sábado, 25 de septiembre de 2010

Despedida

Venezuela, el país donde vivo, atraviesa una hora muy complicada. Por todos es sabida la división e intolerancia que cunde en sus calles. Hemos llegado a niveles realmente bajos cuando hemos sido capaces de burlarnos de la desgracia o muerte de un adversario. Yo lo hice y, aunque sabía que no era lo correcto, lo honesto, lo humano, pues, dejé que todo eso se fuera por la borda y sólo mostré la peor cara que mi humanidad podía mostrar. En esos momentos me amparé en una frase que no justifica nada: “si ellos lo hicieron, por qué yo no” Palabras más, palabras menos, esta ha venido siendo la justificación para casi todo.

He utilizado la escritura, para muchos un don, como trinchera para el insulto, la burla, la ironía y la desmesura. Cuando digo esto lo hago lleno de vergüenza. ¿Cuántos hombres en el mundo no perdieron sus vidas por escribir sus ideas? ¿Cuántos hombres han sido y son perseguidos por escribir sus pensamientos? ¿Cuántos hombres y mujeres se tomaron esto de escribir tan en serio que renunciaron incluso hasta a la cordura? Basta con repasar Bartleby y Cía de Vila-Matas para tener una idea o, si se quiere, hacer una revisión que no tiene que ser minuciosa de la vida de Kafka, Walser, Mariño Palacio o Ramos Sucre. Mientras, yo qué hago? Nada, no hago nada. Si la escritura no edifica, pues entonces, de nada sirve, de nada vale.

¿Cuánto le cuesta a un ser humano aprender a leer y a escribir? Algunos mueren sin enterarse de lo maravillosa que son ambas acciones. Entonces, qué pensamos cuando empleamos la escritura para otros fines menos limpios, menos ecuánimes, menos honestos con el progreso espiritual y físico de los pueblos. Yo debería responder a ello, ya que, yo he sido de esos que han empleado la posibilidad de escribir y de publicar lo escrito en cosas totalmente contrarias a la trascendencia humana. Sólo tienen conciencia de lo que vale escribir y poder dar a conocer lo que se escribe aquellos que han perdido los espacios. Yo no los he perdido, pero los he desperdiciado, los he despilfarrado. No he tenido la madurez suficiente como para comprender que esta facultad de escribir es algo muy preciado por lo que, como ya dije, muchos han perdido la vida.

En las últimas semanas he tocado fondo. Me he rebajado más allá de lo que nunca lo había hecho. Me he rebajado y me viene a ocurrir cuando, al menos en apariencia, tengo cierta credibilidad entre quienes me leen. He desaprovechado la posibilidad de crecer hacia dentro y me dejé llevar por la euforia de ser más irónico, más hiriente, más inteligente, con la salida más rápida. No medí lo dañino que puedo ser cuando mi ego se descontrola. No medí lo destructivo que puedo ser cuando no advierto la humanidad del otro. No medí la estupidez a la que puedo llegar. Alguien puede decirme que eso es humano y tendrá razón, pero, no siento que eso me justifique.

No fue para esto que me interesé en leer, en conocer, en escribir. No fue para esto que escribí mi primer poema. No es esto lo que quiero dejarles a mis hijos que apenas crecen y ya andan con libros en las manos. No fue para esto. En las últimas semanas he sentido mucha envidia de la gente que anda por ahí y no ha sentido ningún interés por leer un libro. De pronto me parecen que son tan felices, que están tan tranquilos. Que tienen algo que les da luz verde, una especie de salvoconducto misterioso que los aleja de cierto tipo de amargura, de cierto comportamiento oprobioso, de la tentación infernal de la arrogancia. Los he envidiado desde el fondo de mi alma, el alma en la que no creo. He sentido envidia de esos estudiantes que están en los pasillos de la universidad sin hacer nada, tan sólo viendo cómo el tiempo discurre en las nalgas de las chicas que pasan o en el humo de un cigarrillo que parece no acabarse nunca.

Necesito pensar. Necesito poner mi cabeza en orden. Necesito reencontrarme, le dije a Mariela. Para hacerlo es imperioso guardar silencio y escucharme. Escuchar lo que realmente hay dentro de mí. Esa voz pura que aún no ha sido manchada con los gritos destemplados, irracionales y alucinados que deambulan en mi entorno. Necesito revisarme, cuestionarme, vaciarme y volverme a llenar. Necesito alejarme y eso es lo que voy a hacer. Me alejo de la escritura hasta nuevo aviso. Me dedicaré, por obvias razones, a escribir para la maestría y eventualmente para responder correos amigables. Sin embargo, antes del silencio, quiero decir algunas cosas a algunas personas.

Quiero dirigirme a Roberto Simancas y a Luis Perozo Cervantes. No sé qué cosas les habrá movido para atacarme cada uno a su manera. Quizás pude haber sido yo mismo y que ahora no recuerdo o no me doy cuenta. Yo, en el plano personal, no tengo nada contra ustedes. Me parece importante y necesario un debate acerca de la cultura regional. Creo que es preciso para afianzarnos en nuestra identidad, si es que se puede tener una identidad siendo un pueblo tan amplio y diverso. Ese debate es fundamental, pero se desperdicia la posibilidad de discutirnos si tomamos el asunto de manera personal. Mis defectos como persona no son importantes para hacer una revisión de los logros que como pueblo hemos tenido. Curiosamente, lo importante para ese ensayo son mis virtudes como creador, de serlo, claro está. Mis virtudes como creador son las que le brindan posibilidad de crecimiento a la cultura zuliana. Mis defectos sólo me hunden a mí y no a un proceso cultura que va tomando forma. La cultura se mide por obras y por las virtudes de quienes las realizan. Lo otro es sólo chisme que no nos conduce a nada. Sin embargo, a pesar de tener conciencia de ello, mi respuesta hacia ustedes no fue la apropiada y por esa razón les pido disculpas. Si lo que ustedes han escrito y han dicho es lo que hay en su pensamiento y en su corazón, pues, no son mis altanerías ni mis ironías lo que lo harán cambiar, por el contrario, con eso sólo he conseguido agudizar el error y seguir aplazando la necesidad de una seria discusión sobre nuestro rostro de pueblo.

Quiero dirigirme, nuevamente, a mi tío Omer. Poco tengo qué decir. A ti te dediqué una larga carta en donde intento explicar mi injustificable y canallesca acción. No puedo más que pedirte disculpas.

Quiero dirigirme a mis alumnos y ex alumnos del colegio Alemán. Aquellos que han tenido que calarse a ese profesor arrogante que pudo contaminarlos con las cosas que arriba he descrito. Muchachos, si la escritura no es capaz de construir entonces no es literatura. Si la literatura no es capaz de abrir puentes con lo más noble del ser humano, no es literatura. Escribir es desnudarse y si nuestras carnes están podridas y afeadas por cosas nocivas, es mejor permanecer vestidos. La escritura no es para la ofensa, ni para el insulto. La escritura no es una competencia a ver quién resulta más venenoso. La escritura que no es capaz de construir será otra cosa, pero no es escritura. Al menos no como en algún momento la entendí. Muchachos, el otro no es sólo el otro. El otro es una proyección de lo que yo soy y tal y como lo veo es como me voy a mi mismo sin darme cuenta. Tenga eso muy presente. No puedo estar bien con el otro si no lo estoy conmigo mismo. En muchos casos las razones de las diferencias son esas.

Dicho esto, pongo fin a una etapa que considero negra en mi vida, ya que mi vida es la escritura. Pongo fin a un ciclo que no debió comenzar, pero que, en todo caso, llega termina y creo que es eso lo importante. A quienes me han leído hasta ahora, pues, agradecerles el tiempo y, en muchos casos, sus palabras de ánimo, sus recomendaciones, sus observaciones, sus críticas y, por sobre todo, haberme hecho sentir un hombre de credibilidad. Por esa credibilidad, por no traicionarla es que me encierro un rato. Gracias al maestro Israel Centeno, a Gisela Kozak, Roberto Echeto, Héctor Torres, Milagros Mata Gil, José Pulido, J G Bello, Elizabeth Conte, Marijó Pérez-Lezama, Roger “maese” Michelena, Jorge Gómez Jiménez, Fedosy Santaella, Ricardo Ramírez Requena, Daniela Jaimes Borges, Santiago Acosta, amigos que conocí en este mundo del Facebook y que en distintas oportunidades, animaron con sus palabras mis palabras.

Por casualidad o no, estas palabras mías coinciden con un momento fundamental en la historia inmediata del país. Un hecho inmediato, pero que significa mucho en el futuro de Venezuela. Ir a votar es una obligación. Siempre lo ha sido, pero nunca como mañana. Hay que ir a votar, pero con la conciencia limpia, sin odios ni rencores. Llegar al centro de votación sin animosidad y salir de él con la satisfacción del deber cumplido, pero entendiendo que, si en nosotros no opera un cambio de actitud en nuestra relación con el otro poco habremos hecho. El voto no será más que una cifra con la que se determinará quien ganó o quien perdió cual carrera de caballos. El voto tiene en sí mismo un significado que no puede retener una cifra. En nosotros está que eso sea o no sea.

Un gran abrazo a todos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Sin título...

Ayer cometí un grave error. Ayer fue 22 de septiembre de 2010. Ayer fui grotescamente injusto. Innecesariamente injusto. Ayer me equivoqué.

Siempre creí que la escritura debía ser usada para construir y no para destruir. Siempre creí que las críticas había que hacerlas para mejorar y no para ofender o maltratar al criticado. Siempre creí que el camino del hombre y su relación con el otro tenía que establecerse desde el reconocimiento y ese reconocimiento se tenía que sustentar –a como diera lugar– en la tolerancia y en el respeto a las diferencias. Ayer destruí estúpidamente todo esto en lo que creía.

Ayer ofendí a alguien que es mi familia. Ayer cobardemente me dirigí a él desproporcionadamente. Y al hacer eso, también ofendí a su familia inmediata. Eso es intolerable. Esa conducta me la reprocho tajantemente.

Desde hace mucho, he luchado por contradecir el discurso de la violencia. Por oponerme al descrédito del otro como única alternativa para dirimir diferencias. Desde hace mucho juré no dejarme arrastrar por la inmundicia verbal que corroe al venezolano. Ayer lo hice. Ayer hice todo lo que había jurado no hacer. Ayer agredí como juré nunca hacer. Ayer ofendí en la misma medida en que han ofendido hombres a quienes he adversado por esa conducta. Ayer hice gala de lo peor que un ser humano puede tener: la cobardía.

Ayer se me olvidó que los seres humanos no somos perfectos. Que nos equivocamos y que, en la medida en que nos equivocamos, vamos aprendiendo. Ayer asumí la reprobable conducta de quien cree tener la verdad en la mano. Ayer me creí por un instante ser vigilante de la moral pública y olvidé mi propia conducta moral. Ayer pasó eso y debí suponerlo, ya que, luego de haber hecho lo que hice, algo en mi no me dejaba sentir cómodo. Señal inequívoca de haber cometido un grave error. Hoy me arrepiento de eso.

Me arrepiento de haberme dejado llevar por lo que juré no obedecer. Me arrepiento por haber pisoteado lo que yo mismo he pregonado en torno a la tolerancia, al respeto y a la dignidad del otro. Hoy me arrepiento de ser ejemplo de lo que impide la construcción de la ciudadanía. La ciudadanía no puede construirse si los lazos familiares se debilitan. Yo no los debilité. Yo los rompí con una arrogancia desmedida.

Desgraciadamente, lo hecho, hecho está. Desgraciadamente, las palabras escritas, escritas quedaron. Desgraciadamente, utilicé lo mejor de mí, la escritura, para destruir –o intentar– destruir a otro ser humano que, para variar, lleva mi sangre. Desgraciadamente, yo soy responsable de una cobarde injusticia. Yo que tanto dije y dije y volví a decir de hogares y familias fracturadas por la cosa política. Yo que tanto señalé esa conducta como inmadura y falaz. Hoy me señalo con el dedo.

Me dejé llevar, estúpidamente me dejé llevar. No entiendo por qué. No lo entiendo porque en muchas oportunidades salí en defensa de quien ayer agredí. No lo entiendo porque nunca acepté que se difamara a alguien de mi familia y ayer yo lo difamé. Qué me pasó? No sé. Me reviso y me doy cuenta que no tengo problemas con lo que soy, con lo que tengo, con lo que he logrado, con lo que he hecho. Qué me pasó? Pues que me dejé arrastrar por este océano intolerante que se ha vuelto el país. Coño, y me viene a pasar con alguien de mi familia. No me pudo pasar con el vecino o con el señor del taxi. Tampoco con un alumno o con un profesor. Tampoco con esos desconocidos conocidos del Facebook. No, me pasó con alguien que conozco y a quien ataqué sin ninguna razón. Por qué? Por qué lo hice? Por pura estupidez política que nada tiene que ver conmigo ni con él. No vi sus logros. No vi sus méritos. No vi su trabajo. No medí mis palabras. Tan sólo ese trapo que me cubrió los ojos y que no es rojo como en la propaganda antichavista.

El hombre que describí en ese correo no es él. Ese hombre quizás sea yo mismo. Quizás sea ese Valmore que nació y espero haya muerto ayer mismo. Ese hombre que describí está muy lejos de ser él, mi familiar. Ese hombre no eres tú, Tío Omer. Ese hombre que está en ese correo es uno que representa eso que tanto he combatido. Te pido disculpas públicamente, sabiendo que es poco probable que las tenga de ti y de tu familia. Tú, yo y los que lean esto sabemos que el hombre no funciona de esa manera. Disculpar, perdonar implica olvidar y yo no olvido eso que escribí, mucho menos lo podrás olvidar tú quien fue la víctima de este insensato bombardeo.

Hoy me cuestiono seriamente. Hoy cuestiono mi pensamiento. Hoy me siento a pensar en que si voy a utilizar la escritura para esto, será mejor no escribir más. En estos términos que emplee ayer, no vale la pena nada. Nada consigo. Nada arreglo. Nada aclaro, sólo oscurezco. Ayer me regañó papá, me regañó tío Omar y me regañaron tus hijos. Todos tienen razón. Los comentarios de tus hijos, destemplados, debo aceptarlos porque yo los provoqué. Son lógicos, naturales y válidos. Si los hijos no defienden a sus padres, pues, quién lo hará? Una persona que sea defendida de esa manera tan apasionada y honesta no puede ser ni la mitad de lo que yo escribí ayer. Nuevamente, te pido disculpas ateniéndome a no recibirlas. Te pido disculpas no sólo por lo escrito, sino porque, tus hijos y yo nos hemos escrito mensajes por vez primera para esto. Es totalmente mi responsabilidad.