sábado, 13 de febrero de 2010

J. M. Coetzee, autor de Elizabeth Costello

Elizabeth Costello. Por J. M. Coetzee

1 REALISMO

En primer lugar está el problema del arranque, es decir, de cómo ir desde donde estamos ahora, y ahora mismo todavía no estamos en ninguna parte, hasta la orilla opuesta. Solo es cuestión de cruzar, de tender un puente. La gente soluciona problemas así todos los días.
Pongamos por caso que lo conseguimos, sea como fuere. Digamos que el puente ha sido construido y cruzado, y que podemos quitarnos el problema de encima. Hemos dejado atrás el territorio en el que estábamos. Y estamos al otro lado, que es donde queríamos estar.
Elizabeth Costello es escritora. Nació en 1928, lo cual quiere decir que tiene sesenta y seis años y va para sesenta y siete. Ha escrito nueve novelas, dos libros de poemas, un libro sobre ornitología y ha publicado bastante obra periodística. Es australiana de nacimiento. Nació en Melbourne y sigue viviendo en esa ciudad, aunque entre 1951 y 1963 pasó una temporada en el extranjero, en Inglaterra y Francia. Ha estado casada dos veces. Tiene dos hijos, uno de cada matrimonio.
Elizabeth Costello saltó a la fama con su cuarta novela, La casa de Eccles Street (1969), cuya protagonista es Marion Bloom, la mujer de Leopold Bloom, el protagonista de otra novela, Ulises (1922), de James Joyce. En la última década se ha desarrollado en torno a ella una pequeña industria crítica. Incluso existe una Elizabeth Costello Society, con base en Albuquerque, que publica un boletín trimestral, el Elizabeth Costello Newsletter.
En la primavera de 1995, Elizabeth Costello viajó, o, mejor dicho, viaja (en presente) a Williamstown, Pensilvania, al Altona College, para recibir el premio Stowe. El premio se entrega cada dos años a un escritor mundial de primera fila, elegido por un jurado compuesto por críticos y escritores. Consiste en cincuenta mil dólares, legados por el patrimonio de los Stowe, y una medalla de oro. Es uno de los premios literarios más importantes de Estados Unidos.
En su visita a Pensilvania, a Elizabeth Costello (Costello es su apellido de soltera) la acompaña su hijo John. John es profesor de física y astronomía en una universidad de Massachusetts, pero por razones privadas está en pleno año sabático. Últimamente Elizabeth ha perdido fuerzas: sin la ayuda de su hijo no estaría llevando a cabo este viaje tan agotador a través de medio mundo.
Avanzamos. Han llegado a Williamstown y los han llevado a su hotel, un edificio sorprendentemente grande para una ciudad tan pequeña, un hexágono alto, todo de mármol oscuro por fuera y de cristal y espejos por dentro. En la habitación de Elizabeth tiene lugar la siguiente conversación:
—¿Estarás cómoda? —le pregunta su hijo.
—Estoy segura de que sí —contesta ella.
La habitación está en el piso doce, desde donde se pueden ver un campo de golf y unas colinas boscosas más allá.
—Entonces, ¿por qué no te tumbas y descansas? Nos vienen a buscar a las seis y media. Yo te llamo cuando falte un rato.
Él se dispone a salir. Ella habla.
—John, ¿qué quieren exactamente de mí?
—¿Esta noche? Nada. No es más que una cena con miembros del jurado. No nos retiraremos tarde. Les recordaré que estás cansada.
—¿Y mañana?
—Mañana es otra historia. Me temo que vas a tener que remangarte.
—Me he olvidado de por qué acepté venir. Parece que es meterse en un jaleo enorme para nada. Tendría que haberles pedido que se olvidaran de la ceremonia y me enviaran el cheque por correo.
Después del largo vuelo, Elizabeth aparenta su edad. Nunca ha cuidado su aspecto. Antes se lo podía permitir, ahora la edad le pasa factura. Parece vieja y gastada.
—Me temo que no funciona así, madre. Si aceptas el dinero, también tienes que aceptar el espectáculo.
Ella niega con la cabeza. Todavía lleva puesto el viejo impermeable azul que se puso en el aeropuerto. Su pelo tiene un aspecto grasiento y marchito. Ni siquiera ha empezado a deshacer las maletas. Si su hijo la deja sola, ¿qué va a hacer? ¿Acostarse con el impermeable y los zapatos puestos?
El está aquí, con ella, por amor. No se imagina a su madre pasando por este padecimiento sin él a su lado. Está con ella porque es su hijo y la quiere. Pero también está a punto de convertirse en —palabra desagrable— su amaestrador.
Piensa en ella como en una foca, una foca de circo vieja y cansada. Que debe tirarse una vez más al tanque de agua y demostrar que puede mantener la pelota en equilibrio sobre el morro. Y a él le corresponde persuadirle, darle ánimos y ayudarla a llegar al final de la actuación.
—Es lo único que saben hacer —dice en el tono más suave que puede—. Te admiran, quieren rendirte honores. Es la mejor manera que se les ocurre de hacerlo. Darte dinero. Publicitar tu nombre. Usar una cosa para hacer la otra.
De pie ante el escritorio estilo imperio, hojeando los folletos que le dicen dónde comprar, dónde cenar y cómo usar el teléfono, Elizabeth le echa una de esas miradas breves e irónicas que todavía tienen el poder de sorprenderle, de recordarle quién es ella.
—¿La mejor? —murmura.
El llama a la puerta a las seis y media. Ella está lista, esperando, llena de dudas pero lista para enfrentarse al enemigo. Lleva su vestido azul y su chaqueta de seda, su uniforme de señora novelista, así como los zapatos blancos que no tienen nada de malo pero que le dan aspecto de pata Daisy. Se ha lavado el pelo y se lo ha peinado hacia atrás. Todavía tiene un aspecto grasiento, pero honorablemente grasiento, como el de un peón o de un mecánico. Y ya tiene esa expresión pasiva en la cara que, al verla en una jovencita, uno consideraría retraída. Una cara sin personalidad, de esas que obligan a los fotógrafos a trabajar para darles algún elemento distintivo. Como Keats, piensa él, el gran defensor de la receptividad inexpresiva.
El vestido azul y el pelo grasiento son detalles, señales de un realismo moderado. Suministra los detalles y deja que los significados emerjan por sí mismos. Un procedimiento del que fue pionero Daniel Defoe. Robinson Crusoe, náufrago en una playa, mira a su alrededor en busca de sus compañeros de barco. Pero no hay nadie. «Nunca los volví a ver, ni vi otro rastro de ellos —dice— que tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos desparejados.» Dos zapatos desparejados. Al estar desparejados, los zapatos dejaban de ser calzado y se convertían en pruebas de la muerte, arrancados de los pies de los ahogados por los mares espumeantes y arrojados a la orilla. Nada de grandes palabras, nada de desesperación, simplemente sombreros, gorras y zapatos.
Hasta donde él puede recordar, su madre siempre se pasaba las mañanas encerrada escribiendo. No se la podía interrumpir bajo ninguna circunstancia. Él se veía a sí mismo como un niño desafortunado, solo y al que nadie quería. En los momentos en que sentían más lástima por sí mismos, él y su hermana se desplomaban delante de la puerta cerrada con llave y hacían ruiditos parecidos a gemidos. Con el tiempo los gemidos se convertirían en canturreos y silbidos y ellos se sentirían mejor, olvidarían su abandono.
Ahora la escena ha cambiado. Él ha crecido. Ya no está delante de la puerta sino al otro lado, observando cómo su madre se sienta de espaldas a la ventana y afronta la página en blanco, día tras día, año tras año, mientras el pelo negro se le vuelve lentamente gris. Qué obstinación, piensa él. Su madre merece la medalla, no hay duda, esa medalla y otras muchas. Por un valor más allá del cumplimiento del deber.
El cambio llegó cuando él tenía treinta y tres años. Hasta entonces no había leído ni una palabra de lo que escribía su madre. Aquella era su réplica hacia ella, su venganza por haberle dejado fuera. Ella lo negaba a él, así que él la negaba a ella. O tal vez él se negaba a leerla para protegerse a sí mismo. Tal vez aquel era el motivo más profundo: mantener alejado el rayo. Luego, un día, sin decir una palabra a nadie, sin siquiera murmurar nada para sí mismo, cogió de la biblioteca uno de los libros de su madre. Y se lo leyó todo, sin esconderse, en el tren o sentado a la mesa a la hora del almuerzo.
—¿Qué lees?
—Uno de los libros de mi madre.
Él aparece en los libros de ella, en algunos. Igual que otra gente a la que reconoce. Y debe de haber muchos más a los que no reconoce. Ella escribe sobre sexo, sobre pasión, celos y envidia con una sabiduría que lo impresiona. Es ciertamente indecente.
Su madre lo impresiona. Ese debe de ser el efecto que causa también en el resto de los lectores. Y es presumiblemente la razón de ser de Elizabeth en términos generales. Qué extraña recompensa para una vida entera impresionando a la gente: que te envíen a este pueblo de Pensilvania y te den dinero. Porque ella no es en absoluto una escritora que reconforte. Ella es incluso cruel, de una forma en que pueden serlo las mujeres pero los hombres casi nunca se atreven a ser. ¿Qué clase de criatura es en realidad su madre? No es una foca: no es lo bastante amigable. Pero tampoco es un tiburón. Es una gata. Una de esas gatas grandes que hacen una pausa mientras evisceran a su víctima y te miran con sus ojos amarillos y fríos desde el otro lado del vientre abierto en canal.
En la planta baja hay una mujer que los espera, la misma joven que los trajo del aeropuerto. Se llama Teresa. Es profesora auxiliar en el Altona College, pero en el asunto del premio Stowe es una factótum, una sirviente, y una pieza menor en el engranaje general.
El se sienta en el asiento del pasajero junto a Teresa, y su madre se sienta en la parte de atrás. Teresa está emocionada, tan emocionada que se pone a charlar. Les habla de los vecindarios por los que pasan, del Altona College y de su historia y del restaurante al que se dirigen. En medio de su parloteo inserta dos breves y tímidas aportaciones propias.
—El otoño pasado tuvimos aquí a A. S. Byatt —dice—. ¿Qué le parece a usted A. S. Byatt, señora Costello?
Y más tarde:
—¿Qué le parece Doris Lessing, señora Costello?
Teresa está escribiendo un libro sobre escritoras y política. Pasa los veranos en Londres haciendo algo que ella llama investigación. A él no le sorprendería que tuviera una grabadora escondida en el coche.
Su madre tiene un nombre para esa clase de gente. Los llama los peces de colores. Dan la impresión de ser pequeños e inofensivos, dice, porque cada uno de ellos no necesita más que una pizca infinitesimal de carne, un semisemimiligramo. Ella recibe cartas cada semana, a través de su editor. Hubo una época en que las respondía: Gracias por su interés, por desgracia estoy demasiado ocupada para contestar con la extensión que su carta merece. Luego un amigo le dijo que aquellas cartas de respuesta iban a parar al mercado de los autógrafos. Después de aquello dejó de responder.
Pececillos de colores rodeando a la ballena moribunda, esperando el momento de lanzarse sobre ella y darle un bocado rápido.
Llegan al restaurante. Llueve un poco. Teresa los deja en la puerta y se va a aparcar el coche. Ellos se quedan un momento a solas en la acera.
—Todavía podemos escaparnos —dice él—. No es demasiado tarde. Podemos coger un taxi, pasar por el hotel a recoger nuestras cosas y estar en el aeropuerto a las ocho y media para coger el primer vuelo. Para cuando lleguen los polis podemos haber desaparecido.
Él sonríe. Ella sonríe. Van a seguir con el programa, no hace falta decirlo. Pero es un placer juguetear al menos con la idea de escaparse. Bromas, secretos, complicidades. Una mirada por aquí y una palabra por allí: esa es su forma de estar juntos, de estar separados. El será su escudero y ella será su caballero. Él la protegerá mientras pueda. Luego la ayudará a ponerse la armadura y a subirse al corcel, le sujetará el escudo al brazo, le entregará la lanza y dará un paso atrás.
Hay una escena en el restaurante, casi todo diálogo, que nos vamos a saltar. Retomamos la historia en el hotel, donde Elizabeth Costello le pide a su hijo que repase la lista de la gente que acaban de conocer. Él obedece y le otorga a cada nombre una función, como en la vida. Su anfitrión, William Brautegam, es el decano de Humanidades del Altona College. El representante del jurado, Gordon Wheatley, es canadiense y profesor titular en la Universidad McGill, y ha escrito sobre literatura canadiense y sobre Wilson Harris. La mujer a la que llamaban Toni, la que le habló sobre Henry Handel Richardson, es del Altona College. Es especialista en Australia y ha dado clases allí. A Paula Sachs ya la conoce. El hombre calvo, Kerrigan, es un novelista nacido en Irlanda y ahora residente en Nueva York. La quinta miembro del jurado, la que estaba sentada al lado de él, se llama Moebius. Da clases en California y dirige una revista académica. También ha publicado algunos cuentos.
—Tú y ella habéis tenido un buen tête-à-tête— le dice su madre—. Es guapa, ¿verdad?
—Supongo que sí.
Ella se queda pensativa.
—Pero como grupo, ¿no te han parecido un poco...?
—¿De poca monta?
Ella asiente.
—Bueno, es que lo son. Los pesos pesados no se involucran en esta clase de espectáculos. Los pesos pesados están lidiando con los problemas de los pesos pesados.
—¿Y yo no soy lo bastante peso pesado para ellos?
—No, sí que lo eres. Tu desventaja es que no eres un problema. Lo que escribes todavía no ha resultado ser un problema. En cuanto te presentes como problema, te dejarán entrar en su terreno de juego. Pero por ahora no eres un problema, solamente un ejemplo.
—¿Un ejemplo de qué?
—Un ejemplo de escritura. Un ejemplo de cómo escribe alguien de tu condición social, tu generación y tus orígenes. Una muestra.
—¿Una muestra? ¿Puedo protestar un momento? ¿Después de todo lo que me he esforzado por no escribir como los demás?
—Madre, no tiene sentido que la tomes conmigo. Yo no soy responsable de cómo te ve el mundo académico. Pero debes admitir que, a cierto nivel, hablamos, y por tanto escribimos, igual que todo el mundo. De otra forma todos hablaríamos y escribiríamos en idiomas privados. ¿Verdad que no es absurdo interesarse por lo que la gente tiene en común en lugar de por lo que la separa?
A la mañana siguiente, John se ve sumido en otro debate literario. En el gimnasio del hotel se encuentra con Gordon Wheatley, el presidente del jurado. Y mientras están haciendo ejercicios de bicicleta, uno al lado del otro, mantienen una conversación a gritos. Él le dice a Wheatley, no del todo en serio, que su madre se quedará muy decepcionada si se entera de que le han dado el premio Stowe porque 1995 ha sido declarado el año de Australasia.
—Entonces, ¿por qué quiere que se lo den? —le grita Wheatley.
—Porque es la mejor —contesta él—. En la opinión sincera del jurado. No la mejor australiana, ni la mejor mujer australiana, simplemente la mejor.
—Sin infinito no tendríamos matemáticas —dice Wheatley—. Pero eso no quiere decir que exista el infinito. El infinito no es más que un constructo, un constructo humano. Por supuesto, estamos seguros de que Elizabeth Costello es la mejor. Simplemente debemos tener claro lo que significa una afirmación como esa en el contexto de nuestra época.
John no le encuentra sentido a la analogía con el infinito, pero decide dejar el tema. Confía en que Wheatley escriba mejor de lo que piensa.
El realismo nunca se ha sentido cómodo con las ideas. No puede ser de otra forma: el realismo se basa en la idea de que las ideas no tienen existencia autónoma, solamente pueden existir en las cosas. De forma que cuando necesita debatir ideas, como aquí, el realismo debe inventar situaciones —paseos por el campo, conversaciones— en las que los personajes enuncien las ideas en pugna, y por tanto, en cierta forma, las encarnen. La idea de encarnar resulta ser fundamental. En dichos debates las ideas no flotan en libertad y ciertamente no pueden hacerlo: están ligadas a los oradores que las enuncian y son generadas desde la matriz de los intereses individuales a partir de los cuales sus formuladores actúan en el mundo. Por ejemplo, el interés del hijo porque no traten a su madre como a una escritora poscolonial a lo Mickey Mouse o el interés de Wheatley porque no lo vean como a un absolutista a la vieja usanza.
A las once, él llama a la puerta de la habitación de su madre. Ella tiene un día duro por delante: una entrevista, una sesión en la emisora de la universidad y luego, por la noche, la ceremonia de presentación y el consiguiente discurso.
Su estrategia con los entrevistadores es asumir el control de la conversación. Les presenta bloques de diálogo ensayados tan a menudo que él se pregunta si no se le han solidificado en la mente y se han convertido en una especie de verdad. Un párrafo largo sobre la infancia en los suburbios de Melbourne (cacatúas graznando al fondo del jardín) con un párrafo secundario dedicado a la amenaza que supone la seguridad de la clase media para la imaginación. Un párrafo sobre la muerte de su padre por unas fiebres tifoideas en Malaya, con su madre en algún lugar al fondo tocando valses de Chopin al piano, seguido por una secuencia de lo que parecen reflexiones improvisadas sobre la influencia de la música en su prosa. Un párrafo sobre sus lecturas de adolescencia (voraces y nada selectivas) y un salto a Virginia Woolf, a quien leyó por primera vez cuando era estudiante, y al impacto que Woolf tuvo en ella. Un pasaje sobre su período en la escuela de arte y otro sobre el año y medio que pasó en el Cambridge de posguerra («Lo que más recuerdo eran mis esfuerzos por entrar en calor»). Otro sobre sus años en Londres («Supongo que me podría haber ganado la vida como traductora, pero el lenguaje que más dominaba era el alemán y en aquella época el alemán no era muy popular, como pueden imaginar»). Su primera novela, que ahora menosprecia con modestia aunque como primera novela estuvo muy por encima de sus competidoras, y luego sus años en Francia («una época vertiginosa»), mencionando de forma lateral su primer matrimonio. Luego su regreso a Australia con su hijo. Con él.
A fin de cuentas, juzga él al escucharla, una actuación profesional, si todavía se puede usar esa palabra, que ocupa la mayoría de la hora, tal como se pretendía, y solamente deja unos minutos para eludir las preguntas que empiezan por «¿Qué opina usted de...?». ¿Qué opina usted del neoliberalismo?, pregunta la mujer. ¿Y de los derechos de los aborígenes? ¿Y de la novela australiana actual? John lleva cuatro décadas viviendo a su lado, a intervalos, y sigue sin estar seguro de qué piensa ella sobre las grandes preguntas. No está seguro y en general da las gracias por no tener que oír las respuestas. Porque sospecha que sus respuestas serían tan poco interesantes como las de cualquiera. Es una escritora, no una pensadora. Escritores y pensadores: la noche y el día. No, la noche y el día no: los peces y las aves. Pero ¿qué es ella, un pez o un ave? ¿Cuál es su medio: el agua o el aire?
La entrevistadora de esta mañana, que ha venido especialmente desde Boston, es joven, y Elizabeth suele ser indulgente con los jóvenes. Pero esta joven es dura de pelar y no quiere que la toreen.
—¿Cuál diría usted que es su mensaje central? —persiste ella.
—¿Mi mensaje? ¿Tengo la obligación de transmitir un mensaje?
No es una buena contraofensiva. La entrevistadora aprovecha su ventaja.
—En La casa de Eccles Street, su protagonista, Marion Bloom, se niega a tener relaciones sexuales con su marido hasta que este haya descubierto quién es. ¿Es eso lo que está diciendo usted? ¿Que hasta que los hombres hayan encontrado una nueva identidad pospatriarcal las mujeres deben mantenerse separadas de ellos?
Su madre mira de reojo a John. «¡Ayuda!», le está diciendo en plan de broma.
—Una idea intrigante —murmura—. Por supuesto, en el caso del marido de Marion sería particularmente severo pedirle que encontrara una identidad nueva, porque es un hombre con... ¿Cómo decirlo? Con una identidad poco firme, con muchas formas.
Eccles Street es una gran novela. Vivirá tal vez tanto tiempo como Ulises. Ciertamente sobrevivirá mucho tiempo después de que su autora haya ido a la tumba. John era niño cuando ella la escribió. Le inquieta y le produce cierto vértigo pensar que el mismo ser que lo engendró a él engendró Eccles Street. Es hora de intervenir y salvarla de un interrogatorio que promete volverse tedioso. Se pone de pie.
—Madre, me temo que tenemos que ir terminando —dice—. Nos vienen a buscar para la sesión de radio. —Y a la entrevistadora—: Gracias, pero tenemos que dejarlo aquí.
La entrevistadora hace una mueca de contrariedad. ¿Acaso lo va a meter a él en su artículo: «La novelista de talento agotado y el mandón de su hijo»?
En la emisora de radio los separan. A él lo acompañan a la cabina. Le sorprende descubrir que la nueva entrevistadora es la mujer elegante llamada Moebius que estuvo sentada a su lado durante la cena.
—Soy Susan Moebius, están oyendo «El trabajo del escritor» y hoy estamos hablando con Elizabeth Costello —empieza, y lleva a cabo una escueta presentación—. Su novela más reciente —continúa— se titula Fuego y hielo, está ambientada en la Australia de la década de mil novecientos treinta y cuenta la historia de un joven que lucha por salir adelante como pintor pese a la oposición de su familia y de la sociedad. ¿Tenía usted a alguien en mente cuando la escribió? ¿Está basada en sus años de juventud?
—No, en los años treinta yo era niña. Por supuesto, todo el tiempo tomamos cosas de nuestra vida. Son nuestra fuente principal, en cierta manera la única. Pero no, Fuego y hielo no es una autobiografía. Es una obra de ficción. Una invención.
—Es un libro impresionante, debo decírselo a nuestros oyentes. Pero ¿le resultó fácil escribirlo desde el punto de vista de un hombre?
Es una pregunta rutinaria que abre el camino a una de sus respuestas rutinarias. Para sorpresa de él, su madre no sigue ese camino.
—¿Fácil? No. Si fuera fácil no valdría la pena hacerlo. El desafío está en la alteridad. Inventarse a alguien que no es uno mismo. Inventar un mundo para que ese alguien se mueva. Inventar una Australia nueva.
—¿Diría usted que es eso lo que está haciendo en sus libros? ¿Inventar una Australia nueva?
—Sí, supongo que sí. Pero hoy día no es tan fácil. Hay una resistencia mayor, el peso de muchas Australias inventadas por otra gente que hay que luchar para apartar. Es lo que llamamos tradición, los inicios de una tradición.
—Me gustaría hablar de La casa de Eccles Street, el libro por el que mejor se la conoce en este país, un libro que abrió caminos nuevos, y de la figura de Molly Bloom. Los críticos se han concentrado en la forma en que usted ha reclamado la Molly de Joyce y la ha hecho suya. Me pregunto si le gustaría comentar cuál era su intención en este libro, particularmente al desafiar a Joyce, una de las figuras paternas de la literatura moderna, en su propio terreno.
Se abre otro camino despejado y esta vez Elizabeth sí lo toma.
—Sí, es una persona atractiva, ¿no? Molly Bloom, quiero decir la Molly de Joyce. Deja su rastro por las páginas de Ulises igual que una perra en celo deja su olor. No se lo puede llamar seducción: es algo más burdo. Los hombres captan el olor, husmean, van en círculos y se gruñen entre ellos, incluso cuando Molly no está en escena.
»No, no creo que yo esté desafiando a Joyce. Pero ciertos libros tienen una inventiva tan rica que al final queda mucho material sobrante, un material que prácticamente te invita a que lo cojas y lo uses para construir algo propio.
—Pero, Elizabeth Costello, usted ha sacado a Molly de la casa, si puedo continuar con su metáfora, la ha sacado de La casa de Eccles Street, donde su marido y su amante y en cierta forma su autor la habían encerrado, donde la habían convertido en una especie de abeja reina incapaz de volar, y la ha soltado por las calles de Dublín. ¿No le parece a usted un desafío a Joyce por su parte, una réplica?
—Abeja reina, puta... Revisemos su figura y llamémosla más bien leona, una leona que acecha por las calles, olisquea y otea el paisaje. E incluso busca una presa. Sí, quería liberarla de aquella casa, y sobre todo de aquel dormitorio, con la cama de muelles chirriantes, y soltarla, como dice usted, por Dublín.
—Si ve usted a Molly, a la Molly de Joyce, como prisionera de La casa de Eccles Street, ¿ve a las mujeres en general como prisioneras del matrimonio y de lo doméstico?
—No se puede decir de las mujeres de hoy día. Pero sí, en cierta medida Molly es prisionera del matrimonio, de la clase de matrimonio que había en oferta en Irlanda en mil novecientos cuatro. Y su marido Leopold también es prisionero. Si ella está encerrada en el hogar conyugal, él está atrapado en el exterior. Así que tenemos a Odiseo intentando entrar y a Penélope intentando salir. Esa es la comedia, el mito cómico, que Joyce y yo estamos honrando, cada cual a su manera.
Debido a que ambas mujeres llevan auriculares y se dirigen a sus micrófonos en lugar de dirigirse la una a la otra, a John le cuesta ver qué relación se está estableciendo entre ambas. Pero, como siempre, le impresiona el personaje que su madre consigue proyectar: dotado de un sentido común jovial, carente de malicia pero también cargado de un ingenio afilado.
—Quiero decirle —continúa la entrevistadora (con voz serena, piensa él, una mujer serena y capaz, para nada alguien de poca monta)— cuánto me impactó La casa de Eccles Street la primera vez que la leí, en los años setenta. Yo era estudiante, había estudiado el libro de Joyce, había absorbido el famoso capítulo de Molly Bloom y la ortodoxia crítica que lo acompañaba, es decir, la idea de que Joyce había dado a conocer en aquel capítulo la verdadera voz de lo femenino, la realidad sensual de las mujeres y todo eso. Y luego leí el libro de usted y me di cuenta de que Molly no tenía que estar limitada de la forma en que Joyce la había obligado a estar, que también podía ser una mujer inteligente interesada en la música y con un círculo de amistades propio y con una hija con la que compartir confidencias. Fue una revelación, como digo. Y empecé a pensar en otras mujeres que creíamos que habían recibido su voz de escritores varones, en aras de su liberación, pero en última instancia solamente para servir a una filosofía masculina. Pienso sobre todo en las mujeres de D. H. Lawrence, pero si uno va más allá puede incluir a Tess D'Urbervilles y a Anna Karenina, por nombrar solamente a dos. Es una cuestión muy amplia, pero me pregunto si querría usted decir algo al respecto. No solamente sobre Marion Bloom y las demás, sino también sobre el proyecto de reclamar las vidas de las mujeres en general.
—No, creo que no quiero decir nada. Creo que usted lo ha expresado perfectamente. Por supuesto, para ser justos, los hombres también tendrían que rescatar a los Heathcliff y los Rochester de los estereotipos románticos, por no hablar del viejo y acartonado Casaubon. Sería un espectáculo magnífico. Pero, en serio, no podemos pasarnos la vida parasitan-do a los clásicos. Y no me excluyo a mí misma de la acusación. Tenemos que ponernos a inventar cosas nuevas.
Eso no estaba en absoluto en el guión. Un nuevo derrotero. ¿Adonde llevará? Pero, ay, la señorita Moebius (que ahora está mirando el reloj del estudio) se niega a tomarlo.
—En sus novelas más recientes ha regresado usted a los escenarios australianos. ¿Puede decirnos algo acerca de cómo ve Australia? ¿Qué significa para usted ser una escritora australiana? Australia es un país que queda muy lejos, por lo menos para los americanos. ¿Forma eso parte de su conciencia cuando escribe? ¿El hecho de estar informando desde los confines más lejanos?
—Los confines lejanos. Es una expresión interesante. No encontrará usted muchos australianos hoy día preparados para aceptarla. «¿Lejos de qué?», le dirían. No obstante, tiene cierto significado, aunque sea un significado que nos ha impuesto la historia. No somos un país de extremismos, yo diría que somos bastante pacíficos, pero sí somos un país de extremos. Hemos vivido de forma extrema porque no ha habido gran resistencia en ninguna dirección. Si uno empieza a caer, no hay gran cosa que lo detenga.
Regresan a los lugares comunes, al terreno conocido. John ya puede dejar de escuchar.
Pasamos a la velada, al evento principal, la presentación del premio. Como hijo y compañero de la oradora, él se encuentra sentado en primera fila del público, entre los invitados especiales. La mujer que tiene a la izquierda se presenta.
—Nuestra hija está en el Aliona College —le dice la mujer—. Está escribiendo su tesis de licenciatura sobre su madre. Es una gran fan. Nos ha hecho leerlo todo. —Da unos golpecitos en la muñeca del hombre que tiene al lado. Tienen aspecto de dinero, de dinero viejo. Son benefactores de la universidad, no hay duda—. A su madre se la admira mucho en este país. Sobre todo las jóvenes. Confío en que se lo diga usted.
Por toda América hay jóvenes que escriben tesis sobre su madre. Admiradoras, adeptas, discípulas. ¿Le gustaría a su madre oír que tiene discípulas?
La escena en sí de la presentación nos la saltamos. No es buena idea interrumpir el relato demasiado a menudo, ya que la narración funciona arrullando al lector o al oyente hasta que alcanza un estado onírico en que el tiempo y el espacio del mundo real se desvanecen y son reemplazados por el tiempo y el espacio de la ficción. Irrumpir en el sueño llama la atención hacia el hecho de que la historia está construida y siembra el caos en la ilusión del realismo. Sin embargo, si no nos saltamos ciertas escenas no vamos a terminar nunca. Los saltos no son parte del texto, son parte de su puesta en escena.
Así que le entregan el premio a su madre y luego la dejan sola en el estrado para que pronuncie su discurso de aceptación, que en el programa se titula «¿Qué es el realismo?». Ha llegado la hora de que demuestre de qué es capaz.
Elizabeth Costello se pone las gafas de leer.
—Damas y caballeros —dice, y empieza a leer.
»Publiqué mi primer libro en mil novecientos cincuenta y cinco, cuando vivía en Londres, que por entonces era la gran metrópoli cultural de la gente de las antípodas. Recuerdo con claridad el día que me llegó por correo un paquete con un ejemplar justificativo para la autora. Como es natural, me sentí emocionada por tenerlo en las manos, impreso y encuadernado. Era real, innegable. Pero algo me inquietaba. Llamé por teléfono a mis editores. "¿Han salido ya los ejemplares para las bibliotecas?", pregunté. Y no descansé hasta que me garantizaron que los ejemplares se iban a enviar aquella misma tarde, a Escocia, a la Bodleian Library y todo eso, pero sobre todo al Museo Británico. Aquella era mi mayor ambición: tener un sitio en las estanterías del Museo Británico, codo con codo con el resto de autores de la letra C, los grandes: Carlyle, Chaucer, Coleridge y Conrad. (El chiste es que mi vecino literario más cercano resultó ser Marie Corelli.)
»Ahora una sonríe ante aquella ingenuidad. Y, sin embargo, detrás de mi petición ansiosa había algo serio, y a su vez detrás de aquella seriedad había algo patético y menos fácil de admitir.
»Déjenme que se lo explique. Si nos olvidamos de todos los ejemplares del libro que uno ha escrito que van a desaparecer, que se van a convertir en pulpa porque no van a encontrar comprador, que alguien va a abrir para leer un par de páginas y luego olvidarlo y dejarlo a un lado para siempre, que van a ser olvidados en hoteles de playa o en trenes, si nos olvidamos de todos esos ejemplares perdidos, tenemos que pensar que hay por lo menos un ejemplar que no solamente alguien va a leer, sino que lo va a cuidar, le va a dar una casa y un lugar en una estantería que va a ser suyo a perpetuidad. Lo que había detrás de mi preocupación por los ejemplares para bibliotecas era el deseo de que, incluso si a mí me arrollaba un autobús al día siguiente, mi primogénito tendría un hogar donde poder dormitar, si así lo decretaba el destino, durante los siguientes cien años, y donde nadie llegaría para pincharlo con un palo a ver si seguía vivo.
»Esa era una faceta de mi llamada telefónica: si yo, esta carcasa mortal, voy a morir, dejadme al menos vivir a través de mis creaciones.
Elizabeth Costello procede a reflexionar sobre lo efímero de la fama. Nos saltamos esa parte.
—Pero, por supuesto, el Museo Británico, o (ahora) la Biblioteca Británica no van a durar para siempre. También se hundirán y acabarán en ruinas, y los libros de sus estanterías se convertirán en polvo. Y de cualquier modo, mucho antes de que eso pase, a medida que el ácido vaya royendo el papel, a medida que aumente la demanda, los libros feos y no leídos y no deseados serán trasladados a algún otro edificio y metidos en una incineradora, y todo rastro de ellos desaparecerá del catálogo principal. Después será como si no hubieran existido nunca.
»He ahí una visión alternativa de la Biblioteca de Babel, más inquietante para mí que la visión de Jorge Luis Borges.
No una biblioteca donde coexisten todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro, sino una biblioteca de la que están ausentes todos los libros que realmente fueron imaginados, escritos y publicados. Ausentes incluso de la memoria de los bibliotecarios.
»Así pues, esa es la otra y más patética faceta de mi llamada telefónica. Ya no podemos confiar en que la Biblioteca Británica ni la Biblioteca del Congreso nos salven del olvido, no más que en nuestra propia reputación. Eso es lo que debo recordarme a mí misma, y también a ustedes, en esta noche para mí de orgullo en el Altona College.
»Y ahora déjenme retomar mi tema: "¿Qué es el realismo?".
»Hay un relato de Franz Kafka, tal vez lo conozcan, en el que un simio, vestido para la ocasión, pronuncia un discurso ante una asociación de gente erudita. Se trata de un discurso pero también de un test, un examen, una defensa de tesis. El simio no solamente tiene que demostrar que puede hablar el idioma de su público, sino que ha aprendido a dominar sus modales y convenciones y es apto para entrar en su asociación.
»¿Por qué les estoy recordando el relato de Kafka? ¿Acaso voy a fingir que soy el simio, arrancado de mi entorno natural y obligado a actuar ante una reunión de desconocidos enjuiciadores? Espero que no. Soy una de ustedes, no soy de una especie distinta.
»Si conocen el relato, recordarán que está escrito en forma de monólogo, un monólogo del simio. Debido a esa forma, ni el orador ni el público pueden ser inspeccionados desde una perspectiva externa. Por lo que sabemos, es posible que el orador no sea "realmente" un simio, puede que sea un simple ser humano como nosotros que se cree un simio, o bien un ser humano que se presenta, con profunda ironía y con intenciones retóricas, como un simio. Asimismo, es posible que el público no consista, tal como imaginamos, en caballeros rubicundos y patilludos que han cambiado las cazadoras de safari y los salacots por el esmoquin, sino en congéneres del simio, amaestrados, tal vez no hasta el punto en que lo está el orador, pero sí lo bastante como para pronunciar complejas oraciones en alemán y luego permanecer sentados en silencio y escuchar. Y si no están amaestrados hasta ese punto, están encadenados a sus asientos y adiestrados para no parlotear ni quitarse pulgas ni aliviar sus impulsos públicamente.
»No lo sabemos. No sabemos y no sabremos nunca con certeza lo que está pasando en ese relato: si trata de un hombre que se dirige a otros hombres o de un simio que se dirige a otros simios o de un simio que se dirige a hombres o de un hombre que se dirige a simios (aunque la última posibilidad es improbable, en mi opinión). Ni siquiera si se trata de un loro que se dirige a otros loros.
»Hubo una época en que lo sabíamos. Antes creíamos que cuando el texto decía "En la mesa había un vaso de agua", es que existía una mesa y un vaso de agua encima, y solamente teníamos que mirar el mundo-espejo del texto para verlos.
»Pero todo eso terminó. Parece que el mundo-espejo se ha roto de forma irreparable. Y sobre lo que está pasando en la sala de conferencias, ustedes pueden hacer conjeturas igual que yo: hombres y hombres, hombres y simios, simios y hombres o simios y simios. Puede que la sala de conferencias no sea más que un zoo. Las palabras de las páginas ya no se prestan a revisión ni cada una de ellas proclama: "¡Significo lo que significo!". El diccionario que solía haber junto a la Biblia y las obras de Shakespeare en la repisa de la chimenea, donde se guardaban los dioses lares en los píos hogares romanos, se ha convertido en un simple libro en código entre otros muchos.
»Esta es la situación en que yo aparezco ante ustedes. Confío en no estar abusando del privilegio de este estrado para llevar a cabo chistes ociosos y nihilistas acerca de lo que soy yo, de si soy simio o mujer y de lo que son ustedes, mi público. Ese no es el sentido del relato, y lo digo aunque no estoy en posición de dictar cuál es el sentido del relato. Había una época, creemos, en que podíamos decir quiénes éramos. Ahora no somos más que actores que recitamos nuestros papeles.
El fondo ha desaparecido. Podríamos pensar que se trata de un giro trágico de los acontecimientos, si no fuera porque es difícil sentir respeto por lo que fuera que hacía de fondo y ha desaparecido. Ahora nos parece una ilusión, una de esas ilusiones únicamente sustentadas por la mirada concentrada de todos los que ocupan la sala. Si retiramos la mirada un solo instante, el espejo cae al suelo y se hace añicos.
»Por tanto, existen todas las razones del mundo para que yo me sienta cada vez menos segura de las cosas ahora que estoy ante ustedes. A pesar de este premio espléndido, por el que estoy profundamente agradecida, a pesar de la promesa que supone de que estoy más allá de la zarpa envidiosa del tiempo, congregada en la ilustre compañía de quienes lo han ganado antes que yo, todos sabemos, si somos realistas, que es una simple cuestión de tiempo que los libros que ustedes honran, y con cuya génesis yo tuve algo que ver, dejen de ser leídos y al final acaben siendo olvidados. Tiene que haber algún límite a la carga de recuerdos que les imponemos a nuestros hijos y nietos. Ellos tendrán un mundo propio, del que cada vez formaremos menos parte. Gracias.
El aplauso empieza siendo vacilante y luego crece. Su madre se quita las gafas y sonríe. Es una sonrisa atractiva: parece estar disfrutando del momento. A los actores se les permite bañarse en aplausos, sean o no merecidos: a los actores, los cantantes y los violinistas. ¿Por qué no puede tener también su madre un momento de gloria?
El aplauso se desvanece. El decano Brautegam se acerca al micrófono:
—Habrá un refrigerio...
—¡Perdón! —Una voz joven, clara y segura de sí misma se impone a la del decano.
Se produce cierta agitación entre el público. Las cabezas se vuelven.
—Habrá un refrigerio en el vestíbulo y una exposición de los libros de Elizabeth Costello. Por favor, únanse a nosotros allí. Sigue siendo para mí...
—¡Perdón!
—¿Sí?
—Tengo una pregunta.
La persona que ha hablado está de pie: una joven con una sudadera blanca y roja del Altona College. Brautegam está claramente desconcertado. En cuanto a su madre, ha dejado de sonreír. Conoce esa mirada. Ya ha tenido bastante, quiere marcharse.
—No estoy seguro —dice Brautegam, con el ceño fruncido, mirando a su alrededor en busca de apoyo—. Nuestro formato de esta noche no está abierto a preguntas. Me gustaría dar las gracias...
—¡Perdón! Tengo una pregunta para la galardonada. ¿Puedo hacerle una pregunta?
Hay un silencio. Todas las miradas se vuelven hacia Elizabeth Costello. Ella mira a lo lejos con expresión gélida.
Brautegam recobra la compostura.
—Me gustaría dar las gracias a la señora Costello, a quien hemos convocado aquí para rendirle honores. Por favor, únanse a nosotros en el vestíbulo. Gracias. —Y apaga el micrófono.
Mientras salen del auditorio, hay un murmullo. Nada menos que un incidente. El ve a la chica de la sudadera roja y blanca por delante de él entre el gentío. Camina rígida y muy erguida y parece enfadada. ¿Cuál iba a ser la pregunta? ¿No habría sido mejor dejar que saliera a la luz?
Él teme que la escena vaya a repetirse en el vestíbulo. Pero no se produce ninguna escena. La chica se ha marchado, ha desaparecido en la noche, tal vez se ha ido furiosa. Sin embargo, el incidente ha dejado un mal sabor de boca. Diga uno lo que diga, la velada se ha echado a perder.
¿Qué iba a preguntar? La gente forma corros y susurra. Parecen tener una idea bastante aproximada. Él también tiene una idea bastante aproximada. Algo relacionado con lo que se esperaba que la famosa escritora Elizabeth Costello dijera en una ocasión como esta y no ha dicho.
Él ve que el decano Brautegam y otros pululan alrededor de su madre y tratan de aligerar la situación. Después de todos sus esfuerzos, quieren que Elizabeth Costello se vaya a casa con una buena impresión de ellos y de la universidad. Pero también deben de estar pensando ya en 1997, confiando en que el jurado de 1997 elija a un ganador más ganador.
Elizabeth Costello se retira a dormir. Su hijo pasa un rato viendo la televisión en su habitación. Luego se inquieta y baja al salón del hotel, donde la primera persona a la que ve es la mujer que entrevistó a su madre en la radio, Susan Moebius. Ella le saluda con la mano. Moebius está con un acompañante, pero el acompañante se marcha enseguida y los deja solos.
Susan Moebius le resulta atractiva. Viste bien, mejor de lo que suelen permitir las convenciones del mundo académico. Tiene el pelo largo y dorado. Se sienta muy erguida en su silla, con los hombros rectos. Cuando se echa el pelo hacia atrás, su gesto resulta regio.
Eluden los acontecimientos del día. Se dedican a hablar del resurgimiento de la radio como medio cultural.
—Le ha hecho usted una entrevista interesante a mi madre —dice John—. Sé que ha escrito usted un libro sobre ella, que por desgracia no he leído. ¿La deja bien?
—Creo que sí. Elizabeth Costello ha sido una escritora crucial para nuestra época. Mi libro no es solamente sobre ella, pero ella es una figura central.
—Una escritora crucial... ¿Diría usted que es una escritora crucial para todos nosotros o solamente para las mujeres? Durante la entrevista me dio la impresión de que usted la ve únicamente como una escritora femenina o una escritora para mujeres. ¿Seguiría considerándola una escritora crucial si fuera un hombre?
—¿Si ella fuera un hombre?
—Bueno, pues si usted fuera un hombre.
—¿Si yo fuera un hombre? No lo sé. Nunca he sido un hombre. Ya se lo explicaré cuando lo haya probado.
Sonríen. Está claro que hay algo en al aire.
—Pero mi madre ha sido un hombre —insiste él—. También ha sido un perro. Puede meterse dentro de otra gente, dentro de sus existencias. Yo la he leído. Lo sé. Tiene el poder de hacerlo. ¿No es eso lo más importante de la ficción? ¿Que nos saca de nosotros y nos introduce en otras vidas?
—Tal vez. Pero su madre sigue siendo una mujer. Todo lo que hace lo hace como mujer. Habita en sus personajes como lo haría una mujer, no un hombre.
—Yo no lo veo así. Sus hombres me resultan perfectamente creíbles.
—No lo ve así porque no lo quiere ver así. Solamente una mujer podría verlo. Es algo entre mujeres. Si sus hombres son creíbles, pues bien, me alegro de saberlo, pero al fin y al cabo no es más que imitación. A las mujeres se les da bien la imitación, mejor que a los hombres. Incluso la parodia. Nuestro toque es más sutil.
Ella vuelve a sonreír. «Vea qué sutil puede ser mi toque», parecen decir sus labios. Unos labios suaves.
—Si hay algo de parodia en ella —dice él—, confieso que es demasiado sutil para mí. —Hay un largo silencio—. Entonces, ¿es eso lo que usted piensa? —dice por fin—. ¿Que los hombres y las mujeres vivimos vidas paralelas? ¿Que nunca nos encontramos?
La conversación ha cambiado de dirección. Ya no hablan de escritura, si es que alguna vez lo han hecho.
—¿Qué cree usted? —dice ella—. ¿Qué le dice su experiencia? ¿Y acaso la diferencia es algo malo? Si no hubiera diferencia, ¿qué pasaría con el deseo?
Ella lo mira a los ojos con naturalidad. Es hora de irse. Él se pone de pie. Ella se quita las gafas y también se levanta. Al pasar a su lado él le toca el codo, y al establecerse el contacto le recorre el cuerpo una descarga que le produce vértigo. Diferencia. Polos opuestos. Medianoche en Pensilvania. ¿Qué hora es en Melbourne? ¿Qué está haciendo él en este continente extranjero?
Están solos en el ascensor. No el ascensor que usaban él y su madre. Uno distinto. ¿Dónde está el norte y dónde está el sur en este hotel en forma de hexágono, en este panal? Empuja a la mujer contra la pared, la besa y nota el sabor del humo en su aliento. «Investigación»: ¿es así como ella va a llamar después a esto? «¿Usar una fuente secundaria?» Él la vuelve a besar y ella lo besa a él, besa la carne de la carne.
Se bajan en el piso trece. Él la sigue por el pasillo, gira a la derecha y a la izquierda hasta que se pierde por completo. El corazón del panal: ¿es eso lo que están buscando? La habitación de su madre es la 1254. La de él es la 1220. La de ella es la 1307. Le sorprende que exista ese número. Creía que los números pasaban del doce al catorce, que esa era la regla en el mundo de los hoteles. ¿Dónde está la 1307 en relación a la 1254? ¿Al norte, al sur, al este o al oeste?
Volvemos a dar un salto, esta vez no es un salto en la puesta en escena, sino en el texto mismo.
Cuando John se acuerda de esas horas, hay un momento que le regresa a la mente con fuerza inesperada, el momento en que la rodilla de ella pasa por debajo del brazo de él y se le dobla por debajo de la axila. Es curioso que el recuerdo de una escena esté dominado por un solo momento, carente de significado obvio y sin embargo tan nítido que casi siente el muslo fantasmal en la piel. ¿Acaso la mente por naturaleza prefiere las sensaciones a las ideas, lo tangible a lo abstracto? ¿O acaso el doblamiento de rodilla de la mujer no es más que una ayuda mnemotécnica, a partir de la cual se ha de desplegar el resto de la velada?
En el texto del recuerdo están tumbados a oscuras, uno al lado del otro, hablando.
—Así pues, ¿ha ido bien la visita? —pregunta ella.
—¿Desde el punto de vista de quién?
—Desde el tuyo.
—Mi punto de vista no importa. Yo he venido por Elizabeth Costello. El punto de vista que importa es el de ella. Sí, ha ido bien. Ha ido bastante bien.
—¿Detecto un toque de amargura?
—Para nada. He venido a ayudar. Eso es todo.
—Eres muy generoso. ¿Sientes que le debes algo?
—Sí. El deber filial. Es un sentimiento perfectamente natural en la especie humana.
Ella le alborota el pelo.
—No te enfades —le dice.
—No me enfado.
Ella se le acerca y lo acaricia.
—Bastante bien... ¿Eso qué quiere decir? —murmura ella. No se da por vencida. Hay un precio a pagar por el hecho de que él esté aquí, en su cama, por lo que cuenta como una conquista.
—El discurso no le ha salido bien. Eso la ha decepcionado. Lo trabajó mucho.
—El discurso en sí no tenía nada de malo. Pero el título no era adecuado. Y no tendría que haber acudido a Kafka en busca de ejemplos. Hay textos mejores.
—¿Ah, sí?
—Sí, mejores y más adecuados. Estamos en América en los años noventa. La gente no quiere oír hablar de Kafka otra vez.
—¿Qué quieren oír?
Ella se encoge de hombros.
—Algo más personal. No tiene por qué ser más íntimo. Pero el público ya no responde bien a la autoironización histórica pesada. Como máximo podrían aceptarlo de un hombre, pero no de una mujer. Una mujer no necesita llevar esa armadura.
—¿Y un hombre sí?
—Dímelo tú. Si es un problema, es un problema masculino. No le hemos dado el premio a un hombre.
—¿Has considerado la posibilidad de que mi madre pueda haber superado ese asunto de los hombres y las mujeres? ¿Que pueda haber explorado ya esa cuestión y ahora vaya por algo más grande?
—¿Como qué?
La mano que lo ha estado acariciando se detiene. Es un momento importante, él lo nota. Ella está esperando su respuesta, el acceso privilegiado que él promete. Él también nota la emoción del momento, eléctrica, temeraria.
—Como medirse con los muertos ilustres. Como rendir tributo a los poderes que la animan. Por ejemplo.
—¿Es eso lo que ella dice?
—¿No crees que eso es lo que ha estado haciendo toda su vida? ¿Medirse con los maestros? ¿Es que en tu profesión nadie lo reconoce?
No debería estar hablando así. No debería meterse en los asuntos de su madre. No está en la cama de esta desconocida por su cara bonita, sino porque es hijo de quien es hijo. Y, sin embargo, está hablando más de la cuenta, como un papanatas. Así debe de ser como trabajan las mujeres espía. La cuestión carece de sutileza. El hombre no es seducido porque su voluntad de resistirse sea vencida, sino porque el hecho de ser seducido es un placer en sí mismo. Uno cede por el puro hecho de ceder.
Se despierta una vez en plena noche, abrumado por la tristeza, una tristeza tan profunda que tiene ganas de llorar. Toca con suavidad el hombro desnudo de la mujer que tiene al lado, pero ella no reacciona. Le recorre todo el cuerpo con la mano: el pecho, el costado, la cadera, el muslo, la rodilla. Es hermosa en todos sus detalles, de eso no hay duda, pero lo es de una forma inexpresiva que ya no lo conmueve.
Tiene una visión de su madre en su enorme cama doble, encogida, con las rodillas dobladas y la espalda desnuda. De su espalda, de la carne anciana con textura de cera le salen tres agujas: no las agujas diminutas del acupuntor o el brujo de vudú, sino unas agujas gruesas y grises, de acero o de plástico: agujas de punto. Las agujas no la han matado, no hay que preocuparse por eso, está dormida y respira con regularidad. Y, sin embargo, está empalada.
¿Quién lo ha hecho? ¿Quién haría algo así?
Qué soledad, piensa, mientras su espíritu flota sobre la anciana en la habitación vacía. Se le rompe el corazón. Detrás de sus ojos se derrama la tristeza como una cascada gris. Nunca debería haber venido aquí, a la habitación 13, sea lo que sea. Ha sido un paso en falso. Tendría que levantarse de inmediato y salir a hurtadillas. Pero no lo hace. ¿Por qué? Porque no quiere estar solo. Y porque quiere dormir. «Dormir —piensa— enderezaría la manga enredada de la precaución.» ¡Qué forma tan extraordinaria de explicarlo! Todos los simios del mundo tecleando en máquinas de escribir no podrían dar con esa secuencia de palabras. Han salido de la oscuridad, de la nada: primero no estaban y luego estaban, como un recién nacido, con el corazón en funcionamiento y el cerebro en funcionamiento, con todos los procesos de ese intrincado laberinto electroquímico en funcionamiento. Un milagro. Cierra los ojos.
Otro salto.
Ella, Susan Moebius, ya está en la cafetería cuando él baja a desayunar. Va vestida de blanco, tiene un aspecto descansado y contento. Él se sienta con ella.
Ella saca algo de su bolso y lo deja sobre la mesa: el reloj de él.
—Va tres horas mal —dice.
—No son tres —dice él—. Son quince. Es la hora de Canberra.
La mirada de ella se posa sobre la de él, o bien la de él sobre la de ella. Moteados de verde. Él siente un tirón. ¡Un continente inexplorado del que está a punto de marcharse! Le acomete una punzada, una diminuta punzada de pérdida. Un dolor no exento de placer, como ciertos grados de dolor de muelas. Puede imaginarse algo bastante serio con esta mujer a la que probablemente no va a volver a ver nunca.
—Sé lo que estás pensando —dice ella—. Estás pensando que no vamos a volver a vernos nunca. Estás pensando: Una inversión malgastada.
—¿Qué más sabes?
—Crees que te he estado utilizando. Crees que he estado intentando llegar a tu madre a través de ti.
Ella sonríe. No es tonta. Es una jugadora hábil.
—Sí —dice él—. No —suspira—. Te diré lo que pienso en realidad. Creo que, aunque no lo quieras admitir, te desconcierta el misterio de lo divino en lo humano. Sabes que mi madre tiene algo especial, eso es lo que te atrae de ella, pero luego la conoces y resulta no ser más que una anciana normal y corriente. No puedes cuadrar las dos cosas. Quieres una explicación. Quieres una pista, una señal, si no de ella, entonces de mí. Eso es lo que está pasando. No pasa nada, no me importa.
Extrañas palabras para pronunciarlas a la hora del desayuno, mientras toman café con tostadas. Él no sabía que las tenía dentro.
—Realmente eres hijo de ella, ¿no? ¿También escribes?
—¿Te refieres a si estoy tocado por el dios? No. Pero sí, soy hijo de ella. No soy un expósito ni un niño adoptado. Salí de su cuerpo, berreando.
—Y tienes una hermana.
—Una media hermana, salida del mismo sitio. Los dos somos hijos de verdad. Carne de su carne y sangre de su sangre.
—Y nunca te has casado.
—Falso. Me casé y me divorcié. ¿Y tú?
—Tengo marido. Marido y un hijo. Un matrimonio feliz.
—Bien por ti.
No hay nada más que decir.
—¿Tendré ocasión de decirle adiós a tu madre?
—Puedes pillarla antes de la entrevista para la televisión.
Otro salto.
El equipo de la televisión ha elegido el salón de baile por las cortinas de terciopelo rojo. Delante de las cortinas han instalado un sillón bastante recargado para su madre y una silla más ordinaria para la mujer que conversará con ella. Cuando llega, Susan tiene que atravesar la sala entera. Está lista para marcharse. Lleva una cartera de cuero de becerro colgada del hombro. Sus andares son naturales y confiados. John vuelve a sentir una punzada suave, como el roce de una pluma, la punzada de la pérdida próxima.
—Ha sido un gran honor poder conocerla, señora Costello —dice Susan, estrechando la mano de su madre.
—Elizabeth —dice su madre—. Disculpa el trono.
—Elizabeth.
»Quiero darle esto —dice Susan, y saca un libro de su cartera. La portada muestra a una mujer con una túnica de la Grecia antigua y un pergamino en la mano. Reclamar una Historia: Mujeres y memoria es el título. Por Susan Kaye Moebius.
—Gracias. Tengo muchas ganas de leerlo —dice su madre.
John se queda a la entrevista, sentado en un rincón, y mira cómo su madre se transforma en la persona que la televisión quiere que sea. Todas las cosas pintorescas que anoche se negó a decir ahora tienen permiso para salir: frases mordaces, anécdotas de infancia en el interior de Australia («Ha de tener usted en cuenta lo enorme que es Australia. No somos más que pulgas en su lomo. Somos unos recién llegados»), historias del mundo del cine, de actores y actrices con los que se cruzó en el camino, de las adaptaciones de sus libros y de lo que piensa de ellas («El cine es un medio que simplifica. Esa es su naturaleza. Es mejor que lo aceptemos. Funciona con pinceladas gruesas»). Seguidos de una mirada al mundo contemporáneo («Me alegra el corazón ver a tantas jóvenes fuertes que saben lo que quieren»). Incluso hace una mención a la observación de aves.
Después de la entrevista casi se olvida el libro de Susan Moebius. Es él quien lo recoge de debajo del sillón.
—Me gustaría que la gente no me regalara libros —murmura ella—. ¿Dónde voy a encontrar espacio para ponerlos?
—Yo tengo espacio.
—Pues llévatelo tú. Quédatelo. Estaba interesada en ti, no en mí.
John lee la dedicatoria: «A Elizabeth Costello, con gratitud y admiración».
—¿En mí? —dice él—. Creo que no. Yo solamente he sido —la voz le falla solamente un poco— un peón en el juego. Tú eres a quien ama y odia.
El apenas ha titubeado. Pero la palabra que primero le ha venido a la cabeza no ha sido «peón» sino «pedazo de uña».
Un pedazo de uña cortada que uno recoge a escondidas y envuelve en un pañuelo de papel y se lleva por motivos personales.
Su madre no responde. Pero le dedica una sonrisa, una sonrisa breve y repentina de —él no lo puede ver de otra forma— triunfo.
Se han acabado sus obligaciones en Williamstown. El equipo de la televisión está recogiendo. Dentro de media hora un taxi los llevará al aeropuerto. Ella ha ganado, más o menos. Y en terreno extranjero. Una victoria fuera de casa. Puede volver a casa con su verdadero yo a salvo y dejar atrás una imagen que es falsa, como todas las imágenes.
¿Cuál es la verdad sobre su madre? El no lo sabe, y a un nivel profundo no lo quiere saber. Está aquí solamente para protegerla, para cerrar el paso a los cazadores de reliquias, los contumelistas y los peregrinos sentimentales. Tiene opiniones propias, pero no las va a emitir. «Esta mujer —diría si tuviera que hablar—, en cuyas palabras confiáis como si fuera la sibila, es la misma persona que hace cuarenta años se escondía día tras día en su habitación alquilada de Hampstead, llorando a solas. Por las noches salía a las calles neblinosas para comprar el pescado frito con patatas del que se alimentaba y luego se quedaba dormida sin desvestirse. Es la misma mujer que después caminaba furiosa por la casa de Melbourne, con el pelo alborotado, y les gritaba a sus hijos: "¡Me estáis matando! ¡Me estáis arrancando la piel a tiras!". —(Después él se quedaba tumbado a oscuras con su hermana y la tranquilizaba mientras ella lloraba. Fue su primera experiencia de paternidad)—. Ese es el mundo secreto del oráculo. ¿Cómo podéis confiar en entenderla si no sabéis cómo es en realidad?»
No odia a su madre. (Mientras piensa esto, otras palabras resuenan al fondo de su mente: las palabras de uno de los personajes de William Faulkner que repite con insistencia desquiciada que no odia el Sur. ¿Qué personaje era?) Al contrario. Si la odiara, hace ya mucho tiempo que habría puesto la mayor extensión de tierra posible entre ambos. No la odia. Trabaja de sirviente en su templo, limpia el desorden que queda después del día sagrado, barre los pétalos, recoge las ofrendas y junta los óbolos de las viudas para llevarlos al banco. Puede que no participe en el frenesí, pero también rinde culto.
Una portavoz de lo divino. Pero «sibila» no es la palabra que mejor la califica. Ni «oráculo» tampoco. Demasiado grecorromana. Su madre no está cortada según el patrón grecorromano. Sería más bien india o tibetana: una diosa encarnada en una criatura, llevada en silla de ruedas de pueblo en pueblo para que la gente la aplauda y la venere.
Luego están en el taxi, conducen por calles que ya tienen un aura de calles que están a punto de olvidar.
—Bueno —dice su madre—. Una buena escapada.
—Creo que sí. ¿Tienes el cheque a buen recaudo?
—El cheque, la medalla, todo.
Salto. Están en el aeropuerto, en la puerta de embarque, esperando que anuncien el vuelo que cubrirá la primera etapa de su viaje a casa. Lentamente, por encima de sus cabezas, con un ritmo tosco y martilleante, suena una versión de Eine kleine Nachtmusik. Delante de ellos está sentada una mujer que come palomitas de un recipiente de papel, tan gorda que los dedos de los pies apenas le tocan el suelo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice él—. ¿Por qué la historia de la literatura? ¿Y por qué un capítulo tan lúgubre de la historia de la literatura? El realismo: en este sitio nadie quería oír hablar de realismo.
Ella hurga en su bolso y no contesta.
—Cuando pienso en el realismo —continúa él—, pienso en campesinos congelados dentro de bloques de hielo. Pienso en noruegos con la ropa interior sucia. ¿Dónde le encuentras el interés? ¿Y dónde entra Kafka? ¿Qué tiene que ver Kafka con esas cosas?
—¿Con qué? ¿Con la ropa interior sucia?
—Sí. Con la ropa interior sucia. Con gente que se hurga la nariz. Tú no escribes sobre esas cosas. Kafka no escribía sobre esas cosas.
—No. Kafka no escribía sobre gente que se hurga la nariz. Pero Kafka tuvo tiempo para preguntarse dónde y cómo su pobre simio cultivado iba a encontrar pareja. Y qué iba a pasar cuando lo dejaran a oscuras con la hembra perpleja y a medio domesticar que sus cuidadores algún día le traerían para que se apareara. El simio de Kafka está incrustado en la vida. Lo que importa es la incrustación, no la vida en sí. Su simio está incrustado igual que nosotros, yo en ti y tú en mí. Al simio lo seguimos hasta el final, hasta el final amargo e indecible, queden o no huellas en la página. Kafka permanece despierto durante los saltos en los que nosotros dormimos. Ahí es donde entra Kafka.
La mujer gorda los está observando con naturalidad. Sus ojillos miran alternativamente a uno y al otro: a la anciana del impermeable y al hombre de la calva incipiente que podría ser su hijo, discutiendo con sus acentos raros.
—Bueno —dice él—. Si lo que dices es cierto, es asqueroso. No es escribir, es ser cuidador de un zoo.
—¿Qué preferirías? ¿Un zoo sin cuidadores, en el que los animales entraran en trance cada vez que dejaras de mirarlos? ¿Un zoo de ideas? ¿Una jaula para gorilas con la idea de un gorila dentro, una jaula para elefantes llena de ideas de elefantes? ¿Sabes cuántos kilos de excrementos sólidos deja un elefante en veinticuatro horas? Si quieres una jaula para elefantes de verdad con elefantes, de verdad, necesitas un cuidador de zoo que vaya a limpiar sus excrementos.
—Te estás yendo del tema, madre. Y no te pongas tan nerviosa. —Se vuelve hacia la mujer gorda—. Estamos hablando de literatura, de las reivindicaciones del realismo contra las reivindicaciones del idealismo.
Sin dejar de masticar, la mujer gorda aparta la vista de ellos. Él piensa en la masa de maíz masticado y saliva que la mujer tiene en la boca y se estremece. ¿Dónde termina todo esto?
—No es lo mismo limpiar jaulas de animales que mirarlos mientras hacen sus cosas —empieza él otra vez—. Hablo de lo último, no de lo primero. ¿Acaso los animales no merecen una vida privada igual que nosotros?
—No si están en un zoo —dice ella—. No si están expuestos al público. Cuando estás expuesto al público dejas de tener intimidad. En todo caso, ¿tú les pides permiso a las estrellas antes de mirarlas por un telescopio? ¿Qué pasa con la vida privada de las estrellas?
—Madre, las estrellas son pedazos de roca.
—¿Ah, sí? Pensaba que eran rastros de luz de hace millones de años.
—Damos inicio al embarque del vuelo tres-dos-tres de United Airlines sin escalas a Los Angeles —dice una voz por encima de sus cabezas—. Los pasajeros que necesiten ayuda y las familias con niños pequeños pueden ir embarcando.
En el vuelo, Elizabeth Costello apenas toca la comida. Pide dos copas de brandy, una detrás de otra, y se queda dormida. Cuando, horas más tarde, inician el descenso sobre Los Ángeles, sigue dormida. El auxiliar de vuelo le da un golpecito suave en el hombro:
—Señora, el cinturón.
Ella no se inmuta. Él y el auxiliar de vuelo se miran. Él se inclina y le abrocha el cinturón sobre la cintura.
Ella yace hundida en su asiento. Tiene la cabeza ladeada y la boca abierta. Ronca ligeramente. Mientras el avión aterriza, brillan luces en las ventanillas y un sol muy brillante se pone sobre el sur de California. Puede verle a su madre el interior de los orificios nasales y de la boca, hasta la garganta. Y puede imaginarse lo que no ve: el gaznate, rosado y feo, contrayéndose al tragar, como una pitón, haciendo bajar cosas hasta su saco ventral en forma de pera. Se aparta de su madre, se ajusta su cinturón, se sienta con la espalda recta y mira hacia delante. No, se dice a sí mismo, no es de ahí de donde vengo. No es de ahí.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Sam Savage. Autor de Firmín


Nacido en Carolina del Sur y hoy residente en Madison, Wisconsin, obtuvo el doctorado en Filosofía por la Universidad de Yale, donde fue profesor. También ha sido mecánico de bicicletas, carpintero, pescador y tipógrafo.

Su primera novela, Firmin (Seix Barral, 2007), fue publicada por una pequeña editorial de Minneapolis, fuera de los grandes circuitos editoriales. Redescubierta por Seix Barral, ha ido creciendo gracias a la recomendación de lectores y libreros hasta convertirse en un fenómeno internacional.

Publicada con gran éxito por las editoriales más prestigiosas del mundo, lleva un millón de ejemplares vendidos.

Firmín. Por Sam Savage

Capítulo 1

Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas», de Nabokov; y, si no me salía nada lírico, algo arrollador, como «Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera», de Tolstói. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro. En lo tocante a frases de apertura, la mejor, a mi modo de ver, es el comienzo de El buen soldado, de Ford Madox Ford: «Éste es el relato más triste que nunca he oído.» Docenas de veces lo habré leído, y sigue dejándome patidifuso. Ford Madox Ford era uno de los Grandes. Cierto día, Chuang Tzu se quedó dormido y soñó que era una mariposa, revoloteando muy contento por ahí. Y la mariposa no sabía que era Chuang Tzu soñando. Luego despertó y volvió a ser el de siempre, pero ahora no sabía si era un hombre soñando que era una mariposa o una mariposa soñando que era un hombre.

En toda una vida de esfuerzos por escribir, con nada he luchado más varonilmente —sí, ésa es la palabra, varonilmente— que con las aperturas. Siempre me ha parecido que si esa parte me salía bien el resto seguiría de modo automático. Concebía la primera frase como una especie de útero semántico repleto de atareados embriones de páginas sin escribir, resplandecientes pepitas de genio, ansiosas de nacer. De ese gran recipiente fluiría, por así decirlo, el relato completo. ¡Qué desilusión! Ocurrió exactamente lo contrario. Y no es porque escaseen las buenas frases de arranque. Deléitese usted en ésta, por ejemplo: «Cuando sonó el teléfono, a las tres de la madrugada, Morris Monk supo antes de levantar el aparato que la llamada era de una dama, y algo más: que decir damas es decir problemas.» O ésta: «Poco antes de que lo descuartizaran los sádicos soldados de Gamel, el coronel Benchley tuvo un vislumbre de la blanca casita de campo del Shropshire, con la señora Benchley a la puerta, y los niños.» O ésta: «París, Londres, Djibuti, todo le parecía irreal ahora, sentado entre las ruinas de otra cena más de Acción de Gracias, con su madre y su padre y el idiota de Charles.» ¿Quién puede permanecer insensible ante unas frases así? Tan preñadas están de significado, tan, oso decirlo, tan a punto de reventar de significado, que es como si las hincharan los capítulos enteros sin escribir que llevan dentro: sin escribir, aunque ya presentes.

Pero, ay, en realidad no eran más que burbujas, falsas ilusiones, todas ellas. Cada una de esas frases maravillosas, repletas de promesas, era como una caja envuelta para regalo en manos de un niño anhelante, una caja que nada contiene, sino piedrecillas y trozos de basura, a pesar del ruido tan seductor que hace al agitarla. ¡El niño piensa que son caramelos! Yo pensaba que eran literatura. Todas esas frases —y otras muchas, también— resultaron no ser trampolines de lanzamiento hacia la gran novela sin escribir, sino barreras insuperables. Comprende usted, eran demasiado buenas. Nunca logré situarme a su altura. Hay escritores que nunca logran igualar su primera novela. Yo nunca pude igualar mi primera frase. Y mírenme ahora. Miren de qué modo he empezado esto, mi obra final, mi opus magna: «Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba...» ¡Dios del cielo, «si acaso alguna vez»! Ya se percata usted del problema. Irremediable. Que lo borren.

Éste es el relato más triste que nunca he oído. Empieza, como todos los verdaderos relatos, quién sabe dónde. Buscar el principio es como intentar descubrir las fuentes de un río. Se pasa usted varios meses remando contra la corriente, bajo un sol abrasador, entre altísimas murallas de jungla chorreante, con los mapas empapados de humedad desintegrándosele en las manos. Lo enloquecen a usted las falsas esperanzas, los malignos enjambres de insectos picadores, y las añagazas de la memoria, y lo único que saca en claro, al final —la última Thule de tan ridícula búsqueda—, es un humedal de la selva o, tratándose de un relato, una palabra o un gesto perfectamente desprovistos de sentido. Y, sin embargo, en algún lugar más o menos arbitrario del largo recorrido entre el humedal y el mar, el cartógrafo clava la aguja de su compás, y es ahí donde nace el Amazonas.

Lo mismo me pasa a mí, cartógrafo del alma, cuando busco el comienzo de la crónica de mi vida. Cierro los ojos y asesto el golpe. Los abro y descubro un trémulo instante ensartado en la aguja de mi compás: 3.17 de la tarde del 13 de abril de 1961. Me froto los ojos y lo enfoco. Momento, momento, en la barandilla, ¿quién es el tipo sin barbilla? Y ahí estoy yo —o, más bien, ahí estaba—, mirando cautelosamente por encima de la balaustrada de un balcón, asomando sólo la punta de la nariz y un ojo. Aquel balcón era buen sitio para alguien que se dedicara a mirar, alguien tan taimado como yo. Desde allí dominaba toda la planta baja de la tienda, sin que nadie me viera. Aquel día, la tienda estaba abarrotada de clientes, más que en un día normal entre semana, el murmullo de sus voces flotaba amenamente hacia arriba. Era una hermosa tarde de primavera, y algunas de estas personas seguramente habrían salido a dar un paseo, pensando en esto o lo de más allá, cuando les distrajo la atención un rótulo pintado a mano puesto en el escaparate de la tienda: DESCUENTO DEL 30 % EN TODAS LAS COMPRAS DE MÁS DE 20 DÓLARES. Pero eso yo, en realidad, no podía saberlo, quiero decir que no podía saber lo que había incitado a la gente a entrar en la tienda, puesto que carecía de toda experiencia relativa al valor de intercambio del dinero. Y el caso es que en realidad el balcón, la tienda, los clientes, incluso la primavera, requieren explicaciones, digresiones que, por muy necesarias que resulten, echarían a perder el ritmo de mi narración, que quiero creer apresurado. Evidentemente, he ido demasiado lejos: en mi entusiasmo por tenerlo todo en movimiento, me he dejado atrás la marca. Podemos no saber nunca dónde empieza un relato, pero a veces sí que podemos decir dónde no puede empezar: donde la corriente ya fluye con pleno impulso.

Cierro los ojos y asesto un nuevo golpe. Despliego el instante trémulo y le clavo las alas a la mesa: 1.42 de la madrugada, 9 de noviembre de 1960. Humedad y frío en la plaza Scollay de Boston, y la muy ignorante de Fio —a quien pronto llamaré mamá—, se ha refugiado en el sótano de un local comercial de Cornhill. Presa del pavor, de algún modo ha conseguido encajarse en lo más hondo del estrecho hueco que quedaba entre un cilindro muy ancho de metal y la pared de cemento de la bodega, y ahí permanecía acurrucada temblando de miedo y de frío. Oía más arriba, a ras de calle, los gritos y las risas que deambulaban sin rumbo por la plaza. Habían estado a punto de atraparla, esta vez: cinco hombres vestidos de marinero, dando zapatazos y patadas y gritando como locos. Ella anduvo zigzagueando de un lado a otro —engañándolos en cuanto a su intención, esperando que chocaran violentamente entre ellos—, cuando un zapato negro bien lustrado le acertó en las costillas y la lanzó volando por encima de la acera.

Así que ¿cómo logró escapar?

Como escapamos siempre. De milagro: la oscuridad, la lluvia, una rendija en un portal, un tropezón del perseguidor. Persecución y fuga en las ciudades más antiguas de Estados Unidos. En la rebatiña de su pánico, había conseguido ocultarse por completo detrás de aquella cosa metálica redondeada, de modo que sólo le llegaba un leve resplandor del sótano alumbrado, y así permaneció largo rato sin moverse. Cerró los ojos contra el dolor que sentía en el costado, centrando su atención, en cambio, en el delicioso calorcillo de la bodega que iba subiéndole lentamente por el cuerpo, como una marea. El objeto metálico estaba deliciosamente caliente. Su suavidad esmaltada le parecía blanda, y se apretó contra ella, temblando. Puede que se quedara dormida. Sí, estoy seguro, se quedó dormida, y despertó con renovadas fuerzas.

Y entonces, tímida e insegura, debió de salir arrastrándose de su escondite y poner sus patas en el local. Una lámpara fluorescente, que emitía un leve zumbido y que colgaba del techo por dos alambres retorcidos arrojaba una luz parpadeante y azul sobre su entorno. ¿Sobre su entorno? ¡Qué risa! ¡Sobre mi entorno! Porque a su alrededor, mirase donde mirase, tan sólo había libros. Del suelo al techo, en todas las paredes, como también a ambos lados de una partición que había en el centro de la estancia, todo estaba cubierto de estanterías de madera sin pintar, con hileras y más hileras de libros casi hasta reventar. Y, sobre las hileras, más libros, de gran formato, en su mayor parte, metidos en cuña; y otros se alzaban del suelo en imponentes zigurats o yacían en montones precarios e hileras inclinadas en lo alto de la partición. El cálido y roñoso lugar en que mi madre había hallado refugio era un mausoleo de libros, un museo de tesoros olvidados, un cementerio de lo no leído y lo ilegible. Viejos volúmenes encuadernados en cuero, agrietados y mohosos, se codeaban con libros más modernos y más baratos cuyas páginas amarillentas se habían vuelto marrones y quebradizas por los bordes. Había novelas del Oeste, de Zane Grey, a espuertas; libros de sermones lúgubres a mansalva; viejas enciclopedias; memorias de la Gran Guerra; diatribas contra el New Deal; manuales de instrucciones para uso de la Nueva Mujer. Pero, claro, Fio no sabía que aquellas cosas fuesen libros. Aventuras en el planeta Tierra. Disfruto imaginándola en la contemplación de ese paisaje: su cara bondadosa y muy vivida, su cuerpo grueso —bueno, no: pongamos rotundo—, los ojos centelleantes, acosados, y esa forma tan graciosa que tenía de arrugar la nariz. A veces, por diversión, le pongo un pañuelito azul y se lo anudo debajo de la barbilla, y en ese momento no hay más que una palabra: adorable. ¡Mamá!

En lo alto de una de las paredes había dos ventanucos. Los cristales estaban tiznados de negro y apenas permitían ver nada, pero mamá, así y todo, pudo llegar a la conclusión de que seguía siendo de noche. Pudo también oír cómo iba aumentando el ritmo del tráfico en la calle, y su larga experiencia le dijo que iba a iniciarse un nuevo día laborable. La tienda de arriba abriría sus puertas, quizá bajara alguien por la empinada escalera del sótano. Gente por los peldaños de madera quizá gente-hombre, con los pies grandes, los zapatos grandes. Un golpe. Tuvo que echar a correr, y —digámoslo ya— no sólo porque no tenía la menor gana de que la pillasen los marineros y volvieran a darle una patada, o algo peor. Tuvo que echar a correr sobre todo por la cosa enorme que sucedía en su interior. Bueno no exactamente una cosa, aunque, desde luego, sí que había cosas en su interior (trece cosas), más bien un proceso, eso que la gente, con su enorme sentido del humor, ha dado en llamar un Feliz Acontecimiento. Un Feliz Acontecimiento estaba a punto de producirse, de ello no cabía la menor duda. La única duda era: ¿para quién era feliz el acontecimiento? ¿Para ella? ¿Para mí? Llevo casi toda la vida en el convencimiento de que lo fue para cualquiera menos para mí. Pero, dejándome a mí aparte — ¡ay, si pudiera dejarme aparte!—, y volviendo a la coyuntura del sótano: había un Feliz Acontecimiento a punto de producirse, y la cuestión era qué iba a hacer Fio (mamá) al respecto.

Bueno, pues voy a decirle a usted lo que hizo al respecto.

Fue a la estantería que estaba más cerca del escondrijo de detrás del objeto metálico calentito y sacó el libro más grande de que pudieron tirar sus garras. Lo sacó y lo abrió, y, sujetando una página con las patas traseras, lo hizo confeti con los dientes. Luego procedió a hacer lo mismo con otra página, y luego otra más. Pero en este punto detecto una duda. Estoy oyéndole a usted preguntarme que cómo supe que escogió el libro más grande. Bueno, como le encanta decir a Jeeves, es cuestión de la psicología del individuo, que en este caso es Fio, mi inminente madre. Me temo que con lo de «cuerpo rotundo» me he pasado de bondadoso. Estaba repugnantemente gorda, y el mero esfuerzo de tener que cebar todos los días tanta grasa la mantenía terriblemente ansiosa. Ansiosa y guarra. Acuciada por el clamor voraz de millones de células hambrientas, nunca dejaba de atrapar el pedazo más grande de lo que fuese aunque ya estuviera harta y sólo pudiera mordisquear un poco los bordes. Estropeando la pieza para el que viniera detrás, claro. Así que no se preocupe usted: cogió el tomo más gordo que había a su alcance.

A veces me complace pensar que mis primeros momentos de lucha por la vida vinieron acompañados como marcha triunfal, por el desmenuzamiento de Moby Dick. Ello explicaría mi naturaleza extremadamente aventurera. En otras ocasiones, cuando me siento especialmente proscrito y estrambótico, estoy convencido de que el culpable es el Quijote. Oigan esto: «En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. [...] En efecto, rematado ya su juicio vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante.» Contemple usted al Caballero de la Triste Figura: vanidoso, testarudo, apayasado, ingenuo hasta la ceguera idealista hasta incurrir en lo grotesco... Lo cual viene a ser como describirme a mí en pocas palabras. La verdad es que nunca he estado bien de la cabeza. Lo que pasa es que yo no ataco molinos de viento. Hago algo peor: sueño con atacar molinos de viento, estoy deseando atacar molinos de viento y a veces imagino que he atacado molinos de viento. Molinos de viento o molinos de cultura —digámoslo de una vez—, los más deleitables e inasibles de los objetos, trituradoras eróticas, molinitos lascivos de lujuria, factorías carnales de raros goces, fantasilandias de fornicadores frustrados, cuerpo mismo de las Beldades. Y, al final, ¿cuál es la diferencia? Una causa perdida es una causa perdida. Pero no voy a obsesionarme con esto ahora. Ya me obsesionaré más adelante.

Mamá había formado un enorme borujo de papel y con gran esfuerzo iba arrastrándolo a empujones en dirección a la pequeña cueva que había descubierto. Y ahora no debemos permitir que nos distraiga la doliente cacofonía de sus gruesos refunfuños y jadeos hasta el punto de perder de vista la cuestión fundamental: ¿de dónde procedía todo ese papel? ¿A quién pertenecían las palabras y las frases truncadas que mamá juntó en una mezcolanza indescifrable, la misma que dentro de unos instantes acolcharía mi caída en el ámbito de la existencia? Entrecierro los ojos para ver mejor. Reina la oscuridad en este sitio a que ha traído el borujo de papel y donde ahora se afana en ahuecarlo por el centro y levantarle los bordes, como veo con claridad sólo con inclinarme sobre el precipicio del momento en que nací. Estoy mirando desde una gran altura, forzando la imaginación para trocarla en una especie de telescopio. Creo verlo. Sí. Ahora lo identifico. Mi querida Fio ha convertido en confeti el Finnegans Wake. Joyce fue uno de los Grandes, quizá el más Grande de todos. Yo nací, fui acogido y me amamantaron en el armazón deshojado de la obra maestra menos leída del mundo.

La mía era una familia numerosa, y pronto fuimos trece los apelmazados entre las ruinas de Finnegans, o por decirlo como se diría en el libro, trece «moléculos mamalúculos amasajados, lampando por sus mamadas». (Y, transcurridos tantos años, sigo en las mismas: amasajándome y lampando por mis mamadas, mis migajas. ¡Oh sueños!) En seguida nos pusimos todos a pelearnos por las doce tetas: Sweeny, Chucky, LuweenaFeenie, Mutt, Peewee, Shunt, Pudding, Elvis, ElvinaHumphrey, Honeychild y Firmin (servidor de usted, decimotercer hijo). Qué bien los recuerdo a todos. Eran monstruos. Aun ciegos y desnudos, sobre todo desnudos, tenían las extremidades repletas de tendones y músculos, o eso al menos me parecía a mí entonces. Yo fui el único que nació con los ojos abiertos y una modesta capa de suave pelo gris. Muy canijo, también. Y háganme caso, ser canijo es una cosa horrible, de pequeño.

Este hecho tuvo un efecto especialmente dañino en mi capacidad para participar de lleno en el protocolo alimenticio, que por lo general se desarrollaba así: mamá se deja caer por el sótano, procedente de dondequiera que haya estado, con su mal humor de costumbre. Gruñendo y quejándose como si fuera a hacer algo tan heroico que a ninguna madre se le hubiera ocurrido hacerlo antes, en todo el transcurso de la historia del mundo, se derrumba en la cama —kerplop— y se queda dormida al instante, con la boca abierta y roncando y totalmente sorda al caos que se monta a su alrededor. A zarpazos, empellones, mordiscos, chillidos los trece nos lanzamos simultáneamente a por los doce pezones. Of Milk and Madness (Leche y locura)*. En esta partida de tetas musicales, era yo casi siempre quien se quedaba de pie. A veces pienso en mí mismo llamándome «El que se quedó de pie». He descubierto que expresarlo así me ayuda. E incluso en las raras ocasiones en que me las apañaba para ser el primero, no tardaba en verme desplazado por alguno de mis más fornidos hermanos. Fue un milagro que saliera vivo de mi familia. Si lo logré, fue más bien a base de restos. Todos los días, sólo con recordarlo, vuelvo a sentir la espantosa sensación del pezón saliéndoseme de la boca mientras me arrastran hacia atrás por las patas traseras. La gente identifica la desesperación con una sensación de vacío en las entrañas o de frialdad o de náusea, pero para mí siempre ha sido ese escapárseme el pezón de la boca y las encías.

Pero ¿qué oigo ahora? ¿Silencio, embarazoso silencio? Se ha colocado usted la mano en la barbilla y piensa: «Bueno, pues eso lo explica todo. Este personaje se ha pasado toda su inútil existencia tratando de encontrar la decimotercera teta.» Y ¿qué puedo decir? ¿He de envilecerme hasta el extremo de admitirlo? ¿O debo lanzar un grito de protesta? «¿Eso es todo? ¿Eso de veras es todo?».



* Of Milk and Madness (2006) es un corto de Mark Percival sobre los campeonatos de beber leche que se organizan en Estados Unidos. (Todas las notas son del traductor).

lunes, 8 de febrero de 2010

La Loca de la Casa de Rosa Montero

Cinco


Quedamos en que el escritor debería ser como ese niño que grita, al paso del cortejo real, que el rey está desnudo. Pero sucede que a menudo no sólo no se le ocurre decir semejante cosa, sino que ni siquiera es un espectador. A menudo el escritor es un integrante de la comitiva. Allí le veo marchar, marcando el paso de la oca, tripudo de pompa y de boato, aunque en su realidad física sea un mequetrefe. Pero cómo se hincha cuando desfila.
Todos los humanos nos pasamos la vida buscando nuestro particular punto de equilibrio con el poder. No queremos ser esclavos y en general tampoco queremos ser tiranos. Además, el poder no es un individuo, no es una institución, no es una estructura firme y única, sino más bien una tela de araña pegajosa y confusa que ensucia todos los campos de nuestra existencia. Y así, tenemos que encontrar nuestra precisa relación de poder con nuestra pareja, nuestros hijos, nuestro jefe, nuestros compañeros de oficina, nuestros padres, con todos y cada uno de nuestros amigos; con las autoridades, con la sociedad, con el mundo e incluso con Dios, para aquel que crea en su existencia.
Lo que ocurre es que a los escritores se nos suele notar más ese conflicto. En primer lugar, porque la crítica o el análisis honesto de las relaciones de poder forma parte de nuestro oficio, de la misma manera que construir buenos muebles forma parte del oficio de carpintero. Por eso cuando nos traicionamos, cuando nos arrugamos, cuando nos vendemos, somos doblemente notorios en nuestras marranadas. Porque además todos los poderes necesitan heraldos y voceros; todos precisan intelectuales que inventen para ellos una legitimidad histórica y una coartada moral. Ésos, los intelectuales orgánicos, son desde mi punto de vista los peores. Son los mandarines, y ese papel tripudo de gran buda no se ejerce impunemente. Se paga en creatividad y enjundia literaria, como quizá se pueda comprobar en el trayecto de un Cela, por ejemplo. Pero los demás tampoco somos puros. Es más, desconfío de los puros: me aterrorizan. De esa ficticia pureza nacen los linchadores, los inquisidores, los fanáticos. No se puede ser puro siendo humano. De modo que los demás nos las vamos apañando en nuestra relación mudable y resbaladiza con el poder. Vamos buscando nuestro equilibrio, como patinadores sobre un lago congelado y veteado por peligrosas placas de hielo muy fino. Unos patinan muy bien y se las arreglan para no caerse; otros están casi todo el rato metidos en el agua. O sea, hablando claro y dejándonos de metáforas: unos son mucho más dignos y otros incomparablemente más indignos. A veces una misma persona puede manifestar comportamientos diversos: puede ser heroico frente a algunos retos y miserable en otros. El celebérrimo manifiesto de Zola a favor del judío Dreyfus es siempre citado como ejemplo del compromiso social y moral del escritor, y sin duda tuvo que ser valiente Émile para redactar su iracundo Yo acuso casi en absoluta soledad contra los bienpensantes. Pero se nos olvida que, tres años antes, ese mismo Zola se negó a firmar el manifiesto de apoyo a Oscar Wilde, condenado a dos años de cárcel en las inhumanas prisiones victorianas sólo por ser homosexual. Pero, claro, es que, por entonces, defender a un sodomita, que era como les llamaban, resultaba aún más difícil que defender a un judío y demostraba una libertad intelectual mucho mayor. Henry James tampoco firmó: sólo André Gide lo hizo. Gide era homosexual y sin duda eso le hizo comprender en toda su brutalidad el drama de Wilde, pero esta circunstancia no hace sino incrementar desde mi punto de vista su heroísmo; apoyar a un gay siendo gay debía de ser por entonces algo muy duro, de la misma manera que apoyar a un judío en tiempos de Hitler siendo judío podía resultar muy peligroso.
En realidad, lo que perdió al bueno de Zola en este caso fue el prejuicio. Y es que nuestros prejuicios nos encierran, nos achican la cabeza, nos idiotizan; y cuando estos prejuicios coinciden, como suele suceder, con la convención mayoritaria, nos convierten en cómplices del abuso y la injusticia, como en el caso de Wilde. Para mí el famoso compromiso del escritor no consiste en poner sus obras a favor de una causa (el utilitarismo panfletario es la máxima traición del oficio; la literatura es un camino de conocimiento que uno debe emprender cargado de preguntas, no de respuestas), sino en mantenerse siempre alerta contra el tópico general, contra el prejuicio propio, contra todas esas ideas heredadas y no contrastadas que se nos meten insidiosamente en la cabeza, venenosas como el cianuro, inertes como el plomo, malas ideas malas que inducen a la pereza intelectual. Para mí, escribir es una manera de pensar; y ha de ser un pensamiento lo más limpio, lo más libre, lo más riguroso posible.
Por eso me gusta más Voltaire que Zola, por ejemplo. También Voltaire tuvo su caso Dreyfus. Sucedió casi un siglo y medio antes, en 1762, cuando se suicidó el hijo de un comerciante protestante de Toulouse llamado Jean Calas. La sociedad francesa de la época, agresivamente católica, decidió que el comerciante había asesinado a su propio hijo porque éste deseaba convertirse al catolicismo; la ley dio por bueno este delirio sin disponer de pruebas, y Jean Calas fue condenado a la pena capital y ejecutado con el suplicio de la rueda, es decir, fue torturado hasta la muerte. Pocos meses después, Voltaire publicó su Tratado sobre la tolerancia en torno a la muerte de Jean Calas, en donde acusaba de la tropelía a los jesuitas; con ello no consiguió devolver a la vida al pobre Calas, pero sí logró la revisión del proceso y la rehabilitación de la familia; y además hizo a la sociedad francesa más consciente de los excesos del fanatismo y de las manipulaciones de los poderosos. No debió de serle fácil enfrentarse a todos para defender a una pobre familia de apestados. Ir en contra de la corriente general es algo sumamente incómodo. Puede que la mayoría de las miserias morales e intelectuales se cometan por eso: por no contradecir las ideas de tus patronos, de tus vecinos, de tus amigos. Un pensamiento independiente es un lugar solitario y ventoso.
Y luego están, claro, las pequeñas prebendas, las ambiciones lícitas e ilícitas, el esnobismo, el miedo, la vanidad... Uno puede vender su alma al poder por tantas cosas. Y lo que es peor: por tan poco precio. Por ejemplo, qué quieren que les diga, no me parece nada apropiado que un escritor de la talla de García Márquez se deje regalar una casa por Fidel Castro, una estupenda mansión en Siboney, la zona de los antiguos ricos de La Habana. De entrada, no creo que los escritores deban dejarse obsequiar opulentos chalets por los Jefes de Estado; que en este caso el Jefe de Estado sea un dictador y el país misérrimo añade más inconveniencias al asunto.
Uno de los relatos más conmovedores y delirantes de esta venta al por menor de los menudillos del alma es la historia de Goethe, del gran Wolfgang Goethe, que él mismo revela, sin darse mucha cuenta de lo que está diciendo, en su autobiografía Poesía y verdad. Ya se sabe que Goethe nació en Francfort en 1749; que en 1774, con veinticinco años, publicó Las desventuras del joven Werther, un libro que le hizo famoso; y que un año más tarde fue invitado por los archiduques de Weimar para que residiera en su minúscula corte como intelectual a su servicio. Goethe ya no abandonó esa corte de opereta hasta su muerte, ocurrida en 1832 a los ochenta y tres años. Trabajó como un bellaco durante todo ese tiempo en las labores oficiales, como consejero, como ministro de Hacienda, como correveidile del archiduque, inspeccionando minas, supervisando planes de irrigación o incluso organizando los uniformes del pequeño Estado. Nunca se jubiló; siendo octogenario seguía como empleado. Cuando murió ostentaba el cargo de Supervisor de los Institutos de Arte y Ciencia.
Durante todos esos años, Goethe continuó escribiendo y publicando grandes obras, pero no cabe duda de que su frenética actividad cortesana, y el espíritu de pleitesía que conllevaba, tuvieron que restarle tiempo y potencia a su labor literaria. Ortega y Gasset y otros buenos pensadores consideran que Goethe se perdió al irse a Weimar; que hirió su enorme don, que lo malgastó, que no lo respetó como hubiera debido. El mismo Wolfgang se quejaba algunas veces en sus cartas personales y sus textos biográficos: «No tengo otra cosa que decirte de mí sino que me sacrifico a mi profesión», escribió en una ocasión, y la profesión, naturalmente, era su trabajo oficial; y en otro momento dijo que, a partir de su llegada a la corte, «dejé de pertenecerme a mí mismo».
Explica Goethe en Poesía y verdad que aceptó la oferta de Weimar porque quería alejarse de un amor frustrado (un compromiso roto con la bella Lili), y porque le asfixiaba el ambiente provinciano de Francfort y aspiraba a algo más cosmopolita y refinado; pero leyendo su autobiografía te das cuenta de que además Goethe, un burguesito hijo de un jurista retirado, era bastante esnob, lo que hoy llamaríamos un niño pijo, preocupadísimo por sus ropas, su aspecto, su lugar social y su buen nombre. Se pirraba por codearse con la aristocracia y le embelesaba la nobleza. Y es que hasta los grandes hombres (y las grandes mujeres) tienen sus agujeros de estupidez y de miseria.
Se vendió barato, de todas formas, porque Weimar era una corte de chichinabo; pero desde luego consiguió aquellas astillas de poder que pretendía. Le concedieron un título nobiliario y los retratos de madurez de Goethe le representan con toda la solemne parafernalia de las cintas de seda, las bandas, la púrpura, las aparatosas condecoraciones. Un mandarín completo. Y, por añadidura, cuando el septuagenario Goethe se enamoró como un perro de Ulrike, una muchacha de dieciséis años, y la pidió en matrimonio, el archiduque, para ayudar a su consejero, prometió a la chica que, si se casaba con Wolfgang, le otorgaría una elevada renta vitalicia al enviudar. Y esto también es poder. Es más, este tipo de intervenciones en la esfera de lo privado son la prueba más manifiesta de cómo estar a bien o no con el poder nos puede facilitar o dificultar la vida. En este caso, de todas formas, no funcionó: Ulrike no se dejó comprar. Es decir, hizo lo contrario de lo que había hecho Goethe en su juventud.
La historia de la venta de su alma (no debe de ser casual que este hombre sea el autor del formidable Fausto) viene relatada con todo su ridículo detalle al final de Poesía y verdad. Un día pasaron por Francfort los archiduques de Weimar e invitaron a Goethe a que se les uniera en la corte. Todo esto lo cuenta el escritor con grandes floreos de adjetivos; los duques son corteses, amables, benevolentes, y el joven Wolfgang (veintiséis años) manifiesta hacia ellos un «vehemente agradecimiento». La cosa se haría de la manera siguiente: un caballero de la corte, que se había quedado rezagado en Karlsruhe a la espera de que le trajeran un landó construido en Estrasburgo, iba a llegar a Francfort pocos días más tarde. Goethe debía preparar sus cosas y partir con el caballero y el landó hacia Weimar.
A Wolfgang el arreglo le pareció de perlas y se apresuró a hacer el equipaje «sin olvidar mis textos inéditos» y a despedirse de sus conocidos; y me imagino el orgullo con el que el joven pedante debió de comunicar a todo el mundo que tal día vendrían a buscarle de parte de los archiduques para llevarle a la corte. Pero hete aquí que el día llegó, sin que aparecieran ni el caballero ni el landó; y Goethe, más corrido que una mona, decidió encerrarse en casa de sus padres y permanecer ahí escondido y sin asomarse a las ventanas, para que la gente creyera que se había marchado. Él lo cuenta con un gracioso eufemismo, diciendo que lo hizo «para no tener que despedirme por segunda vez, y, en general, para no ser abrumado por afluencias y visitas»; y tiene el desparpajo de añadir que, como la soledad y la estrechez siempre le habían sido muy favorables, aprovechó el encierro a cal y canto en su habitación para escribir, intentando ofrecer una imagen señorial de sí mismo, un artista tranquilo que utiliza el retraso de un caballero para seguir adelante con su obra.
Pero la realidad debía de ser muy otra. Para disimular el apuro que sentía, Goethe le endilga su propia angustia a su pobre padre, de quien dice que, a medida que pasaban los días sin que llegara nadie, se iba intranquilizando más y más, hasta el punto de creer «que todo era una mera invención, que lo del landó nuevo no existía, que lo del caballero rezagado era una mera quimera», y que se trataba de «una simple travesura cortesana que se habían permitido hacerme como consecuencia de mis tropelías, con la intención de ofenderme y de avergonzarme en el momento en que constatara que, en lugar de aquel esperado honor, recibía un bochornoso plantón». Este martirizante reconcomio, que era sin duda la sospecha que atenazaba a Goethe, revela muchas cosas sobre sus relaciones con el poder. El gran Wolfgang era un pobre pelota, un infeliz que ya desde el primer momento empezó a dejarse las pielecillas de su dignidad en su ardua subida por la escala social. Los humanos somos unas criaturas tan paradójicas que al lado del talento más sublime puede coexistir la debilidad más necia y más vulgar.
«Así transcurrieron ocho días y no sé cuántos más, y aquel completo encierro se me fue haciendo cada vez más difícil.» Desesperado y nerviosísimo, el topo Goethe empezó a salir en lo más oscuro de la noche, embozado en una espesa capa, para evitar poder ser reconocido; y así disfrazado daba vueltas de madrugada por la ciudad, como un preso que estira las piernas en el patio de la cárcel. Pasaron aún más días, y para entonces el joven Wolfgang estaba ya tan «torturado por la inquietud» que ni siquiera era capaz de escribir. Profundamente humillado e incapaz de enfrentarse a sus vecinos y amigos tras haber cometido la suprema mentecatez de esconderse, Goethe y su padre decidieron que tenía que marcharse de todos modos; y el comprensivo progenitor prometió costearle una estancia en Italia si partía de inmediato. Cosa que Goethe hizo, de tapadillo, arrastrando sus bártulos camino de Heidelberg. Y en Heidelberg le alcanzó, precisamente, la añorada carta llena de sellos. De la pura emoción, Goethe se quedó un buen rato sin abrir la misiva. Era del caballero, informándole de que se había retrasado porque no le habían traído el landó a tiempo, pero que por fin había ido a buscarle. Y le rogaba que volviera enseguida a Francfort para que pudieran partir y no le causara el embarazo de tener que llegar sin él a Weimar.
«De pronto fue como si una venda cayera de mis ojos», dice el exultante Goethe: «Toda la bondad, benevolencia y confianza que me habían precedido volvieron a aparecer vivamente ante mí y estuve a punto de avergonzarme de mi escapada». Los archiduques eran magnánimos, la gloria cortesana plenamente alcanzable, la vida un elegante minué henchido de promesas honoríficas. Y, en efecto, Wolfgang regresó con sus maletas a Francfort, meneando el rabo como un perro agradecido; y partió inmediatamente y para siempre a Weimar. Y ahí, justamente ahí, termina su autobiografía, un grueso volumen que en mi edición (Alba Editorial) tiene 835 páginas, un texto que Goethe escribió durante veinte años, los últimos veinte años de su vida. Siendo octogenario, Wolfgang puso ahí el punto final del recuento de sus memorias, como si su existencia se hubiera acabado al salir hacia la corte del archiduque. Es imposible que se trate de un remate casual; por debajo de los entorchados, de las condecoraciones y las sedas, Goethe lo sabía. Todos nos damos cuenta de cuándo nos vendemos.