sábado, 6 de diciembre de 2008

FEDERICO ANDAHAZI


SUS LIBROS MÁS RECIENTES



EL CONQUISTADOR

¿Cómo sería el mundo si la historia no hubiera sido como creemos que fue? Guiado por las profecías del calendario azteca, Quetza, un joven brillante criado por un sabio en el antiguo México, se lanza a la aventura. Adelantándose a los grandes viajeros, es el primer hombre que logra unir ambos continentes, descubriendo un nuevo mundo: Europa.
Quetza nos cuenta la barbarie que ve en esas tierras: la adoración a un hombre brutalmente clavado a una cruz, personas quemadas en hogueras ante multitudes que festejan como salvajes y ambiciones desmedidas de riquezas y poder. El viaje una verdadera odisea, nos llevará por España y gran parte de Europa, Medio Oriente y Asia, convirtiendo la novela en una aventura extraordinaria.
Quetza, al ver la avidez de esos gobernantes, no puede sustraerse a un vaticinio: ellos cruzarán pronto el océano, impulsados por el afán de extender sus dominios. Concibe entonces un plan para evitar la conquista y el exterminio de su pueblo. Las profecías de Quetza, el descubridor de Europa todavía están vigentes. Aquella guerra, que muchos creen perteneciente al pasado, aún no ha concluido.
Federico Andahazi nos vuelve a sorprender con una historia audaz, una crónica apasionada de los tiempos en que el mundo tuvo la oportunidad de ser otro. El conquistador es un libro deslumbrante, que nos habla de los grandes descubrimientos –geográficos, amorosos y existenciales- que será leída como una maravillosa novela de aventuras.
PECAR COMO DIOS MANDA
La historia de la sexualidad es la historia de la humanidad. No puede comprenderse la historia de un país si se desconoce el entramado de las relaciones sexuales que lo gestaron. El sexo ha estado en el nacimiento, el esplendor, la decadencia y la caída de todas las naciones. Por otra parte, después de Freud nadie puede ignorar el protagonismo fundamental de la sexualidad en el ser humano, en su representación y en sus relatos. Sin embargo, hasta ahora, no existía una historia de la sexualidad en la Argentina.
Impulsado por esa sospechosa e inconcebible falta, Federico Andahazi, psicoanalista y autor de novelas de éxito resonante que, como El anatomista, abrevaron en la Historia e indagaron en la sexualidad, inició una exhaustiva investigación que va desde los pueblos precolombinos hasta nuestros días.
Este primer volumen –el primero de tres- echa luz sobre la rica e ignorada sexualidad de los pueblos americanos originarios, los violentos cambios impuestos por la conquista, la hipocresía del poder virreinal durante la colonia y los nuevos cánones morales surgidos de la Revolución de Mayo. Pecar como Dios manda revela aspectos desconocidos hasta hoy, algunos ocultados con escrúpulo, sobre hechos y personajes fundacionales, próceres y pro hombres cuyo modo de ejercer el poder sólo se explica a partir de la forma en que ejercieron el sexo.
Escrita con el propósito de develar la verdad sobre nuestra sexualidad, Pecar como Dios manda, la primera historia sexual de los argentinos, nos deleita con sus hallazgos y está destinada a convertirse en una obra de consulta obligada.


LA BIBLIOTECA SEPULTADA. Por Federico Andahazi

A causa de su condición intrínseca el Poder necesita, en términos generales, establecer distintas formas de control social. Las disciplinas artísticas, por su misma constitución, se resisten a la domesticación y se construyen en la ruptura con el dogma. La literatura en particular, cuya materia es la palabra, nada en el océano del lenguaje. Y el Poder nunca ha tolerado la multiplicidad de sentidos propia de la palabra. Siempre ha preferido las nomenclaturas.
Ahora bien, con qué herramientas cuenta el Poder para neutralizar el carácter disuasivo que ejerce la literatura sobre los dogmas por él establecidos. Quizá sean muchos más pero enumeraré sólo tres: la censura, la sacralización y, finalmente, la inedición. La primera es la más conocida y, por cierto, la más burda; los ejemplos al respecto superarían largamente el espacio estipulado para estas líneas. La segunda será, quizá, el objeto de la próxima entrega. Por ahora me detendré en la última: la inedición. Parece una verdad de Perogrullo, pero sólo contamos con la posibilidad de leer lo que está publicado. Siempre he sostenido que un escritor no tiene derecho a ser soberbio ni a olvidar que alguna vez fue inédito; por otra parte, la distancia que separa la edición de la inedición está regida por una multiplicidad de factores que, en más de una ocasión, se reducen al más puro azar. Creo que, ante la sospecha de la injusticia consumada, el autor inédito merece, cuanto menos, una pequeña apología.
Imaginemos una proporción más o menos arbitraria: supongamos que de cada mil obras que se han escrito en un determinado período, solamente se publique una. ¿Por qué habríamos de creer que aquella obra publicada reuniría mayores méritos que las restantes novecientas noventa y nueve? Permítaseme por un momento dudar del siempre sabio criterio de los editores. Y, avanzando un poco más en la duda, permítaseme preguntarme cuál es el criterio que rige las decisiones acerca de qué se publica y qué no. Se sabe que las excepciones suelen confirmar las reglas. Quizá el ejemplo más transparente, y por cierto el más trágico, sea el de la Conspiración de los necios; la historia es conocida: víctima de la indiferencia de los editores, John Kennedy Tool, desesperanzado, se quitó la vida. Al tesón de su madre, quien movió Cielo y Tierra hasta ver publicada la obra de su hijo, debemos el hecho de que una de las novelas más lúcidas del siglo viera la luz pública. Del mismo modo, de no haber sido por la insistencia de su amigo, Max Brod, gran parte de la obra de Franz Kafka se hubiese perdido en la bruma de la inedición.
Albergo la sospecha de que, quizá, entre las obras desechadas por las editoriales, habría al menos unas pocas con iguales, mayores o distintos méritos que aquellas que se publicaron. Si proyectamos esta proporción a la historia de la literatura, nos encontramos con el escalofriante dato de que tal vez muchas de las mejores obras de la literatura universal jamás se hayan publicado y estén hoy irremediablemente perdidas. Suelo imaginar una gigantesca y fantasmagórica biblioteca subterránea poblada de miles de volúmenes que jamás vieron la luz de la publicación, innumerables manuscritos devorados por el tiempo, la indiferencia y el hambre voraz de las ratas, únicas testigos, tal vez, de la Historia Universal de la Literatura que jamás conoceremos.

FEDERICO ANDAHAZI


LAS PIADOSAS (Fragmento) Por Federico Andahazi

Las nubes eran catedrales negras, altas y góticas que de un momento a otro habrían de derrumbarse sobre Ginebra. Más allá, al otro lado de los Alpes de Saboya, la tormenta anunciaba su ferocidad dando azotes de viento que enfurecían al apacible lago Leman. Acosado entre el cielo y las montañas, como un animal acorralado, el lago se rebelaba echando coces de caballo, zarpazos de tigre y coletazos de dragón, todo lo cual resultaba en un oleaje tumultuoso. En una recóndita concavidad abierta entre los peñascos que se precipitaban perpendiculares hasta hundirse en las aguas, se extendía una pequeña playa: apenas una franja de arena semejante a un cuarto de luna, menguante cuando las aguas subían y creciente en la bajamar. Aquella tempestuosa tarde de julio de 1816, junto a la cabecera del muelle que limitaba el extremo oeste de la playa, amarró una pequeña embarcación. El primero en descender fue un hombre rengo que se vio obligado a hacer equilibrio para no caer en las fauces de las aguas, cuya iracundia se descargaba contra la estructura de la endeble escollera que, sobrevolada por las gaviotas, presentaba el aspecto de una fantasmagórica osamenta varada. Una vez en tierra, el recién llegado se aferró con un brazo a uno de los palos y, extendiendo el otro, ayudó a bajar al resto de sus acompañantes: primero a dos mujeres y luego a otro hombre. El grupo emprendió la caminata a lo largo del muelle hacia la tierra firme, como lo haría una troupe de torpes y alegres equilibristas, sin demorarse a esperar a que descendiera un tercero quien, no sin dificultades, tuvo que arreglárselas completamente solo. Iban en fila contra el viento y la pendiente, hasta llegar —empapados, divertidos y jadeantes— a la casa situada en la cima del pequeño promontorio de la Villa Diodati. El tercer hombre caminaba con pasos cortos y ligeros, taciturno y sin levantar la vista del suelo, como un perro que siguiera la huella de su amo. Las mujeres eran lady Mary Godwin Wollstonecraft y su hermanastra, Jane Clairmont. La primera, pese a que aún era soltera, reclamaba para sí el derecho de llevar el apellido del hombre con el que habría de casarse: Shelley; la segunda, por razones menos conocidas, había renunciado a su nombre y se hacía llamar Claire. Los hombres eran Lord George Gordon Byron y Percy Bysshe Shelley. Pero ninguno de estos personajes interesa demasiado en esta historia, salvo aquel que descendió último del barco, el que caminaba solitario y rezagado: John William Polidori, el oscuro y despreciado secretario de Lord Byron.
Los sucesos de aquel verano en la Villa Diodati son suficientemente conocidos. O al menos algunos de ellos. Sin embargo, el hallazgo de cierta correspondencia que habría sobrevivido al Dr. Polidori, el sombrío autor de The Vampyre, revelaría otros episodios, hasta ahora desconocidos, en torno a su vida y, más aún, echaría luz sobre las razones de su trágica y precoz muerte.
Según se consigna, The Vampyre constituiría el primer relato de vampiros, la piedra basal sobre la que habrían de sucederse incontables historias, hasta el punto de convertir el vampirismo en un verdadero género, cuya cúspide —al menos en orden de trascendencia— alcanzara Bram Stoker con su conde Drácula. No existe historia de vampiros que no guarde una deuda de gratitud con el satánico Lord Ruthwen que pergeñara John Polidori. Sin embargo, los sucesos que envuelven el nacimiento de The Vampyre parecen ser tan sombríos como el propio relato. Se sabe que no existe cosa más dudosa que la paternidad. Afirmación que, naturalmente, podría hacerse extensiva a los vástagos literarios. Aunque los repetidos incidentes relativos al plagio —acusaciones remotas y recientes, comprobadas o descabelladas— parecieran ser intrínsecos a la literatura y tan antiguos como ella, en el caso de The Vampyre las disputas no se suscitaron justamente por reclamos de propiedad. Al contrario, por alguna extraña razón, nadie quiso reconocer como propia a la maléfica criatura que estaba llamada a abrir caminos. El cuento se publicó en 1819 y llevaba la firma de Lord Byron; pero nótese la paradoja: mientras aceptaba su responsabilidad en el —digámoslo así— confuso embarazo de Claire Clairmont, Byron rechazaba furiosa y vehementemente todo parentesco con The Vampyre, atribuyendo la "culpabilidad" a su secretario, John William Polidori. Y así quedó escrita la historia.
Ahora bien, un relato tan tétrico como The Vampyre no podía, desde luego, tener un origen menos tenebroso que su contenido. Es sabido que, luego de la muerte de Polidori, se halló en su poder una considerable cantidad de cartas, documentos y escritos que habrían de agregar datos indeseables a las biografías de varios ilustres personajes, quienes, con entera justicia, hubieran pretendido para sí una pacífica posteridad.
La correspondencia en cuestión no es novedosa. O, más bien, las absurdas y escandalosas instancias jurídicas, académicas y hasta políticas por las que dichos documentos debieron atravesar son bastante conocidas. Las polémicas acerca de su autenticidad fueron una verdadera guerra. Se dieron a conocer los informes de los expertos, los resultados de las pruebas caligráficas, las ambiguas declaraciones de los testigos, las airadas desmentidas de los actores más o menos involucrados. Pero lo que nunca, lo que jamás se conoció públicamente es el contenido de una sola de las cartas ya que, según se dijo, se habrían quemado en el incendio que destruyó los archivos del juzgado en 1824. Y era previsible. Pero los escándalos, pese a la magnitud y a la ilusión de eternidad que puedan provocar, suelen ser tan efímeros como el tiempo que los separa del siguiente y acaban invariablemente sepultados por toneladas de papel y ahogados en ríos de tinta. El férreo silencio de los involucrados, el progresivo desinterés del público y, finalmente, la muerte de todos los actores sumió en el olvido la controvertida documentación de la cual, por otra parte y según se afirmaba, no habían quedado más que cenizas. Lo único que sobrevivió fue el no menos dudoso diario de John William Polidori.
Como el lector ya habrá de sospechar, se impone un inevitable "sin embargo..." Efectivamente, por razones completamente azarosas, poco tiempo atrás, estando yo en Copenhague, entró en contacto conmigo un amabilísimo personaje que se presentó como el último de los teratólogos, un exégeta de los antiguos textos referidos a monstruos, una suerte de arqueólogo del horror, buscador de cuanto testimonio hubiesen dejado en su espantoso paso por el mundo los míticos teratos; en fin, un taxonomista de nuevos y temibles leviatanes humanos. Era un hombre pálido y longilíneo, de una anacrónica elegancia; fue una breve conversación durante la noche prematura del invierno danés en el Norden Café, frente a la fuente de las cigüeñas, allí donde muere la calle Klareboderne. Según me dijo, estaba enterado de un reciente artículo mío sobre el tema que lo ocupaba y se vio tentado de intercambiar conmigo alguna información. No era mucho lo que yo podía ofrecerle, de modo que no tuve otro remedio que confesarle mi condición de neófito en materia teratológica; se mostró sorprendido de que, siendo yo oriundo del Río de la Plata, ignorara la versión que señalaba que el destino último de buena parte de la correspondencia de John William Polidori habría sido, presumiblemente, un antiguo caserón otrora perteneciente a cierta tradicional familia porteña de remota ascendencia británica. Mi pintoresco interlocutor nunca había estado en Buenos Aires y las referencias con las que contaba eran pocas e imprecisas. Sin embargo, de acuerdo con la vaga semblanza que hiciera de la casa y según su emplazamiento "cercano al Congreso", no tuve dudas de cuál se trataba. Era un ruinoso palacete que, por curiosa coincidencia, me era absolutamente familiar. Infinidad de veces había pasado yo por la puerta de aquella extemporánea casa de la calle Riobamba, cuya arquitectura inciertamente victoriana jamás se adecuó a la fisonomía porteña. Nunca habían dejado de sorprenderme ni la desproporcionada palmera que —en el centro mismo de la ciudad de Buenos Aires— se elevaba por encima de los siniestros altos ni la reja que precedía al atrio, hostil y amenazante, eficaz a la hora de disuadir a cualquier inopinado vendedor ambulante de aventurarse más allá del portón.
Apenas hube llegado a Buenos Aires, no vacilé en relatar mi conversación de ultramar a mi amigo y colega Juan Jacobo Bajarlía —sin dudas nuestro más informado estudioso del género gótico—, quien se ofreció de inmediato a oficiar de Caronte en el infernal periplo porteño que se iniciaba a las puertas del caserón de la calle Riobamba. Me adelanto a decir que, gracias a sus artimañas de abogado y a sus argucias de escritor, llegamos, luego de infinitas indagaciones, hasta los presuntos documentos.
En honor a un compromiso de discreción, me es imposible revelar más detalles acerca del modo en que, finalmente, dimos con los supuestos "documentos". Y si me amparo en la cautelosa anteposición del adjetivo supuestos y en las precavidas comillas, lo hago en virtud de la sincera incertidumbre: no podría afirmar que tales papeles no fueran apócrifos ni tampoco lo contrario, porque en rigor no tuve la oportunidad siquiera de tenerlos en mis manos.
En realidad, durante la entrevista en el viejo caserón, no vi ningún original: nuestro anfitrión —cuya identidad me excuso de revelar— en parte nos leyó y en parte nos relató el contenido de los numerosos folios encarpetados, unos papeles fotostáticos ilegibles casi por completo. Las dimensiones del sótano, entre cuyas cuatro oscuras paredes nos encontrábamos, no pudieron abarcar el volumen de nuestro asombro. Como no nos estuviera permitido conservar ningún testimonio material —ni una copia ni tan siquiera una anotación—, lo que sigue es, a falta de memoria literal, una laboriosa reconstrucción literaria. La historia que resultó de la concatenación de las cartas —fragmentos apenas— es tan fantástica como inesperada. A punto tal que la genealogía de The Vampyre sería, apenas, la llave que develaría otros increíbles hallazgos atinentes al concepto mismo de paternidad literaria.
En lo que a mí concierne, no le otorgo ninguna importancia al eventual carácter apócrifo de la correspondencia. De hecho, la literatura —a veces es necesario recurrir a Perogrullo— no reviste otro valor más esencial que el literario. Sea quien fuere el autor de las notas aquí reconstruidas, haya sido protagonista, testigo directo o tangencial, o un simple fabulador, no dudamos de que se trata de la invención de una infamia urdida por una monstruosa inventiva, cuya clasificación en el reino de los espantajos dejo por cuenta de los teratólogos. A propósito, entonces, de la veracidad —y, más aún, de la verosimilitud— de los acontecimientos narrados a continuación, me veo en la obligación de suscribirme a las palabras de Mary Shelley en la advertencia que precede a su Frankenstein: "...ni remotamente deseo que se pueda llegar a creer que me adhiero de algún modo a tal hipótesis y, por otra parte, tampoco pienso que al fundar una narración novelesca en este hecho me haya limitado, en tanto escritor, a crear una sucesión de horrores pertenecientes a la vida sobrenatural".
Como quiera que sea, la historia se inicia, precisamente, a orillas del lago Leman en el verano europeo de 1816.

EL SEXO Y LA HISTORIA. Por Federico Andahazi

La historia de la sexualidad es la historia de la humanidad. No existe frase más verdadera en su sencilla literalidad ni en su elemental carácter metafórico. Desde el libro del Génesis hasta el del Apocalipsis, desde el primero de los mitos que están en el origen de las grandes civilizaciones hasta las causas que las llevaron a su caída, la sexualidad ha sido el germen de la vida y la excusa ejemplificadora para explicar la decadencia y la destrucción. La historia de una nación sólo puede comprenderse si se conoce el entramado de relaciones sexuales que la gestaron. Así como los dioses antiguos, al mezclar sus cuerpos, engendraban hijos que fundaban naciones, sus terrenales descendientes establecían alianzas sexuales para unir reinos, multiplicar sus riquezas y extender dominios.
Los primeros relatos que habrían de fundar la historia de Europa hablaban de dioses voluptuosos, promiscuos y atormentados. Podría afirmarse que todas aquellas leyendas surgieron de la febril imaginación de los marineros y luego los poetas les agregaron el verso y la métrica. La cultura europea se originó en el Egeo y, desde allí, se fue expandiendo por las aguas claras del Mare Nostrum. De las profundidades de aquel pequeño mar que bañaba las costas de Grecia nacieron los héroes mitológicos, cuya épica máxima. La Odisea, fue una historia de navegantes. El viento del Mediterráneo soplaba con la vital inspiración de Hormero. Ese mismo viento era el que henchía las velas de los barcos que unían los puertos fantásticos con los reales.
Más allá de cualquier consideración política, más allá de sus miserias y ambiciones, el espíritu de Cristóbal Colón estaba hecho de aquella madera épica. Sin dudas, la del almirante genovés fue una de las mayores hazañas de la humanidad. Europa acababa de salir de las penumbras de la Edad Media e ingresaba, eufórica, en el Renacimiento. Fueron días luminosos que significaron, también, el renacer de una nueva sexualidad: los muros de los palacios e incluso los de las iglesias se plagaron de cuerpos desnudos como no se veían desde la Antigüedad, desde los tiempos de las Venus paganas. Por encima de cualquier juicio valorativo, no puede entenderse la aventura de Colón sino a la luz del pensamiento renacentista. No sólo la pintura se rebeló de pronto contra la llanura del lienzo en virtud del genio de Leonardo; el nacimiento de la perspectiva estuvo asociado a la nueva visión de la Tierra que, súbitamente, dejó de ser una superficie plana para convertirse en una esfera. Cabe preguntarse, sin embargo, si España tuvo Renacimiento. Probablemente no. A diferencia del resto de Europa, España continuó siendo medieval por obra y gracia de los Reyes Católicos. No fue casual que Cristóbal Colón no fuera español. Como tampoco resultó azaroso que el nombre que recibiera el nuevo continente estuviese destinado a homenajear a un florentino: Americo Vespucci provenía de la cuna del Renacimiento.
Suele pensarse, no sin cierta pereza reduccionista, que la llegada de los españoles significó el choque de dos culturas. Sin embargo, resultó mucho más que eso; no fue sólo una colisión entre dos mundos sino, más aún, entre dos universos: un conjunto de sistemas que, al tocarse, estallaron hacia adentro y hacia afuera. El «Nuevo Mundo» ni era nuevo ni se trataba de un mundo único: desde la espléndida Tenochtitlán, pasando por Chichén Itzá hasta la ciudad imperial del Cuzco, estas tierras eran un vasto y diverso continente de culturas tan diferentes que, en algunos casos, no llegaron a conocerse entre sí.
Los Andes fueron para las civilizaciones Inca, Azteca y Maya lo que el Mediterráneo para los europeos. Todo aquel que pertenecía a la montaña era habitante de la polis, estaba cerca del panteón imperial, era ciudadano de un Estado y vivía al amparo, cuando no bajo el yugo, de los grandes monarcas. Cuanto más lejos del cielo, cuanto más bajo respecto de las cumbres andinas, tanto menos organizados eran los pueblos. En las llanuras no había Estados, ni grandes ciudades, ni fastuosos templos, sino culturas simples basadas en la caza y la recolección. En este contexto, el territorio correspondiente a la actual República Argentina era por entonces apenas un suburbio remoto, muy alejado de los centros de decisión política de los grandes imperios.
Resulta cuanto menos curioso que, ante semejante diversidad y riqueza culturales, los europeos se hayan obstinado en ver tribus de bárbaros en las tierras descubiertas. Salvaje: tal fue el término con que el conquistador designó a todos los habitantes del «Nuevo Mundo». Salvaje: un calificativo terminante que borraba toda frontera entre los distintos pueblos nativos y, a la vez, levantaba un muro entre las civilizadas huestes de Cristo y esos idólatras que adoraban dioses de barro, semejantes a aquellos que despertaron la ira de Jehová en tiempos de Moisés. El mote de salvaje fue la coartada para imponer su ley. El invasor siempre precisó invocar algún fin noble para justificar su afán de dominación y apropiación. Civilizar, redimir, evangelizar, liberar han sido, desde siempre, los verbos en nombre de los cuales se han cometido las mayores ignominias. Si, tal como rezaban las Escrituras, la carne era el refugio del diablo y el vehículo del pecado, aquellos aborígenes que exhibían sus cuerpos sin pudor eran la prueba concluyente de que había que hacer cumplir La Palabra por estas tierras. La idea de que esos hombres y mujeres que andaban semidesnudos ejercían la sexualidad sin arreglo a ley alguna y cuya norma, si la había, era la promiscuidad, cuando no el incesto, fue el argumento más categórico para justificar la opresión y el saqueo. Si, como dijimos al comienzo de estas líneas, la historia de la sexualidad es la historia de la humanidad, tal vez en ningún otro momento esta afirmación haya resultado tan indiscutible y verdadera como en el proceso de la Conquista de América.

ENTREVISTA A FEDERICO ANDAHAZI. Por Rodrigo Arias

¿Por qué decidiste ser escritor?
Tiene que ver con toda una historia familiar. Por un lado, el impacto que generó en mí la biblioteca de mi abuelo, que era editor y que tuvo que quemar sus libros durante la última dictadura. Esa es la primera razón: restituir esa biblioteca. Por otro lado, mi padre es poeta. Casualmente, cuando era un niño, encontré en la biblioteca de la casa su libro. Ahí empezó mi relación con la escritura. De hecho, empecé escribiendo poesía e imitando a mi viejo. De ahí salto a la prosa. Intento escribir algunos cuentos sin fortuna. Y ante la imposibilidad de hacerlo, me vuelco a la novela. Mi primer trabajo se llamó "El oficio de los santos", y lo terminé de escribir a los 20 años. Este texto terminó funcionando como un arcón de recursos. Muchos pasajes de "El Anatomista", "Las Piadosas" y "El Príncipe" son fragmentos de esa novela.

Hay una relación muy fuerte entre tus textos y la historia. ¿Por qué?
No soy un escritor al que le interese la historia en relación con la verdad. Mis novelas no son históricas. Trato de apuntalar mi literatura en la ficción y si tengo que deformar la historia para apuntalar mi literatura, lo hago. Tanto "El Anatomista" como "Las Piadosas" están plagadas de inexactitudes deliberadas. Las construcciones de mis novelas son ficticias. Por otro lado, es curioso porque la literatura no tiene ningún nexo en relación con la verdad. La literatura está fundada por la ficción. No es más que una mentira más o menos bien contada.
¿Cuál es tu concepción de la literatura?
Mi idea de la literatura pasa por el camino de la ficción. Yo no me propongo reconstruir la realidad. Mi intención es reescribir para desdibujar. "Las Piadosas" no es nada fiel con respecto al acontecimiento histórico que cuenta. Ese hecho histórico me sirvió para seguir ahondando en el camino de la ficción. Pienso que la literatura se nutre de sí misma. Como dijo Baudelaire: un manuscrito que se vuelve a escribir.
En una entrevista dijiste que la literatura se presenta oponiéndose a determinadas estructuras. ¿Pensás que esa potencia es la que le permite enfrentar al poder?
Al poder siempre le molestó la literatura porque se emparenta con el deseo. El poder no puede con el deseo. Tiene su misma lógica. El poder es una máquina que quiere normativizar constantemente, y el deseo y la literatura van en contracorriente. Buscan demoler estas legalidades. La literatura debe resistir el desprecio, la censura y la canonización que intenta imponer el poder. Creo que éstas son las tres formas que tiene el poder para combatir a la literatura.
¿Cómo te situás en el mapa de los escritores argentinos contemporáneos?
Uno puede percibir cuáles son las amistades literarias 50 años después. Hay una discusión que todavía sigue vigente, pero que es un poco aburrida: los jóvenes autores frente al boom latinoamericano. En un Congreso en España un escritor chileno planteó la idea de "matar" a esos padres. En mi ponencia dije que no hacía falta: ya que hubo un genocidio literal. No hacía falta "matar" a esos "padres literarios": ya los habían asesinado. Por eso cuando escribo trato de homenajear a Walsh, a Conti, autores que fueron asesinados. De todas maneras, es un momento muy rico de la literatura argentina; se formó un campo muy heterogéneo a diferencia de otras épocas. Autores como Leopoldo Brizuela, Pablo De Santis, Marcos Herrera... Son universos totalmente diferentes producto de la herencia prematura de aquellos padres. Esas herencias, que se han repartido de forma diversa, son las que provocaron esta diversidad.
¿Qué pensás de la Internet? ¿Cuál es la relación que tenés con ella?
Me parece que hoy por hoy asistimos a la prehistoria de Internet. Todavía falta que se desarrolle. Aún es una Internet muy dura, que aspira a cierta gráfica que todavía no tiene. De modo que hay que pensar en qué se va a convertir. Lo que me parece fantástico de Internet es la posibilidad de subir un montón de cosas. Esto democratiza un poco la información. Ahora si pensamos que sólo un 5 % de la población mundial tiene acceso a Internet, es una democratización un poco lenta. Sin embargo, es interesante la privacidad que otorga: es el lugar ideal para la pornografía y también para aquellos materiales que no tienen lugar en los demás medios de comunicación. Creo que eso es lo que más le preocupa al poder.
¿Te gustaría publicar tu próximo libro en la Internet?
Yo he publicado algunos cuentos para Internet, para alguna página que no recuerdo en este momento. Pero me parece que hay que pulir el soporte. Porque, hasta ahora, no se puede sustituir lo que ofrece el libro. Hoy por hoy el libro sigue siendo más práctico. Yo no puedo estar más de dos horas frente a la pantalla porque me duele la cabeza. Hasta el momento las experiencias de libros electrónicos no fueron del todo buenas. Pensá en Stephen King. En ese caso no fue un fracaso de Stephen King, sino de los lectores y del soporte. Esto demuestra que estamos en la prehistoria de Internet. El día que se fabrique la impresora que te saque el libro impreso van a caer editoriales, librerías.
¿Cuáles son los elementos que te acompañan a la hora de sentarte a escribir?
La computadora, aunque todavía sigo escribiendo a mano y luego transcribo en la máquina; un arcón con papeles "secretos", donde tengo diversas anotaciones; la Enciclopedia Espasa Calpe; cajones con papeles; vanos intentos de entrar en la tecnología con cámaras digitales que no llegan a ser nada; agendas que no cumplen ninguna función; el mate; y la impresora, que es lo que más valoro, y una llave "T" para desarmar motos..
¿Cómo es el proceso de escritura?
Escribo de noche. Antes lo hacía en el bar La Academia, en Callao y Corrientes. Ahora me queda más cerca el billar de Lacroze y Alvarez Thomas o sino, la placita Serrano. Escribo de 23 horas a 3 horas. Me levanto a eso de las 14 horas y paso en limpio lo que escribí en los cuadernos a la computadora. Tiene sus ventajas escribir en cuadernos, ya que te permite una primera corrección en el traspaso del papel a la computadora. Aunque una vez que escribí el libro, me olvido de él. De todas maneras, el trabajo de la escritura es un trabajo de reescritura.
¿Cuáles son tus libros preferidos, aquellos que tenés a mano permanentemente?
Las "Obras Completas de Borges", los cuentos de Quiroga; Jack London, que me enseñó que escribir es posible; Camilo José Cela, un tipo desagradable, pero un magnífico escritor; Santiago Gamboa, un escritor y amigo colombiano; "El príncipe", de Maquiavelo. Y Osvaldo Soriano, una persona inolvidable. Osvaldo leyó algunos de los fragmentos de "El anatomista" y la verdad que fue todo un orgullo para mí. Estos son los libros que más me apasionan y son los que tengo a mano, muy cerca. Siempre los estoy consultando.
Sabemos que sos un admirador de las motos. ¿Cuál es tu relación con ellas?
No tengo una relación desde la velocidad o el vértigo como algunos motoqueros. Es una relación pasional. Mi intención es poder arreglar estos bichos del año '37 para que puedan funcionar. Sólo quiero resucitarlos y poder escuchar el ruido de sus motores. Insisto, mi relación con las motos pasa por poder ponerlas en funcionamiento. No te voy a negar que de vez en cuando salgo a dar una vuelta con alguna de ellas.

EL SIGLO DE LAS MUJERES (Fragmento de EL ANATOMISTA) Por Federico Andahazi

El XVI fue el siglo de las mujeres. La semilla que cien años antes sembrara Christine de Pisan florecía en toda Europa con el dulce perfume de El dictado de los verdaderos amantes. No es en absoluto casual que el descubrimiento de Mateo Colón haya tenido lugar en el tiempo y en el sitio en que aconteció. Hasta el siglo XVI, la Historia estaba narrada por la grave voz masculina. “Allí donde se mire, allí está ella con su infinita presencia: del siglo XVI al XVIII, en la escena doméstica, económica, intelectual, pública, conflictual e incluso lúdica de la sociedad, encontramos a la mujer. Por lo común, requerida por sus tareas cotidianas. Pero presente también en los acontecimientos que constituyen, transforman o desgarran la sociedad. De arriba abajo de la escala social, ocupa el conjunto de los espacios y de su presencia hablan constantemente quienes la miran, a menudo para asustarse", declaran Natalie Zemón y Arlette Farge en Historia de las mujeres3.
El descubrimiento de Mateo Colón irrumpe, precisamente, cuando los ámbitos de las mujeres —siempre de puertas adentro— comienzan, de a poco y sutilmente, a salir extramuros desde los beatarios y los monasterios, desde los prostíbulos o desde la cálida pero no menos monástica dulzura del hogar. La mujer, tímidamente, se atreve a discutir con el hombre. Con cierta exageración, se ha llegado a decir que en el siglo XVI se libra la "batalla de los sexos". Cierto o no, el asunto de las incumbencias de las mujeres se instala como tema de discusión entre los hombres.
Bajo estas circunstancias, ¿qué era la "América" de Mateo Colón? Ciertamente el límite entre descubrimiento e invención es mucho más difuso de lo que pudiera parecer a simple vista. Mateo Colon —es hora de decirlo— descubrió aquello con lo que, alguna vez, todo hombre soñó: la mágica llave que abre el corazón de las mujeres, el secreto que gobierna la misteriosa voluntad del amor femenino. Aquello que, desde el comienzo de la Historia buscaron brujos y hechiceras, chamanes y alquimistas —mediante la infusión de toda clase de hierbas o el favor de dioses o demonios— , en fin, aquello que siempre anheló todo hombre enamorado, herido por el desamor del objeto de sus desvelos y su desdicha. Y, por cierto, aquello con lo que soñaron monarcas y gobernantes, por la sola ambición de omnipotencia: el instrumento que sojuzgara la volátil voluntad femenina. Mateo Colón buscó, peregrinó y, finalmente, halló su "dulce tierra" anhelada: "el órgano que gobierna el amor en las mujeres". El Amor Veneris —tal el nombre con que el anatomista lo bautizara, "si me es permisible poner nombre a las cosas por mi descubiertas"— constituía un verdadero instrumento de potestad sobre el escurridizo –y siempre oscuro– albedrío femenino. Por cierto, semejante hallazgo presentaba más de una arista: "¿A qué calamidades no se vería confrontada la cristiandad si del femenino objeto del pecado se apoderaran las huestes del demonio?", se preguntaban, escandalizados, los Doctores de la Iglesia. "¿Qué sería del rentable negocio de la prostitución, si cualquier pobre contrahecho pudiera hacerse del amor de la más cara de las cortesanas?", se preguntaban los ricos propietarios de los espléndidos burdeles de Venecia. O, lo que sería peor aún, ¿qué sucedería si las hijas de Eva descubrieran que llevan en el medio de las piernas las llaves del cielo y del infierno?
El descubrimiento de la "América" de Mateo Colón fue también –y en su medida– una épica quebrantada por la letanía de un réquiem. Mateo Colón fue tan feroz y despiadado como Cristóbal; como aqué –y dicho con la misma literal propiedad–, fue un colonizador brutal que reclamaba para sí el derecho sobre las tierras descubiertas: el cuerpo de la mujer.
Pero, por otra parte, además de lo que significaba el Amor Veneris, otra polémica habría de suscitar lo que era este órgano. ¿Existe el órgano que describió Mateo Colón? Es esta una pregunta inútil que, en cualquier caso, habría que reemplazar por otra: ¿Existió el Amor Veneris? Las cosas son, finalmente, las voces que las nombran. Amor veneris, vel Dulcedo Apeleteur? tal el nombre con que su descubridor bautizó a su órgano?, tenía un contenido fuertemente herético. Si el Amor Veneris coincide con el menos apóstata y más neutro kleitoris (cosquilleo) –que alude a efectos antes que a causas– es un asunto que habrá de preocupar a los historiadores del cuerpo. El Amor Veneris existió por razones diferentes de las de la anatomía; existió por cuanto no sólo fundó una nueva mujer, sino que además promovió una tragedia. Lo que sigue es la historia de un descubrimiento.
Lo que sigue es la crónica de una tragedia.

"EL ANATOMISTA" DE FEDERICO ANDAHAZI. REFLEXIÓN SOBRE EL PODER. Por Freda Mosquera

"Mateo Colón, sentado a su pupitre, mira caer la lluvia del otro lado de la luna minúscula que corona la breve cabecera de su cama. Llueve sobre las diez cúpulas gemelas de la basílica y sobre la pradera que se funde en la línea incierta del horizonte. Llueve una lluvia fina que apenas si moja. Llueve una lluvia mansa y persistente que acosa como un mal pensamiento o como una duda. Como una idea. Como un secreto. Llueve, se diría, una lluvia de siglos. Llueve una lluvia pía, descalza. Llueve una lluvia franciscana. Llueve con la misma leve materialidad de la que están hechos los pies del santo sobre los techos, sobre los pájaros. Llueve como siempre, sobre los pobres".



"El Anatomista" del escritor argentino Federico Andahazi, irrumpió en las librerías y se convirtió en poco tiempo en uno de los libros más vendidos, tras el escándalo que propiciara tres años atrás la Sra. Amalia Lacroze de Fortabat cuando expresó su inconformidad por habérsele otorgado el Premio Joven Literatura 1996 que su fundación presidía, a la novela El Anatomista y que el jurado consideró era la mejor dentro de todas las que fueron presentadas. Desde entonces ?El Anatomista? permaneció en los primeros puestos de ventas, generando controversias y evocando el éxito de libros como ? El Perfume? de Patrick Suskind, o El Amante de Marguerite Duras. Federico Andahazi, sencillo, solitario, casi anónimo, vestido de jeans, con el cabello largo atado atrás y dos aros atravesando sus orejas puntiagudas, sin dejarse perturbar por la fama imprevista y el éxito de su novela traducida a 15 idiomas, visitó el año pasado la Feria Internacional del Libro y expresó durante su conferencia que ?paradójicamente su libro, al igual que el protagonista de su novela Mateo Colón, fue victima de la censura. ?Lo que irritó de El Anatomista fue su reflexión en torno al poder" dijo Andahazi. "La sexualidad femenina ha sido siempre un problema para el poder". Andahazi aclaró que su novela escudriña las relaciones entre la ciencia y el poder.El Anatomista es un libro cargado de humor, de poesía, de erotismo. Es violento, anticlerical, sarcástico, irreverente. Sus personajes Mateo Colón, Mona Sofía e Inés de Torremolinos, ingresaron a la galería de personajes inolvidables. "El anatomista" es una historia de amor insólita, la del amante que en su búsqueda de la fórmula mágica que sojuzgue a la mujer amada, encuentra "su América", "el amor veneris" y se empeña en darlo a conocer a la humanidad aún a costa de su propia vida. Es al mismo tiempo la historia del hombre de ciencia que lucha contra los tabúes impuestos por la religión católica.En su segunda novela: "Las Piadosas", Federico Andahazi explora nuevos aspectos de la sexualidad humana, pero en esta ocasión no es la belleza femenina la que pierde a su protagonista sino por el contrario son la fealdad y lo monstruoso los elementos que alientan las páginas de esta novela gótica que transita por el género del horror, más que del erotismo. En esta novela aparecen los temas que han obsesionado a escritores durante siglos, la censura, el plagio, la originalidad y la fecundidad literaria. Nota: "El anatomista" del escritor argentino Federico Andahazi, será el libro que estaremos comentando en la próxima reunión del Circulo de Lectura en Español, el Jueves, 12 de Agosto, a las 7:30 de la noche, en la Librería Barnes & Noble, 591 South University Drive, en la ciudad de Plantation. El círculo se reúne desde Septiembre del año pasado, el segundo jueves de cada mes, y esta abierto al público en general.

martes, 2 de diciembre de 2008

MARCEL DUCHAMP - Portrait of Yvonne Duchamp (1907)


RELATO. Por Paul Auster

Hace tres veranos, encontré una carta en mi buzón. Venía en un gran sobre blanco y estaba dirigida a alguien cuyo nombre no conocía: Robert M. Morgan, de Seattle, Washington. En la Oficina de Correos habían estampado en el anverso del sobre varios sellos: Desconocido, A su procedencia. Habían tachado a pluma el nombre del señor Morgan, y al lado alguien había escrito: “No vive en esta dirección”. Trazada con la misma tinta azul, una flecha señalaba la esquina superior izquierda del sobre, junto a las palabras "Devolver al remitente”. Suponiendo que la Oficina de Correos había cometido un error, comprobé la esquina superior izquierda para ver quién era el remitente. Allí, para mi absoluta perplejidad, descubrí mi propio nombre y mi propia dirección. No sólo eso, sino que estos datos estaban impresos en una etiqueta de dirección personal (una de esas etiquetas que se pueden encargar en paquetes de doscientas). La ortografía de mi nombre era correcta, la dirección era mi dirección, pero el hecho era (y lo sigue siendo) que nunca he tenido ni he encargado en mi vida un paquete de etiquetas con mi dirección impresa.
Dentro del sobre había una carta mecanografiada a un solo espacio que empezaba así: “Querido Robert: en respuesta a tu carta del 15 de julio de 1999 debo decirte que, como otros autores, a menudo recibo cartas sobre mi propia obra”. Luego, en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filósofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacción, el autor de la carta elogiaba a Robert por las ideas que había desarrollado sobre uno de mis libros en un curso universitario sobre novela contemporánea. Era una carta despreciable, la clase de carta que jamás se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre. La letra no se parecía a la mía, pero eso no me consolaba. Alguien estaba intentando hacerse pasar por mí, y, por lo que sé, lo sigue intentando.Un amigo me sugirió que era un ejemplo de “arte por correo”. Sabiendo que la carta no podía llegarle a Robert Morgan (puesto que tal persona no existe), en realidad el autor de la carta me estaba enviando a mí sus comentarios. Pero esto hubiera implicado una confianza injustificada en el Servicio de Correos, y dudo que alguien que se ha dado el trabajo de encargar en mi nombre etiquetas de dirección y de ponerse a escribir una carta tan arrogante y altisonante pudiera dejar algo al azar. ¿O sí? Quizá los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrá siempre como ellos quieren.
Tengo pocas esperanzas de resolver algún día este pequeño misterio. El bromista ha borrado hábilmente sus huellas, y no ha vuelto a dar señales de vida. Lo que no acabo de entender de mi propia actitud es que nunca he tirado la carta, aunque sigue dándome escalofríos cada vez que la miro. Un hombre sensato la habría tirado a la basura. En vez de eso, por razones que no comprendo, la conservo en mi mesa de trabajo desde hace tres años, y he dejado que se convierta en un objeto más, permanente, entre mis plumas, cuadernos y gomas de borrar. Quizá la conservo como un monumento a mi propia locura. Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no dejará nunca de escapárseme.

MISS STEIN DA ENSEÑANZAS. Fragmento de París era una Fiesta. Por Ernst Hemingway

Cuando volvimos a París los días eran claros y fríos y de maravilla. La ciudad se había puesto en armonía con el invierno, vendían leña buena en la carbonería de enfrente, y muchos cafés buenos habían puesto braseros fuera, de modo que podíamos sentarnos al calor de las terrazas. Teníamos el piso caliente y alegre. En la chimenea quemábamos boulets, que eran polvo de carbón comprimido en forma de huevo, y por las calles era hermosa la luz de invierno. Ya nos habíamos acostumbrado a los árboles desnudos rayando el cielo, y paseábamos por la gravilla rociada de las sendas del Luxemburgo bajo el viento vivo y claro. Si nos conformábamos con los árboles sin hojas podíamos mirarlos como esculturas, y los vientos de invierno se veían soplar en los estanques y estaba su soplo en los surtidores a la luz límpida. Todas las distancias se nos hacían cortas, ahora que volvíamos de las sierras.
Gracias al cambio de altura, si alguna vez notaba las pendientes de las lomas era con agrado, y era un gusto subir hasta el último piso del hotel donde me encerraba a trabajar, en un cuarto con vistas a todos los tejados y chimeneas de aquel barrio en pendiente. La chimenea del cuarto tenía buen tiro y se estaba caliente y se trabajaba a gusto. Me subía mandarinas y castañas asadas en bolsas de papel, y comía las mandarinas menudas y arrojaba mondas y escupía las pipas al fuego, y cuando tenía hambre comía también castañas tostadas. Siempre tenía hambre, de tanto andar y frío y trabajar. En el cuarto guardaba una botella de kirsch que trajimos de la montaña, y echaba un trago de kirsch cuando se acercaba el fin de un cuento o el fin de una jornada de trabajo. Cuando daba por concluido el trabajo de un día, guardaba el cuaderno o los papeles en el cajón de la mesa y si quedaban mandarinas me las metía en el bolsillo. Se hubieran helado por la noche en aquel cuarto.
Era una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el trabajo se me había dado bien. Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces, cuando empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.» De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tome la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa.
En aquel cuarto aprendí también a no pensar en lo que tenía a medio escribir, desde el momento en que me interrumpía hasta que volvía a empezar al día siguiente. Así mi subconsciente haría su parte de trabajo y entretanto yo escucharía lo que se decía y me fijaría en todo, con suerte; y aprendería, con suerte, y leería para no pensar en mi trabajo y volverme impotente para rematarlo. Bajar la escalera cuando el trabajo se me daba bien, en lo cual entraba suerte tanto como disciplina, era una sensación maravillosa y luego estaba libre para pasear por todo París.
Podía elegir entre varias calles para bajar por la tarde hasta el jardín del Luxemburgo, y paseaba por el jardín y entraba en el museo del Luxemburgo, donde estaban las grandes pinturas que luego trasladaron al Louvre y al Jeu de Paume. Iba casi cada día por los Cézanne, y por ver los cuadros de Manet y Monet y los demás impresionistas con los que tuve un primer contacto en el Art Institute de Chicago. Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle. Iba aprendiendo mucho de aquel hombre, pero entonces no sabía expresarme bastante como para decírselo a nadie. Además era un secreto. Pero en cuanto me faltaba luz en el Luxemburgo, cruzaba los jardines y subía al apartamento en forma de estudio donde vivía Gertrude Stein, en el 27 de la rué de Fleurus.
Mi mujer y yo visitamos a Miss Stein, y tanto ella como la amiga con quien vivía estuvieron muy cordiales y amistosas, y nos gustó mucho aquel gran estudio con sus cuadros de primera. Era como una de las mejores salas de un museo admirable, con la diferencia de que allí había una gran chimenea y se estaba caliente y cómodo, y nos daban bien de comer y té y holandas naturales de ciruelas rojas o amarillas o de moras silvestres. Eran aguardientes aromáticos e incoloros, que traían en jarras de cristal tallado y servían en copitas minúsculas, y tanto el quetsche como la mirabelle o la framboise sabían a los frutos de que provenían, un sabor transformado en fuego discreto y reservado que al ponerlo en la lengua se soltaba y nos confortaba con su calidez.
Miss Stein era muy voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía alemana, pero hubieran podido muy bien ser friulanas, y yo tenía la impresión de ver a una campesina del norte de Italia cuando la miraba con sus ropas y su cara expresiva y su fascinador, copioso y vivido cabello de inmigrante, peinado en un moño alto que seguramente no había cambiado desde que era una muchacha. Miss Stein hablaba sin parar y al principio de nuestra amistad no hablaba más que de personas y de lugares.
Su compañera tenía una voz muy agradable, era pequeña y muy morena, peinada como Juana de Arco en los dibujos de Boutet de Monvel, y de nariz muy ganchuda. Estaba haciendo un bordado cuando nuestra primera visita, y siguió con su labor mientras atendía a la comida y la bebida y daba conversación a mi mujer. Su costumbre era sostener un diálogo y escuchar otros dos e intervenir a menudo en un diálogo que no era el suyo. Más adelante me explicó que ella estaba encargada de dar conversación a las esposas. Mi mujer y yo nos dimos cuenta de que a las esposas sólo se las toleraba. Pero Miss Stein y su amiga nos eran simpáticas, aunque la amiga asustaba un poco. Los cuadros y los pasteles y los aguardientes eran de verdadera maravilla. Al parecer también a ellas les éramos simpáticos y nos trataban como si fuéramos niños muy buenos y bien educados y precoces, y tuve la impresión de que nos perdonaban el estar enamorados y casados (con el tiempo, ya nos enmendaríamos), y cuando mi mujer las invitó para el té, aceptaron.
Cuando vinieron a casa pareció que todavía nos cogían más cariño, pero tal vez fuera porque el piso era tan pequeño y nos acercaba mucho más unos a otros. Miss Stein se sentó en la cama que era un somier en el suelo y quiso ver los cuentos que tenía escritos y le gustaron salvo uno que se titulaba «Allá en el Michigan ».
—Es bueno —dijo—, eso no se discute. Pero es inaccrochable, no se puede colgar. Quiero decir que es como un pintor que pinta un cuadro y luego cuando hace una exposición no puede colgarlo en público y nadie se lo va a comprar porque tampoco pueden colgarlo en una habitación.
—¿Pero no piensa usted que tal vez no sea indecente, que uno pretende sólo emplear las palabras que los personajes emplearían en la realidad? ¿Que hacen falta esas palabras para que el cuento suene a verdadero, y no hay más remedio que emplearlas? Son necesarias.
—Es que no se trata de eso —dijo ella—. Uno no debe escribir nada que sea inaccrochable. No se saca nada con hacer eso. Es una acción mala y tonta.
Ella por su parte quería que la publicaran en el Atlantic Monthly, según me dijo, y estaba segura de conseguirlo. Dijo que yo no era bastante buen escritor para aquella revista o para el Saturday Evening Post aunque tal vez tuviera un estilo nuevo de escribir a mi manera, pero lo primero que tenía que meterme en la cabeza era no escribir cuentos que fueran inaccrochables. No se lo discutí ni intenté volver a explicar la intención de mis diálogos. Era asunto mío y me interesaba más escuchar que hablar. Aquella tarde nos enseñó también el modo de comprar cuadros.
—Uno puede comprarse vestidos o cuadros —dijo—. Eso es todo. Hay que ser riquísimo para permitirse ambas cosas a la vez. Dele poca importancia al vestir y no le dé ninguna a la moda, cómprese vestidos cómodos y que duren, y con lo ahorrado en vestir podrá comprar cuadros.
—Pero es que aunque no me compre otro traje en mi vida —dije—, nunca tendré dinero para comprar los Picassos que quisiera.
—No, claro. No está a su alcance. Usted tiene que comprar a pintores de su edad, a chicos de su quinta. Ya les conocerá. Se encontrarán por el barrio. Siempre salen nuevos pintores serios y buenos. Pero lo que importa no son los trajes que usted pueda comprarse. Se tratará siempre de su esposa. Vestir a una mujer es lo que sale caro.
Vi que mi mujer procuraba no mirar a las extrañas ropas de batalla con que Miss Stein se cubría, y que lo lograba. Las dos señoritas nos dejaron sin retirarnos su favor a lo que me pareció, y fuimos invitados a volver al 27 de la rué de Fleurus.
Algún tiempo después yo fui invitado a pasar por el estudio a cualquier hora después de las cinco, todo el invierno. Encontré a Miss Stein en el Luxemburgo. No logro recordar si estaba paseando a su perro, ni siquiera si tenía un perro entonces. Yo me estaba paseando a mí mismo, porque entonces no podíamos mantener ni perro ni gato, y mis únicos gatos conocidos eran los de los cafés o restaurantillos, o los grandes gatos que se hacían admirar en las ventanas de las porterías. Más adelante, a menudo encontré a Miss Stein con su perro en los jardines del Luxemburgo, pero me parece que por entonces todavía no lo tenía.
En todo caso, con perro o sin perro acepté su invitación, y me acostumbré a dejarme caer por el estudio, y ella me servía siempre el eau-de-vie natural, y ponía puntillo en servirme otra copa, y yo miraba los cuadros y charlábamos. Los cuadros me entusiasmaban y la charla era muy buena. Ella hacía el gasto y me hablaba de pintura moderna y de los pintores, más como personas que como pintores, y me hablaba de su propia obra. Me enseñó los muchos tomos que tenía manuscritos y que su compañera iba pasando a máquina. Dedicar cada día cierto tiempo a escribir la hacía feliz, pero a medida que la fui conociendo mejor me di cuenta de que para sostener su felicidad hacía falta que aquella producción diaria, incesante pero variable según su energía, se publicara y tuviera éxito.
La crisis no era todavía aguda cuando la conocí, gracias a que tenía publicados tres relatos perfectamente inteligibles para todo el mundo. Uno de ellos, «Melanctha», era muy bueno, y unas muestras buenas de sus experimentos de estilo se habían publicado en un volumen y las habían elogiado los críticos que eran amigos o conocidos suyos. Ella tenía tanta personalidad que cuando quería ganarse a alguien no había modo de resistirse, y muchos críticos que la visitaron y vieron sus cuadros dieron por buenos escritos suyos que no alcanzaban a comprender, simplemente porque ella les entusiasmaba como persona y porque tenían confianza en su sentido crítico. Por otra parte en cuestiones de ritmo y de emplear palabras en repetición ella había descubierto verdades válidas y valiosas, y sabía comentarlas.
Pero le repugnaba el trabajo peonero de retocar y corregir, y contra la obligación de hacerse entender se sublevó, por mucha que fuera su necesidad de que la publicaran y la aceptaran oficialmente, sobre todo en el libro increíblemente largo que tituló The Making of Americans.
El libro empezaba espléndidamente, marchaba muy bien por un largo trecho con pasajes de brillantez majestuosa, y luego se prolongaba interminablemente con repeticiones que un escritor más concienzudo y menos gandul hubiera tirado a la papelera. Llegué a conocerme la obra muy bien cuando convencí (o la verdad, tal vez obligué) a Ford Madox Ford a publicarla por entregas en The Transatlantic Review, sabiendo que duraría más que la revista. Tuve que corregir en vez de Miss Stein todas las galeradas de la revista, porque ése era trabajo que no la hacía feliz.
Todo eso se escondía todavía en años por venir, una tarde de frío en que pasé frente a la portería y crucé el viejo patio para alcanzar el calor del estudio. Aquella tarde, Miss Stein me dio enseñanza sexual. Habíamos llegado ya a querernos mucho y yo a aprender la lección de que cada cosa que yo no entendiera tenía probablemente su miga. Miss Stein pensaba que en materia sexual yo era un ser primitivo, y debo admitir que me quedaban prejuicios contra la homosexualidad ya que conocía sus aspectos más toscos. La conocía como la razón para que un muchacho tuviera que llevar un cuchillo y estar dispuesto a usarlo cuando se encontraba en compañía de vagabundos, en los días en que la palabra de «lobo» ya tenía un sentido obsceno en América, pero no designaba precisamente, como ahora, a un obseso por las mujeres. Desde mis días en Kansas City, me sabía muchos términos y frases inaccrochables, y sabía lo que ocurre en muchos lugares de aquella ciudad y de Chicago y en los barcos que cruzan los grandes lagos de la frontera. Sometido a interrogatorio por Miss Stein, probé de explicarle que cuando uno era un muchacho y andaba en compañía de hombres, uno tenía que estar dispuesto a matar un hombre, y saber cómo se hace y realmente sentirse capaz de hacerlo, si no quería verse molestado por decirlo con un término accrochable. Si uno se sentía capaz de matar, los demás se daban cuenta pronto y le dejaban a uno en paz, pero siempre había ciertas situaciones a las que uno no debía dejarse llevar ni por la fuerza ni por la trampa. Hubiera podido expresarme con mayor vividez usando un dicho inaccrochable que oí a lobos en los barcos de los lagos: «Que cosan las rajas, yo entro por los ojos.» Pero siempre cuide mi lenguaje ante Miss Stein, aunque un dicho verdadero hubiera podido aclarar o expresar mejor mi prejuicio.
—Sí, Hemingway, sí —decía ella—. Pero usted vivía en un medio de delincuentes y de pervertidos.
No me puse a discutírselo, aunque mi opinión era que yo había vivido en un mundo como los que se dan por ahí, y en el había gentes de toda clase y yo procuré entenderles, aunque a algunos no pude tomarles cariño y por algunos todavía me quedaba odio.
—¿Y qué me dice usted del viejo de modales exquisitos y apellido ilustre, que en Italia me visitaba en el hospital y me traía botellas de Marsala o de Campari y se portaba perfectamente hasta que un buen día tuve que decirle a la enfermera que nunca más le dejara entrar en mi cuarto? —pregunté.
—Ésos son enfermos que no pueden retenerse, y usted debiera compadecerles.
—¿Debo compadecer a Fulano? —pregunté, y dije el nombre, pero le da tanto gusto decirlo él mismo que me parece que no hay necesidad de que lo diga yo por él.
—No. Es un vicioso. Es un corruptor y de verdad vicioso.
—Pero dicen que es buen escritor.
—No lo es —dijo ella—. Es un charlatán que corrompe por el placer de corromper, y arrastra a los demás a otras prácticas viciosas. A las drogas, por ejemplo.
—¿Y el sujeto de Milán a quien debo compadecer no estaba acaso queriendo corromperme?
—Vaya, no diga tonterías. ¿Quién va a corromperle a usted? ¿Quién corrompe a un joven como usted, que bebe alcohol de quemar, con una botella de Marsala? No, hombre, era un viejo desgraciado que no podía gobernarse. Estaba enfermo y no podía retenerse y usted debería compadecerle.
—Ya lo compadecí —dije—. Pero me decepcionó porque sus modales exquisitos me habían impresionado.
Tomé otro sorbo del aguardiente y compadecí al viejo y miré al Picasso que era un desnudo de una chica con una cesta de flores. No era yo quien había iniciado aquella conversación, y me pareció que se ponía peligrosa. Casi nunca había ninguna pausa en una conversación con Miss Stein, pero estábamos en una pausa y ella quería decirme algo y llené mi copa.
—La verdad, Hemingway, en esta cuestión es usted un ignorante —dijo ella—. Sólo ha conocido a delincuentes convictos y a enfermos y viciosos. El punto decisivo es el que el acto que cometen los homosexuales masculinos es feo y repelente, y luego se dan asco a sí mismos. Se emborrachan y se drogan para apagar el asco, pero su acto les repugna y siempre están cambiando de partenaires y nunca logran ser verdaderamente felices.
—Ya veo.
—Entre mujeres es lo contrario. No hacen nada que les dé asco ni nada repulsivo; y luego son felices y pueden pasar juntas una vida feliz.
—Ya veo —dije—. ¿Pero qué me dice de Fulana?
—Es una viciosa —sentó Miss Stein—. Es viciosa de verdad, y claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora.
—Ya comprendo.
—¿Está seguro de que lo comprende?
Se presentaban tantas cosas que comprender en aquellos días, y me sentí aliviado cuando cambiamos de conversación. El parque estaba ya cerrado de modo que tuve que andar por la rué de Vaugirard y dar la vuelta a todo el parque. Daba una sensación de tristeza ver el parque cerrado y cercado y me ponía triste darle la vuelta en vez de atravesarle y tenía prisa por llegar a la rué Cardinal-Lemoine y meterme en casa. Y un d.ía que había empezado tan claro. Al día siguiente habría que trabajar como una bestia. El trabajo lo cura casi todo, pensaba yo entonces y lo pienso ahora. Luego caí en la cuenta de que para dar gusto a Miss Stein yo no tenía que curarme más que de ser joven y querer a mi mujer. No me sentía triste en absoluto cuando llegué a casa, y comuniqué mi reciente sabiduría a mi mujer. Por la noche nos sentimos felices con la sabiduría que ya teníamos y con otras nuevas sabidurías que habíamos adquirido en las montañas.

METAMORFOSIS, METAFORA, METASTASIS. Por Jean Baudrillard

¿Dónde está el cuerpo de la fábula, el cuerpo de la metamorfosis, el del puro encadenamien­to de las apariencias, de una fluidez intempo­ral e insexual de las formas, el cuerpo ceremo­nial que hacen vivir las mitologías, o la Opera de Pekín y los teatros orientales, o también la danza: cuerpo no individual, dual y fluido -cuerpo sin deseo, pero capaz de todas las metamorfosis-, cuerpo liberado del espejo de sí mismo, pero entregado a todas las seduc­ciones? ¿Y qué seducción más violenta que la de cambiar de especie, transfigurarse en lo animal, lo vegetal, incluso lo mineral y lo inani­mado ? Este movimiento, que nos hace traido­res a nuestra propia especie y nos entrega al vértigo de todas las demás, es el modelo de la seducción amorosa, que también apunta a la extrañeza del otro sexo ya la virtualidad de ser iniciado en él como en una especie animal o vegetal diferente.
La fuerza de la metamorfosis está en el fon­/39/ do de toda seducción, incluidas las de las for­mas más fáciles de sustitución, las de las ca­ras, los roles, las máscaras. Rodeamos cada seducción de una metamorfosis, y rodeamos cada metamorfosis de un ceremonial. Así es la ley de las apariencias, y el cuerpo resulta el primer objeto atrapado en este juego.
El cuerpo de la metamorfosis no conoce la metáfora ni la operación del sentido. El senti­do no se desliza de una forma a otra, son éstas las que se deslizan directamente de una a otra, como en los movimientos de la danza o en las proferaciones enmascaradas. Cuerpo no psico­lógico, no sexual, cuerpo liberado de cualquier subjetividad y que recupera la felinidad animal del objeto puro, del movimiento puro, de una pura transparición gestual.
Es cierto que paga esta capacidad fabulosa con una renuncia al deseo, al sexo ya la re­producción. Pero para él es una manera de no morir. Pues pasar de una especie a otra, de una forma a otra, es una forma de desaparecer, y no de morir. Desaparecer es dispersarse en las apariencias. De nada sirve morir, también hay que saber desaparecer. De nada sirve vivir, también hay que saber seducir.
El cuerpo de la metamorfosis no conoce or­den simbólico, sólo una sucesión vertiginosa en la que el sujeto se pierde en los encadenamientos rituales. La seducción tampoco cono /40/ ce el orden simbólico. Sólo cuando se frena esta transfiguración de las formas entre sí apa­rece un orden simbólico, se erige una instancia cualquiera y se metaforiza el sentido de acuer­do con la ley.
Únicamente entonces, una vez cumplido el Gran Juego de la Fábula, el Vértigo y la Meta­morfosis, con la aparición de la sexualidad y el deseo, el cuerpo se convierte en metáfora, escena metafórica de la realidad sexual, con su cortejo de deseos y de inhibiciones.
Ahí ya aparece un extraordinario empobreci­miento: en lugar de ser el teatro suntuoso de múltiples formas iniciáticas, de la crueldad y la versatilidad de las apariencias, lugar de la fantasmagoría de las especies, de los sexos y las diversas maneras de morir, el cuerpo no es más que el exponente de una única marca en­tre todas: la diferencia sexual, y la escena de un único guión, la fantasmática sexual incons­ciente. Ya no es la fabulosa superficie de ins­cripción de los sueños y las divinidades, sino sólo la escena de la fantasía y la metáfora del sujeto. El cuerpo ceremonial no es transparen­te a una verdad, aunque sea metafórica, del sexo y el inconsciente (aquí es donde aparecen los límites del psicoanálisis, que no ha escu­chado bien la Fábula, aunque siempre pretenda referirse a ella, y que continúa siendo inepto /41/ para opinar acerca de este ser vertiginoso, pero sin deseo, de la metamorfosis).
Las formas juegan entre sí, se intercambian entre sí sin pasar por el imaginario psicológi­co de un sujeto. Allí, el mundo es mundo, y el lenguaje sólo una de sus formas posibles. Lo imaginario, nuestro imaginario, no es mas que el vestigio psicológico del prestigio cruel de las formas y las apariencias. Es la forma de­gradada de la ilusión genial y del reino de las metamorfosis.
Cuerpo psicológico, cuerpo inhibido, cuerpo neurotizado, espacio de la fantasía, espejo de la alteridad, espejo de la identidad, lugar del sujeto atrapado por su propia imagen y por su propio deseo, nuestro cuerpo ya no es pagano y mítico, sino cristiano y metafórico; cuerpo del deseo, y no de la fábula.
Le hemos hecho sufrir una especie de preci­pitación materialista. Tal como hoy lo interpre­tamos, en lugar de la adivinación que puede encontrarse en la danza, en el duelo y en los astros, tal como lo contamos, en nuestro si­mulacro inconfesado de realidad, como espacio individualizado de pulsión, de deseo y fantasía, nuestro cuerpo se ha convertido en la precipi­tación materialista de una forma seductora que llevaba consigo una gigantesca fuerza de dene­gación del mundo, ultramundana de ilusión y de metamorfosis... /pag.42/
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Tras el cuerpo de la metamorfosis, tras el cuerpo de la metáfora, aparece el de la metástasis.
La metáfora no había dejado de ser una figura del exilio, el del alma respecto al cuerpo, el del deseo respecto a su objeto, el del sentido respecto al lenguaje. Pero el exilio sigue ofreciendo una buena distancia, patética, dramática, crítica, estética; serenidad huérfana de su propio mundo, figura ideal del territorio. La desterritorialización ya no es en absoluto el exilio, y tampoco una figura de la metáfora, sino de la metástasis. La de una desprivación del sentido y el territorio, de una lobotomía corporal resultante del enloquecimiento de los circuitos. Electrocutada, lobotomizada, el alma no es más que una circunvolución cerebral. Es probable, además, que un día nuestros sabios neurólogos lleguen a localizarla en el cerebro, como la función del lenguaje o la posición vertical. ¿Dependerá del hemisferio derecho o del izquierdo?
La definición religiosa, metafísica o filosófica del ser ha cedido su sitio a una definición operacional en términos de código gen ético (ADN) y de organización cerebral (código informacional y billones de neuronas). Vivimos en un sistema en donde ya no hay alma ni metáfora /42/ del cuerpo; hasta la fábula del inconsciente ha perdido gran parte de su resonancia. Ningún relato ni instancia acuden a metaforizar nuestra presencia, ninguna trascendencia interviene en nuestra definición, nuestro ser se agota en sus encadenamientos moleculares y circunvoluciones neurónicas.
Tal cosa define, no ya a individuos, sino a mutantes potenciales. Desde el punto de vista de la biología, de la genética y la cibernética, todos somos mutantes. Ahora bien, no puede existir Juicio Final para los mutantes, ni resurrección de los cuerpos, pues ¿qué cuerpo resucitará? Habrá cambiado de fórmula, de cromosomas, habrá sido programado conforme a otras variables motrices y mentales, ya no tendrá derecho a su imagen.
En este sentido, la invalidez ofrece un auténtico terreno de anticipación, una especie de experimentación objetiva sobre el cuerpo, los sentidos y el cerebro, en especial en su relación con la informática. La informática como nueva fuerza productiva, inmaterial, inhumana, y la invalidez como anticipación de las futuras condiciones laborales en un universo alterado, inhumano y anómalo. Basta ver a los ciegos en un deporte de balón -el torball- creado especialmente para ellos, atrapados en comportamientos de ciencia ficción, combinándose los unos con los otros mediante el oído y el reflejo animal, /44/ como no tardarán en hacerlo los humanos en un proceso sin mirada de percepción táctil y de adaptación refleja, evolucionando en los sistemas como en el interior de su cerebro o en las circunvoluciones de una caja; los ciegos, y más en general los minusválidos, son figuras de mutantes en tanto que mutilados, y por tanto están más próximos a la conmutación, más próximos a este universo telepático, telecomunicacional, que nosotros, humanos demasiado humanos, condenados por nuestra ausencia de anomalía a formas de trabajo convencionales.
Por la fuerza de las cosas, en el terreno motor y sensorial el minusválido es un experto en potencia. y no es casualidad que lo social se alinee cada vez más en torno a los minusválidos y su promoción operacional: pueden llegar a ser maravillosos instrumentos en función de su misma invalidez. Pueden precedernos en el camino de la mutación y la deshumanización.
En esta peripecia cibernética del cuerpo, las pasiones han desaparecido. O, mejor dicho, se han materializado. ¡Acaban de descubrir la ""molécula de la angustia""! y leemos, en François Jacob, que en alguna parte del cerebro o de la médula espinal ha sido descubierto el centro del placer. ¡Oh, milagro!: estaba justo al Iado del centro del desagrado. Y F. Jacob se apresura a decir: "Eso le habría gustado a /45/ Freud" (sobreentendido: ya que defendía la ambivalencia del placer y del desagrado, le habría gustado que esta tesis se verificara en cierto modo gracias a la yuxtaposición anatómica). Maravillosa ingenuidad. ¿Y dónde se localizará el masoquismo, el placer del desagrado? Y, además, para no salirnos de la lógica de Freud: ¿el placer y el desagrado, en lugar de yuxtaponerse, no tendrían que intercambiarse en un único punto, ya que su afinidad psíquica es total?
Dejemos las bufonadas científicas. ¿Qué ocurre hoy con la seducción, con la pasión, con esta fuerza que arranca precisamente al ser humano de toda localización, de toda definición objetiva, qué ocurre con esta fatalidad o con esta ironía superior, con esta aspiración evasiva o con esta estrategia alternativa?
¿Ha pasado al inconsciente, a lo inhibido del psicoanálisis? Si hoy sigue existiendo, tendrá necesariamente que acosar la realidad objetiva, acosar tanto la propia verdad como su perversión, su distorsión, su anomalía, su accidente. Si la ironía existe, tiene que haber pasado a las cosas. Tiene que haberse refugiado en la desobediencia de los comportamientos a la norma, en el desfallecimiento de los programas, en el desarreglo oculto, en la regla de juego oculta, en el silencio en el horizonte del /46/ sentido, en el secreto. Lo sublime ha pasado a lo subliminal.
Pero ¿sigue existiendo una vertiente subli­minal de las cosas? Nada parece menos seguro. Todo está entregado a la transparencia, porque ya no hay trascendencia, y también porque no hay inhibición ni trasgresión posibles. Tam­poco hay que contar con una revolución de lo inhibido (ni psíquico ni histórico). Todo se jue­ga en la inmanencia. Aunque no es seguro que, precisamente en la inmanencia, las cosas obe­dezcan a las leyes objetivas que se pretende ofrecerles.

Ha concluido el aliento de la trascendencia. Sólo queda la tensión de la inmanencia. Ahora debemos considerar los prodigiosos efectos re­sultantes de la pérdida de toda trascendencia. Desligado de la trascendencia, no es cierto que el mundo quede entregado al accidente puro, a una distribución aleatoria de las cosas ya las meras leyes de la probabilidad; tal cosa es el imaginario de una conciencia orgullosa que considera que las cosas entregadas a sí mismas sólo producen su confusión. Pero la inmanen­cia abandonada a sí misma no resulta en ab­soluto aleatoria. Despliega encadenamientos, o desencadenamientos, completamente inespera­dos, en especial una singular forma que com­bina encadenamiento y desencadenamiento: el exponencial. La potenciación, «die steigernde /47/ Potenz"", se opone al movimiento dialéctico, «die dialektische Aufhebung", movimiento de la trascendencia. Este Steigerung es como un desafío lanzado por las cosas, los seres y nosotros mismos, a la pérdida de sus referencias y trascendencia. Esta forma encadenada/ desencadenada aparece de nuevo en la mítica del desafío y la seducción, de la que sabemos que no es una relación dialéctica, sino una potenciación de la relación, expresada mediante una potencialización de las bazas y no mediante un equilibrio. En la seducción volvemos a encontrar la forma exponencial, cualidad fatal que en ocasiones nos regala el destino, y también a las cosas cuando están entregadas a sí mismas. /Pág.48/

LA LOCURA DE LA LUZ . Por Maurice Blanchot

Yo no soy ni sabio ni ignorante. He conocido alegrías. Decir esto es demasiado poco: vivo, y esta vida me produce el mayor placer. Entonces, ¿la muerte? Cuando muera (tal vez dentro de poco), conoceré un placer inmenso. No hablo del sabor anticipado de la muerte que es insulsa y a menudo desagradable. Sufrir es embrutecedor. Pero tal es la verdad relevante de la que estoy seguro: experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin Imites.
He errado, he ido de un lugar a otro. Estable, he permanecido [demeuré] en una sola habitación. He sido pobre, después más rico, luego más pobre que muchos. De niño, tenía grandes pasiones, y todo lo que deseaba lo conseguía. Mi infancia ha desaparecido, mi juventud se ha quedado en el camino. No me importa: lo que ha ocurrido, me alegro por ello, lo que ocurre [ce qui est] me gusta, lo que viene me conviene.
¿Es mi existencia mejor que la de todos los demás? Tal vez. Yo tengo un techo, muchos no lo tienen. No tengo la lepra, no estoy ciego, veo el mundo, una suerte extraordinaria. Yo la veo, esta luz [jour] fuera de la cual no hay nada. ¿Quién podría quitarme eso? Y cuando esta luz [jour] se oscurezca, me oscureceré con ella, pensamiento, certeza que me arrebata.
He amado a algunos seres, los he perdido. Me volví loco cuando recibí ese golpe, porque es un infierno. Pero mi locura ha quedado sin testigos, mi extravío no era notado, sólo mi intimidad estaba loca. A veces, me ponía furioso. Me decían: ¿Por qué estás tan tranquilo? Ahora bien, estaba consumido de los pies a la cabeza; por la noche, corría por las calles, gritaba; durante el día [jour], trabajaba tranquilamente.
Poco después se desencadenó la locura en el mundo. Me pusieron entre la espada y la pared como a muchos otros. ¿Para qué? Para nada. Los fusiles no se dispararían. Yo me dije: Dios, ¿qué es lo que haces? Entonces dejé de ser insensato. El mundo dudó, luego recuperó su equilibrio.
Con la razón, me volvió la memoria y vi que incluso en los peores días, cuando me creía perfecta e enteramente desgraciado, era, sin embargo, y casi todo el tiempo, extremadamente feliz. Eso me hizo reflexionar. Este descubrimiento no era agradable. Me parecía que yo perdía mucho. Me interrogaba: ¿no estaba triste?, ¿no había sentido mi vida arruinarse? Sí, eso había sido; pero, cada minuto, cuando me levantaba y corría por las calles, cuando quedaba inmóvil en un rincón de la habitación, el frescor de la noche, la estabilidad del suelo me hacía respirar y descansar en la alegría.
Los hombres querrían escapar de la muerte, extraña especie. Y algunos claman, morir, morir, porque quisieran escapar de la vida. «Qué vida, yo me mato, me rindo.» Eso es lamentable y extraño, es un error.
Sin embargo, he encontrado seres que jamás le han dicho a la vida, cállate, y nunca a la muerte, vete. Casi siempre mujeres, bellas criaturas. A los hombres el terror los asedia, la noche los consume, ven sus proyectos aniquilados, su trabajo convertido en polvo. Ellos, tan importantes que querían construir el mundo, quedan estupefactos, todo se viene abajo.
¿Puede describir mis penalidades? No podía ni andar, ni respirar, ni alimentarme. Mi aliento era de piedra, mi cuerpo de agua, y sin embargo moría de sed. Un día, me hundieron en el suelo, los médicos me cubrieron de barro. Qué trabajo en el fondo de esta tierra. ¿Quién la considera fría? Es fuego, es una maraña de espinas. Me levanté completamente insensible. Mi tacto erraba a dos metros: si entraban en mi habitación, yo gritaba, sin embargo el cuchillo me cortaba tranquilamente. Sí, me quedé en los huesos. Mi delgadez, por la noche, se erguía para horrorizarme. Me injuriaba, me fatigaba yendo de un lado para otro; ah, ya lo creo que estaba fatigado.
¿Soy egoísta? No tengo sentimientos más que para algunos, piedad para nadie, raramente tengo ganas de agradar, raramente ganas de que se me agrade, y yo, para mí que poco menos que insensible, sólo sufro por ellos, de tal manera que su menor aprieto me provoca un mal infinito aunque, no obstante, si es necesario, los sacrifico deliberadamente, les suprimo todo sentimiento dichoso (llego a matarlos).
De la fosa de barro salí con el vigor de la madurez. Antes, ¿qué era yo? Un saco de agua, era una superficie muerta, una profundidad durmiente. (Con todo, sabía quién era, resistía, no caía en la nada.) Venían a verme de lejos. Los niños jugaban a mi lado. Las mujeres se tiraban al suelo para darme la mano. Yo también he tenido mi juventud. Pero el vacío me ha decepcionado mucho.
No soy miedoso, he recibido algunos golpes. Alguien (un hombre exasperado) me cogió la mano y clavó en ella su cuchillo. Cuánta sangre. Después, él temblaba. Me ofreció su mano para que yo la clavase sobre una mesa o contra una puerta. Porque me había hecho ese corte, el hombre, un loco, creía haberse convertido en mi amigo; echó a su mujer en mis brazos; me seguía por la calle gritando: «Estoy condenado, soy el juguete de un delirio inmoral, confesión, confesión.» Un extraño loco. Durante este tiempo la sangre goteaba sobre mi único traje.
Vivía sobre todo en las ciudades. Durante un tiempo he sido un hombre público. La ley me atraía, la multitud me gustaba. He sido una sombra en la masa. Siendo nadie, he sido soberano. Pero un día me cansé de ser la piedra que lapida a los hombres solos. Para tentarla, apelé dulcemente a la ley: «Acércate, que te vea cara a cara.» (Yo quería, por un instante, llevarla aparte.) Imprudente llamada, ¿qué hubiese hecho si ella hubiese respondido?
Debo confesarlo, he leído muchos libros. Cuando desaparezca, insensiblemente todos estos volúmenes cambiarán; más grandes los márgenes, más distendido el pensamiento. Si, he hablado con demasiadas personas. Ahora, ello me sorprende; cada persona ha sido un pueblo para mí. Ese inmenso prójimo me ha reportado mucho más bien de lo que hubiese querido. Actualmente, mi existencia es de una solidez sorprendente; incluso las enfermedades mortales me juzgan coriáceo. Me disculpo por ello, pero es necesario que yo entierre a algunos antes de mí.
Comenzaba a caer en la miseria. Ella trazaba círculos lentamente a mi alrededor, de ellos el primero parecía permitirme todo, el último no me permitía otra cosa que yo mismo. Un día, me encontraba enfermo en la ciudad: viajar no era más que una fábula. El teléfono dejó de contestar. Mis ropas se desgastaban. Tenía frío; la primavera, ¡pronto! Iba a las bibliotecas. Me junté con un empleado que me hacía descender a los bajos fondos ardientes. Para hacerle un favor, corría alegremente por pasarelas minúsculas y le traía volúmenes que luego él transmitía al sombrío espíritu de la lectura. Pero este espíritu lanzó contra mí palabras poco amables; bajo su mirada, yo empequeñecía; él me vio tal como yo era, un insecto, un animal con mandíbulas venido de oscuras regiones de miseria. ¿Quién era yo? Responder a esta pregunta me hubiese causado grandes problemas.
Afuera, tuve una corta visión: a dos pasos, justo en la esquina de la calle que yo debía abandonar, había una mujer parada con un carrito de niños, la percibía bastante mal, ella maniobraba el cochecito para hacerlo entrar por la puerta cochera. En ese instante entró por esta puerta un hombre al que yo no había visto acercarse. Ya había pasado el umbral cuando hizo un movimiento para atrás y volvió a salir. Mientras él permanecía al lado de la puerta, el cochecito, pasando delante de él, se alzó ligeramente para franquear el umbral y la joven, tras haber levantado la cabeza para mirar, desapareció a su vez.
Esta corta escena me exaltó hasta el delirio. Sin duda no podía explicármelo completamente y sin embargo estaba seguro, había captado el instante a partir del cual la luz, habiendo tropezado con un acontecimiento verdadero, iba a apresurarse hacia su fin. Ya llega, me dije, el fin viene, algo sucede, el fin comienza. Estaba embargado por la alegría.
Me dirigí a esta casa, pero sin entrar en ella. Por el orificio, veía el principio oscuro de un patio.
Me apoyé en el muro de afuera, tenía, por cierto, mucho frío; el frío me rodeaba de pies a cabeza, sentía que mi enorme estatura tomaba lentamente las dimensiones de este frío inmenso, se elevaba tranquilamente según las leyes de su legítima naturaleza y yo reposaba en la alegría y la perfección de esta dicha, por un instante la cabeza tan alto como la piedra del cielo y los pies en el pavimento.
Todo eso era real, sépanlo.
No tenía enemigos. No me molestaba nadie. A veces en mi cabeza se creaba una vasta soledad en la que el mundo desaparecía por completo, aunque salía de allí intacto, sin un rasguño, nada lo malograba. Estuve a punto de perder la vista, al machacarme alguien cristal en los ojos. Esa acción me estremeció, lo reconozco. Tuve la impresión de entrar en el muro, de errar en una maraña de sílex. Lo peor era la brusca, la horrorosa crueldad de la luz, no podía ni mirar ni dejar de mirar; ver era lo espantoso, y parar de ver me desgarraba desde la frente a la garganta. Además, escuchaba unos gritos de hiena que me ponían bajo la amenaza de un animal salvaje (esos gritos, creo, eran los míos).
Una vez quitados los cristales, me colocaron bajo los párpados una película protectora y sobre los párpados murallas de compresas de algodón. No debía hablar, porque las palabras tiraban de los puntos de la cura. «Usted dormía», me dijo el médico más tarde. ¡Yo dormía! Tenia que hacer frente a la luz de siete días: ¡un buen achicharramiento! Sí, siete días a la vez, las siete iluminaciones capitales convertidas en la vivacidad de un solo instante me pedían cuentas. ¿Quién hubiera imaginado eso? A veces, me decía: Es la muerte: a pesar de todo, vale la pena, es impresionante.» Pero a menudo moría sin decir nada. A la larga, me fui convenciendo de que veía cara a cara a la locura de la luz; esa era la verdad: la luz se volvía loca, la claridad había perdido el sentido; me acosaba irracionalmente, sin regla, sin objetivo. Este descubrimiento fue una dentellada en mi vida.
¡Dormía! Al despertar, tuve que oír a un hombre que me preguntaba: ¿tiene algo que denunciar? Extraña pregunta dirigida a alguien que acaba de tener relación directa con la luz.
Incluso sano, dudaba de estarlo. No podía ni leer ni escribir. Estaba rodeado de un norte brumoso. Pero he aquí lo extraño: aunque recordase el contacto atroz, languidecía viviendo tras unas cortinas y cristales ahumados. Yo quería ver algo a pleno día; estaba harto del agrado y contort de la penumbra; tenía para con la luz un deseo de agua y de aire. Y si ver significaba el fuego, yo exigía la plenitud del fuego, y si ver significaba el contagio de la locura, deseaba locamente esta locura.
En la institución se me concedió una pequeña posición. Yo respondía al teléfono. El doctor tenía un laboratorio de análisis (se interesaba por la sangre); la gente entraba, bebía una droga; echados en pequeños lechos, se dormían. Uno de ellos cometió una travesura notable: tras haber absorbido el producto oficial, tomó un veneno y cayó en coma. El médico lo consideraba una villanía. Resucitó y «se querelló» contra ese sueño fraudulento.
¡Encima! Este enfermo, me parece, merecía algo mejor.
Aunque tenía la vista apenas mermada, caminaba por la calle como un cangrejo, agarrándome firmemente a las paredes y, cuando las soltaba, con el vértigo alrededor de mis pasos. Sobre estos muros, veía a menudo el mismo anuncio, un anuncio modesto, pero con letras bastante grandes: Tú también, tú lo quires. Ciertamente, yo lo quería, y cada vez que me encontraba estas palabras considerables, lo quería.
Sin embargo, algo en mí cesó bastante rápido de querer. Leer me suponía una gran fatiga. Leer no me fatigaba menos que hablar, y la mínima palabra verdadera exigía de mí no sé qué fuerza que me faltaba. Me decían: usted se regodea con sus dificultades. Este propósito me sorprendía. A los veinte años, en la misma condición, nadie me lo habría notado. A los cuarenta, un poco pobre, me volvía miserable. ¿De ahí venía esta penosa apariencia? En mi opinión, se me pegaba de la calle. Las calles no me enriquecían como hubieran debido hacerlo razonablemente. Al contrario, al circular por las aceras, al internarme en la claridad de los metros, al pasar por admirables avenidas en las que la ciudad resplandecía magníficamente, me volvía extremadamente apagado, modesto y fatigado y, reuniendo una parte excesiva de la ruina anónima, atraía a continuación tanto más las miradas cuanto que no iban a mí dirigidas y me convertía en algo un tanto vago e informe; de tan influyente, ostensible que ella, la ciudad, parecía. Lo que es fastidioso de la miseria es que se nota, y los que la ven piensan: me están acusando; ¿quién me ataca? Yo no deseaba en absoluto portar la justicia sobre mis espaldas.
Me decían ( alguna vez el médico, otras las enfermeras): usted es instruido, tiene capacidades; al no emplear aptitudes que, repartidas entre diez personas a las que les faltan, les permitirían vivir, les priva de lo que no tienen, y su indigencia, que podría ser evitada, es una ofensa a las necesidades de ellos. Yo preguntaba: ¿Por qué estos sermones? ¿Es mi lugar lo que robo? Quítenmelo. Me veía rodeado de pensamientos injustos y de razonamientos malintencionados. ¿Y quién se enfrentaba contra mí? Un saber invisible del cual nadie tenía pruebas y que yo mismo buscaba en vano. ¡Era instruido! Pero quizás no todo el tiempo. ¿Capaz? ¿Dónde estaban estas capacidades que utilizan como jueces sentados con la toga en sus escaños y dispuestos a condenarme día y noche?
Yo quería bastante a los médicos, no me sentía minimizado por sus dudas. El problema es que su autoridad aumentaba de hora en hora. No nos damos cuenta pero son unos reyes. Abriendo mis habitaciones, decían: Todo lo que está allí nos pertenece. Se lanzaban sobre mis recortes de pensamiento: Eso es nuestro. Interpelaban a mi historia: Habla, y ella se ponía a su servicio. Rápidamente me despojaba de mí mismo. Les distribuía mi sangre, mi intimidad, les prestaba el universo, les daba la luz. A sus ojos, en nada asombrados, me convertía en una gota de agua, una mancha de tinta. Me reducía a ellos mismos, pasaba todo entero bajo su vista, y cuando, al fin, no tenían presente más que mi perfecta nulidad y ya nada más que ver, muy irritados, se levantaban gritando: Y bien, ¿dónde está usted? ¿Dónde se esconde? Esconderse está prohibido, es una falta, etc.
Detrás de sus espaldas yo percibía la silueta de la ley. No la ley que nosotros conocemos, que es rigurosa y poco agradable; aquélla era otra. Lejos de caer bajo su amenaza, era yo quien parecía asustarla. De creerla, mi mirada era el rayo y mis manos motivos para perecer. Además, ella me atribuía ridículamente todos los poderes, se declaraba perpetuamente a mis pies. Pero no me dejaba pedir nada y, cuando me reconoció el derecho de estar en todos los lugares, ello significaba que no tenía sitio en ninguna parte. Cuando ella me colocaba por encima de las autoridades, eso quería decir: usted no está autorizado para nada. Si se humillaba: usted no me respeta.
Yo sabía que uno de sus fines era «hacerme administrar justicia». Ella me decía: «Ahora, eres un ser aparte: nadie puede nada contra ti. Puedes hablar, nada te compromete; los juramentos ya no te vinculan; tus actos permanecen sin consecuencias. Tú me pisoteas, y yo habré de ser para siempre tu sirviente.» ¿Una sirviente? No lo quería a ningún precio.
Ella me decía: «Tú amas la justicia. —Si, me parece. —¿Por qué dejas que en tu persona tan notable se falte a la justicia? —Pero mi persona no es notable para mí.
—Si la justicia se debilita en ti, se vuelve débil en los otros, que sufrirán por ello. —Pero este asunto no le compete. —Todo le compete. —Sin embargo usted me lo ha dicho, estoy aparte.
—Aparte, si actúas; nunca si dejas a los demás actuar.»
Ella estaba cayendo en palabras fútiles: «La verdad es que nosotros ya no nos podemos separar. Te seguiré por todas partes, viviré bajo tu techo, tendremos el mismo sueño.»
Yo había aceptado dejarme encerrar. Momentáneamente, me dijeron. Bien, momentáneamente. Durante las horas al aire libre, otro residente, un anciano de barba blanca saltaba sobre mis hombros y gesticulaba por encima de mi cabeza. Yo le decía: «¿Así que eres Tolstoi?» El médico me consideraba por ello bastante loco. Finalmente paseaba a todo el mundo sobre mi espalda, un nudo de seres estrechamente enlazados, una sociedad de hombres maduros, atraídos allá arriba por un vano deseo de dominar, por una chiquillada desgraciada, y cuando me derrumbaba (porque yo no era al fin y al cabo un caballo), la mayoría de mis camaradas, ellos también desplomados, me vapuleaban. Eran momentos gozosos.
La ley criticaba vivamente mi conducta: «En otro tiempo lo he conocido muy diferente. —¿Muy diferente? —No se burlaban de usted impunemente. Verlo costaba la vida. Amarlo significaba la muerte. Los hombres cavaban fosas y se enterraban para escapar a su vista. Se decían entre sí: ¿Ha pasado? Bendita la tierra que nos cubre. —¿Se me temía hasta ese punto? —El temor no le bastaba, ni las alabanzas desde el fondo del corazón, ni una vida recta, ni la humildad en las cenizas. Y sobre todo que no se me interrogue. ¿Quién osa pensar incluso en mí?»
Ella se encolerizaba singularmente. Me exaltaba, pero por ponerse a mi altura: «Usted es el hambre, la discordia, la muerte, la destrucción. —¿Por qué todo eso? Porque soy el ángel de la discordia de la muerte y del fin. —Bueno, le decía, con todo esto ya tenemos más que de sobra para que nos encierren a los dos.» La verdad es que ella me agradaba. En ese ambiente superpoblado de hombres era el único elemento femenino. Una vez me hizo tocar su rodilla: una extraña impresión. Yo le había declarado: No soy hombre que se contente con una rodilla. Su respuesta: ¡Eso sería asqueroso!
He aquí uno de sus juegos. Ella me enseñaba una porción del espacio, entre el alto de la ventana y el techo: «Usted está allí», decía. Yo miraba ese punto con intensidad. «¿Está usted ahí?» Yo lo miraba con todo mi poder. «¿Y bien?» Notaba saltar las cicatrices de mi mirada, mi vista se volvía una llaga, mi cabeza un agujero, un toro reventado. De repente, gritó: «Ah, veo la luz, ah, Dios», etc. Yo me quejaba de que ese juego me fatigaba enormemente, pero ella era insaciable de mi gloria.
¿Quién te ha arrojado cristales en la cara? Esta pregunta la retomaban en todas las preguntas. No me la proponían muy directamente, pero era la encrucijada a la que conducían todos los caminos. Me habían hecho observar que mi respuesta no descubriría nada, porque desde mucho tiempo atrás todo estaba descubierto.
«Razón de más para no hablar. —Veamos, usted es instruido, sabe que el silencio atrae la atención. Su mutismo lo traiciona de la forma menos razonable.» Yo les respondía: «Pero mi silencio es verdadero. Si se lo escondiese, lo encontrarían un poco más lejos. Si el me traiciona, tanto mejor para ustedes, les favorece, y tanto mejor para mí, al que ustedes declaran servir.» Tuvieron que remover cielo y tierra para poner fin a esto.
Yo estaba interesado en su investigación. Todos éramos como cazadores enmascarados. ¿Quién era interrogado? ¿Quién respondía? Uno se volvía el otro. Las palabras hablaban solas. El silencio entraba en ellos, refugio excelente, pues nadie más que yo lo advertía.
Me solicitaron: Cuéntenos cómo ha pasado todo «exactamente». —¿Un relato? Comencé: Yo no soy ni sabio ni ignorante. He conocido alegrías. Decir esto es demasiado poco. Les conté la historia toda entera, que ellos escuchaban, me parece, con interés, al menos al principio. Sin embargo, el final fue para nosotros una común sorpresa. «Después de este comienzo, decían, vaya a los hechos.» ¡Cómo es eso! El relato había terminado.
Debí reconocer que no era capaz de formar un relato con estos acontecimientos. Había perdido el sentido de la historia, eso ocurre en muchas enfermedades. Pero esta explicación sólo los volvía más exigentes. Observé entonces por primera vez que ellos eran dos, que esta alteración en el método tradicional, aunque se explicase por el hecho de que uno era un técnico de la vista, el otro un especialista en enfermedades mentales, le daba constantemente a nuestra conversación el carácter de un interrogatorio autoritario, vigilado y controlado por una regla estricta. Ni uno ni otro, en verdad, era comisario de policía. Pero, siendo dos, a causa de ello eran tres, y este tercero quedaba firmemente convencido, estoy seguro, de que un escritor, un hombre que habla y que razona con distinción, es siempre capaz de contar unos hechos de los que se acuerda.¿Un relato? No, nada de relatos, nunca más.

HENRY MILLER, EGO Y DESEO. Por Xavier Quirarte

En el fondo, puedo ser muy tierno, muy cálido y, a la vez,cuando se me ocurre, puedo ser también tan frío y brutal como un monstruo. Existen en mí esas dos cosas. Soy una paradoja viviente.
Henry Miller.
Alto, extremadamente delgado, el anciano de rasgos orientales duerme con placidez. En un momento determinado, contrae el rostro, mueve los labios como si quisiera decir algo, pero no alcanza a pronunciar palabra alguna. Si en ese momento pudiéramos penetrar en su mente, veríamos que en sueños el hombre mira su reflejo en un espejo. Está a punto de afeitarse, cuando descubre que la imagen que le devuelve la superficie bruñida no es la suya. Sabe que está loco y su destino final, inevitable, será en un hospicio. Sin saber cómo, ahora el hombre está instalado en un asilo. Más que la locura, le aterra saber que se ha quedado solo. Solo.
El hombre abre los ojos y, por un momento, su afabilidad parece haberse agotado. Describir la pesadilla que continuamente le ha visitado desde hace una decena de años tal vez no es lo más recomendable para un corazón de 80 años. Pero, Christian de Bartillat sabe que el corazón del hombre que tiene enfrente es un músculo fuerte, correoso, hasta podría decirse que imbatible. A continuación, con esa mirada que parece sondear las profundidades del alma, el anciano deja que una sonrisa dibuje las palabras con las que describe su sueño más hermoso: "Debe ser un sueño sexual -dice la voz grave, en un francés que nunca ha perdido su acento estadounidense- pero no sé de qué forma, porque ahora, ya no existe el deseo, o mejor dicho, mis deseos están realizados. Buda dijo que debemos destruir el deseo pero, ¿cómo se le destruye? Hay que desear para poder destruir el deseo al que, al fin y al cabo, nunca se destruye. Está allí -es como el ego-, siempre permanece con nosotros".
Ego y deseo. A una edad en la cual la mayoría de los hombres son un manojo de enfermedades -reales o imaginarias-, Henry Miller no ha perdido ninguno de los dos atributos ni mucho menos su espíritu creativo. De Bartillat, que como resultado de una serie de largas entrevistas escribirá más adelante Conversaciones con Henry Miller (Barcelona, Granica Editor, 1977) constata que el anciano disfruta la vida, pinta y escribe, pero también se enamora, sufre y en ocasiones llora. Se sabe poseedor de la clase de sabiduría que sólo otorga una vida plena, una sabiduría que no deja de plantear dudas, preguntas.
La vida de Miller, nacido el 26 de diciembre de 1891, fue una constante lucha por mantener la libertad que aprendió a saborear desde que era niño, como lo recuerda en sus conversaciones con De Bartillat. "Podía corretear por el campo desde la mañana, deambular por las calles todo el día con mis amigos, volver a casa de noche, muy tarde. Nadie me preguntaba nada. Es lo que aprecio por encima de todo, mi libertad. La tuve muy temprano en mi vida y, desde entonces, siempre he luchado incansablemente por ella. La libertad es lo más precioso. Algo que ningún gobierno puede darnos: debemos crearla de nuevo, a partir de nosotros mismos".
Si algo atrae de la obra de Henry Miller -desde su Trópico de Cáncer hasta El libro de mis amigos- es su pasión desmedida, incontenible, cualidad que durante muchos años la sociedad estadounidense puritana redujo al término de pornógrafo. Durante tres décadas Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio fueron prohibidas hasta que el autor ganó el juicio que levantó el veto. En Genio y lujuria. Un recorrido a través de las principales obras de Henry Miller (Barcelona, Grijalbo, 1979), Norman Mailer habla del vacío crítico en torno a las aportaciones del autor de La crucifixión rosada. Señala que a pesar del indudable influjo de Miller sobre escritores como William Burroughs, Jack Kerouac, John Updike y él mismo, sólo se haya escrito "para adularle o para pulverizarle".
Sin embargo, dice Mailer, "Miller posiblemente ha ejercido mayor influencia estilística que cualquier otro autor americano del siglo XX, a excepción de Hemingway. Es lógico preguntarse si libros tan distintos como Almuerzo desnudo, El lamento de Portnoy, Miedo de volar y ¿Por qué estamos en Vietnam? hubiesen sido tan bien recibidos (o escritos con igual libertad estilística) sin la irrigación que Miller dio a la prosa americana".
El hombre que en vida sólo recibió un premio literario -el de libro del año en Nápoles por Como el colibrí, cuando contaba con 79 años- mantiene un sitio privilegiado entre los jóvenes que han aprendido a vivir a través de las páginas de sus libros, lectura que invariablemente se inicia con su Trópico de Cáncer. "Este no es un libro -escribe desafiante Miller apenas en las primeras páginas-. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonaré un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver".
El escritor regido por el signo de Escorpión -"siento más que la mayor parte de la gente, de una forma exagerada. Todo en mí es exagerado. Mis errores, mis sentimientos, mis ternuras, mi amor, todo se presenta en un grado extremo"- no conoce la mesura. Por eso, el primer encuentro con Trópico de Cáncer es definitivo para adoptar a Miller -y recorrer con él un mundo habitado por dioses y demonios- o para rechazarlo definitivamente. Es una obra viva, descarnada y, por tanto, contradictoria. Es, en palabras de Mailer, "un libro de horrores, pero lo leemos y nos sentimos felices. Porque en el horror hay honor, y metáfora en lo abominable. ¿Por qué? Sería imposible explicarlo. Tal vez porque los ánimos humanos son mucho más variados, autorregeneradores, robustos y astutos de lo que Hemingway supuso. En el fondo de las alcantarillas de la existencia en donde se cuece el cáncer, Miller rebullía".
Hay un Miller antes y después de Trópico de Cáncer. El hombre que había sobrevivido como librero, taxista, repartidor postal, sepulturero, vendedor de poemas de puerta en puerta, tabernero, corrector de galeras, mendigo, profesor de inglés y otros trabajos eventuales, a los 40 años descubrió en París su juventud. "Vivía por aquel entonces en París, y mi descubrimiento era que, en París, por fin podía yo ser joven, mientras que en Nueva York, a los veinte años, había sido completamente viejo". París también le permitió conocer a Anaïs Nin que compartía con Miller su horror por el arte con mayúscula y sería una pieza fundamental en su desarrollo como autor. "Cuando digo: Todo se lo debo a Francia, no es verdad. Anaïs es Francia. Para mí ella era Francia, me abrió los ojos, me instruyó. En los hechos le debo todo, porque sin ella, no creo que hubiera llegado a ser gran cosa como escritor".
El prefacio que Nin escribió para Trópico de Cáncer describe magistralmente la esencia de toda la obra milleriana: "He aquí un libro que, si tal cosa fuera posible, podría renovar nuestro apetito por las realidades esenciales. La nota predominante puede parecer la amargura, y hay en él amargura hasta la saciedad. Pero también contiene una salvaje exuberancia, una loca jovialidad, una gran fuerza verbal, un gusto extraordinario y, por momentos, un verdadero delirio. Un continuo vaivén entre todos los extremos, con desnudos párrafos que saben a descaro y dejan el regusto del vacío. Está más allá del pesimismo o del optimismo. El autor nos ha entregado el último frisson. El dolor ya no tiene más escondrijos secretos".
Como otros grandes autores, en medio centenar de obras Miller es creador de un gran libro: el libro de su vida. Una vida que por momentos es repetitiva pero no se agota. Alguna vez un astrólogo le comentó que él no era como los demás, pues pensaba en círculo. "Es verdad. Comienzo aquí, paro y vuelvo al punto de partida", confesaba. Sabedor de que la unión entre dos puntos no siempre es la línea recta, antes de retornar al punto de partida -para luego volver a partir-, deambula en diversas direcciones, hilvana historias que enriquecen la columna vertebral de su obra. Por eso eligió la figura del cangrejo para su Trópico de Cáncer. "El Cáncer es el cangrejo que puede ir en todas las direcciones y este cangrejo, que no está obligado a ir siempre recto, siempre me ha fascinado. Para los chinos era un gran símbolo: el de la combinación".
Resulta una idea tentadora pensar qué hubiera hecho Miller de haber sido músico, dado que por un tiempo se dedicó al piano. "Dejé de tocar a los 25 años -le contaba a Christian de Bartillat-. Me frené completamente y jamás pude volver a tocar. De modo que, hoy en día no sé tocar, pero dos veces por mes asisto a un curso especial que mi amigo Kimpo dicta para sus alumnos avanzados. El hace la crítica de su trabajo, les indica la manera en que deben tocar y, para mí, eso vale más que beber champagne. Simplemente es maravilloso, tan bueno para lo que escribo, para mi pintura y para todo; en todo caso, constituye una inspiración".
Miller consideraba a la música como un arte mayor. Así se lo hace saber a su amigo el fotógrafo Brassaï, autor de dos espléndidos libros: Henry Miller: tamaño natural y Henry Miller: duro, solitario y feliz, en una entrevista incluida en este último: "Renuncié totalmente. No tenía talento suficiente. ¡Pero adoro la música! Es algo más elevado que la pintura o la literatura... Tanto si debo escribir o pintar, trabajo mejor cuando escucho algunos de mis trozos favoritos. E incluso jugando al ping pong, la música me estimula".
La prosa de Miller está imbuida de un ritmo musical irresistible en el cual las palabras son como notas que desbordan el pentagrama, como un gran solista de jazz que cada vez que toca nos conduce hacia un territorio desconocido incluso para él. "Madame -escribe en El coloso de Marusi-, siempre hay dos caminos para tomar: uno, de regreso hacia el confort y la seguridad de la muerte, el otro, hacia delante, hacia ninguna parte". Impecable es su retrato sobre Louis Armstrong en el mismo libro: "Louis puso sus adorables labios gruesos en su trompeta dorada y sopló. Sopló una gran nota áspera (...) y las lágrimas salieron de sus ojos y el sudor le escurrió por el cuello. Louis sintió que traía paz y júbilo a todo el mundo".
La pintura constituyó también un fuerte aliciente en la vida de Henry Miller. Si la hoja en blanco podía convertirse en una obsesión, estar frente al lienzo siempre fue un placer. Esto lo llevaba a afirmar: "Cuando escribo, trabajo; cuando pinto, juego". Aunque en un principio en la escuela los maestros le pedían que se saliera del salón de clases porque en cuanto empezaba a pintar todos se reían, con el tiempo creó un estilo propio. Además, en momentos difíciles, sus cuadros le ayudaron a sobrevivir, pues los cambiaba por material de pintura, vino, comida, ropa o cuentas del dentista.
"Empecé a pintar alrededor de los veinticinco años, en Brooklyn, casi por la misma época en que empezaba a soñar con escribir -le contaba a De Bartillat-. La pintura se convirtió en algo muy importante en mi vida. En ella encuentro un trabajo creador que me hace feliz; puedo ver mi obra colgada de la pared y sentir placer. No sucede lo mismo con mis libros. Escribes un libro y lo olvidas. No tienes ganas de leerlo. Pintar es ver con ojos diferentes; es la diferencia entre ver y mirar. Para mí la pintura es más mágica que el hecho de escribir. Soy un pintor literario, aun cuando no pinto temas literarios, mi manera de abordarlos es diferente... La expresión es literaria, más que sensual. Me gustaría ser un buen pintor, un verdadero pintor, porque sostengo mejores conversaciones con los pintores que con los escritores."
Miller fue un hombre dedicado a sus amigos, casi ninguno célebre, salvo Anaïs Nin, Lawrence Durrell o Brassaï. En El libro de mis amigos, escrito a los 82 años, rememoraba a quienes, sin llegar a ser conocidos, fueron fundamentales en su vida. Escribe que su primer edén fue en el vientre materno -una de sus grandes obsesiones-, donde tenía "casi todo lo que uno puede desear... excepto amigos, y una vida sin amigos es indigna de este nombre". Las celebridades le tenían sin cuidado. "Es curioso, en mi vida, mis mejores amigos son unos cualquiera, gente de poca importancia -le confiaba a De Bartillat-. Ni un solo gran hombre. Creo que el escritor se alimenta de los cualquiera. Constituyen la materia prima. Hombres como Picasso o como Braque no podían darme nada, porque ya eran completos, genios que ya tenían todo en sí mismos, mientras que yo busco -como un dios-, busco aquellos que puedan inspirar algo. La gente siempre dice: ¡Ah! ¿Conoció a Picasso? ¿Conoció a Matisse? ¿Conoció a fulano o a mengano? Les digo: No, de ningún modo, solamente conozco a desconocidos, que son mis amigos. Aparte de Durrell, por ejemplo, mis amigos más íntimos no eran nadie. Siempre hablamos de los maestros, pero no los reconocemos. El maestro puede ser un vagabundo".
A su amigo Brassaï le debemos un retrato inmejorable del escritor: "Nunca olvidaré esa cara rosada emergiendo de un impermeable arrugado, el labio inferior carnoso, los ojos de color verde mar, ojos de marino habituados a escrutar el horizonte a través de la bruma, esa mirada tranquila, llena de serenidad -la mirada ingenua y atenta de un perro- emboscada tras unas gruesas gafas de concha, investigándome con curiosidad. Esbelto, nudoso, sin un gramo de carne de más, tenía el aspecto de una asceta, de un mandarín, de un sabio tibetano".
Pero este sabio tibetano suele ser motivo de escarnio por quienes dicen no encontrar el amor en sus obras. Cierto, Miller suele ser despiadado e implacable en cuestión de amores; puede pasar de un estado de exaltación de la mujer a uno de sometimiento o postrarse de las formas más humillantes. Tal vez no sea Amor con mayúscula, pero sí es el amor resultado de una relación real, con sus profundas contradicciones. Si a alguien amó en su vida fue a June Edith Smith, mujer que al incitarlo a dejar su empleo en la compañía telegráfica Western Union y viajar a París para convertirse en escritor, le dio las alas que su genio pedía a gritos.
June vive una relación profunda con Miller, al grado de aceptar compartir, ambos , la vida sexual con Anaïs durante algún tiempo, pero también habita en sus obras. Ya viejo, Miller le confesaba con amargura a Brassaï que June -de quien se divorció en la ciudad de México por carta poder en 1934-, vieja, sin dinero, vivía recluida en un asilo y desde allí le mandaba cartas de amor "sólo para decirme que sigue pensando en mí, en su `querido Val`". En Trópico de Capricornio confesaba su profunda devoción hacia June: "En esta tumba que es mi memoria, veo, ya sepultada, a aquélla a quien amé más que a cualquier otra, más que al mundo, más que a Dios, más que a mi carne, más que a mi sangre".
En esa larga serie de conversaciones con Brassaï que constituye Henry Miller: duro, solitario y feliz, le confesaba la importancia de June en su vida: "June era un ser excepcional y si yo no la hubiera conocido, quizá hubiese sido siempre un fracasado y nadie conocería mi nombre... También fue ella la que me proporcionó el tema principal de mis libros: Trópico de Capricornio, Sexus, Plexus, Nexus, ¿acaso existiría sin ella? Fue ella la que me llevó a París, la que me formó, la que literalmente me transformó. Por eso la he llamado MONA, ¡la sola, la única! Sólo ahora, examinando mi vida, puedo medir su grandeza y su abnegación".
Esto no le impidió buscar otros amores, de los que no siempre salía bien librado. Después de su separación de la pianista japonesa Hoki Tokuda, con quien vivió durante diez años, le comentaba a De Bartillat: "Uno de estos días me gustaría releer la historia de Goethe y su último amor. Me gustaría saber qué sentía él, aquel gran hombre, aquel gran europeo, cuando se enamoró de una joven muchacha que lo rechazó, justo en momentos en que todo el mundo lo consideraba un dios".
El destino lo puso entonces frente a la actriz Brenda Venus.
A los 84 años, la salud de Miller había minado. Durrell recuerda que había mantenido en secreto la serie de operaciones que le habían practicado. "Pero la vivacidad de su mente y de su corazón le hacían tan alegre y ligero que uno se engañaba creyéndole más joven de lo que era. Sólo al ver su cuerpo comprendí cuán y delgado se había quedado. Una arteria artificial, comoun pedazo de manguera, que le iba desde el muslo hasta el sistema cardiaco le palpitaba ominosamente en el cuello y el pecho. Y por si fuera poco estaba completamente ciego de un ojo y casi casi del otro".
Prácticamente relegado a su lecho, Miller encontró en Brenda Venus motivos suficientes para aferrarse a la vida. "Ella le permitió dominar sus enfermedades y degustar las delicias del Paraíso", escribe Durrell en el prólogo de Querida Brenda: las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus (México, Seix Barral, 1988). "Me gustaría poder escribirte en ruso, en azteca (sic), en armenio y en iraní -le dice en una de las misivas-. Porque eres ilimitada. Eres lo que los griegos llaman `nada en moderación`. Eres Mona, Anaïs, Lisa, tout le monde, todas combinadas. Fuego, aire, tierra, océano, cielo y estrellas".
A lo largo de esta selección de alrededor de las mil 500 cartas que le envió a Brenda, Miller lucha por mantenerse con vida y continuamente le agradece haberse encontrado con ella. "Estás prolongando mi contrato de vida", le escribe en una de ellas. "Aquí, como en sus libros autobiográficos, nos ofrece un completo retrato de sí mismo en el umbral de la muerte", anota su amigo Durrell en el prólogo del libro. Henry Miller, el amante cínico y despiadado, fallecía el 7 de junio de 1980 en su casa de Pacific Paladisades. Días antes, el anciano de rasgos orientales todavía mostraba el ardor de un amante joven, aunque sabía que la muerte rondaba. Tal vez por eso, en una de sus últimas cartas le pedía a Brenda: "No lamentes nunca este romance a mitad de tu joven vida. Los dos hemos sido bendecidos. No somos de este mundo. Somos las estrellas y el universo de más allá"