lunes, 26 de diciembre de 2011

Meslier, un cura contra Dios. Por Guillaume Fourmont

Sacerdote durante 40 años en el siglo XVIII, arremetió contra la religión y recomendó en su testamento abandonar toda creencia




Jean Meslier fue uno de los mejores espías de la Historia. Educado en la religión católica, sacerdote desde los 22 años hasta su muerte a los 65, en 1729, Meslier se atrevió a romper el gran tabú: dijo alto y claro que Dios no existe, que la religión es una fantasía, una mentira, inventada para oprimir y explotar al pueblo.

El autor de Memoria contra la religión −Laetoli publica ahora la primera edición íntegra del texto en castellano− fue considerado por los pensadores del siglo XVIII como un revolucionario y entró en los libros de Historia como el padre del ateísmo.

Durante más de 40 años, en su parroquia de Etrépigny, al norte de Francia, Meslier escuchó con paciencia las confesiones de los supuestos pecados de los fieles. Sus maneras eran poco ortodoxas y la nobleza local solía quejarse de él, aunque nadie se había imaginado la doble vida de este hombre de Dios.

Nada más quitarse la sotana que vestía de día, Meslier aprovechaba las noches para leer todo lo que se alejaba de la Biblia. Desmenuzaba a Montaigne, Pascal, Séneca, Descartes y Fénelon −teólogo de referencia de la Francia de los siglos XVII y XVIII−, y escribía su testamento con un solo objetivo: que la gente alcance "la razón y la verdad" para "vivir felizmente".

Meslier va al grano: la religión es "una invención e una institución puramente humana"; en la religión "está la verdadera fuente, el verdadero origen de los males que perturban el bien dentro de la sociedad humana y que hace que los hombres sean infelices".

Y no se olvida de los sacerdotes, que "engañan y despojan astutamente de sus bienes" al pueblo.

La obra podría parecer un panfleto lleno de soflamas escritas con el rencor de un hombre que se arrepiente de su vida. Pero Memoria contra la religión no es nada de eso. Son más de 700 páginas (en la edición publicada por Laetoli) que desconstruyen uno por uno, con argumentos teológicos, filosóficos cita a Platón, analiza los Evangelios los fundamentos de la fe.

Castigado por vivir con mujeres
Se sabe muy poco de la vida de Meslier, excepto sus malas relaciones con el arzobispado. Jean Meslier nació −casualidad de la vida− en 1664, año en el que Molière presentó Tartufo, obra condenada por la Iglesia por atacar la religión. En el sacerdocio de Meslier, los pobres siempre encontraban un banco para sentarse; sus discursos atacaban frontalmente la explotación del pueblo por la aristocracia. Es más: vivió con una mujer de 23 años cuando él tenía 32. "¡Oh horror!", exclamó la Iglesia. "Es mi sobrina", justificó él. Años después, tuvo a una criada de 18 años: cuando se enteraron las autoridades eclesiásticas, Meslier fue castigado a un mes de retiro absoluto en un monasterio. Testigo y víctima impotente de las injusticias sociales, Meslier decidió denunciar una sociedad basada en una impostura.

"Siente que llega el final de sus días, decide poner por escrito sus pensamientos y sentimientos, que legará como testamento a la humanidad", apunta Julio Seoane, doctor en filosofía y autor de ensayos sobre la Ilustración.

Meslier tenía 60 años cuando empezó a escribir Memoria contra la religión; tardó más de un año en acabarlo. El titular original del texto es largo, pero lo dice todo:

Memoria de los pensamientos y sentimientos de Jean Meslier, cura de Etrépigny y de Balaives, acerca de ciertos errores y falsedades en la guía y gobierno de los hombres, donde se hallan demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y religiones que hay en el mundo, memoria que debe ser entregada a sus parroquianos después de su muerte para que sirva de testimonio de la verdad, tanto para ellos como para sus semejantes.

Su primera víctima es Dios. ¿Por qué se muestra "discreto" ante tanta injusticia y miseria humana pero, al mismo tiempo, pretende ser amado y adorado?, se preguntó Meslier. "O existe y se burla de nosotros dejándonos en la ignorancia, o no existe", respondió, "las religiones no pueden ser realmente divinas todas ellas ya que se contradicen unas a otras y sus credos se contraponen, por lo que resulta evidente que no pueden provenir del mismo principio de verdad conocido como Dios". Añadió: "No vemos nada, no sentimos nada y no conocemos nada en nosotros que no sea materia".

Meslier presenta a Jesucristo como "un hombre sin talento ni espíritu; un loco, un insensato y un miserable fanático". Los textos sagrados son "falsedades que nunca ocurrieron". Porque, antes de creerlas, habría que comprobar que sus autores eran personas "dignas" que "examinaron todas las circunstancias de los hechos; hechos que se corrompieron con el tiempo".

La obra de Meslier tuvo el efecto de una bomba. Cuando el cura falleció a finales de junio de 1729 nunca se supo exactamente cuándo ni cómo, dejó dos cartas, una a su sucesor y otra al cura de la parroquia vecina, para que trataran su ensayo secreto con cuidado. Había escrito tres ejemplares. Es fácil imaginar la cara de sorpresa de los dos sacerdotes y la de los parroquianos de Meslier cuando leyeron las primeras palabras del explosivo texto del antiguo cura. El manuscrito fue enviado a las autoridades eclesiásticas en París, aunque ya era demasiado tarde: los intelectuales de la época impidieron su destrucción. Voltaire publicó una versión reducida (y suavizada) en 1762. La Francia de la Ilustración había encontrado a su profeta del ateísmo.

Morir en la hoguera
Ante el peso social de la Iglesia, Meslier nunca osó saltar del púlpito para gritar sus opiniones y esperó a su muerte para hacerlo. ¿Era hipócrita mientras predicaba? Julio Seoane llama a la "solidaridad" ante el dolor y la angustia de Meslier por "no saber qué hacer". Bajo Luis XIV, el rey Sol, era peligroso meterse con el omnipresente catolicismo y los heréticos aún morían en las hogueras de un país en su inmensa mayoría rural y analfabeto. El cura escribió con la esperanza de "limpiar el mundo de iniquidades", por "el amor por la justicia".

En sus conclusiones, dio recomendaciones a todos los que le leerán: "¡Pobres hombres, estáis locos! Locos por creer tan ciegamente en semejantes tonterías. (...) Ha llegado el momento de liberaros de esta miserable esclavitud". Desde las revoluciones de 1789, siempre se cita esas palabras de Meslier: "Deseo que todos los poderosos y los nobles de la Tierra sean colgados y ahorcados con las tripas de los curas". Unos argumentos retomados por Karl Marx y los demás fundadores del pensamiento comunista.

El cadáver de Jean Meslier, el cura que se alzó contra Dios y las desigualdades, nunca fue encontrado. Ninguna lápida recuerda su memoria.


viernes, 11 de noviembre de 2011

Dos cuentos de Martha Durán




¿La pensaste?, entonces es tuya




Un pensamiento es tanto más verdadero si

Lo que expresa puede ser representado

Sin palabras en nuestra conciencia

Blas Coll




Había desde hace tiempo elegido creer que cada palabra que no decía, cada pensamiento que no saliera de su boca, iba a parar a algún sitio específico de su casa. Comenzó entonces a medir la extensión de cada palabra, no lo hacía como si en un papel estuvieran escritas, linealmente, en secuencia, como una línea interminable que pudiera estirarse formando una especie de cuerda infinita sin espacios ni interrupciones. No, así no era que las pensaba. Lo hacía más bien como un alquimista que transforma en materia lo que materia no tiene, pero él lograba hacerlas cuerpo, casi podía medir con exactitud la altura y el ancho, e incluso la profundidad de cada letra, de cada palabra, de cada frase.
Intentando economizar espacio, por supuesto descartó de primero los artículos, que en su pensamiento eran absolutamente inútiles a no ser que ellos en sí mismos, uno en particular abarcara una idea entera, cosa que hasta ahora no había experimentado. Concluyó que en el pensamiento, los artículos eran absolutamente prescindibles. De la misma manera, los adjetivos terminados en mente, obviamente, también tenían que comenzar a pasar por el terrible proceso de economía que requería las primeras palabras que ya empezaban a amontonarse en la última gaveta del clóset. Este proceso le trajo prontamente una primera reflexión, que además le provocó una suerte de temor, donde llegó a la conclusión –casi estadística– de que la cantidad de palabras que no se dicen es enormemente mayor a las que se dicen, incluso, que aquéllas, las guardadas, tenían una importancia abismal por encima de las que se gastan muchas veces de manera innecesaria. Buenos días, hace calor, hasta mañana, y tantas otras que se desbaratan de tanto decirlas hasta el punto de poder sustituirlas sencillamente por una sola letra que diga estas frases sin derrochar el lenguaje de tal manera. Quizá, por ejemplo, decir una “B” para el buenos días, o una “C”, no importa cuál sea la letra que sustituya estas expresiones huecas, inclusive podría ser simplemente un sonido sin signo, una especie de gesto o mueca, quizá un sonido laríngeo, atorado en la garganta. Lo que importa es que el acuerdo se entienda y se use como debe ser.
Matemáticamente, comenzó –a partir del diálogo cotidiano con Ana– a analizar el número de palabras innecesarias para no caer en el perverso despilfarro, el gasto inútil que aprueba –incluso con orgullo– la sintaxis y demás servidumbres del lenguaje.
- Ésta no la pensé yo, y no cabe en mi gaveta ¿Por qué la has guardado ahí?
- Pensé que la habías pensado sin decirla, ¿la pensaste? – dijo ella.
- No sé, ¿”cansancio”? Seguramente.
- Entonces déjala en tu gaveta, es tuya y quiero guardarla.
- Pero no estoy seguro de haberla pensado – dijo él con una molestia claramente expresada.
- No importa, la guardo yo. Tú te guardas más cosas que yo. Yo siempre tengo más espacio y, en cambio, tú cada vez dices menos y me asusta tu silencio y tanta gaveta atestada de palabras nuevas. A veces quisiera descifrar lo que piensas y regar sobre la cama lo último que has guardado, pero no serviría de nada, están todas sueltas y las combinaciones se me hacen infinitas.
Ya no discutían por el almuerzo o las distracciones en los días libres, estaban ocupados pensando en lo que el otro podría estar pensando y no decía. Ella hablaba menos que él, era más callada. Pero él, y ella lo sabía, callaba para pensar. Ella lo sabía por los espacios que iba acomodando para guardar lo callado. Lo sabía porque las gavetas se iban desocupando ocupándose con silencios pensados. Lo sabía porque intuía que cada espacio vacío era una huella más de lo que él ocultaba. Lo sabía porque cada vez él hablaba menos y pensaba más, porque cada vez él desocupaba más espacios, más gavetas, más cajas, más estantes, y él guardaba silencios irrefutables.
Agotados los espacios en la habitación, se dispuso a pasar varias horas en el estudio organizando –en orden de importancia– la modesta biblioteca que resistía los libros llenos de palabras pesadas, palabras de otros, palabras filtradas, elegidas por esos otros para ser puestas a la vista, destinadas a ocupar de manera tangible, palpable, evidente, espacios ajenos. Qué fácil librarse de los pensamientos sin ocupar su propio espacio, pensó al verse frente a esa pared irregular en colores, tamaños y títulos que configuraba la llamada biblioteca. Ahora entendía el propósito real de aquellos pensantes incansables cuyos nombres posaban estampados en las tapas de esos libros, la maniobra encubierta que los hacía librarse de lo pensado invadiendo lugares ajenos. De repente se sintió engañado, traicionado por esos pródigos de los vocablos. Lo más grave, lo que más indignación le provocó, fue el hecho de saber que además de todo eso, el despilfarro era intencional, y que –sin pensar en los demás– éstos endulzaban, dilataban sus pensamientos en frases llenas de adjetivos muchas veces innecesarios, de artículos, de repeticiones insensatas, de derroche verbal multiplicado miles de veces para que otros cargaran con el peso de sus pensamientos. Qué ingenuos nosotros, qué hábiles ellos. Desde el primer momento en que se vio frente a su biblioteca, su pensamiento derramó de manera desbordada todas estas ideas que lo hacían temblar de pánico al no poder detener tanta palabra no dicha y sin espacio donde ubicar, por lo que de repente se encontró parado pensando en voz alta sin parar, hablándose a sí mismo desbocadamente hasta que hiciera un espacio para callar y guardar.
Lo interrumpió Ana. Desde la puerta del estudio ella lo miraba con una expresión de preocupación y asombro a la vez. Él calló finalmente, ella se le acercó sin decir nada, le dio un beso en la mejilla y comenzó a desocupar con calma el primer estante de la biblioteca. Salió unos segundos del estudio y volvió con dos cajas vacías, las colocó en el suelo, y empezó a llenarlas con los libros menos apreciados y carentes de interés. Él, en cambio, se había quedado exactamente en el mismo lugar y en la misma posición en que ella lo había encontrado, mientras se iba relajando a medida que los estantes se vaciaban poco a poco. Entre los dos, y en completo silencio, lograron desocupar casi entera la biblioteca dejando solamente unos ocho o nueve libros agrupados en el último de los estantes, uno de ellos –obviamente– era el diccionario. Nada había que discutir, desde ese momento ella supo que él estaba más urgido de silencio, de vacíos dónde archivar lo callado. Ella, entonces, comenzó a almacenar las cajas y los demás objetos que iban quedando sin lugar en el cuarto de servicio junto a la cocina. Decidió, también, pensar más en voz alta para cederle a él el poco espacio que iba quedando. Lo hacía bajito, casi como un susurro, como si un balbuceo que sólo ella pudiera escuchar. Lo poco que no se atrevía siquiera a murmurar, lo guardaba como podía en el mismo cuarto de servicio. Aprovechaba al máximo el tiempo en que él no estuviera en casa para arrojar casi a gritos todo lo que pensaba mientras cocinaba, se duchaba o limpiaba la casa. Y él llegaba del trabajo como conteniendo el vómito, con las palabras amontonadas en la boca y apretando con fuerza los labios, directo a la biblioteca para llenar lo poco que quedaba vacío con lo retenido durante todo el día.
Sustantivos atestaban los estantes compitiendo en número con verbos y adjetivos. Había aprendido a podar el lenguaje que se articulaba de manera desordenada en su mente, había logrado reducir lo que pensaba concentrándose casi absolutamente en verbos, sustantivos y adjetivos; pero las interjecciones se habían vuelto problemáticas, pues ellas saltaban solas en su cabeza sin poder controlarlas. Aparecían, simplemente aparecían. Una gota de aceite saltando a su mano mientras cocinaba, y ahí estaba, súbitamente, una palabra-sonido que ni siquiera sabía escribir. Su molestia se agravaba al pensar que tendría que archivar esta difusa, molesta y dudosa palabra; pues los espacios disponibles se estaban agotando y no quería gastarlos con expresiones huecas. Nunca les había prestado tanta atención, pero en este momento se habían vuelto –paradójicamente– imposibles de suprimir, cobrando una jerarquía que le irritaba hasta la piel. Las veía ahora como desechos, como si retazos de vocablos acabados, como si fragmentos desordenados de un sueño largo.
Poco a poco, sus conversaciones se iban convirtiendo en monosílabos resultado de preguntas cotidianas. Habían dejado de conversar mientras él se apresuraba en llenar-vaciar el estudio que ella había cedido para complacerlo. Ya ni siquiera intentaba entrar para matar de alguna manera la intriga de saber lo que él escondía. Sabía que no había otra mujer, que por el contrario, si ella lo hubiera conocido en este momento él no le hubiera prestado la más mínima atención, pues conocerla implicaba hablar, y para él, esta facultad tan primaria, tan básica, se había vuelto algo difícil e incluso molesto. Ella seguía cediendo y, al hacerlo, el cuarto de servicio se iba atestando de reclamos no dichos, de quejas encerradas en su boca, de lamentos, de insatisfacciones, de interminables preguntas y signos de interrogación cuyos puntos solían perderse y caerse de gabinetes mal cerrados o torpezas que se iban convirtiendo en rabia, sobre todo rabia, mucha rabia guardada.
Él, por el contrario, parecía cada vez más cómodo con su silencio. Y aunque era obvia su ansiedad por no decir, por evitar el sonido, prefería callar durante la cena, en la cama antes de dormir, en la mañana mientras se vestía para ir al trabajo, llenándose cada vez más de gestos, de señas o muecas para responder las preguntas de ella o para hacerle saber cualquier cosa.
Así que a pesar de la extraña convivencia que habían convenido silenciosamente, ella había adjetivado en algún lugar vacío la palabra “soportable”, dejando que los días pasaran y resignándose al conformismo del que sufre el que ama más que el otro. Pero ella no podía dejar de pensar en él todo el día, y un leve temor le arrugaba la cara al darse cuenta de que poco a poco los estantes y cajas del cuarto de servicio estaban casi enteros ocupados con la palabra “Raúl”, el nombre de él. Así no más, sin artículos, sin adjetivos que lo acompañasen, quizá algún “él” que sólo se diferenciaba por dos letras, pero que se hacía práctico sólo por asuntos de espacio.
Ella hubiera podido vivir así toda la vida, hubiera podido seguir cediendo –como lo hacía– la habitación, el estudio, luego el mueble de la sala donde antes habían copas y vasos, gabinetes enteros de la cocina, sillones de estar que salían de la casa para abrir espacio a nuevas cajas que iban ocupando cualquier rincón. La casa se fue deshabitando, ya no había sala, ni estar, ni portarretratos sobre las mesas; sólo cajas y cajas que él iba llevando todos los días mientras las cosas se iban. Ella hubiera podido con todo eso, pero no con lo que se encontró aquel domingo que él estuvo fuera de casa todo el día.
Ese domingo él llegó de noche, callado como siempre, doblando palabras sobre el estante donde antes estaban los platos de la cocina. Ella lo estaba esperando con un par de maletas, en una un poco de ropa y algunos pares de zapatos junto con sus cosas personales. La otra, llena de una misma palabra que contenía toda la historia que ahora dejaba: “Raúl”. Él la miró extrañado, con el rostro dibujó un signo de interrogación mientras miraba las maletas. Ella no dijo nada. Se levantó del suelo donde estaba sentada esperándolo, agarró la primera caja de una torre de unas cinco o seis cajas, la abrió mientras él la miraba ahora con un signo de admiración en su rostro, y la volteó por completo dejando caer la misma palabra repetida miles de veces que él había guardado las últimas semanas: “Natalia”. Este nombre, desconocido por ella, quedó regado entonces por el suelo de toda la sala, y él cambió el signo de admiración de su rostro por tres puntos suspensivos que Ana supo reconocer de inmediato. Ella dejó la caja en el suelo, tomó sus maletas, dejó sus llaves de la casa en la mesa del comedor, y se fue dejándolo quizá con un gran paréntesis qué guardar.





Que no faltes
I
Espera, no te vayas todavía que tengo ganas de cagar. Siempre me pasa, tú lo sabes mijo, cuando finalmente llegamos me cuesta sacar la mierda, no puedo, simplemente no puedo, pero de que me dan ganas me dan ganas. Lo que pasa es que las cosas cada vez están más lejos, el baño, la cama, la silla, la cocina – la cocina es imposible, queda exageradamente lejos -. Espérate, quédate unos minutos nada más. Lo que te decía es que eso, que parece que alguien está agrandando la casa. Porque no se sabe dónde se está cuando se ha perdido el espacio, cuando no lo sientes en las manos, en el roce con un objeto, en el piso por donde se arrastran los pies, en la mano que abre la puerta, no se sabe. Tampoco se sabe del tiempo cuando lo único que se hace es esperar. Esperar la medicina, el agua, la sopa, la ropa limpia, las manos que te lleven al baño a perder la dignidad. Tú lo sabes mijo, tú eres mi tiempo, quién más que tú para saber que yo no tengo tiempo para pensar porque estoy ocupado esperándote, y cuando te espero por necesidad, qué duro es vivir tu tiempo segundo a segundo. No me mires así que es cierto, debería halagarte. Repito, es duro vivir tu tiempo segundo a segundo. Saber que cuando no estás, lo que hago es imaginar, sacar cuentas, calcular cuánto tardarás, recordando con esfuerzo todo lo que tenías que hacer en el día. Casi puedo ver tus pasos durante todo el recorrido, y tú crees que aún estoy dormido, y por eso vas tranquilo, porque también vas calculando cuánto te toma hacer esto antes de la sopa, cuánto tardarás en hacer esto otro antes de la hora de la medicina. Todas las noches te pido perdón por seguir vivo, y todos los días amanezco de nuevo y lo que quiero es cagarme en la imposibilidad de dejar de ver el amanecer. Siéntate otra vez por favor; sabes que es así, me miras mal cada vez que digo esto, sobre todo en la palabra “cagarme”, como si un niño hubiera dicho una grosería y la madre lo mira con disgusto y amor al mismo tiempo. ¡A mi edad y sin derecho a poder decir cagada las veces que quiera! Es como intentar quitarle un vicio a una vieja de noventa años. ¡Qué más da! Que termine de vivir sus días tranquila por lo menos y no jodan más. Pero no, mi penitencia es ver que todos los días amanezco, y primero viene la incredulidad, el asombro, luego el suspiro, la impotencia y finalmente la rabia. Por eso digo “cagar”, “cagarme, “cagarse” cuántas veces quiera, incluso “cagando” para que sepas que esto no termina todavía y que deberás estar parado a mi lado sosteniéndome en el retrete el tiempo que dure ese “ando”; y por supuesto, “cagado”, sí, en participio, para que entiendas que ése es mi estado natural, que estoy realmente cagado todo el tiempo, hasta cuando estoy cagando. Pero aunque de mi cuerpo sólo queda un corazón latiendo a medias y un cerebro que piensa, y lo demás no sirva, no se mueva, tengo que agradecer muchas cosas también. Aunque estoy destinado a estar inmóvil hasta que me muera – que espero sea pronto – agradezco enormemente no haber perdido la voz ni el poder escuchar. Es que coño, por lo menos para cagarme las veces que quiera en mi estado tenían que dejarme aunque sea la voz. Menos mal que la voz no está en las manos, o en las piernas; o si no, cagaría por la boca.
II
Me estoy muriendo del calor que hace. El sudor, el sudor que en goterones horrendos bajan de mi frente hasta el cuello, y yo, como ya tú sabes, sin poder secarme siquiera. Si supieras todo lo que pasa aquí en tu ausencia mijo. Porque aunque creas que cuando tú te vas todo en esta casa sigue igual, aunque llegues tarde y veas todo exactamente como lo dejaste al salir, no tienes idea de cuánto pasa mientras no estás. Porque pasar es otro verbo que perturba, que me aturde. Es absolutamente impreciso, sobrestimado, una cagada de verbo. Que algo “pase” no tiene que ver con el lugar de las cosas, o con el movimiento o las formas. Aquí todo permanece en el mismo lugar – aunque insisto que la casa se agranda – pero pasa mucho. Pasa tanto que lo único que puedo hacer por mi cuenta, sin ayuda, hace que todo se mueva terriblemente en mi cabeza. Recuerdos, sensaciones, necesidades, imposibilidades. Por ejemplo, ayer, mientras evitaba pensar en la jarra de agua que estaba en la mesa de noche, tan cerca que hubiera podido alcanzarla con una sola mano, mientras tragaba seco y la garganta se me pegaba como aplastándose de pronto, reteniendo por segundos el poco aire que me queda, intentando guardar saliva un rato para refrescarla engañosamente con un trago de mi mismo, en ese momento, intenté olvidarme de la sed con el recuerdo. Y el recuerdo que vino de repente y del que no pude salir no ayudó mucho mijito. Sólo esa cara, ese rostro. Tenías que verle la cara para saber lo que se siente. Pues sí, maté a un hombre. Claro era un carajito y uno andaba por ahí disperso entre reuniones sin fin, sin objetivo claro, coherente, o por lo menos realizable. Un país no se arregla con las ganas de unos pocos, y yo creía – en ese entonces – todo lo contrario. A esta edad uno se ríe de esas cosas, se ríe y sufre también, no te creas. Por cada disparo que di a ese hijo de puta – porque lo era – yo he muerto también, así que llevo dos muertes mijo, sólo una ajena. Y sé que a lo mejor no entiendes, pero la verdad, la muerte que más duele no es la ajena, es la de uno. Porque el otro sabía que sus últimos segundos se quedarían incrustados irreversiblemente en lo que me quedara de vida. Ya te dije, era un hijo de puta, pues hasta puedo jurar que sus últimos pensamientos los gastó en imaginarme cargando con su recuerdo toda la vida, y que incluso alcanzó a predecir que la muerte no me llegaría pronto para librarme de él, sino que tendría una vida exageradamente larga como para sufrir mis últimos años en esto que me he convertido ahora, en una cosa que piensa, que piensa tanto que el tiempo le alcanza para recordar miles de veces su rostro, la última imagen que guardé de él. Me miró primero como incrédulo, en el suelo, luego se tocó en el estómago – donde asesté la primera bala – y se miró las manos llenas de sangre, ahí me miró otra vez con los ojos casi derretidos por completo, como si dudara de si había sido yo; “pero si tú eres bueno, ¿cómo pudiste?”, parecía que dijera. Luego hizo lo mismo con el hombro, y con la pierna, y en unos segundos ya tenía toda su agonía grabada en mi mente. ¿Tú quién crees que murió ahí mijo? Ese hijo de puta, porque aunque esté muerto no deja de serlo, ya viste lo que me hizo cuando murió. Pero es así, tuvo que ser así, porque además de muchas cosas que no vienen ahora al caso se acostó con Clarita, con CLA-RI-TA, ¿puedes creerlo? Te cuento todo esto porque sé que hoy no tienes clases. Ayer te llamó un compañero para decírtelo, ¿recuerdas? Y la semana pasada pagaste todos los servicios y etcétera, puedes pasar un tiempo con tu abuelo. Por eso la agonía y la muerte de ese hombre no me duelen tanto como la mía, la traición mijo, la Traición con mayúscula. ¿Y qué crees que me dijo Clarita? ¡Que ella no me pertenecía, y que ya no quería estar más conmigo! Ni siquiera pudo esperar un poco, inventar algo, tratar de que la cosa fuera menos cruel; pero no, ella me lo dijo como los disparos que le di al tipo, de frente, de un solo golpe… o tres mejor dicho.
III
Y es que seguramente me desvié del tema, por eso te quieres ir. Ya sé que hablo mucho, pero cuando no estás el silencio me abruma, me inquieta a tal punto que entro en un breve estadio de locura – lo reconozco, en ese mismo momento soy capaz de saber que estoy entrando ahí y saber cuándo termina, que es cuando llegas. Pero antes de escuchar las llaves, el ruido de la puerta, antes de saber que estás llegando, hablo solo como un pendejo, como un pendejo loco. Hablo y hablo y sólo yo me escucho ¿Qué sentido tiene? No lo tiene, por eso me angustio cuando te tardas, porque si llegaras a tardar mucho más de la cuenta, si llegaras a faltar a mi pastilla, a mi sopa, a mis idas al baño, y esto siguiera sin yo saber con certeza cuándo llegarás, siento – estoy seguro – que me volvería irremediablemente loco. Me quedaría hablándole al aire, a mi propia respiración, al pesado jadeo que sale de mi cuerpo, a mi garganta seca y su hábito de encogerse, al hálito que dice de mi existencia aún; o peor, a la puerta y su pausa indefinida, a la lámpara que quiero encender o apagar, a la mesa con las pastillas muy cerca pero sin poder alcanzarlas; permanecería quejándome y quejándome lo que me quede de vida, maldiciéndote varias veces al día, insultando, insultándote, murmurando tu ausencia. Me quedaría con la cabeza más tiesa aún, pues la rabia, luego la preocupación, la taquicardia – las pastillas que no alcanzo -, el dónde estarás, el estará bien, el coño de su madre que no llega, la espera, la incredulidad, la desesperanza y luego, inevitablemente, luego de unos días de locura, la muerte. Así que no faltes por favor, no te vayas sorpresiva o voluntariamente hasta que lo haya hecho yo primero. No te distraigas con nada hasta que me detenga, que te prometo será pronto. Te juro que no te interrumpiré mucho tiempo, que podrás tener una novia, que te dejaré para que sigas sin ser yo el que te fracture las horas. Te juro que será cuestión de días nada más, pero no faltes mijo, sólo eso te pido, que no faltes.

miércoles, 12 de octubre de 2011

El arquetipo de la amante. Por Beatriz Chemor / Regina Freyman


Todos los hombres temen a la muerte. Es un miedo natural que nos consume. La tememos, porque sentimos no haber amado lo suficiente. Cuando haces el amor con una mujer grandiosa, que te hace sentir verdaderamente poderoso, el miedo desaparece, la pasión por vivir es la única realidad. No es una tarea fácil, se requiere de mucho valor sentirse inmortal.
¿Qué es la nada? ¿Qué es lo que contiene la nada? Son preguntas que aún no tienen respuesta, al igual que la muerte o la inmortalidad; sin embargo, hay una respuesta individual: para nosotras, la nada contiene los deseos, la pasión, la historia de los amantes y ahí está, en definitivo, la inmortalidad.
La palabra amante se llenó de manchas, se ha prostituido, aun cuando el contenido implica mucho más que una relación extramarital; se contamina de este significado y se hace huésped de una infracción que no tiene nombre. Primero habría que definirla para despojarla de prejuicios que estropean su pureza y virginidad, la empañan con lastres de malos pensamientos. La amante es simplemente aquella que ama, puede amar la vida, al arte o a un hombre, pero el término no implica falta; por el contrario, es una fuerte afiliación. La amante y la amada: la segunda es pasiva y la primera es activa, ama de vuelta.
La palabra que le da origen es el amor; la amante, como término, ha reducido su significado. Para los griegos implicaba darse, ser incondicional, aceptar pero sin ser sumisa. Amantes son aquellos que se aman. Amor, en sí misma, es de etimología extraña, parte de un grupo de palabras vinculadas a enamora (amóra), con el significado de “pastel de miel”. Para Cicerón amare a una persona es querer para ella los mayores bienes, aunque no repercutan en beneficio de quien ama.
El origen de la amante es la proyección del arquetipo de Afrodita, los filósofos separaron a esta diosa en dos advocaciones: Afrodita Urania, nacida de la espuma después de que Crono castrase a Urano. Mujer celestial que representa amor de cuerpo y alma. Afrodita Pandemos, la “de todo el pueblo”, nacida de Zeus, asociada con el amor físico. La figura de “la amante” en la que una mujer sabe transformarse, posee un magnetismo personal, implica que alguien se enamora bajo la “luz dorada” de Afrodita y se siente arrastrado hacia la belleza, no sólo física sino espiritual. Se produce una magia que flota en el aire, que hace que los enamorados se sientan dioses. Afrodita inspira y aporta creatividad. Ama la vida, el momento presente, se da a su amante en cada oportunidad como si fuera el único. Es una mujer que posee una carga erótica, se hace mujer entera a través de la relación sexual y hace el amor al otro, pero al tiempo lo hace consigo misma.
El acto de amor fundamental es el acto con el eros, el cuerpo, aquel que necesita el amante o la amante para derramar su ser. Afrodita en su piel tatúa al eros y es, por lo tanto, la diosa alquímica que inspira la creación tanto física como mental de donde viene la idea de la musa. La amante angelical, por otra parte, es aterradora porque es asexual como los ángeles, inerte, infértil.
Este arquetipo se ha llevado al cine de diversas maneras como La amante de la casa chica (Roberto Gavaldón, México, 1949), encarnada por Dolores del Río, mujer que iba a ser “la esposa” y por razones circunstanciales es dejada por otra; se resigna a su papel de amante sumisa, no es la hechicera, es la dejada, acepta y sigue amando. Entonces podemos entender por qué esta palabra, amante, se aplica a un ser al margen del matrimonio, y no necesariamente implica una infracción, es simplemente quien ama incondicionalmente, no requiere contrato ni exclusividad. Volvamos al cine, Dolores del Río ha interpretado desde la amante villana hasta la amante incondicional; en la cinta Las abandonadas (Emilio Fernández, México, 1949) es una mujer dejada que se torna prostituta y luego en amante villana, aquella que se gesta por el rencor a los hombres al sentirse herida cuando todavía era una niña con cuerpo de mujer.
La mujer que puede convertirse en la amante que ella quiera se trasciende de ser sólo un objeto sexual, es libre de disponer de sus afectos, su ser por entero es un imán. Fromm distingue entre el amor y el enamoramiento, un hechizo o encantamiento, una forma de obsesión que no presenta, momentáneamente, escapatoria, pero si no se construye en torno a ese sentimiento, ni se trasciende al cuerpo, si no se tienen lazos de afinidad, proyectos, una historia compartida, la pasión se diluye hasta desaparecer.
Por eso el mito de Eros y Psique relata que este dios es un niño que no puede madurar, a diferencia de su hermano Anteros (que representa la amistad) y se desarrolla normalmente. El oráculo le dijo a la madre (Afrodita) que el chiquillo no crecería hasta que pase del puro deseo al amor profundo, y es hasta que admite su amor por Psique y se enfrenta a su madre que logra ser un adulto en forma. De la unión de ambos nace Harmonía, que pone paz en el estado caótico del enamoramiento. En ese sentido, la propuesta de Carl Jung dice que debe haber otro para que me construya como persona, pero es importante el amor propio incondicional, hacer este desdoblamiento de otro en mí que se contempla, se acepta y se ama; sólo mi otredad me lleva a descubrirme en la belleza de mi cuerpo, de mi ser, el otro es mi motivación para romper todas las fronteras de mis propias limitaciones psíquicas.
En la perturbadora cinta Bella de día (Luis Buñuel, Francia, 1967), basada en una novela de Joseph Kessel, la protagonista, Severine, lleva una vida cómoda pero siente que la rutina anula su ser; así, busca sentirse deseada al convertirse en una prostituta por las mañanas. El nombre de Belle de jour es una flor que sólo se abre de día; así que la analogía que hace Kessel en su novela es la invitación a que la mujer se abra de día a través del descubrimiento de su belleza.
Un símbolo recurrente en Buñuel es la inclusión de una cajita; en dicha cinta, la protagonista (Catherine Deneuve) tiene un encuentro con un hombre oriental que le advierte que requiere de un ritual para proceder al acto amoroso; parte de éste es que ella abra una caja, sus ojos son de sorpresa pero nunca sabemos qué hay dentro del recipiente. Jamás sabremos lo que esconden las cajas de Buñuel; pero indiscutiblemente tiene que ver con esa pregunta del encuentro con la nada. Esa escena se relaciona bien con un cuadro de Remedios Varo El encuentro (1959), en que una mujer mira al interior de una caja donde descubre su propio rostro; el objeto guarda el secreto de la identidad. Otro cuadro de la catalana que va en el mismo sentido es Los amantes (1963); en él, una pareja sentada en una banca en un parque se mira, y la cara de cada uno de ellos es un espejo de mano que muestra rostros idénticos.
En la Edad Media podemos hablar del arquetipo de Isolda de la leyenda Tristán e Isolda, que para Denisse de Rougemont en su Amor y occidente, es la pareja que inspira el amor más ardiente en el ideario colectivo de occidente. La historia narra este amor producto de un elíxir. En esa época se entiende el sentimiento como una pasión involuntaria que hace rehén al ser de sus caprichos, por tanto, la idea del elíxir representa la droga que conduce al fiel Tristán a amar indebidamente a Isolda, quien es la prometida en matrimonio de su tío y rey Mark. Ella también bebe la pócima, ambos se aman sin poder consumar su unión. La escena más erótica de la historia es cuando la pareja yace desnuda en el bosque con la espada del rey entre sus cuerpos; ambos se miran pero no se tocan; la implícita presencia del rey a partir de su espada, nos implica Rougemont, es la fantasía occidental: el amor de tres, la infidelidad. Buñuel utiliza en su primer mediometraje El perro andaluz (Buñuel, Dalí, 1929) la música de Wagner de Tristán e Isolda. El corto es, de acuerdo con el cineasta, un cúmulo de coitos interrumpidos, pues trata de un hombre que desea tanto a una mujer que no puede poseerla. Ella, la protagonista, echa mano del arquetipo de Koré (advocación de la parte siempre niña de Perséfone), mujer ingenua que seduce pero no consuma porque todavía es muy joven, no está preparada. Este arquetipo recuerda también a la Lolita de Nabokov, la niña seductora, que goza con sentirse deseada, con despertar la pasión del otro en la medida que su propia sexualidad se enciende.
Existe en la filmografía del aragonés la figura de esta mujer provocadora que toma el control de la relación y descontrola al amante. Como no la puede poseer físicamente genera el desconcierto entre deseo e imposibilidad de acción, como es el caso de la última cinta de Buñuel, Ese oscuro objeto del deseo (Francia, 1977), basada en la novela de Pierre Louÿs La Femme et le Pantin. El motivo es el mismo que en El perro andaluz: una mujer que seduce a un hombre mayor y lo arrastra a la tortura del deseo. Sin embargo, en esta cinta la amante tiene dos personalidades: la que se virginiza mediante el uso de un corsé imposible de quitar y la que puede desnudarse y amar libremente a un hombre a través de los ojos de quien la mira. En este filme, Buñuel utilizó dos actrices muy parecidas físicamente (la española Ángela Molina y la francesa Carole Bouquet); así, llega un momento en que el espectador se desconcierta al no saber si es la misma actriz o son dos diferentes; el juego de espejos y de dobles es sólo una invitación al deseo que siempre provocará la amante.
La mujer que se da a sí misma no ve nada malo en tocarse, en darse placer, es un principio de exploración, de reconocimiento de lo más oculto y prohibido de una mujer: su sexo. La bruja del pueblo, en la novela y película de Ángeles Mastretta Arráncame la vida, le dice a Catalina el lugar de su cuerpo donde puede hacer que el universo estalle. Ese lugar escondido entre las piernas que provoca que un hombre pierda el control y se mantenga unido a ella con una cadena invisible llamada erotismo. No hay partes prohibidas ni caricias pecaminosas, hay que tocarse para saber dónde debe tocar el otro. Esto recuerda la idea de la sombra de Jung, que es la parte instintiva, íntima del ser, que no controlamos fácilmente, y que si no la conocemos y aceptamos, estamos condenados a la infelicidad, a la negación, al desequilibrio.
En la película Peter Pan (EU,1953), el personaje odia a su sombra que siempre le desobedece, pero le admite a Wendy que sin su sombra no sabe vivir. Es importante destacar que conoce a la mujer que amará gracias a su sombra que lo conduce a la niña, quien lo hará dudar entre crecer o mantenerse infante. Si no conoces tu sombra te puede matar, eso nos dice la película El estudiante de Praga (Stellan Rye, Paul Wegener, Alemania, 1913). Balduin es un estudiante que salva a una aristócrata de morir ahogada. Se enamora de ella, pero es un joven sin dinero, sin nada que ofrecer. Se le aparece un anciano que le propone un pacto: que le venda su imagen reflejada en el espejo. El estudiante concede, sube de nivel social y logra enamorar a la aristócrata. La trama nos recuerda la historia de Fausto, pero en este caso el reflejo del estudiante lo persigue, es su parte oscura o perversa. Es esa parte oculta dentro de la caja de Buñuel que contiene lo más puro de la identidad. En el Renacimiento, Shakespeare se encarga de poner a discusión la idea del matrimonio por amor con los amantes de Verona. Romeo y Julieta están condenados a morir trágicamente por transgredir las reglas imperantes de las familias que decidían la afiliación matrimonial, difieren de los amantes medievales hechizados, presenta el amor voluntario y rebelde.
En La insoportable levedad del ser, Milán Kundera nos plantea dos formas de ser la amante; una es Teresa que implica el peso, el compromiso, y la otra es Sabina que es la levedad, la idea de la amante de la que hemos estado hablando, la que es libre. Tomás está en el centro; este protagonista decide quedarse con la dulce y tormentosa Teresa, capaz de ser fiel. Por su parte, Sabina no puede sostener una relación estable. Cuando otro personaje, Franz, quiere casarse con ella, Sabina huye, su condición no le permite establecerse, ella se debe a su pintura, es a lo único a lo que debe lealtad. En ella la fidelidad es una traición a su propia condición volátil. Frida Kahlo, por ejemplo, o Simone de Beauvoir, establecieron relaciones libres con Diego y Sartre; otra imagen viva de este arquetipo es Lou Andreas Salomé, quien casada tuvo la libertad de ser amada por Nietzsche y Rilke, admirada por Freud. Es el caso de Anaïs Nin, que fue amante de Henry Miller y de su esposa, una mujer que exploró todas las formas de amar.
En la novela Seda de Alessandro Baricco se ofrece otra posibilidad, un comerciante de seda se enamora de una japonesa misteriosa con la que nunca cruza palabra, al mismo tiempo ama a su mujer; esta fantasía mantiene viva la llama de ambos amores. Hacia el desenlace, descubriremos que el amor de la esposa del protagonista es tan grande que ha contribuido a esta historia de seducción. En la película Memorias de una geisha (EU, 2005) Mameha (la geisha) instruye a Chiyo (la maiko o hermana menor) diciéndole que el simple hecho de mostrar parte de su muñeca a un hombre cuando sirve el té la hará, ante él, inolvidable.
El amor libre cobra un precio muy alto porque se debe aprender a lidiar con la soledad. En la novela de Sandor Marai, El amante de Bolzano, se presenta la historia hipotética de Casanova, que vive enamorado de una tal Francesca, quien se casó con un hombre viejo, el conde de Parma. Ella también sigue enamorada de Casanova; un día, el conde asiste a ver a su rival para pedirle que le haga el amor a su mujer, puesto que Casanova ha sido el fantasma, la fantasía que se interpone en su felicidad conyugal; quiere de una vez por todas disipar su curiosidad. El conde organiza una fiesta de disfraces para que los amantes se encuentren. Antes de que la fiesta comience, Francesca, que decidió disfrazarse de hombre, visita en sus aposentos a Casanova que, casualmente, se vistió de mujer. Ella va a decirle que no hará nada con él; en un duelo de palabras le expresa que para estar con él deberá irse, pues su ausencia es la única posibilidad de que la siga amando. Marai nos dice en boca de Francesca que la amante es la vida misma, es plenitud; es el encuentro de un hombre y una mujer que, como la lluvia que cae sobre el mar, vuelve a renacer con él, creándose y recreándose mutuamente; la amante es armonía. Sin ella no se es plenamente hombre ni artista ni aventurero. Es fuerte y sabia; protectora y astuta como una espía; la más bella de todas las mujeres; conoce todos los secretos del amor, aquellos que estimulan el cuerpo y el alma, los guarda pero los revela sin palabras; conoce los deseos más ignotos, esos que sólo se atreven a imaginar quienes están en el lecho de muerte. Inteligente, pudorosa y desvergonzada; paciente y solitaria; desenfrenada y atenta. La amante es un espejo que permite desvelar las máscaras hasta encontrar el verdadero rostro. Muy pocos sobreviven a su amor pleno, porque todo cuanto existe crepitará, arderá entre su fuego. Es a la vez la madre y la hija, purifica y se purifica entre los brazos de su amante; todo se funde y desvanece ante su amor, sólo queda una mujer que es capaz de clamar y retener, de ofrecer y ayudar, incluso después, cuando ya no se ve la belleza de su cuerpo o de su rostro.
Cada mujer posee todos los arquetipos como si fueran las fases de la luna. Es, para el hombre, la adivinanza imposible de resolver; santa y ramera; luz y oscuridad; hada o bruja; anciana sabia o niña ingenua; paz y guerra. Como Circe, la amante sabe que en algún punto debe dejar ir a Ulises, que los amantes son como planetas en tránsito que por un instante hacen cuadratura. La amante lo sabe bien, cada instante es un proceso de liberación hasta la muerte. Para concluir quisiéramos recordar a Aura, el espectro de Carlos Fuentes que simboliza la pasión eterna entre Felipe y Consuelo. La anciana eternamente enamorada dice a su amante cuando desvalida y vieja deja de ser ese resplandor joven: “Volverá Felipe, la traeremos juntos. Deja que recupere fuerzas y la haré regresar”. La amante habita en toda mujer dispuesta a suscitarla hasta el último suspiro.

Referencias:
Apuleyo, El asno de oro, RBA libros: Madrid. 2008.
Baricco, Sandro. Seda. Anagrama: Barcelona.2005
Bedier, Joseph. Tristán e Isolda. Acantilado: Madrid. 2006
Fuentes, Carlos. Aura. Era: México.200
Graves, Robert. Los mitos griegos. V. I y II. Alianza: Barcelona. 1984
Jung, Carl. Recuerdos, sueños y pensamientos. Seix Barral: Barcelona. 1996.
Kundera, Milan La insoportable levedad del ser. Tusquets: México. 2000.
Marai, Sandor El amante de Bolzano. Salamandra: Madrid. 2003.
Mastretta, Ángeles. Arráncame la vida. Booket: México. 2004.
Rougemont, Denisse. Amor y occidente. Kairos: Barcelona. 2001.

Tomado de:
http://www.etcetera.com.mx/articulo.php?articulo=9415&pag=1

lunes, 10 de octubre de 2011

El ermitaño del reloj. Por Teresa de la Parra




Éste era una vez un capuchino que encerrado en un reloj de mesa esculpido en madera, tenía como oficio tocar las horas. Doce veces en el día y doce veces en la noche, un ingenioso mecanismo abría de par en par la puerta de la capillita ojival que representaba el reloj, y podía así mirarse desde fuera, cómo nuestro ermitaño tiraba de las cuerdas tantas veces cuantas el timbre, invisible dentro de su campanario, dejaba oír su tin, tin de alerta. La puerta volvía enseguida a cerrarse con un impulso brusco y seco como si quisiese escamotear al personaje; tenía el capuchino magnífica salud a pesar de su edad y de su vida retirada. Un hábito de lana siempre nuevo y bien cepillado descendía sin una mancha hasta sus pies desnudos dentro de sus sandalias. Su larga barba blanca al contrastar con sus mejillas frescas y rosadas, inspiraba respeto. Tenía, en pocas palabras, todo cuanto se requiere para ser feliz. Engañado, lejos de suponer que el reloj obedecía a un mecanismo, estaba segurísimo de que era él quien tocaba las campanadas, cosa que lo llenaba de un sentimiento muy vivo de su poder e importancia.

Por nada en el mundo se le hubiera ocurrido ir a mezclarse con la multitud. Bastaba con el servido inmenso que les hacía a todos al anunciarles las horas. Para lo demás, que se las arreglaran solos. Cuando atraído por el prestigio del ermitaño alguien venía a consultarle un caso difícil, enfermedad o lo que fuese, él no se dignaba siquiera abrir la puerta. Daba la contestación por el ojo de la llave, cosa ésta que no dejaba de prestar a sus oráculos cierto sello imponente de ocultismo y misterio.

Durante muchos, muchísimos años, Fray Barnabé (éste era su nombre) halló en su oficio de campanero tan gran atractivo que ello le bastó a satisfacer su vida; reflexionen ustedes un momento: el pueblo entero del comedor tenía fijos los ojos en la capillita y algunos de los ciudadanos de aquel pueblo no habían conocido nunca más distracción que la de ver aparecer al fraile con su cuerda. Entre éstos se contaba una compotera que había tenido la vida más gris y desgraciada del mundo. Rota en dos pedazos desde sus comienzos, gracias al aturdimiento de una criada, la habían empatado con ganchitos de hierro. Desde entonces, las frutas con que la cargaban antes de colocarla en la mesa, solían dirigirle las más humillantes burlas. La consideraban indigna de contener sus preciosas personas.

Pues bien, aquella compotera que conservaba en el flanco una herida avivada continuamente por la sal del amor propio, hallaba gran consuelo en ver funcionar al capuchino del reloj.

-Miren -les decía a las frutas burlonas-, miren aquel hombre del hábito pardo. Dentro de algunos instantes va a avisar que ha llegado la hora en que se las van a comer a todas -y la compotera se regocijaba en su corazón, saboreando por adelantado su venganza. Pero las frutas sin creer ni una palabra le contestaban:

-Tú no eres más que una tullida envidiosa. No es posible que un canto tan cristalino, tan suave, pueda anunciarnos un suceso fatal.

-Y también las frutas consideraban al capuchino con complacencia y también unos periódicos viejos que bajo una consola pasaban la vida repitiéndose unos a otros sucesos ocurridos desde hacía veinte años, y la tabaquera, y las pinzas del azúcar, y los cuadros que estaban colgando en la pared y los frascos de licor, todos, todos tenían la vista fija en el reloj y cuanta vez se abría de par en par la puerta de roble volvían a sentir aquella misma alegría ingenua y profunda.

Cuando se acercaban las once y cincuenta minutos de la mañana llegaban entonces los niños, se sentaban en rueda frente a la chimenea y esperaban pacientemente a que tocaran las doce, momento solemne entre todos porque el capuchino en vez de esconderse con rapidez de ladrón una vez terminada su tarea como hacía por ejemplo a la una o a las dos, (entonces se podía hasta dudar de haberlo visto) no, se quedaba al contrario un rato, largo, largo, bien presentado, o sea, el tiempo necesario para dar doce campanadas. ¡Ah!, ¡y es que no se daba prisa entonces el hermano Barnabé! ¡Demasiado sabía que lo estaban admirando! Como quien no quiere la cosa, haciéndose el muy atento a su trabajo, tiraba del cordel, mientras que de reojo espiaba el efecto que producía su presencia. Los niños se alborotaban gritando.

-Míralo como ha engordado.

-No, está siempre lo mismo.

-No señor, que está más joven.

-Que no es el mismo de antes, que es su hijo. Etc., etc.




Para seguir leyendo el cuento pincha aquí:

http://paisportatil.com/2011/10/08/el-ermitano-del-reloj/

sábado, 24 de septiembre de 2011

Poemas de Juan Liscano. Poeta venezolano.


PAREJA SIN HISTORIA

Se acarician. Se bastan.
Están colmados por ellos mismos
colmados por la sed sensual del otro.

Se conocieron ayer:
llevan siglos de parecerse
de abrazarse en las paredes siempre únicas
de reconocerse en todos los lugares
donde el sueño esconde su tesoro
donde la dicha deja a la nostalgia
donde nunca estuvieron
donde están.

Aroma de piel ramajes íntima penumbra
labios que besan por la herida
rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja
palabras que se derriten por los dedos
semejanzas descubiertas con delicia
apetencias de olvido y de sabores no probados
mientras se inventan paraísos sin castigo
y se cuentan a tientas el alma
mientras asumen el destino de las frutas
y la vida fulgura en ellos
con sus “siempre” y sus “nunca” efímeros
con sus “primera vez” repetido hasta el final
con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza.

Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe
o será más bien que no lo oyen
que lo cubre el susurro con que se aman
que lo dispersa el soplo que se dan.

Se huelen se gustan se desean.
La libertad que encuentran los deslumbra.
Ascienden en una isla espacial entre los astros.
Pareja sin Historia
pareja constelada.

Se miran a sí mismos en el otro.
Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante
él: enhiesto obsceno avisor posesivo
ella: contráctil húmeda gimiente umbría
él: herido llameante solar fulminado.
¡Cuánto abandono momentáneo!¡Cuánto triunfo!
Pueden equivocarse gozosamente
confundir las imágenes del deseo espejado
fundir los sabores de sus bocas
perderse juntos en el placer del otro
fluir de manantiales en arroyos
de arroyos en raudales de raudales en ríos
hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen
en el espacio pletórico y vibrante
donde cada movimiento se transmite de polo a polo
donde flotarán donde están flotando
como dos hipocampos entregados al rito nupcial.

Aflojan las redes y los nudos milenarios
arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos
viento propicio borra las huellas mezcla arenas y estrellas
le dan la espalda a la memoria hueca
para ser cresta de una ola
para ser cresta espuma sortilegio
cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales
y en la cresta de esa ola de caballos tornasolados
que recorre de punta a punta el tiempo como una playa
me arrojo contigo!
¡la corro contigo hasta el final del día!
¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello!
¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única!
¡vivan este júbilo del mar los cuerpos aparejados!
¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés!
¡el relámpago en que nos dormimos juntos!


DURACIÓN

La memoria sorprende en la blancura
de corredores enfilados
y es un salto la sombra;
precisa, ahondando los lugares,
en esta mansión tan diurna,
tan joven y ya ausente.

No hay ruido
y el pasar de la doncella única,
dura, todo se agita, las palmas,
el agua de la pila, los destellos en el piso,
la luz en las vidrieras,
las cortinas de paño leve.
Ella sigue pasando inmóvil,
no asienta los pies, se desvanece,
avanza, mientras el silencio de los relojes
confunde o apaga las horas.

—Fue ayer.
—No fue nunca.
—Sigue siendo.


CUERPO DEL AMOR

Si apariencia, espejismo, si ilusión de la nada,
si engaño fuera el triunfo presente de tu cuerpo,
también sería engaño mi amor, y engaño suyo,
el alma ¡ay! engañada con que lo estoy queriendo.
Si adorno de la Muerte, si máscara de Ella,
tanta ardorosa lumbre, tanta belleza justa;
entonces amaría la verdad de la Muerte
en ese adorno vano y esa máscara pura.
Quiero mentirle al Tiempo y hasta engañarme quiero
para salvar tu forma y eternizar tu gracia;
perderme, ya encontrado; ya hecho, deshacerme
por tus confines ciertos y por tu sangre alada.
Eres la flor que vuelve, mis ramas, a engañar
con el prestigio suave de su invisible aroma
y eres el alba antigua que torna a devolverme
la breve flor de un día que la noche deshoja.
Porque soy el vencido vencedor de tu cuerpo
y me rindo al imperio que su derrota afirma,
pues tu cuerpo me gana la victoria que obtuve
y encadena la furia de mi sangre a su herida.
¡Sí!; tu cuerpo preciso, matinal, turbulento,
de un silencio lejano, quizás eco sonoro,
de un vacío universo, tal vez clara tiniebla:
voz encuentra en mis voces, forma encuentra en mis ojos.
Y su vida viviente que rodea a mi vida
de murmurantes sombras, de claridades mansas
y de serenos verdes y de secretas músicas,
en mí, vence su muerte; mi muerte no la alcanza.
Y aunque sé, ciertamente –me lo dice la tierra–
que de muerte soy hecho, que hacia la Muerte ando,
con la flor de tu cuerpo, flor vivísima, engáñola
y engaño al desengaño, quizás desengañado.


EL REINO DE TU CUERPO

Mi cuerpo en tu cuerpo.
Sol en Trópico de Cáncer.
Días del invierno abrasado
de los candentes alisios y las lunas del trueno.
Entre jardines colgantes reluce la lluvia:
anillos, cristales y relámpagos.
Mi cuerpo en tu cuerpo abre sus plumajes
agita sus alas, canta, vuela
llama las aguas fértiles
pájaro del verano, pájaro heraldo.
Mi cuerpo en tu cuerpo se arraiga
pone sus huevos, echa semillas, se soterra,
sangra su amarga miel, su dulcedumbre que huele a humus.
Mi cuerpo en tu cuerpo de aguas madres
sol en Acuario, luna de Cáncer
cangrejo azul entre tus ríos nobles
crecidos bajo las tormentas equinocciales.

Han vuelto los tiempos del Diluvio.
En el llano inundado miro las islas de soledad
tierras recién salidas de las aguas
sobre las que aún no se ha posado la paloma de Noé.
Estamos solos en medio de la lluvia
en medio de los vuelos, en medio de la fuga de los días,
solos y dobles, habitados el uno por el otro
reflejados uno en otro
cuerpo exacto que junta la imagen con su objeto
y atraviesa, cantando, los espejos del tiempo.
Estamos solos en medio del invierno tórrido
aquí en el Trópico, aquí entre nieves
en todas partes, en ninguna parte
caídos uno en otro, entrando uno en otro
mientras nos rodean el círculo de las tempestades
las voces de la muchedumbre
el resplandor de las ciudades
las inocentes parejas del Arca
la noche pródiga, los soles rumorosos.

El zodíaco gira sobre nosotros
mezclando los meses y los signos.
Cáncer navega en Acuario
Julio es un río en el que tú te bañas
Agosto sacude su melena de llamas
y te envuelve en un rugiente clima de estío
Septiembre derrama un vino crepuscular
Octubre suelta su jauría de monteros
Noviembre tiene el gusto de tus labios
tu olor a enredadera y a tierra recién mojada
Diciembre sale de tu cabellera
sale de tus ojos, sale de tu risa
lleno de balcones soleados donde besarnos
y abre un abanico de caminos verdes
para que nos fuguemos hacia Enero
hacia sus montes de hielo o de sequía
hacia su sol de montaña pascual
hacia el Año Nuevo de rostro doble
Enero de dos filos, Enero de dos cuerpos
arco de escarcha o de lumbre
que hemos cruzado tomados de la mano
pasándonos el alma de boca en boca
zozobrados en nosotros mismos
como peces en celo, frenéticos peces que desovan
en los mares nupciales de Febrero
hasta varar su furia de espumas y de dientes
en los puertos de Marzo, playas del equinoccio
donde la Primavera y nuestra despedida
confundieron en una misma promesa de renuevos
sus nombres, sus memorias, sus pasos, sus adioses.

II
En la penumbra tu rostro color de luna
las alas de tus ojeras
la negra planta de tus cabellos
y el trópico de tu cuerpo
los días de verano o de invierno lluviosos
las cosechas dadas o las cosechas perdidas
el mar rompiendo contra mis litorales
tú: llanura, salinar, montaña a la que subo
para tocar cerca de tus senos alguna estrella tibia
tú: selva cuyo pesado olor milenario
se estira y en mí se enrosca como una sierpe
tú: guijarro, pluma al viento, trepadora en flor
monte por el cual me pierdo
yermo por donde padezco
huerta florecida en mi costado
ría de la noche, fuente de luna llena
Encantada de las aguas.
Voy cayendo en ti
caigo en tu imagen, en tu espejo
hacia la rosa ardiente, secreta de tu boca
naufrago en ti, en tu vaivén de ola
en tu flujo y reflujo constelados.
Mecida en tus corrientes
te mueves, ondeas, nadas, flotas
trémula medusa de cabellera de obsidiana;
eres el mar cuando buscas tu dicha,
soy un pez entre tus aguas nocturnas
por donde pasan jardines de fucos
estrellas, anémonas, guirnaldas de fósforos;
eres el mar cuando buscas tu dicha
como una herida que vas gozando con los ojos cerrados.
Oh Amada, en el fondo de tu sexo
toco hasta sangrar de gozo, tu corazón caliente.
Lo voy sacando hasta tus labios
lo beso en tu revuelta cabellera
lo asomo al día que nos mira
al aire que respiramos juntos
mientras rompen a volar las campanadas
del instante de plumas tibias en que desfalleces.