sábado, 22 de noviembre de 2008

HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT


H. P. LOVECRAFT

Howard Phillips Lovecraft nació a las 9 de la manaña de 20 de Agosto de 1890 en la casa familiar del 454 (entonces numerado 194) de Angell Street en Providence, Rhode Island. Su madre era Sarah Susan Phillips Lovecraft, que podía remontar sus ancestros hasta la llegada de un tal George Phillips a Massachussets en 1630. Su padre fue Windfield Scott Lovecraft, una viajante de Gorham and Company, joyeros de Providence. Cuando el joven Howard tenía tres años su padre sufrió un colapso nervioso en una habitación de hotel en Chicago, siendo ingresado en el Hospital Butler, donde permaneció hasta su muerte el 19 de Julio de 1898. Aparentemente Lovecraft fue informado de que su padre estaba paralizado y comatoso durante este periodo, siendo la realidad que su padre murió de parasis, una forma de la sífilis.

Con la muerte de su progenitor, la educación del chico recayó sobre su madre, sus dos tías y, especialmente su abuelo, el prominente industrial Whipple Van Buren Phillips. Lovecraft fue un joven precoz: recitaba poesía a la edad de 2 años, leía a los tres y escribía a los siete. La primera obra que le entusiasmó fueron "las Mil y una Noches", las cuales leyó a los cinco años; fue en esta época en la cual adoptó el pseudónimo "Abdul Alhazred", personaje que despues se convertiría en el autor del mítico "Necronomicon". De todos modos, al año siguiente, sus intereses arabes se verían eclipsados por el descubrimiento de la mitología griega, adquirida a traves de "Bulfinch's age of fable" y versiones juveniles de la Iliada y la Odisea.En el que es aún su trabajo más antiguo conservado, "El poema de Ulises (1897)", parafrasea la Odisea en 88 versos de rima interna. Pero Lovecraft ya había descubierto por entonces la ficción y su primera historia, la no conservada "The Noble Eavesdropper" data de 1896. Su interés por la ficción fue estimulado por su abuelo, que entretenía a su nieto con historias improvisadas al estilo gótico de terror.

Lovecraft fue un niño solitario y sufrió frecuentes enfermedades, aparentemente algunas de ellas de origen psicológico, asistiendo, de manera esporádica, a la escuela de Slater Avenue, pero absorbiendo gran cantidad de información a través de sus lecturas individuales. Sobre los ocho años descubrió la ciencia, primero la química, luego la astronomía. Empezó a editar periódicos de aficionados, la gaceta científica (1899-1907) y la gaceta de Astronomía de Rhode Island (1903-1907), distribuyendolos entre sus amigos. Cuando ingresó en la escuela superior de Rhode Island, fue animado en sus intereses tanto por sus compañeros como por sus profesores y desarrolló unas cuantas amistades duraderas con chicos de su edad. La primera aparición de Lovecraft en letras de molde tuvo lugar en 1906, cuando escribió una carta de tema astronómico para el Providence Sunday Journal. Poco despues empezó a escribir una columna astronómica mensual para el Pawtuxet Valley Gleaner, un periódico rural. Otros trabajos periodísticos incluyen colaboraciones en forma de columnas para el Providence Evening News(1914-18) así como The Asseville y el Gazette News (1915).
En 1904 la muerte de su abuelo y la mala gestión de su legado, arrastraron a la familia de Lovecraft a serios problemas económicos. Lovecraft y su madre se vieron forzados a mudarse del bonito hogar victoriano a uno más modesto en el 598 de Angell Street. La pérdida del hogar familiar fue devastadora para Lovecraft y, aparentemente, contempló la posibilidad del suicidio, dando largos paseos en bicicleta y mirando especulativamente las profundidades del rio Barrington. Pero la emoción del conocimiento venció a estos pensamientos. A pesar de todo, en 1908, poco antes de graduarse en la high school, sufre un colapso nervioso que le fuerza a dejar la escuela antes de graduarse. Este hecho y la subsiguiente imposibilidad para acceder a la universidad de Brown fueron fuentes de gran pesar en años venideros, a pesar del hecho de que Lovecraft fuese uno de los autodidadctas más formidables de su tiempo. Entre 1908 y 1913 Lovecraft fue virtualmente un recluso, haciendo poco aparte de sus estudios astronómicos y su poesía. Durante este período Lovecraft desarrolló una insana dependencia de su madre quien aún sufría por el trauma provocado por la enfermedad y muerte de su esposo, desarrollando una relación patológica de amor-odio hacia su hijo.
Lovecraft salió de su reclusión a su manera particular. Aficionado a la literatura "pulp" de la época, se sintió tan ofendido por las insípidas historias de amor escritas por Fred Jackson en el Argosy que escribió una carta en verso atacando a Jackson. La carta fue publicada en 1912, y porvocó una tormenta de protestas de defensores de Jackson. Lovecraft se embarcó entonces en una encendida polémica en la sección de cartas del Argosy y sus publicaciones asociadas, siendo las respuestas de Lovecraft casi siempre sonetos dieciochescos reminiscentes de Dryden y Pope. Esta controversia no pasó desapercibida para Edward F Dass, presidente de la United Amateur Press Association (UAPA Asociacion de prensa amateur), una asociación de escritores amateur de todo el pais, que escribían y publicaban sus propios magacines. Daas invitó a Lovecraft a unirse a la Asociación, cosa que hizo en 1914. Lovecraft publicó trece números de su propio periódico, el Conservative (1915-23), contribuyendo voluminosamente con ensayo y poesía a otras publicaciones. Despues, Lovecraft se convertíría en Presidente y Editor Oficial de la UAPA, sirviendo tambien, brevemente, como presidente de la rival NAPA (Nationa Amateur Press Association, Asociación Nacional de Prensa Amateur). Esta experiencia bien pudo salvar a Lovecraft de una existencia de reclusión improductiva; como él mismo dijo una vez: "En 1914, cuando la amable mano del Amateurismo se extendió hacia mí, estaba tan cercano como cualquier animal al estado de vegetativismo...Con la llegada de United, encontré una nueva razón para vivir; un renovado sentido de mi existencia, encontrando una esfera en la cual podía sentir que mis esfuerzos no eran del todo inútiles. Por vez primera, pensé que mis infantiles esfuerzos en el mundo del arte eran algo más que gritos perdidos en un sordo vacío ".
Fue en el mundo amateur donde Lovecraft retomó la escritura de ficción, que había abandonado en 1908. W. Paul Cook y otros, intuyendo lo prometido en cuentos de juventud como "La Bestia en La Cueva" (1905) y "El Alquimista" (1908), animaron A Lovecraft a escribir ficción de nuevo. Lovecraft les complació escribiendo "La Tumba" y "Dagon" en rápida sucesión durante el verano de 1917. A partir de este momento Lovecraft mantendrá un flujo regular de creaciones de ficción, aunque, por lo menos hasta 1922, serían la poesía y el ensayo sus principales estilos literarios. Además, Lovecraft fue involucrándose en una siempre creciente red de correspondencia con amigos y colaboradores, convirtiendose eventualmente en uno de los escritores de cartas más prolíficos de su siglo, legándonos, según los cálculos más recientes, una cantidad que oscila entre las 60.000 y las 100.000 cartas (!).
La madre de Lovecraft, sus condiciones mentales y físicas en rápido deterioro, sufrió un colpaso nervioso en 1919 siendo ingresada en el Butler Hospitel, de dónde, como su marido años antes, ya no saldría jamas. Su muerte, acaecida el 24 de Mayo de 1921, se debió a una infección de vejiga. La muerte la madre fue devastadora para Lovecraft, pero al cabo de unas semanas ya estaba lo suficientemente recuperado como para acudir a una convención de periodismo amateur en Boston, el 4 de Julio de 1921. Fue en este evento donde conoció a la que más tarde sería su esposa. Sonia Haft Greene era una judía de orgien ruso, 7 años mayor que Lovecraft, pero ambos parecieron, al menos en un primer momento, congeniar totalmente. Lovecraft visitó a Sonia a su apartamento de Brooklyn en 1922, y la noticia de su casamiento el 3 de Marzo de 1924 no fue sorpresa total para sus amigos; sí lo pudo ser para sus dos tías, Lillian D. Clrak y Annie E. Phillips Gamwell, que se enteraron por carta una vez pasada la ceremonia. Lovecraft se mudó al apartamento de Sonia en Brooklyn y en un principio el futuro parecía prometedor: Lovecraft había puesto un pie en el mundo profesional gracias a la publicación de varias de sus historias en Weird Tales, el conocido magacine pulp fundado en 1923; Sonia regentaba una exitosa tienda de sombreros en la Quinta Avenida.
Pero los problemas se abatieron sobre la pareja casi inmediatamente: la tienda sufrió bancarrota, Lovecraft rechazó la oportunidad de ser el editor de un Magacine asociado a Weird Tales (lo que hubiese implicado su traslado a Chicago) y la salud de Sonia empezó a deteriorarse, forzándola a pasar temporadas en un sanatorio de Nueva Jersey. Lovecraft intentó conseguir un trabajo estable, pero nadie parecía demasiado dispuesto a contratar a un hombre de 34 años sin ningún tipo de experiencia anterior. El 1 de Enero de 1925, Sonia tuvo que ir a Cleveland para conseguir un trabajo y Lovecraft se mudó a un apartamento de soltero cerca de la insalubre zona de Brooklyn llamada Red Hook.
Aunque Lovecraft tenía amigos en Nueva York-Frank Belknap Long, Rheinhart Kleiner, Samuel Loveman- empezo a sentirse deprimido por su aislamiento entre las masas de "extranjeros" de la ciudad. Su ficción iba de lo nostálgico ("The Sunned House" (1924) está ambientada en Providence) a lo amargado y misántropico("El Horror de Red Hook" y "Él" -ambos escritos en 1924- dejan bien claros sus sentimientos hacia Nueva York). Finalmente, a principios de 1926, se hicieron planes para que Lovecraft volviese a su añorada Providence. Pero, ¿dónde encajaba Sonia en estos planes? Nadie parecía saberlo, y mucho menos Lovecraft. A pesar de que continuaba sintiendo afecto por ella, consintió cuando sus tías vetaron la prpuesta de Sonia de iniciar un negocio en Providence: su sobrino no podía estar marcado por el estigma de estar casado con una tendera. El matrimonio estaba fundamentalmente roto y el divorcio en 1929 fue inevitable.
Cuando Lovecraft volvió a Providence el 17 de Abril de 1926, estableciéndose en el 10 de Barnes Stret al norte de la universidad de Brown no fue para enterrarse a si mismo como hizo en el periodo de 1908-13; más que eso, los últimos 10 años de su vida fueron los de su florecimiento, tanto como escritor como persona. Su vida fue relativamente calmada- viajó a varios sitios del este de américa en busca de antiguedades (Quebec, Nueva Inglaterra, Filadelfia, Charleston, St Agustine); escribió su mejor ficción, desde "La llamada de Cthulhu" (1926) hasta "En la noche de los tiempos" (1934-35) pasando por "Las Montañas de la Locura" (1931) y continuó con su prodigiosamente extensa correspondencia. En Nueva Inglaterra Lovecraft encontró su lugar como escritor de ficción fantástica y como hombre de letras en general. Promocionó las carreras de muchos jovenes escritores (August Derleth, Donal Wandrei, Robert Bloch, Fritz Lieber), y fué implicandose en los temas económicos y políticos de su tiempo, apoyando a Roosevelt durante la Gran Depresión y aproximándose hacia una especie de socialismo moderado; aún así continuó absorbiendo conocimiento en muchos y diversos temas, desde la filosofía hasta la literatura pasando por la arquitectura.
Los últimos dos o tres años de su vida fueron, aún así, bastante duros. En 1932 su querida tía Mrs. Clark murió. HPL se muda en 1933 con su otra tía, Mrs. Gamwell a unos pisos en el 66 de College Street, justo detrás de la Biblioteca John Hay. (Esta casa ha sido trasladada al 65 de Prospect Street). Sus últimos relatos, cada vez más largos y complejos, fueron dificiles de vender, y se vió obligado a mantenerse a traves de las "revisiones" de obras de otros y a escribir historias de fantamas, poesía y trabajos de no-ficción. El suicidio de Robert E. Howard (uno de sus corresponsales más cercanos) en 1936 , le deja confuso y entristecido. Por esa epoca la enfermedad que causaría su propia muerte-cancer intestinal-había progresado tanto, que poco se podía hacer para tratarlo. Lovecraft intentó soportar el creciente dolor durante el invierno de 1936-37, pero finalmente se ve obligado a ingresar en el Hospital Memorial Jane Brown el 10 de Marzo de 1937, donde murió cinco dias despues. Fue enterrado el 18 de Marzo en el mausoleo familiar de los Phillips en el cementerio de Swan Point.
Es posible que, al ver el fin cerca, Lovecraft temiese el olvido al que parecía estar condenado su trabajo: no había publicado ningún libro en vida (excepto quizás de la mala edición que se había hecho de "La Sombra sobre Innsmouth" en 1936) y sus relatos, ensayos y poemas estaban desperdigados por una enorme cantidad de magacines pulp y amateur. Pero las amistades que había forjado por correspondecia resultaron la salvación de su legado: August Derleth y Donald Wandrei estaban determinados a preservar los relatos de Lovecraft en la dignidad de los libros de tapa dura. Fundaron la editorial Arkham House para publicar los trabajos de Lovecraft, estrenándose con The Outsider and Other en 1939. Muchos más volumenes continuaron el esfuerzo inicial y finalmente el trabajo de Lovecraft pudo verse en libros que llegaron ha estar traducidos a más de una docena de lenguajes. Hoy, en el centenario de su nacimiento (Obviamente este artículo fue escrito en 1990. N. del W.), sus relatos están disponibles en ediciones ampliamente comentadas, sus ensayos, poemas y cartas son accesibles para ell gran público y muchos estudiosos han escrito sobre las profundidades y complejidades de su trabajo y pensamiento. Queda mucho por hacer en el estudio de Lovecraft, pero es seguro decir que, gracias al mérito intrínseco de su trabajo y a la perseverancia y diligencia de sus asociados y amigos, Lovecraft se ha ganado un pequeño pero importante lugar en el Canon de la literatura americana.

Para saber más sobre la biografía de H.P.Lovecraft recomendamos leer:Lovecraft una Biografía de L. Sprague de Camp Editada por Valdemar (ColecciónClub Diogenes)De momento es la única biografía existente en castellano.

POEMAS DE H. P. LOVECRAFT

Bestezuelas nocturnas
No sabría decir de qué criptas salen arrastrándose,
Pero cada noche veo esas criaturas viscosas,
Negras, cornudas y descarnadas, con alas membranosas
Y colas que ostentan la barba bífida del infierno.
Llegan en legiones traídas por el viento del Norte
Con garras obscenas que cosquillean y escuecen,
Y me agarran y me llevan en viajes monstruosos
A mundos grises ocultos en el fondo del pozo de las pesadillas.
Pasan rozando los picos dentados de Thok
Sin hacer el menor caso de mis gritos ahogados,
Y descienden por los abismos inferiores hasta ese lago inmundo
Donde los shoggoths henchidos chapotean en un sueño dudoso.
Pero ¡ay! ¡Si al menos hicieran algún ruido
O tuvieran una cara donde se suele tener!
Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt


Nostalgia
Cada año, al resplandor melancólico del otoño,
Los pájaros remontan el vuelo sobre un océano desierto,
Trinando y gorjeando con prisa jubilosa
Por llegar a una tierra que su memoria profunda conoce.
Grandes jardines colgantes donde se abren flores
De vivos colores, hileras de mangos de gusto delicioso
Y arboledas que forman templos con ramas entrelazadas
Sobre frescos senderos... todo esto les muestran sus vagos sueños.
Buscan en el mar vestigios de su antigua costa,
Y la alta ciudad blanca, erizada de torres...
Pero sólo las aguas vacías se extienden ante ellos,
Así que al fin dan media vuelta una vez más.
Y mientras tanto, hundidas en un abismo infestado de extraños pólipos,
Las viejas torres añoran su canto perdido y recordado.
Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt

El horror de Yule
Hay nieve en el campo
Y los valles están helados,
Y una profunda medianoche
Se cierne sombría sobre el mundo;
Pero una luz entrevista en las cumbres
Revela festines profanos yantiguos.
Hay muerte en las nubes,
Hay miedo en la noche,
Pues los muertos en sus mortajas
Celebran la puesta del sol,
Yentonan cantos salvajes en los bosques mientras danzan
En torno al altar de Yule,
fungoso y blanco.
Un viento que no es de este mundo
Recorre el bosque de robles,
Cuyas mórbidas ramas se ahogan
En una maraña de delirante muérdago,
Porque éstos son los poderes de las tinieblas,
que perviven
En las tumbas de la raza perdida de los Druidas.
Diciembre, 1926
Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt

CARTA A ROBERT BLOCH. Por H. P. Lovecraft

Torre Sellada de N'kung
Hora de la Señal de la Nebulosa Oscura
(hacia Septiembre de 1933)

Querido Bho-Blôk:—

Me asombras cuando dices que sólo sueñas unas dos veces al año. Yo no puedo quedarme dormido ni un par de segundos—incluso en mi sofá o en mi escritorio—sin experimentar los sueños más vívidos; que no siempre son bizarros o fantásticos, pero siempre claros como la vida misma. Raramente sueño cosas cotidianas recientes, tiendo a retrotraerme 30 años o más a mi infancia—periodo que es sin duda el más feliz de mi existencia. En nueve de cada diez sueños, soy un niño en pantaloncitos cortos en la casa de mi niñez, junto a mi madre, mi abuelo y otros parientes y amigos fallecidos. Habitualmente el escenario suele ser bastante consistente—caballos y carruajes, cochecitos de calle con las capotas abiertas, etc. —aunque ocasionalmente algún elemento moderno se encuentra ilógicamente insertado en la atmósfera de 1903. En otras ocasiones estos elementos modernos se ven adaptados o reconciliados con el año 1903 de una forma que resultaría extremadamente ingeniosa si se tratase de un trabajo consciente. Pero aparte de estos sueños comparativamente mundanos, ocasionalmente tengo algunos estrictamente fantásticos, buen material para la escritura de relatos. La noche pasada me encontraba entre un partida de hombres aprensivos y silenciosos armados con un artilugio oculto parecido a una ankh o crux ansata—trepando por escalera y siguiendo un precario camino sobre los apiñados tejados de una podrida e increíblemente antigua ciudad, en búsqueda de un vago ser de infinite e increíble malignidad que ha estado afligiendo a los lugareños. Una vez—a la luz de una luna leprosa y decreciente—vimos a esa cosa…un ser negro, agazapado, de grandes orejas, del tamaño aproximado de un enorme perro, con un vago parecido a las gárgolas de Notre Dame. Al final escapó de nosotros de manera peculiar. Nuestro líder, parecía, era un hombre joven de aspecto distinguido montado a caballo, que no trepó por los techos como lo hicimos nosotros siguiendo sus órdenes. Todos a la vez, perseguimos a la cosa de techo en techo haciéndola recular a la vista de nuestras ankh de resplandeciente metal, la cosa extendió unas rudimentarias alas de murciélago y voló hacia nuestro líder que permanecía montado sobre su caballo muy lejos de nosotros. Mirando hacia abajo, vimos a la blasfemia fundiéndose plástica y horriblemente con la apuesta figura del capitán y su montura, hasta que en un instante había un ser donde antes hubo dos…un impresionante ser híbrido cubierto por la capa de seda de nuestro capitán, con el negro hocico y las enormes orejas de la maligna entidad en el lugar de la cara. Miro hacia arriba y de reojo—aullando cosas que no pudimos comprender—y salió a galope tendido sobre el caballo que una vez fue de nuestro capitán. Quedamos confusos—descendiendo alocadamente por el suelo sin nieve, aunque levemente helado—cuando me desperté. Y eso es todo, insuficiente para un relato, pero un típico ejemplo del tipo de sueños que tengo una—o quizás dos veces—a la semana.


Tuyo en el Rito Negro de Yaddith
Eich-Pi-El

MÁS ALLÁ DEL MURO DE LOS SUEÑOS. Por Joseph Curwen

H.P. Lovecraft es uno de esos autores por los que nunca pasa el tiempo; es más, yo incluso me atrevería a decir que es uno de esos autores en los que el paso del tiempo confirma y reafirma como auténticos genios. Como prueba de lo anterior solamente hay que echar un vistazo a las diferentes áreas tanto literarias como artísticas en las que se evidencia su fuerte influencia, en las que ha dejado patente su firme personalidad literaria. Además, al hilo de esta afirmación, quisiera exhalar un pensamiento; y es que Lovecraft pese a esa injusta e inmerecida consideración de ciertos sectores de ser un hombre de contenido carácter y pusilánime personalidad, siempre ha ejercido su influencia entre los más vanguardistas creadores del momento; hecho éste muy curioso y muy ha tener en cuenta puesto que abre las puertas de par en par a la reflexión introspectiva sobre el escritor americano.
Pero bueno, éste último no es el tema que yo deseo tratar en este artículo, sino que quisiera hablar de Cine comentando la adaptación a este medio del relato que el autor escribió en 1919 y que tituló “Más allá del muro del sueño”. Relato que no pertenece a la categoría de sus obras más conocidas pero que sin duda es una excelente muestra de su magnífica estética literaria referida al mundo onírico o, quizás sería mejor denominar, realidad onírica puesto que en esta mencionada obra corta el autor realiza un magistral requiebro literario al plantear la hipotética objetividad del mundo de los sueños, mundo fascinante que revela un conocimiento superior de ese Universo lírico descrito por el Lovecraft.
Pues bien, este evocador relato lovecraftiano es la base argumental del filme independiente de bajo presupuesto y de producción americana del mismo título que la obra de la que procede. Me estoy refiriendo a Más allá del muro del sueño [Beyond the Wall of Sleep, 2004], título de la compañía Visceral Pictures, dirigido y escrito por los directores Barret Klausman y Thom Maurer. Película estrenada en Octubre de 2005 en el reconocido festival cinematográfico dedicado al Maestro de Providence The H.P. Lovecraft Festival Film de Portland, Oregon.
Se trata de una adaptación libre pero básicamente muy ajustada al mensaje clave del lovecraftiano relato. La trama argumental nos sumerge en el sórdido ambiente del centro psiquiátrico para enfermos mentales criminales Ulster County Asylum donde, más que otra cosa, se experimenta con los pacientes. Un nuevo y extraño paciente Joe Slater (William Sanderson), procedente de una zona rural denominada Catskill Mountains donde las relaciones endogámicas han degenerado en una población con patológicas anomalías entre los individuos, es ingresado en el centro al haber cometido un horrendo crimen familiar. Una vez internado, Edward Eischel (Fountain Yount) joven médico que investiga con el pensamiento humano y la posibilidad de la intercomunicación a través de un sofisticado aparataje de su invención, se interesa desmesuradamente por el nuevo y extraño interno. A partir de este momento toda una serie de acontecimientos impensables y terribles tendrán lugar entre los oscuros muros y largos corredores del mencionado hospital psiquiátrico.
Nos encontramos ante una producción joven en todos los sentidos que, quizás por esta razón, ofrece una técnica cinematográfica muy actual, atrevida e interesante. El uso de la fotografía en blanco y negro junto al color según escenas, el montaje con la superposición de algunos planos y los efectos de aceleración/reiteración que reproducen las escenas oníricas, otorga a la producción en algunos momentos un estilo de audaz video-clip que no desmerece en absoluto el trabajo final. Tengamos en cuenta que al tratarse de producciones de bajo presupuesto el trabajo de la dirección, montaje y efectos es básico para ofrecer un producto final interesante a la vez que elaborado y convincente, aspectos que en este caso se cumplen sin problema alguno. En este tipo de producciones es donde más que nunca se requiere de mucha imaginación y domino de la técnica por parte del equipo. El desarrollo del guión es bastante aceptable aunque en algunos momentos un tanto difícil de seguir, siendo lo más efectivo de éste el hecho de mantener la profunda esencia que Lovecraft quiso remarcar en la obra original de su autoría. Vuelvo a insistir en la muy destacable fotografía de Bill Burton preferentemente en el uso del blanco y negro consiguiendo crear una atmósfera de sordidez y degeneración “a la lovecraftiana” a lo largo de todo el metraje; el montaje de la mano de Dan Gutman resulta altamente perturbador como ya he comentado anteriormente y la música de Kaveh Cohen encuadra inquietantemente cada una de las escenas. No quiero dejar de mencionar los excelentes efectos visuales y especiales de Andrew Soria y Matt Green respectivamente que claramente crean y recrean los aspectos más impactantes del filme. Respecto a las interpretaciones, éstas no pasan de ser correctas; no obstante en esta ocasión se podría afirmar sin miedo a equivocarse que la verdadera protagonista de la película es la intensa y asombrosa historia que se nos cuenta, quedando el trabajo actoral en un mero segundo plano.
La película posee ese peculiar sabor que otorga el cine independiente que no se ciñe tanto a las cuestiones meramente comerciales. La producción destila esa agradable embocadura de lo trasgresor, de un tipo de cine experimental que se permite una clara libertad de acción y de decisión, aspectos estos que predominan y se expresan a lo largo de toda la película.
No obstante y pese a tratarse de una producción independiente, vanguardista y en cierta manera experimental, se ha incurrido nuevamente en la inclusión de esas ya típicas escenas con claras connotaciones sexuales. Escenas a que, precisamente en el original, el autor americano no hace ninguna referencia ni tan siquiera indirecta, como sí ocurre en algunos de los trabajos de su extensa bibliografía. Resulta muy curioso que incluso este cine más actual y, al menos a simple vista, menos comercial también utilice la presencia femenina como reclamo erótico convirtiendo este hecho en una absoluta y reiterativa tradición en el cine lovecraftiano. En este caso, y prácticamente en ninguno, este tipo de escenas de las que estamos hablando no aportan al argumento nada interesante, más que esa mera connotación morbosa que parece que recurrentemente muestran las adaptaciones al cine de la obra de H.P. Lovecraft.
Desde La Nueva Logia del Tentáculo, Asociación Lovecraftiana dedicada al análisis y seguimiento exhaustivos de la figura y la obra de H.P. Lovecraft y que pronto va a cumplir su VI Aniversario en la red, estudiamos todos los ámbitos de influencia del escritor, por supuesto también su influencia en el Cine. A través de la Sección Cine Horror Phorum Lovecraft y su Cinemateca Arcana, se cataloga toda esta filmografía y se llevan a cabo sesiones de auténtico Cine – Forum donde se analizan y comentan tanto las producciones que resultan de adaptaciones de sus propias obras como las que referencian diferentes aspectos de la cosmogonía y universo lovecraftianos. De la misma manera también se trabajan ampliamente las diferentes producciones cinematográficas del Género Fantástico en su más amplio espectro. De esta forma La Nueva Logia del Tentáculo resulta claramente un Proyecto Lovecraftiano absolutamente multidisciplinar, donde se acoge en su esencia analítica cualquier aspecto que tiene que ver con H.P. Lovecraft, su Obra y su Círculo con el único y básico objetivo del análisis más exhaustivo y riguroso del escritor de culto H.P. Lovecraft.

EL HORROR DE LAS SOMBRAS. Por H. P. Lovecraft

Muchos hombres han contado cosas espantosas, no referidas en letra impresa, que sucedieron en los campos de batalla durante la Gran Guerra. Algunas de estas cosas me han hecho palidecer; otras, me han producido unas nauseas incontenibles, mientras que otras me han hecho temblar y volver la mirada hacia atrás en la oscuridad; sin embargo, creo que puedo relatar la peor de todas: el espantoso, antinatural e increíble horror de las sombras.
En 1915 estaba yo como médico con el grado de teniente en un regimiento canadiense en Flandes, siendo uno de los numerosos americanos que se adelantaron al gobierno mismo en la gigante contienda. No había ingresado en el ejército por iniciativa propia, sino más bien como consecuencia natural de haberse alistado el hombre de quien era yo ayudante indispensable: el celebre cirujano de Bolton, doctor Herbert West. El doctor West se había mostrado siempre deseoso de poder prestar servicio como cirujano en una gran guerra; y cuando dicha posibilidad se presentó, me arrastró consigo en contra de mi voluntad. Había motivos por los que yo me hubiera alegrado de que la guerra nos separase; motivos por los que encontraba la práctica de la medicina y la compañía de West cada vez más irritante; pero cuando se marchó a Ottawa, y consiguió por medio de la influencia de un colega una plaza de comandante médico, no me pude resistir a la autoritaria insistencia de aquel hombre decidido a que le acompañase en mi calidad habitual.
Cuando digo que el doctor West estuvo siempre ansioso de poder servir en el campo de batalla no me refiero a que fuese guerrero por naturaleza ni que anhelase salvar la civilización. Siempre había sido una fría máquina intelectual; flaco, rubio, de ojos azules y con gafas; creo que se reía secretamente de mis ocasionales entusiasmos marciales y de mis críticas a la indolente neutralidad. Sin embargo, había algo en la devastada Flandes que él quería; y a fin de conseguirlo, tuvo que adoptar aspecto militar. Lo que pretendía no era lo que pretenden muchas personas, sino algo relacionado con la rama particular de la ciencia médica que él había logrado practicar de forma completamente clandestina y en la cual había conseguido resultados asombrosos y, de vez en cuando, horrendos. Lo que quería no era otra cosa, en realidad, que abundante provisión de muertos recientes, en todos los estados de desmembramiento.
Herbert West necesitaba cadáveres frescos porque el trabajo de su vida era la reanimación de los muertos. Este trabajo no era conocido por la distinguida clientela que había hecho crecer rápidamente su fama, a su llegada a Boston; en cambio yo lo conocía demasiado bien, ya que era su más íntimo amigo y ayudante desde nuestros tiempos de la Facultad de Medicina, en la Universidad Miskatonic de Arkham. Fue en aquellos tiempos de la universidad cuando inició sus terribles experimentos, primero con pequeños animales y luego con cadáveres humanos conseguidos de manera horrenda. Había obtenido una solución que inyectaba en las venas de los muertos; y si eran bastante frescos, reaccionaban de maneras extrañas. Había tenido muchos problemas para descubrir la fórmula adecuada, pues cada tipo de organismo necesitaba un estímulo especialmente apto para él. El terror le dominaba, cada vez que pensaba en los fracasos parciales: seres atroces, resultado de soluciones imperfectas o de cuerpos insuficientemente frescos. Cierto número de estos fracasos habían seguido con vida (uno de ellos se encontraba en un manicomio, mientras que otros habían desaparecido); y como él pensaba en las eventualidades imaginables, aunque prácticamente imposibles, se estremecía a menudo, debajo de su aparente impasibilidad habitual. West se había dado cuenta muy pronto de que el requisito fundamental para que los ejemplares sirviesen era su frescura, así que había recurrido al procedimiento espantoso y abominable de robar cadáveres. En la universidad, y cuando empezamos a ejercer en el pueblo industrial de Bolton, mi actitud respecto a él había sido de fascinada admiración; pero a medida que sus procedimientos se hacían mas osados, un solapado terror se fue apoderando de mí. No me gustaba la forma en que miraba a las personas vivas de aspecto saludable; luego, ocurrió aquella escena de pesadilla en el laboratorio del sótano, cuando me enteré de que cierto ejemplar aún estaba vivo cuando West se había apoderado de él. Fue la primera vez que había podido revivir la función del pensamiento racional en un cadáver; y este éxito, conseguido a costa de semejante abominación, le había endurecido por completo.
No me atrevo a hablar de sus métodos durante los cinco años siguientes. Seguí a su lado por puro miedo, y presencié escenas que la lengua humana no podría repetir. Gradualmente, llegué a darme cuenta de que el propio Herbert West era más horrible que todo lo que hacía... fue entonces cuando comprendí claramente que su celo científico por prolongar la vida en otro tiempo normal había degenerado sutilmente en una curiosidad meramente morbosa y macabra y en una secreta complacencia en la visión de los cadáveres. Su interés se convirtió en perversa afición por lo repugnante y lo diabólicamente anormal; se recreaba con tranquilidad en monstruosidades artificiales ante las que cualquier persona en su sano juicio caería desvanecida de repugnancia y de horror; detrás de su pálido intelectualismo, se convirtió en un exigente Baudelaire del experimento físico, en un lánguido Heliogábalo de las tumbas. Afrontaba imperturbable los peligros y cometía crímenes con impasibilidad. Creo que el momento crítico llegó al comprobar que podía restituir la vida racional, y buscó nuevos ámbitos que conquistar experimentando en la reanimación de partes seccionadas de los cuerpos. Tenía ideas extravagantes y originales sobre las propiedades vitales independientes de las células orgánicas y los tejidos nerviosos separados de sus sistemas psíquicos naturales; y obtuvo ciertos resultados espantosos preliminares en forma de tejidos imperecederos, alimentados artificialmente a partir de huevos semi-incubados de un reptil tropical indescriptible. Había dos cuestiones biológicas que ansiaba terriblemente establecer: primero, si podía darse algún tipo de conciencia o actividad racional sin cerebro, en la médula espinal y en los diversos centros nerviosos; y segundo, si existía alguna clase de relación etérea, intangible, distinta de las células materiales, que uniese las partes quirúrgicamente separadas que previamente habían constituido un solo organismo vivo. Todo este trabajo científico requería una prodigiosa provisión de carne humana recién muerta... y esa fue la razón por la que Herbert West participó en la Gran Guerra.
El horrendo y abominable suceso ocurrió una medianoche, a finales de marzo de 1915, en un hospital de campaña detrás de las líneas de St. Eloi. Aún ahora me pregunto si no fue meramente la diabólica ficción de un delirio. West se había montado un laboratorio particular en el lado este del edificio que se le había asignado provisionalmente, alegando que deseaba poner en práctica nuevos y radicales métodos para el tratamiento de los casos de mutilación hasta ahora desesperados. Allí trabajaba como un carnicero, en medio de su sanguinolenta mercancía. Jamás llegué a acostumbrarme a la ligereza con que él manejaba y clasificaba determinado material. A veces hacía verdaderas maravillas de cirugía en los soldados; pero sus principales satisfacciones eran de carácter menos público y filantrópico, y se vio obligado a dar muchas explicaciones acerca de ruidos extraños aún en medio de aquella babel de condenados, entre los que había frecuentes disparos de revólver... cosa corriente en un campo de batalla, aunque completamente inusitada en un hospital. Los ejemplares reanimados por el doctor West no reunían condiciones para recibir una larga existencia ni ser contemplados por un amplio número de espectadores. Además del humano, West utilizaba gran cantidad de tejido embrionario de reptiles que él cultivaba con resultados singulares. Era mejor que el material humano para conservar con vida los fragmentos privados de órganos, y esa era ahora la principal actividad de mi amigo. En un oscuro rincón del laboratorio; sobre un extraño mechero de incubación, tenía una gran cuba tapada, llena de esa sustancia celular de reptiles que se multiplicaba y crecía de forma borboteante y horrenda.
La noche de que hablo teníamos un ejemplar nuevo y espléndido: un hombre físicamente fuerte y a la vez de tan elevada inteligencia, que nos garantizaba un sistema nervioso sensible. Resultaba irónico; porque se trataba del oficial que había ayudado a que se le concediese a West su destino, y que ahora tenía que haber sido nuestro socio. Es más; en el pasado, había estudiado secretamente la teoría de la reanimación bajo la dirección de West. El comandante Sir Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., era el mejor cirujano de nuestra división, y había sido designado precipitadamente al sector de St. Eloi cuando llegaron al cuartel general noticias del recrudecimiento de la lucha. Efectuó el viaje en un avión pilotado por el intrépido teniente Ronald Hill, sólo para ser derribado precisamente en el punto de su destino. La caída fue tremenda y espectacular, Hill quedó irreconocible; en cuanto al gran cirujano, el accidente le secciono la cabeza casi por entero, aunque el resto del cuerpo estaba intacto. West se apoderó ansiosamente de aquel despojo inerte que había sido su amigo y compañero de estudios; me estremecí al verle terminar de separar la cabeza, colocarla en la diabólica cuba de pulposo tejido de reptiles con objeto de conservarla para futuros experimentos, y seguir manipulando el cuerpo decapitado sobre la mesa de operaciones. Inyectó sangre nueva, unió determinadas venas, arterias y nervios del cuello sin cabeza, y cerró la horrible abertura injertando piel de un ejemplar no identificado que había llevado uniforme de oficial. Yo sabía lo que pretendía: comprobar si este cuerpo sumamente organizado podía dar, sin cabeza, alguna señal de vida mental que había distinguido a sir Eric Moreland Clapman-Lee, estudioso en otro tiempo de la reanimación. Este tronco mudo era ahora requerido espantosamente a servir de ejemplo.
Aún puedo ver a Herbert West bajo la siniestra luz de la lámpara, inyectando la solución reanimadora en el brazo del cuerpo decapitado. No puedo describir la escena, me desmayaría si lo intentara, ya que era enloquecedora aquella habitación repleta de horribles objetos clasificados, con el suelo resbaladizo a causa de la sangre y otros desechos menos humanos que formaban un barro cuyo espesor llegaba casi hasta el tobillo, y aquellas horrendas anormalidades de reptiles salpicando, burbujeando y cociendo sobre el espectro azulenco y vacilante de llama, en un rincón de negras sombras. El ejemplar, como West comentó repetidas veces, poseía un sistema nervioso espléndido. Esperaba mucho de él; y cuando empezó a manifestar leves movimientos de contracción, pude ver el interés febril reflejado en el rostro de West. Creo que estaba preparado para presenciar la prueba de su cada vez más sólida opinión de que la conciencia, la razón y la personalidad pueden subsistir independientemente del cerebro... de que el hombre no posee un espíritu central conectivo, sino que es meramente una máquina de materia nerviosa en la que cada sección se encuentra más o menos completa en sí misma. En una triunfal demostración, West estaba a punto de relegar el misterio de la vida a la categoría de mito. El cuerpo ahora se contraía más vigorosamente; y bajo nuestros ojos ávidos, empezó a jadear de forma horrible. Agitó los brazos con desasosiego, alzó las piernas, y contrajo varios músculos en una especie de contorsión repulsiva. Luego, aquel despojo sin cabeza levantó los brazos en un gesto de inequívoca desesperación... de una desesperación inteligente, que bastaba para confirmar todas las teorías de Herbert West. Evidentemente, los nervios recordaban el último acto en vida del hombre: la lucha por librarse del avión que se iba a estrellar.
No sé exactamente qué fue lo que siguió. Tal vez se trata sólo de una alucinación provocada por la impresión que sufrí en aquel instante al iniciarse el bombardeo alemán que destruyó el edificio... ¿quién sabe, ya que West y yo fuimos los únicos supervivientes? West prefería pensar que fue eso, antes de su reciente desaparición; pero había ocasiones en que no podía, porque era extraño que sufriéramos los dos la misma alucinación. El horrendo incidente fue simple en sí mismo, aunque excepcional por lo que implicaba.El cuerpo de la mesa se levantó con un movimiento ciego, vacilante terrible; y oímos un sonido gutural. No me atrevo a decir que se trataba de una voz, porque fue demasiado espantoso. Sin embargo, lo más horrible no fue su cavernosidad. Ni tampoco lo que dijo, ya que gritó tan solo: "¡Salta, Ronald, por Dios! ¡Salta!". Lo espantoso fue su procedencia: porque brotó de la gran cuba tapada de aquel rincón macabro de oscuras sombras.

¿LOCO? Por Guy de Maupassant

¿Estoy loco o nada más estoy celoso? Lo ignoro; pero he sufrido horriblemente. Es cierto que mi acción es propia de un loco, de un loco furioso; pero, ¿no bastan los celos anhelantes, un amor exaltado que sufre traición, que se ve desahuciado, un dolor maldito como el que me destroza; no bastan, digo, todas estas cosas para que cometamos crímenes y desatinos, sin que nuestro corazón ni nuestro cerebro sean los de un criminal?
¡Lo que yo he sufrido, lo que yo he sufrido, lo que yo he sufrido, de una manera constante, aguda, espantosa! Quise a aquella mujer con un arrebato frenético... Pero puntualmente bien: ¿la quise yo? No, no y no. Es ella la que me poseyó en cuerpo y alma, la que se apoderó de mí, la que me encadenó. Fui, sigo siendo, objeto suyo, juguete suyo. Soy el esclavo de su sonrisa, de su boca, de su mirada, del contorno de su cuerpo, de la forma de su cara; su simple apariencia externa me embarga, acelerando mi respiración; pero ella, la que maneja todo esto, el ser de este cuerpo, me inspira odio, desprecio, aborrecimiento; la he odiado, despreciado, aborrecido siempre, porque es pérfida, bestial, inmunda, impura; es la mujer de perdición, el animal sensual y engañoso al que le falta el alma, por el que no circula jamás el pensamiento como aire libre y vivificador; es la bestia humana; ni aun eso: no es más que seno, una maravilla de carne suave y turgente en la que habita la infamia.
Nuestra conexión fue en sus comienzos extraordinaria y deliciosa. Yo me agotaba con furor de deseos insaciables entre sus brazos siempre abiertos. Sus ojos me hacían abrir la boca como si me provocasen resequedad. Al mediodía eran grises, en la hora del ocaso se sombreaban de verde y al alba eran azules. No estoy loco. Juro que tenían estos tres colores.
En las horas de amor eran azules, como acardenalados, con pupilas enormes e inquietas. Sus labios, agitados por un estremecimiento continuo, dejaban a veces que brotase entre ellos la punta sonrosada y húmeda de su lengua, que palpitaba como la de un reptil; y sus párpados cargados se abrían lentamente, poniendo al descubierto su mirada, encendida y agotada, que me enloquecía.
Al estrecharla entre mis brazos y mirarla a los ojos me estremecía, sacudido por el impulso de matar a aquella bestia tanto como por la necesidad de poseerla sin cesar.
Si ella iba y venía por la habitación, a cada paso suyo me daba un vuelco el corazón; si ella empezaba a desnudarse y dejaba caer su vestido para salir, infame y radiante, de entre sus prendas interiores, caídas a su alrededor, me corría por todos los miembros, a lo largo de mis brazos, a lo largo de mis piernas, dentro de mi pecho anhelante, un desmayo infinito y vil.
Llegó un día en que descubrí que estaba hastiada de mí. Lo vi en su mirada, cuando despertó. Todas las mañanas acechaba yo, inclinado sobre ella, esa primera mirada. La acechaba, lleno de cólera, de rencor, de desprecio hacia aquella bestia dormida de la que yo era esclavo. Pero al destaparse el azul pálido de las niñas de sus ojos, aquel azul líquido como el agua, lánguido aún, fatigado todavía, todavía enfermo de las últimas caricias, sentía yo la súbita quemazón de una llama que irritaba mis ardores.
Lo vi, lo conocí, lo sentí, lo comprendí en el acto. Se había acabado todo, totalmente, para siempre. A cada hora, a cada segundo, tenía una prueba.
A la llamada de mis brazos o de mis labios se volvía hacia otro lado, murmurando: "¡Déjame ya!", o bien:
"¡Eres cargante!", o bien: "¡No hay modo de estar tranquila!"
Entonces me sentí celoso, celoso como un perro, y astuto, desconfiado, disimulado. Tenía la seguridad de que volvería pronto a ser la que era, que vendría otro a reavivar el fuego de sus sentidos.
Mis celos llegaron al frenesí; pero no estoy loco, no lo estoy.
Aguardé; la espiaba, sí; no me habría burlado; pero continuaba fría, apagada. En ocasiones, decía: "Los hombres me asquean". Y era cierto.
Mis celos me volvieron contra ella misma; los tuve de su indiferencia, los tuve de la soledad de sus noches; los tuve de sus ademanes, de su pensamiento, que yo adivinaba seguía siendo tan infame como siempre; estuve celoso de todo lo que yo adivinaba. Y si alguna vez, al levantarse de la cama, descubría en ella la mirada blanda que seguía en otro tiempo a nuestras noches ardientes, como si algún resto de lascivia se hubiese metido en su alma agitando sus deseos, sentía yo que ahogaba la cólera, temblaba de indignación, me acometía la comezón de estrangularla, de tirarla al suelo, ponerle la rodilla encima y hacerla confesar, apretándole el cuello, todos los vergonzosos secretos de su corazón.
¿Estoy loco?... ¡No!
Pero una tarde la vi feliz. Comprendí instintivamente que una pasión nueva vibraba en su interior. Tuve la seguridad, una seguridad sin rastro de duda. Palpitaba, igual que después de mis abrazos; sus ojos llameaban, tenía las manos calientes, de todo su cuerpo en vibración se desprendía el vaho de amor que a mí me empezó a sacar de quicio.
Simulé que nada veía, pero mi vigilancia la envolvió como una red.
Nada descubrí, sin embargo.
Esperé una semana, un mes, una estación. Parecía abrirse al florecimiento de una pasión incomprensible.
Se aplicaba, sumida en la dicha de una caricia indescifrable.
Pero de pronto adiviné. No estoy loco. ¡Lo juro, no estoy loco!
¿Cómo lo diría yo? ¿Cómo lo daría a entender? ¿De qué palabras me valdría para expresar aquella realidad infame e inexplicable?
He aquí cómo fue el descubrirlo.
Una tarde, ya he dicho que fue una tarde, al volver de un largo paseo a caballo, se dejó caer en una silla, justo delante de mí; tenía los pómulos encarnados, el pecho anhelante, las piernas flojas, los ojos amoratados. ¡No era la primera vez que yo la había visto así! ¡Ella amaba a alguien! ¡Yo no podía equivocarme!
Sintiendo que perdía el juicio, para no seguir viéndola me volví hacia la ventana. Un lacayo conducía de la brida hacia el establo su hermoso caballo, que se encabritaba.
Ella seguía con la mirada a la bestia enardecida y retozona. En cuanto la perdió de vista, se quedó súbitamente dormida.
Toda la noche estuve dándole vueltas en mi cabeza; creía descifrar misterios jamás sospechados por mí. ¿Hay alguien que pueda llegar a sondear las perversiones de la sensualidad de la mujer? ¿Quién es capaz de comprender sus inverosímiles caprichos y sus extraños modos de saciar las más raras fantasías?
Todas las mañanas, en cuanto alboreaba, recorría a galope llanuras y bosques y siempre regresaba presa de languideces, como después de frenéticas expansiones de amor.
¡Había comprendido! Y sentí celos del caballo nervioso y ligero; sentí celos del viento que le acariciaba el rostro en sus locas carreras; sentí celos de las hojas que besaban, al pasar, sus orejas; sentí celos de las gotas de sol que se filtraban entre las ramas para caer sobre su frente; sentí celos de la silla en que cabalgaba y contra la que ella oprimía su muslo.
Su felicidad estaba en todo aquello, y era todo aquello lo que la exaltaba, la saciaba, la agotaba y la volvía insensible, como muerta, para mí.
Decidí tomar venganza. Extremé mi cariño y mis atenciones con ella. Al volver de sus desenfrenadas carreras, le daba yo la mano para que saltase al suelo. El animal se arrojaba furioso contra mí; ella acariciaba la curva de su cuello, lo besaba en las ventanas temblorosas de la nariz y no se limpiaba luego los labios; y el husmillo de su cuerpo, sudoroso como entre la tibieza del lecho, llegaba a mi olfato mezclado con el olor acre y bravío del animal.
Aguardé mi día y mi momento. Todas las mañanas pasaba ella por el mismo sendero para cruzar un bosquecillo de álamos blancos que se adentraba en la selva.
Salí antes que alborease, llevando una cuerda en la mano y escondidas en el pecho mis pistolas, como si fuese a batirme en duelo. Corrí hacia su camino preferido; tendí la cuerda de un árbol a otro y después me escondí entre las hierbas.
Pegué mi oreja al suelo; oí su galope lejano; luego la vi a lo lejos, por debajo de las ramas, como al final de una bóveda; venía a todo galope. ¡no me había equivocado; era lo que yo pensé! Parecía como transportada de felicidad, la sangre le subía a las mejillas, su mirada tenía destellos de locura, y el vaivén precipitado de la carrera ponía en vibración su sensibilidad con un goce solitario y furioso.
El animal tropezó con las dos patas delanteras en mi trampa y rodó con los huesos rotos. A ella la cogí en mis brazos. Tengo fuerzas como para cargar como un buey. La dejé luego en el suelo y me acerqué al otro, que nos miraba. Todavía hizo un intento de morderme, le puse el cañón de mi pistola en la oreja..., y lo maté..., igual que si hubiera sido un hombre.
Pero también yo rodé por tierra, con el rostro cruzado por dos latigazos; y al ver que ella se lanzaba de nuevo contra mí, le metí la otra bala en el vientre.
Díganme ahora: ¿estoy loco?

TRES NOVELAS DE HERMANN HESSE. Por Valmore Muñoz Arteaga


Es probable que uno de los escritores más leídos por la juventud mundial en los últimos 35 ó 40 años sea el alemán Hermann Hesse, quizás a ello se deba su reducción a escritor juvenil, malogrando con el mote toda una filosofía de vida expuesta en miles de páginas, miles de reflexiones, miles de acordes de una sinfonía universal. Sus trabajos son todos fundamentales, uno es un complemento del otro; sin embargo, son los tres los que pueden situarse entre los libros publicados más famosos y más leídos de mundo: Demian, Siddhartha y El lobo estepario. La primera es publicada en 1919 trata de un niño llamado Emil Sinclair y su proceso de aprendizaje espiritual. Un niño que abandona la candidez y los temores propios de la infancia al conocer a un enigmático compañero de aula llamado Max Demian. Demian le transmite a Sinclair una visión diferente al mundo abonado por la religiosidad y las tradiciones familiares. Sinclair abre los ojos a las contradicciones de la vida aburguesada llevada hasta ahora. La segunda fue publicada en 1922, trata del joven hijo de un brahmán que abandona la casa en busca de la verdad y la liberación. Parte a la aventura con su amigo Govinda, quien lo acompañará hasta un trecho del camino donde se separan. Siddhartha no halla lo que está buscando en ninguna secta o mesías religioso, cuya sed de saber conduce al mundo de los sentidos y, finalmente, al río por el que discurre la vida. El tercero de los libros, quizás su obra más celebrada, aparece en 1927. Aquí el protagonista es un quincuagenario enigmático y solitario al que no se le conoce ocupación alguna, se refugia en una pensión de la que sólo sale ocasionalmente. Un día desaparece dejando en la pensión un cuaderno de notas en donde narra su existencia de lobo estepario, que comprende una extraña velada en el Teatro Mágico.

Tres novelas, realmente, contundentes. En las cuales pueden encontrarse la ideas que desvelaron a Hermann Hesse durante toda su vida y que coronaría en la que sería su última obra maestra El juego de los abalorios. Tres novelas que comprenden los años de entreguerras y la visión que sobre ellas se forjaría un espíritu dominado por la paz, la armonía y la vehemente búsqueda de una conciencia que pudiese respirar por encima de la realidad, su realidad de lobo estepario.

Demian es la primera grande obra de Hesse, a pesar de que ya había publicado Peter Camenzind y Bajo la Rueda. Podríamos decir que la novela nace un 12 de septiembre de 1917, ya que, afirma Hesse que esa noche tuvo un sueño en donde se le había aparecido el protagonista de la novela. Al inicio de la novela, el lector, encontrará una especie de declaración de principio: “Quería tan sólo intentar vivir aquello que brotaba espontáneamente de mí ¿Por qué había de serme tan difícil?” Esta breve introducción presenta los grandes temas que se desarrollarán a lo largo del libro. Frase que hace más curiosa cuando notamos que Demian es el libro del despertar de Hesse como artista y como hombre: “es el primer libro que publica Hesse después de su noche oscura” (Alicia Thiele) Hesse entiende que la obra intenta, básicamente, desarrollar la fantasía de los lectores y su capacidad de pensar e imaginar el mundo, advirtiendo que cada quien debe hacerse de sus propios medios parta encontrarse: “La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede”.

Emil Sinclair, que es Hesse mismo, vive entre dos aguas, dos mundos definidos perfectamente y que, por si fuera poco, eran radicalmente antagónicos. Un mundo lleno de luz, conformado por su familia, la religión, el orden, la escuela, las tradiciones burguesas; y, un mundo oscuro poblado por la servidumbre, historias de sombras y chismes de escándalos. Los dos mundos muchas veces se confunden y entrelazan, incluso en la seguridad de la vida hogareña del pequeño Emil. Demian es un entramado en donde Hesse se luce como traductor de los estados emocionales de los adolescentes, con sus miedo y preocupaciones, quizás se deba estos a que no creemos que Hesse abandonara del todo su propia juventud, permaneció aferrado a ella por muchos años. Es probable que a esto se deba lo que anotábamos arriba, que su obra es más apreciada por los jóvenes, que se identifican con cada personaje rebelde que abundan en sus páginas. En otra novela corta titulada Klein y Wagner, Hesse vuelve a manejar la temática de la niñez-juventud así como lo hizo en Demian. Los hombres, con excepción de algunos seres privilegiados, sólo en la niñez y primera adolescencia, son capaces de profundas transformaciones. Esto lo exploto muchas veces Hesse. Escribe Alicia Thiele: “El adulto ya no hace más que clavarse hacia adentro las espadas con que iba a conquistar el mundo; trata de adaptarse, de asegurarse”. A lo que apunta Erich Kästner, escritor alemán de novelas infantiles: “La mayoría de las personas abandonan su infancia como a un viejo sombrero. La olvidan como a un número de teléfono que ya no sirve. Antes eran niños, luego se hicieron adultos, pero ¿qué son ahora? Sólo aquel que se convierte en adulto pero sigue permaneciendo niño, es un ser humano” Más o menos en esa onda se encontraban J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis, más adelante Michael Ende.

Entre los otros temas planteado por Hesse en Demian se encuentra el de la existencia de un linaje, el linaje de los elegidos. Un linaje que nace de sus innumerables lecturas de Nietzsche. En la novela se habla de una raza de seres superiores que se alzan entre la muchedumbre con autoridad. Estas ideas hicieron que algunos asumieran a Hesse como un auspiciador del fascismo alemán, aunque sus planteamientos artístico poco tuviera que ver con Hitler y sus ideólogos.

En otro capítulo vuelve a asomarse la bigotuda fisonomía nietzscheana. En el episodio de Caín y los dos ladrones puede verse al filósofo golpeando a martillazos el ideal cristiano y que había asesinado con sus propias manos a Dios. En el capítulo se deja leer el espíritu transgresor de Hesse. Sinclair se encuentra en plena pubertad después de haber perdido el contacto con Demian, nuevamente se encuentran en las clases que los prepararán para la Confirmación. Durante estas clases, Demian desnuda toda su teoría acerca del poder mental con la siguiente idea: “Cuando un animal o un hombre orienta toda su atención y toda su voluntad hacia una cosa determinada, acaba por conseguirla [...] Si observamos a un hombre con atención suficiente, acabaremos por saber de él mucho más que él mismo”. Más adelante agrega, entrando en detalles bíblicos: “El espectáculo de las tres cruces alzándose juntas sobre la colina es imborrablemente sublime. Pero luego viene esa anécdota sentimental del buen ladrón. Ha sido toda su vida un criminal, ha cometido Dios sabe cuántas infamias y ahora se derrite y llora arrepentido y contrito. ¿Quieres decirme qué sentido tiene este arrepentimiento a dos pasos del sepulcro? No es más que una anécdota devota, dulzona y falsa, suntuosamente aderezada y con un fondo muy edificante. Si hoy tuvieras que elegir por amigo a uno de los dos ladrones o meditar en cuál de ellos podrías depositar mejor tu confianza, no elegirías a ese converso plañidero. Escogerías, desde luego, al otro que es un tipo con carácter”.

Un dato interesante en Demian es la inclusión por parte de Hesse de la doctrina jungiana. La novela está repleta de las teorías de Carl Gustav Jung. “Cada uno de nosotros contiene el ser total del mundo, y del mismo modo que nuestro cuerpo integra toda la trayectoria de la evolución, hasta el pez e incluso más atrás aún, llevamos también en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas de los hombres. Todos los dioses y todos los demonios habidos, sean entre los griegos, los chinos o los cafres, todos están con nosotros, están presentes, como posibilidades, deseos o caminos. Si toda la humanidad muriese con la sola excepción de un niño medianamente dotado, este niño superviviente volvería a hallar el curso de las cosas y podría crearlo otra vez todo, dioses, demonios y paraísos, mandamientos, antiguos y nuevos Testamentos”.

Tres años después publica Siddhartha. Esta novela parte de lo narrado en un cuento publicado por Hesse en 1910, llamado La leyenda del rey indio. En esta novela, Hesse, volverá otra vez al mundo de su juventud, a los cuentos que su madre le narraba, “sus luchas y sus amores, un pedazo de vida ascética y contemplativa, visiones de viajes, anhelos de calma y perfección, todo se funde en la vida de Siddhartha” (Thiele). En 1920 inició la redacción de lo que sería la primera parte de la novela. La segunda parte no fue iniciada hasta que se logró sumergir en el estudio y la meditación. Durante este período Hesse inició su amistad con Jung, quien le asesoró y lo guió en los vericuetos del mundo del psicoanálisis. El contacto de Hesse con la India no sólo viene por las estancia de sus padres y de su abuelo en el misterioso mundo, sino que él mismo emprendió dos viajes hacia ella. El primero en 1911, viaje que significó una gran decepción para él, ya que estando en el corazón espiritual del mundo se dio cuenta de cuán occidental era.

La novela nació con el visto bueno de la crítica y los lectores, fue la obra que acercó a Hesse a un público aún más amplio. Nace la moda Hesse entre los jóvenes ya hastiados de la Europa de entreguerras pusieron los ojos, a través de los de Hesse, en Oriente. “El impacto social de la novela fue asimismo muy importante en Estados Unidos, aunque su publicación llegaría a los lectores anglosajones con tres décadas de atraso” (Katinka Rosés Becker). Uno de los escritores estadounidenses que más insistió en la importancia de esta novela fue Henry Miller, quien en 1948 se empeñó apasionadamente en que se tradujera al inglés la novela, además de ofrecerse a hacerle una introducción.

Hesse parece inspirarse en la vida del legendario Buda, marcando cierta distancia, ya que en uno de los capítulos estos se encuentran y tienen una conversación fundamental en la historia. El Siddhartha de Hesse no es más que la reformulación de la vida del Siddhartha real. Sobre esto apunta Ziolokowski: “A ambos se les atribuye el haber sido los primeros entre sus prójimos, cuando niños, en todas las competiciones. Buda dejó a su mujer y a su hijo recién nacido para convertirse en un asceta: Siddhartha abandona a su amada Kamala y a su hijo no nacido aún con igual finalidad. Ambos pasan un período entre los ascetas, aprendiendo la práctica del yoga. Buda pasó seis años meditando en la ribera de un río; Siddhartha pasa sus últimos años junto al río, en donde le llega su revelación final... una visión del mundo como simultaneidad y totalidad”.

Si intentamos un adjetivo para la novela este no sería otro sino búsqueda, búsqueda del sentido del mundo y de sí mismo. Una búsqueda que algunos críticos han dividido en dos partes denominándolas de esta forma: a) una primera parte en donde se narran las cuatro nobles verdades: La verdad del sufrimiento, de la causa del sufrimiento, de la cesación del sufrimiento y hacia la cesación del sufrimiento; b) una segunda parte que surge de la cuarta noble verdad: Noble sendero óctuple: visión, emoción, discurso, acción, vida, esfuerzo, conciencia y meditación perfectos.

Qué tantos lectores atrajo Hesse hacia sí, no podemos determinarlo, lo que sí podemos afirmar es que tradujo con bastante éxito al gusto occidental la sabiduría oriental, en la que el budismo es preponderante. Durante la década de los sesenta nació una moda hacia lo oriental, por un lado, la poderosa influencia ejercida en la juventud la música de los Beatles, quienes agregaron a su repertorio parte de esa sabiduría, fundamentalmente a través de las canciones de George Harrison, y por otro lado, la literatura de Hesse. Sin embargo, Hesse no será el primer intelectual en ver al budismo una posibilidad al materialismo abundante, ya Schopenhauer y Nietzsche lo habían descubierto.

Sin embargo, la obra que catapultaría a Hesse a la inmortalidad es su malinterpretado Lobo estepario. Y afirmo malinterpretado debido a un epílogo escrito por el mismo Hesse en 1941: “Siempre me ha parecido que El Lobo estepario es el libro mío peor comprendido de todos y con más frecuencia, y son numerosos precisamente los lectores aprobadores y hasta los entusiastas, y no los recusadores, los que se han manifestado sobre el libro de una manera sorprendente para mí”. Con esta introducción se hace cuesta arriba intentar algunas palabras acerca del libro, pero siempre he creído que la interpretación de un libro o una pieza artística es una actividad en donde no se involucra el creador, es algo sumamente íntimo entre la obra y el espectador, bajo este salvoconducto me destino a tejer algunas líneas sobre El lobo estepario.

La novela nace en un momento de esparcimiento espiritual y emocional de Hesse, quien estaba próximo a cumplir los cincuenta años. En ese momento viví una segunda adolescencia en los bares de Zurich, así como muy bien lo aprendieron a hacer Emil Sinclair y Peter Camenzind. En enero de 1927 concluyó el original para aparecer en junio en las principales librerías de Suiza. En ella Hesse se aventura por los caminos de la psicodelia que se pondrá de moda a finales de los años 60, en vista de ello, la novela sería tremendamente difundida dentro del movimiento hippie europeo y norteamericano.
Esta novela conjeturó la ruptura de Hesse con todo cuanto había trabajado hasta ahora, algunos la asumen como su obra más occidental. “Tanto en lo personal como en lo creativo, el autor se había propuesto dejar atrás toda su etapa anterior y partir de cero” (Katinka Rosés Becker) La novela es una aproximación al expresionismo que empezó a influir en la literatura alemana alrededor de 1910 como reacción frente al naturalismo y el impresionismo, que se preocupaban principalmente de la representación realista de la existencia, el nuevo movimiento tenía por objeto la expresión o representación de los sentimientos, experiencias y reacciones interiores del artista o escritor. Defendía el retorno del hombre originario y el nacimiento de una humanidad libre y más reflexiva de sus propias posibilidades. Hesse enjuicia al mundo contemporáneo desde ojos contemporáneos con medios contemporáneos. El paisaje propio de las primeras obras de Hesse que rayaba con sus experiencias románticas fue sustituido por la ciudad, por míseros bares y cabarets donde los últimos bailes eran la prerrogativa. La ciudad se hacía protagonista del relato, bajo su égida, el autor construía y destruía las bases de la modernidad.

La obra se sostiene sobre la base ya expuesta por Goethe en el Fausto acerca de la doble identidad que se debate en el alma del hombre. En el caso Hesse, una doble fase licantrópica que lucha por imponerse. Por momentos domina el hombre, pero en otros asume la dirección el lobo. Es la guerra de los mundos de Hesse. Un mundo interior en donde Goethe y Mozart asumen el rol modélico de conductas y un mundo exterior sensual en donde reina jazz y las emociones fuertes, algo similar al doble mundo en la vida de Sinclair.

Un tema que aparece en El lobo estepario y en otros obras de Hesse como, por ejemplo, Bajo la ruda, es el del suicidio. Durante casi toda la obra Harry Haller coquetea con la idea de quitarse la vida no bien arribado a los cincuenta años. Inmediatamente nos viene a la mente el largo historial de escritores que hicieron del suicidio una delicada herramienta literaria, una vena que tiene en Goethe y su Werther el más importante icono, pero que también incluye a poetas de la altura de Hölderlin, Novalis, Heine, entre otros. Alguna vez se le acusó a Hesse de promover el suicidio con sus obras, específicamente El lobo estepario, a lo cual respondió: “Usted ha tenido la comprensible necesidad de endosar a otro parte de la culpa paterna que le corresponde por la muerte de su hijo, y lo hizo en mí mediante una carta que no es cortés, ni prudente [...] Si se hubiera esmerado en leer y entender ‘El lobo estepario’ hubiese advertido que no es la historia de una decadencia, sino la una crisis y salvación y que Harry no es un decadente, sino un individuo capaz de vivir” Cosa que no hace el protagonista de Bajo la rueda, Harry se mantiene vivo y salvado de su propia miseria burguesa.

El lobo estepario es un libro visionario, tanto como visionarios son La metamorfosis y El proceso de Kafka, ya que describe a la perfección la locura que representaron los años veinte, la alegría y jolgorio que se escondía detrás de una libertad mal disfrutada. Años veinte que escondían en sus intestinos la podredumbre y la más oscura miseria humana, en el corazón de la libertad de los años veinte se incubaban los huevos del basilisco: el fascismo y la guerra.

Hesse es un tipo de escritor capaz de experimentar renacimientos. No se me hace raro ver a alguien con un libro suyo en las manos, ávido de nuevas emociones y excelsos sentimientos. Un mundo acéfalo de sentimiento, Hesse se transforma en un puente eminentemente necesario por su poco convencional tratamiento de la sensibilidad, por su rebeldía juvenil aún vigente. La obra de Hermann Hesse es una camino hacia un mundo que sobrepasa las expectativas de la cotidianidad de nuestro mundo real. Demian, Siddhartha y El lobo estepario pueden ser consideradas perfectamente novela iniciáticas hacia un pensamiento universal en donde el espíritu es siempre protagonista.

APOCALIPSIS. Por Valmore Muñoz Arteaga

En 1955 surge desde el humo vertiginoso de un bar perdido en la punta más oculta de la noche, el grupo Apocalipsis. Grupo artístico – poético que insurge contra la monótona y abigarrada tradición lírica zuliana. Venían como una fuente donde manaba el agua de los naufragios a desordenar, a sembrar el caos como única alternativa a la cotidiana laxitud de un pueblo de poetas por encargo. Venían gritando serpientes desde tierras extrañas, inexploradas, desde el fondo mismo de una Constantinopla cósmica, tratando de ser felices andando por las calles desnudos o con una especie de trapo azul dispuesto por mujeres sin edad para sacudir los árboles que columpian el misterioso palpitar de la caricia, demolición de una antigua música para celebrar la soledad. Ellos venían subiendo con las puertas del infierno colgándoles de la boca. Grabando en troncos incendiados una nueva gramática en donde poder escribir con la caligrafía de la noche la palabra imposible en cuanto muslo desnudo abriera el festín de los animales puros.

Palabras y trazos coloridos rumiaban el secreto de los abismos más recónditos de los sueños. Palabras y trazos que nacían de la sensibilidad infantil de Hesnor Rivera, César David Rincón, Atilio Storey Richardson, Laurencio Sánchez Palomares, Miyó Vestrini, Francisco Hung, Ignacio de la Cruz, Régulo Villegas, Rafael Ulacio Sandoval, Homero Montes, Néstor Leal, Alfredo Áñez Medina y Ricardo Hernández. Cada uno es un crepúsculo atado a los besos de la madrugada, a la lluvia sideral que acecha en silencio las revelaciones del ámbar y de los sueños. Cada uno es resquicio donde respira el desvelo, la memoria, el rostro que arguye junto a la fiereza del relámpago que el hombre tiene derecho a soñar.

Hesnor Rivera llegaba de Chile. Según el propio poeta, venía a continuar un proyecto dejado a medias con Adriano González León y Salvador Garmendia. Sin embargo, la historia y su sin sentido lo lleva a participar de otra fiesta, a hinchar desde el Piel Roja los fuegos helados de un sol que no despertaba. Entonces, en el corazón de Maracaibo se desvistieron espejismos alucinados. Emprendieron a quemar como rito sagrado los rostros de un pasado innombrable. César David Rincón llegaba de otras esferas. Venía del camino empinado de la noche acompañado de Novalis y Hölderlin. Atilio Storey Richardson traía bajo el brazo de la vigilia el vino, un piano a la orilla del río y un violín, y de su boca colgaba algo que parecía un soneto de Dante, pero era un holocausto secreto donde la palabra tomaba una nueva esperanza. Miyó Vestrini ofrecía los pétalos marchitos de su tía y los fantasmas de un cuento de la infancia. Laurencio Sánchez Palomares entregaba para el festín su perfil de lobo estepario y una mujer proveniente de los jardines del sol que sólo aprendió a andar entre animales tristes acompañada de la muerte.

Había entonces que trastocar al mundo real, el mundo real tenía que ser absorbido por un espacio distinto, el espacio de la imagen, la imagen poética que surge para conquistar un mundo a través de otro que lleva en su vientre: un mundo imaginado en las ensoñaciones del poeta. Por ello en muchos de sus poemas acuden a la ciudad nativa para embriagar de imágenes las líneas del misterio. Maracaibo se descubre escondiéndose en una suerte de rito sagrado que devele las muecas y las ranuras de su cultura, de sus colores, de sus sueños. Maracaibo se volvió desde entonces un bosque con alas y tejidos de mariposa múltiple. “Un bosque echado sobre su propio vientre / para beber salsas de rones / en los arcos alucinantes del lago” El mismo lago que hoy es un aluvión del odio por el espíritu, por las formas sagradas de la naturaleza. Este lago que hoy se tiñe con la más robusta mediocridad.

Apocalipsis nace como testimonio de la piel oculta de los pájaros. Eran testimonio de las campanadas de la libertad que comenzaban a desnudarse muy temprano por la mañana. Eran testimonio del Dios de Nietzsche transpirando la muerte por los ojos, la boca, el silencio. La rebeldía dibujaba semicírculos sobre el cielo deshabitado. Udón Pérez se incendiaba ahogado de la risa. Enloquecían las mujeres que corrían desnudas por las calles amamantando a los mendigos escapados de París. Libros sobre libros, palabras tras palabras, Apocalipsis iniciaba el rito que los inmortalizaba en vida. La poesía zuliana nunca estuvo en tal altos sueños. Nadie se había atrevido a tejer heridas en lo inmutable. Apocalipsis respondía al llamado de Dante y de Goethe. Apocalipsis trazó con imágenes de otra edad las huellas sobre el rostro de una sinfonía de Franck. Apocalipsis abría las venas de la modernidad en la poesía zuliana y se transformó, sin el permiso central, en una referencia obligada en las letras venezolanas.

FRAGMENTOS PRA DOMINAR EL SILENCIO. Por Alejandra Pizarnik

I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.

No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.
De La extracción de la piedra de la locura, 1968

miércoles, 19 de noviembre de 2008

REGRESAN LOS BEATLES

'Carnival of Light' marca el regreso de The Beatles

Paul McCartney ha anunciado que publicará Carnival of Light, tema experimental que The Beatles tocó en un festival de música electrónica en febrero de 1967 ( el Million Volt Light and Sound Rave).
Se trata de una canción de 14 minutos de duración que McCartney tiene previsto sacar a la luz en cuanto consiga el permiso de las viudas de Lennon y Harrison y el de Ringo Starr.El tema se describe como un caos instrumental inspirado en el trabajo de Karlheinz Stockhausen, pionero del sonido avant-garde. McCartney intentó que estuviera incluido en el Anthology 2 pero en su momento fue vetado por George Harrison (al que no le gustaba mucho el sonido avant-garde) y por Ringo Starr.Sin embargo a Sir Paul McCartney le parece un registro de The Beatles saliéndose de pista, algo muy habitual en la época, y ha decidido seguir adelante con el proyecto porque considera que le ha llegado el momento. Este tema esta considerado como una auténtica joya y la consideran incluso mejor que Helter Skelter, incluida en el Album Blanco (1968).Recordando la grabación contó que sencillamente se dedicaron a dar vueltas por el estudio, gritar, tocar y hacer lo que les apetecía sin necesidad de que tuviera sentido. Alternaron batería con piano y guitarra y después le añadieron eco y lo dejaron tal cual. Así se gestó Carnival of Light, música pop que pasaba por momentos de experimentación en los últimos sesenta y se impregnaba de otras nuevas tendencias musicales.
Fuente: Retro Musica
Conoce Carnival of Light:

CLOSE UP DE ARMANDO COLL. Por Carmen Victoria Méndez

Armando Coll describe la decadencia del país y de su clase media en unas doscientas páginas de "ficción farandulera"
El periodista y escritor Armando Coll debuta como novelista con Close Up, una obra que muestra el desmoronamiento de un país que alguna vez se creyó moderno, desde la mirada baladí de una relacionista pública que mantiene una relación confesional con un joven cronista social.La novela está estructurada como una película porque "arrastra mis vicios de reportero y guionista", dice el autor. El libro será presentado esta noche a las 7:00 pm por la editorial Alfaguara, en los espacios abiertos de Econoinvest, ubicados en el Edificio Mene Grande de Los Palos Grandes, con palabras del escritor Antonio López Ortega.
–¿Cuál fue el disparador de esta historia?
–Creo que la rabia. Lo que pasa es que nací en 1960 y en mi infancia me tocó vivir la época feliz de este país, que terminó siendo un espejismo. A mi generación la educaron para vivir en un país del primer mundo que en realidad nunca existió y darme cuenta de eso me dejó muchas frustraciones. La novela retrata la caída de esa nación. La crisis y la ausencia de un proyecto nacional son el ruido de fondo de una historia aparentemente banal, acerca de una relacionista público llamada Gloria, que trabaja organizando eventos a los que asiste lo que queda de la alta sociedad.
–¿Por qué aborda la crisis política y económica bajo una mirada farandulera, de cronista de sociales?
–Quizás porque como reportero nunca he entrevistado a un tipo tan desagradable como Henry Ramos Allup. Jamás me tocó entrevistar a esos políticos. Trabajé en una fuente mucho más rica, la de Cultura y Espectáculos, que es un termómetro del país. En los cócteles tienes el "quién es quién" de nuestra sociedad.
–Sin embargo, las alusiones al mundo militar están presentes en su trama
–El país en crisis que presento no aparece circunscrito solamente a la maldición chavista, a los últimos diez años. El hecho de que los militares nos gobiernen es una realidad que ha estado más o menos presente en varios capítulos de nuestra historia. En esa Venezuela feliz que yo viví, la gente decía que aquí hacía falta un uniforme. Los militares son la gran maldición de Venezuela.
–¿Le hubiera gustado escribir la novela sobre ellos?
–El mundo militar sencillamente me da asco. Además, no lo conozco ni lo quiero conocer, le tengo fobia. Lo que vi como reportero fue otra cosa. Me tocaba ir a lanzamientos de productos de lujo en los que siempre veía una gran disonancia con la realidad. Por un lado, ese mundo fatuo en el que presentaban un espumoso argentino apenas levantado el paro, con anfitrionas preciosas en medio de un país que se venía abajo. No es que sea un calvinista, pero para mí eso era una contradicción.
–En su novela muestra a la alta sociedad encerrada en una mansión durante un golpe de Estado, ¿le robó la idea a Edgar Allan Poe, que hizo algo parecido en La máscara de la muerte roja?
–No. Quise partir una situación arquetipal. Lo que ahí está retratado es el encierro en el que viven las clases altas. El mundo alucinado, hipotético en el viven los ricos que nada tiene que ver con el mundo real. Esa secuencia representa esa gran esquizofrenia entre una clase pudiente que nunca tuvo nada que ver con el país. Tenían haciendas en los llanos pero sus muchachos estudiaban en Estados Unidos; tenían una avioneta parada en La Carlota como quien tiene una bicicleta. Es un esfuerzo por hacer un retrato lo más naturalista posible.

EL PASAJERO DE TRUMAN. Por Alberto Barrera Tyszka


Hay un nuevo vigor en la narrativa venezolana. Y, probablemente, entre otros muchos factores, esto también tenga que ver con la existencia de un espíritu distinto entre los escritores, o también con la aparición de otro tipo de autores, venidos de otros mundos, ajenos a las pequeñas, y a veces estrechas, cofradías literarias. Hay una mudanza de ánimo, de estilo, de curiosidad. La gente está más atenta a lo que escribimos, pero también nosotros estamos más atentos ante los lectores. Hay una experiencia distinta de contagio. Parece que por fin estamos venciendo ese resentimiento venezolano, empeñado en sostener que un libro que nadie compra y que nadie lee es un libro buenísimo, una genuina joya literaria.
Francisco Suniaga pertenece a esa otra raza de escritores.
Publicó La otra isla, su primera novela, de manera discreta, sin grandes estridencias, en el año 2005. El libro, por sí mismo, gracias a la gratuita euforia de quienes nos hundimos en sus páginas, comenzó a recorrer la ruta de las buenas obras: navegar a solas, vivir de manera independiente, seduciendo lectores. Tres años más tarde, regresa Suniaga con una nueva novela: El pasajero de Truman.
Dos hombres de noventa años, después de décadas sin verse, deciden juntarse a conversar sobre un día que aún ambos tienen pendiente en el recuento de sus vidas: la mañana en que Diógenes Escalante jamás llegó a desayunar con el presidente Isaías Medina Angarita. El día en que Diógenes Escalante se volvió loco y, sin otra justificación, cambió el rumbo del país. Esta conversación, entre dos testigos de ese momento, es el disparador de la nueva obra de Suniaga.
Apelando a referentes reales, echando mano de una anécdota tan sorprendente como insólita, la novela nos invita de pronto a viajar -por una ruta casi olvidada- hacia nuestro siglo XX.
Ha dicho Francisco Suniaga que no desea que El pasajero de Truman sea encajonada como una "novela histórica". No le gusta la etiqueta. Y tiene razón.
Esa categoría esconde, para la mayoría de los escritores, una servidumbre, un procedimiento según el cual la literatura es sólo un dócil y eficaz instrumento de una supuesta disciplina mayor: la historia.
Pero por supuesto que estamos ante una novela que mantiene una honda relación con la historia. Este libro nos ofrece un insoslayable retrato de la historia política que fraguó el nacimiento de la democracia en Venezuela. Hay aquí una radiografía, como pocas veces lograda, de la lucha de la experiencia civil en pugna con la tradición militarista del país.
Esta novela propone un relato del poder, del ejercicio y de la concepción de poder, que hemos desarrollado como sociedad...Y, también, no podía ser de otro modo, El Pasaje ro de Truman es un espejo: sin ninguna intención editorial, la propia novela, nos devuelve, a cada rato, voces y miradas, preguntas, que irremediablemente quedan goteando sobre el presente que hoy vivimos.
Sí. Por supuesto que esta novela dialoga con la historia.
Pero no se pone al servicio de sus discursos. Por el contrario: los reinventa. El pasajero de Truman demuestra que es falsa la oposición entre la verdad histórica y la mentira literaria, entre lo fáctico y lo imaginado. Como bien refiere el crítico y narrador argentino Ricardo Piglia, la ficción es otra forma de lo real.
Y, en este sentido, esta nueva novela de Francisco Suniaga versiona la historia desde su vertiente más compleja e inclasificable, desde la más irrepetible, desde la narración de una tragedia personal: la vida de Diógenes Escalante.
Este es el relato de un deseo postergado, derrotado y, finalmente, secuestrado por la locura. Esta es, entonces, también, una novela íntima.
La diferencia fundamental entre la literatura y la historia, entre la literatura y el periodismo, reside justamente ahí: la literatura no necesita verificar nada, no requiere demostrar ni comprobar nada. Sólo tiene que ser verosímil. Depende más de su propia narración que del referente histórico al que apela constantemente. Eso es El pasajero de Truman. Nada de lo que está en este libro, tal vez ocurrió en realidad. Nada, tampoco, quizás ocurrió tal como está escrito. Y, sin embargo, todo lo que está en este libro es una verdad irrefutable, una verdad extraordinaria. Ese es, precisamente, el poder de la literatura, de la buena literatura. Francisco Suniaga lo sabe.
No en balde, muy temprano, en la página 20, advierte de manera trepidante: "Les digo esto porque en Venezuela ha sido más fácil hacer la historia que contarla". Aquí está, entonces, la historia.
Magníficamente contada. Ahora, la palabra la tienen los lectores.

martes, 18 de noviembre de 2008

MAESTRO FRANCISCO MASSIANI


Hace 40 años aparció Piedra de Mar, una de las novelas más importantes en la historia de la literatura nacional.
En 2008 se cumplen 40 años de la primera edición de Piedra de mar, novela de Francisco Massiani que se ha convertido en objeto de culto para varias generaciones de lectores. Este libro, sin embargo, ha sido catalogado con frecuencia como un "clásico de la literatura juvenil", confundiéndose la edad de sus personajes con la propuesta narrativa, madura y adelantada para su época, de la novela. En esta ocasión celebratoria nos proponemos demostrar (o recordar) las conexiones de Piedra de mar con autores como Joyce, Saint-Exupery, Salinger, Bryce Echenique, entre otros, que conforman, en conjunto, una tendencia narrativa que equipara la figura del artista con la del adolescente.