viernes, 26 de junio de 2009

ANDRÉS CAICEDO. Autor de "Qué Viva la Música"


Escritor colombiano nacido en Cali. Desde muy joven revela un marcado interés por la lectura y con sólo 13 años escribe su primer cuento, El Silencio (1964). En 1972 fundó con Ramiro Arbeláez y Hernando Guerrero el Cine Club de Cali y dos años después escribe el cuento Maternidad, considerado su obra maestra. Entre sus trabajos podemos destacar las obras teatrales, Las curiosas conciencias (1966), El fin de las vacaciones (1967) y Los imbéciles también son testigos (1967); la novela, La estatua del soldadito de plomo (1967); y los ensayos, Los Héroes al principio (1971), acerca de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa y El mar (1971) sobre la obra de Harold Pinter. El 4 de marzo de 1977, a la edad de 25 años, se suicidó con sesenta pastillas de Seconal. En abril de ese mismo año aparece su novela ¡Qué viva la música! (1977). Andrés Caicedo dijo que vivir más allá de los 25 años era una vergüenza. Fue uno de esos pocos genios que hizo lo que predicó. Para él estaba primero la acción y después la reflexión; eso hizo que escribiera a una marcha vertiginosa. Sus críticos lo han visto como un desarraigado, un desadaptado o un ser trágico, pero más allá de la mirada superficial, estaba el artista afanado por vivir intensamente.


Página de Andrés Caicedo:

QUÉ VIVA LA MÚSICA -Fragmento Inicial-. Por Andrés Caicedo.

Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: "Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa". No era sombra sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi brillo.
Alguien que pasara ahora y me viera el pelo no lo apreciaría bien. Hay que tener en cuenta que la noche, aunque no más empieza, viene con una niebla rara. Y además que le hablo de tiempos antes y que... bueno, la andadera y el maltrato le quitan el brillo hasta a mi pelo.
Pero me decían: "Pelada, voy a ser conciso: ¡es fantástico tu pelo!". Y uno raro, calvo, prematuro: "Lilian Gish tenía tu mismo pelo", y yo: "Quién será ésta", me preguntaba, "¿Una cantante famosa?". Recién me he venido a desayunar que era estrella del cine mudo. Todo este tiempo me la he venido imaginando con miles de collares, cantando, rubia total, a una audiencia enloquecida. Nadie sabe lo que son los huecos de la cultura.
Todos, menos yo, sabían de música. Porque yo andaba preocupadita en miles de otras cosas. Era una niña bien. No, qué niña bien, si siempre fue rebuzno y saboteo y salirle con peloteras a mi mamá. Pero leía mis libros, y recuerdo nítidamente las tres reuniones que hicimos para leer El Capital. Armando el Grillo (le decían Grillo por los ojos de sapo que paseaba, perplejo, sobre mis rodillas), Antonio Manríquez y yo. Tres mañanas fueron, las de las reuniones, y yo le juro que lo comprendí todo, íntegro, la cultura de mi tierra. Pero yo no quiero acostumbrarme a pensar en eso: la memoria es una cosa, otra es querer recordar con ganas semejante filo, semejante fidelidad.
Yo lo que quiero es empezar a contar desde el primer día que falté a las reuniones, que haciendo cuentas lo veo también como mi entrada al mundo de la música, de los escuchas y del bailoteo. Contaré con detalles: al estimado lector le aseguro que no lo canso, yo sé que lo cautivo.
Tan tarde que me levanté aquel día y abrir los ojos no me dio fuerza. Pero me dije: "No es sino que pise el frío mosaico y verá que cumple con su horario". Me mentía. La reunión era a las 9 y serían qué... las 12. Toqué con mis piecitos, tan blancos, tan chiquitos, y me estremecí toda viendo que podía dar de a paso por mosaico. Así caminé, feliz, día poquitos, sin pretender otra cosa que llegar a la ventana.
Abrí la cortina con fuerza, y los brazos extendidos me hicieron pensar en la mujer resoluta que era, como quien dice que si quisiera sería capaz de labrar la tierra. No, no lo era. Después de la cortina tenía allí ante mí la persiana veneciana. ¿Es cierto que trae la muerte, Venecia? Digo porque lo he escuchado (ya no) en canciones viejas. He podido jalar las cuerdillas de la veneciana como el marinero que iza las velas, y dejar entrar, glorioso, el nuevo día. No lo hice. Me acerqué con un movimiento mínimo que también supe corrompido y rendijié por la ventana el día: Oh, y cómo extrañé todo lo de la tardecita: el color del cielo, el viento que hacía, recibirlo de frente como a mí me gusta. Es lo que le da fuerza y fragancia a mi pelo.
Pero no esos nuevos días. Vi trazos de brocha gorda, grumos en el cielo, y las montañas que parecían rodillas de negro. Condené la rendija, alarmada y abatida. ¿Por qué si era tan temprano? Pensé: "anoche quemaron las montañas y sólo le quedan pelitos pasudos".
Mis piernas eran muy blancas, pero no de ese blanco plebeyo feo, y tenía venitas azules detrás de las rodillas. Ayer me dijo el doctor que las tales venitas, de las que me sentía orgullosa, son nada menos que principio de várices.
Volví a mi cama, pensando: "¿cuánto falta para que sea de noche?". Ni idea. He podido gritarle a la sirvienta por la hora, pero no. He podido volver a cerrar los ojos y perderme, pero no: ya estaba encontrada y tenía rabia. No lo niego, le estaba sacando gusto a dormir más y más, pero ¿cómo hacía teniendo un horario estricto?
Entonces vociferé que si me había llamado alguien, y claro que inmediatamente me dijeron: "sí, niña, los jóvenes que estudian con usted".
Me hundí en la almohada y me empapé, consciente, en aquella humedad que se daba entre las sábanas, no sé si limpias, y mi cuerpo, suave y escurridizo como un pescado sin escamas. Sentí vergüenza, arrepentida.
Primer día que falté a la lectura de El Capital , y no volví. De allí en adelante me persigue esa vergüenza mañanera que intenta que yo borre y niegue todo lo genial que he pasado la noche entera, toda la nueva gente... Bueno, eso era al principio, ya no se conoce nueva gente, no crea, los mismos, las mismas caras, y sólo dos me gustan: uno que es bailarín experto y lleva bigote de macho mexicano y yo le digo: "te hace ver más viejo", y él me contesta, mostrando esos dientes grandes, bellos, sonriendo: "¿y para qué ser joven otra vez? Como si no se hubiera pasado por hartas para llegar a la edadcita esta. Cuando opino algo de esta vida no me dejo llevar por el gusto. Hablo es según conceptos, ¿ves? Ya mi pensamiento no cambia, pero se entiende: en lo fundamental, porque en lo que es la sal de la vida quién se va a poner a decir nada, entonces cómo se explicaría que yo siga viniendo a verla cada noche pelada": porque nunca han dejado de nombrarme pelada. Del otro que me gusta mejor no hablo, es un ratero, un langaruto de ésos que todavía usan camisetica negra.
Que la vergüenza, decía. Y yo me digo y la peleo: "no tiene razón de ser", no. si he gozado la noche, si la he controlado y ya teniéndola rendida me la ha bebido toda, pero alto: yo no soy como los hombres, que se caen. A lo mucho terminaré toda desgreñada, lo que me ha dado aires de andar sólita en el mundo, por estas calles. Y antes de cerrar los ojos se lo juro que pienso: "esto es vida". Y duermo bien. Pero viene el día que me dice: (yo creo que es el sol anormal de estos dos últimos meses): "cambia de vida".
¿Con qué objeto esta conciencia? ¿Cambiarla yo ahora que soy experta? Pero tal es el peso de la maldita, a la que imagino toda de negro y llevando velo, que hasta hago mis contriciones, mis propósitos de enmienda. Igual da: no es sino que lleguen las 6 de la tarde para que se acaben las rezanderías. Yo creo que sí, que es el sol el que no va conmigo. He probado no salir, quedarme haciendo pensamientos en el cuarto. Nada, no funciona. Salgo atolondrada, pero purísima, repleta de buenas intenciones a meterme entre el barullo de la gente que va de compras, de las señoras, de esos muchachos buenos mozos en bicicleta, y una vez estuve a punto de gritar: " ¡me encanta la gente!". No lo hice. Ya eran las 6 y me tiré a la noche. Babalú conmigo nada.
Eso fue la semana pasada, el sábado apenitas. No quiero adelantarme mucho, no sea que terminemos empezando por la cola, que es difícil de asir, que golpea y se enrosca. Desearía que el estimado lector se pusiera a mi velocidad, que es energética.
Vuelvo al día en el que quebré mi horario. ¿Por qué lo hice, si le había cogido afición al Método? Sobre todo en los últimos años de bachillerato. Fui aplicadísima, y no me faltaba nada para entrar a la U. del Valle y estudiar arquitectura: segundo lugar en los exámenes de admisión (la primera fue una flaquita de gafas, mal compuesta en cuestión de dientes, medio anémica, que salió de La Presentación del Aguacatal), faltaban 15 días para entrar a clases y yo, sabiéndome cómo son las cosas, pues estudiaba El Capital con estos amigos míos, hombre, pues era, a no dudarlo, una nueva etapa, tal vez la definitiva de esta vida que ahora me la dicen triste, que me la dicen pálida, que se pasea de arriba a bajo y me encuentran mis amigas y dele que dele a que estás i-rrecono-ci-ble. Yo les digo: "olvídate". Yo las había olvidado antes, anyway, bastó una sola reunión de estudio para reírmeles en la cara cuando me llamaron dizque a inventarme un programa de piscina: no sabían que yo, al salir de la reunión, agotada de tanto comprendimiento, me había ido con Ricardito el Miserable (así lo nombro porque sufre mucho, o al menos eso es lo que él decía) al río. Ni más ni menos descubrí el río.
"¿Cómo no lo había conocido antes?", le pregunté, y él contestó con la humildad del que dice la verdad: "porque eras una burguesita de lo más chinche".
Yo le hice apretadita de cejas, desconcertada ante la franqueza, y él, todo bueno (y porque me quería), complementó: "pero ahora, después del contacto con esta agua, no lo eres más. Eres adorable". Y yo qué fue lo que no hice al oír semejantes alabanzas: me tiré vestida, elevé los brazos, no dejé de ver el césped de la espuma que producían mis embriagados movimientos chapoteantes. Era el río Pance de los tiempos pacíficos.
Entonces, como me les reí en la cara a mis amigas, fue diciéndoles: "¿piscina? Pero qué piscina teniendo allí no más en las afueras un don de la Naturaleza de agua entradora y cristalina, ¡buena para los nervios, para la piel!".
No me entendieron esa vez y ya no me entienden nunca, cuando me las encuentro acompañadas de sus mancitos que me parecen tan blancos, tan rectos, buenos para mí, que soy como enredadera de Nigth Club, y yo sé que piensan: "esa es una vulgar. Nosotras somos niñas bien. Entonces, ¿por qué coincidimos en los mismos lugares?". No voy a darles el gusto de responder a esa pregunta, que se la dejo a ellas. A cambio pienso en ese territorio de nadie que es el pedaci-to de noche atrapado por la rumba, en donde no ven nunca a nadie que goce más, a nadie más amada (superficial, lo sé, y olvido, pero ese es mi problema) y pretendida, y cuando se van temprano piensan: "¿hasta qué horas se queda ella?". Me quedo la última, pa que sepan, hasta que me sacan.
He perdido esa chicharra del escrúpulo que al fin y al cabo no es lo mismo que muerde al otro día, el horrible sentimiento mañanero. Que el cielo me perdone, en unas 9 a.m. aborrecibles pensé llamarlas, sobre todo a la Lucía, que era amiguita y un poco vivaracha y generosa, así la recuerdo, y explicarle mis causas, mis historias. No lo pensé: lo hice. Levanté el teléfono y, al sentirlo tartamudo, me tiré a dormir sola, llorando sola.
Ahora sé que no tenía por qué hacerlo. Hay mejores oportunidades de contar la historia, y ahora el lector se está enterando, papito mío. Aún tengo la vida.
Vuelvo a mi día. Ese Ricardito también me había llamado, muy temprano, antes que los marxistas. Era que no había estado conmigo por la noche, la que de algún modo perfecto moduló el día que empieza mi historia. El no sabía entonces, que la noche, que fue profunda, fue toda, toda mía, que cuando el noventa por ciento de los otros estaba con el genio ido y con los ojos en la nuca, yo descollé por mi vestido de colores y por mi inagotable energía. Así hablo yo.
Pensé: "Podría llamar a Ricardito, muchacho de río, y decidirme a tenderme hoy sí en las piedras ardientes, desnuda". Pero una niña nunca llama a un hombre, eso es lo que pensaba y lo que pienso, soy muy jovencita, otra de las cosas que no me perdonan. Y que nunca los llamé, claro.
Ante el espejo separé este pelo mío en dos grandes guedejas y abrí los ojos hasta que no se me vieron párpados y la frente se me llenó de brillantez y de hoyuelos los pómulos. También me dicen: "qué ojos", y yo los cierro un segundo, discreta. Si ya los tengo hundidos es porque en esa época lo deseaba: sí, tenerlos como Mariángela, una pelada que ahora está muerta. Quería yo tener ese filo que tenía ella cuando miraba de medio costado, en las noches en que bailaba sola y nadie que se le acercara, quién con esa furia que se le iba metiendo hasta que ya no era ella la que seguía la música: yo la llegué a ver totalmente desgonzada, con los ojos idos, pero con una fuerza en el vientre que la sacudía. Era la furia que tenía adentro la que respondía al ritmo.
Me acuerdo que me decía, cuando acudíamos donde un pelado que nos esperaba: "No camines tan rápido. Es mejor hacernos esperar. Además, de paso conocemos gente".
Le gustaba ser mirada. No resistía que la tocaran. Ella fue hasta donde llega mi conocimiento, la primera del Nortecito que empezó esta vida, la primera que lo probó todo. Yo he sido la segunda.
No me apartaba del espejo, y pensaba: "bañarme y peinarme y vestirme: 20 minutos". Era el dilema de la urgencia de estar afuera, de ya oír música, de encontrar amigos. "¿Si no me bañara ni hiciera higiene y saliera a dar escándalo con mi facha?". Fíjese, tener ya en cuenta arma tan revolucionaria como el escándalo. "No puedo", pensé, "anoche estuve en lugar cerrado, humo. Si cojo por costumbre ir a grill todas las noches (era una broma que me hacía, una posibilidad imposible) tengo que lavarme el pelo mínimo día de por medio, con tanto humo".
No se ve bien, en un pelo tan rubio como el mío, ese olor. Una niña que tenga pelo como ala de cuervo, es distinto. Así que me dije: "me lavo el pelo. Cuarenta minutos". Tal resolución necesitaba de una tregua. Me fumé todo un cigarrillo haciendo muecas en el espejo, que tenía (supongo que todavía la tiene, háyan-lo o no vendilo) una fisura en la mitad que chupaba mi imagen, que literalmente se la sorbía, pero nunca pedí que me lo cambiaran, mi mamá con todo lo compuesta y arreglona que es, era capaz de comprarme un espejo con marco dorado de 2 x 2. Tal cual me fascinaba, digo me fascina, tanto que lo recuerdo: hallé uno parecido en un almacén de trastos, uno con marco blanco que parece de hueso y con la misma fisura idéntica; ni que fuera el mismo espejo que ha vuelto a mí, y el tiempo ha angostado la fisura y la ha hecho, por lo tanto, más profunda.
Tenía yo un radio viejo en mi cuarto y pensé en sintonizarlo, pero recordé que me habían prestado discos, me los prestó un amigo, Silvio, que me dijo: "se los presto para que aprenda a oír música". Porque le tenía confianza, pues lo conozco desde chiquito, me le quedé callada, que hubiera sido otro, cualquier alimaña de la noche, le digo: "hágame preguntas a ver si es que me raja". Pero Silvio era sincero y se interesaba por mí, por mi cultura, y además era verdad que yo no sabía nada de música. La que más sabía era Mariángela: decía nombres de músicos y de canciones en inglés.
Pensé, pues, allá arriba, en esa fiebre de heno de mi cuarto: "¿bajo y me pongo a aprender música e inglés con los discos de Silvio?". Pero cuando ya me estaba parando resuelta me senté. "No, qué voy a querer bajar —pensé, en formas como de lamento por mi suerte—, qué voy a querer oír la música delante de todo el mundo (hay que decir la verdad: a esa hora del día el mundo eran sólo tres sirvientas y un perro majadero y creo yo que minetero), qué voy a querer ponerla bien pasito después de que anoche el sonido era en chorreras, y bueno, cuando venga mi papá y mi mamá para el almuerzo le bajaré el volumen, por respeto, y apuesto que al rato ya me están diciendo: " ¡más pasito!". "No, no bajo", me dije, y caminé hasta la ventana, que no estaba sino a dos pasos. Necesité tres.
Quería cerrar la cortina y, tal vez sí, dormir. Pero no lo hice: miré de cara al día (sana fue esa acción), sabiendo que bien malo iba a ser, sobre todo bordeado por esas montañas de pelos crespos. ¿Abría las piernas el negro?
Esto de ver de rodillas donde hay montañas, lo supondrá el lector, es porque la muchachita ha probado ya sus drogas... Entonces empecemos: la mariguana me daba pesadez de estómago, pensadera inútil, odio, horquilla, pereza, insomnio; luego vendrían los riecitos de fuego excavando, cienpiés, pequeños y mordientes en mi cerebro (allí caí en cuenta que tenía un cerebro), melancolía de boca, flojera de piernas y punzones en las ingles de tanto en tanto.
Pero, oh, ¿qué cuenta eso al lado de la extendida tierra eternamente nueva, de arena dura y negra que uno descubre y jamás explora del todo cuando la música suena? Y ya dije que yo no tenía cultura, pero podía sentir cada sonido, cada ramillete de maravillas. ¿Así cómo hace uno, ellos?
Le cerré los ojos a las montañas. Del parque, ni hablar; todavía no me arrastraba allá: ya saldría a mi paso, con su abrazo, una vez que yo descendiera al día. Pensando en esto me comenzaron a distraer unas como libélulas diminutas: si forzaba los ojos a cada lado las veía triple; hice bizco: localicé un enjambre en la punta de mi nariz. Eso sí no me gustó. Cerré mucho los ojos para olvidarme. El olvido vino bueno: vi fue miles de colores, luego sólo dos colores, verde y gris más triste del mundo, crucigramas, globitos de tira cómica sin ninguna palabra adentro, disgregación del verde hasta ser millones de puntitos como alfileres enterrados profundo, entonces abrí los ojos. Sobreexpuse (uso el término porque mi papá es fotógrafo) a las montañas, los pelos de la montaña y el azul cielo. ¿Azul porque sobre exponía o porque de veras mejoraba el día? No, era la aridez y la congoja más terrible después de un año completo que no llovía sobre esta tierra buena. "A mí no me importa —me decían— si la veo a usted, con ese pelo, me refresco". Y yo agachaba la cabeza, complacida. Pero también decían: "¿caerá la peste sobre la ciudad esta?", y otro que contestó: "que caiga", y se lanzó a bailar, frenético, chiquito, y yo también bailé, contagiada, y era la segunda que mejor bailaba (siempre fue Mariángela la primera) y no recuerdo que alguien haya dicho nada más, los que sabían inglés repetían la letra, prendieron las mejores luces y no hubo más pensamientos tristes sino puro frenetismo, como dicen.
Bueno, decidí ir derechito al baño. Decidí también pedir un desayuno lo suficientemente abundante (alas, complicado) como para que cuando yo saliera del baño apenitas estuviera listo. Lo pedí a gritos, y dejé por allí tirados blusa y calzoncitos en mi carrera.
Siempre, hasta hoy, me baño con agua helada. Procuré demorarme en la jabonada. Conté hasta miles y al salir canté mientras me desenredaba el pelo.
¡Por las ventanas eran tan duro y tan seco el día! Decidí que no saldría después del desayuno, no con ese sol, y pensé, trágica: "si al menos alguien viniera a reclamarme, a elevarme a clima frío". Pero si no salía, ¿qué? Tendría que almorzar una hora después junto a toda la familia. No era problema de que no me cupiera más comida, yo como con la voracidad de un jabalí, era que no me gustaba ese silencio en la mesa, interrumpido sólo cuando mi mamá se ponía a cantar falsetes de Jeanette Mac Donald y Nelson Eddy: odia toda la otra música que no sea: acostumbraba a arrullarme los veranos, cantándome la historia de Amor Indio.
Y después de comer, qué, subir a mi cuarto, porque abajo sí era cierto que el calor no se aguntaba, acostarme de 2 a 4 a pensar, porque ese día no iba a poder leer.
Tuve este pensamiento: "qué tal vivir sólo de noche, oh. la hora del crepúsculo, con los nueve colores y los molinos. Si la gente trabajara de noche, porque si no, no queda más destino que la rumba".
Tocaron a mi cuarto sin avisar y yo vociferé que quién era, furiosa.
"Ricardito", dijo él, con esa voz desamparada que tenía y que sacaba de quicio a todas las mujeres pero a mí no, a mí nunca.
"¡Visita!", pensé feliz, y enredé la toalla amarilla en mi cuerpo, como trigo, y así le abrí la puerta.
El pobre sonreía. Yo también: ¡traía puesta una espectacular camisa! Entró a mi cuarto siguiendo el rumbo de mi blusa y de mis calzoncitos blancos sobre el piso. Supe que la visión lo refrescó del día que había soportado afuera desde cuántas horas: siempre salía a recorrer las calles después del desayuno, a recorrerlas sin propósito, sin esa senda que ahora le proporcionaba mi ropa por allí esparcida.
Se hizo el que no la miraba, se paró en toda la mitad del cuarto y la luz, que entraba libre, sin la veneciana, le daba como una facha imponente a su preocupación constante, y yo pensé: "cuando mejor se ve es cuando está en mi cuarto. Además, quién no con esa camisa verde profundo y lila, plenamente psicodélica”. La palabra me hizo tramar que si bajaba la veneciana le pintaría sombras horizontales a su cuerpo, que si le quitaba la camisa, él sería una especie de John Gavin con 30 kilos menos, y que ambos éramos, allí, en ese cuarto de una casa perdida en una ciudad desolada y ardiente, nada menos que el principio de Psicosis, esa película que no he querido volverla a ver, para no olvidarla.
"¿Rica el agua?", me dijo Ricardito, nostálgico. Se le veía en la frente y en la nariz grasosas, por el sol que había pasado. Yo le dije que sí, y me le burlé. "Tan madrugador siempre" y él se me puso sombrío, como si mis palabras lo hubiesen envuelto de noche, a la que temía. En esa repentina negrura se me acercó y me hizo una confesión: "Hace diez meses que no duermo", y yo retrocedí, protestando: "No pongas esa cara, no la pongas, Ricardito, que apenas comienza el día". Supe, entonces, de mi error. Con justicia ha podido responder: "Apenas para ti", pero no me dijo nada, aunque lo pensó, y yo aproveché su silencio para darle la espalda y para divertirlo: abrí la puerta del closet y me saqué la toalla del cuerpo en un solo movimiento, la dejé caer cerca de él (no vi qué tan cerca. Uno no podía permitir que él se pusiera a hablar de melancolías, eran muchas las historias de las fiestas que había aguado, de las muchachas que había aburrido hasta la muerte con su melancolía) y protegida, como estaba, por la puerta del closet me hice ¡Chif Chif! en cada una de mis axilas, como gorditas, y tiré el tubo de desodorante a la cama para que él viera que la marca que siempre uso es "Aurora de Polo". Nunca me ponía a pensar en cuál calzoncito ponerme: cogía el primero del montón, y tenía miles.
"Traje una cosa", dijo, serísimo, y yo, que no lo estaba viendo, le pregunté distraída: "¿Chiquita?", haciendo torsión y metiéndome en el vestido camisero anaranjado para días como el que narro. Para una noche así de rara como ésta uso capa negra, ya raída y todo, pero es que la toco y toco la cercanía, la confianza que produce envolvedora mía.
Ya vestida, le di la cara: "Te cogí", pensé. Me había estado mirando todo el tiempo las nalgas, a las que de refilón se les puede ver los pelitos rubios. Subió la vista azorado, y se concentró en mis pómulos tiernos. Se habría quedado horas allí, mirándome, haciendo ya la cara de mártir, si no lo saco de su concentración: "¿Chiquita?", le repetí, y él respondió rápido, como agitado por el chispazo de una idea genial: "Chiquita (yo me puse tiesa) pero poderosa", y "ja, ja, ja", se rio solo. Me había puesto tiesa porque creí que iba a decir "Chiquita, pero cumplidora", para copiarle a una propaganda de Bavaria. La Mejor Cerveza. Yo lo habría odiado por esa vulgaridad, típica de hombre, así que le sonreí en dos tiempos, agradecida por no haberme defraudado. Me le acerqué y él requetenotó mi fragancia. "Es que me acabo de jabonar el pelo", expliqué, y él: "Yo sé. Se te ve lindo", y yo le dije gracias, parpadeándole en Close-un. (Comprenderá el lector que el oficio de mi papá fue extendiéndose hacia una afición por la cinematografía, así que valga la licencia por el término). He aquí lo que yo pensaba: "Lo puse nervioso, es capaz de salir corriendo", pero él hizo como una especie de quite, fue y se tiró en mi cama y allí se acomodó mal, forzando la columna vertebral y con respiración de asmático.
Entonces sacó su agenda, de la agenda el sobrecito blanco, de mi mesita de noche un libro: Los de abajo, y encima desparramó el polvito y se puso a observarlo, olvidándome. Cocaína era la cosa que traía. Me estremecí, como maluca y con ansia, pero "No —pensé—, es la excitación que trae todo cambio". Yo había soñado con ella, con un polvito blanco (erótica, aunque referidas a una raquítica acción de fuerzas, me sonaban estas palabras) en un fondo azul, y luego con el polo Sur, y por allí navegando una barca de muertos. Luego vendría a saber que soñaba era una carátula de un disco de John Lennon, con un polvo de verdad en el extremo inferior izquierdo, "ja, ja, ja", me reía de ver al miserable Ricardito tan serio, y pensé: "ni siquiera me pregunta que si quiero. ¿Así seré de cuerva?". Había sacado uñ par de pitillos de la agenda y ya me ofrecía el más corto. Cuando lo recibí le dije: "gracias", pensándolo muy conscientemente porque me había arreglado ese horrible día, y él se incendió de la dicha ante el halago y después le di su beso, espontánea, sincera y superficialmente.
Tenía la boca amarga. ¿Ya se habría dado un toque? No me dijo nada, el traidor. Me preguntó: "no hay ningún problema, tus papas no están, ¿cierto?". No había problema, pero yo puse a que sonara ese radio viejo por si las moscas, lo puse duro, se demoró un poquito y luego sonó ronco. Ricardito me miró disgustado. "Le hacen falta pilas", expliqué, con gran sonrisa. Menos mal, había atrapado una buena canción: "Vanidad, por tu culpa he perdido...", que me gustaba desde hacía dos noches, y que cuando la oigo ahora me sume en una cosa rica e inútil como toda tristeza, y si quiero no salgo, y si salgo hundo la cabeza y no miro a nadie hasta que el viento de esta ciudad me despierta de mi propósito de no importarme ¡nadie, de siempre vivir sola, y levanto la cabeza y helos ante mí los jóvenes con la bicicleta entre las piernas, y a esa hora (las 6) se me antojan tan femeninas, tan hermanas las montañas, y obedeciendo a la emoción pura le respondo su llamado a la noche, que no me traga, me sacude nada más, y me acuesto con el cuerpo lleno de morados. Y ya lo dije: los buenos propósitos vienen es al otro día. No he cumplido ninguno. Soy una fanática de la noche, Soy una nochera. No está en mí.
"Empieza", me dijo Ricardito, y demonios, debía vacilar algo, porque me preguntó, no burlón sino caritativo: "¿sabes cómo?".
"Claro que sí —respondí—. Si no habré visto Viaje hacia el delirio". Me armé de pitillo y aspiré duro dos veces por cada lado y él bajó la cabeza y yo no lo pude encontrar durante un segundo hasta que bajé los ojos y lo vi allí, todo agazapado en la cocaína.
"No hagas tanto ruido", le dije, íntima.
"Perdón —salió diciendo—. Es que tengo un cornete torcido".
Y yo: "¿le subimos más al radio?".
"No —dijo, muy decidido—, no me gusta esa ronquera".
Cuando yo ya saltaba por todo ese cuarto él cerró el sobre, avaricioso. Dando brincos salí de allí, fui por el pequeñísimo y genial transistor de mis papás, y al regresar vi todo desamparado al Ricardito tirado de mala manera en esa cama mía. En el trayecto yo había localizado, con la rapidez del rayo, la misma canción Vanidad, e incluso la venía cantando. Yo le sonreí y fue también como silbido, pues en ningún momento dejó de salir música de esta boca mía. Pero él estaba más bien como medio acuscambado, un color verde se le había subido a la cara.
Bueno, la probé y qué. Dura 10 minutos el efecto, que es fantástico. Después da achante y ganas de no moverse, espeluznante sabor en la boca, ardor en los pliegues del cerebro, fiebre, uno se pellizca y no se siente, ver cine no se puede porque da angustia el movimiento, sentimiento de incapacidad, miedo y rechinar de dientes. ¡Pero qué lucidez para la conversación, para los primeros minutos de una conferencia! Y si se tiene bastante, no hay cansancio: uno se la puede pasar 3 días seguidos de pura rumba. Luego viene el insomnio, el mal color, las ojeras amarillas y los poros lisos, descascarados. Ganas de no comer sino de darse un pase.
Pero yo me sentía fabulosa. Le dije a Ricardito que saliéramos, hasta lo golpié para animarlo. "¿En qué andas?", le dije.
"¿Yo? A pie", me contestó, parándose como pudo, entre suspiros y traqueteo de ropa nueva y huesos.
"¿Y el carro?", dije, desencantada, ya pensando en recibir ful viento en la frente. Y él me dijo, con cara de no estar dando ninguna mala noticia: "Ya no me lo prestan más".
Qué se lo iban a prestar, si la primera vez que lo cogió no distinguió el acelerador del freno. Entonces lo metieron a clases a la Academia "Bolívar", la más exclusiva: le llevó 5 meses aprenderse toda la teoría, pero cuando le soltaron la máquina fue un desastre: me dijo que sintió primero pánico ante la idea de confundir la información tan bien asimilada y clasificada en la cabeza, y segundo, una vergüenza preliminar al inminente error, y que la vergüenza no lo dejó pensar y volvió a confundir el acelerador y el freno: estrelló el carro en una palma africana, lo sacó (operación difícil, teniendo en cuenta la reversa) y cuando ya lo tuvo lejos, a salvo, fue y lo estrelló en la misma palma.
No quise apagar el radio grande y viejo cuando ya salíamos. Al bajar las escaleras se acabó la canción, siguió una especie de charanga que yo eliminé de ipso facto en mi transistor minúsculo, pero como arriba seguía sonando, sonaba enferma, entonces, fue cuando sentí el olor a comida, que me repugnó: mi gran desayuno.
"¡Ya no lo quiero! —vociferé—. ¡Se me pasó el hambre, se me demoraron mucho!". Nada me dijeron, como siempre. Yo le rogué a Dios que la sirvienta estuviese con hambre para que se lo devorara. A ella le hacía más falta que a mí, la pura verdad.
Bueno, salimos a ese sol maldito, y sentí una mala vibración en el occipucio que no me gustó para nada. Ya iba a decírselo a mi amigo, pero me reprimí de solo verlo: en toda la mitad de la calle estaba recibiendo el sol de frente y con los brazos abiertos; hasta me pareció que daba gracias. Sí, fantástica camisa la que traía puesta. "¿Regalo de tu mamá?", pregunté.
"Sí, ayer llegó de USA (yo ya saltaba hacia él por ese andén caliente). También me trajo la coca, qué tontería, es como mil veces más cara allá. Dice que ya que tengo tantos traumas que meta de esto. O me calmo un poco o me quiebro el coco. Yo creo que ella quiere lo último. Está pidiendo prospectos de un hospital mental en Inglaterra".
"Pobre Ricardito Miserable", le dije, conmovida y con ganas de pedirle un pase, ya que se trataba de un regalo materno, pensé, bromeando: "el amor de madre no es nocivo".
Era ella una señora bonita, escultural para mejor definírsela, vestida toda de cuero y brillos. Sólo tuvo a Ricardito, y a un pavo real medio apocado de tanta pedrada que le dio el hijo. Alarmada ante las pésimas notas que siempre sacó su hijo en el colegio, se pasaba las noches mostrándole diapositivas de viajes y museos. "El colmo de todo —decía Ricardito—, la Acrópolis de Atenas". Allí era que siempre se dormía, y lo despertaban con jarradas de agua fría. Después se cansaron y decidieron ignorarlo. Ricardito se despertaba antes que todo el mundo para desayunar solo, almorzaba afuera con Coca-Cola y un pan de cincuenta, y llegaba tarde por la noche, con miedo, a comer frío. "La que más me ignora es ella, eso sí", se quejaba.
Atravesamos en silencio el Parque Versalles, creo yo que sin pensar en sus deteriorados pinos, sin oler muy profundo, no fuera que me acabara dando nostalgia de Navidad o de veraneos. Cuando cruzábamos la calle, a él le hizo falta la música.
"Pone ese radio, ¿querés?", y yo que lo pongo y suena tremendo Rock pesado y seguido. Miré a Ricardito emocionada. "Es Gran Funk", me informó. El entendía. Yo lo admiraba.
"¡Oh, va a ser un gran día!", exclamé, un poco aliviada de haber salido del parque sin pensar en cosas raras, y alcé los brazos, y en ese movimiento oigo que nuestra música se multiplica una esquina más allá, dos esquinas, hacia el parqueadero de los almacenes Sears. ¿Era que alguien ponía un radio a todo volumen o era que bailaban? "Bailan a esta hora del día", me preguntó Ricardito, y yo no le contesté, frenética. Apuré para cruzar la Avenida Estación y llegar a la esquina deseada, mis esquinas, creyendo como cosa cierta que en la mitad del parqueadero de Sears habían instalado de nuevo el Centro a Go-Go que fue delicia de mis 1960s.
En tres, en cuatro pasos me imaginé lo que sería ver otra vez esa construcción de lona y nylon, repleta de gente y cayéndose de tanto soportar la música, a esa hora del día. "Volvería a empezar", me prometí. "(',A empezar qué?". O vivir de nuevo a! menos dos momentos: primero, ver bailar a una muchacha de minifalda blanca y rombos negros, toda Op, ver su estilo liviano, seguro, callado, y los muslitos, verla recibir el primer premio. Segundo: verlo, desde que entró, al muchacho de camisa rosada, rosada para esa época, de Pelo hasta los hombros, mi primer peludo, y la gente se abría para verlo; bailó con la niña de blanco y no le sirvió pero no sintió vergüenza; yo tampoco la sentí por él; "estamos entrando a una nueva época", pensaba, alborozada. Esa misma noche le dispararon, los de la barra de El Águila. La bala le entró por la nariz y la cara toda fue una bola inflada de sangre, una burbuja gigantesca que flotó a la altura de la mirada fijísima de los jovencitos que nunca habían visto un muerto; se desplazó un buen trecho y luego se reventó fácil, ni ruido ni salpicaduras. Los tres que lo mataron salieron de allí rápido, prodigiosos (yo me enrolaría con uno que los conoció, tiempo después, en la cola). Al otro día cerraron el Centro.
Yo pensé, mientras daba mi último paso: "Me tocaría escoger; no me sería deparado ver ambas cosas por segunda vez; tendría que escoger entre la chica del baile o la burbuja". Me decidí. "El muerto —pensé—, el muerto", y voltié la esquina.
En la inmensidad de aquel parqueadero no había i más que dos personas. No ajetreo, nada de baile. Los inseparables Bull y Tico, pasándose de oreja oreja un transistor más pequeño que el mío, y el volumen era como se apresuró a decir Ricardito: "Fenomenal. Yo lo conozco. Es un nuevo modelo que se han inventado en Japón". Pensé: "ellos también estaban esa noche, ellos también recuerdan", cuando ya nos habían visto y sonreían. También pensé: "pero no recuerdan tanto como yo. Se reúnen aquí con este sol para gozar del único espacio abierto que queda en el norte de Cali". Espacio, si se me permite informar, que ya no existe. Colombina, la fábrica de confites que se exportan, ha levantado allí una torre de 30 pisos.
Les gustó verme. No se aguantaron las ganas y caminaron hacia mí, cuando a mí me habría gustado más encontrarlos en pleno centro. Noté que Bull se quedaba un poquito atrás. ¿Estaría ya cansado de verme tanto? Yo estuve muy cerca de él en el verano del 66 en la Carretera al Mar; luego se ligó con Tico y no lo volví a ver más con peladas, la pura verdad. A Tico sí.
"Bien venidos —dijeron—. Buena música. Coincidimos".
"Lo que podría indicar un rumbo común para este día, ¿no? ¿Cuántas rumbas hay?".
"Tres", me respondieron. "Una donde Patricia la linda (que era malvada con los hombres), otra donde el flaco Flores que acaba de llegar de USA y trajo un montonón de discos, y la última, sin sitio fijo: la gente se reúne en el parque del viejo teatro Bolívar y allí se decide".
"A mí me suena la del flaco", dije, y a ellos les sonaba lo mismo. "Entonces, ¿avanzamos?", invité encantadora.
Avanzamos, no sin que antes fuera tesamente alabada la camisa de Ricardito, que respondió más bien huraño a las descripciones (pobres) del color y la textura de la tela.
Caminamos largo por el parqueadero y yo lamenté no llevar zapatos de suela gruesa. Ardía el suelo.
A la Avenida Sexta llegamos entre aroma y porciones de sombra de carboneros.
Vivía, pues, yo, en el sector más representativo y bullanguero del Nortecito, aquél que comprende el triángulo Squibb-Parque Versalles-Dari Frost, el primer Norte, el de los suicidas. Lo demás, Vipepas, La Flora, etc., es suburbio vulgar y poluto. Mi Norte era trágico, cruel, disipado. Vivía con ventana al Parque Versalles, amiga del menor de los Castro, que se disparó en la frente de vergüenza ante las humillaciones de un policía en Felidia; única amiga del mayor de los Higgins, aquellos ingleses enigmáticos, asmáticos, el que murió de locura, de hambre (no sentía hambre) y de insomnio (no sentía sueño); los otros, quedan tres, andan por allí desperdigados; me parece que se han vuelto peliadores.
Era el Norte en donde los hermanitos de 12 crecían con los vicios solitarios que los de 18 recién habían aprendido y ya fomentaban, el Norte de los buenos bailadores, de los francotiradores de rifle de copas. Ya voy poco por allá, pero cuando me dejo descolgar, la gente que sé que es, me recibe bien. Aún así, me la paso esperando a que algún día se pierdan por aquí, por esta Quinta con Quince en la que vivo, conscientes, a ensuciarse de la grasita de la plebe y, camarada, yo sí los atiendo bien, vuelven a sus casas tarde, a luchar con mi recuerdo, ése que les obliga a prometerse que no vuelven más, a no volver el otro sábado porque si vienen a mí dos veces, acá se quedan. Y no hay entre ellos uno con la fuerza, el aguante, la prudencia y la ilustración que yo tengo para saber bandear esta vida de amanecida.
En la esquina de la Sexta con Squibb encontramos a Pedro Miguel Fernández, el que envenenaría a sus tres hermanas, a Carlos Phileas, el lector de H. G. Wells, y a Lucio del Balón, que yo creo va a llegar a médico famoso. Los tres cargaban libros. Dijeron que estudiaban para exámenes de no sé qué, pero que hacían recreo, así que se nos unieron, hacia el Sur.
Ya el andén no alcanzaba para todos, y al Ricardito le tocaba ir bordeando el césped. Yo iba en el centro, y a todos ellos les había llegado noticias de lo que comenzaban a ser mis noches, y todos tenían preguntas para hacerme, y yo a ninguno le dejé con la palabra en la boca, respondía a punto, pausada, para todos (oh, cómo recuerdo los cuellos estirados, las caras que relucían de gusto ante el vaivén de mi pelo, que era verdad, como me decían, refrescaba el día), y mientras más ganábamos Sur era obvio (por las cabezas que se asomaban de los buses, porque dos pelados más se habían sumado a la comitiva) que mi reinado se establecía. Horrible fue comprobar que un foco de rebelión se gestaba recién coronada, por ese sol, la reina: nada menos que Ricardito Sevilla, el Miserable, el sempiterno inconforme. Hacía un buen rato que se había ensilenciado y sólo miraba a donde iba a poner el zapato, como si previera una repentina caída de bruces.
Temí, entonces, una deserción, que sería grave porque, primero, su espectacular camisa colaboraba a mi colorido; segundo, él me traducía, a mi pedido, las canciones más bonitas en inglés; y tercero, unas tres cuadras para acá yo ardía en ganas de decirle que nos arrimáramos a un árbol (no importa que los otros nos creyeran novios) y que me diera más cocaína.
Cuando vi que puso la mirada terrible, que ya no andaba sino que zapatiaba, y lo peor, cuando comenzó a mirar por encima del hombro, yo le dije: "¿sientes lo que yo estoy sintiendo?".
Y la verdad fue que el muchacho se quedó de una pieza; hasta se detuvo, y el grupo entero tuvo que perder un paso para esperarlo. Era mi manera de recordarle nuestro vínculo psicodélico, pero él francamente no la captó, o si la captó pensaría, el autosuficien-te: "bueno, ¿y a mí qué con eso?".
Pero el percance no alteró la satisfacción de mi talante, de mi sonrisa. El radio, en su inconstancia, cambió de Rock pesado a Llegó borracho el borracho, que yo mutilé en el acto (Tico también), para que se diera una sinfonía de rasguidos y chillidos buscando la mejor estación, el acuerdo. "No hay mucha", pensé desesperada. Tico me miraba pidiendo ayuda y yo que no encontraba nada, entonces le pasé el radio a Ricardito el Miserable que en tal caso era el entendido: se lo tiré como si fuera un ladrillo encendido. "Localicé", dijo Tico, y yo no le quitaba los ojos al Miserable para ver si se ponía de acuerdo. Expresó su malestar, su profunda pena, sus celos, sintonizando y subiéndole a "Por la lejana montaña / va caminando un jinete, / anda sólito en el mundo / y va deseando..." ya se sabe. Era para oírlo. Oír la bella (pero vieja) Casa del Sol Naciente con "Va cabalgando un jinete", y tener en cuenta que ya caminábamos entre ceibas y samanes y que era, cielos, la hora de más ajetreo de las chicharras. Tico le subió volumen a su poderosísimo receptor, disgustado. Yo miré feo a Ricardito y le dije: "Please, ¿no? Sintonízalo donde es. Somos un grupo". Ya había uno que le quería pegar: "o pones algo en inglés o te sacudo". Cortó por el camino más directo: apagó el radio.
En aquel silencio el transistor de Tico sonó majestuoso, chirriaba la puntera, empujaba el bajo, y la queja de Eric Burdon (conocía yo la versión en español de Los Speakers, por eso sabía de qué trataba la letra) comenzó como a tender un manto de sombra sobre las montañas que avanzó rápido, con límites en forma de cuadrado, dispensándonos, entonces, por primera vez en ese sábado, la sombra total. Con ella vino brisa del mar.
"Tico —dije—, tu radio es fabuloso", y él estiró el cuello, a la vez que Bull tosía, celoso. "Con esa música —complementé mirando a los muchachos— ustedes ya me tienen".
Ni sabía bien lo que estaba diciendo.
"Pero yo no te tengo —protestó Ricardito, y luego: yo me voy, yo me piso". Miró torvo. Yo lo cogí de un hombro. No era caridad y él lo sintió, pero me miró aún más altanero. Los demás pensarían que había allí trifulca de enamorados.
Yo lo llamé aparte, Dios me perdone, dejé un hueco en ese grupo de muchachos bellos que, comprensivos, esperaron. Pasó un carrito Simca y Pedro Miguel Fernández, el futuro envenenador, reconoció en él a dos amigas que, haciéndole señas, manoteos de gallina, le pararon.
—"¿Por qué te vas?", le pregunté a Ricardito.
"Sorry, hay mucha gente —me contestó rápido—, sin dulzura. Ya me estaba poniendo nervioso".
"Sí, te noto".
Me decidí, perdí los escrúpulos que ahora me acosan, le dije: "antes de irte, ¿no me dejas algo?". Lo miré directo a los ojos, no podía resistir. No resistió, pero se vengó hablando:
"Para eso es que me querés. Tomá". Me extendió un sobrecito completo. Me impresionó la blancura de su mano, y las venas. No me importó, la verdad, que con ese regalo me ofendiera. Pensé en Mariángela. Lo bendecí.
"Cuídate mucho", le dije, de último.
Gocé viéndolo cómo me daba la espalda, odiándome. Siempre tuvo miedo a que le recomendaran cuidado. Decía: "Es como si alguna confabulación me esperara en mi camino. La persona que me previene sabe cuándo y quiénes, pero no me dice por miedo y egoísmo". Lo vi alejarse rápido y torpemente. Nunca fue de ánimo colectivo. Nunca comprendió los grupos. Cuando me voltié, el Simca arrancaba y Pedro Miguel volvía corriendo al grupo.
"Otra rumba —anunció—. La cuarta. Lunada en finca cerca a Pance: Marsmellows asados y Rock latino". 'Peor porai", pensé; "latino y no saber inglés para entenderlo".
Ya con sombra, caminábamos más despacio. El lector sabrá de la prisa demente de aquél que camina al sol, buscando una pared en cuya base crezca una franjita de 35 milímetros de sombra y pararse allí, con escalofríos hasta la caída de la tarde.
El Ricardito se fue seguro de que los otros se iban a poner a mencionarlo, a preguntarme cosas de él. Se equivocó.
Carlos Phileas habló de una posible ayuda estatal para obtener la "Cavorita" y la droga que lo haría invisible; terminó con una comparación feliz: "invisible como las chicharras que se mueren de tanto cantar", porque con la sombra novedosa cada árbol se ensilenciaba a nuestro paso. Sabido es que a las chicharras les rasca el sol y cantan para olvidarse. Cuando no cantan, duermen un sueño tonto. Cuando cantan en exceso, revientan.
Yo me puse a describir melódicamente lo que sería esa noche con todos ellos juntos, a cada uno le fijé un puesto, una actitud, cada uno participaría de mí si seguían a mi lado. Pasamos Dary Frost oyendo a Santana, dos cuadras más allá antologías de los Beatles, que un locutor ocurrente seleccionaba.
Vino, entonces, el encuentro, que más fue incidente. Me distrajeron los picos de las montañas, como espejos y "viene el sol", pensé, preparando mi moral y asegurándome "mi cara permanecerá fresca" y miré delante de mí, calculando las cuadras que faltaban para llegar a Oasis. Al término de la cuenta venían dos muchachos con botas de trabajo y libros hasta la coronilla, caminando cansados, patiabiertos y tímidos: Armando el Grillo y Antonio Manríquez.
"Los marxistas", pensé, sintiendo como un impulso de apartarme de mi cohorte de juventud fantástica e irles al encuentro, porque, como le digo, respetaba y respeto su pensamiento.
Hice lo que tenía que hacer. Pensé: "yo ni riesgo que voy a estar con esos solitarios esta noche ni la otra, y además ninguno de los dos me gusta. Si voy a ellos sola no me creen las razones que dé de mi incumplimiento, y además ofendo a éstos". Seguí, pues, caminando, conversando con todos y sonriéndoles. Ocupábamos la extensión de dos andenes, éramos una gallada desde un punto de vista numérico, respetable.
El Grillo y Manríquez se intimidaron más, bajaron los ojos y exhibieron los títulos de los libros. Yo paré, porque habíamos llegado a Oasis. Ellos, a reclamarme.
"Me muero de la pena —dije—; tuve un problema; ustedes saben cómo es mi mamá. ¿Estudiaron mucho?".
"Me parece que se nos nota", dijo el Grillo.
"Ay sí, están barbados, con ojeras, sucios, cuánto lo siento. Saben que me gusta compartir sus esfuerzos. Será vernos el lunes".
"A la misma hora", dijo el Grillo, y siguieron cabizbajos ante ese sol que ya aplanaba el mundo.
Voltié mi cara rápido, para no deprimirme. Acción magnífica: recostada en la pared de la siguiente esquina, con facha de comprenderlo todo y de no gustarle nada, y bellísima, mirándome, estaba Mariángela. La acompañaba el mismo Prometeo, pelirrojo y todo, encadenado a gigantesco estuche de guitarra eléctrica. "Trae música", pensé, y de brinquitos me les fui acercando y ella me regaló la sonrisa, que estoy segura, era la primera de ese día.
Nos saludamos de "quiay pelada", y me presentó al fantástico acompañante: Leopoldo Brook, acabado de venir de USA, tocaba Rock y yo pensé: "Necesito intérprete", y maldije a Ricardito por abandonarme. "Me voy a morir de la vergüenza si esta noche él me ve emocionada ante letras que no entiendo".
Ya sabían de las cuatro rumbas, ya ellos habían escogido la de Flores.
Yo me volví y animé a todos los muchachos buenos, que ya estando en Oasis se dispersaban hacia cualquiera de las tres esquinas, pero no a la cuarta que era de Mariángela, a quien admiraban, pero temían. Comenzaba allí la espera de la noche pero una espera divertida, no había posibilidad de que la cita no fuera cumplida, una cita a la que ellos, por buen ánimo, le llegaban temprano. Pero nunca fue cosa fácil situarse toda una tarde en un sitio así de meridional. Había que huirle a las malas presencias de parientes y enemigos. Tener en cuenta que eran todos muchachos psicodélicos, que unos llegaban a la cita ya bajando, pretendiendo que la compañía de la gente bella les hiciera menos hiriente el cese de velocidad, ese peso en el estómago que a la vez va subiendo... Siempre había colas ante el baño de los hombres, los muchachos que intentaban ponerse livianos y más plácidos defecando al fin de cada viaje.
Que un muchacho aparecía tal día con la piel cuarteada, con menos pelo, con el equilibrio un tanto descuadrado, ¿un muchacho de 15 años? No importaba. Había una actividad en todos ellos (yo no sé si era la ropa a la moda) que hacía un espectáculo feliz de ese desperdicio. Reían con prevención. Cruzaban unas diez veces la Sexta, pendientes del menor gesto que les indicara una posibilidad de nuevo vínculo, de nuevo arranque. Había allí como una revista de flacuchentos movimientos atléticos, y a mí me gustaba. Cada dos horas descendía por allí la corriente que salía de cine, y cada quien ocupaba entonces su sitio estratégico, cada quién sabía cuál conocido estaría en Social, cuál en Vespertina. Y había una actitud, un saludo distinto para cada uno. No es lo mismo ver pasar y desearle suerte a una hermana (alcohólica), a un compañero de generación que no participa de esa cultura, a un profesor marxista al que un día se le dijo que cada acto de la vida iría encaminado a combatir el imperialismo, que al droguito fácil que viene con buenas nuevas, un pericazo para los tres más amigos. Se estaba allí, se semi-habitaba allí y se metía droga todo el día. La hermana, el diferente, el marxista, tenían que saber eso. ¿Qué hacían ellos, entonces, para no ser despreciados o para devolver el desprecio en movimiento de volibol? Oponían a esos solitarios ejemplares de ca-balidad y lucidez, su unión, su número, su música (que no era suya), los restos de su belleza. Todo el mundo iba allí, el mundo por allí pasaba. El de conciencia social tenía que atravesar el sector bajando la mirada, yendo a hundirse en sus libros y a la cama temprano. Ellos, en ese como dulce y permanente movimiento de moscas, envolvían y polarizaban cualquier ofensa. Algunos, los más inquietos, Les reprochaban su falta de talento para apreciar la noche, para tomársela, como decíamos, lo que significaba entonces que eran viejos, y otros, aún inteligentes, no salían de la certeza de que cuando se llegara la hora de avaluar esa época, ellos, los drogos, iban a ser los testigos, los con derecho al habla, no los otros, los que pensaban parejo y de la vida no sabían nada, para no hablar del intelectual que se permitía noches de alcohol y cocaína hasta la papa en la boca, el vómito y el color verde, como si se tratara de una licencia poética, la sílaba no-gramatical, necesaria para pulir un verso. No, nosotros éramos imposibles de ignorar, la ola última, la más intensa, la que lleva del bulto bordeando la noche.
Cuando llegó fue mágica. El repentino fuego de los autos, las montañas a morado, la música de palmoteos y saltos y chillidos que entonaron los muchachos, yo sonreí y mis dientes y los de Mariángela se vieron brillantes en la nueva oscuridad, con fuerza de marfil, como para no cariarse ni acabarse nunca: digo, no es un proceso corriente tener que acostumbrarse a una noche que siempre llega así, siempre excepcional. Tal costumbre tiene que implicar locura. Por eso somos como somos.
Yo definitivamente cautivé al Leopoldo Brook, mientras Mariángela, que ya había mirado y mirado la venida de la noche, se tomó su tiempo para contarme su angustia de ese día: le había rascado el cuerpo, como a las chicharras. "No importa —le dije— ya te tocó su sombra y ahora vendrá la música". Se moría de tristeza ante miles de fotografías que descubrió de su mamá cuando joven, con ella en brazos, en las fincas. La atormentaba pensar que a los 17 había vivido más que su mamá a los 50 (desproporción simple de comprender, teniendo en cuenta cómo van los tiempos). "La única corrompisiña que tuvo fue cuando conoció a mi papá, un campeón de tenis belga que pasó por aquí en tour y siguió en tour, y hacían el amor como conejos". Allí se quedó como atolondrada, y luego dijo suplicante: "yo lo que quiero es música", a lo que el pelirrojo contestó que no era sino decirle y a berriar mensaje "delante de todos estos cuchitriles", fue la palabra que empleó. "No —dijo Mariángela—, más bien vamos a dar un paseillo a la manzana, para calmarme", y el pelirrojo le obedeció de primero: yo en cambio, me tomé mi tiempo para mirar a muchos de mis compañeros, y les hacía señales, les indicaba que sería temporal la ausencia, que a la fija nos veíamos donde Flores, lueguito. El Bull y el Tico se la habían pasado toda la tarde con el transistor a todo volumen, y más de un ciudadano se había acercado a hacer reclamos, pero Tico era atravesado y Bull nada más que con su simpleza de estar allí, detrás de él e impajaritablemente frente a quien viniera a molestarlo, era el mejor apoyo.

miércoles, 24 de junio de 2009

José Saramago. Autor de Ensayo sobre la Ceguera


Escritor portugués, uno de los novelistas actuales más apreciados en el mundo entero. Periodista y miembro del Partido Comunista Portugués sufrió censura y persecución durante los años de la dictadura de Salazar. Se sumó a la llamada "Revolución de los Claveles" que llevó la democracia a Portugal, en el año 1974. Escéptico e intelectual mantuvo y mantiene una postura ética y estética por encima de partidismos políticos, y comprometido con el género humano. En la actualidad, consagrado como escritor universal, divide su residencia entre Lisboa y la isla española de Lanzarote (Canarias). Alzado del suelo (1980) fue la novela que le reveló como el gran novelista maduro y renovador portugués. Se trata de una novela histórica, situada en el Alentejo entre 1910 y 1979, con un lenguaje campesino, una estructura sólida y documentada y un estilo humorístico y sarcástico que llamó enormemente la atención en su momento. Siguieron obras de gran interés como Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989), El evangelio según Jesucristo (1991) y Ensayo sobre la ceguera (1995), obra en la que el autor desde planteamientos éticos advierte sobre "la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron". Saramago, escéptico pero solidario, reflexiona en esta novela sobre si cabrá la esperanza tras este nuevo milenarismo que la humanidad está viviendo. En 1998 recibió el Premio Nobel de Literatura, siendo el primer escritor portugués en conseguirlo.

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador del paso de peatones apare­ció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cru­zar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso. Los conductores, impacientes, con el pie en el pedal del embrague, man­tenían los coches en tensión, avanzando, retrocediendo, como caballos nerviosos que vieran la fusta alzada en el aire. Habían terminado ya de pasar los peatones, pero la luz verde que daba paso libre a los automóviles tardó aún unos segundos en alumbrarse. Hay quien sostiene que esta tardanza, aparentemente insignificante, mul­tiplicada por los miles de semáforos existentes en la ciu­dad y por los cambios sucesivos de los tres colores de cada uno, es una de las causas de los atascos de circulación, o embotellamientos, si queremos utilizar la ex­presión común.


Al fin se encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila de en medio está parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, o se le aga­rrotó la palanca de la caja de velocidades, o una avería en el sistema hidráulico, un bloqueo de frenos, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente, se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. El nuevo grupo de peatones que se está forman­do en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas mientras los de los coches de atrás to­can frenéticos el claxon. Algunos conductores han sal­tado ya a la calzada, dispuestos a empujar al automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impaciente­mente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta, Estoy ciego.

Nadie lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpa­dos muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas, re­pentinamente revueltas, todo eso que cualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un mo­vimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún qui­siera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer. El semáforo había cambiado de color, algunos transeúntes curiosos se acercaban al grupo, y los conductores, allá atrás, que no sabían lo que estaba ocurriendo, protestaban contra lo que creían un accidente de tráfico vulgar, un faro roto, un guardabarros abollado, nada que justificara tanta confusión. Llamen a la policía, gritaban, saquen eso de ahí. El ciego imploraba, Por favor, que alguien me lleve a casa. La mujer que había hablado de nervios opinó que deberían llamar a una ambulancia, llevar a aquel pobre hombre al hospital, pero el ciego dijo que no, que no quería tanto, sólo quería que lo acompañaran hasta la puerta de la casa donde vivía, Está ahí al lado, me harían un gran favor, Y el coche, preguntó una voz. Otra voz respondió, La llave está ahí, en su sitio, podemos aparcarlo en la acera. No es necesario, inter­vino una tercera voz, yo conduciré el coche y llevo a este señor a su casa. Se oyeron murmullos de aprobación. El ciego notó que lo agarraban por el brazo, Venga, venga conmigo, decía la misma voz. Lo ayuda­ron a sentarse en el asiento de al lado del conductor, le abrocharon el cinturón de seguridad. No veo, no veo, murmuraba el hombre llorando, Dígame dónde vive, pidió el otro. Por las ventanillas del coche acechaban caras voraces, golosas de la novedad. El ciego alzó las manos ante los ojos, las movió, Nada, es como si estu­viera en medio de una niebla espesa, es como si hubie­ra caído en un mar de leche, Pero la ceguera no es así, dijo el otro, la ceguera dicen que es negra, Pues yo lo veo todo blanco, A lo mejor tiene razón la mujer, será cosa de nervios, los nervios son el diablo, Yo sé muy bien lo que es esto, una desgracia, sí, una desgracia, Dígame dónde vive, por favor, al mismo tiempo se oyó que el motor se ponía en marcha. Balbuceando, como si la falta de visión hubiera debilitado su memoria, el ciego dio una dirección, luego dijo, No sé cómo voy a agradecérselo, y el otro respondió, Nada, hombre, no tiene importancia, hoy por ti, mañana por mí, nadie sabe lo que le espera, Tiene razón, quién me iba a decir a mí, cuando salí esta mañana de casa, que iba a ocurrir­me una desgracia como ésta. Le sorprendió que conti­nuaran parados, Por qué no avanzamos, preguntó, El semáforo está en rojo, respondió el otro, Ah, dijo el ciego, y empezó de nuevo a llorar. A partir de ahora no sabrá cuándo el semáforo se pone en rojo.

Tal como había dicho el ciego, su casa estaba cerca. Pero las aceras estaban todas ocupadas por coches aparcados, no encontraron sitio para estacionar el suyo, y se vieron obligados a buscar un espacio en una de las calles transversales. Allí, la acera era tan estrecha que la puerta del asiento del lado del conductor quedaba a poco más de un palmo de la pared, y el ciego, para no pasar por la angustia de arrastrarse de un asiento al otro, con la palanca del cambio de velocidades y el volante dificultando sus movimientos, tuvo que salir primero. Desamparado, en medio de la calle, sintiendo que se hundía el suelo bajo sus pies, intentó contener la aflic­ción que le agarrotaba la garganta. Agitaba las manos ante la cara, nervioso, como si estuviera nadando en aquello que había llamado un mar de leche, pero cuan­do se le abría la boca a punto de lanzar un grito de soco­rro, en el último momento la mano del otro le tocó suavemente el brazo, Tranquilícese, yo lo llevaré. Fueron andando muy despacio, el ciego, por miedo a caerse, arrastraba los pies, pero eso le hacía tropezar en las irre­gularidades del piso, Paciencia, que estamos llegando ya, murmuraba el otro, y, un poco más adelante, le pre­guntó, Hay alguien en su casa que pueda encargarse de usted, y el ciego respondió, No sé, mi mujer no habrá llegado aún del trabajo, es que yo hoy salí un poco antes, y ya ve, me pasa esto, Ya verá cómo no es nada, nunca he oído hablar de alguien que se hubiera queda­do ciego así de repente, Yo, que me sentía tan satisfecho de no usar gafas, nunca las necesité, Pues ya ve. Habían llegado al portal, dos vecinas miraron curiosas la esce­na, ahí va el vecino, y lo llevan del brazo, pero a ningu­na se le ocurrió preguntar, Se le ha metido algo en los ojos, no se les ocurrió y tampoco él podía responderles, Se me ha metido por los ojos adentro un mar de leche. Ya en casa, el ciego dijo, Muchas gracias, perdone las molestias, ahora me puedo arreglar yo, Qué va, no, hombre, no, subiré con usted, no me quedaría tranquilo si lo dejo aquí. Entraron con dificultad en el estrecho ascensor, En qué piso vive, En el tercero, no puede us­ted imaginarse qué agradecido le estoy, Nada, hombre, nada, hoy por ti mañana por mí, Sí, tiene razón, mañana por ti. Se detuvo el ascensor y salieron al descansi­llo, Quiere que le ayude a abrir la puerta, Gracias, creo que podré hacerlo yo solo. Sacó del bolsillo unas llaves, las tanteó, una por una, pasando la mano por los dientes de sierra, dijo, Ésta debe de ser, y, palpando la cerradura con la punta de los dedos de la mano izquierda intentó abrir la puerta, No es ésta, Déjeme a mí, a ver, yo le ayudaré. A la tercera tentativa se abrió la puerta. En­tonces el ciego preguntó hacia dentro, Estás ahí. Nadie respondió, y él, Es lo que dije, no ha venido aún. Con los brazos hacia delante, tanteando, pasó hacia el corre­dor, luego se volvió cautelosamente, orientando la cara en la dirección en que pensaba que estaría el otro, Cómo podré agradecérselo, dijo, Me he limitado a hacer lo que era mi deber, se justificó el buen samaritano, no tiene que agradecerme nada, y añadió, Quiere que le ayude a sentarse, que le haga compañía hasta que llegue su mu­jer. Tanto celo le pareció de repente sospechoso al ciego, evidentemente, no iba a meter en casa a un descono­cido que, en definitiva, bien podría estar tramando en aquel mismo momento cómo iba a reducirlo, atarlo y amordazarlo, a él, un pobre ciego indefenso, para luego arramblar con todo lo que encontrara de valor. No es necesario, dijo, no se moleste, ya me las arreglaré, y mien­tras hablaba, iba cerrando la puerta lentamente, No es necesario, no es necesario.

Suspiró aliviado al oír el ruido del ascensor bajando. Con un gesto maquinal, sin recordar el estado en que se hallaba, abrió la mirilla de la puerta y obser­vó hacia el exterior. Al otro lado era como si hubiera un muro blanco. Sentía el contacto del aro metálico en el arco superciliar, rozaba con las pestañas la minúscula lente, pero no podía ver nada, la blancura insondable lo cubría todo. Sabía que estaba en su casa, la reconocía por el olor, por la atmósfera, por el silencio, distinguía los muebles y los objetos sólo con tocarlos, les pasaba los dedos por encima, levemente, pero era como si todo estuviera diluyéndose en una especie de extraña di­mensión, sin direcciones ni referencias, sin norte ni sur, sin bajo ni alto. Como probablemente ha hecho todo el mundo, había jugado en algunas ocasiones, en la adolescencia, al juego de Y si fuese ciego, y al cabo de cinco minutos con los ojos cerrados había llegado a la conclusión de que la ceguera, sin duda una terri­ble desgracia, podría ser relativamente soportable si la víctima conservara un recuerdo suficiente, no sólo de los colores, sino también de las formas y de los planos, de las superficies y de los contornos, suponiendo, claro está, que aquella ceguera no fuese de nacimiento. Ha­bía llegado incluso a pensar que la oscuridad en que los ciegos vivían no era, en definitiva, más que la sim­ple ausencia de luz, que lo que llamamos ceguera es algo que se limita a cubrir la apariencia de los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un velo negro. Ahora, al contrario, se encontraba sumergido en una albu­ra tan luminosa, tan total, que devoraba no sólo los colores, sino las propias cosas y los seres, haciéndolos así doblemente invisibles.

Al moverse en dirección a la sala de estar, y pese a la prudente lentitud con que avanzaba, deslizando la mano vacilante a lo largo de la pared, tiró al suelo un jarrón de flores con el que no contaba. Lo había olvida­do, o quizá lo hubiera dejado allí la mujer cuando salió para el trabajo, con intención de colocarlo luego en el sitio adecuado. Se inclinó para evaluar la magnitud del desastre. El agua corría por el suelo encerado. Quiso re­coger las flores, pero no pensó en los vidrios rotos, una lasca larga, finísima, se le clavó en un dedo, y él volvió a gemir de dolor, de abandono, como un chiquillo, ciego de blancura en medio de una casa que, al caer la tarde, empezaba a cubrirse de oscuridad. Sin dejar las flores, notando que por su mano corría la sangre, se inclinó para sacar el pañuelo del bolsillo y envolver el dedo co­mo pudiese. Luego, palpando, tropezando, bordeando los muebles, pisando cautelosamente para no trastabi­llar con las alfombras, llegó hasta el sofá donde él y su mujer veían la televisión. Se sentó, dejó las flores en el regazo y, con mucho cuidado, desenrolló el pañuelo. La sangre, pegajosa al tacto, le inquietó, pensó que sería porque no podía verla, su sangre era ahora una viscosi­dad sin color, algo en cierto modo ajeno a él y que, pese a todo, le pertenecía, pero como una amenaza contra sí mismo. Despacio, palpando levemente con la mano buena, buscó la fina esquirla de vidrio, aguda como una minúscula espada, y, haciendo pinza con las uñas del pulgar y del índice, consiguió extraerla entera. Envol­vió de nuevo el dedo herido en el pañuelo, lo apretó pa­ra restañar la sangre, y, rendido, agotado, se reclinó en el sofá. Un minuto después, por una de esas extrañas dimisiones del cuerpo, que escoge, para renunciar, ciertos momentos de angustia o de desesperación, cuando, si se gobernase exclusivamente por la lógica, todo él debería estar en vela y tenso, le entró una especie de sopor, más somnolencia que sueño auténtico, pero tan pesado co­mo él. Inmediatamente soñó que estaba jugando al jue­go de Y si fuese ciego, soñaba que cerraba y abría los ojos muchas veces, y que, cada vez, como si estuviera regresando de un viaje, lo estaban esperando, firmes e inalteradas, todas las formas y los colores, el mundo tal como lo conocía. Por debajo de esta certidumbre tran­quilizadora percibía, no obstante, la agitación sorda de una duda, tal vez se tratase de un sueño engañador, un sueño del que forzosamente despertaría más pronto o más tarde, sin saber, en aquel momento, qué realidad le estaría aguardando. Después, si tal palabra tiene algún sentido aplicada a una quiebra que sólo duró unos instantes, y ya en el estado de media vigilia que va prepa­rando el despertar, pensó seriamente que no está bien mantenerse en una indecisión semejante, me despierto, no me despierto, me despierto, no me despierto, siem­pre llega un momento en que no hay más remedio que arriesgarse, Qué hago aquí, con estas flores sobre las piernas y los ojos cerrados, que parece que tengo miedo de abrirlos, Qué haces tú ahí, durmiendo, con esas flo­res sobre las piernas, le preguntaba la mujer.

No había esperado la respuesta. Ostentosamen­te empezó a recoger los restos del jarrón y a secar el suelo, mientras rezongaba algo, con una irritación que no intentaba siquiera disimular, Bien podrías haberlo hecho tú en vez de tumbarte a la bartola, como si la cosa no fuera contigo. Él no dijo nada, protegía los ojos tras los párpados apretados, súbitamente agitado por un pensamiento, Y si abro los ojos y veo, se pregunta­ba, dominado todo él por una ansiosa esperanza. La mujer se acercó, vio el pañuelo manchado de sangre, su irritación cedió en un instante, Pobre, qué te ha pasado, preguntaba compadecida mientras desataba el vendaje. Entonces él, con todas sus fuerzas, deseó ver a su mujer arrodillada a sus pies, allí, como sabía que estaba, y después, ya seguro de que no iba a verla, abrió los ojos, Vaya, has despertado al fin, dormilonazo, dijo ella sonriendo. Se hizo un silencio, y él dijo, Estoy ciego, no te veo. La mujer se enfadó, Déjate de bromas estúpidas, hay cosas con las que no se debe bromear, Ojalá fuese una broma, la verdad es que estoy realmente ciego, no veo nada, Por favor, no me asustes, mí­rame, estoy aquí, la luz está encendida, Sé que estás ahí, te oigo, te toco, supongo que has encendido la luz, pero estoy ciego. Ella rompió a llorar, se agarró a él, No es verdad, dime que no es verdad. Las flores se habían deslizado hasta el suelo, sobre el pañuelo manchado, la sangre volvía a gotear del dedo herido, y él, como si con otras palabras quisiera decir Del mal el menos, murmuró, Lo veo todo blanco, y luego sonrió triste­mente. La mujer se sentó a su lado, lo abrazó mucho, lo besó con cuidado en la frente, en la cara, suavemente en los ojos, Verás, eso pasará, no estabas enfermo, nadie se queda ciego así, de un momento para otro, Tal vez, Cuéntame cómo ocurrió todo, qué sentiste, cuándo, dón­de, no, aún no, espera, lo primero que hay que hacer es llamar al médico, a un oculista, conoces alguno, No, ni tú ni yo llevamos gafas, Y si te llevase al hospital, Para ojos que no ven, seguro que no hay servicios de urgencia, Tienes razón, lo mejor es que vayamos direc­tamente a un médico, voy a buscar uno en el listín, uno que tenga consulta por aquí. Se levantó, y preguntó aún, Notas alguna diferencia, Ninguna, dijo él, Aten­ción, voy a apagar la luz, ya me dirás, ahora, Nada, Nada qué, Nada, sigo viendo todo igual, blanco todo, para mí es como si no existiera la noche.

Él oía a la mujer pasando rápidamente las hojas de la guía telefónica, sorbiéndose el llanto, suspirando, diciendo al fin, Ése nos irá bien, ojalá nos pueda atender. Marcó un número, preguntó si era el consultorio, si estaba el doctor, si podía hablar con él, No, no, el doctor no me conoce, es un caso muy urgente, sí, por favor, com­prendo, entonces se lo diré a usted pero le ruego que avise inmediatamente al doctor, es que mi marido se ha quedado ciego, de repente, sí, sí, tal como se lo digo, de repente, no, no es enfermo del doctor, mi marido no lleva gafas, nunca las llevó, sí, tenía una vista excelente, como yo, yo también veo bien, ah, muchas gracias, es­peraré, esperaré, sí, doctor, sí, de repente, dice que lo ve todo blanco, no sé cómo fue, ni tiempo he tenido de preguntárselo, acabo de llegar a casa y lo encuentro así, quiere que le pregunte, ah, cuánto se lo agradezco, doc­tor, vamos inmediatamente, inmediatamente. El ciego se levantó, Espera, dijo la mujer, déjame que te cure pri­mero ese dedo, desapareció por un momento, volvió con un frasco de agua oxigenada, otro de mercurocromo, al­godón y una caja de tiritas. Mientras le curaba el dedo, le preguntó, Dónde has dejado el coche, y, súbitamente, Pero tú así como estás no podías conducir, o ya estabas en casa cuando, No, fue en la calle, cuando estaba para­do en un semáforo, alguien me hizo el favor de traerme, el coche se quedó ahí, en la calle de al lado, Bueno, en­tonces bajaremos, me esperas en la puerta y yo voy a buscarlo, dónde has dejado las llaves, No lo sé, él no me las devolvió, Él, quién, El hombre que me trajo a casa, fue un hombre, Las habrá dejado por ahí, voy a ver, No vale la pena que las busques, el hombre no entró, Pero las llaves han de estar en algún sitio, Seguro que se olvi­dó de dármelas, las metió en su bolsillo y se las llevó, Lo que faltaba, Coge las tuyas, luego veremos, Bien, vamos, dame la mano. El ciego dijo, Si voy a quedarme así para siempre, me mato, Por favor, no digas disparates, para desgracia basta ya con lo que nos ha ocurrido, Soy yo quien está ciego, no tú, tú no puedes saber lo que es esto, El médico te curará, ya verás, Ya veré.

Salieron. Abajo, en el portal, la mujer encendió la luz y le dijo al oído, Espérame aquí, si aparece algún vecino háblale con naturalidad, dile que me estás es­perando, nadie que te vea pensará que estás ciego, no tenemos por qué andar contándoselo a la gente, Sí, pe­ro no tardes. La mujer salió corriendo. Ningún vecino entró ni salió. Por experiencia, el ciego sabía que la es­calera sólo estaría iluminada cuando se oyera el meca­nismo del contador automático, por eso iba apretando el disparador cada vez que se hacía el silencio. Para él la luz, esta luz, se había convertido en ruido. No en­tendía por qué la mujer tardaba tanto, la calle estaba allí mismo, a unos ochenta, cien metros, Si nos retra­samos mucho va a marcharse el médico, pensó. No pudo evitar un gesto maquinal, levantar la muñeca izquier­da y bajar los ojos para ver la hora. Apretó los labios como si lo traspasara un súbito dolor, y agradeció a la suerte que no hubiera aparecido en aquel momento un vecino, pues allí mismo, a la primera palabra que le dirigiese, se habría deshecho en lágrimas. Un coche se paró en la calle, Al fin, pensó, pero, de inmediato, le pareció raro el ruido del motor, Eso es diesel, es un taxi, dijo, y apretó una vez más el botón de la luz. La mujer acababa de entrar, nerviosa, Tu santo protector, esa alma de Dios, se ha llevado el coche, No puede ser, seguro que no miraste bien, Claro que miré bien, yo no estoy ciega, las últimas palabras le salieron sin que­rer, Me habías dicho que el coche estaba en la calle de al lado, corrigió, y no está, o quizá lo dejó en otra ca­lle, No, no, fue en ésa, estoy seguro, Pues entonces, ha desaparecido, O sea que las llaves, Aprovechó tu de­sorientación, la aflicción en que estabas, y nos lo robó, Y yo que no lo dejé que entrara en casa, por miedo, si se hubiera quedado haciéndome compañía hasta que llegases tú, no nos habría robado el coche, Vamos, está esperando el taxi, te juro que daría un año de vida por ver ciego también a ese miserable, No grites tanto, Y que le robaran todo lo que tenga, A lo mejor aparece, Seguro, mañana llama a la puerta y nos dice que fue una distracción, nos pedirá disculpas, y preguntará si te encuentras mejor.

Se quedaron en silencio hasta llegar al consulto­rio del médico. Ella intentaba apartar del pensamiento el robo del coche, apretaba cariñosamente las manos del marido entre las suyas, mientras él, con la cabeza baja para que el taxista no pudiera verle los ojos por el retrovisor, no dejaba de preguntarse cómo era posible que aquella desgracia le ocurriera precisamente a él, Por qué a mí. A los oídos le llegaba el rumor del tráfico, una u otra voz más alta cuando se detenía el taxi, tam­bién ocurre a veces, estamos dormidos, y los ruidos exteriores van traspasando el velo de la inconsciencia en que aún estamos envueltos, como en una sábana blan­ca. Como una sábana blanca. Movió la cabeza suspi­rando, la mujer le tocó levemente la cara, era como si le dijese, Tranquilo, estoy aquí, y él dejó que su cabeza cayera sobre el hombro de ella, no le importó lo que pudiera pensar el taxista, Si tú estuvieras como yo, no podrías conducir, dedujo infantilmente, y, sin reparar en lo absurdo del enunciado, se congratuló por haber sido capaz, en medio de su desesperación, de formular un razonamiento lógico. Al salir del taxi, discretamen­te ayudado por la mujer, parecía tranquilo, pero, a la entrada del consultorio, donde iba a conocer su suerte, le preguntó en un murmullo estremecido, Cómo esta­ré cuando salga de aquí, y movió la cabeza como quien ya nada espera.

La mujer explicó a la recepcionista que era la persona que había llamado hacía media hora por la ce­guera del marido, y ella los hizo pasar a una salita donde esperaban otros enfermos. Estaban un viejo con una venda negra cubriéndole un ojo, un niño que pa­recía estrábico y que iba acompañado por una mujer que debía de ser la madre, una joven de gafas oscuras, otras dos personas sin particulares señales a la vista, pero nin­gún ciego, los ciegos no van al oftalmólogo. La mujer condujo al marido hasta una silla libre y, como no quedaba otro asiento, se quedó de pie a su lado, Va­mos a tener que esperar, le murmuró al oído. Él se ha­bía dado cuenta ya, porque había oído hablar a los que aguardaban, ahora lo atormentaba una preocupación diferente, pensaba que cuanto más tardase el médico en examinarlo, más profunda se iría haciendo su ce­guera, y por lo tanto incurable, sin remedio. Se removió en la silla, inquieto, iba a comunicar sus temores a la mujer, pero en aquel momento se abrió la puerta y la en­fermera dijo, Pasen ustedes, por favor, y, dirigiéndose a los otros, Es orden del doctor, es un caso urgente. La madre del chico estrábico protestó, el derecho es el de­recho, ellos estaban primero y llevaban más de una hora esperando. Los otros enfermos la apoyaron en voz ba­ja, pero ninguno, ni ella misma, encontraron prudente seguir insistiendo en su reclamación, no fuera a enfadar­se el médico y les hiciera pagar luego la impertinencia haciéndolos esperar aún más, que casos así se han vis­to. El viejo del ojo vendado fue magnánimo, Déjenlo, pobre hombre, que está bastante peor que cualquiera de nosotros. El ciego no lo oyó, estaban entrando ya en el despacho del médico, y la mujer decía, Gracias, doc­tor, es que mi marido, y se quedó cortada, en realidad no sabía lo que había ocurrido realmente, sabía sólo que su marido estaba ciego y que les habían robado el coche. El médico dijo, Siéntense, por favor, y él perso­nalmente ayudó al enfermo a acomodarse, y luego, to­cándole la mano, le habló directamente, A ver, cuénte­me lo que le ha pasado. El ciego explicó que estaba en el coche, esperando que el semáforo se pusiera en verde, y que de pronto se había quedado sin ver, que había acudido gente a ayudarle, que una mujer mayor, por la voz debía de serlo, dijo que aquello podían ser nervios, y que después lo acompañó un hombre hasta casa, por­que él solo no podía valerse, Lo veo todo blanco, doc­tor. No habló del robo del coche.

El médico le preguntó, Nunca le había ocurri­do nada así, quiero decir, lo de ahora, o algo parecido, Nunca, doctor, ni siquiera llevo gafas, Y dice que fue de repente, Sí, doctor, Como una luz que se apaga, Más bien como una luz que se enciende, Había notado diferencias en la vista estos días pasados, No, doctor, Y hubo algún caso de ceguera en su familia, No, doc­tor, en los parientes que he conocido o de los que oí hablar, nadie, Sufre diabetes, No, doctor, Y sífilis, No, doctor, Hipertensión arterial o intracraneana, Intra­craneana, no sé, de la otra sé que no, en la empresa nos hacen reconocimientos, Se dio algún golpe fuerte en la cabeza, hoy o ayer, No, doctor, Cuántos años tiene, Trein­ta y ocho, Bueno, vamos a ver esos ojos. El ciego los abrió mucho, como para facilitar el examen, pero el mé­dico lo cogió por el brazo y lo colocó detrás de un apa­rato que alguien con imaginación tomaría por un nuevo modelo de confesionario en el que los ojos hubieran sustituido a las palabras, con el confesor mirando directa­mente el interior del alma del pecador. Apoye la bar­billa aquí, recomendó, y mantenga los ojos bien abiertos, no se mueva. La mujer se acercó al marido, le puso la mano en el hombro, dijo, Verás cómo todo se arre­gla. El médico subió y bajó el sistema binocular de su lado, hizo girar tornillos de paso finísimo, y empezó el examen. No encontró nada en la córnea, nada en la esclerótica, nada en el iris, nada en la retina, nada en el cristalino, nada en el nervio óptico, nada en ninguna parte. Se apartó del aparato, se frotó los ojos, luego volvió a iniciar el examen desde el principio, sin ha­blar, y cuando terminó, de nuevo mostraba en su rostro una expresión perpleja, No le encuentro ninguna le­sión, tiene los ojos perfectos. La mujer juntó las manos en un gesto de alegría, y exclamó, Ya te lo dije, ya te dije que todo se iba a resolver. Sin hacerle caso, el cie­go preguntó, Puedo sacar la barbilla de aquí, doctor, Claro que sí, perdone, Si, como dice, mis ojos están perfectos, por qué estoy ciego, Por ahora no sé decírse­lo, vamos a tener que hacer exámenes más minuciosos, análisis, ecografía, encefalograma, Cree que esto tiene algo que ver con el cerebro, Es una posibilidad, pero no lo creo, Sin embargo, doctor, dice usted que en mis ojos no encuentra nada malo, Así es, no veo nada, No entiendo, Lo que quiero decir es que si usted está de hecho ciego, su ceguera, en este momento, resulta inexplicable, Duda acaso de que yo esté ciego, No, hombre, no, el problema es la rareza del caso, personalmente, en toda mi vida de médico, nunca vi un caso igual, y me atrevería incluso a decir que no se ha visto en toda la historia de la oftalmología, Y cree us­ted que tengo cura, En principio, dado que no en­cuentro lesión alguna ni malformaciones congénitas, mi respuesta tendría que ser afirmativa, Pero, por lo visto, no lo es, Sólo por prudencia, sólo porque no quiero darle esperanzas que podrían luego resultar carentes de fundamento, Comprendo, Es así, Y tengo que seguir al­gún tratamiento, tomar alguna medicina, Por ahora no voy a recetarle nada, sería recetar a ciegas, Ésa es una observación apropiada, observó el ciego. El médico hizo como si no hubiera oído, se apartó del taburete giratorio en el que se había sentado para efectuar la observación y, de pie, escribió en una hoja de receta los exámenes y análisis que consideraba necesarios. Le entregó el papel a la mujer, Aquí tiene, señora, vuelva con su marido cuan­do tengan los resultados, y si mientras tanto hay algún cambio, llámeme, La consulta, doctor, Páguenla a la sa­lida, a la enfermera. Los acompañó hasta la puerta, mu­sitó una frase dándoles confianza, algo como Vamos a ver, vamos a ver, es necesario no desesperar, y, cuando se encontró de nuevo solo, entró en el pequeño cuarto de baño anejo y se quedó mirándose al espejo durante un minuto largo, Qué será eso, murmuró. Luego volvió a la sala de consulta, llamó a la enfermera, Que entre el siguiente.

Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego. Al ofrecerse para ayudar al ciego, el hombre que luego robó el coche no tenía, en aquel preciso momen­to, ninguna intención malévola, muy al contrario, lo que hizo no fue más que obedecer a aquellos sentimien­tos de generosidad y de altruismo que son, como todo el mundo sabe, dos de las mejores características del géne­ro humano, que pueden hallarse, incluso, en delincuen­tes más empedernidos que éste, un simple ladronzuelo de automóviles sin esperanza de ascenso en su carrera, explotado por los verdaderos amos del negocio, que son los que se aprovechan de las necesidades de quien es pobre. A fin de cuentas, no es tan grande la diferencia entre ayudar a un ciego para robarle luego y cuidar a un viejo caduco y baboso con el ojo puesto en la herencia. Sólo cuando estaba cerca de la casa del ciego se le ocu­rrió la idea con toda naturalidad, exactamente, podría­mos decir, como si hubiera decidido comprar un billete de lotería por encontrarse al vendedor, no tuvo ningún presentimiento, compró el billete para ver qué pasaba, conforme de antemano con lo que la voluble fortuna le trajese, algo o nada, otros dirían que actuó según un reflejo condicionado de su personalidad. Los escépticos sobre la naturaleza humana, que son muchos y obstina­dos, vienen sosteniendo que, si bien es cierto que la oca­sión no siempre hace al ladrón, también es cierto que ayuda mucho. En cuanto a nosotros, nos permitiremos pensar que si el ciego hubiera aceptado el segundo ofre­cimiento del, en definitiva, falso samaritano, en aquel último instante en que la bondad podría haber prevale­cido aún, nos referimos al ofrecimiento de quedarse ha­ciéndole compañía hasta que llegase la mujer, quién sabe si el efecto de la responsabilidad moral resultante de la confianza así otorgada no habría inhibido la tenta­ción delictiva y hubiera facilitado que aflorase lo que de luminoso y noble podrá siempre encontrarse hasta en las almas endurecidas por la maldad. Concluyendo de ma­nera plebeya, como no se cansa de enseñarnos el prover­bio antiguo, el ciego, creyendo que se santiguaba, se rompió la nariz.

La conciencia moral, a la que tantos insensatos han ofendido y de la que muchos más han renegado, es cosa que existe y existió siempre, no ha sido un invento de los filósofos del Cuaternario, cuando el alma apenas era un proyecto confuso. Con la marcha de los tiempos, más las actividades derivadas de la convivencia y los intercambios genéticos, acabamos metiendo la conciencia en el color de la sangre y en la sal de las lá­grimas, y, como si tanto fuera aún poco, hicimos de los ojos una especie de espejos vueltos hacia dentro, con el resultado, muchas veces, de que acaban mostrando sin reserva lo que estábamos tratando de negar con la boca. A esto, que es general, se añade la circunstancia particular de que, en espíritus simples, el remordi­miento causado por el mal cometido se confunde fre­cuentemente con miedos ancestrales de todo tipo, de lo que resulta que el castigo del prevaricador acaba siendo, sin palo ni piedra, dos veces el merecido. No será posible, pues, en este caso, deslindar qué parte de los miedos y qué parte de la conciencia abatida empe­zaron a conturbar al ladrón en cuanto puso el coche en marcha. Sin duda, no podría resultar tranquilizador ir sentado en el lugar de alguien que sostenía con las manos este mismo volante en el momento en que se quedó ciego, que miró a través de este parabrisas en el momento en que, de repente, sus ojos dejaron de ver, no es preciso estar dotado de mucha imaginación para que tales pensamientos despierten la inmunda y ras­trera bestia del pavor, ahí está, alzando ya la cabeza. Pero era también el remordimiento, expresión agravada de una conciencia, como antes dijimos, o, si queremos des­cribirlo en términos sugestivos, una conciencia con dien­tes para morder, quien ponía ante él la imagen desam­parada del ciego cerrando la puerta, No es necesario, no es necesario, había dicho el pobre hombre, y desde aquel momento en adelante no podría dar un paso sin ayuda.

El ladrón redobló la atención sobre el tráfico para impedir que pensamientos tan atemorizadores ocuparan por entero su espíritu, sabía bien que no debía permitirse el menor error, la mínima distracción. La policía andaba por allí, bastaba que algún guardia lo mandara parar, A ver, la documentación del coche, el carné, y otra vez a la cárcel, la dureza de la vida. Po­nía el mayor cuidado en obedecer los semáforos, nunca pasarse el rojo, respetar el amarillo, esperar con pacien­cia hasta que aparezca el verde. A cierta altura se dio cuenta de que estaba empezando a mirar las luces de forma obsesiva. Pasó entonces a regular la velocidad de manera que pudiera coger la onda verde, aunque a veces, para conseguirlo, tuviera que aumentar la velocidad, o, al contrario, reducirla hasta el punto de pro­vocar la irritación de los conductores que venían de­trás. Al fin, desorientado, tenso a más no poder, acabó por dirigir el coche hacia una calle transversal secun­daria en la que no había semáforos, y lo estacionó casi sin mirar, que buen conductor sí era. Estaba al borde de un ataque de nervios, con estas palabras exactas lo pensó, A ver si ahora me da algo. Jadeaba dentro del coche. Bajó las ventanillas de los dos lados, pero el aire de fuera, aunque se movía, no refrescó la atmósfera in­terior. Qué hago, se preguntó. El barracón al que de­bería llevar el coche quedaba lejos, a las afueras de la ciudad, y con aquellos nervios no iba a llegar nunca, Me atrapa un guardia, o tengo un accidente, que to­davía sería peor, murmuró. Pensó entonces que lo me­jor sería salir un rato del coche, dar una vuelta, airear las ideas, A ver si me quito las telarañas de la cabeza, por el hecho de que el tipo aquel se quedara ciego no me va a pasar lo mismo a mí, esto no es una gripe que se pegue, doy una vuelta a la manzana y se me pasa. Sa­lió, no valía la pena cerrar el coche, estaría de vuelta en un momento, y se alejó. Aún no había andado treinta pasos cuando se quedó ciego.

En el consultorio el último cliente atendido fue el viejo bondadoso, el que había dicho palabras tan llenas de piedad por aquel pobre hombre que se había quedado ciego de repente. Iba sólo para que le dieran la fecha de la operación de catarata en el único ojo que le quedaba, que la venda tapaba una ausencia y no te­nía nada que ver con el caso de ahora. Son cosas que vienen con la edad, le había dicho el médico tiempo atrás, cuando la catarata esté madura la quitamos, luego no va a reconocer el mundo en que vivió, ya verá. Cuan­do salió el viejo de la venda negra, y la enfermera dijo que no había más pacientes en la sala de espera, el mé­dico cogió la ficha del hombre que se había quedado cie­go súbitamente, la leyó una, dos veces, pensó durante unos minutos, y luego fue al teléfono y llamó a un co­lega, con quien sostuvo la siguiente conversación, Oye, mira, he tenido hoy un caso extrañísimo, un hombre que perdió la vista de repente, el examen no ha mos­trado nada, ninguna lesión perceptible, ni indicios de malformación de nacimiento, dice que lo ve todo blan­co, con una especie de blancura lechosa, espesa, que se le agarra a los ojos, estoy intentando expresar del me­jor modo posible la descripción que me hizo, sí, claro que es subjetivo, no, el hombre es joven, treinta y ocho años, tienes noticia de algún caso semejante, has leído, oíste hablar de algo así, ya lo pensaba yo, por ahora no le veo solución, para ganar tiempo le mandé que se hiciera unos análisis, sí, podemos verlo juntos uno de estos días, después de cenar voy a echar un vistazo a los libros, revisar bibliografía, a ver si se me ocurre algo, sí, ya sé, la agnosis, la ceguera psíquica, podría ser, pe­ro se trataría entonces del primer caso de estas caracte­rísticas, porque de lo que no hay duda es de que el hombre está ciego, la agnosis, lo sabemos, es la inca­pacidad de reconocer lo que se ve, también he pensado en eso, o en que se tratase de una amaurosis, pero re­cuerda lo que te he dicho, es una ceguera blanca, preci­samente lo contrario de la amaurosis, que es tiniebla total, a no ser que exista una amaurosis blanca, una ti­niebla blanca, por así decirlo, sí, ya sé, algo que no se ha visto nunca, de acuerdo, mañana le llamo, le digo que queremos examinarlo los dos. Terminada la conver­sación, el médico se recostó en el sillón, se quedó así unos minutos, luego se levantó, se quitó la bata con movimientos fatigados, lentos. Fue al baño para lavar­se las manos, pero esta vez no le preguntó al espejo, me­tafísicamente, Qué será eso, había recuperado el espíritu científico, el hecho de que la agnosis y la amaurosis se encontraran identificadas y definidas con precisión en los libros y en la práctica no significaba que no surgie­ran variedades, mutaciones, si es adecuada la palabra, y ahora parecían haber llegado. Hay mil razones para que el cerebro se cierre, sólo esto, y nada más, como una visita tardía que encontrara clausurados sus propios umbrales. El oftalmólogo tenía gustos literarios y encontraba citas oportunas.

Por la noche, después de cenar, le dijo a la mu­jer, Vino a la consulta un hombre con un caso extraño, podría tratarse de una variante de ceguera psíquica o de amaurosis, pero no consta que tal cosa se haya com­probado alguna vez, Qué enfermedades son ésas, lo de la amaurosis y lo otro, preguntó la mujer. El médico dio unas explicaciones accesibles a un entendimiento normal y, satisfecha la curiosidad, fue al estante, a bus­car en los libros de la especialidad, unos antiguos, de los años de Facultad, otros más modernos, algunos de publicación reciente que aún no había tenido tiem­po de estudiar. Consultó los índices metódicamente, leyó todo lo que encontraba allí sobre la agnosis y la amaurosis, con la impresión incómoda de sentirse in­truso en un terreno que no era el suyo, el misterioso campo de la neurocirugía, sobre el que sólo tenía escasas luces. Avanzada la noche, apartó los libros que ha­bía estado consultando, se frotó los ojos fatigados y se reclinó en el sillón. En aquel momento, la alternativa se le presentaba con toda claridad. Si el caso era agno­sis, el paciente estaría viendo ahora lo que siempre había visto, es decir, no habría sobrevenido disminu­ción alguna de agudeza visual, simplemente ocurría que el cerebro se habría vuelto incapaz de reconocer una silla donde hubiera una silla, seguiría, pues, reaccionando correctamente a los estímulos luminosos a tra­vés del nervio óptico, pero, para decirlo en lenguaje común, al alcance de gente poco informada, habría perdido la capacidad de saber que sabía, y, más aún, de decirlo. En cuanto a la amaurosis, no cabía la menor du­da. Para que lo fuese efectivamente, el paciente tendría que verlo todo negro, salvando, desde luego, el uso de tal verbo, ver, cuando de tinieblas absolutas se trata. El ciego había afirmado categóricamente que veía, salvado sea también el verbo, un color blanco uniforme, denso, como si, con los ojos abiertos, se encontrara sumergido en un mar lechoso. Una amaurosis blanca, aparte de ser etimológicamente una contradicción, sería también una imposibilidad neurológica, visto que el cerebro, que no podría entonces percibir las imágenes, las formas y los colores de la realidad, tampoco podría, por decirlo así, cubrir de blanco, de un blanco continuo, como pintura blanca sin tonalidades, los colores, las formas y las imá­genes que la misma realidad presentase a una visión normal, por problemático que resulte hablar, con efec­tiva propiedad, de visión normal. Con la conciencia clarísima de encontrarse metido en un callejón aparen­temente sin salida, el médico movió la cabeza desa­lentado y miró a su alrededor. Su mujer se había reti­rado ya, recordaba vagamente que se le había acercado un momento y que le había besado en el pelo, Me voy a acostar, debió de decir, la casa estaba ahora silenciosa, sobre la mesa se veían los libros dispersos, Qué será esto, pensó, y de pronto sintió miedo, como si tam­bién él fuera a quedarse ciego en el instante siguiente y lo supiera ya. Contuvo la respiración y esperó. No ocurrió nada. Ocurrió un momento después, cuando juntaba los libros para ordenarlos en la estantería. Pri­mero se dio cuenta de que había dejado de verse las manos, después supo que estaba ciego.

El mal de la muchacha de las gafas oscuras no era grave, tenía sólo una conjuntivitis de lo más senci­lla, que el remedio que le había recetado el médico iba a resolver en poco tiempo. Ya sabe, durante estos días sólo se tiene que quitar las gafas para dormir, le había dicho. La broma era antigua, seguro que había pasado de generación en generación de oftalmólogos, pero el efecto se repetía siempre, el médico sonreía al decirlo, sonreía el paciente al oírlo, y en este caso valía la pena, pues la muchacha tenía bonitos dientes, y sabía cómo mostrarlos. Por natural misantropía o por excesivas de­cepciones en la vida, cualquier escéptico común, co­nocedor de los pormenores de la vida de esta mujer, insinuaría que la belleza de la sonrisa no pasaba de ser artimaña del oficio, pero sería una afirmación malvada y gratuita, porque aquella sonrisa ya era así en los tiempos, no tan distantes, en los que aquella mujer era una chiquilla, palabra en desuso, cuando el futuro era una carta cerrada y aún estaba por nacer la curiosidad de abrirla. Simplificando, pues, se podría incluir a esta mujer en la categoría de las llamadas prostitutas, pero la complejidad del entramado de relaciones sociales, tanto diurnas como nocturnas, tanto verticales como horizontales, de la época aquí descrita, aconseja mo­derar cualquier tendencia a los juicios perentorios, de­finitivos, manía de la que, por exagerada suficiencia, nunca conseguiremos librarnos. Aunque sea evidente lo mucho que de nube hay en Juno, no es lícito obsti­narse en confundir con una diosa griega lo que no pasa de ser una vulgar masa de gotas de agua flotando en la atmósfera. Sin duda, esta mujer va a la cama a cambio de dinero, lo que permitiría, probablemente, y sin más consideraciones, clasificarla como prostituta, pero, sien­do cierto que sólo va cuando quiere y con quien ella quiere, no es desdeñable la probabilidad de que tal di­ferencia de derecho deba determinar cautelarmente su exclusión del gremio, entendido como un todo. Ella tie­ne, como la gente normal, una profesión, y, también, co­mo la gente normal, aprovecha las horas que le quedan libres para dar algunas alegrías al cuerpo y suficientes satisfacciones a sus necesidades, tanto a las particulares como a las generales. Si no se pretende reducirla a una definición primaria, lo que en definitiva debería decir­se de ella, en sentido lato, es que vive como le apetece y, además, saca de ello todo el placer que puede.

Se había hecho de noche cuando salió del con­sultorio. No se quitó las gafas, la iluminación de las ca­lles le molestaba, especialmente la de los anuncios. En­tró en una farmacia a comprar el colirio que el médico le había recetado, decidió no darse por aludida cuan­do el dependiente dijo que es injusto que ciertos ojos anden cubiertos por cristales oscuros, observación que, aparte de impertinente en sí misma, y además expresada por un mancebo de botica, imaginen, venía a contrariar su convicción de que las gafas oscuras le daban un aire embriagador y misterioso capaz de provocar el interés de los hombres que pasaban, y, eventualmente, corresponderles, de no darse hoy la circunstancia de que al­guien la está esperando, una cita que promete mucho, tanto en lo referente a satisfacciones materiales como a satisfacciones de otro tipo. El hombre con quien iba a verse era un conocido, no le importó que ella le dijera que no podría quitarse las gafas oscuras, aunque el mé­dico no le había dado aún orden al respecto, el caso es que al hombre hasta le hizo gracia, era una novedad. A la salida de la farmacia, la muchacha llamó un taxi, dio el nombre de un hotel. Recostada en el asiento, prelibaba ya, si se acepta el término, las distintas y múlti­ples sensaciones del goce sensual, desde el primer y sabio roce de labios, desde la primera caricia íntima, hasta las sucesivas explosiones de un orgasmo que la dejaría ago­tada y feliz, como si la estuvieran crucificando, dicho sea con perdón, en una girándula ofuscadora y vertigi­nosa. Tenemos, pues, razones para concluir que la chica de las gafas oscuras, si la pareja supo cumplir cabalmente, en tiempo y técnica, con su obligación, paga siempre por adelantado y el doble de lo que luego cobra. En me­dio de estos pensamientos, sin duda porque había pa­gado hacía un momento una consulta, se preguntó si no sería conveniente subir, a partir de hoy mismo, su tarifa, lo que, con risueño optimismo, solía llamar su justo nivel de compensación.

Mandó parar el taxi una manzana antes, se mez­cló con la gente que iba en la misma dirección, como dejándose llevar por ella, anónima y sin ninguna culpa notoria. Entró en el hotel con aire natural, cruzó el vestí­bulo hacia el bar. Llegaba con unos minutos de ade­lanto, y tendría que esperar, pues la hora de la cita ha­bía sido fijada con precisión. Pidió un refresco y lo tomó sosegadamente, sin posar los ojos en nadie, no quería que la confundieran con una vulgar cazadora de hombres. Un poco más tarde, como una turista que sube al cuarto a descansar después de haber pasado la tarde por los museos, se dirigió al ascensor. La virtud, habrá aún quien lo ignore, siempre encuentra escollos en el durísimo camino de la perfección, pero el pecado y el vicio se ven tan favorecidos por la fortuna que to­do fue llegar y se abrieron ante ella las puertas del as­censor. Salieron dos huéspedes, un matrimonio de edad avanzada, ella entró y apretó el botón del tercero, tres­cientos doce era el número que la esperaba, es aquí, llamó discretamente a la puerta, diez minutos después estaba ya desnuda, a los quince gemía, a los dieciocho susurraba palabras de amor que ya no tenía necesidad de fingir, a los veinte empezaba a perder la cabeza, a los veintiuno sintió que su cuerpo se desquiciaba de placer, a los veintidós gritó, Ahora, ahora, y cuando recuperó la conciencia, dijo, agotada y feliz, Aún lo veo todo blanco.