sábado, 21 de febrero de 2009

BAR NUAGE. Por Dina Piera Di Donato

Para J.R.
(jota)
Cuando entraron dos, incrustadas de pedrerías particularmente notables, hacía rato que yo me había convertido en bicho de jardín y me columpiaba en la orla dorada que colgaba del espejo que todo lo reflejaba tornasol. No estaba empericada, ni siquiera borracha: es que yo era lamentable, terrosa e insignificante como esos caracoles babosos que viven en la lechuga, sencillamente eso. Para la época además había heredado un guardarropas con grises, marinos, y gamas de negros espeluznantes, porque yo había deseado mucho tiempo el alma lujosa de una mujer que solamente me dejó antes de irse su ropa vieja.
Convencida de que su ausencia había quedado entre faldas y chaquetas me vestía desde entonces como ella, a ver si... A ver si nada. En realidad tenía que terminar un cuento donde se hablara de ratas, cantantes, ertzabeths, brujas de blancanieves, alimañas y otras criaturas. Entonces mi amiga Lou Man de Resc, escritora como yo (la de Josefina y las piedras) vino a verme una tarde con su colección de sombreros antigüos y hasta un ala de murciélago. Me dejó el cuarto de trabajo como una funeraria de las de antes (las de ahora son salones de té) y, a punto de clavarle un alfiler de cabeza de perla a la mujer de espaldas de Man Ray, me dijo que hacía falta mucha ropa negra, té de casis, perfume de aramís y ya... tendría la atmósfera clarita y podría al fin terminar el libro que llevaba siglos parado. Por Lou me acordé del magnífico armario con ropa de otra época y lugares que todavía andaba como un viejo fantasma doméstico por algún rincón de la casa. Lo abrí y las bolitas de naftalina salieron lanzadas y se estrellaron contra el piso espejeante donde yo me había mirado los últimos meses porque no me atrevía a acudir a espejos de verdad, desde el día que ella se fue.
Casi todo lo cupo en una Chevrolet y ya había arrancado cuando asomó la cabeza y chilló: el armario te puede servir. Y qué podía hacer yo delante de la cosa desproporcionada que me caía encima, eso de irse y sólo dejarme chillidos para un último recuerdo, porque lo que era el armario no lo iba a guardar. Jamás. Fuí a buscar fósforos, encendí uno, pero en lugar de quemar la mole maldita me encendí los cabellos que para entonces me iban por la cintura. Corrí por toda la casa aullando con la cabeza en llamas y cuando la saqué de la bañera se me aclaró que lo de su alma legítima había sido puro fraude, pero yo me había quedado entre otras cosas sin mi única belleza. Clausuré los espejos. Hasta que vino Lou con la receta para terminar libros empezados de los que no queremos acordarnos pero que un día regresan, llaman apremiantes y uno no tiene más remedio que volver a escribirlos y esta vez hasta el fin. Entonces uno se hace un cuerpo apropiado para la ocasión y del armario obtuve demodés interesantes y un espejo de cristal borroso, ideal para los animalitos de tierra como yo.
Poco después, peses a las ideas de Lou, seguía encerrada y sin escribir otra cosa que poemas de despedida. Y ya salía algo, al banco, al parque. Y los poemas seguían pero eso sí, me vestía impecablemente, hasta de velo en la cara y todo si el sol no me devolvía. Ya casi me acostumbraba a recitar y a desplazarme a oscuras como los ciegos, por temor a que me vieran; no bien llegada a algún sitio público buscaba un buen escondite, hasta la noche del Nouge.
Noche memorable en la que A. A. Roland me arrastró al bar de mujeres más lindo de Caracas. Yo me dejé hacer porque ella era mi monumental ángel de la guarda. Arcángel Azalea se dedicaba a hacer el bien, como otros pueden tener la manía de las dagas antiguas o la acumulación de datos para tesis interminables. Ocupaciones de paciencia alimentadas por fotos raras y complicadas tácticas de rastreos inútiles; sin recursos, sin poder salir del país, por ejemplo, difícilmente se consiguen más de cinco antiguedades pero tú terminas sabiendo qué es lo que buscas y te vuelves un experto que reune la más bonita colección de información sobre el tema. A Arcángel Azalea se le iba también la vida revisando insólitas teorías antropológicas sobre el amor y por las tardes cantaba en las iglesias. La noche era para sus amigos, era la mamá incestuosa de todos y cada uno. A. Azalea creía en la felicidad porque había sufrido lo indecible hacía años. Se había vuelto refinada y eficaz en sus empresas. No más Lou contarle de mí, se apareció en deidad protectora, Arcángel. Emergió de la ventana y mi derecha, también clausurada, en toda su inmensidad con túnica de vestal marcada con sus iniciales en dorado y el rostro como recién tallado de una sola pieza, seguramente de un colmillo de marfil. Me apartó del espejo manchado del armario, me dio consejos para la piel y entre los presentes me dejó una edición rara del Collar de la Paloma, una torta de queso, y entradas para su recital de Canciones de Cuna. Después siguió viniendo, con el periódico para ayudarme a buscar trabajo o leerme los chismes locales, con partituras o con orquídeas amarillas, color que reservaba a los no—amantes. Hasta que logró sacarme del encierro por las noches. Ahora reinaba en medio de la pista del Nouge.
Desde mi rincón el lugar se me antojaba como una catacumba, con el Arcángel oficiando. Pero la escena no duró mucho porque me introducía en un lugar y a la media hora salía corriendo para una cita al otro lado de la ciudad. Ya yo andaba melancólica cuando el escenario se llenó de nuevo: dos incrustradas de pedrerías legítimas hicieron su aparición. Todo el bar contuvo la respiración. Seguían a una señora que tenía como único adorno un llamativo lunar en la mejilla derecha. Los astros del techo relumbraron en dirección de las recién llegadas, todo el mundo se enamoró de ellas. Eran perfectas; no se reían en voz alta, empezaron a beber de lo más caro, no le sonreían a desconocidas, hacían pasos de bailarinas profesionales, y sus trajes de firma no se parecían a los de nadie. Y se sentaron con la dama, o más bien. Pero se sentaron con la... Por qué estaba ya llamando dama a la mujer del lunar me inquietó. Eso de sentir la Dama en una particular me había traído hasta ahora desagrados. Las Damas no me habían servido sino para los versos donde la nostalgia de eternidad del juglar reventara su cuerda y además yo estaba en el bar más lindo para divertirme. Claro que aquella mujer era misteriosísima aunque no tan digna de ser mirada, además ella no le quitaba los ojos a las pantallas de video, ni siquiera se inmutó cuando llegaron rosas a la mesa y con tarjeta. Yo aparté todas las cortinas de humo que pude y casi me caiga del espejo donde me escondía, porque tenía que adivinar quién había enviado el ramo. Tal vez la diplomática que ya se les está acercando y hace reverencias y se lleva las muchachas—estrellas, pero la señora apenas si volteó a decir adiós con la mano y nunca se interesó en la nota de las flores. Y ahora las escoltas de la diplomática vuelven a la mesa y se agachan debajo de las sillas, es que la mascota se había quedado y ella tampoco miró qué lindo perro que todo el mundo cargaba y besaba.
Arcángel tenía razón, la diferencia con otros lugares era notable: en Nouge se permitía la entrada a las mascotas y nada de zapatos de goma a excepción de los de la diplomática y porque además estaban revestidos de piel de culebra amarilla. Y no había show de gladiadores o bailarinas de vientre colombianas disfrazadas, sino una auténtica rockera ácida con cuerpo de efebo, la cabeza rapada y letras que te ponen la carne de gallina, en uno de los ambientes; en otro daban un espectáculo con funambulistas que danzaban en una cuerda y se desvestían al son de una voz a capella que les hacía el amor. La luz, los ángeles volando sobre nuestras cabezas, las tangas flotando un poco antes de caer, un gran silencio y allí subía la voz que las penetraba fulminándolas, entonces caían contorsionadas a la red templada sobre nosotras. Pero la dama nunca se movió de su sitio, como dormida. Entonces seguramente era mi dama, pensé y me puse a temblar, parecía que tuviera la cabeza llena de enredaderas, por dentro y por fuera. Nunca podré escribir mi libro, me lamentaba, porque una no puede columpiarse en un borde de imágenes, sin riesgos, algún viento con su palabrerío termina por soplar. Alguna palabra como un dardo nos toca y todo se tambalea. No es lo mismo ver y sentir que sentir y caer en la tentación de ponerle nombre a lo visto y sentido. Con palabras la imagen se volvía de tres dimensiones y me atrapaba, me reducía a mí al plano. Me consumía.
Delante del espejo del baño ya no sabía qué hacer: si quitarme el maquillaje, ya estaba demasiado fenmenina con esa blusa negra sin hombros y a lo mejor no le gustan las hembritas. O si me maquillo mejor y... Nada. En el caso de que sí le gusten ¿no anda ella con las más bellas de la fiesta? Qué cultura de mierda, te condena a desnudarte los hombros, tú tragas saliva y cierras los ojos para no ver, igual te pones el smoking y debes cerrar los ojos. Te lo pones llorando, te maquillas llorando. Alguien tendrá que ver. Buscas desesperadamente quien se atreva a mirar para dejarle esa tarea. Pero antes debe tenerse ojos para ti. Si la dama tiene ojos nada más para lo que brille, estaré perdida. Pero qué digo, yo que sólo puedo verla por refulgente, y es eso lo que me vuelve más opaca. Es que no se puede ser caracol de jardín sin consecuencias: o despiertas el sagrado institno materno de las señoras, caracol de la carencia necesitado de envoltura, la señora acude con su capa y en rincón te envuelve o te besa salvajemente. Como por virtud del mismo instinto la señora huye llena de asco, reconocida en la imagen común del desamparo. No hay fórmula que valga, lo que dice la leyenda es pura caricatura de pésimos libros, o pésimas caricaturas de libros regulares o... Dejé de comerme las uñas en el baño y caminé hacia la salida del Nouge, en perfecto silencio.
En la puerta alguien dijo cerca de mi oído es difícil vestirse de oscuro sin parecer vulgar. La voz traspasaba el banco de corales raros y filosos, porque me dolió el estómago y me atreví a mirar y en el espejo tornasol estaba la señora. La ofrecía su tercera copa a una estrella pero repetía esa frase mirándome a mí. Era su tercera copa porque en tres ocasiones envidié a la muchacha morena sofisticada que se le acercaba demasiado cuando le servía. Tres veces me confundí en indignación y en el placer de rozar el pelo gris malva y el corazón se me salía por el escote de la negrota que medía dos metros, tres desmayos y tres intensas rabias contra la frescura de la negrita ésa, porque era ella quien le servía y no yo, y porque era una negra hermosísima y yo... Pero ahorita, en el torbellino del espejo, sé que me está mirando y ahora se acerca a la puerta y dice frases tiesas y disculpe pero estoy admirando cómo lleva usted esas ropas, es que soy fotógrafo. Caí en cuenta entonces, es que mira, como a todo, desde un lente. Tal vez esa era la pura verdad pero yo me puse agradecidísima con el guardarropas olvidado y con la mirada profesional y con la invitación, porque ya me pidió que si no aceptaba un trago pero en otro lugar menos decadente y silencioso, por favor, ella conocía un salón donde el alumbrado haría maravillas con mis colores y además, con lo regio, regio dijo, que me queda el negro, ella obtendría, por favor, una difícil imagen que necesitaba con urgencia para completar su próxima exposición.
Arcángel y Lou me habían prevenido. La una, por una visión que tuvo en las vacaciones de Semana Santa. Se estaba bañando en el litoral con su Dior recién estrenado y de pronto se vio arrastrada por una marea fangosa. Hubo que rescatarla. Estuvo seis horas en la bañera, en estado de shock y de pronto recordó que en medio del barrial había visto un caracol de madera, hermosísimo, y se le vino mi imagen. Cuando salió del cuarto, ya repuesta, encontró en el Hall del hotel a una extranjera de pelo canoso que leía en alemán El diario de un perro de un tal O. Panizza y se quedó petrificada: lucía una pulsera de caracoles iguales al que flotaba en la mierda y estaban vivos. Arcángel Azalea, por su parte, había soñado con un monstruo gris malva que la torturaba para que revelara mi escondite.
Pero esta dama, claro que hablaba raro, pero con acento venezolano y además era mucho más vieja de lo que imaginaba pero mucho más bella y nunca se pondría ninguna clase de brazaletes, no era su estilo y me dio vergüenza. Por mi voracidad. Por mi aspecto, por mi presencia en ese lugar, quise explicarme, no soy como, soy tal, no frecuento esto sino aquello, soy... soy artista como usted, vengo aquí para terminar mi cuento decadente y no se crea que sólo hago literatura de mujeres y esas cosas, ni que soy alcohólica ni tan patética, pero no sé que me sucede, usted debe tener un sabor ligeramente salado y oler a hierbas altas y ¡uff! Claro que no le dije nada de eso. Porque delante de ella estoy muda y quiero irme corriendo. Me arde un pedazo de piel del brazo, empiezo a desencajarme, sé que estoy a punto de descomponerme, que el color negro me devora y ya no me queda bien, todas las formas se alteran, mi naríz ya no es como la de las tumbas etruscas sino una narizota, y el pelo se me opaca engrinchado como medusa, el ojo izquierdo hundido en un mar negro bizquea. Sé que de un momento a otro se romperá mi collar, se deshilvanará el vestido, mi vientre lucirá inflado y los zapatos de imitación me harán callos y nunca pero nunca podré mostrar mi pie desnudo. Pronto me saldrá la dura costa y caminaré como arrastrándome, en una nube de lodo.
No sé cómo ya estábamos en al calle, algo atornasoladas, parecíamos sobrevivientes de una pecera rota aprendiendo a respirar. Todavía teníamos la visión del local donde habíamos nadado en humo azul, y yo feliz porque habíamos dejado atrás el cultivo de criaturas sensuales y brillosas que bullía no era másque pequeños dragones invernando. Por debajo de la puerta todavía se escapaba alguna burbuja y la soplábamos jugando con el aire de la calle, un rato. Ella seguía irradiando una cálida intermitencia. Repetía esta ciudad matará a los débiles, a los que tenemos las raíces bien hundidas hasta las capas nutricias, yo encontraba que sus frases eran eran tiesas pero largamente pensadas y me conmovían. Me conmovía su manera de moverse. Parecía un paisaje avanzado. A ratos era otra cosa, empuajaba las burbujas y las rompía porque se volvía filosa. Paisaje de agujas, del banco de corales, a merced de las corrientes, pero decíamos que algunos eramos así, plantas que viven del aire, generalmente creciendo en los desiertos. La hubiera escuchado toda la noche. Plantas aéreas y destino tercermundista, todo eso se le oía porque no era un discurso ni lloraba porque estuviese drogada ni se reía porque fuese inteligente ni. Ni nada. tampoco voy a justificarme que la oí, que la devoré con mis orejas, y que no pude expresar dos cosas sensatas, ni siquiera una. Esataba empapada, el vestido pegado al cuerpo e intenté sobreponerme a mi naufragio, poruq eso es un desastre cuando te eligen perfecta para una pose y llega la lluvia y te transforma y ya no sirves, ahora qué haría. Me volví desenvuelta y alegre con gestos mediterráneos, malogrados cinco minutos después de apresuradas explicaciones que intentaron dejar en claro dos o tres cosas, primero que no se fuera a creer que yo era vulgar, tampoco estaba casada y tenía sólidas opiniones en materia de arte, que no era una puta, perdón, una, bueno eso mismo, pero sí excesivamente tímida y venezolana del sur y estaba terminando mi libro pero perdí mi trabajo por depresión, problemas con un armario cerrado, pero ella me fascinaba. Y esa última frase fue la que peor sonó pero una vez aclaradas esas cosas, la calle me pareció interminable y sin misterios, y para no echarme a llorar me fui.
Lou y Arcángel Azalea no se pusieron de acuerdo con las fotos, cuando visitamos la exposición. Arcángel prefería el color: la serie donde una criatura negra recién salida del agua lloraba contra la luna de un espejo con luz rojiza. Algo o alguien desde el espejo le tendía un anillo barroco de piedra verde. Lou estuvo silenciosa como encantada, meditando frente a una imagen en blanco y negro donde llovía mucho. Era una vaga calle donde una mujer con el pelo como una llamarada parecía huir, y al fondo de la calle había un objeto que brillaba y era como un huevo de cocodrilo. En todas las imágenes alguien o algo lloraba. Y es que fueron unas extrañas semanas donde nunca le hablé y lo único que me calmaba el llanto eran sus brazos.
La última pose fue la más dura. Me llevó hasta una mesa puesta. Había un desvalido mosntruo horneado sobre una bandeja de plata. Un pollo de cinco patas o algo por el estilo. Sólo tenía que sentarme y mirar en lontananza. Llevaba un hermoso modelo incrustrado de pedrería. Recogí las manos sobre el mantel pero no pude seguir las instrucciones porque me eché a llorar. Esa vez ella me dijo, con sus frases largamente sentidas que me amaba y nos reimos mucho recordando la primera noche del Nouge, cuando por mi vergüenza por la histeria incontrolada y por el amor y por la lluvia me había ido corriendo y ella al seguirme se salvó del incendio criminal que estalló a la madrugada en el Nouge, un atentado a la embajadora, pero esa sería una anécdota para otro libro, de Lou, seguramente.

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