sábado, 14 de enero de 2012

De la prodigalidad o el excedente suntuario. Por Michel Onfray

Del libro La Escultura de Sí Mismo. Colección Los Cinocéfalos. Ediciones Errata Naturae.






La prodigalidad es una virtud de artista. Me fascina tanto como me disgustan la avaricia y la economía. Por otra parte, se podría definir al burgués como el ser radicalmente incapaz de gastar, sin quedar destruido por la contrición o carcomido por el remordimiento. El arrepentimiento lo invade en cuanto se desprende de sus ducados, y no conoce otra manera de redimirse que volver una y otra vez al trabajo. Acumular, atesorar, tener y poseer: no se cansa de amontonar dinero, confeccionar tesoros y calcular beneficios y dividendos. Su alma es la de un contador: de noche, sueña con libros contables y alcancías, carteras de acciones y riquezas que rinden.
No siento más que desdén por la parábola de los talentos, y el hijo pródigo sólo me gusta mientras dilapida. El usurero, el banquero, el gerente, el economista, son figuras afectadas de la burguesía, que se define por lo que tiene, ya que sólo es lo que posee. Pero resulta que vivimos en una era esencialmente dominada por esa clase de gente. Imagino para esa ralea una geografía parecida a los lugares utópicos de Tomás Moro, donde el oro sirviera para fabricar escupideras, o cadenas para sujetar a los esclavos. ¡Lenin anunció que la victoria de la revolución bolchevique sería total el día en que, cubriendo ya el conjunto del planeta, permitiera, según sus deseos, construir iningitorios públicos de oro en las calles de las ciudades más grandes del mundo!
Llegó la hora del triunfo -presentida ya por Baudelaire- del dinero de los burgueses sobre la imaginación de los poetas. Junto con el amante de los paraísos artificiales, reprobemos la época que permite que los ricos se sirvan poetas asados en cada uno de sus almuerzos. Pero no por eso debemos rendirnos ante las viejas lunas de los mañanas que cantan y las revoluciones de futuros radiantes. Lejos de los deseos de apocalipsis que se vuelven realidad, limitémonos a admirar las figuras del derroche las que disfrutan practicando la ética dispendiosa, las que tienen entre sus ancestros al hijo pródigo antes de su arrepentimiento.
Dante me cansa con sus lecciones perpetuas, él que promete a los pródigos los trabajos de Sísifo, sometido sin cesar a la carga de enormes pesos que debe desplazar indefinidamente. Ocupados en esas tareas ingratas, los pecadores insultarán y recibirán también su cuota de agravios. Los más moderados en el gasto sólo tendrán la perspectiva del purgatorio, donde expiarán, acostados, inmóviles, con los pies y los puños atados, y la cara hundida en la tierra que son culpables de haber celebrado demasiado. Nietzsche tiene, pues, mucha razón al invitar a amar la tierra y nada más. Yo espero que en las comarcas infernales, el enamorado de Beatriz se esté asando a fuego lento, o se cocine en una sopa verdosa cuyo secreto conocía, por haber desviado a los hombres de lo que da valor a una vida. Porque hay que ser pródigo, e incluso dispendioso con la prodigalidad.
Hay un profundo amor por el desorden en quien prefiere el derroche al ahorro; una voluntad deliberada de elegir a Dionisios contra Apolo, una vez más. Despilfarrar, consumir y consumar, dilapidar, derrochar, tiene que ver con la desmesura, la fuerza que busca desbordar, la fiesta. La donación no agota la riqueza que la hace posible, porque, dentro de esa lógica de expansión, como por generación espontánea, el derroche es inmediatamente seguido por una nueva disponibilidad para una nueva donación. El despliegue y la disipación instauran una relación con el tiempo eminentemente singular: el instante basta para el consumo, y adquiere así una densidad ignorada en otras oportunidades. Allí donde fluye, sabiamente cronológico, sin variaciones de intensidad, cómplice del burgués para quien representa la posibilidad del dinero, sólo es duración mensurable, cantidad apreciable. En cambio, en la dilapidación, provoca momentos intensos, rebosantes de sentido. Picos y cimas. La calidad de la emoción no tiene igual, toda la eternidad parece haberse concentrado en el fragmento de tiempo que transcurrió en coincidencia con el gesto. Punto contra línea, pasión contra indiferencia: el dispendioso es un artista del tiempo.
La ética del derroche es centrípeta, implica la desintegración y la producción de fragmentos, lo diverso y lo múltiple. Esas densidades materializadas, cristalizadas, constituyen puntos, pero el conjunto de la operación es dinámico. Presupone una voluntad de movimiento, un consentimiento a los flujos y a los ríos. De ahí el heraclitismo del dispendioso, que prefiere la movilidad, que se inclina por la circulación con el objeto de producir oportunidades para una mayor probabilidad de gasto. No ignora que su vida se inscribe en una perspectiva dialéctica. Más allá de la ontología o de la metafísica, sabe que su único capital es su propia vida, que ella no durará eternamente, que ya es limitada en ese momento. Y, sabiendo esto, su entusiasmo es directamente proporcional a su aprecio por el extremo valor de lo que no dura. La muerte confiere precio, establece un sentido.
Absolutamente nómada, el hombre del derroche goza con la circulación, el flujo, pero experimenta, al mismo tiempo, que su placer es consustancial con el movimiento que lo permite. No es en la naturaleza del derroche, sino en el hecho de haber efectivamente dilapidado, donde reside la quintaesencia del goce. El fuego que consume no apunta a la ceniza, sino a la energía liberada, la magnificencia de la luz que llamea. El fogón como ambiente, el resplandor como modo de aparición. Lo que desea el pródigo, es la metamorfosis de su propia existencia en territorio que permita la experimentación para miríadas de actualizaciones. Lo probable se torna efectivo y real por medio del derroche, que es un modo de revelación.
La antítesis del artista dispendioso es el burgués, indefectiblemente parmenidiano. Le encanta el arraigo, le gusta eternizarse en el mismo sitio, echar toda clase de raíces. Por poco se haría lector de Deleuze y se pondría a regar los rizomas que le permitieran realizar los pocos movimientos que es capaz de hacer: los del vegetal que se mueve el mínimo indispensable para alcanzar el alimento que está al alcance del bulbo. Por un lado, el animal que amplía su territorio y recorre diferentes comarcas; por el otro, la planta atornillada al lugar que la produce. Sedentario perpetuo, desarrolla un orgullo de linaje, de los ancestros, un culto al árbol genealógico. Los valores que alienta y enseña son los que legitiman su preferencia por el suelo. Y porque le permiten justificar el repliegue sobre sí mismo, los convierte en los únicos puntos de referencia posibles. Tradición, fidelidad, costumbres y hábitos: necesita variaciones sobre el tema de la repetición. Cuando tiene veleidades políticas, se encuentra del lado de los promotores de la sangre, el suelo, la raza y el arraigo. Vivir y construir en su región. Permanecer en los lugares que fueron de sus padres y sus maestros, nunca aspirar a otras virtudes, otros valores: quiere ser un residente. Y lo consigue.
Prudente, administra sus bienes, su vida, su existencia como un economista, como un propietario eterno de bienes inmortales. Los años que tiene para vivir, su cuerpo, que no conservará la eficacia que muestra antes de los primeros signos de decadencia, el tiempo, que no es infinitamente extensible, cada segundo es considerado como un capital amorfo, inaccesible a la amenaza de la muerte. El burgués vive como si nunca tuviera que morir, como si hubiese sido elegido, contrariamente a los demás, para una vida eterna. El Un parmenidiano le cuadra perfectamente, es el modelo de sus bienes: fuera del tiempo, fuera del espacio, quieto, terminado, ignorando la pasión, el movimiento, indivisible, eterno, esférico, por ser una forma perfecta inaccesible a las modificaciones provenientes del exterior. Sin nacimiento ni muerte, inmóvil, siempre igual a sí mismo y en plenitud, el burgués es, en la más insolente manera de existir. Tiene suerte, porque está en una relación ontológica con sus bienes, y ni siquiera lo sabe. Su pulsión esencial es bovaryana: es por ella que puede perseverar así en su manera de ser, aunque cometa un error de apreciación creyendo que durará, como si fuera un eón.
Su ardor se manifiesta enteramente en la voluntad de considerarse distinto a lo que es. Allí donde triunfa Heráclito, él prefiere a Parménides; donde campean la muerte, la tragedia y la entropía, él persiste en ver la eternidad, la inocencia y la neguentropía. Adora el dinero, el oro, las riquezas y los bienes materiales como si fueran Dios, en contra de la risa, el derroche, la pasión y la vida fulgurante del artista. El primero cree que es cuando tiene; el segundo es cuando derrocha.
Para construir inmovilidad, para generarla, el burgués dispone de medios, instancias e instrumentos. Enarbola las virtudes, las asocia con ciertas lógicas y asegura su promoción en lugares donde funcionan impresionantes máquinas de producir lacayos. Por ejemplo, el Trabajo, la Familia y la Patria, instalados en un taller, una fábrica, un lugar fijo, un suelo, que sojuzgan cuerpos y almas, vitalidades y libertades, a puestos donde, ante todo, hay que obedecer. El objetivo es la inmovilización, el culto de la reproducción, la genealogía de hábitos. Contra esas empresas destinadas a paralizar el flujo heraclitiano, el artista opta por el ocio, el celibato y la deserción. Su figura predilecta es el Rebelde porque detesta todo lo que encierra, clausura, fija residencia.
La voluntad estética aspira a la obra abierta: su naturaleza presupone que se renueva cada vez que se la observa. Jamás terminada, siempre en movimiento, obedeciendo incesantemente a nuevas exigencias, en ningún momento se detiene. Es, como el río del filósofo de Éfeso, un flujo, un caudal determinado por la dinámica. Toda tentativa de aprehenderla es inevitablemente imperfecta, fragmentaria. El propósito de esa clase de producción deriva del concepto de derroche. Se trata de medir las cantidades y sus circulaciones: cantidades de energías, fuerzas, vitalidades, potencias. La obra abierta que es la vida del Condottiere permite seguir, sin posibilidad de detención definitiva, el destino de las grandezas de excitación, para obtener su cartografía. Al menos, un intento de simulación de rastros y trayectos, con el objeto de obtener un conjunto de superposiciones, de cristalizaciones, que sólo valen para un tiempo dado en un momento dado. Las topografías son indicativas, y muestran los sentidos, las intensidades, los desplazamientos. También se pueden leer tendencias: carga, descarga, economía, gasto, ahorro, derroche. Este interés por una economía nueva entraña la permanencia de la noción de administración, o del empleo adecuado de una cantidad particular, en este caso, de las fuerzas que amenazan desbordar. En otros tiempos, tanto Jenofonte como Aristóteles hablaron sobre las relaciones entre su ciencia económica y lo doméstico, el arte del hogar. Después de Freud y Bataille, no podemos ignorar la extensión de la disciplina, las auroras que posibilita y las salidas del laberinto que se le podría atribuir. Economía generalizada contra economía restringida, economía libidinal contra economía de las riquezas materiales: se trata de intentar seguir los rastros de los gastos excesivos, porque allí está el signo manifiesto de la vitalidad expansiva.
La obra abierta presupone riqueza y profusión del temperamento. Es imposible imaginarla en un individuo que carezca de salud, exceso y abundancia. La donación y la prodigalidad definen
la constitución de aquel que la produce. Si la rutina puede definirse como una voluntad sin objeto, podemos estar seguros de que el Condottiere ignora esa perspectiva: la apertura de la obra en la que trabaja, implica, por el contrario, trabajo y afán estético perpetuos. Para crear nuevas posibilidades de vida, para magnificar el instante y construir situaciones en las que el desborde sea manifiesto y magnífico, hay que aceptar la fuerza que despeja los caminos. Entonces se ofrecen perspectivas en abundancia, se multiplican las probabilidades, y las vías que se pueden emprender a través del exceso son cada vez más numerosas. La existencia se transforma en el rastro que deja el signo elegido: la prueba de que, entre todas las combinaciones posibles, esta, antes que ninguna otra, triunfará y conferirá energía en esta forma, y no en otra. De ahí la excelencia del triunfo que se manifiesta en la elección de un trayecto en medio de un laberinto. La vida se resume en la colección de esos rastros vencedores. Cuanto más dispendiosa es una ética voluntarista, más aumenta las posibilidades de cristalizaciones logradas. El hedonismo como fin es indisociable del proyecto de derroche, siendo este sólo un medio.
En la antigua lógica de lo Mismo y lo Otro, que podría reactualizarse con la que opone Repetición y Diferencia, el dispendioso está, evidentemente, del lado de lo Otro y de la Diferencia. No existe Condottiere sin una pasión de Conquistador. Al artista le gusta descubrir nuevos continentes, tiene la pasión de los mundos desconocidos, donde quien así lo desee pueda instalar -jamás en contra de los que ya se encuentran allí- una manera diferente de vivir, de mirar a los demás e integrarlos en sus proyectos. Territorios sin histerias permitirían un afán hedonista. Allí no tendrían sentido los burgueses, al menos los que piensan en la acumulación, la inmovilidad y el repliegue sobre sí mismos. Sea como fuere, un sedentario nunca descubrirá tierras lejanas. Esa es la tarea de los nómadas que van y vienen, experimentan y gozan con la obra que practican. El oro vuelve pesados a los inmóviles y convierte sus riquezas en cadenas. El peregrino no tiene ningún obstáculo que lo detenga, su destino está librado a todas las fantasías, sus caprichos no están condenados a quedar como letra muerta. Su área es la de la ontología, ciencia nueva, arte del ser. Por eso está cerca de los poetas, los filósofos, los santos, los genios y los héroes: todos ellos tienen en común una irrefrenable sed de ser, a la que sacrifican cualquier obsesión por tener. La belleza, la sabiduría, el saber, el éxtasis, la embriaguez, el autodominio, el arte de domar y moldear las partes malditas, son todas obsesiones de quienes desprecian a la burguesía. El artista trabaja por un absoluto de enamoramiento.
La voluntad dispendiosa exige el gusto por lo aleatorio, como en las obras de John Cage. Confianza ciega en lo que debe ocurrir, saber radical y un poco oriental: como no se puede evitar la necesidad, más vale desearla, salirle al paso. Lo imponderable, por ser una certeza, forma parte de las combinatorias: es el juego entre los elementos sin el cual o bien la fricción condenaría absolutamente todo movimiento, o bien la aceleración, aunque contraria, produciría los mismos efectos. El azar permite lo imperceptible con lo que siempre se hace lo esencial. Por otra parte, la habilidad con el kaíros sólo puede concebirse en las vibraciones que produce lo aleatorio. El sentido surge a menudo de los intersticios, de los milímetros que separan las situaciones entre sí, del polvo que danza más allá de la razón y el lenguaje, mucho más allá, incluso, de lo que es inmediatamente perceptible. El azar es la mirada en esa dirección, en ese momento, y no en otra; es una presencia, en ese lugar, y no en otra parte, en ese instante, y en ningún otro momento; es un silencio demasiado largo cuando se espera el chispazo de una respuesta que no llegara y dejará abierta todas las hipótesis. En todo caso, lo aleatorio manifiesta la facticidad y la contingencia con las que hay que contar como elementos ineludibles.
Me gusta recordar que la etimología árabe de azar designa, bajo esa palabra, el juego de dados, del que sabemos, a partir de Mallarmé, que jamás abolirá... el azar. Es accidental, la negación de las causalidades simples que pretenden mostrar una realidad límpida y transparente. Advierto aquí el encuentro caótico y gracioso de todos los determinismos que se despliegan, como serpiente al primer sol. Lo aleatorio muestra la omnipotencia del desorden en el seno del mundo, y en medio de nosotros mismos, mundos dentro del mundo. Anarquía gozosa, embriaguez y júbilo. No existe obra abierta sin esta poética de la indeterminación con la que es preciso transigir. La variación es libre, somos más o menos responsables de ella, pero el tema es impuesto. El artista es cómplice de las fuerzas que están en juego, está frente a ellas como el domador frente a la energía que surge del animal: metafísicamente incapaz de reducirla, pero también, y sobre todo, proveniente de una técnica de poder, de dominio. Que puede fracasar. Con el riesgo de hacerlo enfurecer. Nada es definitivo, el peligro siempre está presente. Y está bien que así sea.
El nómada está cerca de lo que los surrealistas llamaban el azar objetivo Caminatas a pura pérdida, vagabundeo y confianza: lo maravilloso nunca deja de satisfacer a quien sabe esperar. Bromista, además, es más rutilante cuando menos se lo espera. Nunca hay que observarlo atentamente, porque desaparecerían las potencialidades bajo la angustia y la ofuscación. Es mejor abandonar el alma a los leves movimientos del azar, convocar el acontecimiento con una benevolencia lejana, muy lejana. No consentir a las tensiones, a los nudos, a las crispaciones. Más bien actuar relajadamente, con un nomadismo inocente e ingenuo. Las combinatorias son demasiado numerosas para que no haya, muy pronto, sorpresa y embeleso. Gastar el tiempo, derrocharlo y abandonarlo sin hacer cálculos. Las revoluciones siempre son provocadas por cantidades infinitesimales. Poco, pero lo necesario. No hay transvaloraciones sin ironía del destino. Largos y valientes ardores han sido sancionados con un gran vacío ontológico, mientras que una disponibilidad, totalmente compuesta de derroche a pura pérdida, basta para colmar abismos. Así se mezclan ética y estética: no otra cosa es la vida poética, sino ponerse a disposición para los millones de hechos que horadan permanentemente la realidad. Miríadas, profusiones, vuelven como retribución.
Nada más regocijante que lo imprevisto, que siempre desconcierta al burgués. Una ética dispendiosa implica ponerse en estado de gracia respecto de la vida que nos rodea. Es, en realidad, una modulación del amor fati nietzscheano, pero sin la carga de amor obligado o necesario. No se trata de amar el propio destino, sino de dejarlo actuar por nosotros, antes de poder reagrupar las fuerzas para inducir el movimiento. Como el virtuoso en artes marciales, el Condottiere utiliza los poderes destinados a desestabilizar, para construir su equilibrio. Todo riesgo potencial se convierte en una nueva riqueza; todo inconveniente posible debe ser transformado en ventaja real. La presa despierta de su letargo para llevar a cabo un gesto definitivo: uso de la realidad, confianza en lo aleatorio, dominio del kaíros, fin del asedio. Así pueden comenzar los derroches.
De este modo, la ética dispendiosa es como una taumaturgia, mientras que la del burgués es tanatopraxis. Una hace milagros, exprime el jugo de la existencia, lleva la realidad a su punto de incandescencia; la otra se limita a embalsamar, a momificar la vida como si fuera un cadáver a punto de descomponerse. La primera es una mayéutica que apunta a la epifanía de lo maravilloso; la segunda, un perpetuo servicio fúnebre al servicio de las eutanasias y extinciones de vitalidades. Voluntad de goce contra ideal ascético. Y con el propósito de permitir el advenimiento de la excelencia, se privilegia el instante. Momento fuerte que eclipsa el pasado y el futuro, en beneficio de su propio poderío, absorbe las vibraciones del derroche para nutrirse y saciarse de ellas. En la intersección entre el tiempo y la eternidad, el instante es la categoría temporal de los éxtasis, de lo que he denominado hapax existenciales de los momentos que convulsionan la vida. Aunque inscripto en una cronología -porque no se puede concebir sin comienzo, desarrollo y final-, el instante es la modalidad suprema de la duración extática. Pulveriza la dialéctica lineal y la lectura que hacen los occidentales, a favor de un modelo impresionista cuyas pinceladas mantienen una relación caótica, a menos que también en este caso exista un orden de los objetos fractales, despliegue, pliegue y repliegue, en perpetuas y recurrentes formas del carácter o del temperamento. Y si hiciera falta una figuración musical para esta filosofía del instante bordeado
de vacío, perdido entre dos largos silencios, por ser pesados e irradiar blancuras ya en Debussy, la encontraríamos en las seis Bagatelas para cuarteto de cuerdas op. 9 de Webern. La tercera, por ejemplo, dura 21 segundos. A su amigo Schonberg le encantará esa capacidad de concentrar una odisea en un simple gesto casi sobrio, ya que esa proeza consiste en llevar lo expansivo por esencia, a una expresión tan fugitiva como un aliento suavemente exhalado. Poco tiempo para revelar un mundo entero: esa es la fuerza del instante, su sentido. La capacidad para generar esos Pentecostés estéticos muestra qué victorias es capaz de producir sobre el tiempo el dispendioso, totalmente volcado a la multiplicación de esos instantes. La combustión de sí mismo en una celeridad tremenda introduce la eternidad, al menos La ilusión que se tiene de ella, en el registro de lo posible. No hay derroche sin juego con el tiempo, sin aspiración a su dominio lúdico. Pienso también en Heráclito, como siempre, para quien el tiempo es un niño que juega. Magnificencia del niño.

martes, 10 de enero de 2012

Tres textos de Virgilio Piñera

Para ti







LA VIDA ENTERA

No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte.

¿Y a cuál de los dos mecánicos escogería yo como instrumento de mi liberación? ¿Sólo a uno o a ambos?

Sí, no podíamos ser sino estudiantes de Filosofía y Letras, adorar de rodillas la Belleza y coleccionar objetos de arte.

Juzgo ocioso declarar el año de mi nacimiento. Se cita el año de llegada al mundo cuando se pertenece a un país donde, en el momento en que se nace, algo ocurre —ya sea en el campo de lo militar, de lo económico, de lo cultural... En tal caso la fecha tendría un sentido. Verbigracia: «Cuando nací en mi patria invadía el Estado tal o era invadida por el Estado más cual; cuando vine al mundo las teorías económicas de mi compatriota X daban la pauta a muchas otras naciones; cuando vine al mundo nuestra literatura dejaba sentir su influencia". Pero no, ¡qué curioso! cuando en 1912 (ya ven, pongo la fecha para que no queden con la curiosidad) yo vine al mundo nada de esto ocurría en Cuba. Acabábamos, como quien dice, de salir del estado de colonia e iniciábamos ese triste recorrido del país condenado a ser el enanito irrisorio en el valle de los gigantes... Nosotros nada teníamos que ver con las cien tremendas realidades del momento. Pondré un ejemplo: la guerra de 1914 significó para mi padre una divertida pelea entre franceses y alemanes. Y también un modo de matar el tiempo a falta de otra cosa que exterminar. Papá, en compañía de otros papás, pasaba gran parte del día jurando que los alemanes eran unos vándalos (probablemente nunca se detuvo a pensar en virtud de qué usaba tal calificativo) y que los franceses eran unos ángeles; que Foch era un estratega y Ludendorff un sanguinario. En cuanto a mi madre, a la cabeza de mis tías y de otras parientes, tomaban tan al pie de la letra la inminente caída de París, que veía alemanes hasta en la sopa. Un día qué el cañón Bertha tronó más que de costumbre sobre los techos parisinos se nos prohibió salir a la calle. ¡Temíamos ser bombardeados!
Me había tocado en suerte vivir en una ciudad provinciana; esto, que no es cosa grave y hasta positiva si se sabe que allá existe una capital en toda la acepción de la palabra, significaba, en el caso nuestro, una tal ausencia de comunicación espiritual y cultural que, a la larga, terminaría por encartonarnos. Vivía, pues, en una ciudad provinciana, una capital provinciana, que, a su vez, formaba parte de seis capitales de provincia provincianas con una capital provinciana de un estado perfectamente provinciano. El sentimiento de la Nada por exceso es menos nocivo que el sentimiento de la Nada por defecto: llegar a la Nada a través de la Cultura, de la Tradición, de la abundancia, del choque de las pasiones, etc. supone una postura vital puesto que la gran mancha dejada por tales actos vitales es indeleble. Así, podría decirse de estos agentes que ellos son el «activo» de la Nada. Pero esa Nada, surgida de ella misma, tan física como el nadasol que calentaba a nuestro pueblo de ese entonces, como las nadacasas, el nadaruido, la nadahistoria... nos llevaba ineluctablemente hacia la morfología de la vaca o del lagarto. A esto se llama el «pasivo» de la Nada, y al cual no corresponde «activo» alguno.
Muchas veces me he preguntado por qué los hombres y mujeres que formaban mi pueblo natal, Cárdenas, no se llamaban todos por el mismo nombre. Por ejemplo, Arturo. Arturo se encuentra con Arturo y le cuenta que Arturo llegó con su hijo Arturo y con su hija Arturo, que su mujer Arturo pronto dará a luz un nuevo Arturo, pero que ella no quiere ser asistida por la partera Arturo sino por la otra partera Arturo que es la partera de su cuñado Arturo madre del precioso niño Arturo cuyo padre Arturo trabaja en la fábrica Arturo... Por supuesto, mi familia formaba parte del clan Arturo.

La secreta aspiración de papá fue el cenobio: por qué equivocó esta vocación, por qué se casó, y lo que es todavía más contradictorio, por qué tuvo seis hijos (aspiraba a tener doce pero mi madre se enfermó) es cosa que jamás podrá quedar dilucidada. Quizás la explicación habría que buscarla una vez más en ese "arturismo"‚ de nuestro pueblo: papá sólo pudo seguir la rutina de los días y aceptó el matrimonio como uno de esos males necesarios; en cuanto a los hijos, los iba haciendo a falta de otra cosa más importante que realizar. Por otra parte, y he aquí una nueva contradicción: a medida que la gente es más mísera se despierta en ellas un furioso deseo de procrearse. En esas noches en que los matrimonios van a la cama muy temprano porque el aburrimiento les destroza sólo les queda la rutinaria copulación, sin belleza, sin lujuria, sin pasión; una cópula practicada, no por ellos sino por la inercia.
(...) Había llenado la casa con seis hijos, llegados al mundo un año tras otro; lo que hubiera sido su mayor ambición: soledad de mi madre y de él, todo esto hubo de trocarse por la vocinglería de seis muchachos. Su hambre de silencio era cada día más apremiante; estaba decidido a calmarla costare lo que costare. Las consecuencias de esta decisión serían pagadas por nosotros. Dos tipos de silencio deberíamos observar: uno, el silencio porque el padre estaba callado; otro, porque el padre estaba hablando... El segundo era más estricto que el primero. Seríamos castigados severamente si, en ocasión de estar papá anegado en su silencio, con su cabeza sumergida en el mar de la Nada, alterábamos este silencio con alguna risa, ruido o voces. Entonces, saltaría como una furia y seríamos perseguidos y copados en las faldas de nuestra madre.

No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte. Lo primero, porque un buen día nos dijeron que no «se había podido conseguir nada para el almuerzo». Lo segundo, porque también un buen día sentí que una oleada de rubor me cruzaba el rostro al descubrir palpitante bajo el pantalón el abultado sexo de uno de mis numerosos tíos. Lo tercero, porque igualmente un buen día escuché a una prima mía muy gorda que apretando convulsivamente una copa en su mano cantaba el brindis de «Traviata». Para no menoscabar la autoridad de la naturaleza me veo obligado a decir que reaccioné en toda la línea. La molesta sensación del hambre la aplaqué saliendo subrepticiamente a la calle y robándome un plátano de la frutería. En cuanto al sexo, mi reacción fue más elaborada, lo primero que se me ocurrió fue buscar un sitio aislado, pero no bastándome la soledad, busqué el concurso de las tinieblas. Un ciego instinto me avisaba que, habiéndome apoderado de la imagen de mi tío, debería, so pena de perderla, sumirla en el rincón más oscuro de mi ser. Pero como yo era un niño de siete años y no un psicólogo, hice lo que hacen los niños en estos casos: busqué la oscuridad física. La encontré en la carbonera; entonces me puse a revolcarme como un desesperado; desesperado, porque ignorando totalmente dónde ubicar el sexo de mi tío en mi cuerpo, sólo acertaba a hacerme una imagen del tío como encimándose pero sin llegar a posarse en algún punto preciso. Pero —¡oh poder del centro de gravedad!— ya encontraba el mío pues la mano fue cayendo hacia el centro de mi cuerpo, en donde mi diminuto e informe sexo, grotescamente erecto, solicitaba el acompañamiento de la mano para regalarme la áspera melodía de la masturbación. A los pocos instantes me sacudió un estremecimiento de placer y entonces supe que todo pasaba en el cerebro, pues el tío, como la roja lumbre de un cigarrillo me quemaba y desgarraba la cabeza cual si yo fuera el hígado de otro Prometeo.

Mi primera hambre artística la calmé con ese almibarado engaño que el arte pone bajo los ojos de aquél que se le enfrenta por la primera vez: me refiero al bocado de la imitación. Tal parece que nos dijese: —Aquí me tienes; sólo tendrás que parecérteme y entonces tu angustia será calmada pues otros se querrán parecer a tu demonio...—. Pero ¡ay!, cada nuevo ejercicio de imitación nos va alejando su rostro y terminamos pisoteados por sus horrendos cascos.
Me encerré en la alcoba de mi madre y sobre mis ropas de niño eché un peinador; puse una cinta en mi cabeza y una flor de papel al talle. Entonces agarré un búcaro y elevándolo a la altura de mi cara canturreé una y diez veces la poca melodía que se me había pegado del famoso Brindis. El resto del día lo pasé, como se dice, en religioso silencio. ¿Silencio de los mundos o de qué...?
Claro que no podía saber a tan corta edad que el saldo arrojado por esas tres gorgonas: miseria, homosexualismo y arte, era la pavorosa nada. Como no podía representarla en imágenes, la representé sensiblemente: tomé un vaso, y simulando que estaba lleno de líquido, me puse a apurarlo ansiosamente. Mi padre me sorprendió; muy intrigado preguntóme por qué fingía que estaba bebiendo... Entonces le respondí: que estaba tomando «aire». Se explica muy bien que simbolizara inconscientemente la nada si se tiene presente que la materia que se oponía a mi materia no se podía combatir en campo abierto, sino que la lucha se desarrollaba en el angustioso campo de lo prohibido. No hubiera podido salir a la calle y declarar abiertamente nuestra hambre; infinitamente menos confesar, y lo que es más importante, practicar, mi inversión. En cuanto al problema del arte, no era tan bárbara mi familia como para prohibírmelo, pero como en la niñez el futuro artista no lo es, y en cambio, sí es y nada más que pura sensación, sólo atina a abrir una inmensa boca y sufrir las angustias del éxtasis.

Francamente, sigo considerando a La Habana como un sepulcro. Un vasto sepulcro dividido a su vez, en sepulcros más pequeños. Pero aclaro en seguida que tal impresión sepulcral no tiene nada que ver con esas típicas sensaciones de aplastamiento propias de las grandes ciudades. (...) No, si yo digo que la ciudad me sigue pareciendo un vasto sepulcro se debe pura y simplemente a una contingencia privada y personal: me refiero a la miseria. Así como el Vía Crucis de la Pasión tiene sus Estaciones, así también tengo yo por la ciudad señaladas mis tumbas, partes de ese vasto sepulcro, y en el correr de los años y tras algunos pasados en el extranjero no he logrado que tal impresión desaparezca, o, al menos, se atenúe. Y si voy a hablar con mayor franqueza, aunque tenga que enfrentarme con el ridículo, declararé que hasta evito cuidadosamente ciertas calles y ciertas casas en las cuales estas marcas de la miseria me hicieron padecer más de lo acostumbrado. Pero aclaro también en seguida que si las evito es precisamente porque ni una pizca de delectación hay en mi alejamiento de ellas. Sencillamente las veo como puentes cortados, fragmentos de mi existencia que en nada me religan ni podrían religarme con mi vida presente. ¿Qué tengo yo que ver, por ejemplo, con el Virgilio del año 38, inquilino de un cuarto en la calle de Galiano? Y si fatalmente debo pasar por tal lugar lo observo con la misma indiferencia que todo mi ser asumiría ante el sepulcro de Tutankamen... No podría tener piedad con cadáveres ajenos. Entre estos milenarios también se clasifica el mío de ese año '38(...)

Decliné una invitación a bailar esa noche y me despedí de mis amigos. Desde Camagüey había escrito a una tía política que viviría en su casa. La había escogido a ella porque a pesar de su pobreza vivía a dos cuadras de la Universidad.
Un camión de bultos postales me transportó a La Habana. No tengo que decir que el viaje era gratuito, favor que me hacía un amigo de la infancia y que le agradecí doblemente pues así me ahorraba los cuatro pesos que, con sumo trabajo, había ahorrado para el ticket del ómnibus. Viajar durante catorce horas en un camión, echado entre bultos —un bulto más— es algo realmente pintoresco: una inmensa tela embreada cubre por entero la superficie del camión y se ve uno obligado a rodar interminablemente con una tienda de campaña sobre la cabeza. Mi amigo el camionero me improvisó en la parte posterior del camión una suerte de cucheta y, con ayuda de dos tablas suspendió un tanto la lona y así podía ver yo el fugaz paisaje: sabanas o colinas, árboles o palmas y los eternos verdores de nuestros campos. En suma, monotonía y monotonía...
Pero también monotonía dentro de mí. Cumplida ampliamente la mayoría de edad seguía yo practicando a diestra y siniestra la recitación y la masturbación: yo lo recitaba todo desde la prosa hasta los versos y me masturbaba tanto física como mentalmente, esta línea de menor resistencia era una mullida almohada adonde mi cabeza se reclinaba impúdicamente. Expresar los pensamientos ajenos y evadir todo contacto real con el sexo se había convertido para mí en una mecánica cotidiana, matizada por el tantalismo que ponía yo en todos mis actos, si no llegué a chocar con la imbecilidad fue debido a una especie de contra yo que analizaba mis actuaciones, quiero decir que algo me advertía constantemente de la falsedad de mis reacciones y me pinchaba para que saliera del impasse, he ahí por que viajaba yo en un camión. La Habana me curaría del recitador y del masturbador; aprendería esa técnica impostergable que consiste en contar el sueño de nuestra existencia y echándome en los brazos del primer hombre conocería por fin el sexo tal y como yo lo entendía. Tales reflexiones me iba haciendo mientras sus ruedas me alejaban de la provincia, y como quiera que las generalidades llevan a las particularidades, me encontré, de súbito, totalmente erotizado, con el audaz pensamiento de que conmigo viajaban dos hermosos y nobles hombres con los cuales podría poner en práctica mis eróticos ensueños.
Dicho y hecho, aprovecharía la próxima parada del camión en uno de esos descampados que los choferes escogen para escapar un tanto a la angustia del volante y allí sería Troya... Me ayudaría la Naturaleza —frescas brisas, árboles copados, si es posible, hasta murmurante arroyuelo y el tibio calor del sol entre los ramajes. Y también esa otra Naturaleza, la humanidad, y sobre todo, ésa de los hombres de los cuales, había leído que son a tal punto sexuales que desconocen toda discriminación en cuanto a satisfacción sexual se refiere. Sí; todo se conjugaría y esta vez me tocaría a mí ser arrrojado del paraíso. Hasta ese momento yo era una triste presa del Señor y, sin duda, el diablo quería su parte; me abandoné a endiabladas ensoñaciones : ¡oh, supremo instante en que el ángel me arrojaría hacia el valle de las lágrimas! ¿Y a cuál de los dos mecánicos escogería yo como instrumento de mi liberación? ¿Sólo a uno o a ambos? Yo había también leído, como se lee en las descripciones de viajes famosos, que en casos desesperados la elección puede ser fatal, que es preciso echar mano a cualquier recurso y que pararse en pelillos puede significar la muerte del viajero... Entonces, si no lograba separar a uno del otro, mediante acción rápida, propondría a los dos desempeñar el papel de Adán, y digo Adán y digo paraíso y digo ángel, porque en mi obligado papel de recitador ya me había disparado hacia una suerte de retórica, que, por otra parte, iba anunciando que todo pararía en vanas palabras.

Y así fue, lo de dicho y hecho fue dicho y hecho, mas... dentro de mí. A los pocos minutos el camión se había detenido en un lugar punto por punto igual al descrito por mi imaginación. Desde ese instante —inicio de una realidad que yo temía— un sudor frío me inundó todos los miembros: me quedé paralizado, y una pierna que dejaba ver su carne fue descubierta automáticamente con una punta de la lona. ¡Ahí estaba ya: templo que se opone a que sea rasgado su velo! Sentí que los mecánicos se acercaban, entonces me tiré totalmente la lona por encima y me hice el dormido. Pero ellos, alegres y riendo ruidosamente, me sacaban del camión y me señalaban un lugar encantador. Tan pálido debí mostrármeles que me preguntaron si me sentía enfermo. Hice que no con la cabeza y salté del camión. Nos internamos en el campo y ya comenzaba a serenarme cuando advertí que mi amigo llevaba en la mano una botella de ron. Me eché a temblar de nuevo: era que la vista de la botella —argumento poderoso para convencer al más reacio y despertar al más embotado— me llenaba de pavor. Así era yo: cuando las cosas llegaban a un plano de inmediato cumplimiento iniciaba la vergonzosa retirada. ¿Adónde habían ido a parar mis audacias de hacía unos minutos? Todo aquel paisaje sensual, todo aquel erotismo bajo una lona se había diluido y veíame parado como un corredor al que se le ha interpuesto un obstáculo en plena carrera.
Topamos con el inevitable arroyuelo y allí nos detuvimos. El ayudante de mi amigo me miraba de soslayo y advertí en su mirada que me examinaba con la misma curiosidad que un animal cualquiera examina a otro de una especie diferente; sentía que medía su fortaleza por mi debilidad y a tal punto se sintió protector que me ofreció por asiento la piedra más pulimentada. En seguida me alargó la botella y me dijo desplegando una irónica risita si no quería tomar un poco de agua después del trago. Entonces mi amigo comenzó la consabida charla sobre las mujeres. En menos tiempo del que empleo para contarlo aquí me describieron unos coitos complicadísimos y, aunque mi desconocimiento en materia de psicología masculina era bien superficial, me percaté de que todo obedecía a esa táctica viejísima que consiste en dejar traslucir lo extranormal mediante alusiones a lo normal. Todo ello corregido y aumentado con la inevitable excitación que cualquier relato erótico nos procura. Pero todos sus cálculos fallaron, porque mis inexorables moiras de la recitación y la masturbación se interpusieron y me vi, yo también, imbécil y medroso, relatando unas imaginarias hazañas habidas con docenas de mujeres. Hablé hasta por los codos y tanta «masculinidad» desplegué que ellos se vieron constreñidos a ese desdén calculado que es de rigor entre connotados tenorios. Había fracasado una vez más y mi residencia en el paraíso se prolongaba. Volvimos al camión bajo un silencio de muerte y ya no paramos hasta la entrada de la capital.

Mis primeros contactos en el terreno así dicho del arte los hice con dos tipos de gente en extremo dudosas. Las primeras formaban fila en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras; las segundas eran muchachos inclinados a lo bello, sensibles, amantes de las bellas artes. Unas y otras eran homosexuales y tras un estudio detenido de las mismas nunca se podía saber si eran homosexuales porque aspiraban a ser artistas o si aspiraban a serlo porque eran homosexuales. Por otra parte resultaba algo muy revelador el hecho de que la mayor contribución de homosexuales a los cuadros universitarios fuese dada por la Facultad de Filosofía; ninguna de las restantes Facultades podía exhibir siquiera la cuarta parte de los de aquélla. Eran muchachos pálidos, nerviosos, que no «perdían» un concierto, que hablaban afectadamente y hacían versos. Me encontré con que todos y cada uno eran poetas, con libro o sin él, que en los patios buscaban ansiosamente a nuevos reclutas, se olían y reconociéndose comenzaban por la confesión lírica para llegar abruptamente a la confidencia homosexual. Naturalmente, yo había escogido por carrera la de Filosofía y Letras. ¡Cómo podía no ser así! Entre el corazón anatómico y el poético no podía dudar; me quedaría siempre con el poético. Digo esto porque pienso en nuestra brillante hornada de invertidos líricos estudiando la carrera de Medicina a merced de fríos profesores de anatomía y deportivos muchachos. No, nosotros, con verdadero instinto animal, nos habíamos replegado a la sombra de Minerva: alguno de entre los profesores quizás si nos comprendiese y hasta compartiese nuestras inquietudes... Y asimismo para el buen éxito de nuestros insatisfechos ensueños eróticos nos era imprescindible lo Bello: podrían revirarse los ojos, caer en éxtasis, suspirar, si leíamos un verso de Dante o de Keats; la vista de una lámina que mostrara un vaso sagrado del templo de Amón o el Rapto de Proserpina nos autorizaría a vernos transmutados en el sacerdote o en la diosa... Sí, no podíamos ser sino estudiantes de Filosofía y Letras, adorar de rodillas la Belleza y coleccionar objetos de arte.
Pero quedaba, en esta sospechosa arqueología intelectual, un «renglón» no menos importante. Me refiero a las llamadas «antigüedades», sembradas, regadas y recolectadas por los homosexuales de garçonnière. A poco de haber entrado a una de tales garçonnières el amigo que nos presentara al dueño de casa rogaba a éste que nos mostrase su «antigüedad» o «antigüedades». El anfitrión, bajando la vista y lleno de rubor se apresuraba a ponernos delante de los ojos todo lo antiguo de que era poseedor. En el ochenta por ciento de los casos este homosexual de garçonnière era persona muy inculta, pero como se había corrido la voz entre los del oficio que las «antigüedades» eran espirituales, que daba «cachet» el poseerlas, él se apresuraba a adquirir, por lo menos, una. Ahora bien, dichos invertidos se cansaban muy pronto de sus «antigüedades». Se levantaban una buena mañana diciendo que ya no podían pasar frente a la paloma de plata tal, o al plato de porcelana o a los candelabros de bronce sin experimentar un fuerte fastidio. Entonces se llamaban por teléfono y se proponían los trueques más pintorescos. Porque resultaba, con arquetípica frivolidad homosexual, que X se había enamorado de la antigüedad que precisamente daba ya náuseas a Z, y en esto podríase establecer un ajustado paralelismo en lo que a elección y posesión de hombres se refería. Antigüedades y hombres iban y venían por la ciudad, se intercambiaban y a menudo se tapaba uno con esto: la antigüedad y el hombre de X, vistos en su casa la semana última los veríamos hoy en la garçonnière de Z, extremo que procuraba un fuerte desasosiego y confusión puesto que no se encontraba en el momento una explicación del fenómeno.
Comprobé entonces que tanto el estudiante de filosofía y letras como el homosexual de garçonnière tenían algo muy en común conmigo. ¡Ellos también recitaban y se masturbaban según todos los matices y en todas las acepciones! No bien plantado todavía en la capital y ya estaba fuertemente metido en el mismo juego. El único cambio radicaba en la variedad; en la provincia yo me masturbaba y recitaba en soledad; aquí, en La Habana comenzaba a hacerlo en compañía; en compañía dudosa y lacrimosa, llena de corbatas chillonas, de frasquitos de perfume, de antigüedades y objetos de arte...




TEXTO


La secreta aspiración de papá fue el cenobio: por qué equivocó esta vocación, por qué se casó, y lo que es todavía más contradictorio, por qué tuvo seis hijos (aspiraba a tener doce pero mi madre se enfermó) es cosa que jamás podrá quedar dilucidada. Quizás la explicación habría que buscarla una vez más en ese "arturismo"‚ de nuestro pueblo: papá sólo pudo seguir la rutina de los días y aceptó el matrimonio como uno de esos males necesarios; en cuanto a los hijos, los iba haciendo a falta de otra cosa más importante que realizar. Por otra parte, y he aquí una nueva contradicción: a medida que la gente es más mísera se despierta en ellas un furioso deseo de procrearse. En esas noches en que los matrimonios van a la cama muy temprano porque el aburrimiento les destroza sólo les queda la rutinaria copulación, sin belleza, sin lujuria, sin pasión; una cópula practicada, no por ellos sino por la inercia.

(...) Había llenado la casa con seis hijos, llegados al mundo un año tras otro; lo que hubiera sido su mayor ambición: soledad de mi madre y de él, todo esto hubo de trocarse por la vocinglería de seis muchachos. Su hambre de silencio era cada día más apremiante; estaba decidido a calmarla costare lo que costare. Las consecuencias de esta decisión serían pagadas por nosotros. Dos tipos de silencio deberíamos observar: uno, el silencio porque el padre estaba callado; otro, porque el padre estaba hablando... El segundo era más estricto que el primero. Seríamos castigados severamente si, en ocasión de estar papá anegado en su silencio, con su cabeza sumergida en el mar de la Nada, alterábamos este silencio con alguna risa, ruido o voces. Entonces, saltaría como una furia y seríamos perseguidos y copados en las faldas de nuestra madre.



SIN TÍTULO





La situación era ésta: el hombre llevó la mano a su ojo derecho y depositólo en la mesa de noche. El encargado me había colocado una frazada en los brazos y yo, desnudo y acostado llevé las manos a mi vientre que comenzaba a rechinar siniestramente.

Mi amigo mostraba una cara coloreada de ceniza; con las piernas cruzadas trazaba los primeros compases de la teoría de la condenación.

El hombre llevó la mano a su boca y extrajo una fría dentadura del arco superior, con tonalidades de leche acidulada.

– Esto conduce por lo menos, al precinto… – decía mi amigo con tal tremulación que mis tripas avivaron el ronquido iniciado, a causa del ojo en la mesa y de los dientes sobre la frazada. Pero estábamos allí, transformados ya en esa composición mural que un pintor concibiera, tomando a grandes animales, a pájaros imposibles y obligándoles a defecar violentamente sobre la lisura de aquellas cuatro paredes.

Mi amigo comenzó a penetrar por la cuenca que el ojo del hombre sobre la mesa descubría. – Es desolado buscarte en esta lobreguez que no permite ni el inocente acompañamiento de mi propia sombra; siempre pensé que te conjurabas contra la luz y a causa de ella; como posees la maldita cualidad de estar hecho de luminosa sustancia debes ir a la purificación por el infierno; es un grave caso y una quiebra del principio religioso.

Como el vientre amenazaba ruidos más imprudentes largué uno de los cordones de la faja: cuando sepultaron a mi tía virgen uno de los cabos del ataúd quebróse y por vez primera mi pobre tía mostró, dentro de su casa silenciosa, las piernas a un aire encerrado definitivamente con ella.

– ¿Qué te pasa, – dijo el hombre (y él si podía permitir a su aire que se escapase merced a la oquedad formada por su maxilar superior) – ¿Qué te pasa?

Allá lejos se escuchaba la voz de mi amigo viajando por la cuenca del ojo que estaba sobre la mesa de noche: – Yo creo que está clavado en un poste de la tercera calle; ese nefasto hombre tiene un pegamento tan seguro y Silvio está constituido por tan débiles, delgadas láminas que una hoja no autorizaría a predicar mayor concepción de ligereza…

El hombre mostraba su excitación bestial en esa mortífera línea que la tráquea ostenta y donde es declarado todo el pecado de lujuria; casi no podía tragar y cuando decía: – ¿Qué te pasa…?, parecía que levísimos trocitos de su tráquea me daban en la cara, en el vientre, en los muslos. Me imaginé el momento remoto en que la madre del hombre alumbrara a este portador de pegamentos y le dije: – Sí, ahora procure Usted fijar bien los dientes al arco superior; aquí está el ojo, sobre la mesa de noche; ¿tiene ahí ese pegamento maravilloso? Vamos a colocar el ojo en la cuenca; – pero mi amigo gritó: –¡Asesinos, estoy explorando esta mina, ¿no véis que Silvio se ha extraviado en ella…?

El hombre continuó su silencioso trabajo de proyectar sobre mi cara, sobre mis muslos, sobre mi vientre trocitos de tráquea resecada. –¿Qué te pasa?. Contestaban mis tripas con el ruido de todos los pasos sumados de mi infancia. – Vamos, decía el hombre, estoy listo, – y tomó de la frazada el arco de helada dentadura y lo puso junto al ojo que estaba en la mesa de noche – Vamos. Yo respondí con aquella suma de mis pasos infantiles; me contestaron trocitos de tráquea resecada. Entonces el hombre tapó con un dedo el otro ojo que no estaba en la mesa de noche y la oscuridad fue completa. Súbitamente algo estalló y el espacio de frazada poblóse de menudos cuerpecillos blanquecinos, más bien cerosos; era la tráquea del hombre. Pude saltar de la cama con mayor rapidez que la suya porque él perdió el equilibrio a causa de mi amigo que metido en la cuenca del ojo gravitaba con mayor peso sobre su hemisferio derecho que sobre el izquierdo. Comenzaron a caer rosas sin olor y de las paredes surgían gigantescos anos de pájaros desconocidos; entonces el pintor colocaba sobre aquellos embudos gelatinosos una rosa.

Mi amigo aseguraba que el torrente de sangre era tan caudaloso que amenazaba las altas riberas de la cuenca del ojo que estaba sobre la mesa de noche. – Estás perdido, – dijo – y se tapaba la cara con ambas manos. Lo que más le atormentaba era la ausencia de belleza y por ella transfiguraba su rostro a fin de ofrecer alguna claridad entre tinieblas.

Me puse una butaca prostituida por armadura. El hombre portaba una brocha de pegador de pasquines y me conminaba a reunirme con los grandes pájaros de las paredes. Retrocedí, pero la puerta lateral comenzó a ondular como un espinazo descoyuntado. Todo el río de sangre afluyó a mis ojos. Dos de las vértebras de aquel espinazo de madera se entreabrieron y una voz que el viento encerrado conducía gritó unas palabras que no pude clasificar. Mi amigo se arrodilló en la cuenca del ojo y comenzó a recitar las postrimerías.

La voz seguía gritando; ahora el viento la conducía más distinta: – ¿Quién está gritando…? ¿Quién está gritando…? Mi tía saltó de su ataúd y mientras bailaba sobre el cabo caído, decíame: – Cuando naciste tu madre tuvo una hemorragia horrorosa; ahora la sangre vuelve; yo siempre dije que la habían taponeado muy mal… – Comencé la búsqueda de mi madre; era necesario contener la salida de la sangre. De la cuenca fluía la voz de mi amigo desenvolviendo los motivos de las postrimerías. Su última palabra fue pronunciada cuando un golpe violentísimo arrancó las rosas que tapaban los gelatinosos anos de los pájaros gigantescos haciéndolas caer sordamente sobre mi cuerpo en una larga procesión que vigilaban millares de trocitos de tráquea resecada.