jueves, 11 de agosto de 2011

Historia natural del fracaso. Por Norbeto José Olivar


Dicen que el bypass coronario es la intervención cardiaca más común. Que más de doscientas cuarenta mil personas se la hacen con éxito, cada año, en los Estados Unidos, pero aquello fue fin de mundo para mí. Primero, porque me consideraba muy joven para someterme a una operación que, entendía, era asunto de viejos. Y segundo; porque las estadísticas correspondían a Norteamérica y no al Hospital Universitario de Maracaibo que es donde fui a parar, pues, la cobertura del seguro médico no daba para más, ya que si por mí hubiera sido, habría preferido el Hospital Episcopal San Lucas en el Centro Médico de Texas.

Lo cierto es que salí airoso del entuerto cardiovascular, después de tres días enteros en la Unidad de Terapia Intensiva y de un poco más de una semana de hospitalización. Y yo creía que había sido lo peor, pero de vuelta en casa comenzó la verdadera pesadilla con la desquiciante dieta y las fastidiosas caminatas prescritas. Repito, para los médicos aquello fue una rajadura más, para mí, en cambio, fue el Apocalipsis. Por primera vez sentí cerca a la muerte, por eso, antes de hospitalizarme, dejé todos mis asuntos legales y económicos lo más ordenados que pude y me despedí, con disimulo, de los que alcancé a ver. Lo único pendiente fue una cuestión exclusivamente literaria, y estaba mortificado porque sabía que existía la posibilidad de no salir con vida del quirófano.

La cosa vino en una conversación que tuve con el poeta Valmore Muñoz en la fuente de soda Irama, unos días antes de que me sacaran el corazón:

—¿Sabéis que hay gente a la que le molesta la forma tus relatos?

—¿Cómo es eso? —dije sorprendido por la sinceridad.

—No les gusta que en el relato se esté escribiendo otro relato, o esos vagabundeos desquiciantes en que caéis a veces. Dicen que al final no saben qué coño es lo que están leyendo, que deberías echar el cuento sin poner tantos parapetos.

Lo miro y río. Respondo que es verdad, tienen toda la razón, pero es que me cuesta mucho trabajar una historia sin entrometerme. Recuerdo un encuentro de narradores organizado por la Fundación Andrés Mariño Palacio, uno de los pocos asistentes de esa noche preguntó que en dónde me ubicaba como novelista. Y echando mano de lo primero que me vino a la cabeza, dije, de sopetón: en la autoficción; un neologismo inventado por Serge Doubrovsky en 1977, según leí en alguna parte. Es cierto, también, que estos autores terminan siendo una «minoría» y sobran dedos para contar a sus lectores, pero en la literatura como en el amor, uno no decide de cuál lado está.

—¿Y qué carajo es la autoficción? —preguntó Valmore, mirando por encima de sus lentes.

—Es una operación inversa a lo que comúnmente se hace en narrativa —comencé a decir—. Por lo general, el escritor da veracidad a la ficción, que la mentira parezca verdadera. En el caso de la autoficción, los hechos reales, la biografía del autor, son construidos como si fueran ficciones, es decir, deben tener apariencia de falsos, pero que sean totalmente creíbles. El narrador convierte en literatura lo que le rodea, incluso a él mismo, como hizo Paul Auster en La ciudad de cristal:

—¿Oiga? —dijo la voz.

—¿Quién es? —preguntó Quinn.

—¿Oiga? —repitió la voz.

—Le estoy escuchando —dijo Quinn—. ¿Quién es?

—¿Es usted Paul Auster? —preguntó la voz—. Quisiera hablar con el señor Paul Auster.

—Aquí no hay nadie que se llame así.

—Paul Auster. De la Agencia de Detectives Auster.

—Lo siento —dijo Quinn—. Debe haberse equivocado de número.

—¿Renunciaste al placer de contar una historia sin estarte entrometiendo?, ¿no podéis crear un universo de ficción ajeno a vos?

—No lo sé —dije avergonzado, a punto de la depresión.

Me sentía aporreado y débil, pero el doctor había asegurado que en unos días todo cambiaría. Que mi corazón estaba perfecto, que las obstrucciones habían sido arregladas y que no había motivos para oscuros presagios. Sin embargo, me movía con miedo, como si algo se fuera a soltar por dentro, creyendo que si hacía algún esfuerzo repentino me descosería sin remedio. Pero con los días agarré más confianza y volvió el ansia de aquel entuerto respecto a mis relatos. Y, dadas las condiciones en las que estaba, suspendido de mis actividades universitarias y eximido, por los momentos, de todas mis responsabilidades cotidianas, pensé que lo único que podía hacer era encerrarme en mi estudio a escribir una historia tal cual la esperaban.

Saqué de la gaveta de mi mesa un cuaderno azul, de tapas duras, que había comprado varias semanas atrás y empuñé un bolígrafo Pentel, punta 0.8, de gel negro, con la firme intención de arrancar con ese fulano ejercicio narrativo. De seguida caigo en cuenta de que estoy haciendo lo mismo que Sydney Orr, el personaje de Paul Auster en La noche del oráculo y recuerdo que Vila-Matas dice que él tiende a realizar las mismas cosas que hacen sus personajes. Yo, en cambio, más patético, imito a los personajes de otros autores, me anulo y me convierto en ficción: Al igual Sydney Orr, escribo en un cuaderno azul, él lo había comprado en el Palacio de Papel, propiedad de un tal M. R. Chang; yo, en la Nacho del lado sur de la ciudad.

—Te prometo que en la próxima historia que escriba no me voy a meter —juré ante Valomre esa vez. Él se echó a reír y dijo que le gustaría que lo intentara. Entonces citó algo que decía Bioy Casares y que había leído en un artículo de Sergio Pitol: «De la única influencia de la que uno debe defenderse es de la de uno mismo» y le va razón, pero yo no estaba seguro de poder lograrlo. No obstante, ¿por qué tenía que ser complaciente? La respuesta era obvia, quería lectores, así que terminó siendo un asunto de mercado y vanidad. Pero sería injusto conmigo si no dijera que también había un reto en todo aquello. Las palabras de Valmore fueron duras y estimulantes.

Allí estaba yo, con el pecho recién abierto en una cómoda silla ejecutiva, frente a mi mesa, con el cuaderno azul y con el bolígrafo en ristre, pensando en todo esto, sabiendo que lo restregado era una cuestión elemental de la literatura, y si no podía hacerlo qué clase de escritor era. Pamuk dice que a fuerza de escribir, convertimos ese segundo mundo que hemos creado en algo mucho más amplio, completo y detallado. Me pregunto frustrado y avergonzado, si aquello de la inexistencia de un universo propio será verdad…

Habíamos dicho que igual se trataba de un reto, y que si me consideraba un escritor profesional y no un poeta de cafetín, podía escribir en la forma que fuera. No necesitaba ni inspiración ni que los demonios me poseyeran. Un profesional sólo tiene que sentarse y punto. Quizás Coleridge haya experimentado algún escalofrío sobrenatural cuando escribió su poema Kubla Khan, pero eso no significa que tenga que ser así, yo también me he lanzado algunas líneas borracho y han quedado de «puta madre», pero no es la norma.

¿Contar una historia?

Ortega y Gasset decía que en la novela, la trama, digamos el cuento o la anécdota, no es la sustancia, la esencia de lo novelesco no está en lo que pasa sino en lo que no es pasar algo, la trama es un mero pretexto.

Ahora, la anécdota puede tener un efecto revelador, hasta liberador, al presentar otras posibilidades y otras perspectivas, haciendo un trabajo a la inversa: el autor puede prescindir de la psicología del personaje y revelar sus contradicciones a través de la misma trama, no es un ejercicio despreciable, de hecho, es lo que intenté en mis primeros relatos, que a estas alturas no sé si lo habré logrado, pero, en todo caso, es una andadura válida como todo en la novela.

Estoy ocultando, sin motivo aparente, que la observación hecha por Valmore me había saltado en cara hacía un año: Un día, caminando por la avenida Bella Vista —había accedido a ejercitar un poco a ver si me libraba de la operación—, a la altura de donde estuvo el castillo de Lucas Rincón, me cuestioné como sigue: ¿por qué en mis novelas había siempre un escritor escribiendo?, ¿por qué los relatos daban tantos saltos que llegaban a quebrar la paciencia del lector?, ¿y por qué tenían que perderse en otros relatos y derivas del pensamiento que emergían como accidentes? La respuesta que cayó encima, esto lo digo con sinceridad, es que soy incapaz de mantener la intensidad, el ritmo y la claridad si me lanzara de corrido, necesito bajar el telón cada cierto tiempo para conservar las fuerzas. Entonces me hice una última interrogante: ¿Y si me encerraba a escribir una novela más o menos lineal y sin brincos ni relatos subterráneos?

Entré al Habana Lunch y pedí un café negro y agua. «Está decidido», pensé sorbiendo, de a poco, el café. En un instante casi mágico, sin nubarrones, vi lo que tenía que escribir y de inmediato mi cerebro empezó a trabajar en el asunto: Haría cosa de dos años, en una de esas limpiezas de biblioteca que les encanta hacer a los profesores jubilados, el filósofo Antonio Pérez Estévez me obsequió la primera edición francesa de la novela-testimonio de Henri Charrière, Papillon. Estaba editada por Robert Laffont, en 1969, saliendo a la calle el mismo día que lo gringos llegaban a la luna, supuestamente. La novela estaba incorporada a la Collection Vecu, con una portada preciosa de Jacques Bourgeas y una foto del autor en la contratapa, hecha por Eilen Tweedy. Pérez Estévez me lo puso en las manos y dijo que como novela dejaba mucho que desear, pero que era una historia impactante que nunca olvidaría, que sólo por eso valía la pena leerla. Yo la conocía porque había visto la película de Franklin Schaffaer que protagonizaron Steve McQueen y Dustin Hoffman, en 1973, con la colaboración del propio Papillon en el guión.

Hasta aquí la cosa seguía sin importar mucho, pero Pérez Estévez añadió un detalle que lo cambió todo:

—¿Sabías que Papillon vivió algunos años en Maracaibo?

—No lo sabía, doctor —dije sorprendido en mi ignorancia.

—Y dicen que nunca dejó de ser un pillo. Después de escapar de las Islas de Salvación llegó a Ciudad Guayana y lo encerraron en El Dorado. Al salir en libertad trabajó un tiempo de minero, se fue a Caracas y acabó enredado en la intentona del coronel Mendoza contra Gallegos, así que vino a esconderse en Maracaibo como ayudante de la dueña del Hotel Normandía. Si no recuerdo mal, casi asalta la joyería de Salvador Cupello y el Royal Bank of Canadá. Hasta trabajó de cocinero en la Richmond. Me parece que ahí tienes un tronco de filón para una novela, ¿no te parece?.

—Claro, doctor —dije agradecido.

Guardé el ejemplar de Papillon, en francés, en uno de los estantes y olvidé el asunto, pero pasado el café en el Habana Lunch, de regreso en casa, me lancé sobre la mesa a organizarme y a cumplir con lo propuesto.

Lo primero, como siempre, fue ir a Panorama que es el único diario disponible de aquellos días. El primer titular que encontré me gustó bastante: Papillon anuncia novela sobre los bajos fondos y alta sociedad de Maracaibo. Luego apareció otro mejor: Yo viví en el Zulia como un Maracucho, nunca como un musiú. Había comenzado a dibujarse el personaje y sus circunstancias. El próximo paso fue leer Papillon y sacar una cronología de su vida, de los espacios y los tiempos que le tocó vivir, y todos aquellos aspectos que ayudaran a entender su personalidad y sus decisiones. Ahora, como no conozco ni «p» de francés, tuve que buscarla en español. Conseguí un ejemplar de la cuarta edición de Plaza & Janes, de abril de 1970, una traducción de Domingo Pruna y Vicente Villacampa. Todo había sido relativamente fácil, pero pasados unos días, habiendo leído la exitosa novela de Charrière, me di cuenta de que tenía que dar con su segundo libro, Banco, pues allí estaba parte de su crónica en la ciudad.

Lo intenté primero por internet pero fue imposible. Según pude averiguar, esa segunda obra no había tenido la aceptación esperada y hacía más difícil las posibilidades de conseguirla. Sin esperanza, rodé hasta el Emporio del libro, una venta de viejo y le pregunté a Carlo Maglione, el propietario, si lo tenía. Lo buscó en la computadora y dijo que no, que nunca le había llegado, añadió planchándose con la mano su larga barba blanca. Ante esa decepción, que no fue tanto porque la esperaba y aprovechando que ya estaba allí, revisé pasillo por pasillo a ver si topaba con algo interesante. Vi muchas ediciones de Papillon, incluso del Círculo de Lectores, pero no añadían nada a la de Plaza & Janes de 1970. Y cuando empezaba a fastidiarme, encontré un libro de Bruguera, de formato pequeño y con tapas duras, de un tal George Ménager, titulado Las cuatro verdades de Papillon, era un estudio detallado, con documentos de por medio, del proceso que se le había seguido a Henri Charrière. En jerga de historiadores, me había hecho de fuentes primarias. Mejor no podían ir las cosas. Cogí el libro como quien consigue un billete en la calle y volví sobre mis pasos, pero antes de salir del pasillo atestado de libros y polvo, vi entre los autores agrupados bajo las letras «ch» un libro de tapas blancas que en el lomo decía: Henri Charrière Banco y el logo de Plaza & Janes*. ¡Increíble, la segunda novela de Papillon también estaba!, ¿pero cómo, si Maglione había dicho que no la tenía? Las explicaciones pueden ser varias: una, la más obvia, que el inventario no estaba actualizado, dos, que Maglione la hubiera negado —por las cuestiones que fuera—, y tres, la mano invisible de la literatura estaba ayudando descaradamente.

El siguiente paso fue buscar a quienes lo habían conocido, pero por desgracia, la mayoría estaban muertos. Los demás apenas si tenían algo que decir. Y como es imposible dar con todos los que pudieran conocer a alguien en una vida —dicen que unas 1700 personas en promedio—, pues la vía de la oralidad se hizo dificultosa. En adelante tenía que apañármelas con libros, crónicas periodísticas, algunos videos y, como es lógico, con la imaginación. Sin imaginación no hay literatura ni historia, tal cosa fue dicha por Mommsem y Burckhardt, así que no se crea que soy el único que anda en esta onda: la historia es tan literatura como la literatura tan historia. Esto me recuerda un encuentro de historiadores, donde el doctor Lombardi Boscán dijera, que hacer historia sin documentos es imposible, a menos que inventaran como yo. El auditorio soltó una risotada maligna que me dolió hasta en los riñones, pero que demostraba que los académicos de la universidad estaban muy lejos de superar esa insensata idolatría por las fuentes, sobre todo las escritas.

Había llegado al punto en que no hay nada más que hacer sino empezar a escribir. Y quienes han escrito novelas y los que intentan escribir alguna, saben que este es el momento más terrible del proceso, porque estas primeras líneas van a imponer el ritmo, el tono, el lenguaje, el narrador, los anzuelos para atrapar al lector. En la práctica, la novela se define en esta encrucijada. Wislawa Szymborska, en su discurso de aceptación del premio Nobel, dijo: «Se dice que en un discurso lo más difícil es la primera frase... Pues ya la dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía». No es que el resto sea fácil, cierto, pero esas primeras líneas hacen la cabeza cuadritos a cualquiera. Pero hay arranques magistrales, por ejemplo: «He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado…», o, «Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz del otro lado preguntó por alguien que no era él», o, «Para ser un hombre de su edad, cincuenta y dos años y divorciado, a su juicio ha resuelto bastante bien el problema del sexo», o, «Fue entonces cuando vi el péndulo», o, «Cuando le abrieron la puerta entró sin saludar, subió la escalera, cruzó la segunda planta, llegó al cuarto del fondo, se desplomó en la cama y cayó en coma», o, «Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa»…

Como podrán constatar, los escritores han dejado los sesos en estos inicios. En lo particular, siempre he creído que las primeras líneas de una novela son un misterio, el abracadabra de la aventura, oscura o luminosa, que nos aguarda: es la condensación del universo narrativo que vamos a descubrir. Esto me ha obsesionado de tal manera que, hace años, intenté escribir un libro con los principios de todas las novelas que me habían gustado. Llené un cuaderno de actas de trescientos folios —aún anda por ahí—, pero luego no sabía cómo dar forma al asunto, ha sido una de las cosas más divertidas y locas que he hecho en mi vida. Quizás algún día me anime a publicarlo y lo llamaría, sin duda, El libro de los inicios.

El lector podrá imaginar, entonces, los escalofríos que paso para empezar una novela. Y bueno, esta de Papillon no fue la excepción. Hasta por la nariz me reventó la sangre mientras daba vueltas a las palabras que debía usar. Esas palabras tenían que estar acordes con el personaje y con las cosas que quería decir, porque después de que el bolígrafo desplegara sus trazos sobre el cuaderno, muchas ideas quedarían por fuera, y seguro, se colarían otras que ni siquiera había sospechado. Esta es una de las tantas desgracias de sentarse a escribir, una vez que arrancamos se cierne un orden dictatorial sobre las pretensiones del autor.

Ya había amainado la resolana y soplaba una brisa lacustre. Me puse una sudadera, un suéter amarillo y salí a comprar una resma de papel para la impresora. La caminata serviría también para desentumecer la espalda por las horas que estuve escribiendo de corrido y para cumplir mi condena pos operatoria.

Caminé hasta la avenida dos y anduve despacio, disfrutando del viento. Entré a la papelería El Baratillo, saludé al propietario, un hombre robusto y blanco al que llaman El Catire, pedí el papel y salí de regreso.

Me provocó un café y desvié el rumbo hasta la fuente de soda Irama en la calle F. Estuve un poco más de una hora pensando cosas en la mesa veintitrés. También pedí un plato de frutas para cenar y divagué en las posibilidades de una segunda versión.

La escritora Anta Teresa Torres se escandalizó cuando le dije que había quemado una novela porque las lecturas no habían sido favorables. Me aseguró que ella jamás había hecho algo así, que sus novelas las lee ella y si le gusta, las publica y listo. A lo mejor yo debería hacer lo mismo con esta, la acabo, la leo, y si me parece, pues la meto a imprenta, pero ya imagino alguna gente diciéndome sus pareceres, como el día que fui a la inauguración de la nueva sede de la Biblioteca Pública y se acercó el periodista de cultura de Panorama y me dijo sin venir a cuento, ¿qué por qué yo publicaba tanto?[1] Lo expresó en el tono en que se reclama una cosa mala y me dejó con la barriga revuelta. En fin, con esa opinión, es claro que me viera como a una caricatura de escritor. No voy a ocultar el desánimo que produjo el asunto, pero había terminado por acostumbrarme a este tipo de valoraciones.

Luego de otro café, pagué la cuenta y regresé a casa. Me puse cómodo y revisé el correo electrónico. Al principio no podía creer lo que estaba viendo, pero efectivamente, había un e-mail del escritor Enrique Vila-Matas. Hacía cosa de un par de meses, poco antes de tomar en serio el asunto de la operación, había terminado un relato un poco extraño donde este autor era, prácticamente, el protagonista, también me había apropiado de algunos de los personajes de sus novelas sin ningún pudor. Así que pensé que el asunto podía chocarle, pero sabía que existía una flaca posibilidad de que aquello terminara siendo de su agrado. Comoquiera, dije en una carta que podía cerrar para desmentirme o lo que sea. Escrito lo anterior, me armé de valor y envié una copia del manuscrito a su editorial en Barcelona. Y bueno, al parecer, ahí estaba la respuesta frente a mí. Miré el e-mail unos cuantos segundos sin tocarlo, pensando que aquello podía ser un desastre. Lo descargué de inmediato a mis documentos y leí poseído por una ansiedad desquiciante. Decía que mi trabajo le había gustado por lo que tenía de vagabundeo, que era una bella deriva por el mundo de la muerte a mano propia, y que pasaba por alto, por supuesto, que en mi melancólico libro él acababa suicidándose. Su escrito no podía ser mejor para cerrar el mío, así que me di por satisfecho y hasta reconfortado en medio de los desprecios que se van acumulando y que terminan haciéndolo sentir a uno como un esperpento. Tanto me animó el e-mail, que fui a trabajar de nuevo, a sabiendas de que me estaba sometiendo a una situación no muy recomendable para alguien al que le han sacado el corazón.

Decidí antes que las primeras líneas, que el título de la novela sería: Las aventuras del musiú Papillon en Maracaibo. No siempre se sugiere un título de entrada, pero esta vez, el saberlo podría ayudar en los devaneos de su hechura.

Había decidido también que el narrador estuviera en tercera persona y, quizás, no tenía claro aún, algunos párrafos en segunda para lograr entablar ciertos diálogos con el personaje. Todo esto tenía que estar precisado para poder parir esas primeras líneas, sino andaría a la deriva más de lo que puede ser recomendable a la hora de escribir.

Pero ahí estaba, decidido a contar una historia por el sólo placer de contarla. Nada de rebusques narrativos, un asunto muy elemental, como diría Jean-François Revel en Papillon o la literatura oral: «… se llega al fondo mismo de la narración, la narración en estado puro, en el que todo es relato. Actos, pensamientos, palabras, marcados por un mismo carácter de espontaneidad o, más bien, de una extraña mezcla de premeditación y espontaneidad, están todos presentes y no pueden ser más que acontecimientos. La intención aquí es siempre un hecho. Pensar, realizar un gesto, tienen la misma concreción que invade al individuo. El ser humano es lo que acude bruscamente al espíritu, lo que ha dicho a un compañero o lo que él ejecuta y, a cada instante, no es más que eso. Así que no hay en el universo de Papillon diferencias de intensidad».

Igual llegó la hora de dar forma al personaje. Según Philippe Hamon, este es el soporte de las conservaciones y transformaciones de un relato y, de acuerdo a Edward Morgan Forster, pueden ser planos o redondos. Dice que una novela necesita de ambos, así, los conflictos plasmados en el texto se asemejan a la realidad. El caso de Dickens es significativo porque sus personajes «son casi todos planos (Pip o David Copperfield intentan ser redondos, pero de una manera tan tímida que más que cuerpos sólidos parecen pompas)… quienes no gustan de Dickens tienen excelentes argumentos. Debería ser un mal escritor. En realidad es uno de los más grandes, y su éxito en la creación de tipos sugiere que los personajes planos pueden tener más relevancia de la que admiten los críticos intransigentes».

Y debo decir que esa vez que pensé en escribir una historia ajena a mí, sin las acostumbradas truculencias narrativas, me senté en mi mesa y escribí la condenada novela completica. La llamé, efectivamente, como ya dije que se llamaría, Las aventuras del musiú Papillon en Maracaibo, pero luego de varias lecturas aquello fue un desastre y terminé quemándola, que en realidad es un decir, porque lo que hice fue dar suprimir al archivo digital y destruir las impresiones.

En aquella primera versión de Las aventuras… traté, conforme a lo expuesto, de que las primeras líneas fueran impactantes. Como aún las recuerdo con una precisión enfermiza, aquí se las dejo para que juzguen:

«Cogiste el estuche de aluminio pulido, de unos diez centímetros por una pulgada y te lo metiste por el culo. Lo más adentro que cupo. Te lo había llevado tu mujercita Nènette, con cinco mil seiscientos francos en billetes nuevecitos y bien enrollados por dentro. Fuiste al baño y de cuclillas, embadurnándolo con saliva, lo resguardaste en tus adentros. Los ibas a necesitar porque desde antes de salir a Cayena —por haber asesinado a Roland Legrand — y de ahí a las Islas de Salvación, habías decidido fugarte a la primera oportunidad. Y para eso necesitabas muchos cobres, Papillon …muchos cobres».

Pero esto es pasado. Ahora estaba en mi mesa, con el pecho recién cosido, sintiéndome tan frágil como un anciano achacoso y dispuesto a empezar una segunda versión de Las aventuras sólo para sentirme vivo, para creer que de alguna manera me le escapo a la muerte. He escuchado que luego de ir a un velorio, la gente intenta hacer algo placentero, que los haga sentir a gusto y uno de esos escapes predilectos es hacer el amor. Lamentablemente mi cuerpo no permite semejante lujo, así que sólo me queda escribir. Y eso hago, aquí y ahora, en este cuaderno de tapas azules. Sin embargo, pese a esta teoría del placer, lo que estoy a punto de iniciar me está helando la sangre por el miedo de volver a naufragar. No creo que pueda soportarlo, pero es falso, porque siempre hay que aguantarse lo que sea. Lo peor sería reconocer una limitación muy grave para alguien que se dice escritor. Aunque lo común en este oficio es ir de fracaso en fracaso. Y reincidir.


* Se publicó en español en 1973 y en francés, en 1972, en la casa editora de Robert Laffon.

[1] En esos días había salido a la calle un relato sobre piratas.

martes, 9 de agosto de 2011

Tractat del Lobo Estepario. Por Hermann Hesse


Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico. No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona.

El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna.
Ahora bien, a nuestro lobo estepario ocurría, como a todos los seres mixtos, que, en cuanto a su sentimiento, vivía naturalmente unas veces como lobo, otras como hombre; pero que cuando era lobo, el hombre en su interior estaba siempre en acecho, observando, enjuiciando y criticando, y en las épocas en que era hombre, hacía el lobo otro tanto. Por ejemplo, cuando Harry en su calidad de hombre tenía un bello pensamiento, o experimentaba una sensación noble y delicada, o ejecutaba una de las llamadas buenas acciones, entonces el lobo que llevaba dentro enseñaba los dientes, se reía y le mostraba con sangriento sarcasmo cuán ridícula le resultaba toda esta distinguida farsa a un lobo de la estepa, a un lobo que en su corazón tenía perfecta conciencia de lo que le sentaba bien, que era trotar solitario por las estepas, beber a ratos sangre o cazar una loba, y desde el punto de vista del lobo toda acción humana tenía entonces que resultar horriblemente cómica y absurda, estúpida y vana. Pero exactamente lo mismo ocurría cuando Harry se sentía lobo y obraba como tal, cuando le enseñaba los dientes a los demás, cuando respiraba odio y enemiga terribles hacia todos los hombres y sus maneras y costumbres mentidas y desnaturalizadas. Entonces era cuando se ponía en acecho en él precisamente la parte de hombre que llevaba, lo llamaba animal y bestia y le echaba a perder y le corrompía toda la satisfacción en su esencia de lobo, simple, salvaje y llena de salud.
Así estaban las cosas con el lobo estepario, y es fácil imaginarse que Harry no llevaba precisamente una vida agradable y venturosa. Pero con esto no se quiere decir que fuera desgraciado en una medida singularísima (aunque a él mismo así le pareciese, como todo hombre cree que los sufrimientos que le han tocado en suerte son los mayores del mundo). Esto no debiera decirse de ninguna persona. Quien no lleva dentro un lobo, no tiene por eso que ser feliz tampoco. Y hasta la vida más desgraciada tiene también sus horas luminosas y sus pequeñas flores de ventura entre la arena y el peñascal. Y esto ocurría también al lobo estepario. Por lo general era muy desgraciado, eso no puede negarse, y también podía hacer desgraciados a otros, especialmente si los amaba y ellos a él. Pues todos los que le tomaban cariño, no veían nunca en él más que uno de los dos lados. Algunos le querían como hombre distinguido, inteligente y original y se quedaban aterrados y defraudados cuando de pronto descubrían en él al lobo. Y esto era irremediable, pues Harry quería, como todo individuo, ser amado en su totalidad y no podía, por lo mismo, principalmente ante aquellos cuyo afecto le importaba mucho, esconder al lobo y repudiarlo. Pero también había otros que precisamente amaban en él al lobo, precisamente a lo espontáneo, salvaje, indómito, peligroso y violento, y a éstos, a su vez, les producía luego extraordinaria decepción y pena que de pronto el fiero y perverso lobo fuera además un hombre, tuviera dentro de sí afanes de bondad y de dulzura y quisiera además escuchar a Mozart, leer versos y tener ideales de humanidad. Singularmente éstos eran, por lo general, los más decepcionados e irritados, y de este modo llevaba el lobo estepario su propia duplicidad y discordia interna también a todas las existencias extrañas con las que se ponía en contacto.
Quien, sin embargo, suponga que conoce al lobo estepario y que puede imaginarse su vida deplorable y desgarrada, está, no obstante, equivocado, no sabe, ni con mucho, todo. No sabe (ya que no hay regla sin excepción y un solo pecador es en determinadas circunstancias preferido de Dios a noventa y nueve justos) que en el caso de Harry no dejaba de haber excepciones y momentos venturosos, que él podía dejar respirar, pensar y sentir alguna vez al lobo y alguna vez al hombre con libertad y sin molestarse, es más, que en momentos muy raros, hacían los dos alguna vez las paces y vivían juntos en amor y compañía, de modo que no sólo dormía el uno cuando el otro velaba, sino que ambos se fortalecían y cada uno de ellos redoblaba el valor del otro. También en la vida de este hombre parecía, como por doquiera en el mundo, que con frecuencia todo lo habitual, lo conocido, lo trivial y lo ordinario no habían de tener más objeto que lograr aquí o allí, un intervalo aunque fuera pequeñísimo, una interrupción, para hacer sitio a lo extraordinario, a lo maravilloso, a la gracia. Si estas horas breves y raras de felicidad compensaban y amortiguaban el destino siniestro del lobo estepario, de manera que la ventura y el infortunio en fin de cuentas quedaban equiparados, o si acaso todavía más, la dicha corta, pero intensa de aquellas pocas horas absorbía todo el sufrimiento y aun arrojaba un saldo favorable, ello es de nuevo una cuestión, sobre la cual la gente ociosa puede meditar a su gusto. También el lobo meditaba con frecuencia sobre ella, y éstos eran sus días más ociosos e inútiles.
A propósito de esto, aún hay que decir una cosa. Hay bastantes personas de índole parecida a como era Harry; muchos artistas principalmente pertenecen a esta especie. Estos hombres tienen todos dentro de sí dos almas, dos naturalezas; en ellos existe lo divino y lo demoníaco, la sangre materna y la paterna, la capacidad de ventura y la capacidad de sufrimiento, tan hostiles y confusos lo uno junto y dentro de lo otro, como estaban en Harry el lobo y el hombre. Y estas personas, cuya existencia es muy agitada, viven a veces en sus raros momentos de felicidad algo tan fuerte y tan indeciblemente hermoso, la espuma de la dicha momentánea salta con frecuencia tan alta y deslumbrante por encima del mar del sufrimiento, que este breve relámpago de ventura alcanza y encanta radiante a otras personas. Así se producen, como preciosa y fugitiva espuma de felicidad sobre el mar de sufrimiento, todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad. Todos estos hombres, llámense como se quieran sus hechos y sus obras, no tienen realmente, por lo general, una verdadera vida, es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como otros son jueces, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento y un flujo y reflujo eternos y penosos, está infeliz y dolorosamente desgarrada, es terrible y no tiene sentido, si no se está dispuesto a ver dicho sentido precisamente en aquellos escasos sucesos, hechos, ideas y obras que irradian por encima del caos de una vida así. Entre los hombres de esta especie ha surgido el pensamiento peligroso y horrible de que acaso toda la vida humana no sea sino un tremendo error, un aborto violento y desgraciado de la madre universal, un ensayo salvaje y horriblemente desafortunado de la naturaleza. Pero también entre ellos es donde ha surgido la otra idea de que el hombre acaso no sea sólo un animal medio razonable, sino un hijo de los dioses y destinado a la inmortalidad.
Toda especie humana tiene sus caracteres, sus sellos, cada una tiene sus virtudes y sus vicios, cada una, su pecado mortal. A los caracteres del lobo estepario pertenecía el que era un hombre nocturno. La mañana era para él una mala parte del día, que le asustaba y que nunca le trajo nada agradable. Nunca estuvo verdaderamente contento en una mañana cualquiera de su vida, nunca hizo nada bueno en las horas antes de mediodía, nunca tuvo buenas ocurrencias ni pudo proporcionarse a sí mismo ni a los demás alegrías en esas horas. Sólo en el transcurso de la tarde se iba entonando y animando, y únicamente hacia la noche se mostraba, en sus buenos días, fecundo, activo y a veces fogoso y alegre. Nunca ha tenido hombre alguno una necesidad más profunda y apasionada de independencia que él. En su juventud, siendo todavía pobre y costándole trabajo ganarse el pan, prefería pasar hambre y andar con los vestidos rotos, si así salvaba un poco de independencia. No se vendió nunca por dinero ni por comodidades, nunca a mujeres ni a poderosos; más de cien veces tiró y apartó de sí lo que a los ojos de todo el mundo constituía sus excelencias y ventajas, para conservar en cambio su libertad. Ninguna idea le era más odiosa y horrible que la de tener que ejercer un cargo, someterse a una distribución del tiempo, obedecer a otros. Una oficina, una cancillería, un negociado eran cosas para él tan execrables como la muerte, y lo más terrible que pudo vivir en sueños fue la reclusión en un cuartel. A todas estas situaciones supo sustraerse, a veces mediante grandes sacrificios. En esto estaba su fortaleza y su virtud, aquí era inflexible, aquí era su carácter firme y rectilíneo. Pero a esta virtud estaban íntimamente ligados su sufrimiento y su destino. Le sucedía lo que les sucede a todos; lo que él, por un impulso muy íntimo de su ser, buscó y anheló con la mayor obstinación, logró obtenerlo, pero en mayor medida de la que es conveniente a los hombres. En un principio fue su sueño y su ventura, después su amargo destino. El hombre poderoso en el poder sucumbe; el hombre del dinero, en el dinero; el servil y humilde, en el servicio; el que busca el placer, en los placeres. Y así sucumbió el lobo estepario en su independencia. Alcanzó su objetivo, fue cada vez más independiente, nadie tenía nada que ordenarle, a nadie tenía que ajustar sus actos, sólo y libremente determinaba él a su antojo lo que había de hacer y lo que había de dejar. Pues todo hombre fuerte alcanza indefectiblemente aquello que va buscando con verdadero ahínco. Pero en medio de la libertad lograda se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que él mismo a sí tampoco, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y de aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación, que su mágico deseo se había cumplido y ya no era posible retirarlo, que ya no servía de nada extender los brazos abiertos lleno de nostalgia y con el corazón henchido de buena voluntad, brindando solidaridad y unión; ahora lo dejaban solo. Y no es que fuera odioso y detestado y antipático a los demás. Al contrario, tenía muchos amigos. Muchos lo querían bien. Pero siempre era únicamente simpatía y amabilidad lo que encontraba; lo invitaban, le hacían regalos, le escribían bonitas cartas, pero nadie se le aproximaba espiritualmente, por ninguna parte surgía compenetración con nadie, y nadie estaba dispuesto ni era capaz de compartir su vida. Ahora lo envolvía el ambiente de soledad, una atmósfera de quietud, un apartamiento del mundo que lo rodeaba, una incapacidad de relación, contra la cual no podía nada ni la voluntad, ni el afán, ni la nostalgia. Este era uno de los caracteres más importantes de su vida.
Otro era que había que clasificarlo entre los suicidas. Aquí debe decirse que es erróneo llamar suicidas sólo a las personas que se asesinan realmente. Entre éstas hay, sin embargo, muchas que se hacen suicidas en cierto modo por casualidad y de cuya esencia no forma parte el suicidismo. Entre los hombres sin personalidad, sin sello marcado, sin fuerte destino, entre los hombres adocenados y de rebaño hay muchos que perecen por suicidio, sin pertenecer por eso en toda su característica al tipo de los suicidas, en tanto que, por otra parte, de aquellos que por su naturaleza deben contarse entre los suicidas, muchos, quizá la mayoría, no ponen nunca mano sobre sí en la realidad. El «suicida» ­y Harry era uno­ no es absolutamente preciso que esté en una relación especialmente violenta con la muerte; esto puede darse también sin ser suicida. Pero es peculiar del suicida sentir su yo, lo mismo da con razón que sin ella, como un germen especialmente peligroso, incierto y comprometido, que se considera siempre muy expuesto y en peligro, como si estuviera sobre el pico estrechísimo de una roca, donde un pequeño empuje externo o una ligera debilidad interior bastarían para precipitarlo en el vacío. Esta clase de hombres se caracteriza en la trayectoria de su destino porque el suicidio es para ellos el modo más probable de morir, al menos según su propia idea. Este temperamento, que casi siempre se manifiesta ya en la primera juventud y no abandona a estos hombres durante toda su vida, no presupone de ninguna manera una fuerza vital especialmente debilitada; por el contrario, entre los «suicidas» se hallan naturalezas extraordinariamente duras, ambiciosas y hasta audaces. Pero así como hay naturalezas que a la menor indisposición propenden a la fiebre, así estas naturalezas, que llamamos «suicidas», y que son siempre muy delicadas y sensibles, propenden, a la más pequeña conmoción, a entregarse intensamente a la idea del suicidio. Si tuviéramos una ciencia con el valor y la fuerza de responsabilidad para ocuparse del hombre y no solamente de los mecanismos de los fenómenos vitales, si tuviéramos algo como lo que debiera ser una antropología, algo así como una psicología, serían conocidas estas realidades de todo el mundo.
Lo que hemos dicho aquí acerca de los suicidas se refiere todo, naturalmente, a la superficie, es psicología, esto es, un pedazo de física. Metafísicamente considerada, la cuestión está de otro modo y mucho más clara, pues en este sentido los «suicidas» se nos ofrecen como los atacados del sentimiento de la individuación, como aquellas almas para las cuales ya no es fin de su vida sus propias perfección y evolución, sino su disolución, tornando a la madre, a Dios, al todo. De estas naturalezas hay muchísimas perfectamente incapaces de cometer jamás el suicidio real, porque han reconocido profundamente su pecado. Para nosotros, son, sin embargo, suicidas, pues ven la redención en la muerte, no en la vida; están dispuestos a eliminarse y entregarse, a extinguirse y volver al principio.
Como toda fuerza puede también convertirse en una flaqueza (es más, en determinadas circunstancias se convierte necesariamente), así puede a la inversa el suicida típico hacer a menudo de su aparente debilidad una fuerza y un apoyo, lo hace en efecto con extraordinaria frecuencia. Entre estos casos cuenta también el de Harry, el lobo estepario. Como millares de su especie, de la idea de que en todo momento le estaba abierto el camino de la muerte no sólo se hacía una trama fantástica melancólico­infantil, sino que de la misma idea se forjaba un consuelo y un sostén. Ciertamente que en él, como en todos los individuos de su clase, toda conmoción, todo dolor, toda mala situación en la vida, despertaba al punto el deseo de sustraerse a ella por medio de la muerte. Pero poco a poco se creó de esta predisposición una filosofía útil para la vida. La familiaridad con la idea de que aquella salida extrema estaba constantemente abierta, le daba fuerza, lo hacía curioso para apurar los dolores y las situaciones desagradables, y cuando le iba muy mal, podía expresar su sentimiento con feroz alegría, con una especie de maligna alegría: «Tengo gran curiosidad por ver cuánto es realmente capaz de aguantar un hombre. En cuanto alcance el límite de lo soportable, no habrá más que abrir la puerta y ya estaré fuera.» Hay muchos suicidas que de esta idea logran extraer fuerzas extraordinarias.
Por otra parte, a todos los suicidas les es familiar la lucha con la tentación del suicidio. Todos saben muy bien, en alguno de los rincones de su alma, que el suicidio es, en efecto, una salida, pero muy vergonzante e ilegal, que en el fondo, es más noble y más bello dejarse vencer y sucumbir por la vida misma que por la propia mano. Esta conciencia, esta mala conciencia, cuyo origen es el mismo que el de la mala conciencia de los llamados autosatisfechos, obliga a los suicidas a una lucha constante contra su tentación. Estos luchan, como lucha el cleptómano contra su vicio. También al lobo estepario le era perfectamente conocida esta lucha; con toda clase de armas la había sostenido. Finalmente, llegó, a la edad de unos cuarenta y siete años, a una ocurrencia feliz y no exenta de humorismo, que le producía gran alegría. Fijó la fecha en que cumpliera cincuenta años como el día en el cual había de poder permitirse el suicidio. En dicho día, así lo convino consigo mismo, habría de estar en libertad de utilizar la salida para caso de apuro, o no utilizarla, según el cariz del tiempo. Aunque le pasase lo que quisiera, aunque se pusiera enfermo, perdiese su dinero, experimentara sufrimientos y amarguras, ¡todo estaba emplazado, todo podía a lo sumo durar estos pocos años, meses, días, cuyo número iba disminuyendo constantemente! Y, en efecto, soportaba ahora con mucha más facilidad muchas incomodidades que antes lo martirizaban más y más tiempo, y acaso lo conmovían hasta los tuétanos. Cuando por cualquier motivo le iba particularmente mal, cuando a la desolación, al aislamiento y a la depravación de su vida se le agregaban además dolores o pérdidas especiales, entonces podía decirles a los dolores: « ¡Esperad dos años no más y seré vuestro dueño!» Y luego se abismaba con cariño en la idea de que el día en que cumpliera los cincuenta años, llegarían por la mañana las cartas y las felicitaciones, mientras que él, seguro de su navaja de afeitar, se despedía de todos los dolores y cerraba la puerta tras sí. Entonces verían la gota en las articulaciones, la melancolía, el dolor de cabeza y el dolor de estómago dónde se quedaban.

Aún resta explicar el fenómeno específico del lobo estepario y, sobre todo, su relación particular con la burguesía, refiriendo estos hechos a sus leyes fundamentales. Tomemos como punto de partida, puesto que ello se ofrece por sí mismo, aquella su relación con lo «burgués».
El lobo estepario estaba, según su propia apreciación, completamente fuera del mundo burgués, ya que no conocía ni vida familiar ni ambiciones sociales. Se sentía en absoluto como individualidad aislada, ya como ser extraño y enfermizo anacoreta, ya como hipernormal, como un individuo de disposiciones geniales y elevado sobre las pequeñas normas de la vida corriente. Consciente, despreciaba al hombre burgués y tenía a orgullo no serlo. Esto no obstante, vivía en muchos aspectos de un modo enteramente burgués; tenía dinero en el Banco y ayudaba a parientes pobres, es verdad que se vestía sin atildamiento, pero con decencia y para no llamar la atención; procuraba vivir en buena paz con la Policía, con el recaudador de contribuciones y otros poderes parecidos. Pero, además, lo atraía también un fuerte y secreto afán constante hacia el mundo de la pequeña burguesía, hacia las tranquilas y decentes casas de familia, con jardinillos limpios, escaleras relucientes y toda su modesta atmósfera de orden y de pulcritud. Le gustaba tener sus pequeños vicios y sus extravagancias, sentirse extraburgués, como ente raro o como genio, pero no habitaba ni vivía nunca, por decirlo así, en los suburbios de la vida, donde no hay burguesía ya. Ni estaba en su elemento entre los hombres violentos y de excepción, ni entre los criminales y mal avenidos con la ley, sino que se quedaba siempre viviendo en los dominios de la burguesía, con cuyos hábitos, normas y ambiente no dejaba de estar en relación, aunque fuera antagónica y rebelde. Además, se había criado en una educación de pequeña burguesía y había conservado desde entonces una multitud de conceptos y rutinas. Teóricamente no tenía nada contra la prostitución, pero hubiera sido incapaz de tomar en serio personalmente a una prostituta y de considerarla realmente como su igual. Al acusado de delitos políticos, al revolucionario o al inductor espiritual perseguido por el Estado y por la sociedad podía estimar como a un hermano, pero con un ladrón, salteador o asesino no hubiese sabido qué hacerse, como no fuera compadecerlos de un modo un tanto burgués.
De esta manera reconocía y afirmaba siempre con una mitad de su ser y de su actividad, lo que con la otra mitad negaba y combatía. Educado con severidad y buenas costumbres en una casa culta de la burguesía, estaba siempre apegado con parte de su alma a los órdenes de este mundo, aun después de haberse individualizado hacía mucho tiempo por encima de toda medida posible en un ambiente burgués y de haberse libertado del contenido ideal y del credo de la burguesía.
Lo «burgués», pues, como un estado siempre latente dentro de lo humano, no es otra cosa que el ensayo de una compensación, que el afán de un término medio de avenencia entre los numerosos extremos y dilemas contrapuestos de la humana conducta. Si tomamos como ejemplo cualquiera de estos dilemas de contraposición, a saber, el de un santo y un libertino, se comprenderá al punto nuestra alegría. El hombre tiene la facultad de entregarse por entero a lo espiritual, al intento de aproximación a lo divino, al ideal de los santos. Tiene también, por el contrario, la facultad de entregarse por completo a la vida del instinto, a los apetitos sensuales y de dirigir todo su afán a la obtención de placeres del momento. Uno de los caminos acaba en el santo, en el mártir del espíritu, en la propia renunciación y sacrificio por amor a Dios. El otro camino acaba en el libertino, en el mártir de los instintos, en el propio sacrificio en aras de la descomposición y el aniquilamiento. Ahora bien, el burgués trata de vivir en un término medio confortable entre ambas sendas. Nunca habrá de sacrificarse o de entregarse ni a la embriaguez ni al ascetismo, nunca será mártir ni consentirá en su aniquilamiento. Al contrario, su ideal no es sacrificio, sino conservación del yo, su afán no se dirige ni a la santidad ni a lo contrario; la incondicionalidad le es insoportable; sí quiere servir a Dios, pero también a los placeres del mundo; sí quiere ser virtuoso, pero al mismo tiempo pasarlo en la tierra un poquito bien y con comodidad. En resumen, trata de colocarse en el centro, entre los extremos, en una zona templada y agradable, sin violentas tempestades ni tormentas, y esto lo consigue, desde luego, aun a costa de aquella intensidad de vida y de sensaciones que proporciona una existencia enfocada hacia lo incondicional y extremo. Intensivamente no se puede vivir más que a costa del yo. Pero el burgués no estima nada tanto como al yo (claro que un yo desarrollado sólo rudimentariamente). A costa de la intensidad alcanza seguridad y conservación; en vez de posesión de Dios, no cosecha sino tranquilidad de conciencia; en lugar de placer, bienestar; en vez de libertad, comodidad; en vez de fuego abrasador, una temperatura agradable. El burgués es consiguientemente por naturaleza una criatura de débil impulso vital, miedoso, temiendo la entrega de sí mismo, fácil de gobernar. Por eso ha sustituido el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley, la responsabilidad por el sistema de votación.
Es evidente que este ser débil y asustadizo, aun existiendo en cantidad tan considerable, no puede sostenerse, que por razón de sus cualidades no podría representar en el mundo otro papel que el de rebaño de corderos entre lobos errantes. Sin embargo, vemos que, aunque en tiempos de los gobiernos de naturalezas muy vigorosas el ciudadano burgués es inmediatamente aplastado contra la pared, no perece nunca, y a veces hasta se nos antoja que domina en el mundo. ¿Cómo es esto posible? Ni el gran número de sus rebaños, ni la virtud, ni el common sense, ni la organización serían lo bastante fuertes para salvarlo de la derrota. No hay medicina en el mundo que pueda sostener a quien tiene la intensidad vital tan debilitada desde el principio. Y sin embargo, la burguesía vive, es poderosa y próspera. ¿Por qué?
La respuesta es la siguiente: por los lobos esteparios. En efecto, la fuerza vital de la burguesía no descansa en modo alguno sobre las cualidades de sus miembros normales, sino sobre las de los extraordinariamente numerosos outsiders que puede contener aquélla gracias a lo desdibujado y a la elasticidad de sus ideales. Viven siempre dentro de la burguesía una gran cantidad de temperamentos vigorosos y fieros. Nuestro lobo estepario, Harry, es un ejemplo característico. Él, que se ha individualizado mucho más allá de la medida posible a un hombre burgués, que conoce las delicias de la meditación, igual que las tenebrosas alegrías del odio a todo y a sí mismo, que desprecia la ley, la virtud y el common sense es un adepto forzoso de la burguesía y no puede sustraerse a ella. Y así acampan en torno de la masa burguesa, verdadera y auténtica, grandes sectores de la humanidad, muchos millares de vidas y de inteligencias, cada una de las cuales, aunque se sale del marco de la burguesía y estaría llamada a una vida de incondicionalidades, es, sin embargo, atraída por sentimientos infantiles hacia las formas burguesas y contagiada un tanto de su debilitación en la intensidad vital, se aferra de cierta manera a la burguesía, quedando de algún modo sujeta, sometida y obligada a ella. Pues a ésta le cuadra, a la inversa, el principio de los poderosos: «Quien no está contra mí, está conmigo.»
Si examinamos en este aspecto el alma del lobo estepario, se nos manifiesta éste como un hombre al cual su grado elevado de individuación lo clasifica ya entre los no burgueses, pues toda individuación superior se orienta hacia el yo y propende luego a su aniquilamiento. Vemos cómo siente dentro de sí fuertes estímulos, tanto hacia la santidad como hacia el libertinaje, pero a causa de alguna debilitación o pereza no pudo dar el salto en el insondable espacio vacío, quedando ligado al pesado astro materno de la burguesía. Esta es su situación en el Universo, éste su atadero. La inmensa mayoría de los intelectuales, la mayor parte de los artistas pertenecen a este tipo. Únicamente los más vigorosos de ellos traspasan la atmósfera de la tierra burguesa y llegan al cosmos, todos los demás se resignan o transigen, desprecian la burguesía y pertenecen a ella sin embargo, la robustecen y glorifican, al tener que acabar por afirmaría para poder seguir viviendo. Estas numerosas existencias no llegan a lo trágico, pero sí a un infortunio y a una desventura muy considerables, en cuyo infierno han de cocerse y fructificar sus talentos. Los pocos que consiguen desgarrarse con violencia, logran lo absoluto y sucumben de manera admirable; son los trágicos, su número es reducido. Pero a los otros, a los que permanecen sometidos, cuyos talentos son con frecuencia objeto de grandes honores por parte de la burguesía, a éstos les está abierto un tercer imperio, un mundo imaginario, pero soberano: estos mártires perpetuos, a los cuales les es negada la potencia necesaria para lo trágico, para abrirse camino hasta los espacios siderales, que se sienten llamados hacia lo absoluto y, sin embargo, no pueden vivir en él: a ellos se les ofrece, cuando su espíritu se ha fortalecido y se ha hecho elástico en el sufrimiento, la salida acomodaticia al humorismo. El humorismo es siempre un poco burgués, aun cuando el verdadero burgués es incapaz de comprenderlo. En su esfera imaginaria encuentra realización el ideal enmarañado y complicado de todos los lobos esteparios: aquí es posible no sólo afirmar a la vez al santo y al libertino, plegando los polos hasta juntarlos, sino comprender además en la afirmación al propio burgués. Al poseído de Dios le es, sin duda, muy posible afirmar al criminal, y viceversa; pero a ambos, y a todos los otros seres absolutos, les es imposible afirmar aquel término tibio y neutral, lo burgués. Sólo el humorismo, el magnífico invento de los detenidos en su llamamiento hacia lo más grande, de los casi trágicos, de los infelices de la máxima capacidad, sólo el humorismo (quizás el producto más característico y más genial de la humanidad) lleva a cabo este imposible, cubre y combina todos los círculos de la naturaleza humana con las irradiaciones de sus prismas. Vivir en el mundo, como si no fuera el mundo, respetar la ley y al propio tiempo estar por encima de ella, poseer, «como si no se poseyera», renunciar, como si no se tratara de una renunciación ­tan sólo el humorismo está en condiciones de realizar todas estas exigencias, favoritas y formuladas con frecuencia, de una sabiduría superior de la vida.
Y en caso de que el lobo estepario, a quien no faltan facultades y disposición para ello, lograra en el laberinto de su infierno acabar de cocer y de transpirar esta bebida mágica, entonces estaría salvado. Aún le falta mucho para ello. Pero la posibilidad, la esperanza, existe. Quien lo quiera, quien sienta simpatías por él, debe desearle esta salvación. Ciertamente que de este modo él se quedaría para siempre dentro de lo burgués, pero sus tormentos serían llevaderos y fructíferos. Su relación con la burguesía, en amor y en odio, perdería la sentimentalidad, y su ligadura a este mundo cesaría de martirizarlo constantemente como una vergüenza.
Para alcanzar esto o acaso para, al final, poder todavía osar el salto en el espacio, tendría un lobo estepario así que enfrentarse alguna vez consigo mismo, mirar hondamente en el caos de la propia alma y llegar a la plena conciencia de sí. Su existencia enigmática se le revelaría al instante en su plena invariabilidad, y a partir de entonces sería imposible volver a refugiarse una y otra vez desde el infierno de sus instintos en los consuelos filosófico­sentimentales, y de éstos en el ciego torbellino de su esencia lobuna. El hombre y el lobo se verían obligados a reconocerse mutuamente, sin caretas sentimentales engañosas, y a mirarse fijamente a los ojos. Entonces, o bien explotarían, disgregándose para siempre, de modo que se acabara el lobo estepario, o bien concertarían un matrimonio de razón a la luz naciente del humorismo.
Es posible que Harry se encuentre un día ante esta última posibilidad. Es posible que un día llegue a reconocerse, bien porque caiga en sus manos uno de nuestros pequeños espejos, o porque tropiece con los inmortales, o porque encuentre quizás en uno de nuestros teatros de magia aquello que necesita para la liberación de su alma abandonada en la miseria. Mil posibilidades así lo aguardan, su destino las atrae con fuerza irresistible, todos estos individuos al margen de la burguesía viven en la atmósfera de estas posibilidades. Una insignificancia basta, y surge la chispa.
Y todo esto lo conoce muy bien el lobo estepario, aun cuando no llegue nunca a ver este trozo de su biografía interna. Presiente su situación dentro del edificio del mundo, presiente y conoce a los inmortales, presiente y teme la posibilidad de un encuentro consigo mismo, sabe de la existencia de aquel espejo, en el cual siente tan terrible necesidad de mirarse y en el cual teme con mortal angustia verse reflejado.

Para terminar nuestro estudio queda por resolver todavía una última ficción, una mixtificación fundamental. Todas las «aclaraciones», toda la psicología, todos los intentos de comprensión necesitan, desde luego, de los medios auxiliares, teorías, mitologías, ficciones; y un autor honrado no debería omitir al final de una exposición la resolución en lo posible de estas ficciones. Cuando digo «arriba» o «abajo», ya es esto una afirmación que necesita explicarse, pues un arriba y un abajo no los hay más que en el pensamiento, en la abstracción. El mundo mismo no conoce ningún arriba ni abajo.
Así es también, para decirlo pronto, una mentira el lobo estepario. Cuando Harry se considera a sí mismo como hombre­lobo y piensa que está compuesto de dos seres hostiles y contrarios, ello es puramente una mitología simplificadora. Harry no es un hombre­lobo, y si nosotros también acogimos, aparentemente sin fijarnos, su ficción, por él mismo inventada y creída, tratando de considerarlo y de explicarlo realmente como un ente doble, como lobo estepario, nos aprovechamos de un engaño con la esperanza de ser comprendidos más fácilmente, engaño cuya depuración debe intentarse ahora.
La bidivisión en lobo y hombre, en instinto y espíritu, por la cual Harry procura hacerse más comprensible su sino, es una simplificación muy grosera, una violencia ejercida sobre la realidad en beneficio de una explicación plausible, pero equivocada, de las contradicciones que este hombre encuentra dentro de sí y que le parecen la fuente de sus no escasos sufrimientos. Harry encuentra en sí un «hombre», esto es, un mundo de ideas, sentimientos, de cultura, de naturaleza dominada y sublimada, y a la vez encuentra allí al lado, también dentro de sí, un «lobo», es decir, un mundo sombrío de instintos, de fiereza, de crueldad, de naturaleza ruda, no sublimada. A pesar de esta división aparentemente tan clara de su ser en dos esferas que le son hostiles, ha comprobado, sin embargó, alguna vez que por un rato, durante algún feliz momento, se reconcilian el lobo y el hombre. Si Harry quisiera tratar de determinar en cada instante aislado de su vida, en cada uno de sus actos, en cada una de sus sensaciones, qué participación tuviera el hombre y cuál el lobo, se encontraría en un callejón sin salida y se vendría abajo toda su bella teoría del lobo. Pues no hay un solo hombre, ni siquiera el negro primitivo, ni tampoco el idiota, tan lindamente sencillo que su naturaleza pueda explicarse como la suma de sólo dos o tres elementos principales; y querer explicar a un hombre precisamente tan diferenciado como Harry con la división pueril en lobo y hombre, es un intento infantil desesperado. Harry no está compuesto de dos seres, sino de ciento, de millares. Su vida oscila (como la vida de todos los hombres) no ya entre dos polos, por ejemplo el instinto y el alma, o el santo y el libertino, sino que oscila entre millares, entre incontables pares de polos.
No ha de asombrarnos que un hombre tan instruido y tan inteligente como Harry se tenga por un lobo estepario, crea poder encerrar la rica y complicada trama de su vida en una fórmula tan llana, tan primitiva y brutal. El hombre no posee muy desarrollada la capacidad de pensar, y hasta el más espiritual y cultivado mira al mundo y a sí propio siempre a través del lente de fórmulas muy ingenuas, simplificadoras y engañosas ­ ¡ especialmente a sí propio!­. Pues, a lo que parece, es una necesidad innata fatal en todos los hombres representarse cada uno su yo como una unidad. Y aunque esta quimera sufra con frecuencia algún grave contratiempo y alguna sacudida, vuelve siempre a curar y surgir lozana. El juez, sentado frente al asesino y mirándolo a los ojos, que oye hablar todo un rato al criminal con su propia voz (la del juez) y encuentra además en su propio interior todos los matices y capacidades y posibilidades del otro, vuelve ya al momento siguiente a su propia identidad, a ser Juez, se cobija de nuevo rápidamente en la funda de su yo imaginario, cumple con su deber y condena a muerte al asesino. Y si alguna vez en las almas humanas organizadas delicadamente y de especiales condiciones de talento surge el presentimiento de su diversidad, si ellas, como todos los genios, rompen el mito de la unidad de la persona y se consideran como polipartitas, como un haz de muchos yos, entonces, con sólo que lleguen a expresar esto, las encierra inmediatamente la mayoría, llama en auxilio a la ciencia, comprueba esquizofrenia y protege al mundo de que de la boca de estos desgraciados tenga que oír un eco de la verdad. Pero ¿a qué perder aquí palabras, a qué expresar cosas cuyo conocimiento se sobreentiende para todo el que piense, pero que no es costumbre expresarlas? Cuando, por consiguiente, un hombre se adelanta a extender a una duplicidad la unidad imaginada del yo, resulta ya casi un genio, al menos en todo caso una excepción rara e interesante. Pero en realidad ningún yo, ni siquiera el más ingenuo, es una unidad, sino un mundo altamente multiforme, un pequeño cielo de estrellas, un caos de formas, de gradaciones y de estados, de herencias y de posibilidades. Que cada uno individualmente se afane por tomar a este caos por una unidad y hable de su yo como si fuera un fenómeno simple, sólidamente conformado y delimitado claramente: esta ilusión natural a todo hombre (aun al más elevado) parece ser una necesidad, una exigencia de la vida, lo mismo que el respirar y el comer.
La ilusión descansa en una sencilla traslación. Como cuerpo, cada hombre es uno; como alma, jamás. También en poesía, hasta en la más refinada, se viene operando siempre desde tiempo inmemorial con personajes aparentemente completos, aparentemente de unidad. En la poesía que hasta ahora se conoce, los especialistas, los competentes, prefieren el drama, y con razón, pues ofrece (u ofrecería) la posibilidad máxima de representar al yo como una multiplicidad ­si a esto no lo contradijera la grosera apariencia de que cada personaje aislado del drama ha de antojársenos una unidad, ya que está metido dentro de un cuerpo solo, unitario y cerrado­. Y es el caso también que la estética ingenua considera lo más elevado al llamado drama de caracteres, en el cual cada figura aparece como unidad perfectamente destacada y distinta. Sólo poco a poco, y visto desde lejos, va surgiendo en algunos la sospecha de que quizá todo esto es una barata estética superficial, de que nos engañamos al aplicar a nuestros grandes dramáticos los conceptos, magníficos, pero no innatos a nosotros, sino sencillamente imbuidos, de belleza de la Antigüedad, la cual, partiendo siempre del cuerpo visible, inventó muy propiamente la ficción del yo, de la persona. En los poemas de la vieja India, este concepto es totalmente desconocido; los héroes de las epopeyas indias no son personas, sino nudos de personas, series de encarnaciones. Y en nuestro mundo moderno hay obras poéticas en las cuales, tras el velo del personaje o del carácter, del que el autor apenas si tiene plena conciencia, se intenta representar una multiplicidad anímica. Quien quiera llegar a conocer esto ha de decidirse a considerar a las figuras de una poesía así no como seres singulares, sino como partes o lados o aspectos diferentes de una unidad superior (sea el alma del poeta). El que examine, por ejemplo, al Fausto de esta manera, obtendrá de Fausto, Mefistófeles, Wagner y todos los demás una unidad, un hiperpersonaje, y únicamente en esta unidad superior, no en las figuras aisladas, es donde se denota algo de la verdadera esencia del alma humana. Cuando Fausto dice aquella sentencia tan famosa entre los maestros de escuela y admirada con tanto horror por el filisteo: Hay viviendo dos almas en mi pecho, entonces se olvida de Mefistófeles y de una multitud entera de otras almas, que lleva igualmente en su pecho. También nuestro lobo estepario cree firmemente llevar dentro de su pecho dos almas (lobo y hombre), y por ello se siente ya fuertemente oprimido. Y es que, claro, el pecho, el cuerpo no es nunca más que uno; pero las almas que viven dentro no son dos, ni cinco, sino innumerables; el hombre es una cebolla de cien telas, un tejido compuesto de muchos hilos. Esto lo reconocieron y lo supieron con exactitud los antiguos asiarcas, y en el yoga budista se inventó una técnica precisa para desenmascarar el mito de la personalidad. Pintoresco y complejo es el juego de la vida: este mito, por desenmascarar el cual se afanó tanto la India durante mil años, es el mismo por cuyo sostenimiento y vigorización ha trabajado el mundo occidental también con tanto ahínco.
Si observamos desde este punto de vista al lobo estepario, nos explicamos por qué sufre tanto bajo su ridícula duplicidad. Cree, como Fausto, que dos almas son ya demasiado para un solo pecho y habrían de romperlo. Pero, por el contrario, son demasiado poco, y Harry comete una horrible violencia con su alma al tratar de explicársela de un aspecto tan rudimentario. Harry, a pesar de ser un hombre muy ilustrado, se produce como, por ejemplo, un salvaje que no supiera contar más que hasta dos. A un trozo de silo llama hombre; a otro, lobo, y con ello cree estar al fin de la cuenta y haberse agotado. En el «hombre» mete todo lo espiritual, sublimado o, por lo menos, cultivado, que encuentra dentro de sí, y en el «lobo» todo lo instintivo, fiero y caótico. Pero de un modo tan simple como en nuestros pensamientos, de un modo tan grosero como en nuestro ingenuo lenguaje, no ocurren las cosas en la vida, y Harry se engaña doblemente al aplicar esta teoría primitiva del lobo. Tememos que Harry atribuya ya al hombre regiones enteras de su alma que aún están muy distantes del hombre, y en cambio al lobo partes de su ser que hace ya mucho se han salido de la fiera.
Como todos los hombres, cree también Harry que sabe muy bien lo que es el ser humano, y, sin embargo, no lo sabe en absoluto, aun cuando lo sospecha con alguna frecuencia en sueños y en otros estados de conciencia difíciles de comprobar. ¡Si no olvidara estas sospechas! ¡Si al menos se las asimilara en todo lo posible! El hombre no es de ninguna manera un producto firme y duradero (éste fue, a pesar de los presentimientos contrapuestos de sus sabios, el ideal de la Antigüedad), es más bien un ensayo y una transición; no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios lo impulsa la determinación más íntima; hacia la naturaleza, en retorno a la madre, lo atrae el más íntimo deseo: entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo. Lo que los hombres, la mayor parte de las veces, entienden bajo el concepto «hombre», es siempre no más que un transitorio convencionalismo burgués. Ciertos instintos muy rudos son rechazados y prohibidos por este convencionalismo; se pide un poco de conciencia, de civilidad y desbestialización, una pequeña porción de espíritu no sólo se permite, sino que es necesaria. El «hombre» de esta convención es, como todo ideal burgués, un compromiso, un tímido ensayo de ingenua travesura para frustrar tanto a la perversa madre primitiva Naturaleza como al molesto padre primitivo Espíritu en sus vehementes exigencias, y lograr vivir en un término medio entre ellos. Por esto permite y tolera el burgués eso que llama «personalidad»; pero al mismo tiempo entrega la personalidad a aquel moloc «Estado» y enzarza continuamente al uno contra la otra. Por eso el burgués quema hoy por hereje o cuelga por criminal a quien pasado mañana ha de levantar estatuas.
Que el «hombre» no es algo creado ya, sino una exigencia del espíritu, una posibilidad lejana, tan deseada como temida, y que el camino que a él conduce sólo se va recorriendo a pequeños trocitos y bajo terribles tormentos y éxtasis, precisamente por aquellas raras individualidades a las que hoy se prepara el patíbulo y mañana el monumento; esta sospecha vive también en el lobo estepario. Pero lo que él dentro de sí llama «hombre», en contraposición a su «lobo», no es, en gran parte, otra cosa más que precisamente aquel «hombre» mediocre del convencionalismo burgués. El camino al verdadero hombre, el camino a los inmortales, no deja Harry de adivinarlo perfectamente y lo recorre también aquí y allá con timidez muy poco a poco, pagando esto con graves tormentos, con aislamiento doloroso. Pero afirmar y aspirar a aquella suprema exigencia, a aquella encarnación pura y buscada por el espíritu, caminar la única senda estrecha hacia la inmortalidad, eso lo teme él en lo más profundo de su alma. Se da perfecta cuenta: ello conduce a tormentos aún mayores, a la proscripción, al renunciamiento de todo, quizás al cadalso; y aunque al final de este camino sonríe seductora la inmortalidad, no está dispuesto a sufrir todos estos sufrimientos, a morir todas estas muertes. Aun teniendo más conciencia del fin de la encarnación que los burgueses, cierra, sin embargo, los ojos y no quiere saber que el apego desesperado al yo, el desesperado no querer morir, es el camino más seguro para la muerte eterna, en tanto que sabe morir, rasgar el velo del arcano, ir buscando eternamente mutaciones al yo, conduce a la inmortalidad. Cuando adora a sus favoritos entre los inmortales, por ejemplo a Mozart, no lo mira en último término nunca sino con ojos de burgués, y tiende a explicarse doctoralmente la perfección de Mozart sólo por sus altas dotes de músico, en lugar de por la grandeza de su abnegación, paciencia en el sufrimiento e independencia frente a los ideales de la burguesía, por su resignación para con aquel extremo aislamiento, parecido al del huerto de Getsemani, que en torno del que sufre y del que está en trance de reencarnación enrarece toda la atmósfera burguesa hasta convertirla en helado éter cósmico.
Pero, en fin, nuestro lobo estepario ha descubierto dentro de sí, al menos, la duplicidad fáustica; ha logrado hallar que a la unidad de su cuerpo no le es inherente una unidad espiritual, sino que, en el mejor de los casos, sólo se encuentra en camino, con una larga peregrinación por delante, hacia el ideal de esta armonía. Quisiera o vencer dentro de sí al lobo y vivir enteramente como hombre o, por el contrario, renunciar al hombre y vivir, al menos, como lobo, una vida uniforme, sin desgarramientos. Probablemente no ha observado nunca con atención a un lobo auténtico; hubiese visto entonces quizá que tampoco los animales tienen un alma unitaria, que también en ellos, detrás de la bella y austera forma del cuerpo, viven una multiplicidad de afanes y de estados; que también el lobo tiene abismos en su interior, que también el lobo sufre. No, con la « ¡Vuelta a la naturaleza!» va siempre el hombre por un falso camino, lleno de penalidades y sin esperanzas. Harry no puede volver a convertirse enteramente en lobo, y silo pudiera, vería que tampoco el lobo es a su vez nada sencillo y originario, sino algo ya muy complicado y complejo. También el lobo tiene dos y más de dos almas dentro de su pecho de lobo, y quien desea ser un lobo incurre en el mismo olvido que el hombre de aquella canción: « ¡Feliz quien volviera a ser niño!» El hombre simpático, pero sentimental, que canta la canción del niño dichoso, quisiera volver también a la naturaleza, a la inocencia, a los principios, y ha olvidado por completo que los niños no son felices en absoluto, que son capaces de muchos conflictos, de muchas desarmonías, de todos los sufrimientos.
Hacia atrás no conduce, en suma, ninguna senda, ni hacia el lobo ni hacia el niño. En el principio de las cosas no hay sencillez ni inocencia; todo lo creado, hasta lo que parece más simple, es ya culpable, es ya complejo, ha sido arrojado al sucio torbellino del desarrollo y no puede ya, no puede nunca más nadar contra corriente. El camino hacia la inocencia, hacia lo increado, hacia Dios, no va para atrás, sino hacia delante; no hacia el lobo o el niño, sino cada vez más hacia la culpa, cada vez más hondamente dentro de la encarnación humana. Tampoco con el suicidio, pobre lobo estepario, se te saca de apuro realmente; tienes que recorrer el camino más largo, más penoso y más difícil de la humana encarnación; habrás de multiplicar todavía con frecuencia tu duplicidad; tendrás que complicar aún más tu complicación. En lugar de estrechar tu mundo, de simplificar tu alma, tendrás que acoger cada vez más mundo, tendrás que acoger a la postre al mundo entero en tu alma dolorosamente ensanchada, para llegar acaso algún día al fin, al descanso. Por este camino marcharon Buda y todos los grandes hombres, unos a sabiendas, otros inconscientemente, mientras la aventura les salía bien. Nacimiento significa desunión del todo, significa limitación, apartamiento de Dios, penosa reencarnación. Vuelta al todo, anulación de la dolorosa individualidad, llegar a ser Dios quiere decir: haber ensanchado tanto el alma que pueda volver a comprender nuevamente al todo.
No se trata aquí del hombre que conoce la escuela, la economía política ni la estadística, ni del hombre que a millones anda por la calle y que no tiene más importancia que la arena o que la espuma de los mares: da lo mismo un par de millones más o menos; son material nada más. No, nosotros hablamos aquí del hombre en sentido elevado, del término del largo camino de la encarnación humana, del hombre verdaderamente regio, de los inmortales. El genio no es tan raro como quiere antojársenos con frecuencia; claro que tampoco es tan frecuente, como se figuran las historias literarias y la historia universal y hasta los periódicos. El lobo estepario Harry, a nuestro juicio, sería genio bastante para intentar la aventura de la encarnación humana, en lugar de sacar a colación lastimeramente a cada dificultad su estúpido lobo estepario.
Que hombres de tales posibilidades salgan del paso con lobos esteparios y «hay viviendo dos almas en mi pecho», es tan extraño y entristecedor como que muestren con frecuencia aquella afición cobarde a lo burgués. Un hombre capaz de comprender a Buda, un hombre que tiene noción de los cielos y abismos de la naturaleza humana, no debería vivir en un mundo en el que dominan el common sense, la democracia y la educación burguesa. Sólo por cobardía sigue viviendo en él, y cuando sus dimensiones lo oprimen, cuando la angosta celda de burgués le resulta demasiado estrecha, entonces se lo apunta a la cuenta del «lobo» y no quiere enterarse de que a veces el lobo es su parte mejor. A todo lo fiero dentro de silo llama lobo y lo tiene por malo, por peligroso, por terror de los burgueses; pero él, que cree, sin embargo, ser un artista y tener sentidos delicados, no es capaz de ver que fuera del lobo, detrás del lobo, viven otras muchas cosas en su interior; que no es lobo todo lo que muerde; que allí habitan además zorro, dragón, tigre, mono y ave del paraíso. Y que todo este mundo, este completo edén de miles de seres, terribles y lindos, grandes y pequeños, fuertes y delicados, es ahogado y apresado por el mito del lobo, lo mismo que el verdadero hombre que hay en él es ahogado y preso por la apariencia de hombre, por el burgués.
Imagínese un jardín con cien clases de árboles, con mil variedades de flores, con cien especies de frutas y otros tantos géneros de hierbas. Pues bien: si el jardinero de este jardín no conoce otra diferenciación botánica que lo «comestible» y la «mala hierba», entonces no sabrá qué hacer con nueve décimas partes de su jardín, arrancará las flores más encantadoras, talará los árboles más nobles, o los odiará y mirará con malos ojos. Así hace el lobo estepario con las mil flores de su alma. Lo que no cabe en las casillas de «hombre» o de «lobo», ni lo mira siquiera. ¡Y qué de cosas no clasifica como «hombre»! Todo lo cobarde, todo lo simio, todo lo estúpido y minúsculo, como no sea muy directamente lobuno, lo cuenta al lado del «hombre», así como atribuye al lobo todo lo fuerte y noble sólo porque aún no consiguiera dominarlo.
Nos despedimos de Harry. Lo dejamos seguir solo su camino. Si ya estuviese con los inmortales, si ya hubiera llegado allí donde su penosa marcha parece apuntar, ¡cómo miraría asombrado este ir y venir, este fiero e irresoluto zigzag de su ruta, cómo sonreiría a este lobo estepario, animándolo, censurándolo, con lástima y con complacencia!