viernes, 11 de noviembre de 2011

Dos cuentos de Martha Durán




¿La pensaste?, entonces es tuya




Un pensamiento es tanto más verdadero si

Lo que expresa puede ser representado

Sin palabras en nuestra conciencia

Blas Coll




Había desde hace tiempo elegido creer que cada palabra que no decía, cada pensamiento que no saliera de su boca, iba a parar a algún sitio específico de su casa. Comenzó entonces a medir la extensión de cada palabra, no lo hacía como si en un papel estuvieran escritas, linealmente, en secuencia, como una línea interminable que pudiera estirarse formando una especie de cuerda infinita sin espacios ni interrupciones. No, así no era que las pensaba. Lo hacía más bien como un alquimista que transforma en materia lo que materia no tiene, pero él lograba hacerlas cuerpo, casi podía medir con exactitud la altura y el ancho, e incluso la profundidad de cada letra, de cada palabra, de cada frase.
Intentando economizar espacio, por supuesto descartó de primero los artículos, que en su pensamiento eran absolutamente inútiles a no ser que ellos en sí mismos, uno en particular abarcara una idea entera, cosa que hasta ahora no había experimentado. Concluyó que en el pensamiento, los artículos eran absolutamente prescindibles. De la misma manera, los adjetivos terminados en mente, obviamente, también tenían que comenzar a pasar por el terrible proceso de economía que requería las primeras palabras que ya empezaban a amontonarse en la última gaveta del clóset. Este proceso le trajo prontamente una primera reflexión, que además le provocó una suerte de temor, donde llegó a la conclusión –casi estadística– de que la cantidad de palabras que no se dicen es enormemente mayor a las que se dicen, incluso, que aquéllas, las guardadas, tenían una importancia abismal por encima de las que se gastan muchas veces de manera innecesaria. Buenos días, hace calor, hasta mañana, y tantas otras que se desbaratan de tanto decirlas hasta el punto de poder sustituirlas sencillamente por una sola letra que diga estas frases sin derrochar el lenguaje de tal manera. Quizá, por ejemplo, decir una “B” para el buenos días, o una “C”, no importa cuál sea la letra que sustituya estas expresiones huecas, inclusive podría ser simplemente un sonido sin signo, una especie de gesto o mueca, quizá un sonido laríngeo, atorado en la garganta. Lo que importa es que el acuerdo se entienda y se use como debe ser.
Matemáticamente, comenzó –a partir del diálogo cotidiano con Ana– a analizar el número de palabras innecesarias para no caer en el perverso despilfarro, el gasto inútil que aprueba –incluso con orgullo– la sintaxis y demás servidumbres del lenguaje.
- Ésta no la pensé yo, y no cabe en mi gaveta ¿Por qué la has guardado ahí?
- Pensé que la habías pensado sin decirla, ¿la pensaste? – dijo ella.
- No sé, ¿”cansancio”? Seguramente.
- Entonces déjala en tu gaveta, es tuya y quiero guardarla.
- Pero no estoy seguro de haberla pensado – dijo él con una molestia claramente expresada.
- No importa, la guardo yo. Tú te guardas más cosas que yo. Yo siempre tengo más espacio y, en cambio, tú cada vez dices menos y me asusta tu silencio y tanta gaveta atestada de palabras nuevas. A veces quisiera descifrar lo que piensas y regar sobre la cama lo último que has guardado, pero no serviría de nada, están todas sueltas y las combinaciones se me hacen infinitas.
Ya no discutían por el almuerzo o las distracciones en los días libres, estaban ocupados pensando en lo que el otro podría estar pensando y no decía. Ella hablaba menos que él, era más callada. Pero él, y ella lo sabía, callaba para pensar. Ella lo sabía por los espacios que iba acomodando para guardar lo callado. Lo sabía porque las gavetas se iban desocupando ocupándose con silencios pensados. Lo sabía porque intuía que cada espacio vacío era una huella más de lo que él ocultaba. Lo sabía porque cada vez él hablaba menos y pensaba más, porque cada vez él desocupaba más espacios, más gavetas, más cajas, más estantes, y él guardaba silencios irrefutables.
Agotados los espacios en la habitación, se dispuso a pasar varias horas en el estudio organizando –en orden de importancia– la modesta biblioteca que resistía los libros llenos de palabras pesadas, palabras de otros, palabras filtradas, elegidas por esos otros para ser puestas a la vista, destinadas a ocupar de manera tangible, palpable, evidente, espacios ajenos. Qué fácil librarse de los pensamientos sin ocupar su propio espacio, pensó al verse frente a esa pared irregular en colores, tamaños y títulos que configuraba la llamada biblioteca. Ahora entendía el propósito real de aquellos pensantes incansables cuyos nombres posaban estampados en las tapas de esos libros, la maniobra encubierta que los hacía librarse de lo pensado invadiendo lugares ajenos. De repente se sintió engañado, traicionado por esos pródigos de los vocablos. Lo más grave, lo que más indignación le provocó, fue el hecho de saber que además de todo eso, el despilfarro era intencional, y que –sin pensar en los demás– éstos endulzaban, dilataban sus pensamientos en frases llenas de adjetivos muchas veces innecesarios, de artículos, de repeticiones insensatas, de derroche verbal multiplicado miles de veces para que otros cargaran con el peso de sus pensamientos. Qué ingenuos nosotros, qué hábiles ellos. Desde el primer momento en que se vio frente a su biblioteca, su pensamiento derramó de manera desbordada todas estas ideas que lo hacían temblar de pánico al no poder detener tanta palabra no dicha y sin espacio donde ubicar, por lo que de repente se encontró parado pensando en voz alta sin parar, hablándose a sí mismo desbocadamente hasta que hiciera un espacio para callar y guardar.
Lo interrumpió Ana. Desde la puerta del estudio ella lo miraba con una expresión de preocupación y asombro a la vez. Él calló finalmente, ella se le acercó sin decir nada, le dio un beso en la mejilla y comenzó a desocupar con calma el primer estante de la biblioteca. Salió unos segundos del estudio y volvió con dos cajas vacías, las colocó en el suelo, y empezó a llenarlas con los libros menos apreciados y carentes de interés. Él, en cambio, se había quedado exactamente en el mismo lugar y en la misma posición en que ella lo había encontrado, mientras se iba relajando a medida que los estantes se vaciaban poco a poco. Entre los dos, y en completo silencio, lograron desocupar casi entera la biblioteca dejando solamente unos ocho o nueve libros agrupados en el último de los estantes, uno de ellos –obviamente– era el diccionario. Nada había que discutir, desde ese momento ella supo que él estaba más urgido de silencio, de vacíos dónde archivar lo callado. Ella, entonces, comenzó a almacenar las cajas y los demás objetos que iban quedando sin lugar en el cuarto de servicio junto a la cocina. Decidió, también, pensar más en voz alta para cederle a él el poco espacio que iba quedando. Lo hacía bajito, casi como un susurro, como si un balbuceo que sólo ella pudiera escuchar. Lo poco que no se atrevía siquiera a murmurar, lo guardaba como podía en el mismo cuarto de servicio. Aprovechaba al máximo el tiempo en que él no estuviera en casa para arrojar casi a gritos todo lo que pensaba mientras cocinaba, se duchaba o limpiaba la casa. Y él llegaba del trabajo como conteniendo el vómito, con las palabras amontonadas en la boca y apretando con fuerza los labios, directo a la biblioteca para llenar lo poco que quedaba vacío con lo retenido durante todo el día.
Sustantivos atestaban los estantes compitiendo en número con verbos y adjetivos. Había aprendido a podar el lenguaje que se articulaba de manera desordenada en su mente, había logrado reducir lo que pensaba concentrándose casi absolutamente en verbos, sustantivos y adjetivos; pero las interjecciones se habían vuelto problemáticas, pues ellas saltaban solas en su cabeza sin poder controlarlas. Aparecían, simplemente aparecían. Una gota de aceite saltando a su mano mientras cocinaba, y ahí estaba, súbitamente, una palabra-sonido que ni siquiera sabía escribir. Su molestia se agravaba al pensar que tendría que archivar esta difusa, molesta y dudosa palabra; pues los espacios disponibles se estaban agotando y no quería gastarlos con expresiones huecas. Nunca les había prestado tanta atención, pero en este momento se habían vuelto –paradójicamente– imposibles de suprimir, cobrando una jerarquía que le irritaba hasta la piel. Las veía ahora como desechos, como si retazos de vocablos acabados, como si fragmentos desordenados de un sueño largo.
Poco a poco, sus conversaciones se iban convirtiendo en monosílabos resultado de preguntas cotidianas. Habían dejado de conversar mientras él se apresuraba en llenar-vaciar el estudio que ella había cedido para complacerlo. Ya ni siquiera intentaba entrar para matar de alguna manera la intriga de saber lo que él escondía. Sabía que no había otra mujer, que por el contrario, si ella lo hubiera conocido en este momento él no le hubiera prestado la más mínima atención, pues conocerla implicaba hablar, y para él, esta facultad tan primaria, tan básica, se había vuelto algo difícil e incluso molesto. Ella seguía cediendo y, al hacerlo, el cuarto de servicio se iba atestando de reclamos no dichos, de quejas encerradas en su boca, de lamentos, de insatisfacciones, de interminables preguntas y signos de interrogación cuyos puntos solían perderse y caerse de gabinetes mal cerrados o torpezas que se iban convirtiendo en rabia, sobre todo rabia, mucha rabia guardada.
Él, por el contrario, parecía cada vez más cómodo con su silencio. Y aunque era obvia su ansiedad por no decir, por evitar el sonido, prefería callar durante la cena, en la cama antes de dormir, en la mañana mientras se vestía para ir al trabajo, llenándose cada vez más de gestos, de señas o muecas para responder las preguntas de ella o para hacerle saber cualquier cosa.
Así que a pesar de la extraña convivencia que habían convenido silenciosamente, ella había adjetivado en algún lugar vacío la palabra “soportable”, dejando que los días pasaran y resignándose al conformismo del que sufre el que ama más que el otro. Pero ella no podía dejar de pensar en él todo el día, y un leve temor le arrugaba la cara al darse cuenta de que poco a poco los estantes y cajas del cuarto de servicio estaban casi enteros ocupados con la palabra “Raúl”, el nombre de él. Así no más, sin artículos, sin adjetivos que lo acompañasen, quizá algún “él” que sólo se diferenciaba por dos letras, pero que se hacía práctico sólo por asuntos de espacio.
Ella hubiera podido vivir así toda la vida, hubiera podido seguir cediendo –como lo hacía– la habitación, el estudio, luego el mueble de la sala donde antes habían copas y vasos, gabinetes enteros de la cocina, sillones de estar que salían de la casa para abrir espacio a nuevas cajas que iban ocupando cualquier rincón. La casa se fue deshabitando, ya no había sala, ni estar, ni portarretratos sobre las mesas; sólo cajas y cajas que él iba llevando todos los días mientras las cosas se iban. Ella hubiera podido con todo eso, pero no con lo que se encontró aquel domingo que él estuvo fuera de casa todo el día.
Ese domingo él llegó de noche, callado como siempre, doblando palabras sobre el estante donde antes estaban los platos de la cocina. Ella lo estaba esperando con un par de maletas, en una un poco de ropa y algunos pares de zapatos junto con sus cosas personales. La otra, llena de una misma palabra que contenía toda la historia que ahora dejaba: “Raúl”. Él la miró extrañado, con el rostro dibujó un signo de interrogación mientras miraba las maletas. Ella no dijo nada. Se levantó del suelo donde estaba sentada esperándolo, agarró la primera caja de una torre de unas cinco o seis cajas, la abrió mientras él la miraba ahora con un signo de admiración en su rostro, y la volteó por completo dejando caer la misma palabra repetida miles de veces que él había guardado las últimas semanas: “Natalia”. Este nombre, desconocido por ella, quedó regado entonces por el suelo de toda la sala, y él cambió el signo de admiración de su rostro por tres puntos suspensivos que Ana supo reconocer de inmediato. Ella dejó la caja en el suelo, tomó sus maletas, dejó sus llaves de la casa en la mesa del comedor, y se fue dejándolo quizá con un gran paréntesis qué guardar.





Que no faltes
I
Espera, no te vayas todavía que tengo ganas de cagar. Siempre me pasa, tú lo sabes mijo, cuando finalmente llegamos me cuesta sacar la mierda, no puedo, simplemente no puedo, pero de que me dan ganas me dan ganas. Lo que pasa es que las cosas cada vez están más lejos, el baño, la cama, la silla, la cocina – la cocina es imposible, queda exageradamente lejos -. Espérate, quédate unos minutos nada más. Lo que te decía es que eso, que parece que alguien está agrandando la casa. Porque no se sabe dónde se está cuando se ha perdido el espacio, cuando no lo sientes en las manos, en el roce con un objeto, en el piso por donde se arrastran los pies, en la mano que abre la puerta, no se sabe. Tampoco se sabe del tiempo cuando lo único que se hace es esperar. Esperar la medicina, el agua, la sopa, la ropa limpia, las manos que te lleven al baño a perder la dignidad. Tú lo sabes mijo, tú eres mi tiempo, quién más que tú para saber que yo no tengo tiempo para pensar porque estoy ocupado esperándote, y cuando te espero por necesidad, qué duro es vivir tu tiempo segundo a segundo. No me mires así que es cierto, debería halagarte. Repito, es duro vivir tu tiempo segundo a segundo. Saber que cuando no estás, lo que hago es imaginar, sacar cuentas, calcular cuánto tardarás, recordando con esfuerzo todo lo que tenías que hacer en el día. Casi puedo ver tus pasos durante todo el recorrido, y tú crees que aún estoy dormido, y por eso vas tranquilo, porque también vas calculando cuánto te toma hacer esto antes de la sopa, cuánto tardarás en hacer esto otro antes de la hora de la medicina. Todas las noches te pido perdón por seguir vivo, y todos los días amanezco de nuevo y lo que quiero es cagarme en la imposibilidad de dejar de ver el amanecer. Siéntate otra vez por favor; sabes que es así, me miras mal cada vez que digo esto, sobre todo en la palabra “cagarme”, como si un niño hubiera dicho una grosería y la madre lo mira con disgusto y amor al mismo tiempo. ¡A mi edad y sin derecho a poder decir cagada las veces que quiera! Es como intentar quitarle un vicio a una vieja de noventa años. ¡Qué más da! Que termine de vivir sus días tranquila por lo menos y no jodan más. Pero no, mi penitencia es ver que todos los días amanezco, y primero viene la incredulidad, el asombro, luego el suspiro, la impotencia y finalmente la rabia. Por eso digo “cagar”, “cagarme, “cagarse” cuántas veces quiera, incluso “cagando” para que sepas que esto no termina todavía y que deberás estar parado a mi lado sosteniéndome en el retrete el tiempo que dure ese “ando”; y por supuesto, “cagado”, sí, en participio, para que entiendas que ése es mi estado natural, que estoy realmente cagado todo el tiempo, hasta cuando estoy cagando. Pero aunque de mi cuerpo sólo queda un corazón latiendo a medias y un cerebro que piensa, y lo demás no sirva, no se mueva, tengo que agradecer muchas cosas también. Aunque estoy destinado a estar inmóvil hasta que me muera – que espero sea pronto – agradezco enormemente no haber perdido la voz ni el poder escuchar. Es que coño, por lo menos para cagarme las veces que quiera en mi estado tenían que dejarme aunque sea la voz. Menos mal que la voz no está en las manos, o en las piernas; o si no, cagaría por la boca.
II
Me estoy muriendo del calor que hace. El sudor, el sudor que en goterones horrendos bajan de mi frente hasta el cuello, y yo, como ya tú sabes, sin poder secarme siquiera. Si supieras todo lo que pasa aquí en tu ausencia mijo. Porque aunque creas que cuando tú te vas todo en esta casa sigue igual, aunque llegues tarde y veas todo exactamente como lo dejaste al salir, no tienes idea de cuánto pasa mientras no estás. Porque pasar es otro verbo que perturba, que me aturde. Es absolutamente impreciso, sobrestimado, una cagada de verbo. Que algo “pase” no tiene que ver con el lugar de las cosas, o con el movimiento o las formas. Aquí todo permanece en el mismo lugar – aunque insisto que la casa se agranda – pero pasa mucho. Pasa tanto que lo único que puedo hacer por mi cuenta, sin ayuda, hace que todo se mueva terriblemente en mi cabeza. Recuerdos, sensaciones, necesidades, imposibilidades. Por ejemplo, ayer, mientras evitaba pensar en la jarra de agua que estaba en la mesa de noche, tan cerca que hubiera podido alcanzarla con una sola mano, mientras tragaba seco y la garganta se me pegaba como aplastándose de pronto, reteniendo por segundos el poco aire que me queda, intentando guardar saliva un rato para refrescarla engañosamente con un trago de mi mismo, en ese momento, intenté olvidarme de la sed con el recuerdo. Y el recuerdo que vino de repente y del que no pude salir no ayudó mucho mijito. Sólo esa cara, ese rostro. Tenías que verle la cara para saber lo que se siente. Pues sí, maté a un hombre. Claro era un carajito y uno andaba por ahí disperso entre reuniones sin fin, sin objetivo claro, coherente, o por lo menos realizable. Un país no se arregla con las ganas de unos pocos, y yo creía – en ese entonces – todo lo contrario. A esta edad uno se ríe de esas cosas, se ríe y sufre también, no te creas. Por cada disparo que di a ese hijo de puta – porque lo era – yo he muerto también, así que llevo dos muertes mijo, sólo una ajena. Y sé que a lo mejor no entiendes, pero la verdad, la muerte que más duele no es la ajena, es la de uno. Porque el otro sabía que sus últimos segundos se quedarían incrustados irreversiblemente en lo que me quedara de vida. Ya te dije, era un hijo de puta, pues hasta puedo jurar que sus últimos pensamientos los gastó en imaginarme cargando con su recuerdo toda la vida, y que incluso alcanzó a predecir que la muerte no me llegaría pronto para librarme de él, sino que tendría una vida exageradamente larga como para sufrir mis últimos años en esto que me he convertido ahora, en una cosa que piensa, que piensa tanto que el tiempo le alcanza para recordar miles de veces su rostro, la última imagen que guardé de él. Me miró primero como incrédulo, en el suelo, luego se tocó en el estómago – donde asesté la primera bala – y se miró las manos llenas de sangre, ahí me miró otra vez con los ojos casi derretidos por completo, como si dudara de si había sido yo; “pero si tú eres bueno, ¿cómo pudiste?”, parecía que dijera. Luego hizo lo mismo con el hombro, y con la pierna, y en unos segundos ya tenía toda su agonía grabada en mi mente. ¿Tú quién crees que murió ahí mijo? Ese hijo de puta, porque aunque esté muerto no deja de serlo, ya viste lo que me hizo cuando murió. Pero es así, tuvo que ser así, porque además de muchas cosas que no vienen ahora al caso se acostó con Clarita, con CLA-RI-TA, ¿puedes creerlo? Te cuento todo esto porque sé que hoy no tienes clases. Ayer te llamó un compañero para decírtelo, ¿recuerdas? Y la semana pasada pagaste todos los servicios y etcétera, puedes pasar un tiempo con tu abuelo. Por eso la agonía y la muerte de ese hombre no me duelen tanto como la mía, la traición mijo, la Traición con mayúscula. ¿Y qué crees que me dijo Clarita? ¡Que ella no me pertenecía, y que ya no quería estar más conmigo! Ni siquiera pudo esperar un poco, inventar algo, tratar de que la cosa fuera menos cruel; pero no, ella me lo dijo como los disparos que le di al tipo, de frente, de un solo golpe… o tres mejor dicho.
III
Y es que seguramente me desvié del tema, por eso te quieres ir. Ya sé que hablo mucho, pero cuando no estás el silencio me abruma, me inquieta a tal punto que entro en un breve estadio de locura – lo reconozco, en ese mismo momento soy capaz de saber que estoy entrando ahí y saber cuándo termina, que es cuando llegas. Pero antes de escuchar las llaves, el ruido de la puerta, antes de saber que estás llegando, hablo solo como un pendejo, como un pendejo loco. Hablo y hablo y sólo yo me escucho ¿Qué sentido tiene? No lo tiene, por eso me angustio cuando te tardas, porque si llegaras a tardar mucho más de la cuenta, si llegaras a faltar a mi pastilla, a mi sopa, a mis idas al baño, y esto siguiera sin yo saber con certeza cuándo llegarás, siento – estoy seguro – que me volvería irremediablemente loco. Me quedaría hablándole al aire, a mi propia respiración, al pesado jadeo que sale de mi cuerpo, a mi garganta seca y su hábito de encogerse, al hálito que dice de mi existencia aún; o peor, a la puerta y su pausa indefinida, a la lámpara que quiero encender o apagar, a la mesa con las pastillas muy cerca pero sin poder alcanzarlas; permanecería quejándome y quejándome lo que me quede de vida, maldiciéndote varias veces al día, insultando, insultándote, murmurando tu ausencia. Me quedaría con la cabeza más tiesa aún, pues la rabia, luego la preocupación, la taquicardia – las pastillas que no alcanzo -, el dónde estarás, el estará bien, el coño de su madre que no llega, la espera, la incredulidad, la desesperanza y luego, inevitablemente, luego de unos días de locura, la muerte. Así que no faltes por favor, no te vayas sorpresiva o voluntariamente hasta que lo haya hecho yo primero. No te distraigas con nada hasta que me detenga, que te prometo será pronto. Te juro que no te interrumpiré mucho tiempo, que podrás tener una novia, que te dejaré para que sigas sin ser yo el que te fracture las horas. Te juro que será cuestión de días nada más, pero no faltes mijo, sólo eso te pido, que no faltes.