sábado, 29 de agosto de 2009

Carlos Villarino. Autor de El Otro Infierno


Caracas, 1977. Licenciado en Psicología y en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela, donde ejerce la docencia como profesor de Psicología de la Comunicación y Teorías de la Comunicación, al tiempo que se desempeña como psicólogo en el tratamiento de drogodependientes y personas en situación de calle. Ha publicado Menarquias y otros Fluidos (2005) en Monte Ávila Editores y ha aparecido en las antologías DE la Urbe para el Orbe y El Futuro es Nuestro.

Camila y los Seres de la Noche -Del libro El Otro Infierno- de Carlos Villarino

"¿Vale la pena vivir si no puedes entrar en el juego del apareamiento?" escuchó decir al narrador de televisión mientras la pantalla proyectaba imágenes de canguros tirados en los suelos de la planicie, sumisos, humillados, aceptando la derrota tras una feroz pelea. Machos que apostaron en el juego del apareamiento y perdieron en el intento. Uno más entre tantos otros era aquel documental de la televisora nacional, en el que se refugiaba esa larga noche, uno más, nada especial ni novedoso, las mismas insólitas tomas en la madriguera de una familia de ratones campestres, los mismos ángulos imposibles siguiendo el trepidante correr de un guepardo en la llanura africana, las inusitadas formas alienígenas que habitan en lo profundo del abismo marino. Otro de tantos registros que congelan para las generaciones futuras el recuerdo de las bestias, hermosas y horrendas, que han ido desapareciendo progresivamente de la faz de la tierra. Nada nuevo, nada que no haya visto antes en aquel u otro canal privado, no obstante, aquella frase inocente, colocada por el guionista en el libreto del narrador sólo para reducir el tedio de las imágenes, lo arrancó de golpe de su letargo insomne y lo proyectó hasta el filo del precipicio de la reflexión.
Se preguntaba cómo había llegado hasta allí, dos metros bajo tierra aquella cámara voyeur para captar el instante preciso en que los testículos del ratón campestre se hinchan dos veces su tamaño natural para inyectar cientos de mililitros de testosterona en su sangre, obnubilando la visión de aquel minúsculo animal que en ese momento sólo piensa, si es que piensa, en aparearse. ¿Cómo, cómo llegó hasta allí el ojo fisgón del etólogo interesado hasta en el más mínimo detalle del comportamiento sexual de ese Don Juan del bosque? ¿Quién vela por el legítimo derecho de aquel león africano de que no se revelen sus dos días incesantes de copulación felina? Es increíble que con la mirada atenta en sus receptores de televisión, miles de millones de personas no se hagan exactamente la misma pregunta: "¿Vale la pena vivir si no puedes entrar en el juego del apareamiento?"
La noche ha sido larga y tranquila, el pequeño aparato de televisión apenas si puede proyectar con dificultad la señal que le llega desde los confines de la ionosfera. La oficina es un amplio salón acondicionado para hacer las veces de un despacho, dos hileras de archivadores rebosan de expedientes a la espera de un procedimiento de investigación, tres escritorios de dispar tamaño y diseño acumulan otro tanto de documentos y evidencias sumariales. Cinco máquinas de escribir, una de ellas todavía en servicio activo, dos ordenadores cuyo cerebro data del neolítico informático arrojan la tenue luz de sus monitores. Junto al televisor destacan un teléfono móvil celular de última generación y una pistola Glock, austriaca, calibre 9 milímetros. Fuera de su funda impresiona su delicado y elegante diseño, novecientos cinco gramos de polímero y quince mortíferas balas reposan en silencio. Detrás del televisor, un mapa de la ciudad atravesado por banderines, notas y fotos, permite tener una idea de cómo marchan los casos más importantes. Afuera, violines cartilaginosos componen una melodía monocorde, miles de grillos frotan sus patas desde el fondo de los tiempos.
El silencio superficial de la noche esconde una dinámica profunda. Hacia la media noche la ciudad está encendida de extremo a extremo, una frenética actividad se está llevando a cabo en los sótanos de los clubes, los hospitales, los salones de baile, la medicatura forense, los cibercafé, las funerarias, las discotecas, los cementerios. Sucesiva y simultáneamente, telúricos movimientos sacuden el lecho ocasional o permanente en el que los amantes se dan encuentro. Por los cuatro puntos cardinales la lava ardiente del deseo mueve la tectónica de placas del inconciente colectivo, que estalla en erupciones de semen, sudor y sangre. Son los seres de la oscuridad que cada noche se despojan de su piel diurna para deslizarse por el asfalto capitalino, reptando por entre calles y avenidas, destilando feromonas e inyectado su veneno. Son los seres de la noche, esos que a la luz del día se esconden bajo la piel de un pastor de iglesia, una secretaria, un padre de familia, un estudiante universitario o una niña de su casa.
Mantiene los ojos fijos en la pantalla del televisor, una columna de humo se levanta desde la punta del cigarrillo que se consume con cada nueva bocanada. En la zona de combustión del cigarro, allí y sólo allí, la temperatura alcanza los seiscientos grados centígrados, el resto del cuerpo permanece entumecido por el frío. Harto ya de ver al ratón campestre ir de madriguera en madriguera repartiendo sus semillas, decide acudir a un llamado natural que hace horas que reclama su atención. Semidormido, semidespierto, en el umbral de la ensoñación todavía le queda energía para preguntarse ¿cuándo fue la última vez que se le hincharon las pelotas hasta reventar de deseo, cuándo fue la última vez que entró en el juego del apareamiento y salió ganando? El hilo amarillento de secreciones salinas que se precipita hasta el retrete genera un sonido inconfundible. Todos los sonidos de la noche se magnifican y transforman espectralmente, el desagüe, suena como un eructo. La cuestión en juego —se dice— no es cuándo fue la última vez que te apareaste, sino, esa es la cuestión real, ¿cuándo fue la última vez que jugaste el juego de la seducción y saliste ganando?

No tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre esta pregunta porque una llamada telefónica lo sustrajo de sus pensamientos y condenó irremediablemente lo que prometía ser una guardia tranquila. Una vez más los seres de la noche se han cobrado otro tributo, ha sido derramada la sangre sobre el altar y ahora hay que levantar los cuerpos. Toma de la mesa su teléfono móvil celular, enfunda su Glock, precavidamente verifica que las otras dos cacerinas estén en el chaleco antibalas y mientras se dirige a la salida, despierta a su compañero de guardia con una palmada en el hombro. Se percata de que no ha apagado el televisor y echa una última mirada a la pantalla. Las franjas multicolores indican el cese de transmisiones por el día de hoy.
Se da inicio al ceremonial de la División Contra Homicidios, hacer acto presencial en la escena del crimen, recolectar la evidencia, realizar las pruebas dactilográficas y de balística si fuera necesario, interrogar a todo posible testigo o sospechoso. Misma rutina cientos de veces reiterada en momentos y lugares diferentes de la ciudad. La única satisfacción del trabajo, más allá de uno que otro enfrentamiento ocasional con el homicida, es la reconstrucción del crimen, urdir la trama de los hechos. La elaboración del informe, que prepara con especial esmero, revive por instantes una antigua pasión por la escritura. La elaboración del informe es la oportunidad propicia para la exposición de una realidad tan radicalmente cruel, que preferimos consolarnos con la creencia de que tales relatos, tales testimonios, no son más que obras de ficción. Pero él sabe que no es así, que la imaginación del escritor es siempre estéril comparada con la imaginación de los seres que hormiguean en la oscuridad, ellos, que operan noche a noche el eterno ritual de semen, sudor y sangre.
La patrulla avanza sin prisa hacia el lugar de los hechos, nadie tiene urgencia en llegar, él menos todavía, prefiere mantener sus pensamientos alejados del trabajo hasta el último momento. Se conforma con mirar a través de la ventanilla lo que ocurre en el furor de la noche. Noctívagos, hurgan entre los desechos de basura buscando tesoros de latón y aluminio, quizá también un poco de alimento en descomposición temprana. A lo lejos, una rubia de piel canela exhibe sus rojos ligueros y camina desenfadada por la avenida, algún vehículo se detiene para acordar el precio del servicio, quizá es demasiado costoso, quizá a ella no le convence el cliente, el conductor avanza solo y ella sigue paseándose serena por la acera. Cuando finalmente pasan a su lado, puede constatar que carece de caderas y que la espalda amplia como la de un nadador hace juego perfecto con el bulto apretado que hay entre sus piernas.
No todos los que transitan en la oscuridad de la noche pertenecen a ésta, los seres de la noche no son simples personas que por error se han salido de sus cálidas camas. Los seres de la noche, son aquellos que se alimentan en la penumbra y han aguzado sus sentidos más allá de cualquier límite, siendo capaces de oler a kilómetros a otros de su especie. Se reconocen entre sí por las feromonas que destilan a su paso, beben las secreciones corporales de sus víctimas y se aglomeran entre las grietas de la ciudad, donde celebran orgiásticos las milenarias fiestas del dios Baco. Ocasionalmente matan a los que consideran turistas, animales diurnos que por capricho personal invaden su territorio. Durante años él ha sido un turista de la noche, jamás ha podido entrar plenamente a la profundidad de las cavernas, jamás ha podido entender la tectónica de placas que mueve el inconsciente colectivo, el magma lascivo que sacude secretamente al mundo.
Hasta este mes trabaja en la División Contra Homicidios, pedirá traslado a otra dependencia, ya no soporta el olor a placenta fresca cada vez que descubre un nonato envuelto en papel periódico o tener que tomar miles de contradictorias declaraciones de quienes habiendo visto todo, no recuerdan o no quieren recordar nada de lo que les pueda ser útil en la resolución de un caso. Como si llevara esferas de plomo en la sangre siente su cuerpo más pesado que nunca, se entierra en el asiento de la patrulla y cierra los ojos para no seguir viendo lo que ocurre a su alrededor. El oficial que conduce el vehículo lo ve condescendientemente, y aunque la autopista está desolada, disminuye la velocidad, dándole así unos minutos adicionales al detective para que repose en el asiento contiguo. La patrulla avanza sin prisa hacia el lugar de los hechos, nadie tiene urgencia en llegar.


El mullido follaje arropa en la penumbra el suelo de la selva, pese al intenso sol que reina sobre las copas de los árboles, bajo sus ramas el clima desciende a temperaturas templadas. Inmóvil, la selva parece estar a la expectativa de acontecimientos dramáticos, nada se mueve bajo el ramaje, una alfombra de hojas muertas recubre la superficie. El sonido de pisadas sobre la hojarasca rompe el denso silencio. Avanza a paso firme entre las palmas, el pecho magnificado por el chaleco antibalas delata una respiración acelerada, en la cintura reposa la Glock lista para fulminar lo que sea que se esconde en la espesura. Profusas gotas caen de su frente, es un sudor gélido, lleno de temor, toda su confianza está cifrada en el cañón de su pistola y en su habilidad para penetrar el cuerpo hostil con certeros proyectiles. Maullidos se dejan oír claramente conforme se aproxima a unas bestias felinas que retozan a pocos metros. Juguetean entre sí lamiéndose los rostros, mordisqueando sus orejas y frotándose contra sus cuerpos. Tres cuerpos curvos y estilizados se entrelazan en una danza hormonal. Hace rato que las bestias han notado la presencia del observador, sin embargo, continúan inconmovibles ante el intruso, ocasionalmente le lanzan miradas penetrantes, hipnóticas pupilas verticales cuya elipse resulta misteriosa y embrujadora. También le muestran sus afilados colmillos en una mueca que no sabe cómo interpretar. Su mirada permanece fija en una pantera de color pardo que parece gozar a plenitud aquel restriego. No puede dejar de mirar el espectáculo zoofílico, se debate entre el asco y la excitación, el morbo se agita en su pecho y su mente combate la testosterona que irriga todo su cuerpo. Un ratón campestre cruza veloz por su mente. La pantera se incorpora, balancea la larga cola, lo mide con la mirada, asume posición de ataque e inicia una carrera a toda velocidad en su persecución. Él, desenfunda apresuradamente la nueve milímetros, la empuña con ambas manos y aprieta el gatillo, un proyectil incandescente como un sol se desliza dentro del cañón de la pistola, derritiéndola por completo a su paso, el fogonazo de la detonación funde el propio proyectil en un líquido viscoso que finalmente sale goteando de la punta flácida del cañón. Incapaz de penetrar en el cuerpo hostil que se le abalanza, se entrega resignado a su destino.
El tiempo de los sueños es inconmensurablemente infinito con relación al tiempo de la vigilia, una vida entera puede transcurrir en un sueño, porque el tiempo es una cuestión discursiva y sólo se da en el discurrir de la narración, milenios pueden quedar comprimidos en una estrofa o un minuto se puede dilatar en la más larga y tediosa de las descripciones. No es la narración la que transcurre en el tiempo sino éste el que se despliega dentro de ella.


Abre los ojos mientras su mente calibra las coordenadas espacio—temporales en las que se encuentra, al instante reconoce la ciudad, la patrulla, la situación. Van camino al lugar de los hechos, están próximos a llegar. Se reincorpora en el asiento asumiendo una posición más digna de su rango, ajusta la pistola dentro de la funda y se prepara para entrar en acción. Se estacionan frente a un hotel, hay cierta agitación en el vestíbulo, ya han llegado los bomberos y un equipo de reporteros gráficos. El encargado del hotel los intercepta atropellando frases y oraciones unas sobre otras, la hiperbólica gesticulación y la histérica descripción hacen que se le despierte un inesperado dolor de cabeza. Levanta la mano derecha, y con la palma abierta hace un gesto en señal de que se calle, el encargado entiende de inmediato el significado amenazante de esa palma abierta y se limita a decir el número de la habitación en la que han ocurrido los hechos. Los tres, el detective, el oficial y el encargado, caminan por el vestíbulo hasta llegar a los ascensores, esperan unos segundos hasta que el aparato abre sus puertas, y una vez adentro el oficial corta el paso del encargado del hotel, indicándole que hasta allí llega su compañía. Aguardan en silencio los dos hombres, el detective ve la hora en su reloj y se percata de que son las dos de la mañana, si se apresura, podrá dormir un rato con su mujer antes de que al amanecer se marche para el trabajo.
Irritado, constata por los sonidos característicos que se escapan por la rendija inferior de las puertas, que no han desalojado el hotel y que detrás de las paredes todavía se libran obscenas batallas. Se gira hacia el oficial y da la orden de evacuación inmediata del edificio. Finalmente, la puerta entreabierta de la suite 405 deja ver el movimiento ajetreado de los fotógrafos forenses, capturando todos los detalles de la escena. Otro oficial se acerca para ponerlo al tanto de la situación.

En el cuarto principal se encuentra el cuerpo sin vida de un hombre de cuarenta y cinco años con los pantalones caídos a la altura de las rodillas, presenta heridas a lo largo de toda la espalada causadas por un objeto punzopenetrante. Una mujer, de aproximadamente treinta y dos años, fue llevada de emergencia por el personal de paramédicos al hospital, al presentar politraumatismos y fracturas en el rostro. El encargado del hotel refirió que una mujer desnuda, salpicada de sangre, apareció en el lobby y se desmayó sobre la alfombra. Actualmente la mujer es atendida por el psicólogo forense. En el cuarto, además del cuerpo del occiso, fueron encontrados los documentos de identificación de los involucrados, de donde se pudo constatar que la víctima es el esposo de la mujer encontrada en el lobby, también se tiene la identificación completa de la mujer que fue llevada de emergencia al hospital y se está tratando de establecer su relación con la pareja. Uno de los espejos de la habitación se encontró partido en pedazos. En los puños del hombre se detectaron manchas de sangre sin evidencia aparente de heridas. Hay sangre por toda la cama, huellas de pisadas hasta la entrada de la habitación y salpicaduras en la manilla de la puerta. El peritaje determinará a quién —además del cadáver— pertenece la sangre.
El interrogatorio inicial a los empleados revela que una pareja de mujeres se registró en la habitación 405 a las diez y media de la noche. Treinta minutos después la pareja solicita un servicio de bebidas a la recepción y el licor es requerido al coffee bar del hotel. A las once y cuarto aparece un hombre de tez clara y estatura promedio solicitando saber dónde se encuentra alojada su esposa, muestra su identificación, y el empleado al verificar la correspondencia de apellidos le indica el número de habitación. El recién llegado instó al recepcionista a que no se molestase en anunciarlo, porque lo estaban esperando. El encargado de la recepción refirió no haber puesto mayores reparos, ya que, además de que la discreción y privacidad forman parte de la cultura de servicio del hotel, también es práctica frecuente la pernocta de parejas o tríos en el recinto. "De hecho, -refiere el empleado de la recepción- otras dos mujeres y un hombre se alojaron en la suite 404 apenas un hora antes y entregaron las llaves de la habitación sin mayor novedad poco después de la media noche". A las once y treinta el camarero toca la puerta de la habitación 405 para hacer entrega del servicio, no obstante, a pesar de su insistencia nadie salió a recibir el pedido. Al interrogar al camarero, éste refirió escuchar unos gritos dentro del cuarto. En otras circunstancias le hubiese llamado la atención ese hecho, pero esos alborotos generalmente no son más que la escenificación de alguna fantasía sexual de los clientes, y es política del hotel no molestar a los huéspedes si se sospecha que están ocupados en alguna faena privada. A las doce y media de la noche aparece en el lobby del hotel la esposa de la víctima, completamente desnuda, empuñando un trozo de vidrio.
El dolor de cabeza se intensifica mientras escucha el reporte del oficial, quien ha hecho un excelente resumen de la evidencia parcial sobre el caso. De momento parece claro el qué de la situación, lo que está por dilucidarse es el cómo y el por qué de los sucesos acaecidos. Así que mentalmente, mientras pasea el lugar de los hechos, procede a hacerse una serie de preguntas y a aventurar posibles respuestas. Primero, ¿por qué el esposo llegó cuarenta minutos después que las dos mujeres se hospedaran? Pudo haberse retrasado por cualquier motivo, además, una tardanza de media hora no resulta nada extraño en este país, así que no parece relevante la diferencia de horarios. Segundo, ¿por qué el hombre no sabía la habitación en la que se registraron su mujer y la acompañante? Si él no sabía el número del cuarto es porque no existía ningún acuerdo de verse en ese hotel, así que el marido con seguridad estaba siguiendo a su esposa y quería sorprenderla, eso explicaría su insistencia en que el recepcionista no anunciara su llegada. Tercero, entre el momento en que llegó el esposo y el momento en que el camarero tocó a la puerta, habrán transcurrido unos quince minutos, es probable entonces que las dos mujeres abrieran sin sospechar, pensando que era el servicio de bebida.
Con la punta de un bolígrafo levanta la mano occisa y fija su mirada en las manchas de sangre de los nudillos, recuerda que el oficial le indicó que la otra mujer presentaba severas heridas en la cara. Aunque hay que esperar el peritaje, no parece haber duda alguna de que la víctima fue también el victimario de la segunda mujer. La visita no pretendía ser amistosa. Los pantalones a la altura de las rodillas sugieren que el hombre tuvo tiempo suficiente para obrar un último ultraje. Observa detenidamente el espejo fracturado, hay una zona de impacto que corresponde aproximadamente a la de una espalda menuda, el fragmento de espejo —empuñado por la esposa en el lobby del hotel— habla por sí mismo.
El yugo que une a los conyugues no subyuga en lo absoluto el fervor de los deseos, menos aún el objeto a ser deseado. Aquellas dos habitantes de la isla de Lesbos se daban encuentro en ese cuarto de hotel para recrear los versos de la bella Safo. ¿Quién sabe cuántas veces las amantes habrán cruzado el mar Egeo para unirse en un húmedo abrazo, pubis contra pubis, y compensar así el sufrimiento de una vida a la sombra, de un amor furtivo que a los ojos de familiares y amigos sólo podría pasar por una firme amistad?
Por lo que resta de noche no hay más nada que hacer, ese violento encuentro forma parte del eterno ritual de semen, sudor y sangre. Da la autorización para que se lleven el cadáver a la medicatura forense, ordena el traslado de la mujer a la comisaría para dar inicio al expediente inculpatorio, y dispone que sea clausurado el cuarto piso del hotel mientras duren las experticias. Observa su reloj, son las tres y media de la madrugada y la ciudad no descansa, restan todavía algunas horas antes de que el sol de la mañana repliegue a los ejércitos de la oscuridad, los seres de la noche que todavía se mueven de extremo a extremo de la urbe. Sube a la patrulla y da instrucciones al oficial de que lo deje en su casa, pretende estrecharse a su esposa antes de que llegue el amanecer.
Una vez en su casa, la abraza tomando con delicadeza su seno, ella aprieta la mano contra su pecho y murmura alguna frase afectiva mientras él termina de plegarse a su cuerpo. Una tímida erección va adquiriendo fuerza. Procurando activar el mecanismo reflejo de la excitación, acaricia con movimientos circulares el pecho de Camila y lame febril su nuca. Camila responde con desgano los avances de su marido, se voltea y deja que su lengua se introduzca dentro de la boca y que su dedo escarbe debajo del pijama buscando el clítoris dormido. A pesar de que Camila hace horas que debe reposar cálidamente sobre su cama, en ese momento parece abatida por el cansancio, como si la embestida amorosa del esposo significara un esfuerzo adicional.
Con movimientos seguros voltea el cuerpo de Camila y tomándola por la cintura la coloca boca abajo. Ella, con las rodillas incrustadas en el colchón y la cabeza posada sobre la almohada, le expone sus glúteos firmes y torneados sin el más mínimo rastro de imperfección. Es un magnifico espectáculo el que Camila le entrega a su esposo. Con ambas manos, abre el pliegue formado por las nalgas y descubre ante sus ojos las cavidades profundas de su mujer. Dos abismos carnosos le hacen sentir un intenso vértigo, como si temiera perderse para siempre dentro aquellos orificios, en las profundidades secretas donde se ocultan los eternos misterios de la humanidad. Desde su ángulo de visión, el ano se le enfrenta mórbido y compacto, negro como el averno marino, más abajo, rojiza y viscosa se expande la vulva en pliegues ondulados. Debe tomar una decisión, apuntar al objetivo correcto y con certeros proyectiles de semen penetrar en el cuerpo hostil.
Él no sabe que Camila tiene su mente ocupada en los recuerdos, en el rito iniciático que había tenido lugar esa noche. Mientras él soportaba entumecido las primeras horas de frío frente al televisor, Camila tomaba unas cervezas con su mejor amiga en el Baco coffee bar. Allí, entre luces estroboscópicas, las imágenes superpuestas de cuerpos sudorosos y danzantes embriagaban a Camila en un insólito estado de excitación, en medio de la pista de baile sentía como si, pedazo a pedazo, una antigua y gastada piel se le fuese desprendiendo. La música del Deejay la proyectaba más allá de su cuerpo. Sabe que su esposo está ocupado en la División Contra Homicidios. Resignándose a sublimar sus deseos con la música trance, cierra los ojos y se entrega por entero a Cosmosis, California Sunshine, Space Cat y todas las bandas de música electrónica que el Deejay ha seleccionado para su diversión.
Camila tiene su mente ocupada en los recuerdos, evocando el instante en el cual, en medio de la penumbra siente la fricción de un cuerpo contra sus senos, el calor de una piel húmeda que se abraza contra la suya, sin abrir los ojos se deja llevar por la cadencia de sus movimientos. Por la retaguardia, siente la presión de un bulto que aprieta contra la minifalda y unas gruesas manos que la toman por la cintura. Abre los ojos, delante, su amiga frota sus senos contra los de Camila, acariciándole el rostro con las manos. Detrás, besándole la nuca, el novio de su amiga la domina con sus fuertes brazos. Bajo las sombras, sus felinas siluetas se confunden entre sí.
Camila tiene su mente ocupada en los recuerdos, y él no sabe que cuando se dirigía semidormido al lugar de los hechos, Camila era atravesada por el conducto excretor con un mástil del tamaño de una torre. No sabe que los dedos de aquella amiga jugaron con el clítoris erecto de su esposa, No sabe tampoco que ella bebió sus fluidos genitales. Mientras él se despertaba sobresaltado en medio de una pesadilla, seis brazos y seis piernas se enlazaban en el eterno ritual de semen, sudor y sangre.
Esa noche, en la suite 404 de un hotel capitalino, los emisarios del dios Baco oficiaron el bautismo. Son los seres de la noche, esos que a la luz del día se esconden bajo la piel de un pastor de iglesia, una secretaria, un padre de familia, un estudiante universitario, una niña de su casa o una esposa enamorada. No todos los que transitan en la oscuridad de la noche pertenecen a ésta, los seres de la noche no son simples personas que por error se han salido de sus cálidas camas. Durante años él ha sido un turista de la noche, jamás ha podido entrar plenamente a la profundidad de las cavernas.
Se dispone a penetrar a Camila del modo tradicional, pero las válvulas que le bombean sangre al pene se detienen y pierde el poder de la erección. El exceso de trabajo, café y cigarros no son buenos para el amor. Un ratón campestre cruza veloz por su cabeza. Jamás ha podido entender la tectónica de placas que mueve el inconsciente colectivo, el magma lascivo que sacude secretamente al mundo. Incapaz de penetrar en el cuerpo hostil que se le abalanza, se entrega resignado a su destino y recuerda de nuevo aquella frase inocente: "¿Vale la pena vivir si no puedes entrar en el juego del apareamiento?"

jueves, 27 de agosto de 2009

Francisco Suniaga. Autor de El Pasajero de Truman

Nace en La Asunción, Nueva Esparta, en 1954. Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas en 1975 y Abogado egresado de la Universidad Santa María en 1981. Especialista en Derecho y Política Internacionales de la UCV en 1987. Master of Internacional Affairs de la Universidad de Columbia, Nueva York en 1993. Pero, afirma, lo más importante fue haber estudiado en el Liceo Francisco Antonio Rísquez de La Asunción entre 1965 y 1970. Ha desempeñado la carrera de abogado por poco tiempo y con menor éxito. Ha sido profesor de Derecho y/o Política Internacional en la UCV, la Universidad Santa María y la Universidad Metropolitana. Trabajó en la Misión de Naciones Unidas en Timor Oriental de 2000 a 2001. Ha sido columnista de los diarios El Nacional, El Universal y Economía Hoy. Ha publicado las novelas La Otra Isla y El Pasajero de Truman.

El Pasajero de Truman -Cap III- Por Francisco Suniaga

Siento una gran pena con usted, Humberto. Con este percance, lo he dejado abandonado, solo, ante esa jauría que va a disputarse el poder político en Venezuela, quién sabe por cuanto tiempo. Créame que haberle fallado a tanta gente ha sido muy vergonzoso para mí, pero ahora nada me preocupa tanto como su suerte. Cuídese mucho. Tal vez lo más conveniente sea que se quede unos años fuera del país y vuelva, si para entonces ese es su deseo, cuando ya las cosas se hayan aplacado. Con mi salida del juego, en Venezuela se abrirá una larga y cruenta lucha por el poder y, habiendo sido usted mi persona de confianza, dudo que alguien lo quiera a su lado para bien. Aproveche la circunstancia de que ya está con un cargo en Washington, quédese allí, estudie, haga carrera diplomática. Siga mi consejo, aléjese del poder, de los poderosos y de quienes luchan por obtenerlo. Sálvese, no cometa mi error. No se deje engañar por éxitos relativos y crea que será usted quien termine fijando el derrotero de su vida. El poder y los poderosos, en un abrir y cerrar de ojos, pueden moldearle la existencia y arrancarle de las manos la posibilidad de vivir libremente, de construir su propio camino. Mire lo que me ha pasado a mí, quién hubiera dicho hace un mes que estaría en este avión, de regreso a Washington, avergonzado y vencido. Mis encuentros y desencuentros con el poder comenzaron el 5 de septiembre de 1905, en el despacho del general Cipriano Castro, presidente de Venezuela y líder de la Revolución Restauradora. Ese día, Humberto, a las cuatro de la tarde en punto, en ejercicio libre de su megalomanía, el general trazó la línea de mi destino con tal firmeza que ni siquiera Dios pudo luego alterar su curso. En esa fecha fui designado cónsul en Liverpool; el primer paso de una carrera diplomática, no buscada por mí, que me llevó a ser delegado representante de Venezuela ante la Sociedad de Naciones y embajador plenipotenciario ante el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y en los Estados Unidos de Norteamérica. Fue por esa condición, que me permitía estar distante y parecer distinto a quienes fueron soporte de la dictadura andina, que pude ser ministro del Interior, secretario de la presidencia en el gabinete de López Contreras, y, en tres oportunidades, candidato presidencial, fallido, pero candidato al fin y al cabo.
A lo largo de mi carrera me tocó muchas veces estar ante otros presidentes y en otros despachos presidenciales, mas, nunca el poder brilló frente a mí tan diáfano ni me hizo sentir su magia de una manera tan contundente. Desde esa fecha viví bajo su embrujo, el deseo de poseerlo minó mi alma y, como le ocurre a todos quienes se dejan seducir, me convertí en su prisionero. La razón de ese hechizo nunca llegué a saberla con claridad, aunque me imagino que me cautivó la revelación de que con ese acto, en muy pocas palabras, con el mayor desparpajo y simplemente porque le dio la gana, el general Castro decidió lo que me iba a advenir el resto de mi vida; fijó el curso de los cuarenta años que mediaron entre aquella tarde de septiembre en su despacho y esta mañana de septiembre en este avión. Castro fue quien me mostró qué era el poder y para que se usaba, Humberto.
La vida tiene sus contradicciones. En mil ochocientos noventa y nueve, en una de esas piruetas de nuestra historia, Castro se alzó contra el gobierno del presidente Andrade e invadió a Venezuela desde Colombia. Los motivos aparentes están recogidos en proclamas del momento y en discursos dados posteriormente desde la presidencia. El motivo real siempre me pareció otro: la crisis de los precios del café de finales del siglo XIX dejó arruinados a hacendados como Castro, y la guerra era el mejor negocio en el que podían anotarse. Por supuesto que no le faltó quien lo siguiera en esa empresa. Igual que Guzmán Blanco y otros caudillos criollos que le precedieron, contaba con esa aura que los eleva y los hace irresistibles. Era capaz de plantearse como posibles los disparates más grandes, más increíbles, y encontrar gente dispuesta a matar y morir por ellos. Dicho en las palabras del viejo embajador César Zumeta, era psicópata y psicopatógeno. Es decir, estaba loco y tenía la insólita cualidad de volver locos a los demás. Esa condición psicopática de Castro, cubierta por el barniz de la consigna “nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, daba a su épica un aire de romanticismo que le ganó la simpatía de los jóvenes que en los albores del siglo XX buscaban una esperanza a la que aferrarse. Y él les ofreció, nada más y nada menos, ser los hombres nuevos que la humanidad espera desde los tiempos de Caín. Yo no me tragué el cuento. Intuía, y después por mis lecturas comprobé, que el hombre nuevo no existe ni puede crearse, el hombre es un continuum, es siempre el hombre, sin adjetivos. Lo nuevo, sólo si ese hombre se lo labra, podría ser el tiempo en que le toque existir. Y si logra eso, aun cuando con su accionar haya provocado una renovación real y profunda de su entorno, probablemente sufrirá el castigo de no poder ver su obra realizada. Ese es el sino de lo humano.

Por esa razón, contrario a lo que hicieron muchos, entre otros Eleazar López Contreras, cuando supe lo de la invasión de Castro, me incorporé a la tropa del general Espíritu Santo Morales, para ir a combatirlo. Como era bachiller me nombraron oficial y pusieron unos hombres a mi mando. Nos enfrentamos a las tropas de la Restauración en el páramo de Zumbador y hasta allí llegó mi improvisada carrera militar, pues resulté herido y para cuando me recuperé, ya Castro había entrado triunfante en Caracas. Sin que nadie siquiera lo imaginara posible, tuvo éxito en una gesta absolutamente insensata. El largo dominio de los caudillos tachirenses, que de hombres nuevos no tenían un cipote, había comenzado, sin que nadie tuviera idea de cuándo iba a terminar. Y vea usted, cuarenta y cinco años más tarde, López todavía pretende mantener ese dominio. En cuanto a mí, habiendo sido adversario del autoproclamado «Restaurador de la República», mi futuro se presentaba en nada prometedor. Aunque nuestros caudillos militares triunfantes, tan pronto han ascendido al trono, reclaman la condición de herederos de Bolívar, ninguno ha seguido aquella máxima suya de ser magnánimo en la victoria. Me bastaba con ver lo que le hizo al padre Jáuregui, sólo por llevarle la contraria en un punto en el que Castro no tenía razón, para saber qué podía esperar.
Contaba con un título de bachiller del Colegio Sagrado Corazón de La Grita, pero las guerras arruinan, y a quienes las pierden mucho más. Entendí que producto del conflicto y de haber militado en el bando perdedor no iba a ser posible que ingresara a la Universidad de Caracas, como había sido mi aspiración. Mi futuro se limitaba a optar entre un trabajo de amanuense para alguna de las firmas alemanas que manejaban el negocio cafetalero en los Andes, muy venido a menos, por cierto, o volver a la finca de mis padres y tratar de rescatarla. Ese panorama cambió cuando mi tío, Calixto Escalante, general de la Revolución Restauradora, fue designado gobernador de Caracas en 1901. A los pocos días de su ascenso, recibí un telegrama suyo donde me pedía que viajara hasta la capital para nombrarme secretario de gobierno.
Vivir en Caracas, joven, soltero, con dinero en el bolsillo y con una cuota de poder para administrar era, y es, quizás el mejor regalo que la vida pueda hacerle a un mortal, Humberto. Es como entrar con un panzer en un jardín de margaritas, no habrá quien lo detenga a uno. Caracas era para mí la gran ciudad con la que soñaba de niño, allá en el Táchira. Por supuesto que mi percepción de ella cambió con el tiempo. Venido de la provincia era la metrópoli, mas cuando me tocó volver a ella después de haber vivido en Londres y París, me pasó como a Teresa de la Parra: Caracas se me convirtió en una ciudad achaparrada y fea, en una ciudad andaluza de una Andalucía pobre y melancólica que naufragó en el Caribe. Sin embargo, en aquellos primeros años del siglo XX, era mi gran ciudad. Tenía un ambiente alegre y con mucha música: había conciertos en el teatro Municipal dos veces por semana, en oportunidades con artistas extranjeros; retretas en la plaza Bolívar, los jueves y domingos; y, mucho más agradable, tenía las notas de piano que se escapaba por las ventanas enrejadas de las casas, en las tardes. Al regresar de mi oficina, bajando de la esquina de Principal hacia Curamichate, por donde vivía, me deleitaba escuchando esa música que creaban las delicadas manos de las muchachas caraqueñas en sus lecciones de piano. A veces en mi trayecto, cuando no tocaban, las veía sentadas en los poyos de las ventanas, y era un deleite detenerse para saludarlas, hablarles de su música y recibir una sonrisa. Los sábados en la tarde la retreta se mudaba para Puente Hierro, por las inmediaciones de Villa Zoila, la casa de Castro. Había salones cercanos donde se vendían bebidas, y los paseantes caminaban por las calles bajo hileras de chaguaramos de troncos gruesos y hojas abundantes. En esas romerías de los sábados, las familias mantuanas tenían un comportamiento curioso: escuchaban la retreta desde sus coches, sin bajarse ni mezclarse con el resto de la gente. De un coche a otro, las muchachas recibían los galanteos de los jóvenes de su clase. Al parecer fue una costumbre que vino de España, de Madrid. Por cierto, en uno de esos coches, una calesa, vi por primera vez a mi amada Isabel. Cruzamos nuestras miradas y eso fue lo único que necesitamos, diría que en ese momento exacto nos enamoramos. Recuerdo que quise hablarle y no pude siquiera acercarme a ella, porque aquella costumbre mantuana de permanecer en los coches, con su gente, me lo impidió.
Los tachirenses iniciaron su hegemonía fundados en el poder de las armas y mucha gente creyó que en Venezuela se iba a imponer una suerte de pax andina. ¡Vana ilusión! En nuestro país no hay paz que dure mucho y la andina, no tardó en verse amenazada por un nuevo levantamiento armado. Con ella, mi ensoñación caraqueña llegaría a su fin. A Venezuela, decía el general Guzmán Blanco, se le pisa por un lado y se levanta por el otro, y esa es una de nuestras verdades inmutables: en el propio 1901 comenzó una revuelta encabezada por un banquero devenido en general, Manuel Antonio Matos, a la que, sin el menor atisbo de sonrojo, bautizaron «Revolución Libertadora». Nombre por demás inmerecido porque había sido armada y financiada por una compañía petrolera norteamericana, la New York and Bermudez Company. El tío Calixto fue oficial general del ejército enviado por Castro a enfrentarla, y murió en combate en 1902. La noticia, aparte de consternarme, me llenó de incertidumbre porque sabía que tan pronto designaran a un nuevo gobernador de Caracas, me quedaría sin cargo, y no estuve equivocado.

Algunos amigos que había heredado del tío Calixto, me ofrecieron una plaza como oficial en el ministerio del Interior y acepté porque me hicieron la promesa de que sería algo provisional. Usted debe saber ya Humberto como han sido esas cosas en Venezuela: el tiempo transcurría, llevaba casi dos años como un oficinista anónimo, con un sueldo de esos que nunca crecen, condenado a permanecer en las catacumbas del ministerio, y nada. Desesperado intenté un último recurso, envié un telegrama a la secretaría de la presidencia solicitando una audiencia con el general Castro. Quería pedirle que me designara en una posición más decorosa, de ser posible en el estado Táchira; un cargo político desde donde pudiera ascender en el tinglado de la Restauración. Mas la respuesta tardaba en llegar. Me hallaba en una especie de limbo, perdida ya la esperanza de hablar con Cipriano Castro, sin saber cuál iba a ser la parábola de mi vida, cuando recibí el telegrama de Miraflores. Se me citaba al despacho presidencial, el día 5 de septiembre de 1905, a las dos de la tarde.
Fue la primera vez que pisé el palacio de Miraflores. Castro lo había convertido en la sede del poder desde que el terremoto de 1900 lo sacó de la Casa Amarilla. En esa primera oportunidad, tal vez por efecto de la escala o porque lo habían construido en una colina, Miraflores me pareció imponente. Quedé gratamente impresionado con los corredores y la luz que reinaba en ellos, con los ornamentos y lo que pude ver de los salones interiores a través de puertas y ventanas. El poder en Venezuela tenía, al fin, un templo digno de su majestad. Eso pensé en 1905. Después fui a Europa y a Estados Unidos y, cuando volví a Miraflores, lo valoré en lo que creo es su justa medida. Igual que otras obras nuestras, el proceso de diseñarlo y construirlo fue un largo y doloroso enredo. Quienes lo iniciaron no lo terminaron. Primero unos italianos, luego unos españoles y, por último, constructores venezolanos, lograron que el pretendido palacio terminara siendo un caserón mestizo que no es italiano, ni español ni venezolano. La Casa Blanca y Washington conforman una unidad, el Palacio de Nariño y Bogotá son armónicos, la Casa Rosada y Buenos Aires son tal para cual, pero Miraflores es un engendro arquitectónico que en nada se parece a Caracas, Humberto. Paradójicamente, por ser nosotros hijos de la contradicción, resulta que Miraflores es lo que nos corresponde, es la sede perfecta para poderosos ignorantes y confundidos, que nunca han distinguido entre mandar y gobernar. Miraflores nos viene como anillo al dedo, Humberto.
Al general Cipriano Castro lo había visto antes en el funeral de estado que se le hizo al tío Calixto en la catedral de Caracas. Yo era el único varón adulto de la familia presente en la iglesia y me tocó estar a su lado durante el oficio. Salvo las palabras que me dijo a manera de condolencia, no me dirigió una más. Castro era muy bajito y yo estaba seguro de que mi estatura, un metro noventa, lo había incomodado. Al abrazarme para el pésame, embutido en su uniforme de gala, que incluía morrión con hojas de laurel doradas en la visera, su cabeza apenas me alcanzó el pecho. La escena debió verse ridícula y estaba convencido de que así debió sentirlo el general. Además, yo ya estaba prevenido de la intolerancia de Castro con los hombres altos; alguna vez el tío Calixto me había dicho que, cuando el presidente fuese por la gobernación, evitara aparecerme por su oficina y mucho menos pararme a su lado, que a Castro no le gustaba que alguien de mi tamaño siquiera se le acercara. Mientras aguardaba en un salón contiguo a su oficina, rogaba a Dios que el general no evocara la incomodidad que había sufrido en el funeral, no fuera a ser que, en represalia, se cerrara a mi solicitud.
Fui recibido luego de una larga antesala; el reloj marcaba las tres y cincuenta y cinco minutos, cuando un asistente me dijo que podía entrar. El despacho del Presidente de la República, en el ala suroeste del palacio de Miraflores, era grande, aunque decorado con pocos muebles. Castro, con sus ojos de iluminado y el rostro barbado de rey asirio, estaba en su escritorio, un mueble fino, de estilo francés a escala con el despacho. Su cabeza era grande, mitad calva y con el pelo muy corto. Una vez que hablamos de él, el tío Calixto me había advertido: «No te confundas, con el general Castro. Será pequeño de estatura y grandilocuente, lo más parecido a un predicador, y a uno en los Andes lo enseñan a desconfiar de la gente así. Quien lo mire, pensará que es puro buche y plumas, pero es un jefe, tiene cojones para repartir. Creo que su fuerza está en los ojos. Son dos brasas encendidas que, cuando se enfurece o en los momentos más duros de las batallas, queman, paralizan al enemigo. Es la reencarnación de la Medusa». Y, no sé, Humberto, si por joven, por estar preocupado por el recuerdo de la escena del funeral o simplemente porque el tío Calixto tenía razón en lo de los ojos de la Medusa, la verdad es que ante la presencia del general y su mirada sobrenatural sentía que me iba envarando, convirtiéndome en piedra.

En la pared detrás del escritorio había un retrato de Bolívar, la figura del Libertador, una vez más, sirviendo de cobija histórica a uno de nuestros caudillos. Frente a su escritorio, en una de las sillas para visitantes, concentrado en revisar unos papeles, estaba un funcionario que, después, por el curso de la conversación, supe, era el general Ibarra, el ministro de Relaciones Exteriores. Detuve la vista en él durante unos segundos, pero no levantó la suya del legajo de documentos que tenía en las manos. Llevaba en el rostro una expresión curiosa, mitad desagrado mitad compromiso, como renuente a estar donde estaba y a hacer lo que hacía. Expresión que, a lo largo de mi ejercicio, vi en muchos otros rostros y, seguramente, muchos otros vieron en mí: la del funcionario honesto, con sentido de responsabilidad, que sirve a un dictador. Ese es un papel muy complejo, Humberto, y que espero no le toque representar.
Castro me miró de arriba a abajo con sus brasas encendidas y en el tono de su voz, al pedirme secamente que me sentara en el sillón vacío, pude notar su vieja incomodidad con mi estatura. - ¿Usted que está haciendo ahora? – me preguntó apenas me hube sentado.- Actualmente soy oficial en el ministerio del Interior, señor presidente.- ¿Y cuál es su petición?- Quiero servirle a usted y a la Revolución Restauradora en un mejor destino, de ser posible en el Táchira, señor presidente.- En principio, déjeme decirle que desde 1902 estoy en deuda con su tío, el general Calixto Escalante, y quiero que sepa que será a él a quien le deba el favor. No es fácil encontrar a alguien de la talla de su tío, dispuesto a dar la vida por nuestra noble causa. En cuanto a lo otro, mire, se me ocurre algo mejor, sería un desperdicio que usted se nos fuera para el Táchira. Con su estatura, porte y preparación está mandado a hacer para representarnos en los salones diplomáticos de Europa. Vamos a aprovechar que aquí está el canciller y lo enviamos para allá. General Ibarra, vamos a mandar a este joven para Europa. ¿Qué consulado tenemos libre en el Viejo Continente?- Ninguno. Lamentablemente están todos ocupados, señor presidente – dijo el general Ibarra en un tono que, aunque respetuoso, parecía reflejar cierto cansancio. – Por gente amiga suya y de la Restauración, señor presidente – agregó. - ¿Y Liverpool? ¿No me dijo usted hace unos días que el consulado en Liverpool estaba sin cónsul desde hacía tiempo?- Sí, señor presidente. Y hace apenas tres días, el dos de septiembre, me ordenó usted que lo cerrara. Peor aun, esta mañana le envié al embajador británico, Percy Wyndham, la nota donde le informo nuestra decisión de clausurarlo. Tal vez al joven podríamos adscribirlo a una embajada o a un consulado acá, en nuestra América.- Pues no señor. En lo que salga de este despacho, me le notifica al embajador inglés que no cerramos nada, que hemos designado al señor Diógenes Escalante cónsul nuestro en Liverpool. - Señor presidente, perdone usted que le repita algo que ya sabe, pero la diplomacia tiene sus formas. Los ingleses no van a entender que, en la mañana, enviemos una nota informándoles que cerramos nuestro consulado en Liverpool y, en la tarde, mandemos otra notificándoles el nombramiento de un nuevo cónsul para esa delegación.

- Pues eso es exactamente lo que vamos a hacer, ministro. A mí me tiene sin cuidado lo que crean los ingleses. Venezuela es un país soberano y eso si es bueno que lo tengan clarito los ingleses y quienes no lo sean. Para su tranquilidad, sepa usted que los ingleses, los de allá y los de América, los franceses, holandeses, alemanes, todos esos carajos, tienen siglos haciendo lo que les viene en gana, cosas peores y mucho más arbitrarias que esta. ¿Le parece poca arbitrariedad haber bloqueado nuestras costas y bombardeado nuestros puertos porque les dio la gana? Y ya usted vio, no ha habido quien les de el vuelto. ¿Dónde estaban las fórmulas diplomáticas cuando eso? Así que, sin temor alguno y sin dar explicaciones, esta tarde me manda esa nota, esa es nuestra decisión y punto. Si no tuviéramos esta actitud inflexible cuando se trata de nuestra soberanía, lo del bloqueo se habría convertido en invasión. Que aprendan a respetar a Venezuela, ministro. No olvide que eso es muy importante y para enseñárselo al mundo estamos aquí. Y usted, Escalante, llévese lo dicho y lo decidido aquí como muestra de lo que debe hacer un patriota cuando lo que está de por medio son los intereses de la patria. No me canso de repetírselo a los diplomáticos de esta Revolución Restauradora: donde quiera que usted vaya, Venezuela, la Patria inmarcesible que Bolívar en su magnificencia nos legara, debe ir primero».

A mí que jamás fui capaz de actuar de esa manera, me admiró esa determinación, ese saltar por encima de las formas, ese ¡hágase mi voluntad!, que dictan los poderosos, sin detenerse a medir las consecuencias ni prestar oído a lo que piensen los demás. Aunque nunca me comportara así, e incluso lo censurara en privado, me cautivaba ese arrojo que los lleva a violar los procedimientos, las convenciones sociales, las normas jurídicas, los acuerdos políticos, los sacramentos, y salir bien librados, si acaso no, fortalecidos. Y es que se atreven hasta contra el sentido del ridículo ¿Cuántas veces no me quedé estupefacto ante la temeridad con la que se enfrentan al ridículo los hombres como Castro? La dimensión de lo ridículo es uno de los parámetros que los autócratas rompen y lo hacen tan a menudo que quienes lo rodean llegan a creer que esa conducta es normal, cuando, ni por asomo, lo es. Peor aun, lo imitan y promueven en los demás esa actuación ridícula. Los autócratas no sólo son psicópatas y psicopatógenos, Humberto, también son ridículos y ridiculizadores. Recuerdo que Castro había adoptado, por aquellos primeros tiempos de su mandato, un uniforme de trabajo bastante curioso; una chamarra de lino crudo parecida al uniforme de verano del zar Nicolás de Rusia. Cuando tenía reuniones políticas con sus partidarios, completaba ese atuendo enrollándose en el cuello un pañuelo amarillo, el color de la bandera restauradora. Era asombroso ver entonces cómo, en los actos, los castristas, civiles y militares, lucían ese atuendo, en abierta competencia para ver quien se ponía la chamarra más rusa o el pañuelo más amarillo y se parecía más al jefe. En octubre de 1903, unos meses después de la humillación a la que nos habían sometido las flotas de Alemania e Inglaterra, asistí a un evento convocado en Miraflores para celebrar el aniversario de la Revolución Restauradora. Y desde la entrada al palacio hasta el salón del acto, se encontraba usted con aquella comparsa de funcionarios y caudillos de provincia ataviados con chamarras zaristas y pañuelos amarillos enrollados en el cuello, iguales al general, uniformados como unos pendejos. Por situaciones como esa, combinadas con el discurso heroico y lleno de floripondios del general Castro, su gobierno tuvo para mí una pátina ridícula que, dicho sea de paso, todas las dictaduras parecieran necesitar.
Aunque nada despertaba en mí mayor admiración que el poder, aunque lo codicié tanto, una de las conclusiones necesarias, ahora, en este momento de sacar cuentas, es que nunca llegué a tenerlo, Humberto. Tuve, sí, cargos importantes, cuarenta años con cargos importantes, mas nunca tuve poder. Poder tenía Castro o Gómez; esa capacidad de decidir la vida, o qué vida vivirían, y la muerte, o qué muerte tendrían, los demás. Psicópatas y psicopatógenos. Los altos funcionarios que eventualmente trabajamos para uno u otro dictador, o para ambos a lo largo de treinta y cinco años, ni teníamos poder ni éramos la fuente de ese poder. Más importante en ese tramado era un pequeño hacendado andino, distante y en sus tierras, pero capaz de levar hombres y ganado para nutrir a un ejército, que Gil Fortoul, que hasta presidente fue durante el mandato de Gómez. Nosotros, Vallenilla Lanz, Zumeta, Parra Pérez, Gil Fortoul, yo, los hombres ilustrados del gomecismo, podíamos ser útiles y en función a eso, teníamos influencia, mas no poder. Confundir ambas categorías es una falta grave en política porque, en este negocio, el poder es la divisa verdadera. Eso lo aprendí, de manera amarga, en 1931, la primera vez que tuve la presidencia a mi alcance y fracasé en mi propósito.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Marguerite Duras. Autora de El Amante

Hija de franceses, nace en Indochina en 1914. Su padre, profesor, muere cuando ella tiene cuatro años, y la familia vive en la estrechez. En 1932. se traslada a París donde estudia Derecho, Matemáticas y Ciencias Políticas. En 1943 publica la primera de sus veinte novelas. A partir de entonces, no abandona ya ninguna de las vías de expresión en las que hace incursión: la escritura, el cine, el teatro. De su inagotable producción narrativa, siempre especulativa, destacamos, por ejemplo, Moderato cantabile. El vicecónsul. El arrebato de Lol V. Stein, Los ojos azules pelo negro, Emily L., Los caballitos de Tarquinia, El amor, Destruir, dice y El amante de la China del Norte (Andanzas 19. 26, 43, 45, 67, 95, 118, 147 y 153). Tras una profunda crisis psíquica marcada por el alcoholismo, tres obras maestras, en las que afina definitivamente su escritura, nacida toda ella del deseo: El hombre sentado en el pasillo, El mal de la muerte (La sonrisa vertical 34 y 40) y El amante, su novela más conocida sobre la que el célebre cineasta francés Jean-Jacques Annaud se basó para realizar la película que lleva el mismo título.

El Amante. Por Marguerite Duras

Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.
Diré más, tengo quince años y medio.
El paso de un transbordador por el Me-kong.
La imagen persiste durante toda la travesía del río.
Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.

Estoy en un pensionado estatal, en Saigón. Duermo y como ahí, en ese pensionado, pero voy a clase fuera, a la escuela francesa. Mi madre, maestra, desea enseñanza secundaria para su niña. Para ti necesitaremos la enseñanza secundaria. Lo que era suficiente para ella ya no lo es para la pequeña. Enseñanza secundaria y después unas buenas oposiciones de matemáticas. Desde mis primeros años escolares siempre oí esa cantinela. Nunca imaginé que pudiera escapar de las oposiciones de matemáticas, me contentaba relegándolas a la espera. Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias, futuros de mendrugos de pan, pero lo hizo de manera que también tales planes siguieron cumpliendo su función, llenaban el tiempo que tenía por delante. Recuerdo las clases de contabilidad de mi hermano menor. De la escuela Universal, cada año, en todos los niveles. Hay que ponerse al corriente, decía mi madre. Duraba tres días, nunca cuatro, nunca. Nunca. Cuando cambiábamos de destino abandonábamos la escuela Universal. Volvíamos a empezar en el nuevo. Mi madre aguantó diez años. Todo era inútil. El hermano menor se convirtió en un simple contable en Saigón. Al hecho de que la escuela Violet no existiera en la colonia debemos la marcha de mi hermano mayor a Francia. Durante algunos años permaneció en Francia para estudiar en la escuela Violet. No terminó. Mi madre no debió hacerse ilusiones. Pero no podía elegir, era necesario separar a aquel hijo de los otros dos hermanos. Durante algunos años no formó parte de la familia. En su ausencia, la madre compró la concesión. Terrible aventura, pero para nosotros, los niños que nos quedamos, menos terrible de lo que hubiera sido la presencia del asesino de los niños de la noche, de la noche del cazador.

Con frecuencia me han dicho que la causa era el sol demasiado intenso durante toda la infancia. Pero no lo he creído. También me han dicho que era el ensimismamiento en el que la miseria sume a los niños. Pero no, no es eso. Los niños-viejos del hambre endémica, sí, pero nosotros, no, no teníamos hambre, nosotros éramos niños blancos, nosotros teníamos vergüenza, nosotros vendíamos nuestros muebles, pero no teníamos hambre, nosotros teníamos un criado y comíamos, a veces, es cierto, porquerías, zancudas, caimanes, pero tales porquerías estaban cocinadas por un criado y servidas por él y a veces incluso no las queríamos, nos permitíamos el lujo de no querer comer. No, algo sucedió cuando tenía dieciocho años que motivó que ese rostro fuera como es. Debió de suceder por la noche. Tenía miedo de mí, tenía miedo de Dios. Cuando amanecía, tenía menos miedo y menos grave parecía la muerte. Pero el miedo no me abandonaba. Quería matar, a mi hermano mayor, quería matarle, llegar a vencerle una vez, una sola vez y verle morir. Para quitar de delante de mi madre el objeto de su amor, ese hijo, castigarla por quererle tanto, tan mal, y sobre todo para salvar a mi hermano pequeño, mi niño, de la vida llena de vida de ese hermano mayor plantada encima de la suya, de ese velo negro ocultando el día, de la ley por él representada, por él dictada, un ser humano, y que era una ley animal, y que a cada instante de cada día de la vida de ese hermano menor sembraba el miedo en esa vida, miedo que una vez alcanzó su corazón y lo mató.

He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia, pero mientras lo hacía aún vivían, la madre y los hermanos, y he escrito sobre ellos, sobre esas cosas sin ir hasta ellas.

La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he hablado de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la vanidad y el viento, escribir no es nada. Que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano.

Ahora comprendo que muy joven, a los dieciocho, a los quince años, tenía ese rostro premonitorio del que se me puso luego con el alcohol, a la mitad de mi vida. El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, también tuvo la de matarme, la de matar. Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó. Esa posibilidad estaba en mí, sabía que existía, como las demás, pero, curiosamente, antes de tiempo. Al igual que estaba en mí la del deseo. A los quince años tenía el rostro del placer y no conocía el placer. Ese rostro parecía muy poderoso. Incluso mi madre debía notarlo. Mis hermanos lo notaban. Para mí todo empezó así, por ese rostro evidente, extenuado, esas ojeras que se anticipaban al tiempo, a los hechos.

Quince años y medio. La travesía del río. Al llegar a Saigón, viajo, sobre todo cuando cojo el autocar. Y esa mañana cogí el autocar en Sadec donde mi madre dirige la escuela femenina. Es el final de las vacaciones escolares, ya no sé cuáles. Fui a pasarlas a la casita de funcionaría de mi madre. Y ese día regreso a Saigón, al pensionado. El autocar de los indígenas salió de la plaza del mercado de Sadec. Como de costumbre mi madre me acompañó y me confió al conductor, siempre me confía a los conductores de los autocares de Saigón, por si acaso hay un accidente, un incendio, una violación, un asalto pirata, una avería mortal del transbordador. Como de costumbre el conductor me colocó cerca de él, delante, en el lugar reservado a los viajeros blancos.

Debió de ser en el transcurso de ese viaje cuando la imagen se destacó y alcanzó su punto álgido. Pudo haber existido, pudo haberse hecho una fotografía, como otra, en otra parte, en otras circunstancias. Pero no existe. El objeto era demasiado insignificante para provocarla. ¿Quién hubiera podido pensar en eso? Sólo hubiera podido hacerse si se hubiera podido presentir la importancia de ese suceso en mi vida, esa travesía del río. Pues, mientras tenía lugar, aún se ignoraba incluso su existencia. Sólo Dios la conocía. Por eso, esa imagen, y no podría ser de otro modo, no existe. Ha sido omitida. Ha sido olvidada. No ha destacado, no ha alcanzado su punto álgido. A esa falta de haber sido tomada debe su virtud, la de representar un absoluto, de ser precisamente el artífice.

Es, pues, durante la travesía de un brazo del Mekong en el transbordador que se halla entre Vinhlong y Sadec en la gran planicie de barro y de arroz del sur de la Conchinchina, la de los Pájaros.
Me apeo del autocar. Me acerco a la borda. Miro el río. Mi madre, a veces, me dice que nunca, en toda mi vida, volveré a ver ríos tan hermosos como éstos, tan grandes, tan salvajes, el Mekong y sus brazos que descienden hacia los océanos, esos terrenos de agua que van a desaparecer en las cavidades del océano. En la planicie hasta perderse de vista, esos ríos, fluyen deprisa, se derraman como si la tierra se inclinara.

Siempre me apeo del autocar al llegar cerca del transbordador, por la noche también, porque siempre tengo miedo, tengo miedo de que los cables cedan, de que seamos arrastrados hacia el mar. En la tremenda corriente contemplo el último instante de mi vida. La corriente es tan fuerte que lo arrastraría todo, incluso piedras, una catedral, una ciudad. Hay una tempestad que ruge en el interior de las aguas del río. Del viento que se debate.

Llevo un vestido de seda natural, usado, casi transparente. Con anterioridad fue un vestido de mi madre, un día dejó de ponérselo porque lo consideraba demasiado claro, me lo dio. Es un vestido sin mangas, muy escotado. Tiene ese lustre que adquiere la seda natural con el uso. Recuerdo ese vestido. Creo que me sienta bien. Le puse un cinturón de cuero en la cintura, quizás un cinturón de mis hermanos. No recuerdo qué zapatos llevaba en esa época, sólo algunos vestidos. La mayor parte del tiempo voy con los pies desnudos en sandalias de lona. Me refiero a la época anterior al colegio de Saigón. A partir de ese momento siempre llevo zapatos, por supuesto. Ese día debo llevar el famoso par de tacones altos de lamé dorado. No se me ocurre qué otros podría llevar ese día, o sea que los llevo. Rebajas rebajadas que compró mi madre. Llevo esos lamés dorados para ir al instituto. Voy al instituto con zapatos de noche ornados con adornillos de lustrina. Por capricho. Sólo me soporto con ese par de zapatos y aún ahora me gusto así, esos tacones altos son los primeros de mi vida, son bonitos, han eclipsado a todos los zapatos que los han precedido, los zapatos para correr y jugar, planos, de lona blanca.

No son los zapatos la causa de que, ese día, haya algo insólito, inaudito, en la vestimenta de la pequeña. Lo que ocurre ese día es que la pequeña se toca la cabeza con un sombrero de hombre, de ala plana, un sombrero de fieltro flexible de color de palo de rosa con una ancha cinta negra.
La ambigüedad determinante de la imagen radica en ese sombrero.
He olvidado cómo llegó a mis manos. No se me ocurre quién pudo dármelo. Creo que fue mi madre quien me lo compró y a instancias mías. Única certeza: era una rebaja rebajada. ¿Cómo explicar esa compra? Ninguna mujer, ninguna chica lleva un sombrero de fieltro, de hombre, en la colonia en esa época. Ninguna mujer nativa tampoco. Eso es lo que debió ocurrir: debí probarme el sombrero, en broma, sin más, me miré en el espejo del vendedor. Y vi: bajo el sombrero de hombre, la delgadez ingrata de la silueta, ese defecto de la infancia, se convirtió en otra cosa. Dejó de ser un elemento brutal, fatal, de la naturaleza. Se convirtió, por el contrario, en una opción contradictoria de ésta, una opción del espíritu. De repente, se hizo deseable. De repente me veo como otra, como otra sería vista, fuera, puesta a disposición de todos, puesta a disposición de todas las miradas, puesta en la circulación de las ciudades, de las carreteras, del deseo. Cojo el sombrero, ya no me separo de él, tengo eso, ese sombrero que me hace enteramente suya, ya no lo abandono. Con los zapatos debió de suceder lo mismo, pero después del sombrero. No casan con el sombrero, como tampoco el sombrero casa con el cuerpo escuchimizado, pero me gustan. Tampoco los abandono, voy a todas partes con esos zapatos, ese sombrero, fuera, a todas horas, en cualquier ocasión, voy por la ciudad.

Encontré una fotografía de mi hijo a los veinte años. Está en California con sus amigas Erika y Elisabeth Lennard. Es delgado, tanto que diríase también él un ugandés blanco. Observé en él una sonrisa arrogante, la expresión un poco burlona. Quiere adoptar una imagen desmadejada de joven vagabundo. Se gusta así, pobre, con esa pinta de pobre, esa facha de joven flaco. Esta foto es la que más se aproxima a la que no se hizo a la joven del transbordador.

Ella fue quien compró el sombrero rosa de ala plana con una ancha cinta negra, ella, esa mujer de determinada foto, es mi madre. La reconozco mejor ahí que en fotos más recientes. Es el patio de una casa en el Pequeño Lago de Hanoi. Estamos juntos, ella y nosotros, sus hijos. Tengo cuatro años. Mi madre está en el centro de la imagen. Conozco perfectamente su incomodidad, su sonrisa ausente, sus ganas de que la foto acabe. Por su cara cansada, por cierto desorden en su vestimenta, por la somnolencia de su mirada, sé que hace calor, que está agotada, que se aburre. Pero es la manera de ir vestidos nosotros, sus hijos, como pobres, donde noto un cierto estado en el que mi madre caía a veces y del que ya, a la edad que teníamos en la foto, conocíamos las señales precursoras, ese modo, precisamente, que de repente tenía de no poder lavarnos, de no poder vestirnos, y a veces incluso de no poder alimentarnos. Mi madre pasaba cada día por esa tremenda desgana de vivir. A veces duraba, a veces desaparecía con la noche. He tenido la suerte de tener una madre desesperada por un desespero tan puro que incluso la dicha de vivir, por intensa que fuera, a veces, no llegaba a distraerla por completo. Lo que siempre ignoré es la clase de hechos concretos que cada día la obligaban a abandonarnos de ese modo. Esa vez, quizá fuera la tontería que acababa de cometer, esa casa que acababa de comprar —la de la fotografía— que no necesitábamos y eso cuando mi padre estaba ya muy enfermo, tan a punto de morir, al cabo de pocos meses. ¿Acaso acababa de enterarse que también ella, a su vez, estaba enferma del mismo mal del que él moriría? Las fechas coinciden. Lo que ignoro, igual que debía de ignorarlo ella, es la naturaleza de las evidencias que la asaltaban y que hacían aparecer ese desánimo. ¿Era la muerte de mi padre, ya presente, o la del día? ¿El hecho de poner en tela de juicio ese matrimonio? ¿Ese marido? ¿Esos hijos? ¿O algo más general que todo ese haber?
Era diario. De eso estoy segura. Debía de ser brutal. Esa desesperación se manifestaba en un momento dado del día. Y después seguía la imposibilidad de seguir avanzando, o el sueño, o a veces nada, u otras veces, por el contrario, las compras de casas, las mudanzas, o a veces también ese humor, sólo ese humor, ese abatimiento o, a veces, una reina, todo cuanto se le pedía, todo cuanto se le ofrecía, la casa en el lago, sin ninguna tazón, mi padre ya moribundo, o ese sombrero de ala plana, porque la pequeña lo deseaba tanto, o también esos zapatos de lame dorados. O nada, o dormir, morir.

Nunca había visto ninguna película con esas indias que llevan esos mismos sombreros de ala plana y trenzas por delante del cuerpo. Ese día también yo llevo trenzas, no las he recogido como hago normalmente, pero no son iguales. Llevo dos largas trenzas delante de mi cuerpo como esas mujeres de las películas que nunca he visto, pero son trenzas de niña. Desde que tengo el sombrero, para poder ponérmelo, ya no recojo mis cabellos. Desde hace algún tiempo me estiro el cabello, lo peino hacia atrás, me gustaría que fuera lacio, que se viera menos. Cada noche lo peino y antes de acostarme rehago mis colas tal como mi madre me enseñó. Mis cabellos son abundantes, flexibles, dolorosos, una mata cobriza que me llega a la cintura. Con frecuencia me dicen que es lo más bonito que tengo y yo pienso que eso significa que no soy guapa. Me haré cortar esa extraordinaria melena en París, a los veintitrés años, cinco años después de haber dejado a mi madre. Dije: corte. Cortó. Todo de un solo gesto, para pulir la obra la fría tijera rozó la piel de la nuca. Cayó al suelo. Me preguntaron si quería llevármelo. Dije no. Después ya no me han dicho que tengo un hermoso cabello, quiero decir que ya no me lo han dicho tanto, como lo decían antes, antes de cortármelo. Después, más bien han dicho: tiene una mirada bonita. La sonrisa también, no está mal.

En el transbordador, miren, todavía las llevo. Quince años y medio. Ya voy maquillada. Uso crema Tokalon, intento disimular las pecas que tengo en la parte superior de la mejilla, debajo de los ojos. Debajo de la crema Tokalon uso polvos de color carne, marca Houbigan. Esos polvos son de mi madre que se los pone para ir a las reuniones de la Administración general. Ese día también llevo los labios pintados con carmín rojo oscuro como en aquel tiempo, cereza. No sé cómo me hice con él, quizá fue Hélène Lagonelle quien lo robara a su madre para mí, ya no lo recuerdo. No uso perfume, en casa de mi madre hay agua de colonia y jabón Palmolive.

En el transbordador, junto al autocar, hay una gran limusina negra con un chófer con librea de algodón blanca. Sí, el coche mortuorio de mis libros. Es el Morris Léon-Bollée. El Lancia negro de la embajada de Francia en Calcuta aún no ha hecho su entrada en la literatura.

Entre los chóferes y los señores aún hay cristales correderos. Aún hay asientos plegables. Aún es amplio como una habitación.

En la limusina hay un hombre muy elegante que me mira. No es un blanco. Viste a la europea, lleva el traje de tusor blanco propio de los banqueros de Saigón. Me mira. Ya estoy acostumbrada a que me miren. Miran a las blancas de las colonias, y a las niñas blancas de doce años también. Desde hace tres años los blancos también me miran por las calles y los amigos de mi madre me piden amablemente que vaya a merendar a su casa a la hora en que sus mujeres juegan a tenis en el Club Deportivo.

Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea, hermosa, o bonita, bonita por ejemplo para la familia, solamente para la familia no, puedo convertirme en lo que quieran que sea. Y creerlo. Creer, además, que soy encantadora. En cuanto lo creo, se convierte en realidad para quienes me ven y desean que sea de una manera acorde con sus gustos, también lo sé. Así, puedo ser encantadora, a conciencia, incluso si estoy atormentada por la estocada a muerte de mi hermano. Para la muerte, una sola cómplice: mi madre. Empleo la palabra encantadora como la empleaban a mi alrededor, alrededor de los niños.

Ya estoy advertida. Sé algo. Sé que no son los vestidos lo que hacen a las mujeres más o menos hermosas, ni los tratamientos de belleza, ni el precio de los potingues, ni la rareza, el precio de los atavíos. Sé que el problema está en otra parte. No sé dónde. Sólo sé que no está donde las mujeres creen. Miro a las mujeres por las calles de Saigón, en los puestos de la selva. Las hay muy hermosas, muy blancas, prestan gran cuidado a su belleza, aquí, sobre todo en los puestos de la selva. No hacen nada, sólo se reservan, se reservan para Europa, los amantes, las vacaciones en Italia, los largos permisos de seis meses, cada tres años, durante los que podrán por fin hablar de lo que sucede aquí, de esta existencia colonial tan particular, del servicio de esa gente, de los criados, tan perfecto, de la vegetación, de los bailes, de estas quintas blancas, grandes como para perderse en ellas, donde habitan los funcionarios durante sus remotos destinos. Ellas esperan. Se visten para nada. Se contemplan. En la penumbra de esas quintas se contemplan para más tarde, creen vivir una novela, ya tienen los amplios roperos llenos de vestidos con los que no saben qué hacer, coleccionados como el tiempo, la larga sucesión de días de espera. Algunas se vuelven locas. Algunas son abandonadas por una joven criada que se calla. Abandonadas. Se oye cómo la palabra las alcanza, el ruido que hace, el ruido de la bofetada que da. Algunas se matan.

Ese faltar de las mujeres a sí mismas ejercido por ellas mismas siempre lo he considerado un error.
No se trataba de atraer al deseo. Estaba en quien lo provocaba o no existía. Existía ya desde la primera mirada o no había existido nunca. Era el entendimiento inmediato de la relación sexual o no era nada. Eso también lo sabía antes del experiment..

Sólo Hélène Lagonelle escapaba a la ley del error. Rezagada en la infancia.

Durante mucho tiempo no tengo vestidos propios. Mis vestidos son una especie de saco, están hechos con viejos vestidos de mi madre que son a su vez una especie de sacos. Excepto los que mi madre ha hecho hacerme por Dô. Es la criada que nunca abandonará a mi madre, ni siquiera cuando ésta regrese a Francia, ni cuando mi hermano mayor intente violarla en la casa de funcionario de Sadec, ni cuando no cobre. Dô se educó con las monjas, borda y plisa, cose a mano como ya nadie cose desde hace siglos, con agujas finas como cabellos. Como borda, mi madre le hace bordar sábanas, como plisa, mi madre le hace hacerme vestidos con pliegues, vestidos con volantes, los llevo como si llevara sacos, están pasados de moda, siempre infantiles, dos series de pliegues por delante y cuellecito redondo, o volantes ribeteados para aparentar "alta costura". Llevo esos vestidos al igual que si fueran sacos con cinturones que los deforman, entonces se eternizan.

Quince años y medio. El cuerpo es delgado, casi enclenque, los senos aún de niña, maquillada de rosa pálido y de rojo. Y además esa vestimenta que podría provocar la risa pero de la que nadie se ríe. Sé perfectamente que todo está ahí. Todo está ahí y nada ha ocurrido aún, lo veo en los ojos, todo está ya en los ojos. Quiero escribir. Ya se lo he dicho a mi madre: lo que quiero hacer es escribir. La primera vez, ninguna respuesta. Y luego ella pregunta: ¿escribir qué? Digo libros, novelas. Dice con dureza: después de las oposiciones de matemáticas, si quieres, escribe, eso no me importa. Está en contra, escribir no tiene mérito, no es un trabajo, es un cuento —más tarde me dirá: una fantasía infantil.

La pequeña del sombrero de fieltro aparece a la luz fangosa del río, sola en el puente del transbordador, acodada en la borda. El sombrero de hombre colorea de rosa toda la escena. Es el único color. Bajo el sol brumoso del río, el sol del calor, las orillas se difuminan, el río parece juntarse con el horizonte. El río fluye sordamente, no hace ningún ruido, la sangre en el cuerpo. Fuera del agua no hace viento. El motor del transbordador, el único ruido de la escena, el de un viejo motor descuajaringado con las bielas fundidas. De vez en cuando, a ligeras ráfagas, rumor de voces. Y después los ladridos de los perros, llegan de todas partes, de detrás de la niebla, de todos los pueblos. La pequeña conoce al barquero desde que era niña. El barquero le sonríe y le pregunta por la señora directora. Dice que la ve pasar a menudo, por las noches, que ella va con frecuencia a la concesión de Camboya. La madre está bien, dice la pequeña. Alrededor del transbordador, el río llega a ras de borda, sus aguas en movimiento atraviesan las aguas estancadas de los arrozales, no se mezclan. Ha arrastrado todo lo que ha encontrado desde el Tonlesap, la selva camboyana. Arrastra todo lo que le sale al paso, chozas de paja, selvas, incendios extinguidos, pájaros muertos, perros muertos, tigres, búfalos, ahogados, hombres ahogados, cebos, islas de jacintos de agua aglutinadas, todo va hacia el Pacífico, nada tiene tiempo de hundirse, todo es arrastrado por la tempestad profunda y vertiginosa de la corriente interior, todo queda en suspenso en la superficie de la fuerza del río.

Le respondí que lo que quería, por encima de todo, era escribir, nada que no fuera eso, nada. Está celosa. Ninguna respuesta, una breve mirada inmediatamente desviada, el ligero encogimiento de hombros, inolvidable. Seré la primera en irme. Habrá que esperar unos años para que me pierda, para que pierda a esa niña, esa niña de entonces. Respecto a los hijos, no había nada que temer. Pero la niña, un día, ella lo sabía, se iría, lograría liberarse. Primera en francés. El director del instituto le dice: su hija, señora, es la primera en francés. Mi madre no dice nada, nada, no está contenta porque no son sus hijos los primeros en francés, qué asco, mi madre, mi amor, pregunta: ¿y en matemáticas? Dicen: todavía no, señora, ya llegará. Mi madre pregunta: ¿cuándo llegará? Responden: cuando ella quiera, señora.

Mi madre mi amor mi increíble pinta con las medias de algodón zurcidas por Dô, en los trópicos sigue creyendo que hay que ponerse medias para ser la señora directora de la escuela, vestidos lamentables, deformados, remendados por Do, acaba aún de llegar de su granja picarda poblada de primas, lo usa todo hasta el final, cree que es necesario, que es necesario ganárselos, sus zapatos, sus zapatos están gastados, camina de través, con un gran esfuerzo, los cabellos tirantes y ceñidos en un moño de china, nos avergüenza, me avergüenza en la calle delante del instituto, cuando llega en su B. 12 delante del instituto todo el mundo la mira, ella no se da cuenta de nada, nunca, está para encerrar, para apalizar, para matar. Me mira, dice: quizá tú te salgas de eso. Día y noche la idea fija. No se trata de que sea necesario conseguir algo, sino de que es necesario salirse de donde se está.

Cuando mi madre se recupera, cuando sale de la desesperación, descubre el sombrero de hombre y los lames dorados. Me pregunta qué es eso. Digo que nada. Me mira, le gusta, sonríe. No está mal, dice, no te sienta mal, eso es otra cosa. No pregunta si lo ha comprado ella, sabe que ha sido ella. Sabe que es capaz de hacerlo, que a veces, esas veces a las que me he referido, se le saca todo lo que uno quiere, que nada puede contra nosotros. Le digo: no es nada caro, no te preocupes. Pregunta de dónde ha salido. Le digo que ha salido de la calle Catinat, de las rebajas rebajadas. Me mira con simpatía. Debe de considerar que esa imaginación de la pequeña, inventarse una manera de ataviarse, es una señal alentadora. No sólo admite esa payasada, esa inconveniencia, ella, tan formal como una viuda, vestida de grisalla como una monja enclaustrada, sino que semejante inconveniencia le gusta.

El vínculo con la miseria también está ahí, en el sombrero de hombre, pues será necesario que el dinero llegue a casa, de un modo u otro será necesario. Alrededor de la madre, el desierto, los hijos, el desierto, no harán nada, las tierras salubres tampoco, el dinero seguirá perdido, es el final. Queda esa pequeña que crece y que quizás un día sabrá cómo traer dinero a casa. Por eso, ella no lo sabe, la madre permite a su hija salir vestida de niña prostituta. Y por eso también la niña sabe ya qué hacer para desviar la atención que se le dirige a ella, hacia la que ella dirige al dinero. Eso hace sonreír a la madre.

Cuando busque dinero la madre no le impedirá hacerlo. La niña dirá: le he pedido quinientas piastras para regresar a Francia. La madre dirá que está bien, que es lo que se necesita para instalarse en París, dirá: basta con quinientas piastras. La niña sabe que lo que hace, lo que hace ella, es lo que la madre hubiera deseado que hiciera su hija, si se hubiera atrevido, si hubiera tenido fuerzas para ello, si el daño que hacía el pensarlo no estuviera presente cada día, extenuante.

En las historias de mis libros que se remontan a la infancia, de repente ya no sé de qué he evitado hablar, de qué he hablado, creo haber hablado del amor que sentíamos por nuestra madre pero no sé si he hablado del odio que también le teníamos y del amor que nos teníamos unos a otros y también del odio, terrible, en esta historia común de ruina y de muerte que era la de nuestra familia, de todos modos, tanto en la del amor como en la del odio, y que aún escapa a mi entendimiento, me es inaccesible, oculta en lo más profundo de mi piel, ciega como un recién nacido. Es el ámbito en cuyo seno empieza el silencio. Lo que ahí ocurre es precisamente el silencio, ese lento trabajo de toda mi vida. Aún estoy ahí, ante esos niños posesos, a la misma distancia del misterio. Nunca he escrito, creyendo hacerlo, nunca he amado, creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada.

Cuando estoy en el transbordador del Mekong, ese día de la limusina negra, mi madre aún no ha dejado la concesión del embalse. De vez en cuando, aún hacemos el camino, como antes, por la noche, aún vamos allí los tres, vamos a pasar unos días. Nos quedamos allá, en la veranda del bungalow, frente a la montaña de Siam. Y después regresamos. Ella no tiene nada que hacer allí, pero regresa al lugar. Mi hermano menor y yo estamos a su lado, en la veranda, frente a la selva. Ahora somos demasiado mayores, ya no nos bañamos en el río, no vamos a la caza de la pantera negra en las ciénagas de las desembocaduras, ya no vamos a la selva ni a los pueblos de los pimentales. Todo ha crecido a nuestro alrededor. Ya no hay niños ni en búfalos ni en ninguna otra parte. La extrañeza nos ha alcanzado también a nosotros, y la misma lentitud que se ha apoderado de mi madre también se ha apoderado de nosotros. Hemos aprendido nada, a mirar la selva, a esperar, a llorar. Las tierras de la parte baja están definitivamente perdidas, los criados cultivan las parcelas de la parte alta, les dejamos el arroz, permanecen allí sin sueldo, aprovechan las chozas de paja que mi madre ha hecho construir. Nos quieren como si fuésemos miembros de sus familias, hacen como si conservaran el bungalow y lo conservan. A la pobre vajilla no le falta nada. La techumbre podrida por la lluvia sigue desapareciendo. Pero los muebles están limpios. Y la silueta del bungalow está ahí, pura como un trazo, visible desde el camino. Las puertas se abren cada día para que el viento entre y seque la madera. Y por la noche se cierran a los perros vagabundos, a los contrabandistas de la montaña.

Así, pues, no es en la cantina de Ream, ya ven, como había escrito, donde conocí al hombre rico de la limusina negra, es después de dejar la concesión, dos o tres años después, en el transbordador, el día al que me refiero, bajo esa luz de bruma y de calor.

Un año y medio después de ese encuentro mi madre regresa a Francia. Venderá todos sus muebles. Y después irá al pantano por última vez. Se sentará a la veranda frente al poniente, miraremos hacia el Siam una vez más, una última vez, nunca prolongada, porque, aunque volverá a salir de Francia cuando cambie de opinión y regrese otra vez a Indochina para retirarse en Saigón, ya nunca más estará delante de esa montaña, de ese cielo amarillo y verde por encima de esa selva.

Sí, lo que decía, ya tarde en su vida, volvió a empezar. Hizo una escuela de lengua francesa, la Nueva Escuela Francesa, que le permitirá pagar una parte de mis estudios y mantener a su hijo mayor mientras ella vivió.

El hermano menor murió de una bronconeumonía en tres días, el corazón no resistió. Fue entonces cuando dejé a mi madre. Durante la ocupación japonesa. Aquel día todo terminó. Nunca le pregunté nada acerca de nuestra infancia, acerca de ella. Para mí murió de la muerte de mi hermano pequeño. Igual que mi hermano mayor. No superé el horror que, de repente, me inspiraron. Ya no me importan. Después de aquel día no supe más de ellos. Todavía no sé cómo consiguió pagar sus deudas a los chettys. Un día dejaron de venir. Los veo. Están sentados en la salita de Sadec, vestidos con taparrabos blancos, permanecen allí, sin una palabra, meses, años. Se oye a mi madre que llora y los insulta, está en su habitación, no quiere salir, grita que la dejen, están sordos, tranquilos, sonrientes, se quedan. Y después, un día, se acabó. Ahora la madre y los dos hermanos están muertos. También para los recuerdos es demasiado tarde. Ahora ya no les quiero. No sé si los quise. Los abandoné. Ya no guardo en mi mente el perfume de su piel ni en mis ojos el color de sus ojos. Ya no me acuerdo de la voz, salvo a veces la de la dulzura con la fatiga de la noche. Ya no oigo la risa, ni la risa ni los gritos. Se acabó, ya no lo recuerdo. Por eso ahora escribo tan fácilmente sobre ella, tan largo, tan tendido, se ha convertido en escritura corriente.

Esa mujer debió permanecer en Saigón desde 1932 a 1949. En diciembre de 1942 murió mi hermano menor. Ella ya no puede moverse por ninguna parte. Todavía está allá, cerca de la tumba, dice. Y después terminó por regresar a Francia. Cuando volvimos a vernos mi hijo tenía dos años. Era demasiado tarde para reencontrarnos. Lo comprendimos desde la primera mirada. Ya no había nada que reencontrar. Salvo con el hijo mayor, para el resto era el final. Fue a vivir y a morir en el Loire-et-Cher, al falso castillo Luis XIV. Vivía con Dô. Todavía tiene miedo por la noche. Había comprado un fusil. Dô montaba guardia en las habitaciones abuhardilladas del último piso del castillo. También había comprado una propiedad cerca de Amboise para su hijo mayor. Había bosques. Hizo talar los bosques. Fue a jugarse el dinero a un club de baccara en París. Se perdieron los bosques en una noche. El momento en que el recuerdo se doblega de repente, el momento en que mi hermano mayor quizá me hace saltar las lágrimas, es después de la pérdida del dinero de esos bosques. Lo único que sé es que lo encuentran acostado en el coche, en Montparnasse, delante de la Coupole, que quiere morir. Después, ya no sé nada. Lo que ella, mi madre, hizo con el castillo es inimaginable, siempre para el hijo mayor que no sabe, él, ese niño de cincuenta años, ganar dinero. La madre compra incubadoras eléctricas, las instala en el gran salón de la parte baja. Tiene seiscientos polluelos de golpe, cuarenta metros cuadrados de polluelos. Se había equivocado en el manejo de los infrarrojos, ningún polluelo consigue alimentarse. Los seiscientos polluelos tienen un pico que no encaja, no cierra, revientan de hambre, la madre no empezará de nuevo. Estuve en el castillo durante el nacimiento de los polluelos, era fiesta. A continuación, el pestazo de los polluelos muertos y el de su comida es tal que no puedo comer en el castillo de mi madre sin vomitar.

Muere entre Dô y aquel a quien llama su hijo en su enorme habitación del primer piso, la habitación donde hacía dormir a los corderos, de cuatro a seis corderos alrededor de su cama durante las heladas, durante varios inviernos, los últimos.

Es ahí, en la última casa, la del Loira, una vez que haya terminado con su incesante vaivén, al final de los asuntos de esa familia, es ahí donde comprendo claramente la locura por primera vez. Comprendo que mi madre está claramente loca. Sé que Do y mis hermanos siempre han tenido acceso a esa locura. Que yo, no, yo aún no la había visto. Que nunca había visto a mi madre en situación de estar loca. Lo estaba. De nacimiento. En la sangre. No estaba enferma de su locura, la vivía como la salud. Entre Dô y el hijo mayor. Nadie excepto ellos tenían conocimiento del hecho. Siempre había tenido amigos, conservó los mismos durante largos años y siempre hizo nuevas amistades, a veces muy jóvenes, entre los recién llegados de los puestos de la selva, o más tarde entre la gente de la Turena, entre la que había jubilados de las colonias francesas. Retenía a la gente a su alrededor, sin importar la edad, a causa de su inteligencia, decían, tan vivaz, de su alegría, de esa naturalidad incomparable que nunca se abandonaba.

No sé quién hizo la fotografía de la desesperación. La del patio de la casa de Hanoi. Quizá mi padre por última vez. Dentro de unos meses será repatriado a Francia por motivos de salud. Antes, cambiará de destino, será destinado a Pnom-Penh. Permanecerá allí unas semanas. Morirá en menos de un año. Mi madre se habrá negado a seguirle a Francia, se quedará allí donde está, firme. Pnom-Penh. En esta admirable residencia que da al Mekong, el antiguo palacio del rey de Camboya, en medio de ese parque aterrador, hectáreas, donde mi madre tiene miedo. Por la noche, nos da miedo. Dormimos los cuatro en la misma cama. Dice que por la noche tiene miedo. En esta residencia es donde mi madre sabrá de la muerte de mi padre. La sabrá antes de la llegada del telegrama, desde la víspera, por una señal que sólo ha visto y ha sabido entender ella, por ese pájaro que en plena noche gritó, enloquecido, perdido en el despacho de la fachada norte del palacio, el de mi padre. También ahí, unos días después de la muerte de su marido, también en plena noche, mi madre se encontró frente a la imagen de su padre, de su propio padre. Enciende la luz. Está ahí. Está cerca de la mesa, en pie, en el gran salón octogonal del palacio. La mira. Recuerdo un aullido, un grito. Nos despertó, nos contó la historia, cómo iba vestido, con su traje de los domingos, gris, cómo guardaba la compostura, y su mirada, directa hacia ella. Dice: lo he llamado como cuando era niña. Dice: no he tenido miedo. Corrió hacia la desaparecida imagen. Los dos murieron a la hora y fecha de los pájaros y de las imágenes. De ahí, sin duda, la admiración que sentíamos hacia la sabiduría de nuestra madre, en todas las cosas, comprendidas las de la muerte.

El hombre elegante se ha apeado de la limusina, fuma un cigarrillo inglés. Mira a la jovencita con sombrero de fieltro, de hombre, y zapatos dorados. Se dirige lentamente hacia ella. Resulta evidente: está intimidado. Al principio, no sonríe. Primero le ofrece un cigarrillo. Su mano tiembla. Existe la diferencia racial, no es blanco, debe superarla, por eso tiembla. Ella le dice que no fuma, no, gracias. No dice nada más, no le dice déjeme tranquila. Entonces tiene menos miedo. Entonces le dice que cree estar soñando. No responde. No vale la pena responder, ¿qué podría responder? Espera. Entonces él le pregunta: ¿pero de dónde viene usted? Dice que es la hija de la directora de la escuela femenina de Sadec. El reflexiona y después dice que ha oído hablar de esa señora, su madre, de la mala suerte que ha tenido con esa concesión que compró en Cambo-ya, ¿no es así? Sí, lo es.

Repite que es realmente extraordinario verla en ese transbordador. Por la mañana, tan pronto, una chica tan hermosa como ella, usted no se da cuenta, resulta inesperado, una chica blanca en un autocar indígena.

Le dice que el sombrero le sienta bien, incluso muy bien, que resulta... sí, original... un sombrero de hombre, ¿por qué no?, es tan bonita, puede permitírselo todo.

Ella le mira. Se pregunta quién es. El hombre le dice que regresa de París donde ha cursado sus estudios, que también vive en Sadec, en el río exactamente, la gran casa con las grandes terrazas de balaustradas de cerámica azul. Le pregunta qué es. Le dice que es chino, que su familia procede del norte de China, de Fu-Chuen. ¿Me permite que la lleve a su casa, en Saigón? Está de acuerdo. El hombre dice al chófer que recoja del autocar el equipaje de la chica y que lo meta en el coche negro.
Chino. Pertenece a esa minoría financiera de origen chino que posee toda la inmobiliaria popular de la colonia. El es quien aquel día cruzaba el Mekong en dirección a Saigón.

Entra en el coche negro. La portezuela vuelve a cerrarse. Una angustia apenas experimentada se presenta de repente, una fatiga, la luz en el río que se empaña, pero apenas. Una sordera muy ligera también, una niebla, por todas partes.

Nunca más haré el viaje en el autocar destinado a los indígenas. En lo sucesivo, tendré a mi disposición una limusina para ir al instituto y para devolverme al pensionado. Cenaré en los locales más elegantes de la ciudad. Y seguiré ahí, lamentándome de todo lo que haga, de todo lo que deje, de todo lo que tome, tanto lo bueno como lo malo, el autocar, el chófer del autocar con quien me reía, las viejas mascadoras de tabaco de betel en los asientos traseros, los niños en el portaequipajes, la familia de Sadec, el horror de la familia de Sadec, su silencio genial.
El hablaba. Decía que echaba de menos París, a los adorables parisinos, las juergas, las fiestas, ah la la, la Coupole, la Rotonde, prefiero la Rotonde, las salas de fiesta nocturnas, esa existencia "bárbara" que había llevado durante dos años. Ella escuchaba, atenta a los datos de su discurso que desembocaban en la riqueza, que pudieran dar una indicación acerca de la cuantía de los millones. El hombre seguía contando. Su madre había muerto, era hijo único. Sólo le quedaba el padre poseedor del dinero. Pero usted ya sabe lo que es eso, está clavado a su pipa de opio frente al río desde hace diez años, administra su fortuna desde su cama de campaña. Ella dice que comprende.
No aceptará el matrimonio de su hijo con la putilla blanca del puesto de Sadec.

La imagen arranca de mucho antes de que el hombre haya abordado a la niña blanca cerca de la borda, en el momento en que ha bajado de la limusina negra, cuando ha empezado a acercársele, y ella, ella lo sabía, sabía que él tenía miedo.
Desde el primer instante sabe algo así: que el hombre está en sus manos. Por tanto, otros, aparte de él, podrían también estar en sus manos si la ocasión lo permitiera. También sabe algo más: que, en lo sucesivo, ha llegado ya sin duda el momento en que ya no puede escapar a ciertas obligaciones que tiene para consigo misma. Y que la madre no debe enterarse de nada, ni los hermanos, lo sabe también ese día. Desde que ha entrado en el coche negro, lo ha sabido, está al margen de esa familia por primera vez y para siempre. Desde ahora no deben saber nada de lo que ocurra. Que se la quiten, que se la lleven, que se la hieran, que se la arruinen, ellos no deben enterarse. Ni la madre, ni los hermanos. Esa será, en lo sucesivo, su suerte. Es ya como para llorar en la limusina negra.
La niña ahora tendrá que vérselas con ese hombre, el primero, el que se ha presentado en el transbordador.

Ocurrió muy pronto aquel día, un jueves. Cada día iba a buscarla al instituto para llevarla al pensionado. Y luego una vez fue al pensionado un jueves por la tarde. La llevó en el automóvil negro.
Es en Cholen. Es en dirección opuesta a los bulevares que conectan la ciudad china con el centro de Saigón, esas grandes vías a la americana surcadas de tranvías, cochecillos chinos tirados por un hombre, autobuses. Es por la tarde, pronto. Ha escapado al paseo obligatorio de las chicas del pensionado.
Es un apartamento en el sur de la ciudad. El lugar es moderno, diríase que amueblado a la ligera, con muebles modern style. El hombre dice: no he elegido yo los muebles. Hay poca luz en el estudio. Ella no le pide que abra las persianas. Se encuentra sin sentimientos definidos, sin odio, también sin repugnancia, sin duda se trata ya del deseo. Lo ignora. Aceptó venir en cuanto él se lo pidió la tarde anterior. Está donde es preciso que esté, desterrada. Experimenta un ligero miedo. Diríase, en efecto, que eso debe corresponder no sólo a lo que esperaba sino también a lo que debía suceder precisamente en su caso. Está muy atenta al exterior de las cosas, a la luz, al estrépito de la ciudad en el que la habitación está inmersa. El tiembla. Al principio la mira como si esperara que hablara, pero no habla. Entonces, él tampoco se mueve, no la desnuda, dice que la ama con locura, lo dice muy quedo. Después se calla. Ella no le responde. Podría responder que no lo ama. No dice nada. De repente sabe, allí, en aquel momento, sabe que él no la conoce, que no la conocerá nunca, que no tiene los medios para conocer tanta perversidad. Ni de dar tantos y tantos rodeos para atraparla, nunca lo conseguirá. Es ella quien sabe. Sabe. A partir de su ignorancia respecto a él, de repente sabe: le gustaba ya en el transbordador. El le gusta, el asunto sólo dependía de ella.