sábado, 13 de noviembre de 2010

Sobre feminismo y lucha social (carta abierta a Justa Montero) Por Miguel Manzanera


Acabo de leer el texto de Justa Montero sobre feminismo, publicado por la revista ecosocial del FUHEM, texto titulado ‘De las diferencias con los hombres a las diferencias entre las mujeres: desplazamientos del sujeto’. Quisiera hacer algunas observaciones a las opiniones ahí expresadas, sin querer entrar en polémica con la autora. El artículo plantea una oscilación del movimiento de las mujeres entre las posiciones ‘ esencialistas’, que buscan definir un sujeto femenino de la historia, y aquellas otras que exponen la diferencia y la fragmentación de la subjetividad femenina, y que podemos llamar ‘postmodernistas’. Las primeras proponen la existencia de una naturaleza femenina –oprimida secularmente por la sociedad patriarcal-, sobre cuya base se alzan los movimientos emancipadores de un sujeto femenino activo en la historia humana. Las segundas reclaman ese protagonismo para las mujeres individuales, cada una construyendo su propio género más allá de las definiciones y las normas aceptadas.

Puede señalarse que ese debate es paralelo, si no el mismo, a la polémica entre el feminismo de la diferencia y el de la igualdad, el primero postulando una identidad femenina fundada en la maternidad, la naturaleza biológica de la mujer, y el segundo buscando superar esa identidad para buscar una nueva fundada en la personalidad humana definida como sujeto autónomo, o como protagonista de su vida. El feminismo de la igualdad -que nace con la tesis de Simone de Beauvoir, ‘no se nace mujer, se llega a serlo’-, ha derivado en la contestación de las categorías ‘masculino’ y ‘femenino’ de la cultura patriarcal.

Pero al mismo tiempo parece que la realidad se empeña en escaparse de nuestras categorías analíticas. ¿Cómo entender el feminismo conservador americano, representado magistralmente por Sarah Palin y su Tea Party, donde la igualdad y la diferencia se confunden con la protección de la familia monoparental? ¿Por qué esas mujeres cristianas adhieren con tanta fuerza su religión, hasta el punto de convertirla en una fuerza política, a pesar de su evidente transfondo patriarcal? Ese feminismo de derechas está también presente entre los conservadores españoles, con Esperanza Aguirre a la cabeza –y quizás con la reina Sofía como adherente principal desde un discreto segundo plano-.

En un interesante libro, ¿Qué quieren las mujeres?, sus autoras, dos psicólogas anglosajonas, mostraban que la pareja monoparental en pie de igualdad con los varones, es el ideal de la mayoría de las mujeres de esa sociedad europea todavía hegemónica en nuestro mundo. Es muy probable que en otras culturas americanas, africanas o asiáticas, ese ideal adopte matices nada despreciables. Pero en el centro de esa enorme pluralidad parece evidente que hay una movilización imparable del sector femenino de la humanidad, para reivindicar su papel en la historia. Por mi parte pienso que esa movilización ha existido siempre, con diferentes alternativas y circunstancias. Nada más revelador que el antiguo teatro griego, de las luchas y contradicciones entre hombres y mujeres de la época. Y otro buen ejemplo de ese conflicto permanente podría ser la persecución de la brujería en la Europa ilustrada. De ello no se suele hablar en los discursos políticos y es que en mi opinión no tenemos una crónica consistente de nuestra historia en términos de feminismo.

Y es que los problemas que se plantean las mujeres son idénticos a los que se plantea la humanidad, entendida en su realidad problemática más allá de cualquier asunto particular, como es la cuestión del género. Como un fractal, cada persona, cada grupo humano reproduce la estructura completa de la humanidad. En algún momento Montero se refiere a esa dicotomía entre esencialistas y postmodernistas con palabras pertenecientes al vocabulario filosófico de la Escolástica: la polémica universalistas y nominalistas. También podríamos referirnos a ello en términos de filosofía de la ciencia: racionalistas y empiristas. Los racionalistas se basan en las ideas innatas –modernamente los ‘universales lingüísticos’-, como modelos de la realidad; por tanto, nos proponen la existencia de una naturaleza humana universal, sobre la que asentar las condiciones básicas para el desarrollo de la persona –y éstas son de carácter normativo: los derechos humanos-. Por su parte el empirismo nos presenta el entendimiento humano como un recipiente vacío que se debe rellenar con ideas; a partir de esa intuición, se enfrenta a la realidad sin prejuicios que limiten la expansión de sus posibilidades. En realidad ambas posiciones son complementarias, pero cuando el empirismo se radicaliza en escepticismo, sirve de base para una operación conservadora: la destrucción de la razón para adoptar una actitud de defensa de los intereses particulares.

Si analizamos la cuestión desde ese punto de vista general y en su desarrollo histórico, encontramos que el problema está planteado por los filósofos desde el nacimiento mismo de la modernidad –aunque evidentemente se encuentra ya presente desde la Antigüedad, en la escuela de Atenas-. Será David Hume quien haga una revisión crítica de las categorías racionalistas para enviarlas al desván de los trastos viejos ya inservibles. Ese escepticismo ha sido considerado con justicia una reacción conservadora, y repite una operación intelectual que ya se produjo en el siglo II a.C. con Carnéades, imitador de los sofistas más furiosamente aristocráticos de la Atenas democrática que 200 años antes habían disputado con Sócrates. Una diatriba que también se produjo en el Islam medieval cuando el persa al-Ghazali escribió su Destrucción de la filosofía, para oponer al racionalismo de la filosofía musulmana, un buen montón de argumentos escépticos que habrían de desembocar en el integrismo religioso.

Para no multiplicar los ejemplos, volveré a la cuestión que nos ocupa. La clave de la emancipación se encuentra en la cuestión de cómo se construye el sujeto humano y ésta es una cuestión práctica, es decir, moral. Esa es la respuesta de Kant a Hume. No se puede resolver el problema que nos ocupa desde una decisión salomónica que zanje la cuestión para siempre; no hay tal solución. Pero si podemos establecer la conveniencia de una u otra toma de posición, en función de objetivos históricos considerados imprescindibles para la evolución humana y su supervivencia en el planeta Tierra. En ello además coincidiremos todos hombres y mujeres, en la medida en que asumamos la racionalidad, puesto que se trata de cuestiones que a todos nos atañen y sobre las que podemos llegar a acuerdos razonablemente.

Tampoco es que debamos exagerar la racionalidad de la especie humana, pero sobre ella nos debemos fundar: ésta es nuestra mejor cualidad y la que nos ha salvado la vida más de una vez, en momentos de casi segura extinción biológica. Y éste es precisamente el meollo de la cuestión de la actual coyuntura histórica: la especie está corriendo serios peligros a causa de la destrucción ambiental que ella misma ha creado. Debemos centrar nuestros esfuerzos en crear una situación ambientalmente sostenible para la especie humana. La destrucción ambiental está enraizada en las estructuras económicas, políticas y culturales, de la sociedad actual, y es claro que éstas deben ser cambiadas. Naturalmente esto tiene que ver con el patriarcado y con la liberación de las mujeres (¡y también de los hombres!), respecto de la esclavitud sexual que ese sistema crea con el objetivo de fomentar y proteger la reproducción de la especie.

Desde la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, celebrada en 1994 en El Cairo, las Naciones Unidas han señalado la necesidad de fomentar la educación y la igualdad de las mujeres, así como su acceso a la libre determinación sobre su capacidad reproductora. Esa es la mejor solución para detener el aumento de la población mundial. Está comprobado que la emancipación de las mujeres reduce la tasa natalidad, y el ejemplo más claro es la evolución de la sociedad española en las últimas décadas del siglo XX, pasando de las tasas de natalidad más altas del mundo en la década de los 60 bajo la dictadura fascista fuertemente patriarcal, a tener las tasas más bajas en los 90, cuando las mujeres alcanzaron un alto grado de independencia. Es claro que reducir la tasa de natalidad y con ello el crecimiento de la población, es un elemento imprescindible de la sostenibilidad ecológica de la especie, junto con otras políticas redistributivas que limiten la riqueza y el despilfarro de los países desarrollados del globo.

Con los objetivos del milenio, al mismo tiempo, la ONU promueve la salud materna y la emancipación de las mujeres, como fundamento de una organización más racional de la vida social y medio para alcanzar un equilibrio en el desarrollo humano. En mi opinión es ésta la línea de trabajo principal, no sólo para el movimiento feminista, sino para todo ser humano que se precie de poseer la capacidad de ser racional y toda institución que busque la mejora de la vida humana. Pero es claro también que las prácticas que desarrollan una sexualidad polimorfa, no convencional, por fuera de la familia monógama y patriarcal, contribuyen a su modo a reducir las tasas de natalidad. Así que nada se puede objetar desde el punto de vista que estamos adoptando. El problema está en fijar los límites que necesariamente han de marcar la vida humana, y por tanto la sexualidad en tanto que humana.

La naturaleza de esos límites es histórica. En nuestros días esos límites están establecidos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Asamblea General de la ONU de 1948, y demás declaraciones internacionales que complementan esa base jurídica. La cuestión es saber que esos derechos fundamentales nos comprometen a todos moralmente, y que debemos dirigir nuestra acción en el sentido de completar su realización universal.

Esa línea de trabajo es la que se está perdiendo en las décadas del neoliberalismo y la globalización. El imperialismo euro-americano ha buscado eliminar las expectativas de emancipación humana que se abrieron tras la Segunda Guerra Mundial. Los nuevos movimientos internacionales que se están desarrollando en la resistencia contra ese imperialismo, nos muestran que todavía hay perspectivas emancipatorias para la humanidad. Pero es una desgracia que la sociedad española, incluido el movimiento de mujeres, no haya sido consecuente con los requerimientos de la razón en esta coyuntura histórica, y nos encontremos inmersos en una marea conservadora con perspectivas nada halagüeñas para todos. Ese movimiento antirracional no es extraño en un Estado como el español, con una larga historia de oscurantismo. Y también es fácil perder la perspectiva en medio del combate diario. Pero debemos tener claro cuál es el enemigo a batir y no perdernos en falsas polémicas que benefician la ganancia de los oportunistas.

Tomado de: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=116531

jueves, 11 de noviembre de 2010

Fragmentos de dos cartas de Epicuro


Carta a Meneceo (Fragmento)

Parte de nuestros deseos son naturales, y otra parte son vanos deseos; entre los naturales, unos son necesarios y otros no; y entre los necesarios, unos lo son para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida misma. Conociendo bien estas clases de deseos es posible referir toda elección a la salud del cuerpo y a la serenidad del alma, porque en ello consiste la vida feliz. Pues actuamos siempre para no sufrir dolor ni pesar, y una vez que lo hemos conseguido ya no necesitamos de nada más.

Por eso decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural, y a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo, y en él concluimos cuando juzgamos acerca del bien, teniendo la sensación como norma o criterio. Y puesto que el placer es el bien primero y connatural, no elegimos cualquier placer, sino que a veces evitamos muchos placeres cuando de ellos se sigue una molestia mayor. Consideramos que muchos dolores son preferibles a los placeres, si, a la larga, se siguen de ellos mayores placeres. Todo placer es por naturaleza un bien, pero no todo placer ha de ser aceptado. Y todo dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser evitado siempre. Hay que obrar con buen cálculo en estas cuestiones, atendiendo a las consecuencias de la acción, ya que a veces podemos servirnos de algo bueno como de un mal, o de algo malo como de un bien.

La autosuficiencia la consideramos como un gran bien, no para que siempre nos sirvamos de poco, sino para que cuando no tenemos mucho nos contentemos con ese poco; ya que más gozosamente disfrutan de la abundancia quienes menos necesidad tienen de ella, y porque todo lo natural es fácil de conseguir y lo superfluo difícil de obtener. Los alimentos sencillos procuran igual placer que una comida costosa y refinada, una vez que se elimina el dolor de la necesidad.

Por ello, cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los placeres de los viciosos -como creen algunos que ignoran, no están de acuerdo o interpretan mal nuestra doctrina-, sino al no sufrir dolores en el cuerpo ni estar perturbado en el alma. Porque ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, sino el sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección o rechazo y extirpa las falsas opiniones de las que procede la gran perturbación que se apodera del alma.

El más grande bien es la prudencia, incluso mayor que la filosofía. De ella nacen las demás virtudes, ya que enseña que no es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer. Las virtudes están unidas naturalmente al vivir placentero, y la vida placentera es inseparable de ellas.

Exhortaciones

"La necesidad es un mal, pero no hay necesidad alguna de vivir con necesidad".

"Nadie, al ver el mal, lo elige, sino que se deja engañar por él, como si fuera un bien respecto a un mal peor".

"Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco".

"Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que la panza necesita hartura infinita".

"Todo el mundo se va de la vida como si acabara de nacer".

"Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día".

"El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él".

"También en la moderación hay un término medio, y quien no da con él es víctima de un error parecido al de quien se excede por desenfreno".

Carta a Herodoto (Fragmento)

Para aquéllos, oh Herodoto, que no pueden tener un conocimiento perfectamente exacto de cada uno de mis escritos sobre la Naturaleza, y estudiar a fondo los principales libros, más largos, que he escrito, he hecho un resumen de toda mi obra que permite retener más fácilmente las principales teorías. Podrán, así, evitarse el tener que hacerlo ellos mismos con mis ideas principales en la medida en que se interesen por la naturaleza.

Por otra parte, quienes conocen ya a fondo mis obras completas, necesitan tener presentes en la memoria las líneas generales de mi doctrina, pues a menudo tenemos más necesidad de un resumen que del conocimiento particular de los detalles. Hay que avanzar paso a paso reteniendo constantemente el conjunto de la doctrina para comprender bien sus detalles. Este doble efecto será posible si se comprenden bien y se retienen en su verdadera formulación las ideas esenciales, y si se las aplica seguidamente a los elementos, a las ideas particulares y a las palabras. Conoce a fondo la doctrina quien puede sacar partido rápidamente de las ideas generales. Pues es imposible poseer en su completo desarrollo la totalidad de mi obra si se es incapaz de resumir para uno mismo y en pocas palabras el conjunto de aquello en lo que se quiere profundizar particularmente, detalle a detalle.

Ya que este método resulta útil para todos los que estudian seriamente la física, aconsejo a todos los hombres decididos que se entregan asiduamente a tal estudio, y que buscan en ella el medio de obtener tranquilidad de vida, que hagan un resumen similar del conjunto de mis teorías.

Hay que empezar, Herodoto, por conocer lo que se oculta en las palabras esenciales, a fin de poder, relacionándolas con los cosas mismas, formular juicios sobre nuestras opiniones, nuestras ideas y nuestras dudas. De este modo no corremos el riesgo de discutir hasta el infinito sin resultados y de pronunciar palabras vacías. En efecto, es necesario estudiar primeramente el sentido de cada palabra, para no tener necesidad de un exceso de demostraciones, cuando discutamos nuestras preguntas, nuestras ideas y nuestras dudas. Después hay que observar todas las cosas confrontándolas con las sensaciones y, de modo general, con las intuiciones del espíritu o cualquier otro criterio. Igualmente por lo que respecta a nuestras afecciones presentes, para poder juzgar según los signos los objetos de nuestra atención y los objetos ocultos.

Cuando se haya visto todo eso se está preparado para estudiar las cosas invisibles y, en primer lugar, podemos decirnos que nada nace de nada, ya que si las cosas no tuvieran necesidad de semilla todo podría nacer de todo. Por otra parte, si lo que desaparece volviera a la nada, todas las cosas perecerían, ya que no podrían convertirse más que en nada. De lo que resulta que el universo ha sido siempre y será siempre lo que es actualmente, ya que no hay ninguna otra cosa en lo que se pueda convertir, y tampoco hay, fuera del universo, nada que pueda actuar sobre él para provocar un cambio.

El universo está formado por cuerpos. Su existencia queda más que suficientemente probada por la sensación, pues es ella, lo repito, la que sirve de base al razonamiento sobre las cosas invisibles. Si lo que llamamos el vacío, la extensión, la esencia intangible, no existiera, no habría lugar en el que los cuerpos pudiera moverse, como de hecho vemos que se mueven.

Al margen de estas dos cosas no se puede comprender nada, - ni por intuición, ni por analogía con los datos de la intuición-, de lo que existe en tanto que naturaleza completa, ya que no estoy hablando de acontecimientos fortuitos o de accidentes.

Entre los cuerpos, unos son compuestos, y otros son los elementos que sirven para hacer los compuestos. Estos últimos son los átomos indivisibles e inmutables, ya que nada puede convertirse en nada, y es necesario que subsistan realidades cuando los compuestos se desagregan. Estos cuerpos están llenos por naturaleza y no tienen en ellos lugar ni medio por el que pudieran destruirse. De lo que resulta que tales elementos deben ser, necesariamente, las partes indivisibles de los cuerpos. Por lo demás, el universo es infinito. En efecto, lo que es finito tiene un extremo, y el extremo se descubre por comparación respecto a otro. Así que, careciendo de extremo, no tiene, en absoluto, fin; y, no teniendo fin, es necesariamente infinito y no finito.

El universo es infinito desde dos puntos de vista: por el número de cuerpos que contiene y por la inmensidad del vacío que encierra. Si el vacío fuera infinito y el número de cuerpos limitado, éstos se dispersarían en desorden por el vacío infinito, ya que no habría nada para sostenerlos y nada para unirlos a las cosas. Y si el vacío fuera limitado y el número de cuerpos infinitos no habría lugar donde se pudieran instalar.

Por otra parte, los cuerpos llenos e indivisibles, de los que están formados y en los que se resuelven los compuestos, presentan formas tan diversas que no podemos conocer su número, ya que no es posible que tantas formas diferentes provengan de un número limitado y comprensible de figuras semejantes. Además, cada figura presenta un número infinito de ejemplares, pero, por lo que respecta a su diferencia, tales figuras no alcanzan un número absolutamente ilimitado. Su número es, simplemente, incalculable.

Además, los átomos están animados de movimiento perpetuo. Unos están separados por grandes intervalos; otros, por el contrario, conservan su impulso todas las veces que son desviados, uniéndose a otros y convirtiéndose en las partes de un compuesto. Es la consecuencia de la naturaleza del vacío, incapaz por sí mismo de inmovilizarlos. Por otra parte, su inherente solidez les hace rebotar, luego de cada choque, al menos en la medida en que su integración en un compuesto les permita rebotar luego de un choque.

El movimiento de los átomos no ha tenido comienzo, ya que los átomos son tan eternos como el vacío.

Por otra parte, hay una infinidad de mundos, sean parecidos al nuestro, sean diferentes. En efecto, siendo los átomos infinitos, como se acaba de demostrar, son llevados por su movimiento hasta los lugares más alejados. Y tales átomos, que por su naturaleza sirven, ya por sí mismos, ya por su acción, para crear un mundo, no pueden ser utilizados todos para formar un único mundo, o un número limitado de mundos, ni para los semejantes a éste, ni para los diferentes, de modo que nada impide que haya una infinidad de mundos.