sábado, 15 de agosto de 2009

Marcelo Birmajer. Autor de Eso No

(Buenos Aires, 29 de noviembre de 1966) es un escritor, periodista y guionista cinematográfico argentino.
Se inició en el periodismo, escribiendo en el periódico Nueva Presencia, y fue corresponsal en Argentina de la revista israelí Aurora.
A los 20 años de edad comenzó a desempeñarse como guionista de la Revista Fierro
.
Ha escrito novelas las novelas Un crimen más alto (1992), Un crimen secundario (1992), El alma al diablo (1994), Fábulas salvajes (1996), No tan distinto (2000) y Tres mosqueteros (2001) y los libros de cuentos El fuego más alto (1997), Ser humano y otras desgracias (1997), Historias de hombres casados (1999), Nuevas historias de hombres casados (2001), Últimas historias de hombres casados (2001).
Algunos de estos títulos se han traducido al inglés, alemán, holandés, italiano, portugués y hebreo.
Ha sido galardonado con el Premio Konex
2004 como uno de los cinco mejores escritores de la década 1994-2004 en el campo de la literatura juvenil.
Es coautor del guión cinematográfico El abrazo partido (Daniel Burman
, 2001) galardonado con numerosos premios: ganador del Premio al Guión inédito en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, de La Habana de 2002; Oso de plata en el Festival de Cine de Berlin en 2004, Premio Clarín al mejor guión y mejor película. También participó en el guión del film Sol de noche.
Como periodista ha ejercido el oficio de redactor y colaborador en más de cincuenta publicaciones de habla hispana. Ha publicado libros y cuentos en la revista del Diario Clarín
y en la Revista Fierro. Ha publicado con frecuencia en los diarios españoles. Escribe semanalmente en la revista YA, del diario chileno El Mercurio.

Eso No. Por Marcelo Birmajer

6 de agosto de 2002, por la mañana

Hoy, finalmente, vino Miguel a quejarse. Desde el primer momento supe que algo así ocurriría. Pero nunca imaginé que sería por semejante motivo.
Cuando me propuso que intercambiáramos esposas, me sorprendió, sí, pero opté por mostrarme temperado. Y sin embargo, incluso antes de aceptar, supe que esto terminaría mal para él. No es que Rita me gustara especialmente; tiene todavía los pechos en guardia, yo diría que más apuestos que los de Fernanda, pero también más pequeños, y pezones menos marcados, y, no obstante, altivos, mientras que los de Fernanda tienden a postrarse, sin perder nunca la sensualidad de esos pezones de fresa. En definitiva, puesto a elegir entre Rita o Fernanda, me quedaría siempre con Fernanda. Además, la voz de Fernanda entre chupada y chupada, pidiendo un dedo en el culo o invitándome a acabar, es inigualable. La de Rita no es más que una voz femenina entre tantas. Pero yo quería cogerme a Rita. No tanto por ella misma como porque era la esposa de Miguel. Yo quería cogerme a la esposa de Miguel. De todos modos, yo no hubiera movido un dedo de no habérmela ofrecido su propio marido.
Supe, desde el primer instante, que Miguel vendría a quejarse porque, no sé si él lo sabe, dos hombres que se garchan en un breve espacio de tiempo a la misma mujer, siempre compiten.
Miguel, sin embargo, no es competencia para mí. No sólo porque mi verga lo aventaja en tamaño y grosor, sino porque, lo digo sin vanidad, ejerzo sobre las mujeres un poder mayor que el que pueda ejercer él. Sin vanidad, digo, porque otros hombres me aventajan a mí, y me cuidaría muy mucho, ya no de ofrecerles yacer con mi esposa, sino siquiera de presentárselas. Por ejemplo, Jiménez, ese trabajador gráfico que está en el diario desde los tiempos en que se usaba la imprenta, al que veo las pocas veces que me acerco en persona a entregar una nota. Parece tan desubicado llevando un disquete o una hoja impresa en la mano, como si el cuerpo se le hubiera quedado varado en la época en la que se trabajaba con metales y pesos, kilos y kilos de papel. Es un gorila peludo y bruto, que le pega a su esposa y tiene dos amantes. Y por mucho que Fernanda desprecie a los golpeadores y reivindique la liberación femenina, sé que no dejaría de sentirse atraída, aunque se resistiera, por esa virilidad bruta que lamentablemente atrae a la mayoría de las mujeres que conozco. Posiblemente jamás se casaría con él, ni siquiera sería su novia, pero no podría evitar dejarse hacer el culo o apretarle los huevos, fingiendo luego que fue forzada en extrañas circunstancias. No, uno debe cuidar lo que tiene, y aceptar lo que le dan. La felicidad sexual es el bien más escaso de la Tierra: más escaso que el petróleo y el oro. El ano femenino ofrecido con pasión, la boca húmeda entregada sin reservas y la vulva extasiada abriéndose no mucho y todo lo que puede al mismo tiempo, son riquezas que los pobres infelices como yo debemos proteger mucho más de lo que los ecologistas protegen a las ballenas y los espacios verdes. El espacio marrón, el espacio rojo, la marfileña superficie de los pechos y la rosada de los pezones, son mi reserva natural, mi especie en extinción.
Pero por muy limitado que fuera mi poder, y por mucho que cuidara de mis dominios, Miguel era aún menos poderoso y tenía aún más miedo de perder lo suyo. Por eso lo arriesgó. Son pocos los conquistadores que se lanzan a la guerra por temeridad; la mayoría de ellos lo hace por temor. El temor a perder lo propio se transforma en una compulsión a perderlo antes de que un supuesto enemigo lo arrebate. Por eso, creo, Miguel me ofreció intercambiar esposas.


6 de agosto de 2002, por la tarde

Pensaba seguir escribiendo en este diario después de la comida, aprovechando la ausencia de Fernanda —que me ha rogado no volver a tocar el tema, y mucho menos escribir al respecto—, y relatar la breve entrevista que mantuve con Miguel. Pero al releer el párrafo precedente, me sentí urgido a recapitular los sucesos. No porque necesite clarificarlos para mí mismo, ni ordenarlos para mi memoria —los tengo grabados a fuego en el alma y en los huevos—, sino simplemente porque me calienta. Me calienta recordar las quejas de Miguel mientras yo le explicaba por qué pensaba que su esposa había hecho lo que hizo. Sí, me calienta recapitular. ¿Qué sería del sexo sin la memoria? Siempre es más fácil evitar un pecado antes de cometerlo por primera vez, que evitar repetirlo. La primera vez, nos guía la curiosidad. La segunda, el deseo. Y el deseo es lo único que puede más que la curiosidad. ¿Qué es la adicción sino la entente entre la memoria y el deseo, la alianza perniciosa entre el recuerdo y la pasión?
Miguel me ofreció, hace dos semanas, que me acostara con Rita y que le permitiera, a su vez, acostarse con Fernanda. Ignoro si «acostarse» es el verbo adecuado, porque no sé bien qué hizo Miguel con Fernanda: ésta no me cuenta y aquél es ambiguo. Según Miguel, cuando a él se le paraba, Fernanda se secaba; y en cuanto Fernanda decía que estaba por fin preparada, a él se le bajaba. Fernanda le negó el culo desde un buen principio, por voluntad propia y por el acuerdo previo, que ya relataré; y de chupársela no quiso ni oír hablar. Pero no me quedó claro por qué no lo hizo terminar masturbándolo, tarea que realiza con tanta pericia en mi caso, y con la que no me hubiera desagradado que lo homenajeara, aunque sólo fuera para que ahora el pobre Miguel no rompa tanto las pelotas.
Miguel comenzó, hace dos semanas, por confesarme que en su matrimonio el sexo estaba tornándose cada vez más esporádico. Instantáneamente, la confesión me calentó. Un hombre como Miguel nunca debería hacer semejantes confesiones a un hombre como yo; y yo jamás vertería las aguas de mis problemas en las cuencas de un tipo como Jiménez. La declaración de la desdicha sexual de un macho a otro, con una hembra apetecible por medio, es siempre una oferta pecaminosa. Pero Miguel ya se había decidido antes de comenzar a hablarme, y no creo que ignorara el efecto de sus confesiones.
No tardó mucho, sólo unos tres whiskys, en sugerirme que debíamos «insuflar un poco de aire en nuestras relaciones». Habló en plural, «nuestras relaciones», refiriéndose a él y a mí, aunque yo no había dado la menor señal de que en mi matrimonio ocurriera algo semejante. No sé cuántas veces lo hacemos por semana Fernanda y yo: en unas ocasiones, pasamos semanas sin hacerlo y, en otras, durante una semana lo hacemos cinco veces; lógicamente, como en ese campo no tengo problemas, no cuento las veces que lo hacemos. Con Bea tengo un culo siempre que quiero, y con Alejandra la mamada con tragada. Fernanda pocas veces está dispuesta por el culo y casi nunca traga la leche. Pero ninguna me calienta como ella, a ninguna amo como a ella, y con ninguna quiero permanecer en el lecho después de acabar como con ella. De modo que, dentro de los límites de la desdicha humana —la condición sine qua non de nuestro paso por la Tierra—, me las arreglo. Pero Miguel no. No es que sufra (creo que yo sufro más que él), es que es débil. Por mucho que nos sorprenda, los débiles sufren menos: sus dolores son menos intensos que los que padecemos los hombres que nos responsabilizamos de nosotros mismos, de nuestras decisiones y errores. Los débiles, por decirlo metafóricamente, se dejan coger; y por mucho que lloren y que griten que les duele, son más felices así que si se vieran obligados a tomar decisiones. No obstante, todo hay que decirlo, con su propuesta Miguel sonó temerario.
—Hay que insuflar un poco de aire en nuestras relaciones —dijo—. Aceptémoslo, los swingers son más felices que nosotros. A mí no me cabe duda de que, si dejo a Rita acostarse con otro tipo, en mi casa mejorarán las cosas. La perversión la va a caldear. Ahora no quiere siquiera ponerse lencería mínimamente erótica. Está transformada en una madre. Y como Juanita ya tiene dieciocho años, y lo que menos necesita ahora es una madre a tiempo completo, se frustra y no puede ser madre ni amante. Ni puede sobreproteger a Juanita, porque ella no la deja; ni puede acostarse conmigo, porque no tiene ganas. En fin, hay que emputecer a nuestras mujeres... para que vuelvan a ser amantes.
La otra tarea a la que se abocaba fútilmente Rita era la confección de figuras, humanas, naturales, o abstractas, en cerámica. Más de una vez, Miguel o Rita, indistintamente, me habían pedido que la «lanzara a la fama» publicando en el periódico una nota, a partir de la cual podría iniciarse como docente. Yo había respondido siempre con evasivas, sin atreverme siquiera a mirar sus piezas. Por otra parte, aunque Rita poseyera verdadero talento, era imposible escribir nada periodístico de una persona que hacía cerámicas en su casa; pero ése no era un detalle que Miguel o Rita estuvieran dispuestos a entender.
No repliqué que yo no padecía problemas similares con Fernanda, que nuestro hijo hacía su vida con toda tranquilidad y que podíamos conciliar perfectamente nuestros roles como padres con nuestros deseos mutuos. No aclaré que en los últimos meses atravesaba uno de esos escasos momentos de tensión erótica clara y persistente con mi esposa, momentos de alegría y perversión. Tampoco especifiqué que, cuando estoy muy bien con Fernanda, siempre siento más deseos de garcharme a otras. Es una tragedia que me ha acompañado durante toda mi vida sexual: cuando no me encuentro especialmente cómodo con Fernanda, no puedo intentar sino recuperarla, reconquistarla, olvidándome por completo del resto de las mujeres, incluidas Bea y Alejandra. Pero en cuanto la tengo a mis pies, chupándome los huevos o dándome el culo sin que yo se lo pida, abriéndose las nalgas con las dos manos, mostrándome ese agujerito marrón que ni el tiempo ni mi verga han logrado erosionar, entonces, sí, quiero poseer también a otras. Me siento fuerte, grande, conquistador. No creo que a Fernanda le moleste. Y por último, no ilustré a Miguel con el dato de que yo siempre he querido ponerle la verga a su esposa, y en donde fuera. Incluso había imaginado muchas veces que ella venía en mi busca, que me sugería sacudírmela escondidos detrás de una carpa vacía, durante alguna de las pocas vacaciones que compartimos. Más de una vez he sonado que Miguel me hacía esta misma propuesta durante alguno de los veranos compartidos en Mar del Plata; pero siempre lo he tenido por un imposible, apenas un estímulo para luego homenajear a Fernanda por la noche, más caliente que de costumbre. Nunca imaginé que, finalmente, en un crudo invierno porteño, en plena ciudad, en mi propia casa, Miguel me ofrecería a su esposa. Y no agrego «a cambio de la mía», porque era mayor mi deseo de acostarme con Rita que su deseo de acostarse con Fernanda. No es que Fernanda no le gustara, pero lo que realmente quería Miguel era que algo despertara a Rita de su sopor, de su anorexia sexual. Para Miguel, podía ser yo o cualquier otro. Por decirlo en los términos más vulgares posibles: quería que alguien le destapara las cañerías a Rita, para que volviera a drenar y a lubricar. Y, como ocurre con las cosas de la casa y los fontaneros, el mejor encargado para los arreglos nunca es el dueño de casa.
La teoría no estaba mal, de no ser porque las mujeres y las cañerías no se parecen en nada. Quizás los hombres sean más parecidos a los objetos y los elementos: ollas a presión, ríos, volcanes... Pero las mujeres son misteriosas: no responden a las leyes naturales, a las mareas ni a los ciclos. Fíjense, si no, en sus azarosas menstruaciones, nunca respetuosas de las fechas indicadas; en la permanente elusión de los días de parto acordados por los especialistas, y en su constante tendencia a los desórdenes físicos en general. Por no hablar ya de su ritmo psíquico, que finalmente es lo único que importa. No, las mujeres no son máquinas programadas, como pueden serlo muchos hombres. Ninguna mujer es previsible. Por eso no hay que confiar en especialistas, y mucho menos encargarle la tarea propia de especialistas a un hombre como yo.
La propuesta de Miguel me excitó inmediatamente. Casi me acabo en los pantalones. Miguel notó mi erección y apartó la vista. Sonrió.
—Veo que mi oferta no te deja indiferente —dijo.
Apuré mi whisky y asentí, sin decir ni sí ni no.
—Pensé mucho al respecto —siguió Miguel—. No es fácil. Yo no soy un swinger ni lo voy a ser nunca. No doy el tipo. No soy un progresista, ni un liberal en el sentido sexual de la palabra. Es más, si me enterara de que Rita me ha engañado, la echaría a patadas de mi casa. Sobre todo ahora que ni me la toca. Lo que quiero es un golpe de efecto que la conmueva, que la saque de su pasividad actual, para que volvamos a ser felices juntos. ¿Te aburro?
—Para nada —dije—. Todo lo contrario.
—Como te decía, pensé mucho. Yo creo que para cada hombre, es más, para cada matrimonio, hay un límite, algo con lo que uno no está dispuesto a convivir.
—Ahí no te sigo —reconocí.
—Ya vas a ver. Quiero decir que yo aceptaría que tú te acostaras con Rita, siempre y cuando tú aceptes que yo me acueste con Fernanda...
Aquí me siento obligado a interrumpir el diálogo, porque quiero repetir que lo importante no era el deseo de Miguel de acostarse con Fernanda, si no la necesidad de no sentir que yo salía ganando en el trato. Él me hubiera ofrecido de buena gana a su esposa incluso sin acostarse con la mía; pero como necesitaba —luego de tantas cavilaciones— que yo o algún otro se garchara a Rita para sacarla de su sopor, precisaba también este conato de transacción para no quedar como un cornudo o un palurdo. Conato de transacción, digo, y no transacción propiamente dicha, porque Miguel no necesitaba acostarse con Fernanda; lo que él necesitaba era volver a recibir a Rita caliente. Yo, por mi parte, no «necesitaba» garcharme a Rita, pero sí lo deseaba ardientemente; sobre todo, si me lo ofrecía su marido.
—... con la condición —siguió Miguel— de que no hagamos ciertas cosas.
Sonreí.
—Incluso en las guerras hay disposiciones humanitarias —dije comprendiendo.
Miguel asintió y se sirvió otro whisky.
—Hay cosas que no me va a gustar que hagas con Rita. No soportaría tenerlas en mi recuerdo. No podría mirarla ni besarla.
—Claro —dije—. Intercambiamos mujeres, pero está prohibido hacerles el culo.
Miguel se quitó el vaso de la boca, sorprendido. Me miró durante un rato, y dijo:
—No había ni pensado en eso —me dijo—. Yo quería prohibir...
Otra interrupción: aquí reconfirmé mi anunciada certeza de que Miguel terminaría quejándose, que saldría mal parado del asunto. ¿No había pensado en prohibir la sodomización de su esposa durante esta batalla? Entonces es que no sabía lo que era la posesión, ni la memoria, ni el deseo. No me sorprendía que Rita se le estuviera negando desde hacía tanto tiempo: de pronto intuí que no lo había querido más que como un padrillo, padre de su hija y esposo de nombre. Es responsabilidad de todo esposo hacerle el orto a su mujer e impedir que cualquier otro se lo haga. De eso depende la felicidad matrimonial y el poder del hombre en la pareja. Pero entonces, más que nunca, la propuesta de Miguel me resultó un tesoro que, en lugar de forzar a sus buscadores a largas peripecias o desentierros, me caía del cielo sobre mí.
—Yo quería prohibir... —dijo Miguel—... la mamada. No te la puede chupar. Y, por supuesto, Fernanda no me la puede chupar a mí.
Me molestó tanto que mencionara a mi esposa por el nombre que estuve a punto de negarme. Mencionarla, ponerla en palabras, me hacía verla desnuda —con sus pezones de diosa y su boca de lava— frente a Miguel, y la escena me irritaba y deprimía. Pero no quería perder esa oportunidad única.
—No sé qué podrías hacer con mi esposa —dije evitando el nombre—. Ni me interesa. Ni me lo tienes que contar nunca, so pena de que alguna vez te mate. Pero si tú tienes una línea roja, y yo la acepto, yo tengo otra: el culo. No puedes hacerlo por el culo.
—Entonces, ¿ella no te la va a chupar? —preguntó Miguel por toda respuesta.
—No —acepté.
—De acuerdo —dijo Miguel. Y me extendió la mano.
Yo se la estreché. La tenía blanda y sudorosa. Los dos sonreímos.
Releo párrafos de este diario y me encuentro con el momento en que aludo a aquellos días en que Fernanda está a mis pies, chupándome desde los labios hasta el dedo gordo del pie, precisamente, y luego parándose en cuatro patas, dándome la grupa, abriéndose a mis ojos... ¡Cómo la amo! ¡Cómo la deseo! ¡Qué suerte que sea mi esposa! ¿Por qué no está aquí mismo? La extraño.


7 de agosto, a las siete de la mañana

No podía seguir escribiendo si antes no me cogía a Fernanda. Por suerte, ayer que nuestro hijo se quedó a dormir en la casa de su novia, tuvimos uno de esos encuentros que justifican el matrimonio de tiempo en tiempo. Le conté de mi afrecho de burro, le confesé que ya tenía la leche a punto de superarme, la verga tiesa como una estaca. Hablé con claridad, con honestidad. Primero me la chupó como si fuera por última vez, sin desvestirse.
Y luego, con elegancia, como una dama de alcurnia dispuesta a mostrarse ante un rey que tal vez la elegirá como esposa, se quitó las ropas y me ofreció el culo, con una mueca de seriedad, de solemnidad anal, que casi me pierde antes de entrar. No dijo ni una palabra y, luego de que le batí las entrañas, caminó a paso rápido a bañarse y se dispuso a ver la tele —nos dispusimos— sin un comentario. Así debe de ser el Edén. Por eso amanecí hoy tan temprano, de tan buen humor y dispuesto a continuar este diario con renovados bríos, no para la posterioridad ni para lector alguno, sino para reproducir en mí sensaciones que me lleven, en el futuro, a calenturas como las que tan noblemente pude disfrutar ayer.
Hace dos semanas y un día, Miguel no le había siquiera sugerido a Rita la oferta que desplegara tan elocuentemente en mi casa. Me había propuesto el intercambio sin contar primero con el consentimiento de su esposa. ¡Eso sí que fue bueno saberlo!
Y el muy cretino se lo comunicó a Rita exactamente al revés: era yo quien pretendía acostarse con ella, y a cambio estaba dispuesto a entregar a Fernanda.
—Yo quería que Rita se sintiera deseada —confesó Miguel ayer, cuando me contó todos los sucesos y entreactos ocurridos fuera de mi vista.
Rita se negó de plano. Se volvió en la cama, dándole la espalda. Entre Miguel y Rita, descubrí, eso no era una provocación.
Miguel le acarició un hombro.
—Yo quiero que seas feliz —le dijo.
Rita preguntó enojada:
—¿Y qué dijo Fernanda?
—No sé —respondió Miguel. Pero, sin que ella lo viera, sonrió.
Al menos hasta ese punto llega la inteligencia de Miguel. Cuando ella preguntó, con todo el enojo del mundo, «¿qué dijo Fernanda?», incluso un palurdo como Miguel podía saber que su esposa estaba perdida. Que había picado. Que la propuesta prohibida había inoculado en ella el peor de los impulsos humanos: el que nos lleva a la destrucción como si fuera la felicidad.
No hablaron luego de aquel breve diálogo, pero, por primera vez en tres semanas, lograron hacer el amor como hombre y mujer. Entregados, por momentos salvajes. Rita se colocó encima de Miguel sin decir una palabra, y lo cabalgó hasta arrancarle todo. Fue un coito rápido, y Miguel apenas tuvo tiempo de apretarle los pechos y meterle un dedo entre las nalgas, sin llegar al culo propiamente dicho.
Aunque incompleto, Miguel, luego del arrebato de Rita, supo que el camino emprendido era el correcto. No volvió a mencionar el tema con su esposa.
Mi parte con Fernanda era mucho más fácil. Yo no tenía más que comenzar por mencionar los problemas que Miguel me había confesado, y dejar caer, como algo sin importancia, la bizarra propuesta que se había atrevido a exponer.
Fernanda primero se rió, y luego se relamió. Vio mi verga de pie.
—¿Y por qué se te para ahora? —me preguntó. —Por cómo te reíste —dije—. Y por todo, en general. Fernanda me la chupó. Pero descubrió que su lengua y el calor de su boca no me quemaban tanto como el relato. —¿Y tú qué piensas? —preguntó.
—Que es una locura —respondí cauteloso.
—Yo no quiero acostarme con Miguel.
—¡Por supuesto que no! —aprobé.
—Pero que tú te cojas a Rita..., no sé —añadió con una sonrisa que negaba sus palabras, convirtiéndolas en un chiste de madrugada—. Es presumida —siguió Fernanda—. No digo que no sea mi amiga. Pero me molesta que siempre pretenda tener lo mejor. Cree que su marido es más serio que tú, que su hija es más requerida que el nuestro...
—Bueno —dije conciliador—, Miguel es más serio que yo, de eso no cabe duda. Pese a este brulote que acaba de mandarse. Y la hija de ellos es mujer, y el nuestro varón. No me extraña que ella sea más requerida: no hay quien no se la quiera coger.
Fernanda se rió y asintió.
—¿Y quién no va a querer cogerte a ti? —dije. Y le toqué un pezón.
Fernanda gimió.
—¿Tu amigo me querrá coger? —preguntó.
—No tanto como quiere que me coja a su mujer —respondí—. Pero sí, claro. A mí me da miedo cuando vamos a la playa: los hombres te miran el culo, los pezones y la boca.
—¿De verdad?
—Se me para la pija sólo de ver cómo te miran, y la mantengo parada hasta que llega la noche, para que seas siempre sólo mía.
—Pero... ¿y si me entregas a Miguel?
—Serías más mía que nunca. Miguel es ese tipo de hombres que no hacen más que fortalecer mi poder sobre ti.
—¿Es un poder democrático? —preguntó Fernanda, sólo a medias en broma.
—No —reconocí—. Pero el poder que ejercen tus pezones, tu boca y tu culo sobre mí tampoco lo es. Yo soy tu esclavo cuando me das el culo. Tu esclavo y tu amo. Sería capaz de darte cualquier cosa, y también de matarte.
—Te amo —dijo Fernanda.—Ésa es mi única porción de buena suerte en este mundo —respondí.


8 de agosto, a las seis de la tarde

Evidentemente, Fernanda y yo estamos garchando todos los días.
Ayer me llamó Bea y la mandé a paseo. De Alejandra ni noticias: debe de haber vuelto con su novio de la infancia. ¿Para qué las necesito? Es penoso que Miguel no haya logrado su objetivo, pero yo no puedo dejar de disfrutar el nuevo impulso sexual que nos regaló su malhadado intento, que seguiré contando.
Hace poco más de dos semanas, Miguel nos invitó a almorzar a su casa, un domingo. Otro premio a su inteligencia es la elección del mediodía, y no de la noche, como turno para el estropicio.
La noche es demasiado grave, sexualmente formal, previsiblemente incitante: intimida. En el mediodía, en cambio, no hay coerción: uno garcha si quiere, y si no, no pasa nada. Si un hombre y una mujer con posibilidades de amor comparten una cena en un restaurant y luego uno de los dos se marcha, el encuentro se considera un fracaso. Si, en cambio, se reúnen a almorzar, un polvo posterior es una excelente noticia, mientras que una separación con un beso en la mejilla no es más que parte del camino hacia la cama, en el futuro. El mediodía invita sin obligar, deja posibilidades abiertas, permite sonreír, evita la crispación. Sí, Miguel no es un imbécil completo: se da treguas.
Anteayer, Miguel tuvo la presencia de ánimo para comentarme, pese a todo, que desde nuestro intercambio los pechos de Rita han crecido, o se han posicionado de otro modo frente a la vida. En suma, que Rita está más fuerte desde que yo la monté. Pero lo cierto es que Rita ya había revelado una fulgurante mejoría aquel domingo. Vestida con una camisa de seda violeta, una pollera negra pegada al culo y sandalias, parecía una recién separada buscando novio. Miguel vestía de sport, con una remera amarilla distinguida con un cocodrilo o un laurel, no recuerdo, en la tetilla izquierda. Fernanda llevaba una polera blanca tras la que se veía el corpiño, y destacaba sus pechos en reposo pero vivos. Sus caderas, femeninas y poderosas a la vez, daban el marco al encuentro. Fernanda es la sensualidad personificada. Tomamos vino tinto, como correspondía, y Miguel contó que Juanita, la hija de ambos, pasaba el día con una amiga, en cuya casa se había quedado a dormir la noche anterior.
Hasta entonces, ni yo le había requerido explícitamente el permiso a Fernanda, ni Miguel a Rita. Ni habíamos vuelto a hablar al respecto Miguel y yo. Pero cuando después de los ravioles y del postre, y de apurar tres botellas de vino tinto entre los cuatro, Rita me invitó a ver sus cerámicas, me levanté sin esperar a que Fernanda me acompañara.
—Hice un Buda gris —dijo Rita— que te va a obligar a hacerme la nota.
—Es verdad —asintió Miguel—. No parece que lo haya hecho una persona. Parece un Buda que se petrificó.
«De todas maneras, no creo que te haga la nota», pensé, «pero la cola..., ¿por qué no?»
Yo nunca había pisado el estudio, debido a mi alergia estética a los desmanes cerámicos de Rita. Y si bien en esa ocasión me sentía extrañamente feliz, me alegré de no haberlo visitado nunca antes. Las figuras modeladas por Rita reunían la falta de oficio de un niño con el temblor artrítico de una anciana. La sustancia de aquellas figuras deformes era su insatisfacción sexual. Pero el estudio me excitó.
Era de techo y paredes de ladrillo, y piso de madera. Rústico, tan rústico como sería, seguramente, el ano de Rita. Me enardeció comprobar la completa mediocridad artística que revelaban las figuras de cerámica: su verdadera vocación era que le modelaran el orto con un cilindro de carne.
—Éste es el Buda —me dijo señalando a un impresentable señor gordo y gris de cerámica, mucho más parecido al patriarca de una película del grotesco italiano que a Gothama.
—No —dije, acudiendo a mi propia vulgaridad, no inferior a la de las figuras de cerámica de Rita—. Es éste.
Y le señalé mi miembro en alza, tras el pantalón.
Rita se tapó la boca. Luego se quitó la mano y me dijo, seria:
—No te pedí que vinieras para esto.
—Ya sé —mentí—. Pero yo sí vine por esto.
E hice algo que no quería hacer: la besé. Hubiera preferido ir al grano y magrearla. Pero la ocasión lo merecía y no quería dar ni un paso en falso. Rita soltó un grave gemido mientras me besaba, y me llegó una vaharada de vino tinto que no me molestó. Le apreté los pechos para comprobar si eran como yo los había imaginado. Le bajé rápido la pollera negra y, mientras le frotaba la verga contra la concha, tomé al Buda por la base y comencé a meterle la cabeza del Buda por el agujero del culo. Créase o no, se excitó inconteniblemente. «Arggg..., arggg...», decía, antes de que yo le llevara la cabeza del Buda a la boca, la obligara a chuparla y se la metiera nuevamente por el culo.
Debo reconocer que, mientras Rita lamía la calva del Buda de cerámica, una idea maléfica atravesó mi mente. Le di vuelta con la intención de clavarle la verga en el culo. La invité a sostenerse contra la mesa de trabajo y, como no podía hacérmela chupar, lubriqué recogiendo saliva de su boca, abundante, y humedeciéndome la verga. Entró con dificultad, como me gusta, pero muy pronto la mesa de madera, junto con la figura de Caperucita dándole la mano al lobo, en cerámica, y una especie de retrato, en el mismo material, de una escena de Los miserables, de Víctor Hugo, comenzó a moverse a un ritmo alocado mientras Rita me dirigía toda clase de improperios ardientes.
—Lo que más me gusta es hacerle el culo a la esposa de Miguel —dije.
No obstante, temiendo acabar, volví a darle vuelta, y siempre apoyándola contra la mesa, pero ahora erguida y de cara a mí, le sacudí la concha, mojada como la lluvia, con un uno y dos violento que, sin hacerme acabar, me calmó. Entonces disfruté de sus pezones y le dije cosas terribles, motivadas por la ocasión:
—Tienes los pezones más violentos que los de mi esposa.
Esto pareció calentarla indeciblemente. Y agregué:
—Pero Miguel no te los va a tocar así nunca en su vida.
Y la calenté aún más.
Pero, querido diario, si todo fuera tan fácil como satisfacer el deseo, no habría en el mundo guerras ni entuertos. Ni insatisfacción, ni locura, ni suicidios. El problema reside, querido diario, en que el deseo escapa de todas nuestras acciones y se instala en nuestras limitaciones. De otro modo, repito, todo hubiera sido tan fácil como permitir que Rita alcanzara el éxtasis con mi verga bien adentro de su concha y la cabeza del Buda completamente hundida en la abertura de su orto, lo bastante preparada por el previo ingreso de mi instrumento, que, puedo decirlo sin modestia en este mensaje de mí a mí mismo, era bastante más grueso que la cabeza del Buda. Pero ya con la mitad del obeso Buda dentro de su culo y mi no menos gruesa verga en sus entrañas, Rita se negaba a acabar, y yo, otro tanto. Porque desde el primer segundo, desde que se levantó y yo la seguí pensando que antes de hacerle la nota le haría la cola, la buena Rita, la ahora excelsa Rita, la presentemente genial Rita, y un servidor, habían pensado, inevitablemente, en una mamada. Una mamada en regla, con un prolegómeno de chupada de huevos, luego una lamida superficial de glande, y, finalmente, glande y cuerpo de la verga dentro de la boca, paja con verga dentro de la boca hasta el fondo, apretada de lo poco de huevos que quedara fuera, y acabada fulminante y proteica en la garganta.
Todo eso habíamos imaginado, sí, querido diario, mientras nos dirigíamos al estudio, y mucho más mientras follábamos como dos seminaristas. Como dos seminaristas, digo, porque el beso inicial, la apretada de pezones, la culeada y la fornicación vaginal, todo nos parecía un juego de niños, un intento de aprendices, frente a la prueba realmente prohibida, el placer eterno y fugitivo, la verdadera unión de los cuerpos, en la mamada negada por la ley seca de aquel acuerdo. Una verdadera ley seca: la imposibilidad de Rita, decretada por su esposo, de beber mi semen. Mi urgida simiente.
—Voy a acabar —le dije a Rita, dolorido.
Lo cierto es que no quería acabar, aquello me estaba gustando mucho. Le estaba modelando los pezones como si fuera uno de sus futuros alumnos de cerámica —porque ahora estaba seguro de que escribiría una nota consagratoria, de que secuestraría al director del diario y le cobraría como rescate la publicación de la nota sobre el Buda de Rita, por absurdo e imposible que resultara, ese Buda que le había visto el culo por dentro—, y le estaba metiendo y sacando el Buda del culo, en un vaivén que me fascinaba, y estaba entrando y saliendo de su concha con un placer que hacía mucho tiempo no sentía en concha alguna, excepto en la de Fernanda.
—Voy a acabar —repetí, jadeando.
—Entonces, sácala —me pidió—. Porque no me cuido con nada.
La saqué, pero el Buda quedó dentro del culo.
—Date vuelta, por favor —le rogué.
Ella se volvió y vi la figura de cerámica insertada hasta la mitad en su ano. ¿Qué hacían entretanto Fernanda y Miguel? No me importó. Una gota de leche se atrevió a aparecer por la punta de mi glande, pero retuve el resto.
—Quédate así —me pidió Rita.
Sin sacarse el Buda del culo, tomó un puñado de cerámica fresca y comenzó a modelar una figura. Era mi verga. La copiaba con una rapidez y facilidad que, por primera vez en todo aquel taller o estudio, denotaba talento. Formó los huevos, con sus arrugas pero hinchados, de un grosor y un largo bastante similar, y el glande, especialmente, a la perfección. Yo la miraba, estupefacto de la calentura, sin arriesgar a tocarme. No se había secado aún la pieza, mi verga de cerámica gris, cuando Rita, sin sacarse el Buda del culo, agachándose, se metió la verga de cerámica en la boca.
Pegué un grito de excitación, y tuve que pensar en cadáveres para no acabar. La agarré del pelo y llevé una y otra vez su boca hasta la base de la verga de cerámica, me deleité en sus pezones mientras chupaba.
De repente, Rita se sacó la pija de cerámica de la boca y la arrojó lejos, contra el suelo, donde se hizo pedazos o se partió en dos. Y me miró a los ojos sin incorporarse. Me había ganado, me había poseído, yo era su esclavo: gemí. Ella era más inteligente o peor que yo. Ella era una mujer, y yo nada más que un hombre. Adán y Eva. Eva y Adán, en realidad. Y otra vez hizo que nos expulsaran del Paraíso.Me tomó de los huevos con la misma fuerza con la que yo la había dado vuelta y se la había metido en el culo, y se metió mi poronga en la boca. Mi verga en la boca. Glande, tronco y comienzo de los huevos. Tal como habíamos imaginado desde que nos dijeron que no se podía.


9 de agosto, por la tarde

Si ayer Fernanda no hubiera venido a chupármela debajo de esta mesa en la que escribo sin que me lea, creo que por primera vez en mi vida me hubiera pagado una puta. No hubiera aguantado siquiera la espera de Bea o Alejandra, llamarlas y que me dijeran que sí o que no.
Pero, querido diario, tú y yo merecemos que regrese a aquel estudio donde Rita me chupaba, desafiando el edicto, la pija. Hemos estado todo el día separados, querido diario, porque ayer me asaltó el miedo. Fue tal el acoso del deseo, tal el sufrimiento hasta que Fernanda me la chupó, que temí no poder retomar la escritura, que el sufrimiento de la calentura fuese más poderoso que el placer de su satisfacción. Temí, querido diario, llamar a Rita, incluso antes que a una puta.
Ay, diario querido, los hombres como yo padecemos el placer, los prolegómenos del mismo. Querido diario, apiádate de mí, dame fuerzas, paciencia, para seguir conformándote, dándote forma como se las di al culo y a la boca de Rita, porque no prosperaré si no soy capaz de ordenar mis fenómenos, mis terremotos, mis hecatombes; porque la reproducción de estos misterios requieren que sea capaz de recordarlos con fortaleza, de revivirlos en el papel, de conservarlos con hidalguía en la memoria. Un hombre debe ser capaz de convivir con sus recuerdos, incluso con los más difíciles: no los que lo traumatizaron, sino, ¡ay!, los que lo hicieron feliz.
Estaba mi majestuosa verga, lustrosa por la saliva, apretada, amorcillada como una morsa, entre los labios, el paladar y la lengua de Rita, cuando entró inopinadamente Juanita al estudio. ¿Qué hacía la niña allí? ¿No pasaba el día en lo de una amiga? Tales enigmas se resolverían más tarde; pero lo que ocurrió fue que Juanita, igual que su madre en cuanto vio por primera vez mi verga pugnante, se llevó una mano a la boca para tapársela estupefacta. Y cerró la puerta.
Temeroso de que los sucesos nos condujeran a un final indeseado, vale decir, a la falta de un final, tomé por la nuca a Rita con una mano, con la otra junté sus pezones en un solo punto, y apretando y presionando, apuré el resultado, no sin antes soltarle la nuca y, visto que ella me aguardaba indulgente, utilizar esa mano para pajearme como me gusta, sin sacarla de la boca de Rita, para acabar.
¿Cuánta leche le dejé en la garganta? Es, como decía Somerset Maugham, un misterio que comparte con el universo el mérito de no tener respuesta. Pero fue mucha. Mucha. Una leche universal en su misterio.
Rita la tragó con dedicación, paladeándola en sus fauces, mientras su expresión decía que apreciaba tanto el sabor como la consistencia y la cantidad.
—Algo salió mal —dijo.
Y el Buda, para rubricar su afirmación, se le salió del culo y fue a dar al piso.


10 de agosto, por la mañana

Ayer fue el primer día en que no necesité tirarme a Fernanda luego de escribirte, querido diario, ni para continuar escribiéndote. Pero debo confesarte que hoy no le he dicho que no a Bea, la linda gordita cuya cola clama por un maltrato dulce y fugaz. Pero... ¿en qué estábamos?
¡Ah!, ya sé, y no necesito releerte para recordarlo. ¿Por qué entró la bella Juanita en el estudio de su madre cuando se suponía que pasaría el día en casa de su amiga Viviana, a la que, por edad y referencias, imagino tanto o más apetecible que la jovencita en cuestión? Pues, querido diario, antes de dar una respuesta debo impartirte un conocimiento: la amistad y el amor no son imprevisibles; lo imprevisible son las reacciones de las personas ante dos sentimientos que, lo sabemos desde nuestra más tierna infancia, no conocen reglas ni acuerdos.
No sólo Juanita se había quedado a dormir en lo de Viviana, sino también Matías, nombre apropiado para un coetáneo de Juanita, si los hay, sin que lo supieran Miguel ni Rita. La casa de Viviana no era más que una tapadera para que Matías y Juana follaran y pernoctaran juntos sin permiso de los padres. Follar, imagino, follaban desde hacía meses, pero a Rita se le había metido en la cabeza —como se le metió la cabeza del Buda en el culo— que su hija aún no estaba en edad de quedarse a dormir en la casa de los padres del novio, o en la cama con el novio en cualquier casa. Aquel mediodía terrible, en una trama paralela que sólo la vida real —en contubernio con sus dos peores aliados: la amistad y el amor— puede organizar, Juanita descubrió que la verga de Matías tenía dos hogares: sí, también la púbica entrepierna de Viviana.
Los rumores no me llegaron intactos. De modo que no sé si ella se levantó por la madrugada, y los vio tocándose, porque Matías y Juana dormían junto a la cama de Viviana, o si Viviana lo confesó en un arranque de desesperación o reproche contra Matías. Lo cierto es que Juanita llegó a casa de sus padres huyendo del suicidio, del desengaño, del completo desconcierto, con lágrimas en los ojos, en busca de consuelo, de contención; no encontró a nadie en el comedor, golpeó la puerta del dormitorio y nadie le contestó. Pegó la oreja a la puerta y escuchó los odiados sonidos, odiados ahora que conocía los pliegues del amor. Entonces se apartó, decidida, pese a todo, por un atisbo de pudor, a no interrumpir el apareamiento de sus padres —en realidad no eran gemidos ni voces de apareamiento, sino el fallido intento de Miguel de penetrar a Fernanda—, y se largó al estudio de la madre, rincón que algunas tardes utilizaba, cuando no había nadie en casa, para fumar, supuestamente a escondidas de los padres, que ya sabían que fumaba. ¿Y qué encontró? A su madre fumándome la verga; fumándomela como si fuera un narguile; desesperada, pero de amor, narcotizada, alienada, chupando pija; apretándome los huevos. Creo que me vio la mitad de la verga. Y quizás el glande, porque en ese momento Rita la había sacado para que mi verga tomara aire. Sí, querido diario, Juanita, tras sus lágrimas, nos vio a su madre y a mí entretejidos en la científicamente denominada fellatio. Felación o mamada, elige tú.
¿Cómo podía Miguel impedir que Rita me chupara la pija? ¿Cómo puede una mujer decir que no le chupará la pija a un hombre? ¿Cómo puede un hombre decir que no? Acepto que lo que nos hace humanos es nuestra capacidad de decir «no»; pero, en el sexo, nuestra incapacidad para decir «no» no nos vuelve animales sino dioses. Juanita vio cómo su mamá me chupaba la pija. Lo escribo, querido diario, y me caliento.


11 de agosto, insomne por la noche

No merece la pena perder tiempo en el enema de verga que le hice a Bea cuando tengo tantas cosas y tan importantes que contarte, querido diario.
Ayer por la tarde, sí, ayer por la tarde, en otra dimensión, en otro mundo, en un paraíso que no conozco y sin embargo habité, me llamó Juanita. Me dijo que necesitaba hablarme. Me lo dijo con voz adulta y contenida. Desde ya, me divirtió el llamado. Pero también me puso en guardia. Suponía, y luego confirmé, que necesitaba información fidedigna. Sus padres no eran capaces de contarle la verdad. Necesitaba una palabra adulta que la sacara del espanto en que la había sumido la visión. Pero me atemorizó pensar en amenazas de suicidio, hacerme cargo de una jovencita..., los llantos, quizás el escándalo. Mas ¿qué podía hacer?
—Sí, Juanita —le contesté—. No hay problema. Podemos encontrarnos donde quieras y cuando quieras.
Quizás fui un poco demasiado cortés, pero, dadas las circunstancias y el seguro desamparo de la niña, no quería pecar de lo contrario.
—Mis viejos se fueron al country —dijo Juanita—. Yo no soporto verlos, ni ellos se atreven. Los avergüenza que los vea.
—Entiendo.
Estábamos en un bar para jóvenes, y, en consecuencia, rodeados de jóvenes. Pero el ambiente no me amedrentaba; por el contrario, alimentaba mis esperanzas de que me envidiaran.
—Quiero saber qué pasó —pidió Juanita.
—Bueno..., en realidad... —tartamudeé—, no soy quién para explicar nada. Ni yo mismo podría explicar bien qué pasó. Sólo te puedo decir que no es ninguna tragedia. Que no hubo engaño ni traición. Tus viejos no se van a separar...
Juanita me interrumpió, con una convicción heredada de váyase a saber qué ancestro tantas generaciones anteriores a Miguel.
—¿No es ninguna tragedia? ¿No se van a separar? ¡La tragedia es que sigan juntos! ¡No lo puedo entender! Ni siquiera sé cómo me animo a estar acá hablando contigo. Pero necesitaba hablar con alguien, entender qué pasó... Ellos no me cuentan nada: me dicen lo mismo que tú. Que son cosas de grandes, de adultos... ¿Qué adultos? ¡Hijos de puta, más bien!
—Nadie sabía que ibas a llegar... —dije, tratando de minimizar las cosas—. Eso sí fue terrible. Pero tú habías dicho...
—¡Lo único que falta es que me echen la culpa a mí! —dijo Juanita con lágrimas en los ojos. Y yo no pude sino recordar que, cuando le metí la verga en el culo a Rita, le brotaron unas lágrimas similares—. No sé cómo estoy acá hablando contigo. Pero necesito saber, porque si no, voy a volverme loca...
Y aquí dijo, querido diario, lo que yo tanto había temido:
—Me voy a matar..., no sé qué voy a hacer...
—¡Bueno! —dije, con cierto enojo, como retándola; después de todo, yo era el adulto—. Tampoco es como para tomárselo así. Sobre todo a tu edad... ¡Vosotros, los jóvenes, no paráis de pedirnos libertad y qué se yo! A fin de cuentas, matarse es peor que cualquiera de las cosas que mencionas. Pongamos un marco, no nos vayamos para cualquier lado. Si puedo ayudar en algo, te voy a ayudar.
Mi reacción intempestiva, ciertamente admonitoria, pareció calmarla. La habían retado, un adulto le había hecho frente, y aquello resultó. Recobró cierta calma, y espetó, sin alardes:
—Cuéntame.
—Bueno —repetí—. No hay mucho que contar. Lo que te dijeron tus padres es cierto. No hubo traición. No hubo engaños. No hubo ninguna actitud maliciosa o maligna. Cosas de grandes, cosas que no se pueden entender si uno no lleva casado veinte años. Creo que lo puedes deducir con facilidad, aunque hoy no puedas acabar de entenderlo. Y saber lo que pasó, aunque uno no lo entienda, ayuda. Tú siempre les pides a tus padres que te entiendan, que te permitan quedarte a dormir con tu novio...
Juanita dio un respingo.
—... que te dejen ir a tal o cual campamento o actividad, que no te molesten si fumas. Incluso, que no te hagan escándalo si te encuentran un porro. Bueno —dije por milésima vez—, ahora ellos, los adultos, te piden que los entiendas, que los perdones, que los comprendas. Por una vez. Fue una desgracia que aparecieras de improviso. Eso fue todo, y es lo más grave. Un accidente. Un accidente terrible pero un accidente: no fue una puesta en escena ni algo preparado. Un error terrible, y te pedimos que nos perdones. Por una vez.
Juanita me miró desolada y muda.
—Pero yo soy la hija.... —dijo con cordura—. Yo puedo cometer esos errores, me pueden pasar esas cosas, algunas a las que tengo derecho... Yo puedo cometer errores, ellos no.
Ahora yo la miré desolado.
—Ya ves que sí —dije.
Juanita —como su madre, y luego ella, se habían tapado la boca— se tapó los ojos. Juntó los brazos sobre la mesa y, regalándome el espectáculo de su cabellera, hundió los ojos entre los brazos. Sin levantar la cabeza, contó con voz sorda:
—Mi novio me engañó. En lo de mi amiga. Por eso volví a casa. Lo que menos necesitaba era encontrarme con que mi madre le mete los cuernos a mi padre.
—No fue así —dije—. No hubo cuernos ni engaños. Y creo que está todo dicho: ahora sólo resta olvidar.
Pero no hubo caso. Juanita se echó a llorar con los ojos entre los brazos. Bramaba de pena. Acerqué mi mano a su cabellera, la apoyé con toda la levedad del mundo, apenas un segundo, y la retiré.
—¿Por qué me engañó? —preguntó Juanita, llorando.
—Los que nos hacen daño no merecen que nos preguntemos por qué lo han hecho —respondí.
Juanita, sin dejar de llorar, rió entre sus brazos.
—Te llevo a tu casa —le dije.
Pagué, la saqué del bar y paré un taxi. La gente nos miraba, pero en cuanto subimos al taxi me sentí a salvo: lo peor ya había pasado. Nos detuvimos en su casa y le pregunté si se sentía lo bastante bien como para quedarse sola.
—Necesito preguntarte unas cosas más —pidió sin enojo—. Mi sicóloga me dijo que lo mejor que puedo hacer es hablarlo. Ella, claro, sugirió que hablara con mis padres. Pero ellos no pueden hablar. Lo intenté, pero yo tampoco puedo. Contigo pude hablar. ¿Unas preguntas más?
—Un té —dije—. Como para que te recompongas, y me voy.
Juanita asintió.
—¿Pero me vas a contestar? —añadió.
—Lo que pueda —dije.
La casa estaba vacía sin parecerlo. Por cada uno de sus rincones caminaban los fantasmas del afrecho. El pecado y sus secuaces, la lujuria y los fluidos, se reían todavía de nosotros, jugaban al juego que jugamos sin conocer sus reglas, padeciendo creyendo que nos divertimos, dilapidando nuestras vidas en la presunción de que las reproducimos. Era una casa embrujada por el fornicidio.
Juanita tomó asiento, indolente, en un sillón individual del comedor. Yo me senté, recatado, en una silla de madera junto a la mesa, la mesa donde los ravioles y el vino tinto habían precedido a la debacle.
—¿Lo planearon antes? —me preguntó, y en un arrebato del lenguaje propio de adolescente o de estudiante de teatro, agregó: ¿O surgió?
—Surgió —mentí.
Juanita chistó.
—La de veces que me habré escondido como una delincuente... para no molestar, para que mis viejos no se enteraran de nada... Y mira...
«La que miró fuiste tú», pensé en decir. Pero opté por el silencio.
—Quiero fumar —dijo Juanita.
Puse cara de circunstancias y me palpé los bolsillos.
—Yo no fumo —me excusé.
Yo no era su padre, ni mucho menos su tutor, pero sentía que un halo de corrupción hubiera rodeado la escena de Juanita fumando delante de mí. Me alegró que no hubiera cigarrillos cerca. Pero mi alegría duró poco.
—Voy a buscar un faso —declaró. Se levantó—. Mejor ven —se dio vuelta y agregó: No quiero dejar rastros en el comedor.
La seguí. Para mi gran desmayo, el lugar donde escondía o guardaba «los fasos» era el estudio. Subimos la breve escalera, Juanita delante de mí.
Entre las figuras de Caperucita y el lobo y los personajes de Los miserables, se encontraba el Buda, profanada su cabeza, modificado el sentido de su sonrisa, extraño o sórdido, quizás aún santo. En el piso, partido en dos, el modelo en cerámica de mi falo: nadie lo había recogido.
Juanita separó un par de pinturas, frascos de acetona y esmaltes acumulados en un estante, y sacó una bolsita, casi empotrada en la pared. De la bolsita extrajo un paquetito de hierba. Cuando vi los papeles de armar cigarrillos, supe de qué se trataba.
—Mi vieja nunca usa la acetona ni el esmalte ni las pinturas.
Mientras armaba su cigarrillo de marihuana, Juanita divisó la copia en cerámica de mi verga rota en el suelo. Apartó la mirada de inmediato y se metió la punta del cigarrillo en la boca. Lo encendió con un mechero, que no vi de dónde sacó, e hizo que no con la cabeza.
—No lo puedo creer —me dijo—. Lo pienso y no lo puedo creer.
—Pues no lo creas —le dije.
—Pero esto no es como la fe —dijo Juanita—. Uno puede creer en milagros aunque no los vea. Pero no puedes dejar de creer en lo que sí viste.
Movió otra vez bruscamente la cabeza, en un gesto de anonadada negativa.
—¿Sabes qué? —le dije—. Hace un tiempo leí una excelente biografía. La de Buñuel, Mi último suspiro. En un párrafo dedicado a la imaginación, dice que durante mucho tiempo lo acosaron fantasías terribles, como por ejemplo acostarse con su madre. Y que un día descubrió que podía imaginar las cosas y que eso no significaba que ocurrieran. Entonces se dedicó a imaginar a conciencia, rigurosamente, las peores cosas que se le ocurrían. En lugar de intentar reprimirlas, les daba rienda suelta en su imaginación, y así las exorcizaba.
Juanita iba por la mitad de su cigarrillo, lo fumaba muy rápido.
—¿Y? —me preguntó desafiante y con los ojos enrojecidos.
—Que tal vez te haría bien repasar la escena en tu cabeza hasta neutralizarla. Mirarlo todo de frente, pensar en eso una y otra vez, y finalmente decidir que no pasó nada, que no te incumbe, que la vida es rara y no la podemos manejar; pero que tú vas a hacer tu propia vida, independiente de tus padres.
Juanita hizo por tercera vez que no con la cabeza. Me habló llorando, casi gritando:
—¡Quiero dejar de pensar! No puedo neutralizar nada. Quiero que se me vaya de la cabeza.
—¿Qué es lo que ves?
—¿Qué veo? —gritó Juanita—. Mi mamá chupándote la pija. Veo una pija enorme en la boca de mi mamá.
La verdad es que la referencia al tamaño me inquietó.
—¡Quiero dejar de verla! —siguió gritando Juanita—. Cuando vengo a este estudio —sorbió su llanto—, cuando vengo a este estudio... veo esa cosa rota... Esto no puede ser.
—¿Qué es lo que tanto te impresiona de lo que viste?
—¿Necesitas que te lo explique? —ironizó furibunda, pero luego recapacitó—. Pero hay algo..., algo que no tiene nada que ver... Se lo conté a mi psicóloga. Porque uno no puede elegir lo que lo impacta. Como en los sueños, uno no elige nada. Yo una vez, hará un mes, vi sin querer a mi papá desnudo. Salió de la ducha sin toalla ni nada... No sabía que yo estaba allí. Y le vi..., le vi el... Se la vi. La tenía parada. Y me pareció chica. Porque yo ya había estado con Matías, y me pareció chica la de mi papá. Y ahora te vi a ti con mi mamá, y me pareció tan grande... No puedo dejar de pensar que mi mamá agarró una más grande, despreció la de mi padre. Esa idea me persigue.
—Es una imagen —dije—. Una imagen se puede deshacer con otras.
—No es una imagen —me dijo Juanita, y señaló la verga de cerámica partida en dos—. Ahí está. —Agregó, extemporánea: Yo nunca puedo dejar de competir con mi mamá.
Me conmovió.
—Nadie puede dejar de competir con nadie —dije—. Y todos contra Dios.
Juanita dejó el cigarrillo, aún con brasa, sobre la mesa de trabajo y se arrodilló frente a mí. Yo tenía la verga parada. Me la sacó del pantalón como pudo, y se la metió en la boca con decisión.
Quizás, de haber insistido un poco, hubiera sido capaz de impedirle fumar. Pero eso ya no intenté evitarlo. Apoyé ambas manos sobre su cabellera y la ayudé. No me apretó los huevos, pero agarró bien el tronco. Le metí un dedo en el culo y pegó un leve grito.
—¿Nunca te metieron un dedo? —pregunté en susurros.
—Ni un dedo ni nada —respondió en una brevísima pausa, y siguió chupando.
Sin abandonar la posición, estirando el cuerpo y el brazo, tomé el tronco de mi verga en cerámica y comencé a insertarle el glande gris en el culo. El Buda tendría que aguardar otra ocasión.
Puse a Juanita de pie delante de mí y le levanté la remera. Recogí las primicias de sus pezones. Era seguro que Matías se los había chupado y tocado, pero para mí eran vírgenes. Y gimió como si lo fueran. Deslicé entonces mi boca por su torso liso y fresco, y le hundí la lengua en el ombligo, sin sacar mis dedos de sus pezones. Jadeó.
Ella sola se sacó los pantalones y le clavé la verga de verdad en la vulva.
—Es muy grande —lloró.
No contesté. Con una mano acomodé la verga de cerámica en su culo, y la hice girar lentamente. Juanita se derritió. De las intimidades de la concha le salían ríos de jugo. Le tiré suavemente del pelo, y me agradeció con un sollozo entregado.
—Voy a acabar —le dije.
—Entonces sácala —me dijo, con una responsabilidad inusitada, drogada y todo—. Porque no me cuido con nada.
Querido diario, como sabrás, ese parlamento no era nuevo para mí, y a punto estuvo de hacerme acabar sin poder sacarla, pero si Juanita drogada era capaz de mantener el juicio, mucho más yo, que sólo estaba caliente. La saqué y la di vuelta y, permitiéndole imitar las posiciones de su estirpe, puse las palmas de sus manos contra la mesa de trabajo. Le quité la verga de cerámica, que asomaba como un mástil de su culo, en un pesebre perfecto, e intenté penetrarla con la mía. Me gustaría poder decirte, querido diario, que dada la dilatación que le había provocado con el modelo de cerámica, no tuve más que golpear a las puertas del ano con mi verga. Pero la triste verdad es que no entraba. La embadurné con saliva, presioné y empujé. Pero no entraba.
La iba a girar en redondo nuevamente para que terminara con la boca lo que con la boca había empezado, cuando me pidió:
—Prueba una vez más.
Le miré el ano: palpitaba; se abría y se cerraba. Metí uno de mis dedos en su concha.
—Si ellos hacen lo que quieren.... —dijo Juanita mientras yo me lanzaba de nuevo al ruedo, transpirando, sobrepasado, respirando entrecortadamente—..., yo también.
Algo hizo, con su músculo anal y con sus caderas, que permitió a la pija entrar. Querido diario, no puedo describir lo que siguió. Llega un punto en que el sexo es mudo y en que, muy de vez en cuando, nos son permitidos sucesos que las palabras no pueden aprisionar. Con pericia, delicadeza y —lo reconozco— con pasión, lo hice durar. Y Juanita acabó. Se estremeció de tal modo que Caperucita y el lobo, y las figuras de Los miserables, fueron a dar al piso y se partieron en varios pedazos. Sólo el Buda, milagrosamente, permaneció de pie, en la mesa, observando con su sonrisa sarcástica o beata los restos del amor.
—Aunque pienses que estoy loca —dijo Juanita ya vestida—, me siento mejor.
—¿Por el faso? —pregunté mientras me vestía.
Juanita sonrió e hizo que no con la cabeza. Era la primera vez en la tarde que sonreía. Nos despedimos con un beso en la mejilla.
«Quizás realmente la salvé», pensé en el taxi.


12 de agosto, luego de dormir mucho, al mediodía

No me gusta despertarme tan tarde, querido diario. Pero el hecho de que Fernanda me haya despertado imprevistamente con una mamada, luego de calentarse la boca con tres sorbos de mate, según me informó, ayuda. Voy a cerrar este capítulo de nuestra relación, querido diario, con los sucesos acaecidos el 6 de agosto, los que me disponía a incorporar a tus páginas ayer, cuándo Juanita nos interrumpió con su llamado y sus posteriores movimientos. Como verás por lo que voy a escribir, querido diario, puede parecer que no cumplo ninguno de mis acuerdos. Pero te desengañaré.
Como te decía, el 6 de agosto por la mañana Miguel vino a quejarse. Había descubierto que Rita, pese a lo pactado, me había chupado la pija.
Me extrañó mucho que se iniciara así la conversación, y no con la horrible circunstancia de que su hija lo hubiera descubierto todo. Pero así es Miguel, y por eso le va como le va.
—No puedo entenderlo —se quejó Miguel—. Te lo ofrecí todo. Y tomaste precisamente lo que te prohibí.
En ese momento no le pregunté cómo se había enterado. Sólo atiné a responder:
—No fui yo, Miguel, te lo aseguro. Ella se lanzó como una loca, no pude pararla.
Miguel, como ayer hizo su hija Juanita, hizo que no con la cabeza.
—Con tu esposa no pasó nada —dijo entonces él.
Reprimí una sonrisa. Miguel me estaba reprochando que, aunque su esposa me había dado mucho más de lo que él esperaba, mi esposa le había dado mucho menos. Cosa que yo ya había supuesto.
—Cuando a mí se me paraba, ella estaba seca como una piedra, una lija. Y cuando me decía que se había mojado, a mí se me bajaba.
Aunque yo le había ordenado no contarme ni un renglón, lo cierto es que el relato me agradaba. Ya perdidos mis miedos, sólido en mi posición, me atreví a preguntar:
—¿Y por qué no te hiciste pajear? —Y agregué, libre de los más elementales pruritos: Fernanda hace muy buenas pajas.
Miguel asintió. Pero no porque lo hubiera probado, sino porque sabía que yo tenía razón. Hay ciertas relaciones en las que uno siempre tiene la razón y el otro no; y para mí es evidente que el que no tiene nunca la razón, debe procurar por todos los medios huir de semejantes relaciones. Pero Miguel, como un regalo, intimaba cada vez más.
—Pensé que, si me iba con una paja, a ti te lo daban todo y a mí nada. Lo intenté hasta el final, como pude. No quería que me hiciera acabar con la mano. Y terminé cuando ella me dijo que se había mojado, con la pija baja, rozándome contra los muslos, pero no pude entrar...
Un atisbo de sollozo asomó en su voz. Si se hubiera echado a llorar, creo que le habría pedido que se fuera, querido diario.
—¿Por qué te la chupó? —preguntó con furia, imponiendo, en un raro rapto de virilidad, la furia a la pena.
—No sé, Miguel. Creo que jugamos con fuego —actué—. Hay cosas que no se pueden controlar.
—Lo mismo dijo ella, que no se pudo controlar.
Miguel apoyó la frente en su mano, y cerró los ojos.
—¿Cómo te enteraste? —pregunté.
Soltó una risa furibunda.
—Por mi hija. Después de armarnos un escándalo descomunal, y decirnos de todo, terminó gritando: «¡Yo vengo a esta casa en busca de la ayuda de mis padres, y me encuentro a mi mamá con la verga de otro en la boca!».
Luego de ese exabrupto me narró Miguel la decepción que se había llevado Juanita respecto de Matías. Pero regresó inmediatamente a la pregunta que horadaba su alma:
—¿Por qué? —insistió.
—Ya te dije que no sé, Miguel. Sólo te puedo prometer que no lo volveré a hacer.
—Para colmo, yo estoy caliente —se quejó Miguel—. Rita me parece más linda que nunca. Como si las tetas le hubieran crecido. La veo más mujer, más hembra. Me gusta cómo se mueve. Me dejó cogerla, una vez. Creo que de compromiso. Una sola vez, desde aquel domingo. Pero no me la quiere chupar.
Tuve que reprimir la risa, que en mi caso no hubiera sido furibunda, sino una auténtica risa alegre.
—¿Qué dice ella? —pregunté.
—Que le da vergüenza. Que no puede.
—Entiendo —repliqué, en la cúspide de mis dominios.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Miguel.
—Nada, dejar que pase el tiempo.
Miguel negó con la cabeza.
—No —agregó—. No nos podemos volver a ver.
—Pero ¿por qué?... —Fingí ingenuidad—. Nuestra amistad..., la amistad entre Fernanda y Rita...
—Ella, Rita, quiere volver a verlos —dijo Miguel—. Tengo miedo de que te la quiera chupar. Me dijo lo mismo que tú, también en esto: que puse en marcha un juego sin saber que en todos los juegos se cometen transgresiones. En el fútbol hay fouls, me dijo. Se pueden establecer reglas, claro, pero nadie puede garantizar su pleno cumplimiento. Se puede penalizar a los jugadores, pero no impedir de antemano que cometan infracciones. v.
—¿Todo eso dijo?
—Más o menos.
—¿Y qué más?
—Que no quiere que por eso se rompa nuestra amistad.
No sé si fue la frase «se rompa nuestra amistad», o la imagen de Rita y Miguel jugando al fútbol, como me los representé cuando Miguel desmenuzaba las explicaciones de Rita: Rita vestida con ropa de jugador de fútbol, el pantalón corto dibujándole las nalgas, los pechos tras la remera del Racing sin corpiño; y Miguel también vestido de futbolista; yo en el equipo contrario. No sé si fue eso, decía, querido diario, lo que me puso en el magín la propuesta terrible que, así como Miguel se había atrevido a hacerme la suya, me impulsó a poner mis propias cartas sobre la mesa. Aunque todo había salido mal para Miguel, yo había cumplido un deseo suyo. Con imperfecciones, es verdad; pero él había propuesto y yo había aceptado. Ahora era el turno de mi propia propuesta, mi gran propuesta. Tenía derecho.
Sin embargo, aún no veía el intersticio. Necesitaba un movimiento más de Miguel, un pretexto para exponer mis condiciones. Mi resolución número dos ante el Consejo de Seguridad. Como todo, me lo dio de inmediato.
—No quiero que nos veamos más —dijo, y agregó destemplado: No quiero que te acerques a mi familia.
—Me estás agrediendo —dije—. Yo no propuse esto, ni lo busqué. Sucedió un accidente. No es culpa mía.
—No es culpa de nadie —dijo Miguel—, ni te estoy agrediendo. Solamente te pido que cortemos acá. —Y repitió: No quiero que te acerques más a mi familia.
—Me estás dejando sin tu amistad —dije—. Y obligando a Rita y a Fernanda a no hablar nunca más sin saber por qué. Fernanda no sabe nada. Nada de lo que hice con Rita. ¿Qué le digo? —Nada —dijo Miguel—. No es tan difícil. —Sí que es difícil. Fernanda querrá saber por qué no nos vemos más. Tratará de enterarse. Y si se entera de que tu mujer me la chupó contra tus prohibiciones, le va a dar un significado distinto a los hechos. Para Fernanda me garché una mina y nada más. No pasó nada. Pero si se entera de que hicimos algo prohibido, de que tu mujer no pudo resistir chuparme la verga, y sobre todo si se entera de que tú estás enojado, va a apasionar todo. ¿Entiendes? Si seguimos amigos, como si nada, los dos matrimonios, Fernanda no se inmutará. Pero si tú cortas la relación bruscamente y no nos vemos más, Fernanda se va a preguntar qué pasó, imaginará que le ocultamos algún secreto, querrá saber. Va a suponer amor, o atracción, entre tu esposa y yo... No me puedes hacer esto. Me estás cobrando un precio demasiado alto, y todo por haber accedido a un deseo tuyo.
Miguel, para mi gran sorpresa, se tragó mi argumento. Asintió. El pobre Miguel sí que iba lejos.
—Yo no puedo exponer otra vez a Rita a tu presencia... Mucho menos después de lo que pasó con Juanita. Ella, Rita, dice que quiere seguir viéndolos... Pero por lo menos aceptó que nos vayamos al country por una semana, para dejar a Juanita en paz. Para estar juntos y solos, y recomponernos. Después de todo, yo organicé esa reunión nada más que para que volviéramos a estar bien.
—De acuerdo —dije—. Tú te vas al country, la pasas bien, o no, como quieras. Pero si no nos vemos más, me dejas el fardo a mí. Las explicaciones con Fernanda. No es justo. Eso tiene un precio.
Miguel alzó la cabeza.
—¿Un precio?
—Un precio.
Miguel se rió.
—No te puedo creer. ¿Me estás chantajeando? —Sí.
—A ver si te entiendo bien —continuó Miguel—. ¿Me estás pidiendo plata para no acercarte nunca más a mi familia? —Plata, no —dije. —¿Y qué quieres? —Hacerte el culo.
Miguel soltó una carcajada antes de quedarse en silencio, y finalmente dijo:
—¿De qué me estás hablando?
—Creo que fui muy claro. De sodomizarte.
—Concretamente... Es que no lo puedo creer... —dijo, igual que su hija—. Concretamente, ¿de qué me estás hablando?
—¡De meterte la pija en el culo, Miguel! —exclamé, sulfurado—. De cogerte. Bueno, no tanto. Digamos, metértela en el culo.
—No lo puedo creer —insistió Miguel—. ¿Y desde cuándo quieres cogerme?
—Desde que me expusiste las explicaciones futbolísticas de Rita. Si me dejas que te la meta en el culo, no me acerco nunca más a tu familia.
—No lo puedo creer.
—Me das el culo unos minutos, nada más. Y no me ves por el resto de tu vida.
—¿Nunca más te vas a acercar? —Nunca más. Me daría vergüenza —mentí. —¿Y si nos encontramos de casualidad? —Hago de cuenta que no te veo. —¿Y qué le vas a decir a Fernanda? —Cosa mía.
Pero no veía la hora de decirle que le había hecho el culo a Miguel.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Ahora —dije—. Ponte contra la pared como si jugáramos a las escondidas y tú contaras.
—¿Y desapareces para siempre?
—Como mi leche en tu culo.
Miguel, temeroso, dubitativo, apoyó las manos contra la pared, entre los libros de la biblioteca y el mueblecito del equipo de música y los discos, en el living de mi casa.
—Bájate los pantalones.
Se quitó los pantalones y los calzoncillos y asomaron dos nalgas peludas que casi me disuaden. Pero sabía que, si no lo hacía entonces, lo desearía por mucho tiempo.
—Espérame un minuto acá, no te muevas —le dije.
Fui corriendo al botiquín de nuestro baño central y recogí el pomito de gel lubricante que a veces utilizo para hacerle el culo a Fernanda. Junto al pomito, había un tampón. Regresé, también corriendo, con ambas cosas en mi mano derecha.
—Toma —le dije a Miguel, quien había permanecido en la misma posición pero, si no me equivoco, se había bajado un poco más, hasta los tobillos, los pantalones y el calzoncillo. Le di el tampón.
—Póntelo debajo de los huevos —le dije.
Miguel, no sé por qué, obedeció. Se lo puso entre los huevos y el final inferior de las nalgas, sin sacarle el nailon de la envoltura.
—Mejor dámelo —sugerí.
Obedeció nuevamente.
—Apúrate —me dijo—. Me pone mal estar así.
—Tranquilo —dije—. Son unos minutos, nada más.
Quité la envoltura y lubriqué sólo la punta del tampón con el líquido cremoso, frío y transparente. Le abrí bien las nalgas y se lo metí en el ano hasta la mitad.
—Lubrícate un poquito —le dije.
Miguel se metió el tampón y lo sacó, una vez.
—Ya está —dijo con la voz estrangulada por la vergüenza.
—Ahora póntelo de nuevo adelante.
Miguel lo volvió a ubicar donde antes.
—Abre bien el culo.
Con las dos manos separando las nalgas, ese culo peludo daba menos impresión. Las manos lo blanqueaban, lo suavizaban. Tenía el anillo de bodas puesto, y lo miré fijamente. Más que al ano.
Me tomé la pija por el tronco y no pude apoyar el glande en la entrada del ano porque se hundió inmediatamente. Tal vez por mi calentura, tal vez por la lubricación, por azar. Qué sé yo. Pero no pasé de la cabeza de mi pija. La moví sin pasar del glande, circunvalando el orto, tomándome de las nalgas de mi ex amigo.
No pasé más allá porque alcanzaba con eso. No llegaba a ser una relación homosexual: era el rito del gorila macho demostrando el poder ante la manada, garantizando su jefatura delante de los otros machos. Los machos de la manada le ofrecen simbólicamente el culo al gorila jefe; no más que eso. Seguramente, así imaginaba Jiménez a los esposos de sus amantes. Pero a mí, a diferencia de Buñuel, y seguramente a diferencia de Jiménez, no me bastaba con imaginármelo. Vi el glande de mi verga apretado por el ano marrón.
Eyaculé cuando escuchamos la llave de Fernanda entrando por la cerradura de la puerta de calle. Miguel se subió rápidamente los pantalones, y también yo, mientras los pasos de Fernanda resonaban en la escalera. Todavía no sé, querido diario, si hubiera preferido que Fernanda nos encontrara abotonados, o si fue mejor así. Por ahora, aún no se lo he contado.
—¿Qué hacen? —preguntó Fernanda.
Miguel miraba distraídamente los discos.
—Charlábamos —dije.
—Yo ya me iba —dijo Miguel.
—Y yo ya me fui —no pude evitar decir, enigmáticamente, en una frase sobre la que Fernanda no me pidió explicación.
Miguel abandonó mi casa, creo que para siempre. Pero las creencias, ya se sabe..., querido diario, ¿qué se puede esperar de las creencias?

jueves, 13 de agosto de 2009

Chuck Palahniuk. Autor de Fantasmas


(n. Pasco, Washington, Estados Unidos, 21 de febrero de 1962) es un novelista satírico estadounidense y periodista independiente residente en Portland (Oregón). Es famoso por su galardonada novela El club de lucha.

Durante su juventud, mientras estudiaba Periodismo en la Universidad de Portland (de donde se graduó en 1986), Palahniuk comenzó a sumar experiencia a través de prácticas que realizó para la cadena radial KLCC de la National Public Radio y de notas escritas para el periódico de Oregón. Por esos años, además, el joven se ganó la vida como mecánico de la compañía de camiones Freightliner, escribió manuales sobre reparación de camiones, colaboró como voluntario en un albergue para personas sin hogar y se desempeñó también como acompañante de enfermos terminales.
“Monstruos invisibles”, “Superviviente”, “Asfixia”, “Nana”, “Diario: una novela”, “Error humano” y “Rant. La vida de un asesino” son otros de los títulos que forman parte de la producción literaria de este estadounidense considerado por muchos como un autor de culto. En más de una oportunidad, Palahniuk ha señalado que el secreto de su éxito como escritor está en el humor y en evitar las descripciones extensas y las epifanías. En este sentido, el novelista aseguró ante "El Mundo" ue, a la hora de narrar algún episodio trágico, “lo más efectivo es hacerlo de manera divertida. Al incluir chistes, alivias la tensión y puedes seguir adentrándote por escenarios de pesadilla”.
En materia de reconocimientos, cabe destacar que, a lo largo de su trayectoria, Chuck Palahniuk fue premiado por la Pacific Northwest Booksellers Association en dos oportunidades (tanto por “El club de la pelea” como así también por “Nana”) y recibió el Oregon Book en la categoría de Mejor Novela (por “El club de la pelea”), entre otras distinciones.

Tripas. Por Chuck Palahniuk

Inhala.
Coge tanto aire como puedas.
Esta historia debería durar aproximadamente lo que puedas aguantar tu respiración, y entonces solo un poco mas. Así que escucha tan rápido como puedas.
Un amigo mío, cuando tenía trece años oyó hablar de “hacerse estacas”.
Es cuando un tío se mete un consolador por el culo. Se estimula la glándula de la próstata lo suficiente, y dicen que puedes tener orgasmos explosivos sin usar las manos. Con aquella edad, este amigo era un pequeño maniaco sexual. Siempre estaba investigando una nueva manera de soltar la carga. Salió a comprar una zanahoria y un poco de aceite de lubricar. Para hacer una pequeña exploración privada. Entonces se imagino lo que iba a parecer en la cola del cajero del supermercado, con la solitaria zanahoria y el aceite de lubricar rodando por la cinta transportadora de la caja registradora hacia el cajero. Todos los compradores esperando en la cola, mirando. Todo el mundo viendo la gran tarde que tenia planeada.
Así que mi amigo compro leche, huevos, azúcar, y una zanahoria. Todos los ingredientes necesarios para un pastel de zanahoria. Y vaselina.
Como si fuera a meterse un pastel de zanahoria por el culo.
En casa apretó la zanahoria con el soporte de una herramienta fijadora. La embadurno con grasa y la recubrió con su culo. Entonces nada. Ningún orgasmo. Nada pasaba excepto que dolía.
Entonces, este chico, oyó como su mama le gritaba que era la hora de la cena. Ella dijo que bajara, enseguida.
Se saco la zanahoria y oculto aquella cosa mugrienta y resbalosa con la ropa sucia bajo su cama.
Después de la cena, fue a buscar la zanahoria. Y ya no estaba. Toda la ropa sucia, mientras el cenaba, había sido recogida por la madre para hacer la colada. No había manera de que no hubiera encontrado la zanahoria, cuidadosamente ocultada con un cuchillo de untar de su cocina, aun apestosa y reluciente de jugos.
Este amigo mío estuvo meses esperando cubierto de nubes negras. Esperando a que los suyos se lo echaran en cara. Y nunca ocurrió. Nunca. Incluso ahora que ha crecido, aquella zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de navidad, sobre cada fiesta de cumpleaños. En cada huevo de pascua que tiene con sus hijos, los nietos de sus padres, la zanahoria fantasma esta sobre ellos. Demasiado desagradable siquiera para mencionarlo.
Los Franceses tienen una frase: “La solución del escalón”. En francés “esprit de l’escalier”. Hace referencia a ese momento en el que encuentras la respuesta, pero que ya es demasiado tarde. Digamos que estas en una fiesta y alguien te insulta. Tienes que decir algo, pero bajo presión, con todo el mundo mirándote, dices algo inconsistente. Pero cuando te vas de la fiesta....
Cuando empiezas a bajar los escalones, entonces se produce el momento mágico. Vuelves con la cosa perfecta que deberías haber dicho. El perfecto corte que te deja derrotado.
Esa es la solución del escalón
El problema es que, incluso los Franceses, no tienen una frase para las estupideces que dices estando bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas que sueles pensar o hacer.
Algunas acciones son demasiado vergonzosas hasta para tener un nombre. Incluso para que se hablen de ellas.

Volviendo atrás, los expertos en psicología infantil, los consejeros escolares dicen actualmente que la mayoría de los últimos casos de suicidios adolescentes eran de chicos que se asfixiaban mientras que se masturbaban. Sus familiares los encontraban, con una toalla enrollada alrededor del cuello del chico atada a la barra del armario de su cuarto. Muertos. Con esperma de muerto por todas partes. Por supuesto los familiares lo limpiaban. Le ponían unos pantalones a su hijo. Hacían que pareciera.. mejor. Por lo menos intencionado. El típico caso de triste suicidio adolescente.
A otro amigo mío, un chico de la escuela, su hermano mayor de la armada le contó como los chicos del oriente medio se masturbaban de manera diferente a como nosotros lo hacíamos aquí. Este hermano estaba destinado en algún país con camellos donde en el supermercado vendían lo que podían considerarse divertidos abrecartas. Cada uno de estos simpáticos instrumentos eran simplemente una fina barra de plata de ley, quizás tan larga como tu mano, con un gran tope en uno de los extremos, como una gran bola de metal del tipo del que hábilmente se acuñan en el mango de una espada. Este hermano de la armada decía como los chicos árabes se empalmaban y entonces insertaban esta barra de metal por el orificio de su nabo. Se pajeaban con la barra dentro y esto hacia que correrse fuera mucho mejor. Mas intenso.
Así tenemos a este hermano mayor que viajaba alrededor del mundo enviando frases Francesas. Frases Rusas. Útiles consejos de masturbación.
A continuación tenemos al hermano pequeño. Un día no apareció por el colegio. Esa noche llamo por teléfono y me pregunto si podía recogerle los deberes durante las dos próximas semanas. Por que el estaba en el hospital.
Tenia que compartir habitación con gente mayor con tratamientos en sus tripas. Contaba como tenían que compartir la misma televisión. Lo único que le daba algo de privacidad era una cortina. Sus familiares no fueron a visitarlo. Por teléfono me contó como de seguro estaba que sus padres podrían fácilmente matar a su hermano mayor de la armada.
Por teléfono me contó como el día antes el estaba en su cuarto un poco colocado. En su casa, en su dormitorio, desplomado en su cama. Estaba encendiendo una vela y flipando con algunas viejas revistas porno preparándose para pajearse. Todo esto después de haber oído a su hermano de la armada. Los útiles consejos de cómo de hacían las pajas los árabes. El chico busco alrededor algo que pudiera hacer aquel trabajo. La barra de un bolígrafo era demasiado grande. Un lápiz era demasiado grande y basto, pero derretido junto a la vela había un delgado y suave reguero de cera que podría valer. Con el simple contacto de un dedo este chico aparto el largo reguero de cera de la vela. Lo hizo girar entre las palmas de sus manos. Largo, suave y delgado.
Ciego y cachondo, lo introdujo para abajo. Mas y mas profundo dentro del orificio de su nabo. Con un poco de la cera aun fuera empezó a trabajárselo.
Incluso ahora el dice que aquellos chicos árabes son malditamente inteligentes a tope. Habían reinventado completamente el hacerse pajas. De espaldas sobre su cama la cosas se estaban poniendo tan bien que este chico no era capaz de prestar atención a la cera. Tan dedicado a apretarse bien para echar fuera la corrida mientras que la cera no iba a salir fuera nunca más.
La delgada barra de cera de deslizo adentro. Dentro del todo. Tan adentro que no podía notarla en sus conductos urinarios.
Desde abajo su madre grito que era hora de cenar. Ella dijo que bajara, ahora mismo. El chico de la cera y el chico de la zanahoria son personas diferentes, pero todos nosotros vivimos muy mucho la misma vida.

Fue tras la cena cuando las entrañas del chico empezaron a doler. Es cera, así que el se imagino que simplemente se derretiría dentro de el y que la mearia. Y ahora, ahora le duele la espalda, los riñones, y no puede estar derecho.
Mientras este chico hablaba desde la cama del hospital podías oír de fondo los timbres sonando, la gente gritando, los concursos.
Los rayos X mostraron la verdad. Algo delgado y largo se había doblado dentro de su vejiga. Esta larga V de su interior estaba recolectando todos los minerales de su orina. Se estaba haciendo mas grande y basta, recubriéndose con cristales de calcio, ensanchándose alrededor, rellenando el suave conducto de su vejiga, obstruyendo la salida de su orina al exterior. Sus riñones estaban del revés. Lo poco que goteaba de su picha era el rojo de la sangre.
Este chico y los suyos, su familia al completo, todos mirando a la radiografía con los doctores y las enfermeras. La gran V de cera fosforeciendo en blanco para que todo el mundo la pudiera ver. El tuvo que decir la verdad. La manera en la que los árabes se pajeaban. Lo que su hermano mayor de la armada le había escrito en sus cartas.
Por teléfono, en ese momento, empezó a llorar.
Pagaron la operación de vejiga con el fondo para la universidad. Un fallo estúpido, y ahora el ya nunca será un abogado.
Introduciendo cosas dentro de ti. Introduciéndote dentro de cosas. Una vela en tu picha o tu cabeza en un nudo. Sabíamos que iba a haber grandes problemas.
Lo que me creo problemas a mi es lo que llamo “Buceo de perlas”. Esto significa machacártela bajo el agua, sentado en el fondo, en lo más profundo de la piscina de mis padres. Con una respiración profunda me lanzo al fondo y mi deshago de mi bañador. Permanezco sentado allí dos, tres, cuatro minutos.
Simplemente por pajearme poseo una gran capacidad pulmonar. Si tuviera la casa para mi solo lo haría todas las tardes. después de bombear hasta el final, mi material, mi esperma, se mantiene alrededor en grandes y gordos grumos lechosos.
después, mas buceo. Para cojerlo todo. Recolectar y destripar cada puñado en una toalla. Por eso lo llamo “Buceo de perlas”. Incluso con el cloro siempre he de tener cuidado por culpa de mi hermana. O mi madre. Dios bendito.
Ese solía ser mi peor temor en el mundo: mi adolescente hermana virgen pensando que simplemente estaba engordando, y luego dando a luz a un bebe retardado de dos cabezas. Ambas cabezas como la mía. La cabeza del padre y la del tío.
Al final nunca es lo que tienes cuidado lo que acaba pillándote. La mejor parte del buceo de perlas era el desagüe para el filtro de la piscina y la bomba de circulación del agua. La mejor parte era desnudarse y sentarse encima.
Como dirían los Franceses ¿A quien no le gusta que le chupen el culo?
Tranquilamente, en un momento eres un chico pajeàndose, y un minuto después ya nunca serás un abogado.
En un momento dado estoy sentado en el fondo de la piscina y el cielo es ondulante y celeste tras dos metros y medio de agua sobre mi cabeza. El mundo es mudo excepto por latido de mi corazón en mis oídos. Mi bañador de rayas amarillas esta enrollado en mi cuello como medida de seguridad, por si un amigo, un vecino, o cualquiera aparece preguntando por que no he ido al entrenamiento de fútbol. El sorbido constante del desagüe del filtro me traga y yo desparramo mi canijo culo blanco con esa sensación.
En un momento dado tengo suficiente aire y la picha en la mano. Mi padres están en el trabajo y mi hermana tiene ballet. Se supone que nadie estará en casa durante horas.
Mi mano me lleva derecho a correrme y me paro. Nado hacia arriba para coger otra gran bocanada. Buceo hacia abajo y me asiento en el fondo.
Lo hago una y otra vez.
Debe ser por esto por lo que las chicas quieren sentarse en tu cara. La succión es como estar soltando la carga eternamente. Mi polla esta dura y mi culo siendo comido. No necesito aire. El latido de mi corazón en mis oídos. Permanezco abajo hasta que brillantes estrellas de luz empiezan a pulular alrededor de mis ojos. Abierto de piernas, con la parte de atrás de las rodillas pegadas al fondo de cemento. Los dedos de mis pies se vuelven azules. Los dedos de mis pies y de mis manos se arrugan de estar tanto tiempo en el agua.
Entonces dejo que ocurra. Los grandes grumos blancos empiezan a desperdigarse. Las perlas. Entonces es cuando necesito algo de aire. Pero cuando voy a darme impulso con los pies contra el fondo, no puedo. No puedo poner mis pies debajo mía. Mi culo esta atrapado.
Los enfermeros de emergencias te dirán que cada año alrededor de 150 personas quedan atrapados de esta manera, sorbidos por una bomba de circulación. Enrédate con el pelo, o con el culo, y te vas a ahogar. Cada año toneladas de gente lo hace. La mayoría en Florida.
La gente simplemente no habla de ello. Ni siquiera los Franceses hablan de todo. Levantando una rodilla, escurriendo un pie debajo mía empiezo a levantarme a medias cuando noto la tracción sobre mi culo. Poniendo el otro pie debajo de mi me doy impulso contra el fondo. Me libero pateando, sin tocar el fondo, pero sin conseguir aire tampoco.
Aun pateando el agua, agitando ambos brazos, debo estar a mitad de camino de la superficie, pero sin subir mas alto. El latido de mi corazón de los oídos se hace mas fuerte y rápido.
Las brillantes chispas de luz cruzan y recruzan mis ojos. Me vuelvo y miro atrás.... pero no tiene sentido. Una gruesa cuerda, como una serpiente, azul clara, trenzada con venas, ha salido del desagüe de la piscina y esta enganchada a mi culo. De algunas de las venas brota sangre, sangre roja que parece negra bajo el agua y se desperdiga en pequeños hilos de la piel pálida de la serpiente. La sangre se aleja, desapareciendo en el agua, y dentro la delgada y azul clara serpiente puedes ver trozos de almuerzo medio digeridos.
Esa es la forma en la tiene sentido. Algún horrible monstruo marino, una serpiente de mar, algo que nunca ha visto la luz del día, ha estado ocultándose en el oscuro fondo del desagüe de la piscina, esperando para comerme.
Así que.. lo pateo, pateo la deslizante y nudosa piel como de plástico, y sus venas, y parece como si saliera aun mas del desagüe de la piscina. Debe de ser como mi pierna de larga ahora, pero aun se aferra fuerte alrededor del ojo de mi culo. Con otra patada estoy una pulgada mas cerca de coger otra bocanada. Aun sintiendo a la serpiente arrastrándome por el culo estoy una pulgada mas cerca de mi evasión.
Dentro de la serpiente, a nudos, se puede ver maíz y cacahuetes. Puedes ver una larga brillante pelota naranja. Es del tipo de las cápsulas para caballo de vitaminas que mi padre me hace tomar para ayudarme a coger peso. Para conseguir una beca de fútbol. Con extra de hierro y ácidos de grasa omega tres.
Parece que esa pastilla de vitaminas es la que me salva la vida.
No es una serpiente. Es mi intestino delgado. Mi colon sacado fuera de mi. Lo que los doctores llaman ¿PROLEPSIA?. Son mis tripas sorbidas por el desagüe.
Los enfermeros te dirán que una piscina bombea 80 galones de agua por minuto. Eso son casi 400 libras de presión. El gran problema es que estamos totalmente conectados por dentro. Tu culo es simplemente el lejano final del tu boca. Si lo dejo ir la bomba continuara trabajando el deshilacheo de mis entrañas hasta que consiga mi lengua. Imagina cagando una mierda de 400 libras y veras como esto puede volverte del revés.
Lo que puedo deciros es que tus tripas no sienten mucho dolor. No de la forma que tu piel lo hace. Las cosas que tu digieres son conocidas como materia fecal por los doctores. Antes de eso son pegotes de una masa suelta de revoltijos con maíz, cacahuetes y guisantes redondos verdes.
Ahí estaba toda esa sopa de sangre y maíz, mierda, esperma y cacahuetes flotando alrededor mía. Incluso con mis entrañas deshilachándose fuera de mi culo, agarràndome a lo que aun les quedaba, incluso entonces mi mayor deseo era que alguien me pusiera de nuevo mi bañador.
Que Dios no permita a mis padres ver mi polla.
Una mano apretando el puño alrededor de mi culo. La otra mano desenganchando mi bañador de rayas amarillas intentando sacármelo de alrededor de mi cuello. Imposible ponérselos.
Si quieres sentir tus intestinos compra un paquete de esos condones de piel de carnero. Coge uno y desenróllalo. Rellénalo con mantequilla de cacahuetes. Recúbrelo con aceite de lubricante y sumérgelo bajo agua. Entonces intenta rasgarlo. Trata de partirlo en dos. Es demasiado resistente, y como de goma. Es tan escurridizo que no puedes sujetarlo.
Un condón de piel de carnero. Justamente como los intestinos.
Así puedes imaginar a lo que estoy enganchado.
Lo dejas ir un segundo y estas destripado.
Nadas hacia la superficie, a por una bocanada, y estás destripado.
No nadas y te ahogas.
Es una opción entre estar muerto ahora mismo, o dentro de un minuto a partir de ahora.
Lo que mis padres encontraran después del trabajo será un gran feto desnudo, vuelto sobre si mismo, flotando en las turbias aguas de su piscina trasera. Conectado al fondo por una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas. Lo contrario de un chico ahorcándose hasta morir mientras se hace una paja. Este es el bebe que trajeron del hospital hace trece años. Aquí esta el chico que ellos esperaban lograra conseguir una beca escolar y un titulo universitario. ¿Quién cuidara de ellos en su vejez? Aquí están todas sus ilusiones y sus sueños. Aquí flotan, desnudas y muertas. Y alrededor suya, grandes perlas lechosas de esperma desperdiciado.
O eso, o mis padres me encontraran enrollado en una toalla sangrienta, dando espasmos a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, con las entrañas, retorcijos de restos de mis tripas, aun colgando de la pernera de mis bañadores de rayas amarillas.
De lo que ni siquiera los Franceses hablaran.
Aquel hermano mayor de la armada nos enseño otra buena frase. Una frase Rusa. La manera en la que nosotros decimos “Necesito eso como necesito tener un agujero en la cabeza....” los Rusos dicen “Necesito eso como necesito tener dientes en el ojo del culo....”
Mne eto nado kak zuby v zadnitse.
Hay historias de animales atrapados en un cepo que se arrancan la pata. Bien, cualquier coyote te diría que un par de mordiscos, y al diablo con estar muerto.
Demonios. Incluso si eres Ruso, algún día puedes querer tener esos dientes.
De otro modo, lo que tendrías que hacer es girar en redondo. Enganchar un codo bajo tu rodilla y levantar esa pierna hasta tu cara. Morder y desgarrar tu propio culo. Te estas quedando sin aire y mascarías cualquier cosa para conseguir la siguiente bocanada.
No es una cosa que quisieras decirle a una chica en la primera cita. No si esperas un beso de buenas noches.
Si os dijera como sabe, nunca jamás, nunca mas volveríais a comer calamares.
Es difícil decir con estaban mis padres mas disgustados: como me metí en problemas o como me salve. Después del hospital mi madre dijo: “No sabias lo que hacías cariño, estabas en estado de schock.”, y aprendió a cocinar huevos escalfados.
Todas esas personas completamente llenas de sentimiento por mi...
Lo necesito como necesito unos dientes en el ojo de mi culo.
Hoy en día la gente siempre me dice que parezco muy delgado. En las cenas la gente se queda callada y molesta cuando no me como las marmitas de carne de vaca. La marmita de carne de vaca me mataría. La carne asada. Cualquier cosa que permanezca por mis tripas más de un par de horas, sale fuera siendo aun comida. Guisantes caseros o atún ligeramente preparado. Me levantare y comprobare que siguen estando allí dentro en el inodoro.
después de tener una rediseccion radical de intestinos no digieres la carne tan bien. La mayoría de la gente tenéis metro y medio de intestino delgado. Yo tengo suerte de tener mis 18 centímetros. Consiguientemente nunca gane una beca de fútbol. Nunca un titulo universitario. Mis dos amigos, el chico de la cera, y el chico de la zanahoria, ambos crecieron y se hicieron grandes, pero yo nunca he engordado un kilo mas que cuando tenia trece años.
Otro gran problema fue que mis padres habían pagado un buen dinero por aquella piscina. Al final mi padre le dijo al encargado de la piscina que fue un perro. El perro de la familia cayó dentro y se ahogó. El cuerpo sin vida quedo enganchado en el desagüe. Hasta cuando el encargado de la piscina extrajo el filtro de la bomba, con un largo tubo como de plástico con una gran cápsula naranja de vitaminas dentro, incluso entonces mi padre dijo que “Ese perro estaba como un puta cabra”.
Incluso desde mi dormitorio del piso de arriba se podía oír a mi padre decir que “No podíamos dejar a ese perro solo ni un segundo....”.
Entonces a mi hermana no le vino el periodo.
Incluso después de cambiar el agua de la piscina, después de vender la casa, de mudarnos a otro estado, del aborto de mi hermana, incluso entonces mis padres nunca lo volvieron a mencionar.
Nunca
Esa es nuestra zanahoria invisible.
Tu. Ahora tú puedes coger una buena bocanada.
Yo aun no puedo.

lunes, 10 de agosto de 2009

Enrique Vila-Matas. Autor de Bartleby y Compañía


Nació en Barcelona en el número 108 de la calle Roger de Llúria, frente al desaparecido cine Metropol. Estudió derecho y periodismo y en 1968 entró como redactor en la revista de cineFotogramas. En 1970 dirigió dos cortometrajes, Todos los jóvenes tristes y Fin de verano. En 1971, realizó el servicio militar en Melilla, donde en la trastienda de un colmado militar escribió su primer libro, Mujer en el espejo contemplando el paisaje. A su regreso a Barcelona, trabajó como crítico de cine de las revistas Bocaccio y Destino. Vivió en Parísaños, desde 1974, en una buhardilla que le alquiló la escritora Marguerite Duras; allí escribió su segunda novela, La asesina ilustrada. Su tercer y cuarto libros, Al sur de los párpados y Nunca voy al cine, aparecieron en 1980 y 1982, pero sólo empezará a ser conocido en 1985 con su libro Historia abreviada de la literatura portátil. Publica a continuación Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, libros de relatos. Recuerdos inventados es una antología de sus mejores cuentos. Se pasa a continuación al género novelesco con obras como Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical, Bartleby y compañía y El mal de Montano entre otras. Por otra parte, en 1992 había publicado una colección de artículos y ensayos literarios bajo el título de El viajero más lento, a la que siguió en 1995 una segunda entrega, El traje de los domingos. Otras libros que contienen ensayos literarios: Para acabar con los números redondos (1998), Desde la ciudad nerviosa (2000), Extrañas notas de laboratorio (2003, publicado en Venezuela),Aunque no entendamos nada (2003, publicado en Chile), El viento ligero en Parma (2004, publicado en México, reeditado en 2008 en España),Y Pasavento ya no estaba (2008, publicado en Argentina) . Sobre su experiencia parisina escribió París no se acaba nunca (Barcelona, 2003). En 2005 aparece Doctor Pasavento que gira en torno al tema de la desaparición y "la dificultad de no ser nadie". Este libro cierra su trilogía metaliteraria sobre las patologías de la escritura (Bartleby, Montano, Pasavento).En septiembre de 2007 regresa al cuento y publica en Anagrama "Exploradores del abismo". En 2008 publica "Dietario voluble", donde se decanta cada vez más por una fórmula que borra las fronteras entre la ficción, el ensayo y la biografía. El libro es un diario literario o especie de guía que permite vislumbrar la arquitectura interna de su obra y que combina las experiencias de lectura, las experiencias de vida, la memoria personal y las ideas literarias de un ensayista.

Bartleby y Compañía. Por Enrique Vila-Matas

Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa. Por lo demás, soy feliz. Hoy más que nunca porque empiezo —8 de julio de 1999— este diario que va a ser al mismo tiempo un cuaderno de notas a pie de página que comentarán un texto invisible y que espero que demuestren mi solvencia como rastreador de bartlebys.
Hace veinticinco años, cuando era muy joven, publiqué una novelita sobre la imposibilidad del amor. Desde entonces, a causa de un trauma que ya explicaré, no había vuelto a escribir, pues renuncié radicalmente a hacerlo, me volví un bartleby, y de ahí mi interés desde hace tiempo por ellos.
Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda de pie mirando hacia fuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillo de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café como los demás; que jamás ha ido a ninguna parte, pues vive en la oficina, incluso pasa en ella los domingos; que nunca ha dicho quién es, ni de dónde viene, ni si tiene parientes en este mundo; que, cuando se le pregunta dónde nació o se le encarga un trabajo o se le pide que cuente algo sobre él, responde siempre diciendo:
—Preferiría no hacerlo.
Hace tiempo ya que rastreo el amplio espectro del síndrome de Bartleby en la literatura, hace tiempo que estudio la enfermedad, el mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre.
La idea de rastrear la literatura del No, la de Bartleby y compañía, nació el pasado martes en la oficina cuando me pareció que la secretaria del jefe le decía a alguien por teléfono:
—El señor Bartleby está reunido.
Me reí a solas. Resulta difícil imaginar a Bartleby reunido con alguien, zambullido, por ejemplo, en la cargada atmósfera de un consejo de administración. Pero no resulta tan difícil —es lo que me propongo hacer en este diario o notas a pie de página— reunir a un buen puñado de bartlebys, es decir, a un buen puñado de escritores tocados por el Mal, por la pulsión negativa.
Por supuesto oí «Bartleby» donde debería haber oído el apellido, muy parecido, de mi jefe. Pero lo cierto es que este equívoco no pudo resultar más oportuno, ya que hizo que de golpe me pusiera en marcha y, después de veinticinco años de silencio, me decidiera por fin a volver a escribir, a escribir sobre los diferentes secretos últimos de algunos de los más llamativos casos de creadores que renunciaron a la escritura.
Me dispongo, pues, a pasear por el laberinto del No, por los senderos de la más perturbadora y atractiva tendencia de las literaturas contemporáneas: una tendencia en la que se encuentra el único camino que queda abierto a la auténtica creación literaria; una tendencia que se pregunta qué es la escritura y dónde está y que merodea alrededor de la imposibilidad de la misma y que dice la verdad sobre el estado de pronóstico grave —pero sumamente estimulante— de la literatura de este fin de milenio.
Sólo de la pulsión negativa, sólo del laberinto del No puede surgir la escritura por venir. ¿Pero cómo será esa literatura? Hace poco, con cierta malicia, me lo preguntó un compañero de oficina.
—No lo sé —le dije—. Si lo supiera, la haría yo mismo. A ver si soy capaz de hacerla. Estoy convencido de que sólo del rastreo del laberinto del No pueden surgir los caminos que quedan abiertos para la escritura que viene. A ver si soy capaz de sugerirlos. Escribiré notas a pie de página que comentarán un texto invisible, y no por eso inexistente, ya que muy bien podría ser que ese texto fantasma acabe quedando como en suspensión en la literatura del próximo milenio.


1) Robert Walser sabía que escribir que no se puede escribir, también es escribir. Y entre los muchos empleos de subalterno que tuvo —dependiente de librería, secretario de abogado, empleado de banco, obrero en una fábrica de máquinas de coser, y finalmente mayordomo en un castillo de Silesia—, Robert Walser se retiraba de vez en cuando, en Zurich, a la «Cámara de Escritura para Desocupados» (el nombre no puede ser más walseriano, pero es auténtico), y allí, sentado en un viejo taburete, al atardecer, a la pálida luz de un quinqué de petróleo, se servía de su agraciada caligrafía para trabajar de copista, para trabajar de «bartleby».
No sólo ese rasgo de copista sino toda la existencia de Walser nos hacen pensar en el personaje del relato de Melville, el escribiente que pasaba las veinticuatro horas del día en la oficina. Roberto Calasso, hablando de Walser y Bartleby, ha comentado que en esos seres que imitan la apariencia del hombre discreto y corriente habita, sin embargo, una turbadora tendencia a la negación del mundo. Tanto más radical cuanto menos advertido, el soplo de destrucción pasa muchas veces desapercibido para la gente que ve en los bartlebys a seres grises y bonachones. «Para muchos, Walser, el autor de Jakob von Gunten e inventor del Instituto Benjamenta —escribe Calasso—, continúa siendo una figura familiar y se puede incluso llegar a leer que su nihilismo es burgués y helvéticamente bonachón. Y es, al contrario, un personaje remoto, una vía paralela de la naturaleza, un filo casi indiscernible. La obediencia de Walser, como la desobediencia de Bartleby, presupone una ruptura total (...) Copian, transcriben escrituras que los atraviesan como una lámina transparente. No enuncian nada especial, no intentan modificar. No me desarrollo, dice Jakob von Gunten. No quiero cambios, dice Bartleby. En su afinidad se revela la equivalencia entre el silencio y cierto uso decorativo de la palabra.»
De entre los escritores del No, la que podríamos llamar sección de los escribientes es de las más extrañas y la que a mí tal vez más me afecta. Y eso porque, hace veinticinco años, experimenté personalmente la sensación de saber qué es ser un copista. Y lo pasé muy mal. Yo entonces era muy joven y me sentía muy orgulloso de haber publicado un libro sobre la imposibilidad del amor. Le regalé un ejemplar a mi padre sin prever las terribles consecuencias que eso iba a tener para mí. Y es que, a los pocos días, mi padre, al sentirse molesto por entender que en mi libro había un memorial de agravios contra su primera esposa, me obligó a escribirle a ella, en el ejemplar regalado, una dedicatoria dictada por él. Me resistí como pude a semejante idea. La literatura era precisamente —como le ocurría a Kafka— lo único que yo tenía para tratar de independizarme de mi padre. Luché como un loco para no tener que copiar lo que quería dictarme. Pero finalmente acabé claudicando, fue espantoso sentirme un copista a las órdenes de un dictador de dedicatorias.
Este incidente me dejó tan hundido que he estado veinticinco años sin escribir nada. Hace poco, unos días antes de oír eso de «el señor Bartleby está reunido», leí un libro que me ayudó a reconciliarme con la condición de copista. Creo que la risa y diversión que me proporcionó la lectura de Instituto Pierre Menard me ayudó a preparar el terreno para mi decisión de cancelar el viejo trauma y volver a escribir.
Instituto Pierre Menard, una novela de Roberto Moretti, está ambientada en un colegio en el que enseñan a decir que «no» a más de mil propuestas, desde la más disparatada a la más atractiva y difícil de rechazar. Se trata de una novela en clave de humor y una parodia muy ingeniosa del Instituto Benjamenta de Robert Walser. De hecho, entre los alumnos del instituto se encuentran el propio Walser y el escribiente Bartleby. En la novela apenas pasa nada, salvo que, al terminar sus estudios, todos los alumnos del Pierre Menard salen de ahí convertidos en consumados y alegres copistas.
Me reí mucho con esta novela, sigo riéndome todavía. Ahora mismo, por ejemplo, me río mientras escribo esto porque me da por pensar que soy un escribiente. Para mejor pensarlo e imaginarlo, me pongo a copiar al azar una frase de Robert Walser, la primera que encuentro al abrir uno cualquiera de sus libros: «Por la pradera ya oscurecida pasea un solitario caminante.» Copio esta frase y a continuación me dedico a leerla con acento mexicano, y me río solo. Y luego me da por recordar una historia de copistas en México: la de Juan Rulfo y Augusto Monterroso, que durante años fueron escribientes en una tenebrosa oficina en la que, según mis noticias, se comportaban siempre como puros bartlebys, le tenían miedo al jefe porque éste tenía la manía de estrechar la mano de sus empleados cada día al terminar la jornada. Rulfo y Monterroso, copistas en Ciudad de México, se escondían muchas veces detrás de una columna porque pensaban que el jefe no quería despedirse de ellos sino despedirles para siempre.
Ese temor al apretón de manos me trae ahora el recuerdo de la historia de la redacción de Pedro Páramo, que Juan Rulfo, su autor, explicó así, revelando su condición humana de copista: «En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante años había ido tomando forma en mi cabeza (...). Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules.»
Tras el éxito de la novela que escribió como si fuera un copista, ya no volvió Rulfo a escribir nada más en treinta años. Con frecuencia se ha comparado su caso con el de Rimbaud, que tras publicar su segundo libro, a los diecinueve años, lo abandonó todo y se dedicó a la aventura, hasta su muerte, dos décadas después.
Durante un tiempo, el pánico a ser despedido por el apretón de manos de su jefe convivió con el temor a la gente que se le acercaba para decirle que tenía que publicar más. Cuando le preguntaban por qué ya no escribía, Rulfo solía contestar:
—Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias.
Su tío Celerino no era ningún invento. Existió realmente. Era un borracho que se ganaba la vida confirmando niños. Rulfo le acompañaba muchas veces y escuchaba las fabulosas historias que éste le contaba sobre su vida, la mayoría inventadas. Los cuentos de El Llano en llamas estuvieron a punto de titularse Los cuentos del tío Celerino. Rulfo dejó de escribir poco después de que éste muriera. La excusa del tío Celerino es de las más originales que conozco de entre todas las que han creado los escritores del No para justificar su abandono de la literatura.
—¿Qué por qué no escribo? —se le oyó decir a Juan Rulfo en Caracas, en 1974—. Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escribí eran puras mentiras. Algunas de las cosas que me platicó fueron sobre la miseria en la que había vivido. Pero no era tan pobre el tío Celerino. El, debido a que era un hombre respetable, según dijo el arzobispo de allá por su rumbo, fue nombrado para confirmar niños, de pueblo en pueblo. Porque ésas eran tierras peligrosas y los sacerdotes tenían miedo de ir por allí. Yo le acompañaba muchas veces al tío Celerino. A cada lugar donde llegábamos había que confirmar a un niño y luego cobraba por confirmarlo. Toda esa historia no la he escrito, pero algún día quizá lo haga. Es interesante cómo nos fuimos rancheando, de pueblo en pueblo, confirmando criaturas, dándoles la bendición de Dios y esas cosas, ¿no? Y él era ateo, además.
Pero Juan Rulfo no sólo tenía la historia de su tío Celerino para justificar que no escribía. A veces recurría a los marihuanos.
—Ahora —decía— hasta los marihuanos publican libros. Han salido muchos libros por ahí muy raros, ¿no?, y yo he preferido guardar silencio.
Sobre el mítico silencio de Juan Rulfo escribió Monterroso, su buen amigo en la oficina de copistas mexicanos, una aguda fábula, El zorro más sabio. En ella se habla de un Zorro que escribió dos libros de éxito y se dio con razón por satisfecho y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Los demás comenzaron a murmurar y a preguntarse qué pasaba con el Zorro y cuando le encontraban en los cócteles se le acercaban a decirle que tenía que publicar más. Pero si ya he publicado dos libros, decía con cansancio el Zorro. Y muy buenos, le contestaban, por eso mismo tienes que publicar otro. El Zorro no lo decía, pero pensaba que en realidad lo que la gente quería era que publicara un libro malo. Pero como era el Zorro no lo hizo.
Transcribir la fábula de Monterroso me ha reconciliado ya definitivamente con la dicha del copista. Adiós para siempre al trauma que me ocasionó mi padre. Ser copista no tiene nada de horrible. Cuando uno copia algo, pertenece a la estirpe de Bouvard y Pécuchet (los personajes de Flaubert) o de Simón Tanner (con su creador Walser a contraluz) o de los funcionarios anónimos del tribunal kafkiano.
Ser copista, además, es tener el honor de pertenecer a la constelación Bartleby. Con esa alegría he bajado hace unos momentos la cabeza y me he abismado en otros pensamientos. Estaba en mi casa, pero me he quedado medio dormido y me he trasladado a una oficina de copistas de Ciudad de México. Pupitres, mesas, sillas, butacas. Al fondo, una gran ventana por donde más que verse se dejaba caer un fragmento del paisaje de Comala. Y aún más al fondo, la puerta de salida con mi jefe tendiéndome la mano. ¿Era mi jefe de México o era mi jefe real? Breve confusión. Yo, que estaba afilando lápices, me daba cuenta de que no iba a tardar nada en ocultarme detrás de una columna. Esa columna me recordaba al biombo tras el que se ocultaba Bartleby cuando habían desmantelado ya la oficina de Wall Street en la que vivía.
Yo me decía de pronto que, si alguien me descubría tras la columna y quería averiguar qué hacía allí, diría con alegría que era el copista que trabajaba con Monterroso, que a su vez trabajaba para el Zorro.
—¿Y ese Monterroso también es, como Rulfo, un escritor del No?
Pensaba que en cualquier momento podían hacerme esa pregunta. Y para ella ya tenía la respuesta:
—No. Monterroso escribe ensayos, vacas, fábulas y moscas. Escribe poco pero escribe.
Tras decir esto, me he despertado. Unas ganas enormes de copiar mi sueño en este cuaderno se han apoderado entonces de mí. Felicidad del copista.
Por hoy ya basta. Continuaré mañana con mis notas a pie de página. Como escribió Walser en Jakob von Gunten: «Hoy es necesario que deje de escribir. Me excita demasiado. Y las letras arden y bailan delante de mis ojos.»


2) Si la excusa del tío Celerino era una justificación de peso, lo mismo puede decirse de la que manejaba el escritor español Felipe Alfau para no volver a escribir. Este señor, nacido en Barcelona en 1902 y muerto hace unos meses en el sanatorio de Queens de Nueva York, encontró con lo que le sucedió como latino al aprender la lengua inglesa la justificación ideal para su prolongado silencio literario de cincuenta y un años.
Felipe Alfau emigró a Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial. En 1928 escribió una primera novela, Locos. A Comedy of Gestures. Al año siguiente publicó un libro para niños, Old Tales from Spain. Después, cayó en un silencio a lo Rimbaud o Rulfo. Hasta que en 1948 publicó Chromos, al que siguió un impresionante silencio literario definitivo.
Alfau, especie de Salinger catalán, se escondió en el asilo de Queens, y a los periodistas que a finales de los ochenta intentaban entrevistarle él les decía, con el mejor estilo de los escritores esquivos: «El señor Alfau está en Miami.»
En Chromos, con palabras parecidas a las de Hofmannstahl en su emblemático texto del No, la Carta de Lord Chandos (donde éste renuncia a la escritura porque dice que ha perdido del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa), Felipe Alfau explica de la siguiente forma su renuncia a seguir escribiendo: «En cuanto aprendes inglés empiezan las complicaciones. Por mucho que lo intentes, siempre llegas a esta conclusión. Esto se puede aplicar a todo el mundo, a los que hablan por nacimiento, pero sobre todo a los latinos, españoles incluidos. Se manifiesta haciéndonos sensibles a implicaciones y complejidades en las que jamás habíamos reparado, nos hace soportar el acoso de la filosofía, que, sin un quehacer específico, se entromete en todo y, en el caso de los latinos, les hace perder una de sus características raciales: el tomarse las cosas como vienen, dejándolas en paz, sin indagar las causas, motivos o fines, sin entrometerse indiscretamente en cuestiones que no son de su incumbencia, y les vuelve no sólo inseguros sino también conscientes de asuntos que no les habían importado hasta entonces.»
Me parece genial el tío Celerino que se sacó de la manga Felipe Alfau. Creo que es muy ingenioso decir que uno ha renunciado a la escritura por culpa del trastorno de haber aprendido inglés y haberse hecho sensible a complejidades en las que nunca había reparado.
Acabo de comentarle esto a Juan, que es posiblemente el único amigo que tengo, aunque nos vemos poco. A Juan le gusta mucho leer —le sirve como desahogo de su trabajo en el aeropuerto, que le tiene amargado— y opina que desde Musil no se ha escrito una sola buena novela. Sólo conocía él de oídas a Felipe Alfau y no tenía ni idea de que éste se hubiera escudado en el drama de haber aprendido inglés para justificar así su renuncia a la escritura. Al comentárselo hoy por teléfono, ha soltado una gran carcajada. Después, ha comenzado a repetir varias veces, pasándoselo en grande al decirlo:
—De modo que el inglés le complicó demasiado la vida...
He terminado colgándole por sorpresa el teléfono, pues he tenido la impresión de que estaba perdiendo el tiempo con él y debía volver a mi cuaderno de notas. No he simulado una depresión para perder el tiempo con Juan. Porque he simulado en la Seguridad Social una gran depresión y he logrado que me dieran la baja por tres semanas (como tengo vacaciones en agosto, no tendré que ir a la oficina hasta septiembre), lo que va a permitirme una dedicación completa a este diario, voy a poder dedicar todo mi tiempo a estas queridas notas sobre el síndrome de Bartleby.
Le he colgado, pues, el teléfono al hombre que después de Musil no aprecia nada. Y he vuelto a lo mío, a este diario. Y he recordado de pronto que Samuel Beckett terminó también, como Alfau, en un asilo. También como éste, ingresó en el asilo por voluntad propia.
He encontrado un segundo punto en común entre Alfau y Beckett. Me he dicho que es muy posible que también a Beckett el inglés le complicara la vida y que eso explicaría su famosa decisión de pasarse al francés, ese idioma que él consideraba que le iba mejor para sus escritos, pues era más pobre y sencillo.


3) «Me habitué —escribe Rimbaud— a la alucinación simple, veía con toda nitidez una mezquita donde había una fábrica, un grupo de tambores formado por ángeles, calesas en los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago.»
A los diecinueve años, Rimbaud, con una precocidad genial, ya había escrito toda su obra y cayó en un silencio literario que duraría hasta el final de sus días. ¿De dónde procedían sus alucinaciones? Creo que le llegaban simplemente de una imaginación muy poderosa.
No tan claro está de dónde procedían las alucinaciones de Sócrates. Aunque se ha sabido siempre que éste tenía un carácter delirante y alucinado, una conspiración de silencio se encargó durante siglos de no poner esto de relieve. Y es que el hecho de que uno de los pilares de nuestra civilización fuera un excéntrico desaforado, resultaba muy difícil de asumir.
Hasta 1836 no se atrevió nadie a recordar cuál era la verdadera personalidad de Sócrates, se atrevió a esto Louis Ferdinand Lélut en Du démon de Socrate, un bellísimo ensayo que, basándose escrupulosamente en el testimonio de Jenofonte, recompuso la imagen del sabio griego. A veces, uno cree estar viendo el retrato del poeta catalán Pere Gimferrer: «Vestía el mismo abrigo en todas las estaciones, caminaba descalzo tanto sobre el hielo como sobre la tierra, recalentada por el sol de Grecia, danzaba y saltaba con frecuencia solo, sin motivo y como por capricho (...), en fin, debido a su conducta y a sus maneras se había ganado tal reputación de estrafalario que Zenón el Epicúreo lo apodó el bufón de Atenas, lo que hoy llamaríamos un excéntrico.»
Platón ofrece un testimonio más que inquietante en El banquete acerca del carácter delirante y alucinado de Sócrates: «A mitad del camino, Sócrates se quedó atrás, estaba totalmente ensimismado. Me detuve para esperarlo, pero él me dijo que siguiera avanzando (...). No —les dije a los demás—, dejadlo, le ocurre muy a menudo, de pronto se para allí donde se encuentra. Percibí —dijo de pronto Sócrates— esa señal divina que me resulta familiar y cuya aparición siempre me paraliza en el momento de actuar (...). El dios que me gobierna no me ha permitido hablarte de ello hasta ahora, y esperaba su permiso.»
«Me habitué a la alucinación simple», podría haber escrito también Sócrates de no ser porque él jamás escribió una sola línea, sus excursiones mentales de carácter alucinado pudieron tener mucho que ver con su rechazo de la escritura. Y es que a nadie le puede resultar grato dedicarse a inventariar por escrito las alucinaciones propias. Rimbaud sí que lo hizo, pero después de dos libros se cansó, tal vez porque intuyó que iba a llevar muy mala vida si se dedicaba todo el rato a registrar, una tras otra, sus infatigables visiones; tal vez Rimbaud había oído hablar de ese cuento de Asselineau, El infierno del músico, donde se narra el caso de alucinación terrible que sufre un compositor condenado a oír simultáneamente todas sus composiciones ejecutadas, bien o mal, en todos los pianos del mundo.
Hay un parentesco evidente entre la negativa de Rimbaud a seguir inventariando sus visiones y el eterno silencio escrito del Sócrates de las alucinaciones. Sólo que la emblemática renuncia a la escritura por parte de Rimbaud podemos verla, si queremos, como una simple repetición del gesto histórico del ágrafo Sócrates, que, sin molestarse en escribir libros como Rimbaud, dio menos rodeos y renunció ya de entrada a la escritura de todas sus alucinaciones en todos los pianos del mundo.
A este parentesco entre Rimbaud y su ilustre maestro Sócrates bien se le podrían aplicar estas palabras de Victor Hugo: «Hay algunos hombres misteriosos que no pueden ser sino grandes. ¿Por qué lo son? Ni ellos mismos lo saben. ¿Lo sabe acaso quien los ha enviado? Tienen en la pupila una visión terrible que nunca los abandona. Han visto el océano como Hornero, el Cáucaso como Esquilo, Roma como Juvenal, el infierno como Dante, el paraíso como Milton, al hombre como Shakespeare. Ebrios de ensoñación e intuición en su avance casi inconsciente sobre las aguas del abismo, han atravesado el rayo extraño de lo ideal, y éste les ha penetrado para siempre... Un pálido sudario de luz les cubre el rostro. El alma les sale por los poros. ¿Qué alma? Dios.» ¿Quién envía a esos hombres? No lo sé. Todo cambia menos Dios. «En seis meses incluso la muerte cambia de moda», decía Paul Morand. Pero Dios no cambia nunca, me digo yo. Es bien sabido que Dios calla, es un maestro del silencio, oye todos los pianos del mundo, es un consumado escritor del No, y por eso es trascendente. No puedo estar más de acuerdo con Marius Ambrosinus, que dijo: «Según mi opinión, Dios es una persona excepcional.»


4) En realidad la enfermedad, el síndrome de Bartleby, viene de lejos. Hoy es ya un mal endémico de las literaturas contemporáneas esta pulsión negativa o atracción por la nada que hace que ciertos autores literarios no lleguen, en apariencia, a serlo nunca.
De hecho, nuestro siglo se abre con el texto paradigmático de Hofmannstahl (Carta de Lord Chandos es de 1902), en el que el autor vienés promete, en vano, no escribir nunca más una sola línea. Franz Kafka no cesa de aludir a la imposibilidad esencial de la materia literaria, sobre todo en sus Diarios.
André Gide construyó un personaje que recorre toda una novela con la intención de escribir un libro que nunca escribe (Paludes). Robert Musil ensalzó y convirtió casi en un mito la idea de un «autor improductivo» en El hombre sin atributos. Monsieur Teste, el alter ego de Valéry, no sólo ha renunciado a escribir, sino que incluso ha arrojado su biblioteca por la ventana.
Wittgenstein sólo publicó dos libros: el célebre Tractatus Logico-philosophicus y un vocabulario rural austríaco. En más de una ocasión refirió la dificultad que para él entrañaba exponer sus ideas. A semejanza del caso de Kafka, el suyo es un compendio de textos inconclusos, de bocetos y de planes de libros que nunca publicó.
Pero basta echar un vistazo a la literatura del XIX para caer en la cuenta de que los cuadros o los libros «imposibles» son una herencia casi lógica de la propia estética romántica. Francesco, un personaje de Los elixires del diablo, de Hoffmann, no llega nunca a pintar una Venus que imagina perfecta. En La obra de arte desconocida, Balzac nos habla de un pintor que no alcanza a dar forma más que a un trozo de pie de una mujer soñada. Flaubert no completó jamás el proyecto de Garçon, que sin embargo orienta toda su obra. Y Mallarmé sólo llegó a emborronar cientos de cuartillas con los cálculos mercantiles, y poca cosa más de su proyectado gran Livre. Así que viene de lejos el espectáculo moderno de toda esa gente paralizada ante las dimensiones absolutas que conlleva toda creación. Pero también los ágrafos, paradójicamente, constituyen literatura. Como escribe Marcel Bénabou en Por qué no he escrito ninguno de mis libros: «Sobre todo no vaya usted a creer, lector, que los libros que no he escrito son pura nada. Por el contrario (que quede claro de una vez), están como en suspensión en la literatura universal.»


5) A veces se abandona la escritura porque uno simplemente cae en un estado de locura del que ya no se recupera nunca. El caso más paradigmático es el de Hölderlin, que tuvo un imitador involuntario en Robert Walser. El primero estuvo los treinta y ocho últimos años de su vida encerrado en la buhardilla del carpintero Zimmer, en Tubin ga, escribiendo versos raros e incomprensibles que firmaba con los nombres de Scardanelli, Killalusimeno o Buonarotti. El segundo pasó los veintiocho últimos años de su vida encerrado en los manicomios de Waldau, primero, y después en el de Herisau, dedicado a una frenética actividad de letra microscópica, ficticios e indescifrables galimatías en unos minúsculos trozos de papel.
Creo que puede decirse que, de algún modo, tanto Hölderlin como Walser siguieron escribiendo: «Escribir —decía Marguerite Duras— también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.» De los aullidos sin ruido de Hölderlin tenemos el testimonio, entre otros, de J. G. Fischer, que cuenta así la última visita que le hizo al poeta en Tubinga: «Le pedí a Hölderlin algunas líneas sobre cualquier tema, y él me preguntó si quería que le escribiera sobre Grecia, sobre la Primavera o sobre el Espíritu del Tiempo. Le contesté que esto último. Y entonces, brillando en sus ojos algo así como un fuego juvenil, se acomodó en el pupitre, tomó una gran hoja, una pluma nueva y escribió, escandiendo el ritmo con los dedos de la mano izquierda sobre el pupitre y exclamando un hum de satisfacción al terminar cada línea al tiempo que movía la cabeza en signo de aprobación...»
De los aullidos sin ruido de Walser tenemos el amplio testimonio de Carl Seelig, el fiel amigo que siguió visitando al escritor cuando éste fue a parar a los manicomios de Waldau y de Herisau. Elijo entre todos el «retrato de un momento» (ese género literario al que tan aficionado era Witold Gombrowicz) en el que Seelig sorprendió a Walser en el instante exacto de la verdad, ese momento en el que una persona, con un gesto —el movimiento de cabeza en señal de aprobación de Hölderlin, por ejemplo— o con una frase, delata lo que genuinamente es: «No olvidaré nunca aquella mañana de otoño en la que Walser y yo caminamos de Teufen a Speichen, a través de una niebla muy espesa. Le dije aquel día que quizás su obra duraría tanto como la de Gottfried Keller. Se plantó como si hubiese echado raíces en la tierra, me miró con suma gravedad y me dijo que, si me tomaba en serio su amistad, no le saliese jamás con semejantes cumplidos. Él, Robert Walser, era un cero a la izquierda y quería ser olvidado.»
Toda la obra de Walser, incluido su ambiguo silencio de veintiocho años, comenta la vanidad de toda empresa, la vanidad de la vida misma. Tal vez por eso sólo deseaba ser un cero a la izquierda. Alguien ha dicho que Walser es como un corredor de fondo que, a punto de alcanzar la meta codiciada, se detiene sorprendido y mira a maestros y condiscípulos y abandona, es decir, que se queda en lo suyo, que es una estética del desconcierto. A mí Walser me recuerda a Piquemal, un curioso sprinter, un ciclista de los años sesenta que era ciclotímico y a veces se le olvidaba terminar la carrera.
Robert Walser amaba la vanidad, el fuego del verano y los botines femeninos, las casas iluminadas por el sol y las banderas ondeantes al viento. Pero la vanidad que él amaba nada tenía que ver con la ambición del éxito personal, sino con ese tipo de vanidad que es una tierna exhibición de lo mínimo y de lo fugaz. No podía estar Walser más lejos de los climas de altura, allí donde impera la fuerza y el prestigio: «Y si alguna vez una ola me levantase y me llevase hacia lo alto, allí donde impera la fuerza y el prestigio, haría pedazos las circunstancias que me han favorecido y me arrojaría yo mismo abajo, a las ínfimas e insignificantes tinieblas. Sólo en las regiones inferiores consigo respirar.»
Walser quería ser un cero a la izquierda y nada deseaba tanto como ser olvidado. Era consciente de que todo escritor debe ser olvidado apenas ha cesado de escribir, porque esa página ya la ha perdido, se le ha ido literalmente volando, ha entrado ya en un contexto de situaciones y de sentimientos diferentes, responde a preguntas que otros hombres le hacen y que su autor no podía ni siquiera imaginar.
La vanidad y la fama son ridiculas. Séneca decía que la fama es horrible porque depende del juicio de muchos. Pero no es exactamente esto lo que llevaba a Walser a desear ser olvidado. Más que horrible, la fama y las vanidades mundanas eran, para él, completamente absurdas. Y lo eran porque la fama, por ejemplo, parece dar por sentado que hay una relación de propiedad entre un nombre y un texto que lleva ya una existencia sobre la que ese pálido nombre ya no puede seguramente influir.
Walser quería ser un cero a la izquierda y la vanidad que amaba era una vanidad como la de Fernando Pessoa, que en cierta ocasión, al arrojar al suelo el papel de plata que envolvía una chocolatina, dijo que así, que de aquella forma, había tirado él la vida.
De la vanidad del mundo se reía también, al final de sus días, Valéry Larbaud. Si Walser pasó los veintiocho últimos años de su vida encerrado en manicomios, Valéry Larbaud, a causa de un ataque de hemiplejía, pasó en una silla de ruedas los veinte últimos años de su azarosa existencia.
Larbaud conservó enteras su lucidez y su memoria, pero cayó en una confusión total del lenguaje, carente de organización sintáctica, reducido a sustantivos o a infinitivos aislados, reducido a un mutismo inquietante que un día, de pronto, ante la sorpresa de los amigos que habían ido a visitarle, rompió con esta frase:
—Bonsoir les choses d'ici bas.
¿Buenas tardes a las cosas de aquí abajo? Una frase intraducibie. Héctor Bianciotti, en un relato dedicado a Larbaud, observa que en bonsoir hay crepúsculo, el día que se acaba, en vez de noche, y una leve ironía colorea la frase al referirse a las cosas de aquí abajo, es decir, de este mundo. Sustituirla por adiós alteraría el delicado matiz.
Esta frase la repitió Larbaud varias veces a lo largo de aquel día, siempre conteniendo la risa, sin duda para mostrar que no se engañaba, que sabía que la frase no significaba nada pero que iba muy bien para comentar la vanidad de toda empresa.
En las antípodas de esto se encuentra Fanil, el protagonista del cuento El vanidoso, de un escritor argentino al que admiro mucho, J. Rodolfo Wilcock, un gran narrador que a su vez admiraba mucho a Walser. Acabo de encontrarme, guardada entre las páginas de uno de sus libros, una entrevista en la que Wilcock hace esta declaración de principios: «Entre mis autores preferidos están Robert Walser y Ronald Firbank, y todos los autores preferidos por Walser y Firbank, y todos los autores que éstos, a su vez, preferían.»
Fanil, el protagonista de El vanidoso, tiene la piel y los músculos transparentes, tanto que se pueden ver los distintos órganos de su cuerpo, como encerrados en una vitrina. Fanil ama exhibirse y exhibir sus visceras, recibe a los amigos en traje de baño, se asoma a la ventana con el torso desnudo; deja que todo el mundo pueda admirar el funcionamiento de sus órganos. Los dos pulmones se inflan como un soplido, el corazón late, las tripas se contorsionan lentamente, y él hace alarde de eso. «Pero siempre es así —escribe Wilcock: cuando una persona tiene una peculiaridad, en vez de esconderla, hace alarde, y a veces llega a hacer de ella su razón de ser.»
El cuento concluye diciéndonos que todo eso sucede hasta que llega un día en que alguien le dice al vanidoso: «Oye, ¿qué es esta mancha blanca que tienes aquí, debajo de la tetilla? Antes no estaba.» Y entonces se ve adonde van a parar las exhibiciones desagradables.


6) Se da el caso de quien renuncia a escribir porque considera que él no es nadie. Pepín Bello, por ejemplo. Marguerite Duras decía: «La historia de mi vida no existe. No hay centro. No hay camino, ni línea. Hay vastos espacios donde se ha hecho creer que había alguien, pero no es verdad, no había nadie.» «No soy nadie», dice Pepín Bello cuando se habla con él y se hace referencia a su probado rol de galvanizador o artífice, profeta o cerebro de la generación del 27, y sobre todo del grupo que él, García Lorca, Buñuel y Dalí formaron en la Residencia de Estudiantes. En La edad de oro, Vicente Molina Foix cuenta cómo, al recordarle a Bello su influencia decisiva en los mejores cerebros de su generación, éste se limitó a contestarle, con una modestia que no sonó a hueca ni orgullosa: «No soy nadie.»
Por mucho que se le insista a Pepín Bello —hoy un hombre de noventa y tres años, sorprendente ágrafo a pesar de su genialidad artística—, por mucho que hasta se le recuerde que todas las memorias y los libros que tratan de la generación del 27 resuenan con su nombre, por mucho que se le diga que en todos esos libros se habla de él en términos de grandísima admiración por sus ocurrencias, por sus anticipaciones, por su agudeza, por mucho que se le diga que él fue el cerebro en la sombra de la generación literaria más brillante de la España de este siglo, por mucho que se le insista en todo esto, él siempre dice que no es nadie, y luego, riendo de una manera infinitamente seria, aclara: «He escrito mucho, pero no queda nada. He perdido cartas y he perdido textos escritos en aquella época de la Residencia, porque no les he dado ningún valor. He escrito memorias y las he roto. El género de las memorias es importante, pero yo no.»
En España, Pepín Bello es el escritor del No por excelencia, el arquetipo genial del artista hispano sin obras. Bello figura en todos los diccionarios artísticos, se le reconoce una actividad excepcional, y sin embargo carece de obras, ha cruzado por la historia del arte sin ambiciones de alcanzar alguna cima: «No he escrito nunca con ánimo de publicar. Lo hice para los amigos, para reírnos, por pitorreo.»
Una vez, estando yo de paso en Madrid, hará de eso unos cinco años, me dejé caer por la Residencia de Estudiantes, donde habían organizado un acto en homenaje a Buñuel. Allí estaba Pepín Bello. Le espié un buen rato y hasta me acerqué mucho a él para ver qué clase de cosas decía. Dicho con un pitorreo zumbón y divertido, le escuché decir esto:
—Yo soy el Pepín Bello de los manuales y los diccionarios.
Nunca dejará de admirarme el destino de este recalcitrante ágrafo, de quien siempre se resalta su absoluta sencillez, como si él supiera que en ella se encuentra el verdadero modo de distinguirse.


7) Decía el triestino Bobi Bazlen: «Yo creo que ya no se pueden escribir libros. Por lo tanto, no escribo más libros. Casi todos los libros no son más que notas de pie de página, infladas hasta convertirse en volúmenes. Por eso escribo sólo notas a pie de página.»
Sus Note senza testo (Notas sin texto), recogidas en cuadernos, fueron publicadas en 1970 por la editorial Adelphi, cinco años después de su muerte.
Bobi Bazlen fue un judío de Trieste que había leído todos los libros en todas las lenguas y que, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), en lugar de escribir prefirió intervenir directamente en la vida de las personas. El hecho de no haber producido una obra forma parte de su obra. Es un caso muy curioso el de Bazlen, especie de sol negro de la crisis de Occidente; su existencia misma parece el verdadero final de la literatura, de la falta de obra, de la muerte del autor: escritor sin libros, y en consecuencia libros sin escritor.
Pero ¿por qué no escribió Bazlen?
Ésta es la pregunta en torno a la que gira la novela de Daniele Del Giudice El estadio de Wimbledon. De Trieste a Londres, esa pregunta orienta la indagación del narrador en primera persona, un joven que se interroga sobre el misterio de Bazlen, quince años después de su muerte, y viaja a Trieste y a Londres en busca de amigos y amigas de juventud, ancianos ya. A los antiguos amigos del mítico ágrafo les interroga en busca de los motivos por los que éste nunca escribió —pudiendo hacerlo magníficamente— un libro. Bazlen, caído ya en cierto olvido, había sido un hombre muy famoso y venerado en el mundo de la edición italiana, Este hombre, del que se decía que había leído todos los libros, había sido asesor de Einaudi y puntal de Adelphi desde su fundación en 1962, amigo de Svevo, Saba, Montale y Proust, e introductor en Italia de Freud, Musil y Kafka, entre otros.
Todos sus amigos se pasaron la vida creyendo que al final Bazlen acabaría escribiendo un libro y éste sería una obra maestra. Pero Bobi Bazlen dejó tan sólo esas notas a pie de página, Notas sin texto, y una novela a medio hacer, El capitán de altura.
Del Giudice ha contado que, cuando comenzó a escribir El estadio de Wimbledon, él deseaba conservar en la narración la idea de Bazlen según la cual «ya no es posible seguir escribiendo», pero al mismo tiempo buscaba darle una vuelta de tuerca a esa negación. Sabía que de ese modo le daría más tensión a su relato. Lo que le acabó sucediendo a Del Giudice al final de su novela es fácil de adivinar: vio que toda la novela no era más que la historia de una decisión, la de escribir. Hay incluso momentos en el libro en los que Del Giudice, por boca de una vieja amiga de Bazlen, maltrata con extrema crueldad al mítico ágrafo: «Era maléfico. Se pasaba el tiempo ocupándose del vivir ajeno, de las relaciones de los otros: en suma, un fracasado que vivía la vida de los demás.»
Y en otro lugar de la novela el joven narrador habla en estos términos: «Escribir no es importante, pero no se puede hacer otra cosa.» De este modo el narrador proclama una moral que es exactamente contraria a la de Bazlen. «Casi tímidamente —ha escrito Patrizia Lombardo— la novela de Del Giudice se opone a los que culpabilizan la producción literaria, arquitectónica, a todos los que veneran a Bazlen por su silencio. Entre la futilidad de la pura creatividad artística y el terrorismo de la negatividad, quizás haya lugar para algo diferente: la moral de la forma, el placer de un objeto bien hecho.»
Yo diría que para Del Giudice escribir es una actividad de alto riesgo, y en este sentido, al estilo de sus admirados Pasolini y Calvino, entiende que la obra escrita está fundada sobre la nada y que un texto, si quiere tener validez, debe abrir nuevos caminos y tratar de decir lo que aún no se ha dicho.
Creo que estoy de acuerdo con Del Giudice. En una descripción bien hecha, aunque sea obscena, hay algo moral: la voluntad de decir la verdad. Cuando se usa el lenguaje para simplemente obtener un efecto, para no ir más allá de lo que nos está permitido, se incurre paradójicamente en un acto inmoral. En El estadio de Wimbledon hay por parte de Del Giudice una búsqueda ética precisamente en su lucha por crear nuevas formas. El escritor que trata de ampliar las fronteras de lo humano puede fracasar. En cambio, el autor de productos literarios convencionales nunca fracasa, no corre riesgos, le basta aplicar la misma fórmula de siempre, su fórmula de académico acomodado, su fórmula de ocultamiento.
Al igual que en la Carta de Lord Chandos (donde se nos dice que el infinito conjunto cósmico del que formamos parte no puede ser descrito con palabras y por lo tanto la escritura es un pequeño equívoco sin importancia, tan pequeño que nos hace casi mudos), la novela de Del Giudice ilustra sobre la imposibilidad de la escritura, pero también nos indica que pueden existir miradas nuevas sobre nuevos objetos y por lo tanto es mejor escribir que no hacerlo. ¿Y hay más motivos para pensar que es mejor escribir? Sí. Uno de ellos es muy sencillo: porque todavía se puede escribir con alto sentido del riesgo y de la belleza con estilo clásico. Es la gran lección del libro de Del Giudice, pues en él se muestra, página tras página, un interés muy grande por la antigüedad de lo nuevo. Porque el pasado siempre resurge con una vuelta de tuerca. Internet, por ejemplo, es nuevo, pero la red existió siempre. La red con la que los pescadores atrapaban a los peces ahora no sirve para encerrar presas sino para abrirnos al mundo. Todo permanece pero cambia, pues lo de siempre se repite mortal en lo nuevo, que pasa rapidísimo.


8) ¿Y hay más motivos para pensar que es mejor escribir? Hace poco leí La tregua de Primo Levi, donde éste retrata a la gente que estaba con él en el campo de concentración, gente de la que no tendríamos noticia de no ser por ese libro. Y Levi dice que todos ellos querían volver a sus casas, querían sobrevivir no sólo por el instinto de conservación, sino porque deseaban contar lo que habían visto. Querían que esa experiencia sirviera para que todo eso no volviera a suceder, pero había más: buscaban contar esos días trágicos para que no se disolvieran en el olvido.
Todos deseamos rescatar a través de la memoria cada fragmento de vida que súbitamente vuelve a nosotros, por más indigno, por más doloroso que sea. Y la única manera de hacerlo es fijarlo con la escritura. La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia.


9) Si para Platón la vida es un olvido de la idea, para Clément Cadou toda su vida fue olvidarse de que un día tuvo la idea de querer ser escritor.
Su extraña actitud —nada menos que, para olvidarse de escribir, pasarse toda la vida considerándose un mueble— tiene puntos en común con la no menos extraña biografía de Felicién Marboeuf, un ágrafo del que he tenido noticia a través de Artistes sans oeuvres (Artistas sin obras), un ingenioso libro de Jean-Yves Jouannais en torno al tema de los creadores que han optado por no crear.
Cadou tenía quince años cuando sus padres invitaron a Witold Gombrowicz a cenar en su casa. El escritor polaco —estamos a finales de abril de 1963— hacía tan sólo unos meses que, por vía marítima, había dejado Buenos Aires para siempre y, tras su desembarco y paso fugaz por Barcelona, se había dirigido a París, donde, entre otras muchas cosas, había aceptado la invitación a cenar de los Cadou, viejos amigos suyos de los años cincuenta en Buenos Aires.
El joven Cadou era aspirante a ser escritor. De hecho, llevaba ya meses preparándose para serlo. Era la alegría de sus señores padres, que, a diferencia de muchos otros, habían puesto a su disposición todo tipo de facilidades para que él pudiera ser escritor. Les hacía una ilusión inmensa q ue el joven Cadou pudiera un día convertirse en una brillante estrella del firmamento literario francés. Condiciones no le faltaban al chico, que leía sin tregua toda clase de libros y se preparaba a conciencia para llegar a ser, lo más pronto posible, un escritor admirado.
A su tierna edad, el joven Cadou conocía bastante bien la obra de Gombrowicz, una obra que le tenía muy impresionado y que le llevaba a veces a recitar a sus padres párrafos enteros de las novelas del polaco.
Así las cosas, la satisfacción de los padres al invitar a cenar a Gombrowicz fue doble. Les entusiasmaba la idea de que su joven hijo pudiera entrar en contacto directo, y sin moverse de su casa, con la genialidad del gran escritor polaco.
Pero sucedió algo muy imprevisto. Al joven Cadou le impresionó tanto ver a Gombrowicz entre las cuatro paredes de la casa de sus padres, que apenas pronunció palabra a lo largo de la velada y acabó —algo parecido le había ocurrido al joven Marboeuf cuando vio a Flaubert en la casa de sus padres— sintiéndose literalmente un mueble del salón en el que cenaron.
A partir de aquella metamorfosis casera, el joven Cadou vio cómo quedaban anuladas para siempre sus aspiraciones de llegar a ser un escritor.
Pero el caso de Cadou se diferencia del de Marboeuf en la frenética actividad artística que, a partir de los diecisiete años, desplegó para rellenar el vacío que había dejado en él su inapelable renuncia a escribir. Y es que Cadou, a diferencia de Marboeuf, no se limitó a verse toda su breve vida (murió joven) como un mueble, sino que, al menos, pintó. Pintó muebles precisamente. Fue su manera de irse olvidando de que un día quiso escribir.
Todos sus cuadros tenían como protagonista absoluto un mueble, y todos llevaban el mismo enigmático y repetitivo título: «Autorretrato».
«Es que me siento un mueble, y los muebles, que yo sepa, no escriben», solía excusarse Cadou cuando alguien le recordaba que de muy joven quería ser escritor.
Sobre el caso de Cadou hay un interesante estudio de Georges Perec (Retrato del autor visto como un mueble, siempre, París, 1973), donde se hace sarcástico énfasis en lo sucedido en 1972 cuando el pobre Cadou murió tras larga y penosa enfermedad. Sus familiares, sin querer, le enterraron como si fuera un mueble, se deshicieron de él como quien se deshace de un mueble que ya estorba, y le enterraron en un nicho cercano al Marché aux Puces de París, ese mercado en el que pueden encontrarse tantos muebles viejos. Sabiendo que iba a morir, el joven Cadou dejó escrito para su tumba un breve epitafio que pidió a su familia que fuera considerado como sus «obras completas». Una petición irónica. Ese epitafio reza así: «Intenté sin éxito ser más muebles, pero ni eso me fue concedido. Así que he sido toda mi vida un solo mueble, lo cual, después de todo, no es poco si pensamos que lo demás es silencio.»


10) No ir a la oficina aún me hace vivir más aislado de lo que ya estaba. Pero no es ningún drama, todo lo contrario. Tengo ahora todo el tiempo del mundo, y eso me permite fatigar (que diría Borges) anaqueles, entrar y salir de los libros de mi biblioteca, siempre en busca de nuevos casos de bartlebys que me permitan ir engrosando la lista de escritores del No que he ido confeccionando a través de tantos años de silencio literario.
Esta mañana, hojeando un diccionario de escritores españoles célebres, he ido a tropezar casualmente con un curioso caso de renuncia a la literatura, el del insigne Gregorio Martínez Sierra.
Este señor escritor, al que estudié en la escuela y que siempre me sonó a plúmbeo, nació en 1881 y murió en 1947, fundó revistas y editoriales y escribió poemas malísimos y novelas horrendas, y estaba ya al borde del suicidio (pues su fracaso no había podido ser más sonado) cuando de repente cobró fama como autor teatral de obras feministas, El ama de casa y Canción de cuna entre otras, por no hablar de Sueño de una noche de agosto, que le llevó a la cumbre de la gloria.
Recientes investigaciones indican que todas sus piezas teatrales fueron escritas por su esposa, doña María de la O Lejárraga, conocida como María Martínez Sierra.