miércoles, 7 de octubre de 2009

Sergio Pitol. Autor de Nocturno de Bujara

Escritor nacido en la ciudad de Puebla. Cursó sus estudios de Derecho y Filosofía en la Ciudad de México. Es reconocido por su trayectoria intelectual, tanto en el campo de la creación literaria como en el de la difusión de la cultura, especialmente en la preservación y promoción del patrimonio artístico e histórico mexicano en el exterior. Ha vivido perpetuamente en fuga, fue estudiante en Roma, traductor en Pekín y en Barcelona, profesor universitario en Xalapa y en Bristol, y diplomático en Varsovia, Budapest, París, Moscú y Praga. Socialista democrático y agnóstico. La desgracia, la enfermedad y el aislamiento crearon su estilo literario, que él define como una autobiografía oblicua en la que se funden la vida y la literatura. Ha escrito No hay tal lugar (1967), Infierno de todos (1971), Los climas (1972), El tañido de una flauta (1973), Asimetría (1980), Nocturno de Bujara (1981), Cementerio de tordos (1982), Juegos florales (1985), El desfile del amor (1985), Domar a la divina garza (1988), Vals de Mefisto (1989), La casa de la tribu (1989), La vida conyugal (1991) y El arte de la fuga (1996). En sus libros se encuentran escritos autobiográficos, sueños con su perro, fragmentos de diarios, reflexiones sobre el arte, crónicas sobre la actualidad, viajes y homenajes a sus autores preferidos. Ese estilo pitoniano se expresa sobre todo en El arte de la fuga, maneras que recupera en uno de sus últimos libros El viaje, donde cuenta uno de sus viajes por la Rusia de los años ochenta.

Nocturno de Bujara -Vals de Mefisto-. Por Sergio Pitol

I
Le decíamos, por ejemplo, que al anochecer el aleteo y el graznido de los cuervos lograba enloquecer a los viajeros. Decir que esos pájaros llegaban a la ciudad por millares equivalía a no haber dicho nada. Era necesario ver las ramas de los altos eucaliptos, de los frondosos castaños a punto de desgajarse, donde se coagulaba aquel torvo espesor de plumas, picos y patas escamosas para descubrir lo absurdo de reducir ciertos fenómenos a cifras. ¿Significaba algo decir que una bandada de miles de cuervos revoloteaba con estrépito bajo el cielo de Samarcanda antes de posarse en sus arbolados parques y avenidas? ¡Nada! Era necesario ver aquellas turbas de azabache para que los números dejaran de contar y se abriera paso una informe pero perceptible noción de infinito.
—A la hora de la caída de los cuervos —comentaba Juan Manuel — no es raro que alguna turista portuguesa se arroje desde un balcón del octavo piso del hotel Tamerlán, o que un diplomático escandinavo de excursión por la ciudad comience también él a graznar, a mover los brazos y a aletear, a dar saltos en un intento de remontar el vuelo, hasta que llegue un enfermero y lo conduzca al sitio donde le aplicarán la imprescindible inyección sedante.
—Es el graznido feroz que emite el cuervo —proseguía yo— en el momento de ser descuartizado. Porque allá, a la hora del crepúsculo, ves caer de los árboles, como frutos descompuestos, pájaros desventrados con las alas quebradas, fragmentos de cabezas, de patas, una nube de plumas, ¡un espectáculo, te lo juro, del carajo!, mientras arriba, en las espesas frondas, los sobrevivientes saltan amedrentados de rama en rama o se agazapan en un intento de mimetización sin atreverse siquiera a emprender la huida.
—Porque una especie de cigüeña del desierto de largos picos, finos pero poderosamente dentados —intervenía él—, la cicónida dentiforme, se abate sobre ellos y los hace añicos. Tú debes saberlo, porque, según he leído, llega a volar desde las costas de Libia y a posesionarse de amplias extensiones de Calabria. El pavor hace emitir a las aves su graznido más deplorable. ¿Las has visto atacar? Feri, el húngaro, durante su convalecencia estuvo a punto de enloquecer ante el estruendo de esas carnicerías canoras.
Nos miraba con cierto enfado, y luego, decidida a participar en nuestro diálogo, declaraba con desparpajo:
—Más bien me parece que las gaviotas de Laponia son las que acostumbran alimentarse con la carne de otros pájaros.
—¿Gaviotas de Laponia?... ¿El larus argentatus laponensis? —preguntaba con absoluta seriedad Juan Manuel—. La verdad es que jamás he oído hablar de esa especie. Bueno, ustedes saben, en cuestiones de ornitología soy por completo un lego… ¿Estás segura de que se llama gaviota de Laponia? Mis libros de consulta son muy elementales y no la registran. Deberé consultar algo más técnico.
—El grito de los cuervos se parece a veces al llanto de un niño; otras, las más, al grito de un ahorcado.
Luego nos olvidábamos de los pájaros y sin la menor transición comenzábamos a divagar sobre la sacra, misteriosa y opulenta ciudad de Samarcanda. Sobre su historia, su arquitectura, su cultura. Lo que en realidad importaba era que ella no hablase, mantenerla en silencio el mayor tiempo posible.
—No tiene la gracia ni el prestigio cultural de Bujara —admitimos pocos días antes de que emprendiera el viaje—. Bujara es la ciudad de Avicena, Samarcanda la de Tamerlán y Gengis Kan. Ésa es la diferencia, y es enorme, ¿te das cuenta?
II
Tengo la seguridad de que cuando estuve por primera vez en Varsovia mi ignorancia sobre Bujara era absoluta. Quizás hubiera percibido vagamente su nombre en alguna novela. ¿Existe tal vez un “hechicero de Bujara” en Las mil y una noches? Es posible que hubiera visto por descuido el nombre en la vitrina de algún negocio de alfombras. Pero desde el día en que Issa apareció con sus folletos de viaje, Juan Manuel y yo nos entregamos, cada quien por su cuenta, a rastrear todos los datos que teníamos a nuestro alcance sobre las ciudades uzbecas del Asia Central para imprimirle mayor verosimilitud a los relatos.
Apenas unas semanas atrás, poco antes de emprender el viaje a esa región, oí a un teósofo mexicano de paso por Moscú decir que Bujara era uno de los ombligos del Universo, uno de los puntos (creo que hablaba de siete) en que la tierra logra establecer contacto con el cielo. No sé qué haya de cierto en ello, pero cuando a la hora del crepúsculo llegué a la ciudad y percibí la configuración cóncava de la bóveda celeste llegué a sentirme en el centro del mismo planeta. Posiblemente todo ello influyó para que, al trasponer las murallas que rodean la ciudad antigua, la sensación de imantación y magia que desprendía fuera más poderosa: llegaba al zoco, a la kasbah, a los inextricables barrios de la judería con el mismo total asombro que la frecuentación de algunos libros o de ciertas películas me produjo en la infancia.
El corazón de Bujara parece no haber conocido ningún cambio en los ocho siglos últimos. Caminé con Dolores y Kyrim por ese laberinto de callejuelas que con dificultad admiten el tránsito de dos personas a la vez. Estrechísimos senderos que sorpresivamente desembocan en amplias plazas donde se yerguen las mezquitas de Poi-Kalyan, de Bala-i Jaúz, el Mausoleo de los Samánidas y el de Chashma-Ayb, el espigado y hercúleo minarete de Kalyan, los restos del antiguo bazar. A cierta hora, avanzada la noche, el viajero deambula por callejones desiertos (flanqueados por casas de un piso o excepcionalmente de dos, sin ventanas, en cuyas puertas de madera labrada cada centímetro está trabajado, distintas todas entre sí pues cada una narra de algún modo la historia y señala la estirpe de la familia que la habita, renovadas cada ciento cincuenta o doscientos años con las mismas grecas, leyendas y signos que ostentaban en el siglo XVIII, en el XV, o en el XII) y oye como procedente de otras épocas el eco de sus propios pasos.
Contemplo las postales que compré en Bujara. Lo cierto es que no reconozco del todo esos lugares; pude o no haber estado en ellos. Me deslumbra, sin duda, saber que conocí las maravillas que cual hábil tallador barajo ante mis ojos; apenas logro reproducir la ciudad; recuerdo sobre todo el ruido de mis pasos, las conversaciones con Dolores y Kyrim, el aire de embriaguez, de deleite que me invadió cada vez que una de esas callejuelas se abría para dar paso a las suaves formas de un mausoleo; recuerdo la música del Islam que se filtraba por algunas ventanas, también ella posiblemente muy poco transformada desde que los antepasados de los actuales moradores erigieron ese centro religioso de pronto convertido en un emporio comercial donde confluían caravanas de los distintos confines del Turquestán, y de más lejos aún: de la China, de Bizancio, de la Rusia incipiente; se entendían por señas, emitían palabras que sólo unos cuantos comprendían, desplegaban entre las arcadas del bazar y en los lugares adyacentes sus mercaderías, mostraban dinero, cordeles anudados, canjeaban, en una serie de tianguis complicadísimos, canutos de polvo de oro y trozos de plata; las monedas de Toledo se confundían con las acuñadas en Creta, en Constantinopla, con las del Oriente entero. Después de caminar una noche por Bujara, los fastos de Samarcanda, conocidos al día siguiente, ¡tanto oro, tanto esplendor, tal extensión de muros, tal altura de cúpulas!, me parecieron en comparación cosa de nuevos ricos, un raro sueño de grandeza que preludiaba a cierto Hollywood. ¡Como si Tamerlán hubiera intuido la posterior existencia de Griffith o de De Mille y se divirtiera en mostrarles el camino!
¡Pero no todo fue silencio y quietud en la noche de Bujara!
Se iniciaba el mes de noviembre. Finalizaba en el Uzbekistán la cosecha de algodón y en sus ricas ciudades se celebraban las bodas. Hubo un momento en que Bujara se hundió en el estruendo y la locura. Y fue entonces, al contemplar una de las procesiones nupciales, cuando debí sentir el aleteo, su primer roce, sin lograr siquiera precisarlo, de una historia ocurrida veinte años atrás cuando Juan Manuel y yo conversábamos en Varsovia con una pintora italiana, una mujer más bien detestable, y le sugeríamos viajar a Samarcanda. Ahora advierto que debió ser Bujara la ciudad que teníamos que recomendarle; todo lo que entonces inventábamos para animarla se me antoja posible en Bujara. Cuando le hablábamos de Samarcanda lo que de alguna manera se bosquejaba en nuestra imaginación era la otra ciudad.
Mientras recorríamos callejones en nuestro intento de llegar al centro de la ciudad, el verdadero ombligo del Universo al que seguramente se refería el teósofo, Kyrim contaba con fruición historias atroces oídas en casa de amigos de su padres; con toda seguridad esos relatos se vienen transmitiendo de generación en generación y así pasarán a los siglos por venir; tratan de crímenes espeluznantes, de cadáveres descuartizados de modo complicadísimo. La fruición del narrador revela esa crueldad que posee en los más insólitos momentos a las tribus del desierto; pero, como los de Las mil y una noches, tales relatos carecen de sangre real, son una especie de metáforas de la fatalidad, de las cuitas y fortunas que integran el destino humano (¡porque Alah será siempre el más sabio!) y en vez de empavorecernos nos crean una especie de soltura, de reposo.
No es difícil que cuando Issa, la pintora italiana, hizo el viaje al Asia Central haya conocido Bujara. Es posible que haya contraído allí la enfermedad que le arrebató la razón y de cuyos detalles nunca logramos enterarnos del todo.
III
Le contábamos historias cuya extravagancia las más de las veces la exasperaba, aunque algunas la divertían. Le hacíamos olvidar sus estúpidos conflictos sentimentales con Roberto, el estudiante venezolano de quien inexplicablemente se había hecho amante. Una cosa era que se acostase con él y otra que lo llevara a todas partes, le hiciera decir sus estupideces y aun se las celebrara. Pero si ya eso era absurdo, más lo era que Roberto respondiera a tal pasión. Aquella mujer neurótica, amarga y rapaz no tenía la menor relación con las jóvenes rubias de carita redonda con quienes se le veía siempre: las alegres meseras de una cervecería situada no lejos de la Plac Konstitucij.
Cuando Juan Manuel vino a Varsovia nos reuníamos a conversar en el pequeño café interior del hotel Bristol. Hubo un momento, después de conocer a la pintora, en que casi dejamos de frecuentarlo; Issa bebía demasiado, hablaba demasiado; lo único que le interesaba era contar su vida, repasar sus glorias pasadas (¡que suponíamos falsas!) y en determinado momento hacernos escuchar la retahíla innumerable de agravios que guardaba contra Roberto, el cual prometía pasarla a recoger y casi siempre la dejaba plantada.
Antes de tratarla, la había visto algunas noches cenar en el restaurante del Bristol. Siempre sola. Con un aire desolado y a la vez cargado de desprecio hacia el mundo circundante. Fui enterándome al azar de ciertas circunstancias. Era una mujer muy rica. Estaba emparentada con grandes industriales del norte de Italia. Pintaba. O más bien había pintado en tiempos pasados; había expuesto en varias galerías importantes de Europa (lo que le había costado una fortuna). No se sabía con exactitud qué hacía en Polonia. Al parecer había llegado en persecución de un amante varsoviano; luego había continuado en el país por inercia. Tal vez temía volver al seno de la familia y a su ciudad cargada de fracasos y esperaba que el reconocimiento a su obra ocurriera por milagro. Un día la encontré sentada con Roberto, a quien yo conocía vagamente. El venezolano se levantó a saludarme con una afabilidad que debió parecerme sospechosa. Me llevó a la mesa y me presentó a su amiga. Anunció que debía salir por unos minutos y nos dejó solos. Esperamos hasta que el restaurante cerró, pero él no pasó a buscarla. A partir de ese momento no logré quitármela de encima. Me convirtió contra mi voluntad en su confidente, en su auditorio. El cansancio que me producía era de lo más agobiante.
Los celos comenzaron a perturbarla de modo alarmante. Lloraba en público, hacía escenas. Un día se presentó con aire menos tétrico que de costumbre y nos anunció que estaba decidida a curarse de ese amor que le daba tan pocas satisfacciones. Consideraba que la mejor manera era poner la distancia de por medio. No, no creía que hubiese llegado el momento de volver a Italia; se trataba de viajar, de conocer nuevos lugares, y ese día, al pasar por la oficina de la Wagons Lit no había podido contenerse. Había reservado un boleto para sumarse a una excursión que recorrería Moscú, Kiev y Leningrado. Llegó con unos cuantos folletos turísticos en la mano. Volaría a Moscú en unas tres semanas. Explicó que no trabajaba bien, que se había empeñado en un gran óleo que podía ser su obra maestra, pero que la desgana la había vencido de repente, la estrechez de su estudio la ahogaba; además, la grosería de Roberto, quien se había ido a las montañas sin tomarse siquiera la molestia de avisárselo, salvo en el último momento y eso por teléfono, la había abatido más de lo que hubiera podido imaginar. Cuando regresara no la encontraría en Varsovia; estaría en la estepa. El viaje iba a ayudarla a recobrar la energía necesaria para romper con aquel patán y volver a trabajar con el rigor al que decía estar acostumbrada.
Juan Manuel comenzó a hojear uno de los prospectos turísticos: anunciaba el itinerario que Issa había elegido y otro que incluía varias ciudades más, entre ellas Samarcanda. A toda página, en color, se veía una foto del conjunto de Registán.
——¿Y eres capaz de no haber elegido esta ruta? —exclamó, después de leer unos párrafos del folleto—. ¿Por falta de dinero o de curiosidad? ¿Sabes si tendrás acaso otra oportunidad de viajar a esos lugares? ¡Piénsalo un poco! ¿Sabías que Samarcanda es contemporánea de Babilonia? ¡La única ciudad de su tiempo que se mantiene hasta el día de hoy habitada! Samarcanda es un lugar donde ocurren cosas extrañas. ¿Te acuerdas de Feri, el pianista húngaro que vivía el año pasado en Dziekanka? Fue a pasar las vacaciones de verano con unos compañeros suyos originarios de aquellas regiones. A su regreso contó cosas alucinantes.
Comenzamos a hacer uso de toda la utilería que yace en nuestros desvanes cuando tratamos de referirnos a ese tipo de sitios, mezcla de lugares comunes, de visiones fáciles, de imprecisiones que confunden el Cáucaso con Bizancio, Bagdad con Damasco, el Cercano con el Lejano Oriente, y a hablar de príncipes yakutios y samoyedos, de ritos bárbaros y refinamientos atroces que tenían por escenario Samarcanda y por informador y protagonista al joven Feri, el cual había vivido experiencias extraordinarias desde el momento en que bajó del tren y descubrió que los amigos que debían recibirlo, sus viejos compañeros del conservatorio de Budapest, no estaban en el andén; en cambio, un anciano y un joven de bigote espeso con capas de cuello de astrakán, gorros de la misma piel y botas de cuero negro hasta las rodillas, parecían estudiarlo con detenimiento como si trataran de reconocerlo, de identificarlo. Feri pensó que podrían ser familiares de sus amigos que por alguna causa imprevista los sustituían en el recibimiento, se les acercó y les preguntó en un ruso bastante rudimentario si habían ido a esperarlo; les aclaró que era Feri Nagy, y dio el nombre de los jóvenes que estudiaron con él en Budapest. Le contestaron afirmativamente en ruso; luego mantuvieron entre sí un diálogo escueto, que a él le pareció excesivamente formal, en su lengua. El más joven tomó la maleta y con gesto ceremonioso lo invitó a seguirlos.
—Feri dijo que se internaron en la ciudad asiática, un verdadero zoco de callejones estrechos, murallas truncas, puertas regiamente labradas que dejaban vislumbrar patios interiores poblados de granados, de rosales y de muchedumbres infantiles capaces de producir una alharaca casi tan ensordecedora como las de los cuervos que después vio todos los crepúsculos en los jardines de la ciudad. Los niños se asomaban a las puertas, gordos y cabezones, emitían sonidos extraños en su idioma como advirtiéndole que debía regresar, que aún estaba a tiempo de volver a la estación y tomar el primer tren que lo alejara de Samarcanda. Según dijo, el sonido se parecía a una frase que en húngaro significa: “¡Vuelve a tu casa, Satán!”.
Uno de nosotros describió la casa donde llegaron, en nada diferente a las demás. En una esquina, un muro ciego y una puerta; en un segundo piso, una mínima ventana defendida con barrotes de hierro. Entraron, cruzaron el patio, sembrado también de rosales y granados y sólo diferente a los demás por la carencia de niños. El viejo y el joven de abrigos de cuellos de astrakán caminaban muy erguidos, y con idéntica marcialidad de movimientos subieron por una estrecha escalera que conducía a una terraza. Cruzaron esa terraza hasta llegar a un cuarto muy simple, casi monacal, cuyo mobiliario consistía sólo en una cama angosta y una pequeña mesa con una jofaina. El anciano dio una o dos palmadas y lanzó una andanada de gritos destemplados que en nada se conciliaban con la severidad de sus maneras. Apareció una joven con un cántaro de agua y llenó el recipiente. A Feri siempre le había resultado molesto asearse en presencia de terceros, pero no tuvo más remedio que quitarse la camisa y lavarse cara, cuello y brazos frente a los dos hombres que, parados en la puerta de la habitación, habían tomado una actitud más de custodios que de anfitriones. Sacó de la maleta una camisa y estaba a punto de vestirse cuando volvió a entrar la joven con una chilaba árabe y por indicaciones del viejo que eran casi órdenes no le quedó otro remedio que ponérsela.
—Se sentía de lo más ridículo. ¿Tú conociste a Feri? —volvió a preguntar Juan Manuel—. ¿No? Era un muchacho muy joven, muy tímido, incapaz de oponer resistencia alguna. Me lo puedo imaginar muy bien en esa situación, obedeciendo toda orden que le dieran sin siquiera discutirla. Porque, además, ¿en qué lengua podía responder? Cada vez que intentaba decir algo en ruso le respondían que sí, que cómo no, que desde luego, pero continuaban hablando entre sí en aquel idioma del que no comprendía una sola palabra.
Luego pasaron al salón. Un joven de su edad, vestido a la europea al grado de que cualquiera lo hubiera confundido con un muchacho de la Europa meridional, alguien de Palermo o de Atenas, por ejemplo, le dio la bienvenida y lo llevó a sentarse al lado de la princesa.
—¿Qué princesa? —preguntó al fin con un asomo de interés la italiana.
Le tuvieron que explicar que Feri había ido a parar a casa de una familia de nobles circasianos.
—En Samarcanda se encuentran aún descendientes de algunas de las familias más antiguas del mundo.
Estaban sentados en alfombras entre cerros de almohadones y cojines. Todo en el salón era elegante y a la vez muy sucio. No se trataba de una elegancia fácil, costaba trabajo detectarla, saber en qué y dónde residía. Sólo quien estuviera ya de vuelta de las cosas podía advertirla. El mortal común sólo hubiera encontrado allí confusión, suciedad y abigarramiento. La vieja princesa se cubría con ricos brocados pero estaba descalza y el tufo que desprendía su cuerpo era inenarrable: una mezcla de sudor, de pies sucios, de ropa jamás lavada, de aceites rancios y perfumes vulgares. Los hombres, en cambio, parecían muy limpios. El nieto era el único vestido a la europea; los demás, mujeres y hombres, estaban ataviados de la manera más estrafalaria que cabe imaginar; casi todos tenían botas negras hasta las rodillas, unos llevaban túnicas doradas, y otros chaquetas y pantalones de cuero y de gamuza con gorros y cuellos de astrakán; ellas, con pantalones bombachos apenas ocultos por túnicas de colores muy vivos. El conjunto, según Feri, quien como observador era pésimo, parecía la amplificación de una miniatura persa.
—¿Te dice a ti eso algo? —interrumpí, dirigiéndome a Issa—. A mí, la verdad, nada. ¿Una miniatura persa? ¿Qué querría decir? Las miniaturas persas pueden ilustrar toda clase de situaciones, del harén a la caza. Los húngaros, tú lo sabes, son asiáticos; por eso nuestro querido Feri Nagy había comenzado a sentirse como pez en el agua. No necesitaba las palabras para entenderse con ellos. Nunca logró describir bien la reunión porque para él en el fondo nada tenía de extraño. Le resultaba tan natural como asistir a una comida de cumpleaños en el Gellert de Budapest, sólo que la princesa, la vieja, no le gustaba nada.
—¿Pero dónde se había metido? ¿En el bazar?
—No has comprendido nada, porque en el fondo eres igual a Feri. Les da lo mismo estar en un lado que en otro. Todo lo encuentran natural. ¿Cómo iban a estar en el bazar? ¡Hemos tratado durante horas de explicarte que se celebraba una reunión en casa de unos príncipes circasianos!
—Para empezar, estoy segura de que allá no existen casas privadas ni príncipes de ninguna especie. A mí lo que me parece es que el tal Feri lo único que ha hecho es contarles mentiras de a kilo y que ustedes se las han creído.
—Es posible. Pero te aseguro que las cicatrices no las inventó; las vimos.
—Sí, las vimos; y podemos añadir que no eran cosa de juego. Bueno, vayamos por orden, comenzaron a pasar platos, guisos de carnero, manojos de yerbas aromáticas y al mismo tiempo, sin el menor orden, dulces de miel, de piñón, de pistache, semillas picantes, tazones de sopa, y a acompañar la comida con un aguardiente de durazno, según él exquisito. Hasta cierto momento la vieja se mantuvo, a pesar de estar a su lado, muy distante de él, lo trataba con arrogancia, con desprecio, como a un advenedizo introducido en sus salones quién sabe en gracia de qué trucos, pero a la segunda o tercera copa comenzó a sonreírle, a decirle frases incomprensibles, a pasarle dulces con sus dedos regordetes de uñas de un negror evidentemente perpetuo. El joven vestido a la europea no comió: tocaba en un rincón un tamborcillo con ritmo monótono y entonaba una canción oriental muy lánguida, muy suave; su rostro adquiría por momentos una expresión casi femenina. A mí, aquella comida, aquellas mezclas de grasas con miel no me habría producido sino náuseas; Feri, en cambio, estaba encantado. Todos se fueron acercando a él, rodeándolo, sonriéndole, sirviéndole copa tras copa de aguardiente, pasándole costillas de cordero o dulces con la mano, metiéndole dátiles en la boca. ¡Feri es un caso! Estaba ya perfectamente familiarizado con el hedor que al principio tanto le había disgustado, y no sólo eso, lo aspiraba con fruición, como si fuera un complemento a la miel de los dulces y al aroma del aguardiente. Sí, en un momento sintió haber llegado a la tierra prometida; quiso ponerse de pie y hacer un brindis, pero descubrió que las piernas apenas lo obedecían. La torpeza de Feri es proverbial, y para beber, no sabes, es malísimo. Volvió a sentarse apresuradamente para cubrir sus deficiencias. Los demás estaban ya para esa hora amontonados en torno suyo, sonrientes, anhelantes, en espera de sus palabras, de sus gestos. En todos los rostros, por los cuellos abiertos, corría en abundancia el sudor. Sólo una muchacha, la misma que le había llevado el agua y la chilaba al pequeño dormitorio, se retiró en ese momento a otra esquina del salón y comenzó a musitar entre dientes una melodía que hacía contrapunto a la de su compañero, el muchacho vestido a la europea. Los rasgos de la pareja de músicos eran severos, ausentes, como si ambos estuvieran en trance, en comparación con los demás miembros de la familia, quienes soltaban estruendosas carcajadas para callar de repente; no cabe duda que esperaban que algo ocurriera; los ojos les brillaban, les brillaban los dientes. Feri no había visto dentaduras más blancas y relucientes en su vida. Incapacitado, pues, para levantarse, sacó el pecho hacia delante, extendió un brazo, levantó la copa y brindó por el amor, por el canto de los ruiseñores, por la amistad, por el color de la granada, por el encuentro de esa tarde. Su voz, ¿lo oíste alguna vez? ¡Qué lástima! ¡Me parece casi imposible que no lo conocieras! Feri era el rey de Dziekanka; un muchacho de voz realmente armoniosa, una voz grave de barítono muy bien cultivada. Cuando hablaba en húngaro parecía que cantaba. Eran por lo visto las palabras que esperaban los príncipes. Apenas se calló, los tambores resonaron con frenesí y el resto de la concurrencia lanzó un grito salvaje, aunque más bien el adjetivo a emplear no sea salvaje sino antiguo, se trataba de un aullido arcaico. Una mano le alcanzó otra copa, sin duda alguna la vieja, quien aprovechó el momento para emitir una risa procaz y acariciarle una mejilla con sus manos callosas y sucias. Fue lo último que recordó de esa noche. Cuando despertó estaba desnudo en el angosto catre del cuarto donde había sido introducido al llegar. Creyó que iba a morir. Le dolía el cuerpo de manera terrible; no todo, porque había partes, las piernas, por ejemplo, que no le transmitían ninguna sensación. Por un instante pensó con pavor que le habían sido amputadas. Con dificultades movió un brazo y se palpó los muslos: estaban en su sitio. Incorporó un poco la cabeza y pudo ver su cuerpo entero, manchado como si hubieran derramado un cubo de tintura de granada sobre él. No le costó demasiado esfuerzo enterarse de que las manchas eran costras de sangre renegrida, que tenía el cuerpo horriblemente lastimado, que algunas de las heridas, hechas por lo visto varios días atrás, presentaban un aspecto nada tranquilizador, que seguramente habían pasado ya varios días desde que le fueron infligidas y estaban a punto de infectarse. Se incorporó como pudo. Se cubrió el cuerpo con una sábana. No tuvo fuerzas para vestirse. Bajó las escaleras, cruzó el patio, a esa hora desierto, y alcanzó la calle. Amanecía. Caminó unas cuantas cuadras. Algunas ventanas comenzaban a iluminarse. Oyó pasos cerca de él. Hizo un último esfuerzo y gritó con todo el vigor de que fue capaz; luego cayó sin sentido. Despertó en el hospital; no logró precisar si pasaron horas o días después de su desmayo. Su única diversión, ¡si aquello podía llamársele diversión!, mientras le cicatrizaban las heridas, no tan graves a pesar del aspecto exterior, aunque las de las ingles sí muy dolorosas, consistía en asomarse por la tarde a un balcón, ver la puesta de sol y observar la llegada sorpresiva de las cigüeñas del desierto a hacer su cosecha de cuervos. Cuando lo dieron de alta buscó con desesperación la casa del festín, sin lograr localizarla. Fue varias veces a la estación a la hora de la llegada de los trenes con la esperanza de que el azar volviera a enfrentarlo con sus anfitriones, pero éstos nunca aparecieron. Feri es así, completamente oriental: había encontrado su pequeño cielo y no quería perderlo. Al fin lo obligaron a abandonar la ciudad, regresó a Varsovia. Vivía ya en otro mundo. No quiso continuar los estudios. Hablaba de elíxires, de placeres que nosotros nunca comprenderíamos, y como nadie le hacía caso terminó por volver a su país. Perdió interés en el piano, según dicen, y es una pena porque era en verdad un muchacho muy dotado.
—No me cabe duda de que el tal Feri no ha hecho sino divertirse a costa de ustedes. A mí no se habría atrevido a contarme toda esa sarta de disparates.
—Tal vez; ustedes los europeos se orientan mejor en estas cosas. De cualquier modo, sea lo que sea la gente, el mero hecho de ver los monumentos vale la pena. ¡Piensa en los bazares, en los tejidos! ¡En fin, se trata de percibir otro continente!
—Tal vez valga la pena.
Y un día nos anunció que había cambiado su boleto, que saldría dentro de tres o cuatro días, y que al regreso nos contaría sus experiencias en Samarcanda. Nunca llegamos a conocerlas.
IV
En una ocasión Juan Manuel me hizo leer un texto de Jan Kott: Breve tratado de erotismo. Lo busco en mi estantería de literatura polaca y encuentro en la edición inglesa la cita en que pensaba al día siguiente de nuestro recorrido nocturno por Bujara cuando nos preparábamos a volar a Samarcanda. Recordaba con Kyrim y Dolores las ceremonias de la boda. Intento traducir: “En la oscuridad el cuerpo estalla en fragmentos, que se convierten en objetos separados. Existen por sí mismos. Sólo el tacto logra que existan para mí. El tacto es limitado. A diferencia de la vista, no abarca la persona completa. El tacto es invariablemente fragmentario: divide las cosas. Un cuerpo conocido a través del tacto no es nunca una entidad; es, si acaso, una suma de fragmentos.”
Había tratado de recordar esa cita al salir de Bujara y al leerla me agradó comprobar que no había equivocado el sentido. Estábamos en el aeropuerto en una sala de espera al aire libre. Bajo el emparrado había una serie de pequeñas mesitas y bancas de madera dispersas en un amplio jardín. Un grupo de turistas alemanes llenaba el lugar. Todos eran viejos. El infantil color de rosa de los rostros masculinos transparentaba en la nariz y hacia las sienes una red de venas diminutas y de vasos sanguíneos; las piernas robustas de las mujeres semejantes a las sotas de la baraja española repetían ese mismo tejido venoso pero los nudos violáceos que formaban tenían un aspecto mucho menos inocente. Había quienes se tendían en las bancas esa mañana de comienzos de noviembre para recibir los últimos rayos del sol del año. Aquel escenario de parras, rosales y turistas tendidos al sol creaba la atmósfera más distante que pudiera asociarse a un aeropuerto. Todo allí negaba la idea de que, dentro de treinta minutos, Dolores, Kyrim y yo estaríamos a bordo de un aparato que en menos de una hora nos depositaría junto con la horda rubia en Samarcanda.
Me molestó de golpe la intromisión de aquellos hombres y mujeres posiblemente de la Bundes Republik. Todo en ellos, las risas ruidosas, las voces detonantes, la torpeza de movimientos, me pareció vulgar y por ello repelente. Mil quinientos años atrás, cuando ya Bujara existía como ciudad, los antepasados de aquellos intrusos desgarraban con los dientes los ciervos que abrigaban sus bosques. No obstante la calidad de la ropa, las costosas cámaras fotográficas, el evidente deseo de marcar una superioridad, sus gestos y modales, comparados con los de los locales, implicaban una novedad en la historia, algo estrafalario y profundamente chillón.
Me acometió una racha ciega de mal humor. No fue sólo que la presencia de extraños mancillara la ciudad; al fin de cuentas yo era uno de ellos aunque tratara de afirmarme en la idea de que también los mexicanos éramos en el fondo asiáticos. Lo que más me irritaba era que en el recuento que hacía con mis dos compañeros de viaje, Kyrim y Dolores, los hechos memorables de la noche anterior, las ceremonias nupciales que habíamos presenciado, se me hubieran borrado datos esenciales que sólo reconstruía, y eso precisamente al escuchar la narración que ellos hacían. Traté de oír nuevamente los gritos, los tambores, traté de visualizar los saltos y cabriolas de los jóvenes, el color de una chaqueta de un rojo destemplado, los pasos enloquecidos casi paródicos de una danza, los ojos brillantes por una ebriedad producto no sólo del alcohol sino de una excitación compartida multitudinariamente; vi una túnica de brocado dorado que contrastaba con los jeans y las chaquetas modernas de la mayoría de los celebrantes. Pero se me escapaba el fuego, la gran hoguera, que seguramente significaba, pensé al oír el relato de mis amigos, una prueba de purificación y de vigor. Kyrim, quien había pasado buena parte de su vida en Tachkent y era de los tres el único conocedor de la región, nos aclaró que aquellas ceremonias no tenían nada que ver con el Islam sino que se remontaban a etapas históricas anteriores; eran reminiscencias del periodo en que la región conoció el auge del culto de Zoroastro.
Habíamos dejado atrás la ciudad vieja. Caminábamos de vuelta al hotel por una amplia avenida y decidimos sentarnos a descansar en una banca. Comenté que nada me gustaría tanto como asistir esa noche a una función de teatro; sería la manera, al contemplar a los espectadores y observar sus reacciones ante el espectáculo, de tener una vislumbre del tejido social de Bujara. Ver cómo entraba el público, dónde se sentaba, cómo se vestía, en qué sección predominaban los adultos, en cuál los jóvenes, por qué y de qué manera reían, cuál era la intensidad de los aplausos. En otras partes lo había hecho: había visto una ópera turcmena en Azhjabad, una obra pueril y conmovedora que se llamaba Aína, y un drama muy parecido al As I lay dying, de Faulkner, escrito por un autor siberiano contemporáneo, en un teatro de Irkusk. No se me antojaba ver nada de teatro uzbeko, ni tadzhico, ni ruso en Bujara. ¡Pero cómo me hubiese gustado conocer las reacciones del público ante lo que le fuera más lejano, más ajeno, La viuda alegre, por ejemplo; la espuma degradada y maravillosamente banalizada de los ritos! ¡Coincidir con una gira del teatro de opereta de Tachkent, de Duzhambé o de Moscú había resultado una experiencia paradisíaca!
De pronto se oyó a lo lejos un estruendo, un súbito aullido, un redoble de tambores seguido de un silencio impresionante. Suspendimos la conversación. A lo lejos, saliendo de una de las barbacanas que dan paso a la ciudad amurallada, apareció un grupo de gente iluminado por antorchas. De pronto la multitud estaba ya frente a nosotros. Dos muchachos y un viejo precedían la procesión; tras ellos un grupo de tambores y dos o tres trompetas de dimensiones descomunales; y más atrás aún, una muchedumbre abigarrada de unas doscientas a doscientas cincuenta personas daban pequeños saltos en un mismo lugar como si rebotaran sobre el pavimento. Los rostros y ademanes de los danzantes eran muy sobrios, casi inexpresivos; luego echaron a correr durante un buen trecho. Nos pusimos de pie y fuimos siguiendo el desfile. Los tres bailarines (siempre un viejo y dos jóvenes) que dirigían la marcha se turnaban; bailaban frenéticamente, se bamboleaban en el aire, torsaban el cuerpo como si estuvieran a punto de caer para volver a levantarse antes de tocar el suelo, restableciendo un equilibrio perfecto. Después de unos cien metros, repito, se incorporaban a la muchedumbre y otro nuevo trío emergía de ella para desempeñar el papel de solistas. Por momentos la procesión marchaba con gran rapidez; en otros, se arrastraba a paso lento, según el ritmo que impartieran las trompetas. Luego redoblaban los tambores y la masa humana parecía por un momento inmovilizarse, daba saltos sobre un mismo lugar, sin emitir voces, con las caras casi transfiguradas por el éxtasis. Cuando recomenzaban a tocar las inmensas trompetas la multitud emitía una especie de rugido extraño, algo bestialmente primario, un eco desprendido de la etapa iniciática del hombre, y entonces todo el mundo avanzaba a la carrera, sin perder jamás el ritmo de danza, para volver a detenerse, escuchar los tambores y en fin repetir una y otra vez todo el ritual. Sólo los solistas, bailarines y acróbatas, que abrían el cortejo, danzaban sin cesar, tanto en los momentos de tregua como en los de avance.
Los seguimos un poco, caminando a su lado por la acera, atónitos, sorprendidos, alucinados.
Kyrim propuso como último paseo de esa noche visitar un parque donde se hallaban las antiguas tumbas de los Samánidas. Atravesamos un bosquecillo de abedules. A lo lejos se oía el estruendo de la manifestación, mezclado a la música uzbeca o turcmena procedente de algunos radios. A nuestro alrededor no había nadie. Éramos los únicos paseantes en aquel bosque. La oscuridad hacía invisibles las tumbas. Las historias de degüellos y mutilaciones contadas poco antes por Kyrim en las callejuelas de la ciudad vieja comenzaron a pesar ominosamente sobre nosotros. Al salir del parque volvimos a oír el estruendo y a ver a lo lejos a la multitud. El grupo, al parecer, ya no avanzaba. Un resplandor iluminaba una construcción baja, más amplia que las demás, igualmente ciega al exterior, frente a cuya puerta se arremolinaba un grupo mucho más numeroso del que habíamos visto desfilar.
Caminamos hasta allá. El grupo efectivamente ya no avanzaba: saltaba y gritaba con frenesí descomunal alrededor de lo que al día siguiente Dolores y Kyrim me hicieron recordar era una hoguera. No logro explicarme cómo había podido olvidar en sólo unas cuantas horas todo lo referente a esa pira que constituía el elemento central de la escena. Podía recordar, en cambio, como si estuvieran aún ante mis ojos, la intensidad de algunas miradas ebrias, los saltos y cabriolas, un fragmento de una túnica de brocado de oro, una chaqueta escarlata, el ritmo monocorde del tambor, los gritos, la expresión del joven novio, a quien tomaban por los brazos y sacudían al son de la danza, la plácida cara de algunas mujeres que se asomaban desde el patio donde seguramente velaban la pureza de la novia. Habíamos vuelto al comienzo de los tiempos. Una intensidad desconocida me devolvía a la tierra. Hubiera querido saltar con los nativos, vociferar como ellos. Cuando Dolores y Kyrim me hablaron de la gran fogata donde la muchedumbre aullante hizo saltar varias veces al novio, me extrañó la parcialidad de mi visión. ¿Cómo podía haber olvidado el fuego, no reparar en él cuando era el elemento fundamental de la fiesta?
Igual que en el tratado de Jan Kott sobre el erotismo, la fragmentación de la visión podía aplicarse a todo tipo de experiencia sensorial intensa. Como aprehendido por el tacto, el mundo se disgrega, los elementos se separan, se desencadenan y sólo son perceptibles uno o dos detalles que por su vigor anulan el resto. ¿Por qué, por ejemplo, un trozo de brocado rojo bajo una cara monstruosa? ¿O cierto turbante de una suciedad sebosa y no la hoguera que aún ahora no logro reconstruir con precisión? Luego, y eso sí lo recordé muy bien, el joven desposado entró por la puerta bajo una doble hilera de hachones ardientes que formaban el techo del universo y era entregado a las mujeres que lo conducirían hasta la desposada. Tan pronto como el cortejo entró en la casa, los gritos y el ruido de tambores y trompetas cesaron, y se oyó una música lánguida, ondulante; era el salto del hombre de la selva a los refinamientos del Islam. Por razones que no tiene caso relatar, no aceptamos la invitación que nos hicieron unos jóvenes para participar en los festejos; para mí lo importante ya había ocurrido.
Y fue en el aeropuerto de Bujara (mientras esperábamos el avión que debía llevarnos a Samarcanda y se hablaba del fuego y yo me angustiaba por haberlo olvidado) cuando comenzaron a surgir los viejos recuerdos que habían estado tratando de afluir desde la noche anterior: los años de estudiante en Varsovia, las inolvidables conversaciones con Juan Manuel en el café de Bristol, las incitaciones a aquella pintora fastidiosa, prepotente y ridícula de quien todo el mundo huía como de la peste, para que extendiera su viaje por el país soviético hasta el Asia Central, la inexistente aventura de Feri y, sobre todo, una inmensa nostalgia por la juventud perdida. Volvió a recrudecer mi odio a la manada de turistas que absorbían el sol y a sentir por un instante un mínimo relámpago de intranquilidad ante la posible participación en la historia de aquel viaje de la italiana a esa misma región efectuado veinte años atrás.
—No tuvimos ninguna culpa; nada puede hacerme sentir responsable —dije, y vi que mis compañeros se me quedaban mirando sin saber de qué hablaba.
V
¿De qué podíamos sentirnos culpables? ¿De que poco a poco Issa se fuera entusiasmando con lo que le decíamos sobre el exotismo de los lugares que más tarde visitaría, de los vestigios artísticos del pasado que poco después iba a conocer, de las pintorescas costumbres y el paisaje distinto que le iba a ser dado presenciar? Porque era imposible que de verdad creyera la historia de Feri, el joven pianista húngaro inventado para distraerla, para entontecerla, para librarnos al menos por un rato de sus lamentos, de la lista de agravios que hacía en ausencia de Roberto, su amante infiel, quien a esas horas, las que pasábamos charlando en el café, estaría bailando con alguna de las meseras cuyas emanaciones de sudor y cerveza tanto parecían atraerlo. ¿Culpa alguna? Sería absurdo pensarlo. Ni siquiera entonces me pasó tal idea por la mente.
El viaje de la pintora tenía una duración de tres semanas. Fue un descanso saberse libres de ella. Terminadas las vacaciones, Juan Manuel volvió a Lodz a seguir sus cursos y yo acepté una invitación para pasar una temporada en Przemysl, una pequeña ciudad eclesiástica del sureste polaco, donde la soledad me permitió hacer y rehacer los relatos de un libro que pensaba editar a mi regreso a México. De repente había comenzado a tomar en serio la literatura. Creía ingenuamente que en adelante podría dedicarme casi en exclusividad a ella. Uno de los cuentos, de corte vagamente gótico, se inspiraba un poco en la figura de la pintora italiana; comencé por imaginármela encerrada en una casa del lugar. El tema era muy simple y al tratarlo intentaba explicarme algo que por lo general me deja atónito cuando la realidad me lo presenta: la pasión de ciertas mujeres por hombres repugnantes. La protagonista de ese pequeño relato, una artista italiana que pasa una temporada en Varsovia, conoce a un individuo de origen polaco (podía ser un australiano o un americano), un tipo muy primitivo moral e intelectualmente, con una sensibilidad nula, sin familia en Polonia pero decidido a residir en Przemysl, la ciudad de sus antepasados.
El narrador, que ha conocido a la protagonista en una etapa anterior, la encuentra por azar en un restaurante de la plaza del mercado viejo, acompañada por un hombre ya entrado en años cuya enorme cabeza calva no guardaba ninguna proporción con su cuerpo insignificante. Se sienta con ellos a la mesa. El tipejo no deja hablar a nadie. Cuenta anécdotas de vulgaridad escalofriante, dice una sarta de estupideces sobre todo tema posible y sin cesar se mofa de lo que considera pretensiones intelectuales de su amiga. Las pocas palabras que ella logra insertar en la conversación son recibidas con comentarios y risotadas groseras de aquel energúmeno cuya calva descomunal enrojece en esos momentos y se baña en un sudor espeso.
El narrador se levanta minutos después asqueado de la pareja. Más repugnante casi que los modales de él le resulta la sumisión de la mujer, la expresión devota con que escucha las ordinarieces que él emite. Le asombra la disimilitud moral y mental de aquel par y el perfecto equilibrio que al parecer logran establecer.
Años después, al visitar Przemysl recuerda que es la ciudad que su amiga mencionó como el futuro sitio de residencia. Comienza por ociosidad, primero con desgana y luego con la curiosidad más desbocada, a hacer averiguaciones sobre la pareja. Un crimen ha tenido lugar. Nunca lograría conocer las causas. El final, bastante macabro e inexplicable, quedaba en un mero juego de conjeturas.
Al regresar de Przemysl le telefoneé a Juan Manuel y nos pusimos de acuerdo para encontrarnos en Varsovia. Llegó cabizbajo y malhumorado. Había vivido en esas semanas una historia de amor con una estudiante de cine a quien un director famoso le había encomendado un papel importante en su nueva película, convirtiéndola de golpe en estrella. Pasaba su tiempo en cafés y restaurantes en disquisiciones muy literarias sobre la diferencia entre las reacciones de la mente y las del cuerpo en los momentos en que el amor termina. Todo lo que se acepta racionalmente, decía con la conciencia de que no estaba descubriendo ningún Mediterráneo pero con absoluta convicción, encuentra la refutación de los sentidos. Algunas veces nos extrañó que Issa no se nos acercara para agobiarnos con sus impresiones de viaje. De ninguna manera se nos ocurrió buscarla.
No fue sino hasta un viaje posterior de Juan Manuel cuando nos encontramos a Roberto con una de sus alegres taberneras. Estaba un poco borracho. Al principio no entendimos gran cosa de lo que hablaba; después de hacerle repetir varias veces la historia fuimos atando cabos. Issa había vuelto. Estaba en el hospital. Los médicos le habían contado un relato muy raro. Parecía que una madrugada había sido hallada en una de esas ciudades asiáticas que había visitado, envuelta en una sábana y con el cuerpo totalmente destrozado, como si una jauría de animales la hubiera atacado y mordido; la verdad es que estaba hecha una criba. La habían tenido que internar en una clínica para curarle contusiones y heridas, luego la habían embarcado en un avión y al llegar a Varsovia hubo que volver a meterla en el hospital. Nadie entendía de qué hablaba. Introducía frases muy raras en la conversación en quién sabe qué lengua. Había ido a verla dos veces, pero Issa no permitía que ni él ni nadie se acercara a su lecho. La tenían casi todo el tiempo dormida a base de sedantes. Habían llegado de Italia su madre y su sobrino para cuidarla y llevársela tan pronto como se repusiera un poco. Lo que más le fastidiaba era que la pintora le debía cerca de cuatrocientos dólares por un abrigo de cuero que le compró en Bulgaria y la familia ni siquiera le permitía hablar del asunto. Eso le serviría de lección, repetía, para no ser tan pendejo la próxima vez y conformarse con el ganado local.
Eso fue todo. Nos dio cierta aprensión buscarla. ¿Qué caso tenía visitarla si no podía ni deseaba ver a nadie? Nunca supimos qué le ocurrió ni dónde había estado. Me pregunto si habrá visitado Bujara. Si habría ocurrido allí el percance que tanto la afectó. Se la llevaron a Italia algún tiempo después y nunca volvimos a saber de ella.
Un magnavoz comenzó a anunciar el próximo vuelo. Las bestias arias, y nosotros con ellas, comenzamos a desperezarnos, a buscar las contraseñas del vuelo, a caminar desganadamente hasta el cercado que separaba el jardín del campo de aterrizaje.


Moscú, noviembre de 1980

lunes, 5 de octubre de 2009

Fedor Dostoievski. Autor de Memorias del Subsuelo

Novelista ruso que logró escudriñar como nadie los laberintos de la mente humana. Nació en 1821 y murió en 1881. Es autor de obras incomprables entre las que destacan Crimen y Castigo, Los Hermanos Karamasov, El Jugador, El Idiota y Memorias de la Casa Muerta.

Memorias del Subsuelo. Por Fedor Dostoievski

I


Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.
Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía.
Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud.
Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.
He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!
Pero ¿no les parece, señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.
No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existencia.
Sí, tengo cuarenta años... Cuarenta años son toda una vida; son... una verdadera vejez. Vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a ustedes: los imbéciles y los bribones. Sí, ésos son los que viven más de cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, hasta los ochenta años!... ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el aliento!
Ustedes se imaginan seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto, como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes están irritados; lo veo), me pregunta qué soy en fin de cuentas, les responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?
Sin embargo ¿de qué puede hablar un hombre honrado con más placer?
Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!



II


Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello.
Una conciencia demasiado clarividente es (se lo aseguro a ustedes) una enfermedad, una verdadera enfermedad. Una conciencia ordinaria nos bastaría y sobraría para nuestra vida común; sí, una conciencia ordinaria, es decir, una porción igual a la mitad, a la cuarta parte de la conciencia que posee el hombre cultivado de nuestro siglo XIX y que, para desgracia suya, reside en Petersburgo, la más abstracta, la más «premeditada» de las ciudades existentes en la Tierra (pues hay ciudades «premeditadas» y ciudades que no lo son). Se tendría, por ejemplo, más que de sobra con esa cantidad de conciencia que poseen los hombres llamados sinceros, espontáneos y también hombres de acción.
Ustedes se imaginan (apostaría cualquier cosa) que escribo todo esto por darme importancia, por burlarme de los hombres de acción, por darme tono a la manera del fatuo que arrastraba el sable y del que les he hablado hace un momento, pero eso sería de muy mal gusto. Pues ¿quién puede pensar, señores, en vanagloriarse de sus enfermedades y utilizarlas como pretexto para darse tono?
Pero ¿qué digo? Todo el mundo obra así. Precisamente de sus enfermedades extraen la gloria. Y eso hago yo, probablemente aún más que nadie... En fin, no hablemos más del asunto: mi objeción es estúpida.
Sin embargo (estoy firmemente convencido de ello), la conciencia, toda conciencia es una enfermedad. Lo mantengo. Pero dejemos esto por ahora. Respóndanme a esto: ¿cómo es que siempre, en el preciso instante -como hecho adrede- que me sentía más capaz de apreciar todos los matices de lo bello, de lo sublime, como se decía en nuestra patria hace poco, se me ocurría no sólo pensar, sino hacer cosas tan inconvenientes? Eran actos que todos realizan con oportunidad, pero que yo cometía precisamente cuando me daba perfecta cuenta de que había que abstenerse de ejecutarlos. Cuanto más clara conciencia tenía del bien y de todas las cosas «bellas y sublimes», tanto más me hundía en mi cieno y tanto más capaz me sentía de sepultarme en él definitivamente. Pero lo más notable es que este desacuerdo no parecía un hecho fortuito, dependiente de las circunstancias, sino algo que ocurría del modo más natural. Se diría que éste era mi estado normal, y en modo alguno una enfermedad o un vicio; tanto, que finalmente perdí todo deseo de luchar. En resumen, que casi admito (y tal vez sin «casi») que aquél era el estado normal de mi espíritu. Pero, al principio, ¡cuánto sufrí en esta lucha! No creía que los demás pudiesen estar en el mismo caso, y a lo largo de toda mi vida he mantenido en secreto este rasgo de mi carácter. Me avergonzaba de él (es posible que me avergüence todavía). Tan lejos iba en esto, que experimentaba una especie de placer secreto, vil, anormal, al volver a mi casa, a mi agujero, en una de las turbias e ingratas noches petersburguesas, y decirme que otra vez había cometido una villanía aquel día y que sería imposible repararla. Entonces me roía interiormente. Me roía, me desgarraba a dentelladas, bebía largamente mi amargura, me saciaba de ella de tal modo, que al fin experimentaba una especie de debilidad vergonzosa, maldita, en la que saboreaba una verdadera voluptuosidad. ¡Sí, lo repito: una verdadera voluptuosidad! He sacado a relucir esta cuestión porque deseo saber si otros conocen semejantes voluptuosidades.
Me explicaré. La voluptuosidad procedía, en este caso, de que me daba clara cuenta de mi humillación, la cual procedía del convencimiento de haber llegado al límite. «Tu situación es abominable -me decía a mí mismo-, pero no puede ser otra; no tienes ninguna salida; no podrás cambiar nunca, porque, aunque tuvieras el tiempo y la fe necesarios para ello, no querrías convertirte en otro hombre. Por otra parte, aunque quisieras cambiar, no podrías. ¿En qué otra cosa te transformarías? ¡Quizá no hay ninguna!»
Pero lo esencial- y esto pone fin a la cuestión- es que todo se realiza de acuerdo con las leyes fundamentales y normales de la conciencia refinada, y mana de ella directamente, tanto, que es por completo imposible no sólo cambiar, sino, generalmente, reaccionar de algún modo. La conciencia refinada nos dice, por ejemplo: «Tienes razón, eres un canalla». Pero el hecho de que yo pueda comprobar mi propia condición canallesca no me consuela lo más mínimo de ser un canalla. ¡En fin, basta ya! ¡Cuántas palabras, Dios mío! Pero ¿qué he explicado? ¿De dónde proviene esa voluptuosidad? Sin embargo, me interesa explicarlo todo. Iré hasta el fin. Para eso he tomado la pluma...
Empezaré por decir que tengo un amor propio tremendo, que soy tan desconfiado y susceptible como un jorobado, como un enano. Pero, verdaderamente, ha habido momentos en mi existencia en los que, si me hubiesen dado una bofetada, me habría sentido quizá muy dichoso. Hablo en serio; habría podido encontrar en ello cierto placer..., el placer de la desesperación, desde luego. Pues la desesperación oculta la voluptuosidad más ardiente, sobre todo cuando la situación aparece sin salida. Sin embargo, en el caso de la bofetada, ¡qué sensación de aplastamiento se experimenta!
Pero lo principal es que siempre resulta que soy yo el culpable, sea cual fuere el lado desde el que examinen las cosas, y es más: culpable sin serlo, por lo menos, de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Soy culpable, ante todo, porque soy más inteligente que cuantos me rodean (siempre me he considerado más inteligente que las personas que me rodeaban, e incluso -¡fíjense ustedes!- mi sensación de superioridad me confunde hasta el punto de que miro a la gente de reojo, por no poder mirarla cara a cara). Soy culpable, además, porque, aún cuando me hubiese sentido generoso, el convencimiento de que esto era inútil sólo habría servido para atormentarme más. Desde luego, no habría adelantado nada. No habría podido perdonar, porque el agresor me habría golpeado seguramente, de acuerdo con las leyes de la naturaleza, las cuales no se preocupan por nuestro perdón. Además, me habría sido imposible olvidar, porque el insulto, por natural que sea, siempre es un insulto. En fin, si renunciaba a ser generoso y pretendía, por el contrario, vengarme del agresor, no podía cumplir este propósito, porque me era imposible decidirme a obrar, aún teniendo la facultad de hacerlo.
Pero ¿por qué? Sobre esto quisiera decirles a ustedes unas palabras.



III



¿Cómo ocurren las cosas en los que son capaces de defenderse y algunos incluso de vengarse?
Cuando el deseo de venganza se apodera de ellos, no hay espacio en su espíritu más que para ese deseo. Se lanzan hacia delante en línea recta, baja la cabeza, como toros furiosos, y sólo se detienen cuando llegan ante un muro. Por cierto, que, ante un muro, estos señores, estos seres sencillos y espontáneos, los hombres de acción, se desmoronan y ceden con toda sinceridad. Para ellos, este muro no significa en modo alguno lo mismo que para nosotros, que pensamos y, por consiguiente, no obramos; es decir, no es excusa. No, para ellos no es en modo alguno un pretexto que les permite desandar lo andado, pretexto en el que nosotros no solemos creer pero del que nos aprovechamos gustosos. No, ellos ceden de buen grado. El muro es a sus ojos un tranquilizante; les ofrece una solución moral definitiva, e incluso me atrevería a llamarla mística. Pero ya volveremos a hablar de este muro.
Pues bien, precisamente es este hombre sencillo y espontáneo el que considero normal por excelencia, el hombre en que soñaba nuestra tierna madre naturaleza cuando nos puso amablemente sobre la tierra. Envidio a ese hombre. No niego que es tonto. Pero ¿qué saben ustedes de esto? Es posible que el hombre normal haya de ser tonto. Incluso es posible que sea hermoso. Y esta suposición me parece más justificada si observamos la antítesis del hombre normal, es decir, al hombre de conciencia refinada, al hombre salido no del seno de la naturaleza, sino de un alambique (esto es casi misticismo, señores, pero me siento inclinado hacia esta sospecha). Entonces vemos que este hombre alambicado se esfuma a veces ante su antítesis, hasta tal punto y cede tanto, que, a pesar de todo el refinamiento de su conciencia, llega a considerarse no más que como un ratoncito. Es quizás un ratoncito de extremada clarividencia, pero no por eso deja de ser un ratón y no un hombre, mientras que el otro es en verdad un hombre. En fin, lo peor es que él mismo se considera un ratón, ¡él mismo! Nadie pide que lo confiese. Es un detalle muy importante.
Veamos, pues, a este ratoncito en acción. También él se siente ofendido (esta sensación es casi continua) y pretende vengarse. Es posible que se acumule en él más rabia aún que en l'homme de la nature et de la vérité. El deseo cobarde y mezquino de devolver mal por mal a quien le insulta lo corroe, tal vez incluso más violentamente que a l'homme de la nature et de la vérité, porque éste, en su estupidez natural, considera su venganza como una acción perfectamente justa y, en cambio, el ratoncito no puede admitir la justicia de tal acto a causa de su superior clarividencia. Pero llegamos al fin al acto mismo, a la venganza. Además de la villanía inicial, el desgraciado ratón ha amasado en torno de él, en forma de dudas y vacilaciones, tantas nuevas villanías, ha añadido a la primera pregunta tantas otras sin respuesta posible, que, haga lo que haga, crea alrededor de su persona un fatídico lodazal, un pantano pestilente y cenagoso, formado por sus vacilaciones, sus sospechas, su inquietud y todos los salivazos que le arrojan los hombres de acción que le rodean, le juzgan, le aconsejan y se ríen de él a mandíbula batiente.
Entonces, naturalmente, lo único que puede hacer es abandonarlo todo, aparentando desprecio, y desaparecer vergonzosamente en su agujero. Y allí, en un sucio y pestilente subterráneo, el insultado, apaleado y escarnecido ratón se zambulle lentamente en su rabia fría, envenenada y, sobre todo, inextinguible.
Durante cuarenta años recordará la afrenta recibida, con sus detalles más humillantes, a los que irá añadiendo otros más vergonzosos aún, excitándose perversamente, atizando el fuego de su imaginación. Se sentirá avergonzado, pero evocará todos los detalles, pasará revista a todas las circunstancias, inventará otras con el pretexto de que habría podido producirse, y no perdonará nada.
Incluso es posible que trate de vengarse, pero a hurtadillas, en pequeñas dosis, de incógnito, sin ninguna confianza ni en su derecho ni en el éxito de su propósito y dándose clara cuenta de que sus tentativas de venganza le harán sufrir a él mucho más que a aquel contra el que van dirigidas y que probablemente ni siquiera se enterará. En su lecho de muerte lo recordará todo de nuevo, añadiendo los intereses devengados, y entonces... Pero precisamente esta mezcla abominable y helada da esperanza y desesperación, precisamente este enterramiento voluntario, esta existencia de emparedado viviente, esta ausencia (claramente percibida, pero siempre dudosa) de toda solución, este cúmulo de deseos insatisfechos que no han hallado salida, de decisiones febriles tomadas para siempre pero seguidas inmediatamente por los remordimientos; todo esto es lo que detalla precisamente esta voluptuosidad extraña a la que me he referido antes. Esto es algo tan sutil generalmente, tan difícil de captar, que la gente mediocre -e incluso, simplemente, aquellos que poseen unos nervios bien templados- no comprende ni jota. «Tampoco comprenderán nada de eso -me dirán ustedes tal vez, burlonamente-, los que nunca hayan sido abofeteados.» Así, ustedes me darán a entender cortésmente que he recibido una bofetada y que hablo con conocimiento de causa. Apuesto lo que quieran a que lo han pensado. Pero tranquilícense, señores, no he sido abofeteado, y, por lo demás, lo que puedan ustedes pensar respecto a este asunto me tiene completamente sin cuidado. Tal vez soy yo quien lamenta haber repartido pocas bofetadas durante mi vida. Pero ¡basta! ¡Ni una palabra más sobre este tema, por mucho que les interese!
Continúo, pues, hablando con toda calma de las personas de nervios bien templados que no saborean ciertas sutiles voluptuosidades. Aunque estos señores mujan como toros en algunos casos y se enorgullezcan de ello, se desmoronan, como ya he dicho, ante lo imposible: ante la muralla de piedra. Pero ¿qué muralla es ésa? Evidentemente, son las leyes naturales, los resultados de las ciencias exactas, de las matemáticas. Si les demuestran a ustedes, por ejemplo, que descienden del mono, será inútil que tuerzan el gesto: tendrán que aceptarlo. Si les prueban que una sola gota de su propia grasa debe ser más estimable para ustedes que cien mil del prójimo y que a eso van a parar todas las virtudes, todas las obligaciones y otras fantasías y prejuicios, no tendrán más remedio que admitirlo, porque dos y dos son cuatro. Esto pertenece al dominio de las matemáticas, y no hay discusión posible.
«¡Perdone! -gritará alguien-. Usted no puede protestar: dos y dos son cuatro. A la naturaleza no le preocupan las pretensiones de usted; no le preocupan sus deseos; no le importa que sus leyes no le convengan a usted. Está usted obligado a aceptarla tal como es y a aceptar todo lo que procede de ella. El muro es un muro...», etcétera. Pero ¿qué importan, Dios mío, las leyes de la naturaleza y la aritmética si, por una razón u otra, esas leyes y ese «dos y dos son cuatro» no me complacen? Evidentemente, no podré romper ese muro con la cabeza, ya que mis fuerzas no bastan para ello; pero me niego a humillarme ante ese obstáculo por la única razón de que sea un muro de piedra y yo no tenga fuerzas para calvario.
¡Como si ese muro pudiera procurarme alguna paz! ¡Como si uno pudiera reconciliarse con lo imposible por la sola razón de que se funda sobre el «dos y dos son cuatro»! ¡Es el mayor absurdo que puede concebirse!
¡Cuánto más penoso es comprenderlo todo, tener conciencia de todas las imposibilidades, de todos los muros de piedra, y no humillamos ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de esas murallas si ello nos repugna! ¡Cuánto más penoso es llegar, siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posición más desesperante respecto a ese tema eterno de nuestra parte de responsabilidad en la muralla de piedra (aunque está claro hasta la evidencia que no tenemos nada que ver con eso), y, en consecuencia, sumergimos, en silencio pero rechinando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, no tenemos enfrente a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa, un engaño, un galimatías! No sabemos «qué» ni «quién», pero, a pesar de todos esos engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos comprendemos.