jueves, 19 de mayo de 2011

El Terremoto en Chile. Por Heinrich von Kleist



En Santiago, la más importante ciudad del Reino de Chile, justamente cuando se producía el gran terremoto del año de 1647, en el que tantos seres perecieron, estaba atado a una pilastra de la prisión el español Jerónimo Rugera, acusado de un hecho criminal, a punto de ser ejecutado.
Don Enrique Asterón, uno de los nobles más acaudalados de la ciudad, le había echado de su casa hacía poco más de un año, donde se desempeñaba como maestro, cuando descubrió sus relaciones con su única hija, doña Josefa.
Como después de haber amonestado a su hija con severidad el noble anciano descubriese una oculta cita que se habían dado, gracias al celo de su orgulloso hijo con este motivo decidió confiar a la joven al monasterio carmelita de Nuestra Señora del Monte. Gracias a una feliz casualidad, Jerónimo había podido reanudar sus relaciones con ella, de manera que en una tranquila noche sirviendo de escena el jardín del cementerio, alcanzaron su total felicidad.
En la fiesta del Corpus, cuando partía la procesión de las monjas, tras de las cuales iban las novicias, acaeció que justo entonces, cuando sonaban las campanas, le sorprendieron a la desdichada Josefa los dolores del parto, derrumbándose sobre los escalones de la Catedral. Este hecho provocó un escándalo extraordinario; llevóse a la pobre pecadora, sin prestar atención a su estado, a la prisión, y apenas hubo dado a luz, por orden del arzobispo se le instruyó proceso. En la ciudad se comentó con gran saña este escándalo y las lenguas se dieron a tan agrias murmuraciones sobre el monasterio, donde había sucedido todo, que ni los ruegos de la familia Asterón, ni el deseo de la misma abadesa, que se había encariñado con la joven a causa de su conducta intachable, pudieron atenuar el rigor con que le amenazaba la ley eclesiástica. Todo lo más que podía suceder era que la muerte en la hoguera, a la que había sido condenada para escarmiento de doncellas y damas de Santiago, le fuese conmutada por la pena de ser decapitada. Ya se alquilaban las ventanas en las calles por donde iba a pasar el cortejo de la ejecución, ya se levantaban los tejadillos de las casas y las piadosas hijas de la ciudad invitaban a sus amigas a presenciar el espectáculo que les depararía la ira divina.
Jerónimo, que estaba en prisión, creyó perder el juicio cuando se enteró del giro que tomaba el asunto. Barajó en vano alguna posibilidad de salvación; en alas de su ardiente fantasía sólo lograba estrellarse contra los muros y los cerrojos y un intento que hizo de limar los barrotes de su ventana le costó ser encerrado en un calabozo peor. Entonces se prosternó a los pies de la Madre de Dios y rezó con ardiente piedad, pues Ella era la única que podía llevarle la salvación.
Al fin llegó el día señalado y sintió en su pecho que se desvanecía toda esperanza. Sonaron las campanas que acompañaban a Josefa al lugar de la ejecución y la desesperación se adentró en su alma. La vida le pareció repudiable y resolvió matarse colgándose de una correa que por azar le habían dejado. Estaba, como ya dijimos, sujeto a una pilastra, e intentaba asegurar el lazo que le sacaría de este valle de lágrimas de un gancho que sobresalía de la cornisa cuando, de repente, hundióse la mayor parte de la ciudad, con un crujido como si el cielo se derrumbase y todo lo que alentaba vida quedó sepultado en las ruinas.
Jerónimo Rugera quedó inmóvil de espanto, al tiempo que, como si hubiera perdido el conocimiento, se aferró a la columna donde había pensado que hallaría la muerte, para no caer. El suelo se estremeció bajo sus pies, los muros de la prisión se resquebrajaron, todo el edificio se inclinó para caer hacia la calle, lo que no sucedió gracias al edificio de enfrente, que también había cedido y le sirvió como apoyo.
Temblando, con el cabello erizado y las rodillas que parecían querer rompérsele, se deslizó Jerónimo por el declive del suelo del edificio, con el propósito de salir por el boquete que el choque de ambos edificios había abierto en la pared delantera de la prisión. Apenas estuvo a salvo cuando un segundo temblor hizo que toda la calle se desplomase por completo.
Transcurrió casi un cuarto de hora en que estuvo completamente sin conocimiento, hasta que despertó de nuevo y, con la espalda vuelta hacia la ciudad, medio se incorporó del suelo. Inconsciente, sin saber cómo podría salvarse de esta catástrofe, se apresuró a huir lejos de los cascotes y maderos, que por todos lados amenazaban con matarle, en busca de la puerta más cercana de la ciudad. Todavía aquí se derrumbó una casa, por lo que corrió, para evitar los escombros, hacia una calle cercana; más lejos, llamas refulgentes entre grandes humaredas lamían las cúpulas, haciéndole huir asustado hacia otra calle, pero he aquí que el Mapuche sale de cauce y le arrastra en sus hirvientes ondas hacia otra.
Aquí yace un montón de cadáveres, allá se oye una voz plañidera entre las ruinas, acá se oyen los gritos de la gente encaramada en los tejados ardiendo, allí hombres y animales luchan con las olas; ora un hombre de coraje se lanza a salvar a alguien, ora otro, pálido como la muerte, extiende mudo las manos trémulas al cielo.
Cuando Jerónimo estuvo a las puertas de la ciudad y pudo alcanzar una colina cayó sin sentido sobre la tierra. Luego se palpó la frente y el pecho, incapaz de saber qué debía hacer en tales circunstancias y sintió un inefable placer cuando la brisa del mar le refrescó al volver en sí, y su vista se volvió en todas direcciones para admirar la hermosa región de Santiago. Sólo la entristecida muchedumbre que se veía en derredor acongojaba su corazón; no comprendía por qué tanto él como ellos estaban en aquel lugar, y sólo cuando al volverse vio la ciudad hundida recordó los terribles instantes vividos. Se inclinó profundamente, hasta tocar el suelo con la frente, para dar gracias a Dios por su salvación; y a la vez, como si se despojase de la terrible impresión que oprimía su alma y sofocaba todas las demás, se echó a llorar, rebosante de alegría, pues aún gozaba de la vida espléndida y de todas sus bellas imágenes.
Como viese en su mano un anillo, recordó de pronto a Josefa, a la prisión, a las campanas que había oído y el instante en que todo se había desplomado. Su pecho volvió a llenarse de congoja, y se arrepintió de su alegre oración y le pareció terrible el Ser que reinaba desde el firmamento. Se confundió con el pueblo, que se preocupaba por salvar el resto de sus propiedades, y fue a la puerta, y con gran temor se atrevió a preguntar si habían ejecutado a la hija de Asterón; pero nadie supo responderle. Una mujer que cargaba una gran cantidad de utensilios, hasta el punto de llevar doblada la cerviz casi hasta tocar la tierra, y dos niños pendiendo del pecho, le dijo al pasar como si ella misma le hubiera visto, que la habían decapitado. Jerónimo dióse la vuelta, y como ya no podía dudar de que Josefa hubiese muerto, se internó en un bosque donde se dejó caer entregado a su dolor. Hubiera deseado que la furia de la Naturaleza volviera a descargar sobre él. No entendía por qué ahora la muerte se apartaba de su alma ensombrecida, ya que tanto la ansiaba y le parecía su verdadera salvación. Se propuso entonces no vacilar, aunque los robles estuviesen desarraigados y las copas a punto de caer sobre él. Así pues, después de haber llorado mucho, como del ardiente llanto volviesen a renacer las esperanzas, se levantó y miró el campo en todas direcciones. Luego recorrió todas las cimas de las montañas donde la gente se había agrupado; anduvo por todos los caminos donde rebullía la corriente de la marea; allá donde el viento agitaba una túnica femenina, allí le arrastraban sus vacilantes pies; con todo, ninguna cubría a la adorada hija de Asterón.
El sol declinaba hacia el ocaso y con él morían sus esperanzas, cuando llegó a lo alto de un peñasco que daba sobre un vasto valle en el que se veían muy pocas personas. Vacilante, sin saber qué hacer, recorrió con la vista los distintos grupos, y ya estaba a punto de volverse cuando vio a una mujer joven ocupada en bañar en las ondas de un arroyo a un niño. Al ver esto, con el corazón palpitante, echó a correr cuesta abajo lleno de presentimientos, gritando: "(Virgen Santísima!", y reconoció a Josefa, que, al oír ruidos, se había vuelto, temerosa.
(Con cuánta dulzura se estrechan los infortunados amantes que un milagro había salvado! Josefa iba camino de la muerte y estaba al borde del cadalso, cuando de repente los edificios se desmoronaron sobre la comitiva. Lo primero que hizo fue dirigirse a la puerta más cercana, pero se detuvo a pensar y se dirigió presurosamente donde estaba su hijito desamparado. En la puerta del monasterio en llamas encontró a la abadesa, que en aquellos sus últimos momentos pedía que salvasen al niño. Josefa, con valor, se abalanzó por medio de la humareda que la ahogaba, y aunque por todas partes se desmoronaban las paredes, como si todos los ángeles del cielo la guardasen, pudo salir indemne con el niño en los brazos.
Quiso prestar auxilio a la abadesa desesperada, cuando he aquí que tanto ella como las demás monjas quedan sepultadas bajo la fachada que se derrumba. Josefa se estremeció a la vista de este horrible hecho, tan rápidamente como pudo cerró los ojos a la abadesa y se alejó aterrorizada con su adorado niño que el cielo le devolvía, para salvarlo de la catástrofe. Apenas había dado unos pasos cuando tropezó con el cuerpo del arzobispo que, al derrumbarse la Catedral, había quedado al descubierto. El Palacio del Virrey se había hundido, la Audiencia donde se le había juzgado era devorada por las llamas y en el lugar donde había estado su casa paterna había un lago del que emergían tejados encendidos. Josefa trató de darse fuerzas y conservó toda su entereza. Tratando de sofocar la pena de su pecho, con gran valor, con su preciado botín en los brazos corrió de calle en calle y ya cerca de la puerta de la ciudad vio los escombros de la cárcel donde debía estar Jerónimo. A la vista de esto vaciló y estuvo a punto de caer desvanecida, a no ser porque justamente en ese momento poco faltó para que la aplastase un edificio que se derrumbaba, de modo tal que el desfallecimiento fue superado merced al terror; besó al niño, se secó las lágrimas y sin prestar atención a la catástrofe que la rodeaba llegó a la puerta. Cuando estuvo a salvo en el campo pensó que no todos los que hubieran estado en un edificio tenían que haber perdido la vida. En el primer recodo que encontró se detuvo y aguardó por si aparecía aquel a quien amaba más que a nadie en el mundo, después de su pequeño Felipe. Después, vertiendo muchas lágrimas, se internó en un valle sombreado de pinos para orar por el alma de quien creía perdido; y he aquí que da en el valle con el amado, como si este valle fuese el del Paraíso.
Muy conmovida, refirió todo esto a Jerónimo y cuando terminó le acercó el niño para que le besase. Jerónimo le tomó en sus brazos y le hizo mil caricias y como el niño llorase extrañando su rostro, volvió a acariciarle hasta hacerle callar. Mientras tanto, caía la noche hermosísima y plateada, embalsamada por suaves aromas, tan refulgente y callada que pudiera soñarla un poeta. Por todas partes, a lo largo del valle, reposaban los hombres a la luz de la luna y disponían muelles, lechos de hierba y follaje para descansar tras tantos días penosos. Pero como muchos desdichados se lamentasen, unos por haber perdido la casa, otros la mujer y el hijo y otros por haber perdido completamente todo, Jerónimo y Josefa se deslizaron hacia un denso matorral para no molestar a nadie con el secreto júbilo de sus almas. Encontraron un granado soberbio que extendía sus ramas, cargadas de frutos, y en cuya copa el ruiseñor hacía resonar su alegre melodía.
Jerónimo y Josefa, en cuyo regazo reposaba el niño, se sentaron cerca del tronco y, cubriéndose con la capa, descansaron. La sombra del árbol, alternando con las luces, se alargaba sobre ellos y la luna se desvaneció al amanecer, antes de que se durmiesen, pues tenían mucho que decirse, del convento, de la prisión y de todo lo que los dos habían padecido; y mucho se emocionaron al considerar cuánta desgracia había tenido que caer sobre el mundo para que ellos pudiesen ser dichosos. Resolvieron que, no bien acabasen los temblores de tierra, irían a la Concepción, donde Josefa tenía una fiel amiga, para luego, con un pequeño préstamo que esperaban obtener, viajar en barco a España, donde vivían los familiares maternos de Jerónimo. Allí podrían llevar una vida feliz. Con esto, entre beso y beso, se durmieron.
Despertaron cuando el sol ya estaba muy alto en el cielo y advirtieron que cerca de ellos había muchas familias ocupadas en preparar algo de comer. Jerónimo estaba pensando que también él debería buscar provisiones para los suyos, cuando un hombre bien vestido, con un niño en los brazos, se acercó a Josefa y le preguntó con humildad si podría darle el pecho, aunque sólo fuese un poco, a aquel pobre niño, cuya madre enferma yacía entre los árboles. Josefa quedó desconcertada ante ese rostro y que le era conocido. Él, que interpretó mal su desconcierto, agregó: "Sólo un poco, doña Josefa, pues este niño, desde la hora en que nos hizo a todos desdichados, no ha probado nada". Ella repuso: "Callo por otras razones, don Fernando; en estos tiempos horribles que nos ha tocado vivir nadie se puede negar a compartir lo que tiene"; tomó al niño en sus brazos, en tanto que daba su propio hijo al padre, y se lo llevó al pecho. Don Fernando quedó muy agradecido por el favor y le preguntó si no quería unirse al grupo, donde preparaban al fuego algo de comer. Josefa respondió que aceptaba con gusto su ofrecimiento. Y como Jerónimo no hiciese ninguna objeción, le siguió hasta donde estaba su familia, por la cual fue recibido cariñosamente. Allí estaban las dos cuñadas de don Fernando, a las que reconoció como nobles damas.
También doña Elvira, esposa de don Fernando, que yacía en tierra con los pies lastimados, con mucha amabilidad atrajo hacia sí a Josefa, que aún llevaba a su pobre niño al pecho. Asimismo don Pedro, su suegro, herido en un hombro, le hizo una cordial inclinación de cabeza. Por la mente de Jerónimo y de Josefa cruzaron muchos y raros pensamientos. Al verse tratados con tanta bondad y confianza no supieron qué pensar del pasado, del cadalso, de la prisión y de las campanas. )Todo había sido un sueño acaso? Parecía como si los ánimos se hubiesen reconciliado después de la horrorosa conmoción. No deseaban recordar nada. Únicamente doña Isabel, que había sido invitada por una amiga el día anterior para ver el espectáculo, y que había rechazado la invitación, a veces volvía su mirada soñadora a Josefa. Con todo, la idea de haber escapado a un infortunio cruel le volvía el ánimo que parecía desalojado de su ser. Se contaba que en la ciudad, que estaba llena de mujeres, al primer temblor de tierra todas sucumbieron a la vista de los hombres, cómo los monjes con el crucifijo en la mano corrían dando gritos de que había llegado el fin del mundo y cómo un centinela a quien por orden del virrey le dijeron que evacuase una iglesia, exclamó: que ya no había virrey, y cómo este, en aquellos momentos terribles, quiso levantar patíbulos para reprimir el pillaje y cómo un infeliz que había escapado de una casa ardiendo fue atrapado por su dueño y ahorcado.
Doña Elvira, cuyas heridas Josefa cuidaba, aprovechando un momento en que los relatos tan vivazmente hechos se habían entrecruzado, aprovechó para preguntarle qué le había ocurrido aquel día terrible, a lo que Josefa respondió, con ánimo apesadumbrado, contándole lo principal, y sintió gran satisfacción al notar llanto en los ojos de la dama. Doña Elvira le tomó la mano, la oprimió y con un gesto le indicó que callara. Josefa sintió que la embargaba la felicidad. No podía desechar el sentimiento de que aquel día, por muchas desgracias que hubiera causado, era para ella un gran beneficio, mejor que ningún otro de los que el cielo le hubiese otorgado. Y aunque todos los bienes terrenales se destruían en aquellos odiosos instantes y la naturaleza entera amenazaba desplomarse, en verdad le parecía que el espíritu humano, tal una bella flor, volviera a renacer.
En los campos hasta donde llegaba la mirada veíanse hombres de toda condición, príncipes y mendigos, damas y campesinas, funcionarios y jornaleros, monjes y monjas, ayudándose unos a otros y compadeciéndose, comportándose entre sí, con alegría, quien había salido con vida, como si la desgracia general los hubiera agrupado en una gran familia en lugar de las intranscendentes conversaciones que son corrientes en los comensales cuando se reúnen en torno a una mesa. Referíanse casos de acciones heroicas: hombres que apenas eran tomados en cuenta por la sociedad habían realizado hechos de romanos, ejemplos sin par de coraje, de total desdén por el peligro, de abnegación y de entrega maravillosa, de inmediato sacrificio de la vida como si poco o nada valiera, y poco después se volviera a encontrar. Sí, no había nadie en este día que no pudiese dar cuenta de algo emocionante que le hubiese sucedido o algo grandioso que hubiese realizado de modo que el dolor se confundía con el placer en el pecho de los hombres hasta el punto de que Josefa no podía asegurar si la suma de la generosidad no vencería los perjuicios que habían sido ocasionados. Jerónimo tomó a Josefa por el brazo, después que ambos se habían hecho, callados, estas reflexiones y, con mucha alegría, la llevó hacia el sombreado rincón del bosquecillo de granados. Allí le dijo que, después de considerar el estado de los ánimos y de las circunstancias, desistía del viaje a Europa: que iría a echarse a los pies del virrey, en caso de que aún estuviese con vida, y que tenía esperanzas (y aquí le dio un beso) de poder vivir con ella en Chile, Josefa respondió que a ella ya se le habían pasado por la mente las mismas ideas, que no dudaba que su padre, si aún vivía, la perdonaría, pero que en vez de ir a echarse de rodillas era preferible ir a la Concepción y desde allí pedir clemencia por escrito, de manera que pudiesen estar cerca del puerto, y en caso de que todo se resolviese favorablemente poder regresar con facilidad a Santiago. Después de meditar un poco, Jerónimo aprobó la prudencia de estas medidas y después de alejar sus pasos adelantándose a los alegres instantes del futuro, regresó con ella hacia el grupo.
Mientras tanto la tarde había caído y los exaltados ánimos de quienes habían escapado al terremoto se habían tranquilizado un poco, cuando se divulgó la noticia de que en la iglesia de los Dominicos, la única librada del terremoto, iba a celebrarse una misa de acción de gracias que diría el prelado del monasterio para pedir al cielo protección de posibles desgracias.
El pueblo de todas las comarcas se abalanzó en masa hacia la ciudad. En el grupo de don Fernando todos se preguntaron si no convendría participar de la solemnidad y unirse a la comitiva. Doña Isabel recordó con timidez la desgracia que había acaecido la víspera en la iglesia y dijo que estos oficios de acción de gracias volverían a repetirse, y que entonces, cuando todo el peligro hubiese quedado atrás, podrían entregarse con mucha más tranquilidad y alegría a estas manifestaciones. Josefa, manifestando un excepcional entusiasmo, dijo que jamás hasta entonces había sentido tan vivos deseos de prosternarse ante el Creador, que demostraba así sus insondables y poderosos designios. Doña Elvira se puso de parte de Josefa con tanta decisión que se resolvió ir a oír misa y se llamó a don Fernando para que encabezase la comitiva, a la que también se incorporó doña Isabel.
Como ésta asistiese a los preparativos de la marcha toda temblorosa y anhelante, al preguntarle qué le ocurría respondió que no sabía por qué pero tenía el presentimiento de que algo malo les iba a acontecer. Doña Elvira la tranquilizó y le pidió que se quedara con ella y con su padre enfermo. Josefa dijo: "Doña Isabel, tomad ahora al niño, que como habréis advertido se encuentra muy a gusto conmigo". "De muy buena gana"- respondió doña Isabel, disponiéndose a tomarlo, pero éste, al ver lo que ocurría, empezó a gritar lastimosamente y no accedió, según dijo Josefa, a que lo separasen, por lo que Josefa volvió a besarlo dulcemente.
Don Fernando, que estaba muy complacido con su generoso proceder, le ofreció el brazo; Jerónimo, que cargaba en brazos al pequeño Felipe, acompañaba a doña Constanza, y tras de éstos iban todos los demás componentes del grupo. Apenas habían dado cincuenta pasos cuando doña Isabel, que entre tanto había hablado por lo bajo y con cierta viveza a doña Elvira, gritó: "Don Fernando" y fue presurosa hacia la comitiva con pasos vacilantes. Don Fernando se detuvo y se volvió; esperó a que llegase, sin abandonar a Josefa, y como pareciese que ella le aguardaba a cierta distancia, le preguntó qué quería. Doña Isabel se acercó, aunque al parecer de no muy buena gana y le susurró unas palabras al oído, de modo que Josefa no pudiese oírlas. "Entonces- preguntó don Fernando-, )qué desgracia puede seguir a esto?". Doña Isabel continuó secreteando a su oído con rostro descompuesto. Don Fernando enrojeció molesto y respondió: "Está bien". Doña Elvira pareció tranquilizarse y continuó dando el brazo a su dama.
Cuando llegaron a la iglesia de los dominicos el órgano resonaba en toda su majestuosa belleza y una gigantesca muchedumbre se agitaba en el interior. La multitud llegaba hasta la puerta principal y salía hasta la explanada de la iglesia; subidos por las paredes, tomándose de los marcos de los cuadros, había niños que, con el gorro en la mano, observaban todo con mirada expectante. Las lámparas brillaban, las pilastras en el atardecer proyectaban sus sombras misteriosas y el gran rosetón de cristal de colores relucía enrojecido sobre el muro del fondo de la iglesia, como el sol poniente que lo encendía. Callado ahora el órgano, la muchedumbre permanecía silenciosa como si se hubieran ahogado las voces en su pecho. Nunca, en ninguna catedral cristiana, se había visto una llama de piedad que subiese hasta el cielo tan alta como aquel día en la catedral de los dominicos de Santiago; y en ningún pecho alentaba una fe más viva que en los de Jerónimo y Josefa.
La solemnidad comenzó con un sermón que dijo desde el púlpito el monje más antiguo de la comunidad, vestido con el atavío de fiesta. Empezó por dar gracias y alabanzas a Dios y elevando sus trémulos brazos hacia el cielo agradeció que todavía hubiese seres humanos, rescatados de las ruinas de este descomunal derrumbamiento, con fuerzas para balbucear el nombre de Dios. Describió lo que parecía una advertencia del Todopoderoso, agregando que el Juicio Final no le iría en zaga, y como dijese que el terremoto de la víspera era una señal- y mientras decía esto indicaba una brecha en la catedral- toda la asistencia sintió un estremecimiento. Después, dejándose llevar por esa fluida elocuencia de los predicadores, destacó la corrupción de la ciudad; dirigió toda clase de horrores sobre ella, como Sodoma y Gomorra no habían conocido, y pintó la inagotable indulgencia divina que no les había reducido a polvo. Pero como si un puñal atravesase el corazón de los dos desdichados, oyeron al predicador mencionar la criminal acción que había tenido como escenario el monasterio de los carmelitas; refutó impía la indulgencia que habían recibido del mundo, y en una de sus rebuscadas imprecaciones encomendó a los príncipes del infierno las almas de los culpables, cuyos nombres pronunció cuidadosamente.
Doña Constanza, sacudiendo el brazo de Jerónimo, dijo: "Don Fernando..." Éste respondió con energía, pero tan quedo que ambos apenas pudieron oír: "Callad, doña Elvira. No pestañeéis siquiera y simulad que os da un desmayo, con lo que podremos dejar la iglesia". Pero antes de que doña Constanza hubiese podido llevar a cabo estas prudentes medidas para su salvación una voz interrumpió el sermón al grito de: "Apartaos, gente de Santiago, aquí están los impíos". Como otra voz espantada, que promovió en torno suyo un círculo de horror, preguntase: ")Dónde?" "Aquí"- respondió un tercero que, dominado por una santa ira, agarró a Josefa por los cabellos, de modo tal que hubiera caído al suelo con el hijo de don Fernando de no haber sido porque éste la sostuvo. "Estáis locos- exclamó el joven, y tomó a Josefa por el brazo". "Soy Fernando Ormez, hijo del comandante de la ciudad, a quien todos conocéis". ")Don Fernando Ormez?"- gritó, plantándose ante él un zapatero remendón, que había trabajado para Josefa y la conocía por lo menos tanto como a sus diminutos pies. ")Quién es el padre de esta criatura?"- preguntó con desenfado a la hija de Asterón. Don Fernando palideció al oír la pregunta. Tan pronto echó una mirada a Jerónimo, como encaró a la multitud, por si había alguien que le conociera. Obligada por la horrible situación, Josefa exclamó: "Éste no es mi hijo, maestro Pedrillo, como creéis", y mientras miraba con infinita angustia a don Fernando dijo: "Este joven caballero es don Fernando Ormez, hijo del comandante de la ciudad, al que todos conocéis". El zapatero preguntó: ")Quién de vosotros, señores, conoce a este joven?". Y varios de los presentes vociferaron: "Quien conozca a Jerónimo Rugera que se adelante". Sucedió que en ese mismo momento el pequeño Juan, asustado por el tumulto, se desprendió del pecho de Josefa y alargó los brazos hacia don Fernando. Una voz exclamó: "Es el padre" y otra dijo: "Es Jerónimo Rugera", y una tercera voz agregó: "Aquí están los sacrílegos. (Lapidadlos, lapidadlos!", gritaba toda la cristiandad en el templo de Jesús. Entonces Jerónimo exclamó: "(Alto, monstruos! Si es a Jerónimo Rugera a quien buscáis, aquí está. Libertad a ese caballero, que es inocente". La turba, enardecida y desconcertada por las declaraciones de Jerónimo, se contuvo: varias manos soltaron a don Fernando, y como en el mismo momento se apresurase un marino de alto rango, y saliendo de entre la multitud, inquiriese: "Don Fernando Ormez, )qué os sucede?", éste respondió, ya libre, con verdadera sangre fría, propia de un héroe: "Ya lo veis, don Alonso, son estos desaforados. A estas horas estaría perdido de no haber sido por este honrado hombre que, para calmar a la muchedumbre rabiosa, ha simulado ser Jerónimo Rugera. Hacedme la gracia de guardarles en prisión junto a esta joven dama para su mayor seguridad: y también a este mequetrefe-dijo agarrando al maestro Pedrillo-, que es el que ha provocado todo el alboroto".
El zapatero gritó: "Don Alonso Onoreja, en conciencia os pregunto: )Acaso no es esta joven Josefa Asterón?". Como don Alonso, que conocía muy bien a Josefa, demorase en responder, y varias voces enardecidas por la ira exclamasen: "Es ella, es ella", y "Matadla", Josefa dio a don Fernando el pequeño Felipe, que Jerónimo tenía en sus brazos, y casi al mismo tiempo al pequeño Juan que ella llevaba, diciéndole: "Don Fernando, guardad a los niños y dejadnos librados a nuestro destino". Don Fernando tomó a ambos niños, y dijo que prefería morir antes que ceder y que les acaeciese algo malo a sus amigos. Después de pedirle la espada al oficial marino, ofreció el brazo a Josefa y dijo a la otra pareja que le siguiesen. De tal manera lograron salir de la iglesia, mientras todos con respeto les hacían sitio suficiente para pasar y creyéronse a salvo. Pero apenas habían salido de entre la muchedumbre que llenaba la plaza, cuando una voz gritó, destacándose de entre el rabioso gentío: "Éste es Jerónimo Rugera, ciudadanos; yo soy su propio padre", mientras descargaba un mazazo sobre doña Constanza, que iba a su lado y que se desplomó sin vida junto a Jerónimo. "Bárbaro- exclamó un desconocido-, ésta era doña Constanza Xares". ")Por qué nos habéis mentido?- respondió el zapatero-. Buscad a la verdadera y matadla". Don Fernando, al ver el cadáver de doña Constanza, presa de incontenible frenesí, sacó la espada y, blandiéndola, la descargó sobre el fanático asesino que había causado la atrocidad, el cual se libró del golpe merced a un rápido giro de su cuerpo. Como viese que no podía contener a la multitud que se abalanzaba, Josefa gritó: "(Salvaos, don Fernando, y salvad a los niños!", y exclamando: "(Matadme, tigres sedientos de sangre!", se arrojó sin vacilar sobre ellos, para dar fin a la contienda. El maestro Pedrillo la golpeó con fa maza. Luego, salpicado con su sangre, gritó: "Enviad a ese bastardo al infierno", y lo acometió presa de insaciable ferocidad homicida.
Don Fernando, este divino héroe, apoyada su espalda en la pared del templo, sostenía en su mano izquierda a los niños y en su derecha la espada. De un golpe abatió a uno. Un león no se defiende mejor. Siete perros cayeron muertos ante él, incluso el cabecilla de la turba satánica estaba herido. Pero el maestro Pedrillo no cejo hasta arrancarle uno de los niños del brazo, y después de haberle girado en alto, fue a estamparle contra una pilastra que había en un rincón de la iglesia. Con esto se apaciguó y todos se retiraron. Don Fernando, a la vista de su pequeño Juan con los sesos derramados fuera del cráneo levantó los ojos al cielo, embargado por un indecible dolor. El oficial marino acudió de nuevo a su lado, intentó consolarle y le aseguró que le dolía haber permanecido inactivo durante los desgraciados sucesos aunque había sido incapaz debido a las circunstancias. Don Fernando le dijo que no había nada que reprocharle y le rogó que le ayudase a sacar los cadáveres. Los llevaron en la oscuridad de la noche a casa de don Alonso, donde don Fernando los siguió, llorando sin consuelo sobre el cuerpo del pequeño Felipe. Pasó la noche con don Alonso y dudó si decirle a su esposa, mediante falsos rodeos, toda la verdad del infortunio, en parte porque estaba enferma y en parte porque no sabía cómo juzgaría su conducta en estos sucesos; poco después, enterada ésta casualmente por una visita que recibió de todo lo acaecido, esta excelente dama lloró en silencio su dolor de madre y una mañana, con lágrimas en los ojos, abrazó a su marido. Don Fernando y doña Elvira adoptaron al pequeño, y cuando don Fernando comparaba a Felipe con Juan, y cómo los había logrado, le parecía que hasta debía alegrarse.

domingo, 15 de mayo de 2011

Las Rayas de Rodrigo Blanco Calderón



No sé de quién fue la culpa. Si de Camilo, por ofrecerme a los treinta y nueve años mi primera raya de coca, o de Ciara, por leer el relato de Quiroga con el ritmo dulce que las pecas de la nariz le transmitían a su voz, para luego, a su manera, no volver más nunca.
Aunque lo más probable es que la culpa no haya sido de nadie o sólo mía o del insomnio, ese túnel que conecta con su luz mortecina todos los vicios y todas las pasiones.
La literatura es sueño y la cocaína es una vigilia dentro de la vigilia. Leer a Quiroga completamente empericado era una mezcla perfecta de inconsciencia y lucidez. El estado ideal, llegué a pensar, para descifrar el único texto que en realidad me interesaba. Ese del que ahora voy a hablar, a pesar de la muerte.
Las rayas es un cuento que empieza con una breve teoría sobre las relaciones entre el lenguaje y la realidad. Incluido en el libro Anaconda, de 1921, Quiroga plantea allí no sólo la soberanía sino la preeminencia de las palabras con respecto a las cosas. Al final de ese primer párrafo se encuentra la frase que se convirtió en obsesión: “Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre”.
La frase, dice el narrador, proviene de un hombre que ha dedicado toda su vida al negocio de la recolección de granos. Es la sentencia que resume la extraña historia de dos empleados que tuvo alguna vez, uno de apellido Figueroa, que llevaba el libro Mayor de cuentas, y otro llamado Tomás Aquino, que llevaba el Diario de las ventas que hacía casa por casa. El recolector de granos cuenta el inexplicable cambio en la personalidad de sus dos empleados y el síntoma en que este se tradujo: la manía de hacer rayas en los cuadernos de trabajo. Esta manía luego se extiende a la propia barraca donde trabajan y a la casona lúgubre en que Figueroa y Aquino viven: las paredes, el techo, las escaleras, la tierra del patio, todo queda sepultado bajo las innumerables rayas de su delirio compartido. Es allí, en el agua fangosa del albañal de la casa, donde el negociante y los vecinos los ven morir, delgados, nerviosos, “como dos rayas negras que se revolvían pesadamente”.
Quiroga sólo brinda una pista fantasmal para entender lo que sucedió. La casona había sido construida por un escribano que había enloquecido y fallecido entre aquellas paredes que luego habitarían Figueroa y Aquino. Quizás porque el narrador arroja este dato como al descuido y no lo retoma, quizás porque lo fantástico le resta terror a la realidad, esta interpretación no me convenció. Preferí, en todo caso, leer Las rayas como la contraparte de Bartleby, el escribiente. Un mismo enigma visto desde la compulsión y la abulia.
Durante un tiempo, lo confieso, también me atrajo la posibilidad de ver allí una autobiografía: Quiroga como un anagrama compuesto de “Figueroa” y “Aquino”. Sin embargo, la hipótesis que más me entusiasmó fue una derivación de la anterior sospecha: más que la propia vida de Quiroga, el relato era una hagiografía. Camilo, que trabaja en el departamento de literaturas clásicas occidentales, me prestó Vidas de los Santos, de Butler, y fue allí donde creí encontrar la solución al problema. Me guié por el índice onomástico, busqué la página 485 y leí el resumen de la vida y los logros de Santo Tomás de Aquino.
Las conexiones me parecieron tan evidentes que rozaban la indiscreción. Fue casi decepcionante saber que en 1880 León XIII declaró a Santo Tomás de Aquino patrono de las universidades, colegios y escuelas. Tal fue la magnitud de su trabajo intelectual. Su obra escrita alcanza (o puede que supere) veinte extensos tomos, de los cuales la ya dilatada Summa theologiae es sólo su parte más conocida. Además de esta inclinación enfebrecida de Santo Tomás por la escritura, que lo colocaría entre los principales escribanos de Dios, me llamó la atención recordar que el narrador de Las rayas, al citar la frase dicha por el recolector de granos, aclare que no se trataba de “un viejo y sutil filósofo versado en escolástica”. La escolástica, cuya principal figura fue, precisamente, Santo Tomás de Aquino.
Por si esto fuese poco, descubro en un pasaje de la infancia del santo una relación subliminal con el título del cuento. Al parecer, Santo Tomás abominaba los rayos (estas cursivas de aire son mías) pues la menor de sus hermanas murió fulminada por uno que cayó en la misma habitación que ocupaba el venerable muchacho. “Se dice”, cuenta Butler, “que tuvo durante toda su vida mucho miedo a las tempestades y que acostumbraba refugiarse en alguna iglesia, cuando caían rayos. De ahí nació la costumbre popular de venerar a Santo Tomás como abogado contra las tempestades y la muerte repentina”. Aunque no entendí cómo la cobardía de un santo pudo transformarse en amuleto, me pareció que tenía en ese episodio la clave de interpretación del relato. A esto también contribuyó la superstición: descubrir que la fecha de Santo Tomás de Aquino en el santoral, el 7 de marzo, coincidía con la de mi cumpleaños.
Mis argumentos se reducían a estas coincidencias, pero eso era lo de menos. En el momento me bastó comprobar que el cuento, por la pura fuerza de su enigma, me había hecho olvidar el objetivo inicial de mi lectura. El texto de Quiroga dejó de ser la brújula que me guiaría hasta Ciara.
Una sensación de tranquilidad, como de párpados que por fin concilian el sueño, se cerró sobre mí. Había dado con el nudo del cuento y ya no pensaba en las pecas de Ciara. Aquella falsa armonía se quebró pocos días después, cuando me desperté a medianoche y no pude volver a dormir. Encendí la lámpara y me tropecé en la mesa de noche con los ojos de Quiroga, con el desconsuelo de esa mirada insomne que seguía abierta en la portada del libro mientras yo descansaba. Tomé el libro y volví a leer Las rayas.
A pesar de que había recorrido con insistencia esas páginas durante una semana, me costó reconocer que se trataba de la misma historia. Era como si la selva de palabras, aplanada durante días por la lectura constante, hubiera recrudecido volviendo a tupir el espacio. Creo que por eso estuve hasta el final de esa madrugada arando una y otra vez el inhóspito terreno, peinando esa parcela como un buey embrutecido.
Como siempre he sido de “sueño ligero” (expresión irresponsable de los que no sufren este infierno inmóvil), no me extrañó que en las noches siguientes se repitiera la ardorosa rutina: despertar poco antes o poco después de la medianoche, buscar el libro de Quiroga y leer Las rayas hasta el amanecer. Al tiempo, no sabría decir cuánto, comenzaron a notarse los estragos de mi labor nocturna. Dos vetas violáceas se estriaban desde mis ojos hacia el resto de la cara. Mis ojeras semejaban la montura de unos lentes cuyos vidrios se hubiesen desgastado en el aire. De esto me di cuenta gracias a los otros profesores, quienes con insólita cortesía (pues siempre me he sentido un extraño en la Facultad) indagaban sobre el estado de mi salud.
Yo apenas noté estos cambios. Estaba demasiado concentrado en mis descubrimientos.
Por un lado tenía la propia anécdota, cuyas posibilidades de interpretación ya comenté y a las que agregué una no menos confusa. En el párrafo final dice el narrador que Figueroa y Aquino “habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más íntimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar”. Ese peligroso nombre que unía a dos cosas o a dos seres distintos, ¿sería el de la obsesión? El acto inocuo de escribir en unos libros de cuentas, sumado al perturbador ambiente de una casa donde falleció un escribano enloquecido, ¿podía calar en el alma y en el cuerpo de estos empleados hasta transformar en miles de versos pareados la fibra íntima de sus células? ¿Las rayas de la escritura pueden transformar las rayas de la genética? ¿No es el lenguaje un puente peligroso por donde transitan en ambas direcciones la literatura y la vida? El mismo verbo rayar, palabra capicúa, ¿no sería el símbolo secreto de estas relaciones?
Por otro lado, tenía la frase en sí misma, ese inexplicable peligro de que dos cosas distintas tengan un mismo nombre. En el curso de una de esas noches recordé el misterioso caso de José Antonio Ramos Sucre. En una de las “granizadas” afirmó que el lenguaje no consiente sinónimos pues es individuante como el arte. Poco tardé en asociar esa convicción con el intransferible estilo de su obra. Ramos Sucre confesó en una oportunidad que su español estaba escrito con base en el latín, esa herencia traumática de la erudita niñez. Recordé su célebre renuencia a usar la palabra “que” en sus textos poéticos y narrativos. Pensé en su muerte voluntaria, consumada el día que cumplía 40 años, para escapar del insomnio. Pensé que el insomnio de Ramos Sucre no era producto de una maldición, ni de sus tormentos amorosos o existenciales, ni de la amibiasis que le diagnosticaron en su periplo por Merano y Ginebra. El insomnio de Ramos Sucre era la consecuencia de esta búsqueda de un lenguaje privado. Y todavía lo pienso así. Algún sentido tiene que haber en el hecho de que insomnio y sinónimo tengan las mismas letras. Saquen la cuenta.
Después, en otras noches, cuando ya Manito me proveía la dosis diaria, recordé ejemplos similares donde escritura, obsesión e insomnio se cruzaban. Pensé en Cioran cuya profusa obra, según sus propias palabras, provenía y trataba de acallar su profuso insomnio. Pensé en Funes, el memorioso, a quien le molestaba que el perro de las tres y catorce, visto de perfil, tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto, visto de frente. Borges tenía muy claro el sustrato del poder y de la obsesión de su personaje: no por nada dijo que ese cuento era una larga metáfora del insomnio. Me vino también a la memoria un relato brevísimo de Virgilio Piñera que cuenta la historia de un hombre que padece este mal y que, desesperado ante el fracaso de sus tentativas de sueño, se suicida. El hombre se suicida y descubre, después de muerto, que el insomnio persiste.
Es cierto que la relación con otros escritores, obras y personajes hacía más llevadero el infierno al que Las rayas me tenía sometido. Enumeraba los distintos casos de insomnio en la literatura con el orgullo de un descendiente mediocre que recuerda ilustres antepasados. Pero esta libertad era el inicio de una nueva servidumbre, pues nombrar a estos autores implicaba leerlos. Los leía de una manera furiosa y a la vez distraída, siempre buscando los rastros de algo que a esa altura ni siquiera podía definir.
Por supuesto, todo esto no hubiera sido posible sin una pequeña ayuda de mi amigo. Camilo me presentó a Manito y Manito pasó a ser mi dealer. En vida nunca tuve vicios. Quizás por eso sea conveniente al menos una explicación.
El insomne no es alguien que está despierto, es alguien que no puede dormir. Esa diferencia es delgada como una mirada entreabierta, pero su profundidad podría conducir al mismísimo centro de la tierra. Necesitaba vencer el insomnio. Sólo que, a contracorriente de todos los insomnes que he conocido, yo no buscaba el sueño. Yo quería terminar de despertar.
Nunca creí que un profesor tan serio como Camilo pudiera estar tan dañado. Todo empezó una tarde en que coincidimos en el cafetín de la Facultad después de clases.
-¿Te sirvió el libro? –me preguntó.
-¿Cuál libro?
-El de Butler.
En ese instante recordé que él me lo había prestado.
-Sí, bastante –le dije sin mucho énfasis-. La semana que viene te lo devuelvo.
-No hay apuro. ¿Y en qué estás trabajando?
-Una tontería. Sólo quería comprobar algo en un cuento de Quiroga.
-¿Cuál?
-Las rayas –dije casi a regañadientes.
-¿Cuál es ese?
-Uno no muy conocido. Muy extraño, en realidad. Es la historia de dos escribanos que se vuelven locos y no hacen otra cosa que rayar todo lo que encuentran.
-Ya. Sí, bastante raro. Como todo Quiroga, en realidad. Ahora entiendo lo de Butler: Santo Tomás de Aquino, la escolástica y todo eso –dijo, impasible, como si hablara del clima.
Yo me quedé frío. Sugirió que fuésemos a la facultad de Arquitectura pues allí podríamos sentarnos. Lo seguí, obediente, sin saber si debía sentir irritación, agradecimiento o miedo.
Conversamos toda la tarde sobre libros y también, pero sólo un poco, sobre nuestras vidas. Acotaciones marginales que alumbraban por segundos espacios vacíos cercados por la oscuridad. Hacia las ocho de la noche le mostré el libro. Camilo observó con mucho interés mi intervención en el cuento de Quiroga. Le gustó la sensación, me dijo, de que ese texto tan breve pareciera más vasto por estar subrayado de esa manera.
En el transcurso de aquellas noches de lectura yo había subrayado partes del cuento que me parecían importantes. Para el momento de mi encuentro con Camilo todo en Las rayas era importante, de modo que apenas quedaban algunas pocas palabras sin subrayar, como islas vírgenes, en medio de aquella profusión de líneas rectas y colores. Armado con una regla y con mis marcadores de punta fina, tuve el cuidado de subrayar con trazo perfecto y color distinto las intuiciones de cada día. Por supuesto, hubo ocasiones en que dos párrafos sucesivos, uno azul y otro rojo, por ejemplo, revelaban la existencia de un tercer párrafo aún más sugerente, conformado por el final del primero y el principio del segundo. Un párrafo morado que era la síntesis perfecta de los dos anteriores.
Camilo no prestó mayor atención a la cuestión de los colores. Me hizo notar, en cambio, que mi sistema de subrayado era invariablemente musical.
-Sí –dijo –Fíjate que todos los párrafos que subrayas siempre tienen cinco renglones. Son como pentagramas.
Un ligero temblor me ganó el rostro.
-No tienes por qué preocuparte. Cuentan que Macedonio Fernández acostumbraba rasgar durante horas una guitarra, con idénticos y sencillos acordes, pues creía que de ese modo se podía descifrar el enigma del universo. Tú estás haciendo lo mismo pero con un cuento.
-Sí, por supuesto –le dije, como si en efecto continuara hablando de la insólita temporada de lluvias que azotaba a Caracas en aquel mes de enero.
Camilo observó su reloj.
-Es tarde –dijo –Vamos a mi casa.
-¿Para qué?
-Vamos –dijo –Quiero mostrarte algo.
Camilo vive en Colinas de Bello Monte, cerca de la universidad. El trayecto se hizo largo. Quizás por la lluvia, o por el silencio que guardábamos, o por no saber qué demonios estaba haciendo ahí. Él insistió en que fuésemos en su carro y que dejara el mío en el estacionamiento de la Biblioteca Central. En ese momento lo miré y en lugar de decir algo sensato, me quedé callado y pensé que Camilo se parecía a Nicholas Cage. Luego traté de averiguar por qué había pensado semejante estupidez. Volví a mirar a Camilo mientras conducía, sus ojos claros y su semblante desgastado: un vitral a punto de quebrarse. Sí, me dije, se parecía a Nicholas Cage en Leaving Las Vegas.
Cuando llegamos a su apartamento todo se dio con bastante fluidez. Sacó una botella de whisky y puso un disco de Johnny Cash. Eso me calmó, como si Johnny Cash fuese el santo protector contra cualquier mariconada. Eso y la foto conyugal que vi en la entrada.
-Cocaine blues –dijo Camilo, tocándose el oído con el dedo índice, al tiempo que sacaba de no sé dónde dos bolsas pequeñas y apretujadas como dientes de ajo. Después entendí que ese torcido acto de magia lo practicaba todos los días con o sin público.
Me senté en un sofá y apenas comenzaba a paladear el trago cuando, con una emoción que le desbordaba el rostro, me señaló la pared que estaba justo a mis espaldas. Antes de voltear, deposité mi vaso en la mesa baja con calculada lentitud. Observé hacia el balcón y vi que había escampado. Entonces volteé.
La diana ocupaba el centro de la pared y a su alrededor vi numerosos puntos negros que semejaban insectos aplastados. A los pocos segundos comprendí que aquello era una constelación de desaciertos. Impresionaba la cantidad de agujeros que crecían en órbitas más gruesas a medida que se alejaban del núcleo de corcho.
-¿Qué dice tu esposa de todo esto, Camilo?
-No dice nada. Eva se marchó.
-¿Por esto? –le pregunté, con un gesto ambiguo que abarcaba la pared y las bolsitas en la mesa.
-Ya no sé si empecé con esto porque ella me dejó, o si ella me dejó porque empecé con esto –respondió con una sonrisa franca.
Me entregó tres dardos y empezamos a jugar. Al principio nos esforzábamos por acertar en el círculo negro. A medida que la botella de whisky fue mermando, los tiros se hicieron más erráticos describiendo saetas borrachas que en ocasiones iban a parar en los agujeros de la pared. Le comenté a Camilo la extraña euforia que me producía acertar en aquellos agujeros. Camilo sonrió.
-Recuerda lo que dice Pascal: el Universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Fallar –agregó Camilo, con un dardo en la mano -es más estimulante y más hermoso que dar en el blanco, porque te obliga a inventar el túnel que secretamente conecta todas las cosas.
El problema no era que Camilo se hubiese puesto místico. El problema era que yo entendía todo lo que estaba diciendo y me sentía igual.
Cuando se acabó el whisky, Camilo abrió las bolsitas, hundió la punta de una tarjeta de crédito y sacó una montañita blanca. Me pasó con cuidado la tarjeta y sin pensarlo dos veces aspiré. Nos tumbamos en el sofá que estaba en frente de la pared. Estuvimos hasta el comienzo de la mañana aspirando, conversando frenéticamente, sin parar. Todas las ideas posibles surgían de aquella maqueta del universo.
A las 7 de la mañana fuimos al estacionamiento de la Biblioteca Central a buscar mi carro. Intercambiamos números y nos despedimos.
Nadie se mete su primer pase de coca a los treinta y nueve años sin pagar un precio. El mío fue estar al borde de un ataque de pánico. Llegué a mi casa completamente agotado y no pude dormir. Yo no sabía que esto era normal. Sólo pensaba que al insomnio de las últimas semanas había sumado dos ingredientes muy desagradables: la paranoia y un asqueroso sabor a ajo. Al mediodía ambos elementos se unieron: gasté un tubo entero de pasta dental tratando de quitarme los pedazos de ajo que sentía incrustados en los dientes. Desesperado, con las encías rotas, llamé a Camilo.
-Si el niño quiere lanzarse a la piscina –me dijo –no hay que construirle una cerca. Hay que enseñarle a nadar.
-¿De qué hablas?
-Me visto y salgo. Nos vemos en la entrada de Faces. Voy a presentarte a Manito.
La Universidad Central de Venezuela siempre ha sido un país a escala: es su talón de Aquiles y su epicentro. Las facultades son reproducciones similares de los sectores de la sociedad. Camilo sabía que en la Facultad de Humanidades y Educación, mejor conocida como “Fumanidades”, no teníamos nada que buscar. Por eso me propuso vernos en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Faces, conocida en los bajos fondos como “Pases”. Lo de los bajos fondos resultó ser literal. Después de saludarme, Camilo me llevó a los sótanos de la Facultad. Allí, que yo supiera, sólo operaban unas cuantas máquinas para fotocopiar. De resto, sólo se podía ver grupos de estudiantes y de personas inciertas que jugaban partidas de ajedrez. Siempre me intrigó la tensión que allí generaba un juego por naturaleza sereno y silencioso. Grupos de personas rodeaban cada mesa y pegaban alaridos con cada movida.
Camilo preguntó por Manito y le dijeron que estaba en el baño. A los cinco minutos apareció un hombre delgado, bajito, blanco y de ojos claros. Parecía una versión reducida del propio Camilo: su futura ceniza. Al encontrarnos nos presentaron y me tendió la mano izquierda. Fue entonces, al mirar la derecha, que comprendí: el dealer tenía una mano muerta que le colgaba y bailaba al más mínimo movimiento de su cuerpo.
Manito temblaba y miraba con avidez hacia todos lados. Contraviniendo las reglas esenciales del negocio, Manito era un dealer que consumía. Sin embargo, para no malversar su patrimonio iba todas las tardes a los sótanos de Faces a jugar ajedrez. Entonces me explicó que allí las partidas duraban, a lo sumo, diez minutos y que el premio consistía en un par de pases.
La mano derecha oscilaba frenéticamente.
-¿Y qué te pasó? –le preguntó Camilo.
-Hoy gané demasiado.
Transcurrió el mes de enero y la mitad de febrero. Las quejas de los alumnos eran cada vez más frecuentes. No se explicaban cómo un curso de teoría literaria, sobre el teatro y la semiología del texto dramático, se transformó en un alucinado taller de lectura sobre Horacio Quiroga.
Camilo me llamó un día y me dijo que el asunto había llegado hasta el Consejo de Escuela.
-Parece que te van a abrir un expediente.
Ese fue el estímulo para entregar a tiempo las notas finales.
-No te quedes pegado –me dijo Camilo esa noche de cierre semestral. En la mesa estaba el whisky y el perico. En nuestras manos, los dardos.
La pared de su apartamento parecía carcomida por una plaga de zancudos teledirigidos. La señalé con el brazo extendido, sin creer lo que estaba escuchando. Camilo fue hasta el pequeño estudio donde estaba la computadora y volvió con un manuscrito.
-Es mi trabajo de ascenso –dijo, y señaló la pared con idéntico, tal vez más firme, gesto.-No te quedes pegado –repitió, antes de lanzar un dardo que fue a dar en uno de los infinitos blancos.
De tanto subrayar las páginas del libro éstas terminaron por rasgarse y poco a poco se convirtieron en jirones coloridos. El cuento parecía un arco iris marchito o una guitarra de payaso cuyas cuerdas se hubiesen reventado. Los párrafos intermedios, esos bocados perfectos entre dos párrafos circundantes, proliferaron arrojando cada uno su propio matiz, hasta darle al conjunto una tonalidad oscura con ribetes de extraños cristales.
Fue cuando me encontraba en el peor estado que sucedió algo completamente inverosímil: recibí una llamada de mi madre. Escuchar mi nombre en esa voz fue volver a nacer pero con cansancio. Entonces recordé que yo en algún momento fui como cualquier persona, con un origen y un sentido en la vida, que luego derroché o perdí sin darme cuenta con el paso de los años.
-Hijo, ¿me escuchas?
-Sí, vieja, te escucho.
Venía de visita. Quería pasar conmigo mi cumpleaños. En la pantalla digital de la base del teléfono vi la hora: era la una de la tarde del 6 de marzo. De nada sirvió que le dijera que la casa estaba vuelta un desastre.
-Cuarenta años y todavía sin casarte –dijo, resignada.
Sentí lástima por mí y también por ella. Era yo quien cumplía años al día siguiente, pero me propuse darle un regalo.
-Por poco tiempo. Mañana, cuando llegues, te presento a mi novia.
Sentí a mi madre brincar de alegría en el otro lado de la línea.
-¿Y cómo se llama?
-Ciara, mamá. Se llama Ciara. Nos vemos mañana al mediodía –dije y colgué.
No quise pensar en lo que acababa de suceder. Por ahora, lo importante era ordenar y limpiar la casa. Saqué una bolsita, puse un disco de Sentimiento muerto, aspiré y me dispuse con energía a mis labores domésticas. A las dos horas la casa estaba impecable y aún me quedaba el resto de la tarde para pensar.
Ciara.
El nombre era hermoso dos veces. Era un acorde que se volvía más hermoso con el eco. Puse el disco, una y otra vez, toda la tarde. Lo mismo hacía con Ciara, su nombre, pronunciándolo con más intriga que devoción. Lanzaba esa moneda de aire al aire, con insistencia, tratando de encontrar o falsear un resultado que pareciera unido a mi destino.
Todo había sido extraño y simple. Yo salí de clases y la vi sentada en uno de los banquitos del pasillo. A su lado estaba una muchacha, a quien reconocí como una ex alumna. A ella, a Ciara, jamás la había visto en la Escuela y tampoco conocía yo ese relato de Quiroga que ella le leía a su amiga. En el momento no supe si el impacto fue por el texto en sí o por la manera en que Ciara lo leía. Concentrada y risueña hacía parecer divertido lo tenebroso. Luego observé la estela de pecas que bordeaba sus mejillas, sus ojos y su nariz. Entonces me aproximé.
-¿Cómo se llama?
Ciara cerró el libro, miró con sorpresa a su amiga y luego contestó.
-Las rayas. Es de Quiroga.
-No. Me refiero a usted. ¿Cómo se llama?
-¡Ah! –soltó una pequeña risa. –Ciara.
-¿Por qué?
-¿Qué cosa?
-Que por qué usted se llama así.
Ciara no parecía entender nada. Yo tampoco entendía nada.
-Porque mi mamá se llama Alicia y mi papá Ramiro.
Yo guardé silencio.
-Aliciaramiro –repitió Ciara, subrayando el centro de los dos nombres con una línea imaginaria que trazaba su dedo.
-Comprendo –le dije al fin. Luego hice un gesto de saludo o de disculpa y me fui.
A eso se reducía mi historia con Ciara. Ella había tenido suerte. Casi siempre esos nombres compuestos producen conjugaciones de espanto que los hijos deben cargar después como una cruz ajena e impronunciable. Sin embargo, en lo que fue la última tarde de mi vida entendí el motivo de esas construcciones: los hijos son el único momento en que los padres pueden ponerse verdaderamente de acuerdo. Los hijos son palabras que surgen de otras palabras que hacen el amor y vencen a la muerte.
Pronuncié mi nombre y tuve una sensación de soledad absoluta. Mi nombre era como una de esas palabras del cuento de Quiroga que no llegué a subrayar. El cd giró hasta completar por enésima vez su ciclo, se detuvo y creció el silencio. Tomé la carátula que reposaba en la mesa y reparé por primera vez en el título de la antología. Sentimiento muerto. Fin del cuento: 1981-1993.
Fin del cuento. Quizás me quedaba una última jugada. Me decidí a probar suerte. Me bañé, me afeité, me puse perfume, me vestí con mis mejores ropas, agarré el cd y la bolsita y salí a la calle.
Mi ostracismo había sido tan férreo que la noche caraqueña se había vuelto un texto indescifrable. No sabía a cuáles lugares ir y me distraje manejando el carro por calles y avenidas, mientras identificaba en todas partes un mismo ritmo pendenciero. De día, las personas caminan en Caracas como si estuvieran escapando. De noche, parecen regresar para buscar venganza. Sin darme cuenta, llegué hasta el Centro Comercial San Ignacio, construido en los antiguos campos de fútbol de los jesuitas, y lo rodeé hasta caer en el Centro Comercial Mata de Coco, lugar emblemático del rock venezolano de los años ochenta.
En los espacios abiertos, al lado del estacionamiento, vi mesas, personas bebiendo y conversando, escuché música que emergía de una puerta negra veteada de luces rojas. En el equipo del carro sonaba “Fin del cuento”, el último track del disco. Eché una mirada para ver si quedaba algo del viejo teatro y se sobrepuso a la fachada del edificio, como una acuarela gigante, mi propia imagen de adolescente asistiendo a mi primer concierto de Sentimiento muerto. Estacioné el carro, esperé a que terminara la canción y me encaminé hacia el local.
Adentro sonaba salsa. Algunas parejas bailaban y otras conversaban. Yo me acodé en la barra y en dos horas fui diluyendo a punta de whisky cualquier expectativa. Entré en esa velocidad de crucero en la que el whisky te brinda la ilusión de contemplar la vida desde arriba. Sentí que ya podía desabrocharme el cinturón de seguridad. O, mejor dicho, sentí que debía avisarle a los otros que podían desabrocharse el cinturón de seguridad.
Me dispuse a circular más allá de la barra, con la sonrisa estúpida y distraída que tienen las aeromozas, cuando la vi llegar.
Apuré el trago y me refugié en el baño. Saqué la bolsita, la tarjeta de crédito y sin mayores coqueterías me empolvé la nariz.
Regresé a mi puesto en la barra y confirmé que era ella. Estaba con dos amigas, a sólo un par de metros de distancia y juro que vi sus pecas entre el humo de los cigarrillos.
Pedí otro whisky, lo bebí completo y me acerqué.
Le hablé con la desenvoltura de quien retoma una conversación interrumpida. Le dije que había estado todo este tiempo leyendo Las rayas y sin respiro perpetré una síntesis de las conjeturas que hasta el momento manejaba: el fantasma del escribano loco, Santo Tomás de Aquino, la mutación de las células humanas a consecuencia de la escritura, la relación entre el insomnio y los sinónimos. Borges, Cioran, Piñera, Ramos Sucre.
Ahora que lo pienso es sorprendente que no se mostrara asustada. Asentía con demasiada insistencia, como una enfermera habituada a tratar con psicóticos. Terminé mi perorata, ella asintió un par de veces más y nos quedamos en silencio. Las amigas habían dejado de murmurar y me miraban.
-Las rayas –le dije, poniendo mi cara de aeromoza –De Quiroga. ¿Recuerdas?
-Conozco el cuento. Lo que no entiendo es de dónde viene todo esto.
-En el pasillo de Letras. Hace unos meses. ¿No me recuerdas?
La oscuridad de sus ojos se volvió más densa mientras hacía memoria.
-No –dijo, finalmente.
-Tú leíste el cuento. Tú te llamas Ciara.
Ella se volvió hacia las amigas. Éstas se rieron y reanudaron los murmullos.
-Sí, me llamo Ciara. Pero no te recuerdo. Lo siento –dijo, y me dio la espalda dando por terminada la conversación.
Fue entonces, me parece, que comencé a sentirme como un fantasma y como un payaso.
Volví a mi refugio en la barra, pedí un servicio de whisky y me senté en uno de los altos asientos. Fui varias veces al baño, agoté el contenido de la bolsita, pero aún tenía aquella sensación de cuerdas rotas en el pecho. Y de una última por reventar.
Ciara se había marchado. No importa, me dije. La de hoy no podía ser la misma de la otra vez. Es sólo una coincidencia.
-Eso –dije. –Una maldita y peligrosa coincidencia.
Sentí que yo mismo me había susurrado esa frase al oído. El corazón se me aceleró y empecé a sudar. Tenía el tiempo contado. Confirmé esta impresión al ver algo que se movía muy cerca de mí: una especie de péndulo borroso, frenético, que aceleraba los segundos. De tanto ver el péndulo, éste se me acercó. Sentí la otra mano en mis hombros y escuché, con la expresión desencajada, a la voz que me saludó.
-Profesor, qué gusto encontrarlo por aquí.
Era Manito. Esa noche se veía tranquilo. Movía su cuerpo al ritmo de la salsa mientras hablaba. Su mano derecha, más que un péndulo, era una matraca. Enseguida percibió mi estado.
-Bájele dos, profe, mire que ya está como Robocop.
Entonces me ofreció un porro.
-Yo lo que quiero es amor –le dije.
Manito no se alteró. Él es un verdadero dealer: sabe que todos los sentimientos humanos son reacciones bioquímicas que pueden reproducirse.
Puso en mis manos dos pastillas blancas y me palmeó amistosamente la cara.
-Ande –dijo, con tono de ángel –Vaya a compartir y a amar.
-¿Cuánto te debo?
-Es un regalo.
Volví a la barra y me serví lo que quedaba en la botella. Busqué a Manito con la mirada pero no encontré a mi ángel de la guarda. Ciara se había marchado. No quedaba nada por compartir. Calibré el peso de las pastillas en mi mano. Sentí pena por mi madre. Sólo por ella esta vez. Con un largo trago de whisky, me las tomé.
El resto es bastante predecible. Escenas como esas han sido retratadas con acierto en numerosas películas: la cámara asume la perspectiva vertiginosa, tambaleante, del personaje. Los colores y las formas giran hasta fundirse en una mancha amenazadora y el personaje queda convertido en una cámara que registra imágenes que no comprende.
Afortunadamente, sí recuerdo el instante de mi muerte. Descendía por una calle cercana al bar, cuando comenzó a llover y me detuve en una esquina. La mezcla del agua y el primer sol me permitió reconocer cristales de colores desperdigados en el paisaje gris.
Entonces me sobrevino el infarto.
En la milésima de segundo en que se me partía el corazón como por la fuerza de un rayo hice el último esfuerzo. Alcancé a encomendarme, en el día de mis cuarenta años, a mi sagrado escribano.
Nacer es una estafa pues estamos condenados a hacerlo el día en que ha muerto un santo. El mío, el muy cobarde, como ya me lo había advertido Butler, no se presentó.
Los santos, esos mártires de la obsesión.