viernes, 5 de marzo de 2010

Tres Cuentos de Julio Garmendia 1898 - 1977


LA TIENDA DE MUÑECOS

No tengo suficiente filosofía para remontarme a las especulaciones elevadas del pensamiento. Esto explica mis asuntos banales, y por qué trato ahora de encerrar en breves líneas la historia —si así puede llamarse— de la vieja Tienda de Muñecos de mi abuelo que después pasó a manos de mi padrino, y de las de éste a las mías. A mis ojos posee esta tienda el encanto de los recuerdos de familia; y así como otros conservan los retratos de sus antepasados, a mí me basta, para acordarme de los míos, pasear la mirada por los estantes donde están alineados los viejos muñecos, con los cuales nunca jugué. Desde pequeño se me acostumbró a mirarlos con seriedad. Mi abuelo, y después mi padrino, solían decir, refiriéndose a ellos:

— ¡Les debemos la vida!

No era posible que yo, que les amé entrañablemente a ambos, considerara con ligereza a aquellos a quienes adeudaban el precioso don de la existencia.

Muerto mi abuelo, mi padrino tampoco me permitió jugar con los muñecos, que permanecieron en los estantes de la tienda, clasificados en orden riguroso, sometidos a una estricta jerarquía, y sin que jamás pudieran codearse un instante los ejemplares de diferentes condiciones; ni los plebeyos andarines que tenían cuerda suficiente para caminar durante el espacio de un metro y medio en superficie plana, con los lujosos y aristocráticos muñecos de chistera y levita, que apenas si sabían levantar con mucha gracia la punta del pie elegantemente calzado. A unos y otros, mi padrino no les dispensaba más trato que el imprescindible para mantener la limpieza en los estantes donde estaban ahilerados. No se tomaba ninguna familiaridad ni se permitía la menor chanza con ellos. Había instaurado en la pequeña tienda un regimen que habría de entrar en decadencia cuando yo entrara en posesión del establecimiento, porque mi alma no tendría ya el mismo temple de la suya y se resintiría visiblemente de las ideas y tendencias libertarias que prosperaban en el ambiente de los nuevos días.

Por sobre todas las cosas el imponía a los muñecos el principio de autoridad y el respeto supersticioso al orden y las costumbres establecidas desde antaño en la tienda. Juzgaba que era conveniente inspirarles temor y tratarlos con dureza a fin de evitar la confusión, el desorden, la anarquía, portadores de ruina así en los humildes tenduchos como en los grandes imperios. Hallábase imbuido de aquellos erróneos principios en que se había educado y que procuró inculcarme por todos los medios; y viendo en mi persona el heredero que le sucedería en el gobierno de la tienda, me enseñaba los austeros procederes de un hombre de mando. En cuanto a Heriberto, el mozo que desde hace un tiempo atrás servía en el negocio, mi padrino le equiparaba a los peores muñecos de cuerda y le trataba al igual que a los maremeros de madera y los payasos de serrín, muy en boga entonces. A su modo de ver, Heríberto no tenía más sesos que los muñecos en cuyo constante comercio había concluido por adquirir costumbres frívolas y afeminadas,y a tal punto subían en este particular sus escrúpulos, que desconfiaba de aquellos muñecos que habían salido de la tienda alguna vez, llevados por Heriberto, sin ser vendidos en definitiva. A estos desdichados acababa por separarlos de los demás, sospechando tal vez que habían adquirido hábitos perniciosos en las manos de Heriberto.

Así transcurrieron largos años, hasta que yo vine a ser un hombre maduro y mi padrino un anciano idéntico al abuelo que conocí en mi niñez. Habitábamos aún la trastienda, donde apenas si con mucha dificultad podíamos movernos entre los muñecos. Allí había nacido yo, que así, aunque hijo legítimo de honestos padres,podía considerarme fruto de amores de trastienda, como suelen ser los héroes de cuentos picarescos.

Un día mi padrino se sintió mal.

—Se me nublan los ojos —me dijo— y confundo los abogados con las pelotas de goma, que en realidad están muy por encima.

—Me flaquean las piernas —continuó, tomándome afectuosamente la mano— y no puedo ya recorrer sin fatiga la corta distancia que te separa de los bandidos. Por estos síntomas conozco que voy a morir, no me prometo muchas horas de vida y desde ahora heredas la Tienda de Muñecos.

Mi padrino pasó a hacerme extensas recomendaciones acerca del negocio. Hizo luego una pausa durante la cual le vi pasear por la tienda y la trastienda su mirada ya próxima a extinguirse. Abarcaba asi, sin duda, el vasto panorama del presente y del pasado, dentro de los estrechos muros tapizados de figurillas que hacían sus gestos acostumbrados y se mostraban en sus habituales posturas. De pronto, fijándose en los soldados que ocupaban un compartimento entero en los estantes, reflexionó:

—A estos guerreros les debemos largas horas de paz. Nos han dado buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe.

Yo insistía cerca de él a fin de que consintiera en llamar médicos que lo vieran. Pero se limitó a mostrarme una gran caja que había en un rincón.

—Encierra precisamente cantidad de sabios, profesores, doctores y otras eminencias de cartón y profundidades de serrín que ahí se han quedado sin venta y permanecen en la oscuridad que les conviene. No cifres, pues, mayores esperanzas en la utilidad de tal renglón. En cambio, son deseables las muñecas de porcelana, que se colocan siempre con provecho; también las de pasta y celuloide suelen ser solicitadas, y hasta las de trapo encuentran salida. Y entre los animales —no lo olvides—, en especial te recomiendo a los asnos y los osos, que en todo tiempo fueron sostenes de nuestra casa. Después de estas palabras mi padrino se sintió peor todavía y me hizo traer a toda prisa un sacerdote y dos religiosas. Alargando el brazo, los tomé en el estante vecino al lecho.

—Hace ya tiempo— dijo, palpándolos con suavidad, hace ya tiempo que conservo aquí estos muñecos, que dificilmente se venden. Puedes ofrecerlos con el diez por ciento de descuento, lo equivaldrá a los diezmos en lo tocante a los curas. En cuanto a las religiosas, hazte el cargo que es una que les das.

En este momento mi padrino fue interrumpido por el llanto de Heriberto, que se hallaba en un rincón de la trastienda, la cabeza cogida entre las manos, y no podía escuchar sin pena los últimos acentos del dueño de la Tienda de Muñecos.

—Heriberto —dijo, dirigiéndose a éste—: no tengo más que repetirte lo que tantas veces antes ya te he dicho: que no atiples la voz ni manosees los muñecos.

Nada contestó Heriberto, pero sus sollozos resonaron de nuevo, cada vez más altos y más destemplados.

Sin duda, esta contrariedad apresuró el fin de mi padrino, que expiró poco después de pronunciar aquellas palabras. Cerré piadosamente sus ojos y enjugué en silencio una lágrima. Me mortificaba, sin embargo, que Heriberto diera mayores muestras de dolor que yo. Sollozaba ahogado en llanto, mesábase los cabellos, corría desolado de uno a otro extremo de la trastienda. Al fín me estrechó en sus brazos:

­¡Estamos solos! ¡Estamos solos! —gritó.

Me desasí de él sin violencia, y señalándole con el dedo el sacerdote, el feo doctor, las blancas enfermeras, muñecos en desorden junto a lecho, le hice señas de que los pusiera otra vez en sus puestos..."


LA CACHUCA

Sentí verdaderamente gran satisfacción, el día en que fui presentado al hombre que conocía a la Cachucha.

— Es íntimo de la Cachucha —me había dicho mi amigo, el presentante—; con frecuencia andan juntos, en automóvil, sobre todo de noche. "¡Ah! —pensé yo— ¡amigos de farra y mujeres! Son éstos los más íntimos e influyentes, y a éstos no se les niega nada".

—Va a comer a su casa —prosiguió mi amigo— ¡Nada menos!

Este era un hombre cuya mano anhelaba yo estrechar, simulando no darle demasiada importancia al momento. Pero a través de aquella mano presentía yo el fluido, el misterioso fluido emanado de la Cachucha. ¡Qué gran Cachucha debía ser aquella! Y yo estaba en contacto, si bien indirecto aún, con ella y con todo lo que ella podía representar y significar para el presente y para el futuro.

—He tenido muchísimo gusto en conocerlo —dijo de repente el hombre que conocía a la Cachucha—. Espero que nos veamos nuevamente uno de estos días. Ahora tengo que dejarlos. Debo encontrarme con... (aquí pronunció el nombre propio de la Cachucha), y temo estar ya retrasado.

—¡Por supuesto —dije yo con el mayor entusiasmo—. Ojalá podamos vernos pronto un día de éstos ¿verdad?

—¡Claro —dijo el hombre que conocía a la Cachucha—. Nos veremos uno de estos días con el amigo nuestro.

—¿El uniformado? —inquirí yo, creyendo que se trataba de la Cachucha misma en carne y hueso, si puede hablarse así, tratándose de una cachucha.

—Me refiero a nuestro amigo aquí presente —aclaró en seguida, disipando el fluido interior que ya se me había subido involuntariamente a la superficie.

Aquella misma noche, por un azar maravilloso, vi pasar al hombre en su automóvil silente y misterioso (esto me pareció), sentado ¡al lado de la Cachucha!

¡Oh, maravilla! Cuando el hombre que conocía a la Cachucha me saludó con un gesto de la mano, ¡la Cachucha también me saludó con esa rigidez de movimiento gestual propia de algunos militares, como conviene a una Cachucha de su importancia! ¡Me saludó como si fuéramos íntimos amigos! ¡Como si se tratase de un viejo conocido! Sentí de mnuevo la corriente del fluido que procedía de la Cachucha y que me llegaba a través del ademán del hombre que conocía a la Cachucha. Era prueba evidente de que ya le había hablado, probablemente de mí.

Yo tenía algunos negocios en cartera. Pero todos eran de ese tipo de negociaciones que jamás llegan a realizarse, y cuyos éxitos necesitan de influencias, de palancas, de discreta y eficiente protección, ¡de Cachuchas!, en una palabra. De modo que pocos días después, alentado por los saludos que nos cruzáramos en esa noche afortunada, escribí una esquela al hombre que conoce a la Cachucha, proponiéndole un encuentro para tratar algunos asuntos que podían interesarle, tanto a él personalmente, como a alguno entre sus importantes relaciones. Ansiosamente esperaba la respuesta, cuando días después, leyendo con desgano las páginas del periódico, me enteré de lo que sigue:

"Antenoche fue finalmente detenido —por un agente especial que le venía siguiendo la pista— un sujeto que se valía de raras artimañas con el fin de hacerse pasar por un personaje muy influyente y altamente relacionado en los medios militares. Entre otras cosas, se le sindica de exhibirse por las noches, acompañado por un maniquí de uniforme y cachucha, en el interior de un potente automóvil".


EL DIFUNTO YO

Examiné apresuradamente la extraña situación en que me hallaba. Debía, sin perder un segundo, ponerme en persecución de mi alter ego. Ya que circunstancias desconocidas lo habían separado de mi personalidad, convenía darle alcance antes de que pudiera alejarse mucho. Era necesario, mejor dicho, urgente, muy urgente, tomar medidas que le impidieran, si lo intentaba, dirigirse en secreto hacia algún país extranjero, llevado por el ansia de lo desconocido y la sed de aventuras. Bien sabía yo, su íntimo —iba a decir "inseparable"—, su íntimo amigo y compañero, que tales sentimientos venían aguijoneándole desde tiempo atrás, hasta el extremo de perturbarle el sentido crítico y la sana razón que debe exhibir un alter ego en todos sus actos, así públicos como privados. Tenía, pues, bastante motivo para preocuparme de su repentina desaparición. Sin duda acababa él de dar pruebas de una reserva sin limites, de inconmensurable discreción y de consumada pericia en el arte de la astucia y el disimulo. Nada dejó traslucir de los planes que maestramente preparaba en el fondo de su silencio. Mi alter ego, en efecto, hacia varios días que permanecía silencioso; pero en vista de que entre nosotros no mediaban desaveniencias profundas, atribuí su conducta al fastidio, al cual fué siempre muy propenso, aún en sus mejores tiempos, y me limité a suponer que me consideraba desprovisto de la amenidad que tanto le agradaba. Ahora me sorprendía con un hecho incuestionable: había escapado, sin que yo supiera cómo ni cuando.

Lo busqué en seguida en el aposento donde se me había revelado su brusca ausencia. Lo busqué detrás de las puertas, debajo de las mesas, dentro del armario. Tampoco apareció en las demás habitaciones de la casa. Notando, sorprendida, mis idas y venidas, me preguntó mi mujer qué cosa habia perdido.

—Puedes estar segura de que no es el cerebro —le dije. Y añadi hipócritamente:

—He perdido el sombrero.

—Hace poco saliste, y lo llevabas. ¿No me dijiste que ibas a no sé qué periódico a poner un anuncio que querías publicar? No sé cómo has vuelto tan pronto.

Lo que decía mi mujer era muy singular. ¿Adónde, pues, se había dirigido mi alter ego? Dominado por la inquietud, me eché a la calle en su busca o seguimiento. A poco noté —o creí notar— que algunos transeúntes me miraban con fijeza, cuchicheaban, sonreían o guiñaban el ojo. Esto me hizo apresurar el paso y casi correr; pero a poco andar me salió al encuentro un policía, que, echándome mano con precaución, como si fuera yo algún sujeto peligroso o difícil de prender, me anunció que estaba arrestado. Viéndome fuertemente asido, no me cupo de ello la menor duda. De nada sirvieron mis protestas ni las de muchos circunstantes. Fuí conducido al cuartel de policía, donde se me acusó de pendenciero, escandaloso y borracho, y, además, de valerme de miserables y cobardes subterfugios, habilidades, mañas y mixtificaciones para no pagar ciertas deudas de café, de vehículos de carrera, de menudas compras ¡Lo juro por mi honor! Nada sabía yo de aquellas deudas, ni nunca había oído hablar de ellas, ni siquiera conocía las personas o los sitios —¡Y qué sitios!— en donde se me acusaba de haber escandalizado. No pude menos, sin embargo, de resignarme a balbucir excusas, explicaciones: me faltó valor para confesar la vergonzosa fuga de mi alter ego, que era sin duda el verdadero culpable y autor de tales supercherías, y pedir su detención. Humillado, prometí enmendarme. Fuí puesto en libertad, y alarmado, no ya tanto por la desaparición de mi alter ego como por las deshonrosas complicaciones que su conducta comenzaba a hacer recaer sobre mí, me dirigí rápidamente a la oficina del periódico de mayor circulación que había en la localidad con la intención de insertar en seguida un anuncio advirtiendo que, en adelante, no reconocería más deudas que las que yo mismo hubiera contraído. El empleado del periódico, que pareció reconocerme en el acto, sonrió de una manera que juzgué equívoca y sin esperar que yo pronunciara una palabra, me entregó una pequeña prueba de imprenta, aun olorosa a tinta fresca, y el original de ella, el cual estaba escrito como de mi puño y letra. Lo que peor es, el texto del anuncio, autorizado por una firma que era la mia misma, decía justamente aquello que yo tenía en mientes decir. Pero tampoco quise descubrir la nueva superchería de mi alter ego —¿de quién otro podía ser?— y como aquel era, palabra por palabra, el anuncio que yo quería, pagué su inserción durante un mes consecutivo. Decía así el anuncio en cuestión:


"Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído "otro" que no sea "yo". Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables.
Andrés Erre."

Volví a casa después de sufrir durante el resto del día que las personas conocidas me dijeran a cada paso, dándome palmaditas en el hombro:

—Te vi por allá arriba...

0 bien:

—Te vi por allá abajo...

Mi mujer, que cosía tranquilamente, al verme llegar detuvo la rueda de la máquina de coser y exclamó:

—¡Qué pálido estás!

—Me siento enfermo —le dije.

—Trastorno digestivo —diagnosticó—. Te prepararé un purgante y esta noche no comerás nada.

No pude reprimir un gesto de protesta. ¡Cómo! La escandalosa conducta de mi alter ego me exponía a crueles privaciones alimenticias, pues yo debería purgar sus culpas, de acuerdo con la lógica de mi mujer. Esto desprendíase de las palabras que ella acababa de pronunciar.

Sin embargo, no quería alarmarla con el relato del extraordinario fenómeno de mi desdoblamiento. Era un alma sencilla, un alma simple. Hubiera sido presa de indescriptibles terrores y yo hubiera cobrado a sus ojos las apariencias de un ser peligrosamente diabólico. ¡Desdoblarse! ¡Dios mío! Mi pobre mujer hubiera derramado amargas lágrimas al saber que me acontecía un accidente tan extraño. Nunca más hubiera consentido en quedarse sola en las habitaciones donde apenas penetraba una luz débil. Y de noche, era casi seguro que sus aprensiones me hubieran obligado a recogerme mucho antes de la hora acostumbrada, pues ya no se acostaría despreocupadamente antes de mi vuelta, ni la sorprendería dormida en las altas horas, cuando me retardaba en la calle mas de lo ordinario.

No obstante los incidentes del día, todavía conservaba yo suficiente lucidez para prever las consecuencias de una confidencia que no podía ser más que perjudicial, porque si bien las correrías de mi alter ego pudiera suceder que, al fin y al cabo, fuesen pasajeras, en cambio sería dificil, si no imposible, componer en mucho tiempo una alteración tan grave de la tranquilidad doméstica como la que produciría la noticia de mi desdoblamiento. Pero los acontecimientos tomaron un giro muy distinto e imprevisto. La defección de mi alter ego, que empezó por ser un hecho antes risible que otra cosa, acabó en una traición que no tiene igual en los anales de las peores traiciones... Este inicuo individuo...

Pero observo que la indignación —una indignación muy justificada, por lo demás— me arrastra lejos de la brevedad con que me propuse referir los hechos. Helos aquí, enteramente desnudos de todo artificio y redundancia:

Salí aquella noche después de comer frugalmente porque mi mujer lo quiso así y me dijo, no obstante mis reiteradas protestas, que me dejaría preparado un purgante activísimo para que lo tomara al volver. Calculaba que mi regreso sería, como de ordinario, a eso de las doce de la noche.

Con el fin de olvidar los sobresaltos del día, busqué en el café la compañía de varios amigos que, casi todos, me habían visto en diferentes sitios a horas desacostumbradas y hablaban maliciosamente de ciertos incidentes en los cuales hallábase mezclado mi nombre, según pude colegir, pues no quise inquirir nada directamente ni tratar de esclarecer los puntos. Guardé bien mi secreto. Disimulé los hechos lo mejor que pude, procurando despojarlos de toda importancia. Una discusión de política nos retuvo luego hasta horas avanzadas. Eran las dos de la madrugada cuando abrí la puerta de casa, empujándola rápidamente para que chirriara lo menos posible. Todo estaba en calma, pero mi mujer, a pesar de que dormía con sueño denso y pesado, despertó a causa del ruido. Los ojos apenas entreabiertos, me preguntó entre dientes cómo me había sentado el purgante.

—¡El purgante! —exclamé—. Llego de la calle en este momento y no he visto ningún purgante! ¡Explícate, habla, despierta! ¡Eso que dices no es posible!

Se desperezó largamente.

—Sí —me dijo— es posible, puesto que lo tomaste en mi presencia... y estabas conmigo.. y...

— ... ¡Y!...

Comprendí el terrible engaño de mi alter ego. La traición de aquel íntimo amigo y compañero de toda la vida me sobrecogió de espanto, de horror, de ira. Mi mujer me vió palidecer.

—Efecto del purgante —dijo.

Aunque nadie, ni aun ella misma, había notado el delito de mi alter ego, la deshonra era irreparable y siempre vergonzosa a pesar del secreto. Las manos crispadas, erizados los cabellos, lleno de profundo estupor, salí de la alcoba en tanto que mi mujer, volviéndose de espaldas a la luz encendida, se dormía otra vez con la facilidad que da la extenuación; y fuí a ahorcarme de una de las vigas del techo con una cuerda que hallé a mano. Al lado colgaba la jaula de Jesusito, el loro. Seguramente hice ruido en el momento de abandonarme como un péndulo en el aire, pues Jesusito, despertándose, esponjó las plumas de la cabeza y me gritó, como solía hacerlo:

—¡Adiós, Doctor!

Tengo razones para creer que mi alter ego, que sin duda espiaba mis movimientos desde algún escondrijo improvisado, a favor de las sombras de la noche, se apoderó en seguida de mi cadáver, lo descolgó y se introdujo dentro de él. De este modo volvió a la alcoba conyugal, donde pasó el resto de la noche ocupado en prodigar a mi viuda las más ardientes caricias. Fundo esta creencia en el hecho insólito de que mi suicidio no produjo impresión ni tuvo la menor resonancia. En mi hogar nadie pareció darse cuenta de que yo había desaparecido para siempre. No hubo duelo, ni entierro. El periódico no hizo alusión a la tragedia, ni en grandes ni en pequeños titulos. Los amigos continuaron chanceándose y dándole palmaditas en el hombro a mi alter ego, como si fuera yo mismo. Y Jesusito no ha dejado nunca de gritar:

—¡Adiós, Doctor!

Sin duda, mi alter ego desarrolló desde el principio un plan hábilmente calculado en el sentido de producir los resultados que en efecto se produjeron. Previó con precisión el modo como reaccionaría yo delante de los hechos que él se encargaría de presentarme en rápida y desconcertante sucesión. Determinó de antemano mi inquietud, mi angustia, mi desesperación; calculó exactamente la hora en que un cúmulo de extrañas circunstancias había de conducirme al suicidio. Esta hora señalaba el feliz coronamiento de su obra; y es claro que sólo un alter ego que gozaba de toda mi confianza pudo llevar a cabo esta empresa. En primer lugar, el completo conocimiento que poseía de los más recónditos resortes de mi alma le facilitó los elementos necesarios para preparar sin error el plan de inducción al suicidio inmediato. En segundo término, si logró hacerse pasar por mi mismo delante de mi mujer y de todas las personas que me conocían, fué porque estaba en el secreto de mis costumbres, ideas, modos de expresión y grados de intimidad con los demás. Sabía imitar mi voz, mis gestos, mi letra y en particular mi firma, y además conocía la combinación de mi pequeña caja fuerte. Todos mis bienes pasaron automáticamente a poder suyo, sin que las leyes, tan celosas en otros casos, intervinieran en manera alguna para evitar la iniquidad de que fui víctima. También se apoderó del crédito que había alcanzado yo después de largos años de conducta intachable y correctos procederes; y en el mismo periódico continúa publicando a diario, autorizado con su firma, que es la mía, el mismo aviso que dice:

"Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído "otro" que no sea "yo". Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables.
Andrés Erre."


jueves, 4 de marzo de 2010

Memorias de un Amante Sarnoso. Por Groucho Marx


1.

¡bendita diferencia!

hasta cumplir los cuatro años no establecí diferencia alguna entre los sexos.

iba a escribir ‘entre los dos sexos’, pero ahora se dan tantos matices, que si alguien dice ‘los dos sexos’ se expone a que los amigos le consideren un caduco anacrónico y se pregunten en qué caverna habrá vivido uno en las últimas décadas.

mi primera visión de un ignoto mundo de ensueños tuvo lugar con ocasión de la visita que hizo a mi madre mi única tía, mujer adinerada y de sugestivos encantos.

estaba casada con un famoso actor de vodevil, y, aunque todavía era joven, había viajado mucho, perdiéndose en más de una ocasión.

tenía el cabello rojo y los tacones altos, y unas formas ondulantes que se acentuaban donde deben acentuarse las formas.

(lamento que mi extremada juventud me impidiera concertar con ella una cita).

su presencia llenó la casa de una exótica fragancia evocadora de insólitas tentaciones, que más adelante identificaría con el aroma característico que se percibe en todos los burdeles.

naturalmente, en aquellos momentos, desconocía enteramente lo que excitaba mis pituitarias, por lo que, en mi candor, lo califiqué de mágico efluvio.

sin embargo, fuera lo que fuera, resultaba inquietante, y, desde luego, se apartaba mucho de cuanto había olfateado hasta entonces.

en nuestro cochambroso piso, yo estaba acostumbrado a los olores de cuatro hermanos reñidos con la higiene, combinados con los de las cotidianas coles hervidas y los procedentes de las emanaciones de la estufa de petróleo.

pero, en aquel instante, allí estaba yo aspirando el penetrante perfume de todas las eras: una fragancia que hacía temblar a los más robustos de frenética apetencia y que hacía que los débiles lloraran de desesperación.

mi tía era una mujer muy guapa y al mirarme esbozó una sonrisa de admiración.

luego, se volvió hacia mi madre y le dijo:

—¿sabes, minnie, que julius tiene los ojos pardos más hermosos que he visto en mi vida?

hasta entonces, jamás había concedido yo la menor atención a mis ojos.

bueno, sabía que era miope, pero nunca se me había ocurrido pensar que mis ojos tuvieran algo de extraordinario.

consciente, pues, de mis recién descubiertos encantos, alcé desmesuradamente las cejas y miré fijamente a mi tía.

ella no volvió a mirarme, pero yo continué con los ojos clavados en ella, con la esperanza de conseguir un nuevo elogio.

todo fue en vano; estaba muy ocupada chismorreando con mi madre y, al parecer, se había olvidado por completo de mí.

seguí moviéndome, de aquí para allá, por delante de ella, con la esperanza de que hiciera algún nuevo comentario sobre mis hermosos ojos pardos.

al cabo de un rato empezaron a dolerme los ojos a causa del continuado esfuerzo, y aquel perfume tan penetrante empezó a marearme.

me veía incapaz de atraer sobre mí su atención, y, en cambio, ansiaba otra frase elogiosa sobre mis bonitos ojos, así que me puse a toser.

pero no con una tos ligera y discreta, sino con una tos profunda y cavernosa que hubiera hecho palidecer de envidia a la propia dama de las camelias.

tanto tosí que se me levantó un espantoso dolor de cabeza, sin que, por otra parte, lograra despertar en ella la menor muestra de interés.

al fin hube de darme por vencido y bajo la aflicción de mis muchas dolencias, salí de la estancia, aturdido y febril, aunque enteramente feliz ante el primer piropo que recibí de labios de una mujer...

a pesar de que éste fuera sólo un comentario casual de mi tía.

hubo de pasar mucho tiempo antes de que un día, mirándome al espejo, descubriera que tengo los ojos grises.

2.

bandada de pichones; desbandada de amantes...

hace ya muchos años, cuando era joven y célibe, me volvía loco por las chicas.

esto no constituye una rareza, especialmente en un muchacho señalado por el destino como maníaco sexual en potencia.

la verdad es que, cuando a un hombre joven no le gustan las chicas, lo más probable es que algún psicoanalista acabe por decirle (después de cuatro años, a treinta y cinco dólares la sesión) que está enamorado de su padre o de su madre...

o del vecino de enfrente.

nunca he comprendido la sugestión que puede entrañar algún aspecto de este triángulo para un hombre joven (ni aun para un viejo), y, por otra parte, todos sabemos que la sociedad desaprueba cualquier tipo de anormalidad sexual.

así es que aconsejo a los adolescentes que empiecen a perseguir a las chicas el mismo día en que empiecen a vestirse por sí mismos, y que desdeñen cualquier veleidad que no haría más que llevarles a la ruina física y moral, perjudicándoles incluso en su carrera política, ocasionalmente.

afortunadamente, yo sólo me interesaba por las chicas y por mí mismo, y, por si esto fuera poco, andaba de bolos con una compañía de vodevil en la que figuraban ocho muchachas excepcionalmente atractivas.

dado que sólo éramos cuatro hermanos, teóricamente tocábamos a dos chicas por hermano (no hace falta ser un lince para sacar las cuentas).

a mí no me interesaba más que una, de modo que quedaban siete chicas para tres hermanos.

al decir que sólo me interesaba una chica, no significo que me interesase de un modo permanente.

todo mi interés se limitaba a llevármela a mi habitación.

ella era un auténtico bombón: pelirroja, sinuosa, y encantadora, cuando, como de costumbre, me dedicaba su adorable sonrisa.

cierta noche, después de la representación, estábamos sentados en la cafetería del hotel.

casualmente, como si fuera una ocurrencia, cuando en realidad la acción estaba planeada desde hacía varias semanas, me volví hacia ella y le dije:

gloria, ¿te apetece subir a mi habitación a beber unas copas de champán? es nacional, pero apenas se nota la diferencia.

champán nacional -murmuró-.

¡con lo que a mí me gusta! aunque no lo creas, precisamente ayer leí un artículo en el “tribune” de minneápolis, en el que un experto afirmaba que, en la mayoría de los casos, el champán nacional es superior al de importación.

aún no había dicho que subiría a mi cuarto, pero su súbito entusiasmo por el champán nacional me inclinaba a la convicción de que no tardaría en cubrir de caricias a aquel encanto de criatura.

me relamía ante la perspectiva.

desde luego, cualquiera hubiera dicho que tenía ya ganada la partida.

pero, desgraciadamente, esto estaba muy lejos de ser cierto.

la principal dificultad consistía en lograr que llegara a mi habitación.

hacer que pasara ante el conserje, era sencillo.

lo más difícil era sortear a los detectives del hotel.

aquellas sabandijas rondaban por todas partes, desde el ocaso hasta el alba, fisgando por las cerraduras y escuchando a través de las puertas, al acecho de ruidos sospechosos.

los de la farándula éramos siempre sospechosos y si un polizonte del hotel oía una voz femenina en la habitación de un hombre, no tardaba en aporrear la puerta gritando:

—¡haga salir de ahí a esa mujer, antes de que sea peor!

yo tenía una bonita habitación, con un balcón sobre la bahía.

para evitar sospechas, dije a gloria que tomara el ascensor hasta el piso nueve, donde dormía con otra chica, y que subiera luego a pie hasta el piso siguiente, donde yo estaba.

por mi parte, para despistar, tomé la escalera de servicio, cubriendo materialmente al galope los diez pisos.

el pensamiento puesto en gloria y sus gloriosas formas, fue el motor que me prestó el aliento para tamaña proeza libido-deportiva.

había dado a la chica mi llave duplicada, de modo que, por fin, nos reunimos en mi alcoba palpitante de emoción (por lo menos yo).

¡qué triunfo! ¡qué panorama se ofrecía ante mí! ¡me sentía cual napoleón cruzando los alpes o como mac arthur caminando sobre las aguas!

hacía un calor horroroso y, después de cerrar bien la puerta y pasar el pestillo, corrí a abrir el balcón, haciendo gala de un estilo digno de rodolfo valentino, aunque parece ser que éste vivía siempre en tiendas de campaña sobre las arenas del desierto (que nunca estaba tan desierto).

la cosa marchaba como sobre ruedas.

el champán era increíblemente bueno, sobre todo si se tiene en cuenta que su vejez no alcanzaba las dos semanas.

mientras nos acomodábamos en el sofá entre lúbricas miradas, acertó a penetrar por el balcón una pareja de pichones.

me pareció entonces un toque de efecto muy oportuno.

ellos se arrullaban y nosotros también.

aparte de mis zapatos y el puro que me estaba fumando, apenas había diferencia entre las dos parejas.

mientras gloria y yo iniciábamos un movimiento de aproximación, entró otra pareja de palomas.

y luego, otra.

al principio, se posaron sobre la balaustrada del balcón, arrullándose y dándose el pico.

como experto aficionado a los pájaros, comprendía muy bien que sus murmullos apuntaban a objetivos idénticos a los míos.

al cabo de un rato, la balaustrada estaba cubierta de palomas, y, poco después, las más audaces recorrían con sus vuelos el ámbito de mi habitación, en busca de un rincón tranquilo donde anidar.

todo el mundo sabe que la práctica del amor constituye una experiencia aleccionadora, pero la afluencia de palomas era ya tal, que hacía imposible la realización de práctica alguna.

el dormitorio entero se había convertido en un palomar y nuestra supervivencia clamaba imperiosamente.

dejé de hablar a gloria y empecé a dirigirme a los pichones, con voz suave y persuasiva, en su propio idioma.

no sirvió de nada, en vista de lo cual solté unos cuantos alaridos.

debieron de tomarme por un pajarraco antipático, pero, sin prestarme mayor atención, prosiguieron en sus naturales actividades.

comprendí entonces que si no expulsaba a aquellos avechuchos de mi dormitorio, iban a resultar estériles mis esfuerzos y mi botella de champán.

así, pues, volviéndome hacia gloria, le dije:

palomita mía, ¿por qué no pasas un momento al cuarto de baño?

mi sugerencia sorprendió a la chica, que se mostró ofendida, hasta cierto punto, con razón.

nuestras relaciones no habían llegado aún a esa intimidad que nos permite indicar a nuestra amante que vaya al cuarto de baño.

—¡oye, monín! -me contestó-.

¡soy bastante crecidita para saber cuando tengo que ir al lavabo...

y ahora no es el momento!

en bien de los dos -repliqué- te ruego que pases un momento al lavabo.

pero ¿qué diablos te propones al pretender que me meta en el cuarto de baño?

en aquel momento, una paloma en vuelo rasante me rozó una oreja.

la eché un viaje, pero marré el golpe.

oye, amor mío, te quiero mucho -alegué desesperadamente-, pero ya puedes ver que así no vamos a ninguna parte.

las palomas nos han invadido la habitación y tengo que recurrir a los detectives del hotel.

estoy seguro de que no es la primera vez que sucede esto y de que ellos tendrán prevista la solución del problema.

gloria gruñó suspicaz, pero, empuñando la botella de champán con gesto altivo, hizo mutis por la puerta del lavabo con toda majestad.

a los cinco minutos, acudieron los pies-planos, que, sin decir palabra, cerraron el balcón, se quitaron las chaquetas y empezaron a ahuyentar a los plumíferos y sus consortes.

los seguí con la mirada mientras corrían y saltaban pasillo adelante.

parecían dos pajarracos de mal agüero persiguiendo a sus presas.

no llegué a saber cómo se las compondrían para expulsar a los pichones del hotel.

tal vez no llegaron a hacerlo.

acaso pasaron a la cocina, para incorporarse al menú del día siguiente.

en cualquier caso, lo que yo quería entonces era ver desaparecer a los detectives y ver aparecer a gloria.

di unos golpecitos en la puerta y murmuré:

—¡abre cariñito! ¡ya puedes salir!

apareció demudada y dijo, en un suspiro:

estoy malísima...

me voy a mi cuarto.

será la última vez que huela siquiera el champán nacional.

y aquélla fue la última vez que tuve junto a mí a gloria, salvo en el escenario, entre otras siete chicas y tres hermanos.

sic transit gloria!”

3.

cita con una desconocida...

...o más vale estar solo...

me hallaba en nueva york, solo, apuesto y elegante, y cargado de malas intenciones...

que son las buenas.

pero llevaba mucho tiempo ausente de manhattan y en mi librito de notas no figuraban más teléfonos que los de algunas viejas glorias.

con todo, después de hojear sus amarillentas páginas, decidí llamar a uno de aquellos números.

el primero que elegí correspondía a un primor de muchacha que respondía por madeleine.

la recordaba vagamente: diecinueve años, 36-24-36, y de piel suave y tierna como la del melocotón.

(la verdad es que jamás vi a mujer alguna con piel de melocotón, pero como la imagen es más bien suculenta, no veo por qué he de desecharla.) marqué el número emocionado, impaciente por oír la cantarina voz que en otros tiempos me recordaba las campanillas de los aleros japoneses.

(he de confesar que lo único que me ha movido ha hacer esta comparación es que hace pocos días que he visto una reposición de “treinta segundos sobre tokio”.

pero, no hablemos de la guerra.

es un tema desagradable y además ha sido ya bastante manoseado).

no tardaron mucho en responder...

pero, ¡qué decepción...

adiós mis campanillas del japón! la voz que hirió mi oído despedía un tufo a vino espantoso.

sin saber cuál sería su apariencia, me figuré que su propietario había de ser una especie de gorila, de espaldas cuadradas, dedicado al camionaje de verduras del mercado central.

de cualquier modo, estaba demasiado atónito para preguntarle por la linda madeleine.

porque de esto sí que estaba seguro: no era madeleine.

y si se trataba de ella, no creo que hubiera gozado mucho en su compañía.

probé otros cuatro números.

dos de las chicas a quienes llamé, es triste decirlo, pero habían dejado ya de serlo.

se daba el curioso fenómeno de que se habían hecho mayores, y tenían maridos y niños, y pañales mojados y bragas impermeables (no me refiero a ellas, claro, sino a los niños).

en el tanteo de los chascos llevaba, por el momento, tres seguros contra dos probables.

le llegó entonces el turno a prudencia.

recordaba la memorable noche que pasé con ella en un taxi y de qué forma traicionó a su nombre con su comportamiento.

se puso al teléfono su madre, que no paró de hablar en quince minutos, sin saber aún ni quién era yo.

me contó que su hija había salido en gira artística con una compañía de variedades.

tendría usted que verla -me dijo-.

aunque me esté mal decirlo, mi niña es lo mejor del espectáculo.

claro que en tierra de ciegos...

la coletilla no resultaba, en verdad, muy estimulante.

pero la buena señora no me dio tiempo para meditar y siguió con su cháchara:

en cualquier caso -me dijo- si quiere ponerse en contacto con ella, me sé de memoria su ruta.

de waterloo, iba a dubuque, cedar rapids, grand forks, fargo, upper sandusky, east liverpool y, para terminar, tres días en san diego.

todo un viaje -añadió con orgullo-.

van en dos autocares, uno para el elenco y otro para el vestuario y la decoración.

¿conoce la escena en que aparecen como doncellas del ejército de salvación? bueno, el caso es que figura que son doncellas, ya sabe...

—¿de veras? -comenté-.

ignoraba este detalle...

sí, -me interrumpió-, en la escena salen doce chicas, pero, aunque me esté mal decirlo, prudencia, mi hija, era la única que aparentaba conservar la virginidad.

recordé entonces a prudencia en la noche del taxi y resumí que si ella era virgen, juana de arco debió ser recaudadora de contribuciones.

la bruja seguía emitiendo desarticuladas insensateces, sin aparentes intenciones de acabar, así que, suavemente, colgué el aparato.

llamé entonces a celia, el último número que figuraba en mi menguada lista.

llevaba invertidos cincuenta centavos en llamadas telefónicas.

me acordaba muy bien de celia.

menuda, con lentes de contacto, caderas pronunciadas y busto suficiente para las más ansiosas exigencias.

era muy mona, pero, desgraciadamente, se las daba de intelectual.

vivía en greenwich village y nunca iba a parte alguna, ni siquiera al cuarto de baño, sin llevar consigo un grueso volumen, encuadernado en piel, de las obras completas de shakespeare.

no sentía demasiado entusiasmo por esta última tentativa, pero cualquiera que se hubiera hallado como yo, solo en el cuarto de un hotel, contemplando cómo la lluvia batía en la ventana, mientras de la calle llegaban los bocinazos de los taxis, que me hacían pensar en felices parejas que corrían a encerrarse en sus respectivos nidos...

cualquiera, digo, hubiera sentido también la urgencia de abandonar aquel departamento del chrysler building, para ir a caer en los acogedores brazos de celia.

pero aquella última llamada no dio más resultado que una monótona serie de zumbidos.

celia no debía de estar en casa, y si estaba, probablemente hacía algo en lo que no quería ser interrumpida.

solitario y sin esperanzas, decidí ir a cenar al colony.

me vestí rápidamente y, en mi prisa, se me cayeron los lentes, los pisé y los dejé hechos polvo.

por suerte, llevaba las gafas de sol, con las que apenas veo más que un ciego.

en cambio, el maitre pareció reconocerme, pues, al momento me aposentó en una mesa próxima a la cocina.

al igual que ocurre en todos los buenos restaurantes, el servicio del colony era lento y deficiente, de modo que cuando me trajeron el consomé, me había leído el menú cuarenta y seis veces.

aún hoy soy capaz de repetirlo de memoria, palabra por palabra, con los correspondientes precios.

(filete de lenguado con salsa de crema...

4,25 dólares.

¡auténtico!

¡cuando por dólar y medio puede comprarse toda una ponchera llena de doradas y comida para mantenerlas un año entero...!) aburrido, de estar allí sentado, no me percaté de lo poco amena que me resultaba mi propia compañía.

me sé de memoria cuanto suelo decir de vez en cuando, y no estaba de humor para oírlo una vez más.

en el transcurso del pescado, para distraer mi pensamiento de los precios, traté de flirtear con una atractiva joven que se sentaba de cara a mí a ocho mesas de distancia.

la miré insistentemente, haciendo gala de mi expresividad: sardónico, complaciente, enigmático, interesado...

estaba justamente demostrando esta actitud, cuando una espina acertó a atravesarse en mi garganta.

el mozo del comedor, tan robusto como obsequioso, me estuvo golpeando en la espalda durante cinco minutos, hasta que, por fin, la espina cayó buche abajo, con destino previsto.

basta de comida -dije-.

tráigame la cuenta.

mientras iniciaba la retirada, eché una última mirada a la adorable criatura que estuvo a punto de ocasionar mi prematura defunción.

casualmente, pasaba entonces ante su mesa y apenado comprobé que todos mis esfuerzos habían sido en vano.

el objeto de mis atenciones resultaba ser una anciana dama semioculta tras un espeso bigote.

creo que es poco aconsejable flirtear llevando gafas de sol.

a pesar de haber ingerido varias pastillas de un acreditado somnífero, dormí a pierna suelta toda la noche.

y no soñé en fabulosos palacios, sino en una chica, artista de variedades, que leía fragmentos de shakespeare a un mozo de comedor del restaurante colony, mientras una venerable anciana de recio bigote danzaba por las calles de greenwich village con un conductor de camión al que llamaba tiernamente madeleine.

a la mañana siguiente, el destino vino en mi socorro.

un antiguo actor, fracasado estrepitosamente en el teatro, se había enterado por la prensa de que estaba en la ciudad y me llamó para darme la bienvenida.

comentó luego que se hallaba en la cúspide del éxito como industrial de la moda y me preguntó si podía hacer algo en mi favor.

aquéllas eran las palabras más deliciosas que podía yo oír, del lado de acá del paraíso.

hacía años que no veía a aquel tunante, pero, si no recordaba mal, era fino de paladar en materia de hembras.

y ahora que se dedicaba a vestir mujeres, había de conocer a las más suculentas modelos de nueva york.

¿que si podía hacer algo en mi favor? ¡vaya pregunta!

¡nunca olvidaría aquellas palabras!

me preguntó qué hacía en la gran ciudad y, sinceramente, le respondí:

nada.

bueno, tuve que aclararle que comía y dormía, pero que no había llegado hasta nueva york para comer y dormir.

por lo menos, no solo.

para ello, me hubiera ido a chillicothe, en ohio, y seguro que lo hubiera hecho mejor.

lo que yo andaba buscando era compañía: una muchacha atractiva y discreta, que estuviera pendiente de mis menores palabras y mis mayores deseos.

no creo que captara el sentido exacto de mis palabras, pero su instinto no le engañó.

dicho de otro modo, -dijo-, que quieres una tía.

acepté sin reservas el parentesco propuesto y mi amigo prosiguió:

—¡haberlo dicho antes! ¡sé de una que te dejará maravillado! ¡es contundente! ¡no tiene desperdicio!

claro que no es demasiado inteligente, pero si lo que quieres es conversación, podría presentarte a un profesor de la universidad de columbia, persona muy erudita, de unos cincuenta años.

—¡vamos, bribón! -le interrumpí-.

¡déjate de rodeos y de bromas pesadas y ve al grano.

¿cómo y cuándo puedo ir al encuentro de ese encanto de nena?

ahora estará trabajando.

¿te parecería bien recogerla esta noche a las siete en el vestíbulo del plaza?

—¡estupendo! -y añadí-.

pero, a lo mejor, hay más de una chica en ese vestíbulo.

¿cómo la conoceré? ¿llevará una flor prendida en la oreja?

—¡no te preocupes, groucho! -dijo riendo-.

¡seguro que la reconocerás!

¡será la más apetecible que puedas ver!

bueno, aquello era suficiente para mí.

después de desayunar fui a que me arreglaran los lentes, y tras de almorzar, me sometí a masaje, afeitado, corte de pelo, manicura y una hora de sol artificial.

me habían aconsejado que no estuviera bajo la lámpara más de quince minutos, pero yo quería asegurarme una apariencia atlética y heroicamente resistí sus efectos durante una hora.

cuando me sacaron de allí, me desmayé.

llamé a la reventa y encargué dos butacas para ver ‘la muerte de un viajante’, pasillo central.

no había visto la obra.

sabía que no era muy divertida, pero mi padre fue un viajante sin fortuna y sentía curiosidad por ver si el protagonista de la ficción era tan desgraciado como mi viejo.

cuando llegué al plaza sin medios de identificación, pensé que lo mejor sería obrar con cautela.

vi una serie de chicas guapas que entraban y salían, pero, desgraciadamente, iban casi todas acompañadas.

miré hacia arriba y allí, de pronto, advertí una criatura exquisita que se agitaba frenéticamente, haciéndome señas de que subiera al entresuelo.

al acercarme observé que estaba acompañada por un joven bajito vestido con exagerada elegancia, y que lucía más joyas que las que suele llevar el promedio de las mujeres.

se me hace difícil describir su tocado por falta de práctica en la materia.

llevaba un traje de lamé de oro, sandalias doradas por las que asomaban las uñas esmaltadas en granate y coronando su cabeza de cabello rojo-llama, un tinglado de hilos dorados de notable volumen.

viendo aquello, pensé para mi coleto.

con esa estructura conectada a una emisora podría hablar hasta con moscú y le diría a kruschev lo que pienso de él’.

después de examinarla detenidamente, empezaba a sentirme inquieto acerca de aquella aventura emprendida a ciegas.

además, me sentía molesto por la presencia de su singular compañero.

me preguntaba quién podía ser aquella especie de enanito.

¿sería su padre?

¿su madre? ¿su hermano? ¿tal vez su amante? mientras me hallaba en estas meditaciones, ella misma resolvió el enigma.

te presento a cecil de vere, mi compañero de baile, -dijo inesperadamente.

me incliné cortésmente.

pero, bueno, ¿es que íbamos a pasar toda la noche juntos los tres?

—¿compañero de baile? -repetí.

ella debió advertir la apenada expresión de mi rostro.

perdona, pero ¿no eres tú la modelo que me recomendó sam barnie para salir esta noche?

se echó a reír y dando una amistosa palmadita a su compañero, me explicó:

cecil y yo hemos estado bailando esta tarde en un concurso que celebraban en el morocco.

¡hemos ganado el primer premio! ¡una botella de champán de dos litros!

aquello me pareció muy bien.

bravo, champán para todos.

—¿dónde está? -pregunté.

—¡ah! -rió-, la hemos vendido para repartirnos el dinero.

es lo que siempre hacemos con los premios que ganamos.

la semana pasada ganamos un fox-terrier, primer premio de twist.

—¿de veras? ¿tan bien bailaba el perro?

—¡no, tonto! -y me propinó un cariñoso sopapo que me hizo perder el equilibrio-.

nosotros” bailamos el twist.

los perros no practican danza moderna.

comprendido -dije-.

pero ahora despide a ese lechuguino y nos iremos a cenar -añadí en voz baja.

se volvió hacia aquel proyecto de hombre y sin más circunloquios le dijo:

hasta mañana, cecil.

nos veremos en el morocco.

¡bay bay!

cecil se inclinó, me tendió una mano flácida y se escabulló.

luego iremos al teatro -dije a mi hurí cuando nos quedamos solos-.

¿prefieres que cenemos en algún sitio determinado?

eres un encanto -sonrió-.

estoy en tus manos.

sin poderlo evitar, comenté interiormente: ‘ahora, no, pero, más tarde, ya veremos’.

y me hizo tanta gracia mi propio ingenio que por poco se me caen las gafas otra vez.

ya en la calle, paré un taxi.

llévenos a moore.s chop house.

el moore.s es un famoso restaurante del centro de la zona de los teatros, y lo elegí porque, desde allí, llegaríamos en seguida a nuestro espectáculo.

pero, lo que había olvidado es que el restaurante en cuestión es seguramente el más iluminado de todos los neoyorquinos.

mi pareja era una chica muy alta y con su antena dorada debía pasar del metro noventa.

yo mido un metro setenta, de modo que debíamos formar una extraña pareja mientras nos acercábamos a nuestra mesa.

¡habrá quien presuma de ser blanco de todas las miradas!

en cuanto entramos en el local se produjo un silencio estremecedor.

la gente dejó de comer y de beber, y concentró toda su atención en el insólito aspecto que presentábamos.

me había olvidado ya de su llamativa apariencia.

su tocado hubiera causado sensación en una revista musical, pero resultaba fuera de lugar en aquella sala, llena de luz y de gente elegante.

si me hubiera dejado arrastrar por mis impulsos, me habría deslizado bajo la mesa y hubiese cenado allí.

pedí unos cocktails y traté de iniciar una conversación.

pensé que, así, tal vez me olvidaría de mi triste situación.

—¿no has estado nunca en el campo del polo? -aventuré.

no -respondió, sacudiendo la antena.

no sentía el menor interés por el polo.

parece ser que había salido mucho con un internacional de este deporte, pero que acabaron por disgustarse por la preferencia que éste demostraba por los caballos.

le previne -aclaró-.

cierto día le dije: foxhall, si crees que la compañía de un asqueroso caballo es mejor que la mía, puedes irte ahora mismo al diablo.

supongo que debí herir sus sentimientos, porque desde entonces no he vuelto a saber nada de él.

es probable que siguiera tu consejo y se halle ahora en el infierno.

-y mientras lo decía, ponderaba lo desventajoso de mi propia situación.

traté luego de explicarle que en el campo del polo acostumbran a jugar a beisbol y me respondió que nunca había presenciado un partido, pero que siempre le había parecido que el beisbol era una estupidez.

visto el éxito, probé de tocar otro tema.

—¿dónde vives?

en seattle.

eso está algo lejos, ¿no?

oh, no, yo paso allí siempre los fines de semana.

ha de resultar algo caro para las posibilidades de una modelo -comenté casualmente.

en mi caso, no -sonrió-, porque yo tengo en seattle un amigo que me paga el viaje en avión.

no me cabía ya duda de que sam barnie me había hecho objeto de una broma de mal gusto.

¿quién hubiera sido capaz de suscribirse a tal abono semanal?

por fortuna, en aquellos instantes llegaba la comida y se interrumpió la conversación.

cuando al terminar nos levantamos para salir, un sobrecogedor silencio cayó de nuevo sobre el restaurante.

lo mismo que antes, todo el mundo se volvió para contemplar la salida de la giganta y el enanito.

por un momento, temí que se produjera una ovación.

entramos en el teatro unos cinco minutos antes de que se alzara el telón.

mientras avanzábamos por el pasillo central, cesaban charlas y movimientos, quedando tras de nosotros una estela de silencio y de calma, como los que sólo presagian las peores tempestades.

todas las miradas confluían sobre nuestra desgraciada pareja.

seguro que durante la representación no se prestaba tanta atención al escenario.

ella parecía una fragata con todo el trapo al viento, y, siguiéndola, iba yo, cubierto de vergüenza, mirando al suelo y realizando desesperados esfuerzos por no pisar sus ropas.

cuando nos sentamos, su estatura se hizo más evidente a causa del aderezo hertziano de su cabeza.

estoy seguro de que desde las cinco filas posteriores no se tenía más que una visión fragmentaria de la escena.

en beneficio de quienes no conocen “la muerte de un viajante”, aclararé que es una de las obras más dramáticas de nuestros tiempos.

es la historia de un viajante viejo, solitario y fracasado, vencido por la vida y las circunstancias, cuyas emociones giran en torno de la autodestrucción y el homicidio.

al levantarse el telón, cesaron los murmullos y las toses que preceden siempre a un primer acto, y todo quedó nuevamente silencioso y tenso.

de repente, horrorizado, advertí que el hermoso pontón que se sentaba a mi derecha prorrumpía en una sonora carcajada que atrajo la atención de todos los espectadores.

traté de hundirme en mi asiento, pero no podía encogerme más sin sentarme en el suelo; al menor movimiento hubiera caído en el foso de la orquesta.

le di un codazo en los riñones y la amonesté con acritud:

—¡chica, cállate! esto es un drama y molestas a la gente con tu risa.

—¿un drama? -exclamó a grito pelado-.

¡pero si es una comedia la mar de divertida!

bueno, a ti te divertirá -murmuré- pero estás molestando a los demás espectadores.

soltó otra estrepitosa carcajada, mientras decía:

—¡tú, groucho, siempre con tus bromas! pensarás lo que quieras, pero sé lo que es el sentido del humor.

me hubiera esfumado dejándola allí, pero me daba pena aquella lunática, y, además, me creía en el deber de librar a la concurrencia de sus imbecilidades.

oye -le dije-, estoy muy mareado y empiezo a sentir náuseas.

nunca he vomitado en un teatro y lamentaría hacerlo aquí sobre esta alfombra casi nueva.

será mejor que salga a la calle.

en aquellos momentos llegó el acomodador, que, al reconocerme, me dijo:

perdone, míster marx, ¿se ha puesto enferma la señorita? ¿tal vez un ataque de histerismo? si quiere, les acompañaré a la dirección y avisaré a un médico.

oh, no, no vale la pena -le tranquilicé- se trata de algo muy íntimo, pero, dado que es usted el acomodador, creo que puedo confiar en usted.

lo que pasa es que lleva la faja demasiado ceñida y le oprime el ciático.

el dolor la hace chillar y parece que se ría.

ya -contestó.

pero luego añadió que el administrador le mandaba para advertirnos de que estábamos molestando a la gente.

era suficiente.

la tomé por el brazo y le dije:

vamos, estoy muy malo.

ya te llevaré al teatro otro día.

se levantó de mala gana y hube de arrastrarla materialmente pasillo arriba.

estoy seguro de que, cuando descubrió colón américa, no sintió la alegría que sentí yo, cuando al salir del teatro, vi un taxi vacío parado en la esquina.

—¡eureka! -exclamé.

—¿qué quiere decir eureka? -indagó ella.

nada -respondí-.

es el nombre del chófer, moe eureka.

le había tenido a mi servicio.

entretanto había abierto el coche, haciéndola entrar en él de un empujón, que aplastó la antena contra el techo.

cerré dando un portazo y di diez dólares al chófer mientras le pedía:

eureka, lleve a la señorita donde más le plazca.

después de todo, aquel solitario departamento de mi hotel resultaba una halagüeña perspectiva.

envié un beso al taxi, que se alejaba rápidamente, y eché a andar, calle abajo, en sentido contrario, camino del limbo.