viernes, 2 de enero de 2009

ANTONIO LOBO ANTUNES


Esta edición de Entre Shandys y Bartlebys está dedicada integramente a mi gran amiga y escritora cubana Vivian Jiménez, y con ella abrimos el 2009, deseándoles a todos lo justamente merecido para este nuevo año.

CRÓNICAS CON BUGANVILIAS. Por Antonio Lobo Antunes

Las buganvillas en flor a lo largo del muro. A menudo, no importa qué esté haciendo o en qué ande pensando, me vienen las buganvillas en flor, azules y moradas, a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra, siempre, por debajo de la buganvilla: e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Recuerdos así: mi bisabuela, aturdida, desataba un pañuelo de bolsillo y desparramaba un montón de joyas en la mesa. Me quitaba los caramelos y se los comía ella con esa boca elástica de los viejos, la expresión de Popeye que tienen todos: sólo les faltan los bíceps y la pipa. Me olvidaba del ancla tatuada: les falta también el ancla tatuada, claro. Antes del desatino, mi bisabuela se metía en el tren, a escondidas, para ir a jugar a la ruleta en el casino. De Benfica a Estoril quietecita, con miedo a que la reconociesen. Antes de comenzar a escribir Memoria de elefante, me pasé un año entero jugando todas las noches en el casino. No a la ruleta
(nunca me gustó la ruleta)
sino a la banca francesa. Al cabo de un mes ya conocía a muchas personas con el mismo vicio. Y a las mujeres que se prostituían sólo para tener dinero y poder seguir jugando. Llegaba a las once y salía a las tres de la mañana, cuando se cerraban las puertas. En muchas ocasiones me iba con alguna de esas mujeres: vivía en un apartamento pequeñito, por encima del mar. He descrito buena parte de esto en la novela. He descrito también el apartamento. Las pasé moradas para dejar el casino. Supongo que sufría un poco: de soledad, de no ser capaz de crear. Tenía dos hijas. No tenía nada salvo mi esterilidad en cuanto artista. No cogía el papel, no cogía la pluma, la cabeza se me había vaciado. La guerra, al lado de esta miseria, había sido el Paraíso para mí. Es la primera vez que hablo del dolor de la impotencia, e imagino lo que será el martirio de los hombres que fracasan en la cama. Y, no obstante, si me diesen a elegir, preferiría eso a la imposibilidad de la escritura. Sigo prefiriendo eso
(y todo lo demás)
a la imposibilidad de la escritura. ¿Por qué? No merece la pena preguntar por qué. Es así. Y será así hasta el final.
Las buganvillas en flor a lo largo del muro, azules y moradas a lo largo del muro. Qué destino del demonio es este que hace que un hombre
(que hace que yo)
mate incluso, si fuere necesario, para proteger un hado que no da ni goce ni alegría. Hacer libros es una tarea que no asocio al placer. Y, no obstante, ¿qué otra cosa me interesa de verdad? Además me ha vuelto humilde, es decir, me ha dado un orgullo humilde. Quería ser el mejor. Soy el mejor. ¿Y? ¿Qué he ganado con eso? Más miedo a escribir, más humildad todavía. Hola, buganvillas en flor a lo largo del muro.
En la sala de juego, me acordaba de mi bisabuela: ¿cuál era su mesa? ¿Ésta, aquélla? ¿Vendería cosas, como tantos hacen, para comprar fichas? En los casinos, y eso es algo que siempre me ha perturbado, nadie sonreía. Expresiones indiferentes. Personas, que se notaba que eran pobres, apostando unos dinerillos menudos; personas, que no sospechaba que fuesen ricas, lanzando al paño, con desdén, en una sola jugada, más que todo mi sueldo. Los crupiés lo recogían, imperturbables. Señoras elegantes en el bar que cruzaban las piernas, con el comienzo del liguero al aire, fumando con una expresión absorta. Echaban nubes blancas por la nariz. Homosexuales a la deriva como los perros en las playas desiertas, intentando descubrir un olor que los guiase. Inspectores de esmoquin con un paso lento de flamencos. Y yo un año entero
(buganvillas, buganvillas)
en esto. En momentos de suerte, las señoras elegantes me convocaban con la boquilla, poniendo el liguero un poco más a la vista, y yo me metía la mano en el bolsillo para disimular el entusiasmo. Vistas de cerca no eran tan jóvenes, y al dejar el whisky sus bocas eran amargas. Pero era bueno que me susurrasen amabilidades al oído, que acababan con una puntita de lengua que me estremecía. Uñas que buscaban los espacios entre los botones de mi camisa. Rodillas contra mis caderas. Salían con abrigos de piel, frioleras, caminando, como Cristo sobre las aguas, sobre sus tacones de aguja. Durante días y más días mi coche
(un pobre coche siempre sucio)
olía a perfume, y ahí están las buganvillas en flor a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Una mañana de vacaciones, una serpiente: no una serpiente grande, es evidente, una de esas pequeñas, inofensivas. La aplasté con una piedra, la ensarté en una caña, fui a asustar a mi madre con aquello:
-Quita esa porquería de mi vista.
Dios mío, la cantidad de porquerías que debería haber quitado de la vista. ¿Estaré aún a tiempo de comenzar ahora?

Traducción de Mario Merlino

CRÓNICA DEL PESACDOR DE LA AVENIDA MARGINAL. Por Antonio Lobo Antunes

Ninguna felicidad se parece a otra. Y las formas de concebirla, anhelarla, buscarla y expresarla son diferentes. Como la de un hombre de 43 años que no entiende cómo alguien quiere ser feliz con él, si él es un tipo aburrido, que apenas habla, no le gusta convivir con nadie, ni expresar nada. Sólo le gusta pescar los fines de semana por la noche. ¿Y así, que felicidad le espera a alguien junto a él?
Cómo se te ocurre querer ser feliz conmigo, nadie es feliz conmigo, soy un aburrido. No me gusta convivir, no me gusta salir, no me gusta el cine, no me gusta la playa, ni siquiera me gusta cenar fuera, me gusta quedarme en mi rincón y que no hablen conmigo. ¿Qué rayos de felicidad podría darte? ¿Que te quedaras también en un rincón, aburriéndote? Además no me fijo en las fechas: en tu cumpleaños, en el mío, en el día en que nos conocimos y por lo tanto no regalo flores, no doy besos, no doy abrazos, no celebro nada, no te dejo con lágrimas en los ojos, conmovida, poniendo rosas en los jarrones. Me gusta pescar. Los viernes por la noche me voy con los aparejos a la Marginal y me quedo allí hasta la madrugada. Y los sábados. Y los domingos. No me importan los faros de los coches. No me importa el olor del río. Creo que no me importan los peces. Pensándolo bien, tal vez ni me guste pescar: me gusta sentarme en la muralla a ver las luces de Almada que se reflejan temblando en el agua negra. ¿Cómo podían interesarte las luces temblorosas de Almada? Me hacen recordar a los ojos exactamente en el instante de las lágrimas, que vacilan. Tal vez me interesan las luces porque nunca lloro. Y no entiendo cómo se te ocurre ser feliz conmigo. Trabajamos en el mismo sitio. Me ves todos los días. Almorzamos con los compañeros en la cantina. Casi nunca hablo. Digo
-Pues sí
de vez en cuando para que no me consideren maleducado. Ceno en casa con mi padre. Mi padre tampoco habla casi nunca: si el silencio se prolonga demasiado tiempo nos decimos
-Pues sí
el uno al otro y seguimos pelando la fruta. Mi padre no se saca la pipa de la boca ni siquiera cuando mastica: se mete la comida por el otro lado de la boca, soltando volutas de humo. Si llegase a morir seguro que no podrían quitársela de la barbilla. Le dije
-No hay quien cierre el ataúd con usted así
a él se le ocurrió que un agujerito en la tapa, junto al crucifijo, resolvía la cuestión, y de tiempo en tiempo una voluta de humo subiría desde la lápida. Sólo tengo que dejarle dos o tres paquetes en los bolsillos para cuando no haya más que ceniza dentro del hornillo. De cualquier manera, el día en que eso ocurra va a temblar en el agua el reflejo de las luces de Almada.
Para ser sincero, creo que no quiero ser feliz contigo por culpa del reflejo. Imagíname, si tú te marchases, sentado en la muralla con los ojos exactamente en el instante de las lágrimas, vacilando: mil veces estar en un rincón y que no hablen conmigo, mil veces la pipa de mi padre
-Pues sí
y yo
-Pues sí
de vuelta. Hay cosas que no se aguantan a partir de cierta edad y yo cumplí cuarenta y tres años en marzo. Cuarenta y tres, aunque uno no lo reconozca, es un montón de años. Se fue mi madre, se fue mi tía por parte de mi madre, que vivía con nosotros, mi hermano, a la semana siguiente de que lo dejara su esposa, se abrazó a un tren en Algés: quedó un zapato, un pedacito de pantalón, el suéter con sangre a veinte metros de la vía, una de las patillas de las gafas. (Era miope, tropezaba con los muebles sin querer). ¿Se habrá abrazado a propósito al tren? Durante semanas, después de eso, la pipa de mi padre más rápida y ninguno de nosotros
-Pues sí
pelando mudos la fruta, con el maldito cuchillo fallando, fallando. Tardó en llegar a cortar el melocotón de nuevo. Tenemos la patilla de las gafas en el cajón de las bombillas fundidas y de las llaves antiguas, que no sé para qué puertas servían. Tal vez se pudiese abrir el
-Pues sí
con ellas y dentro del
-Pues sí
mi hermano que aseguró avanzando hacia el tren
-Ya vuelvo
y volvió hecho pedazos
(algunos pedazos)
con un modelo para armar al que le faltaba la mitad de las piezas, mientras que la pipa seguía echando volutas. Fue el único momento en que me apeteció fumar. Mi cuñada rehizo su vida, desapareció. Vive en España, me contaron, con un empleado bancario. Al volver de pescar no llevo pescados en la cesta, los echo de vuelta al Tajo. Esto antes de la mañana, minutos antes de la mañana, con miedo a que se apaguen las luces de Almada. No me abrazo al tren que va a Lisboa, voy dentro de él con los aparejos a mi lado. Ni un perro en la calle excepto uno de esos cachorros vagabundos que no se interesan por mí, con el hocico a ras de la acera, murmurando. Noto que mi padre se vuelve en la cama. Que el grifo de un primer vecino comienza a gotear, el que se levanta temprano para ir a correr al parque con una expresión al borde del infarto o del orgasmo. Al verme en el espejo, mi expresión cambia en un santiamén como los números de los relojes digitales donde soy un montón de ceros. No creo que seas feliz con un montón de ceros, aburriéndote también en un rincón. Si me preguntas si te quiero te digo que sí. O sea te diría que sí en el caso de que la patilla de las gafas no estuviese en el cajón de las bombillas fundidas y de las llaves antiguas. Pero está. Por tanto, a lo sumo puedo decir
-Pues sí
y pensar en otra cosa. Me da pena. Palabra de honor que me da una pena enorme y el cuchillo, desmañado, vuelve a fallar con el melocotón. Me apetece, fíjate, regalarte flores. No te las regalo. Abrazarte. No te abrazo. Fijarme en las fechas. No me fijo en ellas. Me quedo aquí con las manos sobre las rodillas. Y, como no me gusta salir, si me invitas a tu boda, discúlpame, pero no voy a ir. Participo en el obsequio de los compañeros de trabajo
-Faltas tú, Guedes
y me quedo reflejado en el tablero de agua negra del escritorio, temblando.
Traducción de Mario Merlino.

OTRA FORMA DE MEDIR EL TIEMPO. Por Isabel Mallén

La lectura de los autores que nos gustan hace que nos introduzcamos de lleno en esa atmósfera de ficción creada y nos olvidemos de todo lo demás. Lo que pasa a nuestro alrededor deja de tener sentido.
Con Lobo Antunes pasa lo contrario. La palabra de este autor te atrapa para centrarte en el aquí y ahora, en el ya y el todavía para hablar de lo cotidiano, suyo y nuestro, para que se genere la magia de la identificación autor-lector.
¿Qué es lo que realmente le importa a un autor?, se pregunta. A él no le interesan nada la mesa donde escribe o su casa. Es más, dice que, las crónicas, a las que estoy haciendo alusión, no tienen importancia. Sin embargo dice en ellas cosas como en la Crónica del Pescador de la Avenida Marginal .
O en esta otra: El “ya” y el “todavía”
“Soy todavía en el placer que siento al andar por el bordillo de la acera, al saltar a la pídola sobre el puf de la sala. Soy ya al pensar, cuando me invade la funesta sensación de para qué y me quedo en el sofá rumiando melancolías difusas y sumándome las canas con odio.
Si los ancianos ya han sido, los niños todavía no son. A veces hay alguien que no es ni una cosa ni la otra. O que es las dos a la vez”.
Su palabra te despierta, vibra en tu interior, te hace ver que lo más común es también lo más hermoso. Triste a veces como la vida pero es una tristeza bella porque sus palabras lo son. “No quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna”.
Lobo Antunes, psiquiatra de formación, inició su carrera literaria en 1979 con la publicación de Memoria de elefante, cuando tenía 37 años; dejó la medicina, decidió entregarse a la actividad literaria y, desde entonces, su objetivo ha sido cambiar el arte de escribir.
El próximo 29 de noviembre, en el marco de la ceremonia de inauguración de la Feria Internacional del Libro (FIL), Guadalajara 2008, recibirá el Premio de Literatura en Lenguas Romances. El premio, antes conocido como “Juan Rulfo”, está dotado con 150.000 dólares y reconoce a un autor por el conjunto de su obra en cualquier género literario.
La obra de Lobo Antunes “se caracteriza por una exploración de las potencialidades expresivas de la palabra, y una profunda reflexión sobre la complejidad de la experiencia interna de los seres humanos, en el marco de la violencia, la lucha anticolonial y la transición política de Portugal”.

EXHORTACIÓN A LOS COCODRILOS (Fragmento) Por Antonio Lobo Antunes

Recordaba una figura de tamaño natural, llamada Madame Dolores, a la que se le metía una moneda en el ombligo y soltaba una tarjeta con el futuro impreso, todos los futuros idénticos, una enfermedad grave pero curable, la boda con un caballero bondadoso, un viaje en barco, una herencia inesperada, y de hecho la figura acertaba porque realmente los futuros eran todos iguales. (...) Cuando me aplican el suero en el hospital, la sala del tratamiento es un acuario de peces acostados que lanzan al techo burbujas de palabras, verduscos, transparentes, sin pelo, desfigurados por la delgadez, extendidos en la arena de las sábanas con el líquido que cura el cáncer bajando hacia el brazo y los dientes y la lengua moviéndose siempre.

UN LOBO EN EL JARDÍN ZOOLÓGICO. Por Borja Hermoso

A ver cómo trata la Historia de la Literatura a António Lobo Antunes, pero nadie, ni sus detractores -que los tiene- le podrá negar a este señor de 58 años el esfuerzo de titán en la creación de unas imágenes que queman como lava y fluctúan entre precipicios de sensibilidad y pozos de amargura.
En el culo del mundo es un mirador privilegiado desde el que poder divisar el mundo de Lobo, sus fascinaciones. Y si no:
Si usted, señora, y yo fuésemos, por ejemplo, osos hormigueros, en lugar de conversar entre nosotros en este rincón del bar, tal vez yo me adaptaría mejor a su silencio, a sus manos detenidas en el vaso, a sus ojos de merluza de cristal flotando en algún lugar de mi calva o en mi ombligo, tal vez nos podríamos entender con una complicidad de hocicos inquietos olisqueando en el cemento añoranzas de insectos que no había, tal vez nos uniríamos, al abrigo de la oscuridad, en coitos tan tristes como las noches de Lisboa, cuando los neptunos de los lagos se desprenden del barro de su musgo y pasean por las plazas vacías sus ansiosas órbitas oxidadas.
El libro está construido sobre dos ejes: en los capítulos impares, un veterano de la guerra de Angola (António Lobo Antunes, póngase por caso) rememora el horror de la contienda colonial («aunque la guerra es demasiado horrible como para convertirla en material de ficción», admite Lobo, quien recuerda con espanto las espantosas mutilaciones, las prostitutas desdentadas de los suburbios de Luanda y los puntos con que los mandos premiaban a los soldados cada vez que mataban a un rebelde). En los capítulos pares, ese veterano trata de seducir a una señora en un bar de Lisboa, ante piscinas de alcohol.
El relato arranca en el zoo de Lisboa, a donde el narrador iba con su padre para ver cómo en el estanque de los hipopótamos se expandía la lenta tranquilidad de los gordos («todo es de verdad en este libro y en los otros, no hay casi nada inventado»). Y es cierto: uno va al fascinante zoo de Lisboa y allí siguen los hipopótamos tristes. Allí siguen las rejas viejas de los leones. Allí siguen las cacatúas de cabeza ladeada y los pingüinos con juanetes de conserje. Las águilas de piedra de la entrada.
Y como casi siempre, Lobo Antunes habla de la infancia desde la primera página. Y de la familia (en las primeras líneas de casi todas sus novelas aparecen el padre, el abuelo, la abuela, los hermanos...). Todo viene de la niñez, sostiene Lobo. ¿Por eso su literatura fluye en un presente elástico?

LA REALIDAD HECHA AÑICOS. Por Mario Merlino*

Comienzo repitiendo frases más o menos hechas: toda traducción impone un compromiso, blablablá, cada texto es un riesgo, una carrera de obstáculos, blablá, un placer, un vértigo, blá. Ocurre que con António Lobo Antunes me sentí -perdóneseme la hipérbole- al borde del abismo. Me encontré con él y sus máscaras en Tratado de las pasiones del alma y hubo un primer estado de estupefacción, de maravilla, de prodigio. Hacía tiempo que (en calidad de lector primero, de traductor después) no me topaba con un tornado narrativo como el suyo.
Mucho se publica y, entre lo mucho, uno se ahoga de aburrimiento con tanta literatura autocomplaciente, previsible: nadie se libra de los tópicos, claro está, pero convertir los tópicos en obra literaria y deleitarse con ellos se deriva en una experiencia próxima el espejito de la maligna madrastra de La bella durmiente.
Mi primera cita con la escritura de Lobo Antunes fue una cita rítmica. Y esa danza compartida se fue acrecentando con las novelas que siguieron. Un ritmo contagioso, dionisiaco y, como sucede en toda orgía, próximo a la epidemia. Ese goce avasallador -uno se vuelve vasallo de la obra- habrá de dar un giro y convertirse en una señal de alerta: ¿cómo enseñorearse de un texto que nos arrastra de tal modo? ¿Cómo completar en lengua castellana una prosa que se funda en la suspensión, la superposición de voces y construye un habla fragmentaria, múltiple por tanto, que dice y se desdice? ¿Cómo repetir palabra por palabra las novelas de Lobo Antunes, a la manera de Pierre Ménard, autor del Quijote?
Con la retórica de nuevo he topado. No puedo (ni quiero) responder a esas preguntas. Consigo a lo sumo reconstruir sensaciones frente al ritmo de un lenguaje narrativo y poético a la vez. Y la mezcla de géneros se corresponde con el tránsito de las lenguas dentro de la propia lengua, un portugués que va y viene alimentándose de usos mestizos, que ironiza sobre sí mismo, que congrega y se disgrega en la parodia.
Frente a las varias novelas de Lobo Antunes ya editadas en castellano me surge una analogía con la propuesta brechtiana del distanciamiento: el actor no debe interpretar a su personaje, debe repetirlo como si lo citase. Entonces me hago actor de su obra, la incorporo, me sumerjo y a continuación me alejo para citarla. Paso de la orgía a la lucidez, cito la orgía. Y como el hermoso vértigo de la literatura está en la sucesión de semejanzas (el texto es el texto es el texto), me vuelvo petulante (pero suelto una disculpa: el deseo nos hace pretenciosos) y me convierto en el príncipe bien formado que debe despertar a la bella durmiente, en este caso confundida con la prosa de Lobo Antunes que abre los ojos al castellano y los vuelve a cerrar para que otro príncipe (otro lector) llegue y la descubra. Sin hablar de los miles de lectores que ya han celebrado el encuentro amoroso con sus novelas.
Y repito lo que escribí hace un año en la revista Turia: un encuentro amoroso imposible para los complacientes y muy seguros de sí mismos, una literatura que abomina del dogma y de la fe que fusila, que representa un universo hecho de escombros, sofocado por la estupidez y la intransigencia, el culatazo y la sangre. Es mejor que se abstenga la madrastra: el espejo se le caerá de las manos y sólo verá multiplicada su miseria en los añicos. Bla. Bla. Bla.
Traductor al castellano de la obra de António Lobo Antunes.

DONDE EL POBRE ESCRITOR COMIENZA. Por Antonio Lobo Antunes

Traducción de Vivián Jiménez
Voy a comenzar a escribir mi libro el día 25 de febrero. Como siempre tengo mucho miedo marco una fecha para obligarme a trabajar; mientras, armo un esbozo del plano que después destrozo enseguida, un plano que incluye el número de capítulos, nombres, inicios de frases, una estructura que no seguiré pero que necesito como punto de apoyo para después destruirla en la medida que el texto se hace, o yo lo hago, o nos hacemos el uno al otro. Un poco de todo, creo yo. No sé lo que va a pasar, sé que armaré los siete u ocho primeros capítulos, y me diré a mí mismo
-No es esto, no esto
hasta que las palabras encuentren su orden y su camino. Durante dos o tres meses es así, tentativa y desistimiento, tentativa y desistimiento, tentativa y desistimiento, a la espera de que las frases se vuelvan ciertas. A partir del momento en que el material se encamina, el texto comienza a andar más o menos solo, cada vez con menos tropiezos. La segunda mitad del libro demora un tercio del tiempo que demora la primera porque las páginas van ganando un alma y una solidez que les pertenece a ellas, no a mí. Un año, un año y medio para la primera versión, y después meses de correcciones y una gran tajada de todo aquello, innecesaria, para la basura. Cortes, cortes, cortes, cortes, cortes. ¿Si comienzo el 25 de febrero para cuándo estará listo? No me pregunto eso, y en caso de preguntármelo no conozco la respuesta. Un libro es una sorpresa, se desvía, se tuerce, sigue por otros caminos. Al final de todo se torna claro: era lo que yo quería sin saber que lo quería, y me sorprende que sea exactamente así. Conozco poco de escribir (¿quién conoce mucho de escribir?)
y en los momentos buenos escribo mejor que yo. ¿De qué zona, de qué región nace lo que redacto? Hay en nosotros una ciencia de las cosas que no tenemos idea de poseer, y es a partir de esa ciencia que se compone. Del último libro a éste pasaron cerca de tres meses. Tres meses sin otra ocupación salvo estas croniquillas, y el recelo en el fondo de no ser capaz, la impresión de haberme secado para siempre la certeza de que la vida fácil terminó. Y si la vida fácil terminó, ¿qué será de mí? Me siento vacío, sin sentido, desorientado. Casi no leo, casi no me muevo, respiro mal, una culpabilidad exquisita me amarga, no me hallo, no soy yo. Los más cercanos saben que vivo de casi nada, lo único que no puedo es dejar de vivir con una pluma en la mano.
No soy nadie sin una pluma, de la misma manera que con la pluma siento que valgo algún centavo: justifica y le da sentido a los días. Sólo espero que me permitan dar por terminado el libro: hace años que le pido esto a Dios: no me lleves con el papel incompleto, cargado de defectos, de imperfecciones, de tonterías. Es curioso el sentido de esta misión, de este acto
(perdónenme no estoy exagerando)
sagrado. Cometí muchos errores en la vida y, en cierta medida, me perdono algunos. No me perdono errores en la escritura. Mi padre acostumbraba a citar a Herculano que decía a propósito de Garret
- Por media docena de monedas Garret era capaz de hacer todas las porquerías menos una frase mal escrita.
Para Herculano y para mi padre ésa era la peor de las porquerías, y yo concuerdo con ellos. Estoy seguro que en los siete u ocho últimos libros que hice no hay una frase mal escrita, y las necedades que encuentro en los primeros en los que no tengo derecho a enmendar me indignan como un pecado sin remedio. No me siento con derecho de arreglarlos porque la persona responsable de ellos no soy yo: al hacerlos era otro, una especie de antepasado en el que me reconozco mal y se me escapa. Quiero decir que la vida de él fue la mía, su obra no y, no obstante, necesité haber sido otro para ser yo ahora. Este. Me muevo hoy en una región interior que finalmente me pertenece y en la cual espero que habiten unos cuantos libros más. Necesitaba hacer esta crónica para dar fe del peso de la mano, a pesar de que la textura de la crónica sea muy diferente. No padezco de lo que padezco en las novelas, que no son novelas, lo son todo. Por lo menos quiero que sean todo. No: exijo que sean todo. Y no deben nada a nadie: no hay una sola voz ajena en mi voz, hoy en día no le debo a nada ni a nadie. Heme aquí solo sin dedos ajenos en mi masa. Esto ni siquiera es orgullo puesto que soy humilde: es verdad. No paso de ser un pobre hombre que cuenta con una creación que le excede, de un escarabajo empujando su bola. ¿Para dónde? En la dirección de los lectores, tal vez la dirección donde estamos todos, espero yo. En nuestra dirección. No me hago idea de lo que va a ser de mí. Un día muero. Paro. Me meten en un hueco, encerrado en una caja. Pero esa es mi salvación, he de hacer unos cuantos ladrillos de palabras que abriguen la llama frágil de mi nombre. Y son esos ladrillos, no el nombre, lo que realmente importa. Gracias, vida, por haberme dado tiempo de construir. Fue todo lo que pretendí, desde que me conozco. Y, dicho esto, puedo comenzar.

SUS TRES PRIMEROS LIBROS

"Memoria de Elefante" cuenta la historia de la crisis existencial del narrador-protagonista, un psiquiatra que reside en Lisboa (alter ego del propio Lobo Antunes). Toda esta reflexión se desarrolla a lo largo de un día y una noche. Es una novela universal y bella, ya que pone de manifiesto la debilidad humana, pero con sinceridad y ánimo de superar los obstáculos que aparecen en cualquier vida adulta. De su éxito literario que fue fulgurante y sorpresivo.
"En el Culo del Mundo" fue publicada por primera vez en portugués en 1979. A lo largo del diálogo entre un hombre y una mujer, del que realmente sólo escuchamos la voz masculina, la experiencia vivida por el protagonista en la guerra de Angola se va filtrando y expandiendo hasta absorber y condicionar todas las facetas de la relación que ambos intentan establecer. Así, la conciencia de la inmensa soledad y violencia que puede llegar a soportar el ser humano se revela como un factor determinante de la identidad individual y de la colectiva. Como telón de fondo, entre brumas, encontramos la presencia de un Portugal -del que Lisboa es síntesis y metáfora- que no se comprende sin esta antinomia trágica de su historia colonial africana. Estructurada dualmente, tanto en lo que se refiere al desarrollo argumental como al tratamiento del tiempo y del espacio, En el culo del mundo es una novela imprescindible para comprender en su plenitud la geografía literaria de Lobo Antunes y un extraordinario texto literario de implacable andadura discursiva.
“Acerca de los pájaros”, tercera novela de António Lobo Antunes, publicada en 1981, está ambientada en un Portugal que llevaba soportados cincuenta años de dictadura. Un hombre y una mujer deciden a última hora cambiar su viaje a Tomar para dirigirse a un hostal de Aveiro. Lo que ella no sabe es que la intención de su marido es abandonarla. Rui S., un hombre incapaz de tomar decisiones, decide así recuperar las riendas de su vida. A lo largo de los cuatro días en los que transcurre la acción, los dolorosos recuerdos de su primera esposa se confunden con perturbadoras imágenes y sarcásticas reflexiones acerca de la fracasada relación con su segunda mujer, una comunista comprometida.Sin embargo, un hecho inesperado frustra las intenciones del protagonista y convierte el viaje en un descenso a la obsesión que irremediablemente acaba en la muerte.

ANTES ME DEVOLVÍAN LOS LIBROS, AHORA ME LOS COMPRAN SIN LEERLOS

Antonio Lobo Antunes es considerado una de las voces más importantes y singulares del panorama literario mundial, eterno candidato al Nobel y finalista del Príncipe de Asturias de las Letras en esta última edición. Premios, galardones, y reconocimientos le llueven ahora a quien hace unos años era prácticamente desconocido. "Ahora soy como un fenómeno, como una estrella de cine, y todos me hacen crítica extasiada. Seguro que si me pongo a cagar me aplauden", dice con humor y resignación.
"Pero yo no he cambiado, soy el mismo. Antes me devolvían los libros, ahora me los compran sin leerlos", comenta este escritor que hoy es traducido a 40 lenguas y que dejó la psiquiatría hace más de diez años para dedicarse de lleno a la escritura, tarea a la que dedica de forma disciplinada más de 12 horas diarias.
Sin embargo, y aunque reconoce que antes de comenzar una novela tiene siempre un "plan mental" sobre lo que va a escribir, la mayor parte de las veces el resultado es muy diferente a lo que esperaba al principio, aunque No entres tan deprisa en esa noche oscura se acerca más que las anteriores a lo que él cree que debe ser una novela.
Antonio Lobo Antunes comenzó a escribir esta historia cuando su mujer Zé -a la que le dedica el libro y de la que estaba separado desde hacía años- estaba muriéndose de cáncer. "Lo escribí en su casa con ella y con mis dos hijas; y esta historia de la muerte y las dos hijas alrededor de la cama me llevó al personaje central de mi novela: María Clara. Una mujer que a través de la memoria, el presente y los flujos de los recuerdos va reconstruyendo mediante el monólogo o la confesión psicoanalítica su vida familiar con su madre, su padre, su abuela, su hermana o su criada.
Dividida en los siete días de la creación con sus citas correspondientes del Génesis bíblico, la novela empieza el primer día cuando el padre entra en una clínica para ser operado y termina cuando le dan el alta. Con esta historia de soledades, dolor, silencios y amores ocultos bucea en el interior más profundo del ser humano en su lucha contra la muerte. "Yo quería hacer una parábola, una metáfora de la vida. Bueno, en definitiva, quería crear el mundo, una vida hecha por esta mujer y dejar claro que la muerte no es más que un día en toda la vida".