miércoles, 12 de mayo de 2010

Amor. Por Krina Ber


Esos besitos tiernos en el cuello o cesan muy pronto en un susurro de duerme bien, amor o siguen, y cuando siguen, se intensifican, se acompañan de mordiscos en el labio inferior, presagio de otra sesión de sexo conyugal, siempre bueno, a veces muy bueno, a veces especial, y cómo idear un cuento sobre algo tan de siempre y tan de a veces, en todo caso suficiente para ella, dulce refugio de placer debajo de la superficie de los días.

Se libera levemente de su abrazo.

Espera… La puerta está abierta.

Siempre la condenada puerta. A veces, el gesto de levantarse y cerrarla convierte el hechizo en rutina programada y cuando vuelve a la cama el prólogo de besitos en el cuello culmina tan sólo en uno de buenas noches. Ambos están cansados. Pero a ella no le gustan las puertas cerradas. Desde niña sentía la necesidad de estar conectada con el resto de los espacios de la casa, dormirse segura y como flotando en el trastear de ollas y silbido de agua que hierve en la cocina, en los susurros de los padres después de alguna función tardía de cine, los pasos y la raya de luz que se prende de pronto en el pasillo — y eso no ha cambiado con los años, con más razón durante la infancia de sus tres hijos. Su intimidad es la intimidad de toda la casa y sus habitantes, separada, pero no aislada. A él no le importa cómo, duerme un sueño de piedra con la puerta cerrada o abierta, da igual, con la televisión y los ruidos habituales de un edificio residencial lleno de vecinos, duerme incluso con una fiesta prendida en el salón de condominio abajo, brazos y piernas abiertas, mechones de cabello ya salpicado de canas pegados a la frente, el infaltable montículo de la barriga subiendo y bajando con una sosegada regularidad. Suda mucho cuando duerme. No suele soñar. Ella se despierta en alguna hora de la noche, va al baño o a tomar agua o a sonarse la nariz, apaga el televisor, da la vuelta por la casa en busca de luces que se quedaron prendidas, chequea la puerta de entrada y revisa si los niños están arropados, preocupación que sabe totalmente inútil en el ameno clima tropical pero no puede evitarla. Los niños crecen. Protestan en broma por las horas en que la puerta de los viejos está inequívocamente cerrada, precisamente los fines de semana, vaya, se les antoja la privacidad justo cuando ellos quieren acceder al VHS en la pantalla grande, a la caja de herramientas, a la computadora, única entonces en la casa, a todos esos tesoros custodiados en el gran dormitorio–estudio, territorio directo de los padres. Ella todavía les acomoda las sábanas cuando se levanta de noche y escucha la respiración acompasada de jóvenes dormidos. Pisando descalza las baldosas anticipa el placer de volver a quitarse la bata y a hundirse lentamente en el sueño con los pies anidados entre las piernas calientes del marido, quien se voltea y la estrecha en un abrazo amodorrado (quédate así, no te muevas, sólo quiero dormir así), y se duermen o sólo pretenden dormir sonriendo en la oscuridad, inmóviles, tensos, atentos a las sensaciones en cada centímetro de la piel, dejando que el milagro se expanda una vez más hacia adentro de sus cuerpos. A veces la penetra como en la continuación de un sueño interrumpido y retomado, en la confianza de ser siempre recibido. Es así como le gusta que comiencen las cosas: lentamente, largamente. Saboreando. La otra parte viene después cuando ella esté lista, al derecho o al revés, entrar, salir, voltearla, doblarla. Ambos conocen sus caminos de placer, surcos mil veces labrados, y saben profundizar en ellos hasta el estallido final. Luego cuchichean un poco en la oscuridad y vuelven a dormirse abrazados, lánguidos y satisfechos entre humedades conocidas y olores del cuerpo amigo. Ducha en la madrugada, tempranito, eso sí, y ella humedece la toalla y frota furiosamente la sábana, porque le da pena con Guillermina, o que, Dios no quiera, alguno de los chicos entrevea las manchas en la cama deshecha. Se bromea sobre la puerta cerrada los domingos, se sabe, desde luego, que papá y mamá también hacen esas cosas, pero toparse con sus rastros tangibles sería peor que un incesto. Eso queda entre ellos dos y punto.

Cuánto cuesta llegar a la quebradiza orilla del día, un día cualquiera, miércoles o jueves caraqueño sin feriado bancario, asuetos ni “puentes”, dejando atrás su irritación y sinsabores. La cotidianidad tiene muchas durezas, clava agujas, pone trampas y zancadillas. Y cansa, sobre todo cansa. La cama conyugal navega en sus aguas turbias, barquito frágil y submarino hermético entre barracudas y algas traicioneras. El abrazo redondea las aristas del día y lima sus asperezas. Te conozco tan bien que no te conozco del todo, piensa ella a veces, porque tanta cercanía impide ver la imagen completa, sólo fragmentos, gestos cotidianos, la pulcritud de las camisas, los pelos en la nariz que no te cortaste, las gafas, la barba afeitada o no, la quietud de sus largas manos sobre la mesa, la perfección sorprendente de las piernas cuando se pone el boxer para dormir. Detalles. Las frases que se dicen en la superficie. Las más profundas que ya no intercambian por creerlas sabidas. Qué difícil escribir sobre un amor así, tan cercano que desaparece. Él es un enigma: acaso la conoce a ella, ¿acaso la ve? Y, ¿cómo la ve? De lejos, de cerca, ¿le queda alguna perspectiva? Dice que sí, sonríe, claro que sí, amor, y cómo se le ocurre preguntarle eso, claro que la ve y entiende, claro que la ama, ¿acaso no son amantes, acaso no son (como lo define) cómplices en afrontar la vida?

Tiene razón: Es buena esa complicidad íntima. No hacen falta perspectivas ni distancias, ¿para qué?

Como no hacen falta juguetes del Sex Shop ni simulacro de situaciones exóticas para hacer el amor como si fueran otros. Probaron algo de eso, sin sobrepasar ciertos límites, claro — nada de látigos o de invitar a terceros — y estuvo bueno, por qué no, diferente, y sin embargo no necesariamente mejor que sus habituales sesiones nocturnas de pura hormona y ternura y la seguridad de placer sin estímulo de vibradores, ligas negras y videos. Probaron y aplazaron tácitamente esos recursos para más tarde, cuando se les agotase el milagro de apretarse el uno contra el otro debajo de las sábanas, calladitos como un par de conspiradores. Por ahora no se ha agotado.

Normalmente ella se contenta con eso. No es poco, piensa. Las protagonistas de novelas y películas y también muchas de sus amigas y conocidas están buscando a un hombre o se están separando del que tienen, no confían, agreden y son agredidas, o se resignan y tan sólo hablan del suyo con cierta ironía quejumbrosa. Tienen un enemigo en la casa. Puede que sea más fuerte tener sexo con un enemigo o el sabor a venganza de un romance clandestino, pero ella, pobrecita, está atrapada definitivamente en la alegría indestructible que siente al encontrarse con su hombre al final de cada día de trabajo. Lo tengo bien merecido, bromea, porque siempre se había burlado de sus padres: nada más aburrido que un matrimonio feliz. Sus amigas le preguntan qué diablos hizo para lograr algo así, y ella contesta que nada, o casi nada: la pura verdad. Vivir en pareja se le antoja un estado tan normal como tener padres y hermanos, base elemental para la consecución de otras metas, mucho más difíciles. Nunca tuvo que esforzarse, aguantar, ceder terreno o hacer cosas por obligación: simplemente tuve suerte, se dice, perpleja. La suerte ha sido la de encontrar al hombre que te quiera y te deje vivir, que no sea un padre controlador ni hijito desamparado, que no necesite confirmar su hombría con otras ni reflejar su ego en ti, y debe haber algunos con ese perfil, incluso disponibles, pero para que te enamores de uno así tiene que intervenir un ángel. No lo digo en broma: todo matrimonio feliz abriga un misterio. El suyo ya se ha vuelto trillado: los hijos, amigos y familia cercana, todos han oído acerca del ángel que tan oportunamente estuvo allí, cuando una decisión casual, un viaje (porque al principio siempre hay un viaje) y un desencuentro se convirtieron en los cimientos del resto de su vida; le gusta contar esa vieja historia, pero ni siquiera con él comparte su secreta convicción de que los ángeles (o al menos éste en particular) siguen velando por las parejas que habían juntado. Por lo demás, todo el logro es de Miguel, supongo, se ríe cuando le preguntan, no sé cómo me soporta. Aunque en el fondo sí lo sabe. A pesar de sus humores y temperamento cambiante, a pesar de que le encanta sentir en el aire la posibilidad de otras pasiones, está hecha para el cariño seguro en un nido con pichones, está hecha para sacarle el brillo a cada detalle cotidiano y quitar a diario las telarañas del tedio. Quién lo hubiera dicho cuando era joven.

Tuve suerte, dice, perpleja pero convencida.

Y tan sólo a veces quiere más. Inexplicablemente, después de todos estos años, ahora, cuando ya tiene canas y arrugas se le antoja la intensidad, la tensión, las del principio, aunque sabe que la tensión no es compatible con todo el resto.

Al principio, esto era sólo amistad. Era hablar y discutir, a veces el cine, era hacer y deshacer el mundo entre dos tazas de café o en la grama de la ciudad universitaria. Él no era buen mozo, no practicaba deportes, no tenía plata ni panas populares, muchos no para el verdadero “nerd” que era su papá (y qué significa, preguntaron los dos más jóvenes que no conocían esas películas), tan centrado en sus propias visiones, tan él mismo, siempre, con sus gafas y libros de física y ese cabello que llevaba largo por pura flojera, sin percatarse de que estuviera de moda o expresara posturas rebeldes. Al principio, él estaba loco por ella. Y ella se acostaba con él de vez en cuando, sin prometer nada y sin comprometerse, porque le gustaba dejarse arrastrar por quien estuviera loco por ella. Más que desear, la excita ser objeto de deseo, qué se le hace. Tanto en la época de experimentarlo todo como más tarde, esposa y madre, cuando pretendía no darse cuenta, siempre fue sensible al llamado de la atención ajena, ya lo dijimos, porque estar entre ceja y ceja de un hombre era la manera más fácil y más eufórica de existir, y todavía a veces lo es, ese trémulo potencial que vibra en una relación de trabajo o en un contacto pasajero, en aquella mirada que te rescata del tedio de una reunión social, una puerta fugaz que palpita en el aire y se desvanece sin ser abierta cuando aclaras tarde o temprano que estás casada, y muy casada, como le gusta añadir a ella con una sonrisa secreta y bajando la voz, como si lo sintiera. A veces hasta lo siente un poco, ese desperdicio de belleza para un solo hombre, especialmente ahora (los hijos crecieron ya, hasta Nadia, la más pequeña, arribó a la universidad) pero, qué se le hace: le gusta vislumbrar el umbral, no cruzarlo. Irremediablemente leal, ¿cómo podría traicionar el refugio de confianza de la cama conyugal, el único donde se siente a salvo y descansa de la avalancha de tareas que no existían en la gloriosa juventud libre de facturas, trámites y plomeros? Afuera se despliega la cotidianidad que todo lo devora para mantener a flote el barco familiar con hijos, padres, vida social, colegios y vacaciones (toda esa agenda imposible de la clase media), reclama las energías para los apremios de una carrera profesional, los problemas del país y de uno mismo en él, los éxitos y los fracasos, para él y para ella, y, al fin de cuentas, le fascina que la vida se vaya sumando así, en caminos paralelos de día y esa complicidad de noche para comentar y compartir y quejarse y festejar a veces o simplemente ver alguna película juntos, los besitos de preludio en el cuello, el amor incrustado en lo cotidiano, el amor como tregua, vodka-tonic y chocolate caliente en el frío del páramo y la seguridad del cuerpo de hombre que siempre está allí para acogerla y calentarle los pies cuando se levanta y vuelve a acostarse.

Qué difícil escribir sobre un amor así. El cuento pide desarrollo y crisis. La vida no. Mejor no.

No necesita más, pero ¿esto es todo? ¿Es normal no necesitar más? No necesitar más la inquieta cual síntoma de una enfermedad, porque antes, ella no era así. ¿Le importa eso a él? Cómo saber lo que piensa, qué sueña debajo, de lado, detrás de la superficie de lo días, cómo romper las costras de lo cotidiano y volver a tocarlo. ¿Será posible que la siga amando después de todos estos años, tan simplemente como lo dice, que no tenga aventuras ni deseos secretos? En las novelas y películas: no; según sus amigas, categóricamente: NO; —pero Miguel no se preocupa con ser un personaje verosímil y ellas ignoran que hay un ángel detrás de esto, o no toman en serio aquella vieja historia. Y él, hombre-enigma, ¿la toma en serio? ¿Guarda realmente la memoria del ángel y del tiempo de la locura? No me hace falta la locura, piensa ella, ya demasiado vieja para eso, pero sí su recuerdo para borrar el peso de los años, el paso del tiempo en mí. Se siente frágil. ¿Me recuerdas? ¿Qué tanto recuerdas, amor?

Dice que sí con el televisor prendido, claro que sí. Y ella se enfada, porque no quiere respuestas mecánicas, quiere una respuesta sentida, quiere ese recuerdo vivo como un animal que busca comida en el invierno y al hombre que la buscaba entonces. Antes de que pudiera dar por descontado su complicidad y dulzura y la seguridad de saciarse en su cuerpo cuando se le antoje. Antes de que fuera su mujer, en lo bueno y lo malo, en la salud y la enfermedad y sobre todo en lo que no es ni lo uno ni lo otro, sólo es, y fluye, y desaparece.

¿Te acuerdas cuando me esperabas en el aeropuerto de Nueva York? Cuando me cambiaron el vuelo y no te avisaron, ¿te acuerdas?

Ya lo dijimos: al principio hubo un viaje. En ese tiempo no había celulares ni correo electrónico y aún era posible perderse en una ciudad ajena. En ese tiempo él vivía allí. Había conseguido una beca nada menos que para la Columbia University y, sin embargo, el muy loco no quería irse de Caracas, no realmente, estaba demasiado enamorado para alejarse. Al fin siguió su camino porque ella le hizo el favor de empatarse con Reinaldo Valdez quien tenía porte de vikingo y mirada inocente, estudiaba medicina y jugaba rugby. No duró mucho: el embeleso inicial no aguantó la rutina de sus entrenamientos, las bromas regulares entre cervezas, panas y primos, la acartonada amabilidad de la familia con la hippie esa y de dónde salió. Sin saber muy bien por qué, ella presintió un aburrimiento vital, una lenta asfixia. Aquella relación abortó, pero entonces su gran amigo Miguel ya estaba en Nueva York. Lejos, y languideciendo. Le describía la ciudad en unas largas cartas, el pulso de sus calles y rincones secretos, vértigo urbano en que la pobreza y el despecho no le dejaban participar, pero eso no se lo decía, al contrario, anunciaba en cada una de ellas que estaba recuperando el interés en la vida, que ya no estaba desesperado, que podía vivir sin ella, perfectamente, claro que sí. Gastaba su escueta pensión para llamarla cuando podía desde algún teléfono público, hasta arrancarle la promesa de venir a visitarlo.

Total, ¿por qué no? Al fin y al cabo era un amigo, con o sin derechos, estaban en septiembre, al final de las vacaciones, y sus padres, que hacía tiempo ya se habían resignado a acatar los vaivenes de su vida amorosa, le ayudaron con el pasaje. Ella nunca había ido a Nueva York: la ciudad era el cebo con que finalmente la atrajo. Después de tantas cartas y llamadas por teléfono, después de haber aguardado semanas y días y horas la fecha de su llegada, era él ese muchacho flaco con bufanda larga y ojos enfebrecidos tras los cristales de sus lentes quien daba vueltas por el hall de llegadas de Newark como una fiera enjaulada, los pasos largos, la espera exacerbada al rojo vivo, mucho después de que salieran todos los pasajeros de Caracas. Se tambaleó bajo el golpe de la decepción. Se sintió mal. Se fue a los baños públicos y vomitó, ¿recuerdas?

Y ahora la empuja casi con rabia. Se incorpora, tiene canas, busca sus gafas en la mesita de noche, el interruptor, el control remoto.

¿Por qué diablos tienes que estropear las cosas?

Yo, ¿estropear las cosas?

Estábamos bien. Estábamos haciendo el amor.

Ella se ovilla en su lado de la cama.

Sólo quería que te acordaras de ese día. De cómo me querías entonces.

¿No te basta con que te quiera ahora?

Es que no es lo mismo.

¿Y qué?

Se voltea con encono para el otro lado y no le importa el llanto de ella. Se pelean a menudo en los embates de la vida diaria, pero nunca en este espacio de intimidad y nunca por una causa así, tan estúpida y profunda a la vez, nunca antes esa reacción de rechazo. Qué cansado debe estar a veces de ella y de sus pretensiones de abarcar la vida entera, cada vez, de sus batallas inútiles contra el tiempo que la arrebata poco a poco de sí misma. Y todo se vuelve ridículo de pronto, ridículo y miserable, cuando el barco se atasca en los meandros de la noche sin nadie que reme y nadie al timón, con un hombre que duerme o pretende dormir, y una mujer de casi cincuenta años, llorando sola en la almohada, y los ángeles que no mueven un dedo.

ImageSólo quería que te acordaras de ese día. American Airlines trató de avisarte pero no tenías teléfono. Pensaste que te había plantado, y tan seguro estabas de eso que ni se te ocurrió acudir al mostrador, preguntar por la lista de pasajeros. Te sentiste mal, amor. Regresaste al fin a tu casa, si así se podía llamar ese cuchitril que alquilabas en la Ochenta y siete, una cama estrecha, la llave que gotea, libros de ingeniería, soledad. No encontraste nada que hacer allí, y la amorosa pulcritud con que habías ordenado todo para recibirla sólo reavivó la herida. Volviste a salir, a recorrer las calles. Y ella, perdida en el mismo aeropuerto, sin saber cómo contactarte, cosa que hoy habría sido tan fácil… Aterrizó en Newark, pasó el control de pasaportes y la aduana, entró, y tú no estabas: un auténtico desastre. En ese tiempo no había celulares y las maletas no tenían ruedas. Los viajes eran menos ligeros que hoy, tenían una dimensión de lejanía y trasplante y algo de desamparo también cuando las islas precarias de los aeropuertos abrían sus puertas de vidrio a un mundo con otras reglas, donde gente apresurada se dispersaba con el aplomo de los iniciados. Padres de familia aceleraban el paso en dirección del transporte correcto, mujeres con botas y sombreros de lana abotonaban los abrigos de los niños. Ella no conocía a nadie en esa mega-urbe aparte de su amigo, tenía muy poco dinero. Tras mucho preguntar y leer el mapa, tomó un bus, luego otro, y sólo al final un taxi que la dejó, this is the adress, mam, frente al gran edificio gris con esquinas de piedra. En su incertidumbre acerca de la ausencia de Miguel la visión de la ciudad en la que se estaba adentrando la apabulló con su magnitud llena de amenazas. Era el final de la tarde: el cielo de otoño pendía cual tela tensada sobre los rascacielos en las avenidas que habían atravesado y en la calle Ochenta y siete los escasos comercios estaban bajando ya sus puertas arrollables. ¿Recuerdas la tristeza de ese sonido particular en esa hora particular, mezclado con el rumor del tráfico y las grisuras del atardecer? Típico de ella: nunca se había preocupado de anotar el número de tu apartamento. Estaba atrapada en una red de conjunciones insólitas que la separaban de ti, pero aún trataba de actuar con lógica, pulsó el botón sin número que suponía ser el del conserje y descubrió entonces que el intercomunicador no estaba funcionando. Pulsó ese botón y luego otro, y otro más, presionó con fuerza todos los botones con un pánico que crecía entre el estómago y la garganta. Pero el aparato era puro silencio y la puerta seguía cerrada. A lo lejos una neblina rojiza comenzaba a irradiarse desde las masas oscuras de la ciudad presagiando ya incendios de neón de una intensa vida nocturna, pero aquí, fuera de los carros que pasaban veloces, había pocas siluetas en la calle: una vieja con un perro enorme, un perro solo, dos hombres en chaquetas de cuero que se voltearon al pasar, se dijeron algo incomprensible y reanudaron la marcha. En la esquina, debajo de un modesto letrero fluorescente una puerta se abría de vez en cuando dejando escapar ráfagas de luz y voces de taberna.

Sólo quería que te acordaras de ese día, amor. De esa noche más bien, porque la noche se estaba profundizando ya sobre los sólidos contornos de los edificios residenciales, sólo quería que la vieras allí otra vez, a esa muchacha que tanto amabas acurrucada sobre su maleta en el portón inhóspito que le seguía cerrando el paso, la masa de la fachada alzándose amenazante encima de ella con sus dos escaleras de incendio, inaccesibles, cortadas a la altura del primer piso y los rectángulos de luces ajenas que transmitían señales de la hora de cenar, parpadeo de televisores, tenue olor a guiso. Temblando y llorando un poco se preguntaba si estabas allí, detrás de una ventana iluminada u oscura en un cuarto inimaginable de alguno de esos pisos, repetía en el pensamiento tu nombre, te invocaba en vano. ¿Y si algo terrible te había pasado? No podía ser que la compañía aérea no te avisara de la sobreventa de pasajes, de las fatídicas tres horas de diferencia entre el vuelo normal y el extra que pusieron ese día. No podía ser que el intercomunicador de ese enorme edificio no estuviese funcionando. Nada de eso podía estar sucediendo.

El viaje para recuperar tu amistad, o más bien el aún inconfesado viaje de amor, se estaba convirtiendo en una auténtica pesadilla con la perspectiva de pasar la noche a la intemperie entre los peligros de esa calle desconocida. No se le ocurrió lo cerca que estaba de una ancha avenida, tampoco muy amigable a estas alturas de East Side, pero al menos bien iluminada. Aquí no pasaba ningún taxi y no tenía idea dónde buscar un alojamiento posible con los pocos dólares que poseía. Al fin, el miedo y el frío la hicieron reaccionar y se puso en marcha en dirección de la esquina, la cara contra el viento y la maleta que parecía pesar más con cada paso que la separaba de la taberna. El aleteo de las letras de neón era la primera señal, aunque ella no podía saberlo.

Angel’s place era un lugar sórdido, todo fórmica y estuco sucio, pero al menos era indiscutiblemente un lugar, había luz y calor y unos pocos hombres tomando cerveza que desviaron los ojos del partido de béisbol que pasaban en el televisor apenas empujó la puerta, tan joven y forastera, debió haber sido bastante raro para ellos verla entrar allí, pero eso era Nueva York donde a nadie le importan los asuntos del prójimo, nadie se levantó, pues, para ayudarle con la maleta como posiblemente lo hubieran hecho con buenas o malas intenciones en un sitio similar en Caracas y el barman le lanzó una mirada de fastidio cuando entendió que no iba a consumir nada, que sólo necesitaba información y cobijo. No, no había ningún hotel cerca, él no sabía de eso, no, no tenía el número de una compañía de taxi, había una guía en la cabina telefónica pero el aparato estaba descompuesto, porque para su mala suerte todo parecía haberse descompuesto aquella noche en Nueva York, vuelos, teléfonos e intercomunicadores, cosa insólita, aunque ella, acostumbrada a las deficiencias de su ciudad natal no se había dado cuenta de que todas esas averías se confabulaban misteriosamente en su contra.

Su labio temblaba cuando pidió una cerveza, (no se atrevió a pedir un té caliente) más para apaciguar la hostilidad del barman que por querer una de verdad, y la tomaba lentamente para prolongar de alguna manera el derecho a permanecer bajo la luz y la ilusa protección de ese lugar mientras su mente barajaba en pánico las posibles opciones de supervivencia inmediata. Y entonces, —lo revivía ahora, entre las sábanas de la cama conyugal y veintitantos años después de manera inusitadamente nítida, como si la cantidad de veces en que había contado a sus hijos esa mítica historia no la hubiera recubierto con una opaca costra de palabras — entonces fue cuando le llegó la voz de un ángel, un ángel más bien gordo, ataviado con una camisa chillona y chaqueta raída, que le preguntaba en un español algo acelerado qué hacía una venezolana sola y recién llegada en un sitio como éste. La voz era melodiosa, con una agradable aspereza en el fondo. Supo la fecha y de donde venía por la etiqueta de American Airlines aún pegada a su maleta y un arrebato de solidaridad continental le hizo dirigirse a la viajera, porque era colombiano, de Barranquilla. Ella no tuvo que darle su nombre: era increíble lo que podían contar las maletas si uno se fijaba. Él dijo llamarse Ángel Gutiérrez (a sus órdenes). Llevaba tres años allí, lo supo después, con un great job en una planta de televisión y la esperanza de hacer venir pronto a su familia. En aquellas circunstancias un colombiano era más que un compatriota, casi un primo, y en todo caso el único ser vivo en esta ciudad que los envolvía a ambos en su indiferencia nocturna y el viento que rugía afuera, el único que mostró interés en escuchar una historia tan simple como absurda de una muchacha que había venido para reunirse con su novio (lo nombró así para simplificar las cosas) y no habían podido encontrarse.

Al principio escondió muy bien sus alas y comenzó por sugerir un desplante del novio (que ella descartó con un categórico “imposible”); también adelantó que su place no era ningún palacio pero estaba a la orden con una amabilidad sospechosamente desinteresada y con un aliento a varias cervezas, pero aún así seguía siendo el único a quien podía narrar en detalle cómo le cambiaron el vuelo a ella y no le avisaron a él, quien vivía en ese enorme edificio de enfrente, sin teléfono y con el intercomunicador estropeado. Ángel tenía la sonrisa fácil de los gordos. Las palabras crean una relación de confianza, pensó ella cuando, al oír su relato, le sonrió con los ojos de buena gente ya exentos de toda centellita calculadora y con la blancura confiable de los dientes debajo del poblado bigote. Pero había una razón mucho más específica para provocar aquella sonrisa que se ensanchaba hasta iluminar el local entero y las inmóviles siluetas de los bebedores soñolientos.

Su novio tiene lentes, afirmó con la concentración de un vidente, de montura gruesa. Es un chamo alto, pálido, lleva el pelo amarrado en una cola sobre la nuca y pronuncia muy bien todas las palabras, subrayadas algunas sin cambiar de tono ni levantar la voz, como si tuvieran un peso especial para él, ¿cierto? Ojos negros, brillo de inteligencia, mirada inquieta, ojeras.

Hablando de ojos, el derecho de Ángel se entrecerraba escrutándola entre los párpados con una tolerante y algo irónica ternura, mientras el izquierdo la enfocaba intensamente, reclamando atención. Ese guiño prolongado e imposible la mantuvo como hipnotizada mientras Miguel surgía en sus palabras más vivo que en su propia memoria.

Labio inferior grueso y expresivo, prosiguió, como hinchado con cierto desprecio del mundo o de sí mismo, propenso a una media sonrisa, torcidita, como ésta. Lleva una larga bufanda azul y las manos en los bolsillos, tal vez porque no tiene guantes, y sólo las saca para gesticular, así: su mirada volvió a la normalidad para reproducir la sonrisa y los gestos que ella conocía, los gestos de Miguel, muy parcos, la mano derecha abierta al exponer los argumentos.

Pasmada por la insólita exactitud de este retrato, quiso llorar y reír a la vez. Todo le era familiar, menos la bufanda. Claro : nadie las usaba en Caracas.

¡Es él!, balbució atropelladamente. ¿Lo conoce?

Oh no, ¿cómo voy a conocerlo? Sólo lo he visto. Pues estuvo aquí antes, hace como una hora y pico. Entró como un poseso, buscando un teléfono. It’s broken le dijo Jack (señaló al barman) y se alborotó muchísimo, clamaba que era una emergencia, que necesitaba hacer una llamada de larga distancia. Ahora veo por qué. Hablaba muy bien el inglés, ya se lo dije, sin acento o casi. Estaba desesperado, se veía a la legua, tenía los ojos rojos, pero a nadie le importó un bledo. Prendió un cigarrillo y Jack lo sacó de aquí, porque en este tugurio yanqui, imagínese, no se permite fumar.

Sólo quería que lo recordaras, amor. Tu desespero aquella noche. El barman que te dijo no smoking. Tu frenética búsqueda en la avenida de un teléfono público y de un quiosco donde comprar la tarjeta que se te había terminado, y el dolor de cada timbrazo sin respuesta que repicaba en el vacío del apartamento de mis padres, porque no podías saber que ellos estaban en Mérida y yo en Nueva York, en un autobús o un taxi y mucho más cerca de lo que sospechabas cuando la urgencia de llamarme te sacó de nuevo de tu habitación a la calle y a esta taberna donde un poco más tarde el mundo iba a iluminarse para mí con la coherencia de esos encuentros misteriosos, de las coincidencias que te hacen sospechar que los ángeles por su cuenta (Dios no se ocuparía de tales menudencias) se divierten inventando nuestros destinos. Habían puesto a uno de ellos, de nacionalidad colombiana y apellido Gutiérrez, en mi camino y en el tuyo. A esas alturas de la noche él ya había tomado bastante (no era de ninguna manera un ángel abstemio) y se tambaleaba un poco cuando salió conmigo a la calle, pero estaba aún lo suficientemente lúcido como para asumir el peso de mi maleta y el patrocinio de una historia de amor que de pronto se había vuelto su responsabilidad. Insistió en acompañarme allí, sentados los dos en los escalones de la entrada del edificio que nos abrigaba parcialmente del viento todo el tiempo que hiciera falta, sólo eran las nueve de la noche.

Lee mis labios, nena: él vendrá. O, en el peor de los casos, alguien terminaría por abrir el portón: a esta hora la gente volvía a sus casas del cine o después de haberse tomado, como él, un trago, y entonces entraremos y tocaremos a todas y a cada una de las puertas, tú no te preocupes, linda, que yo me encargo, my english is almost perfect. Ya no tenía temor. En spanish o en english, el mundo tenía sentido y estaba en orden. Y cuando dijo háblame de tu novio, le conté todo lo que sabía sin saberlo, sin pensar, sin darme cuenta. Compartíamos cigarrillos y evoqué con un amoroso cuidado a alguien que sufría por mí y que, sin embargo, nunca había perdido ni una pizca de sí mismo. Estaba inspirada y Ángel también: la inspiración parecía su estado natural. Fue entonces cuando me enteré de que trabajaba en una planta de televisión, en el almacén de materiales, por ahora, insistió, porque su sueño era volverse productor independiente, así como lo oyes, nena; me contó cuánto extrañaba a sus padres, mujer e hijos quienes seguían en Barranquilla. Pero ya había obtenido su green card, y era el primer paso para lograr todo lo que se había propuesto, no tenía dudas al respecto. Iba a tener un show propio y a grabar programas acerca del amor, precisamente, que tanta falta hacían en estos tiempos de mucha gimnasia y poca pasión.

Poco a poco Ángel desplegaba sus alas irradiando tanto calor que ella había olvidado el frío de la calle absorta en la cualidad magnética de su voz y de sus palabras. Era cierto que podía dar un show, de hecho ya lo estaba ensayando. Su ojo derecho volvió a reproducir el benévolo guiño, mientras el izquierdo se ensanchaba con una hipnótica intensidad. Sabía leer las líneas de la mano y leyó en las suyas tres hijos y una larga vida de amor junto con su novio (predicciones que el tiempo confirmaría) porque en el fondo tú, nena, tienes la misma consistencia que él. Le confesó que tenía un don: las personas eran transparentes para él. Veía los bultos de silencio que cargaban como grilletes de castigo. Veía las entrañas de incoherencia y mentira, las barreras contra uno mismo. Pero sobre todo, veía lo que llamaba la consistencia vital de los seres. Te sorprendería cuan líquida o gaseosa puede ser la gente hoy día, hombres y mujeres sin contorno fijo, tejidos flojamente con lo trivial, imbuidos de mass media, televisión, cosas de moda. Tu novio es un espécimen en vía de extinción, hombre de carne y hueso, sólido como pocos: yo lo vi. Y tú, nena, estás en peligro, naciste de buen material pero la inconsistencia te está desintegrando. Arrímate a él para salvarte. Consejo de amigo, añadía como si se tratara de recomendar un sitio para desayunar, que, por cierto, también le había recomendado: a cuadra y media de aquí dirección Este, se llama Good Morning y no te fíes de su aspecto miserable, es el único sitio entre Upper East Side y Harlem donde se consigue un café decente, colombiano de verdad, no esos tobos de agua sucia que te venden con bonitos nombres en Starbucks y los mal llamados Coffee Houses.

Sentados los dos en las escaleras, lo escuchaba aturdida con una extraña felicidad en la que todo lo que decía Ángel brillaba con un sentido profético y evidente. Por suerte no fue necesario penetrar en el edificio ni importunar a los vecinos. Fue él quien avistó primero tu silueta encogida por el frío en el círculo luminoso del farol, las extremidades de la bufanda haciendo piruetas al viento. Tu suéter demasiado ligero para el clima. Tu pelo largo, amor, las gafas que llevabas entonces, de montura gruesa. Qué flaco estabas en esos días. El viento te habría llevado si el dolor de la decepción no te atara al suelo como una piedra en el bolsillo, los timbrazos inútiles repicando en tus oídos de tantas veces que las habías oído al llamar desde algún teléfono público que por suerte funcionaba, pero no lograba comunicarte conmigo, porque yo te había traicionado, eso pensabas, había cambiado de parecer al último momento para salir a alguna fiesta con Vargas u otro como él, sin tomarme la molestia de avisarte. Era una amada traicionera, escurridiza, capaz de demoler con un gesto de esta manita cada trabajoso castillo de cartas que tú construías: ya lo habías experimentado antes. Sólo quiero que me recuerdes con el dolor de entonces. El momento en que aquel hombre se te había acercado diciendo alguien lo está esperando mister, y te paraste extrañado porque el desconocido se había dirigido a ti en español, sólo quiero que recuerdes qué sentiste cuando me avistaste allí, en las escaleras, cuando te diste cuenta de que era yo, que había llegado hasta tu puerta y corría hacia ti, cuando me tomaste en los brazos sin poder hablar mientras Gutiérrez se alejaba sin despedirse siquiera (porque así proceden los ángeles) con sus pasos ligeramente tambaleantes por la cerveza o porque la calle entera tambaleaba también en el baile de los rectángulos de luz en las fachadas oscuras, las escaleras de incendio, los carros aparcados al borde de la acera, los cubos de basura y los gatos, en la gloria del primer beso tuyo que verdaderamente sentí, lo sentí en todo mi cuerpo, el incomprensible milagro de absorber el amor del otro y dejar que te contagiara, y parece mentira que ahí comenzara todo, pero así fue. La única vida que conozco. Tú.

Él ronca ahora, como todas las noches, brazos y piernas abiertas, ajeno a la disputa que no era tal, sólo un enfriamiento, una falsa nota chirriando en medio de toda la armonía que tenemos, todavía, no lo podemos negar, y que mañana se disipará en las sonrisas y las tareas cotidianas, desde el desayuno juntos como siempre y Nadia tomando café con los ojitos hinchados de sueño, en la necesidad de contarse cada madrugada los planes del día y sus éxitos y avatares cada noche, porque la disputa no tiene sustancia real, sólo ese miedo que le tengo a mi propia inconsistencia y al abismo de los días que pasan y el deseo de que lo recordaras todo, amor, de que me tomaras alguna vez más en tus brazos con la emoción de aquella noche, de que me besaras la boca con la incredulidad y el hambre de aquella noche antes de aprisionar mi rostro en tus manos y preguntar quién era el tipo ese que estaba conmigo y dónde se había metido.

Y si me lo preguntas otra vez, te lo diré. Lo prometo. Ni yo misma sé por qué celo ese pequeño secreto, por qué tanto lo protejo de ti.

Tal vez había ayudado que su carismático compañero de espera en las escaleras nunca tuvo duda al respecto. Tal vez ya estaba escrito cuando abordó el avión en Maiquetía —o incluso mucho antes, cuando le cruzó la mente ¿y por qué no?, cuando fijó la fecha y compró el pasaje— tal vez ya sabía que en algún momento de la angustiosa espera su “saltito” a Nueva York iba a consolidarse definitivamente en un viaje de amor. Un viaje de amor a tu cama estrecha en la calle Ochenta y siete y a los venerables patios de tu campus en Morningside Heigths del otro lado del parque anegado en ocres, amarrillos y rojos del final de septiembre, cuando los rascacielos, los días y las aceras de Manhattan se abrían hermosos y amigables mientras los recorríamos infatigablemente, tomados de la mano, atravesando a pie las grandes avenidas, el Chinatown y el Soho, haciendo cola en Times Square y escuchando jazz en los sótanos de Village, almorzando castañas calientes en la calle, tomando café en Good Morning y cerveza en la taberna de la esquina. Pero el ángel de Barranquilla no estaba en ninguno de esos lugares y Jack, el barman, la miró sin reconocerla y se encogió de hombros cuando le preguntó por el colombiano. Se inventaron esa búsqueda para impulsar sus caminatas, porque ellos, no importa dónde estuviesen, ya lo habían encontrado todo. Tú sólo jugabas el juego, por supuesto, porque potenciaba muestra felicidad e imantaba de secretos cómplices la ciudad que nos acogía. Cómo podrías creer en él, si apenas lo viste, amor. Para ti era sólo una sombra que se te acercó en la calle, una frase que dijo en español. Y para ella, al fin, no más que un acercamiento fortuito y fugaz, como los que se dan a veces con el pasajero del asiento contiguo y se desvanecen al llegar al destino.

Bueno. Esto no es totalmente exacto. Tampoco fue totalmente exacto afirmar, que, una vez pasada la época de las búsquedas y experimentos ella nunca se hubiera dejado arrastrar por el deseo ajeno: un tropiezo siempre acecha a las mujeres casadas. Especialmente, a las felizmente casadas (sino, ¿qué interés tendría?). El peligro la rozó cuando Sergio tenía unos diez años, Adán siete, Nadia estaba en el preescolar, y ellos dos, pujantes, atentos y entusiasmados ya se habían consolidado definitivamente en un par de cómplices para afrontar la vida. Que las cosas con ese otro hombre llegaran más allá de una simple posibilidad no tenía cabida en ese cuadro, y, sin embargo, ocurrió. Se llamaba Ben Curt —casi Ben Hur, y casi tan apuesto como Charlton Heston en las heroicas superproducciones que adoraba en su infancia — y lo habían contratado como asesor de arquitectura paisajística para el proyecto que ella desarrollaba entonces, un gran complejo turístico en la isla de Margarita. A pesar de su prestancia física el paisajista no tenía ínfulas de mujeriego. Era un hombre sensible, atrincherado con tenacidad en su trabajo y en un comportamiento reservado e incluso pedante, que sólo se traicionaba a veces en la forma en que la miraba. Era esa intensidad callada lo que la atrajo, definitivamente, porque, —quién la entiende— le recordaba a su marido. Se los veía juntos en todas partes, comiendo juntos a medio día, bajando a tomar café, sosteniendo frecuentes reuniones de trabajo hasta muy entrada la noche. Se comportaban con decoro y cautela, pero su atracción mutua era evidente. Eso estaba en el aire, como se decía en la oficina, y las circunstancias conspiraban para que se concretase. Un viaje profesional a Porlamar. Dos habitaciones en un hotel. Una cena con vino, luego una larga velada en la penumbra del bar donde las copitas de vodka se renuevan como por sí solas y las miradas y palabras se deslizan hacia dominios cada vez más íntimos, él, inusitadamente elocuente, habla de su vida conyugal e inminente divorcio y ella, que ya no sabe hablar de sí misma sin hablar de Miguel, sólo escucha, con ese escuchar callado y solícito que invita a tocarse, las manos que se juntan al fin, la corriente eléctrica del muslo masculino que roza el suyo debajo de la mesa, primero casualmente, luego ya no, lo presiona sin disimulo, con fuerza, contagiándole el deseo, el silencio, la música, las miradas. Supo con un delicioso desmayo que después de todos esos años iba a acostarse con otro hombre. Estaba escrito: en su estómago, en su bajo vientre. Nadie tenía por qué enterarse. Miguel no tenía por qué enterarse. Ni siquiera era algo grave, se decía.

Desde luego, se estaba mintiendo a sí misma. Para ella, la atracción sexual siempre significaba algo grave y Miguel la leía como un libro abierto.

No era prudente arriesgarse en un lugar público y sin embargo Ben Curt presionó más fuerte su muslo debajo de la mesa y buscó su boca con un ahogado no sabes cuánto he esperado esto. Los labios de ella se abrieron en la inminencia del deseo tanto tiempo negado para un beso ávido y voraz, gusto a vodka y a amante nuevo, el cuerpo desfallecido, la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados. Ojalá no los hubiese abierto, pero lo hizo. Y ahí, un poco más arriba de la cabeza del hombre vio algo que la transformó en una estatua de hielo. En el bar había música pero también un televisor muy discreto donde las imágenes se sucedían acompañadas por un sonido apenas audible de lo que obviamente era un programa de variedades, cantantes contorsionándose ante el micrófono, tacones altos, medias de malla, larguísimas piernas de mujeres que bailaban con bastón y sombrero de copa, pero justo en el momento en que ella abrió los ojos, el primer plano de una cara llenó de pronto la pantalla. Reconoció esa cara con su sonrisa blanca debajo del poblado bigote, incluso antes de que los créditos anunciaran su nombre. Estaba mucho más elegante, había bajado de peso y domado el cabello con brillantina. Vio un dedo reprobador que la apuntaba desde la pantalla del bar, y cuando la enfocó con el ojo izquierdo entrecerrando el derecho con una sabia e irónica ternura de aquel guiño imposible, leyó en sus labios las palabras que se dirigían directamente a ella: No lo eches a perder.

O tal vez dijo: don’t screw it. El sonido era tan bajo que no pudo saberlo.

Se le cayó la máscara de mujer libre y la corriente erótica se cortó allí mismo, mientras Ben Curt la seguía besando, el cuerpo encendido de ansias. Nunca entendió en qué había fallado, por qué la mujer que le estaba correspondiendo con una indiscutible pasión se había enfriado al instante mirando la televisión con los ojos exorbitados. Se volteó: pasaban un horrendo programa de variedades en uno de los canales de la comunidad hispana. Ella no pudo explicarle que los ángeles patrocinan ciertos amores, la hubiese creído loca. Tal vez lo era. Y todavía.

Deja de llorar, se siente ridícula, recuerda que tiene casi cincuenta años, y que está pidiéndole mucho a la vida y demasiado, tal vez, al hombre que ronca a su lado. Bosteza. En la ventana, los grillos y las chicharras callan cuando una breve lluvia tropical despliega su cortina de rumor por delante de lejanas bocinas y de los acordes del Himno a la alegría que llegan de algún apartamento, y con ella las tareas del día siguiente comienzan a infiltrarse en sus pensamientos, la entrega pendiente de su último trabajo, la llamada al banco para resolver el asunto ese de cargos indebidos, los cauchos delanteros del carro, el cumpleaños de su suegra. Toma el control remoto y prende el televisor con la esperanza de caer a la hora de su programa secreto cuya pista le costó meses encontrar: canal 101, por cable. Bingo, aquí está, tenía que estar al aire esta noche: El Show de Ángel Gutierrez. Ni siquiera ha cambiado mucho, los ángeles no cambian. (En el fondo tampoco ha cambiado ella, a pesar de las canas y las arrugas, ni Miguel a quien todavía se le prenden los ojos cuando se encuentra con ella al final de la tarde.) Como de costumbre, le sonríe a su manera, la apunta con el dedo índice, la enfoca con ese guiño de locura. Ella baja el volumen. Se saludan. Aquella noche en Margarita cuando dejó plantado a Ben Curt, sola en su habitación del hotel, recordó lo que le había dicho años atrás, en las escaleras: esa era su meta, iba a ser productor independiente y tener un show propio, sueño en apariencia inalcanzable para un inmigrante de Barranquilla que trabajaba de dependiente en el almacén de la planta, imposible, qué mejor prueba de que había conocido a un ser dotado de poderes extraterrestres, lo que al fin y al cabo no dista mucho de ser un ángel. El show trata de amor, por supuesto: también eso se lo había dicho. En éste, casualmente, una pareja joven tomada de la mano se abre paso entre la gente multicolor que pulula en la calle, una toma general devela el inconfundible perfil de la Quinta Avenida. Al sur, los rascacielos apunt alan el cielo, frío y soleado como un cristal. El muchacho lleva el pelo largo amarrado en una cola y chaqueta con el cuello levantado.

Ya no se usan bufandas, piensa ella con una tolerante ternura.

Se acerca a su hombre que la abraza sin despertarse, y se duerme deseando tan sólo que la vida siga así, como un cuento que no respeta las reglas de la narrativa: un cuento sin transformación de personajes y, sobre todo, sin desenlace. Y que los ángeles ayuden a mantenerlo así, por todo el tiempo que sea posible.

lunes, 10 de mayo de 2010

Viaje a la Semilla. Por Alejo Carpentier


I

—¿Qué quieres, viejo?...

Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían —despojados de su secreto— cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desploblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.

II

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.

Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.

El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.

Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida

III

Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.

Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.

Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel.

Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.

IV

Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.

Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: «¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!» No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.

Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.

V

Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad.

Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.

VI

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.

Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, su sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.

Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de «El Jardín de las Moodas». Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego. se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca—así fuera de movida una guaracha—sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.

VII

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.

Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. «León», «Avestruz», «Ballena», «Jaguar», leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, «Aristóteles», «Santo Tomás», «Bacon», «Descartes», encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categorla de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.

Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infiemo, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.

Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.

VIII

Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.

Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.

—¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...

Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.

Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario—como Don Abundio—por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones-órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.

IX

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda—cuando sólo dos podían comerse, los domingos, despues de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.

Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los «Sí, padre» y los «No, padre», se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salla, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.

El padre era un ser terrible y magnánimo al que debla amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.

X

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.

Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.

En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el «Urí, urí, urá», con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.

XI

Cuando Marcial adquirió el habito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.

Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.

Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.

Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de «bárbaro», Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía «urí, urá», sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.

—¡Guau, guau!—dijo.

Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos

XII

Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoiria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.

XIII

Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.