viernes, 4 de septiembre de 2009

Henry Miller. Autor de Trópico de Cáncer

Escritor estadounidense, cuyas obras vitalistas, anarcoides y eróticas desencadenaron grandes polémicas y censuras, pero que a la vez sirvieron para que, a partir de él, el sexo se tratará en la literatura con más normalidad. Nació en Nueva York el 26 de diciembre de 1891, ejerció distintos trabajos y asistió al City College de su ciudad natal durante un breve periodo de tiempo, antes de marcharse a París en 1930 huyendo de la Gran Depresión. En aquella ciudad, en la que residió durante diez años, llevó una vida bohemia, que describió en tres novelas eróticas de carácter autobiográfico, Trópico de Cáncer (1934), Primavera negra (1936) y Trópico de Capricornio (1939). Pasó un año en Grecia invitado por Lawrence Durrell y a su regreso en 1940 a los Estados Unidos y se instaló en Big Sur, California, desde donde rememoró su estancia helena en El coloso de Marussi (1941) original guía de Grecia, presentada como el lugar donde es posible recuperar lo que de divino tiene el ser humano. También publicó La pesadilla del aire acondicionado (1945-1947); una trilogía, La crucifixión rosada, formada por Sexus (1949), Plexus (1953) y Nexus (1960); Big Sur y las naranjas del Bosco (1957); y el estudio literario El mundo de D.H. Lawrence (1980). Por su vida y obras se convirtió en uno de los máximos defensores de la libertad tanto individual como literaria y su búsqueda de la "salvación" a través de experiencias intensas influyó enormemente en las ideas de la llamada Beat Generation. Los "Trópicos" están consideradas sus mejores novelas por su prosa fluida en la que funde obscenidad y espiritualismo, y salta con gran naturalidad del expresionismo más realista al divismo más simbólico. Su obra ha sufrido los ataques de la crítica feminista, debido a su retrato de la potencia masculina frente al masoquismo femenino. Murió el 7 de junio de 1980 en Pacific Palisades (California).

Trópico de Cáncer. Por Henry Miller

Vivo en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos.
Anoche Boris descubrió que tenía piojos. Tuve que afeitarle los sobacos, y ni siquiera así se le pasó el picor. ¿Cómo puede uno coger piojos en un lugar tan bello como éste? Pero no importa. Puede que no hubiéramos llegado nunca a conocernos tan íntimamente Boris y yo, si no hubiese sido por los piojos.
Boris acaba de ofrecerme un resumen de sus opiniones. Es un profeta del tiempo. Dice que continuará el mal tiempo. Habrá más calamidades, más muertes, más desesperación. Ni el menor indicio de cambio por ningún lado. El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros héroes se han matado o están matándose. Así que el héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad. Debemos marcar el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar.


Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste? Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver...
Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así, pues, esto es una canción. Estoy cantando.


Para ti, Tania, canto. Quisiera cantar mejor, más melodiosamente, pero entonces quizá no hubieses accedido nunca a escucharme. Has oído cantar a los otros y te han dejado fría. Su canción era demasiado bella o no lo bastante bella.
Es el veintitantos de octubre. Ya no llevo la cuenta de los días. ¿Dirías: mi sueño del 14 de noviembre pasado? Hay intervalos, pero intercalados entre sueños, y no queda conciencia de ellos. El mundo que me rodea está desintegrándose, y deja aquí y allá lunares de tiempo. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo... Pienso en que, cuando el gran silencio descienda sobre todo y por doquier, la música triunfará por fin. Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, remará el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que está escrita la realidad. Tú, Tania, eres mi caos. Por eso canto. Ni siquiera soy yo, es el mundo agonizante que se quita la piel del tiempo. Todavía estoy vivo, dando patadas dentro de tu matriz, que es una realidad sobre la que escribir.
Duermevela. La fisiología del amor. La ballena con su pene de dos metros en reposo. El murciélago... penis Ubre. Animales con un hueso en el pene. De ahí viene eso de tener un hueso…1«Afortunadamente —dice Gourmont— la estructura ósea se ha perdido en el hombre.» ¿Afortunadamente? Sí, afortunadamente. Imaginaos a la raza humana caminando por ahí con un hueso en ese sitio. El canguro tiene un doble pene: uno para los días de entre semana y otro para las fiestas. Duermevela. Una carta de una mujer que me pregunta si he encontrado un título para mi libro. ¿Un título? Claro que sí: Adorables lesbianas.
¡Tu vida anecdótica! Una frase de M. Borowski. El miércoles voy a comer con Borowski. Su mujer, que es una vaca seca, oficia. Ahora está estudiando inglés... su palabra favorita es «asqueroso». En seguida se ve que los Borowski son una lata. Pero esperad...
Borowski lleva trajes de pana y toca el acordeón. Combinación insuperable, especialmente si se tiene en cuenta que no es un mal artista. Finge ser polaco, pero no lo es, desde luego. Es judío, Borowski, y su padre era filatélico. De hecho, casi todo Montparnasse es judío o medio judío, lo que es peor. Están Carl y Paula, y Cronstadt y Boris, y Tarda y Sylvester, y Moldorf y Lucille. Todos excepto Fillmore. Henry Jordan Oswald ha resultado ser judío también. Louis Nicholas es judío. Hasta Van Norden y Chérie son judíos. Francis Blake es judío, o judía. Titus es judío. Así, que los judíos me están aplastando como una avalancha. Escribo esto para mi amigo Carl, cuyo padre es judío. Es importante entender todo esto.
De todos esos judíos, la más encantadora es Tania, y por ella también yo me volvería judío. ¿Por qué no? Ya hablo como un judío. Y soy feo como un judío. Además, ¿quién odia más a los judíos que un judío?
La hora del crepúsculo. Azul añil, agua cristalina, árboles resplandecientes y delicuescentes. Los raíles se pierden en el canal de Jaurès. La larga oruga de costados laqueados se sumerge como una montaña rusa. No es París. No es Coney Island. Es una mezcla crepuscular de todas las ciudades de Europa y de América Central. La explanadas del ferrocarril ahí abajo, los raíles negros, enmarañados, no ordenados por el ingeniero, sino de diseño cataclismático, como esas finas fisuras del hielo polar que la cámara registra en diferentes tonos de negro.
La comida es una de las cosas que disfruto tremendamente. Y en esta hermosa Villa Borghese apenas hay nunca rastros de ella. A veces es verdaderamente asombroso. He pedido una y otra vez a Boris que encargue pan para el desayuno, pero siempre se le olvida. Al parecer, sale a desayunar fuera. Y cuando vuelve viene limpiándose los dientes con un palillo y le cuelga un poco de huevo de la perilla. Come en el restaurante por consideración hacia mí. Dice que le duele darse una comilona mientras le miro.
Van Norden me gusta, pero no comparto la opinión que tiene de sí mismo. No estoy de acuerdo, por ejemplo, en que sea un filósofo ni un pensador. Es un putero y nada más. Y nunca será un escritor. Tampoco lo será nunca Sylvester, aunque su nombre resplandezca en luces rojas de cincuenta mil bujías. Los únicos escritores a mi alrededor por los que siento algún respeto ahora son Carl y Boris. Están poseídos. Arden por dentro con una llama blanca. Están locos y carecen de oído. Son víctimas.
En cambio, Moldorf, que también sufre a su manera, no está loco. Moldorf se embriaga con las palabras. No tiene venas, ni arterias, ni corazón, ni riñones. Es un baúl portátil lleno de innumerables cajones, y éstos tienen escritos fuera rótulos en tinta blanca, tinta marrón, tinta roja, tinta azul, bermellón, azafrán, malva, siena, albaricoque, turquesa, ónix, Anjou, arenque, Corona, verdín, gorgonzola...
He trasladado la máquina de escribir a la habitación contigua, donde puedo verme en el espejo mientras escribo.
Tania es como Irene. Espera cartas voluminosas. Pero hay otra Tania, una Tania semejante a una enorme semilla que disemina el polen por todos lados... o, digámoslo al modo de Tolstói, una escena de establo en la que desentierran al feto. Tania es una fiebre también... les votes urinaires, Café de la Liberté, Place des Vosges, corbatas brillantes en el Boulevard Montparnasse, cuartos de baño oscuros, oporto seco, cigarrillos Abdullah, el adagio de la sonata Pathétique, amplificadores auriculares, sesiones anecdóticas, pechos de siena rojiza, ligas gruesas, qué hora es, faisanes dorados rellenos de castañas, dedos de tafetán, crepúsculos vaporosos que se vuelven acebo, acromegalia, cáncer y delirio, velos calidos, fichas de póquer, alfombras de sangre y muslos suaves. Tania dice de modo que todo el mundo pueda oírla: «¡Le amo!» Y mientras Boris se calienta con whisky, ella dice: «¡Siéntate aquí! Oh, Boris... Rusia... ¿Qué voy a hacer? ¡Estoy a punto de estallar!»
Por la noche, cuando contemplo la perilla de Boris reposando sobre la almohada, me pongo histérico. ¡Oh, Tania! ¿Dónde estará ahora aquel cálido coño tuyo, aquellas gruesas y pesadas ligas, aquellos muslos suaves y turgentes? Tengo un hueso en la picha de quince centímetros. Voy a alisarte todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de semen. Te voy a enviar a casa con tu Sylvester con dolor en el vientre y la matriz vuelta del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño. Disparo dardos ardientes a tus entrañas, Tania, te pongo los ovarios incandescentes. ¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siente los rastros de mi enorme picha. He dejado un poco más anchas las orillas. He alisado las arrugas. Después de mí, puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece, o templar una cítara a través de tu ombligo. Te estoy jodiendo, Tania, para que permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado. Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el clítoris y escupiré dos monedas de un franco...
1 Una de las formas de decir en inglés «empalmarse».


Cielo azul y despejado de nubes lanudas, árboles macilentos que se extienden hasta el infinito, con sus oscuras ramas gesticulando como un sonámbulo. Árboles sombríos, espectrales, de troncos pálidos como la ceniza de un habano. Un silencio supremo y enteramente europeo. Postigos echados, tiendas cerradas. Aquí y allá una luz roja para señalar una cita. Fachadas abruptas, casi repulsivas; inmaculadas, salvo por los manchones de sombra proyectados por los árboles. Al pasar por la Orangerie, recuerdo otro París, el París de Maugham, de Gauguin, el París de George Moore. Pienso en aquel terrible español que sobrecogía al mundo entonces con sus saltos de estilo a estilo. Pienso en Spengler y en sus terribles pronunciamientos, y me pregunto si no se habrá perdido el estilo, el estilo elegante. Digo que esos pensamientos ocupan mi mente, pero no es cierto; hasta después, hasta que no he cruzado el Sena, hasta que no he dejado atrás el carnaval de luces, no dejo jugar a mi mente con esas ideas. Por el momento no puedo pensar en nada... excepto que soy un ser sensible apuñalado por el milagro de esas aguas que reflejan un mundo olvidado. A lo largo de las orillas, los árboles se inclinan pesadamente sobre el espejo empañado; cuando el viento se levante y los llene con un murmullo rumoroso, derramarán algunas lágrimas y se estremecerán, mientras pase el agua en torbellinos. Eso me corta el aliento. Nadie a quien comunicar ni siquiera parte de mis sentimientos...
Lo malo de Irene es que tiene una maleta en lugar de un coño. Quiere cartas voluminosas para embutirlas en su maleta. Inmensas, avec des choses inouïes. En cambio, Liona sí que tenía un coño. Lo sé por que nos envió unos cuantos pelos de ahí abajo. Liona... un asno salvaje que olfateaba el placer en el aire. En todas las colinas altas hacía de puta... y a veces en las cabinas telefónicas y en los retretes. Compró una cama para su rey Carol y un cubilete de afeitarse con sus iniciales. Se tumbó en Tottenham Court Road con el vestido levantado y se acarició con el dedo. Usaba velas, candelas romanas y pomos de puerta. No había una picha en todo el país bastante grande para ella... ni una. Los hombres la penetraban y se encogían. Necesitaba pichas extensibles, cohetes de los que explotan automáticamente, aceite hirviendo compuesto de cera y creosota. Si se lo hubieras permitido, te habría cortado la picha y se la habría guardado dentro para siempre. ¡Un coño único de entre un millón, el de Liona! Un coño de laboratorio, y no había papel de tornasol que pudiera tomar su color. También era una mentirosa, aquella Liona. Nunca compró una cama a su rey Carol. Le coronó con una botella de whisky, y su lengua estaba llena de piojos y de mañanas. Pobre Carol, lo único que podía hacer era encogerse dentro de ella y morir. Respiraba ella y él caía afuera... como una almeja muerta.
Cartas enormes, voluminosas, avec des choses inouïes. Una maleta sin correas. Un agujero sin llave. Tenía la boca alemana, las orejas francesas, el culo ruso. El coño internacional. Cuando la bandera ondeaba, era roja hasta la garganta. Entrabas por el Boulevard Jules Ferry y salías por la Porte de la Villette. Echabas los bofes en las carretas... carretas rojas con dos ruedas, naturalmente. En la confluencia del Ourcq y el Marne, donde el agua prorrumpe a través de los diques y se extiende como cristal bajo los puentes. Liona yace allí ahora y el canal está lleno de cristal y astillas; las mimosas lloran y la húmeda bruma de un pedo empaña los cristales de las ventanas. ¡Una gachí única de entre un millón, aquella Liona! Toda ella coño y un culo de cristal en que se puede leer la historia de la Edad Media.


La primera impresión que causa Moldorf es la de la caricatura de un hombre. Ojos de tiroides. Labios de Michelin. Voz como puré de guisantes. Bajo el chaleco lleva una perita. De cualquier modo que le mires, siempre ofrece el mismo panorama: caja de rapé netsuke, puño de marfil, ficha de ajedrez, abanico, motivo de templo. Lleva tanto tiempo fermentando, que ahora es amorfo. Levadura desprovista de sus vitaminas. Jarrón sin planta de caucho.
Las mujeres fueron fecundadas dos veces en el siglo IX, y otra vez en el Renacimiento. Lo llevaron durante las grandes dispersiones bajo vientres amarillos y blancos. Mucho antes del Éxodo, un tártaro escupió en su sangre.
Su dilema es el del enano. Con su ojo pineal, ve su silueta proyectada en una pantalla de tamaño inconmensurable. Su voz, sincronizada con la sombra de una cabeza de alfiler, le embriaga. Oye un rugido cuando los demás oyen un chirrido.
Hablemos de su mente. Es un anfiteatro en que el actor ofrece una representación proteica. Moldorf, multiforme e infalible, representa sus papeles: payaso, juglar, contorsionista, sacerdote, libertino, saltimbanqui. El anfiteatro es demasiado pequeño. Pone dinamita en él. El público está drogado. Él lo hiere.
Estoy intentando infructuosamente enfocar a Moldorf. Es como intentar enfocar a Dios, pues Moldorf es Dios: nunca ha sido otra cosa. Lo único que estoy haciendo es consignar palabras...
He tenido opiniones de él que he desechado; he tenido otras opiniones que estoy revisando. Le he clavado un alfiler para acabar descubriendo que lo que tenía en las manos no era un escarabajo pelotero, sino una libélula; me ha ofendido con su grosería y después me ha colmado de delicadezas. Ha sido locuaz hasta la asfixia, y después silencioso como el Jordán.
Cuando lo veo venir brincando a saludarme, con las zarpitas tendidas, con los ojos sudando, siento que voy a encontrar a... ¡No, no es éste el modo de expresarlo!
«Comme un oeuf dansant sur un jet d'eau.»
Sólo tiene un bastón... un bastón mediocre. En los bolsillos, trozos de papel con recetas para el Weltschmerz. Ahora ya está curado, y a la muchachita alemana que le lavaba los pies se le está partiendo el alma. Es como el señor Nonentity, que lleva su diccionario gujarati a todas partes. «Inevitable para todo el mundo», con lo que quiere decir, indudablemente, indispensable. A Borowski, todo esto le parecería incomprensible. Borowski tiene un bastón diferente para cada día de la semana, y otro para Pascua.
Tenemos tantos puntos en común, que es como mirarme en un espejo agrietado.
He estado examinando mis manuscritos, páginas garabateadas con correcciones. Páginas de literatura. Eso me asusta un poco. ¡Es tan parecido a Moldorf! Sólo que yo soy un gentil, y los gentiles tienen una forma distinta de sufrir. Sufren sin neurosis y, como dice Sylvester, un hombre que nunca ha padecido una neurosis no sabe lo que es sufrir.
Recuerdo claramente lo mucho que disfruté con mi sufrimiento. Era como meterse en la cama con un cachorro. De vez en cuando te arañaba... y entonces sentías auténtico espanto. Normalmente, no tenías miedo: siempre podías soltarlo o cortarle la cabeza.
Hay personas que no pueden resistir el deseo de meterse en una jaula con fieras y dejarse despedazar. Se meten en ella hasta sin revólver ni látigo. El temor las vuelve temerarias... Para el judío el mundo es una jaula llena de fieras. La puerta está cerrada y él está dentro sin látigo ni revólver. Su valor es tan grande, que ni siquiera huele los excrementos en el rincón. Los espectadores aplauden, pero él no oye. Según cree, el drama está ocurriendo dentro de la jaula. Piensa que la jaula es el mundo. Al encontrarse de pie ahí, solo e indefenso, y con la puerta cerrada, descubre que los leones no entienden su lengua. Ningún león ha oído hablar nunca de Spinoza. ¿Spinoza? Pero si ni siquiera pueden hincarle el diente. «¡Dadnos carne!», rugen, mientras él permanece allí petrificado, con sus ideas congeladas, con su Weltanschauung, que no es sino un trapecio inalcanzable. Un simple zarpazo del león y su cosmogonía quedará destrozada.
También los leones se sienten defraudados. Esperaban sangre, huesos, cartílagos, tendones. Mastican y mastican, pero las palabras son chicle y el chicle es indigestible. El chicle es una base sobre la que se espolvorea azúcar, pepsina, tomillo, regaliz. El chicle, cuando lo recogen los chicleros, está bien. Los chicleros llegaron por la costa de un continente hundido. Trajeron consigo un lenguaje algebraico. En el desierto de Arizona se encontraron con los mongoles del norte, lustrosos como berenjenas. Poco después de que la tierra hubiera adquirido su inclinación giroscópica: cuando la Corriente del Golfo estaba separándose de la corriente japonesa. En el fondo de la tierra encontraron piedra de toba. Bordaron las propias entrañas de la tierra con su lenguaje. Se comieron mutuamente las entrañas, y la selva se cerró sobre ellos, sobre sus huesos y cráneos, sobre su encaje de toba. Su lenguaje se perdió. Aquí y allá se encuentran los restos de una casa de fieras, una placa craneana cubierta de figuras.


¿Qué tiene que ver todo esto contigo, Moldorf? La palabra que tienes en la boca es anarquía. Pronúnciala, Moldorf, lo estoy esperando. Nadie conoce los ríos que manan por nuestro sudor, cuando nos damos las manos. Mientras tú estás formando tus palabras, con los labios entreabiertos y la saliva gorgoteándote en las mejillas, he atravesado media Asia de un salto. Si cogiera tu bastón, a pesar de que es mediocre, y te abriera un agujerito en el costado, podría recoger material suficiente para llenar el Museo Británico. Nos detenemos cinco minutos y devoramos siglos. Eres el tamiz por el que se filtra mi anarquía, y se transforma en palabras. Tras la palabra está el caos. Cada palabra es una franja, un barrote, pero no hay ni habrá nunca suficientes barrotes para hacer la reja.
En mi ausencia han colgado visillos. Tienen el aspecto de manteles tiroleses remojados en desinfectante. La habitación centellea. Me siento en la cama aturdido, pensando en el hombre antes de su nacimiento. De repente, empiezan a doblar campanas, una música extraña, sobrenatural, como si me hubieran transportado a las estepas de Asia central. Unas resuenan con un redoble largo, persistente, otras irrumpen con acentos embriagados y llorosos. Y ahora ha vuelto el silencio, excepto una última nota que apenas roza el silencio de la noche: un simple tantán tenue y agudo que se extingue como una llama.
He hecho un pacto tácito conmigo mismo: no cambiar ni una línea de lo que escribo. No me interesa perfeccionar mis pensamientos ni mis acciones. Junto a la perfección de Turgueniev coloco la perfección de Dostoyevski. (¿Hay algo más perfecto que El eterno marido?) Así, pues, ahí tenemos dos tipos de perfección en un mismo medio. Pero en las cartas de Van Gogh hay una perfección que supera a una y a otra. Es el triunfo del individuo sobre el arte.


Ahora sólo hay una cosa que me interesa vitalmente, y es consignar todo lo que se omite en los libros. Que yo sepa, nadie está usando los elementos del aire que dan dirección y motivación a nuestras vidas. Sólo los asesinos parecen extraer de la vida, en grado satisfactorio, lo que le aportan. La época exige violencia, pero sólo estamos obteniendo explosiones abortivas. Las revoluciones quedan segadas en flor, o bien triunfan demasiado de prisa. La pasión se consume rápidamente. Los hombres recurren a las ideas, comme d'habitude. No se propone nada que pueda durar más de veinticuatro horas. Estamos viviendo un millón de vidas en el espacio de una generación. Obtenemos más del estudio de la entomología, o de la vida en las profundidades marinas, o de la actividad celular...


El teléfono interrumpe esta reflexión, que nunca habría podido llevar a término. Alguien viene a alquilar el piso...
Parece que mi vida en Villa Borghese ha acabado. Bien, cogeré estas páginas y me largaré. Siempre pasan cosas. Parece que dondequiera que voy hay un drama. Las personas son como los piojos: se te meten bajo la piel y se entierran en ella. Te rascas y te rascas hasta hacerte sangre, pero no puedes despiojarte permanentemente. Dondequiera que voy las personas están echando a perder sus vidas. Cada cual tiene su tragedia privada. La lleva ya en la sangre: infortunio, hastío, aflicción, suicidio. La atmósfera está saturada de desastre, frustración, futilidad. Rascarse y rascarse... hasta que no quede piel. No obstante, el efecto que me produce es estimulante. En lugar de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada vez más desastres, calamidades mayores, fracasos más rotundos. Quiero que el mundo entero se descentre, que todo el mundo se rasque hasta morir.


Me veo obligado a vivir tan rápida y furiosamente, que apenas me queda tiempo para consignar estas notas fragmentarias. Después de la llamada de teléfono, llegaron un caballero y su esposa. Subí al piso de arriba a tumbarme durante la transacción. Estuve allí echado preguntándome qué haría a continuación. Desde luego, volver a la cama del maricón y pasar la noche agitándome y sacudiendo migas con los dedos de los pies, no. ¡Mequetrefe asqueroso! Si hay algo peor que ser un marica es ser un tacaño. Un mariquita tímido y tembloroso que vivía con el constante temor de quedarse sin un céntimo algún día: el 18 de mayo tal vez, o el 25 de mayo precisamente. Café sin leche ni azúcar. Pan sin mantequilla. Carne sin salsa, o nada de carne. ¡Sin esto y sin lo otro! ¡Avaro asqueroso! Un día abrí el cajón del escritorio y encontré dinero escondido dentro de un calcetín. Más de dos mil dólares... y cheques que ni siquiera había cobrado. Ni siquiera eso me habría importado tanto, si no hubiera encontrado siempre posos de café en mi gorra y basura en el suelo, por no citar los tarros de crema para el cutis ni las toallas grasientas ni la pila siempre atascada. Os digo que aquel mequetrefe olía mal... excepto cuando se empapaba de colonia. Llevaba las orejas sucias, los ojos sucios, el culo sucio. Tenía articulaciones dobles, era asmático, piojoso, mezquino, morboso. Podría haberle perdonado todo, ¡si al menos me hubiera servido un desayuno decente! Pero un hombre que tiene dos mil dólares escondidos en un calcetín sucio y que se niega a ponerse una camisa limpia o a untarse un poco de mantequilla en el pan, un hombre así no es un simple marica, ni un simple tacaño siquiera: ¡es un imbécil!
Pero no viene al caso hablar del marica. Aguzo el oído para enterarme de lo que está pasando abajo. Es un tal señor Wren y su esposa que han venido a ver el piso. Hablan de cogerlo. Sólo hablan de ello, gracias a Dios. La señora Wren se ríe con facilidad: complicaciones a la vista. Ahora es el señor Wren quien habla. Su voz es estridente, áspera, retumbante, un arma pesada y contundente que se abre paso por la carne y el hueso y el cartílago.
Boris me pide que baje para presentarme. Está frotándose las manos como un prestamista. Están hablando de un cuento que el señor Wren ha escrito, un cuento sobre un caballo con esparaván.
—Pero, yo pensaba que el señor Wren era pintor.
—Claro que sí —dice Boris, guiñando un ojo—, pero en invierno escribe. Y escribe bien... extraordinariamente bien.
Intento hacer hablar al señor Wren, hacer que diga algo, cualquier cosa, que hable del caballo con esparaván, si es necesario. Pero el señor Wren es incapaz de expresarse. Cuando intenta hablar de esos meses monótonos pasados con la pluma en la mano, se vuelve ininteligible. Pasa meses y meses antes de poner una palabra en el papel. (¡Y sólo hay tres meses de invierno!) ¿En qué piensa durante todos esos meses y meses de invierno? Que Dios me asista, pero no puedo imaginar a ese tipo como escritor. Y, sin embargo, la señora Wren dice que, cuando se sienta, sencillamente las ideas le salen a borbotones.
La conversación deriva. Es difícil seguir el hilo del señor Wren, porque no dice nada. Tal como lo expresa la señora Wren, piensa a medida que avanza. La señora Wren expresa todo lo relativo al señor Wren con los colores más bellos. «Piensa a medida que avanza»: encantador, de verdad encantador, como diría Borowski, pero muy doloroso en realidad, especialmente cuando el escritor no es sino un caballo con esparaván.
Boris me entrega dinero para comprar licor. Al ir a por él, ya me siento borracho. Sé cómo voy a empezar, cuando esté de vuelta en la casa. Al bajar por la calle, se inicia dentro de mí el grandioso discurso que gorgotea como la risa fácil de la señora Wren. Me parece que ya estaba un poco achispada. Escucha divinamente, cuando está bebida. Al salir de la tienda de vinos, oigo el gorgoteo del urinario. Todo está suelto y salpica...
Boris está frotándose las manos otra vez. El señor Wren sigue tartamudeando y farfullando. Tengo una botella entre las piernas y estoy metiendo el sacacorchos. La señora Wren espera con la boca abierta. El vino me está salpicando en las piernas, el sol está salpicando a través del mirador, y dentro de las venas siento burbujear y chapotear mil locuras que ahora empiezan a salir de mí a chorros y atropelladamente. Les estoy diciendo todo lo que se me ocurre, todo lo que estaba embotellado dentro de mí y que la risa fácil de la señora Wren ha liberado de algún modo. Con esa botella entre las piernas y el sol salpicando a través de la ventana vuelvo a experimentar el esplendor de aquella época miserable en que llegué a París por primera vez, cuando era un hombre perplejo e indigente que vagaba por las calles como un espectro en un banquete. Todo me viene a la memoria precipitadamente: los retretes que no funcionaban, el príncipe que me lustraba los zapatos, el Cinema Splendide donde dormía sobre el abrigo del patrón, los barrotes de la ventana, la sensación de asfixia, las enormes cucarachas, las borracheras y juergas en los intervalos, Rose Cannaque y Nápoles agonizando a la luz del sol. Bailar por las calles con el estómago vacío y de vez en cuando visitar a gente extraña: Madame Delorme, por ejemplo. Ya no puedo imaginar cómo llegué a casa de Madame Delorme. Pero llegué, entré de algún modo, pasé por delante del mayordomo, por delante de la doncella con su delantalito blanco, me metí en el palacio con mis pantalones de pana y mi cazadora... y sin ningún botón en la bragueta. Incluso ahora puedo saborear de nuevo el ambiente dorado de aquella habitación en que Madame Delorme estaba sentada en un trono con su traje de hombre, los peces de colores en las peceras, los mapas del mundo antiguo, los libros con bellas ilustraciones; vuelvo a sentir su mano en mi hombro, asustándome un poco con sus marcados ademanes de lesbiana. Era más cómodo abajo en aquella mezcolanza confusa que desembocaba en la Gare Saint-Lazare, las putas en los portales, botellas de agua de seltz en todas las mesas; una espesa corriente de semen que inundaba los arroyos de la calle. Entre las cinco y las siete no había nada mejor que verse empujado entre aquella multitud, que seguir una pierna o un busto hermoso, que avanzar con la corriente y todo dándote vueltas en el cerebro. Una clase extraña de alegría en aquella época. Sin citas, sin invitaciones a comer, sin programa, sin pasta. La época de oro, cuando no tenía ni un solo amigo. Cada mañana la triste caminata hasta el American Express, y cada mañana la inevitable respuesta del empleado. Correr de un lado para otro como una chinche, recoger colillas de vez en cuando, unas veces furtivamente, otras descaradamente; sentarme en un banco y apretarme las tripas para detener el mordisqueo, o pasear por el Jardín de las Tullerías y tener una erección al contemplar las estatuas desnudas. O vagar a la orilla del Sena de noche, caminar y caminar, enloquecer con su belleza, los árboles ladeados, las imágenes rotas en el agua, el ímpetu de la corriente bajo las luces sanguinolentas de los puentes, las mujeres durmiendo en los portales, durmiendo sobre periódicos, durmiendo bajo la lluvia; por todas partes los atrios mohosos de las catedrales y mendigos y piojos y viejas mujerucas presas del baile de San Vito; carretillas apiladas como barriles de vino en las calles laterales, el olor a fresas en el mercado y la vieja iglesia rodeada de vegetales y lámparas de arco azules, los arroyos de la calle resbaladizos a causa de las basuras y mujeres con escarpines de raso haciendo eses entre la inmundicia y las sabandijas después de toda una noche de parranda. La Place St. Sulpice, tan tranquila y desierta, donde hacia las doce llegaba todas las noches la mujer del paraguas reventado y el velo extravagante; todas las noches dormía allí en un banco bajo su paraguas desgarrado, con las varillas colgando, con su vestido que se iba volviendo verde, los dedos huesudos y el olor a podredumbre que exhalaba su cuerpo; y por la mañana me sentaba a descabezar un sueño tranquilamente bajo el sol, maldiciendo las condenadas palomas que recogían migas de pan por todos lados. ¡St. Sulpice! Los anchos campanarios, los llamativos carteles sobre la puerta, las velas ardiendo dentro. La plaza tan querida de Anatole France, con los monótonos zumbidos y susurros procedentes del altar, el chapoteo de la fuente, el arrullo de las palomas, las migas que desaparecían como por arte de magia y sólo un sordo gruñido en la cavidad de las tripas. Allí me sentaba día tras día pensando en Germaine y en aquella sucia callejuela, cerca de la Bastilla, donde vivía, y aquel cuchicheo continuo detrás del altar, los autobuses que pasaban zumbando, el sol que caía sobre el asfalto y el asfalto que nos penetraba a mí y a Germaine, sobre el asfalto y todo París en los enormes campanarios anchos.
Y era por la rue Bonaparte por donde tan sólo un año antes solíamos bajar paseando Mona y yo todas las noches, después de habernos despedido de Borowski. Entonces St. Sulpice no significaba gran cosa para mí, ni nada de París. Agotado de hablar. Harto de ver casas. Hasta la coronilla de catedrales y plazas y casas de fieras y qué sé yo. Coger un libro en el dormitorio rojo, e instalarme en la incómoda silla de mimbre; con el culo cansado de estar sentado todo el día, cansado del papel rojo de la pared, cansado de ver a tanta gente parloteando sin cesar sobre naderías. El dormitorio rojo y el baúl siempre abierto, sus vestidos por ahí tirados en un desorden delirante. El dormitorio rojo con mis chanclos y bastones, las libretas que nunca tocaba, los manuscritos que yacían fríos y muertos. ¡París! Es decir, el Café Select, el Dôme, el Mercado de las Pulgas, el American Express. ¡París! Es decir, los bastones de Borowski, los sombreros de Borowski, los gouaches de Borowski, el pez prehistórico de Borowski... y sus chistes prehistóricos. En aquel París del 28, sólo una noche resalta en mi memoria, la noche antes de zarpar para América. Una noche extraña, con Borowski ligeramente bebido y algo disgustado conmigo porque estaba bailando con todas las furcias del lugar. Pero ¡nos vamos por la mañana! Eso es lo que digo a todas las tías que engancho: ¡Nos vamos por la mañana! Eso es lo que estoy diciendo a la rubia de ojos de color de ágata. Y, mientras se lo estoy diciendo, me coge la mano y se la mete entre las piernas. En el retrete, me paro ante la taza con una erección tremenda; parece ligero y pesado al mismo tiempo, como un trozo de plomo con alas. Y, mientras estoy así, entran aparatosamente dos tías americanas. Les saludo cordialmente, con la picha en la mano. Me guiñan un ojo y pasan de largo. En el vestíbulo, mientras me abrocho la bragueta, advierto que una de ellas está esperando a que su amiga salga del retrete. Sigue sonando la música y quizá venga Mona a buscarme, o Borowski con su bastón de puño de oro, pero ya estoy en los brazos de la tía, que me tiene cogido, y no me importa quien venga ni lo que ocurra. Nos metemos en el retrete retorciéndonos y allí la sujeto de pie, la arrojo contra la pared, e intento metérsela, pero no hay manera, así que nos sentamos en la taza y lo intentamos pero tampoco hay nada que hacer. Y, durante todo el tiempo, ella me ha cogido la picha y la está agarrando como un salvavidas, pero es inútil, estamos demasiado calientes, demasiado ansiosos. La música sigue sonando, así que salimos del retrete al vestíbulo de nuevo, y mientras estamos bailando ahí en el cagadero, me corro encima de su bonito vestido y ella se pone echa una fiera. Vuelvo tambaleándome a la mesa y allí está Borowski con su rostro rubicundo y Mona con su mirada de desaprobación. Y Borowski dice: «Vámonos todos mañana a Bruselas», y asentimos, y cuando regresamos al hotel, vomito por todas partes, en la cama, en el lavabo, encima de los trajes y los vestidos y los chanclos y los bastones y las libretas que nunca tocaba y los manuscritos fríos y muertos.
Unos meses después. El mismo hotel, la misma habitación. Nos asomamos al patio donde están aparcadas las bicicletas, y ahí arriba, bajo el ático, está el cuartito en que un joven sabihondo tenía puesto el fonógrafo todo el santo día y repetía frases agudas a pleno pulmón. Hablo en plural, pero me estoy anticipando, porque Mona ha estado mucho tiempo ausente y es hoy precisamente cuando voy a ir a esperarla a la Gare St. Lazare. Al anochecer me encuentro allí con la cara metida entre los barrotes, pero Mona no aparece, y leo una y mil veces el telegrama, pero no sirve de nada. Vuelvo al Quartier y, como si no hubiera pasado nada, me doy una comilona. Un poco después, paseando por el Dôme, veo de repente una cara pálida y triste y unos ojos ardientes... y el trajecito de terciopelo que siempre he adorado, porque bajo el suave terciopelo siempre estaban sus cálidos senos, las piernas marmóreas, frescas, firmes, musculosas. Se levanta de entre un mar de caras y me abraza, me abraza apasionadamente: mil ojos, narices, dedos, piernas, botellas, ventanas, monederos, platos nos miran airados y nosotros abrazados y olvidados del mundo... Me siento a su lado, y ella habla: un diluvio de palabras. Comentarios desordenados y febriles de histeria, perversión, lepra. No escucho ni una palabra, porque es bella y la amo y ahora me siento feliz y dispuesto a morir.
Bajamos caminando por la rue du Château, buscando a Eugene. Pasamos por el puente del ferrocarril donde solía yo mirar los trenes salir y sentirme enfermo por dentro mientras me preguntaba dónde demonios podía estar ella. Todo suave y encantador cuando atravesamos el puente. Humo que nos sube por las piernas, raíles que chirrían, semáforos en nuestra sangre. Siento su cuerpo cerca del mío —mío y sólo mío ahora— y me detengo a pasar las manos por el cálido terciopelo. Todo lo que nos rodea está desmoronándose, desmoronándose, y el ardiente cuerpo bajo el cálido terciopelo se muere de deseo por mí...
De nuevo en la misma habitación y cincuenta francos sobrantes, gracias a Eugene. Me asomo al patio, pero el fonógrafo calla. El baúl está abierto y sus cosas tiradas por todas partes como antes. Está acostada en la cama con la ropa puesta. Una, dos, tres, cuatro veces... temo que se vuelva loca... En la cama, bajo las sábanas, ¡qué placer sentir su cuerpo de nuevo! Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Durará esta vez? Ya tengo el presentimiento de que no.
Me habla febrilmente... como si no fuese a haber mañana. «¡Calla, Mona! Mírame solamente... ¡no hables!» Por fin, se queda dormida y retiro el brazo de debajo de ella. Se me cierran los ojos. Su cuerpo está ahí, a mi lado... va a estar ahí hasta mañana, seguramente... Fue en febrero cuando zarpé del puerto, con una ventisca cegadora. La última visión que tuve de ella fue en la ventana diciéndome adiós con la mano. Un hombre parado al otro lado de la calle, en la esquina, con el sombrero calado sobre los ojos, con la boca hundida entre las solapas. Un feto mirándome. Un feto con un puro en la boca. Mona en la ventana diciéndome adiós. Rostro blanco y triste, con los cabellos ondeando desordenados. Y ahora es un dormitorio triste, su respiración acompasada por la boca, savia que le rezuma todavía entre las piernas, un olor cálido y felino y su cabello en mi boca. Tengo los ojos cerrados. Respiramos nuestro cálido aliento uno en la boca del otro. Muy juntos, América a cinco mil kilómetros de distancia. No quiero volverla a ver. Tenerla aquí en la cama conmigo, respirándome en la piel, con su cabello en mi boca... lo considero como una especie de milagro. Ahora nada puede ocurrir hasta mañana...
Despierto de un sueño profundo para mirarla. Una pálida luz se filtra en la habitación. Contemplo su bella melena en desorden. Siento que algo me baja corriendo por el cuello. Vuelvo a mirarla detenidamente. Tiene la cabellera llena. Levanto la sábana... hay más. Pululan por la almohada.
Es un poco después del amanecer. Hacemos las maletas a toda prisa y salimos a hurtadillas del hotel. Los cafés están todavía cerrados. Vamos caminando y rascándonos al mismo tiempo. Nace el día con blancura lechosa, estrías de cielo rosa salmón, caracoles que abandonan sus conchas. París. París. Todo puede suceder aquí. Viejos muros decrépitos y el agradable sonido del agua que corre en los urinarios. Hombres que se lamen los bigotes en el bar. Persianas que se alzan con estrépito e hilillos de agua que susurran en los arroyos de la calle. Amer Picon en enormes letreros escarlatas. Zigzag. ¿Qué camino tomar y por qué o dónde o qué?
Mona tiene hambre. Lleva un vestido fino. Sólo mantones de noche, frascos de perfume, pendientes extravagantes, brazaletes, depilatorios. Nos sentamos en una sala de billar en la Avenue de Maine y pedimos un café. El retrete no funciona. Vamos a tener que esperar sentados un rato antes de poder ir al otro hotel. Mientras tanto, nos quitamos mutuamente las chinches de la cabeza. Nerviosos. Mona está perdiendo la calma. Necesita un baño. Necesita esto. Necesita lo otro. Necesita, necesita, necesita...
—¿Cuánto dinero te queda?
¡Dinero! Lo había olvidado completamente.
Hôtel des Etats-Units. Un ascenseur. Nos metemos en la cama en pleno día. Cuando nos levantamos, es de noche, y lo primero que hay que hacer es conseguir pasta suficiente para enviar un telegrama a América. Un telegrama al feto, el que llevaba el largo y sabroso puro en la boca. Mientras tanto, nos queda el recurso de la española del Boulevard Raspail... siempre tiene a punto una comida caliente. Mañana por la mañana, algo sucederá. Por lo menos vamos a acostarnos juntos. Ahora ya no hay chinches. Ha empezado la estación de las lluvias. Las sábanas están inmaculadas...


miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ednodio Quintero. Autor de Confesiones de un Perro Muerto


Ednodio Quintero nació en 1947, en Las Mesitas (Trujillo), un "lugar agreste de la alta montaña" de los Andes venezolanos. A su infancia montañesa, le debe la costumbre algo triste de la soledad, el hábito voraz de la lectura salvadora y, tal vez también, la vinculación a un paisaje austero y alucinado que, casi sin pretenderlo, se ha convertido en registro y cadencia de su voz.
Actualmente reside en Mérida, ciudad a la que llegó, en 1965 para estudiar Ingeniería Forestal. Es profesor de la Escuela Nacional de Medios Audiovisuales, de la Universidad de Los Andes, y uno de los narradores y ensayistas más destacados de la literatura venezolana contemporánea.
Un silencio de diez años separa sus tres primeros volúmenes de cuentos -La Muerte Viaja a Caballo (1974), Volveré con mis Perros (1975), El Agresor Cotidiano (1978)- de la que podríamos llamar su narrativa actual. El propio Ednodio Quintero confiesa que es a partir de los cuarenta años cuando empieza realmente a sentirse escritor. Esta nueva etapa comienza con la publicación de los cuentos recogidos en La Línea de la Vida (1988) y culmina con su primera novela La danza del jaguar (1991). A estas obras siguen la novelas cortas La Bailarina de Kachgar (1991), El rey de las ratas (1994) y El cielo de Ixtab (1995) y los libros de cuentos Cabeza de cabra y otros relatos (1993), El combate (1995) y El corazón ajeno (2000). Su última novela Lección de física aparece en este mismo año. Ha escrito también dos libros de ensayos: De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997) y dos guiones cinematográficos: Rosa de los vientos (1975), Cubagua (1987).
Ednodio Quintero ha sido galardonado con algunos de los más importantes premios literarios de su país: Primer Premio de Cuentos de El Nacional, de Caracas (1975); Narrativa Breve del Instituto de Cooperación Iberoamericana por Soledades (1992 ); Narrativa del CONAC (Consejo Nacional de la Cultura) por La Danza del Jaguar, en 1992; "Miguel Otero Silva" de la Editorial Planeta por su novela El Rey de las Ratas, en 1994; “Francisco Herrera Luque” de la Editorial Grijalbo-Mondadori (1999) por El corazón ajeno. También publicó Mariana y los Comanches y Confesiones de un Perro Muerto.

Confesiones de un Perro Muerto. Por Ednodio Quintero

35.

Algunas veces, como hoy, se me hace extremadamente difícil dar inicio a la redacción del diario. La tarea de encontrar la primera frase me resulta ardua e inextricable. Como si avanzara descalzo por un sendero tapizado de cristales rotos. Por suerte, la bendita frase, que había permanecido oculta en el buche de algún pajarito o sepultada bajo toneladas de lodo en un alud de montaña, aparece con sus destellos de grafito sobre la página blanca. Propiciando, ya se sabe, una avalancha de palabras. La promesa de una tormenta verbal. Se trata de un proceso natural, que por conocido no deja de sorprenderme.Palabras, palabras y palabras, que, como decía Chuang Tzu, no son una mera emisión de aire. Palabras que intentan expresar, más allá de sus oscuras resonancias, alguna forma de sentimiento. Ideas que necesitan ser expuestas al sol de mediodía. O, tal vez un mundo de abstracciones ligado a lo meramente verbal. Quién sabe.Hacía ya más de una semana que no escribía. Y durante ese lapso, que podría ser tomado como uno de los tramos más dilatados de la eternidad, tampoco hablé. Sólo lo indispensable para no verme en la necesidad de recurrir al lenguaje de señas. Hoy, mientras buscaba con desesperación la frase inicial, leí varias veces el capítulo anterior. Y entendí de pronto que la ausencia de Aurora había dejado una marca indeleble en la estela de los días que me restaban por vivir. Entender que junto a ella había alcanzado la más alta cota del placer, me convertía en un ser sin esperanzas, vacío y exangüe, condenado a vivir del esplendor de aquel recuerdo. Pero lo peor no era la ausencia física de Aurora, a fin de cuentas ahí estaba Ligia, en cuyo cuerpo generoso podía yo bogar confiado, con los ojos bien cerrados, imaginando que trazaba extrañas figuras entre los pliegues acogedores de la carne de Aurora, florecitas barrocas, enrevesados ideogramas de un alfabeto rupestre, laberintos de hiedra y coral. Podía jugar con la idea de que Aurora se había quedado a vivir para siempre en el cuarto de huéspedes, y que Ligia dormía a pierna suelta bajo los efectos de aquel poderoso somnífero. Lo peor aún estaba por suceder.Al comienzo, quizá por estar todavía embriagado con el recuerdo de Aurora, no percibí las señales de descontento e insatisfacción que Ligia me enviaba casi a diario. Señales que se habrían de convertir, más temprano que tarde, en un rechazo definitivo. Cuando Ligia se enteró de su preñez tomó la decisión de abortar sin haber solicitado mi opinión. Protesté, más bien por amor propio, pues aun cuando yo estuviera de acuerdo con aquel acto de dudosa moralidad, me dolía que Ligia me hubiera dejado al margen. No te preocupes por la pérdida, me consoló Ligia con ironía, de todas maneras serás padre de un bastardo. Ante aquella inesperada declaración, un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies, no pude articular palabra, sentí que el mundo se me venía encima y que ya nada ni nadie me iba a librar de la furia vengadora de mi mujer. Comprendí que Ligia había estado al corriente, tal vez desde el primer día, de mi relación furtiva con su prima. A lo mejor Ligia y Aurora se habían puesto de acuerdo para utilizarme como semental, y una vez logrado el objetivo, Aurora se hizo a un lado y Ligia se disponía a librarse de mí. Yo había sido un instrumento desechable. Ahora cobraba sentido un comentario casual que le había escuchado a Ligia acerca de las causas del divorcio de su prima: el ex marido de Aurora era estéril o impotente, o ambas cosas a la vez. A partir de ese dato, deduje lo demás: Aurora deseaba con desesperación tener un hijo, recurrió a los consejos de Ligia y ésta se prestó para la farsa del somnífero —que era un placebo— y la representó a la perfección. El embarazo de Ligia había sido un inconveniente adicional. Ligia se recuperó muy pronto de la operación. Y yo creí oportuno sondearla acerca de aquel asunto que me avergonzaba. Estaba dispuesto a admitir mi infidelidad y aceptaría el castigo que se me impusiera. Me intrigaba el tema de mi supuesta paternidad, al cual Ligia había aludido con aviesa intención. Yo me debatía entre dudas y temores, quería sincerarme delante de mi mujer, pero no hallaba la forma de abordarla. Un día me emborraché para darme fuerzas y aguardé la llegada de Ligia. Hablé hasta por los codos, de esto y lo otro y de lo de más allá. Hablé de la naturaleza promiscua de los machos, de la agria testosterona y de la tardía misoginia de san Agustín. Revelé los más íntimos detalles de mi romance fugaz con Aurora, y le supliqué a Ligia que me perdonara. Chillé como un marico. Concédeme, amor mío, una segunda oportunidad. Por favor, please, don't let me down. Ante el férreo silencio de mi amada, opté por una solución extrema: le propuse una inmediata separación. No me esperaba una reacción tan virulenta. El rostro de Ligia se transfiguró. Su ligero estrabismo se acentuó hasta el límite del terror. Y por primera vez, en tantos años, la escuché tartamudear. Me acusó de cobarde, farsante, mentiroso y ruin. Te llenas la boca de palabras necias, dijo, te atragantas con tu propia bazofia verbal. Sólo sabes hablar y hablar y hablar. Si quisieras de verdad separarte, no estarías ahí, con esa cara de sota de copas, hablando pistoladas. Te habrías ido detrás de la perra. Ah, y por favor, no se te ocurra hablarme de amor. Preferiría arrancarme los dientes antes que escuchar esa sarta de idioteces con las que en mala hora has pensado que me podrías engatusar. Guárdate tu discursito y quédate donde estás.

Y eso fue todo. Ligia se levantó del sofá, alisó un pliegue invisible de su falda de seda adornada con motivos vegetales, y abandonó la estancia dejando tras de sí el eco apagado de sus pisadas y un aroma acre y dulzón que despertó en mí sentimientos contradictorios: asco, ternura, lástima de mí mismo, alegría de vivir. Curiosamente, no me sentía humillado ni ofendido. De alguna manera, la perorata de Ligia me había liberado del pesado fardo de la culpa. Yo había mostrado mis cartas, sin guardar ninguna debajo de la manga, y ya nada tenía que perder. Lo que sucediera de aquí en adelante podía ser endosado al renglón de las ganancias. Y a decir verdad, me daba igual perder o ganar. Me invadió entonces una sensación placentera, como de abandono, y ahí mismo, sobre la alfombra que de haber sido otro el desenlace de aquella pugna conyugal hubiera absorbido mis lágrimas de arrepentimiento, me quedé dormido.El sueño que tuve en aquella memorable oportunidad nunca lo olvidaré. Yo era un solitario cazador extraviado en una jungla enmarañada y sombría, tan espesa que a ninguna hora se divisaba el sol. Avanzaba a tientas por un sendero de hojas muertas musitando una plegaria a la virgen del Pilar, cuando de pronto caí en una trampa de cazar perros salvajes. Un maldito artilugio de fierro oxidado que un trampero mal nacido había dejado enterrado a escasos centímetros de la superficie. El pie se me quedó trabado en aquel artefacto, y el dolor en el tobillo me hacía aullar. No tuve tiempo para refocilarme en el sufrimiento, pues del cielo verde, como surgida de otro sueño, se desprendió una figura aérea envuelta en luces, que en un primer momento confundí con mi Ángel Guardián. Era una mona, de la familia de los araguatos, que descendía a velocidad supersónica saltando de liana en liana. Comprendí enseguida que la mona caída del cielo estaba allí con el único propósito de ayudarme. Ya calmado y bajo la mirada compasiva de mi protectora logré zafar el pie de la trampa. La operación había resultado más fácil de lo que hubiera podido imaginar. Sin embargo, el tobillo hinchado y una cortadura en el talón me impedían caminar.Los sueños obedecen a una lógica singular. Quizá por esa razón no me asombré al sentir que la mona me llevaba por los aires, en un dulce y delicioso bamboleo, rumbo a su rústica y acogedora residencia, allá entre las copas de los árboles. No me sorprendí de la corriente de empatía que brotaba de aquel ser angelical, a la cual yo respondía con toda la fuerza y energía de que era capaz. Me enamoré a primera vista de la mona, y al sentirme correspondido mi corazón se aceleraba de la más pura emoción. Mi alegría era auténtica, superaba cualquier comparación, ya que después de tantos años de penalidades y decepciones había encontrado mi alma gemela. Que fuera una mona salvaje y coqueta me tenía sin cuidado, pues ningún otro ser me había ofrecido tal cúmulo de delicias y sorpresas gratas como aquellas que me brindaba mi nueva compañera.A pesar de mi pie dolorido, nos pasamos la jornada entera amándonos con pasión. La mona tenía un estilo muy particular para retener mi miembro viril dentro de su vagina retráctil. Mientras se meneaba al ritmo de una música invisible, que no podía ser otra que “El Bolero” de Ravel, lo iba exprimiendo y retorciendo con lentitud exasperante, que incrementaba hasta el límite de lo insoportable mi placer. También ella gozaba, de lo lindo, cómo no. Mi falo calzaba en su coño prensil como un dedo en un guante, y el empuje de mis rodillas la levantaba en el aire amenazando con sacarla de órbita. Ella se aferraba a una rama y regresaba a su querencia. Y yo la recibía con renovados bríos, sofrenándome para evitar un estallido precoz. Los chillidos de la princesa de los araguatos, aquella prima consanguínea que me procuraba a raudales la esencia de la felicidad, rayaban el aire selvático, viajaban en las crestas del viento y se expandían en el éter ligero como ondas que anunciaran una tormenta en alta mar. Algunas veces, en medio de los espasmos que la hacían estremecer, la mona se volteaba para verme, y en la superficie de sus ojos que espejeaban como pozos opacos yo distinguía mi propio rostro, duplicado, ardiendo como un sol de medianoche, transfigurado por la dicha, pleno de vitalidad, contento de vivir.

Si hubiera advertido que aquel feraz y simiesco romance tenía como escenario los territorios huidizos del sueño, me habría valido de cualquier artimaña para permanecer dormido hasta la eternidad. Lanzarme al vacío desde aquel lecho de ramas entrecruzadas, ocultarme entre los pliegues de un huracán o hacerme morder por una mapanare, habría afrontado cualquier riesgo, incluso el de una muerte escandalosa, antes que volver a la rutina y la ignominia que me aguardaban tras las puertas corredizas del despertar.¡Qué bochorno, señores, qué desilusión! Desperté llorando como un bebé. Y al darme cuenta del lugar donde me hallaba, el llanto aquel que pregonaba mi desdicha se convirtió en un lamento de bestia acorralada. Lamentaba la pérdida del único ser que me había ofrecido su amor incondicional, y en cuya mirada vidriosa me reconocí.Ocho años después me pregunto si de verdad estuve enamorado de la mona que me llevó en vilo por los aires del sueño hasta su lecho de ámbar, estatíes y arenas calientes entre las ramas de un baobab. Y un repentino dolor en el tobillo izquierdo me advierte que entre todos los recuerdos, miserables o gratos, de mi ya larga y estéril existencia, éste de mi romance con la mona es quizá el único que vale la pena rescatar.¿Qué sucedió entonces con tu ofendida mujer? ¿Se fue a vivir con el demonio del piso 22? ¿O acaso se reconcilió contigo luego de una maratónica sesión de backgamon? ¿Sufrió un ataque de celos cuando le contaste tus amoríos selváticos con una mona? ¿Te denunció ante la sociedad protectora de animales? ¿Acaso te propuso una excursión dominical al zoológico de la ciudad? ¿Y ese hijo de puta que engendraste en la inocente Aurora, dónde está? ¿Te has ocupado de su manutención?Precisaría del auxilio de un taquígrafo para responder semejante retahíla. Y no es ésta la hora de andar complaciendo peticiones. Se equivocó usted de emisora, y la nuestra está a punto de cerrar. Ya el d. j. desempolva el L. P. de "Alma Llanera". Pero antes del The End, y para que no se vaya usted con las manos vacías, le confiaré aquí, en voz baja, un secreto: Ligia nunca más habló del asunto. El tema del bastardo se quedó flotando en un limbo de conjeturas y vagas fantasías paternales, pues la ingrata Aurora ni siquiera se reportó para agradecer la hospitalidad de su prima, menos aún para anunciar el advenimiento del fruto maduro, lleno de sangre y babas y lágrimas y mocos, producto de nuestra unión. ¿Y qué nombre le pondremos, materile, rile, ra?¿Matilde, que suena bonito? ¿O Héctor José, como su papá?Puede que alguien no haya quedado del todo satisfecho. Lo lamento de verdad, pues nuestro lema, "satisfacción garantizada", no es una consigna vacía, sino un propósito firme, una promesa de fidelidad.¿Qué más puedo decirles? Ah, se me olvidaba. Ligia impuso su ley seca. Quiero decir que cerró a cal y canto la puerta de jade que daba acceso a su jardín. ¡Qué manera más rebuscada de nombrar el coño de tu mujer! Bueno, en fin, que me dieron matica de café. Me mudé entonces al aposento del lado oeste de la casa. Al principio pensé que se trataba de una mudanza provisional, creía que Ligia y yo nos habíamos concedido una tregua para luego recomenzar. Mas pronto me fui acostumbrando y amoldando a la nueva situación. Descubrí algo que había olvidado: los secretos dones que nos depara la soledad. Dicen que lo mejor es lo que sucede. No estoy muy convencido de ese adagio, pero puedo afirmar que en las noches de insomnio de mi exilio doméstico no echaba en falta el cuerpo otrora tan querido y ponderado de mi mujer. Quizá añoraba el rumor de su conversación o un leve destello en su mirada. Nada más. Y cuando me apremiaba el deseo, a decir verdad un deseo opaco y sin objeto, me masturbaba pensando en la mona del sueño. Todavía lo hago, muy de tanto en tanto, pero ya no siento la misma emoción que experimentaba en los inicios de mi vida de solitario. Un hombre solo que no precisa de ninguna compañía.
Se acabó.
Sábado, 17 de diciembre
3.30 a.m.

lunes, 31 de agosto de 2009

Louis Aragon. Autor de "El Coño de Irene"


Poeta, novelista y ensayista francés, nacido en París. Fue uno de los líderes del los movimientos literarios conocidos como dadaísmo y surrealismo. Durante los primeros años de su carrera escribió varias obras de carácter experimental, entre las que se incluye la colección de poemas Fogata (1920) y el largo ensayo Tratado de estilo (1928). En 1930, abrazó el comunismo y la estética del realismo socialista. A partir de entonces fue uno de los propagandistas más activos del comunismo francés, y editó un periódico comunista después de la II Guerra Mundial, durante la cual fue una figura destacada de la Resistencia. Las novelas de Aragon, retratos realistas de la Francia moderna, incluyen, Las campanas de Bâle (1934), Los bellos (1936), Aurélien (1945), y Semana santa (1958). Su poesía lírica postsurrealista incluye Frente (1931), El quebranto (1941), y Los ojos de Elsa (1942).

El Coño de Irene. Por Louis Aragon

¡Tan pequeño y tan grande! Aquí es donde estás a tus anchas, hombre finalmente digno de tu nombre, es aquí donde te encuentras a la escala de tus deseos. No temas acercar el rostro a ese lugar, y ya tu lengua, la muy charlatana, no se está quieta, ese lugar de delicias y de sombra, ese patio de ardor, en sus límites nacarados, la hermosa imagen del pesimismo. Oh raja, raja húmeda y suave, querido abismo vertiginoso.


En ese surco humano es donde los navíos al fin perdidos, con su maquinaria ya inutilizable, volviendo a la infancia de los viajes, despliegan en su mástil improvisado el velamen de la desesperación. Entre los pelos rizados, qué bella es la carne: bajo ese bordado bien compartido por el hacha amorosa, amorosamente aparece la piel pura, espumosa, láctea. Y los pliegues, al principio pegados, de los grandes labios se entreabren. Encantadores labios, vuestra boca se parece a la de un rostro que se inclina sobre un cuerpo adormecido, no horizontal y paralela a todas las bocas del mundo, sino fina y larga, y transversal a los labios habladores que la tientan en su silencio, dispuesta a un largo beso puntual, labios adorables que habéis sabido dar a los besos un sentido nuevo y terrible, un sentido para siempre pervertido.
Cómo me gusta ver reanimarse un coño.


Cómo se ofrece a nuestros ojos, cómo se comba, atrayente e hinchado, con su cabellera de la que surge, semejante a las tres diosas desnudas por encima de los árboles del Monte Ida, el incomparable resplandor del vientre y de los dos muslos. Tocad, tocad de una vez: no podríais hacer mejor uso de vuestras manos. Tocad esa sonrisa voluptuosa, dibujad con vuestros dedos el hiato embelesador. Así: que vuestras dos palmas inmóviles, que vuestras falanges apasionadas por esa prominente comba se junten en el punto más duro, el mejor, el que eleva la ojiva santa a su cima, oh iglesia mía. No os mováis más, quedaos, y ahora, con dos acariciadores pulgares, aprovechad la buena voluntad de esa niña cansada, hundid, con vuestros dos acariciadores pulgares, apartad suavemente, más suavemente, los hermosos labios con vuestros dos pulgares acariciadores, vuestros dos pulgares. Y ahora, te saludo, palacio rosa, plácido estuche, alcoba un poco deshecha por la alegría grave del amor, vulva entrevista un instante en su amplitud. Bajo el satén arañado de la aurora, el color del verano cuando cerramos los ojos.


No por nada, ni por azar ni premeditación, sino por esa FELICIDAD de expresión que es semejante al goce, a la caída, a la abolición del ser en medio del semen descargado, es por lo que esas hermanas pequeñas de los grandes labios recibieron como una bendición celestial el nombre de ninfas que les va como un guante. Ninfas al borde de los estanques, en el seno de las aguas que brotan, ninfas cuyo arrebol se expone en el brocal de sombra, más variables que el viento, apenas una graciosa ondulación en Irene, y en mil más otros mil efectos recortados, desgarrados, encajes del amor, ninfas a las que alcanzáis en un nudo de placer, y el botón adorable se estremece ante la mirada que se detiene en él, el botón que apenas rozo y lo cambia todo. Y el cielo se vuelve puro, y el cuerpo es más blanco. Meneémosla, esa alarma de incendio. Ya un fino sudor cubre de perlas la carne en el horizonte de mis deseos. Ya las caravanas del espasmo aparecen en la lejanía de las arenas. Caminaron, esos viajeros, llevando la pólvora en estuche y las pacotillas en las cajas de clavos oxidados, desde las ciudades de las terrazas y los largos caminos de aguas que contienen las dársenas negras. Fueron allende las montañas. Helos aquí con sus abrigos rayados. Viajeros, viajeros, vuestra suave fatiga se parece a la noche.

Les siguen los camellos, portadores de géneros. El guía agita su bastón, y el simún se levanta de la tierra, Irene se acuerda repentinamente del huracán.

Aparece el espejismo, y sus hermosas fuentes... El espejismo está sentado desnudo en el viento puro. Bello espejismo en forma de martillo­pilón. Bello espejismo del hombre que entra en el coño. Bello espejismo de fuente y de pesados y jugosos frutos. He aquí los viajeros locos de tanto frotar los labios.

Irene es como un arco sobre la mar. No he bebido desde hace cien días, y los suspiros me sacian. Ah, oh. Irene llama a su amante. Su amante tieso a distancia. Ah, oh. Irene agoniza y se retuerce. El está tieso como un dios sobre el abismo. Ella se mueve, él la rehúye, ella se mueve y se ofrece. Ah. El oasis se inclina con sus altas palmeras. Viajeros vuestros albornoces dan vueltas en la arena. Irene jadea como si fuera a estallar. Ella contempla. El coño está empañado por la espera del pito. Sobre la imagen ilusoria, una sombra de gacela...

Infierno, que tus condenados se la meneen, Irene se ha corrido.