sábado, 6 de febrero de 2010

Nuestra Ética Sexual de Bertrand Russell


La sexualidad, más que ningún otro aspecto de la vida humana, sigue siendo abordada de modo irracional aún por la mayoría de nosotros. El homicidio, la peste, la locura, el oro y las piedras preciosas (todas esas cosas, en fin, que son objeto de la esperanza y las pasiones humanas) han sido contemplados en el pasado con ojos mágicos o mitológicos. El sol de la razón ha logrado ya disipar muchas zonas nebulosas, pero no ha alcanzado aún algunos rincones. Los nubarrones más densos se concentran en el terreno de la sexualidad, algo que tal vez sea bastante comprensible si consideramos que el sexo es un aspecto que despierta las pasiones de la mayoría de las personas.

Pero cada vez es más evidente que las circunstancias actuales del mundo están provocando un cambio en la actitud de la gente hacia el sexo. No se puede prever con certeza qué cambio o cambios van a producirse, pero sí podemos distinguir algunas de las fuerzas que ahora están actuando y discutir los posibles resultados que pueden provocar en la estructura de la sociedad.

En lo que respecta a la naturaleza humana, no puede asegurarse que sea imposible implantar una sociedad en la cual haya muy poco trato sexual fuera del matrimonio; sin embargo, en la vida moderna sería muy difícil conseguir las condiciones necesarias para alcanzar ese objetivo. Consideremos cuáles son.

Un factor esencial que favorece la monogamia es la inmovilidad en una zona donde haya pocos habitantes. Si el hombre no tiene apenas ocasiones de salir, y rara vez ve a otra mujer que no sea su esposa, le resulta fácil ser fiel; pero si viaja sin ella o vive en una ciudad populosa, le será proporcionalmente mucho más difícil. Otra influencia para lograr la monogamia es la superstición; quienes creen sinceramente que el pecado lleva al castigo eterno pueden intentar evitarlo, y lo consiguen hasta cierto punto, aunque no tanto como podría esperarse. El tercer factor que favorece la virtud es la opinión pública; en las sociedades agrícolas, donde los vecinos saben todo lo que uno hace, hay motivos poderosos para no romper los convencionalismos. Pero hoy en día estos motivos tienen mucha menos fuerza de la que solían tener: la gente no vive tan aislada, la creencia en el fuego del infierno ha ido desapareciendo y en las grandes urbes nadie sabe lo que hace su vecino. De modo que no es tan sorprendente que, tanto los hombres como las mujeres, sean menos monógamos de lo que eran antes de la moderna era industrial.

Algunos afirmarán que, aunque un numero cada vez mayor de gente deje de observar estas leyes morales, eso no es motivo para que nosotros también alteremos nuestras normas, ya que de por sí ese código ético es igual de bueno, aunque se haya hecho más difícil de cumplir. Yo respondería que un código ético es bueno o malo según fomente o no la felicidad humana. Muchos adultos conservan en lo profundo de sus corazones las enseñanzas que recibieron en la niñez y se sienten pecadores cuando sus vidas no siguen el rumbo que les fue indicado en la escuela dominical. El daño que se produce no es únicamente la escisión que provoca entre la personalidad razonable consciente y la personalidad infantil inconsciente; reside también en el hecho de que, junto con las partes no válidas de la moral tradicional, se desacreditan también los aspectos válidos, y se llega a pensar, por ejemplo, que si el adulterio es excusable lo son también la ociosidad, la deshonestidad o la crueldad. Este peligro está estrechamente relacionado con un sistema que enseña a los jóvenes un conjunto de creencias que tienen que desechar en bloque cuando son adultos; cuando entran en la fase de rebeldía social y económica es muy probable que desechen tanto lo bueno como lo malo.

El conflicto que existe entre los celos y la tendencia a la poligamia es una de las principales dificultades para alcanzar una ética sexual viable. No hay duda de que los celos, aunque tengan algo de instintivo, son convencionales en muy alto grado. En los grupos humanos donde el hombre es objeto del ridículo social si su mujer le es infiel, el marido se sentirá celoso aunque no la quiera. De este modo, los celos van íntimamente unidos al sentido de propiedad, y disminuyen cuanto más se carece de dicho sentido; si la fidelidad no fuera convencional, los celos serían menos frecuentes.

No obstante, aunque hay más posibilidades de disminuir los celos de las que la gente suele pensar, existen unos límites muy definidos, marcados por los derechos y los deberes de los padres. Es inevitable que los maridos quieran tener la seguridad de que son los padres biológicos de los hijos que tienen con sus esposas. Por eso, si las mujeres han de tener libertad sexual, los padres deberían desaparecer y ellas no deberían esperar que un marido las mantuviera. Puede que esto ocurra con el tiempo, produciendo un profundo cambio social cuyos efectos positivos y negativos son imprevisibles.

Entretanto, si el matrimonio y la paternidad deben sobrevivir como instituciones sociales, es necesaria cierta transigencia ante el dilema existente entre la monogamia perpetua y la promiscuidad. No resulta fácil decidir cual es la mejor combinación; esto variará según sean las costumbres de la población y los métodos de control de la natalidad.

Sin embargo, hay cosas que son evidentes:

En primer lugar, no es deseable que las mujeres tengan hijos antes de los veinte años, tanto desde el punto de vista fisiológico como desde el educativo.

En segundo lugar, es improbable que un hombre o una mujer sin experiencia sexual previa sea capaz de distinguir entre la mera atracción física y la afinidad necesaria para que su matrimonio sea un éxito. Además, las razones económicas suelen obligar a los hombres a posponer el matrimonio, pero no es probable ni deseable psicológicamente que se mantengan castos entre los veinte y los treinta años de edad; por otra parte, si mantienen relaciones provisionales, es preferible que no lo hagan con profesionales, sino con muchachas de su propia clase, por afecto y no por dinero. Este es el motivo por el cual los jóvenes solteros de ambos sexos deben tener considerable libertad sexual, siempre que eviten los embarazos no deseados.

En tercer lugar, debería consentirse el divorcio sin censura por ninguna de las dos partes, sin que ello conlleve ninguna deshonra. Un matrimonio sin hijos debería terminarse cuando lo deseara cualquiera de los dos cónyuges, y todo matrimonio debería acabar por mutuo acuerdo, con un aviso de un año en cualquier caso. Naturalmente, el divorcio debería ser admitido por otras razones: locura, abandono, crueldad... pero en todo caso el mutuo acuerdo debería ser la razón más frecuente.

Habría que hacer lo posible para que las relaciones sexuales no tuvieran una razón económica. Actualmente, tanto las esposas como las prostitutas viven de vender sus encantos sexuales, e incluso en las relaciones provisionales y libres se espera que el varón asuma todos los gastos. En resultado es una sucia mezcla entre dinero y sexo, que con frecuencia hace que las mujeres se conviertan en una especie de mercenarias. El sexo, aún cuando reciba la bendición de la iglesia, no debería convertirse en profesión. Es justo que la mujer reciba un salario por cuidar de la casa, cocinar y atender a los hijos, pero no únicamente por mantener relaciones sexuales con un hombre. Tampoco la mujer que ha amado y ha sido amada por un hombre debería vivir de la pensión de alimentos cuando el amor ha terminado. La mujer, igual que el hombre, debe trabajar para ganarse la vida, y una mujer ociosa no es intrínsecamente más digna de respeto que un gigoló.

Hay dos tendencias muy primitivas que han contribuido, aunque en grados diferentes, al advenimiento del código de conducta sexual corrientemente aceptado; una de ellas es el pudor, y la otra los celos, de los que ya hablamos antes.

El pudor es prácticamente universal en el ser humano, y conforma un tabú que solo puede romperse siguiendo ciertas formas o ceremonias. No es, como han afirmado algunos autores modernos, un invento de la época victoriana; de hecho, los antropólogos han hallado entre los pueblos primitivos las formas más complejas de gazmoñería. El concepto de lo obsceno tiene profundas raíces en la naturaleza humana; podemos oponernos a él por amor a la rebeldía, por lealtad al espíritu científico o por el deseo de sentirnos malvados como le ocurría a Lord Byron, pero con ello no lo desarraigamos de la naturaleza humana. Sin duda son los convencionalismos los que determinan en cada grupo humano lo que se considera decente o indecente, pero el hecho de que exista universalmente uno u otro convencionalismo al respecto, evidencia que su origen está más allá de las convenciones. En casi todas las sociedades la pornografía y el Exhibicionismo son considerados delitos, excepto cuando, como ocurre frecuentemente, forman parte de las ceremonias religiosas.

El ascetismo, que puede estar conectado psicológicamente o no con el pudor, es una tendencia que parece surgir únicamente cuando se ha llegado a cierto grado de civilización, pero entonces puede hacerse muy poderosa. No lo encontramos en los primeros libros del Antiguo Testamento, sino que aparece en los últimos, en los Evangelios Apócrifos y en el Nuevo Testamento. Del mismo modo, entre los griegos se dio poco en las épocas más primitivas, pero fue avanzando con el paso del tiempo. En la India nació muy pronto y tomó fuerza. No voy a hacer un análisis psicológico de su origen, pero no dudo que se trata de un sentimiento espontáneo que existe, hasta cierto punto, en todos los seres humanos civilizados. El deseo de liberar al espíritu de las servidumbres de la carne ha inspirado a muchas de las religiones del mundo y es aún muy poderoso entre los intelectuales modernos.

Sin embargo, en mi opinión son los celos el factor más importante en la génesis de la moral sexual. De modo instintivo, los celos provocan la cólera, y la cólera racionalizada se convierte en reprobación moral. El motivo puramente instintivo debe haber sido reforzado en una fase primitiva del desarrollo de la civilización, debido al deseo masculino de asegurarse la paternidad de sus hijos. Sin esta seguridad la familia patriarcal hubiera sido imposible, y la paternidad, con todas sus consecuencias económicas, no hubiera podido ser la base de todas las instituciones sociales. Este es el motivo por el cual se ha considerado malo tener relaciones con la mujer de otro hombre, pero no con una mujer soltera; condenar el adulterio tenía razones prácticas, hasta el punto de provocar el derramamiento de sangre. El asedio de Troya es un ejemplo extremo de las consecuencias que podía traer no respetar los derechos de los esposos; algo semejante, aunque a menor escala, era esperable en las clases menos poderosas. Sin embargo, no había en aquella época derechos equivalentes para las esposas; el marido no tenía deberes con respecto a su esposa, aunque sí se veía obligado a respetar la propiedad de los otros hombres casados.

La antigua familia patriarcal, sustentada en esta ética de los sentimientos de la que hemos hablado, funcionaba satisfactoriamente: los hombres, que eran los que dominaban, gozaban de considerable libertad; la desdicha de las mujeres, que estaban totalmente sometidas, no parecía importante. La pretensión femenina de igualarse a los hombres es el factor que más ha contribuido en la creación de un sistema nuevo. La igualdad sexual tiene que ser asegurada de dos maneras: o bien exigiendo a los hombres una monogamia igual que la exigida a las mujeres, o bien permitiendo a las mujeres igual que a los hombres un cierto relajo del código tradicional. El primer camino fue el preferido por la mayoría de los precursores de los derechos de la mujer, y es aún el predilecto de las Iglesias; el segundo, sin embargo, es el que tiene en la práctica más partidarios, aunque les cueste justificar de modo teórico su postura. Quienes reconocen la necesidad de una nueva ética sexual encuentran difícil precisar cuales serán sus preceptos.

Otra fuente de novedad es el efecto que han tenido los criterios científicos en el debilitamiento de los tabúes sexuales. Hemos llegado a comprender que muchos males, como las enfermedades venéreas, por ejemplo, no pueden combatirse eficazmente si no se habla de ellos mucho más abiertamente de lo que se ha permitido tradicionalmente. Así mismo, se ha descubierto que la reticencia a tratar el tema provoca ignorancia, y que todo ello suele tener efectos dañinos sobre la psicología individual. Los eruditos, influidos por la sociología y el psicoanálisis, lamentan el silencio que ha envuelto los asuntos sexuales; del mismo modo, muchos educadores de corte pragmático han adoptado la misma actitud a raíz de sus experiencias con los niños. Quienes mantienen un criterio científico al abordar la conducta humana encuentran imposible tachar ningún acto de pecado, porque se dan cuenta de que todo tiene su origen en la herencia y en el medio; es mediante el dominio de estas causas, más que mediante la denuncia moral, como logran evitarse las conductas nocivas para nuestra sociedad.

A la hora de buscar una nueva ética de conducta sexual no debemos dejarnos dominar por las antiguas pasiones irracionales que dieron origen a la antigua ética; pero debemos reconocer que pueden haber dado lugar a algunas aportaciones válidas, aunque sea accidentalmente, y debemos tenerlas en cuenta. Lo que nosotros podemos hacer en positivo es preguntarnos qué reglas morales son las que contribuyen a la felicidad humana, sin olvidar que sean las que sean, es muy improbable que se observen universalmente. Por eso conviene considerar los efectos que van a tener esas reglas en el mundo real, no los que tendrían si fuesen absolutamente eficaces.

Vamos a considerar ahora la educación sexual. No hay ninguna razón para ocultar la verdad al dirigirse a los niños. Es necesario contestar sus preguntas y satisfacer su curiosidad respecto al sexo igual que lo hacemos cuando muestran interés por las costumbres de los peces o por cualquier otro tema. Los niños no ponen en este asunto los sentimientos que ponemos los adultos, y por tanto no entienden él por qué de ese énfasis. Es un error comenzar hablándoles de los amores de la reproducción de las abejas y de las flores, e inútil dar tantos rodeos para abordad estas realidades de la vida. El niño al que se le explica lo que quiere saber y a quien se le permite ver desnudos a sus padres se verá libre de la lascivia y la obsesión sexual; los niños educados en la ignorancia oficial piensan y hablan mucho más del sexo que los que han oído hablar de este tema en el mismo nivel que cualquier otro. Cuando cotejan sus propias experiencias con la ignorancia institucionalizada aprenden a ser hipócritas con sus mayores. Y si se mantienen en la ignorancia surgen en ellos unos sentimientos de escándalo y angustia que les dificultan la adaptación a l vida real. Si toda ignorancia es lamentable, la ignorancia en materia sexual es fuente de graves peligros.

Cuando afirmo que a los niños se les debe hablar de sexualidad, no quiero decir que haya que explicarles escuetamente los hechos fisiológicos; afirmo que hay que contarles todo lo que deseen saber. No hay que intentar pintar a los adultos más púdicos de lo que son, o hablar del sexo como algo que ocurre únicamente dentro del matrimonio. No hay excusa para engañar a los niños; además, cuando descubren que sus padres les han mentido pierden la confianza en ellos y se sienten justificados para mentirles a su vez. Yo no obligaría a un niño a escuchar ciertos hechos, pero le diría cualquier cosa antes que una mentira. Al fin y al cabo, la virtud que se basa en criterios falsos no es una virtud verdadera. No hablo sólo desde un punto de vista teórico, sino que me baso en la experiencia práctica: estoy convencido de que la completa franqueza es el mejor modo de evitar que los niños piensen demasiado en la sexualidad y la consideren sucia o malsana; de hecho, es una condición necesaria para poder instruirles correctamente en materia sexual.

En cuanto a la conducta sexual adulta, no es nada fácil llegar a un acuerdo racional entre consideraciones opuestas, cada una de las cuales tienen su propia validez. El principal conflicto se da, claro está, entre los celos y la tendencia a la poligamia. Ninguno de estas actitudes es universal: hay personas, aunque son pocas, que no son nunca celosas, y hay otras, tanto hombres como mujeres, cuyo afecto no se aparta nunca del compañero elegido. Si alguna de estas orientaciones fuera universal, sería fácil concebir un código satisfactorio; sin embargo, son los convencionalismos los que pueden hacer que una u otra tendencia sea la más común.

Aún queda mucho para alcanzar una ética sexual completa, y para poder avanzar en positivo necesitamos más experiencia, tanto acerca del resultado que tienen los distintos enfoques acerca de la sexualidad como acerca de los efectos que se derivan de una educación racional en materia sexual. Está claro que el matrimonio, en tanto institución, solo debería interesar al Estado por los hijos, y que cuando los hijos no existen debería considerarse un asunto meramente privado. También resulta evidente que, incluso cuando hay hijos, al Estado le interesan únicamente los deberes de los padres, principalmente los deberes financieros. En los países donde el divorcio es fácil, como en los escandinavos, lo más común es que los niños se queden con la madre, de modo que la familia patriarcal tiende a desaparecer. Además, si el Estado llega a asumir los deberes que hasta ahora habían sido de los padres, como ocurre cada vez más con los trabajadores a sueldo, el matrimonio dejará de tener razón de ser y posiblemente pasará a ser una costumbre exclusiva de las clases pudientes y religiosas.

Entretanto, convendría que tanto los hombres como las mujeres practicaran las virtudes de la tolerancia, la amabilidad, la sinceridad y la justicia al desarrollar su sexualidad, y tanto durante el matrimonio como cuando se produce el divorcio. Con demasiada frecuencia, quienes son sexualmente honestos según el código tradicional, no piensan que deban conducirse decentemente como seres humanos. La mayoría de los moralistas se han obsesionado tanto con el sexo que han llegado a descuidar otras normas éticas mucho más recomendables y útiles socialmente.




viernes, 5 de febrero de 2010

Fedosy Santaella


Fedosy Santaella nació en Puerto Cabello, estado Carabobo, en 1970. Es Licenciado en Letras por la UCV. Se desempeña en el área creativa audiovisual. En 2006 fue seleccionado para participar en la Semana de la Narrativa Urbana, organizada por el PEN CLUB de Venezuela. El cuento leído se encuentra compilado en el libro De la urbe para el orbe (Alfadil, 2006). Sus cuentos también están en la Antología de cuentos de humor de la Asociación de Escritores de Mérida (AEM, 2006) y en la Antología del cuento breve en Venezuela (editorial ACTUM, 2005). En 2006 participó como ponente en el Primer Encuentro con la Literatura Infantil de Venezuela, realizado en Valencia. Ha sido colaborador para los periódicos El Universal y Notitarde, y para las revistas Imagen, Guayoyo Impreso, Logotipos, Dmente, Ficción Breve y Letralia. Es editor de la blog-revista de los hermanos Chang (www.hermanoschang.blogspot.com). En 2006 obtuvo el premio único en la mención narrativa de la Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra, por su libro de cuentos Postales sub sole. Rocanegras (Novela), Piedras Lunares (Cuentos) y Peripecias Inéditas de Teofilus Jones (Novela) son sus trabajos más recientes, además de tener una muy importante colección de libros en el campo de la literatura infantil.

Tres Cuentos de Fedosy Santaella

CON EL SUDOR DE LA FRENTE

—Bienvenidos amigos televidentes al Remolino de la Suerte de la Lotería del Momo -grita el gran César Gondales, señalando un cubículo de vidrio en cuyo piso reposa una montaña de billetes de monopolio.

César Gondales siempre grita, porque es muy buena gente, todo corazón, una especie de Lama de la alegría, y hoy domingo, a las once de la mañana, es el compañero y benefactor de don Mansueto y su hijo Grey, quienes se encuentran parados frente a las cámaras de televisión, en medio del estudio, emocionados, contentos, pero sin saber qué hacer con sus caras de párvulos regañados y sus cuerpos tiesos como extremidad de perro muerto.

—Ustedes ya conocen cómo funciona el Remolino —grita otra vez el Amigo del Pueblo, que así lo llama el locutor en voice over que siempre lo anuncia con entusiasmo antes de empezar el programa.

Don Mansueto y Grey mueven la cabeza afirmativamente y no saben si deben abrir la boca para decir algo o qué cosa. César Gondales mira a la cámara con gran sonrisa de payaso cómplice, como si el nerviosismo de ambos interfectos se le antojara simpático de exponer ante su público. Pasados unos segundos, quizá ponderando que ya los espectadores disfrutaron bastante, el Amigo del Pueblo continúa:

—Pero aunque ustedes ya saben, igual se lo vamos a explicar, porque hoy es un día especial. Hoy, el joven y fuerte Grey que ven aquí parado va a entrar en el Remolino en representación de don Mansueto, su honorable padre y además sortario ganador de esta semana, quien lamentablemente no puede participar en el divertidísimo juego debido a su avanzada edad. Así que Grey va a entrar al cubículo por don Mansuelo. Apenas la puerta se cierre, una brisa muy fuerte soplará adentro y nuestro hermano Grey intentará agarrar todos los billetes que pueda con el fin de pasarlos por esta pequeña ranura que ven aquí.

La sonriente modelo del programa (a la que Grey no deja de verle el escote tras el cual se atrincheran par de razones inverosímiles) mueve la mano de su cintura de concurso de belleza a la ranurita referida por el animador.

—Para esto tienes un tiempo de treinta maravillosos segundos, mi estimadísimo Grey -termina de explicar el Amigo del Pueblo, para luego vociferar más fuerte que nunca-: ¡Así que sin más preámbulos, véngase por acá!

César Gondales llega saltarín hasta el cubículo y Grey se va tras sus pasos.

—¡Bueno, padentro, hermano!

Grey obedece y la modelo cierra la puerta al tiempo que le lanza al muchacho promesas de ensueño desde su escote magnánimo. Y César Gondales está ahora junto a don Mansueto.

—Don Mansueto, amigo, deséele suerte a su hijo.

—Suerte, hijo —musita don Mansueto con voz acorralada.

30 segundos y el viento ya sopla dentro de la máquina. Grey agarra muchos billetes, tantos que no caben por la ranurita. 28 segundos y la modelo, que también anima, le grita a Grey que recoja menos, menos billetes, que tantos no van pasar. 26 segundos y el Amigo del Pueblo también grita, grita en la oreja de don Mansueto, que mueve los brazos en un gesto de aupar a su hijo, tal como le indicara el productor del programa. 24 segundos y Grey aún aplasta billetes contra la ranura aglomerada. 22 segundos y ya la modelo no insiste y se mira una uña. 20 segundos y César Gondales se toma un vaso de agua fuera de la cámara. 18 segundos y don Mansueto, con cara de jamelgo resignado piensa: Ese gran carajo nunca servirá para nada. 16 segundos y ahora Grey escoge los billetes más gordos. 14 segundos y César Gondales grita: “No pierdas tiempo en eso, hermano, agarra lo que sea, lo que sea”. 12 segundos y la modelo mira al morenito con sincera lástima y piensa llena de compasión hacia el prójimo: Negro, pobre y bruto... está jodido. 10 segundos y el público comienza la cuenta regresiva bajo el mandato del productor. 8 segundos y Grey está desesperado, quiere abrir la puerta, salir corriendo hasta su pueblo sin mirar atrás, llegar a la esquina de siempre y pedir una cerveza que le haga olvidar. 6 segundos y el público cuenta, Cesar Gondales cuenta, don Mansueto cuenta bajito. 5, 4, 3, 2, 1... Suena el silbato, acaba la brisa.

César Gondales se acerca hasta el cubículo para recibir la cajita de plástico transparente con los pocos billetes recogidos. Dando zancadas sigue hasta la mesa de los jueces de la Lotería del Momo.

Mientras tanto, la modelo abre la puerta. Sonriente y con el escote siempre a punto de partirse en dos, la modelo le ofrece su mano a Grey. Ya juntos, caminan hasta la mesa del jurado, donde se encuentra César Gondales y don Mansueto. La modelo ubica a Grey junto al ensombrecido padre, que está que le da un par de pescozadas al muchacho. Pero el productor empieza a hacerles señas para que sonrían (con los dedos índices se estira la comisura de los labios y muestra sus enormes dientes de vampiro a sueldo). Grey y don Mansueto no terminan de entender; César Gondales se da cuenta y sale en ayuda del productor.

—Vamos, muchachos, sonrían -grita con los ojos filosos de alegría mediática-. Yo sé que están un poco nerviosos, pero eso no les puede quitar la felicidad de sus caras.

El productor sonríe complacido, enseña el dedo pulgar en gesto de aprobación y dando un gran suspiro de ternura, cruza los brazos sobre su pecho, como abrazándose.

—Así es, muchachos —vuelve a gritar el Amigo de la Humanidad—, todo el país quiere ver sus hermosas sonrisas, y también los quiere ver abrazados, como padre e hijo que se aman, que se adoran. Todo el país quiere ver amor, amor de familia.

Padre e hijo, algo cortados y más tensos que un cable de alta tensión, hacen amago de obedecer el mandato supremo. César Gondales, que sabe que sólo falta un empujón, exhibe la carátula número 325 de sorpresa y fraternidad y grita todavía más alto:

—¡Miren qué lindo, hijo y padre a punto de abrazarse!

En la pantalla de los televisores de todo el país se unen en un abrazo don Mansueto y Grey, famosos, héroes, excelsos compatriotas en los cinco minutos que amablemente les han regalado la Lotería del Momo, César Gondales, el productor, la modelo pechugona, el Estado, el canal de televisión y su buena suerte.

—¡Hermoso, realmente hermoso! Estoy conmovido, hermano. Nada más bello, nada más aleccionador que este momento. ¡Así debe ser el amor que nos debemos profesar! ¡Un amor de abrazo, de felicidad, de cariño! ¡Así debe ser el amor entre padres e hijos!

César Gondales se acerca a la conmovida pareja con el micrófono apuntando la boca en puchero del padre.

—Díganos algo, don Mansueto, díganos algo...

Pero el señor no dice nada, porque las lágrimas no lo dejan, porque siente que todos en el estudio lo aman, porque éste es el día más feliz de su vida. Lleno de emoción, el siempre bueno de don Mansueto opta por dejarse llevar por el maremoto de sus sentimientos y, sin pensarlo dos veces, le da un abrazo a Cesar Gondales. Y Grey, llevado por el mismo arrebato de emoción, y por si acaso la modelo abultada se enamora de su sensibilidad de muchacho del interior, también va a dar con sus lágrimas y sus viscosidades nasales sobre los hombros de fina tela del gran César Gondales, quien, dicho sea de paso, tampoco puede controlarse, porque hay cosas que no se pueden evitar, mi hermano.

Lo grita, César Gondales lo grita, como siempre ha gritado a la memoria imborrable del video:

—¡Qué asco, suéltenme, monos sudados, salgan pallá…!

El público exhala un gigantesco signo de admiración, el productor brinca por todas partes y la cámara gira con violencia hacia la boca abierta de la modelo, pero ella, estupefacta, no sabe tomar las riendas del programa.

Entonces todas las pantallas que en aquel país sintonizan aquel canal se van a negro, y en dos segundos aparecen unas piernas largas y entaconadas que bailan y pasan coleto paquí y pallá con Leviatán, olor a limpio, con Leviatán, bailen todos con Leviatán.

En el estudio, don Mansueto y su hijo Grey observan cómo tres hombres de seguridad se llevan a César Gondales, quien le grita al productor:

—¿Qué querías que hiciera? ¡Me abrazaron y estaban sudados, llenos de mocos, y además olían a mono! ¡A mooooono!

El productor camina junto a Gondales y le va diciendo que se calme, que todo se va a arreglar, pero el Amigo del Pueblo no para de gritar:

—¿Se arreglará? ¿Se arreglará? ¡Me jodí, hermano, me jodí, por culpa de esos carajos me jodí!

El productor, haciendo un gesto de hastío, se devuelve, dice algo por radio, dice algo por el micrófono de sus audífonos, le da una orden a unos hombres en braga y entonces llama a la modelo. Hablan un rato y al final ella da un largo suspiro. Ambos caminan hasta donde se encuentran don Mansueto y Grey.

La modelito, de nuevo sonriente y con su escote inverosímil más inverosímil que nunca, les dice que disculpen la molestia, que ya les van a dar su cheque, párense por aquí, en el centro del escenario y esperen la señal del productor, dentro de poco estaremos otra vez al aire, y no se preocupen, porque con César Gondales o sin él les vamos a dar sus reales, porque al fin y al cabo ustedes se lo ganaron con su suerte y con el sudor de su frente, ese sudor del que tienen que estar tan orgullosos...


LOMO DE COCODRILLO VIEJO

Cierta vez conversaba con un amigo y le pregunté si conocía la historia de su padre.

-Claro que la conozco.

-¿La historia de su niñez, de su juventud…? ¿Toda esa historia antes de que nacieras?

-Pues un poco… no mucho -me respondió. Entonces me miró extrañado y dijo entristecido-: Ahora que lo dices, la verdad que no sé nada de su vida pasada.

Mi amigo se sintió mal. Su papá ya había muerto y su mamá estaba muy anciana, y no sabía de nadie que pudiera contarle esa historia.

Entonces me di cuenta de lo importante que es conocer la historia de tu papá, de tu mamá o de los dos, y de lo espléndido que fue mi padre el día que me llevó a su sofá, me sentó a su lado y me pasó el brazo por la espalda.

-Hijo, toda mi vida se puede resumir en las plantas de mis pies -dijo y luego alzó una de sus piernas sobre el muslo de la otra y me mostró la planta de sus pies.

Ese día, mi papá me contó su primera historia:

-Sí, yo tenía la planta de los pies tan duras como lomo de cocodrilo viejo. Lo descubrí hace muchísimos años, en un cayo de Morrocoy. El recuerdo es tan claro como aquel sábado estallado de luz, azul y ámbar transparente. Ahí estoy, empujando la lancha del papá de Tito, caminando descalzo sobre erizos y corales filosos. Luego, de vuelta al bote, están Tito y Enzo con los pies adoloridos, arrancándose las púas y echando agua sobre las inagotables tiritas de sangre. Y otra vez yo, mirándome los pies ilesos, sin moretones, sin un rasguño.

El lunes siguiente, sentados en las gradas de la cancha múltiple del colegio, me quité los zapatos y las medias y le pedí a Enzo que me clavara un lápiz en la planta del pie… Claro, había pasado el resto del sábado y todo el domingo clavándome en este cuero curtido, agujas, cuchillos y cualquier instrumento filoso que tuve a mano probando. Enzo, reacio ante tan insólito pedido, me hizo una débil punzada. Pero yo le quité el lápiz de un manotazo y procedí a clavarlo con todas mis fuerzas. Mis amigos se estremecieron y apartaron la mirada. Me eché a reír y ellos voltearon: la planta de mi pie seguía intacta, y la punta del lápiz, rota.

Se corrió la voz del prodigio y comencé a hacerme famoso. Podías verme en la discoteca del club, en las reuniones exclusivas de las niñas más lindas, en la playa montado en el Jeep de Pepe o en el Volkswagen de Cárdenas, el profesor de biología. Eso sí, cada vez que mis nuevos amigos lo requerían, me dejaba apagar cigarrillos o clavar instrumentos punzantes en las plantas de los pies. ¡Claro, si no me dolía!

Mis antiguos amigos pasaron a convertirse en un mal sueño. Los veía por los pasillos, sonrientes, intentando que alguien los invitara a alguna fiesta, y me decía: “¡Pensar que yo fui así!”

Un año después me gradué de bachiller y me mudé a Caracas a realizar mis estudios. Allí, querido hijo, pasé de una carrera a otra sin tener idea de nada. La fiesta era interminable, y yo el rey indiscutible. A Tito y a Enzo, que también se habían ido a estudiar a la capital, los vi varias veces por casualidad.

Cierta vez me encontré con Enzo y su novia en un café. Les lancé un hola distante y ni siquiera les tendí la mano. La muchacha, distraída o ignorante de mi rechazo, dijo que desde hacía tiempo quería conocerme, porque Enzo siempre hablaba maravillas de mí. No abrí la boca ni para dar las gracias. Enzo dijo: “Sí, mi amor, él es mi amigo, nos conocemos desde pequeños.” Luego la pareja siguió su camino, y yo los olvidé.

Pero llega un día, hijo, en que debes tomar la primera decisión importante en tu vida, y esto ocurre por cosas que vienen dando vuelta en tu cabeza y en tu alma desde hace tiempo.

Ese día y esa decisión llegaron a la orilla de una playa, a solas, lejos de la fiesta y bajo un cielo nocturno repleto de estrellas como fuegos artificiales.

Todo comenzó con una pregunta, muy obvia, pero trascendental: “¿Qué carrizos es la vida?” Algo que alguna vez se había filtrado en algún rincón de mi mente en alguna clase de alguna de mis carreras inconclusas me respondió: Frenesí, ilusión, sombra, ficción. Me descalcé, caminé hasta orilla y dejé que las olas mojaran mis pies. Debo confesar que no sentí nada.

Entonces comenzó la búsqueda de la libertad interior. Me vestí con batas blancas, me dejé crecer la barba y me rapé el cráneo. Anduve descalzo, como es tradición entre los hombres santos, e hice un viaje a la India, del que regresé caminando sobre brasas ardientes. Me vi rodeado de cámaras de televisión, de entrevistadores, de fervientes seguidores. Aunque la fama no me interesaba, sabía que la única manera de atraer a los hombres para impartirle mis enseñanzas era por medio de mi caminata sensacional sobre los carbones encendidos. Una vez más, las duras plantas de mis pies eran las protagonistas de aquella nueva etapa de mi vida.

A parte de ser un gran maestro espiritual, comía en abundancia, dormía bajo techo y no necesitaba dinero, porque mis seguidores se encargaban de todo. Pero no estaba satisfecho; sabía que no había alcanzado la libertad suprema. Observaba el mundo que me rodeaba y lo sentía falso. Mis mensajes místicos poco habrían de importarle a los necesitados de comida, techo y dignidad. Por lo tanto, decidí convertirme en un hombre de acción, tomar las armas, lanzarme al monte.

Como defensor armado de los más necesitados fui excelente. Gracias a mis duras plantas pude mantenerme de pie por horas, días y semanas. En la guerra es importante mantenerse en posición vertical.

Gracias a mis pies de lomo de cocodrilo viejo llegué a convertirme en el jefe de la guerrilla. Y mucho más después de lo sucedido una tarde húmeda, aplastada de selva y fuego cruzado, cuando me encontré rodando pendiente abajo, con una bala enemiga incrustada en el hombro.

Luego de un par de horas, sumido en un sopor panteísta, vi venir una medusa de dedos gruesos que se clavaron en mis extremidades y me llevaron hasta una barraca con techo de troncos.

Caras y manos militares se alternaron. Primero fueron rostros jóvenes y manos que me sanaban y alimentaban con indiferencia. Luego vinieron semblantes más severos, como tallados en la materia pura de la maldad. Uno de esos rostros se quedó, y entonces supe que pronto vendría lo peor. Rogué desesperado: “¡Las plantas de los pies no, por favor, los pies no!” Las comisuras de la boca enemiga se estiraron y sus puntas se perdieron bajo unas mejillas complacidas. Entonces las manos me quitaron las botas y me aplicaron corrientazas. Yo grité como un condenado a muerte. Me dieron planazos inmisericordes. Y lloré como quien pierde a un ser amado. Me aplicaron hierros candentes. Y voté espuma como un perro rabioso… Pero reía, reía en mi interior, porque simplemente no me dolía nada de lo que me hacían.

Una madrugada, el mundo exterior se llenó de sonidos de guerra. La puerta de la cabaña se abrió de golpe y entraron mis compañeros. Me desataron y quisieron cargarme, pero no me dejé y salí a luchar. Gracias a mi ejemplo y a mi coraje tomamos el campamento. Al final de la batalla trajeron a mi torturador. Me limité a mirarlo de arriba abajo y ordené su liberación.

Pronto mi nombre fue conocido más allá de las montañas, y pronto supieron que yo era aquel gurú misteriosamente desaparecido hacía años. Mi fama fue aún mayor. Los medios de comunicación enviaron a sus periodistas a lo más profundo de la selva, a la búsqueda del guerrillero santo. Quise aprovechar aquel renombre para darle publicidad a la revolución y me dejé entrevistar por todos.

Tanto éxito me llevó a alejarme de las filas combatientes. Me vi asistiendo a demasiadas convenciones, debates, seminarios, congresos, simposios, talleres, charlas y encuentros de paz. Me vi fundando un partido político y durmiendo en lujosos hoteles. Una noche terminé dormido en el regazo de una joven periodista de familia adinerada y con pretensiones revolucionarias, inspiradas por la moda y la fascinación de este guerrillero místico. Cuando abrí los ojos habían pasado mil años y la revolución era un buen recuerdo, una anécdota de coctel que estaba narrando justo cuando me di cuenta de que me había convertido en un político y empresario con aspiraciones presidenciales. Callé y, sin despedirme de mi bella y elegante ex-esposa, salí a la calle. Los pies me llevaron a la autopista. Pasé al otro lado de una defensa, bajé por una pendiente de tierra y monte, y llegué a la orilla del río. Era un río sucio, maloliente y turbulento. Me senté en una gran roca y me saqué los zapatos y las medias. Con la mirada fija en el río, imaginé sus fuentes originarias en alguna parte alta de la montaña. Imaginé sus aguas limpias, la espesura, el frescor de la vegetación que rodeaba aquellas aguas. Estuve así un largo rato, sumido en una contemplación serena. Después subí a la autopista. Atrás quedaron los zapatos y las medias.

Unos días después, Enzo y Tito acudían a una cita. En su actitud se notaba más el síntoma de la curiosidad que la emoción del encuentro de amigos. Yo los había citado en un café frente al malecón de Puerto Cabello. Ambos estaban idénticos a como los recordaba. Tito quizás un poco más gordo, Enzo con una incipiente calvicie.

Hablamos del pasado, recordamos anécdotas graciosas de antes del descubrimiento de mis pies de lomo de cocodrilo viejo. Reímos a carcajadas, lloramos de la risa y terminamos abrazados y caminando por el malecón. Al final de la tarde mis amigos se marcharon. Acordamos vernos al día siguiente para ir al cine. Y yo me quedé allí, solo frente al mar. Me dolían los pies, por primera vez en la vida me dolían los pies, y eso me hacía inmensamente feliz. Al rato, vi pasar a una linda y pretenciosa morena. Sin pensarlo dos veces me dije: “Ella sí que será la mujer de mi vida.” Esa morena, hijo, era tu madre.


CUANDO PIENSO EN MI ABUELO

Cuando pienso en mi abuelo lo veo siempre, de primer momento, en su casa de la calle Girardot. Me acuerdo muy bien de esa casita verde con su gran ventana estilo colonial. A veces sueño con ella y con mi abuelo. Se trata de un mismo sueño, pesado y amargo.

En él voy por una avenida, cruzo en la Girardot y entro en la casa, a una sala de paredes forradas con periódicos amarillentos. Allí veo al abuelo en una mecedora. Me mira fijamente, triste, callado, con la cara en el hueso. Yo estoy frente a él, en silencio, y con la sensación de estar allí eternamente, como en una foto.

La casa verdadera sí tenía esa sala en la entrada, pero la luz de la ventana purificaba de blanco las paredes. Una cortina de tela cálida separaba el lugar de un largo pasillo que terminaba en un baño grande, con la cocina y el lavandero a mano izquierda. A lo largo del pasillo, siempre a mano izquierda, estaban los cuartos. Primero el de mis abuelos, después otros dos más pequeños.

Entre el cuarto de mis abuelos y el siguiente, en el pasillo, estaba el televisor y un sofacito frente al televisor, y entre el último cuarto y la cocina, una mesa de comedor. Ahí, en esa mesa, unas figuras empiezan a tomar forma. Es un recuerdo, o quizás otro sueño.

Mi abuelo está recortando unos cartones y yo lo miro trabajar.

-Ya está listo -dice, y yo, como si no hubiera estado prestando atención, veo con sorpresa el resultado de sus afanes. Él me lo muestra y continúa:

-Para que pongas a volar tu imaginación, para que vueles sobre el mar y te pierdas en el horizonte, para que te vayas a otras partes cuando la vida se te ponga difícil.

Se trata de un avión con doble despliegue de alas y cabina abierta, como de la Primera Guerra Mundial. Mi abuelo dice que lo va a pintar y le va a poner una cuerdita para guindarlo. Unos días después me muestra el avión pintado de un reluciente marrón.

Quizás este momento nunca fue real. Se me antoja borroso, fantasmal. Sin embargo, su presencia es demasiado fuerte.

Una vez le pregunté a mamá, y ella me respondió: Ay, no sé, hijo, eso fue hace mucho tiempo, como si hubieran pasado mil años, o como si todo hubiera sucedido en el mundo de los sueños, donde las historias ocurren en un tiempo siempre viejo e invariable. Al final, los sueños y los recuerdos son una misma cosa. Están hechos del mismo material y cumplen idéntica función: atan la vida y la muerte, y aportan la continuidad necesaria para nuestra existencia.

Ahora el abuelo está sentado en la sala de su apartamento en Cumboto, frente al televisor, echando cuentos de su lejana Ucrania. Son historias antiguas, que unen a los hombres. Cuentos de tierra y de vida, como ése cuando mi abuelo vio a una mujer vestida de blanco con un cesto en brazos pasando sobre un río sin mojarse lo pies. Aquella mujer llegó hasta él y le mostró el cesto. Adentro había un niño recién nacido. La mujer se dio media vuelta y se internó en el bosque. Mi abuelo olvidó sus caballos y la siembra, y corrió más allá de las colinas hasta su casa, donde encontró a su esposa, mi abuela, recién dada a luz y con Anita –mi tía Ana-, entre sus brazos. Ella fue su primera hija.

También están los cuentos de muerte que te hacen pensar en lo delicado que es el hilo que lleva a tu nacimiento. Esa vida que depende de otras muertes, como la trágica y extraña muerte de una novia bajo la sombra de un árbol maldito.

Mi abuelo contaba que el olmo y el columpio siempre habían estado allí, detrás de la casa de su novia Natalia. Pero ella nunca había caminado hasta la colina. El día que mi abuelo pidió su mano, la emocionada novia quiso salir a celebrar con una corta salida al campo. Sus pasos los llevaron hasta el olmo. El sitio era fresco y el paisaje espléndido, y ellos se acostaron a la sombra para mirarse a los ojos sin pronunciar palabras, porque esa era la única manera de expresar tanta felicidad.

Unos instantes después, Natalia dejó a mi abuelo y se subió al columpio. Apenas lo hizo fue catapultada fuera del balancín. Mi abuelo corrió a socorrerla.

Natalia estaba bien, pero entonces comenzó a escucharse una respiración fortísima en el lugar, y la pareja, aterrorizada, huyó del sitio.

Acordaron no contarle a nadie lo sucedido y siguieron con los preparativos de la boda.

A unos días del matrimonio, él tuvo un sueño extraño. En el sueño, Natalia caminaba hacia la colina y se subía al columpio. Reía y se mecía y, en cierto momento, con una mueca horrible que intentaba seguir siendo sonrisa, le dijo que no había querido ir a aquel sitio, pero que algo la había obligado.

Al día siguiente, a las afueras de la casa de su prometida, mi abuelo se encontró con una multitud de aldeanos. Su futura suegra le salió al paso, le dijo que había ocurrido algo terrible y se lanzó a llorar en sus brazos. De inmediato apareció el padre de Natalia y se hizo cargo de la situación. Ya dentro de la casa, le dio la noticia que ya mi abuelo imaginaba: Natalia había muerto en un desgraciado accidente.

Se había dado tanto impulso en el columpio del árbol que perdió el control y fue a dar contra unas rocas cercanas. O eso por lo menos era lo que creían, porque habían encontrado el columpio todavía en movimiento. Pero también, también cabía la posibilidad de que fuese algo más…

Abatido, el padre le hizo una revelación. La joven fallecida no era su hija. El verdadero padre de Natalia había sido un gitano que fue condenado a muerte por crímenes inconfesables.

Ella nunca lo supo, porque aquel honorable caballero la había tomado a su cuidado cuando ella tenía un año apenas. Su verdadero padre, el gitano, había sido colgado del árbol donde pendía el columpio.

Todo esto lo contó mi abuelo en la sala de su nuevo apartamento de Cumboto, frente al enorme televisor. En ese apartamento hay dos cuartos. Uno es de mis abuelos, y el otro, con dos camitas, es el santuario de mi tío Basilio. Entre las dos camas, en la pared, hay un retrato grande del Sagrado Corazón de Jesús y una foto de Basilio, a quien, al igual que la novia difunta, le debo mi vida, porque su muerte hizo que ciertas cosas que estaban planificadas quedaran reducidas a tristes melancolías.

Mi tío murió joven, cuando mis abuelos tenían planificado irse a vivir a Canadá. Si mi tío no hubiera muerto, yo jamás habría nacido.

Tras su muerte, la familia canceló la ida al norte. No sé si para evitar el dolor de alejarse del sitio donde lo habían enterrado, o porque su fallecimiento anulaba las posibilidades de prosperar en Canadá.

La juventud de mi tío había sido clave en aquellos planes. Ahora que no estaba, era difícil que un hombre como mi abuelo, con una grave lesión de columna, pudiera con la carga de cinco mujeres, cuatro de las cuales eran aún niñas.

Mi abuelo tenía aquel daño en la espina dorsal porque se había caído de un caballo en Ucrania. En su país natal fue criador de caballos de raza para la nobleza y para las filas del zar. Mi mamá siempre me dice:

-Tu abuelo tuvo los mejores estudios, sabe dibujar y pintar, y hablaba ruso, polaco, francés, alemán e inglés, porque tu abuelo, como tú sabes, era hijo de un capitán del ejército zarista.

Damián, mi bisabuelo, era un hombre severo, alto, fuerte y tenía una larga cabellera blanca y unos ojos de un gris gélido. Cuenta mi abuelo que su papá, a los setenta años de edad, se montaba de un brinco sobre el lomo de un caballo.

Cuando los comunistas empezaron a ocupar Rusia, mi bisabuelo, radicado en Moscú y hasta entonces al servicio del derrocado zar, tuvo que huir a Kobrin en Ucrania, su país natal.

Para aquel momento, el país era territorio de Polonia. Ucrania, una enorme nación rica en tierras, ubicada en medio de otros países, nunca había podido ser totalmente libre. Por algo Ucrania significa “tierras fronterizas”, contaba mi abuelo.

Damián, jefe civil de cuarenta pueblos ucranianos, solía montar sobre imponentes caballos y salía por sus predios a darle latigazos a los campesinos, porque sí, porque el poder es cruel, y el poder herido mucho más.

Su inevitable final estuvo marcado por el horror. Fue el año en que el ejército Ruso se encontraba a las puertas de una Ucrania ocupada por los desfallecientes nazis, y los partisanos le hacían el juego a la gran avanzada soviética contribuyendo al desorden interno.

Una mañana, en el camino hacia Dubovoy, una banda de revolucionarios interceptó al odiado capitán zarista. El viejo terrateniente luchó como todo un titán, pero finalmente lograron atarlo a su brioso caballo y lo arrastraron por todos los pueblos de su jurisdicción. Luego le sacaron las uñas y, al final, lo colgaron.

Mi abuelo era hijo de Damián con Catalina, una sirvienta de la mansión. Catalina era hermosa, pero indiferente al cariño materno y dada a las fiestas y a la noche. Tanto así que la esposa de Damián, una mujer infértil llamada Fedora, terminó criando a mi abuelo como si de su propio hijo se tratara. Allí fue cuando mi abuelo recibió la excelente educación que mi mamá cuenta.

Al morir Fedora, Damián se casó con la voluptuosa criada y mi abuelo pasó a ser su hijo legítimo. Años después, Damián sería asesinado y mi abuelo, el heredero, tendría que huir a Polonia con su esposa, sus tres hijos y su madre.

De Polonia emigrarían a Alemania, donde nació mi mamá.

Unos años después decidieron partir de nuevo. Ya para entonces, Catalina se había enamorado de un alemán y nunca llegó al encuentro a la estación del tren el día en que mi abuelo partió con su familia para Marsella, de donde salieron en barco para Venezuela.

Mi abuelo es un hombre luchador. Imagínate, venirse desde Europa para acá, cargando con esposa y cinco hijos, sin hablar el idioma de este país, sin más bienes que la esperanza.

Mamá cuenta que a mis abuelos los llevaron a trabajar unas tierras en El Sombrero. El abuelo, que lo único que había visto en su vida era el chernoziom o tierra negra de Ucrania, no supo qué hacer con ese monte de El Sombrero y, decepcionado, se regresó a buscar trabajo a la ciudad donde había llegado: Puerto Cabello.

Lo hizo a pie. Cuentan que llegó al puerto con los pies hinchados, rotos, bañados de sangre. Allí, mi abuelo consiguió trabajo como jefe de la sala de máquinas, en un sitio que llamaban La Congelación, y se vino a vivir con toda su familia a la ciudad donde años después enterraron a mi tío Basilio, que murió electrocutado en la construcción de la autopista Valencia-Puerto Cabello; la ciudad donde una de las hijas de mi abuelo conoció a un caraqueño loco que después fue mi papá; la ciudad donde yo nací.

De la nada, de esa nada arrasada de los inmigrantes, mi abuelo se hizo una nueva vida. Era un luchador, sin duda. Yo lo vi postrado en la cama, luchando contra la muerte. Se estaba muriendo y todavía resoplaba como un toro, como tratando de expulsar por pedazos la enfermedad que lo estaba matando. A mi me dejaron verlo unos segundos, y después me sacaron del cuarto y me trajeron para la casa.

Como a las seis y media de la tarde llegó papá. Lo recibí en las escaleras. Papá me pasó las manos por los hombros y empezó a subir conmigo de vuelta. Me dijo que mi abuelo había muerto. Me quedé callado y no lloré.

Hace rato soñé con él. Me encontraba en el apartamento de Cumboto y estaba a punto de entrar a la cocina, cuando mi abuelo salió del hueco negro de la puerta. Aquella oscuridad que se desprendía de su cuerpo parecía causarle un inmenso dolor. Tenía una mano estirada y abierta hacia mí. Yo retrocedí, caí de espaldas y comencé a arrastrarme por el piso, sin quitarle la mirada a esa mano. De pronto, mi abuelo desapareció y yo me desperté en medio de la noche.

Recordé que alguien me dijo una vez que la gente no se muere sola, sino que siempre se llevan a una persona querida; no sé si el mismo día de su muerte, una semana, unos meses o unos años más tarde.

Esta noche no he podido dormir y lo único que hago es pensar en el abuelo y escribir. Me hubiese gustado saber más sobre él, haber escuchado más historias. Hubiera querido guardarlas en mi memoria y escribirlas como estoy escribiendo éstas. A lo mejor alguien, alguna vez, leerá estas líneas. Pienso que cuando esta historia sea leída, las personas que estamos en ella volveremos a vivir, en su mente, en alguna dimensión desconocida, o en eso que llaman eternidad…

Así que ahora mismo estoy escribiendo y mi abuelo me está mirando. Ya va abuelo, ya va, que todavía me queda mucho por escribir…








domingo, 31 de enero de 2010

En Homenaje a Salinger, maestro

Tres Cuentos de J. D. Salinger

EL HOMBRE QUE RIE

En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte.

Los sábados y la mayoría de las fiestas nacionales, el Jefe nos recogía por la mañana temprano en nuestras respectivas viviendas y en su destartalado autobús nos sacaba de Manhattan hacia los espacios comparativamente abiertos del Van Cortlandt Park o de Palisades. Si teníamos propósitos decididamente atléticos, íbamos a Van Cortlandt donde los campos de juego eran de tamaño reglamentario y el equipo contrario no incluía ni un cochecito de niño ni una indignada viejecita con bastón. Si nuestros corazones de comanches se sentían inclinados a acampar, íbamos a Palisades y nos hacíamos los robinsones. Recuerdo haberme perdido un sábado en alguna parte de la escabrosa zona de terreno que se extiende entre el cartel de Linit y el extremo oeste del puente George Washington. Pero no por eso perdí la cabeza. Simplemente me senté a la sombra majestuosa de un gigantesco anuncio publicitario y, aunque lagrimeando, abrí mi fiambrera por hacer algo, confiando a medias en que el Jefe me encontraría. El Jefe siempre nos encontraba.

El resto del día, cuando se veía libre de los comanches el Jefe era John Gedsudski, de Staten Island. Era un joven tranquilo, sumamente tímido, de veintidós o veintitrés años, estudiante de derecho de la Universidad de Nueva York, y una persona memorable desde cualquier punto de vista. No intentaré exponer aquí sus múltiples virtudes y méritos. Sólo diré de paso que era un scout aventajado, casi había formado parte de la selección nacional de rugby de 1926, y era público y notorio que lo habían invitado muy cordialmente a presentarse como candidato para el equipo de béisbol de los New York Giants. Era un árbitro imparcial e imperturbable en todos nuestros ruidosos encuentros deportivos, un maestro en encender y apagar hogueras, y un experto en primeros auxilios muy digno de consideración. Cada uno de nosotros, desde el pillo más pequeño hasta el más grande, lo quería y respetaba.

Aún está patente en mi memoria la imagen del Jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz grande y carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos, aunque eran estrechos y caídos. En aquel tiempo, sin embargo, para mí se combinaban en el Jefe todas las características más fotogénicas de Buck Jones, Ken Maynard y Tom Mix, perfectamente amalgamadas.

Todas las tardes, cuando oscurecía lo suficiente como para que el equipo perdedor tuviera una excusa para justificar sus malas jugadas, los comanches nos refugiábamos egoístamente en el talento del Jefe para contar cuentos. A esa hora formábamos generalmente un grupo acalorado e irritable, y nos peleábamos en el autobús—a puñetazos o a gritos estridentes—por los asientos más cercanos al Jefe. (El autobús tenía dos filas paralelas de asientos de esterilla. En la fila de la izquierda había tres asientos adicionales —los mejores de todos—que llegaban hasta la altura del conductor.) El Jefe sólo subía al autobús cuando nos habíamos acomodado. A continuación se sentaba a horcajadas en su asiento de conductor, y con su voz de tenor atiplada pero melodiosa nos contaba un nuevo episodio de «El hombre que ríe». Una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía. «El hombre que ríe» era la historia adecuada para un comanche. Hasta había alcanzado dimensiones clásicas. Era un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil. Uno siempre podía llevárselo a casa y meditar sobre él mientras estaba sentado, por ejemplo, en el agua de la bañera que se iba escurriendo.

Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el «hombre que ríe» había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el «hombre que ríe» respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del «hombre que ríe» sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general—siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio.

Todas las mañanas, en su extrema soledad, el «hombre que ríe» se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. Ellos no lo consideraban feo.

Al Jefe le llevó un par de meses llegar a este punto de la historia. De ahí en adelante los episodios se hicieron cada vez más exóticos, a tono con el gusto de los comanches.

El «hombre que ríe» era muy hábil para informarse de lo que pasaba a su alrededor, y en muy poco tiempo pudo conocer los secretos profesionales más importantes de los bandidos. Sin embargo, no los tenía en demasiada estima y no tardó mucho en crear un sistema propio más eficaz. Empezó a trabajar por su cuenta. En pequeña escala, al principio—robando, secuestrando, asesinando sólo cuando era absolutamente necesario—se dedicó a devastar la campiña china. Muy pronto sus ingeniosos procedimientos criminales, junto con su especial afición al juego limpio, le valieron un lugar especialmente destacado en el corazón de los hombres. Curiosamente, sus padres adoptivos (los bandidos que originalmente lo habían empujado al crimen) fueron los últimos en tener conocimiento de sus hazañas. Cuando se enteraron, se pusieron tremendamente celosos. Uno a uno desfilaron una noche ante la cama del «hombre que ríe», creyendo que habían podido dormirlo profundamente con algunas drogas que le habían dado, y con sus machetes apuñalaron repetidas veces el cuerpo que yacía bajo las mantas. Pero la víctima resultó ser la madre del jefe de los bandidos, una de esas personas desagradables y pendencieras. El suceso no hizo más que aumentar la sed de venganza de los bandidos, y finalmente el «hombre que ríe» se vio obligado a encerrar a toda la banda en un mausoleo profundo, pero agradablemente decorado. De cuando en cuando se escapaban y le causaban algunas molestias, pero él no se avenía a matarlos. (El «hombre que ríe» tenía una faceta compasiva que a mí me enloquecía.)

Poco después el «hombre que ríe» empezaba a cruzar regularmente la frontera china para ir a París, donde se divertía ostentando su genio conspicuo pero modesto frente a Marcel Dufarge, detective internacionalmente famoso y considerablemente inteligente, pero tísico. Dufarge y su hija (una chica exquisita, aunque con algo de travestí) se convirtieron en los enemigos más encarnizados del «hombre que ríe». Una y otra vez trataron de atraparlo mediante ardides. Nada más que por amor al riesgo, al principio el «hombre que ríe» muchas veces simulaba dejarse engañar, pero luego desaparecía de pronto, sin dejar ni el mínimo rastro de su método para escapar. De vez en cuando enviaba una breve e incisiva nota de despedida por la red de alcantarillas de París, que llegaba sin tardanza a manos de Dufarge. Los Dufarge se pasaban gran parte del tiempo chapoteando en las alcantarillas de París.

Muy pronto el «hombre que ríe» consiguió reunir la fortuna personal más grande del mundo. Gran parte de esa fortuna era donada en forma anónima a los monjes de un monasterio local, humildes ascetas que habían dedicado sus vidas a la cría de perros de policía alemanes. El «hombre que ríe» convertía el resto de su fortuna en brillantes que bajaba despreocupadamente a cavernas de esmeralda, en las profundidades del mar Negro. Sus necesidades personales eran pocas. Se alimentaba únicamente de arroz y sangre de águila, en una pequeña casita con un gimnasio y campo de tiro subterráneos, en las tormentosas costas del Tíbet. Con él vivían cuatro compañeros que le eran fieles hasta la muerte: un lobo furtivo llamado Ala Negra, un enano adorable llamado Omba, un gigante mongol llamado Hong, cuya lengua había sido quemada por hombres blancos, y una espléndida chica euroasiática que, debido a su intenso amor por el «hombre que ríe» y a su honda preocupación por su seguridad personal, solía tener una actitud bastante rígida respecto al crimen. El «hombre que ríe» emitía sus órdenes a sus subordinados a través de una máscara de seda negra. Ni siquiera Omba, el enano adorable, había podido ver su cara.

No digo que lo vaya a hacer, pero podría pasarme horas llevando al lector—a la fuerza, si fuere necesario—de un lado a otro de la frontera entre París y China. Yo acostumbro a considerar al «hombre que ríe» algo así como a un superdistinguido antepasado mío, una especie de Robert E. Lee, digamos, con todas las virtudes del caso. Y esta ilusión resulta verdaderamente moderada si se la compara con la que abrigaba hacia 1928, cuando me sentía, no solamente descendiente directo del «hombre que ríe», sino además su único heredero viviente. En 1928 ni siquiera era hijo de mis padres, sino un impostor de astucia diabólica, a la espera de que cometieran el mínimo error para descubrir—preferentemente de modo pacífico, aunque podía ser de otro modo—mi verdadera identidad.

Para no matar de pena a mi supuesta madre, pensaba emplearla en alguna de mis actividades subrepticias, en algún puesto indefinido, pero de verdadera responsabilidad. Pero lo más importante para mí en 1928 era andar con pies de plomo. Seguir la farsa. Lavarme los dientes. Peinarme. Disimular a toda costa mi risa realmente aterradora.

En realidad, yo era el único descendiente legítimo del «hombre que ríe». En el club había veinticinco comanches —veinticinco legítimos herederos del «hombre que ríe»—todos circulando amenazadoramente, de incógnito por la ciudad, elevando a los ascensoristas a la categoría de enemigos potenciales, mascullando complejas pero precisas instrucciones en la oreja de los cocker spaniel, apuntando con el dedo índice, como un fusil, a la cabeza de los profesores de matemáticas. Y esperando, siempre esperando el momento para suscitar el terror y la admiración en el corazón del ciudadano común.

***

J.D. Salinger

El hombre que ríe
(Continuación)


Una tarde de febrero, apenas iniciada la temporada de béisbol de los comanches, observé un detalle nuevo en el autobús del Jefe. Encima del espejo retrovisor, sobre el parabrisas, había una foto pequeña, enmarcada, de una chica con toga y birrete académicos. Me pareció que la foto de una chica desentonaba con la exclusiva decoración para hombres del autobús y, sin titubear, le pregunté al Jefe quién era. Al principio fue evasivo, pero al final reconoció que era una muchacha. Le pregunté cómo se llamaba. Su contestación, todavía un poco reticente, fue «Mary Hudson».

Le pregunté si trabajaba en el cine o en alguna cosa así. Me dijo que no, que iba al Wellesley College. Agregó, tras larga reflexión, que el Wellesley era una universidad de alta categoría.

Le pregunté, entonces, por qué tenía su foto en el autobús. Encogió levemente los hombros, lo bastante como para sugerir—me pareció—que la foto había sido más o menos impuesta por otros.

Durante las dos semanas siguientes, la foto—le hubiera sido impuesta al Jefe por la fuerza o no—continuó sobre el parabrisas. No desapareció con los paquetes vacíos de chicles ni con los palitos de caramelos. Pero los comanches nos fuimos acostumbrando a ella. Fue adquiriendo gradualmente la personalidad poco inquietante de un velocímetro.

Pero un día que íbamos camino del parque el Jefe detuvo el autobús junto al bordillo de la acera de la Quinta Avenida a la altura de la calle 60, casi un kilómetro más allá de nuestro campo de béisbol. Veinte pasajeros solicitaron inmediatamente una explicación, pero el Jefe se hizo el sordo. En cambio, se limitó a adoptar su posición habitual de narrador y dio comienzo anticipadamente a un nuevo episodio del «hombre que ríe». Pero apenas había empezado cuando alguien golpeó suavemente en la portezuela del autobús. Evidentemente, ese día los reflejos del Jefe estaban en buena forma. Se levantó de un salto, accionó la manecilla de la puerta y en seguida subió al autobús una chica con un abrigo de castor.

Así, de pronto, sólo recuerdo haber visto en mi vida a tres muchachas que me impresionaron a primera vista por su gran belleza, una belleza difícil de clasificar. Una fue una chica delgada en un traje de baño negro, que forcejeaba terriblemente para clavar en la arena una sombrilla en Jones Beach, alrededor de 1936. La segunda, esa chica que hacía un viaje de placer por el Caribe, hacia 1939, y que arrojó su encendedor a un delfín. Y la tercera, Mary Hudson, la chica del Jefe.

—¿He tardado mucho?—le preguntó, sonriendo. Era como si hubiera preguntado «¿Soy fea?».

—¡No!—dijo el Jefe. Con cierta vehemencia, miró a los comanches situados cerca de su asiento y les hizo una seña para que le hicieran sitio. Mary Hudson se sentó entre yo y un chico que se llamaba Edgar «no—sé—qué» y que tenía un tío cuyo mejor amigo era contrabandista de bebidas alcohólicas. Le cedimos todo el espacio del mundo. Entonces el autobús se puso en marcha con un acelerón poco hábil. Los comanches, hasta el último hombre, guardaban silencio.

Mientras volvíamos a nuestro lugar de estacionamiento habitual, Mary Hudson se inclinó hacia delante en su asiento e hizo al Jefe un colorido relato de los trenes que había perdido y del tren que no había perdido. Vivía en Douglaston, Long Island. El Jefe estaba muy nervioso. No sólo no lograba participar en la conversación, sino que apenas oía lo que le decía la chica. Recuerdo que el pomo de la palanca de cambios se le quedó en la mano.

Cuando bajamos del autobús, Mary Hudson se quedó muy cerca de nosotros. Estoy seguro de que cuando llegamos al campo de béisbol cada rostro de los comanches llevaba una expresión del tipo «hay—chicas—que—no—saben—cuándo—irse—a—casa». Y, para colmo de males, cuando otro comanche y yo lanzábamos al aire una moneda para determinar qué equipo batearía primero, Mary Hudson declaró con entusiasmo que deseaba jugar. La respuesta no pudo ser más cortante. Así como antes los comanches nos habíamos limitado a mirar fijamente su femineidad, ahora la contemplábamos con irritación. Ella nos sonrió. Era algo desconcertante. Luego el Jefe se hizo cargo de la situación, revelando su genio para complicar las cosas, hasta entonces oculto. Llevó aparte a Mary Hudson, lo suficiente como para que los comanches no pudieran oír, y pareció dirigirse a ella en forma solemne y racional. Por fin, Mary Hudson lo interrumpió, y los comanches pudieron oír perfectamente su voz.

—¡Yo también—dijo—, yo también quiero jugar!

El Jefe meneó la cabeza y volvió a la carga. Señaló hacia el campo, que se veía desigual y borroso. Tomó un bate de tamaño reglamentario y le mostró su peso.

—No me importa—dijo Mary Hudson, con toda claridad—. He venido hasta Nueva York para ver al dentista y todo eso, y voy a jugar.

El Jefe sacudió la cabeza, pero abandonó la batalla. Se aproximó cautelosamente al campo donde estaban esperando los dos equipos comanches, los Bravos y los Guerreros, y fijó su mirada en mí. Yo era el capitán de los Guerreros. Mencionó el nombre de mi centro, que estaba enfermo en su casa, y sugirió que Mary Hudson ocupara su lugar. Dije que no necesitaba un jugador para el centro del campo. El Jefe dijo que qué mierda era eso de que no necesitaba a nadie que hiciera de centro. Me quedé estupefacto. Era la primera vez que le oía decir una palabrota. Y, lo que aún era peor, observé que Mary Hudson me estaba sonriendo. Para dominarme, cogí una piedra y la arrojé contra un árbol.

Nosotros entramos primero. La entrometida fue al centro para la primera tanda. Desde mi posición en la primera base, miraba furtivamente de vez en cuando por encima de mi hombro. Cada vez que lo hacía, Mary Hudson me saludaba alegremente con la cabeza. Llevaba puesto el guante de catcher, por propia iniciativa. Era un espectáculo verdaderamente horrible.

Mary Hudson debía ser la novena en batear en el equipo de los Guerreros. Cuando se lo dije, hizo una pequeña mueca y dijo:

—Bueno, daos prisa, entonces...—y la verdad es que efectivamente apreciamos darnos prisa.

Le tocó batear en la primera tanda. Se quitó el abrigo de castor y el guante de catcher para la ocasión y avanzó hacia su puesto con un vestido marrón oscuro. Cuando le di un bate, preguntó por qué pesaba tanto. El Jefe abandonó su puesto de árbitro detrás del pitcher y se adelantó con impaciencia. Le dijo a Mary Hudson que apoyara la punta del bate en el hombro derecho. «Ya está», dijo ella. Le dijo que no sujetara el bate con demasiada fuerza. «No lo hago» contestó ella. Le dijo que no perdiera de vista la pelota. «No lo haré», dijo ella. «Apártate, ¿quieres?» Con un potente golpe, acertó en la primera pelota que le lanzaron, y la mandó lejos por encima de la cabeza del fielder izquierdo. Estaba bien para un doble corriente, pero ella logró tres sin apresurarse.

Cuando me repuse primero de mi sorpresa, después de mi incredulidad, y por último de mi alegría, miré hacia donde se encontraba el Jefe. No parecía estar de pie detrás del pitcher, sino flotando por encima de él. Era un hombre totalmente feliz. Desde su tercera base, Mary Hudson me saludaba agitando la mano. Contesté a su saludo. No habría podido evitarlo, aunque hubiese querido. Además de su maestría con el bate, era una chica que sabía cómo saludar a alguien desde la tercera base.

Durante el resto del partido, llegaba a la base cada vez que salía a batear. Por algún motivo parecía odiar la primera base; no había forma de retenerla. Por lo menos tres veces logró robar la segunda base al otro equipo.

Su fielding no podía ser peor, pero íbamos ganando tantas carreras que no nos importaba. Creo que hubiera sido mejor si hubiese intentado atrapar las pelotas con cualquier otra cosa que no fuera un guante de catcher.

Pero se negaba a sacárselo. Decía que le quedaba mono. Durante un mes, más o menos, jugó al béisbol con los comanches un par de veces por semana (cada vez que tenía una cita con el dentista, al parecer). Unas tardes llegaba a tiempo al autobús y otras no. A veces en el autobús hablaba hasta por los codos, otras veces se limitaba a quedarse sentada, fumando sus cigarrillos Herbert Tareyton (boquilla de corcho). Envolvía en un maravilloso perfume al que estaba junto a ella en el autobús.

Un día ventoso de abril, después de recoger, como de costumbre, a sus pasajeros en las calles 109 y Amsterdam, el Jefe dobló por la calle 110 y tomó como siempre por la Quinta Avenida. Pero tenía el pelo peinado y reluciente, llevaba un abrigo en lugar de la chaqueta de cuero y yo supuse lógicamente que Mary Hudson estaba incluida en el programa. Esa presunción se convirtió en certeza cuando pasamos de largo por nuestra entrada habitual al Central Park. El Jefe estacionó el autobús en la esquina a la altura de la calle 60. Después, para matar el tiempo en una forma entretenida para los comanches, se acomodó a horcajadas en su asiento y procedió a narrar otro episodio de «El hombre que ríe». Lo recuerdo con todo detalle y voy a resumirlo.

Una adversa serie de circunstancias había hecho que el mejor amigo del «hombre que ríe», el lobo Ala Negra, cayera en una trampa física e intelectual tendida por los Dufarge. Los Dufarge, conociendo los elevados sentimientos de lealtad del «hombre que ríe», le ofrecieron la libertad de Ala Negra a cambio de la suya propia. Con la mejor buena fe del mundo, el «hombre que ríe» aceptó dicha proposición (a veces su genio estaba sujeto a pequeños y misteriosos desfallecimientos). Quedó convenido que el «hombre que ríe» debía encontrarse con los Dufarge a medianoche en un sector determinado del denso bosque que rodea París, y allí, a la luz de la luna, Ala Negra sería puesto en libertad. Pero los Dufarge no tenían la menor intención de liberar a Ala Negra, a quien temían y detestaban. La noche de la transacción ataron a otro lobo en lugar de Ala Negra, tiñéndole primero la pata trasera derecha de blanco níveo, para que se le pareciera.

No obstante, había dos cosas con las que los Dufarge no habían contado: el sentimentalismo del «hombre que ríe» y su dominio del idioma de los lobos. En cuanto la hija de Dufarge pudo atarlo a un árbol con alambre de espino, el «hombre que ríe» sintió la necesidad de elevar su bella y melodiosa voz en unas palabras de despedida a su presunto viejo amigo. El lobo sustituto, bajo la luz de la luna, a unos pocos metros de distancia, quedó impresionado por el dominio de su idioma que poseía ese desconocido. Al principio escuchó cortésmente los consejos de último momento personales y profesionales, del «hombre que ríe». Pero a la larga el lobo sustituto comenzó a impacientarse y a cargar su peso primero sobre una pata y después sobre la otra. Bruscamente y con cierta rudeza, interrumpió al «hombre que ríe» informándole en primer lugar de que no se llamaba Ala Oscura, ni Ala Negra, ni Patas Grises ni nada por el estilo, sino Armand, y en segundo lugar que en su vida había estado en China ni tenía la menor intención de ir allí.

Lógicamente enfurecido, el «hombre que ríe» se quitó la máscara con la lengua y se enfrentó a los Dufarge con la cara desnuda a la luz de la luna. Mademoiselle Dufarge se desmayó. Su padre tuvo más suerte; casualmente en ese momento le dio un ataque de tos y así se libró del mortífero descubrimiento. Cuando se le pasó el ataque y vio a su hija tendida en el suelo iluminado por la luna, Dufarge ató cabos. Se tapó los ojos con la mano y descargó su pistola hacia donde se oía la respiración pesada, silbante, del «hombre que ríe».

Así terminaba el episodio.

El Jefe se sacó del bolsillo el reloj Ingersoll de un dólar lo miró y después dio vuelta en su asiento y puso en marcha el motor. Miré mi reloj. Eran casi las cuatro y media. Cuando el autobús se puso en marcha, le pregunté al Jefe si no iba a esperar a Mary Hudson. No me contestó, y antes de que pudiera repetir la pregunta, inclinó su cabeza para atrás y, dirigiéndose a todos nosotros, dijo:

—A ver si hay más silencio en este maldito autobús. Lo menos que podía decirse era que la orden resultaba totalmente ilógica. El autobús había estado, y estaba, completamente silencioso. Casi todos pensábamos en la situación en que había quedado el «hombre que ríe». No es que nos preocupáramos por él (le teníamos demasiada confianza como para eso), pero nunca habíamos llegado a tomar con calma sus momentos de peligro.

En la tercera o cuarta entrada de nuestro partido de esa tarde, vi a Mary Hudson desde la primera base. Estaba sentada en un banco a unos setenta metros a mi izquierda, hecha un sandwich entre dos niñeras con cochecitos de niño. Llevaba su abrigo de castor, fumaba un cigarrillo y daba la impresión de estar mirando en dirección a nuestro campo. Me emocioné con mi descubrimiento y le grité la información al Jefe, que se hallaba detrás del pitcher. Se me acercó apresuradamente, sin llegar a correr.

—¿Dónde?—preguntó.

Volví a señalar con el dedo. Miró un segundo en esa dirección, después dijo que volvía en seguida y salió del campo. Se alejó lentamente, abriéndose el abrigo y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Me senté en la primera base y observé.

Cuando el Jefe alcanzó a Mary Hudson, su abrigo estaba abrochado nuevamente y las manos colgaban a los lados.

Estuvo de pie frente a ella unos cinco minutos, al parecer hablándole. Después Mary Hudson se incorporó y los dos caminaron hacia el campo de béisbol. No hablaron ni se miraron. Cuando estuvieron en el campo, el Jefe ocupó su posición detrás del pitcher.

—¿Ella no va a jugar?—le grité.

Me dijo que cerrara el pico. Me callé la boca y contemplé a Mary Hudson. Caminó lentamente por detrás de la base, con las manos en los bolsillos de su abrigo de castor, y por último se sentó en un banquillo mal situado cerca de la tercera base. Encendió otro cigarrillo y cruzó las piernas.

Cuando los Guerreros estaban bateando, me acerqué a su asiento y le pregunté si le gustaría jugar en el ala izquierda. Dijo que no con la cabeza. Le pregunté si estaba resfriada. Otra vez negó con la cabeza. Le dije que no tenía a nadie que jugara en el ala izquierda. Que tenía al mismo muchacho jugando en el centro y en el ala izquierda. Toda esta información no encontró eco. Arrojé mi guante al aire, tratando de que aterrizara sobre mi cabeza, pero cayó en un charco de barro. Lo limpié en los pantalones y le pregunté a Mary Hudson si quería venir a mi casa a comer alguna vez. Le dije que el Jefe iba con frecuencia.

—Déjame—dijo—. Por favor, déjame.

La miré sorprendido, luego me fui caminando hacia el banco de los Guerreros, sacando entretanto una mandarina del bolsillo y arrojándola al aire. Más o menos a la mitad de la línea de foul de la tercera base, giré en redondo y empecé a caminar hacia atrás, contemplando a Mary Hudson y atrapando la mandarina. No tenía idea de lo que pasaba entre el Jefe y Mary Hudson (y aún no la tengo, salvo de una manera muy somera, intuitiva), pero no podía ser mayor mi certeza de que Mary Hudson había abandonado el equipo comanche para siempre. Era el tipo de certeza total, por independiente que fuera de la suma de sus factores, que hacía especialmente arriesgado caminar hacia atrás, y de pronto choqué de lleno con un cochecito de niño.

Después de una entrada más, la luz era mala para jugar. Suspendimos el partido y empezamos a recoger todos nuestros bártulos. La última vez que vi con claridad a Mary Hudson estaba llorando cerca de la tercera base. El Jefe la había tomado de la manga de su abrigo de castor, pero ella lo esquivaba. Abandonó el campo y empezó a correr por el caminito de cemento y siguió corriendo hasta que se perdió de vista.

El Jefe no intentó seguirla. Se limitó a permanecer de pie, mirándola mientras desaparecía. Luego se volvió caminó hasta la base y recogió los dos bates; siempre dejábamos que él llevara las bates. Me acerqué y le pregunté si él y Mary Hudson se habían peleado. Me dijo que me metiera la camisa dentro del pantalón.

Como siempre, todos los comanches corrimos los últimos metros hasta el autobús estacionado gritando, empujándonos, probando llaves de lucha libre, aunque todos muy conscientes de que había llegado la hora de otro capítulo de «El hombre que ríe».

Cruzando la Quinta Avenida a la carrera, alguien dejó caer un jersey y yo tropecé con él y me caí de bruces. Llegué al autobús cuando ya estaban ocupados los mejores asientos y tuve que sentarme en el centro. Fastidiado, le di al chico que estaba a mi derecha un codazo en las costillas y luego me volví para ver al Jefe, que cruzaba la Quinta Avenida. Todavía no había oscurecido, pero había esa penumbra de las cinco y cuarto. El Jefe atravesó la calle con el cuello del abrigo levantado y los bates debajo del brazo izquierdo, concentrado en el cruce de la calle. Su pelo negro peinado con agua al comienzo del día, ahora se había secado y el viento lo arremolinaba. Recuerdo haber deseado que el Jefe tuviera guantes.

El autobús, como de costumbre, estaba silencioso cuando él subió, por lo menos relativamente silencioso, como un teatro cuando van apagándose las luces de la sala. Las conversaciones se extinguieron en un rápido susurro o se cortaron de raíz. Sin embargo, lo primero que nos dijo el Jefe fue:

—Bueno, basta de ruido, o no hay cuento.

Instantáneamente, el autobús fue invadido por un silencio incondicional, que no le dejó otra alternativa que ocupar su acostumbrada posición de narrador.

Entonces sacó un pañuelo y se sonó la nariz, metódicamente, un lado cada vez. Lo observamos con paciencia y hasta con cierto interés de espectador. Cuando terminó con el pañuelo, lo plegó cuidadosamente en cuatro y volvió a guardarlo en el bolsillo. Después nos contó el nuevo episodio de «El hombre que ríe». En total, sólo duró cinco minutos.

Cuatro de las balas de Dufarge alcanzaron al «hombre que ríe», dos de ellas en el corazón. Dufarge, que aún se tapaba los ojos con la mano para no verle la cara, se alegró mucho cuando oyó un extraño gemido agónico que salía de su víctima. Con el maligno corazón latiéndole fuerte corrió junto a su hija y la reanimó. Los dos, llenos de regocijo y con el coraje de los cobardes, se atrevieron entonces a contemplar el rostro del «hombre que ríe». Su cabeza estaba caída como la de un muerto, inclinada sobre su pecho ensangrentado. Lentamente, con avidez, padre e hija avanzaron para inspeccionar su obra. Pero los esperaba una sorpresa enorme. El «hombre que ríe», lejos de estar muerto, contraía de un modo secreto los músculos de su abdomen. Cuando los Dufarge se acercaron lo suficiente, alzó de pronto la cabeza, lanzó una carcajada terrible, y, con limpieza y hasta con minucia, regurgitó las cuatro balas. El efecto de esta hazaña sobre los Dufarge fue tan grande que sus corazones estallaron, y cayeron muertos a los pies del «hombre que ríe».

(De todos modos, si el capítulo iba a ser corto, podría haber terminado ahí. Los comanches se las podían haber ingeniado para racionalizar la muerte de los Dufarge. Pero no terminó ahí.)

Pasaban los días y el «hombre que ríe» seguía atado al árbol con el alambre de espinos mientras a sus pies los Dufarge se descomponían lentamente. Sangrando profusamente y sin su dosis de sangre de águila, nunca se había visto tan cerca de la muerte. Hasta que un día, con voz ronca, pero elocuente, pidió ayuda a los animales del bosque. Les ordenó que trajeran a Omba, el enano amoroso. Y así lo hicieron. Pero el viaje de ida y vuelta por la frontera entre París y la China era largo, y cuando Omba llegó con un equipo medico y una provisión de sangre de águila el «hombre que ríe» ya había entrado en coma. El primer gesto piadoso de Omba fue recuperar la máscara de su amo, que había ido a parar sobre el torso cubierto de gusanos de Mademoiselle Dufarge. La colocó respetuosamente sobre las horribles facciones y procedió a curar las heridas.

Cuando al fin se abrieron los pequeños ojos del «hombre que ríe», Omba acercó afanosamente el vaso de sangre de águila hasta la máscara. Pero el «hombre que ríe» no quiso beberla. En cambio, pronunció débilmente el nombre de su querido Ala Negra. Omba inclinó su cabeza levemente contorsionada y reveló a su amo que los Dufarge habían matado a Ala Negra. Un último suspiro de pena, extraño y desgarrador, partió del pecho del «hombre que ríe». Extendió débilmente la mano, tomó el vaso de sangre de águila y lo hizo añicos en su puño. La poca sangre que le quedaba corrió por su muñeca. Ordenó a Omba que mirara hacia otro lado y Omba, sollozando, obedeció. El último gesto del «hombre que ríe», antes de hundir su cara en el suelo ensangrentado, fue el de arrancarse la máscara.

Ahí terminó el cuento, por supuesto. (Nunca habría de repetirse.) El Jefe puso en marcha el autobús. Frente a mí al otro lado del pasillo, Billy Walsh, el más pequeño de los comanches, se echó a llorar. Nadie le dijo que se callara. En cuanto a mí, recuerdo que me temblaban las rodillas.

Unos minutos más tarde, cuando bajé del autobús del Jefe, lo primero que vi fue un trozo de papel rojo que el viento agitaba contra la base de un farol de la calle. Parecía una máscara de pétalos de amapola. Llegué a casa con los dientes castañeteándome convulsivamente, y me dijeron que me fuera derecho a la cama.



PARA ESMÉ, CON AMOR Y SORDIDEZ

Hace poco recibí por vía aérea una invitación para asistir a una boda que se celebrará en Inglaterra el dieciocho de abril. Me hubiera gustado mucho asistir y, al principio, cuando llegó la invitación, pensé que tal vez podría realizar el viaje, por avión, sin reparar en gastos. Pero desde entonces he tratado el asunto bastante detenidamente con mi mujer —una chica muy sensata— y decidimos que no iría; simplemente, había olvidado por completo que mi suegra esperaba ansiosamente el momento de pasar con nosotros la segunda quincena de abril. En realidad, no tengo demasiadas oportunidades de ver a mamá Grencher, y ella cada día es un poco mayor. Tiene cincuenta y ocho años (como ella misma es la primera en confesar).

Pero, de todos modos, donde quiera que esté, no soy de las personas que no mueven un dedo para evitar que fracase una boda. Así que puse manos a la obra e hice algunos reveladores apuntes sobre la novia tal como la conocí hace ya casi seis años. Si estos apuntes le proporcionan al novio, a quien no conozco, uno o dos momentos de malestar, tanto mejor. Aquí nadie intenta complacer a nadie, sino más bien edificar, instruir.

En abril de 1944 yo formaba parte de un grupo de unos reclutas norteamericanos que participaban en un curso de entrenamiento «pre—invasión», bastante especializado, bajo la dirección del Servicio de Inteligencia inglés, en Devon, Inglaterra. Cuando me pongo a pensar en el grupo creo que todos éramos bastante singulares, en el sentido de que no había un sólo tipo sociable. Todos éramos por naturaleza escritores de cartas, y cuando nos hablábamos por motivos ajenos al servicio, casi siempre era para pedirle a alguien un poco de tinta que no le hiciera falta. Cuando no estábamos escribiendo cartas o asistiendo a clase, cada uno andaba generalmente en lo suyo. Yo aprovechaba los días buenos para dar vueltas por los alrededores. Cuando llovía buscaba un lugar a cubierto y me ponía a leer algún libro, a veces a pocos pasos de una mesa de ping—pong

El curso de entrenamiento duró tres semanas y terminó un sábado especialmente lluvioso. A las siete de la tarde todo nuestro grupo debía tomar el tren a Londres, donde, según se rumoreaba, íbamos a ser destinados a las divisiones de infantería y de paracaidistas organizadas para el día de la invasión. A las tres de la tarde ya había guardado todas mis pertenencias en mi macuto, incluyendo una funda para máscara anti—gas repleta de libros que yo había traído conmigo desde el otro lado del océano. (La máscara anti—gas había sido arrojada unas semanas antes por un ojo de buey del Mauretania, pues yo sabía perfectamente que si el enemigo, alguna vez, llegaba a emplear gases asfixiantes, jamás podría ponerme a tiempo el maldito aparato.) Recuerdo haberme quedado de pie durante mucho tiempo junto a la ventana en un extremo de nuestro barracón, mirando caer la lluvia inclinada y pertinaz, con un ligero escozor apenas o nada perceptible en el dedo del gatillo. Podía oír a mis espaldas el poco acogedor rasgar de muchas estilográficas sobre muchas hojas de papel de avión. De pronto, sin tener un plan definido, me aparté de la ventana y me puse el impermeable, la bufanda de cachemira, las botas de agua, los guantes de lana y el gorro (el cual, según me dijeron, yo llevaba con una inclinación particular, ligeramente hundido sobre las orejas). Acto seguido, después de sincronizar mi reloj con el de la letrina, me dirigí hacia el pueblo bajando por la larga cuesta adoquinada, mojada por la lluvia. No presté atención a los relámpagos que estallaban a mi alrededor. Los rayos o están destinados a uno, o no lo están.

En el centro del pueblo, tal vez la parte más mojada del lugar, me detuve frente a una iglesia para leer los avisos de la pizarra, porque me habían llamado la atención los números, blancos sobre fondo negro, y también porque, al cabo de tres años de ejército, me había aficionado a leer los avisos de las pizarras. A las tres y cuarto, decía el anuncio, iba a ensayar el coro infantil. Miré mi reloj, y después otra vez la pizarra. Habían clavado con chinchetas una hoja de papel con los nombres de los niños que debían participar. De pie bajo la lluvia leí todos los nombres y luego entré en la iglesia.

Sentados en los bancos había más o menos una docena de adultos, la mayoría de ellos con pequeñas botas de agua sobre las rodillas, con las suelas hacia arriba. Pasé de largo y me senté en la primera fila. Sobre el podio, sentados en tres filas compactas de sillas, había unos veinte chicos, la mayoría niñas, de siete a trece años de edad, más o menos. En ese momento la instructora del coro, una mujer enorme con un traje de tweed, les aconsejaba que al cantar abrieran la boca todo lo posible. ¿Alguna vez, preguntó, alguien oyó hablar de algún pajarito que se atreviera a cantar su hermoso canto sin abrir su piquito mucho, mucho, mucho? Al parecer, nadie había oído hablar nunca de tal cosa. La mujer recibió como respuesta una mirada colectiva firme y opaca. Luego continuó diciendo que quería que todos sus niños captaran el significado de las palabras que cantaban, y que no se limitaran a repetirlas como loritos. En seguida hizo sonar una nota en el diapasón y los chicos, como si fuesen levantadores de pesas, alzaron sus libros de himnos.

Cantaron sin acompañamiento instrumental o, más exactamente, sin interferencias. Sus voces eran melodiosas y sin sentimiento. Posiblemente un hombre más religioso que yo hubiera caído en trance sin demasiado esfuerzo. Alguno que otro de los más pequeños se retrasaba un poco, pero únicamente la madre del compositor se lo hubiera reprochado. Nunca hasta entonces había oído ese himno, pero estaba deseando que tuviera una docena o más de estrofas. Mientras escuchaba, escudriñé las caras de todos los niños. Me atrajo particularmente la atención la de la niña más próxima a mí, situada en el último asiento de la fila de delante. Tendría unos trece años, con un pelo rubio ceniciento que le caía hasta el lóbulo de la oreja, una frente exquisita y unos ojos aburridos que, pensé, muy posiblemente ya habrían hecho el recuento de los que estaban presentes en la sala. Su voz se destacaba de la de los otros chicos, y no solamente porque estaba más cerca de mí. Tenía el mejor registro alto, el más seguro, el más dulce, y automáticamente guiaba a los demás. Pero la jovencita parecía estar levemente hastiada de su propia capacidad para cantar, o tal vez simplemente de estar allí. Dos veces, entre una estrofa y otra, la vi bostezar. Era un bostezo de dama, con la boca cerrada, pero uno no podía equivocarse: las aletas de la nariz la delataban.

Apenas terminó el himno, la instructora empezó a dar su extensa opinión sobre la gente que no puede tener los pies quietos y la boca cerrada durante el sermón del pastor. Comprendí que había terminado la parte cantada de la función y antes de que la voz disonante de la instructora lograra romper del todo el hechizo del canto de los niños, me levanté y salí de la iglesia.

Llovía con más fuerza. Bajé por la calle y miré a través de la vidriera de la sala de juegos de la Cruz Roja, pero había soldados agolpados de a tres en fondo frente al mostrador. Incluso a través del cristal podía oír las pelotas de ping—pong que rebotaban en la otra habitación. Crucé la calle y entré en una cafetería de civiles, totalmente desierta salvo una camarera de mediana edad que me dio la sensación de que hubiera preferido un cliente con el impermeable seco. Lo colgué con el máximo cuidado de un perchero y después me senté a una mesa y pedí té y tostadas con canela. Era la primera vez que hablaba con alguien en todo el día. Después hurgué en todos mis bolsillos, incluso los del impermeable, y por fin encontré dos o tres cartas marchitas para releer, una de mi mujer, que contaba qué mal estaba el servicio en el restaurante de Schrafft's, y una de mi suegra, que pedía que por favor le mandara un tejido de cachemira en cuanto pudiera escaparme del «campamento».

Estaba todavía en mi primera taza de té, cuando entró en la cafetería la jovencita del coro que yo había estado mirando y escuchando. Traía el pelo empapado y se le veían los bordes de ambas orejas. Venía con un niño muy pequeño, sin ninguna duda su hermano, al que le quitó el gorro, levantándolo con dos dedos, como si fuera un espécimen de laboratorio. Atrás venía una mujer de aspecto eficiente, con un sombrero de fieltro de ala baja, presuntamente su institutriz. La chica del coro, quitándose el abrigo mientras caminaba, eligió la mesa. Una buena elección desde mi punto de vista, ya que estaba justamente frente a mí, a unos tres metros. Ella y la institutriz se sentaron. El chiquillo, que tendría cinco años, aún no estaba listo para sentarse. Se apartó y se quitó la bufanda, luego, con la expresión impávida de quien ha nacido para fastidiar a los demás, se dispuso metódicamente a molestar a la institutriz empujando varias veces su silla hacia delante y hacia atrás, mientras la observaba atentamente. La institutriz, sin levantar la voz, le ordenó dos o tres veces que se sentara y que, de una vez por todas, dejara de jorobar, pero sólo cuando le habló su hermana desistió y depositó el trasero en el asiento. Inmediatamente tomó la servilleta y se la puso en la cabeza. Su hermana la recogió, la abrió y se la colocó extendida sobre los muslos.

Cuando les trajeron el té, la jovencita del coro descubrió que yo los estaba mirando. Me miró a su vez fijamente, con esos ojos escrutadores que tenía, y luego, de pronto, me dedicó una pequeña y especial sonrisa. Era una sonrisa curiosamente radiante, como a veces lo son esas pequeñas y especiales sonrisas. Yo le respondí con otra sonrisa, mucho menos radiante, tapándome con el labio superior un empaste provisional, negro como el carbón, que me habían hecho en el ejército entre dos dientes delanteros. De pronto me di cuenta de que la jovencita estaba de pie, con envidiable aplomo, junto a mi mesa. Tenía puesto un vestido escocés, creo que con los colores del clan Campbell. Me pareció un vestido maravilloso para una señorita tan joven en un día tan, tan lluvioso.

—Creía que los norteamericanos odiaban el té.

No era la observación de una marisabidilla, sino de una persona que amaba la verdad o las estadísticas. Le dije que algunos no tomábamos nada más que té. Le pregunté si quería acompañarme. Respondió:

—Gracias. Tal vez sólo por un momento.

Me incorporé y le retiré una silla, la que estaba frente a mí, y se sentó en el borde, manteniendo la columna dorsal fácil y primorosamente derecha. Volví casi corriendo a mi propia silla, más que dispuesto a participar en la conversación. Aunque una vez sentado no se me ocurrió nada que decir. Sonreí de nuevo, ocultando siempre el empaste renegrido. Comenté que, por cierto, hacía un tiempo terrible fuera.

—Sí, efectivamente—dijo mi invitada, con el tono claro, inconfundible, de quien aborrece la charla intrascendente. Apoyó los dedos en el borde de la mesa, como en una sesión de espiritismo, y luego, casi instantáneamente, cerró las manos: tenía las uñas comidas hasta la carne. Usaba un reloj pulsera de aspecto militar, que parecía más bien un cronómetro marino. La esfera era demasiado grande para su muñeca menuda.

—Usted estuvo presente en el ensayo del coro —dijo a título de mera información—. Yo lo vi.

Dije que efectivamente había estado allí y que había notado cómo su voz se destacaba de las otras. Le dije que en mi opinión su voz era muy bonita.

Asintió con la cabeza:

—Lo sé. Voy a ser cantante profesional.

—¿De veras? ¿Ópera?

—No, por Dios. Voy a cantar jazz en la radio y a ganar mucho dinero. Y cuando tenga treinta años me voy a retirar y viviré en un rancho en Ohio.—Se tocó la coronilla húmeda con la mano abierta—. ¿Conoce Ohio?—preguntó.

Le dije que había pasado por allí en el tren algunas veces, pero que en realidad no lo conocía. Le ofrecí una tostada con canela.

—No, gracias—dijo—. En realidad soy como un pajarito para comer.

Yo mordí una tostada, y le comenté que en los alrededores de Ohio hay algunos sitios bastante salvajes.

—Ya sé. Me lo dijo un norteamericano que conocí. Usted es el undécimo norteamericano que conozco.

La institutriz le hacía ahora apremiantes señales de que volviera a su mesa, en fin, de que dejara de molestar al señor. Mi invitada, no obstante, desplazó tranquilamente su silla dos o tres centímetros de modo que su espalda interrumpió toda posible comunicación con la mesa de origen.

—Usted va a esa escuela del Servicio de Inteligencia ahí, en el cerro, ¿no?—preguntó con displicencia.

Yo, bastante convencido de la necesidad de no hablar de más en tiempos de guerra, dije que estaba en Devonshire por motivos de salud.

—¿De veras? —dijo—. No nací ayer, ¿sabe?

Le dije que, por supuesto, sabía que no había nacido ayer. Bebí un sorbo de té. Me estaba intimidando un poco mi posición y entonces me senté algo más derecho en la silla.

—Para ser norteamericano, parece usted bastante inteligente —murmuró mi invitada, pensativa.

Le dije que eso me parecía una cosa demasiado afectada para decir, si uno lo pensaba un poco, y que yo confiaba en que no fuera digna de ella.

Se sonrojó, proporcionándome automáticamente el aplomo que me había estado faltando.

—En realidad... la mayoría de los americanos que he visto se comportan como animales. Se pasan el tiempo dándose trompazos unos a otros, insultando a todo el mundo y... ¿sabe qué hizo uno de ellos? —Moví negativamente la cabeza.

—Arrojó una botella de whisky vacía a través de la ventana de mi tía. Por suerte, la ventana estaba abierta. Dígame, ¿a usted le parece una cosa inteligente?

No parecía serlo especialmente, pero no se lo dije. Le dije que había muchos soldados, en todo el mundo, que estaban lejos de sus hogares, y que muy pocos habían podido disfrutar verdaderamente de la vida. Le dije que creía que la mayoría de las personas podía imaginárselo por su cuenta.

—Posiblemente —dijo mi invitada, sin convicción. Nuevamente se puso la mano sobre el pelo húmedo, separó algunos rubios y finos mechones y trató de cubrirse los bordes de las orejas—. Tengo el pelo empapado—dijo—. Debo de tener un aspecto horrible. —Me miró—. Mi pelo es completamente ondulado cuando está seco.

—Ya me doy cuenta, ya lo veo.

—En realidad, no rizado, sino ondulado —dijo—. ¿Es usted casado?

Dije que sí.

Asintió con la cabeza.

—¿Está usted profundamente enamorado de su mujer? ¿Le estoy haciendo preguntas demasiado indiscretas?

Le dije que cuando considerara que lo eran, se lo diría.

Adelantó las manos y las muñecas hacia el centro de la mesa, y recuerdo que quise hacer algo con ese enorme reloj pulsera que llevaba puesto... posiblemente aconsejarle que se lo pusiera en la cintura.

—Por lo general, no soy muy gregaria—dijo, y me miró como tratando de ver si yo conocía el significado de la palabra. Yo no le di a entender nada sin embargo, ni en un sentido ni en otro—. Me acerqué pura y simplemente porque parecía estar usted muy solo. Se le ve en el rostro que es muy sensible.

Dije que tenía razón, que efectivamente me había sentido muy solo, y que me alegraba mucho de que ella hubiera venido a mi mesa.

—Estoy tratando de ser más compasiva. Mi tía dice que soy terriblemente fría —dijo, y de nuevo se tocó la cabeza—. Vivo con mi tía. Es una mujer sumamente bondadosa. Desde que murió mamá, ha hecho todo lo posible para que Charles y yo nos sintamos adaptados.

—Me alegro.

—Mi madre era terriblemente inteligente. Muy sensual, en muchos sentidos. —Me miró con una especie de fresca agudeza—. ¿Yo le parezco terriblemente fría?

Le dije que no, en absoluto, muy al contrario. Le dije mi nombre y le pregunté el suyo.

Vaciló.

—Mi primer nombre es Esmé. Creo que, por el momento, no voy a decirle mi nombre completo. Tengo un título nobiliario y a lo mejor a usted le impresionan los títulos. A los norteamericanos les suele ocurrir, ¿no es cierto?

Dije que no creía que me ocurriera a mí, pero que, de todos modos, podría ser una buena idea no tocar el asunto del título por ahora.

En ese preciso momento, sentía el cálido aliento de alguien en mi nuca. Me volví, y pude evitar a tiempo un choque entre mi nariz y la del hermanito de Esmé.

Ignorándome, el chico se dirigió a su hermana con una voz atiplada:

—La señorita Megley dice que vuelvas y termines de tomar el té. —Transmitido el mensaje, se instaló en la silla que estaba entre su hermana y la mía, a mi derecha. Lo miré con bastante interés. Estaba muy elegante con unos pantalones cortos castaños, jersey azul marino, camisa blanca y corbata a rayas. Me devolvió la mirada con unos inmensos ojos verdes—. ¿Por qué en las películas la gente besa de lado?—preguntó.

—¿De lado? —dije—. Era un problema que me había intrigado en mi infancia. Dije que suponía que era porque las narices de los actores resultan demasiado grandes como para que puedan besarse de frente.

—Su nombre es Charles —dijo Esmé—. Es sumamente brillante para su edad.

—La verdad es que tiene los ojos verdes. ¿No es así Charles?—dije yo.

Me clavó la impávida mirada que merecía mi pregunta y después se fue escurriendo hacia delante y hacia abajo en la silla hasta que todo su cuerpo quedó debajo de la mesa salvo la cabeza, apoyada sobre el asiento, como en una llave de lucha grecorromana.

—Son anaranjados—dijo, con voz forzada, dirigiéndose al cielo raso. Con una punta del mantel se cubrió la carita inexpresiva.

—A veces es brillante y a veces no —dijo Esmé—. ¡Charles, siéntate derecho!

Charles se quedó donde estaba. Parecía contener la respiración.

—Echa mucho de menos a nuestro padre. Lo mataron en África del Norte.

Expresé mi pesar por la noticia.

Esme asintió.

—Papá lo adoraba.—Con aire pensativo se mordió la cutícula del pulgar—. Se parece mucho a mi madre, Charles, quiero decir. Yo soy idéntica a mi padre—siguió mordiéndose la cutícula—. Mi madre era muy apasionada. Tenía un carácter extravertido. Papá era introvertido. Aunque hacían una buena pareja, por lo menos en apariencia. Para serle sincera, papá necesitaba una compañera más intelectual que mamá. Él fue un genio extraordinariamente dotado.

Esperé más información con la mejor voluntad, pero no continuó. Miré hacia abajo a Charles, que apoyaba ahora la mejilla en el asiento. Cuando vio que yo lo miraba, cerró los ojos en forma soñadora, angelical, y después me sacó la lengua—un apéndice de sorprendente longitud—e hizo un ruido que en mi país hubiera sido un glorioso tributo a un árbitro de béisbol miope. El ruido sacudió totalmente la cafetería.

—Basta ya—dijo Esmé, con evidente calma—. Se lo vio hacer a un americano en una cola para comprar pescado frito con patatas, y ahora lo hace cada vez que se aburre. Basta ya, o te mando ahora mismo con la señorita Megley.

Charles abrió sus enormes ojos como señal de que había escuchado la amenaza de su hermana, pero por lo demás no se dio por enterado. Cerró de nuevo los ojos y siguió apoyando la mejilla sobre el asiento.

Yo comenté que a lo mejor debería conservarlo—refiriéndome al ruido propio del Bronx que había hecho con la boca—hasta que empezara a usar su título nobiliario con regularidad. Siempre, claro está, que él también tuviera un título.

Esmé me dirigió una larga mirada, levemente clínica.

—Usted tiene un sentido del humor muy particular, ¿no es así?—dijo con un deje nostálgico—. Papá decía que yo no tengo ningún sentido del humor. Solía decir que no estaba preparada para afrontar la vida porque me faltaba sentido del humor.

Encendí un cigarrillo sin dejar de mirarla y dije que no creía que el sentido del humor sirviera de algo en una situación verdaderamente apurada.

—Papá decía que sí.

Era una declaración de fe, no una contradicción, de modo que en seguida cambié de opinión. Asentí con la cabeza y dije que seguramente la visión de su padre era de largo alcance, mientras que la mía era de corto alcance (cualquiera que esto significase).

—Charles lo echa muchísimo en falta—dijo Esmé, al cabo de un rato—. Era un hombre sumamente encantador y además muy guapo. Claro que la apariencia no tiene mucha importancia, pero él era muy apuesto. Tenía unos ojos terriblemente penetrantes, pese a ser un hombre intrínsecamente bondadoso.

Asentí. Dije que suponía que su padre tenía un vocabulario fuera de lo común.

—Oh, sí, totalmente—dijo Esmé—. Era archivero... aficionado, por supuesto.

En ese momento sentí una palmada inoportuna en el brazo, casi un puñetazo, que provenía de donde estaba Charles. Me volví hacia él. Ahora estaba sentado casi normalmente en su silla, salvo que tenía una pierna recogida.

—¿Qué le dijo una pared a la otra pared?—chilló—. ¡Es una adivinanza!

Levante la mirada hacia el techo en actitud pensativa y repetí la pregunta en voz alta. Después miré a Charles con expresión resignada y dije que me daba por vencido.

—¡Nos encontraremos en la esquina!—fue la respuesta, enunciada a todo volumen.

El que más festejó el chiste fue el propio Charles. Le pareció intolerablemente gracioso. Tanto, que Esmé se vio obligada a acercarse para golpearlo en la espalda, como si hubiera tenido un acceso de tos.

—Bueno, basta—le dijo. Volvió a su asiento—. Le cuenta esa adivinanza a todo el mundo y siempre le da un ataque. Generalmente, cuando ríe babea. Bueno, basta, por favor.

—Sin embargo, es una de las mejores adivinanzas que me han contado—dije, mirando a Charles, que se iba recuperando poco a poco.

Como respuesta a mi cumplido, se hundió bastante más en su asiento y volvió a taparse la cara hasta la nariz con una punta del mantel. Entonces me miró con esos ojos llenos de una risa que se calmaba gradualmente, y del orgullo de quien sabe una o dos adivinanzas realmente buenas.

—¿Me permite preguntarle qué hacía antes de incorporarse al ejército?—me preguntó Esmé.

Dije que no había hecho nada, que había salido de la universidad hacía apenas un año, pero que me gustaba considerarme un escritor de cuentos profesional.

Asintió cortésmente.

—¿Ha publicado algo?—me preguntó.

Era una pregunta familiar que siempre daba en la llaga, y que no se contestaba así como así. Empecé a explicarle que en los Estados Unidos todos los editores eran una banda de...

—Mi padre escribía maravillosamente—interrumpió Esmé—. Estoy guardando algunas de sus cartas para la posteridad.

Dije que me parecía una excelente idea. Yo, casualmente, estaba mirando otra vez su enorme reloj parecido a un cronómetro. Le pregunté si había pertenecido a su padre.

Miró su muñeca con solemnidad.

—Sí, era suyo—dijo—. Me lo dio poco antes de que Charles y yo fuéramos evacuados.—Automáticamente retiró las manos de la mesa, mientras decía—: Puramente como un recuerdo, por supuesto.—Cambió de tema—. Me sentiría muy halagada si alguna vez usted escribiera un cuento especialmente para mí. Soy una lectora insaciable.

Le dije que lo haría, sin duda, siempre que pudiera. Dije que no era un autor demasiado prolífico.

—¡No tiene por qué ser prolífico! ¡Basta que no sea estúpido e infantil! —Recapacitó y dijo—: Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez.

—¿De qué?—dije, inclinándome hacia adelante.

—De la sordidez. Estoy sumamente interesada en la sordidez.

Estaba a punto de pedirle mayores detalles, pero sentí que Charles me pellizcaba con fuerza en el brazo. Me volví haciendo una leve mueca de dolor. Estaba de pie a mi lado.

—¿Qué le dijo una pared a la otra?—preguntó, sin demasiada originalidad.

—Ya se lo preguntaste—dijo Esmé—. Ahora basta.

Sin hacer caso de su hermana y pisando uno de mis pies, Charles repitió la pregunta clave. Observé que el nudo de su corbata no estaba correctamente ajustado. Lo deslicé hasta su lugar y después, mirándolo fijo, sugerí:

—¿Te encuentro en la esquina?

Apenas terminé de decirlo me arrepentí. La boca de Charles se abrió de golpe. Tuve la sensación de habérsela abierto yo de una bofetada. Se bajó de mi pie y, con furibunda dignidad, se dirigió hacia su mesa sin volver la vista.

—Está furioso—dijo Esmé—. Tiene un carácter violento. Mi madre tendía a malcriarlo. Mi padre era el único que no lo malcriaba.

Yo seguía mirando a Charles, que se había sentado y empezaba a tomar su té, sosteniendo la taza con las dos manos. Tuve la esperanza de que se volviera, pero no lo hizo.

Esmé se puso de pie.

—Il faut que je parte aussi—dijo, suspirando—. ¿Usted habla francés?

Me puse de pie con una mezcla de confusión y pesar. Esmé y yo nos dimos la mano; la suya, como había sospechado, era una mano nerviosa, con la palma húmeda. Le dije, en inglés, cuánto había disfrutado de su compañía.

Asintió con la cabeza.

—Pensé que sería así—dijo—. Soy bastante comunicativa para mi edad.—Se tanteó otra vez el pelo—. Lamento mucho lo de mi pelo—dijo—. Debo tener un aspecto horrible.

—¡En absoluto! Creo que las ondas se están formando de nuevo.

De nuevo se tocó rápidamente el pelo.

—¿Cree que volverá aquí en un futuro inmediato? —preguntó—. Venimos todos los domingos, después de los ensayos del coro.

Contesté que nada hubiera podido resultarme más agradable, pero que, por desgracia, estaba seguro de que ya no volvería.

—En otras palabras, no puede hablar sobre movimientos de tropas—dijo Esmé.

No hizo ningún ademán de alejarse de la mesa. Sólo cruzó un pie sobre el otro y, mirando hacia abajo, alineó las puntas de los zapatos. Fue un hermoso gesto, ya que llevaba calcetines blancos, y sus pies y tobillos eran encantadores. De pronto me miró.

—¿Le gustaría que yo le escribiera?—dijo, con las mejillas ligeramente ruborizadas—. Escribo cartas muy bien redactadas para alguien de mi...

—Me encantaría—dije. Saqué lápiz y papel y anoté mi nombre, grado, matrícula, y número de correo militar.

—Yo le escribiré primero—dijo ella tomando el papel—, para que usted no se sienta comprometido en modo alguno.—Guardó la dirección en un bolsillo del vestido—. Adiós—dijo, y volvió a la mesa.

Pedí otra taza de té y permanecí sentado mirándolos hasta que, junto a la atribulada señorita Megley, se pusieron de pie para marchar. Charles iba delante, renqueando trágicamente como un hombre que tiene una pierna mucho más corta que la otra. No miró hacia mí. Después salió la señorita Megley, y a continuación Esmé, que me saludó con una mano como despedida. Le devolví el saludo, incorporándome a medias. Fue un momento de extraña emoción para mí.

No había pasado un minuto cuando Esmé volvió a entrar en la cafetería, arrastrando a Charles por la manga de su impermeable.

—Charles quiere darle un beso de despedida—dijo.

Inmediatamente dejé mi taza en la mesa, y dije que era un gesto muy simpático por su parte, pero ¿estaba segura?

—Sí—dijo, con cierto tono amenazador.

Soltó la manga de Charles y le dio un riguroso empujón hacia mí. Charles se adelantó, con la cara lívida de furia, y me dio un beso sonoro y húmedo, justo debajo de la oreja derecha. Superada esta prueba, se encaminó velozmente hacia la puerta y hacia formas menos sentimentales de vida, pero alcancé a tomarlo del cinturón del impermeable, lo retuve un instante y le dije:

—¿Qué le dijo una pared a la otra?

Su cara se iluminó.

—¡Nos encontraremos en la esquina!—chilló, y salió corriendo de la cafetería, posiblemente histérico.

Esmé estaba de pie otra vez con los tobillos cruzados.

—¿Seguro que no se va a olvidar de escribirme ese cuento?—preguntó—. No hace falta que sea exclusivamente para mí. Puede...

Le dije que era imposible que me olvidara. Le dije que nunca había escrito un cuento para nadie en especial, pero que al parecer había llegado el momento de hacerlo.

—Que sea muy sórdido y conmovedor—sugirió—. ¿Ha conocido cosas sórdidas?

Le dije que no muchas, pero que cada vez iba conociendo más, de una manera u otra, y que haría todo lo posible para cumplir con sus deseos. Nos dimos la mano.

—¿No es una lástima que no nos hayamos conocido en circunstancias menos apremiantes?

Le dije que sí, que realmente era una lástima.

—Adiós—dijo Esmé—. Espero que regrese de la guerra con todas sus facultades intactas.

Le di las gracias, añadí algo más y después la vi salir de la cafetería. Se fue despacio, como meditando, mientras se tocaba el pelo para ver si estaba seco.

Ésta es la parte sórdida o emotiva del relato, y la escena cambia. Los personajes también cambian. Yo todavía ando por este mundo, pero de aquí en adelante, por motivos que no me es permitido revelar, me he disfrazado con tanta astucia que ni el lector más inteligente podrá reconocerme.

Eran alrededor de las diez y media de la noche en Gaufurt, Baviera, varias semanas después del Día de la Victoria. El sargento X estaba en su habitación, en el segundo piso de una casa de civiles donde él y otros nueve soldados americanos habían sido alojados ya antes del armisticio. Estaba sentado en una silla plegable de madera, frente a un pequeño y revuelto escritorio, tratando de leer, con enorme dificultad, una novela de bolsillo. La dificultad estaba en él, no en la novela. Aunque los soldados del primer piso eran generalmente los primeros en apoderarse de los libros que el Servicio Especial enviaba todos los meses, siempre parecían dejarle a X el libro que él mismo hubiera elegido. Pero era un joven que no había salido de la guerra con todas sus facultades intactas; hacía más de una hora que leía cada párrafo tres veces, y ahora estaba haciendo lo mismo frase por frase. De pronto cerró el libro, sin señalar la página. Por un instante se protegió los ojos con la mano del duro e intenso brillo de la lámpara desnuda que pendía sobre la mesa.

Sacó un cigarrillo del paquete que se hallaba sobre la mesa y lo prendió con dedos que chocaban suave y constantemente entre sí. Se echó un poco hacia atrás en su asiento y fumó sin sentir el gusto. Hacía semanas que fumaba un cigarrillo tras otro. Le sangraban las encías a la menor presión de la punta de la lengua, pero pocas veces dejaba de experimentarlo; era como un juego consigo mismo, a veces durante horas y horas. Se quedó un rato fumando y experimentando. Entonces, de pronto, en la forma ya conocida y sin previo aviso, le pareció sentir que su mente se desplazaba, se bamboleaba como un bulto mal asegurado en el portaequipajes de un tren. En seguida hizo lo que había estado haciendo durante semanas para arreglar las cosas; se apretó fuertemente las sienes con las manos. Durante un momento las mantuvo así. Tenía el pelo sucio y hacía mucho tiempo que no se lo cortaba. Se lo había lavado tres o cuatro veces durante su estancia de dos semanas en el hospital de Francfort, pero se le había vuelto a ensuciar en el largo y polvoriento regreso en jeep a Gaufurt. El cabo Z, que había ido a buscarlo al hospital, aún conducía un jeep de combate, con el parabrisas abatido sobre el capó, hubiera o no armisticio. Había millares de soldados nuevos en Alemania. Al conducir con el parabrisas abatido al estilo de combate, el cabo Z pretendía demostrar que él no era uno de ésos, que por nada del mundo era él un hijo de mala madre recién llegado.

Cuando retiró las manos de la cabeza, X se puso a contemplar la mesa del escritorio, que era una especie de receptáculo con unas dos docenas de cartas sin abrir y por lo menos cinco o seis paquetes, también sin abrir, dirigidos a él. Buscó detrás de los escombros y tomó un libro que estaba contra la pared. Su autor era Goebbels y se llamaba Die Zeit ohne Beispiel. Pertenecía a la hija de la familia, una mujer de treinta y ocho años, soltera, que hasta pocas semanas antes había estado viviendo en la casa. Había sido una funcionaria subalterna del partido nazi, pero de jerarquía suficiente, según las normas del reglamento militar, como para entrar en la categoría de «arresto automático». El propio X la había arrestado. Ahora, por tercera vez desde que había regresado del hospital ese día, abrió el libro de la mujer y leyó la breve anotación en la primera página. Escritas en tinta, en alemán, con una letra pequeña e irremisiblemente sincera, se leían las palabras: «Santo Dios, la vida es un infierno.» Nada más, ni antes ni después. Solas en la página, y en la enfermiza quietud de la habitación, las palabras parecían adquirir dimensiones de una declaración irrefutable y hasta clásica. X contempló la página durante varios minutos, tratando a duras penas de no dejarse engañar. Entonces, con un celo mayor del que había puesto en cualquier otra cosa durante semanas, tomó un lápiz y escribió debajo de la anotación, en inglés: «Padres y maestros, yo me pregunto: "¿qué es el infierno?" Sostengo que es el sufrimiento de no poder amar». Empezó a escribir debajo el nombre de Dostoievski, pero vio—con un temor que le recorrió todo el cuerpo—que lo que había escrito era casi totalmente ilegible. Cerró el libro.

Rápidamente tomó otra de las cosas que se hallaban sobre el escritorio, una carta de su hermano mayor que vivía en Albany. La tenía sobre la mesa ya desde antes de entrar en el hospital. Abrió el sobre con la vaga intención de leer la carta por entero, pero leyó solamente la primera mitad de la primera carilla. Se detuvo después de las palabras: «Ahora que esta guerra de mierda ha terminado y probablemente tengas bastante tiempo libre, ¿qué te parece si les mandas unas bayonetas o unas esvásticas a los chicos?...» Después de romper la carta, miró los pedazos caídos en el fondo de la papelera. Vio que se le habían pasado por alto unas fotos. Pudo distinguir los pies de alguien en algún jardín de algún sitio.

Cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó en ellos la cabeza. Le dolía todo el cuerpo, de pies a cabeza, y todas las zonas doloridas de alguna manera parecían repercutir en otras. Era algo así como un árbol de Navidad con las lucecitas conectadas en serie: si se apagaba una, todas las demás, necesariamente, debían apagarse.

La puerta se abrió violentamente sin que nadie hubiera llamado. X levantó la cabeza, la volvió y vio de pie en la puerta al cabo Z. El cabo Z había sido compañero de jeep y camarada constante de X desde el día mismo del desembarco y a lo largo de cinco campañas. Vivía en el primer piso y por lo general subía a ver a X cuando tenía algunas quejas o algunos rumores que descargar. Era un joven corpulento, fotogénico, de veinticuatro años. Durante la guerra, había posado en el bosque de Hürtgen para una gran revista norteamericana; se había dejado fotografiar, más que complacido, con un enorme pavo del Día de Acción de Gracias en cada mano.

—¿Estás escribiendo cartas? —preguntó—. Madre mía. ¡Por Dios, qué tétrico es esto!—Siempre prefería que estuviera encendida la luz principal de cualquier habitación en la que entrara.

X se volvió en la silla y le pidió que entrara, pero que tuviera cuidado de no pisar al perro.

—¿El qué?

—Alvin. Está justo debajo de tus pies, Clay. ¿Por qué demonios no enciendes esa luz?

Clay encontró el interruptor, lo accionó y después cruzó de una zancada la pequeña habitación, parecida a un desván, y se sentó en el borde de la cama, frente a su anfitrión. De su pelo rojo ladrillo, recién peinado, le goteaba el agua con que se lo había alisado. Del bolsillo derecho de su camisa verde oliva asomaba, con aire familiar, un peine con prendedor como el de una estilográfica. Sobre el bolsillo izquierdo llevaba el distintivo de infante de combate (que, técnicamente, no estaba autorizado a usar), la cinta de servicio en el frente europeo, con cinco estrellas de bronce (en lugar de una de plata, que era el equivalente de cinco de bronce), y la cinta de servicio anterior a Pearl Harbor.

Suspiró profundamente y dijo:

—Santo Dios.

No significaba nada; eran, simplemente, cosas del ejército. Sacó de un bolsillo de la camisa un paquete de cigarrillos, extrajo uno, después guardó el paquete y abrochó la solapa del bolsillo. Mientras fumaba, echó una mirada vacía a su alrededor. Por fin sus ojos se detuvieron en la radio.

—Oye—dijo—, dentro de un par de minutos empieza ese programa bárbaro por la radio, con Bob Hope y todos ésos.

X abrió un nuevo paquete de cigarrillos y dijo que acababa de apagar la radio.

Sin inmutarse, Clay observó a X, que intentaba encender su cigarrillo.

—Diablos—exclamó con el entusiasmo de un espectador—. Tendrías que verte las manos. Tú sí que estás tembleque. ¿Lo sabías?

X logró encender el cigarrillo, asintió y comentó que Clay tenía un ojo de lince para los detalles.

—En serio, chico, casi me desmayo cuando te vi en el hospital. Parecías un asqueroso cadáver. ¿Cuántos kilos perdiste? ¿Cuánto adelgazaste? ¿No sabes?

—No sé. ¿Cómo anduviste de cartas mientras yo estaba allí? ¿Tuviste noticias de Loretta?

Loretta era la chica de Clay. Pensaban casarse en cuanto tuvieran una oportunidad. Le escribía con bastante regularidad, desde un paraíso de triples signos de exclamación y de observaciones inexactas. Durante toda la guerra, Clay había leído esas cartas en voz alta a X, por íntimas que fueran; en verdad, cuanto más íntimas, mejor. Tenía la costumbre, después de cada lectura, de pedir a X que le hiciera un borrador o un bosquejo de la contestación, y que insertara algunas palabras en alemán o francés que impresionaran bien.

—Sí, ayer recibí una carta suya. La tengo abajo en la habitación. Después te la enseño—dijo Clay sin mucho ánimo. Se irguió en la cama, contuvo la respiración y soltó después un eructo largo y resonante. Con aire de estar no demasiado satisfecho con su demostración, volvió a relajarse—. A su hermano de mierda lo dan de baja en la Marina por la cadera. Se descaderó, el hijo de puta.—Se irguió de nuevo e intentó eructar otra vez, pero no tuvo éxito como la vez anterior. De pronto la cara se le iluminó con una pizca de atención—. Eh, antes de que me olvide. Mañana tenemos que levantarnos a las cinco para ir a Hamburgo o a un sitio así. A buscar chaquetillas tipo Eisenhower para todo el regimiento.

X lo miró con hostilidad y dijo que no quería una chaquetilla estilo Eisenhower.

Clay lo miró sorprendido, casi ofendido.

—Pero... son muy buenas. Quedan muy bien. ¿Cómo puede ser?

—No hay motivo. ¿Por qué tenemos que levantarnos a las cinco? La guerra ya terminó, gracias a Dios.

—No sé... Tenemos que volver antes del almuerzo. Trajeron unos formularios nuevos que hay que llenar antes del almuerzo... Le pregunté a Bulling por qué diablos no podíamos llenarlos por la noche. Tiene esos formularios del diablo ahí, en el escritorio. No quiere abrir los sobres, el hijo de puta.

Los dos guardaron un momento de silencio, odiando a Bulling.

De pronto Clay miró a X con renovado interés.

—Eh—dijo—. ¿Sabes que se te mueve endiabladamente todo el costado de la cara?

X dijo que ya lo sabia, y se cubrió el tic con la mano.

Clay lo miró detenidamente un instante, y después dijo con cierta vivacidad, como si fuera portador de alguna noticia excepcionalmente buena:

—Le escribí a Loretta que tuviste un colapso nervioso.

—¿Sí?

—Sí. Todo eso le interesa la hostia. Está a punto de licenciarse en psicología.—Clay se estiró sobre la cama, con zapatos y todo—. ¿Sabes lo que dijo? Dijo que nadie sufría de colapso nervioso simplemente por la guerra. Dice que tú probablemente ya fuiste un desequilibrado durante toda tu perra vida.

X se tapó los ojos con la mano, la luz parecía cegarlo, y dijo que era una maravilla la visión que Loretta tenía de las cosas.

Clay lo miró fijamente.

—Escucha, mal nacido—dijo—. Ella sabe mucho más de psicología que tú.

—¿Podrías molestarte en sacar tus hediondos pies de mi cama?—preguntó X.

Clay dejó los pies donde estaban durante algunos segundos al modo de tú—no—vas—a—decirme—dónde—tengo—que—poner—los—pies, y después los levantó, los apoyó en el suelo y se sentó.

—Me voy abajo, después de todo. En la habitación de Walker tienen encendida la radio.—Aunque no se levantó de la cama—. Oye. Le estaba diciendo a ese nuevo hijo de puta, Bernstein, ahí abajo. ¿Recuerdas la vez que yo y tú fuimos a Valognes en el jeep, y nos bombardearon durante dos endiabladas horas, y ese gato de mierda que yo despache de un tiro cuando estábamos en el pozo y que subió al capó del Jeep? ¿Te acuerdas?

—Sí... no empieces otra vez con ese asunto del gato, Clay. No me interesa escucharlo. ¿Cómo tengo que decírtelo?

—No, lo que quiero decir es que le escribí a Loretta. Ella y todos los alumnos de psicología discutieron el asunto. En clase y todo. Hasta el infeliz del profesor y todos los demás.

—Formidable. Pero no quiero saber nada de eso, Clay.

—No ¿sabes por qué dice Loretta que le pegué un tiro? Dice que yo tenía locura pasajera. En serio. Por el bombardeo y todo eso.

X se pasó los dedos por el pelo sucio y luego volvió a protegerse los ojos de la luz.

—No estabas loco. Estabas cumpliendo con tu deber. Mataste ese gatito en forma tan valiente como cualquier otro en las mismas circunstancias.

Clay lo miró receloso:

—¿De qué diablos estás hablando?

—Ese gato era un espía. Tú tenías que pegarle un tiro. Era un enano alemán muy astuto vestido con un abrigo de piel barato. Así que ahí no había nada brutal, ni cruel, ni sucio, ni siquiera...

—¡Maldita sea! —exclamó Clay, apretando los labios—. ¿No puedes hablar nunca en serio?

De pronto, X sintió náuseas y, girando en su silla, tomó la papelera... Justo a tiempo.

Cuando se incorporó y se volvió de nuevo hacia su huésped, lo encontró de pie, incómodo, a mitad de camino entre la cama y la puerta. X pensó en disculparse, pero cambió de idea, y estiró la mano en busca de sus cigarrillos.

—Vamos, ven abajo a escuchar a Hope por radio, ¿eh? —dijo Clay, manteniéndose a distancia, pero tratando de parecer amistoso—. Te va a sentar bien, te lo aseguro.

—Vete tú, Clay. Yo voy a mirar mi colección de sellos.

—¿En serio? ¿Tienes una colección de sellos? No sabía...

—Estaba bromeando.

Clay dio un par de pasos indecisos hacia la puerta.

—Creo que voy a ir a Ehstadt más tarde—dijo—. Hay baile. Es probable que dure hasta las dos. ¿Quieres venir?

—No, gracias. Puedo practicar unos pasos en mi habitación.

—Bueno... hasta mañana... y cuídate, ¿eh?—La puerta se cerró, pero volvió a abrirse en seguida:—¿Puedo dejarte una carta para Loretta debajo de la puerta? Le puse unas cosas en alemán. ¿Me las corriges?

—Claro que sí. Ahora déjame sólo.

—Está bien. ¿Sabes qué me dijo mi madre en una carta? Que se alegraba de que tú y yo estuviéramos juntos durante toda la guerra. En el mismo jeep y todo. Dice que mis cartas son mucho más inteligentes desde que andamos juntos.

X lo miró de arriba abajo, y después, con un gran esfuerzo, dijo:

—Gracias. Dale las gracias de mi parte.

—Cómo no. ¡Hasta mañana!

La puerta se cerró de un golpe seco, esta vez definitivamente.

X se quedó contemplando la puerta durante un buen rato, después hizo girar la silla hasta ponerla frente al escritorio y levantó del suelo la máquina de escribir portátil. Le hizo sitio sobre el escritorio atestado, empujando a un lado el montón de cartas y paquetes. Pensó que, si escribía una carta a un viejo amigo de Nueva York, sería una buena terapia para él, por leve que fuera. Pero no pudo introducir correctamente el papel en la máquina de tanto como le temblaban las manos. Dejó caer los brazos por un minuto, intentó empezar otra vez, pero terminó por estrujar el papel y arrojarlo a la papelera.

Se dio cuenta de que tenía que sacar la papelera de la habitación, pero no hizo nada, sólo cruzó los brazos sobre la máquina de escribir, apoyó en ellos la cabeza y cerró los ojos.

Unos pocos y angustiosos minutos más tarde, cuando volvió a abrirlos, descubrió que tenía frente a él un paquetito sin abrir, envuelto en papel verde. Probablemente se había caído del montón cuando hizo sitio para la máquina de escribir. Vio que la dirección había sido corregida varias veces. En una sola de las caras del paquete pudo distinguir que habían tachado por lo menos tres de sus números anteriores del correo militar.

Abrió el paquete sin ningún interés, sin mirar siquiera el remitente. Lo abrió quemando el cordel con la llama de un fósforo. Le interesó más ver quemarse el hilo por completo que abrir el paquete, pero por fin lo abrió.

Dentro de la caja había una nota escrita con tinta sobre un objeto pequeño envuelto en papel de seda. Tomó la nota y la leyó.

17, Road,

Devon

7 de junio de 1944

Estimado sargento X:

Espero me disculpará haber tardado 38 días en iniciar nuestra correspondencia, pero he estado muy ocupada porque mi tía tuvo una infección de estreptococos en la garganta y casi se muere, y yo, como es lógico, me he visto abrumada por diversas responsabilidades. Sin embargo, he pensado frecuentemente en usted y en la tarde tan agradable que pasamos en mutua compañía el 30 de abril de 1944, entre las 15.45 y las 16.15 horas, por si usted se hubiera olvidado.

Todos estamos enormemente nerviosos e impresionados por la invasión y nuestra única esperanza es que dé lugar a una rápida terminación de la guerra y de un sistema de existencia que es, por no decir otra cosa, completamente ridículo. Charles y yo estamos muy preocupados por usted; esperamos que no haya estado entre los que hicieron el primer asalto a la península de Cotentín. ¿O sí estuvo? Le ruego que me conteste lo más rápidamente posible. Mis más afectuosos saludos a su esposa.

Sinceramente,

Esmé

P.D. Me tomo la libertad de adjuntarle mi reloj de pulsera, que le ruego conserve mientras duren las hostilidades. No observé durante nuestro breve encuentro si usted llevaba uno, pero éste es sumamente sumergible y a prueba de golpes, además de tener muchas otras virtudes, entre ellas la de poder decir a qué velocidad camina uno, si así lo desea. Estoy completamente segura de que en estos días difíciles usted podrá usarlo con más provecho que yo y que lo aceptará como un talismán.

Charles, a quien estoy enseñando a leer y a escribir y que es un alumno en extremo inteligente, desea agregar unas palabras. Por favor, escriba apenas tenga tiempo y ganas.

hola hola hola hola

hola hola hola hola

recuerdos y besos Charles

Pasó mucho tiempo antes de que X pudiera dejar a un lado la nota, para no mencionar lo que tardó en sacar el reloj de Esmé de la caja. Cuando por fin lo consiguió, vio que en el viaje se había roto el cristal. Se preguntó si además no se habría estropeado, pero le faltó coraje para darle cuerda y comprobarlo. Se limitó a permanecer sentado otro largo rato con el reloj en la mano. Y de pronto, casi en éxtasis, sintió sueño.

Coge a un hombre verdaderamente soñoliento, Esmé, y siempre tendrá una posibilidad de volver a ser un hombre con todas sus fac... con todas sus fa—cul—ta—des intactas.



LINDA BOQUITA Y VERDES MIS OJOS

Cuando sonó el teléfono el hombre de pelo entrecano le preguntó a la chica, con cierta deferencia, si por alguna razón prefería que no atendiera. La chica lo oyó como desde lejos, y dio vuelta la cara hacia él, con un ojo —el que estaba del lado de la luz— totalmente cerrado, y el ojo abierto, aunque capcioso, muy grande, y tan azul que parecía casi violeta. El hombre canoso le pidió que se diera prisa, y ella se incorporó sobre el brazo derecho apenas con la presteza necesaria como para que el movimiento no pareciera negligente. Se apartó el polo de la frente con la mano izquierda y dijo: —Por Dios. Quiero decir, ¿a ti qué te parece? —El hombre canoso dijo que a su juicio no había mucha diferencia entre una cosa y la otra, y pasó la mano izquierda por debajo del brazo en que se apoyaba la chica, deslizando los dedos paulatinamente hacia arriba, por entre las tibias superficies de su pecho y su antebrazo. Extendió la mano derecha hacia el teléfono. Para alcanzarlo sin tantear, tuvo que erguirse un poco más, lo que hizo que su cabeza rozara la pantalla del velador. En ese instante, la luz fue especialmente, netamente halagüeña para su pelo gris, casi totalmente blanco. Aunque desordenado en ese momento, era evidente que se lo había hecho cortar hacía poco, o, más bien, recortar. La nuca y las patillas tenían el corte convencional pero en los costados y arriba el pelo era más bien largo, y resultaba, en realidad, hasta casi "distinguido". —¿Hola? —dijo, con voz sonora. La chica permaneció semiincorporada sobre el antebrazo y lo observó. Sus ojos, simplemente abiertos, más que alerta o pensativos, reflejaban sobre todo su propio tamaño y su color.

Una voz de hombre —remota, de una ligereza brusca, dadas las circunstancias— llegó desde el otro lado:

—¿Lee? ¿Te desperté? El hombre canoso echó una rápida mirada hacia su izquierda, a la chica.

—¿Quién habla? —preguntó—. ¿Arthur?

—Sí... ¿te desperté?

—No, no. Estoy acostado, leyendo. ¿Pasa algo?

—¿Estás seguro de que no te desperté? ¿Lo juras?

—No, no, en absoluto —dijo el hombre canoso—. La verdad es que apenas si duermo un promedio de cuatro horas miserables...

—Te llamo, Lee, porque... ¿No te fijaste a qué hora salió Joanie? ¿No sabes si se fue con los Ellenbogen, por casualidad?

El hombre canoso miró otra vez a la izquierda, pero ahora más alto, más allá de la chica, que lo observaba como podría hacerlo un joven policía irlandés de ojos azules.

—No, Arthur, no vi nada —dijo, con los ojos fijos en la penumbra del otro lado de la habitación donde se juntaban la pared y el cielo raso—. ¿No se fue contigo?

—No, diablos, no. Entonces ¿no la viste salir?

—Bueno, no, en realidad, no la vi, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano—. La verdad es que no vi un comino en toda la noche. Apenas entré me envolvieron en una discusión con ese rufián francés, o vienés, o de dónde demonios sea. Estos infelices de extranjeros siempre están tratando de conseguir un consejo jurídico gratuito. ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Se perdió Joanie?

—¡Dios mío! ¡Vaya a saber! Yo no sé. Tú la conoces, cuando empieza a tomar y a querer divertirse. Yo no sé. A lo mejor casualmente...

—¿Llamaste a los Ellenbogen? —preguntó el hombre canoso.

—Sí. Todavía no llegaron. No sé. Diablos, ¡ni siquiera estoy seguro de que se haya ido con ellos! Pero te digo una cosa, una sola cosa. Basta de romperme la cabeza. En serio. Esta vez lo digo en serio. Estoy harto. Cinco años. ¡Dios mío!

—Bueno, Arthur, ahora trata de tomarlo con un poco de calma —dijo el hombre canoso—. Para empezar, ya sabes cómo son los Ellenbogen. Seguramente se metieron todos en un taxi y se fueron al Village por un par de horas. Es probable que los tres caigan...

—Estoy seguro de que se le empezó a arrimar a algún desgraciado en la cocina. Ya me lo imagino. En cuanto se emborracha empieza a restregarse contra cualquier infeliz en la cocina. Pero basta. Juro por Dios que esta vez va en serio. Cinco años del...

—¿Dónde estás ahora, Arthur? —preguntó el hombre canoso—. ¿En tu casa?

—Sí. En casa. Hogar, dulce hogar. C...

—Bueno, trata de tomarlo con calma ... ¿Qué te pasa? ¿Estás un poco borracho o qué?

—Qué sé yo. ¿Cómo diablos voy a saberlo?

—Bueno, está bien. Ahora escúchame. Tranquilízate, Quédate tranquilo —dijo el hombre canoso—. Tú sabes cómo son los Ellenbogen, por Dios. Lo que sucedió, posiblemente, es que perdieron el último tren. Seguro que en cualquier momento van a caer por ahí los tres, muertos de risa, después de haber estado en algún...

—Se fueron en automóvil.

—¿Cómo lo sabes?

—Por la chica que va a cuidar a los niños. Tuvimos una conversación muy brillante. Toda una comunión espiritual. Como dos asquerosas sardinas en una misma lata.

—Bueno. Bueno. ¿Y eso qué tiene? ¿Te calmarás, ahora? —dijo el hombre canoso—. Casi seguro que en cualquier momento llegan los tres juntos. Créeme. Tú sabes como es Leona. No sé qué demonios le pasa... en cuanto llegan a Nueva York se llenan de esa horrible alegría digna de Connecticut. Tú los conoces bien.

—Sí, ya sé. Ya sé. Aunque no sé nada.

—Claro que sabes. Piénsalo un poco. Seguro que los dos se llevaron a Joanie por la fuerza... —Oye. Nunca hubo que llevar a Joanie por la fuerza a ningún lado. No me vengas ahora con esa teoría.

—Nadie te viene con ninguna teoría, Arthur —dijo el hombre entrecano con calma.

—¡Ya sé! ¡Ya sé! Discúlpame. Diablos, me estoy volviendo loco. Dime la verdad, ¿estás seguro de que no te desperté?

—Si fuera así, te lo diría, Arthur —dijo el hombre canoso. Distraídamente, sacó la mano izquierda de entre el pecho y el brazo de la chica—. Escucha, Arthur. ¿Quieres un consejo? —dijo. Tomó el cable del teléfono entre los dedos, muy cerca del micrófono—: Te lo digo en serio. ¿Quieres un consejo?

—Sí. No sé. Cristo. No te dejo dormir. Lo mejor sería que fuera y me cortara de una vez por todas la...

—Escúchame un momento —dijo el hombre de pelo entrecano—. Primero, y esto te lo digo en serio, métete en la cama y tranquilízate. Prepárate un vaso bien grande de alguna bebida fuerte, y acués...

—¡Bebida! ¿Hablas en serio? Dios. En estas dos malditas horas me he bebido casi un litro... ¡Un vaso! Estoy tan tomado ahora que apenas...

—Bueno. Bueno. Acuéstate, entonces ——,dijo el hombre canoso—. Y tranquilízate... ¿me oyes? Dime la verdad. ¿Vas a ganar algo enloqueciéndote de esa forma y dando vueltas por ahí?

—Sí, ya sé. Ni siquiera tendría que preocuparme, pero, cuernos, ¡no se puede confiar en ella! Te lo juro por Dios. juro por Dios que no se puede. Se puede confiar en ella tanto como se puede confiar en un... bueno, no sé en qué. ¡Oh! ¿Para qué sirve todo? ¡Estoy volviéndome loco!

—Bueno. Olvídate, ahora. Olvídate. ¿Quieres hacerme el favor y borrar todo esto de tu cabeza? —dijo el hombre canoso—. Después de todo, seguro que estás exagerando... creo que estás haciendo una montaña de...

—¿Sabes a qué he llegado? Me da vergüenza contártelo, pero ¿sabes qué estoy a punto de hacer todas las noches, cuando llego a casa? ¿Quieres saberlo?

—Escúchame, Arthur, no es esto lo que...

—Espera un segundo, te lo diré... !Coño! Prácticamente tengo que contenerme para no abrir todas las puertas de los placards del departamento... te lo juro por Dios. Todas las noches cuando llego a casa estoy casi seguro de encontrarme con un montón de hijos de puta, escondidos por todos lados... Ascensoristas. Repartidores. Policías.

—Bueno, bueno. Tratemos de tomar las cosas con un poco más de calma, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano. Miró de pronto a su derecha donde un cigarrillo, prendido un momento antes, hacía equilibrio en el borde de un cenicero. Por lo visto se había apagado, y no hizo ademán de tomarlo—. Para empezar —dijo en el teléfono—, te lo he dicho ya infinidad de veces, Arthur, ese es justamente el error más grande que puedes cometer. ¿Sabes cuál es? ¿Quieres que te lo diga? Haces todo lo posible, te lo digo en serio, ahora te esfuerzas por torturarte. En realidad, eres tú quien incita a Joanie —calló—. Tienes la suerte de que ella sea una chica maravillosa. En serio. Y para ti carece en absoluto de buen gusto... y de inteligencia. Diablos, y entonces, si vamos al caso...

—¡Inteligencia! ¿Estás bromeando? ¡No tiene ni pizca de cerebro! ¡Es un animal!

El hombre entrecano respiró hondo, y sus fosas nasales se dilataron: —Animales somos todos —dijo—. En el fondo, todos somos animales.

—Cuernos. Yo no soy ningún animal. Seré un imbécil, un engañado hijo de mala madre del siglo veinte, pero animal no soy. No me vengas con esas, un animal no soy.

—Escúchame, Arthur. Esto no nos conduce a...

—¡Inteligencia! ¡Dios Santo! Si supieras lo cómica que resulta. Ella se considera toda una intelectual. Eso es lo que da más risa. Lee la página de los teatros, y mira televisión hasta quedarse prácticamente ciega. Y por eso se cree intelectual. ¿Sabes con quién me he casado? ¿Quieres saber con quién me he casado? Estoy casado con la más grande actriz en cierne todavía sin descubrir, la más grande novelista, psicoanalista y genio no apreciado de Nueva York. No lo sabías ¿verdad? Cristo, es para morirse de risa. Madame Bovary en la Columbia Extension School. Madame...

—¿Quién? —preguntó el hombre canoso, con un tono de fastidio.

—Madame Bovary sigue un curso de Apreciación de la Televisión. Dios santo, si supieras cómo...

—Está bien, está bien. Te das cuenta que así no vamos a ninguna parte —dijo el hombre canoso. Se volvió y acercando dos dedos a la boca le indicó a la chica que quería un cigarrillo—. En primer lugar —dijo en el teléfono—, siendo un tipo tan inteligente careces en absoluto de tacto. —Se enderezó para que la chica pudiera alcanzar los cigarrillos por detrás de él.— Te lo digo en serio. Se ve en tu vida particular, se ve en tu...

—Inteligencia, ¡Dios santo! ¡Qué risa que me da! ¡Dios santo! ¿Alguna vez la escuchaste describir a alguien... a un hombre, quiero decir? Alguna vez, cuando no tengas nada que hacer, hazme el favor y pídele que te describa a un hombre. Para ella, todo hombre que ve es "terriblemente atractivo". Puede ser el más viejo, el más gordo, el más grasiento ...

—Está bien, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano con rudeza—. Así no vamos a ninguna parte. A ninguna parte. —Le quitó un cigarrillo encendido a la chica que había prendido dos.— Entre paréntesis —dijo, exhalando humo por la nariz—, ¿cómo te fue hoy?

—¿Qué?

—¿Cómo te fue hoy? —repitió el hombre canoso—. ¿Cómo siguió el pleito?

—¡Diablos! No sé. Un asco. Dos minutos antes de que yo empezara mi alegato final, el letrado de la parte actora, Lissberg, se aparece con esa camarera chiflada y un montón de sábanas como prueba... todas manchadas de chinches. ¡Al diablo!

—¿Entonces, qué pasó? ¿Perdiste? —preguntó el hombre de pelo entrecano, aspirando otra bocanada de humo.

—¿Sabes quién estaba en el estrado? Madre Vittorio. Nunca sabré qué coño tiene ese hombre contra mí. No puedo ni abrir la boca sin que me salte encima. Con un tipo así no se puede razonar. Es imposible.

El hombre canoso volvió la cabeza para ver qué hacía la chica. Había tomado el cenicero y lo colocaba entre los dos. —¿Entonces, perdiste o qué? —dijo en el teléfono.

—¿Cómo?

—Te pregunto si perdiste.

—Sí. Iba a decírtelo. En la fiesta no tuve oportunidad, con todo ese barullo. ¿Crees que Junior va a hacer un escándalo? Me importa un cuerno, pero ¿qué piensas? ¿Crees que hará escándalo?

Con la mano izquierda, el hombre canoso quitó la ceniza del cigarrillo en el borde del cenicero. —No creo que necesariamente arme un escándalo, Arthur —dijo con calma—. Aunque no hay muchas probabilidades de que le provoque una gran alegría. ¿Sabes cuánto hace que nos encargamos de esos tres hoteles de porquería? El propio viejo Shanley empezó todo...

—Ya sé. Ya sé. Junior me lo dijo por lo menos cincuenta veces. Es una de las mejores historias que he escuchado en toda mi vida. Bueno, está bien, perdí ese asqueroso pleito. En primer lugar, no fue culpa mía. Primero, el chiflado de Vittorio me persiguió durante todo el juicio. Después esa camarera mongólica viene y empieza a exhibir sábanas llenas de manchitas de chinches...

—Nadie dice que sea culpa tuya, Arthur —dijo el hombre canoso—. Tú me preguntaste si yo pensaba que Junior iba a armar un escándalo. Solo traté de contestarte lo más honestamente posible...

—Ya sé... Ya lo sé. ¡Qué coño! De todos modos, tal vez me reincorpore al ejército. ¿Te conté algo de eso?

El hombre de pelo entrecano volvió la cabeza hacia la chica como para que ella apreciara qué tolerante y aun qué estoica era su expresión. Pero la chica no lo advirtió. Acababa de volcar el cenicero con la rodilla y estaba recogiendo rápidamente las cenizas y haciendo un pequeño montón. Levantó sus ojos hacia él un segundo más tarde.

—No, Arthur, no me contaste —dijo en el teléfono.

—Sí, tal vez lo haga. Todavía no estoy seguro. Por supuesto que la idea no me enloquece y si puedo evitarlo no me iré. Pero tal vez no tenga más remedio, No sé. Por lo menos me olvidaré de todo. Si me devuelven mi lindo casco y mi gran escritorio y mi mosquitero, tal vez...

—Quisiera meterte algunas cosas en la cabeza, muchacho, eso es lo que me gustaría —dijo el hombre canoso—. Se supone que eres un tipo inteligente y hablas como un niño de pecho. Te lo digo con toda sinceridad. Dejas que un montón de cosas pequeñas se vayan acumulando como una bola de nieve hasta que ocupan tanto lugar en tu mente que eres completamente incapaz de cualquier...

—Tendría que haberla dejado. ¿Te das cuenta? Tendría que haber terminado el verano pasado, cuando realmente estaba decidido a hacerlo. ¿No piensas eso? ¿Sabes por qué no lo hice? ¿Realmente quieres saber por qué?

—Arthur, por Dios. Así no vamos a ninguna parte.

—Espera un segundo. ¡Déjame decirte por qué!

¿Quieres saber por qué no lo hice? Puedo decirte exactamente el motivo. Porque le tuve lástima. Esa es la pura verdad. Porque le tuve lástima.

—Bueno, no sé. Quiero decir que es algo que no me incumbe —dijo el hombre de pelo entrecano—. Sin embargo, creo que te olvidas de que Joanie es una mujer adulta. No sé, pero me parece...

—¿Mujer adulta? ¿Estás loco? ¡Es una niña que ha crecido, nada más! Por ejemplo, me estoy afeitando, escucha bien esto, me estoy afeitando, y de repente me llama desde la otra punta del departamento. Voy a ver qué pasa... así no más, en mitad de la afeitada, con toda la cara cubierta de jabón. ¿Y sabes qué diablos quiere? Preguntarme si yo creo que ella es inteligente. Te lo juro por Dios. Es patética. Yo la miro cuando duerme, y sé muy bien lo que te digo. Créeme. —Bueno, es algo que conoces mejor que... quiero decir, que a mí no me incumbe —dijo el hombre canoso—. El asunto es que no haces nada constructivo para...

—No somos una buena pareja, eso es todo. No es más que eso. Hacemos una pareja asquerosa. ¿Sabes lo que le hace falta? Necesita un gran rufián taciturno que de cuando en cuando la deje tendida de un golpe, y después vuelva y siga leyendo el diario. Eso es lo que le hace falta. Soy un tipo demasiado débil para ella. Ya lo sabía cuando nos casamos, te lo juro por Dios. Quiero decir, tú eres un buen sujeto, nunca te casaste, pero a veces cuando uno se casa, uno tiene como un presentimiento de lo que va a ser su vida después. Yo no le hice caso. No hice ningún caso de esos presentimientos. Soy débil. Esa es la la historia, en definitiva.

—No eres débil. Solo que no procedes con inteligencia —dijo el hombre de pelo entrecano, aceptando un cigarrillo recién encendido que le extendía la chica.

—¡Sí que soy débil! ¡Claro que lo soy! ¡Diablos! ¡Yo sé muy bien si soy débil o no! Si no fuera débil, te imaginas que habría dejado que todo se... ¡Oh, para qué hablar! Claro que soy débil ... Por Dios, te estoy impidiendo dormir... ¿Por qué no cuelgas y listo? Al demonio conmigo. Te lo digo sinceramente. Cuelga.

—No voy a cortar, Arthur. Quisiera ayudarte, en todo lo humanamente posible —dijo el hombre canoso—. En verdad, tú eres tu peor...

—Ella no me respeta. Ni siquiera me quiere. Dios mío. En el fondo, si lo analizamos, yo también la he dejado de querer. No sé. La quiero y no la quiero. Según. A veces sí, a veces no. ¡Cristo! Cada vez que me dispongo a terminar de una vez por todas, cenamos afuera, vaya a saber por qué, y nos encontramos en algún lugar y ella se viene con esos asquerosos guantes blancos o algo por el estilo, qué sé yo. O empiezo a acordarme de la primera vez que fuimos en auto a New Haven a ver el partido de Princeton. Pinchamos un neumático justo al salir de la autopista, y hacía un frío de morirse, y ella sostenía la linterna mientras yo cambiaba esa maldita goma... tú sabes lo que quiero decir. No sé. 0 empiezo a pensar en..., Dios, me cuesta decirlo..., empiezo a pensar en ese puerco poema que le escribí cuando empezamos a salir juntos. "Rosa es mi color y blanco, linda boquita y verdes mis ojos." Diablos, qué broma... Hacía que me acordara de ella. No tiene ojos verdes... tiene ojos como apestosos caracoles marinos... pero, Cristo, igual hacía que me acordara de ella. No sé... ¿De qué sirve hablar? Me estoy volviendo loco. Cuelga, ¿quieres? Te lo digo en serio.

El hombre canoso carraspeó y dijo: —No tengo ninguna intención de colgar, Arthur. Solo hay una...

—Una vez me compró un traje. Con su propio dinero. ¿Te lo había contado?

—No. Yo...

—Se fue nomás a Tripler, creo, y me lo compró. Yo ni siquiera la acompañé. Quiero decirte que tiene algunos gestos endiabladamente hermosos. Y lo más gracioso es que no me andaba tan mal. Solo tuve que hacerlo ajustar un poco en los fundillos de los pantalones y en el largo. Quiero decir que tiene algunos malditos gestos muy lindos.

El hombre del pelo entrecano escuchó unos instantes más. Luego se volvió de pronto hacia la chica. La mirada que le echó, aunque breve, la puso al tanto sobre todo lo que ocurría del otro lado de la línea.

—Bueno, Arthur, escúchame —dijo en el teléfono—. Así no vamos a ninguna parte. Te lo digo sinceramente. Escúchame. ¿Quieres desvestirte y acostarte, como un buen chico? ¿Y descansar un poco? Joanie seguramente va a llegar a casa dentro de dos minutos. No querrás que te vea así, ¿verdad? Es probable que caiga por ahí con los condenados Ellenbogen. No querrás que todos te vean asi, ¿no es cierto? —escuchó—, ¿Arthur? ¿Me oyes?

—Dios, te estoy echando a perder toda la noche. Todo lo que hago es...

—No me estás echando a perder nada —dijo el hombre de pelo entrecano—. Ni lo pienses. Ya te dije que de noche no duermo más de cuatro horas en total. Lo que sí me gustaría, sería ayudarte todo lo posible, chico —escuchó—. ¿Arthur? ¿Estás ahí?

—Sí, estoy aquí. Escúchame. Ya que no te dejo, ¿te incomodaría que fuera hasta tu casa para tomar un trago? ¿Te molestaría?

El hombre canoso se enderezó, colocó su mano libre de plano sobre la cabeza, y dijo: —¿Ahora, quieres decir?

—Sí. Claro, si te parece bien. Me quedaría solo un minutito. Lo único que quiero es sentarme en algún lado y... qué sé yo. ¿Estás de acuerdo?

—Mira, lo que pasa es que no creo que debas hacerlo, Arthur —dijo el hombre canoso retirando la mano de la cabeza—. Por supuesto que puedes venir cuando quieras, pero sinceramente creo que ahora deberías descansar y tranquilizarte hasta que llegue Joanie. Te lo digo sinceramente. Lo que tú quieres es estar justo ahí cuando, ella llegue a casa. ¿Estoy en lo cierto, o no?

—Si. No sé. Te lo juro por Dios, no sé.

—Bueno, pero yo sí. Sinceramente, yo sí —dijo el hombre canoso—. Escúchame. ¿Por qué no te vas a la cama ahora, y descansas, y más tarde, si tienes ganas, me llamas de nuevo? Claro, si es que tienes ganas de hablar. Y no te preocupes. Eso es lo principal. ¿Me oyes? ¿Harás lo que te digo? —Bueno.

El hombre canoso mantuvo el receptor junto a su oído durante un momento y luego cortó.

—¿Qué dijo? —le preguntó en seguida la chica.

Él tomó su cigarrillo del cenicero, es decir, lo seleccionó entre un montón de colillas y de cigarrillos a medio fumar. Aspiró una bocanada de humo y dijo: —Quería venir a tomar una copa.

—¡Dios! ¿Y qué le dijiste? —preguntó la chica.

—Ya me oíste —dijo el hombre canoso, y la miró—.

¿Podías escucharme o no? —Apagó el cigarrillo.

—Estuviste maravilloso. Realmente maravilloso —dijo la chica, observándolo—. ¡Dios mío! Me siento molida.

—Bueno... —dijo el hombre canoso—. Es una situación difícil. No sé si estuve tan maravilloso.

—Sí, lo has estado. Has estado maravilloso —dijo la chica—. Me siento floja, totalmente floja. ¡Mírame!

El hombre de pelo entrecano la miré. —Bueno, verdaderamente, la situación es imposible —dijo—. Quiero decir que todo es tan fantástico que ni siquiera...

—Querido... disculpa... —dijo de pronto la chica, y se inclinó hacia adelante—. Creo que te estás incendiando. —Rápidamente le pasó las puntas de los dedos por el dorso de la mano.— No, has estado maravilloso —dijo—. Dios ¡me siento cansada como un perro!

—Bien, la situación es muy, muy difícil. Evidente. mente el tipo está pasando por un total...

De pronto sonó el teléfono.

El hombre canoso dijo. —¡Cristo! —pero había levantado el tubo antes de que sonara por segunda vez—. ¿Hola? —dijo en el teléfono.

—¿Lee? ¿Dormías?

—No, no.

—Escucha. Pensé que te interesaría saberlo. Joanie acaba de llegar.

—¿Qué? —dijo el hombre de pelo entrecano, y con la mano izquierda se protegió los ojos, aunque la luz estaba a sus espaldas.

—Sí. Acaba de llegar. Diez segundos después de que hablé contigo. Aproveché para llamarte ahora que ella está en el baño. Escucha... un millón de gracias, Lee. Te lo digo en serio..., sabes lo que quiero decir. No estabas dormido, ¿no es cierto?

—No, no, simplemente..., no, no —dijo el hombre canoso, siempre con la mano sobre los ojos. Cartaspeó.

—Sí. Lo que sucedió fue que al parecer Leona se pescó una borrachera de órdago y tuvo un ataque feroz de llanto, y Bob quiso que Joanie fuera con ellos a tomar un trago en alguna parte y suavizar las cosas. Yo no sé. ¿Te das cuenta? Todo es muy complicado, Lo importante es que ya llegó. Dios mío, qué porquería de vida es esta. Te lo juro por Dios, pienso que es esta maldita Nueva York. Creo que si todo sale bien vamos a comprarnos una casita, tal vez en Connecticut. No demasiado lejos, aunque sí lo bastante como para poder llevar una vida normal. Lo que quiero decir es que ella se vuelve loca por las plantitas y todas esas cosas por el estilo. Si tuviera un jardín propio y todo lo demás se chiflaría por completo. ¿Me entiendes? Porque aparte de ti, ¿a quién conocemos en Nueva York sino a un montón de neuróticos? A la larga hasta una persona normal termina por contagiarse. ¿Comprendes a qué me refiero?

El hombre canoso no contestó. Debajo del escudo de su mano, sus ojos estaban cerrados.

—De todos modos, le voy a hablar de todo esto esta misma noche. 0 tal vez mañana. Todavía está un poco mareada. Quiero decir que en el fondo es una chica formidable, y si se nos presenta una oportunidad para arreglarnos, seria estúpido de nuestra parte no aprovecharla. Y mientras tanto voy a tratar de solucionar también ese asunto de las chinches. Estuve pensando. Estuve diciéndome, Lee. ¿Crees que si yo fuera y hablara con Junior personalmente, podría... ?

—Arthur, si no tienes inconveniente, yo preferiría...

—No vayas a pensar que te llamé de nuevo porque estoy preocupado por ese pleito del diablo ni nada parecido. De ningún modo. En el fondo, me importa un culo. Pensé simplemente que si podía hacerle entender las cosas a Junior sin romperme la cabeza, sería estúpido de mi parte...

—Escúchame, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano, retirando su mano de la frente—. De pronto me ha dado un terrible dolor de cabeza. No sé a qué demonios se debe. ¿Te molesta si lo dejamos para otro momento? Te llamaré por la mañana, ¿estás de acuerdo?

Escuchó un instante más y luego cortó.

Nuevamente la chica le dijo algo en seguida, pero él no contestó. Tomó un cigarrillo encendido —el de la chica— del cenicero y empezó a llevárselo a la boca, pero se le cayó de los dedos. La chica intentó ayudarle a encontrarlo antes que se quemara algo, pero él le dijo que se quedara quieta, por Dios, y ella retiró la mano.