viernes, 3 de julio de 2009

Carlos Fuentes. Autor de Diana o la Cazadora Solitaria


Escritor mexicano, nacido en Panamá y crecido en diversos países americanos, a causa de la profesión diplomática de su padre. Estudia en Suiza y Estados Unidos y se reinstala en México en 1944, ocupando cargos administrativos y diplomáticos. Ha vivido en Europa y Norteamérica, dictando cursos o representando a México. En 1955 fundó la Revista mexicana de literatura, junto con Octavio Paz y Emmanuel de Carballo. Obtuvo diversos premios: Biblioteca Breve (Barcelona, 1967), Rómulo Gallegos (Caracas, 1977), Alfonso Reyes (México, 1979), Nacional de Literatura (México, 1984) y Cervantes (Madrid, 1987). Colabora en numerosos y destacados medios de nuestra lengua. La narrativa de Fuentes se inicia en el realismo con Los días enmascarados (1954) y Las buenas conciencias (1959). Adquiere su perfil característico con La muerte de Artemio Cruz (1962), donde asimila técnicas modernas, como el monólogo interior y la alternancia de narradores, propias de la literatura norteamericana. En otros títulos ha continuado trazando un gran fresco de la sociedad mexicana contemporánea: La región más transparente (1958), Zona sagrada (1967), Cambio de piel (1967) y el ambicioso recuento de la historia continental: Terra nostra (1975). Otras narraciones suyas son Agua quemada (1981); Gringo viejo (1985), sobre el escritor norteamericano Ambrose Bierce, y Cristóbal Nonato (1987). Fuentes ha recogido su obra suelta en numerosos volúmenes, así como dado a la escena algunas piezas de distinto carácter: El tuerto es rey (1971), Orquídeas a la luz de la luna (1982) y Ceremonias del alba (1991) El naranjo (1993), Diana o la cazadora solitaria (1994) y La frontera de cristal.

Diana, o la Cazadora Solitaria. Por Carlos Fuentes



No hay peor servidumbre que la esperanza de ser feliz. Dios nos promete un valle de lágrimas en la tierra. Pero ese sufrimiento es, al cabo, pasajero. La vida eterna es la eterna felicidad. Le respondemos, a Dios, rebeldes, insatisfechos: ¿No merecemos una parcela de eternidad en nuestro paso por el tiempo? Las mañas de Dios son peores que las de un croupier en Las Vegas. Nos promete felicidad eterna y llanto en la tierra. Nosotros nos convencemos de que conocer la vida y vivirla bien es el supremo desafío a Dios en su valle de lágrimas. Si ganamos el desafío, Dios, de todos modos, se venga de nosotros: nos niega la inmortalidad a su vera, nos condena al dolor eterno. Nos atrevemos, contra toda lógica, a darle lógica a la Divinidad. Nos decimos: No pudo ser Dios el creador de la miseria y el sufrimiento, la crueldad y la barbarie humanas. En todo caso, esto no lo creó un buen Dios, sino el Dios malo, el Dios aparente, el Dios enmascarado al cual sólo podemos vencer agotando las armas del mal que Él mismo creó. Sexo, crimen y sobre todo la imaginación del mal. ¿No son estas dádivas, también, de un Dios maligno? Así nos convencemos de que sólo asesinando al Dios usurpador, llegaremos, limpios de cuerpo, liberados de mente, a ver el rostro del Dios primero, el Buen Dios. Pero el Gran Croupier tiene otro as metido en su manga. Agotados nuestro cuerpo y nuestra alma para llegar a Él, Dios nos revela que Él no es sino lo que No Es. Sólo podemos saber de Dios lo que Dios no es. Saber lo que Dios es no lo saben ni los Santos ni los Místicos ni los Padres de la Iglesia; no lo sabe ni el propio Dios, que caería fulminado por su propia inteligencia si lo supiese. Deslumbrado, San Juan de la Cruz es quien más se ha acercado a la inteligencia de Dios, sólo para comunicarnos esta nueva: "Dios es Nada, la Nada suprema, y para llegar a Él hay que viajar hacia la Nada que no puede ser tocada o vista o comprendida en términos humanos" y para humillar a la esperanza, San Juan no nos deja sino este terrible pasaje: "Todo el ser de las criaturas, comparado con el infinito ser de Dios, nada es... Toda la hermosura de las criaturas, comparada con la infinita hermosura de Dios, es suma fealdad." Quizás Pascal, santo y cínico francés, es el único cuya apuesta salva, a la vez, nuestra conciencia y nuestra concupiscencias: Si apuestas a la existencia de Dios y Dios no existe, no pierdes nada; pero si Dios existe, lo ganas todo.

Entre San Juan y Pascal, le doy a Dios un valor nominal, es decir, sustantivo: Dios es la cómoda taquigrafía que reúne, en un solo abrazo, el origen y el destino. Conciliar ambos es empeño inmemorial de la raza. Optar sólo por el origen puede convertirse en una nostalgia lírica primero, en seguida totalitaria. Casarse sólo con el destino puede ser una forma de la fatalidad o de la quiromancia. Origen y destino deben ser inseparables: memoria y deseo, el paso vivo en el presente, el futuro aquí y ahora... Allí quisiera ubicar a Diana Soren, una mujer perversamente tocada por la divinidad. Entre Pascal y San Juan de la Cruz, yo quisiera crear para ella un mundo mítico, verbal, que se acerque a la pregunta mendicante que tiende su mano entre la tierra y el cielo. ¿Podemos amar en la tierra y merecer un día el cielo? ¿No como penitentes, flagelantes, eremitas o famélicos de la vida, sino participando plenamente de ella, obteniendo y mereciendo sus frutos terrenales, sin sacrificar por ello la vida eterna; sin pedir perdón por haber amado "not wisely but too well” La mitología cristiana, que opone la caridad al juicio implacable del antiguo testamento, no alcanza la hermosa ambigüedad de la mitología pagana. Los protagonistas del cristianismo son ellos mismos, nunca otros. Exigen un acto de fe y la fe, dijo Tertuliano, es el absurdo: "Es cierto porque es increíble." Pero el absurdo no es la ambigüedad. María es virgen aunque conciba. Cristo resucita aunque muera. Pero ¿quién es Prometeo, el que se roba el fuego sagrado? ¿Por qué usa su libertad sólo para perderla? ¿Hubiese sido más libre si no la usa y no la pierde aunque tampoco la gana? ¿Puede la libertad ser conquistada por otro valor que no sea la libertad misma? En esta tierra, ¿sólo podemos amar si sacrificamos al amor, si perdemos al ser querido por nuestra propia acción, por nuestra propia omisión?

¿Es preferible algo a todo o a nada? Eso me pregunté cuando terminaron los amores que aquí voy a relatar. Ella me lo dio todo y me lo quitó todo. A ella le pedí que me diera algo mejor que todo o nada. Le pedí que me diera algo. Ese "algo" sólo puede ser el instante en que fuimos o creímos ser felices. ¿Cuántas veces no me dije: Siempre seré lo que soy ahora? Recuerdo y escribo para recobrar el momento en que ella siempre sería como fue, esa noche, conmigo. Pero toda singularidad, amatoria o literaria, recuerdo o deseo, pronto es abolida por la gran marea que nos rodea siempre como un incendio seco, como un diluvio ardiente. Nos basta salir por un minuto de nuestra propia piel para saber que nos rodea un latido todopoderoso que nos precede y nos sobrevive, sin importarle mi vida o la de ella: nuestras existencias.

Amo y escribo para obtener una victoria pasajera sobre la inmensa y poderosísima reserva de lo que está allí, pero no se manifiesta... Sé que el triunfo es fugitivo. En cambio, me deja mi propia reserva invencible, que es la de hacer algo –en este momento– que no se parezca al resto de nuestras vidas. Imaginación y palabra me indican que para que la imaginación diga y la palabra imagine, la novela no debe ser leída como fue escrita. Esta condición se vuelve extremadamente azarosa en una crónica autobiográfica. El escritor debe prodigar las variaciones sobre el tema escogido, multiplicar las opciones del lector y engañar al estilo con el estilo mismo, mediante alteraciones constantes de género y distancia.

Ésta se convierte en exigencia mayor cuando la protagonista es una actriz de cine. Diana Soren.
Cuentan que Luchino Visconti, para provocar la mezcla de asombro y deleite en la mirada de Burt Lancaster durante la filmación de una escena de El Gatopardo, llenó de medias de seda una bolsa que se suponía llena de oro. Diana era así: una sorpresa para todos por la incomparable suavidad de su piel, pero sobre todo una sorpresa para ella misma, la piel sorprendida de su propio placer, asombrada de ser deseada, tersa, perfumada. ¿No se quería, no se merecía a sí misma, quería ser otra, no se encontraba a gusto dentro de su propia piel? ¿Por qué?

Yo, que sólo viví con ella dos meses, quiero correr ahora a abrazarla de nuevo, sentirla por última vez y asegurarle que podía ser amada, con pasión, pero por sí misma; que la pasión que ella buscaba no la excluía a ella... Pero las ocasiones se pierden. Dejamos a una amante. Regresamos a una desconocida. El erotismo de la representación plástica consiste, precisamente, en la ilusión de permanencia de la carne. Como todo en nuestro tiempo, el erotismo plástico se ha acelerado. Un medallón, un cuadro, debieron suplir durante muchos siglos la ausencia de la amada. La fotografía aceleró la ilusión de la presencia. Pero sólo la imagen cinematográfica nos da, a la vez, la evocación y la inmediatez. Ésta es ella como era entonces, pero también como es ahora, para siempre...

Es su imagen, pero también su voz, su movimiento, su belleza y su juventud imperecederas. La muerte, gran madrina de Eros, es vencida y justificada, a un tiempo, por la reunión con la amada que ya no está a nuestro lado, rompiendo el gran pacto de la pasión: siempre unidos, hasta la muerte, tú y yo, inseparables...

El cine sólo nos da la imagen real de la persona: ella era así, y aunque interprete a la Reina Cristina, es Greta Garbo; aunque pretenda ser Catalina de Rusia, es Marlene Dietrich; ¿la Monja Alférez? Pero si es María Félix. La literatura, en cambio, libera nuestra imaginación gráfica; en la novela de Thomas Mann, Aschenbach muere en Venecia con los mil rostros de nuestra imaginación en movimiento; en la película de Visconti, sólo tiene un rostro, fatal, incanjeable, fijo, el del actor Dirk Bogarde.

Diana, Diana Soren. Su nombre evocaba esa ambigüedad antiquísima. Diosa nocturna, luna que es metamorfosis, llena un día, menguante al que sigue, uña de plata en el cielo pasado mañana, eclipse y muerte dentro de unas semanas... Diana cazadora, hija de Zeus y gemela de Apolo, virgen seguida por una corte de ninfas pero también madre con mil tetas en el templo de Éfeso. Diana corredora que sólo se entrega al hombre que corra más rápido que ella. Diana/Eva detenida en su eterna fuga sólo por la tentación de las tres manzanas caídas. Diana del cruce de caminos, llamada por ello Trivia: Diana adorada en los cruceros de Times Square, Picadilly, los Campos Elíseos...

A la postre, el juego de la creación se derrota a sí mismo. Primero, porque ocurre en el tiempo y el tiempo es cabrón. La novela sucede en 1970, cuando las ilusiones de los sesenta se resistían a morir, asesinadas por la sangre pero vivificadas por la misma. Primera rebelión contra lo que sería nuestra propia, fatal sociedad de fin de siglo, tan breve, tan ilusorio, tan repugnante, los sesentas mataron a sus propios héroes; la saturnalia norteamericana se comió a sus hijos –Martin Luther King, los Kennedy, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Malcolm X– y entronizó a sus crueles padrastros, Nixon y Reagan. Jugábamos con Diana el juego de Rip Van Winkle: ¿qué diría el anciano si despertase después de dormir cien años y encontrase a los Estados Unidos de 1970, con un pie en la luna y el otro en las selvas de Vietnam? Pobre Diana. Se salvó de despertar hoy y ver a un país que perdió su alma en los doce años de ilusiones espúreas, banalidades idiotizantes y avaricia sancionada, de Reagan y Bush. Se salvó de ver la violencia que su patria llevó a Vietnam y Nicaragua instalada como bumerang, en las calles sacrosantas de la suburbia profanada por el crimen. Se salvó de ver las escuelas primarias ahogadas en droga, las secundarias convertidas en campos de combate irracional y gratuito; se salvó de ver la muerte diaria, azarosa, de niños asesinados por pura casualidad al asomarse a una ventana, de clientes de comederos acribillados con la hamburguesa en la boca, de asesinos en serie, de depredadores impunes, de corrupciones sacralizadas porque robar, engañar, matar para obtener el poder y la gloria, también era parte, ¿como no? del Sueño Americano. ¿Qué hubiera dicho Diana, qué hubiera sentido la cazadora solitaria viendo a los niños mutilados de Nicaragua por las armas de los Estados Unidos, a los negros pateados y descalabrados por la policía de Los Ángeles, a la parada de grandes mentirosos de la conspiración Irán–Contra jurando la verdad y autoproclamándose héroes de la libertad? ¿Qué diría, ella que perdió a su hijo, de un país donde se considera seriamente condenar a muerte a los niños criminales? Diría que los sesentas acabaron por blanquearse, desteñidos como Michael Jackson para castigar mejor a todo el que se atreva a tener color. Escribo en 1993. Antes de que termine el siglo, las fosas ardientes, los ríos secos, las barriadas fangosas, se llenaran del color del inmigrante mexicano, africano, sudaca, argelino, del musulmán y el judío, otra vez, otra vez...

Diana la cazadora solitaria. Esta narración lastrada por las pasiones del tiempo se derrota a sí misma porque jamás alcanza la perfección ideal de lo que se puede imaginar. Ni la desea, porque si la palabra y la realidad se identificasen, el mundo se acabaría, el universo ya no sería perfectible simplemente porque sería perfecto. La literatura es una herida por donde mana el indispensable divorcio entre las palabras y las cosas. Toda la sangre se nos puede ir por ese hoyo.
Solos al fin, como solos al principio, recordamos los momentos felices que salvamos de la latencia misteriosa del mundo, reclamamos la esclavitud de la felicidad y sólo escuchamos la voz de la reserva enmascarada, el pulso invisible que al fin se manifiesta para reclamar la verdad más terrible, la condena inapelable del tiempo en la tierra:

No supiste amar. Fuiste incapaz de amar. Ahora cuento esta historia para darle razón al horrible oráculo de la verdad. No supe amar. Fui incapaz de amar.



Conocí a Diana Soren una noche de Año Nuevo. Mi amigo el arquitecto Eduardo Terrazas organizó una reunión en su casa que, de paso, celebraba mi reconciliación con mi esposa, Luisa Guzmán. Eduardo y yo habíamos compartido una casita en Cuernavaca durante todo el año 69. Yo escribía de lunes a viernes, cuando él y su novia venían de México a pasar el fin de semana, dedicado a los amigos, las comidas y el alcohol. Pasaban muchas muchachas. Cumplí cuarenta años en el 68 y entré a una crisis de la edad media que me duró todo ese año y culminó en una fiesta que le di a mi amigo el novelista norteamericano William Styron en el Bar La Ópera de la Avenida Cinco de Mayo, un resabio oropelesco de la belle époque mexicana (si es que tal cosa jamás existió). La Ópera estaba muy venida a menos, gracias a demasiadas partidas de dominó y escupitajos fuera de la bacinica.

Invité a todos mis amigos a celebrar a Styron, que acababa de publicar, con gran éxito y escándalo, Las confesiones de Nat Turner. El escándalo se lo regalaron muchos grupos negros que le negaron al autor el derecho de hablar en primera persona por boca de un personaje de color, el esclavo rebelde Nat Turner, que en 1831 encabezó la insurrección de sesenta ilotas, incendiando y matando en nombre de la libertad hasta que, acorralado en un bosque donde sobrevivió solitario durante dos meses, también fue asesinado. Las leyes de la esclavitud, en consecuencia, se volvieron más severas. Pero al volverse más severas, provocaron mayores rebeliones. Styron cuenta la historia de una de las caídas –más de trece– del calvario norteamericano, que es el racismo.

Cuando Bill se siente muy acosado en su patria, me llama para venirse a México, y yo hago lo mismo cuando México me agobia y sé que puedo refugiarme en la isla de mi amigo junto al Atlántico Norte, Martha's Vineyard. Ahora, los dos vivíamos en una casita que tomé al separarme de Luisa Guzmán. Situada en el barrio empedrado de San Ángel, una ciudad aparte hasta hace poco, a donde las familias de la capital iban de vacaciones en el siglo XIX, y que ahora sobrevive disfrazada con un manto monacal en medio del ruido y el humo del Periférico y de la Avenida Revolución. Mi casa de neosoltero estaba construida con materiales de demolición. Su autor era otro arquitecto mexicano, el Caco Parra, especialista en reunir portones de haciendas expropiadas, estípites de iglesias nacionalizadas, viejas vigas del virreinato desaparecido, columnas sacrílegas y altares profanados: toda una historia de la liberación y entrega de los amparos privilegiados del pasado a los refugios civiles, transitorios, del presente. Con todos estos elementos, Parra construía casas extrañas y atractivas, tan misteriosas que sus moradores podían perderse en sus laberintos y nunca más ser vistos.

Martha's Vineyard, en cambio, es un lugar abierto a los cuatro vientos, calcinado por el sol tres meses al año y luego azotado por los helados bufidos de la gran ballena blanca que es el Atlántico Norte. Recuerdo a Styron refugiado en su isla e imagino que el capitán Ajab de Melville salió a matar no a la ballena, sino al océano, a Neptuno mismo, de la misma manera que los imperialistas belgas del Corazón de Tinieblas de Conrad disparan, no contra un enemigo negro, sino contra todo un continente: África. En la isla de Styron, sin embargo, aun en los meses de calor máximo, la niebla avanza, todas las noches, desde el mar, como recordándole al verano que es sólo un velo transitorio, al cabo rasgado por' la gran capa gris de un largo invierno. Avanza la niebla, desde el mar, sobre las playas, los acantilados de Gay Head, los atracaderos de Vineyard Haven, los céspedes y las casas, hasta llegar a los ombligos de la isla, las melancólicas lagunas internas donde el mar se reconoce y muere ahogado.

El mar, en invierno, aúlla alrededor de la isla, pero no tanto como mis invitados al Bar La Ópera, donde cometí la imprudencia de invitar, indiscriminadamente, a todas mis novias del momento, haciéndole creer a cada una que ella era la favorita. Me encantaba fomentar estas situaciones, en las que la pasión disimulada, el rencor en trance de aumentar la pasión y el celo a punto de derramarse como una herida que mancha nuestras blusas, nuestras camisas, como si sangrásemos por los pezones, todo ello, me permitía ver claramente las fragilidades del sexo y celebrar, en cambio, el vigor de la literatura. No sólo invité a mis amantes a la fiesta de la Ópera, sino a los nuevos escritores de La Onda, José Agustín, Parménides García Saldaña, Gustavo Sainz, que eran quince años menores que yo y merecían coronas ya marchitas sobre cabezas más viejas, como la mía. Libérrimos, desenfadados, humoristas, enemigos a muerte de la solemnidad, escribían a ritmo de rock y eran las estrellas naturales de una fiesta que, además, quería decirle al gobierno autoritario y asesino del 2 de Octubre de 1968: Ustedes duran seis años. Nosotros duramos toda la vida. Su saturnalia es sangrienta y opresiva. La nuestra es sensual y liberadora.

Semejantes justificaciones no me absolvían de la frivolidad, más que de la crueldad, de mis juegos eróticos. Creía entonces, a pesar de todo, que la literatura, mi evangelio, lo excusaba todo. Otros, en nombre de ella, sucumbían a la droga, el alcohol, la política, incluso la riña como deporte literario. Yo, y no era el único, sucumbí al amor pero me reservaba un derecho de distancia, de manipulación, de crueldad. Asumía gustoso las vestiduras de Beltenebros, el Lucifer que habita la deslumbrante armadura moral del héroe de caballerías, Amadís de Gaula. Apenas pierde su heroicidad y sucumbe a la pasión, Amadís se convierte en su hermano enemigo, el Bello Tenebroso: Donjuán. Y la tentación donjuanista es una tentación erótica aunque también literaria. Don Juan dura porque nada lo puede satisfacer (o como cantaría la mejor encarnación contemporánea de Don Juan injertado con Lucifer, you can't get no satisfaction). Es la insatisfacción del Burlador sevillano la que le abre las puertas de la metamorfosis perpetua. Siempre deseoso, siempre ávido, jamás termina, nunca muere, se transforma. Nace joven y con escasos amores (dos o tres en Tirso), se hace viejo en un instante, saciado pero insatisfecho, malo y cruel caballero (en Moliere). El querube perverso y juvenil de Tirso se convierte en la máscara mortal de Louis Jouvet, una gárgola gálica racionalista que ya no cree en el plazo infinito de la vida adolescente ("tan largo me lo fiáis") sino que es, él mismo, el portador de la máscara de la agonía. Byron, para evitar la competencia, doma a Donjuán y lo sienta a tomar té con la familia en uno de esos inviernos ingleses que "terminan en julio y recomienzan en agosto". Pero le da un giro argentino a esta metamorfosis doméstica. Donjuán descubre que no está enamorado del amor, sino de sí mismo. El amor de Donjuán por Donjuán es una trampa imperiosa –no menos que la del amor.

Ser todo esto, qué sueño, qué elixir, el Donjuán de Gautier, Adán expulsado del paraíso pero que retiene la memoria de Eva, la memoria encarcelada que lo ata a la búsqueda perpetua de la amante y madre perdida; el Don Juan de Musset, hundido en un mundo de cantinas y burdeles, donde espera encontrar a "la mujer desconocida". Se engaña; sólo busca a Donjuán y aunque todas las mujeres se parecen a él, ninguna era él. Pero acaso el verdadero Don Juan, el más público por ser el más secreto, es el de Lenau, el que admite que quiere poseer simultáneamente a todas las mujeres. Éste es el triunfo final de Don Juan, su placer más seguro. Tenerlas a todas al mismo tiempo.

–Esta noche he de gozarlas. A todas. Más que la ubicuidad, el placer de Donjuán, sin embargo, depende del disfraz y el movimiento. Es como el tiburón: tiene que moverse constantemente para no hundirse al fondo del mar y morir. Se mueve, y se mueve enmascarado, el antifaz encubre su condición larvada, imitante, metamórfica. Se mueve y cambia tan rápidamente que sus propias imágenes no logran alcanzarlo. Ni Aquiles ni la Tortuga, Donjuán es la parábola del hombre disfrazado cuyos disfraces corren siempre detrás de él. Está desnudo. Goza desnudo. Mas para moverse, debe vestirse, disfrazarse y sin embargo dejar atrás el último disfraz, conocido ya, adivinado ya, antes de asumir el siguiente. En su desamparo momentáneo, en su desnudez de Duchamp subiendo por los balcones y bajando por las escaleras, Donjuán es Donjuán sólo para dejar atrás su propia imagen. Corre, inalcanzable por cualquier imagen que quisiera fijarlo, experimentando la velocidad del placer en la velocidad del cambio, venciendo todas las fronteras. Don Juan es el fundador del Mercomún Europeo, tiene amantes en Alemania, Turquía y en España, nos informa Mozart, son ya mil y tres. Maquiavelo del sexo, figura disfrazada para escapar la venganza de padres y maridos, pero, sobre todo, para escapar al tedio... Así quería, secreta, ridícula, dolorosamente, ser yo...

Mínimo Don Juan cuarentón de la noche mexicana, yo aspiraba como hombre a este poder de metamorfosis y movimiento, pero sobre todo lo deseaba como escritor. Amando o escribiendo, nada es más excitante o más bello que reconocer la resistencia mutua entre el poder que ejercemos sobre un semejante y el poder que el otro –hombre o mujer– ejerce sobre nosotros. Todo lo demás se esfuma en medio de la tormenta inasible de la mutua atracción, de la resistencia que, por afán de poder, o de mera supervivencia, o acaso de perversidad, le oponemos a la atracción ajena. El encanto de esta lucha, claro está, es sucumbir a ella. ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Cuándo? ¿Por cuánto tiempo? Este es el terreno común del sexo y la literatura. Pasa un ángel con alas de ceniza. Don Juan es ese ángel negro, Eros mancillado, Cupido en llamas, Puto de sí mismo, que deposita en la oreja, los párpados, los orificios nasales, las orejas, la boca, el culo, los culos, el occipucio si falta hiciese, del ser amado, las semillas de una sonrisa, de una voz, de una mirada. De un deseo. Pues Beltenebros, el melancólico, me habla calladamente al oído y me dice: "Nada habrá más triste que el sabor de las mujeres que nunca tendrás, de los hombres que perdiste por miedo, por convención, por temor a dar el paso prohibido, por falta de imaginación, por incapacidad de transformarte, como Don Juan, en otro."

Quiero ser muy franco en este relato y no guardarme nada. Puedo herirme a mí mismo cuanto guste. No tengo, en cambio, derecho de herir a nadie que no sea yo, a menos, en todo caso, de que primero me entierre yo mismo el puñal que, amorosamente, acabo compartiendo con otra. Señalo, de arranque, los temores que me asaltan. Trato de justificar sexo con literatura y literatura con sexo. Pero el escritor–amante o autor– al cabo desaparece. Si grita, se desintegra. Si suspira, se funde. Hay que ser consciente de esto antes de afirmar, por encima de todas las cosas, que la vida nunca es generosa dos veces.

Aquella noche en La Ópera, en un escenario viscontiano, es decir, operístico, sentí que yo mismo me enterraba el puñal con demasiada frecuencia, hiriéndome a mí mismo más que a las mujeres que pretendía manipular pero que, lo sabía demasiado, podían contestarme con la misma moneda. Escogí a una, me gané el odio de las demás y con Styron y Terrazas salimos al día siguiente a Guadalajara y a la costa del Pacífico, donde se inauguraba el Hotel Camino Real de Puerto Vallarta, obra del arquitecto mi amigo.

Allí mismo recibí la lección prevista. La muchacha con la que viajaba dejó una tarde, como quien no quiere la cosa, una carta sobre nuestra cama de hotel. Se la dirigía a otro novio suyo, haciendo una cita para el Año Nuevo que, desde luego, se negaba a pasar conmigo. "Los escritores sólo para un ratito, porque me alimentan el coco para querer mejor contigo, cariño. Los rucos, además, tienen sus placeres... como tomar champaña todo el día. Eso me causa agruras. Tenme listos mis refrescos, lico lico. Recuerda que yo sin mis cocacolas de plano no celebro..."

Me hice el desentendido, pero al regresar a México busqué a mi mujer, le pedí que pasáramos juntos el Año Nuevo y cerrásemos juntos una separación de casi un año. Ella sería, una vez más, mi victoria inapelable sobre los amores pasajeros.



Luisa Guzmán había sido –seguía siendo– una mujer de belleza excepcional. Morena, con un color pálido, crepuscular y encendido, su piel brillaba más, en vez de oscurecerse, a la luz de sus grandes ojos negros, rasgados, casi orientales, que descansaban sobre los continentes gemelos de sus pómulos altos, asiáticos, trémulos. Era una mirada de ensoñación, lánguida y a la caza de sí misma, pero transida por una tristeza resignada y culpable. También era actriz y quería más de lo que el medio mexicano podía darle. Fue lanzada a los quince años, como aspirante al panteón de las diosas del cine mexicano, como ella morenas, altas, con ojos de duermevela y pómulos de calavera inmortal.

No le tocaron ni los papeles, ni los argumentos, ni los directores necesarios para operar ese mínimo milagro llamado el estrellato. Buscó afanosamente lo mejor, en cine, en teatro; amaba tanto su profesión que, paradójicamente, la remató. Igual que Diana Soren, hizo sólo dos o tres buenas películas. Después, con tal de trabajar, aceptaba lo que fuera. El tiempo, el desgaste, le tomó la palabra, le negó los primeros papeles, le anticipó una madurez que no era aún la suya; ella buscó los roles de "característica", las oportunidades de lucimiento que nadie entendió por excéntricas.

Cuando nos conocimos, Luisa estaba casada y yo salía de un conato frustrado de matrimonio "decente". Una tras otra, las niñas bien a las que mi situación familiar me acercaba, terminaban por abandonarme, obedeciendo a las heladas consignas de sus padres: yo no era rico, y aunque era gente decente, no pertenecía a una gran familia financiera o política y mi talento no sólo estaba por comprobarse; en el mejor de los casos, escribir es una profesión azarosa, sobre todo en América Latina: ¿quién vive de sus libros en nuestros países? De mi juventud amatoria sólo me queda el sabor de muchos labios jóvenes y frescos y la pregunta a lo largo de los años, ¿qué han dicho, cuándo perdieron su frescura, cuándo serán grietas en vez de labios? A ninguna quise más que a una novia muerta, convertida en ceniza en un accidente aéreo; no hubo en mi vida muchacha con labios más frescos. Pero su ceniza era también la de los labios de otra mujer con la que estuve a punto de casarme. Me rechazó porque yo no era suficientemente católico; era, decían sus padres, "ateo" y comunista. Se casó con un gringo de patas enormes, panza hinchada por demasiadas cervezas y una concesión de gasolineras Texaco en el Medio Oeste. Pero ellas, las novias, eran también parte de un signo desconocido, de ese horror que evoqué al principio de mi narración, consistente en adivinar la reserva poderosa de lo que aún no se manifiesta. No hay melancolía más grande que ésta: no conocer a todos los seres que pudimos amar, morir antes de conocerlos. Mis novias, besadas, tocadas, deseadas, sólo ocasionalmente poseídas, pertenecían, al cabo, a ese magma de lo desconocido o no dicho; regresaban todas ellas al vastísimo campo de mi posibilidad, de mi ignorancia.

Conocí a Luisa Guzmán antes del éxito de mi primera novela. Creo que me quiso por mí mismo, como yo la quise a ella, por su belleza y sencillez, aquélla evidente, ésta disfrazada por un tumulto de pieles, rumores, imágenes. Más que en sus películas, la había visto en los periódicos, subiendo y bajando por las escalerillas de los aviones, siempre abrazada a un gran panda de peluche. Era su marca registrada. Una imagen infantil, pero más cierta que publicitaria.

Luisa había tenido una infancia desgraciada, un padre ausente o, más bien, exiliado por el orgullo aristocrático de la madre, escritora rebelde, "gente bien" de Puebla, que siempre antepuso su egoísmo sexual y literario a cualquier deber familiar. El padre, alto, indio, rudo, se encontró con la puerta cerrada del hogar de su mujer y su hija y desapareció para siempre en la alta bruma y el olor picante de nuestras sierras. Luisa, de niña, fue enviada a un hospicio y sólo emergió, adolescente, cuando su belleza y la profesión de su madre hicieron, en la cabecita de ésta, conjunción propicia.

Dañada, Luisa me llegó como un ave herida que voló desde el escenario de un teatro de la calle de Sullivan a mis brazos que la esperaban, la ansiaban para llenar una soledad a la vez creativa e imbécil. Los meses de disciplina y abandono en los que me alejaba para siempre del mundo social de mi familia y luchaba por terminar mi propio libro, me dejaron con los brazos vacíos. Ella llegó a llenarlos con su pasión y ternura pero también con una tristeza en la mirada cautiva. Esa tristeza era una inquietud temprana para mi propia alegría. Terminé un libro; amo a una mujer.

Tardé en entender que la melancolía en los ojos de Luisa no era pasajera, sino consustancial. Venía, quién sabe, de esas sierras brumosas y enchiladas de su padre, de la mustia tristeza de las moradas poblanas y sus habitantes a menudo díscolos e hipócritas, como conviene a una región que es semillero de caciques y novicias, de hombres cruelmente ambiciosos y de mujeres cruelmente recoletas. Pero más que nada, en la belleza mestiza de mi mujer yo reconocía las sierras brumosas y enchiladas de su padre, donde se acumulan la paciencia y la bondad, junto con el rencor y la venganza.

jueves, 2 de julio de 2009

Héctor Abad Faciolince. Autor de Asuntos de un Hidalgo Disoluto


Héctor Abad Faciolince nació en Medellín, Colombia. Allí realizó estudios —todos inconclusos— de medicina, filosofía y periodismo. Después de ser expulsado de la Universidad Pontificia Bolivariana (por un artículo irreverente contra el Papa) viajó a Italia, donde se graduó en literatura moderna. Regresó a Colombia en 1987, pero ese mismo año, después de que los paramilitares asesinaran a su padre y de recibir amenazas contra su vida, se refugió en Italia, donde fue lector de español hasta 1992. Nuevamente en Colombia, trabajó como traductor de italiano e inició su carrera de escritor. Ha publicado tres novelas: Asunto de un hidalgo disoluto (1994), Fragmentos de amor furtivo (1998) y Basura (2000), con la que obtuvo el Primer Premio Casa de América de Narrativa Innovadora; el libro de cuentos Malos pensamientos (1991); uno de viajes, Oriente empieza en El Cairo (2001), y un libro de género incierto, Tratado de culinaria para mujeres tristes (1996). Existen traducciones en inglés, italiano, alemán, portugués y griego de algunos de sus libros. Actualmente trabaja como columnista en la revista Semana de Bogotá. En 2005 publicó El Olvido que seremos y en 2008, El Amanecer de un Marido.

ASUNTOS DE UN HIDALGO DISOLUTO. Por Héctor Abad Faciolince

I

Donde se habla del beso de Eva, la primera mujer

Vine a saber que era rico como a los quince años, por los mismos días en que supe que los besos no se daban tan sólo con los labios. Era una cuestión de pudor, me imagino, pues si mucho, hasta la adolescencia, yo sabía que éramos acomodados, una palabra que para mí quería decir sillones o jardín, cualquier cosa, pero no riqueza. Ambas revelaciones se las debo a la lengua de la misma persona, Eva Serrano, la hija de unos amigos de mis padres.

Eva era un año mayor que yo y, como yo, hija única. Su familia era chilena, pero vivían en Colombia desde hacía un par de años. Los fines de semana, cuando iban a visitarnos al campo, mientras los adultos se sumergían en interminables partidas de canasta, Eva y yo hacíamos que nos ensillaran los caballos y salíamos a montar por los caminos de herradura que pasaban cerca de la finca. A veces llenábamos las alforjas de fiambre y nos parábamos a comer por ahí, a la orilla de una quebrada. Yo no sabía entonces que también en los libros los amores se consuman al lado de un arroyo, pero fue ahí, entre el rumor de la quebrada, donde Eva me reveló los misterios de mi situación económica y de la pasión con que era posible darse un beso.

Esa entrada repentina de una lengua en el espacio vedado de mi boca sigue siendo una de las mayores sorpresas de mi vida. No se me había pasado por la cabeza que además de tenedores y cepillos de dientes algún otro cuerpo extraño pudiera rebasar la frontera de mis labios, y mucho menos ese obtuso músculo húmedo. Mucho tiempo después, en la Basílica del Santo, en Padua, me di cuenta de que los demás, en cambio, habían comprendido desde siempre la importancia de ese huésped permanente de la boca, y así lo demostraba la venerable reliquia de la lengua incorrupta de san Antonio. Lamer un chupete, tragar una fruta, distinguir lo dulce de lo amargo y lo salado, articular sonidos, tan sólo estas funciones conocía mi lengua hasta que la aparición de Eva Serrano me abrió la boca y el entendimiento a otras posibilidades.

Muchas veces me pregunté dónde habría aprendido ella, tan joven, a besar así, pero ahora no me importa. Que tuviera tanta conciencia de la situación de mi familia, al contrario, me resultó claro muy pronto. Su padre era empleado en una compañía transnacional y el sueldo que le daban, aunque bueno, no le había permitido nunca poseer ciertas cosas de las que mi familia disponía como algo natural. El punzón de esa disparidad, unido a la incesante inseguridad pecuniaria de la familia Serrano, habían hecho que Eva tuviera siempre muy presente nuestros sillones y jardines, que eran, claro está, la riqueza de mi casa. Por esta mezcla de dinero y lengua, a veces llegué a pensar (pero es una ocurrencia que ahora rechazo, pues mancilla el recuerdo de mi primera mujer) que los besos lingüísticos de Eva eran una estratagema ingeniada por su madre para tratar de consolidar un noviazgo provechoso. En todo caso, tuve el privilegio de que mi primera experiencia me cogiera desprevenido por esas dos partes, plata y lengua, que influyen como ninguna otra en el principio y fin del matrimonio. Como en mi casa estaba prohibido hablar de dinero, yo no sabía que era, hasta que Eva me lo dijo, un buen partido.

La pérdida de la inocencia, para mí, no consistió, pues, en la unión de nuestros respectivos y castos genitales, asunto en el que ya mi padre me había aleccionado con la ayuda de algunas láminas de la Enciclopedia Británica, sino en la unión de las lenguas. De este húmedo contacto no hablaban ni mi padre ni la Enciclopedia Británica pues recuerdo muy bien que al volver de la finca me fui derecho a la biblioteca de la casa para consultar el artículo kiss, y luego, con desconcierto creciente, el apartado tongue, sin hallar la respuesta que buscaba. Aún conservo esos tomos de mi padre, llenos de teoría pero desiertos de información práctica en los que el beso es the act of pressing or touching with the lips, the cheek, hand or lips of another, as an expression of love, affection, reverence or greeting. La mano, la mejilla, máximo los labios del otro, pero no la lengua. Después el artículo habla del osculum pacis, pero tampoco era esto lo que me interesaba. Creí con ingenuidad que la solución podía estar en el artículo lengua y el resultado fue desastroso pues si bien daba montones de datos (que la lengua era un músculo móvil de la mayoría de los vertebrados, que estaba localizada en la parte de abajo de la boca, que era muy útil para hablar, masticar y tragar), no decía ni una palabra sobre los besos. Sostenía incluso que la lengua informa sobre los pedacitos de comida que se nos quedan atrancados entre los dientes, pero de besos ni una palabra. Por lo visto la lengua de Eva, más sabia, sabía más que la Británica. Por ella me enteré de la humedad carnal de dos bocas abiertas en contacto. Y también de su lengua recibí la revelación de lo que en el fondo quería decir acomodados. Pero me estoy repitiendo.

Después de mi fracaso enciclopédico, todavía en busca de luz y de consuelo a mi ignorancia, revelé el asunto a mi tío Jacinto, un viejo monseñor enfermo, hermano de mi madre, durante mi obligatoria visita semanal a los parientes. Mi tío escuchó en silencio el relato de los besos. Sin decir una palabra se levantó del sillón que le servía de confesionario y sacó con sus dedos estragados uno de los volúmenes de su extensa biblioteca. Con gran solemnidad me pidió que cerrara los ojos y escuchara. El libro que había escogido era de san Jerónimo, estaba escrito en latín y tío Jacinto me fue traduciendo un trozo de corrido. Contaba un episodio en la vida de un mártir y decía más o menos así:

"Por orden del emperador Valeriano, en el año 257 de Nuestro Señor, un mártir en la flor de la juventud fue llevado a un amenísimo jardín. Allí, en medio de cándidos lirios y rosas rojas, mientras al lado serpenteaba con dulce murmullo de agua un arroyuelo cristalino, y mientras el viento rozaba con pausado rumor las copas de los árboles, fue extendido el mártir sobre un lecho de plumas y dejado allí, atado dulcemente con guirnaldas trenzadas, para que no pudiera de ninguna manera escaparse.

"Cuando todos los otros se alejaron, hizo su aparición una hermosísima meretriz, la cual se aferró al cuello del mártir con un abrazo voluptuoso y —cosa que es infame incluso relatar— empezó a manosearle con insistencia el sexo; después de haber excitado en el cuerpo del joven el apetito libidinoso, la desvergonzada vencedora pretendía yacer sobre él.

"El soldado de Cristo no sabía qué hacer ni qué camino coger: ¡no lo habían vencido los más crueles tormentos y ahora lo dominaba la voluptuosidad! Al fin, por una iluminación celeste, mordió con sus dientes la lengua hasta cortársela, y la escupió en la cara de la mujer que lo besaba: así la intensidad del dolor se sustituyó a la sensualidad y consiguió vencerla".

Debo confesar que aquella tarde de mi memoria (y hasta hoy) yo no comprendí bien si el mártir había mordido la lengua de la meretriz o la suya, pero fuera como fuera no me atreví a seguir el consejo de san Jerónimo y de tío Jacinto. Con Eva me seguí besando a la orilla de la quebrada, aunque cada vez que ejercíamos nuestro pange lingua y ese su corporis misterium irrumpía con ímpetu en mi boca, me daba casi risa de pensar en el riesgo que estaba corriendo el apéndice encarnado de aquella cándida doncella. Para decir la verdad, si la apatía de mi carácter no hubiera empezado a manifestarse desde entonces, yo no habría tenido problema alguno en comprometerme y casarme con Eva. Todavía hoy, en esas raras ocasiones en que no consigo comprender las locuras que los hombres cometen por correr tras unos labios, cierro los ojos y recupero en la memoria la carne de Eva Serrano; sé que tan sólo en este intervalo de recuerdo lejanísimo y nítido consigo entender los devaneos concupiscentes de los hombres. Por esto reconozco que juzgaba sin justicia a la madre de Eva al insinuar que era la interesada alcahueta de nuestros amoríos adolescentes; habrá sido más bien, como Celestina, una que quiso provocar lujuria a las duras peñas, y casi lo logró. Eva Serrano es la dueña de uno de los pocos cuerpos humanos que todavía recuerdo con un cierto apetito. Al fin y al cabo ahora que vuelvo a leer con sorpresa libros que ya había leído, que encuentro amigos por la calle y no los reconozco, que viajo a lugares conocidos y llego a sitios distintos, que empiezo un Padrenuestro y acabo en Avemaría, ahora que la memoria es un embrollo de ecos confundidos, si cierro los ojos y dejo los labios entreabiertos, vuelvo a sentir su lenguaraz manera de dar besos.


II

Que narra una contrita confesión de perfecta castidad e insulsa indiferencia

La castidad, en mí, no ha requerido nunca mandamientos. En el colegio, durante la confesión, recuerdo la escéptica sonrisa maliciosa del capellán ante mis reiteradas negativas a sus preguntas sobre la pureza. Sus interrogatorios eran tan minuciosos que me obligaban a pensar en algo ajeno por completo a mi experiencia. Pero mi cara de asombro no lo complacía ni mi ingenuidad llegaba a convencerlo, y así tuve que inventarme pecados contra el sexto mandamiento con tal de dejarlo tranquilo y de evitar que advirtiera siempre, antes de la absolución, que el sacramento de la penitencia carecía de validez si la confesión de boca resultaba deliberadamente incompleta. La mía llegó a ser tan completa que excedía los límites del pensamiento, palabra, obra y omisión. Después de haber tenido que mentir sobre impalpables tocamientos o sobre miradas jamás lanzadas y tentaciones que no se me pasaban por la mente, me veía en la obligación de confesar que había mentido, de manera que se me perdonara la mentira de haber confesado pecados de lujuria imaginarios.

A esta paz de los sentidos parece que llegan las personas de mi edad, pero yo llegué a ella sin siquiera salir, o mejor, salí con ella. En la juventud me persiguió la idea de ser un eunuco psicológico, pero debo aclarar desde ahora que mi inapetencia no tiene nada que ver, por lo que sé, con frustraciones profundas o con barreras erigidas por una moral demasiado rígida. En el fondo me hubiera gustado padecer, como los demás, esa fuente de torturas y deleites que debe de ser la voluptuosidad.

No se crea que no busqué objetos a cualquier lejano asomo de lujuria. No hay perversión que no haya intentado practicar. Pero en vano porque masturbación, zoofilia (gansos, gallinas, ovejas, burras, caballos, perros e incluso salamandras), homosexualidad, gerontofilia, pedofilia, sadismo, masoquismo y todo lo que se quiera, jamás conmovieron mi ánimo apacible y hace ya mucho que cejé en los intentos de querer parecerme en esto a la mayoría de mis congéneres. Como previó Pascal, hace ya varios siglos, mis esfuerzos por ser bestia me convirtieron en ángel. Ni el estólido comercio natural de ingles en flor, ni las concienzudas aberraciones descritas por el marqués divino, consiguieron conmover los cimientos inmóviles de mi indiferencia.

Ante la ausencia total de días en que fuera tan lúbrico, tan lúbrico, llegué a fabricarme planes geométricos en pos de la concupiscencia. Las ansias de una vida intemperante me llevaron por años a practicar una aburridísima masturbación metódica: todos los jueves a las cinco de la tarde. Y no cuento, por procaces, las indecibles maromas que tenía que hacer para lograr mi cometido hebdomadario. Pero a mí me ha faltado constancia hasta en los vicios y muchos jueves olvidaba mi deber de manipulación vespertina. Así mismo, nunca pude perseverar en el tabaco, en el alcohol, en los tics... La fidelidad que me debo, me obliga a un permanente cambio.

No hay en mí, por lo demás, ningún trastorno físico que sirva de coartada a la precaria actividad de mis sentidos. Tengo, aunque cada vez menos, erecciones matutinas como cualquier otro hombre; doné en mi juventud litros de esperma a los bancos de semen, que no se lamentaron por escasez de zoos en mis donaciones; mi equilibrio hormonal es impecable, no he sufrido diabetes y, a pesar de la edad, mi próstata está intacta. Podría hablarse, si mucho, de un climaterio bastante prematuro, que coincide con la fecha de mi alumbramiento.

A veces me atormentaba (pero el verbo es sin duda exagerado) esta idea de ser una especie de asceta innato. Durante los años de la crianza, mis padres sufrieron con aquello que incautos médicos calificaron como un insólito caso de anorexia precoz. Comer, para mí, ha sido siempre una especie de deber, un compromiso obligatorio que hay que cumplir con el cuerpo. Nunca logro acordarme de lo que comí el día anterior y es necesario que por la mañana, al mediodía y al anochecer, alguien me recuerde la hora de las comidas. Las raras veces en que no he tenido cocinera en la casa, no se me pasaba por la mente la idea de comer y tenía que instalar despertadores que me indicaran la hora de ir al restaurante para tragar almuerzo y cena. La palabra hambre, para mí, es una abstracción, no menos intangible que la noción de líneas asintóticas: asuntos paridos en el cerebro de los hombres, y quizá existentes, pero que no comparten la indudable certidumbre del dolor.

Sí, porque del dolor poseo una percepción más clara. Tal vez a esto se debe mi completo rechazo a la anestesia y la incomprensión que tengo por los analgésicos. Es tan precaria nuestra condición humana, tan difícil de distinguir a veces de la de las plantas, que tengo al dolor por un tesoro, casi la única demostración de que estoy vivo. Nunca le tuve miedo al pinchazo de la aguja o al brotar de la sangre después de un movimiento poco diestro de la navaja barbera. Al contrario, estos raros momentos son para mí mementos de que existo. Nunca me escandalizó, por consiguiente, ese uso de los beatos tan estigmatizado por los iluministas, es decir, el cilicio. ¡Ah de las cerdas y los pinchos que te aprietan el muslo, lánguida doncella! Sólo gracias a ellos recuerdas que eres carne y no frío guijarro. Poco saben de la vida quienes no se han concedido la mística experiencia de rociarse una llaga enconada con un chorro abundante de vinagre y limón. En cuanto a las demás mortificaciones de la carne, como ayunos, desvelos y votos de silencio, nunca tuvieron ante mis ojos mérito alguno, ya que forman parte de mi disposición natural. Sin contar con que los tiempos modernos han degradado estos hábitos hasta una vulgaridad inconcebible: las dietas para adelgazar han convertido en régimen el sacro ayuno, la televisión ha hecho callar a la familia entera que comparte su absoluto retiro espiritual frente a ese altar multicolor de idioteces, pasan la noche en vela los que se van de discoteca en discoteca, ebrios de ruidos etéreos. En todo caso el ser insomne, inapetente y taciturno son cualidades de mi disposición natural que no han requerido reglas monásticas para desarrollarse. Cuando en verano me retiro a la vieja casa cural de Pulignano, en Toscana, donde tengo mi refugio para las horas de mayor misantropía, siento cierta satisfacción al comprobar que sin proponérmelo repito el ritmo y el estilo conventual de los monjes cistercienses. Ya a las cuatro estoy levantado y medito paseando por un centenario huerto de olivos salpicado con las cruces rotas de un cementerio que ya hace decenios cerró el cancel a los entierros. Una rebanada de pan y algo de agua son mi único alimento matutino. Después leo o me pongo a... Pero no voy a hablar ahora de esto. De mi vida en Pulignano, de esos días más celestiales que monacales que he pasado allí, hablaré más adelante.

Tampoco aprecio los esotéricos deleites de la embriaguez. He tenido, como todos, mis amigos borrachos. Recuerdo por ejemplo a Sergio Valderrama, que derramaba en su esófago cálices de ron (en realidad eran vasos) como quien llena un pozo sin fondo, o por lo menos muy hondo. Recuerdo su silencio hecho locuaz en virtud del espíritu ingerido, su timidez hecha trizas y convertida en azarosa audacia. Yo, en cambio, siento con la ebriedad un mareo insípido instalado en una mente obnubilada. El alcohol para mí tiene visos de somnífero. Si me interesara dormir más de las cuatro horas que ya duermo, me tomaría unas copas de más, pero en la vigilia me aburro menos que en el sueño.

En el juego, durante algunos meses de mi lejana juventud, creí encontrar, al fin, un asilo, un templo de perdición. Una ocasión para dilapidar mi fortuna, para retar mi inamovible buena estrella. Pero qué va. En los casinos llegué a maldecir las alturas por mi buena suerte. ¿Qué gusto hay en ganar, ganar, ganar siempre o casi siempre? Así me siento, despojado del gusto por exceso de gusto.

Ah, si yo pudiera, como podría, ser un sibarita. En cambio, un caldo tibio o el té manchado con leche son los mayores manjares que mi paladar y mi lengua reconocen. Pero no se piense que mi educación me permita no elogiar las exquisiteces que se me ofrecen en manteles ajenos. El caso es que denigro o elogio todos los platos por igual. No me apetece nada, pero como de todo. No encuentro mayor deleite en deglutir una langosta que un plato de lentejas (o viceversa, para los defensores del rústico yantar). La preferencia de los hombres por ciertos manjares exóticos la comprendo por lo que es, una debilidad de entendederas, y creo que todos, si lo pensaran bien, estarían de acuerdo conmigo en que el pollo sería tan exquisito como la perdiz si tan sólo se consiguiera invertir la cantidad disponible de los dos volátiles. Degluto con disciplina, sin sentirme que hago penitencia o que mastico gloria, hígado, caviar, tortillas mexicanas, trufas de Alba, hamburguesas gringas, gazpacho andaluz o pan y agua. No veo diferencia entre un lomillo de vaca a la pimienta, una morcilla frita o una coliflor hervida. Porque si aquello que me gusta no lo conozco, desconozco también los melindres de quienes se niegan a tragar unas ancas de rana, un platillo de sesos al gratín, hormigas santandereanas o trozos de camello rancio, macerados por el sol del desierto. Ante los libros de cocina y los tratados de metafísica, mi estupor es el mismo. Ni me va ni me viene lo que allí se desmenuza: me tiene sin cuidado, y a lo mejor no lo entiendo.

Que el mundo sea mágico o esté hechizado, como sostienen mis amigos más cargados de pías ilusiones invisibles, es para mí un invento de otros para otros que no son como yo. Despojado de supersticiones me asomo a la ventana y aunque admita que el paisaje no está mal, me cuesta descubrir la deslumbrante maravilla, el perenne entusiasmo, las secretas correspondencias, la impalpable energía. Nada. Falsos signos, signos tan sólo de sí mismos, aparentes mensajes que no quieren decir nada. No creo en los milagros ni puedo ver en la cadena de azares que mezcla a su capricho las cosas y los hombres, un secreto designio de la Providencia o un paso designado de la historia. De todas las magias improbables desentraño las reglas o los trucos (o si no yo, sé que hay alguien que lo hará) y me queda el sabor desencantado del que desvela trampas. Yo, sacerdote de ninguna cosa, no me apoyo en el bastón del misterio. Y lo que desconozco lo vivo sin horror, firme con mi bastión de incertidumbre. No le doy nombres rimbombantes ni explicaciones abstrusas a lo que no entiendo: suspendo el juicio y repito no sé, no sé, sin que se me derrumbe la autoestima. Si oigo ruidos en el techo de la casa, pienso primero en los ladrones, en las ratas o en el viento, sin desperdiciar mi imaginación con los fantasmas. Sólo los insensatos tienen respuestas (insensatas) para todo; incluso ante la odiosa pero definitiva nulidad de la muerte sacan a relucir su exasperante esperanza en un imposible más allá.

La vida, una aventura ajena; la Tierra, una fosa común e insensata donde reposan Hitler y san Francisco, mi padre y sus asesinos; el amor, un ejercicio imaginario; el cuerpo, fuente de todos los males.

Este último párrafo lo dicto en beneficio de perplejos, pero no es cierto, o dice sólo verdades a medias. Porque la vida puede ser, con duda, la única aventura propia, y la Tierra el escenario para aventuras como el amor, ese paréntesis de realidad exasperada, y el cuerpo es también fuente de todos los deleites y fuente de la más absoluta indiferencia. Fuente de todo, el cuerpo, tanto de la muerte como del amor. Y eso es lo bueno de las generalizaciones, que vistas por donde se miren, son verdades rotundas que no sirven para nada.


III

El memorioso declara lo bien que lo educaron y lo malo que intentó ser

No cabe duda de que recibí lo que se dice una esmerada educación. Incluso he pensado que a lo mejor mi temperamento sosegado se debe a esa falta de errores en la crianza. Mis difuntos padres eran personas cultas que tuvieron, por lo poco que llega a saber un hijo, un matrimonio armonioso. En mis años de infancia y primera juventud tuve un preceptor y una monjita que me brindaron los primeros rudimentos culturales. Aquel era laico y liberal, aunque sin arranques de rebeldía, y ésta, obviamente, católica, pero nada mojigata. No recuerdo ningún castigo severo de parte de mis padres. Fuera de mi falta de apetito, que los preocupaba un poco, decían de mí que era un niño formal y aplicado. Siempre fui supremamente manso y por temperamento dispuesto a transigir. Sin ser perezoso o indulgente conmigo mismo, fui siempre paciente y tolerante con los demás. Desde muy pronto acogí entre mis lemas el consejo cristiano de sufrir con paciencia las imperfecciones del prójimo.

En el colegio, sin llegar a ser nunca el primero de la clase, estaba más cerca del alumno brillante que del crapuloso. Me iba bien en los exámenes a pesar de que no copiaba. Y no porque me propusiera ser honrado, sino porque desde entonces ya sabía que por lo general lo que se logra copiar en los exámenes son los errores del otro. Si algún problema tuve durante el período escolar, fue una persistente sospecha de hipocresía. La monjita de compañía me explicaba que a veces la virtud despierta envidia. Más cómodo que tratar de acercarse a la bondad del otro es poner en entredicho que la suya sea virtud auténtica. Pero nunca pretendí desmentir las sospechas de mis compañeros. Al contrario, con el ánimo de consolarlos en la exactitud de la imagen que de mí se hacían, emprendí travesuras que no me atraían ni me interesaban. Hice maldades con el único fin de no ofender a los demás con mi buen comportamiento. También, debo admitirlo, porque me daba cierto fastidio que me apodaran Don Perfecto. Ese deje de crítica en el sobrenombre, esa sombra de duda, la sospecha insinuada de un fingimiento de fondo, eran mi único problema en el colegio.

Es cierto, a veces los profesores y alumnos se aprovechaban de mi condición bondadosa y de mi ánimo condescendiente. Llegaban a abusar de mi disposición de servicio y en secreto me tomaban el pelo cuando creían sacarme alguna ventaja. Pero de estas bromas no quise nunca darme por enterado, ya que creía injusto privarlos del gozo de mi ingenuidad. De todas maneras, si mucho se insiste en la bondad, y uno se empeña (así sea sin esfuerzo) en ser generoso y servicial, si uno no alza la voz para contestar y está dispuesto a ofrecer cuantas mejillas sean necesaria, a la postre crea más resistencias que admiración. La imagen de la virtud es en ocasiones más odiosa que la de la infamia. Fue así que en el colegio debí amargar la pídora de mi buen comportamiento y confesar, como ya dije, pecados que no había cometido, o bien cometer faltas que me repugnaba cometer. Pero también 'repugnar' es un verbo exagerado; diré más bien que el mal me ha dejado siempre indiferente. No me atrae, no lo necesito, nunca me ha hecho falta robar o fornicar o hacerle daño a nadie o desear las mujeres de mi prójimo.

De mis malas acciones apenas si guardo memoria. Poco remordimiento dejan las maldades cometidas sin la intención de hacer el mal. No por esto la maldad inmotivada deja de tener un no se qué de diabólico. Recuerdo que nuestro profesor de castellano tenía dificultades con la ortografía. Por eso, mientras hacíamos un ejercicio de composición en clase, yo levantaba la mano para preguntar la ortografía de palabras de las que estaba perfectamente seguro, pero que ponían en aprietos al profesor: "Perdón, profesor, ¿cómo se escribe erudición?" Y él caía en la trampa de la doble ce. Si preguntaba por estremecer o por torácico no fallaban los resbalones en la equis, por no decir la jota en cirugía o la espúrea e de la palabra espuria. Pero yo no gozaba con sus gazapos inocentes, lo juro, y no era mía la alegría de los pocos compañeros que se daban cuenta de mis fingidas inquisiciones. No me interesaba el provecho del prestigio que podía ganar entre mis compañeros; quería solamente, con torpeza, contentar la lengua. Y digo con torpeza pues en ese entonces yo no había pensado ni escrito todavía uno de mis primeros aforismos: "Las faltas de ortografía son el mal aliento de la escritura". ¿Y qué satisfacción podemos sacar de pedirle a alguien a quien le apesta la boca que nos respire en la nariz? En adelante he luchado por ser menos brillante y más inteligente.

Otra crueldad, nefanda en este caso, consistía en calentar al profesor de religión. Su homosexualidad era un secreto que circulaba a voces por todo el colegio. Al final de la clase, después de dos horas dedicadas a denunciar la pérdida de los valores, la caída de una ética integérrima, la perdición del mundo, tenía cierto encanto acercarse a su escritorio y como por error apoyar el pubis contra su costado. Ese rubor de los cachetes, ese aletear de las manos, ese irresistible entreabrir y entrecerrar los muslos, eran los signos evidentes de su excitación. El alumno modelo que, todo inocencia, cara de angelito, le hacía preguntas sobre la decadencia moral, era también el vehículo de su perdición. De estos dilemas insolubles estaban llenas las noches insomnes del profesor de religión. Pero tampoco en estos casos me deleitaban las risas cómplices de la mayoría de mis compañeros, que se daban cuenta del embaucamiento. De esta premeditada malevolencia conservo un recuerdo parecido al remordimiento.

Fui cómplice, también, de cochinadas repugnantes y gratuitas. Como escarbar con otros compañeros en las fiambreras de los estudiantes más zonzos, desdoblar las hojas de plátano en que estaban envueltos los tamales, abrir la masa de maíz por un costado, escupir entre el tocino y las alcaparras, volver a poner todo en su sitio y observar después, llenos de hilaridad, en el recreo, el deleite inconsciente con que los majaderos masticaban los bollos aliñados con salsa de saliva ajena. Disfrazada de viril franqueza, pero de hecho con una perversidad llevada a extremos más sofisticados, no faltaba quien informara al burlado, cuando había acabado, de la presencia encubierta y engullida del gargajo.

Ese encumbrado colegio particular donde recibí mi primera educación era sobre todo un templo de farsantes. Empezando por mí, como ya he dicho, que para adecuarme debía inventar pecados nunca cometidos y cometer maldades nunca deseadas. Bueno, para decir la verdad, cometía y reincidía en un pecado que nunca me pareció tal. Y era leer cualquiera de los libros que encontraba en la biblioteca de mi casa. Allí hallaba el gusto que jamás me dieron las lecturas obligatorias del colegio, que si bien recuerdo se limitaban a ediciones censuradas del Lazarillo, más mutiladas aún que el Lazarillo castigado; la María sin besos y sin la apología de los negros, y algunos capítulos de El carnero que no sé cómo conseguían expurgar. Los clásicos, había que leer a los clásicos, pero éstos, para ellos, eran si mucho algunos soporíferos Autos sacramentales de Calderón.

En esto de las lecturas recuerdo que tenía el apoyo de mi padre, quien a veces me llamaba a su presencia y me decía con un solemne gesto pontifical de origen iluminista que intentaba abarcar con el brazo toda su biblioteca: "Lee lo que quieras pues los libros que no sean apropiados para tu edad, simplemente no los vas a entender, te vas a aburrir con ellos y vas a pasar a otros hasta encontrar los tuyos".

Recuerdo, con horror, uno de esos pecados de peligrosa lectura. Gracias al permiso paterno yo ostentaba en el colegio los títulos prohibidos, hasta que un pequeño auto de fe me enseñó a ocultar mejor mis preferencias. Sin entender un chorizo lo que ahí estaba escrito, pero por llevar la contraria, un día me presenté en el recinto del colegio con un libro de la biblioteca de mi padre: La gaya ciencia. El capellán, con una sonrisa de interés, me lo pidió prestado. Pasaban los meses y no me lo devolvía, hasta que por fin me atreví a preguntar por el libro. El padre me dijo: "Hay libros que indigestan nuestra mente. Por el solo hecho de poseer un libro de ese tudesco depravado, ya hemos caído en tentación, si no en pecado. No voy a devolvértelo. Aunque quisiera no podría pues te hice un favor. Lo quemé. En la mitad del patio del colegio hice una pequeña hoguera con mis propias manos, y lo quemé". Ah, si el Gaspar Medina de esos días hubiera sido aún más desobediente y hubiera leído toda la biblioteca de su padre, habría podido contestarle con una frase de Quitapesares: "Los que queman libros, tarde o temprano, llegan a quemar seres humanos". Pero ese que yo era se quedó mudo ante la noticia de la hoguera del capellán mayor.

Recuerdo también la expulsión de uno de mis compañeros. Se llamaba Juan Jacobo Rodó y era uno de los internos, pues su familia vivía en el Valle del Cauca. Toda la vida de Juan Jacobo, ahora puedo decirlo, llegaría a ser una cadena de persecuciones; su rebeldía no tuvo nunca precio. Pero de la cadena de actos heroicos de Juan Jacobo, el iluso, hablaré en otras memorias, si me quedan fuerzas para escribir novela comprometida. Ahora quiero contar tan sólo el primer episodio de represalias absurdas en su vida.

Juan Jacobo, una noche, se llevó al cuarto y a la cama a una noviecita que se había conseguido en el barrio obrero que quedaba por los alrededores del colegio. Lo descubrieron en flagrante delito (que es como decir con él adentro), escucharon sus imposibles descargos en la comisión de disciplina y luego lo expulsaron. Juan Jacobo me contó, con rabia, que meses atrás lo habían descubierto en la misma cama y similar postura (aunque distinto orificio) acostado con un compañero del internado. Y él y yo sabíamos que a muchos otros internos y externos los habían pillado masturbándose juntos en los baños. Nunca había pasado nada, salvo tibias admoniciones. Cuando le comunicaron la decisión irrevocable de expulsarlo, Juan Jacobo intentó alegar la incongruencia del castigo en los dos casos. El padre rector lo llamó aparte para decirle: "Hombre, Rodó, la solución es muy sencilla: los jovencitos no quedan preñados".

Ni él ni yo sabíamos que en los colegios para ricos es más importante enseñar a proteger el patrimonio que el pudor; no era una cuestión de moral sino un asunto práctico: acostarse tan jóvenes con una adolescente pobre podía llevar al embarazo, a una carrera truncada, al matrimonio con una persona de menor rango. Recuerdo cuánto nos ofendimos Juan Jacobo y yo por una acción que considerábamos de doble moral. Nosotros creíamos que ciertas instituciones habían sido erigidas con un temple ético inmune a la doblez; no habíamos leído todavía ciertos libros y cometimos el craso error de atacar a la Iglesia sin comprender, como comprendió Quitapesares (también demasiado tarde), que en realidad la Iglesia es una potente corporación a la que mucho conviene permanecer afiliados.

Por mucho que los disfracemos de santidad y alegría, los colegios de adolescentes son una morada de suplicios (bueno, no para todos, para los verdugos no). Allí nos preparamos a ver el estreno de los crímenes más abominables que veremos repetirse durante el resto de la vida. Allí entramos en contacto con todos los tipos humanos que vamos a encontrar más adelante: del adulador al ladrón al asesino. Raras veces podemos toparnos también con el justo. Mis compañeros tuvieron ese privilegio.


IV

En el que se hacen conjeturas sobre el olor de santidad y se dan las dimensiones secretas del seno

Si no temiera pasar por presuntuoso, e incluso considerando que no soy creyente, diría que soy un santo. Creo que todas las confesiones, ya sea de pecadores o de beatos, pretenden que el lector saque esa conclusión. Estoy escribiendo generalidades y sé que los relatos detestan la abstracción. No dicen "Pepe García era avaro", sino que cuentan un episodio de centavos reñidos en la tienda de la esquina. Está bien. Pero el cine y la televisión me han cansado ya de estos cuentos extendidos e implícitos. A la palabra le queda la rápida virtud de lo abstracto. No explico por qué soy un santo, digo que lo soy. Yo, en vez de tratar de demostrarlo en quinientas páginas de acciones, enmiendas y arrepentimientos, lo declaro sin sonrojo en dos palabras: soy santo. En tres: soy un santo. Y ni me va ni me viene pasar por presuntuoso pues los fingidos temores que se escriben en los libros son meras figuras retóricas que ya no captan la benevolencia de nadie.

Lo cierto es que no me importa demasiado la opinión que el lector vaya a formarse de mí a raíz de estas páginas, ni me interesa que sea benévolo o maligno en su juicio sobre el desmemoriado que las dicta. La vanidad, a mis años y en mi estado, es un residuo anacrónico de la juventud. La condena o el panegírico, si alguna vez los hay, no cambiarán una cana de mi cabeza dura. Es cierto que no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un año, pero lo que me resta de vida no puede contarse, de todas formas, en decenios. Mi repugnante enfermedad, de la que por ahora no hablaré (aunque anticipo que no es gota), me permite decir que por pura terquedad sigo aferrado a la existencia. Y en estas horas o meses que me quedan he resuelto poner a funcionar el último juguete de la vejez, es decir, esta memoria desastrada que dicta a mi amanuense algunas vivencias quizá desfiguradas por la distancia y por la fantasía. A mi secretaria, sí, a usted, señorita Bonaventura, taquígrafa de mis desventuras, custodia de mis secretos, a usted le ruego que transcriba sin pudor lo siguiente:

Mi secretaria tiene veinticinco años, mucho menos de la mitad de los míos. Mi secretaria copia lo que le dicto con puntos y comas. Lo pasa en limpio cuando yo estoy cansado y de la copia mecanográfica me relee para que yo pueda hacer las correcciones. Pocas correcciones, no porque haya poco que corregir, sino porque si exagero en ello, podría perder la vida en una sola frase. La señorita Bonaventura sabe qué frases me han hecho dudar más, sabe qué partes escabrosas he tenido que volver a redactar decenas de veces, pero ella no lo dirá. Todo debe parecer espontáneo como esta confesión.

¿En qué íbamos? Yo sostenía que era un santo. Sí, si es posible definir así a un temperamento apático, a uno que no es bueno por elección o por esfuerzo, sino porque le sale. Más que un hombre lleno de cualidades, soy un hombre sin defectos. Esta carencia es mi único atributo.

Para ser santo me educaron mis tíos sacerdotes, y así salí. No por mi culpa, pues siempre quise ser, en el peor sentido de la palabra, bueno. Pero nada. A mi edad sigo siendo un santo a pesar de que he hecho hasta lo imposible por no serlo. Porque he sido santo no sólo sin pretenderlo —que es lo de menos— sino también sin quererlo. Mi condición de elegido nunca me gustó. Los santos tradicionales resisten a la tentación. Yo he hecho hasta lo imposible para ser tentado, sin conseguirlo. ¡Ah, Señor, hazme caer en tentación! Pero nada.

Después de unos pocos episodios de maldad forzosa durante la primera juventud, he limitado mis actos hasta un punto que raya con la total inactividad. Ya he dicho que no soy una persona perezosa. Madrugar, levantarme, nunca ha sido para mí un suplicio. Es verdad que gracias a mi situación familiar nunca he tenido necesidad de trabajar, y si he trabajado (poco, para qué negarlo) ha sido sólo por mi gusto. Tengo personas de confianza que se encargan de mantener e incluso aumentar mi patrimonio sin que se requiera mi intervención ni mi presencia. Dispongo de mucho dinero y lo gasto, lo ahorro o lo comparto a mi antojo. Tienen razón los que han constatado que el dinero no tiene la menor importancia, mientras lo tenemos. Viven preocupados por la plata los que no tienen suficiente, así como quienes más hablan de sexo son aquellos que poco lo practican.

A propósito, entre mi taquígrafa y yo no existe la más escondida actividad sexual; como mucho, podría reconocer esporádicos, cortos y casi casuales comercios corporales. Nada serio: un abrazo filial, una palmada donde la espalda pierde su castísimo nombre. La pongo a ella, a quien estoy dictando, por testigo. Y no se crea que Bonaventura es una chica fea. Una de mis debilidades, la más grave quizá, es que nunca he podido soportar la compañía de las personas feas. Su sola presencia me incomoda, me molesta, me impide pensar o me obliga a pensar tan sólo en el arbitrio desquiciado de una naturaleza que permite semejantes desmanes. Así, pues, que Bonaventura no es una chica fea. Siendo mi secretaria no podría serlo o al menos yo no podría estar dictándole.

Es más, por complacer a los lectores curiosos y de libido atenta, voy a copiarles la descripción pormenorizada que una vez hizo un amigo, Quitapesares, del cuerpo de mi amanuense. Allí él, el autor de la descripción, o su demiurgo, afirma que los pechos de la señorita Cunegunda Bonaventura son una de las pocas perfecciones del universo. He aquí la página de mi Quitapesares:

"Tetas como las de Cunegunda Bonaventura, la evolución las produce cada dos o tres siglos. Debe de haber una especie de número pi secreto que da la dimensión perfecta de los senos y este número debería medirse de una vez por todas en las tetas de la secretaria de Medina. Una vez él me permitió tocárselas, en su biblioteca, y mis manos las abarcaban casi por entero sin acabar de abarcarlas. Era como sentir que se poseía por completo una teta pero a esa completez faltaba siempre algo, una reserva de deseo, para ser completa. El grado de turgencia era también irrepetible. No eran esas tetas duras en exceso de algunas quinceañeras o de las cuarentonas operadas con silicona. Si un inventor de almohadas consiguiera medir la mullidez del pecho de Bonaventura daría con la receta del imposible insomnio y también del imposible despertar. Esa misma vez probé la textura de la piel y mi lengua resbaló por el seno de Cunegunda como si la piel de ésta fuera un helado de natas, pero cálido. El redondel del pezón se conmovió brevemente al contacto con mi lengua e hizo que su piel, antes un poco más lisa, si se puede, que la del resto del seno, se uniformara en todo a la teta entera, salvo en el color que pasó del rosado al rosa intenso”. Acabamos de leer juntos, divertidos, esta exagerada descripción pectoral del amigo libidinoso. Por una vieja debilidad de lector, que me obliga a tratar de comprobar siempre todas las descripciones que leo, le pido ahora mismo a mi amanuense que me enseñe su seno, y confirmo al lector que es casi cierto lo que el lujurioso Quitapesares sostiene. Y ya que uso el verbo sostener, mi secretaria no requiere sostenes. Si yo fuera un puerco, como mi amigo y como la mayoría de los hombres, ahora mismo temería acercar una mano hasta el cuerpo de Bonaventura. No puedo hacerlo con toda inocencia. Sí, ella está aquí, al alcance de mi mano (más aún: su teta izquierda en mi mano derecha), copiando lo que usted está leyendo, pero no hay deseo en las yemas de mis dedos y tan sólo puedo hacer apreciaciones estéticas. No dudo que haya personas que se exciten ante la marmórea estatua de una Venus platónica; pero si alguno no tiene erecciones frente a las estatuas (ni siquiera tocándolas), piense que eso mismo me pasa a mí frente a las perfecciones pectorales de Bonaventura.

Ella sabe, por ejemplo, que puede mear en mi presencia, y por lo mismo hemos puesto una bacinilla en esta biblioteca. Así yo no debo detener el hilo de mis pensamientos por el simple hecho de que mi secretaria tenga una necesidad corporal. Con eso de orinar, creo que pasa como con los bostezos: son algo contagioso. A eso se debe que Bonaventura, mientras yo le dictaba lo de sus meadas ocasionales, haya tenido que subirse la falda y bajado los calzoncitos para dejar rodar su chorrito amarillo de inocente orina. Acabo de levantarme y he sumergido el índice en la tibieza de la bacinilla. Ahora me estoy chupando el índice. Creo que después de algunas horas de dictado empiezo a entrar en déficit de sal. Sólo por eso lo hago, no se crea. No se crea el lector que aquí podrá encontrar desaforadas páginas de sexo, habiendo buenos escritores que lo hacen y aún mejores que no lo hacen.

Digo: Borges tampoco hablaba de la cama compartida con sus lazarillas. No pretendo parecerme a él, no aspiro a adquirir esa perfecta frigidez de sus escritos. Yo veo bien y no sufro de temblores; si no escribo con mi mano es por costumbre y porque me parece más cómodo desenredar la madeja de mis pensamientos sin preocuparme por la caligrafía o por las metidas de pata de mis dedos sobre el teclado. Quitapesares dice que escribir es hablar sin que a uno lo interrumpan. Pues eso mismo es dictar. Querida secretaria, déjeme otra vez darle las gracias por sus buenos oficios y permítame depositar un ósculo perfectamente paternal en la raíz de sus muslos todavía húmedos.

Decía que yo era un santo. Una exageración. Setenta y dos años de vida pueden hacernos indulgentes con nosotros mismos. Pero no sé por qué revelo mi edad. Poco interesan a los jóvenes (y jóvenes, frente a mí, son la mayoría de los hombres) las peroratas de los viejos. Mejor sería decir que soy un joven de veintisiete años que se imagina a sí mismo con la cifra de su edad invertida. Pero en tal caso todo esto que escribo sería una falsificación y tampoco estoy seguro de que a la gente le interesen las falsificaciones. En fin. En todo caso lo que menos interesa al lector son las digresiones. Así que volvamos a lo mío: soy un santo. O casi.

Esto lo puedo decir yo, que me conozco y me dicto. Desconfíen del omnisciente, del omnipotente, del demiurgo que en tercera persona puede decir de mí lo que le dé la gana y divulgarlo a los cuatro vientos. Siendo que mi verdad es mía y sólo yo la sé, expongo mis hechos para demostrarla. Desconfío de los juicios supuestamente imparciales y creo, aunque no siempre, a este tremendo yo, mi único dueño. Digan lo que digan los caletres malpensados, sólo yo sé que soy un santo. Un santo. Aunque tal vez estoy exagerando.

martes, 30 de junio de 2009

Philip Roth. Autor de El Pecho


Escritor estadounidense representante de la "escuela judía" de la novela norteamericana. Nació en Newark (Nueva Jersey), y estudió en las universidades de Rutgers, Bucknell y Chicago. Enseñó inglés en las universidades de Chicago y de Iowa. Por su primera obra, Adiós, Colón (1959), un libro de relatos sobre la vida de los judíos en Estados Unidos, ganó en 1960 el National Book Award (Premio Nacional del Libro). El relato que da título al libro fue llevado al cine en 1969. Su primera novela, Huida (1962), relata la agonía de un joven catedrático judío que se debate entre la razón y los sentimientos. La novela Cuando ella era buena (1967) se desarrolla en un entorno ajeno a lo judío. La queja de Portnoy (1969), libro muy leído y controvertido que está escrito en forma de autobiografía, relata la vida sexual de Alexander Portnoy a través de su monólogo desde el diván de su psiquiatra. Las novelas El pecho (1972) y La gran novela americana (1974), esta última sobre el deporte del béisbol, suponen un cambio hacia la literatura fantástica, mientras que Mi vida como hombre (1975) señala una vuelta a temas más introspectivos. Las novelas El escritor fantasma (1979), Zuckerman (1981), Contravida (1987) y La mancha humana (2001), relatan la vida y carrera del escritor y protagonista Nathan Zukerman. Roth también ha escrito la novela Decepción (1990). La obra de Roth se caracteriza por analizar con fino humor las desesperanzas y fantasías de los judíos estadounidenses aunque también pinta de una manera sarcástica a la clase media en general.

EL PECHO. Por Philip Roth

1

Empezó de una manera rara. Pero ¿habría podi­do empezar de otra manera, al margen de cómo empezara? Se ha dicho, claro está, que todo cuan­to existe bajo el sol empieza de una manera rara y acaba de una manera rara, y que es raro. Una rosa perfecta es «rara», lo mismo que una rosa im­perfecta y la bella rosa de común color rosado que crece en el jardín del vecino. Conozco la perspectiva según la cual todo lo que existe pare­ce formidable y misterioso. Reflexiona sobre la eternidad, considera, si tienes valor, el olvido, y todo se transforma en un prodigio. De todos modos te diría, con toda humildad, que ciertas cosas son más prodigiosas que otras, y que yo soy una de tales cosas.
Empezó de una manera rara... una comezón suave y esporádica en la ingle. Durante aquella primera semana, iba varias veces al día al lavabo contiguo a mi despacho en el edificio de la facultad de letras para bajarme los pantalones, pero al examinarme, y por minuciosa que fuese la bús­queda, no veía nada fuera de lo corriente. Aun­que sin entusiasmo, decidí hacer caso omiso del picor. Siempre he sido un hipocondríaco tan im­penitente, he estado tan atento a cualquier cam­bio en la temperatura corporal y la regularidad orgánica, que al hombre razonable que también era le resultaba imposible tomarse en serio mis reveladores síntomas. Pese a las sombrías premo­niciones de extinción o parálisis o sufrimiento insoportable que acompañaban a cada nuevo do­lor o acceso de fiebre, a los treinta y ocho años era un hombre vigoroso y de buen apetito, de metro ochenta, con buena postura y un físico esbelto, casi todo el pelo y la totalidad de los dientes, y sin haber padecido ninguna enfermedad grave. Aun­que podría precipitarme a identificar la comezón en la ingle con algún trastorno neurológico como el herpes —o algo peor—, al mismo tiempo com­prendía que indudablemente, como siempre, no era nada.
Me equivocaba. Era algo. Transcurrió otra se­mana antes de que distinguiera una coloración rosada apenas perceptible de la piel bajo el vello púbico, pero una mancha tan tenue que finalmente me obligué a no seguir mirando, diciéndome que no era más que una pequeña irritación y, desde luego, nada preocupante. Al cabo de otra semana —lo cual, por cierto, constituía un perío­do de incubación de veintiún días— bajé la vista al entrar en la ducha y descubrí que durante la ago­tadora jornada, con las clases, las reuniones, los viajes de ida al trabajo y vuelta y las comidas fue­ra de casa, la piel en la base de mi pene había ad­quirido una tonalidad rojo pálido. De inmediato concluí que se trataba del tinte de mis calzonci­llos. (Que los calzoncillos que me había bajado a los tobillos fuesen de color azul claro no signifi­caba nada en aquel momento de incredulidad y pánico.) Parecía manchado, como si me hubieran aplastado algo —algún tipo de baya— en el pubis y el jugo, tras deslizarse hasta el miembro, hubiera coloreado irregularmente la raíz.
En la ducha me enjaboné y aclaré el pene y el vello púbico tres veces, y entonces me recubrí cui­dadosamente desde los muslos al ombligo con una gruesa capa de burbujeante jabón, masajeándome mientras contaba hasta sesenta. Cuando me aclaré con agua caliente —esta vez tanto que quemaba— la mancha seguía allí. No un sarpullido ni una cos­tra ni una magulladura ni una llaga, sino un intenso cambio de pigmentación que enseguida asocié con el cáncer.
Eran las doce, la hora en que tradicionalmente se producen las transformaciones en los relatos de horror, y una hora en la que era difícil conseguir un médico en Nueva York. Sin embargo, telefo­neé de inmediato a mi médico, el doctor Gordon, y, pese al esfuerzo por ocultar mi alarma, él perci­bió claramente el temor y se ofreció a vestirse y cruzar la ciudad para examinarme. Tal vez si Claire hubiera estado conmigo aquella noche, en lugar de haberse quedado en su piso preparando un in­forme para el comité sobre planes de estudio, el mismo terror me habría impulsado a pedirle al médico que viniera corriendo. Por supuesto, dada la naturaleza de mis síntomas a aquella hora, es im­probable que el doctor Gordon me hubiera envia­do sin dilación al hospital, y tampoco parece, por lo que ahora sabemos —o seguimos sin saber—, que en el hospital pudieran haber hecho cualquier cosa para impedir o detener lo que estaba en marcha. El sufrimiento de las cuatro horas siguientes que hube de pasar a solas tal vez podría haber sido ali­viado con morfina, pero nada indica que cualquier procedimiento médico, aparte de la eutanasia, pu­diera haber invertido el rumbo del desastre.
Con Claire a mi lado podría haberme derrum­bado por completo, pero, en mi soledad, de re­pente me avergonzaba perder el dominio de mí mismo; no habían pasado más de cinco minutos desde el descubrimiento de la mancha, y allí es­taba yo, mojado y desnudo en el sofá de piel, tra­tando en vano de superar el trémolo de mi voz mientras bajaba los ojos y describía por teléfono lo que veía. «Tranquilízate», me dije, así que me tranquilicé, como puedo hacerlo cuando me lo propongo. Si era lo que me temía, podía esperar hasta el día siguiente, y si no lo era, también podía esperar. Le dije al doctor que me pondría bien. Exhausto tras una dura jornada de trabajo, me había... sobresaltado. Iría a su consultorio (pen­sé que esto era una prueba de valor por mi par­te) hacia mediodía. Él me dijo que fuese a las nueve. Accedí y, tan serenamente como pude, le di las buenas noches.
Hasta que hube colgado el aparato y volví a examinarme bajo una luz intensa, no recordé que había un tercer síntoma, aparte del picor en la in­gle y la decoloración del pene, que no le había mencionado al doctor. Hasta aquel momento lo había tomado por una señal de salud más que de enfermedad. Se trataba de la intensidad de la sensación local que había experimentado al hacer el amor con Claire durante las tres semanas anterio­res. Para mí había significado el resurgimiento del deseo que antes sentía por ella; ni siquiera me mo­lestaba en preguntarme de dónde o por qué, tan encantado —y tan aliviado— me sentía por su retor­no. Lo cierto era que la intensa lujuria que su be­lleza física había despertado en mí durante los dos primeros años de nuestra relación se había ido re­duciendo desde hacía casi un año. Hasta fecha reciente, le hacía el amor no más de dos o tres ve­ces al mes, y lo más frecuente era que fuese ella la incitadora.
Mi enfriamiento —mi frialdad— era penoso para los dos, pero como ambos habíamos padecido no pocos trastornos emocionales (ella de niña con sus padres, yo de adulto con mi mujer), éramos igualmente reacios a dar cualquier paso hacia la ruptura de nuestra unión. Por descorazonador que fuese para una encantadora y voluptuosa joven de veinticinco años verse rechazada una noche tras otra, Claire no mostraba externamente ni un ápi­ce de la suspicacia, la frustración o la cólera que incluso a mí me habrían parecido justificadas, el origen de su desdicha. Sí, ella paga un precio por su ecuanimidad (no es la mujer más expresiva que jamás he conocido, pese a su pasión sexual), pero he llegado a la etapa de la vida —es decir, había lle­gado— en la que el puerto sereno y sus plácidas aguas me gustaban más que el espumeante drama­tismo de alta mar. Por supuesto, había ocasiones —cuando estábamos en compañía o a veces solos después de cenar— en que podría haber deseado que ella fuese más animada y más receptiva, pero estaba demasiado satisfecho de aquella sensatez suya en la que podía confiar para que me decep­cionara su falta de viveza. Ya había tenido sufi­ciente viveza con mi mujer.
Lo cierto es que, a lo largo de tres años, Claire y yo habíamos encontrado una manera de vivir juntos (que en parte suponía vivir separados) que nos proporcionaba la calidez y la seguridad de nuestro mutuo afecto, sin la dependencia acom­pañante, ni el agotador aburrimiento, ni el ansia desenfrenada y descentrada, ni las estrategias, du­rante las veinticuatro horas del día, del engaño y el apaciguamiento que parecían haber amargado a todos menos unos pocos de los matrimonios que conocíamos. Un año atrás había puesto fin a cinco años de psicoanálisis convencido de que las heridas sufridas en el Gran Guiñol de mi matri­monio habían cicatrizado tan bien como era posible que lo hicieran, y en gran parte gracias a mi vida en común con Claire. Tal vez no fuese yo el hombre que había sido, pero tampoco era un sol­dado raso herido, lleno de vendajes y tocando el tambor de la compasión de sí mismo, proceden­te de ese campo de batalla conocido como Ho­gar. La vida se había vuelto ordenada y estable, la primera vez que podía decir tal cosa en más de una década. La verdad es que nos llevábamos bien con tal facilidad y tan pocas tensiones, nos gustábamos tanto el uno al otro que cuando, inesperadamente, dejé de experimentar por completo placer cuando hacíamos el amor, lo consideré un desastre (poco sabía entonces de desastres). Fue un acontecimiento deprimente y desconcertante, y, por mucho que me empeñara, parecía incapaz de alterarlo. Lo cierto es que tenía concertada una cita con mi ex analista para hablarle de cómo me estaba afectando aquella situación cuando, también inesperadamente, de repente era más apa­sionado con ella de lo que había sido jamás con cualquier otra.
Pero «pasión» no es la palabra apropiada: un bebé en la cuna no siente pasión cuando le divier­ten haciéndole cosquillas bajo la barbilla. Me re­fiero a un placer del todo táctil: ni sexo en la cabeza ni en el corazón, sino, delicioso tormento, en la epidermis del pene, limitado a la superficie y generador de éxtasis. Era una clase de placer que me llevaba a contorsionarme y aferrar las sá­banas, hacía que me retorciera y diese vueltas en la cama con un irreprimible abandono que anterior­mente había considerado más propio de las mu­jeres que de los hombres y, en el caso de las muje­res, más imaginario que real. Durante la última semana de mi período de incubación, a punto estuve de llorar tan solo debido al tortuoso placer de la fricción. Al correrme, le lamía a Claire la oreja como un perro. Le lamía el pelo. Jadeante, me lamía mi propio hombro. ¡Me había salvado! ¡Mi vida en común con Claire no corría peligro! Tras haber yacido indiferente a su lado durante casi un año, tras haber empezado a temer lo peor acerca de nuestro futuro, de alguna manera —¡ben­dita y misteriosa manera!— había encontrado el camino hacia un terreno de pura y primitiva sen­sibilidad erótica, donde el vínculo entre nosotros solo podía reforzarse.
—¿Es esto lo que se considera disipación? —le pregunté a mi feliz amiga, cuya pálida piel tenía las marcas de mis dientes—. Nunca había experi­mentado una cosa igual.
Ella se limitó a sonreír y cerró los ojos para sentirse un poco más en el séptimo cielo. Tenía el cabello empapado en sudor, como el de una niña que hubiera jugado demasiado tiempo al aire libre un día muy caluroso. Claire satisfecha, do­nante de satisfacción. Afortunado David. No po­dríamos haber sido más felices.Por desgracia, lo que me ha sucedido es algo que nadie ha experimentado jamás, algo que se encuentra más allá de la comprensión, más allá de la solidaridad, más allá de la comedia. Desde lue­go, no faltan quienes afirman estar al borde de una explicación científica concluyente; los hay, mis fieles visitantes, cuya compasión no parece tener límites; y luego, ahí fuera, en el mundo, aquellos —¿por qué no habrían de hacerlo?— que no pueden evitar reírse. Y, mira, hay ocasiones en las que incluso soy uno de ellos: comprendo, siento compasión y también veo la broma. Gozar de ella es otra cuestión. Si pudiera sostener la risa más de unos pocos segundos... si no fuese tan breve y tan amarga. Claro que tal vez deba espe­rar aún más regocijo, si los médicos son capaces de mantenerme vivo en semejante estado, y si yo sigo deseando que lo hagan.


2

Soy un pecho. Un fenómeno que me han descrito de diversas maneras, como «un influjo hormonal masivo», «una catástrofe endocrinopática» o «una explosión hermafrodítica de cromosomas», tuvo lugar en mi organismo entre la medianoche y las cuatro de la madrugada del 18 de febrero de 1971 y me convirtió en una glándula mamaria sin nin­guna relación con ninguna forma humana, como solo podría aparecer, habría pensado uno, en un sueño o una pintura de Dalí. Me dicen que aho­ra soy un organismo con la forma general de un balón de fútbol norteamericano o de un dirigible; dicen que tengo una consistencia esponjosa, peso setenta y tres kilos (antes pesaba setenta y cin­co) y que sigo midiendo metro ochenta de altu­ra. Aunque conservo, si bien dañado y de forma «irregular», gran parte de los sistemas cardiovascu­lar y nervioso, un sistema excretor calificado como «reducido y primitivo» y un sistema respiratorio que termina justo por encima del diafragma en algo que recuerda un ombligo con un opérculo, la arquitectura básica en la que estas característi­cas humanas están desordenadas y enterradas es la de un pecho de mamífero hembra.
La mayor parte de mi peso corresponde a te­jido adiposo. Por un extremo estoy redondeado como una sandía, por el otro finalizo en un pe­zón, de forma cilindrica, que se proyecta trece centímetros desde mi «cuerpo» y está perforado en la punta por diecisiete aberturas, cada una más o menos de la mitad del tamaño de un orificio uretral masculino. Estas son las aberturas de los conductos lactíferos. Tal como lo entiendo sin la ayuda de diagramas, pues estoy ciego, los con­ductos se ramifican hacia atrás en lóbulos com­puestos por la clase de células que segregan leche y que es transportada a la superficie del pezón normal al succionarlo o bien ordeñarlo mecáni­camente.
Mi piel es suave y «juvenil», y sigo siendo de «raza blanca». El color del pezón es rosado. Esto último se considera peculiar, puesto que en mi encarnación anterior era muy moreno. Como le dije al endocrinólogo que hizo esta observación, me parece menos peculiar que otros aspectos de la transformación, claro que yo no soy endocrinólogo. Un chiste lleno de amargura, pero chiste al fin y al cabo, y deben de haberlo observado y anotado.
El pezón es rosado, como la mancha en la base del pene que descubrí la noche en que empezó todo esto. Dado que los orificios del pezón me proporcionan algo similar a una boca y oídos ves­tigiales (por lo menos me ha parecido que soy capaz de hacerme oír a través del pezón y perci­bir vagamente lo que sucede a mi alrededor), ha­bía supuesto que era mi cabeza lo que se había transformado en pezón, pero los médicos son de otra opinión, por lo menos desde el mes corrien­te. En primer lugar, no hay duda de que mi voz, por débil que sea, emana del opérculo en el dia­fragma, a pesar de que mi sentido del paisaje in­terno siga asociando tercamente las funciones de la conciencia con el punto más elevado del cuer­po. Ahora los médicos sostienen que la piel arru­gada y áspera del pezón (que, desde luego, es exquisitamente sensible al tacto, como ningún te­jido de la cara, incluida la membrana mucosa de los labios) se ha formado a partir del glande. La fruncida y rosada areola que rodea al pezón parece ser una metamorfosis del miembro bajo el ataque de una secreción volcánica del fluido «mamogénico» de la pituitaria. Dos pelos largos y rojizos se extienden desde una de las pequeñas elevaciones en el borde de mi areola.
—¿Qué longitud tienen?
—Dieciocho centímetros exactamente.
—Mis antenas. —Amargura. Luego incredulidad—. ¿Quiere tirar de uno de ellos, por favor?
—Si lo desea, David, tiraré de él con mucha suavidad.
El doctor Gordon no mentía. Había tirado de uno de mis pelos. Una sensación bastante fami­liar, tanto que deseé estar muerto.
Por supuesto, transcurrieron varios días después del cambio (¡el «cambio»!) antes de que recobra­ra la conciencia, y otra semana antes de que me dijeran algo, aparte de que había estado «muy en­fermo» con un «desequilibrio endocrino». Cada vez que me despertaba y descubría de nuevo que no podía ver, oler, saborear y moverme me la­mentaba y aullaba de tal modo que debían man­tenerme bajo una fuerte sedación. Cuando me tocaban el «cuerpo» no sabía a qué carta quedar­me: la sensación era inesperadamente tranquili­zante, pero lejana, y me recordaba el lamido del agua en una playa. Una mañana, al despertar, noté que les sucedía algo nuevo a mis extremidades. No era dolor, al contrario, la sensación era más bien agradable, y no obstante me parecía tan ex­traño sentir aquello que grité.
—¡Me he quemado! ¡Ha sido un incendio!
-Cálmese, señor Kepesh —me dijo una mu­jer—. Solo le estoy lavando. Me limito a lavarle la cara.
—¿La cara? ¿Dónde está? ¿Dónde están mis bra­zos? ¿Y mis piernas? ¿Dónde está mi boca? ¿Qué me ha ocurrido?
Entonces habló el doctor Gordon.
—Se encuentra en el hospital Lenox Hill, Da­vid. Está en una habitación particular en la sép­tima planta. Lleva aquí diez días. Le he visitado a diario por la mañana y la noche. Disfruta us­ted de excelentes cuidados y de todas las aten­ciones que requiere. En estos momentos le están lavando con una esponja, agua templada y ja­bón. Eso es todo. ¿Acaso le duele lo que le están haciendo?
—No —gemí—, pero ¿dónde está mi cara?
—Deje que la enfermera le lave y dentro de un rato hablaremos. Debe descansar todo lo que pueda.
—¿Qué me ha ocurrido?
Recordaba el dolor y el terror, pero nada más: había sido como si me hubiesen disparado una y otra vez desde un cañón contra un muro de la­drillo y a continuación me hubiera pisoteado un ejército de botas. En realidad era más bien como si hubiera sido un hombre de caramelo masticable, extendido en direcciones opuestas por el pene y las nalgas, hasta llegar a ser tan ancho como largo había sido. Los médicos me dicen que no pude estar consciente más que unos pocos minutos una vez iniciada la «catástrofe», pero, al rememo­rarlo, me parece que estuve despierto para notar que cada hueso de mi cuerpo se quebraba y re­ducía a polvo.
—Si ahora pudiera relajarse...
—¿Cómo me alimentan?
—Intravenosamente. No debe preocuparse. Se le alimenta todo lo necesario.
—¿Dónde están mis brazos?
—Deje que la enfermera le lave y luego le fric­cione con aceite, y ya verá cómo se siente mucho mejor. Entonces podrá dormir.
Cada mañana me despertaban así, pero pasó otra semana o más tiempo antes de que estuviera lo bastante calmado (o aletargado) para asociar las sensaciones del lavado con la excitación erótica.
Por entonces estaba convencido de que me ha­bían amputado las extremidades superiores e in­feriores, de que la caldera, que estaba bajo mi piso, había estallado y de que la explosión me ha­bía dejado ciego y mutilado. Sollozaba casi con­tinuamente, pues no daba el menor crédito a las explicaciones sobre las hormonas que el doctor Gordon proponía como el origen de mi «enferme­dad». Entonces, una mañana, agotado y entumeci­do al cabo de varios días de llorar sin lágrimas, noté que me excitaba, una suave palpitación en la vecindad de lo que todavía consideraba mi cara, una agradable sensación de... tumefacción.
—¿Le gusta así? —¡La voz era masculina! ¡Un desconocido!
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?
—Soy el enfermero.
—¿Dónde está la otra enfermera?
—Hoy es domingo. Cálmese, no ha venido por­que es domingo.
A la mañana siguiente, la enfermera habitual, la señorita Clark, entró de servicio, acompañada por el doctor Gordon. Me lavaron, bajo la super­visión del doctor, y esta vez, cuando empecé a experimentar las sensaciones que acompañan a las caricias eróticas, dejé que me envolvieran.
—Ah —susurré—, qué agradable es.
—¿A qué se refiere? —me preguntó el doctor Gordon—. ¿Qué está diciendo, David?
La enfermera empezó a restregarme con aceite. Notaba cada uno de sus dedos masajeando aque­lla cara que ya no era una cara. Todo mi ser her­vía con la sensación de inminencia que precede a una eyaculación perfecta.
—Oh, Dios mío, qué fenomenal es esto —dije, y me puse a sollozar de un modo tan incontrola­ble que tuvieron que sedarme de nuevo.
Poco después entró el doctor Gordon acom­pañado por el doctor Klinger, quien había sido mi psicoanalista durante cinco años, y me dijeron qué era aquello en lo que me había convertido.
Me lavaban suavemente pero a fondo cada ma­ñana, luego me embadurnaban de aceite y me daban un masaje. Después de escuchar la verdad de lo sucedido, después de saber que ahora vivía en una hamaca, el pezón en un extremo, la re­dondeada y prominente parte inferior en el otro, y con dos cabestrillos de terciopelo sujetando mi volumen en su lugar, transcurrieron varios meses antes de que aquellas abluciones matinales me procurasen el menor placer. E incluso entonces, solo cuando el doctor Gordon consintió en dejarme a solas con la enfermera, fui capaz de aban­donarme de nuevo por completo a las atentas ma­nos de la señorita Clark. Pero cuando lo hacía, las palpaciones eran casi insoportables, un «casi» delicioso, un frenesí similar a lo que había expe­rimentado en aquellas últimas semanas de rela­ción sexual con Claire, pero que parecía incluso más intenso, pues lo experimentaba en un estado de absoluta impotencia e inesperadamente, y pro­vocado por aquellas manos dedicadas por com­pleto a despertar mi excitación. Una vez finali­zada la sesión, cuando la señorita Clark se había retirado con la palangana de agua tibia y los fras­cos de aceite (yo imaginaba unos frascos colo­reados), la hamaca se mecía cómodamente a uno y otro lado, hasta que por fin cedía mi agitación, el pezón se ablandaba y me sumía en el sueño del saciado.
Digo que el doctor consentía en dejarnos a solas en la habitación, pero ¿cómo sé que alguien me ha dejado solo o incluso que me encuentro en una habitación? El doctor Gordon me asegura que no estoy sometido a más vigilancia que la de cualquier otro caso difícil, que no me exhiben en un anfiteatro de facultad de medicina ni estoy bajo las cámaras de un circuito cerrado de televisión... pero ¿qué le impediría mentirme? Dudo de que en medio de esta calamidad haya alguien que se preocupe por mis libertades civiles. Eso sí que haría reír. ¿Y qué me importa si no estoy solo cuando creo que lo estoy? Si me encuentro bajo una cúpula insonorizada en una plataforma colocada en medio de Madison Square Garden, si me exhiben en un escaparate de Macy's, ¿qué más me da? Dondequiera que me hayan puesto, por numerosos que sean los espectadores, la ver­dad es que estoy tan solo como cualquiera podría desear estarlo. Es mejor que deje de pensar en mi «dignidad», al margen de lo que significara para mí cuando era profesor de literatura, amante, hijo, amigo, vecino, consumidor, cliente y ciudadano. Si jamás ha habido una época para olvidar las convenciones, el decoro y el orgullo personal, es ahora. Pero como estas son cuestiones íntima­mente relacionadas con mi idea de la cordura y el amor propio, la verdad es que en estos momen­tos me siento atribulado como nunca lo estuve en mi vida anterior, en la que adoptaba con toda facilidad el comedimiento social practicado por las clases educadas, y al hacerlo así experimenta­ba una auténtica satisfacción. Ahora la idea de que mis sesiones matinales con la señorita Clark se retransmiten en directo por el circuito de tele­visión interno del hospital, que mis delirantes contorsiones son observadas por decenas de cien­tíficos reunidos en la galería por encima de mí... en fin, a veces eso resulta casi tan insoportable como todo lo demás. Sin embargo, cuando el doctor Gordon me asegura que respetan mi «in­timidad», ya no le llevo la contraria, sino que le expreso mi agradecimiento, y de esa manera soy capaz por lo menos de fingir ante ellos que creo estar solo aunque no lo esté.
Mira, no se trata de hacer lo correcto o lo bien visto; puedo asegurarte que me tiene sin cuidado la etiqueta que conlleva ser un pecho. Lo que me importa es hacer lo que debo, seguir siendo yo. Pues, de lo contrario, ¿quién o qué soy? O bien no dejo de ser yo mismo o bien enloquezco y luego me muero. Y parece ser que no quiero morir. Eso también es una sorpresa para mí, pero ahí está. Tampoco preveo un milagro, una espe­cie de ataque como represalia por parte de mis hormonas antimamogénicas, si existen tales (y solo Dios sabe si existen en una cosa como la que soy ahora), que reparará el daño. Sospecho que es un poco tarde para eso, y por ello si el pecho hu­mano sigue deseando existir no es porque albergue semejante esperanza. Insisto en que soy hu­mano, pero no tan humano. Tampoco creo que lo peor haya pasado. Tengo la sensación de que lo peor está por llegar. No, se trata sencillamente de que, como la muerte me aterra desde los dos años de edad, me he atrincherado en el odio que le tengo, he adoptado una postura personal contra la muerte que parezco incapaz de modificar de­bido a que me ha ocurrido «esto». Sí, «esto» es en verdad horrible, pero, por otro lado, hace tanto tiempo que no deseo morir que me resulta impo­sible cambiar de actitud de la noche a la mañana. Necesito tiempo.
Como puedes imaginar, mi supervivencia es de gran interés para la ciencia médica. Microbió­logos, psicólogos y bioquímicos siguen estudiando ese milagro, tanto aquí, en el hospital, como, se­gún me dicen, en instituciones médicas de todo el país. Están tratando de averiguar qué es lo que me hace seguir vivo. El doctor Klinger opina que no importa cómo unan las piezas del rompecabezas, porque al final todo se reducirá a esas manidas expresiones de púlpito, «fuerza de carácter» y «vo­luntad de vivir». ¿Y quién soy yo para no estar de acuerdo con tan heroica percepción de mi per­sona?
—Entonces parece ser que mi análisis ha «cua­jado» —le digo al doctor Klinger—. Es usted digno de alabanza, señor.
Él se ríe.
—Siempre ha sido usted más fuerte de lo que creía —replica.
—Habría preferido no tener nunca que descu­brirlo. Y, además, eso no es cierto. No puedo vi­vir así mucho más tiempo.
—Sin embargo, ha de hacerlo, y ciertamente lo hace.
—Sí, lo hago, pero no puedo. Nunca he sido fuerte. Tan solo resuelto. Un pie delante del otro. Buenas calificaciones en todas las asignaturas. Se remonta a la época en que entregaba los deberes a tiempo y me llevaba los premios. Estar aquí dentro es espantoso, doctor Klinger. Quiero abandonar, quiero volverme loco, salir dando tumbos, echan­do pestes y delirante, solo que no puedo. Sollozo. Grito. Toco fondo. ¡Me quedo ahí tendido en ese fondo! Pero entonces vuelvo en mí. Hago mis chistecillos mordaces. Escucho la radio. Escucho el fonógrafo. Pienso en lo que hemos dicho. Re­freno mi furor y mi amargura, y espero a que usted vuelva a visitarme. Pero esto, volver en mí, es una locura. Poner un pie delante del otro es una locura, ¡sobre todo porque no tengo pies! ¡Esta cosa atroz ha sucedido, y escucho las noticias de las seis de la tarde! ¡Esta increíble catástrofe, y es­cucho el boletín meteorológico!
No, no, dice el doctor Klinger: fuerza de ca­rácter, voluntad de vivir.
Le digo que quiero enloquecer, y él responde que es imposible: eso está más allá de mí, está por debajo de mí. Ha sido necesario «esto» para des­cubrir que soy una ciudadela de cordura.
Así pues, puede que finja otra cosa, pero sé que me están estudiando, mirándome como contem­plarían desde el fondo de vidrio de un barco la vida privada de una marsopa o un manatí. Pienso en esos mamíferos acuáticos debido al parecido general que tengo con ellos, lo sé, en tamaño y forma, y porque de la marsopa en particular se dice que es una criatura inteligente, tal vez inclu­so racional. Una marsopa con doctorado, el pro­fesor adjunto Marsopa Kepesh. A decir verdad, en una clase de vida como esta, lo que uno echa más en falta es la estupidez, la trivialidad, la falta de sentido de la vida, pues, aparte de la realidad monstruosa y ridícula en que me he convertido, está la responsabilidad intelectual que parece des­prenderse de esta absurda desgracia. ¿QUÉ SIGNIFICA? ¿CÓMO HA PODIDO SUCEDER? ¿POR QUÉ, EN TODA LA HISTORIA DEL GENERO HUMANO, HA TENIDO QUE OCURRIRLE AL PROFESOR KEPESH?Sí, el doctor Klinger actúa de un modo inteligen­te al atenerse a lo que es corriente y familiar, al soltar su cantinela sobre la fuerza de carácter y la voluntad de vivir. Mejor estas banalidades que lo altisonante o lo apocalíptico, ya que, por más que sea la ciudadela de la cordura, mi capacidad de aguante tiene un límite.