miércoles, 18 de enero de 2012

Cartas a la Extraña. Por José Barroeta (1942)



I
Por ti, por tu nombre y por la codicia de tu nombre comienza el espíritu. He dejado de pertenecer al concepto y aun cuando no concluye de repartir su oro mi inconsciente tú, para que vuelva cargada de muertos la infancia, abdicas a favor de otros resplandores.

Me escondo en el follaje para que no arrastres la simpleza de mis ojos. Cualquier descubrimiento que haga dentro o fuera de ellos significa la pérdida del agobio que precede la vida del poeta antes o después del amor.

Como en tiempos de fuga mis carnes son lanzadas a un bosque sin rostro, incitadas por el temor de morar en el centro de otras, como las tuyas, que más que la vida recuerdan los desnudos de Amadeo Modigliani.

Una especie de aire devastador asistía nuestras presencias; lo ilusorio se tornaba sílaba sórdida, muladar, sangre de gusano de seda en víspera de muertos. En tales ocasiones yo me revestía de una inmundicia púrpura, domaba mis sueños para que no escucharas los sonidos.

Cuando ya te supe perdida, tú estabas preparada para un hombre sometido a menores espasmos, además por oposición a mí amas el equilibrio, injurié la parte de mi memoria que se esconde al mundo.

Debía, por alquimia, cumplir el mandato de los errantes y morir en estado de ráfaga. Pero mi cuerpo pasó a una estación de inimaginable quietud, optó por un letargo donde el espíritu se aposenta en forma de muerte.

II
Estamos en 1930. Unidos por el ruido de un viento final descubro en el asombro la muerte que te pertenece. Pero eres una cosa pequeña, un nervio que apenas pesa en manos de la madre. Estamos en 1930 y la mar golpea fuerte el paisaje de estaño. Un pájaro marino pasa cerca de ti, un demonio que habrá de señalarte los esplendores que no podrás alcanzar.

Luego la infancia; perseguir y no tocar jamás la cripta imaginaria que dentro de la mar seduce el corazón; comprender que llegada la edad de los hechos memorables estamos irremediablemente perdidos. Inicia entonces el espíritu la gran aventura, fatalmente el mundo nos alimenta de miedo y de pura poesía comenzamos a vivir.

III
Conozco la región donde el abandono ha fijado con precisión las líneas superiores y elementales de tu espíritu. Por las rasgaduras de tus pupilas descubro que has pasado de la inercia a los humos prohibidos. Un vértigo desolado te atrapa y el mundo de la infancia vierte, torpe, sílabas a mis oídos.

A la hora de la despedida un visitante del país del letargo despierta y nos asombra. Mira con displicencia y se acuesta de nuevo en búsqueda de su original inmovilidad.

Yo sueño pero mi paisaje no es tu paisaje; lejano de tu mar de infancia mi pueblo se esconde entre árboles y fantasmas domésticos. A él acuden los hombres para que los derribe la muerte; los bajan desde allá, de monte adentro, y los dejan tendidos en la tierra para que sueñen con sus bosques.

Yo acudo a la vida sorprendido por el cielo vago noches y días enteros por sobre las colinas. Miro mi cuerpo desnudo en el río y así, gran príncipe silvestre, abandono una noche mi palacio rural y otros serán mis ojos sobre ciudades desconocidas.

Estamos en 1930. Ya ha comenzado el frenesí, ya han comenzado el ser y la hoguera de ese ser que gira y lo consume todo.

Tú estás de espalda al viento de diciembre y a sabiendas de que no debes alimentar tus propios fracasos acude a ellos para medir tus actos futuros, impidiendo a tu doble el paso a la iluminación.

Conozco también la facilidad que posees para atraer personajes extraños. Las veces que he dormido contigo he sentido el estertor que me producen esas raras figuras que te persiguen o que muchas veces son fracciones de tu propia vida que aspiran reconquistar los espacios que fueron desposeídos.

En las horas de duermevela, cuando sentíamos las evidencias de la muerte, la solemnidad del fantasma sustraía lo poco que nos quedaba del porvenir.

IV
Me pregunto si en realidad la historia de los viajes, de eso que mis padres llaman fugas turbulentas con N, es también la historia de mi podredumbre. Tan miserable como he sido para con mis oficios, lo único cierto que quedaba de mí dentro de tanta convención a la que me he sometido era lo de viajar. Vagar contigo a lo ancho de este presuroso país y recordar los puntos esenciales de mi poesía y mi paisaje. Vagar contigo era como dormir en los celajes de una imaginación donde la muerte había dejado sus mejores ráfagas. Era aborrecer la multitud, aborrecer todo cuanto me impedía sentarme a la sombra de mi cadáver y acusar desde allí el origen de una enfermedad, el alcohol, que desde la adolescencia se aposentó en mí en forma sagrada. Una enfermedad que tú detestas cuando sobrepasa el extremo y que yo admiro porque es la derrota del cuerpo, la fiebre del espíritu, la devoción a la muerte, la casa de la infancia hecha polvo bajo nuestros pies.
Viajar y retomar el pulcro fuego de la noche.
Viajar y comprender que la tierra y el cielo nos están prohibidos.
Vagar para que sea yo quien decida mi propio apocalipsis mirándote bajo el silencio que adivine a la memoria del viajero que se sabe desposeído de la tierra.

V
Me basta con unir tu fantasma al destello; con guarecerme en la melancolía de los amigos y lograr, junto a ellos, los relámpagos de la orilla.

Tendías la red porque me sabías mísero. Creíste darme un poco de tu fuego sin comprender que yo era dueño de una juventud que se repite en los follajes, donde no te será permitido mirar.

Qué sabes tú, reina sin edad y sin tiempo, del errar a que me someto. Qué de la música que me domina. Qué de la noche donde no ocurre el sueño y el espíritu despierta y fustiga sus muertos sobre la carne.

Ya no quedan para mí colinas ni ciudades. Tu fantasma me conduce, lámpara en mano, a una tiniebla menos miserable, donde prohibidos los retornos la carne es burlada por la imaginación.

VI
Escucha, recuerda la profecía: Mira tu país, quémalo, arrástralo como sólo tú sabes hacerlo. Pon tus ojos a la disposición de la muerte; no olvides que la herida es lo único real. No olvides mis palabras que por ti se marchan del mundo de los desmesurados, del territorio de los grandes hacedores del fuego y que retornarán envanecidas y desgastadas por la molicie. Escucha siempre el ruido que dejó mi locura sobre las calles; atiende a esos silbos que brotaban de un hombre cuyo espíritu había crecido a punta de volcán.
Vive de forma que los muertos de infancia te sobrecojan. Vive, pero mira tu país, quémalo, arrásalo con los ojos.

VII
No es ni siquiera el estuario de cuanto soñé lo que me acompaña. Son nervios al descubierto y fáciles para conducirme a la demencia los que quedan como señales.

Por pura vergüenza me retiro de la casa del sueño: No debí pensar en la permanencia de algo que me estaba vedado como lo es el encuentro de mi Nadja.

Por fidelidad a mi equívoco ahora me conduzco de una manera diferente. Me he vuelto hosco, y aun cuando esto me permite el disfrute perfecto del silencio, tiende también a separarme de mis camaradas inolvidables.

Por fidelidad a mi equívoco me someto a formalidades que antes juzgué monstruosas. Converso sin apasionamiento y doy audiencia a frágiles razones.

Por fidelidad a mi equívoco tallo las letras de tu nombre de agua en los guijarros y se los entrego a los dementes para que no duerman nunca.

Por fidelidad a mi equívoco saludo la iluminación que sólo encanta a quien se revela.

lunes, 16 de enero de 2012

Relatos de Adriana Prieto





De no ser por la vena
De no ser por la vena que se salió de su pie, su vida no hubiera cambiado nada. Vio que poco a poco se salía y sintió que no debía ser mayor preocupación para él. Se comenzó a alarmar cuando notó que ésta se inflaba como un globo, su sangre era casi transparente, mientras más se inflamaba la vena más transparente se hacía todo, llegó a convertirse en una tela invisible que parecía un gran lazo sobre su pie. Caminaba entonces elevando ese globo que lo sostenía, era una sensación única, su cuerpo había adquirido un ritmo muy particular al caminar; su preocupación apareció el día en el que el globo explotó, se escuchó un gran estallido, y cuando miró, su pie parecía de un recién nacido, lo cubría un polvo blanco que parecía talco y sutiles manchas rojas evidenciaban que alguna vez hubo sangre por allí. Al llegar al hospital el médico le explicó que la vena rechazaba totalmente el pie, por alguna extraña razón su cuerpo había decidido no tenerlo más como acompañante.
El médico mirándole a los ojos le dijo: “Es inevitable, su pie debe ser cambiado por otro”.
De no ser por la vena que se salió de su pie, su vida no hubiera cambiado nada.

Ya a punto de caer me agarro de un ala
Ya a punto de caer me agarro del ala de un ave que va pasando. Ella sigue su camino. Al sentirme ignorado me suelto nuevamente y de inmediato delante de mí veo una nube, me acomodo y me dejo caer plácido en ella, ella, como si nada continúa su leve movimiento. Miro mi cuerpo, me siento ofendido y me echo a un lado. Sigo mi camino. De repente siento que no hay nada más, sigo cayendo sin un ave que me recoja, sin una nube que me busque. Cuando menos lo pienso, me agarra una mano: —¿Y tú, qué haces aquí? —me pregunta. —¿Yo? —le respondo—: ¡cayendo!

Al levantarse cada mañana
Al levantarse cada mañana sentía cómo la gota caía, lentamente, desde la mitad de su cabeza hasta llegar a la punta y desaparecía. Nadie podía creer que algo le caminaba por la cabeza, que algo se vaciaba gota a gota, que algo se le escurría por dentro. Ella, en cambio, sí lo percibía, cada día que pasaba sentía cómo iba saliendo algo, cómo su cuerpo se iba debilitando, cómo su delgadez y su tez cambiaban diariamente. Trató de ignorarse, de hacerles caso a los demás, era imposible que eso le sucediera, era lo que decían todos. Continuó así. Un día se echó a caminar y nadie la detuvo, nadie la podía detener, no hubo forma de comunicarse con ella, nadie lo entendió, era como si su ser hubiese escurrido entre la nada, como si realmente estuviese vacía.


Una voz dijo…
Y cuando escuché la voz que dijo: “¡Háganse las flores!” y de cada rincón nacían nuevas, coloridas y hermosas flores sentí que algo estaba sucediendo. Sentí que ya no era la misma, ahora mi nariz percibía olores agradables, perfumes alegres. De todo mi cuerpo fue mi nariz quien me enseñó la alegría, la alegría de oler más allá de mí misma, la alegría de percibir distintas tonalidades de un mismo olor, diferenciarlos según la hora del día. Cuando ya estaba completamente consustanciada entre diversos olores y mi vista se dejaba llevar y se perdía entre tantos colores, volvía de nuevo esa voz, que esta vez dijo: “¡Hágase el viento!” y en ese momento surgió una brisa odiosa que levantaba mi cabello y hacía bailar a las flores, sentí que no lo necesitaba, que estábamos bien sin él, hasta ahora mi mundo era perfecto, ese viento fastidioso lo único que hacía era molestarme, pegarme en el rostro, no lo quería, pero insistentemente seguía ahí, no había manera de que me ignorara, me ponía de espalda, de frente, de perfil, ya no sabía qué posiciones hallar para que no me tocara, no me persiguiera, pero parecía que la molesta era sólo yo, ellas, las flores, seguían bailando de un lado para otro, sin parar, a veces, en medio de tanto viento, me parecía escuchar un leve canto de alegría que trataba de invitarme al baile. Pensé y después de un rato accedí, no podía ser yo la única molesta. Ellas me dieron un espacio. Me acosté y en ese momento sentí un leve cosquilleo por todo el cuerpo, comenzó una brisa fría y constante mientras las flores me acariciaban. Sentí que todo había cambiado, ya no me quería levantar, quería dejarme llevar por el viento a cualquier parte que quisiera, quería que mi cuerpo perdiera su peso, flotara y siguiera el rumbo del viento. De repente escuché: “¡Hágase la lluvia!”. Y comencé a sentir a lo largo de mi cuerpo gotas pesadas y húmedas que caían por todas partes, todo comenzaba nuevamente. Me senté repentinamente y las flores se habían escondido, me levanté para escapar a esos disparos pero ellas me perseguían y ahora el viento las ayudaba a pegarme por todos lados, el pobre viento no podía imaginar que su sutileza podía convertirse en algo tan real y preciso como ese disparo que no me dejaba caminar, no podía ver, incluso temía que en mi huida lastimara a las flores, no era mi culpa, ellas lo entenderían, me conocían. Mientras caminaba me preguntaba: ¿qué hacía yo allí, mientras nacían las cosas?, ¿qué hacía yo allí en medio de tanto alboroto? Era una caminata larga y las piernas se estaban convirtiendo en esa lluvia que ahora recorría los caminos, ya no querían seguir, no me obedecían, se empeñaban en deslizarse dentro del agua, en dejarse llevar, insistentemente continuaba, no me quería detener, pero en un momento sentí que todo mi cuerpo era lluvia y ya el cansancio no me dejaba continuar, así quedé inmovilizada, no podía más, mi cuerpo agua no avanzaba más; y vi a lo lejos arriba una luz que espantaba la lluvia, no lo podía creer, una luz amarilla y cálida que me daba la bienvenida y hacía que todo se tranquilizara nuevamente, y de repente volvía esa voz, de nuevo esa voz que esta vez dijo: “¿me estás prestando atención?”, y por fin pude responder: “No mamá, esta historia no me gusta”.