que amanecí rascado. Nunca he visto a tanta gente en un libro echándose palos. Así que mejor sólo pidamos café o jugo, por favor.
Pedimos dos marrones grandes, dos aguas minerales y seguimos conversando.
Por cortesía y también por curiosidad quise saber sobre el estado de su fe. Me miró con un gesto rígido y la taza de café quedó suspendida en su mano. Luego desvió la mirada hacia el piso, en silencio, como si mi pregunta fuera una confirmación de algo que venía pensando.
-Más fortalecida que nunca, evidentemente –dijo con absoluta seriedad y un mohín de desgano.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-¿Qué ha pasado? –dijo abriendo los ojos como dos platos de miel. -¿Te parece poco todo lo que ha pasado?
Cuando le dije, entre la confusión y la vergüenza, que no tenía idea de “eso” tan importante que había pasado, cayó en cuenta de que apenas nos conocíamos y que, exceptuando aquel encuentro en la embajada alemana, nunca habíamos conversado.
-Qué extraño –dijo de pronto, sin poder ocultar un repentino rubor.-Por un momento tuve la sensación de que éramos grandes amigos. Viejos conocidos. De antaño.
Luego, como queriendo compensar el desajuste, me contó la historia de su vida. Los pasajes cruciales de su peregrinaje personal cuyo sentido, esa misma mañana, con la noticia de la muerte de Leonel Arcaya, se había ratificado.
Lo último que yo hubiera pensado en la vida es que a alguien como Juan Pedro le gustara el béisbol. Y mucho menos que fuera un seguidor furibundo de Los Tiburones de La Guaira. Sólo entonces, cuando comenzó a trazar las líneas centrales de su historia, recordé el encuentro “fortuito” con Carlos. El chiste cruel brilló en mi memoria como una joya olvidada en el fondo de un bolsillo. Era el símbolo que refrendaba ese vínculo que, mucho antes de conocernos, ya nos había unido.
Después de mandarlo a la mierda, el padre de Juan Pedro tuvo el temor de que su hijo terminara metiendo la cabeza en el inodoro o, peor aún, que se lanzara a la corriente podrida del río Guaire. Decidió que debía monitorear más de cerca sus propios consejos y un día de octubre de 1986 lo llevó al estadio Universitario a ver un juego entre Los Leones del Caracas y Los Navegantes del Magallanes. La experiencia, a decir verdad, fue decepcionante. Una concurrencia regular e insípida y pocas pasiones en el terreno. Luego entendería que, al menos en los años ochenta, la verdadera rivalidad del béisbol venezolano, la más encendida y atractiva, fue entre los Leones y los Tiburones. El padre no se amilanó ante el poco entusiasmo demostrado por Juan Pedro e insistió en llevarlo de nuevo al estadio, esta vez para presenciar un duelo Caracas-La Guaira.
Después de ese juego todo fue distinto.
-En aquella época -contó Juan Pedro -a cada persona del público le daban al entrar un pequeño boleto de lotería. Tú raspabas la tarjetica y te salía el nombre de un jugador. Si el jugador que aparecía en tu boleto anotaba la primera carrera del encuentro, ganabas automáticamente un premio. Un premio que se transformaba también de manera automática, al menos así fue para mí, en un recuerdo palpable e inolvidable del juego.
A Juan Pedro le salió un nombre que ni a su padre, gran conocedor de la liga, le era familiar: Leonel Arcaya. Un jugador sobre el cual, hoy día, es casi imposible encontrar alguna información. Fue un segunda base intermitente de los Tiburones en la época de la famosa “Guerrilla”. Un nombre que sucumbió a la marea de otros más conocidos que alcanzaron con justicia el reconocimiento, los buenos números y la gloria.
-La primera carrera de ese encuentro –dijo Juan Pedro- la anotó Leonel Arcaya. En la pausa del séptimo inning fui a la taquilla y me dieron un premio.
Al decir esto introdujo una mano en uno de los bolsillos exteriores de su chaqueta, extrajo una vieja pelota de béisbol y me la arrojó por encima de la mesa. Tenía un garabato de líneas azules y negras que se confundían en el cuero curtido y amarillento. Supuse que era la firma de Arcaya.
Años después, puede que en la temporada 90-91 o en la 91-92, tuvo lugar un segundo episodio mágico ligado con Arcaya, con el aura que envuelve los recuerdos de nuestro equipo y, en definitiva, con su propio destino como fanático de los Tiburones y como judío.
Fue un juego contra Las Águilas del Zulia en el que La Guaira se jugaba la clasificación. Desde el inicio del partido las ilusiones se habían venido abajo. Un racimo de ocho carreras en el primer inning parecía haber decretado la muerte de los Tiburones. Una muerte que estaba amarrada en el brazo derecho de todos los jugadores de La Guaira, dándole a aquel juego un aire inusual de solemnidad. La Guaira guardaba luto por el padre de Leonel Arcaya, que un par de días antes había muerto.
A pesar del terrible comienzo, el juego adquirió una estabilidad aprensiva, de tormenta que se acumula y no se anima a caer. Las Águilas no anotaron más carreras mientras que los Tiburones, como en un sueño por escalas, remontaron poco a poco el marcador adverso.
-En el noveno inning –dijo Juan Pedro –sucedió el milagro.
La entrada había comenzado con buen pie y luego, en esos giros imprevistos del béisbol, se había puesto cuesta arriba. Con la pizarra igualada a ocho carreras, Los Tiburones abrieron la última entrada con un par de buenas conexiones. Había hombres en primera y segunda sin outs. Se ordenó, como era de esperarse, el toque de bola. Lamentablemente, salió con mucha fuerza y el pitcher pudo hacer la jugada en segunda. Quedaron hombres en las esquinas y la mortífera posibilidad de un doble-play salvador para que las Águilas liquidaran la entrada. El siguiente bateador se ponchó con tres lanzamientos. Todo parecía perdido.
Entonces le llegó el turno a Leonel Arcaya.
Contraviniendo las indicaciones del coach de bateo, Arcaya hizo swing al primer lanzamiento: un cambio de velocidad que produjo un débil roletazo que el segunda base zuliano con seguridad despacharía en una fácil jugada de rutina. No obstante, en el último segundo, cuando todas las esperanzas habían desfallecido, sucedió, como en un cuento de Las mil y una noches, lo imposible, lo más maravilloso.
-La pelota, justo antes de entrar en el guante, dio un insólito bote. Se elevó como un fuego de artificio y bañó al segunda base. La bola siguió su camino hacia el jardín derecho y fue así como los Tiburones clasificaron –dijo Juan Pedro.
-A la salida –agregó –la gente comentaba la suerte de que la pelota diera ese bote tan oportuno, seguramente provocado por una piedra, en el último instante. Arcaya, en cambio, había alzado los brazos al cielo, agradeciéndole a su padre su influencia decisiva en el encuentro.
Pasó el tiempo y la figura de Leonel Arcaya desapareció tranquilamente en la trama de los juegos y los días. En los primeros años de la década de los noventa, la atención de Juan Pedro se desplazó de la magia individual de Arcaya, que sólo él percibía, a la nueva realidad que comenzaba a crecer como una sombra en torno al equipo.
Fue en la temporada 93-94 cuando las cosas empezaron de verdad a salir mal. Ese año La Guaira hiló con cuidado el tejido de sus pesares, imponiendo un récord de 14 derrotas consecutivas. Al final de esa temporada, Luis Salazar anunciaba su retiro y era como la confirmación de que la temible “Guerrilla” de los ochenta entregaba sus armas. En el 95 las bajas fueron en el terreno de juego y en las gradas. El 28 de abril, a manos de una calamidad andante apodada “Hernancito”, Gustavo Polidor, short stop titular del equipo, moría asesinado de varios tiros. En octubre del mismo año, José Ignacio Cabrujas, el intelectual más lúcido con que contaba el país, moría de un infarto, cuando todavía retumbaba en sus lectores el último artículo publicado en vida, dirigido al “Querido, Padrón Panza”, donde se disculpaba por haber intentado ser fanático de otros equipos y pedía, con humor y humildad, en ese involuntario último deseo, ser admitido nuevamente en las filas de Los Tiburones de La Guaira.
A partir de estos acontecimientos, Juan Pedro presintió que no se trataba sencillamente de una mala racha. La caída puntual en el fondo de la tabla de posiciones, los años seguidos sin clasificar, las muertes que mermaban la historia de la franquicia, eran los primeros deslizamientos, los primeros indicios de la precipitación final. Lo sucedido en el estadio era una prefiguración, a menor escala, de la debacle que se desbordaría sobre el estado en las postrimerías de los noventa. Para Juan Pedro era evidente que Los Tiburones y La Guaira, el equipo y la ciudad, sus fanáticos y habitantes, habían sido elegidos para la desgracia por Dios o por el destino.
A partir de esta afirmación, Juan Pedro desplegó una estrafalaria teoría sobre las relaciones entre la afición por Los tiburones de La Guaira y el judaísmo. Al menos, esa versión arbitraria del judaísmo que Juan Pedro había acuñado para sí mismo. Tenía la certeza de que un seguidor de La Guaira, sobre todo si vivía o quería seguir viviendo en lo que quedaba de Vargas, era la formulación tropical, venezolana, de un judío. Un judío, dijo, “en el verdadero sentido de la palabra”. Nunca entendí bien cuál era ese verdadero sentido. Sólo puedo citar el extraño ejemplo que el propio Juan Pedro utilizó esa tarde de cafés en “La sociedad” para explicar su teoría.
-Imagina a Job, en el borde de la locura, cuando ya ha agotado el recurso de la rabia y la desesperación, tratando de aliviar la amargura de su derrota emborrachándose y bailando samba en el escenario de su propia vida destruida.
La famosa samba de La Guaira, que todavía anima la tribuna derecha del Universitario, se había ido transformando para Juan Pedro en el oficiante de una algarabía macabra. Su ritmo festivo y militante, que se mostraba imperturbable ante lo que sucedía año tras año en el campo de juego, lo fascinaba de una manera extraña.
-Esto se ha transformado en nuestro signo –dijo Juan Pedro.-Nadie entiende cómo el peor equipo de la liga tiene la fanaticada más entusiasta. No entienden esa alegría irracional, blindada contra el fracaso y la muerte. No entienden que es lo único que posee actualmente el equipo.
Por supuesto, para Juan Pedro, lo sucedido en diciembre del 99 era la reverberación total, en el espacio de la realidad, de lo que se venía gestando en la liga de béisbol como un simple juego.
Recuerdo que en el momento de la conversación, no pude comprender los alcances de todo lo que decía Juan Pedro. Su teoría me pareció muy extravagante. Sin embargo, con el transcurrir de estos años he podido contemplar los abismos que anticipaban sus palabras. En noviembre de 2004, por ejemplo, Los Tiburones rompieron su nefasto récord al sumar, de la mano de un antiguo espía caraquista llamado Jesús Alfaro, 15 derrotas consecutivas. En enero de 2006 recibimos otro golpe decisivo: el fallecimiento, por una extraña enfermedad, de Carlos “Café” Martínez, el jugador más querido, problemático e inimitable que ha tenido La Guaira. Se nos terminó de morir el pasado y nuestro futuro es un cauce de río seco. Hoy, primero de enero de 2007, fecha en que escribo esta crónica del desconsuelo, la sequía persiste como una estampa a contraluz del aguacero.
Fuera del terreno de juego, la realidad no es muy distinta. A varios años de la tragedia, el estado Vargas continúa en el suelo. Durante los carnavales del año 2005, una nueva vaguada ahogó las escasas esperanzas que, más por inercia que por dedicación, habían florecido en las zonas devastadas. En marzo de 2006 se desplomó el viaducto que conectaba Caracas con La Guiara, materializándose en esta repentina condición de península el olvido en que cayó el estado Vargas. La respuesta de sus habitantes ha sido la resignada respuesta de las ánimas. La mayoría de ellos se ha adaptado a vivir entre las piedras, el lodo y las ruinas de lo que alguna vez fueron. Son un pueblo que ha hecho de ese territorio una gran tribuna, donde se emborrachan y cantan con loca alegría la canción que borra sus angustias y sus desvelos.

Hacia el final de nuestra conversación, Juan Pedro recordó que yo todavía tenía en mis manos la pelota y me la pidió de regreso. Yo la arrojé suavemente por encima de la mesa y Juan Pedro la aferró en sus manos, como poniendo a prueba la consistencia de ese recuerdo.
La noticia la había escuchado por la radio en la mañana y lo había dejado adolorido y perplejo. Ya se había enterado, como todos, de otros casos parecidos que reportó la prensa en los días anteriores. Uno podía obtener una idea de la dimensión de la tragedia al ver la enorme distancia que, por la fuerza de los deslizamientos, habían recorrido muchos cuerpos. Cadáveres de personas que fueron empujados al mar desde las costas de La Guaira y que aparecieron días y semanas después, a cientos de kilómetros, en las playas de Morrocoy.
A Juan Pedro le partió el alma saber que Leonel Arcaya tuvo un destino similar. Su cuerpo había sido arrojado por la naturaleza con indiferencia, como un náufrago que arroja sin esperanzas una botella al mar.
Sin embargo, comentó Juan Pedro, con el rostro estirado por la perplejidad, la muerte de Arcaya tenía una particularidad que ni la religión ni el fanatismo podían explicar. A diferencia de los otros cuerpos, el cadáver de Arcaya no se había detenido en la costa de Morrocoy y había continuado su camino, como un pez solitario, bordeando las orillas cálidas de la Península de Paraguaná.
-Nadie se explica cómo hizo su cadáver para llegar hasta ese lugar –dijo Juan Pedro, estrujando la pelota entre sus manos, tratando de exprimir de aquel obsequio la verdad.
-¿Dónde lo encontraron?
-En Buchuaco. Creo que queda antes de llegar a Adícora –dijo Juan Pedro.
Al escuchar aquello el corazón se me encogió.
Cuando nos despedimos ya era tarde. Juan Pedro se marchó con la mirada perdida, como si el misterio que rodeaba el último viaje de Leonel Arcaya acentuara su dolor. Yo no pude decir nada. Me había quedado sin voz. No le pude explicar que Buchuaco, con sus aguas templadas por el amor y la valentía, es el lugar donde mueren las ilusiones de un tiburón.

sábado, 20 de diciembre de 2008

ROBERTO BOLAÑO 1953 - 2003


ROBERTO BOLAÑO

Escritor nacido en Santiago de Chile, Bolaño ha llevado una existencia bastante trashumante. A los 15 años estaba viviendo en México, donde comenzó a trabajar como periodista y se hizo troskista. En el 73 regresó a su país y pudo presenciar el golpe militar. Se alistó en la resistencia y terminó preso. Unos amigos detectives de la adolescencia lo reconocieron y lograron que a los ocho días abandonase la cárcel. Se fue a El Salvador: conoció al poeta Roque Dalton y a sus asesinos. En el 77 se instaló en España, donde ejerció (también en Francia y otros países) una diversidad de oficios: lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendimiador. Hasta que, en los 80, pudo sustentarse ganando concursos literarios. A fines de los años 90 la suerte empezó a estar de su lado: Los detectives salvajes (1999) obtuvo el premio Herralde y el Rómulo Gallegos, considerado el Nobel de Latinoamérica. Es autor de las novelas, La pista de hielo (1993), La literatura nazi en América (1996), Estrella distante (1996), Amuleto (1999), Monsieur Pain (1999), Nocturno de Chile (2000), Una novelita lumpen (2002) y 2666 (2004), ésta última póstuma; los libros de relatos Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001) y El gaucho insufrible (2003) y los poemarios Los perros románticos (2000) y Tres (2000). También escribió Amberes (2002), que recoge varios textos del autor y Entre paréntesis (2004), un recopilatorio de artículos, conferencias y otros textos publicados en varios medios de comunicación. Murió el 14 de julio del 2003 a consecuencia de una insuficiencia hepática.

UNA NOVELITA LUMPEN Fragmento) Por Roberto Bolaño

" Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente. Mi hermano y yo nos habíamos quedado huérfanos. Eso de alguna manera lo justificaba todo. No teníamos a nadie. Y todo había sucedido de la noche a la mañana.
Nuestros padres murieron en un accidente automovilístico durante las primeras vacaciones que hicieron solos, en una carretera cercana a Nápoles, creo, o en otra horrible carretera del sur. Nuestro coche era un Fiat amarillo, de segunda mano, pero que parecía nuevo. De él sólo quedó un amasijo de hierros grises. Cuando lo vi, en el desguazadero de la policía donde había otros coches accidentados, le pregunté a mi hermano por el color.
-¿No era amarillo?
Mi hermano dijo que sí, claro que era amarillo, pero eso fue antes. Antes del accidente. Las colisiones deforman el color o deforman nuestra manera de percibir el color. No sé qué quiso decir con eso. Se lo pregunté. Dijo: luz... color... todo. Pensé que el pobre estaba más afectado que yo.
Esa noche dormimos en un hotel y al día siguiente volvimos a Roma en tren, con lo que quedaba de nuestros padres, y acompañados por una asistente social o una educadora o una psicóloga, no lo sé, mi hermano se lo preguntó y yo no oí la respuesta pues iba mirando el paisaje por la ventana.
En el entierro sólo apareció una tía, hermana de mi madre, y detrás de mi tía aparecieron sus hijas atroces. Yo miré a mi tía todo el rato (que tampoco fue mucho) y en más de una ocasión creí descubrir una media sonrisa en sus labios, o a veces una sonrisa entera, y entonces supe (aunque en realidad ya lo sabía desde siempre) que mi hermano y yo estábamos solos en este mundo. El entierro fue breve. A la salida del cementerio besamos a nuestra tía y a nuestras primas y ya no las volvimos a ver. Mientras caminábamos a la estación de metro más próxima, le dije a mi hermano que mi tía había sonreído, por no decir que abiertamente se había carcajeado, mientras introducían los ataúdes en sus respectivos nichos. Me contestó que él también se había dado cuenta. A partir de ese momento los días cambiaron. Quiero decir, el transcurso de los días. Quiero decir, aquello que une y que al mismo tiempo marca la frontera entre un día y otro. De pronto la noche dejó de existir y todo fue un continuo de sol y luz. Al principio pensé que era debido al cansancio, al shock producido por la repentina desaparición de nuestros padres, pero cuando se lo comenté a mi hermano me dijo que a él le pasaba lo mismo. Sol y luz y explosión de ventanas. Llegué a pensar que nos íbamos a morir. "

AMULETO (Fragmento) Por Roberto Bolaño

" Tal vez fue la locura la que me impulsó a viajar. Puede que fuera la locura. Yo decía que había sido la cultura. Claro que la cultura a veces es la locura, o comprende la locura. Tal vez fue el desamor el que me impulsó a viajar. Tal vez fue un amor excesivo y desbordante. Tal vez fue la locura.Lo único cierto es que llegué a México en 1965 y me planté en casa de León Felipe y en casa de Pedro Garfias y les dije aquí estoy para lo que gusten mandar. Y les debí de caer simpática, porque antipática no soy, aunque a veces soy pesada, pero antipática nunca. Y lo primero que hice fue coger una escoba y ponerme a barrer el suelo de sus casas y luego a limpiar las ventanas y cada vez que podía les pedía dinero y les hacía compra. Y ellos me decían con ese tono español tan peculiar, esa musiquilla ríspida que no los abandonó nunca, como si encircularan las zetas y las ces y como si dejaran a las eses más huérfanas y libidinosas que nunca, Auxilio, me decían, deja ya de trasegar por el piso, Auxilio, deja esos papeles tranquilos, mujer, que el polvo simpre se ha avenido con la literatura. Y yo me los quedaba mirando y pensaba cuánta razón tienen, el polvo siempre, y la literatura siempre, y como yo entonces era una buscadora de matices me imaginaba los libros quietos en las estanterías y me imaginaba el polvo del mundo que iba entrando en lasbibliotecas, lentamente, perseverantemente, imparable, y entonces comprendía que los libros eran presa fácil del polvo (lo comprendía pero me negaba a aceptarlo), veía torbellinos de polvo, nubes de polvo que se materializaban en una pampa que existía en el fondo de mi memoria, y las nubes avanzaban hasta llegar al DF, las nubes de mi pampa particular que era la pampa de todos aunque muchos se negaban a verla, y entonces todo quedaba cubierto por la polvareda, los libros que había leído y los libros que pensaba leer, y ahí ya no había nada que hacer, por más que usara la escoba y el trapo el polvo no se iba a marchar jamás, porque ese polvo era parte consustancial de los libros y allí, a su manera, vivían o remedaban algo parecido a la vida. "

CONVERSACIÓN ENTRE RICARDO PIGLIA Y ROBERTO BOLAÑO

Frente a las propuestas narrativas, tan familiares ya, de los escritores latinoamericanos vinculados al célebre boom, han llegado en los últimos tiempos a España desde aquellas zonas registros literarios radicalmente distintos. Al leer a Ricardo Piglia o a Roberto Bolaño, parece que formaran parte de una galaxia totalmente ajena a aquella que propició las obras de autores como Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez o Donoso. Los hemos reunido (virtualmente) para que conversen entre ellos. Bolaño desde Cataluña, Piglia desde California: el hilo conductor es el correo electrónico, y las cuestiones de las que hablar, todas las posibles.
Roberto Bolaño. Querido Piglia, ¿te parece bien si empezamos hablando de algo que dices en La novela polaca? "¿Cómo hacer callar a los epígonos? (Para escapar a veces es preciso cambiar de lengua)". Tengo la impresión de que en los últimos veinte años, desde mediados de los setenta hasta principios de los noventa y por supuesto durante la nefasta década de los ochenta, este deseo es algo presente en algunos escritores latinoamericanos y que expresa básicamente no una ambición literaria sino un estado espiritual de camino clausurado. Hemos llegado al final del camino (en calidad de lectores, y esto es necesario recalcarlo) y ante nosotros (en calidad de escritores) se abre un abismo.
Ricardo Piglia. Cambiar de lengua es siempre una ilusión secreta y, a veces, no es preciso moverse del propio idioma. Intentamos escribir en una lengua privada y tal vez ése es el abismo al que aludes: el borde, el filo, después del cual está el vacío. Me parece que tenemos presente este desafío como un modo de zafarse de la repetición y del estereotipo. Por otro lado, no sé si la situación que describes pertenece exclusivamente a los escritores llamados latinoamericanos. Tal vez en eso estamos más cerca de otras tentativas y de otros estilos no necesariamente latinoamericanos, moviéndonos por otros territorios. Porque lo que suele llamarse latinoamericano se define por una suerte de anti-intelectualismo, que tiende a simplificarlo todo y a lo que muchos de nosotros nos resistimos. He visto esa resistencia con toda claridad en tus libros, y también en los de otros como DeLillo o Magris, que escriben en otras lenguas. Me parece que se están formando nuevas constelaciones y que son esas constelaciones lo que vemos desde nuestro laboratorio cuando enfocamos el telescopio hacia la noche estrellada. Entonces, ¿seguimos siendo latinoamericanos? ¿Cómo ves ese asunto?
R. B. Sí, para nuestra desgracia, creo que seguimos siendo latinoamericanos. Es probable, y esto lo digo con tristeza, que el asumirse como latinoamericano obedezca a las mismas leyes que en la época de las guerras de independencia. Por un lado es una opción claramente política y por el otro, una opción claramente económica.
R. P. Estoy de acuerdo en que definirse como latinoamericano (y lo hacemos pocas veces, ¿no es verdad?; más bien estamos ahí) supone antes que nada una decisión política, una aspiración de unidad que se ha tramado con la historia y todos vivimos y también luchamos en esa tradición. Pero a la vez nosotros (y este plural es bien singular) tendemos, creo, a borrar las huellas y a no estar fijos en ningún lugar. En estos días, estoy viviendo en California, en Davis, cerca de San Francisco, donde todo se entrevera, como sabes bien: los recuerdos del viaje al Oeste de la beat generation, con las novelas de Hammett, y los barrios paranoicos que describió Philip Dick conviven con la intriga de la cultura latina (en cada rincón de La Misión en San Francisco, en el Barrio invadido hoy por los jóvenes millonarios del Sillicon Valley, hay una figura o una imagen, un mural, una taquería, una bodeguita que tiene más color local que todo el color local que pudo imaginar Lowry, borracho, al pasear por Cuernavaca). De modo que aquí por contraste me siento un escritor digamos italo-argentino (un falso europeo, otro europeo exiliado). No creo que existan esas categorías en las historias de la literatura (están los italo-americanos, claro, pero se dedican al cine). Para mejor, estoy leyendo a W. H. Hudson (Días de ocio en la Patagonia), otro falso argentino, un europeo que nació en Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, y se crió entre gauchos hablando de lo que fue seguramente una versión prehistórica del spanglish. Y que a la vez escribía, ya lo sabemos, una de las mejores prosas inglesas que se puedan encontrar. Mejor que Conrad, a veces, menos barroco, más nítido, una extraña versión de Conrad, no sólo por la calidad de su prosa, y porque eran amigos, sino porque Hudson estuvo siempre desajustado y solo y fuera de lugar, como el polaco. Pero me estoy extendiendo. Me gustaría saber qué estás leyendo en estos días.
R. B. La última novela de Mendoza, La aventura del tocador de señoras, que me parece una novela muy buena. Pero permíteme que añada algo en relación a Hudson, un autor que leí muy joven. Yo creía entonces que Guillermo Hudson escribía en español y después de leer tres libros suyos me di cuenta de que escribía en inglés porque vi el nombre del traductor. No conozco bien la literatura argentina de finales del siglo XIX, pero tengo la impresión de que Hudson es uno de sus grandes prosistas. Algo similar ocurre poco después en Chile, con los primeros libros de Huidobro, que están escritos en francés. O con Rodolfo Wilcock, que acaba escribiendo en italiano. Hay como una especie de reflujo o de huida en algunos escritores, que los lleva a buscar, a instalarse o a indagar en una lengua menos adversa. Claro, éste no es el caso de Hudson. ¿Tú has leído a Mendoza?
R. P. Me gustan mucho los libros de Mendoza, aunque no he leído la novela que estás leyendo. Es intrigante, es cierto, ese juego con las lenguas extranjeras y con las traducciones. Para mí, Hudson y Gombrowicz producen efectos raros en la literatura argentina porque hacen entrar una voz próxima, un fantasma familiar, que se mueve invisible en un terreno conocido. Hay una tensión entre lo que se lee en la lengua propia y lo que se lee fuera de la lengua materna. Y los traductores están en esa frontera. Me interesa mucho la vida de los traductores, son un molde extraño de escritor. Ligado a Hudson, estoy leyendo ahora una biografía de Constance Garnett, una mujer fantástica que se pasó la vida traduciendo a los rusos al inglés. Imagínate que tradujo todo Tolstói y todo Dostoievski y terminó, por supuesto, medio ciega, una viejita feminista, muy simpática. Casi todos los norteamericanos y los ingleses, de Hemingway a Forster, admiraban a Tolstói por medio de ella, aunque Nabokov la destestaba, claro que Nabokov detestaba a todo el mundo.
R. B. Estoy completamente de acuerdo contigo en la importancia de los traductores. Lo que dices de Constance Garnett me recuerda de alguna manera a Consuelo Berges, que tradujo todo Stendhal al español y que se convirtió seguramente en la principal autoridad sobre Stendhal que existe en nuestra lengua. Sus traducciones son extraordinarias. También pienso en Javier Marías, que no es una viejita devota de un autor concreto, pero que tiene una traducción de Tristram Shandy, de Sterne, ejemplar. Pienso que tal vez personas tan disímiles como Garnett, Berges o Marías deshacen en el aire el problema que planteaba Pound, que sólo un gran autor puede traducir a otro. En este caso, sólo Marías es un gran autor; Berges y Garnett, desde la óptica tradicional, no lo son, aunque también puede ser posible, y yo me inclino por esta solución imaginaria, que tanto la viejita inglesa como la viejita española sean, y no en el fondo sino delante de nuestras narices, grandes autoras invisibles.
R. P. Tendríamos que hacer alguna vez una Enciclopedia Biográfica de Traductores Inmortales (e invisibles), ¿no sería sensacional? La inversa de la Enciclopedia de Tlön, algo más bien cercano a Manganelli o a las biografías imaginarias de Marcel Schwob, pero detalladas y reales, una lista de oscuros personajes extraordinarios, escritores asalariados que escriben a tantos centavos por palabra, los únicos verdaderos profesionales de la literatura, los nuevos folletinistas, que viven dedicados a la literatura, pero como escritores clandestinos, mal vistos y mal pagados, los verdaderos malditos, siempre postergados, siempre ausentes, y que por eso mismo serán quizá los grandes creadores del futuro. Serían pequeñas historias extraordinarias. Cortázar, que traduce todo Poe en una pequeña pieza de un pequeño hotel en Roma; el gran Sergio Pitol, al que durante años admirábamos sólo porque había traducido a Gombrowicz; el extraordinario trabajo de Nicanor Parra, con el Lear de Shakespeare; Aurora Bernárdez, traduciendo Pale Fire. Tendríamos que conseguir un mecenas y dedicarnos a preparar esa enciclopedia infinita. Estoy seguro de que nos haría inmortales, y sería no sólo un acto de justicia sino una revelación y una versión cómica de la por sí cómica historia de la literatura. Hay mil ejemplos. Pienso por ejemplo en el general Bartolomé Mitre, que libró batallas múltiples y fue luego presidente de la República a mediados del siglo XIX y que se dedico a traducir La Divina Comedia.
R. B. La Divina Comedia, ni más ni menos. Bueno, no se puede decir que no fuera pertinente. Y sobre lo que dices de Sergio Pitol, estoy totalmente de acuerdo. El primer libro de Pitol que cayó en mis manos fue una traducción suya de un escritor polaco hoy bastante olvidado, Jerzy Andrzejewski. El libro se llamaba Las puertas del paraíso y su argumento era el mismo que ya había tratado Marcel Schwob en La cruzada de los niños . Otro dato curioso: en mi ejemplar de La cruzada de los niños, el traductor dedica su versión de la obra a Julio Torri, que es un escritor mexicano rarísimo (o normalísimo, depende desde dónde se le mire) y que fue un hombre de una modestia yo diría que patológica y un gran escritor de textos breves. De alguna manera, Torri fue como el reverso de Alfonso Reyes, la brevedad ante la multiplicidad. Pero dejemos la literatura mexicana. A mí me interesa muchísimo la visión que tienes de la literatura contemporánea argentina, con esos cuatro puntos de referencia que son Macedonio Fernández, Borges, Arlt y Gombrowicz.
R. P. Macedonio es un escritor excepcional, una especie de Marcel Duchamp de la literatura. Practica un arte puramente conceptual, interesado más en el proyecto que en la obra misma. En realidad, la obra no es otra cosa que el proyecto. Trabajó toda la vida en una novela que sólo era la idea de una novela que nunca se empezaba a contar y que estaba hecha básicamente de prólogos y de anuncios. Borges aprendió todo de él, sobre todo, la inutilidad de desarrollar un argumento que se puede resumir y contar como si ya estuviera escrito. Pensaba en Macedonio el otro día cuando leí que Eric Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Encontraron las cartas cerradas en un altillo y las publicaron junto con las respuestas de Satie. La correspondencia es fantástica porque todos hablan de cosas distintas y ésa, por supuesto, es la esencia del diálogo.
R. B. Yo creo que las cartas de Satie muestran una cierta deferencia para con el interlocutor, es decir, no deja cartas sin contestar, pero el conjunto de la correspondencia más bien es una aceptación, razonable, eso sí, de la imposibilidad del diálogo, aunque también caben otras explicaciones, la más obvia sería la desconfianza de Satie en la palabra escrita, que me parece improbable pues Satie es uno de los músicos que más ha escrito. También existe la posibilidad de que Satie, conociendo a sus amigos, no considerara necesario abrir sus cartas, o lo considerara redundante. Es curioso, pero podemos encontrar más de una semejanza entre Macedonio y Satie, pero ninguna entre Borges y Satie. Y yo creo que esto se debe a que Borges no lo aprende todo de Macedonio , sino también, una parte importante, de Alfonso Reyes, quien lo cura para siempre de cualquier veleidad vanguardista. Macedonio es el riesgo, la audacia, el vanguardismo y el criollismo juntos, pero Alfonso Reyes es el escritor, la biblioteca, y el peso que tiene sobre Borges es importantísimo, tanto en el desarrollo de su poesía como en su prosa. Digamos que Reyes proporciona el elemento clásico a Borges, la mesura apolínea, y eso de alguna manera lo salva, lo hace más Borges.
R. P. Alguno de nosotros pensamos que quizá el siglo próximo será macedoniano, y que Borges estará ahí con el bello texto necrológico que leyó en la Recoleta, en medio de la tristeza general (lloviznaba en Buenos Aires), cuando hizo reír a los deudos con un chiste de Macedocio dicho en el entierro ("los gauchos fueron inventados para entretener a los caballos en las estancias"). Reyes era un caballero, leo siempre que puedo El deslinde . En cuanto al efecto Satie-Duchamp, creo que Borges es vanguardista como lector mientras que como escritor quiere ser clásico. En cuanto a la cortesía de Satie con sus amigos, es verdad que a los amigos se les contesta siempre y nunca importa lo que uno les diga en las cartas.
R. B. Sí, a un amigo se le contesta siempre, algo que a veces puede resultar terrible. Michel Tournier, en El espejo de las ideas, opone a la amistad el concepto del amor, y viene a decir algo como que todo lo que no toleraríamos jamás a un amigo, un acto de vileza, por ejemplo, lo toleramos y lo aceptamos en el amor, pues el amor, en ocasiones, y al contrario que la amistad, también se alimenta de la vileza, de la cobardía, de la bajeza. El amor, y la historia está llena de ejemplos que lo certifican, puede ser coprófago, algo que jamás es la amistad. Bueno, todo esto es relativo, por supuesto. William Burroughs zanja la cuestión a su manera, cuando afirma que el amor es una mezcla de sentimentalismo y sexo. Recuerdo que cuando leí esta declaración de Burroughs, a los veintipocos años, me sentí muy apesadumbrado.
R. P. Los amigos son lo mejor de la poesía,decía siempre un poeta argentino, Francisco Urondo, que murió asesinado por la dictadura militar. Las amistades literarias tienen siempre un aire extraño. La amistad entre Alfonso Reyes y Borges, por ejemplo, o la amistad silenciosa y brevísima entre Beckett y Burroughs, que se encontraron en Suiza y estuvieron una tarde juntos casi sin decir nada, conversando sobre ciertos matices del inglés en Irlanda que intrigaban a Burroughs (Beckett casi no habló, sólo dijo una frase que Burroughs consideró siempre el mayor elogio que había recibido: "Usted es un escritor"). O la amistad de Hannah Arent y Mary McCarthy, fantástica, de la que nos ha quedado la correspondencia. O la amistad de Gombrowicz con el poeta Carlos Mastronardi, que discurría siempre del mismo modo. Mastronardi, que era un hombre muy fino y muy discreto, un gran noctámbulo y un extraordinario poeta que en toda su vida escribió un solo libro , lo esperaba en el Querandi, un café de Buenos Aires, tomando un té, y Gombrowicz llegaba siempre un poco apurado. Mastronardi lo recibía con gentileza y preguntaba "¿cómo está, Gombrowicz?". Y Gombrowicz le decía siempre: "Cálmese, por favor, Mastronardi". Como si Mastronardi se hubiera dejado llevar por una emoción excesiva por el solo hecho de saludarlo gentilmente. "Cálmese, Mastronardi", fue durante años una de las consignas de mi juventud. Por eso, en fin, quiero decirte que esta conversación va a ser el comienzo de una amistad, o la continuación de la amistad que hemos establecido ya con nuestros libros. Pienso ir a Barcelona en las próximas semanas y ojalá podamos vernos y por supuesto siempre puedes venir a visitarme a California.
R. B. Yo también espero que nos podamos ver pronto, aquí o en cualquier parte.

En el extraño mundo del Cono Sur
La tendencia más interesante de la narrativa actual del Cono Sur podría definirse como la sustitución del fantaseo lírico del realismo mágico por un surrealismo mucho más subversivo, atraído por una imaginería de lo grotesco y a menudo encaminado a una representación satírica de la realidad latinoamericana. Éstos son algunos representantes más ilustres:
César Aira (Coronel Pringles, 1949). Su obra descabelladamente prolífica durante las dos últimas décadas ha convertido a Aira en el campeón de la vanguardia argentina posterior a los setenta. Su proyecto puede definirse a grandes trazos como el tránsito entre un surrealismo desbocado que deconstruye con burla patrones genéricos tan dispares como el folletín, la novela histórica o el relato metafísico y el experimentalismo metanarrativo radical de sus últimos libros. La mejor introducción a Aira son las tres novelas cortas de Cómo me hice monja (Mondadori, 1998). Además, hay muestras de su primer estilo en Ema la cautiva (Mondadori, 1997) y del último en La mendiga (Mondadori, 1999).
Fogwill (Buenos Aires, 1941). En sus novelas, pero sobre todo en sus relatos, Fogwill ha trabajado con agresividad surrealista el patrón del relato peripatético. Sus protagonistas son aventureros preocupados por sobrevivir en el paisaje desfundamentado de la historia argentina reciente. Escritos en jerga, sus relatos usan como motivos centrales el sexo, la marginalidad y las alucinaciones y han desarrollado con los años un tono característico entre violento, indiferente y absurdamente patético que puede comprobarse en la recopilación Cantos de marineros en la pampa (Mondadori, 1998).
Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963). Libro tras libro, Fresán va construyendo un complejo mundo narrativo donde confluyen las culturas del rock, el cine y la literatura outsider. El personaje central de ese mundo es el freak, llevado al borde de la neurosis por el pasado personal turbulento, la identidad nacional convulsiva y las relaciones sentimentales disfuncionales. En España se han publicado Historia argentina (Anagrama, 1995) y Esperanto (Tusquets, 1997).
Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962). La enfermedad es la metáfora central de la obra de este satirista rompedor, cuya especialidad son los mundos poblados por neuróticos terminales. El amor enfermo (Alfaguara, 2000) narra en tono perversamente cómico el romance paródico entre dos víctimas de enfermedades extrañas y grotescas.
Jaime Collyer (Santiago de Chile, 1955). Aunque sus planteamientos son más controlados que los de los autores anteriores, Collyer ha introducido elementos de surrealismo y parodia con voluntad subversiva en la tradición cuentística rioplantense en libros de relatos como La bestia en casa (Alfaguara, 2000).
Babelia, 3 de marzo de 2001

UN NARRADOR EN LA INTIMIDAD. Por Roberto Bolaño

Mi cocina literaria es, a menudo, una pieza vacía en donde ni siquiera hay ventanas. A mí me gustaría, por supuesto, que hubiera algo, una lámpara, algunos libros, un ligero aroma de valentía, pero la verdad es que no hay nada.
A veces, sin embargo, cuando soy víctima de irrefrenables ataques de optimismo (que finalizan, por otra parte, en alergias espantosas) mi cocina literaria se transforma en un castillo medieval (con cocina) o en un departamento en Nueva York (con cocina y vistas de privilegio) o en una ruca en los faldeos cordilleranos (sin cocina, pero con una fogata). Metido en estos trances generalmente hago lo que hace toda la gente: pierdo el equilibrio y pienso que soy inmortal. No quiero decir inmortal literariamente hablando, pues esto sólo lo puede pensar un imbécil y a tanto no llego, sino literalmente inmortal, como los perros y los niños y los buenos ciudadanos que aún no se han enfermado. Por suerte, o por desgracia, todo ataque de optimismo tiene un principio y un final. Si no tuviera final, el ataque de optimismo se convertiría en vocación política. O en mensaje religioso. Y de ahí a sepultar libros (prefiero no decir "quemarlos" porque sería exagerar) hay un solo paso. Lo cierto es que, al menos en mi caso, los ataques de optimismo se acaban, y con ellos se acaba la cocina literaria, se desvanece en el aire la cocina literaria, y sólo quedo yo, convaleciente, y un ligerísimo aroma de ollas sucias, platos mal rebañados, salsas podridas.
La cocina literaria, me digo a veces, es una cuestión de gusto, es decir es un campo en donde la memoria y la ética (o la moral, si se me permite usar esta palabra) juegan un juego cuyas reglas desconozco. El talento y la excelencia contemplan, absortas, el juego, pero no participan. La audacia y el valor sí participan, pero sólo en momentos puntuales, lo que equivale a decir que no participan en exceso. El sufrimiento participa, el dolor participa, la muerte participa, pero con la condición de que jueguen riéndose. Digamos, como un detalle inexcusable de cortesía.
Mucho más importante que la cocina literaria es la biblioteca literaria (valga la redundancia). Una biblioteca es mucho más cómoda que una cocina. Una biblioteca se asemeja a una iglesia mientras que una cocina cada día se asemeja más a una morgue. Leer, lo dijo Gil de Biedma, es más natural que escribir. Yo añadiría, pese a la redundancia, que también es mucho más sano, digan lo que digan los oftalmólogos. De hecho, la literatura es una larga lucha de redundancia en redundancia, hasta la redundancia final.
Si tuviera que escoger una cocina literaria para instalarme allí durante una semana, escogería la de una escritora, con la salvedad de que esa escritora no fuera chilena. Viviría muy a gusto en la cocina de Silvina Ocampo, en la de Alejandra Pizarnik, en la de la novelista y poeta mexicana Carmen Boullosa, en la de Simone de Beauvoir. Entre otras razones, porque son cocinas que están más limpias.
Algunas noches sueño con mi cocina literaria. Es enorme, como tres estadios de fútbol, con techos abovedados y mesas interminables en donde se amontonan todos los seres vivos de la tierra, los extinguidos y los que dentro de no mucho se extinguirán, iluminada de forma heterodoxa, en algunas zonas con reflectores antiaéreos y en otras con teas, y por supuesto no faltan zonas oscuras en donde solamente se vislumbran sombras anhelantes o amenazantes, y grandes pantallas en las cuales se observan, con el rabillo del ojo, películas mudas o exposiciones de fotos, y en el sueño, o en la pesadilla, yo me paseo por mi cocina literaria y a veces enciendo un fogón y me preparo un huevo frito, incluso a veces una tostada. Y después me despierto con una enorme sensación de cansancio.
No sé lo que se debe hacer en una cocina literaria, pero sí sé lo que no se debe hacer. No se debe plagiar. El plagiario merece que lo cuelguen en la plaza pública. Esto lo dijo Swift, y Swift, como todos sabemos, tenía más razón que un santo.
Así que este punto queda claro: no se debe plagiar, a menos que desees que te cuelguen de la plaza pública. Aunque a los plagiarios, hoy en día, no los cuelgan. Por el contrario, reciben becas, premios, cargos públicos, y, en el mejor de los casos, se convierten en best-sellers y líderes de opinión. Qué término más extraño y feo: líder de opinión. Supongo que significará lo mismo que pastor de rebaño, o guía espiritual de los esclavos, o poeta nacional, o padre de la patria, o madre de la patria, o tío político de la patria.
En mi cocina literaria ideal vive un guerrero, al que algunas voces (voces sin cuerpo ni sombra) llaman escritor. Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado. Sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel.

MONSIEUR PAIN: O LA PARADOJA DE LA VIDA. Por Abraham Prudencio Sánchez*

*Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú)
Una historia misteriosa:
Marcelle Reynaud, al ver que el esposo de su amiga está muriendo, se pone en contacto con Pierre Pain, que es un virtuoso practicante del mesmerismo, para hablar del caso; sin embargo, desde el primer instante siente que ciertas cosas no encajan, es así como ocurre un hecho que a Pain le llama la atención:
“El primer síntoma de la singularidad de la historia en la que acababa de abarcarme se presentó en seguida, al bajar las escaleras y cruzarme, a la altura del tercer piso, con dos hombres. Hablaban español, un idioma que no entiendo, y llevaban gabardinas oscuras y sombreros de ala ancha que, al estar ellos en un nivel inferior al mío, velaban sus rostros.” pág. 15
Rápidamente, antes de que pueda aclarar de qué se trataba, intuye que esos tipos son pasibles de todo tipo de sospechas, de pronto este ciudadano francés, cuya vida es tranquila, se ve inmerso en aquello que menos esperaba, siente que lo espían y no entiende por qué.
Madame Reynaud, creyendo en sus poderes sanatorios, lo había convocado una vez más; pero en esta ocasión no se trataba de un asunto personal, ahora era un señor llamado Vallejo quien necesitaba ayuda. Seis meses antes su esposo había muerto y él no había podido hacer nada para salvarlo. Ahora este paciente enfermo y pobre se estaba muriendo, un ataque ininterrumpido de hipo lo estaba martirizando, los mejores médicos lo auscultan pero no pueden hallar la causa de su mal.
Él, como especialista en acupuntura, era la última esperanza. Después de la primera entrevista Pain siente que algo ha cambiado y efectivamente la sospecha que tuvo al inicio se confirma, dos hombres seguían sus pasos:
“Me siguen, constaté con la misma mezcla de certeza y asombro con que los soldados se descubren una pierna gangrenada. ¿Era posible?” pág. 24.
Posteriormente por confesión de madame Grenelle, la arrendataria de las habitaciones contiguas, se entera que dos individuos extranjeros habían estado preguntando por él, todo da a entender que eran las mismas personas que lo siguieron.
“… me preguntaron si usted vivía aquí y yo les dije que sí, claro, pero seguramente había pasado la noche en otro sitio…” pág. 27.
Los desconocidos habían dejado una nota donde le decían que era necesario encontrarse en el café Víctor que estaba en el Barrio Latino. Pain no podía entender lo que está sucediendo, desconocía a los tipos que le pedían cita y lo que pretendían.
El médico de cabecera de Vallejo era Lejard, éste se sentía incómodo ante la presencia de un “charlatán”; fue en ese momento cuando informaron que el eminente doctor Lemière había llegado, su presencia fue sorpresiva dado que este doctor era toda una eminencia. Pain se siente casi obligado a salir del lugar, ambas “disciplinas” eran simplemente incompatibles. Por confesión de Madame Reynaud se supo que el doctor Lejard no fue a ver al paciente durante 4 días, una vez más el misterio se vuelve a avivar ¿por qué este doctor tomaba esas medidas sabiendo que el paciente estaba grave? ¿Acaso se debía sólo a que los Vallejo no tenían dinero para pagar la atención?
Guiado por la curiosidad decide asistir a la cita con esos españoles desconocidos, quería de todas maneras saber qué estaba pasando, su deseo era recabar informaciones ¿por qué tanto misterio? ¿Por qué lo seguían? ¿Por qué todos ellos estaban vinculados al caso Vallejo? ¿Qué querían? ¿Qué buscaban?, Está decidido a resolver el caso pero los desconocidos sabían detalles que él ignoraba y desde el inicio fueron claros y contundentes:
“-Ya puede olvidarlo -dijo-, queremos que se olvide de todo, de Vallejo, de su mujer, de nosotros, de todo.” pag.42
Ellos conocen de sus facultades y de lo que él puede ser capaz en su especialidad, esos dos españoles flacos y morenos le proponían muy seriamente dejar el caso y para que sea algo efectivo lo sobornan con más de dos mil francos, pero los españoles no sabían que le estaban pagando por nada.
“…los españoles aún no sabían que yo estaba completamente desligado del asunto, Lemière se hacía cargo de todo; él y su equipo médico y Lejard; era de imbéciles pagar para que me desentendiera de algo con lo que no podía tener ninguna relación.” pág. 43
Madame Reynaud le lleva malas noticias, el doctor Lemière se muestra vencido, según él ya no se podía hacer nada.
Todos los órganos son nuevos” pág. 59, había sentenciado; sin embargo, madame Vallejo se resiste a aceptarlo, agotaría todas las posibilidades.
Por otra parte él aún se resiste a comprender cómo esos hombres le exigían que abandone algo que ni siquiera había empezado, ese misterio era simplemente incomprensible, darle dinero por no hacer nada, ¿por qué hacían todo eso? ¿Por qué lo seguían? ¿Quién era en realidad el tal Vallejo? Sólo había dos posibilidades o eran unos despistados o simplemente sabían mucho más de lo que parecía.
-Déjenos a nosotros cuidar de Vallejo, él es un amigo, un amigo del alma” Pág. 68.
Cada vez está más convencido de que en el caso Vallejo hay un trasfondo mucho más complejo y enigmático, cuando todo debería andar bien de pronto se encuentra con cosas que no puede entender, ello se confirma una vez cuando llega al hospital y allí se encuentra nuevamente con otra sorpresa:
“-Nadie puede ver a Monsieur Vallejo -mintió-, son órdenes” pág. 91
La orden la había dado un médico y Pain es sacado a la fuerza del hospital, era algo que no tenía ni pies ni cabeza.
Pain siempre había llevado una vida solitaria y de bohemia, no tenía un rumbo definido. Siente la ausencia de madame Reynaud, había empezado a quererla en secreto aunque ella nunca dio muestras de sentir lo mismo y al no verla los celos lo consumen. Sin poder encontrar otra persona quien lo pueda escuchar nuevamente se comunica con Rivette, le revela que alguien intentaba matar a su paciente, él está convencido que desde que tomó el caso algo raro está pasando allí.
“…Perdóneme…Creo que van a asesinar a Vallejo… Mi paciente…No me pregunte cómo lo sé… No hay explicación que valga…” pág. 110
Fue en ese momento cuando cae en cuenta de algo importante, Rivette también estaba solo.
“…Comprendí entonces que el viejo y yo éramos semejantes no sólo en nuestra disposición frente al laberinto sino también en nuestra común condición de espectadores.” pag.111
Estos últimos acontecimientos no le ayudan a esclarecer nada, seguía en las tinieblas, aún no puede entender plenamente las circunstancias que suceden en torno a ese hombre que se estaba muriendo de nada. Días después, Madame Reynaud llega junto a Jean Blockman, su novio, ella le informó que ahora debía despreocuparse porque Vallejo ya había muerto, incluso Aragon hizo el discurso pues Vallejo, poeta peruano, ya había muerto. Recién se entera de que madame Reynaud ya estaba comprometida y con ello toda su ilusión se volvía a esfumar además que su paciente había muerto sin que él pudiera hacer el mayor de sus sacrificios.
La historia paralela:
El clima político intenso que se vive se grafica constantemente en cada suceso, ese proceso se plasma muy bien en la pecera donde se representa ese proceso conflictivo de destrucción y muerte.
Mientras Francia está alerta se llega a saber que España está en plena Guerra Civil, en este conflicto se estaban probando armamentos nunca antes utilizados, son los alemanes quienes estaban ensayando su arsenal bélico, los germanos no sólo eran un peligro para España sino también para la misma Francia.
Pain a los 21 años participó en la Gran Guerra, aquí había sido torturado, le habían quemado los pulmones, fue una casualidad que siguiera con vida, por eso se dedicó desde joven a las ciencias ocultas, fue por esas épocas cuando leyó la “Histoire abrégée du magnetisme animal” de Franz Mesmer, desde allí se convirtió en un apasionado mesmerista.
Se nutrió de una amplia bibliografía acerca del tema. Mesmer estaba convencido de que en la raíz de casi todas las enfermedades se hallaba un desarreglo nervioso que podía ser resuelto con ciertas facultades del poder mental pero los médicos desechaban categóricamente este tipo de prácticas.
Pain aún no puede superar ciertas cosas, se siente traicionado, sabe que no debió recibir el dinero, se había vendido a pesar de no comprender nada, finalmente para encontrar paz y alguna respuesta se contacta con su viejo amigo y maestro Rivette, que tiempo atrás había dirigido un grupo selecto, este personaje sirve de conexión con otra historia paralela; nos trasladamos de esa manera a circunstancias distintas, es aquí cuando se menciona a un tal Terzeff y su intento crucial de refutar a Madame Curie; según la versión de Rivette, Terzeff fue muy amigo de Pleumeur-Bodou, dado algunos hechos parece que se habría enamorado de Irene, hija de madame Curie, e impulsado por esa ciega pasión trató de refutarla, estos y otros motivos lo empujaron al suicido; sin embargo, esta es una de las tantas versiones que se maneja acerca del caso.
Pierre Pain tiene un sueño donde se ve en un laberinto que se asemeja mucho a la clínica Arago, no sabe qué hace allí, quizá intenta buscar a Vallejo, todo ese periplo está compuesto de voces, hasta en sus sueños aparecen las figuras de Terzeff, Pleumeur-Bodou, y también del maestro Rivette.
La oportunidad para resolver ese misterio se da cuando reconoce a uno de los españoles que lo había sobornado, lo sigue con la intensión de cerciorarse hacia qué pistas lo conducía. Tras una larga caminata el sospechoso llega a un cine, aquí es cuando se da con una sorpresa: su compañero Pleumeur-Bodou estaba allí vivito y coleando, se encontraba viendo una película en la que Terzeff sale junto con otros en su laboratorio, Pleumeur-Bodou le cuenta que Terzeff fue admitido entre tantos aspirantes incluso él mismo había sido rechazado, los 20 científicos murieron en la explosión del laboratorio menos Michel, luego se supo que estaban trabajando con algo relacionado a la radiactividad, es en esta parte donde se da el juego entre la realidad y la ficción.
Pleumeur-Bodou cuenta que vino desde España exclusivamente para ver esa película porque Terzeff fue su amigo, Pain indaga sobre el soborno pero Pleumeur-Bodou le dice que posiblemente ha sido una simple broma.
Pleumeur-Bodou maneja otra versión de todo lo sucedido, le dice que Terzeff nunca conoció a Irene, éste sólo comenzó a frecuentar el círculo de Madame Curie, sería un misterio eterno la causa de su suicidio.
Pleumeur-Bodou revela que trabaja en retaguardia, en este puesto aplica sus conocimientos mesmeristas en los interrogatorios de prisioneros o espías. Tanto la política como el mal uso de esas habilidades hacen que los antiguos compañeros terminen odiándose. Esta es una historia alterna de gente con buenos conocimientos mesmeristas y una vez más el clima de guerra que se sucede alrededor del mundo es motivo para la separación, Pleumeur-Bodou apoya la causa de los fascistas y los otros están en el bando contrario o simplemente no se meten.

Conjeturas:
En el momento en que Pain va tras las huellas de uno de los españoles que lo había sobornado, está convencido de al menos averiguar algo que le ayude a entender el por qué de tanto empecinamiento con el moribundo Vallejo y, en lugar de encontrar algo claro, ante sus ojos se presenta la persona menos indicada, Pleumeur-Bodou se yergue triunfante, pero ¿qué hacía este hombre allí?, por los escuetos datos podemos sospechar que eran varios los motivos. Se puede afirmar que Pain fue sobornado por órdenes de Pleumeur-Bodou por haber sido amigo y compañero en los años de formación, era como una especie de ayuda a su crítica situación; sin embargo, la situación se complejiza por el asunto político y la ayuda no es del todo gratuita, en el trasfondo también estaba el deseo de desaparecer a Vallejo; enlazando sabemos que aprovechando su mal estado un grupo de personas deseaban asesinarlo, estas personas tienen conexión con Pleumeur-Bodou que dadas las distancias políticas habría ordenado su muerte. Bolaño afirma que este libro tiene referencias históricas y efectivamente Vallejo en la vida real había participado activamente en la Guerra Civil Española, ayudó a la formación de Comités de Defensa de la República e incluso preocupado por los últimos acontecimientos viajó a Barcelona bajo la autorización expresa de la Consejería de Defensa de las Milicias antifascistas de Cataluña, y para confirmar su adhesión el dos de Julio de 1936 junto a otros intelectuales participó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Defensa de la Cultura, fruto de esto Vallejo escribe “España, aparta de mí este cáliz”. Es quizá por esta entrega que hay un deseo de parte de los fascistas de querer verlo muerto.
Pain es un francés solitario y atormentado, su vida es parte de la secuela dejada a causa de la guerra, no entiende nada de lo sucedido, tampoco sabría nunca por qué había sobrevivido a la Gran Guerra a pesar de que lo torturaron, ni quiénes eran esos extraños españoles, tampoco conocería quién era en realidad la persona a quien trataba de salvar, la verdad le estaba vedada, la única manera de no seguir perdido por el mundo era el amor, quiere apostar todo por esa posibilidad, madame Reynaud podía ser esa persona que él buscaba, lo intentó pero luego se convenció que dichos sueños no podían ser posibles, madame Reynaud ya estaba saliendo con otro hombre (hacía sólo unos meses que había perdido a su marido). Pain se reconoce como una persona débil, incapaz de hacerle frente a las peores adversidades, se siente frustrado, no pudo salvar al esposo de Reynaud ni tampoco a Vallejo, se dejó sobornar sin estar en el asunto, nunca entenderá cuál fue su papel dentro del grupo presidido por Rivette ni sabrá la verdad de lo que sucedió a sus compañeros, va más allá del silencio pues el amor le está negado. Las guerras y las muertes se empozan en el alma causando mucho dolor.
Vallejo es ese ser desconocido que encarna el sufrimiento y la imposibilidad de sanar del género humano, este ser sufriente se iba a morir a pesar de todo, no habla ni se queja, sólo espera con impaciencia la muerte, ¿qué había hecho para que mucha gente deseara su muerte? Pain siente la necesidad de ver a su paciente, se dirige a la clínica Arago y allí lo encuentra, éste en ese preciso momento dormía.
“Ante mí se desplegaba tímidamente el rostro afilado del enfermo con esa rara dignidad desconsolada común a todos los que llevan algún tiempo encerrados en un hospital. El resto es borroso; mechones de pelo negro, el cuello mal cubierto por la camisa del pijama, la piel lustrosa, sin rastros de sudor. En la quietud de la habitación sólo se oía su hipo.” pag62.
Era la primera vez que veía a Vallejo, y su paciente se seguía muriendo. La novela gira alrededor de este personaje, aunque en ningún momento emite una palabra o acción, sólo se lo describe como un individuo en plena agonía. Hasta el final se ignora qué intereses se juegan con la vida o la muerte de este poeta.
Vemos que en el transcurso de la novela Pain es impedido de hacer ciertas cosas, hay una fuerza poderosa que se opone a que él pueda tratar a su paciente. Sólo hay una manera para conectarse con el pasado y se da gracias a Rivette; sin embargo, es en el pasado cuando él se pierde, ocurre un juego mimético entre el sueño y la realidad que él tampoco alcanza a comprender del todo porque sencillamente desconoce su historia y la del resto. Se vive un clima politizado y un periodo de entreguerras en el que los personajes son víctimas de su pasado, podemos intuir esa carga negativa en que la mayoría de los personajes sucumben a una realidad opresora, un fiel ejemplo de esto es Pain quien es un hombre derrotado anímicamente, los esfuerzos que haga serán vanos, sabe que ha perdido todas las guerras pero se resiste a aceptar su realidad, los especialistas de la salud simplemente lo menosprecian y lo toman por un charlatán y con respecto al amor no será correspondido, la mujer a quien ama ya está comprometida, divaga suelto por las calles de París sin un rumbo definido. Al darse la muerte de Vallejo, y en contra de su deseo, su presencia ya no tiene razón de ser. Una vez más se sume en la soledad y el desamparo.

BIBLIOGRAFIA
Vallejo, César (1988): Obra poética. Madrid. Edición crítica. Américo Ferrari (coordinador).Tomo 4 de la colección Archivos.
Bolaño, Roberto (1999) Monsieur Pain. Barcelona: Editorial Anagrama.
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero40/mspain.html