martes, 3 de agosto de 2010

Tres cuentos de Carlos Ávila


DEJAR LA PELUCA
http://prodavinci.com/2010/05/30/dejar-la-peluca/

Arrancamos un martes a las dos de la tarde. No había tráfico. Marcel me pidió que pusiera La violó, la mató, la picó y sacó de la guantera un pequeño libro. Sin dejar de manejar, y mirando de cuando en cuando el camino, registró cada una de las hojas. Se detuvo en una y le dio con la mano al papel varias veces en un gesto que demandaba leer un poema. Su idea del documental era hacer un semblante de Cayayo que lo reivindicara al punto de convertirlo en nuestro Jim Morrison. Quería concentrarse específicamente en el período de Dermis Tatú. Decía que como en Argentina lo hizo Luca Prodan y en Colombia Andrés Caicedo, también Cayayo debía abrir los ojos y ponerse de pie. Así que leí: “Despistado no tiene camino no tiene contacto / atrae al olvido al desorden / sucede en paralelo / Cada abstracción es esforzada / cada despiste / cada despistado es desconectado es a su manera genio / Despistado es asfixiado / es disgustado / está harto de este lugar ocioso.” Le devolví el libro a Marcel. Se lo puso sobre las piernas. El lugar ocioso es Caracas, dijo, y Despistado es él. Luego dijo que eso lo había escrito Mercedes Yépez y se desvió para detenerse a la altura de una gasolinera que está antes de tomar definitivamente la autopista. Allí cargamos el tanque y compramos cervezas y ron. Cuando volvimos nos dimos cuenta de que no teníamos cigarrillos y Marcel se devolvió a buscarlos.

Esperé dentro del carro con los vidrios arriba. El sol picaba y comenzaba a sentir al aire caliente. Había puesto las bolsas de la compra en la parte de atrás y había notado que sobre el asiento, al lado de la cámara y los equipos, se hallaba un libro azul de tapa dura. Según lo que me había dicho Marcel, aquello era el trabajo de Camero. Lo que había entendido era que durante sus estudios de sociología Camero había orientado varios de sus proyectos a las manifestaciones rockeras actuales. Marcel había conseguido un tomo y ahora yo lo tenía en mis manos. Abrí al azar el libro y distinguí un fragmento encerrado en un rectángulo con resaltador. La cultura oficial sale a tu encuentro, pero al underground tienes que ir tú. Frank Zappa. Lo que venía después era esto: “En Kurt Cobain encarna el rock alternativo y el movimiento rockero que durante los noventa se impuso ante la cultura oficial. En las circunstancias de su muerte y en su actitud ante la fama y el mercado está resumido el espíritu de la época y el sentimiento de la llamada Generación X. Su figura funciona como el líder ideal del cambio más dramático en la escena mundial del rock. Él representa la ruptura con el glam y con el dance que ya bailaban sobre sus restos en los últimos años de la década de los ochenta. Todo eso se ha repetido hasta el cansancio y ha de estar claro. Sin embargo, lo que aquí nos ocupa es el hecho de que Kurt Cobain nació apenas un año antes que Cayayo. Un dato que de entrada resulta insignificante, pero que situando sensatamente a cada uno en su contexto, y tomando en cuenta todo lo que significa el paso de un siglo a otro (que no sólo le es común a los dos, sino en el que también se comprende “el desánimo fértil de nacer entre dos épocas”), nos encontramos ante dos figuras que expresaron claramente en sus canciones lo que respiraron y sintieron. El primero, desde la cresta de la ola y con un final trágico. Y el otro, con un final no menos fatal, pero desde el desencanto y la desilusión; aunque habrá quien cambie estas dos últimas sentencias por la palabra fracaso.” Marcel volvió con los cigarros y los tiró sobre el tablero. Nos persignamos jodiendo y retomamos la carretera.

Con Marcel la amistad ha sido buena. Nos conocimos en la universidad cuando teníamos poco más de veinte años. En aquel entonces llevábamos impregnada la emoción y la inquietud que ahora estamos empeñados en demorar. Nos gustan las mujeres y hemos sido relativamente exitosos al respecto. Habrá que decir que éxito se traduce en cantidad y que con el tiempo dicho triunfo ha ido mermando. Por suerte, ninguna mujer nos ha atraído al mismo tiempo. Nos divierte atravesar la cota mil en su carro, aunque cada vez lo hacemos con menos alegría. También nos une el ridículo rechazo a los compromisos. Como es lógico, tenemos nuestras relaciones afectivas favoritas: se trata en su mayoría de las mujeres que no responden con afán a lo que queremos. Atendemos a la indiferencia con más solicitud que al afecto. Lo mismo de siempre. Como podrán darse cuenta, somos el estandarte de la inmadurez y la irresponsabilidad. Marcel y yo sabemos a cabalidad cuáles son los puntos débiles del otro y estamos al tanto del status de todas nuestras historias. Todo eso junto hace que nos conozcamos lo suficiente como para hacernos daño. Sin mucho esfuerzo, adivinamos el momento preciso para jodernos: si uno de los dos asume cierta dinámica maliciosa con respecto al otro, será porque éste último se ha expuesto a un estado de vulnerabilidad que el primero no va a dejar de aprovechar. Me parece que así es y así va a ser siempre en la amistad. Tengo que resaltar que cuando coincidimos en la alegría la relación se torna inolvidable, pero cuando uno de los dos subraya el veneno y la inquina, llegamos a dudar del cariño y nos odiamos brevemente.

Para el momento del viaje, era yo el que estaba más incisivo y durante buena parte del camino me dio por sacarle la piedra a mi amigo. Un diálogo atravesando aquella carretera podría comenzar con una pregunta suya. ¿Tú sabes quién es Fernando Samalea? Sí. ¿Quién es? Si no es un roquerito sifrino de esos que tú admiras, es un argentino. Es un argentino, pero la pregunta es si sabes quién es. No sé. Fernando Samalea es un músico argentino, es mi amigo y me contó que conoció a Cayayo cuando vino a Venezuela a tocar con Charly. ¡Bravo!, ahora cita los años y di que Cayayo es el punto-de-inflexión del rock en Venezuela. Marcel generaba conversación y yo lo atacaba. Pienso que su ceguera con el documental comenzaba a hartarme. Sé que nos quedamos un momento sonriendo en silencio. La música sonaba con gracia y lejanía. Los árboles marcaban una imagen de monótono compás y yo escuchaba relajada y lejana la voz de Marcel sobre la carretera. Samalea me contó que estaba trabajando en el estudio cuando se enteró de que Cayayo se había muerto. La noticia la trajo alguien que venía de la calle. Me dijo que esa noche la sesión estuvo cargada de una vibra extraña. Era como si Cayayo estuviese ahí trabajando con ellos desde un lugar al que no terminaba de acostumbrarse. También me contó que recibió una carta tres días después de la terrible noticia. La firmaba Cayayo. Samalea la leyó como quien lee las noticias del más allá. Me dijo que era una carta bellísima y que todavía la conserva. Se le pusieron los ojos aguados cuando me lo contó. Dijo que las palabras de esa carta tienen una energía y una luz que no son de este mundo.

Estaríamos a mitad de camino cuando me quedé dormido. Soñé con una canción de Seguridad Nacional que se llama “Quién puede saber,” pero que en el sueño se llamaba “Serpiente.” Fue un sueño sin imágenes. Estaba en una habitación a oscuras y sin clima. Cabe la posibilidad de que en el sueño sólo tuviera los ojos cerrados y por eso no veía nada. Soñaba la voz de Y. y todo era negro cuando Marcel me despertó con un manotazo y me pidió que le pasara una cerveza. Me levanté exaltado. No había música en el carro. Escuchábamos la estridencia de los otros carros en la autopista, las eses que hacen los cauchos en la carretera y que se alargan volviéndose ces y haches en unos segundos. Marcel abrió una lata, se echó un trago y, después de aplaudir con fuerza, me pidió atención. Había sacado el cd de Dermis Tatú y había puesto otro. Según lo que dijo, íbamos a escuchar la voz de Stella Ortiz. Mi amigo tenía una grabación que obtuvo en un foro que se realizó hace años en Caracas y en el que ella participó. Marcel me rogó que escuchara con atención y sin interrumpir. Escuchamos esto: “Hay un video del año 93 en el que Dermis Tatú es telonero de Seguridad Nacional en el Teatro Cadafe de El Marqués. Este es el primer concierto del grupo. Se trata, si no me equivoco, del recién promovido Festival de Nuevas Bandas. En este video se reconoce a un Cayayo muy joven, con el cabello tapándole el rostro hasta un poco más abajo de los cachetes. El peinado recuerda a la Ruddy Rodríguez de Niña Bonita. Los músicos de Seguridad Nacional aparecen en tarima lanzando flores al público. En el lugar se genera un caos, aunque armónico. Pero no son ni las flores ni la aparición de los músicos lo que produce esto, sino la repentina presencia de Cayayo. Recordemos que en algún momento de los años ochenta, Cayayo visitó un templo en La Azulita donde se inició, como otros músicos de la época, en la cultura Krishna. Allí se afianzó su amistad con Y. y allí conoció al Maestro Avadhuta Maharaj. Queremos presentar a nuestro hermano espiritual, dice Y. en el video refiriéndose a Cayayo. Luego lo llama por su nombre en la religión: Rama Charan Das. Hari Bol, grita Cangrejo desde la batería. Todos en la tarima están adornados con collares de flores. La ocurrencia convierte el momento en un instante inolvidable. Eso es todo. Según las fechas, podríamos decir que Cayayo, como muchos jóvenes venezolanos de la época, vivió una movida escena política y el estallido social más salvaje que se ha registrado en la historia contemporánea del país. Hablo específicamente de El Caracazo y de las dos intentonas de Golpe de Estado; todo inscrito en situaciones en las que sometía la represión policial, los disturbios estudiantiles y los toques de queda. Esto sin hacer mención a lo tradicional que nos resulta la eterna falta de empeño en cuanto a las políticas culturales, la mil veces mentada ausencia de espacios, y la poca seriedad con que nos hemos acostumbrado a tomar sobre todo a la cultura del rock. ¿Qué estoy queriendo decir? ¿Que Cayayo es un engendro de todo lo anterior? A mi juicio, no sólo Cayayo, sino todos los nacidos en su década, y exactamente los nacidos hasta 1989, fuimos legítimamente engendrados desde estos escenarios. Muchas gracias.” Lo que vino después fue una larga explicación por parte de Marcel, y la alusión a una teoría en la que basaba su documental y que tocaba de frente el tema político. En su discurso, Marcel nombraba instituciones Estatales y apuntaba cifras que superaban los cientos de miles de bolívares fuertes. Yo procuraba bostezar.

Lo único que tenía claro en relación al guión era que si en una historia un personaje salía de viaje, el motivo por el cual lo hacía debía ser diáfano, no importaba lo tonto que resultara. Lo de entrevistar a Y. en Churuguara no me convencía y por eso le pedí a Marcel que buscáramos otra excusa, algo más burdo e insignificante. Nos metimos en Internet y dimos con la entrada en Wikipedia que nos interesaba: “Churuguara es una ciudad del estado Falcón que está situada en la Cordillera de La Sierra de Agua Negra. Es una ciudad de imagen pintoresca, donde se conjugan el verdor de sus campos y la benignidad de su clima. Se dice que en Churuguara las cosas que se piden en voz alta se vuelven realidad.” Perfecto. Entrevistar a Y. en Churuguara, pero sobre todo comprobar si era verdad que estando una vez allí se cumplía lo que uno deseaba en voz alta, era el pretexto más tonto y quizá por eso el indicado. Nada más apropiado tratándose de dos ociosos solteros de más de treinta años que se quedaron detenidos en la escena que durante los noventa vivió el rock nacional. Listo.

Marcel se desvió y detuvo el carro bruscamente a un lado de la carretera. Apagó el motor pero no nos bajamos. A nuestra izquierda seguían velozmente cruzando los carros. En su rostro se leía cierta impaciencia. Mi amigo tenía las dos manos sobre el volante y miraba fijamente al frente. Poco a poco empezó a girar la cabeza. Pensé en Linda Blair. Volteé asustado la vista hacia un punto lejano en la carretera y me puse a ver la ilusión del vapor en el horizonte. Quise comentárselo o hacer un chiste pero no me dio tiempo porque Marcel me tocó la cara, me rascó la cabeza y comenzó a hablar con una sobriedad escandalosa. Cayayo estaba disgustado. Date cuenta. Esa desazón está en todas sus letras. Es una asfixia que se nota en su manera de tocar la guitarra y en la forma en la que transformó su voz. ¿Cuál es la canción más conocida de Dermis Tatú? Terrenal. ¿Cómo empieza esa canción? He decidido escapar de esta ladilla de ciudad. ¿Qué es ladilla? Aburrimiento, cansancio, desidia. Tener ladilla es no tener ganas y esta ladilla de ciudad es esta ladilla de Caracas. No hay duda. Además, en esa misma canción él dice espero el día en ansiedad y en ella la felicidad se me ha escapado. ¿Qué te parece? Me parece un análisis fácil de algo a lo que no se le puede sacar mucho. No. Sí. Con todo respeto, creo que lo que estás diciendo es una estupidez. Desde ese momento, Marcel comenzó a hablar como si se hubiese metido unos pases; y ―hasta donde yo sabía— no lo había hecho. La cara se le invertía y se le iban marcando poco a poco las venas del cuello. Se secaba de la frente el sudor con las manos. Abría y cerraba la boca y yo podía verle todos los dientes. Hablaba marcando las eses y cada vez con más velocidad. Concéntrate. Date cuenta. La apatía se repite. En todas las letras hay tedio y claustrofobia. En todas las letras hay amargura y disgusto. Hay inquietud y hay desazón. En “H” alguien flota en el limbo, aterrorizado. En “El Hoyo” alguien vive buscando algún suelo en que pueda cavar, las lombrices retuercen su estómago vacío, lo muerden por dentro llenándolo de ideas miserables. En “Sordera” la sensación de agonía es la misma que algún día morirá en nuestra piedad. Eso no sé qué significa pero suena horrible. En “Despistado” un tipo gira dando vueltas sin parar y señala que no hay lugar que ocupar. En “Error por cometer” el dolor se esconde bajo las sombras, se insiste en desistir de una vez, se insiste en el rostro cobarde del fracaso. Quise decirle a mi amigo que muchas de las letras de las que hablaba no fueron escritas por Cayayo, pero no me dejó. ¿Tú sabes cómo va a empezar mi documental? No. Sencillito. Todo va a estar en negro. De pronto en letras blancas se va a distinguir: “Moriré en paz deseando ver las cosas cambiar de lugar.” Qué lindo. Sí, ¿y sabes cómo se va a llamar? ¿Cómo? Dejar la peluca.

Cuando entramos a Churuguara ya era de noche. Hacía calor, pero una repentina brisa fresca convertía el camino en un lugar placentero. El guardia nos cobró el peaje en la alcabala y los dos sonreímos e hicimos el mismo gesto con la cabeza. Avanzamos en paz. A los lados sólo se distinguían algunas pocas luces a lo lejos. Por los espejos la alcabala se fue haciendo diminuta. Rodamos en línea recta y durante el trayecto no reconocimos ninguna señal de vida. La vía se extendía hacia adelante y hacia atrás en una planicie sin fin. Marcel fue disminuyendo la velocidad hasta que de repente detuvo el carro. Mi amigo apagó el motor y la canción que estaba sonando se cortó de golpe. Oíamos a lo lejos el sonido de los grillitos. Marcel habló. ¿Quién va a ser el primero que va a pedir un deseo? Yo. Dale. Quiero que suene “Veneno”, la versión de Zapato 3. Marcel giró el switch y puso el tema que yo había deseado. La escuchamos entera sin hablar. Cuando el tema terminó, Marcel apagó otra vez el motor y habló. Ahora pidamos algo difícil a ver si se cumple. Que se nos joda el carro. No seas marico. Que llueva. Dale, que llueva.

Y tronó fuerte. Unos segundos después cayeron varias gotas sobre el parabrisas. Se fueron multiplicando precipitadamente y se desató una lluvia escandalosa. Nos miramos y sonreímos con nervio. Saqué de atrás la botella de ron y brindé por ese gesto celestial. Marcel se echó un trago larguísimo. Subimos con prisa los vidrios porque el agua comenzó a mojarnos. El parabrisas se empañó y la visión hacia adelante se volvió nula. Marcel encendió el motor con intenciones de hacernos a un lado, pero cuando intentó dar marcha al carro escuchamos una explosión en la parte de adelante. Nos descubrimos atravesados en el medio de la carretera, con una furiosa lluvia afuera y el carro totalmente inservible. Bebíamos y fumábamos sin decir nada. Quisimos escuchar música pero la electricidad en el carro también había desaparecido. Di algo. ¿Estás cagado? Sí. Te voy a contar la única vez que vi a Cayayo fuera del escenario. Cuéntame lo que sea. Bueno. Por alguna razón yo estaba en el aeropuerto de Maiquetía con mi mamá. Estábamos en una cafetería sentados a una mesa cuando vi aparecer a una decena de hombres peludos y tatuados. Entre ellos estaba Cayayo. Entraron a la cafetería y se sentaron, pero extrañamente no pidieron nada. Se quedaron allí, conversando. En el grupo había una sola mujer que permanecía callada y muy cercana a Cayayo. Era como su versión femenina. En algún momento los dos se separaron del resto y salieron de la cafetería. Se detuvieron a unos metros de donde estábamos. Los vi conversar y los vi despedirse. Los recuerdo idénticos, de la misma altura y con el mismo porte. Uno macho y la otra hembra. Eran la misma persona. Se despidieron con un largo e inmortal beso en la boca. Qué linda historia. ¿Te estás burlando? No, me resulta tierno. No te creo. Si te estás burlando que te lleve el diablo. Que nos lleve a los dos.

Entonces adivinamos de pronto una gandola que venía a toda velocidad y en línea recta hacia nosotros. Las luces delanteras parpadeaban anunciando algo fatal. El conductor activó la corneta y sonó en el cielo el grito de un elefante. Reaccionamos mecánicamente. Algún instinto nos asaltó al mismo tiempo pero no respondimos a él sino que permanecimos inmóviles. Recuerdo haberme tapado la cara con las manos. El estruendo fue como si en medio de la lluvia hubiese caído desde el cielo algo gigantesco hecho de piedra y vidrio. Sonó duro. Sentí la luz y distinguí una fosforescencia que lo iluminó todo por unos segundos. El estallido pasó a ser un agudo grito sobre el asfalto y luego una sucesión de pequeños bombazos que fueron apaciguándose. Creo que el eco de los cristales alargándose sobre la carretera fue lo último que escuché. Cuando acabaron los últimos ruidos, me incorporé lentamente y vi a Marcel del otro lado de la carretera. Entre los dos había una mancha en el piso que parecía un hueco hacia el abismo. Aunque, ahora que lo pienso, pudo haber sido aceite o gasolina, o agua.

Estuvimos por muchísimo rato sentados en el borde del camino. Allí me di cuenta por primera vez de que Marcel se estaba quedando calvo. La lluvia fue desapareciendo poco a poco. Me puse a lanzar pequeñas piedras al centro de la vía: intentaba acertar los restos de un bombillo. El piso estaba mojado y nosotros en un pesado silencio. A unos metros se distinguía lo que quedó de la gandola. Se veía volteada y con los cauchos hacia arriba. La parte del piloto estaba destrozada y desprendida de la parte de carga. También se distinguía regados en la carretera un asiento y un par de cauchos. Se revelaba la cámara hecha pedazos, papeles, discos, ropa. No había una gota de sangre en el camino. Yo insistía en meter una piedra en un vidrio roto mientras Marcel fumaba y hablaba sin detenerse. Yo tengo los demos que Dermis Tatú grabó junto a Cangrejo. Hoy puedo decir que ese material ya no es un documento sino un testimonio. Ese es el punto más alto que ha alcanzado lo que nos hemos empeñado y es-forzado en llamar rock nacional. ¿No te parece? Acerté una piedra. Me levanté en un brinco de celebración. Salté y grité. Me puse a imitar el sonido que hacen los aplausos en un estadio repleto de gente. Grité y corrí en círculos. Supongo que Marcel se sintió aturdido por mis alaridos y por eso comenzó a hablar más fuerte. También se puso más serio. Poco a poco fue adoptando aquel semblante que descubrí cuando lo imaginé esnifando coca. Cada palabra lo mostraba más seguro de todo lo que decía. Hablaba solo, pero lo hacía como si estuviese ante un teatro lleno de gente. ¿No les parece que hay un cambio notable en algún momento? Su manera de tocar la guitarra pasa de un estilo blando a un modo más bestial. Se deslastra de repente de ese semblante tímido. No debemos olvidar que Cayayo fue siempre una figura turbia. Cuando pensamos en sus primeros años lo recordamos con el cabello sobre la cara. Cuando lo vemos en las entrevistas lo ubicamos fuera de las luces. Me atrevería a decir que ya en Sin sombra no hay luz las frases en la guitarra buscaban cierta dulzura. Y ya en Infecto de afecto hay un Cayayo aproximándose a las voces y a una manera propia de tocar la guitarra. Todo eso se consuma después en un sonido propio y claro en las grabaciones de Dermis Tatú. Desde ahí ya hay en Cayayo una manera distinta de afincarse en el instrumento: haciéndole daño y al mismo tiempo registrando un sonido transparente y dulce. Algo de metal y de furia, pero también un eco claro, por momentos perfecto, sin abusar de los efectos, más bien limpiamente y sin abandonar la fuerza. Esta manera de cantar y de tocar consigue su punto más alto en La violó, la mató, la picó. Eso es lo que he querido decirles, amigos. En ese momento me animé a participar en lo que Marcel decía y le hice una pregunta. ¿No hay ninguno? ¿Ni Y.? Ni Y. Me gustaría que Y. estuviera aquí para ver si eres capaz de decírselo.

Sonó en un silbido el viento, y en lugar de la conocida bola de pelos, divisamos a lo lejos el paso de una figura. Los dos nos miramos dudosos. Nos pusimos de pie y esperamos que se acercara. Se trataba de un hombre. Llevaba sombrero y lentes oscuros y una guitarra a la espalda. Estaba fumando. Tenía unos vulgares zapatos de goma. La escena parecía un comercial de Marlboro o alguien jodiendo a que era Bob Dylan. A medida que se iba acercando se iban distinguiendo sus rasgos. Lo primero que noté fue que estaba sonriendo. Después observé la figura de un caballo en la hebilla de su correa y finalmente me fijé en sus cejas que sobresalían despeinadas por encima de los lentes. Se detuvo enfrente de nosotros. Se quitó el sombrero e hizo una reverencia. Era totalmente calvo. Nos miró con detenimiento por encima de los espejuelos. Luego escupió el cigarrillo y habló como si estuviese a punto de quedarse dormido. El timbre era ronco y nos obligaba aclararnos la garganta. Sentimos el rasguño que eran sus palabras. Mi nombre es Y. Mucho gusto. Tosió. El instrumento tenía la imagen de un Ohm en el borde que brillaba cuando le daba la luz. Entonces dijo que iba a cantar una canción y nosotros escuchamos sin movernos.

¿Entrevistarme? ¿Qué les puedo decir? Dermis Tatú tocó en Caracas, en Buenos Aires, en Londres, en Miami, en Nueva York, en San Francisco, en San Martín de Los Andes, en Coro, en Puerto Ordaz, en Caricuao, en el Teatro Nacional y en el Alba Tropical de Sabana Grande. Ya. Eso es todo lo que hay que saber. Si quieren saber otra cosa, escuchen con atención el concierto de Komotion. Ahí, al final del concierto, el camarógrafo deja de enfocar el escenario y enfoca el público. ¿Y qué se ve? Nada. Las mesas están todas desocupadas. El local está vacío. En la barra está el que la atiende y un hombre aplaudiendo en una de las sillas. ¿Qué más quieren que les diga? La banda más importante del rock venezolano llega hasta su ilusión en Los Ángeles y la disolución inminente. Cayayo se muere en 1999 y divide a la música, marca el fin de una república y el principio de otra. Se acabó. Si quieren que les diga algo bonito les diré que después de Cayayo no ha sucedido nada trascendental en la música venezolana. Dermis Tatú es la última manifestación sorprendente del rock en Venezuela. Anótalo. Y eso fue lo que hicimos.

Los tres estábamos sentados en el piso y formábamos los vértices de un triángulo. Alguien habló de los graffitis en las paredes de Caracas y de cómo los trataban en Sabana Grande. Hablamos de Gustavo Atilano y de Cero a la izquierda. Y. tocó un blues dedicado a Churuguara. A lo lejos comenzó a anunciarse la salida del sol. Cuando se hizo de día los tres nos pusimos de pie y nos despedimos. Y. nos regaló una de las tantas fotos que Iván Gabaldón le hizo a Cayayo. Después hizo una nueva reverencia con su sombrero y nos dijo que no nos preocupáramos, que estábamos en Churuguara, donde lo que se pedía se volvía realidad. Posiblemente se han olvidado de eso, muñecos. Nos abrazamos los tres al mismo tiempo y lo vimos alejarse con la guitarra en la espalda. Se fue silbando el tema de Seguridad Nacional con el que yo había soñado en el camino. En la distancia se hizo pequeño y desapareció. Nosotros nos dimos vuelta y emprendimos el regreso a casa. Lo hicimos volando, cruzando el aire y cantando a todo pulmón. Llorábamos y al mismo tiempo nos moríamos lentamente de la risa.


VAQUERO DICE:
http://www.relectura.org/cms/content/view/407/80/

Ese tipo era arrechísimo. Lo parieron debajo de un árbol. Eso es lo que cuentan, pues, tú a mí no me creas. La gente dice que él nació debajo de una mata porque, en Guanta, donde vivía su madre, se había formado una balacera. Dicen que a la señora no le dio chance de llegar a su casa, y que lo tuvo que parir ahí mismo. Eran pobrecitos. Yo no lo conocí, eso anótalo; y que quede claro. No lo conocí pero todos los discípulos de mi Maestro también fueron discípulos de él, y ellos siempre contaban esas cosas, que Jesús pasó de Guanta a Caracas y de ahí a La Guaira… Yo no sé si esto es verdad, pero supuestamente él y que fue santero en Macuto; aunque pudo haber sido en otro sitio. Lo cierto es que era en el estado Vargas, en un lugar que debe haber desaparecido con la tragedia. Dicen que hizo teatro, que conoció a una mujer enrollada con lo hinduista, y que, así como te lo estoy contando, se fue a La India con ella. ¿Qué te parece? Un año después regresó la mujer, dicen, pero sola. Llegó diciendo que Jesús se había quedado en Hardwar con los Shivaístas. En unos días ya su madre lo estaba dando por muerto. Y para que te imagines como fue la cosa, hizo hasta un velorio; sin cuerpo, claro. Después un amigo de la familia estuvo en La India y se encontró al propio Jesús Bujanda. Lo encontró pegado a un Shilom, que es una pipita chiquita con forma de trompetica. Dice el amigo que supuestamente Jesús le contó que había estado haciendo austeridades a la orilla de un lago, que se había quedado semanas en Padmasana, que es lo mismo que decir flor de loto, y que llegó a un punto en la meditación en que se había olvidado de sí mismo. Le contó que, por la humedad, se le había comenzado a podrir la piel, que le dio leishmaniasis: lepra blanca en la batata. Dijo que lo único que quería era ver a Shiva, o a Nataraja, o a Shankar... a Dios, pues. Dijo también el amigo que Jesús siempre se negó a volver. Que él le rogó, siempre en vano, que regresara a Venezuela, pero nada. Y es en este momento, pon atención, donde comienzan las cosas a complicarse con esta historia; porque lo que viene a continuación lo cuentan siempre de dos maneras. Hay dos versiones. Por una parte, hay quien dice que él solamente hizo austeridades durante veintiocho días, sin comer, cantando Om Namah Shivaya. Todo para ver a Shiva. Que lo hizo en un lugar sagrado, lleno de moscas, y que lo único que se permitía comer eran precisamente insectos abriendo de cuando en cuando la boca. La gente que defiende esta versión dice que Shiva se le apareció y que le dijo que buscara a Srila Bhaktivedanta Swami Prabhupada, que es, para los Hare Krishna, como una suerte de Sumo Pontífice; con la diferencia de que el Papa lo tiene todo previamente establecido y a éste le tocó venir a iniciar una institución. Pero, repito, eso lo dicen algunas personas. Hay que creer bastante, coño, para decir eso. Yo sólo estoy repitiendo lo que he escuchado, tú a mí no me creas. La otra versión es la de la gente que no se complica la vida y dice que él despertó internamente a otra realidad, llamémoslo así, y que simplemente se vino a Venezuela a seguir buscando. Esas son las dos versiones. A mí me gusta más la segunda. Sin embargo, lo verdaderamente cierto es que antes de venir él llamó a su madre y le dijo que estaba vivo, que lo esperara. Y lo raro es que la señora fue a Maiquetía a esperar el vuelo y salió y salió gente del avión pero Jesús, para ella, nunca apareció. Entonces un hombre increíblemente flaco y de barba larga se le paró enfrente a la señora y le dijo que era su hijo. Y cuentan que esa señora se echó a llorar porque no lo reconoció ni un poquito. Después Jesús se fue a Los Ángeles y buscó, efectivamente, a Prabhupada. Cuando éste lo vio, dicen los discípulos que estuvieron ahí, se puso a reír de alegría, como si hubiese estado esperándolo desde hacía mucho tiempo. Le dio enseguida a Jesús el Sannyasa, que es la orden de los renunciantes. Lo nombra, por decirlo de alguna forma, un Cardenal. Le cambia el nombre, claro, y Jesús Bujanda, desde ese momento, pasó a llamarse Vira Prakash Svami. Lo normal es que antes de la Sannyasa se otorgue la primera iniciación y luego la segunda, donde te dan el Cordón Brahmínico, pero a él se le otorgó Sannyasa de una vez. ¿Por qué? Coño, no me hagas esa pregunta y escucha. Él comienza a iniciar aquí en Venezuela. Con el tiempo abre un templo en República Dominicana. Y Fíjate. Todos los años se hace un maratón mundial: los devotos deben salir a vender libros, a predicar, a distribuir las escrituras en todo el mundo. El premio para el que venda más libros consiste en un pasaje para estar un tiempo con Prabhupada, el que es como un Papa. Para sorpresa de todos, ese año gana un venezolano que era de ese templo y discípulo de Vira. Prabhupada, contento, manda una carta y un anillo como regalo al venezolano que ganó, que se llamaba, o se llama, Ernesto Sanabria. Ernesto responde con otra carta donde le dice a Prabhupada que no irá a Los Ángeles porque no abandonará nunca sus servicios, porque eso es lo que le ha enseñado su maestro, que es, como ya te dije, Vira, el hombre que nos interesa. Esta carta deja muy impresionado al Sumo Pontífice, claro. Lo deja muy conmovido porque precisamente de ese fervor, de esa vocación, digamos, es de la que se trata el oficio del devoto. Y para que veas como son las cosas, chico, estas cartas terminaron desencadenando lo que fue la única visita de Prabhupada a Venezuela. Eso fue, si no me equivoco, en 1975. A Prabhupada lo recibió Vira. Ilan le cantó. Se armó senda rumba, pues. Prabhupada dijo, entre muchas otras cosas, que Venezuela está cargada de lugares sagrados. Eso sí lo recuerdo yo clarito: lo vi en un video. Creo que es lo único de lo que puedo dar fe, de hecho. Sin embargo, hermano, como todo se termina, dos años después de esa visita Prabhupada abandonó el cuerpo. Se murió. Pero antes de eso había formado en Estados Unidos el GVC, un grupo compuesto por doce gurus: algunos gringos de la primera escuela, la de Los Ángeles, la de Isckon, y el resto jóvenes de todo el mundo; uno de ellos, el único venezolano, era Vira. Ese grupo fue como una sesión de ministros, si lo quieres ver así. Pero lo que te quiero decir es que antes de morirse, Prabhupada le pidió al GVC que fueran a La India donde estaba su hermano espiritual, Srila Bhaktiraksaka. Les pidió que fueran y que siguieran las palabras de su hermano, que desde el momento de su muerte él los iba a guiar. Y a pesar de que siguieron sus órdenes y fueron, ninguno alcanzó a realizar como-era-debido las instrucciones de Prabhupada y, lamentablemente, terminaron regresando a Los Ángeles. Sólo se quedaron algunos pocos, entre ellos Vira. Él sí se quedó y tomó iniciación. Y en este momento de la historia nuestro hombre vuelve a cambiar de nombre y comienza a llamarse Avadhuta Majarav, el mismo de la foto que estás viendo allá. Pero, escucha, que ahora viene lo bueno. Todo este rollo que se arma con la muerte de Prabhupada, esa medio división, ocasionó que en menos de un año todos los gurús se fueran cayendo: algunos se volvieron locos, literalmente, otros terminaron presos, acusados de pedofilia muchos, de consumo y tráfico con drogas otros. Un caos. Kirtanananda, por ejemplo, el primero en recibir la orden de Sannyasa de manos de Prabhupada, fue uno de los que perdió la cordura. Su Vyasasana, que es donde se sienta el gurú, la elevó tres metros. Se puso unos bluyines y colocó dos doberman a los lados. Hasta instaló una imagen de Jesucristo en el altar. Se voló, compadrito. Eso fue un desastre. La policía allanó templos, el FBI allanó templos. Consiguieron armas en todos lados; drogas, cadáveres. Se rayaron los Hare Krishna del planeta, como quien dice. Pero Avadhuta se mantuvo rebelde. Todos estaban en su contra. Isckon en su contra, que era como decir los gringos en su contra, que también era como decir todo el mundo en su contra. Avadhuta fue en ese momento como un Judas. Fundó una escuela, la segunda, porque, ya te dije, Isckon era la primera. Los gringos ―como siempre― no se cansaron de joderle la vida. Avadhuta vivió este momento de su vida como la noche de los 500 años. La prédica disminuyó, muchos devotos desertaron. Sin embargo, Avadhuta siguió en “la lucha”. Pero él no era de hierro. Lo parecía pero no lo era. Así que con el pasar de los meses la carga se le volvió insoportable y Avadhuta cayó en lo que a mí me gusta llamar un “estado de separación”; como una cuerda que se desprende de un barco y quien la sostiene naufraga. Él fue ese náufrago. Eso, en el argot hinduista, se denomina Vipralambha. ¿Tú viste una película que se llama Contacto? Te lo pregunto porque en aquel entonces Avadhuta era como el protagonista de esa película. Bueno, yo me lo imagino así. Esa es una película con Melanie Griffith. Se trata de una investigación extraterrestre que realiza el gobierno de los Estados Unidos: a Melanie Griffth la encierran en una bola inmensa que está suspendida como a dos metros del piso y le conectan una cámara que graba todo lo que sucede allí dentro. Supuestamente ella va a tener contacto con otra raza. La sueltan dentro de la bola ésta y un segundo después está en el suelo. Durante este segundo Melanie Griffith tiene contacto con seres de otro planeta. El caso es que se ponen, entre todos los científicos, a revisar la grabación, y sólo ven interferencia; pero no es un segundo de interferencia, que fue lo que teóricamente duró el experimento, sino ¡ocho horas de interferencia! Ahora mismo no sé por qué te estoy contando la película y no recuerdo qué analogía iba a hacer con la vida de Avadhuta, lo importante es que tienes que verla. Y ahora que lo pienso bien, creo que no era Melanie Griffith, era Jodie Foster, si no me equivoco de nuevo. Lo cierto es que Avadhuta tuvo un momento de expansión, fue como si hubiese traspasado a otro espacio. Se fue aislando, se quedó sólo con un grupito. Comenzó a predicar sin escrúpulos, de una manera poco ortodoxa, si se quiere: se permitía chistes en la prédica, fumaba de vez en cuando delante de los devotos, jugaba con un revólver, jugaba a que se suicidaba. Todo eso me lo han contado, y los mismos cuentos los he escuchado de personas distintas, en momentos distintos. Y todos coinciden. Todos lo cuentan como si lo estuviesen contando por primera vez… En fin. Avadhuta quedó con muy poca gente a su lado y un buen día decidió suicidarse. Se pegó un tiro en la cabeza frente a dos de las mujeres que más quería. Y se acabó. Fin. Se dice que no le consiguieron nunca la bala. Se dice que no había orificio de salida en el cráneo. Pudieron haberlo matado, claro que sí, pero qué voy a saber yo. Un amigo me contó que vio cuando bajaban su cadáver de una camioneta hacia la morgue. Lo cogían por los pies, como si un pescado gigante tuviese pies, como si una sirena tuviese pies. Como un perro, pues. Lo arrastraban. Sus pies en alto, cargados. Su espalda pegando fuerte contra el suelo. ¡Plac! Después su cabeza contra el suelo. ¡Plac! Lo arrastraban.


HACHE INTERCALADA
http://www.ficcionbreve.org/site/contenido.php?id=1108

Helio Vera, un dibujante al que todos llaman Bonanza, era la única persona que, a finales del año 2002, conseguía (o sabía cómo conseguir) heroína en Caracas. Yo andaba loco por un poco y busqué la manera de localizarlo. Su teléfono lo obtuve a través de John Quiñones, un gay que vive en el centro de la ciudad y que siempre está por los alrededores de la Iglesia San Pedro Apóstol, cerca de la universidad, como si fuera un monje o un verdadero beato, o, mucho peor, un cura. Hola, Bonanza, mi nombre es Hernán, quiero conseguir hache , le dije apenas contestó el teléfono. Yo no vendo, hermano, me dijo con una voz pausada. Me lo imaginé, no sé porqué, con los ojos cerrados, sosteniendo un cigarro encendido y acariciando, con los dedos libres de la misma mano, el control del televisor. Me lo imaginé, insisto, no sé porqué, sentado en un sofá descosido por los lados, en una sala amarilla, en medio de chiripas y latas de cervezas destrozadas, cajas de Marlboro destrozadas, potes de arroz chino vacíos y cajas de pizza vacías. Me lo imaginé, a fin de cuentas, ahogado en un verdadero desastre: un cataclismo necesariamente suyo. Sé que no vendes, le dije, llamo porque también sé que sabes quién vende, y mi voz sonó como nerviosa. ¿Cómo te llamas, bro?, preguntó Bonanza con una calma desmayada . Su voz era neutra. Podría decir que era una voz indiferente, estoica, como sin alma, pero se trataba de una voz neutra . Repetí mi nombre. Te voy a dar el teléfono de Hilda, ella puede conseguirte lo que quieres, dijo Bonanza. Anoté el número, le di las gracias y colgué. Marqué el número de Hilda pero nadie contestó.

From: Helio Vera
Date: Thursday, December 19, 2002 7:09:46 PM
To:
Subject: Hilda
Thamara, acabo de llegar de Maracaibo. Estoy desesperado. Dejé abandonada a la maracucha y a sus amigos en una isla del Golfo. He pensado en Hilda y tú eres la única persona que me puede decir dónde encontrarla. Las he buscado. No sé dónde están, sólo sé que están juntas. Al leer esto, por favor, comunícate conmigo. Un abrazo.
Helio (con hache).


Eran seis. Eran tres hombres y tres mujeres. Eran tres parejitas.

Inventaron irse a Isla de Toas unos días después de haberse iniciado el paro. El país, por aquellos días, era un hombre fumando de pie apoyado a la puerta de un carro en una carretera desierta, de noche, esperando (sin mucha ilusión) el amanecer. Sin una gota de luz.

Isla de Toas está en pleno Golfo, en la entrada del Lago de Maracaibo, como quien dice. Se llega en lancha o en helicóptero, pero nuestros seis amigos iban en canoa, en una de las que sale cada 3 horas desde el muelle del terminal de El Moján. En alguna de aquellas se fueron las tres parejas: cuatro de ellos enamorados hasta los huesos, ávidos de una noche en la playa, una fogata y un polvo en la playa. Llegaron al pueblo de Isla de Toas cuando comenzaba a anochecer, tan juntos como los dedos de una mano cerrada, una mano de seis dedos. Caminaron sobre la arena, siempre bordeando la playa, cerca de dos horas. Dejaron atrás al pueblo y a la gente que allí vivía. Dormirían en la playa, lejos de cualquier señal de vida. La brisa los golpeaba de frente como alguien que empuja, desde el lado contrario, una puerta que queremos abrir. El viento durante toda la caminata, aun con los seis bolsos repletos, fue un muro movedizo e invisible. Lejos, atestiguando, flotaba pulcra la luna. Uno de ellos se entretuvo con las estrellas y recordó cuando su madre le prohibía contarlas. Por cada una que cuentes te saldrá una peca, le advertía su mamá, como si las pecas fueran una enfermedad incurable. Encontraron un espacio más o menos abierto donde los hombres instalaron tres carpas y las mujeres intentaron (en vano) encender una fogata. El lugar era redondo y espacioso. El piso entero era arena blanca. A los lados había palmeras y enfrente, aunque sería poco decir, un mar inmenso . Detrás del mínimo e improvisado campamento se abría un paisaje íntegramente negro. Uno de ellos utilizó, para definir aquella soberbia oscuridad, la conocida metáfora de la boca del lobo, pero otro lo corrigió diciendo que aquellas tinieblas eran el propio culo del animal. Después de lograr entre todos el fuego, las tres parejas cocinaron y comieron y, mientras reposaban fumando sentados ante el mar, planearon el regreso al pueblo al día siguiente, hicieron chistes, dibujaron sobre la arena con sus pies, hablaron del futuro, entristecieron, y uno de ellos, uno de los hombres, poniéndose de pie, de frente al “lado oscuro” y dándole la espalda a la playa, vio cuatro luces amarillas que se movían detrás de sus cinco amigos como cuatro bolas brillantes que parecían flotar al ras de la tierra.

A Ge la conocí por Gerson: eran novios. Aunque la primera vez que estuve con ella me dijo que jamás había tenido nada con él, que todo era simbólico . Y cuando dijo simbólico alzó las manos y movió los dedos índice y medio: el habitual gesto que representa que una expresión va entre comillas. Ge es la antítesis de lo que era su hermana. Ge es linda (no es que su hermana no lo fuera, pero Ge es más linda). Tiene dos tetotas y es más o menos bruta (eso sí hay que decirlo: su hermana era perspicaz, a veces profunda). Se viste como niña, huele bien (no es que su hermana oliera mal, sino que Ge, comparándolas, siempre olió mejor), y (en esto sí que se parecen mucho) las dos son putísimas: una lo fue y la otra, Ge, lo sigue siendo. Me gusta.

Un buen día, Gerson festejó algo en su casa. Ge me dijo, a través de mensajes de texto, a pesar de estar sentados en la misma sala y cada uno enfrente del otro, que quería acostarse conmigo, que me levantara (muy disimuladamente, claro) y la esperara en el estacionamiento, en su carro. Eso hice. Ge llegó enseguida, como enferma. Nos metimos en el asiento de atrás y no pudimos hacer nada porque yo no cargaba condones y ella dijo yo sin condones no tiro, mira a mi hermana. Es un riesgo, me resigné. Luego nos vimos muchas veces, hicimos y deshicimos a muerte: en mi casa, en hoteles, en el carro, en el baño de la casa de Gerson, en el patio de la casa de Gabriela, en los jardines de la Universidad. El día que su hermana murió la vi. Tenía seis ó siete meses sin verla. Estaba con un novio. Llámame, ahora mismo tengo unas ganas horribles de tirar contigo, me dijo en el oído cuando nos despedimos. Y su hermana parecía reírse de nosotros boca arriba en la urna.

From: Thamara Alfonso
Date : Saturday, December 21, 2002 3:45:25 PM
To:
Subject: Re: Hilda
Ya es tarde. Supongo que sabes lo que ha pasado con Hilda. Habrás estado en el velorio y en el entierro. Estarás destrozado. Supongo que has pensado que pudiste evitarlo, que no tengo que decirte mucho.
Hilda desapareció, al igual que tú, a principios de semana. Luego sólo supe lo que ya sabe todo el mundo. No debiste nunca dejarla acá tan sola, no debiste irte y, ahora que leo tu correo, no debiste arrepentirte tan tarde. Es una lástima, verdaderamente.
En casa hay una carta para ti.
Un apretón de manos.
Thamara (con hache intercalada).


Juan Vaquero y Leonor eran novios. Tommy y Chía eran novios. A la otra pareja le gustaba salir a divertirse, y estaban ahí, siempre callados, como muertos.

Cuando Tommy señaló las luces todos voltearon y vieron lo mismo que él veía. Eran, efectivamente, cuatro luces. Se movían, dos hacia un lado y dos hacia otro, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Los cuatro ojos del lobo miraban como vigilando, pensó una de las chicas. Vaquero dijo que podían ser dos rústicos, pero Tommy, el único que medio conocía la isla, dijo que no recordaba ninguna carretera por ese lado. Vaquero dijo que podían ser contrabandistas, pero Tommy volvió a decir que no recordaba ninguna carretera. Una de las dos mujeres dijo que si había mar de ese otro lado podían ser dos lanchas, dos barquitos, pero Tommy le dijo bruta y después los seis se pusieron a mirar en silencio las luces que no paraban de moverse. Todos sentados y con el dorso volteado hacia la negra inmensidad, excepto Tommy que estaba de pie y de frente. Chía olvidó el asunto y se puso a pensar en ballenas de colores y a mojarse apenas los pies con el agua que llegaba débil a vaciar algo en la orilla. Tommy y Vaquero se miraban como preguntándose el uno al otro qué decir. Y Leonor, sin decir nada, se levantó, se metió en una de las carpas, y se echó a llorar. Después las luces desaparecieron y entre todo el grupo se generó, como quien dice, una “atmósfera de tensión” que ninguno soportó. Las tres parejas se internaron cada uno en sus carpas y ninguno habló durante mucho rato. Tommy fue el primero en salir. Estuvo solo, sentado, mirando la playa y fumando. Entonces salió Vaquero, que tenía fama de brujo porque leía el Tarot y la mano, y le dijo a Tommy: “entre nosotros está pasando algo feo”.

Sí, Bonanza, muerta, le dije. Del otro lado de la bocina se escuchó un perro ladrar. Cállate, gritó Bonanza. Pero, ¿cómo fue?, me preguntó. Nadie sabe bien, le contesté. Ge le dijo a Gerson que la encontraron el miércoles en la mañana en un hotel en Chacao con una sobredosis intravenosa, que estaba sola y que la caraja que vivía con ella no aparece. Thamara, dijo Bonanza y el perro volvió a ladrar, ella debe saber qué pasó. Después los dos hicimos silencio y, en un rato, Bonanza dijo que eso se sabía, que si no se moría así la mataba el sida. Dije que sí y colgamos. Ese día estuve caminando. Caminé desde La Castellana hasta la universidad. Todas las calles estaban vacías. Pensé en Bonanza, recordé cuando conocí a Ge y a Hilda, su hermana. Después me fui al velorio. Estás más flaco, me dijeron casi todos. Bonanza tenía cara de haber estado llorando, aunque posiblemente estaba drogado. Se lo comenté a Gerson y lo que hizo fue contarme que una vez en su casa Bonanza lloró, que lloraba porque estaba enfermo, porque creía que estaba enfermo, o porque tenía un problema, Gerson no lo recordaba bien. Después Gerson se puso a hablar del sida, dijo que Bonanza era un irresponsable porque aun conociendo el estado en el que estaba Hilda se había ido con ella. También habló de la muerte, del destino y de lo inevitable, pero cuando Gerson estaba diciendo todo esto yo ya no le estaba prestando ninguna atención.

La funeraria quedaba en El Rosal, enfrente de un hotel con bar (el único que, por suerte, estaba abierto). A mitad de cerveza, Bonanza dijo que la muerte de Hilda no podía haber sido tan simple, que él la conocía bien y que ella había sido siempre una mujer muy afanosa con esas cosas. Y usó esa palabra: afanosa. Lo recuerdo. Yo no creo que haya dejado pasar su muerte tan desapercibida como su existencia, dijo y después se empinó un tercio . ¿En qué te ha convertido su muerte?, le pregunté con ganas de joder. Pero Bonanza no rió. Me fijé en un almanaque que estaba guindado justo encima de su cabeza. Viernes 20 de diciembre de 2002. El calendario tenía impreso un San Nicolás y una bandera de Venezuela. Es en serio, Hernán, me dijo. Alguna foto se habrá tomado, algún video o alguna grabación. Gerson llegó y dijo que nos íbamos. Yo pensé en la veracidad de las cosas.

Tengo miedo, dijo Bonanza cuando salíamos del bar, tengo miedo de que Hilda todavía viva en mí. Y yo no entendí qué me quiso decir.

Querido Bonanza mío:

Escribo únicamente para ti.

Hace un par de días te fuiste, te vi desaparecer como no lo habías hecho nunca. Supe, con el sonido de la puerta al cerrarse, que no volveríamos a vernos. Supe que te irías a Maracaibo y también supe que era para siempre. Estoy profundamente triste, debes imaginártelo. Te rogué. Quise quedarme, quise que te quedaras, y tu decisión fue siempre inquebrantable. Siempre la misma. Basta de caprichos, dijiste, te vistes y te vas a tu casa. Entonces te vestiste tú y saliste tú. Saliste del apartamento, del edificio y de la ciudad como quien sale del baño. Yo, en cambio, nunca saldré de ti. Y eso es algo que, de alguna manera, me alegra. Tu sangre es ahora la que fue mía y de ella no te libras. La sangre es para siempre. Eso lo escogiste, lo obtuviste gratis, lo aceptaste a pesar de saberlo. No te importó mi estado y eso me enamoró. Guardo la esperanza de que por lo que dejé en ti nos veremos de nuevo. Sólo que en mi antebrazo me adelanto empujando esta aguja. Te espero. Te espero siempre. Desde esta madrugada hasta el día en el que el veneno que te dejaste sembrar te coma todo.

Con amor, Hilda.

Las runas son una especie de oráculo. Son piedras, aunque no simples piedras, que tienen, de cierta manera, la facultad de representar el futuro o lo que alguno de nuestros actos pueda ocasionar. Las runas son, como quien dice, un (simple) sistema adivinatorio; uno más de tantos. Claro que las runas no hablan solas, tiene que haber alguien que las sepa leer y, de nuestros seis muchachos, ese era Vaquero.

Tommy y Vaquero se separaron del grupo algunos metros de las carpas y se instalaron donde se sentían en soledad. El brujo sacó un saquito minúsculo en el que tenía guardada las runas. Las extrajo de la bolsita y, como unos dados, las echó en la arena. Las miró en silencio un rato y después levantó la vista hacia Tommy. Sus ojos, los de Vaquero, se veían morados, como llenos de malas noticias: ojos de angustia y padecimiento. Dos ojos de susto y desconfianza. ¿Qué día es hoy?, le preguntó Vaquero a Tommy. Martes, respondió. No, dijo Vaquero, la fecha. Martes 17, señaló Tommy, aunque ya es de madrugada, se puede decir que ya es 18, miércoles 18. Se les dilató el silencio, y el mismo Tommy preguntó asustado qué pasaba. Una serpiente negra se acercó a los dos. Era pequeña y parecía inofensiva. Uno de ellos dijo que era una morrona, que era de la familia de las lombrices o las macrolombrices y que no tenía ni cabeza ni ojos ni boca. Vaquero, con la ayuda de una varita, cogió a la culebra, o a la lombriz, y la levantó llevándola casi hasta la orilla. Tommy iba detrás. La echaron en la arena y, como quien mira un enano, la vieron menearse en un zigzag gelatinoso con dirección a una de las carpas. Vaquero, de nuevo ayudado de la misma vara, cogió a la morrona negra sin cabeza y la llevó esta vez un poco más lejos, pero la lombriz volvió a armar su camino hacia la misma carpa. En esta tercera ocasión, Vaquero y Tommy, clavaron una vara sobre la culebrita. Una y otra vez, como si apuñalaran al asesino de sus madres. Cesaron cuando advirtieron que la morrona no se movía más. Estaban pálidos y respiraban agitados, como si acabaran de trotar algunos kilómetros, como si acabaran de correrlos con demasiada prisa. Ninguno de los dos sudaba, pero no se hubiese extrañado alguno si el otro se secaba de pronto la frente con el dorso de su mano. Alguien en este lugar se está muriendo, dijo Vaquero. Entonces, del interior de la carpa de la pareja que no hablaba, salió tosiendo Helio. Qué frío tan hijo de puta, dijo frotándose las manos, mañana mismo me voy. Después se quedó mirando el mar, como si quisiera dibujarlo.