sábado, 23 de julio de 2011

Peripecias de Norberto José Olivar. Por Ricardo Gil Otaiza



De reciente salida al mercado editorial venezolano el libro Cadáver exquisito (Alfaguara, 2010), de Norberto José Olivar, sorprende por su estrafalaria estructura novelesca, que busca romper el canon establecido al desarticular en mil pedazos los disímiles elementos que la conforman, y al mismo tiempo alcanzar con todos ellos una unidad que sólo es posible desde una técnica narrativa osada, trepidante, que se explica a sí misma y se revisa desde la postura iconoclasta de un narrador-autor consciente de su portentoso talento.
Vuelve Olivar a sorprendernos, luego de su exitosa novela Un vampiro en Maracaibo (2008), pero esta vez con un texto delicioso, que nos atrapa desde el primer momento, y que utiliza como excusa, como argumento y trama la vida y los avatares funambulescos del poeta zuliano Hesnor Rivera, quien fue toda una institución en su época e impuso un punto de inflexión en el ámbito cultural venezolano desde su poesía surrealista y de vanguardia, pero también desde sus estupendas crónicas aparecidas religiosamente en el diario Panorama de Maracaibo, marcándole el pulso día a día al acontecer de esa querida y emblemática entidad.
Olivar echa mano a la policromía que representa en un texto novelesco la inserción de diversos géneros, para forjar sus páginas desde la crónica, el ensayo, la poesía y la narrativa, confluyendo todos ellos en una suerte de malabarismo estético, cuya impronta ofrece los más profusos ángulos en torno al mismo hecho literario, introduciendo visos de clara y portentosa universalidad, de allí su atractivo. A veces hay predominio de la crónica, que se hace evidente en la medida en que el autor se afana por darle a lo contado verosimilitud, al citar fechas, lugares y personajes conocidos por todos, cuya aparición dentro del libro luce atractiva por la vía del reconocimiento o de la memoria generacional.
Llama la atención el rompimiento del hilo narrativo hecho de manera deliberada por el autor en distintas etapas del libro, que si bien —como él mismo está consciente— produce quiebres al sentido y la noción de lo meramente novelesco, se hacen necesarios en virtud de convertirse en estrategias (mas bien, técnicas) que le insuflan a estas páginas originalidad y estilo propios. Esos “quiebres” jamás se hacen fisuras a través de las cuales se podría desdibujar la intención autoral; todo lo contrario, posibilitan impregnar a la novela de nuevos bríos desde la lectura “no ficcional” propuesta por el autor, quien se erige en ese preciso instante en cómplice del lector y en agudo crítico (autocrítico) de lo hasta ahora alcanzado.
Si bien, transijo, el carácter híbrido de la novela es un hecho aceptado universalmente y ha sido explotado por muchos novelistas de distintos contextos (Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño, Paul Auster y Ricardo Piglia, entre otros), en el caso particular del venezolano esa fusión de elementos, que en otros tiempos fueron considerados antitéticos (y antinómicos), confluye en la orquestación de una simbiosis que echa por tierra el mero carácter narrativo de la novela, para transfundirse en una noción de “vasos comunicantes” que fluyen de manera orgánica y casi perfecta en una estructura compleja, que busca desde disímiles ángulos dar sentido a la existencia.
A partir de lo escatológico y demoníaco configura Olivar una historia que se hace literaria en la medida en que los límites entre la realidad y la ficción se desintegran en una suerte de hiperrealismo a lo criollo. De pronto nos topamos con unos personajes históricos y con unos ambientes cuyas líneas maestras son trabajadas por el autor a través de lo anecdótico, produciendo en el lector la extraña sensación de vivir en un país de lo posible, en el que el acceso a los medios puede obrar en el colectivo la falsa certeza del éxito literario y social.
Hesnor Rivera, con la ayuda de amigos y de contactos, construye su propio mito, se hace “el poeta de Maracaibo”. Gestos, atuendos, timbre de voz, viajes (reales y ficticios), crónicas periodísticas, fotos, imposturas, mujeres y licor le sirven al bardo para sus propósitos. Asistimos, sin proponérnoslo, a la edificación perfecta de una historia que podría ser contada por otros personajes y en otros contextos, sin que ello entorpezca en gran medida la férrea sensación de estar en medio de una farsa. Cadáver exquisito podría ser la crónica de la Venezuela de los últimos años; el país de la gran mentira mediática.
Platillos voladores, falsos rumores, el fin del mundo, el calendario maya, prestidigitadores y adivinos van y vienen en la novela para recordarnos qué y cómo somos. Si bien estos sucesos alguna vez fueron “noticia” en el diario Panorama (cuyos titulares eran la sensación de periodistas y de los dueños del medio por razones de orden crematísticas, y están directamente enlazados con el personaje central de la trama), se nos presentan como complementos de una historia que pudo prescindir de ellos, pero introducen el absurdo, la idiotez de la que hemos sido copartícipes, la cruel ironía de un medio cultural y literario regional (y nacional, qué dudas caben) que se ha movido desde lo más oscuro y abyecto para explicar(se) su propia miseria.
Luce interesante el que Olivar no falsee los nombres verdaderos de todos sus personajes, y en contraposición a ello asuma con valentía y seguridad todo ese inmenso fardo que ha significado los entretelones de nuestros más connotados creadores y poetas: sus torceduras, sus ripias personales, y sus abruptas muertes llevadas al extremo por el alcohol (César David Rincón y Hesnor Rivera), por el suicidio (Miyó Vestrini), y por armas de fuego (Laurencio Sánchez).
En estas páginas se pasean diversidad de personajes literarios (y hasta políticos) de ayer y de hoy. En esas especies de “negros” (al mero estilo cinematográfico) que utiliza el autor para ensayar teorías, posturas y hasta perorar y elucubrar, hallamos a Paul Auster, Vila-Matas, Paul Valéry, Charles Baudelaire, Calzadilla, Carlos Contramaestre, Rimbaud, Thomas Mann, Rafael Poleo, Rafael Caldera, Jaques Delille, Antonio Guzmán Blanco, Udón Pérez, Juan Sánchez Peláez, Hölderlin, Appollinaire, Trotsky y André Breton, entre otros, de la mano de otros personajes que suponemos de ficción (y otros de verdadera ficción: Harry Potter, por ejemplo), cuyos nombres y acciones se mezclan en esta especie de mosaico dialéctico en que se transforma el texto, para hacer aún más enfático su carácter híbrido ya esbozado. Eso sin olvidar que el mismo narrador (o autor) se nos escabulle a ratos en un intento por deslastrarse del carácter autobiográfico que tiene el libro (y todos los libros de narrativa), para erigirse también en personaje de ficción, despistándonos con respecto a espacio y tiempo para hacernos creer la ilusión de un narrador independiente del autor, cuestión que se hace insostenible en la medida en que avanzamos en la trama y nos percatamos de las coincidencias en cuanto a las identidades de “ambos” hasta llegar a ser uno solo.
Si bien no es original de Norberto José Olivar el que un autor nos cuente paralelamente con su historia el cómo va construyendo su libro (los trucos, dudas, desafíos, etcétera, a manera de una gran vitrina desde dónde se traslucen los intríngulis técnicos del arte en sí), y como ejemplo de ello tenemos el más o menos reciente caso de la novela El vano ayer (2004), del escritor español Isaac Rosa, por cierto ganadora del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, deseo referirme al empeño por parte del venezolano de romper esquemas narrativos como un aporte de su nuevo libro, más allá de lo establecido como “posible” desde el consabido género.
Considero, finalmente, que nuestro autor lleva a extremos tales posibilidades estéticas, y se erige a la vez en artífice y de-constructor de la obra en ciernes, estableciéndose una especie de diálogica con el lector que posibilita romper cualquier atisbo de reticencias, no sólo por parte de quien se acerca al libro (que sería de lógica suponer), sino del mismo novelista, el cual se desdobla del binomio narrador-autor para adentrarse por los caminos de una autarquía literaria (peripecias narrativas, ni más ni menos) no muy común en nuestro medio literario.