sábado, 21 de febrero de 2009

A PROPÓSITO DE LA LEY MORDAZA. Por Enza García Arreaza

Pero qué falta, dime, en la tarjeta diminutadonde están tu nombre y tu calle y tu desvelosi la cifra se mezcla con las letras del sueñosi solamente estás donde ya no te busco.
Objetos Perdidos, Julio Cortázar
Fernando bostezó, diciéndose que era hora de llamar a Linda para comprarle marihuana. Apagó el computador, se despidió de la vieja del servicio y salió a la calle. Justo hoy me había contado que cuando fumaba le salía bien, extrañamente, relacionarse con sus padres, escribir poemas, caminar por calles ajenas, y hasta saberse tan poca cosa después de graduarse con honores como físico y ser apenas una araña tirada a las entrañas de una ola. Pero así no me iba a convencer. Siempre me sugería en nuestras conversaciones por el chat que probara la marihuana antes si es que alguna otra vez intentaba matarme.
Estaba cansado y hediondo cuando abordó el autobús desde alguna avenida de Medellín. Yo nunca he estado en Medellín, pero supongo que es como cualquier otra ciudad que tiene putas, manifestaciones, cloacas, atletas y hombres que fuman marihuana. Se recostó del vidrio de la ventanilla, se quedó mirando con desprecio el libro que llevaba en la mano porque le pareció que leer era una extravagancia entre gente cansada y mediocre. Estoy segura que pensó también que debía llamarme después de haberse masturbado mientras chateaba conmigo y me decía que mi culo le quedaba tan estrecho y feliz. Tenía que pedirme disculpa por semejantes perversiones. Y eso lo desesperanzaba ambiguamente, eso era la confirmación de que al menos esta semana no tendría un cuerpo tibio que le facilitara placer, antes de ir a escribir cartas inútiles pidiendo créditos para montar un estudio de animación computarizada.
Había que llamar a Linda porque pobrecita, seguro que con las inundaciones en Cartagena no tendría dónde encuevarse. El colectivo marchaba lentamente, como la voz de mamá cuando entona un cuento, y qué suave, pensó, así debe de ser su espalda (es decir, mi espalda). Le resultaba divertido que en un país vecino una chica de menos años que él lo excitara de tal manera, haciéndole volver a ver con ojos desconcertados fantasmas que aparecieron con los antidepresivos, y que pensaba ya había logrado domesticar. Miró un semáforo. Y trató de imaginar cómo sentiría yo la textura y el grosor de un pene atracando en mi vagina. No pudo concluir en nada, el viaje prometía no acabarse pronto.
Entonces la vio, sucia, maloliente. Le vino un escozor en el hígado que se parecía a Richard Clayderman o a algún poema de Neruda. Era una indigente como de treinta años, igual que él. Se bajó corriendo del autobús. En su mente se amontonaron obreros, bocinas, pajaritos cagando desde lo alto de las ramas, todo revuelto y amontonado, como se amontonan los días malos en el alma de un disidente en islas comunistas. Ella (a la que llamaremos Tita) exploraba un pedazo de hamburguesa que había sacado de un pipote, resuelta, añeja la mirada entre bancos sucios de plazas ingobernables y hombres sordos gritando su gran vida de corbatas y números celulares.
Un silencio ubicuo y oliendo a campo de concentración empujaba a Fernando hasta Tita. Pero tenía que decirle algo, a pesar de no lograr sentirse más que una mujer que tampoco era mucho.
—Hola... ¿tienes hambre? ¿te puedo ayudar? (puedo bañarte y abrirte las piernas, pensó)
—Pues vea que yo no soy puta, mijo, pero tengo mucha hambre... ¿me puede da algo p'a comé?
Esa voz metálica y delgada como el alambre de cobre le gustó de inmediato, deseaba morderla y despegarle la mugre con la lengua y ungir su mediocridad a fuerza de semen.
Le compró una ración de pollo horneado con ensalada y papas fritas.
Yo no sé en Medellín cómo serán los conciertos sinfónicos (en mi ciudad son siempre algo desordenados, empiezan tarde y la gente no apaga los teléfonos) pero me parece interesante y hasta tierno que después de alimentarla se haya atrevido a llevarla a un evento como ése. Esa noche tocaban el Concierto para Cello y Orquesta de Antonin Dvorak. La miraba atestado de una felicidad precaria, con un peso de avión sobre las cejas.
La admiraba, la reconocía como su semejante, él que tantas veces había mendigado entre sus compañeros de la universidad algunos antidepresivos de sobra. Ella protestó (aunque después pensó que podría sacarle mucho más al asunto) y al final accedió a ir hasta la casa de Fernando a bañarse un poco y a ponerse otra ropa (ropa que por cierto Linda había dejado alguna vez cuando F. le pagó varios pesos para que pasara nueve días con él).
El confortable cuchitril donde él vive queda en el séptimo piso, tiene un balcón con una grieta y dos porrones vacíos. Un frasco de jugo rancio cerca de una lámpara, cajas de condones, fotos de California de aquel postgrado en mecánica que nunca terminó (que no terminó después del intento de suicidio por Maribel). Hasta hay una fotografía mía pegada en la puerta de la nevera. Tita le preguntó quién era y respondió que esa era la hermana menor que vive en Venezuela.
Por cierto, Linda alguna vez había trabajado como dama de compañía en Venezuela.
Tita se metió a bañar, como otra araña que tiene en sus entrañas una bella ola, y además canturreaba un vallenato de Jorge Celedón. Fernando esperaba, repasaba textos, buscaba entre sus discos de Mahler, se hurgaba disimuladamente entre las piernas como si hubiese alguien más frente a él. Un horóscopo le decía "el servir para otros te dará gran placer, estarás pendiente... (ella cantaba más fuerte y el jabón bajaba entre los labios de...) toma las cosas con calma, aumenta tus niveles de energía"... Tita salió del baño.
Tita salió de baño. Desnuda. Ay dios mío, debería taparme los ojos.
Tenía el pelo ocre y ojos glaucos. Recordó que yo siempre hablaba de Vincent Van Gogh. Una mujer desnuda frente a él lo miraba con ingenuidad, no podía creer que eso le fuera posible justamente a él, que sólo había amado a seres malvados que son putas y venden marihuana y que siempre lo desechaban como al trozo de papel higiénico que uno usa cuando va al baño. Tita ni tuvo que tocarlo para que su miembro se disparara sobre ella. Se quedaron pegados por un rato, gritaron aunque el placer no era para tanto pero se agradecía, se besaron en la boca como si desde siempre hubiese sido la única forma de salvarse o de morirse de una buena vez.
A Fernando el culo de Tita le quedaba estrecho y feliz y la araña surfeaba sobre una ola, libre, asesina, sin conciencia.
Las cinco de la mañana.
Fernando abrió los ojos a las seis. Solo. No estaba sorprendido. En cambio, se sorprendió al ver que sólo le faltaba una bolsa de pan y una botella de refresco. Otra vez la araña era tirada a las entrañas de una ola, una ola dentro de un mar con menopausia.
El trabajo, exilios, facturas, totentanz. Cansancio, y el terror de volver a casa, abandonado.
Abordó un autobús a las nueve. Leía, no miraba por la ventana. Leía con unas sienes a punto de explotar: "Mientras el fósforo se apagaba vi, sin embargo, como me miraba con ternura. Luego, ya en plena oscuridad, sentí que su mano acariciaba mi cabeza".
Tita se montó en el colectivo: buenas noche señores pasajeros, acá traemos unos dulces... ayúdenme, tengo a mi pelado enfermo... unos pesos que no empobrecen a nadie. El discurso se le desbarató un poco cuando vio a Fernando y vio que Fernando hacía las veces de no mirarla. Ambos se sonrojaron lejanamente. La araña estaba a punto de morir ahogada. Fernando se bajó detrás de ella. La siguió despacio. Tenía ganas de tirársela de nuevo, pero la conciencia, el cansancio, lo habían botado del trabajo.
Fernando tomó a Tita del brazo, la olió, la vio menos sucia. Un hombre gordo y más indigente que ella se acercó.
—¿Este es el hijoeputa?— preguntó a Tita.
Ella asintió ligeramente, mirándose los pies que llevaban unos deportivos que eran de Linda.
El gordo arrastró a Fernando a un callejón, lo golpeó hasta que la araña quedó mocha. Hasta que la araña no pudo pedir más auxilio. Hasta que la araña vio por última vez el rostro de Tita llorando pidiendo ayuda mientras el gordo la arrastraba y la golpeaba en la barriga. Hasta que la araña murió y salió la foto del cadáver en la crónica policial.La buena noticia es que Linda está bien, no porque sea puta tiene que vivir en un tugurio carcomido por la inundación. Está en un barrio de gente con plata a la que vende marihuana.

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