sábado, 8 de agosto de 2009

Héctor Torres. Autor de La Huella del Bisonte


Narrador venezolano (Caracas, 1968). Ha publicado los libros de cuentos Trazos de asombro y olvido (Senderos Literarios, 1996), Episodios suprimidos del manuscrito G (Baile del Sol, 1999), Del espejo ciego (Blacamán Editores, 1999) y El amor en tres platos (Equinoccio, 2007), y aparece en las antologías Narrativa aragüeña en Tierra de Letras (Senderos Literarios, 1997), Voces nuevas 2000-2001 (Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Celarg, 2001), Siete (Badosa, 2002), Cartas en la batalla (Alfadil, 2004), De la urbe para el orbe (Alfadil, 2006), Las voces secretas (Alfaguara, 2006), Tatuajes de ciudad (Sacven, 2007) y Narrativa joven venezolana (Los Libros de El Nacional-Policlínica Metropolitana, 2007). Ganador, en 1998, del primer premio en los concursos Semana de la Juventud y Poeta Pedro Buznego. Edita en Internet Ficción Breve Venezolana.

La Huella del Bisonte. Por Héctor Torres

Capítulo 1
Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdió un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, año en que Irán e Irak finalizaron su estúpida guerra con un score de cero a cero, y el oso soviético inició su retiro de Afganistán. El mismo en que Raquel se mudaría de la casa en la que vivió buena parte de la vida de su hija, acatando las instrucciones del destino, llegadas bajo el pedestre formato de una orden de desalojo.La tarde que recibió el documento cumplía treinta y cinco años. Cumplía, también, cuatro meses desempleada. El documento lo recibió su hija, que antes de saber de qué se trataba, se había sentido importante atendiendo la inusual visita del cartero. Con la carta en la mano, la mujer lloró y maldijo al viejo cara de sapo, y la chica la secundó sin tener muy claro las implicaciones del asunto. Una de ellas era que su bicicleta no la acompañaría al que sería su nuevo hogar.
Sin saber que disfrutaba del último agosto de esas calles despejadas, la niña se inclinó sobre los pedales para aumentar la velocidad. Luego de un par de enérgicas pedaleadas, se dejó caer con suavidad, inclinando su cuerpo hasta tropezar la punta del asiento. Aprovechando el impulso y la larga recta, atravesó la calle balanceando la pelvis hacia delante y hacia atrás con expresión ausente, sintiendo la vibración producida por las irregularidades del asfalto, que se expandía a todo el cuerpo cada vez que se inclinaba sobre el manubrio.

Aunque la tarde estaba fresca y la brisa le daba de lleno, una expresión concentrada endurecía su cara de niña. Rodó sin prisa hasta detenerse frente a una pared verde agua. La puerta estaba entreabierta. Con un empujón de la rueda delantera entró en la casa, dejando en el pasillo la bicicleta y su duro asiento de cuero negro, humedecido por el dulzor de su intimidad.

Sin detenerse a saludar, subió corriendo hasta su cuarto.

¿Te acordaste?, preguntó una voz desde la cocina.

Me baño y bajo, respondió sin aminorar la carrera.

La piel le brillaba por el sudor. Olvidó llevar a casa la fruta que la mamá le había encargado del abasto, pero no quiso distraerse con eso. Estaba urgida por mitigar la agitación que había alimentado con cada pedaleada.

Y sabía cómo hacerlo.

Lo descubrió sin proponérselo, un par de meses atrás. Ese cuerpo que se le volvía extraño le había estado enviando perentorias señales, y una tarde calurosa cedió a su invitación, abriendo una puerta enorme. Luego de atravesarla, asustada por lo que había descubierto, huyó de la soledad de su cuarto y de esa pesada puerta que no sería fácil volver a cerrar. Una puerta que daba a un salón largo y húmedo, sin fondo aparente.

Ese día, en un impulso desconocido, agarró la bicicleta y se lanzó a la calle. Apenas se sentó, recibió una plácida descarga que se le regó por el cuerpo como leche tibia. Sintió en las caderas una mezcla de crispación y bienestar que se incrementaba en tanto ejercía presión contra el asiento de la bicicleta.

Comenzó a pedalear con fuerza, dando vueltas a la manzana.

Lejos de disminuir, las sensaciones aumentaban con cada vuelta, como la temperatura dentro de su ropa interior. Como cuando tenía ganas de orinar, pero de un modo más inquietante.

Y más placentero.

Luego de varias vueltas, regresó a casa agotada. Al llegar a su cuarto, algo en el pecho, sin definición ni pausa, le impedía estarse quieta. Dejó entonces que el instinto tomara el control. Cerró la puerta, echó el seguro y, con prisa, se quitó toda la ropa. La mamá dijo algo que no escuchó.

Se me olvidó, respondió.

Las medias, la franela, el sostén, parecían casas arrasadas por un huracán. Del otro lado del mundo la mamá insistía en decir cosas que ella no lograba descifrar. Se paró frente al espejo y se sobresaltó. Cada día lo mismo. La chica desnuda frente a sí le parecía tan distinta a la que era apenas uno, dos años atrás. No dejaba de asombrarle con qué prisa le crecían los pechos, con sus manchas oscuras que se derramaban espesamente, como sirop de chocolate.

Se paró al lado de la cama que en un tiempo compartió con Sarah y Cristina, e inició los ritos que sus nuevas formas le sugerían. Ondular el cuerpo, mover las caderas, ensayar poses y miradas de vampiresa, bailando frente al espejo, sin quitarle la vista a sus trémulos pechitos. Una música venida de adentro le hacía girar la pelvis, con una cadencia rítmica y natural, como la de la cadena de su bicicleta.

Se convertía, entonces, en Madonna. O en Cindy Lauper.

Cientos, miles de miradas masculinas deliraban ante sus movimientos. Otras veces se sentía Catherine Fullop, Gigi Zanchetta, Rudy Rodríguez, las heroínas de las telenovelas que seguía con devoción, acompañándolas en sus lágrimas y risas a través de las veleidades del amor. Vuelta de nuevo a su tarima imaginaria, sin detener la danza, comenzó a bajarse las pantaletas, con el mismo susto de siempre, mirando de reojo de cuando en cuando, como si viera furtivamente una película prohibida.

Desnuda del todo, con la prenda de corazones estampados enredada en uno de sus tobillos, se detuvo. Suspiró hondo, desde muy adentro, para aquietar la respiración. Le turbaba verse los huesos de la cadera, o los vellos que cubrían su pubis.

Una lanita oscura, que comenzaba a tupirse. Se recorría el cuerpo con las manos y, aun sintiendo el contacto, no dejaba de sentirlo ajeno, de pensar que esa era una desconocida.Sus novedades la excitaban tanto como las palabras que las nombraban. Verse en el espejo, tocarse y repetir vello púbico, provocaba un hilito de frío en su pecho. Nalgas, decía, y clavaba sus deditos en la carne. Pezones, y la mirada le brillaba y en sus labios resbalaba una sonrisa. Pezones, repetía y los rozaba con las palmas de las manos, o los halaba suavemente, mientras adquirían una turgencia inmediata. Le asombraba constatar las dimensiones que adquirían. Tocar y nombrar le generaba el deseo de seguir deslizando sus manos por esa piel que aún exhibía una tersura infantil. Apretó duro las piernas entre sí y suspiró cuando el ardor alcanzó sus caderas.El instinto no requiere adiestramiento. Aunque le avergonzaba admitirlo, conocía el método para calmar esa inquietud cuando resultaba intolerable. Se metía al baño del cuarto, abría el grifo de la regadera y entraba en ella. El agua resbalaba por su cuerpo. Una mano abrazaba su garganta. Cerraba los ojos. Conocía el santo y seña y lo había convertido en ceremonia cotidiana. Deslizaba su índice desde la garganta hacia abajo, atravesando el pecho, el vientre, los más viejos recuerdos, la calle solitaria, los sueños impronunciables, el desasosiego, la lanita mojada… Cuando tropezaba con el sitio, daba un respingo.Entonces comenzaba a frotar.Después del baño, las emociones eran ambiguas. Aunque distendida, la abrumaba la culpa. Terminaba de vestirse cuando un sonido brusco la sobresaltó. Habían intentado abrir la puerta, y se alivió al recordar que había puesto el seguro.Se enfría la comida, señaló una voz. Sin jugo, porque se te olvidó otra vez la fruta.En un gesto mecánico agarró el cepillo y, aún temblando, se peinó frente al espejo.Ahora te la pasas encerrada, se quejó la voz alejándose por el pasillo.Karla echó un último vistazo al espejo en busca de elementos delatores y, al no encontrarlos, salió del cuarto. No sin antes buscar con la vista a Cristina y Sarah, que desde los clavos en la pared en los cuales fueron a parar hace algún tiempo, observaban con actitud neutral, sin juzgarla ni secundarla.
Es como un calambre rico que empieza aquí y se riega hasta acá, se confesaba a sí misma, tratando de explicarse lo que le producía el contacto de su dedo con el botoncito. Debo ser una enferma, se reprochaba en las noches, dando vueltas en la cama, intentando reprimir el deseo de seguir descubriendo. Pero era un calambre vicioso y había que tener mucha fuerza de voluntad para evitarlo. Sus manos de uñas cortas erraban por la quietud de la sábana hasta que caían, sin querer, en el botoncito. En esas noches se dormía tarde, extenuada por la euforia.
La bicicleta te está sacando piernas de futbolista. Ve a ver si paras un poco, le repetía la mamá cuando, en las noches, veían televisión en la sala.Karla, en guardia de inmediato, se estiraba instintivamente la batita de dormir para cubrirlas de la vista que husmeaba.Pero sabía que era en vano. Raquel, que todo lo descubre, tarde o temprano se enteraría.

jueves, 6 de agosto de 2009

Antonio Tabucchi. Autor de Sostiene Pereira


Escritor nacido en Pisa en 1943, uno de los más importantes escritores italianos contemporáneos. Tabucchi vive en Portugal, pero vivió desde los pocos días de edad en Vecchiano, el pueblo de sus abuelos; cursó allí la escuela primaria y la secundaria. Los vecchianeses lo reclaman para sí con orgullo. Creador de un mundo único que creíamos reservado a los sueños y, en uno de sus fondos, a las especulaciones freudianas. Como al hombre ilustrado de Ray Bradbury, parecen desprendérsele del cuerpo las imágenes para crear historias. Pese a una obra dilatada, Tabucchi nunca se repite: cada libro nuevo se niega a parecerse al precedente. Sostiene Pereira, es una novela sobre la lealtad y el valor civil, henchida de melodía y de variaciones musicales. En ésta, como en otros libros, Portugal es fondo y escenario, un país que ahora vemos, gracias a su obra, como reinventado por él. No menos inolvidables son Dama de Porto Pym, relatos sacados de aquí y allá durante un viaje por las Azores; la pieza en un acto Al señor Pirandello lo llaman por teléfono; Réquiem, un recorrido por una Lisboa donde el autor o el yo narrativo van a la busca de su personaje probablemente real llamado Fernando Pessoa, y Sueño de sueños, donde crea literariamente unas vidas en los sueños tomando como base las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Otros libros de él: Piazza d'Italia, La pequeña flota, El juego del revés, Nocturno hindú, Los volátiles del Beato Angélico, La línea del horizonte, El ángel negro, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro.

Sostiene Pereira. Por Antonio Tabucchi

1

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, eso no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba cotidianamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iban a renacer? No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: «La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leída el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor es Francesco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente en el futuro con nosotros.»
Sostiene Pereira que al principio se puso a leer distraídamente el artículo, que no tenía título, después maquinalmente volvió hacia atrás y copió un trozo. ¿Por qué lo hizo? Eso Pereira no está en condiciones de decirlo. Tal vez porque aquella revista de vanguardia católica le contrariaba, tal vez porque aquel día se sentía harto de vanguardias y de catolicismos, aunque él fuera profundamente católico, o tal vez porque en aquel momento, en aquel verano refulgente sobre Lisboa, con toda aquella mole que soportaba encima, detestaba la idea de la resurrección de la carne, pero el caso es que se puso a copiar el artículo, quizá para poder tirar la revista a la papelera.
Sostiene que no lo copió todo, copió sólo algunas líneas, que son las siguientes y que puede aportar a la documentación: «La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que une la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida.» Después cogió una guía telefónica y dijo para sí: Rossi, qué nombre más extraño, más de un Rossi no puede venir en la guía, sostiene que marcó un número, porque de aquel número se acuerda bien, y al otro lado oyó una voz que decía: ¿Diga? Oiga, dijo Pereira, le llamo del Lisboa. Y la voz dijo: ¿Sí? Verá, sostiene haber dicho Pereira, el Lisboa es un periódico de aquí, de Lisboa, sale desde hace unos meses, no sé si usted lo conoce, somos apolíticos e independientes, pero creemos en el alma, quiero decir que somos de tendencia católica, y quisiera hablar con el señor Monteiro Rossi. Pereira sostiene que al otro lado de la línea hubo un momento de silencio y después la voz dijo que Monteiro Rossi era él y que en realidad no es que pensara demasiado en el alma. Pereira permaneció a su vez algunos segundos en silencio, porque le parecía extraño, sostiene, que una persona que había escrito reflexiones tan profundas sobre la muerte no pensara en el alma. Y por lo tanto pensó que había un equívoco, e inmediatamente la idea le llevó a la resurrección de la carne, que era una fijación suya, y dijo que había leído un artículo de Monteiro Rossi acerca de la muerte, y después dijo que tampoco él, Pereira, creía en la resurrección de la carne, si era eso lo que el señor Monteiro Rossi quería decir. En resumen, Pereira se hizo un lío, sostiene, y eso le irritó, le irritó principalmente consigo mismo, porque se había tomado la molestia de telefonear a un desconocido y de hablarle de cosas tan delicadas, o mejor dicho tan íntimas, como el alma o la resurrección de la carne. Pereira se arrepintió, sostiene, y por un instante pensó en colgar el auricular, pero después, quién sabe por qué, halló fuerzas para continuar, de modo que dijo que él era el señor Pereira, que dirigía la página cultural del Lisboa y que, en efecto, por ahora el Lisboa era un periódico de la tarde, en fin, un periódico que naturalmente no podía competir con los demás periódicos de la capital, pero que estaba seguro de que tenía futuro, como se vería antes o después, y que era cierto que por ahora el Lisboa se ocupaba sobre todo de noticias propias de la prensa del corazón, pero bueno, ahora se habían decidido a publicar una página cultural que salía el sábado y la redacción no estaba completa todavía y por eso tenían necesidad de personal, de un colaborador externo que se ocupara de una sección fija.
Sostiene Pereira que el señor Monteiro Rossi farfulló enseguida que iría a la redacción aquel mismo día, dijo también que el trabajo le interesaba, que todos los trabajos le interesaban, porque, claro, le hacía verdadera falta trabajar ahora que había acabado la universidad y que nadie le mantenía, pero Pereira tuvo la precaución de decirle que en la redacción no, que por ahora era mejor que no, que si acaso podían encontrarse fuera, en la ciudad, y que era mejor que fijaran una cita. Le dijo eso, sostiene, porque no quería invitar a una persona desconocida a aquel triste cuartucho de Rua Rodrigo da Fonseca, en el que zumbaba un ventilador asmático y donde siempre había olor a frito por culpa de la portera, una bruja que miraba a todo el mundo con aire receloso y que se pasaba el día friendo. Y además no quería que un desconocido se diera cuenta de que la redacción cultural del Lisboa era sólo él, Pereira, un hombre que sudaba de calor y de malestar en aquel cuchitril, y en fin, sostiene Pereira, le preguntó si podían encontrarse en el centro, y él, Monteiro Rossi, le dijo: Esta noche, en la Paraça da Alegría, hay un baile popular con canciones y guitarras, a mí me han invitado a cantar una tonadilla napolitana, sabe, es que soy medio italiano, aunque no sé napolitano, de todas formas el propietario me ha reservado una mesa al aire libre, en mi mesa habrá un cartelito con mi nombre, Monteiro Rossi, ¿qué me dice?, ¿nos vemos allí? Y Pereira dijo que sí, sostiene, colgó el auricular, se secó el sudor y después se le ocurrió una idea magnífica, la de crear una breve sección titulada «Efemérides», y pensó en publicarla enseguida, para el sábado siguiente, y así, casi maquinalmente, quizá porque estaba pensando en Italia, escribió el título: Hace dos años desaparecía Luigi Pirandello. Y después, debajo, escribió el subtítulo: «El gran dramaturgo había estrenado en Lisboa su Un sueño (pero quizá no)».Era el veinticinco de julio de mil novecientos treinta y ocho y Lisboa refulgía en el azul de la brisa atlántica, sostiene Pereira.


2


Pereira sostiene que aquella tarde el tiempo cambió. De improviso, cesó la brisa atlántica, del océano llegó una espesa cortina de niebla y la ciudad se vio envuelta en un sudario de bochorno. Antes de salir de su oficina, Pereira miró el termómetro que había pagado de su bolsillo y que había colgado detrás de la puerta. Marcaba treinta y ocho grados. Pereira apagó el ventilador, se encontró en las escaleras con la portera, que le dijo adiós señor Pereira, aspiró una vez más el olor a frito que flotaba en el zaguán y salió por fin al aire libre. Frente al portal se hallaba el mercado del barrio y la Guarda Nacional Republicana estaba estacionada allí con dos camionetas. Pereira sabía que el mercado estaba agitado porque el día anterior, en Alentejo, la policía había matado a un carretero que abastecía los mercados y que era socialista. Por eso la Guarda Nacional Republicana se había estacionado delante de las puertas del mercado. Pero el Lisboa no había tenido valor para dar la noticia, o, mejor dicho, el subdirector, porque el director estaba de vacaciones, estaba en Buçaco, disfrutando del fresco y de las termas, y ¿quién podía tener el valor de dar una noticia de ese tipo, que un carretero socialista había sido asesinado brutalmente en Alentejo en su propio carro y que había cubierto de sangre todos sus melones? Nadie, porque el país callaba, no podía hacer otra cosa sino callar, y mientras tanto la gente moría y la policía era la dueña y señora. Pereira comenzó a sudar, porque pensó de nuevo en la muerte. Y pensó: Esta ciudad apesta a muerte, toda Europa apesta a muerte.
Se dirigió al Café Orquídea, que estaba allí a dos pasos, pasada la carnicería judía, y se sentó a una mesa, pero dentro del local, porque por lo menos tenían ventiladores, visto que fuera no se podía ni estar a causa del bochorno. Pidió una limonada, fue al servicio, se mojó la cara y las manos, hizo que le trajeran un cigarro, pidió el periódico de la tarde y Manuel, el camarero, le trajo precisamente el Lisboa. No había visto las pruebas aquel día, por lo que lo hojeó como si fuera un periódico desconocido. Leyó en la primera página: «Hoy ha salido de Nueva York el yate más lujoso del mundo.» Pereira se quedó mirando durante un rato el titular, después miró la fotografía. Era una imagen que retrataba a un grupo de personas en camisa y canotié, que descorchaban botellas de champán. Pereira comenzó a sudar, sostiene, y pensó de nuevo en la resurrección de la carne. ¿Cómo?, pensó, si resucito, ¿tendré que encontrarme a gente como ésta con sus canotiés? Pensó que se iba a encontrar de verdad con aquella gente del velero en un puerto impreciso de la eternidad. Y la eternidad le pareció un lugar insoportable, sofocado por una cortina nebulosa de bochorno, con gente que hablaba en inglés y que brindaba exclamando: ¡Oh, oh! Pereira hizo que le trajeran otra limonada. Pensó si debería irse a casa para tomar un baño fresco o si no debería ir a buscar a su amigo párroco, don Antonio, de la Iglesia das Mercés, con quien se había confesado algunos años antes, cuando murió su mujer, y al que iba a ver una vez al mes. Pensó que lo mejor era ir a ver a don Antonio, quizá le sentara bien.
Y eso es lo que hizo. Sostiene Pereira que aquella vez se olvidó de pagar. Se levantó despreocupadamente, o más bien sin pensárselo, y se marchó, sencillamente, y sobre la mesa dejó el periódico y su sombrero, quizá porque con aquel bochorno no tenía ganas de ponérselo en la cabeza, o porque así era él, de esos que se olvidan las cosas.
El padre Antonio estaba agotado, sostiene Pereira. Tenía unas ojeras que le llegaban hasta las mejillas y parecía extenuado, como si no hubiera dormido. Pereira le preguntó qué le había ocurrido y el padre Antonio le dijo: Pero cómo, ¿no lo sabes?, han asesinado a un alentejano en su carreta, hay huelgas, aquí en la ciudad y en otras partes, pero ¿en qué mundo vives, tú, que trabajas en un periódico?, mira, Pereira, ve a informarte, anda.
Pereira sostiene que salió turbado de aquel breve coloquio y de la manera en que había sido despedido. Se preguntó: ¿En qué mundo vivo? Y se le ocurrió la extravagante idea de que él, quizá, no vivía, sino que era como si estuviese ya muerto. Desde que había muerto su mujer, él vivía como si estuviera muerto. O, más bien, no hacía nada más que pensar en la muerte, en la resurrección de la carne, en la que no creía, y en tonterías de esa clase, la suya era sólo una supervivencia, una ficción de vida. Y se sintió exhausto, sostiene Pereira. Consiguió arrastrarse hasta la parada más cercana del tranvía y cogió uno que lo llevó hasta Terreiro do Paço. Y mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, miraba la Avenida da Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praça do Rossio, de estilo inglés; y en Terreiro do Paço se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo. Bajó a la altura de la catedral, porque él vivía allí cerca, en Rua da Saudade. Subió fatigosamente la rampa de la calle que le conducía hasta su casa. Llamó a la portera porque no tenía ganas de buscar las llaves del portal y la portera, que le hacía también de asistenta, fue a abrirle. Señor Pereira, dijo la portera, le he preparado una chuleta frita para cenar. Pereira le dio las gracias y subió lentamente la escalera, cogió la llave de casa de debajo del felpudo, donde la guardaba siempre, y entró. En el recibidor se detuvo delante de la estantería, donde estaba el retrato de su esposa. Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial. Perdona si llego con un poco de retraso, dijo Pereira.
Sostiene Pereira que desde hacía tiempo había cogido la costumbre de hablar con el retrato de su esposa. Le contaba lo que había hecho durante el día, le confiaba sus pensamientos, le pedía consejos. No sé en qué mundo vivo, dijo Pereira al retrato, me lo ha dicho incluso el padre Antonio, el problema es que no hago otra cosa que pensar en la muerte, me parece que todo el mundo está muerto o a punto de morirse. Y después Pereira pensó en el hijo que no habían tenido. Él sí lo hubiera querido, pero no podía pedírselo a aquella mujer frágil y enfermiza que pasaba las noches insomne y largos periodos en sanatorios. Y lo lamentó. Porque si hubiera tenido un hijo, un hijo mayor con el que sentarse ahora a la mesa y hablar, no habría necesitado hablar con aquel retrato que se remontaba a un viaje lejano del que ya casi no se acordaba. Y dijo: En fin, qué le vamos a hacer, que era su manera de despedirse del retrato de su esposa. Después entró en la cocina, se sentó a la mesa y retiró la tapadera que cubría la sartén con la chuleta frita. La chuleta estaba fría, pero no tenía ganas de calentarla. Se la comía siempre así, como se la había dejado la portera: fría. Comió rápidamente, entró en el baño, se lavó las axilas, se cambió de camisa, se puso una corbata negra y se echó un poco del perfume español que había quedado en un frasco comprado en mil novecientos veintisiete en Madrid. Después se puso una chaqueta gris y salió para ir a la Praça da Alegría, porque eran ya las nueve de la noche, sostiene Pereira.


3


Pereira sostiene que la ciudad parecía estar tomada por la policía, aquella tarde. Estaban por todas partes. Cogió un taxi hasta Terreiro do Paço y bajo los pórticos había camionetas y agentes con mosquetes. Tal vez temieran manifestaciones o concentraciones callejeras, y por eso vigilaban los puntos estratégicos de la ciudad. Hubiera querido continuar a pie, porque el cardiólogo le había dicho que le hacía falta ejercicio, pero no tuvo valor para pasar por delante de aquellos soldados siniestros, de modo que cogió el tranvía que recorría Rua dos Franqueiros y que terminaba en Praça da Figueira. Allí se bajó, sostiene, y se topó con más policías. Esta vez tuvo que pasar por delante de los pelotones y eso le produjo un ligero malestar. Al pasar, escuchó cómo un oficial decía a los soldados: Y recordad, muchachos, que los subversivos están siempre al acecho, conviene estar con los ojos bien abiertos.
Pereira miró a su alrededor, como si el consejo hubiera sido dirigido a él, y no le pareció que hubiera necesidad de estar con los ojos tan abiertos. La Avenida da Liberdade estaba tranquila, el quiosco de los helados estaba abierto y había algunas personas sentadas a las mesas tomando el fresco. Él se puso a pasear tranquilamente por la acera central y en ese momento, sostiene, comenzó a oír la música. Era una música dulce y melancólica, de guitarras de Coimbra, y encontró extraña aquella conjunción de música y policía. Pensó que venía de la Praça da Alegria, y efectivamente así era, porque, a medida que se acercaba, la música aumentaba de volumen.
La verdad es que no parecía la plaza de una ciudad en estado de sitio, sostiene Pereira, porque no se veía a la policía, es más, sólo vio a un vigilante nocturno que le pareció borracho y que dormitaba sobre un banco. La plaza estaba adornada con guirnaldas de papel, con farolillos coloreados, amarillos y verdes, que colgaban de alambres tendidos de una ventana a otra. Había algunas mesas al aire libre y algunas parejas que bailaban. Después vio una pancarta de tela colgando de dos árboles de la plaza con un enorme letrero: Viva Francisco Franco. Y debajo, en caracteres más pequeños: Vivan los soldados portugueses en España.
Sostiene Pereira que sólo en aquel momento comprendió que aquélla era una fiesta salazarista y que por eso no tenía necesidad de ser vigilada por la policía. Y sólo entonces se dio cuenta de que muchas personas llevaban la camisa verde y el pañuelo al cuello. Se detuvo horrorizado y pensó durante un instante en varias cosas distintas. Pensó que tal vez Monteiro Rossi fuera uno de ellos, pensó en el carretero alentejano que había manchado de sangre sus melones, pensó en lo que diría el padre Antonio si le viera en aquel lugar. Pensó en todo ello y se sentó en el banco donde dormitaba el vigilante nocturno, y se dejó llevar por sus pensamientos. O, mejor dicho, se dejó llevar por la música, porque la música, pese a todo, le gustaba. Había dos viejecitos tocando, uno la viola y el otro la guitarra, y tocaban conmovedoras melodías de la Coimbra de su juventud, de cuando él era un estudiante universitario y pensaba en la vida como en un porvenir radiante. Y en aquel tiempo él también tocaba la viola en las fiestas estudiantiles, y era delgado y ágil, y enamoraba a las chicas. Cuántas hermosas muchachas estaban locas por él. Y él, en cambio, se había apasionado por una muchachita frágil y pálida, que escribía poesías y que a menudo tenía dolores de cabeza. Y después pensó en otras cosas de su vida, pero éstas Pereira no quiere referirlas, porque sostiene que son suyas y solamente suyas y que no añaden nada ni a aquella noche ni a aquella fiesta a la que había ido a parar sin proponérselo. Y después, sostiene Pereira, en un determinado momento vio cómo un joven alto y delgado y con una camisa clara se levantaba de una de las mesas y se colocaba entre los dos ancianos músicos. Y, quién sabe por qué, sintió una punzada en el corazón, quizá porque le pareció reconocerse en aquel joven, le pareció que se reencontraba a sí mismo en los tiempos de Coimbra, porque de algún modo se le parecía, no en los rasgos, sino en la manera de moverse y un poco en el pelo, que le caía a mechones sobre la frente. Y el joven comenzó a cantar una canción italiana: O sole mio, cuya letra Pereira no entendía, pero que era una canción llena de fuerza y de vida, hermosa y límpida, y él entendía sólo las palabras «o sole mio» y no entendía nada más, y mientras el joven cantaba, se había levantado de nuevo un poco de brisa atlántica y la velada era fresca, y todo le pareció hermoso, su vida pasada de la que no quiere hablar, Lisboa, la cúpula del cielo que se veía sobre los farolillos coloreados, y sintió una gran nostalgia, pero no quiere decir por qué, Pereira. Fuera como fuera, comprendió que aquel joven que cantaba era la persona con la que había hablado por teléfono aquella tarde, por ello, cuando éste hubo acabado de cantar, Pereira se levantó del banco, porque la curiosidad era más fuerte que sus reservas, se dirigió a la mesa y dijo al joven: El señor Monteiro Rossi, supongo. Monteiro Rossi hizo ademán de levantarse, chocó contra la mesa, la jarra de cerveza que tenía delante se cayó y él se manchó completamente sus bonitos pantalones blancos. Le pido perdón, farfulló Pereira. Es culpa mía, soy un desastre, dijo el joven, me sucede a menudo, usted es el señor Pereira del Lisboa, supongo, siéntese, se lo ruego. Y le tendió la mano.
Sostiene Pereira que se sentó a la mesa con sensación de desasosiego. Pensó que aquél no era un lugar para él, que era absurdo encontrarse con un desconocido en una fiesta nacionalista, que el padre Antonio no hubiera aprobado su conducta, y deseó estar ya de regreso en su casa y hablar con el retrato de su esposa para pedirle perdón. Y fueron todos esos pensamientos los que le dieron el coraje para hacer una pregunta directa, aunque no fuera más que para iniciar la conversación, y, sin pensárselo mucho, preguntó a Monteiro Rossi: Ésta es una fiesta de las juventudes salazaristas, ¿pertenece usted a las juventudes salazaristas?
Monteiro Rossi se echó hacia atrás el mechón de pelo que le caía sobre la frente y respondió: Soy licenciado en filosofía, me intereso por la filosofía y la literatura, pero ¿qué tiene que ver eso con el Lisboa? Tiene que ver, sostiene haber dicho Pereira, porque nosotros hacemos un periódico libre e independiente y no queremos meternos en política.
Mientras tanto, los dos viejecitos habían empezado de nuevo a tocar, de sus cuerdas melancólicas salía una canción franquista, pero Pereira, a pesar de su desazón, comprendió en aquel momento que ya había entrado en el juego y que tenía que jugar. Y extrañamente comprendió que podía hacerlo, que tenía en sus manos la situación, porque él era el señor Pereira, del Lisboa, y el jovenzuelo que se hallaba delante de él estaba pendiente de sus labios. De modo que dijo: He leído su artículo sobre la muerte, me ha parecido muy interesante. He escrito una tesina sobre la muerte, respondió Monteiro Rossi, pero déjeme que le diga que no es todo harina de mi costal, el trozo que ha publicado la revista lo he copiado, se lo confieso, en parte de Feuerbach y en parte de un espiritualista francés, y ni siquiera mi profesor se ha dado cuenta de ello, ¿sabe?, los profesores son más ignorantes de lo que se cree. Pereira sostiene que lo pensó dos veces antes de hacer la pregunta que se había preparado durante toda la tarde, pero al final se decidió, y antes pidió una bebida al joven camarero con camisa verde que les atendía. Perdóneme, dijo a Monteiro Rossi, pero yo no bebo alcohol, bebo sólo limonada, tomaré una limonada. Y saboreando su limonada preguntó en voz baja, como si alguien pudiera oírlo y censurarlo: Pero a usted, perdone, a ver, quisiera preguntárselo, ¿a usted le interesa la muerte?
Monteiro Rossi esbozó una ancha sonrisa, y eso le incomodó, sostiene Pereira. Pero ¿qué dice, señor Pereira?, exclamó Monteiro Rossi en voz alta, a mí me interesa la vida. Y después continuó en voz más baja: Mire, señor Pereira, de la muerte estoy bastante harto, hace dos años murió mi madre, que era portuguesa y trabajaba de profesora; murió de un día para otro, por un aneurisma en el cerebro, una palabra complicada para decir que estalla una vena, en fin, de repente; el año pasado murió mi padre, que era italiano y trabajaba como ingeniero naval en las dársenas del puerto de Lisboa, me dejó algo, pero ese algo se ha terminado ya, me queda una abuela que vive en Italia, pero no la he visto desde que tenía doce años y no tengo ganas de ir a Italia, me parece que la situación allí es incluso peor que la nuestra, de la muerte estoy harto, señor Pereira, perdóneme si soy sincero con usted, pero, además, ¿a qué viene esa pregunta?
Pereira bebió un trago de su limonada, se secó los labios con el dorso de la mano y dijo: Sencillamente porque en un periódico hay que escribir los elogios fúnebres de los escritores o una necrológica cada vez que muere un escritor importante, y las necrológicas no se pueden improvisar de un día para otro, hay que tenerlas ya preparadas, y yo estoy buscando a alguien que escriba necrológicas anticipadas para los grandes escritores de nuestra época, imagínese usted, si mañana se muriera Mauriac, a ver, ¿cómo resolvería yo la papeleta?
Pereira sostiene que Monteiro Rossi pidió otra cerveza. Desde que él había llegado, el joven se había tomado por lo menos tres, y llegados a ese punto, en su opinión, debía de estar ya un poco bebido, o por lo menos algo achispado. Monteiro Rossi se echó hacia atrás el mechón de pelo que le caía sobre la frente y dijo: Señor Pereira, sé varios idiomas y conozco a los escritores de nuestra época; a mí me gusta la vida, pero si usted quiere que hable de la muerte y me paga, de la misma forma que me han pagado esta noche por cantar una canción napolitana, puedo hacerlo, para pasado mañana le escribiré un elogio fúnebre de García Lorca, ¿qué me dice de García Lorca?, en el fondo es quien ha inventado la vanguardia española, así como nuestro Pessoa ha inventado la modernidad portuguesa, y además es un artista completo, se ha ocupado de poesía, música y pintura.Pereira sostiene haber respondido que García Lorca no le parecía el personaje ideal, de todas formas se podía intentar, siempre que se hablara de él con mesura y cautela, refiriéndose únicamente a su figura de artista y sin tocar otros aspectos que podían resultar delicados, dada la situación. Y entonces, con la mayor naturalidad posible, Monteiro Rossi le dijo: Escuche, perdóneme que se lo pida así, yo le escribiré el elogio fúnebre de García Lorca, pero ¿no podría usted adelantarme algo? Necesito comprarme unos pantalones nuevos, éstos están totalmente manchados, y mañana tengo que salir con una chica que va a venir ahora a buscarme y a la que conocí en la universidad, es una compañera mía y a mí me gusta mucho, quisiera llevarla al cine.

martes, 4 de agosto de 2009

Norberto José Olivar. Autor de El Fantasma de la Caballero

Nació en Maracaibo en 1964. Es Licenciado en Historia de la prestigiosa e iluminada Universidad del Zulia, donde también se desempeña como profesor. Ha publicado El Misterioso Caso de Agustín Baralt (2000), El Hombre de la Atlántida (2003), La Ciudad y los Herejes (2004), La Conserva Negra (2004), Morirse es una Fiesta (2005), El Fantasma de la Caballero (2006), Un Cuento de Piratas (2007) y Un Vampiro en Maracaibo (2008).

El Fantasma de la Caballero. Por Norberto José Olivar

Bajé por el mamotrético distribuidor de las Delicias en dirección al terminal de pasajeros. Pasé frente a Panorama y me desvié a la derecha, al pie del puente La Redoma, para entrar en las Playitas a comprar copias piratas de dvd. Entonces uno de esos muchachos que cuidan carros, mejor que los policías municipales y la PR, me hizo señas para que me estacionara. Me dio un cartoncito que indicaba lo que debía pagar y me aseguró que estaba bien “cuidao”, con muchachos y mujer incluidos, añadió, porque Patricia y los niños se negaron a bajarse. «Mucho mollejero» dijo ella ―así que dejé la camioneta prendida para que pudieran estar con el aire acondicionado―, pero si fuera a comprar bisutería, apuesto lo que sea, se habría tirado sin chistar. Total, atravesé la calle extrañando la cola de carros, los cornetazos y las mentadas de madre. La razón de que el tráfico estuviera tan menguado era que estaban comenzando la construcción del primer tramo del Metro de Maracaibo. Había desaparecido la ancha isla donde uno hacía escala al cruzar la calle a pie. En su lugar, tomaba forma un enorme hueco protegido por una brillante cerca de ciclón. Así que, como pude, saltando montones de tierra, piedras, restos de brocales y pavimento, llegué hasta el pasillo Amazonas y compré El guerrero Muay Thai con Tony Jaa, Hermandad de guerra y 2046 de Wong Kar Wai, esta última iba a usarla para un cuento que estaba pensando escribir en esos días.
De regreso, justo cuando pasaba frente al mercado Santa Rosalía, el celular vibró poseído por un ataque de epilepsia. La pantalla decía número no disponible, pero, como todo me daba igual en ese momento, apreté el botoncito verde:
―Sí, diga ―contesté sin dejar de atender el camino porque había mucho tráfico, y los carros iban unos muy pegados de los otros, a causa del desvío provocado por la construcción del Metro. «¿Profesor, Navarro?», preguntó el que llamaba, y yo que sí, ¿que qué se le ofrecía?, «¡ah, mire, mi nombre es Ricardo Carrillo, soy estudiante de Comunicación de la URBE, y estoy haciendo un documental sobre la Casa de la Capitulación y el asesinato de Josefa Caballero, y bueno, profe, me gustaría entrevistarlo, no sé si puede darme una cita y allí le explico mejor lo que estoy haciendo junto a mis compañeros». Y yo le digo que, la verdad, es muy poco lo que sé del asunto, y para decir lo que todo el mundo sabe, mejor no digo nada, ¿me entiendes?, no me niego a colaborar, aclaré con cierta incomodidad, pero no me gusta participar en algo si no estoy aportando ideas nuevas, «Profe», me cortó la voz de mi interlocutor, «¿y si le consigo copia de un documento que muy poca gente conoce, y usted lo analiza y nos da su opinión?», bueno, le digo intrigado, así suena distinto, ¿qué te parece si nos vemos mañana, a las nueve en el Bambi de 5 de Julio?, «chévere, profe, ahí lo espero», ¿cómo te reconozco?, le dije antes de que cortara, «no se preocupe, profe, yo lo he visto a usted, en cuanto llegue me le presento, hasta luego y gracias», me dijo con el alivio de haber logrado su cometido.
¿Qué documento podría ser ese?, pensé acelerando para aprovechar un fugaz despeje de la vía y tomar la avenida La Limpia porque, en una ocasión que estuve interesado en investigar el crimen de la Caballero, me di cuenta de que la historiografía disponible es un círculo vicioso, uno se copió del otro y así hasta el infinito. Y los reportajes de prensa no coincidían ni en el nombre de la víctima, que si Josefina, que si Mercedes, y otros más. El único interés que se les notaba era el de hablar sobre el supuesto fantasma que habitaba esa casona desde que fue cometido el crimen. Era, o es, una necesidad enfermiza de atapuzar la historia de la ciudad, no sólo de héroes míticos, sino también de leyendas misteriosas y exóticas que libren nuestro pasado del aburrimiento y del tedio o, quizás, en busca de una grandeza liliputiense que no termino de entender, pero no de una auténtica necesidad de conocer, de llegar a la verdad. ¿Quién se ha atrevido a señalar al culpable de ese homicidio?, ¿quién ha emprendido una investigación para esclarecer ese caso? Si lo saben, lo callan y si lo ignoran, no tienen la menor idea de lo que deben hacer, se conforman y regocijan con el chisme y el cuento del fantasma, y yo no quería salir en la televisión diciendo las pendejadas que, casi siempre, suelta todo el mundo.


Café Bambi, 9 de la mañana. Un joven de mediana estatura, blanco, cabello revuelto, y con una chiva de candado, se ha puesto de pie usando un bastón. Me mira a los ojos, sonríe y yo disipo mis dudas. Llego a su mesa, lo saludo con un apretón de manos y ordenamos dos cafés grandes ―él, con leche, yo, marrón claro y agua mineral para ambos―, a una simpática mesonera de ojos verdes asiáticos, curvaturas sugestivas, tirando a pelirroja, que uno no podía dejar de mirar y, a pesar de que siempre sonreía, había en ella un aire infranqueable que bloqueaba cualquier intento de abordaje, quizás se sabía atractiva y le fastidiaban las miradas insistentes de los hombres; o era lesbiana, o militaba en alguna religión que le impedía comunicarse con el mundo. Sea lo que sea, me obligó, lamentablemente, a guardar distancia, y lo de “lamentable” no es un decir, porque desde hace algunos meses, desde que la Patri no hace otra cosa que dedicarse a sacarme la piedra, criticándome todo lo que hago, digo o dejo de hacer, he procurado sofocar mis calenturas hormonales a punta de mesoneras. Por alguna razón inescrutable, logramos llegar a los moteles con un protocolo bastante reducido, lo cual nos ahorra mucho tiempo, y luego queda un compañerismo limpio y sin ningún tipo de exigencias, aunque reincidamos una y otra vez, pero, por lo general, no sobrepasamos las cinco o seis sesiones. Por eso “lamento” mucho el cerco de esta mesonera inabordable que, sin ella saberlo, ha herido mi debilucho corazón, así de cursi, pero qué le voy hacer, por suerte para ambos, sólo pienso en ella en las mañanas cuando llego a tomar café.
Ricardo, así se llama el joven, y creo que ya se ha dicho, deslizó por sobre la mesa una carpeta de manila con la copia del documento prometido. Lo abro y me doy cuenta de lo gafo que he sido, pues se trataba del libro que escribió el propio José Antonio Gando Bustamante sobre el caso, editado en la Tipografía Moderna de Caracas, Este 4, número 5, según la portada. Llegan los cafés, le pongo una pizca de azúcar al mío, tomo un pequeño sorbo porque está muy caliente, todo esto sin dejar de mirar la copia que comienzo a leer, Por mi honra. El doctor Jorge Valbuena y el horroroso asesinato de Josefa Caballero, mientras Ricardo lidia con su café y me observa con curiosidad. Visto así, parece un muchacho amable, y se mueve con la seguridad de quien sabe lo que hace, y eso me gusta, pues pienso, envanecido, que me ha elegido porque cree que puedo ayudarlo de verdad, y no por llenar un requisito en un absurdo trabajo de grado, o porque alguien se lo ha impuesto sin ninguna otra razón.
―Bueno, profe ―dijo Ricardo distrayéndome de la lectura―. Primero le digo que somos un equipo de tres estudiantes, y este trabajo va a ser nuestra tesis de grado. También vamos a participar en un festival de documentales en Caracas y, además, lo tenemos negociado con varios canales de televisión para transmitirlo, y como le expliqué, nos gustaría su participación.
―Está bien ―le dije después de otro sorbo de café―, dame un par de semanas para estudiar el documento y si quieres le ponemos fecha de una vez a la grabación.
―En dos semanas, sábado, a las diez de la mañana, en la Casa de la Capitulación, ¿le parece?
―Está bien, Ricardo, no hay problema.
―Bueno, profe, le agradezco su disposición, de todas formas yo lo llamo unos días antes para confirmarle la cita de la grabación. Ahora me disculpa, pero tengo que ir al trabajo. Gracias por todo, profe, de verdad; nos vemos pronto, hasta luego.
―No te preocupes, Ricardo, nos vemos en dos semanas, pero antes dime, por favor, de dónde sacaron este libro.
―Un amigo sabía que estaba en la sección de libros raros de la Biblioteca Nacional y eso nos dio la idea del trabajo.
―¿Y cómo lo sabía tu amigo, disculpa que insista?
―Su mamá trabaja en esa sección de la biblioteca y lo había leído, y un día oyó que andábamos buscando un tema pa’ la tesis, y nos habló del libro. Pensamos que era interesante y, ya ve, aquí estamos, ¿por qué, profe?
―Por nada en especial, Ricardo, pura curiosidad de investigador.
Me di por satisfecho y se marchó apenado por tener tanta prisa, pero, en realidad, yo estaba feliz de quedarme solo, porque me moría por leer la copia del libro del juez Gando Bustamante, quien había llevado la causa del crimen de la Caballero. Pedí otro café, más agua y me zambullí de nuevo en la lectura.

En un paréntesis que hice, revisé el saldo de mi celular y aún tenía para una llamada, y como el doctor Luis Guillermo Hernández era de la misma operadora, podía explayarme un poco. ¿Cómo está, doctor?, le dije cuando atendió y sentí cierta incomodidad porque tenía tiempo que no lo visitaba, sobre todo desde que se había mudado, pero me brinqué el engorro de la situación y me dejé llevar por mi interés, «bien, bien», dijo él con desgano, «qué se te ofrece», doctor, le dije, estoy investigando sobre el asesinato de la Caballero, y quería saber si usted había leído el libro de Gando Bustamante, «no, Ernesto» dijo animándose un poco, pero por casualidad tengo una copia que me facilitó Morales Manzur porque unos muchachos de la URBE se la donaron al Archivo Histórico; si quieres te vienes esta tarde, que me voy a poner a leerla ahora mismo», gracias, doctor, nos vemos como a las seis que es cuando salgo de clases, ¿está bien a esa hora?, y él que sí, que estaba bien, que me esperaba.
Me acabo el otro café y pido más. La mesonera bonita, la rompecorazones, ya no está, ahora me atiende un muchacho todo vestido de negro, un patibulario, que transpiraba un olor agudo a varillitas de incienso, que tiene pircings en la nariz, en la lengua y en una de las orejas y, por si fuera poco, lleva el pelo azul y rojo, peinado a lo punk. Miro otra vez la portada de la copia y se me sale un gesto de contrariedad, el indeseable mesonero cree que es con él y me pregunta, molesto, si está malo el café; yo le digo que está bien, que no se preocupe, que estaba pensando en otra cosa. Elucubraba, como dije, en lo pendejo que he sido, porque esta copia la han sacado de la Biblioteca Nacional, de la sección de libros raros, y a mi jamás se me había ocurrido echarle un vistazo a ese sitio, por lo menos para buscar información sobre este caso, tremendo desliz para alguien que tiene tiempo metido en este negocio, y estos chamos, que no son del ramo, me han dado una lección elemental de investigación histórica y, para colmo de males, yo había visto la referencia del texto en el libro de Matos Romero, así que no tengo perdón de Dios

Es medio día y por fin terminé de leer el documento, incluyendo las ciento treinta cartas, que están anexas, de los figurones de la época que dan fe de la buena conducta del juez Gando Bustamante; y he logrado reconocer a unos pocos. Le hago una señal al mesonero patibulario y le pido el menú ejecutivo y un guayoyo sin azúcar. Pienso en todo lo que he leído y sé que tengo material, de sobra, para una novela. Decido leerlo de nuevo, pero ahora tomando notas en una libretita que tiene la portada del cuento En el lago de Adriano González León, que publicó la Católica Cecilio Acosta. Pienso: ¿Pero cómo ordeno estas anotaciones para no enredarme?, pues primero lo primero, coño, una especie de cuadro cronológico, después una ficha de cada personaje, las relaciones entre ellos, y un balance de los acontecimientos de ese año. Luego veremos.
La cronología iba tomando cuerpo, cuando me interrumpió el repulsivo mesonero patibulario para dejarme el almuerzo. Le agradecí con una sonrisa fría, más bien una mueca, y él me hizo otra igual o peor, lo que confirmó que yo le caía tan mal como él a mi. Y me pregunto: ¿por qué será que no nos rodamos? Al menos el muchacho no se me parece a la Patri, y si lo medito, tampoco me ha hecho nada malo. ¿Será que sólo lo he juzgado por su apariencia y él lo sospecha, lo sabe? Si es así, el carajo lo que está es a la defensiva, evitando que lo agreda de alguna forma, y todo por ser distinto a mi. Seguramente tiene que calarse humillaciones todo el bendito día, y eso debe mantenerlo arrecho porque, la verdad, con esa pinta es imposible que pase desapercibido, pero bueno, si es lo que quiere, hay que respetárselo, y si pa’ remate va a seguir aquí de mesonero, pues es mejor que saquemos las banderitas blancas. Ahora, la vaina es quién la saca de primero ―me río y digo―: ya veremos. Finalmente engullí la comida y salí esmollejado a la facultad a dar mi clase de la dos y cinco, en un salón repleto de muchachos y sin aire acondicionado. Y sin aumento de sueldo desde hace cinco años. Ya esto no es un trabajo, sino un sacerdocio, una inmolación por amor a la juventud, a la vida y para mantener la pax deorum a como de lugar

Maracaibo, setiembre 26 de 1891
Heraclio Ramos prendió un tabaco y se paró en la puerta de la Estación de Policía. Los quince toques de campana de la hora de queda ya habían retumbado. El teatro Baralt quedó íngrimo después de la presentación del grupo Los tres bemoles, unos locuaces instrumentistas de botellas, copas y macarrones. Estaba tomándose su tiempo antes de salir de ronda con los gendarmes. La verdad, manguareaba para darles unos minutos extras a los fiesteros, a fin de cuenta era sábado y eso de andar de aguafiestas, de rompegrupo, cortándole la diversión a los demás, no era muy agradable que se diga, pero bueno, desde que lo nombraron Jefe Civil del Distrito no le quedó más remedio que hacer ese papelón.
Soltó una bocanada de humo y le pareció ver que de la casa contigua al Palacio de Gobierno, salió un coche a toda prisa. A pesar de lo cerca que estaba, a unas veinte varas, no pudo ver al auriga que lo llevaba. Refunfuñó para sus adentros, a esa hora nadie debería andar por la calle, pero quizás el conductor o el pasajero era el señor Juez Superior de la Corte Suprema de Justicia del Estado Zulia, o alguno de sus familiares o amigos, así que estaba de más intentar detenerlo. Sin embargo, concluyó molesto y aliviado, que si las autoridades no daban el ejemplo, cómo se podía reclamar después a los mortales, a los vasallos. Soltó una bocanada más grande y los ojos le centellaron. Ahora pensaba que no había visto salir a Josefa Caballero de la casa del señor Juez Superior, don Jorge Valbuena. La vio llegar a la hora del Santo Rosario, mas no se percató de su salida a la hora de la seña de los rezos por las pobres almas aboyadas en el purgatorio. Para eso era que se plantaba allí horas y horas, coño, esa muchacha lo traía de rollete hacía unos cuantos meses, desde que la vio por primera vez, el día que le notificaron la muerte del niño Garbiras, el nietecito del señor Juez que venía enfermo de tiempo atrás y que Josefa cuidaba como si fuera su madre, es verdad que le pagaban por hacerlo, pero quiso al bebecito desde que se lo confiaron, y como ella siempre había deseado un hijo, pues se le dio que aquello era como un ensayo, una prueba para saber qué tan buena madre podría ser en un futuro ojalá que no muy lejano, pensaba mientras cargaba al muchachito para dormirlo, con paciencia, porque la tos lo traía muy mal. El caso fue que la hora de rogar por las ánimas atascadas en el purgatorio pasó volando, y el señor Jefe Civil del Distrito no la vio salir. Se consternó por su descuido, «te me fuiste, Josefa, y no te vi pasar, será mañana», pensó, apesadumbrado, despechado.

El carruaje giró a la derecha y pasó frente al teatro Baralt, en dirección a San Juan de Dios. Iba rápido, para librarse del alcance de las farolas eléctricas. Las dos yeguas que arrastraban el carruaje, sintiendo el acoso del látigo, relinchaban furiosas porque las obligaban a galopar tan fuerte como le dieran las patas, pero el ruido de las ruedas, primero sobre los adoquines, luego sobre la tierra petrificada, era insoportable para sus pasajeros y delataba su presencia por donde pasaban.

Apretó los ojos y chupó el tabaco con todas sus ganas. Imaginó a Josefa frente a él vestida de blanco, su piel morena y firme, dura, lisa. Sus ojos asiáticos y negros, tan negros como su cabello abundante, largo, lacio, maniáticamente peinado y brillante.

Las bestias relincharon, sincronizadas, bajo los zurriagazos del atolondrado conductor. Las ruedas del carruaje saltaron, aparatosamente, encima de una piedra que los sorprendió medio a medio de la polvorienta calle. En el interior del coche, tanto el pasajero como la incómoda carga, quedaron suspendidos en el aire unos segundos antes de estrellarse contra el cojín y el piso. En adelante, el camino fue pedregoso y hacía temblar el carruaje con la fuerza de un terremoto. Pero el pasajero no podía chistar, él mismo había dado la orden de ir lo más rápido posible.
Esa vez que Josefa se posó en su cara, recuerda el Jefe Ramos, entre la humazón del tabaco, era cuatro de setiembre, apenas veintidós días atrás, pero ya le parecía una eternidad. Estaban en el teatro Baralt, la compañía de Enrique Terradas daba Los pobres de Madrid y Los huérfanos de Barcelona. Josefa estaba cuchichando con la joven María Luisa Losada, ¿de qué?, pues sabrán Dios y ellas. Ahí las vio él, alegres, risueñas, hermosas e indiferentes hacia él, como si no existiera. Fue María Luisa quien le echó una mirada furtiva o, al menos a él le pareció así; pero Josefa nada que ver con él. Entonces, cogió aire, se les acercó y las saludó con su galantería otoñal. Ella le sonrió por mera educación y la grabó en su mente como si fuera un lienzo de grandes dimensiones, «Heraclio Ramos, señorita, para servirle», le dijo haciendo una reverencia, «¿no me recuerda, verdad?» añadió para prolongar unos segundos la agonía del abordaje, «soy el Jefe Civil del Distrito, nos conocimos el día que me notificaron la muerte del niño de don Felipe Garbiras». El rostro de Josefa se ensombreció y Ramos supo, con amargura, que había metido la pata hasta el fondo: «disculpe por recordarle un momento tan triste, con su permiso señorita», dijo con torpeza y congestionado por la vergüenza, hizo otra reverencia, ahora mecánica, atropellada y salió del teatro maldiciendo tanta estupidez y malos modales.


A pesar de lo escondida que está, no me costó mucho dar con la nueva casa del doctor Hernández. Un poco rara para ser sincero. La entrada, por ejemplo, parece un castillo medieval, porque hay que cruzar un puentecito de tablas para llegar a la puerta de la cerca. Supuse que aguantaba el peso de la camioneta porque vi el Dart del doctor en el garage, pero tuve mis dudas, así que resolví dejar la camioneta en la acera de en frente, rogándole al Sagrado Corazón conseguirla al salir. Me recibió el sobrino y me llevó hasta el estudio.
―¿Cómo se siente, doctor? ―le dije tratando de lucir afable. Y él, con los lentes puestos, de franelilla y una toalla a la cintura, haciéndole de falda escocesa o hawayana, me dijo que a pesar de todo, bien, porque lo iban a operar de los ojos y luego de la próstata. Me pidió que me sentara delante del escritorio y me preguntó qué cuáles eran mis impresiones del texto de Gando Bustamante.
―Le digo, doctor, que antes de hacerme cualquier conclusión, me gustaría leer el expediente. De hecho, cuando estuve en la Facultad, le pedí al profesor Francisco Mangano, que vive de cabeza en el Archivo Histórico y en el Registro Principal, que lo ubicara. No debe ser muy difícil porque, según Gando Bustamante, es muy voluminoso.
―No lo vas a conseguir ―me dijo con una seguridad aplastante.
―¿Está seguro? ­―lo interrumpí empezando a sentirme contrariado.
―Sí, Ernesto. En mil novecientos sesenta y siete, el doctor Matos Romero removió cielo, tierra y mar pa’ conseguirlo y no logró nada, pero ni siquiera un parte de novedades que mencionara el caso. Lo que se piensa es que el expediente fue sustraído del Archivo Criminal del Estado, como se llamaba originalmente.
―¿Y no habrá algún registro que indique quién lo “prestó”?
―Ni que fueran pendejos, Ernesto.
―Supongo que sospechamos de la misma persona, ¿no? ―le dije a ver qué me decía, pero no hizo ningún comentario, así que proseguí―. ¿Y en serio que Matos Romero no averiguó nada?
―Apenas recuerdo algunas cosas. Manuel estaba obsesionado con ese caso, y se gastó una buena plata pagando auxiliares que lo ayudaran a buscar en el Archivo Histórico y en el Registro Principal, que en aquellos días no era nada fácil porque no estaban tan ordenados como ahora, era cosa de locos meterse ahí, pero al final no sacó nada. Pero te voy a decir, Ernesto, que pa’ mi Manuel sí encontró algo, pero por alguna razón que desconozco, prefirió dejarlo como estaba…
―¿Por qué cree eso, doctor? ―lo interrumpí, aunque ya estaba dispuesto a comentar sus sospechas.
―Te digo esto, Ernesto, porque Manuel pudo conversar, en 1931, con un señor de apellido Alaña, que se decía muy amigo de Crespo, que fue el cochero que anduvo ese día, y parece que otros más, con Gando Bustamante, ¿recuerdas a Crespo, ¿no?, lo menciona el libro del juez.
―¡Claro! ―le respondí con los pelos de punta, y con una agilidad inédita en matemática, porque saqué cuentas volando: de 1891 a 1931 solo hay cuarenta años, así que es perfectamente posible ese encuentro, además, el doctor Manuel Matos Romero es un hombre conocido por su vocación de cronista y de una cultura bastante sólida, lo cual significa que es una fuente a la que se puede dar crédito, aunque esto no quiere decir que sea infalible, pero por lo menos sirve de referencia.
―Bueno, entiendo que esa conversación fue en el bufete del abogado Ramiro Parra, en la calle Carabobo, y desde esa fecha Manuel se dedicó, infructuosamente, a buscar más información, pero como ves, él afirmó que no consiguió nada. Y te digo que la versión de ese cochero coincide con la de Gando Bustamante, claro, es lógico que sea así, porque Crespo lo escuchó fue a él.
―Vamos, doctor, usted debe saber más ―le dije cuando hizo silencio. Se le veía en los ojos que los pensamientos le hervían en la cabeza. Me miró, quizás molesto, y se paró. Le dio por acomodar unos libros que estaban regados por el estudio. Yo sabía que si insistía podía conseguir que hablara, así que volví a preguntarle, como quien no quiere la cosa, disfrazando las dudas, simulando que pensaba en voz alta con la intención de que él agregara o corrigiera mis cavilaciones:
―Matos Romero comienza a investigar en 1931, recién llegado de Italia. Viene con ínfulas de ser un hombre de mundo, culto, y tiene apenas veinticinco años, ¿no? ―el doctor Luis Guillermo asiente con la cabeza, en silencio, mientras acomoda libros en los entrepaños de la biblioteca, y sin dejar de mirarme de soslayo―, pero también quiere que se le reconozca como escritor, historiador, antropólogo, etcétera, etcétera, y ve que el caso de la Caballero, que es uno de los mitos de la ciudad, se presta para sus fines. Comienza a investigar hasta que averigua algo que lo paraliza, o alguien que lo detiene, no sé ―el doctor Luis Guillermo asiente de nuevo, sin decir nada, los libros se han acabado y ahora no tiene qué hacer con las manos, se sienta en un sillón un poco desvencijado y hace un gesto con el que entiendo que va a seguir escuchándome―. ¿Qué debo buscar, entonces? ―le pregunto, la frase me sale áspera, violenta, y él no tiene ninguna posibilidad de evadirme, yo lo siento así, él lo sabe y lo acepta a regañadientes―. Por lo que usted me ha contado otras veces de Matos Romero, pienso que es del tipo de hombres que no se amilana por amenazas, tampoco es de los que se les puede sobornar, tiene que ser algo muy por encima de él, que escapaba a su control, doctor, ¿pero qué? ―dije poniéndome de pie, rascándome la coronilla. Tomé un ejemplar del Diccionario General del Zulia y busqué la ficha de Matos Romero, Manuel. La voy leyendo arrastrando el dedo índice de línea en línea, mientras el doctor Luis Guillermo espera con desazón. Me detengo, de improviso, y leo en voz alta―: Maestro masón, caballero Rosa Cruz y caballero Kadosch de la Orden Francmasónica Universal, iniciado en 1926 en la Logia Carabobo 69 de Maracaibo y Miembro Fundador de la Sociedad Espirita de Maracaibo en 1923 ―miro al doctor aguardando cualquier señal que me indique si la cosa es por ahí, pero está inmutable, como si no fuera con él. De pronto, hace una mueca con la boca, me mira, se para y vuelve al escritorio. Yo me siento otra vez frente a él, sigo esperando, tengo un pálpito gigantesco, mollejúo, y ahora sí tengo la certeza de que va a soltar prenda…
―El doctor Jorge Valbuena también fue masón ―disparó a quemarropa y añadió―: Es todo lo que te voy a decir, Ernesto, porque eres capaz de publicar cualquier disparate que se te ocurra, y aprovecho pa’ decírtelo de una vez, porque la verdad es que eso siempre me ha preocupado, hacéis especulaciones muy atrevidas sin poder demostrarlo, sin documentos…
―¿Y usted cree, doctor, que la verdad la van a escribir en un documento? Si de algo estoy seguro, es que la mayoría de los documentos, pa’ no decir que todos, mienten, dígame sin son políticos o judiciales. Estamos construyendo nuestra historia guiándonos por documentos y no por el sentido común, que es, en mi humilde criterio, más importante, pero es que ni siquiera practican la crítica histórica, que es, supuestamente, el método de los historiadores. Qué va, doctor, los documentos son elegidos según convengan. Mire, si usted quiere encontrar la verdad, pues no tiene más remedio que la especulación, la intuición, quien piense que puede demostrar un hecho histórico está jodío de la cabeza. Yo voy a intentar explicar lo que pasó, pero no me pida que lo demuestre, coño, porque esa vaina es imposible, eso sería regresar a un positivismo primitivo, de la época de Comte, por lo menos…
―Yo sé que es así, Ernesto; no se trata de eso nada más; es que tú usas hasta los nombres verdaderos y, bueno, terminas hiriendo susceptibilidades.
―Si se trata de decir la “verdad”, no voy a comenzar por cambiar los nombres, esa vaina le quita sabor al guiso, doctor, y la gente termina por no entender un carajo y uno pierde el esfuerzo.
―Si vas a usar los nombres reales en el relato de la Caballero tienes que tener mucho cuidado, al menos en la manera en que vas a decir las cosas; en todo caso, remite todas las acusaciones a Gando Bustamante, como él hace los señalamientos en su libro, bueno, ahí tienes el documento que te respalda ―insistió el doctor Luis Guillermo, pero yo estaba pensando en lo que acababa de leer en su diccionario.
―Sabe, doctor, estoy pensando en que Matos Romero pudo conocer al doctor Valbuena, a lo mejor estaba muy anciano, o quizás había muerto hacía poco, o simplemente los masones protegieron la memoria de uno de sus miembros. Y Valbuena debió ser muy importante, para ellos, dada su fortuna y su condición de Juez de la Corte Suprema. Oiga, doctor, este asunto de los masones me ha hecho recordar una entrevista que le hice a un viejito de la calle Pichincha, que fue vecino de Agustín Baralt, el periodista que asesinaron en 1939, ¿se acuerda? ―tambien le pregunté al doctor Luis Guillermo si conocía al profesor Antonio Soto, testigo de ese encuentro, acoté de pronto, y me dijo que sí―, bien, este viejito, le digo, me dejó entumecido. Cuenta que en el velorio de Agustín Baralt, y en los días del novenario, este viejito era un niño entonces, escuchó que los mayores, los allegados al difunto, sospechaban que el asesino era el doctor Jesús Enrique Lossada porque eran furibundos enemigos. Baralt estaba ligado a los curas y a la derecha, y Lossada era anticlerical, de izquierda y masón y, por esos días, Agustín Baralt acaba de descubrir que Lossada era hijo de un cura, porque muy poca gente lo sabía entonces, y eso, pensaba Baralt, explicaba la aversión a las sotanas, así que lo publicó en su diario El Debate, pero al tiempo lo mataron y como Lossada era masón, además, pues a éstos lo relacionó la gente con el crimen. Ahora, doctor, cómo pruebo una verga así, ¿me entiende? Sencillamente no se puede, pero por Dios, no nos vamos a callar una cosa semejante.
―¿Vas a culpar a los masones? ¿Y si te linchan? ―dijo con una risita irónica.
―La verdad, no me interesa mucho, pero podemos sopesar la posibilidad de algún tipo de explicación esotérica, religiosa, los masones le meten a eso, ¿no?
―¿Qué estás pensando exactamente?
―A la Caballero le dieron siete puñaladas, entre la señas del Santo Rosario y las rogativas por las ánimas del purgatorio, doctor. En la práctica se puede decir que la desangraron, pudo tratarse de cierto ritual sangriento, ¿qué piensa usted?
―¿Qué tratas de decir? ¿Qué Valbuena era un vampiro?, que bebía y se bañaba en la sangre de mujeres vírgenes como la condesa Erzsébet Báthory para mantenerse joven, ¿no te parece muy jalado por los pelos?
―No ―le dije sonriendo―. Es sólo una posibilidad.

domingo, 2 de agosto de 2009

Milan Kundera. Autor de La Insoportable Levedad del Ser




Novelista checo. Nació en Brno, estudió en el Carolinum de Praga y dio clases de historia del cine en la Academia de Música y Arte Dramático desde 1959 a 1969, y posteriormente en el Instituto de Estudios Cinematográficos de Praga. También trabajó como jornalero y músico de jazz. Sus primeras novelas, entre las que se encuentran La broma (1967), El libro de los amores ridículos (1970) y La vida está en otra parte (1973), atacan con ironía al modelo de sociedad comunista. Tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, perdió su trabajo y sus obras fueron prohibidas. En 1975, consiguió emigrar a Francia, donde enseñó literatura comparada en la Universidad de Rennes (1975-1980), y más tarde en la École des Hautes Études de Paris. Entre sus obras posteriores cabe citar El libro de la risa y el olvido (1981) —unas memorias que provocaron la revocación de su ciudadanía checa—, y dos novelas, La insoportable levedad del ser (1984) e Inmortalidad (1991). La primera excelente relato de una historia de amor en medio de la represión y la burocracia, fue llevada al cine con éxito y se ha convertido en un texto clave de la historia de la disidencia en el este de Europa, situando a su autor entre los principales escritores del continente. Otras obras suyas son, La despedida (1975), Jacques y su amo (1981), El arte de la novela (1986), La lentitud (1994), Los testamentos traicionados (1995) y La identidad (1996).

La Insoportable Levedad del Ser. Por Milan Kundera

1
La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?
El mito del eterno retorno viene a decir, per negatio-nem, que una vida que desaparece de una vez para siem­pre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros.
¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africa­nos si se repite incontables veces en un eterno retorno?
Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable.
Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eterna­mente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una di­ferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses.
Digamos, por tanto, que la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas apare­cen de un modo distinto a como las conocemos: apare­cen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la ma­gia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina.
No hace mucho me sorprendí a mí mismo con una sensación increíble: estaba hojeando un libro sobre Hit-ler y al ver algunas de las fotografías me emocioné: me habían recordado el tiempo de mi infancia; la viví du­rante la guerra; algunos de mis parientes murieron en los campos de concentración de Hitler; ¿pero qué era su muerte en comparación con el hecho de que las fotogra­fías de Hitler me habían recordado un tiempo pasado de mi vida, un tiempo que no volverá?
Esta reconciliación con Hitler demuestra la profunda perversión moral que va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tan­to, todo cínicamente permitido.


2
Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el mo­tivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno re­torno la carga más pesada (das schwerste Gewicht).
Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, en­tonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la le­vedad?
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.
Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele ha­cia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan li­bres como insignificantes.
Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la leve­dad?
Este fue el interrogante que se planteó Parménides en el siglo sexto antes de Cristo. A su juicio todo el mundo estaba dividido en principios contradictorios: luz-os-curidad; sutil-tosco; calor-frío; ser-no ser. Uno de los polos de la contradicción era, según él, positivo (la luz, el calor, lo fino, el ser), el otro negativo. Semejante divi­sión entre polos positivos y negativos puede parecemos puerilmente simple. Con una excepción: ¿qué es lo posi­tivo, el peso o la levedad?
Parménides respondió: la levedad es positiva, el peso es negativo.
¿Tenía razón o no? Es una incógnita. Sólo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones.


3
Pienso en Tomás desde hace años, pero no había lo­grado verlo con claridad hasta que me lo iluminó esta reflexión. Lo vi de pie junto a la ventana de su piso, mi­rando a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente, sin saber qué debe hacer.
Se encontró por primera vez a Teresa hace unas tres semanas en una pequeña ciudad checa. Pasaron juntos apenas una hora. Lo acompañó a la estación y esperó junto a él hasta que tomó el tren. Diez días más tarde vino a verle a Praga. Hicieron el amor ese mismo día. Por la noche le dio fiebre y se quedó toda una semana con gripe en su casa.
Sintió entonces un inexplicable amor por una chica casi desconocida; le pareció un niño al que alguien hu­biera colocado en un cesto untado con pez y lo hubiera mandado río abajo para que Tomás lo recogiese a la ori­lla de su cama.
Teresa se quedó en su casa una semana, hasta que sanó, y luego regresó a su ciudad, a unos doscientos ki­lómetros de Praga. Y entonces llegó ese momento del que he hablado y que me parece la llave para entrar en la vida de Tomás: está junto a la ventana, mira a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente y piensa:
¿Debe invitarla a venir a vivir a Praga? Le daba miedo semejante responsabilidad. Si la invitase ahora, vendría junto a él a ofrecerle toda su vida.
¿O ya no debe dar señales de vida? Eso significaría que Teresa seguiría siendo camarera en un restaurante de una ciudad perdida y que él ya no la vería nunca más.
¿Quería que ella viniera a verle, o no quería?
Miraba a través del patio hacia la pared de enfrente y buscaba una respuesta.
Se acordaba una y otra vez de cuando estaba acostada en su cama: no le recordaba a nadie de su vida anterior. No era ni una amante ni una esposa. Era un niño al que había sacado de un cesto untado de pez y había colocado en la orilla de su cama. Ella se durmió. El se arrodilló a su lado. Su respiración afiebrada se aceleró y se oyó un débil gemido. Apretó su cara contra la de ella y le susu­rró mientras dormía palabras tranquilizadoras. Al cabo de un rato sintió que su respiración se serenaba y que la cara de ella ascendía instintivamente hacia la suya. Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiró como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuer­po. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba mu­chos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación de que no podría sobrevi­vir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.
Ahora estaba junto a la ventana e invocaba ese mo­mento. ¿Qué podía ser sino el amor que había llegado de ese modo para que él lo reconociese?
Pero ¿era amor? La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada: ¡era la segunda vez que la veía en la vida! ¿No se trataba más bien de la histeria de un hombre que en lo más profun­do de su alma ha tomado conciencia de su incapacidad de amar y que por eso mismo empieza a fingir amor ante sí mismo? ¡Y su subconsciente era tan cobarde que había elegido para esa comedia precisamente a una po­bre camarera de una ciudad perdida, que no tenía prácti­camente la menor posibilidad de entrar a formar parte de su vida!
Miraba a través del patio la sucia pared y se daba cuenta de que no sabía si se trataba de histeria o de amor.
Y le dio pena que, en una situación como aquélla, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inme­diatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento más hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte).
Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera qué quería:
El hombre nunca puede saber qué debe querer, por­que vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.
¿ Es mejor estar con Teresa o quedarse solo ?
No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación al­guna. El hombre lo vive todo a la primera y sin prepara­ción. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la pa­labra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
«Einmal ist keinmal», repite Tomás para sí el prover­bio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.


4
Pero luego, un día, en un descanso entre dos opera­ciones, la enfermera le avisó que le llamaban al teléfono. En el auricular oyó la voz de. Teresa. Le llamaba desde la estación. Se alegró. Era una lástima que para esa mis­ma noche ya hubiera quedado en ir a visitar a unos ami­gos, de modo que la invitó a venir a su casa al día siguiente. En cuanto colgó se arrepintió de no haberle di­cho que viniera en seguida. ¡Si aún tenía tiempo de apla­zar la visita! Se puso a pensar en qué podría hacer Teresa en Praga teniendo que esperar nada menos que treinta y seis horas hasta verlo, y le dieron ganas de coger el co­che e ir a buscarla por las calles de la ciudad.
Llegó al día siguiente al anochecer, llevaba un bolso colgado del hombro con una correa larga y le pareció más elegante que la otra vez. Tenía en la mano un libro grueso. Era Ana Karenina de Tolstoi. Su comportamien­to era alegre, incluso un tanto ruidoso, y trataba de que pareciera que había ido a verle por casualidad, gracias a una feliz coincidencia: estaba en Praga por motivos de trabajo o quizá (sus explicaciones eran muy confusas) para ver si encontraba un trabajo.
Estaban acostados, más tarde, desnudos y fatigados, los dos juntos en la cama. Era ya de noche. El le pre­guntó dónde se alojaba, para llevarla en coche. Le res­pondió tímidamente que todavía no había buscado hotel y que la maleta la tenía en la consigna de la estación.
Ayer mismo había tenido miedo de que, si la invitaba a visitarle en Praga, viniera a ofrecerle toda su vida. Cuando ahora le dijo que tenía la maleta en la consigna, se dio cuenta de inmediato de que en esa maleta estaba toda la vida de ella y de que la había dejado momentá­neamente en la estación antes de ofrecérsela.
Cogió el coche que estaba aparcado delante del edifi­cio, fue hasta la estación, recogió la maleta (era grande y enormemente pesada) y regresó a casa, con la maleta y con ella.
¿Cómo es posible que se decidiera con tanta rapidez cuando había estado casi catorce días dudando y sin ser capaz de enviarle ni siquiera una postal con un saludo?
El mismo estaba sorprendido. Estaba actuando en contra de sus principios. Hace diez años se divorció de su primera mujer y vivió el divorcio con el ánimo festi­vo con que otros celebran su boda. Se daba cuenta de que no había nacido para convivir con una mujer y de que sólo podía encontrarse plenamente a sí mismo viviendo como un solterón. Puso todo su empeño en organizarse tal sistema de vida que nunca pudiera ya en­trar en su casa una mujer con su maleta. Ese era el mo­tivo por el cual no tenía en su casa más que una cama. A pesar de que era una cama bastante ancha, Tomás les decía a todas sus amantes que era incapaz de dormir si compartía la cama con alguien y las llevaba a todas a medianoche a sus casas. Por lo demás, la primera vez que Teresa se quedó en su casa con la gripe, nunca dur­mió con ella. La primera noche él la pasó en un sofá grande y la noche siguiente se marchó al hospital, donde tenía su despacho y en él una camilla que utilizaba du­rante las guardias.
Pero esta vez se durmió a su lado. Por la mañana se despertó y comprobó que Teresa, que aún dormía, lo te­nía cogido de la mano. ¿Habrían estado así durante toda la noche? Le parecía difícil creerlo.
Ella respiraba profundamente entre sueños, apretaba su mano (con fuerza, no fue capaz de lograr que se la soltara), y la maleta enormemente pesada estaba a su lado, junto a la cama.
Temía intentar que le soltara la mano, por no desper­tarla, y con mucho cuidado se dio media vuelta hasta apoyarse en un costado para poder observarla mejor.
Volvió a imaginar que Teresa era un niño al que al­guien había colocado en un cesto untado con pez y lo había mandado río abajo. ¡ No se puede dejar que un ces­to con un niño dentro navegue por un río embravecido! ¡Si la hija del faraón no hubiera rescatado de las olas el cesto del pequeño Moisés, no hubiera existido el Anti­guo Testamento ni toda nuestra civilización! Hay tantos mitos que comienzan con alguien que salva a un niño abandonado. ¡Si Pólibo no se hubiera hecho cargo del pequeño Edipo, Sófocles no hubiera escrito su más bella tragedia!

Tomás no se daba cuenta en aquella ocasión de que las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora.


5
Vivió apenas dos años con su primera mujer y conci­bió con ella un hijo. Cuando tramitaron el divorcio, el juez otorgó el niño a la madre y condenó a Tomás a pa­gar por él un tercio de su sueldo. Al mismo tiempo le garantizó que tendría derecho a ver al niño un domingo de cada dos.
Pero cada vez que tenía que ver a su hijo, la madre inventaba alguna excusa. Si les hubiera llevado costosos regalos, seguramente habría habido menos obstáculos para los encuentros. Comprendió que tenía que pagarle a la madre, y pagarle por anticipado, por el cariño del hijo. Se imaginó cómo iba a pretender quijotescamente inculcar en el futuro al hijo sus opiniones, que eran dia-metralmente opuestas a las de la madre. Ya se sentía cansado de antemano. Un domingo, cuando la madre volvió a anular en el último momento una cita con su hijo, decidió de repente que ya no quería volver a verle nunca en la vida.
Además ¿por qué iba a tener que sentir por este niño, al que no lo unía nada más que una noche imprudente, algo más que por otra persona cualquiera? ¡Pagará pun­tualmente lo que le corresponda, pero que nadie le pida que luche por el derecho a su hijo en nombre de quién sabe qué sentimientos paternales!
Por supuesto que nadie estuvo de acuerdo con seme­jante postura. Sus propios padres condenaron su actitud y dijeron que, si Tomás se negaba a interesarse por su hijo, ellos harían lo propio con el suyo. Mantuvieron en cambio excelentes relaciones con la nuera, jactándose ante los amigos de su comportamiento ejemplar y de su sentido de la justicia.
De ese modo consiguió librarse en poco tiempo de su mujer, su hijo, su madre y su padre. Lo único que le quedó de todos ellos fue el miedo a las mujeres. Las de­seaba, pero les tenía miedo. Entre el miedo y el deseo no tenía más remedio que buscar una especie de com­promiso; lo denominaba «amistad erótica». A sus aman­tes les decía: sólo una relación no sentimental, en la que uno no reivindique la vida y la libertad del otro, puede hacer felices a los dos.
Quería tener la seguridad de que la amistad erótica nunca llegaría a convertirse en la agresividad del amor, y por eso mantenía largas pausas entre los encuentros con cada una de sus amantes. Estaba convencido de que éste era un método perfecto y lo propagaba entre sus amigos: «Hay que mantener la regla del número tres. Es posible ver a una mujer varias veces seguidas, pero en tal caso no más de tres veces. También es posible man­tener una relación durante años, pero con la condición de que entre cada encuentro pasen al menos tres semanas».
Este sistema le daba a Tomás la posibilidad de no se­pararse de sus amantes permanentes, teniendo al mismo tiempo una considerable cantidad de amantes pasajeras. No siempre encontraba comprensión. La que mejor le entendía de todas sus amigas era Sabina. Era una pinto­ra. Le decía: «Te quiero porque eres el polo opuesto al kitsch. En el reino del kitsch serías un monstruo. No hay ninguna película rusa o americana en la que pudie­ras existir más que como ejemplo de maldad».
A ella acudió cuando necesitó encontrar un empleo en Praga para Teresa. Tal como lo exigían las reglas tá­citas de la amistad erótica, Sabina le prometió que ha­ría lo posible y, en efecto, pronto encontró un puesto en el laboratorio fotográfico de un semanario. El puesto no requería preparación especial, sin embargo elevó a
Teresa del status de camarera al del gremio de la prensa. Ella misma acompañó a Teresa a la redacción, mientras Tomás decía para sus adentros que jamás había tenido una amiga mejor que Sabina.



6
El acuerdo tácito sobre la amistad erótica presupo­nía que Tomás dejaba el amor fuera de su vida. En cuanto incumpliese esta condición, sus demás amantes se encontrarían en una posición secundaria y se rebela­rían.
Por eso buscó para Teresa un piso de alquiler al que ella tuvo que llevar su pesada maleta. Quería velar por ella, defenderla, disfrutar de su presencia, pero no sen­tía necesidad de cambiar su estilo de vida. Por eso no quería que se supiera que Teresa dormía en su casa. Dormir juntos era, en realidad, el corpus delicti del amor.
Nunca dormía con las demás amantes. Cuando iba a verlas a sus casas, la cuestión era sencilla, podía irse cuando quería. Peor era cuando ellas estaban en casa de él y había que explicarles que a medianoche debía llevar­las a sus casas porque tenía problemas de insomnio y era incapaz de dormir en la inmediata proximidad de otra persona. Aquello no estaba muy lejos de la verdad, pero la causa principal era peor y no se atrevía a contársela: en el mismo momento en que terminaba el acto amoro­so sentía un deseo insuperable de quedarse solo; desper­tarse en medio de la noche junto a una persona extraña le desagradaba; levantarse por la mañana junto con al­guien le producía rechazo; no tenía ganas de que nadie oyese cómo se limpiaba los dientes en el cuarto de baño y la intimidad del desayuno para dos no le atraía.
Por eso se sorprendió tanto cuando se despertó y Te­resa cogía con fuerza su mano. La miraba y no podía entender qué había pasado. Se acordaba de las horas que acababan de pasar y le parecía que de ellas se desprendía el perfume de quién sabe qué felicidad desconocida.
Desde entonces los dos disfrutaban durmiendo jun­tos. Diría casi que el objetivo del acto amoroso no era para ellos el placer sino el sueño que venía después de aquél. Ella, en particular, no podía dormir sin él. Cuan­do alguna vez se quedaba sola en su piso alquilado (que iba convirtiéndose cada vez más en una simple tapade­ra), no podía conciliar el sueño en toda la noche. En sus brazos se dormía por más excitada que estuviera. El le susurraba al oído historias que inventaba para ella, cosas sin sentido, palabras que repetía monótonamente, con­soladoras o chistosas. Aquellas palabras se convertían en visiones confusas que la transportaban hasta el primer sueño. Tenía el sueño de ella totalmente en su poder y ella se dormía en el instante que él elegía.
Cuando dormían, se aferraba a él como la primera noche: se cogía con fuerza de su muñeca, de su dedo, de su tobillo. Si quería alejarse sin despertarla, debía utilizar algún truco. Liberaba el dedo (la muñeca, el tobillo) de su encierro, lo cual siempre la despertaba a medias, por­que ni aun dormida dejaba de vigilar atentamente lo que él hacía. Se calmaba cuando en lugar de su muñeca po­nía en su mano algún objeto (un pijama retorcido, un zapato, un libro) que ella luego apretaba firmemente como si fuera parte del cuerpo de él.
Una vez, mientras la adormecía y ella no había pasa­do aún de la primera antesala del sueño, de modo que todavía era capaz de responder a sus preguntas, le dijo: «Bueno. Yo ahora me voy». «¿Adonde?», le preguntó. «Me voy», dijo con voz severa. «¡Voy contigo!», dijo y se incorporó. «No, no puedes. Me voy para siempre», dijo y salió de la habitación al vestíbulo. Ella se levantó y con los ojos entrecerrados fue tras él. No llevaba más
que un camisón corto, sin nada debajo. Su cara perma­necía impasible, inexpresiva, pero sus movimientos eran enérgicos. El salió del vestíbulo al pasillo (el pasillo co­mún del edificio) y cerró la puerta. Ella la abrió brusca­mente y fue tras él, convencida en su sueño de que que­ría irse para siempre y de que debía detenerlo. El bajó las escaleras hasta el primer descansillo y allí la esperó. Ella llegó hasta él, lo cogió de la mano y se lo llevó de regreso a la cama.
Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dor­mir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias. El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se pro­duce en relación con una única mujer).



7
En medio de la noche empezó a gemir en sueños. To­más la despertó, pero al ver su cara le dijo con odio: «¡Vete! ¡Vete!». Después le contó lo que había soñado: estaban en algún lugar juntos ellos dos y Sabina. Entra­ron en una habitación grande. En medio había una cama, como en un escenario de teatro. Tomás le ordenó que se quedara de pie en un rincón y después, delante de ella, hizo el amor con Sabina. Esa visión le producía un dolor que no podía soportar. Quería interrumpir el dolor del alma mediante el dolor del cuerpo y se metía agujas en las uñas. «Dolía tanto», decía, y mantenía los puños ce­rrados como si los dedos estuvieran heridos de verdad.
La abrazó y ella lentamente (aún estuvo mucho tiem­po temblando) fue durmiéndose en sus brazos.
Cuando, al día siguiente, volvió a pensar en aquel
sueño, recordó algo. Abrió el cajón del escritorio y sacó un paquete de cartas que le había enviado Sabina. Pron­to encontró el siguiente párrafo: «Quisiera hacer el amor contigo en mi estudio, como en un escenario. Al­rededor habría gente y no podrían acercarse ni un paso. Pero no podrían quitarnos los ojos de encima...».
Lo peor era que la carta llevaba fecha. Era reciente, de una época en la que hacía tiempo ya que Teresa vivía en casa de Tomás.
«¡Has estado revolviendo mis cartas!», le espetó.
No lo negó y dijo: «¡Entonces échame!».
Pero no la echó. Tenía la imagen de ella ante los ojos, pegada a la pared del estudio de Sabina, clavándose agu­jas bajo las uñas. Cogió sus dedos, los acarició, se los lle­vó a los labios y los besó como si aún hubiera en ellos huellas de sangre.
Pero a partir de entonces fue como si todo se aliara en contra suya. Casi todos los días ella se enteraba de al­gún detalle de la vida amorosa secreta de él.
Al principio él lo había negado todo. Cuando las pruebas se hicieron demasiado evidentes, procuró de­mostrar que su poligamia no era en nada contradictoria con su amor por ella. No era consecuente: a ratos nega­ba sus infidelidades y a ratos volvía a justificarlas.
Una vez llamó a una mujer para quedar con ella. Al terminar la conversación oyó un extraño sonido que ve­nía de la habitación contigua, como un sonoro castañe­teo de dientes.
Por casualidad, ella había ido a su casa sin que él lo advirtiese. Llevaba en la mano un frasco de calmante, se lo estaba bebiendo y el temblor de la mano hacía que el cristal le golpeara los dientes.
Se lanzó hacia ella como si la salvara de un naufragio. El frasco con la valeriana cayó al suelo y estropeó la al­fombra. Ella se resistió, quería soltarse, y él tuvo que mantenerla abrazada durante un cuarto de hora como con una camisa de fuerza antes de conseguir calmarla.
Sabía que la situación en la que se encontraba no te­nía justificación posible, porque se asentaba en una ab­soluta desigualdad.
Antes de que ella descubriera su correspondencia con Sabina habían estado con un grupo de amigos en un bar. Celebraban el nuevo empleo de Teresa. Había deja­do el laboratorio y se había convertido en fotógrafa del semanario. Como a él no le gustaba bailar, un joven co­lega se hizo cargo de Teresa. El aspecto que tenían en la pista de baile era estupendo y Teresa le parecía más her­mosa que nunca. Advertía asombrado con qué precisión y obediencia Teresa se adelantaba en una fracción de se­gundo a la voluntad de su compañero. Era como si aquel baile demostrara que su espíritu de sacrificio, aquella especie de deseo entusiástico de hacer todo lo que quería Tomás, antes de que él lo dijera, no estuviera ni mucho menos necesariamente ligado a la personali­dad de Tomás, sino a punto para responder a la llamada de cualquier otro hombre que encontrara en su lugar. Nada rnás fácil que imaginar que Teresa y su compañero eran amantes. ¡La facilidad con que podía evocarse aquella imagen le dolía! Se dio cuenta de que el cuerpo de Teresa, sin el menor inconveniente, era imaginable unido amorosamente a cualquier otro cuerpo masculino y le dio un ataque de malhumor. No reconoció que esta­ba celoso hasta muy entrada la noche, cuando regresa­ron a casa.
Aquellos celos absurdos, que no se referían más que a una posibilidad teórica, eran la prueba de que considera­ba que su fidelidad era una condición imprescindible. ¿Cómo podía entonces reprocharle que ella tuviera celos de sus amantes, éstas sí absolutamente reales?


8
Durante el día, Teresa trataba (aunque con éxito sólo parcial) de creer en lo que decía Tomás y de estar alegre como lo había estado hasta entonces. Pero los celos do­mados durante el día se manifestaban con tanta mayor fiereza en sus sueños, que terminaban siempre en un la­mento del que él tenía que despertarla.
Los sueños se repetían como variaciones sobre temas o como seriales de televisión. Con frecuencia se reite­raban, por ejemplo los sueños sobre gatas que le salta­ban a la cara y le clavaban las uñas. Podemos encontrar una explicación bastante sencilla para esto: en el argot checo, gata es la denominación de una mujer guapa. Te­resa se sentía amenazada por las mujeres, por todas las mujeres. Todas las mujeres eran amantes en potencia de Tomás y ella les tenía miedo.
En otro ciclo de sueños, la enviaban a la muerte. Una vez, en medio de la noche, él la despertó cuando gritaba aterrorizada y ella le contó: «Había una gran piscina cu­bierta. Seríamos unas veinte. Todas mujeres. Todas está­bamos desnudas y teníamos que marchar alrededor de la piscina. Del techo colgaba un cesto y dentro de él había un hombre de pie. Llevaba un sombrero de ala ancha que dejaba en sombras su cara, pero yo sabía que eras tú. Nos dabas órdenes. Gritabas. Mientras marchábamos teníamos que cantar y hacer flexiones. Cuando alguna hacía mal la flexión, tú le disparabas con una pistola y ella caía muerta a la piscina. Y en ese momento todas empezaban a reírse y a cantar en voz aún más alta. Tú no nos quitabas los ojos de encima y, cuando alguna volvía a hacer algo mal, le disparabas. La piscina estaba llena de cadáveres que flotaban justo debajo de la superficie del agua. ¡Y yo me daba cuenta de que ya no tenía fuerza para hacer la siguiente flexión y de que me ibas a matar!».
El tercer ciclo de sueños se refería a ella ya muerta.
Yacía en un coche fúnebre grande como un camión
de mudanzas. A su lado no había más que mujeres muertas. Había tantas que las puertas tenían que quedar abiertas y las piernas de algunas sobresalían.
Teresa gritaba: «¡Si yo no estoy muerta! ¡Si lo siento todo!».
«Nosotras también lo sentimos todo», reían los cadá­veres.
Reían exactamente con la misma risa que aquellas mujeres vivas que alguna vez le habían dicho con satis­facción que era del todo normal que ella tuviera un día los dientes estropeados, los ovarios enfermos y arrugas en la cara, porque ellas también tenían los dientes estro­peados, los ovarios enfermos y arrugas en la cara. ¡Con la misma risa ahora le explicaban que estaba muerta y que así es cómo tenía que ser!
De pronto sintió ganas de hacer pis. Gritó: «¡Pero si tengo ganas de hacer pis! ¡Eso prueba que no estoy muerta!».
Y ellas volvieron a reírse: «¡ Es normal que tengas ga­nas de hacer pis! Todas esas sensaciones permanecerán durante mucho tiempo. Es como cuando a alguien le amputan una mano y sigue sintiéndola mucho después. Nosotras ya no tenemos orina y sin embargo siempre te­nemos ganas de hacer pis».Teresa se abrazó en la cama a Tomás: «¡Y todas me tuteaban, como si me conocieran de toda la vida, como si fueran amigas mías y yo sentía pánico de tener que quedarme con ellas para siempre!».



9
Todos los idiomas derivados del latín forman la pala­bra «compasión» con el prefijo «com-» y la palabra pas-sio que. significaba originalmente «padecimiento». Esta
palabra se traduce a otros idiomas, por ejemplo al checo, al polaco, al alemán, al sueco, mediante un sustantivo compuesto de un prefijo del mismo significado, seguido de la palabra «sentimiento»; en checo: sou-cit; en polaco: wspól-czucie; en alemán: Mit-gefühl; en sueco: med-kánsla.
En los idiomas derivados del latín, la palabra «com­pasión» significa: no podemos mirar impertérritos el su­frimiento del otro; o: participamos de los sentimientos de aquel que sufre. En otra palabra, en la francesa pitié (en la inglesa pity, en la italiana pieta, etc.), que tiene aproximadamente el mismo significado, se nota incluso cierta indulgencia hacia aquel que sufre. Avoir de la pifié pour une femme significa que nuestra situación es mejor que la de la mujer, que nos inclinamos hacia ella, que nos rebajamos.
Este es el motivo por el cual la palabra «compasión» o «piedad» produce desconfianza; parece que se refiere a un sentimiento malo, secundario, que no tiene mucho en común con el amor. Querer a alguien por compasión significa no quererlo de verdad.
En los idiomas que no forman la palabra «compa­sión» a partir de la raíz del «padecimiento» (passio), sino del sustantivo «sentimiento», estas palabras se utilizan aproximadamente en el mismo sentido, sin embargo es imposible afirmar que se refieran a un sentimiento se­cundario, malo. El secreto poder de su etimología ilumi­na la palabra con otra luz y le da un significado más am­plio: tener compasión significa saber vivir con otro su desgracia, pero también sentir con él cualquier otro sen­timiento: alegría, angustia, felicidad, dolor. Esta compa­sión (en el sentido de jvspó/czucie, Mitgefübl, madkansld] significa también la máxima capacidad de imaginación sensible, el arte de la telepatía sensible; es en la jerarquía de los sentimientos el sentimiento más elevado.
Cuando Teresa soñó que se clavaba agujas entre las uñas, reveló así que había espiado en los cajones de To­más. Si se lo hubiera hecho alguna otra mujer, no hubie-ra vuelto a hablar con ella en la vida. Teresa lo sabía y por eso le dijo: «¡Entonces, échame!». Pero no sólo no la echó, sino que le cogió la mano y le besó las yemas de los dedos, porque en ese momento él mismo sentía el dolor debajo de las uñas de ella, como si los nervios de sus de­dos condujeran directamente a la corteza cerebral de él. Un hombre que no goce del diabólico regalo denomi­nado compasión no puede hacer otra cosa que condenar lo que hizo Teresa, porque la vida privada del otro es sa­grada y los cajones que contienen su correspondencia íntima no se abren. Pero como la compasión se había convertido en el sino (o la maldición) de Tomás, le pa­reció que había sido él mismo quien había estado arro­dillado ante el cajón abierto del escritorio, sin poder separar los ojos de las frases que había escrito Sabina. Comprendía a Teresa y no sólo era incapaz de enfadarse con ella, sino que la quería aún más.



10
Los gestos de Teresa se volvían cada vez más bruscos y alterados. Habían pasado dos años desde que descu­brió sus infidelidades y la situación era cada vez peor. No tenía salida.
¿Es que realmente no podía abandonar sus amistades eróticas? No podía. Eso le hubiera destrozado. No tenía fuerzas suficientes para dominar su apetito por las de­más mujeres. Además le parecía innecesario. Nadie sabía mejor que él que sus aventuras no amenazaban para nada a Teresa. ¿Por qué iba a prescindir de ellas? Le pa­recía igualmente absurdo que pretender renunciar a ir al fútbol.
¿Pero podía aún hablarse de satisfacción? En el mis­mo momento en que salía a ver a alguna de sus aman-
tes, notaba una sensación de rechazo hacia ella y se pro­metía que era la última vez que iría a verla. Tenía ante sí la imagen de Teresa y para no pensar en ella necesitaba emborracharse rápidamente. ¡Desde que conocía a Tere­sa era incapaz de hacer el amor con otras mujeres sin al­cohol! Pero precisamente el aliento que sabía a alcohol era la huella que le permitía a Teresa comprobar con mayor facilidad sus infidelidades.
Había caído en la trampa: en cuanto iba tras ellas, de­saparecían sus apetencias, pero bastaba un día sin ellas para que marcara algún número de teléfono y fijara un encuentro.
Con Sabina se sentía un poco mejor, porque sabía que era discreta y que no había peligro de que lo pusiera en evidencia. Su estudio le daba la bienvenida como un re­cuerdo de su vida pasada, la idílica vida de un hombre soltero.
Quién sabe si él mismo se daba cuenta de cuánto ha­bía cambiado: tenía miedo de llegar tarde a casa porque allí le esperaba Teresa. En cierta ocasión, Sabina advir­tió que Tomás observaba el reloj mientras hacían el amor y trataba de acelerar su culminación.
Ella se dedicó entonces a pasearse lentamente por el estudio y se detuvo ante un cuadro que estaba sin termi­nar en el caballete mirando de reojo a Tomás que se ves­tía apresuradamente.
Ya estaba vestido, sólo tenía un pie descalzo. Echó una mirada a su alrededor y se puso a gatas, buscando algo debajo de la mesa.
Ella le dijo: «Cuando te miro, tengo la sensación de que te estás convirtiendo en el eterno tema de mis cua­dros. El encuentro entre dos mundos. La doble exposi­ción. Tras la silueta de Tomás el libertino reluce la in­creíble figura del enamorado romántico. O al revés: a través de la figura del Tristán que no piensa más que en su Teresa se vislumbra el hermoso mundo traicionado por el libertino».
Tomás se puso de pie; oía las palabras de Sabina sin prestarles atención.
—¿Qué estás buscando? —le preguntó.
—Un calcetín.
Registraron juntos la habitación y él volvió a ponerse a gatas y a buscar debajo de la mesa.
—Aquí no hay ningún calcetín tuyo —dijo Sabina-. Se­guro que no lo has traído.
—Cómo no lo iba a traer —gritó Tomás mirando el re­loj—. ¡No iba a venir con un solo calcetín!
—Es una posibilidad que no hay que descartar. Últi­mamente andas muy distraído. Siempre vas con prisa, mirando el reloj y no es de extrañar que te olvides de ponerte un calcetín.
Estaba ya decidido a ponerse el zapato sin calcetín.
—Afuera hace frío —dijo Sabina—. Te presto una me­dia mía.
Le dio una media larga blanca, de ganchillo.
El sabía perfectamente que aquélla era una venganza por haber mirado el reloj mientras hacían el amor. Sabina había escondido su calcetín en alguna parte. Hacía frío de verdad y no le quedaba más remedio que aceptarla. Se fue a su casa con un calcetín en un pie y una media blanca de mujer en el otro, arremangada sobre el tobillo.Su situación no tenía salida: para sus amantes estaba marcado con la oprobiosa señal de su amor a Teresa y, para Teresa, con la oprobiosa señal de sus aventuras con sus amantes.



11
Para mitigar sus sufrimientos se casó con ella (por fin pudieron dejar el piso de alquiler en el que hacía tiempo ella ya no vivía) y le consiguió un cachorro.
La madre era una San Bernardo de un compañero suyo. El padre de los cachorros, el pastor alemán de los vecinos. Nadie quería a los pequeños bastardos y a su compañero le daba pena sacrificarlos.
Tomás elegía uno de los cachorros a sabiendas de que los que no eligiera iban a tener que morir. Se sentía como un presidente de la república cuando tiene ante sí a cuatro condenados a muerte y sólo puede indultar a uno. Al fin eligió un cachorro, una perrita cuyo cuerpo parecía recordar al del pastor mientras que la cabeza era la de la madre, la San Bernardo. Lo llevó a Teresa. Co­gió la perrita, la apretó contra su pecho e inmediatamen­te le meó la blusa.
Se pusieron a buscarle un nombre. Tomás quería que por el nombre se supiera que el perro era de Teresa y se acordó del libro que llevaba bajo el brazo cuando llegó a Praga sin avisar. Propuso que al cachorro lo llamaran Tolstoi.
—No puede llamarse Tolstoi —replicó Teresa— porque es una señorita. Podría ser Ana Karenina.
—No puede ser Ana Karenina, porque ninguna mujer puede tener un morro tan chistoso como éste —dijo To­más—. Se parece más bien a Karenin. Sí, el señor Kare-nin. Así es como me lo imaginaba.
—¿Pero no afectará a su sexualidad que la llamemos Karenin?
—Es posible que una perra a la que sus amos llaman permanentemente como a un perro desarrolle tenden­cias lesbianas.
Las palabras de Tomás se hicieron realidad de un modo curioso. A pesar de que habitualmente las perras tienen más apego a sus amos que a sus amas, en el caso de Karenin era al revés. Decidió enamorarse de Teresa. Tomás le estaba agradecido. Le acariciaba la cabeza y le decía: «Haces bien Karenin. Esto es precisamente lo que yo quería de ti. Si yo solo no basto, tú tienes que ayu­darme».Pero ni aún con la ayuda de Karenin logró hacerla fe­liz. Se dio cuenta de ello aproximadamente al décimo día en que su país fuera ocupado por los tanques rusos. Era el mes de agosto de 1968 y a Tomás le llamaba todos los días por teléfono el director del hospital de Zurich con el que se habían hecho amigos en alguna conferen­cia internacional. Temía por lo que le pudiera pasar y le ofrecía un puesto de trabajo.



12
Si Tomás rechazaba la oferta del suizo casi sin pensar­lo era por Teresa. Suponía que no iba a querer marchar­se. Además ella había pasado los siete primeros días de la ocupación en una especie de éxtasis que casi parecía felicidad. Andaba por la calle con su cámara repartiendo fotos a los periodistas extranjeros que se pegaban por obtenerlas. En cierta ocasión, mientras con excesivo descaro fotografiaba de cerca a un oficial que apuntaba con su revólver a la gente, la detuvieron y le hicieron pasar la noche en un puesto de mando ruso. La amena­zaron con fusilarla, pero en cuanto la dejaron en liber­tad, volvió a salir a la calle y volvió a hacer fotos.
Por eso Tomás se quedó sorprendido cuando al déci­mo día de la ocupación le dijo:
—¿Y tú por qué no quieres ir a Suiza?
—¿Y por qué iba a tener que irme?
—Aquí tienen cuentas pendientes contigo.
—¿Y con quién no las tienen? —dijo Tomás con un gesto de despreocupación—. Pero dime: ¿tú serías capaz de vivir en el extranjero ?
—¿Y por qué no?
—Te he visto arriesgar tu vida por este país. ¿Cómo es posible que ahora estés dispuesta a abandonarlo?
—Desde que volvió Dubcek todo ha cambiado —dijo Teresa.
Era verdad: la euforia general sólo duró los siete pri­meros días de la ocupación. Las autoridades del país ha­bían sido capturadas por el ejército ruso como si fueran criminales, nadie sabía dónde estaban, todos temblaban por su vida y el odio a los rusos embriagaba cual alcohol a la gente. Era una fiesta ebria de odio. Las ciudades checas estaban adornadas con miles de carteles pintados a mano, con textos irónicos, epigramas, poemas, carica­turas de Brezhnev y su ejército, del que todos se reían como de una banda de analfabetos. Pero no hay fiesta que dure eternamente. Mientras tanto, los rusos obliga­ron a los representantes del Estado detenidos a firmar en Moscú una especie de compromiso. Dubcek regresó con ellos a Praga y después leyó en la radio su discurso. Tras seis días de cárcel estaba tan destrozado que no po­día hablar, se atragantaba, se quedaba sin aliento, de modo que entre frase y frase había pausas interminables que duraban casi medio minuto.
El compromiso alcanzado salvó al país de lo peor: de los fusilamientos y de las deportaciones en masa a Siberia que espantaban a todos. Pero uña cosa ya estaba clara: Bohemia iba a tener que inclinarse ante el conquistador; iba a tener que atragantarse ya para siempre, que tarta­mudear, que quedarse sin aliento como Alexander Dub­cek. Se había acabado la fiesta. Habían llegado los xlías hábiles de la humillación.
Todo esto se lo decía Teresa a Tomás y él sabía que era verdad, pero que por debajo de esa verdad había otro motivo más, aún más esencial, para que Teresa qui­siera irse de Praga: no era feliz con la vida que había llevado hasta entonces.
Los días más hermosos de su vida los había vivido fo­tografiando en las calles a los soldados rusos y expo­niéndose al peligro. Fueron los únicos días en los que el serial televisivo de sus sueños se interrumpió y sus no-
ches fueron felices. Los rusos le trajeron en sus tanques el equilibrio interior. Ahora, terminada ya la fiesta, vuel­ve a tener miedo de sus noches y querría huir de ellas. Sabe ya que hay situaciones en las que es capaz de sen­tirse fuerte y satisfecha y por eso desea ir a recorrer el mundo, con la esperanza de volver a encontrar situacio­nes similares.
—¿Y no te importa —le preguntó Tomás— que Sabina también haya emigrado a Suiza?
-Ginebra no es Zurich -dijo Teresa-. Seguro que allí me molestará menos de lo que me molestaba en Praga.La persona que desea abandonar el lugar en donde vive no es feliz. Por eso Tomás aceptó el deseo de emi­grar de Teresa, como el culpable acepta la condena. Se sometió a ella y un buen día se encontró, con Teresa y Karenin, en la mayor ciudad de Suiza.



13
Compró una cama para el piso vacío (aún no tenían dinero para los demás muebles) y se puso a trabajar con la furia de una persona que empieza una nueva vida des­pués de los cuarenta.
Llamó varias veces a Sabina a Ginebra. Había tenido la suerte de que una exposición de cuadros suyos se inaugurara una semana antes de la invasión rusa, de modo que los suizos amantes de la pintura se dejaron llevar por la ola de simpatía hacia el pequeño país y compraron todos sus cuadros.
«Gracias a los rusos me he hecho rica», bromeaba por teléfono e invitaba a Tomás a visitarla en su nuevo estudio que al parecer no era muy distinto del que To­más conocía ya de Praga.
Le hubiera gustado visitarla pero no encontraba dis-
culpa alguna que justificara su viaje ante Teresa. Así que Sabina vino a Zurich. Se alojó en un hotel. Tomás fue a visitarla al terminar su jornada de trabajo, llamó por te­léfono desde la recepción y subió a su habitación. Ella le abrió la puerta y apareció ante él con sus hermosas y lar­gas piernas, sin vestir, sólo con el sujetador y las bragas. En la cabeza llevaba un sombrero hongo negro. Le miró largamente, inmóvil y sin decir palabra. Tomás también permanecía en silencio. De pronto se dio cuenta de que estaba emocionado. Le quitó el sombrero y lo colocó encima de la mesa, junto a la cama. Después hicieron el amor sin decir ni una sola palabra.
Cuando salió del hotel hacia su casa de Zurich (en la que ya desde hacía tiempo había una mesa, sillas, sillo­nes, alfombra) se dijo, feliz, que llevaba consigo su modo de vida igual que un caracol su casa. Teresa y Sa­bina representaban los dos polos de su vida, dos polos lejanos, irreconciliables, y sin embargo ambos hermosos.
Sólo que precisamente porque él llevaba consigo su modo de vida a todas partes, como parte de su cuerpo, Teresa seguía teniendo los mismos sueños.
Llevaban ya en Zurich seis o siete meses cuando llegó una noche tarde a casa y encontró encima de la mesa una carta. Ella le comunicaba que había regresado a Pra­ga. Regresaba porque no tenía fuerzas para vivir en el extranjero. Sabía que debía haberle servido de apoyo a Tomás, pero sabía también que no era capaz de hacerlo. Había pensado ingenuamente que en el extranjero cam­biaría. Había creído que después de lo que había vivido durante los días de la ocupación ya no volvería a ser puntillosa, que se volvería mayor, sagaz, fuerte, pero se había sobreestimado. Es para él una carga y no quiere serlo. Quiere sacar las conclusiones pertinentes antes de que sea demasiado tarde. Y le pide disculpas por haberse llevado a Karenin.
Tomó un somnífero fuerte y a pesar de eso no se durmió hasta la madrugada. Por suerte era sábado y po-día quedarse en casa. Analizaba la situación por quin­cuagésima vez: las fronteras entre su país y el resto del mundo ya no están abiertas como cuando emprendieron el viaje. Ya no hay telegrama ni teléfono alguno que sea capaz de devolverle a Teresa. Las autoridades no la deja­rán salir. Su partida es increíblemente definitiva.



14
La conciencia de que era absolutamente impotente le hizo el efecto de un mazazo, pero al mismo tiempo lo tranquilizó. Nadie le obligaba a tomar ninguna decisión. No tiene que mirar a la pared del edificio de enfrente y preguntarse si quiere o no vivir con ella. Teresa lo ha decidido todo por su cuenta.
Fue al restaurante a almorzar. Estaba triste pero du­rante la comida pareció como si la desesperación inicial se hubiera fatigado, como si hubiera perdido fuerza y no hubiera quedado de ella más que melancolía. Miraba ha­cia atrás, hacia los años que había vivido con ella, y le parecía que su historia común no podía haberse cerrado mejor de lo que se había cerrado. Si aquella historia la hubiera inventado otra persona, no hubiera podido ter­minarla de otro modo:
Teresa llegó un día a su lado sin que él la hubiera in­vitado. Otro día, del mismo modo, se fue. Llegó con una pesada maleta. Con una pesada maleta se fue.
Pagó, salió del restaurante y se puso a pasear por las calles, lleno de una melancolía que se hacía cada vez más hermosa. Había pasado siete años de su vida con Teresa y ahora comprobaba que aquellos años eran más hermo­sos en el recuerdo que cuando los había vivido.
El amor que había entre él y Teresa era bello, pero también fatigoso: tenía que estar permanentemente
ocultando algo, disfrazándolo, fingiendo, arreglándolo, manteniéndola contenta, consolándola, demostrando ininterrumpidamente su amor, siendo acusado por sus celos, por su sufrimiento, por sus sueños, sintiéndose culpable, justificándose y disculpándose. Aquel esfuerzo había desaparecido ahora y permanecía la belleza.
Se acercaba la noche del sábado, por primera vez pa­seaba solo por Zurich y aspiraba al perfume de su liber­tad. Detrás de cada esquina se escondía la aventura. El futuro había vuelto a convertirse en un secreto. Su vida de soltero le había sido devuelta, una vida para la cual antes estaba seguro de haber nacido, seguro de que era la única que le permitía ser tal como de verdad era.
Hacía ya siete años que vivía atado a Teresa y cada uno de sus pasos era observado por los ojos de ella. Era como si le hubiera atado al tobillo una bola de hierro. Su paso era ahora, de pronto, mucho más ligero. Casi flotaba. Se hallaba en el campo mágico de Parménides: disfrutaba de la dulce levedad del ser.
(¿Tenía ganas de telefonear a Sabina a Ginebra? ¿De llamar a alguna de las mujeres que había conocido en Zurich en los últimos meses? No, no tenía la menor in­tención de hacerlo. Intuía que, si se reuniera con alguna mujer, el recuerdo de Teresa se haría al instante inso­portablemente doloroso.)


15
Aquel extraño encantamiento melancólico duró hasta el domingo por la noche. El lunes todo cambió. Teresa irrumpió en su mente: sentía el estado de ánimo de ella cuando le escribía la carta de despedida; sentía cómo le. temblaban las manos; la veía arrastrando la pesada male­ta en una mano, la correa de Karenin en la otra; se la
imaginaba abriendo la cerradura de la casa de Praga y sentía en su propio corazón la orfandad de la soledad que la envolvía al abrir la puerta.
Durante aquellos dos hermosos días de melancolía su compasión no había hecho más que descansar. La com­pasión dormía, como duerme el minero el domingo des­pués de una serrana de trabajo duro para el lunes poder bajar otra vez al tajo.
Atendía a un paciente y, en lugar de verlo a él, veía a Teresa. El mismo se lo reprochaba: ¡no pienses en ella! ¡No pienses en ella! Se decía: precisamente porque estoy enfermo de compasión, es bueno que se haya ido y que ya no la vea. ¡Tengo que liberarme, no de ella, sino de mi compasión, de esa enfermedad que antes no conocía y con cuyo bacilo me contagió!
El sábado y el domingo sintió la dulce levedad del ser, que se acercaba a él desde las profundidades del fu­turo. El lunes cayó sobre él un peso hasta entonces des­conocido. Las toneladas de hierro de los tanques rusos no eran nada en comparación con aquel peso. No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el pro­pio dolor es tan pesado como el dolor sentido con al­guien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos.
Se hacía reproches para no rendirse a la compasión y la compasión lo oía con la cabeza gacha, como si se sin­tiera culpable. La compasión sabía que se estaba aprove­chando de sus poderes y sin embargo se mantenía calla­damente en sus trece, de modo que al quinto día de la partida de ella Tomás le comunicó al director del hospi­tal (al mismo que después de la invasión rusa le llamaba a diario a Praga) que debía regresar de inmediato. Le daba vergüenza. Sabía que su actitud tenía que parecerle al director irresponsable e imperdonable. Tenía ganas de confesárselo todo, de hablarle de Teresa y de la carta que había dejado para él en la mesa. Pero no lo hizo. Desde el punto de vista de un médico suizo, la actua-
ción de Teresa tenía que parecer histérica y antipática. Y Tomás no estaba dispuesto a permitir que nadie pensase mal de ella.
El director estaba verdaderamente afectado.
Tomás se encogió de hombros y dijo: «Es muss sein. Es muss sein».
Era una alusión. La última frase del último cuarteto de Beethoven está escrita sobre estos dos motivos:
Para que el sentido de estas palabras quedase del todo claro, Beethoven encabezó toda la frase final con las si­guientes palabras: «Der schwer gefasste Entschluss»: «Una decisión de peso».
Con aquella alusión a Beethoven, Tomás volvía a re­ferirse, en realidad, a Teresa, porque había sido precisa­mente ella la que le había obligado a comprar los discos de los cuartetos y las sonatas de Beethoven.
La alusión resultó más adecuada de lo que él hubiera podido suponer, porque el director era un gran aficiona­do a la música. Se sonrió ligeramente y dijo en voz baja, imitando la melodía de Beethoven: «Muss es sein?»
Tomás dijo una vez más: «Ja, es muss sein».



16
A diferencia de Parménides, para Beethoven el peso era evidentemente algo positivo. «Der Schwer gefasste Entschluss», una decisión de peso, va unida a la voz del Destino («es muss sein»); el peso, la necesidad y el valor
son tres conceptos internamente unidos: sólo aquello que es necesario, tiene peso; sólo aquello que tiene peso,
vale.
Esta convicción nació de la música de Beethoven y, aunque es posible (y puede que hasta probable) que sus autores hayan sido más bien los comentaristas de Beet­hoven y no el propio compositor, hoy la compartimos casi todos: la grandeza del nombre consiste en que carga con su destino como Atlas cargaba con la esfera celeste a sus espaldas. El héroe de Beethoven es un levantador de pesos metafísicos.
Tomás partió hacia la frontera suiza y yo me imagino al propio Beethoven, melenudo y huraño, dirigiendo la orquesta de los bomberos locales y tocándole, para su despedida de la emigración, una marcha llamada «Es muss sein!».
Pero luego Tomás atravesó la frontera checa y se topó con una columna de tanques soviéticos. Tuvo que detener el coche en un cruce de caminos y esperar me­dia hora a que pasaran. Un horrible soldado en unifor­me negro dirigía el tráfico en el cruce, como si todas las carreteras checas fueran de su propiedad.
«Es muss sein», repetía Tomás, pero pronto empezó a dudarlo: ¿de verdad tenía que ser así?
Sí, era insoportable permanecer en Zurich e imagi­narse a Teresa viviendo sola en Praga.
¿Pero cuánto tiempo le torturaría la compasión? ¿Toda la vida? ¿O todo un año? ¿O un mes? ¿O sólo una semana?
¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo podía comprobarlo?
Cualquier colegial puede hacer experimentos durante la clase de física y comprobar si determinada hipótesis científica es cierta. Pero el hombre, dado que vive sólo una vida, nunca tiene la posibilidad de comprobar una hipótesis mediante un experimento y por eso nunca lle­ga a averiguar si debía haber prestado oído a su senti­miento o no.
Con estos pensamientos abrió la puerta de la casa. Karenin le saltó a la cara y le hizo así más fácil el mo­mento del encuentro. Las ganas de abrazar a Teresa (unas ganas que aún sentía en Zurich, en el momento de subir al coche) habían desaparecido por completo. Le parecía que estaba frente a ella en medio de una planicie nevada y que los dos temblaban de frío.



17
Desde el primer día de la ocupación, los aviones ru­sos volaban durante toda la noche sobre Praga. Tomás se había desacostumbrado a aquel ruido y no podía dormir.
Daba vueltas en la cama mientras Teresa dormía y se acordaba de lo que había dicho hacía tiempo en una conversación intrascendente. Estaban hablando de su amigo Z. y ella afirmó: «Si no te hubiera encontrado a ti, seguro que me hubiera enamorado de él».
Ya en esa ocasión aquellas palabras le produjeron a Tomás una extraña melancolía. Y es que de pronto se dio cuenta de que era mera casualidad el que Teresa lo amase a él y no a su amigo Z. Se dio cuenta de que, ade­más del amor de ella por Tomás, hecho realidad, existe en el reino de lo posible una cantidad infinita de amores no realizados por otros hombres.
Todos consideramos impensable que el amor de nuestra vida pueda ser algo leve, sin peso; creemos que nuestro amor es algo que tenía que ser; que sin él nues­tra vida no sería nuestra vida. Nos parece que el pro­pio huraño Beethoven, con su terrible melena, toca para nuestro gran amor su «es muss sein!».
Tomás se acordaba del comentario de Teresa sobre el amigo Z. y constataba que la historia del amor de su
vida no iba acompañada del sonido de ningún «es muss sein!», sino más bien por el de «es kónnte auch anders sein»: también podía haber sido de otro modo.
Hace siete años se produjo casualmente en el hospital de la ciudad de Teresa un complicado caso de enferme­dad cerebral, a causa del cual llamaron con urgencia a consulta al director del hospital de Tomás. Pero el direc­tor tenía casualmente una ciática, no podía moverse y en­vió en su lugar a Tomás a aquel hospital local. En la ciudad había cinco hoteles, pero Tomás fue a parar ca­sualmente justo a aquél donde trabajaba Teresa. Casual­mente le sobró un poco de tiempo para ir al restaurante antes de la salida del tren. Teresa casualmente estaba de servicio y casualmente atendió la mesa de Tomás. Hizo falta que se produjeran seis casualidades para empujar a Tomás hacia Teresa, como si él mismo no tuviera ganas.
Regresó a Bohemia por su causa. Una decisión tan trascendental se basaba en un amor tan casual que no hubiera existido si su jefe no hubiera tenido la ciática ha­cía siete años. Y aquella mujer, aquella personificación de la casualidad absoluta yace ahora a su lado y respira profundamente mientras duerme.
Estaba ya bien entrada la noche. Sentía que le empe­zaba a doler el estómago, tal como solía ocurrirle en los momentos de angustia.
La respiración de ella se transformó una o dos veces en un suave ronquido. Tomás no sentía en su interior ninguna clase de compasión. Lo único que sentía era la presión en el estómago y la desesperación por haber regresado.