viernes, 17 de julio de 2009

Manuel Puig. Autor de La Traición de Rita Hayworth


Novelista argentino. Nació en Buenos Aires y estudió cine en Roma y Nueva York. En 1968 publicó su primera novela, La traición de Rita Hayworth, que tuvo una calurosa acogida por parte de la crítica, que un año después no se vio defraudada con la siguiente obra, Boquitas pintadas (1969), que además consiguió un gran éxito de público. En las dos se ocupa de las mitologías sexuales y sentimentales de la clase media bonaerense, utilizando los lenguajes de la cultura de masas, sobre todo del cine, además de las letras de canciones populares —tangos y boleros— y el ambiente folletinesco de las revistas del corazón o de los seriales radiofónicos de la época. The Buenos Aires Affaire (1973), tiene además implicaciones psicoanalíticas. En El beso de la mujer araña (1976), tal vez su novela más conocida, se ocupa inteligentemente de la represión política que por entonces sufrían algunos países del Cono Sur. Fue llevada al cine y representada en el teatro con gran éxito. Siguieron Pubis Angelical (1979) y Cae la noche tropical (1988) entre otras novelas, donde demuestra su dominio de los diálogos. Murió en la ciudad de Cuernavaca, México.

La traición de Rita Hayworth. Por Manuel Puig

I


en casa de los padres de mita, la plata 1933


—El punto cruz hecho con hilo marrón sobre la tela de lino color crudo, por eso te quedó tan lindo el mantel.
—Me dio más trabajo este mantel que el juego de carpetas, que son ocho pares.... si pagaran mejor las labores me convendría tomar una sirvienta con cama y dedicar más tiempo a labores, una vez hecha la clientela ¿no te parece?
—Las labores parece que no cansaran pero después de unas horas se siente la espalda que está un poco dolorida.
—Pero Mita quiere que le haga un cubrecama para la camita del nene, con colores vivos porque tiene poca luz en los dormitorios. Son tres piezas seguidas que dan las tres a un jol con ventanales todos tapados con una tela de toldos que se puede correr.
—Si yo tuviera más tiempo, me haría un cubrecama. ¿Sabes qué es lo que más cansa? Escribir a máquina sobre una mesa alta como la que tengo en la oficina.
—Si yo viviera en esta casa, me sentaría al lado de esta ventana el rato que pudiera dedicarle al cubrecama de Mita, por la luz.
—¿Tiene lindos muebles Mita?
—Mamá tiene esa gran pena de que Mita no pueda aprovechar de esta casa ahora, con todas las comodidades ¿no es cierto?
—Yo tuve el presentimiento cuando a Mita le ofrecieron ese trabajo, me parecía que un año iba a ser interminable, que se fuera por un año, y ahora ya se quedó allá. Hay que conformarse a que se va a quedar allá para siempre.
—Tendría que venir dos veces por año a La Plata, de vacaciones, en vez de una vez.
—Los días se pasan volando, el primer día parece que no, parece que rinde muchísimo, pero después los días se pasan sin darse cuenta.
—Mamá, no creas que yo aprovecho tanto la casa tampoco.
—Me parece que tus chicos se metieron en el gallinero.
—Clara, tendrías que venir todas las tardes con los nenes, no tocan las plantas. Al abuelo lo vuelven loco con los pollos.
—¿A cuánto venden los pollos?
—Cuando le escribas a Mita decile que tenga paciencia con los muebles. Yo tengo miedo de que si compra los muebles se quede en ese pueblo para siempre. Escribile a tu hermana, que está siempre deseando tener noticias.
—¿Usted compró todos nuevos los muebles para esta casa?
—Si la casa hubiese estado terminada cuando Mita se recibió y nos hubiésemos mudado, yo creo que le hubiese dado más pena irse sola a ese pueblo a trabajar.
—¿Es tan feo Coronel Vallejos como dice Mita?
—No, Violeta. A mí me gustó bastante, ¿no es cierto mamá que no es tan feo? Cuando recién llegué al bajar del tren fue una impresión muy fea, porque no hay casas de altos, y parece todo muy chato Es una zona de mucha sequía, así que no se ven muchos árboles. En la estación hay unos cuantos coches con caballos en vez de taxis, y a dos cuadras y media está el centro del pueblo. Hay unos pocos árboles, que se ve que crecen a duras penas, pero lo que no se ve es césped, por ninguna parte. Mita plantó pastito inglés ya dos veces, calculando especialmente el mes de abril, y sin embargo no le creció.
—Pero a fuerza de regar tanto los canteros del patio tiene lindas plantas en una especie de patio chico adonde daa la cocina, el comedorcito diario y la puerta del jol.
—¿Entonces no están feos?
—Cuando recién llegué me pareció feo Vallejos, pero la vida es muy tranquila. Mita tiene una sirvienta que le cocina y le limpia la casa, y la niñera para que le tenga el nene mientras ella está en el hospital. La adoran todos los pobres de Coronel Vallejos porque Mita no les mezquina algodón ni agua oxigenada, ni vendas.
—¿Es un lindo hospital nuevo?
—El farmacéutico que estaba a cargo del laboratorio antes de Mita mezquinaba todo como si todo fuera de él y no del hospital en realidad.
—Vi la última película de Carlos Palau.
—Mita la va a ver cuando la den en Vallejos.
—¿Cuánto tiempo estuvo de novia con Carlos Palau?
—Nunca nos imaginamos que Carlos Palau llegara a triunfar.
—Nunca estuvo de novia con Carlos Palau, él la sacaba a bailar pero yo siempre aguantaba hasta el final del baile para volver con las chicas a casa.
—Él tiraba de las sogas detrás del escenario en el teatrico de la Municipalidad.
—Es el único galán bueno que tiene el cine argentino.
—El marido de Mita es idéntico a Carlos Palau, siempre lo dije.
—Más o menos, tanto como idéntico no.
—Parte de la familia de los Palau todavía vive en el mismo conventillo.
—Pero nunca creí que Mita se acostumbrara a vivir en un pueblo.
—Lo que los pollos se comen primero es las sobras de la comida, primero que el maíz.
—Abuelito ¿cuál es el pollo que vas a matar para el domingo?
—Hoy voy a matar uno para el padre de Violeta, no le digas a la abuela que se enoja.
—Violeta volvió a la cocina con mamá y abuela, ahora no te ven.
—Voy a matar este pollo para el padre de Violeta y se lo mando de sorpresa.
—Abuelito ¿ganas más vos con los pollos o el padre de Violeta remendando muchos zapatos?
—Clara, delante de tu mamá no te podía contar de la oficina. Es un hombre que cuanto más lo tratas más va gustando. Se me declaró.
—¿Cómo podes decir que se te declaró? Eso es cuando un muchacho quiere ponerse de novio, un hombre casado no puede declarársete, lo que te hace es una proposición, Violeta. No me empieces a cambiar las cosas porque entonces es mejor que no me cuentes nada.
—De buen mozo no tiene nada. Tratándolo es que empieza a gustar.
—Si querés bordar un cubrecama la mejor época es ahora que los días se van alargando y después de la oficina te quedaría alguna hora de luz, cansa la mitad si bordas con luz natural, teniendo la suerte de salir tan temprano de la oficina.
—Pobre Adela.
—La pobre en la oficina tiene que usar luz artificial desde la mañana.
—Me tengo que ir sin ver a Adela.
—¿No sabías que trabajaba hasta tan tarde?
—Ahora Adela necesitaría tener un título y no trabajar de oficinista.
—Ahora la que tiene título es la que no lo necesita.
—¿Cómo le van los negocios al marido de Mita?
—Vendió una casa y con eso compró algunos novillos. Mamá quiere que le haga un cubrecama a Mita pero me parece que no voy a poder. Le mando los dibujos de molde a Vallejos y ella se lo puede hacer sola. Ella tiene las dos sirvientas. No digas nada pero papá fue a matar un pollo para que se lo lleves de sorpresa a tu papá.
—A mí me parece injusto que se haya casado en ese pueblo en vez de ayudar a tu mamá después de tantos sacrificios para hacerla estudiar.
—Los anteojos nuevos de Adela son de carey legítimo.
—Perdóneme, no lo ayudo a matar el pollo porque me impresiona, pero papá se lo va a agradecer con toda el alma.
—Mita tampoco quería mirar cuando yo mataba un pollo, pero después se lo comía todo.
—La que más aspaviento hacía era aquella compañera de Mira de la Facultad, la hija del profesor.
—¿Sofía Cabalús?
—¿Se casó?
—Mita debe extrañar en Vallejos la vida que hacía acá.
—Sofía Cabalús no pisó esta casa nunca más después de que se fue Mita. Hace meses y meses que no la veo.
—En la oficina me contaron que el padre está loco de atar, no hace más que faltar a las clases. Y no hacen más que leer. Ustedes no la ven a Sofía porque está siempre en la casa encerrada leyendo.
—No te vayas antes de que llegue Adela.
—Le quiero ver los anteojos nuevos.
—Le costaron casi medio mes de trabajo.
—Esos días que pasó sin anteojos se moría del dolor de cabeza.
—Abuelita ¿por qué Violeta se pinta los ojos de negro?
—Ya empezó a meterse en líos con el jefe nuevo que le pusieron.
—El padre va a estar contento con el pollito. Quién sabe cuánto tiempo hace que no comen pollo.
—A mí me da pena decírselo pero peor es que no le diga nada y que se siga complicando más todavía con ese hombre.
—Pobre madre, si se levantara de la tumba.
—Violeta se dio cuenta de que no le llevamos más los zapatos al padre.
—Cada vez que iba a buscar los zapatos tenía que volverme sin nada. No es posible que prometa que lo hace para el martes y después el martes no están listos, aunque sea un simple taco. Así ha ido perdiendo todos los clientes, por estar pensando en otra cosa.
—No ensayan más a la noche en el local de la Sociedad Italiana, es inútil, la ópera es muy difícil, si las voces no son más que buenas se vuelve un mamarracho.
—Un día lo invita uno, otro día lo invita otro. Tu padre mismo le paga alguna vez alguna copa, no lo quiere contar pero estoy segura de que sí.
—Mita y Sofía Cabalús se tuvieron que ir del ensayo porque se tentaron de la risa.
—¿Qué podría hacer de cena esta noche?
—En el cantero del fondo ya tenés que empezar a cortar la lechuga porque las puntas se están poniendo moraditas.
—Puedo hacer unos bifes con mucha ensalada. Tu padre se puede terminar el puchero del mediodía si no está lleno. ¿Por qué tiene que regalarle un pollo a ese zapatero?
—Al padre de Violeta le escriben de Italia más que a nosotros.
—Es hora de que me vuelva a casa; de cena voy a hacer croquetas, que le gustan a los nenes y Tito las come si se las pongo en la mesa sin decirle nada.
—Yo no sé por qué no va a ver al médico.
—Papá quiero que me mates un pollo para el domingo.
—Yo he comido siempre de todo y nunca he tenido nada.
—Qué hombre más cabeza dura, te crees que todos pueden comer como bueyes como vos, qué cabeza dura.
—Tito tiene el estómago arruinado, a la fuerza tiene que cuidarse.
—Y el hermano es igual, ya se ve que son delicados de estómago, de familia ya vienen así.
—No de familia, fue la cuñada que le terminó de arruinar el estómago a Tito, ya de novio se me quejaba de ias digestiones, yo le preguntaba qué había comido y siempre era lo mismo: comidas fuertes.
—Cuando Tito vivía con el hermano ya se quejaba del estómago.
—Mi cuñada veo que les sigue haciendo esos guisos mal hechos, le da gusto a la comida a fuerza de pimentón, lo único en que piensa es en ponerle pimentón.
—Está siempre en la calle esa mujer, ¿qué tiempo le puede quedar para la cocina?
—Un guiso bien hecho tiene que llevar tiempo, y vigilancia. Vos mamá no sabés cómo ayuda tener plantas de verdura acá en tu casa, porque si no resultan mucho las cosas que hay que tener en cuenta para comprar, toda clase de verduras y condimentos que no sean pesados. No te tiene que faltar albahaca, romero, y montones de perejil. Y ella nunca tiene nada en la despensa, así que a último momento le echa pimentón a la olla y cualquier comida le sale pesada, aunque gaste un dineral en carne sin grasa.
—Mita no sé cómo se arreglará porque Berto tiene un estómago muy delicado también.
—Si come tranquilo digiere cualquier cosa. Dice Mita que es todo nervioso, en realidad Berto no es de estómago delicado como Tito.
—Abuelo fue a llevarle el pollo al padre de Vicleta. ¿Me dejás ir con él, mami?
—Se fue con el delantal gris puesto. Si lo viera Mita que sale a la calle con ese delantal gris se pondría furiosa.
—Clara, el gusto de tu padre es andar con ese delantal.
—Mita no la defendería más a Violeta si supiera lo que dijo de ella.
—Mami, abuelito ya había cruzado la calle, así que no lo pude seguir.
—Pero Adela no podría haber estudiado con la vista tan mala. Acordate del dolor de cabeza que le atacaba.
—Es interminable ese horario, y tiene que trabajar con la luz prendida.
—Quién sabe si Mita se viniera a vivir a La Plata le volvería el entusiasmo por la carrera. El padre de Sofía la podría ayudar para entrar a la Facultad como ayudante de alguno.
—Qué ganas tengo de ver el nenito de Mita.
—No, porque lo que quiere Berto es que Mita no trabaje más, ni bien las cosas de él se le arreglen un poco.
—Estoy rendida del cansancio.
—Violeta se creía que trabajabas de 9 a 6, y se tuvo que ir a hacerle la cena al padre. Te dejó saludos.
—¿Me tenía que decir algo?
—A Clara le empezó a contar de un hombre de la oficina.
—Yo tenía ganas de hablar con Violeta, pobre. El padre se hace la cena solo, quién sabe adonde se fue Violeta.
—Dijo que tenía que ir a hacerle la cena al padre, se fue antes de las siete.
—Mamá, estoy rendida del cansancio ¿qué hiciste esta tarde?
—Yo quería haber limpiado la alfombra de la escalera pero como vino Clara nos sentamos a coser un poco.
—¿La convenciste de que le hiciera el cubrecama a Mita?
—Le va a mandar todos los dibujos. Qué ganas tengo de ver al nenito de Mita.
—Queda muy lindo el mosaico del piso encerado, mientras te esperaba en el zaguán que me abrieras la puerta veía al trasluz que brillaba todo desde el zaguán hasta el fondo del jol.
—Clara tenía razón, pero no la voy a dejar que me lo encere otra vez cuando se vaya el brillo, bastante tiene ella con su casa y los nenes y el marido. Como a él le gustan las croquetas y no puede comer frito, Clara tiene la paciencia de hervirle la carne, la pica y la condimenta con romero y queso y le da un golpe de horno, hasta que las croquetas quedan doradas y parecen croquetas fritas de verdad: le engaña la vista y no le hace mal al estómago.
—Si para el otro sábado hay que encerar, yo te puedo encerar todo a la tarde.
—Violeta no sabía que tenías un horario tan largo.
—Hubo muchísimo trabajo hoy.
—Violeta se quejaba de que tiene la máquina de escribir sobre una mesa alta, y la cansa.
—En la oficina de ella no hay la mitad de trabajo que en la mía.
—Tenía los ojos pintados como una gitana. Se habrá ido a encontrar con el hombre ese.
—Pero si es casado él debe estar cenando en la casa a esta hora.
—Se debe haber encontrado con algún otro.
—¿Qué querés que haga? Si vuelve a la casa lo único que encuentra es al padre.
—Yo a veces pienso si las madres levantaran la cabeza de la tumba.
—Primero hay que barrer, después pasar el trapo así el piso queda bien limpio para recibir la cera. Después vas mojando de cera el trapo, sin empaparlo, y desparramando una capa de cera bien pareja por todo el mosaico. Después se deja secar un poco y ya viene la parte más cansadora, que es sacarle brillo caminando sobre los trapos.
—No hubiese sido así si la madre viviera.
—En verano desde el zaguán no solamente se va a ver el mosaico lustrado del zaguán y el jol, porque estando abiertas las puertas que dan del jol al patio cubierto se va a ver todo el mosaico hasta el fondo del patio cubierto.
—Mita dice que no le da gusto de arreglar la casa que tiene alquilada porque es tan vieja.
—Lo peor es que en Vallejos las plantas cueste tanto hacerlas crecer.
—Es lindo tener esta casa grande pero también es mucho el trabajo que cuesta tenerla limpia.
—Pobre Mita no la pudo aprovechar nunca.
—Fuera del gallinero no quiero que vayas con ese delantal.
—Papá, pone la mesa que estoy muy cansada. Me duele la espalda.
—¿Cuánto hace que no escriben de Italia?
—Vino carta de Mita ayer y nada más. Me gustaría mandarles una foto de la casa a los de Italia.
—¿De qué era el paquete que se llevó Clara? —De pan duro para rallar.
—¿No mandaste ninguna foto a Italia de la casa? Mándales que siempre están deseando tener noticias.
—Yo voy a escribirles aunque ellos no hayan escrito.
—Cuando terminen de cortar la alfalfa van a escribir.
—Mita dice que tiene terror que empiece la primavera en Coronel Vallejos porque es cuando más viento y tierra sopla.
—Adela, escríbele a tu hermana que está siempre deseando tener noticias, ustedes no saben lo que es estar lejos de la familia.
—¿Qué le digo?
—No le digas que salí con el delantal gris. Decile que venga pronto que queremos ver al nene.
—Y muchos saludos a Berto.
—Decile que si vienen a vivir a La Plata pueden vivir con nosotros, que la casa es grande de sobra. Habría que encontrarle algún empleo bueno para Berto.
—No seas cabeza dura, papá. Él ya te dijo que no quiere emplearse.
—Decile que estuviste con Sofía Cabalús, decile una mentira.
—Siempre pienso llamarla por teléfono y después me olvido. La voy a llamar mañana desde la oficina.
—Decile que Sofía Cabalús te dijo que el padre le puede conseguir un empleo en la Facultad, como ayudante de algún otro profesor.
—¿Violeta trajo algún chisme nuevo?
—Se le dio por hablar de Mita, que para qué hizo el sacrificio de estudiar farmacia, que no era lo que quería, si después se casó y ya no piensa ejercer nunca más.
—Le voy a escribir a Mita diciéndole que si está en La Plata, y mejor que mejor si está empleada en la Universidad, puede inscribirse en la Facultad de Letras como quería ella.
—Basta de estudiar, ¿hasta cuándo?
—Papá, no comas más que vas a reventar.
—No le des demasiado pan duro a Clara, que después no me queda para las gallinas.
—Ya rallé un frasco entero de pan rallado para inilanesas, así que todo lo que sobre esta semana lo podes dar a las gallinas.
—Te quejas de que no hay pan y sos vos el que come tanto pan en la mesa que no sé cómo te cabe en el estómago.
—¿Dónde dan la película de Carlos Palau?
—Es estreno, en el Select.
—Cuando la den más barata la quiero ver.
—En la foto del diario está igual a Berto.
—Hoy Violeta no hizo más que criticar a Mita, porque Mita tenía la locura del cine.
—Me parece que Violeta le escribió a Mita y Mita no le contestó. Por eso estaba contra Mita.
—En la última carta Mita puso al final: «esta carta va también para Violeta».
—Violeta quería una carta especial para ella.
—¿Qué dijo?
—Que Mita tenía la manía del cine y que siempre hace su capricho y se casó con Berto que es igual a un artista de cine.
—Si no comes te vas a enfermar.
—De tan cansada es que se me va el hambre. Hoy se me cayeron los anteojos al suelo, casi me muero del susto.
—¿Adónde?
—Por la calle. Si se me rompían otra vez yo creo que me moría.
—¿Cuánto te toca oculista otra vez?
—Me da lástima ir a gastarme la vista al cine, si no iría a verlo a Carlos Palau.
—De perfil sobre todo se parece a Berto.
—Si Mita se consiguiera un empleo en la Facultad podríamos encontranos a la salida de mi oficina. Cuando veo las ventanas de la Biblioteca al pasar no hay vez que no me acuerde de Mita.
—Pensar que después de todas las horas estudiando sus materias todavía tenías ganas de meterse ahí con Sofía.
—A leer más todavía, Mita tiene una vista de hierro.
—A leer novelas. —Siempre veo que están las mismas caras, hay poca luz en esa Biblioteca. Esas pobres lamparitas colgando del techo están negras de sucias, tienen una pantalla de vidrio como en forma de una pollerita de tul, de vidrio blanco, y están negras de hollín. Con un trapo empapado en aguarrás se podrían limpiar en un minuto, tanto la lamparita como la pantalla, y habría más luz en esa Biblioteca.



II


en casa de berto, vallejos 1933


—Porque somos sirvientas se creen que nos pueden levantar las polleras y hacernos lo que quieran.
—Yo no soy sirvienta, soy niñera del nene y nada más.
—Ahora porque sos chica, después vas a hacer sirvienta.
—No hables tan fuerte que se va a despertar el nene.
—Pero nunca te vuelvas a tu casa sola de noche por esas calles de tierra.
—Las enfermeras del hospital que se vuelven a la noche viven todas por las calles de tierra y lo mismo se vuelven solas.
—Las enfermeras son todas unas atorrantas.
—Hay una que parió soltera.
—Tenes que tener cuidado porque te ven que sos sirvienta y a vos te la deben haber jurado, aunque tengas 12 años. Te puede correr uno de los negros que viven por tu casa.
—Los dientes los tienen marrones del agua salada.
—Y a vos te la deben tener jurada.
—Es a vos que te la tendrán jurada.
—Cuidate porque ya saben que a tu hermana tu papá la echó de la casa por parir soltera.
—Dormí, Totito, dormí. Tenés que ser bueno y dormirte de nuevo. Así, así... Esta guacha puta de mierda cree que voy a ser como ella.
—Tenés que tener cuidado más que nunca que ya te empezó la regla, ya estás perdida si te dejás embromar por alguno. Te hacen un hijo enseguida.
—Que hable, esa puta, vos Totín cuando seas grande no vas a decir malas palabras ¿no es cierto, amorcito? Vos que tenés suerte que no sos como la Inés, ésa sí que no tiene suerte, pobrecita que no tiene padre. ¿Dónde estará mi hermana? ¿No se habrá muerto? Yo soy chica pero ya soy tía, esta noche a la Inés la voy a poner a dormir en mi cama, entre mí y la Pelusa, así la Inés duerme calentita entre las dos tías. Vos te asustarías si tu papá volviera borracho que se cae y agarra el cinto del pantalón y me dio un cintazo, Totín, que tu papá le pido a Dios que nunca te dé un cintazo cuando seas grande. La Inés es tonta y no sabe que si empieza a llorar se liga más cintazos todavía, me gustaría que cuando fueras grande te casaras con ella, es un poquito más grande que vos pero no importa, la Inés ya dice mamá y papá. ¿Cuándo vas a aprender vos a decir mamá y papá?
—Yo tengo que preparar el matambre, no seas haragana y sécame el piso, Amparo, no seas roñosa, ya te dijo la señora que lo que ensucie el nene lo tenés que limpiar vos.
—Yo no soy roñosa, ¿quién tiene el delantal más limpio, vos o yo?
—¿En tu casa no barren nunca el piso? Mi casa será un rancho pero barremos el piso, aunque no haya baldosas barremos el piso de tierra siempre.
—En mi casa el piso también es de tierra y no por eso no lo vamos a barrer.
—Parece que fuera de revoque el piso en casa de apisonado que está. Después de barrer hay que echarle un poco de agua todos los días y no se levanta más la tierra.
—Y en casa mamá le echa agua de cal en el piso. ¡Te querés dormir de una vez, mocosito del diablo!
—El señor Berto te va a oír.
—¡Amparo! ¡Hacé callar a ese chico que estoy trabajando!
—El señor está haciendo cuentas en el comedor.
—No todos tienen la suerte de tomar la mamadera siempre calentita, como vos, Totín. Pobre la Inés se despierta con hambre y se tiene que tomar la mamadera fría que si mamá se tiene que levantar a la noche a prender la leña para calentar la leche tarda una hora y llora la Inés más todavía si papá le da el cintazo, Totín. Por suerte tu papá no lo mató al Director del Hospital.
—¡Amparo, vení!
—¡El señor!
—Quería que matara una araña que iba por la pared, pero no la alcancé.
—¿Una araña grande? En mi casa hay una araña pollito escondida entre la paja del techo que nunca la pude matar.
—En mi casa entre los ladrillos cuando mamá está lavando afuera en el fuentón la saco a la Inés y entro a la pieza con un balde lleno de agua y lo echo a la pared, y entre los ladrillos hay escondidas muchas telas de araña y si le echas un poco de agua salen las arañas de mierda del escondite y les doy un zapatillazo que se quedan reventadas contra los ladrillos.
—¿Queda bien el piso cuando le tirás el agua de cal?
—Era mentira, lo que le tiró mamá fue el agua con el desinfectante que le dio la señora Mita. Le tiró un balde lleno y quedó el piso apisonado con unas manchas blancas del desinfectante.
—¡Amparo!
—Ya está dormidito de nuevo, señor.
—Vestilo lindo para las seis que la vamos a ir a buscar a la señora a la salida del hospital.
—Le voy a poner el pantaloncito y la capita que le trajo la señorita Adela de La Plata.
—¿Te retó el señor?
—No se acostó a dormir la siesta, está haciendo cuentas en el comedor. Por suerte no lo mató de la trompada al Director del Hospital.
—Si no estaría preso, no lo habrían soltado. Pero la señora no había dicho que te llevaba a La Plata, ¿por qué te quejas?
—Si no se hubiese quedado sin vacaciones me habría llevado a La Plata.
—Sécame el piso de una vez.
—Yo estoy contenta de que el señor no lo mató,
—¿Cuántos litros de leche quieren que les deje?
—A usted ya le dije que no viniera a golpear la puerta a la siesta; déjeme dos litros y medio.
—El timbre no suena.
—Lo desconectamos para que el señor duerma la siesta. Entre sin golpear.
—Hoy no se acostó, pero si estaba durmiendo y se despertaba con el ruido usted iba a saber lo que son gritos.
—Tu patrón se salvó ya más de una vez, mejor que no grite tanto.
—Usted tendría que saber que con la sequía se le murieron todos los novillos al señor. A usted se le tendrían que morir todas las vacas si me golpea la puerta de nuevo.
—Yo porque tengo cuatro vacas nomás y las cuido yo. Los que tenían muchas se jodieron.
—Salga de esta cocina que tiene que ir a cuidar sus vacas. Cuando llegue se va encontrar alguna muerta.
—Con vos no hablo. ¡Qué lindo delantal tenes, Amparo!
—Es robado. Esta ladrona después que tomó la primera comunión no devolvió el vestido que le prestaron las monjas.
—¿Me pagan los 20 litros de la semana o no?
—Espere, que la Amparo va a pedirle al señor.
—Te espero en la vereda, que se me escapa el caballo.
—Dice el señor que le paga la semana que viene.
—Amparo, tenés cuidado con la Felisa, es una atorranta.
—No le crea a la Felisa. Cuando tomé la primera comunión las monjas me dieron este vestido como a todas las pobres que van atrás de todo en la procesión. Y la señora Mita me dijo que me lo quedara, total estaba todo roto en el ruedo. Y me lo acortó.
—Me dijo la señora Mita que cuando seas más grande te va a enseñar para entrar de enfermera en el hospital.
—Yo no quiero, esas sí que son atorrantas.
—Peor es la Felisa.
—Las enfermeras andan con los guardapolvos todos gastados y sin almidonar.
—Pero es mejor que ser sirvienta.
—¿De qué se salvó el señor?
—De que lo matara un marido cornudo.
—Pero el señor nunca sale si no es con la señora.
—Pero cuando era soltero se salvó de que lo carnearan más de una vez. Metete de enfermera, Amparo.
—Hay una enfermera que parió soltera.
—Tu hermana también parió soltera, ¿quién te crees que sos?
—¿Por qué te despertaste ya? mocosito, te daría un cintazo si pudiera. Pero te voy a cuidar hasta que seas grande. Cuando tu mamá se decida a comprar los muebles me voy a quedar a dormir acá en tu casa. Si hubiera una cama para mí me quedaría a cuidarte toda la noche. ¿Cuesta más una cama o un novillo? Si tu papá tuviera mucha plata como el padre de la Mora Menéndez no me iba más de esta casa como la niñeta de la Mora Menéndez... No llores, que ahora te cambio, te saco este pañal mojado y te pongo uno seco, si te quedas callado un ratito le doy una planchadita al pañal y así está calentito, que tenés todo el traste paspado. Y ahora la Mora Menéndez es grande, es una señorita, y la niñera sigue todavía en la casa, y tiene un novio del campo que la viene a visitar a la casa en la sala. La Mora todavía no tiene novio pero cuando se ponga de novia, y la venga a visitar ¿le quitará la sala a la otra y la niñera tendrá que estar con el novio en la cocina?
—Amparo, después me tenés que llevar esta carta al correo. ¿Qué dice mi negrito? Peínalo bien lindo, Amparo, así dentro de un rato lo llevamos a ver a la madre.
—Me lo llevo al nene conmigo al correo, señor.
—Amparo, acordate que me juraste no decírselo a nadie.
—Yo no se lo dije a nadie Por Dios que me caiga muerta.
—Nunca le digas a Mita que tenemos un secreto.
—No, señor. Pero la señora me preguntó por qué tenía morado el brazo.
—¿Morado de qué?
—De cuando usted me vio que yo lo vi que usted estaba detrás de la puetra, escuchando lo que ellas decían.
—¿Qué brazo morado?
—Que usted señor sin darse cuenta me agarró fuerte del brazo hasta que le juré que no le iba a decir nada a la señora Mita.
—¿Y Adela no te preguntó nada?
—Sí, la señora y la señorita me preguntaron por qué tenía el brazo morado. Pero yo ya le había jurado a usted que no les iba a decir nada a ellas que lo encontré a usted escuchando detrás de la puerta lo que ellas hablaban.
—Júramelo de nuevo. Que no se lo vas a decir ni a Mita ni a nadie.
—Sí, señor. Se lo juro por la luz que me alumbra, que me quede ciega ahora mismo.
—Dios te castiga si faltas al juramento.
—No, en el catecismo nos dijeron que era pecado jurar, que no hay que jurar nunca.
—¿Y qué les contestaste del brazo morado?
—Que era el cura que me había zamarreado en la iglesa. Yo le había contado a la señora Mita lo que pasó en la iglesia una vez. El cura a la de Roldan le dio una cachetada que la tiró al suelo, y la de Roldan se paró y no sabía dónde tenía que ir media mareada y se iba a meter a la sacristía y el cura la agarró de un brazo y la tiró contra la pared porque no sabía tragar la hostia y la empezó a masticar porque no le pasaba y la tenía media atragantada, en el ensayo último de la primera comunión.
—¿Quién es la de Roldan?
—Una chica que vive en un rancho detrás de la vía. Iba conmigo detrás de todo en la procesión.
—¿Y Mita te lo creyó?
—Señor, yo no sabía que usted estaba escribiendo una carta, yo creí que estaba haciendo cuentas. ¿Van a comprar los muebles?
—Amparo roñosa desgraciada, tuve que limpiar yo el piso.
—No tengo que ir al correo porque el señor rompió la carta que estaba escribiendo.
—Traeme pan rayado de la panadería.. ¿Sabes una cosa? De cena voy a hacer mi-la-ne-sas, y vos en tu casa te tenés que comer las sobras del puchero que habrá hecho tu mamá a las doce.
—Vos sí que tenés suerte, Totín, no como la Inés. La Inés no es hermana mía ¿sabes? Si vos supieras, la pobre Inés es hija de mi hermana soltera la más grande, entonces yo soy tía de la Inés, así que cuando sea más grande yo le puedo pegar... Y la Pelusa sí es hermana mía, pero más chica y si yo le tiro del pelo me rasguña que tiene uñas de gato. A vos no te puedo pegar porque tu papá tiene plata y me paga para que te cuide, pero si no te quedas quieto te voy a dar un buen pellizcón si no nos ve nadie, mocosito, ¡quieto, te digo! Si supieras la pobre Pelusa nunca comió milanesas, y la noche que llovía tanto y no me podía volver a casa y la Felisa hizo milanesas, después cuando el señor me llevó en el coche después de cenar, me acosté con la Pelusa y le conté de las milanesas. La Pelusa me destapó la barriga y me pasó la mano fría por la barriga para ver si se tocaban las milanesas. Ojalá tu papá gane mucha plata y compre los muebles. La suerte que tuvo la niñera de la Mora... el novio toca el timbre y sale ella a abrirle la puerta, y no anda con delantal... Por suerte tu papá no está preso, pobre tu mamá de golpe le quitó las vacaciones el director y no pudo ir a La Plata, pero el señor le dejó medio muerto en el suelo al director.
—¿Qué compraste?
—Un kilo de pan rallado para milanesas.
—El pan rallado ahora cuesta 5 centavos más por paquete ¿cómo te sobraron 5 centavos?
—Le dije al panadero que no me cobrara más porque la señora Mita le dio pomada para los granos en el hospital.
—¿Por qué le cuidas tanto el bolsillo a tu patrón? —¿Por qué lo quisieron matar al señor?
—Lo corrieron una vez a balazos, y otra vez más, me contaron.
—¿Todas lo querían al señor?
—¿No te das cuenta que es lindo como un artista de cine?
—Bueno, Toto, ahora te peino y tu papá nos lleva en el auto hasta el hospital a esperar a tu mamá. ¡Quédate quieto con ese brazo! No me pegues en las costillas que me duelen que la Pelusa dormida toda la noche me clava los brazos de palo que tiene de flaca que está, que no quiere comer más puchero. Si esta noche a ustedes les sobra una milanesa mañana a la mañana se la pido a tu mamá y me la va a dar. La Pelusa nunca comió milanesas. Vos todavía sos muy chico para pedir milanesas, pero tendrías que pedir una milanesa esta noche en la cena. Pero sos muy chico, si no la podrías esconder y yo se la llevo mañana a la Pelusa. Pero piojo de mierda todavía no sabés hablar.
—Amparo, qué lindo lo peinaste, pero guarda los pañales sucios no me los dejes tirados que lo del nene lo tenés que acomodar vos y no yo.
—Felisa, ayer vi que la señora lloraba.
—Pero no lo digas delante del señor, la señora llora si él no la ve. —¡No te despeines, Toto! Deja quietas las manos. Y el desgraciado del panadero ladrón quería aumentarme el precio, nosotros tenemos que ahorrar, Totín, así tu papá nos compra los muebles y me quedo a dormir en la cama nueva. Cuando llueva va a crecer el pasto para que coman los novillos, pero me cago en mi suerte negra, por más que llueva no se le van a resucitar los novillos muertos a tu papá. Yo te voy a cuidar hasta que seas grande.


III

toto, 1939


Son tres muñequitos, con la dama antigua, peinada de alto con peluca grande, y la pollera inflada más cara de seda, los tres muñequitos tienen medias blancas largas hasta el bombachón de seda hasta las rodillas, las muñecas con traje de seda y los muñecos con traje de seda también, mami, y la pechera blanca los hombres igual que la tuya, con la puntillita, y la peluca blanca, son de porcelana y están parados en una repisa, de la madre del chico de enfrente, que son duros, no se comen, con el mismo traje que los muñecos con caras de tonto, son buenos,, miran todos a una sentada en la hamaca, dibujados en la tapa de tu caja para carreteles, guardada al lado del mantel y las servilletas, la caja que antes traía bombones. Con el mismo traje, iban disfrazados, en el Beneficio de la Escuela 3 el número de los chicos más grandes bailaron vestidos como los muñecos, la gavota, el número más lindo de la Escuela 3 ¡mami! ¿por qué no viniste? con papí, porque mami de turno en la farmacia se perdió todos los números que hicieron los chicos de la Escuela 3. Era un muñequito, y una muñequita, y un arbolito y una casita, todos que terminan en una punta de escarbadiente para pincharlos en la torta de nuez? ¿O era de dulce de leche? Mami te comiste un muñequito. yo me comí otro, con el sombrero verde ¿y la cabeza? ¿les duele a los muñequitos? y la Felisa el arbolito que también era de azúcar, pintados de todos colores. A papá no le gustan las cosas dulces pero el chico de enfrente está en segundo grado y se quedó sin canario, déjame que yo le cambio el agua, «no, no» el chico de enfrente porque fui una semana a Jardín de Infantes y no quise ir más? en el Beneficio los más chicos que estuvieron todo el año en Jardín de Infantes hicieron el número de los enanitos que no me gustó. Yo ensayé un día, todos los más chicos uno va detrás del otro formando una fila y la maestra que tocaba el piano cantaba si fa sol-sol-sol la y todos los chicos tenían que tener una pierna renga al mismo tiempo todos se agachaban para el mismo lado, yo me equivoqué de pierna y no quise ir más a Jardín de Infantes: no me lo presta «cuando el canario canta es porque está contento» ¿porque es el cumpleaños? ¿la madre del chico de enfrente puso un bizcochuelo en el horno? mami, no debe estar cocinado todavía, con un escarbadiente lo pincho y si el escarbadiente sale limpito ya está cocinado el bizcochuelo pero no, está caliente y hasta que se enfríe no lo podes cortar y ponerle el dulce de leche, qué humito rico que sale del horno va dando una vuelta por toda la casa y le llega al canario? le toca el piquito y por eso canta hasta que el chico de enfrente se quedó sin canario. Me lo dijo el chico y me lo dijo la madre: por culpa del gato. ¿ El gato sabe cocinar? ¿con papitas? ¿con ajo y perejil? el chico de enfrente «yo había ido a buscar la bolsa de alpiste y le había cambiado el agua y me olvidé de cerrar la jaula, total el canario no se vuela y sentí un ruido, que el gato saltó de la mesa a la jaula y de un manotón se metió al canario en la boca, cuando me di vuelta ya el canario no estaba más» ¿entero? ¿se lo tragó entero? «el gato se lo tragó entero y se lo mandó al buche, por eso está gordo, tócale la panza» ¡mami! ¡no lo mires! yo tampoco, lo miro de lejos ¿y no llamaron a la policía? en la casa del chico al gato lo dejan dormir en el jol. Peor en Jardín de Infantes aguanté tres días nada más, el chico de enfrente «en primer grado tenés sumas y restas, si sos burro la maestra te va a romper el lomo a punterazos si no aprendes»: la marcha de los enanitos fue el número más feo del Beneficio de la Escuela 3, en el salón de la Intendencia llegamos temprano y papi «mozo, ¿cuál es el menú?» antes de los números sirven mayonesa amarilla lisa a papi le toca el plato adornado con la sardinita? ¡pero a mí con la aceituna verde y la aceituna negra! ¡a mí no me gustan! papi: ¿por qué no comes la sardina? dámela a mí. Papi: ¡ganas de hacer pis! «podes irte solo», ¡no alcanzo a la luz! pero mami, en el cine en el intervalo se prenden todas las luces y con vos «vamos a aprovechar a hacer pis ahora» al baño de las mujeres porque al de los varones las mujeres no entran, pero si mamá no tuviera ganas de hacer pis en el patio del cine hacen pis los nenes y las nenas. Una nena grande. Con el vestido de tul almidonado duro que pincha, pincha con el vestido, la Bruja de Blancanieves pincha con la nariz de pico, está sentada én la mesa de al lado ¡papi, no, no le digas nada! «querida ¿podes acompañar a mi nene al baño?» una nena grande con cara de mala, papá, ella no puede llevarme al baño de varones «llévalo al baño de mujeres, no importa» ¡no, vení vos! «¿a qué baño te lleva mamá en el cine?» por un corredor de la Intendencia hay una puerta cerrada con llave y si estuviera abierta me escapo a la farmacia donde estabas vos mami, cruzando la plaza, ¿es cierto, Felisa? «un gitano malo cara de carbón con brazo peludo que roba a los chicos que están bien vestidos y se han escapado», porque yo un día me escapé solo a la plaza. Una puerta abierta en el corredor y yo me asomé pero no era el baño, los chicos más grandes se están disfrazando para el número de la gavota y colgada en la percha no alcanzo a agarrar una careta rosa ¿cuál de los chicos se la pondrá? ¿un chico o una chica? La luz está prendida en el baño de las mujeres es como el baño de casa pero no hay banadera y la nena alcanza a la luz? la luz ya estaba prendida, y la nena no cerró la puerta, me puedo escapar, Felisa ¿detrás de la puerta? el gitano pone a un chico en la bolsa y en la calle no se dan cuenta pero un policía lo mete en el calabozo porque sabe que es un gitano, sí, pero el gitano se pone la careta color rosa y le dice «en la bolsa llevo un gato rabioso con sarna» y si el chico gritó en ese momento cuando el gitano después lo suelta dónde están las carpas de los gitanos? «ya se fueron de Vallejos, pero queda uno que roba los chicos» ¿dónde está escondido, Felisa? «detrás de la Laguna Municipal, donde está el corral de caballos, la cara parece negra como de carbón» y le pega a los chicos con el rebenque, como a los caballos. Las maestras pegan con el puntero, a los de Jardín de Infantes no, fui a ensayar el número de los enanitos y no aprendí, si el año que viene en primer grado hacen número de enanitos no entro en el Beneficio? pero si la nena estira la mano y apaga la luz antes de que yo termine de hacer pis y papi «gracias por acompañarlo, querida» y le dio un beso en la frente sin que el vestido duro lo pinchara «decile gracias a la nena» ¡y yo estoy escondido! ¡escondo la cabeza entre los pantalones de papi! pero mucho mejor para esconderse son tus polleras porque escondo la cabeza y si papá abre las piernas me ven: a la mala la va a agarrar el gitano cuando pase por casa. ¿Y de postre qué van a servir? Una torta de crema con una guinda y nueces cortaditas todas pegadas tapando la crema «no, mozo, no quiero torta» ¡papá! ¡dámela a mí! me como tu torta y la mía, mamá, me da la torta de ella, no quiere engordar en el coche-cama Vallejos-La Plata «te tenés que portar bien, no estamos en casa», papá pedí la torta tuya que la mía no tenía guindas «no digas mentiras, ya sabés que a los chicos que dicen mentiras les crece la cola y parecen monitos» y ahora se van apagando las luces «si no te portas bien nos volvemos a casa sin ver los números» y si le digo a papi la verdad que me volví del baño sin hacer pis me lleva a casa antes de que empiecen los números y se va levantando el telón pintado grande en el escenario hay una escarapela porque «el niño Joaquín Rossi nos recitará la bonita poesía "Patria" de Francisco Rafael Caivano» pero no la llames a la nena, papi, en el baño de mujeres la luz está prendida y me animo a ir solo, no hay nadie en la otra pieza con toda la ropa colgada subido en la silla alcanzo hasta donde está la careta rosa y si en ese momento entra la maestra de Jardín de Infantes le digo que pasaba un perro y me subí a la silla para que no me pudiera morder ¿y me voy al baño con la careta rosa? así el gitano cree que yo soy otro, me subo a la silla «¿qué haces acá? ¿qué estas toqueteando?» ¡un chico grande está disfrazado de chino! no estaba disfrazado para la gavota que son los únicos chicos más buenos! ¿no viste un perro? que los nenes más chicos no deben decir mentiras porque les crece atrás una cola larga como a los monitos y entonces sí que es fácil que me agarre el gitano me enlaza la cola y listo, «¿qué estás toqueteando?» y no le pude decir la mentira del perro: le dije que había ido al baño donde tienen que ir los varones. El Jardín de Infantes no era un jardín, era una pieza con una mesa de arena mojada, pero papá no quiso la torta que me perdí con una guinda: el botellón del juego tiene un tapón colorado rico como una guinda, pero es de vidrio. Mamá, hoy a la vuelta del cine vamos a ver las vidrieras ¿me juras que sí? un rato largo en la vidriera de la juguetería con la vaquita pintada en madera y un árbol de alambre, las casitas de cartón feas más baratas porque la Felisa se va a atrasar con la cena y no va a estar lista ¿entonces aprovechamos a ver las caras de risa? todas las fotos de comunión en la vidriera del fotógrafo y mami se te hace agua la boca? el confitero cambia todos los días la vidriera de él: para mi cumpleaños ya comimos la de chocolate, el arrollado lo sabés hacer, la de crema blanca dijiste una vez que te repugnaba? y la más cara rellena de helado y fruta abrillantada: en el medio tiene una fruta grande verde como la piedra de tu prendedor. ¿Adonde te vas? ahora ya es hora de dormir la siesta ¿adonde? hoy no tenés que trabajar en el hospital ¿adonde te vas, a hacer una torta? ¡Mami! no me dejes solo que quiero jugar otro rato ¿porqué no me haces una torta? mamá no va a la cocina, va al dormitorio ¿a buscar el libro con todas las recetas? Papá la llamó y mamá tuvo que irse a dormir la siesta. Y lo único que me tapo es la boca, no quiero taparme la nariz con la bufanda, no ie hago caso a papá no tiene frío, se puso el poncho, era de tío Perico que se murió, a la salida del Beneficio es tan tarde que hace mucho frío, llévame a la juguetería, es más lejos si pasamos por la juguetería pero mamá siempre me lleva a casa pero damos la vuelta por la juguetería: en la esquina ese que está debajo del farol me parece que es un vigilante, no es el gitano ¡no quiero ir por ahí! ¡vamos a ver la vidriera! «no se hace bochinche a la una de la mañana» y la luz de la vidriera está apagada, «te dije que la luz estaba apagada, por tu capricho tenemos que caminar tres cuadras de más» ¿cambiaron los juguetes de ayer? no se ve nada, los que están colgados me parece que son los de ayer, está muy oscuro, en el vidrio lo que mejor se ve es la casa de enfrente y los árboles de la vereda como en un espejo, todo negro porque los árboles de la vereda y la cara negra en el vidrio es como de carbón y el tapón de guinda es de vidrio, si no me lo comía ¿quién se está mirando al espejo en el vidrio? no, porque ese poncho tan feo es de tío Perico, y por suerte con todas las luces prendidas esperaron mami y la Felisa porque mami tiene miedo de noche hasta que llegamos con papá del Beneficio. Pero ahora están durmiendo la siesta, la Amparo se fue a Buenos Aires y no vuelve más y el Héctor se fue a jugar con los chicos más grandes. El chico de enfrente «¿el Héctor es tu hermano?», mamá da cachetadas que no duelen mucho, al Héctor también pero es más grande que yo, corre más ligero, mamá no lo alcanza y el chico de enfrente «tu papá es el más bueno de todos, más bueno que el mío» porque nunca me pega, al Héctor tampoco le pega y yo una vez la desperté a mamá a la siesta porque me aburro y papá «nunca te he pegado pero el día que te ponga la mano encima te deshago» y voy a pensar en la cinta que más me gustó porque mamá me dijo que pensara en una cinta para que no me aburriera a la siesta. Rosndo y Julieta es de amor, termina mal que se mueren y es triste: una de las cintas que más me gustó. Norma Shearer es una artista que nunca es mala. Mamá pega cachetadas que no duelen mucho y papá pega cachetadas que deshacen. En la comunión del Héctor había una estampita igual a Norma Shearer: una santa con un traje blanco de monja y unas cuantas flores blancas en las manos. La tengo seria, que se ríe y de perfil recortada de todas las revistas, en muchas cintas que no vi. Y la Felisa «contame la cinta de bailes» y le dije mentiras porque no que bailaban ellos dos solos y el viento le levantaba el vestido de tul a ella y las colitas de etiqueta a él, pero que venían unos pajaritos volando despacio y le levantaban la cola del vestido y las colitas de él y hacían un baile los pajaritos con ellos porque Ginger Rogers y Fred Astaire con la música se levantan en el aire y el aire los lleva alto con los pajaritos que los ayudan a dar vueltas cada vez más ligero ¡qué linda esa flor! me parece que la Ginger la quiere, una flor blanca muy alta en un árbol ¿y se la pide a un pajarito? y el pajarito se hace como que no la oye, cuando les quiero dar las migas de pan se espantan y me tengo que ir lejos ¿a mí me tienen miedo? ¿y a mami también? pero hay un pajarito que es el más bueno de todos y cuando la Ginger no lo ve... vuela y corta la flor del árbol y se la pone en el pelo rubio y después Fred Astaire le canta que está linda con la flor y ella se mira al espejo y tiene la flor que quería en el pelo, como un prendedor, y llama al pajarito bueno que le viene a la mano; ella le hace muchas caricias porque el pajarito le hizo ese regalo de sorpresa. La Felisa se cree todo y es mentira, en la cinta Blancanieves nada más hay pajaritos amigos, porque es de dibujos animados cuando no son dibujos animados no se puede hacer venir los pajaritos a la mano que se espantan, tienen miedo, la paloma de la Choli no tiene miedo, pero los pajaritos son más lindos. La paloma va hasta la planta de peras y vuelve y hace unas vueltas como en Blancanieves porque la Choli no se la podía llevar en el tren, que se fue para siempre a Buenos Aires. «La única amiga que tengo en Vallejos» y se fue. Mamá no tiene otra amiga, yo estoy cerca y la paloma come, duerme de noche en el jardín en una casita alta sin puerta. Los pajaritos se bajan a comer el pan con leche que les prepara la Felisa y muchos juntos se suben al techo y las plantas y vuelven a bajar, y cada vez se llevan un poco de pancho, pero yo tengo que mirar de lejos. Felisa, no es cierto que los gatos no van a llegar hasta la casita de la paloma? «a esta paloma no la alcanza nadie, ni los gatos ios caranchos» que mami me jure que no ¿qué son los caranchos, Felisa? «son pajarracos» ¿cómo son? «grandes, negros, coa pico de gancho» ¿grandes como qué? no, no son grandes como un gato «más o menos como un gato». ¡Mami! ¡la palomita tiene que dormir conmigo! en el jardín a la noche la casita que no tiene puerta un carancho negro, con el pico largo de gancho porque los gatos tienen la boca grande ¿le arranca las plumas con el pico de gancho antes de comerse a la palomita? No, las palomas no se dejan alcanzar, vuelan ligero, mucho más ligero que los pájaros malos que son pesados, con la barriga hinchada de comer... canarios? Cuando mami se levante de la siesta me tiene que jurar que a la palomita no la alcanza nadie, da una vuelta por acá y por allá, las serpentinas mami las tira mejor que nadie van desenroscándose y dan más vueltas que un pajarito hasta tocar el suelo, y la Ginger Rogers da una vuelta entera y por una casa grande con piso de mosaico de dibujos grandes, que todos los muebles hubo que sacarlos para que la Ginger bailara sin chocar con nada, sabe zapatear sin rayar el piso. Antes todas las cintas con ella eran cómicas el sábado vimos la más linda de la Ginger Rogers porque es de bailes y termina mal, que Fred Astaire se muere en la guerra en el avión estrellado y ella lo está esperando pero él no llega. Y hay un lío porque lo están esperando que tienen que bailar juntos en un Beneficio, y entonces ella ve que el amigo gordo le viene a anunciar una noticia mala y la mira muy triste casi llorando y ella se da cuenta, entonces se le caen las lágrimas y mira para el escenario donde no hay nadie por que Fred Astaire ya no viene porque se murió, y ella ve aparecer a ella y él transparentes, que se imagina que después de muerto siguen bailando y se van cada vez más lejos y se van naciendo chiquitos y por ahí dan vuelta detrás de unas plantas y ya no se ven más ¿dónde van, mami? «quiere decir que ella siempre lo sigue queriendo como cuando bailaban juntos, aunque ahora él esté muerto» ¿la Ginger está triste? «no, porque es como si estuvieran juntos, ya nada los puede separar, ni la guerra, ni nada». El Héctor no es mi hermano, mamá dice que el Héctor es primo pero la madre está enferma y el Héctor vive en casa pero no juega conmigo a los cartoncitos. Yo tengo Romeo y Julieta toda dibujada en los cartoncitos, el lápiz negro para dibujar primero y después los otros de todos colores para pintar las cintas que mamá dibujó en un cartón a Romeo, en otro a Julieta, después el balcón y Romeo, que se va subiendo por la escalenta de soga y Julieta que lo está esperando, y ayer quedó dibujada toda otra cinta, la de Ginger Rogers y él que se muere, y mami me dijo que si me portaba bien y no hacía ruido a la siesta me va a hacer otra cinta, la dan este jueves y es la cinta más linda de bailes que dice mamá que vio unas fotos y es de más lujo que todas las otras. Se llama El gran Ziegfeld y por suerte este jueves mamá puede ir al cine, no va a estar de turno en la farmacia. El Héctor no quiere jugar conmigo, se sienta adelante, en las tres primeras filas del cine se sientan los chicos, y juegan que le pegan al que está sentado más adelante y el de adelante no sabe quién le pegó porque no estaba mirando y se desquita con ei otro que está atrás pero no le pegó, era el del costado: el Héctor y todos los chicos se ríen cuando los artistas cantan, uno de los chicos cuando se murió la artista con la boca se tiró un pedo. Papá no quiere que mamá esté sola, me siento con mamá que cuesta más caro en las filas de atrás. Uno de los chicos de Jardín de Infantes estaba sentado en las filas de adelante. Doce años tiene la Pocha Pérez «vení a la hora de la siesta que te dejo jugar con el pesebre» a la salida de Romeo y Julieta la Pocha, la madre y la tía estaban en la fila de atrás y mami «yo vi Romeo y Julieta en teatro en Buenos Aires» y voy a poder volver un día a la siesta solo a jugar con la Poncha porque vive en la esquina de casa y no tengo que cruzar la calle «Pocha, entretenelo al nene así podemos hablar un rato con Mita» y a la salida de Romeo y Julieta la Pocha me mostró el pesebre que lo tiene armado en el comedor «¡no se toca!» ¿no puedo tocar la vaquita? y como no tengo que cruzar la calle fui a la casa de la Pocha un día a la siesta: tiene los rulos negros atados y el vestido a florcitas verdes, tiene dos iguales, uno a florcitas verdes y otro a florcitas azules, la tía está sentada en la máquina de coser» «¿sabes una cosa, Pocha? en el cine había en la fila de adelante una viejita que lloraba» y la Pocha se ríe ¡la Pocha es mala! «pobre la viejita, cómo llora» porque yo lloré cuando se mueren Romeo y Julieta y fui a jugar al pesebre: en el comedor está todo armado y en el jol tiene el piano y me deja tocar «no podemos jugar al pesebre ni tocar el piano porque están durmiendo la siesta, vamos a jugar que vos sos el chico y yo la maestra» ¡no! «así aprendes a contar», no Pocha, ¿cuándo me vas a prestar el pesebre? «no se desarma» después de la siesta es tarde y tengo que ir al cine con mamá «sos muy chico, no podemos jugar, a nada porque no sabés» sí, yo sé todos los juegos «sos muy chico» no, con mamá jugamos a dibujar cintas «juguemos a dormir la siesta» ¿qué hacemos? «juguemos a que yo estoy durmiendo en la azotea y estoy durmiendo tapada con una frazada pero sin bombachas puestas, Entonces vos sos un muchacho grande, y venís.... y me haces una cosa» ¿qué cosa? «ese es el juego, tenés que adivinar» si adivino después vamos a jugar ial pesebre pero qué te hace el muchacho que se aparece en la azotea? Mamá bajó la vista, la cinta de asesinatos es impresionante y uno entra en una pieza oscura y detrás de la puerta está el asesino y con mami bajamos la vista porque es una cinta de miedo y antes tje la cinta larga una vez dieron una cinta corta del fondo del mar y mamá bajó la vista porque hay una planta que se mueve en el agua clarita del fondo del mar y tiene todos los pelos que flotan como serpentinas pero «¡bajá la vista!» y yo miré, fui desobediente cuando se acercaban los pescados chiquitos de todos colores y pasaban al lado de las plantas carnívoras del fondo del mar. «Jura por tu mamá que no sabés lo que hacen los muchachos grandes» te lo juro «si un muchacho se subía a la azotea mientras yo estaba dormida, me sacaba ia frazada y me cogía». ¿Qué quiere decir cogía? «es una cosa mala que no se puede hacer, se puede jugar nomás, porque si una chica lo hace está perdida, está terminada para siempre». Yo en vez de bajar la vista miré porque en el agua clarita del fondo del mar esos pelos como serpentinas que flotan se juntan de golpe y los pescaditos que van pasando por entre esos pelos quedan agarrados. «No me preguntes más porque no te lo voy a decir» la Pocha mala no me quiere decir qué le hacía el muchacho con los pelos «si no lo sabés lo que quiere decir no podemos jugar, sos muy chico» Pocha decime qué quiere decir cogía «no podemos jugar a eso, tiene que ser un muchacho grande, con pelos en el pito» y no le dije a la Pocha que yo había visto una cinta del fondo del mar con la planta llena de pelos que se come a los pescaditos de colores, Pocha, entonces podemos jugar a que yo soy la chica y vos sos el muchacho, porque yo no sé cómo se hace y así aprendo, y la Pocha «sí»: me acuesto en la alfombra como que estoy durmiendo en la azotea y la Pocha ese día tenía puesto el vestido de florcitas verdes, viene de atrás caminando despacito y quién está espiando por la puerta un poquito abierta? ¡la tía de la Pocha se está riendo de mí! con los rulos atados también y le pregunté qué quiere decir cogía. «Pocha, sos una puerca» y la tía se volvió a la cocina. «Sos muy chico para jugar conmigo» y a la Pocha no le puedo pegar porque soy más chico, que si no le cortaba los rulos con la tijera de recortar artistas y después le hacía meter en la boca los rulos duros que se los comiera. Y después le decía «Pocha, come este bombón» y lo que le dada era caca dura de perro que encontré por la calle. Porque por culpa de ella la Felisa me pegó. Si ahora no fuera la hora de la siesta podría ir a jugar al pesebre pero está la Pocha, no me quiso decir qué era «cogía». ¿Qué le hacía con los pelos? «el muchacho me mete el pito en el agujerito de la cola y no me deja ir, yo ya no me podía mover y él se aprovechaba y me "cogía".» Y que la «cogía» no me quiere decir qué es. Los pelos son los que se comen a los pescaditos en la cinta del fondo del mar. Los pelos largos primero se mueven blanditos en el agua y los pescaditos que se habían acercado? «Toto, ¡bajá la vista!» ¡ya no se ven más! porque la planta de pelos se los tragó. La chica que lo hace está perdida, está terminada para siempre, el muchacho grande viene, se acerca, ve que la Pocha duerme, le levanta despacio el vestido a florcitas verdes, ¡y la Pocha se olvidó de ponerse bombachas! y para que no se mueva el muchacho le mete el pito en el agujerito de la cola y le va pasando los pelos, que si la Pocha se queda quieta como un pescadito los pelos del chico le van comiendo todo el traste, y después la barriga, y el corazón, y las orejas, y poco a poco se la come toda. La cadenita de oro, los moños del pelo, los zapatos y las medias, el vestido a florcitas verdes y la camiseta quedan tirados en el suelo sin nada dentro. La Pocha está perdida, está terminada para siempre, no se ve nunca más. El otro vestido a florcitas azules queda colgado en el ropero. ¡Paf! la cachetada que me dio la Felisa, que nunca me pega. La lefia se está quemando en la hornalla de la cocina envuelta en papel le acerco un fósforo y se prendió fuego enseguida y se va cortando sola en pedazos de dulce de zapallo que tengo ganas de comerlos y son de fuego al revolverlos con un cuchillo los carbones de dulce se parten en pedazos más chicos y salen chispas «¡te vas a quemar!» la Felisa no quiere que revuelva la leña en la hornalla «¡te dije que te quedes quieto!» que mami estaba de turno en la farmacia y papi hacía cuentas en el escritorio y la Felisa me quitó el cuchillo «¡Felisa cara de cogía!» y la Felisa me dio una cachetada. ¡Mamá! «¿quién te enseñó esa palabra?» «señora, este chico se porta cada vez peor», «a la madre de la Pocha no le quiero decir nada, pero a la Pocha le voy a dar un buen reto», «este chico está muy desobediente, Berto», «sí, el domingo a la mañana empieza el Baby-Fútbol» ¡no quiero ir! «este chico está muy desobediente, lo voy a anotar en el Baby-Fútbol así se entretiene con los otros chicos», «todo el día acá nos saca de quicio», «no hace caso cuando se le dice algo» porque se murió tío Perico. Yo no quise ir más a Jardín de Infantes y me pust a jugar con los cartoncitos, pero no estaba jugando a la cinta del fondo del mar que se morían los pescaditos el día que se murió tío Perico «Toto, deja de jugar, hace un rato murió tío Perico» con los cartoncitos más lindos de Romeo y Julieta todos puestos en fila sobre el mosaico del jol pero papá «pobre tío Perico se murió, vení a vestirte y tenés que estar callado y no hablar fuerte ni cantar» porque mamá no puede dibujar la cinta del fondo del mar cuando bajó la vista. Tío Perico, siempre en el bar con los del campo, después de la feria de los novillos van a jugar al truco, no van nunca al cine y las plantas del fondo del mar es una lástima que se coman a los pescaditos lindos de todos colores, se tendrían que comer a los pescados malos y a los pescados viejos con cara de pulpos y de tiburones pero en los cartoncitos mamá dice que la cinta que más lujosa va a quedar es El gran Ziegfeld que por fin la van a dar el jueves. «¡Te dije que dejaras de jugar! ¿no estás triste que se murió tío Perico? sos desobediente y caprichoso, y lo peor es que veo que no querés a nadie!» No me dieron una cachetada, papá si me pone la mano encima me deshace y al chico de enfrente la madre le baja el pantalón y le da chirlos en el traste pero no lloré cuando murió tío Perico. Shirley Temple es chiquita pero es artista y es siempre buena, que la quieren todos mucho y tiene un abuelo malo de pelo largo blanco, en una cinta, y fuma en una pipa que al principio ni la mira y después la empieza a querer porque es buena. Y no dijo mentiras. Al que es desobediente no le crecen las orejas de burro, la colita crece de decir mentiras. Si al chico de enfrente se le muere el tío me parece que no le van a crecer orejas. Pero al que lo agarran los gitanos la madre no lo conoce más porque lo pintan de carbón. En el colegio está la maestra con el puntero, al que no sabe contar hasta cien le da un punterazo en cada oreja y el chico se mira al espejo para verse las orejas que crecen hasta que son orejas de burro y si le digo «maestra, cara de cogía» agarra otra vez el puntero pero ahora es para matarme y salto por la ventana que estoy enredado, a la pierna de la maestra ¡la colita larga me creció cuando dije que había ido al baño de los varones en la Intendencia! Ahora la colita está más larga que nunca y no puedo saltar ¡y ya se acerca la maestra con el puntero en la mano! Si la Felisa viene en la cocina a darme otra cachetada salto y me escapo porque no tiene puntero y yo hago tanta fuerza al dar un salto muy grande por la ventana, para no caer a la laguna del Parque Municipal y hay que tener cuidado que en el fondo puede haber plantas de cogía. Y salto... y voy casi volando... ¿detrás de la laguna está el corral del gitano y me caigo adentro? Entonces digo que soy un pescadito y me voy a caer a la pecera, glu, glu, glu grito fuerte y mamá me está buscando porque ya es la hora de ir al cine? mamá me busca y no me encuentra y va a buscarme al baño del cine, pero no estoy en el baño de las mujeres y al baño de los varones no puede entrar! pero dan una cinta linda y se queda a verla y se oyen gritos de pescaditos que llegan lejos y mamá «qué mal se porta ese pescadito, no quiere a nadie, que se murió el tío y el pescadito no lloró, se volvió a jugar». Y no grito porque se abre una puerta: el gitano entra, viene caminando despacio, agarra a una nena robada, y le pega una cachetada? le baja las bombachas y le da unos chirlos en el traste? no, el gitano es malo, se baja los pantalones y los calzoncillos, le mete el pito en la cola a la nena y cuando la pobre nena ya no se puede mover se la pasa por los pelos y poco a poco se la va comiendo toda, primero una pierna, después una mano y la otra pierna y el culito gordo. Y atada a un carro cerca de los caballos está la Shirley Temple. Pero yo no soy un pescadito malo, yo soy un pgscadito bueno y le desato la soga y la Shirley Temple se escapa. Porque yo voy a ser bueno como la Shirley. Las ventanas del colegio son muy altas pero le voy a decir a mamá que cuando salga de compras se ponga en puntas de pie y va a alcanzar a verme en la clase, tiene que pasar todos los días, se lo voy a hacer jurar a mamá, y yo le prometo que me porto bien, y a la salida me viene a buscar. El día de mi cumpleaños nos compramos una torta y después vamos al cine a ver una cinta de bailes y si me vienen ganas de hacer pis me lleva al baño de las mujeres ¡y ya dije una mentira! que fui al baño de los varones, entonces no puedo ir al baño de las mujeres, porque entonces me crece la colita y por suerte los chicos en el patio del cine pueden hacer pis y nadie les dice nada, aunque el chorrito de pis hace un hoyito en la tierra y queda el patio con algunos charcos de barro y mamá mira donde va pisando y no pone el pie en el barro y yo me pongo a hacer pis... si no está la nena grande del vestido duro que pincha... y es mala... y puede agarrar barro de los charquitos y me pinta la cara de negro... pero yo me escondo en el baño de las mujeres y la nena me alcanza y de penitencia me pone una pollerita por haberme metido en el baño de las mujeres... ¡mami! ¿ya empezó la cinta y está oscuro adentro del cine? mami me estará esperando adentro sentada en la butaca ¡entonces yo grito para que me venga a salvar! «¿quién es esa negrita que está gritando? ayer gritaba un pescadito que se escapó y el dueño vino y lo metió en la pecera, y ahora se llevan a la negrita que se escapó y tiene que ir a cuidar al pescadito y los dos van a llorar toda la nocne y mejor cierro la ventana porque lo van a despertar a Berto, que los ruidos lo ponen nervioso». La negrita y el pescadito están en el corral del gitano. Están negros de tierra y barro y pelos de cola de los caballos. Los portones están cerrados con llave y pasador. Y ya está empezando la cinta de bailes y mamá está triste porque yo me la voy a perder, el primer número no es el más lindo, es un zapateo y nada más, el número más lujoso de todos es al final ¿cómo será el número más lujoso de todos? se sube el telón y queda otro telón brilía-so y se sube ese otro telón y ya queda el último telón que quiere decir que ya va a empezar el baile más lujoso de todos y yo no me lo pierdo: ¡qué viento fuerte! y un portón se abre por el viento tan fuerte y se escapan la negrita y el pescadito, qué suerte, corren lo más ligero que pueden porque el gitano los sigue y la negrita y el pescadito tienen que saltar la laguna del Parque Municipal ancha de agua sucia negra y pegan un salto pero son chiquitos y se caen y el gitano no los ve porque cayeron debajo del agua negra y el gitano sigue corriendo corriendo y nunca nadie más lo volvió a ver. Cuando ya están todas las bailarinas en fila es el principio del último número, todo va a quedar dibujado en los cartoncitos: ia cinta más lujosa de toda la colección, pero mami sale triste del cine porque yo no estoy. Mamá lloró una vez que íbamos los dos caminando por la calle pero no me acuerdo por qué. ¿Cuándo? ¿Por que lloras, mami? no me dice, pero la negrita y el pescadito están muertos flotando en la laguna, y por suerte después que se estrelló el avión Ginger Rogers y Fred Astaire bailan transparentes en el recuerdo, que ya no los separa nadie más: ni la guerra ni nada, cuando mami se levante de la siesta le voy a decir que no hice ruido y me porté bien. La Felisa nunca más me dio una cachetada porque me porto bien. El pescadito y la negrita después de muertos van a estar transparentes en el cielo pero no quiero que mamá los dibuje en los cartoncitos, van a quedar feos transparentes todos sucios ¿un pajarito es más lindo? ¿se murió algún pajarito? ¿el canario del chico de enfrente? ¡no! ¡mami no lo va dibujar! otro pajarito, en el recuerdo, que está transparente en el cielo, entonces mami se da cuenta que está muerto y todos los días cuando volvemos del cine miramos para arriba cerca de ilas plantas de peras y le contamos la cinta, quién trabajaba y los números de baile, que así no se queda con las ganas de verlo: alto desde las nubes se ve todo chiquito en Vallejos, y el gitano ya no está más en el corral. Lo mejor es estar en las nubecitas con los otros pajaritos de la Ginger y jugamos todo el día, la maestra con el puntero está chiquita abajo en la escuela, y la Pocha en la cocina con la tía. A las nubes llegan nada más que los pajaritos, que se comen migas grandes de tortas que les manda la Felisa ¿y nada más? no, porque no hay pájaros negros grandes como gatos con picos de gancho, se lo voy a hacer jurar a mamá.

miércoles, 15 de julio de 2009

Sándor Márai. Autor de El Último Encuentro


Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia durante el régimen de Horthy en los años veinte, hasta que abandonó definitivamente su país en 1948 con la llegada del régimen comunista y emigró a los Estados Unidos. La subsiguiente prohibición de su obra en Hungría hizo caer en el olvido a quien en ese momento estaba considerado uno de los escritores más importantes de la literatura centroeuropea. Así, habría que esperar varios decenios, hasta el ocaso del comunismo, para que este extraordinario escritor fuese redescubierto en su país y en el mundo entero. Sándor Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del muro de Berlín.

El Último Encuentro. Por Sándor Márai

1

El general se entretuvo casi toda la mañana en la bodega del lagar. Había salido al viñedo de madrugada, junto con el vinatero, para ver qué se podía hacer con dos barriles de vino que habían empezado a fermentar. Eran las once pasadas cuando terminaron de embotellar el vino; entonces regresó a la casa. Bajo las columnas del porche de piedras húmedas que olían a moho le esperaba el montero, para entregar a su señor una carta que acababa de llegar.
—¿Qué quieres? —le preguntó, y se detuvo con fastidio. Se echó atrás el sombrero de paja de ala ancha que le cubría la frente y le oscurecía totalmente la cara rojiza. Hacía años que no leía ni abría ninguna carta. El correo lo abría, examinaba y seleccionaba uno de sus sirvientes de confianza, en la oficina del administrador.
—Un recadero acaba de traerla —dijo el montero, que se mantenía en posición de firme en el porche.
Reconoció la letra, cogió la carta y la guardó en el bolsillo. Entró en el frescor del vestíbulo y entregó al montero su sombrero y su bastón, sin musitar palabra. Sacó las gafas del bolsillo donde guardaba también los puros, se acercó a la ventana y se puso a leer la carta en la sombra rasgada apenas por algunos rayos que penetraban por las rendijas de las persianas medio echadas.
—Espera —dijo por encima del hombro al montero, que se disponía a retirarse con el sombrero y el bastón.
Arrugó la carta y se la guardó en el bolsillo.
—Que Kálmán prepare el coche para las seis. El landó, que va a llover. Que se ponga la librea de gala. Tú también —añadió con énfasis, como si estuviera enfadado por algo—. Que todo esté limpio y reluciente. Que empiecen ahora mismo a limpiar el coche y el aparejo. Te vistes de gala, ¿entendido? Y te sientas al lado de Kálmán, en el pescante.
—Entendido, excelencia —respondió el montero, mirando a su amo fijamente a los ojos—. A las seis en punto.
—A las seis y media os vais —dijo, moviendo a continuación los labios en silencio, como si estuviera contando—. Os presentáis en el Hotel del Águila Blanca. Sólo tienes que decir que te he enviado yo y que ya está dispuesto el coche del capitán. Repítelo.
El montero repitió las instrucciones. Entonces el general levantó una mano y miró al techo, como si quisiera añadir algo más. No dijo nada y subió al primer piso. El montero, firme, lo observó con ojos vidriosos, lo siguió con la mirada y esperó a que la cuadrada figura de anchas espaldas desapareciera por el recodo de la escalera de piedra del primer piso.
El general entró en su habitación, se lavó las manos y se acercó al pupitre alto y estrecho, cubierto de paño verde, salpicado de manchas de tinta, donde había portaplumas, tinteros y cuadernos con tapas de hule a cuadros, como los que utilizan los colegiales para hacer los deberes, todos guardados con un orden milimétrico. En el centro del pupitre había una lámpara de pantalla verde y la encendió porque la habitación estaba a oscuras. Detrás de las persianas echadas, el verano quemaba el jardín lleno de plantas secas y de hojas arrugadas, como un pirómano colérico que incendiara toda la vegetación antes de desaparecer. El general sacó la carta del bolsillo, alisó el papel con gran cuidado y, con las gafas caladas, volvió a leer las frases cortas y rectas, escritas con letra fina, a la luz resplandeciente de la lámpara. Juntó las manos por detrás mientras leía.
En una pared había un almanaque de números enormes. Catorce de agosto. El general echó la cabeza hacia atrás, para contar. Catorce de agosto. Dos de julio. Contaba el tiempo transcurrido entre una fecha remota y aquel día. Cuarenta y un años, dijo en voz alta. Hacía rato que hablaba en voz alta, aunque estaba solo en la habitación. Cuarenta años, repitió después, un tanto confundido. Como un colegial que se enreda por lo difícil de los deberes, se puso colorado, echó la cabeza atrás y cerró los ojos humedecidos. Por encima de la chaqueta amarilla como el maíz tenía el cuello hinchado y rojo. Dos de julio de mil ochocientos noventa y nueve, la fecha de aquella cacería, musitó. Luego guardó silencio. Apoyó los codos en el pupitre, con preocupación, como si fuera un colegial aplicado, volvió a mirar el texto de la carta, aquellas pocas líneas. Cuarenta y uno, dijo al final, con la voz ronca. Y cuarenta y tres días. Eso era.
A continuación, como si ya se hubiese calmado, dio unos pasos por la habitación. En el centro había una columna que sustentaba el techo abovedado. Antaño había habido allí dos habitaciones: un dormitorio y un vestidor. Hacía muchísimos años —ya sólo contaba las décadas, no le gustaban los números exactos, como si todas las fechas le recordaran algo que prefiriese olvidar— había mandado derribar el muro que separaba las dos estancias. Sólo se dejó intacta la columna que soportaba las bóvedas del centro. La casa la había construido doscientos años atrás un proveedor militar que abastecía de avena a la caballería del ejército austriaco y que más tarde se hizo con el título de duque. Fue entonces cuando mandó construir la mansión. El general había nacido en la casa, en aquella habitación. La más oscura de las dos habitaciones, cuyas ventanas daban al jardín, al huerto y a los edificios de la hacienda, era por entonces la de su madre, y la más luminosa y alegre servía de vestidor. Hacía ya décadas, al cambiarse él a esta ala del edificio, había mandado derribar el tabique medianero y había convertido las dos habitaciones en una sola, más grande, dominada por las sombras. Había diecisiete pasos desde la puerta hasta la cama. Dieciocho desde la pared del jardín hasta el balcón. Los había contado muchas veces, y lo sabía con certeza y precisión.
Vivía en aquella habitación, adaptado a las dimensiones de las enfermedades que le acechaban. Le quedaba como hecha a medida. Pasaban años y años sin que se desplazara a la otra parte del edificio, ocupada por salones multicolores, verdes, azules y rojos, con arañas doradas en el techo. Allí las ventanas daban al parque, a los castaños que asomaban tras los cristales de ventanas y puertas, ascendiendo en semicírculo, orgullosos, ante los balcones de piedra del ala sur de la mansión, elevando en primavera sus flores rosadas y sus hojas verde oscuro. Unos angelitos regordetes de piedra sostenían los pasamanos de los balcones. El general se pasaba las mañanas en el lagar o en el bosque, se acercaba a diario al arroyo lleno de truchas, incluso en las mañanas lluviosas y frías del invierno. Luego, al volver a la casa, subía desde el porche a su dormitorio, donde le servían la comida.
—Así que ha regresado —dijo en voz alta—. Después de cuarenta y un años. Y cuarenta y tres días.
Se tambaleó de repente, como si se hubiese agotado al pronunciar tales palabras, como si hubiera comprendido de pronto lo mucho que eran cuarenta y un años y cuarenta y tres días. Se sentó en una de las sillas tapizadas en cuero, un tanto destartaladas. En la mesilla había una campanilla de plata al alcance de la mano: la agitó.
—Que suba Nini —le dijo al criado. Luego añadió cortésmente—: Que haga el favor.
No se movió, se quedó sentado, con la campanilla de plata en la mano, hasta que llegó Nini.


2


Nini tenía noventa y un años, pero llegó enseguida. Había criado al general en aquella misma habitación. Había estado presente durante su nacimiento. Tenía entonces dieciséis años y era muy hermosa. Era bajita, pero tan fuerte y tranquila como si su cuerpo conociese todos los secretos. Como si escondiese algo en sus huesos, en su sangre, en su carne, los secretos del tiempo o de la vida, algo que no se puede decir a los demás, algo que no se puede traducir a ningún idioma, un secreto que las palabras no pueden expresar. Era la hija del cartero del pueblo; a los dieciséis años dio a luz a un niño y nunca reveló a nadie quién era el padre. Amamantó al general, porque tenía leche en abundancia. Había subido a la mansión tras echarla su padre de casa. No tenía más que el vestido que llevaba puesto y un mechón del cabello de su hijo muerto que guardaba en un sobre. Así llegó a la mansión, y en el momento del parto. El primer sorbo de leche que tomó el general fue del seno de Nini.
Así vivió en la mansión, sin decir palabra, durante setenta y cinco años. Sonreía siempre. Su nombre volaba por las habitaciones, como si los habitantes de la mansión quisieran llamar la atención de los demás, comunicarles algo. Simplemente decían: «¡Nini!» Era como si dijeran: «Qué curioso, existe algo más en el mundo que la egolatría, la pasión o la vanidad. Existe Nini...» Como estaba siempre allí donde se la necesitaba, nunca se la veía en ningún sitio. Como siempre estaba contenta, nunca le preguntaban cómo podía estar de buen humor tras haberse ido el hombre al que amaba, tras haberse muerto el niño para quien se le habían hinchado los senos de leche. Amamantó y crió al general, y pasaron setenta y cinco años. A veces, el sol brillaba encima de la mansión, encima de la familia, y en aquellas ocasiones, en medio de aquel resplandor general, todos se daban cuenta, sorprendidos, de que Nini también sonreía. Más tarde murió la condesa, la madre del general, y Nini limpió su frente blanca, fría, cubierta de sudor, con un paño humedecido en vinagre. Más adelante llevaron al padre del general en una camilla, porque se había caído del caballo: vivió cinco años más. Nini lo cuidó. Le leía libros en francés, y como no hablaba aquel idioma, le deletreaba las palabras que no era capaz de pronunciar, leía todo letra por letra, muy lentamente, una palabra tras otra. El enfermo lo entendía de todas formas. Más tarde se casó el general, y cuando volvió con su esposa de la luna de miel, Nini los esperaba en la puerta de la mansión. Besó la mano a la nueva señora y le entregó un ramo de rosas. En aquel momento también sonreía, el general se acordaba a veces de ello. Más adelante, unos veinte años más adelante, murió la señora, y Nini cuidó de su tumba y sus vestidos.
No tenía título ni rango en la casa. Solamente tenía su fuerza, que todo el mundo sentía por igual. Sólo el general se acordaba, de manera un tanto distraída, de que Nini tenía más de noventa años. Nadie mencionaba este hecho. La fuerza de Nini llenaba la casa, a las personas, traspasaba las paredes, los objetos, como una corriente secreta: era como los hilos invisibles que mueven los muñecos del titiritero ambulante, como los hilos que mueven a Juanito y el Ogro. A veces les parecía que la casa se derrumbaría con todos sus muebles si la fuerza de Nini no lo tuviera todo unido; que se caería en pedazos, como los paños muy antiguos se deshacen al tocarlos. Cuando su esposa murió, el general partió de viaje. Regresó un año después, y enseguida se mudó al ala más antigua de la mansión, a la habitación que había sido de su madre. El ala nueva, donde había vivido con su esposa, se cerró: allí quedaron los salones multicolores, con sus paredes tapizadas en seda francesa que ya empezaba a rasgarse, la sala enorme con la chimenea y los libros, la escalera decorada con cornamentas de ciervo, con cabezas de gamuza y urogallos disecados, el gran comedor cuyas ventanas daban al valle y a la pequeña ciudad, a los montes lejanos de cimas azuladas, las habitaciones de su esposa y su antiguo dormitorio, que se encontraba al lado de aquéllas. Desde hacía treinta y dos años, desde que su esposa había muerto, y él había regresado del extranjero, solamente Nini entraba en aquellas salas y habitaciones, y los criados cuando, cada dos meses, hacían limpieza.
—Siéntate, Nini.
La nodriza se sentó. Había envejecido en el curso de aquel año. Cuando pasa de los noventa, la gente envejece de manera distinta que a los cincuenta o a los sesenta. Envejece sin resentimiento. La cara de Nini estaba llena de arrugas y era rosada: envejecía como los paños más nobles, como una seda fina y antigua, tejida por toda una familia de hábiles artesanos que hubiesen puesto todos sus sueños en aquel retal. Durante el último año, un ojo de Nini enfermó de cataratas. Desde aquel momento, el ojo se volvió gris, parecía apagado y triste. El otro era todavía azul, del color de los lagos profundos de los montes, del azul que ostentan durante los meses de agosto. Este ojo sonreía. Nini iba vestida de azul marino, como siempre, y llevaba una falda de pana azul marino y una blusa del mismo color. Era como si en setenta y cinco años nunca se hubiese puesto otra ropa.
—Me ha escrito Konrád —dijo el general, alzando la carta con la mano, sin dar importancia al gesto, con deseos de enseñársela—. ¿Te acuerdas de él?
—Sí —respondió Nini. Se acordaba de todo.
—Está aquí, en la ciudad —dijo el general muy bajo, como si le estuviera dando una noticia muy importante, muy confidencial—. Está alojado en el Hotel del Águila Blanca. Vendrá por la tarde, he ordenado disponer el coche para ir a buscarlo. Se quedará aquí para cenar.
—¿Aquí? ¿Dónde? —preguntó Nini, muy serena. Su ojo azul, vivo y sonriente, recorrió la habitación.
Hacía dos décadas que no recibían invitados. A las visitas que llegaban de vez en cuando y que se quedaban a almorzar, a los representantes de la autoridad municipal o provincial y a los participantes en las grandes cacerías los recibía el administrador de la hacienda, en la casa del bosque donde todo estaba dispuesto; siempre, día y noche y en cualquier estación; allí todo estaba preparado: los dormitorios, los cuartos de baño, la cocina, el gran comedor decorado con motivos de caza, el porche abierto, las mesas de borriquete. En tales ocasiones, el administrador de la hacienda presidía la mesa, e invitaba a los cazadores o a los representantes de la autoridad en nombre del general. Ningún invitado se enfadaba, puesto que todos sabían que el señor de la casa no se dejaba ver. A la mansión sólo llegaba el párroco, una vez al año, en invierno, cuando aparecía para apuntar con tiza en el dintel de la puerta las iniciales de los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. El mismo párroco que había enterrado a los muertos de la familia. Nadie más, nunca.
—En la otra ala —respondió el generad—. ¿Es posible?
—Hace un mes que hicimos limpieza —observó la nodriza—. Es posible.
—A las ocho en punto. ¿Es posible?... —preguntó, un tanto excitado, con la curiosidad de un niño, inclinándose hacia delante en el sillón—. En el gran comedor. Ahora son las doce.
—Las doce en punto —dijo la nodriza—. Voy a dar la orden. Que dejen las ventanas abiertas hasta las seis, para que se airee, y que pongan la mesa después. —A continuación, sus labios se movieron sin pronunciar palabra, como si estuviera echando cuentas. Calculaba el tiempo necesario para cada tarea—. Sí —afirmó al cabo de un rato, con voz tranquila y decidida.
El general la observó con curiosidad, inclinándose hacia delante. Su vida y la de ella habían transcurrido paralelas, con el movimiento lento y ondulado de los cuerpos muy viejos. Lo sabían todo el uno del otro, más de lo que una madre puede saber de su hijo, más de lo que un marido puede saber de su mujer. La comunión de sus cuerpos los unía con más fuerza que ningún otro lazo. Quizás fuera por la leche materna. Quizás porque Nini había sido el primer ser vivo que había visto al general al nacer, en el momento de llegar al mundo, lleno de sangre y de mucosidad, como se suele nacer. Quizás fuera por los setenta y cinco años que habían pasado juntos, bajo el mismo techo, comiendo la misma comida, respirando el mismo aire: lo compartían todo, hasta el olor a moho de la casa, hasta los árboles que crecían delante de las ventanas, todo. Y todo esto no se podía expresar con palabras. No eran hermanos, ni amantes. Existe algo diferente de todos esos lazos, y ellos lo intuían de una manera poco precisa. Existe una especie de hermandad, más fuerte y más densa que la que une a los gemelos que salen del mismo útero. La vida había mezclado sus días y sus noches, lo sabían todo del cuerpo del otro, de los sueños del otro.
La nodriza preguntó:
—¿Quieres que todo sea como antaño?
—Sí, eso quiero —respondió el general—. Exactamente igual. Como la última vez.
—Bien —respondió ella con parquedad.
Se acercó al general, se inclinó ante él y le besó la mano fuerte, vieja, llena de manchas parduscas y adornada con un anillo.
—Prométeme una cosa —dijo— prométeme que no te excitarás.
—Te lo prometo —respondió el general, en voz baja y obediente.


3

Hasta las cinco no llegó ningún signo de vida de su habitación. Entonces hizo sonar la campanilla para llamar al criado y decirle que le preparase un baño frío. No quiso comer y sólo tomó una taza de té frío. Pasó la tarde recostado en el sofá, en aquella habitación a oscuras. Detrás de las paredes frescas resonaba y se fermentaba el verano. Percibía el burbujeo ardiente de la luz cegadora, el resoplar del viento cálido entre las hojas resecas, y prestaba atención a los ruidos de la mansión.
Una vez pasado el sentimiento de sorpresa, se sentía cansado. Uno se pasa toda la vida preparándose para algo. Primero se enfada. A continuación quiere venganza. Después espera. El llevaba mucho tiempo esperando. Ya no se acordaba ni siquiera del momento en que el enfado y el deseo de venganza habían dado paso a la espera. El tiempo lo conserva todo, pero todo se vuelve descolorido, como en las fotografías antiguas, fijadas en placas metálicas. La luz y el paso del tiempo desgastan los detalles precisos que caracterizan los rostros fotografiados. Hay que mirar la imagen desde distintos ángulos y buscar la luz apropiada para reconocer el rostro de la persona cuyos rasgos han quedado fijados en el espejo ciego de la placa. De la misma manera se desvanecen en el tiempo todos los recuerdos humanos. Luego, en algún momento inesperado, nos llega un rayo de luz y entonces volvemos a ver el mismo rostro olvidado. El general guardaba las fotografías antiguas en un cajón. El retrato de su padre. En la foto, el padre llevaba el uniforme de capitán de la guardia imperial. Tenía el cabello ondulado, como una muchacha. Llevaba la capa blanca de los guardias imperiales y la asía a la altura del pecho con una mano adornada con anillo. Ladeaba la cabeza, con orgullo y enfado. Nunca había dicho dónde lo habían enfadado ni con que. Al regresar de Viena, se había dedicado a la caza. Iba de caza todos los días del año, y cuando no había nada que perseguir, en los tiempos de veda, cazaba zorros y cuervos. Como si quisiera matar a alguien, como si estuviera preparando diariamente una venganza. La madre del general, la condesa, prohibió que los cazadores entraran en la mansión, mandó que hicieran desaparecer todo lo que recordase la caza: las armas, las cartucheras, las flechas antiguas, las cabezas disecadas de las aves, las cornamentas de los ciervos, todo. Fue entonces cuando el capitán de la guardia imperial mandó construir la casa del bosque. Allí reunió todo lo necesario para la caza, puso las pieles de oso delante de la chimenea, expuso en las paredes las armas sobre tablas forradas de lana blanca y enmarcadas en madera oscura. Había escopetas belgas y austríacas. Cuchillos ingleses y armas de luego rusas. Todo tipo de armas para cualquier modalidad de caza. Al lado de la casa se encontraban las perreras: en ellas había una jauría de animales de caza y presa, todos de pura raza; el cetrero vivía en la misma casa, con sus tres halcones adiestrados. El padre del general también vivía en aquella casa, empleada exclusivamente para la caza. Sólo aparecía en la mansión a las horas de las comidas. Las paredes estaban cubiertas con sedas francesas de colores claros: azul celeste, verde manzana, rosa con tenues tintes de rojo, todas llegadas de París, todas reforzadas con ribetes dorados. La condesa elegía personalmente, año tras año, las sedas para las paredes y para los muebles, dando una vuelta por las fábricas y las tiendas cada otoño, al volver de visita a su país. No dejaba de visitar a su familia ni un solo año. Tenía derecho a hacerlo: había fijado tal privilegio en el contrato matrimonial, al casarse con aquel guardia imperial extranjero.
—Quizás fuera a causa de los viajes —pensó el general.
Se preguntaba por qué sus padres no se comprendían. El guardia imperial salía de caza, y como no era capaz de destruir el mundo, lleno de seres extraños —de ciudades extranjeras como París, con sus palacetes, con su idioma, con sus costumbres foráneas—, mataba cervatillos, osos y ciervos. Sí, quizás fuera a causa de los viajes. El general se levantó, se detuvo delante de la estufa redonda, de porcelana blanca, que antaño había calentado el dormitorio de su madre. Era una estufa enorme, centenaria, que irradiaba calor como una persona gruesa y apoltronada irradia bondad, tratando de atenuar su propia egolatría, convirtiéndola en un acto bondadoso, en una especie de piedad fácil y barata. Comprendió de repente que su madre había pasado allí muchísimo frío. La mansión era demasiado oscura para ella, con sus habitaciones abovedadas, allí, en medio del bosque; por eso había cubierto las paredes de las habitaciones con sedas de colores claros. Pasaba frío, puesto que en el bosque siempre hacía viento, incluso en verano, un viento con sabor a arroyo, un sabor primaveral, como cuando crecen las aguas y se desbordan a causa de la nieve que se funde en las montañas. Ella pasaba frío, por eso había ordenado que la estufa redonda de porcelana blanca estuviera ardiendo siempre. Su madre había esperado que ocurriera algún milagro. Había ido a vivir a Europa oriental porque la pasión que había nacido en ella era más fuerte que su inteligencia y que su juicio. El guardia imperial la había conocido estando destinado como correo en la embajada de París, en los años cincuenta. La conoció en un baile, y ninguno de los dos pudo hacer nada en contra de aquel encuentro. Sonaba la música, y el guardia imperial le dijo a la condesa francesa: «En mi país este sentimiento se presenta de manera más fuerte y fatal.» Todo ocurrió en un baile organizado por la embajada. Las ventanas estaban cubiertas con cortinas de seda blanca; los dos estaban de pie, en el entrante de una de aquellas ventanas, mirando a los que bailaban. La calle estaba blanca, aquella noche nevaba en París. En aquel momento entró en la sala uno de aquellos sucesores de los Luises, el que reinaba entonces en Francia. Todos los presentes se inclinaron. El soberano llevaba un frac azul y un chaleco blanco, y con un movimiento lento levantó los anteojos con montura de oro. Cuando todos se enderezaron, los dos se miraron a los ojos, y desde entonces supieron que estaban destinados a vivir juntos, que no podían hacer nada en contra. Sonrieron, pálidos y confusos. La música seguía sonando en la sala de al lado. La joven francesa preguntó: «En su país... ¿dónde?», y siguió sonriendo, con sus ojos de miope. El guardia imperial pronunció el nombre de su país. La primera palabra íntima que le dijo a aquella joven fue el nombre de su patria.
Llegaron a su país en otoño, casi un año después de aquel encuentro. La joven extranjera se cubría con chales y con mantas en el fondo del carruaje. Atravesaron las montañas, pasaron por Suiza, por el Tirol. En Viena los recibieron el emperador y la emperatriz. El emperador se mostró generoso, tal como se describe en los libros escolares. Le dijo: «¡Vaya usted con cuidado! En los bosques adonde él la lleva, también hay osos. El es uno de ellos.» El emperador sonreía. Todos sonreían. Se trataba de una atención especial: el emperador se permitía una broma con la esposa francesa del guardia imperial húngaro. La mujer respondió: «Intentaré domesticarlo con la música, Majestad, como hizo Orfeo con las fieras.» Viajaron a través de prados y bosques que olían a fruta. Cuando cruzaron la frontera, desaparecieron las montañas y las ciudades, y la mujer rompió a llorar. «Chéri —dijo—, estoy mareada. Aquí todo parece infinito.» Se mareaba con lo que veía, con la simple vista de la llanura agonizante, cargada con el aire pesado del otoño que lo cubría todo, con aquella llanura vacía donde ya habían recolectado todo, con aquella llanura por donde avanzaban durante horas infinitas sin ver ni siquiera el camino, donde sólo se divisaban las bandadas de grullas en el cielo, donde los maizales ya se encontraban devastados, como después de una batalla, cuando incluso el paisaje cae herido tras el paso de las tropas. El guardia imperial no respondió, callaba en el fondo del carruaje, con los brazos cruzados. A veces subía a uno de los caballos y cabalgaba al lado del vehículo, durante horas. Miraba su patria como si la viera por primera vez. Miraba las casas blancas, con ventanas de persianas pintadas en verde, bajitas, con porche, las casas donde se alojaban por las noches, las casas de sus compatriotas, aquellas casas escondidas en el fondo de los jardines, con sus frescas habitaciones, donde todos los muebles le resultaban conocidos, incluso el olor de sus armarios. Miraba el paisaje, cuya soledad y tristeza le tocaban el corazón como nunca: miraba los pozos con cigüeñal a través de los ojos de su esposa, los páramos, los bosques de abedules, las nubes rosadas en el cielo crepuscular, encima de la llanura. La patria se abría delante de ellos, y el guardia imperial sintió, entre fuertes latidos de su corazón, que el paisaje que los recibía representaba también su destino. Su esposa permanecía sentada en el fondo del carruaje, en silencio. A veces cogía el pañuelo para secarse las lágrimas. Él se inclinaba entonces desde la silla de montar, para mirarla a los ojos, con aire interrogador. La mujer sólo respondía con un gesto, indicando que siguieran. Estaban destinados el uno para el otro.
En los primeros tiempos, la mansión consiguió apaciguar los ánimos de la mujer. Era enorme, los bosques y las montañas la protegían de la llanura; aquella casa llegó a ser para ella su propia patria dentro de un país extraño. En aquella época llegaron carros de carga, hasta uno por mes. Procedían de París y de Viena, cargados con muebles, sedas, retales, grabados y una espineta: la mujer pretendía domesticar a las fieras con la música. Ya habían caído las primeras nieves en las montañas cuando estuvieron instalados y pudieron empezar su vida en común en aquella mansión. La nieve dejó la casa aislada; la sitió por completo, como un ejército silencioso y sombrío, llegado del Norte, cerca un castillo. Por las noches llegaban del bosque los cervatillos y los ciervos, se detenían en medio de la nieve, a la luz de la luna, miraban las ventanas iluminadas de la mansión, ladeando la cabeza, con sus ojos azules, oscuros y serios, maravillosos y maravillados, y escuchaban la música que salía de allí. «¿Lo ves...?», preguntaba la mujer, sentada al lado del piano, y se reía. En febrero, las heladas hicieron bajar a los lobos de las montañas nevadas; los criados y los cazadores encendían hogueras en el parque, y las fieras aullaban y daban vueltas alrededor del fuego, hechizadas. El guardia imperial las ahuyentaba con cuchillos, su esposa lo observaba desde la ventana. Había algo entre ellos que no se podía reparar. No obstante, se amaban.
El general se acercó al retrato de su madre. El cuadro era obra de un pintor vienes, el mismo que había hecho un retrato de la emperatriz con el cabello ondulado: el guardia imperial conocía la pintura, pues la había visto en el despacho del emperador, en el palacio imperial. En su retrato, la condesa llevaba un sombrero de paja adornado con flores rosadas, parecido a los que se ponen las florentinas en verano. El cuadro tenía un marco dorado y estaba colgado en la pared blanca, encima de un mueble de cerezo, lleno de cajones. Este mueble había pertenecido a su madre. El general se apoyó en él con las dos manos, para contemplar el cuadro colgado en lo alto. La joven del retrato del pintor vienes ladeaba ligeramente la cabeza, y su mirada tierna y seria se perdía en la nada, como si se estuviera preguntando «¿Por qué?». Tal era el mensaje del retrato. El rostro era dey rasgos nobles, el cuello sensual, las manos también, cubiertas con guantes cortos de punto, y también eran sensuales los hombros y el escote blancos, rodeados por un vestido verde claro. Aquella mujer siempre había sido una extraña. El guardia imperial y ella habían librado una batalla sin decir palabra: habían combatido a través de la música y de la caza, a través de los viajes y de las fiestas; unas fiestas en las que la mansión se iluminaba, casi ardía, como si se hubiera declarado un incendio en sus enormes salones; cuando los establos se llenaban con los caballos, carrozas y cocheros de los invitados; cuando cada cuatro peldaños de la escalera de entrada se apostaba un húsar, manteniéndose durante toda la noche en posición de firme —sin el menor movimiento, como una figura de cera—, empuñando un candelabro de plata de doce brazos; todo aquello —las luces, la música, las palabras de los invitados, el perfume de sus cuerpos flotando en los salones— causaba la sensación de que la vida era una fiesta desesperada, una fiesta trágica y majestuosa, cuyo final se proclamaría con el sonido de las trompetas y con el anuncio de alguna orden nefasta. El general recordaba aquellas fiestas. A veces, los caballos y las carrozas tenían que quedarse en medio del parque nevado, al lado de enormes fogatas, puesto que no cabían en las cuadras. A una de aquellas fiestas acudió incluso el emperador de Austria, que era el rey de Hungría. Llegó en su carroza, acompañado de caballeros ataviados con plumas de cisne en los cascos. Pasó dos días cazando en los bosques, se alojó en la otra ala del edificio, durmió en una cama de hierro e incluso bailó con la señora de la casa. Charlaron durante el baile y los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. El rey dejó de bailar. Se inclinó, besó la mano de la dama, la acompañó al salón contiguo, donde los hombres de su séquito se mantenían en pie, en semicírculo. Condujo a la dama junto a su esposo y volvió a besarle la mano.
—¿De qué hablásteis ? —preguntó más tarde, mucho más tarde, el guardia imperial a su esposa. La mujer no se lo quiso decir. Nadie supo nunca lo que el rey le había dicho a aquella mujer llegada del extranjero que se había echado a llorar en medio del baile. La gente de los alrededores habló largamente de aquello.