sábado, 26 de septiembre de 2009

Irvine Walsh. Autor de Trainspotting

Nació en 1958 en Escocia. Creció en el corazón del barrio obrero de Muirhouse, dejó la escuela a los dieciséis años, cambiando multitud de veces de trabajo hasta que emigró a Londres con el movimiento punk. A finales de los ochenta volvió a Escocia, donde trabajó para el Edinburgh District Council a la par que se graduaba en la universidad y se dedicaba a la escritura. Su primera novela, Trainspotting, tuvo un éxito extraordinario, así como su adaptación cinematográfica. Además ha publicado: Si te Gustó la Escuela te encantará el Trabajo, Éxtasis, Porno, Escoria, entre otros.

Trainspotting. Por Irvine Walsh



Sick Boy sudaba a chorros; temblaba. Yo estaba allí sentado, concentrado en la tele, intentando pasar del capullo. Me cortaba el rollo. Traté de mantener la atención sobre el vídeo de Jean-Claude Van Damme.
Como sucede en este tipo de películas, empezaba con la típica escena dramática. La siguiente fase consistía en ir acumulando tensión mediante la presentación del villano y hacer que la débil trama mantuviese su cohesión. De todas formas, de un momento a otro el viejo Jean-Claude estaría listo para ponerse manos a la obra y repartir candela en serio.
«Rents, tengo que ver a la Madre Superiora», boqueó Sick Boy, sacudiendo la cabeza.
«Aah», digo yo. Sólo quería que el mamón se fuera a tomar por culo donde no le viera, que se fuese solo, y me dejara a mí con Jean-Claude. Por otra parte, yo no tardaría mucho en ponerme chungo, y si ese cabrón iba y pillaba, me dejaría tirado. Le llaman Sick Boy[1] no porque siempre esté chungo por el síndrome de abstinencia, sino simplemente porque es un cabrón de lo más chungo.
«Vámonos de una puta vez», saltó desesperadamente.
«Espera un segundo.» Quería ver a Jean-Claude destrozar a aquel arrogante hijoputa. Si nos íbamos ahora, no podría verlo. Estaría demasiado follao cuando volviéramos, y en cualquier caso probablemente sería algunos días más tarde. Eso significaba que tendría que pagar un jodido suplemento en la tienda por un vídeo al que ni siquiera le había echado una mirada.
«¡Tengo que salir de aquí, tío!», grita, poniéndose en pie. Se acerca a la ventana y se apoya en ella, respirando con dificultad, con aspecto de animal acosado. En sus ojos sólo había urgencia.
Apagué la caja tonta con el mando. «Un puto desperdicio. Eso es lo que es, un puto desperdicio», le gruñí al cabrón, a aquel jodido bastardo irritante.
Echa la cabeza atrás y eleva la vista hacia el techo. «Te daré el dinero para volver a sacarla. ¿Es eso todo lo que te provoca tanta cara de agobio? ¿Cincuenta míseros peniques para Ritz?»
A este capullo se le da bien hacer que uno se sienta un hijo de puta mezquino y superficial.
«Ésa no es la cuestión», digo, pero sin convicción..
«Ya. ¡La cuestión es que aquí estoy yo sufriendo de verdad, y mi presunto colega arrastra los pies deliberadamente, disfrutando de cada segundo!» Sus ojos parecen dos balones y tienen aspecto hostil, pero al mismo tiempo suplicante, punzantes testigos de mi supuesta traición. Si alguna vez vivo lo bastante como para tener un crío, espero que nunca me mire como lo hace Sick Boy. Cuando se pone así, el capullo es irresistible.
«Yo no quería...», protesté.
«¡Entonces ponte la puta chaqueta ya!»
No había taxis en el Pie de Leith Walk. Aquí sólo se reúnen cuando no les necesitan. Estamos en agosto, pero se me están helando las pelotas. Aún no estoy con el mono, pero ya está en camino, de eso no hay duda.
«Se supone que tiene que haber una parada. Se supone que tiene que haber una jodida parada de taxis. En verano nunca se puede conseguir uno. Están a la caza de gordos y ricos capullos festivaleros, demasiado vagos para caminar cien putos metros de un infecto local eclesiástico a otro para ver un puto espectáculo. Taxistas. Cabrones cicateros...» Sick Boy deliraba, murmurando sin aliento, los ojos desorbitados y los tendones del cuello tensos mientras subía Leith Walk.
Finalmente vino uno. Había un grupo de tíos jóvenes vestidos con chándals de acetato y chaquetas bomber que llevaban allí más tiempo que nosotros. Dudo que Sick Boy les viese siquiera. Salió disparado al medio de la calzada gritando: «¡TAXI!»
«¡Eh! ¿De qué cojones vais?», pregunta un tío con un chándal negro, violeta y azul con el pelo cortado a cepillo.
«Que te follen. Nosotros estábamos antes», dice Sick Boy, abriendo la puerta del taxi. «Ahí viene otro.» Señaló calle arriba hacia un taxi negro que se aproximaba.
«Por suerte para vosotros, listillos.»
«Vete a tomar por culo, pendoncito cara pan. ¡Que te folle un pez!», berreó Sick Boy mientras nos apretujamos en el taxi.
«A Tollcross, colega», le digo al conductor mientras un japo hacía blanco en la ventana lateral.
«¡Uno contra uno, cabrón espabilao! ¡Venga, cagaos hijos de puta!», gritó el acetato. Al taxista no le parecía muy divertido. Tenía aspecto de ser todo un cabrón. Como casi todos. Los autónomos que pagan sus licencias son en verdad la especie más baja de alimaña de la viña del señor.
El taxi giró en U y subió rápido por Leith Walk.
«¿Ves lo que has hecho, bocazas? La próxima vez que uno de nosotros vuelva a casa solo, tendrá problemas con esos mamones.» No estaba nada satisfecho con Sick Boy.
«¿No te darán miedo esos jodidos pringadillos, eh?»
Este capullo realmente empieza a tocarme los huevos. «¡Sí! ¡Sí me lo dan, si voy solo y se me echa encima un puto pelotón de acetatos! ¿Te crees que soy el jodido Jean-Claude Van Damme? Vaya un puto memo estás hecho, Simon.» Le llamaba «Simon» en vez de «Si» o «Sick Boy» para subrayar la seriedad de lo que le decía.
«Quiero ver a la Madre Superiora y me importa un cojón cualquier otro tipo o cualquier otra cosa. ¿Te enteras?» Se mete el dedo entre los labios, con los ojos como platos. «Simon quiere ver a la Madre Superiora. Mírame a los putos labios.» Después se vuelve y se queda mirando la espalda del taxista, como hechizando al cabrón para que se dé prisa mientras palmea nerviosamente un ritmo sobre sus muslos.
«Uno de esos capullos era uno de los McLean. El hermano pequeño de Dandy y Chancey», digo yo.
«Qué cono va a ser», dice, incapaz de suprimir la ansiedad de su voz. «Conozco a los McLean. Chancey es legal.»
«No si quieres quedarte con su hermano», digo yo.
De todas formas, ya no hacía caso. Dejé de agobiarle, sabiendo que no hacía más que desperdiciar mis energías. El silencioso sufrimiento que le causaba la abstinencia parecía ahora tan intenso que no había manera alguna de añadir más miseria a su miseria.
«La Madre Superiora» era Johnny Swan; se le conocía también como el Cisne Blanco, un traficante con base en Tollcross que se encargaba de las barriadas de Sighthill y Wester Hailes. Yo prefería pillarle a Swanney, o a su segundo, Raymie, si podía, antes que a Seeker y la mafia de Muirhouse-Leith. Mejor mercancía, por lo general. Johnny Swan había sido un gran colega mío en los viejos tiempos. Jugamos juntos al fútbol en los Porty Thistle. Ahora era traficante. Recuerdo que una vez me dijo: «No hay amigos en este juego. Sólo conocidos.»
Yo pensé que estaba siendo áspero e impertinente y que trataba de impresionar, hasta que me metí lo bastante en el asunto. Ahora sé exactamente lo que el capullo quería decir.
Johnny era yonqui además de traficante. Había que subir un poco más en el escalafón para dar con un traficante que no se picara. Llamábamos a Johnny «la Madre Superiora» por el tiempo que llevaba con el hábito.
Pronto empecé a sentirme chungo y tal. Mientras subíamos las escaleras hasta el antro de Johnny me empezaron a dar unos calambres tremendos. Goteaba como una esponja saturada, y cada paso provocaba un nuevo chorro de mis poros. Sick Boy probablemente estaba peor aún, pero el capullo empezaba a no existir para mí. Sólo era consciente de que se había detenido en la barandilla delante de mí porque bloqueaba mi camino hasta Johnny y el jaco. Luchaba con la respiración, agarrándose lúgubremente a la barandilla, con pinta de ir a potar por el hueco de la escalera.
«¿Vas bien, Si?», le dije, irritado, mosqueado con el capullo por hacerme esperar.
Me hizo señal de que le dejara en paz, sacudiendo la cabeza y entornando los ojos. Yo no dije más. Cuando te sientes como él se sentía, no quieres ni hablar ni que te hablen. No quieres puto rollo de ninguna clase. Yo tampoco quería. A veces pienso que la gente se hace yonqui sólo porque su subconsciente anhela un poquitín de silencio.
Johnny estaba colgado como un jamón cuando por fin llegamos arriba. Había desplegado un chutódromo.[2]
«¡Mira, un Sick Boy y un Rent Boy con el monazo!», se rió, más volado que una puta cometa. A menudo Johnny esnifaba algo de coca con su pico o mezclaba un preparado de speed-ball a base de jaco y cocaína. Pensaba que le mantenía en alto, y le impedía quedarse tirado mirando las paredes todo el día. Cuando te sientes así, un capullo con el colocón es un puto peñazo enorme, porque está demasiado ocupado disfrutando de su cuelgue para notar, o que le importe una mierda, tu sufrimiento. Mientras que el privoso del pub quiere que todo dios vaya tan pasao como él, al verdadero yonqui (a diferencia del picota ocasional, que quiere un cómplice) le importa una mierda cualquier otra persona.
Raymie y Alison estaban allí. Ali cocinaba. Parecía prometedor.
Johnny se marcó un vals hasta donde estaba Alison y empezó a darle la serenata. «Hey-ey, qué buena pinta tiene esa marmita...» Se volvió hacia Raymie, que montaba guardia fielmente junto a la ventana. Raymie veía en una calle abarrotada al igual que los tiburones pueden percibir unas gotitas de sangre en el océano. «Pon algo, Raymie. Estoy harto del nuevo de Elvis Costello, pero no puedo dejar de poner al cabrón. Puta magia, tío, te lo aseguro.»
«Un jack doble al sur de Waterloo», dice Raymie. Cuando estabas con el mono e intentabas pillarle algo, el capullo te salía con mierda irrelevante y sin sentido, te hacía polvo los sesos. Siempre me sorprendió que Raymie estuviera tan metido en el caballo. Raymie era un poco como mi colega Spud; siempre los había considerado por temperamento clásicos comeajos. Sick Boy sostenía una teoría según la cual Spud y Raymie eran la misma persona, aunque no se parecían en nada, simplemente porque nunca se les veía juntos, a pesar de que se movían en los mismos círculos.
El vulgar capullo rompe la regla dorada del yonqui poniendo «Heroin», la versión que hay en el Rock 'n' Roll Animal de Lou Reed, que cuando estás con el mono es aún más penosa de escuchar que la clásica de The Velvet Underground and Nico. Eso sí, al menos esta versión no tiene el pasaje de viola chirriante de John Cale. No podría haber soportado eso.
«¡Ay, vete a la mierda Raymie!», grita Ali.
«Stick in the boot, go wi the flow, shake it down baby, shake it down honey... cook street, spook street, we're all dead white meat... eat the beat...» Raymie se lanzó a un improvisado rap, meneando el culo y haciendo chiribitas con los ojos.
Entonces se inclinó delante de Sick Boy, que se había colocado estratégicamente al lado de Ali, sin apartar jamás la vista del contenido de la cucharilla que estaba calentando sobre una vela. Raymie se acercó la cara de Sick Boy y le besó con fuerza en los labios. Sick Boy le apartó, temblando.
«¡Vete a la mierda! ¡Capullo descerebrao!»
Johnny y Ali se rieron estrepitosamente. Yo también lo habría hecho si no hubiese sentido que cada hueso de mi cuerpo estaba siendo a la vez aplastado en una mordaza y atacado con una sierra mellada.
Sick Boy le hizo un torniquete por encima del codo a Ali, evidentemente estableciendo así su puesto en la fila, e hizo asomar una vena en su brazo delgado y pálido como la ceniza.
«¿Quieres que lo haga yo?», preguntó.
Ella asintió.
Deja caer una bola de algodón en la cucharilla y sopla sobre ella, antes de absorber unos 5 ml con la aguja hasta la cámara de la jeringuilla. Ha hecho asomar a golpecitos una enorme vena azul, que casi parece estar saliéndose del brazo de Ali. Atraviesa su carne e inyecta lentamente un poquito, antes de bombear sangre hacia el interior de la cámara. Los labios de Ali vibran mientras le contempla suplicante durante uno o dos segundos. La cara de Sick Boy es fea, como de reptil, y mira de soslayo antes de impulsar el cóctel hacia el cerebro de la chica.
Ella echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y abre la boca, dejando escapar un gemido orgiástico. Los ojos de Sick Boy están ahora llenos de asombro y tienen una expresión inocente, como los de un crío que acaba de descubrir un montón de regalos envueltos bajo el árbol el día de Navidad por la mañana. Ambos resultan extrañamente hermosos y puros a la vacilante luz de la vela.
«Esto es mejor que cualquier inyección de carne... mejor que cualquier puta polla del mundo...», jadea Ali, completamente en serio. Me desconcierta hasta el punto de que palpo mis propios genitales a través del pantalón para ver si aún siguen allí. No obstante, tocarme de esa forma me descompone.
Johnny le pasa sus herramientas a Sick Boy.
«Puedes chutarte, pero sólo si usas estas herramientas. Hoy jugamos a juegos de confianza», sonrió, pero no bromeaba.
Sick Boy sacude la cabeza. «No comparto agujas o jeringuillas. Llevo encima mis propios utensilios.»
«Eso no es muy sociable. ¿Rents? ¿Raymie? ¿Ali? ¿Qué os parece? ¿Tratas de insinuar que el Cisne Blanco, la Madre Superiora, tiene la sangre infectada por el virus de la inmunodeficiencia? Eso me duele en el alma. Lo único que puedo decir es que si no compartís, no os chutáis.» Nos obsequia con una sonrisa forzada, mostrando una hilera de dientes estropeados.
Para mí no era Johnny Swan el que hablaba. Swanney no. De ninguna manera. Algún demonio malicioso había invadido su cuerpo y envenenado su mente. Este personaje estaba a un millón de kilómetros del afable bromista al que una vez conocí bajo el nombre de Johnny Swan. Majo chaval, todo el mundo lo decía; incluyendo a mi propia madre. Johnny Swan, tan metido en el fútbol, tan plácido que siempre le metían el embolado de lavar la elástica después de jugar en Meadowbank y jamás se quejaba.
Yo estaba cagao pensando que allí no iba a conseguir un chute. «Joder, Johnny, escúchate hablar. Ponte las pilas. Tenemos la puta guita encima.» Saqué algunos billetes del bolsillo.
Fuera por sentimiento de culpa, o ante la perspectiva de la pasta, el viejo Johnny Swan reapareció brevemente.
«No os pongáis tan serios conmigo. Sólo bromeaba, chicos. ¿Creéis que el Cisne Blanco dejaría tirados a los colegas? Adelante, amigos. Sois sabios. La higiene es importante», afirmó pensativo. «¿Os acordáis de Goagsie? Ahora tiene el sida.»
«¿Seguro?», pregunté. Siempre había rumores acerca de quién tenía el virus de inmunodeficiencia y quién no. El caso es que había unos cuantos que decían eso de Goagsie.
«Segurísimo. No tiene el sida al completo y tal, pero ha dado positivo en las pruebas. Con todo, le he dicho, Goagsie, no es el fin del mundo. Puedes aprender a vivir con el virus. Mogollón de peña lo hace sin ningún problema. Podrían pasar años hasta que enfermes, le dije. Cualquier primo que no tenga el virus puede ser atropellado mañana. Así es como hay que encararlo. No puedes abandonar la función sin más. El espectáculo debe continuar.»
Es fácil ponerse filosófico cuando es otro primo el que tiene mierda en lugar de sangre.
De todas formas, Johnny ayuda incluso a Sick Boy a prepararse y chutar a puerta. Mirando hacia el cableado grueso, jugoso y azul oscuro de Sick Boy, hace una paráfrasis de la vieja canción de Carly Simon: «You're so vein, you probably think this hit is about you»,[3] disfrutando de cada segundo.
Justo cuando Sick Boy estaba a punto de gritar, pinchó la vena, bombeó algo de sangre hacia el interior de la jeringuilla, y apretó el gatillo del elixir que da y quita la vida.
Sick Boy abrazó con fuerza a Swanney, para aflojar la presión de inmediato, manteniendo los brazos a su alrededor. Estaban relajados; como amantes en un abrazo poscoito. Ahora le tocaba a Sick Boy darle la serenata a Johnny. «Swanney, how ah love ya, how ah love yah, my dear old Swanney...»[4] Los adversarios de hacía unos pocos minutos eran ahora amigos del alma.
Fui a meterme un chute. Tardé siglos en hallar una vena buena. Mis chicas no viven tan cerca de la superficie como las de la mayoría de la gente. Cuando me llegó el cuelgue, lo saboreé. Ali tenía razón. Imagina el mejor de tus orgasmos, multiplica por veinte la sensación, y aún estás a mil putos kilómetros. Mis secos y quebradizos huesos se sienten aliviados y humedecidos por las tiernas caricias de mi hermosa heroína. La tierra se movió, y aún se mueve.
Alison me dice que debería ir a ver a Kelly, que aparentemente ha estado deprimida de verdad desde que abortó. Aunque su tono no sea realmente el de un reproche, habla como si yo tuviese algo que ver con el embarazo de Kelly y su consiguiente final.
«¿Cómo que debería ir yo a verla? No tiene nada que ver conmigo», digo a la defensiva.
«Eres amigo suyo, ¿no?»
Estoy tentado de citar a Johnny y decir que ahora somos todos conocidos. En mi cabeza suena bien: «Ahora somos todos conocidos.» Parece ir más allá de mis circunstancias personales de yonqui; una brillante metáfora de nuestro tiempo. Resisto la tentación.
En vez de eso, me conformo con señalar que todos somos amigos de Kelly, y cuestionar por qué he de ser yo el elegido para los deberes de visita.
«Joder, Mark. Sabes que le molas cantidad.»
«¿Kelly? ¡Vete a la mierda!», digo, sorprendido, intrigado y algo más que un pelín avergonzado. Si eso es cierto, soy un gilipollas ciego y estúpido.
«Claro que sí. Me lo ha dicho cientos de veces. Siempre está hablando de ti. Que si Mark esto, que si Mark lo otro.»
Casi nadie me llama Mark. Por lo general me llaman Rents, o peor aún, Rent Boy[5]. Es horroroso que le llamen a uno así. Intento no mostrar que me molesta, porque eso sólo anima más a los capullos que lo hacen. Sick Boy ha estado haciendo oreja. Me vuelvo hacia él. «¿Crees que eso es cierto? ¿Que le molo a Kelly?»
«Todos los capullos bajo el sol saben que la pones cachonda. No es precisamente un secreto bien guardado. Eso sí, yo no la entiendo. Debería hacerse mirar la cabeza.»
«Pues gracias por decírmelo, cabrón.»
«Si eliges pasar todo el día en habitaciones oscuras viendo vídeos, sin darte cuenta de lo que pasa a tu alrededor, no es asunto mío indicártelo.»
«Pues a mí nunca me ha dicho nada», me quejo, desconcertado.
«¿Esperas que se lo ponga en una camiseta? No entiendes mucho de mujeres, ¿verdad, Mark?», dice Alison. Sick Boy sonríe, satisfecho.
Me siento ofendido por ese último comentario, pero estoy decidido a no darle importancia al asunto, por si es una tomadura de pelo, sin duda orquestada por Sick Boy. El malicioso cabrón va por la vida dejando trampas interpersonales para sus colegas por ahí. Qué puto placer saca el mamón de estas actividades es algo que no alcanzo a comprender.
Le pillo algo de mandanga a Johnny.
«Más pura que la nieve recién caída, esta mierda», me cuenta.
Eso quería decir que no estaba demasiado cortada, que no tenía nada demasiado tóxico.
Pronto sería hora de marchar. Johnny estaba echándome un montón de mierda en los oídos; cosas que no quería escuchar. Quién le ha dado el palo a quién, historias de patrullas de barrio haciéndole la vida imposible a todo dios con su histeria antidrogas. También rajaba de su propia vida de una forma un tanto sensiblera, y paría fantasías sobre cómo se iba a poner las pilas y pirarse a Thailandia, donde las mujeres saben tratar a un tío, y donde puedes vivir como un rey si tienes la piel blanca y unos cuantos billetes de diez libras nuevos en el bolsillo. De hecho dice cosas mucho peores que eso, mucho más cínicas y canallescas. Me dije a mí mismo: Ése es el espíritu maligno hablando otra vez, no el Cisne Blanco. ¿O no? Quién sabe. A quién cojones le importa.
Alison y Sick Boy intercambiaban frases concisas que sonaban como si estuviesen preparando otro trapicheo. Entonces se levantaron y desfilaron juntos por la puerta. Parecían aburridos y pusilánimes, pero al ver que no volvían, supe que estarían follando en el dormitorio. Parecía, por lo que a las mujeres respecta, que follar era simplemente una cosa que se hacía con Sick Boy, como se hablaba o se tomaba té con otros tipos.
Raymie dibujaba sobre la pared con tizas de colores. Estaba en su mundo, una disposición que le satisfacía a él y a todos los demás.
Pensé en lo que Alison había dicho. Kelly acababa de abortar la semana pasada. Si iba a verla, me daría demasiada grima follármela, suponiendo que ella quisiera que lo hiciera. Sin duda, aún habría algo allí, restos, trozos de la cosa, o incluso cierta irritación. Probablemente me comportaba como un jodido idiota. Alison tenía razón. Realmente no sabía mucho de mujeres. No sabía mucho de nada, en realidad.
Kelly está en el Inch, al que es difícil llegar en bus, y ahora estoy demasiado tieso para un taxi. Quizá se pueda llegar al Inch en bus desde aquí, pero no sé con cuál. La verdad es que estoy un poco demasiado colgado para que me importe y un poco demasiado follao para no hacer más que hablar. Viene un número 10 y me monto en él de vuelta a Leith y a Jean-Claude Van Damme. Durante el viaje espero alegremente el pateo que le va a dar a ese listillo.




Dilemas yonquis n.° 63
Estoy dejándome empapar por fuera, o por dentro... dejándome limpiar por fuera desde el interior.
Este mar interior. El problema es que este hermoso océano lleva montones de pecio y desechos consigo... ese veneno se disuelve en el mar, pero en cuanto el mar se retira, deja atrás la mierda, dentro de mi cuerpo. Quita lo mismo que da, se lleva mis endorfinas, mis centros de resistencia al dolor; tardan mucho en volver.
El papel de la pared es horripilante en este cagadero de habitación. Me aterra. Algún esquivaataúdes debió instalarlo hace años... muy apropiado, porque eso es lo que soy, un esquivaataúdes, y mis reflejos no van a mejorar... pero está todo aquí al alcance de mi mano sudorosa. Jeringuilla, aguja, cucharilla, vela, mechero, paquete de polvos. Todo está en regla, todo es hermoso; pero temo que este mar interior se apacigüe pronto, dejando tras de sí este naufragio de mierda venenosa dentro de mi cuerpo.
Empiezo a preparar otro chute. Mientras sostengo temblorosamente la cucharilla sobre la vela, esperando que el caballo se disuelva, pienso: a corto plazo, más mar; a largo plazo, más veneno. Este pensamiento, no obstante, no es ni de lejos suficiente para impedir que haga lo que tengo que hacer



[1] Sick, en inglés «enfermo». (N. del T.)
[2] Las shooting galleries (chutódromos) aparecieron con el cese de los suministros quirúrgicos de Bread Street a mediados de los ochenta, lo que fomentó el empleo de grandes jeringuillas comunitarias y la consiguiente expansión del sida en Edimburgo. (N. del T.)
[3] Eres tan vanidoso, te crees que este cuelgue va por ti...
[4] Swanney, cuánto te quiero, cuánto te quiero, mi querido Swanney...
[5] Chico de Alquiler. (N. del T.)

domingo, 20 de septiembre de 2009

Un Vampiro en Maracaibo, la mejor novela del 2008 en Venezuela

Un vampiro en Maracaibo (Alfaguara), el policial de Norberto José Olivar sobre el profesor de historia que anda tras la pista de un hombre obsesionado en beber sangre y alcanzar la vida eterna, se hizo del Premio de la Crítica a la Novela del 2008, según decisión unánime de un jurado conformado por Carlos Sandoval, Mariana Suárez y Arnaldo Valero.

Este premio lo celebro dos veces, quizás tres, no sólo por la amistad de años con el autor, sino porque Norberto José Olivar demuestra que el sempiterno lloriqueo de los escritores zulianos y su fantasmagórico maltrato por Caracas es, justamente eso, un maltrato fantasmagórico y ridículo, esto último cortesía de la casa. Olivar se atrevió a pasar el Puente y lo sigue haciendo. Lo hizo porque creyó en la calidad de su trabajo, lo hizo sin complejos y sin temores, lo hizo porque le dio la gana. Así que la felicitación a Norberto es doble, quizás triple. Un abrazo y a celebrar en Irama. De tal manera que, un autor zuliano con una novela desarrollada en el Zulia y con un acento radicalmente maracucho se ha llevado este premio.

Un Vampiro en Maracaibo. Por Norberto José Olivar

1
Cuando entré en la Irama, una neblina nicotínica flotaba hasta apretujarse contra el techo. Los parlantes high fidelity del hilo musical vomitaban, extenuados, la voz engolada y sísmica de Sandro: Por ese palpitar/que tiene tu mirar/yo puedo presentir/que tú debes sufrir/igual que sufro yo/por esta situación/que nubla la razón/sin permitir pensar… Sin embargo, un vocerío de sordos etílicos acusaba la indiferencia de la concurrencia hacia el pretérito divo argentino. Mientras tanto, el locutor del canal de noticias, puesto en mute por Teddy, uno de los mesoneros, parecía que anunciaba el Armagedón, el Apocalipsis now, pero tampoco le importaba a nadie. Cada mesa era un mundo y cada quien andaba en lo suyo. Por mi parte, venía a encontrarme con Sergio y Francisco, bueno, lo correcto sería decir que ellos me esperaban para ayudarme a matar el tiempo hasta la medianoche, que era cuando podía regresar a mi casa. Aunque en realidad ya no vivía en mi casa, ahí se había quedado Patricia con los niños desde que nos separamos. Yo dormía en un cuchitril que fue lo único que pude alquilar. Y la verdad, dormía muy poco, porque, desde que me instalé en mi destartalado refugio, apenas si podía conciliar el sueño un par de horas. Por eso Sergio y Francisco me esperaban en la Irama y nos quedábamos hasta muy tarde bebiendo cervezas ligth, a ver si así lograba pegar los ojos un rato. ¿Y cómo pagábamos semejante rutina?, pues con la extensión de la tarjeta de crédito que la esposa de Sergio, la flamante petrolera, le había dado para que su bebé no pasara necesidades en la calle. Así que la mayor parte de mi tiempo se evaporaba entre mi cubículo de la universidad y la fuente de soda.
Generalmente nos despaturrábamos en la mesa veintitrés, que casi siempre caía bajo la jurisdicción de Teddy, pero nuestras conversas eran tan animadas que, el otro mesonero, Quintero, se sentaba con nosotros cuando bajaba el flujo de clientes. Y hasta El Chileno, que hacía de cajero, no perdía pista de lo que hablábamos para meterse y opinar por puro gusto. Otras veces, desfilaban por nuestra mesa algunos profesores jubilados que, sin nada mejor quéhacer o dónde poner su culo, se atornillaban a sermonearnos sobre política local, internacional, fútbol o béisbol, según el gusto de cada cual y los titulares del día que lograban sobrevivir hasta esa hora.
¡Qué hubo!, saludé sin ánimo y puse una carpeta repleta de copias de microfilm en la silla desocupada. ¿Cómo está, jefe?, me dijo Francisco con una sonrisa de oreja a oreja, como si mi presencia lo hiciera feliz, y yo, de momento, no caía en cuenta del por qué. Sergio, en cambio, me dijo hola con la mano, sin quitarle los ojos de encima a una novelita, perfecta, de Alessandro Baricco, Seda, que le había prestado el día antes, y de la que todavía recuerdo las primeras líneas: Aunque su padre hubiera imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había terminado por ganarse la vida con un oficio insólito…compraba y vendía gusanos de seda. Lo recordaba porque el día que le dije a mi papá que iba a estudiar historia, me miró muy serio, ajustándose la corbata y me preguntó que de qué pensaba vivir, eso no es una carrera que te dé solvencia económica, Ernesto. Él quería que fuera contador público o abogado, que estaban dentro de la tradición de la familia, ¡pero historiador!, ¡qué coño era eso! Y viene a cuento porque hace unos días, a Diego, mi hijo mayor, que va a cumplir once años y que está por pasar al bachillerato, le pregunté por curiosidad qué pensaba estudiar en la universidad, y me dijo que le gustaría ser chef. A mí se me arrugaron las tripas, pero me acordé de lo que me había pasado con mi papá, así que le dije que estaba bien, que yo mismo iba a indagar las universidades donde podría estudiar.
Cuando la soledad le apretaba el corazón, iba al cementerio a hablar con Hélène. El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de hábitos que conseguían defenderlo de la infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, descendía hasta el lago y pasaba horas mirándolo, ya que, diseñado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida, leyó Sergio en voz alta, después hizo un silencio meditabundo, nostálgico, suspiró, sorbió un largo trago de cerveza, y puso el libro sobre la mesa como si le doliera haberlo terminado.

―Decime una vaina, Francisco ―dije reponiéndome de Baricco―. ¿A qué se debe esa risita de pendejo que tenéis desde que llegué?
―Pues, a que le tengo un notición, jefe.
―A ver, ¿qué será?
―Me caso con María Virginia.
―Ahora sí te volviste loco, ¿y Nairobi?
―Eso quedó atrás, jefe.
―¿Y Lorena?
―También.
―¿Ivonne?
―Cancelado.
―¿Y Barbarita?
―No funcionó, jefe.
―¿Yajaira?
―Pero si ella me botó, jefe, ¿ya no se acuerda del maleteo ese?
―¿Y Judith?
―Terminamos en Mérida, jefe. ¿Cómo se le va a olvidar si el verguero fue delante suyo?
―Sí, es verdad, pero bueno, Francisco, ¿estáis seguro de que te queréis casar?
―Segurísimo.
―Está bien, no voy a darte consejos, sería una necedad, pero al menos decime dónde pensáis vivir.
―En casa de sus padres, jefe, en el cuarto de ella. Metemos una cama matrimonial y listo.
―Perfecto, no se hable más ―dije riéndome más por dentro que por fuera.
―Cambiando de tema, jefe, antes de que la vayan a coger conmigo, ¿qué es lo que usted quiere saber de mi proyecto de investigación?, porque la verdad no le entendí muy bien cuando me llamó esta mañana.
―¿Cómo es que se llama el proyecto?
―Circuito de Representaciones de lo Intangible.
―¿Fantasmas?
―Vulgarmente conocidos como fantasmas, sí.
―¿Y cuál es el basamento teórico? Digo, porque sé que la universidad lo exige para financiar los proyectos.
―Está sustentado en las teorías de George Hammer, un semiótico visual, experto en lo intangible. Afirma que las condiciones esotéricas del agua facilitan la aparición de espectros, y Maracaibo, como usted bien lo sabe, jefe, es una ciudad puerto, estamos rodeados de agua. Estar frente al lago la convierte en una ciudad de fantasmas. Otro elemento es el circuito de edificaciones eclesiásticas que funcionan como un dique fantasmal. Fíjese en todas las iglesias que hay en el casco central, que era la ciudad de antaño. No crea que es casual, están distribuidas de tal forma, que sirven para contrarrestar la proliferación y concentración de fantasmas, demonios y toda especie de criaturas del mal, de la oscuridad. Y gracias a la psicometría, como ciencia auxiliar de la historia, jefe, aún se pueden ubicar las vibraciones de algunos sucesos importantes que han propiciado actividad fantasmal o demoníaca. Otros piensan que estos fenómenos están impresos en una especie de éter psíquico, que sólo es cuestión de aprender a acceder a esta información.
―Y decime una vaina, Francisco ―dije sin creer lo que iba a preguntarle―, ¿cuántos casos de fantasmas han inventariado hasta ahora?
―¡Ufsss!, suficientes, jefe ―dijo recostándose al espaldar y usando los dedos de la mano para contar―: la novia del Milagro, el muchacho de la calle de El Diablo, Josefa Caballero, el cayuco de Bartolo, el electrocutado de La Limpia, la dama de blanco que se monta en los carritos por puesto, la mujer de la Biblioteca Pública, el jovencito de Altos de Jalisco y Fátima, la estudiante que aparece en el estudio de locución de la Facultad de Humanidades; pero también estamos interesados en algunas casas que se han convertido en refugio de fantasmas, como la quinta La Luminosa, la casa hechizada de 5 de Julio, frente al Colegio Nazareth, y una quintica en La Lago, cerca del edificio San Jacinto.
―Te voy a decir una vaina, Ernesto ―interrumpió Teddy con aire grave, bajando el tono de voz y mirando hacia los lados como si temiera ser sorprendido en el intento―. Aquí, en esta fuente de soda ―dijo señalando hacia el piso con el dedo índice―, aparece una mujer. Generalmente sucede cuando ya hemos cerrado. O sea, estamos seguros de que sólo estamos los empleados. Bueno, la hemos visto pasar pa’l baño de mujeres, reírse, a veces no vemos nada, solo escuchamos los tacones, como si fuera a salir o a entrar del local. Ya se lo hemos dicho a Lourdes pa’ que haga una misa aquí adentro, pero no quiere, dice que estamos locos.
Teddy se puso de pie ―porque esto nos lo dijo sentado en la silla sobrante, de donde quitó mi carpeta―, se alisó el chalequito de cuadros verdes, se ajustó el corbatín negro, y nos juró por sus hijas que era cierto.
Teddy es un tipo bajito y fortachón, que parece tener una opinión muy razonada para todo. Se ha hecho de una cultura muy sólida rebanándose los sesos a punta de crucigramas. Lo veo alejarse para atender a una pareja de viejos que se han instalado en una de las mesas de su rango. Sergio me mira muerto de risa por encima de sus lentes bifocales, y me suelta con una sorna atragantada:
―Te lo pregunto a vos, Ernesto, porque fuiste quien empezó esta conversación, ¿te estáis tomando en serio todas estas güevonadas que han dicho?, porque de Francisco y Teddy creo cualquier cosa, pero tuyo, coño, es el colmo.
—¡No chico!, lo que pasa es que esa información me habría servido pa’ cuando escribí la novela del fantasma, pero ya es tarde. Era pura curiosidad, más nada…

Irama se disolvió esa noche como en las películas, cuando se pasa de una escena a otra. Ahora estoy en mi nuevo «hogar». Ya dije que es un cuchitril, pero tengo la impresión de que pudiera ser una descripción un tanto excesiva, porque en verdad es una mierda, un desastre. El caso es que una vieja, a la que las hijas ya se le habían casado e ido, y a la que su marido abandonó para mudarse al otro mundo, decidió, un buen día, convertir su casona en cuatro mini apartamenticos, uno para ella y tres para alquilar. A mí me parece, no sé, que me tocó el peor. Y estoy seguro de que éste debió ser el cuarto de los chécheres, el depósito o el lavadero. Por ejemplo, lo que se dice la sala-cocina-comedor-estar-estudio es un solo ambiente, un solo cuarto, de unos cuatro por cuatro, calculados al ojo. El dormitorio tiene aproximadamente dos y medio por tres, donde apenas pude meter un colchón viejo que me regaló Sergio, el clóset es una cabilla, atravesada de pared a pared. El baño es una joya arquitectónica de la apretujadera: la puerta de acceso es una gruesa cortina roja, el lavamanos y la poceta están dentro de la regadera, una verdadera economía de espacio. En este cuchitril espero pasar mis últimos días, que ruego al cielo no sean muchos, y ojo, no es que ande en una onda expansiva de autoliquidación, quién soy yo para aspirar a un colofón biológico tan encumbrado, destinado sólo a los dioses como Hemingway, Capote, Woolf, Storni, France y otros pocos más. No, no es el camino inmediato, pero a veces salir de escena a tiempo es mejor que llegar al final y cagarlo todo. En fin, mientras espero que la susodicha llegue, y ojalá no se le ocurra la locura de una intermitencia y me pase lo que al músico de la historia de Saramago, se supone que algo debo hacer, y como lo único que medio sé hacer y me apetece es escribir, pues a escribir, no se diga más, el asunto es qué escribir, sobre qué o quién escribir, y como quizás sea lo último que escriba, es mejor que meta todos los proyectos pendientes en un solo tiro. Para pensar debo beber algo, a secas no puedo. Me preparo un whisky con agua y hielo, para eso me compré una nevera enana donde no hay nada, sólo dos botellas de whisky, catorce latas de Red Bull y varias cajas de Dool. También compré una computadora portátil, un mesón de fiesta que uso como escritorio, una silla ejecutiva muy linda y cómoda; un jueguito de cuatro sillas, incluyendo la mesa, de esos que usan en la cafetería Ciudad de Milán, un aire acondicionado de 12 mil BTU, un equipo de sonido tan requete pequeño, simplón y de marca desconocida, que aún me asombra la bulla que hace. Este apertrechaje fue gracias a que me permitieron sacar parte de lo que tenía guardado guardado en la Caja de Ahorro de la universidad. Pero volviendo al meollo, me serví el whisky y le di play al cd que estaba en las entrañas del aparato desde hacía tiempo:

y poquito a poco te vas acercando, al fuego, a la llama que quema a las mariposas…

Me siento en mi coquetísima silla ejecutiva y pongo los pies sobre el mesón. Mirándolo bien, el cuchitril se ha humanizado un poco con tantos libros apilados contra las paredes. Aprieto los ojos y me concentro, sé que puedo construir una historia de la que se desprendan otras, pero… ¿y si no escribo una puta línea más?, pienso de pronto, medio rabioso. ¿Qué tal si me vuelvo un Bartleby, como los del libro de Vila-Matas?: Bartleby es un personaje de Melville, un oficinista gris, que nadie sabe de dónde salió, ni se le conoce familia ni amigos, ni edad, ni pasión alguna, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo… ¿De qué sirve dedicarse a esta vaina?, me digo revuelto por dentro… Mejor me contento con buscar mesoneras, y que dios me dé salud para poder beber, como dice Tarres en boca de Serrat, concluyo riéndome de la ocurrencia.

…azules y blancas entre las cenizas, las alas sin vida de vuelos suicidas…

Las novelas dejan marcas en la cara que se ven de lejos. Son una especie de granadas fragmentarias que te sajan por todas partes. Y los novelistas, dice el Duque de Rivas, somos seres malvados, que atacamos a la célula básica de la sociedad, enaltecemos el adulterio, la fornicación, agredimos la religión, la política, azuzamos a los menesterosos contra los ricos y nos ponemos lujuriosos ante la muerte y la sangre. De sinceridad, no le veo la gracia a esta idea del susodicho noble; Patricia, mi Patri, para citarla, me ha dicho exactamente lo mismo. Por eso escribir novelas es un oficio muy peligroso. Y lo mejor que se puede hacer es no leerlas, créanme. Quizás Elizabeth Costello acierta cuando sostiene que hay que tener cuidado con los horrores que describe un escritor, no solamente por el bien de nuestros lectores, sino también pensando en nosotros mismos [los escritores]. Lo que escribimos puede ponernos en peligro… y tiene el poder, añade, de hacernos mejores o peores, porque no cree que se pueda salir ileso después de invocar el mal.

…y yo los entiendo porque yo he sentido, la luz cegadora de un fuego prohibido… quién pudo ser tan ciego para chocar, de frente contra el fuego como mariposas…