sábado, 21 de febrero de 2009

RECUERDO DE PARÍS. Por Silda Cordoliani

A (primer personaje)

Tú, por supuesto, no lo sabes. No tienes por qué saberlo, pero la verdad es que casi nunca uso el metro, y menos a esa vacilante hora de la noche, cuando ya casi todo el mundo ha llegado o está muy cerca de llegar a su casa, cuando los ociosos se preguntan qué más irán a inventar para llenar el tiempo que los separa del sueño, que es como decir, del próximo día.
Definitivamente no me gustó encontrarte. Del tren tardarse un poco más yo habría continuado caminando hacia el extremo del andén, embarcado en otro vagón y nada habría ocurrido. Si hubiera ido leyendo atentamente cualquier papel de trabajo, como acostumbro cada vez que tomo el metro con asientos libres, si me hubiera distraído tratando de encontrarle sentido a la discusión que con un mínimo de vocabulario sostenían tres liceístas sobre la novela de las nueve; en fin, que de no voltear repentinamente a la derecha, no te habría distinguido, no te habría encontrado deseando insistente una mirada que correspondiera a tus ojos clavados en mí unos cuantos metros más allá, cuando ya seguramente estabas a punto de claudicar porque tu estación era la próxima. Sí, unos segundos más y desistías, y yo tal vez sólo avizorara entonces otra de las tantas espaldas que abandonaban el vagón sin reconocerla, sin asociarla a ti para nada, librándome de esta especie de angustia, ésa que siempre me atrapa cuando muy a mi pesar obtengo pruebas irrebatibles de la existencia del tiempo, el inmisericorde tiempo sobre tu rostro tenso y ansioso y también sobre el que me dediqué a observar durante cuatro estaciones después de tu salida, reflejado en la ventana frente a mí, es decir, el mío. Pero más allá de la angustia esto parece semejarse a la culpa.
Más vale que no te hubiera encontrado, no tanto porque pueda sentir la necesidad de rememorar épocas pasadas (nunca lo hago y menos en este caso), ni siquiera porque este sentimiento que he calificado de culpa, el que más detesto, vaya a incomodarme demasiado: me repondré dentro de poco sin ninguna duda; mucho menos porque apenas nos saludamos desde lejos y pudiera yo lamentar, desde que cruzaste la puerta automática, la ausencia de algunas frases, de algún breve diálogo que saciara mi curiosidad y me guiará en lo que puede haber sido de tu vida en todos estos años. Es que mi bien cultivada entereza se siente fuertemente amenazada cada vez que obtengo, siempre de manera azarosa, pruebas contundentes de la existencia del tiempo. Sobre todo cuando se me divide en fue, es y será, sobre todo cuando el fue hace intentos por instalarse exigiéndome respuestas, conclusiones que nunca me han interesado, como ahora, cuando después de haberme dirigido a mi casa en tan desacostumbrado medio de transporte, después de la cena, fumo y me esfuerzo en leer las pocas cosas que me interesan del periódico del día para disimular, para olvidarme de esta inquietud, o más exactamente de tu rostro nada terso que me escruta solicitando atención y también tal vez respuestas. ¿Por qué justo hoy me falló la batería del carro?, ¿por qué justo hoy tuve que hacer esa diligencia en el oeste de la ciudad?, ¿por qué tomé el metro y no un taxi?, ¿por qué desvié la vista hacia la derecha para encontrarme con sus ojos?
Jamás volveré a tomar el metro a esas horas: lo juro.

B (segundo personaje)

Como quiero imaginarte pensando en mí, aunque sea muy brevemente, me digo que a lo mejor te preguntaste si vivo por allí, si me muevo en los alrededores de la estación donde descendí después de mi descuidado —muy bien meditado— gesto de saludo (¿notarías mi ansiedad?). Me digo que a lo mejor, si tú tampoco acostumbras a encontrarte atravesando la ciudad a esas horas, que a lo mejor concluyeras que siempre ando por allí, y hasta puede ser que en algún momento te hayas planteado la posibilidad de volverme a encontrar, ahora con toda intención, otro día de semana a la misma hora, en el mismo vagón. Que entonces, me digo que te dirías, no me permitirás deshacerme tan rápido de la situación, te levantarás inmediatamente, saldrás junto conmigo simulando que también es ésa tu parada de destino, me invitarás a un café, a un trago para conversar, para saber, me pedirás el número de teléfono, me darás el tuyo y nos prometeremos un próximo encuentro, sin prisas, sin temor al paso de las horas nocturnas en esta difícil ciudad. Pero eso —comprendo— no es más que una pequeña ilusión, la pequeña ilusión de alguien que (acabo de descubrirlo) mantiene la esperanza.
Por ello, por tanta ansiedad, supongo, alcancé mi casa velozmente a pesar de haberme obligado a bajar una estación antes de la que me correspondía, para buscar entre cajas y gavetas la postal con la pintura griega, lo único que aún conservo, tangible, real, de aquel breve sobresalto que cambió mi vida y leer, de nuevo, después de muchos años, el perturbador mensaje: "Antes que nada, un beso y nuestros recuerdos por tu cumpleaños... hace frío en Atenas y no sé exactamente por qué te extraño... ya ordenaré mis ideas para contarte lo que han sido estos días, y también lo que siento... Aquí nos entendemos con palabras sueltas en inglés (si al menos así pudiera entenderme contigo...) Otra vez, uno, mil besos, y mi cariño, eterno".
Dos o tres semanas antes nos habíamos despedido en París. Fueron unos días díscolos, de mucho vino y conversaciones interminables. Recuerdo que al amanecer, después de haber dormido muy poco, continuábamos alimentando el tema de la madrugada, quizás repitiendo las mismas palabras que había dicho otro cuando dormitábamos entre trago y trago, cuando nos alejábamos en los altos vuelos de la marihuana. Casi no hubo museos, ni librerías, ni terrazas. Nos encerramos en el viejo ático como si ansiáramos recuperar el mucho tiempo sin vernos. Entonces comenzó esto que aún parece no concluir y que quisiera explicarte, si es que acaso no lo sabes.
¿Cómo éramos, cómo nos vestíamos, cómo nos peinábamos, sonreíamos y mirábamos en aquellos días de París?
Entre las pocas salidas, ¿recuerdas? (¿recordarás ahora, en este preciso instante, mientras enciendes un cigarrillo?, ¿fumarás todavía?), hicimos una nueva visita obligada al Louvre. Apenas iniciar el recorrido, yo me detuve largos minutos frente al mascarón alado, descabezado al final de la ancha escalera, preguntándome, como de costumbre, si antes de la mutilación pudo haber sido tan perfecto, tan bello. Ustedes mientras tanto habían continuado cada uno su camino, cada uno hacia la sección, la sala, la obra necesaria. Tres horas después, según lo acordado, nos reencontramos en la entrada. (Para entonces nadie se imaginaba en la extensa explanada la díscola y perturbadora pirámide de Pei). Nos reencontramos y continuamos celebrando en una próxima boîte con cualquier ordinario pero amado vino francés; dijiste —recuerdo— que otra vez no sé cuántas cabezas de liso y negro pelo asiático te habían impedido ver la Mona Lisa, lo que cualquiera de nosotros aprovechó para afirmar arbitrariamente, como afirmábamos todo entonces, que recurrieras a una buena reproducción, que allí podrías gozarla mejor y todo el tiempo que quisieras, y que, además, muchas obras de Leonardo, ignoradas por los turistas japoneses y también por todos los demás, eran superiores a la de la enigmática sonrisa. Que de enigmática... ¡nada!, debe haber dicho otro, porque lo que siguió fue una delirante disquisición sobre las tantas interpretaciones de los delgados labios distendidos.
Ésa fue la noche, la gran noche en que cantando incansables Los mareados (¿quién de todos remedaba mejor a la Rinaldi?) caminamos hasta la casa acompañados por una botella que pasando de mano en mano vaciamos poco a poco antes de llegar a la Rue des Saints Pères. La juerga interminable iba a continuar un poco más, al día siguiente se acababa la visita y ustedes partirían rumbo a Grecia. Para entonces ninguno de nosotros la conocía, lo que no evitó que buena parte de esa velada tan difícil de olvidar la dedicáramos a hablar sobre ella cual expertos helenos.
Dejamos Grecia, sus paisajes, su literatura y sus dioses, "nuestros más cercanos parientes", dijo alguien, para caer de nuevo en una de aquellas elípticas, o más bien crípticas conversaciones, a las que yo me empeñaba en incorporarme consciente de que aún no había completado la iniciación que, sentía, de alguna manera me estaban solicitando, la que me haría digna de ellas, es decir, del acceso definitivo al cuarteto. Yo sabía y todos lo sabíamos. Y ahora me pregunto, como tantas otras veces, hasta qué punto esos pocos días no fueron de alguna manera meticulosamente planeados por ustedes, acuerdo tácito, sin palabras, porque todos eran (y fuimos) uno.
Por eso, esa noche, esa noche después de la tarde en el Louvre, de tanto "cada cual tiene su pena y nosotros la tenemos...", de agotar el motivo del viaje inminente y, más aún, de tanto tiempo resistiendo cuatro entre cuatro paredes aquel inmenso caudal de amor y sordideces que nos invadía y apenas soportábamos (cada uno el suyo), alguien tenía que ser el blanco del inminente y necesario estallido, y ya sabíamos (o al menos ustedes lo sabían) a quién se dirigiría la flecha. De cualquier manera, la cruel ocurrencia y el feroz gesto no habría tenido consecuencias si yo me hubiera dormido, tal como elegantemente pronostiqué al abandonar el pequeño salón, si no me hubiera dedicado a tratar de discernir desde mi cama una conversación de la que apenas me llegaban frases sueltas y risas desproporcionadas. Si no hubiera respondido a tu susurro en la puerta del cuarto no sé cuánto tiempo después.
Vuelvo a tu cara envejecida y alumbrada por las luces del vagón, distante, distraída en cualquier pensamiento rutinario, y al de estas dos rígidas y hermosas vestales de una Grecia muy antigua, ocupadas con lira y flauta en algo seguramente no muy distinto a Los mareados, y me pregunto por qué no fui capaz de levantarme, de aproximarme a ti antes de llegar a la estación, una estación que ni siquiera era la que me tocaba, y dejarme llevar, llevar como aquella noche de eternos minutos entre el susurro en la puerta y el primer, vacilante roce. Nada me importaron, nada me importan todavía las roncas voces ignorantes (¿ignorantes?) desde el salón que poco a poco se me apagaron: nada, como nada te importaron a ti que nunca nada pareció importarte.
¿Cómo controlar esta ansiedad que renace?, ¿cómo recuperar lo único que deseo y que siempre he negado?

C (tercer personaje)

Sí, lo noté desde que cruzó la puerta. Todos estos larguísimos años al menos han servido para conocer hasta nuestros más imperceptibles gestos, para ser inclusive capaces de clasificar los diversos ritmos de nuestros corazones.
Creí que nada me diría y no me iba a extrañar, al fin y al cabo el silencio, de tácito y mutuo acuerdo, es parte de una muy vieja costumbre. Por eso me sorprendió, debo reconocerlo, que mencionara la coincidencia, el encuentro, mientras preparábamos la cena; lo hizo al descuido, con aire premeditadamente despreocupado, como pretendiendo restarle cualquier importancia a algo que, sin embargo, el solo hecho de comentar me da pruebas de la perturbación que le ha causado. Yo oí las pocas frases adoptando la misma actitud de ligereza, pero dado mi carácter habría de estar matizada, como en efecto lo estuvo, de una o dos preguntas con tono de verdadera sorpresa, de curiosidad y —¿por qué no?— de alegría, pues ninguno de los dos ignora que se trata de alguien a quien nunca he podido ni querido borrar de mi memoria, alguien que siempre me ha inspirado un afecto sincero: una gran amistad que ha pasado a ese extraño y cuidado recinto de lo descartado y perdido, ése que sólo ocupan las personas y las cosas que en verdad hemos deseado conservar eternamente.
La falta de pan y el previsible y mutuamente increpado "yo creí que tú lo ibas a comprar", cortó toda posibilidad de alargar el tema. No debí aceptarlo, pero, debo reconocerlo, me da mucho fastidio el sólo intentar aproximarme a esta barrera que juntos y en completo acuerdo tan bien hemos construido: "cada quien su vida" (¿cada cual tiene su pena?, ¿cada quien lo suyo, su camino, su sección, su trozo de vida imprescindible?) —aclaramos y consentimos casi desde el comienzo. Por lo demás, aunque este caso bien merecía otra frase alusiva de mi parte, debo reconocer que temo sus reacciones torpes e hirientes, ésas que nunca dejan de dirigirse a mi privacidad, al mundo al que sabe no puede tener acceso, por eso resolví callar, callar y dejarla.
Dejarla con su periódico y los interminables cigarrillos que detesto, dejarla que siga insistiendo en no darse cuenta de que había alguien capaz de ofrecerle lo único que sé no ha cesado de buscar, con quien pudo ser mucho menos infeliz. Pero mejor así, mejor que fume y no insista, al menos en voz alta, en encontrar una nueva y retorcida excusa para lo que fue su elección (justo después de haber enviado la postal que entusiasmado le ayudé a escoger y a redactar): sólo yo y para siempre, alejándonos sin mayores explicaciones de las otras personas que daban sentido a esta unión; aun aceptando que días antes, en París, habíamos logrado la más perfecta conjunción, la armonía. Al menos eso creí, y creo.

D (cuarto y último personaje)

Bajo el volumen de las noticias para atender el teléfono.
—¿Quién?, ¿cómo? Sí, es Daniel... —la verdad, en un principio no entendí las frases entrecortadas, seguramente porque no reconocía la voz que hablaba con la más absoluta familiaridad —¡ah!, ¿y eso?: ¡qué sorpresa!
La conversación a través del aparato (dividida en dos breves etapas) iba a resultar demasiado larga para mi gusto, con demasiadas frases en francés para mi gusto, pero sin duda la voz en la bocina merecía todas las condescendencias.
Ya no recuerdo hace cuánto tiempo que no me llama. Si hubiéramos tenido el hijo, el que ninguno quiso, sin duda fuera diferente: la separación no habría sido tan drástica, por más malos recuerdos e inclusive rencor que entre nosotros existiera, tendríamos que hablar con frecuencia, acaso con indeseada frecuencia. Pero en fin, no es ésta la situación: la llamada me sorprende por inesperada, carente de sentido después de tantísimo tiempo, después de los últimos y ya remotos intentos de diálogo.
Tratando de encontrárselo (el sentido; es decir, de entender), decido apagar el televisor, me enderezo en la poltrona y adopto mi tan cotidiana postura de sabio analista, pero sé de antemano que la profesión no va a servirme para nada.
—No, no creo que podamos vernos: salgo de viaje mañana, estaré fuera por lo menos una semana. Pero qué pasa; estoy a punto de asustarme... Bueno, estamos hablando ahora ¿no?, pero si prefieres esperar mi regreso... Sí, sí, tengo tiempo: dime... (tiempo justo para llegar hasta mi escritorio y buscar la caja de Marlboro a la que recurro sólo en situaciones de extrema ansiedad; luego, hasta la cocina donde encuentro por fin los fósforos que encienden el cigarrillo)... ¿Y?... típico: siempre haces las cosas y después te arrepientes, el problema es que nadie se entera... nadie se entera del arrepentimiento, quiero decir... Está bien, disculpa: típico mío, sí, no he cambiado nada, sigo igual: no te dejo hablar y saco ligeras conclusiones... ¡No!, no tranques, dime, ¿qué más?...
... Oye, hace tiempo que superé la etapa del masoquismo y aquello de que el sufrimiento afina el espíritu me resulta realmente repulsivo... Bueno, por los momentos, y desde hace tiempo, para tu información, sólo me ejercito en recordar los imprescindibles textos de psicoanálisis, ¿por qué?... ¡Aló!, ¡aló!...
Con la mirada en la bocina, dudo entre el fastidio y lo que siento mi deber hacia el ser eternamente desamparado que tanto amé. Finalmente me decido a colgar, y acto seguido tomo la libreta de teléfonos para marcar su número con la remota esperanza de que no siga siendo el mismo.
— No vuelvas a colgarme, por favor. A ver, qué es lo que quieres; ya te dije: tengo tiempo; además, ahora yo pagaré la llamada: puedes aprovechar... ¡Aló!, ¿estás ahí?, ¿vas a hablar, sí o no?: lo del pago de la llamada era un chiste... Ok: no más chistes. Dime... por favor...
... Sí, te estoy oyendo. He oído atentamente todo lo que has dicho, no he apartado el aparato de mi oreja ni un solo segundo, te lo juro, pero no sé qué responderte. ¿Qué quieres que te diga?... ¿Qué esperábamos de ti?, ¿cómo que qué esperábamos de ti?... Oye, Bety, éramos jóvenes y creíamos que el tiempo nunca avanzaría; éramos amigos y pensábamos que la amistad consistía en compartirlo todo, absolutamente todo... Bueno, está bien, no todo, pero sí todo lo que se pudiera... Tú estabas allí, por qué tengo que explicarte lo que tú bien sabes, mejor que yo si no me equivoco... Sencillamente porque me temo que no has dejado nunca de darle vueltas al asunto y a mí, la verdad, es que no me interesa en absoluto... No, Sonia no está aquí, está de vacaciones, voy a encontrarme con ellos mañana... Ya tiene diez años, y antes de que me lo preguntes, Sebastián, el segundo y último, acaba de cumplir seis, ¿complacida?...
...¡Dios mío!: ¿estás llorando?... Mira, entiendo, no te acercaste, evadiste la situación, cualquiera puede entender eso. Si quieres trato de conseguir su teléfono esta misma noche y te vuelvo a llamar, ¿te parece?... Ya sé que no es ése el problema, pero es que no comprendo cuál es el problema y mucho menos qué es lo que quieres de mí. Me temo que llamaste a la persona equivocada: contigo no puedo hacer de psiquiatra, la ética, ya sabes... Está bien, lo juro: no más chistes.
...Ok: vamos punto por punto... Oye: yo creo que esa pregunta la respondí hace mucho tiempo y no pienso volver a hacerlo... No, no, ¡cómo vas a trancar en ese estado!, ¿estás borracha?... Sí... sí... Bety, te voy a contestar la primera parte con una frase contundente y precisa como, según tú, siempre has querido y yo me he negado, pero nunca más, ¿entiendes?, nunca más, porque esto me harta y no me interesa: sí, estuve con ambos... Vamos a ver, si mal no recuerdo, para nadie, tampoco para ti, eran un secreto las preferencias de Carlos, ¿o no?... Ok, ok, yo era todo eso, todo lo que a ti te dé la gana, ¿y qué?... Mira, Bety, querida —y ese querida va en serio y de verdad—: no, en ese tema no me voy a meter, emborráchate hasta la muerte si te da la gana, pero yo voy a colgar... Está bien: ¿cuál era la segunda pregunta que ya la olvidé?... ¿Quieres que te sea sincero?: lo ignoro, simplemente no me acuerdo, no sé cuántas veces cada uno, no sé cuántas veces los tres, a lo mejor una sola vez. ¡No me acuerdo, carajo!, ¿quieres que lo jure por mis hijos?... ¡Aló!
Me gustaría decir que la conozco, me gustaría saber si volverá a sonar el teléfono o no, me gustaría contar "uno, dos, tres, cuatro, cinco: ringggggg", pero no, con ella nunca supe, menos voy a saber ahora. Por mi parte, ya cumplí, no pienso volver a llamarla, que se tome cinco botellas si le provoca, que se tire por el balcón si es lo que prefiere; yo soy un hombre feliz, un hombre feliz que necesita con urgencia un trago de whisky, el tercero de la noche para irse a terminar de arreglar el equipaje, pero justo cuando salgo del baño con el cepillo de dientes y la afeitadora, vuelve a sonar el teléfono
—Ajá, dime... No, Sonia, mi amor, es que estaba hablando con un colega y se cortó la comunicación: creí que era él... Sí, sí, ya tengo todo listo. Nos vemos mañana en el aeropuerto... Me estoy portando mejor que nunca, te lo juro, ¿y los niños?... No, no, nada de particular, es que ya sabes, dejo todo para última hora y no tengo nada listo... Un beso. Buenas noches. Te quiero... Chao... Te adoro... Chao.
Termino con el trago y la maleta, con el bolso de mano del que he vuelto a sacar el cepillo y la afeitadora porque recordé que antes de partir mañana tendré que utilizarlos. Hace un calor infernal, absolutamente desacostumbrado para esta época del año, no me pongo el pijama, ni siquiera interiores. Abro la ventana de par en par, me tiendo en la cama y de manera instintiva aproximo ambas manos a mi sexo sorprendiéndolo tenso y erguido, como en sus mejores tiempos —cualquiera afirmaría. Me digo que debo aprovecharlo y superar el letárgico efecto de los whiskies, el cansancio de un día de trabajo con tan absurdo remate. Lo froto lentamente pero con vehemencia, dos, tres, cuatro o no sé cuántos intensos ludimientos hacen falta para aceptar que a esta edad el cuerpo no responde sin la imaginación; cierro pues los ojos para poder fantasear mejor, fantasear por ejemplo con mi punta húmeda hundiéndose en el surco oscuro, tan conocido y recurrente, que existe en todo el centro del pecho de mi querida Sonia, el que crean con cierta fiereza sus hermosísimas, hermosísimas, hermosísimas, blanquísimas, blanquísimas, blanquísimas, enormes, inmensas, gigantescas, insolentes tetas. Pero eso no ayuda en nada a mantener el estado que tanto me satisface y que estoy a punto de perder; entonces supongo saber de qué se trata, entonces me aproximo poco a poco, lentamente, y tomo, y poseo (mientras se contonea al ritmo de algún suave son tropical) el cuerpo absolutamente perfecto de una mujer joven y plena que resulta ser, debí suponerlo desde el comienzo, el de Bety amante, el de Bety rendida en su primer acto de amor, el de Bety entregándose cual sufrida esclava durante la despedida que ya sabíamos definitiva, y vuelvo a recuperarme, mi mano insiste y el placer crece junto con mi miembro hasta que retumban como voces de fantasmas burlones (de mis padres ya muertos, de las generosas amantes que no alcanzo a recordar, de los amigos queridos y de los que nunca me hicieron falta) sus desagradables quejas por mi poca pasión, por mi rechazo a todo lo que no soy capaz de prever y controlar, su condena a mi educación en colegios de curas y a la memoria de mi madre, sus reproches por mi miedo, mi absoluto terror a lo que ella dice puede ser en verdad una mujer, el cuerpo y el alma, todo junto, todo en uno, de una mujer. Pero no, me niego, insisto, por eso, a punto ya de perder el inmenso, absoluto placer que, debo reconocer, casi había olvidado, atrapo la única fantasía capaz de salvarlo: sé que mi último recurso está en París, volver a París, a la noche de cada cual con su pena, al instante en que sin ningún intento por controlar mi rabia pretendí vengarme de todas las injurias con un golpe certero sobre su rostro; volver al momento en que Carlos, con un gesto más amoroso, y quizás más satisfecho que nunca, me arrastró tras de Alicia para asomarnos en la puerta entreabierta y ser silenciosos testigos del acto apasionado de aquellos dos cuerpos desbordantes, ofensivamente curvos y gozosos. Ahora son Bety y Alicia besándose, acariciándose, retorciéndose, convulsionándose sobre una cama que jamás pude volver a sentir mía, quienes se encargan de guiarme en la búsqueda del éxtasis; las veo, las observo, las disfruto y no soporto más: caigo sobre ellas como no lo hice veinte años atrás, dejándome entonces arañar, estrujar y morder por sus manos, muslos y bocas crueles y golosas. Sé que nunca disfrutaré otra vez algo semejante, por eso lo detengo y alargo, lo detengo y alargo, lo detengo y alargo hasta que, finalmente, de un solo y decidido gesto aparto a Alicia bruscamente para desbordarme, para desbordarme yo, yo, todo colmado, pletórico, señor, dueño, tirano, sobre el rostro ansioso y sometido de mi Bety.

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